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Texto digital de Santa Magdalena de Pazzi

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Atribución tradicional
Juan Bautista Diamante
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Juan Bautista Diamante Segura
Género
Comedia
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Cita sugerida

De la Rosa, Javier, Álvaro Cuéllar y Jörg Lehmann. Texto digital de Santa Magdalena de Pazzi. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/santa-magdalena-de-pazzi.

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SANTA MAGDALENA DE PAZZI

¿Qué hace Catalina? Allí está ¿Dónde? ¿No lo sabe? No, y por eso lo pregunto, que mi deseo encontrase apar. con esta simple, y que yo, esta rústica crïase? ¿Dónde es allí? Allí juntico, Mas acá de los basares de tafetán colorado, con el Niño y con la Madre, que diz que es mayor el hijo, con ser la madre tan grande. Esto es que está en su oración. continua, y de esta süave guit. armonía celestial, cuando nadie me informase, bastara la explicación divina para avisarme. ¡Oh, padre feliz mil veces! pues conseguiste llamarte padre de hija tan perfecta, que los coros celestiales le cantan a Dios los himnos de sus ternezas amantes. Abre esa puerta, Laureta, o aparta. Así Dios le guarde que no llegue mientras reza, que si dejo llegar alguien me riñe. No tengas miedo. Señor, mire lo que hace. ¡Señor! ¡Señor! En vuestro amor puro. En vuestro amor puro. Mariposa, mi amor arde, süave fuego que nunca Consume, aunque siempre abrase. Por vos os amo, Dios mío, y por mí de bien tan grande, piadoso infinitamente, los ángeles os aclamen. Laureta, ¿oyes estas voces? Pues ¿estoy yo sorda? Calle, que canten tan lindamente, y si estos músicos hacen lo que otros, y hacemos ruido, lo dejarán al instante. Pues ¿qué oísteis tú? No lo sé. ¿Dime? Ya es mucho apurar ven como lo echó a perder, me huelgo de que no canten, me huelgo, me huelgo. el cielo sobre todo Catalina esparce, para todos los sentidos, misteriosas suavidades, aromas para el olfato. y músicas agradables para el oído, los ojos beben luces celestiales en sus ojos y el humano gusto, divino se hace, como aquel que participa la gloria de su semblante. Pues esto va despacio, quiero tratar de sentarme. Por no estorbarla me quiero apartar mientras orare, que no es bien impedir culto. que tanto a Dios satisface. con que os pagaran eterno Señor, dulcísimo amante, los hombres el beneficio, sobre todos admirable, de daros en cuerpo y alma, en divinidad y sangre, por manjar a las criaturas, yo os ofrezco de mi parte, aunque corta recompensa sea de deuda tan grande, la pureza que conservo, haciendo voto inmutable de observar perpetuamente mi promesa, sin que nadie más que vos, dolce bien mío, en mi alma tenga parte. Recibí del don humilde Señor, y porque descanse mi espíritu temeroso, sepa yo si le acerasteis. Sí, María Magdalena, que así es como ha de llamarte en la religión, si acepto el rico don, ¿qué me haces? y no humilde, como dices, que el don para mí más grande, es la pureza, y en precio y señal de cuán afable me es tu voto, como esposo como obligado y amante, te doy este anillo en arras. Recíbele, pero sabe que no has de verle tan presto, ni saber de lo que nace ese exceso de mi amor, que tu corazón combate, hasta ocasión, contigo estoy, nada te desmaye. Esperad, Jesús piadoso, Mirad, Señor, que no cabe en albergue tan estrecho, incendio de amor tan grande que me abraso, jesús mío. ¡Hija! ¡Señora! ¿Qué haces? ¿Qué tienes? No sé. ¿Qué sientes? Un fuego. Luego al instante toquen a fuego. ¿Tan dulce? Si es fuego de mazapán parte conmigo. Prosigue. Que en su llama se deshace el corazón. ¡Ay de mí! ¡Por Dios! ¡Que no me dilates la noticia de tu mal. ¡Qué mal haces de llamarle mal... Porque no, si te aflige. Porque aunque me afligue grande está señor tan bien gusto en el alma, que agradabie le padece que, aunque ardiendo se ve en divinos volcanes, enamorada aborrece los remedios de templarle. ¿Cómo es? Óyeme, que yo lo explicaré si acertare. Este fuego, que él por home atormenta con quien el material es nieve fría, le hace al alma tan dulce compañ, que al paso que ése abrasa, ella se alienta él padece el ardor y ella sedienta demás, incendio al fuego desafía, y entre la suavidad y la agonía, él se consume y ella se alimenta quiere el dolor borrarle la memoria huyendo de su furia; pero luego la razón se sujeta a su vitoria, de suerte que abrasando sin sosiego en el alma le enciende como gloria, y en la vida se ceba como fuego. ¡Fuego de Dios! Que no entienda aunque su efecto aclares. tu accidente, no me admita, pero si debe admirarme, no sentir que le padezcas, teniéndote amor tan grande. ¡Ay, que me abraso! ¡Laureta! ¡Lauret! Toquen, porque no se abrase, digo reinas para cuando se hicieron los sacristanes? Sosiégate, hija. No puedo y así, señor, retirarme con tu licencia quisiera, y podrá ser que descanse. en lala oración. Hija, nunca he hallado en qué replicarte, y así, si la soledad te fuere más agradable, aunque me prive de verte, atrueque de que descanses, lo sufrirá mi cariño. tu esclava soy. Dios te guarde, Sant. Dulcísimo Jesús mío, apart. Llama de incendio tan grande, no os pido que la templéis, que si es mi tierno dictamen padecer por vos, no es justo cuando lo logro quejarme, solo os pido más incendio, y con el divino amante, sufrimiento que presume mi alma, al verse cobarde, que le quitó al padecerle, mérito con declararle. Oye tú, Laureta. Voy, por si quiere desnudarse. Criadas hay, que a eso asistan. Y en eso sirven de balde, porque ella no se desnuda. Eso quiero preguntarte, como quien siempre a su cuarto acude. No me lo mande, porque no puedo decirle sin que el secreto quebrante, que su hija se muele azotes, si ve que no la ve nadie, que ayuna todos los días, que con silicios se abre, que duerme siempre en el suelo, si duerme, que no se sabe. que a la hora del comer, cuando finge retirarse, da su comida a los pobres, y aun la mía suele darles, con que los más medios días me deja papando aire. que siempre en nuestro aposento metida, no la ve nadie, que de rodillas no sea, y sobretodo que hace a esta manera de cosas, otras mil curiosidades, como acostumbrarme a mí a no comer, azotarme, enseñándome a rezar, para cuando Dios gustare, como ella dice de que nos metan a los dos frailes, monjas, y cuando hago esto que suele mandarme, que suele ser pocas veces, me dice que soy un ángel; Pero no lo diré yo, porque cuanto nos pasare, entre las dos a este modo, me ha mandado que lo calle, y no me atrevo a decirlo, hasta que me lo desmande. ¿Qué haré, que mudarle el uso de estilo tan admirable, se opone al cristiano celo, y es también sentible en parte, que de dos hijos no más, que el cielo gusto de darme, el uno me haya quitado, y el otro quiera quitarme. Mi intención, Laureta, era casar a mi hija. Dase, pues ve aquí que ella no gusta. Eso sienten mis pesares. Yo le daré un buen remedio. Ya le espero. Que me case a mí, pues ella no quiere. Como tuyo es. Pues tomarle, mas va otro, si este es malo. ¿Qué es? que por fuerza la case. ¿Por fuerza? No haga espavientos, que las más con quien lo hacen, están un mes rostrituertas, y a dos meses agradables, porque la gracia de Dios las pone como unos guantes. A Dios le toque el cuidado de su estado, que dejarle quiero a Dios, porque él elija, lo que le fuere agradable. Señor, atónito llego. ¿De qué? Deque ahora a buscarte llegó muestra puerta. ¿Quién? Estéfano Salviatí. Mi enemigo, pues ¿qué quiere? Él dice que quiere hablarte, Mas mira, señor, que el viejo, es como mil satanases, no sea que te sacuda. Aunque quisiera no hablarle, por no acordar los rencores, que ya en mí caducos yacen, hablarle ha de ser preciso, porque no imagine nadie de mí, que pude caer en la culpa de cobarde. Mira lo que haces, señor. Cucuza, obedezca y calle. ¡Ay la simple! También ella me cucucea? Al instante le dirás que entre y prevén dos sillas. Voy a avisarle. Pone dos sillas y vase. Tú asiste a tu ama, y dile si acaso ocasión hallares, que... Pero nada le digas... Eso es una cosa fácil, direle y no le diré. Haga Dios lo que gustare. Novedad, señor Camilo, os habrá hecho bien grande, verme buscaros. Según para lo que me buscáis, será novedad o no, aunque en hombros de tal sangre y de tanta oposición, por herencia de linajes, no puede ser novedad, ni el buscarse ni el hallarse. No vengo a lo que juzgáis. Para todo habéis de hallarme Cucuza, salte allá fuera. Que yo, por lo que tronare, tentar la hoja, mal año, lo que temere friarse, atada está. Ara Cucuza, vamos a que la desaten. Yo, señor Camilo. Oíd daré la vuelta a esta llave, cierra. y advertid que esta es la puerta que a todos los cuartos sale de mi casa, esto os prevengo; porque nada os embarace, y porque sepáis que sola esa por adonde entrasteis, es para los dos, sentaos, y decid lo que mandaréis. Vuestra bizarría siempre fue caudal de vuestra sangre, Mas, como os dije, no os busco, para lo que imaginasteis. Proseguid, pues estaré prevenido a cualquier lance. Referiros las antiguas sangrientas enemistades, que en las dos familias nobles de Pazos y Salviatís, introdujo la razón, o el antojo, es acordarles a las iras los rencores; y no siendo mi dictamen resucitar sentimientos, será forzoso que pase sin dar motivo a este enojo, porque en los dos no se agravien ninguno a decir que el odio de nuestros nobles linajes, sin razón de parte vuestra, y sin razón de mi parte, en forma de competencia, sin principio que la cause, se engendró del devaneo, y siendo embrión del aire, mal formado en la apariencia, pasó después a gigante; y quitarles la razón de tantas atrocidades, a nuestros duelos, no es sin fundamento bastante, porque si a vos os la diera, siendo de vuestro linaje cabeza hoy era ofenderos, y a mí también era ajarme, siendo cabeza del mío con la razón disculparme; porque a quien se da razón en males, donde es la sangre medicina, se le acuerda lo penoso del achaque, la cura se le previene; y no puede haber tan grave desdicha en un noble, como tener razón de vengarse, cuando lo menos que acuerda la venganza es un desaire. ¿Adónde irá a parar esto? Y cuando a riesgo tan grande le busco yo la quietud, no fuera bien altercarle con desigualdad ninguna, que haber no puede amistades en un lance donde están los opuestos desiguales; Y así... Nada me asegura. hasta ver el fin que trae. Y así a vuestra casa vengo a que los odios se acaben, entre Alejandro de Pazos, y Laurencio Salviatí nuestros sobrinos, qué mozos, y libres los campos, hacen teatros de sus rencores, y ballas de sus corajes. Yo a Laurencio, ya le tengo reducido a que se atajen sus cóleras con un premio tan soberano, tan grande, como vuestra hija divina, y advertid que de su parte es la petición que, aunque tanto el recato la guarde, no le ha faltado a Laurencio modo de cómo informarse de su hermosura, que en fin, lo que tanto sobresale no se esconde alguna vez, aunque muchas se recate, y en prueba de cuán rendido, me obliga a que en esto os hable. Sabed que con Alejandro hizo treguas amigables, por no ofenderos en él por el tiempo que tardare vuestra respuesta, y es cuerda su advertencia, pues la hace, por no enojar con las iras aquien busca con las paces. En esta unión venturosa descansarán los pesares, y haciendo de dos familias una, cesarán los males de tantos, y lograremos lo que no ha logrado nadie. Laurencio, al honesto lado de vuestra hija loable, convertirá los horrores en rendimientos amantes. Alejandro sin la causa, que distraído le trae; volverá a Florencia libre, pues solo lo que tardare nuestro gran duque en saber nuestras firmes amistades, tardará en traerlos, cierto de que nunca las quebranten. Y quedarán finalmente relevados de crueldades, los contornos de Florencia, y una unión tan admirable, celebrada entre los hombres, haciendo que Italia cante, después de llorar desdichas, tragedias, muertes, hazares, y destruiciones, las glorias de Pazos y Salviates. Ya esto está de otra materia. que pide nuevo dictamen, que honestas proposiciones, quieren respuestas suaves. Señor Estéfano, yo deseara poder darle a vuestra noble intención tal respuesta que informase de cuán heladas las siras, los rencores cuán cobardes viven en mí, pues no ignoro cuanto en olvidarse gane, por católicas quietudes políticas vanidades. Mas ¿cómo en lo que pedís no soy dueño, aunque soy parte sin desahuciar vuestro intento, diré las dificultades que se me ofrecen, a fin de que puedan disculparme. Mi hija, desde las luces primeras que debió al aire, debió las luces divinas a Dios, con tantas señales de puro amor que, ofrecida a Dios no la satisface, empleo que Dios no sea, discurso que en Dios no pare. Crecio, y con ella crecieron sus virtudes admirables, que como ella las cultiva, no hay peligro de que paren. A este tiempo fue servido nuestro gran duque de darme el gobierno de Cortona, premio tan considerable de mis servicios, que vano me obligó a que le acetase. Con María Bondelmontí mi esposa, y dichosa madre de Catalina, partí, dejándonos por dictamen del cielo, que ser no pudo nuestro, en cariño tan grande, a Catalina en Florencia, por el tiempo que durase mi gobierno, mas déjela en el monasterio grave de San Juan de Malta, donde su virtud ejercitase, y donde de su virtud, quedaron muchas señales. Murió en Cortona Donato mi hijo, ya en el remate de mi ocupación, por cuyo suceso, viendo acabarse el tronco de mi familia, porque otra vez se entroncase, con Alejandro de Pazos pretendí que se casase Catalina, y la saqué del monasterio, aun afable con tan raro sentimiento, de ver que la embarazasen sus ejercios divinos, que lo que no dijo a nadie obediente y recatada, dijo a todos su semblante. Agravado de accidentes, y compatido de achaques, muchas veces intenté, para que se efetuase mi deseo, proponerle, mas fue el respeto tan grande, que su rostro me infundía, siempre honesto y siempre grave, que se elevan los discursos al pretender pronunciarse. De suerte que ya perdida esta esperanza fue darme forzoso al duro partido, de no pasar adelante en la intención de casarla. Mirad vós si será grande mi sentimiento, y mirad si cuando éste me faltase, pudiera faltarme el justo dolor de haber de negarle a vuestra hidalguía, a vuestra intención y a vuestra sangre, conveniencia tan de todos. Pero ¿cómo, en fin, los padres no mandan los albedríos de los hijos, consolarme podré, con que lo que os niego, no lo niego de mi parte, sino de la suya, como quien nota, discurre y sabe, que a estar en mí consintiera vuestra propuesta al instante. Pero lo que en mí estará, será, que de haber de darle a mi hija humano dueño, si esta práctica escuchare, aunque Alejandro lo sienta, y aunque a mi propuesta falte, será esposa de Laurencio; porque le logren constantes en nuestras nobles familias, nuestras deseadas paces. Aunque debo no ir gustoso, no llevo de qué quejarme, que quien con justas excusas niega, permisos bastantes da de que no negaría lo que niega, y cuando falte a mi juicio este reparo, no puede al menos faltarle el de vuestra cortesía. Tengo la que me enseñasteis. Mirad que conviene mucho lo que os digo. No es dudable, pero en mi mano está. Esforzadlo. Como halle ocasión, yo os lo prometo. ¡Oh, la luces! Aquí salen cuatro en una. ¿Dónde vais? Acompañaros. A honrarme pudierais decir mejor Pero mirad, que es ya tarde. Dadme licencia. No puedo. de que paséis adelante. Pase usted, no sino usted. Quedad con Dios. Dios os guarde. Avisárele a Laurencio, ap. lo que ha pasado al instante. Buscaré modo por donde ap. esta materia se retrate. Muera por la atrevida resistencia. Hombre, déjate atar o ten paciencia. ¡Muerto soy! Desde afuera es lo más cierto. ¡Ay de mí! ¿Qué esperáis? ¡Ay que me ha muerto! Aquí se oyó el ruido. Hacia aquí mena. ¿Eres tú el que la causa? El que la ordena. ¿Eres acaso tú? ¿Por qué te paran? Por ver en qué reparas. En las treguas que he hecho contigo a mi despecho, que si no en esta junta, diera el plomo respuesta a tu pregunta. Lo mismo me suspende, porque según mi cólera se enciende, anticipado al ver quién me molesta, fuera el plomo, pregunta a la respuesta. Ya yo deseo que se cumpla el plazo, porque pruebes la furia de mi brazo. Entonces hablarán nuestros rencores, que no por suspendidos son menores. Pues prevén para entonces lo atrevido. Siempre está en mí el valor muy prevenido. ¡Ay, Catalina hermosa! débeme tolerar esta penosa dilación de rigores! No le matéis, traidores. ¡Hombre, déjate atar, que te despeñas! Válganos el refugio destas peñas, Sígueme, Isabela mía. ¡Ah, desdichado riguroso día! aquí están los capitanes. No le ofendáis. Deteneos. ¿Cómo, si no oses a cargo de cinco o teis compañeros, dejese atar. Ya triunfaste fortuna de mis alientos. Laurencio de Salviatí, infelices pasajeros son, y Alejandro de Pazos los que veis. ¡Válgame el cielo! Esto es huir de la llama amigo, y dar en el fuego. ¡Ay de mí triste! Si alguna ¡Piedad, ilustres mancebos piden lágrimas amantes, si algo merecen los ruegos de una mujer afligida, a vuestra nobleza apelo, desde mi desdicha, pues cerca de las ansias, de rigores de amenazas y de angustias, derrotado y feliz leño, al golfo de vuestras iras me destinan mis tormentos, si por mujer no me vale. de vuestra nobleza el puerto, ese infeliz que miráis, maltratado y indefenso de la fortuna ojeriza, y de los hados desprecio, es mi esposo, pues unidas nuestras almas, el estrecho nudo de una voluntad, no le falta, pare serlo, más que aquella circunstancia, que hace el amor sacramento. Aesto a Roma nos llevaban nuestros amantes deseos, que porque no preguntéis nada, todo lo prevengo, a que el vicario de Cristo, digno sucesor de Pedro, el voto me comutase, que hice en mis años primeros dé religión, que aunque pude satisfacer, menos yendo en persona, mal hallada con mis escrúpulos, fueron ellos, ¿quién a esta desdicha mi esperanza redujeron. Pues hoy dos horas después, que el sol peinó en el espejo de las cristalinas hondas, sus dorados rayos crespos, asaltados de improviso de vuestros parciales fieros, nosotros, y la familia corta de criados nuestros, nos vimos a sus rigores, porque defender quisieron mi honor, prestes los criados, desvalijados y muertos, Federico menos vivo, y yo infelice muriendo, Esto es cuanto preguntar podéis, y cuanto pudieron informaros deste lance, siendo ahoralo que os ruego, si para dos libertades no valiere un previlegio, que si es verdad lo que dice la fama de vuestros hechos, que si es cierto que vendéis los cristianos prisioneros a los moros, en mi caiga vuestro tirano decreto, Vendedme a mí, y Federico, si alguna piedad os debo de la libertad amada, no pierda el dulce sosiego. Pero si bajando a más piadoso, a menos sangriento castigo, solo en las vidas os satisfacéis sedientos, la mía os consagro humilde, muera yo al enojo vuestro, y a Federico dejad, y si no puede ser esto, y hemos de morir entrambos, estrene yo el duro acero, pruebe el encendido plomo, examine el nudo estrecho, o apure el tósigo helado. Y en fin, ¿muera primero que entrepida al filo agudo, segura al ruidoso estruendo, firme al retorcido estrago, y constante al rigor lento, me hallarán tósigo plomo, lazo, pólvora y acero. Yo fieros caudillos, solo os pido mi muerte y presto. No habéis de morir, ni tú, ni tú, tú porque pretendo dar a entender que no soy fiera, sino hombre, aunque fiero. y tú, por faltar contigo, a la ley de hombre, pues quiero en venganza de tu loco, tu bárbaro atrevimiento, que quedes vivo, entré penas. afanes y desconsuelos, a que tu dolor te mate, y así, que sea resuelvo, mía esta dama, y partido entre Alejandro y yo el precio de vuestro valor, tú seas suyo, cumpliendo así el duelo de nuestra tregua, pues cuanto granjearemos, debemos partir, ya que ha sido este el infeliz caudal nuestro, pues los dos abandonados, porque el odio mantenemos de las familias, vivimos de parciales y de deudos, gastados los patrimonios de los haberes ajenos. y esto no para disculpa lo digo, que no la quiero, que por saber que es delito, y delito infame, aprecio tanto su maldad, que a voces público que le cometo, que aunque no haga circunstancia una más en el inmenso golfo de mis demasías; y aunque número pequeño de escándalo, añada a tantos, como de robos, de incendios, de violencias y de muertes he dado, dejar no quiero, pudiendo dar uno más de darle, y solo confieso que me ha dado pesadumbre, no haber cuidado en aquello de venderles los cristianos a los moros que prometo, que si hubiera reparado en un delito tan feo, por ser horrible no más, le cometiera, y espero cometerle, porque no haya delito que no haya hecho. Si los diablos no le llevan, no sé para qué se hicieron, mas no deben de quererle, porque es más maldito que ello. ¿Qué haré, cielos, desvalido de vuestro amparo, indefenso de mi propio valor, pues ya rendido a tanto peso de vaivenes la osadía, murió con el sufrimiento? En fin, ¿esto se dispuso a Federico lindamente, que en efecto, quedar sin mujer un hombre es fortuna en estos tiempos. Alejandro, ¿cómo callas? no te parece que he hecho muy bien esta partición? Sí, y por eso me convengo, pues a tener albedrío para amorosos empleos la proposición trocara; mas no trocando la quiero que entiendas que no por ser tuya la elección, aceto, que esa dama esté contigo, sino porque yo no tengo más que un alma, y esa ya tiene en mi prima su dueño. Pues ya me pesa de haber acertado tu deseo. Pues haz cuenta que le erraste y trueca los pensamientos. Holgárame de poder, para que vieras el yerro de tu presunción. Pues puede. Pues ves aquí que no puedo, pero podré a tu locura. ¿Qué podrás? Guárdeos el cielo, Este es para ti, Alejandro, y este para ti, Laurencio. Templareme hasta saber que respondió a mis intentos, Camilo. Hasta que me obligue tendré el enojo suspenso. A linda ocasión llegaste, porque estuviéramos, Pedro, los que hasta aquí como gatos, y a como gatos y perros, Mas ¿qué hay por allá? Veré ap. pues los dos están leyendo, ¡ay de mí! Si a Federico hablar puedo. Más severo ap. es el dolor de Isabela para mí, que mi tormento... Eran los amantes lazos a Fed. Federico amado, ¿estos? Ya, Isabel, nuestra esperanza murió Isab. ¡Pese al sufrimiento! y pese al destino aleve. Que aceptó mi amante ruego Camilo de Pazos, dice mi tío estéfano, pero que son las dificultades tantas, que tiene el efecto de parte de Catalina por imposible, yo vuelvo a leer. ¡A Piñata! Y otras cosillas hay también. ¡Válgame el cielo si será esto ilusión de mi desgracia! Laurencio casarse con Catalina! pero lo que falta leo. Verte yo en otro poder a Isabel y vivir! Estar yo viendo tu dolor y mi desdicha, no puede ser. Pues busquemos remedio. Ninguno hallo sino el de que procuremos morir. Feder y Isab. Pues la muerte sea nuestro descanso. ¿Qué es eso? Esto es procurar morir. Y esto será no queriendo yo ver que morís gustosos, veros vivir descontentos, Piñata a esa dama lleva a mi barraca. Laus Deo. Matadme, crueles. Fuera poco castigo a tu exceso. Sois cobardes. A ese loco llevad donde cobre el seso, que le falta de la sangre, le priva el entendimiento, algo me ha compadecido. su desdicha, hombre es de aliento. Ven tú. Llevadle. Ven tú, Laur. Llevadla. Ea, despachemos. Dejadme las manos libres, y os haré pedazos. Presto Llevadle donde le curen. ¿Qué aguardáis vosotros? ¿Que esto pueda sufrir poca vida Isab. ¡Que viva en tanto tormento! ¡Ah, cielos injustos! ¡Ah! no sé si lo diga, ¡cielos!, rigurosos, si lo digo; pero llamo os justicieros, pues en castigo del voto, que quebrantó mi deseo, os vengáis de mí, pues yo ciega y obstinada acepto vuestro castigo crüel. y una vez rompido el freno de la modestia en venganza de vuestro justo decreto, o injusto, daré de mí escandaloso escarmiento, que pues el cielo me olvida, no es mucho que olvide al cielo. ¡Aguarda, Laurencio! Di. Deseo saber si es cierto un aviso que he tenido en esta carta. Si puedo sacarte yo de la duda, yo te casaré bien presto. Dice aquí que solicitas para venturoso empleo a Catalina de Pazos mi prima. Y dícelo cierto. ¿Y sabes que yo la adoro? No, porque mentir no quiero, mas si lo hubiera sabido lo procurara por eso. Ni a esa respuesta hay templanza, ni a esa osadía concierto. Pues ¿qué intentas? ¡Qué apartados donde no se oiga el estruendo de la pólvora, veamos ¿cúyo ha de ser el intento de proseguir la esperanza de tal dicha. Me convengo. Pues elige senda que nos aparte de los nuestros. Por aquí podemos ir del monte a lo más espeso. Guía, pues. Sí haré; que aunque tan mi enemigo te veo te he de fïar las espaldas. Seguro vas hasta el puesto. Siempre yo voy muy seguro. Ellos son, tiradles. Presto si queréis guardar las vidas, que ya no hay otro remedio; poneos en fuga, que el monte cercado de cuantos pueblos vecinos hay, en espía muy como vecinos nuestros, se ve lleno de arcabuces, de mosquetes, de pedreros, de petardos, culebrinas. de varas. Palos. ¡A ellos! ¡Alejandro! A mí me llaman los míos, a mí. ¡Laurencio! Y a mí me llaman también los míos. No hay llamamiento que valga, huyamos apriesa. ¿Qué resuelves? Que a los nuestros acudamos, y se quede para después nuestro duelo. Castigada esta osadía en el monte nos veremos. A ellos, amigos, que ya va Alejandro a socorreros. A ellos, Parciales, que ya va en vuestro amparo Laurencio Piñ. A ellos, que ya piñata va muriéndose de miedo. Ya yo le dije a señor que a mí me case por ti. Laureta, no estoy en mí. ¡De qué diablos! De temor, de que mi padre me diga lo que yo sé que desea. A fe que si fueras fea, fuera al revés tu fatiga. que aunque las lindas también tienen de casarse intento, en oyendo casamiento, dicen las feas, amén. Casémonos, pues, las dos, y verás si lo permites, como hay tantos de confines así en servicio de Dios. Convente a lo que te ruego, y dejemos las porfías, Cásate por ocho días, y métete monja luego; no quiere, no, no se case, que a mí no se me da nada. ¿Quién está a vos dedicada, por vos desconsuelos pase, entra a ver si ha dispertado mi padre. Tosiendo está. Y pienso que sale ya, cuanto verle desconsolado siento, pues llego a notar el cuidado que le doy, hija inobediente soy, mas débame consolar, porque mi razón os cuadre cuando me dedico a vos, que es deuda faltar, por Dios, a la obediencia del padre. ¿Qué sale? Dile que sí. Pues tan de mañana, hija, ¿Cómo en mi cuarto no entrabas? Viendo, señor, que salías te aguardé aquí. ¡Cuán dichoso me llamara Catalina, si el cuidado que a tu cuarto llevaban las ansias mías, llenas de recelos fuera el que al mío me traía, Di lo que quieres. Señor, a Camillo aparte apareje las albricias. ¿De qué Laureta? De que viene ya muy reducida. ¿Cómo? Como ya no trata de casarse la santica. Calla, necia, de que estás suspensa? Lo que querías me di, hija, confiada de mi amor. Lo que quería. Prosigue, San. Sí haré, que aunque no deba ser preferida en lugar, a tu mandato ninguna petición mía, habiendo entendido ya lo que mandarme querías, mi proposición haré, que de respuesta te sirva. Si a Dios se sacrificara una voluntad rendida, y acetada de Dios fuera, ya una vez en esta lignia tuviera dominio en ella el que a Dios se la ofrecía? No, hija. Pues, ¿cómo puedo yo, que a Dios le di la mía, tener para obedecerte voluntad, viendo que aspiras, aunque con honesto fin, a apartarme de la limpia intención de que le pague a Dios lo que le debía? No es negarte a Dios querer darte un estado en que vivas, pues ya llegué a declararme a mi gusto, que no implicas santidad y matrimonio. Yo tengo a Dios ofrecida mi voluntad, y así solo a Dios es justo que sirva, que si el matrimonio es unión de dos, y me quita la mitad de lo que a Dios debo, la otra mitad mía. vendrá a ser de mi promesa acreedora su justicia, que es enmendar la palabra lo propio que no cumplirla. Y en fin, padre, en fin, señor, si mis afectos te obligan, si mis temores te mueven, si mis ansias te motivan, permite que retirada de las vanas fantasías del mundo una celda sea tierna prisión de mi vida, blanda cárcel de mis años, tabla donde defendida de las humanas tormentas, ondas navegue divinas. Esta es mi resolución, y no sé si diga mía, o de Dios, según la fuerza con que en mi fervor la inspira. Débate Dios esta prenda, u yo te deba esta dicha; toda soy de Dios, y darme a mortal dueño sería usurparle a Dios la parte, que al hombre quieres que sirva. Justo es tu intento, mas es más justo el mío, y debías como cuerdo no ofenderte, de que lo más justo elija. Pero si te ofendes, padre, y a negarte determinas, este favor a mi ruego, y este premio a mis fatigas, como tengas entendido, que no ha de haber quien resida en mi alma más que Dios, ni quién en mi amor asista más que su amor soberano, a tus pies estoy rendida, y en ellos humilde te hago sacrificios de mi vida. ¡Jesús, que de cosas juntas eran las que no decía Levanta, hija, a mis brazos, que sin razón desconfías de mi amor. Hasta saber si mi pretensión confirmas no tengo de levantar los ojos de donde pisas. Yo, hija, tu gusto quiero. Pero siento que lo digas con lágrimas. No te espantes, porque siendo tú hija mía, la última prenda que tengo, sobre prenda tan querida, al ver la resolución con que de mí te desvías, aunque tanto te mejoras, que sienta no es demasía, pues quien tiene las pasiones humanas al alma asidas, no ve más de lo que pierde, y llora lo que le quitan; fuera de que mi dolor es forzoso que a Dios sirva, pues cuando a Dios te consagro entre llantos y ajenias, no solo le sacrifico a su voluntad divina la tuya, sino también le sacrifico la mía. Deja que los pies te bese. Yo debiera, hija querida, besarte los tuyos. Digo, y cuando canto yo misa echo por la iglesia o no? Tú te irás con Catalina. ¿A ser motilona? Sí. Pero no haya disciplina que no iré allá. Y pues no falta. más de que convento elijas, tú lo consulta contigo en tanto que yo voy hija a disponer lo forzoso, y resuélvelo de prisa, que no ha de haber dilaciones en lo que a Dios se encamina, janete Dios, aunque yo te pierda. ¡Oiga el Jeremias! ¿Otra vez lloras, señor? Ya este llanto es de alegría. Albricias, alma, que ya lograste lo que querías, gracias a vos, señor mío. Y estará muy contentica. ¿Pues no, Laureta? ¿Y de dónde habemos de ser mongitas? Eso deseo saber de Dios. Pues que se lo diga. Vete en paz. Mientras yo voy a juntar mis baratijas; mas dígame, vestiré mis muñecas de Mongitas? ¡Qué cándida sencillez! A la muñeca negrita la he de poner una toca toda llena de cínticas; estó es si acaso Alejandro no se lleva ahora su prima, o si Laurencio la deba, porque entrambos a la vista de su esperanza se entraron, cuando el viejo se salía sin verle, que el buen Cucuza ha dado en alcamonía, mas como partió conmigo es fuerza que no lo diga. Ya, señor, que se logró vuestra piedad en mi dicha, falta saber qué clausura es la que gustáis que elija. No tenga yo libertad para nada, sed mi guía en todo, Jesús, amado. Vos, purísima María, norte de los pecadores, guiad la petición mía, porque vuelva decretada en favor de Catalina. Sí haré, Catalina. Ya por la intercesión benigna de mi purísima madre quiere mi amor que te diga donde has de ser religiosa. A eso mi deseo aspira, piadosísimo señor. El convento de María de los ángeles será de la orden Carmelita, el claustro que has de tener; que pues mi madre te anima, quiero que su casa sea el lugar donde me sirvas. No dilates tu intención, pues no hay quien la contradiga, mira que estoy esperando, contenta y agradecida de que los regalos dejes, y la penitencia elijas. Madre piadosa, ¡Jesús, amado! Sin que me impida nadie él pasó llegar pude, donde se logren mis dichas contra las dificultades. de que Estéfano me avisa. Pues me faltó a la promesa Camilo, pruebe ofendido mi resolución amante la ingratitud de mi prima. Esta es Catalina, que su belleza lo acredita, robarele al día el sol. Robarele al cielo el día, y daré muerte después a Laurencio Laur. Y seré ruina de Alejandro. ¿Dónde vas? ¿Dónde vas? Mas ¿quién me priva del movimiento? Mas ¿quién el movimiento me quita? Dios que defiende a su esposa Dios que por su esposa mira. De horror se ha cubierto el cielo. De sombras se vistió el día. Asombro es para vosotros. Lo que para ella alegría. Ven al religioso estado. ¡Venturosa Catalina! Ven adonde Dios te espera. ¿Son aquí las chirimías? Aquí son las dichas, Laura. No hay quien tal horror resista. ¡Pese al cielo yo cobarde! ¿Hay ya celdas prevenidas? Ya Dios nos ha dado casa. Claro es que Dios no la alquila, Laur. Huyendo iré deste pasmo. Ese temor me retira. Vamos a servir a Dios. Dos ángeles te encaminan. Vamos, que ya he puesto todo a todas mis muñequitas. Fïados de tu valor, y el mío, para la empresa, que aún no sabes, Federico, hemos llegado a Florencia. Yo te confieso, Alejandro, que reconozco la deuda de tu piedad con mi vida, o por extraña o por nueva en ti, pues aunque conmigo fue más rigor que clemencia dejarme vivo al combate de desaires y de penas, lo que te niega el reparo, la obligación te confiesa. Pues más has de confesar de verme lograda esta intención a que te traigo. No sé qué de verte pueda nunca más. No será más restitüirte a Isabela? No, que no es mi amor de aquello que infamemente atropellan las razones del dolor, por las de la conveniencia. Ya estuvo en otro poder Isabela, y aunque pueda ser, que de si no olvidada, y con mi pasión atenta, su honor defendiese a costa de sus nobles resistencias; no es lo mismo poder ser, que haber sido, y el que llega con el discurso a este estado; y vilmente se contenta, será amante, pero amante. vil, es forzoso que sea, que está muy cerca de darse al partido de la ofensa, quien ciegamente se allana a suplir las contingencias. Pues ya que satisfacer en línea de amor no pueda lo que de ti aguardo, en forma de venganza haré que sea. ¿Cómo? Matando a Laurencio. Tampoco me es conveniencia, que el que por ajena mano su satisfación concierta, se añade un desaire, pues hace notoria la ofensa, y da a entender que no tiene valor de satisfacerla. si tú en premio del servicio que dices que de mí esperas con Laurencio en la campaña, cuerpo a cuerpo me pusieras, donde con iguales armas como noble feneciera, o el término de mi vida, o la razón de mi queja. entonces sí que obligado a este favor me tuvieras; pero matarle tú, antes fuera enfado que fineza. pues con su muerte dejaras sin desempeño mi ofensa. y es tan valiente mi punto, y mi opinión tan resuelta, que por tener ocasión de triunfar de su soberbia, si contigo que me amparas, su vida a peligro viera, tu obligación olvidara, y su vida defendiera. Es tanto lo que me obliga tu valor, que consintiera y aun ordenara, que solo con tu enemigo te vieras, a no tener yo pendiente con él un duelo, que es fuerza fenecerle, y no lo está, aunque rotas nuestras treguas, por haber sido forzosa en nuestro riesgo la ausencia, y habernos ella impedido lo que el rencor no quisiera. Mas porque veas lo mucho que tu pundonor me empeña, como tú me des advitrio de ceder en mi contienda, por darte gusto, tu duelo anticipare a mi queja. ¿Cómo puedo aconsejar ¿Yo a nadie lo que no hiciera? Luego yo no puedo hacer lo que pides? No. ¿Y esperas de mí, que por obligarte, a poderlo hacer lo hiciera? Fuera sin razón dudarlo. Pues el premio de esa deuda anticipado te doy, por el riesgo a que te empeñas. Ya yo he venido contigo, y pues como noble es fuerza morir en defensa tuya, no hay porque nada te deba, ni quiera deberte nada, pues cumplir yo con mí mesma obligación, es preciso, que a mí solo me lo deba. Pues, Federico, ya estamos ¿dónde se ha de hacer la prueba de nuestro esfuerzo. Aquí solo hay esta calle desierta, y este monasterio. Pues, ya que aquí es fuerza que sepas a lo que bárbara y loca mi osada esperenza llega, sabe que el sagrado muro de esta pared, es defensa contra mi torpe apetito, pues en si guarda avarienta de toda la luz del cielo. a María Magdalena, que a este religioso nombre el de Catalina trueca, desde que en clausura vive mi tirana prima bella, yo ciego y osado yo, sin que al privilegio atienda, que a su custodia divina le debe la reverencia; y en fin, yo, de amor movido, que no hay delito que deba llamarse delito, cuando es amor quien le gobierna, sin que baste la razón a enfrenarme, sin que puedan los temores defenderme de una culpa tan horrenda, topando incentivo en todas mis cobardes resistencias, y hallando en él imposible la voluntad más despierta, robarla he determinado; no te asombres; que si llega a rendirse la razón al antojo, y se sujeta ciego a su apetito el hombre, de hombre se convierte en fiera, y en un bruto no es extraño, que se destine a torpezas; mayormente cuando (aquí mi mayor motivo entra) cuando Laurencio después de la suya y de mi ausencia vuelve a la patria, no sé si con la propia centella de amor que ante les abrasaba; mas para que yo lo tema basta haberlo imaginado, y más cuando en su fiereza no hay respeto ni imposible, que vencido no se vea. Añádele a mi pasión amorosa esta sospecha, verás cómo no hallas culpa que disculparme no debas, que como labra a los celos si al amor no hay resistencia? Luego si te pareciere poca satisfación está para tan bárbaro insulto, auméntale el de mi ofensa, pues en menosprecio mío, contra su propria promesa, su muerto padre ofreció a Laurencio a Magdalena. Y temeroso después, sin duda de mis violencias, la ocultó de mi esperanza contra mi amor y su deuda. Con que si celos y amor no son bastante materia, amor, celos y venganza es forzoso que lo sean. Y en fin, yo vengo a robarla, como dije, y porque tengan los asombros que recelo, en tu valor resistencia, te traigo en mi compañía, y pues solamente resta a mi determinación hallar por adonde sea fácil, a estas tapias demos, si te parece, la vuelta, porque busquemos por dónde. se logre mi amante empresa, por donde el temor se acabe. de mis celosas sospechas, por donde de mi venganza, se satisfaga la ofensa, y por donde a todo el cielo, de las luces que encuaderna, bárbaro, ciego y precito, le hurte la más pura estrella. Absorto de oírte estoy, y tanto que si no fuera nota en mi valor dejarte, te dejara y me volviera; ¿Sabes bien lo que propones? Bien lo sé, y si me aconsejas, cuando el consejo es ocioso, el garbo del valor yerras, que yo busco tu amistad, osada, y no consejera. ¿Sabes que esta casa es de la soberana reina de los ángeles María, y que así se llama? Deja que lo olvide, si no quieres hacer mi culpa más fea. ¿Y sabes que intentas ciego mancharla mayor pureza, y la perfección más santa que ha visto el mundo. Si intentas hacer mayor mi delito, con darme esas advertencias no lo esperes, porque no hay circunstancia que no sepa. Y dime, si te dejara yo, la intención prosiguiera de tu despeño? Aunque todo el cielo se me opusiera. Pues si es cierto que sin mí el delito cometieras, y no pueden mis reparos hacer que no le cometas, habiendo hecho mucho más de lo que me toca en deuda de llamado tu delito, que está sin mi amparo sepa, pero sepa tu persona que me tiene en su defensa. Dame los brazos. Sediento de humana sangre en Florencia, el despecho me ha metido a que a raudales la beba. Vamos por aquí, Fed. Seguirte es empeño de mi deuda. Aunque hasta aquí fue maldito, y a ser más maldito, es fuerza con la muerte de su tío. Vamos, piñata. Hombre, espera, ¿No estás contento con tantas descalabradas cabezas? baste esta noche, y marchemos antes que el naipe se vuelva, de manera que perdamos la trocada y la derecha. Pues ¿qué hecho memorable ¿para qué contento vuelva? Pues son pelos de cochino catorce o quince pendencias, que a esta hora tendrán de costa, de vino, huevos y vendas, más cuartos a vio de España, que tienen dos pescaderas? Hasta que queme el palacio del gran duque, porque sepa aquien persigue, no tengo de salirme de Florencia. Hombre del diablo, ¿qué dices? mira que está el alba cerca, y que si amanece nos han de coger entre puertas, mira que Isabel te aguarda. No es tan tarde como que aquí tocan a maitines. Piñata, ¿qué iglesia es esta? ¿Qué? ¿No lo sabes? Pues yo cuando he sabido de iglesias? ¡Ah, buen hijo! ¿Es el convento de los ángeles. Espera, que aquí es donde Catalina, ¡Oh, María Magdalena! vive. Y aquí es adonde por Santa la reverencian. Pues ya no es razón que pase yo de aquí. Bendito seas. No tan bendito. ¿Cómo? Como quien intenta cometer graves delitos como yo, si hay donde pueda cometerlos, es forzoso que a lograrlos se detenga. ¡Jesús mil veces! ¿Qué dices ¿Hombre? Digo que despierta mi amante pasión. ¡Jesús! Y ya que llegué a esta puerta no me he de volver al monte sin María Magdalena. ¿Sin la santa? ¿Qué te admiras si sabes que las más feas culpas por ser más horribles son las que me lisonjean? las puertas están cerradas. ¿Qué habían de hacer abiertas a esta hora? Por aquí. Tentando según la noche dispensa parece que está posible la subida desta cerca, Llega, piñata. ¿Qué quieres? Que me ayudes. No lo creas que hay unos perrazos negros para los que en esto piensan, con unos ojos de lumbre, que desde cien pasos queman, Ya veo uno. Sal aquí. Llega cobarde, y no temas llega, o te haré mil pedazos. Señor, protesto la fuerza, cito, sal aquí, ¡ay qué boca!, Si logro esta osada empresa de maldades y de horrores, haré una memoria eterna. Ya son dos, Jesús, que ojos, esta debe de ser perra. ¡Pesie a la dificultad, mas ya la vencí. Cien leguas de aquí paró. Villano, pues solo dejarme intentas? Sí, que para ir al infierno nadie ha menester conserva. Sal aquí, sal aquí. ¿Dónde, sacrílega, humana fiera, va tu osadía? A escalar el cielo. De tu soberbia será eterno calabozo el abismo de la tierra; baja al rey, no del espanto. Primero de mi fiereza probarás la furia, ¡ay triste!, Donde para siempre sepas, que la casa de María tiene a Dios para defensa. ¡Válgame el infierno! en sus lóbregas cavernas son las escuras mazmorras de tu espíritu cadenas. que a esta que a tus culpas el nuevo lleva la piedad divina cerró las orejas. Y ya yo en tu forma donde se acredite mi soberbia, que es lo que más vivamente al demonio representa. Tu cadáver resucito, y en él daré al cielo guerra, procuréndole eclipsar esta luz o esta centella. que desde su infancia parece perfecta, que la forma en gracia, la divina idea, Mas ¿qué mucho que prosiga en la perfección exenta de riesgos y tentaciones, y asistida de la mesma Omnipotencia de Dios, con caricias y ternezas, si Dios no la desampara nunca y siempre la alienta? que como es posible que el humano pueda ofender a Dios si Dios no le deja? Mas ¿de qué me quejo, cuando mi desconfïanza necia, teniendo por imposible de su conquista la empresa, le ha dado lugar de que tanto en Dios se fortalezca? pero quéjeme de Dios, de su alta providencia, que por descansar a los que reserva, asta al odio mío le infude pereza; pues no más, no más descuidos, en las asechanzas, sepa Magdalena, que hay peligro en la perfección más cierta, mas para saber por dónde asaltar su fortaleza, es bien discurso que demos a su principio la vuelta; y desde este punto su constancia tema, lo que ha de costarle lo que me desvela. Dejemos de su niñez las primicias o las reglas, de santidad, como cosas, que aunque descubren la senda de lo que ha de ser después, en si mérito no tengan. Pues al contrario tampoco pudiera pecar en ellas, que como no cabe culpa en la inocencia, no cabe tampoco que mérito quepa. Y vamos a que de diez años, inflamada y llena de amor de Dios, hizo voto inmutable de pureza, sin decir el beneficio que sacó desta fineza, o por sabido o porque le diga quien no lo sienta, que aunque decir yo que Dios premia sea tormento, es más grande decir como premia De poco más tiempo estuvo quince meses en la regla de Juan, seglar tan humilde, pese al dolor que lo acuerda, que hablaba a las religiosas con temor y con vergüenza, por ser esposas de Cristo, don que le faltaba a ella, como si este premio para mi impaciencia, aunque le ignoraba, ya no la tuviera Y en fin, por zanjar primores de su aplauso y de mi afrenta, pasemos a que su muerto, padre, deseando verla casada, la saco a quien hizo tales resistencias, que atropellando obediente dificultades inmensas, las humanas pompas trocó a la estameña, y el propio albedrío rindió a la obediencia. Vamos a que escogió ser por ser religión estrecha, Religiosa Carmelita, o porque Dios se lo ordena. o porque en la religión que ha elegido, se frecuenta aquel pan sacramentado, en cuyo prodigio ciegan la vista más lince, la razón más cuerda, el mayor discurso y la mayor ciencia. Vamos también a que habiendo pasado, según su regla, el tiempo de aprobación profeso, y que la veneran sus religiosas hermanas con amor y reverencia, por los favores que ven que Dios ha empleado en ella, pues lo más del tiempo estática muestra, que está con Dios, cuando de sí se enajena. Pero ¿qué habremos logrado con estas memorias penas? que habremos sacado más, que no hallar por donde pueda desmoronarse de Dios? guarnecida tanta fuerza, pues quien dice defendida de Dios, dice fortaleza, que para ser suya estuvo en sí mesma, de fe, caridad y esperanza llena. Pues ¿por dónde, pese al corto poder de mi inteligencia, ¿por dónde será posible que a esta envidia que me quema, que a esta ira que me enciende, que a esta afrentada soberbia que me abrasa, halle remedio, si contra estas tres fierezas para despreciarlas, ¡hay en Madalena dones de humildad, templanza y paciencia. Pero no vive; no está. a la vil naturaleza. humana asida, aunque más, sus incentivos desprecia? no es la senda por adonde camina, de espinas llena? no es sensible el pie, y no está mi logro en que salga della? pues ella saldrá con mi diligencia que aunque sin ella muchos, de la gracia celan Ella saldrá, mayormente si mi congetura acierta, pues veo, ojalá llegara, o mi deseo lo piensa, tiempo en su vida tan duro de resistir, tan desierta del amparo la imagino de Dios, y a mí tan sujeta, que es más que imposible que se me defienda con el desconsuelo de que Dios la deja Pues para entonces alarma, asechanzas y cautelas, para entonces prevenciones contra esta invencible guerra. No la favorezca Dios contra mí, y haré que vea Dios, que es polvo, es humo, es nada la que en Dios toda es perfecta; Sola te procuro. ¡Ea, Magdalena! prevente al certamen que Luzbel te espera Pero ya vuelve Alejandro, y no con escasas señas de alegrarse de no haber hallado por donde pueda cometer la grave culpa que intentó, ¡ay de mí!, que fuera que este tuviera lugar donde reparo cupiera? pues no, que aunque contingente sea el suceso, la puerta le he de franquear por donde lo que solicita vea. No le franquearas tal si hubiera de entrar por ella, que quien la defiende dél, a ti te la defendiera. Pues, Gabriel, ¿qué me quieres? ¿No sabes que se interpreta la fortaleza de Dios en Gabriel? Sí, que lo sepa es fuerza que, aunque perdí la gracia guarde la ciencia. Pues, ¡fortaleza de Dios!, ¿qué quieres tú que pretenda sino defenderle a Dios su esposa? Mas será esa merced que no la merece, pues con el alma suspensa, y el albedrío sin uso, no hay cómo mérito tenga. Aunque dormida no tiene merecimiento, despierta, era mérito del tiempo que durmió. ¿De qué manera? Sintiendo que este descanso, aunque tan penoso sea, le haya estorbado la unión, que tiene con Dios su idea, y como Dios tiene vista esta amorosa terneza, el mérito de después es el que ahora la premia. Pues tiempo ha de llegar donde falten esas asistencias Será para su mayor gloria y tu mayor afrenta; y en fin, ¿no pases de aquí sin particular licencia de Dios, que ahora te manda que no inquietes a su sierba. Fuerza será obedecer aunque mi dolor lo sienta; mas déjame, que a errojado a la inviolable cadena de su poder, como can a quien le enseñan la presa, solo para que se cebe más, y luego se la niegan, muerda el eslabón llorando, gimiendo escarbe la tierra, bramando acobarde el viento, latiendo el cielo estremezca, convocando con mi voz, con mi dolor, con mi queja, en venganza del precepto, que a obedecer me violenta, para que me afrenten, para que me mofen y escarnezcan los hombres que animan, los brutos que alientan, los peces que nadan, las aves que vuelan. Pues más que sentir te falta. ¿Pues te vas? Sí, porque llega ¡Alejandro! Y a su intento le dejas la puerta abierta? Tú se la abriste, yo no, y aunque propuso la ofensa de Dios, no la ha cometido, y puede ser que no quiera cometerla su albedrío en lo que a él roca sea quien le condene o le libre, que lo que a mi Dios me ordena, es que defienda de ti a María Magdalena. ¿Qué nuevo presagio es este? Casi agradecido llega mi error de no haber hallado por donde lograrse pueda. Yo te enséñate por dónde. pues ya que todo se pierda, no te pierdas tú, que estás de ser mi esclavo tan cerca. Volvámonos, Federico. Mira las puertas abiertas. Entra, pues, tienes por donde. Tú a tu advitrio lo gobierna, que a mí no me toca más que estar a tu lado. Espera, que si no miente la vista la portería está abierta, ¿Qué será? Como amanece habrá abierto la portera. No Federico, prodigio debe de ser, porque vea una invisible amenaza, un pasmo que me amedrenta, un horror que me suspende, y en suma, para que entienda que no ha menester la casa de María otra defensa, más que ser suya, pues quien poco ha rompiera esta puerta de su culpa conducido, es quien ahora la cierra. Es cobardía. No es tal, Di, Federico, tuviera mi delito oposición humana, si yo quisiera cometerle. No. Y lograra mi bárbara intención fea sin contradición, estando a mi dominio esta puerta? ¿Quién lo duda? Luego es sin contradición ajena contradición mía? Es cierto. Pues ahora que no hay que sea estorbo de mi dento, quiero que mi razón mesma le estorbe, dejando aquí de cometer esta ofensa por Dios, como en casa suya, por María Magdalena, por su santidad, por mí, porque mi apetito tenga de tantas, como me arrastra alguna vez resistencia, cumpliendo en esta templanza, con Dios, conmigo y con ella. ¡Qué escucho! ¡Qué hombre tan malo! tan grande auxilio a Dios deba? pero es don, y como tal en quien quiere Dios le emplea que si en mérito estribara nunca se le mereciera. Acción generosa es. Vamos, pues el día llega al monte, huyamos de donde tanto prodigio se encierra. Vamos, pues. Quédate aquí intento torpe, y no vuelvas conmigo, aunque mi pasión que me acompañes pretenda, que pues pude conocer la maldad de tu torpeza, conocerla y no dejarte, ciego precipicio fuera. ¿Qué es esto? Pues Alejandro va conociendo que yerra, Alejandro, que a Laurencio no hizo en nada diferencia, tiene indicios de salvarse, y Laurencio se condena? pues no, piérdase Alejandro, y mientras el tiempo llega, si llega, de perseguir a Magdalena, no pierdan mis astucias su ejercicio. su ocupación mis cautelas, vamos al monte a encender los bandos ciegos, en esta forma de Laurencio, a ser escándalo de Isabela, confusión de Federico, y de Alejandro centella, que encienda su casi helada pasión, y si fuere esta corta materia a mis triunfos, y a mi poder poca empresa, vamos dolor a apagarle al sol las luces que peina, vamos tormento al Olimpo, aborrarle las estrellas, arma contra el cielo, tristes luces que alumbrasteis bellas, arma contra fuego y aire, guerra contra el hombre guerra. Barra, hermana, por ahí, yo barteré por acá. Cansada pienso que está la hermanita, ¿no es así? Confiésolo. pues las dos lo dejemos prevenidas, y nuestras almas barridas estén delante de Dios. Barramos con todo eso. ¿Para qué si ha de ensuciarse? Es menester conformarse. Yo, hermanita, lo confieso; pero si con igualdad supuesto que nos cansamos las dos de barrer dejamos, ¿qué mayor conformidad? Y si llega nuestra hermana... Magdalena, ¿y lo ve así? Hará lo que suele, y barrerá con mejor gana, darela pasas y pan. porque deje de barrer. ¿Para qué me ha menester? No barra, y se lo dirán. ¿Espara algo de importancia? Sábralo si lo desea. Dígalo. Para que vea una muñeca de Francia, que aunque son buenas de acá, no tienen aquel primor de allá, que en fin es mejor, todo lo que se hace allá, mire qué faldas tan huecas. Galana está. La codicia, hay que la hermana novicia es inclinada a muñecas. ¡Ah, poco, que las dejé! Pues no las dejaré yo. ¿Antigua, ya porque no? Siéntese y se lo diré, siéntanse en ellas a todas horas hallo toda mi alegría, y todo el santo del día jugamos a las señoras. ¿Hay prevención de azafate cuando yo las vengo a ver, y las fiestas suele haber su poco de chocolate. Pero ésta, en quien se encierra la atención es advertida, la muñeca más cumplida, que ha salido de su tierra, no hayas miedo que ella abra la boca, ni meta ruido, por cierto que no la he oído, nunca una mala palabra, ni un chisme, estotra parlar, della en tu vida lo esperes. muertes de hombres y mujeres se le pueden confiar, porque hubo en la celda un cuento la muñeca francesita le quemó a esta muñequita la boca con un pimiento, esta la peina y la toca, y es su modo tan modesto, que aunque el jaque esté mal puesto, jamás despega su boca, y con estas, y estas dos hablo en viniéndome gana. pobre de mí, nuestra hermana. Sea, por amor de Dios. Deogracias, pues ¿qué hace hay? ¿Qué es eso que se cayó? El demonio me engañó ¡Hermana! ¡Sant! Lléguese aquí, ¿Qué es eso que esconde? Nada. Sé. Lo verá, si me aparto. Eso procuro. Pues por eso me he de estar aquí un año entero, ha visto ¡Qué linda curiosidad! Hermana, muñecas son. ¡Jesús, qué fragilidad! ¡Jesús, Jesús! Y por dos, u tres muñecas no más, calla, parlera, se cansa en tanto Jesúsear... Muy bien cumplirá la hermana con lo que a su cargo está jugando desa manera cuenta dar fuerza será a nuestra madre priora de todo. ¿Y me pegará? La mortificará mucho. ¿De qué llora? De ver qué hay, quien tiempo tan limitado, como a la vida se da, gaste en cosa que no sea servir a Dios, cuando está contando el tiempo los puntos del humano respirar, y cuando la vida nuestra, solamente nos la da Dios, para que en su alabanza la sepamos emplear. Enmiéndese, por su vida, sea en servir puntual a la religión, no aprenda de mí, que la enseño mal, sino de tantas, que humildes con rendida voluntad, a la perfecta obediencia, tantos ejemplares dan. ¡Ay Dios mío de mi alma! Hermana, no lo haré más, no lo diga a nuestra madre, que en una santa será ser soplona gran defecto. ¿Qué inocencia, si me da palabra de enmienda yo la procuraré ayudar en el trabajo. Sí doy, mas diga, se lo dirá a nuestra madre? No, hermana, mas vaya sin replicar, eche en el estanque luego sus muñecas. Se ahogarán, que como son chiquiticas, ninguna sabe nadar. Haga lo que digo al punto, y deme esa escoba. ¿Hay tal? que haré yo sin mis muñecas, venid hijamías, ¡ay balas levatando! huérfanas de padre y madre, ¿quién me podrá consolar, ¿Hay muñeca francesita? que por ti lo siento más, que por estotras, que en fin en su tierra morirán, entre sus deudos; mas tú, quien te llore no tendrás forastera en tierra ajena, nunca vinieras acá, para tanta desventura. ¿Qué es esto, hermana, no va? Yo voy, ¡ay mis muñequitas!, mas tú me lo pagarás. Su ignorancia es invencible, barra, hermana, por allá, que esto yo lo barreré. Su virtud es singular Yo barreré el suelo que barre las plantas han de pisar, de tanta sierba de Dios en Santa Comunidad, aprenda yo en la vigilia de la anunciación a estar humilde de aquella santa, rendísima humildad de la soberana virgen, cuando el alta, y singular obra de la encarnación, el ángel se fue anunciar, pues rendida a la divina absoluta potestad del padre eterno, humillada, dijo al Nuncio celestial Esclava soy del Señor, haga en mí su voluntad deja de barrer. Hízose el verbo divino carne, y fue la singular aceptación de María, motivo tan principal de hacerse hombre Dios, que debe deste favor sin igual. Toda la naturaleza agradecimiento dar a la virgen, como en quien tomó Dios humanidad. Raro favor del divino amor de Dios, humillar su grandeza a mortal velo, unir su ser inmortal, a mortal ser, dar porción finita a su eternidad. ¿Quién de esta amante fineza nunca pudiera pasar a descuidar la memoria, y quien pudiera alcanzar de tan oculta doctrina la suma dificultad, carne se hizo el verbo; pero adonde discurso vas, que no es para tu ignorancia juicio tan particular. Vuelve a barrer, Magdelena, que aun eso hacer no sabrás. Mas, ¡ay!, que el amor profundo, no me permite dejar el ruego, señor divino, mi entendimiento alumbrad, Agustino a vuestra ciencia apela mi ceguedad, de vos espero saber misterio tan singular. Dios quiere que no tan solo tengas de su humanidad, sacrosanta inteligencia, sino que con celestial demonstración, en tu propio corazón tengas de hoy más unido en oro y en sangre lo inmortal y lo mortal. Ya está aquí mi corazón. En esta inscripción verás la unión humana y divina. ¿Qué mayor felicidad? Verbum caro factum est. ¿Quién, al oír pronunciar palabras que significan la eterna divinidad, y la humanidad de Cristo, no se humilla a venerar? El Verbum, con oro escrito, por ser más noble metal, más poderoso y perfecto, muestra la divinidad del verbo y el caro factum est, como aquí escrito está con sangre, muestra también de Cristo la humanidad. Pues el que dijo oro dijo riqueza, y ninguna hay, que Dios no sea, y quien luego dijo sangre, claro está que dijo carne, de suerte que en oro y en sangre está la divinidad de Dios, unida a su humanidad. Luego si en tu corazón, permitió Dios por premiar tu ardiente amor, que se uniese lo inmortal y lo mortal, y en oro y sangre, bien claro te muestra para alumbrar tu entendimiento, que es copia esta del original de su encarnación, pues siendo lo que es aquí oro, allá riqueza y verbo de Dios, y lo que sangre claustral, mina donde el sol divino cuajó el divino metal. de oro y sangre, fue también en el claustro virginal de María, aquella unión de mortal y de inmortal? Favor excesivo, para la humilde incapacidad de mi bajeza; mas puesto que mi esposo celestial gusta de favorecerme por su infinita piedad, otro don espero hoy. Ninguno te negará su amor, Magdalena pide. Pues tú me inspiras, galán, cortesano del impíreo, pídale a Dios mi humildad, que las dulcísimas llagas, que más que la ceguedad pérfida, imprimió su amor en su santa humanidad, con los acervos dolores, que las labró la maldad, en mi alma las imprima. Nada te quiero negar, que de mía te acredite, llégate, y recibirá tu alma el logro que espera. Tanto favor, Señor, hay, para una criatura indigna? Esposa, llégate más, y ahora verás el anillo. que mi liberalidad te dio en señal de que soy tu esposo. ¡Oh, suma bondad! ¿Qué me pides más? Señor, solo os ruego que infundáis constancia en mi sufrimiento, que atanto bien celestial no hay resistencia en la vida. Espérale y queda en paz. por templar el incendio en que me abraso, ¡Oh, pese a mi destino, por ser este el camino de la barraca de Alejandro, al paso le ha salido mi engaño, logre mi industria a costa de su daño, pero ya llegan él y Federico, en esta calífico de mis industrias la mayor cautela, perezca todo cuanto me desvela, fingireme dormido. para encender su enojo suspendido, que si la ira en su furor despierta, su perdición y mi vitoria es cierta. no duermo humanos, aunque lo concierto, que siempre contra el hombre estoy despierto. Aún no estoy en mí de asombro. Ya pudiera el sobresalto tan lejos de su motivo dar treguas a tu cuidado. Entremos a descansar. Puesto que no ha reparado, mi astucia los llamará. No me mates, Alejandro, Ten la ira, Federico. Dormido aquí, y aun soñando está Laurencio, que tú, y yo la muerte le damos. Pues ni aun en sueños presuma de mi valor ese engaño, que quien le matara solo, le despierta acompañado; a Laurencio. ¿Qué me quieres? pues? Los dos, Alej ¡Sosiega! Entrambos. No, que quien te dispertó de su valor obligado, sin compañía te busca. ¿Y pudieras repararlo, en que no te mata, quien tanto verte ha deseado como yo para matarte. La ausencia nos ha estorbado fenecer nuestro litigio. Pues ahora le fenezcamos. Logrose mi intento. ¿Cómo si te precias de bizarro, y me ves solo, me buscas con compañía? Es engaño, que yo no te busco ahora Laurencio, si no te hallo. ¿Y qué dirá Federico? puesto que de mí agraviado está. Yo estoy ofendido no más, pero en este caso lo que diré es que, supuesto que me hallo con Alejandro, y que él no puede cederme duelo que está comenzado, busques quien se ponga al tuyo, que yo me pongo a su lado. Yo te apartaré de aquí. pues me importa, conformaos que yo a nadie he de buscar, o llegad acompañados, ya es tiempo espíritu impuro. No hay quien de a mi vida amparo, Laura. Isabela es. No presumas apartarte de aquí un paso. Eso es lo que yo pretendo. ¡Ay de mí, triste! Pues cuando peligra su vida, aunque soliciten los reparos de mi dolor, que la olvide, Venza amante, venza hidalgo, todos los inconvenientes, y halle en mí su vida amparo. Yo haré que ese engaño dure. tanto tiempo en tu cansancio, que le sigas siempre, y nunca encuentres con el descanso. Ya estamos solos, Laurencio. Y te aseguro que extraño el rencor con que procuras acabar un embarazo, que ya sin motivo dél ningún aplauso sacamos, porque negada tu prima a la esperanza de entrambos, ninguno puede aspirar a la dicha de su mano. Es verdad; pero aunque estemos a la esperanza negados, yo no lo estoy al amor, y a padecer no me allano, la vez que llegué a saberlo, que otro quiera a la que amo. Pues si es ese solamente tu duelo, a no amarla paso, y desde aquí aborrecerla me dispongo, y ya lo hago. ¿Qué nuevo fuego me abrasa? que olvidado del espanto, que percibió mi memoria vuelve a encenderme el cuidado, Laur. Ya en su corazón se ceba. mi venenoso contagio, mas no es verdad que nos vemos en el puesto señalado? asegurarle me importa. Verdad es que en él estamos, y siento que me lo acuerdes, cuando quisiera olvidarlo, solo por no parecer a tu ofrecimiento ingrato. Yo te agradezco lo atento. Pues si ya estamos pagados en las atenciones nobles, a estar iguales, volvamos en las iras. ¿A qué esperas? yo haré que estés obligado. a creer con apariencias que ha sido verdad mi engaño. Primero soy yo. No yerres. Pues ¿cuándo yerra mi brazo? Dispara y no da lumbre. Mas, ¿qué es esto? No te asustes, que porque vieras logrado lo que mi amistad te ofrece, fue menester ese acaso. pues estando ahora tu vida al advitrio de mi mano, y dando yo al aire el plomo, que había de ser tu estrago, de ser cierta mi amistad quedarás asegurado. No solo seguro quedo, sino a tus plantas postrado, donde ser tu esclavo juro. Mejor estás en mis brazos, ¡Ah, infeliz! ¿Qué es tu desdicha? la que estás solemnizando! ¡Ay infelice de mí! ¿Dónde estás que no te hallo aunque más tus voces sigo? Señor, mira que rodando Isabel, por esas peñas, se viene haciendo pedazos, perseguida de un demonio, de una culebra u lagarto, que tiene patas de buey, cara de hombre y cola de asno, Socórrela, pues te encuentro. A socorrerla acudamos. Mira que en cuanto a las iras de nuestros odiosos bandos, nos quedamos enemigos. A tu voluntad me allano, y así en nada te replico. Esto nos importa a entrambos. Luego volveré a buscarte. Siempre me hallarás. ¡Mal año! como huele aquí a pajuelas. Quiero fingir que la amparo, y precipitarla, ven. Ya no hay para qué. Inhumano monstruo o furia del abismo, que en mis delitos cebado me persigues, ¿qué me quieres? Déjame, que no te ha dado Dios permisión contra quien reconoce sus pecados. Pienso que la mujer sueña, Isabel deque la mano. ¿Qué quieres? Que se levante. Pesa mucho mi pecado. ¡Ah, pese al cielo, que vuelve ap Dios en contra mí mis engaños. ¡Clemencia, Señor divino, Favor, señor soberano. Pues, ¿cómo te ha de amparar ¿Dios de ti tan agraviado? no lo esperes de su enojo. ¡Ay, que predica mi amo! ¿Pues tú, Laurencio? No soy Laurencio, si no estrago de tu alma. ¡Ave María! Calla, infame. Verbum caro, luego vi que en el demonio hasta un convento no paro. ¿Que no eres Laurencio? No, sino quien está aguardando el fin que tan cerca tienes. ¡Ay de mí!, que acobardado el aliento no me deja recurrir al cielo! En vano lo solicitas. ¡Pequé ¡Señor! Ya tiene cerrados los oídos a tu ruego. No tiene monstruo tirano, que Dios siempre escucha a quien se arrepiente del pecado, Déjale a Dios su criatura. que su amor ha decretado, que para que cumpla el voto que hizo de religión, santo viva y de ti se defienda. ¡Pese a los juicios arcanos, y pese a mí, que te veo tan sobre mi cuello, estando en tu celda en oración. Pero espérame vengado de ti y del cielo en la injuria deste desaire que paso por ti y por Dios, pese a mí corto poder limitado. Hermana, ¿dónde se ha ido? Ya mis ojos van cobrando. la luz que perdieron, ya en raudales anegados Ven mi delito. Isabel, ¡Paga a Dios, que te ha librado de las infernales penas. Voz, cuyo dueño ignorando llegas a mi oído, cuya eres, que no lo alcanzo? De María Magdalena. Con eso me dices harto, pues solo pudiera ser suyo consejo tan santo, yo te buscaré portento de prodigios y milagros. y en tanto, aplaquen a Dios las corrientes de mi llanto. ¿Hermanita ha vuelto ya? Gracias a vos, soberano, dulcísimo Jesús mío, por beneficio tan alto como a esta criatura hicisteis. Dígame, se ha paseado ¿Dónde fue? ¿Qué me pregunta? Pues no estábamos rezando, cuando, sin saber por dónde, se me fue de entre las manos? Mire que se engaña. Pues, ¿Dónde estaba, si me engaño? porque ella no estaba allí, sino acullá. Oye, si acaso se va a pasear otro día, yo me pondré los zapatos nuevos, y me llevará consigo. Vaya volando a lo que toca a su oficio. Voy, mas mire que quedamos en qué ha de llevarme. Vaya. Voy. pero no sea el diablo, que se olvide. Vaya presto. Llámeme para que vamos. Ahora, María, ¿con qué pagarás a Dios tan altos favores como le debes? Tú estás siempre de su mano amorosa recibiendo beneficios y regalos, y no haces nada, por Dios. Aquellos crüeles, clavos que sus dulces manos hieren, no fuera bien que tus manos dignas de tanto castigo hirieran, menos ingratos? No fuera bien que a tu esposo pidieras el soberano favor de participarte aquellos dolores santos de su amorosa pasión? Justo fuera. Este regalo os pide la indigna sierba vuestra, dulce esposo amado. ¡Ea, tierno esposo mío, que ya padecer aguardo por vos aquellos tormentos, que mis culpas os causaron. Venid, Jesús, amoroso, del modo que, imaginando os está mi corazón en vuestro amor abrasado. Ya estoy aquí, Magdalena, como tu amor me ha rogado. ¡Ay, dulces sienes heridas! hay desnudos pies sagrados, hay blando costado abierto, ¡Ay, hermoso hombro cargado! ¡Ay, bello cuello oprimido! ¿Hay tierno rostro injuriado? ¿Qué quieres? ¿Qué repartáis os suplico los agravios, que os hizo el hombre conmigo. Sea mi corona lauro de tu amor. Solo vos, solo vos pudisteis sufrir tanto dolor. ¿Quieres descansar? No, señor, no, esposo amado. Pues, ¿qué quieres, Magdalena? Quisiera yo descansaros, dad esa cruz a mis hombros. Toma. ¡Ay, Jesús, adorado! que todo el mundo parece que estriba en mis hombros flacos, Señor, ayudadme vos. Ya, Magdelena, lo hago, que sin mi ayuda no hay quien pueda llevar peso tanto. Y ya yo con vuestra ayuda, amante Dios he notado, que el peso de vuestra cruz se me convierte en regalo. Por regalo, Magdalena, ¿Tienes la aflicción? Y tanto, que solo señor os pido aflicciones y trabajos. Pues prevente, esposa mía, al combate de cinco años de desconsuelos que esperas, que yo, por lo que te amo, haré que presto recibas lo que tienes por regalo. Como no me desampare vuestro favor, no cinco años, sino cinco mil por vos sufriré de sobresaltos. Pues porque veas el premio que por padecerte guardo, ven, te enseñaré la gloria de los bienaventurados. Gloria al padre eterno, gloria a vos, gloria al increado Espíritu procedido del amor y unión de entrambos. ¡Gloria al Padre, ¡Gloria al Hijo! Gloria al Espíritu santo. Si de algún modo pudiera ser mi tormento menor, de Magdalena el temor menor mi tormento hiciera, pues a tanto desconsuelo como padece afligida, cobarde, sino rendida. la combate mi desvelo; entro en el profundo mar de trabajos y aflicciones, donde, aunque sus perfecciones la pretenden amparar, no pueden ni han de poder, porque aunque a las padecidas se libró, a las prevenidas no se podrá defender, que Dios la ha olvidado ya piensa; y aunque esto no sea, pues aunque ella no lo vea siempre Dios con ella está, basta su imaginación para la vitoria mía, que si de Dios desconfía, no hay duda en su perdición. entre todas sus hermanas son sus acciones dudosas, y las que son prodigiosas, casi las tienen por vanas; todas dudan si serán sus éxtasis ilusiones, hijas de mis prevenciones, y a esto más crédito dan. Solo Isabel, que de mí se libró, y con ella habita, su perfección acredita; mas yo daré desde aquí traza en que de intento mude, puesto que mi afán desea, que mi mentira se crea, y que su verdad se dude. ¡Ah, Gabriel! ¡Oh, fortaleza de Dios, como no te hallas al lado de Magdalena en su más dura batalla? si eres tú quien la defiendes, ¿cómo así la desamparas? no la ves llena de sustos, peñas y desconfïanzas; temes como ella el asalto de mi poder? No a tu vana soberbia respondo, monstruo cruel, sino a tu ignorancia, que la justicia de Dios es tan sin límite, es tanta, que aun tú, siendo el que tú sabes, quiere que te satisfagas. No asistir a Magdalena Dios, con aquellas instancias visibles, en tanto tiempo, como ha que tú la contrastas, no es desamparo sino providencia soberana, que como tanto la quiere, porque más perfecta salga su eligida, la acrisola de tu cautela en la fragua; y bien a tus conjeturas pudiera mostrarse llana esta inteligencia, pues si a su estilo te entregaras, vieras que es más que imposible, que a quien Dios esposa llama, a quien unió a sí, a quien dio inteligencias arcanas de beatíficas visiones; a quien le concedió gracia de padecer los dolores de su pasión sacrosanta; a quien coronó de espinas; a quien imprimió sus llagas, a no saber qué tenía en la caridad constancia, confirmación en la fe, y valor en la esperanza, no la dejara, que sola por si contigo lidiara, expuesta a ningún peligro, y más cuando en Dios se halla, que a nadie da más congojas. que aquellas que limitadas por si solas resistir pueden las fuerzas humanas. Pues, ¿cómo quieres, si Dios se asegura de su amada, que a mí me haya menester, cuando es cosa asegurada, que Dios la fortaleciera de mí si necesitara su virtud de mi asistencia. y así, inventa, forma, fragua, astucias, trazas, ardides, prevenciones, asechanzas nuevas contra Magdalena, que en su firmeza te aguarda, quien la honra de Dios defiende, para triunfos de tu saña. Un mortal por si se puede resistir a mi amenaza? ¡Aguarda, brazo de Dios! y tú y Dios, para que salga más gloriosa mi vitoria, la defended de mi rabia; pero no perdamos tiempo, que yo la pondré en tan rara congoja que tu Dios la asista, o ella de su gracia caiga. Ea, humanos, abrid bien los sentidos a las trazas de vuestro enemigo, que hoy previene las más extrañas. aquí invisible la asisto. Que padezca ella, que es santa, tentaciones de patillas, sea norabuena hermana. mas a mí, que no lo soy, ¿Qué me quiere el señor patas de gallo, que de tentarme, me tiene como una masa? ¿Con qué pereza que voy a lo que antes deseaba tanto; sin duda Dios mío, que no debo de ir en gracia a recibiros, mi culpa es, señor, mi repugnancia, ¡Ay de mí, infeliz! Si acaso a la mesa soberana pretendo llegar sin todas las precisas circunstancias que requiere acto tan grande! sí, porque si yo llegara como antes, aquel consuelo que Dios me comunicaba en la comunión, es cierto que ahora no me faltara! Pues llegó a dudar, ya es tiempo de desesperarla; ¿Quién duda que estás ahora al oído? en pecado, y que lo estabas antes, pues las que tenías por visiones y por gracias de Dios, eran ilusiones diabólicas. ¡Qué desgracia! ¡Ay de mí! Lauret. Hermana, no llore, que los ojos se me arrasan, y a no ser por esta perra de esta hambre, manifestara los pucheros que me como. Pero ¿cómo a mí me falta de la clemencia de Dios la discreta confïanza? mas ¿cómo, aunque más confíe se sosegara mi alma, sin aquellas asistencias que perdí? ¿No es cosa llana, que este es castigo, y que no se da que castigo haya sin culpa que le merezca? luego yo, ¡pena inhumana!, ofendí a Dios? Claro está. ¡Ay triste! Mas si le falta consentimiento a mi culpa. y en mi voluntad, no se halla intención de cometerla; cosa es bien averiguada, que la que haya cometido será, en fe de la ignorancia, invencible de mi corta capacidad limitada. Mas ¿cómo Dios me castiga? En esto se ve bien clara mente, qué consentimiento en tu delito se halla de parte tuya. Eso no. ¿Con quién será con quien habla? que en cuanto a mi voluntad, bien sé que está resignada adiós, y pues que pusiste en mi voluntad la falta, cuando a merced de mi esposo está tan asegurada, permisión de Dios también es aflicción de la humana naturaleza que alcance, que este es engaño que fraguas a mi devoción; y así, puesta en Dios mi confïanza, digo que no son castigos estos con que me regala, sino premios de su amor, sin haber culpa en que caigan. y sea el paciente joven abono de mis palabras, pues por premiar su paciencia, y regalar su constancia, le dio Dios cuantos trabajos después le convirtió en gracias. Y esto es no estar Dios aquí, Pues ¿quién es el que la ampara? Ahora debe de ser bueno lo que está viendo la santa, y endenantes era malo; porque tenía la cara a manera de quien debe, y ahora está como quien paga. Provemos otra cautela. Di, Magdalena, ¿qué sacas de los trabajos que sufres? Que saco, saco la paga de servir a Dios. ¿Qué dios? Aquí huele a unto de sarna. El dios que premia y castiga, el que vida limitada trueca a vida eterna. El Dios... Porque en discurrir te cansas, cuando no hay más vida, ni hay más muerte que la ordinaria, que se deja y que se vive, que se tiene y que se acaba, sin más razón o más fin, que vivirla y que gozarla. ¿No hay más vida? No hay más vida. ¿Ni más muerte? No hay más nada. Mala debo yo de ser, pues se me atreve tan baja imaginación que aún no la disculpa la ignorancia. Verbo divino, ¿qué es esto? libradme de esta tirana congoja. Ahora lo que ve, no debe de valer nada; pero yo quiero saberlo. no dirá si no se cansa, pues le manda la obediencia, que todo lo que le pasa en secreto, comunique lo que ve. ¡Cosas extrañas! ¿Y ve acaso entre esas cosas mis muñecas? Nuestra hermana, ¿Ve algunos estanques? Veo mi flaqueza contrastada. de terribles tentaciones. Esa es ya cosa ordinaria. Veome ya sin defensa. Yo la buscaré una malla. Monstruos bosteza el abismo. Ya es ocasión de apurarla, que va flaqueando aquí. de las obicuras moradas, espíritus afligidos, formas horribles y extrañas, representad a su vista, vencedla o atormentadla. ¡Qué horror! ¡Ha de mí, infelice! Señor, ¿cómo desamparas a Magdalena, entregando a las infernales sañas a tu esposa, esposo mío? nunca más necesitada me he visto de tu favor; las diabólicas escuadras sañudas me atemorizan, y fieras me despedazan. No me dejes, Señor mío. Aquí parece que agarran, ¡Hola, hermana Magdalena! que me tiran de la saya, hermanas, madre priora, que andan aquí cosas que andan. Ahora es tiempo Dios mío. Vuélveme, esposa, la cara. No me deja el susto, aunque el deseo me lo encarga. ¿Vesme cómo estoy? ¿Qué es esto? Ya os veo en angustia tanta. Pues sufre por mí esas penas, pues yo padecí estas ansias por ti, de mi sufrimiento aprende a tener constancia. Sí haré. Señor. ¡Pese a mí! Esta es la que no amparaba Dios y se le manifiesta cuando menos le esperaba? Mas no importa, acometedla, Furores, despedazadla. ¡Ay de mí!, que otra vez fieros previenen dientes y garras. Mas ¿por qué temo, si está ¿Dios conmigo en la estacada? Acometed, infelices monstruos, que ya confortada en Dios, a brazo partido os proboco a la batalla. Llegad, pero no podréis contra la que Dios ampara. Gemid tristes, llorad roncos, mi vitoria y vuestra infamia. ¿Qué deshonra es esta, cielos? Justo es, Señor, que dé gracias a vuestra misericordia, Laura. ¿De qué, si tanto te falta de padeces. De los bienes que recibí, en confïanza de que quien estos me envía, otros mayores me guarda. ¿No es mejor huir del riesgo forzoso que te amenaza? mira que lo que hoy es cierto, será dudoso mañana, no fíes tanto de ti. Yo no fío de mí nada, sino de Dios. ¿Quién te ha dicho que Dios también no se cansa? De los que están en pecado, sí. Pues tu confïanza ¿No es culpa? ¿Culpa, Dios mío? Y culpa que desagrada a Dios más que todas, pues quien piensa que vive en gracia, da lugar a la soberbia, y a la vanidad liviana, y presunciones con Dios, son culpas averiguadas. deja la senda que sigues, pues solo peligros hallas en ella, sustos, rigores, y vuelve a la vida blanda del regalo y la delicia, no olvides, la amante llama de Alejandro, que aunque espera de sus finezas la paga. Rebelde, espíritu a Dios, que con indignas, con falsas proposiciones pretendes avasallar mi constancia; ¿cómo pretendes que ignore tu cautelosa asechanza, viendo que se opone en todo necia a lo que Dios me manda? ¿Tú quieres que de regalos a la gula satisfaga, cuando Dios manda que solos me alimenten pan y agua? A los faustos me convida del mundo tu intención vana, cuando, porque en más estrecha regla viva asegurada, me manda Dios que desnuda a la tierra dé la planta. Las verdades infalibles de Dios, están arraigadas en mi alma, y conocidas todas tus astucias falsas. Pero por si acaso, esta mísera porción humana, que la inmortal alma viste, como vil y como flaca, tuvo alguna complacencia en tus astucias livianas, yo la pondré en tal estrecho, yo la afligiré con tanta mortificación que sude sangre, con tal abundancia, que de temor del castigo, no vuelva a desear nada. Pues no, no pienses que vas libre de mis amenazas. Espíritus abatidos, uno de vosotros haga con su forma, si osadía tiene para empresa tanta, que el justo crédito pierda de abstinente y de templada, mientras yo, por no perder de vista mis esperanzas, con nuevo temor la aflijo, la asalto con nueva instancia; ténganla por mala todos, y podrá ser que sea mala. Lléguese más hermanita, y lo verá. Mirando al vestuario... Que se cansa, que es ilusión del demonio. Pues que no ve nuestra hermana Madalena, en la alacena de las cosas reservadas, mascando a cuatro carrillos? parece que ha estado atada. Si yo a Madalena dejo en el coro arrodillada al comulgatorio, como en acción que es tan contraria a su santidad; la veo aquí, cosa averiguada es que es aquí fantasía, y allí verdad, pues de tantas esperiencias advertida, su virtud creer me manda. que allí natural la vea, y aquí la vea copiada. Pues no me convida, quiero darme yo por convidada, y ir allá que cumplimientos no son para las de casa. Mire que es engaño aquel. Oiga, pues no ve a la santa engullendo? Es el demonio. No es tal sino nuestra hermana Isab. Es cautela. No es sino ¡Madalena! ¿Quién me llama? ¿Quién a sus pies, si dudar pudo de virtud tan clara, ¿Quién, si a la imaginación dio algún lugar a sus plantas, y a su virtud religiosa se humilla desengañada. Pues, hermana, ¿cómo hace esto conmigo, cuando la aguardan mis brazos agradecidos, de que tanto satisfaga a Dios con sus penitencias de aquella vida pasada? No merezco tanta dicha. Pues ¿no sabe lo que pasa? Ya sé que anda mi enemigo muy listo en las asechanzas. mas sé que Dios me defiende, y así no se me da nada. Quieren ver con cuánta astucia apartarme procuraba de la santa comunión, pues ahora en la ventana del comulgatorio, cuando a comulgar me acercaba, con una espada le vi, lleno de horror y amenaza. mas yo, porque mi temor, mi devoción no estorbara, a nuestra madre priora supliqué que me mandara comulgar por obediencia; hízolo ella cuerda y santa, y como a la devoción la obediencia se agregaba, recibiendo el pan divino, dejé su astucia burlada. Mucho el maldito te aflige. Déjale, que poco falta ya para que reconozca quién es él y quién me ampara. No falta tal, sino mucho. pues solo un instante basta, para que el mérito pierdas de aflicciones tan extrañas, y yo haré que lo conozcas aun antes que de aquí salgas. ¿Cómo tan incomprehensibles son, y tan extraordinarias sus cosas, que del discurso todos los términos pasan, solo a esperar los sucesos nos convidan sus palabras. Pues espere, que el divino Señor, que ahora me regala con trabajos, muestre presto con mi vitoria, la gracia de su poder en los triunfos que espero dél confiada. Y también porque sé que esto le cuesta desvelo, hermana, espere, que Federico de las voces engañadas, que por el mundo le llevan, venga guiado a la casa de Dios a que en ella halle lo que busca por extrañas provincias donde conozca que las que hasta ahora falsas han sido, son verdaderas. Yo haré que incierta te salga esa profecía. Nunca de la admiración descansa quien la escucha. En paz se quede En paz, hermanas, se vayan. Pues sola quedarse quiere, cuando el tal botero anda tan acendoso? Mal año para el puerco. Simple, calla. ¡Ay! ¿Qué tiene? ¿Qué me ha dado? sin ver quién, una guantada. ¿Quién anda aquí? No haga caso. Tiene la mano pesada. Siente sus desprecios mucho. Pues perdone su diabla limpieza, que desde aquí diré que es como una plata. Monstruo, bien conozco yo tu fortaleza y mi flaca fuerza. Mas si estoy al lado de mi esposo, y sé que me ama, ¿cómo quieres que te tema con tan notoria ventaja? ¿Cómo ha de faltarte? ¿Quién? ¡Dios! Pues ¿cuándo a nadie falta? Ahora te falta a ti. Pues, ¿por qué? Porque postrada al rigor de la clausura, tuviste intento liviana de dejar la religión, trocando a las ricas galas el hábito penitente. ¿Yo? Sí. Tú... Congoja rara, yo el hábito dejar quise? Sí, y en hacerlo acertarás, que la culpa consentida, es como la ejecutada. ¡Ah, cómo sabe que soy tierra humilde, que soy nada, pues dudando estoy lo propio que conozco que me engaña. Vos, Soberana María, me trujisteis a esta casa, vos este hábito me disteis; no sea yo tan ingrata, que ni aun con el pensamiento ofensa a vuestro honor haga. No harás, María, no temas, y para que asegurada quedes de la tentación, que ahora te sobresalta, este hábito recibe. Ya tormentos, ¿qué me falta que ver? ¿Qué hay aquí que espere? pues triunfo vencido, vaya a los obscuros abismos; pero primero mi rabia satisfaga en Alejandro, que mis promesas aguarda. Vencísteme, Magdalena, mas no eres tú quien me ultraja, sino Dios, si Dios, o pese a su poder y a mi infamia! Pues yo, soberaba reina, de los ángeles, pues, tanta honra recibo de vos, en vuestras manos intactas de quien el hábito puro recibo, profesión haga segunda, revalidando los votos que observar manda la religión, de obediencia. pobreza y castidad santa. Ya quedas libre de todas las tentaciones, y en paga de las visiones horribles que viste, vuelve la cara, verás triunfante a mi hijo precioso entre las escuadras de ángeles que tu vitoria, y su eterna gloria cantan. En premio de la vitoria que Madalena hoy alcanza, su esposo divino se viste de gala; y con su presencia quiere celebrarla, porque quien en Dios confía logre así el premio de su confianza. ¿Vesme, Magdalena? Sí, Esposo, aunque descara estar más cerca de vos. Presto será esposa amada, ya venciste a tu enemigo, y aunque verme es premio, falta a tu amor el de gozarme, ve a prevenir tu jornada, y ven donde para siempre tu amante esposo te aguarda. No soy cuerda, señor mío, si a gloria, si a dicha tanta, lo parezco, ir a gozaros yo? Mucho el tiempo tarda, mas vamos a disponerlo porque no nos falta nada. Voz que tanto tiempo quieres que te siga mi deseo, y aunque cúya eres no veo, nunca olvido de quien eres. Cánsate, pues me rendí a no hallarte de cansarme, o si intentas descansarme Dime dónde estás. Aquí no tienen ya que esperar, Váyanse el cojo, el tullido, y el tuerto, pues han comido. ¿Adónde, hermano? A espulgar. Pensé que era prevención lo que oí y acaso fue. Yo que halles estorbaré lo que busca tu intención, apartándote de aquí con lo que aquí te ha traído, porque vea desmentido esta mujer, ¡ay de mí!, o este palmo de virtud lo que vio en su profecía, y porque es mi granjería tu descosa inquietud. En quien hablo no reparo. El lamento fingiré de Isabela, haciendo que la siga. Favor, amparo. ¡Ay infeliz! Que a Isabela escucho, y pues que la oí quiero seguirla. ¡Ay de mí! No lo intentes, que es cautela de quien procuró en los dos el inmortal desconsuelo, búsquela aquí tu desvelo, que aquí la hallarás en Dios. Aunque la voz que oí allí Así me llama advertido, rémora de mi sentido. estotra me para aquí; y pues tiene más poder esta, que aquella conmigo, dejo aquella, y esta sigo, ¿qué razón debe de haber en quien manda que me cobre pues que me suspende así. ¿Qué aguardan, si ya los di, ¿No hay más de dale que es pobre? Tenga paciencia. Golosos son los más, padre Vicente, y aquel tuerto impertinente es un molde de enfadosos, pero ya van viento en popa huyendo del cucharón. Son pobres. Demonios son, es el de los de la sopa? Aunque tu voz había oído no le conocía, hermano. Soy un humilde gusano, Pero diga a qué ha venido ¿Federico? Aguarde, espere, ¿Sois Federico Colona? Sí, padre. Vuestra persona aguardo yo. ¿Y qué le quiere? que en él el favor emplea, bien fráy Vicente, por Dios, se acuerda cuando los dos ibamos a pecorea? Que a mí me aguarde he admirado quien nunca me conoció. Pues ¿quién nunca le trató es quien me lo ha encomendado. Más me hace dificultar ¿Quién, si no me conocía me esperaba. ¿Quién sabía que aquí había de llegar? ¿Yo padre? Sí, hijo, vos. ¿Cómo, si nadie ha sabido de mí en el mundo perdido? Como se lo dijo Dios. Ya que no fue acaso veo, aunque hasta aquí lo ignore, aquel acento que fue rémora de mi deseo; mas salga la duda mía a más luz, pues me ha esperado Padre mío, y he llegado, Dígame lo que quería. Sí haré. ¡Padre, fray Vicente! ¿Quién llama? A la portería, que a nuestra hermana María le ha dado un grave accidente. Pobre de mí, mientras voy a asistir a Madalena Espéreme. A lo que ordena obediente padre estoy. Hay muy grandes novedades Federico, y en efeto, desde que soy santo, sé muchas cosas. Le prometo, que no es poca novedad el hábito en que le veo para mí. Pues le aseguro, que el hábito es lo de menos. ¿Cómo a Laurencio dejó? Pues piensa que era Laurencio aquel diablo a quien serví? Claro está. Pues va de cuento. En este mismo lugar cuatro pasos más a menos, con mi amo me vi una noche, que aun de acordarme ahora tiemblo en ocupación tan mala. que aquí tomamos a un tiempo mi amo las de Villadiablo, y yo las de Villadiego. Huyendo dél, y de aquí al monte llegué, en efeto, en ocasión que Isabela, ¡Qué bien se acordara desto! de una fiera perseguida hasta el llano desde el cerro, troncos y peñas venía con las costillas midiendo, que buscándole favor llegue donde concurrieron, no sé si adrede o acaso, uste, Alejandro y Laurencio lo sabe ya, y también sabe, que a su socorro acudieron veniales toreadores, pues no llegaron a tiempo uste y Alejandro; y pues que hasta aquí sabe el suceso, oiga ahora lo que no sabe siquiera para saberlo. A pie quedo yo, porque me puso grillos el miedo, y mi diablí amo también a fuer de amante tu deseo, estábamos, cuando he aquí que entra bajando y cayendo, hurtado el color al rostro, robado el aire al aliento, muertas las señas del brío, presa la voz del silencio, todo el corazón callado, nada prolijo el aseo, todo estragado el aliño, y maltratado el respeto, no vi en muerta ni vi en viva, entre viviendo y muriendo, desde un peñasco llego Isabel, a los pies nuestros. ¿Y murió? No, señor mío, que esta más viva que un suegro, más que el asno de un gitano, y más que el dueño de un censo. Pues ¿cómo viva Isabel, Prosigue. Voy prosiguiendo. A nuestros pies, como dije, cayó, no bien prorumpiendo, entre quejas y palabras articulados acentos, cuando Laurencio, de quien favor esperaba cierto, hecho un demonio, sino es lo mismo hecho un Laurencio, le dijo: «No hay que esperar ¡Piedad de Dios, que al exceso de tus culpas ha cerrado los oídos justicieros. Cubriose de horror el monte, de asombro se pobló el viento, y yo dije Ave María al estornudo del miedo. Tapome la boca entonces, mas tapómela tan recio, que en golpe y humo las manos, junto de estopa y de hierro, sahumándome las narices con un tufo, no de incienso, sino de aquello que huele a vísperas del infierno, deste pasmo, deste susto, y deste peligro huyendo, los dejé, y propuse dar con mi alma en un convento. Pues, ¿cómo, si la dejó puede saber que se ha hecho ¿Isabel? No se apresure que yo se lo iré diciendo. Ampareme, como digo, deste hábito del Carmelo, y yendo y viniendo días, ¿para qué aprisa abreviemos, de fray Vicente Pucino. este religioso cuerdo. docto y santo vine a ser aquí, hermano compañero, que vicario de esta casa sustenta su santo peso sobre el hombro religioso, Atlante, de tanto cielo, y estando en la portería, ahora a su duda vuelvo. Una mañana me oí llamar, y el rostro volviendo, vi de penitente adorno vestido el gallardo cuerpo de Isabela, que según después supe, de aquel riesgo libre en que yo la dejé, a merced de los esfuerzos de Magdalena, trocó a glorias los devaneos, la libertad a clausura, y a penitencias los yerros. Mas ¿qué mucho, más qué mucho fue reducirse al ejemplo de María Magdalena, siendo un todo tan perfecto de santidad, que en la prueba que de su constancia ha hecho Dios, según notoria fama, ha pasado los extremos del humano poder, pues en el peligroso asedio de cinco años de trabajos, y no se admire que en esto hable de veras que fuera si lo intentara en el peso de María tan sagrada, y reverencia el gracejo, de cinco años en las lides, que le presentó el infierno, Divina campeona, fuerte defensora de su celo, a las capitales culpas, que osadas la combatieron se opuso tan valerosa, venció con tanto denuedo, que a la soberbia, que fue la más osada, atendiendo con más cuidado, rompió los precipitados fueros, pues cuando más afligida se vía de sus efectos, media el suelo, rogando con humildes rendimientos que la pisasen, pues era a su vitoria atendiendo, tierra, aunque tierra sagrada, y conócíase serlo, en que las que la pisaban la pisaban con respeto. Venció, en fin, siempre gloriosa los incentivos resueltos de la lascivia, entre abrojos de la gula, entre sedientos ayunos de la avaricia entre liberales ruegos, a Dios por las criaturas de la ira entre desprecios de sí propia, la pereza la venció con los extremos diligentes de acudir a Dios en sus desconsuelos, solo en la envidia no tuvo que vencer nunca, pues siendo lo que en todas envidiaba el santo merecimiento, por no quedarse sin ella no le buscaba remedio. Y en suma, ¿son los milagros tantos que la santa ha hecho entre sus persecuciones, que paralógicos, ciegos, y endemoniados, publican de su virtud los portentos. Sus profecías cumplidas. tan puntualmente se vieron, que entró nuestro cardenal de Medicis en el puesto Pontífical, como ella le profetizó primero, durando en él solamente aquel espacio pequeño que la Santa le predijo con infalible decreto. Pues ¿qué mucho, como dije, que a esta virtud, a este ejemplo sea Isabel religiosa, y Santa también, si es cierto que a Madalena le debe la santidad documentos, la religión perfecciones? y si así decirlo puedo, ¡Gloria Dios, pues ha mirado por sus divinos preceptos con tanto amor, con tan grande vigilancia y tanto empeño; que entre todas sus hermanas naturales les ha hecho, dulces los ha suavizado, y blandos los ha compuesto. Admirado estoy de oírle. No hay a tanto mal consuelo. ¡Ha muerto ya nuestra hermana! No, pero queda muriendo. Mucho hemos de perder, padre. Yo, hermano, se lo prometo; Venid, señor Federico, pero venid entendiendo que a Magdalena debéis muchas piedades del cielo. Ella fue quien me ordenó que os aguardase, y entiendo que ya sabréis para qué, pues sois cristiano y sois cuerdo, para Dios os trujo aquí no desperdiciéis su ruego. ¿Quién a tanta intercesión ¿Padre será desatento? Venid. Vamos, le pondré otro habitillo, que tengo para que entremos allá. No es dicha que la merezco ya mundo de tus engaños, voy a la verdad huyendo. Para dolor tan severo No hay valor. Muy mala está, la Santa se quedará hablando como un jilguero. Pidió a la comunidad que la venga a ver morir, rendida de resistir tan penosa enfermedad. Veamos si se han juntado en su celda las hermanas, que todas parecen ranas en el agua que han llorado. Abra, hermana, ¡qué dolor! Ya todas juntas están hecha cada una un Jordán de lágrimas. Con temor vuelvo a su justa presencia, ya Alejandro recumplí. la palabra, y es allí a tu prima. Reverencia, y temor me da su vista. Desde aquí verla podemos. Avívense los extremos de su amor, que a mi conquista le importa su perdición, Piérdase él, pues Magdalena triunfó de mí. Federico, ¿No ve a la hermana Isabela? Sin mí estoy de tanto asombro. Ya del parasismo vuelta se alienta. Invisible estás, como no hables nada temas. Ya, Señor, muero en la cruz como vuestro amor me ordena. Gracias a Dios, religiosas, hermanas y compañeras, que mi amor juntas os ve en esta hora postrera. Gran consuelo es para mí vuestra amorosa presencia, pero mayor lo será cuando consolada sepa, que me perdonáis piadosas los errores, las ofensas ¿a qué motivo os darían mis acciones imperfectas; perdonad mi mal ejemplo, y quedad de estar contentas en servicio de mi esposo. ¿Qué corazón hay de piedra que a esta piedad no se rompa? Pues, hermanita, me deja sola? Lléveme consigo. Dios queda hermana con ella, y yo voy, adiós, adiós. Recibid, bondad inmensa, en vuestras manos el alma, que disteis a Magdalena. Llega ahora. Espera, aguarda más que admirable extrañeza. ¡Ay, que la Santa volvió la cara después de muerta. ¿Qué es esto? Yo lo diré pues quiere Dios que lo entienda. Esto fue que a mi deseo torpe, la limpia pureza de Magdalena, que aun su cadáver la conserva, huyó el rostro, porque yo el rostro a su virtud vuelva, y arrepentido publique a sus pies mi culpa fea. ¡Raro asombro! Otros... ¡Gran prodigio! Huyendo vayan mis penas. Y suba a Dios su electa, su esposa amada, su querida prenda. Adonde el premio tenga de los trabajos que la dio la tierra. Porque yo a Dios le ofrezca la enmienda de mi vida en mis penitencias. Y para qué fin dichoso si os lo han merecido tengan, vida y muerte prodigiosas de María Magdalena.