Texto digital de El rey Enrique el enfermo
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El rey Enrique el enfermo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/rey-enrique-el-enfermo-el-2.

EL REY ENRIQUE EL ENFERMO
JORNADA PRIMERA
Ningún vasallo en Castilla ha merecido honra tanta, no resiste la violencia, pues mi fortuna la alcanza. Don Enrique de Villena, sois mi primo, doña Juana vuestra madre fue mi tía y fue de Castilla infanta, del rey don Enrique el noble —que Dios en el cielo haya— somos nietos. Vuestro padre de Aragón y de Navarra heredó la sangre real. Mirad si nobleza tanta a los reyes de Castilla merece ver en su casa. Hoy con acuerdo dichoso os casáis (por mi desgracia) con la beldad de Castilla (áspid que pisó mi planta), padrinos somos y es deuda dejaros en vuestra casa. Vos, bella doña María de Albornoz, (¡divina ingrata!) mil años gocéis a Enrique, (¡mucho disimula el alma!) Doña María, sin vos triste volviera a mi alcázar, a no quedar con Enrique. contenta y bien empleada. Merezca vuestro favor, señores, a vuestras plantas. ¿Sois mi amiga? Y sangre sois del gran cardenal de España, que la piedad trujo en hombros a Toledo, desde Italia, a enterrarse en su capilla. Soy al menos vuestra esclava. Al estado de Villena me tenéis puesta demanda, por cuya causa en Castilla marqués de Villena os llaman y, mientras que determino si ha de estar en vuestra casa o volverle a mi corona, conde de Tineo y Cangas os hago. Advertid, señor... Soy pobre, Enrique, no alcanzan mis rentas para más gastos, y el infantado en la Alcarria de doña María es de este estado que a las hazañas de los suyos vinculados... Rico sois, edades largas la gocéis (por que yo muera), dando a vuestra noble patria eterno honor con las letras y a Fernando con las armas. Pequeño triunfo es el orbe si llego a sacar la espada. ¡Ay, infante, qué rigor, desdén y celos me matan! ¿Qué he de hacer? Sufrir, penar. ¿Soy yo monte? ¿Y la constancia? No hay valor a tanta pena. Pues vuestra alteza se vaya. Si llevo el dolor conmigo, ¿qué importa volver la espalda? Quedaos, Enrique, con Dios. A escribir vuestras hazañas. (Para atravesarme el pecho mi mano ánima la espada.) Señora del infantado, guárdeos Dios. Lo que en la Arabia vive el fénix viva Enrique y eternamente renazca de tus cenizas al mundo. (Tendrás eterna causa donde mostrarte severa. Poco te deben mis ansias.) (Poco te debe mi honor.) Tu rey soy, a tu rey matas. A doña María, Enrique, amad mucho y estimalda. Voluntad era el amor, ya es precepto, pues lo mandas, querida esposa mía. Vida del corazón, amado esposo. Bella doña María. Galán, afrenta del pastor hermoso. Dichoso el día cuando. Te vi, te amé. Te merecí llorando, y por mercedes tantas, si el reino de mi abuelo poseyera le pusiera a tus plantas. y agradecido, enamorado hiciera a tu chapín virillas de las coronas de las dos Castillas. Querido esposo mío, si a limitada tuya redujeras tu grave señorío, te buscara mi amor y, aunque vivieras en el monte olvidado, señor, fueras también del infantado. Entre rústicos robles te buscaran los ojos que te vieron si tus estirpes nobles cayados fueran como cetros fueron; desdén, tu agrado; el rico tálamo, grama; el tabí, pellico. Mi amor, prenda querida, te pudo merecer dichosamente. No, dueño de mi vida, sino el merecimiento solamente. ¿Al fin que te merezco? Respóndante los brazos que te ofrezco. Sea usted bienvenida. Busted sea bien hallado. Téngame por su criado, que he sido toda mi vida inclinado a buena faz. Poco la mía lo abona. ¡Por Cristo que la persona tiene la cara de paz de que sirve a su señora con este jeme de agrado! En palacio me he criado con su excelencia hasta ahora y su conservera he sido y doncella de labor. ¿Que es doncella? Sí, señor. Muy buen tiempo se ha perdido. ¿Tiene dueñas? Veinte tiene. ¿Edad? La de Calaínos. ¿Y gruñen? Como cochinos. ¿Cómo sin ellas se viene en el día que se casa? Fuera muy mal pensamiento un día de casamiento traer las tumbas a casa. ¿Quién es la valida en fin? Dicen que lo puede todo. ¿Gravedad? De ningún modo. ¿Condición? Un serafín. ¿Entendida? Superior. ¿Generosa? Sumamente. ¿Y qué achaques? Solo siente que sois tan grande preguntador. Es curiosidad discreta. ¿Y qué oficio el vuestro es, sois gracioso del marqués? Como acertare, el poeta. Dizque el dueño de mi ama es entendido... ¡Y qué tanto!, que amanecí por encanto acostándome en la cama seguro y quieto una vez, helado como un cristal, empuñando un orinal en la mezquita del faz y, queriendo renegar en manos de un alfaquí, en Zocodover me vi con marlota y capellar. Mala gracia. No es muy buena, mas quien vive en esta casa mucho ríe y mucho pasa. ¿Y hay quién sirva al de Villena? En efecto es gran señor. ¿Gravedad? Cuando conviene. ¿Pródigo? Da lo que tiene. ¿De qué tiene más? De amor. ¿Ama mucho? A mi señora. ¿Condición? Un Lucifer que en su vida pudo ver criada preguntadora. ¿Vos os espantáis? Pues ¿quién?, que un hombre preguntador es como el mal pagador, pagar mal y cobrar bien, y esta diferencia hago en llegando aqueste punto, que cobro cuando pregunto y cuando respondo pago. Aunque esté en el ataúd no le diré cómo está. Mejor que un necio lo hará, que, como estoy de salud, me dice cada momento el idiota y no repara que suelo traer la cara más alegre que un pimiento. Pues adiós, señor Cortés, sin preguntar que a mi ama prendo y destoco. En la cama la destocará el marqués. Espere, que al rostro bello quiero decille mi amor. Con suspiro. Y con dolor. Óigolo, vereme en ello. Señor Rui López de Ávalos, famoso por la gloria adquirida y la nobleza que heredó del Navarro belicoso; vuestra fama y caduca fortaleza, dignamente descanso generoso de los graves cuidados de su alteza, pues de sus brazos para dicha mía pende la castellana monarquía. El natural tributo con que nace pagó a Dios de esta suerte el dueño mío, cargado de años y de honor, deshace el aliento vital, seguro y frío. Murió en Almagro, en Calatrava yace Gonzalo Núñez de Guzmán mi tío, llevando quien a tantos aventaja sola la cruz en la marcial mortaja. Murió el maestre, al fin, yo he pretendido, seguro en la virtud de mis pasados, ser maestre también, pues he nacido. Leones de los Guzmanes de Aviados. Al rey he visto, a vos me ha remitido y de vos sólo penden mis cuidados, si el ser deudo de Enrique lo merece, que deje su elección libre a los trece. Soy religioso de esta cruz sagrada y por quien soy merezco y mi cuchilla que a don Luis de Guzmán premie Castilla, mi pretensión en vos tengo librada y espero sin opuesto conseguilla, pues que casado está, mi dicha ordena el marqués don Enrique de Villena. ¡Viva con Dios!, que por su fe gloriosa armado dio al Genil púrpura tanta el que primero puso religiosa en el hidalgo pecho la cruz santa; murió, mas no su nombre generoso, pues ya la fama sus proezas canta, que a pesar de la edad la virtud hace que viva en bronce lo que en polvo yace. El maestrazgo tendréis y es cosa justa quien hereda el valor, la cruz herede; si bien el rey que se dilate gusta esta elección. ¿Cómo su alteza puede si es sacra religión? Su edad robusta, señor don Luis, con su razón procede, del soberano rey —esteme atento— jamás ponga el poder en argumento. Yo he de acudirle siempre, que es mi amigo y porque lo merece justamente, que es la virtud gran valedor conmigo. Si sois maestre, Ávalos valiente, duro freno seré del enemigo. Guárdete Dios. Tu noble estado aumente. (¡Qué severa bondad!) (¡Qué buenos bríos!) Consultemos al rey, cuidados míos. Solíais antes, señora, madrugar, y yo vi el día dudar si al Tajo saldría en tus brazos o en la aurora y al sol que su playa dora que vestida te miraba, casi su carrera acaba, cuando sales y le vi, antes de novia —¡ay de mí!— y como lo madrugaba. Violante, ¿no te parece que me gozó venturosa? No siendo del rey esposa, solo el marqués te merece. Al fin, ¿estás en tus trece y el rey constante a su amor? En vano el rey mi señor para vencerme porfía, tengo dueño y no soy mía. ¿Y ayer? Era de mi honor. Si en un instante que os dejo me da vuestra ausencia enojos, para toparos mis ojos sirvan otra vez de espejo. No más alegre en el tejo olmo se mira sombrío que yo en vos, esposo mío, cuando tiendo mis cabellos. Y yo parándome en ellos, no correrán como el río. Quien la dulce paz altera sacrilegio hace al amor, mas es forzoso, señor. Don Luis de Guzmán espera. Agravio a mi amor hiciera si yo esperara, marqués, licencia. Esta casa es tan vuestra como yo he sido, será mi gozo cumplido con vos. Asientos, Cortés. En un día os vengo a dar, honor de la sangre goda, parabién de vuestra boda. Ninguno puede turbar mi ventura y mi contento. Gozalde, primo, años ciento y en tan venturosa unión ceda vuestra sucesión su número al firmamento y vuecelencia, que es sola envidia bella del día, dueño de la monarquía de la beldad española, como el fénix que arrebola tanto al celeste arrebol, sea hipérbole español, teniendo en su amado nido de cada gozo un Cupido, de cada Cupido un sol. No sé, don Luis de Guzmán, si responda agradecida a estas honras por mi vida, porque ignoro si serán o afectación de galán, o lisonjas de pariente. Hablad la verdad prudente, diré que tiene el marqués poco amor si no lo siente. Es dueño de toda España por galán y caballero. Murió de Europa el primero, jamás la cruel guadaña hizo tan severa hazaña. Murió el maestre mi tío, el que tanto señoreó, heredó y ganó en la guerra, solo siete pies de tierra cubren hoy su cuerpo frío. Téngale Dios en el cielo. Nuestro deudo por mi padre sois, que Guzmán fue la madre, marqués, del rey nuestro abuelo. En ella mi bisabuelo hubo a Enrique, que en Montiel mató a don Pedro el cruel. El maestrazgo vaco queda, por Guzmán haced suceda, pues yo soy Guzmán en él. Dadme, señora, licencia. Menos que en esta ocasión no os la diera. Deudas son que pagaré a vuecelencia. Esta es la primera ausencia que hago mis ojos de vos. Para gozaros los dos al tiempo le faltan días. No tarden las dichas mías. A gozarlas vuelvo, adiós. No me aconsejes, infante, pues que mi pasión conoces, que jamás oye las voces de la razón un amante. Tu fama y poca salud, que nos aflige o inquieta, pues a cuartanas sujeta está su real juventud, me obliga a decir, señor, adviertas lo que conviene en una acción donde tiene peligro vida y honor. Dime, que, si el firmamento viere sobre mí caer, antes me muera que hacer señales de sentimiento, y no que deje de amar, que no han de volver vencidos deseos tan bien nacidos, que más fácil es parar un caballo en la carrera, una saeta en el viento, un río, un rayo violento, hondas de un mar y su esfera que a un rey celoso y amante, que es río el rey y verás que nunca se vuelve atrás si siempre pasa adelante. El condestable. Prudente disimula, no te asombre, la cuartana y este hombre me sujetan solamente. A Calatrava escribí que junte su religión para hacer esta elección en Toledo. Conviene así. Denos vuestra majestad los pies. Alzad, Enrique, cubríos. El alma explique lo que no la lengua. Alzad. Los de Calatrava están sin maestre, en su valor más que en mi humilde favor fía don Luis de Guzmán. Don Enrique, o vos seréis, uno será de los dos. Beso tus pies. No sois vos, sí, el de Villena marqués. Señor, en perjuicio mío no puede ser, permitid mis réplicas. Advertid que era mi padre su tío y, cuando sale Faetonte en los brazos del aurora, primero que al llano dora al más encumbrado monte y yo, que solo me estimo, por sol de tantos Pelayos, antes que a vos con mis rayos he de ilustrar a mi primo; el olimpo más cercano, es del planeta mayor, dejad que le dore el sol, que después bajaré al llano. Ríndale a su pecho augusto, alegrando tal acción. (Don Luis, en esta ocasión el obedecer es justo.) Despachad. Rui López, luego. (¡Ay, celos, mucho me animo!) Esperad que vuelva primo. (Ven infante, que voy ciego.) No se pueden desdeñar las mercedes de los reyes. Ni las religiosas leyes de Calatrava violar. Esención ha de tener don Enrique de Villena. Si el ser casado os condena, ¿cómo marqués puede ser? Sabiendo de quién soy nieto. Calatrava busca bríos. Conocidos son los míos. Fama tenéis de discreto, de valiente no sé nada. Pues sabreislo en la ocasión, yo sé que nací en León para morir en Granada. Mosca lleva, reducirlo podrá el demonio, ¿cuál es? ¿Tan retirado, Cortés? Cuando eras marqués de anillo más desahogado te hablaba, mas, cuando conde te veo de Cangas y de Tineo, maestre de Calatrava y señor del Infantado, y que con sola una voz al demonio más feroz, miras a tus pies postrado, ¿cómo te ha de hablar Cortés? Háblete un diablo discreto, que cada uno, en efeto, se trata como quién es. No me muda cosa alguna. Eres quien eres, al fin, que solo se muda el ruin, al viento de la fortuna. Llega, Cortés. En mi idioma, si llego he de preguntarte si es verdad que hoy de picarte y echarte en una redoma, para que, siendo inmortal, veas de esta monarquía los aumentos cada día, que hay astrólogo fatal que dice que hay español con lo hermoso de alemán que a poderoso y galán vencía en su eclíptica al sol. Si la ciencia en que me fundo no me engaña, castellano león habrá que en su mano el freno tenga del mundo. ¿Y aquesto de la redoma es verdad? ¿Cómo es posible? Quien suele hacerse invisible y lo que sucede en Roma sabe desde su aposento, ¿por qué no lo podrá hacer? ¡Qué de cosas podrás ver de pesar y de contento si vives ducientos años, en esa redoma o bote, hecho tu cuerpo gigote, qué de trofeos extraños, qué de sucesos, mudanzas, qué trágicos escarmientos, qué de caídas y aumentos, qué mal seguras privanzas estar, señor, obedientes a unos propios accidentes! Y allí verás, si porfías, a estarte como ratón o como fraile en capilla, grandes cosas en Castilla que acecharas como hurón: subir y bajar linajes, volar torres por el viento que ahora están sin fundamento, gran variedad en los trajes, romo verás el zapato, y otro día puntiagudo, el sombrero como embudo y mañana como un plato, como un ridero el greguesco imitando cada mes en lo airoso al francés, en lo holgado al tudesco, sin calzas y sin gorrilla te verás —¡dele Dios gloria a quien quitó esta memoria de los jueces de Castilla!—, verás mujeres sacar mil embustes e invenciones, habanos de los Japones y enaguas de allende el mar, ataujía de Valencia, valonas de medio giro, hasta tocas de un suspiro que dio un día su excelencia, y el mantazo castellano de velarte que se puso, cuando salió con el uso, Jimena Gómez Lozano, la reina nuestra señora. Don Enrique, ¿aquí tan tarde? Su majestad... Dios le guarde. .aquí me mandó habrá un hora le aguardase. Tarde es, ¿cómo está doña María? Con ojeras, reina mía, que es muy galán el marqués. Riérame, pero estoy ajena siempre al contento, que otros accidentes siento en su alteza desde hoy. Con una estraña inquietud ni me habla ni sosiega, a mi amor la causa niega; muestras son de ingratitud, falta ahora y tarde es. Será grave la ocasión. ¡Cuánto diera el corazón por entenderla, marqués! Con mi arte peregrino, cuanto vive y hay presente traigo a los ojos patente. Con ayuda de vecino, que huele a cerote y tea. Por que temple sus enojos, yo haré que vean sus ojos lo que el corazón desea, que será sin duda alguna atento al bien y al consejo. Mande traer un espejo, que en el cristal de su luna, si no le falta valor, verá al rey donde estuviere. No le falta a quien bien quiere. Traelde, doña Leonor. Aliva, en su cristal claro, cuanto en sus mares surcaba veía. Ese espejo estaba sobre la puerta del jarro. Aqueste el espejo es. Pues déjenos. ¡Oh, arte mío! ¿Y el paje? Como podía, que sé la manufatura y hago lo que el arliquín cuando danza el volatín. ¿Sabes algo por ventura? Lo que dijo decir puedo: Gonzalo, una gran persona, el que los fuelles entona en la iglesia de Toledo, preguntáronle al sacristán, si era cantor y él, severo, dijo que era compañero de Pedraza el organista, mas replicó un socarrón: «en el coro suelo estar y no os he visto tocar en los órganos un son». Volvió a decirle, ignorante: «organista soy, y aun más, mas yo toco por detrás y Pedraza por delante». No es buena la aplicación, por detrás tengo el espejo. Mujer soy, al fin; me dejo llevar de mi inclinación. Llegue vuestra alteza y tú ten Cortés. A pez me ha olido este pebete escondido, ¡que ya está aquí Bercebú! ¿Ve mi casa vuestra alteza? Aunque es de noche, la veo. Pues por lograr tu deseo, ¿no ves en aquella pieza a dos hombres encubiertos? ¡El rey y el infante son, Jesús! Jesús en esta ocasión, deshará encantos ciertos. Infante, al marqués mandé me aguardase en mi aposento, espérame mientras sé lo que valgo y lo que puedo. Mira al rey, que en el retrete solo entra y a mi dueño, a quien llevará las nuevas de la merced que me ha hecho, mira que doña María le recibe el rostro bello, bañando en jazmín y nácar la turbación y el respeto. Ya los miro, mas mirad los brazos echarle al cuello. Y ella se defiende esquiva. Ya lo miro, y no lo creo. ¡A tu esposa y primo ofendes! ¿Tú eres Enrique el enfermo? El ingrato, sí, el cruel. Siempre he dicho que no es bueno aquesto de la acechanza. El huracán de los celos, que polvaredas levanta, miren cómo será el fuego si por detrás Barrabás a los fuelles les da viento. (¡Que esto mire!) (¡Que esto vea!) Somos, don Enrique, opuestos los dos: por naturaleza ingrato has de ser, pues fueron nuestros padres enemigos, que soy nieta y eres nieto tú del fatricida Enrique y yo del bravo don Pedro. Para quietar a Castilla de Bretaña me trujeron por que heredase mi sangre la corona de estos reinos, mas no fue sino por dar más castigo a los desprecios que a la infeliz doña Blanca de Borbón hizo mi abuelo, mas no te absuelves de culpa, que, aunque lo permita el cielo, mi inocencia te hará, Enrique, aborrecido instrumento. ¡Bien tratas a quien te adora, muy bien gobiernas sabiendo que el freno de los vasallos es la fuerza del ejemplo, prudente asistes de día con cuartanas al gobierno y de noche con salud quitas el honor al deudo! Esta es la causa por que mi amor te hallaba en el lecho impaciente a mis regalos, desdeñoso a mis estremos. ¡Quitadme, cielos, la vida! ¡Ay, triste, este mal es celos! Ella huye, el rey llorando la sigue, alcanza y la temo, que en los ojos de un rey tienen las lágrimas grande imperio. Generosa sangre tienes, no engañen tu entendimiento, que es cocodrilo un amante y mata el honor con ruegos. Niega la mano que pide de hermosos jazmines densos, que ayer excedió en la mía el intacto albor del puesto. Mira que, si a otra pasa, que a los jazmines más bellos suele a la segunda mano quitar la fragrancia el tiempo, mas el rey se va y mi esposa, como en el jardín ameno ninfa de Sátiro libre, queda alegre, mas yo quedo como pastor que ha saltado en el monte de los truenos, temeroso de los rayos caer se deja en el suelo y, aunque humilde le perdonan espantado del suceso, cadáver queda en la yerba el que la pisó soberbio; así, señora, quedé, que es rayo el rey y con temor me ha muerto. Estraño imposible adoro. ¿Qué hay hermano? No hay remedio, un mármol es a mi llanto y el Apenino a mi fuego. Ya se van. Gracias a Dios que esta figura se ha hecho sin conjunción y sin signo de Capricornio, algo al cuento me parece de Vulcano: la vio en pelota y contento, viéndose amante, se puso en las piernas los greguescos. Una flecha me atraviesa, un áspid tengo en el pecho, un monte sobre mis hombros y una víbora en el pecho. Vuestra alteza, gran señora, tome en mis males consuelo, pues la exceden mis pesares, ¿cuánto va agravios a celos? No hay pesar que al mío iguale, que tú has visto por lo menos noble constancia en tu esposa, yo aleve trato en mi pecho; tú, lealtad, yo, alevosía; tú, valor y yo, desprecio; ¿Dejarme por quien es menos? Tú, Enrique, irás a tu casa como en el líquido reino acontece al navegante que, su nave sin gobierno, que el piloto sin discurso, que embravecidos los vientos, la mar halla el cielo airado, rayos libra el elemento por quien baja hasta que choca en un escollo soberbio y, surgida de las hondas cristalinas, breve leño, vestido de verdes ovas, salva le conduce al punto, mas yo he de esperar mi esposo como el simple jardinero que en las flores que cultiva halla escondido el veneno, no fiaré de sus palabras hasta los dulces requiebros, pensando que son a otra los convertiré en tormento. ¡Quitadme, cielos, la vida! ¡Ay, triste, este mal es celos! Dime amigo lo que escucho, di lo que vi en el espejo. A tu mujer con el rey diciéndole un Evangelio. ¿Mientes? Miento. ¿Verdad dices? Verdad digo. ¿Mientes? Miento, si digo verdad, escoge lo que quisieras de aquesto. El rey con doña María, ¡Válgame Dios! El sombrero levanta, que no se escusa aqueste paso de celos. Para que mi afrenta cubra, que nadie tendrá por cierto que desdeña una mujer —menos que a ocupar un cetro—, mas miente aqueste cristal, que el rey es mi primo, es bueno. Ya daba en reñir, fue vano y se la pegaba. ¡Ah, necio!, desmiente mis propios ojos, lisonjea mis tormentos. Enrique. Señor, mi rey, aquí obediente os espero aunque esta noche he sabido que al real honor que venero se han atrevido en mi casa poderosos y sospecho que, si no me dejáis ir, le derriben por el suelo, que, aunque tienen bríos reales, tiene muy flacos cimientos. (Nada a su ciencia se encubre.) Como suele en nido quieto esperar el avecilla su consorte placentero, estaba mi dulce esposa cuando vi la acometieron dos águilas españolas y, con temor y respeto, mi querida tortolilla —ya más lozana la veo—, si no rendida a sus garras, a su corona a lo menos. ¿Adónde lo visteis? Aquí. ¿En qué parte? En este espejo, donde otros miran sus rostros y yo corazones veo. ¿Quién es el águila? Vos, que como a simple polluelo me habéis puesto junto al sol y en el examen primero me arrojáis precipitado, sin honra y sin vida al suelo. Los reales pechos jamás deben negar lo que han hecho. Yo quise, era niño Amor y ya es gigante con celos. Maestre de Calatrava habéis de ser y yo temo que por ser casado os pongan, don Enrique, impedimento. Sabio sois, yo soy amante, mirad si hay algún remedio para que seáis maestre y no se aumenten mis celos. ¿Qué es esto, infante? No sé, proposiciones de un ciego. Vos las veréis advertido, paciencia. Démela el cielo, yo el remedio he de buscar. ¿A qué hombre el más plebeyo, a qué rústico marido, a qué vil consentimiento tal se ha dicho? Soy yo el ojo que lo remoto penetro de ese globo celestial. ¿Soy yo noble? No, que, a serlo, pues no me ha muerto el dolor, mi brazo me hubiera muerto. ¿Para aquesto, don Enrique, maestre y conde me has hecho? ¿Para aquesto me casaste, para deshonrarme luego? ¿Quieres que deje mi esposa? Dime, pues eres discreto, ¿qué le diré al corazón si le arranco de su centro? ¿Qué diré a mis brazos cuando me niegue el ángel más bello? ¿Qué diré a mi esposa ingrato? ¿Qué escusa daré a este pueblo? ¿Diré «me descasa Enrique por que tú no tengas celos»? ¿No hay concilio que tal diga? ¿No hay tal causa en el derecho? No hay ley que lo mande, Enrique, estoy celoso y apelo... ¿a quién, si lo quieres tú, y es tu voluntad precepto?, mas el rey quiere y lo consiente el pecho. ¡Que le descasan, cielos, y no salta y brinca de contento!
JORNADA SEGUNDA
Tapada, cuyo tapado descubre, en lugar de bella, de cuando en cuando una estrella, paréntesis de un nublado. En la puerta del cambrón estaba, cuando del Cristo te vi entrar y vengo listo a saber si es devoción o si de algún ingratazo que el doncellicato niega vienes a hacer que en la vega derribe el Cristo otro brazo, que, si por tales enredos milagriza cada día, menester el Cristo había más brazos que tiene dedos. La que fía blandamente suele cobrar de milagro, yo tengo el trato muy agrio. ¿Matrimonio? Y de presente. Si de futuro quisieras por el ojuelo garboso, me feriaras para esposo. Te espantaras si me vieras. De los diablos no me espanto, que suelo en mi casa ver cuanto más de una mujer. Corre a la facha ese manto, veremos el rostro solo. Volenter en italiano. Socarrona en castellano. ¿Y en latín? Ansí lo volo. ¿Qué hay, Cortés? Amiga, ahora esperar que se resuelva el vicario y que disuelva de mi amo y tu señora el matrimonio, que al punto verás que en su pecho labra la gran cruz de Calatrava, que el capítulo está junto en Toledo, que aquí lo que el rey mandare hará. Hoy han dicho que saldrá la sentencia. Es así. Cien misas por el suceso se han dicho en el santo Cristo por mi ama. Pues yo he visto el bien labrado proceso y es un caos, un laberinto de embelecos e invenciones. Ni hay en derecho razones ni ley ni párrafo quinto que tal mande, pero Enrique de la demanda apeló y su respuesta igualó para que siga y suplique, mas no hay remedio si el rey lo quiere y lo consiente el cielo. Están las informaciones hechas de repicapunto, aunque haya falsas razones. Apenas doña María, siendo del marqués esposa, persuadida y temerosa y violentada aquel día cuando triste la propuso que convenía a su honor y por su consejo puso la demanda en que relata que el marqués para marido es incapaz. Más pulido no lo dijo una beata. Halla testigos a pares que juren cómo es capón y que está baldado y son aquellas barbas lunares y, confesando el marqués, aunque ella sabe que miente, que era ciclán e impotente de la cabeza a los pies, repartiendo mil coronas, gran lamedor de cohechos, a cuenta de los derechos, bien pagadas las matronas, imperioso el valimiento. la justicia sin temor, sin queja el procurador, y el secretario contento. El pleito está de manera que por cierta cosa ten saldrá la sentencia bien aunque Pilatos la diera. Allá van leyes, Cortés. Y acá malicias, Violante, mas en caso semejante callar lo seguro es. La pobre vicareada triste está, como conviene, porque en su poder la tiene la reina depositada, donde tiene su beldad entre lo esquivo y hermosa una majestad quejosa, celosa otra majestad. Nunca en materias tan graves discurro ni me entremeto. ¡Cosas tienes de discreto! Lo que importa —pues lo sabes— es tratemos de mi amor, que de mi casa saliste sin mostrar el rostro triste jamás. ¡Qué dulce dolor! No puedo oírte un instante, que aquel escudero cano que me trujo de la mano me hace señas con el guante. Vete ahora, que otro día tu pensamiento dirás. Me arrugo no más. ¿Vaste? Me arrugo no más. Vete, ingrata, vete, arpía, que para tu eterna afrenta, pues está tan cerca el Tajo, me he de arrobar boca abajo en el jarro de la venta. Ahora que estoy sola[SR1] en este alcázar, émulo a Faetonte, ¡qué grandeza española un monte puso excelso sobre un monte!, a cuyas torres bellas de oro son chapiteles las estrellas. Yo la más desdichada esposa que ciñó divinos lazos, cautamente dejada de que ocupaba el centro de mis brazos, quiero en tantos enojos sangrarme de mis males por los ojos. Infante, aguarda afuera. ¿Llorando está el amor, quien perla alguna a esta peña debiera? Aun llorar no me deja mi fortuna. El rey —¡ay, cielo santo!— al corazón el miedo llevó el llanto. Óyeme un rato, que sola te encuentra la dicha mía. Ingrata doña María, cuyo desdén acrisola de una corona española la pureza de su honor, que, aunque suple su valor tener las armas del rey, para mostrar que es de ley, se examina su rigor. No me dé nombre de ingrata, señor, cuando mi firmeza corresponde a la nobleza que en mis venas se dilata, mas bien sé que, aunque me mata con rigor su sentimiento, de su gran prudencia siento que, entre lo noble y lo augusto, lo que baldona su gusto estima su entendimiento. Seis años ha que me amaba, tan secreto que sus quejas, oyéndolas mis orejas, el dueño suyo ignoraba. Entonces mejor miraba más mi fama que su amor, ahora, rey, mi señor, que me ha aborrecido veo, pues acude a su deseo primero que no a mi honor. Quiso Dios que no naciera entre un yugo y una hoz, sangre medió de Albornoz para que su prima fuera, aunque por causa severa mi matrimonio derimo, dirá —pues tanto me estimo— la posteridad de mí que nunca desmerecí ser esposa de tu primo. El llanto de un rey amante deje tu amor satisfecho, lágrimas rompan tu pecho si no eres toda diamante, mas, pues yo tu semejante, no deja señal en él con un golpe y otro fiel; no eres diamante, recelo que te ha fabricado el cielo de materia más cruel. No soy rey sino de aquella invencible al trato doble. No era Elena menos noble. ¿Y qué dijo el mundo de ella? Que fue piadosa y fue bella. Quebrolo el tálamo griego, que oyó de París el ruego. ¡Qué dulcemente se amaron! Y al fin, señor, acabaron, ella en sangre y él en fuego. No Troya poder tuviera más que mi fuego encerrado; si me abraso desdeñado, goce tus brazos y muera. Pues ¿dónde vas? A mi esfera. ¿No ves? Que el alma te adora. ¿Sabes quién soy? Quién lo ignora. Su alteza. Alentad, nobleza, venga en buen hora su alteza. (Venga su alteza en mal hora.) (Sentid, corazón, hablad, salga el defecto a los labios, que sentir tales agravios no es valor ni es voluntad.) Señor, vuestra majestad solo con doña María muy buena cuenta daría, si por que de vos la guarde el fuero, aunque tarde, de la vigilancia mía. No tengo juridición contra vos en mi pesar, mas yo sé cómo quitar de mi pena la ocasión y los que fueron y son no dirán eternamente, cuando este caso se cuente, que el rey la ocasión ha sido, que tuvo culpa el marido y la reina lo consiente. ¿Qué haré si vos provocáis más mis celosos engaños que eternamente a mis ojos y al sol negado viváis? Señora, ¿enojada estáis? Advertid... (Tiemblo en oílla.) .que soy sangre de Padilla y sabré vengar mis penas, que tiene el rigor mis venas de don Pedro de Castilla. Desenojalda, Fernando. Señora. Dejadme, infante, en ocasión semejante morir celosa y amando. ¿Este es amor? Es, penando, rigor de la estrella mía. No os quedéis, don María. Ya voy en mí triste suerte dando voces a la muerte que huye de mi cada día. Vuestra alteza en un instante todo el color ha perdido, lances son de enamorado, valor rey. Hermano mío, con el pesar, la cesión antes de tiempo ha venido. Amor y cuartana a un tiempo ni paciente la resisto ni la paciencia me sobra. ¡Qué desdichado he nacido! Rui López. En mi pesar no hables, porque le miro con veneración de padre. Condestable, bienvenido. ¿Qué hay de nuevo? Las consultas. Ya me ha comenzado el frío. Pues retiraos a la cama, que estáis, señor, con peligro. Hidrópico adolecía Vespesiano aquel cuchillo del hebreo vengador, del sacrílego deicidio, y, cuando luchaba el alma con el cuerpo ya rendido, se levantó y al despacho se puso el César invicto; que se volviese a la cama a morir, otro le dijo. Oíd lo que respondió: «César soy, la muerte, amigo, no puede hallarme mejor que gobernando y vestido, que es facilidad de un rey morir atento a su oficio». Nunca, león castellano, sin la cuartana te he visto que al mundo dieras asombro. Paciencia, no es Dios servido. Démela el cielo, abrigadme, tomad un escabelillo, infante del pueblo soy, no soy mío. Alonso Hernández de Mesa, secretario de registros, es muerto. Dios le perdone. Dos concurren al oficio, su oficial mayor suplica se le deis, que desde niño en su casa le crió, también le pide su hijo. ¿Es hábil? Queda muy pobre. Y decid, ¿es bien nacido ese oficial? Es ingrato. De él hago merced al hijo de Alonso Hernández de Mesa, y decilde que en su oficio no tenga aquese oficial, que quien no es agradecido al dueño que le crió no puede ser bien nacido. También los embajadores, que a estraños reinos han ido a informarse del gobierno merced piden. Es preciso, mas quiero que os lo agradezcan. En secreto a vuestro adbitrio a todos satisfaced. Los reyes más advertidos de su mano dan el premio y de la ajena el castigo. Esto conviene al estado, que no es bien que cuando pido como pobre sepa el pueblo que hago gracias como rico. Burgos está sin Obispo. Pues a don Pablo presento a su iglesia. Su cabildo se ofenderá, que es converso. También, Fernando, he oído que tiene sangre de reyes y, cuando hubiera nacido el más vil de su nación, ¿quién tiene él mejor principio que el que en la virtud se funda? Honrad lo que tanto estimo. El frío me va faltando. De Sevilla dan aviso que ajusticiaron mil hombres por las discordias que ha habido que son los que vuestra alteza mandó entregar al suplicio. Han de perdonarse en todo los que son graves delitos o con rigor castigarse. Yo me doy por bien servido. En aqueste don Enrique... Hoy quedará difinido su pleito y la religión hará mi gusto. (Aforismo: es cuerdo el disimular cuando no importan avisos.) ¿Qué papeles son aquestos? Para el desempeño adbitrios, que estáis sumamente pobre. Ya sé cómo seré rico. De los señores se quejan los vasallos oprimidos. Algún día enfrenaré la libertad que permito. Aquí dicen los alcaldes, ¿qué harán de un hombre que hizo contra el gobierno? Al proviso decid, Rui López, le suelten, que semejantes delitos los enfrenan los desprecios y, si yo muero y es vivo, verán cómo se retrata, que siempre en el pueblo ha sido bueno el gobierno pasado y el presente aborrecido. Luego lo haced y en secreto procuradme lo que dijo, que en la libertad de aqueste veré mejor cómo vivo. Si reinares, don Fernando, en Aragón —como ha dicho Enrique—, aquestos hombres tenlos siempre por amigos. Tiberio los castigaba. Augusto merced los hizo. Las leyes que has ordenado. son estas. Y mientras firmo repetildas. Dejaldlo ahora, descansad. Con esto vivo y la cuartana no siento y otros pesares olvido... la calentura comienza. Sosegaos un poco. Amigo, si me vieras con la unción, me vieras hacer lo mismo. Por esta ley se prohíbe que no tenga beneficio en Castilla quien no fuere natural. Así lo he dicho. También mandas que no tenga nadie mula en su servicio sin tener rocín de casta, y que traigan los judíos señal en que se conozcan y no traigan paño rico ni las calzas con soletas. Por que, viéndose abatidos, a la iglesia se reduzgan; esto les doy por castigo. Que se ejecute la ley. Que sin cometer delito, atento a la mortandad que en estos reinos ha habido, las viudas antes del año puedan eligir marido. Que consuman la moneda que hizo —que agnusdéi llaman— vuestro abuelo en sus empeños. Que no es de ley que adivinos ni mágicos se consulten. Lo que a mí me ha sucedido no quiero suceda a otro. Que el incesto, prohibido en derecho, se castigue gravemente. Comprehendido fuera en la ley vuestra alteza, si dichoso hubiera sido y legislador no fuera. Aquí solamente miro cómo éstos han de vivir, no, Fernando, cómo vivo; los que me culparen hombre, me alabarán cuando rijo; de la virtud hablo aquí y, cuando injurio a los vicios, para desterrarlos pongo en primer lugar los míos. Otro español lo decía. Séneca fue quien lo dijo. No queda más. Firmarelos. Encargad a los ministros la ejecución, que dirán en los tiempos sucesivos que hacer no pudo observarlos Enrique, quien las hizo. Abrid para que me hable quien quisiere, divertido no siento la calentura o me falta. Toma el pulso. Hermano mío, ni señal de ella ha quedado. Dios te dé salud, Enrique, grande ejemplo tu memoria fuera al venidero siglo, si, como tiene un Trajano, tuviera España otro Plinio. Don Enrique es el primero. Pide albricias a mi amor. ¿Qué reino ganas, señor? La vida y gusto que adquiero. ¿No miras que la cruz bella de su pecho generoso me dice que no es esposo de mi ingrata y libre? Aquella tigre a mis ternezas brava, será menos su desdén. Mírale, hermano, qué bien le está la de Calatrava. Famoso rey de Castilla, a quien por nuestros pecados el doliente don Enrique llamamos los castellanos, jamás llegué a vuestros pies más satisfecho, fiando que me admitirán mejor religioso que casado. Pronunciose la sentencia a nuestro gusto, dejando mi matrimonio disuelto y el pueblo escandalizado, que libremente murmura que dio principio a este caso en uno razón de celos, y en otro razón de estado. Consentila y presenteme ante el capítulo santo de la religión que estaba en santa fe congregado y eligiéronme maestre con las ceremonias y actos que acostumbra —ya lo dice la cruz con que el pecho esmalto—, aunque don Luis de Guzmán, sin advertir que al vasallo debe obligar vuestro gusto, se me opuso temerario, me contradijo terrible, diciendo ser necesario juntarse el sínodo sacro para elección de maestre en Calatrava y allí, libremente congregado, nombrar maestre profeso en la religión que bravo al enemigo se oponga, ensalce esta cruz bizarro, que le respeten por noble, y que los gobierne sabio; y esta elección era nula por no haberme a mi nombrado en Calatrava y ser yo —por no ser profeso— incapto. La última fue, señor —ahora, rey soberano, o menguad mi sentimiento, o permitid en mis labios la libertad del dolor, que no hay animal tan manso que no se queje sangriento ya que no muerde el venablo, y yo, ofendido en mi honor, no me vengo, que hay agravios que ofenden más satisfechos, señor, que disimulados—, dijo, al fin, ser traza mía, por tener el maestrazgo, disolver mi matrimonio, siendo mentiroso y falso, cuanto se dedujo en él, de mi elección apelando con más que libres protestas para el pontífice santo. Dijo y partiose don Luis y, si bien quedé nombrado, los caballeros siguieron, como su opinión, sus pasos. Tanto pudo la verdad, y la razón pudo tanto que hurtó el uso mis acciones y, como estatua de mármol, sin discurso y sentimiento, entre suspenso y turbado, ni mi lengua acertó a hablar ni al pecho acertó mi mano. Salí sin seguirme nadie y sin séquito y aplauso, sin la aprobación del pueblo, mal visto y bien murmurado, con la roja cruz al pecho, tan solo y desamparado que pienso que es sambenito que para mi afrenta traigo. Vos, Enrique, vos, señor aunque la causa habéis dado —perdonad si así lo digo, que no lo ignora Fernando—, sois rey y sois como el sol, que, aunque levante nublados y entre la tierra y el cielo le juzguemos menos claro, nunca su eclíptica llega, pero discurre e intasto siempre en su esfera luciente alumbra purificado, mas yo, desdichado nieto del mejor sol castellano, de quien el nombre heredé con timbres tan realzados, sin el lustre que nací he de vivir ultrajado, pues me dirán atrevidos otra vez que me descaso por codicia de esta cruz, mi esposa por ser ingrato, mi valor por ser cobarde, mi temor por no enojaros, mientras que con más fortuna mis comendadores saco a la vega de Granada, donde venturoso aguardo que mis amigos me vendan, que me venzan mis contrarios, que, si aclamare victoria mi gente del africano, me dé la muerte una flecha o la piedra de un villano o me atraviese una lanza o me arrastre mi caballo, mas no es posible morir un hombre tan desdichado, que los celos no le acaban ni dan muerte los agravios. Siento, Enrique tu dolor y que ha puesto la malicia el peso de mi justicia en las manos del amor. Conozco tu deshonor, que mi muerte solicito, que es mi tormento infinito, que justamente te quejas, que por mí tu esposa dejas, mas yo corro en mi apetito como suele el caballero ir por el campo espacioso, en desbocado y brioso caballo andaluz ligero que apenas siente el acero cuando en rayos se convierte y, esento a la mano fuerte, se arroja precipitado, tal me lleva desbocado hasta topar con la muerte. No espere de mí Castilla, pues me lleva mi pasión, gloriosa ni justa acción, busque quien sepa regilla, dele a Fernando mi silla, aborrézcame mi gente cuando este caso se cuente y suceda, primo mío, lo que a don Pedro mi tío a don Enrique el doliente. Deme la muerte mi hermano, de mí te venga cruel, bese el vasallo más fiel de otro príncipe la mano, no me aclame el castellano. Razón tendrá, no lo niego, pues estoy tan loco y ciego en los tormentos que paso que conozco que me abraso y voy a buscar el fuego. Hermano. Señor, espera, si queréis decirme esento que justamente consiento lo que un bárbaro no hiciera. Ya lo sé, mas, aunque muera, dejad consejos perdidos, que no oyen ya mis sentidos y, cayendo en mis antojos, me lleva el amor sin ojos y la pasión sin oídos. ¡Oh, rey de España el mejor, que honró goda juventud, si te sobrara salud y te faltara el amor, conserva tu real honor! Mira, Enrique, no se pierda por esta acción poco cuerda, que como lira serás que echa a perder las demás una mal templada cuerda. Mira los sepulcros reales de Castilla y de León y verás por una acción borrar muchos inmortales, y está escrita en tus anales —no habrá siglo que la ignore ni lisonja que la adore— porque, muerto, una enemiga pluma ha de haber que lo diga y un corazón que la llore. Señor marqués de Villena, mi buen señor natural cuya casa principal es sangre real de Villena, a darte la norabuena de lo hecho y lo deshecho vengo alegre y satisfecho, pues mediante un testimonio la cruz de tu matrimonio dejas por la cruz del pecho. Goza la cruz colorada que tantos nobles desean, los turbantes de Granada, tema el África tu espada y, si por casos humanos te han quitado de las manos un Albornoz de Castilla, vaya a ganar tu cuchilla albornoces africanos. ¡Ah, Cortés, mi amigo amado, no sé si llore contigo ni si me alegre! ¿Yo, amigo? Amigo es un buen criado. Si la cruz has deseado y ya en tu pecho la veo, haya descanso y bureo, que la cruz del matrimonio no la llevará el demonio cuando tira Cirineo. Goza, querido marqués, el estado militante y Orán sea y Tarudante pequeño triunfo a tus pies. Con más gusto que en mí ves hagas lo que el mundo miente verdad, vive eternamente, para que en siglos más quietos doctrina des a los nietos de don Enrique el doliente, que yo del centro quitada donde alimenté mi amor moriré como la flor de su ramillo arrancada. De mi dueño despreciada, de mí propia aborrecida, si no es mi desdicha tal que se eterniza mi mal alargándose mi vida. ¿Mi bien con tantos desvíos? ¿No miras a quien te adora? Vuelve los ojos ahora, ¿son basiliscos los míos? ¡Ah, rey! ¡Oh, tratos impíos del corazón más severo del ingrato que más quiero! Hermosa doña María, mía fuiste, no eres mía. Tuya he de ser y primero verás ese río hermoso que su corriente declina a las sierras de Molina y no al océano undoso, al planeta generoso errar con rayos flamantes, sin luz estrellas brillantes, no dar el fuego calor, una noche sin amor y con quietud los amantes, amada la vanidad, con modestia la riqueza, en vuestros pechos firmeza y en la hermosura humildad que olvide mi voluntad tu nombre querido mío; y, como a galán impío pompa de aquel floreciente busca ninfa eternamente por entre el bosque sombrío, verán que te busco y nombro en mis brazos y en mi lecho y, aunque vives en mi pecho, al fin verás sin asombro fiado en mi débil hombro del cielo el pesado eje más fácilmente que deje de seguirte fugitivo o me desprecies esquivo o el rey celoso se queje. Dueño de mi voluntad eras, mi esposa, y ahora competir con quien te adora no conviene a mi lealtad. Bien sabes lo que es verdad. El que puede nos divide. ¿He de hacer lo que el rey pide? Pues ¿qué le importa a mi honor? Pues impórtele a tu amor. Mándame el rey que te olvide. ¿No me has de ver? En mi vida. ¿Qué temes? Temo el poder. Qué poco llegó a querer quien por respetos olvida. A mi alma te vi unida. Pues ¿cómo mortales manos pueden con celos tiranos dividir un alma en dos? Apelo al amor, que es dios de los preceptos humanos. Revoca, esposo, al instante sentencia tan rigurosa, que lo que gozó tu esposa se alegra con ser tu amante. A un golpe y otro el diamante faltará, flaco, a su ser. Quiero morir sin responder, que, si llora, soy perdido, que, de ojos que han querido, ¿quién dejó perlas verter? (Quien sabe que eternamente lloraron por bien querer, que llorar una mujer es como jurar quien miente.) Al fin te fuiste, marqués. ¡Qué valientes son los males, pues el mejor de Castilla los vuelve el rostro cobarde! ¿Qué agravio, Enrique, te hice, si tu propio me mandaste que te pusiese demanda como a los dos apartase? Obedecí como esposa, temí tus severidades y siempre tu gusto haré, como no sea olvidarte. ¡Qué bien sabes que te adoro y por experiencia sabes que hallaste un pecho de cera que un rey halló de diamante!, mas eres hombre y, al fin, como fiero, aleve y fácil has dejado poseído lo que ha poco que dejaste, pues mira que ya murmuran que te ha obligado a dejarme menos celos que codicia de aquesa cruz militante, mas ¿qué importa que murmuren? Buscad, consuelo, pesares, dejad al amor, ofensas, vengadme, cielos, vengadme, vuestras armas son los rayos, caigan rayos que le abrasen por que no quede a los siglos su memoria en su cadáver. Quítenle la roja cruz que honra el pecho arrogante, sus libros —que a Europa ilustran— den en cenizas al aire, viva siempre aborrecido, no tenga en el reino parte, o sospechoso por sabio, o arrojado por infame. La real casa de Villena ultrajada en él acabe, muden el orbe los cielos por que ignore lo que sabe y plegue a Dios, enemigo, que, cuando tus huestes saques de la noble Calatrava, donde tus pendones yacen, que, si fueres a Granada, adonde los Bencerrajes descansan con nuestro ocio y viven con nuestras paces, cuando en medio de su vega toquen a embestir sus parches, sonando el clarín que suene, el caballo de acicate, los enemigos encuentres airosamente arrogantes, por valentía españoles y africanos por linajes, y, encontrando valer osos los caballeros infantes, con el adarga, el pavés, con el estoque, el alfanje. Sobre el brío al enemigo se descompongan tus haces, se amotinen tus soldados, renieguen tus capitanes y tú sólo en la campaña venzas a todos y falten caballos para traer los despojos y estandartes, que quiero yo que vivas, venzas alegre, triunfes sin envidia, que nunca el amor sabe las leyes del huir y de vengarse, mas quien no venga desprecios, ¿en qué difiere de un jaspe? ¿Qué me importa que le dejen?. ¿qué me importa que le maten?. ¿qué me importa que murmuren? Buscad descanso, pesares, dejad al amor, ofensas, vengadme, cielos, vengadme, que me ha olvidado el marqués, que me desprecia arrogante, que huyó de mí como Eneas huyó de Elisa en sus naves, que, si le busco, se esconde, que le solicito en balde, que es ocasión de mis penas, que se alegra con mis males, que es como los montes duro, que es como el mar inconstante, que es ingrato como hombre, que es fingido como áspid, que no me ha querido esposa, que no me ha querido amante, que no le debí un suspiro, ni al partirse ni al mirarme. Rayos contra tal soberbia, vengadme, cielos, vengadme, pues tomáis por los humildes los agravios de los grandes. Y tú, el más fiero de cuantos en poemas elegantes escarmientan confianzas y enfrenan felicidades, escúchame donde estás, o me ofendas, o me agravies, y, como mi amor supiste, mi aborrecimiento sabe. A Lerma a vivir me voy, adonde en sus soledades maldecirme verá el sol cuando muera y cuando nace, rogando a Dios, enemigo, que, si alguna vez llevares de la sacra religión las banderas tremolantes, vencedoras en la tierra a infestar bárbaros mares cuando esté sereno el mar y cuando el estrecho pases, en defensa de las costas africanas se levanten contra ti los elementos unidos para anegarte. Niéguete la tierra puertos y persígante huracanes, con fuego la cuarta esfera, el mar con olas instantes, falte gobierno al timón de las fustas que llevares, el árbol mayor se rompa, las jarcias se desbaraten, a los comitres no entienda la canalla miserable, cuando diga «cea», «boguen», cuando diga «iza», «amaipen» y, cuando den a la bomba, agua sobre y gente falte y, abiertas de proa a popa, encallen en arenales. Den al través tus galeras y tú en una tabla errante favor le pide a los cielos y el cielo Enrique te ampare y, cuando pienses que estás en el sitio de Larache, te socorran pescadores en la bahía de Cádiz, que quiero yo que vivas, venzas valiente, triunfes sin envidia, que nunca el amor sabe el camino de huir y de vengarse.
JORNADA TERCERA
Demos en Lerma —donde estamos— treguas al trabajo, Cortés, que hemos andado en breve tiempo infinidad de leguas. Aunque don Luis a Burgos ha llegado con bulas contra mí, que diligente del romano pontífice ha impetrado, mandando al rey que deje libremente nombrar maestre y yo de Calatrava deje la cruz y título eminente. Ahora cuando mi obediencia estaba quieto en Castilla y a la orden tiene solo Alcañices de Aragón faltaba, rayo fatal que de los cielos viene. Dispón el pecho para tanta guerra como al estado y al honor conviene, que, si este caso la prudencia yerra, dirán de ti que astrólogo supiste mucho del cielo y poco de la tierra. A Burgos llega, adonde el rey asiste, laurel tuyo, y verás que entre sus ramas el rayo fulminado no te embiste; no paremos en Lerma si no amas a la que tuya fue y quieres verla, que siempre humean las difuntas llamas. Ingrata al rey cuando a las gentes bella, doña María en esta villa yace, sin deuda a mi memoria ni a su estrella el corazón en lágrimas deshace, engañando tal vez el sentimiento con inquietar cuanto en los bosques nace. El ciervo sigue, émulo del viento, en los campos ahora atravesando su corazón con el arpón violento, entre Burgos y Lerma, está cazando, súpolo Enríquez en presteza ciega, a verla viene al aire penetrando y, pues hoy al despacho el rey se niega, descansemos en término del día, que no va tarde quien a tiempo llega. La mula en que yo vine lo diría, que a cualquier carretero peregrino con apodos y pullas respondía, más bien es que apresures el camino por que esta noche cenes con los grandes, mas las mulas harán cuanto las mandes, pues contaron ayer cuanto pasaba en Lerma, en Burgos, en Italia y Flandes. ¡Por Dios que la jornada ha sido brava! A medio día a Lerma hemos llegado y amanecimos hoy en Calatrava. Así debe de ser cualquier ganado, cual es la pardilla. Es extremada. Cinco mil años tiene y no ha cerrado. No digas quién yo soy en la posada, no pase lo que en Torre de Lodones cuando hicimos los dos otra jornada. Conté a la mesonera tus acciones y, llenando de cruces su aposento, hinchó de agua bendita sus colchones, toda la noche un cura muy mugriento, con un hisopo estuvo muy armado, conjurando el mesón. Gracioso cuento. El mesonero viene apresurado. ¿Cuánto va que le han dado las asnillas, a fuer de concentrarlas, su recado? Señor hidalgo, mire a sus pardillas, que no quieren comer y me han quebrado, porque las santigüé, cuatro costillas. Mesonero indevoto, mal tenido, ¿quién te metió en santiguar mis mulas¿ Hoy puedes hacer cuenta que has nacido. No querían comer. No tenían bulas. Ni ha menguado una gota en el caldero. Ayunan el traspaso y no son gulas. Pues ¿qué albéitar fue santo? Un mesonero, que murió en Malagón, adonde estaba cansado de robar y ser ventero. Otro señor, que de hacia allá venía y a Burgos coló ayer, mejor hablaba y otro remiendo como vos traía. Dime, ¿quién es? Señor es del Algaba, y por sangre Guzmán; el que pretende el maestrazgo quitar de Calatrava, al marqués de Villena. ¿A quién? Al duende que por celos del rey dejó a su esposa. Mesonero, él se entiende. No se entiende. ¿Cómo puede ser diga justa cosa dejarla por que digan con falsías que no pudo con ella siendo hermosa, y que ella viva sola tantos días y él viva en Calatrava en mal estado? Pues no hay para con Dios nigromancías, vuélvase noramala a ser casado y escóndala del rey. Si yo le viera, lo mismo le dijera a fe de honrado. Pues yo soy el marqués. ¡Tírate afuera! ¡Oh, mal haya la boca que tal dijo! Un zurdo soy, y más si ser pudiera. Mesonero hablador,... Mi mal colijo. .por la tierra el mesón he de dejarte. ¡Válgame todo el santo crucifijo! Las mulas. Ya están hartas de esperarte. ¿No ve aquellas dos mulas, camarada? Pues los capachos son que han de enterrarle porque da mal medida la cebada. Y tan presto será, que será luego, Cortés, que se hunde la posada. ¡Válgame Dios! ¿Cayóse o yo estoy ciego?, mas como está se estaba, que no es nada, embustero marqués, de vos reniego. No corras, bella cruel, con desprecios de mi amor si dar no quiere el rigor, otra selva, otro laurel. No te sigue amante infiel, sino tu mayor amigo y, pues amando te sigo, y tienes mi amor en poco, rey a tu obediencia invoco, pues a tu piedad no obligo, ¿Qué me manda vuestra alteza? Que me escuches, pues te adoro, que te obligues. El decoro guardar debe vuestra alteza porque no a mi ligereza tu voz detendrá elegante, más de su pecho constante, si no se valdrá por ley del derecho de ser rey, para ser groseramente. ¿Qué he de hacer a tanto amar? Dejarme en mi triste suerte. Si eres mármol, el más fuerte suele el poder ablandar. Tengo dueño a quien mirar. ¿No eres libre? No, señor, porque el tiempo y el rigor en estas trágicas calmas jamás aparta las almas que unió con trato el amor. Tiene este bosque un camino que lo fragoso divide que a Burgos pasa de Lerma tan común como apacible, atravesaba por él cuando oí una voz que dice «infante, pues me conoces, embarga mis pasos libres». Miré quién me hablaba y vi el maestre don Enrique, que a negocios de su orden pasa a Burgos, donde asiste. «No dirá el rey mi señor», dijo, «que el marqués le impide el gusto, que paso a Burgos sin ver lo que tanto quise. Síguele, Fernando, y di lo que de Rodrigo escriben: “que viva para la fama quien para su rey no vive”». ¿Dijístele que está aquí? No lo ignora ni lo dije. Pues ¿han de decir de mí lo que de Rodrigo dicen? ¿Qué dama robé a su padre? No la robas, mas impides que yo no goce mi esposo. ¿Yo lo impido? ¿Quién Enrique?, que los reyes en sus reinos aprueban lo que permiten. Pues ¿qué he de hacer si te adoro? Olvidarme. No es posible. Volverme mi esposo amado. Fuerza ha de ser y morirme. ¿Adónde vas? A la muerte, desdeñadamente y triste, cansado de ver, infante, experiencias de infelice. Como a mí no me buscaban, no por bella ni por tigre, tras ti, ninfa fugitiva, muy poco a poco me vine y, atravesando el camino de estos rústicos pensiles, linia de menuda arena que una esmeralda divide, acomodeme en un risco tan curioso y apacible que de un doctor al purgar pudo servir de amatiste y, atenta a los pasajeros, vi dos hacia mí venirse que en los vientos se animaban en espíritus sutiles. Llegáronse y levanteme, y vi al marqués don Enrique y, cuando esperé de oírlos satisfaciones humildes, torciendo el rostro me dijo, muy seco y desapacible: «¿Cómo te va de salud?», y afufolas sin oírme. Iba a quejarme a Cortés y él me respondió, y no triste, así: «Violante, mi mula de mis pecados se olvide, como el marqués de tu ama», y voló sin que la piquen. Mira por quién vanamente finezas haces de firme. Pues, Violante, aunque me culpes y mis estremos admires amante, si no obligada, en Burgos he de seguirle. ¿Cómo? Amor dará la traza. Tuya soy. Mis pasos sigue, que fácil mentirá el traje amor que en las almas finge. Seáis, señor, bienvenido, ¿os habéis holgado? Fuera mentir el gusto si hallara alegría en vuestra ausencia. ¿Qué traéis? Dos codornices que vio al aire la ballesta. ¿Cómo venís? Cansado, que en el alazán que vuela tanto que puede fingirse —¡oh!— bala con alma y flecha me adelanté de Fernando sólo por que no me diera en el campo la cuartana y cenara, pero queda lejos la gente y no veo quién me sirva. A vuestra alteza serviré de mayordomo. Haced que cubran las mesas. Hoy me ha dicho el despensero que no tiene vuestra alteza qué cenar. ¿Por qué? Por falta de hacienda. ¡Terrible mengua! Pues tomad este gabán y empeñalde. ¿Habrá quién crea esto del mejor monarca que vio el orbe, Europa encierra? No heredé más de mi padre. El que solo se contenta con la posesión que nace, ¡qué poco valor que muestra! Cuanto corre por los montes y cuanto en los aires vuela para dejar el sustento el nido en que nacen dejan si le falta a tu persona. Los moros que viven cerca gozan en zambras y en paz nuestras góticas riquezas. A lanzadas se las quita, ¡guerra, Enrique, guerra, guerra!, que no hay dilatados mares desde Castilla a Antequera. ¿Qué importa que gobernando cierres de Jano las puertas si en doméstica batalla te consume la pobreza? No celosa persuado, bien que ofendida pudiera, pues solo vives en Burgos para ir a caza a las selvas, por ver a doña María, que ya en el campo y en Lerma, si no te incita amorosa, hermosa al menos te inquieta, y, pues eres advertido y por tu honor no lo dejas, no te olvidaré cansada. No es quien me divierte ella, no, señora, y por que sepan que merece regir hombres quien sus pasiones gobierna, cansado ya de desdenes, corrido de aquesta afrenta, con luz has de ver mis ojos y mi corazón sin flechas. Una espalda de carnero aderezándose queda con un par de codornices que habéis cazado. La cena no empeñará a mis vasallos. No hallo más, porque no dejan los grandes ningún regalo, par a sus pipiripaos. ¿Pipiripaos? No me suena, no es castellana esa voz, mucho adulteran la lengua, ¿Qué es pipiripaos? Así lo llaman, cuando por rueda se van haciendo convites. ¿Adónde están esta noche? En casa del duque cenan. ¿Podré verlos encubierto? Es muy fácil, que en la puerta no se registra ninguno. Cenar puede vuestra alteza. Pues más contento va el gusto, señora, a esta humilde cena que a los regalos mayores, que solamente se alegra saber que lo que me sirve no quitó a la mesa ajena, que temo más de mi pueblo las maldiciones y quejas, que el poder del enemigo a mí me es de más riqueza. Entrad, porque vais conmigo, y servireisme a la mesa. A buen tiempo hemos llegado. ¡Qué lindamente que cenan! ¿Y nuestras mulas? Apenas nos hubimos apeado cuando, sin pedir cebada, herraduras ni alquiler ni algún gentil hombre de hacer retazos de la jornada, se fueron, porque es mejor sin levantar testimonio traer mulas del demonio que no de un alquilador. Más razón que gracia tienes. Porque, si corre la posta, que es, aunque larga y angosta, una nave en los vaivenes. No lo han hecho mal. Están las del infierno enseñadas a hacer muy grandes jornadas. Si ya los hombres sabrán que hemos a Burgos llegado mal en no avisar hicimos. Las mulas en que venimos podrán dar el recado. ¿Aquí posa el duque? Sí. Estremos por vida mía. Que sueña la platería, linda noche para mí. ¡Majestüoso zaguán! Bella casa bien conviene al noble dueño que tiene. Los grandes cenando están. Aquí vuestra majestad puede verlos encubierto. Aquel vocablo no acierto. Pipiripao. Pues mirad que aquestas se llaman cenas en todas nuestras ciudades y no admitir novedades me enseñaron los de Atenas, que a una arpa, porque tenía una cuerda más, la ahorcaron. Bien nuestros padres hablaron, imitaldos, por mi vida. Mandando, consejos das. ¿Quién es aquel? El marqués. No me ha visto. El otro es. Bien conozco a los demás. ¡Buen salero! Solamente el rey no ha tenido sal, y no le ha sabido mal. ¿Qué es aquesto? Un penitente. Por este exceso el convite sujetó Licurgo a ley. Vaya a la salud del rey. Bien la ha menester. Envite quiero y envido mi resto, que fresca está la alojilla. ¡Que a mí me falte en Castilla todo lo que sobra a aquestos! En esto del marqués miente, tomadita está la puerta. Despierta, Enrique, despierta, pues ya el amor lo consiente. ¿Embozados? Eso no. Y no su estado pondera, que es en mi reino cualquiera más poderoso que yo. ¿Quién va al santo cuadrillero de la hermandad? Ese hombre apartad de ahí. Su nombre den o las capas primero. ¿No responden? ¡Hola, hola! ¿Resistencia a mí? Favor al cuadrillero mayor mientras echo otra riolada. ¿Todos por pobre me tienen? Pues ya sé cómo ser rico si el brazo al acero aplico. ¡Qué ricas fuentes previenen para lavarse las manos cuando del rey de Castilla es de barro la vajilla! César vieron los romanos que, en su mayor majestad, en barro humilde comía. Él por modestia lo hacía y yo por necesidad. Ya se levantan. Que son para danzar las gallardas. No te conozcan. ¿Qué aguardas? ¿Serán las doce? Sí son. ¿Sí son? Mientes como ruin, que yo no soy despensero sino lacayo, y más quiero que a Judas a san Martín. ¡Por Dios que os ha conocido! ¿Conócesme? ¡Lindo humor! ¿No es el marqués mi señor? ¡Pensará que estoy dormido! Ya se van. ¡Qué vanidad que llevan y ostentación! Daca el hacha, pañalón. No quiero, zorro. Verdad. No permita vuescelencia que salga el duque. Ya excede de lo que es justo, o se quede, o no andéis. Dadme licencia. Yo no he de pasar de aquí. Yo obedezco, id con Dios. Regalada cena. Vos dejad, que me toca a mí alumbrar, por ser cofrade. ¿Qué es eso, Cortés? No es nada. Aquí va la miel rosada que me dio a mamar mi madre. Con el concurso de gente no han reparado en los dos. Más poder que vuestra alteza tienen los grandes, señor. ¿Sois aficionado a historias? No soy bruto, que hombre soy. Pues, mientras llego a palacio, oíd lo que aconteció al monje rey don Ramiro, que en las cortes de Monzón, obispo siendo de Burgos, le hicieron rey de Aragón. Eligiéronle por muerte de Alfonso el batallador y Ramiro gobernaba con más piedad que rigor, de su cetro se juzgaba cada grande acreedor, inconveniente que tienen los reyes por elección. Burlaban de su modestia, no era poderoso, no, a hacer estar a derecho con el pobre el superior. Tiranizaban su estado, y, en efeto, en Aragón ni tenía autoridad ni sus decretos valor. Consultó a un valido suyo, monje de su religión, oyole y, sin responderle, entraron juntos los dos en un jardín, donde el monje fue cortando flor a flor los cuellos a las más altas. El rey la egnima entendió y, sin consultarle más, por el reino publicó que labraba una campaña con tal arte que su voz en todo el mundo se oyese. Simple llamaron la acción, desestimáronla todos, mas un día amaneció una campana en palacio pendientes alrededor quince cabezas de grandes; bizarra resolución. Temiéronle desde entonces, sin decirle, como vos me habéis dicho, que los grandes tienen más poder que yo, mas yo haré con este ejemplo, que olviden —queriendo Dios— por la espalda de carnero la campana de Aragón. Tan disimulada estás con el traje que, a mi ver, no te puede conocer el que te desea más. Ya en palacio hemos entrado. ¿Quién creerá que, disfrazada, se vio en él enamorada la dueña del Infantado, con embozo labrador, siguiendo severo amante? Creeralo, amiga Violante, quien supiere qué es amor. Y también el que solía ver venir de tierra estraña, cual que Amadís, que en España la hermosura defendía del dueño de su deseo y, si era infanta, te vía por alguna celosía y andar bravo en el terrero, tras su empresa y sus divisas, negando su patria y nombre, se iba vestida de hombre con sus joyas y camisas, que por esta acción bizarra antiguamente se vía irse a Francia cada día las infantas de Navarra. Al mayor Dios disfrazado le vieron humanos ojos para gozar sus antojos muchas veces embozado, según un poeta canta. ¿Versos alegas, señora? Como te vi labradora, pensé que eras ignoranta, pero no sabe quien viene siguiendo a un hombre sin ley, pudiendo buscar a un rey. Esto a mi fama conviene, a mi gusto y opinión. Pues mira tu ingrato amante. Aplica al rostro el volante, no te turbes corazón. En esta sala te queda. ¿Has de hablar al rey? Pues no. ¡Para hablarle estaba yo!, que tengo la boca aceda como un yerro desde ayer. Eso se gana bebiendo. Mal que se quita durmiendo muchos quisieran tener. ¿En palacio labradoras? De nuestros reyes las puertas todos las tienen abiertas. Decís bien. Y a todas horas. ¡Buen talle! Dios le bendiga. ¿Veremos del rostro algo? Las manos, quedas hidalgo y cuanto quisiere diga. Pues decidme, ¿qué buscáis? Un garzón a quien di el pecho. ¿Dónde vive? Aquí, sospecho. ¿Quereisle mucho? Acertáis. ¿Qué le traéis? Unos bollos. ¿Casada sois? Como vos, sólo para lo de Dios. ¿De dónde sois? De Cogollos. Y me parecéis mejor de cogollos de azucenas. Blanca era yo, mas las penas azularon mi color. ¿Tenéis celos? No, molestias de un ingrato a quien bien quiero. Pues ¿vos sentís? Caballero, ¿las de Cogollos son bestias? ¿Le amáis? Como al corazón. ¿Y él a vos? También solía, pero la paz que tenía nos la perturbó un león. De amadores semejantes impidió la posesión en Babilonia un león. Esos fueron los amantes que juntos en una espada murieron, según la historia, quedando para memoria de su sangre derramada teñidos unos pimpollos. ¿Noticia en Cogollos tienen? Como a Burgos van y vienen, se sabe mucho en Cogollos. Mucho en vuestra aldea saben. No tiene cosa que importe. Los discretos de la corte son dignos de que se alaben, que los conceptos de allá, de entre espadañas y riscos, son conceptos navarriscos que no pasan por acá. Tan cortesana sois vos, como yo soy el marqués de Villena. ¿El brujo es? Mis quijadas guarde Dios. Vámonos, hermana mía. ¿Sin darme la mano bella? ¿Qué queréis hacer con ella? ¿Alguna fechicería? No, sino en ella mirar sus rayos y su hermosura. Verás mi poca ventura, mas no os la puedo negar. No habrá ningún español que manos tan blancas crea que son de mujer de aldea. Guárdolas mucho del sol. De vos propia las guardad. ¿Lisonjas? Verdades digo. Mas tenéis para testigo muy grande facilidad... No miente un noble. ¡Ah, traidor! Advertid que os quiero bien. Juraldo. Por Dios. Amén, mas ¿cómo tratáis de amor si por ser vos impotente dejasteis un matrimonio? No sé yo si es testimonio, mas no ha faltado quien cuente que lo trazó quien amaba celoso a vuestra mujer y la dejasteis por ser maestre de Calatrava y estase la pobre en Lerma y vos no cuidáis de nada, como solía olvidada en París estar Belerma echando calzas a pollos. ¿Noticia en Cogollos tienen? Como a Burgos van y vienen, se sabe mucho en Cogollos. Llorad, goda nobleza, cipreses previniendo a mi cabeza, acrecentad con llantos excesivos de Arlán con los cristales fugitivos. Sentid, nobles valientes, que humanos sois, llorad los descendientes de Pelayo y de Arista y en mármol bruto tanto mal resista. Llorad, ilustres godos, que al rey podéis llorar; lloremos todos. ¡Válgame el cielo santo! ¡Qué tristes nuevas! Con amargo llanto, sentid tan gran maravilla, ¡oh, vos, el mayor grande de Castilla! ¿A qué penas fatales obsequias prevenís tan funerales? Don Enrique el tercero al alma da su abrazo el postrimero. Verdad es la astrología, en vuestros labios la anunciaste un día, que malignas estrellas, opuestas entre ellas, le influían mortales accidentes en medio de sus años florecientes. Una cuartana fiera, que a derribar un monte se opusiera, opuesta al ser humano, al león va venciendo castellano. Mandome que publique su mal y le veáis, que quiere Enrique, en tránsito tan fuerte, veros vasallos antes que a la muerte, para daros enojos la luz quitó a los nuestros y a los ojos. ¡Qué vida mal lograda! Buscadme, labradora, en mi posada. No quiero ni requiero, que en lo que para he de ver primero. Retírome de estos pajes barbipollos, que he de llevar las nuevas a cogollos. Si cierto hermano fuera quien para tanto mal valor tuviera... El rey se muere. ¡Cielo, detén la espada que amenaza al suelo! Infante, al rey veamos. Estos son vuestros reyes castellanos. ¡Qué extraña maravilla! Grandes, Enrique soy, rey de Castilla. Según los fueros godos, por nuestro rey te hemos jurado todos. Rui López. Señor. Decid, por más anciano, ¿cuántos reyes del reino castellano —pues tanto habéis vivido— habeisme, condestable, conocido? Conocí al valeroso y al primero abuelo vuestro, Enrique y el guerrero, que entre sus aliados repartió lo mejor de sus estados, dejando a su heredero sin posesiones, tierras ni lindero, más rico de consejos que de bienes en la corona que adquirió a sus sienes; y a don Juan el primero, vuestro padre, serví de camarero, que por el orden suyo en Portugal entramos, y con nota. Por lo que Dios le plugo, el de Avís nos venció en Aljubarrota, harta infelice suerte que en Alcalá le dio un caballo muerte, que en Castilla quedando tan joven vos, tan niño don Fernando, al reino, que os juró con obediencia, disteis con tiernos lazos los órdenes primeros en mis brazos. Pues yo, recién nacido, seis reyes en Castilla he conocido por mi propia persona, más dueños que yo soy de mi corona, pues, cuando el cielo ordena que empeñe mi gabán para una cena, vosotros, Epicúreos, vosotros, de mi espada mal seguros, gastáis para mi afrenta en cenas más que yo tengo de renta y, pues el cielo tiene un dios y el mundo un sol y no conviene de un reino bien regido más de un rey —ese amado, ese temido—, yo, que soy heredero de don Juan el primero y tantos reyes santos, he de reinar, y no en Castilla tantos. Rindió vuestras espadas, que en tan pequeño espacio seiscientos hombres tengo en mi palacio que derriben las yedras levantadas que entretejió mi abuelo en este cetro que declinó al suelo. Turbado a tus pies estoy, que no es mucho que me asombres, viendo tu piedad vestida con insignias de rigores, mas, ya que el peligro vencen los más que justos temores, rey, o señor, o primo, suspende el rigor. Yo sé que, si ociosas persuadieren a tu piedad mis razones, para quitarnos la vida no será muy tarde entonces. ¿Si son crímenes tan grandes, indignos que los perdones, decir que en tu reino son los grandes ricos, tú, pobre? Verdad es, mas vuestro abuelo les dio las villas mejores por que a ganar le ayudaran la corona que te pones y, si ambiciones de gloria crecieron sus posesiones, haz, si los títulos buscas, que los pechos desabrochen. Verás con lanzas escritos merecimientos, por donde el más avariento tenga por premio pequeño el orbe. Mejor lo mira, consiente que los ejemplos te informen que no hay hecho rojo en sangre que pase a los sucesores y, si derribas lo ilustre de estos pechos españoles, muchos en ellos ofendes, que de nuestras venas nobles deciende toda Castilla, como las fuentes que corren hermosamente a los valles de las sierras superiores, mas, si toda vía fiero justificas tus acciones, devide nuestras gargantas, los pechos hidalgos rompe, baña en sangre tu palacio, como don Ramiro el monje, ni acordado te detengas ni culpados nos perdones, que los que en Granada mueren defendiendo tus pendones también morirán en Burgos a los filos de tu estoque. ¡Piedad, hermano, piedad! Si valen intercesiones de una reina y un infante, a tus pies estamos, donde humildemente pedimos que las vidas les otorgues. ¿Qué te parece, señora? Que mis ojos desconocen, fieras, rayos fulminando, los que vi llorar de amores, que un rey, Violante, enojado el ser desmiente de hombre. Las piedras de mi corona no es bien a mis pies se postren, mirad si a los dos estimo. Envaino, Enrique, el estoque, señal de misericordia. Primo, duque, ricoshombres, no pudo dejar mi abuelo, si bien le convino entonces, a los grandes las riquezas y a mí las obligaciones. ¿Qué mal podré defenderos teniendo, por ser tan pobre, sin guarnición mis castillos, sin aliento mis leones? La república, vasallos, como el cuerpo se compone: si está débil la cabeza, ¿qué importa que vigor sobre a lo restante del cuerpo? Vida es vuestra lealtad noble que a la parte superior virtud apliquéis conformes, no se caiga la corona, volved lo que a mis mayores, a su ornamento quitaron y, en tanto, en seguras torres es mi gusto que estéis presos; justicia es, que no rigores. Restituidme en mis bienes, pues las leyes lo disponen. Mira, señor, lo que quieres, yo las ofrezco en su nombre. (Hoy es día de justicia, mi sangre y mi amor perdone. Enrique de Villena, dejad la cruz de la orden; en Calatrava, don Luis, juntad los comendadores y hagan libre su elección. Señor. Muertas mis pasiones, viviré para mi fama. Bien os acordáis del bosque. Cayó el rayo que temí. Ricos trajes labradores. Ha llegado a las aldeas la vanidad de las cortes. Bizarras son las villanas. Mandad que se desembocen. Corred al rostro el volante. Señora, si me conoces, Enrique, si te descubres hoy justiciero a los bronces, restituidme la vida, que la busco y que se esconde, tú lo manda, tú lo quiere, tú lo admite y yo lo llore. Satisfagamos los dos, a Dios, a su alteza, al orbe, yo más cuerdo, vos esposo en vínculo más conforme. No trocaré por tus brazos del sol el imperio noble. Cesaron ya mis pesares. Mil siglos los dos se gocen. Labradora de Cogollos, o de tronchos de bretones, ¿qué hemos de hacer? Cortés mío, allá en casa, esta noche consulta ese memorial. Pues ya te veré a las doce y donde hay astrología haya muchas conjunciones. Dando con aquesto fin, y vuesastedes perdonen rudezas de un toledano, tosca planta de aquel monte. [SR1]Sexteto-lira.
