Texto digital de El robo de Elena y la destrucción de Troya
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El robo de Elena y la destrucción de Troya. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/robo-de-elena-y-la-destruccion-de-troya-el.

EL ROBO DE ELENA Y LA DESTRUCCIÓN DE TROYA
¿Qué ocasión, Paris, ordena divertirte en tu tormento siendo en sí propia la pena? ¡Qué ocasión de más contento que gozar hoy de mi Elena! ¿Es aquella griega hermosa del rey Menelao esposa? En esa beldad me empleo. Pues esa empresa yo creo que te ha de salir costosa, pero no saldrás con ella. ¿Pues no tengo partes yo para poder merecerla? No digo, Paris, que no, mas es casada y es bella, su esposo Cristo ha mostrado siempre en guardarla cuidado. ¿Cómo celaba su esposo? Para mostrar que es celoso la llama huerto cerrado. Él solo, en dulces amores, pasa en el huerto las fiestas y contempla de las flores, ya en aquellas y ya en estas, las virtudes y colores. Mira si es poca defensa el dueño del huerto ameno, cuidadoso de su ofensa... Elena es mujer, Miceno, menos imposibles piensa. Yo veré presto que abonas mi industria si al que pregonas tan sabio burlado veo. No harás, que, aunque es uno, creo que vale por tres personas; y, si tan difícil es dejar burlado a un celoso, ¿cómo has de engañar a tres? Si eso es tan dificultoso, celebraraslo después; y ahora escucha la acción que tengo a tal pretensión y en un pequeño discurso de mis años el concurso. Ya te obliga mi atención. Diome ser un rey antiguo, que nadie iguala en nobleza, si no yo, Príamo en nombre, y el reino, cielos y tierra. Su idea Hécuba fue y concibiome en su idea, que por ser casados ambos fueron una cosa mesma. Vido Hécuba, una vez que yo concebido era, hacha encendida que a Troya quemaba muros y almenas. Este dicen que fue sueño, mas es cosa manifiesta que, siendo idea de Dios, lo vido todo despierta Por saber Príamo el sueño o que visión fuese aquesta, su mismo Apolo consulta, que es sabiduría eterna. El oráculo responde que la hacha daba muestras que yo el incendio sería de la Troya que es la Tierra, que darme muerte importaba dejando siempre en tinieblas el antorcha cuya llama fue de Luzbel la luz bella. Mas viéndome como un ángel hermoso, Hécuba ordena que viva hecho pastor y que eternamente muera. Enviome al monte Ida y en esta jornada cuenta San Juan que me acompañaron la tercia parte de estrellas. Hecho un pastor de aquel monte, guardaba en oscuras selvas las focas de los perdidos, no los ganados de ovejas. Allí daba a cada uno premio igual a su consciencia de donde fui dicho Paris, que igualador se interpreta. Yendo y viniéndose días, e aquí que el día llega de unas bodas cuyo aplauso el monte Pelión celebra. Eran de Peleo y Tetis, los mismos que Adán y Eva, y a dioses y diosas piden que a ser sus huéspedes vengan. Pero, como a los casados tanto la paz se le encomienda, no llamaron la Discordia porque no hubiese pendencias, mas la Discordia, agraviada de que se olvidasen de ella sin convidarla, se vino solo por vengar su ofensa transformada en una sierpe de un árbol vedado. Lleva una manzana que arroja donde vio hacer la fiesta. Era bella la manzana y dábase a la más bella, que este título se puso la sabia sierpe en sus letras. Acompañaban al hombre Riqueza, Beldad, Prudencia, que estas cosas significan Juno, Venus y Minerva; y en mirándola las tres, cada una en competencia de las demás, pretendía se hiciese su gusto en ellas: la Riqueza porfiaba en que Adán no la comiera porque después no se hallase falto de tanta riqueza; la Prudencia le mostraba que comerla era imprudencia, pues siendo sabio ofendía la sabiduría mesma; mas la Belleza allegaba de la fruta la belleza y que tan grande beldad era injusticia perderla. Pero, sabiendo de mí que el nombre de Paris era por la igualdad en juzgar, que juzgue el pleito desean. Parecieron en juicio, donde me hizo promesa Juno de mil señoríos, dando en su favor sentencia; por lo mismo ofreció sabiduría Minerva; y Venus que me daría, dijo, la mujer más bella. Yo, que, siendo sabio, soy príncipe de las tinieblas, al reino y sabiduría antepuse la belleza y, por agradar a Venus, di por llama consecuencia, que sería como dios comiendo la fruta Eva, y con ser mujer, que a todas dan grado de bachilleras. La concluyó mi argumento sin negar ni buscar prueba como Adán por su ruego. Quedan así satisfechas la Discordia por su industria y la Beldad por su fuerza Venus, viéndose obligada, para cumplir la promesa, el robo me facilita de la hermosísima Elena. Es su esposo Menelao, que aún sospecho que se precia de un tiempo que me hospedo en el Cielo de su tierra. Conquisté su prenda al fin y diome su amor por prenda, palabra de que conmigo irá a Troya desde Grecia. Quedó concertado el plazo para esta noche serena que, aunque apacibles sus sombras, será sombra de la eterna. Aguárdola en esta playa que el río Leteo riega, que son de olvido sus aguas, y es bien que de Dios la tenga, , mas pasos pienso que escucho en esta intricada selva. Si es ella, ¡placer, amigo!, canta, danza y hazle fiesta. Notable tu victoria ha sido Más notable es mi ventura, pues que ya el Alma ha salido. Llega a gozar su hermosura. Él es. Sí me ha conocido. Ya os conozco, mi amor nuevo, que, aunque en esta noche oscura falta luz del alto Febo para ver vuestra hermosura, luz llena el amor que llevo. Vos sois la niña de mis ojos, dulce Elena, amada mía, sois la luz de mi alegría, de quien gozan los despojos. Estrellas, alba, sol, día, y, como en la noche muestra su fuerza la luz, la vuestra a las tinieblas le guió, siendo ya de aqueste río farol que al que huye adiestra. Antes yo, que a la luz llego del mar siendo vuestra esposa, cual mariposa me ciego. ¡Ay, querida mariposa, si os abrasase mi fuego! Sí hará, que el lascivo amor un alma de hielo abrasa; y, pues, dejamos, señor, un rey no por una casa, ved si os tenemos amor. ¿Quién eres? Un gentil hombre, Troilo es mi propio nombre. El Cuerpo de aquesta honrada y quien en cualquier jornada la acompaña. No os asombre que, como en la vida inquieta es el hombre peregrino, somos yo y esta pobreta su aderezo de camino, yo cojín y ella maleta. Tendrás regalada vida en mi casa. ¿Es buena casa? Tan ilustre y tan cumplida que aún de los límites pasa del gusto a que fue medida. El engaño la trazó, gran arquitecto, y mostró que en ella extremar se quiso: moldura, cornisa y friso de imaginación formó; en vasas y pedestales de ambición columnas puso, de soberbia al cielo iguales; donde en el aire dispuso de venganza arcos triunfales; metopas, triglifos, todo lo fabricó de este modo; y en las torres dio a los vientos veletas de pensamientos, que para el tiempo acomodó; lujuria el jardín dispuso; y en mil grutas diferentes conchas de grutas compuso de que ahora corren fuentes siempre en murmureo confuso. ¿Y no hiciera chimenea de esa casa? Lo primero. ¡Y de ordinario humea! Sí, que Gula es cocinero, que siempre en guisar se emplea. Esto es lo que más me inclina a la casa peregrina. Ir pienso sin más espacio, luego en llegando a palacio, de palacio a la cocina; tripas, haced alegrías y dad saltos de placer, (y escarmentad, tripas mías, de hombre que, por no comer, ayunó cuarenta días). ¿Que eres tan guardoso? En todo. ¿Qué pasa? No satisfizo en ella el soberbio modo, que con un soplo la hizo, y una pellada de lodo por la casa que te enseñó trujo pleito con su dueño. Otro que la derribó, y, aunque corta, la llamó Bernardo, mundo pequeño. Otro fabricó de estrellas y en sus puertas pueden verse lucir margaritas bellas, aunque es menester hacerse niños para entrar por ellas. Pues vámonos a la mía, en la nave que os aguarda no pase la sombra fría y el sol en sus llamas arda, dando a vuestra noche día. En dándoos paso la lancha a la nao gallarda y ancha, veréis que rompe la quilla esta mar que se le humilla y en hondo valle se ensancha; veréis las jarcias de engaños al árbol del Mundo asidas con mil rodeos extraños; las banderolas perdidas sobre mástiles de daños; de Amor, bauprés y timón; y de cólera, el fogón; farol de envidia lasciva que encierra en su llama viva; y gavia de presunción, ira que el gobierno toma; vicios, pilotos conformes, hacen la salva; y caloma, por las jarretas y bordes, zarpará llevando el ferro y en acabando el destierro se echará por más firmeza el áncora de pereza, que es el más pesado fierro. Y porque el aire la arrastre sin peligro de desastre también a la nave voy, que un pesado cuerpo soy y le serviré de lastre. Haced alegre ejercicio los dos y el mar que está en calma, id provocando a bullicio porque, entretenida el alma, vaya a la Troya de vicio. El placer puede tener sus sonajas y hacer que el camino no se sienta. Con tal placer cualquier venta será casa de placer. Pártense las galeras, llévanse el alma, que a galeras la llevan, de amor forzada. Lo que te digo es cierto, tu esposa te han robado y sin duda fue Paris tu enemigo. Dejó el lecho desierto la noche del pecado. ¡Ay de ella si amenaza tu castigo! ¿Posible es que mi Elena dejó mi lado y casa? Esposa, ¿qué os he hecho que has entregado el pecho al fuego mismo, al Paris te abrasa? Rey, Menelao divino, pues eres luz, alumbra su camino. ¡Cielos! Celos publico de la reina querida, que al lado de mi diestra vi sentada y del vestido rico de oro fino vestida de variedad entonces rodeada. Aquella que obligada de ungüento precioso con que ungido me vea tras de su olor corría, buscando siempre su querido esposo, y daba al aire censo su vestido al correr de olor de incienso; aquella que paloma y tórtola llamaba porque amores segundos no tenía, olvidando la aroma que en mi huerto hallaba, con que ardiendo en amor esperaba, por libres aires guía las alas sin sospecha de que eran los hibleos de sus voces en preas; la esconde en red o le dispara flecha y entre las flores miro el cazador que quiere hacerle el tiro. Señor, aunque es ingrata, no permitas que sea despojos de un cruel tu esposa amada, de libertarla trata y tu poder emplea en convocar una lucida armada. Palabra tienen dada los príncipes de Grecia al padre Tindareo de que en cualquier empleo guerra harán a quien tu honor desprecia. Alcanza nuevo nombre, ve, señor, a la guerra y hazte hombre. Bien dices, Amor sabio, manso soy cual cordero y David me llamó Dios de venganzas. Las mayores pujanzas de Grecia se provoquen; contra teucros soberbios ofrezcan los proverbios,; Salomón, cajas que en la plaza toquen; y en cantares agudos la torre de David nos preste escudos; venga Pedro Androgeo, y al Aquiles Bautista por capitán y por caudillo nombro; estriben en el hombro de Andrés, soldado viejo; las máquinas de ardides, sobre este Amiclides; al Néstor, Pablo haré del consejo; y a Esteban llamar puedes, que será muerto a piedras Palimedes. Haré una fuerte armada que del mundo va a solas, con quillas de humildad rompa y sujete. Verá mi esposa amada en blancas banderolas la roja cruz que guerra y paz promete en las aguas de Lete. Verá Paris mis naves y, rindiéndose Troya por restaurar mi joya, al torpe alcaide quitaré las llaves. Sinón alto, ¡a la guerra!, divino Amor, ¡al arma!, ¡guerra, guerra! Él es Héctor Sí. Y él es el Mundo. Yo soy Troilo. Yo tengo de hacerle, pues, un cargo bien grande. Dilo. Que por qué es Mundo al revés: ¿cómo se usan en el santo usos de imaginaciones ya en la saya, ya en el manto?; y ¿esto de haber tantos dones sin ser del espíritu santo?; y ¿por qué han de ser tan pocas las damas que traigan tocas?, si es por mostrar su donaire, mire que les dará un aire y podrá volverlas locas; ¿por qué ha de haber caballeros que en las cocinas dispongan los usos de los sombreros, ya cazuelas, ya morteros?; y si quieren que se arrastren telas con preciosos broches que adornan el pendón del sastre, ¿cómo quitaron los coches?, que fue notable desastre, mas yo sé que algún marido lo ha de haber agradecido, que era del coche caballo y no pudiendo guiarlo le traía siempre asido; médicos y cirujanos, que matan (y no de amor), ¿por qué han de pudrir a los sanos?, ¿les manda el Mundo escribanos? No hay disculpa. No la doy porque de escucharte gusto. Yo con poco gusto estoy viendo de Elena el disgusto. Sí le tengo. Triste estoy. Pues di, hermosa Elena, si es de estar en tierra ajena, ¿no han sido de algún provecho las fiestas que en Troya he hecho y las que el Mundo te ordena? ¿Tan dulces eran las cargas del matrimonio primero? ¿Eran tus mesas más largas? ¿No era su plato un cordero y unas lechugas amargas? Pues ¿qué os falta? Amigos, ea, mientras Elena se emplea en ver de este mar la playa un alegre baile vaya. De su mismo robo sea. Reverencia os hago, griega peregrina, pues no mira Troya casada más linda. Vuestros ojos, Alma, cuando alegres miran, rinden cuanto topan con prisiones ricas. Más preciaré haberos, mi querida amiga, que vencer al ángel que conmigo lidia. Id con Dios, el Rey; mirad que soy niña y es miedo a los hombres que de amor cautivan, si razón me ve, hace que riña. Yo no trato en almas, sino en almohadillas. Dadme vuestros brazos, vámonos, mi vida, a la mar, que tengo cuatro naves mías. ¡Ay dios, que me fuerzan! ¡Ay dios, que me obligan! Tómala en los brazos y a la mar camina, llevaba la nao tan veloz corrida que apenas tocaba el agua a la quilla. No lloréis, señora, no lloréis, la niña, que vertéis sin causa esas perlas finas. Enojarse el mar que en sus minas ricas y escondidos senos tales no las cría. Si os llevo robada, no os llevo cautiva, que vos cautivaste mi alma y mi vida. Cuando esto le dijo el galán a su dama, con trompas y cajas los aires se rompen, resuenan los ecos, el fuego interrompen, “¡al arma, al arma!” repite, la gente de fama. La mar de sus olas levanta las juntas, la playa se altera, temblando la Tierra y Paris y Elena, que temen la guerra, así le responden y hacen preguntas. Al arma han tocado. Sí, viene mi esposo. Recelo la guerra. Su enojo recelo. Paz suena en la tierra. Y gloria en el cielo. Mas si fuere guerra, salir es forzoso. Naves al puerto han llegado, huyamos. ¡Qué confusión!, en Tierra falta un soldado. Sobre mí los saltos son porque estoy sobresaltado. Armémonos de improviso y de escala gente aviso porque salgan a la lucha. Vuelve, Elena, espera, escucha, oye, aguarda. Al fin no quiso al son del agua, al parte de un alto pobo. Dormías, Alma, y con temor de muerte huiste, que debió de parecerte que en estas pieles se ocultaba el lobo. Mas un cordero en las malicias bobo mostraré que a seguirle te despierte y un pastor que ha venido a defenderte del lobo fiero de quien eres robo, vuelve al aprisco, fugitiva oveja. Yo soy voz del pastor, su voz oíste, no desampares el divino apero y, si temor de aquesta piel te aleja, vuélvete a Dios, que de su piel saliste, pues nunca huyó la oveja del cordero. Aunque su poder me asombre desde aquí veré el armada y sabré quién es el hombre que en tierra tan apartada me ha llamado por mi nombre. Soldados, llegaos al muro, que de vos saber procuro cúyas esas naves son. Pues dame, Elena, atención, que de la paz te aseguro. Después que Paris soberbio te trujo, Elena robada, a la Troya de la culpa de la Grecia u de la gracia, el divino Menelao, que es el esposo que aguardas para librarte, ordenó aquesta lucida armada, buscó para sí una nave de palo santo, labrada y de palo de María, cetín, ciprés, cedro y palma. No es como aquella de gusanos en que viniste engañada, que su vaso es de verdad y de virtudes sus jarcias, sus árboles de excelencias. Ser madre de Dios, su gracia, flámulas de encarnar virgen que son de encarnado y blancas. Ella toda, blanca vela, y, como le toca el aura del paráclito divino, viene del aire preñada, rige en su popa el farol del cristal que a Cristo guarda, que es una luz que se encierra en sus virginias entrañas, quedando siempre , con sus rayos nos ampara que no le ofende el cristal de la luz que por él pasa. Esta es la nave que a todas tiene infinita ventaja, que por ser del Capitán la llaman “La Capitana”. De las demás, no te digo que el que viene en esta basa a contrastar cuerpo a cuerpo los enemigos del alma. Porque se suelden sus quiebras, Dios, hecho soldado, marcha para darte paz eterna, se pone tu esposo en arma si las riquezas del Mundo te aficionan y engañan, riquezas te trae del Cielo el que por ti al suelo baja y una joya que pudiera con el dedo señalarte, que es un que en oro de divinidad se engasta. Si estas prendas gozar quieres en la dulce paz que aguardas, entra en la guerra tomando de penitencia las armas y mira que tantos yerros te ponen hierro en la cara, siendo por gracia unida eres en pecado esclava. ¡Ay, gran precursor, Aquiles! Cómo advierto en tus palabras las del Quinto de las , donde Jeremías habla. “Cayósenos la corona” dice y, para dar la causa, “¡Ay que pecamos!” añade. De mí, sin duda, trataba, seguir quiero tu consejo, ya sé que a mi esposo agrada cualquier alma que con llanto yerros borra y limpia mancha. Deja que me vaya ahora adonde llorando haga mis ojos fuentes que corren a la fuente de la Gracia. ¿Sois vos de la armada y flota que surta en la tierra nuestra? Su paz turba y alborota. ¿Estas pieles no dan muestra que soy de tierra remota? ¿De qué tierra sois? De aquella por quien vivo con querella y ausente del cielo estoy; de tierra digo que soy y estoy peregrino en ella y, como aquesto conozco, las pieles que veis me visto. El traje es áspero y tosco. ¿Cúya es la armada? De Cristo. Ese nombre desconozco, mas ¿tú quién eres? Aquiles. Pesarame que aniquiles la fama de tus empleos, que aquí alcanzarás trofeos, honrosos no, pero viles. ¿Sabes el valor profundo que un Héctor encierra? En Dios, el poder vencer le fundó. ¿Un Mundo venceréis vos? No hago caso del Mundo. Pues llega a brazos, guerrero. De amistad no, solo quiero, para luchar, abrazarte. Escúchame, Mundo, aparte. Espérame, pues. Espero. La fama de Aquiles cuenta que su buen hado dispone que nunca la muerte sienta si el que a su virtud se opone herirle en los pies no intenta; que, para nuestra desgracia, mientras María se espacia en la casa de Isabel, dicen que le bañó en Él, en la fuente de la Gracia Tetis no le sumergía, en brazo de mar que tuvo, agua Estigia, en nombre fría, sino en el agua que estuvo en los brazos de María; quedó invencible después, mas los pies tiene en la tierra y sujeto a culpa es, que es decir que esta su guerra en las plantas de los pies, que plantas que en la tierra afirman caer pueden, aunque ahirman en la virtud que recelo, porque solo los del cielo en la gracia se confirman. De todo advertido voy. A gran triunfo te levantas. Verás la traza que doy para herirle por las plantas. ¿No vienes? Ya voy pero no a luchar contigo, que no he de ser enemigo de tan famoso guerrero. Pues, cobarde, yo no quiero tenerte a ti por amigo. No habrá en la armada tu igual, general será quien tiene fama de dios inmortal. Otro es general, que viene a dar perdón general. Ahorra humildades tantas, los pies me has de dar, dios eres. A grande honor me levantas, mas, Héctor, yo sé que quieres darme muerte por las plantas; ofrécesme tanta alteza por derribarme a bajeza, mas para mí no lo es saber que por unos pies he de perder la cabeza. Tu malicia se acrisola, pues, como ves que me fundo en Dios, que es firmeza sola, para derribarme, Mundo, pones a mis pies tu bola; mas si el huir de ti es de la guerra el interés, a huir es bien que acuda, porque en tu guerra, sin duda, vence el que saca los pies. Ya venciste, muerto estoy, ya me vi a tus pies postrado, ya me arrastro y vuelcos doy, que hasta morir arrastrado imagen de Héctor soy. Siete vueltas daré aquí, que al otro Héctor así siete veces le arrastraron. Todo el poder me quitaron un gran soldado perdí. ¿Quién ha de poder sufrir la vida que vos me dais? A Paris pienso decir, Elena, cómo intentáis de él y de Troya huir. Yo me hallo aquí muy bien y vos me tratáis muy mal. Cuerpo ignorante, prevén, que, por placer mortal, dejas un eterno bien, sufre más. Lindas razones. Por Dios no sufra un tejado tan pesados canelones y, tras de haber ayunado, nos las dais por colaciones. Nunca Menelao viniera si es de mi carne enemigo y por él de esta manera me tratáis. Escucha, amigo, que viene mi bien, espera si a llamar me atreveré. Si me atreviera a llamar, muda me tiene el pesar, pero si llorando hablaré, quiero llorar y callar. Deshecha en llanto mi Elena, me está alegrando su pena; mi esposa está arrepentida. ¡Ay, esposo de mi vida! Bien su libertad se ordena. Dulce esposa. Esposo santo, culpada estoy, no lo niego, no merezco favor tanto. ¿No veis que el Amor es ciego y me enamora ese llanto? Dad, ojos, de esas corrientes perlas que igualo los dientes que ahora comparar quiero a ovejas en lavadero, pues los lavan esas fuentes. Ojos, cesen los enojos, que aunque dos ríos seáis (porque a gozar sus despojos pase el alma puentes) dais hechas de esos mismos ojos. Si sois ojos de paloma, ella el mejor grano toma, y yo soy de trigo el grano que a quedar en pan me allano para que el alma me coma. ¿Tal merced, señor, me hacéis después que en pago de agravios por mí la sangre vertéis? Viértola porque en los labios cinta de grana tenéis que, si en cualquiera sangría la cinta sacar porfía, la sangre en que queda tinta no es mucho que a vuestra cinta vierta yo la sangre mía. ¿Cómo os trata mi enemigo? ¿Hallaisos mejor con él que os hallábades conmigo? Vos sois manso, él es cruel; vos sois premio, él es castigo. Mirad ahora, señor, con quién me hallaré mejor, pero vos nada ignoráis. Con mi enemigo habláis, villanos. Dadnos favor, divino esposo. ¡Ah, tirano!, respete tu lengua y mano a mi esposa. Desespero, de celos me abraso y quiero que así me trate un gusano digno de llamar así. ¿Qué es lo que quieres aquí? Porque, si es cobrar, he Elena, no ha de salir de mi pena, pues de tu gloria salí. Vete ya, que tengo en poco el cerco de esta campaña. Mirad, mirad quién me daña, un rey tenido por loco, un rey con cetro de caña. ¿Quieres que te traiga en trote, por las calles que te agote la sangre en lago profundo? O, como lo hizo el Mundo, ¿quieres que otra vez te azote? Vete, que ni el cerco temo ni Troya se ha de rendir. ¡Oh, jactancioso blasfemo! Porque me veas morir haré de Amor un extremo. ¿Qué dice nuestro enemigo? Aunque en el cerco prosigo, prosigue rebelde y terco. Pues yo hago alzar el cerco para tratar su castigo, para que Troya indiscreta paz segura te prometa. El alma y los soldados he hecho que retirados se escondan en una isleta y, si por morir los dejas retirados y te alejas, bien Zacarías advierte que, herido el pastor de muerte, se esparcirán las ovejas. Un caballo queda hecho, que de esta guerra ha de ser nuevo ardid, raro pertrecho; dentro de él te has de esconder que será un heroico hecho, según San Juan nos advierte es esta tu humanidad, el arma de la cruz fuerte; entra en él y en la ciudad, le meteré de esta suerte que, estando en ella, después sujetarás fácilmente al que tan rebelde es. No habrá cosa que no intente; vamos, Amor. Vamos, pues. Temiome el griego en fin desocupado, se ve de pesadumbre tan molesta el mar con tantas naves alterado. Aqueste el sitio es, la playa es esta, adonde se alojó tanto soldado de Grecia altiva a nuestra Troya opuesta; ya lo pisáis y no lo pisan griegos, trocad las armas en alegres juegos. Ya muestra toda Troya el alegría de haberte alzado cerco tan prolijo. Solo Elena con llanto se desvía del general y justo regocijo. Si el buen Tobías, porque luz no vía, que viviría sin contento dijo, yo, sin ver de mí bien la luz serena, ¿cómo podré contar en tierra ajena? Después que a pena y llanto nos provoca, señor, alegriero que mal haya, vende alegrías, los cascabeles toca, vaya a venderlo, al infierno vaya. Igualando en altura aquella roca se ve un caballo en medio de la playa bien fabricado, este misterio encierra. O es insignia de paz o es de guerra. Preso, señor, traemos este griego que es solo ya, nuestras riberas mira, examinadle, haced que diga luego si se esconde el armada o si se retira. Que me digáis verdad, amigo, os ruego, y no temáis. Jamás dije mentira. ¿Fuese la armada? No hay que temer guerra, que el cielo canta gloria y paz la tierra. Pues ¿qué caballo es este?, que en él fundo de algún ardid de guerra la sospecha. De la gran Palas, Paladión segundo que deja nuestra culpa satisfecha. ¡Oh, teucros!, bien sabéis, bien sabe el mundo que en su principio fue por Palas hecha una imagen divina, que fue el hombre a quien pusieron Paladión por nombre. Palas, pues, que es de Dios sabiduría, la formó para sí y al fin declara que Grecia tanto en gracia viviría cuanto la imagen sin caer durara, mas un Diómedes, un traidor que había, hurta la imagen y viola el ara por cuya culpa Palas le desprecia del amistad que siempre tuvo a Grecia, mas los griegos que acuden al reparo, en vez de aquella imagen derribada, han ofrecido este caballo raro, por cuya causa se partió la armada y, si quieres de Palas el amparo, teucros, dad al caballo en Troya entrada, que por él paz eterna os aseguro. La puerta es chica. Rómpase el muro. ¡Oh, caro amigo, por quien hoy gozamos la deseada paz! Verdad publicas, vamos a la ribera. Vamos. ¡Oh, gran don, que la tierra pacificas! De oliva y palma llevaremos ramos y, echando en tierra vestiduras ricas, entrará en Troya con aplauso extraño. No sé si por mi bien o por mi daño. Menelao se fue, sin duda que se olvida de los dos. Tal dice tu lengua ruda, mas sabes que es firme Dios y que por ser Dios no se muda. A esto testimonio dan Malaquías y San Juan, y hecho carne le veo por no dejarnos y aún creo que vendrá a quedarse en pan. Antes, en aquel caballo he sospechado que oculto quiere Amor en Troya entrallo, que ya nada dificulto después que humana le hallo. Si llamándole león, mostraron su condición y generosa costumbre, y si por su mansedumbre es cordero de Sión; si gusano de la tierra le llaman por su humildad, con la misma propiedad, el caballo que hoy se encierra nos muestra su humanidad. L’indico por vida mía, si eso es verdad este día, quedó de Paris vengado. Escucha, que ya han llegado con aplauso y alegría. Pues la paz nos aseguras y nos destierras la guerra, santo le llame en la Tierra, diga “¡hosanna en las alturas!”. Todo el campo se aperciba y porque más fiesta hagamos hemos de ofrecerle ramas de su palma y de su oliva. Pise nuestras vestiduras y, pues da fin a la guerra, santo le llame la Tierra, diga “¡hosanna en las alturas!”. Confuso estoy y perplejo. Solo Paris no celebra la fiesta. El vestido dejo; vos, Paris, pues sois culebra, dejad también el pellejo. Y si aquesto os alborota, ved cómo quedo en pelota para correr más ligero, que en vos habrá pelotero y en mí saltos de pelota. Mas si por el alma Elena también la fiesta se ordena, con ella bailar intento, ande bulla, ande contento; no más llanto, no más pena. Y por vos, la mi señora, cara de plata, entre en Troya el caballo que paz nos traiga. Repicad pandericos, bullid sonajas, hagan lugar afuera, plaza, plaza, que ha de dar carreritas a la trapa, la trapa. Ea, amigos, tirad vos vuestra hacienda, yo la mía, porque entremos los dos. Que tantas trenzas había que os atrajesen, mi Dios, la del griego en lo morado color de amor ha mostrado, y en la del teucro imagino tejido humano y divino en lo blanco y encarnado. Que ha de dar carreritas a la trapa, la trapa. También bailan de contento los reyes. Sí, no te espante, que un santo rey represento, que iba bailando delante del arca del testamento, que aquel arca era figura de aquesta, más santa y pura que el maná de Dios encierra, máquina insigne de guerra que nuestra paz asegura, en esta humana pureza oculto su poder vi. Su majestad y su alteza y Habacuc dice: “aquí se esconde su fortaleza”. Ya es de noche, vámonos, que soy de reumas enfermo y nunca al sereno duermo. Contempla un poquito a Dios. Hácesme padre del yermo. Troya espera mal suceso si los caballos de Creso, blancos a poder del griego, llegan, que el rendir luego hay fama que estriba en eso, y eso es así. Yo hallo que ya Troya se ha rendido por este blanco caballo. Como yo soy desleído, a poco leído callo. Pienso que con la ocasión de vuestra contemplación dormir al aire queréis. Es muy tarde. ¡No lo veis, las mil y quinientas son! ¡Fuego, fuego, traición, al arma! ¡Al arma, fuertes griegos! ¡Hacedles rostro! ¡Resistid, troyanos! Voces, armas y fuego la triste Troya encierra; fuego repiten a los aires vanos. Válganme mil campanas que estén tocando a fuego seis semanas; válgasme a tú, la santa Candelaria y de tanta cautela sin chamuscarme me socorra y libre. ¡Fuego, traición, cautela! ¡Ah, fortuna contraria! El vivo fuego inquietas llamas vibra y en medio de los fuegos sus lanzas vibran los valientes griegos. Hermosa Elena. Pues, Amor, ¿qué es esto? ¿Mi lengua ha de decirlo cuando te ofrece el fuego tantas lenguas? Mas si quieres oírlo, solo te diré, pues, que habiendo puesto para venganza de raras menguas en Troya aquel caballo cuyos misterios, pues lo sabes, callo, el sol oscurecido y eclipsado trujo aprisa la noche, no como a Josué detuvo el día, y en poniendo a su coche la funda de un nublado por los fuegos y el humo que temía por mí fueron abiertas del hermoso caballo cinco puertas. Salieron de su pecho los soldados que fueron Paz, Clemencia, Justicia satisfecha, Mansedumbre, Trabajos con paciencia, el Perdón de pecados y Caridad autora de esta lumbre y por el muro luego entrose Aquiles con el campo griego, matanza hacen, guerra dicen todos y traición dice Troya, mas no hay traiciones en ardid de guerra. En sus torres se apoya el fuego y de mil modos mueren los vicios que su muro encierra y en las aras que ordena muere la culpa o muera Policena. Si ofendí a Menelao, mayor castigo, mi Elena, me prometo. Si en aplacar su justo enojo piensas yo diré que sujeto le traigo un enemigo que borre, pues se humilla a sus ofensas. []Yo llegaré rendido. ¡Victoria! Yo vencí. Yo soy vencido. Ya, valiente Sinón, por tu consejo es Troya breve mapa de las iras de Dios, llenas de asombros, aunque de ella se escapa Adán, Anquises viejo, a quien su mismo hijo saca en hombros. Cristo, hijo del hombre, goza de Eneas la piedad y el nombre. El primer padre, el padre Anquises, sale cargado de sus años con los penates de la ley de gracia. Solo queda entre extraños Creúsa, y no vale ser de Eneas esposa en su desgracia, que por ser la ley vieja ella se queda atrás y él la deja. El propio Eneas de la mano saca a Julio, Ascanio hermoso, que el gentilico pueblo significa. Esto del riguroso fuego que se aplaca. Salen así cuando el Amor publica por Menelao victoria. Él es vencedor, mirad su gloria. Paz os doy resucitado, paz os doy y paz os dejo, que la paz sigue a la guerra y a la tormenta el buen tiempo. Todos advertí mi triunfo, que lo que aquí represento dejar, Juan Evangelista en su ha puesto. Testimonio deja al mundo de que vido el cielo abierto y un caballo puro y blanco, donde estaba un caballero; dice que tenía nombre de fiel y verdadero que con justicia pelea, y es también en juzgar recto, coronábanle diademas, eran sus ojos de fuego y un nombre tenía escrito que solo conoció él mesmo. Era esta vestidura con que le vido cubierto llena de gotas de sangre y era al fin su nombre verbo. En caballos también blancos los ejércitos del cielo le seguían y temían, vestidos de lino puestos, de su boca procedía espada de duro acero para herir a las gentes con aquellos silos mesmos. Esto vio Juan y esto veis en este triunfo que os muestro, donde está representado de aquesta guerra el suceso. En metáfora se entiende por el caballo que llevo mi inofensa humanidad, la pureza de mi cuerpo. El caballero soy yo cuanto al ser humano y tengo por timbre y por apellido ser fiel y verdadero. No puede Paris quejarse que la guerra que le he hecho ha sido injusta, pues dicen que con justicia peleo; que soy todopoderoso en estas diademas muestro, y en el fuego de mis ojos miro los troyanos fuegos, la sangrienta vestidura es señal de mis tormentos, y los demás que nos siguen son las almas de los buenos, vienen en caballos blancos, significándose en esto que han de juntarse a las almas gloriosos después los cuerpos. Vos, Elena, me seguid como me han seguido ellos, con ropas blancas que son los virtuosos deseos, y mirad que tengo espada con que castigaros puedo, que aquesta herirá a las gentes juzgando vivos y muertos. Ya os sigo, mi amado esposo, y porque veáis que he hecho guerra a vuestros enemigos este cautivo presento. Yo he sido el Cuerpo de tal, del tal que rendido veo a vuestros pies, pero ya ser cuerpo de Dios prometo. En mi virtud le venciste, que si con mi muerte he muerto, los tres enemigos tuyos aquese es el uno de ellos. Mira el Demonio, que es Paris, derribado por soberbio; y mira también rendido el Mundo, con nombre de Héctor, que aunque Aquiles le venció antes que se alzase el cerco hoy aparece en mi triunfo por ser mío el vencimiento; mira en Troilo la carne y el enemigo más fiero, ya por mi muerte vencido y por mi valor sujeto, mas porque veas que estimo tu presente y que le acepto, por el Cuerpo que me has dado te ofrezco mi mismo cuerpo. En la nave de la Iglesia puedes embarcarte luego, que en ella cuanto yo soy te daré por bastimento, por San Juan, darle al que vence maná escondido prometo. Tú me has vencido con contrario, cumplir mi palabra quiero, y aunque del maná escondido será capa un blanco velo, la fe me mira con capa, soy soldado y quedo en cuerpo. Porque naveguéis seguros, mi carne y mi sangre os dejo, y si en la virtud no hay calma no os puede faltar sustento, llegado con las manos limpias a tan alto sacramento que en vuestras manos está el haceros buen provecho. Vamos a comer, amigos, y con muestras de contento dé fin la guerra de Troya y victoria de los griegos.
