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Texto digital de La respuesta está en la mano

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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de La respuesta está en la mano. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/respuesta-esta-en-la-mano-la.

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LA RESPUESTA ESTÁ EN LA MANO

JORNADA PRIMERA

Mi padre fue de mañana a nuestro cuarto y mandó que me compusiese yo y se vistiese Doña Ana y esta obstentación profana es obediencia no más, si bien pienso, aunque jamás ha declarado su pecho que vela en nuestro provecho y que tú en lo cierto estás. Libró a mi padre su suerte del diluvio de Sevilla, diole vida una barquilla y aquí una pena la muerte: en su testamento advierte a mi tío me dé estado y —Dios le guarde— ha mirado por mi remedio tan breve que mi prima no le debe más amor ni más cuidado. Seréis las dos, yo lo fío, si tan cuerdas os portáis, venturosas, si casáis de mano del dueño mío. Siempre juzgué a desvarío no casar por conveniencia, mostrándonos la experiencia que trata menos verdad al gusto la voluntad que el juicio de la prudencia. Mi señor padre os envía esos rayos brilladores, joyas digo, y las mejores que tiene la platería. De vuestro gusto confía que tendréis buena elección, miradlas y, pues ya son estos principios de bodas, el parabién le da a todas las alas del corazón. En su priesa y su contento, en su prevención y agrado, si bien de mí lo ha ocultado, conozco que es casamiento. Gozad las dos años ciento suspensa vuestra hermosura y para mayor ventura, estando bien empleadas, vivid los años casadas que un mal casamiento dura. Aunque ignoramos a quién nos ha ofrecido mi tío, te he de abrazar, primo mío, en pago del parabién. Hermano mío, también un abrazo darte quiero. (Harto es, que el majadero no repara en la valona porque es singular persona.) Ved las joyas del platero. Enseñe, rey, esas joyas. Mirad aquesta firmeza, que es un sol cada diamante y en lo duro una Lucrecia. (¡El platero versifica!, y esta es la vez primera, que he visto —salvo a un amigo— tratar en oro a un poeta.) Buena es, mas los diamantes poquísimo fondo muestran. Menos fondo tenéis vos. El platerísimo acierta. Mirad estos dos retablos, que parecen sus vidrieras de lo que son vuestros ojos. ¡Qué cuerdamente requiebra! ¿Cómo? Teniendo en la mano el agrado de la lengua. Buenos son, mas el dibujo de aquesta santa Teresa es poco culto, maestro. Pues las doce y la maestra me claven si otra sacare. ¡Gentil despacho de bestia! No os enojéis, que mi primo don Isidoro profesa poner una tacha al sol: es crítico. ¡Buena secta! Si es de esos, de buena gana, que quien todo lo condena no ofende cuando habla mal. Ved estas dos orejeras. ¡Qué airosas que son, hermano! Ricas son, pero ¿qué orejas de asno podrán sufrirlas? ¡Cuerpo de Cristo! Las vuestras. Hija, adorada sobrina, ¿visteis las joyas? ¿Son buenas? Si os agradan, no dejéis de todas ninguna pieza. Quien fía su libertad de tu gusto y tu prudencia, bien será fíe lo menos: las que mejor te parezcan serán para mí mejores. Ingrata a mi padre fuera si no estuviera a tu gusto eternamente sujeta. Confiado en esa fe os he casado, si yerra la confianza del padre solamente a la obediencia. Murió mi hermano tu padre y antes que el alma rindiera me dijo que por su dicha con un don Juan de Ribera te comprometió en Sevilla. No hay que buscar más nobleza que procurase en muriendo efectuar sus promesas. Avisele de su muerte y la verdad de tu hacienda —verdad y dote te he dicho, ¡mira qué cosa tan nueva!— y casados ya por tratos estáis y por la estafeta supe cómo viene hoy por la posta a la ligera, y por que mi amada hija de tus venturas no tenga envidias también la caso con don Diego Saavedra, caballero cordobés. Permitid a mi terneza llanto entre tanta alegría, que la memoria despierta de mi malogrado hijo, la muerte, que no soy piedra, y por la posta también hoy he sabido que llega por una carta que tuve, porque mi ventura ordena que os desposéis en un día y que juntamente venga a dar a mi casa honor. y lustre a vuestra belleza. Yo no tengo, señor mío, más voluntad que la vuestra. Desde que murió mi padre juré a tu gusto obediencia. Daros quisiera mi vida en pago de tal respuesta, mas en albricias las joyas que esa breve caja encierra os he de dar, y mis brazos. Vuestra es mi vida y mi hacienda. Entre, contaré el dinero. Estos hombres me contentan. Pues yo he de dar a mi prima esta noche por mi cuenta alguna cosa también. Ya mis señoras esperan saber lo que darnos quieres. ¿Cuánto va que no lo aciertan? ¿Qué quiere darnos mi primo? Yo aseguro que son tales. Una música he de daros esta noche en mi conciencia. ¿Música? Manjar de dama, que solamente recrea, pero engorda muy poquito. Sí, primo mío, que en ella divertiré el pensamiento mientras que mi dueño llega. En cantando a doña Juana, haré os canten una letra, trabajillo mío. Adiós, ¿Sabe ya que la requiebras? No lo sabe, mas ¿qué importa que lo sepa o no lo sepa, si en la calle lo mormuran y en la corte lo sospechan? Dios os dé mejor marido. ¡Ay, mi don Juan de Ribera! Sin duda alguna te adoro, pues me da dolor tu ausencia. ¿Y tú qué dices, señora? Que ya adoro al Saavedra, que me dicen que son todos galanes por excelencia. Tan presto os habéis quitado botas y espuelas que creo que os ayudó mi deseo y venís enamorado. Si en Illescas a las siete estábades y en Madrid de Rúa a las diez, decid, ¿tanta priesa qué promete? Luego que os vi en Adamuz correr la posta secreto, callado como discreto, gallardo como andaluz y que en ninguna posada reposábades un rato, al tiempo llamando ingrato y eterna cada jornada, sospeché, don Juan, por Dios —y ahora lo he confirmado—, que con un mismo cuidado hemos venido los dos. Yo no sé vuestro cuidado, si bien mucho no se esconde, solo sé que estoy adonde mañana estaré casado. De mi palabra obligado y de un retrato tan fiel que amor está vivo en él amante vengo, señor, que muchas veces amor hace flecha otro pincel, y habéis de ser mi padrino, si Ribera os lo merezco, pues contrajo parentesco de afinidad el camino, mas por sangre y por vecino tanta obligación os corre que por que el tiempo no borre nuestros nobles apellidos están felizmente unidos en el conde de la Torre. En semejante ocasión, señor don Juan de Ribera, ¿cómo faltaros pudiera mi sangre y mi obligación?, mas vos por satisfación de mi amor apadrinarme tenéis también para honrarme, ¿Yo vuestro padrino? Bien. Sí, amigo, porque también vengo a Madrid a casarme y a vos soy tan parecido en el amor y en el trato que amante de otro retrato hoy a casarme he venido. Cartas terceras han sido de mi matrimonio, en suma, porque el nieto de la espuma da en sus alas de una suerte, si un pincel para dar muerte, para dar vida una pluma. Gozaos mil años, don Diego. Otros tantos os gocéis. No os pido el nombre, pues veis que yo el de mi esposa os niego. Id con Dios, que yo voy ciego buscando mi luz. Adiós, que no iremos bien los dos, porque es preciso que allí, si vos me estorbáis a mí, que yo quite el gusto a vos. Ferrer. ¿Qué mandáis? Oviedo, ¿sabes la casa? Muy bien. Aunque tan de noche, ven, que errar la casa no puedo. Tarde es y voy con miedo que a mi dueño no he de hablar. ¿No has oído ponderar que a un tiempo suelen tañer en Madrid a anochecer y en Getafe a madrugar?, y es uso en Madrid que pasa, aunque sea entre once y mona, buscar a cualquier persona cuando saben que está en casa. Vamos, que el pecho se abrasa en deseo celestial, temple mano de cristal de mi esperanza el dolor hasta que un retrato amor me trueque al original. Aquí volved a cantar la letrilla que sabéis, y no os digo no templéis porque es cosa muy vulgar. Una locución galana y una retórica bella y ver venir una estrella de una águila castellana. Es licencia que nos dan los retóricos indultos, que no hemos de hablar cultos como en tiempo de Boscán, que hablar de lo manso y ledo no se usa en ningún caso, muerto yace Garcilaso en la Vega de Toledo. Dios le perdone. Y a ti no si de Laso hablas mal. Di la letra de Pascual. ¿En aquesta puerta? Sí. Fuese Pascual del aldea, yo pienso que volverá, que enamorado y con celos, como se viene, se va; triste va como celoso. ¡Ah, mal hubiese el zagal que, siendo amor para gusto, le toma para pesar! Dejadlo, que aquel balcón ocupa cierto cuidado y a mi ventura ha llamado una divina ocasión, mientras la gozo envidiad la dicha que por mí pasa. (Este no sabe mi casa y entenderá que es verdad.) La casa es esta, señor, la música fue a su puerta. Poco un desdichado acierta. ¡Qué buen principio de honor! La música ha sido suya y aun hay otro mal aquí, que es de réquiem para mí y para ellos de aleluya, pues cuando estás espirando todos sin vergüenza alguna desde la calle y tribuna a coros están cantando. Gente a las espaldas tiene, si la vista no me empaña. Tomada está la campaña. ¡Qué bien prevenido viene! Oviedo, ¿qué me aconsejas? ¿Yo aconsejarte? ¿No ves que no he estudiado a tus pies qué decir a tus orejas?, mas oye. ¡Brava ocasión! Aconséjame, ¿qué haré? Yo, mi señor, solo sé que suyo es aquel balcón y que hay mujeres en él y, aunque en la corte se precia de otra segunda Lucrecia mi ama doña Isabel, hazaña será indiscreta no casarte con más tiento, que se muda en un momento la mujer y la veleta. ¿La música y alegría a quién debemos las dos, al que ha contado o a vos? A mí, que la letra es mía. ¿Vuestra es? ¿Es grande hazaña? No, mas dejadme admirar que halle un poeta qué hurtar en una pobre cabaña. ¿Mi hermano ladrón? Y tal que de Bras ha desnudado el romance celebrado para vestir a Pascual. Buena está la brega cuando ocupa la calle gente. Y tiene mi tal pariente más de Dudón que de Orlando. Quiero, pues que tengo llave, abrir y entrarme a costar, que un hombre se ha de guardar para la ocasión más grave. Una dicha soberana me llama, quedaos a Dios, y veámonos los dos en la Victoria mañana, que quiero satisfacer el gusto que me habéis dado. Con serviros voy pagado. Adiós. Adiós. ¿Qué has de hacer? Irme a mi patria querida, donde libre de este engaño gracias daré al desengaño y sepultura a mi vida. Aguarda a ver dónde arroja aquestas flechas amor. Ya está durmiendo, señor, entrad y, si no os enoja, hablaremos dentro en casa de la letrilla después. Ya yo me entraba. ¿No ves lo que en reja y puerta pasa? Sin llamar y sin licencia abriendo la puerta está. Esto es hecho, bueno va, colose su reverencia. ¿Quieres que los embistamos o que nos vamos, don Diego? Que prevengas postas luego y a Córdoba nos volvamos. Como entró, se fue la gente que las espaldas guardaba. ¡Gentil mujer te esperaba! Guarda la testa y la frente. Culpa al noble inavertido que llega a casarse ufano sin que toque con la mano la información del oído. Aguarda, espera, señor, que aquella esquina he mirado y pienso que me he engañado. Pide albricias a mi amor. ¿No entró en esta casa? Sí. ¿Esta cochera no es? Tenme cuenta: una, dos, tres, pues, si él entró por aquí y yo debo en buena ley no engañarte en lo que pasa: esta puerta es de su casa como Lisboa do rey. Pues adiós, original del retrato más querido, antes de hallado perdido, que, temiendo mayor mal, a Sevilla nos volvemos y para volar hiciera cada posta una galera y cada espuela mil remos. Ponme esa capa. Ignorante me trujo amor como ciego; y prevenme postas luego, que he de partir al instante. ¿No descansarás? No puedo, que a fe de noble español que he de ver antes que el sol las águilas de Toledo, que por conservar mi fama dentro en mi patria he de hacer para mi honra mujer, no para mi gusto dama. Eso mismo que tú quieres le preguntó un mozo a un viejo, entró con él en consejo sobre cuál de las mujeres era la más convenible, respondiole bizarro: «Hijo mío, la de barro, y hecha en casa, si es posible». ¡Oh, cuánto estimo el hallaros por despedirme de vos!, que sintiera —¡vive Dios!— partirme sin abrazaros. Fuerza es irme. Así tomad por despedida mis brazos por que impriman estos lazos en las almas amistad. También me parto, temiendo un peligro bien estraño. Recelando cierto engaño, me voy a Sevilla huyendo. ¿Es grave la causa? Sí. La mía será mayor. ¿Quién os ha obligado? Honor. El mismo me ausenta a mí. Declaradme vuestras dudas y traed las postas. Vamos. Juntos andan nuestros amos como san Simón y Judas. Castigados y vencidos estaban los protestantes viendo triunfar en un año de España a sus generales, a Fadrique en el Brasil, al gran Espínola en Flandes, en Lombardía al de Feria y al bravo Girón en Cádiz. Depuso el inglés las armas más que deshecho cobarde, temeroso de que en Londres el león de España brame. Entró llovioso el invierno y temimos, como sabes, que venía en cada nube para anegarnos el Ganges. Bravos salieron los vientos porque, en rompiendo su cárcel, el mar subió a las estrellas, bajaron al mar los Alpes. Juntos los dos elementos coligados nos combaten, que aun los elementos tienen de nuestro poder pesares, del Otomano en Lepanto, del moro africano en Tánger, del berberisco en Orán, del indiano en Terrenate, del rebelde en los Estados, del francés en Roncesvalles, del saboyano en la Italia, del de Sajona en el Albis, del palatino en su casa, del grisón entre sus valles, del inglés en todo el mundo defenderse España sabe, mas no de los elementos, que somos, al fin, mortales y no valen nuestros bríos contra el agua ni los aires. Sus cataratas, al fin, el cielo enojado abre y el austro vuelve en las sierras nieve en líquidos cristales. Mar era el bético reino y sus pueblos miserables o eran ruina del viento, o rotos del agua naves, o fuese acaso, o ya fuese castigo de culpas grandes, que suele Dios castigar con las causas naturales. Entró el diluvio en Sevilla rompiendo sus baluartes porque a las iras del cielo, ¿qué defensa habrá que baste? De ocho partes se inundaron —¡ay de mí!— las siete partes. ¿Quién con vida, quién sin ella podrá lo que vio contarte? ¿Cuántas madres con sus hijos, cuántos piadosos amantes ahogaron más con sus brazos, que el Betis con sus raudales? Crece el río con el llanto de suerte que cuando sale, no cabiendo por sus puertas, diversos portillos abre. No hubo reservada hacienda al ladrón ni a las piedades, a todos eran comunes los bienes como los males. Yo piadoso fleté un barco por que en mi valor hallase vida el que daba la vida entre las olas distantes. Discurrí yo por Sevilla, viendo con dolor notable mar y sepulcro de amigos las que ayer conocí calles. Pidiome favor en una un anciano venerable, a quien olvidó la muerte o por viejo, o por cadáver. De una ventana a mi barco pasé en mis hombros constantes al viejo, con más honor que el fiel amigo de Cates. Llevele a mi casa, adonde vencido del hospedaje y obligado de la acción, me dijo en palabras graves: «cualquiera hidalgo que seas, que bien dicen obras tales que es el valor de andaluz y es de noble tu semblante, mi vida y mi hacienda es tuya, mas a mercedes tan grandes no es satisfación el mundo, yo doy lo que puedo darte: una hija es mi heredera y mi apellido Pallares y mi renta en cada un año siete mil ducados vale; mi nobleza en este pecho diga aquesta cruz flamante, que el rey prudente me dio cuando le serví de paje; vengo a cobrar una herencia que el claro honor de Almendari desde las Indias me trujo libre por incultos mares. Todo es tuyo, todo es poco en este, si yo alcanzase a merecerte por yerno, pues no puedo ser tu padre». Correspondile cortés y, sabiendo que mis padres en las Cuevas, a honor mío, entre los Riberas yacen. Lo que era agradecimiento hizo conveniencia y hace instancia de que le dé fe y palabra de casarme. Envainó el cielo su espada, bien que tinta en nuestra sangre, cansáronse de matar las iras elementales. Cobró mi huésped la hacienda y, disponiendo el viaje, a ser su yerno a Madrid me dice que le acompañe. Estaba Sevilla entonces con menos gente que males, sin sentimiento los vivos, con sentimiento los jaspes. Un teatro era donde repitió el cielo admirable el gran diluvio que dio principio a las dos edades y, juzgando a ingratitud en ocasión semejante dejar la patria, escuséme y con Oviedo partiose. Volvió Oviedo de Madrid, y no con poco donaire: con pretensiones de río dice que halló a Manzanares. Trújome una carta y trujo un retrato que en un naipe pedía con acción viva que de justicia le amase. No se resistió el deseo, rindiósele el alma fácil, que hermosura y conveniencia fácilmente persuaden y yo, cuyo pecho era a flechas de amor diamante, fui blanda cera al retrato de doña Ana de Pallares. Quise venir a Madrid a gozar mi dueño y, antes que saliese de Sevilla, supe era muerto su padre. Estaba yo triste cuando con mil promesas nunciales un tío suyo me llama con cartas para casarme. Vine a Madrid por la posta y a vele fui, como sabes, de noche, que nunca buscan comodidad los amantes. Un hombre encontré en su puerta que con otros en su calle dando alegría a sus rejas me daban a mí pesares, mas de una música el dueño sin recatarse de nadie de la que juzgaba esposa, abriendo con una llave la puerta, se entró y quedé como suele el caminante que halla cuando pisa flores herido su pie de un áspid. Yo, libre de mi palabra, lleno de celos infames, huyendo de la que adoro, las alas envillio al sacre. Rogando al cielo mil veces si enternecido o cobarde vuelvo al caballo la rienda con intención de casarme que de la silla me arroje, que fiero me despedace, que discurra desbocado, que entre peñascos me arrastre, que en un páramo desierto de la tierra se levanten vapores que contra mí se vuelvan en tempestades, pues será mayor desdicha que con ternezas de amante con afrentoso peligro un caballero se mate. (O en él habla mi dolor, o sabe lo que yo paso, o un alma en los dos acaso las ha dividido amor) ¿Qué decís don Diego? Digo que digáis cómo se llama el tío de vuestra dama, que me importa. Don Rodrigo de Pallares y en Madrid es notoria su posada en la calle de la Espada. ¡Qué notable caso! Oíd. Pasó al Brasil don Fadrique nuestro general gallardo, hijo de Marte. ¿Qué mucho, si es su hijo, sea rayo? Llegó y venció, ya en España, ya en el mundo, ya en los sacros cielos donde está Belona votan a su triunfo lauros. En San Salvador, en fin, venciendo con él entramos con el favor portugués, que a ellos se les debe el lauro y un día, para gozar de la victoria el descanso, a comer convidó a tres capitanes esforzados: don Sancho de Faro el uno, fue tan valiente y osado, tan bravo como entendido y más que todos fidalgo; don Vicente de Pallares, caballero valenciano, fue el otro, que por las señas que en vuestra historia he observado fue hijo de don Rodrigo, que tiene a doña Ana cargo y vive en Madrid —¡oh, amigo!, ¿cómo te nombro sin llanto?—; el otro fui yo. En efecto, comimos y nos brindamos con templanza a la salud de nuestro monarca cuarto. Admiraba su poder un capitán italiano, el augmento de Castilla cortésmente preguntando. Era el Pallares de aquellos políticos cortesanos observadores de historias y de prácticas de estado y así dijo: «desde que doña Isabel y Fernando a Castilla y a Aragón dichosamente juntaron, unidas las dos coronas, sin oposición, quitaron de Navarra a los franceses, de Granada al africano y, gozando los dos reinos paz eterna, poder tanto, y por temor y alianza seguros del lusitano, triunfó en Italia Castilla y en los climas más estraños reinos vinculó a sus reyes, cobró feudos, vengó agravios porque tembló de esta unión la tierra y el océano viendo coronar con barras los leones castellanos». «Naon he isto así», dice Almeida, «porque o leon castellano he con nosoutros leaon y era ovella no pasado. Desde que Enrique morreo, o tio de Sebastiaon, y as armas como dereito a castellanos juntaraon, tempo de regravedade que contra os reyes castellanos. con noso calor faciaon hermandade seus vasalos. Portugal a faz potente», dice a su espada empuñando, «Aragaon finca a demais y eu si peleijo basto». Colérico don Vicente contra el portugués airado, defendiendo su opinión sacó el acero bizarro; el suyo Faro sacó en sangre todo bañado, que en la guerra el portugués pocas veces le trae blanco. Embistiéronse los dos y el acero mal templado se le quebró a don Vicente. Yo, que a su valor y trato con atención atendía, dile el mío por que acaso sin espada no saliese de la ocasión desairado, mas, poniéndonos en medio, dividimos los dos campos y generosos los capitanes dieron de amigos las manos. De esta acción, yo y don Vicente quedamos conformes tanto que era común a los dos, como el contento, el trabajo. Navegamos los dos juntos y juntos los dos llegamos a Málaga, donde España contenta nos dio los brazos, nuestro general, licencia, de cuyas plantas honradas a Córdoba nos partimos, donde estuvo —¡corto hado!— en mi casa algunos días —consiéntele, amigo, un rato sentimientos a mi amor; fui su amigo, no soy mármol— y un día en sí recogido y el corazón en los labios me dijo: «don Diego, amigo, si habéis de tomar estado, una hermana en Madrid tengo, noble padre, rico, hidalgo, que para tres herederos conserva cien mil ducados. Ingenio tiene el que basta para esposa, son sus años —conocedlos por los míos—, yo la llevo más de cuatro; su virtud, no se permite tanta alabanza a un hermano. Llámase Isabel, si es ella veréis en este retrato. Para casarla con vos orden mi padre me ha dado, dichoso yo, si de amigos venimos a ser hermanos». Aceptelo sin discurso, previne debido fausto para partirme. ¡Ay, memorias, sino lloro seré ingrato!, porque la muerte en seis días cobró del joven gallardo lo que la debió por hombre; murió, al fin. ¡Oh, amigo caro!, no del tuvero fue Polante con más ocasión llorado, Germánico de su pueblo ni de Pólux lo fue Cástor, como el infelice hijo del famoso padre anciano a quien Córdoba mi patria sepulcro fue de alabastro, piedades los corazones, mi amistad eterno llanto y nuestro heroico don Luis desde Madrid epitafio; mas escribiome su padre en las penas cortesano que temiendo de perderme era su dolor doblado. Fue la respuesta ofrecerle mi libertad y, abreviando forzosos impedimentos, solo con ese criado, que lo fue de don Vicente, vine a casarme. Aquí aguardo remedios en tus enojos con la prudencia templados porque, yendo a ver mi esposa, lo mismo que viste hallo y para huir el peligro hice prevenir caballos. Tú, don Juan, haces lo mismo y uno es solo el agraviado, pues, si viven las dos juntas y un hombre por nuestro daño solamente entró en su casa, una es parte en el agravio, juntas las dos perderemos y sin culpa en este caso es posible estar la una y, pues los dos nos hallamos en Madrid con una sangre, con un amor y un cuidado, con una causa ofendidos, con un respecto obligados, con una palabra presos, con obligación de hidalgos, con materia de discursos, con tiempo para pensarlos, miremos lo que conviene, porque tengo por más sabio al que yerra con estudio que no al que acierta enojado. Prudencia pide el suceso y el remedio más de espacio consultemos con la almohada en aquesa alcoba un rato. Entrad y miradlo bien. ¿A quién tan estraño caso en el mundo ha sucedido? A mí, que soy desdichado. Esperando están las postas, que parecen en lo flaco las vacas de faraón. Vuélvelas, que no nos vamos, Un hombre labró una casa y puso sobre el tejado un amante por veleta, quitole, dándole al diablo, porque le traía loco, mudándose a cada paso, que dejándole a Gallego siempre le hallaba a Solano. Otro puso en una torre por veleta a su criado por que aprendiera en los vientos a obedecer a su amo. Y, al fin, ¿qué he de hacer, señor? Llevar las postas callando. Yo voy, que no quiero ser mentidero de los grajos.

JORNADA SEGUNDA

Las fechas he vuelto a ver de las cartas que he tenido y mi yerno y tu marido tardan, hijas, desde ayer. Fuerza es sentir y temer alguna causa precisa, donde la experiencia avisa que a casarse o a la guerra sin saber si acierta o yerra cualquier mozo parte aprisa. Jamás viene apresurado bien alguno a quien aguarda, que gravemente se tarda, sabiendo que es deseado. Por sosegar tu cuidado le teme mi voluntad, no por casarme en verdad, que, aunque más digan, yo siento que a ninguna da contento sujetar la libertad. Ya deseo su venida por tu contento, señor, que el cuidado y el dolor van abreviando tu vida, mas la causa del dolor consuelo te puede dar, pues nos dicen con tardar que estos bienes no traen llanto, que no suelen tardar tanto las cosas que traen pesar. No es la de un día tardanza y os juro no la temiera si un barco en el mar no fuera símbolo de la esperanza. Nada hay libre de mudanza y en este siglo jamás cosa contenta verás. Proprio de un viejo cansado llorar el siglo pasado muriendo por vivir más. En un punto yo y el sol salimos juntos, oíd, a ver a Chipre en Madrid y a Venus a lo español. Vi su primero arrebol tomando estas flores bellas cuando bajaban por ellas compitiendo con Faetonte del mantuano horizonte de dos en dos mil estrellas. En chinelillas airosas iba toda dama esquiva, más bellas que la lasciva que dio púrpura a las rosas. A una de las más hermosas la dije entre dulces quejas: «Chinelillas tan parejas y tan breves, a mi ver, zarcillos pudieran ser del nacer de tus orejas». Respondiome cortesana que en Madrid todo es agrado, que a la corte no ha llegado la esperanza toledana. No vio ninfa más lozana el dios que a la ingrata estima, oro cría, flor anima, cielo alegra, tierra abrasa, que, si no estuviera en casa, jurara que era mi prima. A verlo viene contento y a que pierdan estas flores lo vano de sus olores vencidas de vuestro aliento. Tomadlas y dad asiento en vuestra esfera luciente a ese Narciso imprudente porque, asomado al cabello, ven que hay rostro más bello, viendo el suyo en vuestra frente. Las manos primero te beso por la lisonja y favores. Vivas más años que flores nos das bizarra. ¿Qué es eso? Más le quisiera travieso que, andando en comadrerías, no puede ver en mis días ningún mozo afeminado. Las flores en el tocado dirán hoy las dichas mías. Ponte aquesta flor así. ¡Dios mil veces las bendiga! Perdona tú, Elena amiga, que no hay flores para ti. No nacieron para mí en Leganés las pastillas ni yo gasto maravillas porque estoy hecha, señor, a oler en el asador claveles de algarrobilla. ¿Es terenciano o de Plato el conceptillo grosero? No sé, mi ramilletero, sé que es solo el garabato. A mirar me puse un rato por no oíros hablar mal por la reja del portal y en él entraron dos hombres, al parecer gentilhombres. Elena, Isidoro, sal, mira si es el sevillano o el esposo de Isabel, que Dios me remite en él lo que me quitó en tu hermano, mas dejadlo, porque en vano me resisto, yo voy, pues donde hay tanto interés tengo libres de embarazos para recibir los brazos y para buscar los pies. ¡Qué contento va mi padre! Mayor fuera su alegría si a ver llegara este día con nuestra señora madre. Nunca hable y siempre ladre bárbaro que dice tal. ¿Qué dices? Servirla leal y lloraba su memoria; téngala Dios en su gloria y a ti te libre de mal. Permítanos nuestro honor esta cautela prudente. Disculpa halla el que miente en políticas de amor. La mudanza del color nuevo accidente señala. ¿Bate el pecho cual que ala? No se, a fe. Turbada estoy. ¿Qué mucho si empiezan hoy a entrar locos en la casa? Tan turbadas y perdidas estáis que tengo por cierto que algún delito encubierto descubren frescas heridas. Si indicio son de homicidas, en viendo esos forasteros mover los pulsos ligeros, confieso la culpa mía. ¡ Ay, don Juan! ¿Quién vio de día juntos tan bellos luceros? No vi mayor hermosura, los celestes la envidiaran si de noche no eclipsaran de su fama la luz pura. ¿Hay dureza o hay ternura? Hay honra opuesta al amor. Pues huye el cuerpo, señor, no entres con él en batalla porque no hay segunda malla si vibra su pasador. Vuesas mercedes, señores, ¿vienen como yo deseo? Venimos para serviros. (Y para morir de celos.) ¿Don Diego cómo quedaba? Deseando con estremo venir a Madrid. ¿Don Juan? Notando su mal, sintiendo cómo no puede venir a dar muestras de que es vuestro. Daré a tan grande desgracia aplausos de sentimiento y el corazón de doña Ana veréis en perlas deshecho. ¿Qué es esto de corazón? Óigolo, mas no lo entiendo. Harto es que no lo acierta, sabiéndolo todo un necio. Don Diego me escribe esta con estos dos caballeros de su casa y de su sangre no con poco sentimiento, que, estando para partirse casi en los estribos puesto, llegó a Córdoba don Juan, a quien por amigo y deudo trataba familiar, tan pobre y falto de aliento que solo dio de su vida esperanzas un espejo. Llévale a su casa, adonde oraciones y remedios volvieron en pocas horas al alma los movimientos. Cayó corriendo en la posta sobre un peñasco; en efecto, afirma que está mejor y que le dijo a don Diego la ocasión de su jornada y en las señas conociendo que una casa los dos con dos primas y en un tiempo venían a desposarse. De una voluntad y acuerdo suspendieron su jornada y, en estando don Juan bueno, dicen que juntos vendrán. Tráigalos con bien el cielo. En tanto vuestras mercedes mientras concluyen sus pleitos se han de servir de esta casa, que cuando en esta mi yerno no me lo advirtiera así, lo suplicara con ruegos, lo pidiera como amigo, lo mandara como viejo. Si venimos a serviros, mal replicaros podemos. A ser mi dueño venía. A honrarnos con vos al menos. Pésame esta desgracia. A mí me pesa en estremo. Condición tienes de fea, que las bellas ni por pienso han de confesar piedades aunque vean en el suelo palpitar los corazones. ¡Qué de ello tienes de feo!, pues de ver una sangría haces milagros y estremos. Doncellísimas del siglo habéis parecido en eso, que pocas suelen casarse sin tener impedimentos. Mejor parece otra cosa. ¿Qué, por tus ojos serenos? Si a los ojos lo preguntas, dirán que los forasteros. Pues eso al alma, señora, que se queda en casa el fuego. Quede muy en hora buena. Humo sale, lumbre hay dentro. Conoced a mi sobrina y a mi hija. Sí, pues vemos rostro a rostro a la hermosura. Y dudoso el vencimiento. ¿Lisonjas tan cortesanas cómo pagarlas podremos? El cristal de vuestras manos a los labios permitiendo. Para casos semejantes vida guardo, brazos tengo, haced por satisfación cadenas para su cuello. Es Isidoro mi hijo. Más dichoso le haga el cielo que a don Vicente Pallares. ¿Le tratasteis? Os prometo que un alma fuimos los dos; no lo debió más don Diego que mi amistad, en mis brazos dio el espíritu postrero. ¿Le visteis en el Brasil? ¡Y pelear como un Héctor! Grandemente os parecía, era un gentil caballero. ¡Ay, hijo del alma mía! Perdonadme, que no puedo impedir el curso al llanto. ¡Memorias, que me habéis muerto! ¡Que buena va la tramoya! Un hombre dijo descreto que amor, por lo cortesano, tiene mucho de embeleco. ¡Qué lágrimas tan debidas! ¡Qué bizarros caballeros! ¡Qué tiernamente los miras! ¡Qué envidiadas que seremos si nuestros dos andaluces tienen tan gentil despejo! ¿Cuál te parece mejor? Prima, el que miro primero. Pues quita de aquel los ojos si no quieres darme celos. ¡Perdido estoy! ¡Qué belleza! Si es causa de mis recelos, perderé, amigo, la vida si por liviana la pierdo. Doña Isabel fue la causa de nuestra pena y recelos porque no están tantas partes juntas sin algún defecto. ¿Qué queréis hacer, señores? Con vuestra licencia iremos a una visita. Pues voy a ver si mi coche han puesto. Licencia nos dad. ¿Son damas? No, mi señora. ¿Y es cierto? ¿Y la pregunta es malicia? Curiosidad a lo menos. ¿Tan curiosa sois? Y mucho. (¡Ay, andaluz, que me has muerto!) ¿Os vais también? A morir en vuestra ausencia. ¿Tan presto? Hay poco de vuestros ojos a los míos y a mi pecho. Y pues ¿qué queréis decir? Que amor me ha flechado en ellos. Pues ¿no os vais? Conviene así. ¿Y será la vuelta? Luego. ¡Ay, amor! ¿Dónde me llevas? Don Juan amigo, sospecho que en amor y en las desdichas nos trata iguales el tiempo. Dejadlo para después. El coche os espera. Pienso que le tenías mandado. Di, que está malo el cochero. Vamos. ¿Adónde? A palacio. Trae las maletas, Oviedo. Bien al coche de mi amo le llamó un mozo discreto «el cochecillo achacoso», que, si le manda, al momento se rompen los correones, enfermo cae el cochero, se hace pedazos la rueda, a un caballo le da muermo. ¿Es rezar eso? Y muy mal. ¿Por quién? Aunque no os importe, por un lindo de la corte cochecillo original. En una pared leyó «no es cosa para prestada mujer, caballo ni espada» y él «ni mi coche» añadió. ¿Y quién es el tal cuartago? Quien cuando se muera, arguyo, ha de yacer en lo suyo, como don Pedro Miago ni presta ni pide alhaja y trae el tal por costumbre seis pastillitas de alumbre y un escudo en una caja. Es penante en un convento, juega del vocablo un poco y al más cuerdo vuelve loco apurando un pensamiento. Hombre tan particular beata pudiera ser. Ya lo ha querido aprender, pero cansarse de andar. ¿Estos hidalgos quién son?, ya que os he dicho quién es. Uno y otro es cordobés y es su casa fundación de los mozos peregrinos que dio a España la Barbuda. Tendrán devoción, sin duda, con los padres capuchinos. De Guevara sé que tienen el apellido y blasón y su poco de Ladrón. ¿Y, al fin, señor a qué vienen? Vienen los dos, reina mía, dejando malignidad, a estudiar urbanidad, honra, agrado y cortesía. Al fin, vienen a Madrid con deseo de enseñanza. ¿Cómo les va de crianza, y lo de mi abuelo el Cid? Caballerico aldeano con un lugar en Galicia pedirá que por justicia le bese el papa la mano, mas de estos deciros quiero que están tan bien enseñados que a los que van embozados quitan de noche el sombrero. ¿Que tan cortesanos son? Tanto como vos hermosa, mirad si es posible cosa. ¿Y qué apellido? Ladrón de Guevara. Y es verdad. ¿En qué lo viste? ¡Ay de mí! Desde el punto que los vi me falta la libertad. ¿Mandáis más?, que quiero ir por la ropa a la posada. Y, al fin, ¿a qué es la jornada? Si verdad he de decir, a Madrid, señora, ha sido su dichoso advenimiento, además del casamiento, haberse un pleito ofrecido a los dos sobre su estado, que, entrando a la posesión, hallaron contradicción, según los dos me han contado, y aquesta jornada han hecho —así de ellos lo entendí— para saber desde aquí de su contrario el derecho, que cierto autor Parladoro muy grande temor les puso en las glosas que compuso sobre las leyes de Toro. ¿Son muy ricos? Solamente vale cuatro mil ducados el verde de sus sembrados. Si aqueste hombre no miente, serán muy ricos señores, si tienen en su cortijo, según el verde que dijo, yerba de todos colores. ¿Son muy parientes? De un padre y de una madre nacieron. ¿Cómo no se parecieron? Pregúntalo a la comadre. Llámase don Baltasar el más alto y es don Tello el rizado de cabello, y ambos están por casar. Si quieres más relación, espérate, que no dudo decírtela por menudo en volviendo del mesón. ¿Con qué términos, Elena, podré decir en mi estado la novedad de un cuidado y la causa de mi pena? Uno y otro me conden a morirme y a perderte, porque de una misma suerte pierdo la vida callando y, si me remedio hablando, es mayor mal que la muerte. Conoce el dolor que siento y aplícale soberano remedio, no de tu mano, sino de tu entendimiento. Penetradle el pensamiento pues decirle no es razón, y, si mi fiera pasión me da la muerte, señal, como veneno del mal, verás en mi corazón. Bien conozco tu tormento. ¡Ay, Elena! ¿En qué le viste? Por mi fe que, aunque estés triste, has de escuchar este cuento: Cisneros, gran socarrón, protofarsante excelente, se vistió de penitente en Viernes de la Pasión. Otro que tal lo vestía, y más falso que Escariote, le pegó en el capirote un rótulo que decía «este es Cisneros» y, así, cuantos con la cruz le veían «este es Cisneros» decían, él, alzando el bocací, le preguntó a un gentil hombre «¿cómo quién soy acertáis?» y él le dijo «en que lleváis sobre la túnica el nombre». Así, señora, no intentes poner túnica al dolor, si rótulos pega amor a todos sus penitentes. Siempre estás muy entendida. Eso es lo mismo en mi aldea que decirme que estoy fea. Engáñaste, por tu vida. Mas esto aparte, señora, ¿de cuál andaluz garzón hizo Cupido su arpón? No preguntes más ahora. ¿Por qué? Porque viene gente. Y son ellos. Por mi amor que te lleves al mayor. Dijístelo cuerdamente. A vuestra merced, rey mío, aquí fuera he menester y cuerpo a cuerpo ha de ser. ¿Qué era eso? Un desafío, pues solamente me llama. ¿Qué aguardáis? Ya voy. (Honor, despongamos al amor, que no juzga bien quien ama.) ¿Solo en mi cuarto, señor? En vuestro retrete sí, mas no solo. Pues ¿aquí quién os acompaña? Amor. ¿De quién? De cierto retrato. Qué original. Como vos. ¿Que os ama? Pluviera a Dios que con todos fuera ingrato. ¿Qué teméis? Pocas verdades. Olvidad. Será forzoso, de un agravio sospechoso y ciertas facilidades. ¡Quién remediaros pudiera! ¡Qué os importa? Solamente pensar que amigo o pariente sois de don Juan de Ribera. (¡Oh, necia! ¿Qué ibas a hacer?) Advierte, pobre doña Ana, que puede venir mañana el que tu esposo ha de ser. Si por mí fuera, al instante sus memorias olvidara y de averiguar dejara una sospecha importante ¿Que puedo yo ser bastante a que su nombre olvidéis? Si vos, señora, queréis, y tanto dolor os mueve, como suele al sol la nieve menguar mi afición veréis: temiendo un agravio injusto llegué a ver vuestra presencia, mas, si queréis evidencia, será solo vuestro gusto, que, aunque no haya sido justo temor el de mi querella, si vos sois, doña Ana bella, piadosa a los ruegos míos, correrán mis ojos ríos que no volverán a vella. ¿Y mereceré alcanzar vuestro cuidado y amor? No me dejará el temor, aunque yo os quisiese amar, justo será escarmentar y huir de nuevos desvelos, que, si me matan recelos, mayor tormenta me espera cuando don Juan de Ribera me dé en vuestros brazos celos. Dificultades dejad. Y facilidades vos. Hablad más claro. Por Dios que hablo con claridad. Solo he entendido, en verdad, que en perderos soy dichosa. Que de la más venturosa no es posible que se crea que quiere ganar por fea y no perder por hermosa. Si no me engaño ignorante, en vos he llegado a ver lo que pudiera querer en muchos siglos de amante: Llegué a veros y al instante a amor en centro piadoso y del huyo temeroso porque ha querido mi estrella que vos me perdáis por bella y yo a vos por ser dichoso. Bástame a mí por contento que améis en parte segura. No lo quiso mi ventura. Por mi vida que lo siento. ¿Adónde vas, pensamiento?) ¡Quién remediaros pudiera! ¿Qué os importa que yo muera? A mí, señor, solamente pensar que amigo o pariente sois de don Juan de Ribera. (Retirémonos, antojos, que perdida me lleváis.) Adiós, señor. ¿Dónde vais? A castigar a los ojos. Gloria serán mis enojos si sois toda crueldad. Dificultades dejad. Y facilidades vos. Hablad más claro. Por Dios que he hablado con claridad. Elena, ¿qué haces aquí? Ser centinela. ¿Hasme oído? Muy bien, y hasme parecido, en lo que veo y oí, simplísima doncella de las del siglo que pasa, que el primero que entra en casa ese se aforra con ella. No me digas nada ahora. No haré, pues pintó al amor sin orejas un pintor. ¿Y don Baltasar? Señora, con tu prima está y de modo que habéis vuelto en solo un día ese cuarto galería. ¿Cómo? Como se anda todo: salí con él a la sala y díjele: «¿tan deprisa volvéis?» Y él dijo con risa: «Sin duda soy cosa mala, que nunca viene despacio, mas, si queréis que os lo diga, este es nuestro centro, amiga, como de un grande el palacio». Llegó tu prima, en verdad, como la abeja al clavel y yo, viendo que la miel se hace en la soledad, fuime y en este lugar os he servido de posta para avisar en la costa si entraba barco en la mar. Huéspeda, que serlo puedes del más galán peregrino, guárdame aquestas maletas. ¿Dónde vuelves? Por olvido, dos capotes de campaña, que han servido en el camino, me dejé y vuelvo por ellos. Via in pache. Stare a Dio. (Ferrer me espera con ellos, que no quiso entrar conmigo.) Llévalas a ese aposento. ¿Cómo sin hacer registro de lo que traen? ¿Ya no sabes que eternamente he podido guardar de nada secreto ni billete sin abrirlo ni conserva sin gustarla ni maleta que no he visto? ¿Cómo has de abrir sus candados? Tú verás en un proviso la más fácil tropelía que cicateros han visto. Ten cuenta, mas ¡por tus ojos que ese metal vizcaíno se defiende! Ya está abierto, ve registrando ese lío mientras doy garrote a esotro. ¿Cómo has dé cerrarlos? ¡Lindo reparo! Ábralos yo, que, cuando falte el pestillo, en una redoma tengo remedios apretativos. Ya está estotro otro que tal. Disculpe aqueste delito la sabia curiosidad. Bien en abrirlas hicimos, que pueden en las maletas entrar en casa enemigos. Mientras manifiesto aquesta, mira esa. Ya la miro. ¿Qué hay en ella? Lindas joyas y unas cartas. ¿Tú qué has visto? Un retrato y otras joyas. ¿Retrato? Muestra. ¿Qué miro? Si no es copia de tu prima, ciega estoy y desvarío. Este es su rostro, bien dices. Algún engaño imagino de estas cosas. ¡Ay, señora! ¿De qué te espantas? ¿Qué has visto? Un retrato de tu rostro y es, si lo adviertes, el mismo que mandó copiar tu padre cuando de Sevilla vino; mírale. Él es. ¿Qué haremos? Cerrarlas y prevenirnos, pues a los dos forasteros hemos todo el fuego visto. Pon esa como se estaba y con más tiempo y aviso hablaremos en el caso. ¡Oh, andaluces! ¿Retraticos y falsedades? Acaba. Ya está cerrado y tan fijo como de antes estaba. ¿Qué es esto, ángeles míos, es aduana esta casa, que entra todo por registro? ¿Qué se debe de derechos? Yo los pagaré sin ruido, vustedes no se alboroten, estense quedos los birlos. Para una averiguación hemos esas dos abierto. Y su flor se ha descubierto en el primer trascartón. Es mal hecho. ¡Vive Dios! ¿Y es mejor hecho, picaño, que nos traten con engaño estos hidalgos y vos? Yo haré que os dé mil azotes un negro en este aposento si no me decís su intento. Señora, no te alborotes y al negro llamar no hagas, que yo la verdad diré. Pues esta cadena dé principio a mayores pagas. Una vez encadenado, yo te lo diré de coro, que a una ganzúa de oro no hay secreto reservado. De aqueste señor, que era don Tello o don Calabaza, que es mi amo, es esta traza, porque es don Juan de Ribera, que viene a casar contigo y a ser olmo de tu yedra; y don Diego Saavedra es esotro, y gran su amigo, que pienso que conchabado con tu prima está también y a gozar de tanto bien por la posta han caminado y, así, ha hecho su jornada con un paje solamente que lo fue de don Vicente y se queda en la posada. Prima, mi padre ha venido y está esperando en la mesa. ¡Oh, prima, cómo me pesa!, mas para después os pido que dejéis lo comenzado y que guardéis el secreto. Ser un mármol os prometo. No digáis lo que ha pasado a aquesos dos caballeros. Acaba ya, prima mía, mira que es descortesía que esperen los forasteros. Ven y direte quién son. Yo te diré lo que han hecho. ¿Qué? Sacarme del pecho la mitad del corazón. ¿Adónde pondremos esto, señora la de la flor? Picarísimo embaidor, llevará si no habla honesto. Sepa que en este lugar ha de hablar con cortesías, entre cabañas y Olías puede esas pullas gastar porque en este sitio atento se oye lo mejor de Europa. Si quiere guardar la ropa, métala en ese aposento. ¿Y, por vida de los dos, estará segura? Sí. ¿Y mi corazón? Aquí ninguna los gasta. ¿Y vos? ¿Requiebrito a la criada? Mal haya tan mal abuso. Pues ¿ya no sabe que es uso? Pues ¿ya no sabe que enfada?

JORNADA TERCERA

Estaba yo —y amor es buen testigo— como en el mar de Cádiz navecilla que busca inquieta la segura orilla, temerosa del bárbaro enemigo; y, yendo a entrarse en el amado abrigo, nave descubre que a la mar humilla y, esperando el rigor de su cuchilla, oye la salva de español amigo. Miré cerca los brazos de mi esposo, como la navecilla el puerto amado, y el mismo turbar quiso mi reposo. Pirata le temí de mi cuidado, cerca llegué y, viéndole amoroso, vi que no hay gozo sin temor logrado. Sales con tanto contento, señora, que he imaginado, viendo que no has enviudado, que es día de casamiento. Mi señor en su aposento con tu prima queda ahora. Di, ¿qué tenemos, señora?, mas ¿quién verá tu alegría que no espere claro día viendo tan bella el aurora? Resuelta y determinada entró mi prima a mi padre, que con honra y con amor, ¿qué corazón es cobarde? «Don Rodrigo, señor mío», le dijo modesta, «¿sabe que aquestos dos forasteros te tratan con falsedades? Don Juan y don Diego son, que en una ocasión notable los transformó una sospecha en esos dos personajes». De la música le dijo aquel apretado lance que ha dos días que supimos de la boca de ese paje. Hallaron de su sospecha satisfaciones bastantes, que quiero, Elena, decirte, óyelas, si no las sabes. En uno que le tiraban cuatro hermosos alazanes llegó el honor de los Cerdas celos dando a los amantes. El gran duque generoso, a quien dejo de nombrarte, por que no juzgues cuidado deudas que son generales. Cantaban al de Medina una letra, y tan suave que entendimos, siendo noche, trinaban al sol las aves. Llevaba don Isidoro un estribo y los galanes andaluces la testera y las dos nuestros lugares. Abordamos con un coche donde iba un mozo elegante de los músicos del duque alabando los pasajes. Conociéndole mi hermano, esto le dijo: «quien sabe ser emulación de Orfeo, bien sabe juzgar del arte». Hablaron los dos un rato de la música y donaire de ciertos versos de Lope, Fénix de nuestras edades. Quién era le pregunté y él —¡qué dicha tan notable!— dijo: «quien cantó mi letra la otra noche en nuestra calle»; mas nosotras, como hallamos bella ocasión para darles satisfación de sus dudas, con un cuidado ignorante les dijimos: «¿quién serían, Isidoro, los galanes que en nuestra puerta quedaban cuando a sus ojos te entraste?, que cierto que juzgarían mal de acciones semejantes, que nosotras en la reja, abrir tú con una llave, sin recato entrar en casa, quedando gente en la calle, cantar primero en la puerta, broquel ruidoso que espante, capa de seda que cruja, todas son señales de amante que entra a gozar los favores con trompetas y atabales». Ellos, que ignorancia afectan, dudan, preguntan y antes que la solución escuchen los vi como el navegante que soñando vio quebrada en un escolio la nave que despertando en la popa mira tranquilos los mares. Quedaron, al fin, los dos —tal lo miré en su semblante— como quien de injustos celo mira el desengaño fácil y nosotras, como suele en casos de honor hallarse quien, a pesar de la envidia, muestra el tiempo sus verdades. Hasta que a casa volvimos, ellos con menos pesares y nosotras con más gusto, mas esperando sagaces que su engaño manifiesten, que su nombre nos declaren, que nuestras prendas estimen, que sus recelos se acaben. Nos callan lo que sabemos y nos desean amantes y de su injusto silencio esperamos cosas grandes; así, advertida mi prima, se lo ha contado a mi padre, que amor para ser dichoso de la prudencia se vale, de cuya resolución me dice ahora que aguarde, que discreto me entretenga, bizarría que me agrade, cortesano que me estime, galán que todos alaben, esposo que me dé honor, noble que ilustre mi sangre, imperio blando a quien sirva, dulce señor que me mande, voluntad que me merezca, contento que me acompañe, bienes con que ser dichosa, amor que jamás me falte y a pesar de las desdichas posesiones agradables. De tu gusto eché de ver, en viéndote, la ocasión. ¿No sabes que el corazón puro cristal suele ser como al pesar al placer? Sé que a un hombre principal tachaban de comer mal y él dijo que más comiera si por ventura tuviera estómago de cristal. ¡Oh, qué bien dijo! Y mejor doña Ana en hablar así consejo fue que la di, que para gozar de amor corta es la vida mayor. Fue como tuyo el consejo. Tu prima sale y el viejo y ella obligando a Cupido. ¿Qué mucho si le han servido sus tersas canas de espejo? He tenido tanto gusto de veros bien emplear que no me acierto a quejar de vuestro silencio injusto. No encubrirme fuera justo sus recelos y venida, mas, si culpa cometida remedio no ha de tener, en albricias del placer os doy perdón y mi vida. Señor, ignorancia ha sido. Y lo que dije yo dejadlo ahora, que no quiero excusas ni las pido, que más me importa saber con qué términos diremos cómo a los dos conocemos, que no he podido entender con decoro y con honor para decirlo el camino. Algún engaño imagino. Escucha aparte, señor. Iba a comprar los caballos que feria don Diego Osorio por que en la ocasión primera me vieses bravo en el cozo... Seis o siete días antes siempre sales a los toros, mas, hijo, en llegando el día, te suelen mancar los potros. ¿Y en efecto? En el portal encontré a Ferrer, el mozo que con mi hermano se fue al Brasil y, como un corzo, en viéndome, se escondió. ¿Y qué hiciste? ¿Soy yo tonto? Si se escondía, fingir que ni le vi ni conozco. Luego encontré a la estafeta, en la puerta, aquí está todo, que estos dos pliegos traía y me tienen sospechoso. «A don Diego Saavedra», dice este y dice estotro «Para don Juan de Ribera» y los dos, de un mismo modo, «en la Calle de la Espada, en casa» —de esto estoy loco— «de don Rodrigo Pallares». Dámelos. Estos dos mozos andaluces son tan cierto como yo, don Isidoro. ¿Dónde se escondió el criado? Junto a la cochera. Un poco espera, que ya yo vuelvo. No digas este negocio a mi hermana ni a mi prima, que importa el secreto en todo. Hoy daré a mi casa honor y a mi cuidado reposo. ¿Qué era eso? Hermana mía, ya tú sabes que te adoro. no lo digáis a la prima y oye aparte. Ya te oigo. Elena, ¿qué será aquello? Dirale en secreto el bobo que está Buda por el rey y Marruecos por los moros. A que son ellos, hermana, apostaré un real de a ocho, que con tantas consecuencias no han de engañarse los ojos. Pienso que no perderás. Esto quede entre nosotros, punto en boca, vete, adiós. A ver qué hace mi esposo. Buenos días, primo mío. Tú los tendrás más dichosos. ¿De qué suerte? Escucha aparte. En casa tienes tu novio. Buenas nuevas te dé Dios. Mas que el tal don Isidoro este secreto de anchuelo se le va diciendo a todos. No se lo digas a Elena, esto quede entre nosotros, punto en boca, vete, adiós. A ver qué hace mi esposo. Amiga, ¿qué te parece? Cerca está la boda. ¿Cómo? No se lo digáis a nadie, sabe que aquestos dos mozos sin duda son de tus amas los deseados esposos. ¡Válgame Santa María! Esto quede entre nosotros, punto en boca y queda a Dios. ¿Adónde vas? A un negocio. Mas ¿que acierto a lo que vas? ¿A qué? A decírselo a otro. Su secreto, reyes míos, está ya puesto de dolo, porque saberlo mi amo es como saberlo un tordo. Elena. ¿Qué es menester? ¿Topaste a mi amo acaso? Encontrele en ese paso, pero no me echó de ver. Iba con muy grande aprieto a la calle a vomitar, que hace a un hombre reventar una purga y un secreto. Sabe, aunque ignoro los modos, cómo uno y otro galán don Diego son y don Juan y parte a decirlo a todos; no habrá mocito en la villa que ignore quién son los dos. Pues es a tiempo, por Dios, que don Juan se va a Sevilla. La causa de su jornada ninguno a saberla llega, que a don Diego se la niega y a mí no me ha dicho nada y, aunque veo que se parte, no sé la ocasión, Elena, solo sé que me da pena irme a Sevilla y dejarte. Que te vayas, mentecato, no me importa tu partida, que no eres tú, por mi vida, donde me aprieta el zapato, mas que se parta don Juan sin declararnos su nombre, ¿a quién no habrá que no asombre? Las piedras lo sentirán. ¿Y tu rigor y desprecio quién no lo siente y lo llora? ¿A birlar vuelves ahora? Si eres tiesa y yo soy necio, fuerza ha de ser porfiar hasta ganarte la mano. ¿Eso es boda, Oviedo hermano? Remite el enamorar el lacayo a la criada a comedias sin primor que en un pasito de amor se embebe media jornada. ¿Esa es sátira? Pudiera, si otra cosa más precisa no me llamara deprisa. ¿Adónde vas, Dafnes fiera? Apolo de mala mano, voy cual flecha voladora a decirle a mi señora que se arruga el sevillano. Adiós, Elena, a quien vi solo para darme pena, que siendo tantos Elena eres Porcia para mí. Adiós, casa, la mejor que dio albergue a peregrino: casa en Madrid sin vecino, que es la ventura mayor; que a vivir poco seguro voy a la mejor ciudad, si el Betis por Navidad no nos escalara el muro. ¡Oh, Madrid, donde unas fuentes corren para tu decoro y de Pinto y Valdemoro solo te inundan crecientes! En ti muera, y no en Savilla, encharcado como rana. temiendo cada semana prodigios del Almenilla. ¿Don Juan, al fin, se va luego sin decirnos la ocasión? Él pretende, en conclusión, tomar las de Villadiego. ¡Vive Dios!, que es grosería, y de un noble indignos hechos, pues estando satisfechos de su sospecha y la mía quiera dejar a doña Ana. ¿Si ayer fuera?, mas ahora o su obligación ignora, o con acción tan villana de su sangre degenera con término descortés, o se olvida de quién es, o no ha nacido Ribera. Un gentil hombre estimado en este y en mi lugar salió al cozo a torear en un caballo prestado. Habiéndole muerto otro, y el dueño cuando le vio, esto a decirle envió, viendo en la plaza su potro, que aquel caballo por fiel le estimaba y le quería, que gran gusto le daría en tener cuenta con él, mas él respondió al criado lo mismo que yo te digo: «si quiere acertar, amigo, dele al toro ese recado». Dirás al fuego y tierra, al mar y al cielo, y con razón, ¡oh, verdadero amigo!, ¿cómo me voy, estando sin recelo? ¿Cómo, si causa tengo, no la digo?, mas, por que des a mi dolor consuelo y disculpa a las quejas, hoy contigo descanse el corazón, por si mañana le parten las memorias de doña Ana. Volví anoche del prado, como sabes, alegre como tú y asegurado, que no hay satisfacción en casos graves como hallarla un celoso sin cuidado. Cenamos, fui a mi cuarto con suaves glorias del bien para mi mal hallado y por gozarlas no dormí, don Diego, de alegre entonces, y de triste luego. Salí después buscando su aposento, hurtado a la familia que dormía, vile con luz, llegué con paso lento, donde de puerta un tafetán servía, alcé una punta de él y miré atento a doña Ana y a Elena, que asistía en su retrete, y vi, para mi daño, la mayor hermosura y desengaño. Un bufetillo de metal brillante sustenía dos luces, y tan bellas que en lo terso juzgué y en lo flamante ser cielo y las bujías dos estrellas; pagábanla con luz reverberante cuanto gozaban de sus ojos ellas y vi en su mano de animada nieve, sentada en un cojín, un libro breve. Leyendo en él, la voz articulada, esto dijo a mi oído dulcemente: «en medio del invierno está templada el agua dulce de esta clara fuente y en el verano más que nieve helada», y conocí en sus versos claramente ser de aquel que a Toledo le da honores el dulce lamentar de sus pastores. Tan cuerda en los conceptos discurría que dije con el mismo Garcilaso: «tú serás en España, prenda mía, décima moradora del Parnaso»; mas, Elena, cansada, que la oía, o su quietud solicitando acaso, dice que es hora ya, que entregue, en suma, el cuerpo de cristal a blanda pluma. Levantose doña Ana y, obediente a la necesidad o a la criada, se quitó con aseo diligente la ropa y mantellina delicada y, despojando al cuerpo transparente del ornato común, ennacarada en enaguas se quedó, que parecía al flamígero sol que abrasa el día. Una camilla de caoba indiana con una colcha de diversas flores la mereció desnuda. ¡Oh, soberana diosa, madre del dios de los amores!, di tú si más lasciva o más lozana te vio el garzón que eternamente llores, o Felipe, si ha visto en su Ribera cuadro mejor en fértil primavera. Viste en el campo amanecer la aurora cubierta en parte de la noche fría que con el rostro los Olimpos dora, tal en el lecho hermoso parecía, a quien Elena dijo así: «señora, ¿cuándo mis ojos lograrán el día que te goce don Juan y sin engaños las flores coja de tus verdes años? Don Juan te adora, en sus acciones veo que tu beldad desea con fe pura, que cierto que abreviara su deseo si como yo mirara tu hermosura. El caso cuenta a mi señor, que creo se alegre en él y tú gozar procura tus doradas madejas y edad verde, que no se cobra el tiempo que se pierde». Esto escuché, aquesto Elena dijo, a quien responde enternecida: «advierte, sabia has hablado, tu consejo elijo», ¡oh, celos, que aguardáis a darme muerte!, «amo a don Juan y, si naciera hijo de humildes padres, de la misma suerte le amara y por que el tiempo no se pierda, sepa mi tío lo que encubro cuerda». Dio la una un reloj cuando al instante de hablar dejó, mas no de darme pena y por dormir, si duerme algún amante, mandó cerrar y que se fuese Elena. Yo, por que no me viesen, ignorante del dichoso galán y el alma llena de deseos, de dudas, de tormento, volví sin ser sentido a mi aposento, donde peligros a mi honor ofrece la quieta almohada, consejera muda, porque el don Juan que su favor merece no puedo ser, pues mi persona duda, y por don Tello a mí me favorece, falsa en amor y de verdad desnuda y huyendo voy, que quiero en mi partida, por conservar mi honor, perder la vida. Tú, amigo, de tu esposa satisfecho, goza de su belleza mil edades, la paz te envidie y en dorado techo simples te correspondan las verdades, que yo me voy adonde oponga el pecho al fiero plomo y no a facilidades, que es en un noble, si en amor me iguala, más fiera una sospecha que una bala. Tan grande resolución más tiempo pide y reposo, y en el hombre más celoso mayor averiguación. De la pasada ocasión toma ejemplo, y reducido a mi consejo, te pido que aguardes, que en tus enojos, como hasta ahora los ojos, puede engañarse el oído. Aguarda a saber siquiera quién da causa a tu recelo, que de las iras del cielo solo ha de huir un Ribera. El bien nacido, aunque muera, el rostro no ha de volver, tú huyes de una mujer y en los hombres principales, aun con armas desiguales, es cobardía temer. No se precie de valiente quien en la ocasión lucida solo por guardar la vida huye desairadamente y por bravo y por prudente quien, no pudiendo vencer, se ausenta para volver porque en los más principales, cuando hay armas desiguales, no es cobardía temer. Sevillano engañador más que el que en las griegas turbas para destruición de Dido perdió a su amada Creúsa, ¿por qué te vas y me dejas? ¿Quién te aconseja que huyas, mintiendo mis esperanzas, salteándome segura? Pluviera a Dios que a mi padre antes del Betis la furia en Sevilla le anegara que dieras en tu chalupa vida al que quitas la honra, hospedaje a quien injurias, pues fuera mejor que, siendo su margen su sepultura, se negara a tus piedades y no dieras causa injusta que sus memorias afrenten, que con engaños te encubras, que te atrevas a su casa, que su antiguo honor destruyas, que de su hija te burles, que tu palabra no cumplas, que sin ocasión te vayas, que me dejes dando justas tristes quejas a los vientos con amor y sin ventura, pues con cautelas me tratas, pues como amante me adulas, pues te vas como ofendido, pues a mis ojos te hurtas. Apenas en esta casa —ojalá dijese tuya— pusiste el pie cuando supe tus disfraces y tus dudas. Si al sueño debes desvelos, si al pecho lágrimas muchas, infórmate del cuidado y a mis ojos lo pregunta. Hasta que vi tus recelos quedar sin sospecha alguna, deshechos ambos, la niebla la deshace la luz pura, bien lo dijeron tus ojos, desde que en el prado a escuras sacó mi verdad a luz el nieto de las espumas, pues más alegres miraban, que la pasión más oculta publican los ojos cuando el alma la disimula. Si te he visto satisfecho, ¿cómo con entrañas mudas me estás llamando a batalla? ¿Fieras acciones anuncias? Cuando me matas, don Juan, ¡con noble hazaña te ilustras! ¡Grande victoria, por cierto, a tu grandeza acumulas! ¿De qué inglés, como el Girón, a vista de Cádiz triunfas? ¿Qué pirata en el mar vences? En campo de Orán, ¿qué Muza? Vuelve en agrado la ira si ya matarme no gustas, gaste el español bravezas contra el rebelde en la inclusa. Mujer y rendida soy, tú tienes nobleza mucha, mira quién y contra quién el noble acero desnudas. ¿Adónde te vas, señor? ¿Adónde vas? ¿Qué procuras? ¿Adónde si amor inquieres? ¿Dónde si verdades buscas? Dígalo Elena, que dijo lisonjas a mi hermosura cuando a noche me entregué a leve prisión de pluma, a quien confesé adorarte si fueras de baja alcuña, don Juan, y te conociera, —absuélvame Amor, si es culpa—. Así a Elena se lo dije, de cuya cuerda consulta salió decir a mi tío tu nombre, mi amor, tus dudas. Dichosa yo, dueño mío, si un cuello con otro anudas antes que con tu retiro contra mi opinión discurran, mas tú, bien nacido joven, ruego a mis ruegos junta, razones a mis razones, quejas a mis quejas justas, pues te toca mi defensa, que hoy puedes, si lo procuras, juntando en una dos almas, hacer nuestra sangre una, pues sabes bien lo que es honra, que su doctrina asegura el plebeyo en la experiencia y el bien nacido en la cuna. Mis desdichas favorece, fuerza ha de ser que me acudas, que a las mujeres jamás se niega la sangre augusta. Ruégale que no se vaya, no sospechen que su fuga fue por mi defecto y no por ingratitudes suyas, mas, si te fueres, ingrato, la que te pierde te jura de seguirte eternamente en vaga sombra confusa. Por ti me daré la muerte, pues no hay tan grande desventura que con la vida no acabe y no han de faltarme, en suma, pesares que me atormenten, recelos que me destruyan, soledades que me aflijan, memorias que me consuman, envidias que me deshagan y, sin defensa ninguna, un río para anegarme, para sepulcro una gruta, un lazo para mi cuello, para el corazón cicuta, para mi pecho unas brasas, para romperle una punta, porque es la mayor dicha redimir los pesares con la vida y no han de faltar nunca brasas, puñal, valor donde hay injurias. Deja el fuego y el puñal, río, lazo, gruta, fiera para mí si te perdiera, y no me acabará el mal. Quejándome de los cielos me ausentaba mi dolor, que, como Narciso amor, tuve de mí propio celos, pero ya desengañado, temiendo castigo esento, muestras de arrepentimiento dará a tus pies mi cuidado. ¿Qué no te vas? No, señora. Ni mis brazos dejarán. Bueno es esperar, don Juan. Dígalo el contento ahora. Por un regalo de amor se perdona un siglo triste. ¿Cómo quién somos supiste? Después lo sabrás mejor. Ya esta prevenido todo, ¿hemos de marchar? Oviedo, déjalo, que ya me quedo. ¿No te vas? De ningún modo. ¡Pesia a mí! ¡Esto es servir! ¿No es mejor estar en Fez? O quédate de una vez o acaba ya de partir. Entrad y en vuestra presencia ha de probar mi valor cómo es la espada mejor la que ciñe la prudencia. Ahora Ferrer me dijo —Ferrer, antiguo criado de esta casa, que soldado fue en el Brasil con mi hijo— que la estafeta le dio estas dos de Andalucía, a traéroslas venía, mas quise traerlas yo. «A don Juan» dice este pliego —quien lee tan bien bien pudiera dárosle de otra manera—, este es para vos, don Diego. Los parabienes serán de vuestra boda y fortuna, que todos sin duda alguna casados os juzgarán. ¿Así hablas ofendido sabiendo que estoy aquí? No te he menester a ti, yo sé que me han entendido. De mi casa es. Y aquesta ser de mi casa me avisa. Los dos responded aprisa, que aguardo ya la respuesta. Donde honor mi casa gana y yo bien tan soberano la respuesta está en la mano. ¿Cómo? Dándola a doña Ana. ¿Y vos, don Diego, no habláis? Si no menos honra gano, la respuesta está en la mano, si vos, señora, gustáis. Y vos, señor, perdonad, que un engaño y un suceso... No hay, señores, qué hablar de eso. Pues vuestros brazos nos dad. Y serán firmes cadenas en las bodas de los dos. Elena, allí vive Dios... Viva muy en hora buena, ¿Casarémonos tú y yo como en la comedia? Hermano, la respuesta está en la mano. ¿Y qué respondes? Que no. Y perdón os pide aquí el más rudo toledano. La respuesta está en la mano. ¿Y dánsele, Oviedo? Sí.