Texto digital

Texto digital de Tanto hagas como pagues

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Francisco de Rojas Zorrilla
Atribución estilometría
Luis de Belmonte Bermúdez Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Iván Rodríguez Caballero.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Gómez Caballero, Iván. Texto digital de Tanto hagas como pagues. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/tanto-hagas-como-pagues.

Logo BICUVE

TANTO HAGAS COMO PAGUES

JORNADA PRIMERA

¡Oh Madrid, corte dichosa del gran Felipe Segundo! Tu nombre celebre el mundo. agora envidio la prosa de uno que pide prestado sin prenda. Necio, ¿qué dices? Que tus dichas solemnices, pues a Madrid has llegado, tras de tres años de ausencia, a los brazos de tu esposa, como rica y noble, hermosa. Terrible es la penitencia que has cumplido; pues apenas «sí otorgo» dijiste al cura, cuando tu necia locura, que la lloras y condenas, te obligó al delito honrado de la noche deseada de tu boda. ¡Oh fiera espada! ¡Oh montañés confiado! ¡Qué necio te acometió! Aunque esto no es para aquí. Con mi obligación cumplí; pasé a Flandes, y él sanó de las heridas. Quisiera que del necio amor sanara. A tenerle, no faltara quien a Flandes me escribiera; pero ya habrá escarmentado en sí mismo, cuando sabe que en doña Beatriz no cabe contra mí el menor cuidado de su loco desatino. No sé yo si persevera; pero dicen que te espera, más pertinaz que Calvino, para vengarse, agraviado de la ofensa que le has hecho. Vendrále Madrid estrecho en sabiendo que he llegado. Tiene amigos y dinero, y es valiente. Necio estás. Lo que agora siento más... Dame con algún agüero en estas barbas. Ni entramos en martes, ni eres Mendoza. Cuando ya la vista goza el norte fijo en que estamos, que es estrella que me guía al sol que mi pecho abrasa, estar fuera de su casa el sol ¿no es desdicha mía? ¿Qué desdicha puede ser? Si monja tu esposa fuera, y encerrada no estuviera, era ocasión de temer. Estarán en San Martín, porque es de su fiesta el día, que hoy muestra la bizarría todo humano serafín. Y más habiendo llegado a Madrid la flor de España, que haciendo del mar campaña, quedó revuelto y manchado entre la sangre y despojos del fiero turco en Lepanto; y está en la corte el espanto del Asia, luz de los ojos del Rey, su hermano: el señor Don Juan de Austria. Al nombre solo tiembla el más opuesto polo; pero si heredó el valor de aquel César, Carlos Quinto, tendrá a sus pies la fortuna, dando a la otomana luna rayos del planeta quinto. ¿Cómo no te has acordado, pues con él fue a la jornada, de tu grande camarada Don Lope? Pues ¿ha llegado Don Lope de Figueroa? Mientras te apartaste a hablar con don Pedro, le vi entrar en San Martín. A Lisboa le escribí desde Bruselas cuando se partió la armada; no tiene mejor espada el mundo. En tales escuelas aprenden: en Flandes son (también te ha cabido parte) cada capitán un Marte, cada soldado un Cipión. Aquí le hemos de esperar, pues dices que entrar le viste. No es mal amigo, si embiste el montañés. Aguardar podemos al escudero. Suele buscarnos tres horas. ¿Dónde han estado, señoras? Lindos soles de febrero, que se ven entre nublados. Llega; que bureo tienes. ¡Qué vísperas tan solemnes! A todos deja admirados la música. Buena ha sido. Es un jilguero el capón. Esta era buena ocasión. Como esas habré perdido. Guardo el decoro mejor a mi esposa mientras sale Don Lope... Si no me vale La prudencia... ¿Qué temor tienes? ¿Qué has visto? Castaño, que aquí me aguardes te pido; a don Félix, mi enemigo, he visto... ¡Suceso extraño! Y en tan público lugar. aunque el furor me provoca, será acción cobarde y loca reñir para no matar; y en Madrid habrá ocasión. ¡Oh patria, bien me recibes, pues delitos me apercibes contra mi honrada opinión! Hermana, cúbrete bien, porque pienso que nos sigue don Félix. ¡Que amor le obligue, siendo eterno tu desdén, a solicitar tu amor, hallando en mi pecho entrada! ¡Qué mal gusto, pues te agrada un necio! Todo el furor que encierra el abismo alienta con su vengativo fuego mi pecho: he visto a don Diego, dueño feroz de mi afrenta. ¡Oh quién a solas se viese con él! Pero mientras llega la noche, el sol que me niega, al cielo, aunque al sol le pese, le he de descubrir agora, vengativo y envidioso, por si volviere su esposo. Nubes del manto, Señora, no han de poder encubriros de quien tan perdido os sigue. Félix, mi honor os obligue, si sois noble, a persuadiros que ablandáis montes de acero con copos de helada nieve, y que ni aun el sol se atreve al justo dueño que espero. Vuestra ciega pretensión hace, en vuestro mismo daño, que tan largo desengaño os sirva de obstinación. No toméis tanta licencia por ver ausente mi esposo; que soy un rayo furioso que exhala su misma ausencia. Y advertid que noble y fiel, pues que su honor me encargo, sabré castigaros yo, y sabrá mataros él. Aguarda, imposible mio. Quien lo conoce, ¿qué espera? ¡Que entre sus engaños muera, pues de sirenas me fío, seis años! ¡Viven los cielos, que es prodigio esta mujer, pues me ha obligado a tener aun del mismo tiempo celos! Don Lope, ¿dónde os quedasteis? Como no era menester en conquista de mujer, viendo que al salir la hablasteis, tuve el lance por seguro. Más terrible es su conquista que en Flandes, a escala vista, trepar un valiente muro. Como no habéis peleado en aquel país, pensáis que en guerra de amor halláis Marte fiero y cielo airado. Luego ¿nunca habéis querido? Tibiamente, y sin rodeos, porque ajusto mis deseos al amor como al olvido. ¡Buen amante sois! Es clara y segura mi opinión: la esperanza y posesión se han de ver siempre a la cara. Para que el tiempo publique burlas de mi necio amor, esperando, ¿no es mejor ir a hacer cara a Mastrique? Mujer que llega a tener dilación de un cuarto de hora, es muy cara. Y ¿si es señora? Esa sólo ha de querer un dueño; el mundo la alaba. Yo las busco más comunes, que las pesque, como atunes la más vecina almadraba. De esa suerte, ¿no querréis esta noche acompañarme? Jamás deje de arriesgarme por un amigo: tendréis conmigo, a fe de quien soy, las espaldas bien seguras. Adoro las luces puras del sol que siguiendo voy, tan sin esperanza alguna, que entre mal perdidos bienes, voy a conquistar desdenes más libres que la fortuna. DN LOPE Y ¿ha de ir para saber si una mujer os habló, todo un hombre como yo? Pienso que hay más que mujer; un hombre honrado y valiente la guarda. Pues hacéis mal, y ella bien en ser leal al que ya tiene presente; y más a quien abonáis de valeroso y honrado. Pero si estáis empeñado, justamente me empeñáis; que amistad y parentesco piden que sirviéndoos vaya. ¿Qué imposible se desmaya con vuestro valor? Ofrezco mi persona. Preveníos; que el sol con ligero paso a las sombras del ocaso camina. Discursos míos, entre venganza y amor, ¿qué aguardáis? Llegadme a dar o valor para matar, o para sufrir valor. ¡Oh cansados cortesanos! ¿No era mejor empeñarse donde pudiera ganarse honor, entre luteranos? Pero es don Félix amigo y deudo, y le he de asistir. ¿Cómo he de poder vivir, si yo mis desdichas sigo? Hasta que cierren la puerta del templo la he de esperar, por no tener que dudar cuanto es mi desdicha cierta. Lleno está de gente, espera; que tal vez me ha sucedido, cansado de haber leído, ser mi carta la postrera. Estará Beatriz rogando al cielo por tu salud. Conocida es su virtud. Áspides voy engendrando en el alma. Llega a hablar a don Lope. Él es, por Dios. ¡Señor don Lope! De vos quejas pudiera formar, y justas, señor don Diego de Vargas, si habéis sabido que ha más de un mes que he venido a Madrid. Si agora llego, perder la queja podéis. Bastante disculpa ha sido; seáis don Diego bien venido. Que vos con salud estéis, victorioso del suceso que dio tan ardua ocasión, me alegro como es razón. Cayó de su mismo peso la bárbara monarquía, y el señor don Juan dio a España eterna luz con la hazaña que el mundo a los tiempos fía. Relaciones han venido fabulosas, y me holgara que la vuestra me dejara satisfecho y advertido. Oíd lo que el Asia llora, aunque venganzas previene. Muy bien; el tiempo entretiene mientras sale mi señora. Alí, general del turco, ufano con las empresas de tierra y mar, compitiendo bajeles con las estrellas, abrasaba entrambos mares con tan bárbara soberbia, que el Adriático y Jonio eran destroncadas selvas. Alargóse al mar, buscando quien le pudiese dar nuevas de nuestra armada, tan falsas que la burlaba sin verla. El señor don Juan entonces, teniendo juntas las fuerzas de la católica liga, el Papa, España y Venecia, en el puerto de Mesina, escuchaba diferencias de pareceres contrarios, monstruos que la guerra engendra. «Que el turco era superior en soldados y en galeras, soberbio con las victorias, poderoso con las presas; y que a un trance de batalla no era bien que se pusiera la reputación de España; que lo mirase su alteza más bien; que el mejor recuerdo era que fuese la guerra defensiva en propia casa, guardándose las fronteras de Italia, opuestas al turco.» Mas don Juan, a quien alienta el cielo para blasones de Austria, les dio por respuesta «Que ya estaba lleno el mundo (si bien difícil la empresa) de tan grandes prevenciones, que corría ya por cuenta de la nación española pelear, y que le ordena el Rey, su hermano, que busque al turco, y que le acometa cuando la ocasión lo pida; y pues el tiempo la muestra, que protesta dar la vida en defensa de la Iglesia.» Su nombre aclamaron todos, y con voces imperfectas decían: «A pelear, señor don Juan; guerra, guerra.» En esto el nuncio del Papa, bañado en lágrimas tiernas el rostro, dijo: «Señor, la victoria tienes cierta, porque el Vicario de Cristo lo afirma; y para que tengas la fe segura, te envía aseguradas promesas.» Sacó del pecho una carta, y rompiéndola la nema, le enseñó dos profecías de san Isidro, que en ellas anunciaba la batalla con la victoria más nueva que vio el mar en sus espumas; que el general, que interpreta con nuevas revelaciones, es don Juan, y quien merezca ser el que señala el cielo con tan victoriosas muestras. Abrazó su alteza al Nuncio; y como si ya tuviera por alfombra de sus pies toda la armada turquesca, tocó a embarcar: tanto puede la fe en Dios, porque desprecia toda ventaja enemiga, toda bárbara potencia. Bendijo el Nuncio la armada desde el muelle, y las riberas dieron por tributo al agua el eco de las trompetas. La capitana de España pareció, tocando a leva, que se desgajaba un monte, como iba perdiendo tierra. Ibanla siguiendo todas (tan iguales, tan serenas, que aun volando parecían que eran pedazos de selvas) repartidas por escuadras. Andrea de Oria la primera; que le tocó la vanguardia, con cincuenta y dos galeras, en que iban interpoladas las del Papa y de Venecia, las de Génova y Sicilia; y porque se conocieran, honraba el viento el garcés sin los penoles y entenas, con las banderolas blancas, que casi las aguas peinan. La batalla y cuerno izquierdo, con setenta y cuatro velas y banderolas azules, llevaba a cargo su alteza. La capitana del Papa iba gallarda a su diestra, con Marco Antonio Colonna, a quien las aguas respetan. El gran Sebastián Veniero, que por Venecia gobierna un monte por capitana, iba a la mano siniestra. El proveedor Barbarigo, que en cincuenta vasos vuela, con banderas amarillas lleva el siniestro a su cuenta. Al marqués de Santa Cruz, llegando el número a treinta con las banderolas blancas, la retaguardia encomienda. Don Alonso de Bazán, su hermano, al arte en la guerra, y don Martín de Padilla las distantes puntas cierran. Encargó a don Juan de Ávalos, confiado en su experiencia, treinta bajeles redondos para que fuese en conserva, siempre a tiro de cañón; y con orden y advertencia que si les calmase el viento, y no alcanzasen las piezas a batir el enemigo, que arrojase a las galeras el socorro de españoles, quejosos si no pelean. Luego don Juan de Cardona con ocho velas ligeras salió a descubrir al turco. Descubrióle y dio la vuelta, dando aviso que venía, imagen de la soberbia, tan señor del mar, que al agua verle le permite apenas; y que dejaba a Lepanto en distancia de tres leguas, dando a la tierra amenazas, como a los cielos blasfemias. Era la real del turco alta de puntal, y en ella quinientos escopeteros genízaros, que pudieran conquistar una provincia, a cuyas voces despiertan los acentos alternados de dulzainas y jabebas. En forma de media luna tendió su armada, tan diestra; que el sol formaba una sombra, de tantos cuerpos compuesta. Alí, sembrando victorias, iba a la parte de tierra, llevando para su guarda de todos vasos ochenta. Y cerraba aquella punta, por ser la de mayor fuerza, Mahamud, gobernador del Negroponto, que enseña crueldades a la fortuna para despeñarse en ellas. Siroco, gobernador de Alejandría, sustenta la punta del mar, y en medio Jafer, renegado, muestra el cuerpo de la batalla, gobernando ciento y treinta. Majamud, Siro y Sain, hijos de Alí, se reservan con cuarenta y seis galeazas que el bravo Piali gobierna. El nieto de Barbarroja, Hazen, llevaba, sin estas, veinte y cuatro de socorro, todas con las popas negras. Con esta bárbara pompa venía aprestando cuerdas para maniatar cristianos: ¡Qué locura! ¡Qué soberbia! Pero viendo nuestra armada, con voz turbada y suspensa dijo Alí: «Habeisme engañado; mayores son estas fuerzas de lo que yo imaginaba.» Y volviendo la cabeza a los remeros cristianos, que su libertad esperan en la victoria de España, dijo con turbada lengua: «Cristianos, si es vuestro día, Dios os le dé; que mi estrella en la fortuna otomana se fía.» Y dando la vuelta a presentar la batalla, hizo largar una pieza. Respondímosle con otra, y cuando estuvimos cerca, alzó la real de España en una roja bandera un crucifijo y la Virgen, estrella del mar, que ruega en semejantes peligros por la salud de la Iglesia. Adelantóse Piali, y salióle Juan Andrea al encuentro, reservando la ventaja a la prudencia. Los alaridos y voces acompañaban las flechas, porque las dos capitanas se probaran fuerza a fuerza. Dijeron a Piali socorro, dejando en notable afrenta al de Oria, que hecho un monte, hizo honrosa resistencia. Vio su aprieto Barbarigo, y volando a la defensa con su galera, acomete la capitana turquesca; mas fue tan recia la carga de dardos y de saetas, que al descubrir, peleando, el rostro por la rodela, sacó en el ojo derecho un flechazo (¡heroica prueba de su valor!), que arrancando él mismo la turca flecha, bañado en su misma sangre, acometió a la galera contraria, que temerosa huyó, zabordando en tierra. Huyeron luego a Lepanto de Piali quince galeras, desamparando su escuadra, llenas de cobarde afrenta. Ya con el mismo furor, dura imagen de la guerra, cerraban por todas partes. Cubrióse con nubes negras, del humo, el rojo horizonte; y descubriéndose apenas las dos galeras reales, dejaron la luz suspensa del sol, que admiró el fracaso, pues por las proas se encuentran émulas, en dos montañas, que pagan el censo en penas. Como la real del turco era más alta, la nuestra se metió bajo la proa, rompiendo las palamentas. Alí conoció su dicha, y porque no se perdiera la ocasión de la victoria, sus genízaros empeña. Perdida estuvo dos veces la real, entrando en ella los turcos: sí, ¡voto a Dios! mas, como estaba por cuenta de españoles (que enojados se beben las mismas flechas, tienen por fruta las balas y se abrazan a las piezas), les dimos tan buen a carga que en espacio de hora y media pudo cantar la vitoria la que se juzgaba presa. Un alférez español, natural de Talavera, tomó a un soldado el mosquete y con valor y destreza tiró tan de puntería, que Alí, con últimas quejas, cayó muerto en la crujía. Cobarde como sangrienta, pródiga la muerte entonces, fue extremando diferencias de las crueldades que aguardan, porque muriendo la teman. Fuego, sangre remos, armas, cuerpos, bajeles, banderas, daban rojos paramentos al mar en olas revueltas. Cantó la victoria España, y numerando la presa, murieron treinta mil turcos, y metieronse en cadena diez mil; quince mil cristianos se libertaron; noventa galeras abrasó el fuego; tragaron las ondas negras treinta, con seis capitanas, y por victoriosa muestra, remolcadas por las popas, trajimos ciento y setenta. El mundo queda asombrado, Italia libre y contenta, agradecido Pío Quinto, acreditada Venecia, temblando el turco en su casa, sin autoridad sus fuerzas, Europa desengañada, y autorizada la Iglesia; España causando envidias y derribando banderas, para que enemigas armas triunfos de Felipe sean. Quisiera tener el alma más alegre y más sin pena, para que tan gran victoria la celebrase la lengua. Mas domésticos cuidados hacen que el alma divierta de toda humana alegría tal vez sus libres potencias. Pero con tan grande amigo comunicar será fuerza, por favor y por consuelo, mis cuidados y mis penas. ¿Dónde gustáis que mañana nos veamos? Diligencias propias y ajenas me obligan a cuidados y asistencia de palacio. Yo os veré en él para daros cuenta de mis sucesos, don Lope, y porque mi casa tenga tan noble huésped en vos. Los cumplimientos se dejan para menos amistad: ya sabéis que en paz y guerra soy muy vuestro. El cielo os guarde. Ya no quedan en la iglesia mas que campanas y altares. Como en mi alma sospechas. ¡Oh, qué agorero que vienes! Sólo te falta que veas, saltando de rama en rama, a la siniestra corneja. ¿No es mejor que no haya estado Doña Beatriz en la fiesta, si estuvo en ella don Félix? No hables más, que me atormentas con villanas presunciones. Ven acá, ¿dónde pudiera estar agora Beatriz? Agora, que el sol se ausenta para dar luz a los indios, estar en su casa es fuerza. Esta señora ¿no tiene madre, amigas y parientas? Pues habrá estado en visita. Si tu venida supiera, claro está que te aguardara con lavatorio de piernas, camisa por estrenar, oliendo el cofre a alhucema (porque es contra la polilla), mesa limpia y cama hecha; mas no sabiendo que vienes, ¿es mucho que se entretenga visitando amigas suyas? Castaño, bien me consuelas con la verdad: es mi esposa honrada y noble; no creas que he de presumir agravios de Beatriz. Pues ¿a qué esperas, si ya ha cerrado la noche? Ya estará en casa. ¡Ah sospechas, no obliguéis a que os publique, y que el criado os entienda! ¿Qué fuera de mi opinión si a estas horas no estuviera Beatriz en casa, juzgando tan ausente el dueño de ella? Muerto por saberlo estoy; pero porque no prevenga. Malicias este criado, le doy lugar a que vuelva, aunque la noche desate nuevos racimos de estrellas. Mira que está ya la noche (que así lo dicen las viejas) como una boca de lobo, y ya estuviera de vuelta tu esposa, si la visita hubiera sido en Vallecas. Vamos, Castaño. Tú sola, capa común de tinieblas, si sabes agravios míos, no permitas que los vea la luz, enemiga tuya. Ocupa tus sombras negras en los delitos que aguardas, y si a morir me condenas despeñado en mis agravios tus pardas cortinas cierra hechas de ausencia del sol, para que tú sola veas, desde el pavonado coche que pardos búhos gobiernan, la venganza que me animas, si pudiese ver mi afrenta. Don Lope, esta es la casa. ¿Habéis de entrar? El alma se me abrasa en la luz de su dueño. Pues no lo dilatéis, pues ya me empeño a guardaros la puerta. Clara, su hermana, con industria incierta, de noche suele hablarme, y suele con desvelos obligarme, aunque mis desengaños me están diciendo que padezco engaños: pero importa que agora le diga a Clara que mi amor la adora y que a su puerta llego menos ya de Beatriz perdido y ciego pues de esta suerte, es llano que entrar podré a gozar del soberano imposible que emprendo. Escuchando os estoy, y no os entiendo ¿No decís que la guarda un hombre honrado? Amor no se acobarda jamás; resuelto vengo a matarle en su casa. No os prevengo suceso diferente, pues vengo, mas que cuerdo, por valiente; pero estad advertido que la venganza del contrario ha sido; porque un hombre en su casa riñe por cuatro. Si a discursos pasa vuestra prudencia es llano que habéis venido a acompañarme en vano. Yo por vos lo decía; porque suele tal vez la valentía, disputada en los labios, mostrar flaqueza y padecer agravios. Llamad y entrad, y advierto que no faltéis, don Félix, al concierto, porque me pesaría. Decid, por vida mía. Quiero desengañaros que, si no reñís bien, he de dejaros, que quien me trae consigo, y no riñe como hombre, no es mi amigo; pues con cobarde ausencia, quiere que yo le riña su pendencia. De mí estaréis seguro; que mi nobleza conservar procuro. El balcón han abierto. Con vos muy buen suceso tengo cierto. Señora, ¿por ventura sois el sol que mis dichas asegura? ¿Sois don Félix? Inés, a doña Clara me importa hablar. ¿En casa? ¿En qué repara tu advertido cuidado? ¿Es la primera vez que a hablarla he entrado con el cuerdo respeto que merece su honor? Sólo y secreto siempre a verla he venido. Pero no enamorado; que eso ha sido causa que el desengaño la divierta. Abre, por Dios, Inés, abre la puerta; que humilde amante llego. Estoy temiendo... ¿Temes a don Diego? ¿Cómo, si no ha venido? Él no está en casa; venturoso he sido, pues si entro yo primero en la presencia de Beatriz, espero vengar agravio y celos. Mal pagas mis desvelos; a Clara estimo ya por prenda mía. Bueno, por Dios, sería que Félix me negara, amando a doña Clara; y pues tiene Beatriz ausente el dueño, por Clara es el empeño. Clara es, Inés, la que mis pasos guía. Voy a llamar. Desvía. De buenísima gana; que he visto en la ventana, y también en la puerta... ¿Vienes loco? ¡Qué es esto, cielos! Mis agravios toco.) Muy mal presumes con sospecha incierta; nadie está en la ventana ni en la puerta. ¿Hay hombre como yo más desdichado? ¡Que llegue a ver mi afrenta mi criado!) ¿Y aquellos bultos? Necio, no es mi casa. Pues vamos a tu casa. ¿Así se abrasa mi honor, y tengo vida? Dejaréis a Beatriz agradecida por lo que a ella le toca. Ya bajo a abrir. ¿Inés? La infame boca cierra, necio ignorante. Marido eres a prueba de diamante. Si la vista y oído no te aprovecha, va de otro sentido. Pues ¿quieres tú que crea que aquel delito de Inesilla sea? Ya el alma lo adivina. ¿Quién es? La pastelera de la esquina. ¿Abren la puerta? Sí. Viles sospechas, ya no lo sois; ya quedan satisfechas mis afrentosas dudas, que ya las tiene el desengaño mudas. Ya hablan los agravios, y enmudecen los labios; que en tan ardiente calma, tiene el justo dolor suspensa el alma. Entrad; que ya os espera, más hermosa que el sol. Dichoso fuera si la suerte trocara, y mi adorada prenda me esperara. Colóse. Ya me dais, airados cielos, en vasos de mi honor, veneno en celos. Castaño, si advertiste, ¿dónde se fue aquel hombre? ¿No le viste? Quisiera desviar tan vil testigo; que el criado mejor es enemigo. A la puerta llegó. ¿Quién lo imagina, si yo le he visto revolver la esquina? Pude haberme engañado: si tú contento estás, yo estoy pagado. ¡A creer se resuelve que en su casa no entró! Mira si vuelve, y hasta que yo te llame por tu nombre, ni responda ni vuelvas. Hacesme hombre; yo parto a obedecerte. Halló mi honor su término en la muerte; y estando el fuego que me cierra el paso, que me quiero librar, y más me abraso, la dilación me mata, y el veneno por puntos se dilata; y en tantas ansias mías, mucho puedes, honor, mucho podrías, pues que tus pasos sigo y me arrojo a matar a mi enemigo. ¿Quién es? Responder quisiera, si me diera más espacio la prisa con que he venido. Pues aunque vengáis volando, no habéis de pasar de aquí, porque estos umbrales guardo a un amigo que está dentro. Y ¿sufrirá esos agravios de esta misma casa el dueño? De enojo estoy reventando. Y ¿soislo vos? Yo lo soy. Pues, por dueño y por honrado, no me atreveré a deciros que os volváis, que es recio caso negarle a un hombre la entrada de su casa. Estoy culpado, y tanto, que os lo confieso; y por no haberme empeñado en causa que es tan injusta, diera los premios que aguardo de algunos servicios míos; pero, como está fiado en mi amistad el que entró, es fuerza que cierre el paso con mi riesgo. Y con el mío he de entrar yo. Será en vano; que guarda esta puerta un monte. Para los montes hay rayos. Por Dios, que es hombre de bien: ¡Lindo pulso! ¿Hay más extraño perder de ocasión? ¡Ay honra! ¿Quién tu venganza ha librado en tan invencible espada y en tan alentados brazos? Juro a Dios que es un demonio, pues que me ha durado tanto. Hidalgo, gente se acerca; mientras pasa retiráos. Si luego hemos de reñir, retirémonos entrambos. Invencibles confusiones, no me matéis tan despacio, acreditad mis afrentas de una vez, para que el lazo del dolor que aprieta el alma, acabe prodigios tantos como atormentan mi vida. Prodigio es que no le alcanzo, el ver que puede ofenderme Beatriz, si ha sido un milagro de honestidad y virtud; pero ausencia de seis años cayendo en sujeto hermoso, son trabucos disparados de la ocasión, que derriban el homenaje más alto. Pero ciego estoy: bien puede ser Clara la que ha llamado al que busca por esposo; mas hasta verlo ¿qué aguardo, que no entro a hacer experiencia de mi desvelo o mi agravio? Pues no pueden cortesías con vos, acortemos plazos, pues volvemos a estar solos. Para matarle yo basto. Ni aun entrambos, voto a Dios. Tenéos; que habéis andado poco cuerdo, porque es hombre que sabrá muy bien buscaros dentro en vuestra misma casa y es mal hecho que a mi lado os pongáis, viniendo él solo. Esto basta, y retiraos; que ya os sigo. Ya obedezco. Cobarde soy, pues que tanto puede resistirme un hombre. Él me deja aficionado por su valor; ¡vive el cielo, que quisiera asegurarlo de sus celos! Advertid que habéis venido engañado, si pensáis que es vuestra prenda la que entró a hablar el hidalgo a quien yo guardé la puerta. Cielos, en naufragios tantos descubridme limpio el puerto del honor que estoy guardando; no sea Beatriz quien me ofende. Clara tiene dueño honrado que la guarda; y si sois vos, pudo la vista engañaros, porque el que visteis salir nunca fue tan temerario, que solicite mujer que tiene en Madrid resguardo. Beatriz tiene el dueño ausente, y esa es la que le ha llamado para lograr sus favores entre requiebros y abrazos. Bien asegurado queda. De su peso derribados, cayeron sobre mis hombros montes de injurias y agravios. Hombre, demonio, imposible, fuerza, verdad, desengaño, para un corazón rendido ¿qué queréis, viniendo tantos enemigos exteriores? Si habéis hecho algún contrato con mi afrenta, y os importa que yo muera, retiraos, retiraos, porque no digan, los que pueden murmuraros que tantos habéis querido matar a un hombre sin manos. Mi enemigo está en mi pecho, cuidado tiene; dejadlo, que es tan cruel, que sabrá matarme por agradaros. La imagen es de Beatriz, la que está tejiendo el lazo de la infamia que la culpa; porque me mate la guardo. Bella imagen desleal, avisa con muchos labios al original traidor que soy su dueño, y que traigo con sospechas, evidencias del más lastimoso agravio que inventó la desvergüenza, que imaginó el desacato.

JORNADA SEGUNDA

Clara, ¿estás loca? ¿En qué piensas? Teniendo honra, ¿es bien que ignores que son tus necios amores para mi recato ofensas? ¿Tú abres de noche la puerta a un hombre? ¿Tú eres mi hermana? Tu reputación ¿qué gana, que estos delitos concierta? Pues si mi esposo ha de ser... Tan libertada osadía sólo tenerla podía quien no tiene que perder. ¿Sabes que don Félix trata de mis ofensas no mas, y tan ciega y loca estás cuando tu engaño dilata? El halcón, diestro y ligero, causando al sol maravilla, que los vientos acuchilla más encarnizado y fiero, viendo la garza volar, que parece cuando sube átomo de alguna nube, siendo su intento el matar con su natural rigor, con destreza libre y varia toma una punta contraria para arrojarse mejor. La garza soy que huí, Félix el halcón traidor, que haciendo punta en tu honor, quiere derribarme a mí. No podrá; que está segura. Sí estaré por quien yo soy, mas del vulgo no lo estoy, que sin ocasión mormura. Sí saben que me pretende, y aun pienso que él lo blasona, el vulgo, que no perdona al sol, porque el sol le ofende, ¿qué dirá, llegando a ver que entra de noche en mi casa? Conmigo las horas pasa, si se llegase a saber; si bien no ofende al decoro que se le debe a mi honor. ¡Hubo libertad mayor! DOÑA CLARA Tus pensamientos ignoro, y no sé qué piense aquí de quien tan terrible está. Si tú estás casada ya, déjame casar a mí. Todas lo hemos menester: casarse es gozar la vida; si un marido se convida, ¿por qué lo hemos de perder? No es elección acertada, pues nobleza y sangre heredas; que si casada no quedas, has de quedar deshonrada. Quien de noche entrar le ve, bien la afrenta presumió; que basta saber que entró, sin preguntar para qué. Corrige tu atrevimiento, fundado en agravios míos, o pondrá freno a tus bríos la clausura de un convento; que quiero, aunque más me engañes y de mi rigor te dejes, más que llorosa me dejes, que ofendida me acompañes. Escucha... Los nuevos casos me están diciendo en bosquejos, que quien huye mis consejos no quiere seguir mis pasos. ¿Qué te parece? Que tiene razón en guardar tu honor, porque es tu hermana mayor. También a mí me conviene, y don Félix ha de ser mi esposo, si al mundo pesa. Dudosa tienes la empresa; que te engaña has de creer, porque un amor de seis años, puesto en mi señora, ¿quieres que se olvide? Nunca esperes más que necios desengaños, con que dejará burlada tu esperanza y tu deseo. Aunque desengaños veo, soy mujer y porfiada; que mi amor, aunque no espere premio, aumenta mis desvelos, porque se ha fundado en celos de ver que a mi hermana quiere. Mucho tu fuego se abrasa, y mucho tu edad ignora. Por celos de mi señora metiste a Félix en casa. Hiciste mal, pues que ves que a mi señora pretende, y que el fuego que se enciende no lo has de aplacar después. Y ¿cómo va no se abrasa la casa a mi honor traidora? «¡Por celos de mi señora metiste a Félix en casa!» ¿Luego Beatriz desleal, pone en Félix su cuidado? Sólo escucha el desdichado aquello que le está mal. Pero si a vengarse pasa mi honor, que pudo manchar, mejor ha sido el hallar los testigos en mi casa; porque, si me informo airado de gente de fuera, vengo, el tiempo que no me vengo, a confesarme culpado. ¿Clara? Señor, bien venido seas. Turbado el semblante, información es bastante, cuando faltara el oído. Helada tengo en las venas la sangre. Voy a avisar a mi hermana, por templar tan no merecidas penas como en tus ausencias pasa. Dame un abrazo primero. Descuidado caballero, no sabes lo que hay en casa. Dios te guarde; hermosa estás, mucho me alegro de verte; espera una buena suerte, que espero en Dios la tendrás, y no es mi esperanza vana. Dicen que tienes intento de entrar... ¿Dónde? En un convento. Voy a avisar a mi hermana. También cabe a mi ventura parte del bien que gozamos. ¿Cómo estás? Todas estamos en tan estrecha clausura, que se cierra a la oración la puerta. Honesto cuidado. ¿Cómo en mi ausencia has estado? No dejando devoción sin rezar. Bien se acrisola tu fe. De noche velarnos, pues que claras; las pasamos rezando al ánima sola. Muy lucida estás. Me quiero mi señora, que me adora. Por ser criada traidora, a las demás la prefiere. ¿Y Elvira y Leonor? Servían tan mal, que por desmañadas las despidió. Eran honradas; mi deshonra no sabían. Su virtud el mundo alabe; que no hay mujer atrevida que a la criada despida si algún defecto le sabe. ¿Está en casa el escudero que yo dejé? Sí; Señor. ¿Sirve bien? Es gruñidor. Si le pagan su dinero, ¿qué se queja ni se enfada? Su salario bien pagado, no más. Este es buen criado, pues no le acrecientan nada; que si el delito abonara y mi deshonra supiera, contento en casa estuviera y más premiado se hallara; porque su infame interés librara en deshonra mía, en dádivas cada día más que en salario del mes. ¡Cielos, que esta honestidad pudo engendrar pensamiento tan cruel! Venció el contento aun a la misma verdad; apenas puedo creer que ya a vuestros brazos llego. Todo soy veneno y fuego.) No te acierto a responder, Beatriz; el gusto de verte suspende el alma en los labios. ¡Oh dueño de mis agravios, causa total de mi muerte! ¿Venís bueno, mi señor? Hasta que a Madrid llegué traje salud. Pues mi fe pudo lograrse mejor, porque mi salud estimo como la vuestra. Yo creo, Beatriz, tu honesto deseo. A la venganza me animo, cuanto más piadosa estás. Sus palabras son venenos, porque entonces quieren menos cuando disimulan más. Clara esta grande mujer. Pues que vos habéis llegado, es bien ponerla en estado; y mientras llega a tener efecto, os pido, Señor, que esté Clara en un convento, porque en él su casamiento se concertará mejor. Tan justo intento me agrada. ¡Qué estoy escuchando, cielos! De su hermana tiene celos, yo lo escuché a la criada; por eso afrentarla quiere. Hoy la crueldad me perdone, pues no hay sospecha que abone, ni más ocasión que espere. Inés su tercera es y de mi enemigo fiero. También, mi señor, espero, más favor: sabed que Inés en casa no está con gusto, mucho tiempo ha servido, y es razón darla marido. Otro será su disgusto; regaladla y corregidla; nadie se queje de vos. Pues esto importa a los dos: o casadla o despedidla. ¿Puede haber más confusiones? Disculpadme, ingenios sabios, pues hallo abonos y agravios en unas mismas razones. Tiene de su hermana celos, y como en fuego se abrasa, no quiere tenerla en casa; y cuando entre mis desvelos, tan a costa de mi vida, dice Inés que su señora la estima, me dice agora que la case o la despida. ¿Qué enigmas de esfinges veo, o qué coyundas desato? ¿Con qué Babilonia trato? ¿Con qué ilusiones peleo? Señor, como me mandaste, para enseñarle la casa, he venido con don Lope. Es un amigo del alma. Hízome dos mil favores en Flandes, de cuya espada tiembla el flamenco en Europa y se rinde el turco en Asia. Quiero que conozca agora que las amistades paga quien tiene sangre de noble. Es obligación hidalga, y debéis, Señor, cumplidla. Cuando a la puerta llegaba... Pues ¿dónde está? En el zaguán queda leyendo una carta mientras yo subí a avisarte. Digo que en viendo la casa, porque le dije: «Aquí es», miró puertas y ventanas como si fuera alarife llamado para tasarlas, y haciéndose dos mil cruces, volvió de nuevo a mirarlas. Lo que me has dicho me admira, porque no entiendo la causa. Ya sube. En más confusiones mi entendimiento se enlaza. ¡Hay semejantes sucesos! Por fábula imaginada lo ha de juzgar quien lo oyere. ¿Posible es que esta es la casa, y el dueño de ella don Diego? Señor don Lope, ganancias de nuestra amistad espera quien para honrarse os aguarda. Beatriz, el señor don Lope viene a honrar aquesta casa como pudiera yo mismo. El ser vuestro gusto basta para que todos sirvamos a quien merece en España, por su sangre y su valor, lugar que le da la fama. Mirad que vendré a pensar que la merced que esperaba la libráis en cumplimientos, y entre soldados no pasan. ¡Que esta es Beatriz, y su esposo Don Diego! Y ¡que yo guardaba a su enemigo la puerta! Que ya él me dijo que el alma le ha dado Beatriz hermosa. Ya la juzgo por desgracia que deslustra mis acciones, entre confusiones tantas. Señor, un hombre me dio aqueste papel. ¿Aguarda la respuesta? No, Señor; parecióme que volaba. En dejándole en mis manos, sin aguardar más palabra, se fue. Buena ausencia he hecho; muy bien me recibe España. «Para tomar satisfacción de mi agravio, que se ha dilatado por vuestra ausencia, espero a solas a las espaldas de San Jerónimo.» -Don Félix. Viene a muy buena ocasión, porque ya la deseaba, para que conozca el dueño que beneficios se pagan. ¿Quién os escribe, don Diego? Un amigo a quien le falta, si no el crédito, el dinero para cumplir cierta paga; quieren sacarle los bienes, y voy a hacer la fianza con mucho gusto, por Dios; ¿Vamos los dos? En firmarla podré tardar solamente. Advertid que las fianzas suelen consumir la hacienda. Está muy asegurada la que voy a hacer. Quedaos, don Lope, honrando mi casa. Acompaña a tu señor, Castaño. De buena gana. Señora, doña Beatriz, ¿sabéis quién sois? Pues ¿qué causas a esta pregunta os obligan? Cuando nobleza heredada me faltara, ¿no sabéis que el ser don Diego de Vargas mi esposo, señor don Lope, a darme nobleza basta? Que sintiérades lo mismo que dicen vuestras palabras, era honrada obligación. Pues ¿vos penetráis las almas, que presumís lo contrario? ¿Qué descuidos o qué faltas en el servicio y regalo de mi esposo, aun cuando estaba ausente, habéis conocido? ¿Notábaisle vos las cartas que de Flandes me escribía, o por dicha se os quejaba de mis descuidos mi esposo? Si la amistad era tanta, y mis cartas os leía, ¿juzgasteis de alguna carta tibiezas y poco gusto de su vuelta? Y en mi casa (pues veis con ojos de amigo, que muchas veces se engañan, entre necios y curiosos, pareciéndoles que pagan la amistad en ver defectos y aun se huelgan que los haya para atreverse después a las mujeres que infaman, sirviendo, para rendirlas, los defectos de amenazas) ¿Qué habéis visto? ¿Es esto sueño? Pues si en ofensa tan clara le da a una mujer la industria tan eficaces palabras, que miente las evidencias, y las verdades engaña, ¿cómo puede haber maridos que las castiguen por malas? Digo, Señora, que os creo, aunque anoche en vuestra casa (el término perdonad) entró un hombre, que juzgaba merecedores sus prendas de favores vuestros. Clara, en buen extremo me has puesto. No niego que mis criadas pierdan el respeto al cielo, si la vergüenza les falta. A hablar a alguna entraría. Y ¿si era hombre de importancia? No hay calidad en los gustos. Hay hombre que en mesa y cama tiene por mujer un ángel, y gasta con mano franca con un demonio su hacienda. Prendas tendrá muy honradas quien decís, y querrá más solicitar en mi casa las criadas que su dueño. Yo presumí que bastara este aviso a corregiros. A hablaros a vos entraba quien me descubrió el secreto. Doy a los cielos mil gracias que llego seguro al puerto. Don Lope, tratáis mis causas como amigo, y es forzoso, pues lo sois con toda el alma; aunque es Beatriz tan cruel, que paga con amenazas mis bien nacidos desvelos. Valor y esfuerzo me faltan; pero mi honor me defiende. Este es quien anoche entraba a visitaros, señora; pero aquí veréis si guardan los amigos la lealtad a quien su honor les encarga. Don Félix, si estáis tan ciego, que entre locas confianzas, os atrevéis a poner los ojos en esta casa, sabiendo que tiene dueño con quien puede honrarse España por nobleza y por valor, de vuestra amistad pasada romperé los privilegios, si es que ofendidos se guardan; yo os enseñaré a tener buena ausencia, a cuchilladas. Don Lope, escuchad. ¿A mí? Es muy necio quien me llama para cosas que no tengan calificación de honradas. Juro a Dios que me habéis puesto en ocasión que os matara, si el publicaros no fuera de mayores daños causa. Mi resolución sabéis: idos con Dios; que me cansan vuestras libertades necias. Yo escucho vuestras palabras, y como amigo, os las sufro. No permitáis que se vaya, Señor; que a mi honor importa. Si vuestro esposo le halla, ¿no vendréis a perder más? Yendo a firmar la fianza, diciendo que vuelve luego, claro está que si halla en casa a quien ofenderle intenta, que no ha de juzgar culpada mi inocencia, pues procuro que hasta que él vuelva no salga. Holgárame que viniera, porque fuera mi venganza donde recibí el agravio. Pero ya pienso que paga mis ofensas con la vida, porque cuatro hombres le aguardan, buscados por orden mía; y al fin su muerte restaura mi honor; que después el tiempo podrá ser que de esta ingrata ablande el rigor que muestra. Don Félix, en las desgracias hay remedio, prevenidas. Pues es don Diego de Vargas tan bizarro caballero, no deis ocasión que os haga en su casa algún disgusto. Esperadle en la campaña, si de él estáis ofendido; que allí, con iguales armas, se satisfacen los nobles. Si a Flandes no se pasara, yo me hubiera satisfecho; pero ocasiones no faltan. Quedad con Dios. Él os guarde. Señora, mayor desgracia temo. Castaño ha venido, y si le ve, cosa es clara que lo sabrá mi señor. Cuando no quedéis culpada él quedará con sospechas, que vuestra opinión agravian el criado no ha de ver a don Félix; esta es causa que toca a todos. Don Félix, los que son nobles amparan el honor de las mujeres; el ocultaros no infama vuestro valor, pues sabemos que tenéis honra y espada para reñir con don Diego. Mirad donde puede en casa estar Félix encubierto. ¿Puede traer más desgracias no haber cometido culpa? Si es que el respeto me guarda, ese aposento le encubra. Siendo tú quien me lo manda, mostrarme cobarde es poco. Vive Dios, que a estar la casa dos dedos más adelante, sospecho que me faltara el resuello. Mi señor me envía con prisa tanta, a decir que le esperéis. ¿Ha hecho ya la fianza? Si en el campo hay escribanos, allá pudiera firmarla. Al Prado se fue derecho, y cuando cerca llegaba de San Jerónimo, un hombre de buen talle y buena capa a hablarle llegó; no sé lo que entre los dos trataban. Despidióse, y mi señor, algo la color turbada, me mandó venir delante, diciendo que os suplicaba que le esperéis; que le importa la reputación. ¡Extraña confusión! Lance terrible si halla a don Félix en casa. Don Lope, a empeñaros vengo; de vuestro valor y espada fío el suceso que aguardo. Sólo puede haber tardanza en serviros, el ponerme en la ocasión. La fianza fue un papel de desafío; salí adonde me llevaba quien lo firmó, y en el Prado llegó un hombre, y con palabras comedidas como breves me dijo: «Si de esas tapias pasáis, os han de matar. Yo soy quien a vuestra casa os llevé un papel, diciendo que en el campo os espera ha un hombre solo; mas viendo que cuatro hombres os aguardan con tan grande alevosía, teniendo yo sangre hidalga, no es justo que lo permita sin avisaros. La paga de esta amistad es volveros.» Y volviendo las espaldas, me dejó, sin despedirse. Pues ¿qué falta agora? Falta irme a ver con estos hombres. ¿Podéis fiar de esa espada el riesgo en que ha de poneros? Bien podré: diómela en Francia el gran duque de Saboya cuando de Flandes pasaba a cercar a San Quintín; mas las espadas no bastan si cuatro hombres nos esperan, y armados; tanta ventaja suplan armas defensivas, que yo siempre tengo en casa para armar a un par de amigos. La razón pienso que basta. Muy moral estáis. Castaño, abre ese aposento, y saca dos cotas. No es menester. A fe de quien soy, dejadlas. Parece que están los cielos eslabonando desgracias para quitarme la vida. ¿Pensáis que fuerzas me faltan para estorbar que salgáis donde con tantas ventajas os esperan? Aun no sabe que es ella la mayor causa de mi agravio. Vive Dios, que es bárbara confianza no ir armados. Perdonadme; que no he de salir de casa a tan loco desafío sin una cota. Dejadlas, don Diego. Perdidos somos. ¿Qué es esto? ¡El cielo me valga! Don Lope, traidor (¡ah cielos!), pues ¿vos me quitáis las armas con que he de cobrar mi honor? Tenéos, por Dios; que os engañan vuestros sentidos, don Diego. Dadle, don Lope, la espada, porque entienda que he venido solo a matarle a su casa; que presumiendo que un hombre que hizo una ausencia tan larga temiendo que le matase si se quedaba en España, no se atreviera a salir al campo, tracé venganzas del agravio que he callado, donde no pueda excusarlas disculpa y el temor. Y pues fuisteis vos la causa, por necios respetos sabios, para que yo me ocultara, y ya me ha visto, dejadle. Necia será quien aguarda. Pésame que seáis mi amigo; que esas locuras bastaban a insistir mi honrado enojo. ¡Las amistades se pagan con afrentas! ¡Ah, desdichas de mi afrenta, pues no fraguan rayos los agravios míos! ¿Cómo no advertís que cargan en mi honor montes de injurias? Dejadme, dejad que vaya a decirle cómo puedo... De por medio estoy; que basta. Delitos son insufribles, Don Félix, y al cielo cansan y al mundo, cuyo castigo presumo que no le tarda. Voyme, por darle lugar, si es que su valor le engaña, que me busque con amigos y se prevenga con armas. Agora, que hemos quedado solos, os vuelvo las armas. Pues en defensa os ponéis, culpado os sentís. En tantas confusiones, donde yo soy tan sin culpa la causa, quiero dejar que don Lope le temple el fuego que abrasa el corazón, engañado con apariencias tan falsas. Cuando en mi casa descubro a quien al campo me saca con mi papel engañoso, y con ventaja villana a quien me mate previene, y cuando el cielo me guarda para que tome ofendido tan legítima venganza, vos, que os preciáis de mi amigo; vos, que tenéis prendas tantas de la heredada nobleza y de la adquirida fama. ¡Permitís que mi enemigo pueda ocultarse en mi casa! Y cuando en ella te veo, para que mi honor quedara limpio con la sangre suya, que ansí el honor se restaura, ¡me quitáis las armas vos! ¿Quién la nota de infamia; quién, sin culpa de traición, pudiera quitar la espada a quien seda por amigo? ¿Hay en Flandes ni en Italia don Lope, escuelas que enseñen a los que profesan armas tan cobarde estratagema, lición tan humilde y baja? Mas, porque venganzas mías mejor por afrentas caigan (porque las oposiciones lucen cuanto más contrarias, como el sol, que se descubre más bien entre nubes pardas), ha juntado mi fortuna a la afrenta de mi casa una villana nobleza, una lealtad agraviada, una traición conocida, una burlada esperanza, una fingida promesa y una amistad mal pagada. Advertid... ¿Qué he de advertir? Que vos y el mundo se engaña si no confiesa por noble la acción que por temeraria habéis condenado vos. Cuando obligad, cuando llaman a los hombres como yo las ocasiones, les manda su mismo valor que acudan siempre a la parte más flaca. Aunque es Félix caballero, no es de acciones tan bizarras como vos, no ha hecho pruebas tan conocidas, que valgan la opinión que vos tenéis tan adquirida y ganada; y así, quise, en el peligro de honor y vidas, guardarlas, templando la furia vuestra con tan iguales balanzas, que cuando el valor os sobra venga a faltaros la espada. Por consuelo está bien dicho, yo os doy por ello las gracias; pero, pues que vos sabéis a lo que ha entrado en mi casa don Félix... Basta, don Diego. No con sospechas tan falsas presumáis ofensas vuestras; porque no es la luz tan clara del sol, como el casto amor que doña Beatriz os guarda; y no con injustos celos deis a entender que os agravia, porque os diré que mentís cuerpo a cuerpo en la campaña. Yo no consulto opiniones. Pues consultad con la fama vuestro honor. Ya le he perdido. Engañáisos. No se engañan los ojos. A veces suelen hacer traiciones al alma. Lo que me importa conozco. Pues ¿qué habéis de hacer? Mañana lo sabrá Madrid. Y ahora lo he de saber yo. Son causas mías, y no he de tener más testigos que mi espada y a quien mi venganza estorbe... ¿Qué decís? Gasto palabras muy pocas; mas, vive Dios, que en el campo a cuchilladas haga pedazos a quien llegue a estorbar mi venganza. Pues yo, que pienso que puedo, he de entrar en vuestra casa a mataros, voto a Dios, si ponéis alguna falta en vuestra esposa. Don Lope, ya sabéis que sabe España quién soy. Y que soy conocen, en Italia, España y Francia, don Lope de Figueroa. Y yo don Diego de Vargas.

JORNADA TERCERA

¡Que un hombre como don Diego, cuando el papel le avisó que estaba solo, temió salir al campo! ¡Estoy ciego tanto en mi loco furor, que el amor que en mí se advierte, con ser tan grande, es más fuerte mi venganza que mi amor! Darle muerte pretendía oculta, por mano ajena, por ver si mi amante pena remedio tener podía; pero va que esta mujer es prodigio en su firmeza, con que la naturaleza se ilustra en su flaco ser, y en seis años no he podido, por piedad o por amor, alcanzar de ella un favor estando ausente el marido (que es la más fuerte ocasión para el mayor rendimiento), he de mudar pensamiento: ya es venganza mi afición. Templé mi agravio pensando lograr mi loco deseo; mas ya que ofendido veo que voy sin fruto esperando, de sus desprecios corrido. Quiero más de furia armado, vengarte desengañado, que disimular perdido. Señor, si por fiel criado me estimas, y ves que puedo, sin verle la cara al miedo, dejar tu agraviado vengado, dime el que hacerte pudieron, porque la satisfacción venza la murmuración de los que tu afrenta vieron; porque ya sabes que escriben leyes el amor y el duelo, que con militar desvelo satisfacción aperciben a cada agravio, de honor tan previsto y tan mirado, que venga el que está agraviado a quedar por superior. García, también ordena esa ley en casos tales, que satisfacción de iguales no ha de ser por mano ajena. Cuando con ciego furor, de toda razón desnudo, por ajena mano pudo hacerle matar mi honor, tuvo disculpa el deseo de un yerro desatinado; mas cuando desengañado de mi amor, mi afrenta veo, por mí mismo he de abonarme con quien mi venganza espera; porque de otra suerte fuera deslucirme sin vengarme. Mi agravio, si no lo sabes... Don Lope viene, Señor. Por acreditar mi honor fue a consultar los más graves sujetos que en la milicia tienen hoy mejor lugar; pero yo he de consultar con mi ofensa la malicia al pueblo legislador, por atrevido, severo. Don Lope, ya yo os espero como a noble defensor, de la opinión que he perdido. Si es verdad la información que me hiciste, la pasión os ha quitado el sentido. Consulté vuestro suceso, a quien vos llamáis agravio injustamente, por Dios, con los mejores soldados que han venido con su alteza, y con seis maeses de campo, cuyas firmas podéis ver en este papel que os traigo, donde os dan por satisfecho. Al fin les propuse el caso, dando al silencio los nombres, porque os conocen a entrambos. «Dos caballeros (les dije) tan perdidamente amaron a una mujer principal, que el silencio y el recato les advirtió muchas veces, turbando al sueño el descanso, dando a sus rejas suspiros, y a su calle asombro y pasos. Al fin, la dama vencida de honesto amor, dio la mano, si iguales en calidad, al que juzgó más gallardo. Quedó rabiando de celos el competidor, y entrando en la noche de sus bodas en su casa, dónde tantos principales caballeros honraban los desposados. Dijo en presencia de todos: -Señora, si de este agravio no fuera mujer el yerro (que suelen, aun en los casos de mayor reputación, cometer yerros tan claros como el que agora se ha visto), yo dejara tan vengados mis celos, que viera el mundo que merezco vuestra mano, por más calidad y prendas. Mejor que el que a vuestro lado le dais el nombre de esposo-, dijo, y despidiendo rayos por los ojos el marido, y veneno por los labios, le respondió que mentía; y sin poder estorbarlo, con las espadas desnudas se acometieron bizarros, dio, sustentando el mentís, al competidor, que en vano se defendió, tres heridas; y dando priesa a un caballo, dio a su esposa tanta ausencia, que la lloró por seis años. Volvió a la corte, su patria, adonde por varios casos se han vuelto a ver, sin que nadie haya tomado a su cargo el hacer las amistades.» Esto propuse en palacio, con las circunstancias todas con que pudiera informarlos vuestro mismo honor. Mirad si les debéis, por soldados y caballeros la fe con que ese papel firmaron. Quiero ver las firmas todas; que después veré de espacio el desagravio que firman aunque a soldados cristianos no han de consultarse afrentas, porque fuera injusto caso, siguiendo leyes del duelo, firmar venganzas de agravios. «Don Álvaro de Sande, -don Sancho de Logroño, -Julián Romero, -don Juan de Cardona, -don Martín Padilla, -don Alonso Portocarrero.» Sujetos ilustres son, y que debe respetarlos el mundo; pero advertid, y no es pasión la que guardo, que no pudieron firmar que yo no estoy agraviado, oyendo un mentís, don Lope. Satisfecho estáis, sacando la espada para ofenderle. Sí, pero ha de ser quedando iguales con las espadas; mas cuando por desdichado queda agraviado el herido, aunque haya sido un retrato de Marte, en venganza suya, queda con el mismo cargo de la ofensa que recibe; porque el dichoso contrario con la victoria sustenta lo que dijo con los labios. El salir un hombre herido, riñendo como hombre honrado, ¿es afrenta? No es afrenta. ¿Podrá nadie señalarlo por hombre cobarde? No. Pues si con pecho bizarro saca la espada, y se arroja, con que desmiente el agravio del mentís, y las heridas no causan afrenta, es llano que gana reputación, pues con su sangre afirmando su honor publican a voces que se arrojó por cobrarlo. Con sofísticas razones, don Lope, queréis, templando mi fuego, excusar mi afrenta, yo sé que deja manchado mi honor mi propia desdicha, con la suerte del contrario. También os digo, don Félix, que el concepto imaginado tiene fuerza de verdad en los hombres temerarios que no reciben consejos, y así quedan agraviados los que piensan que lo están. Yo lo pienso, y en el campo ha de darme mi enemigo la satisfacción que aguardo. A tanta resolución no hay que dilatar los plazos. ¿Queréis que saque a don Diego mañana al campo? Fiaros debo una acción tan honrosa. Yo lo haré, pues que no basto con la razón y el consejo: sacaré a don Diego al campo; mas por la razón que tiene presumo que ha de mataros. Pues ¿al Campo has de salir? No, García: este fue engaño por divertir a don Lope mientras de vengarme trato; porque no hay duelo que escriba que el hombre que está agraviado debe aceptar desafío, sino vengarse a su salvo. Si por fiestas de su alteza una máscara trazaron para esta tarde, y en ella has de salir, yo no alcanzo el modo que has de tener. Mis deseos he logrado en la máscara, García, porque en ella disfrazado, he de afrentar a don Diego. ¿Cómo quedará tu agravio satisfecho, si no saben quién eres? Los que firmaron en este papel, declaran mi honor por seguro y salvo en la común opinión; yo solo en mi pecho traigo presunciones de mi ofensa, yo soy quien a solas paso conmigo mi propia afrenta; y así, disfrazado aguardo satisfacerme a mí mismo, sin que mi fiero contrario presuma que yo le ofendo. Con esto también alcanzo venganza de mi enemiga, pues a quien adora agravio. Advierte un inconveniente (y es el mayor): que ha llegado don Diego a Madrid apenas, y siendo los celos rayos de la furia que le encienden, te halla en su casa encerrado (donde el bizarro valor de don Lope pudo tanto. Que puesto en medio, estorbó llegar los dos a mataros), y no tiene otro enemigo; claro está que de su agravio ha de juzgar cuerdamente que eres tú el dueño. No en vano me dispongo a lo que intento. Aquí le desafiaron sobre pleitos de una herencia dos caballeros, hermanos, antes que pasara a Flandes; y como aquí están entrambos, y ganó el pleito don Diego cuando estaba ausente, es llano presumir que ellos han sido los que su afrenta buscaron. A morir en tu servicio estoy, Señor, obligado con la lealtad que conoces. ¡Buen encuentro! ¿No es Castaño aquel? Él es. Disimula; no presuma que buscamos a su señor. Vive Dios... Vamos. Que estoy por retarlos al palenque de Zamora. ¿Qué decís? Que soy criado ínfimo de los vecinos de vuesamerced. FÉLIX Villano, ¿cómo empuñabas la espada? ¡Famosa advertencia! Traigo algo escabrosa la vaina; y así, voy de cuando en cuando haciéndola sacabuche. Mas yo nunca satisfago a nadie, porque me precio... ¿De qué? De menor lacayo de vuesté. Deja ese loco. Pues si no vinieran tantos, y en cuadrilla, aquesta calle ¿no había de ser arrendajo de Troya? Pues yo estoy solo, ¿qué es lo que has de hacer, picaño, gallina? ¿Yo? Convidarle a una azumbre de lo caro, cabal se entiende la azumbre, gastando más cuatro cuartos, que es lo que echan de espuma. Por no hacer molerle a palos me voy. ¿Por eso no más? Parece que me han dejado en las minas del azogue: temblando quedo. Castaño, ¿qué tienes? Hoy me acredito de valiente. Hablemos paso, porque no quiero meterme en peleonas. Llegamos dos amigos a la Manta Colorada a echar un trago; y al tiempo que el oficial de tabernero en el jarro quiso despeñar el vino, porque alzase con el salto espumaje en la medida, arriméle un poco el brazo. Se derramó todo el vino; y sobre haber de pagarlo, aunque alegué que la espuma es el orillo del paño, y que no entra en la medida, me dieron seis puñetazos como para mí; mas yo, que ya me sentí enfadado de tanta descortesía, me llegué así, paso a paso, y al cuero, que se estrenaba entonces, le tiré un tajo que le abrí hasta el ombligo, de cuyo vientre saltaron dos plagas de Faraón. ¿Qué dices? Que haciendo un charco se vieron en sus orillas ranas y mosquitos, dando a entender que el tabernero ligó con estrechos lazos el agua cándida y pura con el vino siempre aguado. Pues el saborcillo es bueno: de hierro viejo. Castaño, buen humor gastas en tiempo que vive desesperado el sufrimiento. Pues sabes mi desdicha y mis agravios, no es mucho tomar consejo contigo; que en tales casos más bien me aconsejarás como testigo y criado, que el más entendido amigo, que no siente ajenos casos. Resuelto estoy en que muera Beatriz, y que nos volvamos a Flandes. Si has de matarla no más de por ser casado, bien puedes; pero los cielos lloverán ardientes rayos sobre ti por el delito de matar a un ángel. ¿Tanto la disculpas, cuando has visto a don Félix encerrado en mi casa, con que muestra que en ausencia de seis años logró traidores deseos? Ya yo estoy determinado al hecho. No me conformo, porque pueden ser engaños. Y lo han de ser, juro a Cristo, porque son unos bellacos los que a las mujeres, nobles con los títulos honrados de la heredada nobleza, manchan el honor, más claro que el padre hermoso del día. Pues tan claros desengaños ¿no bastan para que muera? No bastan ni aun otros tantos; que la afrentas y te afrentas. Pues un remedio más llano tomaré por más seguro. Cielos, ¿a tan triste estado reducís ya mis discursos, que tan importantes casos permitís que los consulte con un hombre humilde y bajo, para pedirle consejo? ¿Qué dices? Digo, Castaño, que al mundo no sean más públicos mis agravios, será bien darla veneno. Y los que saben acaso tu deshonra (pues tú mismo dices que estás agraviado). Si de secreto la matas, y no saben que tu mano vengó con hierro tu afrenta, ¿no ha de ser negocio llano que han de infamarte viudo, aunque vivas dos mil años? Un ejemplo he de traerte para sacarte del casco tan maldito pensamiento. Un viudo y un casado, compadres, cuyas mujeres vestían algo más ancho de lo que era menester, saliendo una tarde al campo a divertirse, cantó sobre ellos, entre unos ramos (no es casi nada), un cuquillo; ¡miren qué hermoso canario! díjole el viudo al otro, sonriéndose a lo falso: «compadre, mirad que os trae bulas aquel comisario.» Donaire fue peligroso, porque respondió el casado: «También las trae de difuntos y podemos ir entrambos.» En más alegre ocasión escuchara más despacio tus donaires. ¡Oh mujer, en cuyo pecho formaron mi muerte delitos tuyos! Sígueme, Castaño. Vamos; pero dime adónde. A casa. Pues si en ella está tu daño, no la veas. No es la muerte para los ojos humanos más feroz; mas, como suele de noche en desiertos campos aparecerse una sombra, causando amarillo espanto a quien turbado la mira, que en medio de los helados temores aun no se atreve, huyendo, a mover el paso, y el mismo temor le infunde valor tan desesperado, que a la imagen a quien teme le da mortales abrazos, de la misma suerte yo, mirando en sombras mi agravio, cuando cobarde la temo, medrosamente la aguardo; y para verle mejor, hasta morir en mis brazos. Tu severidad honrada te ha de quitar el honor. Ya es necio tanto valor, si ves que estás infamada con tu esposo, y que los ojos de la sospecha pasaron a la codicia, y causaron no merecidos enojos. Y aunque tan sin culpa vives, puedes temer el rigor, Beatriz, de un celoso honor, porque airada, no recibes el provechoso consejo que te doy. Si en él estriba que yo más contenta viva, siendo tu honor el espejo donde don Diego se vea sin manchas ni oscuros cielos de tan conocidos celos, darásme ocasión que crea, si este bien negarme intentas, que por afrentarme a mí quieres infamarle así. Nuevos delitos aumentas con tu loco desatino. ¿Qué dices, loca mujer? pues ¿yo misma he de poner nuevo lazo en el camino donde tropezó mi esposo? pues ¿yo he de escribir papel a don Félix? ¡Qué cruel estás! Si en el fin dichoso miras, echarás de ver lo que escribirle conviene. Dime qué disculpa tiene el delito que he de hacer. Dime tu intento furioso. Pues si tan terrible estás, Beatriz, no esperes jamás desengaño de tu esposo. Clara, espera, aguarda un poco, no dejes mi vida en calma; que tengo turbada el alma con las desdichas que toco. ¿No te dije que don Juan y don Pedro, nuestros tíos, con nuevos avisos míos ya prevenidos están para que en entrando en casa don Félix...? ¿A qué ha de entrar? Tu papel le ha de llamar, pues si en tu fuego se abrasa claro está que ha de venir; y en entrando han de obligarle a ser mi esposo a matarle. Mira si importa escribir a don Félix de tu mano para que engañado venga, y mi honesto fin prevenga a tu medio injusto y vano un suceso venturoso; pues quedando yo casada vienes tú a quedar honrada, y sin sospecha tu esposo. ¿Qué le tengo de escribir? Que venga a verte. ¡Hay tal mengua! Ni la pluma ni la lengua se atreverán a fingir. A creer tus dichas llego: si hoy viene, te has de casar. Y se vendrán a templar los enojos de don Diego. ¡Mi señor viene! ¡Ay de mí! Clara, espera. ¡Hay tan cruel desdicha! Dame el papel. ¿Qué papel? El que yo vi, en la manga le guardaste. ¿Papel en la manga yo? ¡Cielos, mi muerte llegó!) Muéstrale. Que te engañaste has de creer. Vive Dios, que me has de obligar que sea descortés. Como él le vea, corren peligro las dos. Es un papel que escribía mi hermana a una amiga suya. Pues yo he de verle. Concluya. Mal haya el ladrón que fía en hembras. No has de saber lo que le escribe mi hermana. Necia, descortés, villana, ¿de don Diego has de esconder el más leve pensamiento mío? Sus letras juntad, que ellas dirán la verdad; porque fuera atrevimiento infame que yo negara lo que habéis de ver aquí. A don Félix escribí que me viera y que me hablara. Esto el papel lo declara, la duda está satisfecha; si a vuestro intento aprovecha, lo demás lo dejo a Dios, porque no habéis de creer vos mi verdad con tal sospecha. Don Félix me pretendió antes de ser vuestra esposa, y en vuestra ausencia penosa favores solicitó. En vuestra casa le halló vuestro cuidado; aquí os doy cuenta del riesgo en que estoy, y no disculpas prevengo; que para estos cargos tengo ser yo vuestra y ser quien soy. Y si la misma verdad, con ser desinteresada, no os deja el alma informada, no busquéis más claridad. Si en ella hay oscuridad, mal por mí podrá lucir, mal os podré persuadir a creerme y a abonarme, si soy la que por salvarme puede engañar y mentir. Lances apretados son los que habéis visto, es verdad, y que arguyen liviandad contra mi reputación; terrible es esta ocasión de escribir, sabiendo a quien; más falta que veáis también, y será prodigio igual, que una mujer principal no sea mujer de bien. Clara, escucha. ¡Yo voy muerta! Dice Beatriz que no sabe, en una ocasión tan grave, lo que en su abono concierta. La verdad me abrió la puerta para terminar mi pasión: las satisfacciones son las que sin ellas he oído, porque la mayor ha sido no darme satisfacción. Dame el caballo, García; que ya mis venganzas miro cerca de la ejecución. A su misma puerta he visto a don Diego. Por su calle pasa la máscara. Fío de su valor que sabrá, aunque te guarden amigos, satisfacerte. ¿No ves que ha de darme en el peligro seguro paso la industria para no ser conocido? Que demás de llevar todos cubierto el rostro, es arbitrio seguro mudar de puesto, por si acaso el ofendido me sigue; y volviendo a entrar entre los demás, me libro, en confusión ordenada, de presumir el delito. Si mi amo no estuviera lo que llamamos mohíno yo avisara a mi señora, para que los hierros fríos de sus balcones honrara. ¡Qué bizarros, qué lucidos vienen los máscaras todos! Un portátil paraíso es cada jinete: el sol cambia reflejos y visos en los brocados y telas; huérfanos quedan los indios de diamantes, porque todos, con soberano artificio, han hecho un mapa oriental en plumas, bandas, vestidos. ¡Famosa cascabelada! Ya van pasando: pajizos los primeros, los segundos de color de vino tinto, los terceros de frailesco, y los cuartos navarriscos. De color de zanahoria pasan gallardos los quintos (diciendo: «No matarás»), y los sextos de membrillo. Por Dios, que perdí la cuenta, porque uno, rompiendo el hilo, por los demás atraviesa. Cuchilladas hay y gritos; ¿qué puede ser? ¡Cielo airado, de mi deshonra testigo, dame la muerte, o permite que a quien afrentarme quiso conozca! Amigo don Diego, decidme, por Dios, qué ha sido la causa de vuestro enojo. Que os lastiméis os suplico de mi afrenta: un bofetón, delante de mil testigos, me dio una máscara, y huyendo, buscó por seguro asilo la confusión de los otros, donde, como en laberinto, de mis ojos se ha librado. Ciego estoy, consejo os pido en un término tan breve; que los que mi afrenta han visto, la satisfacción esperan, piadosos como ofendidos. Aconsejadme, don Lope; que estoy perdiendo el sentido, del justo dolor. ¿Tenéis dentro en Madrid enemigos de quien podáis recelaros? De don Félix ya habéis visto la ocasión (¡rabiando estoy!) y no hay de qué esté ofendido para tan pública afrenta; que el mentís lo satisfizo sólo con sacar la espada. Que él no pudo ser os fío, pues me dijo que os sacara mañana al campo, y estimo su valor y su buen trato. Dos hermanos, conocidos por honrados caballeros, hicieron un desafío conmigo antes de ausentarme; pero quedamos amigos, aunque salí con el pleito de una herencia. ¡En ciego abismo, con dudosas prevenciones camina mi honor perdido! Y si no me aconsejáis, daré mi pecho a los filos de esta espada. Lo que hiciera don Diego, en tan gran peligro del honor... Decid, por Dios, pues sabéis que sólo estribo en el honor que sustento. Advertid que aunque es de amigo el consejo, es de gentil. Sólo un tirano, Dionisio, os diera tan mal consejo; que en un cristiano es delito bárbaro; pero el honor, en los que la ley seguimos del mundo, me está diciendo que os aconseje lo mismo. Lo que hiciera si me viera sin honra, y a mi enemigo no pudiera conocer... De vuestra obediencia hijo me llama el valor; decid. Peligroso es el arbitrio, pero honroso. ¿No decís que vuestra deshonra ha visto mucha gente, por la mano de una máscara, y que el peligro huyó en la confusa tropa de los demás? Esa ha sido mi desdicha. Pues volved donde corren ya distintos y ya juntos, y matad en tan ciego laberinto a un máscara, sea el que fuere; porque los mismos testigos de vuestra infamia, entendiendo por cierto vuestro delito, han de publicar a voces que os vengasteis en el mismo que os agravió, y le matasteis por haberle conocido. Dadme esos brazos, y adiós. Vamos. Yo también os sigo; que habréis menester mi espada. Demonio fue el consejillo. ¿No abriremos las ventanas? Ver máscaras ¿es delito? O ¿quieres que parezcamos, en clausura, capuchinos? ¿Con tanto gusto me sientes, Inés? Jamás le has tenido; siempre ves por relación las fiestas y regocijos. Agora yo no la culpo. INÉS Yo sí. ¡El cielo sea conmigo! Mirad que sin culpa muero. Yo me matara a mí mismo primero que te ofendiera, porque la verdad me ha dicho la seguridad del alma, que ha sido el mejor testigo. Yo, Beatriz, he muerto a un hombre; que en tan desdichado signo nací para que te deje segunda vez. ¿En peligro tan urgente os detenéis, cuando vuestra suerte quiso libraros? Dadle un caballo a don Diego. ¿Qué ruido es este dentro de casa? Si a prenderos han venido, por vos me he de aventurar. ¡Cielos, qué nuevos prodigios adviene vi alma! Don Diego, a vuestra casa he venido para que, muriendo en ella, pague en ella mis delitos. El sol que alumbra en los cielos no es más puro ni es más limpio que el honor de vuestra esposa. Con pensamientos lascivos solicité vuestra afrenta, y avergonzado y corrido de no lograr mis deseos, quise que su dueño mismo con su afrenta me pagara el bien que juzgue perdido. Yo mismo os di el bofetón; para que asombre el castigo del cielo, por vuestra mano yo muero, y mil veces digo que os perdono. ¡Caso extraño, que jamás ha sucedido su igual! Pues ya que en la vida quisisteis, como enemigo, la deshonra de mi casa, con vuestra muerte acredito mi honor contra las ofensas que de mi esposa ha tenido el vulgo necio y cruel. Dadle a Clara, entre prolijos desmayos de vuestra muerte mano de esposo; que el siglo trocará por un convento, pues tanto en la vida os quiso. Si a su honor importa, sea. Quien desdichada ha nacido, no espera mejores bodas. Ya expiró. Porque yo vivo con el honor que he cobrado. Bravo caso para escrito. Donde el ingenio y el arte dirán con ejemplos vivos, que no hay plazo que no llegue, aunque haya tiempo infinito. Ni deuda que no se pague, aunque dure el tiempo siglos.