Texto digital de El valeroso español y primero de su casa
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Gaspar de Ávila
- Atribución estilometría
- Gaspar de Ávila Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega I (1857).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El valeroso español y primero de su casa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/valeroso-espanol-y-primero-de-su-casa-el.

EL VALEROSO ESPAÑOL Y PRIMERO DE SU CASA
JORNADA PRIMERA
Déjame, Leonor, llorar A solas, cierra esa puerta; Que una pasión encubierta Pide secreto lugar. Mira, Señora, que es dar Motivo al entendimiento Para mayor sentimiento; Que una pasión recogida Gasta de su misma vida Si disimula el tormento; No imagino que hay dolor Que te obligue a tal tristeza. Mi propia naturaleza Es el tormento mayor; Viene mi abuelo, Leonor, De Béjar, solo a llevarme A la corte, y a casarme Pienso que voy, porque él Va a la jornada de Argel, Y pretende cautivarme; Bien sabes que me he criado Aquí desde que murió Mi madre. Y aun pienso yo Que te has naturalizado, Porque de suerte has estado En Sanlúcar, que imagina El alma, que determina Tus gustos, que tu deseo Hace su dichoso empleo en los duques de Medina, Pero, Señora, paciencia A lo que el tiempo dispone, Pues a todo se antepone La paternal obediencia. Tener quisiera prudencia, Pero temo que al salir, Hecho el hábito a vivir En el agua, he de acabar; Porque soy pez de este mar, Y ausente, es fuerza morir; Una costumbre, adquirida Con el tiempo y con la edad, Hace de la voluntad Una fuerza introducida; Y es sangre, en fin, convertida En naturaleza, y tanto En el sentir me adelanto, Que será fuerza dejar El corazón en el mar, O que el mar vaya en mi llanto. Dama dicen que has de ser De la Emperatriz, Señora. Quien se ausenta solo llora, Leonor, lo que ha de perder, Y la gloria del poder No se apetece ni es buena Cuando está puesta en la pena; Porque solo en el tormento De la memoria halla asiento Un alma de gusto ajena; Y en más estimo, Leonor, Ver el tributo que al alba Paga aquí la dulce salva De un clarín despertador, Que del monarca mayor El favor más liberal; Porque desventura tal, Esas glorias aparentes, Son gustos por accidentes, Y esto otro es bien natural. Mucho, Señora, te agrada Cualquier acción valerosa. Tengo un alma belicosa, Y no soy para casada; Y una vez determinada, Leonor, a tomar estado, Antes quisiera un soldado Valiente por su persona Que la más digna corona Que a humanas sienes se ha dado. May poco de Venus tienes. Por eso tengo de Marte En mi ser la mayor parte. Si con las suyas convienes, A ser Martífera vienes. Bien dices, mas no se infama De Venus el nombre y fama, Pues nunca, si amor pelea, Hay valiente que lo sea En los brazos de su dama. Los duques vienen. Paciencia, Y enseña aquí tu prudencia. ¿Como estáis sola? Señor, De la merced y favor Que me hace su excelencia Hablaba. De agradecer Sabéis más que yo obligar. Ella sabe conocer Lo que debe confesar Y no puede merecer. Vuecelencia advierta que es Juana muy agradecida. En deuda tan conocida, Nuestro mayor interés Es, Señor, el confesarla. Siendo imposible el pagarla. Cuando en mi sangre no hubiera Parte de la suya, hiciera Tanta fuerza al granjearla, Que pudiera hacer en mí Natural la obligación Que ahora confieso en mí. De vuestro heroico blasón Un nuevo ser me vestí; Seis años ha, gran señor, Que milita mi esperanza Vuestra grandeza y favor, Y seis que por vos alcanza Crédito, ser y valor. Tan niña a vuestro poder Vine, y tanto llega a ser Lo que habéis hecho en mi vida, Que el alma, de agradecida, Se ha vestido nuevo ser. Y si consta de los dos La vida que debo a Dios, Que diga mi fe consciente Que consiste solamente En no apartarme de vos. Pues, Juana, fuerza ha de ser Que el Emperador envía Por vos para engrandecer Vuestra fortuna y la mía. ¿En qué forma? Os quiere hacer Dama de palacio, y creo Que os pretende dar estado Muy conforme a mi deseo. Que se han los dos concertado, Leonor, en mi muerte creo. Disimula y ten paciencia; Que no es justo que se olvide Tu gusto de tu prudencia. Discretamente se mide La muerte con el ausencia; Leonor, yo he de entretener Lo posible esta jornada. Dudo que se pueda hacer, Estando determinada. Por lo divino ha de ser. Por la mañana quisiera Partirme. Apartarme fuera De una justa obligación, Con que daría ocasión A que el cielo se ofendiera. ¿Tú, obligación? Sí, Señor, Y en ella es justo acreedor La Virgen de la Bonanza, En quien puse la esperanza Tras el temido rigor De un accidente cruel Que mis labios... De clavel- Convirtió en blanca azucena. Fue, Señor, una novena. Digno ofrecimiento en él; Y si yo las plantas muevo, Y con mi salud me llevo los deseos del cumplir, Bien podrá el cielo decir Que me voy con lo que debo. Aunque me es la dilación Dañosa en esta partida, por tan justa obligación Y deuda tan bien debida, el dilatarla es razón. ¿Es imagen del lugar? Una legua puede estar, A cuyas plantas divinas Vienen olas peregrinas En la resaca del mar; Y hoy se ve en estas riberas, Por ser su dichoso día, Que en cuadrillas placenteras Llevan con propia alegría Oblaciones extranjeras. Empezad, Juana, desde hoy Vuestra novena. Que soy Tu esclava, Señor, confieso, Y humilde los pies te beso. Y yo agradecido estoy, Y albricias le pediré A la Duquesa. Y yo iré A saber cómo se siente de su pasado accidente. Leve imagino que fue; Yo no tengo de pasar De aquí. Ni yo pienso entrar. Solo advierta vuecelencia Que en casa ajena es prudencia obedecer y callar. No hay obediencia en lo injusto. Aquí se antepone al gusto La razón, y esto ha de ser. Entro, por no detener A Vuecelencia. Es lo justo. Solo tu ingenio pudiera Dilatar y suspender Esta ausencia. Considera, Leonor, sobre ser mujer, Una afición verdadera Al cielo de este lugar, Y podrasme disculpar, Pues juntamente me anima, Con lo apreciable del clima, Lo belicoso del mar. Sí; pero advierte. Señora, Que con lo que haces ahora Solo dilatas la ida. Mas no excusas la partida. Todo el tiempo lo mejora, Y el principio en dilatar En el fin es suspender. ¿Tú, al fin, no piensas dejar A Saulúcar? ¿Puede haber Mayor pena que acabar Con la vida? No, Señora. Pues lo que me importa ahora Es no vivir, o quedarme. Solo a fin de no ausentarme. No es muy fácil. Nadie ignora Lo difícil; pero yo, Que sea fácil o no, Vivir quiero, y no salir De Sanlúcar a morir. Si aquí mi vida nació. ¿Qué es lo más aborrecido De esta ausencia? El poder ser Que me den, Leonor, marido Por ajeno parecer. Sin valor por sí adquirido; Dos conformes voluntades Hacen perfecta la unión De un ser, si te persuades, Y una misma inclinación, Una vida en dos edades, Y más quiero aventurarme A padecer por quedarme, Que buscar en mi partida Un sí contrario a mi vida Y un bien que puede acabarme. Un criado de tu abuelo Viene. Al sufrimiento apelo, Y pues es con tanta pena El remedio una novena. Defienda mi causa el cielo. ¿Qué hay, señor don Juan? Besar Los pies a vueseñoría Por el bien de hacer quedar Al Duque, que ya quería Partirse sin descansar; Y estoy tan enamorado De la hermosura del mar, Cuya vista he deseado, Que la quisiera gozar No en tiempo tan limitado. Yo aseguro que viviera El señor don Juan aquí Con gusto. Tal le tuviera, Que a Béjar, donde nací, Eternamente volviera; La patria más natural Del hombre es la que se ofrece De gustos más liberal; y ni no hay mal si se apetece, Ni bien si se admite mal. ¡Qué divino entendimiento Tiene el don Juan! Si le toca El órgano al pensamiento. Tendrá un Séneca en la boca Y un Virgilio en cada acento; Que siempre es bien entendido Quien lisonjea el oído Del que escucha. Ansí es verdad; Pero aquí la propiedad Le hace bien recebido. ¿Qué vida se pasa allá, Donde no hay esa grandeza? Lo que una tierra nos da de estéril naturaleza. Sin lo opulento de acá. El casarse y el morir Son allá las novedades. La experiencia es el oír, Maliciosas las edades, Y torpe el contradecir; No hay quien entienda de vientos, Si no es para sus sembrados, Y los grandes pensamientos Vienen solo a estar fundados En dos fáciles contentos; Y aquí el menos poderoso Se considera animoso en este espejo divino, Depósito cristalino De la fe del ambicioso; Y están tan comunicados Sus términos frecuentados, Que es el mar cima de plata, Con que el cielo liga y ata Los lugares apartados; Y es una apacible guerra, Con lo que ella misma encierra, Y en su turbada armonía Una franca hospedería De los ríos de la tierra. Los duques, Señora, están En la carroza esperando, Fuera del primer zaguán. Mi esperanza voy logrando. Venid conmigo, don Juan. ¿Dónde vamos? A empezar La venturosa novena Que os detiene en el lugar; Pero otra más larga ordena A fin de no le dejar. Ruégale que la prevenga Tan larga, que nos detenga. En cuidado se lo tiene, Y tan larga la previene, Que no hay tiempo que le venga. A la Virgen de la Bonanza, En la playa de Sanlúcar, Labradores la celebran. Marineros la saludan. El mar le da perlas En sus conchas brutas. Y la parda tierra Sus flores y frutas. Los ligeros peces Las escamas suyas. Y alegres las aves Las pintadas plumas. Ellas por el aire. Y ellos en sus grutas. Labradores la celebran, Marineros la saludan. Solos los duques faltaban Para alegrarnos la fiesta. Que otros años celebraban; Pero su carroza es esta. Tristes las flores estaban De ver ya de sus señores Dilatados los favores; Que solo a fin de saber Lisonjear el poder Nacen con alma las flores. De la iglesia saleo ya De hacer oración. Pues va De baile, para que vean Que la tierra y mar desean Pagar el bien que les dan. A la Virgen de la Bonanza, En la playa de Sanlúcar, Labradores la celebran, Marineros la saludan. Celébrese justamente La grandeza de este dia, Pues aquí tiene el oriente El aurora de María, Mas que el sol resplandeciente; ¿Qué nave es esa ofrecida? Una mía, que se vio De los vientos impelida, Y desde el cielo bajó Al abismo sumergida; Tal vez, gran señor, la vi Tan cerca de las estrellas, Que ser del cielo creí, Y tal vez tan lejos de ellas, Que de vista las perdí; Pero puse la esperanza En esa imagen, que alcanza Tanto con Dios, y al momento Menos cruel sopló el viento, Y el mar se ofreció en bonanza; Y tan ajustado vengo En la obligación que tengo, Por que agradecido estoy, Que lo que por mi le doy Es lo que por ella tengo. Estas llores da, Señor, La parda tierra en tributo A la verdadera flor, Que nos dio ofrecido fruto El ser de su mismo Autor; Como al señor el vasallo Le paga en parte del bien La quietud de conservarlo, La tierra paga también La ventura de gozarlo; Y aunque poco satisfecha En él, donde flores echa, Su siempre viva alegría En la fe de estas envía Las muchas de su cosecha. Débese tan justamente El tributo que se paga, Que si algo en esto se siente, es que nunca a tiempos paga Quien recibe eternamente; Y el pagar al cielo ansí Podrá disculpar aquí El faltar a mi tributo, Pues a Dios le dais el fruto, Y las flores de él a mí. Cuando yo no conociera A vuecelencia. Señor, Esto solo me dijera Su grandeza y su valor, Y ser de un Guzmán creyera; Yo voy muy bien enseñado En el modo de obligar Mis vasallos. Nave ha entrado; Que aquella es pieza de mar. Don Juan viene alborotado; ¿Qué es esto? Una admiración, Que aunque en otro menor fuera, En mí es grande, porque ignoro Del mar las muchas grandezas. Estando a la lengua, ahora, Del agua, si llaman lengua A esos límites que forman Las aguas y las arenas. Vi en remolinos de plata, Cubierta de blancas velas, Llegar al puerto esa nave Que ha disparado esa pieza, Y arrojó de si una barca, Tan hija de su soberbia, Que, aunque con menos volumen, Llegó con más ligereza. Seis españoles traía, Y uno entre ellos tal presencia, Que el Océano parece Que le inclinó la cabeza; Cada movimiento suyo Pareció un acto de guerra, Mostrándose victoriosa En él la naturaleza. Y tan gallardo venía Sobre un tapete de seda, Que, a ser el barquero Amidas, Pudiera engañar por César. Y apenas salió del mar Sobre las blancas arenas, Cuando, arrojando el bastón, Puso la boca en la tierra. «Gracias a Dios, dijo, España, Que ya pisa tus riberas Quien hizo propia la fe A costa de sangre ajena; Gracias a Dios, que los triunfos De mis Victorias se acercan, Pues nunca las glorias tardan Si se goza el premio en ellas; Y gracias a Dios también Que las vengo a dar en tierra Donde reina la razón, Y es justo que yo la tenga.» Y preguntando su nombre, A fin de saber quién era, Me dijeron que Cortés, El que por España deja Conquistado un nuevo mundo, Y a cuya invencible diestra Debe ya el cielo más almas Que san Pedro dio a la Iglesia. Y por haber sido voto De una tormenta deshecha El visitar esta imagen, Le trae por justa promesa Cuarenta barras de plata, Que son verdaderas lenguas De aquel conquistado mundo, Que ha de hacer su fama eterna. Este es sin duda Cortés, De quien ya he tenido nuevas Por las que él tiene enviadas Al Emperador. ¡Grandeza Digna de escribirse en bronce, Y tanto, que ser pudieran Las láminas de diamante, Y de oro lo escrito en ellas! Avisad a doña Juana, Que está dentro de la iglesia, Para que al entrar Cortés Con más cuidado le vea. Ahora, según me han dicho, Verá un hombre vuecelencia, En quien parece que Dios Quiso mostrar sus grandezas; Verá un apóstol armado, Que en las dos glorias inmensas Del vencer y conquistar hizo argumentos sus fuerzas, Y un evangelista humano, Que, al escribir la ley nuestra En la hoja de su espada Hizo argumentos sus fuerzas. Un Viriato español, Un Héctor en la prudencia, Scipión en atreverse, Y en el conquistar un César; Y no porque cada uno Compite con su grandeza, Sino porque todos juntos Hacen una parte en ella; Ya le van todos a ver, Y el cielo, porque le vean, Presumo que, de obligado, Infunde de alma las piedras; De la iglesia sale y viene. Todos, señores, se tengan; Que está aquí el Duque. No importa; Dejad que todos le vean. A vuecelencia suplico Me dé los pies. Quien pudiera Ser, a no ser tan leal, De un nuevo mundo cabeza, Con los brazos puede entrar A los que tanto se precian De humildes y de leales. Yo, señor Cortés, quisiera Poder trasladar ahora Del corazón a la lengua Los afectos amorosos De una amistad verdadera; Tan bien venido seáis, Como en España os esperan Agradecimientos justos, Dignos de alabanza eterna; Mucho dificulto en Carlos La paga de tan gran deuda; Que a tan divino valor No alcanzan humanas fuerzas. Cuando todos mis trabajos Librado el premio tuvieran En la merced y favor Que me hacen vuecelenclas, Nuevos mundos deseara. Formando esperanzas nuevas, Para adquirir y gozar Tan dichosa recompensa; Nunca fueron desgraciadas Hazañas que se confiesan, Y el no negarlas en Carlos Basta por premio al hacerlas; Y puede premiar sin dar, Porque la estación postrera Del que agradece y no paga Es reconocer la deuda. ¡No he visto en toda mi vida Valentía tan discreta! Es Cortés por dos caminos, Y valiente por cuarenta; Pero ¿qué cosa le agrada Mas a tu naturaleza? ¿Valentía o discreción? Aunque es justo que conceda Que el ser valiente es lo más, Por ser lo más que me lleva, Si estas dos cosas se juntan, Hacen una misma fuerza, Porque, como son tan nobles Entrambas, que asiste en ellas Un afecto de la sangre, Y del alma una potencia, En una materia misma Son como el oro y las perlas. Que, aunque con formas distintas, Se juntan y se hermosean. Filósofa estás, Señora. Filosofía secreta Es la propia inclinación, Y el amor todo agudezas. Luego ¿ya le tienes tú? No, Leonor, pero pudiera. Pues no hay amor dilatado Cuando ayudan tas estrellas. Mi casa, señor Cortés, Habéis de tener por vuestra, Honrándola con serviros De cuanto tuviere en ella. Traigo, Señor, mucha gente. Quejarme en parte pudiera De que la juzguéis por corta, Y tan débiles mis fuerzas; Por vida de Carlos Quinto, Que si las Indias trajerais. Que había de haber posada Para todos en mi tierra, Y no porque no es muy corta. Sino porque es evidencia Que no hay hospedaje humilde, Como el deseo le ofrezca. Yo os lo ruego de mi parte. Y yo también. CORTÉS. La obediencia Disculpa el atrevimiento; Y así, es justo que obedezca. De una relación sucinta Quisiera que la Duquesa Escuchase la conquista. Después que de su excelencia Bese las manos, lo haré. ¿No venís, Juana?... Me quedan Mas estaciones que hacer. Pues yo haré que por vos vuelvan. A ese soldado, Leonor, Di que un poco se detenga; Que bien los podrá alcanzar. Por curiosidades entra.— Mi señora doña Juana Os llama. Esta sí que es tierra, todos con nombras que corren: Juana. Beatriz y Teresa; Y no allá Zaquira, Giuza, Zacuna, Zaquíracea, Con aspectos saturninos, sobre caras de baqueta; ¿Qué titulo se le debe? ¿Señoría o excelencia? Las parles son excelentes, Y el título el de Venecia, Dei conde de Aguilar bija, Nieta del duque de Béjar, Y del duque de Medina por cuatro partes palíenla. ¿Qué manda vueseñoría En que la sirva? Quisiera, señor soldado, saber algo de hazañas tan nuevas. Vueseñoria me mande cortar doscientas cabezas de indios, y no me pida relaciones ni quimeras; que corno me hizo el cielo retórico de la guerra, obro bien y hablo mal, y está en mis manos mi lengua, fue a su costa, venció un mundo, diole a Carlos la obediencia, almas a Dios, gloria a España, y su nombre fama eterna. Esperad. Hernán Cortés dirá lo demás que queda; que hizo más y sabe más, se va, y estoy de priesa.Corta relación, Señora. No mucho, pues dijo en ella Lo que Cortés pudo y dio Y couquistó con su hacienda; Y de sí informó tan bien la cortedad de su lengua; que lo Fuerte del hacer le quita al decir la fuerza. Los de la fiesta le siguen; solos dos hombres que quedan vienen acá. A esos dos Los detendrá su soberbia; Nunca un arrogante admira Hazañas de otro; que piensa Que es menosprecio en las suyas Ll confesar las ajenas. Si ruegos de un extranjero. donde hay natural nobleza, Ilustrísima Señora, Es bien que obliguen y muevan, Por ser la que siempre para A los que a este puerto llegan, Intercediendo por todos, Dictada de su nobleza, Le suplico humildemente Que a este monstruo de la tierra, A este milagro del mundo, Le pida de parte nuestra Que se deje retratar, Para llevar a Venecia Un retrato, por quien hagan Estatuas en bronce eternas. Y yo le pido lo mismo Por Francia, para que vean La estatua del mejor hombre Visto en las edades nuestras. Yo le pediré a Cortés Que premie vuestra nobleza. ( Mío parece el deseo, Aunque es la demanda ajena.) Este sí, Leonor, que es hombre Y por este si pudiera... ¡Jesús, qué imaginación! Estas son intercadencias Del pulso del pensamiento. Que cuando el alma está enferma, estos accidentes tiran A una calentura lenta. ¿Qué estás hablando entre dientes? No sé. Plega a Dios que sea Agua limpia y fuego manso, Si es que sopla la marea. Del retrato que me dieren Sacarás el tuyo. Espera, Y repara en lo que dices; Del retrato de Venecia Se ha de sacar el de Francia. Mi demanda fue primera; Siempre se han de regular Por las causas el hacerlas; Y ansí, he de llevar a Francia El que estuviere más cerca Del original primero, Sin que dos pinceles mientan, Y puedes copiar del mío El tuyo. ¡Si conocieras Quién soy! ¿Quién puede ser más De un clarísimo, aunque tengas Por tuya esa humilde nave, A tantos vientos sujeta? Y tú ¿quién eres? Un hijo De la cristiandad primera Y de un reino que dio al mundo Doce rayos y un planeta. Dé el retrato doña Juana De su mano, y después sea Del que le quitare al otro. Eso es lo que yo pudiera Pedir aunque te le dé. Pues no hayas miedo que tenga Francia el retrato primero, Como en mis manos le veas. ¿Qué escribe el Emperador a vuecelencia? Su carta Dice que importa, Señor, Que al recibirla me parta; Porque, haciéndome favor, Quiere que a un consejo asista De la trazada conquista. Donde se ha de proponer La jornada que ha de hacer Para Argel. Que no resista La brevedad nos conviene. Para vuecelencia viene También otra carta aquí. Juana, si me llama a mí, Habrá de quedarse. Hoy tiene, Si ella se queda, un buen día. ¿Lujan? ¿Señor? Yo querría Partir mañana a Madrid; Lo que importa prevenid. Bien puede, de parte mía, Vuecelencia descuidarse. Alto; Juana ha de quedarse En su novena; también Me llama a mí. El parabién Puede justamente darse A mis deseos, pues son Tales, que en esta ocasión Quieren de mi voluntad, Con propia incomodidad, Dar bastante información; Iré haciendo el aposento, Y pues se parte Cortés, También irá, y yo contento De ver que pueda en los tres Lograrse mi pensamiento. Yo lo haré, a fin de decir Que he merecido servir A dos, de quien no hay segundo, Pues uno conquistó el mundo, Y otro lo puede regir; Y aun pienso que haré, Señor, Lisonja al Emperador, Puesto que decir podré Que a su consejo llevé La prudencia y el valor. ¿Hola? ¿Señor? A Luján Decid que advierta que van También el Duque y Cortés, Y que prevenga después El viaje. Al fin, Guzmán, ¿Qué hace Cortés? Señor, Dar muestras que ha competido Su virtud con su valor. A una niña que ha traído, India, con notable amor La está industriando en la fe Y enseñando a santiguar. i Y a mí a decir que no sé A lo que pueden llegar Sus alabanzas! ¡Que esté Tan apacible y suave Con una niña el que puede Estar con todos tan grave! Del límite humano excede Lo que hizo y lo que sabe. El mismo día nació, Según dicen, que salió Lutero a inquietar el mundo; En que contrapuso el cielo Dos sujetos que le dio; Porque si aquel se adelanta, Levantando y persuadiendo A derribar la ley santa, Este, engañándose y venciendo, La acrecienta y adelanta; Y aunque está partido el daño, Bien puede llamarse a engaño La heresiarca porfía, Pues más almas dio en un día Cortés a Dios que en un año Lutero a su ciego error, Y no hay premio a su valor. Pues dio con triunfos y palmas, A Dios infinitas almas, Y a España infinito honor. Tan pensativa has venido Y apresurada, que creo, Señora, que se ha metido Lo airoso de tu deseo En las alas de Cupido;, Y si es que el daño ha empezado, Comunicar tu cuidado Será menor, pues es cierto Que nunca un mal encubierto Se ha visto bien remediado. ¡Ay Leonor! Divinamente Conociste el accidente De una enferma voluntad; Disculpas la enfermedad, Y consuelas al doliente. Apenas a Cortés vi, Cuando en el alma sentí, Asida a mi inclinación, Una blanda sujeción, A que no me defendí; Y yo tan sin mí quedé, Que aun de mí misma no sé; Y por decirlo mejor, Soy mujer y tengo amor. Sin decir cómo o por qué. Advierte que si se ignora El porqué, haces, Señora, En parte agravio al sujeto. No hay, Leonor, amor perfeto, Si en algo de él no se ignora; Que si en lo que he de querer Juzgo que es perfecto el ser. Es conocer y no amar; Y ansí, es merecer dudar, Para saber merecer; Y lo que me importa a mí, Es decir mi voluntad A Cortés, sin que de mí Presuma facilidad. Y ¿eso puede hacerse? Sí. ¿No te contradices? No; Que amores he visto yo En el alma descubiertos, Que se han dado por inciertos Al mismo que los causó. ¿Cómo, si le quieres bien, Ha de creer y dudar? Porque un favor y un desdén Enseñan a asegurar, Y a desconfiar también; ¿Un retrato le has pedido De mi parle? Sí, Señora; Y ya el pintor ha venido Para retratarle ahora; Y que es para ti ha creído. Luego ¿síguese de ahí Que puede creer de mí Que quiero, y pensar que no Después, en viendo que yo Doy el retrato? Es ansí. Pues con esta confusión Del creer y del dudar, Hace la imaginación Hábito en el desear, Y no le hace en la razón. ¿Cómo quieres que un soldado. Que de sí viene obligado. Hecho a embestir y vencer, Eche, Señora, de ver Tus lances en tu cuidado? Mayores dan las señales De sentir los hombres tales; Que en todas las ocasiones Tienen vivas las pasiones, Y obran en ellas iguales; Y con él tengo de hacer Lo que él en la guerra haría, Que es solamente poner Dentro en la casa una espía, Para inquirir y saber; Por gracioso le he de dar A Osorio, y le ha de servir. El hombre es particular; A un gracioso hará reír, Y a otro gracioso llorar. DOÑA JUANA. Y porque lleve este intento Color de agradecimiento, Esa india que ha traído Le quiero pedir. Ha sido Ardid de tu entendimiento. Albricias vengo a pedir, Señora, a vueseñoría; Los duques su quieren ir A la corte en compañía De Cortés, y a prevenir Voy lo necesario, y creo Que se ha cumplido un deseo De quien las penas se alejan; Que a vueseñoría dejan En Sanlúcar, según creo. Bien está, Lujan. ¿Qué es esto? No pienso que está muy buena. ¿Qué tiene? Trae descompuesto El pulso de esta novena. Yo pensé agradarle en esto. Enviadme luego aquí A Osorio. Harélo ansí. Siempre mezclan los señores Los gustos con los rigores. Yo propia me he muerto amí. Ya, Leonor, quisiera irme, Cuando pretenden dejarme; Que amor puede persuadirme, Y tras sí quiere llevarme Más amante y menos firme. La jornada se ha de hacer, Y es imposible torcer El empezado camino. Ay, Leonor, por lo divino Me eché esta vez a perder. Ya.Juana, habéis de esperaros A que venga de la corte Don Juan, mi hijo, a llevaros. No hay cosa que más me importe, Señor, que el acompañaros. ¿Y la novena? Con dar Limosna podré excusar El hacerla; y sé, Señor, Que dirá mi confesor Que la pude conmutar. Sangre al fin; la voluntad Que a mis muchos años tiene, Rompe la diticultad. Saberlo luego conviene; Que importa la brevedad. Fernán Cortés, mi señor, Dice... (Su abuelo está aquí; Cometido está el error. El diablo me hace a mí Meterme en cosas de amor.) ¿Qué es lo que dabais? Quisiera... Pues ¿cómo un tan gran soldado Se turba de esta manera? Es un retrato sacado De su estampa verdadera. Sin lengua dice quién es. Vive Dios, que habernos dado En pantano todos tres. Decid que yo lo he tomado Al señor Fernán Cortés, Porque no alcanza el valor De mujer a tal favor, Y en su ser son desiguales, Y retratos de hombres tales En hombres están mejor; Que aunque se hace estimar Este retratado ser. La que más sabe juzgar Siempre sabe apetecer, Y nunca sabe encumbrar.— Pues Juana... A vueseñoría Vienen con cierta porfía Dos extranjeros. Decid Que entren, y verás aquí La culpa que no tenía; Que aunque tan claro se ofrecen Los indicios, bien merecen Tener lugar mis disculpas, Porque hay aparentes culpas Que sin serlo lo parecen. Deme vuecelencia a mí El retrato. Veisle ahí. Si el dárosle importa ya. Sin pies el retrato está, Y anda de aquí para allí. A suplicaros venimos Nos hagáis merced, Señora, Del retrato que os pedimos; Que eso nos detiene ahora, Pues por él no nos partimos. No os detengáis, veisle ahí. Tómale tú; que yo a ti Te le quitaré después. Menos cólera, francés; Que primero le pedí. ¿Qué es esto? Habemos pedido El retrato de Cortés, Y cada uno ha querido Que el otro saque después El suyo de este. Y yo he sido También el que ya es forzoso Que retrate un pensamiento Atrevido y malicioso; Pero el primer movimiento De un pensamiento es furioso. Pues yo os quiero concertar; De este haré otros dos sacar Con unas mismas señales, Y los dos iréis iguales. Sin tener de qué os quejar. De mi intento me desvío. Yo suspendo el desafío. Y yo ansí de darles trato A cada uno un retrato, Y que quede este por mío. Prevenid vuestra partida, Juana, si habéis de venir. Siempre estoy yo prevenida A obedecer y servir. Todo es cuidar de mi vida. A Cortés quisiera hablar. Al momento saldrá aquí. ( El hacerle retratar Pensé que era para sí, Pero no es amor pensar.) ¿Qué te parece, Leonor? Que se ha venido jugado eI remedio en el error. Perdido estuvo el soldado Con el Duque, mi señor; Pero bien pudo turbarse Y mi pecho inquietarse; Que amores tan prevenidos, Que hacen a dos sentidos. Cerca están de disculparse. ¿Qué me manda useñoría? Acomodaros quería Con Fernán Cortés, Osorio. Un alma de purgatorio no tendrá más alegría Cuando le falta, al salir, Un non plus ultra de un pie; Y si es que es gloria el servir, Que niego, ya no tendré Otro cielo a que subir; Que nadie pienso que ignora Que será poco, Señora, Que le dé, por tal hazaña, La mitad de toda España El Emperador ahora. Y si a su favor me incito, Y de mi ser me desquito, Conquistando al que conquista, Vendré a ser a letra vista Un conquistador chiquito. Él viene. ¿De una mujer Tiembla el que ha vencido ya De todo el mundo el poder? Sí, que en esta guerra está La valentía en temer, Y en un triunfo voluntario, Será favor conocido, Que exceda de lo ordinario, Darse un hombre por vencido Cuando es mujer el contrario. ¿Qué manda vueseñoría? Pediros, Señor, quería... Turbada está, vive Dios. Desde aquí empieza en los dos La primera batería. Esa niña que tenéis Os suplico que me deis, Porque pueda decir yo Que de un mundo me tocó Un alma que vos traéis. Sacadme esa niña aquí. Si la pide para dar Como el retrato, el Sofí La saque. El considerar La dádiva fuera en mí Causa de no merecer, Cuando no doy por tener Premio; y si da lo que doy, Es quien recibe, y yo soy El primero en merecer, Y quedaré disculpado Con solamente haber dado A quien dio, y sabe premiar, Porque el pedir para dar Es un bien comunicado, De que participan dos. Convencido estoy, por Dios; Voy por ella. Hacedlo así, Pues el dar me toca a mí, Y el obedecer a vos Empieza a darle a entender Tu amor. Él lo puede hacer; Que la disculpa es mayor Cuando no empieza el amor De parte de la mujer; Que un pecho que entra obligado Merece estar disculpado En la voluntad que empieza, Y en mí es parte de flaqueza Dar principio a mi cuidado. Él también pienso que está Temeroso, y pensará Que no ha de ser admitido. Si es su amor recién nacido, Déjale, que él crecerá; Que el que llega a ser, Leonor, Legítimamente amor Perenne en el pensamiento, Disculpa en su atrevimiento Las dudas de su temor. Aquí está Zara. Envidioso Estoy de tu buena suerte, Niña. ¡Buen rostro! Gracioso, Aunque no muy blanco. Advierte Que, aunque moreno, es hermoso. Besadle a su señoría La mano. Por vida mía, Que es como un oro, Señora. Como es de Cortés, no ignora El modo en la cortesía. La dádiva pago en daros Un criado placentero, Que pienso que ha de agradaros. Y yo en sus aumentos quiero Mostrar que aspiro a obligaros. Besad vos también la mano Al señor Fernán Cortés. Amplíficamente gano. Quémenme a mí, si no es Habladorcito a lo humano. Mi señora la Duquesa Espera a vueseñoría. Vamos. ( Ya el alma profesa El ser de esta cortesía, Y el ser de Cortés condesa.) Ya se va el fuego encendiendo, Y en las dos almas entiendo Que se va comunicando; Que amor que empezó dudando, Acabará resolviendo. ¿Qué flor? Humoribus. Bueno. ¿Es mala? Déjase oler Como encubierto veneno; Y ansí, la quisiera ver Plantada en jardín ajeno; Mejor fuera trabajar Que andarse a bufonizar, ( Este soldado, imagino Que es valiente saturnino, Y me ha de descoyuntar.) Yo como con mi lenguaje. Haciendo a todos ultraje, Porque hay quien con una gracia Introduce una desgracia Y echa a perder un linaje. Una boca tan cruel Pide un freno. ¿Soy lebrel? No, pero soy muy furioso, Y he de dar, si da en gracioso, En un tejado con él. ¿Cómo es eso del tejado? ¿Cómo? Ya está declarado. Si, pero importa informarme, Porque eso fuera mudarme De gracioso en desgraciado. A la corte va pendiente el pleito, y por delincuente. Pienso que me han de encubar, Pues es lo mismo juntar Un gracioso y un valiente.
JORNADA SEGUNDA
Desde que en palacio está Doña Juana, no he sabido De su salud; bien será Preguntar lo que ha tenido. Osorio me lo dirá. Supuesto que el cargo tiene De asistir en esta puerta Del guarda- damas. Él viene. Dichoso el que en algo acierta, Si en la corte se entretiene, Y dichoso aquel que trata Con el meollo y la nata. ¿Qué hay, Osorio? ¿Cómo que hay? Una vida de Cambray, Pendiente en filos de plata; Una gloria de Niquea, Donde el alma se recrea, Y en cuyo sitio argentado Vive el amor, sustentado De trasparente jalea; Una airosa lozanía De escarchada argentería, Todo visos y colores, Follajes y resplandores, Con mucha volatería; Y un siglo donde es hermano Cajero el deleite humano, Y para cantar mejor, Pone en guarismo el amor, Y el pedir en castellano. Y ¿cómo en palacio os va. Donde estáis introducido? Con las damas lo estoy ya, Y con ellas divertido. Y el alma contenta está, Supuesto, don Juan, que son Centro de la discreción Y oráculos del saber. Donde ha llegado el poder A su mayor perfección; Y su estilo y cortesía Los levanta en los humanos A superior jerarquía. Donde no alcanzan las manos De nuestra torpe osadía; Y para mayor decoro. Que pueda llegar, ignoro, Ningún venturoso amante A ponérseles delante Sin una capa de coro. MI señora doña Juana ¿Cómo esta? Más salud tiene Que una familia aldeana Sin médico. ¿En qué entretiene El tiempo? Por la mañana Le gasta en solo saber Si han dormido las demás Bien o mal, y en componer Su persona. Y ¿en qué más? Harto hay en esto que hacer. Y ¿a la tarde? En varias cosas. Todas ellas deleitosas; Porque, como no ha sabido A qué sabe un mal marido Y un parto, viven gustosas; Y hoy, que es día de Año Nuevo, De galanes y de santos Echan suertes, y les llevo Papel. DON JUAN. Y yo en gustos tantos, Tu dichosa suerte apruebo. Y pudierais con razón Envidiarla, a no la dar El cielo con tal pensión. ¿En qué la podéis pagar? En cierta contradicción. Anda Montejo encontrado Con mi suerte, y enojado, ha dado en decir, don Juan, Que ¿por qué, con ser truhan, Tengo yo de andar medrado; y si alguna cosa digo. Dice que es gracia, y conmigo Embiste, puesta en la espada La mano determinada, que fue asombro al enemigo. Él viene aquí. ¿Cómo está Doña Juana? En mi opinión, En pie o sentada estará. Sois un pícaro bufón. Tenedle; que empieza ya. ¿Qué os ha hecho? Acabaré Con él, y después diré Sus embustes y ademanes. Justicia de catalanes Es esta, según yo sé; Ahorcan al delincuente, Y cuando ya está pendiente De tres clavos y un cordel, Hacen la causa con él Misericordiosamente. Enojado estoy, y ¿está Gracejando? Basta ya, Osorio. Dejadme vos; Que yo le haré, vive Dios, que calle. Nadie podrá Concertaros, ni os entiendo, Si es que andáis siempre riñendo. Disimulad vos también; Que, aunque pesadumbre os den Las gracias que está diciendo, Son sin modo artificial, Y podrá abstenerse mal, Pues cuanto dice ha de ser Gracia o lo ha de parecer, Si es gracioso natural. Después que habernos llegado, Y el Emperador mandó Que no le vea Cortés Hasta que él mande después Lo que ha de hacer, en que ha dado Señal de querer buscar Algo que poderle dar La primer vez que le vea; Él, que ha un mes que bufonea, Sin riesgos de tierra o mar, Dice que no se contenta Con mil ducados de renta. ¿Cómo con dos?' Ni aun con tres. ¿Esto sufro? Bueno es. ¿Esto os ofende? Es afrenta Que tenga en esta ocasión Atrevimiento un burlón De anteponerse a un soldado; ¿Qué sangre suya ha costado Esta nueva redención? ¿En qué refriega sangrienta O peligrosa tormenta Se ha visto, para que pida Por su deleitosa vida Tres mil ducados de renta? Es un Roberto si empieza, Porque trae en la cabeza Las Indias, por mi desgracia. Decid que esta es también gracia. No es gracia, pero es bajeza; ¿Que esto se me diga a mí? Si tú no te vas de aquí, No hemos de acabar jamás. Voyme, por irme no más. Y esta ¿no es gracia? Esta sí; Pero ¿qué le he de hacer yo, Si el natural que le dio El cielo es de entretener? Pues oficio ha de aprender, o ver para qué nació. ¿Ya no sirve? No es servir Deleitar y divertir Con tal modo de agradar; Que a unos obliga a llorar, Cuando a otros hace reír; mas, supuesto que esto ha sido Lo mismo que hacer ruido Una mosca a un elefante, Quíteseme de delante; Que el pleito está concluido. ¿Qué pensáis pedirle aquí A Carlos? Aunque serví No por humano interés, De lo que él le dé a Cortés, Me dará Cortés a mí; Que los trabajos que yo Padecí, quien no los vio No los sabrá ponderar, Ni ha de saberlos premiar Sino aquel que los pasó; Y al dejar de recibir, Él solo podrá admitir Mis quejas, si yo me ofendo, Pues asistió padeciendo En la causa del pedir. Ninguno mejor creerá Lo que os deben, y si os da El cielo lo que le pido, Y vos habéis merecido, Su misma gloria os dará; Y le ruego que piadoso Os libre de un envidioso. Y a vos su poder eterno De la boca del infierno Y la lengua de un gracioso. ¿Ruy Gómez? ¿Señor? Decid Que hoy no doy audiencia, y vos Quedad solo aquí. Advertid, Privanza, si hay en los dos Culpa, y vos os corregid; Que cada vez que me quedo Solo con él tengo miedo; Y si dice su favor Que me atreva, mi temor, Que soy hombre y que no puedo; Y si el bien de conocerlo Es parte de merecerlo. Temer es acción prudente; Que el bien está injustamente en quien no teme el perderlo.) Hoy no da el Emperador Audiencia. Ya, gran Señor, He quedado solo aquí. Y tan solo para mí, Que vos lo estáis en mi amor. Beso a vuestra majestad Sus reales pies. Levantad, Y advertid que hoy he de ver Si levanta mi poder Vuestro valor y lealtad. De manos tan poderosas Me confieso humilde hechura. Aquí lo veré en dos cosas, Que cualquiera me asegura, Aunque las dos son forzosas: La primera es advertir Lo que se siente al decir; Que cuando en un desengaño Está el remedio del daño, Ya es culpa no lo advertir. la otra, que al resolver Se ha de olvidar mi poder; Que el que ambicioso granjea Cuando hay culpa, lisonjea con no dejarse entender; Y así, del privado os pido Que el ser que habéis conocido Me digáis, considerando Que lisonjea obligando Quien desengaña atrevido. No es, gran Señor, menester Olvidar tan gran poder Para responder aquí, Sino hacer memoria en mí, Que es suyo mi propio ser; Y aunque a vuesa majestad Pudieran darle disgusto Respuestas de su lealtad, A preguntas de un rey justo Lisonjea la verdad; Y respondiera atrevido En lo ajustado y medido, Y aun hubiera aconsejado, Si es que de un privado errado Se sigue un fin distraído. Vuestra majestad, Señor, Tiene en Felipe un segundo Del todo de su valor, La monarquía del mundo Un sabio legislador, La fe un amparo seguro, Y la Iglesia un fuerte muro, Cuya juventud prudente Asegura en lo presente Y promete en lo futuro. Segunda naturaleza Es la virtud, y en su alteza Primera causa ha de ser, Si es que ajusta su poder El que en la virtud empieza; Y ya en su edad inferior, Para informarnos mejor, De sí funda sus cuidados En saber si están premiados Los que sirven con valor; Y un Alejandro segundo Será, y en razón lo fundo; Porque el que con premio igual Hace un vasallo leal, Sabrá conquistar un mundo. Aunque sus partes sabía, Quise informarme mejor, Por si está de parte mía La pasión en el amor. Vuestra majestad me dé La mano. Alzad; que sí haré. Pido a vuestra majestad Una merced. Levantad; Que ninguna os negaré. ¿Qué pedís? Solo, Señor, Que aquel gran conquistador, Llamado Fernán Cortés, Permitas ponga en tus pies La boca, o a mí el favor De decirme en qué ha podido Errar el que ha reducido Un mundo, si a tu presencia Viene ya con la obediencia De un nuevo mundo adquirido. Y si acaso el dilatar Su premio es por no tener Premio justo que le dar, Él, que supo merecer, Sabrá, Señor, esperar. Después sabréis la ocasión Que causa esta dilación De no verle; pero quiero, Con que le veáis primero, Premiar vuestra inclinación. Mi hermana pide licencia. Con sus damas, gran Señor, Para oír en su presencia De este invencible valor El ser y la inteligencia. Vengan todos. Dete el cielo Cuanto el sol mira en el suelo. Y siglos de vida a ti, Pues hoy das muestras aquí De tu católico celo. El que menos se le inclina, Juzga en esta dilación, Si por él la determina, Que aspira a más galardón; Y los duques de Medina Y Béjar vienen, Señor, A su ser tan inclinados, Que, a ser su poder menor, Partieran sus dos estados Del todo de su valor; Y esto común ha de ser Hasta en mí; que ha de tener Su premio por varios modos En los deseos de todos El que es solo en merecer. Muy obligado os está Hernán Corles. Está ya Tan justa en él la alabanza, Que solamente la alcanza Quien como yo se la da. Oblígame a ser curiosa Conquista tan belicosa, Que, a no escucharla. Señor, Del mismo conquistador, Pareciera fabulosa. Deme vuestra majestad Sus reales pies. Levantad. Advertid, César segundo, Que os levanta un nuevo mundo En brazos de la lealtad. Ya en Carlos se nos presenta El iris de la tormenta Por la advocación de Marte. No tomo ya de mi parte Dos mil ducados de renta. Vive el cielo, que a no estar... ¿No advertís que estáis aquí? Si aquí o en otro lugar Le dan un maravedí, Le tengo de despernar. Ya su presencia parece Que informa de su valor. Su ser en su vista crece. Pedidme albricias, amor, Si hoy le dan lo que merece. Haced, Cortés, relación De la conquista. Estas son Premisas del premio ya. Solamente en lo que da Puede hallarse el galardón. En Medellín, gran Señor, Nací de padres hidalgos, Cuyo origen se deriva De los montes asturianos, Y de él ha tomado el suyo Mi espíritu levantado; Que en heredarse en la sangre Son bienes de mayorazgo; Y estuvieron en mi ser Por sí tan comunicados, Que en ellos naturaleza Segunda vez me engendraron; Y si a imágenes confusas Se debe crédito humano, En los lejos de mi idea, De mis hechos vi un retrato. Y tal vez durmiendo vi Ensangrentadas mis manos Contra aparentes deidades Y legisladores falsos, Y tal me atreví a pensar Por discursos temerarios; Que en mi la verdad de Dios Andaba apostolizando. Que estudiase pretendieron Mis padres, y pudo tanto La obediencia paternal. Que en tres cursos de tres años, Obediente a sus deseos. Si a mi inclinación contrario. Di en Salamanca a las letras Mi codicia en mis cuidados; Pero no olvidé las armas; Y así, junté en breve espacio, A duros golpes de espada, Ciencia de argumentos blandos; Y allí, arrogante y celosa La juventud de mis años, Dio con medidas razones A un hombre muerte en el campo; Y temeroso en la culpa, Pretendí, siendo soldado, Militar los estandartes Del católico Fernando. Paseme a Italia, siguiendo Del Gran Capitán los pasos, Siendo limite a los míos Un accidente, en que hallaron Un freno mis pensamientos, Mi vida un fácil contrario, Y por divinos impulsos, Mi fe un detenido embargo; Y después que en Barcelona Las galeras me dejaron, Di, embarcándome a las Indias, Principio a nuevos cuidados; Y apenas llegué a la Habana, Cuando allí me acreditaron afectos de un trato humilde, sobre intentos levantados; siguiose al tener amigos eI haberlos deseado; que está cerca de tenerlos quien procura granjearlos. con todos fui generoso; que van con seguros pasos a los fines de Pompeyo los principios de Alejandro; y en las haciendas de muchos fui señor, que en breve espacio, con no ser dueño en la mía, pude serlo en las de tantos; y tomando puerto allí, Juan de Grijalva, un soldado que de descubrir venia la provincia de Tabasco, dio nuevas que al occidente, por el contrapuesto ocaso, en treinta grados de altura besaba el mar sus peñascos; y con solos tres navíos y cuatrocientos soldados a sus divinos cristales les hice un tridente humano; y él, comunicando al cielo sus intentos levantados, me remitió en turbias olas a sus pavimentos claros; y la muerte desde allí me recogiera en sus brazos, a no guardarse mi vida para el remedio de lautos; Tomé puerto en Cuzami, Y apenas allí llegaron los zozobrados navíos, cuando mandé barrenarlos; y en círculos convencidos, la arena al centro tocaron, y vi entera mi opinión por sus abiertos costados; que el que acomete y se acuerda que deja abiertos los pasos de poder volver atrás, no embiste determinado; Rindiéronseme Tlascala, Zumel, Campeche y Tabasco, Y otros pueblos, en que os di seis millones de vasallos; y con los triunfos crecieron los deseos de aumentarlos; que, como estaba, Señor, en vuestro ser trasformado, a un mismo tiempo pusimos, vos, Cristianísimo Carlos, la grandeza al conquistar, como yo al vencer los brazos; y estando ochenta mil indios en Yucatán, consagrando a una eternidad entera once cuerpos desangrados, su ciego error, entre todos atrevido, dije, y tanto, que el pedestal de sus dioses sirvió a una cruz de calvario. rompi y derribé deidades; Mas ¿qué no hiciera, llevando A un Carlos en la memoria, Y un Pedro por abogado? A Motezuma, Señor, que estaba quieto imperando la occidental monarquía del ámbito mejicano, le escribí que te rindiese la obediencia, y replicando, le prendí, entre siete reyes trescientos mil vasallos, Absortos quedaron todos, Y al hecho indeterminados; Que entorpece el atrevido El ánimo a los contrarios; Pero al consultar la injuria, Echaron de ver el daño; Que en culpas de menosprecio Se encubren mal los agravios; Y al apellidar mi muerte El monarca soberano, Quiso poner con los ojos A la intención el reparo, Y errando una piedra el tiro, De quien fue mi vida el blanco, Al golpe mostró la suya Que era mortal tributario; Dobló la inocente herida El dolor, y creció el llanto, Y de Méjico salí Resistiendo y peleando; Y como los de Tlascala Estaban confederados Conmigo, volví con ellos. Afligiendo y sitiando, Y en Méjico entré, Señor, Cuando solos me quedaron, Contra novecientos mil, Cien hombres y seis caballos; De cuya verdad, Señor, Traigo el testimonio en blanco, Cuyas letras son los puntos De una cinta de venado. Que habiéndole una sargenta Dado al alma franco paso, Quedé, cosiéndome el pecho, Al golpe entero y gallardo; Y otros hechos no refiero, Porque los diga el callarlos: Que alabanza en causa propia Parece de ajenas manos. Y aunque aquí también ha hecho Su parte el favor humano, Y no es merecer los premios El todo para alcanzarlos, Ya mis obras me aseguran, Pues me queda, invicto Carlos, Cuando de vos no reciba El premio de haberos dado; Y así, obediente y leal, Por serviros y por daros, A vuestros pies pongo un mundo, Y con él llego a besarlos. Bien está. ¡Señor! Venid Conmigo al consejo vos, Y a los dos duques decid Que entren también. Con los dos Irá Cortés. Advertid Que lo que os digo es mi gusto. Pensé que sería justo Que un hombre de tal valor... Bien está. En nada, Señor, Te pretendo dar disgusto. Algo hay en esto encerrado. Confuso estoy. Yo admirado. Hable a Cortés vuestra alteza. ¿Qué he de hablar, si la cabeza No he vuelto, de avergonzado? Decid a los duques que va Mi padre a consejo, ¿Irá Cortés también? Pues si él fuera, ¿Quién mejor se lo dijera Que yo? ¡Señor! Este es ya Gusto del Emperador, Ruy Gómez, y aunque el dolor Ignora la causa aquí, El que le ha tratado así Sabrá la causa mejor; Que ya el alma en lo presente Neutral imagina y siente, Sin que apruebe o contradiga. Porque si es digno el que obliga, El que no premia es prudente. Yo también estoy de suerte Ahora, que antes querría Volver el rostro a la muerte. Suplico a vueseñoría, Si es que este rigor advierte, Nos diga en qué está culpado Un hombre que ha conquistado Un mundo; que estos extremos Admiran. Todos tenemos, Señor, un mismo cuidado; Y pues tan prudente es, Y servirle es mi interés, Antes debo aquí, Señor, Seguir al Emperador Que consolar a Cortés. Muerta me lleva el dolor. Lo que aquí importa es paciencia. No hay premio que con prudencia No se consiga mejor. Buenos habemos quedado. Yo a lo menos consolado Quedo, pues ya no diréis Que despernarme queréis Por la renta que me han dado. Pues ¡voto a Cristo! ¿Qué es esto? ¿Qué ha de ser? Echar el resto La paciencia. Cuando has dado Un nuevo mundo, comprado Con tu sangre, ¿estás compuesto, Diciendo el Emperador: «Bien está»? Sí; que el valor No siempre en vencer consiste, Si también no le resiste La prudencia y el honor. Pues ya que por ti no sea, Por mí me deja quejar; Que yo haré que el mundo vea Que siempre es libre en hablar El que atrevido pelea; Que en tres horas solamente, Eres testigo que he muerto Cien indios, y el más valiente Cacique que dio concierto Al ánimo de esta gente; Y porque el campo decía Que un perro que yo tenia Me ayudaba, le maté, Y el número dupliqué Después sin su compañía; Y con haber sido allá Asombro del enemigo, Ahora confieso acá Que es para acabar conmigo Poderoso un «Bien está». «Bien está» ¿qué mas dijera Un amo a quien le pidiera Un criado cuartanario Los corridos del salario, Cuando sus rentas espera? Y «Bien está», dice un cura A su ama, que segura, Le pide con alegría Que le dé la sacristía, Que para un nieto procura. Por aquí entraron, y está La puerta cerrada ya. Jamás puerta me impidió Lo que quisiese hacer yo; Afuera, que al suelo va De un puntapié. ¿Estás en ti? Pues ¿qué importarán aquí Seis puntapiés más o menos? Estar de juicio ajenos Tus intentos para mí. ¿Quién llama? Fernán Cortés. Más parece descortés, Si no es ya que es ignorante, El que se atreve arrogante A poner aquí los pies; Nadie a esta puerta ha llamado Después de haberse cerrado. Di ahora, cuando me apura, Que no sería cordura Dar con él en un tejado. ¿Portero? Gato será. ¿Ha entrado en consejo ya El Emperador? Ya ha entrado. Quiero, si aun no está sentado, Hablarle. Solo pudiera Negociar de esa manera Lo resuelto de un soldado; Si sois, como se contó, El que las Indias ganó, Vuestra valentía advierta Que en guardar sola esta puerta Libro mis hazañas yo. Entrad, buen viejo, y decí Que es Hernán Cortes. Aquí No se negocia con fieros. No lloviera Dios porteros, Y me dejaran a mí. Si quieren ir negociando, Ande el tiempo, y vayan dando Memoriales. ¿Memo... qué? ¡Montejo!... Yo callaré, Pero ya estoy reventando. Hecho estoy yo a soldadicos, Todo plumajes y picos; ¡Oh, pues si me enojo yo! Vive el cielo, que nos dio Con la puerta en los hocicos; ¿Esto sufres? Sí, Montejo. ¿Sin quejarte? Si me quejo, Será sin fruto, y verás Que me obliga a callar más El menos sabio consejo. Dame un hombre solamente Que nos sirva de ejemplar En este tiempo presente, Y podreme consolar De que un portero indecente Te hable con demasías, Cuando a san Pedro podías (Que lo es del cielo) obligar A que te dejase entrar, Por las almas que le envías. Así crecen los renombres De mi ser, y no te asombres; Que poco su honor aumenta El hombre que se contenta Con hacer lo que otros hombres. Y ahora ¿qué hemos de hacer? Empezar a padecer. Asistiendo en tribunales. Con humildes memoriales, Armas con que he de vencer; Que si puede aventajarme, Y en la guerra eternizarme, Solo peleaba allí Para merecer aquí, Pero no para quejarme. Ninguno, pues no es segura La gloria que aquí procura. Premio de un mundo adquirido Se fíe en que ha merecido, Si le falla la ventura. *** Y yo. que aquí me congojo, A callar solo me acojo; Que, como ando de desgracia. Tropezaré en una gracia, SI doy el pésame a un cojo. Mucho doña Juana siente que no premien el valor De este capitán valiente, Aunque, juzgado en rigor, Se siente generalmente. Cuando supo que venia Cortés a hacer relación De la conquista, tenía Más alegre el corazón, o la tristeza encubría. No sé, Leonor, qué será La causa; ¿escribiste ya Las suertes? Aquí están todas. Veamos cómo acomodas Los galanes; aquí está Hernán Cortés el primero. En ponerle, obedecí A mi dueño. Pues yo quiero, Leonor, quitarle de ahí, No porque le considero Indigno de este lugar, que por sí puede ocupar Los de más estimación, Sino porque no es razón Que ya se empiece a premiar En las damas su valor, Antes que el Emperador Declare el que ha de tener, Supuesto que no ha de haber Duda en los actos de honor; Y quiero quitarle yo De ahí. Mi señora viene. No importa que venga o no: Que esto que hago, conviene Más que lo que ella mandó. ¿Qué hace? Quita a Cortés De donde está. Muestra pues El papel donde yo estoy; que por indigna me doy de estas suertes, si él loes, y quiero quitarme a mí. No es el quitarle (le allí porque en él puedan faltar méritos; que el conquistar un nuevo mundo por si califica la persona este Pompeyo cristiano, por cuyo ser aficiona del imperio mejicano la conquistada corona. Señora doña Mayor de Silva, el Emperador Puede negarle a Cortés El favor, que suyo es, mas no quitarle el valor; y mi voluntad le dio El lugar que mereció; que la suerte, mala o buena, depende de mano ajena, pero el merecerla no; y así, mucho os he debido; pues del que habéis excluido hago yo elección dichosa, y nace el ser venturosa de no le haber conocido. Yo iré, y todas echaremos las suertes con las demás; y por vuestra dejaremos la de Cortés.Siempre estás resuelta en estos exiremos; pero ¿por qué le detienes en declarar a tu amante esa afición que le tienes? Leonor, quien mira adelante, considera los desdenes que engendra un fácil amor, Y tengo aquí por mejor, Si bien el alma lo siente, padecer el accidente que publicar el dolor; Mira si acaso esta puerta de nuestra guarda está abierta, y di a Osorio que entre aquí. Luego entrará, si está allí. Venció amor, su gloria es cierta.) Accidente es amor, al alma asido, que ofende menos si el remedio aguarda, y aflige más cuando se espera y tarda; que es tirano y aflige resistido. Síguele el corazón, y convencido, rendido esfuerza la intención gallarda; y aunque resiste, el alma se acobarda, y en forma la razón se da a partido. Mas yo, que con mi espirito peleo, defiendo mi razón con mi disculpa, y cuando ya se rinda mi entereza Antes quiero a las manos de un deseo Morir del mal por cubrir mi culpa, que buscar el remedio en mi flaqueza. Qué manda vueseñoría? ¿Qué tristeza, Osario, es esta? (. ¡Notable melancolía!) ¿Aun no merezco respuesta, Osorio? ¿Señora mía? ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué ha de haber? Un esperar y no ser. Supuesto que nos dan ya. Por remedio un «Bien está», Y por premio un padecer. ¡Ay amigo! A Dios pluguiera Que en mi muerte consintiera vuestro gusto. ¿Está muy triste Hernán Cortés? No resiste Una mujer paridera Los trabajos del parir, Como él que es en sufrir Un Holofernes de Asturias; Que también son las injurias, Parto, en que nace el morir; Y en reportar a Montejo Con uno y otro consejo. Gastan el tiempo sus labios, Hecho un defensor de agravios. Y yo su alabanza dejo Por no la saber medir, Y concluyo con decir Que, después que su poder no dejó ya que vencer, Se venció para sufrir; Por mi galán me ha cabido En suerte, y que sepa quiero La que yo en esto he tenido, Y dile que en el terrero, Y en actos que es permitido Dar en palacio lugar. El mío se ha de guardar Hasta que su premio justo Se le dé, y viva con gusto, Para poderle ocupar; Y sirve tú con agrado Al que por dueño te he dado, Que jamás te fallaré; Y en señal de que tendré De tus aumentos cuidado, Toma ahora esta cadena. No fueron Julia ni Elena Tan generosas. Adiós. ¿No nos hablamos los dos? Estás ahora con pena, Corra el tiempo, que después... Eso es juzgarlo al revés; Porque en desventura tal, Ahora es menos el mal, Repartido entre los tres. Ponte mañana a lo fino, Que bautizan a Zarilla, Y es el Príncipe padrino. Seré oncena maravilla, Con un coleto ambarino, Y verasme, si me pintas, Unas calzas laberintas, Y ponerme en el jubón Hasta el último botón, Y atacarme con seis cintas Coleto más apretado Que un deudor ejecutado, Un ferreruelo esclavino, Mas corto que un vizcaíno Y con más ser que un letrado. A tu buen gusto lo dejo. Será conmigo bosquejo El sol, si es que salgo ansí, A fin de agradarte a ti Y hacer rabiar a Montejo.
JORNADA TERCERA
¿Qué consuelo ha de tener El que, como yo, sirvió, Y vino aquí a padecer? ¿Yo con esta capa? Yo Servir, rogar y temer? ¡Por vida!.... Solo consisten Los actos de la prudencia En saber los que resisten. Tengan los santos paciencia, Que no comen ni se visten; Que yo ando hecho una araña, Y con una y otra hazaña, Los pellejos que corté En los indios que maté Pudieran vestir a España; Y servir y no medrar, Padecer y no adquirir, Dar un mundo y desear, Causas son para sentir el daño y no le callar; ¡Voto a Dios, que le vi yo El corazón a Cortés, El día que se cosió El pecho! Y que tras un mes De enfermedad, peleó El mismo día que andaba De purga, y tan lleno estaba De la sangre que vertía, Que parece que tenia La que a todos nos faltaba; Y hubo entre aquellos tiranos De la fe (si ya cristianos) Quien pensó, mirando al cielo, Que estaba el sol en el suelo, O que eran dioses sus manos; Y páguenme ahora aquí A solo un maravedí Cada muerte, y yo aseguro Que pueda fundar un juro Y vestirme; y siendo ansí, No hay cosa que más me importe Que hablar. Sufrir; que en la corte, Dando gracias por agravios, Negocian los hombres sabios. ¿Quién habrá que se reporte-, Trayendo yo estos calzones, Y alfileres por botones, Cuando en esta confusión Solo medran los que son Lisonjeros o bufones? ¿Habéis de ver el baptismo De Zarilla? En el abismo Tuviera menos afrenta, Pues soy cero en esa cuenta, Con un vestido en guarismo. ¿Y Cortés? Tan afligido Como yo, estará escondido, Por no hacer nueva memoria Del triunfo de aquella gloria. Mal premiado y bien servido; ¿Ha de volver por aquí? Camino es, y podrá ser. Este ¿no es Osorio? Sí. Señores, yo he de perder El entendimiento aquí. ( Montejo está aquí; hacer quiero Facción a lo caballero, Divertido, aunque se asombre; Yo aseguro que el buen hombre Es soldado flamenquero ) Y dígame por su vida: ¿Manquito?¿Va cojo? ¿Herida? ¿Eh? Por mi amor, la verdad; ¿Limosna? ¿Necesidad? Yo tuve en la arremetida De San Quintín un pariente; ¿Beberase muy caliente En Flandes? Y venga acá Por su vida, ¿no está allá Un capitán muy valiente. Que le llamaban?... No sé Cómo le llamaban. ¿Eh? ¿No está allí? No es mala espada; Toledana, ¿eh? ¡Extremada! Saque, saque, la veré. ¿Osorio? ¿Señor? Por Dios, Que es Osorio como vos, Montejo. ¡Que este insolente Se atreva ansí! Lindamente La mamaban ya los dos. El baptismo. Daré aquí Un memorial, solamente Porque se acuerde de mí. Dudo que entre tanta gente Pueda conocerte así. Flandigero soledado, Compostura sin enfado. ¡Pícaro! ¡Reportación! ¿Qué es esto? Retazos son Que de un enojo han sobrado. A vuestra alteza, Señor, Suplico... Plaza de aquí. Fuera. hermano placeado; Que es Hernán Cortés. A mi Me perdone su valor; Que yo en esta ocasión No puedo más. Si merezco, Por justa satisfacción... Afuera; que así obedezco órdenes que mías son. Con la cólera te engañas. ¡Ay padre de mis entrañas! ¿Cómo así os tratan a vos, Cuando conozco yo a Dios Por vuestras muchas hazañas? ¡Qué buena naturaleza! Mirad que espera su alteza. ¡Ay padre mío, Cortés! Perdonadme; que después Os veré. ¡Extraña nobleza! El alma me ha enternecido, Y por no descomponerme, No me doy por entendido. Bien podéis agradecerme, Honor, lo que he padecido. Esto es hacer elección De un hombre, admitido en duda, Con propia resolución, Y es bien que a sentir acuda Males que tan propios son El alma. En estos extremos, De sus desdichas sabemos, Pero de sus culpas no, Y dudo las suyas yo. Con el tiempo lo veremos. Ya llega a ser el rigor Tal, que pretenden decir Que nace tanto sufrir De no sentir el dolor; Pero arguye mi valor, Y dice, contradiciendo, Que pues estoy padeciendo Y en mi verdad confiando, que disimule esperando no me pierda sintiendo. ¿No soy el que justamente De once reyes he triunfado, Y dejé evangelizado El imperio de Occidente? ¡Ah pensamiento! detente; Que eres soberbio, si piensas En tus mismas recompensas, Y es más grandeza en los sabios Conservar diciendo agravios Que adquirir diciendo ofensas. Mi encogida confusión Procura saber el cargo. Para cuidar del descargo Y dar la satisfacción; Y como está el corazón Seguro que no ha ofendido, Al pensamiento afligido, Que no hay, dice por disculpa, Mayor descargo en la culpa Que no haberla cometido. Guarda esa puerta, Leonor, Por si el guarda-damas viene, Y perdóneme mi honor; Que ya en mi pecho a ser viene Naturaleza el amor. Que acude siempre a la parte Donde hay más necesidad. Luego ¿quieres declararte? No siempre la voluntad Puede encubrirse en el arte. Ya que no podéis gozar En público del lugar Que os da ya la suerte mía. Soy tan vuestra, que querría En secreto aconsejar Lo que os importa. Señor, Porque se mira el honor Al bien de lo que se ama; Ya es mirar por vuestra fama Cuidar de mi propio honor. Suplico a vueseñoría Me deje besar sus pies. Inadvertencia seria Admitir, señor Cortés, Tan humilde cortesía. Cuando me podéis honrar Con volver por vos y dar Muestras de que habéis sentido Que no se hayan admitido Servicios que pueden dar Envidia, sin competencia; Y lo que en vos es prudencia, Con que el honor se disculpa. Piensan que es parte de culpa los que ignoran vuestra ciencia; que está tan introducida la razón por atrevida, que le da el entendimiento a un seguro sufrimiento nombre de culpa encogida; y esto importará a los dos. Declarose, vive Dios. Esto sí es aconsejar, Cuerpo de Cristo! El hallar consuelo. Señora, en vos arguye contrariedad al quejarme, y perdonad, porque en cualquiera rigor me olvida vuestro favor de mi propia adversidad; y cuando me juzga aquí sin culpa, y veo admitida en vos el alma que os di, incapaz juzgo mi vida de poder quejarse ansí. ¡El guarda-damas, Señora! Deciros quisiera ahora mi fe, mi amor, mi lealtad, mí resuelta voluntad; Pero, pues ya no se ignora, yo lo reservo, Señor, Para otra ocasión mejor Que me depare la suerte. vuestra soy hasta la muerte. Adiós. ¡Notable valor! Vive el cielo, que es hermosa. Vos mentís. Así es verdad. ¿Por qué? Porque no es airosa. Esa es muy grande maldad. Algo tiene de graciosa. Pues no es graciosa. Imagino Que decís bien. Vive Dios, Que es su donaire divino. Señor, enseñadme vos El verdadero camino. Ahora bien, esto ha de ser. Venid; que voy a saber Mis culpas. No hay que tratar; yo no tengo de pasar De aquí, por no detener por acá. Dios me es testigo, Pícaro infame. El mendigo Tiene donaire, a fe mía. ¡Cortesía, cortesía! Este ha de acabar conmigo. Ya queda determinada La jornada que he de hacer, Y aunque está España alcanzada, Se ha de esforzar el poder, Cuando es tan justificada La causa; y así, querría Que, con seguridad mía, Se busquen luego prestados Cuatrocientos mil ducados. Que es lo que faltar podría; Con mi consejo de Hacienda Lo tratad, sin que se entienda Que permite dilación Lo breve en la ejecución; Que esto se les encomienda De mi parte. Justamente Debe el Consejo cuidar Del socorro providente Que en la tierra y en la mar Se ha de dar a tanta gente; Y yo de mi parle haré Lo que es posible. Bien sé Lo que os estoy obligado, Y vuestro mucho cuidado, Vuestra lealtad, vuestra fe. Gran señor, ¿en qué ha fundado Vuestro católico pecho El no haber jamás premiado A Cortés? Mucho sospecho Que en duda me habrán culpado, Pues vos me lo preguntáis; Y por si ya me culpáis, En culpar y agradecer Os quiero satisfacer En lo mismo que ignoráis. Apenas Cortés llegó. Cuando luego se me dio un memorial, que dispone Culpas suyas, y le pone Capítulos; y aunque yo no creo que un hombre tal Pudiera ser desigual A su lealtad, mejor es Que espere el premio Cortés, Que no premiarle yo mal. Pues ya vuestra majestad Puede premiar a Cortés, Si le consta su lealtad. Miro a mayor interés, Que es a la capacidad Del Príncipe, para ver Si se sabe ya abstener De su misma inclinación En el juzgar, que estas son Las partes que ha de tener; Y por esta información Que mi Consejo Real Ha hecho en su acusación, He detenido neutral En mi gracia su opinión. Decid que le he remitido Esta causa, y advertido, Haced. Ruy Gómez, cuidado Si se dispone arrojado O considera entendido. Segunda vez el valor De Cortés llega afligido A tus pies, y yo, Señor, Segunda vez también pido Por merced y por favor Que, ya que no se le dé El premio que ha merecido, Sepa la culpa que fue Causa de haberle perdido; Que de su prudencia sé Que, si culpado se siente Y acusado justamente, Se consolará, Señor, De su perdido valor Con el laurel de su frente. Las intercesiones mías Acaben estas porfías. Vuestra majestad, Señor, Me escuche. Esto es lo mejor, Y no andar en tercerías. Al Príncipe he remitido Vuestra causa. Este ha sido Favor que le hace ya. Gracias a Dios, que tendrá Cortés lo que ha merecido. Bien puede ya vuestra alteza Mostrar con Hernán Cortés Su afición y su grandeza;. Juez de sus causas es, Y hoy a conocer empieza De su premio o su castigo. ¿Qué ha hecho? Algún enemigo Que está opuesto a su lealtad Le ha dado a su majestad Este memorial; y digo Que, puesto que se ha inclinado Vuestra alteza a su favor. Puede, sin verlo acusado, Favorecer el valor De este valiente soldado. ¿Qué es eso? Una información Que hizo el Consejo secreta, Y ha consultado en razón De estos cargos. Fue discreta En lo secreto; que son cargos hechos a hombres tales Siempre en lo dañoso iguales, Que caen sobre la malicia De la envidia, y la noticia De ellos los hace neutrales. Ya de Cortés considero Muy grande el premio que espero, Si tu alteza le ha de dar. Ya no se le puedo dar. Sin ver si es justo primero. Vuestra alteza defendía Su causa. Entonces podía, Como amigo; pero ya Diferente ser me da El que de mi la confía; Y así, me importa que vea Esos cargos y los lea, O crecerá mi ignorancia Tanto cuanto hay de distancia Del que juzga al que desea. Esto es todo consultar El premio que os ha de dar. Ahora si mostraremos Los deseos que tenemos, Y es justo manifestar. Salga vuestra alteza a ver. Un gran presente que envía El rey da Francia. Creer Por fe su valor podría De tal valor y tal ser. En piedras de estimación Le envía a su majestad Poco menos de un millón, En que da de su amistad bastante satisfacción; Y a vuestra alteza le envía De pinturas excelentes Otro, que vencer podría Los pinceles más valientes Del Asia. Muy bien sabía Mi inclinación. Mas quisiera, Señor, si posible fuera. Que vuestra alteza me honrara Con despacharme, y mostrara Las culpas que el mundo espera; Y solo suplicaré A vuestra alteza que vea Mi causa luego, pues sé Que hacerme merced desea. Bien esta; yo lo veré. Otro «Bien está» tenemos; Si aquí. Señor, no perdemos El juicio que trujimos, Es señal que no sentimos O que perdido le habemos. ' ¡Voto a Dios! Ya no me espanto Que te quejes. duque de medina. Yo adelanto Sospechas a culpas ya, Pues tal respuesta le da El Príncipe en favor tanto. Después que el cargo le han dado De juez, se ha transformado En otro. Y con tal valor, bien puede el Emperador Retirarse confiado. Pues vuestra alteza, Señor, Escuche a Cortés, y mire Que con la capa que cubre y con la espada que ciñe, Le ha ganado más provincias, Facilitando imposibles. Que le dejara ciudades El Emperador insigne; No me vuelva las espaldas Aunque como el sol se eclipse, Pues el día que se pone Al que sale me remite; Que nunca las volví yo, Con más trabajos que Ulises, A millones de enemigos. Con dos soldados humildes. Si así se pagan mis hechos, ¿Cómo podrán los que sirven Alentar sus esperanzas, Si públicamente dicen Que en la corte está Cortés Amparado de Felipe, Viejo y cargado de pleitos, Que así medra quien bien sirve? Y el que ganó tantos reinos, Tantas victorias felices, Calificando su honra, Por tribunales asiste; Y viéndome padecer, Leal, obediente y firme. Dicen que siento mi culpa, Y dicen bien si lo dicen; Pues después de haberle dado Una conquista en sus fines, Sin pedir a los principios Lo que todos ellos piden, ¿Me paga con no escucharme? La obediencia y feudo humilde De once reyes y un imperio. Que al mar del Sur se dividen; Que, a fallar yo, fueran todos Eternamente invencibles. Convencido estoy, Ruy Gómez. Pues vuelve, Señor, y dile Que tú le despacharás, Con palabras apacibles. Padre, vos tenéis razón, Y lo será que os envidie El principio que habéis dado A vuestro dichoso origen. Yo os despacharé, Cortés, Y perdonad lo que os dije, Para que con este ultraje Nuestra amistad se confirme. Idos con él a su casa, Si bien en mi gracia vive El que dejó de ser rey Por ser a sus reyes firme. ¿Voy preso, Señor? SI, amigo; Que es bien, pues se contradicen Las leyes de la amistad A lo que la razón pide; Y es fuerza que en la sentencia Mi propria piedad publique Que la tuve antes de darla, Si el reo la escucha libre. Plegue a Dios, justo Trajano, Que otro mundo comunique, Para que tú le poseas. Después que yo le conquiste; Pues en lo que para ser Piedad parece difícil, Hallo un favor justiciero. De humanas sospechas libre; Y así, voy preso y contento. ¿Contento y preso? Un caribe. ¿Montejo? Señor, yo callo, Pero gracias a Felipe. ¡Ah, quien viera! Lo demás. La manotada de un tigre Sobre el que en esta conquista Hizo menos y va libre. Sois un pícaro. No tanto. Que no tenga que vestirme. Aun bien que vamos a casa. No creáis, Montejo, en chismes. ¡Ah Ruy Gómez! ¿Gran señor? ¿Qué os parece lo que oistes En este nuevo Alejandro Y en este cristiano Aquiles? No tuve miedo en mi vida, Y si decir se permite. Me le ha dado un hombre solo, Determinado y terrible. ¡Oh famoso capitán! Tu fama el mundo eternice; Que a su rey ningún vasallo Dijo lo que tú dijiste. ¿Viene vuestra alteza a ver las pinturas? ¿Qué haremos? Después ya de resolver Esta causa, las veremos. Solo pueden detener Causas que tan justas son Mi resuelta inclinación. ¿Hay retratos? Y se infama con los nueve de la Fama De Timantes la opinión. En la primer galería De mi cuarto los poned, Y vos, Ruy Gómez, leed Esos cargos, que confía Mi padre de la prudencia Mía y de mi corta ciencia Que yo he de saber juzgar. Todo es tirar a probar Su valor y su experiencia. «Memoria de los cargos hechos a Fernán Cortés de Monroy, conquistador de las Indias. Primeramente, que hizo la dicha conquista sin licencia de su majestad y de sus gobernadores.» ¿Ese es el cargo primero? Si, Señor. Si hasta el postrero Le acusan todos ansí, Ellos probarán por sí La lealtad que de él espero. Si esta conquista dijera Antes de hacerla, y pusiera El caso, dificultaran El hecho, y el fin dudaran, Y ninguno se la diera; Y hazañas tan arrojadas Siempre han de ser ayudadas De atrevimientos iguales, Porque nunca empresas tales Se consiguen consultadas. «ltem, que el dicho Fernán Cortés hizo unas casas en Méjico, donde se gastaron más de treinta mil vigas del cedro labrado, y en cuya fábrica murieron infinitos indios cristianos». El costar el edificio Tantas vidas no es indicio De ser Cortés desleal; Que la muerte es natural, Y entra en cualquier ejercicio; Y si él pudo por sí mismo Aumentar el cristianismo En ellos, dichosos fueron Esos, que por él murieron Tan cerca de su bautismo. «ítem, que al dicho Fernán Cortés le quisieron levantar por rey.» Eso prueba su lealtad; Que esa fue acción gobernada Por ajena voluntad, Y el no verse ejecutada Lo ha sido de su lealtad, Porque si darle querían Lo que no tiene, y podían, Dirá quien llegue a entenderlo Que a él se le debe el no serlo, Supuesto que ellos querían. Leedme esta información. Ya ¿para qué es menester? Solo por saber quién son Los testigos, y por ver Si juraron con pasión. Ya están puestos, y ha sobrado Este. Vendrá duplicado. Es el rostro diferente De todos. Muestra Excelente Es el pincel. Extremado. Este ¿no es Hernán Cortés? El mismo. Habrale el francés Dado el décimo lugar De la fama. Y retratar Pudiera un mundo a sus pies. Pues ¿cómo? ¿Yo esto juzgando Un hombre a quien le está dando Tal fama un rey extranjero? Ver culpas y cargos quiero Del que se va eternizando. ¿Con él entro yo en juicio, Cuando ha dado en sacrificio Un mundo, y quien no le alcanza, Le da el todo en la alabanza, Sin parte del beneficio? Ponedle con los demás En un nivel y compás; Tenga lugar con los nueve, Pues no menos se le debe Ese honor al que hizo más. Y vos, Ruy Gómez, primero Le traed a mi presencia; Que la sentencia dar quiero Al punto; pero ya espero Que hagáis una diligencia, Que es volver luego a juntar, En este mismo lugar, Los que a Cortés acusaron, Y de mi padre admiraron La no pensada impiedad. Y aquesto hago en razón De conservar su opinión; Que requieren estas cosas, Cuando hay sospechas dudosas, General satisfacción; Y decí al Emperador Lo que hago. Y justamente Diré que hoy juzga, Señor, El príncipe más prudente Al mayor conquistador. Toda esta vida es extremos; Ya pienso que es menester, Señor, que te consolemos, Cuando ya no es menester, Si el padre alcalde tenemos. Esto es lo del nadador, Que nadando con valor Una milla y otra milla. Dicen que acabó en la orilla Con la vida y el temor. Dejadme; que no dormí Anoche, y quisiera aquí Hacerlo. Tristezas son, Que vienen del corazón; Y siendo. Señor, así, Lo mejor es trampear El sueño, sin dar lugar A que ande una pesadilla, Hecha ejecutor de villa En afligir y esperar; Esté triste un luterano Que dejó de ser cristiano, Y un médico criminal, Cuando ve que no hacen mal Los pepinos del verano, Y un enano también, día Del Corpus. ¿El Corpus? Sí. Pues ¿por qué? Por dos razones: Porque ve los gigantones, Y después se mira a sí. Vive Dios, que se ha dormido; Soñando está. De afligido Es, aunque suele sonar. Ahora me he de vengar, Pues a solas le he cogido, En secreto. de esta parte No me apartara el dios Marte; porque donde está mi dueño, Es cuerpo de guarda el sueño, y esta casa mi estandarte. Pues en no viniendo acá, Ha de ir esta daga allá. En tirando, tiro yo. Ya va. Ya tiro, Señor. Mira que despertará. Si hablas recio, villano. Pues tened queda la mano, O doy tirón y despierto. ¡Ah, pesia! Aquí me ha muerto, Siendo delincuente alano, En la presa de esta capa, Donde mi vida se escapa. Suelta, Osorio. Tengo miedo Y huelo mal, y no puedo Sin un buleto del Papa. No te haré mal. Pues haced Una cruz, que lo asegure, En medio de la pared. Al fin, ¿es fuerza que jure? Tendrelo a muy gran merced. Quiero fingir que la hago, si con esto satisfago, Y le engañaré, y saldrá, Y la propia cruz, será. Haciendo en él un estrago, Ponerle como una pez. La cruz crecida. Haré diez, Si importa. No; bastan dos. Ya están hechas. Vive Dios, Que me ha engañado otra vez. Escucha, Cortés valiente. ¿Quién eres, mujer divina? Soy el laurel de tu frente, Tu militar disciplina, Al conquistado Occidente; Soy la que a Dios ignoraba Cuando ausente de ti estaba, Y soy la que tiene ahora Atributos de señora. Habiendo nacido esclava. Esperando solo estoy Tu nombre. América soy; Y porque me diste asiento Sobre el último elemento, Y a Dios conociendo voy; En fe de lo que te debo, Y por la que he de tener, A lo futuro me atrevo; Escucha lo que has de ser, Fénix de aquel mundo nuevo. Marqués del Valle serás. Provincia que en mí se encierra; Corto premio a tus hazañas. Pues diste un mundo con ellas; Y nunca podrá faltar En tu casa la nobleza, Pues las más nobles de España Se amplificarán en ella; A doña Juana de Zuñiga, Nieta del duque de Béjar, Darás con el sí dichoso La nunca vencida diestra; Y de esta fecunda aurora Verán las edades nuestras Nacer tres soles al mundo. Con luz de nueve potencias; Doña Mariana Cortés, Tu hija, hermosa y discreta, Será condesa de Luna, Siempre en vuestro cielo llena; esta le dará a su casa Sucesor que la posea, Y a Benavente y los Vélez Señora a quien obedezcan; A doña Juana, tu hija Segunda, en todo primera, Humillará el sacro Betis La coronada cabeza; Dará al duque de Alcalá La mano, y a ti dos nietas. Que serán dos polos fijos Del cielo de tu nobleza; Será don Martín Cortés el que en tu casa suceda, Hijo tercero y varón, Digno de alabanza eterna, Y doña Ana de Arellano Será su esposa, hija y nieta De los condes de Aguilar, A quien España celebra; Y a don Fernando, su hijo, Primero de tres que sean, Dará el segundo Felipe, En una dichosa prenda, Justo premio y digna esposa, Con que su estirpe engrandezca, Que será doña Mencía Bobadilla de la Cerda, De la casa de Chinchón, Hija legitima en ella; A quien dará nombre el mundo De valerosa y discreta, Y la Merced de Madrid Sepulcro de vida eterna. Su malograda esperanza Dará el segundo a la tierra; Que este, a vivir, te imitara Si otro nuevo mundo hubiera; Y por fallar estos dos, Quiere el cielo que suceda El cuarto marqués del Valle, Don Pedro, en tu descendencia; Y aunque en diferente estado Trueque a las armas las letras, Dará la mano a doña Ana De Pacheco y de la Cerda; Lo demás te dirá el tiempo. Y ahora, Cortés, recuerda Que no hay a dormidos pechos Desdichas que no se atrevan. CORTÉS. Oye, espera, vuelve acá. Por vos su alteza me envía. Esto diferente es ya; Sueño fue, y mi fantasía Me engañó, porque esto va Por diferente camino. Dadme una espada. Imagino Que no llevarla es mejor; Porque, aunque es verdad. Señor, Que a vuestro favor me inclino, Aún no he visto la sentencia, Y sería inadvertencia Y muy gran parte de exceso. Mo me la deis; que voy preso. ¿Qué es preso? Tened paciencia, Montejo. Con esta espada, así como está envainada, Plegue al cielo que me den, Sin saber cómo o por quién, En la lengua una estocada. Amén; plegue a Jesucristo, Porque acabe el Antecristo De los graciosos. Eu ti Haré el cabo de año aquí, Si me aguardas y te embisto. Esto me dicen que ha hecho. Nunca yo esperé, Señor, De su católico pecho Menos. Notable valor. Muy bien puedo satisfecho, Si me quiero retirar. Fiarle el reino, y dejar Gobierno, justicia y fe En sus manos, pues que sé Que ha de saber gobernar. También vengo a escuchar yo La sentencia que habéis dado. Vuesa majestad me dio El poder, y he pronunciado Lo que el alma me dictó; Que el cargo mayor, que ha sido Decir que el pueblo, atrevido, Que su valor conocía, Por rey suyo le elegía. Mas declara el que ha tenido. Pues yo por mi cuenta hallo Que allá, si quiso intentarlo. Lo consiguiera mejor. Quedándose a ser señor, Sin venir a ser vasallo; Y así, yo el lugar le he dado Que mi ingenio me ha dictado Y su valor determina. Descubrid esta cortina. Confuso estoy. Yo admirado. Pues ¿qué es esto? Preguntar Qué hicieron estos. Mostrar Que, por sus famosos hechos, A sus invencibles pechos Se les debe este lugar. Pues si estos todos no dieron Un mundo, ni le pudieron Conquistar, como Cortés, El que más que todos es, Supuesto que ellos no hicieron Lo que él hizo, claro está, pues merece tanto ya Por su valor y esperanza, Que no es digno de alabanza Quien cual yo no se la da, Y que su ser propio infama El que tal valor desama. Pues yo, confesando el suyo, Le nombro y le constituyo Por décimo de la Fama. Vuestra majestad me dé Albricias. Si es porque hallé Dinero prestado ya, Por quien la jornada está Suspensa, yo os las daré. A Sanlúcar han llegado. Del nuevo mundo que ha dado Hernán Cortés, seis millones. ¿Quién lo dice? Estos renglones. ¿Qué es lo que habéis conquistado? Cuatro mil leguas, Señor, De tierra tal, que es dolor El ver lo corto que ha sido El tributo que ha venido. Dadme, gran conquistador. Los brazos, que así me dan Un mundo. Acabara yo Para el día de San Juan. Gracias a Dios, que llegó El fin que esperando están. ¿Qué fue lo que antes rendistes? Del Valle, Señor, lo fuistes. Pues marqués del Valle os hago, Con que alguna parte pago De lo mucho que me distes. Besoos, gran señor, los pies. Y yo, Señor, por Cortés. Y yo los beso también, Y me doy el parabién Por tan dichoso interés. Preguntad a doña Juana Si dará de buena gana La mano a Cortés con esto. Sí, Señor. Miren qué presto La pregunta salió vana. Trocaré el gusto en la sala. Ya os podéis vestir de gala. Si os le da mi casamiento. Señora doña Mayor, A toda ley, elegir Sujetos donde hay valor. Pues viene, tras el sufrir, A ser el premio mayor. ¿Quién es Montejo, un soldado? Yo, Señor. Hanme informado Que me servistes muy bien; Haced que luego le den El premio que yo he mandado. ¿Qué es, Señor, lo que me dan? Con un hábito, os darán Dos mil ducados de renta. Sopla vivo, aquí hay pimienta; Bercebú que sea truhán. ¿Qué hay, Osorio? ¿Qué ha de haber? A toda ley merecer, Porque esto de gracejar Es risa, y viene a parar En pedir o padecer. El pedir, como no fuese Limosna, no os está mal. No, si en pidiéndose diese; Pero hay mano pedernal. Que si da, es por interese. Toma este rubí. Es famoso; Nunca des con mano escasa. Y aquí tenga fin dichoso El Español valeroso, Y primero de su casa.
