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Texto digital de Qué es la ciencia del reinar

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Atribución tradicional
Andrés González de Barcia
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Andrés González de Barcia Segura
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Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Qué es la ciencia del reinar. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/que-es-la-ciencia-del-reinar.

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QUÉ ES LA CIENCIA DEL REINAR

JORNADA PRIMERA

JORNADA PRIMERA Pues ya coronó su frente Regio laurel, sacra oliva: Tiberio Segundo, viva, Emperador del Oriente. Al Grande Tiberio, Padre de la Patria, triunfos profeticen, dulces consoñancias. Aguarda. El rigor suspende. Advierte, señora. . Mira. Arda yo toda en mi ira, como abrase al que me ofende; y si no puedo ultrajar tantas injurias en él, en mis contra mí, cruel, las empezaré a vengar. Advierte, que así se estima mas tu gobierno (ado fiero!) pues Tiberio es compañero tuyo. Déjame ya, prima. Ay Tiberio, amado esposo! . hoy por tu alivio previno el Senado. Perdió el tino mi rencor escandaloso: que lleguen así a borrar el explendor de mi ser? Oh mal haya el ser mujer, qué no me deja vengar! Yo, que me miré aclamada ayer en todo el Imperio, con bárbaro vituperio hoy me contemplo agraviada? Podréis en alguna acción mi invicto esfuerzo culpar? no ha sido todo triunfar? qué intenta vuestra traición? A la plata del Mar tersa, no puse ley? y mi nombre victorioso, hice que asombre al Ejército del Persa? Sujetando mis trofeos de la Tartaria Oriental, hasta el muro de cristal de los montes Pirineos? Yo mi fama no hice eterna de la Europa, en las Ciudades? vulgo, hijo de novedades, ya verás quien te gobierna. No le dio bastante honor mi invicto esposo Justino, imponiéndole el Divino renombre de Emperador, gobernando (ansia tenaz!) el Imperio de la tierra, o ambos intimando guerra, o constituyendo paz. Esto ha causado la calma en que la tuvo el pesar. Ay Claudia! que por mandar, esta rabiando su alma. Bien es, que gusto reciba de este aplauso tu beldad, (va. no ofenda la Majestad. Flavio Tiberio Constantino, vi- Duro rigor de mi estrella. . pero disimularé, Por qué será esto? . Porque no se ha casado con ella. Ay adorado Tiberio! . template, señora, no se diga, que en ti se vio esa ambición al Imperio. Imperio yo? yo ambición? si tal intento tuviera, estrago del Mundo fuera mi furiosa indignación. De que el Puebio no agradezca mi amor, y mi fe, me irrito; y aún de que ahora permito, que mirarme el Sol merezca. Tu constante corazón has descubierto en el poco caso que haces de ese loco émulo de la razón. Bien sabes, que el vulgo instable, monstruo desagradecido, en el mal entorpecido, hace el bien abominable, baste a templarte mi ruego, si tanto ha de merecer. Hoy por ti he de deponer de mis rencores el fuego, y así el parabién reciba de mi voz (saña inclemente! , . Pues ya coronó su frente. Regio laurel, sacra oliva. Hasta, aquí llega la gente con aclamación festiva. Tiberio Segundo, viva, Emperador del Oriente. Estampe los triunfos, de nuestro Monarca, allá en las Estrellas. su invencible fama; y su nombre solo. victorioso, haga, que estén en su Imperio, ociosas las armas; siendo, su enemigo trofeo, a sus plantas, y antes, las victorias, que las amenazas. En hora feliz, Tiberio, se corone tu valor por único. Emperador del Sacro Romano Imperio; (oh envidia!) pues ya te aclama el Orbe, en voces diversas; porque amedrante a los Persas. el acento de tu fama: de cuyos ecos gallardos temblarán, (rabiosa furia!) en Nórico, y en Hetruria los famosos Longobardos, siendo Suspended, señora, vuestros festivos acentos, que dais a mis sentimientos una nueva pena ahora: Pues muerto el Grande Justino, que en trono más celestial, renunciando lo mortal, hizo lo Augusto, divino, dais a ese placer licencia, por lo feliz de este día; y quiero a vuestra alegría antever la consecuencia. Quien no llegará a saber, que si al gozo dais lugar, os aumentará el pesar lo violento del placer? Esta vana ostentación, entre lutos depusiera, y aún al semblante vistiera el color del corazón, si a ti la suerte oportuna no elevara al legio asiento, a quien el merecimiento, sirviendo esta de fortuna. En tan dichosa elección, es rendirte el parabién, recibirle en sí, y más quien tanto interesa en la acción. Llega a mis brazos, sobrina. Feliz quien tanto ha logrado. Ay Tiberio, esposo amado! . Ay Anastasía divina! Sin diminución alguna, más feliz, cuando contraria, fije tu valor la varia condición de la fortuna, hollando la cerviz de Asia, hoy rebelde a tu poder. Porque la pueda ofrecer a tu beldad, Anastasía. Al Grande Tiberio, En aclamación de día tan felice, libertad a Anatolio di. Mirad, señora, que ser podía esa acción, causa de que en la Iglesia hubiese seisma? Qué importa, si fui yo misma quien lo hizo, y lo cumpliré; que ya de su error, Tiberio ajeno está. Pues así intentáis quitar en mí el explendor del Imperio? Cómo? Si es la Religión la que más le ilustra, y veo la ofende vuestro deseo, como puede mi razón dejar hoy de persuadirse; que en dándole libertad, no enseñe su liviandad dogmas, con que a pervertirse llegue el justo Pueblo? quién; admitiendo novedades, olvide felicidades, borrando en el mal; su bien. Qué haya mujer que esto pida? Esto Fenisa es probar. Qué? Lo que puede mandar al ver que muda de vida. Parece, que cuando estás solo en el Trono, abatirme pretendes? Mi afecto firme, solo va a ensalzaros más; pero como ejecutar puedo lo que piden dos, que le arreste el Papa, y vos; que le haya de libertar decís. Será el mejor medio, que ejecutes lo que digo. De tu intercesión me obligo, ya hallé a mi duda remedio: mi Palacio su prisión sea; qué mal mi Reino fundo, pues permitir quiero al Mundo quien confunda su razón: pero qué trompeta tarda el aire en luta infelice? Alguna ruina prédice su lóbrega voz bastarda. Deltalia llega, señor, a tus plantas Justiniano. Ay, qué temo de la mano de Dios el justo rigor! Decid que entre; de Anatolio; en favor, no bien; dicte: ay de mi! cuando temblé precipitarme del Solio: Triste, señor, has quedado? Es Constancia estarlo justo; pues por dar a Sofia gusto, falte a mi primer cuidado: Ningún Imperio firmeza tendrá, ni puede ser fiel, sino matiza el laurel la religiosa pureza. Pero qué clarines son estos? con cuya armonía vuelve la antigua alegría a alentar el corazón? Ay tal desprevención a nuestra entrada! ni una calle colgada, ni un arco? esto consiento? vuélvome al punto, sin parar momento a Armenia, porque todo está acabado; pero aquí está Tiberio: Ya ha llegado Mauricio, mi señor, y el muy valiente Graco, que es su sirviente, victoriosos los dos, con gran riqueza, llevando el Rey Hormilla en la cabeza. Ya Dios el fulminado decreto ha dilatado; o que presto a la voz del desconsuelo, en eco respondió feliz el Cielo! Mi ira a los dos, sin duda me los ofrece, para que en mi ayuda sean del Mundo horror, cuando fatales, de ya sembrados bienes, nazcan males. Al semblante la risa te revosa, por que llega Mauricio? Mi dichosa suerte me envidió, y su tardanza acuso. Señora, entra en el uso, y aunque por él te mueras, de alegría no des las más ligeras señales; porque en viéndose querido, juzgará que lo tiene merecido. En que Claudía me llama, he reparado, Ay adorado esposo! Ay dueño amado! Cómo vienes? Triunfante del Pagano. Tus pies, vencido, pide Justiniano. Tu vencedor? el miedo en ti no es vicio? Vencedor a tus pies, llega Mauricio. Llegad, llegad, amigos a mis brazos, Ya que el Imperio afionzan tales lazos. Por Dios, que eres incrédula, no fueras de Armenia tú, y con eso me creyeras, Fábrica ay, de baquetas, y en el saco pillé más de mil doblas. Calla, Graco. Pegada estaba, no son desatinos, a los telares de los pergaminos. Bella Sofia, a tus pies, por sacrificio de mi victoria. Levantad, Mauricio. No haber antes llegado al Soberano Solio de vuestras luces. Justiniano, seáis bien venido, cual vuestro suceso fue? Hable primero en eso i Mauricio, que podrá con su alegría, a lástima endulzar al ansia mía. Ay infeliz, que al ver esta mudanza, me robó la esperanza, mi esperanza! Ha Cielos! quién no hubiera idolatrado tanto, y no sintiera. Diga antes Justiniano, templará de su pena lo inhumano: oír, que los sustos, ver que los sollozos, se inundan en oeceanos de gozos. Al mirar a Constanza tan hermosa, está el alma dudosa, temiendo, que la suerte, en la lid triunfos rinda, en mi amor muerte. Di un grande golpe a un tuerto, cosa rara! y un ojo de la cara le cegué; y si me enojo. . Qué? Si es ciego, no ve de ningún ojo; pero era un asertor muy calvo, y viejo, con un muermo fatal, y algo bermejo, Porque en tan feliz día, en equisibrio vuestra bizarría igual quede, alternando, hablad los dos; pues cuando lastimoso el dolor, la pena crezca, triaca la alegría, ser merezca, Con tu Ejarcho Longino, a Italia fui, y hasta el Cabo de otranto, que doblé, cuantas distancias en el Mar corrí, en el viento impeliéndome, volé, El Gobierno de Roma recibí, de defender su sitio me encargué, cuando Clesis osado la invadió, y de viviente muro la cercó. A Ercervin, Corte del Armenia, di con tus Soldados vista (Gran Señor) del Persa vi el Ejército, y temí borrase el triunfo, el humo del rencor. A su pesar de Eufrates oprimi la espalda, con intrépido valor, miedos desvaneciendo en rojar luz, el Sagrado Estandarte de la Cruz. A Roma Clesis invadió, después de haber logrado horrible dominar de Italia la mayor parte, de tres, que al Griego Emperador toca guardar: Ni hombre, ni bruto, pájaro, ni mies, los Longobardos consiguió templar, que convertido queda a su furor, en miedo, en muerte, en lástima, y horror. Pero viendo mi gente desigual, a la de Hormisda (qué es de Persia Rey) en batallar, con él me vi neutral: desvaneciolo mi invencible Grey, pues inflamada de ánimo inmortal, de mi consentimiento haciendo ley, dando las cajas señas de envestir, desató diez mil rayos el zafir. Clesís, Rey del Lombardo, levantó de Roma el sitio, y con rencor infiel, su Campaña hasta Nápoles taló, su fama oscureciendo lo cruel, y conquistara el Mundo, qué asombro! si en púrpuras no tiñen su laurel, sus vasallos, con fiera obstinación, vistiéndose de celo, su traición. Travose la batalla, cuyo horror empañó ese azul libro de cristal, aún a la muerte suspendió el temor, olvidando algún tiempo lo fatal; ánimo el miedo, miedos el valor, esconden enredados en el mal, todo es furor, espanto, y inquietud, vida es la muerte, muerte la salud. Muerto el Rey, los Lombardos aclamar no quieren otro; pero fue peor, porque treinta Tiranos, a infamar se atrevieron, el nombre de Señor. Ya cada uno ha llegado a dominar una Ciudad,; Italia de temor, fallece ya perdida, y a este fin rompió funebre el viento, ese clarín. Huyen los Persas; y la tierra al ver cadáver tanto, en su sangrienta faz, abrió su seno, en que empezó a correr, en Púrpura resuelta, ira tenaz. El premio he conseguido de vencer; pues llevando la guerra, traigo paz; Oriente te obedece, y a este fin, dulzuras vertió al aire ese clarín. otra vez Héroes, llegad a mis brazos. . Tal favor, quien no envidia. . Ahora, señor, oígame tu Majestad, pues al valeroso Graco, según lo que he colegido, se debe de haber tenido aquí por un maniaco; y es mal hecho, pues la gloria se me está debiendo a mí, diga el arbitrio que di para alcanzar la victoria; pero él callando se ingenia a apropiarse mi trabajo, el demonio a mí me trajo a ver esto, desde Armenia; pues en ella, muy bien saben lo que mi cólera crece. Qué dices? . Que esto merece quien deja, que otros le alaven, que esta edad del Idiotismo, por necios los reputara a todos, si no se fiara la alabanza uno a sí mismo. Quita. Hombre, el entendimiento me pretendes apurar; pues es el quitar; quebrar el séptimo Mandamiento. Descansad, o Capitanes invencibles, entre tanto, que rindo al tres veces Santo las gracias de esos afanes: viene V, Majestad? De oírte, Tiberio, me admiro. Por qué? Porque en mi retiro amo ya la soledad: ve Constancia con Tiberio, que no quiero, que cruel juzgue el Pueblo, que yo, en él, lisonjeando voy mi Imperio siendo su esclava en desprecio de mí, a mí me libertó, y es justo, que estime yo cosa que no tiene precio. Yo siento, que. A vuestras plantas, dejad, señor, que agradezca vuestra piedad, y merezca ultrajar desdichas tantas, como enela. No agradezcáis la acción, que no me debéis, a la Emperatriz podéis rendir las gracias que dais; pero vuestra sinrazón huya el error, que defiende, que cual quier cosa me ofende, si toca en la Religión. Id las dos con él. El Cielo te guarde feliz. Airosa Conistancia, de mi amorosa pas on, burlando el desvelo, se ausenta. Pues qué, querías, que se pusiera a mirar? amigo, ya este manjar dio en manos de las Arpías, busca otra, que esta ya es buena para algún Emperador. En quién hallará mi amor alivios a tanta pena. En quié? en Armenia hay vernte; y cuando acá amar quisieras, aleviven dos Taberneras, que son muy honrada gente, con ellas te anuncio aquí placeres muy bien logrados, mientras estén más aguados. Oíd los tres; vete de aquí No tu Majestad me pida, que deje a mi amo, señora; pues mi espada vencedora le dio mil veces, la vida: que aunque veis parezco poco, también yo la sé esgrimir, como no haya que reñir con alguno. Vete, loco. También soy hombre de bien, y también puedo escuchar. Despejad luego juglar. Barbado Matusalén, en ofitio tan ingrato, en mi vida me entretuve, supuesto, que nunca tuve que jugar, ni dar barato. Si te pescara allá bajo, o allá en Armenia, yo hiciera de tu cuerpo una cibera, de tu barba un estropajo. . Qué hicieráis los tres, si yo agraviada de un tirano, falso subdito villano, que mi Majestad borró, estuviera? Mi esperan za llegará gloriosamente, a coronarse la frente del laurel de tu venganza. Sabremos desagraviar tu belleza, o fallecer. Pues te debemos el ser, nadio se puede cicusar: amor vuelve ya alentar, . Juradme antes, el secreto. 3. Yo le juro, y le prometo. Bien os podéis declarar; pues no hay duda, que os debemos, mas que mandarnos podéis. Qué secreto guardarbis, prometéis? Si prometeos. Ea, señora, nada dudes, danos cuenta de tu agravio, Oíd dos tres que el pecho al labio revosa sus inquietudes. justino Segundo, que hoy entre las brillantes luces de esa eterna, firme, hermosa, resplandeciente techumbre, de los zafiros Celestes, divinas hu ellas esculpe. Fue mi esposo, y ciertamente puedo decir, que le tuve, que hay otros, a quien el nombre es injusto les ádule; pues cuando aceptar intentan para el lazo irdisoluble, compañera, como a esclava, en su dominio la incluyen, cambiando soberbiamente, en los ceños, que descubren, de esposa, las libertades, de lierva, en esclavitudes. (ruje, Lo cual aborrecen, el bruto que y el ave, que flores, por plumas sa- Tanto me adoró mi esposo, (cude. que sin mí, sus rectitudes no obraban nada, observando, en mí, la docta costumbre, de noverrar jamás, en cuanto aviso, o consejo puse. Ofendida de su bien, la injusta Plebe desluce a mis sagradas acciones; y no encontrando a quien culpe, contra Justino levanta en su maldiciente inútil acento, muchos errores, que incautos odios mormuren, creyendo aquello en que saben, que la verdad se confunde; pues mordaz la lengua, sin que esta consulte (ve. al entendimiento, las verdades hu- Como el Príncipe ha de ser, para regir los volubles ánimos de un vulgo? si este (aunque él lo mejor procure) en sombras de vicios baña los rayos de sus virtudes. Si es justiciero, deslumbra los ojos, porque se osusque en crueldades la justicia: si la piedad le reduce, inútil le aclaman todos; si es recto, que nada sufre; si valiente, que es soberbio; si docto, que a nada acude, dicen; si es necio padrasto del Reino le constituyen, no hallando en él acción buena, o mala, que no censure, o el necio, que no la entiende, o el docto, que la presume; (des, y cada uno juzga entre sus quietu- ser mejor gobierno; el que en si dis- Entonces era Tiberio, (curre. (como ahora vosotros) Duque del Ejército de Oriente; pero tal afecto infunde en mi pecho de su ciencia, y de su valor el lustre, (tantas determinaciones, y victorias, lo divulguen) que convenimos, Justino, y yo, que César le, juren las dilatadas Regiones, que el Orbe Romano incluye, Quien diría, que debiendo casi a mis solicitudes el, laurel, hoy a mis ojos eal mis beneficios injurie? Oh hombres! que tantas maldades vuestro pecho disimule! q(bre, Bucaro, que el vicio, que padece, encu- si el agua no evita, que engañoso Enfermó Justino tanto, (burle, que en tres Abriles la ilustre alma, que vivificaba con su generosa lumbre, los espíritus de todos, martirizada en el, yunque de la pena, o fatigada de verse en Justino inútil, (como a quien el Orbe todo, fue corta esfera, en que triunfe) desunir intentó el nudo, y en infaustas inquietudes, (oh dolor! ) la muerte misma, nueva vida en el difunde, e indeterminada ignora, lo que quita, o restituye, (res, forjando sus dudas, horribles segu- que al viyo cadáver, aflijan, y asusa En este tiempo Tiberio, (ten. conmigo al Gobierno acude del Imperio, haciendo, yo. que la fortuna subiugue; y él, de que a mi generosa grandeza heroica, tributen oblaciones reverentes, en sacrificios, comunes todos, castigando a cuantos osadamente interrumpen la quietud pública, y necios, quieren, torpes, que se muden los aplausos en envidias; las glorias, en pesadumbres; los trofeos, en vilezas; en horrores, las virtudes; (inunde porque a un mismo tiempo el Trono se del favor, que brille, del odio, que ahu- Preguntaréis, por qué causa (me. tan por extenso pronuncie mi voz lo que ya sabéis? pues no juzguéis es inútil, que al referiros mi ofensa, es preciso se divulgue de mi magnanimidad el favor; porque deslustren a las que hoy grito finezas, bárbaras ingratitudes. Confiesoos, que ya seserró, y porque no es bien se juzgue ser tan cobardes mis iras, que a humildades se reducen, obedeciendo la infame horrorosa lley, que sufre, quién de la necesidad, a las crueles Aras, huye. Quiero; mas vuestra atención, con más cuidado me, escuche, si el ánimo deja al dolor se abulte en voces, o haré, que mi ira arti- Murió Justino, y después, (cule. que cumpliendo la costumbre, el Templo de Sala Sosía, en melancólicas luces se anegó, cuya, materia, aunque, en can didez se ofusque, amante, de su explendor, su fin ama en lo que luce, dando al humano en ejemplo, aún más generosa lumbre; pues en sí misma olvidada, de sí misma, no presume perece, hasta que mortal, consumiéndose, caduque, del cefiró, al tierno soplo, de Fabonio al Aura dulce; o si reparara! el peor, que ocupe, la faz de la tierra, en aquellas lu- Acabadas las exequias, (ces! se prosiguieron comunes de ambos los despachos; pero ayer, cuando veloz huye la Púpila de los Cielos, el Gran Padre de la lumbre, la Hermosa gloria del aire, de los pálidos capuces, que enlutan el Orbe, cuando la infausta noche descubre tantas antorchas flamantes, que sus horrores alumbren Un alboroto plebeyo hace, que a Palacio ocupen mis vasallos, olvidados de mis alientos ilustres; y aunque al ver la sedición, algunos, a quien yo puse justamente, en muchos cargos, a mis parciales se unen, por desvanecer activos la novedad que presumen; (culpe que el que en la memoria los dones es- en cualquier acaso, es propto, y es Nada obraron; pues constantes, (útil, mas dediciosos concurren a ayudar el loco intento, viendo, que se diminuye el castigo, cuando a todos la notoriedad les culpe, A sosegar a la Plebe Tiberio llegó, y concluye con ella; que sus deseos, hoy verán como los cumple No dio a la promesa treguas, puesto, que antes que fecunde la infante Aurora con risas, la más elevada cumbre, verde pavimento, donde se adorna de blancas luces, (buten esparciendo perlas, que al Sol le tri- las flores, porque su beldad no inju- otra vez el alboroto (rie. bárbaro, intentó se turben del Palacio, hasta insensibles colunas, y balaustres. Salió Tiberio adornado de Imperial púrpura; y dulce la Aura popular, su aplauso en los Astros introduce. Diole otra vez la Corona ese injusto anciano inútil, Juan, que es de Constantinopla Patriarca, y quien fiero influye en mis émulos, borrando con torpes solicitudes el respeto, que su puesto en cualquier Cristiano infunde, Quédeme en Palacio, siendo mi Majestad quien me induce, a que de tantos aplausos vulgares, la causa frustre, logrando en una acción sola aún más laureles que tuve; (use para que es nacer, por nacer, sin que de la Eternidad, que después me adu- Lo que más mi indignación (le? mueve, y mi saña descubre, es, que tenía tratado Tiberio, aunque disimule, Imperar solo; pues miro, gozando las inquirtudes de esta ocasión, que al motín del escarmiento le excuse; porque cuando la fortuna de mi amparada, me ayude a que otra vez rija el brazo la rienda de ese voluble monstruo, que en distintos genios por tantas sendas discurre, encuentre quien se me oponga, y el Sacro Laurel me hurte, acabando en escarmientos cuantas hazañas propuse, (juzgué que glorias humanas, no es bien que se hasta el fin; pues este, consigue, o des Por solo esto ha perdonado (truye. los cómplices (no lo dude vuestra atención) dando premios a infames, porque le adulen; sin ver, que al premiar el malo, con el bueno se confunde, y este ofendido, a maldades, cambiando va rectitudes; porque en él tropiece el premio, cuando al más perverso busque; y entonces, a su fortuna, quiere su razón se impute, pues hipocrita consigue lo que anheló con virtudes. Ahora, colegid vosotros, si hay razón de que me angustie, y de que a vuestros oídos mis sentimientos renuncie. Los medios de la venganza vuestros alientos consulten; el premio de ella, le ofrezco aún mayor de lo que juzgue el deseo, mas heroico puesto, que en él no se incluye que aún que es infinito, y siempre presume querer más, no hay más aquí que pro- Pues animosos, valientes (cure. Caudillos, si esto concorre en este lance, por qué no hacéis, decid, que caduquen tantos cobardes alientos, que mis alientos deslucen? tantas osadas malicias, cómo mi gran deza sufre? y tantos en fin agravios, como en mis ansias difunde la desvanecida infamia de quien ensalcé yo inútil? (vulgue, Porque cuando el Mundo mi ofensa di- publique también, que vengarla supe. Absorto estoy! Hablad. Antes, permitidme, que lo dudes pues casos tan altos, quieren, que en resolverlos estudie el más claro entendimiento; y como aquí se aventure honor, y vida, ahora, solo puedo decir, que se use de más cauta prevención, con que el descuido asegure la acción, dar cuenta a Jiberio, . mis lealtades no rehusen; pero como al juramento he de faltar, que propuse? Decid ya, que es imposible Mauricio, que él se descuide. Podrá ser, que mi respuesta vuestra hermosura disguste, y juzgaba ser mejor, que responderos excuse. pn Cómo? Eligiendo en dos males, el que menor daño induce. . Detente. Espera, señora, que si él de tus ojos huy no faltará quien la vida a tu venganza tribute; pues ya a mi pasión el Cielo . da esperanzas, que no tuve en tantas serenidades, temple amor tus inquietudes. Lo mesmo que Justiniano en su noble pecho incluye Anatolio; y en tu ayuda, la vida perder presume; porque mi agradecimiento, con menor prenda no cumple, A ver; más con Justiniano, y Anatolio está aquí, escuche, aunque esté lejos, lo que hablan, Tiberio Segundo, triunfe. Pero ya Tiberio ha vuelto, y estás voces, que efectue mi venganza, estorban, idos. Venganza oí, más no pude distinguir las otras voces, que fatal cláusula unen. Pero cuendo en rizas ondas, pálido el Sol se sepulte, y helado el tridente apague el Imperio de las luces. Acercarme más intento. Cuando la noche se mude en la estación de otro día, en ese jardín, que pule la lima del Oeceano de esta gran Ciudad, consulten nuestros alientos vengarse junto a la fuente, que cubren los mirtos, dándoos señal, Músicas, que el aire endulcen, de que allí estoy. Sitio, y hora he escuchado. Nada dudes, señora, de mi obediencia. La vida perdida tuve, y pues, por ti la recobro, razón será la aventure, A Dios bellísima Soñfía. Qué venganza constituyen los tres? el, fingir importa. Ay de mí! iberio, Cielos, si oyó; pero la lisonja le desvanezca; Tiberio? Disimulemos ahora; pues resuelve ir al jardín esta noche mi persona. (so? Cómo, os fue en el nuevo aplau- Cuando tu beldad, señora, cede al dolor, sin que pueda servir a mi lado de honra, fue preciso, que mi triunfo se convirtiese, en congoja, Nada escuchó mucho estimo tu afecto, A Tiberio a solas vengo a hablar, fiada en la llave, que a mi fe, su afecto otorga del secreto gabinetes. pero con él está Sosia, . Quién dudará, que te debo a ti el Cetro, y la Corona? Qué mal convienen, Tiberio, tus palabras, con tus obras, absuelves los delincuentes, que con ara sediciosa, No absuelvos pero a quien debo castigar, mi ánimo ignora, Todos son Reos. Sí siempre, que algún Pueblo se alborota, ajena de la clemencia, castigará rigurosa la espada de la justicia, era crueldad tan odiosa, que naciera del rigor la ruina de la Corona, cuando al Ejemplar bastaran algunas cabezas solas, El buen Phisico no debe aunque lo pida enojosa la enfermedad, sangrar tanto, que deje débiles todas las facultades, supuesto, que ningún alivio cobra quien fallece del remedio, o de la siebre penosa. La justicia; no es venganza, es virtud, y tan piadosa, que en un castigo corrige delitos de mil personas. Que la dé satisfaciones, siento. Hh Tiberio! mal formas, a quejas tan evidentes satisfacciones impropias. Qué novedad hoy te irrita? Solamente puedo ahora decir, que hoy, a los que aleves la sedición ocasionan, has de castigar, sino, yo me vengaré a mi propia. . Terrible mujer, aguarda Sosia divina. Qué, a Sofía quieres, ingrato Tiberio? Bella Anastalia, qué enoja tu beldad? Que aunque juzgué cesasen nuestras zozobras al ceñir tu frente augusta la Diadema, que ya logra; advierto, está tu atención de Sofia, más temerosa que nunca, sin que discurra la razón que lo ocasiona, Ya es de ito tu templanza; pues nadie en la Corte ignora, que incitando sus parciales, seroz intentó animosa, que sirviesen tus laureles a su indignación de alfombra. Con el bellísimo ceño, que has ostentado, desdoras la gloria de mis acciones. En que está de ellas la gloria? En canviar la sinrazón, que estás culpándola ahora, con los sumos beneficios, que estoy debiendo a ella sola. Y aunque ingrato pretendiese proceder, pudiera Sofia teñir de escarmientos míos el Trono en que hoy me colocan. Cómo? Ella tiene en su mano las llaves de Asia, y Europa, y a cualquier resolución, que haga por sí mi persona, he de perder el Imperio, por estar Constantinopla llena de parciales suyos: es mujer tan poderosa en armas, y gente, como en el oro, que atesora. Por esto, a muchos del Pueblo su vanidad aficiona, que para medrar desean turbaciones, y discordias, y a costa de ruina ajena, labrar su fortuna propia. Locura será causar guerras tan escandalosas, en que ambos Émulos pierden igualmente la victoria. Poco a poco iré quitando sus hechuras, poniendo otras de mi mano, en las fronteras del Imperio; y de esta forma naturalmente remedio lo que las violencias obran siempre mal; pues sin poder estoy, la industria socorra el defecto; y mi razón, en mi corazón se esconda, por ver, si disimulando, su injusta indignación, logra mi prudencia destruir las nieblas, que mi luz borran; porque resuelva la fama, cuando resuene su trompa, qué es la ciencia de Reinar? principalmente si obstan a las venganzas de un Rey hidrás tan escandalosas. Aún sé yo razón más fuerte. Cuál es, mi bien? Que la adoras. Luego de mi desconfías? Responde tú antes, que importa, que aún vivan nuestros afectos las ignorancias de Sofía? Cesa, porque si el silencio de mi cariño, te enoja, se publicará mañana, merece esa beldad sola. Soña vuelve. Qué he escuchado? Anastasía (qué congoja!) con Tiberio, al mismo tiempo que dice (mi ira me ahoga!) se publicará mañana, merece esa beldad sola: qué merecerá Anastasía, Tiberio, que yo? Señora, (vistanse ahora mis razones la mascara de lisonjas) mucho más. Cielos, ya temo. Más que yo? De qué se asombra tu Majestad? pues al verse infamada de alevosa mi leadtad, por vuestra prima, a ella solamente otorga lo que a vos os negó antes; porque tanto me soborna su razón, que imaginando quedase mi atención corta, la decía, que no solo castigaré, los que notas de tumultuarios; pero que si apeteces ahora el Cetro otra vez, que el Cetro a vuestras plantas se postra, se publicará mañana, merece esa beldad, sola. Bien; pero como Anastasía aquí está, cuando no hay otra llave de este gabinete, en que asiste tu persona, si no la que tengo yo? (cas Vuestras intenciones lo- escarmentaran mis furias, a no reparar que gozan de la inmunidad del sitio. (lla, Al trueno, guardo mi cho- antes que el rayo precise a andar con huevos, y estopas. Qué es eso? Que está tu Guarda dada al demonio a estas horas, porque Anatolio salía. Que seas tan poco curiosa, que no te mueve este ruido a saber quien le ocasiona? Quién, señor, toda la Guarda, y la Milicia alborota de esta suerte? Vive el César, que mi Nobleza desdora el que imagine. Qué es esto? Que la Guarda, licenciosa, yendo Anatolio conmigo, que salga de aquí le estorba, habiendo ya asegurado mi voz, a su escrupulosa observancia, que conmigo volverá a su prisión otra vez; por lo cual las Legiones, que yo gobierno, armas toman, viendo, que en la común ley aún a mí no me excepcionan, La ley, Justiniano, mía, ninguno es bien que la rompa sin mi gusto, y fue tomaros más licencia, que os otorgan mis favores; que aunque advierto, cuan poco que salga importa con vos Anatolio, admiro, que la fe, que más devota guardar debía mis leyes, con excepciones las roza, Claudia, da el papel a Graco. Ya estoy harto cuidadosa de verle, Quien dio osadía a la Guarda, a que se oponga a vos, sabiendo me indignan sus acciones? Vos, señora, pues vos sois quien a Anatolio con tal rigor aprisiona. Yo? de qué suerte? Mediando por su libertad, piadosa, que de un Soberano el ruego, cuando tal vez no se logra, queda a eternizar las ansias, que evitar quiso, por sola la razón, de que a ninguno, lo que a él se niega, se otorga. Fuera bueno, que al mirar (aunque fuese por un hora) libre a Anatolio, dijese alguno, si es que lo nota, que lograba Justiniano, lo que no ha logrado Sofia? Luego bien digo, que sois vos, quien el rigor le doblas pero, pues los dos queréis salga de Palacio ahora, así queda más segura en la prisión su persona, salga, mas si en alguna vez huyere, de vos, forzosa acción es, que vuestro cuello a mi justicia se exponga. . Ven Constancia, Ya te sigo. Hh Graco. Qué quieres boba. Da este papel a tu amo, y calla. Como una onza parto a buscarle, y si no le hallare en Constantinopla, otra vez me parto a Armenia; por Dios que he de coger mosca, porque el papelillo, es fuerza, que traiga dentro las costas. ? Muerta voy. Ahora caduca tu invicto esfuerzo, señora? Es que Anastasía, y Tiberio; pero nada me congoja: advertid, que en el jardín aguardo. Después que esconda sus reflejos entre espumas, esa fulgurante antorcha, seré del jardín estatua, añadida a tu voz promra. Lo mismo otra vez ofrezco. Mi injuria mi afecto borra. y así animad. Seré firme. Seré mármol, Seré roca; muera Tiberio. Y acaben, con su vida, tus zozobras.

JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA Mayor fortuna en amor, nadie habrá que la publique: loco estoy. Qué novedad es esa? siempre lo fuiste, lo eres, y lo serás, hasta que Dios te lo quite. Qué ya me escucha amorosa? Quédito, no te deslices, y al bazucar el mehollo, su morada desalquiles, que aunque en ti, de nada sirva, ya parece, que te sirve Te dio Claudia el papel? . Sí; pero como no me dices, qué la di yo? pues mirando, que en las Criadas imprime mas un doblón, que un cariño, hice mi bolsa partible con ella, dándola doce doblas, para unos anises, que es fuerza que tú me pagues, o que yo te las desquite en la cuenta. En todo, Graco, qué sino, y leal me sirves! Estos ya los tengo en casa; pero aunque juzgué salirme rico de esta comisión, tu más astuto, que Ulises, aunque el papel agarraste, las albricias escondiste. Yo te daré. De patadas, si te enfadare, terribles: ven ustedes, estos amos, son los que campan, y viven; si hace un hombre algo a su gusto, es una pimienta, un lince, y no hay en el Mundo nadie, que sepa mejor servirles. Mas cuando el triste la hierra, ya le injurian, ya le afligen, y aún a golpes hacer suelen, que hasta las tripas bomite; sin que lo uno con lo otro, prudentemente desquiten; y se espantan de que luego, uno sise, y otro sise. Graco, forzoso será, que antes llegar determine a la fuente, que Constancia. Yo no entiendo de esos filis; solo sé, que este papel humazo es de mis narices, porque me ha espantado el sueño, y de esto puede servirme, que te llame en él Constancia, y que a las doce te cite a este jardín, que ser puede Monarca de los Jardines; pues una legua (aunque corta) de tierra, de flores viste, y a pesar de los Diciembres, siempre está brotando Abriles. Qué me querrá su belleza? Yo discurro, que pedirte alguna cosa, porque son estos tiempos tan ruines, que todas. Qué tal pronuncies? No; pues querrá despedirte, diciéndote, que la enfadas, y más hoy, que ya la asisten las esperanzas de ser la que suceda en los timbres del César; porque si tanto, antes de nuestra felice jornada de Armenia, en afectos a su beldad perseguiste; y aunque si muchos desdenes, un favor no mereciste; cómo? ahora quieres. Entonces, dudar pudo si era libre, vana atención de los ojos, que solo al objeto rinde, olvidando los respetos, adoraciones que finge. Pero hoy, al ver en mi amor, tan sin mudanza, lo firme, templará menos sañuda, cuanto resistió invencible: bien que antes, nunca en sus ceños se vieron sus ojos tristes, de que colegi gustaba ella de dejar servirse. Cierto, que eres hombre docto; muchísimo conociste; pues dime, hay mujer alguna, que aborrezca que la estimen, que huya de que la ferrejen, y riña porque la sirven? Pero vamos a otra cosa, bueno será, que te dignes de contarme (si se puede) qué con el César hiciste? qué prisa era aquella; con que te buscó? nadie me mire, que soy leal, y criado. A que mañana publique se casa con Anastasía, con quien desposada vive de secreto. Por mi vida, ha de reír este chiste nuestra Emperatriz (si cabe en la Emperatriz reirse) mas que el que expone sus muelas, para que de ellas le alivien, en manos de un Cirujano, que al dolor las sacrifique, y arranca media quijada, diciendo al saque, entendí que. En las riberas del Mar llora amante, y tierna gime la bellísima Coronis, envidia de los Abriles. Esto es la Música. . Y esta la fuente, a fe que es terrible la oscuridad, brava noche de linternas, y cándiles. Ruido se oye. Será Claudia, porque ha días que me sigue, tragándose mis desdenes, que la saben a consites. Retírate, hasta saber si es Confrancia, Discurriste como un Ángel, ten cuidado de mí, que estoy por dormirme. h , Amargas ausencias lloran bellos años juveniles, débil zozobrando en Mares de desconfianzas libres. Si será hora ya? Mas vale esperar, pues aquí oírse deja la Música; ya que sabiamente advertiste, entrasemos por el muro. Quien la venganza felice diera a Sofia, y los laureles de amor llegara a ceñirse! Rayos por lágrimas tiernas, en amorada despide, cobrando en vertidos Soles nueva vida los pensiles. Ojalá! porque yo quede de tantos rigores libre, que de tu Magnificencia espero, que nunca olvides, lo que es factible que debas a mi fe. Bién es que fies de mí; pues seré quien rompa cuanto Tiberio prohibe. Compadecido Morfeo de beldad tan infelice, el cándido bulto munda de veleños apacibles. Razón de la prohibición, ni la ay, ni puede inquirirse, que bastante he discurrido; por qué quien habrá, que afirme, que tan Portentosa obra, como la de esos viriles (que en once flamantes hojas eternidades describena a un impulso solo siempre incesantemente, gire? sin que lo veloz le tuerza, o lo grave le fatigue. Ya en silenciosa armonía, Aves, y fuentes la rinden, por arrullos los gorjeos, que murmurando repiten. Pues cual Anatolio es tu opinión? Que los Géntiles acertaron, concediendo muchos Dioses, que residen en tierra, aire, Mar, y fuego, siendo irracional se aplique a un poder irrevocable, el que todo lo preside. Cuando la Deidad Salobre, hija de Saturno, oprime, con su argentada Carroza de las ondas lo flejible. Dos bultos se miran, Graco, Ya quieres disminuirme también la vista, no ves, que son más de mil y quince? Las Nereidas, y Tritones, en dulces voces compiten, revosando en los semblantes la alegría, que conciben, Ya tarda. No habrá podido antes de ahora eximirse de sus Criadas. Que se acercan, no sea que nos visiten las costillas, pues de noche, aunque triste, es muy posible cosa, que nos muela a palos esa tropa de belitres. Del Mar, hacia las riberas, los veloces brutos rige que al mirar se ausenta, en llanto, alegres acentos tiñen. Claudia quédate, y si alguno viene, mira, que me avises. No temas ese peligro, que en el jardíns nadie asiste, sino unas amigas mías, que han bajado a divertirme. Apenas fijo la planta, entre rosas, y jazmines, cuando la beldad absorta, de blanco marmor se visten. Divertirte? Sí, señora, que como todas me envidien, el ser tu estrecha, a mi afecto, subordinadas le rinden, entre humillos de valida, atenciones valadies. Cortésmente la saluda, aunque disfrazando ardides, temiendo al desdén, que en celos su amante fuego salpique. Pero alli Mauricio está. Bien será, que te retires. Obedezco. Amor tirano, que a tanto a un amante, obligues? Pero irritada la Ninfa, del nuevo ardor que la aflije, al amante Dios desprecia, porque su amor viva insigne. Ya parece llegó Sofía. Ella es sin duda, o lo finge el deseo. A los dos otro, medroso el paso dirige. Autorizando aquí a todos, fin que ninguno nos mire, dos vecinos parecemos, de aquellos mazas insignes, que aunque a Píramo le ignoren no quieren dejar atisbe. No son estorbo los Dioses, cuando el alma adora farme, pues son odios del cariño, afectos, que no le sirven. He tardado? No señora, que si los humanos viven en las tinieblas gustosos, con esperar resucite cristales, quebrando tierno en las selvas de Anfitrite, el Sol, aunque estorben negras nieblas que les ilumine, borra el sentido el verle, y hurtale ansia el conseguirle. Neptuno espera constante, que sus afectos la obliguen, desdorando su decoro la porfía con que insiste. La voz extraño. Y más cuando tan nueva fortuna admite nuestra indignidad, como es, que nuestra saña apadrines. Graco, qué gente será está? Sal, pues no hay quien te lo quite ha verlo. Ya de la noche las tinieblas se dividen, dudando un día que muere en el punto que otro vive: este es el sitio. Veloz la bella Coronis, las flores huyendo oprime, que animadas al contacto, encienden nuevos mátices. Y parece, que en él los tres se distinguen; o infatigable cuidado del Monarca más felice! que aún el descanso de todos, a él no se le comunique! (ta, Qué importa el Laurel? qué impor- que los mortales domine? si el más vil de ellos, triunfante, en mí su sosiego erige? y porque me sirve, quiere de mi desvelo servirse. Qué bien el yugo compensan de obedecer! o terrible cargo! qué de engaños doras, para que haya quien te aspire, como premio, apeteciendo lo que es castigo en quien rige. Sois vos Mauricio? Anatolío, perdidos somos, hay triste! Desde más cerca saber lo que los tres dicen. (pretendo Hh señor, mira, que el Mundo, por esta parte me enviste, Quién profana irreverente estos sagrados pensiles? Esta es la voz de Constancia, hay pena más insufrible! Absorto, al verla ligera, breve exhalación la sigue, y su anhelito en los aires. abrasa átomos sutiles. No es de Sofía esta pregunta? Con Sosia hablan, pues oírles pude nombrarla, o si lograra dé lo que hablan advertirme, quiero acercarme más. Ahora, qué haremos? Hh falsa! . Finje, hasta que salgamos. Bueno será desde aquí reirme. No es amor el que violentas airadas flechas despide, sino bárbaro deseo, que hasta las ofensas vive. Quién va? Este guarda a los dos, que me ofenden, y compiten, las espaldas. . No respondes? Mi acero respuesta os dicte. Hombres, quién sois? Qué, hay espadas? pues vuélvome al escóndite. Acosada, y temerosa, llega a las ondas felices del ladrón, supadre, donde tantas fatigas redime, Huyamos. No oyes el ruido de armas? Sin duda, que vine tarde, pero de Anastasía no me dejo hasta ahora libre, Ay infeliz, quien pudiera huir. No se despierte con la bulla, mi quietud. Cómo tanto te resistes? Ya es injuria, que mi brazo tu osadía no castigue. Yo a dar socorro Anatolio, quiero ir al que más peligre. Ruido de espadas, y a Cielos temo se hayan mis ardides descubierto! Quién va allá? Caballero, permitidme libre el paso. Y si gustaré, seré su Lacayo. Quite, voy a prevenir que cese la Música, que prosigue. Oigan, que lista que va; agradezca que me impide el miedo hacer otra cosa. Pues ya el lance, es imposible se ignore, lealtad singiendo, sea yo quien le publique. Raro valor! di quién eres? Cielos, si el oído no finge, esta es la voz de Tiberio; mas sus alientos no irrite, huiré. Suspended las armas. Cuando a mi furor no animes, Hh de la Guarda, Soldados, mas quién va? Ay de mi infelicel esta es Sofia; yo, señora. Justiniano? Mas terrible lance, a quien le ha sucedido? Señora, yo. Vete, evite lo veloz, que te conozan. Dadme favor, con que alivie, Cielos santos, tantas penas, como el corazón me oprimen. Allí es el ruido, llegad. Yo creo es mejor huirle el cuerpo a este caso, porque no me parece posible, que por donde salió la otra, no pueda también salirme. . Soldados. Tened, J. Qué veo? Ay dolor más insufrible! Qué valiente es Justiniano, o cuanto siento delire con Sofia! pues vos, señora, aquí? Sí, que al ruido vine, por saber, quien atrevido, sacrilegamente tiñe en sañas de Marte airadas, estancias tan apacibles. No he logrado poco, puesto, que conseguí no platiquen en su intento, ha quien pudiera lograr con estos ardides, lo que a mi poder le falta! A tus pies estoy humilde, y de mi ignorancia pido, que si el favor, ansia triste! Un hielo, al susto pasmado, con grillos de horror me oprime. No te turbes. Quién de ver tu presencia? Ea, prosigue. Oh turbación! cuántas veces declaras lo que no dices! En la playa, que ese muro (aunque arruinado) divide de este Jardín, de quien hurta cefiro tantos Abriles, gozando de la Mareta; que fresco el Ponto despide, estaba con Anatolio, cuando al tiempo de partirme escuchamos los sonoros acentos, que el aire visten de dulzura, zozobrando en diafanidad, sutiles; y por lograr la fortuna, que se nos mostró en oírles, nos acercamos, hollando el sacro coto, en que asistes, donde aún no fijas la planta, pauta la atención percibe el ruido de armas, y a ver llegamos, señor, quien riñe: pero siendo. Y no eran ellos; pues un hombré (no os admire) junto a mí, huyendo pasó. Todos, Soldados, seguidle: venid conmigo, hasta que Sofía del susto se alivie. Muerto estoy! Oh Dioses Santos! Sin duda Tiberio finge, que informado de Mauricio, se desvela así. Decidme humanos, quien de voso tros será más que yo infelice? pues cada uno, al riesgo propio acude, porque le evite y yo al de tantos vasallos, es obligación que mire, que el néctar del Sacro Imperio, cicuta tal atosigue, mezclando entre las dulurasz de su favor, mil horribles áspides, que de lealtades, traidores intentos tiñen; porque al descuido menor, sino muere el Sol, vácile: venid, que os quiero dar cuenta de una novedad, seguidme. Mal se han logrado esta vez mis maliciosos ardides. . Ay de mí, desdichado! que de corchetes todo estoy cercado, y en paraje peor, según las señas, que metido entre tías, y entre dueñas, A la fuente. . Llegó mi triste hora. y más al ver, que ya la blanca Aurora viene haciendo melindres a la noche, solo porque es bonita, y tiene coche, Plegue a Dios que se quiebre, porque la remojada no celebre mis penas angustiadas, con su llanto teñido en carcajadas. A la fuente, a los muros. Omal fuerte, la blanca Aurora, trae mi negra muerte. Castigo es, de pararme yo en la mina, que en tardos tragos, muertes determina. Por allí va. . San ciegues te valga, porque a verme aquí no llegues; todos vienen tras mí; y en mis fracasos, con gran observación siguen mis pasos; y ya tiemblo, que en tanta, el esparto me pise la garganta. O amo, mal mirado! que así dejaste solo a tu Criado, en peligros tan raros, y mollestos, apique de llenar la horca de jestos! Llegad, que allí se ve. Que bueno fuera, que ya que en la Comedia no haya fiera, para paso de caza, que animoso salga un bergante a caza del Gracioso. Ya no hay escape humano, arrancar quiero estas hierbas, por ver si es que embustero, puedo librarme de estos Califates, a costa de trecientos disparates. Date a prisión. Prisión, qué bravó vicio, no ven, que soy criado de Mauricio; De Mauricio? 1. Señor, es desvarío. 2. Tan Criado es de Mauricio, como mío. Qué hacéis aquí? No estoy acomodado, óígame usted, lo contaré sentados 1 Venid preso, venid. Por vida suya, que me deje concluya coger aquestas hierbas, y iré al punto. Para qué las cogéis? Son para un unto. Alcacer? Alcacer; mañana intento, con el Emperador hacer asiento de esta mercaduria; así se ingenia mi industria, que esto lo aprendí en Armenia. Allá hombres, niños, viejos, y mujeres, no comen otra cosa, que alcaceres, y acá los que más doctos, en si fían, aún comer alcacer, no merecían. Yo renta la he de hacer, y de gran monto; porque si oficio, y vicio es ya, ser tonto, crecerán sus valores, por momentos, o ha de haber carestia de jumentos, Traedie, que es embustero, o está loco. Hónreme usted algo más, que eso es muy poco. 1. Cógele de ese brazo, no se escape. 2. Venga, y levántese del suelo. Zape. 1. Meterele la espada, Ay, que la empuña! si desollarme quiere, basta una uña; porque tal uña (hablando con modestiay más virtud tiene, que uña de gran bestia, pues si la una evita los ahojos, quita la otra las bolsas, y aún los ojos. 2. Tira de él Hh señores, yo arrastrado? así se vea, el que esto ha ocasionado. 1. Hay pícaro como él! Maldita gente! esto en Constantinopla se consiente? o quien se fuera a Armenia, que allí todo anda peor que aquí, o del mismo modo. Mucho he sentido tu susto, aunque imposible parece, que con Sosia no encontrases; pues por entre los laureles, vejetables esmeraldas, que blando el céfiro, mece, hacia la fábrica hermosa de la cristalina fuente de los Mirtos, dijo a noche iba. n . Aún ahora me estremecen on la memoria los golpes, de tajos, y de reveses. Si no estoy acompañada, me desmayo, y no se puede remediar el lance. Al ruido, qué milagro es, que lo hicieses? si dicen, que ya no es Dama la que (por si se ofreciere) no trae una manga llena de lesmayos, y desdenes. Esta es la primera vez, como sabes, que merece el alevoso Mauricio, intentas mis esquiveces; mira tú si nuestras dudas, hizo el suceso evidentes. Qué necia desconfianza! Ay! que como tú no quieres, cuanto al alma aflije, ignoras la desatención que teme. De qué tus tristezas nacen, siendo feliz? Viva, y Reine, la bellísima Anastasía, Emperatriz del Oriente. No es tu nombre? Sí. Qué es esto? Si mi afecto reverente, por ser primero en la dicha, vuestras plantas mereciese; para desde ellas llegar a besar la blanca nieve, que un mustio laurel, sagrado abultara floreciente, como a mi Reina. Qué escuchó? A quien hoy publicar quiere esposa suya, Tiberio, ya que temores crueles de una intención, poco afecta. No así estés, Mauricio, cese tu voz. Porque yo a tus plantas esté, aunque Mauricio que de con la vanidad de ser quien tu blanca mano bese, el primero; y pues he visto, que ya remedio no tiene, merezca. Qué haces, Constancia, en que me ultrajas, no adviertes? No ves la mogigatica? Ay, que como tú no quieres! Mira la virtuosa Claudia, Diablos somos las mujeres. Mirad, que Jiberio espera; aún no me mira la aleve ingrata. Vamos, Constancia. Sin duda alguna, preten de mi estrella, que me levante Claudia, y que Reina me acueste. Vamos. Amor, donde (ay triste!) el atrevimiento tienes, si estando ofendido, al verla, hasta el aliento entorpeces? Yo no he de llegar a hablarle, que en no aguardarme, y no verme, de lo vano, y lo gresero, ofendida estoy, dos veces; pero el abánico. Ved. Pues qué atrevimiento es este? qué queréis? A vuestra mano volver feliz. . Quién os mete a vos con mis desperdicios? Mis rendimientos corteses juzgaron. . Solo podían juzgar, que en todo me ofenden; Señora; si esa crueldad. Quien tan alevosamente huye favores, que nunca pudo imaginar cupiesen, no solo en merecimientos, pero en el imperio fértil de la fortuna inconstante, aún desprecios no merece. . Oíd, esperad, pues cuando yo faltase; pero fuese, dejando de su semblante mi agravio, y vida pendiente: a quien le habrá sucedido? Pero allí Tiberio viene, disimulemos pesares. La bella Anastasía, Reine. Hás avisado a mi esposa? Si señor. Cielos, valedme, que este tropel de infortunios, de resistencia carece. Justiniano, de confuso, aún dudo, que hablar acierte. Ve, y mira, si está dispuesto lo que mande. Par abienes te rindo de tan felice consorcio, como la Plebe en ti, y en mi prima aclama. Con los brazos agradece mi afecto, divina Sofia, el paabién . Ansias crueles! (o quién en ellos te viera . triunfo de mis altiveces!) O quien pudiera infundirte . ruzón en ellos! Advierte, que faltan medios al gasto excesivo, que hacer quieres en el Teatro, Buscadlo. (nueve No hay donde, pues más de talentos de más he dado, y aún los Maestros no tienen bastante, que otros tres piden, con que es forzoso que cesen las obras, si no se busca, Gran Señor, con intereses, Y aún es presiso que faltes a la asistencia, que tienes ofrecida al Rey de España, Hermenegildo, a quien mueve injusta guerra su padre Leovígildo, que pretende del Solio precipitarle, donde Catolicamente, la Religión, y la Patria, bien, que sin fuerzas, defiende, para cuyo efecto Leandro, docto Arzobispo elocuente de Sevilla, Embajador, a Constantinopla, viene. Y mi Tesorero? Dice, que en su poder solamente al, lo que será preciso, para Palacio. De ese dinero, haced que se pague a los Maestros. Y si hubiese falta? Sn O. Ano Qué importa, padezea en mi Palacio estrecheces, que estás podrán ignorarse; y si allá no prosiguiesen, será oscurecer las luces, que el Cetro en rayos encienden. Una vez, que mis vasallos alborozados, atienden mis regocijos, no es justo me culpen luego impacientes; porque al ver, que a mí me faltan; dudaran ellos, que tienen. Obedezco tu precepto. Entre el busón, mequetrefes este hombre, por la muralia caída, que ahora a alzar vuelven, del Jardín, señor, salía. Ya Graco, llegó tu muerte. Qué haciáis en el Jardín? Yo, señor. . qué te estremece? El estar en tu presencia; que un hombre como yo tiemble, sin poderlo remediar? o si en Armenia estuviese! A qué fuisteis al jardín? Si así el inocente teme de ver al Rey, cual será el temor del delincuente? Yo fui allá esta mañanita, cuando la Alba se entretiene, para que solfen las Aves, en rayarles los papeles, a coger algunas hierbas, para que un dolor me deje, que tengo en estas encias. Nada quisimos creerle, por lo vario. En prendimientos, ni a Dios creen los Corchetos. No es más tu delito? . Ni aún tanto, solemnemente lo juro, por esta Cruz, que a tus pies. La voz suspende; más qué miro? como Cielos, habiendo yo tantas veces hollado esta cuadra, hasta ahora no la reparé? o celeste aviso! qué disfrazado en un bajo hombre, te eleves; porque mi soberbia loca, viendo la tierra, se temple. Y porque a todos escuché; pues tal vez advertir suelen los necios, lo que a los doctos, es incapaz de ofrecerse. Qué haces? Ceñir a la Cruz mi Laurel. Vuelva a tu frente: ha, quien pudiera al elevarle, . en sus iras encenderle! Libre estás. A ti, a la Cruz, y a cuantas Cruces hubiere, cuantos Tiberios hallare, desde Levante, a Poniente, con debotísimos besos los besaré eternamente, El Criado de Mauricio es, Tiberio Augusto, advierte, que quien anoche atrevido te envistió, sin duda es este. Yo nunca envisto, que voy en la retaguardia siempre. No hay en tan viles sujetos esfuerzo tan excelente. Señores, donde iré yo, colmado de estas mercedes? Y de dende, di, imaginas adquirir el suficiente dinero para tus bodas, y los socorros que ofreces a ermenegildo de España, bien, que tan inutilmente, que nunca pueden servirte, sino de descomponerte, expuesto a que victorioso, del socorro no se acuerde un Monarca tan distante. Cansada de reprebenderte (ya superior, ya imerior) estoy, que tu Erario selles; pues en las necesidades, no hay otro de quien valerses y al Imperio falta el justre, cuando el Erario perece, no está el ser tu liberal, en que haya a quien dar enquentres; porque si la pasión, ciega al entendimiento, debes al dar, mirar a quien das, y las causas, que te ampelen; sino las riquezas tuyas se las rindes a la suerte, que ciegamente reparte, ya los males, ya los bienes, no teniendo tus vasallos en nada que agradecerte, pues a méritos, y culpas estás premiando igualmente. Qué necesidad había, de que por pobres, sustentes vagabundos, que te exprimen cuanto tú libas prudente? Siendo en su poder saetas las flores, que en ellos viertes, que la Púrpura te injurian, y hasta la Fama te hierer? Yo ignoro, o Tiberio! como tus Ejércitos mantienes? Y exhausto mi Patrimonio, no es posible socorrerte: de donde juzgas ahora sacar tres talentos? crees, que los pobres, a quien diste, un átomo han de volverte? Cuán contrario a Prolomeo, Monarca de Chipre, eres, que dijo, aún mejor que dar, es gozar; te compadeces de los otros, y por ellos faltas a lo que a ti debes. Menos mal es, que haya pobres, que ser tu pobre, si adviertes, que ellos sin oro, son hombres; y tú sin él, ser no puedes Emperador, sino esclavo poderoso, del que tiene. De Prodigo, el cargó me hae Soña, y quiero responderte publicamente; pues tu me culpas publicamente: Sé a quien doy, y como doy, y cuando alguna vez hierre, soy hombre, hay mil importunos, que consiguen cuanto quieren, válidos de informes falsos, para lo que ellos pretenden. No es de quien rige delito, que le engañen, ni aún él puede saber quien causa el engaño; pues el que advertirle debe, es quien solicito cuida de que se oculte, y se cele, con que es forzoso ignorarle, si otro no llegó a laberle. Mi Real ánimo, no sufre, que a mis pies rendidas lleguen las míseras multitudes de pobres, que solo tienen el amparo de los Cielos, cuyas lágrimas descienden, como dolor; pero rayos de Dios al Alcazar vuelven, y yo les hurté el alivio, que es bien, que humildes esperen del substituto, que Dios les puso, que les gobierne, único arbitrio en su Imperio, de los males, y los bienes. Bueno fuera? que mi Cetro adornen resplandecientes diamantes, que al Sol sedientos golfos de luces le beben, concibiendo su gran cuerpo, dentro de porción tan breve, y deje gemir al pobre, sin ver, que triste perece, en las manos de la muerte. Bueno fuera? que mi Erario sellase ambiciosamente mis riquezas, y que al Orbe, las suplicas, que a mí vienen; abaricias, se abultasen, y escándalos, se vertiesen. La de mis vasallos, es necesidad, que padece mi persona; pues si todas son propias, por qué pretendes acuda a las mías futuras, olvidando las presentes? Hermenegildo, aunque lidia con su padre, no es rebelde, porque defiende a la Iglesia, cuando se opone a un Hereje; que indigno del Cetro, mancha Religiosas candideces. Las riquezas, si guardarlas intenta el hombre imprudente, sin diminuirlas nunca. sino aumentándolas siempre, son tumba del corazón, el cual con ansias crueles, e solo se imagina vivo, cuando más infeliz muere. El que reparte en limosnas, siempre gana, nunca pierde, que los cambios en los Cielos, doblamcien veces la suerte principal, y una limosna, en ocasión puede hacerse, que los mayores pecados de la peor vida compense. Si un Prolomeo de Cipre culpa esta acción, la defiende otro de Egipto; de cuyos labios estaba pendiente, aún es mejor hacer ricos, que ser rico; porque adquiero de liberal el renombre; cuando el de Cipre le tiene des esclavo de sus riquezas; si hacer un Rey lo que debe, es ser prodigo, pudieras con tu dulce ingenio fértil, dar reglas ciertas, por donde se gobernasen los Reyes. (sía, Ya Constantina, y Anastan aguardan. Pues vamos. . Tente, que pues a mi presunción, advertencias rinde este simple hombre. Brava hierba (puesto que así me engrandecen; debo, de haber hoy pisado. Quiero antes de irme, que quede quitada esa piedra. . Luego la arrancad. Pues qué así emprendes? Que los que cruzan la cuadra, la Sagrada Cruz no huellen. Qué afectada Religión! Ea, vamos hombre, ten suerte. Ven himeneo, gira plumas ardientes, porque dos voluntades, en una asienten, (do del laurel de la unión, producien- fecundos laureles. 1. Tira afnera. juzga que es algún quesillo de Yepes? ya está fuera; pero otra queda de la misma suerte mas abajo. Pues sacadla. Aunque la pese, y me pese ha de salir. 1. Vaya afuera. La ayuda de usted, parece que es jeringa, sino tira a una hornada de pasteles, mas que a la piedra, a fe mía, que tiene romos los dientes. Ya sale esta. Mas profunda, otra piedra deja verse, con la misma Cruz. Sacadla. Gran cosa es entretenerse! Apuremos el secreto. Qué sería, que aquí hubiese alguna Reina encantada, y que salga una serpiente guardada de dos Gigantes, con mazas, para molerme. Absorta estoy de mirarlo! Qué será lo que sucede? Gran portento hay aquí oculto! Hombre tira, qué te duermes? 1. Esta, como está más honda, que más dificultad cueste, es preciso. Lástima es, que no llamemos a veinte Peones, que nos la saquen; ya no hay más piedras. Que llenen de tierra haced ese espacio. Esta es manla, que me enmielen, si no es teforo, señor, que hay más de lo que parece, que estás son monedas de oro, qué hermosas! qué relucientes Es verdad. Válgame Dios au la moneda que hay! De ese dinero, los tres talentos da, que faltan; y no dejes de dar limosnas a cuantos abatidos la pidieren, ya que los pobres me pagan tan puntual, lo que me deben. Ya es, señora, injuria nuestra, que pase hoy, fin que te vengues; y así dispongamos, que uno de nosotros avenene algún plato de la mesa. A gran riesgo es exponerse, mas cuando ha de ser? Ahora es buena ocasión. Le tienes tú en tu poder? Si señora. Muestra, que yo he de atreverme a salpicar de tinieblas la luz que Himeneo enciende. Mucho temo. Nada temas, que mi esfuerzo te defiende. Y cuando Tiberio acabe, mi Secta, a vivir empiece. . Vuela Himeneo, gira,. la hermosa Anastasía, el Sol del Oriente, de quien las Estrellas a lucir aprenden. Y el galán Tiberio, en quien lo Clemente, a lo liberal, sin ceder, excede. Generosos vivan, triun fantes imperen, de la unión,. Señor, está con cuidado, pues en el plato en que vienen tres Águilas esculpidas. Qué dices? Mi fe no puede asegurarte, que sea; ya, llega, señor. Qué aleve día, será para mí, si no me venga hoy la suerte. Las felicidades, se eslabonen siempre, sin temer del hado duras esquiveces, ciñendose augustas sus sagradas sienes, de Mirtos amantes, de Rosas lucientes: generosos vivan, Por qué no os sentáis los dos? Porque la indignidad teme, al ver tan lejos la dicha, que su osadía escarmiente, la imensidad del favor, que sabe, que no merece. Bastara para honor nuestro, que no haya que responderte; pues de tu voz, que es ley viva, la respuesta nuestra pende. Sentaos. Sentaos también; a mí puede comprende? a seo Maestro, haga uste, que se me traiga un taburete. Borrando a los siglos mustias caduqueces, su ser eternicen, siempre floreciente. Y en faustos eternos, en dichas peremnes, cada aliento augusto, nueva vida estrene; generosos vivan,. Aún no me mira la ingrata Constancia. Aún huye de ver me Mauricio. Dame aquí algo, señor, para entretenerme, ya que en ceremonías todos enbobados, no aco meten con la empañada, al clarín del olorcillo, que estiende. Detente, porque este plato, es razón se le presente a Sofia. Lástima es, que sea quien le deciente, y aún si le dejara, vaya; pero es fuerza se le lleve, dejando, se den en vago unos con otros mis dientes; o mal haya la etiqueta, que tal cortesía previene, de que aún las sobras se guarden en los mayores banquetes de Grecia, o venga a informarse acá, quien no me creyere: no me das nada? Señora, cómo no admites? No intentes singularizarme, puesto, que aquí nadie le merece, sino tu esposa: ay de mí! . ya el asombro me entorpece, y el horror de mi delito, hasta las voces me prende. Aquel es el plato, Cielos, que oculto el veneno tiene. Cuando agradecer debieras, ser tú la que prefiriese. Yo te le presento a ti. Mal presentarle tú puedes, sino quieres injuriarme, cuando pretenda atreverme a recibirle. Ninguno ofenderá al que le ofrece. Quítense todos de ruidos, y el plato a mí se me entregue, verán hago en un instante, que mi corpanchón sustente, que mi hambre no minore, ni mi apetito modere. El alma de sus acciones (casi muerta) está pendiente. No ves, que es ya despreciarme; pues un régalo tan leve, como estilado. Ya (ay triste!) dudo. De qué te suspendes? Verdad fue mi presunción, Qué cierto es, que especialmente ostenta Dios el cuidado en la vida de los Reyes. Caso terrible! Tan poco, todos contigo merecen, que en este plausible día, a los manjares no llegues? Turbada, absorta, y confusa, nada mi saña resuelve; muera yo, que así el recelo le borraré, y con su muerte, será gloriosa la mía, que quien vengarse pretende, seguramente ofendido, cautela el riesgo que teme; pero el que al riesgo se expone, no advertido, o impaciente, es vileza que le sobre, vida para que se queje, sino vengarse, o morir, con su contrario igualmente. Y así; mas no, que el veneno, es tan veloz, tan vhemente, que antes de inundar las sauces, tan furioso el alma impele, que salpicada de horrores, al aire infausto le vierte. Ya me pesa, bella Sofía (ah traidora infiel) de haberte ofrecido, lo que tanto dudas; y si acaso fuese mía la acción, de la acción desistiera, No lo intentes, que a todos con mi respuesta stisfaré, Brevemente, o venga el plato, aunque diga, anothomia me fecit. Levantarme de la mesa, es teñir en evidentes indicios mi culpa, a quien un bruto declarar puede: resistir gustarle, culpa calificada parece; qué haré? El pastel, vive Dios, que debe de ser de hieles. Fenisa, qué será esto? Pregunta a quien lo entendiere. Aunque tu razón discurras de no admitir mis corteses afectos, no puede haberla, que logre evitar. Si puede. Para mi hambre formidable gran suspensión acontece. Qué rigor! De pena muero. Venganza os doy ansias crueles; Ea fortuna, hoy de mi planta, verás como esclavaeres, pues acabará tu Imperio, donde empezará mi muerte: Muera yo, antes que en afrentas viva, infeliz; nadie debe culpar mi resolución, vida, y honor de ella penden. Sin este, aquella es odiosa, sin aquella, inútil este; pues muera, no del acaso al silo, si al del indemne honor mío, que me usurpa vida, porqué le conserve. Ya a vuestros ruegos vencida, porque nadie (ay triste!) piense, que pudo mi urbanidad faltar, Tiberio. Detente, no gustes manjar, que tanto tus alientos estremece: Indignación, no a mi esfuerzo . incites, baste que quede, libre del estrago, y baste, que mis sacras iras temple, ser mujer, yo agradecido, ella cruel, yo clemente: Mauricio, ese plato haced, que al Mar con cuidado echen, y callad. Grande Tiberio, quién tu piedad enfurece? Nadie: Soldados. Señor. Qué intentas, señor? advierte. Llevad a Anatolio preso. Pues en qué pude ofenderte? Llevadle, qué aguardáis? Vamos. Justos Dioses, fieles hados, templad en mi vida los rigores de mi suerte. Qué demonios será esto, día en que se casa, prende? Señor, pues cuando consigo ser tu esposa? Cuando adquieres tantas dichas? Tus rigores, habiendo de César, crecen? Lo mismo que permitiste a mi lealtad? Sofía, puedes (porque otra vez no te asustes, ni a obedecerme te arriesgues) no entrar a verme: venid Justiniano, que conviene salgáis de Constantinopla. De tus pies alfombra, siempre he de ser. Alza del suelo: tanto las espinas hieren, que visten los verdes troncos de mis sagrados laureles. O, si la prudencia que oí, mi resolución detiene, vuelve a rozarse, que entonces por mí, bien decir se puede con razón. Ay infelice! Quién disimula, no Reine. . Yo estoy absorta. Yo muda. Sin que por su piedad dejen de perseguirle mis iras donde quiera, que estuvieren. Sin comer, y con misterios, mirad sin quien, y con quienes,

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA Feliz, invicto Tiberio, el día, en que conseguí ver tu semblante, borrando aquel rezalo infeliz, que pudo de mi triunfar, olvidándote de mí. Feliz, bellísima Sofia, el día, que permitis bañe en vuestra luz mis ojos, vanaglorioso; pues vi, sin nieblas el explendor, que el ceño injurió al lucir. Los brazos me da. Y el alma en ellos. No hay que zaherir, que ha días que están ausentes; demás, que lo que es aquí, es cumplimiento abrazar, como besar en Paris. Aunque a la Corte pasaba de priesa, quise antes de ir, veros. Fue ya precisión; pues era fuerza venir, avisandoos. . Si supiera, que el enojo que temí habíáis depuesto. Qué enojo? mal Tiberio presumís, que no me puede enojar, el que tengo de servir. Señora. Pues no es verdad? Si esclavo vuestro nací, mas de lo que me enfalzáis, imagino me abatís. Ayer, que a ver las ruinas de Pilipópolis fui, os hubiera visto; pero el error, que concebí de enojaros, me apagó el deseo, que encendí; yo creí, era cortejar a vuestra pena, prohibir, que en público me asistieseis, y mis afectos recibís, como ofensa, Cuando? El día de mis bodas; porque allí os ausentasteis, sin que nadie pueda discurrir el motivo. El que yo tuve, sin decirle, le entendí; pero hoy era sacrilegio de la fe, reusar venir a descansar a tu casa. Favor, que no merecí, ni aún en el agradecer, se puede diminuir. Cómo finge el alevoso! su disimulo civil, resucita las pavesas, que en mi furias encendí. Mauricio, puesto que logro veros, los brazos rendid a mi amistad. O sea eterno su lazo! Siempre creí, para fijar esta paz, que lograseis inducir a Tiberio, a que viniese. Todo se te debe a ti; no viniera aca Tiberio, si, yo pudiera impedir su venida. Y Anastasía? Queda triste, por vivir sin tu lado. Hh fementido! Ea, a descansar venid. No me abrazas? Yo abrazar? De eso llego a colegir, eras culpada. En qué, Graco? En darme veneno, di? Pues cierto que hiciera al caso mucho sujeto tan ruin. Tanto estimo yo mi vida, como la estima el Sophi, que aunque él comerá mejor, mas que yo, no ha de engullir. No vienes Tiberio? Quien puede excusar admitir tu liberalidad? veamos, si pueden lograr así certificarse los ojos, de lo que en la Corte oí. Al mirarle, el corazón, se vuelve en ira a teñir, salpicando de furores, mi espíritu varonil. . Que ya aquel primer rencor sosegó? Creo, que sí; pues en el dolor, que entonces, nunca volvió a prorrumpir. El Cielo quiera templarla. Si hará, mis plantas seguid. . Oyes, cómo le va a Claudía? Con tal gravedad la vi, que hablada ya en memorial, lo entiende peor que en latín; y si llegas tú a pedirla, juzgo te ha de despedir. Por qué? Porque se ve en alto, y el sujeto, que fue ruin, (no conociendo lo que es, y como llegó a subir) si le da rienda el poder, él da al poder frenesí. Si ha de ser tu esposa, como de ella hablas mal? Hasta aquí, sobre esto no hay nada escrito, aunque se puede escribir, y ver casado un Lacayo con Dama de Emperatriz. Te quedas? Quedarme? bueno: trata de cuidar de mí, no me deis otro veneno. Que tal llegues a decir. Digo lo que dicen todos, y que es el diablo sutil. . Cuando Dioses cesarán los rigores que esgrimís, engañando el padecer, o desmintiendo el sentir? Soy mármol, que tantas penas, constante he de resistir? No basta para castigo, que él tardo lento sutil, bárbaro pincel del tiempo, el azabache infeliz, de mi cabello borrase, para empezarle a teñir, en días, y caduquez, cuyo trágico matiz, es de la memoria horror, que aún la suspende el gemir, sino, que cuando la vida, va precipitada a el fin, mintiendo en el palpitar, todo lo que no es vivir. El rigor de estas cadenas, en que aherrojado asistí, antes que la Parca, quieran en mí el triunfo conseguir? como si triunfara (ay triste!) del que no pudo rendir. (votos 1. Que esté un hombre preso; porque a un picaron, a un ruin, un echa cantos, un trasto: por vida de: un valadí, indigno de descalzarme, le acortase la nariz, haciendo cosas con él, que el César hace por sí, pues le hice Romano, siendo él del Tribu de Leví, sin más causa: vive Dios, 2. Todos han dado en decir (y es muy malo que se diga, porque se suele cumplir) que a usted quieren dedicarle un Judiazo Rabi; para que de las espaldas le quite las moscas. 1. Y juzga usted, que he menester yo, quién me haya de servir? Ya ustedes están con culpa in nomine; pero en mí, que no sé lo que es pecar. 2. Pero sabe, que es mentir. Mal vuestro culto, a aumentarlo llegará, estando yo aquí. 1. Qué importará su prisión? No importa un maravedí. 1. Este es embuste. Oiga usted, y hágame merced. 1. Decid. (delinquir, No minatí les diré, mi inocente andabanerondando algunos testimonios, yo los vi, y cierto, que el corazón me quebrantaron; al fin, como amigo de las fes los levanté; pero di contra personas de buena fama, opinión, y vivir, y ipso facto me prendieron por falso testigo, sin otra causa, que mirar la fe con que les serví. 2. Usted niegue, y saldrá bien; Oye usted, no tan así, que no hay blanca para untar, 1. No; pues se la han de freir. 2. Allí está el Gentil. 1. Y está en postura harto gentil. Dioses, que en el Firmamento favorables asistis, que los cristales movéis, que la tierra presidís, que aire, y fuego domináis, tened lástima de mí: (. Y tú, a quien piadosa Madre, . mi enemigo Pueblo vil, llama, Antídoto a sus penas, y de su placer Raiz, Madre de Cristo, Sagrada (a quien adoración di, como a uno de mis Dioses) haced, llegue a conseguir la libertad, pues sabéis, que estoy sin delito: oíd mi infausto llanto, que a vos ninguno llegó hasta aquí, que sin alivio se fuese; sino yo, que (ay infeliz!) cuando remedio a mis ansias (oh crueldad!) llego a pedir, veo la serena faz, a todos siempre feliz, volver a esos miserables, escondiéndola de mí. Para todos eres Mar de las piedades, sin fin, y para mi eres cruel? Como en el azul viril, (pues yace radiante el Sol en su elevado Zenit) no templas tu indignación? vengándote en despedir a diluvios las centellas, y los rayos, mil a mil. 3. No veis la Madre de Dios, que huyo el rostro, del Gentil? 2, Gran prodigio! 2. Gran portento? Milagro. Todos venid, y avisemos este asombro. . Cuando la miro, a oprimir mis sentidos vuelve el pasmo: ya que tierno te ofendí con mi llanto (oh triste pena!) vuelve tú a restituir a su primer ser el rostro; y pues desdeñarle vi, cese, cesando en mí el ruego, también el milagro en ti. Milagro en la Cárcel. Qué ira! ya se ha empezado a esparcir el prodigio, o si el acento, que a mi pesar atendí, fuera dogal, o veneno, que me brindase a morir, Ya de las Plebeyas voces, le Aura se empieza a vestir, hiriéndome el corazón, cuanto escuché, y cuanto oí. Inmortales Dioses, como se ha atrevido a competir con todos una mujer? a quien (oh mal advertí) la sobra todo el lidiar, para vencer en la lid. Plaza, plaza. Qué dolor! qué ansial qué miro? hasta aquí Anastasía llega: Dioses, como este horror permitis, fin que antes logre cegar, quién tanto pudo sufrir? Pero mi venganza sepa hoy mi esfuerzo conseguir, ya que con mí triste ruego de indignaciones teñí el Vulto Sacro, desdore, el milagro que atendí, quebrando. Bárbaro, qué haces? ten el brazo. Ay infeliz! o en tanta afrenta cayera todo el Cielo sobre mí! Tu ultrajas la bella Imagen? En eso error concebís, pues (como todos) del pasmo absorto, mirar creí mejor de cerca, Soldados, a otra estancia transferid ese reo, en que no goce la luz del Sol, que a quien vi, que huye de verle la Aurora, no le querrá el Solo lucir. Libertad. Libertad. Bueno, mas si estos quieren salir. Qué ruido es ese? Señora, que habiéndote visto aquí, los encarcelados llegan su libertad a pedir. 2. Si de esta escapo, y no muero, yo hurtaré con más ardid. 1. Voto, y voto, que si llego mi libertad a adquirir, que he de cortar las orejas, a quien corté la nariz. Qué arrepentidos están. Constancia, esto no advertí, porque los inconvenientes borró el fervor, al venir, Ya que logran la fortuna de verte, no te has de ir, sin que el alivio consigan, que esperando están de ti. Vaya el indulto, al Senado. Que haya, viéndolos así, quien diga, que no es la Cárcel pena; y la pena más vil! Indulto. Tu Majestad viva mil siglos. . Al fin, aunque rueden por el Mundo, han de volver a morir en la Cárcel, o en la horca, que a estos, una vez aquí, dura el arrepentimiento, lo que tardan en salir, Ven: no lleváis a Anatolio? En qué, dime, delinquí, para que no me comprenda el industo, que hoy abrís con vuestra presencia? Piesto le llevad. obose Que no me dis, sorda estáis a mi inocencia; plegue a Jove, que el Zafir eterno, de obstinaciones, se vista, al ver. Qué decís? Digo: ah furores! hah sañas? Quitadle luego de al. Ea corazón valiente, inflama el labio; y aquí, sírvame el desesperar de convencer, o morir; pública tu Religión, deponiendo el miedo vil, en cuyo castigo el Cielo, tanto me llega a afligir, que de immensos sentimientos ya no sé lo que es sentir. Los tormentos, Anastasía, que constante padecí, no los causan, no, mis culpas, los Dioses sagrados, sí; pues Jove, viendo que tantos infortunsos resisti, llueve en mi penas, que enseñe a tolerar, y sufrir. Estos solamente Dioses son, y no ese a quien rendís adoración: qué Deidad será, la que al más sutil sentido, Blasfemo, calla, qué aguardáis? Ea, venid. En obsequio de mis Dioses, mil vidas sabré rendir. . Pues siempre irás a contar tus lacerias a Caín. Y haced se lleve la Imagen de Santa Sofía al feliz Templo. No hay que mormurar; porque en una Emperatriz puede haber curiosidad, del mismo modo que en mí, Viva Anastasia. Volvamos a Palacio. Bien, que aquí, como fuera de mi centro, me empezaba ya a morir. . Al ver tanta riqueza, estoy pasmado! no fue, Cielos, en vano mi cuidado, ni el venir suavizando los enojos, a informar a mis ojos, que a mi incrédulo pecho, de lo que duda, dejen satisfecho. Por qué anhelaste mísera codicia! si cuanto adquieres das, a la avaricia? y siempre, fingidora del lamento, aúnte estrechas a ti tú mismo aliento? Peregrinas pinturas! joyas bellas! aquí mienten ser trémulas Estrellas, abultados carbunelos, y diamantes, que en cándidos reflejos, con mayor explendor, cuanto más lejos, se estampan en el oro, y en canbiantes pálidos rayos va restituyendo la laz, que restituye destiñendo, que aún del Sol los ardores encendidos, si el oro rozan, vuelven desmentidos. Oh injusta Sofia! no desprevenida romper quisiste el hilo de mi vida, el día de mis bodas, que derramadas por el Mundo todas, las riquezas que miro en mi desdoro, hiciera hazaña, tu traición, el oros y a tan horrible culpa, ambiciosa razón, diera disculpa; ya el Cielo en mi socorro desvelado, mi recelo ha borrado; pues en todo el Imperio, especialmente, en sus fronteras, pude diligente revocar a la Corte los Soldados, que, o del amor, o el interés, guiados, sin reparar, que aleves me ofendían, parcialidad con Sofia mantenían. Ya la vida la di, con que he pagado el honor: mas qué es esto? descuidado, incauto, y divertido, la más oculta estancia he discurrido, de la Quinta, y ninguno en mi cuidado me han seguido? qué todos me han dejado; vuelvo a buscarlos, pues logré el efecto: mas Sofia, y Justiniano allí en secreto, hablando vienen, escucharlos quiero, pues no me han visto, por si acaso infiero asegurarme más, al oír sus voces. Tú mi espíritu dudas? no conoces el valor; que mi alma generosa, todo el Orbe llenando, en él rebosa, hasta rozar del Cielo manchas bellas, si son del Cielo manchas las Estrellas? Conozco tu valor, siempre glorioso; pero él es quien me tiene receloso. Ninguno ha de librarse, cuando llegue a fiarse su desgraciada suerte, de la pálida imagen de la muerte; muera a mi enojo, el mísero Tiberio, enemigo tirano de mi Imperio. Pero como imagina; huir de las ruinas, que engendre el fuego. . Todo dispuesto está de modo, que antes que voraz el elemento, vaya a buscar a su región asiento, mis riquezas pondremos de jaspes en la bóveda, y saldremos por el jardín, cuyas fragrantes flores, ambar al aire espiran. Ah traidores! tan poco agradecida a mi clemencia, yace vuestra vida; haré que a mis rigores escarmienten, traiciones tantas, porque no se aumenten. Pero no, pues el Mundo, en vituperio de esta acción, clamará contra Tiberio, juzgando que es codicia, lo que irritada mueve su justicia contra los dos, sabiendo, que el Cetro estoy debiendo a Soña, y mil victorias de Justiniano a las invictas glorias, esperar el peligro, es error, Cielos, qué harán en este lance mis desvelos? Gran Tiberio. No ves que está dormido, o elevado, por Dios que se ha perdido una gran ocasión para tramoya, aunque fuera el caballo que entró en Troya; escondámonos, pues, por si esto dura, señor, detrás de aquella colgadura. Aunque lidie este medio con el juicio, el daño evitaré, . Señor? . Mauricio vamos. . Dónde? . A la Corte. Qué he escuchado? tripas mías, la cena se ha volado. Gran señor, no dirás que ha sucedido? Aún esa dilación no ha permitido la priesa, ven, y hacia el jardín salgamos. Qué diablos será esto? Señor, vamos. Que siempre este Tiberio, ha de andar de misterio, sin que yo entienda nada de él, es cierto, que estás cosas me tienen medio muerto, y le dejara, a no mirar que el día, que lo haga, ha de acabar su Monarquía, de lástima le sigo, que al fin es el póbrete buen amigo, y son para ocasiones de repente, estos Emperadores, buena gente. . Finalmente, de este modo, queda vengada mi afrenta. Más falta, que mi lealtad, hermosa Sofía, te advierta, que si sus felicidades, prodigamente alagueñas, vierte la (hasta aquí enemiga) fortuna, en tan grande empresa; y Constancia, y Anastasía, de la Corte se apoderan, será el Imperio en civiles ardientes trágicas guerras, theatro de las desdichas, y centro de las miserias. Cómo Reine, mas que el Orbo arda, y se consuma en ellas; pero de donde Anastasía, y sus secuaces esperan, para oposición tan grande, que aún imaginada es necia, armas, y dinero, puesto que si en su amparo no llegan, las Milicias de Pantonía, y el Ejército de Persia. No tiene Constantinopla, a tus legiones defensa: Si las socorren, verás los triunfos de mi franqueza, lidiando contra el acero la pálida macilenta suave violencia del oro, en cuya. Señora, advierta tu Césarea Majestad, que ahora sale por la puerta del Jardín, con sus criados, Tiberio. Qué escucho, penas? frustraronse nuestras iras; pues parece, que severa la suerte, que malogremos quiere, tan heroica empresa, hurtándonos de la mano, sañudamente violenta, una vida, que deshace tantas prevenciones nuestras; yo empeñada en ultrajarla, y la suerte en defenderla: pero contra la fortuna, en venganza de mi ofensa, al fuego de mis alientos, agonizara pavesa, no solo Tiberio todos los que rendidos alientan, en la protección suave de su imperiosa clemencia; y ya que el fuego, y el aire (ay de mí!) el agua, y la tierra, conjurados contra mí, mi justa venganza niegan, creyendo que es dilatarla, causa de desvanecerla. Yo sola la lograré, sin más auxilio, y defensa, que victorioso este brazo, de quien todo el Orbe tiembla; sígueme. . Pues qué protendes, señora? Que el Mundo sienta sosegada mi ambición, y aplacada mi soberbia, al ver la más formidable acción, que en trágica cena, al Orbe dio la fortuna, en escándalos envuelta, cuando abultando prodigios su incesante veloz rueda, ante los ojos de todos, por su mandato la vierta, o la fama allá en sus bronces, o la memoria en sus lenguas. El, del despacho no sale en el rigor de la fiesta, yo tengo de su Palacio llaves, con las cuales pueda penetrar el más oculto retiro; y cuando me vean allá en los internos cotos, que él solamente pasea, será fuerza de desgracia, pero no del valor mengua. justiniano, tú, después que salga, por otra puerta; a Constantino pla parte, donde mis parciales, sean los que cuando se malogre mi indignada acción defiendan, que lo mal hecho, no tiene otro género de enmienda. . Injusto tirano amor, tu sañuda rabia ciega, porque se logren sus triunfos, presteme plumas, y flechas. . Ella una vez se ha empeñado, pues han de ser tijeretas. . Qué mal, Constancia, mi esposo imagino, que ha hecho en verla, No se lo dijiste tú? Sí, pero es preciso adviertas, que se ruega muchas veces a instancia del que interesa en el ruego, de tal suerte, que el que más instó, se alegra de oír disculpa bastante, para evitar la fineza, porque es razón el pedirla, y suele no serlo hacerla. Así todos los favores son en la Corte, no crea nadie, que a quien no le importe, sin el interés se empeña. Sin duda, que así pediste lo que mi afecto te ruega, por Mauricio. No prosigas, que ese olvido fuera ofensa de nuestra amistad, Constancia, luego que Tiberio vuelva. Denme los pies a besar, si hay en que, vuestras Altezas. Pues qué novedad? Ninguna, sino que Tiberio queda, bajando de su Carroza, de su Palacio a la puerta, y yo he llegado más presto, que es la mía tan ligera, que es en el aire, una Rana, y es una Mosca, en la tierra, Pues qué, le trae? A él podéis preguntarlo; sus ideas, no es preciso en mi ignorarlas, si él, aún no puede entenderlas. Venis bueno? El modo alabo, para serviros mi Reina, y en un rocín tan sutil, que para que me divierta, como perro de Gaitero, sin tropezar, sale, y entra por el ojo de una aguja, y sobra un dedo de puerta. Y de dónde le trujiste? Buena pregunta: de Armenia, que allí hasta las mulas tienen razón, que son unas bestias, que si las arrean, se paran, y andan si no las arrean. Bella Anastasía en tus brazos descanse, Constancia llega, porque el gozo de miraros desvanezca mis sospechas. Pues viene algo demudado, que en su condición severa, es lo mismo que hablar claro el latin de un mal Poeta. Tiberio, sospechas, como, o de quién puedes tenerlas? Sospechas tú? pues de quién, señor? De mi suerte adversa; pues apenas el Palacio vi de Sofia, cuando fiera de él la fortuna me arroja alevemente violenta: Que esta pícara, borracha de la fortuna, se meta en todo, yo no sé como la justicia la tolera, y se anda tras otras pobres: mas déjolo no me muerdan. qué ha sucedido? . Un acaso, o ya azar para mi sea, o traición, o que Dios quiere darme mas esa advertencia. Oh flor, que el Emperador sabe más, que las culebras. Te recibió, despreciando tu sacra persona excelsa? Desairó, acaso, señor, atrevida tu grandeza? Es una mujer terrible! y por su gusto se empeña tanto; mas después sabréis la gran causa, que me mueva a volverme apresurado: Mauricio conmigo entra, porque tengo que decirte. O qué buenacanda la fiesta. Ven Constancia, en su sem- esculpida su tristeza, (blante, algún grande caso grita, de que todo el pecho tiembla. De su cuidado, pendiente va mi aliento. . Brava gresca debe de audar: ya de hambre las tripas se me clarean. . Ya te refeti Mauricio, atendiendo a tu nobleza, de las traiciones de Sofia, o la mayor, o más nueva, tanto, que al imaginarla, dudo, admirado, creerla. Y pues cobardía parece, lo dulce de mi clemencia; en rencoriosa venganza, la suavidad se convierta; y quien no cedió a mi amago, hoy a mi castigo ceda, Tú al Palacio, donde está, has de ir, y aunque el Orbe sea, quien se oponga a tus intentos, la treorás al mío presa, con gran secreto, cuidando de confiscar sus riquezas, porque a mi justicia sirva, lo que su venganza alienta. Mi laurel eternamente, será, señor, mi obediencia. El respeto suyo encargo. Cuando por Dama no fuera, preciso era respetarla; como a la que fue mi Reina. . Si de los blandos impulsos; de una linfa lisonjera, es miserable ruina. . la obstinación de una piedra, siendo de los blandos golpes el mármol que la tolera, dulce burla, consumido, y gustado, irrisión tierna, sin ser posible ultrajarla, cuando procura vencerla. Qué mucho? que mi constante corazón heroico, tema, que tan repetidos golpes, infaustamente le hieran, tragicamente, le arruinen, y osadamente, le ofendan. Constancia, a quién ve rigor, continuado no mella, es medrosa bizarría del corazón, que la ostenta. Quién de ignorancias procura ir tiñendo sus ofensas, va facilitando el triunfo a la enemistad severa; pues solo en no declararla, motivos rinde a creerla. Llegué el rigor, cese ya mi augusta sacra clemencia, ueamos si eran las dulzuras, como ahora serán las penas; pero el cansacio, y la falta del sueño, mi fortaleza perezosamente rinden; y pues aquí nadie entra, y vio Anastasía, en descanso, tantas fatigas convierta. Oh humanidadl de que sirve ser Monarca de la tierra? hollar el Orbe? si para descansar, a las violencias, igualmente naturales, vasallo, y Rey se sujetan, (do, no hallando entre ambos durmien- la vanidad, diferencia. . Parece, que ya los Cielos, menos sañudos se ostentan contra mis intentos, pues, sin que ninguno me sienta, amparada de la llave, que el acaso en mi conserva, al intimo gabinete de Palacio, mi ira llega, sin más reparo, que dar sosiego a mis impaciencias. Y; pero aquí está Tiberio, voces, y acciones suspenda, que si no me engaño, duerme, dejaré en falso esta puerta, que me conceda la fuga, cuando a mi impulso fallezca, vomitando el alma ingrata, entre Púrpuras sangrientas, por las infelices bocas, que abra mi airada violencia. Qué quieto está todo! nada se escucha! qué causa tenga silencio tan grande ignoro; mas qué me importa? cualquiera en su mudez patrocina mi sacrílega soberbia. . Durmiendo está, y aún durmiendo la Majestad no le deja, que reverente me asombra, me pasma, y me desalienta, alterando mis sentidos, y embargando mis potencias; pero yo recelo? yo medroso aliento? qué fuera falleciese mi valor, dónde mi venganza empieza? Ea rigor, no revoque tu indignación la sentencia, y quien tanto me ha agraviado, a tu justo sentir. Muera. Qué oigo, Cielos? si es acaso, que mi pecho lisonjea, o voz, que adula al oído, vertiéndola en él mi idea? Mas qué detiéne mi brazo? muera, y lo que fuere sea: dé, dé, turbada la voz, entre deliquios salienta, abultándose en mis fances la raridad de su esencia; mas qué le importa la voz al valor, agravios. , . Muera. otra vez, eco tirano, rémora de mi fiereza eres? Cielos, si serán de mis aliados estás voces, porque populares: pero en nada me detenga, hasta que hidropicamente, invencible, y feroz, beba todas sus felicidades, en la sangre de sus venas: muera liberio. Quién? quien tal atrevimiento intenta? señora, pues. Ay de mí! toda el alma al verle tiembla, falta el ánimo, el aliento duda, la voz tirubea, y al espejarse en sus ojos, se ha quedado mi ira muerta: ni puede el odio animarla, ni el valor favorecerla. Babel animado el pecho, tan sobresaltado alienta, que a mi envidia, y su respeto, a mi saña, y su fineza, aún no sabe distinguirlas el ansia de padecerlas. Qué os motiva? mas qué miro? Ea discurso, ahora me dejas? Quién, señora, en mi Palacio, vuestra serenidad Regia, tanto injuria, que irritada, sañudamente sangrienta, en agravio de mi vida, repite al viento, que muera? Gran Tiberio; ay dolor mío! esa voz, que tu despierta imaginación oyó, en dormidas apariencias, no le aborté yo, que el viento repite. Anatolió muera. Ya lo oyes, con que la culpa, que imputas a mi inocencia. Yo no la culpa, la causa te pregunto. Ay de mi pena! que hasta las cláusulas tristes, en la garganta se quiebran, y por no saber unirlas, gritan mi culpa, en verterlas. Yo he venido a tu Palacio, solamente, porque sepa el motivo, de que dejes el mío con tanta priesa, que sin despedirte huiste. Ya adviertes, cuan justo sea mi dolor; en él culpada, hoy tu Majestad se encuentra, burlándome los favores, y huyéndome las finezas. Quédate, que de un ingrato, no he de llevar más respuesta, que saber, que no la tiene lo notorio de mi queja. Pero a qué fin, ese Áspid de acero, ocultar intentas? Mucho Tiberio dilata salir; y porque no crea: mas con una Dama, Cielos, habla, poco a poco, penas, que es mucha muerte morir a la tirana violencia de una causa, que aún no pudo el pensamiento temerla. No respondéis? Si en piedades. No hay delito, que merezca, si tú queja no castigo mi piedad. Absorta, hierta, (ironicamente habla? toda tiemblo en su presencia; Juez me asombra, porque yo delincuente me estremezca, Dadme ese acero. Ay de mí! tus rigores se suspendan, y tu indignación sagrada, (. clementemente enmudezca, Reli- darte contra mí el acero, es ofenderme yo. Suelta. Vacilando en los extremos de odio, y amor, tan inquieta anda la imaginación, confusa, turbada, ciega, que los discursos me abrasa, y los conceptos me hiela. Un puñal Tiberio: salga a ver, que enigma será esta: quién esposo? pero Cielos, qué es esto? Anatolio, muera. Qué voces, bella Anastasía, la quietud del Pueblo alterán? Primero es saber, qué causa te mueve, a estar con la excelsa Majestad de Sofia, ardiendo en tu mano esa centella, brillante rayo luciente, hijo pardo de la tierra, de esta suerte, sin respeto? y aún con ciega irreverencia, violando el sagrado bulto de su beldad? Que suceda a mi valor este lance; yo no sé qué responderla. Augustísimo Tiberio, ya des más que ven mis penas? No es Justiniano el que miro? ya ningún remedio queda, sino morir. A tus plantas, el que servirte desea, humilde yace. . Mauricio. La novedad, que pudiera traer señor, encuentro aquí; ya sequestrada la hacienda de Sofia, se halla. Anatolio, muera. A fe, que lo vocean valientemente. Qué es esto? Qué habiendo dado sentencia contra Anatolio, y contra otros Príncipes de algunas Sectas, tu Senado, por la cual justísimo, les condena, a que salgan desterrados de Tracia: con ira fiera, el Pueblo contra Anatolío prorrumpe en voces diversas, que es indultar sus delitos, la cortedad de su pena. Y hay hombre, que de dar gritos, tiene la nuez de manera, que parece que la arranca la voz que pasa junto a ella, atronando los oídos, del gallillo la ronquera, y descalabrando el duro acento nuestras cabezas. Porque en alboroto tanto; algún daño no suceda, al Maestro de mi Sacro Palacio, di, salga a fuera, y que sosiegue la Plebe. Parto, como una saeta a servirte, por no estar a donde están este, y esta, que juzgo, que son los dos los diablos de la Comedia. . Poco siento, pues no ha muerto. Mi amor, señora, merezca, que hoy vuestra Majeltad quede en mi Palacio. Hh severa fortuna! donde gustaréis, estaré: dadme licencia, de que a Justinian hable. No esperéis, que yo conceda, lo que vos podéis mandar. Anastasia, las finezas que antes mostrabas, ahora se han de ver, En qué? Eso, espera decirlo después mi amor; ven Justiiano. Ha fiereza de mi suerte! que la vida, para sentir más me dejas, pudiendo injusta robarla, pues no es alivio tenerla. La última resolución me fala; y cuando no sea de provecho a mis desgracias, no es culpa en mí la tragedia. Mauricio. Señor. Advierte, que de viita no la pierdas. Qué dices? Que Sofia está; pero pues a vista llegas de sus Majestades, puedes informarte mejor de ellas. Sofía en la Corte, señor? Si Constancia, y mi respuesta sirva, para que Anastasía, quede también satisfecha, sabiendo, que de mi orden, y no voluntario era su retiro, a verme vino, y a saber, Sofía, que ofensas me había hecho, y qué motivos de mi Corte la destierran, entrando, porque ninguno acción tan bizarra viera, por la puerta que Palacio tiene al Campo. Y en la fiesta, sin despertar a quien duerme, es visita llevadera. Mas que hallar a Sosia aquí, nos mueve el ver en tu diestra mano ese puñal. Entonces prosiguió, diciendo, bella, que cuando en su intacta, augusta, ínclita, y sacra nobleza, culpa cupiese, traía para la venganza de ella, de esa vívora de acero, la asilada tez se dienta. No en Palacio entre, tenedle. Desdichada vejez hierta, el tiempo te dé sus alas, porque a sus plantas te veas. Qué ruido es ese? Yo soy, que del rayo de la fiera obstinación popular, en tu laurel mi defensa, procuro encontrar, sirviendo, de objeto de tu clemencia, estas miserables canas, que incesante el tiempo nieva, erigiendo desengaños en tantas cándidas hebras, cuando trágico las riza, o desdichado las peina. Como estaba su prisión de este Palacio tan cerca, escurrió la bola, cuando le sacaban a que fuera al destierro, y dando brincos el niñito de setenta, ayudándole a volar de los vigotes las cerdas, rabiando, hasta aquí llegó, sin que detenerle puedan, ni los gritos, que le aturden; ni las picas, que le cercan. Muera Anatolio; pues es imposible, que merezca piedad, el que en la piedad halló de rencores, señas. Que tu piedad no merece, dice el Pueblo, porque en ella misma encontro desagrados. (pues, cuando en la Cárcel, ruega de Dios a la Madre pura, de hombres, y Ángeles Reina, le libertase, volvió a otra parte la cabeza, desestimando su ruego) Vamos claros, que si fuera yo la piedad, por no verle una facha tan funesta, no solo rencor mostrara, pero no sé lo que hiciera, Todos amigos, decid, brotando lágrimas tiernas, que ojos, y oídos le alaguen. Flavio Tiberio Constantino Rey. (na. Qué es esto? La infeliz Sofía, que a tus plantas está puesta, bañando el suelo, que pisas, en tristes lágrimas tiernas, porque te deba al hollarlas, la lástima de atenderlas. Sacre Emperador, a quien la Diadema, de rayos brillantes, ciñe la cabeza. En la paz, dichoso, triunfante en la guerra, de el Rubio Alemán, de la lis Francesa, de la Libia ardiente, de Bandalia, y Persia, de los Longobardos; cuya ira sedienta, halló, en la justicia, que tu aliento empeña, hidrópica, golfos de su sangre misma. Piadoso, Félice, justo, inclito César, espejo del Mundo, y Dios en la tierra; y en fin vencedor de regiones nuevas, que aún el Polo opuesto, de tu nombre tiembla. Bien sabes, pero es referirlo fuerza; porque tus rigores templen mis finezas. Bien sabes, que el Cetró, que Dios en tu diestra, justiciero, pone, y clemente deja, debes, a mi afecto; pues sagaz, y atenta induje, a Justino, a que te le diera; Reduje al Senado todo, a tu obediencia, y precisé al Pueblo, a que te admitiera, siendo yo la causa, que influyó violenta, porque yo mandara, a que tu rigieras, Tres años Tiberio vivió, en dos cabezas el Imperio unidas con tanta firmeza, que en dos voluntades animó una misma; pero contra mí, turba mal contenta, con nombre de Plebe, se opuso, tan fiera, que necesitó mi larga experiencia, de ceder heroica el laurel que ostentas, por no disputarse méritos, y ciencias. Irritada entonces, creyendo, que era, ser tu ingrato causa, de tantas afrentas dispuse, a vengarme, ardides, y fuerzas. El día, que hiciste tu consorte bella, a Anastasía, quiso teñir mi violencia, púrpuras de Venus, de Cloto en tragedias; y no solo; pero mi voz enmudezca, que excede la culpa, mucho a la fineza, y es el acordarla rejuvenecerla. Pues ya en los pesares, de mi error, envueltas, mis voces, te aclaman, diciendo entre aquellas, (Reina, Flavio Tiberio Constantino Augusto Jiberio, si a Dios representas, en quien la justicia, revosa clemencias, oculta las iras, las sañas cautela, y todos de ti indulto merezcan. Yo fui tú señora, y tu compañera, ve, cuan desairada tu venganza queda, si en una afigida, infeliz te vengas, en quien intentarla, es más ofenderla. Fue la ingratitud la causa primera, que movió mi enojo, y abultó mi queja; creila engañada, y las inflencias, de los lisonjeros, (venenosas fieras, suave, cruel ruina, de púrpuras Regias.) Mis quejas me ensalzan, sus causas me aumentan: si mis beneficios tu piedad despiertan, ya que mis parciales, en ti solo esperan, rindiendo a tus plantas, vida, honor, hacienda, que hoy son sacrificios, si ayer riesgos eran. Y aunque Justidiano, a ti te parezca delingeunte, solo culpa es, su obediencia. A todos perdona, mi amor, te lo ruega, mi afecto, lo pide, mi fe, lo desea, mi razón, lo influye, mi acento, lo esfuerza, mi aliento, lo dice, mi lealtad, lo espera. Cuando persuaden, que omitas la pena, tu piedad heroica. tu amante terveza, tu verdad divina, tu Augusta clemencia, tu Religión Santa, tu templanza Regia, para que con todos, mi voz lisonjera, repita dichosa en dulces cadencias. , . Flavio liberio Constantino Ya la hazaña conseguí; (Reina. porque tanto suspiré; ya cautamente triunfe, ya sabiamente vencí: aprenda el Orbe de mí, las reglas de gobernar; pues fue mi májima, dar preceptos, para advertir que es la ciencia de regir. el saber disimular. Si mi castigo al error, quisiera oprimir airado, hoy lamentara ultrajado el de mi Imperio, y mi honor: Vestí al engaño de amor, para dar a conocer mi piedad: ya llego a ver, que mi anhelo satisfice, pues sin poder, temer hice, el nombre de mi poder. La violencia, y el horror, desvanecieran mi empeño, haciendo a la suerte dueño, de mi Imperio, y mi valor: Poco sirviera, Rigor, que a todos no aprovechara, si aunque su efecto lograra, en infortunios teñido, del Imperio ya vencido, el mismo Iperio triunfara. Floreció, en fin, mi esperanza, en política pereza, vistiendo mi fortaleza la máscara de templanza: segundo laurel alcanza mi heroica acción, al mires, que supe disimular; porque decida la fama, en las voces, que me aclama, qué es la ciencia de Reinar? Con el silencio respondes al lamento de mi pena? Si de finezas mayores, tiene mi amor experiencia; por qué dilatas, ahora a mi amor, una fineza, que debiera desearla, tu piedad, por concederla? No solo el perdón mereces tuyo, hermosa Sofia bella, sino el de todos, supuesto, que el ver tus lágrimas tiernas, cede la mayor constancia, sin la menor resistencia. Ah mujeres! quién se fía de vosotras, sin que os tenga antes engañadas, esto en vuestras almas encuentra; que bien con su olvido (ay triste!) satisface la soberbia, que en mis sangrientos impulsos latió ardiente, y vivio fiera! Quién, que Sofía me dejara, en suerte tan vil dijera? Yo a tus pies, segunda vez, generoso, invicto César pido piedad, abjurando de mi Gentílica Secta, los errores, recibiendo la Feque sigue la Iglesia de Roma. Fuerza es, que al Papa, de esta mudanza dé cuenta, o que tu partas a Roma. Tu voluntad, solo espera la mía. Augusto Tiberio, pues has de declarar César, sucesor en el Imperio Oriental, que gozas, sea Mauricio, y logre en Constancia la amante atención, que obstenta; En el mismo intento estaba; y así declarado queda César Augusto, y esposo ser de Constancia merezca, que a vasallo tan fiel, mayores premios debieran sus méritos compensarle. Tus plantas, mi humildad, besa, pues a mi fortuna solo; y no a mis méritos premias. Oh cuánto debo a Anastasía! Oh cuánto debo a mi estrella! Soñia se irá a su Palacio, y Justiniano, a Ravena partirá, luego que acaben de nuestra elección las fiestas. Apostemos, que me dan dos mil ducados de renta. Aún mejor fuera otra cosa. Qué? Palos. Mas lo sintiera. Mauricio, y Constancia, ya vasallos míos, Imperan. Vivan Constancia Divina, y Mauricio, Invicto César. Todas tus proposiciones el Pueblo gustoso acepta. Ya sosiega el corazón, pues mis envidias sosiegan. Ha Claudia, venga esa mano, porque al uso de Comedia nos vamos. Tienes razón. Como siempre la concedas en mí, no hayas miedo que haya entre nosotros pendencias; poniendo fin a esta historia, cuyo grande caso enseña: Qué es la ciencia del Reinar? perdonad las faltas nuestras.