Texto digital de El sastre del Campillo
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis de Belmonte Bermúdez
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la edición de Obras de Lope de Vega. RAE. Nueva edición IX (1930).
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El sastre del Campillo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/sastre-del-campillo-el.

EL SASTRE DEL CAMPILLO
JORNADA PRIMERA
¡Muera yo, como os libréis, Alfonso, rey de Castilla! Será hallarle maravilla. ¿Qué dices? Que no os canséis, que don Manrique de Lara, mi señor, tomó el camino del bosque. Yo determino buscarle. Prueba es bien clara. Ñuño Almegir, que seguís la voz del Rey de León; que particular pasión, que es la que aquí descubrís, contra mi señor, no fuera bastante a seguirle agora, cuando ya Castilla llora las desventuras que espera, si el niño Rey —¡nunca el cielo lo permita!— entra en poder de su tío. Yo he de ver si lo alcanza mi desvelo todo el bosque he de allanar Manrique se cubre en vano. Vos sois noble y castellano. ¿Quereisle acaso entregar al Rey de León? Ya llega el Rey. ¡Que vuestra lealtad la ofenda una enemistad! ¡Tanto la venganza os ciega! ¿Y no hay un rayo traidor que os quite el mal pensamiento? Señor, burló vuestro intento. Con causa estáis ofendido; sólo el de Lara quebró la fe y palabra que os dimos; daros al Rey pretendimos en Soria; el Reino llegó, como sabéis, a entregarle; sólo os engañó Manrique. Tan grande hazaña publique el mundo que debe honrarle. Si en esta ocasión yo fuera monarca gentil, le alzara sacras efigies. ¡Que Lara, el castellano, no quiera mi amistad! Pues, ¿qué pretende incitando mi rigor? ¿Quiere acaso ser tutor del Rey, que ansí le defiende? Por conocerle y honrarle su amistad solicitaba cuando el engaño trazaba; la vida habrá de costarle su feroz atrevimiento, y de mí no está segura Castilla. En vuestra cordura libra Castilla su aumento, porque siendo el niño Rey sobrino vuestro está llano que el imperio castellano tendrá en vos, por justa ley, amparo y defensa honrosa. Fernán Ruiz de Castro, el hecho me deja mal satisfecho, y con alma sospechosa; de que vuestro parecer distes en la alevosía, quebrastes la pleitesía, claro se deja entender; porque vive entre los dos amistad, que ha de llegar a deudo, ¿querreisle dar vuestra hija? ¡Vive Dios, que la pasión os engaña, señor, en pensar de mí, que la palabra que os di, pudiera hallarse en España hidalgo que os la cumpliera más bien. Manrique es mi amigo y por sus prendas me obligo, como ya Castilla espera, por contratos que hemos hecho, darle a mi hija, es verdad; pero si fue deslealtad la suya, estad satisfecho, Fernando, rey de León. que a Lara os he de entregar. porque es justo aventurar la vida por la opinión. Y pleito homenaje os hago, de mi verdad satisfecho, por la cruz que honra mi pecho del Apóstol Santiago, que del maestre primero que tuvo esta religión, fui a recibirla a León, que, si en la empresa no muero, de hacer que en vuestro poder quede Manrique sujeto. Un imposible prometo, por no dejarme ofender de una sospechosa afrenta contra mi honor. Yo lo entiendo así, pero más pretendo de quien ofenderme intenta. Para poderle obligar a que parezca Manrique, si es caballero, publique desafío singular un rey de armas. La estacada dirá, si fuere vencido, la culpa que ha cometido, y la verá castigada el mundo, con escarmiento de Castilla. ¿Y quién, señor, tendrá tan alto valor y bizarro atrevimiento que cuerpo a cuerpo se atreva con Manrique a pelear? Quien sabe a su patria honrar, quien tantos trofeos lleva de los moros andaluces, cubriendo el bárbaro suelo de más cabezas, que al cielo adornan flamantes luces; quien con armas de Castilla al rey de Córdoba, ufano con sus victorias, que en vano daba la vuelta a Sevilla, le venció con el mayor estrago que ha visto España, tinta en sangre la campaña, que aun pone agora temor el lugar de Sietevados. donde fue la lid sangrienta; quien sus blasones sustenta con los bizarros soldados de Ávila, pues ellos solos tantas victorias le dieron, que dilatar merecieron su nombre en entrambos polos; Fernán Ruiz de Castro, a quien Italia rinde laureles, que en buriles y pinceles pudiera ocupar más bien que entre hazañas españolas memorias suyas, la fama que en los que a su templo llama, desde las hesperias olas, al indio mar. ¿Qué decís, señor? Que yo de mi parte, Castro, castellano Marte os señalo. ¿No advertís que ya estas canas no son para que en palenque aguarde hazaña honrosa, y que tarde vuelve a cobrar la opinión quien la ve una vez perdida? Los hechos que a la memoria os truje, ¿no os dan la gloria. Castro, de la edad florida? Con la nieve de esas canas ganáis vitorias recientes, - trofeos tenéis presentes, y son diligencias vanas las excusas que ponéis. Con Manrique habéis de entrar en campo, y me habéis de dar su cabeza, si queréis que no abrase a sangre y fuego los lugares más seguros de Castilla. No en sus muros encerrados, como el griego, los temerosos troyanos su tragedia aguardarán; que a recibiros saldrán al campo los castellanos. Y a no pensar que venís para ser padre y tutor del niño rey ni el temor de los fuegos que decís que mi patria han de abrasar, cuando a las puertas os vieran, sus corazones rindieran para dejar de guardar su Rey, para osar morir entre abrasadores fuegos; porque los ejemplos griegos y los que puede fingir la fama, no es arrogancia, temblarán cuando se vea que es la más humilde aldea otra segunda Numancia. ¡Soberbio estáis! Si el amor de su hija no templara mi enojo, aquí le mandara degollar. Vuestro valor conozco, y esto ha de ser. ¿Y qué ha de ser? Que por mí retéis a Lara. Eso sí, mas no permitáis poner los pendones del León sobre muros castellanos que hay en las almenas, manos, y en las piedras, corazón. Mandaré fijar carteles por Castilla, y retaré a Manrique. Y yo os haré mercedes. Serán crueles, si proceden de vitoria, tan en daño general de Castilla. Si es igual mi fortuna, nueva gloria espero en dichas de amor. A Blanca, prenda dichosa de Fernán Ruiz, alba hermosa, con castellano esplendor, pude ver. Ganó trofeos; de una libre majestad animó la voluntad y despertó los deseos. A Manrique la ofreció por esposa, y a mi suerte, a los dos traza la muerte. Amor tu poder venció; pues si éstos en la estacada mueren, que son las colunas de Castilla, mis fortunas verán mi frente bañadas del castellano laurel, y con fuerza o con amor seré de Blanca señor, aunque en opinión cruel. ¿Adónde me he de alojar esta noche? En el Campillo, señor. Pues sois el caudillo castellano, haced guardar las órdenes que les deis; que a vuestra prudencia fío el mayor cuidado mío. Y vos servido seréis, no con el fausto y grandeza que se os debe, porque yo con el orden que llegó de esperar a Vuestra Alteza en Soria, a paso ligero con mi casa caminé; a recebiros llegué al Campillo, donde espero que mi casa habéis de honrar. En ella estaré con gusto, y agradezco, como es justo, el cuidado. ¿Qué lugar, de cuantos la fama escribe, por ilustre y generoso, será más noble y dichoso que éste donde Blanca vive? Con mano piadosa y franca compiten poder y amor, ser de Castilla señor y verme en brazos de Blanca. ¿Con qué imposible pretendo templar la furia, leonés, siendo mi propio interés lo mismo con que me ofendo? Si reto a Manrique, estoy libre de la pleitesía; mas con nueva afrenta mía ingrato a mi Patria soy. ¿Qué he de hacer, ciclos airados? Haced en trance tan fuerte última línea a la muerte de tan opuestos cuidados. Tengo cierta diferencia con Manrique, y si se encubre donde tinieblas descubre el Indio por su influencia, donde el Norte helado arroja rayos de sombra y nieve, o donde las aguas bebe Libia al sol ardiente y roja, le he de buscar por serviros, aunque la vida aventure; que es razón que se asegure vuestro honor. Quiero advertiros que a Manrique el castellano busco. Si hacerme queréis favor, buscadle, y seréis mi amigo, pero villano. Castigó mi atrevimiento; con razón estoy corrido, porque un hombre bien nacido el ser traidor es portento. Mas yo sabré castigarme cuando puedo perseguirle porque por no descubrirle pienso dejar de vengarme. y en esta urgente ocasión donde a Manrique le importa la vida el alma reporta su vengativa pasión que en el que puede mostrar sangre ilustre ha de lucir más la nobleza en sufrir que el agravio en le matar. Parece que el mismo cielo para encubrirme se muda, y su manto se desnuda, porque me sirva de velo. Si cuando quiere matar a un rey prodigios envía, cuando le guarda y le cría prodigios ha de enseñar. Y así como guardo aquí vida de un rey mal segura, por imitar su ventura hace prodigios en mí. Si me toman juramento, y no es menester tomarle, digo que es la cara y talle de mi señor. Con mi intento he de salir preguntando a aquel villano si es él. ¿Dónde vas? Ya sois cruel, por lo que estáis enfadando al mundo. Quiero saber de aquel villano si ha visto a mi señor. Mal resisto, cielos, el gusto de ver mi criado. La que ciño me ha de abrir camino llano. ¿Vistes, buen hombre, un gitano que lleva hurtado un niño? ¡Rodrigo! ¡Cuerpo de Cristo, disimula! ¿Es Ñuño aquél? Y tu enemigo cruel. Hablarele, pues me ha visto. ¿Quieres descubrirte? Sí. ¡Ah, muy gentil Galalón! Vanos tus recelos son. A buscarte viene aquí para venderte. ¿No ves que el que es noble es imposible ser traidor? ¡Y que es posible que en esa locura des! ¡Desvía! Allá darás rayo. No cabe en él trato doble. Pues dime, ¿no puede un noble hacer de su capa un sayo? Judas, ¿no llegó a vender al mismo que le crio? ¿Y era Judas noble? No; pero bien lo podía ser. ¿Luego porque sea bermejo ha de ser luego judío? Yo tuve bermejo un tío y salió cristiano viejo. ¡Ñuño! ¡Manrique! Los dos disputan de cortesía. ¿Por qué os disfrazáis? Sabía que le andáis buscando vos. ¡Calla, necio! La fortuna me trae de suerte, que quiero saber si sois caballero. Desde que andaba en la cuna tiene opinión de jinete. ¿Por qué esta salva me hacéis? Por la queja que tenéis de mí, que agravios promete en vuestra imaginación. Si me venís a buscar ocasión hay de tomar honrada satisfacción. Si yo os llego a reformar en la guerra, por soldado reformado, y a mi lado pudiera Alejandro estar. Mis discursos satisfice cuando os dejé reformado, y honras os hice, soldado, más que capitán os hice. Si demás de esto, en el pecho os queda alguna rencilla, por hidalgo de Castilla, de que ya estoy satisfecho, pues la soledad convida a vuestra satisfacción, no perdáis esta ocasión. Aún no aborrezco la vida, Manrique, para arrojarme a perderla en vuestras manos. Son vuestros recelos vanos, cuando os busco para honrarme. Una vida y una espada puedo ofreceros, señor: déjelas vuestro valor, una rica y otra honrada, que, por vida de mi Rey, de morir a vuestro lado. El que la vida ha jurado del Rey, por cristiana ley debe morir por guardarla. Y espero dichosos plazos, Manrique. ¡Dadme esos brazos, donde la virtud se halla! Tan constante asombro fuera y prodigio que criara ciudad que reyes ampara, quien por su Rey no muriera. Por vos, don Ñuño, ha de ser vuestra patria y nombre eterno. Nuestro Rey, infante tierno. teme el soberbio poder con asechanzas mortales del Rey de León, su tío: del cielo y de vos lo fio; vasallos somos leales de un Rey, en cuya inocencia vive abreviada la vida. Alta empresa nos convida; denos favor su presencia para osar morir guardando su inocente vida. El modo para imitaros en todo, Manrique, estoy deseando. Oí prodigios iguales al peligro en que nos vemos. Relacionaza tenemos; pues doblemos los puntales. El bravo Rey de León, sabe Dios sus pensamientos, con celo de la quietud, con voz del común provecho, como sabéis, ha venido a Castilla, pretendiendo ser tutor del mismo Rey, alegando el parentesco. Quiere llevarlo a León. ¡Bien estuviera el cordero en su poder! ¡Oh, ambiciones, quién bastara a conoceros! Con escuadrones armados entró en Castilla, pidiendo con fuerza lo que era gracia. Recibiéronle los pueblos con grande amor, engañados de la quietud y el sosiego que esperan gozar, sin ver que ponen su patria a riesgo mañana. ¡Qué breve plazo para tan tristes sucesos! Castilla había de entregar al Rey. con el juramento de fe inviolable, a su tío, que armado, como soberbio, iba caminando a Soria, donde el infeliz decreto la ejecución esperaba; mas como suelen los cielos burlar esperanzas locas con humanos intrumentos, cuando ya los ricos hombres de Castilla, los Consejos, las Órdenes militares, los nobles ayuntamientos desterraban a su Rey, ofrecí a la muerte el pecho por librarle. ¡Digna hazaña de justo agradecimiento! Hoy entraba en el Campillo, que es ese lugar soberbio, siguiéndole el de León, más por guardarlo que verlo, cuando a la margen de un puente que sólo puede el invierno. autorizar un arroyo, pasando, al verla, soberbio, para esta hazaña inmortal, armado como resuelto, cogí a mi Rey en los brazos, hecho Atlante de aquel cielo, y en un bridón andaluz, que la obediencia del freno aun estorbarle no pudo las injurias que hizo al viento, saqué al Rey de aquel peligro. buscando lo más secreto de este bosque, en cuya margen por sus laberintos ciegos dejé el Pegaso español; y encomendando a los cielos la vida que defendía, penetré los verdes senos de enlazados olmos, cuando escuché turbados ecos de una voz que se quejaba en los últimos acentos. Por mi Rey temí el peligro; pero el niño, conociendo mis dudas, "lleguemos", dijo: soberano es el aliento de los reyes, que en su infancia les tiene respeto el miedo! A breves pasos hallamos el original sangriento de la voz: un hombre estaba vistiendo el oculto suelo de púrpura, en copia tanta, que pudiera ser el cuerpo bajel en golfos de sangre, donde se anegaba el mesmo. No queda el simple villano que pisa el áspid, cubierto de grana y flores, tan mudo, tan turbado, tan suspenso, como yo, viendo el prodigio mayor que admiran los cielos; revuelto en su misma sangre vi un villano que fue espejo donde pude ver mi imagen, donde le vi mi rostro impreso, que aunque la naturaleza se deleita con ejemplos de semejanzas tan vivas, y para adorno más bello copia, tal vez, y no inventa, temí el trágico portento, sin dalle licencia al alma para autorizar agüeros. Vencido de la piedad llegué al villano, que, envuelto en sangre y bascas, pedía de sus culpas venia al cielo. Pregúntele la ocasión de' su muerte, y, despidiendo con alternados desmayos el alma entre cada acento, me dijo que unos villanos del Campillo le salieron a matar, siendo la causa envidia y rabiosos celos, porque trataba casarse con una mujer, que el cielo dio partes, siendo villana, para mayores deseos; que era sastre en el Campillo y que, a pesar de los deudos de Elvira, los dos se hablaban con recíprocos afectos. Sacáronle en fe de amigos a este bosque, ¡infame hecho!; pero muy propio en villanos, y antes que le diesen tiempo para llamarlos traidores, le atravesaron el pecho con tres mortales heridas; si bien, furioso y resuelto de que el morir y el vengarse fuese en un instante mesmo, cerró con los homicidas, que ya, vencidos del miedo de su delito, trataban de retirarse huyendo. Vengó su muerte en los dos tan fácilmente, que al suelo dieron en presencia suya, armas, voces, sangre y cuerpos. Retirose desangrado a morir, mas encubierto donde confesarse a Dios era el último remedio. Dijo, y expiró en mis brazos. Mirad qué extraño suceso, y más extraño, pues fue su fiera muerte instrumento con que alenté mi esperanza. Pues viendo con tanto estremo mi semejanza en su rostro, quise que el villano muerto me prestase sus delitos. Pues conocido por ellos, es fuerza que habían de ser los que me buscasen menos, con la villana justicia del Campillo, defendiendo mi vida de los agravios del Rey de León, que, ciego de su ambición, es forzoso en el uno y otro reino que me busque por Manrique. Con este dichoso acuerdo tomé su propio vestido; y porque, hallándole muerto, se divulgase en Castilla que los leoneses soberbios me habían quitado la vida, le puse el dorado peto, transformándole de suerte en mi imagen, que yo mesmo mirándole me engañaba. Y, pues, ha querido el cielo, Ñuño Almegir, que lleguéis a remediar tan a tiempo a Castilla y vuestro Rey; seréis el dichoso templo de su ilustre vida, en tanto que yo, disfrazado, puedo del enemigo común reconocer los intentos. San Esteban de Gormaz, cuyos capiteles vemos que dan nobleza a sus muros con vanaglorias de eternos, será su templo sagrado; que los cristales revueltos de ese despeñado río se muestran menos soberbios donde hace punta el bosque, dilatando y descubriendo en limpio vado su arena. Y ansí, despreciando el riesgo, pasaréis en mi caballo al Rey, por quien os ofrezco ricas mercedes, don Ñuño, y inmortales privilegios. Señor Rey, esta mudanza de amparo, bien sabe el cielo que es por guardaros la vida, por conservaros el reino. A un hidalgo de Castilla, niño Alfonso, os encomiendo: bien sé que os dará lealtades porque vos le deis esfuerzos. Que si os lleva un castellano, y vos le miráis, es cierto que iréis despidiendo rayos a los enemigos pechos. Ñuño, besadle la mano al Rey que juráis por dueño; sin ceremonias reales, porque no las pide el tiempo. Recibidle en vuestros brazos, que en ellos estriba el premio de la virtud y el valor. Y con prisa y con secreto acometamos al río. Justos y piadosos cielos, no permitáis que León venga a ser injusto dueño de Castilla, de quien tiemblan los más rebeldes imperios de Europa; y si permitís que a mi Rey llegue a ofenderlo el ambicioso Fernando, permitid que pueda verlo el castellano Manrique, que yo os hago juramento por vuestras sagradas luces, de hacer viles menosprecios de mi vida en su defensa, y hacer rojos monumentos estos campos donde el sol, el mundo, la fama, el tiempo, la admiración, la memoria, la envidia, el valor y el miedo en las futuras edades honren en prosas y en versos; las hazañas de este brazo y la lealtad de este pecho. Pues con tan buenas liciones ¿quién ha de temer el riesgo, guardando a su Rey la vida? Claro Alfonso, yo os prometo que antes que abra las puertas San Esteban, de ofreceros mi vida y persona, Alfonso. Niño Rey, si os pone el cielo en peligro, habéis de ver quién es el que toma el peso de vuestra vida en sus hombros. Don Ñuño, ¡prisa y silencio! ¿No parecen tropelías? Pues ya yo me iba durmiendo, que lo que desvela a todos suele a mí causarme sueño. ¡Brava lealtad, grande amor de su Rey! Que en todo el cuento no se acordase de Blanca, siendo el ídolo más bello que su entendimiento adora, y cuando ya los conciertos de su boda abrevian plazos para ejecutar deseos. Pero con tantos peligros de su vida, donde el suegro es su mayor enemigo, ¿cómo ha de tener efeto el verse Manrique y Blanca? Pero mi sutil ingenio es el azogue que junta estos metales diversos. En el Campillo está Blanca; avisarela el suceso de Manrique, porque puedan verse con mejor consejo, y tratar de sus haciendas; y nos dará por lo menos para acertar a huir joyas de que hacer dineros: que esto de arrojarse un hombre por países de venteros sin blanca, es de San Antonio, que hallan despensa en los cuervos. Como nadie busca a Ñuño logrará el dichoso efeto mi industria. Voila a llamar. ¿Dónde vas? Aquí me llego. ¿A qué? ¡Donosa pregunta! A desocupar el cuerpo, y que aquel pradico verde pierda el olor de cantueso, dándole a entender que soy hombre, y que tengo escrementos; que están muy falsos los prados de que los deja el invierno bañados de ámbar y almiscle, como si hay prados coletos y como si a los pastores, cuyo ordinario sustento es la leche, no les diese sobre el pradico más fresco cámaras a cada paso. No te detengas. Ya vuelvo. Todo el esfuerzo y valor de mi pecho he menester contra el injusto poder, contra el tirano rigor del monstruo que me persigue, pues cuando más me defiende, en mi propio ser me ofende, y transformado me sigue; pero ya conozco aquí, Fortuna, que haciendo estás ensayos en los demás para ejecutar en mí; que esta dilación ligera de agravios que me apercibes, por descanso la recibes para acometer más fiera. Primos, aquí está el villano. ¡Muera, pues! Ya descansó Fortuna, y acometió con rigor más inhumano. ¡Vive Dios, que has de pagar las dos vidas que has quitado con la tuya! ¡A mi cuñado nadie se atreva a llegar! El Alcalde lo mandó. Ya no fuerais menester, Cuñado. Dejaos prender, Juan Prieto, que aquí estoy yo. Hecho pedazos primero. El sastre es un Satanás. El prenderle es por demás, aunque venga el mundo entero. Pues, Gil Polo, si ha matado a dos hombres del lugar, ¿por qué no le han de ahorcar? Porque ha de ser mi cuñado: mi hermana le quiere bien, y aun más adelante... ¿Es barro lo que la dio Juan Chaparro? ¿Qué la dio? Miradlo bien. Esas son bellaquerías del barbero, y juro a Dios que se han de casar los dos. ¡Ah, Gil Polo!, no en mis días, que le he de ver pernear. Asaeteado ha de ser, ¡par Dios! Llegadme a prender. Juntaremos el lugar; veremos a ver si os vale el cuñado rabitieso. Pues bien sabéis vos si empiego. No hay Locifer que le iguale. Vámonos a hacer tocar las campanas. De esta hecha veremos si os aprovecha ser el sastre del lugar. Cuando juzgo menos fieros los villanos enemigos los hallo mudos testigos de mi muerte. ¡Oh, lisonjeros alivios de falsas glorias! ¡Qué presto os habéis cansado! ¿Agora os turbáis, cuñado? Si os afligen las memorias de mi hermana Elvira, aquí vendrá para irse con vos. ¿Es de veras? Sí, par Dios. Esto me faltaba a mí. Como salistes huyendo, salió también desalada tras vos; allí está parada junto al río. Estoy temiendo que la justicia no llegue. Pues no tardará mi hermana porque tiene buena gana de irse con vos, aunque niegue la tierra en que se ha criado; y, en fin, es bueno sacarla de donde han de mormurarla. Oficio tenéis honrado con que ganar de comer, como dejéis de mentir; pero quiéroos advertir que si llegáis a tener hijos, que son mis sobrinos, y que les habéis de dar estudio. Denos lugar el cielo. ¿Por qué caminos tan intrincados y escuros se despeña mi opinión? ¡Ciegos laberintos son cerrados y mal seguros. ¿Qué he de hacer, cielos piadosos? Ya tenéis aquí a mi hermana, Con pensión de una villana serán peligros forzosos en los que he de tropezar; llevarla es perder la vida, dejarla sola y perdida, cuando ella espera gozar el justo dueño que adora, es contra toda piedad. Juan mío, esta soledad conoce bien quien te llora por muerto, aunque mis venturas te dan por casos extraños la vida. ¡Qué desengaños de que no hay glorias seguras! Dame los brazos, bien mío; deja de estar menos cuerdo. Memorias del bien que pierdo cuando firmezas la envío, no os venguéis de Blanca ausente en mi triste corazón. Tuyos estos brazos son, Elvira; que la inclemente fortuna no es poderosa para quitarme el amor. Aunque pierda la labor de las parvas, es forzosa la diligencia. Esperad, que no está un cuarto de legua aparejada mí yegua tordilla, pues en verdad que muerto por ella andaba el cura. ¿Vale un cortijo? En más la estimo que un hijo. Por mayo me la feriaba a dos berracos, y al buey pinto. Es un torbellino caminando. Peregrino es el villano. Ni al Rey se la diera como a vos, Elvira, cuando camines, ásete i bien a las clines, Voy a las ancas, Par Dios, que es verdad. Mientras mi hermano trae la yegua nos sentemos junto al bosque. ¡Con qué estremos se burla el amor villano de la fe sencilla y pura de una mujer desdichada! Más mi destierro me agrada que la vida más segura. En tu dulce compañía, mi Juan, las penas mayores las juzgo tempranas flores, pompa de esta selva fría. No hay bien, ni regalo igual al verte; que el bien mayor viene a ser copia en rigor que le da tu original. Tuya es mi vida, y tan tuya, que, ofendida en mi tormento, le dan tus ojos aliento para que en tus brazos huya. ¡Cuándo te podré pagar tantas finezas, mi Elvira! Y por estraño me admira. En este mismo lugar le dejé. Válgame el santo del montante, que te vuelvas te ruego. ¿Por qué, Rodrigo? Está ocupada la tienda y no hay adonde sentarnos. ¡Cielos! ¿No es mujer aquella? Rodrigo, ¿quién puede ser? Debe de ser la maesa. Heredó con el disfraz de villano las ofensas de mi honor. ¡Oh, falso amante, oh, prado; oh, fuentes; oh, selvas, testigos de mis agravios, yo os haré sentir mis penas, porque entre tantas ofensas os diga el alma mía...! ¡Malhaya la mujer que en sastres fía ¡Ciclos!, mi muerte descubro. Blanca me ha visto, y sin ella es imposible que viva. ¡Cielos!, ¿quién pudo traerla, para vengarse, engañada? Elvira, gente se acerca, y si aguardo es forzoso que me maten o me prendan. Vete a esperar a tu hermano; que en trayéndome la yegua saldré del bosque. Los cielos te guarden y te defiendan. Dirás que no eres villano. Par Dios, que si agora niegas; mas, ¿qué puede hacer un sastre? ¿Pues tú también me condenas? Porque eches de ver que siempre tiene la razón gran fuerza. ¿A mis ojos este agravio, villano Manrique? Espera, señora. Venganza pido a los cielos y a la tierra, de un traidor que me ha ofendido en el alma. ¡Que no quieras escuchar disculpas mías! Cuando en el poder te veas del Rey de León, entonces, dando venganza a mis penas con tu muerte daré oídos a tu falsa voz. ¿Ciruelas? ¡Mujer y celosa! ¿Avispas? ¿Qué muerte habrá que yo sienta como el perderte, mi bien? Pero advierte... No hay que advierta, ¡villano en alma y vestido! ¿A mis ojos esta afrenta y habías de quedar con vida? Digo, que es justo que muera, mas no a las manos del Rey, a tus bellas manos sea, Blanca mía; que si llego a poder del Rey, es fuerza que ha de saber dónde está el niño Alfonso, y entregas a tu señor natural a quien quitarle desea el reino. Pues eres noble, tantas desdichas te duelan como a Castilla amenazan, si me descubres; ¿Qué piensas? ¿Que a mi venganza le importa^ que desdichas encarezcas? La mayor hazaña emprendo, que en españolas y griegas tragedias, ha visto el mundo ' ¡Leoneses, en esta selva se encubre vuestro enemigo! Mira que el alma despeñas en la traición más cruel que ha visto el mundo, y que afrentas el gran blasón de los Castros, que porque jamás pudieran descubrirme ni obligarme a entregar al Rey ordena el cielo el suceso estraño de un villano. Larga cuenta le he dado por el camino. Pues para que me parezca como en el nombre en el traje hasta la dorada espuela le puse; esta selva mide armado y muerto. No ofendas a los cielos que me amparan, y darme vida desean, para librar a mi Rey. A una mujer ya resuelta en la venganza que busca, poco sirven y aprovechan ruegos humildes. El mundo ha de ocupar pluma y lengua, con esta hazaña. ¡Ah, leoneses!, si la ambición os despierta, ¿qué aguardáis? Verás, villano, cómo mis celos se vengan. Tijeretas dice, y es porque ve que él trae tijeras. ¿Qué es esto, Blanca? ¿En el campo dando voces descompuestas? Sepa yo la causa luego. ¡Fernando! ¡Oh, furiosa hembra! Florinda, Cava, en España, viva de hoy más con vergüenza, y olvido de tus crueldades, que tú la has vencido en ellas. ¡Fernando, rey de León, que de la sangre te precias del noble rey Recaredo, y al dichoso Alfonso heredas! Ruego a Dios que las hazañas como el reino y que sustentas pues blasonas de piadoso, pues de cristiano te precias, ¿cómo crueldades permites? ¿Cómo traiciones alientas? A don Manrique de Lara, coluna de la nobleza de Castilla, a quien el mundo por sus hazañas celebra, por su valor acredita y por su virtud respeta; a quien mi padre obligado de tan conocidas prendas, me prometió por esposa, le han muerto con manos fieras tus atrevidos soldados, porque tus órdenes llevan. ¿De qué tirano Dionisio tan fiera crueldad se cuenta? Esta selva en sangre tinto, porque son fuentes sus venas, mi difunto esposo esconde, quizá porque no parezca a la luz del sol mi agravio, y tu crueldad no se entienda. ¿Hubo desdicha mayor? ¿Qué dices, Blanca? Que lleva sangriento fruto ese bosque, y yo lágrimas y penas. ¿Hubo en romanas matronas tan valerosa cautela para librar a su Patria? Lo que le has dado te deba para pagarte en memorias que las juzgue el tiempo eternas. ¡Oh, milagro de lealtad! ¡Oh, prodigio de belleza! Para pretender a Blanca son las más dichosas nuevas que pudo esperar mi amor. Si de su muerte me pesa, mi sentimiento lo diga y la venganza que espera hacer mi rigor; y en tanto, a la usanza de la guerra, por general castellano arrastrando las banderas y destempladas las cajas, hagan, con pompa funesta, como a mi persona misma, a Manrique las obsequias. Perdió Castilla su amparo. pues si esperanza le queda en mis hombros, el dolor hará que presto la pierda. Deja que a tus pies me arroje. Detente, para que adviertas que no estoy vengada yo, que la piadosa clemencia que viste, fue con mi Patria; y porque juzgué a bajeza que otras manos te mataran, que es infame quien se venga con brazo ajeno. Pues dame la muerte agora. ¿Quién era la villana? ¡Allí le duele! Engañada en la apariencia entendió que yo... No quiero satisfación; ya me pesa de habértelo preguntado. Mira que es bien que lo sepas, para que el rigor olvides. No quiero saberlo. Entiendan estas plantas mi verdad. Eso sí; díselo a ellas. Plantas de este verde bosque, decidle a Blanca que crea... No quiero que me lo diga. Pero de oírlo te güelgas. Villano, la vida gozas, pero no me la agradezcas porque en hallando ocasión, has de ver que menosprecias una tigre, que le roban los hijos; una sirena, que para matar encanta entre mortajas de peñas. ¿Qué? ¿Te vas? ¿Pues qué querías? Pedirte que no te fueras hasta matarme. Ese gusto no quiero yo que lo tengas, si es que la muerte te agrada, hasta saber que te pesa de morir. Pues vete en paz. Y a la villana grosera yo la haré que me conozca. ¿No te vas? ¿Es mucha priesa la que tienes? ¡Ah, Rodrigo, dale, sin que lo vea, estas joyas a Manrique! Cayó el pecador de perlas; le daré yo los diamantes. Voime, y no esperes clemencia de mi rigor. ¿Pues qué, Blanca? Venganzas solas. ¡Pluguiera al cielo, y fuera mi vida el dichoso aumento de ellas! ¿Sientes mi ausencia? Es mi muerte. Pues voime, porque la sientas, ¡Oh, quién sus manos besara! ¡Quién abrazarle pudiera!
JORNADA SEGUNDA
Rodrigo, buena ventura. No la tenga jamás quien la sustenta. ¿Por qué? Porque el ventero es de los Reyes Magos despensero. Declárate. Rodrigo. que es hebreo. Calle, por Dios. No lo creo Él celebra la Pascua del cordero´. ¿Cuánto habrá que venimos a ver nuestra desdicha y nos perdimos la noche de los vientos cuando cuatro gitanos me abrieron la cabeza a puros palos? Pues esa mesma noche me dio el santo ventero una lebrada que pudiera decir mejor gatada. Sacó la reverenda olla con los ventosos nabos, berenjena barata, con casi el apellido de zocatas y un famoso repollo que se podía comer al pie del rollo y cuatro o seis pimientos que en el picar jugaban a los cientos. Tu relación me agrada. Esta es la discreción de mi lebrada, que tanto me desvela. ¿Pues no comiste bien? A tentejuela; mas picose el ventero, sin qué, ni para qué; de donde infiero que aquella liebre, hecha ya a otras mañas, me está maullando agora las entrañas. Cayóseme en el suelo una posta de carne, y con desvelo natural y ordinario, dije de presto: ¡Zape! El temerario ventero, a quien admira su prevención, me dijo envuelto en ira: En mi casa no hay gato, y ¡voto a Dios!, que es liebre la del plato. Concebí fullería, y díjele al ventero chirimía: Gato mal puede haberlo, si acabamos nosotros de comerlo. De humor gracioso vienes, y confieso, Rodrigo, que entretienes tan nuevas penas mías. ¿Pues siempre has de gastar melancolías? ¿Ya no está el Rey seguro en el castillo de Gormaz? El muro su defensa previene; pero es muy poca guarda la que tiene, Guardaranle los cielos. Con mortales congojas y desvelos me sigue la fortuna, tan fiera, tan cruel, tan importuna, que forman sus mudanzas peligros de las mismas esperanzas. Así te desvaneces, sin comer, ni dormir; tú mismo ofreces la vida. Vete un poco. Quizá podré dormir, si duerme un loco, que sin alma y sin seso vive en fortunas tan opuestas preso. Pero mira, Rodrigo, que nadie ha de saber que vas conmigo, que me encontraste acaso. Paréceme muy bien; por todo paso; muy conformes estamos. ¿Mas quién ha de pagar lo que comamos? Eso está por mi cuenta. Pues ya piso con ánimo la venta. ¿Por qué, bella ausente mía, sin darme esperanza segura das a mi ciega fortuna los peligros que me envía? Ella en tu rigor se fía, por ti llega a blasonar, que a vencer y triunfar tanto que llego a sentir que no me deja morir por tener a quien matar. Si no prometen nada no lo quiero decir. ¿Qué gente armada es esta? ¿Son leoneses? Bien lo muestra la enseña en los paveses, El traje me asegura, demás que la llorada muerte dura del Manrique fingido toda seguridad me ha prometido. ¿Qué dice este villano? ¿Qué digo? Que ha de ser hallarle en vano sino dicen primero lo que el rey me ha de dar. No quiero. que con buenas palabras me den las avellanas de las cabras. ¿Quién será poderoso a que se explique? Ya sé que buscan todos a Manrique, el bravo castellano. ¡Cielos! ¿Qué escucho? Loco está el villano. Si ya Manrique es muerto. ¿quién le había de buscar? Hagan concierto conmigo, y ¿qué les digo adonde está Manrique? ¡Cielo, amigo, qué desdicha tan nueva! Será imposible que el valor le deba defensas a mi espada; que hay una escuadra por mi daño armada. ¿Cómo es posible, bárbaro villano, que seas traidor naciendo castellano? Es quimera imposible. Pues, escuchen, verán cómo es posible. Han de saber primero que soy, hablando con perdón, porquero. Mis cochinos llevaba al bosque del Campillo, y yo, que estaba vareando bellota, he aquí que mi ganado se alborota, y luego un hombre herido llegó, dando traspiés a lo escondido del bosque; cayó al punto, que poco le faltó para difunto. En esto un hombre armado, con un sayo de hierro muy dorado, llegó al hombre que digo con un niño en los brazos. ¿Van conmigo? Prosigue. ¡Oh soberano cielo!, pues permitiste que un villano verme entonces pudiera, sin duda quieres que a sus manos muera. Puso el niño en el suelo a quien llamaba rey que mi desvelo pudo muy bien oírlo; era el defunto el sastre del Campillo; porque antes que muriera se lo dijo al armado, y cual si fuera salteador atrevido, al pobre sastre le quitó el vestido. Pero dejole armado de las conchas de hierro, y con cuidado cogió al garrido infante, y sacole del bosque; y al instante llegó a abrazar a un hombre, a quien llamaban Ñuño, no se asombre nadie, y guarden secreto. El hombre, pues, mirando con respeto al otro le decía: Don Manrique de Lara, hazaña es mía librar al Rey; y luego Ñuño cogió el chicote, y como un fuego se metió por el río, en un caballo que, si fuera mío, sin que mi amo lo viera, vendiera los berracos y me fuera. ¿Podrán creer agora que está Manrique vivo? Y que mejora tu aviso nuestra suerte; mas, ¿dónde está? No hay más. A un hombre fuerte, de quien cuentan los moros y no acaban, cogerle así pensaban. Aseguren las puertas. Dice muy bien. Tendrás albricias ciertas. Diez hombres no sobramos, Fortún. Para prenderle no bastamos, para matarle, sí; pero no es justo quitarle al Rey de su prisión el gusto. Demás que, si viniese a nuestras manos, nos han de dar su Rey los castellanos y el nuestro entonces, viéndose ofendido, se vengará en Manrique. Hoy ha venido a cazar a estos bosques. Dicha fuera, que por nosotros la prisión se hiciera. Mejor diréis mi muerte; que desdicha en mi defensa advierte si aquí me acometéis. A la justicia negarle la verdad fuera malicia, y que a delito pasa: el sastre del Campillo está en mi casa. Demás que no me obligo a ser su encubridor, porque es mi amigo. Helo allí reposando. Impensadas desdichas, ¿hasta cuándo tendréis tan adquirida jurisdicción en mi cansada vida? ¿Qué aguardo que no escojo medio el más fuerte, y a morir me arrojo mientras mi ya confusa injusta muerte, mi fingido sosiego les advierte? ¿Debo más que entregarlo? ¿Pues cómo hemos de agarrarlo? La puerta está cerrada. Pues vele: allí está echado, camarada. No hay ventura que a la nuestra iguale; la industria en el peligro a veces vale más que el valor. Pidamos favor a estos villanos. ¡Pardiez, vamos! Un bizarro corazón en tan viles acechanzas, deje la cobarde industria y válgase de las armas, mientras no llega la muerte. Aquí es menester la maña más que la fuerza. ¿Qué hay, güésped? ¿No comeremos? de hora: ¡pongan la mesa. ¡Sobrina! ¡Tío! ¿Qué aguardas? Tomamos. Sosiegue el buche. ¡Ah, respondona! Si acaban de echar agora las berzas. ¡Tiene razón la muchacha! Soldados, y la justicia, y mi amo sobre ascuas, y yo en ayunas, ¡jeringa! Mira que tienes en casa a mi grande amigo, el sastre del Campillo. Las entrañas le estoy paseando al güésped. Tío, no le cuente nada del gasto, porque me corte el sayuclo. ¡Eso te mata! ¡Trae de comer, bachillera! Soldado, la mesa es franca. Siéntese si no ha comido. Pienso que no, pues que aguarda. Siéntese a comer. En pie comeré un bocado. Agravia la ley de buen pasajero. Siéntese. Como esperaba mis criados y traen ellos el dinero… ¡Buena chanza! Se porta. Más finos diese liebre como la de marras. ¿Y adónde traen el dinero esos criados que tardan? Suelen traerlo en un gato. Voto a Dios que es muy honrada esta venta. ¿Pues qué he dicho? Yo sé lo que ha dicho, y basta. Perdidos somos. Más valiera que hablaras de singular. Esa gente me busca de mano armada por el sastre y por Manrique, mientras que disuene el alma trazando el menor peligro porque no sospechen nada si con cuidado los miro has de advertir lo que trazan con disimulados ojos. ¿Y si acometen? La espada ha de ser el juez supremo que ha de sentenciar mi causa. Esto conviene al servicio del Rey. ¡Donosa demanda! Par Dios, que viene borracho quien les indilgó esta vara; sepan que nunca se bulle jamás a humo de pajas. Su prendimiento me toca, soldados, que aquella cara es cara de sastre. Alcalde, con miramiento a las barbas que me están oyendo, miente, y a que es Manrique de Lara le apostaré yo un cochino contra un hijo suyo. Extraña confusión. ¡Qué linda zupia! ¡Adoban con hiel de vaca este vino! Es una miel. Será miel de retamas. ¿Qué has hecho, hombre del diablo? Servimos en esta casa de ratones por los pies. Sentí agora que danzaban y por no tener con qué les tiré el jarro. Esta plaga ha de haber en esta venta. ¡Ya le entiendo! Esta semana se nos murió en casa un gato que nos hace mucha falta. ¿Se les murió o lo mataron? Si quiere que yo le traiga uno bueno… ¿Adónde? En el estómago. Alcanza, confuso discurso mío, la luz en tinieblas tantas de los peligros que veo mira que padece el alma fuerza de opuestos temores conduce mis esperanzas a solo un peligro a solas una ligítima causa porque resuelto el valor busque entre sangrientas armas un camino y un remedio. Yo daré la mejor traza para conocer quién es y luego lleve la carga cuya fuere. Está muy bien. A Juan Prieto esta muchacha la compré ayer en la feria, que me la dieron barata, una poca de rajuela, muy buena, que es de las Navas. ¿La de Tolosa u la otra? ¿Pues qué es menester? Que rabia porque le hagan un sayuelo. Yo había de ir a vuestra casa, y por estas pesadumbres que habéis tenido, esperaba a que mejorase el tiempo; pues ya venistis, cortadla. ¡Las narices! El sayuelo, porque ella a ratos en casa le podrá coser de espacio. Yo lo haré; traigan la raja. Y yo bailaré a sus bodas, Juan Prieto. La confianza con que dice el buen señor en compendiosas palabras, "traigan la raja", y traída, ¿qué has de hacer? ¡Rodrigo, calla! Fácil está el desengaño: si lo corta, cosa es clara que es Juan Prieto; y si no sabe, será Manrique .de Lara. El barbero del Campillo no dijera más bravata; resurrección se ha tomado. Ella es admirable traza. Aquí está, lo que le ruego es que salga muy plegada la pretina; y los braones quiero que lleven pestañas, con sus vivos. ¿Y difuntos? Está muy bien. ¿Es de la ancha? Sí. Pues en nombre de Dios. Mira que no es esa raja la que has de tomar. ¿Pues cuál? La de una encina. ¿No falla más de tomar la medida? Cosas de poca importancia: yo sin medida las corto. Al güésped podían tomarla con la raja susodicha. Mira, bellísima Blanca, en qué peligros me ha puesto tu amor; que sólo aguardaba las sombras que sobre el mundo confusamente desata la noche, para ir a verte, para quitarte del alma las viles sospechas tuyas. ¡Ah, malhaya la villana que te dio ocasión de celos! ¿Yo he de permitir mudanza en la fe con que te adoro? Verás primero bañadas estas rústicas paredes de mi sangre; y si es venganza la que tus celos desean presto habrán de ejecutarla tantos ministros crueles, como ya mi muerte aguardan. Estos, aunque son villanos, vienen con la ilustre marca: de la justicia a mi Rey, contemplo en aquella vara del villano alcalde, y pienso que mil veces me dejara quitar la vida primero que le tocase a la capa. ¿Qué aguarda? ¿Para un sayuelo se está dos horas? Hermana, ¿no ha de tantear primero lo que ha de hacer? Dios te valga, porque santos que hayan sido sastres, es cosa escusada pensar que yo he de toparlos. Mas, ¿que echa a perder la raja? Demonios somos los sastres: cortando está una gualdrapa para un mico. No es Juan Prieto, porque ha dado muy bellacas muestras de sastre. Es Manrique, ¡vive Dios! ¿Están tomadas todas las puertas? Y en todas puestos soldados de guarda. Ya llegó el último plazo: valor y industria me valgan. Señores soldados, oigan: Notable hazaña emprendo. Adviertan que yo soy don Manrique de Lara, echado en ese portal pude escuchar lo que hablaba el villano que los trujo. Disfrazado con mis armas dejé al que dice en el bosque y su misma semejanza me dio el vano atrevimiento para pensar que en España pudiera vivir seguro del rey, pero ya alcanza mi fortuna y conociendo que industria y fuerzas no bastan contra el poder de Fernando quiero arrojarme a sus plantas para pedirle clemencia, que los reyes cosa es clara que a los rendidos perdonan. Pues para ganar su gracia le quiero entregar también al rey niño para que salga de los peligros Castilla que ya por mí la amenazan, pero este justo deseo y esta pretensión honrada estos villanos la estorban que como lo son se engañan tan fácilmente creyendo que soy el sastre que aguardan para fulminar el proceso de muerte y ejecutarla con la brevedad que ido su enojo y furia villana si por soldados leoneses tenéis valor, y las gracias y premios de mi prisión queréis ganar, con palabras, o con obras reducid a estos hombres que se vayan, pues no soy el que ellos buscan; que luego, solo y sin armas, para que estéis más seguros, os cumpliré la palabra de ir preso a los pies del Rey. Sólo pudiera esta hazaña ser vuestra, claro Manrique; así estorbaréis las llamas abrasadoras que encienden la ambición y la venganza. Con el debido respeto iremos haciendo guarda. Manrique, a vuestra persona; que el Rey a breve distancia le hallaremos, que a ese bosque salió a divertirse a caza. Corte ha hecho del Campillo, si ya no es su plaza de armas, donde ha de estar hasta tanto que con sus designios salga. Lo que toca a los villanos no verán nuestras espadas desnudas, cuando visiten esa vecina campaña huyendo. Quizá los ruegos bastarán. ¿Y si no bastan? Disculpa tendréis entonces. Para tratar esta causa, Alcalde, con más acuerdo será menester que salga vuestra gente de la venta, y vos. De muy buena gana; pero adviértanlo primero, que porque yo no pensara que era el sastre, echó a perder el sayo. ¡Y que mala pascua tenga, y sea la primera! Si no lo ahorcáis mañana, sea quien fuere, no sois hombre. ¡Par Dios, que ya tengo en agua los lazos escorridizos. Pague primero la raja, tío. ¿No basta ahorcarle? Si yo lo viera, bastara. Esto es hecho, agora el cielo, si mi vida no le cansa, con nuevo aliento divino supla las fuerzas humanas. En esto paró la fiesta. ¡Por Dios, que se han vuelto cabras los señores caperuzas! Mi amo tienta la espada y previene el broquelillo: aquí tendemos la raspa, ¡Vive Dios!, que se demuda y cuando él pone la cara de color de perejil, cierto está el arroz en casa. Quiero, por si lloviznare i, subirme a aquella ventana. ¿Dónde vas? A darte cuenta de lo que en el bosque pasa. Ya te entiendo. Harto más bien me entiendo yo. La campaña midieron como unas liebres. ¡Vamos, Manrique de Lara! ¿Qué es vamos? ¿Y qué es Manrique? Juan Prieto soy de la Mancha, y sastre. ¿No eres Manrique? ¿Qué Manrique, ni qué haza? Quise tomar ese nombre por saber que me buscaba el Alcalde de mi pueblo; y por no dalles venganza en la horca a mis contrarios me he valido de la traza que han visto; y a la justicia debe siempre respetarla el que fuere hombre de bien. Ya se fue, y ellos se vayan; que ya me parecen pocos como los villanos faltan; que con ese intento quise dividirlos, y esto basta para soldados que tienen buen entendimiento. ¿Engañas gente simple por ventura? Cumple más bien la palabra que me diste, si no quieres obligarme. Muchas gastan para la prisa que tengo. Desocupen la posada, sin voces, o, ¡juro a Cristo!, que han de saltar por las bardas de la venta, si me enojo. Miren que tiene mal alma: váyanse y créanme. En vano si todo el valor de España se juntara en tu defensa, te has de librar de las armas de León, o seas villano o Manrique. A cuchilladas sabréis que soy en desdichas, si os diere gusto el contarlas, para vosotros Juan Prieto, y Manrique para Blanca. No hay acosado león más feroz en las montañas de Masilia. Al bosque, amigos, que es rayo que se desata. ¡Qué lindas manos de sastre! Las hechuras no le pagan. Yo he hecho lo que Santelmo que después que la. borrasca se aparece, y es un santo. ¿Qué voces y estruendo de armas suena en el bosque? Yo iré, señor, a saber la causa. Plaza de podencos llevan los soldaditos; ahulagas les puso el miedo en la cola. Bajemos a dar las gracias a Dios tan buen suceso y porque lleven mañana al templo un sastre de cera; aunque bien pudieran darla, entre todos, que bien saben, disfrazando la demanda, pedir para candelilla dos veces en una casa. En mayor peligro estoy; ¡cielos!, mi muerte es la caza que busca el Rey; ya me ha visto; mas puede alentarse el alma porque el Rey no me conoce. ¿Qué hombre es éste, con la espada desnuda y en mi presencia? ¿Busca ejemplo a la desgracia del muerto Sancho en Zamora? Si en villano se disfraza otro segundo Vellido, pagarame la acechanza con la vida. Mientras dudo, pongo a riesgo mi esperanza. Los cielos vayan conmigo. Fernando, cuyas hazañas el mundo que ya... Sosiega. ¡Oh, majestad soberana la de un Rey! Más que el peligro me turba el verle la cara. Señor, yo soy un villano de ese lugar; mis desgracias llaman a voces la muerte que espero: di a una villana palabra de ser su esposo, y como solicitaban otros villanos del pueblo, aunque en mi agravio, la causa, queriendo también a Elvira que así la moza se llama, sacáronme al campo ayer, porque a sus traidoras armas diese la inocente vida; pero yo, que la guardaba por ser Elvira su dueño, saqué, gran señor, la espada, supliendo con el peligro la nobleza que me falta. Maté a dos y retirando los demás di a la campaña veloces pies. La justicia con los villanos trabaja más en quitarme la vida que en sus rústicas labranzas. Y así con miedo y amor vengo donde vive el alma, porque es Elvira su centro; que un hombre tal vez se ampara del mismo lugar, adonde cometió el delito y halla en el peligro remedio. Y cierta tengo la gracia, pues he merecido veros: así vuestras esperanzas de ver en vuestro poder a Alfonso las veáis logradas, señor, como yo deseo. El justo perdón que aguardas merece tu honesto amor; libre estás. Cante la fama vuestros hechos. Tus delitos perdono, para que vayas a ver tu esposa. ¿Y si vuelven los villanos? Bien guardada está con esta señal tu vida. Celosa Blanca, tú eres la buscada Elvira, a ti van encaminadas mis esperanzas dichosas, que tú eres de quien hablaba el Rey, disfrazando el nombre con metáfora villana, porque eres el centro mío donde mis penas descansan. ¿Si ha dado la vuelta el Rey? Ninguna dicha les falta a mis venturas, señor. ¿Quién es? Aún no acabas de conocer a Manrique, que la peregrina traza del villano muerto ha sido el seguro que me guarda. ¡Más os valiera no verme! ¿Tanto ya mi vida os cansa, Manrique, que así queréis quitármela en la estacada? ¿Qué decís, señor? Que al Rey, por librarme de la infamia que impuso de alevosía, le di segura palabra, haciendo pleito homenaje a la castellana usanza de darle vuestra persona o llamaros a batalla cuerpo a cuerpo en el palenque; mirad si podrán las armas de un viejo hacer resistencia a las vuestras, vuestra hazaña de guardar al niño rey ha de celebrar la fama mientras diere luz el sol, que, por librar nuestra patria de las armas de León, hice al Rey la temeraria promesa de entrar en campo con vos, y en esta batalla he de morir o entregaros. ¿Cuando el niño Rey se ampara de nuestro favor, y está...? No me digáis dónde; basta saber que vos le guardáis porque yo, mientras me agravian las leyes del homenaje, no soy hombre de importancia para guardarle la vida. Y así, si queréis guardarla, quitádmela a mi primero, que por la imagen sagrada del Salvador de los hombres de ofrecer a vuestras plantas mi cabeza en el palenque para que podáis cortarla, por hombre inútil, por hombre cuya vitoriosa espada la oprime una pleitesía para no amparar su patria. ¿Yo en campo con vos, señor? Pues si en la mayor infamia de cobarde y de alevoso cayera, no viera España tan injusto atrevimiento. Pues tratad de iros a Francia porqué aquí no estáis seguro de mí. Yo haré que me valgan los disfraces para estar seguro. Andad noramala. y encubrid vuestros designios, no los fieis de quien trata de buscaros y entregaros. Cuando ese trance llegara, sois quien sois. No os fieis de eso ni engañéis vuestra esperanza fiado en lo que os estimo, que he de cumplir mi palabra. ¡vive Dios! Pues, ¡juro a Dios que vos ni el mundo no bastan a prenderme. Pues guardaos. Conmigo llevo la guarda. Tengo espías. Tengo amigos. Yo tengo valor. Yo, espada. Soy quien España conoce. A mí me conoce España. Para buscaros soy Castro. Para aguardarme soy Lara. ¿Puede haber mayor locura? Mi amo está endemoniado. ¿Que ande un hombre aperreado por no dar una criatura? Por no parecerme yo a un sastre una hora no más. entregara a Barrabás la madre que me parió. ¿Si habrá entrado en el lugar para ver su dueño hermoso? El no atreverse es forzoso que vuelve el rey de cazas si no es que engañar me quiere muy bien el sastre fingido pues solo con el vestido miente que no hay que lo espere. Blanca es ésta. ¡Qué afligida viene la pobre señora! ¿Rodrigo? ¿Estarás agora contenta? No tengo vida. en ausencia de mi esposo. ¿Pues para qué fue el desdén? La villana viene allí. Y ¡que la abrase mal fuego! Hablela otra vez ayer tan celosa estoy por ver si está Manrique tan ciego que la quiere y que la estima y díceme la villana que es imagen soberana que le alienta y que le anima. Fuese dejando burlada mis esperanzas. Ya viene. Yo la temo. Talle tiene de andar contigo a puñadas. ¡Señora!, si ayer perdí el respeto a tu persona, mis ignorancias perdona, porque no te conocí. Tú sola en Castilla puedes remediar mi vida agora; que, al fin, naciste, señora, sólo para hacer mercedes. Ya me causa compasión la villana; haré por ti cuanto yo pueda. ¡Ay de mí! que no cabe el corazón en mi pecho! ¡Que a tan duras penas rendirse es forzoso! Cuando esperaba mi esposo sombras de la noche oscura, para que, en seguro amor, pudiese tejer mis brazos a su cuello amantes lazos, fue la desdicha mayor. Aumentando está mis celos, cuando me mueve a piedad. Cobró fuerzas la crueldad en los villanos desvelos. Esperole la justicia al paso, encubierta y muda, siendo en la canalla ruda más que gobierno, malicia. Y cuando, como otras veces, mi esposo se defendía, y el brazo y la espada hacía de su justa causa jueces, en una acequia que lava esos sagrados laureles cayó, y en manos crueles de quien su mano esperaba. Tantos villanos cargaron sobre él, que si un monte fuera su pesadumbre rindiera. Al fin las manos le ataron, y le traen preso al lugar que a todos da compasión; que es el Alcalde un Nerón, y jura que lo ha de ahorcar. Ved paso más estrecho ya mi discurso no sabe ningún remedio. Si cabe piedad, señora, en tu pecho… El Rey viene. ¡Habla al Rey! Darás la vida a mi esposo, porque un delito amoroso lo disculpa toda ley. Yo defenderé su vida como si mi prenda fuera. El premio del cielo espera y de un alma agradecida. Amiga, a mi cargo queda Rodrigo, aguardar a mi padre quiero. Vive Dios, que he de abrasar a Castilla si no quiere entregarme al Rey. Hoy muere el valentón del lugar. Castro, mirad. ¿Qué es eso? Este es mi señor. ¿Hubo desdicha mayor? ¡Qué reacio estáis! ¡Andad! ¡Oh, bárbara pleitesía! ¡Oh, juramento cruel! ¡Esperad! Tirad con él, que se nos acaba el día, y ha de pernear primero que se ponga el sol. El Rey os llama. Cumpla la ley, si ha de ser Rey justiciero. Al Rey le quiero entregar por cumplir el juramento; que después me dará aliento el cielo para guardar su vida. Por Dios, señor, si dice ahórquenle luego que es buen rey. ¿Adónde llego para que espere favor de la fortuna envidiosa? Si Castro dice quién soy... ¡Ejemplo a desdichas doy! ¿Qué hombre es ese? La rabiosa pestilencia del lugar. ¿Este no es aquel villano del bosque? No tengo a mano palabras con qué espricar las ensolencias que ha hecho. Este es Manrique, señor, que el peligro y el temor lo disfrazan. El derecho de la justicia os suprico que guardéis. ¡Castro, mirad! Esta es. señor, la verdad. Quedaréis premiado y rico en mi privanza y valor; yo os alzo el pleito homenaje. ¡Cielos!, ¿hubo en el linaje de agravios otro mayor? Castro me vende. Advertid que no le habéis conocido. ¡Par Dios, que es Rey muy sofrido! Sus maldades le decid. ¿Qué hay que decir? ¿En la cara no se le ha echado ver? Justicia tengo de her o arrebócense la vara. Confuso estoy. Si éste fuera don Manrique, no me hablara en el bosque, no contara sus delitos, no pidiera perdón para asegurar la vida de los villanos, temiendo caer en sus manos. Castro se pudo engañar. Pues habéis hecho al Campillo corte vuestra, no malogre vuestro favor mis desdichas. Templad, señor, los rigores De estos villanos; mirad con piadosa vista a un hombre que ha de ser mi esposo, y temo que a vuestros ojos le ahorquen; piedad y clemencia os pido. Levanta. ¿Cómo es tu nombre? Es Elvira. ¡Vive Dios!, que es el villano del bosque. Castro, engañaros pudistes. Señor, porque no se ignore mi lealtad, cumplo en deciros que es Manrique y que a estos hombres engaña en la semejanza. ¿Puede haber más confusiones? Llamad a Blanca. Yo voy por ella. Haré que se informe el alma de la verdad, con la cautela que esconde mi vengativo furor. En esos breves renglones, un soldado castellano me dijo que viene el orden de ganar a San Esteban. Leedlos. ¡Jamás se logre la traición del vil soldado! ¡Oh, si viese mis leones San Esteban de Gormaz en sus murallas y torres! ¿Qué dijo de San Esteban el Rey? Porque como esconden al niño Alfonso sus muros, tiemblo en oyendo su nombre. Si vuestra Alteza en envía esta noche cien hombres a San Esteban, le entregaré la fuerza, porque alzado el rastrillo abriré la puerta, dándome por nombre el capitán que enviare León tres veces. El puente del río rompieron los castellanos, y será fuerza pasar el vado que se descubre a la punta que hace un valle, enfrente de unos sauces, que yo desde el muro les haré señas con hachas de fuego, y ganada la fuerza será cierto entregarse a Vuestra Alteza el niño Rey y sujetar a Castilla, advirtiendo que si fuera traición este ofrecimiento sacara poca gloria de matarle cien hombres con engaño. Que el cielo a Vuestra Alteza... Fortún Jimeno ¿Hubo traición semejante? Rastrillo, puente y cien hombres pude escuchar; ¿qué será? Vuestro valor os escoge, Castro, para esta facción; vos habéis de ir en mi nombre a ganar aquella fuerza. Si es traición, Castilla llore • la muerte de su caudillo, pues es fuerza que se arroje a matarle, y yo no pierdo ningún capitán. No apoyes, señor, en tan viejos años hecho tan grande. La noche y la obediencia os esperan, que el mundo. Castro, os conoce. ¿Señor, qué mandas? Ya he visto que a tus honestos favores los merece, Blanca hermosa, quien de mi rigor se esconde; Manrique sólo merece tus brazos, y es bien se logre tu amor con mi desengaño, y que por ti le perdone cualquier ofensa, demás, que siendo Manrique un hombre a quien encargó mi hermano su hijo juzgo a desorden. Mucho el desengaño puede por tan ciegas ambiciones, turbar la paz de Castilla y ansí vuelvo mis leones a su centro, y me retiro; y porque Manrique goce el fruto de mi venida y me tenga obligaciones tan conocidas, pretendo que contigo se despose en mi presencia. ¡Manrique, llega! ¿Y tú que respondes, Blanca? Su inocencia engaña. ¿Hubo cautelas mayores en la ambición, ni en los celos? ¿Pues tan largas prevenciones de Castilla, tantos gastos con la ambición que conoce, el mundo, tengan de amor como me muestran la rompen y olvidan causas tan leves. Este es lazo que me pone para matar a Manrique. Señor, en vuestras razones pudierais tomar ejemplo, y, pues, decís que a los nobles de Castilla los honráis, no merece disfavores vuestros con tan grande ofensa mi padre cuando se pone por vos a tantos peligros para que sus glorias borre el agravio de casarme con un villano y si escoge vuestra alteza esta venganza porque no le corresponde mi voluntad considere que le llamarán los hombres rey injusto y yo entre tanto que el alma los lazos rompe del cuerpo en que vive asida daré lágrimas y voces a los cielos y a la tierra sobre el túmulo que esconde mi difunto esposo. ¡Bien! Castro, si son invenciones vuestras, poco fruto esperan. ¡Oh, gran mujer! Escapose. Ven acá; ¿cómo te llamas? ¿Yo? Juan Prieto. ¿En ese bosque no me hablaste? Sí, señor, y me hicistes mil favores. ¿Qué señal para que vivas seguro? No la conocen: esta sortija me diste. Vete en paz, y a que me enoje no deis vosotros lugar. Casadle luego, y en dote doy a Elvira mil ducados. El reino mil años goces. Todos iremos contentos, como su merced perdone. Juan mío, ¿que estás ya libre para que tus brazos goce? Mía es la ventura, Elvira. ¡Ah, cielos! ¿Son ilusiones? ¿Casarse quiere Manrique con la villana? La noche. Castro, se viene acercando, Ya sé mis obligaciones, ¡Manrique, esta hazaña es vuestra! Estas sin seso conoces quién eres que es lo que intentas no ves el riego en que pones mi vida y honor, Manrique. Si su padre, con ser hombre y tan prudente, me dijo que cuando consejos tome con el peligro en que estoy del pecho donde se esconden mis disinios no los muestre ni aun al sol, Blanca perdone, que es mujer y inadvertida podrá publica mi nombre, de más que nunca se ha visto guardar secreto que importe la mujer pasado un día. Vamos, Elvira, no estorbe el tiempo las dichas mías. Vamos, mi Juan. ¿Qué haces, hombre? ¿Dónde vas? Voy a casarme. ¿Es de veras? Esta noche será. ¿Con quién? Con Elvira. ¿Por qué? Porque me conoce y me estima. ¿Más que yo? ¿Pues quién sois vos? ¡Ah, rigores de mi estrella! ¿No lo sabes? No, par Dios. ¿Pues qué dispones de mi vida? ¿Qué sé yo? ¿Luego no hay obligaciones en ti? Las que tengo guardo. Dime, ¿cuáles son? Que adore a Elvira. ¿Sabes quién eres? Quien soy publican a voces mis dichas. Tu padre vuelve. ¡Espera, dime tu nombre! Juan, el sastre del Campillo. ¡Con esa verdad te logres!
JORNADA TERCERA
¿Soldado castellano, y traidor a su Rey? Fuera más llano al sol de luz vestido, de su eclíptica ardiente desasido, en fulminados montes romper esferas y abrasar Faetontes y en giros desiguales volver urnas de fuego estos cristales. ¡Ah, traidor! Nunca el cielo, barriendo sombras del noturno velo, llame a la blanca aurora, que su tardanza entre claveles llora, primero que en mis brazos imites tu papel hecho pedazos! ¡Cielos!, éste es el río donde verá la noche el valor mío. A cien hombres conduce un capitán leonés, pues si produce esta selva confusa más monstruos que la sangre de Medusa, sólo con mi valor y fuerzas solas les haré monumentos de las olas, mostrando en vez de espumas rotos arneses y mojadas plumas. ¡Tinieblas vencedoras del sol medroso, dilatad las horas, porque la muerte mía con romano valor la ignore el día! ¿Dónde estará Manrique, para que al muro la traición publique del castellano fiero? ¡Tan grande hazaña de su brazo espero! ¡Qué sagaz, qué prudente estuvo el de León, que la presente cautelosa facción sólo la fía de un castellano Castro! Bien sabía que era echarme prisiones, hacerme capitán de sus leones; pues cuando el cielo mi lealtad pregona, no le puedo ofender por mi persona. Tropa de gente llega. ¿Si es la enemiga, que arrogante y ciega viene a buscar el vado?... Pero el cristal helado hará en lo más profundo mi fama eterna, con su muerte, al mundo. Con cautela valiente los he de conducir al inclemente raudal, que, aunque yo muera, no ha de tocar ninguno la ribera. ¡Ah, pastor! ¡Ah, buen hombre! ¡Decidme, si buscáis piadoso nombre, si está el vado aquí junto! Yo mismo me respondo y me pregunto. Un hombre busca el vado. Eso quiero saber. ¿Hacia este lado? ¿A la mano derecha? ¿Pues habré de seguir la senda estrecha? No se divisa el suelo; pero yo acertaré. ¡Págueoslo el cielo! Ya el hombre se ha informado. Porque yo venga a ser tan desdichado, no basta que a la guía la despidiese la cautela mía; que por ser castellana me quiso obedecer de buena gana. ¡Llamad el hombre, ah, cielos! Cerrad el paso a los corrientes hielos, no como en el Jordán los vidrios puros formen lucientes muros, para que pase el capitán hebreo, porque imitar deseo al obstinado Faraón, que anega su güeste bruta y ciega en falsas ondas, sin que el daño estorbe del mar bermejo, que los traga y sorbe. El villano está aquí. Bueno sería informarme, soldados, no sea espía. Escúchame a esta parte. Aunque el de Castro es animoso Marte tan valeroso y diestro, contra su Rey no ha hecho bien el nuestro, en dalle esta jornada. ¿Faltaba capitán, de cuya espada ha de temblar Castilla? A todos su eleción nos maravilla, pero sólo nos toca seguir sus pasos y sellar la boca. ¿Quién eres? Un villano de los campos de Burgos. Está llano, pues informado vienes, que al otro margen el pasar previenes. Eso es lo que pretendo. ¡Bárbara hazaña, si famosa emprendo! ¿Eres el capitán de aquesta gente? A mi obediencia está. Roto está el puente; si has de pasar el río de mí te has de fiar. De ti me fío para el hecho más fiero que admiró la crueldad con rojo acero. ¿Ves esta gente mía? La has de anegar en la corriente fría. Tu riesgo no te espante, que yo también contigo he de ir delante para que tengas esperanzas solas de escaparte nadando de las olas; porque, si amedrentado del peligro que ves, muestras el vado y se escapa esta gente, ha de medir tu frente las peinadas arenas, mostrando el alma en desangradas venas. ¿Hubo mayor portento? Él me ha estado copiando el pensamiento. ¿Este es leonés caudillo? Bien puede el tiempo en bronces escribirlo. Aunque mi riesgo solicito ufano y en ese cristal cano los he de sepultar, ¡viven los cielos!, que me da su valor nobles desvelos; a piedad me ha movido tan generoso aliento al pecho asido, ¿Entre espumas de nieve he de llevar a un hombre que se atreve a la muerte feroz que solicita? Si es venganza cruel la que acredita tu valor, con la muerte de estos soldados mi obediencia advierte; dame esa mano. ¡Toma! Verás que sé quitar la fama a Roma, si es que agraviado vienes de tus soldados, la venganza tienes fundada en ese rápido elemento y si no pide al viento ese escuadrón las alas o la fortuna les arroja escalas los han de ver las ondas homicidas bebiendo espumas y escupiendo vidas. ¡Oh, bravo castellano!, no te dé el mundo nombre de villano. Vengarme quiero; pues de ti me fío. ¡A la playa, soldados! ¡Marcha al río! Con esta hazaña fiera libro a Castilla del rigor que espera sentido tantas veces hacen los reyes de su causa jueces la espada vencedora y la patria común desdichas llora. No turbe el niño rey sosiego el de León su tío gobernará mejor por voto mío y cuando alzarse intente con la corona y a su ilustre frente dé el laurel castellano, esperaré mercedes de su mano la noche a largo paso despeña las estrellas al ocaso y entre el confuso velo medrosa mide la mitad del cielo si del concierto mío no falta el de León, el bosque y río ocupar sus soldados con de acero de silencio armados la seña es este fuego. Dura lición del cauteloso griego que en el troyano muro llamó su armada en el silencio oscuro que diestra en las cautelas con blancos remos y templadas velas de Tenedos camina a ser del Asia la fatal ruina salga esta noche yo con esta hazaña y de nombre de traidor España. ¡Los cielos sean conmigo! Halló en mis brazos venturoso abrigo; la vida tuve a riesgo por librarle. ¿Que este valor se halle en un villano? ¡Cuando yo pedía la muerte al ciclo en la corriente fría! Hombre, ¿quién te ha obligado a piedad tan cruel? Tú le has quitado a Castro el castellano el blasón de leal. ¡Oh, soberano cielo! Prodigios crías y los alientas con piedades mías! ¿Por qué camino estraño reparé de Castilla el mayor daño? ¡Oh Castro, quién pudiera darte como en el agua en la ribera los brazos, mas la hazaña que has de emprender que a blasón de España te ha de encubrir mi nombre si fue el peligro tuyo, el mundo asombra la empresa, ¿a qué has venido? Que tú solo la gloria has merecido. ¿Pues haberos librado tenéis a mal, cuando quedáis vengado de vuestros enemigos? ¡Quedaos a Dios! Ya son mudos testigos de las muertes crueles las playas coronadas de laureles. Mas porque no se entienda que fui la causa, y que su Rey pretenda por crimen de traición culpar mi pecho, he de abonar el hecho con los que reservó la muerte fiera. ¡Soldados, ya está cerca la ribera! ¡Mostrad esfuerzo y brío! ¡De quien sabe vencer no triunfe el río! El traidor mide el muro. ¡Qué ufano y qué seguro su traición ejecuta! Pero en vano el valor castellano a empeñarse llegara, si salir la dejara con el bárbaro intento: sombras me da la noche, y calma el viento. Darle quiero la seña que a tan fiero delito le despeña: "¡León!, ¡León!, ¡León!" Cierta está mi ventura; la seña que me han dado me asegura. ¿Sois capitán valiente del escuadrón leonés? En la corriente del engañoso río perdí, Fortún, aunque a despecho mío, parte de los soldados. Treinta que lleguen de su esfuerzo armados bastan para la hazaña en que me empeño; que está la gente sepultada en sueño. Pues alzad el rastillo de la puerta. Ya la tenéis abierta, y bajo a recebiros. También quiero advertiros que salen mis soldados del peligro mortal desanimados; porque los que escaparon de la muerte llegan ya de tal suerte que han menester aliento. Si hay ocasión de armígero instrumento, que su temor destierra, una caja de guerra bajad para animarlos. La valerosa empresa ha de alentarlos: mas voy a obedeceros. Hoy pagarás tus pensamientos fieros. ¡Ea, soldados fuertes, no os turben ya las desdichadas muertes de tantos compañeros, que a los que me seguís he de ofreceros la gloria merecida. Poco es por nuestro Rey perder la vida. Ya tienes cerca el muro, bien descuidado, pero mal seguro. Oposición contraria descubro en esta empresa temeraria. Si aquí falto al oficio de capitán, si doy algún indicio de cobarde temor, y no me arrojo, provoco al Rey a vengativo enojo: querrá templar con mi deshonra el fuego y pasando a venganzas homicidas lo han de pagar las castellanas vidas, pues si guardo sus órdenes crueles, en bronces, tablas, lienzos y papeles, porque el mundo se asombre, la fama ha de escribir mi infame nombre. Traidor me han de llamar, ¡oh, patria mía!, ¡oh, niño Alfonso!, tu favor me envía. Guárdate de tan bárbaros desvelos, y yo te he de guardar, ¡viven los cielos! Pierda la vida, y el honor guardado; pero no la lealtad que te he jurado. Aquí tenéis la caja. Ella ha de ser quien corte la mortaja a los leoneses fieros, que para ti no faltarán aceros del puñal más honrado que vio el valor. ¡Ah, Castro! Ya te he dado, porque te envidie España, el blasón inmortal de aquesta hazaña. Voy a llamar mi gente. El ciclo os guíe. ¡Capitán valiente! Ya te abrieron la puerta. Pues ya tenemos la vitoria cierta: quiero llegar primero para informarme en lo que hacer espero. Dime, traidor, villano: ¿Qué suelo castellano te dio la primer cuna? ¿Siguió tu padre la morisca luna? Que no es posible menos, que también en Castilla hay sarracenos. Pueblos tiene Almanzor, donde pudiste seguir su ley, pues que traidor naciste. ¿Qué hacienda, ni qué estado tienes que aventurar, viviendo honrado? Estaba por tu cuenta la patria que destruyes con la afrenta que en tus obras contemplo un hecho has cometido sin ejemplo si imitas al romano fue bárbaro gentío, pero un cristiano vestigios abre y senda peregrina porque por ley divina y obligación humana convida a un hombre la piedad cristiana a defender su Rey; ni ¿qué hombre hubiera, aunque en el monte Ródope naciera entre peñascos brutos, que rompiera las leyes y estatutos, con que naturaleza nos obliga a guardar nuestra cabeza? Otra traición, la más grave, a un niño rey que defender no sabe por su simple inocencia el reino que gozó por justa herencia quieres vender, el alma se me abraza cuando viene a ampararse de tu casa. Pero tú pagarás la infame hazaña sin que lo entienda España, ni sepa el vulgo vano que pudo ser traidor un castellano. Silencio honroso en tu castigo adquieres, cuando a mis manos mueres; porque el cristiano honor tu pecho abierto, le pierdes vivo, y te le guardo muerto. ¡No ha menester consejo, quien es crisol y espejo del valor y lealtad! ¡Hazaña es suya! No viva quien destruya la lealtad española, porque la ha de guardar mi espada sola. El Marte castellano guarda la puerta con valor cristiano. Mas porque no le ofenda el soberbio leonés, ni que se entienda que suyo el hecho ha sido, que no le han de borrar tiempo ni olvido, me ha de valer la máquina que emprendo con que mi patria y su opinión defiendo. ¡Soldados! Bien podemos llegar, que he visto extremos que los llamo imposibles, no para vuestros brazos invencibles. Castro famoso, advierte que burlamos el brazo de la muerte: no hay temor que nos venza. ¿A quién, bravos leoneses, no avergüenza el vernos engañados? Los intentos del Rey dejó burlados el castellano fiero; mas daros paso, a su pesar, espero. Con valor peregrino harán nuestras espadas el camino. Si eres Fortún Ximeno tu dilación condeno: mira que viene el día. Fortún Jimeno soy, la sangre mía no vive de traiciones, antes para domar vuestros leones escribí a vuestro Rey con el engaño peregrino y extraño, pues un soldado mío os esperó en el río, y fingiendo querer pasar el vado, a su cristal turbado se arrojó, porque os diera la muerte el río. ¡Qué traición tan fiera! Señor, acometamos, aunque las vidas al entrar perdamos. Pues si somos sentidos quedaremos perdidos. ¿Quién más que yo quisiera veros ya dentro? ¿pues a quién espera, fementido soldado, tu bárbara traición, que estás armado, guardando el paso con tan loco brío? Al soldado del río, y cerraré en viniendo. Pues quitarte pretendo la fama que deseas, cuando la guarda del infierno seas. ¡Entrad, soldados míos! ¡Cielos!, ¿adónde están mis fuertes bríos? ¿Un hombre puede tanto? Dará el valor de Castro al mundo espanto. Ricos premios espere del Rey Fernando. Mi esperanza muere; que entraron los soldados. ¡Ellos están, por Dios, bien despachados! ¿Qué mágicas encuentro? ¿Cómo los vende quien los mete dentro? Ya han cerrado la puerta. ¡Airados cielos! Mi desdicha es cierta; porque furioso y ciego pensará el de León que los entrego a quien ha de matarlos. ¿Por dónde podré entrar para ampararlos? Aunque pierda la vida buscaré en la muralla defendida la más fácil entrada. Perdidos somos, y la fuerza entrada. ¡Ah del muro! ¿Quién es? ¡Oh, Ñuño amigo, no hay que tener temor al enemigo. ¿Es Manrique? Yo soy. A sombra vuestra crece el valor, la confianza nuestra; si hay enemigos voy a acometerlos. Pocos leoneses son; dad cuenta de ellos. ¿Está alerta la gente? Animosa y valiente discurre por las calles y los muros. ¿Todos estáis seguros? ¿Alfonso, mi señor, está muy bueno? Seguro vive y de esperanzas lleno, porque el Reino le envía, y aquí han de estar al despuntar del día, que Marte ha de envidiarlos, diez mil infantes y tres mil caballos, todos a vuestras órdenes sujetos, que sois su general. Rompa secretos la voladora fama, que a libertad mi Rey me anima y llama, Ñuño, a sus coroneles, en tiempo tan revuelto a su Rey fieles. Decid, de parte mía, que marche sin parar la infantería. ¿Y adonde, gran caudillo del castellano Rey? ¡Ñuño, al Campillo! ¡Y, adiós! ¡El cielo os guarde! ¿Quién con tal capitán será cobarde? ¡Imposible es la entrada! Mas dejaré mi cólera vengada en el hombre cruel, que de la puerta pudo quitarme. ¡Tu valor despierta, que te he de hacer pedazos, aunque tengas dos montes en los brazos! ¡Vive Dios, que me importa, mientras no se reporta defenderme del viejo! Costoso me ha salido ya el consejo: no vi pulso más fuerte; temer puede la muerte que se defiende y acomete fiero ¡Hombre!, ¿quién eres? Obligarte espero con mayor cortesía. Tu nombre agora la desdicha mía, saber quién es quisiera. El sastre soy. ¡Ah, buen Manrique! ¡Espera! ¿Dónde vienes? ¿Estás loca? ¿Estando tu padre ausente das que decir a esta gente? Mucho el amor te provoca. Este jardinillo es del alcalde del lugar. A Elvira quiere casar, que le va por interés; porque como la amistad con el sastre a deudo pasa, hace la boda en su casa. ¡Qué loca temeridad! Es la que Manrique intenta. Gozar tus brazos merece. Desde anoche no parece; por causa tuya se ausenta. No tengas, Blanca, temor que ha de ofender tu deseo. ¡Él hiciera buen empleo! Paso, que siento rumor entre los árboles. ¡Cielos! ¡El Rey es! Por verme viene. Ocasión dichosa tiene. Yo he de engañar sus desvelos. Pues ya nos puede escuchar, si hablamos. Eso pretendo. Respóndeme. No te entiendo: pero sabrete ayudar. Como Clicie o girasol, que va entre amantes congojas encaminando sus hojas a las vueltas que da el sol, vengo siguiendo los bellos rayos de esta blanca aurora, que me ciega y me enamora la luz que descubro en ellos. ¡Oh, nunca viera a Castilla, jamás sus puertos pasara, ni nuestra edad celebrara tan hermosa maravilla del pincel de Dios! ¡Ah, leyes de amor, que el mundo igualáis! Decid: ¿por qué no guardáis justo respeto a los reyes? Mas si enmendara el amor sus costumbres imperfetas, fueran sus leyes discretas y cuerdo el legislador. Sin que Blanca pueda verme, quiero gozar su luz pura; que, aun siendo Rey, su hermosura me turba para atreverme. Rodrigo, si en tantas penas como las que siento y lloro muerto el dulce bien que adoro de todo consuelo ajenas no descubriera la hermosa naturaleza en lo humano algún rastro soberano de su luz maravillosa y con sabia imitación diera a mi amor nuevo esposo sin aviso y sin consejo buscara mi perdición ejemplo bárbaro fuera muriendo a Tisbe imitara al sepulcro me arrojara trágicas memorias diera mas el cielo que me anima porque en mi bien se desuela en mi dolor me consuela y de mi mal se lastima formo un retrato tan vivo del que en mis brazos murió que su imagen despertó el consuelo que recibo. Bien viste el villano preso. Si quieres que yo me explique es un borrón de Manrique, y es porque está mal impreso. Si el sastre villano fuera maese de campo, y no sastre, no creyera su desastre; que era Manrique dijera. Fáltale el alma bizarra que tus labios encarecen; que en lo demás se parecen, como un güevo a una guitarra. Tú me has de echar a perder. ¿Pues el Rey nos oye? Sí. Digo que en mi vida vi tan estraño parecer de sastre, retrato es fiel; tanto que, en la pena mía, lo que el muerto me debía quiero pedírselo a él. Pues ese mismo que has visto por imagen de mi esposo me infunde aliento amoroso en vano el fuego resisto. Casi estoy determinada, ay cielo, a darle favor porque hace imagen mi amor presente la imaginada tanto que me abraso en celos viendo que se ha de casar y a poderlo remediar fueran mis penas consuelos. ¿Hay tan gran fuerza de amor que porque al muerto Manrique se le parezca, publique lo que ha de ofender su honor? ¿Y que el ciego dios tirano, tenga tan grande poder, que venga agora a tener celos un rey de un villano? Con el engaño que viste quedará el Rey satisfecho. Qué bien el papel has hecho. ¿Cuántos ensayos le diste? Si no viene el desposado, ¿para qué es tanto roído? ¡Voto a Dios!, que es un bellaco, y el alcalde del Campillo tiene la culpa en llamar a tan honrados vecinos, para que nos deje en blanco. En sabiendo un hombre oficio, le toma luego el diablo y piensa que son cochinos los parientes de la novia. Alcalde, vos sois su tío; ¿mirad por quién lo decís? Sí, yo lo soy, ya está dicho. ¿Cómo ha de venir mi esposo viendo tantos enemigos como a matarle salistes? que aunque su fama acredito con su valor, por no veros se irá a los remotos Indios. Por no culparte me ofendo, cielos, que ya ha dado indicios de su poco amor, pues paga con tan loca ausencia el mío. Prima, ¿no es hombre? ¡Pues, basta! Que del que más bien decimos es un traidor y se burla de amores encarecidos. ¡Fuego en el mejor de todos! Sobrina, cerrad el pico, y no seáis tan bachillera; que por los santos benditos que enseñan el orinal, que eche la albarda al pollino y que os despache a la venta. Que si Juan Prieto no quiso cortaros bien el sayuelo, ¡ porque estaba de camino, no hemos de perder los demás por él, para maldecirlos. Como la piedra a su centro vuelvo a Blanca. Aquí he sabido que está. Mucho amor me debe, pues vuelvo al peligro mismo de la villana, que espera mis brazos, buscando adbitros para asegurarme más. O yo perdí los sentidos o está junto a Blanca el Rey. ¿Por qué, dichoso prodigio de hermosura, me desdeñas? Mira que tu sombra sigo, como celestial resulta de las luces que conquisto. Dame un favor porque viva. Los que tengo no son míos. ¿De quién? De Manrique muerto. ¿Y de algún villano vivo? Blanca responde a Fernando, ¿quién duda que agradecido? su amor. Pues, ¡viven los cielos!, que ha de ver desprecios míos, aunque el gusto se aventure. De haberme tardado, pido, señores, perdón a todos. El sastre viene divino. Al fin, quien viene no tarda, dice el adagio. Cubríos y sentaos junto a la novia; que ya vendrá mi sobrino Gil Polo, que por hermano de la novia anda corrido, buscando mil zarandajas. ¡Cielos! ¿Rodrigo, Rodrigo? ¡Ea, rodriguear apriesa! ¿Qué hay que decir? Ya lo he visto. ¡Qué inquietos tiene los ojos! Pero son de basilisco los de Blanca. Estas sospechas engendró mi desvarío, desde que los vi en el bosque; mas es loco desatino pensar que tan gran señora, con pensamientos altivos, los ha de humillar a un hombre, que por ser mi igual es mío; ¿mas cómo se miran tanto? Venga del cielo castigo sobre un hombre tan cruel. Cuanto la escuché, acredito. Con los ojos favorece al villano, ¿estás conmigo? ¿Y tan divertida, Blanca? ¡Que mi nacimiento mismo, que mi nobleza y mi estado, cuando mis desprecios miro, han de estorbar mi venganza! Diera a mis celos alivio, si la dejara burlada. Aquí entra el hacer mi oficio. ¿Quieres hablar a Manrique? La vida me importa. ¡Lindo! Ya hemos perdigado al uno. Pues si se cae de sus quicios el cielo, no has de mudarte de aquí, porque solicito con un embuste tu bien. ¿Y tú, sastre viscaíno, porque cortas en bascuenzo, quieres que este mismo sitio sea el teatro dichoso donde represente al vivo vuestro amor quejas y agravios? Si yo la hablara... ¡Quedito!, y no te bullas de aquí, si llueve en vez de granizo albardas para esta gente. Ya tarda nuestro sobrino. ¡Oh, perro! ¿A lo zaino vienes? ¡Confesión, que me han herido! ¡Presto, que estoy boqueando! En mi casa es más delito. Acodí, que han muerto a un hombre. ¿En mis bodas este aviso? Plega a Dios que por bien sea. Fingiendo que me retiro a informarme del suceso, he de advertir, escondido, si Blanca le da favores. ¡Ea, ilustres palominos, bien os podéis arrullar! ¿A qué veniste? He venido a verte hablar con el Rey. Yo al desengaño que he visto. ¿Qué desengaño? ¿No vienes a casarte? Sí. Bien dijo. ¿Con quién ha de ser? Contigo. ¿Conmigo? ¿No te merezco? No presentemos servicios, que hay poco tiempo de audiencia. Jura que por mí has venido, si quieres que yo te crea. Vino, juro a Jesucristo, en ánima de mi parte. Sólo tus ojos divinos son imanes de mi alma; sólo tus rayos conquisto a fuerza de mis verdades, y a prueba de mis suspiros. Y sólo tú mereciste mi amor, porque sólo aspiro al blasón de ser tu esposa. Ea, cruzar los bracitos y volverse al pueblo. El cielo alargue tu vida a siglos porque goce el bien de verte. ¡La misma verdad resisto! Desmintiendo están mis ojos el temor. ¡Cagose el mico! ¡Apartad con el diablo! Buscando estoy el castigo que este delito merece. Si tuvieras el dominio del mundo, te despreciara. Perdiose en la cuba el vino. Esta es pendencia al revés, que se ha escapado el herido. ¡Invicto Rey de León, a quien por años prolijos conserve la vida el cielo! Si los desengaños míos bastan para defenderme de un villano fementido, de un traidor con alma ingrata, de quien puedes ser tú mismo testigo fiel en mi abono, por tu valor te suplico que la merced que me hiciste, dando para el dote mío, se aplique a mejor estado. A un convento determino sacrificar mis deseos, pues en las glorias del siglo descubro invencibles penas, hallo mortales peligros. Dichoso acuerdo has tomado de donde nace el castigo de la mujer que te ofende con otro mayor delito. Por parecerse a Manrique, le das los brazos lascivos al villano que enamoras: pues hoy verás que me rijo por tu propia liviandad, y que me vengo en lo mismo que pienso que te doy gusto: el villano del Campillo ha de ser esposo tuyo, si bien los efetos libro en la empresa de tu padre, y hasta saberla desisto de mi celosa venganza. Quien piensa tener dominio en las almas es tirano. Tú no has de juzgar delitos que no corren por tu cuenta. Señor, a pedir castigos vengo, por desgracias tuyas, que no por descuidos míos. Perdí tu gente en la empresa. ¿Pues cómo volviste vivo? Si fueras leonés, dejaras el muro en tu sangre tinto. Bien se ve que fue cautela, y que diste al muro aviso para matar mis soldados. Pero a buen tiempo has venido para el castigo que pides, pues lo han de contar los siglos. Por el mayor en la honra castigarte determino primero: Blanca cruel, rinde los soberbios bríos al yugo de este villano, que pues con amor lascivo su cuello enlazaste, puedes darle mano de marido. Dale la mano. Señor, no permitas... Yo permito tu ya merecida afrenta. No cabe en el pecho mío de placer el alma. Toma la mano, que por destino de mi estrella mereciste. Por ser de un ángel la estimo: tuyo soy. A que buen tiempo vienen desengaños míos. Jamás he tenido gusto mayor. Si premiáis servicios, también Manrique os ofrece la vida para serviros. ¿Qué dices? Que soy Manrique, a quien de cualquier delito diste perdón en el bosque; porque el disfraz me ha servido del sastre que hallé difunto. ¡Qué bien, sin saberlo, elijo lo que el cielo me aconseja! En todo engañado he sido. Pagarán Castros y Laras con inmortales castigos los agravios que me han hecho. Cerque mi guarda el Campillo; tomen cuatro compañías las calles, que estos delitos en cabezas castellanas piden brazos vengativos. Fuera de vuestra persona, que, por ser quien sois, limito mi valor para ofenderos, no hay a quien el pecho mío pueda temer en el mundo, y más cuando el riesgo miro de la muerte, en que me pone la lealtad del Rey que sirvo. ¡Manrique, la muerte llama con más honroso peligro, pues muriendo entre soldados mejoramos de enemigos; y quien a morir se arroja al turbio cristal de un río, muera entre bravos leoneses! Aunque leones los pinto, por sus pechos inmortales han de ver cómo eternizo entra las suyas mi muerte. ¡Señor, escusa el peligro de tu persona marchando! Cubren los campos vecinos las banderas castellanas; diez mil infantes se han visto que trae por escolta y guarda tres mil caballos. ¡Dormíos! A tan numerosa gente, a tan bravos enemigos no hay que esperar. De la empresa y del intento desisto, y vuestra amistad procuro. Castilla viene a serviros, no a ofenderos. Yo me parto contento y agradecido del favor que me ofrecéis. Donde con humilde estilo y con tan incultos versos quiso el poeta escribiros la hazaña en que se eterniza nuestro Sastre del Campillo.
