Texto digital de Los tres señores del mundo
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis de Belmonte Bermúdez
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de la edición en la Parte III de Nuevas escogidas (1653).
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los tres señores del mundo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/tres-senores-del-mundo-los.

LOS TRES SEÑORES DEL MUNDO
JORNADA PRIMERA
Soy villano, y el amor de mi preso hijo obliga, a tan piadosa fatiga, tenga a su vida temor. Porque me dicen que fueron tres los que con él se hallaron cuando al Capitán mataron, y ya todos tres murieron en manos de la justicia. Habla a la Reina. Eso espero, aunque con rostro severo dicen que vengar codicia la muerte del Capitán. También de humana se precia Cleopatía. Ruegos desprecia, lágrimas furor le dan; mas importuno he de ser. Quién dice que es tan severa te engaña, clemencia espera. Si esperó, más es mujer. Para quién es el presente de flores. Para ella es. No ha de moverla interes tan rústico. En el Oriente; otro villano le dio, Alejandro, casi igual al mío; y fue liberal. pues le dio lo que sembró. Yo que en Asiria, y Pancaya me falta Regio poder, para poderla traer cuanto o lor el fuego ensaya, de jazmines, y violetas, blancos, y rojos narcisos; formaré breves paraisos, con mis manos imperfetas. Esta cestica de flores cogí, cuando el Alba avisa, la boca bañada en risa, aves ganado, y pastores, que aunque a los ojos lastimen, cuando el Sol se les atreve, las de las flores se bebe, porque las del mar se estimen. Cuando las del flor trajeras no vinieras más contento. Humilde es el pensamiento si el presente consideras; mas nunca a la voluntad hubo valor que la iguale. Amigo, la Reina sale. Hacedme toda amistad, que toda la he menester. Detrás del candel espera, y cuando la Reina quiera ir a su cuarto a comer, saldrás a hablarla. Los Cielos sean en tu bien prolijos, o lo que cuestan los hijos de pesarosos desvelos. Capitán, con que desdichas los Cielos nos amenazan, la Reina ha perdido el seso, apenas dejó la cama, cuando salió descompuesta por esas abiertas cuadras, dando voces, mas ya viene. Quién es de sus males causa. Amigos. Señora mía. Muerta soy. Qué fuerza agravia la luz de tus ojos bellos. Amigos, despierta estaba, que no fue sueño. Que viste. Ay Cielos, y como os cansa mi vida, escuchadme Egipcios si queréis saber la causa. En aquestos monumentos, que con piradimes altas, barenando el Sol ilustran, los Reyes de nuestra casa. Me viyo misma en los brazos de un Capitán, que las aguas del Tibre con sus banderas, forman espejos de plata. El Romano más valiente, cuyas vencedoras armas, después de vencido Egipto te mieron Europa, y Asia: pero los aira dos cielos, que con mis tragedias descansan, muerto a mis manos le ofrecen, con vergüenza, y con infamia. Despedazado el laurel entre las mortales bascas, el vencedor lo ofrecía, que con desprecios le ultraja. Y yo, mas cómo es posible, que dé a un extranjero el alma; pero si que enlaza amor los que regiones apartan, Queriendo morir con el por no imaginarme esclava de Roma, ni que en sus triunfos pudiesen ver a Cleopatra. De una cestilla de flores, en que un villano guardaba, un áspid con orden mía, la que muerte voluntaria, yo misma era la homicida. Que aún vives con ignorancia A de lo que hierbas de Egipto, cuando se aplican encantan. Alguna ilusión sería, vuelve en ti, que en la Africana Corona en tu vida estriva. Si humildes dones te agradan. Veis como vuelve el villano, veis como no fue soñada mi muerte, que quieres hombre que con flores me amenazas. Señora, advierte por Dios, que ese villano te aguarda para pedirte a su hijo, que por tu sentencia mandas que muera. Y quiere vengarse con la muerte que me traza. Miren de que suerte quiere negar mi justa demanda, venció mi simple rudeza, más bastale sergitana. Guardaos amigos guardaos, que si mis desdichas trazan que rmvera, no alcance a nadie el veneno que me aguarda. Villano esparce las flores, siembra el suelo de esta sala veré el áspid encubierto. Mira por Dios que te engañas, si es lo que viste ilusión, y sombras imaginadas, como tendrán conveniencia con cuerpos que tienen alma; este nombre. Sí señora, y esta es cestilla de palma. Aquí no hay fingidas flores. Cogilas esta mañana Reina, y señora. Detente, y si el veneno las vaña no las toques Aristea. Pues así me las derrama, que lindo agradecimiento. Pisaldas todas, pisaldas, que si las historias cuentan, que hubo ninfas transformadas en flores, también un áspid puede tomar formas varias. Pardios que tengo mal pleito bien sentenciara mi causa, ella buena cara tiene; pero las obras muy malas. Mira que a pedir te viene su hijo, y como te agradan las aromas, simplemente, de huertas que el nilo baña, con humildad tan sencilla como el traje, te esperaba con el rústico presente. Pues libre su hijo juzgaba, y cuantos se hallaron presos en Egipto. Pues mañana le traeré un panal de miel, y una escudilla de natas. Romano aún no conocido, si son mis brazos tus aras, donde has de ofrecer la vida, muera contigo Cleopatra. Aunque tengas el valor del muerto César, verás, cuando te defiendas más imágenes de temor. La razón que ya te niega tu furia, aunque a mí te igualas, es el escudo de Palas, que te deslumbra, y te ciega. Perdona querido hermano, que sigo a mi Capitán. Mi sangre, y nombre te dan ese valor soberano. ̱. Qué bruto bárbaro fiero contra los campos latinos, ejecutó desatinos, como por tu causa espero. Es Antonio por ventura esclavo de Roma, ha sido de los que la han oprimido, como la fama murmura. Ya de Octaviano arrogante, que en pura ambición deshecho da basiliscos al pecho, y alegre paz al semblante. Antonio el gran defensor de la patria, tan perdido, llega a Francia, que ha pedido. humilde nuestro favor. Romanos somos en Francia, a Lépido obedecemos, pues es justo que mostremos con tan bárbara arrogancia, bríos contra el Ciudadano de Roma, contra el mejor Capitán, contra el honor de Italia. Pruevas en vano tu defensa. Con la muerte vendrá tu arrepentimiento. Venciendo en la prisa al viento, llega el General. Advierte que se va desordenando la primer re gión. Labieno, Marcio, el consejo es muy bueno, digno de vuestra opinión, los Capitanes mejores de mi Ejército, amotinan la gente a bandos se inclinan los que han de ser defensores. de Lépido esas espadas, de España, y Francia temidas, queréis ultrajando vidas, verlas en sangre manchadas, qué queréis? porque turbáis. la paz de tantas legiones. Diferentes opiniones. lo causan. Pues si escucháis la poca razón que ha habido, que ya sé que defendéis a Antonio, presto veréis la causa, silencio os pido. Aquellos dos Capitanes, que dieron con sus banderas, sobresaltos a la Aurora, que vaña el Oriente en perlas, Que domaron más naciones que ve el Sol, porque en sus vueltas, algunas deja sin luz, y pasó a domarlas César. Este pues, y el gran Pompeyo, que apenas en las riberas del Tibre, dejó laureles, para Romanas cabezas. Turbaron la paz dichosa, abreviando el mundo en Grecia que embelesado los mira, y de sus espadas tiembla. César llega al rubicont, de cuyas blancas arenas, no pueden pasar pendones, sin darles Roma licencia. Mas como su pecho ardiente tirana ambición se engendra, de dominar el Imperio, que magistrados gobiernan. Despedazando cristales, la verde orilla desprecia en un caballo de trisia, que fue en las aguas cometa. La suerte está echada amigos, dijo la fama, escurezca con mi valor en delito, que ofrece al mundo por presa. Faso a Italia Roma entonces, justificando la guerra, le dio a Pompeyo el bastón, aunque era yerno de César. Hollaron de entrambos polos las aguas, mas contrapuestas en más bajeles armados, que cuenta un Piloto Estrellas. Para lanzas, y venablos, y para arrojadas flechas, guerfanas miró Tesalia, sus más ocupadas selvas. A los campos de Tarsalia, traslado el mundo sus fuerzas, dando poder a dos hombres para meterlo en cadenas. Salio el Sol, y dijo al mundo ya cifrado en esta guerra, que fabricasen un arca; para salvarse de Grecia. porque a la primer señal de la homicida trompeta, sorbio un diluvio de sangre, armas, hombres, valle, y tierras. De modo le acometieron, que la muerte en sangre envuelta iba estrenando crueldades, que los soldados la enseñan. El hijo al padre acomete, y como bárbaros juegan, contra los parientes pechos, lanzas que el furor desprecia. Iban las flechas veloces, no haciendo golpe en la tierra, a clavarse en los gemidos, viendo que en el aire sueñan. Los armados elefantes, máquina feroz de Persía; atropellando escuadrones, hacen pesebre las tiendas. La victoria que los mira, tan turbada, como atenta, dudosamente se inclina, y medrosa titubea. Mas viendo que esconde el Sol la luz de tantas tragedias, por montes deheridos cuerpos, bajó a presentarse a César. Huyó Pompeyo: ah fortuna jamás te viste contenta, como entoces, pues aún tiempo subio, y derribo tu rueda. Con pobres naves se esconde por las aguas que le llevan, sin eltrella que les guíe, que en desdichas no hay Estrellas. A la fementida costa de Egipto donde gobierna Cleopatra aquel basilisco de las Egipcias riberas. Llego Pompeyo vencido, donde por lisonja fiera del vencedor, le guardaron la destroncada cabeza. César victorioso entonces, dio a Roma dichosa vuelta; si bien las glorias del mundo, para quitarlas las presta. Por caudillos Casio, y Bruto, se conjuraron setenta Senadores, para darle la muerte que ya sospecha. Con veinte y tres puñaladas, cayó besando la tierra, junto a los pies de una estatua, en que a Pompeyo respetan. Octaviano mozo ilustre, que sangre, y partes hereda, de aquel Monarca difunto, para vengarle se apresta. También la humana ambición le presto valientes fuerzas, para que al Imperio aspire, viento en igual competencia. Al temido Marco Antonio, que en las Romanas, ni Griegas historias, hubo jamás hombre de más altas prendas. Mas como ya la fortuna tan favorable se muestra a Octaviano, el pobre Antonió, gente, y esperanzas deja. Huyendo ha venido a Francia, por la fragosa maleza de los alpes, con intento de ampararse en mis banderas. Obligaciones le debo, con justa correspondencia; pero el vencedor me obliga a que el respeto le pierda. Los que a la fortuna siguen con la victoria se mezclan, porque ayudar al vencido, pide soberanas fuerzas. conservémonos en Francia, ayudando al que más pueda, porque es la razón de estado, que los estados conserva. Hagámosle al vencedor lisonja de la cabeza de Antonio, como Cleopatra de la de Pompeyo a César. General, pues muera Antonio En nuestras manos perezca, si llegare a nuestro campo. Muera Antonio. Antonio muera. Segunda vez lo he mandado, pues cuando tuve la nueva de que perdido venía, con solas ocho banderas; picando su retaguarda, el vencedor con expresa orden propuse lo mismo, porque cuando el Cielo quiera que el victorioso Octaviano, que ya está de aquí muy cerca, en busca de Antohío llegue, a nuestro Ejército, pueda conocer que le he servido, que ya las estratagemas son clavos de la fortuna, para detener su rueda. . Esto es hecho. Nunca el cielo a las regiones Francefas, trajera al perdido Antonio, sufriremos ver sangrientas en su cuello estas espadas, si de Romanas se precian; pero ya está condenado, que tiene el poder gran fuerza. Si pedir limosna quieres, vete al templo de una diosa, donde haurá gente piadosa, que en soldados no la esperes; pues tanto su hambre miden, que aunque más Provincias domen para pelear, no comen, y para comer lo piden. No hay más, ya sé tu estado, pues no hay mal que no le sobre, que para ser uno pobre, primero ha de ser soldado. Pues si de espadas, y flechas tan lastimado estás, el trabajo excusarás, de hacer llagas contrahechas. Calla Tifeo. . No entiendo tu intención. Un hombre llega al campo. Fortuna ciega, seguir tu curso pretendo. Pobre parece. . Igual fuera que llegara el pagador. Mas nos sustenta el honor que la paga. Desde afuera diga lo que quiere. Amigos, si la piedad os inclina. Mas que lo hacen cecina. Hago a los Cielos testigos, que a pediros he venido limosna, con tal flaqueza, que aún la hambre, y la pobreza, dicen que las he vencido. Pero me esfuerza el sufrir, pues llego a considerar, que ayer me sobró que dar, y hoy me falta aquien pedir. Mas tiene tanta crueldad fortuna, porque me asombre, que me ha enseñado hoy un hombre, con mayor necesidad. Pues yo cuando más me impide la vergüenza del pedir, puedo pedir sin morir, y él ha Mas pobre que vos está, y es Romano por ventura. Es tanta tu desventura, que niega su patria ya; porque si al mundo dijera. que es Romano, y vuestro amigo, viéndole venir conmigo, fábula del mundo fuera. No está muy lejos de aquí, y aseguraros puedo, que de vergüenza, y de miedo, me envío delante a mí. Ejemplo a siglos futuros, dará este Romano entiendo, pues ha venido comiendo cortezas de robles duros. Siendo un hombre que en un día, perdió con valor profundo, casi la mitad del mundo. Decidnos por vuestra vida, quien es el Romano pobre, que tanta paciencia tiene, y aseguradle que viene, donde remedio le sobre. Que ya se han visto juntar en los soldados también: la piedad para hacer bien, y el rigor para matar. Es Antonio. Qué decís La verdad, porque importa. Quién Rómanos se reporta cuando su nombre advertís, contará de nuestros pechos nuestra fama ingratitudes, mezclando heroicas vir tudes con nuestros villanos pechos. Es bien que con viles tratos, ambiciosos, y imprudentes, en escuela de valientes, nos den liciones de ingratos. Los caudillos más temidos nos pondrán de furia armados, obligara ser soldados, mas no desagradecidos. Viven los cielos, que es mengua de tan valientes Romanos, que cuando tenemos manos nos pongan freno a la lengua. Antonio había de morir cuando cerca le tenemos, sin que socorro le demos, si quiera para huir. De Octaviano mientras halla fortuna que le defienda. Y es bien que Lépido entienda tu intento. Labieno calla, por los cielos, que parece que te agrada el ser cruel. He de arriesgarme por él. Aún más Antonio merece, podremos verle si quiera, amigo donde quedó. Advertid, que me pidio antes que le descubriera, que me hicierais juramento de no ofenderle. Eso dice. Sí, que un estado infelice engendra aborrecimiento. El cielo de testimonio, de que honrarle deseamos. De no ofenderle juramos. Pues aquí tenéis a Antonio. Válgame Dios, quien se atreve a usar con el de crueldad. Alguna oculta deidad a darse favor nos mueve. Por Dios, que es lindo matrero mucho tiene de gitano. Si yo también soy Romano, he de probar vuestro acero. Di por mi propia ganancia, cuando me vi magistrado, sentencias en el Senado contra los que estáis en Francia. Dejé de mandar pagaros vuestro sueldo, que algún día el público erario hacía, para mejor descárgaros. Que mi humano proceder cuando la paga os faltara, de los Templos lo quitara para daros de comer. Y bien se, que os acordáis, mas pagas del mundo son, que di la gobernación de Francia, al que tanto honráis. Lépido es un gran soldado, pero ingrato, vive Dios, que a vernos aquí los dos, yo le dejara afrentado. Llamalde, porque confiese, que la Provincia en que estuvo con César, por mí la tuvo, aunque a su ambición le pese. Dirá el mundo, cuando intente, que muera Antonio a sus manos que es con blasones tiranos, mas ingrato, que valiente. Y dirá el mundo también. porque el delito lo asombre, que muero a manos de un hombre a quien hice tanto bien. Cómo Antonio, pues tú lloras si asombrar el mundo vienes, tan poca esperanza tienes, cuando tu estado mejoras. Moverá a piedad un monte. Soldados, será buen trato) seguir un caudillo ingrato: famoso Antonio disponte a mandarnos, tuyas son las vidas que viendo estás, nuestro Capitán serás, tuya es la gobernación de Francia, y si algún villano se opusiere a tu valor. Pues si descubro favor, no verán que soy Romano. Con emboscadas, y ardides. puede Otabiano triunfar, no de quien pudo heredar sangre del heroico Alcides. Que estas manos vencedoras. saben tremolar banderas, en las Regiones más fieras, donde en encendidas horas yerbe el Sol, y donde mueve el carro bebiendo hielos, porque se viste de celos, con paramentos de nieve. pero que trompeta sueña. Escuadras de tu enemigo se acercan. Pues hoy me obligo a dejar la blanca arena de Rodano ensangrentada, de este Romano arrogante, si los que miro delante me ayudan. Con tu valor quien verá al temor la cara. Llegado a eso, no faltará, que yo prestara temor. Dónde está Lépido. Ahora fue alojar treinta banderas de Alemania. Si te vieras con la palma vencedora de Italia. Mientras ordeno las escuadras que me dais, mirad que me defendáis este paso. Bien ajeno llega Otabiano de hallar a Antonio con tal defensa. La campaña está suspensa, viendo su gente marchar; que arrogante es la victoria. , , s, En arma está el escuadrón de Lépido. Qué intención puedetener; Ya es notoria, querrá asegurar primero, que le dé a Francia Otabiano, mas será su intento vano, que en viéndole el rostro, espero que el temor lo ha de vencer. Qué feroz llega en su carro. Soberbio viene, y bizarro, mas no me ha hecho temer. Esperad, que por ventura no saben, que yo he venido: Romanos habéis sabido, que está en mi poder segura. Sin recelos de mudanza, la fortuna que me guía, pues quien en ofensa mía alienta vuestra esperanza. Muro de vuestras espadas, hacéis al César segundo, si las tres partes del mundo son de mis pies almohadas. Lépido no puede ser, que sabe cuan bien le está ser mi amigo, y no podrá en llegándome a ofender. Si acaso habéis recogido al vencido Antonio, en vano al victorioso Otabiano se opone un hombre vencido. Si guardado en los Reales le tenéis, ya le contemplo como doncella en el Templo de las Vírgenes Vestales. Mas ya su loca arrogancia supo cuando le seguí, que en Italia le vencí, y vengo a matarlo a Francia. Pues si a matarme has venido, testigos no faltarán, que tu frente ceñirán con el laurel merecido. Deja la soberbia pompa, y en esta humilde campaña, verá el mundo quien la baña con sangre. Con nueva pompa me está esperando la fama, que campo es el que pides. Él de aqueste Francés suelo, cuerpo a cuerpo, que no es bien que vierta sangre también el mundo que está inocente. Si con razón prevenimos banderas de entrambos polos, peleemos los dos solos, veremos si la túvimos. Aunque vienes arrogante, veré tu cerviz domada, en Italia con la espada, y en Francia con el semblante, soy contento, porque mueras, tan honrado por mi mano, que armas quieres. Otabiano, pues el vencimiento esperas, deja la espada, y los brazos, gobiernen solo un puñal, porque nuestra lid mortal abrevie al vencer los plazos. Deseada es la ocasion En valor son peregrinos. Quién será nuestros padrinos. Júpiter, y Marte son. Hagan señal, y entretanto que nuestro valor se prueba, ningún soldado se mueva, porque por Júpiter santo, que ha de morir. La obediencia es hija del escarmiento. De qué bárbaro sangriento aprendisteis la arrogancia. Dejando con vuestras muertes, huérfano el mundo, envainad los puñales, y mirad que sois las colunas fuertes. En que el Imperio Romano descansa, partid el mundo los dos, pues allá segundo vuestro valor soberano. Que yo la parte os renuncio, que de Alemania, y de Francia me cupo por la ganancia de la paz, que al Cielo anuncio. Contigo César novel, bien lo merezco acabar, pues que sé por ti matar con espíritu cruel. A Antonio el yerro confieso, valeroso Capitán. Nunca en mi pecho tendrán lugar las ofensas. Beso tus pies ilustres. Heroica fue tu disculpa, que quien confiesa la culpa merece alcanzar perdón; Otaviano que pretendes? En tu gusto, y el consejo de Lépido, el cergo dejo. Porque con armas ofendes cuando ya sabes vencer con hidalga cortesía, mereces la Monarquía del Orbe. Que os puedo ver conformes Y tan amigos, tob que doy a Antonio los brazos. Que han de ser eternos lazos hago a los Cielos testigos, si la fortuna cruel no se nos muestra tirana. Vuestra frente soberana está esperando el laurel: partid a Roma varones, porque el Imperio partáis, pues tan conformes estáis. Sin ambición lo dispones, pues no quieres parte alguna en el Imperio. Bien pudiera si la ambición me moviera dar un tiento a la fortuna; que aunque ahora me ha dejado la gente de Francia, y tengo la que en Albania prevengo, y Alemania. Eres soldado prudente, y porque no entiendas que es nuestro poder tirano, con licencia de Otabiano. No es bien Antonio que ofendas la voluntad que granjea Lépido, tu gran valor como autor de rapaz que nos desea, merece ser compañero nuestro. Pues en nombre tuyo, y el mío, le restituyo tu gente, como a heredero, con los dos, de la tercera parte del mundo. Viváis al paso que a mí me honráis. Yo quisiera que antes de salir de Francia, nuestras capitulaciones se otorgasen. Bien dispones caso de tanta importancia. En esta margen sombría, nuestro intento el mundo entienda sacad sillas en la tienda. Que estrive la Monarquía del mundo en solos tres hombres. Tristes de aquellos que fueron tres enemigos. Perdieron hoy las vidas con los nombres. Es extraño rigor. pues mi hermmano ha de morir. En ello has de consentir, porque iporta a nuestro honor. El que condenado fuere por cualquiera de los tres, ha de morir. Si así es, no hay porque su vida espere, pobre, y desdichado hermano, mas yo vengaré tu muerte, también ha entrado en la suerte un enemigo Romano. Tu enemigo. Y con razón pido su muerte. Los tres le condenamos. Quien es. Marco Tulio Cicerón. Oon como, a mi mayor amigo matáis Esto es sin remedio. No daremos otro medio. Este se ha usado conmigo, y le hemos de proseguir. Que ha de morir Cicerón, por nuestra loca ambición, pues otro le ha de seguir, que duela algún compañero, si bien mi enemigo ha sido: varones la muerte pido de Lucio César. No quiero el Imperio con la muerte de mi tío. Necio estás, mira lo que importa más. Que tan desdichada suerte, por el mayor interes le ha de alcanzar a un Romano tan valiente. Y mi hermano. Y mi amigo. Si los tres nos emos vengado ya, poco la piedad alcanza, donde reina la venganza: sentaos, y se firmará esta capitulación, porque se ejecute luego. Si en esto vale mi ruego, Lépido en esta ocasión ocupe el mejor lugar por su edad, por su consejo. Soy más cortés aunque viejo, mirar quien se ha de asentar en medio. Porque habéis hecho causa que estaba dormida, una ambición conocida, tenéis al fin más derecho al mejor lugar. Ninguno le ti Pues si ninguno le tiene, al más mozo le conviene. No os quiero ser importuno, aunque veo que me honráis, sin que el honor publiquéis: ya espero a que os sentéis, para ver lo que mandáis. Ya han hallado buenos modos de matar. Vámonos, pues, que tienen talle los tres de irnos vendimiando a todos, aunque siempre mi señor fue clemente, y generoso, aunque verse poderoso no le haga ser cruel. Contigo el viento en popa navega. Príncipe de una bodega quisiera ser, lindo amigo, fuera yo a todo viviente. Durara poco el Imperio. Durárame eternamente, que mi Tribunal no niega piedad de ninguna suerte, he de condenar a muerte, sino apenas de bodega: por quítame allá esas pajas, como vayan madurando, voy las viñas confiscando para henchir las tinajas. Bien podéis firmar. Los cielos sean favorables, y amigos. De hoy más nuestros enemigos no nos causarán desvelos. Con qué prodigio cruel derriba nuestra fortuna el Cielo. . De una coluna sale un brazo, y un laurel. Valeroso Capitán, las tres partes de la tierra, domadas en justa guerra, tu espada aguardando están, tú solo el dueño serás de todas; la fama soy, y en este laurel te doy el mundo. Poco me das, espera que como veo tan bajo el mundo, me pesa que no sea mayor la empresa. Aún a mis ojos, no creo es posible lo que he visto. Este en Egipto aprendió la mágica, y la mostro ahora. En vano resisto mi furia, mozo arrogante, pues con hechizos pretendes preferirte. En vano ofendes Antonio mi fe constante, por cuanto poder encierra el cielo, que no fui parte en lo que ves, solo a Marte sigo en legítima guerra: hechizos, y encanto yo, cuando conoces mi espada. Tu frente está coronada. El cielo el laurel me dio, y pues conformes estamos, no quiero ventaja alguna, sea igual nuestra fortuna, los tres el laurel partamos. Cuerdo, y cortes concluyo la causa. En que ha de parar tanta ambición de Reinar. Corona el cielo le dio. mal quitársela podemos. Ea dichosos varones, dejad vanas opiniones, dejad dudosos extremos: si el laurel el Cielo envía, para los tres ha de ser, pues que aguardas en romper el laurel, y Monarquía. Mi parte es África. Sea Europa la mía. Bien que el cielo quiere también, que la Asia yo la posea. Muéstre se propicio el hado con principio tan dichoso. Que suceso venturoso. Veis como os había engañado vuestro fácil pensamiento, ya el cielo os da la Corona, con que vuestro intento abona. que me haya burlado siento aquella sombra fingida de la Fama. Muestra Antonio, daré al mundo testimonio de tu bondad conocida, yo te ciño el laurel por África en ella seas, dichoso como deseas. Cleopatra a Roma cruel dio favora Casio, y Bruto, cuando la conjuración de César. Tu indignación conozca funesto luto, se ponga Egipto si importa, que muera Cleopatra. Presa haré que venga. Es empresa, si el valor no se reporta, en que poco has de ganar. Qué dices. Que no la veas, si ser vencedor deseas. Lépido podrá matar una mujer con la vista; a un soldado ensangrentado. Prudente, y cuerdo te pinto, pero temo la conquista de Cleopatra. Honre tu frente, Lépido el verde Laurel, y Europa te rinda en él la fiera cerviz valiente. Para que conozca yo, que cobro el ser de tu mano. Y yo le daré a Octaviano el laurel que mereció. cuanto el Sol naciendo mira, te dé en armas, y en metales feudo en playas Orientales, tanta Majestad me admira. Viva el grande Octaviano, el señor del mundo viva. En algo la fuerza estriba de su poder soberano, los labios del pueblo mueve, el cielo temiendo voy a este mozo. Ciego estoy de cólera, quien se atreve con tan vana aclamación delante de estos varones, a darme tantos blasones. Prodigios del Cielo son. Dará sangre al mar profundo la que estre brazo derrame. Y nuestro Imperio se llame los tres Señores del mundo. SEGUNDA JORNADA
JORNADA SEGUNDA
Es imposible. Por qué? Porque regala el deseo en otro mayor empleo. Luego desprecia mi fe. No me lo ha dicho tan claro. Pues de que lo has entendido Respondiome divertido, y yo que en tu amor reparo, pesarosa de que seas tan prodiga de favores, para que después no llores cuando burlada te veas; te advierto, que en el semblante conocí que no te estima, por que el amor siempre anima acciones de tierno a mante: y en ausentándose amor, la lengua muerta en los labios dice más bien los agravios, que el más discreto orador. Porque los ojos padecen por el alma, y brotan luego amando flechas de fuego, y de hielo si aborrecen. Pues cuando por mí ha subido al cargo honroso que tiene, aún a mi fe no previene, favores de agradecido, Silvia los sentidos pierdo. Sabes que pienso señora. Habla claro. n Que adora. Será a mises hombre cuerdo Y si es necio. Buscará mi agravio en nuevos desvelos. Hasta los dorados Cielos su amor desvanece ya; quiere a la Reina. Ay de mí! que es Capitán de la Guarda, y como a la Reina guarda, la halguardado para sí. Pero como podrá ser que halle acogida amorosa, siendo Reina, y siendo hermosa, más es Cleopatra mujer. Tocando voy imposibles para perderse mi amor, cuanto el sujeto es mayor) son los celos más terribles. Ay Dios que ofensa tan grave, digna del mayor castigo. Aquí viene tu enemigo. Ya casila Reina sabe or su pretensión. No imaginé que ha de atreverse jamás. Vida con eso me das. Fiera que ocupa el camino es para mí esta mujer. Ariso Dlonde te vuelves. Venía olono ao A qué? odno A saber si dormía la Reina. Importa saber si duerme. No importa mucho. Querrás tu guardarla el sueño Como a Reina, y como a dueño la reverencio, Qué escucho Cielos, tu dueño es la Reina. Son extrañas maravillas, si lo es de las orillas, que ve el Sol, y el Nilo peina. Si soy vasallo, y criado de la Reina, claro está, que ella mi dueño será, Oh que bien lo ha disfrazado. Voyme si acaso no tienes que mandarme. Aguarda un poco, que estos desengaños toco. Ahora deprisa vienes; pues yo sé cuando esperabas sombras de la noche fea, para gozar de Aristea un favor. Rendido estabas entonces y yo perdida tan firme, aunque mujer, que te he venido a vencer en lealtad. Tan atrevida vive en mi casa Aristea, que a un hombre detenga así. Suéltame necia. Si aquí con tus desdenes pelea mi amor vencido, es razón que niegues la cortesía, que ya merecí algún día. Qué pierda la estimación una mujer principal, mas quien ruega, y se en ternece estos desprecios merece, que prodigioso animal. Es la mujer despreciada, aunque le pinte señora generosamente adora, y luego aborrece amada; mas hoy pagará el ingrato el desdén con que la ofende. Tu necio amor que pretende? Castigar tu aleve trato con porfiar, y sufrir. Cansaste en vano. Por qué? Porque nunca te estime. Pues qué intentas? Yo huir, por no verte, que a mis ojos eres vasilisco ya. Tuyo el veneno será, y mortales mis enojos. Porque a trueco de que vivas y alegre de mí te ausentes, el veneno, que en mí sientes, haré que no le recibas. Pero advierte que has subido. tan desvanecido el vuelo, que en los rayos de tu cielo te considero perdido. Desvanecido faetón, eres del Sol que pretendes, pues por tocarle te ofendes. Quimeras las tuyas son, que el atrevimiento mío es tan noble, y tan gallardo, que como faetón aguardo, abrasar con fuego el río. No la ha encarecido mal. Si la Reina se pagara de tu amor, yo confesara que era tu dicha inmortal; mas si miras el sujeto, juzgarás tu amor por loco. A venganzas me provoco, así me pierde el respeto un criado. Quién ha sido la que tan vana, y curiosa, mi pasión tan amorosa te ha dicho Yo lo he sabido. Pues si lo sabes, que esperas, con tan claro desengaño. Detente. Suceso extraño. Esperanzas lisonjeras, la muerte me habéis de dar, porque la Reina me ha visto. Que mal mi enojo resisto. Cielos, si llego a escuchar mis atrevidos intentos, turbado muestra el color. Que pueda engendrar amor tan bárbaros pensamientos, Capitán. Señora mía. Hoy quiero ver la Ciudad. Honrará tu Majestad con tu vista Alejandría, voy a prevenir la guarda. . Bien puedes. Turbada estoy. Tan llana, y afable soy, que el verme no me acobarda, como a una Reina se atreve un vasallo, hola. Señora. De aquí se ha partido Selenco Y que apenas mueve el paso, el color perdido. Toma este anillo. Que ordenas en tu servicio. Las penas de ejemplares han servido, manda que le corten luego la cabeza. Al punto voy. Si yo la ocasión te doy, merezca mi humilde ruego que la sentenciarevoques. Qué he de hacer. Bien puedes ir. Señora, así ha de morir tu Capitán. No provoques mi justo enojo Aristea. Válgame el Cielo, que escucho Con nuevos temores lucho. Posible es que por mí sea; pero sí, porque escuchó mi intento atrevido, y fiero. Capitán, hablarte quiero aparte. Bien mereció el castigo. No hay lugar de hablar la Rei- Esperad, (na. daré un recado siquiera. La licencia para entrar te pide un Embajador de Antonio. Y si no la diera, y el entrara. Mereciera eje cutar tu rigor. Pues si por entrar no más aquí sin licencia mía, el castigo merecía, que tú con razón le das; que mereciera un criado, sin licencia de un señor, que se atreviera a su honor. Yo mismo sentencia he dado contra mí. Reina, y señora, tu sangre, y hechura soy. Que me ruegas cuando estoy resuelta a mostrarle ahora, lo que merece un delito de un atrevido criado, Con eso le has castigado. La famosa Reina imito (gora. de Babilonia. Por mí le has de perdonar a- Confieso el yerro. Señora. Si le castigo por ti, como me ruegas por él. Lástima, y piedad me obliga. Sabes que el cielo castiga con demostración cruel la ingratitud en los hombres; pues como el villano trato aprendes Egipcio ingrato. que títulos, que renombres buscas, si a la ingratitud le das entrada en tu pecho, lo que has dicho, y lo que has hecho sin vana solicitud. He sabido, y vive el Cielo, que si a quejas das lugar, que tu sangre ha de vañar de Egipto el caliente suelo. Quien no ha de buscar la emienda si amenaza tu rigor Di que entre el Embajador. Serás mi adorada prenda, dulce Aristea, que ya a tu servicio me ofrezco. Pues ahora te aborrezco. Vengada a mi gusto está. Aquí me ha desengañado, que aunque estás arrepentido vienes del temor vencido, y no del amor forzado. Tienes honra, eres mujer noble, dejo aparte ya tu delito, porque esta donde hay piedad, hay poder, que aunque ha sido gran bajeza la que has hecho, como soy mujer, obligada estoy a perdonar tu flaqueza, tu ruegas. Sor necesarias estas diligencias ya. Qué dejársele podrá a mujeres ordinarias. Si estás del Cielo dotada de cuanto el pincel desea, que le dejas a una fea. El saber, que siempre enfada. A la mujer que comienza rogandó a dar un favor, o le sobra mucho amor, o tiene poca vergüenza. Y aunque la flaqueza entiendo mujéril voy alcanzando, que es mejormorir amando, elaque no atreverse perdiendo. Aquí está el Embajador. Entre pues. Tus reales manos pido. Cumplimientos vanos. Esfera soy del temor después que estos hombres vi. El temido Marco Antonio, de quien hoy da testimonio su gran valor. Ay de mí, que sobresaltos me ha dado su nombre. Por mí te envía a mandar. Alejandría tiene Reina, que ha mandado. . Ah Reyes, con grave Imperio viene el nombre que he temido No es varón desvanecido Antonio, ni es vituperio de tu Corona el mandar con palabras, cuando puede con las obras. Mucho excede de ello que debe mirar a quien soy. Manda leer esta carta que te envía. Desdichada Alejandría, presto verás el poder de un tirano, que a mujeres pierde el respeto debido. Pues yo de mi parte pido, que buena fortuna esperes; por Dios que es buena girana, vale pesada a diamantes, o si la vieramos antes. Su Hermosura es soberana. Antonio, señor de la tercera parte del mundo, a Cleopatra Reina de Egipto, salud Abien- do con legítituas causas, que no te importa saberlas, repartido el mundo, Marco, Lépido, Otabia no; y yo tuve suerte en que me cupiera la de África; y previnien do el remedio que piden las Pro vincias de Egipto, Judea, y Pa- lestina, determinamos poner de nuestra mano. Reyes que las go- viernen, enviando nuestras Rea les pronisiones, con el castigo que merecen los poseedores tiranos; y a ti por ser mujer, man- damos, que vengas presa a Sici- lía, donde usando de clemencia, recibiremos tu descargo, sobre haber dado favor a Casio, y Bru- to, matadores de César. El Cie- lo te guarde. to es Embajador si te mueven a lástima los peligros de una desdichada Reina, que basta serlo de Egipto. Templa el enojo de Antonio, ablanda su pecho altivo, mis lágrimas le presenta, y llévale mis suspiros. Si repartieron el mundo, yo le dejaré el dominio de la parte que me cupo, si es que fue el Reinar delito. Crimen de que estoy sin culpa, me notifica ofendido, de una mujer inocente, por dar mi cuello al cuchillo. Ya su ambición se conoce, ya sus intentos se han visto, matárame porque calle sus ambiciosos designios. Tómese el Reino en buen hora, que yo riberas del Nilo, en una humilde cabaña veré tragedias de Egipto. Yo favor a Bruto, y Casio, cuanto también me acredito, por defensora de César, engáñase quien lo dijo. Que cuando murió Pompeyo en mi Puerto, y César vino, le serví con gente, y armas, bastimentos, y havios. Y tanto por César hice, que tesoros infinitos de aquestas piras soberbias, biasón de Reyes antiguos. le di con mano tan franca, que por mis socorros hizo guerra al Alia, y el Oriente, vio mis soldados Egipcios. Pues como podrá creerse, que a sus matadores mismos diese yo favor, ay cielos! e mis desdichas han sido. qu Las que inocente me culpan, dime por Dios que te ha dicho Antonio es hombre cruel, mata a los que ve rendidos. Huélgase de ver los campos en humana sangre tintos, sacrifica humildes hombres, como los bárbaros Indios. Desengaña mis temores, y si a matarme has venido en su nombre, el cuello ofrezco en humilde sacrificio. Que vayas presa te manda a Sicilia, este es mi oficio, y he de obedecer por fuerza. Aguarda, espera, que digo. Loca me tiene el temor, a mis propios enemigos pido clemencia! ay de mí, que tarde el bien solicito. Mi grandeza es el verdugo, yo misma soy el peligro, tropezando en Majestades, cuando pobrezas envidio. A quien pediré consejos. A mí. Qué dices. Que digo, que te daré más consuelos, que tú has contado peligros: no eres mujer. Mujer soy, y por ser mujer me aflijo. Tú no debes de saber, lo que puede el frontispicio. De una cara a lo agradable, y de un talle a lo jarifo, yo soy criado de Antonio. Tú le sirves. Yo le sirvo. Pues bien sabes sus costumbres También las sé, como el mismo Cobra aliento, Reina enes, y no es ambriento vestigio Marco Antonio. No por cierto, que te crío desde niño. Con leche de ircanas tigres. Más matarlo. Dime amigo, es muy robusto, es muy alto. Tendrá seis varas. Que has dicho. Mi cuenta es de boticario, si creció mucho el guarismo mérmala cuanto quisieres. Por Dios que el máncebo es fino. Tiene feroz el semblante, es con mujeres esquivo. Dirá requiebros a un buey si lo ve con toca, y rizos: y yo apostaré un bígote contra un pímpollo del signo de Capricornio, pues son hermanos por lo torcido. Que si llevo tu retrato a mi señor, que le aplico járabes de mansedumbre. Nunca en mi Reino permito que me retraten. No importa, que yo con pinceles limpios. daré tu imagen a un lienzo. Pues eres pintor. Devino, es burla Sardanapalo, y Holofernes, es prodigio verme pintar una zorra, cuando con ojos dormidos. los cazadores engaña, con tanto primor la pinto, dando a entender que está muerta, que dos mil podencos vivos, no darán fe del resuello aunque la huelan un siglo. Gran pine Humor notable. En Roma, ya auras oído decir el templo de Flora. Su fama llega al olimpo. De blanco, y liso alabastro, de alabastro blanco, y liso, que soy escultor también, entre colunas, y plintos, y las demás zarandajas to cantes a nuestro oficio, hay una imagen de Flora. Ya sus primores me han dicho Vesla que a Venus excede. Ya por la fama la he visto. Pues no es mía. Así lo entiendo. Buen tiempo para perdido, cuando la muerte me espera, no estoy para desatinos, hombre vuelve a tu señor mientras llorando apercibo presa mi infeliz jornada. Para darte algún alivio. quise entretenerte ahora, porque tus ojos divinos no se eclipsen con el llanto, que pretendo darte advitrios, para que el Romano Antonio se muestre afable contigo, que ha llegado la piedad a hacer generoso oficio. Si te fías de mi industria, ya he descubierto un camino para que te hable Antonio, amoroso, y comedido. Y de suerte que le veas. adonde puedas oírlo, sin que piense que le escuchas. Ya de modo facilito mi remedio en tus palabras, por saber que las has dicho con prudencia cortesana, y con ingenloso estilo, que doy crédito a tu voz, y de tu piedad me fío, mi vida pongo en tus manos. Pues apercibe el camino. Donde queda Antonio. Dicen que a las riberas del cidno no te ha de guardar con su gente sino es que se ha detenido. Por concertar a Octaviano, y Lépido, que ya ha visto rompida el mundo la paz de aquellos bravos caudillos. Ya dos veces se han revuelto, y ya los cristales fríos del Tibre, han mezclado en sangre de sus mayores amigos. Pues si tan juradas paces se han quebrantado, y rompido, que podré esperar de Antonio. Eres mujer, ya lo he dicho; procura llegar hermosa, porque el humano artificio causa deleite a los ojos. Vamos pues diosa de Cipro tu hermosura he menester, gracias caminad conmigo, porque rindamos a un hombre. Ya con las tuyas le rindo, que si hay Elenas en Troya, ay Cleopatras en Egipto; y guárdense de tus ojos hasta los peinados riscos, que los hombres no es milagro que se rindan a un prodigio. Y guárdense de esta moza los aguados cocodrilos, que basta para matarlos, mirarlos de hito en hito. Ah hablado conmigo el romo Soy Romano; muy bien dijo, abrevió de letras, ea; que si yo po tú por lo agudo, haremos un bravo ingerto de priscos. Ah de mi guarda, ha soldados, no se nos vaya, cercadle, mirad que huye, matadle, si estáis de valor armados. Un puñal lleva desnudo en la mano. A quién señor han de matar? A un traidor. Pues quién atreverse pudo. Un esclavo, un hombre fiero, se me presentó delante; y más que un monte arrogante, levanto el desnudo acero para matarme atraición. Muera quien tu daño intenta. Que de agüeros me presenta, la triste imaginación, mientras fiero amenazaba mi vida, me parecía que Otaviano me vencia, y que a sus pies espiraba. Válgame el Cielo, que he visto, si es la muerte que me llama para escurecer la fama, que con mis hechos conquisto. Mas hoy daré testimonio de mi valor. sombra fiera, si me aconmetes, espera. Huye de Otabiano Antonio. Vencida mi estrella veo de mi arrogante enemigo, a Otaviano; a salso amigo, vano fera tu deseo; aunque estrella superior, te de con la muerte mía la universal Monarquía; pero no es vano el temor que la sombra me ha dejado de mi muerte el instrumento, hurtemos alas al viento, fortuna resista el ado; larga ausencia, aunque yal toco entre medrosos desvelos, que es quien se opone a los cielos. o desesperado, o loco. No hay hombre señor que diga, que en el campo, ni en tu tienda le haya visto. Nadie entienda que una sombra me fatiga, Labieno, mas yo la vi, y si a sus palabras creo, yo le excusaré el trofeo que con mi temor le di; huyamos de Italia amigo. De quien puede tu valor. De mi confuso temor que da fuerza a mi enemigo. Ahora señor que miras mezclados los escuadrones de dos tan claros varones te suspendes, te retiras. Tu esposa Otabia, es hermana de Otabiano, pues que intentas, que sus escuadras no alientas, y ya que tan poco gana; tu espada ofendiendo ahora a Lépido, por lo menos en dos amigos tan buenos, por cuyas discordias llora; el mundo siembra la paz tan mal conservada en ellos. Forzado, y por los cabellos huyó a Egipto, no es capaz mi confuso entendimiento de ver la infamia que aguardo. Quién te lleva. Mucho tardo. Mira que las voces siento de Lépido, que te llama para que le des favor. Ya es tarde, que mi valor se escurece con mi fama. Arrastrado a Egipto voy, allá me lleva mi suerte, Labieno. Será tu muerte. Casi mirándola estoy. Los Egipcios monumentos miro en mi sangre vañados. Ah Cielos, conmigo airados, bien presto os veré contentos. . Hubo desdicha mayor, no es temor, quien le retira, que Antonio que al mundo admira jamás conocio al temor. Claros montes de Roma, donde mi agravio tu venganza toma el fiero Otabiano, no deis mi sangre al suelo Italiano, abrid piadoso el seno; podre escaparme de vergüenza lleno. Lépido, que fortuna te va siguiendo, en tu pecho valiente, no le permitas que mi nombre afrente el dichoso enemigo, mira que es de victorias tan amigo, y de triunfos Romanos, que si aquí no me libras de sus manos, daré a su carro asido, triunfos al vencedor mi honor perdido. Las fieras de este monte me podrán esconder, presto disponte pues fuiste mi soldado. Los puertos, y los pasos te han tomado con armas vencedoras. Yo preso a Roma al son de las canoras trompas de Italia, a Cielos. Aunque le preste los azules velos el Cielo que le encubre, del tengo de triunfar. Ya se descubre por el monte robusto, el nuevo César el dichoso Augusto. Pues no es mejor que mueras, si tal infamia de vencerte esperas. Duros peñascos fríos, como estorbáis mis alentados bríos. al otro monte te sube, no me prestara el Cielo alguna nube para alcanzarle ahora. La verde cumbre, que en saliendo dora el Sol tiene una cueva. Con esperanzas mi temor me lleva. Con sombras burladoras, me prometieron palmas vencedoras, sus cielos enojados, como veré los Bárbaros domados, del escondido Oriente, cuando hay laureles en ajena frente, en quimeras me fundo, cuando me pinto Emperador del mundo. Ya me ha librado cobré ya mi valor, perdí el recelo. Mi industria le ha valido. Engañaste, si piensas que te olvido en mis plumas veloces has de domar los Bárbaros feroces, la Corona te espera del vencido contrario. Aunque ligera por el viento me lleves, mayores glorias a mis triunfos debes, Lépido aguarda un poco. El mismo Marte si te aguarda, es loco. Albricias pedir le puedes a Antonio, a su tienda llega, que ya Cleopatra navega por el Cidno. En las mercedes de Antonio están muy seguras mis esperanzas señor. Marcio amigo, tu valor premiaré. Bien me aseguras del premio honroso que espero, ya viene Cleopatra; ningún hombre la acompaña, doncellas Egipcias son, su gente de guarnición. Brotará amor la campaña. Ya viene una suelta espía; y de ella sabrás si llega la pompa con que navega, todo ha sido traza mía. Llamalda, belleza tiene para dar algún cuidado. Todo es donaire prestado de la que en la barca viene. Humilde llego a tus plantas, para besarlas señor. Levanta . Con tal favor, hasta el Cielo me levantas. Viene Cleopatra. En el puerto, adonde se abriga el río, tomará tierra, y confío, pues el tuyo ha descubierto. Que ha de merecer favores de tu mano generosa, yo por la margen hermosa, pincel del alba en las flores. Vine para darte aviso, de que viene humilde, y presa. Si de tan gloriosa empresa, dueño el cielo hacer me quiso. Qué temo influjos de estrellas, vive el Cielo, que he de entrar triunfando en Roma, y llevar entre sus Egipcias bellas. A Cleopatra por despojos de Egipto. . Heroico deseo. No es buen acuerdo Tifeo. Ah señor, que lindos ojos tiene Cleopatra. Estás loco: importa algo, que sean bellos sus ojos. f Pues los cabellos, boca, y dientes. . Ya provoco mi enojo en tu ofensanecio: haurá en el mundo mujer; que a mí me pueda vencer. Cito al margen el desprecio para luego. . Al fin me dicen, que al Sol le presta valor. Porque sus galas señor, su vencimiento autoricen. Dime el modo con que viene, que si ya ha desembarcado, el verla será excusado. En el río plumas tiene la Fama, que yo mal puedo decir la parte menor, porque pide otro horador con más gracia, y menos miedo. Salio de Egipto Cleopatra, y marcho su gente en orden, hasta ver de Alejandría las espaldas a los montes. Llegó a Sicilia, y su guarda; porque lo mando, volviose, que como presa la esperas, no quiso venir con hombres. Llegó al Cidno, cuyas playas, ricas de laureles nobles, de bellos canoros Cisnes, oven las últimas voces. Una barca apercibida. tuvo que el dorado coche del Sol, le envidio matices. para lucir sus colores. La popa blasón de Arabia, le sirvio de cielo entonces, pues bañada en ascuás de oro, pudiera abrasar Faetontes. Del corredor los márfiles, eran colunas de un Orbe, donde entre lejos azules, iban compitiendo Soles. Porque la luz de Cleopatra, la del Sol fingido esconde, para que pierda el del Cielo las victorias de la noche. Los pintados gallardetes, confusas las aguas ponen, dudando entre sus espejos, si eran telas, o eran flores. Los remos de evanos Indios, contentos las aguas rompen, porque entre manos de nieve, luce la color más pobre. Eran doncellas Egipcias los forzados, tan conformes que dieran caza amorosa, si navegaran los Dioses. De músicos instrumentos, dos capillas se componen, porque responden a coros los pajarillos del bosque. Pero en dejando las copas de los sauces, y los robles, buscaban silencio, y sueño, volando con plumas torpes. Porque abrasadas aromas, en pardas esferas corren, usurpando pajarillos sin licencia de lanoche. Un pabellón carmesí de tegidos algodones. a quien los nácares puros, mas que alas, conchas conocen. Era Templo de Cleopatra, cuyos pendientes cordones, iban abreviando telas, por ir matando los hombres. Poco blasonara de ver abrasadas torres, si viera en ricas espumas, uinas de fuego veloces. Mas como el suspenso río miró tu hermosura, elose entorpeciendo cristales, para irfabricando montes. Mas Cleopatra que temía la dilación, escondiose, porque de satara el río la turbada nieve entonces. Bien par Dios. Gran Majestad. Por el mundo se conocen las grandezas de Cleopatra. Pues yo espero que te asombres, de ver la mayor belleza, que han imitado Escultores, con mármoles, y buriles. Mucho dices. . Dales orden para su despacho, y luego en ese Templo, que esconden palmas, y laureles santos, verás su imagen, conforme al divino original, porque gusta que la adoren por Diosa de Egipto. Marcio parte porque se acomoden de lo que pide el camino. Parto al punto. Qué razones tan tibias, líbreme el cielo de tan desgraciados hombres. Para gitana eres boba, veslo allí, pues ya le comen ciertas cosquillas curiosas. Pues si también le conoces, voyme, y en tus manos dejo esta empresa; el mundocompres con solo tu fama. . Vete. Ay que nieve. . Vete. Voyme. . Tifeo. . Señor Veamos si tienes buen gusto. Adonde caminas con el intento, ea engaños vencedores, de sentidos descuidados, haced que Antonio revoque la rigurosa sentencia. Curioso gusto me pones de ver la imagen que dices. No es para ver, engañome un gitano, yo la he visto, y es tan deslucida, y pobre, que solo la reverencian, hortelanos, y pastores. Yo he de vería. Buen principio, Llega, y las cortinas corre. Llego, y corro las cortinas. El cielo me valga. . Elose, como esquilmo de aceituna. Tifeo. . Señor. . Esconde tan peregrina hermosura, porque si la ven los Dioses, se haurán de abrasar de celos, se haurán de morir de amores. Cayó en la trampa. . Es posible que yo anduviese tan torpe, que para prender a un Ángel despachase provisiones. Fue muy gran bellaquería, mira que tendremos voces si te ríes, disimula, haz cuenta que eres de bronce, no demos con la maraña por esos trigos. . Perdone la severa majestad, que tiene Imperios mayores un deseo. . Tararira. Cómo es posible, que sobre un helado mármol duro, para abrasar corazones, tanta fuerza en una piedra. Hermosos ardientes soles; que lleváis robada un alma, si puedo dar este nombre a un robo tan voluntario, mil siglos el mundo os goce. Mas un temor me destruye, que como fuego os compone, el mármol abrasaréis, y os vendré a perder entonces. Quién pudiera daros vida, al peso de mis pasiones, que como han de ser eternas, fuera eterno vuestro nombre. Mas no viváis dulces ojos, que me amenazan temores de sospechar que os ofendo, como a luces de estos bosques. Bien lo dice vuestra imagen; pues le han salido colores de ver mis atrevimientos, miente quien dice que rompe. Los cielos sus estatutos, conozco mi estrella inmóbil, mármol es mi estrella, cielos, gran fuerza tiene, venciome. Cleopatra es ya mi fortuna; que no hay bellezas que adornen las celestiales esferas, si en esta imagen se esconden: muerto me tiene Cleopatra. Pues di si mueres de amores, la que a nadie no perdona, a mi fincando en un bosque, como si fuera conejo, tocó a mi puerta, y llamome. Y podré tocarla yo. Paso, señor, no la toques, que por tocarla un villano, se cubrió de sabañones. Pues cubre el cielo en que vive. Si baré. aunque el cielo se enoje, lo que traga de saliva la imagen. Plantas veloces, vamos a darle a Cleopatra Imperios de un alma noble; que no son los hombres piedras, para que no se enamoren.
JORNADA TERCERA
Ea doncella cimarrona, que esperas que no te humanas. Muy bien el gusto me ganas, ultrajando mi persona. Ultrájame a mí un frisón, porque de mi amor no dudes, y alce por pies dos almudes con errada guarnición. Y conmigo a lo taimado, juegue descubriendo tretas, de una, dos, y tres posterás, y lo de golpe doblado. Y sin esperanza alguna. porque más vengada estés, me tenga un año a sus pies, como rocín de fortuna. Si no me has dado más penas, y esto tus ojos lo entienden, que cuantas gitanas venden asadores, y barrenas. Ahora que mi señor goza ya en Alejandría la luz que suspende al día entre blanduras de amor. cuando como dos lechones, pichones digo amorosos, gastan banos olorosos, que fueran amigo unciones. Cuando afrentando pinceles, vuelan pajarillos mil, que parece que el Abril está colgando doceles. Y quejándose a los cielos, viendo a Cleopatra, y Antonio piden por fe, y testimonio, que abrasan el campo acelos, te muestras tu zabareña, esquiva, y dificultosa. Yo soy muy poco amorosa, testigo el ama de uua peña. Luego no admites varón. i . Soledad busco, que quieres. Doncerla esparrago eres. Tengo poca devoción a los hombres, son pesados. Has romaneado alguno. Necio estás, por importuno. Melindres son excusados. Que la experiencia me enseña, que donde tratan de amor, no hay doncella de labor, que no esté atumbo de dueña. Vive Dios, si no mirara Romano infame. Sosiega. Por este el cielo me niega la hermosura soberana. De la Reina es imposible, que yo la pueda olvidar, porque ha venido a aumentar mi amor la pasión terrible de celos, bárbaro infame, que has traído Alejandría. Habla con más cortesía, no me des lugar que llame a quien te deguelle aquí, gitano descomedido. Que peste a Egipto has traído tú eres la causa, por ti entre lácibos amores, Antonio, y Cleopatra están perdiendo el mundo. Y serán sus delitos los mayores, mucho te pudres gitano, engorda sin pesadumbre, que esta es antigua costumbre de todo el linaje humano. Solo este fiero león no lo he podido amansar, y me atreviera ablandar un peñasco de almidón. Antonio, y la Reina salen. Ciego de Celos estoy. Mi bien, vuestro esclavo soy, en los triunfos me señalen de amor por esclavo vuestro. Vuestra señor es mi vida. Vea el mundo la atrevida pasión, que en mis celos muestro posible es Romano Antonio, que aquellos blasones grandes de tus victorias olvides la Aurora que baña el Ganjes. Con las lágrimas primeras, que enjuga el Sol cuando nace, oyó tu nombre, y las hondas, que vuelve rojos cristales, El Sol cuando se despeña, vieron tus armadas naves dar espanto a las Naciones, que ya te llaman cobarde. Vienes a rendir a Egipto con tus bravos Capitanes, y en descubriendo a Cleopatra, das orden que se desarmen. Después de ganado un Reino, sin las armas importantes para su guarda, pues como podrán mujeres guardarle. Por lisonja de la Reina, el oficio me dejaste, pues de que soy Capitán, sin archeros que te guarden. Tu guarda son las mujeres, mujeres son los Alcaides de las fuerzas en que estribas, ellas vendrán a dejarte. En los brazos de la muerte: dime Capitán, que haces, que hechizos te embelesan de hierbas que en colcos nacen. Qué Calipso te detiene, a que medusa miraste, que así te convierte en piedra, es bien que en las plazas canten. Que Antonio promete premios al que más olores gaste, viene a buscarte tu esposa, Octavia hermosa, y amable. Por sus heroicas virtudes, y con palabras infames, mandas que se vuelva a Roma, pues a que quieres que aguarde. Su hermano, ya tu enemigo rompió las juradas paces, pidiendo venganza al Cielo, aunque si aquí te mirase bañado en blandos olores, yo se que no diera al aire ecos de bastardas trompas, ni hiciera que escuadras marchen alegres para vencerte, ligeras para matarme, que para un hombre que vive tan lacibo, y tan cobarde, fuera enviarle prudencia una ninfa que le mate. Válgame Dios con los celos de Antonio hasta despeñarse no ha parado. Qué es posible, que tienes para escucharle paciencia, que es esto Antonio, como escarmientos no haces: en su vida como vive, hombre que se atreve hablarte, cosa que te cause enojo. Ni aún licencia de enojarme tengo después que te vi, Capitán que no me guarden, hombres importa muy poco, pues ay rayos celestiales. en los ojos de Cleopatra, para fulminar gigantes. Mandas mi bien que me enoje, pero no, no me lo mandes, porque sé que en mis disgustos. te ha de caber mucha parte: y quiero más mil desprecios, que el menor de tus pesares. Vive Dios, que está aturdido: ay amores semejantes, hacia a tragedia me huelen, mas si ha de llegar, no es tarde. Lengua tener quisiera, perdona Antonio, con que hablar pudiera de los justos baldones, que te da el Pueblo en públicos pregones, quieres ser celebrado, il mas por medio mujer; que por soldado, que es esto a mí me envías, que ya son tuyas las ofensas mías, por hierbas olorosas, a que escuadras de gentes belicosas, del contrapuesto Oriente, me envías por laurel para tu frente, cuando por ti me pinto, matando vencedor en sangre tinto, estoy buscando aromas, y de Sabios las calientes gomas, oserimolo y tus fieros soldados prioiuno entrega las Egipcias desarmados. que uelo Cuando te busca Italia, afeminado estás oliendo algalía, Sllagabiolo y por viles empresas, brindando perlas en lascibas mesas. Cielos que aquesto escucho. Grande horador estás, huélgome mucho Enamorose a plomo Trujiste ya la Casia, y Sinamomo, y el árbol de canela. Así el fiero enemigo te desvela, así de Octaviano, temes el grrampoder. Qué hermosa mano, Sit que bellos ojos tienes. A ser infamia de los hombres vienes. Guande Antonio que es esto, quien te ha mudado de tu ser tan presto; quien tus sentidos ciega; no ves la Armada que a tus puertos llega, nobu y en un bajel huyendo, Lépido a voces tu favor pidiendo; ya abordado en tierra, y el fiero vencedor sembrando guerra, para matarle salta, porque Lépido solo es quien le falta, que tú no le das pena, que ya trae prevenida la cadena, pues le ha dicho la fama, que quien te llega a ver mujer, te llama, yo a Lépido seguía, salté el primero, a pedir venía el remedio que importe. Muy bien venido seas a la Corte, llega a besar la mano a la Reina. Que viene Octaviano, lo peor es pudrirme. Señor mira por Dios. Quieres servirme. ista morir contigo, salgamos al enemigo. Quiero darte un oficio. Ya nombra General. Si es de algún vicio téngase por nombrado. En el jardín de palmas coronado, hay una fuente fría, risueña siempre, como el Sol porfía, tirando flechas rojas; pero las hyedras, de sus verdes hojas nacen verdes escudos, resistiendo del Sol los golpes duros; y la trabiesa fuente sustenta en hombros de mársil valiente el herido mancebo. galán de Venus, que con llanto nuevo le besa enternecida, mientras vierte cristales por la herida; pondrás allí una mesa, y de jazmines. Es esta la empresa, y el oficio de Marte, Epicúreo podrán desde hoy llamarte. A Cleopatra matemos, para que viva Antonio. Más extremos debo yo a tus favores, pisando Estrellas en lugar de flores; quisiera verte ahora. Cuanto la mira más, mas se enamora. El remedio postrero 1O emos de procurar. Si vivo, y muero en la luz de tus ojos, de Antonio lo ditán tantos despojos como rindo a tus plantas. Así me echizas más. Y tú me encantas; pero tengo recelos. De quién señor po111 De ti Tienes ya celos. No mi bien, si no amores; pero vienen mezclados con temores, de que matarme quieres. No ofendas el amor de las mujeres, con hazan a tan fea, has lo señado Antonio. Sueño sea; pero como a Pompeyo le dieron en tus puertos tan plebeyo sepulcro; y murió a manos de tus Egipcios bárbaros tiranos, por lisonja sangrienta, de Julio César mi temor se aumenta, pensando que a Octaviano querrás ganar con medio tan villano, dándole mi cabeza. No ha cabido en mi pecho fortaleza, ni bruto pensamiento, que engendre tan feroz atrevimiento, libre en mis brazos vives. En limpios bronces tu victoria escribes. Ulises fue el primero que la caja inventó, y el lisonjero y blando amor de Áquiles, que afeminó sus fuerzas jubeniles, con él son estupendo de la caja marcial lo fue venciendo; ármese el fuerte Griego, y a Troya sepultó con llanto, y fuego. Tráeme una caja al punto, y veremos de Antonio el ya difunto valor, si resucita. Tanto el amor las fuerzas dibilita, por ella voy. Quisiera poderte reducir a la primera fe con que me agradabas. Puedo decir que entonces me engañabas; ya estoy libre Aristea, no me ruegues. coognos No soy del todo fea para amarte rogando. Estoy mi bien tu imagen contemplando; y a Venus me pareces. Y tú a los ojos más galán me ofreces de Adonis la hermosura. Toma la caja, y alentar procura su corazón rendido. Dioses de Roma, vuestra ayuda os pido Qué estruendo es este señora que me atemoriza tanto. Una caja te da espanto, eres tu y soño ahora. Ay tal mengua. Que se muere en el pecho el corazón. que me atormenta este son, Cleopatra, quien ver quisiere vivo a Antonio, no le dé sobresaltos tan pesados. Qué es esto brutos soldados que habéis hecho? No lo ve. Queremos que deje el sueño este infeliz Capitán. Penas de muerte me dan, Cleopatra, si eres mi dueño librame de miedos tantos. No temas, conmigo estás. Moríreme si te vas. Y dicen que no hay encantos, ha vasilisco. Sosiega, que entre mujeres te ves. Temo mi bien, que después me han de asombrar. Quién te niega el descanso; que perdido tiene el color con el miedo, con que asegurarle puedo. Que a tal infamia ha venido Antonio, no hay que esperar. Murió su fama, y su nombre. Que así se afemine un hombre Haceldle luego tocar los músicos instrunientos, podrá ser que vuelva en sí. De temor no estoy en mí, que regalados acentos oigo, que divinas voces, con esto me has de robar el alma, no con tocar cajas, ni trompas feroces. d. En los brazos de Cleopatra descansa el Romano Antonio, porque los bienes que pierde, los piensa hallar en sus ojos. Dicen las voces muy bien, que sueño tan regalado la blanda voz me ha causado. Ríndete el sueño mi bien; durmiendo se va, cantad, para que al descanso entregue el alma. Que un hombre niegue el ser a la voluntad. Con tan valiente soldado, que domaba el mundo ayer, hoy le tenga una mujer, tan perdido, y tan trocado, que aúna defender su vida, de quien le viene a matar, no le quiere dar lugar. Querrá ser sola homicida de Antonio, porque el blasón de verle muerto a sus pies, no se atribuya después al enemigo escuadrón. Quiere al fin alcanzar nombre de cruel. . Mi bien, que quieres? durmiose; vamos mujeres, aprended a vencer hombres. Antonio dormido, y ciego, lastima tengo a tus años, pues con sepulcros de Egipto, te está el Cielo amenazando. Si esperas mejor fortuna que la mía, es torpe engaño, que una fementida arena, nos ha de abrasar a entrambos. Huyendo del fuerte César tendí las velas al austro, y apenas a estas orillas llegó el bajel desdichado; cuando de paz se ofrecieron unos bárbaros soldados de Cleopatra, y a otra nave me pasaron con engaños. Mi esposa Cornelia entonces, desde mi bajel mirando; la maldad que ya temía, me llamaba con los brazos. Que ya los roncos gemidos aunque pudiera escucharlos, por no darme más tormento los iba el aire tragando. Mas al revolver los ojos para animar sus trabajos, una cuchilla desnuda alzó un feientido brazo; y de los cansados hombros, materia del tierno llanto, apartaron mi cabeza, que me dio la nave asaltos. Este sin tuvo Pompeyo, con este fin le eclipsaron en Egipto sus victorias, la misma fortuna aguardo de tus malogrados triunfos. Aguarda, espera, es en vano, que imita la sombra al viento, déjame tocar tus brazos, siquiera porque me infundan el valor de que estoy falto. Mas no soy Marco Antonio, cuando a mi pecho faltaron los espíritus ardientes de aquellos heroes pasados. Pintó más valiente Áquiles, la Griega historia temblaron de Capitán en el mundo, como de Antonio los partos. Quien a sus volantes flechas hizo invencibles reparos, desnudo el pecho en sus montes, quien de los leños tostados de sus diestros pasadores juntó en la Campaña tentos, que encendidos, basto el fuego para abrasar sus foldados. Quién trocó la mar en sangre, quien las lanzas, y venablos, hizo parecer entonces, corales despedazados. Pues como se atreven muertos a afrentar mi nombre, en tanto que el limpio acero gobierno, perdone el amor bastardo de Cleopatra, ha mujer fiera, si en tus ojos hay encantos, hierbas hay en el valor de seguros desengaños. Quién viene para que tema no es por ventura un Romano, que me temíó tantas veces que pretende dar asaltos, al muro: ha dioses supremos, que pueda tanto un letargo, de torpe amor, que me prive del laurel del mundo; vamos A la defensa del muro, (apitanes Libio, y Marcio, al Caballero del Puente acudan con mil soldados. Al rebelión sobre el foso, partan Labieno, y Tisandro, y las coronadas torres, despidan al campo rayos. De voladoras saetas, presto que me está esperando el tibre con los laureles de sus vencidos Romanos. Señor, pues cómo das voces tú con la espada en la mano, cuando rindes corazones, acaso estabas soñando. Si que la espada está ociosa, si yo en mi pecho te guardo. Pues tómala, si no sirve mas que de causarte enfado. Que las flechas de tus ojos, son mis mejores soldados, no estaba en mí, cuando quise privarme del bien que aguardo. Entre tus brazos señora. Tu quietud es mi descanso. quien con tanto atrevimiento, por solo darme pesar, cajas toca. Pase el mar tinto en sangre su elemento, trepe el muro el enemigo, trompetas, y cajas toque, que ya no hay quien me provoque a temor, si estoy contigo. Qué pretendes, a que aguardas con su ejército Romano: se acerca al muro Octaviano. Está muy cerca. Y las gua de las puertas, y las torres, siéntenlos errados callos de los armados caballos. Mira que no es bien que borres tu nombre, no des lugar a que todos nos perdamos. Marcio que tan cerca estamos del enemigo. A dudar vienes tú verás el fin de tu desdicha tan ciega. Ya llega al muro. Ya llega. Pues vámonos al jardín. Ay infamia semejante. Labieno que emos de hacer. Ira morir por no ver nuestra afrenta un solo instante. Sí, que la escuadra homicida en viendo nuestro valor, dará a nuestra muerte honor, y baldones a su vida. Piensas, que engendra temor, aunque la sangre se hiele. Sí, que la vejez no suele dalle fuerzas al valor: por los soberanos cielos, que me admiras. Pues yo no, que la vejez se ofendió, y del valor tuvo celos. Que como el valor quería, como a inútil despreciarla, quiso la sangre animarla con el calor que sentía. Y así la sangre, y vejez abrazadas al honor, doblaron hoy mi valor para vencerte esta vez. Pues a quien se precia tanto, de que me puede vencer, bien le puedo acometer. Piensas que me causa espanto Tu furia en vano arrogante, cielos concedeldle ahora a su espada vencedora, un filo tan penetrante. Que de los hombros divida mi cabeza, porque se que en venciéndome, veré honra, y opinión perdida. Ah Lépido desgraciado eres en todo, mi gente llega ya. Tú eres valiente. Soy más bien afortunado, y no es razón despreciar la fortuna que me llama. Que espera venciendo. Fama. . Y yo te la puedo dar Sí. . Pues si aquí me concedes una honrada condición. No me quites la opinión de poder hacer mercedes. Sin que nadie me las pida, escucha, y verás si acierto a lo que tú por concierto quieres pedirme la vida. Te concedo, aguarda más, que la vida sola en ti, infamia fuera, y por mí nadie se afrenta jamás. Las insignias Imperiales te quito, porque el mandar mas de uno viene a causar inconvenientes mortales. Mas la dignidad sagrada de Pontifice supremo te dejo, y con el extremo, que la mía respetada. Será siempre tu persona, jamás triunfaré de ti en Roma. . Pues yo vencí, cuando te doy la Corona. Que tan honrados partidos, con tan segura opinión, para vencedores son, y no como yo vencidos. La tierra, y el mar profundo, rinda tu valiente mano, y la paz de Octaviano, traiga por blasón el mundo. Esto es hecho, ea soldados poned una escala al muro, para que el tiempo futuro, sobre los más celebrados, conserve mi nombre eterno. Qué quieres hacer. Subir el primero. Eso es decir, que renuncias el gobierno, que los cielos te conceden, dejándonos afrentados. Señor, no tienes soldados, pues ellos son los que pueden subir, que es esto fortuna, a donde tienes a Antonio. No volveré al suelo Ausonio, que fue mi primera cuna, sin ver como a Troya el Griego, esta cobarde Ciudad. Rómanos locos, llegad, veréis desengaños luego, el grande Antonio no es bien, que defienda Alejandría, que esta empresa sola es mía, porque yo gane también laurel Bomano, yo sola con mis Egipcias mujeres, si el pie levantar quieres, sobre la celeste vola. Con soberbia Italiana, desde el valor en que estribo, verás como te derribo. Pudieras, siendo Romana, pero Egipcia seas quien fueres, no con trompas, y tambores vencerás más con amores lacibos. Dime quien eres, que tan arrogante, y loco te pintas. . Antes me precio de cortés, que es vil desprecio tener mujeres en poco: soy Octaviano. Y yo soy Cleopatra. Válgame el Cielo, no arrojará un pardo velo la noche, temiendo estoy. Afrenta igual si la miro, que no soy mejor soldado, que Antonio, y quedo abrasado en sus ojos. . Ya me admiro de tu dilación señor. otro medio es importante, que este muro es de diamante. Tú serás hoy vencedor, pues que buscas la victoria, sin mirar a tu enemigo. Señor, abierto un postigo tiene el muro. ̱. Pues la gloria de vencer con armas quiero, arroje en ofensa mía mas rayos Alejandría, que parabienes espero, que en vano escuadras encierra opuestas a mi valor. Pues acometes. Cierra al muro. Al arma, cierra. Cleopatra, si acaso estimas la vida de Antonio, ahora corte avisarle señora. Con tus consejos me animas, Romano, mas yo salí al muro por dar lugar a que se pueda escapar: jamás espada ceñí, como Amazona valiente: una flaca mujer soy, ay mi Antonio, muerta voy, veré el laurel de tu frente, bañado en sangre, ay de mí, que los pasados agüeros, se cumplen Rómanos fieros, vengaos en mi vida aquí, y dejad que Antonio viva . Fortuna aún buscas nombre de firme loco, es el hombre, que sobre tu rueda estriba. . Ya no hay remedio señor, ya los muros han entrado los enemigos: tu gente se retira a tus Palacios, pensando guardar la vida, pero es la esperanza en vano, que han muerto en defensa tuya los soldados más bizarros, y Capitanes mejores. Tus desdichas han causado tu ruina: a pobre Antonio. Los cielos me han castigado con las afrentas que miro, más moriré peleando en defensa de mi honor. Ya es tarde. Valiente Marcio, que dices. Que tu enemigo rompió ya de tus Palacios las puertas, bizarro, y fiero viene atravesando parios, y yo por no verte preso, vuelvo amorir peleando. . Yo preso, yo preso a Roma, yo atado al triunfante carro del vencedor enemigo, ye los laureles sagrados de mi frente estando vivo, los he de ver ultrajados de los pies del vencedor, grande afrenta, infame caso, mas si la culpa he tenido, emendemos este agravio con el último valor. No pueden mis celos tanto, que no muevan a piedad cualquier corazón de mármol, Romano ilustre, que esperas, ya tus desdichas llegaron juntas. . Desdichas, que dices cuando hay una espada, y brazo, que me de el triunfo mayor, que vieron siglos pasados: tú no guardas mi persona. Tu guarda tengo a micargo. No eres noble. . Noble soy Pues hoy estriba en tus manos mi victoria, no permitas, que de mi vuelva triunfante este mozo a Roma: acaba con tu espada el más honrado pecho que dieron al tiempo los Escritores más sabios: líbrame de mi enemigo, si eres noble, ponme en salvo, desde la vida que huyo, hasta la muerte que aguardo, presto atraviésame el pecho, que este corazón gallardo, las experiencias de muerto, hará más bien que de esclavo, y de tu nombre dichoso, dará la fama traslados, en limpio bronce a los tiempos. Cuando tienes desengaños de la vida, no los tienes, de que por noble, y honrado te debo humilde respeto, yo he de alzar espada, y brazo contra ti, primero el cielo con abrasadores rayos, me fulmine en tu presencia. Ya estás bien acreditado conmigo, probarte quise, queda en paz, cielos abaros, porque me ofrecéis piedades, cuando rigores aguardo: más venceré a la fortuna, hoy ha de ver Octaviano un hecho heroico, que el tiempo no pueda jamás borrarlo. . Qué mayor ejemplo quieren los hombres. Tanto os agravio cielos, que tomáis venganza con tan poderosas manos, pues tuvo tanto valor Antonio, que dio en mis brazos el alma con las heridas que le dan sus propias manos, haga el áspid que despido del corazón, franco el paso al veneno que ya siento. Sueño es lo que estoymirando. Muerte, goza la ocasión, que te da el triunfo en las manos date prisa, porque digan que pudo un golpe matarnos. Reina, y señora que has hecho. No lo ves, estoy triunfando de Agusto, dale en mi nombre las llaves de mi Palacio, y si es abariento de oro, los tesoros celebrados por el mundo de Cleopatra, dirasle que entre a gozarlos, porque le mueva interes de darme el lugar que aguardo, sepultada con Antonio, pues amor nos mata a entrambos. En que estriba la hermosura, si es ya cadaverelado la grande Reina de Egipto. A tan miserables casos está sujeta la vida, nunca con temores tantos entendí perder mis celos, mas los que son desdichados, nunca se acuerdan de amor, si ya no es para olvidarlo. Ya como el hijo de Áquiles por los Palacios Troyanos, entra el César victorioso. Qué es de Antonio. Los espacios de su jardín ecupaba, cuando tus fieros soldados. iban rompiendo las puertas. Cerca del jardín, buscaldo. porque me importa el honor, verle vivo para honrarlo. No cumplirás tu deseo, generoso Octaviano: matose Antonio. Qué dices. Que por no verse en el carro de tu vencimiento, heroico se dio la muerte. Qué agravios. reciben hoy mis piedades, juro por Júpiter santo, que me ha quitado la gloria de las victorias que aguardo, más pagárame e leopatra la muerte de tan bizarro Capitán, triunfese en Roma de Cleopatra, mis soldados la traigan a mi presencia. Hay suceso desdichado, como el que presente miro. Egipcios que es esto.Damos. los despojos al que vence; Cleopatra muerta en los brazos de Antonio, quiso han orosa seguir sus dichosos pasos, por librarse de la infamia, que esperaba con presagios: soño que un áspid pequeño le mordió una vez el brazo para morir con Antonio, y ejecutando el cuidado de su muerte en unas flores, hizo traer a un villano un áspid, desde aquel punto que tus trompetas tocaron al arma en Alejandría; y viendo llegar los plazos, con el áspid encubierto se mató Que pudo tanto una mujer. Bruta hazaña. Denles un sepulcro a entrambos, que piramides afrente entre colunas de paro: salga mi gente de Egipto, que aunque he de ser coronado de laureles invencibles, los dos han podido tanto, que me quito su valor la victoria de las manos. Marche, pues tu gente a Roma. A dónde por siglos largos, los tres Señores del Mundo, le de fin al Triumbirato.
