Texto digital de Venga lo que viniere
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Jerónimo de Villaizán
- Atribución estilometría
- Gaspar de Ávila Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción de un impreso contenido en la BVMC, corregido posteriormente.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Venga lo que viniere. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/venga-lo-que-viniere.

VENGA LO QUE VINIERE
JORNADA PRIMERA
Qué oscuridad! Espantosa; no he visto en toda mi vida luz de estrellas desmentida con noche tan temerosa Sabes la casa? El ruido de la boda lo dirá, si no es que el festín está entre todos embebido, Por ser cosa ya sabida, que en bodas tan principales, hay regocijos mentales, como oración recogida. Pero las señas, señor, traigo, aquella luz de allí no es de una botica? Sí. Pues una, dos, tres, mejor las contaré por acá: una, dos, la cuenta toda dio fin aquí, que la boda nos ha dicho donde está, con el más dulce estampido, escuchado en calle ajena; de los platos de la cena nace este blando ruido. No sueñan los esquilones de las santas Catedrales, los festines atabales, ni los clarines Bretones, con quien saludan el día; perdóneme Dios si peco, tan sabrosos como el eco de esta glotona armonía. Yo quiero entrar. Será error, que está el Infante embozado en la boda, y tu cuidado ser puede que haga mayor el suyo. Dices verdad, pero Hernando, que he de hacer si cuando es tal su poder me aflige su voluntad? que he de hacer? Buenos estamos, con poderoso compites, y el que he de hacer me repites, linda tárea empezamos: sabe que la quieres bien? Aún no sabe mi intención, Pues haz tú lo que el León, que huye si no le ven. Yo soy sirviente sereno, y trasquilo, y no quisiera que en este nublado hubiera para mí solo algún trueno. Si has de andar embelesado, diez años que te he servido te perdono y me despido, Buena lealtad, buen criado, Sabe Dios que soy fiel, pero el temer es forzoso, que al rayo del poderoso no soy lacayo laurel. Déjame Fineo errar, que no es bien que se dilaten mis penas, y que me maten, pudiéndolo remediar, o aprueba mi pensamiento, o no me sigas. Señor, solo he culpado el error; pero no estorbo el intento. Téngosela de quitar a su padre, si supiera que el mundo todo viniera a resistir, o estorbar, espera un poco, quién va? Y quién lo pregunta? Yo, no basta? Pienso que no; que otro hay también acá. Valentía. Solo sé, que en la ocasión en que estoy ni la excuso ni la doy. Pues de esta decir podré, si estáis a reñir dispuesto, que pudierais excusarla, si es que pretendéis lograrla. Y en que lo he de ver? En esto. Déjeme a mí vuestra Alteza, que yo con los dos. Señor Solo pudiera ese error ser hijo de su simpleza. Cuando presumo que puedo obrar en mi calidad, haces de mi autoridad, sagrado para tu miedo, descuido inconsiderado, sino ignorante bajeza. Si no habla vuestra Alteza, le atravieso por un lado, que diera yo así un rasguño, ha sido como quitar no menos que del Altar dos estocadas de puño. Vuestra Alteza trata mal, mi lealtad, y mi cuidado, que el haberle yo nombrado fue en mí una acción naturral a que se fue el corazón. Con enojo hablé FIneo, perdóname que ya creo tu justa satisfacción; quién es? Don Juan de Cardona. Es criado? Señor sí. Mucho estimo hallarte aquí, que he menester tu persona; Adónde ibas? Señor, a ver la boda venía. La primera luz del día pudieras decir mejor, los más claros esplendores con que luce y hermosea, por cuanto gira y pasea el Sol, yo muero de amores don Juan, y muero de suerte, que si por gozar muriera, yo mismo morir pudiera, envidioso de mi muerte. Conoces a doña Clara Centellas? Triste de mí. Aquí es ello. Señor sí, Claro está, por Fénix rara, y por nueva admiración de hermosura, y de saber la pudieras conocer. Disimulad corazón. Con don Alonso Centellas su padre ha venido a ver la boda, por solo ser lucero entre sus estrellas, y se la quiero quitar para dar fin a mis penas. Pues señor, tú te enajenas de tu ser, tú quieres dar motivo a que el mundo diga, que a tirana potestad reduces tu voluntad; quien ama esperando obliga: y el que con término injusto tiranamente, señor, pretende lograr su amor, adquiere un cuerpo sin gusto, una voluntad sin vida, y un alma sin intención. En cuanto toca la acción ser injusta, está entendida. Pero supuesto, don Juan, que es remedio de una pena, que a padecer me condena, muchos me disculparán. Y al fin esto se ha de hacer sin replicar, ni argüir. Aquí importa reducir con mi industria su poder, que cometido el error es después irremediable, permite solo que hable en otro medio, señor. Y cuál es? El granjear, como esperar y sufrir. I̱ṉf̱. Ablandar y reducir una roca opuesta al mar, y dar a los elementos don Juan pacifica unión, es domar la obstinación de sus rebeldes intentos, con saber lo que padezco, y lo mucho que he sentido, Aún respuesta no he tenido, pues de su parte la ofrezco. Qué dices? Digo señor, que he de hacer que doña Clara no tan esquiva ni avara corresponda con tu amor. Ahora bien, solo por ti suspenso la ejecución, y advierte la obligación en que quedas. Señor sí, De la que estás adorando ofreces correspondencia? Remediar esta violencia es lo que me importa Hernando, que después yo buscaré remedio más conveniente. Ya sale el Sol de su Oriente. Un paso más no daré sino os volvéis desde aquí, que esta noche es reservada, y podrá la desposada estar quejosa de de mí con justa causa, y no es bien. Que me dejéis es razón cumplir con mi obligación. Esta tengo yo también, y estarémonos los dos aquí. Por no deteneros es fuerza ya obedeceros; mil años os guarde Dios. qué es esto? Espera, embozados. Tales noches como estas lo general de la fiesta los permite disculpados. Anda, Valiente es el viejo. Del tiempo que fue soldado presumo que le han quedado estos rasgos en bosquejo. La cometa y el valor se parecen en mostrar lo que fueron al pasar con el último esplendor. Mañana me ha de escribir un papel, en que me diga, que de mis penas se obliga, y que se ha de reducir. Pero si el día se pasa, sin que en mi poder se halle, lo que no hice en la calle haré don Juan en su casa. Que supuesto que me ajusto con tu parecer en todo, tú has de disponer el modo. y yo ejecutar mi gusto. Gustosísimo has quedado. Solo por hacer menor el peligro de un error hice mayor mi cuidado. El reparo más forzoso sobre el golpe más violento es el primer movimiento de un resuelto poderoso. Y así es ya fuerza oponer para valerme mejor, mi paciencia a su rigor, y mi industria a su poder. Y que sepa luego quiero doña Clara mi intención. Qué desvelada estación, no es mejor dormir primero, que no andar grullificando, hecho tu espíritu ahora fresco mirón de la Aurora. No hay si no paciencia Hernando, que es diligencia forzosa. Solo advierte. No porfíes, ni jamás de hombre te fíes, que con cuidado reposa. Ya está tu padre acostado. Y duerme? Pienso que sí, y ahora podrás aquí descansar en tu cuidado conmigo, que vienes tal de la boda donde vienes, que parece que en los bienes ajenos fundas tu mal. Si tu prima se ha casado, para ti señora mía aurá también otro día, que don Juan está obligado, y es noble, y te tiene dada palabra de casamiento. Ay Leonor, que solo siento ver mi esperanza fundada en el fácil prometer de un hombre, que en su cuidado hoy puede estar olvidado de las promesas de ayer, y que esté triste es razón, pues aún mi daño alcanza las dichas en esperanza, cuando otras en posesión las gozan, que amante hubiera faltado esta noche, di, de verme en la fiesta a mí si algún amor me tuviera? Puede ser que allí estuviese, y que no le vieses? No era imposible que yo estando allí no le viese. que eso solo en quien desama es posible que se crea, quiere mucho quien desea, y mira mucho quien ama; ya no se inclina a mis brazos. Y en que lo has visto? En qué creo, que conduce su deseo a más venturosos lazos. Que es evidente verdad, que aquel que por descuidado pierde de vista lo amado, declina su voluntad. Esta noche podrá ser, que venga a dar su disculpa. Quién determina una culpa con todo sabe ofender. La seña te ha desmentido, y te deja convencida; quien bien ama tarde olvida, y si es muy presto es fingido. otra vez tocan, qué haré? Cómo que haré, baja, y di que no me vea, ay de mí, que se irá, y no le veré, parécete que se irá si le despides ahora? Por amante no señora; pero por hombre podrá. De verte tierna y cruel no se que pueda inferir. Quisiérale despedir, y que no se fuera él. De la cámara del gusto le has hecho, él tiene la llave, la puerta y el pecho sabe, su amor verá lo más justo. Pues mira lo que has de hacer es decir que no entre, y di que duerme mi padre. Así se lo diré. En el querer de una firme voluntad se hacen contradicción el enojo, o el perdón, el amor y la crueldad. Apenas me determino a castigar su tibieza, cuando luego con terneza a perdonarle me inclino. De donde llego a pensar que no hay verdadero amor donde se puede el rigor de un enojo dilatar. Al ruido de un mosquito recuerda como un clarín, y será sangriento el fin en no pisando quedito. Dónde está Hernando? A quitar los zapatos se quedó. dÉl es el que temo yo, que es un bestia en el pisar, y tropezará, Leonor, en no trayéndole asido. De corchete habré servido en las prisiones de amor. Tanto estoy enamorada, cuanto sus culpas advierto, que aún los caminos no acierto de parecer enojada. Muy bien pudiera excusar Leonor esta demasía. Solo dijo que dormía tu padre, y quise lograr la ocasión. Quién la ha tenido tan grande, que le ha quitado la memoria y el cuidado, teniéndole divertido, hace muy mal, cuando viene con falsas proposiciones a gozar las ocasiones que tan de su parte tiene. Señor don Juan de Cardona, las mujeres principales, que aseguran por leales al que de ellas se aficiona, obligan a nuevo empleo; porque en la seguridad se cansa la voluntad en lo ocioso del deseo. No me debo más a mí, que haber puesto de mi parte un amor firme inconstante, sino hacer que sirva aquí de desengaño el error, que más quiero lamentar mis culpas, que dilatar la ignorancia de mi amor. Decirte estimo bien mío, esas quejas mal fundadas por causas enamoradas, que hiciera de mi albedrío una esclavitud forzada si fuera posible en mí, a fin de pagar aquí una suerte tan dichosa. Ya que no sabe querer, no sabe desconfiar, y solo quien supo amar llegó a dudar y temer. Y así puedo agradecer estimar sin argüir el veros mi bien sentir las culpas que no he tenido, y solamente podrán los rigores de la muerte. Eso es querer que despierte mi padre, quedo don Juan, pues sabes que siempre ha sido vigilante celador de mi virtud y tu honor. Notables pies de aturdido, no hace más ruido un carro. Dios me de unos alpargates, porque en estos disparates si algo medro es un catarro. Quedito. Yo piso bien, y que pueden ser repito en lo descalzo y contrito pasos de Jerusalén. No pueden despabilar con más cuidado, y más tiento las velas del monumento por las gradas de un Altar. Puedo quitado el zapato, como no asiente el talón, dar un pellizco a un ratón, sin haber nacido gato. Soy un camello frisado. Ponte Leonor a la puerta, y si mi padre despierta avísame y ten cuidado. Los dos velando seremos grulla, y grullo. Quedo Hernando, que está cerca. Está ronzando, si declina avisaremos: bien haya quien sin trabajo mil largas, y rodeones, viene a ser en la ocasión amante por el atajo. Hernando? Señora mía. Quieres que te mate yo por hablador? Señor no. Pues calla. Leonor porfía. Yo porfío, hay tal maldad? Quieres que recuerde, di, mi padre, y me mate a mí? Fuera estupenda crueldad. Que en todo lo más de un día y de una noche en efecto no hubo pensamiento inquieto, un deseo, una porfía del alma, para si quiera saber donde estaba yo; no don Juan, ya se cansó de ser firme y verdadera tu voluntad. Ay mi bien, pluguiera a Dios que el tormento de mis penas solamente naciera de mis desvelos. Pluguiera a Dios que mi vida tributara en sangre y tuego a lo solo de tus quejas, y a lo injusto de tus celos. No solo están las desdichas en la muerte, en los destierros, en mar, cárceles, en rayos, pues yo sin estas padezco. Escucha atenta bien mío, verás en mi sentimiento más desdicha que por mí han nacido de un remedio. Cuando de tu voluntad me juzgué absoluto dueño por otro vuelvo a tu casa, y vengo amante y tercero. Ojalá que al ver tus ojos, amor escondido en ellos flechara contra los míos, o mi muerte, o mi escarmiento. Muriera yo; pero hay triste, que pido si estoy muriendo, que al referir las desdichas se publican los tormentos. Alabado de tu prima fui por verte, sabe el cielo mi vigilante cuidado, y mis ardientes deseos. Pero supe que el Infante estaba embozado dentro, quien vio el poder disfrazado, cuando el temor descubierto. No quise entrar, por no hacer sospechosos mis afectos, que de unos amantes ojos son lenguas los movimientos. Temí con potencias tuyas, aunque en tu gracia me veo, por no parecer, mi bien, muy confiado, o muy necio. Salió abrasado de amor, que en la esfera de tu cielo alas de cielo se visten los Ícaros más soberbios. Y de mi amor ignorante, me consultó sus intentos tiranos contra tu honor, crueles contra mis celos. De los ojos de tu padre te quiso robar, haciendo con poderosa violencia ejecutivo el deseo. Turbáronse mis sentidos, y detenido mi aliento, desordenado pulsaba mi corazón en mi pecho, esta fábrica mortal, donde hallo mal aposento, caducas señales hizo de trágicos sentimientos. Y viendo evidente el daño por tu honor volví en mi acuerdó desmintiendo turbaciones, y acreditando ardimientos, a cuanto padece amando, sino es que finge queriendo, quien ve a peligro lo amado en un poderoso intento, admire sus tiranías, y culpe sus pensamientos. Mas como el amor no tiene en la razón el remedio, de tu parte le ofrecí, viendo obstinado su pecho, a su presurado error el nunca débito premio. Y tan confuso me hallé, que humilde pido a tu ingenio les de remedio a mis penas. Agradecido el intento tanto quisiera. Quedito. Ah recordado? Esperezo fue solamente, adelante. Ten cuidado. Ya le tengo. Tanto quisiera decirte después que se que te debo mi quietud, que está cifrado mi corazón en lo menos. Qué importa que a mí el Infante me robase, si en mi pecho puede contra ese Tarquino hallar entrada el acero? que importa que en libres manos esté el poder persuadiendo, sino sujetan las almas su gusto a tirano imperio? Y que importan finalmente, fuerzas, dádivas, ni ruegos, si los que amaron de verás, solo a su amor se rindieron? Demás de que al resistirme fueran en nieve, y en peso estas dos manos los Alpes, y estos brazos Pereneos. Mis dos ojos una esfera, y mi espíritu un incendio, para abrasar fulminando rayo a rayo, y fuego a fuego. Para ser tuya he nacido, y tanto lo soy, que siento que llegue nadie a pensar que puedo dejar de serlo. Quedito, es de tafetán el jubón que tiene el viejo? Sí amigo. Pues vive Dios que ruge la seda. Ay Cielo, vístese Leonor? Señora parece que sí. Un bostezo dio ahora, y cruje la cama. Perdidos somos, qué haremos? Aquí estoy, no temas. Sigue mis pasos, que más adentro estaremos más seguros. Aquí fue Troya, esto es hecho, vive Dios que dijo ahora con un suspiro muy recio: a traidora. Ay padre mío, quiero bien, disculpa tengo, levanto se? Sí señora. Triste de mí, mata luego esa luz, y ven tras mí. Y a mí que me pesque el viejo, agarrabuntur Leonor, que fuera trágico el cuento, si pisando yo quedito él me diese a mí muy recio. Mi Lazarillo has de ser, que no es mucho en este aprieto, que siendo moza de amantes parezca moza de ciego, No puede engañarme yo hombre hablaba y respondía; hay sin ventura honra mía, a quien nunca se atrevió el escuadrón más valiente del enemigo poder, una hija a quien dio el ser, se le atreva inobediente. Que pude contra la ajena lo que con mi sangre no, traidora, quien te engendró no ha podido hacerte buena. Mas no quedará manchada mi opinión, que si en tu mengua no persuadí con la lengua, castigaré con la espada. Es culpable esta inquietud. No puedo más, yo he de ver la casa de esta mujer, para dormir con quietud. Advierte. Cansado estás, pon tu corazón en mí, y podrete dar a ti los consejos que me das. válgame Dios, no es ruido de cuchilladas aquel? Detente. Muera el cruel, que así me ofende atrevido; tú le defiendes traidora contra mí? No vive aquí don Alonso? Señor Sí. Buena ocasión tengo ahora para entrar. Está cerrada la puerta. Válgame el cielo, que será esto? Recelo que está su hija culpada; porque la debió de hallar con algún hombre. Por sí tomará la causa aquí mi amor, y lo ha de matar La puerta cierras villana, pies y valor me han quedado. Alguna puerta ha cerrado. Que mucho fuese inhumana, si cada noche tenía encerrado como ahora al que ya sin duda adora. Ay padre. Hay deshonra mía, si le espera alguna escala, por donde quieres echarle, yo le esperare en la calle, sabrá el mundo que eres mala de tu infamia y mis cuidados. Hasta ahora no he sabido lo que en un alma han podido unos celos declarados. Desde hoy pienso disculpar al que viere yo perder vida, honor, paciencia y ser, si ofendido sabe amar. Estas paredes dirán si la casa me escaló, pero en su guarda dejó sin duda a los que aquí están. Llegad, que esperáis villanos, cuando me veis ofendido; llegad, que el que os ha traído fiado está en vuestras manos. Mirad que habláis con su Alteza Quién es el Infante? Sí. Señor vuestra Alteza aquí? fiados en la flaqueza de mi edad, me han pretendido unos ladrones robar. No tenéis que disfrazar, que ya yo os tengo entendido; vuestra Alteza habéis hallado con algún hombre. Señor, Por mí al injusto ofensor habéis de ver castigado. Vive Dios que ha de salir por mi espada, y por mis brazos a la calle hecho pedazos, sin poderse resistir, porque en ocasiones tales, el noble que está ofendido ha de ser favorecido de las personas Reales. Seguidme, y en lo que hiciere podréis juzgar como sabio lo que siento vuestro agravio. Tu vida el Cielo prospere felices años, señor, que solo puede nacer de tu grandeza y poder el remedio de mi honor. Qué habemos de hacer don Juan otra vez Clara te advierto, que estando rendido y muerto solo ofenderte podrán. No es muy malo el estallido en que nos coge el venablo, no nos trocará el diablo por cuatro de peralvillo. Anteyer me confesé. Pues yo ha diez años que no: un fraile me confesó que a los lapones se fue, y hasta que vuelva a venir he de guardarle lealtad. Dilatada Cristiandad. Ya sé esperar y sufrir. Ahora podré vengar mas a mi salvo en los dos lo que. Solo os toca a vos sentir, y a mí el castigar, quién es? Y quién lo pregunta? El Infante don Fernando. Yo pienso que estoy temblando, Sin pulso yo. Y yo difunta. Lléguese más vuestra Alteza si le he de decir quien soy, don Juan. Qué es esto? Aquí estoy por su amor, y mi nobleza. Cuando los hombres están obligados del poder a servir, y obedecer las órdenes que les dan. Deben con resolución abreviar su diligencia, que es parte de inobediencia dilatar la ejecución. en vuestra Alteza me dan que su amor dijese aquí, haciéndome cargo a mí cuando robarla intenté, de que por mí no lo hacía: y así he venido a pedir que se deje reducir en su injusta tiranía, siendo causa el abreviar de que esta noche, señor, introducido el temor la obligue a determinar. Y si ya en hacerlo erré su misma intención me valga, y deme lugar que salga, pues yo por su causa entré. Tan confuso me has dejado, que no se qué hacer, si aquí es fuerza quedar culpado con don Alonso, elegir se debe el daño menor, vete. Pues cómo señor, mi enemigo dejáis ir sin conocerle? Ya digo, que a mí me toca el juzgar esta causa, y remediar tu ofensa con su castigo. Si no se quién es que haré? Averiguar en su error si hay culpa contra tu honor, que yo te le entregaré. Y supuesto que recibo la fianza de tu afrenta, el agravio está a mi cuenta. Este es pleito ejecutivo, habiéndole ahora hallado en mi casa, y así puedes concederme, que procedes como juez apasionado. Pero ya que entre mi furia es mi suerte tan escasa, sangre me queda en mi casa, en que vengar esta injuria. No me deje vuestra Alteza, señor esta noche aquí, y escuchema a parte mí. Hay ofendida nobleza. Vuestra Alteza sabe bien a lo que don Juan entró, aquí pues intercedio por su amor en mi desdén. Yo confieso la crueldad con que hasta aquí he procedido, pero ya me he reducido a más tratable piedad. Y me pienso disponer, reconocida a estimar si a veces nace el premiar del gusto de agradecer. Tanto estimo lo que veo, que si en mi posible fuera, convencida en vos se viera la ejecución del deseo. Que es tanta la estimación del favor que he recibido, que a mi suerte agradecido aborrezco mi intención, al fin no os queréis quedar aquí esta noche? Señor, en quedándome, el rigor de mi padre, es fuerza dar motivo de quien nació la cue que yo he tenido, y somos en lo que pido partes vuestra Alteza, y yo solo en casa de mi prima puedo estar bien. Y eso es justo, porque en cualquiera disgusto la propia sangre se estima. Clara, don Alonso va conmigo, y yo la pondré a donde segura esté. Pues señor. Si en algo está culpada, y consiste en ella el agravio hecho aquí, pedímela vos a mí, que yo os daré cuenta de ella. Pues con quién si me lleváis los delincuentes, señor, he de pleitear mi honor? Ahora veo que estáis colérico; y así quisiera, para que podáis cobrar en la ofensa sin errar, que os desenojéis primero, y reportado veréis, si ahora no os satisfago, que se funda lo que hago en excusar lo que haréis. A desdichado de aquel que busca contra sus penas favor en manos ajenas, estando el remedio en él. Poco estima el ver honrosa su dicha el que cuidadoso confía del poderoso culpas de mujer hermosa. Que no hay venganza segura, ni quien jamás haya sido, menos que estando ofendido, cruel contra la hermosura. Pero pues tan poco sabio a padecer me condeno, perdone el poder ajeno cuando es tan propio el agravio. Qué procurando afligir mi espíritu en tierra, o mar, hasta llegarme a vengar he de matar, o morir.
JORNADA SEGUNDA
La mala noche que he dado es lo que más he sentido. A mí me hubiera pesado que se hubieran acogido a diferente sagrado. Tus pesares prima mía poco al sueño le debía mi espíritu cuidadoso, cuando el último reposo tú y la clara luz del día me obligasteis a dejar mi cama. En el inquietar tu casa a tal hora, digo que solamente contigo me pudiera consolar. Hay prima ya te conté las penas en que me vi, los tormentos que pasé, las desdichas que esperé, y las muertes que temí. Mas con un padre ofendido, un amante convencido y un espíritu culpado, que corazón alentado no se turbará encogido, Al fin pretendió el Infante robarte al salir de aquí. Ya me fue en algo importante, pues le hice dueño allí de las culpas de mi amante. De esa suerte confiado queda el Infante en tu amor. El primer trance pasado remediar podré mejor un engaño dilatado, sin que él lo entienda; y así solamente temo aquí de mi padre algún rigor que fiscaliza su honor en la causa que le di, cada leve movimiento de estos damascos al viento mi temeroso cuidado piensa que es el brazo atado de su ejecutivo intento. Tu padre. Ay prima. Detente, que aquí reñirte podrá tus errores libremente: pero yo sé que tendrá mi tío, aunque es impaciente, respeto, prima al sagrado en que te dejó su Alteza. No prima que está enojado, y no teme la nobleza un agravio averiguado. Pues vayan luego a llamar a don Fernando. Con él viene. Pues aquí por él me determino a esperar. Solo os pido que advirtáis que está en mi casa, y en ella la dejó el Infante. Estáis obligado a defenderla por las causas que alegáis; pero solo el ofensor en mi injuria saber quiero traidora. Tío y señor. Aparta Inés. Aquí muero. La palabra. De su error solo quiero comprobar la culpa, y no castigar el agravio, que hombre fue? dime enemiga el que hallé contigo? Si en abreviar mi vida, ha de consistir tu quietud, solo a morir me inclino; porque recelo, señor, que no alcanza el suelo tantos modos de afligir como fueran menester para hacerme confesar lo que pretendes saber, que es bajeza el cometer la culpa, y no la callar, causa voluntaria di al que se desvela así, y en mi fuera infame acción, dándole yo la ocasión, darle un enemigo en ti; demás de que a mí su Alteza, que callase me mandó el nombre, y a su grandeza debo este respeto yo por ley de naturaleza, y no disculpo el error, que antes viene a ser mayor confesarle a tu impiedad, hija de mi voluntad la culpa del ofensor. Tanto en cuanto tus errores pareces más entendida, son tus delitos mayores, que una culpa inadvertida los disculpa por menores. Y como no te recibo ninguna ignorancia en cuenta con razón ejecutivo me constituyo en la afrenta colérico y vengativo, y pretendo avetiguar quien es el que me ofendió, abrevia en mi replicar. De mujer que ya negó una vez, no hay que esperar, más fácil será el poner un monte en otro, y tener ese glono universal, darle a un vivo lo inmortal, y a un difunto vida y ser, que reducirme a que diga lo que una vez he negado. Pues yo le daré, enemiga, mas quietud a mi cuidado, pues mi sangre no te obliga? si lo dices has de ser su legítima mujer. Es a mi ser desigual, que en el hay sangre Real y en mí no la puede haber si obra en los dos la razón. Pues con que satisfacción he de quedar en mi agravio? Con callar, que el hombre sabio, cuando los remedios son imposibles, no ha de dar motivo a que pueda hablar en honor el maldiciente, y así debes cuerdamente sentir, y no remediar. Pues acabe mi rigor con todo. Advertid señor cuanto en un noble se estima la palabra. Huye prima. También se estima el honor. Nunca yo viviera al mundo. Ni yo te hubiera engendrado, que en el ser que me has debido, ya por no habértele dado quisiera yo no haber sido, no os coge a vos tan de lejos la ofensa que no pudieran tropezar vuestros consejos. en la culpa, si advirtieran los transparentes reflejos del claro Sol de mi honor. Pues yo qué tengo de hacer en este agravio, señor? Procurar también saber, quien ha sido el ofensor. Pues pedírela postrado a sus pies, que el delincuente me diga, aunque lo ha negado. Eso os toca justamente por lo que estáis agraviado. Que tiene sangre Real dijo el Infante en la calle, y después tan liberal en defenderle y librarle fingiendose juez parcial negar y satisfacerme, con que no ha de obedecerme por naturaleza y ley, no puede ser sino el Rey el que se atrevió a ofenderme, no hay duda, el Rey me ofendíó, vive el cielo, y el Infante con industria se fingio colérico, y arrogante en mi ofensa, y me engañó, demás de que no viniera con otro que el Rey no fuera, ni la calle le guardara, y a su Alteza, cosa es clara, que nadie tal le pidiera. Ahora bien, su Majestad en mi sangre, y mi lealtad. recibirá mi disculpa, que para inquirir su culpa, bastante es mi calidad, y en sus ojos le he de ver, si es que me pudo ofender; porque tal vez, cosa es clara, que registra por la cara sus delitos el poder. qué dice? Puse mi boca en sus pies; pero es vano, que es ablandar una roca, y reducir un tirano, que sus crueldades invoca. Pues no importa, que yo sé quién es. Solo te dejé, y solo te hallo aquí; de quién lo sabes? De mí, que en mí un discurso formé en que saberlo he podido; a palacio voy, y os pido que me sigáis. Fuerza es ir, mucho alcanza el discurrir de un corazón ofendido. Yo confieso que me hallé, Fineo indeterminado, cuando vi que era el culpado don Juan; porque como entré prometiendo castigar su culpa, y la que tenía, vino todo a ser tan mío, que no la pude negar. Fuerza fue el mostrarme allí de parte del delincuente, solo porque libremente se fuese, En mi vida vi tan puntual obediencia como don Juan ha mostrado. Quien duda que te ha causado malicia tu diligencia. Yo señor. Por vida mía. que me digas la verdad. Si diré, puntualidad sobrada me parecía ir don Juan tan a deshora a comunicar tu intento. Lo mismo imagino y siento; pero dejemos ahora maliciosas presunciones, que con el tiempo sabré, y aconséjame que haré en mis ardientes pasiones. Doña Clara prometio, como sabes el premiar mi amor; pero el abreviar es lo que quisiera yo, por no dejarme morir. Si su padre no se ausenta del lugar, tu amor intenta lo que no ha de conseguir, que ya una vez sospechoso, vigilante cuidará de tus acciones, que está ofendido, y temeroso. Pues qué pudiera yo hacer para ausentarle de aquí? Fácil me parece a mí, que podrán, señor, tener efeto en tu pretensión tus abreviados favores entre cuatro opositores, que ahora tiene el bastón que ha de dar su Majestad. Él es dignamente el uno, sin que haya en ellos ninguno de más noble calidad, ni de servicios mayores. Y si por ti se le da, gustoso se partirá, y libre de sus rigores quedaras. No solamente eres criado leal, pero amigo liberal, y consejero prudente: el bastón se le ha de dar. Su Alteza, Pues atrás vuelvo, que a no mentir me resuelvo cuando lo pueda excusar, que me pregunte es forzoso por doña Clara, y aquí, o he de hacerme daño a mí, o ser con el mentiroso. Y no se puede inferir buena sangre, ni se arguye del que pudiendo no huye de la infamia del mentir. Pues denme licencia a mí paramentir por los dos, que aquí pienso ya, por Dios, satisfacerme por ti. A los pobres labradores miente el año muchas veces, los ministros, los jueces, y mienten, no, los señores, no hay que tratar, no por cierto, Iglesia pido, aunque yo señor conozco, que dio a la verdad perro muerto. Bien sé, Hernando, que esa es mengua general; pero pongamos, ya que entre los dos mintamos, yo el temor, y tú la lengua. Mentiroso vendré ha ser de grosura; pero dudo que pueda mentir menudo quien también lo sabe hacer. Este es señor el criado de don Juan. Porque no llegas? Soy humilde. No alegas como hombre que es deseado; llégate más. Bueno estoy aquí. Más cerca te quiero. Quiza tengo el mentidero por acá, pero yo voy. Llégate, que tus delitos no nacen de tu humildad. Qué andariega voluntad, he aquí otros cuatro pasitos. Has estado donde está doña Clara? Señor sí, y dónde está, no está en sí, que te quiere tanto ya, que le ha dado un parasismo en sus amantes enojos, y se le han puesto los ojos como ceros de guarismo. Contador debes de ser. De resultas del amor; pero no soy contador para contar ni tener. Seraslo por cuenta mía. de esto, Hernando, que te doy. Zangano seré desde hoy en esta contaduria. Al son que le voy haciendo es generoso, y me da, y tiene sortija, va de sortija, tanto entiendo, que te deseo agradar, que si ya les fuera dado a las damas el cuidado de servir y festejar, pienso que corría hoy una sortija. Pues di que no te corrana ti esta, Hernando, que te doy. Si fuera alguna mujer ordinaria, y tu algún hombre de humilde prosapia y nombre, y te fueras a volver Luterano, he concibido de su muchísimo amor, que por seguirte, señor, vendería hasta el vestido. Di luego a mi camarero, que te de uno mío. Andarlo. Él querría desnudarlo: nadie sin ser lisonjero, y mentir, que puede crea medrar, que en el mundo ya solamente da el que da por aquello que desea. Qué hace vuestra Alteza aquí? Esperando estoy señor, que una merced y favor hoy se me conceda amí. Por don Alonso, señor, el bastón de General pido, que ninguno es tal, que anteponga a su valor sus méritos, y por eso que se le diese quisiera. Que a ninguno se le diera con tanta razón confieso, pero ya le tengo dado, y tan de su parte estoy, que juzgo cuando le doy, que ha de ofenderse agraviado. Robarle anoche querían, según lo he sabido yo, y dícenme que salió desnudo a la calle, Harían los ladrones corta presa, que está muy pobre señor. El que sirve con valor poco el interés profesa, Muchas quejas me han traído de ansultos que en el lugar suceden, por no rondar la justicia, y he querido hoy por mi curiosidad, o por deuda a mi corona, para tondar en persona, de poner mi autoridad, si es que en esto está ofendido, que el Reino solo tal vez debe inquirir el juez examinar su osadía. Que como por varios modos ser cabeza representa de su Reino; por su cuenta corren los daños de todos. Su Majestad está aquí. Hasta aquí vine animoso, y ya llego temeroso desde el punto que le vi, que poco mira a la ley del respeto natural el vasallo que es leal, si en presencia de su Rey no se turba, o entorpece. Don Alonso. Habrá sabido que he dado el bastón pedido, quejas sin duda me ofrece. Con qué palabras podré significarle mi agravio. Prudente llega, que es sabio; pero yo le animaré, porque, decid, no llegáis más animoso? Señor caduco tiembla el honor. Razón tenéis si os quejáis, bien se que estáis ofendido, y que aquí tendréis razón en pedir satisfacción del agravio recibido, no pude más, perdonad. Ay de mí, que siempre aquesta son las fáciles respuestas de una libre voluntad. Basta, que un Rey se disculpa. Cómo se podrá mi honor? No argumentéis el error, pues yo os confieso la culpa. Y en cuanto al Infante, al otro por vos su intención declara. Si entonces me declarara, yo quedara satisfecho. En la intención de los Reyes no hay que averiguar lo injusto, que en ellos solo su gusto es el alma de las leyes. Qué satisfacer pretende el Rey? que puede bastar, no pudiéndose casar con mi hija, quien me ofende? Dadme algún consejo vos don Fernando. Sabe el cielo, que ha partido el desconsuelo él sentimiento en los dos; pero aquí solo el callar es el más prudente medio, que hay males en que el remedio consiste en no le buscar. Pues remedio ha de tener esta injuria. Solo siento que el meterla en un Convento a Clara lo puede ser. Por Dios vivo que le dejo si le digo más finezas, puramente en las cortezas, y a la vista del pellejo. De donde considerado, perdone el más generoso, que no hay hombre dadivoso como el que está enamorado, Qué respondió doña Clara? Que esta noche si deseas hacerla gusto, la veas, y en una cosa repara, hija de su entendimiento. Dice, y dice bien señor, que importa que en vuestro amor procedáis con mucho tiento. Y por si acaso vinieres con el Infante a la calle, repara que no le halle en mal Latín, que te esperes. Y si él no está allí, que al verla toques el pito, y si está, toca dos veces, será la seña. Por no perderla le seré en todo obediente. Díjote lo que pasó con el Infante? Quedó engañado lindamente. Díjole que a tu embajada nuevos intentos debía, y fingió que ya tenía vislumbres de enamorado, contra su rigor primero, y quedó tan confiado, como si hubieran pasado todo un Invierno al brasero. Aún fingido ese favor me está atormentando a mí, A estas ventanas de aquí dice que puedes señor hacer la seña, y sea presto, que de verse en casa ajena sin tu vista, y con su pena tanta cara se le ha puesto; ya es de noche. Hablarle quiero; en casa se me quedó. Será el pito. Sí. Pues yo voy por él. Aquí te espero. Celos engendrados ya en mi amor por bastardía, que me queréis? Clara es mía, y en mi transformada está. Para que queréis que yo padezca, si no hay en que, queréis que el martirio entero me aflija, y la causa no? Es tan vuestro el dar tormento a una vida apasionada, que aún sin caer sobre nada obráis en el sentimiento. Y así me hacéis padecer sin que me pueda quejar. satisfecho al confiar, y ofendido al padecer, Dos hombres vienen allí, este sitio es sospechoso, si es el Infante, es forzoso el apartarme de aquí. Con el Rey me iré a rondar, y en dejándole vendré, que más seguro estaré de que me puede encontrar. Muy confuso estoy, Fineo, si la entro a visitar, su padre ha de sospechar lo que yo encubrir deseo sino entro es cortedad, y no acredito mi amor: que me aconsejas? Señor, cuando es en la voluntad tan superior el poder, mal puede acertar el modo el consejo, si es que en todo el gusto ha de disponer. Estas sus ventanas son, si alguna seña supiera hacer con que me entendiera bien lograra la ocasión. Un hombre viene. Hacia aquí te retira. Aquí quedó, y vano está; pero yo le haré que me busque a mí por la seña. Vive el cielo. que es don Juan, y no hay disculpa que pueda darme en su culpa verdadero es mi recelo: Fineo muera el traidor. En saliendo a la ventana escala, traición más clara, y convencido el error. Pues qué he de hacer? Esperar, que muchas culpas se ofrecen, que sin serlo lo parecen. Este es don Juan. Aguardar es fuerza, Matarle quiero, que a la ventana ha salido doña Clara, y convencido está el delito. Primero los deja, señor hablar, porque no pueda el rigor solicitar en su error su muerte. En no duplicar la seña, aviso me ha dado del aviso que advertí, el Infante no está aquí, bien podré hablar sin cuidado. Cómo don Juan calláis tanto? si es porque tenéis en mí el alma, la que yo os di os informe de mi llanto. Que estoy tal; porque no os veo, y tanta pena recibo, que no se si muero, o vivo. Tengo que esperar Fineo? Con esto no, que ya están convencidos en su culpa, y no les hallo disculpa. Pues muera. No soy don Juan. Pues quién? Quién le anda buscando con chifladora porfía, a fuer de mosquetería, cuando se va amotinando. En hablar ha consistido la vida de aqueste hombre. Sí, él la ha restaurado aquí con lo que otros la han perdido. Es Hernando? Hernando soy. Dile Hernando que aquí quien verle esta noche, y que espero, y adiós. A buscarle voy. Dame primero, villano, el cauteloso instrumento con que oprimias el viento, o te cortaré la mano, sino me le das a mí. Pues no es justicia, ni ley; aquí de Dios, y del Rey. Su Majestad está aquí. Quién es? Su Alteza señor, y me ha querido matar. Por qué? Solo por silbar, sin cometer otro error de los que la ley explora: en que claramente entiendo que está su Alteza escribiendo alguna comedia ahora. Sin duda que hizo Hernando la seña que ahora yo, y su Alteza sospechó mis culpas, en acabando de rondar su Majestad lo sabré. Y al sufrimiento reconozco vuestro intento; pero sufrid y esperad. Notables cosas he visto. Es la noche un breve mapa, de quien ninguno se escapa. No se cómo me resisto a este modo de vivir, si es que deseo saber, que sin la parte del ver mal se puede discurrir. Y perdónenme las leyes de nuestros humanos fueros, que entorpecen lisonjeros los discursos de los Reyes. No hay acción en que no alaben su saber por su poder, y no les dejan saber los que les dicen que saben. Así os tengo de llevar, y a mojicones también. Soldado, y hombre de bien soy, y se puede excusar. Vaya el pícaro vergante. Por merced suplico y pido que advierta. Si no he querido, que replica el ignorante bárbaro, que vive el cielo que le tengo de llevar, si se pone a replicar, arrastrando por el suelo. Si voy voluntariamente ya sobra tanto rigor. Es un pícaro hablador. Quién lo dice? Yo. Pues miente. Aquí del Rey, resistencia. También hay Rey para mí. Para todos le hay y aquí le tenéis. A su presencia rindo mi enojo, y mi espada. Quién eres? Un atrevido, señor, que se ha resistido. Cuándo es tan ocasionada la justicia, claro está que puede inculpablemente resistirse el delincuente, como este lo ha hecho ya, mal tratáis los que cogéis con superior impaciencia, y luego por resistencia los acusáis y prendéis. Este es un hombre señor muy facineroso. Aquí la prisión te toca a ti, no el castigo de su error, y así en tu oficio legal no tiene el rigor disculpa, que el juez tiene su culpa, para que le trate mal. Si es tu obligación poner en la cárcel al culpado, como lo harás, si enojado no te quiere obedecer? Antes juzgando en rigor, delincuente también eres, pues cuando prenderle quieres haces su culpa mayor. Y quieres ver si es cruel tu modo, que apasionado de ti no le habrás juzgado, llévale tu preso a él. Id preso, y no repliquéis. Mire vuestra Majestad que me lleva. Esa impiedad es la misma que tenéis, y la conoce mejor, ahora en tu misma pena, que cuando es en causa ajena desconoces su rigor, y por si a caso prosigues, prendiendo, y ocasionando, mira que desde hoy te mando que prendas, y no castigues, qué es tu delito? verdad me has de decir, Sí, señor, yo la diré, un jugador ganó cierta cantidad, pedí que me socorriese con algo, no me dio nada, y dile una cuchillada, por enseñar a que diese. Ignoras la calidad de tu culpa? No señor; Pero si es grande, es mayor mi mucha necesidad. Que solo a saber alcanza un pobre con hidalguía, lo que es verse a medio día sin habla, y sin esperanza. Yo soy un pobre soldado pretendiente, a quí en la Corte siete años, y sin que importe cien memoriales que he dado. Y viéndome padecer, siempre en mis desdichas firme? a cuanto pueda venirme me aventuro por comer. Lleva mañana García este soldado al Consejo de guerra, y di que si dejo de asistirle cada día, es por la satisfacción con que vivo, que a saber que puede en ellos haber tan culpable remisión, lo hiciera, que este soldado, según dice, porque ha sido pretendiente detenido, es delincuente culpado. Y en su ejercicio fiel, yo que justicia administro, elejir puedo el ministro, pero no el cuidado de el; que le despachen y den lo que pide sin tardar remisos, que el abreviar parte es del premio también. Viva. Vuesa Majestad más años que un guarda damas, con todo un marco de famas en siglos de eternidad. Cielos qué es esto? a la puerta de esta ingrata tanta gente, cuando ya resueltamente a llevarla viva, o muerta vengo, si el Rey está aquí, ya es muy pública mi afrenta, que a estos haurá dado cuenta de su intención, ay de mí, tan a costa de mi honor, solo imagen verdadera de Dios, en tu ser pudiera, Don Alonso? Sí señor. Quién duda, que durará toda via el sentimiento. Soy noble, y leal, y siento ver. Entendido estáis ya, Señor, solo en recompensa de lo mucho que he servido humilde te ruego y pido, que olvidando de mi ofensa me mandes luego entregar a mi hija. Quién? Señor, por librarla del rigor con que la quiso matar anoche, por una culpa en que la halló, que sabrá vuestra Majestad. Sí hará, que buen modo de disculpa. Aquí en casa de su prima doña Ines deposité a doña Clara. Ese fue prudente medio. No estima el ofendido, no es justo la intención, cuando no es buena, que esté Clara en casa ajena, parece mandato injusto, y por remediar mi honor en algo, meter intento a mi hija en un Convento. Vuestra Majestad, señor pues yo empezé a conocer de esta causa, me de a mí licencia, para que aquí la prosiga. Debo hacer lo que vuestra Alteza pide; supuesto que sabe ya en el estado en que está esa ofensa que le impide el honor a la quietud a don Alonso, y le hago juez, y me satisfago de su prudencia y virtud. A don Juan he menester. Lo que debo ahora aquí, y lo que me toca a mí es el mandar recoger a vuestra Alteza, mañana se tratará más de espacio estas cosas en Palacio. Vamos, señor, cosa es llana, que por esto solamente vive esta noche don Juan. A temer puedo enseñar lo falso de una escritura, un rico con calentura, y un preso sin que gastar. Justicia os pido señor. Mañana en este lugar, y a esta hora os he de dar vivo, o muerto al ofensor. El ofensor muerto o vino, siendo el Rey, cielos que es esto si otro engaño se ha dispuesto a matarme vengativo. paciencia honor, y esperemos si el padecer es rorzoso, que algún parto prodigioso se espera de estos extremos. Ven conmigo. En todo estoy dispuesto a no argumentar su gusto, y sin replicar siguiendo tus pasos voy, A dónde vas? A esperar cuanto me puede venir, pues ni puedo descubrir mi amor, ni lo he de negar: Que de suerte en sus rigores se ha introducido mi culpa, que en mí es la mayor disculpa el confesar mis errores, y en el querer y sufrir no debe más mi valor, que cometer el error, y esperar hasta morir.
JORNADA TERCERA
Anoche nos encerró; y también, señor, ahora lo estamos. Pues quién lo ignora? No estoy muy seguro yo. de que hayan ido a llamar al verdugo, y siendo así, confesarme quiero aquí, como el que se ve anegar. Alabarderos están arrimados a la puerta, nuestra desuentura es cierta, pobres, Hernando, y don Juan. Él nos quiere averiguar con dona Clara tus culpas, sin que logres tus disculpas, ni la puedas avisar. Por ti han venido estos males, ten paciencia. El mayor mal es que me cogen bozal estos tartagos mortales. Si otra vez me hubieran muerto, pudiera con la experiencia tener valor y paciencia en un peligro tan cierto. Mas soy muerto primerizo, como parto de mujer, y no lo se padecer; algún demonio me hizo silbar, que buen gusto tiene un toro, que con rigor desataca un silbador de los que el rastro mantiene, Con tanta falta de dicha me divierte su simpleza, en frágil naturaleza se aposentó mi desdicha. Cielos, si otro ha de llegar con más dicha, y más poder, venturoso a poseer cuanto puede desear, tras la de la esfera raya a su intención homicida. Y señor en la otra vida ay cielo para lacayos? que en cuanto a mí lo recelo. Bárbaro en qué te has fundado? En que no hay santo abogado de lacayos en el cielo. La estrella resplandeciente que dicen que dio, señor, su alacayado esplendor a los tres Reyes de Oriente, pienso que nos quiere bien; pero si el caso se apura, henchir pudo de luz pura el camino de Belén, pero no dar gloria a un alma: y así en caso tan penoso estoy triste, y temeroso, con la devoción en calma. Este santo que está aquí a manos de una mujer degollado, quiero hacer oración Estás en ti? que estás borracho sospecho; este es Holofernes. Puto, con el pudiera a pie enjuto irme al infierno derecho. y señor, qué santa es esta? Venus. Con frescura tanta, luego vi que para santa estaba muy descompuesta. Santos contra bandos son, como fletes de Gelanda, la cabeza se me anda, ya señor de confesión, antes que venga el rigor, yo ignorante mucho errado me acuerdo que he salteado. Luego has sido salteador? No me acuerdo; pero sé que si lo puedo haber sido, que no me habré resistido, que siempre lo deseé. Y cuando quede sobrado esta culpa, no es razón que quede mi confesión por corta, ni mal hechada. Acusome que le di diez perros muertos arreo a una mujer, aunque creo que ella me los daba a mí. Que tal la he considerado, tan fea y tan desairada, que aún no costándome nada vine a ser el engañado. Y de este pecado pido remisión de parte mía, que apenas le cometía, cuando estaba arrepentido. Que en una semana sola hurté al caballo, no es nada, dos hanegas de cebada, y la mitad de la cola. La cola, notable error, delitos son criminales los tuyos. Para sedales se la vendí a un pescador; pero pienso que no importa este pecado. Por qué? Porque con esto alargué la ración, que era muy corta: esto es hecho, mi cabeza tropezó para caer. Entrad don Juan a comer, que luego os verá su Alteza. Comida con alabardas sin Reinar, no me contenta; juro a Dios que trae pimienta la asistencia de las guardas. Pero lo de muera Marta encaja aquí lindamente; porque no es inconveniente, si muere, que muera harta. Si es confuso este favor acción digna de su Alteza, pero llega esta grandeza deslucida a mi temor: y es que advierte mi valor que en su estilo recatado, sus modos se han encontrado, pues da con mano atrevida alimentos a la vida, y confusión al cuidado. Poca estimación mostrara. a su grandeza y poder, si reducido a comer de su intención me olvidara, y pues que no me declara su escondido pensamiento, perdone mi sentimiento, que en mi confuso temor ni obliga el mayor favor, ni aliento el mejor sustento. Menos serán declarados. en la causa mis temores, que los daños son menores padecidos que esperados: y el alma en tales cuidados no es bien que discursos haga, ni en su culpa se deshaga, porque es fuerza padecer cuantos pudo cometer cuando ignora lo que paga. O se vuelva la comida, o mi culpa me decid, que en ella sola advertid, que no consiste mi vida, antes pudiera ofendida decir cuando se desalma, con los sentidos en calma, que bajamente sintio quien del cuerpo se acordó en los tormentos del alma, Señor don Juan, el servir de los que han de merecer, consiste en obedecer mucho más que en discurrir. Solo os vengo a persuadir que comáis, si no lo hacéis justo es que me perdonéis, que nadie puede por Dios, saber tanto como vos en las culpas que tenéis: qué responderé a su Alteza? Lo que aquí habéis escuchado. Y yo que soy alentado de buena naturaleza no comeré? Qué bajeza. No es bajeza vive Dios, hablad estomago vos, que bajeza puede ser tener esfuerzo y poder para comer por los dos. Ya te dije yo aunque en vano, que competencias de amor con poderoso, es señor, pleitear contra escribano: mas no hay difunto Cristiano, que sin calentura muera el comer, y se concuerda con que nadie por mascar boqueo, y por no tragar muchos han dado la cuerda. Un pajarillo enjaulado, todo pluma y armonía, viéndose preso porfía, pica y répica enfadado, voces daré en mi cuidado. por si el Rey me puede oír. Aquí del Rey, el sufrir es más valor. Pues señor yo no quiero más valor, que no dejarme morir. Miren si la purga obró, vive Dios que abren la puerta, nuestra escapatoria es cierta. Quién daba aquí voces? Yo, pero el diablo me engañó. De que estabas afligido tú mismo me has advertido, que mal se podrá alentar un hombre que llega a estar en sus culpas convencido. Señor. No me digas nada, que si algo he de agradecer a mi cuidado, es tener tu deslealtad comprobada, no ha de ser argumentada la ejecución del castigo, antes pretendo conmigo llevarte; porque mejor veas en tú mismo error; que has sido traidor conmigo. Solo advierta vuestra Alteza. Ya es tarde para advertir, solo me ha de persuadir en tu culpa tu bajeza. Nadie con menos grandeza. En poder mucho menor fuera justo este rigor, que aún no fuera tu igual, un hombre que es desleal con todos es inferior. Quisiera. Si he de escucharte cansaraste en porfiar, que donde puedes hablar es donde he de avergonzarte, a ser parte inconvencido, y testigos de tus culpas. Si no escuchas mis disculpas, obediente y real castigo. Yo tengo un poco que hacer donde es fuerza el asistir, y como me dejenir, puntual seré en volver. Yo lo soy en no exceder las órdenes que me han dado: de la guarda acompañado iréis. Por esto se dijo guarda fuera, y yo me aflijo, mal seguro y bien guardado. El Consejo despachó al soldado pretendiente, y la sala cuerdamente al alguácil castigó. Castigo fue provechoso, y no de razón ajeno, que el ministro que no es bueno, para muchos es dañoso. La República es, García, un cuerpo, y si falta en él administración fiel, la más leal Monarquía podrá dejarlo de ser, y el más seguro ejemplar consiste en el castigar los que tienen más poder: qué es esto? Murió, señor, el General que elegiste, y con esta pompa triste, a su militar honor debida, la de su gente una estrecha, y lauro honroso. Un general valeroso, y caballero prudente, perdí; pero darle quiero a don Alonso García el bastón, que cada día, lo que escucho del primero son las quejas con que da por ofendido su honor. Ah servido bien, señor. Sí; pero de suerte está sentido en la recompensa, que las quejas que me ofrecen sus sentimientos parecen hijas de mayor ofensa. Lo que voluntariamente dan los Reyes, no he dar causa a poderse quejar el que granjea obediente, General será García; pero mucho se ha quejado, que dicen que haber rondado yo en persona? Qué podía Roma en tiempo de Trajano hacer escuela, señor, tu justicia y tu valor. Si esas alabanzas gano, menester es proseguir lo que advertido empezé, esta noche rondaré por granjear y adquirir: la aprobación popular, que los ilustres varones reiuaron, los corazones dicen que es solo reinar Como ardentísimas penas, un corazón afligido puede vivir ofendido compasivo en las ajenas? como está helada en mis venas mi sangre ya; pero aquí la que ofendida vertí por el que ahora me ofende, de admirada se suspende, y obre sin fuerzas en mí. Si es el Rey el que en mi honor es poderoso a injuriarme? como el Infante ha de darme vivo, o muerto al ofensor: la confusión es mayor que el dolor del sentimiento, pero espere el sufrimiento los fines de mi cuidado, que un discurso anticipado hace mayor el tormento. Oh don Alonso. Señor. Puntual eres. En las cosas de mi honor siempre yo lo he sido. Aquí te espera, que si te di palabra que te daría tu enemigo, como mía la cumpliré; pero advierte que consiste en no moverte de aquí el lograr tu porfía. Quién se pudiera escapar. Mucho Hernando te desmandas. Comí anteyer cosas blandas, y me quiero aligerar. Su Alteza lo ha de mandar. No entra su jurisdicción en tripa y retortijón, que esta es prisión natural, y ha de oler el preso mal en habiendo remisión. I̱Ya sabes lo que has de hacer, como te he dicho has de hablar a Clara, sin dar lugar a que ella pueda entender que estoy aquí. Obedecer es justo, sin argüir, que no ha de hacerme incurrir absuelto ni delincuente, en culpas de inobediente los temores del morir. Toma; y tú has de hacer Hernando la seña que anoche hiciste. Esto le faltaba a un triste, las sierpes mueren silbando; mas yo no tengo ni mando, así tu grandeza viva respiración silbativa, que ni órgano contrabajo detenido por abajo, mal soplara por arriba. Esta mujer no ha de ver con la mucha oscuridad, los bultos y la verdad, nos ha de echar a perder. Pero aquí me ha de valer, de lo que llamó advirtio, silvaré dos veces yo, y podré informarla así de que está el Infante aquí. Te resistes? Señor no. Una ventana han abierto. que prevenido cuidado. Siempre un pecho enamorado. espera en vela, y despierto. Ya este principio me ha muerto. Dos veces tocado ha sin duda en la calle está el Infante, y será error no asegurarle en su amor si anda con recelos ya, es don Juan? Señora sí. Ojalá al cielo pluguiera, que ni yo te conociera, ni me fiara de ti. Tirano, mal Caballero de que sirvio enamorarme del Infante, para darme causa al dolor de que muero, Por ti le llegué a querer, y ahora enemigo veo que le impones el deseo en diferente mujer. Tú le diviertes traidor, que si esto verdad no fuera, no es posible que estuviera olvidado de mi amor. Es esta la inclinación jurada y encarecida, tan de verás persuadida a un rebelde corazón. Son estos, di los favores de su parte asegurados, y de la tuya jurados a pensamientos traidores? Hijos de una tercería cautelosa, si engañáis, a que fin apadrináis una injusta tiranía? Si a caso sabes querer como sabes persuadir, o da remedio al morir, o consuela el padecer. Deja que vuelva a mis ojos el Infante, y dile a el que venga menos cruel a redimir mis enojos. Porque si quiere enfadado de saber ya que es querido, que sirva su injusto olvido de sepulcro a mis cuidados. Que en mí no podrá faltar el amar, y el padecer; que la que tarda en querer siempre es firme en porfiar. Señora. Fuese y cerró. Esta es la desconfianza de mi escondida esperanza, dichoso mil veces yo. Fineo pierdo con esto el juicio que he tenido. Yo, señor, ya lo he perdido de ver tanto amor tan presto. Hablando están, y no entiendo lo que dicen. Vive Dios, que consistió en el ser dos los chislos todo el remedio. En la sospecha pasada nos engañamos Fineo, lo que escucho es lo que creo, ella está ya enamorada. Lo que es en mi corazón nunca yo me persuadía a que don Juan me podía hacer en esto traición. Pero ahora que diré que le sea en esta culpa satisfacción y disculpa, otra intención fingiré, don Juan. Señor. Siempre ha sido conocida tu lealtad. Pero una curiosidad averiguaré querido, dijéronme que obligado ya de don Alonso hacías sus partes, y no las mías, poniendo, solo el cuidado en que Clara se volviese sin hacerle resistencia a su casa, y su obediencia, y que a mí no me quisiese. Pero ahora que ya estoy persuadido a la verdad, en fe de vuestra amistad los brazos, don Juan te doy. Sobre lo que has escuchado no tengo que responder. Qué advirtiese? esta mujer el remedio anticipado. Oh Sibila del amor. con humanas profecias, sacrificuente mis días dos temblores, y un temor. Doña Clara está rendida como ves, quiero sacarla de aquí esta noche, y llevarla, donde estimada y servida, pueda correr por mi cuenta, sin que su sangre agraviada solicite conspirada los estorbos de su afrenta. Esta puerta has de guardar mientras voy a disponer la casa donde ha de estar. Y si en esta quiere entrar, bien es tu asistencia aquí don Alonso, solo advierte, que hay menos riesgo en su muert guardarme un disgusto a mí. Acuérdate que has mandado a don Alonso esperar, diciendo, que le has de dar o vivo, o muerto el culpado. Si Fineo. Pues señor, como cumplirlo podrás, si así mismo no te das? otra confusión mayor es esta. Dices verdad, mas el amor, y el poder no reparan en romper la mayor dificultad. Don Alonso el que te ofende es más de lo que has pensado; ten paciencia, y pon cuidado en tu vida, que el que emprende soberbio hacer resistencia contra el poder, y el mandar, viene ignorante a pagar con la vida la paciencia. Bien a los principios yo eché de ver que era el Rey, conmigo rompe la ley el que a todos la ha guardado. Pero aunque ha nacido a ser con todos justificado, por mí que soy desdichado puedo dejarlo de ser. Pero perdone el temor, que no ha de decirme a mí mi corazón que temí en las cosas de mi honor. A mi hija he de sacar y meterla en un Convento, Quién va? Un justo sentimiento, una desdicha, un pesar. Parece que habláis en mí. Que siento yo sabe Dios vuestras penas, como vos, pero obedeciendo aquí, esta puerta me han mandado guardar, y está superior el mandato, que al dolor antepongo mi cuidado. Puédese el nombre saber? Advertid que no os le digo; porque siendo vuestro amigo no lo puedo parecer. Y siéndome aquí forzoso resistir y porfiar, cónfuso podréis estar; pero no os tendré quejoso: Y porque veáis que soy pilares en mi lealtad, no entréis ahora, y tomad de mí un consejo que os doy, Oponerse el flaco al fuerte, de su poder ofendido, es pisar inadvertido los humbrales de la muerte, quien tiene flacos los pies, y buscar solo es forzoso el remedio poderoso, cuando la ofensa lo es. No hay contra vuestro enemigo mayor fuerza, ni más ley que la grandeza del Rey, y así os aconsejo y digo, que habléis a su Majestad, si es que remediar queréis el agravio, y que apeléis de su sangre a su piedad. Que bien que se han conformado todos en decir que ha sido, que es el Rey quien me ha ofendido no fuera otro el culpado. tan agradecido estoy al consejo que me dais, y a la amistad que mostráis, que aunque en mis ofensas soy, por mi valor impaciente, suspende prudente y sabio el remedio del agravio; porque seáis obediente. Y por no os ocasionar me voy, que se agradecer cuando os pudiera ofender, si vos sabéis obligar. Ay Hernando, muerto estoy. otra mortandad hay más, cuando libre y sano estás, de que al cielo gracias doy? Muy afrentosamente me parece que sentía Clara aquesto que decía del Infante, y si lo siente, como lo daba a entender muerto soy Dios te perdone, y tus simplezas corone, porque es a mi parecer lástima el hacerte mal, si por lo que ella advirtio vivimos, en qué ofendió? En qué ha sido desleal; no se queja tan sentido un corazón que desama. Sola una vez han tocado; don Juan está solo aquí, es don Juan? Señora sí. Señora, que bien criado; que tenemos mi señor de nuevo, ahora hay recelos? Ay Clara, saben los cielos si quisiera, que el dolor de la pena me acabara, sin decir en lo que siento la causa del sentimiento en una ofensa tan clara. Deja que vuelva a mis ojos el Infante, y dile a él que venga menos cruel a redimir mis enojos. Puédense decir fingiendo estas razones? no son efetos del corazón, donde está el alma ofreciendo su ser mismo en cuanto siento, que cierto fuera el sentir, siendo verdad el fingir, ser el modo diferente. Y tan por suya te cuenta, que juzga en la posesión tan fácil la ejecución, que no repara en tu afrenta. Y aguardarte me dejó mientras que vuelve por ti. Pues espera un poco ahí, y verás lo que hago yo. Vive Cristo que imagino que se va a desesperar, a nunca desconfiar acertarás el camino. Esto te doy por respuesta en cuanto has imaginado, a irme he determinado contigo. Advierte que es esta notable resolución. Di, y quedará encarecida, que es de mujer convencida con fe, y con resolución. Es poderoso el Infante, y es imposible escaparnos, supuesto que ha de buscarnos. Que buen corazón de amante, de esa suerte tú has fingido tu voluntad, y yo no, pues que facilito yo lo mismo que tú has temido. Si haciendo el Infante prueba de un amor firme y profundo fuera escudriñando el mundo, gruta a gruta, y cueva a cueva. Y fuera en este Horizonte su cuidado original atalaya universal del más empinado monte, sin que jamás se corrija, siempre en su quietud avaro, teniendo solo en mi amparo, o la vida que me aflija, o la muerte que me espera; solo sé mi bien que soy tuya, y que contigo voy, y venga lo que viniere. Venga Clara, conspirando contra mí todo Aragón, llevando en mi corazón el tuyo y tu fea mi lado. Vengan sierpes de metal, la diligencia escondida, y en mármoles esculpida la venganza universal. Vengad el rigor sangriento, el acero ejecutivo, y en el brazo vengativo del poder, mi fin violento, Que cuando el mundo se altere porque don Juan te llevó, goce de tus brazos yo, y venga lo que viniere. Ea Leonor, hasta ahora todo ha sido padecer, mal pasar, y mal comer sin cubo, y sin cantimplora. Pero ya que empieza a dar bostezos Baco, y los dos, Leonor para lo de Dios pretenden conclutinar, aunque el castigo me espere, tengamos boda esta vez, y ejercítese la nuez, y venga lo que viniere. Más pacifico he hallado esta noche ya el lugar. Quién, señor no ha de temblar de ver a un Rey enojado? No hay quien no haga resistencia por ti a sus culpas, señor, que el respeto con amor hace mayor la obediencia. Mi hijo se ha ido, cielos, el Rey sin duda está allí, pedírsela quiero aquí, puesta mi boca en el suelo. Quién duda que la ha enviado a Palacio; a dónde está mi esfuerzo? quién le ha turbado? don Alonso está? si señor, postrado a tus Reales pies; ya es tiempo señor. Sí es, tiempo es ya que vuestro honor consiga lo que pretende. En la ofensa puede estar? Pues quien si yo os quiero dar, lo que pedís os ofende? Id a Palacio, os daré lo que venís a pedir; porque no podáis decir que os ofendo; Así lo haré. Si fuera herencia el bastón no lo pidiera García, con más quejosa porfía. Debe de ser condición. Abrasaré el mundo entero sino parece Aquí está su Majestad. Quién podrá reprimirse? aquí no quiero que me vea; no es aquel don Alonso? Sí señor. Dél ha nacido el rigor de inclemencia tan cruel. Dile en secreto que aquí se llegue, que él me dirá a su pesar donde está Su Alteza os llama. De ti solo pretendo saber, habla quedo y recatado y abrevia; porque esta vez quiere apriesa mi rigor remedia tu deshonor, supuesto que soy juez, Su Majestad solo es quien a Palacio la ha enviado ciegamente. Mi cuidado tiene mi hermano también, que si bien se considera llevar de otro que el Rey fuera. Vete a Palacio, y allí me espera, que luego voy, y verás como te doy a tu hija. Harelo así. Al Rey me importa engañar, y en lo que ahora he sabido hacerme desentendido para poderla cobrar, diciéndole que un criado suyo la tiene, y que voy a buscarla, porque soy juez, y me la han llevado. Por no confesar su culpa es fuerza disimular, y en Palacio podré entrar por ella, sin dar disculpa. Que no ordenará un amante? Tal cuidado en tal grandeza! Y dónde va vuestra Alteza tan a deshora? Importante cierta diligencia ha sido, y como juez que soy, haciendo pesquisa voy, que doña Clara se ha ido. Dícenme que es un criado de Palacio quien la tiene, y voyla a buscar. Conviene poner en eso cuidado y diligencia. Qué bien que sabe disimular. Por eso le he de engañar con disimular también, sino es que le hallo casado con ella, por lo que al otro con atrevido pecho, hoy que dará castigado con rigor su casamiento, solo me podrá obligar, que el ver que la quiso honrar templará mi sentimiento. Muy bien muestra su valor la rectitud del Infante. Tiene un espejo delante en tu grandeza, señor. Si el consejo que le di a don Alonso he tomado, el Rey será mi sagrado, supuesto que no hay aquí otro remedio señora. A los pies del Rey lleguemos; porque allí solo podremos prevenir la causa ahora contra el Infante, señor a tus reales pies están, con doña Clara, y don Juan, dos delincuentes de amor. De donde ya le tenía su Alteza depositada, se ha salido confiada en la fe que la debía De quién persuadida has sido para venirte? Señor, solamente de mi amor, que antes don Juan no ha querido aprobar mi atrevimiento. Eso basta por disculpa, que en la mujer es la culpa con amor, rayo violento. Su Alteza viene. Ay de mí No temáis, que yo se ya del mismo, con que podrá templarse su enojo aquí, con que las manos os deis, para que os halle casados, mitigaréis sus cuidados, como ahora lo veréis. La mano, y el alma doy. Y yo el alma con la mano, Guárdese todo Cristiano, que viene un rayo. Aquí estoy temblando. No han parecido? No señor. Mejor juez parecere yo esta vez, aquí están; Socorro pido. Quién es el hombre? Señor, el que lo ha sido en errar. Harto ha hecho en no encajar, que los hierros del amor son dignos de perdonar, Vuestra Alteza aseguró, que solo estando casados pudieran ser perdonados, casados están. Y yo sin juicio; pero aquí ya es fuerza disimular yo también, por no mostrar mi intención, y solo en mí hallo importante este medio: porque en un hombre es bajeza el publicar su flaqueza, cuando es sin fruto el remedio; yo los perdono. Y yo pido de mis engaños perdón. Mañana haré que el bastón que esta noche me has pedido te den. Yo gran señor, no le he pedido jamás, Pues qué pedías? Si das licencia, aunque injusto error, para callar sus engaños, que me perdones suplico el decirlo. No replico. Vivas infinitos años. Y tú? Fraile pienso ser, que en esto del hago, y digo, Leonor ha de ser conmigo censo al quitar la mujer, y si esta comedia hiciere sangre a la gente Cristiana, no hay si no esperar mañana, y venga lo que viniere.
