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Texto digital de El sacrificio de Efigenia

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Atribución tradicional
José de Cañizares
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José de Cañizares Segura
Género
Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El sacrificio de Efigenia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/sacrificio-de-efigenia-el.

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EL SACRIFICIO DE EFIGENIA

JVA Agamenón, y Troya en cenizas se disuelva. En vano contra Paris armas Escuadrones, Grecia, sin que aplacando al Cielo tu misma sangre viertas. Y así, porque los vientos te conceda el irritado numen de Diana, sacrifica en sus Aras a Esigenia. Aguarda, pálida sombra, atezado horror, espera, y antes: pero dónde estoy? Señor, llama vuestra Alteza? Sí, Ulises, sí, amigo; que cuando el acento titubea, el corazón se dashace, y todo mi valor tiembla, no es este a esfuerzo invocación, si no queja. Cobrad aliento, señor, que en la placida ribera del mar de Auside os halláis, en donde surtas esperan las Griegas Naves, que el Boreas sople en las cándidas velas: Lejana un tanto la Aurora, aún a humedecer no empieza con indicios de su llanto, la mustia sed a las hierbas; Marte y Neptuno duermen, y un Monarca no sosiega, a cuyo cetro obedientes tantos Príncipes le cercan, que en religiosa alianza le han jurado la obediencia. Qué es esto? Ay prudente Ulises! prevén a la más funesta noticia el oído, como el dolor te lo consienta. aris Ya el mundo sabe, que P robó a la Divina Elena, premio de la poma de oro que a Venus dio, en competencia de Juno, y Palas, haciendo con delincuente promesa; que fuese precio a un soborno de una Provincia la afrenta. Comprendio a Grecia la injuria de Menalao y para haberla de vengar juntó sus gentes, auxiliando sus banderas Juno, y siendo su desaire otras razón de esta guerra, los. Griegos Príncipes todos juramentados, me entregan el mando, y en esa Armada, que con fatiga sustenta el piélago, llegué a Aulide, y apenas puse el pie en tierra, mi inclinación a la caza me indujo a que discurriera por estos sagrados bosques, (mas por qué voy dando treguas: al dolor?) entre las reses, que sus pastos alimentan, a una Cierva de Diana, querida por su belleza, o porque con su crianza se interesó en su defensa, le di en una infeliz tarde la muerte: o, nunca tal fuera! pues desde entonces el rayo de su ojeriza me asesta. Dígalo, el que sordo el aire, las mudas ondas serena; por no armar ondas, y cenos, tormenta, contra tormenta, de su pecho la borrasca con la bonanza se venga. Surta la Armada, no puede caminar, por más que inciensan los Sacerdotes las Aras, y con sangre las anegan: ni un Céfiro se conmueve, ni una Aura en el bosque sueña, cristal de roca es el mar, el Cielo es vuelto de piedra, y en ocio letal las ir van malogrando las fuerzas. Viéndonos casi perdidos, del sabio Calcas la ciencia consulté, Intérprete docto de las Deidades; y en ella encontré más confusión, pues conviniendo en que sea el enojo de Diana el motivo, me aconseja, que Real púrpura ensangriente sus Aras, porque se venza. Y estando yo discurriendo, qué Augusta infeliz Princesa ha de ser la que los jaspes de regio coral guarnezca; oprimido a la fatiga en las fantasmas inquietas del sueño a quien trasladaron sus especies mis potencias, Dictis, Diosa de la noche, a mis ojos se presenta de negro cendal vestida, con un cuchillo en su diestra, y en su siniestra una antorcha, diciendo de esta manera Para que a las Griegas Naves los vientos a inspirar vuelvan, en el Altar de Diana vierte la sangre de Elena, depositada en el pecho de tu hija amada Esigenia. Desapareció ay Ulises! imagina, considera, quien apenas se durmió para despertar a penas, qué angustia, qué sentimiento, qué despecho, qué tristeza, qué congoja, qué desmayo sentirá, como ya sienta; que hay pesares, que por grandes, ni aún como sentirse encuentran: Esigenia, (ay prenda amada de mi corazón!) aquella que es de Agamenón la gloria, y el amor de Clitemuestra: aquella en quien quiso el Cielo mostrar hasta donde llega su aplicación, conformando el juicio con la belleza, ha de morir a las manos de un padre, que se deleita en este único bien suyo! Oh cansada edad! no fuera mejor, injusta Diana, te dejara satisfecha en una muerte una vida, que ya vive casi muerta? Yo, Ulises, viendo la instancia de Áquiles, que la desea por esposa, amante suyo, la llamé a que a serlo venga, y he de trocar con afecto facineroso la empresa, y a la que espero a las bodas, prevenirla las exequias? Su madre, que la acompaña, y juzga me trae en ella de mis últimos alientos el consuelo, y la asistencia, ha de fallecer al golpe que el cuello, que adora, hiera? Los Príncipes que anhelando a que se la dé, la obsequian, han de sufrir a sus ojos tan inhumana tragedia? Como ha de seguir un joven, sin quien los Dioses nos niegan la victoria, a un patricida, ni las manchadas banderas en sangre de lo que ama? Pues si Áquiles lo penetra, no hay duda siembre en venganza de cadaveres a Grecia. Entre tanta implicación que en ello, Ulises, es fuerza obedecer a los Dioses, muera mi hija, aunque yo muera. Tu cordura me aconseje, consuéleme tu prudencia; y en todo caso, mi honor presente, no te detengas en que a esa infeliz beldad sacrifique, como pueda no desazonar a Áquiles, tener a Dia a contenta, salir triunfante de Au lograr que Troya perezca, y morir luego cual Fénix, entre las llamas que encienda; pues poco importa, que acabe sin hija, que me suceda, sin esposa, que me llore, sin Reino, que me obedezca, sin amigos, que me asistan, si muero con fama eterna, vida, que la vive aún muerto quien muere por mantenerla. De qué sirve, gran señor, que aspire a vuestro consuelo, si a vuestra fama, y al Cielo seré dos veces traidor? Y pues he de aconsejar que obedezcáis al destino, crueldad que valiente, y fino Aquiles ha de estorbar, siendo perdida la empresa, si el Ara en sangre no esmalta Esigenia, y si él nos falta al ver morir su Princesa; no descubro más remedio, que procurar, gran señor, desbaratar este amor. Vos habéis de ser el medio, fingiendo que competís su cariño desde hoy. Como si su amigo soy? De esta forma me servís. Y pues de Áquiles amada un tiempo Irifile fue, también a ella la hablaré. Vease (ay prenda adorada!) mi Esigenia combatida de los celos y el engaño, y tendrá por menor daño la perdida de su vida. Ya llegan todos. . Prevén tu astucia, disimulemos, y esta fábrica empecemos. Quiera el Cielo acabe en bien. En hora dichosa llegue de Agamenon a los brazos la hermosa Estrella de Aquiles, el terror de los T royanos. n ye Por despique de mi ausencia, señor, en vuestra hija os traigo de nuestra unión amorosa el más efectivo lazo. Padre, y señor vuestros pies me conceded. . Levantaos, dulce prenda de mi amor, (ay padre más desdichado!) y vos o valiente Aquiles, llegad; cómo tardáis tanto? y vos, Irifile hermosa, venid, venid a mis brazos. Solemnizo, absorto, y mudo, las glorias que son de entrambos; pues cuando de vuestra esposa gozáis los benignos astros, amaneciéndome el Sol, que va su Aurora guiando, hace el gozo en mí el efecto, que pudiera el sobresalto. Príncipes, yo os doy las gracias de haber hasta aquí obsequiado a la Reina. . Nada hacemos, pues vuestros nos confesamos. Deuda es de nuestro respeto. Ay Áquiles, dueño ingrato! para ver desaires míos tus armas me cautivaron? Hoy que bodorrio tenemos, rellenaremos el pancho. Ya llegó el dichoso día, que mi fe estaba aguardando. Gran señor, no dilatéis mis dichas, porque salgamos de Aulide, aunque al viento pese, sino queréis con tardaros, que el aire de mis suspiros ímpela los Griegos vasos: ya está Esigenia en Aulide. Aquiles, idos de espacio, que yo os quiero enfurecido, y no tan enamorado. A quien se concede el premio sin la hazaña? contentaos con que le dé mi promesa ira al pecho, esfuerzo al brazo. Vos me ofrecisteis, que luego que a Aulide hubiese llegado Esigenia::- . Ya lo sé, pero en los juicios humanos ay siglos de reflejiones de instante a instante; y lo vario del mío, en vos, en mi hija, u en mí, ha consistido: Vamos. . Dichosa yo, que esto escucho! . Llevose la boda el diablo. Qué es esto, señora? . Cómo, si ahora de llegar acabo, tendré tiempo de saberlo, pues falta aún para dudarlo? Arcas, hubo en el camino novedad, que haya causado este accidente en el Rey? Euribates: . Es cansaros querer que a lo que a vos toca, ni Arcas, ni yo lo sepamos. Pues señora, ya que todos a mis ansias se negaron, otro Oráculo no espero, que el del propio simulacro: qué es esto? . Vos lo sabéis, que yo, señor, no lo alcanzo. Será, que un amor que es fino, es por fuerza desgraciado? Cómo queréis que adivine? Bien pudierais, consultando las estrellas de unos ojos, de quien dependen mis hados. Si ellas dueños del influjo fuesen, que estáis lamentando, creed, Aquiles:: . Qué, señora? No sé lo que iba a explicaros, que lo que cabe en el pecho, no sueña bien en el labio. También os ponéis de parte de mis desgracias? . El lazo:- Aquí estoy yo más feliz, señora, por más cercano, ses, Ved, que no os impido, que le toméis, por juzgaros tan estrecho amigo mío, que en vos no muda de mano, pues le alzasteis para mí. Presto saldréis de ese engaño, que prenda que es tan sublime, no merece otro contacto, que el de Real Dama, por quien vuelva al dueño soberano, sin perdida en su explendor. Uiises, pues como falso a mi amistad::- Suspended la cólera, y conformaos con que ni esta, ni otra acción, que tocar pueda a mi garbo, dejaré de competiros, y si no puedo privaros del bien que esperáis, tendréis en mi opósito otro aplauso. Aguarda, traidor. Teneos. Ya se va urdiendo buen ajo. Mi padre os desea unidos, y no os quiere separados: si amáis, tened sufrimiento, que amor no triunfa lidiando. . Usté es Griego, seor Aquiles, y eso de andar a porrazos, es para hijos de Madrid, que enamoran por lo guapo. . Qué es esto que mo sucede? Si tendrá aliento este ingrato, . pues con la cinta me quedo, de pedirmela? . Veamos lo que debo a mi fortuna. Ya tenéis con que vengaros, hermosísima Irifile, de mí, y de haber yo causado vuestros infortunios. . Cómo? Alargándome ese lazo, pues haciendo un beneficio a quien os hizo un agravio, lográis dejarle corrido, que aún es más, que castigado. Vos me enseñáis, como vos, muy a lo noble, y bizarro, y creedme, que aceptara un despique tan hidalgo, a no haberme dado vos lecciones de lo contrario. Acordaos, que prisionera me trajisteis, y acordaos de nada, que nada fueron sucesos, que ya pasaron. Y porque la apetecéis, queda esta prenda a mi cargo, para que ya que no en vos, la emplee en uno de tantos como anhelan a su dueño, y de cuyo noble trato pueda fiar quien le encuentre, no tan cruel, no tan vario, no tan fementido, como quien le da este desengaño; advirtiéndoos, que desde hoy ni habrá dicha, ni habrá acaso, que ansiosa por ofenderos, no aspire yo a malograros, Caiga el Cielo sobre mí. Como yo no esté debajo. Ay Pellejo! mis venturas ya de semblante mudaron. Ay señor, quien su colambre llenara de vino blanco. El Rey está arrepentido. Es que se habrá confesado. Clitemuestra disgustada. La apretarán los zapatos. Ulises es ya mi opuesto. Fue amigo de los de hogaño. Irífile es mi contraria. Está en celo, como el gato. En qué ha de parar (ay Cielos!) el fino amor que consagro a mi adorada Esigenia, contra quien se declararon tantos enemigos juntos, pudiendo el etna, que exhalo, abrasar desde aquí a Troya? Sopla, no se asure el caldo, que lo demás lo dirá, si es que quieren escucharlo, el Acto segundo luego, que proseguirá en danzando. ### Ven, apacible viento, ven, y no quieras a mi costa preciarte de tu firmeza. 4. Ven, apacible viento, sopla en las velas. Ven, Fabonio suave, ven a mis ecos. Ven, y entrarás en parte del triunfo nuestro. 4. Ven, Fabonio suave, mueve los leños. . Id caminando hacia el mar, y vos, señor, deteneos. Qué me queréis? . Salí, solo de una duda que padezco, para cuya tolerancia no alcanza mi sufrimiento; y así perdonad, que en tanto que los votos y los metros, los casuales discursos todos estén arguyendo sobre cual será el motivo de habernos negado el Cielo el auxilio de los aires, dejando en Aulide expuesto a los estragos del ocio todo el poder de los Griegos; os haga mi confianza, mi amor y mi rendimiento, una pregunta. . Decid: hay pesar mío, empecemos a mentir, y a desmentir, lo que trazo, y lo que temo. Áquiles, Príncipe invicto de Tesalia, es el sujeto destinado de los Dioses, para ser la ruina de Hector? Es así. . Cuando a la guerra partió, sujetando a Lesbos, no solo a vuestra Corona clavo por joya aquel Rey sino es que a Irifile trujo cautiva, a quien le ofrecieron por esposa, y que quedase Monarca de aquel Imperio; y él, por serviros a vos no acetó el ofrecimiento? También es verdad. De acción tan generosa fue el premio, concederle a vuestra hija; y este bizarro mancebo tomó de vos la palabra, de que en llegando a este Puerto, en que hoy estamos, se harían sus desposorios? . Es cierto. Pues qué causa, qué accidente, qué novedad, qué suceso, tan de otro semblante os pone, que malogrando su afecto, le negáis lo que ofrecisteis? Vuestra hija ha de responderos: no os quejaráis de quien es vuestro Rey, y padre vuestro, si os entregara a un esposo, en quien notase primero una vacilante fe, un espíritu soberbio, y una inclinación dudosa, tanto a vos, como a otro objeto, de la que os desengañara la experiencia, sin remedio? Si senor pero si da la modestia atrevimiento, con el que ella me permite, antes con antes me quejo. De qué? . De que esas razones no se hayan visto primero. Yo, para estimar a Aquiles tuve de vos el precepto; ya os obedeci gustosa, y a tener un doble pecho, capaz de impresiones varias, no fueran mis pensamientos dignos de una hija de un Rey tan noble, prudente, y cuerdo. Dice bien, señor, no es esa la razón; aquí hay misterio, que le ocultáis de las dos. Señora, aún no me convenzo, porque es bien haga Esigenia el examen, que yo he hecho; y para que sea feliz, (ay Dioses, qué mal me esfuerzo!) antes de hacerse sus bodas, a Diana ofrecer quiero un solemne sacrificio de la víctima que aprecio mas. . Pues en qué os detenéis? yo concurriré a su obsequio gustosa. . El caso es, que dudo que vos vengáis bien en ello, Y no he de asistiros yo? Nada, hija mía, hacer puedo sin ti, que lo principal eres tú. . Cómo? Ofreciendo por tu nobleza, y tu estado las primicias, y el incienso. Pues cómo dudáis de mí, qué intente aplacar al Cielo? yo vengo en el sacrificio, y aún en disponerle vengo. Mirad lo que me ofrecéis, porque la palabra acepto, y os reconvendré con ella, en siendo ocasión, y tiempo, que no tardará; pues como casi perdidos nos vemos, de los Príncipes, y Cabos, manana es el gran Consejo en esas playas de Aulide, Corte de mi acampamento: allí ha de votarse el modo de nuestro común remedio: y en tanto, tenga paciencia Áquiles, que complaceros, dulces prendas de mi vida, sabe el hado que no puedo. Qué hacéis, señor? Nada, porque estas lágrimas que vierto, o son lástima, o carino; vos sabréis de qué nacieron. Qué es esto, madre, y señora? Yo te pregunto lo mismo. Mi Padre triste, y dudoso algún grave movimiento en la voluntad de Áquiles ha visto. . Si habrá vuelto su inclinación a Irifile? Al Rey encontré, y me ha hecho capaz de lo que ha pasado. Ay señora! no lo creo, que es Áquiles generoso, valiente, noble, y atento, y no me he de persuadir a que en él cabe un defecto. Pues tú te lo dices todo, ya dudando, y ya creyendo:- Pero Ulises. Gran señora, (aquí mi cautela empiezo) ya que esta ocasión me ofrece mi fortuna, no os alego para un permiso, que os pido las hazañas, los trofeos, que en servicio de la Grecia a vuestras plantas he puesto. De Itaca la Real Corona horla mis sienes mi excelso origen vos le sabéis, pues vuestro real parentesco::- A dónde irá esto a parar? Honra mi casa, y mi cetro: todo esto, invicta matrona, juntamente os represento, para que, aunque humilde, oigáis autorizado mi ruego. La bellísima Esigenia, (perdónenme sus luceros, si cara a cara a los rayos mis ceguedades confieso) es la prenda apetecida de cuantos juntos nos vemos, para la mayor hazana que hoy espera el Universo: si yo, no por mí, por vos logro tan amable dueño, sobre las ruinas de Troya fijar su sitial ofrezco. Y . Tened la voz Ulises, que no estáis en vuestro acuerdo: Cómo procedéis ingrato a la amistad, y al respeto de Aquiles? en vuestra unión no informa un alma dos cuerpos? Si señora, mas yo sé que en esta acción no le ofendo. Qué escucho, pesares míos! Pues cómo puede ser eso? El satisfará a esa duda, que yo a lo que anhelo, anhelo. Aquí está Ulises; oigamos de estas ramas encubiertos. Él es un gran socarrón, y te coca. . Estate quedo. Áquiles venía, y al verme se ocultó, pues esforcemos esta cautela. . Decidme, de lo que ibáis proponiendo está noticioso el Rey? Noticioso, y satisfecho. Acabaramos de hallar la causa de sus misterios: por mí ya estáis respondido, si él os la concede, pero la Dama es lo principal: en su libertad la dejo; escuchad a su albedrío, y advertid, pues fois tan cuerdo, que podemos persuadirla, más vencerla no podemos. Válgame el Cielo! es verdad lo que escucho? . Échale huevo. Llegaos, Ulises, a mí, que aún del aire me recelo, y quiero a vuestra prudencia e omunicar un secreto. Decid. . Tan parcial con él? deme mi ardor sufrimiento para ver en lo que para. Sabed, que es dos veces necio quien consulta al Sacerdote, y no al Ídolo del Templo. Si hubierais hablado solo conmigo supierais luego, que yo nací para Aquiles, y él para mí, y que otro afecto no admite mi corazón. No queráis ser tan grosero, que continuéis mis ofensas, si duplicáis mis obsequios; esto queda entre los dos, porque os estimo, y venero, y no es razón que yo haga público vuestro desprecio. Nada he podido entender como hablan bajo, Pellejo. Pues sal, y manda que griten. La mano, señora, os beso por tan crecido favor. Favor dijo? Ahora habló recio. Y desde hoy me servirá de impulso el reparo vuestro para amaros con fineza, y serviros con silencio, admirando con razón, que se unan en un sujeto belleza, ingenio, y cordura: eterna os hagan los Cielos. Amén, traidor y me dejen castigarte. . Deteneos, Áquiles, a dónde vais? Dónde he de ir, tirano dueño de mi vida, sino a darte el rato mejor muriendo? Tened, señor, qué decís? Oh mal haya el juramento, que ante las Aras de Juno nos hizo hacer el comvenio de nuestra infame alianza. El mozo ha perdido el feso. Bien haya lo que jurasteis mil veces, que los aceros en amigos, y aliados no han de emplearse viniendo a una empresa, que es común. Si señora, ya lo veo, por eso el furor de Aquiles burla un traidor lisonjero, que con astucias pelea, más bien le sucede, puesto que ellas me roban mi dicha. Cuál? Buena duda por cierto. De qué hablabáis con V ses? De vos, que mi pensamiento no trata más que de vos. Y él, que aspira a mereceros, os había de dar gracias de lo que era en mi provecho? gran cuenta quiere el fingir. Tened, que no, no era de eso, porque en llegando a dudarlo, ya no merecéis saberlo. Pues yo no oí, que os pedía a la Reina, suponiendo haberos pedido al Rey? Es verdad. Qué atrevimiento! No escuché, que a vuestro arbitrio dejó la respuesta, a efecto de que vos hablaseis libre? No hay duda. Qué desconsuelo. Pues vos, qué le respondisteis tan recatado el aliento, que yo no lo percibí? Que despachase con ello. Para que os lo diga yo, no es, como advertís, buen medio llegar furioso, indignado, atrevido, y descompuesto, culpando mi amor de aleve, de traidor y no creyendo lo que os afirmo, tratarme sin cordura, y sin respeto. Pues cómo había de llegar? Dudoso, triste, suspenso, y temeroso que yo por no ver un sentimiento en quien estimo, os dijera la verdad. . Sí, como el perro que le dan doscientos palos, y luego llega lamiendo. A quién le queda razón, si con razón tiene celos? Sacadme de esta fatiga; decidme todo el suceso, si es verdad que mis finezas no os cansan. Ya hace pucheros; qué palos le diera yo! Si haré porque estéis contento. Él habló::- Mas Irifile. No tenéis que suspenderos, señora, que solamente a restituiros vengo este lazo, que perdisteis, y que alzó Ulises del suelo: logró ocasión de entablar sus artificios mi ingenio. Yo quise ganar con él a mi enemigo, creyendo que Aquiles, que lo fue mío, le admitiese, como medio de hacer paz entre los dos: despreció el ofrecimiento, franqueándome otro camino, que yo que de ser me precio vuestra prisionera, callo, porque sé que he de ofenderos. Y pues ya para con él de nada sirve un tercero tan grande, como un favor que tuvo el honor de vuestro, cobradle; y si de enemigo debe tomarse el consejo, guardadle, o ponedle en quien sirva más, y mienta menos. Ah, fementida Irifile! Hemos quedado bien frescos. Adiós, señor. . Esperad: pues lo que ibáis refiriendo? En declarándome vos por qué motivo habéis hecho las paces con Irifile, tratando con menosprecio cualquier desperdicio mío No podré, porque es supuesto cuanto os ha dicho, señora. Y yo tengo de crebros, porque lo afirmáis no más; vos a mí no? qué yo miento? Pues si lo estuve escuchando. También yo lo estuve oyendo. Sois cruel. . Sois alevoso. Sois ingrata. . Vos grosero. No hay por donde disculparos, si no es con no convenceros. No tenéis que responderme, sino callando, y mintiendo. Yo os dijera la verdad; pero advertid, que no es medio fulminarme indignaciones, iras, crueldades, y ceños, pues soy quien está agraviado. Con que vos seréis lo mismo que yo, y he de quedar triste, y suspensa, por deberos, que con hablarme verdad me templéis el sentimiento? No tenemos un carácter, pero una razón tenemos. No hay tal, que hay mucha distancia de presumirlo, a saberlo. Si hay tal, que hay gran diferencia entre un parcial, y un opuesto. Con que no se halla camino::- Con que no tiene remedio::- De saber vuestros engaños? De inquirir vuestros secretos? Y con mi duda me voy? Y con mi pena me quedo? Vos mudaréis de dictamen. Vos mudaréis de concepto. Y entre tanto no he de hablaros. Ni yo entre tanto he de veros. Él con efecto se ausenta. Ella se va con efecto. Pues como (ay amor!) tal sufro? Pues cómo (ay Dios!) tal consiento? Oís. . Oís. Qué queréis? Despedirme, y:: Ya os comprendo; o mucha vida os preste el hado. Mil años os guarde el Cielo. Qué es esto, señor? Esto es furor, ira, rabia, incendio, y no sé como explicarlo. Ni nadie podrá saberlo, sino es teniendo paciencia, que ahora va el Acto tercero. #### Pues de gentes cubierto el Horizonte, es verde amfiteatro el ancho monte, cuya falda en dos puntas, que divide, abrazos da de arena al mar de Aulide: y pues su espalda bruma sobre cimientos de cristal, y espuma esa Ciudad de leños permanente, en fe del ocio, aún del menor amviente; hágase la gran junta, en quien espera atento el golfo, ansiosa la ribera, hallar de su consuelo algún indicio; mientras el sacrificio el sabio Argante para cada uno la sacra inspiración mueve de Juno, tutelar de la Grecia. Aunque Venus se precia de amparar una amante alevosía, poco a Troya su auxilio le valdría, como de ardides tímida no usara; y aún estos mi coraje le frustrara, si hubiera modo, acuchillando el viento, con que poder forzar a un elemento. Menos, invicto Aquiles, de tus altos impulsos varoniles la Grecia solicita, y más espera. ya la ha guera, Pues bañado el Altar, vi el holocausto aquí se considera, acudo a que consuma dos inocentes víctimas de pluma el religioso fuego; la junta celebrad, para que luego que en la sangre vertida en las entranas, al formar la herida, de estas dos aves, vea conformarse el agüero con la idea, vuelva a daros consuelo, Hágalo Juno así. Quiéralo el Cielo. A nadie estará mejor, que a mí. Ay bellísima ingrata, más hermosa que mi amor, te hace mi desconfianza. No sé que susto, Esigenia, siento en lo interior del alma. El que yo, si es que mi padre hacerme infelice trata. Ay Aquiles, quien contigo no fuera tan desgraciada No entramos en el consejo los dos? No, que aquí no se habla de dar verde a los Caballos. Ni de ajos, para la cara. 4. Ya estamos todos, señor, pendientes de tus palabras. Generosos Potentados de Grecia, a quien hacen salva desde los polos del mundo los clarines de la fama: Un año ha (notoria a todos es nuestra común desgracia) que las numerosas huestes, que vertió la inmensa armada Griega, cuyo peso aflige del vecino mar la espalda, en este infelice puerto la ociosidad nos las gasta. El Orbe, que oyó el estruendo de las trompas, y las cajas, ya de aquel susto primero convalece en la tardanza, njusta o que es ga juzgando, erra la que tierra, viento, resisten o que el temor de no conseguir la hazana, es rémora a nuestro impulso, es freno a nuestra venganza. Troya, oprimida al fatal Oráculo de Casandra, que su ruina le predijo, se burla de su amenaza, fortaleciéndola Hector de gentes, viveres, y armas, y decayendo nosotros, pues es opinión sentada, que más destruyen las tropas los días, que las batallas. Este no inspirar los aires, estar las ondas en calma, sordo el Cielo a nuestros votos, nace de superior causa. Quizá tenemos alguna sacra Deidad enojada, y supuesto que sea así, y que alguien motivado haya, fatalidad que comprende a todos, discurrir falta, qué hará el que pudo ofenderla por lograr desenojarla? y en fe de que estamos prontos (caiga el golpe en el que caiga) a satisfacer al Cielo, conforme a nuestra alianza, hemos de juramentarnos, por el bien que nos enlaza, de no atender al respeto, sangre, amistad, esperanza, temor, ni interés, que prive, si hay satisfacción a darla. Así lo juramos todos. Y se añade, que el que haga acción en que se conozca su cobarde repugnancia, de militares honores desposeído y formada causa de traidor, se arroje, mía, con la nota de su infa de Ejército. . víctima bastare humana, con que se aplaquen los Cielos, yo seré quien en las Aras al segrado, acero ofrezca voluntario la garganta. De mi propio me ofer diera, y la vida me quitara, antes que el menor indicio de no ofrecer vida, y alma por la defensa de todos, concibiese mi constancia. Y vos qué decís, Aquiles? Discurrid recopiladas todas las prendas del noble, lealtad vida, honor, hazañas, majestad, sangre, y valor, sin quien no hay ser que equivalga; todas, si Áquiles faltase, queden desde hoy condenadas a eterno Padrón, que diga: Aquí yace la ignorancia, el error, la cobardía, la traición del que lograba vengar su Patria muriendo, y no murió por su Patria. Eso afirmáis? . Esto afirmo. No salió mi astucia vana: (mas ay de mí!) cómo aplaudo el tosigo que me mata? Salga mi llanto a anegar mi dolor más no, no salga, no diga, que manda a tantos, quien en sí mismo no manda. Señor qué os turba, y altera? Qué os desconsuela? Qué os pasma? (Disimule) qué os oprime? Pues ver que llora, y desmaya::- Un Rey::- . Un caudillo:- Un Heroe::- 4. Cuyo valor tiembla el Asia; es notar una flaqueza más fuerte, por más extraña. Pendiente estoy de su acento. Sin vida estoy lo que tarda. Es mucho, Príncipes Griegos, lo que a explicaros no basta la lengua, y busca en los ojos las frases, que se derraman, y con líquida elocuencia todo lo que vierten hablan; mas hasta aquí llegar pueden de mi terneza las ansias. Ya soy bronce al sentimiento; ya soy al dolor estatua, ya soy Rey, no soy esposo, no soy Padre soy Monarca; y así el cetro de Micenas contra Agamenón declara, que él por un yerro que ha hecho, de quien el Cielo se agravia, causa las iras del Cielo, y es justo que él satisfaga, para que la Grecia diga::- . Qué ansia. . Qué horror! Qué desgracia! Hola, Soldados, qué es eso? Yo lo diré a vuestras plantas, aunque me cueste, señor, noticia, que es tan infausta, por obedecer los Dioses, perder mi vida cansada. Proseguid; seguro estáis. Llegué de la Deidad sacra al Altar, eché el incienso, y no le admitió la llama. La hoguera en globos de humo, no piramidal, exhala su explendor, antes en nubes caliginosas se cuaja, amenazando con rayos, que lentamente dispara. La imagen tiembla; y al tiempo que las aves dedicadas al cuchillo, el blando cuello sobre el pórfido dilatan, sin saber como, un impulso superior las arrebata, de mi resistido en vano; pues al intentar buscarlas, en inteligible acento así me dijo la estatua: No se canse Agamenón en que los Cielos le hayan de dar favor contra Hector, ni viento para su Armada, mientras como Calcas (dijo) en el Altar de Diana no vierta su propia sangre, que hoy está depositada en el pecho de Esigenia. Ay de mi infelice! . Calla, bárbaro, o te daré muerte. . Dichoso es quien nos restaura, aunque a esa costa. El aliento entre los labios se pasma, Qué compasión! Qué tragedia! Distintos afectos se hallan a vista mía; uno gime, otro se irrita, otro exclama, y otros sienten, dividido mi dolor en partes varias. Pues qué haré yo, que padezco lo que tantos, y que a nada debo rendir mi valor? Soldados, ha de mis Guardías. Qué ordenas? . Arrebatad esa mujer, y guiadla al Altar que vos forméis, donde sea sacrificada. Venid. . Ninguno se atreva a poner el pie en la raya que hace este acero, o su vida será destrozo a mi espada. Hola, escuadras de Micenas. Hola, trepas de Tesalia. . A tu lado estamos todos. Estar yo al mío me basta. Aquíles, la religión del juramento, que acabas de hacer, suspenda tu ira. Ya, aleve amigo, declaras, que ha sido arte el competirme, pues no defiendes lo que amas. Viva Grecia. . Aquiles viva. Ven, dulce prenda adorada, a los pies de tu padre, lid tan extraña a un trance se arriesgue todo. Ay señora! en vano trata de no padecer su suerte la que nació desdichada. Esposo, dueño, y señor, no ya la que esposa llamas, no ya la que adoras hija, no ya con sangre tan alta, las que venera la Grecia Princesas de tu prosapia, a tus Reales pies se rinden, sino es dos desconsoladas mujeres, y ambas tan solas, que la tierra las amaga, el aire no las admite, y el mismo Cielo les falta. Piedad te piden, señor; no la obediencia inhumana a una Diosa vengativa, que la injusticia la aplaca, ha de hacer, que con delitos los yerros se satisfagan. Si vos cometisteis culpa, que os hace reo, enmendadla, satisfaciendo a piedades, su dejad, que esté indignada Deidad, a quien la inocencia no le templa la venganza. Padre fois, aunque sois Rey: qué feroz Tigre de Hircania no defendió al cachorrillo, que astutamente enroscada iba a tragar la Serpiente, que en sus unas de pedaza? Qué tímido pajarillo; al ver que el Neblí se cala al nido, donde el habelo entre aristas se resguarda, no expone su amante pecho a la mejorable garra, antes que la amada prenda sirva de fatal vianda? Vos sois mi esposo? vos sois de hija tan ido atrada padre? dejad que se duden primero aquellas palabras, que al cuchillo la destinan; que que nos pe rsuadan, que patricida violáis la fe que debéis a entrambas. No me respondéis? qué es esto? llorando volvéis la espalda? ya padecemos dos muertes, mi estrago y vuestra desgracia. Volved a ver a Esigenia, o presumiré que os cansan halagos de vuestra esposa, de vuestra hija confianzas. Ay de ella, y de mi señor; pues cuando nos desampara un padre, un Rey, un esposo, quién tomará nuestra causa? Para esto (ay de mí!) ordenasteis con cautela temeraría, que os trajese a vuestra hija, mintiendo expresiones tantas en los deseos de verla, y era el afán de matarla? O nunca hubiese surcado las ya sacrílegas aguas, dando paso a una tragedia, haciendo a un error la salva! pero a qué fin me fatigo, si mis voces no os contrastan? A vos apelo, Euribates; a vos solicito, Arcas; a vos, Ulises, me acojo: hablad por nosotras, hasta que sentencia tan impía quede, amigos revocada. Aquiles, no os hablo a vos, que yo con la repugnancia del Rey, ni al ruego me atrevo, que él no gusta que se haga. Señora, cesad, cesad, que en el golfo de estas ansias va la nave de mi vida, vacilando entre borrascas, y en la zozobra, que advierto, no sé (ay de mi desdichada!) si es la que siento más muerte, que la que infeliz me aguarda. Padre, Rey y señor mío, a vuestras heroicas plantas una hija, una tierna flor del pimpollo de esas ramas, yace rendida, exclamando piedades a vuestras canas: vuestra amante tierna hija, de un rigor que la amenaza, a vuestro amparo se acoge, a vuestro asilo se guarda. Qué padre, señor, qué padre no se duele, y no se apiada de un hijo, a quien cortar quieren el vital hilo, que enlaza? Sirvaos de ejemplo aquella ave, que se abre, y que se rasga el pecho, porque sus hijos en su aliento no decaigan. Si esto un ave, señor, hace, como vos, con mayor causa a esta inocente avecilla no libertáis de la parca? Si los Dioses (oh señor!) os dieron por mi desgracia, una hija, que es el blanco a quien amor se consagra, cómo es posible, que pueda tanto deidad soberana de lo que una vez os dio usurpar lo que regala? No puede ser, señor, no, que en las deidades sagradas defecto es, que después quiten lo que una vez dan bizarras; y en las deidades no cabe que defecto alguno haya. Si el Oráculo mi muerte con voz tenebrosa clama, o no le influyó deidad, o la inteligencia errada puede no haber penetrado asuntos, que su eco explaya. Y si es deidad, qué deidad puede ser, quien feroz manda, el que una vida, que dio, quiera reducir a nada? Padre, señor dueño mío, vida de toda mi alma, alma de esta triste vida, que tanto de vos alcanza, compadezcaos mi razón, conmuevaos mis tiernas ansia no porque calmen los vientos, yo pague porque ellos calman. Si como Rey poderoso, recto, y altivo Monarca, porque nuestro Reino viva en la opinión de la fama, sentenciáis mi muerte, ved que la más leal vasalla padece, sin tener culpa, la más infeliz desgracia. No soy vuestra hechura yo? como (o, supremo Monarca!) no miráis, que mis lealtades no merecen esa paga? Por una voz sola, un eco que dio fementida estatua, queréis quitar una vida, que os rinde voluntad tanta? Ea, invicto Rey, que no, que no fue mi vida causa de que una traición se hiciera, para que por mi acabara. Miradlo bien, Rey invicto, aconsejaos, vuestras canas no a ajenos discursos den asenso en cosa tan ardua. No os ablando? no os conmueven lágrimas que el pecho ablandan? Señor atended, mirad a esta infelice, a esta Esclava, que os reverencia, que os sirve con celo fiel, con fe grata. Pero si Padre, si Rey, y señor, tenéis cerradas las orejas a mis penas, qué intento, que os persuada? muera yo, si vos gustáis, muera, si el Cielo lo manda; muera, si el viento no mueve al aire de mi esperanza. Flores, fuentes, aves, troncos, fieras, montes, selvas, plantas, brutos, hombres, elementos, llorad, llorad mi desgracia; pues que ni a un Padre, ni a un Rey, ni a un señor, mueve, contrasta, rinde, compadece, atrae la hermosura desdichada de Esigenia, que por sola muere, padece, y acaba. Cielos, como a mi dureza dais más vigor en tal ansia! Ea, señor, qué decís? Que me disteis la palabra, con que os reconvengo ahora, de asistir sin repugnancia a un solemne sacrificio; y pues no podéis negarla, veréis morir a Esigenia sobre el Altar de Diana. Mala muerte te dé un zurdo. Antes, que tan vil hazaña se ejecute, haré la Grecia ceniza, que el viento esparza. Aquiles. . Hola, Soldados. Considera:- Qué nos mandas? Que a mi Real Tienda llevéis banderas tendidas, armas en mano, tambor vatiente, formados como en batalla, a la Reina mi señora, y a la que ya coronada por señora de su Rey, besará los pies Tesalia, mientras al resto de toda esa femenil bastarda multitud, pues muda sufre como religión la infamia, yo solo defiendo el paso. Áquiles, pues como faltas a lo jurado? . Tú rompes los fueros de la alianza? Contra los Dioses desnudas el acero? . No me agrava acción que al Cielo defiende; pues es mi cielo mi Dama. Muera Aquiles. Guerra, guerra. Huyamos, pues nos arrastra nuestro destino, Esigenia. Y a morir con las dos vaya, quien no venga propias quejas con las desdichas extrañas. . . Buena va la tremolina. Guerra, guerra. Al arma, al arma. Ay Lola, qué presto yo este cuento remediara! Cómo, Pellejo? Mandando fueses tú la degollada. Para echarme esa sentencia no has reparado en mi cara, con estos ojos, y boca? Mírela bien, que no es mala. Con esa boca, esos ojos, esas cejas y esa barba, he visto yo en una fuente un mascarón echar agua. No sería, si no almibar en fuente de calabaza, y a un borrachón como él, cualquier dulce le empalaga. Tú eres, si he de hablar de veras:- Y tú, si no hablo de chanza::- Júguete, pero sin filis. Bórrico, mas sin albarda. Viva Aquiles. Grecia viva. Vamos a ver en qué para puesto en arma el campo todo, las banderas separadas, las Princosas retraídas, y deshecha la ordenanza, que hasta aquí se observó en este Sacrificio, o esta acá. El Acto cuarto, que hable, que ya sueñan las guitarras. ##### Soldado. . Señor? Dejad la guardia a mi cargo ahora, y a la Reina mi señora, que estoy aquí le avisad. Así lo haré. Pena mía, de qué linaje es mi amor, que vida, fama y honor me hace perder en un día? Ay Esigenia adorada! yo ignorante prometí ser alevoso por ti a la alianza jurada, con todo el Imperio Griego; mas si encubrió Agamenón su religiosa traición, él fue el aleve, y yo el ciego: No se lamente engañada Grecia, que obre de este modo, y sin mi piérdalo todo, pues sin mi bien no soy nada: no quiero vida, ni honor, que a Esigenia he consagrado. Hola, decidme, Soldado, quién hace hoy la guardia? Amor. Amor? . Prenda soberana, sola esta voz satisface; amor salvaguardía os hace contra el rigor de Diana. Ay Áquiles! quién os dio cargo de mi centinela? La fe con que se desvela quien os sirve como yo. Que estéis segura os prometo, pues en reverente abismo, yo os guardo, y aún de mí mismo os defiende mi respeto: cómo Clitemnestra está? Yace al cansancio entregada, rendida, y desconsolada. Oh! cuanta pena me da no mandar en el destino, para que hiciese piadoso, que gozase hija, y esposo, sin que por el cruel camino se parta un Real corazón en los dos depositado, con vuestro peligro a un lado, y a otro del Rey el tesón. Aí veréis cuanto es esquiva la estrella, que me molesta, pues tanto escándalo cuesta el tema de que yo viva: Y así, si os debo, señor, el afecto, que explicáis, y lo que por mi intentáis, exponiendo vuestro honor, vuestra fama, y vuestra gloria al baldón común de Grecia, quien de mi sangre se precia debe tenerlo en memoria. Permitid vaya a buscar a mi Padre, por quien lloro: yo le venero, y adoro; yo sé el dolor, y el pesar con que él obedece al Cielo, que contra mí se declara. Mi púrpura esmalte el Ara, porque es mayor desconsuelo verle pensar en la afrenta, con que de él Grecia hablará, porque en mi vida no da de la grande acción que intenta el precio ya decretado, que es tormento más terrible. Ya obedecer no es posible, que vuelvo a ser un Soldado. Amor me mandó guardar vuestra vida, por quien muero; él me ha de ordenar primero que os deje ir a peligrar; y según llego a entender, os cansáis en tal error, pues ni Áquiles, ni su amor están de ese parecer. Y un padre, qué pena, y siente? No es padre, que es homicida, Y una madre forajida? Retirada está, no ausente. Y el Cielo? También es Dios el amor. Pues nada de esto me obliga a morir más presto, Pues cuál es la causa? Vo S. Y Vos mismo, vuestra fama, vuestro explendor; no se diga, que a ser infame os obliga la pasión por una Dama: vos jurasteis no impedir la satisfacción del i y que estéis airoso anhelo. No lograréis distinguir del sacrificio la acción, pues es (mediante el Dios niño) la fe de un noble carino, especie de religión, y también esta juré desde el instante que os vi. Euribates está aquí. Oculta le escucharé c desde esa Tienda, Dejadle entrar. Generoso Aquiles, jove te asista. Él te guarde. La augusta invencible Grecia, la gloriosa, la triunfante, hoy celebra nueva junta de sus Cabos Militares, para discurrir el modo de como puede atajarse el escándalo común, que de vuestro orgullo nace, y os manda citar a ella, como uno de sus parciales. Pues con la ingrata, la ciega, la cruel, la inexorable Grecia (que yo así la llamo) me excusaréis, Euribates; y si el motivo preguntan, decid que no ha de fiarse Aquiles, en quien expone de sus Príncipes la sangre al cuchillo fácilmente; y si dan a mis piedades nombre de escándalos, que ellos examinen lo que aplauden, que si proceden crueles, les podré llamar cobardes. Advertid, que no asistiendo conforme a lo que jurasteis, os declarará un pregón al eco del bronce, y parche, torpe violador injusto naje del prometido hor a Grecia, al mundo, y al Cielo. No me faltan, si eso hacen, cajas y trompas a mí, con que yo también declare por traidores homicidas, con hombres y con Deidades, a cuantos una inocencia sacrifican por salvarse, queriendo con tiranías comprar las seguridades. Separado os dejarán de todos, sin tener parte en la conquista de Troya. Como ellos solos la alcancen, me convengo; pero juzgo, que sin mí no será fácil. Tenéis más que decir? No. Pues vete, y muy presto, antes que vuelvas hecho pedazos en átomos por el aire. Ya tu arrogancia veremos, si esto a término llegare en que una lid lo decida. Para que no se dilate, aguarda. Qué hacéis, señor? Nada, mostrar, que le vale vuestra presencia de indulto, pues le dejo ir sin matarle. Por muchas sendas me obliga vuestra atención, ya no cabe, que consienta: pero Ulises. Volveos al mismo paraje en que estabáis. Noble Aquiles, permitid que un rato os hable. Para qué, si la batalla, que venís a presentarme, es de asturas elocuencias, y de retóricas frases? y yo no sé más que aquellos argumentos naturales, que con la lanza, y la espada concluyen, y satisfacen. Testigo sois, de que en esos, ni soy, ni he sido ignorante; mas lo quiero ser ahora, porque vengo a ver si valen razones contra desprecios. No tólero yo ese examen, de quien no es amigo mío. Plugiese al Cielo dejase de ferlo, y no me tocaran tan de cerca vuestros males. Cerrar intento el oído con vos, como hicisteis antes con las Sirenas, porque no consigáis engañarme. En respondiéndoos a un cargo, que contra las amistades nuestras resulta, no os tengo de cansar más; escuchadme. Padece un hombre el defecto de una ceguedad tan grave, que los rayos de la luz causan sus oscuridades; pues confundiendo la vista los reflejos eficaces, no distingue otros objetos, que se le ponen delante: No tiene este más remedio, que interponerle, y mezclarle sombras con que se recobre; y los rayos visuales, recogiéndolos al centro, distingan lo que miraren. Así quise hacer con vos; los reflejos celestiales os cegaron de Esigenia, ni que sois rayo de Marte, ni que sois hijo de Tetis, ni que los Cielos os hacen un Dios tutelar de Grecia, ni que esa Ciudad nadante conduce vuestro valor, siendo norte de sus males, pues sin vos Troya no puede vencerse, ni castigarse, os deja ver vuestro amor; pues qué ha de hacer quién lo sabe? sembrad celos de por medio, desconfianzas, y afanes, a ver si ellos os recobran, como sombras que se esparcen entre la vista, y la luz: todo en mi amistad es arte, noticioso del decreto, que intimó a su triste padre Calcas de parte del Cielo. Y cuál fue? Que era importante, que Esigenia pereciese, porque Grecia se salvase. Sin que otro medio se encuentre? Ya ese anciano miserable ofreció su propia vida, anegada en los raudales de su llanto por su hija; pero no quiso acetarse la proposición, Pues digo, que a Deidad tan implacable, ni merece sacrificios, ni se le deben Altares. Estás en ti? Estoy en cuanto has sabido ponderarme, y todo es menos, Ulises, que mi amor. De ese dictamen soy yo, que todo lo he oído, pero por distinta parte. Cómo, señora? La gloria de que mi Patria restaure el desprecio de mi vida: que a mi padre, y Rey le pague la fineza de exponerse por mí: que la Grecia cante contra su enemigo el triunfo, nada de eso me persuade a morir, sino un amor de tan elevada clase, que contra honor, vida, y Cielo obra estas temeridades, a que sin hacer yo estotra, no hay precio con que pagarle. Vamos, Ulises. Señora::- Ulises, de aquí no pases. Preciso es, que yo te siga. Fuerza es, que yo lo embarace. lo ruega. Mi respeto te Mi amistad te lo disvade. Pues qué importa que yo muera? Importa, que yo no acabe, y Grecia no logra el triunfo, si muere el que ha de alcanzarle. Esto ha de ser. No ha de ser. Ah Cielos, quién encontrase modo de hacer venturosos dos afectos tan iguales! Pues:- Ulises? Esigenia? Señor? Señora? Pesares::- Sentimientos:- Convertid mi corazón en diamante::- Haced mi pecho de bronce::- Para el último combate. Para la postrer defensa. Que otra vez a lidiar salen::- Amor, y honor fiera lucha! Hija, y dueño cruel combate! Pero pues la religión moviendo los Capitanes de Áquiles contra su dueño, me han ofrecido obligarle por cualquier medio, a lo que mi dolor le persuade::- Pero pues es mi defensa Áquiles, a quien no cabe pierda mi esposo, pues pierde que Grecia el blasón alcance::- Tentemos el persuadirle. No he de excusar el hablarle. Ay de quien viendo sus celos no le es lícito quejarse, pues quiere a su amante airoso, y si lo está no es su amante! Ya habréis, Áquiles, notado en que penetro los Reales nemigo vuestros, aú aque de e vuestra indignación me trate; que soy el hombre primero, que a su contrario le aplaude un robo de hija y esposa, viniendo amoroso a darle gracias de nobles ofensas, que atenta pasión las hace: Y así, pues esto confieso, ya es hora de restaurarme lo que es mío, sin que yo::- No paseis más adelante, señor, que me hacéis un cargo, que él por si se satisface. Yo no truje hija, ni esposa vuestra, a que de mí se amparen, sino dos Damas, que hizo extrañas aquel desaire, que profugas las arroja, y tímidas las abate. A vuestro campo vinieron, sin que de espacio mudasen; pues nada hay de vos ajeno, en cuanto a mí me tocare; y yo, conforme al respeto que debo a personas tales, Capitán de vuestras guardas las comvoyé, no al paraje que las retire de vos, sino es al que las afiance en vuestra seguridad. Ya lo están, pues es bastante, que yo lo afirme. Eso no, pues qué habrá, que no amenace una vida, a quien destinan por suplicio los Altares? No hagáis, que la razón mía de un extremo al otro pase. Cómo? Llevándoos a donde no podáis embarazarme. De qué modo? De esta forma. Qué hacéis, Vasallos cobardes? 1. Obedecer a los Dioses. Con vuestro Príncipe infames? 2. No es ser traidores contigo, ser con el Cielo leales. Ay hija, que de tu vida llegó ya el postrero lance! Esigenia. Aquiles mío. Hola, Guardías, retiradle: hija ven. Padre alevoso, no es razón que así la llames. Oh Rey fementido! cómo no temes que a Grecia abrase? Perdona, Áquiles, que estás con la pasión delirante. Permite, que me despida del que tú me destinaste por esposo. Dejad, que de mi bien no me separe. No fallezca yo sin verle. No la ofendáis, y matadme. A mi Real los conducid. Pues ya que a un monstruo no ablan- lágrimas, por las cuchillas so penetrará mi coraje en seguimiento::- Soldados, no dejéis que llegue nadie, ni que la Reina::- Ay de mí! A ver a los dos alcance; y guiadla hasta mi tienda. Ya no puede tolerarse tal crueldad. Quién os ha dicho, que no lo es? y lo es más grave, que mi dolor no me ahogue. A nadie le importa, a nadie mas que a mí, que no consiga Aquiles su amor; pero antes nací yo, siendo yo misma, y en mí han de ver las edades, que donde hubo noble amor, haber nobles celos cabe. Ulises, qué puedo hacer? qué puedo hacer, Euribates, mas por Grecia? No soy risco, fiera, tronco, peña, y áspid contra mí y Oh nunca, señor, llegase mí mudo asombro a haber visto un suceso semejante. Mucho os cuesta, que la Grecia vuestro delito no pague. Compráis la fama a gran precio, mas la eterna es la que vale. . Pues compadézcase el Cielo de mí, si queriendo darle la vida, que está en mí, elige quitármela en muchas partes; y deme paciencia viendo, que no hay remedio que darme. O. ###### Qué no te lástime nada! No importa, si bien lo infieres, que mueran diez mil mujeres, pues no hay cosa más sobrada; que hay pocos novios arguyo, y de veinte aunque sean bellas, las diez se quedan doncellas con bastante dolor suyo. Pues seguir este consejo, degollemos esta raza, que si no sirve, embaraza. Qué propio hablar de un Pellejo tan de vinagre torcido! Ay boba! Ay bruto animal! Yo seré en todo cabal, en queriendo ser marido: para qué es el requilorio, si es el esguince interés? Eso es cierto. En igual es, porque non dan desposorio. Deja esas majaderías, y dime, cómo está Aquiles? Sus pensamientos sutiles han parado ya en manías. Ay qué compasión! con que tal pesadumbre tomó, que el juicio se le volvió? No se volvió, que se fue. Pues ya habrán sacrificado a Efigenia de aquí a un poco. Feliz el que queda loco, pero no queda casado. Hacia aquí viene Irifile. Ea, pensamiento mío, ya que quiso mi fortuna, para lograr mi designio, que encontrase este Soldado a Áquiles tan parecido, que yo que sé la distancia, aún no acieerto a distinguirlos; no siendo entre cien mil hombres extraño, el que haya podido haber dos rostros, dos cuerpos conformes; a obrar aspiro una hazana, en que conozca este ingrato, a quien estimo, que no son todos los celos villanos, y vengativos. Y pues que pudo pasar por la gran Guardía conmigo sin embarazo, este sea, ya que he hablado a los Caudillos de Lesbos mi Patria, a fin de acudirme en el conflicto; he de libertar a Áquiles con la invención de mi arbitrio; mas quién está aquí? Dos bestias, que de usted no han merecido un reparo. Hola, Soldado. Gran señora? . Ya te he dicho, que no me pierdas de vista: dónde está Aquiles, amigo? El responda, pues se acerca. Retiraos entre lo umbrío de esos árboles, y haced lo que llegare a advertiros Aquiles. Soy tu vasallo, y no hay para mi peligro, que me amedrente. Vosotros por un rato podéis ir Yo estoy de guarda de vista de Aquiles, y así es preciso:- Que te vayas, o que mueras. Lo primero es lo que elijo. que lo segundo entra en costa. . También esta está sin juicio. . Cielos, con mi amor crueles, Dioses, con mi vida impíos, como os presumis seguros del volcán de mis suspiros, si quitándome a Esigenia, ni aún es defensa el olimpo, para que a la furia ardiente::- pero quien mis desvaríos está oyendo? Quién padece todas tus penas contigo. Ay Irifile! qué presto satisfarás mi desvío, complaciéndote en mi muerte. Tan contraria línea sigo, que antes te vengo a pagar agravios con beneficios. Y el que no puede premiarlos, cómo podrá recibirlos? Como ve, que quien los hace, es un pecho noble, y fino, que con obrar generoso, se satisface a sí mismo. Pues siendo así, te podré, sin ofender tus oídos, preguntar por Esigenia? Y sin saberlo el capricho de mis celos, responderte, que está u riesgo vecino. Con que es tan cruel su padre, que sin remedio al cuchillo la entrega? Presto dirá para su tragedia el himno: Hombres, Cielos, y tierra, plantas, y signos, a quien una inocencia no haya ofendido, de Efigenia llorad el sacrificio. Ay de mí! que esos acentos el corazón me han herido: dadme paso, u dadme muerte, bárbaros vasallos míos, no en religión disfracéis el crimen que a todos hizo reos de la Majestad; pues veis, pudiendo impedirlo, a vuestro dueño morir, con el que de su albedrío lo es, y de parte os ponéis de un hipócrita delito. Qué remedias con frustrarme lo que traigo discurrido para darte libertad? Ay Irifile, qué has dicho? Que has de ver cuán noblemente se satisface un delirio, que te quiere ver airoso, aunque te llore perdido. Mientras estoy yo de escolta, hallarás en el recinto de esos troncos un Soldado con quien trueques los vestidos: él es tu copia tan viva, que dejarle solicito en tu lugar, y que tú puedas seguirme al abrigo de aquel monte, donde dejo Escuadrones prevenidos de Lesbos, que te acompañen para lo que yo no explico; pues le sobra aconsejarlo a quien hace harto en sufrirlo, Qué dichoso es quien ofende, ya que ofende a un bien nacido, pues hasta en vengarse obra de su gran sangre al estilo! Yo admito el bien que me ofreces, por quien el alma te rindo en recompensa. Quién haga de su amor un noble juicio, no pretenda ser dichoso a costa de lo que quiso pero no es aquel Ulises, Cielos, a mal ti empo vino. e Mi pecho compadecido de Áquiles, a su prisión venir a verle me hizo. De todas formas presumo, que hemos de quedar perdidos; pues muriendo la Princesa, temo que no ha de seguirnos, y Grecia:- Vamos aprisa. Cielos, qué es esto que miro! Aquiles, pues donde vais en ese traje? Perdimos nuestra empresa; pero así remediarlo determino: No se deja ver, Danteo? No señora, no ha querido. Quién es Danteo, señora? Este Soldado, a quien quiso hacer la naturaleza un retrato el más al vivo de Aquiles, y aún veisle allí, que de su tienda ha salido: notad si tengo razón. Una, y mil veces me admiro de tan rara semejanza; y a no ser porque distingo desde aquí a Aquiles, juzgara, Soldado, que eráis el mismo. Pues qué más quisiera yo! No extraño, que haya creído, que siendo yo su enemiga me complazco en su martirio, y no quiera recibirme más, pues con esto he cumplido. Vamos. Vamos. Ya yo espero se logre la acción, si he visto, que de la astucia de Ulises triunfar la mía ha podido. Aún dudo. Aquí: pero Ulises; según la orden, que he tenido, retirándome le engaño. Ya no hay dudar, si lo he visto: con orden de Agamenor voy, de que esté en un retiro Aquiles, en tanto que la tragedia, que los siglos han de llorar, se ejecura, porque quizá enfurecido, no se dé muerte a si propio, si oye el acento, que dijo::- Hombres, Cielos, y tierra, plantas, y signos, a quien una inocencia no haya ofendido, de Esigenia llorad el Sacrificio. Obedézcase a Diana, pues no nos queda otro arbitrio. Dejadme, Arcas. Qué intentas? Que ese Ídolo fementido, mas que de mármol (que a un marmo! ablandará el dolor mío) al furor de mi venganza, al último desatino de mi desesperación, por bárbaro, por iniquo, caiga a mis pies desde el Ara en pedazos dividido. Tal sacrilegio, señora, no se presuma, que es hajo de vuestra religión, sino es de un dolor tan excesivo, que fuera de vos os saca. Eso pronuncia el invicto pecho de tan gran matrona? Decís bien, yo estoy sin juicio; dejadme, amigos, dejadme, que en el humor cristalino de mis ojos, del Altar bane los pórfidos lisos, que aún caben entre el acejo (si con fe se lo suplico, y la inocente cerviz) las piedades del destino. Mejor es que os retiréis; pues ya con el prevenido aparato funeral de un acto tan nunca visto, se acerca el Rey, y de Grecia los Príncipes, y Caudillos. Considerad, que sois madre, y no podéis ser testigo de tal función, sin hacer la sangre su propio oficio. juntas Esigenia, y yo, si clemencia no consigo, hemos de acabar, porque diga por ambas el himno:- Hombres, Cielos, y tierra, plantas, y signos, a quien una inocencia no haya ofendido, de Esigenia llorad el Sacrificio. i , , Sacerdote de Diana, que de su culto Ministro las víctimas recibís, que rinden a su divino simulacro: yo aquel monstruo, a quien vencer no han podido lástimas de toda Grecia, llantos de lo que más quiso, estímulos de su sangre, de su Reino el beneficio; obedeciendo a los Dioses, mi propia sangre les rindo, en quien la de Elena manche el enojo vengativo, satisfacciendo a Diana de su Altar los jaspes fríos, para comprar de la Grecia el triunfo a que yo la guío: y pues que reconozcáis lo que admitís es preciso, esta es Esigenia. Trance riguroso! Quién testigos hace a Dioses, hombres, fieras, Cielos, plantas, mares, riscos, Luna, Sol, planetas, astros, luceros, polos, y signos, de que se entrega en gustoso voluntario sacrificio, no por el honor de Grecia, pues lástima no he debido mas que a uno solo por quien la muerte que espero admito; este es Aquiles, o Griegos! el que mi Padre (a quien miro negarme su rostro, como ya destinada al suplicio) me señaló por esposo, y a quien como a tal estimo, sobrando el lazo a dos almas, que las junta un albedrío. Porque él sin fama no quede rompiendo lo prometido, y jurado, porque logre el laurel que le previno Troya, cuando su valor triunfe de sus enemigos, muere Esigenia, y le ofrece estos postreros suspiros, para que diga la historia por caso tan exquisito::- Arma, arma, guerra, guerra. No quede ninguno vivo, que yo rayo de mi enojo hacia el Altar me fulmino. Hola, qué es esto? Esto es, padre infiel, Monarca impío, bárbaros Griegos crueles, mostraros con el castigo la senda de la piedad. Hay corazón, ya respiro. endo Dadme a Efigen P ves s medio el extraño artificio, de que un Soldado común en todo a mi parecido, quede por mí en la prisión, de libertarme, y seguiros con la mitad de estas Tropas, que aclamen mi brazo invicto. Que son las de Creta, y Lesbos, que yo le ofrecí, y aspiro a vencer al lado suyo. Viven los Cielos Divinos, que habéis de morir, o habéis de darme al dueño que sirvo, el Ídolo que venero, y la vida por quien vivo. Cómo, valerosos Griegos, tóleráis mudos, y omisos tal desacato? Vasallos, ninguno el acero limpio contra su Reina desnude, que el bando dé Áquiles sigo. . Neutrales, ni unos, ni otros profanéis este distrito, que consagrado a la Diosa debe, Griegos, reprimiros. Ay de quién causa el estrago de su Patria! Yo resisto el paso; llevadla, Argante, y ejecutad de improviso el Sacrificio. Ay de mí! No hagas tal, o enfurecido mi enojo, a ti, y a la Imagen hará pedazos. Amigos, viva la Patria. Soldados, que viva Esigenia os pido. Arma, arma. Grecia viva. Viva Esigenia. Impedidlos, puestos de por medio todos. Suspéndase el que ha sabido, que Sacrificio de un alma, quien le ofreció ya le hizo. Qué nuevo asombro nos pasma las iras? Llegad a oírlo, Griegos, del hermoso Iris, que desplegándose en visos, en colores y matices, cubre el bello frontispicio del Altar, por cuya línea brillante carro movido de ligeras ciervas, muestra, aunque embozado, benigno el rostro de nuestra Diosa, que dice en ecos distintos::- Suspéndase el que ha sabido, que Sacrificio de un alma, quien le ofreció ya le hizo. Mi Deidad se obligó de un afecto tan noble, y tan fino, que aún la propia que trata esquiveces, hoy premia cariños. Qué más pudo haber hecho, el que padre ofrece al cuchillo una vida, en quien viéndola expuesta, murió al presumirlo? A la Armada de Grecia los vientos ya están concedidos, pues en vez de holocausto de sangre, de afectos le admito. Supla esa cierva en el Ara la víctima, y pues propicio obra generoso el Cielo::- Suspéndase el que ha sabido, que Sacrificio dé un alma, quien le ofreció ya le hizo. Alto a embarcar, que los vientos soplan en los blancos linos. Qué maravilla! Qué asombro! Qué clemencia! Gran prodigio! Hija, a tu padre p rdona: Aquiles, a ti me rindo; satisfácete, si acaso mi gran dolor no has creído. La satisfacción que anhelo, es Esigenia. Quién dijo, que no es muchas veces tuya? Mis brazos, Áquiles mío, lo expliquen. Dichosa yo, que día tan felice miro. Señor, de ver como ha ob ado Irifile, estoy cautivo de su amor, Tuya es, si gusta. Ya habiendo a Aquile no debo aspirar amí A embarcar, Griegos invictos, que alegre el clarín nos llama. Y esta invención, que se ha escrito para mostrar las Comedias, según el Francés estilo, tenga fin, si es que el Ingenio con ella os ha divertido, que os pide le concedáis, dos palmadas, o or.