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Texto digital de La rosa de Alejandría

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Luis Vélez de Guevara
Atribución estilometría
Luis Vélez de Guevara Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Marta González, Noa Rodríguez y Lucía Sáez.

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Cita sugerida

Gonzálz, Marta Noa Rodríguez y Lucía Sáez. Texto digital de La rosa de Alejandría. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/rosa-de-alejandria-la-2.

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LA ROSA DE ALEJANDRÍA

JORNADA PRIMERA

Pues os llaman mis suspiros, despertad dulce tirana, que esperaron vuestros soles, el Sol, el día y el alba. Ah, Rosa de Alejandría, sabia sibila cristiana, ¿ahora duermes? Despierta, oye, escucha. ¿Quién me llama? Yo te llamo. Hermoso niño, ¿quién sois? ¿No ves en las armas? ¿Quién puedo ser, Catalina? Porque esta cruz y estas llagas son las que me dio la tierra por timbre de mis hazañas. Ya os conozco, gloria mía, divino autor de la gracia, ya sé quién sois, aunque nadie vuestras grandezas alcanza. Dulce niño de mi vida, hermoso sol de las almas, ¿adónde vais? Catalina, a verte tu amor me baja, tu galán soy, que de noche vengo a rondar tus ventanas con pretensión de tu esposo, cuando a tus balcones cantan los competidores míos. ¡Ay bien de mis esperanzas! Que a vos solo adoro y quiero, solo vuestro amor me abraza, que para saber lo menos de vos, que es lo más que alcanzan los ingenios de la Tierra, leyendo a David estaba, que os pone tan grandes nombres, que os da tantas alabanzas, y en los éxtasis traspuesta, de vustras grandezas, causa primera de todo, en quien de cuantas cosas criadas han sido, son y serán, las ideas se retratan, y no como Platón dijo, sin lumbre de fe, que estaban en el cóncavo, no más de la Luna me levanta la contemplación, Señor, y el alma os enamoraba con secretos sentimientos, requiebros de quien bien ama. Con todo estoy, Catalina, celoso. No hay cosa humana que os los pueda dar, mi bien, porque está por vos el alma. ¿Quieres, Catalina, ser mi esposa? De humilde esclava el título no merezco, mi bien. Aquí está mi cara, vuestros clavos pon en ella. Para mi esposa te guarda mi amor, Catalina mía, rosa, cuyo hermoso nácar, es cielo de la vergüenza, como glorias de tu patria. Dame esta mano, que quiero darte las primeras arras. Tomad, gloria de mi vida. Esta sortija que esmalta lo blanco de la pureza, lo verde de la esperanza, cuyo maridaje hermoso es un zafiro que abraza un rubí, que es fe y amor ciña el dedo que señala tu corazón, Catalina. Déjame, que beba el alma en las llagas de estos pies divinos, la sangre y agua de tu gracia y mi remedio. Yo me voy, esposa amada. Tan presto, mi bien. No dejes: Porque a la fe es de importancia el estudio con que admiras las escuelas de tu patria, adonde eres por tus letras siendo milagros de tantas catedrática de Prima, porque en las Divinas Aulas te aguarda el grado dichoso con la borla colorada del martirio, que te espera; y la pura borla blanca, de virginal laureola; y una azul, que es dedicada, Catalina, a quien predica la fe de mi Iglesia Santa; que has de merecer las tres que estas Coronas aguarda la sangre real que tienes que por la fe derramada bien parece, esposa mía. Aguarda mi bien, aguarda mi bien esposo querido. Presto esposa regalada celebraremos las bodas. Mi amor me dará sus alas, para seguiros, esposo, que me vais llevando el alma. El sol, el alba y el día te desean y te llaman porque tienes en tus ojos sus luces tiranizadas. Despierten y haciendo oriente las manos de estas ventanas restituyan lo que deben al Sol, al día y al alba. De piedra debe de ser, no cantéis más. Ya le cantan, Eraclio, en tu competencia, las aves a las mañanas, con dulces versos requiebra. No es Armindo mi esperanza tan dichosa, que merezca, ver tan presto el Sol, que pasan plaza de siglos las noches, por mi sufrimiento. Acaba, que en ti lo ve esta mujer, que no hay ninguna rogada, que de esta mujer no sea. Demás, que esta no es una estatua de alabastro o de marfil, hermosa pero sin alma, que si la tuviera, viera tu grandeza y estimara que un príncipe del imperio que hereda el laurel de Asia para esposa la pretende que aunque es de sangre tan alta como tú y derechamente desciende de la casa de los Tolomeos, reyes de Egipto, en tu misma patria. Ya que al Imperio de Grecia, con otras provincias varias, veía los pies, su provincia no sé que pueda, si aguarda casarse Eraclio, tener prendas de más importancia. Aguarda el no merecerla mi dicha, Armindo, esto basta, contra toda grandeza, que con la Imperial Tiara del Oriente heredó Armindo que con ser las partes tantas de su hermosura exterior, las del alma se aventajan a cuantas griegas y egipcias españolas y romanas ha visto el tiempo y celebran las historias de tu fama por oposición llevó la cátedra celebrada de Prima en Filosofía siendo prodigio en las aulas de la más insigne y noble Universidad que el Asia la Europa y África tiene. Cuenta y topo, que a una gata quiso en tanto extremo un hombre escucha si no te enfadas que a los dioses suplicó con ofrendas y plegarias que en mujer la convirtiese. Oyó el cielo su demanda y concediósela el cielo: volviendo la gata en dama la más bizarra y perfecta que él pudiera imaginarla trató él casarse con ella: con cuidado gentes varias para la boca y la noche que ya en el tálamo estaban Dadas las manos acaso atravesó por la sala un ratón y sin poder tener a la desposada, faltó tras él, de manera, que no pudo la mudanza en la inclinación gatuna de la nueva forma humana desmentir con la ocasión las devociones de gata lo mismo ha de sucederte imagino si te casas, Eraclio, con Catalina que ha de faltar de la cama al argumento primero, a la primera palabra que escuchó hablar en materia de sus ciencias y es cansada cosa pretender un hombre casar con mujer que trata más que de saber hacer vainicas, puntas y randas; y no argumentos cuestiones en máximas empapada párrafos y colorarios que es acostar en la cama a Aristóteles contigo. Armindo en esto te engañas, que son la mayor belleza, las excelencias del alma, porque mucho entendimiento en ninguna parte daña. Plegue a Dios que te suceda lo que al otro con la gata. Aguarda Armindo, que pienso que han abierto una ventana. Será como viene el día. No puede ser, porque el alba no ha declarado bien, aunque a ti se te antojaba, que el Sol llegaba. Es el sueño grande pintor de fantasmas. Retira toda esa gente, que puede ser, que más blanda Catalina oiga mis quejas que si es pena, amor es agua y el curso puede vencerla Ruego al cielo que de tantas músicas haya algún fruto y nos saque las mudanzas de grullas que he de dormir de una vez cuatro semanas Vamos, que el príncipe quiere quedarse a solas. No falta sino que le arroje el día de la calle a cuchilladas. Quiero mirar si algún bien me descubre la esperanza desde la ventana ajena han arrojado una escala ¿Qué será, válgame el Cielo? Un hombre por ella baja, ahora ilusión parece, imagino que me engañan la sombras que de la noche destierra el Sol por el alba que a declararse comienza, pero que dudo si basta para averiguar mis celos saber que es mujer la ingrata que despreciándome a mí favorece a quien alcanza humildes prendas pues todas las humildes y las altas siempre eligen lo peor, ¿Vos sois la hipócrita y casta? ¿Vos quien de reyes desciende? ¿Vos la ilustre? ¿Vos la sabia? ¿Qué haré? ¿Será justa cosa que sin castigo se vaya quien me causa tantos celos hombre que atrevido escalas el Cielo del Sol que adoro? ¿Quién eres? Responde, habla que no has de pasar de aquí sin saber quién eres: callas, vive Dios que he de matarte para que después la cara sin lengua diga quién eres a la luz de la mañana. Detente, Eraclio. ¿Quién eres? Yo solo. ¡Soberbia extraña! ¡Yo he de conocerte! ¿Conoces quién soy? Tu vista me espanta y no sé quién eres. Mira que soy dueño de esta casa y llevo mal que enamores de esta suerte sus ventanas y soy, Eraclio, tan bueno como tú y si no me guardas el respeto que me debes haré. Yo te doy palabra si es verdad, que eres su dueño de dejarla desde hoy. No basta para mi satisfacción, solamente la palabra, si la mano no me das. Haberla dado bastaba; pero ves mi mano aquí. Muestra. Suelta que me abrasasm y vive el cielo, villano, que te mate, aguarda, aguarda, para que sepas. Detente. Voces el príncipe daba. Cortad las piernas, matad ese villano, que pasa entre vosotros, Armindo, Celio. Señor, ¿con quién hablas, que no vemos quién te ofende? Si no fue sueño o fantasma yo le mataré, seguidme. Vamos. AR. Él lleva en las ancas mosca de celos sin duda, no tira coces sin causa. Hoy ha de ser la lección de Catalina divina. Es divina Catalina. ¿Quién viene? Silvio, León, Sergio, Artemio, Albio y Rugerio. Buenos días. Buenos días. El Sol hace más tardías las noches de este hemisferio de envidia, de que en los ojos de Catalina, veamos los soles que deseamos, emulación a los rojos rayos, con que dora el día que mayor belleza ostentan, cuando su deidad afrentan. Aristóteles decía, que era la hermosura humana, alma de por sí. Y Platón, del celestial galardón, que era prenda soberana. Seneca le llamó encanto de la edad. Y Homero dice, que la beldad contradice a la mortalidad, tanto, que de la muerte parece privilegio y exención. La divina perfección de Catalina merece juntos los títulos todos que a la hermosura le dan. Cifradas en ella están mil partes por varios modos, que cada cual puede hacer una mujer excelente, Jo, aquí burra, jo, detente, ¿dónde vas? Una mujer tras un juramento se ha entrado en las escuelas. Jo aquí. León. Villana parece. Sí, debe venir al mercado, que de aquestas serranías bajan a vender los martes villanas de hermosas partes cuanto su aspereza cría. No es la que viene, Rufino sea. ¿Acá das a entrar? O que vuelvas al lugar, con moscas por el camino malas adivas tostadas comas en el campo, amén, mera, mera, a burra, ten. ¿Tanto Rogerio te agradas de la villana? Rufino, viene de aquestas cualquiera oliendo a la primavera. ¿Tan mal sabes el camino, que por las casas te arrojas? O que mal torzón te dé. Un pellizco te daré, Serrana, si no te enojas. Arre allá. No está domada. Ni lo pienso estar tan presto. ¿Pues eres doncella? ¿En esto no se ve? Pues la casada; ¿déjase más pellizcar? Como es manjar decentado, tal vez deja algún bocado. Bellaca sois. Y tamaña si me empino, como vos. ¿Son grullas? De dos en dos, aunque parezco alimaña, las sé arrojar cuando quiero, y alguna que es, que si cosa, de acertar dificultosa, mas aquí tardo y espero, que ande en mi busca Lupino, que me empieza a madurar para suya, y del lugar conmigo a la Corte vino, y es un poco malicioso. No te has de ir tan presto, espera. Que espere más, guarda afuera, que anda mi novio celoso, y cualquiera sombra le espanta. A Rogerio le ha picado la vilana. Es extremado, cualquier mujer le contenta. Pellizquémosla. Arre allá, o que el diablo os aburra, no en valde se entró mi burra tras tantos asnos acá; ¿mas no me diréis a que en esta casa se ajunta tanta gente? A la pregunta, serrana os satisfaré, solamente con decir, que somos, los que miráis estudiantes, si gustáis algunas letras oír, aquí hay por Dios quien desea, que seáis su camarada. Mucho el aprender me agrada, que no hay nadie que no sea inclinado a saber. Y es de Aristóteles entiendo máxima. Mas no pretendo de ciencias otro interés que vivir bien y morir, que es lo que hay más que saber, y es tan fácil de aprender, que sin leer ni escribir, puedo del tiempo alcanzarlo, que por los tiempos lo enseña, en la planta y en la peña; donde mil ejemplos hallo, que volando a la par del ave aunque más abril le ayude no hay árbol que no desnude no hay peña que no acabe. Mas dejando tantas veras; pues es con tanta verdad está la universidad, que a las demás extranjeras, de Roma, y Atenas hace ventaja tan conocida que os hace la mal vestida, villana, si donde nace el oso, y el jabalí puede entendimiento haber; pregunta, qué podrá ser que no haya ninguno aquí, que la acierte, aunque se precie de pergeño más sutil, y mi sayal pardo, y vil por el brocado desprecie. Vaya, ¿mas que ha de ganar quién la acertare? Un cabrito, por la blanca piel escrito, que entre otros de mi lugar, traigo a vender al mercado. ¿Y a qué pena nos ponemos, cuando acaso no acertemos? Que después de haber quedado por asnos de cabo a cabo, sin moverte del portal, a mi burra cada cual la bese. ¿Dónde? En el rabo, con aquesta condición ha de ir la pregunta. Venga. Todo el mundo cuenta tenga. Vaya pues. Pues atención, ¿cuál es aquella ciudad, que quien la ve, no la ve, y quien no la ve, la ve? Implica contrariedad a toda humana razón, porque, ¿cómo puede ser, verse, y dejarse de ver? Aquí veremos a quien son los escolares, que están vendiendo en Alejandría ignorancia y fantasía, y comen de balde el pan. No ver, que si fuera así, dos contradictorias dieras igualmente verdaderas que no pueden darse aquí en buena lógica. Yo no entiendo estas historias de longas y petitorias. ¿No adviertes, que si el si, y el no son diferentes sentidos? Bueno, lo tengo de hacer. En razón no puede ser. ¿Danse todos por vencidos? Sí. Pues cada cual se escurra y como es la condición, con muy grande devoción, le bese el rabo a mi burra. Sepamos la solución primero. Muy en buena hora. Notable es la labradora. Pido otra vez atención, ¿no hay en Italia, decid una famosa ciudad, que llaman Nola? Es verdad. Pues en el nombre advertid, para que echéis de ver, que en aquesta ciudad sola el que no la ve, ve a Nola, y quien no la ve, la ve; porque no la ve, el que está viendo a Nola en conclusión, y por la misma razón, quien no la ve, no la verá que claro está que si sola, no ha de verse, que el que a Nola ve, no la ve y quien no la ve, ve a Nola. Ella nos ha concluido. Vitor mil veces ahora, Rogerio, la labradora. Vitor, vitor. Habrá sido cola mi burra, no más si le han de besar en ella Vitor, vitor. ¿No es aquella Tirrena, sí? ¿Dónde vas payo? Escolar, estaos quedo, si no queréis que me enoje, y que un guijarro arroje. Llégate, y no tengas miedo. Ningún escolar se atreva a maltratar a Lupino. Tirena, ¿es este el camino del mercado? Si me lleva esta burra del diablo por aquí, ¿qué le he de hacer? Que no hay con ella poder, saliendo del establo, para ir derecha jamás; y acá se coló. Confieso, perdona, que en son eso burras, Tirena las más. Y harto burra seré yo; si con hombre tan celoso, tan necio y tan malicioso me caso, digo que no, mil veces, busca Lupino otra mujer que te agrade y a quien pedir no le enfade, siempre celos de continuo, que son cansados descansos, rico estás y hallarás quien te agrade y Dios me haga bien con mi burra y Dios me haga bien con mi burra y con mis gansos. Espera, ¿Tirena? Adiós. Ahorcareme, Tirena. Ahórcate, norabuena. No lo veréis vos, ni cuantas mujeres hay, malos años para todos, que enviudar sin ver las bodas, es la dicha mayor, ay! ¿Qué le come camarada? Los pies por irme. Es muy presto. ¡No se contenta con esto! Esto, pazguato, no no es nada. ¡Ay! ¿Qué hay? Pienso, que menos una nalga. Pues ha sido de esta colmena marido, zangano, que por lo menos, para sí quiso la miel sin ser suya, sufra y calle. ¡Ay! ¡Ay! Que me matan. Dadle, y haya gargajo cruel. Al ojo. ¿Quién me engañó, a entrar tras de Tirena aquí? tuerto estoy; triste de mí, todo el ojo me tapó el otro quiero gradar, así por lo que suceda. Gargajos y ande la rueda. Yo las coces he de dar, y guárdense, que pardiobre, que he de hacer potroso a alguno, no se me llegar ninguno; ox, ox. Lo que lleva, sobre que viene su alteza. ¿Quién? La divina Catalina, cuya belleza divina puede obligar a que le den feudo los rayos del sol, dilatando eternamente su fama desde el Oriente griego al Ocaso español. ¡Hermosa mujer! Por vida de Lupino, que he de ver lo que de aquesta mujer decir la fama convida. Ya que me cuesta quedar por abril de arriba a abajo nevado como gargajo, aquí me pienso sentar. Perdone el mercado, y toda la voluntad de Tirrena, y múdese norabuena. El villano se acomoda, como si fuera en la arada. Déjale Tirso, y veremos en qué paran sus extremos rústicos. No es comparada con Catalina ninguna hermosura de la Tierra: no sé qué secreto encierra divino, en quien la fortuna olvido, tiempo, ni muerte, no tienen, al parecer, ni dominio, ni poder, y amor menos, que es más fuerte. Parece que la lección quiere empezar, porque tiene abierto un libro en que viene lo que ha estudiado. Atención: Tres, Aristóteles dice, que de la naturaleza son los principios, que son, privación, forma y materia. La privación es aquello desde adonde el ser comienza, que es lo que llamamos nada, de quien la causa primera, que es Dios, saca a luz los entes, dando natural licencia para que con él mismo obren: porque el Sol, y el hombre engendran al hombre, como también Aristóteles lo enseña. Sol et homo generat hominem. La materia es la sustancia, de que están las cosas hechas, que llaman materia prima, antes que accidentes tenga. Supuesto, que a parte rei no se da con existencia esta primera sustancia, de quien sacan las ideas de Dios los efectos suyos; de cuya prima materia, la de los cielos difiere, que es de mayor excelencia: y es coeterna, según todos los filósofos lo prueban: principalmente Platón, en el libro de la Esfera y en los de Coelo y David, tan grande rey y profeta, cuando dice que primero faltarán cielos y tierra que la palabra de Dios falte: es por encarecerla; pues siendo los cielos hechos de incorruptible materia, antes pudieran faltar que la divina promesa; terra et caeli transibunt, verba autem mea non transibunt, et caetera. La forma es una entidad, que en la matera sujeta de los otros entes, causa, a parte rei, diferencia. Es de tres maneras forma, accidental, la primera; vegetable, la segunda; y viviente, la tercera. La forma accidental, es la que viste la materia del color y la hermosura; la vegetable, es aquella, que hace crecer las plantas; y hay opinión, que en las piedras existe también, que algunos que crecen las piedras prueban. La viviente y sensitiva es también de dos maneras, animal, y racional, la animal está en las bestias, aves, peces y cuantos la putrefacción engendra; la racional es el alma, que a la semejanza hecha de Dios, para siempre vive incorruptible, y eterna, que Aristóteles define el alma de esta manera; que es la forma racional, in libro de animae essentia, anima estractus primus, et caetera. Por divertir la virtud de esta divina doncella, en el cuerpo de este bruto, con la divina licencia, me he revestido y pretendo inhabilitar su ciencia: Satanás soy, que en el cielo causo tanta diferencia. Debajo la corrección. Señora, de vuestra alteza, pruebo que no son las almas incorruptibles ni eternas. Racionales, nego. Pruebo; no se puede, sin materia, a parte rei, darse forma; luego. Nego consequentiam. Habiendo concedido el antecedente, es fuerza, si vuestra alteza lo mira, que la ilación me conceda. Yo nunca lo he concedido; porque es falso el entimema que bien puede darse forma, a parte rei, sin materia; porque el alma racional existir puede sin ella. Luego, es falso lo que dice Aristóteles en esta misma disputa, alegando, por la forma, y la materia, que corrompida una forma, luego otra forma se engendra? Y en los físicos lo afirma con estas palabras mismas: Corruptio unius est generatio alterius No han de valerte, si puedo, hoy que conmigo argumentas, sofísticos silogismos, que por estas mismas señas te he conocido. ¿Es posible que de tanta rustiqueza salga ingenio tan sutil? Aunque vuestra alteza niega el primer antecedente, Demócrito lo confiesa, y Heráclito, cuando dicen que con el cuerpo en la tierra, el alma muerta también: Y Horacio, que es la cosa postrera línea de todas las cosas la muerte; y es cosa cierta, porque no se ven las almas. Son invisibles esencias, como los ángeles. Para, no iguales de esa manera las angélicas sustancias. Es verdad, mas después de ellas son las almas racionales las criaturas más perfectas; y su inmortalidad, sus tres divinas potencias, entendimiento, y memoria, y voluntad, fin de las letras divinas, las acreditan; lee los santos profetas, y al gran Vaso de elección; y cuando admitir no quieras estos, por apasionados de Dios, de Platón te acuerda, cuando muriendo y mirando sin fe que el alma era eterna, dijo: causa de las causas ten de mi ahora clemencia, Causa causarum miserere mei; y lo que a Lucilio escribe en la epístola setenta Séneca, Catón, Phoclides, orígenes, que reprueban a Pitágoras, y Ovidio, que fue profano poeta; que en el libro quince que hace de Metamorfosis, llega a confesar, que las almas carecen de muerte, en estas palabras; y el verso pienso que empieza desta manera: Morte carent animae; Y el oráculo milesio Apolites, y ella misma; en sus divinas acciones, su eternidad representa; que como escribe Platón se puede ver la experiencia en los niños, que aprenden lo que les dicen, y enseñan, y en los sueñan la pone orígenes. Basta, espera, que yo me rindo, invencible mujer. Ya diste por tierra edificio de Nembrot, de Nabucodonosor. ¡No se ha visto mayor prodigio! Mas nueva cosa jamás. Adelante: Aunque la forma se pueda dar sin la materia aparte, nunca se da la materia. Anaximander, libro tres, párrafo treinta, cuestión quince, colorario cuarto; la lección fin tenga, y escriban. Notable caso como bronce, como piedra quedó el villano tendido. Quaestio, et disputatio tertia, ut tum forma sustantialis est alia, sine materia. Leyendo está. ¿Qué es aquesto? Dese a prisión vuestra alteza, por el césar. ¿Por qué, Armindo, me envía a prender el césar? Yo pienso que es el delito notorio. De esa manera bien me lo podéis decir. Dicen, que a Eraclio con hierba has hechizado, que ahora, sin seso, elevado, apenas a sí mismo se conoce; y los médicos concuerdan en esto todos. Armindo, si es verdad que esta es la ofensa, yo merezco un gran castigo; mas si nunca hable a su alteza, ¿cómo le he hechizado? Allá darás tu descargo al césar. León. No ha de ir presa Catalina. Catalina no ha de ir presa, ni el césar. Nadie, señores, en mi defensa se mueva. No hay discípulo ninguno tuyo que el cuello no ofrezca mil veces por ti al cuchillo. Yo lo agradezco, no es esta ocasión; vamos, Armindo. El amor que deben muestran a vuestra alteza, señora; y con ellos vuestra alteza, como muestra en tales casos su valor y su prudencia. Adiós, amigos, y ahora ninguno conmigo venga, que importa a todos. Ninguno saldrá de tu gusto. El césar a las hierbas atribuye los hechizos que pudiera a sus ojos, pues amor en ellos tiene más fuerza, que como estrellas inclinan, hechizan estas estrellas. Vamos a palacio todos, porque Maximino vea, con argumentos, que es falsa la opinión en que concuerdan los médicos, porque amor solo hechiza en la belleza. Vamos, aunque Catalina nuestra inobediencia ofenda. Picada vengo de ver, que Lupino, cuando huera razón seguirme, pues daba de quererme tantas muestras, se haya quedado, y en vago hayan dado mis resueltas, y desdeñosas palabras; que no hay cuando mas les pesa a las mujeres, que cuando hacen poco caudal de ellas, sin buscarlas, ni seguirlas, los que ellas mismas desprecian. Del mercado me ha traído sin vender un ganso apenas, ni dos cabritos aqueste gusano de la conciencia: o amor quien no te conoce te compre, porque no entienda las bellacas mañas tuyas. Solas están las escuelas, si se habrá vuelto al lugar, o de mi desdén la prueba le obligó a algún disparate. Aquí está un hombre en la tierra dormido, sospecho, y es Lupino; que gentil flema, para lo que yo pensaba A Lupino? aho? Tirrena, Buenos días. ¿Buenos días? A tal hora te amanezca; levanta. Ya me levanto, que no sé qué adormideras me han dado estos escolares, qué hechizo, encanto, o qué hierbas, que he dormido aquí dos horas, sin saber de mi Tirrena. Y si tú en esta ocasión a despertarme no llegas, en otras dos imagino, que no acierto con la puerta del infierno, donde el sueño me arrebato. Tírate, fuera, ¿en el infierno has estado? Cómo esto pasa quien sueña; pero no he visto en mi vida tanta gente junta. Espera, y dime si conociste a alguien por allá. No es tierra adonde faltan amigos. Válgame Dios. ¿No te acuerdas de un tal candil? Sí, Lupino, como si ahora lo viera. Pues vendiendo aloja estaba, entrando, a mano izquierda, en un sótano, y lo pasa, como si príncime fuera, más hoy de puta bellaco, qué infames clavos y especias echa en ella: allá encontré al que te hurtó, Tirrena, los gansos y los cabritos. ¿Qué le hiciste? Estaba en rueda de unos mercaderes ricos, con ciertos libros de cuentas, y no le hablé una palabra. Con gente honrada, y discreta el bellaco se acompaña. Fui descubriendo la tierra, y hallé una plaza muy ancha, de varia gente compuesta. Quise tomar testimonio de todo aquesto, Tirrena, y prender a aquel bellaco, que fe caco de tu hacienda, y un alguacil ni escribano hallé en el Infierno apenas, por un ojo de la cara. ¿Cómo? Andaban todos fuera de ronda con Belcebú. ¿Qué causas traeran hechas? Esto pasa. Tú has salido, Lupino, de adonde sueltan a muy pocos, o a ninguno. Tirrena, allá es fruta nueva un labrador. Es verdad, aunque también en la aldea hay malicias y hay envidias. E ingratitudes, Tirrena. Ya pienso quererte tanto, que lloré por ti. Eso fuera pretender ser tu cebolla, y no tu marido. En esta mano te doy toda el alma. Yo digo lo mismo. Espera, ¿encontraste allá casados? Y otra cosa no se encuentra, andan, Tirrena, rodando, unos por poca paciencia, y otros por carta de más, y todos porque quisieran, casándose, enviudar. Malos años, que tal vea, para eso es pedirles celos, vestidos, impertinencias, y no tenerles jamás puesta con tiempo la mesa.

JORNADA SEGUNDA

¿No te acabas de vestir? ¿No estoy ya vestido yo? No, señor. ¿No? ¿Cómo no? ¿Pues tengo yo de mentir? Engañaste por lo menos. Así, pues dame recado de escribir. Bien lo ha enmendado. Qué elevados, y qué ajenos de sí tiene los sentidos. Pienso que incurable está. Adriano, ven acá. ¿Qué mandas? Estos vestidos. ¿Para quién son? Para ti. ¿Quién me los ha presentado? Tu padre. Muy obligado estoy y, a mi padre, di que a su Majestad le beso, por esta merced, la mano. Vístelos, pues. Adriano, que tienes razón confieso. Ponte estos puños, pues ya tienes puesto el cuello. ¿Así se ponen? Pienso que sí. ¿Celio? Señor. ¿Ven aquí? ¿Qué mandas? Tu amigo Armindo, ¿qué se ha hecho? No me ves. ¿Yo me huelgo que aquí estés? Tu padre viene. Oh, qué lindo si su Majestad está ahora en Alejandría. ¿Pues tú dónde estás? Podría decir que no sé. ¿Está ya vestido Eraclio? Señor, la espada se pone ahora, y la capa. El César llora de verle así. ¡Qué rigor! aqueste Dios ha sido contra el Imperio de Oriente. ¿Qué hace toda esa gente en el suelo? Hijo querido, ¿cómo estáis? Bueno, por cierto, y con gana de comer, que se ha hecho una mujer; por quien ando, padre muerto; aunque parece que estoy con alma. La tengo donde el castigo corresponde a tan gran delito. Soy de parecer, si os parece, que le pidáis que me dé un alma, que le di, y sé, padre, que no lo agradece, y ando sin alma muy mal, díganlo, Armindo, Adriano, y Celio, aunque es muy temprano ahora. ¡Ay, desdicha igual! Si solo que yo quisiera, es padre, que esa mujer mi mal llegara a entender, aunque el alma no me diera, que yo pidiera prestada otra a la imaginación; aunque en aquella ocasión, anda también alcanzada de unas cuentas con los celos, y un pesar con el olvido. ¡En qué cosa os he ofendido Santos y piadosos Cielos, que me castigáis así! Yo quiero darte, señor, un consejo, si el amor paternal que vive en ti, de Eraclio para el remedio, le admite. ¿Di, Armindo? Digo, que este veneno enemigo, tiene solamente un medio, a que se puede apelar. ¿Y cuál es? Que Eraclio vea esa mujer que desea, que el tosigo suele dar la triaca juntamente. Vea Eraclio la mujer, que le hace padecer, tan inhumano accidente: antes que le des castigo a tan gran delito igual, que podrá ser, que del mal, que le aflige sane. Digo, que tienes mucha razón, trae Armindo a Catalina Esa mujer es divina, y no hay muerte ni prisión que la puedan contrastar, que habrá toro, como a Europa, que la lleve viento en popa de otra parte del mar: yo mismo a Júpiter vi bajar del cielo a gozarla; porque en ella partes halla que le traen fuera de sí: que a no ser dios de mis celos, abrazado fuera ya. Aquí Catalina está. ¡Qué es esto que miro, cielos! Armindo, ¿belleza tanta tiene esta mujer? Señor, ya la belleza al valor, con ser tanta fe adelanta. Aunque dentro de Palacio estaba presa, y sabía que era insigne, nuncan había tenido ocasión ni espacio para verla y digo ahora, que Eraclio está disculpado, que hechiza solo el agrado hermoso con que enamora. Y los médicos se engañan, que no hay hechizos ni antojos de hierbas como sus ojos, que mirados desengañan. Vuestra Majestad me dé su mano a besar. No es justo, puesto que el Laurel Augusto, sujeto el Oriente esté, se humille de Oriente el Sol, Catalina, a mi laurel; si estuvo adorando en él, alguna vez su arrebol: el que ilustra el cielo ahora, cuando le burló, Poneo la ventura, y el deseo. Alzad del suelo, Señora. Armindo, ¿quién ha traído, a Catalina a Palacio? ¿O porque tan grande espacio me habéis dejado dormido que para tanta ventura no ha habido quien me despierte? Mirándola se divierte y vuelve de su locura. ¡Gran remedio el verla ha sido! Deme a besar V. Alteza su mano. Tanta belleza, que en el alma, y en el sentido, tiene imperio, no es razón, que se humille al heredero del Oriente, pues primero se le debe adoración: vuestra Alteza se levante. Vuestra humilde sierva soy. Admirado, Armindo, estoy de ventura semejante: ¿sabes tú Armindo a qué efecto ha venido Catalina a Palacio? El que adivina de su venida el secreto, dice, que es con intención de tratarte de casar tu padre con ella. Es dar mi pretensión, alma a mi vida, y reposo a la quietud de mi pecho. Por eso mismo lo ha hecho tu padre, que deseoso siempre de tu bien está. Viva el César soberano mil años, su Imperial mano quiero besar, pues me da o me solicita tanta dicha como la que veo. Déjase atrás el deseo; no solo hechiza, que encanta su hermosura. Al parecer, Eraclio se ha sosegado. Y Catalina me ha dado su hechizo, Armindo, a beber. ¿Qué dices? Que estoy, Armindo, sin seso por Catalina; perdone Eraclio y Faustina, que soy mortal y me rindo. El César me satisface. Vuestra Majestad me dé la mano. Eraclio, ¿por qué? Por la merced que me hace, si es verdad que solicita con Catalina casarme. Celos, comenzad a abrasarme. Que hoy a Júpiter imita vuestra Majestad, pues hoy de la calma de la muerte me despierta de esta suerte. Vuestro padre, Eraclio, soy, y daros gusto deseo. Vivas más años que el Sol; y su dorado arrebol sea tu Imperial trofeo, sin que tiempo, ni vejez triunfe del Laurel Augusto, que en darme el bien de este gusto, me engendras segunda vez. Ve a dar, Eraclio, a tu madre las nuevas de tu salud; y de la solicitud fía, por amigo, y padre, y vaya Armindo contigo. Yo voy, y entiende de mí, que vengo a fiar de ti este bien, mas por tu amigo, que por hijo tuyo. El cielo te guarde. ¡Oh piedad divina! En tus ojos, Catalina, soles del cielo, y del suelo, dejo el alma; Armindo vamos. Solos se quedan los dos; ruego mil veces a Dios, que otro hechizo no tengamos, Toma, hermosa Catalina, este asiento junto a mí y escúchame atenta. Di. A tu hermosura divina tengo tan rendida el alma; por el Sol y por la Luna, que no hay potencia ninguna en mí que ya no esté en calma. No manda a la libertad el Reino del albedrío, después que soy, sin ser mío, vasallo de tu beldad. Antes que tus ojos viera, si antes de verlos vivía, a hierbas atribuía, lo que efectos propios era. Que si las luces inclinan; que viste el azul zafiro, fuerzan las que adoro, y miro, abrasan, y desatinan. Emperador del Oriente soy; y si Imperio tuviera en tus soles, mereciera el título justamente. Eraclio es mozo y no puede amarte, como es razón, con aquella estimación que yo, sin que corto quede. Que no habrá, para tu gusto, cosa en ningún elemento, que no ofrezca al pensamiento tuyo mi laurel augusto. Y para ver si te obligo, repudiaré, Catalina, a la Emperatriz Faustina y me casaré contigo. Y puesta en más alta parte, que pueda mi ardiente fe, por Venus te adoraré, pese a Júpiter y a Marte. Siendo por ti eterno el día el Oriental Hemisferio y Corona de mi Imperio la Rosa de Alejandría. Maximino, yo nací de nobles padres, tan nobles, que fueron reyes de cuanto inundante el Nilo corre: Las mudanzas de los tiempos, que van volando veloces con las alas de las plumas de los días, y las noches, Y que pasan como ríos despeñados de los montes, hasta parar en la muerte, que todas las vidas sorbe. A la sujeción trajeron del Laurel de Oriente, entonces Conquistador de las climas, que el ardiente Libra esconde, A Egipto, de Costo Reino, que fue de mi padre el nombre, que catorce Ptolomeos tuvo por antecesores. Fue su Corte esta Ciudad, que tú has nombrado por Corte, donde yo de pocos años, de deudos rica, aunque pobres, Huérfana quedé, al injurir del tiempo expuesta, aunque sobre sangre ilustre, pocas veces se ha visto inclinación torpe. Saber ciencias diferentes fue la herencia de mi dote, corriendo en ellas parejas con los más doctos varones: Con tanto extremo, que a muchos, que a la Catedra se oponen de Prima en Filosofía, gané, llamándome a voces los votos de las escuelas, para mi elección conformes, queriendo el cielo que admire una mujer tantos hombres. por hechicera mandaste prenderme, César, adonde fue Palacio de mis padres, que hoy olvidan tus blasones: Y cuando pienso que salgo al suplicio, con amores injustos me solicitas. y ciegas resoluciones. Ten a tus años respeto, y como el Cesáreo estoque rindió los dos mares, vence tus pensamientos enormes. Estima a Faustina, César, pues contigo la conocen por Señora África, y Asia, que a Eraclió mil años logres. Que a un Dios, que no es conocido siendo el mayor de los Dioses, palabra de esposa he dado: y cuando se ponga el Orbe en medio, y todo el infierno, con los pavimentos once, le he de cumplir la palabra; vuestra Majestad perdone. Ahora sí que me has dado veneno, víbora, bronce, esfinge de Alejandría, y no Rosa, que te pones al camino con enigmas de tus confusas razones, para matarme de celos. Sosiégate, César, oye. Para disculpas no tengo oídos. Mal me conoces, si imaginas que he de darlas, Maximino, a su amor torpe. Vuévete a sentar, y mira, hermoso hechizo que pones en contingencia el Laurel oriental, si desconoces ingratamente mi amor. Que te obecezca, es conforme a razón, aunque procuras dar racional alma a un roble, aun mármol entendimiento, pero al aure, vuelo a un monte, voz articulada a un bruto, en tan locas pretensiones. Vencerá mi amor, ingrata, los imposibles mayores, y no habrá Dios que me quite, que le adultere y te goce. Dios puede más Maximino. ¡Oh, encantadora! que pones escalas al Sol, espera, que he de alcanzarte, aunque sobre las alas del viento vuelas; si en las hélices te escondes, y te defiende ese Dios, que es el mayor de los Dioses. Esta novia se lleva la flor, que las otras no. Lupino, y Tirrena, para una son: Su gala, y belleza, para en una son: El Sol, y la Estrella, para en una son: Jazmín, y azucena, para en una son: Trébol, y verbena, para en una son: Chorizo, y salpresa, para en una son: Pernil, y cerezas, para en una son: Anís, y agua fresca, para en una son: Vino sobre peras, para en una son: Esta novia se lleva la flor, que las otras no. ¿Sabes cómo son, Tirrena los desposados? Lupino, como nosotros. Imagino, que a ti no te causa pena, que es buena comparación la que les quiero poner; y si la quieres saber, tenme, Tirrena, atención. Vaya muy en hora buena, que yo no me enojaré. Con esa salva hablaré. Habla. Has de saber Tirrena, que dicen , que los gusanos de seda, cuando los cielos truenan, y sus craros velos rompen rayos inhumanos, les tocan, porque no mueran de espanto, oyendo el ruido, instrumentos al oido varios con que perseveran, hasta que el nublado pasa, y está el cielo sosegado; y lo mismo bien mirado, le sucede al que se casa: que de uno y otro instrumento, al son cantando y bailando, le divierten no escuchando los truenos del casamiento: Porque si considerara lo que tiene de pasar, no se atreviera a casar el que más valor mostrara a Dios Tirrena, que yo, que los truenos he escuchado, aunque han bailado y cantado, no me quiero casar. ¿No? ¿Puedo decirlo más claro? ¿Qué te arrepientes traidor? ¿No fuera después peor? Oye. No tiene reparo; que antes hoy, como lo ves, me he querido arrepentir, que en el capullo morir del casamiento después. Aguarda, escucha. Es llamarme en vano. Rebelde estás. Impórtame. ¿Dónde vas? Huyendo de no casarme: de este parecer estoy, sin pensar volver aquí; si hay quien se case por mí, la novia, y gasto le doy. Huese, ruego a Dios villano; pero ¿de qué me lamento? si en no irse, el casamiento de la misma suerte gano. No habrá nadie que me llame poco dichosa, si advierte, que es el casamiento suerte; y el buey suelto, bien se lame. Aunque este refrán imagino, que era mejor para él: ahora bien, tocad, que en él no se ha cerrado el camino de todos los casamientos; que hoy enviudé, y hoy nací, bailad, cantad, y diga así la letra. Di. Estad atentos Esta novia se vuelve con flor, que las otras no. Bien has dicho. Celebrad mi viudez por varios modos, y mal años para todos cuantos hombres hay: cantad: Esta novia se vuelve con flor, que las otras no. Sea muy bien llegada vuestra Alteza, como ha sido de todos deseada. Vuestra Cesárea Majestad empieza a premiar con mercedes mi jornada, que viene a ser vuestra Imperial grandeza, vista, mayor que escuchan celebrada el Istro, el Janto, el Támasis, y el Ganges, por despojos de bárbaros alfanges. Brisis soy, de lo mejor de Arabia, aunque debajo de la ardiente zona poderosa Señora, que por sabia me dio Etiopía el Cetro, y la Corona; Rijo mujer, porque al valor no agravia femenil sexo, cuando a la persona acompañan tan ínclitos quilates tres Provincias, Narcisos del Éufrates. Eché por mi persona, con la espada en las manos, y el arco, de su orilla al Eucomón, de quien tiranizada, pudo temer el Vámasis su cuchilla. Pacífica Etiopía, esta jornada quise intentar, por ver la maravilla, que en Egipto celebra de una Dama, por varios climas, la parlera fama. Esto me trae, después de una importante ocasión, a tu Corte, donde espero, de cuanto engendra el Dios dorado amante, rendirte a ti, y a Eraclio tu heredero, que de tu Imperio viene a ser Atlante, Hércules Oriental, como el primero, tantos presentes, que a quien ve, y desea la novedad, por fin grandeza sea. De tu valor, Brisis, satisfecho está el Oriente, y la Faustina aguarda, llena de nuevas de tu heroico pecho, y con ella la imagen mas gallarda, que el Sol ha visto, ni que el Cielo ha hecho, y a quien el Cielo, y Sol sirven de guarda, y llama Egipto, que estas flores cría, la Rosa celestial de Alejandría. Entremos a adorar este prodigio de belleza, y de ingenio juntamente. Verás, Brisis, el incendio frigio de sus ojos copiado en el Oriente, cuya hermosa armonía el lago estigio pudiera suspender más justamente, que la Lira tocada por Orfeo, que la belleza es música al deseo. Bien pudiera retrato tan hermoso, como el que vuestra Alteza ha retocado, ser más perfecto para mí, y dichoso, a estar menos de sombras ocupado. ¿Sombras? No son, Eraclio generoso, muchas las que de celos le habéis dado; pues sin envidia, no hay mujer alguna, que alabar sufra Venus, ni a la Luna. Perdonad, que el amor, si es verdadero de otra mujer, hablando en la presencia, grosero suele ser, si ser grosero, de Catalina admite la excelencia. Enmendolo. Quedar con vos espero muy disculpado. Hablad con más prudencia, que aunque Negros, Eraclio, somo gente. Vamos. Plaza. La negra es excelente. Deja, Lauro, con Lifeno, a la puerta de su casa los jumentos, y conmigo. Tirrena, en los aires andas, ¿qué quieres en las Escuelas de Alejandría, que rabias por entrar en ellas? Lauro, avispas son que el alma, me pican, que en las mujeres, los desprecios atarantan, Lupino me trae sin mí; fuese, y dejóme burlada. ¿Tocó en honra? Sí, imagino. Hablarás para mañana, ¿con eso sales ahora? ¿Pues cuándo quieres que salga? ¿No lo dijeras Tirrena en el lugar? ¿Quién pensará que de verdad lo decía? Mal conoces tú las trampas de los hombres. O mal fuego ábrase a todos. No basta, a Lupino que te burla. Y ese solamente quedará para ejemplo en todo el mundo. Como boba deseabas, aunque si quedara solo, diera a los demás venganza, porque entre tantas mujeres, no pudiera ser de tantas. Nunca acierto a desear en mi provecho. Aquí pasa un Escolar, preguntemos por él, si es verdad, que trata ahora de ese ejercicio. Esta es la misma villana que estuvo aquí esos otros días, hágale Lupino falta y vendrá al camino ahora, si con él cae esta casa, no es mal búho, otro villano trae la villana de guarda. ¿Sabrá su merced decirnos, perdone nuestra ignorancia, de un Lupino labrador, que es de esta aldea cercana, que se llama Rocavella, que dicen que estudiaba con sus mercedes aquí? Y me sirve. ¡Dicha extraña! Aqueste es su amo, Tirrena. Asegura con palabras mi intento. ¿Qué le queréis? Es su deuda esta zagala, y quisiéramos saber, cómo por acá lo pasa. ¿Su deuda sois? Sí, señor, que me debe y no me paga. Huélome que lo seáis, y tengáis tan buena cara, que quiero bien a Lupino. Es hombre de bien, mal halla su voluntad sometida, en su busca esta mañana, hemos andado, sin dar con él, en calles, y en plazas, decidnos, ¿dónde, señor, podremos verlo? En mi casa. TIRRENA Oye, puto. ¿Qué decís? Que por acá le hablará de mejor gana. Anda ahora en un caso de importancia ocupado. ¿Cómo? Da un vejamen. ¡Cosa extraña! ¿Qué es enjambre? Bueno, es dar a un doctor una baya, y a los demas venerables doctores que la acompañan; antes del grado subido, en una cátedra, usanza, y ceremonia muy vieja en las escuelas. Cual anda en bellacón entre fiestas, sin trabajar, ni hacer nada y a mí que me papen duelos. ¿Y a quién, si es, que no se cansa nos diga, el grado le dan? A Catalina la sabia, sibila de Alejandría. Tanto su pergeño alcanza. Ganó por oposición la cátedra celebrada de prima en Filosofía; y envidiosos de su fama dicen que es institución de las escuelas con causas urgentes, que nadie pueda tener cátedra en sus aulas, sin que el grado de doctor antes tenga, a cuya instancia Catalina le recibe, y el príncipe le acompaña, y el mismo césar; no sé si irá la reina de arabia, que no va la emperatriz. Para ser negra atezada, un serafín dicen que es de azabache. El César anda por agradarla, que pienso, que hoy Eraclio, como a la Cátedra se oponen, aunque ella activa en sus letras, elevada, Imperios, y amor desprecia, aunque la tiene en su casa aposentada y entiendo, que para el grado que aguardan, los asientos se componen. A más ver y a Dios, hermana, que he de hallarme en el. Adiós. Lauro, vamos a dar traza, para tomar como es justo, de aqueste aleve venganza. De Dios al señor doctor muchas, y muy buenas barbas, como esta ciudad desea, que a fe, que le está obligada. Que tan lampiño de pelo, aunque es hermoso de cara, huevo de avestruz parece, y a su majestad cesárea pido perdón del apodo, que he muerto de una pedrada dos pájaros, imagino, aunque las plumas les faltan. Eraclio estará contento, muy confiado en su gala, como si a no ser la reina de Guinea tan mulata, no pudiera ser pebete entre gente muy honrada, oh príncipe de nogal, pero entendemos palabras, que no ha dado, según dicen, del seso tantas fianzas. Que estemos aquí seguros, ni detrás de una muralla; lo que decir no se puede, con mucha razón y causa, del señor doctor Liberio, que está de aquesta desgracia imposible, por ser necio, más que me sangra mañana. Por esto solo que he dicho, y a puras purgas me mata: quejárase su vecino desde oficio, que le llaman el doctor alabarda todos, porque en matar es albarda. Cuentan del señor Doctor, que entrando en no sé qué casa a visitar un enfermo, de achaque de unas tercianas, pidió el orinal, y a caso, antes hinchó la garrafa su mujer, que se sentía con achaques de preñada, sacole de la vasera, en que recogido estaba; y poniéndose a mirarla a la luz de una ventana, dijo, "vuesa merced, señor, perdóneme, si es desgracia, ¿está preñado? que así esta orina lo declara." Quedó el enfermo confuso; y pienso, según se trata, que le echó lo que parió a la puerta de su casa. Pase adelante, y volvamos a los Letrados la cara, pues hay jumentos entre ellos, si acá hay albardas que matan: Mas que se huelga el señor doctor Aurelio, que estaba por rebuznar, y le quitó de la boca la palabra. Cuéntase de él por muy cierto, que querelló de una vaca, porque estando en un zaguán, dos coces le dio, y la causa llevó al Consejo del César, donde fue por libre dada, atento que era extranjera, y aunque en bestia el doctor habla, y al entrar le habló primero, por ser inglesa de raza; las bestias de acá no entiende, que hay bestias en lenguas varias. Muy olvidada tenemos la señora dotoranda, habiendo que decir de ella tantos casos, cosas tantas. Es la primera de todas, que aunque la ven tan bizarra, y que parece que adora a los Dioses, es cristiana: y adora a un Dios, a quien dio muerte, con tan grande infamia, la nación mas abatida, más proterva, más ingrata; que entre dos ladrones viles, y en una cruz, rindió el alma, dándole por un costado un ciego con una lanza; y una mujer tan discreta, y preciada de tan sabia, da en semejantes bajezas, en tan torpes ignorancias, y no contenta con estos, a sus discupulos llama; y solicita a lo mismo, y a las deidades sagradas, niega el culto, y sacrificio, contra el edito, en que manda el César que se castiguen los que Cristianos se llaman. Ya segunda vez con esta, en estas mismas entrañas, me he revestido: es cantar, que Dios para sí la llama. La primera verdad que has dicho, bestia de cabezas tantas, que segunda vez con ellas, en ese mísero trazas, tu confusión es aquesta, cuano piensas que me dañas. Catalina, ¿hablas de veras? Maximino, pues quien habla en tantas veras de burlas, confieso, que soy Cristiana. ¿Qué dices? Y que de Cristo, que muero con esta infamia en una cruz, sigo césar, y defiendo la Ley Santa. ¿Tú eres la sabia? Yo soy solamente en esto sabia, que lo demás, Reina ilustre de Etiopía es ignorancia, Cristo es mi Esposo, de Cristo soy Esposa regalada, que esta sortija, que veis en mi dedo, son las arras; esta es la sabiduría perfecta, como la canta el salmista, Rey Orfeo. Loca estás. Estás palabras son de Dios, Cristo habla en mí, Maximino, ¿a cuándo aguardas? ¿Y tú, Eraclio? ¿Y tú, Brisis?, (APARTE) ¿Y vosotros? Cristo os llama: ¿Quién viene al Dios verdadero? ¿Quién busca a Cristo? ¡Más rara mujer no se vió jamás! Basta, Catalina, basta. Aquí tengo apercebida, al cuchillo la garganta. Vamos, y para después, que deje el grado. La humana ambición no me desvela. El que dio el bejamen vaya a Palacio, Armindo. El César que a Palacio vayas manda. Di Armindo, que le obedezco, que no es para mí arrogancia, poco. Acordate pudieras, que te cortaron las alas. Catalina, déjame. Celos de nuevo me abrasan, pues confiesa, Catalina, que tiene dueño a quien ama, sin duda el que vi bajar, no fue sueño, ni fantasma. Este Dios nuevo, le ayuda para sus encantos. Para, no nos sigas. Gusta el césar. Esto Dios por mí te manda. ¡Oh pesia tanto poder, tanto valor, virtud tanta! Indignado vuelve el César, auque disimula, y calla.

JORNADA TERCERA

Ya es tiempo, pues la esperanza te ha faltado y te ha mentido que tus celos al olvido apelen con la mudanza que aunque tu amor la palma quieres que quede inmortal no ha de ser también el mal tan inmortal como el alma. Déjame, Armindo, morir que a la fuerza del amor y los celos, no hay valor que le se pueda resistir pero vuélveme a decir, ¿para qué el césar me espera? Porque con su Majestad, con tu padre y con la reina de Etiopía al auto asistas de más honor y grandeza que desde Alejandro aquí vio la monarquía griega donde habiendo concurrido filósofos de diversas partes y climas remotos tan doctos en todas las ciencias para gloria, para honor de los dioses y vergüenza de los que siguen a Cristo, ese dios de la ley nueva, hoy ha de ser Catalina argüida en la presencia de lo mejor del Oriente, pues siendo mujer tan cuerda, ha dado en tal disparate. Ruego a los cielos que venza aunque en deshonor, Armindo, de todos los dioses sea. No hay enamorado, Eraclio, que algo de hereje no tenga. Pues, ¿no importa más su vida que los cielos y planetas? Ya van entrando en la sala los filósofos. ¿Quién entra ahora el primero, Armindo? Este es un griego de Atenas que es muy insigne en la Europa. Notable ambición ostenta, ¿quién es este? Este es un escita que a la usanza de su tierra viene de pieles vestido hasta la misma cabeza donde trae otra de un tigre. Bárbara y grave preferencia; ¿quién es este? Este es egipcio. Mozo parece. En la esfera dicen que es un coro a tres. Venceranle las estrellas de Catalina, ¿quién es este que viene? Este es persa, insigne en la Medicina. Que pocas drogas, ni hierbas hallará a mi mal, Armindo, ¿quién es este? Este es de Armenia, insigne en la Teología de los dioses. En su ciencia no me podrá dar, Armindo, aunque los cielos revuelva, termino más trascendente que mi amor. ¿Tan alto vuela? Pues que más, que a Catalina, primero móvil, ¿que lleva todas las almas tras sí? ¡Qué en vano al aire das quejas! Este que viene de estrellas sembrado el adulto rostro con todo un sol por diadema y que lo demás del traje bordan cifras y cometas y cada brazo también es una estrellada esfera, ¿quién es, Armindo? No sé de qué nación este sea; imagino que te llama; ya pienso que sale el césar, voy a apercibir la guarda. Si a mí me llamas, espera. Sígueme, Eraclio. Ya sigo tus plantas. El césar llega. ¿Armindo? Señor. Ahora, con toda la guarda, venga de la prisión en que está Catalina. Voy a por ella. Veamos ya este prodigio de tanta hermosura y letras, esta rosa alexandrina si no es la esfinge de Atenas. El honor va de los dioses, filósofos, en vencerla, y del imperio de Oriente, la opinión y la grandeza. Vuestra majestad cesárea descuide, que están las ciencias de todo el mundo cifradas en aquellas seis cabezas. Perdone la reina hermosa de Etiopía, que se precia de saber filosofía tanto como de ser reina que para honrarnos a todos hoy ha de ser la primera que intente, a parte las armas, la victoria de las letras. Estimo, ilustres y sabios filósofos, la eminencia que me dais, como es razón. Ya el sol del Oriente llega donde está el príncipe, Armindo. Ya sabe que tú le esperas. No vendrá que está celoso; empiece el auto. Ya empieza. Y yo contra el mundo todo y el infierno, en la palestra aguardo, empiece, que es justo la primera vuestra alteza. Pues digo, con el sabor de los dioses y licencia de su majestad cesárea, que aunque de docta te precias, no debes de haber leído los filósofos que enseñan, y poetas de los dioses, la inmortal naturaleza. Que Homero a Júpiter llama gloriosísimo, y aprueban Píndaro, también Orfeo, con mil hombres su grandeza. Y ninguno de ellos habla de ese Dios que celebras que murió crucificado con tanta infamia y bajeza que nadie más le conoce, gente de importancia apenas, que la ignorancia, inventora, siempre de las cosas nuevas. Aguarda y verás, Brisis; si en estos mismos poetas y filósofos adviertes que todos son en su ofensa, Que Homero a Júpiter llama de diferentes maneras, falso engañador tirano y del mil infamias cuenta. Y Orfeo dice que ignora los trabajos de la tierra y que no tienen los dioses contra los malos potencia. Hesíodo que son torpes y Píndaro que no aciertan con los secretos humanos ni futuras contingencias. Y dejando la poesía, Sófocles dice que yerran lo que en ídolos adoran y los que estatuas reverencian. Y que a muchos dioses juntos no se debe culto, y prueba que hay solo un Dios que creó a los cielos y a la Tierra. Que es el libro de las causas, Platón lo afirma y no enseña la antigua filosofía, otra doctrina en la escuela caldea, griega y latina, árabe, egipcia y hebrea, que por razón natural se infiere en las experiencias. Y en lo que dices que Cristo, el Dios que adoro y respetan los pensamientos humanos, el infierno y las estrellas, no es conocido, mirad a las sibilinas, poetas divinas que de él escriben heroicos y altos poemas, mirad lo que dicen de él la líbica y la eritrea, la de Cumas, la de Arabia, la tiburcia, la persa y las demás que fin lumbre de fé en mi opinión concuerdan, una dice que encarnó en una mujer doncella y nació quedando virgen, como quedando el sol penetra, sin ofender el cristal para redimir la ofensa. Que el primer padre hizo a Dios que poner a Dios fue fuerza siendo infinita la culpa, infinita recompensa. Y fue menester morir por él, como la cumea lo dice, cuando Dionisio vio la cara del planeta mayor eclipsada toda contra la naturaleza y dijo que padecía entonces el autor de ella o que la máquina junta de los cielos y la Tierra se desataba y volvía a la confusión primera. Y vuestro oráculo diga de Apolo, que en estas mismas palabras, lo dijo a voces, y las piedras lo confiesan. Vosotros no porque sois más protervos que las piedras que ellas, cuando padecía su autor, quedaron desechas. Este es el Dios verdadero y quien esta verdad niega, no conoce la verdad. Responde, habla. Que respuesta, ¿ni réplica puede haber a tan claras evidencias? Esta misma opinión sigo por más cierta y verdadera o no es el sol luz de día. O es ignorancia la ciencia. Ninguno, por el honor, hay que de los dioses vuelva, ignorantes sois. ¿Quién sabe en esta verdad se muestra? Que es aquesto, ¿así os rendís? Quien se deja vencer,deja ser vencido vilmente de sus ignorancias, césar. Esta es la verdad y todos saldremos a la defensa contra el mundo, Maximino. Y tú, poderosa reina de Etiopía, ¿no replicas, no respondes, no argumentas? Qué ha de responder, si sabe, que tres reyes de su tierra a adorar el rey que digo vinieron tras de una estrella. Eso en Oriente tenemos por tradición verdadera y tú eres sola la sabia, la prudente y la discreta. ¿Qué dices? Esto que escuchas, Maximino. Aguarda, espera. La rosa de Alejandría queda con el triunfo, césar, y yo sigo lo que todos. ¿Cómo tan notable ofensa sufrís cielos? Hola, ¿Armindo? ¿Qué mandas? Que por las puertas de palacio a nadie dejes salir, Armindo. ¿Qué intentas? Vengar a los dioses hoy. Yo voy, notable fiereza. Y tú, ¿qué aguardas de mí? Lo que deseo. ¿Deseas morir? Tanto que mi vida consiste en mi muerte misma. ¿Tanto valor tienes? ¿Este te parece grande? Empieza a ejecutar tu rigor y verás el que se encierra en este pecho cristiano con la sangre están las venas rogando y desde los hombros convidando la cabeza. Ya está ejecutado el orden que me diste. Armindo, lleva esa víbora cristiana a la prisión que hoy en ella el veneno ha de dejar que en tantas entrañas siembra y hoy he de esparcir al viento míseras cenizas hechas, para que me llame azote el cristiano de su Iglesia. Venga la muerte contra mí, ¿qué espera? Pues cosiste mi vida en venir ella. No pases más adelante y dime lo que me quieres, sin salir de aquí, y quién eres. Ya que no he sido bastante en nada al cielo engañar, obedecerle, que es mucha su potencia. Eraclio, escucha. Ya te quisiera escuchar. Eraclio, yo soy aquel que viste un anoche fría que el alba llamaba al día, yo y la noche huyendo de él, bajar por ese balcón de una escala. Ya me acuerdo y aquí la paciencia pierdo. Pues fue engañosa ilusión que por desacreditar a esa mujer peregrina, a ese monstruo, a Catalina, que no quisiera nombrar. Hurté al aire vano y frío cuerpo fantástico, y hoy me manda el cielo a quien doy obediencia, a pesar mío, que su honor le restituya de la manera que has visto porque la pretende Cristo para hacerla esposa suya que ya en la disputada alcanza, a pesar mío, victoria de su esposo para gloria y premio de su esperanza llevando tras su opinión todos cuantos la han oído. ¿Quién eres monstruo atrevido que en la suya, sin razón, mancha quisiste poner? La primera luz que el cielo vio, después de Dios, y al suelo después, bajé a anochecer trayéndome tras de mí, según Juan, de las estrellas más lucientes y más bellas la tercera parte así. A tan nueva maravilla, ¿qué causa pudo tener el cielo? Quise poner sobre el aquilón mi silla porque vi que el hombre había de igualarle tanto a Dios que hoy vienen a ser los dos deudos por desdicha mía. Que siempre he pretendido ser más que Dios me ha dejado tan atrás que me he buscado y encontrarme no he podido y hoy me acaba de borrar cuando en Catalina veo que con su ardiente deseo de todos piensa triunfar. Que a una columna amarrada ahora y con escorpiones de acero y de dos leones ásperamente azotada. Que sin racionales almas parece que están los dos muestra más valor con Dios ganando triunfos y palmas. Arroyos de sangre corre y no ha mostrado flaqueza que a su heróica fortaleza todo el cielo le socorre. Y por fin atanto valor no causa la muerte espanto, le aperciben entre tanto otro tormento mayor que es su artificio, hecho de unas ruedas donde están tantas navajas que dan miedo al más valiente pecho el ver con un instrumento cuando se mueven, y todo vencerá de un mismo modo que está en Dios su pensamiento. De oráculo le servía al sol que estos rayos de oro de Apolo son el decoro con que da rayos al día. Y en el mismo Altar me obliga el cielo que esto confiese a voces, aunque me pese, que así el cielo me castiga y en cuanto el sol baña el día pues tanta su virtud fue que me ha rendido diré la Rosa de Alejandría. Con esto, Eraclio, me voy. Agurarda, espera, ¿no quieres antes decirme quién eres? En esto verás quien soy. Sombra fue infernal que al día de la verdad da lugar qiero buscar y adorar la rosa de Alejandría. Valor invencible. Ha sido diamante a los escorpiones y añadiendo corazones al que tiene no vencido. Arroyos mira correr de su sangre y más de acero se muestra. Está aquí. Sombra parece de lo que primero fue. Antes el sol de mi fe, Maximino, resplandece más en mi de esta manera. ¿Cómo tu dios no ha bajado a liberarte? Y si le has dado mano de esposa, ¿a qué espera, que a darte ayuda no viene? Que el más humilde marido no trata con tanto olvido a quien por esposa tiene pero no debe de ser falta de amor, ni cuidado, que estando crucificado no te podrá defender. Maximino de esa fuerte me defendió y redimió y con su muerte alcanzó triunfo heroico de la muerte y no se descuida tanto que ya con galas de boda y junta su corte toda, él baja y yo me levanto. ¿Esposa? ¿Querido esposo? ¿Mi bien? ¿Toda mi alegría? Ya se va llegando el día de nuestras bodas dichoso. Ahora sí, esposa mía, que sois de abril envidiada y en vuestra sangre bañada la rosa de Alejandría. Bajad, ángeles, bajad de donde sois cortesanos y con vuestras puras manos, mi dulce esposa curad. Retocad la imagen bella que me han querido borrar y comenzad a sembrar en cada herida una estrella. No, mi bien, que de esta suerte me parezco a vos mejor y este dichoso dolor es lisonja de mi muerte. A nuestras dichosas bodas así más bizarra iré, que una herida no daré por vuestras estrellas todas. ¿Qué tanto me quieres? Tanto que lo entendéis solo vos. ¿Qué soy tuyo? Sois mi dios, mi dulce esposo. ¿Cúanto padecieras, Catalina, por mí? No hay siglos, Señor, en que se canse mi amor que a par del alma camina. Yo me voy. Tu ausencia lloro. ¡Qué tiernamente te quiero! Yo por tus amores muero. Yo me abraso. Yo te adoro. ¿Armindo? Señor. ¿Dónde estás? Aquí. No te veo. Ni yo, y entender deseo qué nos deslumbra y esconde. Algún encanto notable esta mujer nos ha hecho. Yo vi abrirse todo el techo y de una luz admirable ilustrarse la prisión su esposo bajó sin duda a verla y a darla ayuda. Calla, es todo ilusión, encantos y hechicerías, a matarla me resuelvo. A ver parece que vuelvo. Y yo también. Buenos días. Dices bien que ha parecido que nos amanece ahora, mira si esa encantadora de la prisión se ha salido por que sus embustes temo. Yo voy. Sus vanos encantos vencerán los dioses santos. Cuando en el último extremo imaginaba, señor, hallarla o no hallarla, allí está Catalina. ¿Di? Sin herida y sin dolor y volviendo a verme ufana me hizo que te dijera que más azotes espera. Salió mi esperanza vana. Por los dioses que he de ver como tienen los encantos de hechizos y embustes tantos para librarla poder. De las ruedas de navajas que para fin la percibo a su valor más que altivo, ciego y loco. ¿Mucho atarás con su muerte? Estoy furioso un bronce, un peñasco ridno. Señor, el príncipe. Armindo, vendrá agradecido y celoso. Que viene triste, ¿sospechoso? Es pensión de los amantes. Y las causas son bastantes. Pues Eraclio, ¿qué te has hecho? Pluguiera el cielo que yo haberme hecho pudiera porque otra sangre tuviera que la que de ti me dio. Que si yo me hubiera hecho, no hubieras hecho quizá hay algún hecho en que ya cuantos has hecho has deshecho. ¿De qué partos de que citas, de qué españoles vitorias alcanzar para las glorias de tus triunfos solicitas? César, sola una mujer que sabes que el cielo ayuda tus victorias pone en duda y en cuidado tu poder. Y en contra el suyo levantas tantos para sus trofeos ejércitos de deseos y de prevenciones tantas. Y haciendo a todos testigos, nunca de ofrecerla cesas tantas treguas de promesas y amenazas de castigo. Cuanto te encargas de darme con tu aliento la salud y de la solicitud, por padre vengo a fiarme. Con intentos deshonestos hacen tus cosas, porfías a mi amor alevosías y en la pretensión incestos. Pues, advirtiéndote, que tiene tu imperio poco poder para contra esta mujer porque el cielo se previene a socorrerla y está un dios casado con ella que ha de saber defenderla y vengar mis celos. Ya estás cansado y molesto y loco sobre cansado. Y tú ingrato y obstinado. Basta. No basta. ¿Qué es esto? Vienen los cielos, villano, que su descendiente no que sepa quedarme yo sin hijo, como Trajano. Y yo sin padre también, como Bruto en el Senado Romano, que conjurando miró más al común bien que seguirán lo que soy del Oriente las legiones, pues tú eres sol que te pones y yo amaneciendo estoy. Mátale, Armindo. No puedo, que por vuestra majestad le hemos jurado lealtad. Loco de cólera quedo, ven, que de nuevo ofendido contra el humano poder, Nerón determinó ser desde Tarpe ya subido. A la rosa madre cortan del rosal si la busca el sol, ¡ay, Dios! ¿Qué dirá? Mozas de la sierra, del cuerpo genzore, que al mercado el martes bajáis a la Corte. Unas en cabello dando envidia al sol y otras puesto en trenzas a matar de amores. Junto del palacio venid a ver, oye, si voy puede el llanto detener entonces, cortan una rosa que el emperador para el ramillete del cielo la escoge. Que en Alejandría todas cuantas suene, dueñas y doncellas la lloran a voces. Su cuerpo entre rurdas de naranjas ponen que sirven de espinas a tan linda flor. Si la busca el sol, ¡ay, Dios! ¿Qué dirá? A la rosa madre cortan del rosal si la busca el sol, ¡ay, Dios! ¿Qué dirá? Huid, huid serranos. ¿Tirrena? Lupino soy, aguarda. ¿Cómo aguarda? Detente, no te llegues, alma en pena, fantasma, brujo. Tanto os acordaba en este traje el mísero Lupino, cae manso estoy que sufriré una albarda. Soléis, Lupino, ser muy mal vecino y más si tenéis cerca algún tejado. Que han sido sueño para mi magino las cosas que me han dicho que he pesado, loco debí de estar que no hay ninguno que en la corte de eso esté sobrado. Úsase por aquí tan grande ayuno que están los más desfavorecidos todos y es un milagro que se escape alguno, todo es buscar de engaños nuevos modos, y no hay más todo el año, en abundancia, que alguaciles, mentiras, polvo y lodos. Esto del dar es ya pruebros en Francia, desengañado a mi la branca vuelvo que salir de su centro es ignorancia y en efecto, Tirrena, me resuelvo a ser tu novio. ¿Y qué piensas, ser mío? Porque apenas de esta anca me revuelvo de aquel nunca pensado desvarío del tejado, Lupino. Cuanto quieras. Lo que pase por ti de hambre y frío como gato pagarme no pudieras, un día y una noche, que no hallaba, para bajarme, sogas, ni escaleras, con cuanto tiene el césar que hoy acaba de cortar esta Rosa Alejandrina que para estrella el sol solicitaba. Ya el vulgo a ver su fin, Lauro, camina en confuso tropel amontonado. Es la máquina rara y peregrina que para darle muerte ha fabricado un artífice tártaro. Los cielos a rayos se destruyan. Sin cuidado de los mortales últimos recelos, dicen que aguarda Catalina. Vamos por ver si el sol de lástima o de celos baja a librarla ya que no alcanzamos poder para lo mismo. Oye, Tirrena, y en esto del casar, ¿cómo quedamos? Que seré tuya muy en hora buena como me des palabra eternamente de no ser brujo más, ni anima en pena. ¿Y marido no es más? Ya está la gente menos espantadiza de maridos. Tuyo, tirrena, soy menos un diente, pero sano de todos mis sentidos, por si después contarme pretendieres. Vamos, que suenan ya los alaridos que al suplicio levantan las mujeres piadosamente, en ocasiones tales y vuelvan las endechas, si quieres puede suelen ser canciones funerales. A la rosa madre cortan del rosal, si la busca el sol, ¡ay, Dios! ¿Qué dirá? Hoy me verá Alejandría representar a Nerón que abrasar a Roma vía y cantaba al mismo son de las llamas en que ardía que hoy he de dar al Oriente en este ejemplo castigo. De cuán valerosamente viene a sufrir soy testigo. ¿Cómo? Escucha atentamente. Apenas el sol dio rayos para que bordase el día las verdes galas que al campo el abril dejó vestidas, cuando entre todas las flores, la Rosa de Alejandría, reina que juraron antes jazmines y maravillas siendo lisonja del alba, perlas dio a su hermosa risa, si al sol sus hermosos soles tanto rayos como envidias. Y en la prisión despertando la gente, entonces dormida, amigos dijo, ya es hora, vamos a morir aprisa porque abrasados deseos de mi amor me solicitan para mi esposo que ya me aguarda en la eterna vida. Salió, cesar, en efecto de la prisión Catalina como a Venus y Diana los bosques que Arcadia pinta. Suelto el cabello a la espalda, donde el sol y el viento libran rayos y prisiones de oro a los ojos que la miran. Cosa a la romana usanza de la belleza escondida, noble defensa es ufana que de celaje la sirva. Cubre el honesto calzado de lo mismo una basquiña, donde estrellas ser quisieran por guarnición admitidas con unas esposas lleva las blancas manos que vistas flechas de cristal parecen que a los corazones tiran. Los filósofos delante como lo mandase imitan su valor puesto que esperan ser presto al viento cenizas. De esta fuente por las calles acostumbradas caminan al suplicio, animo dando a quien llora, a quien suspira y siempre que los pregones dicen, esta es la justicia de las calles y ventanas llenas de gente infinita, se forma una confusión que espanta y atemoriza ya celebrando la muerte temprana de Catalina. Los niños dejan los pechos y al sol de las madre grita, las doncellas, con cabellos que arrancan al sol eclipsan. Los más gallardos mancebos el nácar de las mejillas bañan en llanto, los viejos por la tierra se derriban. Natural amor, que como es su patria Alejandría y conocen todos, césar, que de sus reyes es hija causa amargo sentimiento y más viéndola tan linda y que muere finalmente en lo mejor de su vida. Mas ella, con agradable rostro a todos pide albricias de su muerte y los consuela con sentencias peregrinas. Mas ya, césar, los pregones de que va llegando avisan de la muerte, a ser cortada, la rosa de Alejandría. ¿Qué es esto, Armindo? Con ella viene Eraclio y con la misma desvergüenza la acompaña Brisis. César, que rijas el imperio del Oriente con larga y dichosa vida, dame la muerte que ya el alma haciendo alegrías esta máquina ver quiere que a los hombres maravilla. Que ha de ser el instrumento por donde a la eterna vida pase del mundo triunfando, como espero. Descubridla. ¿Esta es la máquina, césar, que mirada atemoriza? Como no tenéis a Dios todo os espanta y admira. Subidla al suplicio. Espera, invencible Catalina. ¿Qué quieres? Hallar al Dios que tú sigues y acreditas. Dame esos brazos mil veces. ¿Qué es esto, Armindo? Tus iras no temo que el cielo, césar, me inspiran virtud divina. Quitadle luego delante de mí la cabeza altiva que contra mí se levanta y los dioses. Venga aprisa la muerte que la deseo si ha de darme eterna vida. Con el bautismo de sangre como los demás que miras con el de fuego, ¡ay, Armindo! Planetas y estrellas pisas. Parte y dirasle a mi esposo que ya parte Catalina al tálamo regalado con que su amor le convida. Que para mayor fineza di que su esposa te envía antes que llegue y yo sé que tendrás buenas albricias. Cortadle el cuello, acabad. Yo tengo ya apercibida al acero la garganta. ¡Ah, buen soldado! Camina, sube, sigue la victoria. Jesús viva, Jesús viva. Victoria amigos, al arma, seguid mis pasos y arriba que por los marcos del cielo mira Dios la batería. Vitoria, vitoria, vamos. A un mismo tiempo reciba esa encantadora muerte y las aleves cenizas vuelen de esos ignorantes. Ya está atada Catalina. Moved las ruedas ahora. Que sigamos nos obliga también a los dos sus pasos, despreciando las provincias de Etiopía, por reinar en las celestes empíreas. Y las del Oriente yo. Hoy de tus hechicerías verás el castigo, ingrata, que ya el artificio giran los polos de las navajas. Pero, ¿qué es esto? Las mismas esferas del cielo pienso que se desencajan. Mira el poder de Dios, tirano. Mañana, esposa querida, a gozar de mi vendrás, que importa a la iglesia mía dilatar tu muerte más, que entre tu muerte y ti vida han de alcanzar muchos palma de martirio y tus reliquias santas tendrán sepultura en la cumbre más altiva del monte siani, llevadas por mis ángeles a vista de todos, donde trasplanto la rosa de Alejandría.