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Texto digital de Quien no se aventura no ha ventura

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Atribución tradicional
Guillén de Castro y Bellvís
Atribución estilometría
Guillén de Castro y Bellvís Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Domingo Vladimir Consuegra y Amanda Aparicio.

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Vladimir Consuegra, Domingo y Amanda Aparicio. Texto digital de Quien no se aventura no ha ventura. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/quien-no-se-aventura-no-ha-ventura.

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QUIEN NO SE AVENTURA NO HA VENTURA

JORNADA PRIMERA

¡Qué loco Amor! No es locura. Si no… ¿qué? Un conocimiento con que obliga un pensamiento la fuerza de una hermosura; una razón conocida, con el gusto consultada, con el valor apurada y en el ánimo atrevida; una inclinación que entiende lo que abona, y se asegura del peligro que aventura por la gloria que pretende; y, en fin, es para que obligue quien ama a quien le desvela, una esperanza que vuela, y un deseo que la sigue. ¿Y qué será el ver estar a esa esperanza importuna contrapuesta la fortuna con su mazo de apretar? ¿Qué será el haber corrido tantas tierras, tantos mares, descompuesto en los pesares y en los trabajos perdido? ¿Qué será el ver que te obliga al exceso de esta empresa de Sicilia la Princesa, que es tu mortal enemiga? El pretender su belleza habiendo muerto a su hermano, cuando promete la mano a quien le de tu cabeza, ¿qué será? Y haber pasado en Mantua, ya tan perdido, que con solo ese vestido vas siguiendo tu cuidado, ¿qué será? Y, ¿con qué razón podrá, aunque apasione alguna, verse en tan baja fortuna un Infante de Aragón? Con mirar la causa sola, en mi opinión infinita, que mi esperanza acredita y mi deseo acrisola. ¡Ay, Princesa! Pues mirando os doy el alma que os di. Responded, hablad por mí, pues tanto decís callando; a mi disculpa le dad vuestro agrado y vuestro impulso. Bien, por Dios, tocadle el pulso, le veréis la enfermedad. ¿Hay amor tan mentecato? ¿Hay tal gusto, hay tal exceso, que pueda quien tiene seso perderle por un retrato? De más de que en él conviene con la lisonja el pintor, ¿puede haber alma en amor de cosa que no la tiene? Si la que en él se figura es necia, si huele mal o no tiene buen metal de voz, que es otra hermosura; si está, que podría ser, por algunos accidentes, la tal cabeza sin dientes, o es coja la tal mujer; si fuese tan desairada que el vestido le cayese de un lado y otro, si fuese, ojituerta, o corcovada, y si fuese la mitad de corcho, al andar cobarde; y si fuese, Dios nos gurde, sucia, insufrible fealdad, ¿qué tal viniera a quedar quien por un palmo pintado de cara hubiera pasado peligros de tierra y mar? ¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda amada! Ya del éxtasis volvió. Yo he de morir, o ser yo tu esposo. No es casi nada. ¿Burlaste? ¿En eso porfías cuando los tiempos te ofrecen aventuras que parecen de andantes caballerías? Cuando en Mantua no tenemos para vivir que comer, ¿cómo podrás emprender tan difíciles extremos? ¿A qué al palacio viniste del Duque? ¿A qué aspiras? Muero de amor, que decirte quiero lo que hasta aquí no supiste. Ya ves que en Mantua supimos que desde que yo de España me partí, y hallé en los tiempos dilaciones y desgracias, la Princesa de Sicilia, que es mi enemiga adorada, de su hermano a quien maté, deseando la venganza, publicó que a quien le diese mi cabeza, señalaba por premio el darle la mano de esposa; dichosa hazaña, que tales glorias promete si tales dichas alcanza. Señaló de plazo un año a quien mi cabeza traiga a su poder en Sicilia donde luzcan sus venganzas; pero si fuese imposible, con el mismo premio paga, al que probare haber hecho más atrevidas, y varias diligencias para verle logradas sus esperanzas. Con esto, ahora que el año que dio de plazo se acaba, como por ausencia mía ninguno empleó la espada en cortarme la cabeza, van los que tuvieran causa de pretender la Princesa a Sicilia, donde allana el Rey, su padre, el camino, para que las pruebas hagan de quien con más diligencia en el fin de esta demanda la sirvió porque ese sea su esposo. Amadís de Gaula debió de dar con su ejemplo la inventiva de esa traza. Vengamos al caso ahora, entre príncipes de Italia, y de otros reinos también, ha sido el Duque de Mantua uno de los pretensores, y prevenciones extrañas hace para ir a Sicilia; y yo tengo quien las haga de que por criado suyo me lleve a mí, con que paga mi amor a la industria mía el fin de mi confianza. ¡Válgame, Dios, que eso puedan las pasiones qué te engañan! No conoces. ¿Si te acuerdas que el ser heredero aguardas de Aragón? ¿Qué te aventuras? Pues el seso que rematas te lleva entre tus contrarios donde te suceda… Calla, que sale el Duque. Y a quien tiene amor en toda el alma ni razones le convencen, ni peligros le amenazan. Hágase demostración que diga con mi grandeza, ya que no con la belleza que alienta mi pretensión. Sepan todos, pues yo quiero con el fin de mi partida, darle el alma, nueva vida, el gusto con que la espero. Las acémilas cargadas, cuente el sol con las estrellas, y baje a ser una de ellas el norte de mis jornadas; el oro de mis blasones brillando en los reposteros, de a los reinos extranjeros reflejos de admiraciones; mis españoles caballos tanto en su dueño confíen, que a los del sol desafíen cuando se pare a mirarlos; quede Italia alborotada para quedar vencedora, por mi emulación ahora, como hasta aquí por mi espada; mis galeras en el puerto me esperen, en cada una de otro César la fortuna de otro Ulises en el puerto, porque en viéndome fiar del agua los pensamientos, con aplauso de los vientos se haga de leche el mar; flámulas y banderolas, y hasta el mismo gallardete, por si celos me promete lo azul claro de las olas, vistan mi verde librea, pero solo de los remos vistan verdes los extremos. Pero todo verde sea, para que así en confianzas de las marinas espumas parezcan las velas plumas que llevan mis esperanzas; y acompáñenme criados para esto prevenidos, galanes en los vestidos, y en los talles extremados, que es lo que da más honor, más ostenta y más agrada al lustre de una jornada y a la casa de un señor. De nuestros cuidados fía tus gustos. Así lo espero. Un español caballero hablarte, señor, querría. ¿Es por quién me hablaste? Él es. Llegue, que honrarle me toca. Como a mí el poner mi boca en lo que pisan tus pies. Levanta. Deme, tu Alteza la mano. En mi cortesía tu española gallardía da indicios de tu nobleza. ¿Quién eres? Un español, sí noble, tan desdichado, que desdichas he contado con los átomos del sol. Por cierta desgracia honrosa salí siguiendo mi estrella de España, dejando en ella llorando la causa hermosa; y apurando mis pesares con su memoria y sin mí, entre infortunios corrí mucha tierra y muchos mares. Dio en tus costas al través la nave en que yo venía, porque en la pobreza mía llegó a extremarse después; y me guio la opinión de tu generosa alteza sabiendo con la grandeza que parte a su pretensión, a suplicarte, obligada tu generosa piedad de mi cierta adversidad, que contigo a esta jornada me lleves por tu criado, seguro de que he tenido tanto y más de bien nacido que tengo de desdichado. ¿Cómo te llamas? Don Diego de Aragón. Bien tu linaje se ve en tu cuerdo lenguaje y en tu brioso sosiego; y cuando justo no fuera estimar tu calidad por grandeza y por piedad, por inclinación lo hiciera. En mi casa te recibo y a mi favor te prometo. Beso tus pies, que ese efecto como la causa es altivo. Denle para esta partida a don Diego de Aragón cuanto pide la ocasión, que no digo cuanto él pida, porque no quiero obligarle a pedir poco, y también porque quiero que le den lo que sé que debo darle. Medido con tu grandeza, ¿qué será? Medir querría tu discreta cortesía con mi franca gentileza. ¿Quién es el que te acompaña? En mi casa se crio y a mi lado. También yo soy bien nacido en España, y hombre soy que por lo menos, si no dichas, tengo bríos para ejercitar los míos sin abatir los ajenos. Soy quien junta la hidalguía del decir con el hacer; soy quien deja de tener porque dio lo que tenía; soy quien puede, aunque a pesar de la usanza, no admitir el atreverme a pedir que no fuera para dar; soy quien trae por los cabellos con propio gusto de oírlos donaires para decirlos, pero no para venderlos; soy quien tiene por primor el salir con ser gracioso; mas no empleo en ser chismoso el preciarme de hablador; soy quien jamás dando efecto al rigor o a la piedad, vestir supe una verdad ni desnudar un secreto; y, en fin, soy quien poco a poco, pasando el frágil raudal del engaño natural, he sabido que sé poco. Con esa sola certeza pienso yo que sabes mucho. Desvanecido te escucho. Le prometo a vuestra alteza juez para todo capaz, pues sobre ser bien nacido es industrioso entendido, determinado y sagaz, y hombre de tal confianza, que en ella seguros veo para lograr un deseo los pasos de una esperanza; y cualquiera merced tuya merece. Quiero emplear la primera, que es fiar de la diligencia suya, una cosa harto importante. Bien puedes. Servirte espero. Que vaya a Sicilia quiero y de todos se adelante, pues no siendo conocido de nadie por mi criado, podrá saber en qué estado está este bien prendido en mi adorada Princesa. Y en mi enemiga adorada. Y me dará en la jornada avisos para la empresa, llevando mis instrucciones que den a sus diligencias conformes inteligencias y acertadas ocasiones. Mi deseo me hará ser otro Ulises. Yo lo creo. Y yo abono su deseo. Ya le puedo agradecer. Ven, don Diego, mi privanza ya tu estrella te previene, porque imagino que tiene con la mía semejanza. Ya la tengo por dichosa, pues dejo el ser desdichado. Muy ciego va tu cuidado. Es la causa muy hermosa. Plega a Dios que no te lleve a la muerte esa hermosura. No ama quien no se aventura, ni alcanza quien no se atreve. Princesa, ya hemos llegado a la víspera del día en que tu dicha y la mía merezca mejor estado; ya, hija, ocasión es esta que previene el regocijo, ya, pues tu hermano y mi hijo tantas lágrimas nos cuesta. Alivia mi pesadumbre con más alegre semblante. Tiene el alma vigilante la tristeza en la costumbre; y así yo cuando querría alegrarme, pues tu alteza gusta de ello en mi tristeza, vuelvo a dar con mi alegría; porque, señor, si he tratado de casarme, aunque es tan justo, no fue por seguir mi gusto, si no tu razón de estado; y así porque en mi esperanza vean todos que mi intento fue el hacer mi casamiento, de no ser, como es razón, mi esposo, quien mi tristeza alivie con la cabeza del Infante de Aragón. Al probar los pretensores que esfuerzan esta querella cual hizo para traerla las diligencias mayores, porque se vea cuál es más digno de mi persona, pues a mí no me apasiona otro ningún interés, quiero que mi hermana sea la que juzgue y la que elija. En tus pensamientos, hija, el mundo mis glorias vea. De tu mucha discreción, hermana, mi honor confío. Tuya soy. Consejo es mío, aquella es resolución. Después de besar tu mano una merced tan cumplida acepto. Diera la vida por vengar la de mi hermano. El de Ferrara ha llegado a vista de la ciudad, y el de Albania. Caminad. al paso, que me ha obligado el ir yo al recibimiento suyo, y en este lugar podéis los dos esperar a las lisonjas del viento que estos jardines recrea, para que aquí, como acaso, puedan veros tan de paso que quien os mire no os vea. Ya, Leonora, hermana mía, pendiente de tus consejos está mi esperanza. Y ya, voluntad y entendimiento voy empleando en servirte. Pues tan en su puesto veo esas dos cosas en ti y tan de mi parte, es cierto que aliviarás mis cuidados, si no logro mis deseos. Pues en esa confianza has de alegrarte. No puedo; porque esta venganza mía me da voces en el pecho. Tuya la llamas, no más. ¿No fue nuestro hermano el muerto y yo también la ofendida? Aunque lo sabes, lo diré: como el de Aragón trataba conmigo su casamiento, cuando mató a nuestro hermano y a mí me perdió el respeto más que a todos, así yo con más razón le aborrezco más que todos, y me toca a mí en el lugar primero esta venganza, que llamo solo mía y a quien debo las diligencias que hago y los pesares que tengo. Daría, hermana, por ver del aragonés soberbio en mis manos la cabeza, el corazón donde llevo la memoria del agravio y la rabia del deseo. Sosiégate, que algún día lo lograrás. El espejo te está esperando, señora. Déjame, verme no quiero, pues no me veo vengada. Ve, que tienes descompuestos al viento de los jardines los rizos de los cabellos; ve, por mi vida. Sí haré, que es muy grande el juramento. Te avisaré, Isabela, si tardas. Volveré luego. Oye, Isabela. Señora, disimulos y desvelos veo en ti, ¿qué tienes? Voy apurando el sufrimiento. Yo, Isabela, muchos días que tengo los pensamientos por el gran Duque de Mantua abrasados y ligeros; en sus pintadas figuras mis turbados ojos vieron su talle, su gentileza, sus galas y sus trofeos; y en la boca de la fama vi su grandeza, su ingenio, lo apacible de su trato, y lo bravo de su esfuerzo. Tras esto, amiga, mirando, tras esto, Isabela, viendo que es pretensor de mi hermana y que viene para serlo con prevenciones tan grandes a Sicilia, y en Palermo con los demás pretensores se junta a esperar el premio de mi padre prometido y de mi hermana; recelo que el escogido no sea, pues será entre todos ellos quien lo merezca mejor para que yo quede ardiendo en los hielos de mis penas y en las trazas de mis celos; y así aconsejé a mi hermana, que por mostrar con ejemplos que en venganzas y no en gustos se fundaban sus deseos, me hiciese juez a mí de esas causas, advirtiendo que por más asegurarla cuando el Duque espero poner en la industria atajos y en los atajos rodeos, para probar mi fortuna si es dichosa; y pasa esto tu favor he menester, tu amistad y tu secreto, y si logro mi esperanza, como piadoso trofeo de los milagros de amor, he de colgarla en su templo. Tuya soy. Calla, que Enrico viene aprisa. Ya le veo. Ve, pues, y avisa a mi hermana. Voy volando. Alegre quedo, pues da el sol en el camino donde puso el pensamiento, y es amor tan de mi parte que por mi norte le llevo. ¿Qué hay, Enrico? Mi señora, que parece que en Palermo con la luz de muchos soles la tierra se vuelve cielo. Como si se concertaran, llegaron casi en un tiempo dos pretensores famosos de nuestra Princesa; fueron el gran Príncipe de Albania y el de Ferrara, que habiendo sabiendo el uno del otro que estaba cerca, quisieron competir en cortesías sobre cuál de ellos primero entraría. Hubo embajadas por las cuales convinieron que entraran juntos los dos. Se juntaron a poco trecho de Palermo, a cuyas puertas esperaba el Rey, poniendo a la autoridad aplauso y el alborozo silencio; y al comenzarse la entrada me mando venir, y vengo a que vuestras dos Altezas esperen en este puesto disimulando el cuidado, porque así el favorecerlos a estos dos príncipes sea cortesía sin exceso. Mi señora, la Princesa viene ya, y llega con ellos el Rey por esta otra parte, y el sol pienso que en los cielos se esparce para alumbraros y se para, para veros. Son babilonios pensiles estos jardines. Son bellos. Pues no llevan malas flores. Son soberanos extremos. Son del cielo maravillas. Princesa, Infanta, ya espero que me ayudéis a estimar de estos Príncipes excelsos la más dichosa llegada. Me pondré a sus pies primero. El de Ferrara, Princesa. ¡Jesús! ¡Qué notable exceso! Levántese, vuestra Alteza. Poco haré yo si no beso lo que pisan vuestras plantas. Excesivos cumplimientos ofrecen las cortesías, señor. Pues mi hermana ha hecho por las dos lo que debía, sin obligaciones quedo. Hasta salir del jardín mis hijas acompañemos. ¡Qué breve será el camino! ¡Y qué limitado el tiempo! ¡Qué felice navegar! Los vientos se han prevenido y tus galeras traído como en sus brazos el mar. Escila y Caribdis, capaces de razón y de remedio viéndote a ti de por medio parece que hicieron paces. No quiero entrar en poblado; armen tiendas por las faldas de este monte, con guirnaldas de laureles coronado. ¿Qué está Palermo de aquí? Treinta millas. Bien hicimos, que aquí a Ramiro dijimos que volviese. Señor, sí. Mucho tarda. Aún no ha tardado si te sirve en lo que importa; mas no hay esperanza corta en un pecho enamorado. Bien dices: ¿hay pena igual como el esperar en quien quiere bien? Quien quiere bien, cuando espera teme el mal; y así aumentando el pesar que con pies de plomo pasa, con fuego de nieve abrasa el temer al esperar. De su loco devaneo mucho sabes. En mí ha sido un letargo del sentido y un azogue del deseo. ¿Según eso, enamorado has estado? A Dios pluguiera que solamente sintiera la pena de haberlo estado. Luego, ¿lo estás? Y con tal brío, que ha llegado a ser exceso, y en el buen o mal suceso de tu amor consiste el mío. Pues, ¿cómo o por qué? Señor, porque según el estado en que quede tu cuidado emplearé tu favor; pues tal podría quedar, que no me deje atrever a pedirte tu poder por remedio a mi pesar. Dímele luego, que es justo, y mis favores espera, que en la amistad verdadera siempre está dispuesto el gusto. Yo te la tengo, confía de mí. Con tal confianza logra ahora tu esperanza, y después sabrás la mía; y dame los pies ahora. Mucho estimo lo que vales. ¡Oh, amor! En pechos reales haces la intención traidora. Señor, pienso que se apura el amor de la Princesa mucho en ti para esta empresa. Aunque es gusto no es locura. La quiero por elección, pero no por influencia; mas como a la competencia alienta la emulación, me desvelo cuidadoso por verme con sus favores entre tales pretensores escogido y victorioso. Tu buen pensamiento alabo y al mío le doy aliento. Señor, a pesar del viento, galeras doblan el cabo. Serán las de Barcelona que yo aquí espero dos días, pues como si fueran mías aseguran mi persona, que es el Conde muy mi amigo. Un hombre desembarcó de una faluca. Y creo yo que es Ramiro. Y yo lo digo, y me doy mil parabienes, porque tuve imaginando que era poco su criado para el mucho que tú tienes. Dame los pies. Alza. Mucha fue tu diligencia. Fue de servirte. Sí acerté como deseaba. Escucha. Llegué a Palermo, señor, y por poner diligencia en servirte, ejecuté una grande estratagema que en la cabeza traía perfeccionada y dispuesta. Sobre un saco de sayal ceñido con una cuerda, me puse un rosario al cuello con su cruz y calavera. Fingí macilento el rostro, porque siempre se alimentan de fingidas santidades las engañosas cautelas. Fui los tres días primeros pidiendo de puerta en puerta, publicando que venía de adorar la santa tierra del gran sepulcro de Cristo, refiriendo lo que en ella vi. Peregriné y sufrí de trabajos y de penas, con las mayores mentiras que en un garito dijera un cortesano hablador contando alguna pendencia. Di en predicar los temores de las regiones funestas, con gritos de cuando en cuando, que hacían temblar la tierra. De los públicos pecados di apasionadas querellas, y al de la venganza más le apuré la inteligencia; especialmente en un Rey que daba por premio de ella, de su hija el matrimonio, sacramento de la Iglesia; y más cuando yo sabía de mis ojos con certeza que el Infante de Aragón en los confines de Grecia hacía entre ásperos montes vigilantes penitencias. Aquí tan furiosamente les di a los gritos la fuerza, que en mi cuello una maroma parecía cada vena. Con esto, entre exclamaciones, libertades y promesas de mis oraciones llantos, disciplinas y abstinencias. Tanta gente me seguía y abonada, que pudiera ser un segundo Mahoma por inventor de otra secta. Pasó hasta el Rey la palabra y quiso verme. Aquí vieras que ya en mí la hipocresía pareció naturaleza, porque llegué con el cuello torcido, la voz enferma, y en los penitentes pasos cobardes intercadencias. Me tendí del pie al cabello como haciéndole la venia de fraile penitenciado en sus refectorias mesas. Él mismo me levantó con tan grande reverencia, como si yo fuera un santo, y aún yo creí que lo era. Tanto puede un embeleso de una fingida apariencia, que con mentiras engaña al mismo que las inventa. Examinó mis viajes, mis obras, mis experiencias, y a todo le respondía como si oráculo fuera. Con equívocos notables, levantando la cabeza a mirar lo que decía como escrito con estrellas. Me preguntó del Infante de Aragón, y con más veras si era cierto haberle visto. Le respondí que lo era, porque le vi mentalmente correr por las asperezas de los montes, y habitar lo profundo de las cuevas. Se suspendió y me envió a su hija la Princesa que de verme gustaría. Fui por instantes, y la hallé con Leonora, hermana suya menor, pero no en belleza, porque más bella ninguna es posible que lo sea. Usé los términos mismos que, con su padre, con ellas; y de los lances primeros me atreví, las prediqué, si con grande desenfado, con mayor impertinencia, estilo muy propio en todos los que ignoran lo que enseñan. Tras esto vi fácilmente, que tenía la Princesa a la invencible venganza la devoción contrapuesta; porque la vi las mejillas de nácar, correr por ellas de los ojos a la boca, como a su centro, las perlas. Yo entonces, como el intento principal que a estratagemas semejantes me obliga, era saber de ella misma leyéndole las entrañas, si ponía en vuestra Alteza el gusto del pensamiento. Con voz más baja y más tierna mudé estilo, y le pregunté, para que con paz se hiciera su gusto y las bodas, cuál de sus pretendientes era a quien se inclinaba más. Con una cólera inmensa, me atajó, diciendo: a mí solo venganzas me llevan, y no gustos a querer esposo; y para que vea el mundo verdad tan clara, quien me traiga la cabeza del Infante de Aragón, o quien mayor diligencia haya hecho por poder debajo de mis pies ponerla, será mi esposo; y mi hermana quiero que juzgue cual sea el que mereciere más, para que a mí no me tengan por mujer que me apasiona, mas de las memorias tiernas de un hermano que perdí. Con esto, como una fiera se fue y me dejó perdido aguijando hacia las puertas, porque no fuesen ventanas las que salida me dieran. Entraron a ese otro día por Palermo en competencia el de Albania y de Ferrara, con ostentación soberbia; y se publicó después que de aquellas causas era juez la Infanta Leonora, porque de su mano pueda a su hermana darle esposo dentro de dos meses, que llega el plazo que señaló para que a Palermo vengan sus pretensores, a donde sea el que más la merezca con eminencia escogido y estimado con terneza. Esto supe, y esto hice por servirte: si el que erra por acertar tiene culpa, si erré yo, castigo tenga. Me has obligado, Ramiro, aunque es infelice nueva la que me das, pues lo es mucho el obligarme a que venga donde una mujer me premie lo que otra me agradezca; el ponerme en contingencia de que me admita sin gusto si por elección me lleva. Eso es sin duda, señor; pero la industria es maestra, que allana dificultades enseñando providencias. ¿Cómo así? En un pensamiento di notable, y, porque fuera provechoso, le ayudara con la sangre de mis venas. Pues tienes tantos criados que cualquier de ellos pudiera representar un señor con el trato y la presencia, escoge entre todos ellos quien con más partes y prendas fija un príncipe, tu amigo, que solamente desea su parte en esta jornada, sin que competir pretenda contigo y con los demás; que si este tal galantea y sirve a Leonor, la Infanta, no pongo duda en que pueda lisonjearla el cuidado para obligarla a que sea tan de tu parte, que de en tu favor la sentencia. Bien dices; ¿y a quién, don Diego, hay que más señor parezca, que tú en todo cuanto dices, cuanto tratas, cuanto piensas? Si eso te parece a ti soy tu esclavo. Solo resta pensar de que casa y nombre será más propio que sea este príncipe fingido. Pues te envía sus galeras el Conde de Barcelona y tan tu amigo se muestra, fingiré yo que soy él; y luego a mi cargo deja las demás dificultades que para el caso se ofrezcan. Dices extremadamente, dame mil abrazos, llega. Las galeras hacen salva de Barcelona. Y las nuestras las responden. ¡Alto! Pues, avisen con otra pieza que me embarco. Y por instantes mandad que toquen a leva. Guía amor, mis pensamientos. Modere amor tus quimeras, señor: ¿a qué te aventuras? Mira que a perderte llevan. Ramiro, quien no aventura no la tiene, y quien en ella desconfía y no se atreve,

JORNADA SEGUNDA

no es mucho que no la tengan. Famosa entrada sería que la encarece recelo Decir podría que nunca a la luz del cielo se vio más ufano el día. ¿Es el de Mantua galán? Mucho, pero al español muchas ventajas le dan, que entró amenazando el sol en un caballo alazán. El conde de Barcelona es ese. Y es el que tiene mil partes con que aficiona, y con el de Mantua viene a solo honrar su persona. ¿No pretende a la princesa? No lo hará, que ofendería a la amistad que profesa con el duque, a quien podría dificultarle la empresa. ¿Es galán? Sobre robusto, que no hay más que desear. Este conde viene al justo para poderle avivar a mi hermana el muerto gusto, pues por la misma razón que no pretende, podría Cautivarle el corazón, Que en la humana fantasía Los gustos tan locos son. Ya con varios instrumentos entran todos a ocupar por orden estos asientos. Déjeme el cielo lograr industrias y pensamientos. En mi altivo proceder verán mi animoso brío. Maravillas se han de ver. El de Mantua será mío o yo dejaré de ser. Ya de vuestra alteza espero la mano. Duque, llegad a la princesa primero. (Disculpada ceguedad. (Para mí dichoso agüero. (. En ocasión semejante No es culpa el estar turbado. Levantad Dicha importante es el haberme mandado que hasta el cielo me levante. Hónreme a mí vuestra alteza. Alzad, Conde. En todo altiva es la española braveza. Mas bien me parece viva (que pintada su belleza. Ya de vuestra alteza estoy a los pies. Sea bien llegado vuestra alteza. Viendo estoy que la mira con cuidado (mi hermana. Dichosa soy. O me engañan lo antojos, o me inclina la piedad, o son más bellos despojos los de Leonor. Es verdad. No lo es para mis ojos, pero inclinarle deseo (a su amor con mi advertencia. ¿No es más bella? Ya lo veo, pero el gusto el gusto en competencia abrasa más el deseo. Y así, aunque estoy inclinado a Leonor, su hermana, quiero con más fuerza en el cuidado. ¿No es gallardo caballero el español? Extremado. ¿Al de Mantua no lo ves? Desluce la gravedad y gallardía después de verle a él. Es verdad En mis ojos no lo es, (pero guio mi esperanza a que mi hermana le quiera. Bien merece tu alabanza. ¿Gustarás que pretendiera tu persona y tu venganza? No me pesara. ¿Has notado que a ninguno de los dos apenas nos ha mirado? Corrido estoy, vive Dios. Y yo estoy desesperado. Esto haced. (Con mucha prisa quiere entrar. ¿Quién dice que es? caballero de alta guisa, contraje tan al revés del uso, que causa risa; pero tan lucidamente, después de su buen lenguaje, tanta y tan lucida gente le van siguiendo, que al traje con la ostentación desmiente. Entre No debe de ser hombre que licencia pide, pues se la sabe tener. Hoy que mi industria se mide con mi donaire han de ver. ¿No es Ramiro? ¡Hay pensamiento tan loco! ¿A qué travesura aplica el entendimiento? Aunque parece locura no será sin fundamento. Yo, gran rey, de allende el faro, para que me envidien muchos en las indias del oriente soy mayorazgo del Cuzco. El mayorazgo me llamo porque XXX y porque empuño la mayor parte y más rica de las provincias del mundo. Dueño soy de tanta tierra poblada, que apenas pudo medir con años el tiempo de mis ciudades los muros. en mis fértiles campañas hay árboles que por fruto rinden cocido y asado, enjigotado y maduro. Hay ríos tan caudalosos Que llevan por varios flujos, leche, miel, aceite y vino a las mesas de Neptuno. Hay en mil montes la caza, al modo que yo la busco: liebres mansas, gamos cojos garzas sordas, ciegos búhos, gatos monteses sin cola, lobos rapaces con pujo, jabalíes descolmillados y leones boquirrubios. Hay mujeres que no piden, y hombre hay, aquesto es mucho, que dicen todos verdad, aunque yo lo disimulo. En fin, soy señor tan grande, que con mucha causa usurpo el nombre de gran señor a no menos que el gran turco. Soy famoso descendiente de un hombre que en el diluvio sin el arca se escapó nadando como un besugo. Irónicamente pongo en el timbre de mi escudo las abarcas y las greñas del villano del Danubio. Llámeme por gusto mío don Brocadan el Confuso; y no sin gran propiedad este nombre me acumulo, porque en los tiempos de ahora, depravados y caducos, ¿Qué hombre habrá que mucho entienda que no se confunda mucho? Estaba, pues, en Guancoya, ciudad a quien yo atribuyo ser cabeza de mi estado, porque es centro de mi gusto, gozando mis libertades y sin meterme en dibujos, guiando mis pensamientos por bien diferentes rumbos, cuando con gritos la fama relevantes y profundos, que unas veces son rebuznos, publicó que la Princesa, tu hija, cuyo dibujo dando a su hermosura propiedades y atributos, en tu corte de Palermo convidaba muchos mundos de príncipes y señores a que mereciese uno ser, logrando su venganza, no menos que esposo suyo. Yo entonces, aunque la vi como en un espejo turbio comparado a lo que ahora en sus ojos me deslumbro, me desasosiegue y luego, dando más fuego al discurso, me abrasé y consulté a un tío que tengo brujo. Este fue tan diligente que para buscar por puntos al infante de Aragón, sobre los vientos me puso, y por vida de mi sora la princesa que ninguno le ha seguido como yo, pues por ella misma juro que le conté cuidadoso todos sus pasos ocultos, y que a no ser tan galante el capricho en que me fundo, que pudiera haberle hundido con desleal disimulo las tripas con los talones y los cascos con los puños; pero cuando llegue el plazo de la elección, mis conjuros le pondrán vivo a tus pies para que sea el verdugo de su cabeza tu mano, y luego de esposo tuyo La merezca yo, que soy el mayorazgo del cuzco. Cansado estoy; hasta ahora no he caído en que es disgusto el haber tenido en pie un hombre de tanto punto, siendo yo tal que, si asiento no me ofrecen, le procuro, y si en la tierra le hallo, en el aire no le busco. (Notable humor Extremado. Buen gusto. Todos podemos redimirnos. ¿Y quién le ha dado para emplear los extremos, el camino y el cuidado? Sabedlo por vida mía. Mal hizo. No se atrevió sin causa. O la fantasía me engaña, o le he visto yo otras veces. Ser podría. Vamos, que descansen quiero vuestras altezas. Piedad es muy generosa, pero deje vuestra majestad que yo descanse primero, que ha poco que me senté y al hacer mi relación estuve gran rato en pie. Tiene sobrada razón vueseñoría. Bien a fe. Vueseñoría ha procedido bravamente. Bien por Dios, alteza y realteza pido o les trataré a los dos descontento y ofendido del modo que me han tratado, y con la soberbia al uso como hasta aquí me han llamado don Brocadan el Confuso, me llamaré el Enojado. Justicia pide. Extremadas son sus cosas. Fácilmente verá enmiendas acertadas. Tratémonos igualmente o saquemos las espadas. Di, ¿Qué has hecho? ¿Quién te mete en ser libre? La ocasión de servirte, pues promete la libertad del bufón, lugar a ser alcahuete. Bien puedes aventurar el hablarla. Aunque estoy ciego, veré si puedo quedar a donde comience luego mi industria a tener lugar. vamos y sabrás que estoy sujeta a ciertos temores. Luego iré, que desde hoy el oír tus pretensores me toca. Pues yo me voy. Señora, un altivo intento de la ocasión ayudado no es atrevido. ¿He llamado por ventura atrevimiento, Conde, a tu buen pensamiento? A no obligarme a llegar con respeto a este lugar bien pudiera presumir que debe primero oír quien después ha de juzgar. Bien dices, porque después pueda yo juzgar mejor a cualquiera pretensor que de mi hermana lo es debo oír. ¿Pero no ves que a los más que no lo son como tú, a oír su razón solo obligarme podría piedad en la cortesía, mas no fuerza en la razón? ¿Y no sueles ser juez en tus causas? No he tratado de saber si apasionado suelo serlo alguna vez, porque implica a mi altivez. En el alma me pesara (que de mí se aficionara. Por la vida, no quisiera que antes que mi amor supiera con el suyo me obligara. Ocasión, dame camino para lograr lo que intento. Logra amor mi pensamiento, pues por tu norte camino. Que dudas en ti imagino. Muchas sospechas me das, pues siendo español estás tan cobarde. Eres divina, mas quien duda y determina espera atreverse más. Toparon en tu respeto mis dudas, pero si al verlas prometes favorecerlas con piedad y con secreto, escucha. Yo lo prometo y quedaré muy ufana de oírte. Pues soberana infanta sabe que lloro mil recelos, porque adoro a la princesa tu hermana. ¿pues por qué causa no has hecho, siendo tú persona tal, de tu esperanza caudal y ostentación de tu pecho, atrevido y satisfecho con los demás pretensores, publicando tus amores y aspirando a sus venganzas? Porque no las esperanzas, por públicas, son mejores. Además de que yo tenía con el de Mantua amistad, que a mi libre voluntad justa repugnancia hacía, y vine en su compañía trayendo en mi corazón escondida esta pasión tan valiente y tan constante, que por ser en un amante siendo engaño no es traición. Concertó el duque conmigo en Mantua, para obligarte a que fueras de su parte, que yo fingiera contigo que te amaba; mas yo sigo más amante y menos fiel, tan diferente nivel que hacerlo al revés quisiera, procurando que él te quiera y tú le quieras a él; porque esta empresa que intento en el Duque me asegura que, si viese tu hermosura lograda en su pensamiento, quedaría tan contento, que después con gusto extraño, aunque viese el desengaño y para culpar mi fe supiese que le engañé, me alabaría el engaño. Tanto a mi intención responde lo que ahora me dijiste, que parece que estuviste en mis pensamientos, Conde. Mi pecho, aunque es mío, esconde cierta centella también; pero a mi vergüenza ten lástima en mis osadías, y sabe que ha muchos días que yo al Duque quiero bien. Viéndole, pues, pretensor de mi hermana a mi despecho y teniéndole en el pecho brotando llamas de amor. Para templar el temor de esta elección que se ordena, dispuse, viendo en mi pena el peligro que corría, una causa que es tan mía, el ser juez en la ajena, para que, el plazo cumplido de mi hermana, aunque quisiese al Duque, ser no pudiese, aunque llamado, escogido. Se mejoró mi partido desde el punto que te vi, pues de tus partes creí que con ella hacer pudiera, porque al Duque no quisiera; que se aficionara a ti; y pues al cielo atribuyo el haberse concertado con el mío tu cuidado, a mi cargo deja el tuyo, pues de lo que en él arguyo la correspondencia fio a tu ingenio y a tu brío; y así será cosa llana el ser tu esposa mi hermana y el de Mantua esposo mío. Lo que pisas besar quiero y, si es que pudo algún día dar la muerte una alegría, mucho hago pues no muero. Esta noche ve al terreno y haré que esté en el balcón mi hermana, porque es razón, si tus razones la informan, que vea que en ti conforman tu gala y tu discreción. Más responde con callar quien no acierta a responder. Con mi hermana he de volver presto por este lugar y tú la podrás hablar con los ojos. En paz queda. Donde levantarme pueda hasta el cielo soberano, pues tengo en tu hermosa mano de mi fortuna la rueda. ¿Dónde llevas, amor, mis esperanzas atropellando miedos con rigores? Pero en ti el proponer viles temores es animar con nobles confianzas. Amor, en pecho ajeno tus mudanzas tengo no más por propios valedores, pues me aventuro a pretender favores de la que contra mi premia venganzas. Pero cuanto más fuerte es el contrario, debe ser el valor más animoso, fiándole la vida al tiempo vario que es acto más altivo y generoso arrojarse a perder por temerario que encogerse a morir de temeroso. Don Diego, solos estamos. ¿Hablaste a Leonora? Sí, señor. Que hablando de ti notables cosas hablamos. ¿Qué dijo? Tanto, señor, tus alabanzas admira, que he sospechado que mira tus partes con propio amor. Mil veces hubiera sido dichoso si a tal llegara y si tanto no obligara el salir con lo emprendido donde hay competencia tal. Según me parece bella, por Dios, que empleara en ella del alma todo el caudal, pero ahora temeroso estoy de que, si pusiese propio amor en mí, le fuese a mi pretensión dañoso. Por ver el impedimento que sería a divertirla, acudidlo con decirla por sombras mi casamiento. Me respondió con tenerme suspenso en su cortesía, mostrando que me entendía y que había de entenderme. Y esta noche en el terreno me declararé del todo, si hallo con la industria el modo que para los dos espero, si a lo mismo te dispones donde he visto suceder que oídos suelen tener las rejas y los balcones. Todo viene prevenido como de tu ingenio. Iremos al terreno. No pasemos, espera. Descuido ha sido. Tras de aquellas vidrieras, vi que pasaban. ¿Y así te vieron? Pienso que sí (Más advertido anduvieras si menos cortés el guante me dieras. Culparme quiero de necio. Ponte el sombrero, disimula y ve delante (porque quien nos vio, aunque arguya lo que recelo, podría, en mi mucha cortesía, deslumbrarse de la tuya. (Hermana, ¿Qué pudo ser lo que viste? Estoy sin mí. No parece que lo vi, aunque lo acabo de ver. ¿Dar un guante arrodillado? ¿Qué será, siendo persona de tan eminente estado? Esto algún misterio tiene o alguna quimera esconde. ¿Si ha el Duque fingido un Conde con que un engaño previene? Bien puede ser que haya sido, pero, en las muestras que ofrece de sus partes, no parece el Conde señor fingido; pues su rostro, cortesía, compostura, autoridad, con la misma claridad que el sol nos descubre el día descubre que es gran señor con alma merecedora de que la mayor señora del mundo le tenga amor. Yo a lo menos, si lo fuera, de mil mundos, mil regiones, otros tantos corazones le sujetara y rindiera. Esto la digo por ver (que casi siempre parece que una mujer apetece lo que estima otra mujer. ¿No me responde? Me espanto de ti y digo... Di, responde. Digo que a estimar al Conde no te determines tanto, porque hablando lo que siento Contigo; pues el hablar a tu oído es consultar con mi propio pensamiento. Te confieso que causó el Conde, aunque a mi despecho, inquietudes en mi pecho. Eso deseaba yo. Que inclinaran mi piedad, pero el haber sospechado que tiene fingido estado, suspende mi voluntad. Ven a un balcón donde veas, si me habla, en las razones que entabla qué bien dice su razón. Pues tanto mi alma desea tu gusto, hermana, que el brío con que le estimaba el mío desea que tuyo sea y de logre en tu persona. Dios te guarde. ¡Oh, cuanto diera!, ¡ay, hermana!, porque fuera el conde de Barcelona, quien logrando mi intención y mereciendo mi alteza, me trajera la cabeza del Infante de Aragón. En tan lícitos amores no enemistan competencias. Son grandes las diferencias que hay de los grandes señores a los demás. Es verdad, y el competir es razón, aunque obligue a emulación que no engendre enemistad. ¿No es muy hermosa la infanta Leonora? Aquí entre los dos, más que su hermana, por Dios, los pensamientos levanta. Estas damas palaciegas han de oír mis desatinos de noche y por dos caminos: hablaré a tontas y a ciegas. Gente veo, aunque me ofusco con las sombras. ¿Quién serán? ¿Quién vive? Don Brocadan, el mayorazgo del Cuzco. Buena figura. Y ¿tan tarde su alteza? ¿Quién tal pensara? ¿Quién sois? Albania. Ferrara. Dios os guarde. Todos, todos pretendemos y vivimos desvelados, dando fuego a los cuidados y templanza a los extremos. ¿Está muy favorecido vuestra alteza? Siempre lucho con mi fe y, de estarlo mucho, intenciones he tenido. Lindo loco. Demás de esto vuestras altezas a parte me escuchen. Iba a guiarte, pero está ocupado el puesto vi que la Princesa ya me lograba los antojos porque en mí puso los ojos más que en todos. Claro está Y después que me miró, vi que de mi se reía. Gran favor por vida mía. Mayores los tengo yo. El de Albania y de Ferrara son. Fue harto el conocerlos. Y Ramiro emplea en ellos sus locuras. Cosa rara. Llega a la conversación y, entretenido en hablaros, procura, para llevarlos de aquí, excusa y ocasión; y luego vuélvete aquí, donde yo quiero quedar para ver si puedo hablar a Leonora. Lo haré así. Y al Conde barcelonés y al duquecillo mantuano, si no respetan mi mano, les haré emplear los pies. ¿Servirán de inconvenientes los que escuchas? ¿Quién será? ¡Ah!, señor don Brocadan, de los amigos ausentes murmura un príncipe sabio. Amigo murmurador no es buen amigo. Señor, lo que se usa no es agravio. Deja que me vaya. Ten el mismo trato conmigo, y parecerás amigo cortesano. Dice bien. Yo quedo bien satisfecho. Así es cierto. Así es verdad, Duque. Pues la ociosidad aflige un amante pecho, yo, si vuestra alteza gusta, mientras se detiene el día de nuestra elección querría manteneros una justa. Imaginarse no pudo mejor cosa. Extremo ha sido, porque sin Marte, Cupido dos veces está desnudo. Yo os serviré de ayudante. Yo saldré de aventurero. A mí me toca el primero ministerio semejante. Con eso el sello se ha echado a la fiesta. Ya la empresa y el mote que a la Princesa le dedico está pensado. Dila por tu vida. Aguarda, mejor lo quiero pensar. ¡Gran cosa! yo he de sacar en la cimera una albarda. ¿Y el mote? Bien es, se note. Esta mata los riñones, vos, señora, corazones. ¡Jesús, qué gracioso mote! ¿Quién habla arriba? Ay, hermana, Que te oyeron. Reventó el buche y se le cayó la risa por la ventana. Hablemos más advertidos, pues nos oyen. Dices bien. ¿Cuándo se ha visto que estén las paredes sin oídos? Tan larga conversación me tiene la vida en calma. Me iré buscando el alma de un balcón a otro balcón. En el ‘ay’ reconocí a mi amo. Llegar quiero. ¿Podrás echar del terreno esos hombres? Creo que sí. Mete mano, da y repara. y vuélvete a este lugar. ¡Aquí! Que quieren matar a un gran príncipe. ¡Ferrara, Albania, Mantua, socorro, al mayorazgo! Llegad. ¡Ay de mí! Corred, volad. cuando huyo, volando corro. ¿Qué será? Alguna locura del mayorazgo del Cuzco. Tan perdido voy, que busco entre sombras mi ventura. Así fuese tan dichoso que el alma, si no la vista, en los brazos de la noche llegase a la luz del día. Él es. Ce, ce ¿Qué miráis? ¿Por ventura o por desdicha buscáis en estos balcones alguna ocasión perdida? Miro entre sombras y penas porque en ellas ver querría, si dan tanto a las pasiones, como a los donaires risa. ¿Sois el Conde? El conde soy. ¿Sois estrella que me guía? Yo soy, y de la princesa el alma propia me anima porque es toda su privanza quien me acompaña. ¿Y sería atrevimiento el decir ahora pasiones mías al alma de la que adoro? Como si con ella misma hablarais, podéis hablarla, que yo me obligo a que finja hasta en la voz que es mi hermana, y como en su boca os diga lo que siente de su pecho. ¡Qué graciosa niñería en disimular favores! Pues ya si gustos y dichas no me enmudecen, oíd, gran Princesa de Sicilia, a un conde de Barcelona que con su alma cautiva a ser vuestro pretensor ocultamente se anima. ¡Cielos! ¿Qué es esto que escucho? Pues ¿Cómo cuando podríais oponer vuestra persona a las demás que se aplican a pretender mis venganzas; para merecer mis dichas con esfuerzo valeroso vos no intentáis conseguirlas? Pues, aunque el Duque de Mantua es vuestro amigo, podrías prevenirle y no ofenderle, si como en él se anticipa el declararse con vos vuestra amistad prevenida, conde, en vos se anticipará esa diligencia misma. Pero más en vos que en él para en esta empresa altiva, por ser menor el cuidado, fue perezosa la envidia. ¡Oh traidor! ¿Es por ventura impedimento a que os sirva el tener las esperanzas valientes, aunque escondidas? Y para el día del plazo, ¿Qué diligencias podrían a mi venganza aplicadas apurar vuestra justicia? Pues el juez, que soy yo, apasionado las mira, pocas, para dar el fallo en su favor, bastarían. Estimo merced tan grande, pero esperad para el día de la elección que yo haga milagrosas maravillas. Pues asida de mis brazos veréis que os traigo cautiva, la persona del infante de Aragón y que se humilla donde cortéis su cabeza; y si esta verdad precisa no fuere en mí, me pondré a donde corte la mía un verdugo. ¿Qué decís? Escuchad, ¡notable dicha! Hablad más quedo, llegad. ¿Hay tal maldad, inaudita traición, disforme embeleco? ¡Qué con persona fingida a esto se atreva un villano y que no se le castigue! ¡Vive Dios! Pero el enojo mal discurre cuando incita. Habla a mi hermana, que a mí no me deja la alegría escuchar ni responder, y me voy donde la impida el matarme. ¡Adiós, adiós! (Bien nuestros gustos caminan a lograrse, Conde. Infanta, el tiempo los facilita. Si yo te debo el tener por mi esposo, hoy por mi vida al duque de Mantua, a quien quiere amor que el alma rinda, pondré, Conde, estatuas tuyas en su templo, que fabrican con amantes pensamientos mis esperanzas altivas. Al templo de tu hermosura, cuando al duque, amante rindas, deberás estatuas suyas de tus cabellos asidas. Y yo a pesar de los tiempos que borran cuanto caminan, dejaré en mármol y en bronce vuestras memorias escritas. Tuya será la princesa y el Duque mío. Estaría agradecido a la Infanta, cuya belleza es divina, pero el ver que un español con desvergüenza tan viva se atreva a tan vil engaño me descompone y me inclina a castigos y a venganzas. Pero primero querría saber si tiene en el pecho más traiciones escondidas, y ya advierto que ocasiones a un tiempo me facilitan en mi duda el desengaño y la venganza en su vida. Adiós, Conde. Adiós, Infanta. ¡Ay cielo! Tan divertida tuve en eso la memoria, que no advertí que podía escucharme el Duque. ¡Cielos! cierta será mi desdicha. Disimilaré con él si puedo. Ya llega el día, Don Diego Mucho tardaste, señor. ¿Qué has hecho? ¿Qué Indias has descubierto entre tanto? Con riquezas infinitas las vi. Para mí a lo menos. (Ya te entiendo, aunque me finjas. (Ahora hablé con Leonora. ¿No me oíste? Que me oías entendí cuando la hablaba. ¿Qué dice? Que solicita en ella mis esperanzas y en la Princesa tus dichas, y me dijo más, escucha. Espera. Si más mentiras (le escucho, será imposible determinarme a sufrirlas. No sé qué escuchaba ahora. Déjalo, porque me digas con más espacio después lo que para mis conquistas hiciste, y ven advertido de que es bien que te apercibas porque sale al campo el rey y le acompañan sus hijas, y todos le acompañamos. Será grandeza excesiva. Perderás tu vida en ella, de las propias manos mías. Enojado está conmigo el Duque, pues averiguan disimulados agravios, razones mal entendidas. Él me oyó, soy desdichado. Muchas veces es maldita mi fortuna, pues tan presto descompuso mi alegría. ¿Qué he de hacer? Más si se me aprieta declarando estos enigmas, le diré quién soy y entonces se alborotó Sicilia, pues cuando aventure el alma o cuando pierda la vida por una ocasión tan justa y una causa tan divina, la veré, si no la veo bien lograda, bien perdida.

JORNADA TERCERA

Hermoso lugar, ofrece en su cumbre, deleitoso, este montecillo umbroso, que ameno jardín parece. Dices bien, pues en sus faldas tenemos bastante gente, que con mirarle la frente le asegura las espaldas. Y es menester, pues le veo muy bajo por esta parte. No le diera con el arte más propiedad el deseo. Desde aquí podemos ver por todo aqueste horizonte este campo y este monte, y descansar sin temer. Y desde aquí descansando podremos también gustar, sin la flema del cazar, de ver cómo van cazando. Di la primera persona que gustarías ver. ¿No está claro que ha de ser el Conde de Barcelona? Muy adelante en su amor estás en estos dos meses. Si tú el corazón me vieses, aún lo dijeras mejor. No es menester, yo lo creo. Cuantos lances he tenido con él. ¡Ay, hermana! Han sido medidos con mi deseo; pero de aquella sospecha que dio indicio semejante, hermana, estoy ignorante por no estar mal satisfecha. Pues hoy, hermana, ha de ser la elección, y la esperanza que dio de darte venganza hoy por su mano ha de ser, no es posible haber engaño en suponer la persona del Conde de Barcelona. Es verdad, ya el desengaño temo con mayor razón, de que ha sido ligereza prometerme la cabeza del Infante de Aragón; que fue tu promesa terrible, y no siendo maravilla su diligencia, el cumplirla tan presto será imposible. ¿Qué haré, pues, Leonora mía, cuando de haberlo temido, con mi padre no he podido que alargara el plazo un día? Antes tan secretamente ha escogido este lugar donde poder evitar el concurso de la gente. Que, en este campo, esta casa buscó para la elección. To, to, to. ¡Qué confusión de gritos! Volando pasa un jabalí. Tras él van lebreles, por alcanzarlos pican todos sus caballos. Dos se apartan, ¿quién serán? El Duque y el Conde son, y ya a pie se llegan más. ¿No los ves? Toca y verás, cual me han puesto el corazón. No hará al mío diferencia, pues cuando hablarte quería en el Duque, hermana mía, me lo impide su presencia. Parece que van mirando si los ven. La causa es mucha, ¡ay, de mí! Calla y escucha, aunque como yo, temblando. ¡Español! Señor. Escucha, o a la primera palabra que te salga de la boca, te saldrá del pecho el alma. Esta ocasión dilaté para ver si averiguaba sin ti del engaño tuyo, otro dueño u otra causa; mas ya que el postrero trance de mi pretensión me llama, y es hoy la elección, no es justo perderla ni dilatarla. Tú, alevoso, tú, don Diego, si hasta en eso no me engañas, ¿no eres un pobre español que llegó perdido a Mantua? ¿No te di por medios tuyos para hacer esta jornada en mi casa alojamiento y crédito en mi privanza? Ese que finge locuras y don Brocadan se llama, ¿no es Ramiro tu criado y compañero, que guarda el secreto a tus traiciones y a tu engaño las espadas, fingiendo locuras cuerdas que en ti son finezas falsas? Pues villano, que no eres como dijiste en España hidalgo, pues con ofensas las obligaciones pagas. Si yo por consejo tuyo te consentí que tomaras de Conde de Barcelona el nombre, fue con confianza de que con él solamente, y tus partes granjeras para que hicieras las mías, siendo juez de mi causa la bella Infanta Leonora; mas no para que engañadas por ti la Infanta y Princesa, atrevido levantaras tus segundas intenciones al sol de su esfera cuarta, sin que te ciegue los ojos cuando te abrasa las alas. Y así, traidor, aunque pude ordenar que te mataran en un monte con engaño o con secreto en mi casa, quise, por saber primero en qué ocultas confianzas fundas tu traición, y qué para que se logre aguardas, matarte yo de mi mano. Y porque veas que tratas quien por vengarse a su gusto con tu persona se iguala, dime con verdad quién eres, en qué fías, o la espada, porque satisfecho mueras, para defenderte saca. Señor, tu criado soy, y quizá que me levantan esas culpas. Fementido, de tus locas confianzas por fieles testigos tengo mis oídos; presto acaba. Lo que te dije en tu tierra tengo que decir sin falta; te dije verdad, señor; si esto en tu pecho no basta no cabe más en el mío. Pues tras de ofender enfadas, mete mano o te mataré. Mucho me aprietas, aguarda, repórtate; y porque veas que injurias de tus palabras he sufrido por lograr los deseos que me abrasa, y que tenemos no solo igualdad en las espadas sino en todo; tente y sabe que yo soy, Duque de Mantua, el Infante de Aragón. ¡Válgame el cielo! ¡Ay, hermana! ¿Qué me sucede? ¿Qué dices? Verdad pura. Sufre y calla. A grandes ofensas mías tus atrevimientos pasan, pues cuando tu muerte excusas, tus embelecos me engañan. El no creerme quién soy solamente me excusará de sufrirte las razones con que atrevido me agravias, y remitirlas ahora a la lengua y no a la espada; mas, para ver si te atreves, en dejando acreditada mi verdad a esos rigores, escucha y verás las causas. Que, a mí, que soy el Infante de Aragón, tras mis desgracias en tal estado me ponen y a tal peligro me llaman. Con la divina Princesa de Sicilia, siendo Infanta, se trató mi casamiento por ocultas embajadas. Sucedió el pintar entonces con tantas lenguas la fama de Estela, una hermana mía, la belleza y la alabanza, que a lo que supe después puedo dejarle abrasadas al Príncipe de Sicilia por lo ojos, las entrañas, tanto, que fío al disfraz la cautela y la jornada de Palermo a Zaragoza, Corte de Aragón. Trataban entonces de hacer en ella, como es costumbre en España, una justa prevenida para ejercitar las armas. Lo supo el Príncipe, cuando ya de Zaragoza estaba, si no sus cesáreos muros, mirando sus torres altas; y antes que a mi hermana viese con juvenil arrogancia, ostentar quiso a sus ojos sus valores y sus galas. Esperó secretamente el día que señalaban para el plazo de la justa sin saber que le esperaba su muerte en el mismo día; que siempre en la suerte humana son del tiempo venidero dañosas las ignorancias. Llegó, pues, fatal y breve este plazo, y en la plaza se vio un cielo, habiendo en ella estrellas por las ventanas. Entró un caballero, a quien el mantener le tocaba hasta que llegara otro, que por llevar buenas lanzas y dar mejores encuentros de aquel puesto le sacara. El primer aventurero, que suspendiendo las almas comenzó la competencia, llamado de la desgracia, fue el Príncipe malogrado, que desconocido entraba con extranjeros adornos y con sobrevistas blancas, en un overo caballo con paramentos de nácar, sembrado, entre azul y oro, de diamantes y esmeraldas. Dio la vuelta por la tela, y al saludar de las damas le dio el general aplauso con el silencio alabanza, y a mí que de unos balcones admirado le miraba, impulsos de emulación me dio su vista bizarra. Se contrapuso brioso, justo, y en las cuatro lanzas le llevó al mantenedor tan conocida ventaja, que los jueces le dieron el puesto y las confianzas con que a otros tres les ganó los premios con dicha tanta, y tal celebrar del pueblo, que entendí que el sol bajara a mirarle de más cerca. A las voces que le daban: ¡Viva el extranjero, viva!; y yo que las escuchaba ya con enojo villano, aunque con envidia hidalga, acelerado y también corrido de que, en España, en mi Corte y a mis ojos un extranjero llevara de tierra mía victorias, que fueran en las extrañas mayores encarecidas y vergonzosas contadas. Me quité de los balcones, y desconocido en armas y caballo, sin divisa ni padrino, entré en la plaza llevando envidia y no amor, con más cólera que gala; y con igual dicha y fuerza, el Príncipe y yo, tres lanzas rompimos de la arandela arriba; mas con la cuarta entre la cresta y la vista, le encontré con tal pujanza, que el encuentro le llevó dos piezas de la celada, y él turbado dio en la tela. Aquí a voces levantadas del pueblo, en los aires vagos, los oí hacer consonancias. Entonces, sin esperar yo ni premios ni alabanzas, dejé la plebe confusa y la nobleza admirada, y de la ciudad me salí; pero apenas la campaña me dio vista, cuando oí llamarme por las espaldas. Volví a ver y conocí al mismo que apadrinaba al Príncipe, el cual me dijo: para ver si con la espada sola peleas tan bien como encuentras con la lanza, el extraño caballero con quien justaste te aguarda de esa otra parte del río a la que amanezca el alba. Por su ribera camina llevando una pluma blanca, pues él con la misma seña irá a saber si te bastan para acometerle bríos o para hablarle palabras. Y sin esperar respuesta se fue, y me dejó inclinada la cólera a castigar con aceros arrogancias; pero haciendo al disimulo camino de la venganza, con prevención y cuidado conté las horas pesadas hasta el alba risueña del Ebro en las ondas claras, nos vio al Príncipe y a mí, que con unas mismas ansias pisábamos su ribera. ¡Ah, cielo! ¡Y cómo excusara, si le conociera entonces, la desdicha más extraña, la más piadosa tragedia, que con lágrimas humanas lloró el sol y miró el cielo desde sus esferas altas! Nos vimos los dos, llegamos, y al mirarnos en las caras, según lo advertí después, parece que adivinaban los pechos la obligación que se debían las almas; pero como ya empeñados nos tenía la ignorancia, pocas palabras dijimos, porque luego a las espadas les remitimos las lenguas. Mal haya el valor, mal haya, dichoso entonces en mí, pues la primera estocada sacó sangriento mi acero por su pecho a sus espaldas, y al caer tras haber dicho tres veces Jesús. Mezcladas la piedad con los suspiros y con la sangre las bascas, me dijo: ¿quién eres? Llega, llega; que tú no me matas, si no yo que a poca suerte añadí mucha arrogancia. Di, ¿quién eres? Le respondí, ya sintiendo su desgracia: de Aragón soy el Infante; y él, animando las ansias, el Príncipe de Sicilia soy, me dijo; antes que salga el alma, dame los brazos. Y como si se rasgara con los broches del vestido pedazos de las entrañas, prosiguió, dando a la lengua balbuciente, la voz flaca: si no le perdió el respeto a un retrato de mi hermana roja sangre de esta herida, verás en su hermosa cara, que le traía conmigo porque contigo mediara en nuestros dos casamientos, haciendo en nuestras hermanas que a ser iguales las dichas fueran las glorias trocadas; mas ya a la del cielo aspiro. Y al punto que le sacaba este retrato del pecho le salió del cuerpo el alma. Cuando vi, mirando en él, belleza tan soberana, de su original divino en la yerta sangre helada; quedé yo, quedé, ¡ay, de mí! A un mismo punto entre llamas de dolor que me afligían y de amor que me abrasaban. Me pareció que sus ojos tiernamente se quejaban, y en un punto convertían las quejas en amenazas, dando una vez por disculpa del delito la desgracia, y otra vez atribuyendo a malicia la ignorancia. Me matará si la gente que luego no lo estorbara, a quien yo mandé llevar en hombros la inútil carga del infelice mancebo, donde el suceso contaran a mi viejo padre; y yo, del todo desesperada la vida, me determiné, como con penas, con alas, de echarme a los pies del Rey de Sicilia y de la Infanta su hija, ahora Princesa, para que si en mí culpaban por traiciones las desdichas, en mi cabeza emplearan para desfogar sus pechos o castigos o venganzas; y con un criado solo me embarqué en una tartana, que no quise en Barcelona sufrir dilaciones largas esperando las galeras. Pero mi suerte contraria, llamando contrarios vientos, permitió que cautivaran nuestro perdido bajel en las levantiscas playas. Lo que después he pasado de trabajos, de desgracias y detenciones, no siendo para ahora de importancia, lo dejaré por decir; que llegué cual viste a Mantua y me sucedió después lo que tú mismo declaras. Si te engañé, Duque, mira que tantas disculpas bastan para merecer perdones; o si no, pues nos igualan aceros y calidades, al trance de una batalla puedes remitir tu enojo, procurando tu venganza. Infante, admirando ahora tus desdichas dilatadas, me han enternecido el pecho y, por Dios, que me obligaras a dejar mi pretensión. Pero viéndola fundada en que diligencias hice por lograr las esperanzas de cortarte la cabeza, cuando me veo en campaña contigo a la luz del sol, cuerpo a cuerpo y cara a cara, sin probar manos y aceros, pareciera en mí el dejarla más que valor, cobardía, y más que piedad, infamia. Y así el reñir es forzoso, pero te doy la palabra que escapando aquí las vidas del peligro de las armas, de valerte en el que corres, si los disfraces que trazas en Sicilia conocidos con la muerte te amenazan, con lo cual tú y yo veremos ahora y después logradas la obligación que me corre y la piedad que me llama. (Dices tan heroicamente que en el acero que sacas como en un espejo miran los orbes tus alabanzas. Conde. Duque. Conde. Al que de los dos la espada no dé a su lugar, mi enojo le promete mi desgracia. (Para suspender los bríos tenemos bastante causa. No obedecer la Princesa sería desobligarla, mas, pues me llamaron Conde y no mi nombre, sin falta que le ignoran, y tú harás como quién eres si callas. En los hombres como yo ningunas pasiones bastan a que descubrir secretos les sirvan de hacer venganzas, demás de que yo ya quedo con la palabra empeñada de defenderte la vida, pues entre los dos se acaba esta obligación forzosa. Hasta las estrellas claras tu heroico valor columbras. Gente viene. Mis pisadas no sigas, por desmentir de estos efectos las causas. Colgaré, amor, en tu templo los deseos que me abrasan; si tú, que en hombros me llevas, de sus peligros me sacas. Espadas vi relucir a esta parte, ¿quién sería? Ramiro solo venía. Con todo me quiero ir, veré si seguro puedo volverle luego a buscar. Este mi amo me hace andar con cuidado, aunque sin miedo. Que este es un fingido loco, dijo el Duque, y del Infante es criado. A cada instante mil inconvenientes toco. Notable en esta ocasión (se me ofrece un pensamiento, Ya sabe el viento mi nombre. O los ecos son enteramente parleros o brujos naturalmente. Ramiro. Ya se arrepiente. Por Dios que lo arroja en cueros. Ah, señora doña Eco, salga a luz, parlera loca, no me hable por la boca de un peñasco mudo y seco y advierta que yo me llamo don Brocadan, no Ramiro. Ya se sabe. Ya me admiro (¿Quién eres y qué es tu amo, el infante de Aragón, que supone la persona del Conde de Barcelona con engaño y con traición? Cuerpo de Dios, ya te busco. Tú mientes con más cuidado porque nunca fue criado el mayorazgo del Cuzco, ninfilla, mas poco a poco te avén con hombre tan grave. Escucha, que ya se sabe que eres bellaco y no loco. Ya escampa. Dile al Infante que ya el Rey y la Princesa saben su atrevida empresa, y que huya vigilante si no quiere verse muerto de alguna muerte feroz. ¡Vive el cielo, que es la voz de la Infanta! ¿Y eso es cierto, señora? Verdades son. Quedo habla, pero es suya aquella voz. Huya, huya el infante de Aragón. (.) Mi nombre llevan los vientos. ¿Qué pronostica mi suerte? Señor, y llaman tu muerte también tus atrevimientos. Señor, una voz he oído en aquella cumbre espesa. Me dijo que la Princesa ya quién eres ha sabido. Será porque el Duque oyó y a mí hablar en este puesto. Me dijo más, que tan presto como te avisase yo, huyas de su furia airada, que amenaza con tu muerte. Más cruel será mi suerte, si me la doy con la espada, cuando la deje de ver. Pues qué emprende tu cuidado mira, señor. Pero osado atreverme y merecer. proseguir quiero adelante el intentado camino. Que aventuras imagino vida y honor. Soy amante, Ramiro, y quién no aventura no ha ventura. No hay dudar, pero el mucho aventurar, cuando es amor, es locura. Me deja y tu poco brío no descubras. Tras tu extremo iré porque yo si temo. Es tu peligro, no el mío. Pues yo tendré por blasón dejar en bronces pintado que Ramiro murió al lado de un infante de Aragón. ¡Ay Duque de Mantua, cuánto me cuestas! Oye, Leonora, (hermana. ¿Qué haces, señora? Mezclar con la duda el llanto. Muerta vengo. ¿Qué he de hacer? Pues con desigual efecto se encaminan a un sujeto mi amar y mi aborrecer. Adoré sin conocer al infante y, cuando vengo a conocerlo, prevengo tan desigual opinión que suspenso el corazón entre dos contrarios tengo. Ni se aplaca ni se enciende en mi voluntad confusa porque el uno me le acusa si el otro me le defiende, y esta variedad suspende con tal modo mi esperanza, que, entre firmeza y mudanza, que le condena y me abona, apetezco su persona y procuro mi venganza. ¿Qué haré, pues, cuando deseo Lo que persigo? Al instante que conociste al Infante temí las dudas que veo de tu agravio a tú deseo, y así con industria rara le avisé que se guardara, y de Sicilia se fuera a donde excusar pudiera que tu enojo le alcanzara. Pues si con esto el Infante pone a tus pies su cabeza, será la mayor fineza que pueda hacer un amante; y con disculpa bastante tu perdón merecería. Y si se va, ¿Qué sería? Le olvidarías mejor cuando vieses que su amor se rindió a su cobardía. ¡Ay, hermana! ¿Así se olvida un amor constituido en el alma? Si su olvido te ofende, dale la vida, pues la relación oída de su boca disculpó su delito y te obligó a estar más tierna que grave. Y el mundo que no lo sabe, ¿Qué diría? ¡Triste yo! Pues, ¿Qué has de hacer? No lo sé. ¿El quererme aventurar a morir para matar rigores grandes? ¿Qué haré? ¿Qué camino tomaré? Pero cualquiera errará quien cual yo temiendo está, cuerda o loca, que suceda el matarle si se queda o el morirme si se va. Con todo, que se quedase querrías más. Y que hiciese algún extremo que fuese quien por fuerza me obligase, me rindiese y disculpase. Sosiégate, que estos son los que para la elección nuestro padre ha prevenido. Y los que yo he recibido con saltos del corazón. Ya plazo tan deseado previene gusto cumplido. No seré yo el escogido. Ni yo, pues soy desdichado. Pues el infante que ha sido de ella conocido y ya en su desgracia estará, ha de ser el escogido. ¡Ay, hermana! Ya el infante, pues no viene, es ido. ¡Ay! Triste yerro en avisarle hiciste a mi dolor semejante. Su ausencia me ha de acabar, pues se ha ido, pues no viene. Hermana, disculpa tiene quien yerra por acertar, pero consuelo, y no tarde, te vendrá de haber pensado que no estaba enamorado quien dio indicios de cobarde. ¿A trance tan peligroso en fin, te has aventurado? Sí, Ramiro, por osado, espero ser venturoso. Ya viene. Pierdo el sentido, pues si antes, hermana mía, sentí el ver que no veía, ya siento el ver que ha venido, porque recelo en su vida gran peligro y en mi honor otra desdicha mayor. ¿Qué he de hacer? Yo soy perdida. En su heroico atrevimiento del Infante aliento el brío de valerle. ¡Ay Duque mío, logra mi buen pensamiento! Pues llegó el dichoso día que en edades venideras dudas darán sus memorias y espantos sus esperanzas. Comience el Príncipe albano a decir qué diligencias hizo en lograr la esperanza de mi hija la princesa. Yo, desde el día que supe que consistía en hacerlas el lograr mi pensamiento y merecer su belleza, salí de Albania y llegué como con alas ligeras a la corte de Aragón, donde sabiendo la ausencia del Infante, habiendo sido quizá por temer la fuerza de mi razón y mi espada, a su castigo dispuestas, de alevoso le reté obligándole a que fuera donde nos partiera el sol el príncipe de Bohemia. Espérele en ella un mes y, no pareciendo en ella, travesando incultos mares, le busqué en remotas tierras; y previniéndome en rodas para acreditar mi lengua de autenticados papeles vine aquí con dicha incierta. Diga el Duque de Ferrara. Esas diligencias mesmas ya por tierras, ya por mares hice yo, añadiendo a ellas llegar donde cautivaron al Infante y donde apenas llegué, cuando saber pude que entre esclavos que presentan al gran señor, le llevaron y me dieron para señas de esta verdad esta espada, que fue suya y que me alienta a lograr mis esperanzas o a calificar mis quejas. El Duque de Mantua diga. Diga, pero no merezca. Digo, que después de hacer otras tantas diligencias como refieren los dos, fue mi fortuna tan buena que en la campaña al Infante tuve yo, donde pudiera o procurara a lo menos apartarle la cabeza de los hombros; pero entonces me mandó que suspendiera la espada, señor, no menos no menos que la princesa, y ella sabe esta verdad. Mucho dudo que lo sepa, pero sépalo Leonora y juzgue como discreta esta causa. ¡Ay desdichada! ¿Y a mí no me da licencia para que diga? Tú, Conde, no he sabido que pretendas. Las heroicas pretensiones nunca por estar secretas perdieron. Dices verdad, ya escucho. A decir comienza. Digo, señor, que después que vi en mi desgracia mesma infamado mi valor y culpada mi inocencia, cobarde en mis esperanzas y perdido entre mis penas, me busqué yo mismo a mí en las bocas de la tierra y entre los vientos del mar con lágrimas y con quejas, y después de haber pasado largo cautiverio, ausencias infelices y desdichas tantas y tales que fuera querer contarlas ahora contar en el cielo estrellas. Llegué casi a ser traidor por conseguir de esta empresa este fin, que fue, en el día que tan deseado llega, poner a tus pies mi espada y en tus manos la cabeza del Infante de Aragón para que con esto sepas que soy el Infante yo que en tus manos se presenta. El Infante muera, amigos. Yo haré que a mis manos muera. Quien le mate yo he de ser. Yo he de ser quien le defienda. ¡Ah, criados, ah, vasallos! Padre y señor. ¿Tú, Princesa, le defiendes? Yo, señor. No es mucho me compadezca, en su amoroso cuidado viendo la mayor fineza que vieron las tres edades. Demás de que tu promesa y la mía, que fue el ser yo esposa de quien me diera la cabeza del Infante, siendo él mismo, con más fuerza y más piedad nos obligan. Hija, a la misma terneza me inclinaron estas causas, mas tu obstinación proterva hasta ahora tener pudo esta esperanza secreta. Infante, dale la mano a la Princesa. Y con ella mil corazones, mil almas. A dejarme la vergüenza, yo lo encareciera más. Señor, por merced primera te suplico que del Duque de Mantua perdón merezcan los engaños que le hice, que a la Infanta des licencia para que le de la mano de esposo. ¡Qué dicha fuera para mí de tanta estima! Quien la gloria que desea sin mérito suyo alcanza no hay más ventura que tenga. De mi voluntad dichosa la paga debida es esta. Y el mayorazgo del Cuzco, ¿qué refrigerios espera, señor? Estos. En Sicilia el darle bastante renta con que conserve en su vida su alegre naturaleza, y el de Albania y Ferrara nos honrarán con que sean padrinos en estas bodas. Dejando la competencia y volviendo a la amistad. Y con este ejemplo vean y sepan todos que quien en amorosas tragedias no aventura no ha ventura, dando fin a la comedia.