Texto digital de Quien malas mañas ha tarde nunca las perderá
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- Guillén de Castro y Bellvís
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- Comedia
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- El texto ha sido preparado por Jana Velasco y Ana Rosa González.
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Velasco, Jana y Ana Rosa González. Texto digital de Quien malas mañas ha tarde nunca las perderá. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/quien-malas-manas-ha-tarde-nunca-las-perdera.

QUIEN MALAS MAÑAS HA TARDE NUNCA LAS PERDERÁ
JORNADA PRIMERA
Aquesto Francia ha llegado, ya la infamia sufre Francia, y do de varias naciones cobra Carlomagno parias y do sus francesas lises leven en la casa santa, puestas por las manos fuertes de los hombres que la amparán, que asisten a su mesa y al lado de Carlos andan. Los hombres pares que son a Landes de toda Francia y quedo yo estos en ellas atemorizando a la África solamente con decir: Galalón el de Maganza. Tal infamia Francia sufre, pero no la sufre Francia, sino los que en ella habitan y al lado de Carlos andan. Que en aquesto, Galalón la color tienes turbada, ¿por qué das voces? Doy voces, Oliveros, por la infamia mayor que en Francia se ha visto. ¿Qué infamia se ha visto en Francia? Oliveros, tienes honra que infamia al igual la alcanza, que se case don Rodolfo con Sevilla la africana; en delfín que ha de heredar la corona rica y alta de Francia, por reina elige una mora ¿Qué te espantas? ¿No es reina también Sevilla? su padre muriose y manda afán sueña, como Carlos, rige los reinos de Francia. ¿Qué importa que reina sea si fue mora? En X años puede su esposa ser y que eso no bastara. Bastara que fuese justo del emperador casada con don Rodolfo su hijo para que heredase a Francia. Que ya sabes que Carloto, su hijo, dio muerte airada a su esposo Baldo Binos entre la espesura varia de las montañas de Ardenía y quiere Carlos pagallas con don Rodolfo. Es verdad, más hay Oliveros causas más urgentes, pues yo se que no es Sevilla tan casta como la fama la pinta, pues yo vi entrar en la casa, donde ha depósito el emperador de Francia, un caballero de noche, escalando sus ventanas. Esto me mueve, Oliveros, a sentir aquesta infamia y a estorbar que Don Rodolfo no case con la africana. La del rey es nuestra honra y si está en el rey manchada, también tendremos nosotros parte alguna de su infamia. Calla XXXX Magances, que tus palabras hablan, son demonios que vomitan la envidia de tus entrañas. Por vengarte de Sevilla, pues el ser ella tan casta fue causa de que midieses del palacios las ventanas; que lo corrieron tras ti de Carlomagno los guardas. Aquesta mentira ordenas más será, Magances, falsa. Mientras Oliveros viva y ciña a su lado espada y que lo fuera verdad, la mentira que levantas, bastale que mujer fuese para no decir su infamia. Y yo más, que en el dechado, en virtud de nobleza y fama, la infanta doña Sevilla, de cuantas encierra Francia, es más honesta que Forcia; que aunque no trajo sus brasas subió con más resistencia del delfín las amenazas. Pero viene a ser Sevilla la reina Dido infamada, que el maldiciente Virgilio que la deshonró sin causa. Pero, una cosa te advierto, Galalón, ver que no abras la boca en ofensa suya que te abriré las entrañas. Basta ser mujer Sevilla, reina de Francia y basta que lo defienda Oliveros, sobrino del rey de Dacia. Perdón te pido, Oliveros, que a saber yo que la infanta Sevilla era cosa tuya y que tanto la estimabas no abriera más la boca, si no es para su alabanza. Y ahora me pesa más de que se case la infanta pues pierdes tan alto bien. Magances, cobarde, calla. que en que tú aquí has dicho mientes Sevilla es honesta y casta. Defiéndola por ser yo quien soy y por ser su fama crisol a donde se apura la honestidad rica y santa. Y quisiera, Galalón, que como jamás te faltan tantas traiciones y enredos, que manos no te faltarán, para darte a entender que eres traidor y que tus palabras nacen solo de la envidia que tu corazón abrasa. Mas eres cobarde, al fin, que nunca riñes con arma, sino con la lengua vil, que de cobarde es la espada. Pero, si acaso quisierais, averiguarlo en campaña, mi cuello digo que mientes porque no te falte causa. Sal, cobarde Magances. OLIVEROS que arrogancia XXXX. Diana que he deseado derribar en la arrogancia de Oliveros y ya llevo ocasión de derribarlas. A palacio quiero ir a prevenirme de armas, de cautelo y mentiras, pues que las tengo sobradas; que con ellas pienso ser, si al mejor tiempo no faltan, vencedor del desafío sin que a la campaña salga. ROLDÁN, OLIVEROS RODOLFO EMPERADOR DOÑA ALDA SEVILLA LUCINDA Ya, Sevilla, llegó el día de gozar tus bellos ojos y de ofrecerte en desto un reino y el alma mía. Ya mis vasallos, señora, por su reina te obedecen y tu hermosura encarecen que afrenta a la de la aurora. Un año estuve esperando por que se acabase en él la desventura cruel que tú estuviste llorando . Ya reinas, Sevilla, en Francia; esos ojos divinos, que en reflejos cristalinos, ganan en tan corta distancia. ¿En qué piensas? Solo en ver mi humildad y tu grandeza, mi pobreza y mi grandeza, mi bajeza y tu poder. Miro en todo desigual, mi persona de la suya y así, es gran razón que huya de la corona real. Soy desdichada en amor, es justa razón lo sientas Pienso que tu amor intenta dar más causa a mi dolor, que en más estimosos ojos afrenta del mismo sol. Que si el imperio español sufre y mediera en despojos. Olvidárame ¿Olvidarte? Primero ver has dejar las estrellas su lugar que yo deje de adorarte. Fuiste bella en mi amor ciego, Raquel, hermosa de Jacob amada, aunque yo por tu amor no hice nada pues solo un año me abrasó tu fuego. Él la sirvió siete años, no niego que en un año que fuiste deseada, de mi abrasado amor no fue pasada mayor distancia de la que a ver llego; y si dicen después que por engaños sirvió otros siete más enamorado, aunque le amenazaron tantos daños, después de un año, un día que he pasado; fueron sus horas años y sus años siglos que mil tormentos me han causado. Si por pasar esa aflicción pudiera trocar aquesta histeria, la trocara; porque Raquel el mundo me llamara y Francia por Jacob te obedeciera y en mi grande aflicción el mundo viera trocar la historia tan sabida y clara, pues siendo tú Jacob, yo te adorara, para merecerte te sirviera. Y como fue él esclavo catorce años, pasados entre gustos y alegrías, fueran en mi aflicción o en mis engaños los años meses y los meses días. Que a quien sigue de amor los desengaños, no le casan jamás cargas porfías. Basta Sevilla, entremos en la sala, donde abreviando las confusas fiestas goceis, Sevilla, vuestro amado esposo. Mil años goceis, bella Sevilla, para aumento de Francia y de su gloria. De mí también el parabién reciba, bella Sevilla. a quien felices años conceda el cielo. Entremos en la sala y de la Francia que Sevilla reina, aunque haya en ella quien pesar reciba, decid: ¡viva Sevilla! ¡Viva Vicea! (tocan y vanse entrando todos y RODOLFO Comparase a un discreto al casamiento a la vida de un hombre mal fundada, que en su presente edad y la pasada fue de ofender a Dios su pensamiento. Y, por un breve rato de contento, de una ocasión que tuvo deseado, es al infierno el alma condenada luego que el cuerpo queda sin aliento. Casase un hombre y, en sus alegrías, se ven también aquestos mismos daños, pues por gozar sus locas fantasías del cuerdo ejemplo y del recio engaño, escoge un cielo de tan breves días por el infierno de tan cargos años. Mil años, noble delfín, goces a tu esposa bella, cuya belleza XXXX con la del mismo sol y, al fin, viva tu esperanza en ella. Y plega el cielo que vea tu reino lo que desea, que es de los dos sucesión y que esta dichosa unión para bien de Francia sea. Galalón el portero a mi pretensión venís, vos a quien estimo y quiero ni me veis en San Dionís ni en Palacio. Considero, y lo tengo por verdad, que el palacio y la ciudad te acompañan mil valientes. Y fueron muy diferentes la arrogancia y la humildad, donde lleváronlos a maldecir a Oliveros y al señor de Montalbán; cuyos valientes aceros espanto a la africana. No es menester, Galalón, mas si vale mi razón , algún día querrá el cielo que conozca mi buen celo y castigues su traición. Nunca, Galalón, amigo, vuestro celo desprecié, ni he sido vuestro enemigo. ni ahora tenéis porqué mostrar tal rigor conmigo. Vos sois mi tío y es justo que yo muestre en veros gusto, porque aunque Francia os mengua, doy crédito a vuestra lengua en lo justo y en lo injusto. Parece que venís triste ¿qué tenéis? Vengo, sobrino, con Oliveros mohíno, y aun tú del disgusto fuiste la causa XXXX no imagino darte a entender la ocasión. Puesto me has en confusión y con ella quedaré, con más razón, si no es, la causa de la cuestión, yo lo tengo que saber antes que salga de aquí. Fue sobre cierta mujer que ni a él le importa ni a ti Y la quiso defender; de esto el disgusto nació. No, Oliveros, eso no ¿cómo puede ser por mí? si fue por mujer que a ti y a Oliveros importó. Dime la verdad, amigo, secreto tienes conmigo, ¿no te fui siempre leal? Es verdad, mas es tu mal y por eso no te lo digo. No caves tanto la tierra, que descubrirás la brasa: tú mismo quieres tu guerra, tu propio padre te abrasa y de honor te destierra. No te digo más, delfín, ayer estabas honrado y hoy te miro difamado y tiene tan triste fin quien de mujer se ha fiado. Eres, Galalón, mi tío y a quien mis secretos fío, que a no serlo, Francia viera en ti una muerte más fiera que la disto al honor mío. Yo estoy, Galalón, sin honra, yo. Galalón, afrentado, yo por mujer difamado y una mujer me deshonra; que yo apenas me he casado, ayer con honra me ví y hoy me ves sin ella así. Galalón, puede esta ser pero si tengo mujer bien puede ser. Di que sí, Galalón, di quién me afrenta y a quién mi mal comentaste; dame de mi infamia cuenta, pues con tu agua turbaste el alma de honor sedienta. Pues no pretendas saberla de quien tanto te la enebra. Tú reinas en Francia y ella, Rodolfo, la causa cubre y tu sentido atropella. Tu convendrás a saber viendo los tiempos pasar y unos tras otros correr; que es de los secretos mar el tiempo los ha de ver. Y hora es, que si pudiera, dándole yo muerte fiera al caballero traidor, quedar sin mancha tu honor que cien mil muertes le diera. Más, como ha de ser por mano, de lo ofendido es en vano que yo la muerte le doy. Y, aunque le desafío, salir no quiso el villano; que aunque más valiente sea el que deshonrar desea, en mirando al agraviado queda con ser hoy turbado, temiendo que no le vea. Galalón, no te detengas si no es que en mi honor te vengas. Dime ya la causa infame porque su sangre derrame y la venganza prevenga. Invicto delfín de Francia, hijo del emperador, cuyo nombre victorioso el africano temió. Porque no den a tu alma mis palabras confusión te diré la triste historia, bien triste para tu honor: dio Carloto a Baldo Binos muerte cruel a traición en las montañas de Ardemias, acompañándole yo. Que aunque dicen sus parientes que hice en ello traición, mienten, pues serví a mi rey y mi rey me lo mandó. Tu padre, tan juisticiero, a Carloto degolló porque le pidió justicia Danés Urgel el León. Quedó vengada Sevilla y quiso el emperador casarla con don Rodolfo, su hijo, porque fue amor en su altivo corazón. En pasando un año, hoy día, al fin el tiempo logró porque más presto llegase el triste fin de tu amor. Pues ayer que do a la iglesia el aparato llegó del casamiento que Francia recibe con tanto amor. Y do calles y ventanas, con tapices de color, procuran tapar las manchas que salieron en tu honor. Vi de llorando a Oliveros, con tan terrible dolor que las piedras que lo oían se ablandaban con su honor, diciendo: ¡Sevilla mía!, ya Oliveros te perdió pues te casas con Sevilla para darme más dolor. ¿Quién pensara bella ingrata que se acabara tu amor tan temprano quedó apenas puedo decir que empezó? Llégueme, porque me viese y por hacer del traidor leal, dije que era infamia de la francesa nación que se casese Sevilla con el hijo de ese señor. El XXXX vivas brasas con las palabras que oyó, hijo XXXX cobarde de la africana el valor; merece el mejor del mundo y pluguiera al alto Dios, que el delfín no se casara que de ella el valor no bastase. Bastaría que lo defendiese yo si fuele que mentía con notable valor le desafió a campaña pero temió y no salió. Fuera de esto muchas noches he visto por un balcón entrar un hombre de noche, mas, como no pude yo, persuadirme a que jamás XXXX al emperador; su real palabra a Sevilla no quise a infamarla yo. Esto es verdad, tú eres rey, tu padre es emperador, Oiveros quien te ofende, Sevilla quien te agravió. Tú eres discreto y sabrás poner remedio a tu honor; que aquesto en verdad basta y lo diga Galalón. (vase) ¿Es verdad lo que he escuchado? ¿Estoy soñando o despierto? pero sin duda fue cierto, pues Galalón lo ha contado. Más va en mentira fundado y más pienso que es desgracia porque pierda mi gracia el decirme él Magances que amante Sevilla es del gran paladín de Dacia. Pero, ¿qué ofensa le ha hecho la africana a Galalón? Sin duda me hace traición Oliveros, pues el pecho no puede estar satisfecho. Mal haga el que honra procura y se rinde a la hermosura de una mujer, donde vemos, que en sus mudables extremos, jamás estuvo segura. Yo no soy delfín de Francia ¿quién puede el honor quitarme? más, ¿para que es considerarme con esta vana arrogancia= si entre la corta distancia que hay del hombre a la mujer, mil veces puede ofender sin que él entienda el agravio. Mal haya el necio o el sabio que agravio le quiso hacer, mal haya el emperador, aunque el ser me diese al fin que me celo con un delfín sangre de alarbe traidor. Quítele un francés su honor, pues, aunque deshonre a mi madre y su deshonor me cuadre, pues el así me deshonra, no hay quien conozca a su padre. Claro estaba que en Sevilla alarbe, africana y mora, aunque en belleza a la aurora entre sus plantas humilla, fuera grande maravilla el tener de honrada nombre y conservar su renombre siendo firme una en oídos; que quien fe no guarda a Dios ¿cómo ha de guardalla a un hombre? Rabio de pesar y pena, no se que medirme elija para qué honor no me aflija ni deste el amor encadena. Más, el pensamiento ordena, aunque más el amor brama, que su vil sangre derrame, que en ella mi agravio muera; que quien con agravio espera cerca está de ser infame. Honor ¡válgame Dios! no se si le crea a Galalón, que es padre de la traición, más, crédito le daré y después le mataré; que aunque el honor verdadero dice que muera el primero quien fue fiscal de la honra, para vengar mi deshonra, ha de morir el postrero. Así, divina Sevilla, mil años al delfín goces y así, la fama de voces en tan alta maravilla. Así, señora te veas de la universal distancia y, como eres reina de Francia, del mundo entero lo seas. Que seas parte de que alcance una pretensión que tengo, por quien a tal punto vengo. llegado el último trance a suplicarte Sevilla que, pues, hay tantos en Francia, tan hijos de la arrogancia, que a toda el África humilla, que no se parta Oliveros, contra el poder de Armelín suya selo tú al delfín que pues tiene caballeros que aquese cargo merecen o no se parta. Lucinda, no hay cosa que amor no rinda, pero los que amor merecen no se rindieron amor y más en casos tan graves, más pues ya mi afición sabes. Yo diré al emperador que otro se parta. Sevilla darás nueva vida al alma que os sana ya puesta en calma y ahora a tus pies se humilla Quedo, Lucinda, que sale afuera el emperador. Haz este bien a mi amor, pues no hay bien que aqueste iguale. Que me niegue Armelín las juntas parias, que debe a mi corona caso extraño. Mejor dijeras grande desvergüenza y el atreverse el moro a tu corona nace de ver en ti piedad tan grande. Tiene Roldán razón pues que podías, que do estuvo Armelín cautivo en Francia, conquistalle sus reinos y otros muchos. Nunca fue buena en casos semejantes la precipitación ni la arrogancia. Yo le quiero enviar un caballero que le de cuenta del enojo grande, que me ha dado el saber que se me niegan las parias que cada año me ofrecía. Este será Oliveros que a más tiempo que ha descansado en Francia de la guerra mientras descansan los que me han servido. Beso señor tus pies humildemente pues contare gran mi XXXX. Antes señor pase adelante, que Oliveros se quede te suplico, y nombres otros le sobran tantos que ese cargo merecen justamente. Pues vos pedís infanta que Oliveros no parta de París. Ame pedido, quien al dales adora tiernamente que esto hiciese por ella. Cielos santos a mis ojos he visto mis ofensas ¿qué más clara verdad? ¿Qué es esto, cielos? Parece que mis enredos a la justa infanta perdonas. Parta Oliveros con la embaja al Cairo y a Marruecos si no me pagase como ha hecho hasta aquí las parías que pasaba. Mi ejército enviaré si va Oliveros, todo está llano. Vamos caballeros. Perdido soy. Florinda ya lo has visto. Y no sé cómo mi dolor resisto. Engaña a la esperanza con que presto a París volverás. Pues más no puedo, fuerza es que sufra su prolija ausencia. Quien tiene amor sepa tener paciencia. Detente un poco Galalón, deten el ligero paso, que reviento por decir a toda Francia mi agravio. ¿No fuiste tú Galalón el que me contó mi agravio y dijiste que Oliveros a mi honor a difamado? ¿No fuiste quien despertó mi quietud del sueño largo adonde en Francía vivía tan felicísimos años? Pues como te vas así, más viene a pensar mi agravio, que eres el son de las cosas que animan a los soldados y ellas se quedan atrás. Rodolfo, nunca he obrado burlas en casos de honor, porque son casos pesados XXXX visto Rodolfo. En este pequeño espacio comentas que a tu deshonra amenzaban sus rasgos, bien auras he visto a Sevilla, como luego a Carlomagno, y le pidió que Oliveros no partiese contra el Cairo. Todo lo ha visto Rodolfo, bien verás que no levanto testimonios de tu honor. Quédate a Dios. Padre amado no te vayas sin que des con la conciencia de tus años un consejo con que quede este deshonor vengado. Que si vengadme veo que el reino de Francia mando, tu serás emperador y yo seré tu basallo. El emperador te envía como ves hoy contra el Cairo, por embajador tú puedes, con secreto y con cuidado, vengarte de aquesta afrenta satisfaciendo este agravio. Escribe tú al de Marruecos de tu letra y de tu mano, que las parias alzaras en teniendo el francés mando. Si lleva muerte a Oliveros, que es el que basta en fama con embajada tan loca haciendo a su honor agravio, mataranle con deseo de no pagar cada un año las parias que Francia pide y tu quedarás beneficiado. En secreto y a Sevilla tu agravio disimulando, labarás muerte XXXX. Cuerdamente lo has pensado pero ¿si acaso Oliveros abre en el camino no largo las cartas? Se ha de atrever, si no imagina tu engaño, ni sabe que tu deshonra es XXXX. Caso entraña. Voy las cartas a escribir. Bendiga el cielo tus años, pues con tan grande cordura sabes hacer agravios. Y yo también quiero ir a detener en Palacio tretando a Oliveros el traidor, de quien me veré vengado si muere a mamos del moro sin salir con él al campo. Cielos amparad mi intento, que si Oliveros es bravo, muere a manos de Armelín. Yo satisfaré mi agravio, dando muerte al Maganses, siendo aqueste ejemplo claro de la muerte que dio XXXX el rey David, en el campo. Que si por gozar su esposa tuvo nombre de tirano, el que por honor lo intenta merece estatua de mármol.
JORNADA SEGUNDA
El invicto Carlomagno, el defensor de la Iglesia y, que por le llaman, el cristianísimo César. El que cobra parias tantas del alemán y del persa, del africano y del moro que su nombre reverencia. El que sus pendones reales quisieron ellos por fuerza y los puso en aquel templo que tanto el mundo celebra. A tí me envía, Armelin, solamente a darte guerra, del enojo y de la ira que tiene de ver que seáis su tributario y, ahora, las debidas parias niegas que tantos años pagaste a la majestad francesa. Bien se arme, sin que te fías, en las invencibles fuerzas del generoso Celindo, que le da ayuda en la guerra; por más de cincuenta mil africanos que pelea contra Francia, aunque en ofensa, Francia sus débiles fuerzas. Bien sabes, fuerte Armelín, que te cautivó en su tierra. Reinaldos de Montalbán, cuyas invencibles fuerzas, han dado a la África temor y a su nombre, fama eterna. También cautivó a Armelinda, que está presente, y con ella al generoso Celindo, a quien llama el Cairo César de la africana nación. Y sabéis, que hoy estuvieran cautivos si en él no fuese la piedad y la clemencia tan generosa y tan grande. Pues, si todo aquesto piensas y sabes, señor, que ha sido verdad ¿para qué le niegas la paria que tantos años pagaste a Francia por fuerza? Oh, por grado a esto he venido y a decirte que prevengas tu ejército valeroso contra el de la gente nuestra. Si no vuelves a pagarle las parias con obediencia verás venir a Roldán, de cuya vista soberbia, que ciudades temorosas ya me parece que tiemblan. Verás también a Reinaldos, aunque mostrará vergüenza de vencerte en la segunda quien te venció en la primera. Y, al final, Francia verás venir contra aquesta tierra, dando miedo a tus ciudades y a tus vasallos tristezas. Esta es, señor, la embajada del de Francia. Ahora piensa, si te está mejor dar parias el ser esclavo en su tierra. Antes, valiente francés, que entrásedes en mi tierra, me arrepentí de la guerra que había roto el interés por ser yo feudatario del invicto Carlomagno. Y, ahora, será más llano, con tan valiente contrario. La amistad de Francia estimo más que mis estados todos y, por diferentes modos, a pagar paria me animo; que Alá sabe que tenía solamente el verle airado y que su ejército airado contra mis reinos venía. Pero, ya que su nobleza me ha obligado con piedad, no hallo en mi calidad joya de mayor riqueza con que pagalle esté bien si no es con la voluntad. Vuestros reales medad, por honrarme a mí también, y ya, Armelín, que te apartas de la enemistad pasada que do hice esta jornada. Me dio Rodolfo estas cartas, pienso que son de importancia, ábrelas. Di, paladín, ¿quién es Rodolfo? El delfín que ha de suceder en Francia, hijo del emperador Carlomagno. ¡Santo Alá! ¿Rodolfo qué me querrá? Ellas lo dirán mejor. Parece, Armelinda bella, que en vuestros divinos ojos andan nublados de enojos, por quien su luz sean de ella. ¿Qué tenéis? Antes me tengo. Tenía un tiempo y, así, por lo que el tiempo perdí, ahora a llorarlo vengo. ¡Ay francés!, si no mirara que ha tan poco que murió mi esposo Celindo, yo, más que a Celindo te amara. No se que siento en mirar esa presencia gallarda. ¡Válgame Alá! ¿Qué acobarda a Armelin? No puedo hablar, Oliveros. ¡Gran señor! Cansado vendréis, entrad a palacio y descansad. Tus pies beso con temor, entro, pues no XXXX. La carta quedo al color le falto el comendador. Fortuna, no se que ordenas. Adiós, Armelinda bella, después os volveré a hablar. Celín, entra a aposentar a Oliveros y, en aquella sala que cae al corredor, le aposentas. Así lo haré. Yo también entraré, señor moro. Lindo humor, no viene con el francés. Si vengo. Pues entre. Aunque, cada cual que encuentro, pienso que mal hombre es y el corazón no reposa desde que entré en el lugar. Que del delfín manda matar al francés, extraña cosa. No se que dirá. ¿Qué tiene esa carta, que parece, gran señor, que te entristece el miralla? En ella viene una sentencia sin firma, que el delfín me la envió, para que la firme yo. Algún grave mal confirma, pues tanto lo sientes. te dará mejor razón. “Si a la francesa nación no quieres obedecella, Armelin, pagando parias al emperador. Podrás, si muerte a Oliveros das, (que pues las edades varias pasan sucesos tan presto); en siendo rey de esta tierra, no solo no te haré guerr, si por un rey haces esto, pero, mi propia persona, siempre en tu ayuda verás; si muerte a Oliveros das. Porque importa a mi corona Don Rodolfo, hay tal rigor.” ¿qué piensas hacer? Matalle. Pues me libro de pagalle parias al emperador. Que en el mismo aposento donde aposentado está, morirá. No morirá, que lo dice el pensamiento. ¿Qué te parece, señor, de la corte de Marruecos? Mal me parece, Tristán. ¿Mal te parece? Si, y creo, que no está el alma segura pues, no puede estar el pecho quieto y el corazón da saltos, no de contento. Y que do no es de alegría es, Tristán, muy mal agüero. ¿Quien te puede a ti ofender, gran señor, en este reino? Traiciones, Tristán, amigo. ¿Traiciones? Traiciones temo. Que desde que al rey le di del delfín Rodolfo el pliego, tengo aquesta confusión. Da esos vanos recelo hoy y aqueste palacio mira, tan adornado y compuesto de tapetes berberiscos y de brocados diversos. Mira esta sala que cifra, causando envidia a los tiempos, todos los reyes que han habido antes en Cairo y Marruecos, todo provoca a alegría. Si, Tristán, más a mi pecho provoca a tristeza, y dijo bien quién comparó él contento a la tristeza. Pues, que do estar más alegre y vemos acabar el placer y viene el pesar a entristecernos. Armelinda, mi señora, dice, señor Oliveros, que si habéis menester algo que pidáis, que vuestro pecho será a medida del gusto. Si hay por allá algún torrezno o alguna bota de vino, pues, que no lo beben ellos, dar podrán a su merced. Volved, feliz caballero, y decidla que la tierra donde pone sus pies beso. Por tan heróica merced que, mientras las contengo, de asistir en su palacio, que mi sino será cielo, que me basta por regalo el contemplar en el bello campo de su rostro a donde dos estrellas, dos luceros, dan luz quitando la del sol. Oh, qué grandiosos requiebros. Yo vuelvo con la respuesta. Aguarde un poco, mancebo, porque mi señor está luchando en su pensamiento con recelos y tristeza. Por si divertille puedo, nos declare lo que encierran aquestos vistosos lienzos. De muy buena gana aquel, que armado de solajero, da temor sola su vista a Solimán, el abuelo de Armelin que reina hoy día. Vi sonrojalle. Buen cuento. Esta mora y este moro, que darse las manos vemos, son sultán y Velidaja, padres del rey de Marruecos, que casándose los pintan. Mil veces dichosos ellos. ¿Por qué? Porque si están siempre dándose la mano, es cierto que nunca a ver llegarán del casamiento el infierno, qué son los últimos días. Aquestas tablas que vemos son milagros del profeta a quien honra el reino nuestro. Aqueste primero es hijo de un gran bajá de Marruecos, que, estando enfermo en la cama, vino el gran Mahoma al reino. No le conoció el bajá y él, enojado de aquesto, un médico le envía que le dio tales remedios que le quitaron la vida. ¿Y eso por milagro han puesto? Que de milagros habría en nuestra tierra, si aquellos que por los médicos mueren, hubiesen de ocupar lienzos. Ya llevarás una cosa nueva a Francia. Por lo menos les podré decir allá que no se curen por médicos, pues mil males envía a que sean instrumentos de que el infierno se ocupe. Calla necio. Aqueste lienzo es una cosa famosa: se encendió en fuego, mas viendo el señor de ella las las llamas, que daban espanto y miedo, comenzó a decir: Mahoma, líbrame de aqueste fuego. Que moje toda la casa y a los que estaban dentro. Y solo quedó el señor porque se salió primero a la calle que ninguno. ¡Oh, qué milagro tan recio! ¡Por dios, que me mueve a risa! Aqueste milagro es nuevo. ¿Qué fue? Que la casa santa, donde se guardan los fuegos del soberano mahoma estando pendiente al viento, se casó rompiendo el lazo y a la mañana vinieron y en el suelo lo hallaron. No pudo pasar del suelo gran milagro. Mayor fue, porque estando muchos perros en el templo a la mañana, hallaron que todos ellos estaban arrodillados mirando qué grande milagro. Debían de estar hambrientos y andaban alrededor por roer el santo fuego. Armelinda, señora llama, señor Oliveros, después volveré a serviros. Mahoma os guíe. Al muy perro le puede guardar Mahoma. ¿Qué te parece de aquestos milagros? Que el mayor es que no entren al infierno todos los de esta nación. Parece que hay ruido dentro. Oliveros, engañado, el amor me obliga a esto. Mi padre quiere matarte porque el delfín en su pliego se lo manda. En esta puerta del palacio andan ligeros caballos, pártete al punto venciendo al ligero viento a París. Y que do vieres tu vida en salvo a tu pecho, haz que sea agradecido a mis amantes deseos. ¿Con qué servicios señora podré pagar lo que debo a esa generosa mano? Con amor, no más. Prometo en entrando por París, enviar por ti a Marruecos a que otra vez me des vida, porque sin ti estaré muerto. Vete, que siento ruido. Pues dame tus brazos bellos, adonde descanse el alma. Adiós, mi bien. Ahora ves qué hay tan bien en este mundo muchos ángeles turquescos. Vamos Tristán. Adiós, Alá, cifra de reyes soberbios. A Dios agua y al cuscús pasas, almendras y huevos. Vos quedaos milagros enanos de ese profeta arriero, Velidajas, Solimanes, batallas y casamientos. Que yo voy en un trotón a mi tierra donde pienso trocar agua y al cuscús XXXX y vino añejo ¿Que el del Cairo murió? Murió Celindo viniendo, gran señor, a la defensa de Armelin su cuñado. Ya me pesa que alla fuese Oliveros; pues el moro pensaría, sin duda, que temores de su arrogancia a hacello me obligaron. No recibas, señor, ningún disgusto; pues yo me atrevo a que des la guerra que tienes prevenida, sin que pueda darte culpa la fama en su historia. ¿De qué modo ha de ser? Si a nuestra tierra más no vuelve Oliveros con respuesta; desobligada queda tu grandeza a no cumplille la palabra. ¿Y cómo vos sabéis que a París no dará vuelta el valiente Oliveros? Si su alteza supiese lo que pasa, yo sé cierto y le quisiera más ausente o muerto. No te declares, Galalón Ya puedes alegrarte, Rodolfo. Pues es cierto, que estará tu contrario infame muerto. Trata ahora de dar muerte a Sevilla En viniendo respuesta del alarbe. ROLDÁN Oliveros, señor, pide licencia para entrar a besar tus pies reales. Decid que entre, Roldán. Ya está a la puerta. Galalon, ¿no decías que Oliveros no volvería a París? Pude engañarme. Y su vista podrá la muerte darme. OLIVEROS Deme, vuestra majestad, sus pies. ¿Esto se consiente? Alzad, Oliveros, alzad. Que estimo el veros presente más que la mejor ciudad. No quiero premialle ahora por que la envidia no haga los efectos que atesora. Para que me satisfaga de la respuesta que ignora mi sospecha ha descansar. Os podéis ir, Oliveros, que hoy os volveré a llamar, quedo de este espacio el veros. Besos sus pies. Levantad. Tu carta, señor, le di al de marruecos y vi gusto en él de ejecutar lo que enviaste a mandar. Más, por sucederme a mi no se que disgusto allá, que algun dia se sabra si la vida no me cuesta, no traje, señor, respuesta; más Armelin la enviará. Vaisos, señor. ¿Qué queréis? Si respuesta no traéis de lo que yo os encargué, ¿por qué queréis que os la dé si menos que yo valéis? Y, aunque respuesta me envía Armelin, pues este día, venís a donde yo os viera; fue respuesta muy entera, qué más corta la quería. Vente, Galalón, espera. ¿Qué es esto? Desta manera me trata el delfín de Francia, conmigo tanta arrogancia. Oliveros, ¿qué te altera? Es rey, y, un rey en rigor, como absoluto señor, que no tiene quien le vede, aquesto y más hacer puede. Más poder tiene un traidor, ¡Oh, cobarde Magances! Tú eres la causa, villano, de que el príncipe francés se muestre tan inhumano con el paladín dacés. Ya, Galalón XXXX. Si, como ves, no estuvieras dentro de la sala real; yo hiciera que conocieras si soy traidor o leal. Hablar, Galalón, de veras, nunca con ese rigor te vi de hablar en campaña. Ni que do el emperador, fue, Galalón, a Bretaña, mostraste tanto rigor. Ni que do el de Montalbán, sentado junto a Roldán, puso en tu rostro la mano. Más, el cobarde y villano, habla donde alas le dan. Eres animal que guarda la casa que do está en ella y en su defensa no tarda. Más, si acaso sale de ella, tiene miedo y se acobarda. Y, el ser animal te cuadre, pues te engendró un desleal en la traición, que es tu madre. Mira si serás animal siendo hijo de tal madre y padre. Más, qué me vaya en razón, no me pagues tú traición llamándote tantos nombres; pues se encierran tus renombres en llamarte Galalón. ¿Fuése Oliveros de aquí? De aquí, señor, se apartó. Aunque le vengo a buscar, Galalón, vengo a que vos me digáis la causa justa porque en él fuera mejor estar ausente que vivo y en mi tierra. Con razón lo dije. Pues, es muy claro que, que do al Cairo llegó, concertó con Armelin darle paso gran traición en tus reinos y arrojarte de la silla que gozó tu antecesor Clodoveo. ¿Y cómo lo sabéis vos, Galalón? Cierto criado me ha dado la relación, que con él vino de ser. ¿Su criado lo contó? Sí, señor, y fácilmente lo podrás saber mejor; trayéndole a tu presa. ¿No vais por él, Galalón? Vos, Galalón, me dijisteis que don Grimaldos huyó a favorecerse al Cairo y que juntó un escuadrón para venir contra Francia. Y sabéis, Galalón, vos que fue mentira, es así. Sí, señor, tienes razón. Vos dijisteis que Reinaldos, siendo a nuestra ley traidor, quiso ser moro y sabéis que fue mentira. Señor, y así yo lo confieso. También sabéis, Galalón, que si todo que do hasta aquí me has dicho, nada salió verdadero, ¿no es así? Si, Señor, tienes razón. Pues, Galalón, ¡basta ya! Si necio he sido hasta hoy en creer tanto enredos, tanta mentira y traición, aunque me digas verdades no os creeré más, Galalón. Que quien malas mañas tuvo, tarde o nunca las perdió. Mudo y confuso he quedado. ¿Qué te ha dicho, Galalón, mi padre? Apenas lo sé, mudo y ciego me dejó. Él me ha llamado cobarde, él me ha llamado traidor y, al cabo de muchas cosas, me reprendió en conclusión: que quien malas mañas tuvo, tarde o nunca las perdió. ¿Eso dijo? Aquesto dijo. El fin de mi honor llegó, mi venganza está perdida. No hayas miedo. ¿Cómo no? Yo, soy, Rodolfo, tu tío, tu honor es también mi honor. Debo librarte, sobrino, o no he de ser Galalón. Saca a Oliveros a caza, a la ribera del Po; que es a donde el gran Carloto, muerte a Baldo Binos dio. Y fácilmente podrás dar venganza allí a tu honor: matándole vos. No escarmientas en el castigo feroz de mi hermano. Ese es engaño, pues, fue aquello por amor y esto es por cobrar la honra qué Oliveros te quitó. Antes premio te dará. Pues alto ve, Galalón, y prevén la caza y gente. Desta suerte venzo yo. Que, en el cobarde, la industria, es la valentía mayor. Confuso quedo y, no se, si le orca a Galalón; que do miro sus engaños dice el corazón que no. Más, que do miro a Sevilla, que tanto le contento la venida de Oliveros, me dice que si el honor. No se que haga o que diga, mal ay a el vil que ordenó que lo que el hombre notable se tenga por deshonor. Más, ya no tiene remedio, él ha de morir, más no, que pienso que está sin culpa y que miente Galalón. Oliveros tiene sangre de reyes, también rey soy, Sevilla es reina, Carloto quiso forzalla. Venció sus palabras y amenazas, de Francia era sucesor Carloto pues, Oliveros, tanto con ella alcanzó, si no lo alcanzo mi hermano. ¡Miente, miente, Galalón! Yo quiero sacalle a caza y a oliveros y los dos juntos le diré la afrenta que por él tiene mi honor. Él me contará la causa porque Sevilla rozó al emperador de Francia que do, de Francia partió, que no le dejase ir. Y, que aunque desdore a mi honor, he de hacer aquesta prueba porque no será razón y de yo muerte a un leal. ¡Ay, no lo permita Dios! Porque si otro hubiera sido quien mi deshonra contó, a que los tuvieran culpa les diera muerte feroz. Más, el traidor magances, que claro se que es traidor, que sea verdad, o no sea, yo le daré el galardón derramando su vil sangre en la ribera del Po. Y, dándole muerte vil, le diré al emperador: que si malas mañas tuvo, con la muerte las perdió.
JORNADA TERCERA
Qué francés es este suelo, que me sigue y que me mira, y si le miro retira el cuerpo mirando al cielo. No es sin causa mi sospecha. Yo he de averiguar aquí, si de el alma que le di está la forma derecha, en su corazón ausente, y si es que ya está olvidado a mi amor desatinado, pondré freno suficiente a refrenar la pasión del amor del ausencia. Turbado me ha su presencia el alma y el corazón, pero ya sé hacer a mi fin, sin duda me quiere hablar. Sin miedo quiero llegar, dame amor, tu ayuda aquí, ¿qué miráis tanto, señor? A un hombre así habéisme visto otra vez. Que mal resisto a la fuerza del amor, pienso que os conozco. ¿A mí? ¿Cómo podéis conocerme. si nunca pudiste verme? Yo pienso, señor, que os vi antes, mas no en el traje que ahora mi alma os vio. Sois ingrato y os cegó la vista el fiero linaje de la ingratitud. ¿Yo ingrato? Mirad, Armelinda bella, que a mi valor no pelea esa razón. Yo no trato más de amor con quien tan mal Oliveros corresponde. Mi amor por mí te responde, que viendo tu celestial cielo tan nublado, temo algún rayo que me abrase y el corazón me traspase rozándote a ti su extremo. Alevoso caballero, cobarde, arrogante y vil, alguien llama injustamente Francia el dacés paladín. Ya me conoces, yo soy Armelinda yo te di la vida que do en Marruecos mandó matarte el delfín. Dísteme palabra entonces, más tiempo que fue fingir, de que en pisando los muros de la invencible París, de enviar por mí al menos, me la diste de escribir; que me viniese temiendo mi noble padre Armelín dite vida. Como sabes, la mía te rendí. Más ya la lloro, Oliveros, porque fui mujer al fin. Prometiste muchos votos, mas como te viste aquí, libre de aquella tormenta, ninguno quieres cumplir, ni yo quiero que les cumplas, porque aunque mes aquí vengo a sacarte del pecho el alma que te ofrecí. Una mujer sola soy, con ánimo varonil, que te reto y desafío, como a infame y como a vil, sal al campo, sal, cobarde que aunque seas paladín y estén escritos tus hechos, en alabastro y marfil armada de la razón, pues es cierto que está en mí, que tú me la diste entonces, porque temiste el morir. Vengo solo a defenderte en la vega de París, que eres traidor y cobarde arrogantes, loco, vil que no guardaste palabra a quien la debes cumplir. ¡Sal Oliveros, ingrato! Si a morir quieres salir, que todas las tardes aguardo en la vega de París. Detente, señora mía. Detente por amor de mí, y porque yo te he escuchado, escúchame también. Confieso tu justo enojo, y a tu pecho varonil doy debidas alabanzas acabadas de salir del centro del alma mía, para empleallas en tí. Confieso también que fuiste el instrumento sutil de que con vida volviese Oliveros a París, y también confieso y digo que la palabra te dí de enviar por ti, señora, al punto que entrase aquí. Mas Galalón, un cobarde, un aleve paladín, un arrogante envidioso, se fundó fino y sutil en acarrear traiciones desde Maganza a París. Con el rey me ha puesto mal, esto ha pasado hasta aquí, serena esos graves ojos, arcos con que amor sutil sus rayos arroja a un pecho que te adora más que a sí. Abre esos divinos ojos, arroja el capote vil, que es el capote villano y no te está bien a ti. Desecha el ingrato enojo a las palabras que aquí, con tal rigor me dijiste, porque saliese a reñir. Truécalas en amorosas y entre labios de carmín, y entre conchas de cristal, vuelve a arrojallas aquí para que yo no las tema y para poder sufrir los rayos que al alma llegan, desoídos ojos. Al fin sois hombre y estáis tan diestro en el mentir y fingir. No hay disculpa que se admita en amor firme, y, así son culpas las que me dais y no disculpas. me verás si no me crees. Pues bien os podéis morir, porque nada os he creído, que yo en amor nunca ví, dificultades jamás. Y a quien ama sin fingir no le han de mover riquezas, pues no me mueven a mí. Sacad la espada y pensad que aunque soy mujer, reñís con quién vido vuestras lises a las plantas de Armelín. Llevaisme mucha ventaja, mi señora, pues reñir con los ojos y el acero, que son espejos en mí, y si es que me miro en ellos, será por fuerza el morir. Aquí está mi espada humilde a vuestros pies. Advertid que humildades no me ablandan. Matadme pues, pues así me veis rendido. ¿Mataros? mirad bien lo que decís y si lo decís de veras. Digo que quiero morir. Pues yo no os quiero matar, que me habéis vos muerto a mí, más la muerte que os daré será en mis brazos. Feliz muerte, muerte que merece aquestos brazos ceñir. ¡Ay Oliveros! Quien ama es fácil de persuadir aunque sea la defensa mucha. ¿Viniste sola? Celín me acompañó. ¿Dónde queda? Queda mirando a París. ¿En qué traje? En ese traje. Pues seguro estará así, más, y e que Tristán viene, y con él viene Celín. ¡Gracias a Dios que he cobrado el bien que perder temí! Ya con mi señor está hablando, ¡qué lindo talle! Yo quiero llegar a hablalle. Vaya pues. ¿Los pies me da, señor? Celín, bienvenido. Bien ese traje te está. Olvidado tengo ya el traje con que he venido. ¿Y tú no hablas, señora? Con el gusto de haber visto a tu dueño, no conquisto otro bien mayor ahora. ¿No le muestras a Celín las causas maravillosas de la ciudad? Son grandiosas, no tienen al vellas fin. Ya yo, señor, le he mostrado las grandezas de París; más, si entrara en San Dionís ya se le hubiera enseñado los milagros que allí están, pues él me enseñó también los mahometanos. Bien, se venga de mí Tristán. Parece Celín mohino; pues yo le juro a esta cruz, que en lugar del alcuzcuz, que le he de hartar de tocino. El príncipe sale, aguarda, no te vea, mi Armelinda. Linda sala, Tristán. Linda. Mi corazón se acobarda. Oliveros. Señor. ¿Qué hacéis? esperando, señor, lo que me mandas y, me dijo Dudán esta mañana, que a palacio viniese y que tu alteza tenía que mandarme. Escucha, aparte: mañana importa que los dos salgamos a una jornada corta a la ribera de ese arrogante río; porque quiero, divertir, como amigo verdadero, un mal que aflige el alma fuertemente. Contigo solo. Si tu hechura humilde sabes, señor, que fui, ¿para qué ordenas a quién debes mandar? Tu gusto sigo. A caza voy, y tú saldrás conmigo. Corta jornada es alegre y fresca Iré, señor, a donde tú me mandes. No hay a falta, Oliveros. Creer no puedo que me ofendiese aqueste, el de Maganza, es un traidor y miente. Dios te guarde ¿Qué te parece? Caza y esta tarde. No me contenta nada aquesta caza. ¿Por qué causa, ignorante? Más que quieren cazarte a ti. Señor, por vida tuya que no salgas adonde dice el príncipe. Por esa misma vida que juraste que tengo de salir, que yo no hallo ningún delito en mí por donde el príncipe me pretenda matar. ¿Qué no escarmientas en la muerte cruel de Baldo Vinos? Amor obliga siempre a desatinos, no es amor el que al príncipe le turba, pues no tengo mujer. Ven, Armelinda, que voy a obedecer la ley y el gusto de mi rey y señor. ¿Qué te parece? Que los vamos siguiendo en el camino. Esta caza que dicen que, sin duda, como en efecto sois perros de ayuda, le serviremos de algo si quisiere darle la muerte el príncipe. Pues vamos, que yo te juro por las luces bellas que adoro en Oliveros que si acaso le quisieren matar, que he de ser rayo en la gente cobarde que lo intente. Yo, si por su desdicha acaso encuentro al señor de la casa de Maganza, he de clavar su lengua en una lanza. y hasta llegar la muerte ella misma, de París no descanse en parte alguna. Vaya talando y destruyendo tierras aunque se de principio a nueva guerra. Que, por la casa santa en que se guardan los que son del profeta celebrado, en nuestra ley que, de su tierra misma, de su casa, y su corte, y su palacio, he de sacar al vil cobarde y loco que es el bastardo que de mi hija ha sido ya leve robador. ¿No veis que Carlos, con su ejército fiero, a la defensa de Oliveros saldrá? al mundo he de abrasar el alma. ¡Alarma! Contra el vil Oliveros, causa infame de mi enojo cruel, ¿quién fue con ella? ¿sabelo alguno? Solo Celín falta, sin duda fue con ella. ¡tu traición pagarás en una almena, en volviendo a Marruecos! Marche el campo dando temor a Carlos y a sus lises. ¡Marche el campo a París, marche! de haber robado a la africana Elena. Confuso vengo, señor, y viene temiendo el alma aquesta caza que dices, que es para caza muy larga. Estamos ya de París más de diez leguas y, nada de prevenciones he visto, para la caza que aguardas. Si ha de ser volatería para soltar a la garza el halcón que, libremente, los vientos veloz se rasga, ni miro halcón ni, tampoco, he visto que te acompañan los que suelen, gran señor, acompañarte en la sala. Caza de aquesta manera justo es que la tema el alma, que ha de ser caza muy grave o no ha de llamarse caza. Todas esas prevenciones trae el alma porque aguarda dar caza a quién le ha ofendido. No temió el alma sin causa. Oliveros, mis deseos son en semejante causa. Hoy, los cazadores míos, cazadores son de fama, que, como son generosos, saben seguir una garza aunque suba a donde el sol, la que fue a las blancas. Es el halcón el honor a quien en mi mano desata hoy las pihuelas, por ver si a sus ofensas alcanza infinitos con santos, que me atormentan en el alma. Son los perros que escudriñan los vivares de la infamia. Cebo al halcón que ha honor, como digo, de esperanzas, porque si llega a perdellas vendrá a morirse sin falta. Toda aquesta gente saco, Oliveros, a esta pequeña jornada; mirad si con tanta gente saldré seguro a campaña. Sin sentido me has dejado. Tú, señor delfín de Francia, estás defendido. Sí, y por eso salgo a caza; para dejarlo de estar. Pues habla ya, ¿en qué reparas? Que yo, transformado en tí, le sacaré a campaña y la muerte le daré sin que nunca entienda Francia que es por tu causa, señor. Es, Oliveros, el alma y el leve rostro. Yo pienso, que teniendo amistad tanta, que no le mataréis. si yo fuese quien te agravia, me mataría yo mismo por cumplirte la palabra. Pues, bien podéis, Oliveros, vos fuiste de mi afrenta causa. ¿Yo señor? Vos Oliveros. Pues saco, señor, la espada, que soy caballero y cumplo desta suerte mi palabra. Tened un poco, Olvieros. Luego vi de que esta caza era, en mi bien, religiosa. Que esto sea traición falsa o mentira es cierto, y no que habéis de morir, y basta que yo llegue a publicalla. Pero, en esta duda, quiero no quedar confusa el alma. Yo me case con Sevilla, que fue mora y ya es España. Bien sabe que fue mora, pues tan poca fe me guarda. Casame por que fue gusto del emperador casalla conmigo, pagando, en esto, del sobrino la desgracia. Después de casados es, Oliveros, que os abrasa su amor, y a mí esposa el tuyo. Detente, señor, y calla. Opiniones tan opuestas a su castidad repara. Que me ofendo de que pienses de mi maldad tan extraña. ¡Qué lengua tan vil, que vos, del cocodrilo que engaña con la blandura atractiva, te dijo tales palabras! Si sabes, príncipe noble, que, Carloto, que aguardaba la investidura real y el cetro de toda Francia, pretendió XXXX y fue, a su mocedad gallarda, muro de diamante fuerte con corona de esmeraldas. ¿Por qué imaginas que a mí menos digno me tratara? Con más afición advierte que aqueste traidor te engaña vilmente. Pintan a Amor ciego, Oliveros, y es causa de que la razón no vea XXXX rey donde a esta palabra con que me disculparas, es para confiar en Francia. Como ya sabes, un moro que entiende la ciencia mágica, y, llegando a preguntalle, por desengañar el alma, en secreto, que quién era la dama a quien estima Oliveros, respondió que era bella africana. Pues, africana, Oliveros, bien ves que no la hay en Francia sino Sevilla, mi esposa. ¿Ves, señor, cómo te engañas? ¿Cómo? Porque está en París aquella bella africana, hija del rey Armelín. Que, yendo con la embajada a Marruecos, me dio vida y en pago la traje a Francia, donde tú la podrás ver. Que do hiciste la jornada a Marruecos, Oliveros, ¿por qué razón o que causa rogó sevilla a mi padre que no salieses de Francia? Esto anima mi sospecha. Florinda, dama gallarda, prima hermana de Dudon, por estar apasionada de mi amor rogó a Sevilla lo que viste, señor, basta. Tu indignación mira bien, que es Sevilla honesta y casta. ¡Mira que hay traidores viles! Y, por que pierdan tu gracia, contigo me descomponen. ¡Basta ya, Oliveros, basta! Que tus disculpas recibo. Pues dame tus pies. ¡Levanta! Y aquestos brazos recibe. Mi lealtad con ellos paga. Quiero, Oliveros, que entiendas que desta prueba fue causa ser Galalón quien lo dijo. Que, a no conocer sus trazas, sus mentiras y embelecos, aquestas montañas altas dieran sepulcro a tu cuerpo y a mi me dieran venganza. Más, como no es la primera traición que se ha visto en Francia ordenada por él, quise de aquesta suerte proballa. Para que de mi honor no haya alguna lengua falsa que murmurar pueda agora. Ha de ser averiguada con Galalón la mentira. Dejemos, señor, la caza y vamos. No está tan lejos Galalón, un poco aguarda, Oliveros, escondido entre esas espesas ramas. Que yo le llamaré y puedes, en viendo que de ti se aparta. Esta gente que me sigue averiguará esta causa, que yo estaré dónde puedas, Oliveros, escuchalla. Pues yo me escondo, señor, que yo le haré al de Maganza que se desdiga; o, su lengua, será prueba de mi espada. OLIVEROS GALALÓN y gente) ¿Qué te entretienes agora Rodolfo, en palabras tantas? ¿A dónde se va Oliveros? Díjele ciertas palabras de las cuales coligió ¿ XXXX que me ha con panaceas? Yo le dije que mentía. Y, para que no haya falta en mi palabra, conviene que no te vea, ahí te apartas; que yo y esta gente iremos a matalle a esa compaña a donde anda divertido. Pues dale mil puñaladas de mi parte. En tu vil pecho pienso yo, enemigo, dallas. Quédate a Dios. Él te guíe GALALÓN ¡Que medrosa tengo el alma y que sudor tan helado por el cuerpo se derrama! Temblando de miedo estoy. Más, de aquella rama alta, un hombre sale, parece Oliveros. ¿No te espantas, Magances, de verme aquí? ¿Un amigo tan del alma me había de dar temor? ¿Cómo, Galalón, me hablas en el campo tan humilde y tan soberbio en la sala? Si tú me das ocasión, Oliveros, con palabras injuriosas a mi honor, porque de aqueso te espantas. Pero, los que nobles son, como lo soy yo, no guardan el enojo tanto tiempo. De ti, cobarde, le apartais por temor, no por nobleza, que jamás en ti se halla. Pero, dejando esto a parte, te quiero hablar dos palabras. Di todo que do quisieres. Y do el príncipe de Francia se casó, visteme a mí llorar tan nueva de gracia. De ningún modo. Y, estando Sevilla depositada, vísteme por sus balcones ni sus doradas ventanas, entrar de noche. ¿Yo, cuando? Pues, como mentiras tantas a Rodolfo le dijiste, traidor. Al delfín de Francia dije yo cosa ninguna, si aquí presente se hallara le dijera dos mil veces, Oliveros, que… ¡Ya basta! Magances, cobarde, a prueba. Porque, si a delante pasas, el alma te sacaré y será corta venganza. No me espanto, Galalón, que con tus enredos hayas mi noble pecho engañado; pero, lo que más me espanta es haberte yo creído. Perdóname, que, de Francia, prometo salir sin ver, en mi vida, sus murallas. Por vengarme de Sevilla puse en tu honor esta mancha; perdona, pues me arrepiento. Tu sangre ha de ser el agua con que esta mancha se lave. ¡Dadle dos mil estocadas! Que no es bien que en un traidor manche yo mi noble espada. La defensa es natural. ¿Qué defensa vil aguarda? ¡Matadle al vil Magances! Vasen en el botas tantas, que de su cobarde pecho todas las traiciones salgan. Muerto soy, ¡válgame el cielo! A penas muriendo pagas lo que en esta vida debes. ¡ola, caballos! Tus plantas tengo de besar primero. Los brazos primo te aguardan. Galalón el de Maganza, malas mañanas has tenido, y, quien tuvo malas mañas y no las quiso olvidar, de aquesta suerte las paga. Voces de gente he sentido. Por estos espero ramos. Abriendo camino vamos por ellos. Pierdo el sentido. ¡Válgame dios! Aquí suena una voz. ¡Triste de mí! Un hombre muerto está aquí. Mi desdicha el cielo ordena. ¡Ay de mí! ¡que es mi señor! ¿Qué dices? Mi señor es. ¡Ah, desdichado francés! Anda suelto el traidor, ¡Señor, señor, Tristán! ¿no conoces ya? No amigo. Alza la cara. Yo digo que no es él. En vano están en mi pecho estos temores. Qué no es él. Tienes razón. ¿Quién eres? Soy Galalón. ¿Y quién te ha muerto? Traidores. Galalón eres. Al menos fuílo un tiempo. ¿Y hoy te han muerto traidores? Aquesto es cierto. Por muchos años, y buenos. Más, por cumplir la palabra que en París quedé propuesta, ha de rodar de la cuesta por ver si se descalabra. ¿Es Galalón? Si, señora. Arrojale le has, señor. No me lo digas por señas, que el rodará antes de honra. ¡No!, Soy cristiano. Es en vano lamentarse por traidor. Le entierra un moro, señor, y por X año un paro. Ten tú, Celín, de los pies, llevémosle entre estos cantos. Ya tengo, Tristán ¡Qué santos entierran al Magancés! Por qué es vuestro gusto solo y mandallo vuestra alteza, mitigo mi justo enojo y también les doy licencia para volverse cristiana a mi hija como quiera. A tan real proceder, no habrá paga que lo sea. ¿Dónde está Armelinda? Pienso, que entretenida en las tierras anda, cazando en sus bosques con redes de su belleza. Aunque ya pienso que vienen ella y Celín. Por las nuevas que de tu alteza me han dado dejé la caza y la sierra. Portro callos por los pies, que son vasa y fortaleza de la corona africana. Hija, a mis brazos te llegas. Que, ya de mí perdonada, alas de tu amor absueltas; que los hierros del amor traen la disculpa mesma contigo. Beso tus pies. Tu generosa grandeza muestras en eso, señor. ¿Roldán, que cajas son estas? Aqueste rumor ha hecho esta casta magancesa; que dicen que a Galalón, entre peñascos y piedras, han hallado muerto. Y, de ver que en esta muerte sangrienta, fue la causa principal, tu hijo. Verdad, es cierto que yo le maté, señor. ¿Y por qué? Por una ofensa que a mi honor hizo. Si albricias de su muerte me pidieras, te diera a Francia, Roldán, pues no bastan las ofensas, las injurias, ni las traiciones con que los nobles afrenta. Si no, que a mis propios hijos, con sus embustes ofenda. Id vos, Roldán, y a Florante y a la casta magancesa, que armas levante en París con vuestra soberbia; haced que de Francia salga. Hágase como lo ordenas. Vamos, famoso Armelín, adonde se ordenen fiestas del bautismo de Armelinda. Dando final a la comedia y muerte de Galalón, cuya tragedia nos muestra que si malas mañas tuvo, la muerte dio fin a ellas.
