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Texto digital de Las siete estrellas de Francia

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Luis de Belmonte Bermúdez
Atribución estilometría
Luis de Belmonte Bermúdez Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de la edición en la Parte XXI de Nuevas escogidas (1663).

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Las siete estrellas de Francia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/siete-estrellas-de-francia-las.

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LAS SIETE ESTRELLAS DE FRANCIA

JORNADA PRIMERA

¡Que venga un hombre de bien a cursar a las escuelas de París desde Galicia, trayendo el dinero en letras que se están por estudiar! Harto mejor se profesan en Esquivias que en París, grande es la corte francesa y, si en ella me acomodo, será una de sus grandezas, mas ¿qué voces van haciendo cómplices a las orejas?, pues se meten a escuchar lo que no es ya por su cuenta. ¡Válganme diez refitorios! ¡Vive Dios que la pendencia me quiere preguntar algo!, pues viene con tanta priesa. ¿Qué es esto, Bruno? Dineo, lo que ves. ¿Así desprecias con escándalos tan nuevos los estudios que profesas? ¿No miras a Dios? ¿No miras tu honor? ¿No miras las lenguas del vulgo que ya te ofenden con tan pública licencia que el escándalo te llaman de París? Mira que dejas burladas las esperanzas de tus padres, las escuelas por inquieto te aborrecen, manchando con insolencias, Bruno, la nobleza ilustre que heredaste, No, no pierdas mercedes que por tu padre te hace el rey, que ya granjea bulas de Roma y la gracia de una canonjía; sin estas mercedes, otras mayores, como prosigas las letras. Tu padre es —¡qué gran favor!— camarero de su alteza y por él te quiere honrar, pero advierte.... ¿Qué hay que advierta? Que Numa y Trajano son desiguales competencias, si a la justicia del rey atrevidamente llegan, que no hay en nuestras edades, ni en las futuras se esperan, ejemplares más gloriosos que los que el mundo celebra del cristianísimo Carlos Octavo, con tan severa justicia que no perdona —perdone aquí la clemencia— al delfín, su hijo preso seis meses ha por las quejas de un ciudadano ofendido porque con tirana fuerza quiso, escalando su casa, robarle una hermosa prenda de dos hijas que tenía y, para que se divierta el pueblo, que está quejoso de que a su príncipe tenga preso el rey, hace en París los regocijos y fiestas que veis prevenidos; tanto en su pecho heroico reina la justicia. Y, cuando al rey —si esto es posible— no temas, teme cercanas desdichas de tu muerte, que la cuenta siempre el sabio tan vecina de aquellas luces primeras donde comienza la vida, blandos soplos que la alientan que entre el oriente y su ocaso, blanca luz y sombra negra entre el sepulcro y la cuna, risa breve y larga pena entre la flor y su olvido, que parece que la espera la selva para olvidarla, pues la burla y la festeja tan a un tiempo que ella misma de recibir se avergüenza limosnas entre desmayos, entre agasajos ofensas, pues flor, ocaso y oriente, sombra, luz, olvido y selva, cuna, lisonja y sepulcro tanto se enlazan y estrechan que el que los contempla mira que un sueño los diferencia. Vio un santo en revelación la dificultosa enmienda de un pecador obstinado: vio una profunda caverna en cuyo centro asqueroso estaban la boca abierta —muestras de su hambrienta furia— tanta mortal diferencia de serpientes, que la Libia engendra en su ardiente arena, que unas arrojando matan como otras matando esperan; y vio pendiente de un árbol a un hombre que su defensa era un delgado cabello que en el aire le sustenta y un brazo con una espada tan aguda y tan soberbia como si el cabello fuese para su trágica empresa las coyundas de Alejandro o la compuesta materia de metales donde el bronce sobre los siglos campea y el hombre en las amenazas de una ejecución sangrienta, pues entre ella y el castigo un cabello se atraviesa, tan olvidado y tan loco que, viendo en una floresta entre músicas y bailes que fantásticos le alegran las figuras de sus vicios, con desesperadas fuerzas quería —¡lástima grande!— romper él mismo la cuerda hecha de un cabello solo para arrojarse a la tierra donde los vicios le llaman, sin advertir que era fuerza, en cortando el lazo inútil, despeñarse en las sangrientas bocas que hambrientas le aguardan para que perezca en ellas. Tú eres el hombre que pinto, que entre sierpes y culebras, abismos, deleites, furias, árboles, espadas, cuerdas, peligros, obstinaciones ni te asombran ni te enmiendas. ¿Has dicho? Lo que basta al corazón de una piedra. ¿Quieres escucharme? Sí. Pues escucha y ten paciencia, que suelen los pecadores como yo causar molestias y enfado con sus palabras a los que virtud profesan. Tú eres santo, tus virtudes acreditadas con letras te han hecho digno maestro del príncipe, tú granjeas con vida ejemplar al pueblo que te aclama y te respeta porque te corren, Dineo, obligaciones estrechas por el oficio y el nombre y, aunque es una misma cuenta la que debemos hacer los que a la sagrada iglesia llamamos madre, yo soy más mozo, la edad se arriesga con el ardor y la sangre. ¿Viste acaso en la dolencia más peligrosa a un enfermo que la salud le recetan en los templados manjares y, aunque él conozca y vea los que le han de dar la muerte, pide con ansias estrechas porque estorba el apetito cuanto la razón ordena? Así yo en la juventud tan arriesgado, aunque advierta la salud que busca el alma en lo que tú me aconsejas como el amigo mayor, el apetito se ciega despeñado en desatinos, donde corriendo tropieza, pero ofrécense ocasiones por desdicha de mi estrella que el escusarlas sería para un hombre honrado afrentas. Soy inclinado a las armas y con espada y rodela gasto de noche las horas por que ellas no se me pierdan. La ocasión de agora fue resultas de una pendencia de anoche, que un capuchino fuera milagro perdella. Pasé, pues, por cierta calle, pidiendo al ocio licencia, descuidado como solo y, hallando una casa abierta, oigo descompuestas voces y entro a ver la causa de ellas y hallo al dueño de la casa que dos hombres atropellan con villanas amenazas sin que al pobre le valieran las escusas que ofrecían su templanza y su modestia. Su mujer los ayudaba más que cristiana soberbia, que eran los dos sus hermanos, a quien con voces y quejas contra el marido incitaba. Pregunto: ¿aquí la paciencia fuera de provecho? No, que el marido, con tenerla, le vi a riesgo que los dos le matasen. Mi presencia les detuvo, supe el caso, pero no aguardé a que fueran por la absolución a Roma. Pues, siendo la causa ajena, ¿la tomas por propia? Yo no he de sufrir desvergüenzas. ¡Buena pascua te dé Dios! A este estudiante sirviera sin blanca. Los dos, al fin, con engañadas promesas casaron aquel buen hombre con su hermana sin que viera por el dote prometido en tres años más que ofensas, diciéndole: «¿No bastaba que le honráramos con ella? Regalada y muy servida la ha de tener». En salmuera. Y, en faltándole dineros, que los hurte o que se venda, que para eso se la dimos. Casi con lágrimas tiernas quedó el marido, mirelos y por darles la respuesta de una vez, saqué la espada y presumo —si me esperan— que dejo libre al marido por que la mujer no tenga, si no a Dios, a quién quejarse, si Dios oye injustas quejas, salieron los cuñaditos trompicando. Pues, si acierta mi dicha a estar yo en la calle, tenemos boda francesa. Huyeron, fuime a mi casa, cerró el marido la puerta confuso y agradecido y agora con la impaciencia quizá de verse cobardes a noche o porque me encuentran solo y sin armas, juntando los que viste —¡qué vergüenza afrentosa!—, me acometen. Milagro de mi defensa fue ver descuidado a un hombre que por la calle atraviesa, a quien le quité la espada, hice lo que ves con ella, hiriendo y atropellando sin que hallase resistencia en el villano escuadrón, que no es posible que sea valiente ni hombre de bien ninguno de ellos, que es prueba de cobardes la ventaja y las voces es flaqueza y todo junto es infamia. Ya te he dado larga cuenta del suceso, lo demás son imposibles peleas si pretendes reducirme, que en la bárbara aspereza de la Scitia podrás ver la nieve en ardientes hebras, pespuntar el monte a rayos y entre los claustros del Etna, donde pone estanco el fuego para que incendios aprendan los homenajes de Troya, verás en fuentes risueñas peinar cristales el alba copo a copo y perla a perla, correr los campos del mar el Tigre, cargar las velas al Austro el bajel soberbio, siendo el piélago las selvas, hacer estación de flores el sol en vez de planetas, cultivar agreste mano por manutisas estrellas, primero que mis deseos pueda enfrenarlos tu lengua. ¡Feroz intento! Señor, ¿quiere llegarse a mi tierra? Le entregaré dos cuñados. ¿Qué hombre es este? En la voz muestra que no es francés. Español he de ser hasta que muera porque no puede ser menos. Estuve con alma atenta oyendo sus circunloquios y me agradan de manera por el colérico impulso —que la letra con sangre entra— que casi casi me inclino a que vuesasted me tenga por su huésped muchos días porque, si acaso le alegran las travesuras, yo iré a traelle una pendencia desde El Cairo y, si por dicha quieren registrarla o verla guardas de los puertos secos, traeré dos, si ellos me esperan, mi pendencia en las alforjas y la suya en la maleta. ¡Estremado humor, Dineo! Estos hombres te contentan. También me contenta a mí este hidalgo y no es pequeña suerte la confrontación para que luego me entienda. ¿Cómo te llamas? Beltrán, que traigo la polvareda conmigo y no he de parar hasta que el mundo se pierda en mis arenales. Bien. ¿Has estudiado? En Noruega. ¿Cómo? Estudiaba de noche, pero siempre con linterna. ¿Quieres servirme? A eso voy. Por el aliento que muestras te recibo; mis criados estudian, pero pelean. ¿Comen? Muy bien. Eso basta, que es la verdadera ciencia, las letras quieren espacio, priva con ellas la flema y, si andan mucho, una corma les pongo al pie de la letra. Lo que toca al batallar, hay días, porque, si aciertas a reñir en los cobardes, de mí no hay que hacer más cuenta que de una liebre en ayunas. Es influjo, no hay quien pueda turbar el orden celeste. Pues dime, ¿qué días te quedan para reñir? ¿Los domingos? Yo no quebranto las fiestas, porque reñir es trabajo. ¿Y los lunes? ¿Quién empieza las semanas con disgustos, aunque se los dé una suegra? ¿Los martes? Aun los Mendozas pienso que lo regatean, con ser el mismo valor. ¿Luego al miércoles apela el tuyo? ¿Cómo, si traigo el hábito de la Reina de los Ángeles y ayuno siempre a pan y berenjenas, que quitaran una gana de reñir en diez tabernas? ¿Los jueves? Entra el del Corpus, y es muy poca reverencia. ¿Y los viernes? Soy de purga, y los sábados es fuerza ir a lavar mi camisa y doy de noche la vuelta. Pues no hay más en la semana. Por Dios, ¡aunque los hubiera! Por lo menos servirá de llevarme la rodela de noche. Guarda esta espada. Y la tendré manifiesta hasta que truene. ¡Qué ciego estás! De un coche se apea una dama que, aunque encubre toda la fachada, muestra en el talle señorío como en las galas belleza. Acá se inclina. ¿Querrás, Bruno, detenerte a verla? Si ella gusta, claro está. Pues tan poco te aprovechan mis consejos, es forzoso que despeñado te pierdas. ¡Bizarra mujer! Si tienes, Bruno, como la opinión, las obras, buena ocasión hoy a tu valor previenes. Si te arrojas atrevido, si te alientas empeñado, ilustre será el cuidado y de pocos merecido; libraras una mujer del más afrentoso agravio que mostró pluma ni labio si igual suyo pudo haber. Príncipes hay y señores en Francia de quien fiar mi honor, mas diera lugar a pretendidos favores que escucho, porque nací, Bruno, para solo un dueño y, aunque es terrible el empeño, quiero fiarme de ti, pues cuando favor me des con tu bizarro valor serás en guardar mi honor más que valiente cortés. Aunque el ser mujer bastara sin excepción de belleza porque la naturaleza las defiende y las ampara, con dichosa inclinación, el saber quién sois será un valor que aumentará la primera obligación. Matilde, señora, ¿es sueño? Pues mi pena he de contar, también te puedo fiar la vista. ¡Glorioso empeño!, pero quisiera saber de quién os podéis quejar, que, en viéndoles qué lugar les queda para ofender, no han de cegar sin arder, pues, si yo que he de obligaros, quedo, en llegando a miraros, ciego en vuestros rayos bellos. ¿Cómo quedarán aquellos de quien pretendo vengaros? ¿Sabéis qué vengo a pensar?, que el castigo habéis templado porque habéis considerado que es mucha muerte el mirar. ¿Por qué quereros vengar? Su muerte fuera el querer solo con dejaros ver, que no os vieron presumí, que a verlos vos como a mí no fuera yo menester. Como corteses lisonjas puedo admitillas. Mi padre, ya lo sabes,... Que sois hija del gran duque de Ferrara. Vamos por lo que es notorio gastando breves palabras: llegué a Francia... Y vuestras bodas sé que el mismo rey las trata, que vuestro padre os envía con la pompa más bizarra que vio el aplauso festivo de las lisonjas romanas a casaros con el duque de Orliens, de la sangre y casa de Valois, que si el Delfín —no lo quiera Dios— faltara, pusiera las lises de oro en su corona por armas. Pues de esas grandezas, Bruno, como traidoras aljabas, prestando el arco los celos, flechó el desprecio mis ansias. Agora entra lo que ignoro. Lo que ignoras es la causa, no el sujeto, es Margarita, hija del duque de Mantua. Sé que su madre era prima de la reina, cuyas plantas pisan alfombras de estrellas que lucen más al pisarlas. Vino a París Margarita tan en su florida infancia que se quejó el quinto abril que no le cumplió en su patria. Murió la reina su tía y ella por templar desgracias le daba al suelo francés por cada memoria un alma. Es sujeto para un rey, pero el duque a la inconstancia en golfos de necio olvido entregó mis esperanzas. A Margarita pretende tan a mis ojos que mancha la pureza del sosiego con que descansaba el alma. En la posesión vecina, que ya es su memoria infamia, no los pálidos umbrales de la muerte en las tiranas solicitudes sangrientas del verdugo, que amenaza la humilde inocente vida en cuchillo, fuego y brasas, me causan más sobresaltos ni más horrores me causan que nombre, memoria y vista del duque en las sombras pardas por las ausencias del sol, con que se corona Hircania de la robusta vejez de alisos, fresnos y hayas, se ha visto manchado tigre; pinta tú mismo la rabia con que, verdugo impaciente, los árboles despedaza, a los vientos desafía, a las piedras desencaja viendo robados sus hijos, y tanto que en cada mancha de las pieles un borrón de la vida que le aguarda, sin que el venablo le sirva, sin que los perros le valgan, que donde troncos y penas son aristas y son pajas, ¿qué han de hacer venablo y perros?, si no rendirse a las armas del bruto que escandaliza con bufidos la montaña, con monumentos la selva, y con púrpura la grama. Pues esta imagen que pinto de esta furia es copia falsa del duque, porque es más bruto que el fiero parto de Hircania. Yo he de ausentarme a sus ojos, yo he de olvidarme de Francia con mi ausencia. No te pido consejo, que en él se agravian desesperados decretos de una resuelta venganza, solo atrevimientos, solo libertades despeñadas pido a tu brazo si quieres ser voz de tu misma fama. Los peligros te aseguro, aunque libre toda Francia su poder en el más corto, esos te ofrece mi espada, ni temerlos ni dudarlos hasta que a tus plantas caiga por blasón de acometerlos, borrando edades pasadas con el triunfo del morir por tan bellísima causa. No aseguro los sucesos, que los prósperos los tratan más que no el valor la dicha. El que los emprende halaga a la fortuna y le quita lo que a los medrosos guarda. Solo una duda me queda, porque el suceso ignoraba, que presumí que las quejas —que en su olvido son venganzas— eran del conde Rodolfo, que con licencias pasadas que el escándalo le ofrece, como ve que no se casa el duque, te solicita siguiendo tus pasos hasta que desenfrenado el vulgo le da en tu nombre esperanzas. Aunque atrevido y grosero, sin darle mis ojos causa más de pensar de que en ellos hay incendios que le abrasan, me quiere, en fin, y hasta agora no vi en historias pasadas a mujer que solamente de querida o de olvidada, sí, porque halla en lo querido —sin tenerlas— muchas gracias y en lo olvidado —aunque hermosa— descubre infinitas faltas, y, ansí, perdonando al conde, aunque de imposibles trata, guardo furias para el duque, si quien se ausenta las guarda. ¿Despréciate el duque? Sí. Pues este no me embaraza, el conde sí, que te adora, que, si dices que te enfada, no dices que le aborreces y, mientras dejas a Francia, no porque yo lo merezca, mas por tener granjeada contigo —pues que me pides favor— opinión bizarra de que te sabré quitar los encuentros que te cansan. Si le encuentro, si le veo donde en señas o palabras forme burladas quimeras de sus cortas esperanzas, le he de matar. ¡Vive el cielo! Advierte. ¿Ha de ser mañana mi partida? Y con secreto, porque, si mi intento alcanza el rey, que lo estorbe es fuerza. Pues no ha de vernos el alba en París, mas por desvelo de las sospechas villanas, linces de acciones ajenas, importa que no hagas falta al sarao de aquesta noche en palacio. Asegurada en tu valor doy la vuelta, pero a esperar más desgracias. ¿Qué dices? Que viene el duque. Cúbrete y venga. ¿Qué mandas? ¿Hasme entendido? ¿Soy lerdo? Primero ojearé una espada que un libro. ¡Buen español! La carroza y las criadas son de Matilde y hablando está una dama tapada a Bruno. ¿Son ilusiones para que se vuelva el alma el primer amor despierto con los celos que le abrasan? Esto ha de ser. Bruno, aquí me importa que aquesa dama se descubra. Y, si acertase importarme a mí el llevarla sin descubrirse, ¿qué haremos con entrambas importancias encontradas en un palmo de tierra? Tanta arrogancia y desatinos tan locos proceden de la privanza de tu padre, pero advierte que, si loco te levantas, que, si tan soberbio vuelas, que he de abrasarte las alas por que escarmentado temas, por que despeñado caigas. Duque, ni favor ni sangre que presumo que te iguala, si no te excede, me alienta a la acción que ves bizarra en todo tiempo, que fuera —claro está— notoria infamia darte licencias cobardes de conocer esta dama cuando en encubrirse estriba el gusto de que se vaya sin que tú sepas quién es. Señora, el duque, aunque es tanta su opinión de gran soldado, por la de señor les guarda a las damas cortesía, volveros podéis tapada, que ni el duque ha de seguiros ni habrá quién ofensa os haga ni llegue a mirar las huellas de vuestras hermosas plantas. Todas son desdichas mías. ¿Dónde he de veros? Ya baja la noche borrando luces, pues que la ocasión nos llama del sarao. Ya os he entendido, en palacio aguardo. Engaña tus locos atrevimientos la muerte. De las palabras no resultan más que ofensas. ¿Es tiempo, señor? Aguarda, vuestra excelencia no se empeñe, porque juro a Dios, si pasa a darle vista a la calle por donde fue, que se traiga más pesadumbres de verla que agora engendra esperanzas. De esta manera respondo. La pobreta va sin vaina. A palacio vuelve el rey, ya nos ha visto la guarda. Suerte es tuya. ¿Y no de entrambos? ¿Dónde podré verte? En Francia, porque hombres tan conocidos aun las piedras los señalan y yo te buscaré. ¿Cuándo? ¿Será muy tarde mañana? No. Pues adiós. Él te guarde. Por Dios que el amo me agrada. El rey que guarde el cielo con más luceros que el celeste velo envidioso descubre entrando viene. En vano se previene la noche occidental brillando estrellas porque las damas son luces más bellas. No me juzgue París rey tan severo cuando alegrarla espero con las fiestas que veis. Si las honrara el Delfín... Bueno está. Cuesta muy cara su prisión. Margarita, no es bueno para rey quien no me imita. ¡Oh, cuál está el salón, poder de Cristo! Yo soy mirón eterno y nunca he visto tanta luz en diamantes y en faroles, y he pasado los mares españoles y me he hallado en Troya y en la China, donde una luz y otra se arruina. Ya toma asiento el rey, tome en buen hora, que no le estorbo yo más que el Aurora, hablando con poético decoro, le hace aposento al sol con rayos de oro. Sentáronse las damas, merece la menor cuarenta famas, aunque, si cada fama trae su trompa, ¿dónde habrá tantas que los aires rompa?, pero mis dudas son bien escusadas, habiendo trompas de París sobradas. Ya van tomando puestos los galanes, muchos franceses, pocos alemanes, un arrogante mozo, con el cabello crespo, rubio el bozo, llega al lado de Matilde. ¡Ah, cielos!, cerrad los ojos y cubrid los celos. Bizarro mi señor —como en Castilla dice la seguidilla: «¡vive el cielo de Cristo que es gentil hombre, estudiante de día, galán de noche!» Ha entrado ya en la sala, aquí hay refriega, porque al descuido a un lado a hablar se llega. Arrojole al oído palabras venenosas, que perdido el color se levanta el mozo airado, ¡válgame san Alberto y su candado!, mas ¿quién podrá guardar lengua ni boca cuando a lástima tanta me provoca? Prended a Bruno. ¡Ay, Dios!, nadie le acude, nuestra Señora de París te ayude. El conde ha muerto. Yo no he visto nada, lo que yo pude ver fue la estocada, cayó sin que pudiesen detenelle y un clérigo bretón llega a absolvelle. A escuras el salón está en un grito, que la luz se empañó con el delito, no hallan defensa ni descubren puertas las voces vivas y las luces muertas; por aquí salen bultos, yo me arrugo a pie, que no es buen potro el de un verdugo. ¿Hubo desdicha igual? ¿Quién es? ¿Acaso —si el temor te concede libre el paso eres Bruno? (¡Matilde es esta, cielos! ¿Ya en el olvido se engendraron celos? Así veré qué intenta.) Yo soy, señora. Si el valor te alienta, en tu feroz delito el paso mueve, que este favor a la piedad se debe y a casa de Dineo parte volando, que en su casa creo que encubrirte podrás mientras te envío con un criado mío un caballo, que pueda... ¿Hay mayor suerte? .librarte del peligro y de la muerte. Favor es soberano en tanto empeño, si bien oigo la voz, ignoro el dueño, sin que me deje en riesgo tan estraño que pueda discurrir sobre el engaño. Por aquí salió el rey. Llegad las luces. Bruno, si a mi consejo no reduces el espíritu fiero, verte despojo de un verdugo espero. ¿Hubo sujeto igual? Llegad, soldados; aquí está el matador. Tan asombrados obran ya los sentidos que los contemplo ajenos o dormidos. ¿Qué es esto, duque? ¿Cuando tú no seas bárbaro ejecutor de hazañas feas que aun la misma piedad castigos pide lo que viviere el sol, que tiempos mide, por lo menos le amparas y defiendes? Señor, advierte... Mi paciencia ofendes, pero Francia verá tal escarmiento que el aire venga a ser corto elemento para imprimir veloces de castigos feroces sobre el menor culpado. ¿Así el alto respeto, así el sagrado decoro se quebranta? Viera el Delfín en su feroz garganta, si cómplice le viera, sangriento acero que a París le diera entre amarillo espanto piedad, sepulcro, asombro, luto y llanto. A una torre llevad al duque luego. ¿Hubo engaño más ciego?, pues aun para vencer tantos agravios se me yelan las voces en los labios. Hasta aquí dichoso he sido aunque no han visto los cielos hombre más malo que yo. ¡Qué seguro está Dineo en su oratorio! ¡Oh, varón justo, que vives sin miedos de las humanas desdichas, conquistando y mereciendo el premio que ya te aguarda por tus virtudes! No quiero estorbarle su oración mientras en este silencio me trae el caballo que aguardo el esperado remedio. Aquí está una silla, bien descansar un rato puedo, que fatigan los delitos más que trabajos del cuerpo porque en la casa de un santo seguro estoy por lo menos de que el rey mande prenderme, siendo ella todo respetos. ¡Válgame Dios! ¿Los temores cuándo llamaron al sueño, si no es que al último llamen? ¿Cómo no temen los muertos? Señor, pues a vuestros ojos no hay abismo tan secreto que se oculte y vos sabéis las verdades de mi pecho y sabéis también que os sirvo y que merezco los premios de vuestra gloria porque son justos vuestros decretos, quiero en este breve espacio, en este mudo silencio pediros, por ser tan mío, de recta justicia el cielo. En mi vida os he ofendido y, aunque ofensa no os he hecho, con diciplinas y ayunos trato como veis mi cuerpo, pues, si es fe —y fe tan segura que en vuestra presencia es bueno el que hiciere buenas obras y tiene seguro asiento en la bienaventuranza—, yo hago buenas obras, luego ¿seguro tengo el salvarme, segura la gloria tengo? Muchos que bárbaramente pecaron y os ofendieron gozan eternos laureles. Que sois piadoso os confieso, vuestra clemencia infinita, tanto como vos eterno..., mas no he de valerme de ella, diferenciarme pretendo de todos cuantos ocupan esos estrellados velos, que ellos por vuestra piedad se salvaron, mas yo quiero, señor, que vos permitáis que, cuando libre del cuerpo vuele el alma y la juzguéis, que en el tribunal severo asista vuestra justicia no más, si el cielo merezco de justicia, que le alcance y de justicia el infierno si también le mereciere, que piedad no la pretendo ni que me supláis con ella el cuidado más pequeño. ¡Oh, visión maravillosa! Abiertos miro los cielos y una gloria celestial en el alma. ¿Si es portento que me amenaza? ¡Ay de mí! ¿Dónde estoy? Mas ¿cómo pienso que yo pueda merecer lo que indignamente veo, siendo el mayor pecador que ven los ojos eternos de las luces cristalinas? Cielos, ¿qué silla de fuego es la que mis ojos miran? ¡Oh, qué soberano asiento! ¿Para quién le guarda Dios? No para mí, que le ofendo. Yo sirvo a Dios rectamente, injustos son mis recelos. Si son mis obras tan malas, mal llegaré a ser su dueño. Yo mi cuerpo mortifico, siendo oración mi sustento. Mis manjares son delitos y en ellos mismos tropiezo. Apartado estoy del mundo. El mundo me tiene ciego. Pues, cielos, ¿quién me amenaza? Mas ¡ah, pensamiento necio!, ¿qué quimeras has formado cuando agora tú estás viendo tan justo merecedor del bien que le ofrece el cielo? ¿Hay temores más villanos? ¿Aquí estás, Bruno? (Ya veo que la silla ardiendo en llamas sus culpas la merecieron y que los cielos permiten que haya visto este portento para que le avise yo de su desdicha.) ¡Oh, mancebo infeliz!, ¿a qué has venido? A buscar en ti el remedio, yo maté al conde Rodolfo en palacio y vengo huyendo a tu casa, que es sagrado de los peligros que temo, mientras espero un caballo que ha de sacarme del riesgo si el cielo tiene piedad de tan mal hombre. ¡Oh, qué ciego estás! (¡Oh, quién le dijera lo que en el paso postrero le aguarda de eternas penas!) (¡Quién los soberanos premios que espera varón tan santo le dijera!, mas los cielos se lo habrán ya revelado con otros altos misterios.) Bruno, Dios está ofendido de tus culpas, mis consejos por ventura serán hoy los últimos. Tendré en ellos freno y guía. Vuelve a Dios el alma y los pensamientos y haz penitencia. Sí haré. ¿A dónde has de ir? A Roma, pienso, a pedir absolución al pontífice. Un concierto hemos de hacer, por si acaso no volviéremos a vernos en esta vida mortal. Pide, que ya te obedezco. Que el que primero llegare a ver el terrible estrecho de la muerte vuelva al mundo a ver al otro. Yo acepto, como lo permita Dios. Sí hará, que le obligan ruegos. Pues cumpliré mi palabra. Vete en paz. Guárdete el cielo, lleno voy de santa envidia. ¡Cuánta lástima le tengo! Bienes eternos le llaman. Penando le considero. Él vendrá lleno de glorias. Él vendrá de penas lleno.

JORNADA SEGUNDA

Si nadie pudo alcanzar del rey que al Delfín le diese libertad ni que le viese, mandándole desterrar con vos, de que a la Rochela, que se ha rebelado ya, castigue, ¿quién osará, aunque la piedad desvela la osadía, a suplicar al rey que dé al duque preso libertad? Yo te confieso que me osara [a] aventurar, mas, por que el duque no crea que yo intercedo por él cuando tan fiero y cruel darme disgustos desea, la he escusado. Pues ¿qué medio para su ruego ha de haber? Yo, por no darle a entender que procuro su remedio, por no dejarte celosa, me olvido en la intercesión. Más quiero ya su prisión que no verte a ti piadosa. Pues ¿el pobre caballero qué culpas ha cometido para que entre amor y olvido sienta el castigo severo del rey cuando tú enviaste el caballo a Bruno? Un año sin admitir desengaño que para disculpa baste ha que el rey le tiene preso. Admite más el rigor. El rey viene. Gran señor. Margarita. Ya es exceso, teniendo fama también de piadoso. Pues ¿qué dices? Que no es bien que te eternices con los que es razón que estén bañados de torpe olvido, por rigurosos y fieros reyes se piden severos, ¿dónde jamás ha cabido la política crueldad? Con amagos de crueles copien sangrientos pinceles la ciega temeridad de los bárbaros gentiles, sin Dios, sin razón, sin ley, mas, siendo cristiano un rey, son ejemplares muy viles los de aquella antigüedad que, más que severos, necios daban en justos desprecios a la sagrada piedad. Dime, señor, ¿pudo ser que el duque no le enviara el caballo? No culpara, para llegarle a prender, tan osado atrevimiento si yo mismo no le viera y el nombre de Bruno oyera, que es el mayor fundamento para persuadirme yo que salvó el duque su vida y mientras el homicida que mi decoro ofendió, no parezca, Margarita, el duque preso ha de estar. Eso es mandarle matar, que el ofensor no te imita para ser también cruel consigo mismo, que fuera su crueldad mucho más fiera que la que usaste con él si en tu poder se entregara. Tener del duque piedad también es gentilidad, que solo un hombre acusara si ha de perder parte en ella la vida que en salvo está. Matilde es esta, no es ya, porque para hablar con ella el rey me lo ha de estorbar. ¿Qué hombre es este? Un estudiante ya de este mundo pasante que quiere resucitar desde la otra hambre agora, que es como de la otra vida, y, pensando hallar salida a mi entrada, mucho ignora, que piensa si no es rocines. Vine a palacio sin ver que tienen poco poder con el rey ni aun los Delfines. Supe, al fin, que a Margarita tu sobrina visitaba Matilde y, como pensaba que en el resplandor imita el sol al rey y creía que te ibas poniendo ya, entro y descubro que está tu ocaso en el mediodía, pues donde quiera que llego entre medrosos desmayos echo de ver que tus rayos, si miro, tocan a fuego y, así, me quiero volver sin que estos salones pise hasta que un búho me avise que te vas a recoger. ¿Qué nuevas traerá Beltran? ¿Quién eres? Soy un lacayo eclesiástico. ¿A quién sirves? Sirvo a un eterno embarazo del estómago, tan limpio que, haciendo pruebas de hidalgo, hay información de abono en todos los cuatro cuartos; habrá un año que le sirvo corriendo plaza de galgo, él en Roma, yo en París, harto os he dicho sin harto. ¿Sirves a Bruno? De espía, que yo le escribo los casos que en París van sucediendo y dejo algunos por largos. ¿Cuáles dejas? Los del duque. ¿Por qué? Porque está cansado el mundo de verle preso por decir que dio un caballo, pudiendo dar una yegua, que tiene más largo paso. ¿Y no fue grave delito? Yo lo tengo por liviano; si le diera una tortuga, fuera delito pesado. Para los que van huyendo se inventaron los caballos y es para los que pretenden linda invención la del aso. Verdad es que he visto a muchos que pretenden en palacio muy agudos y ligeros: serán asnos de gitanos, que dan la buena ventura a los que cursan los patios y solo la tiene buena San Buenaventura el santo. ¿Y qué escribe desde Roma? Que es buen año de garbanzos y se abrirán muchas fuentes no más de por lo barato. ¿Y qué más? No sé, por Dios; dígalo él, que queda hablando con Dineo. ¿Vienes loco? ¿Con quién? Apúrame tanto vuestra alteza que diré que después de treinta abrazos se preguntan los sucesos medrosos y recatados. ¿Bruno en casa de Dineo? ¿Hubo más necio villano? Al capitán de la guarda llamad luego. ¿En tu palacio hay, señor, quién te disguste que obligarte pueda a tanto que desprecies el sosiego de tu valor soberano? Tú eres la ocasión, Dineo, como lo dice el criado de Bruno, que está en tu casa. (¡Válgame el cielo! ¿Tan falto vives de fe que has vendido a tu señor?) (¡Buen despacho! ¿Yo le he vendido hasta agora? Ninguno me lo ha comprado.) Dineo, ¿es esto verdad? Cuando este lo ha confesado, ¿cómo yo negarlo puedo?, y más, señor, cuando alcanzo que es un rey quien lo pregunta y que todo lo criado de cielos y de elementos a pesar no viene tanto como una mentira leve, aunque sirva de resguardo a vidas de cien mil hombres. Bruno está oculto en un cuarto de mi casa, viene humilde, arrepentido y trocado de aquella pasada vida que le causó sus trabajos. Vengo a decirte por él que, por el Dios soberano que adoran ángeles puros infinitamente santos, que no tiene culpa el duque, que ni le envió el caballo ni fue parte en su delito. ¿Quién pudo ponerle en salvo? Él lo sabe solamente, que con estimarme tanto y estar oculto en mi casa aquella noche esperando su buena o mala fortuna llevó en su pecho guardado el nombre de quien le ayuda. Más me admiro y más me espanto de que lo amparases tú. Entra en los piadosos casos el que has visto. ¿Fuera justo que yo a tu poder airado entregase un delincuente? Míralo, señor, despacio y abonarás mi silencio. Eres santo y, si has templado parte del enojo mío, pero no para olvidarlo, que ha de ser ejemplo al mundo un loco desatinado que a mi respeto se atreve y con menosprecios tantos que ha dado vuelta a París, pero con mortales pasos, que ha de enfrenar el verdugo, cortando en un cadahalso su fementida cabeza. Cercad la casa, soldados, de Dineo y, si en defensa se pusiere temerario Bruno insolente, matadle. Pues ¿no le valdrá el sagrado de mi casa humilde? No. Pues valdrame el de palacio y las iras de mi rey, que vengo a desenojarlo con mi propia vida. Echó la fortuna todo el fallo. Crédito apenas le doy a la vista. Despeñado de un abismo en otro abismo, viene a ser sangriento blanco del enojo del poder. Conmigo el abono traigo para pagar por el duque, sus lástimas me obligaron, sabiendo que está sin culpa, a venir yo a confesarlo; mándale, señor, soltar, pues ya me tienes postrado y puesto a tus reales pies. Palabra, señor, has dado de que librarás al duque. Libre está, pero con cargo, aunque todos le abonéis, que pruebe no estar culpado. Venga a mi presencia luego. Alza del suelo. Hasta tanto que vea tu majestad estas letras y despachos de Hugo, sucesor de Pedro en el trono soberano de la militante Iglesia. Nadie en ella más cristiano defensor, soy su coluna y el cristianísimo Carlos, de quien los herejes tiemblan sobre sus rebeldes campos; veré las letras del papa. Suspensión merece el caso. «Carlos, cristianísimo rey de Francia nuestro amado, con la gracia de Dios nuestro señor, hemos ordenado de sacerdote a Bruno». Padre, levantad, por Dios, hasta llegar a mis brazos, que, pues el papa os perdona y os levanta a tan sagrado ministerio, ya sois digno de comunicar alados querubines trono a trono, y aun ellos no alcanzan tanto, que, si en el cielo le gozan, vos con misterios arcanos que solo la fe penetra desde su eterno descanso, que al lado del padre vive le bajéis a vuestras manos. Yo os perdono y a mi gracia os vuelvo, yo había aguardado por vuestro grave delito las bulas y los despachos de canónigo en París, mas, ya que os he perdonado, tomaréis la posesión de vuestro canonicato. De nuevo vuelvo a besar vuestras plantas. Si has hallado culpa en mí, manda, señor... Basta, duque, perdonaros quiero y, así, no averiguo si fuistes o no culpado. Que no lo fui sabe el cielo y Bruno, pues a tu amparo vuelve ya. ¡Qué es menester buscarle a un pobre caballo la vida! Él se presentó ensillado y enfrenado y con buenas herraduras, diciendo: «dice mi amo que nos lleguemos a Roma», y esto ya lo ha declarado delante de dos rocines que jurando le tomaron su relincho. Aparta, necio, siempre estás desatinado. Su alteza gusta de oírme, que es invencible trabajo escuchar siempre discretos; también son hombres humanos los reyes, también tenemos necesidad de alegrarlos; honestamente se entiende, que es rey que siempre está falso consigo y puede prestar severidad a Pilatos. Señor, con vuestra licencia. Ya sé que os dan los palacios fastidio, pues advertid que no es bien que sean los santos solo para sí y los reyes, Dineo, necesitamos de saludables consejos de varones señalados en letras como en virtudes; vos sois ejemplo y milagro del mundo, luz de mi imperio, no me neguéis vuestros rayos, que yo los he menester más que todos. Siempre, Carlos invicto, estoy obediente como a su dueño el esclavo, pero agora os certifico, señor, que me siento falto de salud y es el silencio y soledad el templado remedio con que se alivian mis penas y mis cuidados. Los ayunos y oraciones enflaquecen los humanos alientos por más robustos que se juzguen; no, no tanto pide Dios. De esta manera en su tribunal sagrado justifico yo mi causa y, cuando de mis trabajos, ayunos y diciplinas el cielo esté tan pagado que exceda la penitencia a las culpas, mis hermanos es justo que participen de este bien que les alcanzo. Pues no quiero deteneros. El cielo os guarde los años que ha menester vuestro imperio. Duque, escuchad. No es agravio detenerte para darte las gracias, pues a tu amparo puedo ya decir que vivo. ¿Quién tan lastimosos casos como te aguardan sabría encarecer? ¡Que hayáis dado, señor, lugar que se ordene, siendo vos tan justo y sabio, sabiendo que está precito? Si yo pudiera librarlo de tan eternos tormentos, diera por él cuantos años os he servido en el mundo, pues publicáis que os aguardo en aquella silla hermosa que para mí señalaron vuestros divinos decretos. Parece que te has mudado el color. ¿Qué pena sientes? Si por la amistad de entrambos sientes los pecados míos, por que ya pueda llorarlos pide a Dios, pues que le agradas, que me conceda algún plazo, si para la menor culpa puede ser bastante el llanto de todas las criaturas, como no supla el sagrado tesoro de sangre suya, en cuya fuente se hallaron los eficaces remedios de los que a Dios enojamos. Es verdad, pero no todos gozaron favores tantos como en la sangre de Cristo tiene la iglesia. ¡Oh, sagrado varón! Advierte, ¿qué dices? ¿Amenázanme tus labios? No puedo decirte más. Cayó en el alma un desmayo mortal. ¡Ay de mí! Señor, lo que tú ya has decretado, ¿quién podrá contradecillo? Margarita. Largo espacio ha durado esta consulta. Yo determino casaros. (Por que yo pierda el sentido.) Si es con el duque, sagrado tendré a mi llorosa ausencia, pues iré olvidando agravios. ¿No respondéis? Pues aquí no puedo serviros, Carlos, dadme licencia. Esperad, que han de darse aquí las manos y habéis de ser vos testigo. (¿Hay decreto más tirano?) Señor, advertid que soy, si es que no estáis olvidado, sobrina de la difunta reina, que siempre me honraron en Francia con parabienes de esposa. Decid. (¡Qué estraños lances de fortuna, cielos!) Si os he ofendido, vengaos del príncipe vuestro hijo. ¿Heos dicho yo lo contrario? El Delfín es vuestro esposo, que por instantes le aguardo más quieto y más obediente, las bodas que yo he tratado por agora son el duque y Matilde, daos las manos. Contra la misma esperanza voló la dicha al sagrado templo, donde premia amor deseos y amores castos. Mi obediencia es vuestro gusto. Señora, lo que he dudado ha sido el no mereceros. Por lo mismo me acobardo, pero ya las dichas mías alegres se coronaron contra el tiempo y la fortuna; vuestra soy. Yo vuestro esclavo. Parece que habéis querido juntar a tantos aplausos dichosos las humildades, que a vuestras plantas consagro, Trajano francés, envidia de Aquiles y de Alejandro. Quise con vuestra presencia colmar regocijos tantos que no los tendrá menores vuestro padre, retirado de la corte, con la pena de vuestra ausencia; los cargos y oficios volverá a usar desde luego. Corto espacio es el ámbito del mundo para que sirva de estrado a vuestras plantas, que beso humilde. Alzad a mis brazos; id a tomar posesión de vuestra prebenda. Vamos a tocar esa propina. Grandes albricias aguardo de tu feliz casamiento. Pues, Celia, yo te las mando. ¿Qué hay, mequetrefe con tocas? Si no has visto licenciados en tu vida, vuelve luego y abriré mi cartapacio. Señor bufón en latín, vuelvo luego. Pues yo aguardo. Señor, si secretos vuestros altamente revelados a varón tan justo ordenan de que yo por hombre ingrato a tan altos beneficios que vos sabéis explicarlos, porque no es capaz la vida con todo el ingenio humano de cuantos mortales viven aunque le dieran espacio los siglos que ha visto el mundo desde su primero caos, a agradecer y servir lo que os debo y nunca os pago; si determináis, señor, que llegue el último plazo de mis culpas y por ellas —¡ay de mí!— estoy condenado a los eternos tormentos, canten vuestro nombre santo y vuestra recta justicia, yo el primero; y, si penando mientras vos fuéredes vos sin remedio de aplacaros ni esperanza de perdón y con la pena de daño que es de no veros jamás, me permitís alabaros, allí, señor, cantaré en el fuego en que me abraso, en las tinieblas que piso, en las cadenas que arrastro, en las blasfemias que escucho, dolor todo y todo llanto, cantaré alabanzas vuestras, himnos cantaré sagrados, como en el ardiente horno de Babilonia los santos niños que guardaba el ángel, Sidrac, Misac y Abdénago, que, aunque es diferente el fuego, si este feroz, aquel manso, este que apenas atizan, aquel que enciende en regalos; dadme allí licencia vos, cordero sacrificado, por tan mal gastada vida que no ha sabido agradaros y veréis..., mas ¡ay de mí!, que pido lo que no alcanzo, busco lo que no merezco y de imposibles me valgo. Fuese sin volver el rostro ni llamarme; basta, ha dado en canónigo, pues yo, si no me van a la mano, he de dar en cardenal, aunque llegue trompicando a una esquina. ¿Qué me quiere, señor bachiller en trapos? Dime, ¿a quién sirves?, que luego te llevarán los diablos si no te apodare bien. Pues mire que los muchachos cuando escarban la basura le buscan para llevarlo a un molino de papel y ha de ser papel quemado. Pues ¿soy yo libro de herejes o he hecho cuartos falsos?, di, cuñada del menudo. ¿A criaturas de palacio dices té descortesías? Dime, ¿qué dama te ha dado comisión de aderezarte los sábados? ¡Ah, picaño!, yo no soy mondonga. ¿No?, pues yo sé que tienes callos de habladora; advierte, pues, que me como yo las manos tras una lengua guisada. Poco y bueno es lo que hablo, sirvo a Margarita y tengo deseos... ¿De desposado? ¿Y había de ser él? ¿No puedo? No puede. ¿Por qué? Veamos. Porque es galán reteñido y se viste muy barato. Pues más barato le busco; ya hemos hallado el paño. ¿Cuál es? Allá miran ojos. Quebrados. También hay cascos, pues tan malo es un marido que se siente con amagos de doctor y puede ser sin contarse por milagro que una cátedra se lleve. ¿A cuestas? Soy bien trabado de la humana arquitectura y puedo llevarme un patio de estudiantes y al maestro con la cátedra y los bancos. Si es oprobrio ganapán, no has de pensar que me agravio, que lo robusto es lo heroico y lo baladí lo flaco; y advierte que las locuras que se contaron de Orlando, si yo le encontrara, fueran locuras de tres al cuarto, porque yo suelo espantar... ¿Unas viñas? ¡Al atajo saliste! Bien haya ingenio que da el azúcar tan blanco. Ven acá. Diga y estese. ¿También son libros los pasos, que me los vedas?, pregunto, pero vete, que mi amo vuelve a saber si le sirvo. Y pienso que me ha escuchado mi señora. Ruego a Dios que le quiten a un zapato todo el poleví en las partes que te sirven de descanso. Vete, demonio. No puedo sin el hisopo et mundabor. ¿Qué hacéis aquí? ¿Esa es pregunta o amenaza? Estaba hablando. ¿Con quién? Pues ¿hay más con quién que esta moza? ¿No está en blanco todo el salón? Pues con ella sería sin preguntarlo. ¿Qué hablábades? Mucho. ¿Qué? Ya se sabe que en palacio ha de ser honesto y puro, no como el vino de hogaño, que cuando lo están midiendo parece que arrojan algo porque dicen «agua va» y somos tan mentecatos que con mojarnos el alma lo sufrimos y pagamos, pues con esta puridad me preguntaba... (Temblando tengo el alma.) Si era yo aficionado a canarios, ¿por qué ella lo es a jilgueros? ¡A fe que estaban de espacio! ¿Qué dices, hombre? Concedo. Regidor, vamos al caso: sonreíme y respondila: «yo soy más aficionado a murciélagos y agora tengo en muda tres o cuatro que, cantando, es de manera que son la pez del diablo». «¿Y qué los da de comer», preguntó. «Anís confitado», dije, «¿y ella a los jilgueros qué les da?». «Doyles culantro en vinagre». «Hace muy bien, cantarán como unos sapos». Pues id con Dios, y otra vez... Yo me doy por avisado. ¡Ah, doncella pajarera! ¿Qué? Con mis jaulas te aguardo, que he de salir a probar dos murciélagos al campo. Dichoso té mil veces, seas quien fueres, que eterna aclamación del pueblo adquieres, con voz tan general que te apellida santo en la muerte por tu santa vida. Esta es la envidia ilustre y generosa que debemos tener, no a la ambiciosa vana pompa del mundo en dignidades, honras, puestos, grandezas, majestades. ¿Quién será este varón? Bruno, es espanto, dobla la admiración de un cuerpo santo, pues a la castidad que se recibe con digno aplauso el pueblo se apercibe atraerle con pompa y alegría por que en el templo tan dichoso día el pueblo goce; el rey, también llevado de un tierno afecto, le obligó el sagrado decoro que le debe y acompaña y es poco estilo la mayor campaña para el concurso alegre y religioso. Vuestra excelencia me deja más dudoso. ¿Quién es el muerto vivo? ¿Quién? Dineo, tu maestro y amigo. Apenas creo..., pero si era mortal más el espacio, por ser tan breve, que dejó a palacio, hace titubear la certidumbre. Ya se apagó la lumbre que en la atalaya del ejemplo ardía, que al saludable puerto conducía en mis naufragios mi cargada nave. ¡Oh, tránsito süave! ¡Oh, muerte, que a descanso le conduces pisando cielos y bebiendo luces! Señor duque, hasta agora no he podido merecerle el perdón que ya le pido por mi pasado atrevimiento y crea... Basta, Bruno, que emplea tu juventud el cielo en nueva vida, con que mi enojo en tu amistad se olvida. Yo no he visto difunto tan sonado, el alboroto acompañó al cuidado y ya está para velle y celebralle toda París de patas en la calle. Calla, necio. Aquí viene de cuadrado lo del mundo abreviado y lo de cien mil almas, mas se entiende, con los cuerpos y todo, que se ofende todo encarecimiento, aunque le añadan un millón al cuento en almas solas —con razón lo gruño, que cien mil almas caben en un puño—. Música de bonete le sale a recibir con su motete, cada pájaro humano, un cisne soberano de las muertes ajenas, son en las voces cándidas sirenas, traídos de países diferentes: los tiples de Cambray y de Alemania, los contraltos de Albania son tres o cuatro y otros son de Escocia y algunos hay también de Capadocia. Ya espiró la luz de Francia, ya es forzoso que nos falte el ejemplo y el consejo, ya veis helado cadáver quien de mí se despidió, no sé si han pasado instantes al tiempo que fue tan breve su muerte en todo admirable, que yo aun a mis proprios ojos no les concedo el examen. Dese principio a sus honras y la capilla le cante fúnebres oficios, lleguen a un mismo tiempo a mezclarse la pena y el alegría, que en su muerte entrambas caben. Responde mihi quantas habeo iniquitates et peccata mea, et quae dilecta ostende mihi. Por justo juicio de Dios a juicio voy. ¡Qué notable portento! ¡Válgame el cielo! En el pecho apenas cabe el corazón con el miedo de un prodigio semejante. En las venas ha burlado su propio curso la sangre y con el turbado asombro contemplo helada imagen. ¡Que un hombre que aclama el mundo de vida tan inculpable que le llama santo a voces tiene dudoso el salvarse, pues dice que Dios le llama a juicio! Aunque es tan grave, por maravilloso y raro, el suceso, no se espante vuestra alteza ni París procure escandalizarse, que va a juicio confiesa, ¿qué indicios da ni señales de culpas ni que por ellas el cielo le condenase? Aunque Dios —como se ha visto— a su juicio le llame, por santo le tienen todos; temeridad fuera grande, porque Dios le llama a cuentas, que lo contrario juzgasen. Veamos, señor, si de ella libre o condenado sale; prosigan, si vuestra alteza gusta, los oficios. Canten otra vez, que espero en Dios que hoy ha de canonizarle. Responde mihi quantas habeo iniquitates et peccata mea, et quae dilecta ostende mihi. En juicio estoy. Volvió a avisarnos en el trance y aflicción en que se ve. Mi valor ha de mostrarse en esperar el suceso prodigioso como grande, pues dice que está en juicio. Cuantos le escuchan, aguarden el fin de tan justa cuenta y prosígase adelante el sacro oficio. ¡Oh, gran Dios, en tus obras admirable! Responde mihi quantas habeo iniquitates et peccata mea, et quae dilecta ostende mihi. Por justo juicio de Dios salgo condenado. Acabe el asombro de turbar mis sentidos. ¡Mortales engaños! ¿Si el alma sueña? Señor, vos tenéis la llave del humano corazón, pues que vos le condenasteis, vos sabéis que os ofendió, que las públicas señales fueron de santo en el mundo, no hay que espantar que se engañe. Tan lleno de asombro voy que el soplo sutil del aire sirve a mis plantas de grillos, sirve de aliento a mi cárcel. ¿Dineo se condenó? Pues no se asegure nadie. Para volver en mi acuerdo es forzoso que me engañe, juzgando por ilusiones tan manifiestas verdades. Aun para pensar que sueño juzgo el discurso cobarde. Señor... ¡Ah, señor! ¿Agora que has menester animarte para no ir tras el difunto —Bércebú que le acompañe— me cercenas las palabras? Dime algunas que me saquen este difunto del cuerpo porque temo que se arraiguen de fianzas y me siga hasta que a mí me amortajen. ¡Háblame, por Dios!, que tengo el alma entre cuero y carne, muerta por ser volatín, saliendo a tomar el aire. Yo pienso que ha ido a buscar sobre prendas que lo valen un parasismo prestado por que no me falte achaque. ¿Qué dices? Que sin decir, amigo, ahí quedan las llaves, se fue a los Países Bajos tu difunto miserable. ¡Cuántos desengaños tuvo el mundo desde el instante que Dios formó sus criaturas pasando y corriendo edades! Con ser tales desengaños, no es posible que le igualen al que los ojos advierten, pero puedo consolarme que me engañé en presumir que el cielo le revelase mi perdición. En mi mano esta perderme o salvarme, pues, como tantas ofensas, ¿dónde hay castigos iguales? ¿Qué aguardo con lo que he visto si los que saben guardarse de los peligros con tanto temor tropiezan y caen? ¿Qué haré yo tan engolfado en vicios? Señor, llevadme donde los ojos no vean, donde la lengua no hable, donde a los demás sentidos el ejercicio les falte y solo servirme puedan mientras os sirvan y alaben. Ciudadanos de París, amigos que acompañasteis mis delitos. ¿Ya das voces? No le ha quedado un adarme en los cascos. Bruno os llama de parte de Dios, de parte de un temor de aquel juicio que manifiestan verdades, donde son lenguas las obras y ellos mismos los fiscales. Una vida hay para un alma; si no sabe aprovecharse, ¿dónde irá en la muerte? Amigos, si queréis acompañarme, que voy a buscar a Dios y seguro voy de hallarle, si ejecuto los deseos. Montes de Francia, ocultadme, sepa Dios no más que vivo; yo mismo a mí no me halle, si no me buscare en Dios: aun las mismas soledades ignoren que yo las piso siendo el silencio el examen de aquella infalible cuenta y de aquel temido alcance.

JORNADA TERCERA

Buen amo encontré. Hace un delito y déjame el sustento por escrito, vase a Roma por todo y entra en la ida mi sustento y todo. Quedé en París de suerte por un año que entendí que el estómago era estraño, ya no me conocía ni aun yo pude saber dónde vivía, hasta que en los conventos me dijeron su casa, allí me dieron señas bastantes que me consolaban, pero se me olvidaban, y era forzoso el ir—¡desdicha es mía!— a saberlo otra vez al mediodía. Todos me maltrataban, hasta frailes también me sopeaban, vuelve a París canónigo —¡qué pena!— y, porque el otro santo se condena, echa por esos trigos, llorando culpas y llamando amigos, para buscar del cielo los tesoros y déjame a la luna de los moros como si yo, que gusto de salvarme, no pecara también para enmendarme, que piensa de este modo que él se lo peca todo y no tiene razón, que soy su amigo, la penitencia ha de partir conmigo o hemos de andar al morro si le encuentro. Por acá, por acá. Ya busca el centro de la montaña el jabalí espumoso. La duquesa Matilde con su esposo viene cazando al bosque, yo los llamo, quizá tendrán noticia de mi amo. ¡Por acá, por acá! ¡Lindo descanso! ¿Dónde está el fiero jabalí? Que es manso. ¿Hasle visto? Yo no, ni Dios lo quiera. Con la planta ligera y el estruendo veloz que imita al viento la lisonja no fue del pensamiento, la selva atravesó y al pie del monte, atalaya gentil de este horizonte, se desmintió a los ojos. Y a los míos y entre peñascos fríos —porque todos se quedan al sereno— se descubre una boca tan sin freno que se podrá tragar los cazadores con sus caballos, aunque sean mayores que el que guardó en la panza tanto griego. Cueva es y bien profunda. No lo niego. ¿El jabalí entró en ella? No, señora. Echad los perros. Echen en buen hora. Que, en saliendo a lo llano, aunque del viento vano se vistiera las alas, el bosque me verá segunda Palas, o en los caballos del alegre Cinto rojo el venablo de la sangre tinto la diosa cazadora que al rubricar la aurora de blanca luz las salvas repetidas manchaban el venablo tantas vidas de las silvestres fieras como en plantas ligeras breve coturno con galán decoro prestaba al verde campo plantas de oro. Ya la cueva se advierte coronada de caballos y perros. Y la entrada acometen feroces, mezclando los latidos a las voces. ¿Quién penetrando estas selvas...? ¡Válgame el cielo! ¿Qué miro? ¿Es imagen que presenta la memoria a los sentidos? Bruno, ¿qué es esto? ¿Es posible que te descubrimos vivo cuando de tu oculta ausencia nacen mortales olvidos? Gasten asombros apriesa, que luego entrarán los míos, que yo soy de casa o cueva donde yo prevengo un nicho para ser profundo huésped de madroños y lentiscos. Padre, descifre esta enigma, que, aunque los ojos la han visto, no la penetra el discurso. Bien clara está: troqué el siglo por un asombro, el descuido por la atención en que vivo, por el silencio seguro el peligroso bullicio, por la verdad el engaño, por el recuerdo el olvido, por pesares los deleites, por lágrimas los suspiros. Aquel estupendo caso de mis desdichas, amigos, dio vueltas al corazón, tan rebelde y tan dormido que aun no sé si ha despertado, siendo el letargo yo mismo. Voces pronuncié en el templo que las convertí en gemidos y salí buscando a Dios. ¡Ah, si los pecados míos me dejasen darle voces!, mas tanto como infinito es piadoso y viene al ruego de los hombres como hijos. Seis generosos mancebos que habían cursado conmigo, como letras, vanidades me siguieron, tan vencidos de mi ejemplo —¡oh, ruego a Dios que imiten lo que les digo!— que, dejando patria y padres, honras y gustos del siglo, son ángeles en la tierra; yo me afrento si los miro, mas por enmendarme a mí alguna vez los corrijo por que, obedeciendo, ganen el mérito de oprimidos, que el rendir la voluntad es el mayor sacrificio. Llegamos a este desierto, buscando dónde encubrirnos del mundo, que como a esclavos nos viene buscando a gritos para volvernos a errar, siendo la prisión sus vicios, pero medrosos y alegres, para no volver, venimos siguiendo a un pastor que ufano nos iba llamando a silbos, trayéndonos al rebaño de las ovejas de Cristo. Obedeciendo y callando al buen pastor respondimos, que entiende muy bien por señas lo que nuestra alma le ha dicho, poniendo freno a la lengua con tan dichoso artificio que es en las culpas de libre lo callado su castigo. Esta cueva nos dio albergue, que responde a un corto sitio que goza la luz del sol entre tarayes y mirtos, tan coronada de espinas que son murallas de riscos que estorban humanas plantas; ni aun las nuestras no sentimos, que en albergues diferentes enterrados, aunque vivos, vigilantes, aunque muertos, esperamos el preciso término, el último trance, el postrero punto fijo donde como líneas paran tantos mortales peligros, en cuyo centro invisible, en cuyo infalible archivo de aquella ignorada cuenta tiene Dios sellado un libro. Abre la muerte el volumen al último parasismo y en caracteres que entiende ve el alma lo que han escrito. Espantosa lo confiesa, que lleva el fiscal consigo y a las culpas, aunque reos, las admiten por testigos sin que se olvide en el cargo, que en el juez no cabe olvido, el descuido más ligero de los humanos sentidos. A dar vamos estas cuentas, corto y breve es el camino, cierto el llegar, pero incierto el día de su juicio; ya pienso que estoy en él. ¡Oh, señor!, piedad os pido, misericordia, señor, que os coste precio infinito, no justicia, no justicia, sentenciadme como a hijo. Padre, aunque tan altamente la verdad ha conocido y por la luz que le enseña busca el cielo y burla al siglo, no es bien que en claustros de peñas y cerrado en laberintos de sombras viva su ejemplo severamente escondido a los que con él podemos facilitar el camino de la celestial morada, aunque en el siglo vivimos; si tal vez sombras de nubes ocultan los rayos limpios del sol, sabemos que hay sol y en sus noticias seguimos sus luces, que nos alientan. Muy áspero es el principio si ha de fundar religión; no le estorbo ni le quito que en los desiertos la funde, pero con cristiano aviso le aviso que, para templo donde en altos sacrificios se honre a Dios, es indecente, como la morada, el sitio; una cueva es para brutos. Pues, duque, señor, y amigo, ¿cómo quiere? Yo no quiero más de lo justo; eso pido, y quiero participar de sus proprios beneficios. En ese florido valle que sirve de muro al río, cuyo cristal besa humilde la falda a esos pardos riscos, tengo una casa espaciosa donde estará recogido con sus frailes, dando al cielo silencios y sacrificios, yo labraré templo en ella. Si soy de estos bienes digno, no me niegue este favor, padre. Si los ruegos míos pueden algo, yo también que la admita le suplico: su nombre es La Deleitosa por lo ameno y lo florido. Fuera ingrato a tanto bien, desierto es todo, yo admito la merced y ruego al cielo que, como yo la recibo, la pague en bienes eternos. Pues estará prevenido mientras vamos a avisar que desocupen el sitio mis criados. Dios aumente vuestro estado. Padre mío, encomiéndenos a Dios. Si escuchas los ruegos míos por ser de un hombre tan malo, me mostraré agradecido mientras viva a este favor. ¡Gran varón! De Bruno afirmo en la iglesia militante un coronado edificio de estrellas que alumbre el mundo porque funda su principio en la profunda humildad y desprecio de sí mismo. Santamente lo han hablado, pero fue mucho y prolijo, que ya estaba reventando siendo el silencio mis grillos. Pues por acá hay mucho más. De eso no me escandalizo porque donde todos callan el hablar yo fuera vicio. Padre, yo le ando a buscar, pues él con su buen capricho tiene esta vida por buena, yo digo también lo mismo. Advierta primero... Padre, no se canse, juro a Cristo que vengo resuelto a ser un santo a machamartillo. Es muy grande la aspereza, los ayunos y silicios. Lo que toca a los ayunos siempre los traigo conmigo y no se harán de rogar, en los silicios replico. No hay qué replicar. ¿No ay? Sí hay y siempre lo ha habido. ¿No se suele conmutar la penitencia en oficios de casa? Pues denme a mí el peor y menos limpio, háganme a mí cocinero. Pónese a mucho peligro. Pues ese es el merecer estar haciendo platillos. Son de yerbas. Sean de flores: ¿no hay coliflor en el siglo? ¿la espinaquita no es hierba? ¿no es hierba el esparraguito que sin beneficio humano lo hallamos por esos trigos? Una cazolita de ellos ahogados y después fritos, lástima les tengo, cierto lo que pasan de martirios y más si los ahogamos con un par de torreznitos y ciertas yemas de huevos. ¡Jesús mil veces! ¿Qué ha dicho? Soy glotón en relación y no ha lugar lo que pido, volvámonos a las yerbas: más desdichado el cortijo que yo tope, que ha de ser cada torrezno un cochino y cada huevo cien pollos. Hermano, vuélvase al siglo, no es para mi compañía. ¿Él no busca la de Cristo? Sí. Pues cuerpo del que busca, por los campos y caminos, ¿Cristo no llamaba a todos? Es verdad. ¿Deshecho ripio del pecador más rebelde? ¿Y en el ameno distrito de un valle a cinco mil hombres dioles bretones cocidos? ¿No les dio pescado y pan que sobró para otros cinco? Luego Dios quiere que coman, pues lo quiere con prodigios y ¿el buen san Pedro y los ojos de su maestro bendito —diga padre— no se hartaba de pescado fresco? Digo que verán cosas. ¿También querrá quitarnos el vino?, pues aténgome a las bodas donde quitó el mismo Cristo la húmeda juridición al agua y le dio el oficio de presidente de parras —que todos somos leídos—. Padre, comiendo a mis horas ni muy breve ni prolijo, ayunando —si pudiere— y rezando mi poquito y queriendo bien a todos, si me dan lo que les pido, espero ser un apóstol de La Mancha. Mude estilo, mude condición y trato. ¿Recíbeme? Sí recibo, mas ¿si le tienta el demonio? ¿Tentarme a mí? ¿Somos niños? Entre bobos anda el juego, ¿a qué piensa que venimos? ¿Si le tienta con el mundo? ¡Mire qué puñal buido! ¿No es redondo el mundo, padre?, pues, en llegando falsito a tentar, con una coz rodará el mundo hasta el limbo. No deje caer a plomo desde arriba —que es mal vicio— porque, si cae, yo me doy por abollado y perdido, pero no piense que temo que caiga con edificios. Pues ¿con qué? Con majaderos; traiga todos sus amigos el seor diablo y él seó carne, que no se me da dos pitos; no venga él con majaderos, y paren, que a todos digo: «¿hay hábito?» Para algunos que vienen nos prevenimos de limosnas que nos dan. Entre, que es tan corto el sitio que, en entrando, le hallará. En entrando, me santiguo, que, si no por lo devoto, por lo oscuro. Otro poquito me falta qué preguntar: si el papa, a sus ruegos pío, confirma su religión, ¿qué nombre tendrá? Ya he escrito en mi devoción el nombre: será el de Cartuja. ¡Lindo!, pero, si de cuando en cuando —no siempre—, a ratos perdidos, viniera una Cartujita con quien parlar..., mas ya ha dicho que es el silencio su regla. ¿Qué dice? Mil desatinos. ¡Válgame el cielo! ¡Ay de mí! ¿Qué bárbaro pensamiento halla escandaloso asiento en mi alma? No me vi aun cuando al mundo serví tan ciego. ¡Oh, señor!, ¿qué haré? ¿Dónde librarme podré de tan fiero y torpe abismo que me avergüenzo yo mismo de pensar que yo lo sé? Matilde —¡ah cielos!— parece, que aquella breve centella muerta en mí, sin luz en ella, abrasado incendio crece, todo el infierno me ofrece tan desatinado ardor y en sujeto superior donde tantas prendas veo porque hasta en el deseo sea escándalo mayor. ¿No miras que es gran señora? ¿No miras que está casada? ¿Su virtud acreditada con piedad que muestra agora, Bruno, que sus culpas llora?, mas ya, enemigo, entendí que aumentas mi fuego aquí callando porque has temido que por la voz esparcido pueda apartarse de mí. ¿Dónde iré sin ir conmigo?, que muevo un monte pesado. En Matilde transformado los pasos de Bruno sigo, huyó el mundo y le persigo hasta que vuelva a caer para pecar y ofender al cielo, a quien busca ya. Bastante ocasión será la vista de una mujer. ¡Valedme, cielos! Yo llego. ¿Ni el desierto está seguro? Así su muerte procuro. ¿En la nieve hay tanto fuego? Caiga despeñado y ciego en torpe imaginación. ¿Tan esclava la razón, siendo del alma señora? Su fuego se aumenta agora en su misma confusión. Bruno, si en París me diste favor... ¡Oh, señora! Advierte... Si el fuego tan cerca estaba, ¿qué mucho que le temiese? Como diste por mi causa al conde Rodulfo muerte, no pude seguir tus pasos dejando a Francia o ponerme en la sujeción de tuya, queriendo después mi suerte infeliz y la obediencia del rey que al duque le diese la mano, mas tan forzada que padeceré mil muertes antes que vuelva a tus ojos, de mí aborrecidos siempre, al paso que yo te estimo. Pues ¿qué dices? Pues ¿qué quieres? Mira tus obligaciones, mira blasones que pierdes, mira que así te destruyes y que a todo el cielo ofendes y mira que a mí, que soy ceniza que al mundo muere, no es bien, si helada la miras, que con tu aliento la quemes. Vuélvete, señora. Es tarde. ¿Qué es lo que intentas? Valerme de ti. Pues ¿cómo?, si agora... ¿no es mejor que lo remedies? El delito de ausentarme ya le cometí. Bien puedes decirle que te perdiste cazando. No me aconsejes. Cuando adoro tus memorias, ¿pagas mi amor con desdenes? Si de tu pecho me arrojas, no me arrojes de tu albergue, donde me encubra del duque. Señora, ¡aguarda, detente! ¿Es esto posible, cielos?, pero pensemos, que duermen los sentidos porque apenas con pensamientos crueles me ofreció el lascivo amor a Matilde por que deje el camino de enmendarme cuando la advierto presente, que pienso que registraba en lo interior lo más fuerte de esta tentación. Dios mío, pues yo no puedo, valedme; huir es lo más seguro, que entró en mi casa la muerte, pero ¿qué nuevos prodigios turbada vista me ofrecen? Pasos alentados pide la devoción, ella mueve los nuestros, ya tiene casa donde dilatarse puede por que este desierto junte a lo terrible lo alegre y tenga con lo espacioso alivios lo penitente. Y para el dichoso templo que labrar el duque ofrece le ofrezco yo de mi parte. Parece que se divierte y el don que ofrezco no admite; será por no merecelle... No me divierto, señora, mas, si tan piadosa quiere que el don que ofrece reciba..., (¿qué sueño, qué encanto es este? ¿No entró en la cueva Matilde huyendo del duque?) Deje suspensiones y proponga lo que pide por que acepte ricos ornamentos, padre, que el aplauso los celebre si para el divino oficio lo humano a lucir se atreve. Yo aceto mercedes tantas, pero quiero más mercedes, pues las ofreció. Pues diga. Que afectosamente ruegue a Dios que me libre a mí de mí mismo. Pues ¿no tiene oración continua, padre? ¿Sus compañeros no pueden, como ángeles de la tierra, hacer que al cielo penetren con peticiones tan justas? Impropia cosa parece a mujer que está en el siglo pedir que a Dios le encomiende. Más de lo que piensa importa; Vuestra excelencia no me niegue este favor. Yo le pido a Dios tan humildemente, como sé que es admirable en prodigios, que le lleve por sendas de su justicia y que persevere siempre en el celestial camino que sigue, que Dios le cuente en el número escogido de los que la Iglesia tiene canonizados por santos. Permita que humilde bese sus plantas por tal favor. Levante, padre. Parece que mi fuego lo ha templado la materia que lo enciende. ¡Venciste, Bruno, venciste! ¿Qué voz los aires suspende? (Ya te conozco, enemigo, Dios venció, Dios solo puede.) Será de algún cazador que echa por el monte redes para animalejos simples, que en su descuido los prende. El rey volando una garza al valle frondoso viene con la princesa. Lleguemos a recibirle, pues quiere su buena dicha que el rey venga para honrarle y verle. Entre a llamar entretanto a sus compañeros fieles que le siguen como a norte por que a descansar los lleve de los naufragios del mundo adonde vivan y reinen. Ellos me sirven de guía, de ellos mi rudeza aprende. ¡Qué alegre voy a llamarlos!, que también el cielo quiere que en los trabajos del cuerpo no estén los rigores siempre sin algún alivio. En casa mayor vivirán alegres, templando la penitencia, por que mejor perseveren. Cielos, ¿qué miro?, mas ya conoce el alma quién eres, disfrazado habitador de aquella morada ardiente donde las penas se doblan al paso que se padecen. Si la entrada me resistes, mira que es un cielo breve, que hombres ángeles la habitan y a ti, pues el cielo pierdes, oscuros abismos tocan para que los vivas siempre. Si ya te vence una voz en la virtud del que vence, ¿cómo a ofenderme te arrojas? ¿Cómo a esperarme te atreves?, mas tú me verás armado de la que rompió tu frente, pues con ella, muerto Cristo, venció y destruyó la muerte. De este laurel la he formado, ¡oh, cuán buena sombra tiene!, pues a su amparo, tus rayos son exhalaciones leves. ¡Huye, dragón! Mal resisto la que temí tantas veces. Si a Cristo sigues, ¿qué mucho que con sus armas me vences? Vencerá aquesta señal todo el infierno. ¿Qué quiere, padre?, pues la Cruz me enseña. ¿Acaso he salido a verle enjerto en algún demonio? ¿No soy donado silvestre con barruntos de lagarto? Si es que cuentan los franceses que se perdió don Beltrán con la polvareda un jueves, advierta, padre, que hay Beltranes que no se pierden. Míreme bien, que no soy el demonio que le tiente; Beltrán soy sin alquitrán ni resina; considere, que me bauticé en La Mancha, con ser lugar sin aceite, y que fueron mis padrinos Juan Gayoso y Cosme Pérez, la comadre Inés de Arenas, el sacristán Tribulete... Padre, ¿está en muda? Responda, entre amagos no se entiende callar tanto de una vez, aunque el silencio profese. ¿Qué dice? ¿Si vi al demonio? Yo soy poco entremetido, ¿es el otro mi pariente para que yo le visite? ¿Qué dice de seis o siete? ¿La oración del huerto no?, pues ¿qué dice?, ¿que me acueste? ¡Hable, cuerpo de San Cosme! (Así quiero que se enseñe a callar. Entro a avisarle.) ¡Que sin responder me deje! La cruz me puso delante, una de dos: o él me tiene por demonio, o ahorcado; pero ¿ahorcado sin gente? Si no es que me ahorco yo por mi devoción adrede..., mas los demonios no comen, ¿yo no como? Pues bien pueden pensar que soy Bercebú hecho y derecho. ¿Si fuese tal mi dicha? Como dan comisiones diferentes a los demonios que salen para que a los hombres tienten, que me la diesen a mí, aunque el salario partiese, de tentar un bodegón cuando los pucheros hierven. Crea el señor Lucifer que de cuantos se le vuelven tentadores chabacanos que andan hechos mequetrefes que el demonio Chapetón, si un cuarto de hora se viese entre asadores y ollas que todo un barrio tracienden, crea que no me empachara en perejiles ni pebres. ¡Oh, frailes compañeros!, bellísimos luceros, ya espero que algún día seréis luciente guía en las tinieblas en que el mundo vive, su penitente vida el cielo escribe. Bruno. ¡Válgame el cielo! ¿Qué voz medrosa en el tejido velo del pardo bosque suena, doloroso testigo de mi pena? Bruno. ¿Si es la que veo la imagen espantosa de Dineo? Yo soy, que vengo a verte por mandado de Dios. Eterna muerte padezco, mi soberbia loca y vana limitó la justicia soberana y despeñeme yo como el lucero que trueca en sombra el resplandor primero, de quien el alba y sol aun no formados, de rayos coronados fueran simples bosquejos, sombras fueran, como en presencia del Cherub se vieran. Perdió toda esta luz desvanecido, soberbio siempre, nunca arrepentido, y, como mi soberbia —¡loca empresa!— salió de la turquesa del que ha de padecer eternos días, parece que sus penas son las mías y que por ser soberbios los intentos nos han servido a entrambos sus tormentos. La palabra nos dimos, Bruno, un día que al mundo volvería quien muriese primero a ver al otro —¡qué tormento fiero!—, ya yo te lo he cumplido, granjea humilde lo que yo he perdido, sírvate mi ejemplar de asombro y miedo, que es lo que darte puedo, si hay bien alguno en los que está precitos porque son mis tormentos infinitos. ¿Tan grandes son? Si fueran tan ligeros que apenas lo sintieran, bastara para ser su mal terrible perderse la esperanza en lo imposible, mas son tales las penas del infierno que compite lo ardiente con lo eterno. El fuego material que se eterniza en la parda ceniza en que resuelve un monte, peña a peña, que tanto horror enseña a los mortales ojos de los hombres es con el que padezco —no te asombres— aura suave que en las flores vive; ni él labio alcanza ni la pluma escribe, aunque del ingenio se remonte el vuelo con estudio y desvelo, una sombra, un bosquejo, un rasgo, un punto del que estoy padeciendo. No pregunto tan eternas desdichas. Ve las obras, si las temes dichas, aunque todo es amago y es pintura de aquel tormento que por siglos dura. A la falda de este monte se ve la cueva. Llamemos, que allí se descubre un hombre. Bruno es, señor. ¿Ya ha llegado el rey? Dejad que me postre, gran señor, a vuestras plantas. La majestad reconoce por mayores las virtudes; ángel sois, que no sois hombre, celestial es vuestra vida, no hay verdad que más me informe que haber despreciado el mundo y querer humilde y pobre tener por casa una cueva y tener por patria un bosque. Venid, que he de acompañaros. Pues ¿cómo? Venid adonde os señala casa el duque, que no es razón que le estorbe lograr tan justos deseos si el cielo así lo dispone. Padre, no es bien que se escuse cuando ya el gusto conoce del rey y, cuando estuviera en más distante horizonte la casa que le señalan, pasando incultas regiones donde el sol fuera estranjero, fieras sus habitadores, yo también le acompañara. Dulces instrumentos se oyen y por el aire esparcidas sueñan celestiales voces. ¡Maravilloso prodigio! Cielo se convierte el monte. Recibe el favor del rey por que en su amparo se apoye el más glorioso principio que han admirado los hombres. Mi obediencia es la respuesta. Bien es que los buenos se honren. Carlos —a quien llama el mundo por tu piedad y justicia cristianísimo, heredando la sangre y nobleza antigua de aquel grande Clodoveo, a quien el cielo eterniza, dándole las lises de oro que tantos favores cifran—, por la protección y amparo de Bruno, el cielo, que estima piedad tan heroica, quiere que te alegres en las dichas de tu hijo, pues, volviendo —después que dio a Margarita mano de esposo— a librar de tan nuevas herejías dos provincias de tu reino que arrianos y husitas inficionaban, juntando con valor y con fe viva católicos escuadrones, hoy ha dejado teñida la temerosa campaña en fiera sangre enemiga con la victoria mayor que las historias publican. A tan altos beneficios bien es que el alma se rinda agradecida y humilde. Bruno, tu guarda y tu guía soy, parte a Roma, que el papa tiene ya por mi noticia de los heroicos deseos con que a Dios te sacrificas y ha de confirmar tu regla en tan penitente vida y, para que entienda el mundo con qué principio caminas, mirad los que estáis presentes prodigiosas maravillas de estas estrellas de Francia, de quien el sol tiene envidia. Venid, ángeles humanos, que el mismo rey os convida y el duque os ofrece casa. ¿Y en esa casa hay cocina? Calle, hermano. Una palabra me falta no más. Pues diga. Que es tan medroso el poeta, aunque su humildad le rinda, de ver que en tan rudos versos tantas estrellas se eclipsan.