Texto digital

Texto digital de El remedio en el peligro

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan Bautista Diamante
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de un impreso.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El remedio en el peligro. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/remedio-en-el-peligro-el.

Logo BICUVE

EL REMEDIO EN EL PELIGRO

JORNADA PRIMERA

de la Civo que el pueblo nos altera, y no es pena excesiba. Viva la libertad, Aurelio viva. Oh Palermo cruel! oh ingrato suelo! noble fatiga, en ti mal empleada! o lealtad mal premiada! oh injusta tiranía, o necio celo! o deidades piadosas, para mis males solo rigurosas! Cónsul el más prudente de cuantos mereció tirana tierra, soldado el más valiente, que en la campaña conoció la guerra. Tú te postras así, tú de esa suerte te entregas al dictamen de la muerte? Tú, que pisaste el cercó de la Luna te rindes a un vaibén de la fortuna? Tú, que logras ufano una experencia en cada noble mana? Tú lloras los enojos, fiando tus agravios a tus ojos? o tu valor ignoras, o no serán agravios los que lloros? que el honor no permite en pechos sabios asomar a los ojos los agravios. Ay Felipo! ay dolor! ay ojos míos! que es muy grave mi mal, y aunque mis bríos no son menores, del tormento extraño la sin razón me aflige, aún más que el daño. Poco pierdo en perder este gobierno, mas con un sentimiento siempre eterno para mi edad prolija, pierdo el sentido, en él pierdo una hija; casarla quieren: ah infelice suerte! con un traidor, o antes sea mi muerte! Ay Hipólita mía! esto es, ay triste! lo que yo temía. Un hermano, un traidor, otro alevoso, tres tiranos en fin, mal riguroso! con atrevida libertad osada, con aplaudida, aunque cobarde espada, ya un tiempo me han quitado la hija, el albedrío, y el Estado. Que aunque su enojo en libertad me deja, solo tengo el recurso de la queja. Mira si es justo que parezca cuerdo, quien pierde como yo, lo que yo pierdo, Yo, que sientas tu mal otavio digo, pero que no le sientas te aconsejo, dándote a ti el castigo, si para la venganza estás perplejo; templa el dolor, anima la esperanza, suspende el mal, y alienta la venganza: parte tu desterrado, que pues yo a la fortuna le he debido el no ser conocido, bien podré disfrazado, mientras tú a la venganza te previenes, sentir tus males, procurar tus bienes. Busca el socorro tú de tus parciales, y pocos bastarán, que son leales. Mientras que yo me quedo con astuto denuedo, sin que el peligro, o el temor me aflija, a libertar tu hija, porque hallo en ella al dueño mío, . que está preso en el suyo mi albedrío. Parte a Mecina, pues que ejercitados hallarás tus soldados, conduce sus hileras, y el rojo tafetan de las banderas: Blasón de mis lealtades, publique muertes, iras, impiedades, tiemblen de tu valor, y mis alientos, todos cuatro elementos, irrita tú el rigor, y yo el sosiego, contra la tierra, el aire, el mar, y el fuego; que si juntos nos vemos, y en la campaña el pabellón tendremos, cubierto el pecho del arnés gravado, bien puesta la celada, la visera calada, y el duro fresno al brazo dedicado, pronta la ira, almigero el intento, constante el ardimiento, si se defiende al golpe de el amago, ha de gemir el mundo del estrago. Tu sangre soy, tu injuria me atormenta, dispuesto vine a redimir tu afrenta: ya me tienes aquí, prevente osado, pruebe el valor a contrastar el hado. Que bien sueña tu voz en mis oídos, de tantas sin razones ofendidos yo voy; pero tu riesgo me detiene. Pues di qué fundamento te previene? Que puedan conocerte, y si lo hacen, te han de dar la muerte. El haberme criado siempre en Mecina, sin haber entrado en Palermo jamás, no te asegura de ese recelo, que tu amor procura: con este intento, dime, no he venido de la cautela del disfraz vestido? Temo, Filipo, mi contraria estrella. Pues no es medio el temor para vencerla? Es cruel mi fortuna. Puede ser que esta vez esté oportuna. Yo en fin me voy. A prevenir la guerra. Pues necio pueblo, fementida tierra teme ya en mi desvelo tu ruina fatal. Guiete el cielo. el cielo. Atados quedan allí nuestros caballos, señor, en el Parque, aunque mejor pienso que era atarte a ti, sin saber por donde vas: en Palermo entras? qué es esto, señor, volvámonos presto, no ves el riesgo en que estás? que calle me has prevenido, y por no darme que hablar no me has querido fiar el negocio a que has venido? Calla, y sígueme, Espadín, y advierte, que a nadie digas quien soy, que así mis fatigas tendrán venturoso fin: ay Hipolita adorada! Ese tu cuidado es, y ha un año que no la ves, como quien no dice nada, no intentes, señor, matarte. Cómo no pierdo el sentido cuando a Hipolita he perdido? Mayor mal era, casarte. Qué necedad, loco estás. Si hará, mas sabes que veo, que se queja tu deseo, por los jardines vas de Palermo entrando, tente, donde vas de esa manera, que en palacio estás? . Quisiera ver a Hipolita sin gente. No es fácil, si aquel tropel se encamina acía esta parte, cada hombre parece un Marte armado de moscatel, temblando estoy sus alientos, escurrámonos de aquí. Atiende, Espadín, que allí sueñan varios instrumentos, qué será? . Que algún Barbero le está dando a la chacona. otra novedad pregona su regocijo parlero. Qué llegan, no echas de ver? vámonos, o me iré yo. No temas. . Aqueso no, que es de gallinas temer; pero huyamos con valor. Aquí te oculta. . A que fin, si es cierto que en el jardín nos han de entender la flor. Hoy para heroico blasón amor enlaza dos vidas, que a un afecto reducidas las estrecha una pasión. Ojos, qué veis? . Pese a mí. No es Hipolita? Ay amor! Hipolita es, si señor, más bien estamos aquí. No cantéis más, ni veloces al viento deis mi tormento, porque no ofendan al viento de mi tormento las voces. Qué hagas desacierto tal? no adviertes, no ves, señora, que el apasionarte ahora es dar a entender tu mal? No echas señora de ver, que por celebrar tu boda el vulgo, y nobleza toda se han vestido de placer? Sin mí estoy, decís verdad? o afligido pensamiento este fue divertimiento; ea proseguid, cantad. Hoy para. . Cuanto cantáis es falso, si eso entendéis; no he dicho que no cantéis? pues para qué porfíáis en Enrique, ni es dueño mío, ni ha merecido mi amor, ni yo suya, que en rigor solo soy de mi albedrío. No habrá quien no se acobarde de oírte, si así te alteras; mas hoy a Enrico no esperas? No ha de llegar esta tarde? Tu tío, como sospecho, no va por él? . Sí, mas no de ese modo, que sé yo lo que he dicho, o lo que he hecho, idos todos, pensamiento yo soy quien tanto ha querido a Filipo; y yo le olvido, qué tibio es mi sentimiento; cómo no cantáis? No ves que has dicho que te dejemos. Amor toda soy extremos; si lo he mandado, idos pues: . Ay Filipo! ay bien pasado! como no sabe tu amor, en qué de ahogos, señor, esta puesto mi cuidado: cómo me faltas ahora? adónde está tu afición? Dónde puede el corazón darte socorro señora? Filipo, tú! qué dolor! así tu vida aventuras? Amor que no hace locuras no debe llamarse amor. Qué intentas? Librarte intento. Muy difícil ha de ser. Quien no tiene que vencer, poco le debe a su aliento; mas porque en la dilación. Ya te entiendo; pero advierte, que fue dicha de la suerte llegar en esta ocasión; pues logrando el breve espacio de aquesta seguridad, te diré la calidad de mis penas. Que de espacio lo han tomado. . Tú, Espadín, ponte a esa entrada. . Ya voy, vive Dios que escapo de hoy, mas no me alabo hasta el fin. Ya estoy atento. . Pues antes que me ocupe el sentimiento de los embares segundos, pasaré por los primeros. Ya te acuerdas que en Mecina, desde nuestros años tiernos, a una unión sacrificados, ofrecidos a un empleo. Los dos nos criamos juntos tan sin estudio el afecto, la voluntad tan sin arte, la pasión tan sin aseo: que si el descuido tal vez, o ya mudo, o ya parlero daba que hacer a los ojos; era admitido tan presto, que el leve amago del gusto llegó a parecer precepto. Crecimos en nuestro amor, y con nosotros crecieron aquellos sustos, que en tonces eran menos alagüeños; pues como el peligro es quien hace en cualquiera empeño que se logra, la fortuna del dichoso vencimiento; y nuestros tiernos álagos eran victorias sin riesgo, como faltaba el peligro era menor el trofeo. Crecimos, y más amante yo, cuando tu más modesto, mas si no tú, cuando yo más atenta; y en efecto los dos más afianzados entre el amor, y el respeto; tu partías las palabras, yo troncaba los acentos; dudabas tú, yo temía, tu callando, yo sufriendo, y viéndonos oprimidos de aquel dulce impedimento, como el calor en las almas estaba señor dispuesto, no cupo en el corto espacio de los atrasados pechos; y por respirar un día se asomó a la boca el fuego. Que te escuché, ya lo sabes, y que fue prudente acuerdo entre los dos prevenido, que a mi padre dieses luego noticia, en que se lograse nuestro deseado intento: hicístelo, y la fortuna propicia entonces al ruego de nuestros dos corazones, suavizó tanto los medios, que mi padre te dio el sí, a tiempo Filipo, a tiempo que en Sicilia conspirados rebeldes atrevimientos, empañaron de la paz los puros limpios reflejos, Faltó el sol de la lealtad, y a sus luces sucedieron osadas exhalaciones de atrevidos desafueros, pues a la voz de un esclavo obediente, el vulgo fiero mostró, que para pararle es solo el cuchillo freno. Se desbocó tan airado contra el piadoso sosiego, que apellidando venganza el rebelión descompuesto; cuanto enojo dio la ira al ejercicio sangriento fue uso de su crueldad, pues en pocas horas dieron de las leales cabezas tanto carmín sus aceros, que el turbio raudal de sangre fue rojo polvo del suelo. Convocáronse las plazas, y dando obediencia a Enio, le juraron su caudillo, quizá porque quiso el cielo, para castigar su culpa, justificar su proceso. Solo Mecina en Sicilia, de la lealtad claro espejo, se libró de este contagio, siempre obediente al gobierno del Senado, y siempre osados sus hijos a herorcos hechos. Tú te embarcaste a vencer los mal defendidos leños, que el valor de los tiranos tiene mucho de recelo. Mas mi padre, y sus soldados las plantas al campo dieron, y asombros a Enio, que entonces era su asilo Palermo: dispusose a la defensa, pero con tan poco aliento, que murió de su delito, aún más que de nuestro esfuerzo, Faltó Enió, y la ciudad asustada se entregó luego, que si le enbota el temor no tiene filo el acero. Rendida Palermo, pues, las demás plazas se dieron, o arrempetidas del daño, o sobornadas del miedo; quierose el tumulto entonces, y los leales nicieron, temerosos de otro asalto; que no sin razón temieron, Gobernador a mi padre de la ciudad, disponiendo, que el valor de su persona, y de su edad el respeto, fuese luz, que desterrase tanta niebla de recelos. En esta ocasión F coronado de trofeos, llegaste a Mecina tú del mal a lograr contento, los triunfos, que los traidores en las victorias te dieron, y agozar el blando halago de mis cariños modestos. Mas poco duró este bien, harto es que no duró menos, siendo bien, y siendo mío; porque mi padre resuelto a gobernar la ciudad, fiando de ti el gobierno de Mecina, me mandó venir, señor, a Palermo. Dejo el llanto, la fatiga, el dolor, la pena dejo, que en ti creo, y en mi hallo, que si lo acuerdo pienso que para estotras desdichas me ha de faltar sentimiento. Un año habrá que gobierna mi padre este traidor Pueblo, sin que su arrado rigor, o su clemencia hayan hecho, ni con la piedad agrados, ni con la ira escarmientos: hasta que ya reventado aquel mineral soberbio de cautelas mal nacidas, hijas de bastardos pechos, se entregó la voz al aire de un nuevo traidor, de un nuevo perturbador de la paz, en la traición heredero de aquel tan vil, que aún su muerte no supo servir de ejemplo; pues imitando su acción en su desagravio Aurelio, tal modo de tempestad ha introducido en el Reino que con setenta soldados, que su caudillo le hicieron, en la edad de pocos días tal ejército ha dispuesto de fugitivos esclavos, y de libres mal contentos, que la lealtad oprimida otra vez a ser ha vuelto de la infame certidumbre, avasallado pretesto. Y no es el daño este solo, sino que algunos, y entre ellos Astolfo, vil sangre mía, prontos al tirano feudo, por libertar sus Estados, con este traidor han hecho una junta, o compromiso, adonde (ay de mí!) han resuelto, para asegurarse más del Mecinés ardimiento, casarme a mí con Enrique, y entre él, Astolfo, y Aurelio advocarse los Estados de la Isla, resolviendo. el destierro de mi padre, y mi prisión, con intento de que hoy se logre mi boda, y mi muerte, que es lo mismo; Estos sustos, pena injusta! son los que estoy padeciendo. Este es el último golpe de la desdicha, el postrero vale de mí triste vida, pues en ti, y en mí la pierdo. Mira, pues eres amante, si tiene mi mal remedio; pues eres osado, mira lo que te promete el riesgo. Pues eres noble repara en mis amantes extremos, mientras que yo de mis ojos en los raudales me anego. Absorto Hipolita bella, al ver la suerte importuna de tu pena en mi fortuna, y de mi mal en tu estrella, tal estoy, que a mis acciones, embarazando los medios, si discurro en los remedios, me paro en las confusiones. No has visto acaso un Alcón, que el pie, como con vergüenza, deja prender de una trenza, o aprisionar de un botón; que viendo en ese elemento volar de pájaros suma, se inquieta bajel de pluma; se enciende bridón de viento, hasta que al lazo duplica las iras vanas que pierde, y con el pico le muerde, o con la garra le pica: pues a su ejemplo mi amor, viendo ese llanto que exalas, como le faltan las alas no le aprovecha el valor: que aunque igual es la porfía, como son causas forzosas, él va a romper sus esposas, y yo a defender la mía. Pero pues quiere la suerte que te vea, no ha de ser para volverte a perder, sin que antes llegue mi muerte: y así si resuelta estás, tu aliento en tu vida emplea. Eso mi suerte desea. Que en fin te resolverás a huir de está crueldad hoy, dando alivio a mi cuidado? Eso Filipo has dudado viendo del modo que estoy? Pues si con fina lealtad a tus temores obligo, hoy te he de llevar conmigo, y hoy te he de dar libertad. Y dime, trance penoso! si Astolfo sale a buscarme? Puede hacer más que matarme, yo moriré muy gustoso, fuera de que haremos vana la duda, que tu amor llora, disfrazándote señora en el traje de Aldeana. Pues no han de ser mis temores quien muestre tibieza aquí, que te quiero mucho a ti, y temo aquestos traidores. Eso al acierto conviene, instantes no os dilatéis. Pese a mi alma, que hacéis, que un mundo de gente viene. Pues yo me voy ya, mi bien mira que no has de tardar, que voy desde aquí a esperar. Y yo a seguirte también. Dichoso con eso soy. Por ti me libro, y por mí; mas mi tío viene aquí, a qué aguardas? . Ya me voy. De quién huyes? . De mi miedo. Qué le causa? . Verle solo. Pues qué ha hecho? Tempestad, corrompiéndose el Fabonio, y el navio de las bragas, haciéndose un agua todo. Este hombre es loco sin duda. Ya el quedarme aquí es forzoso, pues llega Astolfo, y mi amo royó el lazo, y lió el trompo, aquí me aparto a esperar ocasión de hacer lo propio. A pediros vengo albricias de que está ya vuestro esposo cerca de Palermo. . Ay triste! que aunque es verdad no lo ignoro, que habéis de sentir sobrina el casamiento, es forzoso; esto ha sido convenencia Hipolita, y es notorio, que mañana a vuestro padre se le pasará el asombro, si conoce los designios a cuyo fin vamos todos. Oh Aurelio, a tus crueldades mi fe debe estos rebozos, fuerza es, fortuna, suframos por el temor, el soborno. . Siendo Astolfo, como sois de mi sangre, en mi honor propio tan interesado, sií, claro está que era forzoso, procurar como más sabro lo que esté mejor a todos; (ah tirano!) y pues Enrique, tan cerca esta, como os oigo para poder recibirle con fineza; y con decoro a ese recreo del parque, así mis intentos logro. Disimulemos fortuna, ir si os parece dispongo. En quién es tan entendida fuera errar dificultoso, el Cielo os guarde, Y a vos os castigue riguroso. Ya Fabio puedes partir, que en Alcamo, o sus contornos allaras a Aurelio, dale las letras; mas qué alborozo es aquel? Señor, que Enrique excusando a tu decoro, que salgas a recibirle, en Palermo ha entrado solo, y llega a Palacio ya. De mi descuido me corro. Buena Hipolita la hiciera si se descuidara un poco. Enrique seáis bien venido. Seáis bien hallado Astolfo. Cómo venís? . A la dicha que en vuestro amor reconozco, Fabio, a Hipolita dirás como ha llegado su esposo, y por si está en el jardín avisa, para que todos vamos por ella. Harto bien, que son los otros muy bobos, vaya a verlo. . Mi venida temo, que le cause enojos; como ignora nuestro intento. Cuanto importa a nuestros lo- aunque Hipolita lo sienta (gros, nos disculpa lo forzoso, pues cuando mi hermano, y ella conozcan que cautelosos, para desmentir de Aurelio la sospecha, temerosos de su tirano poder, nos fingimos más devotos hasta ocasión más felice. En ellos cesará el odio, y en nosotros la apariencia; que hoy nos recata dudosos. Mucho se habrá asegurado Aurelio con el enojo, que contra Octavio fingimos, aunque no quisiera Astolfo, que fuese cautela en él lo que tenemos por ocio; que el que una vez a la sombra del delito saca el rostro, o no le vuelve a cubrir, o le cubre con embozo. Temeroso me han tenido aquesos recelos propios, mas como sé que asistente está en Alcamo, reporto el temor, y le agasajo. con intento cauteloso. Pues qué hace en Alcamo ahora? Es un paso peligroso; y aunque es fuerte como Blanca desde la muerte de Arnolfo su padre, está sola en él Aurelio, como en abono de su disculpa, la asiste, y yo su intención apoyo. Para cuyo efecto, Enrique, hoy le he despachado un propio, que lleva para dos tercios cuatro pagas de socorro, hasta que el tiempo disponga la ocasión de nuestros logros. No será tarde, si el Cielo nos favorece piadoso. Que esté yo oyendo, y no sea de provecho lo que oigo, siendo por inclinación tan grandísimo chismoso? En fin fue engaño la muerte de Blanca? . Creyeron todos su desgracia, mas se supo que un soldado valeroso la sacó del mar, y aqueste, según hoy dicen otros, que fue el Mecines Filipo. Grandes esperanzas oigo del valor de ese soldado. Es hijo de un hombre heroico. Holgárame conocerle. Señor, de hielo soy todo. Ahora es cuando a todos juntos se los llevan mil demonios. Fui; pero Hipolita. Apenas Acaba; terrible ahogo! Ahora dicen que vieron esos jardineros todos, a un hombre, y a una mujer salir. . Hado riguroso! Que por dudar si acertaban no detuvieron medrosos, con que a Hipolita buscando. Que no parece? pues como del volcán en que me enciendo una centella no formo, que al enemigo cobarde, causador de mis oprobios, deje desecho en ceniza, vuelva desatado en polvo. Enrique, el sentido pierdo, no es este lance penoso para arrojarte furioso, si para vengarte cuerdo; y así templa el furor justo de tu cólera encendida, que se atreverá a tu vida el que se atrevió a tu gusto. Yo averiguar solicito los quilates de la ofensa para hacer la recompensa a medida del delito. Reporta tú los rigores disimulando los males, que somos pocos leales, respeto de los traidores. A Aurelio le escribiré el suceso de este empeño, mas por si él ha sido el dueño la intención recataré, pues atento he imaginado en la violencia que ves, que de sus parciales es quien la traición ha logrado. Dónde está el propio? . Extrema- (da me ha venido la ocasión, fue a no sé que prevención Silvio. . Quién? Mi camarada, y aquí me ha dejado a ser su vicepropio. . Pues luego venid llevaréis un pliego a Aurelio, en vano es perder de vengarte la esperanza. Iras mi fuego publique. A volver por vos Enrique. Astolfo a nuestra venganza. , y el , - No pasemos de aquí. Advertencia ha sido hasta que los soldados que han venido todo ese campo corran oportuno, por si se encuentra de Mecina alguno que de Octavio nos diga amenazado, si es cierto que por Alcamo ha pasado, que aquí estamos los dos, qué tiranía! disimule el dolor la pena mía. Parte Julio. . Sirviendo te obedezco. . Y de vos deseara, si merezco esta dicha; saber que causa ha habido, para que con semblante divertido, sino con apariencia de enojado, disgustado os mostréis, hay padre amado! Mi furor él ardor de mi coraje, una ofensa que juzgo en dos traidores, el atrevido impulso de un ultraje, una voz que despierta mis rigores; pues como me ha faltado el vasallaje en Astolfo, y Enrique los furores, prevengo Blanca, ya de mi castigo, contra uno, y otro cauteloso amigo. Bien sabes, que cabeza me eligieron de la facción, que hoy llora castigado este Reino infeliz cuando me dieron este bastón, que rige mi cuidado; sabes también, que mis hazañas fueron por quien el nombre merecí de osado, pues a mi voz que le anunció la guerra, vidas sudó la fatigada tierra. Yo solo, y mi valor, sin que la suerte tuviese parte alguna en mis victorias, ministro de las iras de la muerte, me fabriqué el teatro de mis glorias; si el que vio tremolar mi brazo fuerte pudiera ser testigo en las historias, en la inmortal hoguera de mi alma, se abrasaran las alas de otra fama. Yo vencí, yo triunfe, yo fui atrevido, quien a la vida dio más noble vida; yo de la oscura cárcel del olvido saqué la libertad esclarecida; yo solo, y de mí solo defendido, que si Apolo me enoja, oscurecida se verá su deidad de mi desvelo, luz a luz, rayo a rayo, Cielo a Cielo. Pues como Astolfo, como Enrique osados, cuando por mi piedad tienen las vidas, cuando gozan por mí sus dos Estados, de mi afán sus cabezas defendidas, viven de las promesas olvidados? quizá con presunciones mal nacidas, sin que haga mi valor en este empeño, que el que amigo no quiere, me vea dueño. Mueran, pues, sus traidores pensamientos, y el filo cortador de la cautela, en su garganta corte los intentos, que contra mí su sinrazón conjela; mueran, sino al poder de mis alientos, a la propia pasión que los desvela, porque sea en mi astucia, y su mudanza, del color de la ofensa la venganza. El rigor de este aleve me ha obligado a que finja rigores mi cuidado: Aurelio valeroso, con justa causa vives receloso; por ti gozo este Estado, aunque era mío; pues si repara atento mi albedrío, desde el día osado le venciste, y a ser tuyo galante me le diste, o no es mío, o arguyo, que no puede ser mío, sin ser tuyo: dispón de él, y de mí, manda a su gente, soldados tengo yo, tú eres valiente, que mi acero a tu lado no siempre ha de tener contrario el hado, trocando en esta guerra el peligro del mar al de la tierra. Ah memoria enemiga, de que sirve acordarme la fatiga! si infelice no acierto a conocer la mano que me ha muerto; cuando me dio la vida, quien me dejó a mil muertes reducida. Muera, si no se rinde a nuestras manos. Pocos sois ademas de ser villanos. De qué será este estruendo? El monte le produce a lo que entiendo, su confusión de espadas nos declara algún suceso, del lugar te ampara; yo le averiguaré. . Antes yo intento saber de este alboroto el fundamento; mas por el monte una persona viene huyendo, y otra senda el monte tiene, yo por aquesta venceré su cumbre, tú por esa la verde pesadumbre, escala, que con eso uno, u otro sabremos el suceso. e Pues yo por esta parte determino repetir nuevas huellas al camino; pero si no me engaño, ya por aquí se acerca, brío extraño! una mujer, que creo del monte adorno, de la selva aseo; ya pisa el valle, el traje es de Aldeana, y amor dice, que es ninfa de Diana. Quién vio rigor más penoso! ni estrella como la mía; pues ahora que venía por el monte con mi esposo, esto la suerte ha querido! Hermosísima Aldeana, de aqueste monte Diana, que digáis quién sois os pido? . Yo, señor, quién será este hombre! no como decís Diana, soy una pobre Aldeana, que Isbella, tiene por nombre, y si algo os puede mover, que deis os pido favor a mi esposo, a quien, señor, quieren dos hombres prender. Templa Isbella tu pesar, que si el monte en tiempo corto diera un hombre en cada aborto sabré yo el monte abrasar; porque si nuevo el poder, que es brazo de mi fortuna, quien podrá en acción alguna ofenderme? . . Una mujer. Qué escucho voz? que mi estrella tu acento eclipsar advierte, qué mujer contra mi suerte podrá conspirarse? Isbella? . Yo? considera. Mujer, que eres mi presagio aquí, si tengo mi muerte en ti, ya no la quiero temer; que el que padece un tormento, si otro le aflige después, del que es segundo no es tan crecido el sentimiento. Porque el cuerpo, si se advierte, tiene más hecho al dolor; pues yo Isbella, que en rigor he muerto ahora de verte, si fueren más tus despojos no tendré más sentimiento; pues hecho tendré el tormento, a la muerte de tus ojos. Yo? Ay de mí! Mi amor pretende. ayudarte. Isbella, huyeron los dos que me acometieron? pero tú. . Qué te suspende? yo que tu riesgo advertí vine a buscarte favor, a este soldado señor que te le diese pedí; ibate ya a socorrer, es de tu dicha testigo: vienes libre, estoy contigo, y ya no le he menester. Una mujer os afrenta cobardes, que con mi mano yo castigare el villano: mas qué es lo que el brazo intenta! no es el propio este que veo, que en el cristal aquel día dio vida a la pena mía; pues dio muerte a mi deseo? no es aquel, cuyo favor me dio vida, y me dio muerte? como hombre humilde se advierte. Qué es lo que intentas amor, . esta mujer, cruel pasión! fue quien del monte venía. Y este hombre, triste porfía! del estruendo la ocasión. Quién eres di? o qué oportuna causa movió tu osadía. Blanca es esta, a quien un día del mar libró mi fortuna, disimular me conviene, que aqueste Aurelio será; que aquí retirado está. Mucho mal mi mal previene. Yo, señor, soy del partido de Palermo, un Aldeano, cuya sangre de villano me dio por nombre Leonido: si bien, aunque de este arte, cuando se perdió mi tierra, aficionado a la guerra seguí el estruendo de Marte. Vine aquí a sacar ayer una prenda de cuidado, y como ya la he sacado volvia con mi mujer: cuando a prenderme salieron, sin duda mal informados, no se porqué dos soldados, y en fin no lo consiguieron. No así los brazos me tuerzan. Llegue, acabe, llegue presto. Aguárdese uste, que aquesto mas quiere maña que fuerza. Este soldado, señora, que del traje lo imagino, hallé en el Real camino de Palermo habrá una hora, traí un pliego, y su recelo me obliga traerle aquí. Cuyo es el pliego me di? De su dueño. . Mi desvelo saber procura a quien va. Por castigar tu delito. Lea usted el sobreescrito, que con eso lo sabrá. A mí dice. . Peor es esto, busted es Aurelio? . Yo. No puede ser. . Por qué no? Fuego de Cristo, que gesto. Así dice. . Oh! aquí estás? a mal tiempo os encontré a los dos. . Dinos por qué? Presto el suceso sabrás. Aunque tenía despachado el propio ha sido fuerza advertiros, que si pasaren un hombre, y una mujer disfrazados hacia Mecina, los detengáis porque importa al logro de nuestros designios. qué escucho! . Suerte traidora! Ya con lo que aquí se ve a esta mujer detendré; llegó el pliego en feliz hora. (za Enrique estara presto en esa pla- a daros más larga noticia de este suceso, y el que esta lleva os entregara diez mil ducados en letras, que os envío para el socorro de vuestros soldados. Guardeos el Cielo. Qué lees señor? . Aquesto es lo que la carta advierte. Dio fin a toda mi suerte. Echó la fortuna el resto. Diez mil, que te he de dar yo? Ducados? . Vuelve a mirar. Diez mil ducados? . Pesar del padre que me engendró. Pues qué llegas admirarte? Que tal dispárate aprueben, diez mil demonios me lleven si traigo blanca que darte. A que des luego te obligo las letras. . Te engaña el pliego, mal Nuncio me vuelva luego si traigo letras conmigo. Sin juicio pienso que viene, irnos los dos intentemos, señor aquestos extremos son de quien buen humor tiene, yo fío; aunque es ya molesto, que estén las libranzas ciertas. Hombre, que mechas por puertas ya no faltaba más questo. Y así si me dais licencia. No te puedes ir Leonido, porque ya habrás entendido de esta carta la advertencia. Me huelgo. . Ya echas de ver que es muy bastante testigo traer una mujer contigo, fuerza en los dos ha de ser quedar presos, más confía Leonido de mi caidado, que no estés tan mal hallado en la prisión otro día; que aunque te muestro rigor, y ahora te trato así, sabré hacer mucho por ti, no me despeñes amor. Señora, pues un villano puede ofender con exceso en cosas de tanto peso al decoro soberano? Contra una persona tal, daño en mi esposo se encierra, cuando es cultivar la tierra su bien servido caudal? Posible ha sido. . Ah cruel Causar la ofensa los dos, y vos disculpaos a vos, pues no estáis más libre que él. Pues Isbella una mujer cuando hayan a los Estados ofendido mis cuidados, en qué los pudo ofender? Si pudo. Ah enemiga estrella! Y vos que en tal riesgo estáis, volved por vos si acertáis y no intercedáis por ella. No hablar por cosa tan justa como mi esposa, es rigor, y no os diguste, señor, lo que al cielo no disgusta. Vuestra porfía es en vano, no sé si me conocéis. Ni vos tampoco sabéis quién soy? . Quién sois? un villano. Sí, y pues así me provocó un villano, vive el cielo de tan valiente desvelo. Cómo atrevido, estás loco? Detente. Qué haces por mí? Para todos han venido letras. . Bárbaro, atrevido, qué es lo que intentabas, di? Advierte, que aqueste ha sido un despeño de su amor, y que hará por ti, señor, cuanto gustares, Leonido. Loco, como de ese modo hablas, no sabe que soy (de mi admirando me estoy) de quien tiembla el mundo entero; agradece el perdonarte, a Blanca, que te ha librado. Pero porque mi cuidado logre el desagravio en parte, pues la locura que has hecho fue por defender a Isbella; por el mismo caso en ella tengo de abrasarte el pecho. Y pues toda nuestra gente corre el campo divertida, en ofensa de tu vida tengo de ser solamente: quien la lleve a la prisión que Blanca disponga. . Ah cielos? Porque te abrasen los celos, y te mate la pasión, ven conmigo. Aquí es forzoso, por mi amor, y mi temor consentir de este traidor el intento riguroso. Ay infeliz, que mi estrella quiera atormentarme ansí? Como no se venga en ti, él se va a vengar en ella. Ah tirabo! . Infeliz suerte! desdichada es la que sigo! Suelta la espada. Ah enemigo! dame ya, dame la muerte, ensangrienta tu rigor, si es el hado mi homicida. Ea, quitadle la vida. Esperad; antes señor, repara, que si el que ves es el que Astolfo ha advertido, prenderle forzoso ha sido, y matarle rigor es; y así la prisión, porque ella; y él digan lo sucedido, yo haré llevar a Leonido, haced vos llevar a Isbella. Pues llevadle, que es en vano defenderle, ni ampararle, preso podré castigarle. Vaya, pues, vaya el villano. A penas, que de este modo. me traigáis a padecer! No temas, que mi poder te defenderá de todo. Ah injusta suerte! porqué me has sido tan encontrada? No tengáis miedo de nada que yo te defenderé. . Ven. No sabes obligarla, ni te quieres entender. Con Blanca, qué puedo hacer? Qué linda flema, gastalla. Llevad a esotro. . Es exceso. Qué leyes hay que lo veden? Ser Hijodealgo, y no pueden llevarme por deudas preso. Esposa? . Dueño querido? Ve tú por allá con ella. Déjame hablar con Isbella. Déjame ver a Leonido. Détenla. . Haz por estorbarle. Ten valor. . Tuya he de ser. No la has de volver a ver. No has de volver a mirarla.

JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA Cielos, en cuya armonía allá ejemplar es mi mal. Fuentes, en cuyo cristal se retrata mi porfía. Si la eterna pena mía. Si mi continuo rigor. Os imita. . Si mi ardor se rige de vuestro intento. Cese vuestro movimiento. No murmuréis mi dolor. . Blanca? . Aurelio? Tu suspensa? tu inquieto el semblante hermoso? qué cuidado afectuoso a tu quietud hizo ofensa? Antes, Aurelio, he callado porque saber solicito el tuyo, que es sobreescrito, el semblante del cuidado. Ay de mí aunque más deseo disimular, es en vano, que sentimiento, ha tirano! es de tu gusto trofeo. Sí, Blanca, bien dices, bien, mi mal tu discurso advierte, que ayer triunfe de la suerte, y hoy me ha rendido un desdén: mío ayer era, hoy ajeno, me conoce mi ventura esclavo de una hermosura, en cuya esclavitud peno; pues aunque gozo en Isbella la libertad que perdí, ser suyo es forzoso en mí, pero no posible en ella. Abrasado en su rigor padezco amantes desvelos; pues mira que hará con celos, quién muere solo de amor? y así cruel, y ofendido para mejorar mi suerte, lograr intento la muerte de Leonido. . De Leonido? Sí, Blanca, qué te alborota? Leonido muera. . Ay de mí! Muera Leonido, que ansí alivio en mi mal se nota, porque viéndose sin él, temerosa, o afligida, dejará a mi amor rendida de ser conmigo cruel. Que otro medio habrá mejor, y menos cruel recelo. Su piedad, y su desvelo tienen vislumbres de amor. Cuál es? . Decir que ha venido alguna orden severa para que Leonido muera, porque al Estado ha ofendido; y que yo, como se advierte, reconociéndole ingrato, y obedeciendo el mandato le hice en la cárcel dar muerte. Con que si Isbella en Leonido cree de la muerte el rigor, es lo propio, y el amor desvanecera en olvido; y para esta prevención, si le agrada a tu cuidado, con gusto tuyo he pensado renovarle la prisión; porque yo llego a entender de lo que Astolfo escribió, que él preso que te encargó, Leonido debe de ser. Bien me parece el intento, que hoy Enrique ha de llegar, y con él podrá llevar la ficción más fundamento; y hoy de mi queja ofendida descansarán los cuidados, pues hoy también mis soldados han de quitarle la vida: como sea mía Isbella, cese en Leonido la muerte. Oh amor, mejora la suerte de mi rigurosa estrella! Tenga, que si me atropella haré la cuerda pedazos. Cómo ha de romper los lazos? Yo tengo mano con ella. Mil años no ve que puedo tenerle así si me agrada? De eso no se me da nada, que ya yo he atado mi dedo. Si eso en fin lograr tu fe, es resolución gallarda. Lleve a Leonido una guarda a palacio. . Yo lo haré. No le tengas, Julio, así, supuesto que parecieron las letras. . Letras que fueron descomunión para mí. Ya me es forzoso ocuparte pues nuestro bando ha seguido en ser guarda de Leonido, mientras se ofrece quedarte. Obedecerte he jurado; y para que estés segura, seré guarda, cerradura, llave, pestillo, y candado. Con este intento procuro asegurar a Leonido, que en este rigor fingido vida, y amor aseguro; pues yo a prevenir a Isbella iré con esta intención. No pierdas tú la ocasión, que yo sabre gozar de ella; mas para que son temores, ni cautelas, dios tirano, si está mi dicha en mi mano, porqué aguardo tus favores? Con un engaño procuro obligar a esta mujer para verla en mi poder, y así el acierto aseguro: oye, Espadín, mi desvelo. Que tu esclavo soy advierte, de mí vienes a valerte? mas que no me vale un pelo; qué mandas? Y a Blanca viste como a Leonido prendió, y a Isbella, gustando yo por la carta que trujister Yo pues presumo, porque ella le tiene a Leonida amor, o por natural rigor, que intenta matar a Isbella: así va el engaño bien; y pues yo la causa he dado a su prisión, he pensado librarla de ella también. Y aunque admirar te previene en mí una piedad tan nueva por una minada cueva, que aqueste palacio tiene; cuya sálida ejecuta tan oscura, y tan extraña, que respira a la montaña por la boca de una gruta, sacarla he determinado, para cuyo intento quiero que vayas tú allá primero, y le digas mi cuidado, y el riesgo en que está, que digo, que yo librarla previne; y así que huir determine aquesta noche conmigo. Este, cuando tal infiere, mucho me ha de dar por ello, diré que sí, y al hacerlo será lo que Dios quisiere; señor siempre hacer me humillo lo que tu gusto me ordena, ahora sale una cadena, o se descarna un bolsillo. Por donde advertirte llego a decir mi intento, ve. Digo, que al instante iré. Yo premiaré tu amor luego. Puesta en el puño un espada; cosa que a cualquiera admira, mata del golpe que tira, y el puño en si no hace nada; así al liberal garduño compararle solicito, que del golpe hará infinito, pero luego es como el puño. Yo, que tomé mal consejo, viéndome preso, y así rebelado me volví por defuera del pellejo: Mas ve aquí que si irmé intento, y allá este suceso entienden, que por rebelde me prenden, y me ponen a tormento. Y ve aquí que en poco rato desnudo, y en tal fatiga, que me aprietan la barriga, y que ella toca a rebato, donde, aunque yo muy constante quiera ser, mi mal se advierte; pues quien ha de haber tan fuerte, que oyendo tocar no cante? Con que viendo al juez mohíno tiemblo, y por verme temblar me sacan a calentar caballero en un pollino? Ve aquí al lugar que es costumbre llego, y el verdugo fiero tira de mí, y yo no quiero llegar a él, ni por lumbre: pero él, aunque más le temo, no se compadece extraño; y yo viéndole en mi daño estoy con él que me quemo: y haciéndose al cabo rajas el sayón de mi enemigo, dice acabando con migo, que no esté allí a humo de pajas. Y ve aquí cuando este enfado no le suceda a mi mal, que me ahorcan, con lo cual es lo mismo así, que asado. Mas para que de este modo me aflige esta pena grave, si hasta ahora no se sabe, pase mi temor por todo? Señora guarda nobicia, aquí le entrego este preso, llévele busté a palacio, que este orden de Blanca tengo. Tu guarda mía, Espadín? Sí señor, muy bueno es eso, Luego no intentas librarme? Cómo, qué dices cohecho? Traidores, qué pretendéis? El pedernal no dio fuego. Qué miro? a uno solo ofenden cuatro cobardes aceros? Qué es que miro, él se me escapa? resistencia, Dade la muerte, pues veis lo que importa a nuestro intento. Villanos, no será fácil. lograr la intención tan presto. Ténganse aquí a la justicia, ténganse al Rey. . Ya me tengo. Dese a prisio. . Por qué causa? Porque se me ha ido un preso. Pues soy yo? No, pero le agarro en tanto que el mío encuentro. Pues qué intenta? . En cortesía, que dé la espada. . No quiero. Pues ayudeme a coger al que huyó. . Tampoco eso. Pues váyase usté con Dios. Quién conmigo metió al necio? Pues déjeme usté ir a mí. Oh qué lindo majadero. Mi nombre es señor Leonido; y aunque aquí soy forastero, decime os ruego quien sois, y la ocasión de este empeño. Tan obligado os estoy, que llamarme amigo vuestro tendré, ha fortuna! Leonido, y pues ya la vida os debo, para págaros en parte esta deuda que confieso, os diré quien soy, por ver si como en el valor vuestro obligó a piedad mi vida, obliga a valor mi intento; pues quien defiende un peligro, también guardará un secreto; mi nombre es Énrico. . Basta, que de vos noticias tengo; vamos al caso. . Escuchadme, Ya sabréis quién es Aurelio? Sí señor. . Y conocéis a Hipolita? . Aunque grosero villano; sé que se huyó de Palacio, que el suceso ya es tan público en Sicilia, que aún nosotros le sabemos; Y conocéis a Filipo? Si señor, como a mí mismo. Pues esos dos enemigos son hoy de los que me ofendo; Filipo es el que me mata, quien mando matarme Aurelio. Y aunque este es quien me ha ofendido el otro es el que me ha muerto; contra este ya espero alivio, contra aquel busco remedio. Vos, ya que de vos me valgo, debéis ayudar mi intento; ya ayudándome a buscarle, ya su muerte previniendo. Y ya amparando mi causa, para que yo al lado vuestro halle este horror de mis dichas, esta causa de mis celos. Pues para lograr su muerte solo, y disfrazado vengo, que quitándole la vida, toda la mía os ofrezco. Quién vio acaso de la suerte . más extraño, ni más nuevo, pues el que viene a matarme se ampara de mi primero! Admirado estoy de oíros, mas pues se ha empeñado el pecho en ayudaros Enrique, a poneros me resuelvo. con Filipo. Qué decís, Leonido? Aquesto os prometo. No dices que se te fue? Estará ya en otro Reino. Pues mira a Leonido. . Fuese, pero debe de haber vuelto. Déjame llegar a mí, que Blanca espera os advierto, Leonido. Voy a servirla. Y cuando habéis de hacer cierto lo que me habéis ofrecido? Yo os lo cumpliré muy presto, dejad que atienda en Palacio una pretensión que tengo; y vedme después, que entonces señalaremos el tiempo. Dicha es hallar un amigo donde dos contrarios tengo, así a Filipo encontrara para dar fin a mis celos. Este hombre nombró a Filipo, y viéndome cual me veo, si es soldado de mi padre, mis desdichados sucesos, haré que sepa por él, y si es acaso del pueblo, también sabre si es verdad, que Blanca a Filipo ha muerto; a soldado, a gentil hombre. Allí una mujer sospecho que me llama, qué mandáis? pero locos pensamientos, no es este el pesar que lloro? no es Hipolita a quién veo? Conocéis vos a Filipo? Ay de mí no, pero pienso para lograr la venganza examinar el objeto. No os entiendo por mi vida. Yo sí, tirana, te entiendo, y hoy verá el justo castigo tu villano atrevimiento, que ese traidor de Filipo, despojo ya de mi fuego, ni será más dueño tuyo, ni lograrás tus deseos, pues ya está muerto en mis iras el que a mí el gusto me ha muerto. Qué escucho! hombre estáis sin jui- (cio? tu engaño te tiene ciego, y como a tal no te escucho, o como a loco te dejo. . Loco estoy, pues esto sufro, entraré al último centro de aqueste palacio. Enrique amigo, tu descompuesto? Si Astolfo, yo sin sentido, yo en vivas llamas ardiendo. qué lo causa? . Hallar la aleve, que estorbó nuestros intentos, y haber Aurelio mandado que me den muerte primero. Viste a Hipolita? . Esas rejas de mi mal testigos fueron. Será Enrique, que a Filipo, y Hipolita oculta Aurelio, y aquí a los dos aprisiona, hasta que osado en efecto reduzga toda su gente, y haciendo el último esfuerzo logre su intento tirana, anticipando su intento al nuestro con más fortuna; y así entrar no intentes dentro, que hay gran peligro, volvamos, y juntando en breve tiempo nuestros soldados, podrás defenderte, y ofenderlos; porque hoy he tenido aviso de que ya Octavio resuelto baja talando la tierra, en abono de la patria, nuestras lealtades creyendo, contra este monstruo sangriento, cuya nueva disfrazada te vengo a traer yo mismo. Astolfo, aunque estoy celoso, en algo apruebo el consejo, volved advertido vos, y los escuadrones nuestros juntad, que yo tengo aquí quien favorezca mi intento: y a la vista de esta ingrata re catado, y encubierto me quedaré, hasta que en vos vuelva el alivio que espero. Pues, Enrique, yo me parto. Ya amigo veis como quedo. La seña será un clarín. Propto aguardaré sus ecos. Al viento exceder presumo. Y yo cauteloso pienso ser Argos de mi enemiga, hasta que quieran los cielos que dé la muerte a Filipo, y que en ofensa de Aurelio dé libertad a la patria, y goce a Hipólita luego. En fin no hay si uno está aducho oficio como el que toco, que un guarda gasta muy poco, y más si da en no ver mucho. Para entablar mi fortuna más felizmente, creyó Isbella muerto a Leonido; ayude amor mi intención. Al orden de vuestro gusto un preso, aunque sin razón, viene, no a que le des vida, a pedir sí por favor la muerte, pues de derecho la debéis en mi opinión; que si vistas las deidades dais vida, por ser quien sois, y aqueste vivir en mí, según es ya mi pasión, es muerte para el deseo, y vida para el dolor. Matarme debéis señora, y será aqueste rigor, perdonadme para mí, y dar vida para vos. Aunque cumplirte este gusto debieran mis iras hoy dar a la vida más vida, de ti el alma lo aprendió. Leonido hablemos más claro, porqué niegas a mi amor? ya lo dije, salga al labio lo que siente el corazón, que si está hablando la pena, cómo ha de callar la voz? Qué fuiste tú el que aquel día, dando a tus hechos blasón, y muerte a mis pensamientos, pues tan mal pagadas son, del peligro me sacaste? cuando ilustre vencedor de mi gente, y de mi vida logramos en una acción tú la victoria, y el logro, la injuria, y la muerte yo. Si es disfraz aquese traje, refiéreme la ocasión, dímela a mí, que yo juro no estorbarla, por quien soy. Si lo que siempre te digo piensas que finge mi voz. Sí, porque para engañarme la tienes por digresión. Yo no tengo que decirte, mas pues tales muestras doy que soy un pobre villano. Que en efecto a mi pasión callar resuelves quién eres? Quién soy digo. . Pues traidor, nuélgome que a la venganza mi pecho se anticipo, y antes que me ofendas tú, te he dado el castigo yo. Cómo? . Como ya has perdido el dueño de tu afición; pues a Isbella, ya . Prosigue. No la verá más tu amor. . Qué es lo que Blanca refiere! qué es lo que oyó mi pesar! puede Hipólita olvidar. a quien tan fino la quiere? Señor, repara advertido, y mira lo que has de hacer, pues he llegado a entender lo que Blanca ha referido; y es sin duda lo que pasa, que ella por darte pesar quiere a Hipolita matar, porque de celos se abrasa; pues conociendo infelice su pretensión en tu pecho, o lo ha de hacer, o lo ha hecho, según lo que Aurelio dice. Calla, ay de mí! qué refieres? ha ingrata, enemiga mía, basilisco, fiera, arpía, que para matarme quieres, acaba ya de matarme, pues sin duda ha sido cierta tu crueldad, que solo muerta pudo Hipolita olvidarme, cuando entre llamas me anego, prestenme cristal los ríos, que yo de los ojos míos no podré dar si no fuego. Sin vida mi bien, tal toco, y yo vivo, mas no es cierto, (to; muerto estoy, pues no estoy muer loco estoy, pues no estoy loco. Mal haya amen quien así con ella usó de rigor. Ah cruel Aurelio, ha traidor, ya te has vengado en mí. Solo por ese me holgado, porque me quiso llevar esta noche a mi pesar, sin darme nada el cuitado a hablar a Hipólita, y muerta, ahora la encontrará. Pues puédese entrar allá sin que sea por la puerta? Aí hay una mina entiendo, que del monte a la prisión pasa. . Qué dices? Chitón, que encaminarte pretendo. Pues cuando mi afán se ve, consiente, amigo, que ahora vea su mal quien le llora? Sígueme, señor, aunque por una muerta no es justo cansarte, ni hacer tal cosa, que aunque sea muy hermosa, nunca hay muerta que de gusto. Tiempos que mi pena veis, días que mi afán notáis, si mis desdichas sabéis, los unos como pasáis, los otros cómo corréis? Y si es mi tormento tal, que a permitirles el Cielo saber conocer mi mal, huyera de verle el hielo, parara a oírle el cristal. Como tampoco ha movido el sentir endurecido de vuestra fiereza rara, lo que aún despeñado para, lo que despierta a un dormido? Cómo es esto corazón, viendo que es Filipo muerto no os acaba la pasión? mas no, que según advierto, es más la demostración, porque si es cosa sabida, que al tiempo que un cuerpo muere pierde el amor con la vida, y ya en efecto no quiere mi amor, que es tan sin medida, cuando llega a conocer, que ha de venirse a perder, aunque aborrece el vivir, quiere dejar de morir por no dejar de querer. Mas ay de mí! cómo intento siendo tan uno los dos, que viva mi sufrimiento, y que estando muerto vos no me acabe a mí el tormento! No hagas Espadín ruido, y no te apartes de aquí. Si no me engaña el sentido la voz de Filipo oí, o el temor me la ha fingido. La tierra se abre, qué horror! y al temeroso portento se ha retirado el valor, hielo se ha vuelto el aliento, ampáreme el Dios de amor. Dichosa fuera mi vida a haberlo sido mi estrella, pues me da entrada tan fácil a tan temeroso empresa, que mudo silencio es todo el aire se mueve apenas, jurándose prisionero de la calma en la cadena, allí encima de un bufete se mira arder una vela, y allí sobre aquel estrado confusamente se deja ver un bulto, que postrado en moble yace en la tierra: Males no lleguéis tan juntos, penas venid menos ciertas; sentimientos más de espacio, desdichas, no tan apriesa, aquí de las ansias mías, aquí de todas mis penas, que aquí está muerta mi vida, y mi vida aún no está muerta. Oh malograda hermosura! hay bien mío, quien pudiera, sino volverte tu vida, darte para que vivieras la mía, aunque desdichada, que contigo no lo fuera. Dónde está el Sol de tus ojos? qué se hizo tu belleza? como estás muerta, y yo vivo? mal haya la ingrata Hiena, qué muerte tan rigurosa dio a las esperanzas nuestras. Cielos, tierra, vientos, mares, Astros, Luna, Sol, Estrellas, ninfas, fuentes, prados, ríos, hombres, aves, pedes, fieras, (da, llorad la muerte de mi amada pren y sepultad mi corazón con ella. Filipo, qué es lo que quieres? qué pretendes si mi amor. Válgame el Cielo, qué horror! Qué asombros! si de mi infieres descuido, déjame, pues. Señora, sin alma estoy, ya te dejo, y ya me voy, y cuando mi peña ves no me culpes, ni celoso presumas que llego aquí. Pues qué quieres? Ay de mí! Sosiega en dulce reposo, que nada, nada te quiero. Para hablarte, esposo mío, me ha desamparado el brío, Laura, Flora. . Dicha cierta de mi restaurado amor, que aquesto es tener temor? no como pensé estar muerto. Sombra. . Que te asusta, di, con tan extraño notivo? si vives, y yo estoy vivo, por que te apartas de mí? Vivo estás? luego ha mentido quién me dijo que eras muerto? A hablarte, mi bien, no acierto, porque tu muerte he creído. O yo sin duda estoy muerta, o no pudo el ciego Dios darnos la vida a los dos. Pues por qué? La causa es cierta: Hoy nos quisimos, señor, con voluntad tan unida, que hubo en los dos una vida. Llegó después un rigor, y dividió nuestro amor, no hay más de una vida aquí, o en mí sea, o sea en ti, luego cierto viene a ser, que o tú no la has de tener, o me ha de faltar a mí. Cuando al contrario se advierte, y nos divide un deseo, para vivir los dos, creo que habrá sido de esta suerte mi pena, señora, triste, así que tu riesgo vio, toda el alma te pasó, con que en mi pecho viviste, tú que mi muerte entendiste, por evitar el rigor pasaste a ti mi dolor, con que vivimos así, en mí tú, mi vida en ti, y entrambos en nuestro amor. Que el dolor se haya engañado? Mas hay mi bien, que sospecho que mucho mal nos han hecho las voces que habemos dado. La guarda es, qué hemos de hacer en peligro semejante? Qué presto encuentra un amante quien le malogre un placer. Mas si la dicha consigo, ven señora, que a mi lado, por la parte que yo he entrado podrás librarte conmigo, que en esta desgracia cierta salida al monte nos da. Pues qué aguardamos, si ya están llamando a la puerta. Extraña pena! . Señor? Adónde vienes así? qué ha habido? . Vengo sin mí. Pues que tráis? . Mucho temor. Di qué ha sido? . Ya no puedo esto tenemos acá, aquí está, señora esta. Acaba, no tengas miedo. Ya sabes que me ha mandado que hable a Isbella, Aurelio. . Sí. También sabes que por mí la entraste a dar su recado. Prosigue. . Cierta es tu muerte Qué dices? . Que ya con esto echo la fortuna el resto. Necio, no puedo entenderte. No es más señor, que hasta aquí haber Aurelio venido, y aún juzgo que me ha sentido, y que se viene tras mí. Darele muerte al traidor. Pues qué remedio ha de ser, que si aquí te llega a ver, haces mi riesgo mayor. Queda ya desdicha alguna? Isbella. Dale. . Pues quién a Aurelio trujo también por dónde a ti? . La fortuna, que sin ocasión airada nuestras dichas atropella. Isbella. . Ya escampa. Isbella. Ah de la prisión. . No es nada. Cuando nos vemos, señor, en riesgo tan apretado, elija nuestro cuidado de dos daños el menor. Aurelio no llegue a verte, y veate un guarda aquí, que arriesgo tu vida allí, y aquí no puedo perderte. Y pues aquesta recelo que es la salida mejor, voy a abrir. . Tenla señor. Qué miro? Válgame el Cielo! Bueno va. Nada se acierta. Tú aquí? pues cómo has entrado? O en aire se ha transformado, o no ha entrado por la puerta. Señora. . Nada tu intento satisface a mi cuidado, porque es más quien ha llamado. Guarda en aquel aposento, qué os turbáis? . Suerte tirana! Nuevo mal mi amor recela. Ay de mí! . Llega esa vela. Muerta estoy. . Llega villana, qué has hecho? . Si no atropella amor con todo, ha de ser cierto el volverme a prender, y no he de librar a Isbella, y así importa a mi valor salir una vez, que luego yo pondré al Palacio fuego para librarla mejor. A que en vano te conduces a que tu intención no advierta, tome un guarda esa puerta, y pida desde ella luces. Por donde vine acertado será salir de aquí dentro, y si con Aurelio encuentro, diré que por él he entrado. Hola Celio, ha de la guarda. Traigan luz presto. . Quién va? Señor, Espadín es, que ha hora, y media que te aguarda. Pues yo aguardando te estaba, creyendo no habías entrado, y de aguardarte cansado, ya sin avisar llamaba. Vaste. . Quedo hasta aquí Blanca con riesgo de Isbella, ve señor a socorrerla, que aguardando te está allí. Aquí el postigo ha de estar. No te vayas. . Pena fiera! A esa salida me espera, que me puedes importar. Bien libré. . Eres Isbella? Yo soy. . Lleguen las guardas Yo Aurelio también que estoy advertido de que aguardas, mas si el librarte me obliga, ir a tu lado no puedo; y así a defenderte quedo para que nadie te siga. Salir de aquí una por una es más acertada en fin. Fuera te aguarda Espadín. Según aquesta fortuna ya habrá salido de aquí Filipo. . Yo saldré luego. Antes que esperéis os ruego, porque no vayan tras mí. Quién es el que ciegamente, tiene de ofenderte aliento. Matad a Isbella al momento. No lo harán muy fácilmente. Vos aquí? es idea? es sueño? Si blanca, y pues de este modo lo habréis advertido todo, reparad también mi empeño, pues con airados enojos he llegado a averiguar, que a Isbella queréis matar, adorándola mis ojos, y resuelto de esta suerte a lograr lo que consigo, entré por ese postigo a librarla de la muerte. No veis que estaba aquí un hombre? Muy bien lo sé, cosa es clara, pues yo, para que la hablara le mande entrar en mi nombre. No conocéis que los dos van juntos? . Muy bien lo sé, pues yo al hombre la entregue para librarla de vos. Y dejarla ir, no es error con quién os puede agraviar? Pues como ha de sospechar de un hombre bajo mi amor? Aurelio, yo no os entiendo, poco ha en la prisión de Isbella oí diferentes voces, salí a ver la causa de ellas, y encontré dentro a Leonido, turbome cosa tan nueva, y ahora me admira más, que en ocasión como aquesta, queriendo yo castigarla vengáis vos a defenderla. O pese a mi error, Leonido es el que estaba con ella? vive el Cielo que le tuve por Espadín. . Pues qué esperas, qué en venganza de tus celos no vas siguiendo tu ofensa? Haz tu tomar los caminos mientras registro a esa cueva la oscura boca, que al monte melancólica bosteza. Qué tal hicieses? Fue engaño. . Qué pesar! Qué inadvertencia! yo vengaré mi descuido. Yo satisfaré mis penas. h , Blanca al desempeño vamos. Aurelio a la diligencia, a qué aguardas? . Ya yo parto, tú no partes, a qué esperas? El Cielo ampare a Leonido. Los Dioses libren a Isbella.

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA Juzgando hallar a Filipo sin él, ha irritados Cielos! y en este confuso abismo de oscuridad, y recelo, tropezando en el temor los confusos pasos muevo, perdí la senda, ay de mí! y la oscuridad del viento, ni aún un indicio permite a mis males de consuelo, poblado el Cielo de horrores, enlutado el azul velo, eternidades la noche jura en su confuso imperio; sepultadas las estrellas en el denegrido centro de la sombra, aún no respira el más hermoso lucero. Feliz yo, que de mis males llegó el último remedio, si cuanto los siento más, es para sentirlos menos A mis mortales congojas qué alivio hallaré? qué medio, cuando en un hielo se encienden mis temores? Fuego; fuego. Fuego dijo allí una voz, o lo fingió el pensamiento, engaño fue, si reparo que en un abrasado incendio todos mis sentidos viven; pues si me miro hacia el pecho, fuego miro, fuego toco, y en un volcán descompuesto, fuego gusta mi desdicha, fuego siente mi tormento, pues cuando me quemo en él, cuando en el alma le veo, cuando en el pecho le roco, cuando tan en mí le siento, cuando tan en él me abraso, que mucho que escuche fuego, un Edna soy, que de mi ardor me en- que me abraso pesares. (ciendo, Fuego, fuego. Ya no es ficción, ya es verdad, que miro, válgame el Cielo! sin saber por donde vine me guió mi desacierto, al mismo lugar adonde fue mi peligro primero. Todo el palacio de Blanca en humo, y polvo resuelto, si como pira se enciende, yace como monumento. Que una desdicha me alumbre de lo que un engaño ha hecho? mas cuando ha faltado luz para ver un desacierto? Sacrificio de la ira es cada tostado leño, que a las aras de él olvido le consagra el escarmiento; ya la dorada techumbre, que sirvió de adorno bello, es pisada de las llamas, trágica alfombra del fuego. Nada en su ser se defiende del fiero volcán soberbio, pues la pirámide firme es movedizo cimiento. Crece el humo, y del asalto, entre el horror, y el estruendo, aún con estar tan oscura se ve de la noche el ceño. Ay Filipo! en que peligros te ven mis desdichas, puesto que es mi prisión la primera, de quien ha triunfado el riesgo, tú te abrasas, y yo vivo, tú mueres, y yo lo veo, sin mí mueres, eso no, aquí de todo el esfuerzo de mi fineza, aquí digo, de todo mi amante aliento, no mueras sin mi, Filipo. . Aguarda querido dueño, llama en tus voracidades me recibe. . Fuego, fuego. Conducido de mi amor entré en el palacio ciego, mas ya impedido del fuego se embaraza mi valor: vi a Leonido, y pude oírle, que iba buscando una dama; y aunque el dejarle me infama no fue posible seguirle; pues por la parte que entraba, según la llama crecia parece que le encendia lo que la gente apagaba. Romped esas tapias luego, pues Blanca está en riesgo tal, que hasta el cuarto principal sañudo ha corrido el fuego. Ya un paredón ha cerrado de la calle la salida. Ay de mí! qué hará mi vida en riesgo tan apretado, pues al querer intentar lo que prometió mi amor, la violencia del rigor no me lo deja lograr. Tapiado todo se advierte. No hay quien me socorra atento, soldado, de cuyo aliento pende mi vida, o mi muerte, Blanca soy, valedme os ruego, que de mi desdicha cierta, si no es abrasada, o muerta salir no podré del fuego. Ya aunque el rigor me moleste, aqueste empeño me llama en dar socorro a una dama quién falta nunca? Hombre es este, si os obliga la querella de una mujer, Caballero, mirad que abrasada muero, y mirad que soy Isbella. Qué escucho? primero es mi dama, venza mi amor. A qué aguarda tu valor? Cómo mi riesgo no ves? Ya voy a librarte Isbella. De ti se valió mi suerte. Ya yo voy a socorrerte. Ya de la activa centella todo el Palacio luciente arde, sin haber hallado a Hipólita mi cuidado infeliz, mas aquí hay gente: quién va? . Sois Leonido? . Sí. Pues cuando otro os presuma ser vos, es ventura mía el que llego a ver aquí, de dos damas al decoro nos llama aquí la fortuna: Blanca, Leonido es la una, y la otra es la que adoro. Se que en Blanca os arriesgáis, y porque no peligréis quiero que a Isbella libréis, que así no os aventuráis. Yo estoy de vos satisfecho, pues dándoos este partido os he fiado Leonido toda el alma de mi pecho: sacad mi dueño de aquí, que a Blanca daré favor. A eso acudiré, señor, por lo que me importa a mí. . Ved que abrasándome estoy, Atended al riesgo mío. El alma de vos confío, a libaros Blanca voy. . Hipólita, dueño mío. Eres Filipo? . Señora, soy un alma que te adora un móvil de tu albedrío. Pues la fortuna concierta nuestra dicha, entra señor, que para darnos favor el fuego ha rompido puerta hacia el campo, y fácilmente podremos salir por ella. Siendo mi norte tu estrella no habrá riesgo que no intente. Boraz, altivo elemento, aunque sañudo pretendas triunfar del aliento mío, frágil es tu competencia. Ya hermosa Blanca estáis libre, a pesar de la violencia, que en vuestra muerte usurpaba al día la luz más bella. Reconocerme deudora a este beneficio, fuera, o suponer que había paga, o no agradecer la deuda. Quién sois, defensor valiente de mi vida, que aunque sea para agradecerlo más saberlo mi amor intenta, porque de los beneficios es tal la naturaleza, que aunque imposible tal vez se mire la recompensa, recibe lisonja el gusto del que debe, y es que piensa que agasaja, a quien le hace segunda vez, de manera, que en la fineza a que obliga juzga que hace una fineza. No a mí, Blanca hermosa, estéis agradecida, a mi estrella lo estad, u dejad que yo por los dos se lo agradezca: porque si a daros la vida no hay satisfacción que sea equivalente, por ser de tan superior esfera: logro tan feliz, tampoco será razón que os parezca esta acción mía, y no es justo en fortuna tan suprema lo que a mí me agradecéis quitárselo a una influencia. Ese Cortesano estilo pública vuestra nobleza, pero sepa yo a quien debo la vida. Pues ya sosiega su furia el fuego, buscad a Blanca. Romped las puertas del más oculto retiro. La voz es esta de Aurelio. De quién? . De Aurelio. Sin duda que si me encuentra corre peligro mi vida. Qué os suspende? qué os inquieta? Pues agradecida estáis. Qué decís? . Que no quisiera ser conocido aquí, digo y así con vuestra licencia. Pues qué os obliga a ocultaros? Solo con una respuesta respondo a todo. . Decid? Enrique soy, y si es cierta . vuestra obligación, obrad de modo que lo parezca. Aguarda, detente Enrique, mas ya se fue quien pudiera darte a entender sus lealtades, porque seguro pudieras fiar tu vida de mí. Llegad todos. . Aquí es fuerza disimular. . Blanca? (za Aurelio? . Con cuidado tu belle- me ha tenido. . La fortuna propicia otra vez dio treguas a mi muerte, asegurando mi vida con la defensa de un soldado valeroso, cuyo rostro pude apenas distinguir, y cuyo nombre no me dio lugar priesa a preguntar obligada. Aunque envidioso me deja esa acción, por lo que os toca, dicha es mía, y pues la fiera saña del fuego ha cesado, y estar segura no sea este acaso, impedimento, para que la diligencia de hallar a quien nos disgusta cese, ha enemiga Isbella! Ay Leonido antes yo aguardo, que con brevedad los prendan; porque al instante dispuse, que una escuadra los siguiera. El fuego fue el impedimento de que yo no los prendiera. Partí como me mandaste, fiando a mi diligencia, y a mi lealtad tu cuidado, y sin que pudiese apenas topar seña, indicio, o rastro de hallar a quien te desvela; llegué a ese vecino monse, donde vi que se aposentan de infantes, y de caballos, Estandartes, y banderas; y en fin donde en numeroso ejército se cautelan desconocidos soldados; y porque no se detenga esta nueva a tu noticia, volví yo propio con ella. Ejército aquí? pues cómo pudo, sin que se supiera contra nuestra vigilancia acuartelarse tan cerca? Otavio será sin duda, que muy leal considera en ofensa de mi aliento dar libertad a su tierra. Ea, llegue, llegue Octavio, y porque no se detenga salgan mis armadas tropas a recibirle. . Ya llegan mis perdidas esperanzas a alentar con vida nueva. Haz Julio, que prevenidos en concertadas hileras marchen la vuelta del monte los nuestros, antes que pueda coger el campo enemigo del monte las eminencias; y vos Blanca cuidad solo de que Alcamo se defienda, por si acaso la fortuna mis designios atropella; aunque no hará, ni podrá contra la sobrada fuerza de mi valor competir la más poderosa estrella. Fingirme como hasta aquí . suya es preciso, bien cierta espero ya la victoria en el valor que te alienta. Parte Julio. . Ya obedezco. Blanca a Dios, que ya se queja tan llena de ocio mi espada, como de esperanza llena. Los trofeos de tu brazo como deseo sucedan. Si harán, porque me acompañan, además de mis violencias, con los celos de Leonido las sinrazones de Isbella. No le ofendas, si le hallares. Si volviere, no la ofendas. Porque yo. Porque mi amor. Ya prevenidos esperan tus órdenes los soldados. Octavio preven tus penas, que contra ti parte Aurelio. Ruego al cielo que no vuelvas; mas yo que aguardo, que no aprovecho, pues me espera esta ocasión, vea otavio mi lealtad, y mi obediencia. Hagan alto en la falda de esa sierra, natural atalaya de la tierra, deje el clarín de fatigar el viento, suspéndase del parche el ronco acento, y para ejecutar iras veloces, sea tumba del silencio de las voces. Presto, Hipólita mía, asenta de la injusta tiranía te he de ver en mis brazos, reverdeciendo estos caducos lazos. Presto, leal Filipo valeroso, paga será de tu valor glorioso la libertad, la vida, el desagravio, el premio del amor, la fe de otavio, y presto Aurelio aleve, esclavo vil tu vida de mi aliento, se verá reducida a polvo leve, sirviendo de escarmiento al escarmiento. Cuando Astolfo, y Enrique me aseguran las lealtades que juran, y cuando a castigar tus tiranías se empeñan, por vengar injurias mías. Mas qué rumor es este? . Noble otavio. Acaba, quien te impide, mueve el labio. Sin duda que de Aurelio conocido nuestro designio ha sido, pues en batalla puesto de la montaña el eminente puesto ha ganado. . Qué importa, reporta el susto, o el temor reporta. Ya se perdió el intento. Si la astucia faltó sobre el aliento, recoge mis soldados, y con tercios de infantes bien armados haz frente al enemigo sin teñor, pues mi brazo va contigo: pues mi valor te asiste, sin recelo toca al arma. . Ya voy. Válgame el cielo! Aguarda, que del monte, pricipitada imagen de Faetonte en un soberbio bruto desbocado se despeña un soldado, sin tino corre, sin precepto vuela. Huyendo del aviso de la espuela, mas el cielo te ayude: ya el bruto del gínete se sacude; y ya el gínete mide el verde suelo; ya el caballo cayó. Válgame el cielo! Qué miro, Blanca hermosa? Ya a tus pies mi fortuna es venturosa. Cobra el divino aliento. Con verte le he cobrado, escucha atento, Murió en defensa de esa Roca fuerte mi padre, y fue instrumento de su muerte Aurelio, este tirano, ruina del valor Siciliano. Quedé sola, y rendida a la amenaza que temió mi vida, temblando en cada amago el golpe fiero; aperecido solo por postrero. Mas reparando Aurelio, que era culpa, de su valor, haciendo menosprecio de mi venganza para su disculpa, me dio la vida, y el Estado en precio de aquella noble sangre, que aún vertida vive de la memoria defendida, callé la pena, y admití el Estado, mostrándome deudora en el empeño, de modo que mi ardor disimulado, ni le supo la voz, ni le oyó el ceño; tanto en fin, que de gusto pasó plaza tal vez la prontitud de la amenaza. En este estado estaba mi fortuna, cuando en el mar las Mecinesas naves, pesados montes, si ligeras aves, ya brumando el cristal, y ya en la Luna imprimiendo su vuelo, sino cisnes del mar, peces del cielo Descubiertas a vista de la playa fueron de la atención de una atalaya; viendo Aurelio el peligro de su vida, previno la defensa de su armada: y temiendo en mi pecho aborrecida su crueldad, determina, que embarcada con él, y en su defensa empeñe mi valor en vuestra ofensa. De esta manera de Alcamo salimos, y vencidos a Alcamo volvimos; fortificó la plaza, mas porque le disgusta, o le embaraza, sino porque su intento se concluya, quito mi guarnición, puso la suya; que el tirano, aunque sea poderoso, nunca de su traición asegurado, se puede defender escrupuloso, que el delito es cárcoma del cuidado, y en su desconfianza vive sin esperanza de esperanza. Llegaron a este tiempo disfrazados Hipolita, y Filipo, y detenidos quedaron del rigor, aunque ignorados; pues nunca de mi fueron conocidos; pero ellos en la suerte asegurados huyeron de la industria defendidos, Ay de mí! pues lo digo que en su huida perdí la libertad, perdí la vida. Llegaste tú, y aquel oculto fuego, que en mi dolor vivió disimulado, así que halló resquició brotó luego a procurar su esfera dilatado, sin más amparo, sin mejor camino, que la lealtad, que el norte del destino; y fiando a un caballo aqueste intento, porque mudo callase mi osadía, del escuadrón salí con paso atento, pero el bruto en su ofensa, y en la mía, cuando en él me crel Belorofonte, en moble roca fue pesado monte. Conocieron mi fuga, y rigurosos mi muerte procuraron, mas la suerte deshizo sus intentos alevosos, dando a mi vida plazo con la muerte: porque herido al dolor el bruto lento, rafraga fue de no esperado viento. Llegué a tus pies, adonde asegurada mi venganza se ve, donde a tu empeño, y atento al ejercicio de mi espada sabrá dar a entender que eres su dueño. Manda embestir, dispo que el campo marche, gima herido el clarín, responda el parche, prevenido está Aurelio, mas no tanto, que si tú de improviso le acometes, al estrago, al estruendo, y al espanto de infantes, de corazas, y ginetes no recelé, no huya, no se venza al susto, a la amenaza, a la vergüenza, yo la primera soy, que despechada, de tu valor, y el mío acompañada le tengo de asaltar, preven tu gente, que el varonil ardor, que el alma siente, para perpetuo honor de la memoria, el triunfo te asegura en la victoria. Dame esos nobles brazos en albricias del gusto que recibo, y en fe de que serán eternos lazos. Viva mi hija, está Filipo vivo; y los dos libres, qué dichosa suerte! no es verdad que hay placer, que d? Que aguardas Cónsul Octavio si el enemigo soberbio te presenta la batalla? adónde están tus alientos? Señor, no el ocio obstinado estorbe nuestros trofeos. Qué regalo mis oídos hallan en vuestros acentos, irritadme, que aunque sobre a mi valor vuestro ruego, cuantos me acordáis las iras, de la muert tantos me servís de espejos. Ea valientes soldados, encended los nobles pechos, venza el valor, que la dicha se compone del esfuerzo, y vos, señora, conmigo asegurad vuestro riesgo, que del valor de estas canas este brazo es el respeto; toca al arma. . Pues otabio, veréis como al lado vuestro dice mi esfuerzo mi sangre. Mucho fío a vuestro acero, arma amigos, Viva Otavio, y muera el tirano Au- (relio. Cuando creí que la suerte, cansada de los tormentos, pagaba mis desventuras con un arrepentimiento. De nuevas penas cercada, nuevos peligros contemplo, salí acompañada (ay triste!) de Filipo, pero el cielo injustamente irritado contra nuestros pensamientos nos dividió, persuadidos de la desdicha, u del riesgo, pues mientras él de ese monte partió a examinar los senos, dejándome defendida de mi amor, y su deseo, yo temerosa al ruido que unos caballos hicieron, dejé el sitio en que aguardaba, tan distante, que aunque quiero volver a él no es posible; pues el cansancio molesto no me deja, ni le hallara mi poco conocimiento. . Piedad, hados inmortales, que ya rendida confieso vuestro poder, ya postrada a vuestra fuerza me entrego. Este retirado sitio de algún descanso a mi aliento, qué si hará, pues de la muerte es viva imagen el sueño. Que nos cortan, que nos cortan, viva Otavio, y muera Aurelio. Soldados, volved amigos, no os postre el infame miedo, que si es vergüenza la fuga, valor es matar muriendo. Mas en vano solicito con la amenaza, o el ruego reducirlos, qué me espanto si contra mí se armó el cielo? ya desbaratadas huyen mis escuadras, sin precepto, ya me dejan, que el temor no sabe guardar respeto; aguardad turba cobarde el socorro de mi fuego, esperad veréis mi muerte. Viva otavio, muera Aurelio. Muera Aurelio, y viva Otavio, pues la fortuna ha dispuesto, que una ventura se compre de una desventura al precio. Muera yo, pero de modo, que en la memoria del tiempo, yo solo mi valor, solo, sea de mi gloria ejemplo. Entre las agudas puntas de los vencedores fresnos, recibid muerta mi vida, que ya va; pero que veo! sin alma vivo, a morir: no es Isbella? pero es cierto, que si en sus divinos ojos hallan mis desdichas puerto, cuando soy tan desdichado, preciso es que esté durmiendo, s ma sentido, era Aureli Rémora que detienes cadena que aprisionas mi deseo, si es tan cierto el dolor cuando te veo, cruel tu hallazgo, no piadoso ha sido. A morir me entregaba combatido de la fortuna; y cuando ya el empleo me acercaba a lograr este trofeo, de tu rigor me veo defendido. Di si es piedad, o dime si por suerte, esta pena ignorada, y entendida, es rigor que atormenta, aunque divierte, si a ti me acerco tu crueldad me olvida, si la busco, me libras de la muerte, mujer, o sé mi muerte, o sé mi vida. De tu muerte, de tu muerte. será mi mano instrumento. Válgame el Cielo! que escucho, el corazón en el pecho se ha estremecido, mas coo yo de una ilusión me venzó, enigma, mujer, asombro, presudio, anuncio, proberbio, que dos veces de mi vida amenaza te contemplo, qué soberanma tienes en mi natural, qué imperio, pues creo el riesgo en tu voz, y no me libro del riesgo. Cuando te creí obligada, sangrienta, cruel te encuentro; pues que despierta me matas, perdonarasme durmiendo, despierta ingrata a matarme con la ira del desprecio. Muere traidor, ay de mí! que miro, válgame el Cielo! porque soñé una desdicha, me salió verdad el sueño. Causa de las penas mías, susto de mi noble aliento, que has de matarme aseguras, pero el modo no le entiendo; bien sé que será apacible, pues ya no será de celos, ya en mi poder. . Ay de mí! más dolor disimulemos, que si es fuerza la desdicha, ser moderada es consuelo. Ya en mi poder vuelvo a verte, y tengo de ver si es zurdo mi riesgo en tus amenazas. Señor, yo, fiero tormento! Bravamente he peleado, viva otavio, y muera Aurelio. Quién ha de morir villano? Yo, señor, que soy un puerco, cuyo San Martín sois vos, un Calabres; un Tudesco, y en fin yo, que de miraros es tanto el susto que tengo, que aunque muy delgado sea, me ahogarán con un cabello. Agradece el no matarte atrevido, a que no quiero manchar con tu sangre vil la nobleza de mi acero. Y haces bien, que fuera injusto, siendo yo un hombre plebeyo, y no era bien, que por mí perdiera su casamiento. Vete. . De muy buena gana. Y tú? . Triste desconsuelo! Ven donde pueda mi amor, dando fin a mis deseos, asegurar los horrores de un temido debaneo. Yo vencido, o pese al hado, más presto fortuna, presto. del amor, y de la envidia triunfante me verá el tiempo. Sígueme Isbella. . Ay de mí! dile a Filipo. . Ya entiendo. El estado de mis males. No vienes? Ya te obedezco. Esto es hecho, él se la lleva, pues qué aguardo, que no intento o quitársela, o morir leal, pero tengo miedo, y se quejará de mí, si por otra acción le dejo, que a más de ser provechoso, es antiguo compañero. Hipolita? Este es Filipo. . . Isbella? Pero qué es esto, por otra parte también la buscan, con el supuesto nombre, mas quien será aquel que con el casi remedo de un tiple, ocupa la plaza capona de su deseo: hacia aquí sueña Filipo, voy a contarle el suceso, Filipo? Hipolita? . Isbella? Ya, cruel fortuna, es tiempo de cansarte, mas ay triste! que es de un infeliz el ruego, Hipolita; pero en vano la busco, cuando contemplo, que alguna fiera en su vida halló dulcísimo cebo. Isbella con este nombre, que es el que le puso el riesgo, cuando en el riesgo la busca piensa hallarla mi tormento. Isbella? . . Isbella? Qué escucho! sin duda piadoso el eco con el nombre me consuela. Isbella? Filipo? . Enrique? Cansado buscando os vengo. Pues ya me tenéis aquí. Pues como solo os encuentro. dónde está Isbella? . No sé, Cómo que no? pues no es cierto que yo propio os la entregué? Es verdad, yo lo confieso, Pues adónde está? Eso ignoro, porque Isbella. No os entiendo. Queréis entenderme? . Sí. Pues advertid lo primero, que no sé adónde está Isbella, y que buscarla resuelvo, y que vos no la busquéis. Pues qué os obliga a ese empeño? Yo soy Filipo, mirad si tengo acción para hacerlo; y pues os os di la palabra en aquel trabado duelo de poneros con Filipo, y que os pongo con él mismo, siendo Filipo ya cumplo con aquel primero empeño. Y en cuanto al segundo, Enrique, respondo con el primero. Vive Dios que deseara que os valierais de otro medio, para haber hecho por vos eso mismo que habéis hecho. La vida os debo Filipo, pero no es bastante precio una vida, a sanear el desaire que padezco, no ya por cobrar a Isbella, con vos me írrito sangriento, sino porque examinando, empeñados mis alientos, en conocerme obligado no flaséis a mi pecho un cuidado, recatando con tan infame pretexto de mi aquesto, que traición la llamara, a no ser cierto, que lo que calla la voz, sabrá decir el acero. . Y yo también estimara, que aquesa amistad que os debo explicaráis de otro modo, para templarme modesto; pero aquesa presunción solo esta respuesta debo; valiente sois. . No os paréis; . mas tened, que aquel acento es seña de que ha llegado Astolfo ya a socorrernos. No importa, que lejos sueña, volved a reñir. . Ya vuelvo. . Pero esperad. . Qué queréis? De aquella caja el estruendo, dice, que para el asalto se previenen ya los nuestros, que determináis? . Reñir. é es aquesto? Qué es aquesto? . Filipo. Enrique. . Tened. Templad los filos severos, que harta sangre hay enemiga para la sed del acero. No cortén leales venas los leales instrumentos, no llegue de noble sangre mézcla al enemigo pecho. Ya este acaso nos impide, qué resolvéis? . Qué dejemos para otra ocasión el lance. Quede para mejor tiempo. Suspended las nobles iras A tu edad. . A tu respeto. De aqueste modo respondo. De esta manera obedezco. Llega a mis brazos Filipo, llega Enrique, de contento le parece al corazón cualquiera lugar, estrecho. Dónde está Hipolita, amigos? no me respondéis, qué es esto? qué es de Hipolita Filipo? más calla, calla, que presto con no hablar me has respondido, Viva estatua soy de hielo! Es muerta mi hija Enrique? hablad, que en cada silencio, del cuchillo de la duda la civil muerte padezco. Señor. . Señor. Noble otavio, qué aguardas? ya llegó el tiempo forzoso de tu venganza, mira que el tirano Aurelio tiene en prisión a tu hija. Qué refieres? . Que yo me se la vi llevar por señas, que al quererlos ir siguiendo, de improviso me asaltaron treinta, o no sé cuantos fueron aunque al quererlo saber un sepan cuantos me dieron. Presa Hipolita? qué dices? calla, calla, que me has muerto; pero a cobrar la esperanza, yo solo, solo mi fuego hará ceniza el castillo, o fenecerán muriendo mis desdichas, toca al arma, al Castillo. Duro riesgo se le apercibe (ay de mí!) mas si la esperanza pierdo al verle ajeno, o sin vida, mayor mal es verle ajeno. Ea amigos, al asalto. Otavio, del lado vuestro no ha de faltar mi valor. Pues yo con Filipo intento, si en la suerte soy segundo, ser al peligro primero. Pues a Alcamo, o morir. Mas seguro es lo postrero. Al muro amigos, al muro. Viva otavio, viva Aurelio. Malaño, y que chincharrazos, ya en el Castillo han abierto un portillo, y ya por él van entrando, y van saliendo los de Aurelio, y los de otavio, que cuchilladas da el viejo, que linda cosa es mirar una batalla de lejos; mas hay que desbaratada una manga de los nuestros, parece manga perdida en apartarse del cuerpo del batallón, no se paren, y yo pagaré por ellos. Amigos, Aurelio viva, que ya huyen descompuestos los enemigos. . . Soldados volved todos, y a mi ejemplo; venced; o morid con honra. Mirad que no es buen consejo; mas ya vuelven, ya los rompen, y Blanca parece entre ellos espín de puntas, según las que arroja de su esfuerzo, que bien pelean allí Astolfo, y Enrique; pero acullá los aventaja Filipo abortando fuego, que como está enamorado da cuchilladas de ciego: ya ganaron el rastrillo, lindamente lo hemos hecho, ahora saco yo la espada, y hago dependencia el gesto, diciendo que he peleado entre los demás me meto, que esto en cualquiera batalla sucede cada momento. 2. Rinde las armas. Cobardes. 2. Mira, que orden tenemos de matarte, o de prenderte. Llegad villanos a hacerlo. Qué miro Blanca! traidores con una dama soberbios? No me ayudes, que yo basto. 1. Huye Selbio. 2. Huye Riselo. Cuando Hipolita peligra, no puede para mi esfuerzo, aunque se me oponga ser todo el mundo impedimento, A la Ciudádela amigos, que ya es el Castillo nuestro, Ea nobles Mecineses, que ya está cerca el trofeo. Solo este estorbo nos falta. Y le parece pequeño? Seguidme, pero esperad que parece que han abierto la puerta. . Traición, traición. Muere tirano. Ya muero, cumpliendo las amenazas de tantos tristes agüeros. Ea amigos, a buscar a Hipolita. Deteneos, que yo salgo a recibiros. Hija? . Esposa? Si primero le ganas a mi valor la acción que a ese nombre tengo será tu esposa. Tened, no malogréis el esfuerzo de vuestro valor, rendida la fortaleza, temieron los de Aurelio su castigo, y yo alentada en su miedo, y temerosa de ser de la desdicha escarmiento; con engañoso semblante troqué en agrado el despego? mirad cual fue mi temor, pues pudo obligarme a esto. Creyó Aurelio su fortuna, y yo notando en el pueblo, que solo era embarazo para no entregarse Aurelio, y hallando que en fe de verme, apacible, descompuesto, al sagrado de mi honor aspiraba su deseo; con este que de su lado, por suyo cruel acero, arrancó la injuria mía, le pasé el villano pecho. Quise repetir el golpe, más salió el alma tan presto, que me dio a entender lo mal que se hallaba en aquel cuerpo. , h Veis aquí, Sicilianos, el contagioso veneno, que infestó vuestros blasones, sirva su muerte de espejo. Vuelva el acero a la vaina, pues yo a presentaros vengo, a ti este monstro, a quien labra su propio humor monumento; a ti esta mano, y a ti el desengaño, con esto . de que no puedo ser tuya. Por ser preciso le acepto. A ti Blanca, si en Filipo se ocuparon tus deseos, cuando imposibles los miras, juntamente te presento la dificultad que Enrique tiene en mi amor. . Yo lo acepto, y su deudora me llamo. Tu esclavo soy, y aquí el duelo, cesa, pues cesó la causa. Siempre me tendré por vuestro. Gran valor. . Feliz fortuna. Toca a marchar, A Palermo. Aguarden antes que aquí, después de los muchos riesgos, y de las muchas fortunas, que estos amantes corrieron. Casados en dulce humor dan fin, Senado discreto, al Remedio en el peligro, perdonar sus muchos hierros.