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Texto digital de Los trabajos de Ulises

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Luis de Belmonte Bermúdez
Atribución estilometría
Luis de Belmonte Bermúdez Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de la edición en la Parte XLV de Nuevas escogidas (1679).

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Los trabajos de Ulises. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/trabajos-de-ulises-los.

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LOS TRABAJOS DE ULISES

JORNADA PRIMERA

Ya, claro Ulises, que el cielo te ha hecho padre dichoso dejas al cielo envidioso del bien que te dio en el suelo; ya el oráculo de Apolo profetiza al tierno infante famoso del mar de Adlante al más encubierto Polo; seguro puedes vivir, pues sin tener qué envidiar ni hay en la tierra que dar ni al cielo más que pedir porque los dones que cría el sol con igual decoro en rubios montes el oro, perlas en el agua fría, Arabia fenicias plumas, Tiro vergonzosa grana, marfil en arcos Diana, coral en blancas espumas, todo en tu agradable esposa lo vemos tan superior que el sol de envidia y temor dora su máquina hermosa, más son sus mayores bienes entre el dorado arrebol traslados que saca al sol del original que tienes. A haber nacido primero, creer de Júpiter puedes que vieras un Ganimedes en tu dichoso heredero, Él le sirviera la copa cuando la ambrosía bebiera. Y, si a Penélope viera, rindiérale el pecho a Europa. Por nacer primero al mundo mereció a Júpiter santo. Es tu esposa un dulce encanto de las almas, un profundo mar de no vista belleza, una noble suspensión de los sentidos, un don que ofreció naturaleza porque, si el que finge más, ya hablando, ya escribiendo, quiera encarecer mintiendo no pueda mentir jamás. Polinéstor, Antenor, Enrímaco, basta, amigos, encarecidos testigos sois ya de mi bien mayor. ¿Tan ofendido te hallas? Jamás los cuerdos trataron de las cosas en que hallaron algún peligro en tratallas. En mi vida pregunté por la mujer de mi amigo y, si no es yendo conmigo, jamás en su casa entré y, si entre nosotros pasa algo que poder tratar, siempre le voy a buscar cuando he de hallarle en casa, que no es amigo muy fiel ni hay disculpa que le valga si aguarda que el dueño salga para preguntar por él. Los deseos de tu aumento, Ulises, nos obligaron, y dichosos que alcanzaron de tu claro entendimiento los consejos que nos das. Eres, aunque en tiernos años, ejemplo a propios y estraños. No uséis de lisonjas más, que muy poco un hombre sabe que dentro en su casa ignora. Si ignora que el alma adora a Penélope, la llave tendré de su entendimiento, será un prodigioso encanto porque ya es mi fuego tanto que exhala esparcido al viento. No siento los disfavores entre mortales desvelos, solo me abrasan los celos de los demás pretensores. ¡Que adore yo a una mujer de tan honrado marido! Desgracia mi dicha ha sido si es imposible el vencer. ¡Quién divertirle pudiera para gozar la ocasión de tan dulce pretensión! Ya, señor, el pueblo espera, si es que recibirle quieres, para darte el parabién. Siempre lo han dado más bien mujeres a las mujeres. Ellas celebren el día mientras con plantas ligeras de esa montaña las fieras las mata nuestra porfía. Por no dar ocio al valor, en la caza te ejercitas. En la paz a Marte imitas para igualarle mejor. ¡Hola! Aperciban caballos. Preciáronse los mejores griegos de ser cazadores y yo procuro imitallos. Hércules, Jasón, Teseo y el valiente Meleagro, de aquellos siglos milagro, tuvieron por gran trofeo dar la muerte al jabalí de la calidonia selva, bien es que a los campos vuelva yo, que sus pasos seguí, y del velloso león corte la cerviz enhiesta y la colmilluda testa al jabalí. Prevención será la que has hecho en vano si del rey de los atridas sientes las tiernas heridas de su honor. Por cuya mano el claro rey de Micenas recibe ofensa que llegue a que el descanso le niegue el cielo. Fuerzas ajenas de todo valor han sido las que el honor le han quitado. Hanle su reino usurpado. Mayor la desdicha ha sido. Ya el corazón lo barrunta. Sabrás que su esposa bella... No te pregunto por ella. Pues que su esposo pregunta, bien puedes. Sabrás que Elena, vencida de infame amor... No quiero saber su error, sino de tu rey la pena. Del dolor quiero saber si sus agravios consiente, pues por lo que ahora siente sabré lo que puede hacer. Paris, el hijo atrevido de Príamo, rey de Troya... La robó. Pasa adelante. Premios fueron de la diosa, a quien él dio la manzana que hizo el rey. No se enoja la tigre manchada a pintas cuando sus hijos le roban como el rey porque las nuevas, aunque fueron poderosas para matarle, previno entre la mortal congoja esperallas sin creellas para que el alma dudosa se armase de la venganza mientras las penas le doblan. En un macedón caballo que hasta los cielos arroja la yerba que arranca al suelo por que los del sol la coman, aunque con la carga inmensa sudando la fuerza apoca, que afrentas de un adulterio hasta a las bestias congojan. Salió a la costa del mar, cuyos peñascos azota por que las peñas se afrenten de su resistencia poca, mas el caballo animoso pisaba espumas y conchas porque a suspiros del rey se iban secando las olas. Tendió al ancho mar los ojos y vio la troyana flora con el velamen arriba, a quien los céfiros soplan, y, como en La Capitana las alegres banderolas fuesen lisonja del aire y él de las trompas lisonja, conoció el bajel infame por dueño de su deshonra, que las afrentas de un rey se muestran más que las otras. Miró el robador, que ufano muestra en la dorada popa que Elena en brazos lascivos huye contenta y dichosa, aquí el volcán de los celos reventó con fuerza propia, que la prudencia no es mucho que en tanto fuego se esconda. «Aguarda, pastor troyano, mira que esa oveja sola es mi regalo mayor y en ella el alma me robas. Mira que ignora los pasos de las dehesas de Troya, que, siendo de un rey, no es justo que otros rebaños conozca; perdida te va siguiendo, mas temo que no lo ignora, que desconoce los silbos, pero no por eso torna. Llévala, Paris, contento, sin que a más voces responda, que no han sido sus delitos ni aun para que el mar los oiga, pero tú verás tu alcázar, siendo esta mano una antorcha, trocado en urnas de fuego para sus cenizas todas y, para ver si tu padre fue cómplice en mi deshonra, con fuego he de examinar hasta las piedras de Troya, que, si las piedras se encuentran, haré con venganza heroica que no las encuentre nadie para saberse mi historia», dijo el rey. Y dijo tanto para su venganza honrosa que han hurtado las palabras la ejecución de las obras. Los aparatos de guerra previno con regia pompa mientras yo, por darte aviso, corté las cervices ondas, mas, temiendo que en Caribdis mi navecilla se rompa, naufragó en el mar seis meses, he mendigado tus costas. ¿Qué os parece, caballeros? ¿No será bien que conozca el mundo que soy Ulises? Razón es que tu persona se acredite con tu esfuerzo, se ilustre con tus vitorias. ¡Oh, si su reino dejase! ¡Oh, si dejase su esposa! Para peligros tan claros maduro consejo importa. Y, cuando ocasiones faltan, siempre los consejos sobran. Cuando la fama te espera porque en tu nombre blasona, émula del claro Alcides, con esperanzas dichosas ha de cantar por el mando que el ocio torpe abandona tu valor. De honroso amigo eternos blasones cobras. Tu consejo es saludable. ¿Que no se vengue qué importa? Valedores tiene el rey que ahora Ulises esposa en los regalos de amor. ¡Oh, Néstor, antigua gloria de Grecia!, seas bienvenido. Ya sé que al rey le despojan de la más lucida piedra que corona regia adorna. ¿Sabes más? No tengo nuevas más nuevas. ¡Pues son honrosas! Aunque amor las contradiga, venturoso el rey se nombra como tú le des favor. Él te llama. No hay más gloria, que ofrezco, Júpiter santo, llamen mi estrella dichosa, pues por venganzas de honor quiere que a riesgo me ponga. Ulises. ¡Válgame el cielo! ¿Queréis dejarme? Señora, el rey, el honor quisiera, aunque vos... Si no te arrojas, traerá el amor imposibles. Los trabajos te acrisolan. Id vosotros. Vayan ellos. Es razón que el rey le escoja por valeroso y prudente y que entre la paz ociosa quiera vivir. Vayan ellos. El ocio y la paz embotan los filos al limpio honor. Pues vayan ellos. Si adoras de mis entrañas el fruto y aun has dicho que mi sombra, ¿cómo a tu hijo desprecias, cómo a mí me dejas sola?, que, si es la muerte la ausencia, viuda dejas a tu esposa. Si fue la culpa de Elena, ¿qué debemos las matronas de Grecia? Confuso estoy, ¿qué diré? Los cielos lloran estrellas cuando tus ojos lágrimas al alma roban, tierno me tiene tu llanto. Dice verdad mi señora. Si fue de Elena el delito, busquen las Elenas todas y haya de aquello cruel y, si comigo conforman los pareceres de todos, no haya mujer en Europa que no llamemos «Elena», porque ha hecho, flaca o gorda, desembaracen el mundo y contarán las historias que ha habido amazonas machos, pues hay hembras amazonas. Famoso Néstor, si vienes para que la fama rompa con mis hazañas los aires, divierte mi pena ahora. Las prevenciones marciales quiero saber: ¿qué personas, qué número, qué navíos se aprestan? Tiene Beocia un puerto llamado Aulide a quien armados coronan mil y docientos bajeles. No se escapará una mosca en Troya, también lo digo. Mil príncipes griegos honran las playas que ya te esperan, que están sin tu sombra solas, Áyax Telamón te aguarda, el claro Atamante y Idas y el atrevido Malaón con su escuadra macedonia, Palamedes viene entre ellos, que al furioso Androgeo exhorta que, mezclando sangre y fuego, borre troyanas memorias, Agamemnón valeroso sus claras divisas borda con la afrenta de su hermano por que por su cuenta corra, dólopes y mirmidones —que cubren el campo a tropas— selvas de pinos parecen cuando las lanzas arbolan. El marinaje robusto que entre las cuerdas zaloma repite a voces «venganza» y dicen los ecos «Troya», sola tu persona falta porque tu persona sola hará con laurel eterno nuestra venganza famosa. Ya, Néstor; estoy resuelto; Palas divina, tutora de Grecia, mis pasos guía. Pues a tu cuenta se ponga mi muerte. Muy pocas naves en ocasión tan forzosa tengo en mis puertos. Señor... Pues en las fuerzas se apoya el honor, hagan las mías lo que mi fama pregona... ¡Ah, señor! El Asia tiemble... Tus amigos te acomodan, con bajeles y con armas te serviremos. Es propia de amigos ella promesa y, pues tanta parte os toca de mi bien, honradme todos por que Menalao conozca el ánimo de servirle. Tú, amigo Néstor, reposa en tanto que yo prevengo lo que a mi partida importa. Señora, honrad nuestro huésped. El obedecer me toca y a las desdichas que espero con vuestra ausencia forzosas les toca también mi muerte. Ulises, adiós. Victoria os den los cielos, Ulises. (¿Hay suerte más venturosa que la mía? En esta ausencia vida mis intentos cobran.) Amor sus máquinas muestre. Ya veis que pide la honra diligencia. Si es honor, Néstor, el que al arma toca, será forzosa la priesa, pues ponen, cuando le importa, alas hasta los deseos por que mejor le socorran. Y yo no iré a prevenir el quedarme. La partida es siempre la prevenida. No hay prevención sin partir. Ahora no puede habella. Pues ya mis sospechas son que hay quién haga prevención para quedarse por ella. Como la razón mejores, entenderé tu quimera. Siempre los que están de fuera ven más que los jugadores; en llegando a ser marido, menos vista un hombre alcanza, que es sueño la confianza que le entretiene dormido. Con el ingenio que tienes, buscas malicias, Dumeo. ¿No ves que los lances veo donde tú a perderte vienes? ¿Qué quiere significar la enigma de estos mocitos que dan, por que partas, gritos cuando ellos se han de quedar? Basta, que ya estás villano y malicioso también. Perdona. ¿Puede haber quién con pensamiento liviano mire mi casa? Razón es la que ahora he entendido, dicha por todo marido, pero, si tiene excepción, muchos lo podrán decir, que, al peso de confiados, los he visto desgraciados. No se debe presumir de la que sabe guardar honor, que su fama abona, mas ¿a un hombre la intentona; quién se la puede quitar?, y más si es mozo garrido, pues hasta un viejo caduco quiere hacer cantar el cuco donde lo escuche el marido. Digo que estos tres galanes, aunque entre algalias estén, no me han olido muy bien, hacer muchos ademanes. El uno es muy crespo y lindo, tiene la voz muy canora y presume que enamora de nuestro Parnaso al Pindo, baña siempre los cabellos con ungüentos olorosos... Defectos escandalosos yo no procuro sabellos. Así no te vendré a decir el que a ti te ha de importar para saberte guardar. Ese solo quiero oír. Déjámelos de escoger todos, si el que importa esperas, y escogerás como en peras el que hubieres menester. Digo que ungüentos de olor le bañan... ¿Delito feo tal hay en hombres, Dumeo? En gramática de amor, pincel de naturaleza: el hombre desde que nace es la persona que hace, así aumenta su belleza, pero el que a fuer de marica trata ungüentos me parece la persona que padece. ¿Que hay hombre que a tal se aplica? Mil sospechas apercibo, mal caso, y de un hombre ajeno. Es tan mal caso que es bueno solo para acusativo. En suma, por no cansarte, se alegran de tu partida. Sospecha muy prevenida es la tuya. ¿De avisarte resulta algún daño? No, ¡válgame Dios! Dime, amigo, ¿fuiste alguna vez testigo de lo que me adviertes? ¿Yo? Pues ¿soy como algún criado que desvela a su señor pagado del ofensor? Préciome de tan honrado que aquí en tu ofensa previno, aunque mi razón desechas, anticipo las sospechas para salirle al camino. Abrázame. ¡Que me place! ¿Y cómo podremos ver si alguien me quiere ofender? El amor no satisface el deseo estando ausente. Si alguien pretende a tu esposa, veraslo hecho mariposa buscando su luz ardiente. No es menester advertir que las mariposas vuelan de noche... Ya me desvelan más cuidados que el partir. Pues ya la noche camina al mar, ¿quieres que salgamos de la sospecha en que estamos? Es diligencia divina y será bueno esperalle al que te piensa ofender, por podello conocer, a una boca de tu calle. Parece cordura poca, que los detendrá el temor. Si hay calenturas de amor, ellas saldrán a la boca. Déjame que a sus paredes les llegue a comunicar el bien que espero gozar. Con mayor recato puedes darle gracias al amor de haber la ausencia trazado de Ulises. Ya ha madrugado, ojo primero, señor. Sosiega el paso. ¿Qué quieres? Conocerlo. ¿Y conocido? ¿Qué más? Donde no hay herido es pendencia de mujeres. Conocer a quien te ofende y no matarlo siquiera es pendencia de placera, que riñe al mismo que vende. ¿Quién podrá quitarme ahora que conquiste esta mujer cuando le falta el poder? Mujer que la ausencia llora de su esposo casta es, será imposible rendirse. ¿Cuántas lloran al partirse para alegrarse después? Bien a Ulises le previenes las naves que le ofreciste. ¿Cuándo a algún amante oíste verdad? Sin recato vienes. ¿No ves que puede escucharte un hombre que está parado? Amor de esperanza armado es un dibujo de Marte, atrevido es en la lucha y valiente. ¿Si pudiera hacer que el alma perdiera memorias de lo que escucha? Necio se puede llamar el que solicita ver al que le viene a ofender si no le piensa matar. Indiscreto fue mi intento si a solo saber venía, que está una venganza fría cerca del consentimiento. ¿Hay algo? Podrás oírlo, y no de mí, que el agravio no es grande si deja al labio paciencia para decirlo. Eurímaco es por lo menos. Y no viene por demás, no creyera de él más tan grande ofensa. Venenos siembran con rostro de amigos los lisonjeros de hogaño y todo el mundo es de un paño. Pues ¿quieres hacer testigos de tu amor? ¿Música ordenas estando Ulises en casa? ¿Oyes, señor, lo que pasa? Así pasarán mis penas, que con matarlos aquí se remediará mi daño. Dichosamente le engaño para que se fíe de mí en la misma pretensión. Del amigo los consejos siempre fueron los espejos del alma. Ciega pasión te mueve. ¿A varón tan sabio quieres... ¿Si quieren cantar? .dalle a sospechas lugar de tan manifiesto agravio? Quiero, entretanto que parte y tengo lugar de ver esta divina mujer, dalle de mis quejas parte y las penas referidas en consonancias süaves las hace el amor más graves, la voz más enternecidas. No puedo esperar tu flema. Tienen los que cuerdos son madura resolución. Tan madura que es postema. Dices bien, que la pasión que tiene ciego el sentido me engaña porque ha venido con disfraz de prevención. ¿Cómo templando mis celos podrán irse? A cuchilladas, que una música de espadas la pueden oír los cielos. Ea, comienza a cantar. Menos estruendo conviene. ¿No has templado? Gente viene. Pues voyme a casa a templar. A mí se me ha malogrado una canción de dos pliegos. ¿Vienen estos hombres ciegos, que tanto bien me han quitado? Mañana podrás volver. Habré esta noche perdido. Fuéronse, sí, ya se han ido. ¿Y ahora qué hemos de hacer con tanta noticia a cuestas? Tomar acuerdo. ¿Y tomado? Dar lugar al tiempo. ¿Y dado? Poner las dudas. ¿Y puestas? Ver lo que conviene. ¿Y visto? Hacer lo que importa. ¿Y hecho? ¿Quieres tu saber mi pecho cuando de mí me resisto? Dígolo porque ir a Troya me parece impertinencia cuando en sola tu presencia el bien de tu honor se apoya. Fueran claros desvaríos, nacidos de intentos ciegos, encenderle a Troya fuegos sin apagarse los míos. Quien puede el golpe excusallo no aguarde a ver el cuchillo que es fácil el prevenillo y dudoso el remediallo. Quedarme en mi patria ordeno porque es prudencia mayor conservar el propio honor que conquistar el ajeno. ¿Y con qué razón podrás salir de la obligación? ¿Hales faltado invención a los amantes jamás? Verás excesos de amor en la invención que prevengo, Pruebas conocidas tengo ya de tu ingenio, señor. Mira que me has de ayudar. Seguiré tu pensamiento. Pero temo que el tormento de celos me ha de apretar. Ea, peligros de honor, ¿no hay una flecha perdida para tirarla a la vida?, pero no tendréis valor si a la vida acometéis, con ella os eternizáis, sin ofenderla matáis y no matando vendréis. Del campo me trae el cuidado de mi hijo Ulises; vos, por la amistad de los dos, estáis, señor, obligado a mirar por él, bien fuera que no dejara su esposa, mas la obligación honrosa es bien que a todas prefiera. Donde los príncipes griegos empeñan ya su valor no ha de rendirme el amor de padre. Mayores ruegos imaginé necesarios para ablandar vuestro pecho. ¿No veis que el cielo me ha hecho, Néstor, por sucesos varios capaz del valor que tiene el honor? Yo me arrojara al riesgo si no afrentara al laurel que se previene para la frente de Ulises. ¡Ay, hijo!, quieran los dioses que victorioso reposes, que tu dulce patria pises. Si estás en llanto deshecho, ¿cómo el valor persevera? Salen las lágrimas fuera por que no ablanden el pecho, su efeto hacen lloradas, pues pudiera en la ocasión desmayar el corazón viendo las alas mojadas. Ha de ser una porfía. ¿Quién me la puede quitar? ¿El alma me han de robar? Ni aun los dioses, siendo mía. Ven acá, Dumeo, advierte, ¿viste el camino que lleva? ¿Hubo desdicha más nueva? ¿Loco mi hijo? Es tan fuerte el cielo que sus diamantes no penetra mi valor. Eso es muy fácil, señor, a los que somos gigantes. ¿Quién le ha vuelto los sentidos? ¿A mí me cierran los cielos? Hijo, Ulises. Romperelos. ¿No ves que están muy tupidos? ¿Qué importa? Como ella entró, ¿no podré yo entrar también?, demás que a mí me está bien matar a quien se atrevió a ofenderme con mi aya, ¿cuánto más a irse con ella? Dumeo, ¿no es alma bella? ¿No he hecho bien en buscalla? Burlardillo. Ya han abierto. Linda los cielos pasea. Nunca abrieran, a ser fea. Bonita es Venus. Si muerto le viera, me perdonara las lágrimas que apercibo con sentimiento más vivo. Ya me ha costado muy cara la suspensión del partir, pues, si me dejaba cuerdo, se queda cuando le pierdo. No se me puede encubrir. Tan gran novedad me admira. Pues ¿no bastaba un ladrón? ¿Loco Ulises? Quien los mira con cuidadosa atención dice que son estos tres. ¿Robarme el alma y después me adulan? ¡Linda invención! Al cielo necios desvelos, que entiendo yo su armonía. Ladrones de astrología harán hurtos de los cielos. Casas de los signos pasa, sin duda me anda a buscar. Muy pobre debe de estar, pues anda de casa en casa. Al Sagitario camina. Podrá con flechas guardarla, que aun el sol no ha de mirarla y es loco quien lo imagina. ¿Cómo con casa dorada el signo de Libra espera? Por ser la Libra primera que se ha visto bien pesada. ¿Es aquel Acuario? Sí, es signo de taberneros, tan pobre está que anda en cueros su caudal. No muestra allí tener agua, pobre, sino sin agua le hemos de ver. Pues ¿cómo la ha de tener si se la echaron al vino? ¿Hay más furioso accidente? Ulises, volved en vos. ¿Qué queréis comer los dos, celeste ambrosía? Detente, hijo. Esposo, vuelve en ti. Para ladrón sois muy ciego. ¡Oh, qué marrajo es el griego! ¿El alma se roba así a Ulises? ¿Con qué razones os podéis ya defender si he venido a conocer que sois los tres los ladrones? (¡Ay, honra a lo que me obligas!) Néstor, tu docta experiencia vea si tiene resistencia su mal. Pues ¿tú te fatigas? ¿Tú, que me habías de ayudar a matar estos ladrones, quieres con tiernas razones darles al robo lugar? (Yo no soy Néstor o tienen las razones que he oído otro equívoco sentido.) ¿A robarme el alma vienen? (Es varón astuto y pienso que da a esta invención lugar para poderse escuchar que le tiene amor inmenso a su esposa. Yo he de ver si le puedo reducir.) Ulises, basta el fingir. ¿Para haberla de volver no basta pedirla yo? ¿Así tu infamia celebras? ¿Así tu palabra quiebras? Soldalla si se quebró. ¿Qué dirá el mundo de ti? Dirá que te vuelves loco de cobarde. Poco a poco, que el alma me importa a mí más que tus peinadas canas. Hagamos prueba mayor. No hay qué probar, que el sabor es a mi gusto. ¿Qué humanas fuerzas podrán resistir al cielo? El medio mejor es darle gobernador, que ya no puede regir su reino, que ¿un hombre loco qué gobierno ha de tener? Su padre no lo ha de ser por su larga edad. (Ya toco entre el dolor y la ira menosprecios de mi honor, mas un legítimo amor puede mucho.) El alma aspira al gobierno, ya sabéis quién soy, el gobierno pido. ¿Está muerto mi marido? Como ha muerto, os atrevéis. Gobierne Eurímaco. ¡Ah, cielos! Señor, ¿esto has de sufrir? Sí, que me importa encubrir la ejecución de mis celos. Váyase, Néstor, que luego gobernará mi razón. (¡Que no pudo la ambición descubrille!) (¡Que a ver llego tan gran desdicha en mi casa!) (Segunda prueba se intente si este furioso accidente a hacer estragos pasa.) Es justo que la mujer le quitemos, que podría estando en su compañía matarla. Es buen parecer, en mi casa estar podrá mientras no vuelve en su acuerdo. (De veras el seso pierdo, esto es robármela ya. Mal haya mi loco intento, pues para perderme ha sido.) Hombres. Como a mi marido no lo cubra el monumento, ha de asistir a mi lado. Ella respondió por mí. Pardiez que ya yo te vi descubierto y resfriado. Aseguro mi temor. (Si la locura ha fingido, notable constancia ha sido, pues venció su mismo amor, pero, si por no perdella quiere locuras trazar, queriéndosela quitar, ¿cómo no vuelve por ella? Dudoso el caso me tiene y aun entre dudas confieso que he llegado a estar sin seso, pero otra prueba conviene que toque al arma el dolor y, si con ella no vuelve, en quitalle se resuelve el cielo su bien mayor.) Señores, pues se ha nombrado a Eurímaco por señor y es dueño y gobernador de este reino, es acertado, aunque parezca crueldad, que en la quieta posesión no halle contradición, llegando a madura edad, el hijo de Ulises, digo... ¿De mi hijo qué? En efeto... ¿Qué decís vos de mi nieto? No me juzguéis enemigo, que por la paz y quietud del reino mi fe os advierte que importa dalle la muerte. (Ya el descubrirme es virtud de un alma que, atravesada de tan inmenso dolor, lucha entre penas de amor.) ¿En qué región no pisada de humanas plantas naciste? ¿Qué fiero barbarismo dio tal sentencia? Bien juzgó. Néstor, si acaso veniste con intentos tan mortales a quitarme sin razón pedazos del corazón, los que me quedan son tales, aunque en crueldades imitas la que no puede imitarse, que han de salir a juntarse con los que ahora me quitas. Esta es justicia y es ley. Vayan por el niño luego. (Esta vez a verme llego tan amante como rey.) Si tan dura prueba esperas de tanta crueldad vestido, o será tu amor fingido, o tu locura de veras. Aquí viene el tierno infante. Hacedle luego matar. Pues ¿por qué queréis quitar tres vidas en un instante? Llevadle luego. Señor... ¿Quién tanta crueldad intenta? (Aun permitirme que sienta no me permite el dolor.) Fieros enemigos míos, si por loco me tenéis, locos sois, pues no teméis a mis locos desvaríos. ¡Hijo de mi corazón! ¡Oh, Néstor, hombre cruel! Antes soy tu amigo fiel, que vuelvo por tu opinión, disculpa el amor merece de la que por ti suspira, mas mira que Grecia mira los blasones que te ofrece la troyana guerra, en ti libra su venganza Grecia, el rey tu persona precia —esto te avisa por mí— más que sus escuadras todas, que no ha de moverse nave sin tu acuerdo. El cielo, si mis causas acomodas para más largos enojos, las dulces prendas que ves dieron cadena a mis pies y lágrimas a mis ojos, y aun otra causa mayor pudo obligarme a quedar, que, pues no ha de aprovechar, no la publique el dolor. De una pena en otra pena me llevan las ansias mías. ¿Qué fieros áspides crías en tu venenosa arena, Libia, que igualar se puedan a las sospechas que toco? Volveranme celos loco, pues aun el hablar me vedan. Tierno le tiene el amor, haced que al arma le toquen por que las cajas provoquen su conocido valor. ¡Que os he de dejar, esposa! ¡Padre, que os he de dejar! Por que venga yo a pagar culpas de Elena. Es forzosa su partida. Y quien la estorbe, y ya contra la opinión de Ulises, Troya me espera, rayo para Troya soy. Néstor, a embarcar, que el tiempo no sufre más dilación. ¿Tú de remiso me culpas cuando yo la priesa doy? Deja gobierno en tu casa y por tu reino es razón que no es ausencia de un día para tu priesa veloz. Padre, donde vos quedáis, les queda gobernador, a vos el oficio os dejo, pero con cargo os le doy que regaléis a mi esposa. Vosotros, pues nobles sois, mirad por la paz del reino, no permitáis disensión en sus vasallos, mirad con respeto superior a mi esposa, haciendo cuenta que en vuestra presencia estoy. Los que mis campos cultivan, si a mí me tienen amor, traigan los primeros frutos a mi esposa, que es razón los sirvientes de mi casa, desde el pequeño al mayor, miren que es espejo mío aunque el cristal se turbó con los alientos de ausencia; y tú, a quien del alma doy parte como fiel criado, no borres la obligación que me tienes a mi esposa, mas para tu discreción basta que ausente me veas. Tierno me tiene el dolor. Cuidados dejáis a todos que miren con afición por vuestra casa, ¿y a mí, señor? Que miréis por vos. ¿No basta ser prenda vuestra cuando en mí no haya valor? Penélope, soy Ulises, mirad que a venganzas voy de una honra lastimada. Al cielo doy por fiador de la mía. Vuestros brazos, pues que las colonias son del templo de mi firmeza, no me los neguéis, señor. En ellos os dejo el alma aunque otra parte le doy a mi padre. (El mar le trague.) (El más rabioso león le despedace.) (Mis hierros manche con el rojo humor de sus venas.) ¿Qué aguardamos, si la caja nos llamó? Padre, los cielos os guarden, esposa, quedaos a Dios.

JORNADA SEGUNDA

¿No tiene algún dios el mar que me socorra? Sí tiene. A tu ruego, Ulises, viene quien hoy te piensa librar. Aunque eres duro escarmiento de las homicidas olas, bastarán mis fuerzas solas, que tengo en el mar mi asiento. No temas gigantes rocas, túmulos del mar que bebes, que el dios que piadoso mueves te da bajel en mis tocas. Razón será que me pese y que a mi descuido avise, que no fue justo que os pise, tierra, primero que os bese, mas, como en riesgos tan claros el cielo quiso ayudarme, fue menester levantarme para bajar a besaros, aunque en el devoto oficio con piadosa emulación lucha ya mi obligación con otro igual beneficio..., mas ¿qué ciudad coronada de muros parece allí?, y aun hay altares aquí con víctima aparejada. A estos laureles me llego que baña este manso río, juntaré en el agua el mío aunque fue ganado al fuego Ya doy por bien empleado, Lucindo, el cansancio y pena. Mi remedio el cielo ordena. Sitio alegre, hermoso prado. Mira cómo el dulce río lleva la mansa corriente, que apenas el mar la siente. No es temor, es señorío, que puedes imaginalle por distintos horizontes claro vencedor de montes si aquí es lisonja del valle. Mucho mi vergüenza duda aunque el remedio me alienta, que la honestidad se afrenta de que la imiten desnuda. A vestirme de hojas pruebo con que este laurel se cubre, que, pues lo desnuda hombre, no se le hará muy nuevo. Honesto la planta estampo y a salir me determino, que, si vengo de camino, llevo vestido de campo. Los cielos me den favor. ¿Oyes, señora, el estruendo? Por él mi desdicha entiendo, mortal me tiene el temor. Pierde el temor que has tenido porque te quiero advertir que no merezco servir al que fuere tu marido. Una escoria de los mares, pues de verme se afrentaron, soy, que a tus pies me arrojaron para que te ofrezca altares. En albricias del temor que me has quitado te advierto que has llegado a tan buen puerto que has hecho al dueño favor. Vida los cielos te den. Tengo a gran desgracia mía que se me pase algún día sin haber hecho algún bien y, así, quiero asegurarte en mi padre tu favor porque es piadoso al amor de los bienes que repartes; es el rey, son los feaces los que esta región habitan, que al rey en piedad imitan. El cielo ordena las paces con mi fortuna, señora, por tu generosa mano. ¿Quién eres? Un juego vano del mar, un hombre que llora desdichas no imaginadas aunque con valor sufridas y unas ausencias temidas con riesgos de honor compradas, un peregrino en memorias jamás del tiempo deshechas, un laberinto en sospechas de unas conquistadas glorias, un rayo de ajeno fuego entre cenizas del mío, un voluntario desvío y, en suma, señora, un griego. ¿Fuiste de los que abrasaron a Troya? Con ellos fui, rojos monumentos vi sus muros. Rigor mostraron, que, aunque estuvo Elena infiel y esa venganza me agrada, pareciera más honrada si fuera menos cruel, que es mi padre muy piadoso y yo también lo he de ser. No habrá llegado a tener nombre de ofendido esposo, que, como es fuego la afrenta y no hay donde se asegure, por que la venganza dure, en las piedras se sustenta. Petro, pues mi padre viene al campo a hacer sacrificio, harás tú el piadoso oficio. Llévale, que no conviene que ante el rey parezca así, volverale a hablar vestido. Vamos. Seré agradecido al bien que recibo aquí. Desde la rasada cuna del alba al sepulcro helado del sol tendrá celebrado nombre con igual fortuna el rey. Quien tiene poder y en beneficios lo emplea los enemigos granjea. Modo heroico de vencer. Ya sabéis que está ordenado que con regocijos nuevos los valerosos mancebos alegren el bosque y prado, que estos sacrificios son muestras de agradecimiento y celebrallos intento con fiesta. Es justa razón. Padre y señor. Dulcemente con el nombre me regalas, con nombre de padre igualas el amor que el alma siente. ¿En qué entretenida estabas? En esta margen del río gozando el aliento frío mientras tú, señor, llegabas, mas fue tanta mi ventura que un peregrino arrojado del mar... ¿Y dónde ha quedado? Todo su bien se procura. A palacio lo envié, volverá vestido a verte. Ha sido la mejor suerte que en este día esperé. Ya tu madre le habrá dado manjares para que ausente la hambre del mar. La gente tiene el altar coronado y espera ya tu presencia. Vendrá el huésped que esperamos. ¡Qué piadoso rey gozamos! ¡Qué humanidad! ¡Qué clemencia! La vida, que es bien que ofrezca, pidió, aunque es corta la paga, que el cuerpo se satisfaga para que el alma agradezca, que, si con pasos ligeros los cuerpos la hambre apura, el despedilla es cordura para tener qué ofreceros. Pues, ya que os ha restaurado el espíritu el manjar, con otro os pienso alegrar el alma, si aficionado sois a música divina, mas, si los dioses lo son, faltarale esta afición a un bruto. El alma se inclina a lo que más la suspende y la música, señor, muestra una luz superior, que el mismo cielo la enciende Señor, Lucindo está aquí. Iguala a su ingenio el arte. Como procuro agradarte, luce ya el estudio en mí. ¿Qué he de cantar? Lo más nuevo que ahora el mundo pregona de esta a la caliente zona. Pues deme su aliento Febo. Reventó el volcán de Grecia y viose en Troya el incendio, que las venganzas de honor vuelan con alas de fuego. Un espantoso caballo fue de la venganza el dueño, que por dar priesa el agravio van a caballo los griegos. Ulises, armado en blanco, salió del vientre el primero, dando en lugar de laureles troyana sangre por premios. El rey temido del Asia, dando piedad a los cielos, en la presencia de Ulises. rindió el soberano cuello. No pases más adelante, suspende la voz, te ruego, que sacas lágrimas tristes a nuestro huésped. Suspenso me has dejado, peregrino, que tan vivos sentimientos más que de soldado son. Si por mi amparo merezco saber tu nombre y tu patria, daré gracias a los cielos de que mis regiones pisas. Con voluntad te obedezco. Yo soy Ulises. Amigo, ¿cuándo tal bien merecieron mis obras? Mirad, vasallos, si hay a la clemencia premios. Varón ilustre, perdona el poco usado respeto con tu persona. Señor, inmensos favores debo a tu clemencia y piedad y, porque el huésped, si es cuerdo, ha de dejar de quién es entero conocimiento, sabrás que es mi dulce patria Ítaca, fértil en pueblos, de quien por herencia noble soy el legítimo dueño, dejela por darle a Troya castigo y mi fama al tiempo, fui de los griegos blasón, pues a los armados pechos les di valor con la industria, venganza con el ingenio. Cuando entre sombras obscuras claros bosques os da el miedo estaba el troyano muro sepultado en vivo sueño, de aquel preñado caballo salimos con tal silencio que los despertó la muerte antes que el marcial estruendo. Fuimos a Troya abrasando con tanta priesa que pienso que iban al paso del humo los edificios corriendo, que, como fue una mujer el miserable instrumento y para tan grande culpa era el sujeto pequeño, fue menester que la pena de tantos agravios hechos se repartiesen en todos para vengarse más presto. Abrasada Troya, en fin —¡qué fin sus glorias tuvieron!—, y dando vuelta a mi patria me castigaron los vientos. Lástima tengo a los hombres porque estaban encubiertos tan invencibles trabajos hasta que tocase en ellos. Salí de Troya en mis naves y, menospreciando el puerto, vi arrepentido y confuso cargar la muerte mis leños. A los gemidos y voces la noche entre pardos velos corrió la cortina al coche para escuchar el estruendo, losas de cristales rotos arrojaba el mar soberbio, sin duda se le antojaba hacer palacio en el viento. También los bajeles suben, si no aserrados, deshechos, por que no le falten pinos para el edificio nuevo. Peregrino veinte soles, a los lotófagos llego, que con una flor que comen pasan su vida en silencio. Libre de tan dulce olvido, mis amados compañeros, aunque de aquellos peligros nos despertó Polifemo. Al fin, prosiguiendo industrias, salimos libres al puerto, donde ultrajándole a voces dimos oficio a los remos. No fue este peligro solo, que en los humanos deseos se eslabonan los trabajos hasta parecer eternos. Mudó la mágica Circe en bestias mis compañeros, que halagos de una mujer pueden las bestias creellos, En las redes de Calipso gasté tan prolijo tiempo que vino a dar en pesado por que estuviese de asiento, pero el desengaño ilustre borró los nublados ciegos, que en cárcel de torpe amor no luce el entendimiento. Hice de cañas humildes una embarcación yo mismo, pero dejola Neptuno con su tridente deshecho. Si fue el mayor de los míos, juzgarlo puedes tú mismo, pues como arrojada boya vine a arribar a tus puertos. Si al paso de mis desdichas se multiplican efectos, de su clemencia restaura las esperanzas que puedo. Si no fuera tan capaz de piedad mi humano pecho, la compasión me ahogara de tu lastimoso cuento. Descansa, Ulises divino, y con las fiestas que ordeno olvida riesgos pasados, pues que libre te contemplo. El mejor de mis bajeles, los marineros más diestros, los dones dignos de un rey y mi voluntad con ellos llevarás, varón prudente. Tu nombre usurpe a los tiempos los privilegios que goza con vanagloria de eternos. Honrada dejas la casa de mi padre y ruego al cielo que este amparo sea adalid de sus felices sucesos. Ya enfada tanta firmeza como la de mi señora, quiere ser ejemplo ahora. de castidad y belleza, será un prodigio, un milagro, ya yo me hubiera rendido, pues en verdad que he sabido tener mi puntica de agro. ¿Qué desgraciado papel al viejo se le cayó? El dichoso se atrevió. Ni es suyo ni es para el viejo, yo veré si pecas de escuderil alcahuete, que llevan siempre un billete por no dar la mano a secas. Yo he de vencer su desvelo aunque aventure el perderme. ¡Oh, si saliese al jardín ya mi señora! Abro y leo: «Penélope, mi deseo es justo». Ya he visto el fin. Álcelo el escuderito, que a trueque de verlo aspado me huelgo que dé el recado. Ya mi descuido es delito. ¿Si se me cayó el papel? ¡Oh, Dumeo! ¡Oh, buen Calixto!, ¿es tuyo? Sí, ¿habíasle visto? Aun no he reparado en él. ¿Es de amor? Mira no peques de muy tierno y amoroso. ¡Ay!, como estás malicioso, Dumeo, amargo te seques. ¿Yo había de tener amor? Pues no has entrado en setenta y hasta que pierda la cuenta no pierde un viejo el calor, pero mi señora viene al jardín. Sus flores crece con el llanto que le ofrece. Con lágrimas se entretiene en la ausencia de su esposo. Tarde se verán los dos. Eso quisiérades vos. Un poco estoy temeroso. Cuando, divinas flores, almas un tiempo, si calláis ahora, daros podrá con lágrimas la aurora vida para cantar vuestros amores, si ausencias y temores os pudieron oír el prado y río; creced ya, flores, con el llanto mío, por que en son amoroso lloréis la ausencia de mi dulce esposo. Calixto, Dumeo. Señora. ¿Queréis algo? Que así vivas, señora, que le recibas, ¿A quién? Puedan algo ahora mis ruegos si mereció algo el quererte servir. ¿A quién he de recibir? ¿Estoy despedido yo? ¿Qué he de recibir, Dumeo? Un papel que trae Calixto. Si tal desdicha se ha visto, señora, es un devaneo de mozos. ¿Y soislo vos? Dadle, Calixto, el papel. No sois vos el dueño de él. ¿Lo que pasa entre los dos reveláis? Si es para mí, mostrad. Desollado muero, ¿Ya vos servís de tercero en mi casa? No creí tal de vos. Yo no creyera de un escudero otra cosa. Si con fuerza poderosa, aunque vanamente espera, entra Antenor en mi casa con los demás pretensores, ¿para qué pide favores por papeles? Esto pasa... Si hablando llega a pedir, ¿por qué me ocupa en leer?, mas así podré saber de quién me puedo servir, que, si en casa hay libertad como por desdicha mía verse en mi casa podría, hay grande dificultad en conocer los criados, pues el que entra a pretender, como pueda hablar y ver, no gasta el tiempo en recados, mas, aunque el intento es fiero, para que yo os conociera, como si estorbar hubiera, os ha hecho su tercero. Si yo segundo tomare, mándame luego... Azotar. Pues ¿tanto me ha de costar? Volveré lo que sobrare. Huye, villano alcahuete. ¿Quiéresla desenojar? Sí. Pues yo me voy a dar respuesta de mi billete. Si no te resuelves ya en tratar el casamiento, has de dar quejas al viento sin fruto. Resuelta está en esperar al marido. ¿Hay esperanza más loca? El «sí» nos dará tu boca, si de voluntad no ha sido, ha de ser por fuerza aquí; remedia tus propios daños porque, alargando los años, te vas acabando a ti. Nuestro sufrimiento apocas si a ver la tela nos llamas porque sospecho que tramas otra de esperanzas locas. De tan ilustres varones como pretenden tus bodas, ¿cómo ya no te acomodas a eternizar los blasones? ¿Qué aguardas, bella mujer? ¿Aguardas, con loco intento, que salga del monumento Ulises? No le has de ver jamás, por su muerte escoge al que te agrada más bien o serás con tu desdén causa que el cielo se enoje. ¿Y yo, que por los sagrados cielos, que huyen de oírte, que humilde, en vez de servirte, te he de causar más cuidados que te da en su eterna ausencia tu griego difunto. ¿A mí, cómo? Consumiendo aquí tu noble y copiosa herencia. ¿No basta lo que gastáis, mi hacienda la noche y día y que, siendo hacienda mía, como vuestra la perdáis? Gastarla de modo espero que no ha de ver la que adoro ni en sus dehesas un toro ni en sus majadas cordero. A no mirar, bella griega, el amor que te he tenido... Solo su amor ha impedido robar lo que tanto niega, pero verás desde hoy borrar tus altos blasones, y esos bellos artesones que airado mirando estoy nidos de pájaros feos han de ser de aquí adelante, que no ha de haber quién levante, pues derribas mis deseos, piedra que una vez se caiga, que ya no es mi amor piadoso por que se vengue tu esposo. ¿Quién ha de haber que le traiga? Yo, villanos amadores de mi madre. ¿Hay tal locura? Telémaco, ¿qué procura tu intento? No ver señores de mi hacienda y de mi casa a quien la usurpa. El rapaz tiene cólera en agraz. Telémaco. El cielo abrasa mi pecho en ardiente fuego. En una galera iré y hasta morir buscaré, villanos, al mejor griego que Argos ha visto y Micenas, pero, si mi padre es vivo, con la muerte os apercibo. Ahora la tuya ordenas, loco, atrevido mozuelo. Muera, griegos, el villano. Pues ¿a mi hijo? Es en vano el ruego aunque ruegue el cielo ¡Ah, griegos!, no le matéis. Déjame, abuelo, morir, que ya no quiero vivir sin honra. ¿Cómo? ¿No veis que no es valerosa hazaña esta que habéis intentado? Algo estaba ya empeñado. No ofende a la humilde caña. el rayo muestra valor con un monte; yo os prometo que no os ofenda mi nieto mas perded el temor. También yo os daré lugar y no será hazaña fea, que un hombre no es bien que vea lo que no ha de remediar, que el valor, si llega a verse donde no puede mostrarse, solo sirve de quejarse y es para más ofenderse. Nieto, vámonos los dos por que el dolor no nos venza, que hay en mí grande vergüenza, y hay chico valor en vos. Si yo os pudiera prestar, nieto, el que mi pecho siente, con vuestra sangre caliente lo pudierais alentar. Viera yo entonces lucir vuestra pretensión honrada, mas tengo la sangre helada y no ha de poder salir. Al campo donde estuvimos volvamos porque en la afrenta que veis, si alguno la cuenta, diga que al campo salimos. Pues ¿sola se ha de quedar mi madre entre quien la ofende? La mujer no se defiende porque la quieren guardar, que entre la guarda mayor de vigilancia vestida, si es la mujer atrevida, ha de escaparse el honor. Si es ese el mejor partido, que os obedezca es razón. No os hago contradición si este vuestro gusto ha sido, mas deteneros podría el disgusto que me aguarda, que, si no quedáis por guarda, pudierais por compañía. Hicieran muy poco efeto. Yo sé que os importa a vos que nos vamos. Madre, adiós. Él te guarde. Vamos, nieto. Pues, si me quitan mil vidas, no me han de arrancar a mí. Sacarántelas aquí por otras tantas heridas, villano. Vete, Dumeo. ¿Con tantos te has de quedar?, mas por eso han de lograr menos su injusto deseo, pues, queriendo granjear muchos un paso importuno, suele no pasar ninguno queriendo todos pasar. Sola estás, bella homicida, sin poderte defender. Bien me pudierais vencer si fuera el honor la vida, que para que ella se venza basta que intentéis matarme, que lo que puede ampararme es vuestra misma vergüenza. Aguarda, divina griega, no lleves tantos trofeos. Dales vida a mis deseos mientras tu venganza llega. Arroja el corvo diente al crespo dios del húmido tridente Ya los pintados remos bañan con rica espuma los estremos. Ya el caro mar se humilla, manso truhan de la peinada orilla. Si el firme cielo ordena que toque, ¡oh, patria!, vuestra santa arena, ni es contrario elemento hidrópica la mar, hinchado el viento. Ulises generoso, pues, gozas ya tu suelo venturoso con ausencia tan grave, dispón ahora de la gente y nave; de nuestro rey los dones sacan a tierra como tu dispones. Porque encubrirme espero en ese monte que se guarden quiero y, pues el viento, amigo, busca en las velas el peinado abrigo, volved a vuestros muros por blancas sendas de cristales puros sin que el Ábrego y Noto a riesgo os ponga de ofrecerles voto, robad por que se asombre a la nave de Colcos fama y nombre, siendo las velas plumas, cortando mares y abollando espumas. Tus brazos esperamos, pues tan alegres de tus glorias vamos. Decidle al rey Alcino, vivo pincel de Júpiter divino, que por su noble amparo será mi nombre eternamente claro. Adiós, varón dichoso. El cielo os mire, como a mí, piadoso, que os vuelvo a ver, riberas, por tanta fuerza de amenazas fieras de la ciega fortuna de veros ya sin esperanza alguna. ¿Quién como os tocó ufano huir pudiera de un temor villano? ¡Ah, sospechas infieles, que basta el nombre para ser crueles!, mas quien las nubes dora, de laurel coronada y vencedora, es la divina Palas, que entre dragones de amarillas alas con adorno bizarro la silla ocupa de triunfante carro, de vencidas naciones huellan sus pies mil bárbaros pendones y, entre banderas bajas, manchados yelmos y rompidas cajas, túnica de diamante adorna el bello cuerpo rozagante y la divina frente hermoso yelmo de metal luciente. No es la amistad perfeta, que deja el alma del temor sujeta; como siempre deseo, tu bien mayor, en tu favor me empleo. Pues señales son ciertas que otros peligros al temor despiertas, que siempre que te he visto en nuevos riesgos temeroso asisto y, pues ahora vienes, peligros nuevos hay. Bien te previenes, el mayor y más fuerte te espera, ahora tu remedio advierte de tu honor conquistado; valor tu esposa, como yo ha mostrado, y con ingenio grave templar los pechos de amadores sabe: ofreció cautamente que humillaría al amor la altiva frente cuando diese a una tela fin por sus manos, pero fue cautela, que la labor del día sagaz deshace con la noche fría, y a su ingenio no basta, aunque en su lecho permanece casta; los viles pretensores quieren por fuerza conquistar favores —mira si los pasados pueden ser a este riesgo comparados—; tu padre y hijo dejan su propia casa y de temor se alejan a la granja que tienen vecina de ese monte, entrambos vienen, con su vista piadosa será más breve tu venganza honrosa. Si del honor ajeno parte me cupo en su mortal veneno, para vengarse el mío áspides en el pecho engendro y crío, si discurriendo el orbe ni el viento mata, ni la mar me sorbe. ¿Cómo podrán villanos atreverse a mi honor con viles manos? Divina vencedora, préstale esfuerzo a mi venganza ahora, dirán mis esperanzas, llevando fuegos, que volví venganzas. Mientras tomas consejo, en pobre forma de caduco viejo quedarás transformado y tu casa verás sin dar cuidado a quien tu afrenta ordena. ¡Que tanto una venganza me enajena de mi primera forma! Más bien con los deseos se conforma, pues en la forma nueva podré hacer de mi honor bastante prueba. ¿Cuándo ha de llegar el día que nuestras riberas pises, querido y ausente Ulises? Para la ventura mía, ¿qué me falta que gozar? Si a mi padre y hijo he visto, en vano el llanto resisto, que suele el placer llorar. No es de mala proporción el muchacho, a mí me agrada, bien sabrá regir la espada a mi lado en la ocasión, sí, que es noble y a mi lado cobrará esfuerzo mayor. Ya toca al alma el amor aunque en pecho disfrazado. Amigos, ¿podeisle hacer limosna a este peregrino? No fue de clemencia digno quien no la sabe tener. Y más conmigo, que fui del dueño de aquesta tierra muy grande amigo en la guerra. ¿De mi hijo Ulises? Sí. Pues dadme, padre, los brazos, y seáis venido en buen hora. Lágrimas el alma llora. ¡Qué venturosos abrazos! ¿Que a mi padre conociste? Sí. Pues volvedme a abrazar. No le merezco gozar. ¿Con él en Troya estuviste? Mientras el cerco duró. ¿Y acordábase de mí? Diversas veces le oí la pena con que os dejó, con mil deseos de veros. Tanto tarda su venida que sospecho que se olvida, Culpad a los mares fieros, que su intención buena ha sido. ¿Cómo vuestra madre esta? De llorar su ausencia ya viene a recelar su olvido. Pues ¿no pasa con los dos vida alegre? ¡Riguroso estáis! Ausente su esposo, siendo quien es, ¿queréis vos que se alegre? Antes conmigo se le aumenta ya el pesar. ¿Por qué? Quiérenme matar. La misma fortuna sigo de mi nieto. ¿Y quién se atreve a los dos? Sus pretensores, cuyos villanos amores... Nieto, ¿quién el labio mueve a decir que es pretendida su madre? Pues ¿no es verdad? Tendrá gran dificultad entre quien no es conocida el creer que vive honrada la que conquistada ha sido, que una mujer sin marido está a riesgo conquistada. Antes vendrán a creer en la afrenta que resisto, que, pues digo lo que he visto, no se ha hallado más que ver, aunque en la voz popular —monstruo de sospechas— hallo que el honor para manchallo basta quererlo manchar y, aunque es dichoso marido mi padre, querrá obligado vengarse como afrentado y honrarse como querido. ¿Y vos supierais mostrar valor llegándole a ver? Pues ¿tan poco ha de traer que para mí ha de faltar? Al que viene a deshacer los agravios de su honor ha de sobrarle valor para los que pudo haber y, cuando yo le informare de mi afrentosa querella, medirá el valor con ella y me dará el que sobrare. Pues dadme palabra y mano que le ayudaréis si viene. Que venga es lo que conviene, verá si blasono en vano; la palabra y mano os doy. Ahora vendré a alcanzar lo que le podré fiar. (Del dolor muriendo estoy, mil pedazos me está haciendo la mano.) ¿El dolor sufrís y aun a quejaros no abrís los labios? (¡Estoy muriendo!) Vos me vengaréis, a fe. Honor, a mucho obligáis. Soltadme, que me apretáis. Perdonad si os lastimé. ¿Hubo valor semejante? Bien puedo ya asegurar que le sabréis ayudar, mas, si estuviera delante, haced cuenta que le veis, ¿qué dierais, hijo? No llevo bien, cuando en palabras pruebo, lo que en las obras queréis. ¿Tal llega escuchar un padre? ¡Honrado nieto tenéis! Si a su padre conocéis, ¿qué honor hay que no le cuadre? Abuelo, este peregrino vendrá cansado y hambriento y habrá menester sustento. Tras este manjar camino. Váyase a la granja, abuelo, que hombre que ha visto a mi padre es bien que le vea mi madre. (Déjemela ver el cielo.) Dices bien, hermano mío, ir con mi nieto podréis, que allá descanso tendréis. De vuestra bondad lo fío.

JORNADA TERCERA

Este viejo que ha venido me da mala espina. ¡Estraño caso! No lo he visto hogaño, a mí me tiene aturdido. Esperadme aquí entretanto que doy a mi madre aviso. Yo aguardo, que el cielo quiso dar fin a mi largo llanto. El viejo viene hacia acá. Mi fiel criado Dumeo es este. ¡Que mi deseo he cumplido en verle ya! ¡Pardiez, buen viejo, que habéis llegado a dichoso puerto! Aquí traigo el perro muerto. Ni como yo lo sabéis, que los cielos me han guiado para mi bien a esta casa. No es el dueño de ella escaso, presto os veréis remediado, entre todos os daremos de vestir, pieza por pieza: mi señora, la cabeza y nosotros, los estremos, el sayo y capa os dará Laertes. ¡Ay, padre mío! De los calzones yo fío que Telémaco hará la razón. A mí me caben las medias. Logréis salud. ¿A qué mano está la herida, la que los zurdos no saben? ¿Es —bien dice mi sospecha—, es esta? Sí, pero no..., ¿estotra? ¡Que aun no sé yo cuál es mi mano derecha! Ea, que los jabalíes vienen por aquí. ¿Qué hacéis? Pienso daros, si queréis, unas medias carmesíes que se vengan a los ojos. Y aun la herida se ha venido, vos sois, ya os he conocido. Oíd. Aunque os cause enojos, ¿pensáis que he de caerme muerto como el perro? ¿Vos a mí? ¡Qué bien hizo el jabalí su herida! Descubierto estoy y ya es por de más y soy tu señor, Dumeo, pero cúmpleme un deseo. No entendí cumplir jamás el que tuve. No atropelles mi intento alzando las voces. Ya iba yo —mal me conoces— alzándolas como fuelles. ¿Cómo no vas preguntando? Por muchas cosas quisiera. ¿Que adivino la primera? ¿Están todavía ultrajando mi honor los tres pretensores? Luego lo vi, sí, señor, y aun a vueltas de tu honor destruyen, como señores, tu hacienda. Estamos muy flacos de hambre. ¿Tal se consiente? No quitando lo presente, son unos grandes bellacos, mas ¿cómo vienes tan viejo? Mucho encubres tú la edad. Pues no me tiño, en verdad. Los trabajos son espejo en que las canas se miran y como tantos pasé... ¿En Troya cómo le fue? Aun sus memorias admiran. ¿Hubo grita y vejigazo? El caballo les valió. Brava albarda les echó a los troyanos. El plazo llegó feliz. Dizque anduvo muy hombrecito Sinón. Fingió también la oración, que en él la venganza estuvo. [No es constante en su rigor si deja esperanza alguna.] Este es... ¡Dichosa fortuna! Ya me das el bien mayor. ¿Esta es mi esposa? Señora, sabrá que el viejo..., no quiero... yo lo digo... Ya no espero vengarme. ¿Quién? Pasa adelante. No me hagas señas, digo, es —de esta va—... ¿Quién, amigo, quién? Un pobre vergonzante. Eso ya yo lo he sabido de mi hijo. Pues perdone. Y, por que su dicha abone, fue amigo de mi marido. Seáis mil veces bien llegado. Y vos bien hallada estéis. Ya espero que os abracéis. Sí haré, porque hemos juntado en este paso amoroso dos cosas. ¿Cuáles han sido? Yo la piedad que he tenido y él la amistad de mi esposo. Dadme los brazos. No es bien, que pobre y tan roto enfado. (Pues yo sé que la ha abrazado con menos ropa.) También aquí os habéis de sentar. Haréis que vergüenza cobre. Ahora sabéis que el pobre merece el mejor lugar. Y no es grande maravilla, que quien los brazos os da con tan grande amor, ¿qué hará en daros los de una silla? Y vos, mancebo gallardo, ¿cómo descubierto estáis? ¿Otro asiento no tomáis? Por el respeto que os guardo, que como habéis de tratar de mi padre, si advertís, mientras su nombre decís a vos no me he de igualar. ¿No más de por vuestro padre le tenéis respeto aquí? ¿No lo merecen por sí las canas? ¡Qué heroica madre! Besadle, rapaz, la mano. Y los pies le besaré. ¡Que a ver tanto bien llegué! El respeto a un hombre anciano blasón de nobleza es. Los pastores han llegado. Salid a darles recado, hijo, y volveréis después. ¿Que conocéis a mi esposo? Como me conozco a mí. ¿Y fuistis su amigo? Fui de todos el más dichoso, sus secretos me fiaba. ¿Y ocupaba algún secreto de su fiel esposa? Os prometo que era del que más trataba, siempre os tuvo en la presencia por casta y noble mujer. De eso ha nacido el haber perdido el miedo al ausencia, que las que viven tan llenas de honor les causan olvidos, pues se olvidan los maridos al paso que ellas son buenas. Ulises llegó a tener vuestro honor experimentado. Siempre fue discurso errado probar honor de mujer. Quien noble mujer alcanza confianza ha de tener de su honor, mas no ha de haber descuido en la confianza. Importa mucho el cuidado con muestras de ser querida, que se juzga aborrecida en viéndole descuidado. Cuando me siento mujer y ausente de mi marido no sé por dónde he venido a saberme defender porque nuestra fortaleza —merced que el cielo nos hace— como por milagro nace de nuestra misma flaqueza y, así, en el intento feo de cualquier lascivo amor pone la fuerza el honor y nosotras el deseo. Pagaralo vuestro esposo con el alma que os rindió y de él he sabido yo que llega el plazo dichoso de veros, que yo le vi cerca de su patria. El cielo os dé en el alma el consuelo que vos me habéis dado a mí. Volvedme, amigo, a abrazar por tan regaladas nuevas. ¿No son ya bastantes pruebas que jamás le ha de olvidar? ¿Qué hombre es este que ha venido, a quien los brazos has dado solo porque te ha alegrado con nuevas de tu marido? ¡Viven los dioses que estoy por hacerle mil pedazos! ¿A un hombre le das los brazos? Ya yo enfadándome voy. Hidalgos, menos ruido. ¡Buen modo de proceder! Aun no deben de saber que hay aquí olor de marido. Despejen luego la sala. ¡Bonito estoy para fiestas! A palabras descompuestas les echo yo noramala. ¿Hubo igual atrevimiento? ¿He de enojarme? ¿Estás loco? Muera, Antenor. Poco a poco. Pague su atrevido intento. ¿No basta que esté yo aquí? (¡Que a ver esto Ulises viene!) ¿Qué hacéis? Mucho se detiene mi amo en volver por mí, mas son muchos y él está sin espada, no me espanto. ¡Que se haya atrevido a tanto un villano! Baste ya. ¡Que nuestros agravios pinta un loco con lengua airada! Padre, guárdeme esta espada mientras me pongo esta cinta. Riegue con sangre [las nuestras], Polinéstor. ¿No miráis que las que ahora intentáis no son hazañas [honestas]? El que con pecho cruel quiere a un criado matar, cuando se llega a vengar, baja a igualarse con él. Por que os dejemos a vos hacéis la venganza afrenta. Noble sangre me sustenta y, a no estar aquí, ¡por Dios que mirarais al criado de Ulises con más respeto!, pero él vendrá y os prometo que os agradezca el cuidado que de su casa tenéis. ¡Que un viejo nos amenaza! A lo menos os emplaza para que no os descuidéis, mas, porque el descuido vuestro para hacer sus causas bien le importa a Ulises, también quiero que os descuide el nuestro. Tomad, señora, esta espada, que, sin armas el criado, nadie habrá tan mal mirado que le ofenda. ¡Qué acertada diligencia! Pues ahora que vos sin armas estáis veréis de qué blasonáis. Basta. Dejadlo, señora, que antes cumple la intención de Ulises siendo enemigo, que este agravio es un testigo para cierta información. Pues dilatarnos ordenas el bien con nuevas memorias, he de ejecutar mis glorias cuando te cause más penas y has de quedar casada con el que te agrade más. ¿Viose tal fuerza jamás? Vuélvale a tomar la espada. ¿Qué he de hacer, cielos piadosos? Decid que mañana... ¿Hoy? El plazo ha de verse aquí cumplido. Estáis riguroso. Palabra os doy que mañana, como cierta prueba hagáis los tres, que a lograr vengáis vuestra esperanza. ¡Y qué vana! ¿Quién en plazo tan pequeño podrá mi honor defender? Eso tenéis de mujer; callad, pues que yo os enseño. Ya los engaños murieron de telas entretenidas, que palabras mal cumplidas el desengaño nos dieron. Dicen bien vuesas mercedes. Mira que ha de ser mañana. Estoy a serviros llana. Pues mañana lo veredes. Y vos, atrevido viejo, que esperanzas le traéis, ¿dejad su cuarto queréis? No será por mi consejo; antes, por que no os ofendan, quiero en mi cuarto alojaros aquesta noche. En honraros los mismos cielos entiendan. Venga mi espada, que ya me puse bien la agujeta. A callar está sujeta la persona que lo está, donde no podéis ganar es acertado sufrir. Pues ¿hice más de gruñir? Eso nos pudo empeñar. Ya la noche cubre el cielo, entrad y reposaréis. Mirad que le regaléis. Con cuidado me desvelo porque me parece aquí que en él a mi esposo miro, aunque por verle suspiro. ¿Ha de ser mañana? Sí, y es bien que mi padre tenga aviso. Tengo un rocín más ligero que un delfín, un mozo irá por que venga las dos leguas en tres días. Que venga mañana importa. Es la jornada muy corta, famosamente fingís; de molde vienen los trapos. Así mi venganza ordeno. Aquel altazo moreno lo he de matar a sopapos. ¿Viste cómo se murió tu lebrel? ¿A qué ocasión lo dices? Tenía ración de pan y, pues él faltó, dársela no será yerro al uno y otro galán. Para ¿qué has de darles pan? Para darles pan de perro. Está tan enojada mi señora que se me abrevia el corazón temblando, por llevarle un recado comedido y un billete no más fueron lanzadas; si las mujeres que hay que los reciban estuvieran tan ciertas como ella de mi afabilidad y mi blandura, valiera más mi capa. Esta es la hora que hubiera un salario competente sin mis provechos, sin cenar acuesto por no dar ocasión a que se acuerden de mi persona. ¿Es hora, buen Calixto, de que nos recojamos? Bien cenado debéis vos de venir. Pues ¿qué castigo es el no cenar vos para el delito de haber sido alcahuete? ¿Y es muy grande? No puede ser mayor y, si mañana no os ausentáis de esta presente vida, habéis de ver si os pagan el billete. ¿No es hacer amistad ser alcahuete? Mañana diréis bien los claros ojos, émulos, sí, del luminoso vago cometa no. ¿Queréis dejarme? Yo a recogerme voy. Y yo a acostarme. Pues da el silencio lugar, salga el honor a saber si hay más delitos que ver para poder castigar, que los lascivos deseos que ofenden la castidad salen en la oscuridad, como se imaginan, feos. ¿Quién duerme en este aposento, tan libre y tan descuidado que aun no lo deja cerrado? Olor de torpezas siento. ¡Válgame el cielo! Mujeres son de casa, ellos serán criados de los que van turbando mi honor. No esperes, Ulises, a que los ojos castos con vista imprudente vean esta torpe gente, que recibe el cielo enojos, más razón será que infieras, Ulises, que las criadas, en tanta torpeza halladas, son de sus amas terceras. Procuran, por que se agraden, que torpezas acumulen, que, por que las disimulen, a pecar las persuaden. ¡Que se pueda defender de tantos fuegos mi esposa! Sí, que no es difícil cosa para una casta mujer. A lo que no persuado la experiencia con que vivo es que al señor que es lascivo le sirva honesto criado porque el señor descompuesto, entre una y otra locura, siempre el criado procura maldiciente y deshonesto. Puede el ejemplo mostrarse en mi casa: los señores, entre lascivos errores, ¿en qué pueden ocuparse los criados? ¿Quién será el que duerme en este lecho? El alma me ha satisfecho, honesto y compuesto está; Este en los fuegos no topa, que al que vive como debe aun el fuego no se atreve a descomponer la ropa; este es Dumeo, dichoso es el señor que ha hallado entretenido un criado, pero honesto y virtuoso. Este es de mi esposa fiel el cuarto, la puerta veo cerrada, pero un deseo con pensamiento cruel turba mi satisfación, echado está en el umbral un hombre. ¡Oh, siempre mortal rabiosa imaginación! Con un sueño descansado muestra que durmiendo está, la luz le descubrirá. Yo parece que he soñado, mi hijo es este. ¿Hubo padre que me iguale en la ventura?, pues aun durmiendo procura guardar la honra de su madre. Conmigo poco ha perdido, que el honor que le desvela dice que ha mucho que vela, pues la vela se ha dormido, pero, si viene a velar el cuarto por sí y por mí, querrá más dormirse aquí que no dejarse mudar. Haré muy mal si me aparto de vos, soldado valiente, porque a los dos solamente toca velar este cuarto y, así, reposar no os dejo, que quien nos trajo a los dos no ha de culparos a vos donde hay un soldado viejo. ¿Quién es?, mas no hay qué dudar, aunque respuesta me niegan, que a este cuarto solo llegan los que dan qué sospechar. ¿No me conoces? Yo, no. Por que más sospechas cobre, que hay otro intento en el pobre que de esas puertas pasó. Ya el respeto no se emplea que hoy a vuestras canas tuve porque es vuestro intento nube para que yo no las vea. El pobre que casa y pan recibe y desvelos tiene, cuando duermen todos, viene por más de lo que le dan. Si es robar vuestra intención, han sido intentos villanos porque más que vuestras manos sabe hurtar la compasión y aun otro hurto también hicisteis más estimado porque nos habéis robado la gloria de haceros bien y, si sois alguna espía de amadores ignorantes, ¿cómo no os dijeron antes que yo a esta puerta dormía? Porque, aunque lleva despojos el sueño en está ocasión, es mi honor como el león, que duerme abiertos los ojos, ¡Viven los cielos que estoy por mataros! ¿Por qué a mí? Por que halle mi padre aquí satisfacción de quién soy y por que con señas tales halle teñido este acero con la sangre del primero que se atrevió a estos umbrales. Yo soy tu padre. ¿Podéis serlo? Y sin que pongas duda, que en esta apariencia muda mi forma el cielo. No deis, cuando engañarme pensáis, tan manifiesto el engaño; buscad algún modo estraño, ya que el engaño buscáis. ¿No bastará que Dumeo aquí me acredite? Sí. ¿Y que me conozca aquí tu madre? Yo lo deseo, digo que sí. Pues ¿qué aguardas, que no entras hijo a decillo? Nunca abrieron un castillo tan fácilmente las guardas. Pues ¿no sabes que el lebrel que mi palacio guardaba me conoció cuando entraba?, que, a haber palabras en él, mostrara que soy tu padre; también me dio un jabalí una herida... Yo lo oí muchas veces a mi madre. Por ella me conoció Dumeo. Palas, la diosa de nuestro honor cuidadosa, otra forma me prestó de más anciana vejez por que en la venganza mía pueda yo en un mismo día ser el testigo y el juez. Véngote ya a prevenir por que a la venganza demos orden, pues tan cerca vemos el plazo. Acaba de abrir, dile a tu madre que está aquí su esposo. ¿Qué espera tu remisión? ¡Quién pudiera dalle mis abrazos ya! La esperanza me previene laureles en su valor, que resplandece mi honor al paso que él se detiene. Hará paz quien te ha prestado valor tan notable, hijo; de tu remisión me aflijo, tu padre es el que te ha hablado. ¿Cómo el serlo acreditáis? Podéis no serlo. Bien puedo. Pues en esa duda quedo por el modo en que llegáis. El dueño que en largo empeño de ausencias su casa niega se descubre cuando llega o no es el que llega el dueño. Si el día gasta mi padre viendo si vivimos bien, gasta la noche también en informarse mi madre, que vuestros pasos corrijo en castigo del dudar, que a vos os pudo afrentar madre que tiene este hijo. Humildes son los bárbaros desvelos de los imperios cuando más seguros y los deseos de escalar los muros rompiendo montes y venciendo yelos. Cuanto el farol de los pintados cielos engendra en piedras y en metales puros blandos lo ofrezcan los peñascos duros aunque el avaro se deshaga en celos; que, si lo mira un hombre cuerdamente, comparado al honor, es burla y sueño, muro, piedra, metal y monarquía; porque es en la opinión del que es prudente tan precioso el honor que al mismo dueño no se lo dejan ver si no es de día. ¡Que hoy es el plazo postrero que los pretensores piden! Mis esperanzas impiden, sin fruto a mi hijo espero. (Siendo varón tan prudente mi padre, ¿si lo es aquel a quien me mostré cruel? ¿Y esta dilación consiente? Debe a su honor de importar, y tanto temo el decirlo que a todos pienso encubrirlo, que nunca ofendió el callar.) Señor, seáis muy bienvenido del campo. Medroso vengo. ¿De qué teméis cuando tengo con acuerdo prevenido otra dilación que dar a mis pretensores ciegos? Miro tan cerca los fuegos que temo os han de abrasar. ¿Con qué excusar os podréis, si el plazo es hoy? Nunca el cielo niega a la virtud consuelo; otra dilación veréis con que entretenga la ausencia de mi descuidado esposo. ¿Y el conceder no es forzoso si os vencen en la experiencia de la prueba que decís? Pues ¿faltarale a mi brazo para eternizar el plazo un puñal? Vos no advertís que es bruta hazaña el mataros. Bruta, pero honrosa y clara. ¡Que ha de costarnos tan cara su belleza! No hay reparos ni excusas que el fin no tengan en los términos de hoy. Con mis esperanzas voy luchando. Si hoy no te vengan estas manos pecadoras de estos amantes villanos, di que soy hombre sin manos. Mira que pasan las horas y que esperamos la prueba para el que en ella venciere que el fruto dichoso espere. Para otra máquina nueva. (Otra más nueva hallaréis cuando a mí me conozcáis. ¡Qué descuidados estáis! Aquí mostraros podéis.) En defensa de mi madre, en una prueba tan nueva, y podrá servir la prueba de saber si sois mi padre porque, si ahora sufrís el peligro que esperáis, sin prendas de honor estáis o no sois el que decís. ¡Oh, qué palabrero está mi amo el mozo! ¡Ah, Dumeo! Saber la prueba deseo. ¿Ha llegado el plazo ya? Sí, que no es bien suspender con tan larga dilación una justa pretensión. Tráeme aquí. ¿Qué he de traer? (Esta es la única esperanza de mi honor tan peligroso.) Tráeme el arco de mi esposo. (Peregrino ingenio alcanza Penélope.) (El arco es tal que es imposible hombre humano, como le falte mi mano, armarle.) Y no estaría mal, señora, si ha de servir de tirar, que traiga flechas. (¡Qué bien el tiempo aprovechas!) Bien dice, bien puedes ir. ¡Qué de temores me aprietan el alma! De la fortuna no temo mudanza alguna. Estas islas me respetan por señor y dueño altivo de Penélope, que espero vencer la prueba el primero. En pulso y en fuerza estribo que me aventajo en tirar a cuantos el arco vibran. Ya en aquel arco se libran, sin que lo pueda estorbar el mundo, mis esperanzas. Muestra. ¿No ves que tiene polvo? Del tiempo le viene. Quise traer un par de lanzas por no andar manivaldío en tan honrada cuestión. Sepa que tengo opinión, ¿no se lo han dicho? Bien fío de ti que me ayudarás cuando fuere menester. Gaznatadas ha de haber como el puño. ¿No me das el arco? Estoylo limpiando. Acaba, dásele ya. ¿«Dásele ya»? Pues ya va, veréis lo que se está armando. Varones de Ítaca ilustres, a pesar del tiempo largo firmes en una esperanza dilatada en mis engaños, yo os agradezco las penas y os estimo los trabajos, nacidos de mis desdenes, de mi rigor engendrados, que, como los tiempos pueden mudar los montes más altos y la ausencia de mi esposo se ha dilatado veinte años, por su muerte determino, de que tengo indicios claros, vencida de vuestros ruegos, rendiros el pecho casto, mas ya sabéis que el amor hiciera notorio agravio si el nuevo esposo tuviera menos valor que el pasado. Cuando el ya difunto Ulises se ejercitaba en el campo, armaba contra las fieras, más que ardides, este arco. Confieso que ha menester fuerza de valientes brazos el varón que de vosotros aquí se atreviere a armarlo, pero por eso el valor tendrá merecido lauro, si es el premio mi hermosura. Famosos griegos, armadlo, que por los supremos cielos que están mi causa mirando de darle al más valeroso de esposa palabra y mano. ¡Por vida de quien lo armare! Yo comienzo. Yo le armaré. Lugar habrá para todos. Ya mi esperanza restauro, que entre mil varones griegos solo pudo el diestro brazo de mi hijo. Yo he perdido. Entre otro. ¡Estoy rabiando! ¿Qué dificultad le hallaste? ¿No es este lindo pelmazo? Calla, Dumeo. Si fuera de las esferas el arco que el mismo Júpiter arma rico de matices claros, le armara. No se lastime. Calla, Dumeo. Ya callo. ¡Mal hayan mis pocas fuerzas! ¡Quién le hiciera mil pedazos! Tiene el hombre poca jija. Calla, Dumeo. Ya callo. No es posible, caballeros, sino que me habéis dejado el arco de comedidos. ¡Oh, qué gentil maníaco!, no armara una ratonera. Suerte dichosa, yo alcanzo el laurel que habéis perdido. Hémosle puesto muy alto, ni aun con seis dedos no alcanza. ¿Qué es esto, cielos avaros? ¿No lo ve? No vale un higo cuanto ha hecho. Calla. Callo. Señores, yo fui en mis tiempos ejercitado en los campos y tal vez arcos valientes se rindieron a mis brazos, dejadme que el arco pruebe. ¡Que nos afrente un villano!, que, aunque ha de ser imposible, de su pretensión me agravio, pues, no pudiendo nosotros, presume este viejo armario. No ofende el hacer la prueba. Locura ha de ser probarlo. servirá de entreteneros. Dumeo. El recado aguardo. Ciérrame las puertas todas. Esto sí es haber armado con queso a estos caballeros. Iré a cerrarlas bailando. Viejo, ¿en armarlo porfías? ¿Y qué diréis si le armo? Diremos que eres Ulises o que eres Júpiter santo. Présteme fuerzas el cielo. Este es de mi esposo el brazo. Ulises es. Calle, abuelo. Ya está, como veis, armado. Por hombres viles nos tienen, que un viejo caduco y flaco nos haya vencido en fuerzas. Bien podéis ejercitaros tirando a algún blanco, griegos. Pues señaladles el blanco. Dadme un pasador. Tomad. Muchacho, ponte a mi lado. ¿Qué blanco puede ser bueno donde hay tan pequeño espacio? Vos lo seréis. ¡Vive el dios que rige el Olimpo santo! Mueran, hijo. Mueran, padre. Muertos somos. Llegó el plazo de nuestro esperado bien. Por sangre y muerte alcanzo nombre de casta en el mundo. Tu esposo, de astuto y sabio. Mueran, padre. Mueran, hijo. Llegó tarde el desengaño, que entró primero la muerte, justo y merecido pago de quien mujer solicita de pensamientos honrados. ¡Oh, si pudiese escaparme por no manchar el palacio del vencedor enemigo con la sangre que derramo! Ulises viene. Señor, dichosamente has vengado tu honor. ¿Que aun estás con vida? Para perderla en tus manos. Tarde la humildad te abona, que soy encendido rayo que abrasa hasta las yerbas. Aun no nos vemos las manos, ya yo he hecho cinco muertes. ¡Qué bizarro pantuflazo le di al despensero ahora! No nos dará pesos falsos. Calle la destreza junta, si me vio con el lacayo, no el lampiño, sino el otro, famoso orinal de Baco. Topele en el patio a solas y, al fin, topado en el patio, encarnizo bien los ojos y vengo, tomo y ¿qué hago? Alzo de aquí, no de aquí... Quisiera estar en el caso. Tírole un revés supremo y cargué la mano tanto —salvo sea el lugar— que le hice el cerviguillo pedazos. Muchacho, ¿podré yo ahora merecer los dulces brazos de tu madre? Si son vuestros, ¿quién se atreverá a negarlos? Querido esposo y señor, vos sois del bello retrato que tengo en el alma impreso el original. ¡Gallardo vienes! Toma un par de higas. Palas, mi divino amparo, mudó mi fortuna, señora, porque en trágicos teatros representase más bien la satisfacción que alcanzo. Ahora que honrado estoy dadme a besar vuestras manos, heroico blasón de Grecia. No son penosos los años, que han llegado a ver mis dichas. Cerca de la mar quedaron los dones que el rey Alcino, como tan piadoso y franco, me dio cuando fui su huésped; vayan por ellos. Y, en tanto, es bien, señor, que recibas entre los [tuyos] descanso. Que os obedezca es razón. Donde por tan varios casos a los trabajos de Ulises el glorioso fin les damos. Y son tales que al poeta le cuestan harto trabajo.