Texto digital de El rey don Alfonso el de la mano horadada
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- Luis Vélez de Guevara
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- Género
- Comedia
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- El texto ha sido preparado por Fabián Calvo De Santiago, Pedro Méndez Montes y María Molina Mera.
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Calvo De Santiago, Fabián, Pedro Méndez Montes y María Molina Mera. Texto digital de El rey don Alfonso el de la mano horadada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/rey-don-alfonso-el-de-la-mano-horadada-el.

EL REY DON ALFONSO EL DE LA MANO HORADADA
JORNADA PRIMERA
Si sabes lo que son celos, y Zorayda, no me respondas; ¿piensas tú que son mochuelos, o algunas cosas redondas, a manera de buñuelos? Son celos un no sé qué, nacidos de no sé donde, y vienen no sé para qué, entrase no sé por donde, sin porqué, ni para qué. Son celos una almohaza, que lastima el corazón, y son de tan mala traza, que comen cual sabañón, y hacen llorar cual mostaza. Son celos una argamasa, que no asida bien, se pierde; es juego de pasa, pasa, y es humo de leña verde, que echa a su dueño de casa. Siendo así, Zorayda altiva, cuando amor tan mal me trate cantaré con voz esquiva: arriba canes, arriba, así mala rabia os mate. Tal dice un moro andaluz, hijo de padres gallegos, a quien Toledo hace el buz. Y aún juro a Dios, y a esta cruz, que estoy por echar reniegos. ¿Reniegos? ¿Quién dice tal? Yo, que siento arder mi casa desde el techo al albañal. ¿Pues quién causa tonto mal? Oye, y sabrás lo que pasa. En el tiempo de los godos, que no había rey en Castilla, antes de Pedro Urdemalas, y de Marisabidilla: antes que Maricastaña, a fuerzas de hechicerías, hiciese hablar en las selvas las zorras con las gallinas. Antes del rey, que rabió por verse corto de vista, casi eran todas las cosas, como las de ahora mismas. lba Tajo por Toledo, Guadalquivir por Sevilla, Duero regaba a Zamora, Júcar a Cuenca la fría. Guadiana en Badajoz criaba peces, y anguilas; Tormes truchas en el barco, y lo mismo hacen hoy día. Solo los hombres barbaban por bajo de las mejillas, y las mujeres, Zorayda, bien así como solían. Engañaban los roperos, los cazadores mentían, ayunaban los hidalgos, y lo mismo hacen hoy día. Vivía Roma en Italia, Valladolid en Castilla, Londres en Inglaterra, y Monterrey en Galicia. Zaragoza en Aragón, Jaén en Andalucía, en África Fez, y Argel, y lo mismo hacen hoy día. Hubo sucesos notables, que con los ojos se veían, mil cosas, que en estos tiempos, se alcanzaron con la vista. Eran falsas las mujeres, como cadenas de alquimia, y los casados celosos, lo que no hacen hoy día. Mas para que te doy cuenta del preste Juan de las Indias, pues puedes mal conocer a quien no viste en tu vida. Vengamos a lo que importa: digo amigo: ¡ay! ¿Qué? Mis tripas. ¿Qué tienes? Que las mayores quieren comerse a las chicas; en casa de un barbero pueden pasar plaza de vacías; que al más diestro cazador, le sirvieran de pretina. Mas no me diera esto pena, si aquella ingrata enemiga más falsa que mula roma, y más que un herrero linda, más dura que zarabanda, más compuesta que mentira, más mirada que un espejo, y más que un mondongo limpia, se doliera de mis daños. Pues, ¿qué no te hace caricias? No hay moza gallega alguna, que menos sufra cosquillas. No responde a mis billetes, mírame de mala guisa, y a ese castellano Alfonso, mil mensajeros envía. Mas yo tomaré venganza, sino se muere mi tía, con irme a morirme de hambre, y echarme una medicina. ¿Dónde vas, Celimo? Ea, espera, pues, ¿sin Zara qué has de hacer? Sentado en una zalea majar esparto, y vender cominos, y alcarabea. ¡Oh mora desacordada! Malas pulgas te den guerra, y pues estás opilada, llámete toda la tierra la bella mal maridada. No se te cuezan los nabos, por presto que la holla pongas; fáltete pimienta y clavos, no se ahíten tus mondongas de menudillos de pavos; pues de un moro tan galán, no deseas ser esclava, dete matraca la Kaaba la mañana de San Juan, al tiempo que alboreaba. Pues alcaide, ¿qué hay de nuevo? Todo es viejo, gran señor: tiene el enfermo dolor, sirve amores el mancebo, canta el gallo, ladra el perro, rozna el jumento en el prado, tiene trabajo el casado, y de Vizcaya traen hierro. No hay hombre que tenga un cuarto, ni mujer que esté sin él, ni buñuelero sin miel, ni paje de comer harto. Solo yo entre tantos bienes, y tantas galas al uso, estoy medroso, y confuso. ¿De qué? De un dolor de renes. ¿Si te haces preñado? Pienso, gran señor, que ya lo estoy por decirte. ¿Qué? A eso voy, que el ser cornudos es gran censo. No hay molino en Guadiana, ni aceña en el Tajo, o Duero, que así le gane dinero al hombre tarde, y mañana. Tienes razón, y sospecho, que sola esta traza queda para que la mujer pueda ser al hombre de provecho, y de su parte alivian las cargas del matrimonio. O fue haza del demonio, o vino de aliende el mar. Pero dejando esto a un lado. Bien sabes, rey, que es muy cierto que el hombre mientras más vive, tanto va siendo más viejo. Y que yo, que a setenta años, que calzo, que visto, y duermo, aunque más quiera lucirme, no hay que tratar de ser mancebo. Cada día que amanece, que al amenecer no es nuevo, por falta de espejo, miro mis barbas en un caldero. Y viéndome tan barbado, que hago ventaja a un santero, pienso que es pecado enorme, no revelarte un secreto. Sabe, Almanzor poderoso, que ese Alfonso, este mancebo, más astuto que una mona, y más sabio que un ventero; este que tú llamas hijo, sin mirar que en este tiempo no se presenta morcilla a aquel que no mata puerco, se quiere alzar a mayores, desvanecido, y soberbio, que el engaño en los pelaires, causa desvanecimiento. Dice que se sueña, rey, fundado en no sé qué agüero, como si fuera el reinar hacer cuartos de un carnero. Mira, Almanzor, por tu vida; mira, señor, por tu reino; mira, rey, por tu corona, por tus vasallos, y deudos. No des ocasión que diga el mundo, de envidia lleno, que de puro enamorado enfermase de diviesos. No puedo, moderno alcaide, dejar de agradecer esto, que de almas de condenados está poblado el infierno; mas, ¿cómo podré impedir tan recamado suceso? Impedirlo es imposible, que así lo ordenan los cielos, pero podrás dilatarlo, y ordenar que el mal sea menos. Supuesto que haya de ser, dime cómo. Estadme atento. Convidarasle a comer un miércoles en adviento, cogiéndole muerto de hambre, que de ordinario anda hambriento. Darle pavos, y perdices, mirlas, tórtolas, y cuervos, cernícalos, gaviluchos, guacamayos, y jilgueros. Avestruces, gorriones, grullas, milanos, mochuelos, calandrias, tordos, cuquillos, oropéndolas, y vencejos. Darasle un buey, y un cabrón, que a fe que no hay falta de ellos; un camello, un dromedario, un gamo, un corzo, un ternero. Darasle un delfín, un tollo, una ballena, un cangrejo, un camarón, un atún, un salmón, un congrio entero, una sardina, un lenguado, un albuz, un abadejo, un galápago, una ostia, y un besugo de Laredo. Darasle peras, camuesas, castañas, uvas, y queso, rábanos, melocotones, ciruelas, guindas, y peros, y que a la postre le sirvan por mondadientes dos cuernos, que un rey, cuando está enojado, puede dar mucho más que eso. Y después de haber comido, tomarasle juramento, que no saldrá de tu casa, sin que tres veces primero tú le hayas dado licencia. Cual tuyo ha sido el consejo; llámale, y convidarele. Yo voy por él al momento. Ponerse el rubio sol en el Oriente, y prestando su luz y la casta diosa, nacer la blanca, y encarnada rosa del fuego altivo en la región caliente. Surcar del mar la espalda transparente, de elefantes la escuadra numerosa, y ballenas en tropa, y voz gozosa la seca arena de la Libia ardiente. Dar la perdiz al elefante guerra, las liebres al león hacer agravio, huir el lobo hambriento del cordero. Pararse el sol, y dar vuelta la Tierra, hasta aquí no lo has visto pueblo sabio ni yo tampoco a fe de caballero. ¡Qué el rey, mi señor, me llama! Su majestad gusta de ello. ¿Qué querrá? Pienso que brama, porque le quites el bello a un novillo de Jarama. Para cuanto el rey me mande dispuesto estoy. Haces bien, que un monarca tan grande vale más que una sartén, diez libras de azúcar cande. Háblale, Alfonso, a su gusto, no contradigas su enojo, que eres galán, y robusto, y si no comes hinojo, te podrás morir de susto. Dame tus pies soberanos, que pueden con perejil, quitándoles los tolanos, dar sustento a mil alanos; corto he quedado, a diez mil. Alfonso, noble infanzón, buena sea vuestra llegada; ¿habéis hecho colación? Verte es cena muy sobrada. Alzaos conde de Alcorcón. Tu majestad no consienta, que yo intente tal desorden. Mas que le quiere dar renta. Don Alfonso, levantaos marqués de Carabanchel. Yo estoy bien, señor. Alzaos, que los que artillan las naos, no hacen fruta de sartén. No he de alzarme, si su alteza no lo mira de otro modo. Alzaos duque de Ortaleza. Él se lo vendrá a dar todo. Es terrible cuando empieza. Cuanto más mi ser levantas sobre mis humildes hombros, más arrugados que llantas, y más tiernos que cohombros, vas, señor, echando mantas. Con tan nefandas mercedes, me tienes a tu servicio, cautivo y preso entre redes. O el rey no está en su juicio, o sabe lo que pretendes. Alcaide vele a la mano, que es el rey un manirroto, y este Alfonso es un tirano. ̱ Celimo, tengo hecho voto de no ayunar en verano. ¿No os levantáis? Gran señor, no mandes pase adelante tan excesivo favor. Pues levantaos almirante, y mi canciller mayor. Ya escampa: mejor le lleve un ángel de patas negras; ¿has visto a lo que se atreve? ¡Quién tuviera aquí mil suegras para enterrarlas en nieve! Pues tanto mi ser abonas, quiero hacer lo que me mandas. Decid, infante de Monas, ¿sabéis muchas zarabandas? No señor, mas sé chaconas. Huelgo de ello; ¿sabéis muchas? Con las que sé me entretengo el rato que no me escuchas. Por mejor oficio tengo. ¿Qué, gran señor? Comer truchas. Todo es bueno; si hay espacio. Sí, mas mejor lo primero. No quiero ser Juan Boccaccio. Después de mañana quiero, que comáis en mi palacio. ¿Tanta merced? Así pago, Alfonso, a los que pretenden mi gusto. Soy tu cuartago. Pobre mozo, que te venden con este fingido halago, tu jurarás en tu daño, y hasta que te veas perdido, no entenderás el engaño. Vamos de aquí. De podrido apenas siente el redaño; ¡Oh amor! ¡Oh fuego! ¡Oh desdén! ¡Oh furia! ¡Oh rabia! ¡Oh trabajo! ¡Oh, camino de Jaén! ¿Quién te sembrará a destajo de frutilla de sartén? Mal haya mora casada, que aunque de orgullo se doma, sale a la plaza tapada, y no creyendo en Dios, toma la bula de la Cruzada. A Mahoma os encomiendo, por vergonzoso lugar, a todas eche un remiendo, y pili, o pele, yo me entiendo; por aquí se ha de trovar. ¿Qué tan libre y disoluto partió Celimo? Señora, dígote que iba hecho un puto. Si le quemasen ahora, por fuera nos darían luto; que, en efecto, ¿está celoso? No hay buey con sarna más bravo cuando está lloviendo el coso. Quisiérame más un clavo que tenerle por esposo. ¿Qué te dijo? Dejome con la palabra en la boca, y con desaire mirome. Yo haré que de caro tome las quejas de Antonio Roca; ¿has visto lo dicho al cristiano? A espulgarse fue a las heras. ¿Y eso es cierto? En una mano le vi llevar las tijeras, y el arte de canto llano. Ya me han informado que canta con notable melodía. A mí me cantó este día: "retraída está la infanta, bien así como solía". ¿Y hácelo bien? Si te place, que haya su igual dificulto. ¿Tanto su voz satisface? Digo, Zara, que lo hace como una imagen de bulto. Menudas hojas, que del aire leve recibís el continuo movimiento; mar azul con espalda crespa al viento cuando animoso en soplos se os atreve; cielos, cuya gran máquina se mueve, forzándole a seguir curso violento; luna, que nos enseña rostros cien en el discurso de un espacio breve: claro mar, cielo azul, y luna llena, hojas cubiertas de la escarcha helada, que le causáis torzón a cualquier potro: si la Zara veis, manifestad mi pena, pero si no la veis, no digáis nada, que eso me va en lo uno, que en lo otro; ¡oh que gallarda ocasión! Quiero asirla del copete, que Zorayda, y Zara son. Zorayda, si él acomete, luego pido confesión. En viéndole desmandado, mandaré que se destierren. Temor, y amor me han cercado, y unos dicen que le entierren, y otros que no sea enterrado, ahora bien, quiero atreverme, aunque cuando duerme Zara, sé yo que no puede verme; quizá haciendo luna clara, habrá ocasión de perderme. Mora, más bella que el cielo, mora, mas que un huevo dura, y más clara que una yema en pelo, faz blanca y rubia. Mora, más que el mentir dulce, y más que el sueño importuna, más intratable a mis quejas que una concha de tortuga. Mora, más linda que un día, más pegajosa que alcuza, más alta que un chapitel, y más que chinelas lucia; ¿cuándo verás el brasero, donde esta alma se chamusca, y el agua que dan mis ojos son la barra de San Lúcar? ¿Cuándo verás mis narices, que de celos estornudan, y a necesidad pudieran servir de pico a una grulla? ¿Cuándo verás que mi rostro, con virginal verecundia, a luz de esos dos soles, cual desposado se turba? ¿Cuándo verás que mis piernas, el moreno color mudan en amarillo, que a veces pienso que calzo gamuza? ¿Cuándo verás que mi cuerpo por caniculares suda, como si fuera verano? ¿Has dicho? Sí. Pues escucha. ¿Has visto al tiempo que en el mar esconde sus rubias hebras el señor de Delo, cubrir de luto el cristalino cielo la enemiga del día? Di, responde. ¿Has visto que en el mismo lugar, donde bordado estuvo el cristalino velo, un bordado terliz de escarcha, y hielo, hace que el campo de verdor se monde? ¿Has visto abrasarse el mismo fuego, el monte, el prado, y del mismo modo lo que hay desde el Antártico a Calisto? ¿Has visto serenarse el tiempo luego? Sí, mi señora, ya lo he visto todo. Pues, ¿qué se me da a mí que lo hayas visto? ¡Ah, mi Señora! ¡Ah, mi bien! ¡Ah, mis ojos! ¡Ah, mi bote! ¡Mi armario, mi palafren!; ¿por qué tratas con desdén a este pobre don Quijote? ¡A mí, bella Zara, espera!; ¡ah, mujer escurridiza! A fe que de otra manera me escuchara, y respondiera, si yo fuera longaniza. Vos tan grande sinrazón, ¿cómo es posible que muera, quien sabe danzar sin son? "Yo me era periquito de Utrera, y me era periquito de Utrón". ¿Echaste pan a los galgos? Sí, gran señor. ¿Y a la perra que traje de Ingalaterra? No come pan. ¿Por qué? ̱ Es temprano, y bebieron tarde ayer; y el galgo es como la mujer, que bebe invierno y verano. ̱ ¿Qué hay que llevar de repuesto para merendar? Fiambre, un elefante en pan puesto. Es de ganapán mi hambre, y me comeré más que esto. ¿Y para ti? De un cabrito de diez años, gordo, y tierno, medio asado, y medio frito, llevo la punta de un cuerno. No te morirás de ahíto; ¿hacia que parte echaremos?, que querría llevar algo, un día que a caza salgo. Hacia donde lo topemos. No dijera más un galgo. Pues señor, yo vi un venado hará año y medio, y me vio por detrás de aquel collado. Pandero, también vi yo antaño un niño empañado. Secutor de la vara, tiene unas medias de las altas rocas de mi firmeza. Voz me parece que siento, escucha con atención, que según me ha dado el viento, o matan algún lechón, o rebuzna algún jumento. Dios guarde a la gente honrada. Vengais, amigo, en buena hora; ¿dónde vais de madrugada? Señor, vengo de Zamora a Toledo en embajada. ¿A quién la hacéis, zamorano? Al infante don Alfonso, que es desde hoy rey soberano, porque a don Sancho, su hermano, le han dicho el postrer responso. ¡Ay, don Sancho, hermano amado! ¿Posible es que tal escucho, sin caerme de mi estado? Dime, alma de gavilucho, ¿de qué mi hermano ha finado? ¿Qué su alteza es el infante a quien yo vengo a buscar? ¿No lo ves en el semblante? Dame licencia de hablar. Levanta, y pasa adelante. Sabrás, escocido Alfonso, si vives, y estudias mucho, que el saber es como el navo, que quiere tiempo, y estudio. Que el rey don Sancho indignado del acuerdo mal maduro de don Fernando, tu padre, que vivió lo que a Dios plugó; puso ejército cruel sobre los altivos muros de la ciudad de Zamora un martes después de julio. Estaba el sol en el cielo, y a lo que nos dijo un brujo, era señal de calor, y de hacer el tiempo enjuto. Túvolas Zamora tiesas, que a ser sus torres de engrudo, según la furia del Rey, no podían durar mucho. Y los nobles zamoranos, con andar los más ayunos, mostraron al rey las manos coronadas de pantuflos. No faltó un traidor gallego, que por arrojo, o por gusto, hiciese por malos medios, lo que por buenos no pudo. Saliose de la ciudad, sentado en un asno sucio, como quien iba a las viñas a coger escaramujos. Llegose hacia su real, saludó al rey, y a los suyos, prometiendo dar entrada por un portillo, aunque sucio. Fiose de su palabra, y en cuerpo, medio desnudo, partió con él a Zamora, no lo hiciera un avechucho. Quiso la desgracia nuestra, que le diese al rey un pujo, de achaque de haber cenado la noche antes nabos crudos. Quiso hacer aguas mayores, y para hacerlas se puso apartado del camino veinte pasos, o veinte y uno. Diole a guardar el venablo al traidor, que hasta aquel punto nunca dijo bu, ni ba, ni despidió el estornudo. Y él, viendo ocasión tan buena, con una fuerza de un bruto, el fuerte venablo arroja, ¡ojalá diera en un turco!. Pasole de parte a parte, cual si le tirara un junco, que el rey era de manteca, y el que le tiraba zurdo. Diéronle voces al rey desde un andamio, mas puso a las espaldas las voces: no anduvo en esto machucho. Quedó bañado en su sangre, cubriose el campo de luto, y entre dos sacas de paja, lo llevaron en un burro. Don Diego Ordóñez de Lara, y el Cid están corajudos, y a los de Zamora retan, llamándolos Quintos Curcios. Gran señor, si no vas presto, podrá ser que halles el mundo, como se estaba ahora un año, y lo propio el reino tuyo. ¡Oh traidor de baja ley! ¿Posible es que hicistes tal? ¿Piensas que es dar muerte a un rey, poner a un asno el pretal, o dar de comer a un buey? Pero si yo llego a Zamora, morirás de perlesía, aunque sea tu intercesora Fátima, su reina mora, que reinaba en Alemania. Partamos. Señor, ¿qué aguardas? Si esta ocasión te da el cielo, ponte en Zamora en un vuelo. ¿De un vuelo? ¿Son avutardas? Ven, señor, pian, pian, que no está el camino bueno, y se anda con grande afán. Demos la vuelta a Toledo. Si nos sienten, ¿qué dirán? Digan lo que ellos sintieren; con juramento juré no me ir, si no me vieren, y se ha de cumplir mi fe, y venga lo que viniere. Vuelve a Zamora, y traerás dos potros de carne negra, y con ellos llegarás a la Puerta de Bisagra, y escondido aguardarás; que yo trataré de modo, que cumpliendo el juramento, saquemos el pie del lodo. Yo, señor, parto al momento. Y yo lo cumpliré todo; y pues es ya por San Juan, traerás contigo unos rábanos. Traeré rábanos, y pan. Vámonos, que nos pican tábanos, vámonos, que nos picarán.
JORNADA SEGUNDA
Frondosos, altos, y apacibles árboles, en cuyas espaciosas ramas fértiles, anidan las pintadas oropéndolas, cuyos pimpollos tiernos aromáticos, continuo juegan capadillo, y quínolas. Corrientes aguas, cuyo curso rápido va por prados en verso celebérrimo, murmurando entre dientes matemáticos de los secuaces tordos, y cernícalos. Hierba menuda que entre ocultos céspedes, coronada de frígidos carámbanos, [¿tu?] posada apacible de murciélagos. Árboles, aguas, peñas, aguas cálidas, oíd atentas mis pasiones pálidas. Hoy hace treinta días que el ligero correo de mi reino -que con gárgaras vino luego a pedirme las albricias del nuevo heredamiento, y fin ridículo de mi hermano don Sancho- partió a Nápoles, y no he tenido aviso, si en el ínterin ha habido novedad, o algún escándalo. Mas, ¿qué sería que a los moros célebres de esta imperial ciudad, en noche lóbrega, llegado hubiese mi correo benévolo con amigables bestias cuadrúpedas, como los circunstantes, verbigracia; y por no haber salido, hubiera vuéltose? Gente suena, el rey es entre estos rábanos; echarme quiero, y escuchar las pláticas, y ver en lo que paran las pragmáticas. ¡Terrible es la fortaleza de esta famosa ciudad! No pienso se halla tal pieza, ni de tanta calidad, de Fuencarral a Hortaleza. Gran ventaja hace a Sevilla, a Córdoba, y a León, pues son, por gran maravilla, sus muros de requesón, sus torres de mantequilla. De asaltos, y de rebatos, por su diamantino muro, y sus cortesanos tratos, está el pueblo más seguro, que longaniza entre gatos. Imposible es que se allane, ni que de su valor tuerza, por más que su ser humane, ni pienso habrá quien la gane, sino es por hambre, o por fuerza. Fuerte es, poderoso rey, mas no tanto como piensas, que el amor no guarda ley, y más cuando en las dispensas venden morcillas de buey. Dame tú que el enemigo pusiese cerco cruel, y talando vino, y trigo, hiciese otro río de miel, y un muro de paja y trigo; y con dos, o tres millones de soldados de a mil años, batiese los torreones, y untase de ungüento, y baños, rosquillas, y canelones; y sin dejar sosegar la gente de que hoy se ampara, la entrase por tierra, y mar, que cuando él no la ganara, se quedara por ganar. Tarfe lo ha dicho muy bien; mas, ¿quién hay tan poderoso de Roma a Jerusalén, que combate tan costoso intento con qué o con quién? Solo las moras doncellas bastarán a defender la ciudad de sus querellas. Celimo, es grande el poder del cielo, y de las estrellas. Él por siempre sea bendito: ¡por qué extraordinario modo podré, sin ser infinito, restaurar mi reino todo! Hablad algo más pasito, que podrá ser nos escuche quien no pensamos, y luego, vaya a otra parte, y desbuche. Un hombre hay, si no estoy ciego, detrás de aquel acebuche. Mira pasito quién es, y qué hace. Aquí conviene engañar a todos tres. Don Alfonso es, y tiene cruzados entrambos pies; no hayas miedo que en la vida diga lo que estás tratando. ¿Hanle dado alguna herida? No, sino que él está roncando, como una puerca parida. Con todo es muy fácil cosa engañar tres caballeros; fingirá ahora que reposa, que tienen estos cristianos más mañas que una raposa, y si oye nuestras razones, y no está con su costumbre, es abrir puerta a traiciones. Yo tengo plomo en la lumbre, para hacer los perdigones; echémoselo en la mano, que si el brazo me retira, su fin no es del todo sano. Hablaste como un enano, que vive a la Puerta Elvira; ve por el plomo. Ya voy. Buena traza ha sido aquesta; a Mahoma gracias doy. Ello una mano me cuesta, mas yo mostraré quien soy. Ya está aquí el plomo. Pues echa un poco antes que se enfríe, sobre la mano derecha. ¡Cuerpo de Dios con mi abuela!, por Jesucristo, que deje al rey sin diente, ni muela. ¿Quéjase? ¿Es mucho me queje, tratando de esta manera? Pues, ¿ha de quejarse un godo, aunque todo se desangre? Yo a quejarme me acomodo, y tú llévate esta sangre, porque no se pierda todo. Rabiando va de dolor. Buena burla le hemos hecho. Limpia las barbas, señor. ¿Ensangretome? Sospecho, que es sangre de mal olor. Sin duda estaba dormido, ¿no veis cuál se levantó, sin tiento, y despavorido? Mas, ¿cómo no preguntó el fin, ni por qué había sido? Tal le debió de dejar el dolor. Pésame de ello, que es muy pesado burlar con fuego. No nacerá bello tan presto en aquel lugar. Muy a gusto se ha hecho todo: yo voy seguro y contento, de que ni alarbe ni moro, no me echará de mi asiento. Vamos, limpiarele todo. Temores mal nacidos, sospechas tristes de mi mortal daño, pues ya sois conocidos, no me matéis hogaño, que el que viene tendré mayor redaño. De Alfonso mi querido, pienso que he de perder la compañía; seré otra triste Dicalia, que ya no podré ser la que solía, pues tengo por mi daño, lo que dirá quién soy antes de un año: ¿Qué hará mi Alfonso ahora? ¿Si habrá comido, si estará en ayunas? Mas que estoy puesta en calma, ¿no es mi príncipe aquel? Venir le veo, dadme albricias mi alma, pues me enseña el deseo bailar la zarabanda y el guineo. ¡Válgame Dios como tarda el Zamorano Correo! ¡Oh centro de mi deseo! ¡Oh Zara bella, y gallarda! ¿Qué tal os sentís? Muy malo, aunque está la llaga entera. Sabe el cielo que quisiera veros colgado de un palo. Eso, mi señora, tengo que servir, y agradecer; mas yo lo daré a entender, si solo un mes me detengo. Pues ¿do queréis ir Infante? Señora, a cazar mochuelos. ¿Díceslo por darme celos? No digo a fe de tus amantes. Morireme yo sin vos, y os pedirán mi muerte. Mi Zara, pues de esa suerte, antes yo enferme de tos, dé a mis asnos torozón, sarna tengan mis becerros, rabia me mate los perros, y un águila a mi falcón. Y si para darme quejas, hallares en mí ocasiones, cúbreme de sabañones, de los pies a las orejas. Antes, mi Alfonso querido, que yo tal desgracia vea, se ablande la borra, y lana, y se endurezcan las piedras. Antes que, en un cuerpo hermoso -que a un costal de paja afrenta, en buen talle, y gallardía, en buen aire, y gentileza- yo vea: sarna, sabañones, lamparones, y viruelas, tiña, arestín, y diviesos, dolor de costado, y secas; a los viejos se les caigan de cuatro en cuatro las muelas, arrúgenseles las caras y se les pelen las cejas, acórteseles la vida y las narices les crezcan, sépales el vino mal y bien el agua les sepa, que mi Alfonso en tu ausencia, ni el fuego enfría, ni el granizo quema. Haga calor en verano, en febrero y abril, llueva; y a poder de agua y de Sol, maduren las berenjenas. En figura de avechucho baje el Astro por las selvas; y entre espárragos y uvas, responda el eco en las cuevas. Brame el toro enamorado, porque llevó la becerra el Preste Juan de las Indias, caballero en una cerda. Murmuren los labradores de quien el reino gobierna, que por no haber zanahorias, cayó su perro en la alberca. Y, en fin, zanahoria, perro, labrador, toros, y selvas; sol, avechucho, y verano; si tú te vas, se entristezcan, que mi Alfonso en tu ausencia, ni el fuego enfría, ni el granizo quema. Enjugad aquesos ojos; válgate el diablo por perra, que podréis creer que os amo, cual merecen vuestras quejas. Y si no es mi amor más firme, que para el fuego la cera, me caigan las maldiciones, que pronunciare mi lengua. Plegue al cielo, Zara hermosa, no lleven fruto las piedras, más que si fueran de acero, aunque más siembren en ellas. Plegue al cielo que no lleve agua el prado, el río hierba, ni halle por enero guindas, ni por el mayo amacenas. Y si fuere sin dineros por medio Sierra Morena, me salgan quince ladrones, y me dejen sin moneda. No vea de noche al sol, ni de día las estrellas, ni halle vino en el pozo, ni gota de agua en la cueva. Halle abierto el bodegón, cuando más hambre padezca, y lo que entonces comiere, en sustancia se me vuelva. Y permitan los cielos, Zara bella, que, si cierto los ojos, no te vea. Venga en octubre el otoño, en abril la primavera, en julio caniculares, y en febrero la Cuaresma. Póngase el sol a las tardes, poco después de Completas, y no salga hasta otro día, antes de tocar a tercia. Si acaso se me antojaren algunos higos, o brevas, si fuere por Navidad, no los halle en las higueras. Y si estuviere cansado, cuando sentare pretenda, si el banco estuviere bajo, se me endobleguen las piernas. Y en fin, higuera, e higos, acero, guindas, y cera, el agua, la hierba, y prado, ladrones, Sierra Morena; otoño, caniculares, bodegones, y bodega; si no te cuento verdad, sobre mi inocencia venga, y permitan los cielos, Zara bella, que si cierro los ojos, no te vea. Desesperado y celoso vengo, quizá por mi daño, a buscar un desengaño. Aparta del rostro hermoso, Zara, el recamado paño; no eclipses tus dos luceros, cuya luz esta alma adora; quiebra en mí tus huevos hueros. ¡Vive Dios!, que está la mora haciendo por él pucheros. No anubléis el claro cielo. Pues me dais tan malos ratos, y me dejáis sin consuelo, yo me arrastraré en el suelo, y ensuciaré mis zapatos. No hagas tal, mi Zara bella, que es agraviar tu beldad. Y él también llora por ella, ¡viose tan gran maldad! Eres mi sol. Tú mi estrella. Tú mi cielo. Tú mi armario. Tú mi gabán. Tú mi alforja. Tú mi mar. Tú mi antorcha. Tú mi doctor. Tú mi boticario. Mi espetera. Mi arcabuz. Mi almofrez. Mi gerifalte. Mi iluminación. Mi esmalte. Mi ballesta. Mi mistifuz. ¿Quiéresme mucho, mi bien? Quiérote mil veces mucho. ¿Quién sufriera lo que escucho? ¡ha Zara! ¿Quién llama? Ven, que la Reina está esperando ha rato. Bien; perdona. Soy tú mico. Yo tú mona. ¡Mahoma sea de tu bando, válgate el diablo la perra, si de ti puedo apartarme! ¡No es bueno que han dado en darme, a título de amor, guerra! Si no estás de prisa, Alfonso, hoy entre cosas mayores, acerca de mis amores, te quiero hablar un responso. Siempre estoy desocupado para servirte. Eso estimo. Di lo que quieres Celimo. Temo mucho el darte enfado, aunque tengo razón mucha; no sé si quieres oírme. Pues, ¿qué tienes que decirme? Dilo presto, acaba. Escucha. Habrá cosa de mil años, los ojos de Zara vi; lo que sentí en ver sus ojos, no hay que referirte aquí. Basta decir que su vista, me pareció ajonjolí; tampoco habrá que decirte, que no es deuda del sofí. Y que tuvo un primo zurdo, que nunca rezó a San Gil. Dejo aparte el haber sido parienta del quis vel qui, y saberle de memoria, desde el principio hasta el fin. Y así, para no cansarte, solo quiero referir, lo que nos pasó a los dos, después que ella me vio a mí. Contentáronle mis barbas, que, aunque ahora estoy así, fue muy lampiña mi madre, y yo sin barbas nací. Hasta venir tú a Toledo, favores me hizo cien mil, de cintas, y de cabellos, más de medio celemín. Mas después que ella te vio, no hace más caso de mí, que el Papa de un labrador, y el rey de un maravedí. Bien, noble infante Alfonso, que no merece servir ella a tus pajes de espada, ni hacerles el perejil. Pero como con todo eso, que amor es como albañil, que tiene las manos blancas, y tiznan como el candil. Mira, Alfonso, tu nobleza, que eres pariente del Cid, y puedes con Almanzor, en mostachos competir; esta es una mora infame, nacida en Almonacid, engendrada en un rastrojo, hecha en un zaquizamí. Siempre amanece en ayunas, y duerme sin escupir, y aun le huele mal un ojo, no lo quisiera decir. Su padre fue buñuelero, y su abuelo fue alguacil, su bisabuelo corchete, su tatarabuelo un vil. Mira tú con tantas tachas, sin otras que, por suplir la prolijidad no digo, como irá a Valladolid. No lo he dicho por enojo, que contra ella concebí, sino por quererla mal, y quererte bien a ti. Bien muestras, Celimo amigo, la nobleza de tu pecho, y que todo aquesto has hecho, por estar tan bien conmigo. Mucho mi linaje ensalzas, aunque mucho más merezco, y en recompensa te ofrezco un jergón de medias calzas. Y porque más te asegures en tus antojados celos, como por los altos cielos; y tú, Mahoma, me jures de no decir a ninguno lo que te dijere aquí, yo haré, como por mí, goces tu dueño importuno. ¿Cómo dar parte? Burlando me corro de que eso digas: por el coleto, y las ligas del escudero de Orlando; por los huesos de la Kaaba, por el Coliseo de Roma, por las barbas de Mahoma, y el muro de Calatrava; por el freno, y espaldar del gran caballo de Troya; por el sepulcro, y la hoya del valeroso Acibal; por mi madre, por mi abuela, de no decir noche y día, al Rey esta boca es mía. Dime tu intención. Direlo. Sabrás, valeroso moro, que habrá seiscientos veranos que yo nací, tan chiquitito, que no calzaba zapatos. Cuando yo quise nacer, mi madre estaba de parto, que mi padre no paría, porque no estaba preñado. Fue un año, que por caminos iban a Burgos los carros, cuando se daban las piedras en las calles con los cantos. En mi propia vecindad, se vio aquel año un milagro, que habló estando a la mesa, una niña de quince años. Y estando junto al concejo, y el cielo sereno, y claro, se vio caer de repente, yendo por vino, un muchacho. Y como habían sucedido cosas tan dignas de espanto, quiso la naturaleza mostrar en mí otro más raro: y fue que saqué primero que la cabeza, la mano, que estaba por la muñeca asida, y pegada al brazo. Viendo tan notable monstruo, mis abuelos consultaron, con los más sabios que hubo desde Leganitos al Rastro. Dijo uno que era seña que sería boticario, que los de este oficio tienen en los almireces manos. Dijo otro, que relojero de los de rueda, fundado, en que, para ver las horas, también tienen estos manos. Otro, que bodegonero, y que gastaría de ordinario manecillas de cabrito, que, aunque pequeñas, son manos. Uno, en fin, de más edad, y el más experimentado, -porque entre hombres de letras, no es gordo el que está muy flaco- dijo ganaría a Toledo, esto en virtud de una mano, que me abrasarían con fuego, porque estaba el sol en Cancro. Lo uno ya está cumplido, para lo otro estoy manco, que di la palabra al rey -mal haya quien trata engaños-, de no salir de Toledo, sin que él me haya mandado que me vaya, esto tres veces, y así estoy juramentado. Si tú ordenases un juego, donde yo entrase cantando, yo le enfadaría de suerte, que lo mandaste, y aun cuatro. Dejarete a Zara libre, y si gustáis, entrambos iréis conmigo a Zamora, donde aprendáis castellano. Dame esos pies, si esto cumples podrás echarme ese, y clavo, que al rey yo le haré que juegue al ajedrez en palacio. Tuya será Zara, y yo quedaré por renacuajo. Yo voy a dar traza de esto, que no va este enredo malo. Si este socorre mi intento, y yo de Toledo salgo, verá Almanzor lo que valgo, entre buñuelos de viento. Mas no sé cómo no viene mi Correo deseado; sin duda, pues no ha llegado, no ha partido, o se detiene. Pero, ¿no es aquel que viene, con su lancilla y alforja? Ya mi pensamiento forja, que llega y no se detiene. Gracias a Dios que te he hallado, que ha que te busco tres días medio borracho. Tenéis lo más del camino andado. ¿Qué hay de nuevo por allá? ¿En qué estado están las cosas? ¿Hay muy grandes mariposas? Esta por mí lo dirá. ¿Cúya es? De tu hermana Urraca. ¿Cómo queda? Con jaqueca. Será muy gorda. Mas seca, y más sutil, que una estaca. ¿Duero pasa todavía por do solía pasar? Sí Señor, y hacia la mar va corriendo cada día. ¿Viene muy mojado? Mucho, y más que los días pasados; con las aguas y nublados, vino un notable aguaducho, y se llevó de camino cuanta agua pudo coger. ¿Murió alguno? Una mujer. Más falta hiciera un pollino. Ahora, veamos que dice mi hermana. Tu alteza vea lo que dice, y me lo lea, porque no me arromadice. En perdida tan grande, como la del rey mi señor, (que dios tiene) el consuelo que queda, que no es cada día, que en su lugar ha quedado V. M. de quien esperamos que hará lo que quisiere, como nuestro rey, y señor. Ahí van los rocines, no están muy gordos, porque son enamorados, mas tienen lo que han menester para lo que se pretende, que es ser callados. V. M. los honre, y acaricie, como quisiera que lo hicieran con su persona, si fuera rocín. Guarde dios a V. M. de Zamora, hoy martes a medio día después de cenar. Doña Urraca. Esto viene muy a cuento, vete a la vega, y espera a los pies de una escalera, que yo bajaré al momento. Para poder desasirme, solo falta la licencia, y ya voy a despedirme. Dice bien en mi conciencia, y luego podré partirme; yo voy a herrar los caballos, por no aguardar a después. Hazlos herrar al revés, y ve a almorzar unos callos. ¿De herradura? No, pandero. ¿Pues de qué? De mondonguero. Voy por ello a la posada. Yo también entrarme quiero. Para que entienda su alteza, que si juego con cuidado, le puedo dar una pieza, traigo ya el juego entablado. Pues asiéntate, y empieza. Este tengo de ganar, y tras este cuatro, o cinco. Más no nada. ¿Qué va? Un brinco para el turbante a pagar, y comienza, que esta treta no la hubieras tu visto hasta ahora. Por la reina mi señora, que he de ganar. Pues aprieta, y haz como leal vasallo, y va la honra a este juego, juega a gusto, y con sosiego. Jugar quiero este caballo. Soy un asno. Ya lo veo. Paciencia, vuelvo a entablar: digo me pueden echar un grande albardón. Si crece. No he venido a muy mal tiempo, que jugando el rey está, y si pierde no querrá, que cante por pasatiempo. Donosa voz en verdad, para un buen renegador. Vete de ahí revolvedor. Yo me iré de la ciudad. Bien canta, si lo dejase. Lo que parece a su tía en la voz. Pues cantaba mejor, sino porfiase. ¡Vete en buena hora por Dios, Alfonso!, y jugar me deja. No tendrás de mí queja, Almanzor, que ya van dos. Alfonso, ya andas grosero, pues desgraciado me ves; vete de ahí si no quieres, que te dé con el tablero. Ya tercera vez lo dijo, tres veces me lo han mandado, y pues cumplí lo jurado, no quiero ser más prolijo; voy, que aguardándome están armas, caballos, y dinero; en hábito de romero, no me conozca Galván. Ya parece que me enmiendo, esas tretas son jugadas. Yo, señor, en las tocadas de tu alteza, que encomiendo, y al no tener yo diviesos pensara, así Alá me guarde, llevar ganado esta tarde para un pollino si sesos. ¡Que se va, que se va! ¿Quién altera mi palacio? Yo iré a ver lo que pasa. ¿Estase ardiendo tu casa, Rey, y juegas con tanto espacio? Pues, Zorayda, ¿hay novedad? Muy grande rey. Di, ¿qué ha sido? Que el infante Alfonso es ido. ¿A dónde? Dicen en verdad, que por el muro se descolgó en un capacho. Al fin era este hombre macho, y siempre lo bebía puro. Y, ¿quién va con él? Un su primo en figura de correo, y a lo que dicen, y creo, el nuevo alcaide de Celimo. Solté un sacre, y una perra tras ellos, mas fue muy poco. La risa me vuelve loco: ¡Toca al arma, guerra, guerra! ¡Tocad aquellas cajas, y trompetas, que, se fue sin echarme unas soletas!
JORNADA TERCERA
Enjuga, infanta, la faz, mujer, que plañir es justo, que en un semblante robusto, no parece bien llorar, Si plugo al cielo llevar a nuestro rey justo, y santo, con el vuestro triste planto, no lo podréis remediar. Enjuga las trenzas de oro, y las mejillas de grana, que Elvira la vuestra hermana, guindas ya habrá en el alegre Toro. Y ante ella lo que más guste, que yo afligida, y cuitada, nacida en hora menguada la víspera de Santiuste, he de arañarme. Inhumano es ese rigor, no intentes tal desaguisado. URR. Dientes me quedan, pueblo inhumano, con los dientes he de dar bocados en un cerrojo. No toméis, infanta, enojo, que ocasión habrá, y lugar, para que te arañes toda de la cabeza a los pies, y tratemos de la boda, y maltrátate después. Ya estoy un poco más mansa, y el dolor se va aflojando. Cualquiera dueña en hablando de desposorio descansa. Atended a vuestro gusto. Doña Urraca, por ahora, que se quejara Zamora, que no hacéis lo que es justo. Y si os cansan los chapines, en el mi trotón rodado, podéis saliros al prado, a caza de matachines. Si la bayeta os enfada, poneos un verde monjil de Bretaña, o toronjil; y si no, no os pongáis nada. Lo que es mi persona, y renta, está, infanta, al mandar vuestro, que nunca da el cielo nuestro favor, como estar contenta; que aunque pobres somos godos. Yo os lo agradezco por cierto, porque aunque mi hermano es muerto, en Madrid continuo hay lodos. ¿Cómo os va de los diviesos? Los de abajo del ombligo, todavía se están tiesos; el de junto a los ojetes del jubón, está más blando. Idos de continúo untado con aceite de corchetes, un poco de azafrán en piedra con unos mocos de mona, molido bien en tahona, con unas hojas de hiedra, es muy gran madurativo; mas si queréis abreviar la cura, yo os quiero dar otro. La merced recibo. Tomad de hongos un serón, y en un puchero a la lumbre, los coced en media azumbre de agua, en fuego de carbón: ponedlos de media a medio del fuego, y habéis de hervirlos hasta que los dos cuartillos queden en azumbre y medio. Comeréis al día de aquesto seis arrobas, y unos baños, que si los tomas cien años, no os moriréis tan pronto. El cielo te de deleite, bella infanta soberana, envía a mi casa mañana por una criba de aceite, que estoy muy agradecido del consejo que me das. Pruébalo a hacer, y verás trabajo, y tiempo perdido. Gracias al cielo que llego a tus soberanos pies. ¿Quién eres? ¿Ya no conoces a Bustillo el Montañés? ¡Oh amigo! ¿Qué hay de mi hermano? Yo, señora, lo diré. Dilo presto, pues, ¿qué haces? ¿quieres verme muerta a tus pies? Con la carta, y los rocines, que me diste antes de ayer, partí habrá cuarenta días, a la ciudad de Jaén. No hallé allí al rey mi señor, porque en su vida allá fue, mas hallé un sacristán tuerto, que no supo decir de él. Diome cartas de favor, para el convento de Uclés, pero no llevaban porte, y en el Tajo las eché. Cansáronse los rocines, antes de entrar en Jerez; no me espanto, estaban flacos, e iban casi siempre a pie. Trate allí de regalarlos, que había buen alcacer; quedaron tiesos, y lucios, y más gordos que un papel. Andando por mis jornadas, al gran Toledo llegué, que no importan barbas rucias a quien tiene amor, y fe. Como no sabía las calles, andaba hecho un palafrén del Alcázar a la Vega, desde el barco a Zocodover. Muchos topé por las calles, que no pude conocer, que si amor es verdadero, no repara en interés. En fin, un jueves alegre, víspera a amanecer -que el jueves allá en Toledo, después del miércoles es-, hallé en palacio a tu hermano, y a lo que pude entender, había rato que esperaba, porque el pensar, no es saber. Quisimos salir de noche, mas los porteros del rey, habían cerrado las puertas -mal halla quien fía en mujer-; echamos por el muro, en un cestón grande el rey, y yo entre dos sacas de paja; ¿quién vió tan lindo entremés? Partimos a más andar, y al punto de amanecer, había más de media hora, que el reloj daba las diez. Sintiéronle del alcázar, y quisiéronos prender, pero como éramos pocos, no pidieron, ni hubo quien. Con salud viene tu hermano, aunque del mucho correr, pienso que vendrá escocido, y así será menester que prevengan albayalde, y trapos que se poner, que para mí, que soy calvo, bastan estopas, y pez. Amigos, mi hermano viene, como hidalgos haced, no es justo que así nos halle, a su servicio atended; salgámosle a recibir. Bien lo ha dicho su merced. Vamos, que es muy justo, y yo voy a hacer mi menester. Hasta cuando, Zara hermosa, ¿dejarás de darme pena? ¿Cuándo serás berenjena? ¿Cuándo serás mariposa? ¿Cuándo verás cuan te quiero? Y sino miras en puntos, andaremos siempre juntos, como cajas, y tintero. Celimo, en vano te cansas, tus males son fin compás, que me encolerizas más, cuando piensas que me amansas. Aunque más tu amor me diga, será negocio escusado, mientras no diere un bocado al infante en la barriga. Pues porque veas te estimo, y que procuro agradarte, y que en amor Durandarte, no hizo ventaja a Celimo. Si quieres iré contigo, en venganza de tu agravio, verás cual te desagravio, y vengo de tu enemigo. Y le daré muerte fiera, como palabra me des, que querrás ser después, en la corte mondonguera, que es oficio ganancioso, y al fin se gana dinero. Como tú me des primero la fe, y palabra de esposo, con solo que me acompañes, y en el campo me apadrines, haré que tus escarpines en su sangre ingrata bañes. Será bien para el viaje, por amor de las barrigas, llevar pan para hacer migas, y mudar galas, y traje; y en hábito de españoles, un paso detrás de otro, nos iremos en un potro, devanando caracoles. Traza a tu gusto, y dispón como mejor te parezca. Vamos, que antes que amanezca he de estar en Alcorcón. Tras tan insufrible guerra, y tras tan prolijo llanto, nada me agradará tanto, como unas turmas de tierra; tienen no sé qué gustillo, que da apacible favor. A mí me sabe mejor, si está caliente el caldillo; mas decidme, hermano mío, ¿cómo os ha ido en Toledo? Enfermé de roncar quedo en un aposento frío; mas luego convalecí, y cobré entera salud, y aprendí a tocar laúd, y a gustar ajonjolí. Muchas cosas nos traeréis, que dizque es ciudad muy rica. Traigo una gentil botica, para cuando vendimiéis; unas botas de camino, sin capelladas, ni cañas; y para las telarañas, un grande varal de pino. Traigo un mico, y una enana, para que os sirva de dueña; y una mula de estameña, que come barro de lana. Pero lo que es más que todo, traigo reliquias sin cuento, que topé en el aposento del penúltimo rey godo. Es un poco de la albarda de la burra de Balaán, y del abuelo de Adán un broquel, y una alabarda. La quijada con que un día dio Abel muerte a Caín, y la suela del chapitel, que fue de la Epifanía. Del Levítico una gorra, con toquilla de bengala, con una pluma del ala del ángel que fue a Gomorra; con otras cosas de precio, que si os las muestro veréis. Suplico que nos la deis. Por poderlas dar, las precio. ¿Quién es aquí el rey Alfonso? ¿No lo habéis visto, zamarro, en lo galán y bizarro, el cabello largo y tonso? A ti, Alfonso el desleal, el perjuro, y atrevido, el burlador de doncellas, ¡quién tan gran maldad ha visto!, el engañoso, el atento, el que se precia de lindo, y es el peor de los hombres; yo el más agraviado, pido batalla de cuerpo a cuerpo, y te reto, y desafío. Rétote el pan, y la carne, el aceite, el agua, y vino, el repollo, y berenjenas, con los nabos, y el tocino; Rétote el cuerpo, y el alma, el redaño y entresijo, las rodillas y las corvas, las renes e intestinos. Reto las ropas de lana, y las camisas de lino, las botas y los zapatos, los calzones y vestidos. Rétote armas, y caballo, cabezadas, los estribos, mochila, y caparazón, peto, y espaldar morisco. Reto en el campo las hierbas, los montes, prados, y riscos; las lagunas, y las fuentes, los arroyos y los ríos. Reto en el jardín las flores, el jazmín, y el junquillo, la retama, el mirabel, la mosqueta, y el tomillo. Reto en la cocina el cazo, el mortero, y el tornillo, asadores, y almirez, azafrán, clavos, cominos. Y reto, en fin, todo cuanto tienes, tendrás, y has tenido, así antes de nacer, como después de nacido. Y a los que escuchando están, les pido, ruego, y suplico, salga uno solo a tu lado, pues traigo solo un padrino. Para pedir campo al rey, no basta un hombre cualquiera, que según la ley del duelo, es menester que rey sea. Y así, morillo arrogante, podrás volverte a tu tierra, que los reyes de Castilla, no entran con nadie en guerra; y así todo cuanto tú has retado, tácitamente, o expresa, yo lo vuelvo a desrretar, que así se usa en mi tierra. Desreto el cuerpo, y el alma, el entresijo, y las telas, las barbas, y las narices, los oídos, y las cejas. Desreto el pan, y la carne, el repollo, y berenjenas, agua, nabos, y tocino, las coles, y la manteca. Desreto ropas de lana, y cualquier cosa de seda, botas de camino, y ligas, escarpines, y calcetas. Desreto el caballo, y armas, peto, espaldar, y rodela, capacete, almete, y gola, bigote, celada, y grebas. Desreto el campo, y los ríos, montes, valles, fuentes, selvas, los riscos, y los peñascos, las lagunas, y las hierbas. Desreto el jardín, y flores, mirabeles, y azucenas, junquillos, rosas, jazmines, alhelíes, y violetas. Desreto de la cocina los cazos, y las calderas, el almirez, y el mortero, cebollas, ajos, y especias. Desreto, en fin, todo cuanto retaste con falsa lengua, y todo cuanto retares, si dos mil años vivieras. Y porque las obras dan testimonio en las afrentas, de las palabras mal dichas, y no las palabras mismas: estese el rey mi señor, que yo basto para treinta, y aún si me amotino un poco. Basta, Rodrigo. Quisiera, que fuera mi igual en armas. Yo soy igual a cualquiera, excepto al rey mi señor. Y a mí. ¿En qué? En que soy hembra. ¿Zara? ¿Señor? ¿Eres tú? ¿No lo echa de ver tu alteza? ¿Quién es ese otro? Celimo. ¿Qué es lo que hace esta perra? Por Dios, no sé, ¡estoy mortal!, que dice, que vengar se intenta. Ahora es tiempo, Don Alfonso, que la mi honra me vuelvas, pues sabes que te la di a guardar una Cuaresma. Ya es otro tiempo, mi Zara, hoy soy rey, y entonces era un pobre infante, y así, desiste de tu querella. Y si en mi reino queréis quedaros, a poner tienda de buñuelos, miel, y pasas, dareos señalada renta; mas con condición, que deje Celimo la falsa secta, del fementido Mahoma, a la santa fe se vuelva. Por lo que yo en esto gano, y porque el alma se alegra, con la nueva conversión, doy el sí por mí, y por ella. Denles cuarenta ciudades, y a Zara mis calzas viejas, para hacer un faldellín. ¡Vivas más que una becerra! Yo, señor, ¿nací en las malvas? ¿tu majestad no se acuerda del camino de Toledo, y de la cansada legua de cabañas, y la moza que nos engañó en Illescas? Muy buen me acuerdo de todo; de mis montes, y mis selvas te hago alcaide, y juez; que de esta suerte se premian los vasallos, que a sus reyes sirven en la paz, y guerra. ¡Vivas seiscientos mil años! Vamos, porque aquí fenezca el juramento cumplido: y da fin esta comedia.
