Texto digital de El servir sin lisonja
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Gaspar de Ávila
- Atribución estilometría
- Gaspar de Ávila Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de la edición en la Parte XVI de Nuevas escogidas (1662).
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El servir sin lisonja. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/servir-sin-lisonja-el.

EL SERVIR SIN LISONJA
JORNADA PRIMERA
Yo tongo de obedecer a mi Rey. Y yo quejarme de entrambos de su poder, porque pretende obligarme a más de lo que he dé hacer, y de vos, porque esforzáis con uno, y otro consejo el error que ejecutáis. Y yo señora me quejo de vos, pues de mi pensáis, que soy poderoso en esto mas que solo a estar dispuesto a obedecerte, y servir, donde es el contradecir atrevido, y descompuesto. Pues qué pretende agora: quedo presa? No señora, que antes declara el exceso, que está en vuestros ojos preso Rey que humilde os adora. Pues para que me ponéis con guardas en mi aposento, y que asista en él queréis? Para lograr cierto intento, quial salir de aquí veréis, Permitid que una criada entre aquí. Estará ocupada Hacéis con aguda treta averiguación secreta de culpa indeterminada. Qué golpes son estos? Son efectos de una afición, bien dispuesta, y mal segura, y tal que obligar procura vuestra esquiva condición Quitarme la libertad arguye contrariedad, que pocas veces se ven encaminados al bien los medios de la crueldad! Crueldad que introduce el bien, y pretende reducir la aspereza de un desdén, propiedad se ha de decir, y no es justo que le den otro nombre: acaban ya? Válgame Dios! qué será? El último cuadro ponen de esta sala que componen, que lo demás ya lo está. Señor Don Pedro, qué es esto? a que fin me habéis compuesto mi casa? Porque el amor del Rey, y vuestro rigor en todo se han contrapuesto. Cansado su Majestad de admitir tal entereza en tanta necesidad. olvidado en su grandeza de vuestra mucha crueldad, apenas sepulcro dio a su padre honrosamente, y el Reino constituyó la Real Corona en sufrente, cuando luego me mandó, que de lo mejor que hubiese en su casa compusiese. la vuestra, sin dar lugar a que se pueda estorbar. Y ansí, aunque esta vez os pese. ha de quedar adornada. vuestra pobreza, lograda mi intención, su fe admitida, vuestra cordura vencida, y mi lealtad disculpada. Tres años ha que a su amor os pretende reducir, y tres que vuestro rigor, ni se deja reducir, ni disimula el error. Porque el que os ve padecer, cuando pudiera no ser, decían en igual disculpa, o qué sobra vuestra culpa, o que falta su poder. Y porque nadie le arguya de escaso ni le concluya, quiere, cuando no lo muestra, que os remitáis como vuestra, y que os tratéis como suya. Cuando el beneficio nace de un interesado amor, por sí mismo solo hace, y tanto como es mayor, tanto menos satisface y si se ha de conseguir en mí; con fin de adquirir, una de dos ha de ser, que lo he de desconocer, o no lo he de recibir. Ya será descortesía volverle al Rey a los ojos lo mismo que él se tenía. Qué importa si sus enojos no están ya de parte mía. Y puede el Rey mi señor perdonarme en este error, si es que tiran sus mercedes a vestirme las paredes. por desnudarme el honor, Y si es la dádiva indicio de un general artificio, verá que en esta ocasión, por conocer la intención, no agradezco el beneficio, Ya podéis mandar quitar lo que él os manda poner. de. Hasta que le vaya a dar cuenta, habéis de suspender el hacerlo. El dilatar la ejecución me debéis, y en pago de esto os réplico, que al Rey le desengañéis, con lo poco que me aplico a la ofensa que me hacéis. Que riquezas no heredadas en la mujer, son venturas, en gusto ajeno fundadas; y así nunca están seguras, y siempre son murmuradas. Y puesto que ya me ofendo de no sufrir padeciendo; más quiero aunque esté penando morir pobre, y deseando, que vivir suya, y temiendo. A su Majestad daré recado particular de vuestro, y gusto sabré el suyo. En no me obligar me fundó. Así lo haré Qué es esto? A la fe señora que está nuestra casa tal, que no hay Palacio Real, con quien compita ahora. Las paredes, que rendidas vieron de Enero el rigor, hoy le pierden, ya el temor deseda, y oro vestidas. Y están ya tan diferentes, que aún pienso que en su dureza para sentir la pobreza tienen almas aparentes. En su argumento te desvelas, muy bien puedes presumir todo lo que va a decir de telarañas a telas. Y soy obligada aquí, y que las despojes pido. Por qué? Porque se han vestido para desnudarme a mí. Una Venus han dejado con tanta alma al pensamiento, que imagino que el aliento vive en su boca engañado, Y una dama, que podía dar luz con su rostro al día, y pensar quien la pintó, que del pincel recibio el alma que no tenía. Las esperanzas perdidas del Rey quieren ser logradas, pues me envía las gozadas, y no las arrepentidas. Porque no dejan aquí una Lucrecia, en quien vea lo que causa el que desea, en quien se defiende así. Pero no he de ser tan necia, que no he de considerar, que el que da antes de gozar, después que alcanza desprecia; Porque como ya ha apagado todo el fuego que ha tenido, no perdona arrepentido lo que compró aficionado. Y los deleites humanos son Leonor, como el jazmín, que solo entretiene el fin hasta llegar a las manos. Que bien oyerá Don Juan estos discursos, señora. Porque es mi igual, y me adora, y a ser diferentes van; Porque como es para ser mi esposo, y le juzgo mío, así no le desconfío, a fin de no le perder. Bien conoces su talento, y bien sabes que me dio cuando a la guerra partió palabra de casamiento. Y pues que viene, y le espero, culpa sería ignorante trocar a un dudoso amante un marido verdadero. Solo sé que va Rey te adora, y que lo que quiere un Rey es fuerza, es razón, es ley; y considera, señora, si es que su amor atropellas, que es un Monarca Español, y nunca opuestas al Sol resplandecen las Estrellas. Pues que he de hacer? dilatar la esperanza a Rey. Sospecho Leonor, que adquiere derecho el que empieca a confirmar, y tengo por medio sabio, no introducir en mi amor, si lo que agora es rigor ha de ser después agravio. Y el Rey perdone el intento, que obligada, y perseguida, faltar pudiera a mi vida; pero no a mi pensamiento. Piensa bien. No hay que tratar Mira. No me digas nada, que estoy ya determinada, y es tarde para pensar. Mucho te temo enojar, solo llegare a entender, que nadie lo ha de saber. Como tu sepas callar. que Don Juan por ser prudente callará, y yo por mi honor; y así el secreto, Leonor, consiste en ti solamente. Pues de mi parte prometo el secreto en tus amores. Y yo pagaré en favores, y en caricias el secreto. Y un consejo quiero darté para empezar a pagar, Leonor, lo que has de callar, si quieres acreditarte por mujer de entendimiento, nunca procures en nada. a mujer enamorada divertirla el pensamiento, que como es amor potencia, que por si padece, y hace, en su ser se engendra, y nace, y crece en la resistencia. Yo me dispongo a obligar. Yo a premiar, y agradecer, que aquí nace el merecer de obedecer, y callar. La casa habemos errado, si no es que se haya mudado. También puede por mudada tener la casa colgada. Loco estás. Tú confiado. Quién pudiera en solo un mes darle tanto a Doña lnés? caso que a su honor faltara. Nunca falta a buena cara un amante Genovés. Y hay mujer que yo he tratado. en este siglo dorado, donde reciben, y dan; que amaneció como Adán, y anocheció con estrado. Y hay también mujer Elías, que continúa sus porfías, y de suerte invoca al señor, que le trae el cuervo amor el pan en tapicerias. Yansí es justo que compruebés estas dádivas aleves, que como se suelen dar solo con fin de abreviar, también al venir son breves. Satírico estás, Hernando. General voy almagrando, pero si ha dado la hora tira, que prédico agora, y es dulce, y voyme engolfando. Pregunta adonde se fue a vivir? y en casa espero. Cómo lo dices lo haré: ver estas pinturas quiero, que son de lo fino a fe. Mira, que pienso que hay gente en esta cuadra primera. Vendrá otro recado, espera: hay señora latentamente está Hernando divertido en una, y otra pintura. No lo será, mi ventura es, que su dueño ha venido, A qué casa se ha mudado? La firmeza vive aquí, qué esperas? llégate a mí. En éxtasis se ha quedado. luego vuelvo. adónde vas? Diré a Don Juan mi señor tras lo firme de tu amor, que aquí vives, y aquí estás. Dejó el campo victorioso. a la vista del lugar, y quísose anticipar con este afecto amoroso, Y como aquí en casa vio este adorno que ignoraba. que otro dueño la habitaba más poderoso pensó. Yansí me mandó informar donde vivías. En él di sin que el tiempo cruel me pueda Hernando mudar. Y seguramente puedes decirle, que en esta ausencia hecho habemos competencia, mi pecho, y estas paredes, Que de ellas puede adquirir la firmeza, y el silencio, y solo las diferencio en tener alma, y sentir. Y tú por fiar en este bruto eres firme en esperar? Soy escollo opuesto al mar, y un río en darle tributo, que ausente tú, según creo, hace las desdichas mías, cada ojo un Jeremías, y un monte cada deseo. Por la santísima Cruz de esa espada que en ti he visto, que el Sol de Dios si me ha visto solo es para darme luz. A llamar voy a Don Juan. Al Rey de mis pensamientos di, pues que ya mis intentos con paño esperando están. El fin de mis desventuras es este. Y como señora has de disculpar agora estas ricas colgaduras? Ay, Leonor, confusa estoy! Dile, que el Rey muy preciado de amante determinado las mandó poner. No doy disculpa, que lo parezca, y es fuerza que el pensamiento discurra en su rendimiento y que mi opinión padezca. Que sospechas tan fundadas, no pueden ser admitidas, las del ser mal recibidas; cuando están tan bien colgdas. Y el dalle por enemigo a un Rey, de quien su valor espera premio, y favor, es procurar su castigo. Pues qué disculpa hay sin esta? Decir que tú te has casado, y que el padrino ha colgado la casa para la fiesta. Y Hernando que ha de decir? Lo que quisiere Leonor, que este es el daño menor, y este se debe elegir. Solo advierte. Esto te pido y esto ha de ser. Veme aquí doncella, y casada a mí, con quejas, y sin marido. Esto de estar adornada la casa, me da cuidado. Vivo, Hernando confiado, y ansí no reparo en nada. Yo te confieso señor, que estima, y sabe querer, mas no todas saben ser tan firmes como Leonor. Es de bronce, y es tal aquí, que en nada se mudará, con la mesma saya está que quedo cuando me fui. Y tanto su amor me avisa. su amor que puede aprestarse, que aún por solo no mudarse, no se ha vestido camisa. Aquí estará: llegó el contento de ver lo que se apetece, incrédulo me entorpece las alas al movimiento. Dadle dueño de mis ojos a este humilde vencedor los brazos, que son de amor preciosisimos despojos, a quien rendido el poder confiesa con tanta gloria, que ha puesto con tal victoria el non plus ultra al vencer. Plubiera al cielo, bien mío, que en mis brazos consistiera el digno lauro que espera tu frente, que yo confío, Que otra Dafne fugitiva, supuesto que eres tú solo, Marte en guerra, en paz Apolo llegara menos esquiva. alarma. Empezamos ya? Qué tiene? d después que vio la guerra, se transformó tanto en ella, que se está suspenso, y de sí olvidado forma en su imaginación máquinas de un escuadrón, y embiste determinado. Y de este afecto concibo su locura conocida. No he visto en toda mi vida soldado tan aprensivo. Disculpa puede tener, que yo he visto por la calle majaderos de buen talle hablando en lo que han de hacer, Tan olvidados de sí, que en su negocio dispuestos manotean, y hacen gestos. Tu amor le disculpa aquí. cuantos serán los que han muerto? dTodo el campo pereció del contrario, y pienso yo, que será el numero cierto, siete mil los vencedores, y quince mil los vencidos; pero entretantos rendidos, yo soy el muerto de amores, porque amé tan tiernamente, que cada herida que daba, un suspiro me costaba, considerándote ausente, y sus muertes excedía, pues todos en tal crueldad morían sin voluntad, y yo porque la tenía, y con menos resistencia, más crecia en mí el rigor, que es brazo armado el amor en las batallas de ausencia. Envista la infantería, muera esta canalla Mora. Hernando. olvídeme ahora, no diré esta boca es mía. Ven acá, llégate aquí, y olvidarás tus locuras escuchando mis ternuras. Si esto me divierte a mí, hartas tengo que admirar, en mí, pues dice Leonor, que es lo firme de su amor un escollo puesto al mar, y solo el cielo crio dos amantes satisfechos de constantísimos pechos. Y quién son? Leonor, y yo Déjanos Hernando hablar. En no hablando de Leonor, me arrebataré, señor, y volveré a pelear. Cómo mi bien os dejé tan pobre, y tan poderosa os halló? Si es maliciosa la pregunta, bien podré satisfacer, y decir, que si es justo dar disculpa a los cargos de esta culpa, también los has de admitir, que donde pudo caber una culpa imaginada, la opinión mejor fundada podrá dudar; y temer, si con generosa mano pudiera mi bien juntar toda su riqueza el mar a las del suelo Indiano, en el Monarca mayor. fuera con este poder imposible de vencer un átomo de mi amor. No puede el Rey engendrar con sus rayos fulminantes tanta suma de diamantes como yo sé despreciar. Ya ser posible que el cielo diera en soyas convertidas sus estrellas desasidas a la humanidad del suelo. Y a mi afición conquistara con tan piadoso interés, a besos de vuestros pies, dignamente los trocara. Después que una me inclinó a estímaros, y quereros con afectos verdaderos. A Leonor me atengo yo. Si habla en mi pensamiento sospecha inclinada a culpa, solo os diera por disculpa el culpar mi entendimiento. Pero juzgado en rigor, muy bien puede en tal riqueza, ni impedir vuestra firmeza, ni yo culpar vuestro honor, Que si a veces puede haber solpechas que determinan, preguntas ay que se inclinan a solamente saber. Casose Leonor, y honrar quiso la boda el padrino, con seda, y con oro fino; y ansi mandaré quitar antes que de aquí te apartes todo el adorno que has visto como ajeno. Juro a Cristo que me dio con la del Martes: al arma, mueran los dos. vuelve al tema, pienso Hernando que de mí te estás burlando. De verás es, juro a Dios: por vida. Vete de aquí. Pagarámelo Leonor, si supiera irme señor a los Reinos del Sofi. Señora, que le diré? con que me he de disculpar; Con sufrir, y con callar, que yo lo remediaré, A mi heridas por abajo? déjame llegar, señor, darele solo a Leonor dos bofetadas de tajo. Y bien, que has de remediar? Desquitarme a bofetones, el dejarme a mí de nones para hacer con otro el par. Vive Dios, que te he de hacer pedazos si no te vas. Despedíteme no más: quédate para mujer. Como entraréis si venís triunfante? y el Rey que os dio? El digno bastón. Murio. Discretamente advertís, pues dío a la muerte el tributo, seré vencedor fiel si doy el verde laurel vestido de regio luto, y en la pena y el contento, con tal dicha, y tal gloria daré al vivo la victoria, y al muerto mi sentimiento. y sin el alma que os doy entraré alegre, y vencido con la licencia que os pido. Vuestra eternamente soy. Buena hacienda, habemos hecho Remedié yo el mayor daño, fácil con el desengaño podrá quedar satisfecho Hernando. De tus desvelos haces tu descarte en mí, tomas cartas para ti, y a mí que me papen duelos. Pues, señora, no es razón, que yo sufra con decillo, un casamiento de anillo sin mátula de varón. Sígueme. De esta quimera quedaré por la forzosa casada, y ran deseosa, como si no lo estuviera. Qué dicen de mí! ay quejosos? echan menos el gobierno, de mi padre? de envidiosos pueden los que en bronce eterno que daron heroes hermosos, emular glorias pasadas, por alabanzas presentes. Desuerte animas, y agradas, que del Tajo las corrientes dicen tal vez despeñadas, almas de cristal vestidas, en locuciones medidas, y con trasparente labio, viva nuestro Alfonso el Sabio, Y las flores presumidas de un racional sentimiento, en fe del último acento, matizadas, y vistosas, con lisonías olorosas se comunican al viento. Todo cuanto vive, y siente, Cristianísimo señor, al Sol que sale en su Oriente olvida el muerto esplendor del que pasó al Occidente, Bien pudo su Majestad aspirar con su valor, a segura eternidad, pero tu muestras, señor, más ser, en menos edad, Oh poderosa ambición! estos me quieren hacer lisonjas de adulación, y por dar luz al poder escurecen la razón, En el interés fundado habla siempre el ambicioso: nadie se fíe en su estado, que al paso que es poderoso ha de vivir engañado; pero yo tengo de ver a cuanto llega el poder del que ambicioso granjea, y atrevido lisonjea, solo a fin de merecer para gobernar mejor. Marco Aurelio Emperador se quiso informar de sí primero: y eso haré aquí, porque si el mundo inferior, el hombre, y su tiranía, según un sabio decía, siempre se gobierna mal, por su pasión natural saber quisiera la mía; y así os hago confiado de mi Consejo de Estado, porque podáis conocer en las causas de mí ser, si las juzgo apasionado, y porque suele impedir el deseo de adquirir, lo libre en desengañar, advertid, que os he de dar cuanto me podáis pedir, que si bien suele crecer laambición con el poder. No quiero que la pobreza disculpe vuestra bajeza: si lo dejáis de hacer, pero quede aqui sentado, que si otro hubiere mostrado, serme en esto más fiel le deis vosotros a él cuanto yo os hubiere dado, que estos bienes han de ser deposito que he de hacer para aquel cuya lealtad me dijere la verdad sin adular, ni tener, porque aquellos que mal hacen de lisonjar, ciegos nacen, que porque los eternicen de su saber se desdicen, sin ver el mal que ellos hacen, tomáis con esta pensión los bienes que os he de dar? Está tan puesto en razón servirte, y desengañar con ajustada intención, que yo de mi parte juro, que puedes vivir seguro. Lo mesmo prometo. Y yo. Puesto que nadie sirvió con más fe, ni amor más puro. A ti Don Pedro te doy tres mil ducados de renta. Tu hechura, y tu esclavo soy. A ti dos mil. Avarienta será contigo desde hoy la nunca olvidada mano de aquel valiente Romano, que daba cuanto tenía. Ese en todo me excedía, excepto en el ser Cristiano: a ti te doy Don Fadrique otros dos mil. comunique el cielo grandeza tal, siglos de vida inmortal, sin que la muerte replique, y entre mil Héroes estén vivos tus hechos también, y conquiste tu valor, tanto que pongas, señor, tu Corte en Jerusalén. Dejarles quiero pasar lo alegre del recibir, para poder preguntar, porque no es bueno el pedir en acabando de dar. Pensáis hablar claramente en los de efectos del Rey? No amigo, que el más prudente en sí deroga la ley, y en boca ajena lo siente: y supuesto que me ha dado menos que a Don Pedro, puede presumido, y obligado darme mucho más Excede tu ingenio al mas acertado. Si es prodigo, y desigual, le diré que es liberal, si es avaro, que es guardoso, y astuto, si es cauteloso, que la pasión natural perturba el entendimiento, y es ciega potencia aquí la luz del entendimiento. Pues ya de lisonja? Sí. Puesto importe a nuestro aumento más que a ninguno me dio, y nadie se conservó sin lisonja, aún con los buenos, y por no venir a menos es fuerza el hacerlo yo, y con esto considero, que he venido yo a comprar lo que tengo, y lo que quiero: nadie se puede escapar de un poco de lisonjero. Ya os he dado Sí señor, Dadme vosotros agora. Es corto nuestro valor. En vosotros se atesora el desengaño mayor, pues me podéis dar si os di luz de lo que en mí no veo, en que claro muestro aquí, que os pido lo que deseo, que es el conocerme a mí, como a Rey me habéis de dar palabra de no adular, que para desengañarme importa considerarme un hombre particular, que hago yo que no sea medido con la razón, que acción que parezca fea, o que hay en mi condición, que por defeto se crea, que cuando me hayáis culpado, y quede desengañado, tengo a mayor interés ser avisado de tres, que de muchos murmurado. Si el humano entendimiento en mi estuviera cifrado, o con animado aliento el que yo tengo ditado de un Ángel mi pensamiento. Fuera imposible, señor, encarecer tu valor la grandeza de tu ser, tu prudencia, y tu saber. Natural lisonjador . Contemplo en tu Majestad de un Catón la gravedad, de un César el corazón, de Alexandro la intención, y de Numa la lealtad. Sí, no es corta el alabanza, Don Pedro dice muy bien. La de esos todos no alcanza a la que es justo te den, puestas en igual balanza. De mis partes personales, que sentís? son desiguales? Por hombre solo pudieras ser Rey, aunque no lo fueras, y a tus manos liberales pudiera venir amor, y admirar tu gentileza. A no ser ciego, señor, claro está que tu grandeza, es igual a tu valor. Efecto es en mi tener tanto amor a una mujer, que no he podido rendir, obligar, ni persuadir. Por dos causas viene a ser bien disculpado ese efecto, la primera el ser discreto, si ya es natural acción del alma la Inclinación, y la segunda el sujeto que adoras, cuya beldad es fénix en nuestra edad. La dádiva despreció. Lo que he dicho respondió. Qué haré con tanta crueldad? Rey eres, y a tu poder no hay imposible. Eso no, que para serlo he de ser, y no para hacerme yo tirano de una mujer. Y cuando mi autoridad haga fuerza a su crueldad, cuando esté a mí ser rendida gozaré un cuerpo sin vida, y un alma fin voluntad. Pero tengo de saber en que funda el no tener piedad cuando ansí me trata, o porque causa dilata el dejarse convencer: traédmela, Don Pedro, aquí. Yo, señor, quisiera. Di, que quieres? Que te vistieras de gala, y que recibieras sus bellos ojos ansí, que el sentido de la vista es primera fortaleza de esta amorosa conquista. Sí, pero será flaqueza del alma, que no resista este parecer injusto, supuesto; que no aún mes justo, que murió mi padre. Un Rey nunca está sujeto a ley en las cosas de su gusto. Ve, y tráela pues, que contento, y galán, la he de esperar, y perdone el sentimiento, que hoy no le pienso dejar disculpa a mi pensamiento. El que en Palacio desea valer, tome ejemplo, y crea, que este es el camino ya, porque jamás medrará si sirve, y no lisonjea. Por san Longinos, señora, que pienso que estoy ahora leyendo un Don Belianís, o otro que tal. Qué decís? Por la santa cantimplora del banquete de Ananías, y al quitaso! de Tobías, que es imposible tener el gran Turco, y su mujer mejores tapicerias. Aquella Venus gozada, pienso que a no estar pintada pudiera, y yo lo aseguro fundar cada mes un juro con la gente desmandada. Hoy de puta bellaca, y que pernotas que tiene, por toda la tacamaca, y el santo inclenso, que viene del Guatan, y del Guajaca, que me diga vuesancé quién ha compuesto esta casa, que ha un hora que la dejé sin adorno, limpia, y rasa? Quitadlo lnego. Sí haré; con esto ejemplo damos a los que visten de ajeno, que luego los desnudamos por justicia, o bueno a bueno. Comparación que llamamos. Si ello no es encantamiento, la casa está que es contento. Por tenerle no le admito. Ha sobrado algún pañito, que colgar en mi aposento? que como es la pared alta hay más portillos que en Malta. Siempre un viero está fundado, en pedir lo que ha sobrado, sin dar nunca lo que falta. Pues si pañito queréis de oro, y seda, bien podéis hacerlo en vuestro telar pues que sabéis enredar, y urdir, y también tenéis. el oro en vuestra codicia, el dibulo la malicia, la seda vuestra blandura, y vos seréis la figura del pañito. Por justicia. os habían de cortar esa lengua. Id a buscar escalera. Id viejo honrado. El demonio toma el dado, y juega. Siete: y llevar tus rigores son extraños; cuando son tales los daños del Juierno mal sufrido, y siento haber conocido para tan poco estos paños; y si estos que ajenos son son telas del corazón: mucho debe de pasar el que los ve descolgar por alguna ejecución. Yo he visto Alguacil fundado ansí, que sin más recado, de que un papel se lo mande, deja una casa de un Grande, como nadador robado, y las faltas que autoriza el pelo de tela viza descubre a pocas mercedes, porque hay calva de paredes con cabellera postiza compuesta de pelo ajeno. Su atrevimiento condena, pero es fácil de aprobar, esto del hacer pagar, que para muchos es bueno. Señora mía, ansí veas logrado lo que deseas, sin más ser, ni suerte escasa, que no desnudes la casa de estas doradas libreas, que bien puedes adquirir sin dar, ni restituir, que muchos reciben ya con solo darse al que da el gusto del recibir. Leonor, esa granjería, ya llega a ser tiranía, y no es tal, que recibió seguro, de que el que dio pueda quejarse algún día: y cuando por eso no, porque el Rey no quiero yo, que me pueda ejecutar por lo que no quiero dar, en fe de lo que él me dio. Por vos, señora, me envía su Majestad. Bien podía excusar su Majestad, señor, esta novedad, si es que resultar podía, alguna murmuración. Causas disculpadas son, ir a Palacio una dama, cuando el Rey pretende, y llama; Diferente es mi opinión: que embajada tengo yo traída de Rey extraño, o qué pleito mío se vio, sin que recibiese daño mi justicia; pero no, maldigo, qué pleito tengo, supuesto que me prevengo. a defender mi virtud contra una insulta inquietud, de cuyos fines me abstengo. Solo sé que soy aquí un fiel ejecutor de lo que él me mandó a mí. Nunca los pleitos de amor se han de fulminar ansí. Ya he dicho que soy mandado Muy bien sé que sois criado del Rey; pero también creo, que seréis en su deseo mi fiscal, y su abogado, y en esto os podré culpar. Y yo también replicar, que gustos de tal poder se deben obedecer, y no se han de argumentar. Y así es forzoso, señora, obedecer, y servir, yo con llevaros ahora, y vos con no resistir a un Rey, que humilde os adora, que yo os ho, que hallaréis en su amor la cortesía, que el tiene, y vos merecéis. Lo que más, señor, podría, es, que a mí me asegureis. Por la parte del Rey puedo, que es hombre. Yo os lo concedo pero soy lo más aquí; y ansí me confío en mí, y puedo perderle el miedo, que a poderme defender de lo que se ha de entender de esta junta de los dos, yo os asegurara a vos lo que él conmigo ha de hacer. Esta es ya resolución del Rey. Aquí es discrección hacerle a su autoridad virtud la necesidad, y no temer la ocasión. Fuera os id. Adónde? A buscar otro escudero Cristiano, menos necio en preguntar, pues no queréis Campezano oír, ver, y callar. Vamos. Un coche os espera en la puerta. Yo quisiera ir sola. Pues voyme yo, cubierta iréis. Eso no, que si bien se considera, ya era culpa el ir cubierta, y ansí es justo que se advierta, que si al ir me dejo ver, es porque pienso volver con la cara descubierta.
JORNADA SEGUNDA
De suerte te está el vestido, que si Narciso te viera. cuando se arrojó atrevido tras sí mismo no lo hiciera, o de envidia hubiera sido. Porque tan airoso estás, que cuando te miro más, mas me da el alma a entender, que en ella recibe el ser, que tú al vestido le das. Tantas tienen tus acciones, que están de mil almas llenas, cada cosa que re pones, y a padecer te condenas por justísimas razones. La que con tu Majestad me diere su indignidad, Al revés lo considero, pues con tantas almas muero a manos de una crueldad. En empezando a temer, empece a saber amar, y tanto ha empezado a ser, que no quiero confiar, por no dejar de querer. Mirad bien si estoy de suerte, que la pueda enamorar. A ser temporal la muerte, pudieran resucitar Porcia, y Lucrecia por verte. Doña Inés, viene, señor. El sol dijeras mejor, a cuya luz miro ciego, si ya no fueran de fuego los rayos de su rigor: bien será que la salgas a recibir. Y es muy justo hacello. Esperad, no os vais: no quisiera con el gusto hacer extremos; juzgáis el extremo a demasía? No señor, que es cortesía, y aunque debe astenerse en ella, aquí es defenderse de una her mola tiranía. Y tal vez, cuando conviene a perder el nombre, viene de extremo, porque es cordura, si es dueño de la hermosura el que estima a quien la tiene. Id pues, y decidle, cuanto a mi rabiosa pasión le debe este dulce encanto, que tal vez la persuasión ajena, reduce tanto. Esperad, decid, que den treguas a un amor tan justo las fuerzas de su desdén. Y que es su rigor injusto la pienso decir también, una, y juntas todas ellas presumo sin adularte, que quisieran las estrellas ser mujeres por gozarte, aunque lo han sido por bellas. Notable encarecimiento! lindamente se han asido las cuerdas de su instrumento, sino es que de ellas heredó también lisonias el viento. Y esta virtud declarada se conoce está fundada, en que todo cuanto digo se han conformado conmigo sin contradecirme en nada, y aquel que no contradice en algo, cuando desdice la verdad, al caso, o miente en no decir lo que siente, o en sentir lo que no dice. Pero aquí he disimulado, porque a veces ha importado para servirle mejor acreditar el señor la lisonja del criado. Deme vuestra Majestad los pies. notable humildad! La que no piensa adornada siempre empieza bien criada, y acaba con gravedad. Levantadme a vuestro cielo, donde yo pretendo ver justo premio a mi desvelo, solo a fin de no tener la mortalidad del suelo. Vuestra Majestad, señor, me honre más ajustado a mi ser, y a su valor, o pensaré que ha errado el camino a ese favor. Que de verse así tratar mi honor, empieza a temblar, y a recibir no se atreve, que quien da lo que no debe, quitando puede cobrar. Ino tan favorecida, viviré tan confiada, y menos arrepentida. Hasta ahora bien rogada la juzgo, y mal persuadida. Atreveraste a quedar tú sola aquí? Sí señor, que fuera no confiar en tu Cristiano valor, y en que yo me se guardar. Y cuando no fuera aquí fuerza el fiarme de ti, que no importa, señor, digo el quedar sola contigo, cuando quedo tan en mí. Qué miras? si está la puerta cerrada. Aunque no esté abierta importa poco, señor, su puesto que de mi honor tengo las llaves. No acierta el alma a hacer relación de su entendida pasión, y conozco en estos modos, que los que quieren, no todos saben lograr la ocasión. Cuando ausente la quería, varios discursos hacía, y ya que la puedo hablar, que estudia para olvidar, piensa la memoria mía. Pretendo está, doña Ines, y esta es la que el alma llora, pensamiento, llegad, pues habladla atrevida agora, o no me aflijáis después. Hablar el Rey, y argüir a solas, sin persuadir es, que en tanto imaginar, se resuelve a no rogar, o no se atreve a pedir. Tres años ha justamente, hermosísima tirana, que sigo la luz ausente de la deidad soberana. de tu sol resplandeciente. Tres ha que con fe segura te adoro, y tres que procura sujetarse mi albedrío a ese breve señorio de tu adorada hermosura. Pero pues ya tu desdén, es a mi amor desigual, hoy tengo de ver por quien, o porque me tratas mal, cuanto yo te quiero bien. Solos estamos, haz cuenta que soy solo, un hombre extraño, de mediano nombre, y renta, que al templo del desengaño sus esperanzas presenta. Una de dos has de hacer, procurándote olvidar de mi grandeza, y poder, que me has de desengañar, o no me has de aborrecer. Eres mi Rey, y señor. Aquí nos hace el amor iguales. Pues siendo ansí, y que puedo hablarte aquí, como mi igual sin temor. Dame palabra primero, que no me has de negar hoy un favor, que de ti espero recibir. Yo te la doy: quieres bien? A un hombre quiero que en partes te excede a ti. que en partes me excede a mí. Tanto, que si la Corona, por elección de persona se diera, imagino. Di; pero me bastará lo que has dicho, pues está el pensamiento entendido, mis criados me han mentido, que esto es diferente ya. Y aquí se ha de averiguar la verdad, considerando, que es fácil de comprobar, si esta halló desengañando, y aquellos para obligar. Y hoy lisonja he conocido, que nadia se ha resistido a tus dorados placeres, pues con saber que lo eres me sueñas bien al oído. Mis de efectos, di, son tales, que los puedo remediar, y advierte que ya te vales de la licencia en hablar, porque aquí somos iguales. Solo a fin de tu licencia me pudiera yo atrever, y debes tener paciencia: si bien esto no es hacer a tus partes competencia. Que si a tu Real decoro me atrevo, no las ignoro; pero estoy enamorada, y podré hallar engañada más partes en el que adoro. qué partes tiene? Es secreto al recibir mis favores, al granjearlos, discreto, solícito en mis amores, y en sus acciones perfecto. Y en lo que más me he fundado, es, que es tan ajustado lo que dice a lo que siente, que ni agradecido miente, ni lisonjea obligado. No digas más, que ya creo lo dichoso de tu empleo. Si es que he sabido obligarte, sin mentirte, ni adularte. Un criado, así deseo quién es El favor que pido, es, que esté el favorecido oculto, que estás celoso, y nunca está el venturoso seguro del ofendido, y aunque aquí deseo tener amor firme, y fe constante, no solo cumplo en querer, si no le excuso a mi amante la causa del padecer, porque juzgado en rigor, amor que mira un señor a los sines por gozar, no con fin de conservar, es apetito, y no amor. Por ese al fin me has dejado? Sí, pero en parte obligado, que tras de no te querer, es lo más que puedo hacer haverte desengañado. Podré obligarte algún día con generosa porfía? dNo señor, que sé querer como noble, y no he de hacer mi voluntad granjeria. No hay remedio? todos son vanos y puesto en razón, solo uno podrá ser parte. Y cuál es? El desviarte de tu amorosa pasión. El consejo que me has dado tomorá, que bien mirado, más vale, si ya es forzoso, que sufra yo deseoso, que padecer porfiado, Pero yo sambré al que has hecho tan dichoso: esto es hecho, libres quedamos los dos. Mil años aumente Dios la grandeza de tu pecho. Miente la que presume ser creída, cuando de ajena voluntad gozada, por disculpa nos da que fue forzada, sin estar de sí misma persuadida. Voluntad tuvo la que fue ofendida, y ella la culpa si quedó burlada, pues pretendió con nombre de engañada gozar los gustos de quien fue vencida. Lloré solo el engaño de su culpa, que antes tuvo presente el desengaño, si ella por si se salva, o se condena. Muy mayor hace el mal con la disculpa, puessolo a fin de disculpar su engaño pone el propio delito en culpa ajena Desde hoy fortuna me abstengo de codiciar tu tesoro, pues a confesarte vengo, que por saber lo que ignoro te diera lo que yo tengo. Mis criados me han mentido, pero pues mal entendido no conocía el engaño, pagaran me con su daño el delito cometido, que si con lisonjear me quisieron engañar, ambiciosos en su bien, lisonieando también me tengo yo de vengar. Pues no hay mayor discreción, que hurtarle con la venganza el camino a la intención. Muchas veces la privanza entró por la adulación, triste pienso que ha quedado, según que está mesurado, La pensión del bien será, si no es que la paga ya de los gustos que han pasado. Yo aseguro gran señor, que ha mostrado doña Inés. más gusto, y menos rigor, Lo que dicisteis los tres se ha lucido en su favor En esta breve distancia, que hay desde la puerta aquí la refeti su ignorancia, y de suerte la sentí, que presumo sin jactancia. que fue a persuasiones mías. Tal te dé Dios la salud, como tú lo sentirias. Yo le dije tu virtud, y el mucho amor que tenías. Las sirenas vuelven ya: qué es esto? Don Juan que viene vencedor. Marte podría, si divierte, y entretiene, y a Venus dispuesto está divertido en mi cuidado: entre Don Juan si ha llegado. Vuestra Majestad, señor, me dé los pies. Al valor de tan valiente soldado se le deben justamente, tras el laurel de su frente los brazos, como venís? Aunque la muerte encubrís de un Rey Cristiano, y prudente. Era yo su hechura, y siento, que discurra el pensamiento su muerte, y ansí el vencido, aunque vencedor, vencido de un natural sentimiento. Muchos también llorarán su muerte, y en padecer aventajaros podrán. Y se echa muy bien de ver, en los lutas con que están. Hacedme de la victoria una breve relación. Con los triunfos de tal gloria, aquí se debe atención al principio de la historia. Qué salí, sabes señor, con tu padre de Toledo un Martes, que nunca juzgo por los días los sucesos, con tus siente mil soldados me prometí el vencimiento, porque nunca han sido pocos los que han llegado a ser buenos. Supe que Hacen, Rey de Andújar, venía a negarte el feudo del caballo, y que tenía en Hormaz su campo puesto. Medi la corta distancia en breves alojamientos, tan aprisa, que en tres días aloré la vista en ellos, y amanecimos tan juntos los campos a un mismo tiempo, que no pudiera ninguno danor denes en secreto, y salió del suyo un Moro sobre un bayo, no sujeto a irracional diferencia, sino la tuvo en los vientos, o si es ya que alguna alma aborreciva en se cuerpo se entró en él, y agradecida se la dio a sus movimientos, porque parece que en todo le aconsejaba en sí mesmo, o que ensalzaba los suyos, menos preciando los nuestros. Era el gínete gallardo, brioso, aunque corpulento, porque en proporción moraban las acciones alos miembros. Y en lo airoso de un turbante mostró su arrogancia el dueño, y en él una blanca nube, unos martinetes negros, que pienso que a estar fundados sobre la esfera del fuego, sacudidos por el aire fueran cometas del cielo. Sobre el brazo de la adarga, cortesano inclinó el cuerpo, recogido el capellar y arrojado al hombro izquierdo: Donde dijo: vais Cristianos, percipitados, y ciegos? si os amenaza la muerte en la juventud del tiempo, el azote de la vida, y la emulación del Reino, Conjurado contra Alfonso para no pagarle el feudo, quince mil rayos venimos, tan conformes, y dispuestos, que solo a fin de acábaros hacemos quinto elemento. Dijo, y volviendo el caballo, acabó el último acento con arrojarnos la lanza, adargado todo el cuerpo. Y envestir fue la respuesta, porque el mejor argumento de la guerra, es el que excusa las palabras con los hechos. Mezclaronse los dos campos, en cuyo primero encuentro ofreció a muchos se pulcro la superficie del suelo, que aunque embistieron por rayos los que pretendieron serlo. Muchos de los quince mil perdieron la luz del fuego, y andaba tan divertida la muerte, que a muchos de ellos volvió a buscarlos por vivos después de dejarlos muertos. Y avergonzados los campos, parece que se sintieron de ver pelear humildes a los que hallaron soberbios, que tanta sangre tenían, que en lo rojo parecieron dibujo de los pinceles de nuestros blancos aceros. Ouce mil vidas costaron, cuatrocientas de los muertos, por quien hicieron las flores particular sentimiento. Y sus cuerpos veneraban en fe de que allí estuvieron almas que de su Criador tuvieron conocimiento. Y de esta marcial victoria, la mayor parte debemos a Fernan Tellez de Lara, por cuyo brazo soberbio se midieron aquel día las obras con los deseos, excediendo a humanas fuerzas la grandeza de sus hechos. Muerto queda el Rey Acen, tributario todo el Reino, y yo vencedor, y triste de hallar a tu padre muerto. Nunca de vos confíe, Fernán Téllez, menos yo. El General, señor, fue, quien no solo aventuró sus hechos; pero podré decir, que anduvo aquel día su resuelta valentía, tal, que los demás sobramos, pues solo nos ocupamos, en admitir lo que hacía. No vijamas, que a la vida más soberbia se inclinase su diestra nunca vencida, que antes que el golpe llegase no hiciese temor la herida. Y con tal facilidad a un tiempo hería, y mataba sin hallar dificultad, que parece que llevaba la muerte en la voluntad. Y finalmente, señor, a él se debe el honor de este glorioso trofeo, y a mí la fe, y el deseo del premio de su valor. Bien de Don Juan se ha entendido. la buena naturaleza, y que estés agradecido, pues es una la grandeza, y entre los dos la han partido. Y sus pechos están llenos de su valor, y convidan a más fe, porque los buenos sus propios hechos olvidan por referir los ajenos; que cautivos han venido? Ochocientos he traído, y uno entre ellos, que si fuera su suerte mejor, pudiera poner la nuestra en olvido, Y quién es? Hijo bastardo del Rey, un Moro gallardo, que en su patria ser podría rayo del Andalucia, como en España Bernardo; pero ha sentido de suerte del viejo padre la muerte, y tal es su desconsuelo, que aún para mirar al cielo en su pena se divierte. Y no es solo su dolor tal, pero fuera, señor, que no ha de quitarse el luto hasta el último tributo de este paternal amor. Este me ha reprendido discretamente, corrido estoy, que he sido imprudente. Pegósela lindamente de puño, que le ha escocido. El entendió el pensamiento. Esto es decir lo que siento, y es justo oféndase, o no. Poco sé de rostros yo, y el Rey no va muy contento; y no te estuviera mal un poco de adulación; ansino tan desigual, que hos haga la razón acusación criminal, y tanto que no te quede tu derecho a salvo a ti. Confieso Hernando, que puede. quitarme el bastón que a mí me dio su padre, que excede. su voluntad a la mía; pero estaré consolado, con que ha de ver algún día del tiempo desengañado, que la verdad le decía. Y en tanto, que has de hacer? Servir, y no pretender, porque más Hernando quiero dejar de ser lisoniero, que mentir por merecer. Pues en viviendo, señor, sin tentas, sin artificio en este tiempo traidor, no hay si no aprender oficio, y comer de su sudor. Cada uno miente ya, según el grado en que está el pobre, al rico ambicioso, y el rico al más poderoso, que en mejor estado está. Qué mediante esta armonía, la lisonja engendra, y cría, y en no teniendo adulador, no hay sino tomar, señor, el harico, y a Turquía. Estas materias creo yo, que ninguno las tocó, sin más ser del que hay en ti. Para remediarlas, si, pero para hallarlas, no. Nadie es bien que un Rey no. inquiete cuando no es razón fundada en razón, que no respete el caballo, el Rey, la espada en el que fuerte acomete. Es lengua libre en la guerra, pero aquí en su misma tierra donde el solía gobernar, el atrevido en hablar, es solamente el que yerra. Y Alfonso no es ignorante para ponerle delante la figura, o pensamiento del luto, y el sentimiento de ese bastardo arrogante, que es Rey, y se ha de vestir como quisiere, y sentir lo que es su gusto, y no más, pues solo con el compás del suyo se ha de medir. De ese mismo parecer soy yo. Pues quién ha de ser otro, si a la Majestad. de un Rey, y su autoridad se quiere un hombre oponer. Quién dice? por vida mía Digo. Quedo, que aunque responder podía por el Rey, yo os lo concedo, no en causa, que solo es mía. Su Majestad, que mil años guarde Dios, es hombre, y puede como hombre ignorar sus daños, sin saber de quien procede. la causa en tales engaños. Y si en lo que he dicho aquí halla que hubo culpa en mí, ya no le será disculpa decir, que ignora la culpa, pues la ha tomado por sí. Y si alguna puede dar, es, que se dejó llevar de pareceres injustos, que un Rey por ajenos gustos suele tal vez no acertar. Y porque es sabio me espanto, de que haya podido tanto aquel que le ha convertido en la gala del vestido la justa pena del llanto, Y en fe de esto me atreví, supuesto que conocí ser ajeno el desconcierto, que el que olvida un padre muerto, muerta tiene el alma en sí. Estos sí son acertados pareceres, y fundados en un honrado interés. No trujeran estos tres una nube de criados. El Rey que vive es mejor que el muerto, y con más valor gobierna. A quien tal dijere yo se lo defendere. Qué es esto? Nada, señor, Dice, señor, Don Juan, que tú la culpa has tenido en vestirte tan galán. Y aún a más se han estendido los que de su parte están, porque aquí nos defendía, que tu padre gobernaba mejor que tu. Y empuñaba la espada. Muy bien podía, pues la verdad defendía. De esta vez sin duda acaba. Qué dices? qué dices? Que los que afean tus culpas, solo desean remediarlas justamente. Este ha dicho lo que siente, y estotros me lisonjean: y de aquí quiero tomar ocasión para vengarme también con lisoniear, sin que pueda acumularme ninguno él no le premiar. Ansí habemos de librarnos, y todos cuatro fundarnos con ellos en la intención de una ley. Entre dientes habla el Rey, caperuza quiere darnos. Don Pedro. Señor. gozad los gajes de Camarero sin que sirváis. Mi lealtad premias hoy, hacerlo espero toda mi vida. Tomad si obra la purga.Esto es hecho, enojado el Rey nos tira a la vista. R Satisfecho, que Don Esteban aspira con la lealtad de su pecho a servirme con amor, los de cazador mayor le doy. Y tus pies con ellos, para que yo ponga en ellos mi humilde boca, señor. Y vos quiero que gocéis doblados los que tenéis. En todo, señor, me honráis. Menos os doy que pensáis, como después lo veréis. a los tres No es bien que Don Juan se quede sin una reprensión. Sí, que es atrevido, y puede poner en ejecución otra culpa. Tanto excede del límite natural, permitido solamente a un vasallo, que es leal, que aún la Corona en tu frente puede conservarse mal, si atrevimiento parece. Bien sé en lo que desmerece, y os juro de parte mía, que habéis de ver algún día, que tiene lo que merece: seguidme vos. Pobre Hernando Aquí estoy, y estoy temblando: sabe Dios. Venid conmigo. Con el alma, ya te sigo: vive Dios, que voy rabiando. A darle garrote van, y han de volver por los dos: nuestro recado nos dan de esta vez, si no es que Dios lo remedie. No darán. El que pudo granjear, y pudo desengañar, padezca con no tener lo que llega a merecer, y no supo conservar. Bien os pudo hacer dichoso vuestra diestra vencedora; pero nunca es venturoso el que pretende, y no dora las culpas del poderoso. En esta guerra, el saber es el venturoso herir, que más vale aquí tener industria con adquirir, que valor para ofender. De una color son los tres, y estos, sí, pese al profundo, que menean bien los pies al son que les hace el mundo, aunque les toque al revés. Lindamente se socorre en estos la inteligencia, que son veleta de torre, que sin hacer resistencia se vuelve al viento que corre. Un Rey dicen, que tenía coja una pierna, y venía un criado, que probaba, porque también cojeaba a fin de que el Rey lo hacía. Cojea, cuerpo de Cristo, que cuando el mundo haya visto, que ansi tu ser se gobierna, sana quedará tu pierna, y tú con el Rey bien quisto. No has visto curada herida sobre falso, que ofendida descubre del Cirujano la mal gobernada mano, o la intención fementida? Sí señor. Pues así es, al Rey curan estos tres la herida de la intención, y ofendido el corazón mostrará el daño después. Y si tarda? Habré tenido el premio que he merecido, porque el mayor galardón de un seguro corazón es saber que no ha ofendido: que diferente seré recibido de unos ojos, a quien no lisonjearé, si bien pueden ser despojos. del claro Sol que adoré. Ahora tratas de amor? Si Bernando; porque el rigor, y la aspereza del Rey me acuerdan, que es justa ley el corresponder mejor al dueño que adoro: y quiero ser su esposo. Considero, que es justa cosa el pagar; pero esto es, señor, echar la soga tras el caldero, porque caso que esté bien, quien os dará el plus de orgen, adonde está aquel metal, que por razón natural es del Tribu de Rubén. Otros, Hernando, se casan mucho más pobres, y pasan. Con el pasan me acomodo, pues pasan, señor, por todo, y de ayunos se traspasan. Esta pobre hacienda mía, mucho más que casa haría, y poco menos que aldea, darnos sus frutos desea con el pan de cada día. Y esos despolos ganados, que traigo, están apreciados en diez mil ducados ya. Mujer hay que no tendrá para mánteos bordados. Que hay será fin presumido de estos lindos que he sabido, que el casarse es potosí, o qué es la ese, del sí para el rostro del marido. Y que hace andar a jornal, y aunque esta que es principal tomará lo que le den: pocas hay, señor, que estén bien con el tratarse mal. Para mí, y para Leonor era mejor esa historia, si no me hubiera un traidor ganado la palmatoria, que es doncella de labor. Ya, Hernando, pienso vivir en mi hacienda, y no sufrir los engaños de la Corte, supuesto que por el Norte de alma me he de regir. Para salir de Toledo quieres casarte? Si amigo. Pues qué aciertas decir puedo si te la llevas contigo para salvarte a pie quedo, que es un casado de aldea jugador, que se florea con la espada del pecado, y harto de haber peleado, se va al cielo, y se pasea. Y que es linda cosa digo saber como nace el trigo, y en el lugar quien amasa, temprano a la noche a casa, cenar, y a mi dicho digo. Vamos, que ya se inclina el alma, que determina mi bien a este sin dichoso, que con el fin venturoso de aquella boca divina, el mundo pondre en olvido. Y yo que estoy ofendido con una correa humana las nalgas, como una grana a Leonor, y a su marido. Ayudadme a descolgar, Leonor, que no he de quitar solo esta betumba. Oigan el paño de tumba si se sabe ya criar sin madre: engañarle quiero, y podré con este engaño dilatar más el primero: mal haya la que en su daño ha dado un si placentero, sin mirar si es flojo, o no. Pues qué culpa tengo yo del si que vos habéis dado? Sí tenéis, que me han casado con vos? Pues quién os casó? Mi señora me ha pedido, que os reciba por marido, y respondí, que si haría, pensando que en vos tenía un hombre bien condidoe, amigo de trabajar, sin gruñir, ni regañar. No he menester que ninguno me ayude a mí a descolgar. qué dices? Yo solamente descolgaré diligente todas las tapicerias de la historia de Golias, y el triunfo de la serpiente: no descubrió el Rey Gradaso, como yo he entendido el caso. Mujer, quién es tu marido? Vive Dios que lo ha sabido, y que es verdad que me caso: yo soy el bien empleado. Luego esté es el desposado? maldita seas, amén, tú, y el que te quiso bien para vivir deshonrado. Pues di, por esta figura te ibas a poner delante de aquel desdichado Cura? faltávate un elefante, de estupenda catadura? pero no sois vos Leonor? Como las cosas de amor. Amor, mi bien, tiene bríos? tenéis buen gusto, olos míos. otras le tienen peor. Pues desataquese el vielo, que lo que la carne hizo, lo ha de pagar el pellejo. Soy un poco quebradizo de la luna del espejo. A Hernando. No hay que tratar, acuestas le hecho la ley. Aquí de Dios, y del Rey, que me quieren azotar. Quién vocea? Un azotado que no quiere ir malogrado de esta vida transitoria. Qué es esto? Importa a la historia del libro que has empezado. Ve a Palacio, y busca allí a Fernan Tellez, y di, que me tiene con cuidado el saber lo que ha pasado con el Rey, y vuelve aquí. A señor. Por vida mía. Envuelto estés en Turquía en mal humo de tabaco. Yo os haré viejo bellaco, que no os caséis otro día. Aunque me habéis referido, mi bien, lo más principal, y el haberos recibido el Rey, y los suyos mal, no por la causa que ha sido, y aunque os habéis esforzado, con la merced que me hacéis de no advertir al cuidado: yo se como sentiréis agravios, que os han llegado al ser, y a la autoridad: conmigo estáis, descansad, que aunque encubrís los enojos, en el pulso de los ojos veo yo la enfermedad, Y de no me lo decir podré muy bien presumir, que debéis de imaginar que no los podré callar, o no los sabre sentir. Y porque reñía Hernando? Esto es quererme olvidar de lo que estoy preguntando, y no quiero porfiar, pues me responden callando. La causa fue el descolgar estos tapices. Por hoy se pueden Leonor quedar para mí, que también soy el que quiere celebrar sus bodas con Doña lnés. Para uno sois los dos. Y yo por tanto interés también pongo el alma en vos, y en mi boca vuestros pies, iréis conmigo a la aldea? Al Cristo de Zalamea juro yo de no os dejar, aunque os fuerais a habitar los desiertos de Judea. El Rey te llama, y si vas con aquel tema en que das, advierte, sino estás loco, que en lisonjear un poco te vala vida no más. Por la Pasión toda entera, desde el clavo hasta la esponja, que consideres, si quiera, que es con el Rey la lisonja solicita medianera. Lisonjee vuesancé señor. Rogádselo todos. Por el primer ave en que aprendieron los Godos las bocales. No podré, no os canseis. Si es que a tu vida. importa, que ansi la pida, es justo, quien lo desea lisonjea. Lisonjea, que ya el pueblo lo apellida. Y vos mi bien, que decís? que eso haré. Lo que sentís decid, porque más os quiero leal, que ser lisonjero. Y si esperando sufrís, podía el tiempo declararos, que ponéis sin conformaros el Rey sin hacer sentido, vos sin haber merecido, y la fortuna en quitaros. Y la verdad declarada, quedará la fe estimada, y Alfonso desengañado, vos conocido, y premiado, y la fortuna cansada. Y caso que esto no sea, si os culpare quien granjea, sin Dios, que os queda, decí en vuestra hacienda, y en mí: una esclava, y una aldea. Vos hermosa medianera, dueño ya de un alma entera sois la que solo sabéis aconsejar, y seréis mi divina consejera. Pues miráis vuestro valor al desengaño mayor. como es mi amor verdadero, temo el daño, y considero el peligro en el error. Yo he de ser. Mi dueño. Ay Díos! yo dueño, y esclava vos? Mi parte propia he tomado. Antes mi bien, se han trazado los títulos en los dos: mas no importa, que podremos, mediando en estos extremos, puesto que soy el esclavo, yo la ese, y vos el clavo, que en la fortuna ponemos. Nunca de ella pude yo quejarme, pues me cifró todas sus glorias en esta, y me dieras por respuesta, que en mis brazos os dejó, Ni yo en tanta adversidad me quejo de su impiedad, pues sois la primer mujer, que olvidada del poder aconseja la verdad.
JORNADA TERCERA
No quiero vida ni ser, ni premio, pues no le tiene quien le su yo merecer mucho mejor que yo, y viene a sufrir, y padecer, que si es otro, yo mi amigo, y es fuerza participar de su premio, o su castigo lo que a él le dejan de dar, no ha de ser premio conmigo. Su Majestados ha hecho merced de un hábito. Aquí no está Don Juan, y sospecho que habláis por él, que aunque en mí hay méritos, a su pecho se le debe justamente. Su Majestad es prudente, y que conoce, creed, a quien debe hacer merced. Ya el silbo de esta serpiente entra a turbarme el sentido por las puertas del oído. Malo estuvo, y no le vio Don Juan, y hacerlo intentó de su ignorancia vencido: cuando de todos dejado estaba, y deshauciado, con que es imposible ser de Alfonso a mi parecer eternamente premiado: su Majestad sale aquí. Que gentiles dos alanos trae a la oreja, estos sí, que en los términos humanos nos dan a Don Juan, y a mí. Cortesanos documentos, no siempre en sus pensamientos es un pincel acertado; y ansí el pincel ha ignorado el alma a sus movimientos. Y aunque está el retrato airoso solo puede estar glorioso de haberse atrevido en parte con la perfección de arte al original hermoso. Adúlteros los llamó a los pintores un sabio. Bien dijo. En qué lo fundó? En qué hacen siempre agravio al vivo del alma, y yo de este que te ha retratado, digo, que nos ha mostrado el adulterio en la acción, contraria a la perfección, que el pincel de Dios te ha dado. Por excelente tenía ese pintor. Ser podría que fuese en otro retrato, su pincel menos ingrato, que en este solo podía guardar secreto al primero, y sabio tan verdadero, que no ha de saber quien es, si él no lo dice después con la lengua de un letreto. Que me parece creí, pero dénesele aquí crédito a vuestra opinión, que los propios ojos son, quien menos saben de sí, sacadle aquí; pero no, que adentro le veré yo. Deme vuestra Majestad a besar sus pies. Alzad, que quien un hábito os dio, a levantaros empieza. Y el que en fe de tal grandeza sirve bien, funda su honor, pues se levanta, señor, a más ser, y más nobleza. Este sí, que es el camino de granjear. Ah traidor! Por aquel licor divino, con que sustentó el Señor las bodas de Architiclino, que entre con pie diferente, que dicen ya claramente los que desean tu daño, que al segundo desengaño te han de colgar. Detente, que está aquí su Majestad. Ya es el morir calidad, y bueno, puesto en razón para un Mártir del Japón el morir por la verdad. Don Juan está aquí, señor. Vuestra Majestad advierta, que es digno de más favor. Bien está: aquí está encubierta mi intención, en mi rigor, y este que nunca desdice la verdad, quiero que vea el retrato, y autorice esta opinión. Lisonjea, que ahora entredientes dice el Rey, one te ha de mandar hacer polvos, y empalar. De ignorante se ha perdido. Y eslo tanto, que ha sabido merecer, y no obligar. Entrad en este retrete, y ved un retrato mío. Esto es hecho, allí le mete por engaño. Desconfío de su premio ya. A un jinete no le da sobre el arzón, más saltos el corazón, el verdugo es el retrato, y a mí me dan de barato la segunda conclusión, para eso me defendí de Abeyuza, y de Halí, miren aquí en que paró, el papa te vea yo de mi madre, no creí jamás, que morir podía degollado, quien vivía tan de gorja. Qué os parece de Don Juan? que no merece, tanto saber quien podía tratarte con más piedad, señor, en tu enfermedad. Y tú? que dice muy bien. Y yo reprendo también su inadvertida impiedad, y por otras culpas hallo, que en nada es justo premiarlo, pues no permite la ley reprensiones a su Rey en la boca de un vasallo. Vuestra Majestad me dé licencia para hablar por Don Juan. Solo os daré licencia para callar. Don Juan merece. Yo sé lo que merece Don Juan, Que con ver estos que van por el camino peor porfíen, notable error! ciegos en su engaño están. Al que de vosotros tres le imputaré mayor culpa, y tal que el cargo después no le pueda dar disculpa, a la prisión de sus pies le remitiré el castigo. Desde hoy elegir me obligo. una tan grande en las suyas, señor, que me constituyas su juez, y su enemigo. Tales serán mis deseos. Entre delitos tan feos escoger sabré a mi gusto. Eso sí, a la miel del justo emambre de Fariseos. Hasle visto? Señor, sí. Qué te parece? Que a ti te excede en más hermoso, más bien hecho, y más airoso, La verdadera es aquí, en el suelo dio con todo, y nos ha puesto del lodo. Esta culpa escojo yo para acusarle. Yo no, que a otra mayor me acomodo porque haber el Rey estado. tan enfermo, y no le ver hasta estar deshauciado la mayor culpa ha de ser si no la juzgo engañado. Al fin decís que el pintor tuvo la culpa? Sí señor, En qué? En qué excedió del arte; y a fin de lisonjearte, hizo el retrato mejor ejemplo vivo de aquellos, que arrastran por los cabellos la utilidad de los fines, y con intentos Caines pintan Absalones bellos. Y no hay cuerda juventud, que aperezca su inquietud, que como el que lisonjea, sus culpas se hermosea, desconoce la virtud. Y los que mintiendo aplacen, son ecos que satisfacen, y en la voz se contradicen, pues hablan en lo que dicen, y sueñan en lo que hacen. Y al reloj, señor, imita un adulador fingido, que nuestro fin solicita, pues solo le da al oído, lo que a la vista le quita. Y del símil le defiende, cuanto un alma comprende, porque hace el golpe más fiero la lengua del lisonjero, que la mano del que ofende. Mi recámara partid entre los tres, y advertid, que no la distribuyáis sin licencia. Porfiáis, pues padecer; o mentir. Y que no te persuades, bárbaro en tus necedades, premio quieres que te den: prisa el Reya hacernos bien, y él prisa a decir verdades. Bien claro nos da a entender su Majestad, que no gusta de verdades. Puede hacer él su condición injusta; pero no mi proceder, y en el curso de suedad mayor dicha me prometo, que es sabio su Majestad, y nunca ignora el discreto en los fines la verdad. Y aquí granjeo perdiendo, si otros pierden granjeando, que esos que le van mintiendo, vana perderse engañando, y yo he de esperar sufriendo. De aquel desvelo pasado: en que me aconsejaréis, que entretenga mi cuidado, adonde me llevaréis, que me divierta engañado? Sal embozado, señor, esta noche a ver mujeres. de Toledo, que el amor respetado por quien eres te divertirá mejor. Bien dices, que ver deseo lo que pasa en el lugar de noche, que es según creo ocasionado a ignorar el poder, pues solo veo aquello que mi grandeza me promete en tanta alteza; y el que menos por más grave trata el mundo, menos sabe. en él. Extraña agudeza! Qué te parece a ti de esto? Que un Rey no ha de estar dis a lo que un hombre ordinario, (puesto y que es remedio contrario a tu autoridad. Con esto se acaba de rematar: lo mejor será ordenar mi alma, por sí, o por no, porque Don Juan no nació para mentir, ni adular, Esta noche también quiero, que me acompañes. Primero quisiera pedir, señor, una merced, y favor. qué quieres? Yo considero, que no soy para servirte, ni he de poder persuadirte, y quiero con tu licencia hacer de Toledo autencia. Pues adónde quieres irte? A una pobre hacienda mía, adonde llevar quería propia esposa con tu gusto. Que estoy piensa con disgusto; pero él lo verá algún día: tu esposa me has de enseñar, y en el salir del lugar después te responderé, qué premies, señor. Ya sé lo que me queréis rogar: yo Fernán Téllez me entiendo. Vive Dios, que estoy temiendo, que va Alfonso dilatando los términos, y esperando para mayor mal. Yo entiendo. diferente esta opinión. Por qué? Porque la razón tiene tanta fuerza en sí, que auque él me aborrezca ansí no ha de probar su intención: Y aquí es Isaac la verdad, Abrahám el pensamiento, el cuchillo la verdad, y el Ángel su entendimiento, y se oponea la impiedad. Y como el si me permita de aquella boca dichosa, que mis glorias solicita mi esperanza venturosa dejaré en Toledo escrito; y perdone su disgusto, que considerado al justo, poco me puede quitar, si tras de no me premiar me deja vivir con gusto. Con doña Inés en efecto os casáis? Sí, qué dices? Que elegís en todo como discreto. Supuesto que en un sujeto han concurrido belleza, saber, amor, y firmeza; y puedo vivir seguro, de que no es el Sol más puro. Todo lo que no es riqueza tiene Doña Inés sobrado? Poquito es lo que le falta. Venturoso el que ha llegado a ser de prenda tan alta dueño alegre, en pobre estado. Tarde es ya para esperar a Don Juan. Tarde, Leonor, hasta el alba he de mostrar, menos sueño, y más amor, si él es quien sabe amar. Si el Rey acaso ha sabido mi dicha, le había pedido, supuesto que me desea; que se vaya, y no me vea del casamiento ofendido. No está el Rey también con él, que ha de examinar sus dichas. Deja fortuna cruel este alivio a mis desdichas, y aprieta luego el cordel con más fuerza. El corazón me dice, señora, a mí, que ha de tener permisión tu casamiento. Es ansí, adivinad, que un jubón es el premio verdadero. En mi vida vi escudero tan hablador. Pues por Dios, Leonor, que sois también vos de la calana, y que espero que os han de mandar callar por justicia. Ejecutar podéis vos el mandamiento, portero del prendimiento. La pasión se deje estar. LPero esta noche testigo de la boda os han de hacer. Que me dejéis solo os digo, hacedme otra vez creer, que os han casado conmigo. Eso era estar mal lograda con el sí que manda Dios, bien plañida, y mal casada, y me llamarán con vos aquella malmaridada. Glosita. Pienso que sí. Glosad, pues, para los dos, y el segundo pie por mí. Por qué? Porque no sois vos de la más linda, que os vi esta noche, no estoy bueno, y me quisiera acostar. Servicial sois. El sereno de este tiempo, es como dar a las sienes un barreno. Siempre vives Campuzano con achaques, el Verano por el calor, y el Invierno por el frío. El buen gobierno se debe a todo Cristiano. Acostaos muy en buen hora. Advertid, que mi señora no os dejó para dormir, que habéis de salir a abrir, aunque llamen a deshora. Ya parezco en la pensión prebenda de Catredal. Mala es la comparación, pues llevas viviendo mal por entero la ración. Notables cosas he visto. Breve mapa dijo un sabio que es la Corte. Yo desisto del más ignorante agravio, que en mi autoridad he visto. Bien canta aquel. Con donaire. De la voz hace donaire. Canta de paso, y recelo, que cantando tira al cielo, como cazador del aire. Qué es aquello? Espadas son. Vos Don Pedro podéis ser san telmo de esta cuestión. Él músico echó a correr. Cumplió con su obligación. Suplico a vuesas mercedes le den a un pobre soldado una limosna. Bien puedes decir que te han desnudado del Rey las pocas mercedes. Qué guerra habéis asistido? Esta en que Don Juan ha sido General. Bien sirvió allí. Voto a Dios, que cuando a mí me dicen, que aborrecido está del Rey, que quisiera ponerme donde me oyera Alfonso, y decirle agritos, que son injustos delitos tratarle de esta manera. Dios te harte de gritar. Este nos echa a perder. El hombre es particular: mi capa te has de poner, y mi mesa te he de dar. Buenas órdenes daría; pero pienso que sería más el mandar, que el hacer. No pudo hacer Lucifer mayor estrago aquel día, y a ser yo su Majestad. Qué haríades. La lealtad, premiar a tales aceros, y de algunos lisonieros. No hay que daros, perdonad Al encuentro le han salido. Que remedie el cielo pido necesidad tan honrada. Pues para no darme nada, mucho preguntar ha sido. En este bosillo van treinta escudos. treinta, que no se cuenta de Roldán mayor valor, Dios te de el que le sobra a Don Juan. Tú das como poderoso, Él me ha hecho dadivoso, que si llega a padecer, porque le vi merecer, soy al dalle generoso, y de haberte parecido grande esta dádiva agora, justa disculpa has tenido, que aquelque el servicio ignora, nunca da el premio cumplido, y al ver se suele alargar, más que el ánimo en el dar; y así es forzoso asistir a las causas del pedir para no saber negar. Si este fuera valeroso no pidiera. Si pidiera, señor porque el poderoso voluntario considera lo que en el pobre es forzoso. Pues porque no acude a mí? Quizá de acudir a ti tan miserable ha quedado, y pide desconfiado, a quien no le debe aquí. En cuanto dice ha tirado a reprender, y enseñar: conocer aquel soldado quisiera. Voyle a buscar. lo que le ha dicho le ha pagado. Quiere vuestra Majestad entretenerse? Sí quiero, si es alguna novedad gustosa. HPor aquí espero adquirir su voluntad, y mientras sale Don Juan vengarme de Campuzano. Quién llama? Durmiendo están: oigan aquí, que temprano se hon acostado. Ya van. Ah señor. Quién esta ahí. Bien me dijeron a mí, que no me responderían tan presto, ni me abrirían, si me estoy un año aquí. Hombre, u demonio, qué quieres? a quien llamas, o quién eres? acá arriba estoy quien llama? Que bien le sabe la cama, malas puntas de alfileres. Demonio alborotador, que cama, ni que sabor, si ha un hora que respondí: eres sordo? Sí señor, es su merced el Doctor? Aquí vive una mujer noble, y de buen parecer. Y él no es Doctor? yo, no Para como vengo yo, es bueno no responder. En aquel balcón frontero ha un año que se mudó un Médico forastero. Y él no es Doctor? yo, no Que ya se viste, aquí espero. Por las promesas hidalgas del Cid, que de aquí te salgas. Pues dónde vive el Doctor? Tenéis nalgas? Sí señor. Pues enfrente de las nalgas: vive Dios, que he de bajar, y que te he de acuchillar. No he visto en toda mi vida burla tan bien reñida: de esto carece el reinar. Estás loco? sabes qué es quién vive aquí Doña Inés? Pues buen remedio, señor, que he llamado por error diré, y volveré después. Quién llama? El Rey está allí, el escudero está aquí de Doña Inée. Duerme? Yo dormía, pero ella no. Podré hablarla. Señor sí. Al fin se ha desparecido. Esta puerta has de guardarme, que aunque como amante pido, también podrás disculparme, si en algún tiempo has querido. Qué es eso, Hernando? Señor, que es doña lnés dama Elías, el pan, sus tapicerías, y el Rey el cuervo de amor. Luego ofendiose mi honor? si, que pudo suceder. cuando fue posible el ser poderoso el que ha vencido, desgraciado el ofendido, y la que ofende mujer. La confianza engañada, al propio ser satisface sin alma, y ansí nos hace salvajes de esta portada. No pudo ofenderme en nada Doña lnés, que es ilusión, piadosa imaginación, si pudo, que no hay disculpa, que pueda encubrir su culpa descubierta la intención. El que en su honor se asegura, si consta de una mujer, bienes que con padecer pague su misma locura, y entre tanta desventura sea la ignorancia mía disculpa a su tiranía, que estás culpas, solo son del que ciego en su opinión, ignorante se confía. Bien pude yo imaginar lo que no supe temer, y se supo asegurar, y pensar que pudo ser lo que no llegué a pensar. La culpa, mi entendimiento pague ahora en el tormento los efetos del engaño. pues para esforzar mi daño faltó mi conocimiento. Posiale es, que en mí ha cabido intento tan cauteloso, y que quise ser esposo de mujer que me ha ofendido, venganza a mi enojo pido, y con que no es mi mujer se excusa; y yo la he de hacer, que ha de correr por mi cuenta, pues he llegado en mi afrenta a pensar, que pudo ser. Que no pueda persuadir el rigor de esta mujer, a que me quiera decir su amante; extraño querer! pues yo lo he de descubrir: Don Juan. Señor. Yo quisiera saber si habla a Doña Ines algún hombre, aquí te espera, y si viniere después alguien, que hablarla quiera, considera que pretendo conocerle, y que me importa. Mucho se va descubriendo, si alguna culpa no acorta sus pasos. Iré previniendo las que tiene. Vive Dios, que a no os conocer, creyera, que hay alguna culpa en vos: a una mujer que es. Espera Del Rey dama, y que los dos, según he sido informado, en Palacio se han quedado juntos en un aposento, palabra de casamiento. dabáis? Que he sido engañado, Fernán Téllez, sabe el cielo. Claro está; pero recelo, que vuestra ignorancia ha sido, quien la más culpa ha tenido: había de darle el cielo en menos de quince días de ausencia, tapicerías de oro, y seda? del Rey son, puestas a su devoción. Aquí encajó lo de Elías. El Rey os deja a saber de vos mismo, y su poder está en la ofensa quejoso, y es Rey, atuante, y celoso; mirad lo que habéis de hacer. Quién vio confusión igual, entre amor, quejas, y miedo! tal estoy en tanto mal, que a saber de mí me quedo, y me temo desleal. Con facilidad creí, y como ignorante amé; y así se ha encontrado aquí la culpa que yo tome con el credito que di. También hizo su figura. la traídora de Leonor, que aplicó la colgadura a su boda entra, señor, a derribarla; procura; aunque mueran tus deseos, el Templo, a Dálida, y mueran pensamientos Filisteos. No, Hernando, aqueso quisienran mis rendidos devaneos; que el que llega a persuadirse, y al castigo se abalanza, ese trata de rendirse, si al dolor de la venganza se sigue el arrepentirse. Luego no quieres entrar? Entrar sí, mas no a mostrar lo que de este agravio siento; pues callar un sentimiento es el mejor castigar. Todos tienen que acusar culpa a Don Juan, y yo no, y aquí le vengo a buscar, que puesto que le dejó su Majestad a guardar esta puerta, si se va, juez pienso que me hará de sus causas esta culpa, y ya será fin disculpa, porque aquí quedó; y no está, y supuesto que parece, que el Rey se le va inclinando, mediante lo que merece, mucho importa irle acusando antes que el favor empiece: uno le quiere acusar con la culpa del retrato, y el otro con la de estar maló el Rey, y serle ingrato con no le ver, ni le hablar, hasta estar deshauciado. Pero está que yo he buscado será la más importante, que el Rey pidió como amante y sentirá enamorado; y así sere el más dichoso, y tengo de hacer glorioso mi nombre al mundo esta vez, si es que es gloria el ser juez de un hombre tan valeroso. Disculpa tengo bastante. Y yo bastante ocasión para no ser ignorante. Si esta es la satisfacción, el no pasar adelante tu enojo, y determinado me niegas, tú lo has causado, que el que desea una culpa, nunca escucha la disculpa por no quedar obligado: vuelve solo a contemplar las lágrimas de mis enojos, y podrasme disculpar en mi culpa, ni tus ojos. Para no ver, y acusar la tienen calificada mis ojos, y mis oídos, pues tú tan determinada me has llevado los sentidos a una culpa averiguada. Ya el término se ha pasado, y nunca el juez consiente, que le informe el delincuente después que le ha sentenciado, Que me quedaba dijiste una esclava, y una aldea, y tú te contradijiste, pues te hace esclava, y fea el honor que depusiste. La adea sí, me ha quedado para acogerme a sagrado, que en delitos de mujer, la soledad suele ser medicina del cuidado. Guarda esos muebles raices del alma, que contradices, soborñada del poder, que alma tengo, y no he de ser figura de esos tapices, cuando ellos sintiendo están el ver que venido han a ser desde su grandeza coecho de tu flaqueza. Si quieres tener, Don Juan, libertad para ofenderme, y limitármela a mí, cuando puedo defenderme, o déjame hablar, o di, que te está bien el perderme, si solo indicio fundaran la fe, y el conocimiento del juez, no se intentaran los potros de dar tormento, pues sin ellos condenaran. Pero son los que padecen oídos, y ser merecen sus razones entendidas, que hay muchas culpas creídas en fe de lo que parecen. Y ansí a decirte me alargo, que hace tu ignorancia el cargo, porque está cerca de errar el que se pone ajuzgar la culpa sin el descargo. qué importa si está entendido, y a creerme he persuadido, que en nuevo engaño se fía la que culpada porfía, que la escuche el ofendido: el Rey pretende? Sí. A quién habló a noche? A mí. Diote está tapiceria? Sí dio. Adónde fuiste un día a verle A Palacio fui. Consideraste el error? Conocí su pensamiento. En qué hablastes? En su amor. Adónde? En un aposento. Solos los des? Sí señor. Pues si esto me has concedido, para haberte concluido que te falta. El defender, que esto todo puede ser, y no haverte yo ofendido. Eso pueden excusar. Vive Dios, que has de escuchar, que esto es ya tema, y no amor, u dame un manto, Leonor, que esto se ha de averiguar con el Rey. De otro que fuera; que no lo sabe creyera; pero del Rey bien sé yo, que sabe lo que pasó, que otro sin él no pudiera imaginar los castigos; del uno hay pocos amigos, y en negocio en que se hicieran las dos partes que se encierran, no es bueno para testigos. Por excusar mayor daño fingí lo del casamiento: el casamiento fue engaño. Padecido ya el tormento, tarde llega el desengaño. Muriósele a una mujer su marido, y a enterrar se fueron después a hacer mil extremos con llorar, con sentir, y padecer. Y en la Iglesia revivió, porque hasta allíle duró un desmayo que tenía, y al que la nueva traía, la mujer le respondió: Una vez el gasto hecho, y el cura ya latisfecho, bien lo pueden enterrar, que en mi casa no ha de entrar. Que eres un Nesón sospecho, Padecido ya el dolor, el casarte es lo mejor, que en mi casa no entrarás. Quién hay que pueda querer ser juez en causa tal, cuando lo pretendo ser. Yo. Por qué? Por ser igual en la razón el poder: y puede cuando lo intente hacer juridicamente el Rey la elección en mí: hay quien lo repruebe? Sí. Quién? El estar yo presente: puédolo ser, admitido, electo, y constituido por juez. Pues vive Dios, que he de serlo. Y yo a los dos dignamente preferido. Pues remítase a la espada. El Rey. Quedará acabada la competencia esta vez. Que la elección de juez quedé, señor, declarada, esperamos prevenidas. las culpas mal corregidas. Huélgome que hayáis buscado lo que tanto he deseado, porque queden convencidas. De tu consejo me hiciste, a fin de decir verdades. El mismo cargo me diste, Si a creer te persuades, supuesto que nos dijiste, que el que ha Don Juan aplicara mayor culpa, se quedara por juez, yo lo he de ser, ese oficio he de tener. Sin causa se me quitara. Muy bien mostráis el cuidado. que tenéis; pero presente ha de estar el acusado, Ya está aquí. Como inocente parece que fue llamado: bien le podéis acusar; decid de Don Juan las culpas. Señor. Aquí has de callar, que ya yo sé tus disculpas, y no las quiero escuchar, porque hoy el mando ha de ser el ingenioso castigo de un detenido poder. Con un Rey por enemigo, ya es lo menos padecer, que haya querido morir este hombre por no mentir! Esto Don Juan va perdido, nunca yo hubiera venido a padecer, y a sentir: solo es en esta ocasión remedio el pedir perdón. Eso fuera proponer la enmienda, y no ha de perder por el miedo la intención. Decid sus culpas. Qué dio mas ser a un retrato tuyo, que a ti en la que aviso yo, y la que tuvo, concluyo con decir, que despreció tus partes, porque el pintor, no le pudo dar, ser las que el cielo te dio a ti. Yo dije. Que estoy aquí advierte. Eso es lo peor. Yo le acuso, que estuviste tan enfermo, que perdiste la esperanza del vivir, y cuando pudo venir cómo todos, no le viste; y luego inconsiderado acudio con poco amor, estando desauciado; y cuando todos, señor, te habiamos ya dejado. Mi culpa sola lo es, y pienso que de los tres he de ser el más dichoso, pues me hace venturoso el movimiento en los pies. A noche quedó Don Juan, a conocer el galán de Doña Inés, y dejó el puesto, cuando le vio solo. Apretando le van. De rodillas, señor, pido, que escuchéis al no culpado, injustamente ofendido. De la culpa que ha imputado Esteban, que habéis sentido? Que no lo es, que bien pudo ser en un retrato mudo, el pincel tan liberal, que exceda el original. Que haya culpa, señor, dudo, y que se adelanta creo la que se le acusa al reo. Sí, que no hay culpa imputada cortamente bosquejada, si la terrata el deseo. Y tú fundado en razón, que has sentido de las culpas de los dos? Que no lo son, pues en fáciles disculpas está la contradicción. Que en decir que no asistió tu enfermedad, si te vio, cuando todos te dejaron, ellos son los que faltaron, y él no, pues no te dejó; y en lo que es acumularle, también que dejó la calle postas por ajeno amor, son distintas del honor, y en poco podían culparle. Pues como decid queréis, que deshaga un hombre yo por culpas que deshacéis? Lindamente los clavó. Culpas sin culpas traes, y ansí de las vuestras quiero ser el juez verdadero, y que nombréis defensor. Para serlo yo, señor, que me des licencia espero, que pues ellos han deshecho las mías, con noble pecho, quiero deshacer las suyas. Para abono de las tuyas. basta lo que agora has hecho. porque solo en ti se hallara defensa a traición tan clara, como en estos consideras. Siempre dije que dijeras la verdad, aunque amargara. Que los quieres defender? Sí señor, que el merecer, gloriosamente depende del que piadoso defiende, a quien le quiso ofender, porque aunque andaban buscando mis errores injuriando, mi vida honrado me han, con la ocasión que me dan de merecer perdonando: y el que ofendido es prudente, premia, y culpa justamente, que el premiar al enemigo, es un modo de castigo. Solo falta aquí, señor, el premiar tan gran valor: Tres mayordomos que he dado a Don Juan se le han guardado. Aún esta es otra peor. Dadle lo que habéis tenido suyo. Vive Dios, que han sido estos mentecatos graves, al arca de las tres llaves del premio que han merecido, Cuando yo al principio os di, que me dijeseis pedí verdad, o que todo fuese para aquel que la dijese; dijelo así? Señor, sí. Pues los tres habéis mentido en cuanto habéis defendido, y Don Juan solo es prudente, pues culpó discretamente en lo del luto mi olvido; y si mi padre le dio mejor opinión que a mí, en su verdad se fundó, y dijo bien, pues ansí debo confesarlo yo. Pues para que se nos daba el premio que merecía? Porque lo que el granjeaba a peligro se ponía, si en vuestro poder no estaba, que si habíades de envíar estas dádivas después, el dárselas, era dar ocasión a que los tres tuvieseis que le quitar. Y ya le doy satisfecho de la lealtad de su pecho, después de haberle acusado: dadle cuanto yo os he dado. Buena hacienda habemos hecho De tu generosa mano lo recibieron, y es llano, que vendré a quedar mal quisto. Trabajen, cuerpo de Cristo, que cerca viene el Verano. Pues los oficios te doy, cuyos gajes han gozado. Tu esclavo seré desde hoy. Con lo que doy he comprado el conocer lo que soy. Con justa causa, señor, muestras hoy tu gran valor, pues a Don Juan le has debido, la fe de haberte servido sin lisonja, y con amor. A tu ingenio solamente debo el laurel de mi frente, pues mayor hiciera el daño mi resuelto desengaño, si él no fuera tan prudente. Doña Inés, señor, espera tu licencia. No quisiera resucitar mi cuidado, pues ya me ha desengañado de su voluntad primera. Si estuvo en un aposento conmigo, y me dio a entender su resuelto pensamiento, para que tengo de ver la causa de mi tormento? En tres años no he podido alcanzar si quiera un sí, de que he de ser admitido, y mal le ha de dar aquí quien tanto se ha resistido: y tuviera por engaño el pensar que de mi daño viene a remediar la pena. Vengáis muy en hora buena santísimo desengaño! Di que entre, que he de saber quien es aquel que ha gozado el favor de esta mujer, y por quien me ha despreciado. Desde aquí empiezo a temer. Si una vez vine, señor, oprimida de tu honor, otra me trae mi interés a besar tus Reales pies para restaurar mi amor. Cuanto me pides haré, como primero me digas a quien amas. Sí diré, pues con tu promesa obligas, y me asegura mi fe el que yo he querido, y quiero tienes presente. Ya espero que no le digas. Don Juan. Dijiste bien, que aquí están las partes que considero, y solo con él podrás. en tu siempre firme amor disculparte; pues debías tal firmeza a tal valor contra persuasiones mías, y volviendo ya en mi acuerdo con tanto gusto te pierdo, porque de Don Juan ha sido, que del amor que has tenido quedo enagorado, y cuerdo. Aunque es señor indecente, que satisfaga un Rey sabio, a nadie públicamente, cuando es público el agravio se permite, y se consiente, y te suplico que digas lo que conmigo has pasado, después que te desobligas, del rigor que te he mostrado. Sin satisfacción me obligas. que ya de su Majestad he sabido la verdad. Pero has preguntado culpas mías, y mostrado amor sin seguridad, y faltar Don Juan podría alguna parte en la mía. Desdicha llegara a ser; pues solo llega a querer quien amando desconfía, y sin haber procurado, satisfacción, me la han dado, que son en tales temores los desengaños mejores los que no busca el cuidado. Servido, y con gusto quedo de que os quedéis en Toledo, y os caséis. La mano os pido. Y el alma que vuestra ha sido siempre. De nones me quedo, y en fe del primero motín te remito al Dios Machín, con más quejas que una Monja. Y aquí al servir sin lisonja os la hace con el fin.
