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Texto digital de Santa María del Monte y convento de San Juan

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Juan Bautista Diamante
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Juan Bautista Diamante Segura
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Comedia
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Cita sugerida

De la Rosa, Javier, Álvaro Cuéllar y Jörg Lehmann. Texto digital de Santa María del Monte y convento de San Juan. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/santa-maria-del-monte-y-convento-de-san-juan.

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SANTA MARÍA DEL MONTE Y CONVENTO DE SAN JUAN

De los imperios de amor, es tan cortés la violencia, que no sabe el albedrío si manda o si lisonjea. Díganlo, Fatima hermosa, las avasalladas muestras de mi libertad, rendida a tu celestial belleza. Pues cuando de dueño tuyo la dichosa preeminencia da el amor a mi dominio, es con tan rendidas señas, Que cuando a sus glorias aspiran mis penas, aquello que mandan parece que ruegan. Si bien, al mirarte triste, tanto me asusta y me inquieta el temor de tu disgusto, que enmendando mis ternezas, juzgo que yerro en rendirme lo que tu gusto desea, y así, tal vez obligado desta indécisa contienda, manda el amor que me postre, y el temor que me defienda. Porque en las batallas de amor, lisonjeras, avasalla el susto, lo que el gusto alienta. Fuerte, discreto Audalí, famoso rey de Consuegra, y de mi albedrío rey, que es más noble preeminencia. Natural melancolía, es la que llamas tristeza? no tristeza, pues se sabe cuán grande es la diferencia que hay de un dolor que avasalla, a un achaque que molesta, pues el uno es accidente y el otro naturaleza y ella. Y manda el estilo. de quien los gobierna, que el uno se ignore, y el otro se entienda. Tu esposa me hizo el destino, no la razón, pues las prendas que me buscaron esposa, esclava me merecieran. Yo te confieso que rindo de mi parte mis finezas al imperio de tu gusto, a mi obligación atenta, pero el inquieto desmán que mi corazón inquiera parece que mal contento, se resiste a mi obediencia. Y será, sin duda, que al llegar ofrenda humilde atusaras, se vuelve a mis penas. Si tú accidente, divina Fatima, mi dicha aumenta, al precio de mi cuidado, está triste en hora buena. Que aunque padezca mi amor de tu enfado la apariencia, si es apariencia no más que nace de tu terneza, no me negará el temor, lo que el amor me franquea, cuando tu voz asegura, lo que tu semblante niega. Pues importa poco, como glorias sean, que tengan las glorias resabios de penas. Toma asiento, y de las varias flores que este jardín pueblan, presidiendo la hermosura, serás mejor primavera. Goce esa morisca alfombra el contacto de tu huella. aunque si trono ha de ser de tu singular belleza, mejor fuera que trocara a cristalinas esferas sus recamado matices. y aun poca lisonja fuera ser tapete de tus plantas el vulgo de las estrellas. Mira cómo ella lo dice, pues sabiendo que te espera, sus carmesíes marchitos ha encendido de vergüenza. Mucho encarece, Hametillo, Estar hablar con el reina. Pues ¿no hablan así en tu patria? Los toledanos, morena, pan por pan, vino por vino, y no gastan más arengas. Pues di, ¿cómo los amantes se entierden allá? Por señas. ¿Por señas, Alcuzcuz, cómo? El que a entender dar intenta quese hiela o que se abrasa, a la dama que festeja, tiende la mano en el pecho, como quien dice, quisiera enseñarte el corazón, porque en él tu imagen vieras, y esto se hace las más veces, en ocasión de que inquieta alguna mota con pies la humana naturaleza, de suerte que es rascadura, y pasa plaza de seña. ¿Y ella lo entiende? Y responde. ¿Cómo para que lo sepa? Cuando él se rasca en el pecho, la cabeza se rasen ella, en muestra de que el favor pone sobre su cabeza, y a dos o tres rascaduras se concluye la materia. Alcuzcuz. No sin misterio, ap. lo pregunté, que desea mi amor, que sepas, ingrato, el cuidado que me cuestas. ¡Ay, Alcuzcuz! Mas primero quiero repasar las señas, esta es de cuando se abrasa el alma; y después es esta, de cuando el favor se estima, ¡Lindamente estoy en ellas! en la primera ocasión, procuraré que me entienda. ¿Quéstar? ¿Qué hacer benzones? No hablamos cristianus, deja; nostar amiga Cuzcuz. Pues ¿no se come en Consuegra? Tú, querís, Cuzcuz, de carne, si a mí no engañarme el cuenta. ¿Si se acordará de mí ¿Don Fernando? Y con la nueva de tu prisión, me parece que según poquito era, habrá perdido el juicio. Pues, Elvira, ¿no te sientas? Señora, pues a una esclava haces honra tan suprema? No, Elvira, esclava te llames, cuando quiero que parezcas mi amiga, y ten entendido que, atendiendo a tu belleza, a no ser porque diviertes con tu discreción mis penas, a pesar de tu fortuna, y a merced de mi clemencia, con licencia de Audalí, ya estuvieras en tu tierra. ¡Ay don Fernando, qué tarde verte mis ojos esperan! Tanto favor solamente, se estima cuando se aceta. Deja las melancolías, Fatima que me atormentan, pues por tenerte gustosa, tanto el alma lo desea. A Celín aventuré, a la más gloriosa empresa aunque difícil, del mundo, y solo aguardo que vuelva. Pues ¿adónde fue Celín? le envié por la cabeza del comendador don Gómez. Tiene muy dura la cresta el de San Juan. ¡Oh, Alcuzcuz! ¿Ahí estás? ¿Cómo no llegas, sabiendo que de ti gusto? Que tanto me conpadezca, el riesgo de los cristianos! Como tienes tales vueltas, que a modo de ánguila menos te tiene el que más te aprieta, no creí que hoy gustarías de lo que ayer. Las discretas razones, siempre se escuchan con gusto, y tú le granjeas para que te escuchen todos. Verdad es que allá en mi aldea más gente juntaba yo, que nuestro cura en la iglesia. ¿Y en qué ocasión? Eso, siempre que pregonaba cerezas. No te hagas hombre ordinario, que ya yo sé. No lo creas, que pregonar allá fruta, es un oficio de pruebas. También me escuchaban muchos siempre que en las almonedas entonaba los remates. Ya he dicho que no me mientas, porque yo sé que eres noble. Mal en que te miento piensas, porque este ejercicio, antes es de hombres de muchas prendas. Mas, ¡hola!, el Rey se ha dormido. Pues porque goce la quiera suavidad del sueño manso, dejémosle solo, y sea la música más distante, a su quietud lisonjera. Ven, Alcucuz. Yo cautivo, Soñando. de la cristiana fiereza? De los imperios de amor, es tan cortés la violencia, que no sabe el albedrío si manda o si lisonjea. Consuegra del rey Alfonso, y yo esclavo en su cadena? ¡Oh, pese a Mahoma! ¿Cómo esclavo yo, cuando estrecha le viene a mi pecho heroico de mil mundos la grandeza! ¡Oh tú, soberbio Audalí, cuyo mando será herencia de los religiosos hijos que en Jerusalén me observan. Yo la sacra religión del precursor de la iglesia, te doy luz de tu ruina, para que en sombras la temas. Tú y los infelices todos que tu falsa ley sustentan, de mis religiosas plantas seréis alfombra sangrienta. Ríndete al pradoso Alfonso, de quien has de ser empresa, antes que de tu desdicha sea ocasión tu soberbia. No porfíe tu ignorancia contra lo que Dios decreta, que da fuerza a la justicia, quien no estima la clemencia. No en presunciones te fíes, pues resuelto esa que sea Priorato de San Juan todo el campo de Consuegra. Favor, Mahoma, piedad Alá, que en vano se esfuerza el corazón a sufrir el incendio que le quema. Sombra cobarde, ilusión medrosa que el aire huellas, aguarda, y a mi coraje te verás frágil pavesa. Detened, detened todos. ¿A quién quieres es que detengan? A esa mujer poderosa, o a esa amenaza, con señas de mujer. Mira, señor... ¡Ay infelice! ¡Qué pena! que no hay aquí más que yo, de quien disgustarte puedas, si comenzó mi desdicha? La mía es la comienza. Dime, se toman del vino los reyes acá en tu tierra. Mí, no saberlo, Cuzcuz, más me parecer de veras, que sinior rey Audalí, no estar bono del cabeza. ¿Qué es, mi bien, lo que sentís? Ilusiones y quimeras del sueño, pues claro está que solo a mí se atreviera, quien sin alma anda entre sombras, seguro de que le vean. Porque si en su esfera el fuego, porque si el viento en su esfera, si el agua en sus verdes grutas, ya que me tiembla la tierra, se opusieran a mi esfuerzo, rayo a rayo le bebiera, al fuego todas las luces; soplo a soplo destruyera el escuadrón de los vientos; copo a copo deshiciera del mar las salobres ondas, y dejara en la contienda resueltos en confusión agua, fuego, viento y tierra. ¡Mal año para el perrazo! Pero ¿qué cajas funestas al corazón cuidadoso añaden nueva materia? ¡Hola! Señor, ¿qué me mandas? ¿Qué tristes cajas son esas? Celín. ¿Qué murió Celín? No, señor. ¿Cautivo queda? Tampoco. Pues lo demás no le impide mi presencia, dile que llegue, A tus plantas. ¡Ay cielos! ¿Qué ven mis penas? ¡Señor! Mi amo es, por las camisas de todas las cien doncellas del feudo de Mauregato. ¿Nuevas crueldades, estrella? Pues, señor mío, ¿qué es esto? Luego lo sabrás, si esperas, ¡Ay Elvira soberana! perdóname si te pesa de mirarme en este estado. hasta que obligada sepas, que más que de mi fortuna, fue de mi amor diligencia. ¿Cómo, señor, no me das la mano? Quiero que entiendas que de ti estoy ofendido. Señor, en las contingencias de la fortuna. No es eso de lo que nace mi ofensa. Pues ¿qué, señor, la ocasiona? Tu desconfïanza necia, pues a mi amistad, Celín, de poca importancia fuera, como tú volvieras libre, que todo un mundo perdieras. Por ese favor me da los pies. A mis brazos llega. ¡Ay Elvira, que vencido ap... vuelvo a tu hermosa presencia. Disimulemos anuncios, besa la mano a la reina. Si un vencido del rigor de su destino tirano, es digno de vuestra mano. muestre lo vuestro favor. Vencedor, que no vencido, será justo que os llaméis, pues en la que no traéis, vitoria, me habéis traído. Este afecto, no entendido, me pretende despeñar, procurémoslo enmendar; pues claro está que este ceño de la fortuna, es empeño de lo que habéis de triunfar. Alzad, y porque veáis cuán poco susto me ha dado miraros en ese estado, pretendo que nos digáis, si vos, Audali, gustáis, el suceso. Todo es justo, Fástima, si te da gusto. Asombros, ¿qué me queréis? que en todo me proponéis nuevas razones de susto? pero venza mi valor. Comienza, Celín. Recelo, señor, qué dudes de mí, puesto que vencido vengo, la lealtad y vigilancia, el cuidado y el esfuerzo con que te serví, y no acaso quiso, para desempeño de mi verdad, la fortuna darme un testigo a quien debo recurrir, y tú estimar en ese cristiano preso, con quien se desquita toda la pérdida de los nuestros. ¿De dónde, cristiano, eres? Yo, señor, soy de Toledo. ¿Conócesle, Elvira, tú? de tu patria es. No me atrevo a decirlo... Pero estoy, señora, como que quiero. ¿Y eres noble? Noble soy. Que te pierdes, majadero. Señor, a este pobrecito conozco como a mí mesmo; mi vecino era en mi tierra, y su padre castra puercos; Llámase Juan Noble el padre, y fue sin duda por esto por lo que dice que es noble, que él es un triste echa cuervos. Ya yo te entiendo. Si es calidad el aliento, nadie, señor, es más noble. En eso fundé yo el serlo, hasta que me cautivaste. Tu temerario ardimiento te cautivó, pues osado, no haciendo caso del riesgo, hasta dentro del rastrillo seguiste el alcance nuestro. Elvira, buen talle tiene. Dame unos pocos de celos, ap. Así te lleve, Mahoma, que no me falta más que eso. ¡Lástima me da mirarle! que me deban este afecto. los cristianos, sin que yo pueda entender el misterio! No, cristiano, te congojes de verte en mi poder, puesto que esclavo seas, que yo soy inclinado en extremo a los hombres de valor. Y yo, ya que sé que ha hecho lisonja al fuerte Audalí, cristiano, tu cautiverio, también te honraré. La vida de un libre, no fuera precio para dos favores tales; pero, señor, respondiendo al tuyo, digo que aquí halló mi alma su centro, su descanso mi fatiga, y su alivio mi tormento; porque, según el favor, que ya a deberte comienzo estoy desde aquí mirando para mí el bien más supremo, y en las venturas que aguardo de aquí adelante, protesto que si en mi mano estuviera la libertad, que no tengo, por estar adonde estoy, la renunciara de nuevo. A vos, señora, os dedico la voluntad, con que os debo servir; que aunque en este estado, es tan noble la que observo, que teniéndome cautivo, sabe tenerme contento. Y a ti te lo digo, hijuela, entiéndelo tú mi nuevo. Bien haces de estar gustoso, cautivo, porque te advierto que yo, aunque esclava, lo estoy tanto y poco lo encarezco, que al albedrío más libre, ni al estado más supremo, no trocará en este punto mi felice cautiverio. Pudo la fortuna hacerme esclava, pero sus fueros, no me pudieron quitar la dicha deste consuelo. Y si antes sentí el ultraje que mis penas presumieron, Ya no lo siento, pues ya mejorándose el efecto que me tenía medrosa, olvido mis sentimientos, hallada en mi esclavitud de suerte que te prometo, que me parece que fui siempre esclava de mi dueño. ¿Y estás contenta cautiva? Mas ¿qué nunca decir puedo y tú, cautivo? No tiene mi suerte encarecimiento. Yo, de esclava me acredito. Y yo de esclavo me precio. Tú, Elvira, no eres esclava. Que no me quites, te ruego. ese título, señora, porque es el que más deseo. Tampoco tú eres esclavo. Señor, si algo te merezco, no me prives de ese nombre, que es el que más apetezco. Tu humildad, mi piedad busca. La mía tu rendimiento. Tuyo soy. Tuya seré. Y piensan los majaderos reina y rey de algarabía, que esto se dice por ellos. Alzad. Y tú, Celín, dinos de tu desgracia el suceso. Si ves que Fatima gusta, ¿Qué aguardas? Ya te obedezco. A los reales de Alfonso, más atento a tu precepto, que a mi esperanza llegué con mil jinetes soberbios, que de mil lanzas de Fez blandían los duros freznos. A mil adargas de Túnez daban los hombros siniestros, y a mil andaluces yeguas regían los blandos frenos. Llegué a darle vista cuando... parece que soñoliento, de las ternezas del alba, no sabe apartarse, Febo. Y entre si despierta o duerme, os Nuncio de su reflejo un crepúsculo indeciso, ni bien claro ni bien denso, poco día para aurora, mucha luz paro lucero. Sentido fui, apenas, cuando sus marciales instrumentos, ronco el parche, el bronce claro, al campo noticia dieron de mí llegada a gemidos, el sonoro metal hueco; y las castigadas pieles, a graves, roncos acentos, despertó el bélico aviso a los nobles ardimientos, y ellos al furor, si acaso duerme en los cristianos pechos, de suerte que cuando el sol, libre de los esperezos, sus rubias trenzas bañaba en los cristales del tejo, descubrí por la vanguardia un batallón, mas compuesto de valor que de soldados; pues en pocos caballeros, si hay pocos adonde hay nobles, según me mostró el efecto, lo que de hombres nos cedía, nos excedía de esfuerzos. Cerca los dos campos, tanto que se oían los acentos, atento a lo que mandaste, delante de todos puesto, dije, en alta voz: «Cristianos, de cuantos veis, solo vengo yo apelcar; y así solo fino os disgustáis, pretendo hacer singular batalla, porque ofrecido lo tengo, con el valiente don Gómez, lanza a lanza y cuerpo a cuerpo. Si no viene entre vosotros, hacédselo saber presto, y si viene, le decid, que desde ahora le espero, hasta que el rojo planeta, a quien le da cuna el cielo en los salobres cristales ocupe su monumento. No bien, Celín. Porque sé que le hago lisonja en esto, le atajo aquí; que es desdicha del valor, que haga el precepto hablar a un noble en su ultraje. pues si desdice, de atento en la verdad, se malquista con su proprio sentimiento. y si a la verdad se entrega, se enoja con su respeto, con que siempre está arriesgado a un delito o a un desprecio. No bien, pues, señor, Celín, lleno de glorioso aliento, feneció la voz postrera, cuando el castellano Héctor, el comendador famoso, el celebrado cuaderno, donde valor y virtud están los hombres leyendo. Oyendo que le buscaba, para responder con menos palabras, la blanca cruz descubrió del limpio peto, apartando con la mano la barba, que con misterio aunque no con desaliño, cubría su espacio terso; que de una prenda tan noble, con providencia se hicieron funda de plata la edad. y guardajoyas el tiempo. Yo soy el comendador, dijo, con voz grave, y puesto que a mí solo me buscabas, y me has hallado, no quiero más plazo para la lid, que la propia lid, atento a que no es bien dilatar Moro tu noble deseo. Respondió Celín osado, y ajustados los conciertos de la vitoria en que fuese árbitro del prisionero el vencedor, cada uno volvió a los suyos, haciendo público el pacto, y mandando que no alterase los fueros antiguos de la batalla ningún acontecimiento. De entre los suyos salió Celín, con tanto denuedo, que al parecer acusaba de tardos a los momentos. en una yegua alazana, a cuyo natural fuego, parece que se tostaron los hermosos cabos negros. Tan encendida de piel, que a su peligro atendiendo, respiraba, providente, para apagar el incendio. Y viendo cuán poco era, para calor tan intenso, el viento, y que se añadía peligro con el remedio, comenzó a arrojar diluvios de espuma por boca y cuello, tanta que dudó la vista, si se templaba en su viento, si en su calor se encendía, o si de sí propia huyendo, nadando en la que formaba, tomaba en su espuma puerto. En un corpulento armiño, más templado o más experto, salió el valiente don Gómez; no suene a encarecimiento su pintura, porque aquí sobra el pincel del afecto, y la verdad solamente es su natural bosquejo. Como dije, en un armiño, cuyo blanco color, terso, quiso parecer papel, escrito todo de nervios; tan dilatado de clines, a su limpieza atendiendo, que por no manchar la planta, primero barría el suelo. Y si tal vez, enredada, la clin faltaba a este intento, por no fiar de la tierra, de su pureza el extremo, pisaba el aire y el aire, sino cortés, a lo menos, de su presteza obligado, le sustentaba en sí mesmo. El comendador gallardo, experiencias añadiendo a su valor, tan galán le doctrinaba el manejo, que atento el bruto a las leyes de la voluntad del dueño, y quejoso del castigo, parece que iba diciendo. Porque el hacícate esmaltas, si conoces que obedezco, mas allá de lo posible, lo que manda el pensamiento? Puestos los dos frente a frente, que igualmente dar pudieron susto a quien los dos no fuera, igualmente revolviendo los céfiros andaluces. el espacio dividieron de la espaciosa campaña, para el sucesivo encuentro. Muda la voz en el labio, de cuantos el trance horrendo esperaban, no se oían, ni aun respirados acentos. Y era, porque allí el oído no era capaz de su efecto, y así, a la vista entregado, gustaba de estar suspenso. Sonó el cabado metal, a cuya seña blandieron los dos campeones las astas, y arrebatados partieron tanto al choque peligroso, que mudaron de concepto vista y oídos, pues ella, con ser lince del suceso, de la presteza impdida, no vio lo que oyeron ellos. Hechas pedazos las lanzas, se acercaron tanto al fuego, que las que astillas llegaron, exhalaciones volvieron. Las riendas volvieron ambos, y abrazando los aceros de las temidas espadas, llegaron al duro estrecho. No así, en lipari, sonaban en el oficio grosero, los cíclopes, cuando hacían las armas del Dios sangriento. Como en los arneses duros sonaban los finos hierros del alfanje damasquino, y del Toledano acero. Pero el valiente don Gómez, viendo ociosa, inútil viendo la porfía de las armas, mudó, advertido, de intento. Y llegándose a Celín, le echó al valeroso cuello los brazos, con fuerza tanta, que apretándole con ellos, no solamente la silla le hizo perder, pero creo que a no quebrantar el pacto los suyos, su muerte viendo, de los brazos de don Gómez no saliera con aliento. Socorriéronle los suyos, como dije, no cumpliendo lo concertado, sin culpa de Celín, según entiendo. Lo cual visto por nosotros, y el comendador, sintiendo mas la quebrantada sé, que el ya libre prisionero, Los tuyos acometimos, con tan notable despecho, que puesto tu campo en fuga, y dado a su alcance el nuestro, Hasta dentro de Consuegra llegó, matando y hiriendo, el fuerte comendador, tantos moros, que sirviendo de estorbo a los que seguían, la villa te defendieron. Este es, famoso Audalí, de la batalla el efecto; este el valor de don Gómez, y de Celín el suceso. Esta es la vitoria que hoy celebrará Alfonso el sexto, y la pérdida que tú sufres con heroico pecho. Este el blasón alcanzado de docientos caballeros cristianos, contra mil moros, los mejores de tu reino. Y yo tu esclavo, señor, tanto de serlo contento, que no trocara a mil mundos. mi dichoso cautiverio. ¿Qué dices de su prudencia? cierto, Elvira, que enamora; ¿Qué te parece? Esta mora ap. me ha de apurar la paciencia. Lindamente so has parlado. Bien presumirás, Celín, que de tu perdida, en fin, ha nacido mi cuidado? pues es tu discurso vano, que lo que siento, en efecto, es en el bajo concepto que quedas con el cristiano; pues justamente advertido quien en este caso arguya, pensara que fue acción tuya faltar a lo prometido. Esclavo eres, en rigor, del comendador famoso, Celín, desde que dichoso te venció el comendador. Cuerda tu disculpa trate. la verdad, con medio llano, y si quiere a ese cristiano dásele por tu rescate. Porque yo no he de sufrir que nadie llegue a pensar pues no lo pude excusar, que lo quise consentir. Busca luego con cuidado quien vaya a lo que te digo, y si quieres ser mi amigo, piensa en no estar desairado. Y ese cristiano se trate, en tanto con atención, que es digno de estimación, lo que ha de ser tu rescate. Vana ilusión, ¡ay de mí!, que me quiere tu rigor, que no basta mi valor para librarme de ti! Venid, señora. Ya voy a serviros. Disgustado está el Rey. Por desgraciado, Señora, culpado estoy. Buscad quien vaya advertido a lo que ordena. En rigor, ap. cierto es que el comendador ha de acetar el partido, y muero, si me rescato, a Elvira dejando aquí; mas remediémoslo así. Celín, de tu alivio trato, más que del mío. Evidencia mayor quisiera poder darte, si es poca tener quien vaya a tu diligencia. ¿Quién tenéis que vaya vos? Sé que este cristino irá, y también que volverá. No lo sé yo, juro a Dios. Esto importa. Pues hacerlo. ¡Ay, que si alcuzcuz se va, ¿cómo Zaida quedará? ¿Tú tomar? ¿Yo no creerlo? Con que priesa don Fernando trata de su libertad! Ten de mí, Elvira, piedad. En eso estaba pensando. Ven, Elvira. sin saber por qué, recibo de que se libre el cautivo. Volveré a reñir su intento. ¡Qué presto, Elvira, a mis ojos, te recata mi ventura! Pero este afecto es locura. Diréle antes mis enojos. ¿Quién ha de ser el que haga lo que Fernando ofreció? Este cristiano... ¿Tú? ¿Yo? Confía de mí la paga. Y di, ¿los moros, señores pagáis? Con pródigas manos. Pues los señores cristianos, son muy malos pagadores. Aquí el despacho trairé, que cerca al comendador hallarás. Iré, señor, y lo que es más volveré. Gracias, Fernando, te doy de la amistad que has mostrado, aunque eres interesado. Solo en servirte lo soy. ¿Podrete ahora abrazar señor mío de mi alma? No hagas, Alcuzcuz, locuras. Pues después de mil semanas que ha que no nos hemos visto, me abrazas de mala gana? ¿Tú cautivo? ¡Vive Dios! que si a tu lado me hallara... Deja disparates y oye, por si acaso el tiempo salta, que de mi mala fortuna, recelo cualquier desgracia. Luego que a Don Gómez veas, le dirás, pues es usanza de su valor tantas veces, acercarse a estas murallas, que a ellas se llegue esta noche, y sobre todo le encarga, que no haga lo que le piden antes de verme. Que haya quien pida a un hombre que llegue de una fuerza a las murallas, y piense que ha de llegar? Si yo a ti te lo encargara, pensara mal en pensarlo. ¡Don Férn! Haz lo que te mando y calla. ¿Y yo tengo de volver? ¿Te burlas? ¿Qué? Dime, pues, tarda Celín, como Elvira lo pasaba en mi ausencia. Solo Elvira te podrá decir sus ansias, sus penas, sus sentimientos, sus pesares, sus desgracias, pues toca de amor al golfo de mis desdichas tiranas, escollo de fe a los vientos, de tantas fortunas varias, supe librar mi firmeza, y acrisolar mi constancia. Pregúntate a ti, Fernando, como con mi ausencia estabas, pero no te lo preguntes, que bien se ve, pues te hallas con mi presencia tan mal, que solicitas dejarla. ¡Ay Elvira! ¿Cómo ignoras lo que a mi fineza extraña debe mi propia fineza; mas no lo sepas que es tanta, que es preciso agradecerla, que es lo mismo que agraviarla, Celín, Celín. No te olvides de lo que te dije en nada, y tú, Elvira, aguarda aquí, porque estés asegurada, de que es tu recelo injusto, mientras yo excuso las gracias, que Celín me debe, atento a volver a verte. ¡Aguarda! Ya se escondió. Si este moro, ahora de su amor tratara, quedará yo muy bien puesta. pero yéndome, se ataja el inconveniente. ¡Elvira! pues una vez que te halla, en ocasión mi cuidado, de que temples mi desgracia con tu presencia. ¿Qué es esto? El diablo está en Cantillana. ¿Te ausentas con tanta priesa? ¡Hay fortuna más tirana! me aguarda, Celín, la reina. Escúchame. No te vayas, me dirás lo que te debo. Ea, la suerte está echada. Quedita se está la liebre, y junto al galgo? ¡Zarazas! ¿Qué haré? ¡Ay de mí! ¡Suerte injusta! Esta, cristiano, es la carta, Pártete al punto, que ya tienes la salida franca. Voy al instante, mas no das para el camino nada? Estos escudos. Mahoma, te los vuelva escudos de armas. La reina te aguarda, Elvira. Di que no la encuentras, Zaida. No digas tal. Sí lo diga, que quiero apurar tu infamia. Así lo diré. ¡Ay de mí! ¿qué es lo que mi suerte traza? Desde que tú, bellos ojos... Viendo la reina que estabas aquí, no pude negarlo, y viene ya. ¡Suerte infausta! ¿De cuándo acá la desdicha se muestra conmigo avara? No quiero que a mí me encuentre, acuérdate de mis ansias, ¡Vase y sale don Fernando! ¡Ah, falsa! ¡Ah, cruel! Don Fernando, si reparas en mi desdicha, verás que solo ella es la culpada, porque mi amor... En tu busca venía, para que hablaras de mi parte a este cautivo, Mas pues está aquí, sobrada será ya la diligencia. Pues ¿qué, señora, me mandas? Quisiera... ¡Ay de mí, infelice! Mas ¿para qué se embaraza la voz, en lo que no es culpa, sino violencia que arrastra mi albedrío a un raro efecto, hijo de secreta causa? ¿Cómo en mandarme, señora, tanto tu voz se dilata? ¡Ah, traidor! Pues yo, cautivo, de tu nobleza fiada, si está en tu mano excusarlo, te pido que no te vayas. ¿Qué es esto, penas? Yo juro a la sangre que me esmalta, de obedecerte. Y yo juro de parecer obligada. Cayó el cielo sobre mí. a esta inquietud, no alcanzada, de mi confusión, o llegue el tiempo de averiguarla! ¿Qué me faltaba esta pena? Que este dolor me faltaba, ¡Cielos! Señor don Fernando, tan presto se da palabra a una mora de vivir en su esclavitud? ¡Qué rabia! Mi señora doña Elvira, con tanta priesa se alcanza el cautiverio de un moro? ¡Qué pena! ¡Ah, crüel! ¡Ah, falsa! Yo no. ¡Fatima al paño! Elvira, ¿no vienes? No juzgué que me aguardabas. Sí, Elvira; y tú no te olvides. Mujer, mira que me matas. De lo que me has ofrecido. ¡Que hablar no puedan mis ansias! ¡Que hayan de callar mis penas! ¡Ah, cauteloso! ¡Ah, tirana! Buscaré por donde pueda, puesto que la noche baja, hablar al comendador, si se acerca a la muralla. Aunque ya no sé a qué fin. pues he visto tan trocada la intención de mi deseo, que en acciones encontradas, vine a buscar la firmeza, y topé con la mudanza. Dóblense las centinelas. ¡Buena guardia! ¡Buena guardia! No debemos de estar lejos, pues se oyen las Atalayas, aunque no quiere la noche que veamos la muralla. hacia aquí ha de estar, entiendo. ¡Ay! ¿Qué es eso? Casi nada. ¿Qué es? Sonarme las narices en un lienzo de argamasa. Mas, ¡hola!, ¿dejaste seña a la gente de tu guarda, para si algo nos sucede? ¿Conmigo recelas nada? A la prevención me atengo, Hablemos claro. ¿Qué? ¿Callas? ¿Dejaste seña? ¿Qué seña más que el ruido de las armas? ¡Que nos traiga este bendito en estas buenas andanzas? de ti me admiro, señor, Pues haces mal, que mis Pascuas, mis holguras y paseos, mis festines y mis danzas, son las terribles empresas? las peligrosas hazañas, y es tanto el gusto que tengo de hacer mal a esta canalla, que me parece, y es cierto que por dar dos cuchilladas a un moro, sufriré yo de dos inviernos la escarcha. ¡Lindo rato te darías en la refriega pasada. Si di, a fe de hombre de bien, y tengo por cosa llana que a no tener el caballo cansado de la batalla, fuera, Alcuzcuz, muy posible, primero la confianza en nuestro patrón San Juan Bautista, y la soberana Virgen, a quien estos montes ha tantos años que guardan, según tradición antigua de las reliquias de España. tengo por cosa posible. como dije, ¿qué cenara en Consuegra, con los pocos Hidalgos, que acaudillaba, pero cansóse el caballo, y al ver las puertas cerradas, me hube de quedar sin cena, pero no, Alcuzcuz, sin gana. En eso nos parecemos, Dijo parte señalada tu amo? En el muro dijo... Mucho sentí la desgracia de su prisión, pero tiene condición muy temeraria. En viéndole, se va a Moro, señor, como moro a pasas. Eso también lo hago yo. y ahora de saber me holgara, porque su rescate excusa, cuando yo por él trocara, no solo a Celín, sino al zancarrón, cuya caja con embelecos sustenta el aire, y fuera a sacarla de donde está, y por Fernando a toda Meca quemara, por vida de Gómez Pérez? Pero no hemos hecho nada, si esta noche no le veo, pues sin duda que intentada tiene alguna cosa, puesto que con tal prisa me llama, ¿sabes lo que puede ser? él dio a entender que fue traza el dejarse cautivar por Elvira. Es cosa clara; más pobre de mí, no fuera mejor, si eso le inquietaba, acompañado de mí, ir a Consuegra y sacarla; moliendo a coces a cuantos nuestra intención estorbarán? Claro está que mejor fuera. Los mozos no aciertan nada, pero no tiene remedio, y el hablarle se dilata, demos al muro la vuelta. No te acerques tanto, que haga puntería algún morillo, con alguna partesana, que estos son grandes bellacos, y a cualquiera se la clavan. Mas, para que no me espere, que porque sea de importancia la venida de don Gómez, supuesto que Elvira falta a lo que debe a mi amor, llegar pude a la muralla, para dar ejecución al logro que imaginaba, no sin estorbos, mas tanto la noche el aire embaraza con su obscuridad, que apenas distinguen los ojos nada. Acabemos de dar vuelta, pues que tan poco nos falta. Si volvieran los cocheros, con mi tiento, no velcarán. Sígueme Hametillo. ¡Cielos! como el susto me maltrata de una soñada apariencia, y una fingida amenaza? ¿Dónde me levar senior, que no bodo alzar el patas, del carga de este rodella? Solo de mi confïanza quise fiar mis temores, dando vuelta a la muralla. Apenas el aire soy oye, y es diligencia excusada. de los ojos ver la tierra. ¡Buena guardia, buena guardia! Pero la ronda se acerca a esta parte, y pues que tarda el comendador, sin duda no le halló alcuzcuz o tanta notando la obscuridad, no se resolvió, y si me hallan aquí, sin duda peligro. ¡Ay Elvira! Aunque me matas, por tuya guardo mi vida, sin razón para guardarla. ¿Nadie parece, Alcuzcuz? Segura está la campaña. Pues volvámonos, señor. Ya que he venido, me holgara, que en balde no hubiera sido. Mas allí parece que hablan. Valerme, Mahoma. Allí, han hecho ruido de armas. ¡Calla, perro! Y mucho ruido. Con esto, al menos, mañana sabrá Fernando que estuve en este puesto. ¿Qué trazas? Descalabrar a estos moros. Y si ellos nos descalabran, se habrá cumplido el refrán, de haber venido por lana. Mucha gente estar, sonior. Pues mi valor me acompaña, resuelvo reconocerla. Yo andar avisar el guardia. ¿Quién va allá? ¿Quién lo pregunta? Quien este distrito guarda. Pues ¿quién de guarda y distrito no piensa dársele nada; estás solo? Solo estoy. El perro tiene arrogancia. ¿Eres cristiano? Aunque malo. ¿Y qué buscas aquí? ¡Fama! Hallarásla a mucha costa. Moro, si no te acompañas con otras cuatro docenas, puedes volverte a tu casa, porque tan poco trofeo, no es para tan noble espada. Valiente debes de ser, si peleas, ¿cómo hablas? Perro, si en duda lo pones, aquí está quien desengaña. ¡Vive Cristo, que es el Rey! Pues mientras solo se halla, si te pones a mi lado, te mataré a cuchilladas. ¡Que no tenga yo con quien ejercitar la tarasca! ¡Oigan el diablo del moro! Esta fuerza no es humana. Pero de esta vez concluyo con él. Mahoma me valga, que ya le resisto en vano. ¡Oh, pese a mi poca maña! Esgrimiendo a sus solas. ¡Boto a cristianos de Cristo! Soldados, a dela guarda. Socorred al Rey, amigos. Cargando va la canalla. Ánimo, que aquí estoy yo, mucho este socorro tarda, y harto ruido se hace ya. El rumor de la batalla. nos avisa, castellanos. Pero hacia acá se desgalgan. Aquí están tus caballeros. ¡Santiago! España. Moros. España. Morillo de chimenea, Allá va esta tarascada. Morto estar. Llévete el diablo. Al rastrillo que nos cargan. ¿Y vosotros disparáis? Volved, cobardes. ¡Arma, arma! Ya las puertas han cerrado, vencidos. Adiós las gracias. Adiós primero, señor, y luego a la Toledana. Fernando, pues hoy no pudo ser, yo te veré mañana, y con esto dormiré de la noche lo que falta, contento. Y yo brindaré a la salud de las marcas. Bellas, apacibles, flores. Hermosos, puros, cristales. Si os compadecen mis males. Si os lastiman mis dolores... En vuestro oloroso acento. En vuestra clara armonía. Decid a la pena mía. Informada mi tormento. ¿Sí fue verdad lo que oí? ¿Si es cierto lo que escuché? Mas, ¡ay de mí!, verdad fue. Pero cierto fue, ¡ay de mí!, Pero ¿cómo pudo ser? responded a mis temores, Pero ya me dicís, flores, que siendo Elvira mujer... No, cristal, estoy dudando la causa de mi pasión, porque la mayor razón es ser hombre don Fernando. Mas tan presto se olvidaron ansias que tanto crecieron? Mas voces que aún no se oyeron, tan apriesa se estimaron? ¿A un bárbaro escucha Elvira? a una infiel oye Fernando? ¡De ira muero! ¡Estoy rabiando! ¡Qué furor! ¡Qué saña! ¡Qué ira! ¿Pero tú me oías? Di, ¿Tú me escuchabas? Yo no. Pues ¿con quién tu voz habló? ¿Con quién hablabas así? Celosa pasión, detente. Soseguémonos, furores, ap. yo hablaba con estas flores. y yo con aquella fuente. Bien hiciste, en lance igual, de confiar tu conceto al cristal, porque en efeto es tu propio original. la inconstancia del cristal, nombre de mudanza alcanza, y así, bien con confianza, pudiste mirar en él tus copias cualquiera fiel en belleza y en mudanza. Con semejanzas mayores, solo dellas imitados, pudieron ver mis cuidados tu propia copia en las flores. la que dura dos albores, vence a su naturaleza, y así, no me hace extrañeza. que las comuniques, pues cada una, un retrato es de tu amor y tu firmeza. Clicie fue mi amor, si toca en flor constante y leal. Y si mi amor fue cristal, fue firme cristal de roca. Deshízose a llama poca tu firmeza. Al arrebol falleció de poco sol la tuya. Mi amor fue ciego. Yo, siempre cristal al fuego. Y yo, a la luz Girasol. ¿Quién te oyera, don Fernando, con las pasiones tan promptas, así en culpar mis finezas, como en sentir tus congojas, pensaría, claro está que era tu queja otra cosa, mucho más que fantasía, siendo algo menos que sombra. Tengo culpa yo, Fernando, ya que necio me ocasionas a que hable en esta materia, tengo culpa que la propia belleza, digna o indigna, que tu pasión ocasiona, ocasione otro cuidado? No, porque es acción impropia, y como ajena, no vive en las leyes rigurosas de quien la tiene, pues poco importara que imperiosa, mandara yo a mi hermosura tal cual fuere, mucha o poca, que no consiste en ser lindas, las más veces ser hermosas. Poco importaría, digo, que atenta o vanagloriosa, le mandara no inclinar contra las acciones propias de su imperio, mayormente, cuando de experiencias consta, que el honor, con mandar tanto, a la más escrupulosa no le manda que no incline, sino que no corresponda. Desde aquel otras mil veces, lo repita mi memoria, día infeliz que dejada de mi familia medrosa, y de solo tu criado, mal defendida, fui Europa del fiero Celín, surcando porque no faltasen ondas al robo, el mar de mi llanto, en cuya abundante copia, corrí tormenta, formada de los suspiros que arroja mi dolor, traidor, a livio, que con dos caras blasona de apariencia de remedio, siendo aviso de congoja. que sustos no he padecido, como amante, temerosa de tu posible mudanza, como confiada o loca? que lástimas no me deben tus finezas engañosas? pues por padecer las tuyas, dejaba mis ansias propias, siendo conmigo crüel, por ser contigo piadosa. Pues porque ya que el acaso quiso que no fueran todas desdichas, dando a mis penas de tu presencia la gloria, en mi propio rostro, a vista del amor que te baldona, de la razón que te injuria, y la fe que te desdora; diste a una mora palabra, con amantes ceremonias, de suspender tu rescate. Si fue venganza mañosa de tu falsa presunción, contra mi firmeza toda, yo te disculpo, Fernando, y aun te perdono que abonan imaginadas sospechas, temeridades costosas Mas si quieres que lo crea, si intentas que lo conozca, y que satisfecha quede, de que fue venganza sola, no solo no has de observar la palabra escandalosa a mis amantes oídos, sino procurar, con prompta solicitud, tú rescate. pues si si no me lo otorgas, como sin celos me dejes, todo lo demás no importa. Bien pensaras que me deja satisfecho tu ingeniosa proposición, afectada de palabras engañosas, pero no pensarás bien, que no es una misma cosa, persuadirse mi experiencia, que querer tu ceremonia. Yo, por darte gusto, Elvira, contra mi fineza propia, consentiré lo que mandas, aunque sea tan a costa mi libertad de mi vida, mas será con una sola condición. ¿Cuál es que apriesa se convino tu congoja a dejarme! Mas no es tiempo de quejas. ¿Y con qué prompta resolución tu obediencia, para allanarte, se informa! pero esto es ocioso ya. Bien dices, la voz se ahoga. Claro está que digo bien, fuego es cuanto el labio brota. ¿No prosigues? Ya prosigo. ¡Qué presto! con que zozobra te tiene mi dilación? Volvamos a lo que importa, di la condición que quieres, que todo lo demás sobra. Ya la digo. ¿Ya la acepto? Pues es, pues que me la otorgas, que sepas que he conocido, que de tu vista me arrojas, y tu presencia me niegas, porque la mía te estorba, pero no por lo que finges, pues claro está si lo notas, que quien quiso ser esclavo por verte, no diera ahora motivo para el melindre que inventas, ceremoniosa, ¿Qué aleve fraguas, qué falsa propones; y pues no hay cosa que mi verdad contradiga, cuando todo la pregona, ni hay cómo abonar tu fácil mudanza. La voz perdona, que como hablo en tu delito, presumo que hablo con otra, como no hay que a mí me culpe nada ni a ti te socorra; yo, Elvira, te daré el gusto de mi ausencia, con tan prompta obediencia, que al instante que tenga mi fuga forma, o mi libertad, daré al olvido tu memoria, aunque se ofenda el amor, y aunque el afecto se corra. Y pues solo, para ver ¿cómo podrá ser, sin costa, mayor que la que ahora siente mi amor, de tu fe traidora, falta que vuelva Alcuzcuz. para saber dél si otorga el comendador mi canje por el moro. Desahoga el cuidado, que no es mucho el plazo de pocas horas, que al propio punto que llegue la carta, tomarán postas, tu deseo y mi desdicha. Pues ya es tiempo de que corran, porque aquí la carta traigo. ¡Ay de mí! Don Félix. el dolor me aoga. ¿De qué os habéis suspendido, pues sin proballo ni vello, tenéis las caras de aquello, que es más agrio, más torcido? Ya estarás contento, a ingrato. Tú lo estarás, alevosa, falsa, aleve, cautelosa, cruel! Yo no me rescato. Yo sí, del más duro Argel que inventaron las traiciones, huyendo las confusiones de tu Babilonia infiel. Lo que no puede mi voz, digan mis ojos severos... Mira qué hace el sol pucheros, de barrito de Extremoz. ¡Ay que llora y con donaire! vea llorar tu desvío al alba una vez sin frío, pues no puede ser sin aire, mira aquel golfo de perlas. Son falsas. Común delito, ¡Oh, quién fuera pajarito para volar y cogerlas! mira... Majadero aparta, la vida siento acabar. Pues si no quieres mirar, venga el porte de la carta. ¿Qué carta? ¿Te has olvidado? Sí. Y aun segan adoleces de ese achaque, te pareces a un hombre desmemoriado, que habiendo un día engullido la del ama y su porción, le preguntó el comilón, ama, sabe si he comido? ¿Y de quién la carta es? Hombre, ¿pretendes matarme? del comendador? ¡Ay cielos! Don Fe. del comendador? No caes, pues no eres tan virtuoso. eso. Penas, acabadme. Merecemos los dos por venir anoche, hecho un Marte, él y yo una marta, a verte venciendo dificultades, que las callo, por saber que estos señores las saben. ¿Y a qué venisteis? A ser él un orate y yo un frate. ¿Qué dice, en fin? Aquí dentro viene, sin que nada falte, lo que dice. Ya llegó el plazo de mis pesares. Di el de mi muerte, Fernando. Diré mal, porque no es fácil, que muera una ingrata, Elvira, de lo que muere un amante. ¿Yo ingrata? Tu fementida. Miente el cielo y miente el aire, los tornasoles que fingen sus recamados celajes, mienten las luces del día, y miente el pardo turbante, de la nube que le impide, a la luz las claridades, ¡Miente! ¡Cuánto hay en el mundo! y solo no miente el ángel. Es verdad que todo miente, pero no tu fe inconstante. pero no tu ley, traidora, que solo para matarme, sabe hacer tu tiranía las apariencias verdades. Eres injusto. Tu aleve. Eres traidor. Tú mudable. Eres... Eres... Luz hermosa, que entre sombras persuades a mi ignorancia, no huyas, permíteme que te alcance. La reina es esta, y no quiero que me vea. ¿Estás cobarde a su soberano imperio? o finges, por consolarme, desvíos en su hermosura? Cansadas son, a dos haces, las mujeres que aborrecen, pero las que quieren hacen mártires a los que quieren, a poder de disparates; ¿qué haremos que hacia acá viene? ¿Qué hemos de hacer? Tú ir a darle esa respuesta a Celín, y a prevenir mi viaje, porque Elvira esté contenta. Sí, Alcuzcuz, no lo dilates, porque esté alegre tu amo. ¡Qué bien finges! ¡Qué bien haces en echarme a mí la culpa! ¡Oh, qué lindo par de orates! Dejad disparates, pues sabéis que son disparates, y cada uno, allá consigo, lo que se debe se pague. Y si son celos, según manifiestan las señales, tú cree que no hay mujer en todos los doce pares como mi señora y tú, a creer te persuade, que como mi amo no hay hombre, desde el Nilo hasta el Eufrates, Tú, mira lo que le debes de peligros y de azares. Yo, no puedo negar eso. Y tú, repara en el grande desatino de venirse a ser, solo por hablarte, esclavo. Yo, ya lo veo. Pues los escrúpulos pasen allá entre buenos cristianos, mas no entre buenos amantes. Ea, fulleros de amor, que pues está puesto el naipe, y os adivináis los juegos, no hay para qué barajarle. Yo, por mí, Alcuzcuz. Envido. Yo, por mí. Quiero, y mi parte. iguales estaís de punto, y su puesto que no vale mano, y que yo, entre los dos, tercio como un jerifalte, brujuleando esta carta, voy haber lo que me vale. Aguarda, aurora divina, ¿Habéis visto? ¿Reparasteis en un sol? Mas no era sol, un cielo, cuyos brillantes astros? Pero no era cielo. ¿Visteis acaso? ¿Notasteis? Pero, ¡ay de mí!, que he perdido de sus luces el alcance. decidme, si a todo el cielo habéis visto en el engarce de un sol, cuyos resplandores a diluvios celestiales de luceros, encendía la confusa tez del aire! ¿visteis? ¡Visteis! ¡Ay de mí! Señora, por aquí nadie ha pasado. A nadie he visto. Dejadme, amigos, buscarle. Sosiega, señora, y dinos el motivo de que nacen tu asombro y tu confusión. Bien has hecho de llamarle confusión y asombro, pues según los efectos hace en mi corazón, son esos sus nombres más semejantes. ¿Viste? Sí. ¿Oíste? También. ¿Qué? Porque podáis guiarme a lo que ignoro y deseo, si acaso estáis más capaces de la luz que a mí me falta, que ya empiezo a confesarme ciega, porque la advertencia halle ocasión de alumbrarme, diré lo que vi y oí. Prosigue, pues. Escuchadme. Fabricaron el trono de la noche sus obscuros parciales, cubriendo el surco del dorado coche macilentas señales, con que el aire porfía a explicar las efimeras del día. reinaba el perezoso sueño, manso, en las libres provincias del descanso, sin ejecptar personas, igualando cayados y coronas, que también desta suerte es el sueño retrato de la muerte, cuando a su imperio frío, el uso se rindió de mi albedrío, quedando en una calma, donde se ve la vida por el alma. Dormida, pues, apenas, opresa en las blandísimas cadenas de un olvido suave, que acuerda mucho más de lo que sabe, pues sin voz ni elocuencia, es ruido una vez y otra advertencia, estaba, ¡ay cielos!, cuando debió de ser soñando? claro está que sería pues dije que dormía, mas según escuchaba, según oía, y aun según notaba, tengo por cosa cierta. que en lucha de dormida y de despierta estaba suspendida, ni del todo despierta ni dormida, pues entre confusiones y entre enojos, sostituto mi asombro de mis ojos, lo que ellos no pudieran, porque cegaran todo lo que vieran, vio mi asombro, advertido que capaz de sentido, en centinela mía, durmiendo todo, él solo no dormía. Pareciome que el cielo se rasgaba, mas deste modo digo que soñaba. Vi que el cielo se abría. ahora dije bien, pues lo veía, porque en aquel estado tiene fuerza de visto lo ideado. Divididas las hojas finalmente, de ese libro luciente, a quien con formas bellas de caracteres sirven las estrellas, rota la celosía, por donde a ver el mar se asoma el día, no sé si les quedaron, según los rayos que de sí arrojaron, a las estrellas bellas luces para volver a ser estrellas. porque la noche, en su mayor porfía, cuanto en los resplandores se encendía, tanto se desmayaba, y en diluvios de luz es se anegaba. Ardía el aire en un divino fuego; pero discurso ciego, ¿cómo necio pretendes explicar el enigma que no entiendes? Abierto, en fin, del cielo el claro seno, a un frondoso, copado árbol, ameno, su resplandor prestaba, o por mejor decir, el árbol daba al cielo resplandores, ni menos encendidos ni menores; Pero, ¿qué mucho, si su copa hermosa coronaba una rosa, de colores tan finas, que aunque no la guardaban las espinas, de la vista al conceto, la retiraba un celestial respeto, que al paso que piadoso la enseñaba, atento y reverente la ocultaba. Dije que era una rosa, la que el árbol copaba generosa, y a quien le daba el cielo más luces que escondió la noche al suelo; pero no dije mucho, pues según la advertencia con que lucho, era palma eminente, una coluna era, era una fuente, una puerta de luz, una alba bella, una luciente estrella, una mujer hermosa, o todo junto, porque la vi rosa, palma, estrella luciente, alba, coluna, puerta, mujer, fuente. Cifrado en su semblante todo el cielo la gozaba mi vista o mi desvelo. que era mucha conquista ser objecto su gloria de mi vista; a tiempo que trocado mi descuido en cuidado, mi confusión en gloria, mi temor en vitoria, y, en suma, reducidos a forma de capaces mis sentidos, vi que me acariciaba, oí que me llamaba, que aunque en la parte donde estaba había con quien hablar pudiera, según me parecía, conmigo hablaba y conmigo era la voz de sus consejos. debió de ser, porque me vio más lejos, que es uso generoso en las deidades, sobre vencer, vencer dificultades, Herido de su acento, mi corazón sediento. las encogidas a las aprestaba, para volar adonde le llamaba, cuando, en menos distancia, cuando en más consonancia de armonía divina, cuando al verme a las luces tan vecina, que casi las tocaba, y casi en sus centellas me abrasaba; mariposa dichosa, ya que no enamorada mariposa, noté, ¡ay de mí!, que el robre feliz albergue, aunque palacio pobre de la deidad que veo, para dificultarla a mi deseo; sobre la basa de un cristal estaba, líquido pedrestal que fabricaba, para desvelo mío, el remanso clarísimo de un río, y no sin advertencia, sino con sabia, docta, providencia, pues al ver que en el fuego que tenía, encenderse podía, porque no se abrasara, o porque se templara el incendio en que ardía, de travieso cristal le guarnecía, para que le sirviera su despejo, una vez de reparo, otra de espejo Un cerco y otro, cuidadosa, hice al río, que mi intento contradice, sin atrever la planta, a la corriente que mi vida espanta. viendo desde la orilla esta confusa, extraña maravilla, hasta que al verme ya desahuciada de llegar a la dicha deseada, a la ilusión hermosa, que tierna me llamaba y cuidadosa, la dije: «Si me llamas, divina salamandra de esas llamas, porque me impide el paso, deste río el acaso? Porque no puedes (respondió, admirable, ponderada y afable, llegar a mi hermosura, sin que te purifique la agua pura, desta aparente fragua, búscame si me buscas, en el agua dijo, y apenas su postrer acento fue cometa del viento, línea de luz que pasa con violencia, cuando perdí su celestial presencia. y cuando ya cobrada de la opresión pasada, del pasado desvelo, cobré los ojos y perdí el consuelo. Dejé el lecho, impaciente, porque el alma, doliente, resistir no podía la falta que sentía de su pasada gloria, aunque más la alentaba la memoria; y viendo, de su voz aconsejada, que en el agua he de hallar la idolatrada causa de mi alegría, juntos salimos mi pasión, y el día a este jardín hermoso, él a ensayarle albores, cuidadoso, y yo, más diligente, a no dejar arroyo, estanque, fuente, a quien no registrase los cristales, creciendo con mis ojos sus raudales; Mas, ¡ay!, que aquel divino, afable, empleo, cuanto le busco más, menos le veo, sin saber ni qué sea, ni que quiera advertir tan rara idea. Y pues no se da caso, en que suceda tanto asombro acaso, porque soñar mi esposo desventuras, y sonar yo venturas, tener él fantasías temerosas, yo apariencias gloriosas, amenazarle a él y a mí alentarme, feliz a mí llamarme. una mujer divina, y otra advertirle a él de su ruina; ser para él odiosos los cristianos, y parecerme a mí todos humanos, el mal tratarlos, yo compadecerlos, aborrecerlos él, yo defenderlos, severidad con él, piedad conmigo, señales son de premio y de castigo. Pero cuando esto sea, hasta que yo no vea despierta, cielos, la que vi dormida, triste, absorta, confusa y afligida, en penosa contienda, el alma mantendré, o hasta que entienda como a la que mi dicha, amante, fragua, buscaré por el agua? porque entonces, constante, peregrina de Clima más distante, todo cuanto rodea, el fénix que en el aire se pasea, Ave de luz, que expira a un parasismo, naciendo cada aurora de sí mismo. Atenta y reverente, fiel registraré. Mas si consiente ¡Oh, cristianos! Mi anhelo, alguna explicación, a vuestro celo apela mi ignorancia, no ajena me dejéis de su importancia; advertid que mi pecho es un retrete estrecho para duda tan grave, aunque quiere decir lo que no sabe. Decidme, ¿quién sería esta deidad que un árbol producía, y qué enigma tendrá haberme mandado, que en el agua la busque mi cuidado; oblígueos mi deseo, empeñeos la ventura de mi empleo, halle yo por vosotros mi alegría, venced la duda mía, enseñadme a buscarla aurora cierta. que halle dormida y que perdí despierta. de esterrad de mis ojos los confusos enojos con que quede sin ella, y notad que por vella dará el afecto mío toda la libertad de mi albedrío. ¿Qué es esto? Pues ¿cómo mudos viendo a lo que os persuade, mi ruego, a mi ruego estáis? ¿Cómo ventura tan grande, no a una instancia solamente debe, señora, explicarse. Como para explicación de ventura tan notable, no basta un ruego. ¿Por qué? Porque si has de hacer examen del prodigio que te admira, según yo llego a alcanzarle, tu propio deseo es ¿quién ha de facilitarte su inteligencia y su logro, porque es de tan admirable naturaleza, que solo se logra con desearse. A cada dificultad, de nuevo vuelvo a empeñarme, Pues ¿qué os suspende? Un temor de qué crédito te falte en la fe que ignoras, siendo ella lo más importante, para la dicha que quiere alumbrar tus ceguedades. ¿Qué es fe? Ver con los oídos porque en casos semejantes, los oídos solamente son ojos de las verdades. Quien la solicita, como puede a la verdad negarse? honrarlos quiero, porque ap... piadosos me desengañen, que muero al confuso abismo de tantas dificultades. Pues si quieres... Pues si intentas... Porque antes de declararse vuestras voces, reconozcan cuán sin peligro lo hacen, supuesto que de la vuestras penden mis seguridades, del indicio solamente que me ofrecéis liberales, recompensa sea otro indicio, y este será el amigable nudo de mis brazos. Ea, Llegad los dos, abrazadme. ¡Señora! No soy, señora, vuestra amiga soy. Pagadme este cariño, que en estos. lazos, dichosa renace mi vida a la mayor suerte. ¿Qué es esto que veis, pesares? los brazos; ¡válgame alá! dio? Pero callemos, males, que miente la vista aleve, pero si llegué a escucharle, miente también el oído, que las piadosas señales de su agrado, no son culpas. No discurráis, ceguedades, que es cielo fátima, y nunca culpas en el cielo caben. Ahora, si es que mis favores pueden dar seguridades, rendida. ¡Válgame el cielo, que sabiendo yo que sale a desengañar su acento mis errores pertinaces, mande el temor que no tenga, aliento para escucharle! Rendida, cristiano noble, te ruego. Acabadme, males. ¡Qué piedad tengas de mí! Ya que hayan de despreciarte delitos que solamente de serlo tienen semblante, no oyéndolos sea, que es muy poco seguro el lance, en quien, para no creerle, solo se pone a escucharse. Creyendo que aquí su Alteza estuviese, para darle una noticia, señora, ¡Ay Elvira! De mis males ap. templó este acaso la fuerza, respiremos, pues pesares, y hay del discurso que tiene por dicha que le embaracen. mucho, Fatima, me debes, quiera el amor que me pagues. Callad hasta otra ocasión. Forzoso será. Pero antes... me decid, si fue ventura lo que soñé? Y la más grande Aquí está la reina. Rosa, y el Rey también. Perdonadme atenciones palaciegas, que he visto a Alcucuz, y hablarle no puedo. La seña sirva. ¡Hay tal priesa de rascarse! es seña o sarampión! mas responder quiero. Ya me ap. ha entendido, y me responde, bien haya idioma tan fácil. gran casamiento sería, este hombre si renegase. ¡Qué dice el comendador! Que aceta, señor, el canje, añadiendo que no solo admite por mi rescate el de don Fernando, pero no creyéndome bastante recompensa a su valor, se ofrece por él a darte todos sus esclavos. Penas, ap. pues sois tantas, acabadme! Echó la fortuna el resto. Sucedió el temido lance. Mi esperanza sin él muere. ¿Qué haré entre dudas tan graves? Y luego dice que hoy te prevenga de su parte, que con orden de su rey tiene un negocio en que hablarte gozando el salvoconduto que se estila en estos lances. Lo que a ninguno se niega, ¿cómo ha de poder negarse, a un hombre como don Gómez? disimulemos, pesares, ap. tardará el comendador, cristiano? Mas perdonadme, señora, que divertido en cosas tan importantes, no había visto vuestro sol. Aunque pudiera quejarme de la novedad, estoy tan gustosa, que me hace menos falta que otras veces la dicha. Veros afable, y contenta, estimo mucho. ¿qué más ha de declarse? pero barajarlo importa, si tengo de reportarme, antes que mande el dolor, que la prudencia se canse ¿No respondes, Alcuzcuz? ¿Qué, señor, me preguntaste, porque estaba divertido? ¿Divertido? en cosas grandes. Pues ¿tú te diviertes? Tengo de discreto mil señales. ¿Y en qué pensabas? Sí, hogaño, promeren los almanaques buena sementera. Y esa ¿Qué importa? Determinarme, porque tengo que sembrar unos pocos de turbantes. ¿Y qué nacerá? ¡Pimientos! Olvida los disparates, y dime si tardará ¿Don Gómez? En los reales, le deje puesto a caballo, y es imposible que tarde. ¿Y sabes a lo que viene? Digo yo que vendrá a hablarte. ¿Sobre qué? Sobre una cosa. ¿Qué cosa? Eso él se lo sabe. ¡Y qué cristianos anoche! puesto que entre ellos te hallaste, del campo faltaron? Muchos Gazules y bencerrajes. Y dime, ¿quién fueron dos pues tú, sin duda, lo sabes, que a las puertas de Consuegra se acercaron arrogantes? Esto habla conmigo, si era dos, sabarlo es cosa fácil, y si fueran tres mejor. ¿Por qué? Porque siempre salen dos a dos y tres a tres sarracinos y aliatares. ¿Qué es eso? Que de entre muchos cristianos, haciendo alarde de su brío solicita, un anciano venerable licencia tuya, con nombre de embajador... mis pesares. a ser menos, divirtiera con la presencia loable del comendador. Mas ¿cómo ¡ay de mí! ¿Podrá olvidarme nada de penas tan muchas de sentimientos tan grandes? ¿Qué tengo de responder? Sin razón es dilatarle, senor, a tal caballero la licencia. No me mates, ap. mujer que tu inclinación despierta mis ceguedade! Señor, don Gómez no está hecho a que le dilaten las respuestas cuando espera. ¿Y quién, bárbaro, ignorante, te mete a ti en eso? ¿Quién te da al ento de que hables? ¿Sabes que soy? ¡Ay de mí! Pues porque te destemplaste, señor, ¿con quién no te ofende? Solo que tú le amparases le faltaba a mi furor, para que se me templase. ¿Qué es esto, Fernando? Yo, ¿cómo quieres que lo alcance? Ya tu ausencia es más forzosa. En vano me persuades. ¿Y este rigor? No le temo. ¿Cómo? Porque no te cases, como este nuevo suceso, me ha mudado ya el dictamen. ¿Y tu riesgo? Que perdone. ¿Y mi temor? Olvidarle. ¿Tu palabra? Así la cumplo. ¿Y tu amor? ¿Es esto antes? ¿Y mi ruego? Ya es delito. Y todo eso, ¿de qué nace? Elvira, aunque te idolatro, no será bien enojarte, cuando de mí escuches. ¿Qué? ¿Me das licencia de que hable? Sí. Pues de nada te admires, si en materias importantes, adonde Dios se atraviesa, vieres que desprecio, fácil, otra pasión, advirtiendo que los hombres de mi sangre, aunque sean amantes, son antes cristianos que amantes. Ni tampoco extrañas tú, que al ver que te persuade esa obligación, a mí, la misma pueda llamarme también a cumplirla, pues fuerza es que hayan de igualarse, Don Fernando los efectos, siendo las causas iguales. Dile que entre, de mi mal ap. haré, advertido, el examen, y de mi furor haré después, vengativo, alarde. ¡Que ni a mirar vuelva Elvira! Rey Audalí, Dios te guarde. ¡Bien vengas, cristiano noble! Perdóname, preguntarte si está contigo la reina, que entre dos defectos, antes que incurra en el de grosero, me sujeto al de ignorante? La reina, comendador, es aquella. Perdonadme, señora, que aunque pudiera de vuestro sol informarse mi advertencia, al reparar en que era fuerza cegarme su resplandor, porque el riesgo mi atención no embarazase, quitando el susto a los ojos, fié al oído el examen. Ni vuestra atención me admira, ni menos debe admirarme vuestra discreción, que siendo vuestras, consigo se traen, sobre el mérito de cuerdas, la satisfación de iguales. A más decente lugar, Ven, Don Gómez, porque hables lo que tuvieres que hablar. Aunque es para mí estimable, tu reparo cuidadoso debo, señor, excusarle, por dos causas: la primera, porque no son los lugares privilegiados por sí, sino por el que los hace, y la segunda, por ser el caso, aunque sea importante, sobre que hablarte pretendo de inteligencia tan fácil, que poquísimas palabras bastarán para explicarle. Habla, pues te agrada aquí. Deja, que primero abrace a Fernando, que aunque ha poco que no le veo, me hace soledad su compañía; y es deuda sobre su sangre, a su valor tan debida, cuando mi afecto faltase, que quedará mi razón quejosa de no estimarle. Esta ocasión lograré, porque a mis adversidades infundas valor, es justo, que de tus brazos me ampare. Aunque haya sido el intento al comendador de aceptar este mensaje, tratar de mi libertad, te suplico que no trates, porque hay causa que lo impide. Pues ¿qué causa? La más grande. ¿No te entiendo, vive Dios? No puedo ahora explicarme. ¿Qué te obliga? mucho empeño. de amor? Tiene más quilates. ¿Es de honra? Sí, aunque no mía. Pues ¿de quién, sin que me engañes? ¡Honra de Dios! de Dios? ¿Qué? Que es honra de Dios. No pases de ahí, que si en parte alguna, el que tú no te rescates de Dios importa al honor, vive entre cautividades, y muere también, porque aunque pudiera importarle tú rescate a mi cariño, la honra de Dios es antes. Ya me tienes con deseo de oírte. Porque no aguardes, seré sucinto, cumpliendo tu deseo y mi mensaje. Alfonso el sexto, con cuyas Glorias no quiero cansarte, porque no pudiera ser breve si las comenzase. Después de haber conquistado, siempre católico Marte, de las dos Castillas, Nueva, y vieja, la mayor parte. y después de haber rendido a Toledo, haciendo alarde de su clemencia, me envía a ti, para amonestarte, que a su discreción te rindas, mira si es materia fácil de resolver, advirtiendo porque en responder no gastes mucho tiempo que te pide lo que pudiera quitarte. ¡Breve y compendioso! Ala, ¿cómo sufres mis ultrajes? ¿Vienes a otra cosa? No, que aunque pudiera al rescate de don Fernando, no quiero, que juzgue algún ignorante que cuando mi rey me envía a negocios importantes, que a él le tocan, me divierto en los que pueden tocarme; Trátese esto ahora, que esotro, tiempo habrá para tratarse. Volvió a vivir mi esperanza. Suspendiéronse mis males. Obró cuerdo y advertido. Reventando estoy volcanes. Mirad, señor... ¡Otra pena! Lo que respondéis. Dirasle, ap. embajador, a tu rey, que por si me destemplare, no quiero que sea don Gómez con quien mis enojos hablen. Dirasle que antes que vea a su valor arrogante mi altiva cerviz rendida, del Argodol, los cristales, verá líquidos rubíes de la mía y de su sangre. Que primero perderán las víboras de ese valle el mortal veneno, con que inficionan lo que pacen. ¿Y qué sufrirán primero que sobre sus frentes anden las plantas que en su coturno pisan la yerba cobardes. Y que todo, finalmente, lo imposible, verá antes que ver rendido a Audalí mientras no le desamparen deste corazón los bríos, y los filos de este alfanje. No sé, Moro, si lo aciertas? Con esta respuesta parte. Mira... Nunca los valientes deben, don Gómez, a nadie que ahora contigo hablo, decirle que sea cobarde. porque sé que eres valiente, te estimo. Pues si lo sabes, ¿Qué extrañas de mi respuesta? No extrañara que fïases tanto de ti, si ignoraras que tiene vasallos tales mi rey, que uno dellos solo, cuando no atemorizarte, pudiera darte cuidado en tus propios baluartes. ¿Uno solo? Pues no entro ¿Yo en la cuenta? No te canses. (no darme por entendido, ap. quiero del pasado lance) que ni ruegos ni razones, ni peligros, persuaden a quien mi espíritu tiene; y porque no se haga tarde, Vuélvete a tu Rey y dile. Antes de acabar, repare tu voz en lo que pronuncia. En vano me persuades. Esto es para que no puedas después quejarte de nadie. Ya estoy resuelto. Prosigue. que si quiere… No te pares. sabiendo que la defiendo a Consuegra que la gane. Direlo del propio modo, y verás cómo lo hace. Así, llévate a Celín, mientras se ajusta su canje, pues tu prisionero es. No quiero yo que te falte un general tan valiente, para peligro tan grande, yo te le doy y le absuelvo del quebrantado homenaje. Gloria eres de tu nación. Será culpa, pues me haces tanta amenaza que cuide ¿Yo de mis seguridades? No porcierto. Pues al punro todos los cristianos bajen a sus obscuras mázmoras. sin exceptuar a nadie. ¿Qué aguardáis? ¡Ira de Cristo! Harto me cuesta templarme. Aquí tienes nuestras vidas. Guardolas para otro lance, en que más posible sea enmendar este desaire. Venid, señora. Ya os sigo. Furias vierte su semblante. soñado bien, pues lo intento, enséñame tú a buscarte. ¿Qué esperas? No pierdo tiempo, que todo el que aquí gastare en oírte, no se pierde, pues me enseña a volver antes. ¡Ay Elvira! Tu dolor, ap. aunque mi afecto maltrates, ha de enmendar mi fineza, que si en fin llego a librarte, podrá ser que agradecida premies mi piedad amante. Ven, Celín. Soy tu esclavo. Dios te guarde. cristianos, a las mazmorras. Fernando, pues tú gustaste de ser esclavo, paciencia; y vos... Pero perdonadme, que me enternezco de veros, aunque si eres importante, para lo que me dijiste, sufre las adversidades, que nunca Dios falta a quien por Dios quiere a sí faltarse. En esa fe estoy sin susto. A las mazmorras. ¡Tómates! a linda holgura convidan. Amigos, nadie desmaye, que a no ser tan necesaria mi ausencia, a vuestro rescate, me quedara aquí a en enseñaros a sufrir, por Dios, ultrajes. pues por Dios quedo a sufrirlos. Dichoso tú, si lo haces. Aunque Elvira... Ese dolor que puedes sacrificarle, te encargo que le aproveches. Fuera de que a mí no hay trance que me turbe. Tu constancia es muy hija de tu sangre; Mas ¿no me diréis? La reina. Presto, pese a mí, que salen a caza nuestra los galgos. A encerrar. Porque arriesgarse puede lo que ya entendí, no es bien que juntos os hallen; dividios, y adiós. el cielo te guie. Dios os ampare. Perdona, amor. Temor, sufre. Que en afectos desiguales... .que en desiguales peligros... por Dios, no quiero acordarme de mí. No quiero, por Dios. de mi pasión acordarme. pues perdone todo el mundo, que si pudiera escaparme, no parara aquí, aunque fuera la reina mi propio padre. Fiada una vez de ti, nada te intento ocultar. Bien te puedes declarar. Pues óyeme, Zaida. Di. Soñé, como dije, aquel asombro que ignoro y quiero, con gusto tan lisonjero, que no viviera sin él. Ambiciosa en mi dolencia, de mejorar intenté remedio al afán, y hallé al enigma inteligencia. Pero no la que bastó acaso tan prodigioso, porque el rigor de mi esposo mi ventura embarazó. Desde aquel día, cruel, a los cristianos maltrata, y en cada uno, me trata del mismo modo que a él. Yo, en fin, del primer deseo movida para acabar de entenderle, a examinar vengo mi dichoso empleo. Y en este alcázar de nieblas, cuyo pavoroso espacio es de la noche palacio, y solio de las tinieblas. En estas mazmorras duras, donde, de cuantos las pisan, solo las quejas avisan, de que no son sepulturas. Aquí, pues, donde el rigor tiene su trono imperioso, con denuedo afectuoso, me trae causa superior. Porque aquí está la prisión de Elvira y Fernando, fiera, a quien debió la primera advertencia mi razón. Sí, señora, así es verdad, y aquí a Alcuzcuz por mal trato, zampuzado en un canasto le tiene su majestad. Dime, ¿cuál de estas es, pues, la cárcel de don Fernando? Solo con oír, escuchando, te podré decir cuál es. ¿Por qué? Porque a mis orejas llegarán muy fácilmente sus quejas. Del que es valiente, no dan aviso las quejas. Oigamos que aquí sonó gente. Y también la hay aquí, ¡Ay, infelice de mí! ¡Mal haya quien me parió! Alcuzcuz es que te cuadre que aquí le llore, te pido. Pues, ¿en qué le has conocido? En lo que ha honrado a su madre. Aquí hay más, aunque no siento hablar. Ahí está Fernando. Pues, ¿por qué? Porque callando habla siempre el sufrimiento. ¿Y ése es primo? a mí ver, en una suerte inferior, lo que acredita el valor, es sufrir y padecer. Toma esta llave, y las tristes prisiones abre. Repara, en que del Rey, mi señor, puede la desconfïanza, si te echa menos, traerle, sabiendo cuánto te agrada visitar a los cristianos donde nos encuentre; y basta sobre su rigor, cualquiera culpa, para que olvidada su atención, de su cariño, pueda mandamos a entrambas echar a ese valle donde a las delincuentes mandan echar, o a las infelices a que las víboras pardas que le habitan, hagan pasto de su culpa o su desgracia. Y si vamos allá juntas, como ya están enseñadas a carne humana, las propias que hicieren de ti vianda, también de mí harán banquete, que aunque hay muchas encrespadas, para hacerme a mi merce habrá muchísimas llanas, y hambrientas que como piquen, no repararán en galas. Verdad es que de su enojo temo el rigor, mas es tanta la pasión de mi deseo; que en ningún temor repara. Señora, por el profeta que nos manda beber agua, y de tocino nos priva, que imagines enroscada de víboras tu hermosura, desde el copete a la planta, porque las hay así, así, y cuando por ti no lo hagas, Hazlo por mí, ¿qué me quieres mucho, y me has criado en casa, y has de ponerme en estado; y en fin, soy niña y muchacha. ¿Y qué dirán mis afectos si por tu temor dejara de asegurarlos? Dirán que hoy te vayas, y mañana vuelvas sola, que es mejor que no mal acompañada. Abre ya. Mira por ti, en salvación de mi alma. que por mí lo hago, que a ella más que el diablo la llevara. Abre o abrise. Mas, ¡cielos!, que tempestad impensada es esta, en silencio donde no tiene dominio nada, más que el silencio? ¡Ay, señor, señora, ¿por dónde andas? ¿Quién nos ha muerto la luz? ¡Qué confusión tan extraña! el corazón se estremece, y el Espíritu desmaya. ¿Quién me agaira? ¿Quién me coje? ¡Zaida! Solía ser zaida, mas ya no sé lo que soy. Guía, y engamos de tanta oscuridad. Y a mí, ¿quién ha de guiarme ya escapa. ¡Oh, quién fuera ahora poeta, para después desta entrada hallar salida a este paso! Mas esta es la puerta, anda. Vamos, que el pasmo me yela. ¿Cómo, Fatima, desmayas? y cómo, cuando me buscas, ningún temor te contrasta? de tu enemigo común te rindes a la amenaza? mi favor, Fatima, ofendes, tu antigua piedad agravias, Zaida, ¿qué armonía es esta, que los oídos regala? Yo solo truenos escucho. huyamos, señora. Aguarda, que una voz, tan conocida de mi afecto, cuanto extraña reprehendiendo mis temores, mis venturas afianza, ¿No ves cubierto de luces? cuanto las sombras tiranas hurtar quisieron al día? Yo, señora, no veo nada. ¡Fatima! ¿No oyes? Tampoco. Voz divina, ¿qué me llamas? ¿Cúva eres? de quien te busca. Pues permite, antes que salga el corazón por los labios a manifestar mis ansias, que te vea. Cuando cumplas lo que mi piedad te encarga, me verás en el retrato de mi mayor semejanza; búscame si hallar me quieres, ¿Adónde, Voz? en el agua. Antes el agua presumo que mi ventura embaraza, porque ocupados mis ojos con el llanto que derraman, cuando el placer le destila, la reverencia le cuaja, y pues no es esta sin duda, el agua que me señalas, Divina sombra de luces, y de glorias fabricada, explícame que agua es? La del Bautismo, que en paga de la piedad fervorosa, y de la clemencia rara que con los cristianos tienes, mi precioso hijo manda, que este auxilio te encamine, para que dichosa salgas de la esclavitud eterna, a que tu error te llevaba. Haz por ti lo que te ordeno, y luego constante aguarda el favor cierto, que yo te ofrecí entre sombras vanas. ¡Aguarda, Luz! Pues ahora que volvió la luz, te falta a ti? Vesla allí, señora, del mismo modo que estaba. Sí, pero aquel resplandor divino que me alumbraba, ¿Qué se hizo? ¿Qué resplandor? ¿Luego tú no viste nada? No vi nada, pero oí hablar. Y di, ¿quién hablaba? tú y tú. Luego sola yo logré la ventura extraña de aquel prodigio? Es sin duda, pues porque en pagarle tarda mi agradecido deseo? Abre esas prisiones, Zaida, y logre mi posesión lo que anhela mi esperanza. Yo no me atrevo. Yo sí. A de las obscuras salas del horror y la desdicha; a cristianos. ¿Quién me llama? ¿Quién me llama? ¿Quién me aguera? ¡Qué veo! ¡Que ven mis ansias! ¡Elvira! Fernando mío. Alcuzcuz. ¡Mora de natas! ¡Señora! Amigos. Pues ¿cómo al riesgo que te amenaza las dificultades vences? Como al rigor que te aguarda las prevenciones no estorbas? Como nada a vencer basta mi fervor. ¿De qué? De ser... Declárate más. cristiana. ¡Qué dicha! y así en vosotros... ¡Qué gozo! Confía el alma para su mayor ventura. ¿Y a quién, dime, declarada aquella visión, debiste? su inteligencia? A la extraña novedad de otro portento, y pues solamente falta para mi dicha el Bautismo. Acosta debida y alma. libraré a Elvira esta noche, pues poco importa que ingrata, corresponda a mi cuidado. Como de su cuarto falta. la reina, y de mis recelos crecen las señas tiranas, a examinar mis pesares, vengo, pero alá me valga. Llegaré a la cárcel triste; pero esperemos desgracias, que la reina... Aquí la reina. espacio, infelices ansias, que ya sin grave delito ¿no pudo ser? ¿Qué llegara donde la veo... Mas ¿cómo puede ser ha confianza, que neciamente presumes hacer menor mi desgracia! que importa que yo te tenga, si sabes tú qué me faltas? que hay culpa, ya lo conozco, aunque mal averiguada, la calidad de la culpa hace injusta la venganza. castigo pide la ofensa, y el amor pide templanza; cumplamos con todo, pues dándole esta tolerancia de averiguar la desdicha, al cariño, que lo manda, y después dando el castigo a la ofensa que le aguarda, si hay forma de que se cumpla con dos pasiones contrarias, sin violentar a ninguna, sabré cumplir con entrambas. En fin, que si no reniego, no hay forma, señora Zaira, de salir de aquí? No, amigo, Alcuz. Y pregunto si jurara... mucho no bastara? No, Alcuz. Pues lo primero es el alma, señor... ¿Qué me quieres, necio? Un negocio de importancia. Déjame ahora. No puedo, que me importa. Pues acaba, de rodillas. ¿A qué te pones así? A pedirte, por las llagas de Jesucristo, que me eches tu bendición, porque vaya contento. ¿Adónde, Alcuzcuz? A renegar, Zay. Ya se casa, ap. Bárbaro, ¡viven los cielos!, que a no presumir que hablaba tus disparates? Mamola, ap. Villano, indigno de cuanta Gracia debes a tu Dios, como tu vil inconstancia tal pronuncia, tal propone, sin que la voz que declara tan torpe acento no sea cuchillo de tu gargantab. ¿Qué escucho? ¿Qué oigo? tú tienes, osadía tan villana? Ya esto a mudado de especie, y no menos desgraciada, Cuando yo, por ser tú, diera menos esa torpe imfamia; la vida por el Bautismo, que en ti sobra y en mí falta, y cuando a buscarle vengo, de rodillas a los pies de don Fernando, y cuando, puesta a las plantas, de quien me la ofrece, aguardo aquella agua soberana, que tantos premios me ofrece, tantas dichas me señala. ¿Qué dices, mujer? ¿Qué dices, señora? ¡El cielo me valga! que hubiese de haber testigos, en culpa tan desdichada! El Rey la oyó, y su entereza su infeliz vida, amenaza. Amigos. Tu dicha pende, Fatima, de tu constancia. Por Dios los riesgos desprecia. Yo hice muy linda ensalada. Pero ¿qué había de hacer esta lengua excomulgada? Mujer, ¿qué has dicho? ¿Qué dices? digo, Aud. Mira antes que salga, la voz de tu labio, a ser motivo de mi venganza, que es en mi alma veneno, lo que en tu acento palabra, lloras, Fatima? Ya juzgo por premio de mi esperanza, que de ver lo que padezco, ese sentimiento nazca. Si ése fuera mi dolor, el remedio le templara, mas es mi mal tan ajeno del que imaginas, que cuantas lágrimas doy a los ojos, son advertencias que el alma, retóricamente envía a persuadir tu ignorancia. ¿Mi ignorancia? Sí. ¿De qué, Fat? De que vivas en la errada ley que profesas. ¿Qué dices? Mujer, mira que me matas, Áspid, mira que me has muerto y áspid con razón te llama, mi dolor, pues la ponzoña que es en tu labio substancia, es en mi oído tormento; porque quiere mi desgracia, que sea yo quien la pruebe, siendo tú quien la derrama. aleves todos vosotros, que sois de mi pena causa, a los filos de mi enojo, daréis las viles gargantas. ¡Ay Elvira! ¡Muera yo, antes que tú ... ¿Tú la guardas? Sí. Pues déjala morir, si mi muerte no rescata, la suya, que aunque su aliento mis respiraciones causa, por ti, no quiero una vida, que me ha de costar un alma. No te entiendo. Yo sí, y quiero con el hacer voluntaria la muerte más que contigo, tener la vida guardada. ¿No me guardas, Zaida? No, que te pudriráas. Borracha, soy yo melón invernizo. No, porque eres calabaza, Alcuz. mientes tú, y él bujurrón, de tu linaje, tu alma. tu padre y tu madre, y toda la runfía de tus hermanas; pero déjame llegar, verás cómo hago vaina destos cuatro mondadientes sus perrísimas entrañas. ¡Todos, oh viles! ¡Señor! Tú me estorbas, y tú amparas a quien contigo me ha muerto? pero no fueras tirana, si alguna satisfación a mis ofensas dejaras. Ea, por ti los perdono, y pues fineza tan rara hago por ti. ¡Amor, clemencia! Haz tú otra por pagarla. Sí haré, como sea posible. ¿Posible, fatima y llana? ¿Qué es, pues, porque estimo tanto a la inocencia cristiana, que por conveniencia suya no sabré negarme a nada. Pues ese yerro, que ofende tu estimación y tu clara sangre, mi amor y tu deuda has de olvidar antes que haga su publicidad notoria tu desdicha y mi desgracia; y advierte que quien aquí te ruega ahora, mañana no podrá rogarte, a costa de su amor y de sus ansias, que aquí soy amante esposo y allá seré rey. ¡Castañas! ¿Y qué yerro me acomulas? Él de queréis ser cristiana. ¿Ese es yerro? y tan notorio, ¿Qué has de dejarle? No hagas por nadie lo que por ti no debe hacer tu costancia. y si de nuestro peligro recelas las amenazas, advierte que no son riesgos los que el rigor nos señala, que morir, por Dios, es suerte tan preeminente y tan alta, que sobre vida inmortal, asegura eterna fama. Fuera de que si el deseo te hace Fiel, está obligada tu resolución, no solo a confesar con el alma la ley que esperas, sino a defenderla y guardarla, a todo trance de riesgos, y después a publicar la que en esto han de ser iguales las obras y las palabras. Callad. ¡Viles! Callad todos, que se corre mi constancia de que presumáis que en mí ningún requisito falta, aunque me falte el Bautismo, para morir en la santa Ley que observara viviendo. Ese deseo te basta, porque también es Bautismo. ¿Qué dices? Que con él nada te falta para alcanzar de morir, por Dios, la palma. ¡Dichosa yo! Y yo infelice, ap. Mas ¿quién las manos me ata para que en los instrumentos de su desdicha y mi saña no tome venganza? Algún prodigio, en cosa tan rara se encierra sin duda, alá, ¡Clemencia! ¡Males, templanza! Mira, Fatima... Es ociosa tu persuación. Mira... Calla. Amigos, vosotros todos los cristianos. Daremos por su acertada resolución, nuestras vidas. y tú, Alcuzcuz? y yo pajas. Pues ¿no renegabas? ¡Perra! tú serás la renegada. Orelos, que veis mis desdichas, y vuestras ofensas claras, o templadme las pasiones, o animadme a las venganzas! ¡Ah, de las guardas, que asisten a estas prisiones. ¿Qué mandas? ¿Qué mandar? Que a estos cristianos en otras más apretadas, más duras y más crueles, encerréis, y tú te encarge a Celín. de que en su cuarto, la reina, esté con distinta guarda que hasta aquí, sin que la vea nadie, ni la alivie nada. Veamos si el rigor consigue. más que los ruegos. ¿Te cansas en vano, que la impresión a que el afecto me llama, será después de la vida caracter fijo del alma. Ea, campeona de Cristo, a lidiar por él. Llevadla. Confiad en mí que yo confío en aquella sacra Voz, el noble cumplimiento de mi premio y su palabra. Apartadlos. En Dios fía. Llevadlos. ¡Elvira! Calla, Fernando, no me enternezcas. A morir vamos. Es paga de lo que los dos debemos; a Dios para siempre. Nada os sobresalte, que el Dios a quien adoran mis ansias, hará muy presto dichosas nuestras suertes desdichadas. ¿Qué hacéis? ¡Ay Elvira! Vamos. Constancia, amigos. Constancia. Señor, este afecto amante... Señor, estas tiernas ansias... Os consagra mi albedrío. Mi corazón os consagra. Llevada esotro también. Ea, desdichas tiranas, ea, alcues desventuras, ¡Ea, crueles desgracias! Ya estamos en el certamen, Ya estamos en la batalla, donde si el amor no vence, ha de triunfar la venganza. Ara, Alcuzcuz, ahora era ocasión acomodada de hacer algo. Andar, Cuzcuz. ¡Aguarda, Hametillo! Aguarda, qué tengo que hacer. ¿Qué hacer? Darle a esta veinte puñadas, por alcahueta del diablo. Mira que si no te casas, y reniegas. Eso fuera renegar dos veces, Zaida. reniega o mira, Alcuzcuz, que te habrán de quemar. ascuas. Pues cásate. Ni por lumbre. Duélate esta desdichada, que se ha de quedar sin ti. no me enternezcas, muchacha, que soy frágil. Jesús digo. Llévame, hombre, que la cara de esta maldita me tienta. y temo hacer una infamia. Tira bien, Am. ¿Andas camilla? tú por allá andar que estar? aquí quietando crianos. Vaya muy enoramala, Alcuz. Sin ti, muy en corabuena, Que te quedes, Zay. Que te vayas. Marchen los coccertados batallones, contra la resistencia del pagano, y hoy en cada cristiano manifieste el valor muchos leones, cumplamos el pretexto, aque aquí nos destina Alfonso el sexto, que este bastón, que fía de mi mano, acaudillando el pueblo castellano, para eterna memoria, de su parte asegura la vitoria caball. Todos, Marte español, en tu presencia, para la explicación de su obediencia, en las manos pondrán los corazones, porque ellos y ellas digan concertados la obediencia y valor de tus soldados; pues yo, que a todos inferior me veo, si fantasía no es de mi deseo, sobre los defendidos balüartes, fijaré tus gloriosos estandartes! ¡Oh, Cárdenas valiente! glorioso y parecido descendiente de aquel capitán fuerte, que falleció triunfando de la muerte, bien de ti lo confío, y aguardo de tu sangre lo que fío, marche por la ribera de ese arroyo el ejército fiel, el noble apoyo, de la fe religiosa, porque la succesiva aurora hermosa, del día de mañana, con sus reflejos de cristal y grana, venciendo la tupida sombra negra, nos declare los muros de Consuegra, desquítese el desaire, caballeros, de vuestro capitán, y la arrogancia que padeció mi cuerda tolerancia, Castiguen vuestros ínclitos aceros. a nuestros compañeros socorramos, que prisiones crüeles sufren lo que tardamos! en dar alivio a sus constancias fieles a nuestro rey le demos la ofrecida vitoria, o para nuestra gloria, a la muerte las vidas que debemos, San Juan y la Señora que esta sierra guarda, concha del sol y alba del día, haciendo cielo aquella poca tierra, tronco o peña que esconde su alegría, nuestros patrones han de ser gloriosos, marchemos fervorosos, que bien puede desde uno a otro horizonte hacer segura prueba, quien por su norte lleva, a San Juan y María la del monte, sed virgen nuestra guía, a Consuegra. ¡San Juan, Santa María! No sé cómo vivo, males, ni alcanzo en mis sentimientos como tan muchos tormentos, resisten fuerzas mortales, tenaz? ¡Fátima condena! sn vida tan sin disculpa, que para su aleve culpa, no hallan los castigos pena, público ya su delito, pide el castigo que aguarda y aunque mi amor le retarda, en vano lo solicito. pues si no vuelve a la ley, lo que a la ley le ha negado, primero que enamorado, me es fuerza parecer rey! que será de mí al cortar; mi vida propia en su vida? ¡Ay, infelice homicida! de morir y de matar! Como juez la aguardo aquí, y aquí mi amor despreció, Mas ¿quién así se olvidó, que hizo en olvidarme a mí, Veamos si hace el rigor lo que el cariño no pudo, sea alguna vez escudo, la amenaza del amor. Muera quien nuestro profeta, ofende, y al cielo enoja. pueblo errado. ¡Qué congoja! Solamente es ley perfecta, la ley de Cristo. ¡Ay de mi dentro! Pues pregona su malicia muera quien no hace justicia. muera también. Eso sí, ¡Muera yo! ¿Qué aguardas, rey? que ya a llamarte no aspiro, esposo, porque no juzgues que tu piedad solicito. contra ti el pueblo irritado te acusa de compasivo, y la que en el tiranía, es en tu omisión delito. mudarme de la intención que propuse y que confirmo es más difícil que hacer que sea de cera un risco. no pierdas tu reino, pierde mi compañía, que a estilo de lo que infiel te adore, fiel tu conveniencia miro. Tú y todos sabed que adoro al Santo Profeta Cristo, Dios que los cristianos llaman, de una madre virgen hijo, y que al profeta engañoso, falso, aleve y fementido, dejo por torpe, por ciego, por errado y por indigno. ¡Muera quien así blasfema! Muera quien así a ofendido mi amor y mi compasión. Señor, Aud. Ya está los oídos cerrados a la piedad, Etna soy, fuego respiro, ¡Ah, ingrata! Pero ¿de quién se quejan los males míos, si es mi clemencia quien dio mayor fuerza a tu delito? ¡Con cuántos cristianos pueblan de esas mazmorras los sitios, a ese temeroso valle, en cuyo mortal distrito, de venenosa morada, son las víboras vecinos, la arrojad; muera entre fieras un corazón tan indigno de vivir entre hombres. Vea llantos y escuche gemidos, quien a gemidos y a llantos ha cerrado ojos y oídos. ¿No lo dije yo, señora? busca quien vaya contigo, que no gusto de que nadie se meta, con tal peligro, en roerme los zancajos. Mi constancia irá conmigo. ¿A qué aguardáis? Audali ¡Viva! Engañados alivios, ¿cómo puedo vivir yo, si va mi vida al suplicio? Que, en fin, te dejas morir, pertinaz en el delito, ofendiendo mi fineza, y olvidando tu cariño? Mira cuál es el valor de la ventura a que aspiro pues por lograrla, habándono piedades y beneficios. ¿Y ésa no es ingratitud? No, sino deuda. ¿A qué aspiro contra un bronce tan rebelde? Llevadla y esperad, amigos, ¡Fatima! en Dios puesta, aun no me hacen tus ruegos ruido. Mira... Que a Dios me consagro. Sabe. Que a Dios me dedico. Pues ve a morir, y cumpliendo los dos con nuestros destinos, muere tú de cruel, pues yo muero de compasivo. Divina ilusión y voz milagrosa, en quien confío Ya yo he puesto de mi parte. todos los afectos míos para llega a la gloria de los premios ofrecidos. Amigos, en la constancia está el logro del martirio. Vamos a morir gustosos. Ya unida a los afligidos Cristianos, ¡ay de mí, triste! los mueve como caudillo. Ventura es morir, por Dios. Y ya el pueblo vengativo es carne de la hermosura, que entre medrosos gemidos, a pesar de mi entereza, lleva tras mí mi albedrío. ¡Fástima, Fátima! ¡Cielos!, si acaso sois compasivos, ¿Por qué os mostráis irritados? Y siendo ajeno el delito, si sois justos, ¿cómo hacéis que sea el tormento mío? Mas ¿de quién me quejo aleve? de quien necio, si yo mismo me quité la vida; yo fui de mi muerte ministro? Debo hacerlo como rey, es cierto, y pues ya he cumplido con todos, contra mí, cumpla ahora en mi abono conmigo. Ya fui rey, pues sea amante; Dese, cielo, por servido de haberle hecho mi dolor de mi vida sacrificio. Pero el amor también vea, que este pecho endurecido, que le ofendió en su venganza, enciende el afecto tibio, Y sabe morir del propio dolor del propio martirio. Que mandó morir el alma, y en la presencia del mismo cadáver, que siendo rosa, será ya cárdeno lirio, roto a las bocas de cuentos venenosos, vengativos áspides crueles, hayan el hermoso cuerpo herido, sea infelice alimento, y pasto sea prolijo, que sus gargantas abrase; que el triste corazón mío puede servir de veneno al veneno más nocivo. Muera yo, y el reino infausto que fue en España temido por mi valor, también caiga de su estimación conmigo. Triunfe el cristiano soberbio; cúmplanse los vaticinios; no halle en el muro defensa, no halle en el pueblo caudillo, y piérdase todo, puesto que yo a Fatima he perdido. Vean el ciello y la tierra, aves, hombres, fuentes, ríos, fieras, plantas, selvas, montes, flores, peces, troncos, riscos, que voy a pagar la culpa que infelice he cometido, dando la vida en venganza de mi alevoso destino! Apenas el paso muevo del peligro que me espanta, cuando en flor, en yerba o planta recelo peligro nuevo. Ya del horror olvidado con que el pie cobarde siento, solo el mísero lamento común vive en mi cuidado. En estos medrosos cerros, que amenazan mis zancajos, untado todo de ajos. huelo a ensalada de berros. Mas ¿qué fuera que olvidada de que el ajo la importuna, destas víboras, alguna fuera amiga de ensalada? Mas, ¡ay infeliz!, ¿qué unida escuadra, el paso me cierra, cuya venenosa guerra es asombro de mi vida! Pero ya las enseñadas víboras que al paso atienden, hacia mí, ¡ah fortuna!, tienden las cérvices enroscadas. Ahorremos de trabajos, y si aquí el remedio es los ajos, tratemos, pues, de que no quede por ajos. ¡Favor, cielos! No temáis, cristianos. ¡Fernando! ¡Elvira! Los dos. ¿Quién por nuestras vidas mira? De poquito os espantáis. ¿No ves cómo recogiendo su amenaza, van dejando las víboras libre el valle? Los ajos las desterraron. Aquí hay misterio, sin duda, pues cuando se ve poblado este funesto distrito de cadáveres humanos, que a los venenosos dientes las tristes vidas pagaron, no puede ser, sin prodigio, la extrañeza deste acaso. ¿Y Fatima? ¿Cómo así la llamas, si le ha mudado el nombre el santo Bautismo? Sigue, María, los pasos de mi voz, que pues cumpliste con tu fervor, tu cuidado quieren descansar mis premios. Ya te sigo, soberano Norte, que a tantos favores no hay corazón que sea ingrato. ¡Fatima, Fatima! Amigos, Tocan caja en el alcance sigamos la vitoria que a este valle los moros se han retirado. No temáis sus venenosos moradores, pues llevamos a la virgen y a San Juan por defensa y por amparo. ¡San Juan y Santa María! ¿Qué es esto, Elvira? Soñamos Divinas y tristes voces escuché. Y luego mezclado aparatos belicosos. ¿Qué querrá estos borrachos acá se vienen? Pues vengan, que ellos llevarán su ajo. Prodigio es haber podido hasta el centro deste pasmo llegar; mas cuando encontró con la muerte un desdichado? Fatima... Pero ¿qué miro? ¿Acá se viene el perrazo? pues aunque el diablo me lleve tengo de esconder los ajos, porque le lleve el demonio. Fortuna, ¿otro sobresalto? ¿Otro peligro, desdicha? ¿Qué busca? ¿Ha perdido algo? Si amigo, la vida, ¡ay triste!, donde dejasteis el rastro por quien se regia el cielo? que es de Fatima? cristianos, pues se han tendido, no hagáis infames vuestros aplausos. Fernando! ¿Qué vuelvo a verte? llegad, señora, a mis brazos, que este solo fuera mucho premio de mucho trabajo. Pues ¿cómo tú aquí? Rendida Consuegra, al furioso asalto de los católicos pechos del aliento castellano, según el alcance a los moros; pero de hallaros me espanto con tanta quietud, adonde amenaza riesgo tanto! Pues llegó el comendador, yo vuelvo a sacar los ajos, porque no le pique alguna víbora, que es viejo honrado. Pues ¿adónde está? encamina por mis acentos tus pasos. Ya, aunque no se veo, sigo Divina Estrella, tus rayos. ¡Fatima! ¿Qué miráis, ojos? Pero ¿quién me sella el labio? quien la planta me entorpece? prodigios, ya no os alcanzo. Suspenso estoy, al oír tanto rumor soberano! ¡Chirimías! De luz se ha vestido el aire. De cielo se adornó el campo. Este es el árbol, María, que viste, y es mi retrato el que en él verán, tú y todos los venturosos humanos que a diferentes intentos en el valle se han juntado de las víboras, que fueron guardas del Bulto sagrado, porque su intacta pureza no manchase indigna mano. ¿Dónde, voz divina, está el árbol, que no lo alcanzo? Veraslo ahora. Dichosos los ojos que han de ver tanto! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Salve, soberano Amparo. ¡Salve, aurora! ¡Salve Torre! ¡Salve Rosa! Salve Claustro, que también yo te saludo, aunque soy tan mal cristiano. ¿Veis aquí la copia hermosa que las católicas manos en este robre escondieron de los sarracenos, cuando a España, la vez primera perdió el delito cristiano. Miradla bien, que después ¿Quién beneficio tan alto os hace, os enseñará su divino simulacro, donde en religioso culto será siempre venerado. María, para que salgas de tus amantes cuidados, vuelve los ojos, verás ahora de mi traslado la veneración, en casa que en religiosos hermanos ha de ser de juan, que así mi amante hijo soberano quiere que premiados queden, tu fineza y tus trabajos. Salve, soberana aurora, salve, divino traslado, ¡Salve palma, salve Cedro! ¡Salve norte, salve Amparo! ¡Salve María del monte! Salve &c. ¡Cielos! Salve, aunque te ignoro, Arco, de la paz de mis fortunas. ¿Qué dices? Llega a mis brazos, ¡Audali! que a tanto asombro solo un corazón de mármol se resistiera. Salve &c. ¿Qué dices? ¿Qué pretendo ser cristiano? Salve &c. solo me pesa por no le ha de llevar el diablo. ¡Felice yo, que lo escucho! Todos resueltos estamos. Salve &c. Pues yo, de parte de Alfonso, te ofrezco, Audalí, su amparo, y a vosotros su clemencia, siendo este el primer milagro que esta soberana imagen hace, principio de tantos. Salve, soberana aurora, Elvira, pues que de riesgos, peligros y sobresaltos nos vemos libres, logremos mi ventura. Esta es mi mano. A Elvira perdí, y gané el alma. Todos volvamos a Consuegra. Dando fin dichoso, si os ha agradado, aquí a la parte primera deste soberano hallazgo.