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Texto digital de Tres coronaciones del emperador Carlos Quinto

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Antonio Enríquez Gómez (Fernando de Zárate) Segura
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Comedia
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Gómez Caballero, Iván. Texto digital de Tres coronaciones del emperador Carlos Quinto. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/tres-coronaciones-del-emperador-carlos-quinto.

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TRES CORONACIONES DEL EMPERADOR CARLOS QUINTO

JORNADA PRIMERA

¡El invicto Carlos Quinto! ¡Rey de España, viva! ¡Viva! Títulos y magistrados de España, fuertes colunas de su imperio en todo cuanto el mayor planeta alumbra; nobleza siempre envidiada, no imitada de otra alguna, sagrado tesón del tiempo con que los siglos se ilustran. Para que sepáis, vasallos, que no las causas segundas mueven el dichoso fin de aquesta corona augusta, sino el impulso sagrado de la omnipotencia suma; os referiré por cuántas impensadas conjeturas -que hoy se miran evidencias- se me dio la investidura de este imperio, porque sepan los que envidian mi fortuna, que los secretos de Dios, los ignora quien los busca y que solo los alcanza la deidad que los oculta. Los dos católicos reyes de la cristiandad, los Numas del estado y de la fe, --pues a sus leyes se ajustan- un hijo solo tuvieron, único lucero, en cuya eclipsada luz se vieron sus esperanzas difuntas. Casó el príncipe don Juan, que en mejor esfera alumbra, con madama Margarita, mi tía, y a la segunda hija, que fue doña Juana, mi madre y señora, juran por archiduquesa de Austria; siendo su esposo en Augusta, el archiduque, mi padre, sol que apenas nos anuncia vida en el oriente cuando le cubre sombra caduca. La infanta doña Isabel, hija primera, luz pura de España, con don Manuel casó en Portugal, de cuya unión nació don Miguel, de la paz, pero no dura su vida, rigor del hado ¡con qué presteza ejecutas! Nací yo por este tiempo en Gante, teniendo, en suma, primero, que a mi derecho diera imperio la fortuna, cinco antecesores reyes cuya juventud segura, por ley de naturaleza parecía que, sin duda, en cinco edades hallaban casi inmortal la ventura. A los diecinueve años se apagó la luz diurna del gran príncipe don Juan, quedando esta nave surta. Heredó el justo derecho la singular hermosura de doña Isabel, ya reina en Portugal, pero en cuna de alabastro muere el sol; murió Isabel porque cumpla veintiséis años la flor entre la tierra difunta. Cedió el reino a la esperanza que le pareció segura del príncipe don Miguel, pero a dos años tributa temprano feudo a la muerte, cetro que todo lo muda. Quedó por princesa, entonces, de España la siempre augusta, mi madre y señora, en quien las católicas columnas de la fe los dos monarcas libraron la investidura del imperio y, por la muerte de doña Isabel, que anuncia o profetiza constante en Sevilla mi fortuna. Juraron en Flandes luego, sin oposición ninguna, a Filipo y doña Juana, quedando por leyes justas el católico Fernando, por inteligencia pura o por móvil del gobierno, hasta que vio la Coruña desembarcar a sus reyes; pero luego desocupa el prudente don Fernando a Castilla, a quien ilustra, y, partiéndose a Aragón y a Nápoles, pone en duda. Si es verdad que le dejaron solo entre tantas fortunas los castellanos, pues solo el duque de Alba se junta a los rayos de aquel sol que aun eclipsado, deslumbra. Llegó mi padre y señor a Burgos, donde le juran por su rey, pero la reina -extremo de su cordura- hace a los ojos jueces de su pasión. Digo, en suma, que pasando a mejor reino el primer Filipo turba de nuevo la horrible parca. A España, entonces segura, volvió el católico rey al gobierno, volvió el Numa español a dar aliento a la esperanza difunta. Diez años tuvo el gobierno hasta que una fiebre enluta con su muerte a todo el orbe. Murió la deidad más pura del estado, el gran Fernando cuya espada y cuya pluma a las de César y Augusto imperiosamente anulan; murió el mayor rey que tuvo esta máquina segunda, en cuanto dosel le ciñe el cóncavo de la luna; murió a quien le debe España todo el honor que le ilustra; Grande la halló, mas dejola tan superior a las muchas coronas que la envidiaron, que todas ellas tributan, o de envidia o de temor, vasallaje a su fortuna, siendo España, sobre cuantas aves la campaña surcan, águila imperial que abate rebeldes campos de pluma. Por esta falta la reina en mi persona renuncia a España y al nuevo mundo, que el rayo de Extremadura, Fernán Cortés valeroso, conquista y el que asegura por rumbo, Magallanes, anhelando a las Malucas. Todo este discurso breve es para decir, en suma, que en solos veintidós años -así las cosas se mudan- faltaron cinco coronas para que heredase en una Carlos Quinto, vuestro rey, la dicha de todas juntas. Y pues el cetro español legítimamente empuña mi valor, principio demos al gobierno, porque cumpla con las leyes del estado quien observarlas procura. Yo entro a gobernar a España, según la fama divulga, con grandes competidores que la amenazan y turban: el rey Francisco de Francia, émulo desde la cuna de mi alentado valor, hoy sus ejércitos junta para ir a Italia; y yo sé que entre las provincias muchas que tiene, algunos alientan, contra nuestras armas justas, las de Francia, anteponiendo a nuestro valor las suyas. Nuestras españolas costas, llenas de morisca turba, piden que emancipe Carlos de nuestros soles sus lunas. El emperador, mi abuelo, que con las armas augustas domó provincias rebeldes, con la larga edad se duda, -no de su valor constante sino de su vida- en cuya Majestad será*librada la reputación tan suya, que ni el tiempo se le opone ni la invidia la deslustra. Darle persona conviene que a sus ordenes acuda, y así, será bien que parta, sin oposición alguna, el infante don Fernando, mi hermano, a Flandes y supla con su presencia y valor lo que el hado dificulta. Y porque es asito**** undoso (asilo undoso?) si no cristalina gruta de corsarios, la gran isla de Gelves tale y destruya don Iñigo de Moncada, cuantas enemigas urcas, piratas de aquellos mares, ajenos tesoros buscan. Y pues a España le toca por esta dichosa junta que la casa de Austria ha hecho con la regia sangre pura de los godos, defender a Flandes, provincia suya, al imperio por derecho y a Italia por leyes justas. Reine el militar valor y el gobierno de la pluma con la espada se defienda; que los soldados ilustran los imperios y la mía se inclinó desde la cuna a dar a la fama honores, ambición que siempre busca el ardiente valor cuando laudes de Marte escucha. En defensa de la iglesia, de quien soy firme columna, protesto, juro y prometo de oponerme a cuantas furias militares en campaña sacaren armas perjuras. Por la fe, por mis vasallos, por España toda junta, por su aumento, por sus leyes, que en el sacro honor se fundan, me verá siempre en campaña, armado la llama rubia. Tan presto estaré, vasallos, en las católicas juntas como en la esfera de Marte, solio de aceradas grupas, por defender vuestras vidas seré, atropellando injurias, si Alejandro con la espada, fiel Trajano con la pluma; grabada en mi corazón, esfera del alma pura, la nobleza estará siempre entre las minas purpúreas. En paz mantendré los pueblos, siendo la justicia suma el norte de mi gobierno, que el entendimiento alumbra; y pues el cielo sagrado nos favorece y ayuda con haber Fernán Cortés, soldado de la fortuna, conquistado un nuevo mundo, cuyos tesoros anuncian prosperidades a España. No nos descuidemos nunca en guardar aquesta joya que tantas naciones buscan; alentemos esta empresa, primera basa en que funda el estado su grandeza y las armas sus conductas, que con ellas el valor de España, que siempre dura, a un mismo tiempo daremos fin a las menguantes lunas, terror a rebeldes pechos, horror a heréticas plumas, pavor a francesas armas, amparo a la iglesia suma, socorro a los imperiales, escribiendo el non plus ultra, de España el quinto lucero en sus dóricas columnas. Pues cumplió mi voluntad el derecho de la ley, jurando España por rey a vuestra real majestad. Advertid, porque no daña consejo tan superior, que venís a ser señor de la no vencida España. El humor que los alienta nunca admite oposición, que esta invencible nación de la honra se alimenta. El quererlos y el honrallos es la verdadera ciencia, que siempre fue la experiencia el crisol de los vasallos. Una parte no hace el todo, notad sus inclinaciones, que no todas las naciones se gobiernan por un modo. Y si podéis dilatar el viaje del infante, pienso que será importante porque os puede aconsejar, como nacido en España y en su nobleza criado, lo que conviene al estado. Pero si el amor me engaña, Fernando, tenga la ley su cumplimiento sucinto, vuestro rey es Carlos quinto, obedeced vuestro rey. Fernando, vuestra persona en Flandes es de importancia, que está muy soberbia Francia y conviene a esta corona que un infante de Castilla dome el ímpetu francés. Señor, vuestro nombre es el que su soberbia humilla; en mí no hay más voluntad, más gusto ni más honor que obedecer, gran señor, a vuestra real majestad. Esa lealtad que os abona, con que obligáis mi poder, sabré yo reconocer con daros esta corona. Id a Flandes, que la ciencia política y natural es que la sangre real se jura** de inteligencia, cuando con bélica gloria a los nobles acompaña, que un infante en la campaña es alma de la victoria, porque en el prudente anal de dos laureles sagrados se conservan los estados con tener sangre real. Monsiur de Gebres. Oíd a parte. Mostaza, vuélvete, que de esta nueva daré parte al duque de Alba. ¿Irás a ver a Violante? ¿Podré aguardarte en su casa? Sí, bien puedes. Pues adiós, y veámonos mañana. Pero dime ¿sabe acaso Violante cómo te casa el duque con doña Inés de Padilla? ¡Qué ignorancia! ¿Eso has de decir? Pregunto. No hablaré más que una estatua. Don Pedro. Señor. ¿Hay algo de nuevo? Acaba un correo de llegar de Roa, en que nos declara ser cierta, señor, la muerte, si bien en edad tan larga, de fray Francisco Jiménez, honor y gloria de España. Señor, murió el arzobispo de Toledo. Esta desgracia debe sentir, como es justo, por ser de tanta importancia el sujeto, España toda. En las letras y en las armas fue el prelado más insigne que tuvo la iglesia santa. ¡Infante, Duque, escuchad! Pues queda vaca1 esta plaza y a Guillermo de Croy, sobrino del de Gebres, Alemania le venera por prodigio de la ciencia; es acertada la elección en su persona, en su sangre y en su casa. ¿Qué decís? Que es el sujeto digno de merced tan alta, pero el ser tan extranjero hace alguna repugnancia. La iglesia siempre ha mirado la virtud y no la patria. Es verdad, pero el infante dice que habiendo en España igual sujeto, merece más bien dignidad tan rara, gran señor, el natural. Yo le truje de Alemania y deseo que conozca, pues hoy tiene mi privanza Monsiur de Gebres, que premia mi grandeza soberana los servicios y asistencias que ha hecho a la casa de Austria. Monsiur de Gebres merece por su sangre, por su fama, y por su mucho valor estar siempre en vuestra gracia. Que prive con vos es justo, pero advertid, si os agrada, que siendo el primer ministro extranjero, nunca faltan forzosas emulaciones. Si es la elección acertada, la razón de estado es justa. Esta misma nos declara que el extranjero que viene con las leyes de su patria a gobernar a otro imperio debe, con prudencia sabia, estudiar las leyes firmes del reino que rige y manda. Esa es conforme al estado ley justa, perfecta y santa, y esa procuro que sea el norte de mi esperanza, pero el de Gebres yo sé que es ministro de importancia. No dudo yo, gran señor, que haya sido en Alemania un gran ministro de estado, mas no lo será en España. El médico que supiere la calidad del enfermo, ese es médico de fama. Monsiur de Gebres sabrá las costumbres alemanas, pero no las españolas. Con todo, ocupe esta plaza su sobrino. Vos podéis, como dueño, dedicarla al de Croy, pero acordaos de qué os dijo el duque de Alba, Don Fadrique de Toledo: que a la elección le faltaba la aprobación natural. Amor suplirá esa falta, y para que la consulta con todo consejo salga, podéis verme aquesta noche, que si soy el sol de España, bien necesita mi oriente de llevar por norte al alba. ¿Hasta cuándo ha de durar, señora, tanto gemir, ha de ser todo morir, ha de ser todo penar? Pues entró por el oído la pena y el sentimiento, llora por entendimiento, no llores por el sentido. Lloras penas ignoradas, por cierto, donosa aurora, esto es andarte, señora, por las penas derramadas. ¿No soy tu secreto yo, no te has fiado de mí? Quiérete don Pedro, sí, déjate don Pedro, no, pues ¿por qué lloras? ¿Por qué debiendo alegrarte más? Escúchame y lo sabrás. Escúchote y lo sabré. Dos años ha que a don Pedro de Silva he querido bien, pensión que paga en naciendo la más principal mujer. Que fue su correspondencia noble, discreta y cortés, ni lo niega la esperanza, mártir a más no poder, ni confesora la vida, podrá condenar su fe. Fue este secreto en los dos tan oculto, que tal vez ignoraron los sentidos los impulsos del querer. Al imperio de los ojos le negábamos el ver, porque fiar de dos niñas fuera sobrada niñez. Este tiempo, mi padre, llevado del interés, con don Alonso de Luna quiso casarme, sin ver que amor se corona siempre del majestuoso laurel. Sucedió, pues, una noche -que una noche había de ser- tan etíope que pudo, con su horrible lobreguez, a la libertad del alma hacer esclava infiel. Por el jardín vino a verme don Pedro, que el jardín fue muy antiguo paraíso donde pecó la mujer. El silencio de Diana, secretaria tan infiel, que lo que calla de noche lo dice al amanecer, me convidó a que saliera a ver el agua correr de una fuente, a quien las flores daban dulce parabién. Fue escribiendo el cristal puro en el natural papel, que por dar vida a las flores iba la suya a perder. Cantaba la fuentecilla mi inocencia y su desdén más claro que el agua, sí, mas no le quise entender. Sentí ruido entre las flores -el aspid debió de ser- pero si bien se repara, qué mayor que el querer bien. Llegó don Pedro, mi amante, con el cariño cortés, que en las mudas soledades suelen los hombres tener; en requiebros amorosos explicó de amor la ley, siendo el honor el fiscal y la voluntad juez. Sonábale bien al alma, entre señora y mi bien, lo de vos seréis mi esposa o la vida he de perder. Andaba Amor, con ser ciego, viendo la llama crecer, cual suele la mariposa, con alada candidez, siendo copo de la luz, golosear por querer en un jazmín animado mucho incendio de clavel. Músicas hojas hacían, armonía tan fiel, que al herirlas el Fabonio2, oh, feo, que no se ve; viendo que le daba oídos mi honor, por irse a perder de vergüenza, los cristales, que hablaron claro también, cubriéndose con las flores, se empezaron a correr. Palabra y mano de esposo -grillos de toda mujer- me dio, Elena; y yo, confusa, prendada, ciega, cruel, el silencio, la ocasión, la fortuna, su poder, mi flaqueza, mi desdicha, él amante, yo mujer… No acierto a hablar. Acabemos. ¿Perdióse en un santiamén el honor? Sí, Elena mía. Pues si se perdió comer, ¡Jesús! ¿Pues por eso lloras sin porqué ni para qué? ¡Qué lloraras cuando el tal don Pedro, qué hombre de bien, te pudo robar la joya que no volverás a ver, vaya! Pero agora es una necedad de cuatro pies. Por prudente te tenía y por discreta también. ¿Agora lloras señora que no tienes que perder? ¿Hubo mayor mal? ¿Mayor? Escucha y te lo diré. Dímelo, porque el pasado por gusto se ha de tener. Apenas, bien digo, apenas, pues vinieron en tropel, nuevos favores oí de mi dueño, cuando sé por aviso del oído -descuido notable fue- que la puerta del jardín se quejaba del poder de mi fortuna, que estaba dando el último vaivén. Entró por ella -¡qué horror!- según pareció después, don Alonso -¡qué desdicha!- y don Pedro, por tener de parte de su recelo el impensado desdén, sacó la espada brioso; quísolo reconocer don Alonso y la respuesta con lengua de acero fue. Valientes los dos a un tiempo, sin poderse conocer, como nobles observaron del duelo la injusta ley. Muerto soy, dijo, -¡qué horror!- don Alonso al caer, cadáver sobre las flores ellas murieron con él. Muerta, sin alma, sin vida, me fui luego a recoger a mi cuarto, al mismo tiempo que por la puerta se fue don Pedro; porque mi padre sintió el confuso tropel, acudieron los criados y hallaron, como se ve, a don Alonso sin vida y sin poder conocer al agresor de su muerte; dudó el vulgo de mi fe. En aquesta confusión, en este oscuro Babel, se halló mi honor zozobrando como en el mar bajel. Por desmentir las sospechas de que por mi causa fue la muerte de don Alonso, en muchos días no hablé a don Pedro, hasta que él mismo, solo por poderme ver, hizo amistad con don Carlos, mi hermano, con cuya fe sí le alentó mi esperanza, mi honor se alentó también. No paró aquí mi desdicha ni mi fortuna cruel, que no para la fortuna cuando comienza a caer; yo he sabido, Elena mía, -aquí sí que he menester valor para que no acabe todo el honor de una vez- que el duque de Alba, -¡qué pena!- pretende –¡lance cruel!- que don Pedro -¡qué desdicha!- case si3 con doña Inés de Padilla, que a Alemania con su viejo padre fue, por mandado de la reina, y hoy quiere a España volver. Juzga ahora, ¿cómo puede una infelice mujer sin honor y sin amparo tantas fortunas vencer? Porque si a mi padre digo mi flaqueza, -es tan cruel-, que dándome a mí la muerte sepulta su honor también. Si declaro que don Pedro fue el agresor infiel de don Alonso, me pierdo y queda perdido él. Si me pide en casamiento, don Pedro no queda bien, porque como saben todos que en mi propia casa fue la muerte de don Alonso, aunque no saben por quién, queda en opinión la honra, que es el crisol de la ley. Si consiento que se case mi amante con doña Inés, quedo sin honor y quedo perdiendo a quien quiero bien. De modo que en este abismo confuso donde me ves, soy caminante que juzga en las tinieblas correr a cada paso un escollo, a cada rama un ciprés, un gigante a cada mata y un abismo a cada pie. Temo en mi padre un desprecio, dudo en mi amante una fe, lloro un peligro en mi honor, amo en un riesgo el poder, tengo en don Pedro una vida, y una muerte en doña Inés; y como el mal apetezco y el bien pretendo también, entre el pesar y el amor, el honor y el interés, la duda y la confianza, el querer y el no querer, como no tiene elección el juicio que vengo a hacer, el bien me parece mal y el mal me parece bien. ¡Ay, señora, lindamente has hecho aquí tu papel! ¡Buen vítor tenga el romance por siempre jamás, amén! Triste estás que es una gloria, pero si me sucediera esa historia verdadera, la rezara de memoria. Tanto llanto desatina, modera de honor la plaga, que el tiempo nos da la llaga y también la medicina. Las lágrimas derramadas en las mujeres astutas primero han de estar enjutas, señora, que no lloradas. Si esas desgracias que dices, por Mostaza me viniera, -¡Jesús!- No me subiera la mostaza a las narices. No malogres tu belleza, que si es flaqueza el querer, cualquiera puede caer en semejante flaqueza. Y esta licencia perdona por las leyes del amor. ¿Sabes quién pierde el honor? Aquella que le pregona. Elena, la que nació de noble sangre, primero es el honor verdadero que la vida. Ya llegó Mostaza. ¿Quieres que sepa deste infame lo que pasa y si don Pedro se casa? Porque este es de buena cepa y si llega en ocasión, si trae botas de camino, se pondrá como con vino a nuestra pura intención. Dices bien, ¡Mostaza! Aquí… Es necesario callar porque me han de examinar lo que no pasó ante mí. Señora, dame a besar el pie izquierdo que tuvieres más a mano, si quisieres. Este viene de colar. ¿Dónde queda tu señor? En palacio le dejé. ¿Vendrá luego su merced? A gozar de tu favor vendrá su merce**, y vendrá su merced, su señoría, su excelencia y su usía, que no ha de quedarse allá. Oyes, Mostaza, no des parte a mi ama en su casa de que don Pedro se casa con la bella doña Inés. ¿Estás en lo que te digo? De parte de Dios te ruego que no enciendas más el fuego. Luego, ¿lo sabe? Sí, amigo, pero no puede creer tan descarada maldad. Pues créelo, que es verdad. ¿Qué dices? Lo que ha de ser. ¿Viene ya la novia? No, él se va a Alemania. ¡Fuego! ¿Y se parte luego? Luego. ¿Y tú con él? ¡Qué sé yo! ¿Tiene algún retrato? Sí. ¿A dónde? En el pecho. Andallo. Yo guardo el secreto y callo. ¿De quién lo fío? De mí. ¿Es hermosa doña Inés? Como un serafín pintado. ¿Tu amo está enamorado? Yo te lo diré después. ¿Él quiere casarse? Es llano. ¿Quiérela? Con mucho amor. ¿Es muy rica? Mi señor… (Este ya cantó de plano.) ¿Oyes señora? Es verdad que el tal don Pedro se casa con doña Inés y que pasa a Flandes con brevedad; que se efectúa el contrato y la quiere que la adora y que en el pecho, señora, trae don Pedro su retrato. ¡Violante, mi bien! ¿Qué espera la mujer que oye fiel a este amante? Fuego en él, todos son de esta manera. ¡Mostaza! ¡Señor! ¿Has dicho alguna cosa a Violante? ¡Por cierto, lindo ignorante! ¿Hay más donoso capricho? ¿Yo hablar? Ni por pensamiento. ¿Qué tenéis, mi bien? Señor, tengo un volcán en el pecho tan fiero, que ha de abrasar con el incendio secreto en breve tiempo la vida, que desde luego aborrezco. ¿Qué decís? Lo que escucháis: hablemos claro, don Pedro, con doña Inés de Padilla os casáis, pero primero sabrá el Duque, sabrá el Rey, sabrá mi padre. ¿Qué es esto? No hay que mirarme, que yo soy más firme que un tudesco. ¿Imaginabais que yo…? ¡Cuando por vos vivo y muero! ¿Daré oídos? ¡Qué locura! ¿Otorgaré? ¡Qué desprecio! ¿Este casamiento? Bajen sobre mi vida primero ardientes rayos que abrasen el corazón en el pecho. ¡Ah ingrato, ah falso, ah tirano! Tu pecho aleve pretendo descubrir. ¿Qué haces señora? Sacarte el alma del pecho. ¡Jesús, acabose todo! ¿Es este el querido dueño con quién os casáis, señor? ¡Dale un chirlo, cuando menos, le vendrá como pintado! ¡Muera a manos de mis celos, así se paga mi honor! ¡Escuchadme, deteneos! Este retrato os traía, que ayer me vino en un pliego de Alemania; solo a fin de que sepáis lo [que] os quiero, a daros cuenta venía, señora, del casamiento. ¡Oh, qué infelice mujer! Pero a la venganza, ¡cielos! Mal sentís de quien ha sido en la esfera del silencio dos años de vuestros ojos amante tan verdadero que inmortal hizo su amor en el altar del respeto. Vos habéis de ser mi esposa, o moriré, -¡Vive el cielo!- en defensa del honor que tan justamente os debo. Yo diré que a don Alonso… Es muy costoso el remedio. Luego, ¿queréis que me case? Solo que viváis pretendo. Sin vos no será posible. Todo lo consume el tiempo. Yo lo dispondré de modo… ¿Son lágrimas las que veo en vuestros divinos ojos? Son luces de lo que os quiero. ¿No diste tú alguna vez a labrar a un gran maestro un diamante, tan amante de las luces de su cielo que en sí mismo las oculta por no parecer lucero? ¿Y que al paso que la rueda la va quitando los velos va manifestando a luces ser del mismo sol espejo? Pues así mi corazón diamante ha sido cubierto, pero agora que le labran con el buril de los celos, con la rueda del dolor y el cincel de los desprecios, a las niñas de los ojos arroja en cristal deshecho estas centellas nevadas, cuyos aljófares tiernos, son las luces del diamante, que se ha labrado allá dentro. ¿Así os vais? Sí, que la vida llegó hasta el último esfuerzo, que quien muere de amor y tiene celos lo que vive de más, vive muriendo. Oye, Elena. Que de oír pesar de mi nacimiento, si el ángel de mi señora, cuando a usté (sic) le halló en el huerto, le echara del paraíso, no anduviéramos en esto. ¡Tú, infame, tienes la culpa, que descubriste el secreto de Violante! ¡Vive Dios! Por el alma de mi abuelo, que murió de garrotillo en poco menos de un credo, que no le dije palabra. ¿Pues quién le dijo, embustero, lo del retrato? ¿Eso dices? ¿Pues no hay dos mil hechiceros? ¡Aguarda, infame! Eso no, contra el quinto mandamiento, no quiera Dios que te aguarde. ¡Ay, Violante, muerto quedo! ¡Pensión de nuestra vida, que nace flor unida a la fragilidad de ser humano! ¡El grande Emperador Maximiliano, mi abuelo, ha fallecido, tributo original de haber nacido! ¡Su fama fue inmortal desde la cuna! Príncipe, fue mayor que su fortuna, y su fortuna superior en parte a cuantos con valor infundió Marte, incendio militar, pues, sin segundo, las cuatro partes sujetó del mundo. Sepamos duque de Baviera, agora, vuestra embajada. Si Alemania llora la falta de este príncipe eminente, hoy ponen el laurel en vuestra frente los justos electores del Sacro imperio, doctos senadores. ¿Qué decís? Que en Augusta, señor, se ha promulgado ley tan justa. El cesáreo decreto, soberano, es este que dedico a vuestra mano. Hoy la augusta Germania, emperador invicto de Alemania os aclama, a pesar de la arrogancia con que se opuso Francia a la elección sagrada, en veinte y ocho de junio publicada. Disponed, gran señor, vuestra partida, porque deis a Alemania nueva vida. Duque, la elección acepto, no tanto por el divino laurel que le llaman Sacro, por su cesáreo dominio, como por talar del norte los heréticos designios de Lutero y ensalzar la iglesia, esposa de Cristo. Y supuesto que ya soy duque de Borgoña, invicto señor y cabeza sacra por privilegio divino de la orden del Tuson, a seis títulos confirmo desde hoy esta dignidad: al duque de Alba, mi primo, don Fadrique de Toledo; al marqués de Astorga, digno príncipe de Visiniano; al valeroso don Iñigo de Velasco, condestable de Castilla, a quien estimo; a don Fadrique y Enríquez, almirante peregrino de Castilla, siempre grande por su consejo y aviso; a don Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar, mi amigo y al gran duque de Cardona. Y supuesto que ha querido el cielo que España tenga por su rey a Carlos quinto, Emperador de Alemania, partirme luego es preciso a tomar la posesión, ¿qué decís? Lo que hoy digo es que os pongáis el laurel, que ninguno ha merecido mejor que vos el imperio. Este parecer confirmo, y así, el partir es forzoso. Que me escuchéis os suplico, por diputado del reino: el amor que os ha tenido y tiene esta monarquía no merece que al principio de su gloria la dejéis, fuera de que son precisos los daños, faltando el móvil primero de este edificio. Hoy entraréis en España, mañana queréis partiros; mirad, señor, que sois padre de tan valerosos hijos. Sin sucesión, gran señor, ¿queréis a Flandes partiros? Primero somos nosotros, que os amamos y servimos, que todos los imperiales. Eso es dejarnos cautivos en poder. Basta, el amor que siempre me habéis tenido, vasallos, dentro del alma, con letras de sangre escribo. A la majestad de España -imperio que más estimo- le está bien que su rey sea sacro Emperador invicto del imperio de Alemania. Si Francia lo ha pretendido, blasón será deste reino que conozca el rey Francisco, que solo el sacro laurel le mereció Carlos quinto. Yo voy a poner en cobro con los grandes señoríos de Flandes que en Italia veneran nuestro dominio. Mi primero fundamento, mi patrimonio divino, el norte de mi poder es Castilla, en ella cifro la majestad que poseo; pero también son mis hijos los que veneran mi nombre en reinos ultramarinos. ¿Bueno será que yo deje a Alemania y que atrevido y sacrílego Lutero, con heréticos advitrios, se oponga contra la iglesia? No lo consintiera, amigos, aunque supiera perder, no los imperios que rijo, sino cuanto vio Alejandro y pudo conquistar Ciro. Duque de Alba, disponed la jornada. Yo os suplico, gran señor, que dilatéis. Monsiur de Gebres, partíos a la Coruña. Señor, advertid que el reino mismo pide. No hay lugar. Mirad, que en las cortes… ¡Ya os he oído! ¿Es cierta vuestra partida? ¿Confirmáis lo que yo digo? ¿Qué me decís? Que os salgáis de la corte, esto confirmo. ¡Don Pedro! ¿Señor? Al punto disponed como os he dicho a Alemania la partida. Vase el Duque Solo pretendo serviros. Señor, ¿qué dices? Mostaza, solo seguir determino al César. ¿Y tú Violante? Cumpliré lo prometido en dando la vuelta a España. ¿Qué dices? Lo que te digo. ¿Y su honor? El duque llama. ¿No has de verla? Ya la he visto. ¿Te vas a casar? No sé, que estoy perdiendo el juicio. ¿Cómo puedes perder lo que jamás has tenido? ¡Mira que hay Dios! ¡Qué mal hombre! No prosigas. No prosigo, pobre mujer, ¡oh, mal haya quien con un garrote liso no te echó a palos, señor, del segundo paraíso!

JORNADA SEGUNDA

A recibir el laurel imperial va Carlos quinto. Y me parece acertado que el ánimo siempre invicto de vuestra real majestad, con ejército lucido, pase en persona a cercar a Pavía. Los designios del nuevo César penetra el valor del rey Francisco. Entró en Milán de Esforcia, perdió Lautrec los suizos en Italia, y si el valor, que en mi corazón altivo, por vivo incendio de Marte, el mundo le ha conocido, no se opone a la fortuna del César, será preciso que delire a los estados que penden favorecidos de mi poder, del honor de Francia, Lisipo, amigo. Gran señor. Aunque tu ciencia, tal vez, por lisonja admiro, pretendo, en esta ocasión, saber si has hecho juicio sobre mi jornada. Siempre con desengaños te sirvo en esta errante tarea de las horas y los siglos. ¿Errante la llamas? Sí, que no tiene punto fijo la ciencia que a conjeturas la desvela. Dar oídos a su vanidad parece más que prudencia, delito. Señor, ni se admite en todo ni se desprecia, que el libro de los cielos es cuaderno de luz, donde el daño ha sido de no parte de sus letras, sino del que no ha sabido leer bien el alfabeto. No hay ejemplos conocidos que abonen tu ciencia. Hay tantos que parecen infinitos: el católico Fernando tuvo, gran señor, aviso que en Madrigal moriría. Anduvo en esto advertido, no entró en él, pero murió, como el pronóstico dijo, señor, en Madrigalejo. Cierto anduvo el adivino. Al rey don Pedro el cruel, otro astrólogo entendido, le dijo que moriría, por ser el hado preciso, en la torre de la estrella. Informose deste aviso y no halló en todo su reino tal torre ni tal castillo, y el día que le mataron halló en Montiel escrito un letrero sobre el fuerte que decía: “este obelisco es la torre de la Estrella.” Otro tuvo Federico, emperador, bien notable: díjole cierto adivino que en Florencia moriría; no entró en ella y fue preciso en Florenzuela morir, que el nombre diminutivo basta para el cumplimiento. Otro astrólogo le dijo a don Álvaro de Luna y le vio presto cumplido: que en Cadahalso, un lugar, moriría y con su aviso no entró en él, pero murió, gran señor, en el suplicio de un cadalso. Notables son los ejemplos, Lisipo. Señor, dar crédito a todo ni lo dudo ni lo afirmo, mas totalmente olvidarlos siempre a mí me ha parecido ignorancia. Dime agora qué juicio hiciste conmigo. Señor, el juicio es notable. Dilo pues. Lo que yo he visto, y lo que sé por mi ciencia, es que tus caballos mismos beberán las claras aguas de Manzanares, un río de Madrid, corte de España. ¿Mis caballos? Esto digo y lo puedo asegurar con cuantos astros y signos tienen esos once velos. Según el aliento mío, no será mucho que aciertes, porque hasta ganar, Lisipo, la mayor parte de España, no ha de ser el rey Francisco de Baloes* rey soberano. Émulo de Carlos quinto he nacido y su valor enciende a rayos el mío. Si presume que por ser César de Alemania, peregrino, ha de humillar mi poder, se engaña, porque he nacido hijo de Marte en su esfera. Y, a pesar de los altivos pensamientos que le ha dado el sacro laurel invicto, he de sujetar a Italia. Armado de acero fino me verá dentro en Milán; de Génova será el arbitrio de los fragosos; Florencia aprobará mis designios y, aunque esté el Papa y Venecia a su devoción, yo mismo iré a Italia a defender sus católicos arbitrios en mejor estado y sé que dispertará* atrevido los ánimos de Alemania. Y haré que digas, Lisipo, verdad, que pasar pretendo con catorce mil suizos y cuarenta mil soldados, pues lo son yendo conmigo, a Pavía y a Navarra. Y ganando el reino mismo, llegaré a Madrid, a donde, en su cristalino río, beban mis fuertes frisones, pues siendo rey Francisco, esfera corta es el Betis, piélago breve es el Nilo, arroyo humilde es el Tajo, lágrima el Po* fugitivo, cristal sin alma es el Tanais y el Tigris poco rocío. ¡Carlos quinto emperador de Alemania, siempre invicta, católico rey de España por felices años viva! ¡Viva! Vuestra Cesárea Majestad augusta, para que goce la elección más justa, suba al sagrado solio de los cesares, sacro Capitolio, porque reciba en trono sin segundo, de las coronas, la mayor del mundo. Ciña el laurel vuestra marcial infancia. Docto arzobispo de la gran Numancia; Palatino del Rin, conde eminente; gran duque de Sajonia, en cuyo oriente el sol de tanto César poderoso fue, sin eclipse, planeta luminoso. La obediencia es mayor que el sacrificio, quede inmortal a tanto beneficio. Esta corona os dan las justas leyes. Es verdad, pero Dios hace los reyes. Pues sois Emperador, mi dicha alabo. No soy emperador, que soy esclavo. ¿Esclavo, gran señor? ¡Locura extraña! No me bastan dos mundos en España. Alejandro lloró porque no había más mundos que ganar. Fue tiranía. Él lloraba los mundos del deseo. Y yo lloro los mundos que poseo. Porque ensalcéis la iglesia os coronamos. ¿Por ensalzar la iglesia? ¿Qué aguardamos? Las insignias cesáreas os esperan. Venga el laurel y los herejes mueran. Esta corona imperial cuatro coronas encierra, que tantas tiene la tierra en su forma natural. Esta la iglesia codicia, la fe la segunda ha dado, la tercera la da el estado y la cuarta la justicia. La de la iglesia es honrarla, la de la fe defenderla, la del estado tenerla y la justicia observarla. Bien, que parecen dos leyes: la de Dios y la de estado y con un cuaderno ajustado la deben poner los reyes, que, aunque parece que alguna disonancia hacen las dos, en casando la de Dios con la del estado es una. Arzobispo, reparad en si comprendo bien esta doctrina. Está bien, diga vuestra majestad. La fe, la iglesia, el estado y la justicia, y las dos leyes del estado y Dios derribarán de su estado al dueño que no las sabe ajustar y conocer, que el tesoro del poder no tiene más de una llave. Al traidor con la de estado se castiga su malicia y con la ley de justicia al hereje declarado. Iglesia y fe son de Dios, estado y justicia es ley que sean de Dios y el rey, luego, se encierran en dos. Declárome: yo castigo al hereje por estado divino, y al rebelado por estado y enemigo; luego una será y no dos si están en lo ejecutado, la de Dios en el estado y la del estado en Dios. Esa ciencia singular de todo error desengaña. Esta es doctrina de España y no me puede faltar. Este es el cetro, señor, y, aunque es vara del imperio, encierra mayor misterio. ¿Y cuál es? El interior, que es parte intelectual del alma la religión y hay una nueva opinión hoy en Alemania igual a la luz que da el lucero, cuando en entes visuales quita errores racionales. ¿Es la fera* de Lutero? Sí, gran señor. ¿Qué decís duque de Sajonia? Digo -ocultemos el secreto- que Lutero, Federico… Por la fe de caballero, que es el juramento mío, que por solo destruir esos errores nocivos, esas sombras heréticas, de ese mísero hombrecillo, dejé mi querida España sujeta a muchos peligros. Porque su falsa doctrina, hidra de todos los vicios, no eche en la noble Alemania raíces, ha consentido esta corona imperial en sus sienes Carlos quinto. Ya sabe el mundo que yo, justamente lo repito, por ambas líneas desciendo de los monarcas invictos defensores de la iglesia y lo que el santo concilio de Constancia* ha decretado. Como soldado de Cristo, defenderé en la campaña contra cuantos enemigos quisieren a la defensa de aquese infernal caudillo y a cualquiera potentado que alentare sus designios, que su opinión defendiere y que leyere sus libros; sabré, como protector del pontífice divino, darle muerte, sí. Señor, parece que habláis conmigo. Duque de Sajonia, yo hablo con quien ha creído la doctrina de Lutero, esto basta, harto os he dicho. El pontífice León, a quien pudo el rey Francisco, con mal título, quitar de su patrimonio mismo a Parma y Plasencia, pide que se ponga por escrito lo ajustado entre los dos. Y yo en su nombre os suplico firméis lo capitulado. Lo que contiene, Arzobispo, el concierto es que las armas del Papa y de Carlos quinto por iguales partes echen de Italia y de su distrito todas las armas francesas; que las ciudades que ha dicho de Parma y Plasencia vuelvan a la iglesia; que a Francisco Esforcia le restituya -aunque el derecho era mío- el estado de Milán. ¿Eso dices? Y yo lo firmo. Duque. ¿Gran señor? Las cartas y los marciales avisos que se dan al de Pescara despachad luego. El motivo que ha tenido el rey de Francia para poder divertiros es valerse de Roberto de la Marca. Ya se ha visto, pero al duque de Sajonia se le pegó de camino la herejía de Lutero. Paréceme cuerdo aviso no fiar ningún secreto deste infiel. Es preciso admitirle en esta dieta para saber sus designios. Y en sabiéndolos, prenderle por hereje es cuerdo arbitrio. Averigüemos primero si lo es. Lo que yo he visto es que volvió por Lutero y con solo aqueste indicio le mandara yo quemar. Es poderoso enemigo. Pues para que no lo sea le quitara yo los bríos. Entra, no tengas temor. ¿Al César quieres hablar? Sí, ¿qué nos puede importar hablar al Emperador? ¡Don Pedro! ¡Señor! Llegad, pues en Navarra estuvisteis y el orden que os di seguisteis. Y hablad a su majestad. Con el favor que me hacéis, seguro podré llegar. Tiempo habrá para premiar lo mucho que merecéis. Deme vuestra majestad los pies. ¿Quién sois? Un soldado que a serviros ha llegado de España. ¿De España? Alzad, días ha que deseaba que algún soldado llegase de España, que me contase lo que de nuevo pasaba. Nuevas os traigo, señor, de mucho gusto. Decid ¿venís de Valladolid? En Navarra con valor os he servido, soldado de fortuna, pues lo es quien vio vencido al francés. ¿Quedó el francés derrotado? Sí, señor. No me pudiera después del blasón augusto venir nueva de más gusto. ¿Cómo fue? Desta manera: luego que supo, señor, el rey Francisco de Francia que erais regio Emperador de la invencible Alemania, por tres partes intentó turbar dignidad tan alta: la primera socorriendo a Roberto de la Marca, rebelde a vuestra grandeza; la segunda, que en España, a domésticos impulsos que vuestra ausencia causaba, puso calor; la tercera, fue la guerra de Navarra digna de escribirse en bronce con el buril de la fama. Pasaron los Perineos* en divididas escuadras dos ejércitos, del uno monsiur de Lautrec y Escala era general, del otro monsiur de Asparos Lovaina, si este animal de Bearne, aquel Cipión* de la Francia. Veinte y siete mil infantes, diez mil caballos corazas eran en todos, abriendo paso a la eminencia rara de los escollos que fueron del campo azul, atalayas. Estaban mal prevenidas las fortalezas y plazas del reino y, sin resistencia, talándonos las campañas, ganaron hasta Pamplona y, en breve tiempo, a Tafalla, Valdiera, Olite y del reino no quedó si no es Amaya, por vuestra real majestad; debiéndose la alabanza al gran don Pedro de Vera y Veamonte, que hoy la guarda. Victoriosos los franceses, llenos de arrogancia, pasan a Logroño, pero a tiempo, que ya la ciudad estaba pertechada por el conde de Oñate, aunque blasonaban los franceses que verían de Burgos las torres altas, a este tiempo el Almirante y el Condestable que estaban en Burgos con seis mil hombres. El ser castellanos basta, dieron vista a la ciudad, acometieron al alba, de norte a sur, las trincheas, oposición que bastara a romper los edificios de la invencible Numancia. A un tiempo las dos columnas de Castilla, con bizarra valentía, rechazaron los gascones, pero tanta fue la pujanza segunda, que a pesar de picas, balas y de cuantos rayos pudo forjar la marcial guadaña, les rompieron las trincheas, quedando sobre las plazas mil y quinientos franceses y con la vitoria* España. Retiránronse a Pamplona y el rey Francisco, que estaba con la posesión del reino seguro, mandó a Navarra cuatro mil soldados viejos de los presidios de Italia. Halláronse en aquel reino de la nobleza de Francia tres duques, cuatro marqueses, dos mariscales de fama, cuatro tercios de Guiena* seis de Orliens, sin que quedara coronel ni varón noble de Bearne que a Navarra no bajara a conquistar honra y valor con sus armas. Por el ejército, entonces, en bien formadas escuadras de más de treinta mil hombres, hijos de Marte en campaña. Entre el de Navarra y Haro, que las armas gobernaban de Navarra y de Castilla, se ajustó al que le tocaba la defensa de aquel reino. Vinieron a esta jornada a ser planetas vivientes de la quinta esfera sacra el conde de Benavente, el de Osorno, el de Alba, el marqués de Santa Cruz, el Condestable en Navarra, el duque insigne de Bejar, gloria y lustre de su casa; el conde de Monterrey, los dos Alcides de España: Almirante y Condestable de Castilla, Lope de Ayala, don Juan de Tovar insigne; don Antonio de Moncada, don Pedro de Saavedra, don Joseph de Torreblanca, don Alonso de Arellano, gloria y honor de su patria; don Diego de Vera y otros que por no ser largo pasan a los anales eternos donde Marte los consagra. Los soldados españoles, no sospecho que llegaban, entre infantes y caballos, a quince mil, pero bastan siendo todos españoles para conquistar el Asia. El ejército francés, entre la campaña rasa de Pamplona y de Tudela, le fortificó la traza. Fue impedir que nuestra gente no llegase con sus armas a la ciudad ni que el sitio superior fortificara las escuadras españolas, pero el valor, que no falta jamás en los castellanos, ordenó que una mañana Arellano y Saavedra penetrasen la campaña y, ganándole al francés un puente con vigilancia, y, con valor increíble, llevaron por la montaña o territorio pequeño, a pesar de toda Francia, nuestro ejército, quedando el francés a las espaldas, inferior y sin poder salir, sin dar la batalla. Presentósela primero el Duque, tocando al arma con los bélicos estruendos de los clarines y las cajas. Llegó el choque más horrible que vio Marte en todas cuantas palestras ciñó de acero y rayos forjó de llamas. A los fieros estallidos de las robadoras balas, a los botes de las picas, al corte de las espadas y al disparar con estruendo la artillería inhumana, pareció que el firmamento del orbe se desplomaba y que los ejes torcían al Aquilón sus bisagras. Fatigado, el francés cedió -qué horror- una escuadra de las nuestras, y, sin duda, se perdiera la batalla si el valeroso almirante de Castilla no llegara a oponerse al enemigo haciendo tener a raya todo el ejército junto que ya en púrpura nadaba. El Condestable y el Duque, viendo que con vigilancia la artillería francesa los nuestros desbarataba, arrojándose al peligro mayor que ha tenido España, y chocando con tres mil gascones que la guardaban. Les ganó la artillería y, al volverles la espalda, de tres mil le dio la muerte dos mil vidas de ganancia. Aclamó España victoria tan a costa de la Francia que murieron siete mil franceses en la batalla, quedaron mil prisioneros, dejándose en la campaña cuarenta piezas de bronce, fuera de bagaje y armas. Quedó preso el general y, sabiendo que pasaba a san Juan de Pie de Puerto con la gente derramada el capitán Juanicota*, traidor a su misma patria, se vio preso por el mismo almirante de Navarra, el cual le mandó ahorcar, con que las francesas armas. Salieron todos del reino sin que una almena quedara por el rey de Francia, en quien se verán siempre eclipsadas las luces de Marte, siendo vuestra cesárea majestad el verdadero planeta del sol de la casa de Austria, pues asoma en el oriente, entre dos águilas pardas, emperador valeroso de la invencible Alemania y rey de reyes, pues es rey de la indomable España. No esperé menos valor de las invencibles armas de mis fuertes españoles en defensa de su patria. ¿Es vuestro nombre? Don Pedro de Silva soy, que a Alemania vengo, señor, a serviros. Acudid al duque de Alba que yo le diré que premie vuestro aliento. Y mi jornada para España se disponga, y en esta dieta ajustadas queden todas las consultas, y las de más importancia sean que el conde Nasao y don Iñigo Moncada, con buen trozo de soldados, junto a la raya de Francia se alojen para impedir los socorros y las armas del rey Francisco. Y pues viene monsiur de Lautrech, y a Italia Próspero Colona sea, y el gran marqués de Pescara que está en Pavía y aquel en Milán, quien con bizarra valentía las defendía, hasta que le den entrada al duque Esforcia en Milán. Y porque Génova, a instancia de los Fragosos, tiranos y soberbios con su patria, la oprimen los imperiales, esta primavera partan a cercar esta ciudad y a sangre y fuego deshagan el poder de los Fragosos y, si pudieren, ganarla; aunque por derecho justo, como ya le consta al Papa, pudiera yo poseerla. No es mi intento conquistarla; la sangre de los Adornos, de Génova ilustre casa, la defiendan, pues les toca, de justicia, gobernarla. Y porque sé que Venecia y el Papa, si no me engaña la razón de estado suya, harán con el rey de Francia, derogando este concierto, nueva liga; al punto partan los tudescos a Pavía, que los socorros de España, pues quedan por cuenta mía, no faltarán en Italia. Por vicario general del imperio de Alemania don Fernando, mi hermano, que es hoy archiduque de Austria, dejo en mi lugar; y a Flandes puede gobernar madama Margarita, sangre mía. Y demos a Dios las gracias de tan felices sucesos como he tenido en España. La fiesta, señor del corpus, como sabéis, es mañana. A tan alto sacramento asistiré con el alma. El sol es grande y, si vais descubierto con la llama y el calor que predomina en una estación tan larga, puede alteraros de suerte. Duque, dos cosas no dañan a los católicos reyes que amparan la iglesia santa: el sol del día del corpus y de la sacra semana, sereno de jueves santo. La gente, señor, es tanta… Duque, no me acompañéis si la fe divina os falta, que el sol de justicia es Dios y no dudo yo que mata con los rayos de su ira al que sin fe le acompaña. Esta, señora, es Quisgran* por otro nombre Germania, metrópoli de Alemania, triunfo heroico de Germán. Si a España habemos dejado, que fue temeraria acción faltar a la obligación de tu sangre y de tu estado ¿qué intentas, señora mía? Morir o vengar mi honor. Eso es falta de valor y sobra de valentía. ¿Supiste de doña Inés la casa? Su padre la casa. En fin… ¿don Pedro se casa? Yo te lo diré después… ¿Eso preguntas? Los dos se casarán. ¡Qué deshonra! Y tú quedarás sin honra si no lo remedia Dios. ¿Viste a don Pedro? Sí vi. ¿Y a mí enemiga? También. ¿Cómo o cuándo? Dices bien, desta suerte escucha. Di. Llegué a la casa, señora, de ese español serafín y a dos pasos encontré con la escalera al subir. Era tal la escalera imposible de medir porque, aunque tuvo principio, no le pude ver el fin. Llegué a la cumbre y en ella con una criada di, tan criada que pudiera haberlo sido del Cid. Conoció que era de España y empezó luego a gemir, pintándome en un pañuelo el lastimoso país. Hice amistad de cien años con ella y hasta el jardín me fue conduciendo, a donde vi tu querido Amadís. Estaba con doña Inés -si verdad he de decir- con una cara de rosa nevando cierto jazmín. El don Pedro idolatraba aquella imagen de Ofir tan adentro, que, sin duda, estaba fuera de sí, según ella le adoraba y según yo presumí, tuvo talle de cristiana y en el aire fue gentil. Presentole el tal don Pedro un diamante y un zafir*, pero el diamante en sus labios luego se volvió rubí. Yo no quisiera contarte los amores que allí vi, porque la paz que se dieron será Judas para ti. Solo digo que se casa este villano ruin contigo este mes de agosto, con ella este mes de abril. Consuélate, mi señora, si es que pretendes vivir, que si don Pedro te niega, te confesará Martín. Yo también, señora mía, entre flores me perdí, mas por una rosa sola no se marchita jardín. Y supuesto que lo hecho, no se puede redimir, no hay sino darle a la hoja esta comisión civil. Ya somos hombres señora, estudia para reñir, porque dos mujeres bastan para poder embestir con cien hombres, aunque fueran como Bernardo y el Cid. Elena, vente conmigo. ¿Dónde vamos? A morir. ¿Qué intentas? Lo que verás. Ha de haber pendencia. Sí. Alto, pues, Mostaza muera. Y muera yo, pues nací tan infeliz en el mundo, defiéndame Dios de mí. Con justa causa te da, antes que salgas señora, parabienes el aurora. Leonor, quien gustosa está, siempre aumenta con cordura por ley de naturaleza colores a su belleza, perfección a su hermosura. Hallo en don Pedro un amor tan ajustado al decoro de mi sangre, que le adoro. Es muy noble mi señor y, como tan cerca estás de ser su esposa, parece que justamente merece el aplauso que le das. Esto de tomar estado una principal mujer a su gusto, viene a ser el favor más celebrado, más firme y más verdadero que el cielo le puede dar. Gozosa debes estar de tener tal caballero por esposo. ¡Qué entendido, qué galán y qué discreto! Y yo creo con efecto que a ti sola te ha querido en el mundo. Él me ha jurado que en su vida quiso bien si no es a mí. Dice bien, que está muy enamorado. ¿Pues hay ventura Leonor, como tener un marido que a otra ninguna ha querido? No la puede haber mayor. ¿No te confesó el criado esta verdad? Sí, señora. Pues Mostaza no lo ignora. Yo le tengo examinado: dama, don Pedro, ni una, pues cuando en España estaba, al ajedrez no jugaba por no hacer dama ninguna. Tú tienes un fino amante y eres su primer amor. Por estas nuevas, Leonor, toma luego este diamante. Séalo siempre tu esposo en quererte y adorarte, pues alcanzará en amarte el blasón más generoso. Si él estuviera prendado en España, no viniera a casarse si pudiera estar tan enamorado. Señora, el amor primero es el verdadero amor. Dices bien, porque en rigor no puede ser verdadero el amor que, divertido, en muchas partes está; y en don Pedro se verá este precepto cumplido porque el amor que me tiene, como alma de la razón, le sale del corazón y a los ojos se le viene. Las escrituras, Leonor, sospecho yo que harán esta noche. Dos mujeres se han entrado sin llamar, españolas son. ¿Qué dices? Lo que te digo es verdad. Elena, cuidado. Bueno ¿eso dices? Barrabás no entrara por esta puerta. ¡Está bien! No hay sino hablar con brío y tenderla luego, que yo la sé levantar. Dios guarde a vuesa merced. Muy bienvenida seáis, (Elena ¿qué dama es esta?)1 Ella misma os lo dirá, una servidora vuestra. Sillas, Leonor. Aquí están. Oye usted, señora mía ¿cómo le suelen llamar a su ama? No lo sé. ¿Pues quién lo sabe? Galván. Mi señora doña Inés de Padilla y Salazar, yo he venido desde España -el arrojo perdonad,- a hablaros sobre un negocio que a las dos ha de importar no menos que honor y vida. ¿Qué decís? Lo que escucháis. Si no os declaráis… Sí haré, yo me sabré declarar: don Pedro de Silva. ¿Quién? Parece que os alteráis, don Pedro de Silva digo. ¿Mi esposo? No lo será en escuchándome vos. ¿Qué decís? Estoy mortal, proseguid. Con mucho gusto haré lo que me mandáis. Digo, hermosísima Inés, que don Pedro -esto es verdad- dos años me quiso bien y yo no le quise mal. Contaros señora mía con la fineza y lealtad que adoró mis pensamientos, será largo de contar. Dióme palabra de esposo. ¿De esposo? Púdola dar porque soy doña Jacinta de Bracamonte y Tovar, tan noble como la fama os dirá si os informáis. Últimamente, una noche saliéndome a pasear a un jardín, vino don Pedro. Tente mujer, ¿dónde vas? Y como yo era su esposa, él caballero y galán, muda la lóbrega noche, ciego amor quiero callar, porque siendo yo quien soy y vos, mujer principal, con decir que la memoria quedó libre por mi mal, diré que mi entendimiento se perdió de voluntad; él, en fin… Ya os he entendido. A mi honor. No digáis más, que no fue oscura la noche si tuvo tal claridad. Proseguid ¡válgame el cielo! ¡Ay, señora! ¡Qué maldad! Digo, pues, que por respeto que no puedo declarar, no nos casamos los dos, con que cesara mi mal. Vino de Alemania don Pedro y, antes que llegase acá, supe que el gran duque de Alba, que ignoraba mi pesar, os casaba con mi amante. Así, señora es verdad. Dejé a España y vengo a veros. ¡Deteneos, esperad! Don Pedro vino de España a pagar mi voluntad, si todos saben que yo con don Pedro he de casar. ¿Cómo puedo redimir vuestra desgracia fatal? Como sois prudente vos y me podéis amparar. ¿Cómo si a don Pedro adoro? Con dejarle de adorar. ¿Quién le mete en eso? Yo, y lo sabré sustentar. ¿Qué me mira? Usted perdone. (¡Jesús, una daga trae!)2 ¿Sabéis vos quién es don Pedro? El más falso y desleal caballero que ha tenido España ni le tendrá. ¿Os dice qué quiere? Sí. Pues es muy gran falsedad porque a mí me dijo ayer, yéndolo yo a visitar, que no fuera nuestro esposo si le dieran a Milán en dote. ¡Válgame el cielo! Esta es segura verdad y si no, yo he de ir a verle esta noche y, si gustáis de saber quién es don Pedro, en parte podéis estar que escuchéis si a mí me quiere o si a vos os quiere mal. (¿Qué mujer es esta, cielos, que me ha venido a matar?)3 Leonor, ¿qué es esto? Señora, quién imaginara tal. Levántase Señora doña Jacinta de Bracamonte y Tovar, si lo que decís es cierto… En eso no hay que dudar. Yo arrancaré de mi pecho este enemigo mortal. ¡Qué fortuna, qué dolor, qué desdicha, qué pesar! ¿Iréis esta noche? Sí, que una criada leal que está sirviendo a don Pedro ponerme en parte, sabrá, segura, donde yo pueda mi desventura escuchar. Pues con esto, a Dios, que os guarde de semejante galán los años de mi deseo, para que sin él viváis. Sígueme. Buenas quedamos. Si Mostaza viene acá, dígale usted que Inesilla, la que le habló en Alcalá, le vino a cruzar la cara. Crúcela usted por allá. Ven Leonor, yo voy sin mí. Dada queda a Barrabás. Elena, César o nada. César o nada serás. ¿Qué dices de mi fortuna? Que para ser español tienes el reloj de sol con movimientos de luna. Pero bien haces señor, que en la baraja de amar el buen tahúr ha de andar saltando de flor en flor. Doña Inés es rica y bella, doña Violante, a mí ver, es pobre a más no poder y nació con mala estrella. Cásate con todo vicio, que según tu juicio va, hasta dar en Josapha*, no has de encontrar con el juicio. ¡Jesús, qué hombre tan tirano, pues le ganaste el honor y eres tan buen jugador, bien le puedes dar la mano! Mira, Violante podrá, si doña Inés es mi esposa, -claro está- ser religiosa. Sí, señor, muy claro está. ¿Quieres echar otra suerte? Por cierto, linda partida, así te dé Dios la vida como tú esperas la muerte. Sabe el cielo lo que siento el no poderme casar con Violante ni premiar su amoroso pensamiento, pero si el duque ha ordenado, como claramente ves, que case con doña Inés… ¿En qué puedo ser culpado? A donde hay fuerza mayor, la menor no viene a ser sino hechura del poder del impulso superior. Mis pensamientos son buenos pero penden de otra acción. Digo que tenéis razón, pero no puede ser menos. ¿No es hermosa, por tu vida, doña Inés? ¿Hay más que ver? A ti cualquiera mujer te viene como nacida. Sus dormidos ojos, cuántas luces dan, por quien muero. Tú con cualquiera lucero te acuestas y te levantas. ¿En su concha no son bellos los dientes? Si le hacen salva. ¿No tienen renta del alba? Sí, pues que come con ellos. Aquel andar soberano, tan firme, grave y seguro. Si ella cae, a buen seguro que tú no le des la mano. Aquella rosa amorosa de su cara, cielo en fin. Si ella entrare en el jardín no ha de sacar esa rosa. Desde esta cuadra podrás escuchar y conocer por las luces del oído quién es don Pedro. Está bien, solo con Mostaza está. La Bracamonte, a mi ver, no ha venido. Ella vendrá. ¡Maldígate Dios! ¿Qué ves? ¿Ese consejo me das? ¿Pues es malo? ¡Déjame! Entra con el pie derecho. Dios vaya conmigo. Amén. Damas españolas, bueno. ¿Damas? Sí. ¿Quién pueden ser? ¿Cuánto va que disfrazada te viene a ver doña Inés? Dices bien, mi bien, señora. Mi Leonor, descúbrete. Piensan que somos nosotras. Hasta aquí, todo va bien. No eclipse al sol esa nube, merezca esta casa ser esfera de dos luceros, a quien adoro por fe, doña Inés, mi bien, mi esposa. Aquí, señor, la tenéis. ¡Válgame el cielo! ¡Jesús! La nave dio de través. ¿De qué os admiráis, don Pedro? Yo soy, ¿no me conocéis? ¿De qué se espanta el infame? ¿No me conoce? Muy bien. No soy doña Inés, don Pedro. Pero soy una mujer que por no ser lo que ha sido ya no será lo que fue. Alzad los ojos del suelo, mas vuestro delito es tan odioso, tan tirano tan bárbaro, tan cruel y tan ingrato, que es más. Que los ojos sin querer se avergüenzan de mirar lo que adoraron tal vez. ¿Se os olvidó mi nobleza, servirme, quererme bien, galantear mi hermosura, ser amante, ser cortés, darme palabra de esposo, quereros como se ve, idolatrar vuestro nombre, rendirme como mujer, y, sobre todo, don Pedro -que es lo más que puede ser- entregaros yo mi honor y aborrecerme después con veniros a Alemania a casar con doña Inés? ¿Son acciones de hombre noble, son términos que se ven en un caballero ilustre, cuando el pacto más fiel en las leyes de la vida o el derecho del nacer? Nacer uno caballero consiste en saberlo ser. ¿Negaréis esta verdad? ¿No os idolatró mi fe, no os amó mi corazón con el amor más fiel que vio el robador de Dafne en cuánto le aclaman rey? ¿No fui yo de vuestros ojos viviente luz al nacer, diosa a quien siempre ofrece dulce sacrificio aquel que corona los amantes del más divino laurel? ¿Pues dónde están las finezas que se hicieron? Infiel, mal caballero, atrevido, falso, ingrato, descortés. Los cariños de dos almas, que pudieran ofrecer en las aras inmortales y en los incendios también, vivas cenizas a fénix para volver a nacer. Presumisteis que las ondas del mar pudieran vencer o apagar de tanto fuego la llama que vive en él. No digo yo que dejara sus cristales correr, pero si de norte a sur inundara de una vez el espíritu que mueve del mundo la redondez, fatigara mi constancia, dividiera mi altivez, surcara mi noble sangre y partiera mi poder. Y cuando todo faltara, por mi honor, aunque mujer, cual otra Olimpa os matara con el acero cruel o con la bala oprimida; con brazos, manos y pies os hiciera mil pedazos hasta llegar a romper el corazón donde estuve, que hoy ocupa doña Inés, pues para haceros ceniza llevaba, como se ve, el infierno de los celos con que ardiera de una vez ese ingrato corazón, pues viéndolo padecer, dijera el honor a veces y yo dijera también, pues se quemaba la vida que yo con alma adoré. Arded corazón, arded, que yo no os puedo valer. ¡Ay, señora, qué de agravios ha contado esta mujer! Hasta agora no sabemos lo que ha de responder, puede ser que la aborrezca y que no la pueda ver. Dices bien, que la ha gozado y gozada una mujer pierde la mitad, por menos, de lo que solía valer. Ah, señor, ¡por Jesucristo y por su madre también, que mires que nos perdemos por siempre jamás, amén! Si te brinda el casamiento del diablo doña Inés, engaña con Bercebú* aquesta pobre mujer, que no será la primera sino la segunda vez. Dile sí, que eres esforzado (con un remo había de ser)4 a este casamiento y dile que quieres a doña Inés como al mismo Satanás. Dila tu amor como quien no quiere la cosa, ¿entiendes? Mostaza, dices muy bien. Pues señor, alto a mentir, sin porqué ni para qué, pues estás examinado de sastre y de mercader. ¿No me respondéis, señor? ¿Qué puedo yo responder a quién ha dudado siempre de mi amor y de mi fe? Si yo he venido a Alemania no por eso me olvidé de la obligación, señora, que debo a quien quiero bien. Que os debo honor confieso y siempre confesaré de que vos sola en el mundo habéis de ser mi mujer. Por dar gusto al duque de Alba, he dicho que a doña Inés adoro, pero es engaño: porque yo nunca intenté profanar aquel decoro que con la vida adoré. Y supuesto, esposa mía, que trato de disponer mi partida para España. Para que yo quede bien con el duque, es necesario que os dispongáis a querer venerar ese secreto, que yo a su tiempo sabré cumplir con mi obligación. (¡Ah, ingrato, ah, falso, ah, cruel! ¡Hay tan gran bellaquería!)5 (Señora, el hombre, a mi ver, es fino como un coral. ¡Qué es lo que dices! ¿No ves que me pretende engañar para casarse después? Pero, pues su dama escucha, yo quiero fingir también que doy crédito a su engaño y enséñese a padecer estos celos de contado la señora doña Inés.)6 En fin, mi bien, ¿que yo sola soy vuestra esposa? Mi bien, ¿vos dudáis de esa verdad? (Mal rayo me parta, amén, por soberano decreto.)7 (¿A cuánto aguarda a caer? Venganza, cielos venganza.)8 Jesús, señor, no juréis. ¿Qué me amáis? Como a mi vida. ¿Qué vuestra esposa he de ser? Así lo confiesa el alma. ¿Qué conmigo volveréis a España? Si quiere el cielo. ¿Es hermosa doña Inés? Es un basilisco fiero, no habléis en esa mujer, que es un demonio a mis ojos. Viváis mil años, amén, señor don Pedro de Silva por la merced que me hacéis. (¡Iesu Christo, aquí acabamos! ¿Qué es lo que mis ojos ven? Infame, por tu consejo en esto me vengo a ver. Llévenme dos mil demonios si te le diere otra vez.)9 Por lo menos, mi señora, no diréis que os engañé. Don Pedro, que está presente, claro está, por no perder la gracia del duque, dijo, y esto de puro cortés, que con vos se casaría pero esto no puede ser, supuesto que él es mi esposo y que yo soy su mujer. Y porque es tarde y yo tengo larga estación, daréis licencia que me acompañe mi esposo, que yo tendré muy en la memoria siempre esta singular merced y, con afecto de amiga, rogaré al cielo que os dé la vida que deseáis y la que habéis menester para llevar con paciencia aqueste golpe cruel. Y con esto a Dios, que os guarde, mi señora doña Inés de Padilla y Salazar; que las dos hemos de ser muy amigas si Dios quiere y nos llevare con bien a España, donde os ofrezco alma, vida, honor y ser, menos el señor don Pedro porque yo vivo por él. Vamos, mi bien. ¿No respondes? ¿Qué puedo yo responder? Señora Leonor, Mostaza, si usted lo quiere saber, nunca me faltó a la mesa ni me faltará también. Es mi respeto, esto basta, dele licencia vusted para acompañarme y zas, vámonos, mi bien. ¿Vamos bien? Sí, no me vaya a la mano porque llevará del pie. ¿Hay mujer más desdichada? ¿Este agravio llego a ver? ¿Fuéronse? Sí, ya se fueron. ¿Eso lloras? Bueno a fe, váyanse con mil demonios por siempre jamás, amén. Duque de Alba, el reino ha hecho más de lo que pudo hacer Roma en su antiguo poder, yo he quedado satisfecho de su amor. Doscientos cuentos os concedió en aquel día Castilla y Andalucía y todos quedan contentos, pero a vos, sin arrogancia, es muy poco el mundo entero, pues tenéis por prisionero un rey Francisco de Francia. Mejor fuera, si en mi mano estuviera la fortuna, prender la otomana luna que un príncipe cristiano. Sabe el cielo que quisiera, y siempre lo presumí, ganar la victoria sí, pero no que preso fuera. De vuestro cristiano pecho es muy propia esa piedad. Yo os confieso la verdad. Señor, bien está lo hecho. Fue temeraria osadía y que la siento, advertid.

JORNADA TERCERA

¡Qué! Mejor está en Madrid que no dentro de Pavía. Es verdad, pero fue error siendo un príncipe cristiano. Con las armas en la mano, no hay rey que valga, señor. De un cristianísimo Marte siento la prisión, ya es hecho. Mejor prisión no se ha hecho de mil años a esta parte. Con la prisión afligido, supe como enfermo estaba y, aunque en Toledo me hallaba en las cortes, he venido hoy por la posta a tratar de su salud, como es justo, y a que modere el disgusto de su pasión singular, y juntamente a poner por obra su libertad. Usa vuestra majestad de su cesáreo poder. A su cuadra hemos llegado. Esta visita imperial, como antídoto real, le ha de dejar aliviado. Señor, vuestro preso fui por decreto soberano. No señor, mi buen hermano y mi amigo, libre, sí. Ser vuestro preso es tener imperio en la libertad. Crea vuestra majestad que lo soy de su poder de salud, donde me fundo. ¿Se halla mejor? Cosa es llana porque tembló la cuartana del mayor león del mundo. Crea vuestra majestad que desta feliz victoria me ha quedado la memoria pero no la vanidad. Yo le dije al de Pescara que, si veinte veces diera la batalla y la perdiera, otras tantas peleara. Mas consuélome señor -y es justa mi vanagloria- que si perdí la victoria, que no se perdió el valor. Mejor fuera que los dos hubiéramos peleado contra el hereje y talado los enemigos de Dios; pero vos, señor, quisisteis, estando yo en Alemania, meter las armas francesas en la dividida Italia. Todo a fin de poseer a Milán, habiendo el Papa capitulado conmigo que este estado le tocaba, por merced y por derecho, a Francisco Esforcia, causa legítima, pues la iglesia la investidura le daba. Francisco Esforcia, señor, retirado en Trento estaba y me tocaba el derecho de Milán por muchas causas. Yo, señor, no defendí sino el decreto del Papa y mi directo dominio le depuse por su causa. Fuera de esto, por tres veces a Roberto de la Marca, rebelde al imperio mío, enviasteis a Alemania contra el imperio. Es verdad, pero vos, con menos causa, recibisteis a Borbón, de mi augusta sangre y casa. Vos me disteis el ejemplo, uno por otro se vaya, demás que Borbón tenía su causa justificada, pero ¿qué razón tuvisteis para entraros en Navarra? El derecho de la guerra que, en estando declarada, se corta bien una pluma con los filos de la espada. También pudiera quejarme que pasó, desde Alemania, el ejército imperial a los confines de Italia y saqueando, señor, a Génova con las armas del imperio destruistes a los Fragosos, que estaba a mi devoción. Oídme: si yo supe conquistarla, también pude poseerla y no quise, porque estaba de parte de los Adornos la justicia soberana y les entregué el gobierno, acción tan discreta y sabia que no la tuvo Alejandro cuando rindió toda el Asia. La batalla de Navarra, que el Almirante de Francia perdió en descredito mío fue porque Lautrech estaba, cuando no de parte vuestra, de parte del de Pescara. Lautrech no tuvo la culpa, sino la fuerza de España. Dígalo vuestro almirante pues la pregunta falla, qué le hizo Lautrech, le dijo -yo os confieso- que en batalla son cinco mil españoles cincuenta mil hombres de armas, cinco mil caballos fuertes, cinco mil infantes de Austria, cinco mil diablos y cinco mil demonios en campaña. Según esto, ellos tuvieron la culpa, que no el de Francia. Pero dejando pretexto a quien el estado llama marciales alegaciones defendidas con las armas, crea vuestra majestad que deseo con el alma, pues somos las dos columnas de la iglesia soberana, que asentemos una paz general para que España y Francia libren en ella la gloria de su esperanza. Hermano, amigo, decidme qué más poderosa hazaña nos puede dar la fortuna en el templo de la fama, que juntar cristianas lises, leones y águilas pardas, y a sangre y a fuego talar la herejía acreditada en los países del norte. ¿Qué coronas otomanas? ¿Qué potentados herejes, qué reyes o qué monarcas inquietarán a la iglesia si Francisco rey de Francia y Carlos quinto, señor de la no vencida España, de españoles y franceses fatigaren la campaña? Ea, señor, que no es bien que las cristianas escuadras y las católicas fuerzas ellas mismas se deshagan. ¿Qué han de decir los herejes si los cristianos se matan? Señor, la razón de estado que decís como tan sabia, nadie la puede negar y, si yo llego a mi patria dándome vos libertad… Deteneos, que en España no estáis preso, yo lo estoy hasta que lleguéis a Francia. Capitulemos agora, pues es de tanta importancia la paz, lo que está más bien a la cristiandad y al Papa. En primer lugar, señor, -el amor es quien os habla- me habéis de dar por esposa a doña Leonor, hermana de vuestra real Majestad, y por su dote en la Austria el estado de Borgoña. Tengo dada mi palabra al gran duque de Borbón. No puede casar madama con quien ha sido traidor a su rey. De vuestra casa es Borbón, por mal contento le disculpa su ignorancia. Yo me obligo a sujetar con mi ejército en campaña, para vuestra majestad, a los estados de Italia. Todos los que no me tocan renuncio de buena gana. De los estados de Flandes, las apelaciones varias que yo pretendo tener en Arois y demás plazas, renuncio segunda vez; y los derechos que tratan del estado de Milán, Génova y Nápoles –basa fundamental de la guerra- declaro que a la cesárea majestad, os dio el imperio, pertenecen; conque Italia no verá del rey Francisco las cristianísimas armas. Vuestra majestad advierta que yo primero dejara de ser quien soy que perdiera -así el valor lo declara- el estado de Borgoña. Carlos de la casa de Austria, mi bisabuelo, le tuvo y Luis undécimo de Francia le quitó contra derecho. Si fue ganador por armas, no me parece, que es justo. ¿Cómo no, si es de mi casa también? Vuestra majestad no ha de negarle su gracia a Borbón, restituyendo, antes que salga de España, al duque todo su estado. No ha de casar con madama, señor, con vuestra licencia, ni ha de entrar jamás en Francia. Señor, el perdón ha sido siempre la mayor hazaña. ¡Yo perdonar a Borbón! Mi fe y palabra le ampara. Vos podéis, pero yo no. Nunca es buena la venganza. No es venganza la justicia. Vos destruiste su casa. Él su honor y mi respeto. No se reveló sin causa. Un rebelde no la tiene. Es sangre real, esto basta. Mayor delito. Es verdad. ¿Ha de casar con madama? Esa palabra le di. Pues cumplidle la palabra que yo moriré en prisión. ¿Qué decís? Que a vuestra hermana deis a Borbón y no a mí, que mejor está empleada en un duque desleal que en Francisco rey de Francia. Hace que se va Hermano, oídme, esperad. Perdonad, que la cuartana me ha vuelto, pero no importa, valor hay para postrarla. Por la fe de caballero que me ha enternecido el alma, señor, la paz está hecha. Borbón ha de entrar en Francia, pues cesa con el perdón el cumplir mi palabra. El estado de Borgoña ha de estar siempre en mi casa; los pretextos que tenéis han de cesar en Italia, destruiremos los herejes, ampararemos al Papa, serán nuestros enemigos destruidos en campaña y vuestra esposa será madama Leonor, mi hermana. Por tan singular favor me arrojaré a vuestras plantas. ¿Qué hacéis, señor? Lo que debo. Cristianísimo monarca, los brazos de Carlos quinto reciben a un rey de Francia. En rehenes dejaré, pues la paz está asentada, a mi hermano y al Delfín. Sola una cosa me falta que advertiros, que los reyes son reyes por su palabra. Cumpliré lo prometido o moriré en la demanda. Así lo creo y de hacer lo contrario, la campaña será de los dos palestra. Vuestra majestad cesárea conocerá que le doy amigo y hermano. Basta, yo y vos contra el mundo entero. ¡Por vos mi valor se ensalza! Pues cristianísimo sois. Vos católico monarca. ¡Mueran los herejes! ¡Viva la fe sacrosanta! Defendamos a la iglesia. Favorezcamos al Papa. Para que quede memoria… En el templo de la fama. Que el invicto Carlos quinto… Y Francisco, rey de Francia… ¡Destruyeron la herejía! Y la gran casa otomana. Duque, ¿qué decís? Señor, en viéndose el rey en Francia, de todo cuánto os promete, no ha de cumpliros palabra. ¿Qué decís? Lo que escucháis. ¿Pues tan cristiano monarca ha de faltar a quién es? Al estado no le faltan pretextos para cumplirla: él dirá que preso estaba y que prometer no pudo tanto número de plazas. Si el rey Francisco, señor, conmigo capitulara, no le dejara salir de los términos de España sin entregar a Bearne y a todas las demás plazas. Si muriera en la prisión y aun con la mitad de Francia no me contentara, no, por vida del duque de Alba, vasallo de Carlos quinto, emperador de Alemania. Duque, si no lo cumpliere y faltare a su palabra, buen remedio. ¿Cuál señor? Volverle a prender. No es mala la resolución, mas tiene la fortuna muchas caras. Contra esa tenemos duque, al gran Dios de las batallas. Tres correos han llegado de Flandes y de Alemania, de Nápoles y Pavía y os traen, señor, estas cartas. Novedad debe de haber; la del marqués de Pescara es esta y dice: “señor, los venecianos y el Papa, Florencia y Inglaterra, Génova, Milán y cuantas provincias Italia tiene, excepto, señor, Ferrara, hacen liga contra vos, y tan secreta se trata que solo la ha descubierto mi lealtad y vigilancia. El título de esta liga es la libertad de Italia porque dicen que, teniendo en prisión al rey de Francia, os haréis señor del mundo. Pues que no salga de España. Ya llega tarde el aviso. Entregue, señor, las plazas primero y salga después. Si la paz está asentada, ¿cómo es posible? Señor, el rey Francisco no trata sino de su libertad, y si la consigue, el Papa, el estado de Venecia, como dice el de Pescara, Francisco Esforcia en Milán, con Ingalaterra y Francia serán contra vos. Paciencia, que más vale mi palabra que todas esas provincias. Mucho me admiro del Papa, por la vida de Filipo, que está en su primera infancia, que no lo puedo creer. El Papa contra mí, basta, yo debo de merecerlo, siempre he ensalzado su casa, siempre defendí la iglesia, Dios justifique mi causa. Dile al duque de Milán el estado y, con mis armas, le hice señor absoluto a pesar de toda Francia, y también es de la liga. Pues destrúyele su casa y ser1 señor de Milán porque otra vez no lo haga. De don Fernando, mi hermano, es esta y dice a Alemania, el de Sajonia y Lanigrave, con otras ilustres casas, si lo puede ser quien sigue la herejía luterana, a vuestro imperio pretenden oponerse con sus armas. Si el duque de Sajonia, señor, como yo os aconsejaba, estuviera preso, nunca el traidor se revelara. El gran turco Solimán con las fuerzas otomanas cuyo número, señor, de alarves en la campaña pasa de doscientos mil; entra talando las plazas de Hungría y, sin duda alguna, corre peligro Alemania y toda la cristiandad. Dios volverá por su causa, ganó la isla de Rodas. No importa, ya tengo a Malta, la religión de san Juan tiene segura esta plaza. Con grandes competidores os halláis. En Alemania el de Sajonia y Lansgrave toman contra mí las armas; Enrico de Inglaterra, por Hungría baja el turco contra las águilas pardas, contra España se declara Florencia, no me conoce, Milán me niega la entrada, Génova aspira a la liga, Venecia todos ampara, Francia asienta su poder, contra mí se vuelve el Papa y no hay príncipe en Europa que contra España no salga. Mas yo y el tiempo a otros dos, si una vez saco a campaña mis valientes españoles, si entro una vez en Italia, si el rayo de Marte ciño, si armado me ve Alemania, después de besar el pie a la beatitud sagrada del Pontífice divino, haré que me tiemble el Asia, que me venere la Europa y que delire la Francia. Duque, despáchese luego a don Iñigo Moncada a Roma y, de parte mía, puede suplicar al papa no falte a la obligación de su dignidad sagrada, amparando los preceptos de los príncipes que tratan oponerse a la justicia que yo tengo; y mi jornada se disponga porque quiero ir en persona a Alemania y pasar Italia luego. Vuestra majestad cesárea me escuche, no será bien que entre el ejército en Francia, no deis libertad, señor, al francés, que se declara la liga contra el imperio; que yo, armado en la campaña, me atrevo con cinco mil españoles, que estos bastan a ganaros a París. ¿Qué valor es, duque de Alba, la paz no será mejor? No señor, porque os engañan. Cumplamos, Duque, nosotros, con la obligación cristiana y después llueva diluvios de ejércitos toda Italia, ingleses Ingalaterra, franceses toda la Francia, turbantes Constantinopla y herejes to* la Alemania. Decís bien, ármese el mundo contra la invencible España, que por vos, señor, se dijo: a más mundos, más ganancias. Con vuestro aliento no hay duda que Carlos quinto llevará de Aníbal y Cipión el valor. No, sino el alba. Desvía, infame, no quiero que me sirvas ¿no te has ido? Digo que yo me despido de plaza de consejero, mas si por varios caminos pretendes en este día que no te haga compañía, escucha tus desatinos. Después, señor, que Violante mano a mano te sacó al campo de la verdad a desagraviar tu honor. Ya sé que puedes decir que rodando la llevó mi fingida voluntad, que su alteza le mandó al padre de doña Inés dándole cargo mayor, que pasase a Italia luego, que al punto se ejecutó, que dejé a doña Violante en agravio de su honor en Alemania y me vine, siguiendo este nuevo sol, que a Bolonia hemos venido y que pretendo, en rigor, casarme con doña Inés ¿no es esto así? Sí señor. Pues bien, ¿quién te mete a ti en si fue bien hecho o no engañar aquesta dama? Soy temeroso de Dios y te quisiera sacar del estado pecador. Acabose, digo que no te hablaré en el honor de Violante, aunque te lleve doña Inés. Dime, bribón, si yo estoy enamorado de doña Inés, ¿qué razón hay para que me aconsejes que la deje? Porque yo y Elena, por mis pecados, fuimos terceros, señor, del suceso del jardín y temo, por este error, que me ha de llevar el diablo. ¿Qué culpa tenéis los dos? ¿Cómo que culpa? ¿Eso dices? El jardinero fui yo mas ella ingirió las plantas, esto bien lo sabe Dios. Mira, doña Inés es rica, noble y discreta y sé yo que no ha tenido otro amante, después que Dios la crió, sino a mí, porque me adora de todo su corazón. ¿Y Violante no te quiso? ¡Vive Dios que te adoró! Dejémonos de locuras y escúchame. ¿Dónde voy? Pero obedecer es fuerza. Apenas llegamos hoy a Bolonia en seguimiento de don Pedro, cuando yo supe su casa y Violante con un papel me envió; pero aquí está, yo ejecuto el orden que traigo. ¿No te parece bien? ¡Rebién! Digo que tienes razón. Señor don Pedro, escuchadme: este papel me mandó que os diese el señor don Diego de Bracamonte, pues sois noble y valeroso, obrad como caballero, adiós. Oye, acompáñame a su amo que allá le aguardo. Yo no, a qué he de salir me diga. ¿A qué? A matarnos los dos. Mostaza ¿qué es esto? Es un duelo de sol a sol. Abro y leo, dice así: Yo he sabido que pretendéis a doña Inés por esposa en agravio de mi amor y el suyo y para que conozcáis que no admitía este amor competencia, esta tarde os aguardo a las tres en el campo de Bentiboli, adonde os dirá el acero lo que no puede la pluma. Don Diego de Bracamonte. ¿Qué decís de este suceso? Yo te lo diré, señor. Mira, doña Inés es rica, noble y discreta y sé yo que no ha tenido otro amante después que Dios la crió, sino a ti, porque te adora de todo su corazón. ¡Calla, infame! Callo infame. ¿Este agravio a mi valor? ¿Don Diego de Bracamonte conoces tú? ¿Pues no? En la guerra de Navarra dicen que de un torriscón mató cuarenta franceses. Guía a Bentiboli. Yo daré aviso a doña Inés de camino ¿oyes, señor? Un Etna llevo en el pecho. Yo un volcán, fuego de Dios. ¡Iras exhalo! ¡Yo nieve! ¡Yo centellas! ¡Yo carbón! ¡Yo venganzas! ¡Y yo arroz! No me aconsejes que aquí en este mesmo lugar, o a don Pedro he de matar o él ha de matarme a mí. ¿Qué dices? Lo que ha de ser. ¿Estás loca? Loca estoy, pues desesperada voy a morir. Eso es querer perderlo todo, señora. Pierda la vida en rigor quien ha perdido el honor y quien la virtud ignora en viéndolo. ¡Qué mancilla! Para que no pueda verme, será fácil de ponerme, Elena, la mascarilla. ¿Luego pretendes morir a manos de quien adoras? Todo mi designio ignoras y te lo quiero decir: la mujer que llega a ser de su honor fiero homicida no es noble si tiene vida, pues no la sabe perder. Si don Pedro me agravió en la honra, ley severa, manda que don Pedro muera y de no que muera yo; porque si vida me ha dado y es una vida sin honra, el perderla por la honra es firme razón de estado. ¡Ay, señora, que no puedo oír que con duelos andes poniendo a la muerte miedo! Más quiero puntas de Flandes que no tajos de Toledo. Yo con mi amante, de paso, podré reñir, pues le abono que ande con la muerte escaso, y por eso le perdono el campo, pero no el raso. No es mejor, en conclusión, alargarle si se enoja, donde el más fuerte Sansón nunca nos da con la hoja si no es con la guarnición. Engañarle no es desaire que entonces no se retira, antes con lindo donaire, cuantas estocadas tira son todas puntas al aire. Dirás que no son honrados y que siempre están desnudos, de valor lindos cuitados si se dejan los escudos con que han de salir armados. Es mejor a la milicia un amante fanfarrón sin adarme2 de codicia, que le falta la razón y le sobra la justicia. Son mejores de llevar de las damas más prendidas unos crudos sin curar, hombres hechos de por vida, juros a nunca quitar. Destos que nos dan en cara y cuando más nos defienden, y el enojo se declara, una pendencia nos venden por un ojo de la cara. Destos que nos traen rendidas, con decir muy a lo basto, yo no entiendo estas salidas, pero si otro hiciere el gasto, yo he de contar las partidas. Como esto pasa, das vueltas, pues vive Dios, ya me entiendes… Tú por las siete revueltas, sabiendo yo que te prendes con los yerros que te sueltas, y en efecto… Basta, Elena, el honor es sobretodo; es este don Pedro. Sí. Pues cúbrete luego el rostro, que para perder la vida no falta valor heroico en mujeres como yo. ¡Alto, pues, piérdase todo, riñamos hasta caer! Amo y criado están solos. Retírate. Vete, Elena. ¿Irme yo? De ningún modo. Caballero, que cubierto el rostro, como se ve, la enigma de vuestro nombre desató vuestro papel. Yo soy don Pedro de Silva, descubríos, si queréis que reconozca la vista, -que al rostro sale tal vez la nobleza- con que debo reñir y observar la ley del duelo a que me ha llamado vuestro papel. No podré por respetos, que a su tiempo, señor don Pedro, sabréis. Con las armas en la mano ¿qué respetos puede haber? Los que vos, señor don Pedro, no es justo que examinéis. Yo os saco al campo a reñir por una dama y querer verme el rostro es excusado. Tócame saber con quién he de reñir. Conocéisme. Os pretendo conocer, ya que la forma me ha dicho que sois noble y sois cortés. ¿Sabéis que soy caballero? Por el nombre bien lo sé. Pues supuesto que lo soy, y que vos lo sois también, no os toca sino reñir. Pues ¿qué enigma puede haber en el duelo que os obligue a reñir, como se ve, en aquesta soledad, cubierto el rostro? No sé. Solo sé que yo pretendo por esposa a doña Inés y que vos ni otro en el mundo la ha de poder pretender viviendo yo. ¿Conocéisme? Sí os conozco, sí, muy bien. ¿Sabéis que pretendo yo por esposa a doña Inés que la adoro y que me adora? Porque a mí me quiere bien y entre los dos esto basta. Mi resolución creed, porque no soy de los hombres que con trato descortés, en gozando los favores de alguna noble mujer, la dejan y buscan otra. Que estos tratos no se ven en los hombres bien nacidos, sino en los hombres sin fe, mal nacidos y cobardes. ¡Qué gozáis de doña Inés favores no conocidos a quien su esposo no es! Yo no vengo a daros cuenta de aquel cariño cortés que en la clase del secreto el amor suele tener, sino que olvides, don Pedro, a esta dama. No podré. ¿No podréis? Pues voto a Dios que he de mataros si sé perder mil vidas. ¡Jesús! Mi ama es un Lucifer mas yo con quién vengo, vengo; téngase vuesa merced. Desvía Elena, ¿qué dice? Todo lo he echado a perder. Tente señor que es Violante. ¿Qué decís? ¿Pues no lo ves? ¿Desvía Elena no dijo? ¿Por qué me matas cruel, me descubro? ¡Vive Dios! Que es Violante, pues mi bien ¿cómo de esta suerte? Ingrato, falso, atrevido, infiel, ¿qué aguardas? Dame la muerte. La vida es bien que te dé, pero tu sangre en la mano… Mal haya el acero, amén. Detente, falso homicida, que esta sangre derramada salió, viéndose agraviada, de lo interior de la vida; si mi sangre está ofendida, véngate en ella, tirano, porque el honor soberano diga, viendo mi deshonra, que no he perdido la honra, pues la gané por la mano. Ya no pretendo vivir, sino morir como honrada que una mujer agraviada solo apetece el morir. El duelo se ha de cumplir porque es muy justo homicida estando tan conocida mi deshonra por mayor que el que me quitó el honor, me quite también la vida. Y así trata de matarme porque muera yo, después te cases con doña Inés de quien no puedo vengarme. No tengas para acabarme piedad, acabe en los dos amor dividido en dos. En mi vida no repares porque si no me matares te he de matar yo, a Dios. Bien puedes, que ya rendido a tan singular fiereza, a valentía, a tan noble y firme correspondencia confiesa a voces el alma mi ingratitud y tu queja, mi ignorancia y tu cordura, mi locura y tu prudencia. Perdona, Violante mía, mis agravios, mis finezas, que no fue falta de amor, no acudir a mi nobleza, sino delirio tirano de alguna enemiga estrella; tuyo soy, esposa amada, mal haya la vez primera que di oídos a tu agravio. Dale la mano, ¿qué esperas? Yo daré, Violante hermosa, cuenta al duque de esta ofensa que hacía tu noble sangre; pues hoy llegó con el César a Bolonia, a donde el Papa con majestad y grandeza le ha de coronar por rey de romanos, que con esta satisfacción generosa, cesará en ti la sospecha que tienes de doña Inés. ¡Ah, ingrato, cuánto me cuestas! Esta es mi mano, que amor perdona cualquier ofensa. Vamos agora a palacio. ¿Quieres tú la mano, Elena? Guárdala para Leonor. Acabemos. Linda pieza. Para la coronación del mayor rey de la tierra hace alegrías Bolonia. ¡Qué majestad! ¡Qué grandeza! Vuestra beatitud, señor, reconozca a Carlos quinto por hijo suyo y le dé a besar su pie divino. Sea vuestra majestad Cesárea tan bien venido como ha sido deseado de mi amor, y con él mismo le suplico que me dé los brazos. Aunque soy indigno de besar el pie sagrado del gran vicario de Cristo, Pontífice soberano de su iglesia. ¡Quién ha sido su católica defensa suba al solio cristalino, que un rey augusto de España, Emperador peregrino de la invencible Alemania no ha de estar así! Los hijos de la militante iglesia, el laurel que recibimos mayor, es besar los pies de quien es retrato vivo de Cristo en la tierra. Basta ese humilde sacrificio ocupe el sagrado solio a su grandeza debido y, pues recibió constante en Mosa, como se ha visto, la real corona de hierro que en el venerado archivo del bautista soberano se guarda, demos principio a su real coronación, porque agora determino, con la del mayor planeta, coronar a Carlos Quinto por rey de romanos, gloria que ninguno ha merecido mejor que un rey soberano de España. Quede en los siglos inmortal este favor. En primer lugar, de oficio, doy a vuestra majestad el título peregrino de canónigo sagrado de san Pedro. Y yo le admito con corazón humillado y a tan grande beneficio responda mi amor. El cetro es este, vara en que cifro su más prudente gobierno. Con aqueste, amado hijo, católicamente santo, podéis gobernar benigno vuestros vasallos, de modo que el premio con el cariño en una balanza sean de vuestra prudencia asilo. El estoque militar es este, rayo encendido de la justicia de Dios, con él os mando y suplico que persigáis la herejía y los demás enemigos de la fe porque la ensalce el evangelio de Cristo. En tu nombre soberano, como es justo, le recibo, cuyo relámpago ardiente fuego será diamantino, que tale, destruya, acabe, católicamente invicto, la herejía, de quien es rayo fuerte Carlos Quinto. Esta es la esfera del mundo de quien sois dueño y advitrio; y por último blasón aquesta corona os ciño. Y la bendición de Dios con ella en todos los siglos os alcance: ¡ea, romanos, viva nuestro rey, amigos! ¡Viva el gran rey de romanos, viva el César Carlos Quinto! ¡Qué grandeza! ¡Qué valor! A los divinos oficios vamos agora y daréis las gracias al uno y trino de que os hizo rey de España, César de Alemania invicto y rey de romanos. Sea su santo nombre bendito. Y a las tres coronaciones del invicto Carlos Quinto damos fin y si merece el ingenio por lo escrito vuestra gracia, bien podéis darle gran senado, el vitor.