Texto digital de La reina Ester
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Felipe Godínez
- Atribución estilometría
- Felipe Godínez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La reina Ester. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/reina-ester-la.

LA REINA ESTER
¿Esto supo, esto consiente la majestad, la persona de un monarca, a cuya frente ofrece imperial corona el Ocaso y el Oriente? ¿si a mí se me da disgusto, de qué me sirve ser rey de Persia; pues, siendo justo, no tienen fuerzas de ley mi mandamiento y mi gusto? Mando como rey y amante venga la Reina a comer conmigo, y ella arrogante no me estima. Hoy ha de ver si es la obediencia importante. Aman, ¿no tengo razón? Siento tu misma pasión. Bien dices; que amor ha hecho que entre los dos haya un pecho, pues es uno el corazón. ¡Ser mi esposa inobediente, mandándole que a mi mesa junto a mi lado se siente! De darme gusto le pesa; no habrá maldad que no intente Mil veces, por excusar tantos enfados y enojos, la he querido repudiar; yo confieso que sus ojos no han dado al rigor lugar. Temer la Reina debía la justicia poderosa de tu cetro y monarquía. La Reina Vastí, tu esposa, gran señor, es deuda mía; mas juzgando sin pasión esta culpa que ha tenido, yo pienso que la ocasión de no haberte obedecido ha sido puesta en razón: Estos días celebrados, de ti son, de tus favores, más que merecen honrados mil príncipes y señores, pues que son tus convidados. Pues siendo antigua costumbre que apenas del sol la lumbre la Reina de Persia ve, venir entre tantos fue para Vastí pesadumbre. Eso mesmo afirmo yo, no porque Vastí me toca. ¿Tanto el deudo os obligó? ¿Viose prudencia tan poca? ¿O soy Rey de Persia o no? ¿Costumbre queréis hacer su delito? ¿Cuál obliga contra el supremo poder? O ¿qué ley que contradiga a mi gusto puede haber? Las costumbres es razón que tengan, si justas son, fuerza de ley; mas ¿los reyes no tienen sobre las leyes suprema jurisdición? ¿No ha de obedecerme a mí una mujer a quien di la corona? ¡Vive el cielo, que he de humillar hasta el suelo la arrogancia de Vastí! Advierte, señor, que fue honestidad, no arrogancia. Mucho la abona su fe. Y vuestra mucha ignorancia, en replicarme, se ve. Idos al punto de aquí. Dejadme todos. Sí haremos. ¿Vaisos, Amán? Señor, sí. Pues ¿cómo nos hallaremos yo sin vos y vos sin mí? Íbame porque no es bien darte disgusto jamás. ¿Luego el enojo y desdén que he mostrado a los demás, se entiende con vos también? Corrido estoy con razón, pues que tan mal he sabido dar muestras de mi afición, que de mí no hayáis tenido bastante satisfación. Vos, Amán, no estáis sujeto más que a vuestra voluntad. Enojareisme, os prometo, si otra vez de mí amistad no tenéis mejor conceto. No lo dubdéis, ¡vive Dios!, que sois mi mayor amigo; y así, siendo uno los dos, la ley que no habla conmigo tampoco ha de hablar con vos. Dame, señor, esos pies. Ya os digo que sois mi igual. Sentenciad mi agravio, pues, que supuesto que sois tal, el mío de entrambos es. La Reina no me obedece; soberbia me ha despreciado; el real decoro padece. En fin, yo estoy disgustado. Decidme lo que os parece; habladme con libertad. Tú, señor, eres rey sabio. La suprema majestad, cuando consiente su agravio, pierde ser y autoridad. Delito notable fue que te perdiese el respeto, (así al Rey agradaré) pero no cesa el efeto, mientras la causa está en pie. Bien dines. La Reina es causa de faltarme gusto; quitemos la causa, pues, con repudiarla. Eso es justo. Aunque lo sienta después, porque, al fin, le tuve amor, venza agora la justicia, atropéllese el favor, y a su altivez y malicia dé pena igual mi rigor. A la quinta donde está vaya Demetrio en mi nombre, y desde hoy más, le dirá, que ni mi esposa se nombre, ni reina, que no lo es ya; porque ninguna merece el título de mi esposa, y más quien no me obedece. (La sentencia es rigurosa. A la pasión se parece. El Rey pone en condición mil príncipes que en la Corte deudos de la Reina son. Y mostrarán, cuando importe, que el Rey no tiene razón.) No la he de ver, aunque venga a disculparse conmigo, por más excusas que tenga. El Rey al mayor amigo castigue cuando convenga. Yo me voy a divertir allá dentro. Amán, adiós. No os quiero más afligir, que sentís conmigo vos, y siento el veros sentir. Contigo iré donde vas, porque si en eso consiste, sólo tú me alegrarás; que me alegro de estar triste, cuando tú, señor, lo estás. Señor, albricias. ¿De qué? De las nuevas que te tengo, que son las que te daré de Zarés. Alegre vengo. No es tiempo de eso. ¿Por qué? Está el Rey que pierde el seso de enojo. Tú le has perdido días ha. Déjate de eso, y di si me ha respondido mi Zarés. Oye el suceso: Yo partí con tu papel al aldea donde está tu ninfa hermosa y cruel; dísela en llegando allá, y ella alegrose con él. Es vana. Hablome de vos, dándome un luengo recado. Hablamos de ti los dos. Volvime, en fin, y he llegado con salud, gracias a Dios. Bien, ¿qué te dijo de mí? Pregunté si te quería. ¿Y qué respondió? Que sí, y que yendo a casa un día, te pasases por allí. Este para ti me dio, y ésta para mí. También te daré de albricias yo mil escudos. (Eso bien, ¡pesar de quien me parió! Doyle a Zarés un billete; dame una cadena. Amán mil escudos me promete. No hay renta como truhan y oficio como alcahuete: Come bien, viste mejor, a costa de los amantes; que en este trato de amor empobrecen los tratantes y enriquece el corredor. Con título de tercero les coge, en fin, la moneda; porque es como el tablajero, que pierden todos y él queda ganándoles el dinero.) ¿Qué te dice? Que agradece mi amor. mas no me parece ir a casa, que no es justo, teniendo el Rey poco gusto, acetar el que se ofrece. Estando con más sosiego el Rey, trataré de holgarme. Bien dices. Solo te ruego me digas cuándo as de darme esos mil escudos. Luego; con que esas nuevas me des de ordinario. (Dame tú ese dinero, y después mas que el mesmo Bercebú se lleve a ti y a Zarés.) El Rey vuelve; aparta. Amán, con notable pena estoy; pensamientos me la dan, y aunque de mano les doy, atormentándome están. Cansáronme las porfías de los deudos de Vastí; y entre estas melancolías vengo a buscaros aquí, para que cesen las mías. ¿Tanto a mi humildad concedes? Más se debe a vuestra fe. Con tan supremas mercedes, todo, señor, lo podré, porque tú todo lo puedes. Amigo tan verdadero que lo pueda todo es justo. Poderoso Rey Asuero, porque quiero darte gusto, huelgo poder cuanto quiero. ¿Qué haré para divertir la fuerza de este pesar? A caza puedes salir; porque ¿quién ha de llorar viendo a los campos reír? (A su aldea de Zarés le he de llevar.) Vamos, pues. Mi gusto en tus manos dejo, que cualquiera es buen consejo, como tú, Amán, me le des. La casa es entretenida y desecha los enojos. (¡Ah, Vastí desconocida!) (¡Ay, mi Zarés de mis ojos!) (¡Ay, escudos de mi vida!) ¡Dejadla ya! ¡Malos años para Ester! ¡Y para vos! ¿No me queréis? No, par Dios; ya vos requebré dos años, y agora fue Dios servido que me enquillotrase Ester. ¿Y aun por eso desde ayer os habéis vos escorrido? ¿Tanto os contentó? Sí, a fe. Vos junto de ella sos fea; que no hay moza en el aldea que le eche adelante el pie. Por vos Salicio se muere; queredlo, Hipólita, vos. Eso quijeran los dos; aubién que Ester no vos quiere. No vos hagás de rogar; tené, Hipólita, juicio. ¿Querés dejarme, Salicio? No, no vos quiero dejar. Debés de ser desdichado en amar. Y a vos, Fileno, ¿quiéreos Ester? Pardiés, bueno, tengo de ser su velado. ¿En verdad que ella se peina para vos? ¡Iros noramala, par Dios! Que es Ester zagala que tiene puntos de reina. El más rico del lugar es Mardoqueo, su tío. ¿Qué importa, si es un jodío? Con ella me he de casar, que tengo una prenda suya. ¿Vos, prenda suya? Sí, a fe; y a no írseme por pies, hago que el pleito concluya. Testimonio levantás a Ester, porque es tan honesta, que no sale ni aun la fiesta al coro con las demás. Pues espérame aquí un poco, y veréis si miento yo. ¿Queresme, Hipólita? No. ¿Por qué? Porque sos un loco. ¿Querés ver la prenda? Sí. Este cántaro. ¿Hay tal bruto? Mostrá, Fileno. ¡Oste, puto! No os dio tal. Ayer la vi en la huente y la aceché entre unas zarzas metido. Iba a salir, y al ruido dejó el cántaro y se hue. Aun eso creerelo yo. ¡si la vieras en la huente! No sale el sol del oriente tan bella como salió. Su branca mano una pella de nieve me parecía, son que la nieve es muy fría, y tiene mil gracias ella. mas que vos pongáis de lodo. Yo os quiero, Hipólita, a vos. Acomódense los dos, que con Ester me acomodo. A la huente ha de venir; aquí la quiero esperar escondido, y al pasar ¡par Dios, que la he de embestir! Poco me alegra, ¡oh, campo!, tu alegría, tus flores me entristecen; no quiere el triste alegre compañía, que los males parecen menores, cuando muchos los padecen. Las fuentes, los arroyos y los ríos corriendo se apresuran, huyendo van de los suspiros míos, y aumentarlos procuran, pues se ríen aquí y allí mormuran. Con discorde cantar las avecillas renuevan mis dolores. Lamentan su viudez las tortolillas. Pero los ruiseñores celebran con motetes sus amores. Gocé, Vastí, contento tus abrazos, mas yo lloro tu ausencia. Tú dividiste los confusos brazos. Culpa tu inobediencia; yo culparé el rigor de mi sentencia. Sediento estoy, que seca mucho el fuego. mas una labradora viene allí con un cántaro. Yo llego. (¿Quién es éste? ¡En mal hora! si no fuera por él, la embisto agora.) Labradora, con sed voy; que me deis agua quería. Pedislo con cortesía, y ansí os la doy. Zagala, a fe de quien soy, que tenéis muy buena cara. No he visto beldad tan rara en las aldeas. Antes acá somos feas. Bebed, así Dios os guarde, que me parece que es tarde, y tengo miedo. (Él la lleva y yo me quedo a la luna. ¿Hay tal pesar? ¡Quién lo pudiera enviar en noramala!) No tengáis temor, zagala, que me alegráis, y traía tan grande melancolía que perdí el seso. Señor, no me tratéis de eso. si queréis agua, bebed; y si es que no traéis sed, ireme luego. Para que se apague el fuego será menester el agua, si no enciende más la fragua en tanta pena. Idos, señor, norabuena, y yo me iré mi camino. (¡En noramala acá vino el caballero!) Dadme el cántaro, que quiero irme ya. (¡Dios sea conmigo!) Soltad el cántaro, digo, por vida vuestra. Con qué hermosura que muestra las mejillas vergonzosas llenas de púrpura y rosas. ¡Ah, cortesano! Dame, zagala, una mano, que a todos matáis de amores, porque sois como unas flores, y yo estoy muerto. (A mover los pies no acierto.) Caballero, andad con Dios; más vale que muráis vos, que yo perderme. si merced queréis hacerme, dadme el cántaro, señor, que esa materia de amor yo no la entiendo. Enseñárosla pretendo. Sed cortesano y cortés; soltad el cántaro, pues, que estáis terrible. (Él la ha de hacer invesible; aunque bien se echa de ver que quiere escorrirse Ester.) Dejad, os ruego, el cántaro o ireme luego, y quedaréis vos con él. Detendraos a vos y a él le fe que os muestro; que en este cántaro vuestro, pues lleváis de amor la palma, tendré la mano y el alma, si él os detiene. (Alma de cántaro tiene.) Guardad a mi amor más ley, y advertid que al mismo Rey tratáis ansí. ¿El Rey sois? (¡Pobre de mí!) ¿Del Rey huis? ¡Esperad! ¿Desprecias la voluntad de un rey? ¿Qué es esto? Del rey huiré yo más presto ¿Por qué? Porque suele ser a medida del poder su atrevimiento. Éster, esperá un momento, que os quiero dar, como amigo, vueso cántaro... ¿A quién digo? Ya se escurrió. Su honestidad me admiró. Mirad que a buscaros vengo. Esperad, que también tengo alma de cántaro yo. Señor, ¿dónde te has venido? ¿Cántaro en la mano tienes? ¡Oh, Amán, a buen tiempo vienes! Prenda de aldeana ha sido. Requebrela, mas fue en vano; que en sabiendo que era yo, se fue al punto y me dejó con el cántaro en la mano. Huelgo que olvides tristezas. Ay, Amán, quise a Vastí. Eres amigo y, ansí, te descubro mis flaquezas: Yo no he de estar sin mujer, Y si te digo verdad, casi tengo voluntad que Vastí lo vuelva a ser. No, señor, no le está bien a tu crédito, ni es justo que por un liviano gusto tantos pesares te den. Ya con Vastí no tendrás gusto en nada. Muy bien dices. Del real decoro desdices, si vuelves el paso atrás. ¿Qué he de hacer? ¿No eres señor de Persia? Pues mira en ella cuál es la mujer más bella, y esa merezca tu amor. Vengan delante de ti muchas damas, y, entre todas, la más digna de tus bodas tenga el lugar de Vastí. Amán, bien me aconsejáis. A Egeo daré el cuidado de arbitrio tan acertado, que nunca en mi gusto erráis. Habla luego, Amán. Egeo, lo que él os dijere haced. Hácesme, señor, merced. Mostraros mi amor deseo. Ahora bien, yo estoy cansado; ¿dónde iré a posar? Zarés, dueño, como sabes, es desta aldea y de este estado. Honra su casa, señor. No será con gusto de ella, que siendo Zarés doncella, será nota y no favor. ¿Quién es en este lugar el más rico? Mardoqueo, que es hombre noble aunque hebreo. Pues allá me iré a posar. (Veré a Zarés, pues estoy en su aldea y la pretendo.) Esto digo. Ya te entiendo. Del mismo parecer soy. Vamos, y trátese luego de vuestro consejo, Amán. Sin duda se acabarán las reliquias de este fuego. ¿Qué traje es este? Ya ves que así te sueles vestir pocas veces. ¿Piensas ir al convite de Zarés? No fue aquesa mi intensión. Sabrás, pero ya lo has visto, que de este modo me visto para entrar en oración. A ser posible, quisiera ir resplandeciente toda, y entrar con ropa de boda donde el esposo me espera. (Dios mío, adornadme vos.) Pues ¿por qué sueles mudar el vestido para orar? Porque voy a hablar con Dios. Para este fin galas quiero; que quitando a Dios enojos, ante los divinos ojos parecer hermosa espero. ¡Santa advertencia! Quería pedirle a Dios que me dé quietud, que un sueño no sé qué quiere, que así porfía. ¿Qué sueño? Tres noches ha que un mismo sueño he soñado, y aunque no te lo he contado, algún cuidado me da. Yo me alegraré de oírlo para divertirme, Ester. Cosa de risa ha de ser; mas ¿qué se pierde en decirlo? Yo escucho con atención. En efeto, yo soñaba que el pueblo de Dios estaba con una grande aflición. Y era la pena de suerte que me acuerdo que soñando los vía a todos llorando y condenados a muerte. Todos a Dios se quejaban, y en medio de este pesar, viendo a los grandes llorar, los niños también lloraban. Entonces yo me ponía en la divina presencia en oración, y clemencia para, su pueblo pedía; que no se olvidase de él, pues dicen las profecías que ha de nacer el Mesías del linaje de Israel. Estabas tú sin amparo, yo con temor y recelo; mas serenábase el cielo y salía el sol más claro. Pues luego, volviendo en mí, me parece que sentada en un trono y coronada con gran majestad me vi. Soñé, en fin, que yo era el medio, sin haberlo merecido, con que a su pueblo afligido daba Dios vida y remedio. Cesaba, pues, la aflición, y era rey un hijo mío. mas a la fe, señor tío, que los sueños, sueños son. Creer en sueños no es justo; mas con todo me he alegrado, que el bien, aunque sea soñado, tiene de bien el dar gusto. En este sueño, sobrina, hay misterio y no pequeño. Soñó Joseph, mas el sueño fue revelación divina. A Dios lo he de encomendar. ¿Yo reina, siendo una hormiga? (¡Qué humilde!) Dios te bendiga. A Dios quisiera agradar. Dame, sobrina, esos brazos. ¡Ah, felice juventud! ¡Qué honestidad! ¡Qué virtud! Goces de un rey los abrazos. Como eso entre sueños pasa. Yo me voy. Dios te engrandezca. Quiero que este me agradezca que venga el Rey a su casa. ¿Qué me venís a mandar? Cortesía no me ha hecho. Dile quién soy, que sospecho que lo debe de ignorar. Señor viejo, si ha dudado quién son los dos que aquí están... ¿Qué decís? Que éste es Amán, del Rey el mayor privado, y yo su alcahuete soy, porque venga a su noticia. (Aunque en rigor de justicia mal con hebreos estoy, que los pies no me pidiese...) Ha venido el Rey a caza, y en efeto se dio traza que a vuestra casa viniese, porque no me satisface siempre el rigor de la ley. Yo agradezco mucho al Rey esa merced que me hace. Yo le supliqué a su Alteza que viniese; él no quería. Esta pobre choza mía quiere honrar con su grandeza. (A Ester quiero prevenir.) si al Rey habéis de esperar, sillas hay en que os sentar. ¿Ya no tienes qué decir? (¡Qué viejo tan discortés!) (¡Qué soberbio es este loco!) El Rey viene; aparta un poco. Dadme, gran señor, los pies. Aquí todo es humildad, pero admitid el deseo. Yo agradezco, Mardoqueo, vuestra buena voluntad. Amán, mi melancolía crece. Retirarme quiero. Verte muy alegre espero. Gran señor, Zarés me envía a que te pida licencia para después de comer, que quiere venirte a ver. Decid que con su presencia me alegraré. Dicen que es muy hermosa. Mardoqueo, irme a mi cuarto deseo. Amán, si viene Zares, vos la podéis recibir, que yo no estoy para verla. Escusareisme con ella, y, en fin, le podréis decir que vaya, pues es hermosa, con las demás, que quizá ser reina merecerá, y el título de mi esposa. Yo le daré ese recado. (¿Qué desdicha es ésta, cielos? Del Rey vengo a tener celos.) (Celoso el Rey me ha dejado.) Yo sé bien que de grandeza gusta mucho esta mujer. Amigos, hoy ha de ver que me igualáis a su Alteza. Su igual eres. Pues hoy gusto que Zarés lo vea así, pues es el del Rey que a mí me obedezcáis como es justo. Cuando llegue, le diré que de comer acababa, y que viendo que llegaba, la mesa del Rey dejé. Todos me habéis de servir como a la persona real. Pues eres al Rey igual, tu gusto hemos de seguir. (¡Qué gentiles cascos tiente! Todos andarán agudos. Libre Dios los mil escudos de la tempestad que viene.) Tuvo, en fin, este disgusto con Vastí. Nadie lo ignora. Repudiola el Rey, y agora busca mujer a su gusto. Y para este efeto, quiere ver las mujeres más bellas de Persia, y escoger de ellas la que más gusto le diere. Dícenme que como padre, porque adoptado la habéis, una doncella tenéis, huérfana de padre y madre. Afirman que es muy hermosa. Con las demás puede ir. Quizá la vendrá a elegir el Rey, y hacerla su esposa. (Cumpliéndose el sueño va. Ordenado por Dios viene.) Decidme qué nombre tiene. Llámase Ester. ¿Dónde está? En casa. Llamadla, pues. (Saltos me da el corazón.) Pregunto de qué nación es Ester. De Persia es; de padres muy bien nacidos. (No he de decir que es hebrea; quizá en su daño no sea, que somos aborrecidos.) Yo quiero entrarla a llamar. Id con Dios. ¡Ester!, ¡Ester!. ¿si fuese ésta la mujer del Rey? ¿Dónde puede estar, que llamo y no ha respondido? Hija, Ester, válgate Dios. Buscarla quiero con vos, que quizá se habrá escondido; que una doncella se esconde si la buscan. Decís bien; entrad conmigo también. ¡Ester!, ¡Ester!... No responde. ¿si por ventura está aquí? mas ¿qué es esto? ¿Dónde voy, que me parece que estoy en la gloria, aunque sin mí? La luz los ojos me ofusca. ¿Qué lugar es éste, cielo? ¿Tal belleza hay en el suelo? ¡Válgame Dios! ¿Quién me busca? Dios te salve, hermosa Ester. Contigo es Dios, y serás, entre todas las demás, la más dichosa mujer. Eres agradable, honesta, humilde, santa y hermosa. Dios te salve, Ester graciosa. ¿Qué salutación es ésta? No temas, divina Ester; gracia en el Rey as de hallar; y así, te puedo afirmar que su esposa te ha de hacer; porque si a la más hermosa quiere el Rey que se le dé la corona, bien se ve que serás reina y su esposa. ¿Eso cómo puede ser? si el Rey no me ha conocido, ¿cómo agradarle he podido? Tienes mil gracias, Ester. Dios, pues, que tantas te dio, hace digna tu persona del Rey y de su corona; y así te lo anuncio yo. Disponga a su voluntad el Rey mi señor de mí. Su esclava soy. Veisme aquí. ¡Qué soberana humildad! ¡Qué peregrina hermosura! Seas, gran Dios, glorificado; que aquí se ha representado una sombra, una figura de cuando vengan a dar aquella alegre embajada a la doncella sagrada en quien Dios ha de encarnar. ¿Cómo estáis de esa manera? ¿Oísme, señor? ¿Qué es esto? La rodilla en tierra he puesto. Hija, este hidalgo te espera. ¿Quién sois, señor? Un criado del Rey soy. Perdón os pido; necia y descortés he sido. (¡Válgame Dios! ¿He soñado?) (¿Soñé acaso adonde estaba?) Ester, yo os vengo a avisar que os habéis de presentar ante el Rey. Yo soy su esclava Quiere el Rey que se presenten ante él muchas damas bellas para escoger una de ellas. Y porque más le contenten, me manda que se le den las galas que ellas pidieren; y así, las que os parecieren a vos os daré también. Todo os lo remito a vos. Yo iré. Siendo tan honesta, ¿das tan presto esa respuesta? Debe de quererlo Dios; y enviándolo a mandar el Rey, soy de parecer que le debo obedecer. ¿Qué galas queréis llevar? ¿Qué galas? Eso es justo que vos lo ordenéis, señor, pues sabréis mucho mejor lo que al Rey ha de dar gusto. (¡Qué cordura! Las demás me piden mil demasías.) Un ángel me parecías. Luego a la Corte te irás. Adiós. El Señor os guarde. Voyme, que dos hombres veo. Lleguemos. Oh, Mardoqueo, ¿qué hace el Rey? Come. ¿Tan tarde? Durmió primero la siesta. ¿En qué aposento? En aquel. ¿Quién está agora con él? Amán. (No es ocasión ésta.) ¿Acaba ya de comer? Pienso que sí; que ha buen rato que come. (A darle yo el plato, de veneno había de ser.) ¿Ha de volver a dormir? No sé. ¿Saldrá presto Amán? (Ya que sospechar me dan.) Yo no lo sabré decir. Otra ocasión buscaremos con que a nuestro salvo muera. Matarle al punto quisiera; que si es rey, razón tenemos: no hemos de sufrir ofenda a Vastí. Afrentada está. (Lengua tarsense hablan ya, porque yo no los entienda. Pues miren que no la ignoro. Quiero oír...) ¿No será bueno hacer que le den veneno, aunque nos cueste un tesoro? Otra mejor coyuntura hemos de buscar. Advierte si para darle la muerte el baño es parte segura. Postas podremos tener a punto. (Tratando están de quitar la vida a Amán; porque al Rey no puede ser.) El primer día del mes al templo de Marte va, adonde devoto está no más que con dos o tres. Lo más seguro sería matarle aquí. Bien se ordena. Esa ocasión será buena. (Yo le avisaré ese día. Ved la traición que pretenden.) Qué mal lo consideramos, pues delante de este hablamos. Pocos esta lengua entienden. Vamos. Adiós. Ya he entendido la traición. Idos agora. ¿Qué hay, Mardoqueo? Oh, señora, Iré a avisar que has venido. Junto con vos entrar quiero. Advierte que es nueva ley que nadie entre a hablar al Rey sin que le avisen primero. Ved que soy yo quien espera. ¿También hay ley para mí? ¡Hola! ¿Señor? Llega, aquí. Dadme, dadme una montera, y un mondadientes también. De la mesa me levanto del Rey, que merece tanto, Zarés, quien os quiere bien. Nadie me pudiera dar el gusto que me habéis dado. El Rey está disgustado, y me envía en su lugar. Muy grande merced me hacéis; que el Rey viene en venir vos, pues sois lo mismo los dos. Dadme aguamanos; ¿qué hacéis? (Lavarse estando yo aquí es bien poca cortesía.) Dichoso hacéis este día. Dichoso fue para mí. Mano sobre mano está el viejo. Pues ¡vive Dios, que habéis de servirle, vos! ¡Oye a quien digo! ¡Arre acá! ¡Tenga aquí! Dele aguamanos, que tengo un poco que hacer. Llegad. Ved que suelen ser discretos los cortesanos. Agua hay aquí. Necio estás, viejo; ¿por qué no te humillas y me sirves de rodillas como todos los demás? Por ser soberbio, no esperes que humilde tengo de honrarte. No, Amán, no pienso adorarte de rodillas como quieres. Sólo a Dios se debe dar esa adoración. Y así, pienso que dártela a ti es quitarla del altar. Y después de Dios, conviene venerar la real corona y al Rey; no por su persona, mas por el lugar que tiene. De modo que a solos dos da este honor la propria ley: a Dios, por sí mismo, al Rey, porque representa a Dios. (¡Que delante de Zarés esto me haya sucedido, esta afrenta he recibido! Yo la vengaré después.) ¡Quita allá! (Un volcán me abrasa.) Huésped, venturoso estáis: el Rey os manda que vais por contino de su casa. Las albricias os prometo. (Dios nuestra humildad levante.) Allá sabrás, ignorante, si has de tenerme respeto. ¿Qué esperas, Amán? Su Alteza se puso a caballo ya. # Voyme, pues, si el Rey se va, Zarés, vuestra gran belleza al Rey tiene enamorado; manda que vais a la Corte, que podrá ser que os importe, aunque a mí me dé cuidado. Lo que me manda he de hacer. Pues mirad que ha de ser luego. A punto iré. Yo voy ciego. (Dios te favorezca, Ester.) Yo gané la palmatoria. ¿Venís a que el Rey os vea? Quitaos allá, que sos fea. Mía ha de ser la vitoria. Un vestido de hombre os pido, que agradar al Rey deseo. ¿Vestido rico? Sí, Egeo. Entra, y te daré el vestido. Desta vez reina me soy; con el Rey he de casarme. No me harto de mirarme. ¡Ay, qué galana que estoy! Échame un espejo acá. Pondreme bien esta toca. (La labradora está loca.) No soy Hipólita ya, sino reina, ¡pardiés! Bueno, ¿yo había de ser aldeana? ¡Hola!, ¿no estoy muy galana? ¡Mal año para Fileno! ¡Pardiés!, que estoy para her mercedes. Bonita estoy. Esta ropa que me dio es vestido de mujer, que parece que me vino para mí pintiparado. Así lo hubiera cortado allá el sastre mi vecino. ¿Es este el espejo? No me conozco; ¿só yo? Estó por decir que no. Miren quién me vido a mí. A ver cómo me acomodo. ¿Estó buena, mesurada...? No... ¿Y así?... No vale nada... Mejor estó de este modo... Tampoco no me contenta, mas, como quiera, es mejor. ¿Dónde está el aparador donde la Reina se sienta? Ya el Rey no puede tardar. No, que es corta la jornada. Bueno es que me halle sentada. ¡Hola!, venime a sentar. Ya el Rey llega. Amán, ¿qué es esto?: no hallo gusto sin Vastí. Egeo, ¿quién está ahí? Como me mandaste, he puesto cuidado en buscar despacio mujeres que te agradasen, y hoy hice que se juntasen algunas en tu palacio. Y esta, no por una de ellas, mas porque me ha parecido hermosa, te la he traído. Amán, todas quiero verlas. ¿Cuándo, señor? Luego. Egeo, haced que salgan aquí. ¿No hacen más caso de mí? (¿Y es este el Rey? No lo creo: hombre es como los demás.) ¡Hola!, dadme aquí una silla. ¡Hola!, dadme a mí otra. Sencilla es la mujer. ¿Qué aguardás? Dádmela. No dice mal; dádsela, que está tan grave su Alteza que apenas cabe en mi palacio real. Siéntese su Alteza al lado de su Majestad. si haré. Soy reina ya en buena fe. Mucho me habéis contentado: sos hermosa y tenéis brío y majestad, y tendréis gracias con que enamoréis. Téngomelo yo de mío. Discreta sois, y mostráis donaire. Por su virtud. Así tengáis la salud. ¿Qué tenéis más? ¿Más buscáis? No tengo haces ni enveses, no sé engañar ni fingir, pero sabrelo parir después de los nueve meses. Zarés viene a tu presencia. Entre, y sálgase esta allá. Hipólita, el Rey te da para salirte licencia. Yo no me quiero salir. Cosa que en vez de agradarle le enfadas. Pues si he de dalle disgusto, quiérome ir. ZARÉSDeme los pies vuestra Alteza. Seáis, Zarés, bien venida, que está la fama excedida de vuestra mucha belleza. ¿Cómo venís? Claro está que gozando de este día, no me faltará alegría, ni salud me faltará. Muy discreta sois. (¡Ah, cielos!) # Soy vuestra menor criada. Digo que Zarés me agrada. (¡Dejadme, importunos celos!) Muy melancólico estoy; poco a mi pena resisto. Aunque con haberos visto, más alegre he de estar hoy. Eso es lo que más deseo. Descanso después que os vi. (Yo lo padezco.) (¡Ay de mí, que con mil ansias peleo!) (¡Válgame Dios, qué rigor, qué eterna melancolía!) Vuesa merced, reina mía, ¿quiéreme hacer un favor? Al lado del Rey, ¿qué es esto?, ¿hay quien pretenda favores? Dame esas manos, amores. ¡Acaba, dámelas presto! (Triste está el Rey. No repara.) ¡Paso, galán! ¿No os parece que, como el Rey, los merece este brío y esta cara? ¿Qué es eso? ¿Quién está ahí? ¡Acabe, deme esa mano! ¿Delante de mí, villano? ¡Matadle! ¡Hola! ¿A quién? ¿A mí? ¿Quién es este mogarilla? ¡Quítese el bufón allá! Galán, mire cómo da, que me ha roto una costilla. ¡Matadle luego! No es justo, señor; que es una mujer que lo ha dejado de ser solo para darte gusto. Engañose si ha pensado que así me le puede dar. Así te pensé agradar. Amán, yo me he declarado: Zarés ha de ser mi esposa. (¿Hay desdicha semejante?) No tomas; pasa adelante, pues eres la más hermosa. Egeo, temblando estoy. El Rey se levanta ya de la silla, y no querrá verte después. ¿Dónde voy? Amán, Zarés lo ha de ser... ¿Quién viene allí? Ya me mira. Llegar quiere, y se retira... ¿Dónde he visto a esta mujer? Volverme quiero. El nevado colar trueca en carmesí. El Rey se viene hacia mí. Debo de haberlo enojado. Llega ya; pierde el temor. No me lo mandes. Acaba. No merezco ser esclava de Asuero, el Rey mi señor. ¡Pardiés, que viene despacio! Su rostro a temor me obliga. Vergonzosa sois, amiga; el diablo os trujo a palacio. No temas. Los pies me dad. A mis pies te pone el cielo por levantar desde el suelo tu peregrina humildad. Levanta. ¿Qué nombre tienes? Ester. Ella se ha turbado. Habla al Rey con desenfado; ¡qué temerosa que vienes! Ya me olvido de Vastí. (Ya temo nuevas desgracias.) Dile a su Alteza tus gracias, que todas hacen así. ¿Bailas, tañes, cantas? No. Di lo que sabes hacer. Yo solo sé obedecer. Y sabré adorarte yo. si por ser inobediente he repudiado a Vastí, por esa obediencia a ti te he de amar eternamente. Para servirte he nacido. Amán, para Ester mirad. Amigas, ¿esta es verdad? Mal habemos parecido. A todos os agradezco este rato. Cierta estoy: reina he de ser. Yo lo soy. Ni aun ser su esclava merezco. Después daré la sentencia. Dudoso el suceso está. ¿Quién duda, Amán, que será el triunfo de la obediencia? ######## Hoy hizo el Rey la elección. Hoy habrá reina; que hoy es primero día del mes, día de su devoción. Hoy declara el Rey su pecho; y ha sido acuerdo acertado que en día tan señalado esta elección se haya hecho. ¿No se sabe quién será la reina? Hasta agora no. ¿Quién duda? Serelo yo. Yo lo he de ser, claro está. Al fin, el Rey escogió mujer cuerda, virtuosa, discreta, honesta y hermosa. Todo eso me tengo yo. Zarés, yo te he pretendido; testigo hago a los cielos que he llevado bien mis celos, porque el Rey la causa ha sido. Mi fe y mi amor callarán si eres del Rey. No quisiera que esto más que yo pudiera. Egeo, compite Amán. Aunque sin duda que sale la suerte por mí. Señora soy de un estado, y agora no hay en Persia quien me iguale. Tratome el Rey como a tal. No le he parecido fea... Luego, no es mucho que sea mía la corona real. si el Rey a la más hermosa ha elegido por mujer, ¿quién sino yo lo ha de ser? No hay duda: yo soy su esposa. ¡Miradlas! ¡Pensarán ellas que se han llevado la gala! ¡Váyanse muy noramala, que el Rey se enfadó de verlas! Yo me senté junto de él. Hermosa soy palaciega... Apostaré que me ruega que me despose con él. ¡Hola!, ¿no será acertado sentarme allí, pues só reina? Presto veremos quién reina. El Rey sale. ¡Haceos a un lado! Ya me mira, y ha de herme su esposa. Dúdolo ya. Estó por llegarme allá, que está rabiando por verme. Príncipes y vasallos a quien debo la venturosa paz que Persia tiene, cuya lealtad con la experiencia pruebo, que por antigua sucesión os viene: Hoy como el fénix árabe renuevo los días que he vivido; hoy me previene la esposa que elegí dichosos años, principio de mi bien, fin de mis daños. Vastí, como sabéis, fue inobediente; era soberbia, y humillola el cielo. Por coronar la más hermosa frente que tiene el orbe ni conoce el suelo, yo he elegido mujer sabia y prudente. Reina os he dado, persas, cuyo celo será obediente, humilde, honesto y santo. Yo, pues, felice yo, merecí tanto. Estimaré que esta elección que he hecho haya sido conforme a vuestro gusto. Yo estoy bastantemente satisfecho; que vosotros lo estéis también es justo. Id, Amán, por la Reina, a cuyo pecho rindo mi corazón, mi amor ajusto. Esta ha de ser ¡oh, persas! desde agora vuestra Reina y legítima señora. Goces, Monarca invicto, su hermosura un siglo; ella, tu ceptro y monarquía. Con tu poder augmente su ventura. (Hoy entró marzo; hoy es su primer día. Verá si repudiarla fue cordura.) ¡Qué mala suerte eché! Fue azar la mía. El Rey no me escogió; mal gusto tiene. ¡Salidla a recibir! La Reina viene. Ya sale el bello sol quitando enojos, y en nuevo oriente, hermosa luz nos muestra. Yo me ofrezco a sus plantas por esposo. Señor... Esta es mi esposa y reina vuestra. (¿Esto se ha de sufrir a nuestros ojos: que el lugar que ocupó una deuda nuestra una mujer sin méritos ocupe? Fuego la envidia entre ponzoña escupe.) Gozad, bellísima Esther, de la púrpura real, para que dure inmortal vuestro nombre y mi poder. Reina, mucho debo a Dios, pues me ha dado tal esposa. Mi bien, toda sois hermosa; ningún defecto hay en vos. Sabe suplir vuestra Alteza las muchas faltas que tengo. (Loco de contento vengo.) (¿Qué me quiere esta tristeza?) (¡Reina, Ester! Luego lo vi. La desgracia ha sido mía. ¡Vive Dios, que la tenía ojeada para mí! ¡Qué buena cara que tiene! ¡Cuerpo de tal, quién pudiera tener la Ester o la estera para el invierno que viene!) ¡Besadle todos la mano! ¡Lleguen las mujeres luego! (Corrida y confusa llego. ¡Qué rostro tan soberano!) (¿De dónde tal bien me vino? mas claro está que es del cielo.) (¡Qué confusión!) (¡Qué consuelo!) (¡Qué envidia!) (¡Qué desatino!) Dame, pues sucedió ansí, la mano. Mucho me pesa que, siendo Zarés princesa, haya de humillarse a mí. Ya eres Reina, hermosa Esther, ya tu grandeza es mayor. No te replico, señor, que solo sé obedecer. ¡Qué rostro!; mirando en él más cada vez me enamoro. Alegres lágrimas lloro. (¡Bendito el Dios de Israel!) Mi Ester, mi Reina, ¿qué ha sido la causa de aquese llanto? Ver que no merezco tanto. Mucho más has merecido. Goza un siglo tu alegría. si el Rey mi señor me da licencia, se quedará Casandra en mi compañía. Mi gusto el vuestro ha de ser. Gran bien los cielos me dan. ¿No soy venturoso, Amán? ¿No tengo hermosa mujer? (Llorando de gozo estoy. ¡Dichosos ojos que ven tanto gusto, tanto bien! Cielos, mil gracias os doy. Dios es justo: de la silla al soberbio derribó y al humilde levantó; que se ensalza el que se humilla. ¡Qué venturosa vejez! ¡Gozaos, felices canas! ¡Hacernos poner galanas!... ¡No heis de engañarme otra vez! Ester, Hipólita os besa la mano. El Reino gozad; que si va a decir verdad, de vuestro bien no me pesa. Yo me acordaré de vos, Hipólita. Amán, llegad. Confúndeme su humildad. (Premia a los humildes, Dios.) Amán, veis aquí la prenda que estimo en más; veis aquí la que solo vive en mí para que nadie la ofenda: amadla como es razón. Amán es este, bien mío: honradle, pues yo confío del suyo mi corazón. (Reina Ester, Vastí afrentada... ¿Qué es esto, cielo inhumano?) (Yo llego a besar la mano que quisiera ver cortada.) (Llorando está de contento mi buen tío. ¡Quién osara...!) (Con los ojos me declara su piadoso pensamiento; no los aparte de mí. si mi sobrina pudiera, yo aseguro que quisiera sentarme junto de sí.) (No me atrevo, que sabrán que soy del linaje hebreo, si digo que es Mardoqueo mi tío.) (Triste está Amán.) Ya, Reina, estáis coronada. Ya la obediencia os han dado. A Dios, Rey, has imitado, pues que me has hecho de nada. (Quiero llegar.) Gran señor, hoy es día de mercedes... Pedid. si una me concedes, harás que triunfe mi amor. Deseo tener estado. Dame, señor, a Zarés. Que me place: vuestra es. Señor, ¿a Zarés le has dado? Sí, Amán. Pues ¿qué decís vos? Que en pedirla por mujer hemos venido a tener un mesmo gusto los des. Pedirla quise, señor. Pues ¿a vos quién os lo impide? Egeo; a Zarés me pide Amán, mi amigo mayor. Nada le puedo negar. Llevadlo bien. Yo os prometo daros mujer. En efeto eres Rey; no hay replicar. (¡Que venga a ser mi enemigo Amán! ¡En celos me abraso!) Zarés, con otro yo os caso, porque no os casé conmigo. Los dos quedamos contentos. Amán, vuestro amor os pago. Para el casamiento os hago merced de cien mil talentos. Buena partida os promete; pero siento que os caséis . ¿Por qué? Porque no tendréis necesidad de alcahuete. ¿Qué arpemos? si el Rey ha de ir hoy al templo-, ¿qué se espera? Vamos a esperarte, y muera. Postas haré prevenir. (Hoy entró el mes. Imagino que estos dos traidores van a darle la muerte a Amán. mas yo las saldré al camino.) # Hola, Hipólita, ¿acá estás? Nadie dirá que sos vos. ¿No estó linda? Sí, ¡par Dios! Vos, Fileno, ¿qué buscás? Vengo a buscar mis amores: que desque se vino Ester, dejó el río de correr y se secaron las frores. ¡Tomaos con Ester agora! Con el Rey sentada está. ¿Qué es aquello? Es Reina ya. Lugo, ¿el Rey me la enamora? Celoso del Rey estó. Ven acá, Hipólita. Ester non podrá ser mi mujer. Agora ni ella, ni yo. Reina, también tendrá Egeo premio de su voluntad. Señor Rey, ¿esto es verdad?, que yo, ¡pardiés!, non lo crea. ¿Suya, Ester?... Yo me allano a llevarlo con pacencia, pero en Dios y en mi concencia, que me ganó por la mano. ¿De veras sos Reina, Ester? Pensé casarme con vos, mas si no estaba de Dios, ¡qué le tenemos de her! Vueso, cántaro está ahí; non reñiremos par eso. Fileno, de este suceso te ha de caber parte a ti. Señor ¿qué te ha parecido de aquella simplicidad? Estoy en vuestra beldad, Hermosa Ester, divertido. ¿Ha de ir vuestra Alteza hoy al templo? Sí, Amán; que es bien que a Dios las gracias se den del bien que gozando estoy; demás que es costumbre mía. Licencia me habéis de dar, porque en el templo he de estar esto que queda del día. Siento, señor, vuestra ausencia. La vuestra siento yo tanto, que sólo intento tan santo os pidiera esta licencia. Vamos. No envidio la suerte de Ester, pues os gozo, Amán. Contra mi amor no podrán el olvido ni la muerte. Mi bien, al templo me voy. Dios de enemigos te guarde. Adiós, mi Ester; que es ya tarde. (¡Ah, cielos, qué triste estoy!) Amán, ¿no venís conmigo? Aunque sois recién casado, os quiero siempre a mi lado, pues sois mi mayor amigo. Con el Rey voy. Mucho os quiere. Hola, agora que se ha ido, ¿es el Rey vueso marido? ¡Lleve el diablo quien mintiere! (¡Qué simple!) ¿De qué os reís? Yo quiero aceros merced, Fileno. Vos pretended a Hipólita. ¿Qué decís? ¿No la queréis? Non, ¡par Dios! Fileno, bien lo mirad. Que non tengo veluntad a Hipólita, sino a vos. ¡Pardiés!, que aunque estés casada, que vos he de pretender. Tampoco yo quiero ser, Fileno, vuesa velada. Agora os daré de higas. Poneros en paz espero. ¡Ah, Zarés!, mirad que quiero que seamos muy amigas. Mucho estimo ese favor. Vamos, pues. ¡Qué santo celo! Entraré a pedir al cielo que guarde al Rey mi señor. Postas están prevenidas. Pues ya está echada la suerte: al Rey le demos la muerte, y escapemos nuestras vidas. Llegó el día. Demos, pues, en nuestra venganza ejemplo. Aquí a la puerta del templo ha de morir. Mejor es dentro de él. Tienes razón. A pesar de la Fortuna, dará en tierra esta coluna sin que peligre Sansón. (Estos vienen inducidos del demonio. He de escucharlos, que allí he visto los caballos que tienen ya prevenidos.) Entremos. Ellos intentan darle muerte. Ahora bien, yo haré que no se la den. Quiero ver sin que me sientan si los veo... No; ya están en celada. Esperaré aquí al paso, y le daré este memorial a Amán. mas él y su Alteza son los que vienen. Ya he llegado al templo. Siempre he quedado solo por más devoción; hacer lo mismo deseo. Los de la guarda irse pueden. En fin, conmigo se queden solos Tebaldo y Egeo. Idos con Zarés, Amán; yo quedo en mi sacrificio. Idos, y haced el oficio de desposado y galán. Vaya mi guarda con vos; que quiero que como a mí os vaya guardando. A ti, ¡oh, gran Rey!, te guarde Dios. (Luego, al Rey quieren dar muerte los dos que en el templo están, pues se queda el Rey, y Amán le despide desta suerte.) Tu voluntad es la mía. Voy, que en Palacio os espero. (Pues es el Rey, darle quiero el memorial que traía.) ¡Nadie se vaya, esperad! Castiga, ¡oh, famoso Rey!, con el rigor de la ley este delito. Mostrad. "si es al templo tu venida, huye el intento cruel de los dos que dentro de él quieren quitarte la vida". ¿Qué dices? Los dos que digo Seleuco y Leoncio son; que a pesar de su traición, tendrás vida, ellos castigo. ¿Hay tal maldad? Entrad, pues, con los de mi guarda, Amán, y prendedlos. Dentro están. (¡Que tú el aviso le des!) Castigaré con rigor intento tan desleal; aunque no hay castigo igual al delito de un traidor. ¿Sabes de su pensamiento la causa?... mas claro está que es por Vastí. Ven acá. ¿Cómo supiste su intento? Señor, en presencia mía lo trataron, y pensaban, porque otra lengua hablaban, que yo no los entendía. ¡Que hasta un Rey tenga la vida sujeta a tales vasallos! A punto estaban caballos para ponerse en huida. mas ya los tienes aquí presos y sin armas. ¡Luego los haga ceniza el fuego! ¡No estén delante de mí! Señor, sentidos de ver a Vastí sin la corona, contra tu misma persona despreciamos tu poder. Mas, señor, pues hoy es día en que tan devoto estás, pues hoy con la Reina das a todo el mundo alegría, no trates hoy de castigos, que por la Reina es razón, y sacrifica el perdón de tus propios enemigos. Señor, aunque nuestro engaño... ¿Qué es esto? ¡Extraño ruido! ¡El templo! ¡El templo se ha hundido! ¡Grave mal! ¡Prodigio extraño! ¡Ay, Amán, mi monarquía se acaba! ¡El sentido pierdo! Agora, agora me acuerdo de una antigua profecía: que cuando se viese en tierra el templo santo de Marte, que es faltar de nuestra parte la protección a la guerra... ¿Qué ha de suceder? Mi imperio dice que ha de durar poco. ¡Ay, Amán, tiéneme loco tan prodigioso misterio! No puede haber mala suerte para ti. REYConfuso estoy. Librome dos veces hoy un milagro de la muerte: una, el haberme avisado; otra, el detenerme aquí; pues cayera sobre mí el templo, si hubiera entrado. De manera que antes fue de importancia esta traición, pues porque traidores son hoy en el templo no entré. Y aunque esto no les abone, daré sentencia piadosa, pues por la Reina mi esposa me piden que les perdone. Con vida, en fin, quedarán; pero salgan desterrados, y de todos sus estados os hago merced, Amán. Yo me acordaré de vos, Mardoqueo. Aquesos pies te suplico que me des. ¡Salid al punto los dos de Persia! ¡Triste suceso! No al hay sino tener paciencia. Piadosa fue la sentencia. Piadosa, yo lo confieso. La profecía me da cuidado. Veníos conmigo, Mardoqueo. (Un enemigo tan vil causándome está enojo, tormento y rabia.) Que Mardoqueo me dio la vida, pues me avisó. (Solo el mirarle me agravia.) En el libro donde escribo los servicios que me han hecho, este escrebid, que en mi pecho para siempre ha de estar vivo. Vamos, que esta profecía quiero examinar de espacio. (¡Que este ha de entrar en Palacio!) ¡No hay segura monarquía! ¿No estó galán, no estó bueno? No hay que pedir más. ¡Pardiés!, que no lo he hecho otra vez. Bien se os parece, Fileno. Agora que andáis polido bien os podés atrever. mas nonada. ¿Qué mujer os verá tan bien vestido que no se pierda por vos? ¿Tan lindo estó? Cosa, pues, que de ojo me tomés, dadme una higa. Y aun dos. No sin causa os habéis puesto hoy tan galán. ¿Yo? ¿Por qué? Miráis tierno, ya lo sé. ¿Quién os lo dijo tan presto? Vuestros ojos. mas ¡par Dios!, ¿qué os han dicho? Que miráis... ¿A quién? ¡Cosquilloso andáis! (Yo me entenderé con vos. ¡si le pudiese coger la cadena que le dio mi amo!) si os digo yo el nombre de la mujer por quien vos andáis picado, ¿qué diréis? ¿Sois adivino? Que es Hipólita imagino. Pues no habés adevinado. ¿Yo a Hipólita? ¡Andad de ahí!, que sólo ella quería. Pues ¿por Hipólita había de andar hecho zahorí con tanto ojo? ¿Por quién, pues? Más alto pico. ¿Es Casandra? Más, más. ¿Más? ¿Alejandra la camarera? Más es. ¿Más? ¿Es Zarés, por ventura? Porque, en pasando de aquí, será la Reina. Eso sí. ¿La Reina? ¡Gentil locura! Pues ¿qué? ¿No es más que las otras? Y aun por eso. ¿No hago bien? Quered a esotras también. ¡Que no hago caso de esotras! ¿Y la Reina os favorece? No sé agora. Cuando estaba en la aldea, bien se holgaba de verme. Bien me paresce. ¿Y habéiselo dicho acá? ¿Pues no, y luego me mandó dar este vestido? Y yo só tan zafio, que me da vergüenza cuando la veo. Pues ¿queréis que yo le hable? ¿Sos alcahuete? Notable, excelente. Que lo creo. La Reina anda visitando toda la casa real. No he visto prudencia igual. De todos se va informando. A cada uno que encuentra pregunta en qué se entretiene en casa, qué oficio tiene. En los aposentos entra, y repara con cuidado en las camas y qué le da el mayordomo. El que está menos bien acomodado a otro aposento le muda, y le manda proveer de ropa. ¡Sabia mujer! Quiere que a todo se acuda. Y al que halla sin oficio o lo ocupa o lo despide. ¿Y si a nosotros nos pide cuenta de nuestro ejercicio? Dadme vos esa cadena, que yo se lo pintaré. ¡Ya sale! ¿Qué le diré? Turbado estoy. No os dé pena. La casa real, que ha de ser ejemplo de las demás en el regimiento y más en la virtud que ha de haber, no ha de consentir criados que anden mal entretenidos, a costa del Rey perdidos, viciosos y descuidados. A Sergio eché por ocioso; y a Demetrio despedí, porque el traje en que le vi no es de hombre virtuoso. Tomadla allá en hora buena. (Oro santo, yo te beso por reliquia.) Hola, ¿qué es eso? Por qué le das la cadena? ¿Por qué diré que os la do? ¿Por alcahuete? Señora, prestómela por un hora. ¡Dádsela! Dóysela yo,. porque os habre. ¿Quién es éste? Un criado soy de Amán. (Un chocarrero, un truhan.) (¡Plega a Dios que no me cueste más que la cadena vale!) (No me contenta esta gente que en Palacio solamente para engañar entra y sale. Yo apostaré que le hacía a este simple algún engaño; que es la mentira un extraño monstruo que la Corte cría.) ¡Ven acá! ¿Por qué le diste la cadena? Me promete... ¿Qué? ¿Qué?... Ser mueso alcahuete de mí y de vos. ¿Qué dijiste? La verdad. ¿Cómo es tu nombre? Pirro. Mejor nombre tienes que hechos. Mal te entretienes. Señora, yo soy un hombre que gasto humor. Y también el tiempo. Ocupo en dar gusto el que tengo. Y fuera justo que le ocuparas más bien. si dar gusto es tu ejercicio, procura en dármele a mí, Pirro, con no entrar aquí, que no me agrada tu oficio. Vete agora sin castigo; que por Amán no te doy la muerte. Ya yo me voy. Hoy por él no te castigo; y otro día no tendré respeto, sino razón de castigarte. Estos son de la lealtad, de la fe, de la virtud casta y pura, polilla, infamia y desorden, y peste; que si no hay orden, no hay honra que esté segura. Vosotros ¿de qué servís en esta casa? Asistimos. ¿En qué o para qué? Servimos a su Alteza. ¿No decís de qué? Bien os podéis ir. No quiero que le sirváis, que aun vosotros ignoráis de qué le podéis servir. ¡Pardiés, que ha sido la ley común! A nadie consiente. ¡Válgame Dios! ¡Qué de gente perdida sustenta un Rey! Y vos no os acompañéis con gente de esta manera, que os echaré también fuera. ¡Pardiés!, aunque más me echéis, miraraslo vos primero. (¡Quién se la vio lo que tiene de grave acá!) Ya el Rey viene; ¡salte allá! (¡Pardiés! No quiero.) ¡Oh, mi Ester! ¿Qué puede ya sucederme... Mi señor... ..que no sea en mi favor? Todo por mi bien será; pues el gusto con que os hallo no da a la pena lugar. ¿Traéis alguna? Un pesar, que por no dárosle callo. ¿Qué es, mi Rey? Tenga yo parte en vuestros males también, pues sois vos todo mi bien. Hundiose el templo de Marte. Vos venís bueno... ¿Cogió debajo a Amán? No, mi Ester. Pues ¿qué pudo suceder? El daño que temo yo. ¿Qué daño? ¿El templo, no más, que se ha hundido? El de mi fe, que es el vuestro, quede en pie, y cáiganse los demás. Ester, una profecía se ha cumplido ya, y recelo que quiera acabar el cielo mi corona y monarquía. Y así, he mandado venir todos los sabios que están en mi Corte con Amán, que ellos me sabrán decir la verdad; que para esto tengo de varias naciones los más ilustres varones. Confusa, señor, me has puesto; pero si me das licencia, me hallaré presente. Ester, para mí siempre ha de ser agradable tu presencia. Ya están tus sabios aquí. Siéntense y cúbranse todos; que hombre tales de mil modos serán honrados de mí. Ya todos tendréis noticia desta profecía. Espero la verdad, solo esto quiero, o sea contraria o propicia. Días ha que por temor un juicio que tenía hecho desta profecía no he publicado, señor. No hay que temer. Manifiesta tu concepto. Escucha. Di, que para eso os llamo aquí. Pues la profecía es esta: Cobrarán libertad y vida el mesmo día que pensaron perderla, triunfarán de sus enemigos, y quedarán libres y honrados los sujetos. Morirán a sus manos los que pensaron ensangrentar las suyas. Saldrá el león a coronarse de sus angostos límites, y correrá vitorioso hasta la India. Empezará una nueva monarquía, y perderán los persas la vida. Hundirase al templo de Marte, y nacerá el hijo de la hebrea. Artajerjes Asuero, Rey famoso, llegó el fatal destino. No te miran con favorable aspecto las estrellas. Según mi sciencia, Rey, serás sin falta el postrero monarca de los persas. Los sujetos que aquí libres y honrados triunfarán de sus propios enemigos, los reinos son que tú sujetos tienes, dilatados del Indo hasta el etiope, en ciento y veinte y siete y más provincias, que sacudiendo el yugo con las armas, se han de oponer rebeldes a las tuyas. Al castigo saldrás, y serás muerto; que esto es morir a manos de los mismos en quien pensaste ensangrentar tus manos. Saldrá el león de sus angostos límites, que es uno de esos príncipes que tienes desposeídos, a quien darán los astros la monarquía de Asia. Destruyendo el templo de dios Marte, tu devoto, presagió que ya el dios de las batallas desamparó la causa de los persas. Sabio, ¿y quién es el hijo de la hebrea que ha de nacer? Eso no alcanzo. (¿si ha de ser hijo mío por ventura el hijo de la hebrea? El Rey no sabe que soy desta nación.) (Pálido el rostro, muestra mi amada Ester el sentimiento.) Vosotros ¿qué sentís de este juicio: que yo sea el postrero de los persas? ¡Ay, adorada Ester, más que mis reinos perderte sentiré! Más poderoso es Dios que las estrellas. ¿En efeto el último he de ser? Señor, no temas; no puedes ser el último. ¿qué dices? Que es contra una infalible profecía de Daniel. ¿Quién es? Aquel profeta que aplicó en Babilonia aquellas letras, que a Baltasar pronosticó la muerte, y al Rey Ciro, tu abuelo, le predijo la monarquía que fundó en los persas. Ya sé quién fue Daniel, por el respeto que mi abuelo le tuvo. Eso, pues, dice el capítulo once de su libro: Que durará la monarquía en Persia hasta el cuarto monarca, que en grandeza excederá a los tres. Ciro, el primero, y Cambises, tu padre, fue el segundo; tú eres, Rey, el tercero; resta el cuarto, que vendrá a ser tu hijo, en cuyo tiempo, según su profecía, ha de acabarse el reino de los persas. Menos grave es tu interpretación. Bien me parece lo que dice este hebreo. Es un judío; no hay que hacer caso destos. ¡Amán, basta!, que sus canas merecen que le honren. (¡Quién pudiera decir que eres mi tío, porque ningún soberbio te desprecie!) Este es un ignorante. No lo muestra; antes, conforma bien con el juicio que sobre el nascimiento de Alejandro hice seis meses ha. ¿Quién es? Un hijo del gran Filipo Rey de Macedonia, que nasció poco ha favorescido del cielo y de sus astros, con tal fuerza, que le prometen absoluto imperio sobre todos los príncipes y reyes. Y concuerdan en esto los astrólogos: que ha de pasar de los soberbios persas la monarquía a los temidos griegos. Este será el león que de los límites de Macedonia angostos saldrá al mundo a quitarle a tu hijo la corona. ¿Y el hijo de la hebrea? Esso no acabo de interpretar. (¡El hijo de la hebrea bien lo dijera yo! ¿Qué duda tiene?: Hijo será de Ester.) En fin, ninguno sabe quién es el hijo de la hebrea. Id y estudiadlo todos; y prometo un estado de albricias y en mi Corte el segundo lugar al que explicare esta duda mejor. Denos su Alteza cuatro días de plazo. Id en buen hora. Yo voy a consultar no las estrellas, sino a su mismo autor. Sois una de ellas. ¡Confuso estoy! Pues escucha la explicación verdadera desta misma profecía que tus sabios no penetran. Todos, señor, la declaran con fingidas apariencias por conservar su opinión, pero la verdad es esta: Por los subjetos se entienden los hebreos que en tu tierra están captivos, y todos verse ya libres desean. Estos han de levantarse, y cobrarán con la guerra la libertad y la vida cuando pensaban perderla. Ensangrentará sus manos en ti mismo su violencia, y entonces la monarquía se acabará de los persas. Otra vez antes de agora, la misma nación hebrea captiva estuvo en Egito más humilde y más sujeta. Pero sacudiendo el yugo de sus cervices exentas, costó a Faraón la vida: Mira si es razón que temas. El victorioso león que saldrá sin resistencia de sus límites angostos es un Rey que ellos esperan. A este Rey llaman Mesías y, allá en sus sagradas letras, "León del tribu de Judá", por serlo en la fortaleza. De angostos límites sale, pues afirman sus profetas que saldrá de Nazaré, que es una villa pequeña. Este, pues, es el león. Este, el hijo de la hebrea; porque de padres hebreos ha de ser su descendencia. Éste saldrá a coronarse, siendo un león en su fuerza, y pasará la corona de la tuya a su cabeza. Usa, pues, de tu poder: todos los hebreos mueran antes que nazca el Mesías; No quede rastro en el mundo desta nación, porque puedas asegurarte a ti mesmo y a la corona de Persia. El Rey Faraón de Egipto sirva de ejemplo: y más cerca, Agad el Rey de Amalec, cuyo agravio me despierta; por darle el cetro a Saúl, Samuel, que dicen era profeta, le quitó el reino y le dio muerte violenta. Vuelve, pues, por tu justicia; mueran todos, que así quedan sin peligro tus temores, con venganza mis ofensas. Llega, Amán; dame los brazos. Infaliblemente aciertas, así en la interpretación, como en lo que me aconsejas. ¡Mueran todos los judíos! ¡No haya exención: todos mueran! Ve aquí mi sello real. Amán, tú mismo lo ordena. Despacha las provisiones que te parecieren. Venga tus agravios, y asigura mis recelos y sospechas. (¡Ya, descortés Mardoqueo, llegó mi venganza!) ¡Espera! Porque no me cansen ruegos, porque ninguno interceda, hago con todo rigor una ley: que nadie pueda entrar -pena de la vida- a hablarme sin mi licencia. Haré pregonarla al punto. Nadie quiero que me vea. (Vil hebreo, con tu vida satisfarás a mi queja.) Amán, hermosa Zarés, escogió mujer que a gusto de todos sus deudos es. Sus deudos somos, y es justo confesar nuestro interés. Todos de tanta alegría te damos mil parabienes. La ventura ha sido mía, pues tanto honor, tantos bienes, hallo juntos en un día. Pero, mucho tarda Amán. Tendrale el Rey a su lado. Juntos de ordinario están. Sí, mas tiene el desposado obligación de galán. Pirro, ve a llamarle. Estoy desterrado de Palacio. ¿Por qué razón? Porque soy hombre que vivo de espacio; en fin, porque gusto doy. En Palacio temo entrar por esto. ¿Quién lo mandó? Ester. ¿Ya sabe mandar? No temas, que aquí estoy yo. Donde yo estoy, no hay pesar. El Rey nos manda que acá vengamos a hacer la fiesta, porque él disgustado está. ¡Notable merced es ésta! Mayores te las hará. El mundo todo está lleno de la privanza de Amán. Oiga este tono, que es bueno. PIRRODecid, que atentos están. Va la letra de Fileno: Que si linda era Zarés, mucho más linda era Ester. ¡Callad noramala! ¡Venga la música! Bueno es que esta fiesta se prevenga. Que si linda era Zarés... ¡Que si el rollo que los tenga! Oíd la copla. ¿Qué es esto? ¡Dejadme, Zarés! Amán... ¡Ah, cielos, vengadme presto! ¿A mí pesares me dan? En confusión nos has puesto. ¿Cómo vienes tan airado? Perdonadme, Zarés mía, que vengo muy enfadado. Tanto un hebreo porfía. ¿Quién el enojo te ha dado? Tú que a todos te prefieres, tú que al Rey eres igual, o lo mismo que el Rey eres, ¿vienes tan triste? Haces mal, y es bien que esto consideres. Zarés mía, amada esposa, deudos serranos, y amigos: mi fortuna está quejosa, aunque sois todos testigos de mi suerte venturosa. Yo tengo treinta ciudades, seiscientas villas son mías; no cuento las heredades, las granjas, las caserías, que envidian mil majestades. Las riquezas peregrinas que tengo no os digo aquí, que a todos consta: Las minas produjeron para mí el oro y las piedras finas. Dame en las conchas del mar el Sur cuanto ha producido, pues el sol sale a engendrar las perlas, agradecido de que las suelo mirar. Mil príncipes y señores ser mis esclavos desean. Supremos emperadores con sus cartas me granjean, pretendiendo mis favores. Sólo el tocarme la ropa tendrán reyes por ventura. Mis dichas van viento en popa. Tenerme grato procura África, Asia y Europa. Ya veis con qué majestad el Rey trata mi persona, que es tanta nuestra amistad que si aspiro a su corona, me dará el Rey la mitad. Ya sabéis que cualquier hombre a mi grandeza se humilla, que no hay nadie a quien no asombre, y que hincan la rodilla en escuchando mi nombre. Pues todo el bien que poseo ya por nada lo he juzgado, porque un infame, un hebreo... Porque no me ha respetado un viejo vil: Mardoqueo. ¿Eso te aflige, señor? ¡No hay sierpe o perro con rabia que tenga tanto furor! ¡Muera al punto quien te agravia! ¡Presto verá mi rigor! Mis quejas por puntos van creciendo. Agora bajaba de Palacio; en -el zaguán con otros sentado estaba; en oyendo que era Amán, todos la rodilla hincaron, y él en su asiento se estuvo, por más que lo murmuraron. Y por cierta razón que hubo, entonces no le mataron. El Rey ha mandado ya matar la nación hebrea, que tan extendida está. Y porque a mi gusto sea, su real anillo me da. A cada ciudad envía provisión por orden mía. Y será este rigor fiero a catorce de febrero, porque mueran en un día. Entonces ha de morir este Mardoqueo aleve... Pero no podré sufrir verle este tiempo, aunque breve, contra mi gusto vivir. Pues toma un consejo mío: Pídele al Rey desde luego; para derribar su brío, ahórcale, y ten sosiego. Tenerle de hoy más confío. Dame, por consejo tal, los brazos, y al mismo instante me llamen un oficial, que aquí una horca levante a mi pensamiento igual. Háganla grande, que tenga cincuenta codos de altura. Bien haces. Tu injuria venga. No permitas, noche oscura que la aurora se detenga. Antes del amanecer he de levantarme y ver al Rey, parque me conceda que a este hebreo ahorcar pueda. Ya le juzgo en mi poder. ¡Triunfa de tus enemigos! De mi espantosa venganza seréis vosotros testigos. ¿Ya se acabó mi privanza? ¿No hay hablar a los amigos? ¡Quita allá! Ya me atropella. Esta horca, Zarés bella, hemos de tratar los dos. (¿Horca? mas ¡que plega a Dios que a ti te ahorquen en ella!) ¿Cómo ha madrugado tanto vuestra Alteza? Estoy de suerte que con mil ansias de muerte de la cama me levanto. No puedo apartar de mí un prolijo pensamiento, pues en la cama le siento, y también me aflige aquí. Huyo de él, Egeo amigo, y dejarle allá deseo, y tal estoy, que no veo que le traigo acá conmigo. Diviértase vuestra Alteza, que es todo melancolía. ¡Oh, espantosa profecía! (¿Hay tan extraña tristeza?) ¿Tendrá vuestra Alteza gusto de oír un tono? Sí tendré. Voy a avisar... ¿Para qué? que antes crecerá el disgusto. Cantando, despertarás mucho más a los sentidos; y mejor están dormidos, pues despiertos sienten más. ¿Quieres, señor, que recuerde quien venga a jugar? Ve luego... mas no, que miro en el juego al que gana y al que pierde; y en vez de tomar placer, se me ha de representar que el contrario ha de ganar el Reino que he de perder. ¿Quieres que glorias refiera de tus pasados? Contemplo que obligarán con su ejemplo que nuevos reinos adquiera... mas ¡calla!, que mi pesar crecerá, si advierto yo que en ellos se conservó lo que en mí se ha de acabar. Cuando así no te diviertas con glorias de tus pasados, tus muchos reinos y estados puedes contar. No lo aciertas. Tanto más ha de crecer la fuerza de mi dolor, cuando veo que es mayor el bien que temo perder. Despierta a mi Ester, que, es cierto que ha de alegrarme... mas no, que pues siente lo que yo, para sentir la despierto. Su descanso he de impedir, y el sentir aumentaré, pues esto más sentiré, sintiendo el verla sentir. Dame un libro. ¿Cuál? La historia del Rey Nino... mas ¿qué hago?, pues la muerte y el estrago de un rey traigo a la memoria. Salomón escribe bien los Cantares, ¡dale acá!... Déjalo; mejor será el Génesis de Moisés... Pero no, que veré allí, cómo, al fin, cosa criada, que es mi principio de nada, y vuelvo al nada que fui. Dame el libro en que se escriben los hechos de mis vasallos, adonde para premiarlos, a pesar del tiempo viven. Consolarame con ver tantos vasallos leales, que un Rey de vasallos tales es difícil de ofender. Aún no es de día, y pasando el tiempo así, buen Rey soy, que ellos duermen, y yo estoy para premiarlos velando. Aquí está el libro. Di, pues. "Porque de dama sirvió a la Reina, el Rey le dio treinta villas a Zarés. Sergio, capitán valiente, venció dos veces al griego, y diole su Alteza luego dos ciudades". Dignamente. "Aman presentó a su Alteza dos caballos enjaezados; diole en premio dos estados". Di conforme a mi grandeza. "Diole a su Alteza un halcón Amán; y su Alteza en pago le dio veinte villas". Hago lo que tengo obligación. "Aman dio la muerte a tres que a su Alteza se atrevieron; tres ciudades se le dieron". Merece más interés. "Por el consejo de Amán repudió el Rey a Vastí". ¿Cuántos talentos le di? Cien mil. Bien dados están. "Avisó al Rey Mardoqueo que darle muerte intentaban dos traidores. Donde estaban entraron Amán y Egeo y los prendieron. El Rey los envió desterrados, y hizo de sus estados merced a Amán". Justa ley. ¿Quién decís que me avisó? Mardoqueo. ¿Qué le di en premio? No dice aquí cosa alguna. ¿Cómo no? Luego, ¿a quien me dio la vida no he premiado? Mal he hecho. Yo mostraré que en mi pecho vive un alma agradecida. Ya amanece. El libro deja, y consultemos, Egeo, qué le daré a Mardoqueo, porque no quede con queja. mas esto he de consultar con Amán. Digno es de honor. Amán está aquí, señor. Albricias te pienso dar. Mil mercedes te he de hacer. No tiene rey tal vasallo, que parece que le hallo siempre que le he menester. Decidle que entre. ¿Qué espera? Señor, ¿ya estás levantado? Huelgo haberos imitado. Abrazadme. ¿Quién pudiera venir en esta ocasión que me diera tanto gusto? Que con vos, Amán, es justo que cese cualquier pasión. (¡Bien se logrará mi intento!) O soy lo mesmo que vos, o nos gobierna a los dos un alma y un pensamiento, pues porque yo he madrugado, madrugastes vos también. (Todo me sucede bien.) Despertome tu cuidado. (Con segura confianza podré pedirle el hebreo. ¡Hoy, descortés Mardoqueo, verán todos mi venganza!) Decidme, por vida vuestra: A quien el Rey quiere honrar, ¿qué honra le podrá dar? (Bien su voluntad me muestra.) Yo lo diré, gran señor. (Por mí lo dice esta vez. Pues só yo mismo el juez, sentenciaré en mi favor.) ¿Qué decís? Que es justa ley que lleven a ese vasallo por las calles a caballo con las insignias de Rey, y que el príncipe mayor de tu Corte, yendo a pie, le lleve de diestro, en fe de que el Rey le da este honor, y publicando en voz alta que su Alteza honrarle quiere. Dale este honor a quien fuere. Todo eso ha de ser sin falta. Bien me habéis aconsejado. Ese mismo honor deseo que hagáis vos a Mardoqueo, porque quiero verle honrado. Señor, ¿qué dices? ¡Amán, no hay replicarme! Señor... Sois el príncipe mayor de los que en mi Corte están. si vos distes la sentencia, Amán, no os quejéis de mí, y hoy ejecutadlo ansí. (Yo voy, pero sin paciencia, rendido a quien pensé ver en una horca difunto.) Mirad que ha de ser al punto. ¡Señor mío! ¡Amada Ester! ¿Dura la melancolía? Ya ha cesado. Alegre estoy, pues dos bellos soles hoy han dado principio al día. Subámonos a un balcón, y veréis a Mardoqueo honrado. ¿A quién? A un hebreo a quien tengo obligación. Llévale de diestro Amán por las calles a caballo, que al que fuere leal vasallo este honor los reyes dan. (¡Bendito mil veces seas, Dios de Israel!) Tan gran hecho es digno de tu real pecho. Vamos, pues, porque le veas. ¡Bravo caso! Todos van corriendo a ver el trofeo. ¿Es posible? ¡A Mardoqueo lleva de la rienda Amán! ¡Quién tal creyera! No ha sido en su desprecio. Yo sé que para Amán sí lo fue. Antes el Rey ha querido honrar a Amán y mostrar, porque más honrado quede, que sólo Amán honrar puede a quien él desea honrar. ¿De qué se habrá alborotado la ciudad? Eso deseo saber: si es por Mardoqueo. Ya el Rey se le habrá entregado, y débenle de llevar a la horca que está hecha. No quedara satisfecha solo con verle ahorcar, si no lo viera primero llevar por la calle atado. ¿si ya viniese? ¿Ha pasado? Ya paso yo. El triunfo espero lleno de gozo. (Yo estoy con mil sobresaltos. Temo la envidia.) Notable extremo de grandeza vemos hoy. A la ventana han salido los Reyes. Verle querrán, por darle ese gusto a Amán. Tapada salí al ruido; nadie me conocerá. Aquí me quiero poner. Agora pasa el trofeo. ¿Qué es esto? ¿Esto vine a ver? Disimula. ¿Quién podrá? Manda su Alteza que seahonrado así Mardoqueo; que se debe este trofeo a quien él honrar desea. ¿Hase visto deshonor como este? ¡Qué vuelta ha sido de fortuna, si ha caído de su privanza mi amor! FILENOHipólita, alguna vez os pondrés vos, a fe mía, a verme así. Y ¿quién harbía de llevaros? Vos, ¡pardiés! Esta es Zarés... Que aquí están sus deudos, señora. Amigo, ¿qué es esto? (¡Digno castigo de la soberbia de Amán!) No te aflijas; que no ha sido desprecio suyo. Pues ¿qué? Vamos y te lo diré. ¡Levantose el abatido! ############### ¡Pardiés! Sí, yo os he buscado estos días, Mardoqueo, y por no haberos topado antes, de vueso paseo el parabién no os he dado. Pero poco se ha perdido: más vale nunca, aunque sea tarde. Estoy agradecido. ¿Hau no ves de muesa aldea qué de gente que ha venido de importancia? ¿Quién? Ester, que era allá vuesa sobrina, y es acá del Rey mujer. Yérrase quien lo imagina. ¿Mi sobrina había de ser? Lugo ¿no? No soy su tío. ¿Quién otro salió? ¿Quién? que érades allá un bojío desdichado, y ya, ¡par Dios!, sos honrado y tenéis brío. Yo os agradezco el favor. Y esa Hipólita ha salido, que es acá dueña de honor, ¿y non huera su marido allá un zafio labrador? Y yo he salido también, que ya ningún cortesano hay que se vista más bien. Y por tener tanta mano, pretendo a la Reina. ¿A quién? A la Reina. Aunque quisera que se resolviese ya, y ver si estó dentro o huera; porque Hipólita me está matando porque la quiera. Fileno, a mí me parece que no es Ester para vos, aunque el amor agradece. Hipólita sí. ¡Par Dios, que sola Ester me merece! No estaba allá en el aldea tan hinchada, ¡pardiés! Bueno, yo sé que ella lo desea. Acá en la Corte, Fileno, es otro mundo. ¡Aunque sea! ¿No estó de pies a cabeza galán como el Rey, y aún más? Ni Amán también se adereza. ¡Oh, Mardoqueo! ¿Acá estás? ¿Vos también? ¡Qué buena pieza! Dijo Ester que tien deseo de veros. Aguarda aquí... (Días ha que no la veo.) ..que quiere habraros. ¿A mí? No a vos, sino a Mardoqueo. Decidle que aguardaré como su Alteza lo manda. Eso yo se lo diré. Hipólita, ¿estás más branda que esotro día? No sé. ¿mas que quixérades vos volver a muesos amores? ¡Malos años para vos! No hago caso de señores, ¡pardiés!, que den dos en dos de mí se han enamorado. si ha sido alguno travieso, ya vos habrán estrujado. ¿Quién os mete a vos en eso? Estó un poco enquillotrado desque traés tanta gala; y si heis de casar conmigo... ¿Queréis iros noramala? Ya sabés que no só amigo de melones que otro cala. Prega Dios que non salgás vos, Hipólita, badea. ¿Queresme ya? Un poco más. ¿Só bonita? Non sos fea. ¿Y darasme? A Barrabás. ¿Qué vos he de dar? Después nos veremos. El recado voy a llevar. Adiós, pues. Quiero hacer hora sentado mientras llaman. Bien hacés. También me quiero sentar con vos en conversación un poco. Habedme lugar. Será cada provisión alivio de mi pesar. ¡Mueran todos! Amán viene. Hincar quiero la rodilla. Esto a mi quietud conviene. Quien tanto a un hombre se humilla ¿qué más respeto a Dios tiene? ¿He de pasar adelante sin castigar la insolencia dente bárbaro ignorante? ¡Que excede a cualquier paciencia desvergüenza semejante! Quiero a coces a este loco arrojarle del asiento, pues que me tiene en tan poco, que no se humilla al momento que aquestos umbrales toco. ¿Qué es esto? ¡Acabemos, pues! ¡Vive mil veces el cielo, viejo infame y descortés, que habéis de besar el suelo donde yo pongo los pies! Sabes que el mundo me adora como a Dios, pues no lo ignora este bruto. (¿Quién es bruto? ¡Pardiés que sos disoluto, señor Amán! Mira: Agora ofrézcote a Satanás., ¡cara de perro ahorcado!) Amán, aunque fiero estás, que Dios me haya castigado es lo que recelo más. ¿Qué aguardáis? ¡Matadle luego! ¿Quieres que le espete? ¡Espera!; que aunque estoy de enojo ciego, hasta que en la horca muera, no podré tener sosiego. Hecha está. Mucho me espanto que no temas al Juez que es omnipotente y santo; pues ya te he dicho otra vez que yo no he de honrarte tanto. ¿No, infame? Pues ¿quién sois vos? MARDOQUEO¿Y tú, Amán? Dime quién eres. De barro somos los dos, que no eres Dios, aunque quieres que te adore como a Dios. En tierra me has derribado, donde mirándome estás; mas esto me ha consolado: que no podré bajar más, pues lo posible he bajado. Haciéndote el Rey mercedes, te ves tú sin pesadumbre donde subir más no puedes. Ya estas, Amán, en la cumbre, plega a Dios que en ella quedes. La mudanza as de advertir de la Fortuna, y sentir, puesto que no ha de parar, que por fuerza ha de bajar, cuando no pueda subir. Y al revés: pues no podrá la Fortuna verme ya más abatido y su rueda en ningún tiempo está queda, rodando me subirá. De suerte que, a tu pesar, te comenzará a abatir, pues te acabó de encumbrar, comenzando yo a subir, porque acabes de bajar. ¡Viejo vil! ¡Tal desvarío! ¿Tú subir y bajar yo? Pues porque pierdas el brío, mira lo que el Rey mandó solo por ser gusto mío. Mira aquesa provisión, y verás que ha de morir toda tu infame nación. ¡No querrá Dios permitir semejante sinrazón! Yo, Amán, del linaje de Agag Rey de Amalec, príncipe y gobernador de Persia y los demás reinos y señoríos del Rey Artajerjes Asuero, etcétera: a vos, el prefeto y gobernador de la provincia de Media, os hago saber cómo, por haberme cometido el Rey nuestro señor el castigo y destruición de los hebreos, me ha parecido que esto se Haga a del mes de febrero a primera noche, cuando todos estén recogidos en sus casas, sin eceptar persona de cualquier edad que sea, porque así conviene; aplicando sus bienes al fisco real, etcétera. ¡Válgame el Dios de Abrahán! ¡ciega provisión! ¿Qué es esto? ¡Mi venganza! ¡Espera, Amán! Diéronme honor y ¿tan presto me quitan lo que me dan? Ya ves quién eres. Ya veo los sollozos y los llantos que aguardan al pueblo hebreo; mas siento que paguen tantos la culpa de Mardoqueo. Amán, si yo te ofendí, bien es que el rigor mitigues satisfaciéndole en mí, y a los demás no castigues, pues no pecan contra ti. ¡Amán, Amán, no lo intentes que es gravísimo pecado! ¡Ah, cielo!, ¿por qué consientes, siendo yo solo el culpado, que mueran los inocentes? (Mal he hecho en descubrir el secreto... mas ¿qué importa? Finalmente han de morir.) ¡Amán, tu enojo reporta! Yo me voy por no sufrir las lágrimas de este viejo, que me indignan mucho más. Haz que mude el Rey consejo... ¡Espera! ¿Agora te vas, cuando con razón me quejo? Viejo, he de darte la muerte un día antes de llegar el que ha salido por suerte. Tú me has a mí de tirar de la capa. ¡Rigor fuerte! ¡Paso! ¡Paso! ¿Quién se atreve a tan gran descompostura? Mejor trato se le debe a un hombre que el Rey procura que Amán de diestro le lleve. Bueno es, Amán, que su Alteza os mande a vos que le honréis por darle mayor nobleza, y que vos le atropelléis ni es cordura ni es grandeza. Cuando el Rey le quiso honrar, vos el instrumento fuisteis; pero debioos de pesar, pues el honor que le disteis se le volvéis a quitar. Acábense, Amán, aquí vuestras presunciones vanas, y no maltratéis así estas venerables canas que me enternecen a mí. Hónrale el Rey, y me espanta, teniéndoos amistad tanta, que a él tan opuesto estéis, que soberbio derribéis los humildes que él levanta. Ni es conforme a su real pecho, ni a vuestro buen proceder. Y así, no me ha satisfecho que sirváis de deshacer lo mesmo que el Rey ha hecho. Estoy, señora, sentido de este hebreo que mil veces respetarme no ha querido. En su causa los jueces siempre pasión han tenido. No he de adorar como a Dios a un hombre. Bien, Mardoqueo, no se queje Amán de vos. Sed amigos, que deseo veros en paz a los dos. (¿Esto he de sufrir?) Señora, yo me voy con tu licencia, que aguarda al Rey. En buena hora. Este es soberbio, ¡paciencia! Solos estamos agora. Dame esos brazos, señor; cíñeme, piadoso tío, con nuevos lazos de amor. No llores, que en Dios confío darte merecido honor. ¡Ea! ¿No me das los brazos? ¿Qué aguardas? No venga gente que impida nuestros abrazos, que el alma recela y siente verse sin tan dulces lazos. ¿Cómo estás? ¿Cómo te va? ¿No te alegras cuando miras que soy reina? ¡Acaba ya! ¿Qué tienes? ¿Por qué suspiras? ¿Quién tanto enojo te da? si es que Amán te despreció, diré al Rey, si te parece, que soy tu sobrina yo. Bien mi culpa lo merece, pero tu inocencia no. ¿Qué dices? Ya estoy turbada. si es causa de este disgusto Amán, no se te dé nada: tú eres bueno y Dios es justo. ¡Edad bien aventurada, no siento que Amán altivo veros despreciada quiere, siento el rigor excesivo con que el pueblo de Dios muere sin que dejen hombre vivo! El Rey Asuero ha mandado matar todos los hebreos. Sin duda Amán lo ha tratado. que es en sus viles deseos un faraón obstinado. A nadie han de reservar. ¡Válgame Dios! ¿Qué he de hacer? Muchos te suelen llamar mi sobrina, amada Ester, y así puedes recelar. Pues el Rey te quiere tanto, entra y pídele clemencia; oblígale con tu llanto a revocar la sentencia cuyo rigor es espanto. Háblale al Rey. ¿De qué suerte, si, como sabes, hay ley que nadie -pena de muerte- pueda entrar a hablar al Rey? ¿Cómo he de entrar? Reina, advierte siendo hebrea, cierto es que has de morir. Pues ¿qué esperas? Entra y háblale. Ya ves que, cuando por ello mueras, que es fuerza morir después. Días ha que no me ve el Rey. Temo sus enojos. Entra con ánimo y fe. Volvamos a Dios los ojos. Él el remedio nos dé. Ahora bien, yo determino ayunar con mis doncellas; que con el favor divino han de hallar nuestras querellas algún dichoso camino. ¡Premie el Cielo tu intención! Porque alcancemos perdón, haz que todo el pueblo ayune y que a su Dios importune con lágrimas y oración. Harelo como lo ordenas. Habla, Ester, al Rey Asuero. Yo voy. Entre tantas penas, de Vos, Rey divino, espero favores a manos llenas. Ved que Amán se os atreve. Celo vuestro honor, gran Dios. Bien veis que solo me mueve que os quiera usurpar a Vos la adoración que se os debe. Sois muy galán. Vos, muy dama; y así os he de acompañar, aunque su Alteza me llama. Soy de Amán, ya no hay lugar. Tarde olvida quien bien ama. ¿Aquí estáis? Huélgome, a fe, de ver el mejor vasallo que tiene el Rey. ¿Cómo os fue cuando fuisteis a caballo y Amán con la rienda a pie? ¡Oh, cómo estaréis ufano! Pues solo os advierto yo que de aquesa mesma mano que de la rienda os llevó os defenderéis en vano. Ya sé mi daño; y así te suplico... ¡Quita, hebreo! ¿Cómo le tratáis así? ¿Merece más Mardoqueo? Triunfando de Amán le vi. ¡Basta! ¡Basta! ¿No estáis vos bien con Amán? Soy su amigo. Competido habéis los dos. Razón y justicia sigo. Dadme licencia. Id con Dios. ¿A qué esperas? ¡Cielo santo, dame el favor que te pido! Cruel sois; mas no me espanto que con este lo haya sido quien conmigo lo fue tanto. Egeo, el Rey me casó. Vos tenéis culpa, Zarés... ..que a la Reina he de ver yo. Quiero consultar un rato los libros de devoción con quien comunico y trato. Veré muerto a Faraón, aunque viva Amán ingrato. ¡Dios, en cuyo tribunal misericordia y justicia tienen perfeción igual, halle pena su malicia y medicina mi mal! Escuchad a quien os llama, y acudid, eterno Dios, a nuestro pueblo que os ama, que Ester humilde ante vos tiernas lágrimas derrama. Como justo, castigad el enemigo furioso, vil autor delta maldad. Como misericordioso, nuestras culpas perdonad. Temo hablar al Rey Asuero, que por su ley lo prohíbe, y tiene un mal consejero que a vuestro pueblo apercibe la muerte con rigor fiero. Bien sabéis que en cosa alguna no tengo gusto sin vos, de quien el sol y la luna publican que sois un Dios cuya deidad siempre es una: Jamás os habéis mudado. A ver en mis libros vengo la palabra que habéis dado; en ella esperanza tengo, que es vuestra y nunca ha faltado. Ahora bien, Daniel es este. Quiero ver su profecía. Dios la verdad manifieste; que Aman, soberbio, porfía porque la vida nos cueste. El undécimo ha de ser el capítulo en que trata de Persia. Quiérolo ver, que Mardoqueo desata la duda a mi parecer. Persas, vuestra monarquía en el cuarto sucesor tendrá fin, el mesmo día que del león vencedor prevalezca la porfía. Vuestro reino ha de vencer, mostrando su heroico brío. Este, Alejandro ha de ser, y quien la pierda, Darío, hijo de Asuero y de Ester. Daniel santo, aguarda, espera, pues das a tu profecía la explicación verdadera. Vos, a cuya monarquía ninguna mudanza altera, pues Daniel en persona la verdad misma pregona, haced, señor, que el Rey vea que no es la nación hebrea quien se opone a su corona. Muevan las lágrimas mías vuestra piedad, que si leo a David sus profecías, dice que del pueblo hebreo ha de nacer el Mesías; luego, acabarse no puede el linaje de Israel; antes es fuerza que quede vivo, pues naciendo de él, Dios tanto bien nos concede. Pienso que en el salmo ciento y treinta y uno repite lo dicho. Empieza: mas ¡ay, qué dulce instrumento! Acuérdate de David, Dios de grandeza inmortal, pues de su generación a Dios en carne nos das. En la promesa del Verbo, juraste a David verdad, que tu palabra divina es imposible faltar. De la casa de David su decendencia será, para que se llame "Hijo de David y de Abraham". Venturosos decendientes tu siervo David tendrá. ¡Dichoso el vientre fecundo que tal fruto ha de llevar! ¡Gloria, descanso y paz, que el Verbo hijo de Dios ha de encarnar! ¡El mismo David conmigo hablando con Dios está! Pero sin duda dormía. Yo vuelvo a ver el lugar... mas ya he visto las palabras de David. Quiero mirar lo que dice la Sibila... ¡Oh, música celestial! De una soberana virgen -¡prodigiosa novedad!- será la nueva progenie que el cielo a la tierra da. Yo, la Sibila Cumea, en viéndose parto tal, prometo siglos dorados y eterna felicidad. ¡Gloria, descanso y paz, que el Verbo hijo de Dios ha de encarnar! ESTER¡Válgame Dios, qué de bienes! Al Rey voy, pues me previenes con tales nuevas, Señor. GABRIELEster, no tengas temor, que a Dios de tu parte tienes. Yo soy el ángel Grabiel. Ya escuchaste a Daniel, a David y a la Cumea: quiere Dios que su hijo sea de linaje de Israel. Sabrás, pues, que a una doncella que ha de llamarse María hará Dios su madre bella. Y yo, en allegándose el día, he de anunciárselo a ella. No tocará a Virgen tal el pecado original, que con la esposa del Rey no ha de entenderse la ley, aunque sea general. Entra a impedir el castigo con este ejemplo dichoso. Entra, Ester, haz lo que digo, porque la ley de tu esposo no ha de entenderse contigo. Nadie entra a verle la cara por el temor de la muerte, pero bajando la vara que tiene en la mano, advierte que su clemencia declara. Sentencia tendrá propicia cuando os viéredes los dos, que en la original malicia baja con su madre Dios la basa de la justicia. No tiene, pues, que temer la muerte tu pueblo, Ester, que tú has de librarle de ella, siendo figura de aquella de quien Dios ha de nacer. Se va el ángel Gabriel. ¡Ángel bello! ¡Gabriel santo!... ¿Qué he visto soñando, cielos? Pueblo de Dios, cese el llanto y cesarán mis recelos. Pues que Dios me anima tanto, hablaré al Rey mi señor y pedirele clemencia. ¡Perezca el infame autor desta enemiga sentencia a manos de su rigor! ¡Ánimo, pues, alma mía! Al Rey con tu ejemplo voy, Virgen que llaman María; tu sombra dicen que soy, tú, sol que da luz al día. No os he hecho venir a mi presencia por consultar, como otras veces suelo, vuestra mucha cordura y experiencia; Amán, que siempre muestra su buen celo, me ha aconsejado ya. Su gusto es mío: un alma de dos almas hizo el cielo. Todo lo acierta Aman, de él me confío. En fin, ha de morir el pueblo hebreo; vivo no ha de quedar ningún judío. Porque nadie se oponga a mi deseo, porque nadie por ellos interceda ---yo mismo apenas sin temor me veo-, la ley fortalecí: que nadie pueda entrar donde yo estoy. Con rigor fiero ha de morir quien esta ley exceda. ¡Abrid la puerta! ¡Dad lugar, que quiero pedir misericordia! ¿Quién da voces? ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Clemencia, Rey Asuero! ¿Qué es esto? ¡Hebreos son! ¡Nunca te goces, fiero Amán! ¿Qué aguardáis? ¡Dadles mil palos! ¡Echadles luego de Palacio a coces! Hebreos son, que es propio de los malos pedir clemencia, en viendo el daño cierto, con lágrimas fingidas y regalos. Pues ¿quién nuestro secreto ha descubierto? Son hechiceros y lo habrán sabido; hacen con el demonio este concierto. Aunque muera he de entrar. ¡Clemencia pido! ¿Por qué nos matas, Rey? ¡Escucha! ¡Espera! ¡Villano! ¿Cómo a entrar te has atrevido? La vara ha alzado ya. ¡Sacadle afuera! Vaya a morir, que alzando el Rey la vara, nos da a entender que el delincuente muera; de suerte que con ella nos declara su voluntad; bajándola perdona. ¡Que sin mi gusto me han de ver la cara! ¿De qué me sirve el cetro y la corona? El pueblo hebreo con razón padece, pues lo mandas, señor, y Amán lo abona. Pero si acabas esto, me parece... bien mil y más familias de judíos... De tus vasallos la mitad perece. ¿Pídoos consejo yo? Mil desvaríos te has dejado decir, amigo Egeo. Cuantos más fueren, más serán sus bríos. Bien dice Amán. ¡Perezca el pueblo hebreo! Pues ¿por qué se ha de enojar, señora, de verte el Rey? ¡Ay, Casandra! Ha hecho ley que nadie le pueda hablar, pena de la vida. ¡Espera! ¡Vamos! Quiérome volver, que temo. ¿Ley ha de haber para que una Reina muera? No temas; pasa adelante. ¿Qué es eso? ¿Quién entra allí? El Rey me mira. ¡Ay de mí! Airado muestra el semblante. ¡Que hay quien se atreva -¿es posible?- tan presto a romper la ley... ¡Ay, qué enojado está el Rey! .. de mi decreto infalible! ¡Muera quien fuere! ¡Ay, amiga! (¡Desmayose! ¿Hay tal rigor?) La Reina es. Mira, señor, que es su Alteza. ¿Quién obliga la ley a los reyes? Ciego de cólera no la vi. Mi bien, mi Ester, vuelve en ti. Mira que yo te lo ruego. ¿Tú desmayada? ¿Qué tienes que tanta pena te dé, siendo el templo de mi fe y la causa de mis bienes? ¿Dónde tienen tus mejillas sus dos rosas encarnadas? Aunque agora desmayadas producen mil maravillas. ¿Adónde tu rostro está? Aunque este es bello, no es él; pues la boca de clavel de lirio cárdeno es ya. si esas flores, si ese mayo, marchitan estos enojos, agua te darán mis ojos para volver del desmayo. Eres mi esposa y contigo no se ha de entender la ley, que eres Reina si soy Rey, y soy tu mayor amigo. Reina mía, no haya más; cese el desmayo y advierte que mal te daré la muerte, si tú la vida me das. Sobre tu cuello derribo la vara. Tocarla puedes. Declaro que viva quedes, pues yo, porque vives, vivo. Ya el Rey la vara bajó en señal de su clemencia. ¡Ay, Dios! ¡Qué justa sentencia! ¡Ah, bien mío! Aquí estoy yo. ¿No me hablas? He temido. mi señor y Rey. Señora, ya no hay qué temer agora. Piadoso su Alteza ha sido: Bajó la vara en señal, que le obligó tu belleza. Alégrese vuestra Alteza. ¿Tú temes, Reina? Haces mal. Las mujeres de los reyes, como tú, querida Ester, por ser reinas, han de ser preservadas de las leyes. Dime, mi bien, a qué entraste, segura del buen suceso; que agora, yo lo confieso, de nuevo me enamoraste. Y porque tu pecho esté cierto de mi voluntad, pídeme, que la mitad de mi reino te daré. Señor, si he sido agradable a tus ojos; si has querido, porque sierva tuya he sido, mostrarte manso y afable; si algo merezco contigo, te suplico solamente que tú y Amán juntamente vais hoy a comer conmigo. Nada te niega mi amor. Iremos donde has mandado. Amán, hoy sois convidado de la Reina. Es gran favor. Como tal le estimo. (Siendo los que están aquí príncipes también, de mí solamente se acordó; pero mi grandeza advierte.) Voy contenta. (A solo Amán estos favores se dan. Más que méritos, es suerte. Todos quedamos con queja.) Vamos, señora. (¡Dios mío, solamente en Vos confío!) (Algo enfadado me deja este convite. Es ventura. Priva Aman: todo lo puede. Mas, ¡plega a Dios que no ruede la suerte jamás segura! ¿Qué dices? Yo, Zarés, vengo a tu casa a solo suplicarte que intercedas con tu marido Amán. si el yerro es mío, ¿por qué ha de perecer mi pueblo todo? A Egeo le pedí que intercediese, y él me lo prometió; pero tú sola podrás más bien que todos remediarlo. Mejor hubiera sido, Mardoqueo, mostrar esa humildad antes de agora. Tú estuvieras contento, Amán pagado. ¿Por qué razón no hincas las rodillas siempre que pasa Amán? El cielo sabe que no es soberbia; religión ha sido. Procura ser humilde, que yo entiendo que es la virtud mayor. Espera un rato, que cuando venga Amán, quiero pedirle que perdone tu culpa si te enmiendas. No lo he de hacer, Egeo... Zarés mía, ¿sabes mi buena suerte? Hoy se me hace la mayor honra que jamás se ha visto: Soy de la misma Reina convidado. ¿Quién sino tú tan gran honor merece? La Reina no estimó los otros grandes. Sólo de mí hizo caso. (¡Qué soberbio!) (¡Válgame Dios! Ester trata de fiestas,. cuando el pueblo de Dios suspira y llora. A Amán, nuestro enemigo, hace favores, cuando él nos hace guerra. ¡Ah, cielo santo, quién tal dijera! Ester, ¿a Dios no temes?) Mi bien, aquí ha venido Mardoqueo a pedirme clemencia. Ya está humilde. Perdónale esta vez. Lo mismo pido. ¡Hebreo infame! ¿Agora sumisiones? ¿Agora estás humilde? Pues yo quiero que esa humildad que tienes te levante. Yo te levantaré cincuenta codos que tiene de alto una famosa horca que te pienso enseñar. Amán, advierte que porque Faraón siempre obstinado persiguió al mismo pueblo que persigues, le dio sepulcro el mar entre sus ondas. Amán, con los rendidos y sujetos mostrar vuestro poder no es valentía. Egeo dice bien. ¡Dejadme todos! Cuanto más interceden, más me indignan. Zarés, de paso vine a darte cuenta del honor recebido. Yo me vuelvo, que es hora de comer. Tú, hebreo infame, no pises otra vez estos umbrales, que me ofendo de verte. ¡Dios es justo! Mardoqueo, ya ves que no es posible acabar con Amán ninguna cosa. No puedo más. ¡Paciencia, Mardoqueo! Todas las esperanzas han faltado. El Rey da la sentencia, y no permite que haya suplicación. Amán lo incita. Zarés, aunque intercede, no aprovecha. No alcanza nada Egeo. Y Ester trata, en vez de penitencia, de banquetes. No tengo sino a Vos, justo Dios mío; Vos quedáis solo: ¡Sólo en Vos confío! ¡Gran fiesta tenemos hoy! Solo Amán es convidado de los grandes. Admirado de su gran privanza estoy. Yo también quiero servir a la mesa. ¿Vos? ¡Pardiés, que me he de holgar esta vez que no haya más que pedir! Hola, ¿no os parezco bien en cuerpo? ¡Famosamente! Cuando la Reina se siente, sentareme yo también en medio del Rey y Amán. CRIADO .°¡Qué simplicidad! ¡Ya vienen! Pues Amán y el Rey ¿qué tienen más que yo? ¿No estó galán? Ya, Reina, estamos aquí. Sentarte puedes, señor. (Entra, no tengas temor. Ruega a la Reina por mí.) Merced me has de hacer, señora, de alzarle a Pirro el destierro. Con justicia le destierro, pero por vos entre agora, que es día de conceder todo cuanto se pidiere. Y de lo que un hombre viere, será día de comer; será día de arrojar los dichos de dos en dos. ¡Basta! ¡Basta! ¿Acá estáis vos? ¡Hola! ¡Comer y callar! Cantad vosotros. ¿No ves qué hermosa la Reina está? A comer empiezan ya. ¡Va de tono! Vaya, pues. Hoy salió el sol más alegre. Hoy convida y hace fiesta al más poderoso Rey la más venturosa Reina. Hoy Amán, que es en la Corte el mayor príncipe de ella, por ser igual a los Reyes, con ellos come a la mesa. Hoy ha llegado a la cumbre de la dignidad suprema, al extremo de privanza y al colmo de la grandeza. (¡Basta!, que todos pretenden mi gracia. Hasta los poetas y los músicos, si escriben y cantan, me lisonjean.) Del monte de la Fortuna, como el subir es violencia, más fácilmente se baja, porque se sube con rueda. La privanza es el peñasco que Sísifo en hombros lleva: a espacio sube y, llegando, se vuelve a bajar apriesa. (¡Qué canción tan misteriosa!) Mande, señor, vuestra Alteza que no prosigan el tono, que me dan notable pena. ¡Dejadlo! (¡Qué majaderos!) ¡Qué peregrina belleza! ¿Nada come vuestra Alteza? El manjar más dulce es veros. si en el Ganje hay una gente que se sustenta de oler, yo me sustento de ver vuestra hermosura excelente. ¡Hola, Ester! Dadme una pierna... Digo una pierna de un ave; que ¡pardiés que a mí me sabe como al Rey, cuando está tierna! Fileno, apartaos allá. Toma. Mira qué me dio la Reina. ¿No digo yo que me quiere? (Bien será tomar un plato, aunque sea sin que le hayan acabado. Éntrome por este lado sin que la Reina me vea... Ya me ha visto. Plega a Dios no me destierre de nuevo. Pero buen plato me llevo.) Hipólita, ¿qué es de vos? Vos serés una por una. Tomaos aqueste bocado. Tomad vos. ¿Qué me habéis dado? El alma de una aceituna. (El Rey está divertido mirando a la Reina.) Ester, ¿qué mandas? Ya hemos comido. Quitad la mesa, en efeto. Pide con seguridad; ya digo que la mitad de mi Reino te prometo. Pide sin temor. ¿Qué quieres? Y vosotros atended. ¡Pido que me hagas merced de la vida! si tú eres mi vida y vivo por ti, porque con tus gustos mides los míos, ¿cómo me pides lo que tú me das a mí? ¿Qué pides? si has confesado que soy tu vida, señor, ¿cómo con tanto rigor a muerte me has condenado? ¿Yo, a muerte? Sí. ¿De qué suerte? Amán lo dirá. ¿Yo? ¡Vos! ¿Qué es esto? (¡Válgame Dios!) ¿Quién te ha condenado a muerte? ¡Acaba! ¡Amán! ¿Yo, señora? ¿Amán? ¿Cómo puede ser? Tú, Rey, le has dado el poder. Más confuso estoy agora. Por su consejo has mandado matar la nación hebrea. ¿Qué importa cuando eso sea? Ester, ¿qué pena te ha dado? Siendo yo hebrea, señor, por la misma ley también debo morir. Dices bien. (¡Ya estoy muerto de temor!) ¿Tú hebrea? No me he atrevido a decirte que lo soy por la humildad. Más estoy alegre que arrepentido. Yo soy Rey, tú lo pareces; o seas hebrea o no, el linaje tengo yo, y tú el lugar que mereces. Sobrina soy de un criado de tu casa. Ya deseo saber de quién. Mardoqueo. (¡Ay de mí!) Y él me ha criado. A él le debo lo que soy, y tú la vida. Así es. ¿Qué razón hay que le des muerte? REYYa en la cuenta doy: Mal me informó este traidor. Fue engaño y maldad solene. Amán, por odio que tiene a los hebreos, señor, y a mi tío especialmente, porque siempre que pasaba la adoración no le daba que es para Dios solamente, por vengarse de él y de ellos, ese consejo te dio; mas en el lazo cayó que tenía para ellos. Dale, señor, el castigo que merece su malicia. Yo me quejo; hazme justicia. Muera Amán, nuestro enemigo. Destrúyele, Rey. Acaba con su vida su traición, que no es digno de perdón el que a nadie perdonaba. ¿Esto sufro? (El Rey se aíra.) Tan indignado me tiene. Reina, Amán... mas no conviene. ¡Traidor! (El Rey se retira. Ya su enojo me leyó la sentencia. Reina, advierte, que aunque mi culpa es de muerte, no quise dártela yo. Confieso que pretendí destruir el pueblo hebreo y a tu tío Mardoqueo, mas no pequé contra ti. Aplaca al Rey. No permitas que el Rey vuelva a deshacer su hechura. Mira que el ser que me dio tú me lo quitas. ¡Levanta, Amán! Ya te has hecho más humilde, si no es que te has caído a mis pies como edificio deshecho. No merece tu pecado piedad, pues no la tuviste de un pueblo. Privado fuiste, bien es que mueras privado. ¡Déjame, traidor! Señora, si me dejas de tu mano, ¿quién me la dará? ¡Oh, villano! ¿También te atreves agora? ¿Aun aquí te has descompuesto? ¿En mi presencia te atreves a la Reina? Morir debes. ¡Llevadle! ¡Llevadle presto! ¡Llevadle, Egeo, a morir, que yo le condeno a muerte! ¡Ah, mi Rey! ¡Llevadle! ¡ Advierte! ¡Escucha! No te he de oír ¿Esto es posible? ¡Llevadle! Rey, la sentencia revoca. Tápenle luego la boca. No hable palabra. ¡Ahorcadle! Egeo, ¿qué os detenéis? Señor, ¿qué mandas? ¡Que muera! ¿De veras es esto? ¡Espera! La horca en la plaza haréis al punto. Él hizo en su casa una para Mardoqueo. Pues en ella muera, Egeo. Y notad lo que aquí pasa, que es ejemplo en que se mira que cuando arroja la flecha la pasión, vuelve derecha contra el mismo que la tira. Sepa que ha de suceder Mardoqueo en su lugar, y ansí, le podréis llamar. Yo sucedo en su mujer. Yo voy muerto. Él lo merece. ¡Oste puto! ¡Tirte ahuera! ¡Quién tal mudanza creyera! ¡Sueño o fábula parece! Amán llevan ahorcar, porque no fue hombre de bien. Voyme de aquí, no me den con el mazo de apretar. Mardoqueo viene allí. ¡Tío y señor! ¡Padre mío! (¿Cómo me ha llamado tío, estando su Alteza aquí?) Rey, ¿qué mandas? Levantad, y abracémonos los dos, para que se mire en vos el triunfo de la humildad. Silla tenéis a mi lado; sentaos aquí, que me alegro de tener por padre y suegro un vasallo tan honrado. Criados, a Mardoqueo respetad. Sabed que es tío de la Reina y deudo mío, y a quien más honrar deseo. Privará con la ventaja que privó Amán arrogante, porque la humildad levante lo que la soberbia baja. En dos balanzas están sus dos suertes, y así veo que ha subido Mardoqueo todo lo que bajó Amán. En fin, ya está perdonado el pueblo hebreo. Señor, dame esos pies. ¡Gran favor! mas es Dios el que le ha dado. Mi sello para ocasiones tuvo Amán; vos le tendréis, porque luego despachéis diferentes provisiones, para que a todos aquellos de quien están oprimidos los hebreos afligidos les den muerte en lugar de ellos. Ansí se debe entender la profecía, pues hoy vida a los sujetos doy, cuando la piensan perder. Ensangrentarán sus manos en quien pensó ensangrentar las suyas; que han de acabar todos los persas, villanos de quien quejosos están los hebreos. Vos -ya digo que sois mi mayor amigo- teniendo el lugar de Amán, privad, que más fácilmente humilde os conservaréis; y esto más que Amán tendréis: que os estimo por pariente. Señor, solo con callar respondo. ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¡Aman en la horca y puesto Mardoqueo en su lugar! ¡Vil fortuna! ¡Humana ley! ¡Fácil mudanza de estado! ¡Hoy, que pensé verle ahorcado, le hallo al lado del Rey! Aquí está Zarés. ¡Qué triste viene! ¡Lástima le tengo! Señor, a quejarme vengo del agravio que me hiciste. El Rey no agravia, Zarés. Levanta. Afligida vienes. Descansa a mi lado. ¿Tienes pasión? Alza de mis pies. Tengo el lugar que me dio la Fortuna y mi desgracia. Zarés, tú estás en mi gracia, que no eres tú quien cayó. No porque fuiste mujer de un traidor culpes tu suerte, que antes debes a su muerte, pues sales de su poder. En otro verte deseo, a quien hoy te restituyo. Fui de Amán por gusto tuyo. Primero fuiste de Egeo. ¿Para quién puede ser buena ya la mujer de un traidor? Para un leal que en tu amor ha hecho inmortal su pena. Con los estados de Amán también su mujer os doy, Egeo. ¡Dichoso soy! Premiados los dos están. ¿Qué dices, Zarés? Que estimo mi suerte en más. Ya la gano hoy con vos. Dadle la mano. Bueno es esto. Yo me animo. ¿Casarémonos, Fileno, vos y yo? Non sé ¡Par Dios! ¿Queréis que case con vos quien quiere a Ester? ¡Oh, qué bueno! F I N
