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Texto digital de La serrana de Plasencia

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José de Valdivieso
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José de Valdivieso Segura
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La serrana de Plasencia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/serrana-de-plasencia-la.

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LA SERRANA DE PLASENCIA

Salid, rotas las prisiones, a la común luz del día. Por ti salgo, Razón mía, de esta cueva de ladrones. Si me escapo del Engaño, el favor te serviré. Pesado estáis. Siempre fue muy pesado el Desengaño. Soy por eso aborrecido; como David, desterrado; como José, empozado, como Jacob, perseguido. El Engaño lo trazó, que, al lado de la Serrana, me desnudó una mañana, y mis ropas se vistió. Echó un candado a mi boca, y encerrome atado y mudo, adonde pobre y desnudo me aborreció aquesa loca. Él, con la santa apariencia del vestido que profana, roba con esa Serrana a los que van a Plasencia. Pero allá me volveré, patria, en fin, donde nací; que, aunque ves que estoy así, bien recibido seré; que tengo deudos en corte que son muy a par de Deos, y si logro mis deseos, tú verás cuanto te importe. Desengaño, pues que ides a Plasencia, esa ciudad, casa de placer de Dios y clara visión de paz, por el ofendido Esposo, en llegando, preguntad; decidle que la Razón se le envía a encomendar; decidle que la Serrana tan mala vida me da, que los ojos a Plasencia aún no me consiente alzar; que la hago siempre recuerdo de su bien y de su mal, de lo que puede perder, de lo que puede ganar; de lo que la persuado, si bien es con voluntad, es siempre puesto en razón; pero no puedo más. Que la aconsejo que llore, pues es justo, su maldad, y que le pida perdón, pues sé que se la dará; que la ruego que a él se vuelva, que deseándola está, y que airada me aborrece y me ofende pertinaz Decidle, si no me cree, que baje a verme, y verá a lo que sabe el azote, el padecer y el llorar; que como está con su padre, que cuanto quiere le da no sabe qué es mala vida; que se humane y lo sabrá; que, pues es tan poderoso, hable a la Santa Hermandad para que sus cuadrilleros prendan esta desleal, que, inducida del Engaño, tras sus antojos se va, donde buscando el Placer, encuentra con el Pesar, que si los quiere coger, que yo le daré lugar, aunque medio ciega estoy en tamaña oscuridad. ¿De qué sirven las bravatas? Del caballo os apead, o probaréis, juventud, mis flechas. ¡Quedo! Esperad. Huye, porque la Serrana salteando alguno está. Adiós, Razón. Él te guía. Si me ven, me matarán. Gozad de vuestros despojos, encanto de esta floresta, que hacéis flores sus abrojos, pues más que con la ballesta, matáis con los bellos ojos. Ya la Juventud se nombra muy vuestro. Muy mío seréis. Vuestra belleza me asombra. Como flor diz que nacéis, mas que huis como la sombra. Sois como ligera nave que de manzanas preñada surca por el golfo grave, que apenas dejó, pasada, el olor de ellas suave. De la prisión mi alborozo, y de ser vuestro me gozo. Juventud, muy vuestra soy. Venid; que por hado os doy que tenéis de morir mozo. No tengo mal que temer, no tengo bien que esperar: lo gozado aborrecer, quiero de todo gozar, lo aborrecido matar. Prado ninguno divise que mi libertad no pise, ni haya en esa selva espesa caza que para mi mesa no se cace y no se guise. No haya flor que, enamorada, en los lazos del cabello no se alegre aprisionada; ni fuente de cristal bello que no me admire parada. Mi libre gusto disfrute gozos que siempre ejecute, entre caricias y amores, y la abeja de las flores sus dulzuras me tribute; entreténganme las aves con no aprendidas sonadas de villanescas suaves, al son de las bien templadas cuerdas de las plantas graves. Hálleme el alba celosa, con su dudoso esplendor, entre el acanto y la rosa, hurtos haciendo de amor, que es la fruta más sabrosa. Ya vivo sin esperanza de más bienaventuranza, con que de Dios me destierro, añadiendo yerro a yerro, con que irrito su venganza. Pero ¿qué gente traviesa, sin recelo ni cuidado de ser robado o ser presa? O mal el viento he tomado, o es la Hermosura traviesa. ¡Hola, Engaño! ¡Engaño! ¿Qué hay, mi salteadora Serrana? Mira por ese taray si es la Hermosura lozana. Sí, y florida mosca tray. Sal allá, mi intento ayuda. ¿Soy vuestro perro de ayuda, que animosa me azuzáis? La Hermosura que esperáis caerá en la trampa sin duda. Dios vaya con su esquinencia. ¿Sois pullero? Sí, señor: polla tengo, en mi conciencia, como una gansa, y mejor, y de más gansal presencia. ¿Tenéis aquí gallinero? Escuche, que yo lo ero; que entre estos robles y encinas tengo mis pocas gallinas, que me valen buen dinero. ¡Oh, qué extremada ignorancia! Basta que sea rocinable; que no es tanta la ganancia. (Ganancia entendió.) Es notable su persona y su elegancia. ¿Hay gallo en él? Como vos; tengo a veces más de dos, que, si celosos están, picadas y saltos dan, que es para alabar a Dios. Alguna polla traed. Espere, verá la polla que le saco a su merced. Honrarle podrá la olla. ¿Dónde está? Tras de esta red. Echa acá esa polla, tía, de entre veinte o veinte y dos. Haga luego cortesía, señor Galán, o, por Dios, que he de usar mal de la mía. No me responda ni hable. ¿No es la polla rocinable, y extremada mi ignorancia? ¿Qué le dice? ¿No es notable mi persona y elegancia? ¿Fingida no descaminas del camino verdadero? Entre estos robles y encinas tenemos el gallinero; mas son cual vos las gallinas. Vuestro soy, bella Serrana: suspended la mano hermosa. Dice, Hermosura humana, que es vuestra gracia engañosa y vuestra hermosura vana. Que sois muradar, de espesos copos de nieve bordado, con que deslumbráis traviesos, y paño que, de brocado, encubre un costal de huesos. Que sois una gracia ajena, de menos gozos que pena, que atormenta al que regala; perdición para la mala, cuidado para la buena; fruta en quien, si algún bien hay, es primero que madura, que después mil daños tray; y en fin, que sois, Hermosura, nonada, si el asno cay. Poco de cortés se precia quien la hermosura desprecia. ¿Quién eres? Soy lo que veo. No te entiendo. Ya lo creo, que fue la Hermosura necia. ¿Vejamen tras la presión? ¿Vejamen? Si es verdad pura que en más de alguna ocasión una misma cosa son el Engaño y la Hermosura. En gran peligro me veo. Hablarle a solas deseo. Venid. No vais temeroso. Vos entráis mozo y hermoso, pero saldréis viejo y feo. Ahora, que moza soy, quiero gozar mis madejas. Hermosura, tras ti voy, que cuanto de ti me alejas menos lejos de ti estoy. Mientras este furor dura, serás de mí regalada con caricia y con blandura; porque, después de gozada, ¿qué hermosura fue hermosura? Ya a su prisión llama gloria. Con él me he de divertir. Acábame de decir el suceso de tu historia. Como te dije, el Placer a mi Esposo me robó: robada me despreció, sin dejarse apenas ver. Mil deleites engreídos me prometió imaginados, que los suspiré pasados, sin saber si eran venidos. Negué a mi Esposo la fe, que ofendido aun me pretende, y dísela al Placer, duende que se oye y no se ve. Violé de mi Esposo el lecho y su amor casto ofendí; hui sus brazos, y aunque hui, sé que me tiene en su pecho. ¡Ay, cuánto dejé en dejarle! ¡Ay, cuánto perdí en perderle! ¡No había cielo como verle, ni había gloria como amarle! Ya de verle desespera, pues confiesas tu traición. Si le pidiera perdón, pienso de él que me lo diera. De algunos soy persuadida que a él me vuelva. ¿En tal pensaste? Si la honra le quitaste, ¿dejárate con la vida? Teme, pues, si no eres loca, en tan honrados enojos, los puñales de sus ojos, los venenos de su boca. Bien dices. Ya le ofendí, ya sus caricias dejé; en esta sierra me entré, y estos hábitos vestí. Al camino de Plasencia (cielo que pude gozar) salgo armada a saltear con amorosa violencia. Armo a alguno ocultos lazos, tejidos de mis cabellos, que, dando de ojos en ellos, se los saco entre mis brazos. En los labios de clavel, de hermosura artificial, pongo de miel un panal más amargo que la hiel. En las manos (ya la ves) esta temida ballesta, que más vidas y almas cuesta que arenas pisan tus pies. Encúbrome disfrazada del capotillo y montera, tanto, que ya de la Vera la Serrana soy llamada. Gozo así desconocida de mis libres desatinos, salteando en los caminos quien me divierta mi vida. Tú a buscar de comer vas a la aldea alguna vez, Engaño, aunque más de diez malas comidas me das. No quiero ya de Plasencia ver el cielo deleitoso, ni de mi ofendido Esposo volver más a la presencia. ¿Tan resuelta estás? ¿Pues no? Obstinada me imagina. Por allí un hombre camina. Descaminarele yo. Entre estas ramas veré quién el caminante sea: diviértele, no me vea. Mil simplezas fingiré. Guárdeos Dios, galán pulido. ¿Quién os mete en eso a Vos? Digo que no os guarde Dios: cátame aquí desmentido. Guárdeos Dios un labrador a un hombre de mi jaez, es no estimarme. Otra vez yo traeré al saludador, que a saludarle me ayude; porque imagino que rabia caminante que se agravia de que un hombre le salude. Idos a destripar cantos. Y vos, ¿qué destriparéis? ¿Al Honor no conocéis? ¿El Honor sos? ¡Santos! ¡Santos! ¡Adorámoste, señor! Esos también son desprecios. ¿Pues no?¡Idolillo de necios! ¡Gitanillo burlador! Haga luego cortesía. ¿Quién os mete en eso a vos? ¿No queréis que os guarde Dios? Pues ahora ser podría. ¿Qué es esto, hermosa Serrana? Advertid que el Honor soy. Es querer gozaros hoy, y quizá ahorcaros mañana. Lo que dice es lo que hace, y hace todo lo que dice; y si alguien la contradice, dispara el «quiescant in pace». Alabo y precio mi daño. Para mi galán os quiero. ¿Quién es este chocarrero? Con perdón, soy el Engaño. ¿Conmigo te decompones? ¿A un amigo tal traición? Señor, quien hurta al ladrón, dicen que gana perdones. Trátame mejor, Engaño. Engaño es el Honor, tía; aunque él engaña en un día más necios que yo en un año. Ya vuestra prisión celebro. Llévale a la cueva. ¿Cueva? Donde hay la culebra de Eva, donde os darán culebro. Es burlón; no temas tal parte, Honor, que tras ti voy. No le engaño, aunque lo soy. Habrá azote garrafal. ¡Músicos! Señora mía. Cantad, divertidme un rato; que ausente el Placer ingrato, me causa melancolía. Por el montecico sola, ¿cómo iré? ¡Ay Dios! ¿Si me perderé? Entreme mal persuadida por el monte de la vida, donde temo la salida, por ver que la entrada erré. ¡Ay Dios! ¿Si me perderé? Contra mí misma peleo, temiendo lo que deseo, buscando lo que no creo, pues que me dejó y se fue. ¡Ay Dios! ¿Si me perderé? Melancólica Serrana, deja los tristes discursos, que por aquella ladera vi pasar al Placer rubio. Vile cercado de amores, vile cercado de gustos, no ciego como le pintan, si bien hermoso y desnudo. La frente de tersa plata, el cabello de oro puro, las mejillas de dos rosas, los ojos de dos carbunclos, medio clavel cada labio, perlas los dientes menudos, y en cada parte, Serrana, parece que el amor junto. En aquel pradillo verde, donde el abril se tradujo con sus flores y sus aves, entre dos mirtos se puso. Las flores, enamoradas, se desatan de sus ñudos, y deshojadas, codician ser cortina al cuerpo ebúrneo. El aura con blandos soplos hace enamorados surcos del ámbar del dulce aliento mezclándole con el suyo. O me burlas o me engañas. Ni te engaño ni te burlo. De tus alas y tus fuegos, amor, contra ti me ayudo. Allá vas, simple paloma, con amorosos arrullos, cebada en los granos de oro, a dar en el lazo astuto. Verás la beldad que buscas, vuelta gusanos inmundos; «perlas, rosas, oro y plata, horror, polvo, sombra y humo». En vez del florido lecho hallarás en el sepulcro vivo arrepentimiento y el fácil placer difunto. Vas deslumbrada a buscar lo que no alcanzó ninguno. ¡Ay de ti, si mis engaños no son desengaños tuyos! Allá en Garganta la Olla, en la Vera de Plasencia, salteome una Serrana pelirrubia, ojimorena. Recogidos los cabellos debajo de una montera, una ballesta en el hombro y su espada en la correa, a saltear caminantes se sale por la ladera. Quiso Dios y mi ventura que me encontrase con ella. Pensé que me respetara, pensé que me conociera, porque juntos nos criamos en lo mejor de la Vera; que me encontró una mañana, cuando de entre oscuras nieblas salía al alba de la vida, admirada en sus bellezas, tratome bien, porque supo, informada de quién era, que en las montañas del cielo tengo casa solariega. Dábame siempre su lado, dábame siempre su mesa ni ella se hallaba sin mí, ni yo me hallaba sin ella. Mientras siguió mis consejos, fue llamada de Plasencia mujer de buena razón, sabia, recogida, honesta; hasta que el libre apetito, con desenvoltura necia, dio en encontrarse conmigo, por revolverme con ella. Representole deleites, gustos, regalos, riquezas, mas todo representado, como reyes de comedia. Sobre decir mi Razón, me miraba rostrituerta, escondiéndose de mí... ¡como si posible fuera! Siempre el Apetito y yo andábamos en pendencias, no queriendo él lo que yo, ni yo lo que él. ¡Pobre de ella! Hasta que atrevido un día me puso, con su licencia, sobre ponerla en razón, las manos en la cabeza; y como herida me vio, locamente desenvuelta, os dejó por el Placer, mancillando la honra vuestra. Burlola, y ella valiose del capotillo y montera, y con la ballesta al hombro, se metió por esa sierra. Yo, como la quiero bien, salí en su busca, aunque enferma; mas hallela tan perdida, que fue mucho conocerla. Tomárame por la mano, y llevárame a su cueva: hallela llena, ¡ay de mí!, de la gente que saltea. Encontré al Entendimiento entre ignorantes tinieblas, muy caduca la Memoria, la Voluntad muy ramera. Vi la Esperanza perdida, puedo decir que sin ella, y si no muerta la Fe, la santa Caridad muerta. Vi la Religión sin alma; a la Verdad vi sin lengua, sin manos a la Piedad, y sin pies la Diligencia. Vi la Gula muy hinchada, muy sucia y muy cocinera; muy compuesta la Mentira, la Lujuria muy ventera. La Gracia vi muy sin gracia, vi muy pobre a la Riqueza, muy necia la Discreción, a la Hermosura muy fea, de sayal la Hipocresía, a la Ignorancia de seda; coplear la Necedad; gracejar la Desvergüenza. A deshora me llamó, con cuidado descompuesta, gracia añadiendo a sus gracias y belleza a sus bellezas; y asiéndome de la mano, entre turbada y honesta (mas ni honesta ni turbada, que uno y otro fingió que era), me dijo: Noble mancebo, ¿qué te turbas? ¿Qué recelas? Llégate, que tuya soy: sola estoy, a mí te llega. ¿Qué te turbas? ¿De qué huyes? Enlázate en estas hebras..., mejor es en estos brazos, que te buscan y desean. Tras esto quiso enlazarme, como al olmo tenaz hiedra, solicitándome en vano con manos, rosas y perlas. Del difícil laberinto vencí las torcidas sendas, con diligencia mañosa, cegando una mujer ciega. Yo corría como un gamo, ella salta como cebra; mas, quitándome la capa, le di en los ojos con ella. De ella huyendo, la Razón se os ha entrado por la puerta goce de su inmunidad. Válgame, señor, la iglesia. ¿Cómo, ofendido señor, vuestra justicia severa a prender esa Serrana no sale por esa sierra? Segunda vez de los aires desate las nubes negras y sobre mares de culpas bajen diluvios de penas. Desciendan globos de fuego entre alquitranadas piedras, abrasando justamente sus atrevidas torpezas. Como a Datán y Abirón se abra la avarima tierra y en remolinos de llamas le sepulten sus cavernas. ¿Tanta paciencia, señor? Sí, que es de Dios la paciencia, y más y más ofendida, más y más sufre y espera. ¡Ay, acedo Desengaño, no sabes lo que me cuesta, no sabes lo que la quiero, pues así me hablas mal de ella! ¿Las ofensas atrevidas sufriréis de esa grosera? Sí, Desengaño, que amor es gran sufridor de ofensas. Duéleme a mí, y no me quejo: ¿no te duele a ti, y te quejas? Soy yo la parte, y perdono; tú no parte, ¿y la condenas? Si la traigo al alma asida, muerto de amores por ella, ¿herirela sin herirme? ¿Sin matarme matarela? Uno como azote harás: no digo que azote sea, que es mi alma, y si la tocas, será darme en medio de ella. En hábito de pastor la busca donde saltea que tras ti irá la Hermandad, con no dañosas ballestas. Verás (si prestare oídos a mi Fe y tu Diligencia) si me quiere o no me quiere: ¡ay, plega a Dios que me quiera! Cuando hallares ocasión, dirasle cuánto me deba, mi cuidado, mi desvelo, mi pasión y mis finezas. Dile mucho de mi amor, y aunque más le digas, piensa que por más y más que digas, que más por decir te queda; que la busco, si me huye; que la sigo, si me deja; que aun ofendido la quiero; que no tema, que no tema. Dile que llorar sus culpas no lo deje de vergüenza, pero de que no las llore será justo que la tenga; que agua de ángeles me haga de flores de penitencia, que sola esta agua sé yo que el agua de ángeles sea; y si vieres que se empacha de venir a mi presencia, que se valga de mi Madre. Pues que sabe cuanto pueda; que hará nuestras amistades, que tiene gracia en hacerlas, y más con quien, como yo, tan ansioso las desea, Voy a obedeceros. Mira que sin ella no te vuelvas, porque si sin ella vienes, iré en persona por ella. ¿Cómo, ofendido, la amáis? Si ofendido no me hubiera, ¿qué mucho hiciera en amarla? Vamos. ¡Ay Dios, quién la viera! Gusto amado, Gusto hermoso, espera, pues me sacaste de mi casa, y me robaste a los brazos de mi Esposo. De lejos te vi no más, mas de cerca no te hallé: junto a ti estoy, y no sé, contentamiento, do estás. Los que te dejan persigues, los que te buscan destruyes, de los que te siguen huyes, y a los que te huyen sigues. No he encontrado sólo uno que no te busque engañado; mas sé de todos buscado, que no te tiene ninguno. Prometiste, no venido, cuanto pude desear, y fue al punto de llegar, como si no hubiera sido. Del que ruegas importuno vuelas con presteza extraña; que, aun teniéndote, se engaña, si piensa tenerte alguno. Mira, aunque los ojos ciegues y más las almas abrases, que para que no te pases es menester que no llegues. Pues cuando más cerca estás del que, de ti enamorado, va a abrazarte confiado, no sabe por dónde vas. Con el deleite delira con quien Engaño la engaño, porque no hay mayor engaño que lo que es todo mentira. Es su llegar no llegar, es su querer no querer, es su ser no tener ser, es su placer su pesar. Pues me ves loca por ti, ¿por qué el corazón no ablandas? ¿Cómo, si tras de mí te andas, andas huyendo de mí? Por fuerza te abrazaré, Deleite, pues te he alcanzado. ¡Desemboza, porfiado! ¡Desemboza; abrázame! ¡Qué vestiglo tan extraño! ¡Qué amarillez! ¡Qué fealdad! ¡Qué mentira! ¡Qué verdad! ¡Qué engaño! ¡Qué desengaño! ¿Esto es lo que deseé y lo que ciega seguí, por quien mi Esposo perdí, por quien el cielo dejé? ¿Estos los cabellos de oro? ¿Esta la frente de plata, las mejillas de escarlata y de perlas el tesoro? ¡Eres la estatua soñada en que vi al Placer bizarro, no sólo con pies de barro, mas resuelto en pies de nada! No más amistad, amor; que voláis al tiempo mejor. Dime, burlada avecilla: ¿nunca has visto una nuez vana, podrida rubia manzana o amarga una peladilla? ¡Traidor! ¿Estaba yo dentro? No, porque de fuera estabas, Engaño, cuando afeitabas ese cadáver que encuentro. Viendo tamaños excesos, diré, señora engañada, que una mujer porfiada pondrá al más lindo en los huesos. ¿En esto para el Placer? ¡Ay, belleza burladora! Si es algo murmuradora, harto tendrá que roer. ¡Ay, pensamientos aviesos! ¡Oh, qué feo que ha quedado; de flaco que le ha dejado, le pueden contar los huesos! ¡Cuánto amarga tu fealdad, breve gusto, pena larga! Voto a san, que en lo que amarga se parece a la verdad. No más amistad, amor; que voláis al tiempo mejor. ¡Hola, hao, que vais errada! ¡Echad por esa otra senda! Esto es bien que de mí entienda. ¡Que vais ciega y engañada! Temed una cueva oscura, de daños y penas hecha: tomad a mano derecha, que, aunque angosta, es más segura. Temed la muerte, zagala, en ese despeñadero. Dejar esta vida quiero. Dejarla podéis, que es mala. Temed vuestra perdición, que no estáis dos dedos de ella. ¡Por acá, mozuela bella! ¡Hola, hao, bello garzón! ¡Hola, hao! ¿Decís a mí? Sí, mi pastor, baja acá. Bien está el que en alto está, que anda al diablo por ahí. ¿Con quién hablabas? Procuro que una moza como vos, que por mí, después de Dios, se libre de un lago oscuro. En el cual si resbalara, en cas del demonio diera, donde viviendo muriera, y muriendo no acabara. Parece que habla conmigo y que mi enmienda pretende. Entiéndame quien me entiende, que yo a quien me entiende digo Baja acá, pastor hermoso, ángel quizá de mi guarda, que esta oveja inútil guarda, fugitiva de su Esposo. ¿No sabéis que la Serrana de la Vera de Plasencia, una moza sin conciencia y mujer, en fin, liviana, anda en Garganta-la-Olla con una ballesta al hombro? Puedes perder el asombro. Si me sacude en la cholla... No la temas más que a mí. Receloso está el muchacho. Dicen que es un marimacho como vos, vestida así. Y diz que anda acompañada de un soplón, de quien reniego, que se hace del tonto, y luego pega linda manotada. Mas ya ha salido a buscar la Santa Hermandad los dos, y si los pesca, pardiós, que me los tien de mechar con trece y con la maesa, siendo el asador un palo, Malo, Serrana. Y tan malo, que ya alguna me atraviesa. Ya las nuevas han sabido, zagal, y voto a mi sayo, que más ligeros que un rayo, de la sierra se han huido. Bien puedes bajar seguro. No me engañen, por su vida. ¿Que la perdularia es ida? Júrenmelo. Yo os lo juro, rapaz (que habéis de llevar, si os cojo, vuestro recado). Entre dientes lo ha jurado. Él lo tiene de jurar... Juro por mi vida, amén... Mira que juro mi vida. ¿Que la perdularia es ida y el soplonazo también? Digo que sí. Bajo, pues. No me engañen. ¡Sustos vanos! A fe que, para mis manos, que hayáis menester los pies. No le tienes de tocar, que si de Plasencia viene, de lo que a los dos conviene aviso nos puede dar. Venid, bello pastorcito. Los dos en buena hora estéis. ¿Yo soplón? Vos pagaréis, pues disteis en el garlito. ¿Quién eres? Un zagal soy, del mayoral enviado, que con desvelo y cuidado tras una ovejuela voy, que, ciega y descarriada por ese pradillo verde, tras sus antojos se pierde de su rebaño olvidada. Tengamos la fiesta en paz. No nos cuente alegorías. ¿Es la ovejuela de Urías, señor profeta rapaz? Déjeme hablar su merced. Habla otras cosas, pastor. Pregúntame este señor, y respondo lo que sé. Muesa plática no impida. Como toro herido bramo. A buscar me envía mi amo esta ovejuela perdida que le digo, y a la he que si se deja buscar, que la he de hallar y llevar donde a su pracer esté. Helo de echar todo a doce. ¡Bachillerejo! ¡Encenciado! Atrevido. Descarado. ¿Quién eres? Quien te conoce. ¿Tú me conoces a mí? Mejor que tú, Sinón griego, red armada en el oído, lazo oculto junto al cebo, en los ojos basilisco, áspid ingrato en el seno, en los engaños sirena, en los gustos viborezno, disimulo de los años, de la fealdad lisonjero, fullero con buena capa, testigo de dichos hechos, hechizo en una manzana en que perdió Adán el seso, y con ingrata hermandad, autor del primer entierro; viciosa edad, que obligaste a llover mares al cielo; vino que al justo Noé descubriste deshonesto, y que hiciste al santo Lot suegro y yerno de sí mesmo; torre que, al cielo vecina, volviste huyendo del cielo; guisado que hizo Rebeca, manos de Jacob con vello; Labán, que, en vez de Raquel, das a Lía el noble yerno; regazo para Sansón, y para Sísara sueño; terrado de Betsabé, de David despeñadero, panal con dejos de absintio, cáliz con amargos dejos; camisa con que Jacob al vivo lloró por muerto; dureza de Faraón, a más milagros más ciego, y sobre sus escuadrones, deshelado mar Bermejo; arrogancia de Holofernes, soberbia del filisteo, embriaguez de Baltasar, presunción de fariseo. Mira si te he conocido, necio y padre de mil necios, pues que no sólo las manos, pero los pies en ti he puesto. ¡Oh, qué elegante sermón! Desengaño, por mi vida que estoy por haber llorado, a no tentarme la risa. ¡Oh, qué helada discreción! ¡Qué escura bachillería! ¡Qué gracia tan desgraciada! ¡Qué escritura tan traída! Pues has dicho a la Serrana quién soy con lengua atrevida, Desengaño, no te enojes de que quien eres la diga. Sabrás, pues, Serrana hermosa, que el Desengaño que miras es el azar de los gustos, es el susto de las dichas, el agua va del placer, la noche de la alegría, el acíbar del deleite, del descanso pesadilla, un viejo que siempre gruñe, necio que siempre porfía; un triste que siempre llora, enfermo que siempre grita, portador de malas nuevas, siempre estragador de días, pronóstico del juicio, cantor del alma dormida; espejo en que el más hermoso abominable se mira, pues que representa muerta la hermosura más esquiva; médico siempre medroso, que desmaya en las visitas, y que receta al doliente siempre amargas medicinas; letrado que al litigante en las causas desconfía, y que lo procura siempre componer con la justicia; teólogo escrupuloso, que repara en niñerías, y que nunca al penitente le supo dar un buen día; estatua que al caminante siendo de sal muda avisa, y que a los gustos pasados no deja volver la vista; becerro en polvos deshecho, dados al pueblo en bebida; vara que vela despierta; olla que bulle encendida por el templo del dios falso disimulada ceniza; mano que al rey Baltasar le diste mala comida, si muladar para Job, estiércol para Tobías, y del mal sufrido Jonás planta desaparecida; ceniza sobre la frente, en las orejas saliva, lodo encima de los ojos y, en fin, verdad no creída. Después de esto, Desengaño, ¿quién hay que tus pasos siga, que tus avisos apruebe ni tus consejos admita? Cuando mucho, algunos pocos, que del mundo se retiran, que entre grutas, como fieras, por los desiertos habitan. Unos pocos religiosos, amortajados en vida, que apenas comen ni beben, que apenas hablan ni miran; cual y cual doliente, a quien les das por onzas los días; cual y cual preso, a quien ya deudos y amigos olvidan. Mas tras mí mira las cortes, pueblos y ciudades mira, cebados en mis engaños y adorando mis mentiras; el médico en sus galenos, en sus baldos el legista, el astrólogo en su esfera, en su historia el cronista. Mira, lazo de ti mismo, cueva en que te precipitas, en los fines de los dos tus hazañas y las mías. Tú, después de niños gustos, yo, después de penas niñas, les das perdurable muerte, les doy perdurable vida. No marchites de esta dama los abriles de su vida. Tú, Engaño, como quien eres, el cielo la tiranizas. Tengamos la fiesta en paz, pues que la Serrana es mía. No es sino de su Esposo, que por alma suya estima. Ya le dejó. Él no la deja. Ya le olvidó. Él no la olvida. Ya no le quiere. Él la quiere. Ella le huye. Él la cudicia. Yo pienso, rapaz, que tengo de afeitaros las mejillas a bofetones. ¿A mí?, armador de zancadillas, fanfarrón, sal a lo raso, sal, arrogante Golías. La vida voy a quitarte, si hallo a quien quitar la vida. ¡Ay, navecilla cuitada, de dos vientos combatida, que entre bramadoras ondas remolinando vacilas! Sin duda el paciente Job por esta guerra decía que era la vida de un hombre una perpetua milicia. Uno que le siga, quiere, quiere el otro que le siga; el uno que al otro deje y los dos me martirizan. Uno promete y no cumple, el otro halaga y castiga; desanímame el Engaño, el Desengaño me anima. Mientras los dos en el campo la pendencia determinan, quiero tomar mi ballesta, quiero seguir mis desdichas. Salteome la Serrana junto al pie de la cabaña. Quien canta junto al ladrón la bolsa lleva vacía; pero quizá lo que canta podrá ser que llore y gima. Junto al pie de la cabaña donde guardo mi ganado salteome el corazón, que me hirió por el costado. Cuando me mate, ¿qué importa? moriré de enamorado; y verá en tantas finezas que la quiero y que me mata junto al pie de la cabaña. No me pesa de mirar al pastor; buen talle tiene; si es que a enamorarme viene, dejareme enamorar. Quiero su amor escuchar, que, en efecto, no hay mujer que le pese de saber que es querida, y que en rigor, cuando no pague el amor, le deje de agradecer. Los cogollos de las palmas me parecen sus cabellos, y que están gozosos de ellos pendientes racimos de almas. Jacintos vierten las palmas de las manos, que oro son. Recibe, ¡oh bello garzón!, que para enjugar te envío las escarchas del rocío, suspiros del corazón. De uno y otro hermoso aroma las mejillas me parecen, que entre rosas amanecen, de donde el alba las toma. Los ojos son de paloma: bien es que en verlos te asombres y que dos soles los nombres, y que, con celo amoroso, digas que es el más hermoso de los hijos de los hombres. Más cerca, más me enamora. ¿Quién va allá? Si va. ¿Quién es? Quien es. No sé qué en él miro que me hace temblar y arder. ¿Qué es esto: prender o herir? Que si herir o prender es, no es nuevo por vos, Serrana, dejarme herir y prender. Por vos afirmaros puedo que aquesta sierra bajé, para ser lo que no era, aunque sin dejar mi ser. Tirar con ballesta Amor no lo he visto yo otra vez, ni con flechas en los ojos, como vos, dama, lo hacéis. No tiréis al corazón; advertir que estáis en él, y os heriréis por herirme, por matarme os mataréis. Si queréis que blanco sea, por blanco me quedaré adonde, sin estar ciega, sin ojos tire la fe. Si os vengo a buscar, Serrana, y de amor muerto me habéis, ¿Cómo huiré de vuestras flechas, que clavado me tenéis? Entre escarchas y entre hielos, ¡qué noches por vos pase! Herido ha ocho días que os busco, sin haber hecho por qué. ¡Qué trabajos! ¡Qué desvelos! ¡Qué llorar! ¡Qué padecer! ¡Qué, desde niño, llamarme perdido de bien querer! ¡Tras verme por vos vendido, verme vendado también; que por desnudo y vendado pude al amor parecer! Para robar corazones no sé, Pastor, qué tenéis, y paréceme, sin duda, que sois más que parecéis. Soy con armas la vencida; vos, sin ellas, me vencéis; salteadora, os dejo libre; no salteador, me prendéis. La ladrona es la robada, robador quien no lo es; yo, con ballesta, la muerte; matáis vos; no la tenéis. Si sois pastor, Buen Pastor, pues como ovejuela erré, a esta ovejuela perdida a vuestro aprisco volved. Si samaritano sois, vino y aceite poned en mis mortales heridas, que sin duda sanaré. Si sois juez que me busca, en vos miro no sé qué de juez apasionado; segura a juicio iré. Si sois rey, porque sin duda esa presencia es de un rey, pues perdonar es de reyes, ¡perdón, señor, yo pequé! Si sois padre, padre amado, alas los brazos haced; mirad que el pródigo vuelve tan roto como le veis. Tu Esposo ofendido soy. ¡Ay, enemiga mujer! ¡Aquí de los cuadrilleros! ¡La salteadora prended! Daos a prisión, la Serrana. ¿Qué más presa me queréis? Cuerdas y lazos de Adán al cuello y manos poned. Ya en mis manos has caído. ¿Dónde pude yo caer mejor que en manos de Dios? Si confieso que pequé, caída en ellas, Señor, sé que me levantaréis. Será a un palo. Yo confieso que está mi remedio en él. Sacadla luego al camino, y en un palo la poned. Poneos con Dios bien, Serrana. Ponedme vos con vos bien. ¿Tanto rigor, dulce Esposo? Sí, que todo es menester con un alma desleal, que me ofendió y se me fue. A ver las lágrimas mías siquiera, señor, volved. ¿Cómo podré no ablandarme si lágrimas llego a ver? Quitádmela de delante. Venid, y no le indignéis. Si me lloras, no lo dudes, muy parte será el juez. No hayas miedo, no, Serrana, que aunque más culpada estés, que te condene si lloras; llora, yo te salvaré. ¡Desengaño? Señor mío, datos quiero el parabién de que la ingrata Serrana aprisionada tenéis. El que me das te retorno, de que con vencedor pie quebrantaste la cabeza de esa serpiente cruel. Por estas cuestas abajo corrido va a más correr, huyendo como el impío sin ir ninguno tras él. A castigar la Serrana, Desengaño amigo, ven; que he de ponerla en un palo. ¿Vos ponerla en palo? ¿Pues? Conozco vuestros castigos y vuestros fueros también, y sé que unos y otros son de un Dios que la quiere bien. ¿Cuándo os pasan de los labios las amenazas que hacéis? ¿Con la espada entre los dientes no os vio Sant Juan una vez? Si llora dos lagrimitas, perdonadme, apostaré que por cinco mil heridas y más el alma se os ve. Ven, que la Santa Hermandad querrá ya justicia hacer de ella. Vamos. Ahí os duele. ¡Y cómo! Ven presto, ven. Siempre salgo triste yo, las manos en la cabeza, derrostrada la belleza, que la mentira afeitó. La capa se me cayó que de la Verdad hurté cuando desnuda se fue al cielo huyendo de mí; de ella mi fealdad cubrí, con que mil necios burlé. Rompiómela el Desengaño, y quedé tan necio y feo, que aun yo, de que así me veo, de quien soy me desengaño. De rabia el rostro me araño de que a mí, que al cielo di miedo, cuando en él me vi, injuriase un rapazuelo. ¡A mí, que nací en el cielo y que casi otro Dios fui! Quiérome al cielo volver, sus columnas trastornar, sus venturas eclipsar, sus glorias entristecer. Los órdenes revolver, que puso en sus hierarquías; dejar sus sillas vacías de luceros y de estrellas, ocupar la mejor de ellas y hacer que ocupen las mías. Mas pues en la cueva está la Serrana que cegué, en ella me vengaré del que afrentado me ha. Ella me lo pagará. Hermosura de la Vera, Serrana, sal acá fuera, porque pasa un caminante nacido para tu amante. ¡Muera la Serrana! ¡Muera! ¿Qué voces son las que escucho? Ballesteros, a tirar, que ya está puesta en el palo la Serrana desleal. ¡Muera con ella el Engaño! ¡Pesar del cielo, y pesar de mí! La Serrana es presa y querranla asaetear. Atada al palo, ¡ay de mí!, tiempo es de decir verdad. Pequé, Señor, y mis culpas vuelvo humilde a confesar. La justicia que en mí hacéis respecto de mi maldad viene a ser misericordia, que aun castigando la usáis. El corazón en dos fuentes consagro a vuestra piedad. Miradle con buenos ojos, y sí haréis si le miráis. ¡Pequé! ¡Perdón, dulce Esposo! Ya no hay lugar. Sí hay lugar. porque para llorar culpas nunca fue tarde jamás. Justicia de la Serrana hace la Santa Hermandad. Quitaos de en medio, o, las flechas advertid que os clavarán. ¡Muera, muera la Serrana! ¡Ay, Jesús! No morirás, pues me he puesto de por medio. ¡Triste yo, que herido os han! Perdonad, somos mandados. La justicia ejecutad. En vuestros pies, pecho y manos, las flechas temblando están. ¿Adónde podré esconderme, cómplice de su maldad, si a la justicia del cielo no hubo seguro lugar? Del carro de las tinieblas me valdrá la oscuridad. ¡Prended, prended al Engaño, que huyendo por allí va! Señor, aunque estas saetas han sido mi redención, me dan en el corazón. Fuera yo, Señor, la herida, que son de muerte las vuestras. Pues que dolor de ellas muestras, Alma, llámalas de vida; que no verás en mi herida, donde vida no te doy. Señor, aunque esas saetas han sido mi redención, me dan en el corazón. A la entrada de la cueva, de sombra cercada y miedos, en sí mismo tropezando, cayó el Engaño hechicero. No así la espumosa fiera se arroja el irlandés perro, como se arrojan sobre él tus valientes ballesteros. Transformose en varias formas el engañador Proteo; mas, a pesar de su astucia, en un palo le pusieron. Escupe al cielo blasfemias, mas es escupir al cielo, siendo con sus mesmas armas homicida de sí mesmo. Temiendo no se les vaya, aunque cargado de hierros (que no hay engaño seguro, pienso que aun después de muerto), de las certeras ballestas disparan flechas de fuego a quemarle el corazón, atravesándole el pecho. Miradle, eterno Señor. En el corazón me alegro de mirar ajusticiado a ese salteador soberbio. Muerto el Engaño, seguro queda el camino del cielo. Y más si vos le enseñáis, dulce Esposo, en alto puesto. Yo descenderé a su cueva, donde, con divino esfuerzo, saldrán, rotos sus cerrojos, muchos de sus prisioneros. Cuando la Santa Hermandad ajusticia alguno de estos, caridad de pan y vino acostumbra a dar el pueblo. Bien habéis dicho, Hermandad: caridad soy, y dar quiero, en vez de vino, mi sangre, y, en lugar del pan, mi cuerpo. En la tienda de la Iglesia, armada en ese desierto, mi cuadrillero mayor lo repartirá. ¿Quién? Pedro. La Serrana de la Vera se vuelva a su amor primero, pues la perdona la parte. ¿Que la perdono? Y la quiero. En mi plato y en mi copa todo me doy, y me quedo. Come y bebe. Dando fin a la Serrana con esto.