Texto digital de Los pronósticos de Alejandre
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- Atribución tradicional
- Desconocido
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- Gaspar de Aguilar Segura
- Género
- Comedia
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- El texto ha sido prepardo por Martín Terán y Fernández Rodríguez.
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Martín Terán y Fernández Rodríguez. Texto digital de Los pronósticos de Alejandre. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/pronosticos-de-alejandre-los.

LOS PRONÓSTICOS DE ALEJANDRE
JORNADA PRIMERA
Desde ahora te maldigo. Padre. No me digas padre pues yo hijo no te digo. Madre. No me digas madre. Pues, ¿cómo diré? Enemigo. Miren quién quiso decir que le habíamos de servir. Sin razón, culpa me has dado. ¡Bellaco desvergonzado! Aún me quieres desmentir, sin ropa quiero dejarte y no sólo de mis bienes pretendo desheredarte, que hasta el ser que de mí tienes quisiera también quitarte. De esta suerte has de partir para que des qué reír al vulgo loco atrevido, a quien de verte engreído diste un tiempo que reír. Por el pesar que me has hecho de frío has de perecer. Aunque es de poco provecho fuego se puede encender del amor que hay en mi pecho. A tormento apenas grave ya es bien que el mundo se acabe, pues causa daño el saber aunque esto sea de entender entre gente que no sabe. Que los que saben y entienden cuando en algún daño caen con el saber se defienden y por caudillo le traen de los negocios que emprenden. Padres, que padres os digo, contra vuestra voluntad esto que hacéis conmigo es mucho para crueldad cuanto y más para castigo. Yo parto muy satisfecho que el daño que me habéis hecho será en la ausencia salud, que al fin una ingratitud borra una afición del pecho. Con todo gracias os doy. Padre mío y madre mía, que alegre y contento voy a cumplir la profecía por quien desterrado voy. ¡Oh, qué reverenda viene! ¡Pardiez! Ella viene linda. Regocijadla conviene. La cara trae como guinda de la vergüenza que tiene. ¿Vistes cuálXXXX andaba el cura? Diligente y por ventura porque estaba allí Minguilla. Todo se sabe en la villa. Y más tan grande locura. Pastores tengo en servicio el buen acompañamiento. Dejemos el cumplimiento y muévase el ejercicio en honra del casamiento. ¿Qué haremos que por bien sea? Sarao al huso de aldea. XXXX Dime, ¿qué es sarao? Bailar. ¿Quién lo podrá comenzar? Los desposados. ¡Pues ea! Dejadlo para la fiesta que cansáis la desposada. Pues celebremos la fiesta que tenemos concertada. ¿Concertada? Y sobre apuesta, eso que habéis concertado será jugar al callado. Es cosa de más estima. Decidlo pues. Un enigma. Luego, habéis estudiado. Yo antes que fuera pastor fui monaguillo en la villa. ¿ Y qué llevará el mejor? Solo un favor de Minguilla. Es poco premio un favor. Ninguno lo ha merecido. Pues hagamos una cosa, que el que fuere más sabido se la lleve por esposa y será el gozo cumplido. ¿Querrá Menga? Que no, toda no es gente de proo XXXX ninguno hay que reprochar. Yo la tengo de llevar. No la llevará soy yo. Pues ese premio ha de haber, todos quedarán atrás. Yo me voy a recoger a donde sueña el placer porque me atormente más. Allí está un hombre, Pascual. ¿Quién es, Crespo? No sé quién. ¿Quién sois? Un hombre de mal. ¿Que no sois hombre de bien? Nunca Dios permita tal, de sólo el mal me sustento porque tengo el pensamiento de bien pobre y de mal rico. Pascual, démosle un pellizco que hoy es día de contento y podríamos ayudar a celebrar esta fiesta. ¡Pardiez! Ocasión es esta que no le puedo negar cosa que tan poco cuesta. Tráiganle luego al momento. Junto a mí por mi contento, tomad asiento y lugar. ¿Qué asiento puede tomar quién tiene tan poco asiento? ¿Trájose el pellizco? Sí. Piel de inocencia vestí y otra piel vestirme pudo. Vos, corengoXXXX Mollerudo comienza el enigma hoy. Yo pinto un fuerte león, que de una luz va temblando, declara mi pretensión. Ese es tu amor que va dando señales de su afición. Yo digo que es el furor que se rinde al resplandor de quien le hiere y lastima. Yo digo que es ese enigma la imagen del Dios de amor. Di tú. Tengo gran pasión. Acaba así, Dios te bala. XXXX La luz que vence al león a mi parecer señala que no hay fuerza donde hay razón. El forastero ha ganado. ¡Pardiez! Que es hombre chapado. Propón otro laberinto, Taguengo. Un corazón pinto de una espada atravesado a ver quién acertará. Esa es tu alma que merece tener la pena en que está. Digo que es amor que da más gloria al que más padece. Yo digo que es la ausencia que atraviesa el corazón. Señores, con su licencia, yo digo que este garzón es amigo de pendencia y festeja a su pastora con cuchilladas de amor. Tan bien acertado ahora. ¡Oh desdichado pastor! ¡Oh mi gloria! ¡Oh mi señora! Yo una vihuela imagino que tiene cuerdas de pozo. Que es la memoria adivina. Eso significa un gozo que por los cabellos vino. Este tiene en sus dolores la condición del lagarto. Habéis de saber pastores, que este canta sus amores cuando está majando esparto. Esto se puede inferir de la propuesta figura. Mintió. No puede mentir que tiene familiatura. Familiar querrás decir. Familiar ha de tener o pesia. XXXX No eches reniegos que Menga suya ha de ser. Los sordos nos han de ver y aún nos han de oír los ciegos. Paso, no hagamos ruido, lo que importa es confesar que este hombre nos ha vencido, que no faltará lugar para quitarle el vestido y aún la vida. Muy bien dices, ya nos damos por vencidos. No quiero que me autorices ni con renombres fingidos mi claro nombre eternices, que yo no pretendo a Menga quien la quisiere la tenga. Aunque no la has pretendido tienes de ser su marido. Venga el desposado. Venga. Coronemos. Te dejamos. No quiero tanta ventura. Recibe lo que te damos. Vamos a buscar al cura. Toque la música y vamos. Posible es que tal consiento sin vengar mi corazón. Vamos en su seguimiento que no faltará ocasión para cumplir nuestro intento y darle su san Martín de la piel de este ruin. En su infame sangre tinta pretendo hacer una cinta y un collar para un mastín. No está gracioso el ardid con que estos quieren casarme. Yo me escapé de esta lid y cierto que, en escaparme, fui más valiente que un Cid. Mi desdicha me destierra al mar que baña esta tierra, que como suele arrojar muertos a la tierra el mar, al mar me arroja la tierra. ¿Dónde está? Junto a la encina. ¡Ay Dios! Quiérome salvar. Aunque sabe adivinar cuanto va que no adivina que le queremos matar. En lo que se deja ver, harto poco hay que saber, que para más lastimarme cuando no queráis matarme mi suerte os hará querer. Ya veis, pastores, mi intento, que yo de ninguna suerte os quito vuestro contento, pues vengo a dar en la muerte por huir el casamiento. Mirad mi grande inocencia rendida a vuestra presencia. Miradla, que si se mira puede convertir la ira en mansedumbre y clemencia. El pecho me ha enternecido. Ninguna pena merece. Grande ventura ha tenido. Sabéis lo que me parece, quitadle solo el vestido y atadle a un árbol. Bien quedará hecho raíces. Esto faltaba también. Yo te quiero atar muy bien para que no te deslices. ¡Oh larga y pesada muerte! ¿Por qué no acortas mi daño? Dejémosle de esta suerte que yo dudo que en un año a desenvolverse acierte. ¡Oh árbol! Mucho quisiera que en tu ser me convirtiera para no sentir mi mal o que tú fueras nogal, porque en tu sombra muriera. ¿Dejas atado el batel? Si, en el tronco de una selva. Vuelve. ¿A qué quieres que vuelva? A tener cuidado de él. ¿No ves que está el mar en calma? Ya viene gente y no dudo que desatará este nudo, pero el del cuerpo y el alma. Porque con tal vigilancia me hiciste, amigo, pasar contigo un brazo de mar de tan pequeña distancia. Que fruto a ti te responde de este llano monte o sierra ¡Oh, qué riqueza esta tierra en sus entrañas esconde! De tu ignorancia me pesa, no sabes quién soy. Ya lo sé. Pues de ordinario hago aquí la mejor presa. Aquí nadie me acobarda porque como es despoblado suelo llevarme el ganado y aun la gente que lo guarda. A un árbol atado veo un hombre de muy buen talle. Vamos luego a desatarle que salir de aquí deseo. ¿Qué pretendéis? Desatarte para que libertad tengas y también para que vengas con nosotros. ¿A qué parte, señores? A tierra ajena, te llevaré por esclavo. De esta vez fortuna acabó la gloria, mas no la pena como esclavo que prendí. Te venderé a toda ley en la corte de mi rey, que está a dos leguas de aquí. Ten paciencia y sufrimiento. Ese consejo me enfada que la paciencia forzada no tiene agradecimiento. De grado tendré paciencia resistiendo a la fortuna si puede haber cosa alguna que le haga resistencia. La cual haré yo a la clara aunque fortuna hacer pueda que los clavos de su rueda se me escriban en la cara. Mucho hablas, bachiller. Todo lo que hablo es poco. Vamos, que sin duda es loco. Al menos vendrelo a ser. ¿Si la antigua esperanza de mi gloria navega por el mar de la mudanza, qué hago que no voy tras mi esperanza? Pues cierto he de volver con la victoriaporque no hace alarde la memoria y emplea su poder en la venganza, porque el entendimiento no lo alcanza. Pues tanta ligereza le es notoria. Siga la voluntad este apellido y revuelva las aguas de la playa por donde mi esperanza ha de partirse. Mas, ¡ay triste de mí! ¿Por qué lo impido? Que no está mi ventura en que se vaya, sino en haber venido para irse. Ya quiere su majestad levantarse de la cama. ¿Hay alguna novedad? Las lágrimas que derrama. Eso es viejo en la ciudad síguese siempre el agüero. Más solícito y más fiero. ¿Cuántos son los cuervos? Tres. La cosa más nueva es que ver en mi vida espero. ¿Qué prometió en el pregón? Que al que por darle la vida le libre de esta visión, cualquier cosa que le pida le dará por galardón, aunque el reino le pidiese con la hija. ¿Quién pudiese librarle y ser tan dichoso en repartir el reposo que le tomase y le diese? Su majestad quiere hablarte. Tú solo sabes. Sí. Pues, ¿cómo? Díjome que de su parte le llamase al mayordomo, y así he venido a llamarte. Vamos, que estos son caminos para saber sus destinos, pues querrá que juntar mande una multitud muy grande de agoreros y adivinos. Posible es que tú te atreves a ganar tan gran trofeo. Como tú, señor, me lleves delante el rey Tolomeo haré que la verdad pruebes. Dime, ¿has oído el pregón? Sí. Pues ¿qué imaginación te podrá ayudar? Ver que le puedo ayudar de tan extraña visión. Es posible. No te espantes, aunque imposible parece que en cosas importantes que en la visión que se ofrece tuve yo fuerzas bastantes. Yo los sueños adivino y suelo decir continoXXXX lo que por venir está. Muy buena razón me da. No va fuera de camino. Iré a decir el agüero. No, que no es mi voluntad, si no me ofreces primero que me darás la mitad de todo. Ofrecerla quiero, un notario buscar puedes. Ven y pondrás por escrito que me otorgas y concedes la mitad de las mercedes que ha de hacerte el rey de Egipto. En siendo hecho preguntoXXXX iré luego. Al mismo punto podrás ir sin falta alguna. Alejandre, gracias doy a la fortuna, que vino el bien todo junto. ¡Oh! Quién supiese atinar lo que el rey quiere saber. Mas quién también sabe amar, sino servir y querer. ¿Qué cosa puede acertar? El rey pena y con razón, pues ve en cualquier ocasión ir dando graznidos fieros tres cuervos que mensajeros de su desventura son. Por cierto, la vista es linda de su prodigio me pesa, pues si alguno le deslinda podrá hacer que la princesa por esposa se le rinda. Por solo esto querría saber de nigromancia y dar alivio al dolor que no puede haber mayor riqueza que el alegría.XXXX Ya que ejecuté el intento de aquel astuto ladrón quiero buscar ocasión para que mi pensamiento se ponga en ejecución. ¿Qué buscas, hombre? Señor, quiero con el rey hablar. Pues, ¿cómo no hay más primor? No, que le quiero librar de su tormento y dolor. ¿De qué manera? Imagino adivinar el agüero. ¡Oh! Qué bravo desatino, ¿eso pretendes? Pues quiero morir si no lo adivino. Y sabiendo esta verdad no tienes de que admirarte de mi baja calidad que estas gracias las reparte el cielo a su voluntad. Si este adivina el agüero es negocio de importancia. Entraré, señor. No quiero si no me ofreces primero la mitad de la ganancia. A cuanto quieras me obligo. No sería yo quién soy, traidor, si no te castigo. ¿Qué dices? Qué alegre estoy por ver que parto contigo. Vamos, que al momento quiero delante el rey presentarte, pues tanta riqueza espero que será la menor parte más que todo el mundo entero. Y porque esto sea más fuerte harás un auto de suerte que sepa lo que me das. Vamos, que después sabrás la parte que ha de caberte. Lloren mis ojos lágrimas sin cuenta porque estando ocupados en el llanto no vean el dolor que me atormenta. Lloren mis ojos, lloren hasta tanto que perdiendo la vida el alma quede libre de la visión y del espanto ya que jamás me otorga ni concede la fortuna descanso a mis enojos. Si en tan amargo mal a verle puede porque para triunfar de mis despojos los cuervos que a la vista se me ofrecen casi me vienen a sacar los ojos. Con no ser más de tres mil parecen porque las glorias menguan cuando dura y los trabajos cuando duran crecen. Los dos de ellos parece que procuran tener asido entre ellos al tercero y con entrambos picos le aseguran. Gran daño me resulta de este agüero, pues con haber remedios en el mundo, yo soy aquel que sin remedio muero. Bien es verdad que en dádivas le fundo aunque el primer lugar tienen en todo para mí no han tenido ni el segundo. No sé, por vida mía, de qué modo llegar delante el rey tan mal vestido. Ahora subo. Ahora me acomodo para ver si me engaña soy venido. Presente quiero estar. ¿De qué me espanto? Mejor será perder por atrevido, si puede la humildad llegar a tanto que merezca yo verte, y mereciendo mitigue las corrientes de tu llanto. Ahora, rey magnánimo pretendo con este rudo ingenio liberarte de este prodigio al parecer horrendo. ¿De dónde eres? De Grecia. ¿De qué parte de Grecia? De Corintio. Por ventura, ¿tienes naturaleza o tienes arte? Ninguna de las dos. Pues, ¿no es locura lo que pretendes? Para hacer la prueba que has de guardar tu fe y palabra jurar. A palabra de rey es cosa nueva pedirle juramento basta y sobra, que antes me deberás que yo te deba. Quiero poner, oh príncipe, por obra tu remedio y el mío, y el que el cielo, por estas manos aunque indignas, obra. Los tres cuervos, señor, que con su vuelo han venido a ponerse en tu presencia postrados y humillados por el suelo traen cierta disputa y diferencia. Y para apaciguarlos no hay remedio, sino dar a tu gusto la sentencia. Los dos son padre y madre y el de en medio es hijo de los dos que le rodean. Con amoroso y paternal asedio los dos juntos le quieren y desean y por gozar del hijo tan querido con razones combaten y pelean. La madre dice que ella le ha tenido entre sus plumas calentando el huevo donde estaba guardado y escondido. Mas después que había nacido el hijo, voló del nido la olvidada madre sin que le diese el ordinario cebo. Responde luego en su favor el padre, diciendo que de bárbaras razones no puede haber alguna que le cuadre y que él en diferentes ocasiones le dio el sustento hasta que la pluma le comenzó a brotar de los cañones. Extraña novedad. Esto es en suma lo que ellos piden. No puede haber hombre que esa reyerta averiguar presuma. Tú solo puedes, cuyo excelso nombre en letras, en costumbres, en nobleza, excede al de más título y renombre, y, en habiéndoles dado la sentencia, yo quedaré, señor, por mentiroso si ellos volvieren más a tu presencia. Pues, no tengo remedio de reposo. Este quiero probar que es imposible y, si imposible, no dificultoso. Y así, por el descuido aborrecible que ha tenido la madre, la condeno al cuidado más fuerte y más terrible, porque del propio hijo la enajeno y al piadoso padre se le encargo pues tuvo de piedad del pecho lleno. Vuelve los ojos, mira si me alargo, los tres se han ido. ¡Oh, gloria venturosa! ¡Oh, grande hazaña! Para mi descargo, ¿fáltame por hacer alguna cosa? La falta sola está en mí, faraute de mi alegría, pues el bien no conocía al mismo instante que vi tu bella fisonomía. Ven a entregarte en mi pecho que está de placer deshecho, porque sin lo que he de darte también te quiero dar parte de los bienes que me has hecho. Denle luego de vestir, y tú, dichoso varón, pide cualquier galardón, si será justo pedir riquezas que tuyas son. Mira que corto no quedes en advertir las mercedes porque todas mis riquezas, vasallos y fortalezas, hija y reino mandar puedes. Pido. Primero que pida, mire, vuestra majestad, que este me tiene ofrecida. ¿Qué te ofreció? La mitad de la merced prometida. También me la ofreció a mí. Es posible. Señor, sí. ¿Por qué? Por ciertas bondades. Pues si ofreces dos mitades, ¿qué te ha de quedar a ti? Sólo el haberte librado, que es donde el valor se encierra. Pide, pues. Pido de grado que yo vaya de tu tierra por diez años desterrado. Eso es maldad. Es traición. Antes las vuestras lo son, que si dije en tal porfía que el galardón partiría, no dije qué galardón. Esto pido y de esto quiero que se lleven la mitad. De ira y coraje muero. Mande vuestra majestad que se les parta el dinero. Yo por fuerza he de cumplir la fe y palabra que doy. Los dos os podéis partir de Egipto. Siendo quien soy tal cosa he de consentir. No pases más adelante. A gran cólera me inflama. Tú, joven bello y constante, merecedor que la fama tus hechos heroicos cante. Por rey te quiero jurar que quien tanto se comide tanto premio ha de llevar porque cuando no se pide tiene mejor gusto el dar. Quiero casarte también con la que es mi bien y abrigo, la cual es tan grande bien que a no casarla contigo no pudiera hallar con quien. Esa mano poderosa, si no es darme un mundo entero, no puede darme otra cosa. Dame esos pies. Ven, que quiero que conozcas a tu esposa. Si este furioso accidente y este mal que me importuna mi corazón le consiente, es porque no haya ninguna cosa que no me atormente. Ya que tan postrado estás en la paciencia no dudo que algún alivio hallarás. Ese es, hermano, el escudo de los que no pueden más. Y puedo salirme al monte y hacer que venga a valerme todo el opuesto horizonte y que se espante de verme todo el opuesto horizonte. Dicen que un hombre ha librado al rey de pena y dolor. Y aun al duque ha desterrado. ¡Oh, señor! No soy señor, sino esclavo del cuidado. Posible es que un duque llora. Bien es que el dolor no afloje. ¿Quién puede haber que te enoje? Un traidor, a quien ahora el rey por su yerno escoge, y siendo de baja suerte por rey le quieren jurar. ¡Oh, dolor terrible y fuerte! Yo lo voy, duque, a estorbar con mi castigo o su muerte. Partamos con brevedad a revolver la ciudad, diciéndole el mal presente para que toda la gente apellide libertad. Causaste, infanta, disgusto. El casamiento que ordeno tan santo admirable y justo. Yo me caso con el gusto de quien le tiene tan bueno como vuestra majestad y no con su gentileza. Cuando adviertas su bondad, su discreción y nobleza, verás que digo verdad. Es de la gloria un modelo, que las tristezas y enojos, da regocijo y consuelo porque arroja por los ojos una claridad del cielo. Si gustar de él te conviene no hay gracia que no le cuadre. Si saber de dónde viene la virtud tiene por madre, mirad, la madre que tiene. Señor, esto se concluya, pues tu majestad le abona. Desde aquí me doy por suya cuando no por su persona por lo que hizo con la tuya. Hoy la noble hidalguía que usaste con tu cautivo y así, con grande alegría esa palabra recibo y doy la palabra mía. Hasta en esto eres discreto, huélgate y toma placer, que hija y rey no te prometo. Pues, señor, has de saber que estoy puesto en grande aprieto, que tus vasallos murmuran por ver cuán honrado quedo y contra mí se conjuran, aunque yo no tengo miedo del mal que hacerme procuran. Con todo tienen razón que el ser rey no corresponde con mi ser y discreción, y así, me quiero ir a donde me den alguna lección. Veré los hechos invictos que hacer en su tierra alcanza el grande emperador Titos, de quien reyes infinitos suelen aprender crianza. Volveré tan sabio y fuerte que todos vengan a honrarme. No quisiera conocerte para tan presto perderte. Será para más ganarme. Si el saber te causa pena, hombres te puedo yo dar que te sabrán enseñar aquello que a tierra ajena vas sin razón a buscar. Señor, esto es menester para el intento que sigo. Vamos, hija, a proveer lo que ha de llevar consigo tu marido que ha de ser. Su alteza no me da a mí licencia. Llega a abrazarle. Pues la libertad le di, ¿qué otra cosa puedo darle? Un abrazo. Sea así. No pudo más levantarme la fortuna con XXXX me da. ¿Vendrás luego a visitarme? En enviando a llamarme. Dios te guíe. En paz te queda. Mi bien presente y mis pasados males son del mundo las glorias y tormentos, que siguen los eternos movimientos de los fuertes influjos celestiales y el alma, que en las cosas temporales pone su voluntad y pensamientos, tiene los gustos gozos y contentos como ella es inmortal por inmortales. Por gloria eterna, la del mundo alaba, pero cuando se parte de este suelo no lleva rastro de ella en la memoria. Advierta al fin, que aquella que se acaba gloria no puede ser, que la del cielo, si se acabase, no sería gloria.
JORNADA SEGUNDA
En lo que toca a los pajes emplea tu habilidad, que es gente de calidad y de muy altos linajes. Y ahora en la juventud serán a mi parecer más fáciles de aprender cualquier acto de virtud. Que la cera cuando es blanda mejor se manda y gobierna y la planta, cuando es tierna, mejor se gobierna y manda. Los que están en la puericia ocupo, señor, en ciencia y los de la adolescencia en cosas de la milicia. Ese tu valor profundo, que es donde el valor se premia, hará mi corte academia de los príncipes del mundo. Dime, ¿al príncipe de Grecia en qué le hiciste ocupar? Solo en tañer y cantar, que es lo que él estima y precia. El hijo del Duque Alberto es, señor, grande bribón y su hermano Ciprión es en la jineta experto. Los de Arabia y Vitolia al más filósofo exceden, y tanto aprenden que pueden enseñar filosofía. Si es la que tiene por nombre filosofía moral, podría cualquier animal, si lo supiese, ser hombre. Mira lo que podrán ser esas almas venturosas que las causas de las cosas han merecido saber. Señor, con pompa y trofeo un caballero de Egipto viene. Huélgome infinito por saber de Tolomeo, que es el mejor rey del mundo y ha dado tan grande vuelo que ha descubierto del cielo el secreto más profundo. Deme vuestra majestad la mano. Bueno sería. Yo debo esta cortesía. Yo también esta amistad que tan solamente doy a mis vasallos la mano. Tuyo soy y en ello gano más gloria que en ser quien soy. Si gustáis de ello deseo saber quién sois, gentil hombre. Es Alejandre mi nombre, hijo del rey Tolomeo, que para poderlo ser vengo a aprender de crianza con más felice esperanza, dónde se puede aprender que es aquí donde el alma tengo. Quién sabe también hablar antes la vendrá a enseñar. A enseñar mis faltas vengo. Señor. ¿Qué es eso almirante? Que viene otro caballero, bien semejante al primero. Luego tiene semejante. ¿No veis que en talle y crianza no será tan sublimado si no es que le haya formado el mismo a su semejanza? De la luz de tu bondad llegó a Francia una centella y así mi padre, rey de ella, me envía a tu majestad, para que esté en tu servicio, y también para rogarte que me des alguna parte del militar ejercicio. No suelo yo consentir que sirva tan noble gente porque busco solamente criados a quien servir. Si de esta suerte os parece, yo os trataré con amor. No sin causa, ¡oh gran señor!, tu majestad resplandece. Con justa causa tu nombre saben todos los nacidos. Los dos sois tan parecidos que parecéis solo un hombre. Podrá ser que lo seremos en verdadera amistad. Jamás vital novedad, ni dos tan grandes extremos de estos príncipes te encargo. Ponlos, Decio, en tu academia que, pues la virtud se premia, tu premio tomo a mi cargo. Dales quien las liberales artes les pueda enseñar y quien de la militar los saque así mismo iguales , que yo también darles quiero de mi parte el hospedaje. ¡Oh, espejo de tu linaje y de los demás lucero! No permita el cielo amigo, que fin tus grandezas tengan. Vamos al momento. Decio, vengan vuestras altezas conmigo. Pediré al cielo venganza de estos dos advenedizos, que con palabras y hechizos me privan de mi privanza. Esparceré por el viento la causa de mis enojos, derramaré por los ojos el grave dolor que siento. Buscaré un ardid y modo para poderlos vencer. Todo lo puedo emprender y puedo salir con todo. Mas no es bien que en mi caudal mudanza alguna se vea, sino que de entrambos sea un riguroso fiscal, porque su infamia publique y en la primer ocasión alguna grave traición les acumule y aplique. Para males tan pasados no sé qué remedio halle, porque nacen mis cuidados de tener tantos criados y los más de tan buen talle. Ahora tengo entendido que un Alejandre ha venido merecedor de este nombre juntamente con un hombre del propio talle y vestido. Y téngole voluntad, pero tal palabra hable delante mi honestidad que, porque el amor no ve, le ciega la novedad. Locura fue de mujer tan inclinada a saber como yo con ti no he sido y que tan poco he sabido cuando ha sido menester. Por esta princesa hermosa vengo de mi tierra ciego, y será muy fácil cosa que si al resplandor me allego imite a la mariposa. Alejandre está a mi lado. ¡Ay de mí!, ¿por dónde ha entrado? De haberle visto me pesa. Sin duda que es la princesa por las señas que me han dado. Tanto adoras las mujeres que entras Alejandre así. No soy. Pues si tú no eres. Sal de aquí. ¿Para qué afrentarme quieres? Que yo soy el que te adora. Pues, ¿qué decías traidor con aquél no soy ahora? Que no soy merecedor de que me nombres, señora. Disimular me conviene y aprovecharme del nombre que mi buen amigo tiene. Dime, ¿quién es aquel hombre que en tu compañía viene? Que los dos parecéis uno. Es hijo del Rey de Francia, hombre de mucha importancia de cuyo valor ninguno puede alegar ignorancia. Solo el parecerte a ti, es lo que tiene. Ya sé que haces burla de mí, pero hay cuitada quitaré XXX que Alejandre viene allí y, si me nombra, estará descubierto este secreto. Pues, ¿qué hacemos por acá? Este hombre es muy discreto y luego me entenderá. Señor, Luis no os asombre el ver que he tenido brío para tan gran desvarío. Este me llama su nombre para que le llame el mío. Alejandre, amigo caro, mi corazón no se admira sino de este sol tan claro, cuyo resplandor se mira sin resistencia y reparo. De burlas viene Luis. Yo, señora, digo amores a la usanza de París. No puede haber sino flores donde está la flor de lis. Y si os admirasteis de este sol que luz no alcanza yo me admiro de los dos. ¿De qué? De la semejanza con que os ha formado Dios. ¿Sois hermanos? No. Por cierto, que parentesco más fuerte que ese habemos descubierto. El vestiros de esta suerte fue acaso os obre concierto. Los cuerpos, señora, son cómo ves tan parecidos y por la misma razón lo son todos los sentidos. ¡Qué brava imaginación! De aquí, señora, ha nacido gustar de una misma cosa. ¿Y qué gusto habéis tenido en la pasión amorosa? Mejor y más parecido y de ti quiero saber. No lo digo porque quieras, mas si hubieras de querer, ¿cuál de los dos escogieras? ¿Cuál había de escoger? Pues claramente se ve que cada cual, gentil hombre, mas con todo escogeré a Alejandre. Por el nombre debe ser. No sé por qué, que no hay razón a quien ama. Pues has de saber, señora, que este Alejandre se llama y yo Luis. Desde ahora consumo en Luis mi llama, que el nombre no ha de poder borrar de mi corazón la fuerte imaginación, como se podrá entender en la primera ocasión. Suplícote que me des la mano y perdón te pido de no besarte los pies. Voyme, que siento ruido. ¿Cuándo te veré? Después. No hay bien que pague más presto que la gloria de un amante. Aunque importa tratar de esto no hay cosa tan importante como dejar este puesto. Por aquí podemos ir para desmentir sospechas que un hidalgo ha de morir por no hacer cosas mal hechas y por no dar qué decir. ¿En qué parte puede estar? No falta quien le entretenga. Yo le he enviado a llamar y deseo que no venga por no darle este pesar, que en forma le quiero bien por ser tan gran cortesano y por ser hijo de quien, si le tuve por hermano, por tal le tuve también. Señor, ya está aquí presente. ¿Qué manda tu majestad? Hijo, en la prosperidad poco importa ser prudente y mucho en la adversidad. Para ti no es menester usar de ningún rodeo. ¿Qué hay de nuevo? Has de saber que es muerto el rey Tolomeo. Eso al fin había de ser que nunca esperé otra cosa de mi desdicha y su edad. Quiero que con brevedad partas a ver a tu esposa, que es bien. Pésame en verdad porque pierdo en solo un día lo que en mi vida he ganado. De perder tu compañía me tengo por desdichado. La desdicha sola es mía. Vuestra majestad me mande dar la mano. No es razón que la mano me demande quien ya tiene el corazón, que es la presea más grande. Dios te guíe y haz de suerte que vivas después de muerto. El que puede engrandecerte quede contigo. Más cierto queda el pesar de perderte. ¿Qué pecho hay que no sujete tanta hidalguía y virtud y esta noble juventud que honrada vejez promete? No puedo, es me Dios testigo, sufrir que Alejandre alabes. Bien parece que no sabes las traiciones de su amigo, al igual yo le vi estar junto con la princesa escondido y en este punto ha salido triste y miserable punto. ¿Qué prueba hay de eso, Almirante? Señor, el mejor testigo de la verdad que te digo es no haber nadie delante. ¿Tú le viste? Yo le vi cuando entraba a mi aposento. ¡Hola! Señor. Al momento decidle que venga aquí. Parece que lo ha entendido y se viene a disculpar. No querría imaginar que Alejandre sea partido porque me consumo en llanto. Luis, ¿cómo puede ser que hayas querido ofender a quien te regala tanto? El corazón se me abrasa de gran cólera y despecho por ver la maldad que has hecho con mi hija y en mi casa. El almirante es testigo de tu infamia, grande ídolo. XXXX Esto me faltaba solo tras perder tan buen amigo. Digo, señor, que no hay tal aunque él quiera defenderlo y me mataré sobre ello con él, aunque no es mi igual que, pues él me iguala así en esta traición cruel. Yo para vengarme de él le quiero igualar a mí. Tú eres traidor, pues lo intentas. Ya dije que mientes. Baste. Caballeros, no se gaste tiempo en cargarse de afrentas. Suplico a tu majestad campo abierto nos conceda donde averiguar se pueda la mentira o la verdad. Donde para descargo mío mostraré que valgo y puedo. Desde ahora os lo concedo. Pues yo acepto el desafío. Quince días ha de haber de plazo para el combate. El tiempo que se dilate largo me ha de parecer. Y a mi infinito. Yo voy a prender a la princesa, que me importa que esté presa mientras la sentencia doy. Temo de perder la vida y temo de tal compas, que es como quien vuelve atrás para dar mayor corrida, mas si ahora hice ofensa a mi pecho voluntario es porque tiene el contrario la verdad en su defensa. La cual es un sol tan fuerte que me cegará los ojos para que de mis despojos triunfe la enemiga muerte. Si no se hubiera partido mi buen amigo de aquí, salido hubiera por mí y por mí hubiera vencido. Pero, pues no hay alcanzarle sin grande peligro y costa, quiero tomar una posta y partir luego a buscarle. Murió mi padre y también quedaste por heredero, igual es el mal y el bien. No sé cuál te de primero del pésame al parabién. Déjales, pues son iguales mejor es que nos regales a mí y a tus gentes todas y que el día de las bodas, que está por venir, señales. Eso a tu gusto ha de ser. Sea ahora. Sea ahora. Lo primero es menester volver el luto, señora, en regocijo y placer, porque no parece bien que haya en palacio quien traiga ropas de tristeza. Iré a servir a tu alteza. Todos iremos también. Vosotros no os podéis ir hasta saber de mi boca lo que habéis de apercibir. Si es hacer lo que nos toca poco hay, señor, que decir. Ordenad por mi contento que se pregone al momento que por tiempo de ocho días hagan fiestas y alegrías en honra del casamiento. Y a los que mejor lo hicieren les perdonaré las parias que en un año me debieren porque enciendan luminarias que hasta el cielo reverberen. Y que para hacer torneos los caballeros se alisten y saquen tales trofeos que por las armas conquisten la gloria de sus deseos. Y que a la gente vulgar licencia se les conceda para tañer y danzar de tal suerte que se pueda el pueblo regocijar, porque es bien que la tristeza de lugar a la alegría. ¿Manda otra cosa tu alteza? Que vais con mucha presteza. De nuestro cuidado fía. Cuán alegre y cuán ufano me tiene el mundo sin ley, pues me tomó de la mano y me ha traído a ser rey por el camino más llano. Ya de su gloria ligera me considero en la cumbre, y ahora temo que quiera por conservar su costumbre volverme a lo que antes era. Señor, cierto caballero pide para entrar licencia. Es mi vasallo. Extranjero me parece en la presencia. Pues entre, que verle quiero. Porque el rey no ha de esconder su faz alegre y propicia a quien lo quisiere ver, que de ella ha de proceder la verdadera justicia. ¡Oh mi Alejandre! ¡Oh mi bien! ¡Oh amigo del alma mía! Esos brazos se me den por prendas de mi alegría. Y aun el corazón también y pues tanto nos unimos. Quizá ganamos corona, pues los dos nos convertimos en una misma persona, que es lo que primero fuimos. Que un cuerpo solo parece la inseparable amistad. La buena conformidad aqueste nombre merece. Pues, amigo, ¿qué se ofrece? Ofrecerte el alma y vida, mas lo que me trae ahora es tener a mi señora en una cárcel metida sin la del pecho en que mora. Viome hablarla el almirante y publicó mi delito, pero muriera al instante si el emperador invicto no estuviera allí delante. Desmentido al fin quedó y luego su majestad el campo nos otorgó, mas él defiende verdad y no la defiendo yo. Por temer el desafío vengo a pedirte mercedes. Pide pues, a tu albedrío. Que salgas en lugar mío, pues estás sin culpa y puedes. Estás por ventura triste por el cargo que te doy. Has de saber que lo estoy porque a mandarme viniste cuando yo a velarme voy, que a mi esposa y gente espero y no es bien hacerle ofensa. Pero bien es qué primero ponga la vida en defensa de amigo tan verdadero. Al fin yo quiero emprender por ti la batalla honrosa. Lo que tú puedes hacer es velarte con mi esposa, pues no te han de conocer. ¿Qué paga he de poder darte por merced tan sublimada? Mi honra quiero encargarte, pero no te encargo nada porque es amigo afrentarte. Ahora se ha de entender quién ganará más renombre. Pues tú, amigo, te has de ver por mí con una mujer y yo por ti con un hombre. ¿Quién será tan voluntario? ¿Quién ganará en este abismo? Nombre más extraordinario, yo en vencer a tu contrario, o tú en vencerte a ti mismo. Esto solamente digo y con solo esto me voy. Allá me llevas contigo. Mira que sepas, amigo, representar lo que soy. No te conozcan. Sí, haré. Quédate en paz. Dios te guíe. Y a mí por premio me dé que mi corazón se crie al calor de tanta fe. Gente viene en confusión me veré. El pregón ha sido publicado. ¿Qué pregón? Que estoy algo divertido en cierta imaginación. ¿No mandaste que en voz alta se pregonase al momento tu dichoso casamiento? Es verdad, pero, ¿qué falta? Dar principio a tu contento, pues con pompa y majestad a acompañarte han venido los padres de la ciudad, que acompañados han sido de la flor de nuestra edad. Las calles anchas y llanas cuelgan los vecinos de ellas con oros, sedas y granas y adornan con mil doncellas los balcones y ventanas. Gran música se concierta que tu fin próspero anuncia, y del templo hasta la puerta está la calle cubierta de verde espadaña y juncia. Y sin esto hay la belleza de su alteza que es la flor del bien de naturaleza. ¿Espéranme? Sí, señor. Pues vamos. Venga tu alteza. Este es el día que el agravio mío pierde la fuerza que un enojo cobra y cuando con furioso ardiente brío he de poner mi pretensión por obra y así salgo primero al desafío, que no hay paciencia donde el agravio sobra. Reporta un poco ese dolor terrible y piensa en pelear. ¿Cómo es posible que un francesillo, un niño, un rapazuelo, hubiese de cargar un almirante que como Atlante sustentara el cielo a ser verdad la fábula de Atlante? Eso no ha de servirte de consuelo, mejor es que no pases adelante, pues viene a perturbar nuestras razones su majestad que sale a los balcones. Solo en la guerra el bien o mal se encierra, de ella nacen las glorias y tormentos; guerra hubo en el cielo y en la tierra combaten entre sí los elementos. Hasta la vida es una mortal guerra que tiene el alma con los pensamientos y así es llamada entre otros muchos nombres hija de la malicia de los hombres. Con ella, ha de quedar clara y notoria del almirante la soberbia impresa, pues él ha de perder esta victoria o ha de perder la vida la princesa. Y aunque me pesa de perder la gloria, de que la pierda el mísero me pesa, que al fin le tengo amor tan excesivo que le suelo llamar hijo adoptivo. No se puede sufrir que ponga en duda tu majestad lo que sin ella es cierto, pero pues la verdad tengo en mi ayuda con ella ha de quedar mi agravio muerto. Mucho tarda Luis. Como no acuda, él pierde. Desde ahora lo concierto, mas en balde parece que trabajas que ya siento el ruido de las cajas. Aunque parece mal que me detenga, no he de perder por eso la victoria, pues no he tardado tanto que no venga a tiempo de llevarme el triunfo y gloria. Antes que fin este negocio tenga, volvedme a refrescar en la memoria lo que el uno del otro en esto siente. Yo que este fue traidor. Yo que este miente. Pues cada cual se vengue y satisfaga. Decidnos luego, príncipe arrogante, las armas que escogéis. Espada y daga o escójalas si quiere el almirante. Medidles las espadas. Que se haga buenas están. Pues toque al instante las cajas y comience la pelea. Dios sea conmigo. Dios conmigo sea. Ya queda vencedora la princesa y vencido el traidor a su despecho, ya con valiente orgullo le atraviesa la penetrante espada por el pecho. ¡Viva Luis, que mi amistad profesa! ¡Muera el traidor, que tanto daño ha hecho! Pero, pues le venció en que se detiene el vencedor dichoso que no viene. Ya no parece. ¿Dónde está? Yo creo que se partió en venciendo la pelea. Pues, para darle el reino que deseo, todo mi rey no se escudriñe y vea, sirva cualquier vasallo de correo. Si darme gusto y darle bien desea, búsquenle todos juntos que al momento le quiero dar a mi hija en casamiento. Es posible que he venido a tan miserable estado, que la fortuna me ha dado una mujer por marido y que, en vérmele delante, me enciendo en ira mortal y que vengo a querer mal a mi propio semejante. Todo este mal debe ser no posible mas forzoso, pues soy de mi indigno esposo aborrecida mujer, el cual, viniendo a dormir con su esposa deseada, puso entre los dos la espada que él no merece ceñir. Pero, si el cielo la vida y la ocasión me concede, él ha de ver cuánto puede la mujer aborrecida porque le daré la muerte que por él he padecido y buscaré otro marido menos discreto y más fuerte. ¡Espejo del alma mía, qué melancolía tienes! ¡Oh mi señor! ¿A qué vienes? A tenerte compañía, que no hallo en otra cosa reposo, sino contigo. Sí, porque estando conmigo tu alteza siempre reposa. Ya sé que quieres decir mal de mi descuido ahora, pero el descuido, señora, es voto y se ha de cumplir. Gran sed tengo, mandad luego que me traigan de beber. Poca sed puede tener quién tiene tan poco fuego. Manda que el agua reciba que yo lo tengo y bien grande. No será bien que lo mande a nadie estando yo viva. Basta, que un criado vaya. En todo enfrentarme quieres. Sobre todas las mujeres pones la más alta raya. Alejandre, sin segundo, tú solo tan grande bien le mereces con ser quien merece el mayor del mundo. Muy grande envidia tuviera a tu gran felicidad, si en la perfecta amistad, caber envidia pudiera. Luis. Alejandre mío. Ya tienes honra y esposa. Jamás esperé otra cosa de tu generoso brío. Dime, señor, ¿cómo fue? Llegué, peleé y vencí. Eso es poco para ti. Y mucho el volver. ¿Por qué? Por escapar del rigor con que, por el vencimiento, quiso darme en casamiento su hija el emperador, el cual con gente me hizo buscar por el reino todo. Tú ahora imagina un modo para hacerte encontradizo con la gente de manera que te den el triunfo y palma. Pluguiera a Dios con el alma pagar la deuda pudiera, mas es tu amor tan constante que cualquier paga es corta. Dejemos lo que no importa por lo que es más importante. Vete. Me voy y no te digo si guardé fidelidad, pues tú sabrás la verdad. El cielo vaya contigo. Huélgome que Luis haya salido con este enredo, que, si él va alegre, yo quedo mucho más de que él lo vaya. Bien puedes ya refrescar. Señora mía, ¿qué es esto? Ha venido el agua presto. Yo quiero disimular, tú la habías de traer. Toma. ¿Qué quieres que tome? De esta confitura y come para que puedas beber. Recibo en el alma mía este néctar soberano que, por medio de esa mano, mi buena suerte me envía, aunque tan grande merced, señora, ya me la debes. Poquito comes y bebes. Bebo conforme a la sed. ¡Hola! Señora. Tomad y llamadme alguna gente, que quiero que esté presente para ver cierta novedad. ¿Qué es esto en que me detengo? El corazón se me abrasa, traidores tengo en mi casa y aun en mi pecho los tengo, que esa ruin gente traidora, que está guardada en mi seno, ha sido mayor veneno que el que tú me has dado ahora. León, que, por tu interés, ahora me regalaste y con lazo la borraste lo que hiciste con los pies, soberbia, furia infernal, que de envidia te mantienes. Dime la razón que tienes para tratarme tan mal. ¿Qué hice? ¿En qué te ofendí? Quitadle esa ropa luego, echadla toda en un fuego. Harto fuego hay dentro de mí y harto dolor y quebranto. Traidor, falso, infame, loco. Tú puedes tenerme en poco y menospreciarme tanto. Por cierto, yo me rendí a un hombre de mucha fama, que nos opone en la cama una espada entre él y mí. Mira que Adonis tan lindo para tratarme tan mal. Pues mi amigo fue leal, desde ahora yo me rindo. Niéguele de rey mi gente y vaya desheredado de este reino que usurpado ha tenido injustamente. Llámenme al duque que ha sido del reino echado por él, que para vengarme de él, he de escoger por marido y pregónese al momento que nadie le dé favor so pena de ser traidor a mi real mandamiento. y Tiberio y Alejandre ¡Pardiez! Él queda galán, pobre tullido y llagado. Algunos me curarán. Vaya con Dios, hombre honrado. Vaya con Dios ganapán. Busqué un hospital. Procure buscar quien pueda curarle. No podré hallar quien me cure, basta que en mi tierra halle quién contra mí se conjure. ¿Qué es del rey? ¿Dónde está escondido? Miradle como quedó. ¿Qué mal tiene? Está tullido. Como del polvo salió en polvo se ha convertido. Es un maricón villano mal criadillo grosero. Hazle por tu vida hermano, una mamona. No quiero por no ensuciarme la mano. Este palo quiero darle en lugar del cetro de oro y a los niños entregarles para que jueguen al toro con el mísero en la calle. Guarda que le quiero dar cuatro papirotes solos, que me importa. No hay lugar, vaya, señor, rey de bolos, XXXX que le queremos birlar. ¡Oh dolor terrible y fiero! No hay mal que no me destruya, buscar a mi amigo quiero y, si muero en busca suya, en buena demanda muero. ¿Por qué no camina hermano? Casi a moverme no acierto con ser el camino llano. Muerto va. No va muy muerto, que aún le queda el pico sano.
JORNADA TERCERA
Con cuál justa razón miro y contemplo en esa miserable vida mía, de la gloria mortal un vivo ejemplo porque la noche es víspera del día. El perder del ganar y la tristeza lo suele también ser de la alegría. El frío del calor y la pobreza, porque el cielo ordenó que, de esta suerte, se venga a conservar naturaleza. Quiero decir al fin que, si se advierte, he sido de mi patria desterrado, siendo el más rico, más dichoso y fue, que volviendo a mi primero estado seré con la cual alma me mantiene dentro de poco tiempo desposado. Se advertirá el poder que el mundo XXXX porque del bien al mal no hay diferencia si el bien ha de venir cuando el mal. XXXX Por muchos años goce tu excelencia el reino y la mujer que ha merecido de la real estirpe y de tendencia. Sea vuestra excelencia bienvenido. Tampoco mi valor se galardona que de vosotros soy mal recibido. Como, en lugar de darme la corona, me habéis quitado el título de alteza que todo el mundo debe a mi persona. Gran decoro se pierde a mi grandeza, pero ninguno da lo que no tiene, y así, no dais, pues no tenéis nobleza. Ninguno me replique. Bravo viene, mas no pierdo por eso la esperanza de amansarle muy bien. Eso conviene. Quiero tomar del duque la venganza. Para poderlo hacer, dime primero de qué te has de valer. De la privanza y hablar ahora con la Infanta quiero, diciendo que, el marido que ha escogido, es un villano bárbaro grosero. Y que escoja a Lisardo por marido, que es un príncipe noble y muy afable de todo el mundo en general querido. Y, porque el pueblo no murmure ni hable, también lo trataré secretamente con solo el almirante y condestable que, si al duque le sigue mucha gente, también tengo yo gente de mi bando que es menos arrogante y más valiente. Como vendrá Lisardo que, en llegando, cualquier efecto la traición impide. De aquí le escribirán el cómo y cuándo. Si el tiempo y la ocasión así se mide, muera el villano que ser rey desea que, si antes de ser rey, alteza pide, majestad pedirá cuando lo sea. Con cuánta alegría vivo. ¡Oh Alejandre, con el bien que indignamente recibo! Por esa mano de quien soy dignamente cautivo porque nunca esperé menos de tus liberalidades que, si Alejandre a los buenos dio cuando mucho ciudades todas, reinos cuando menos. ¡Oh quién se hallará de suerte, que te fuera a visitar! Que en el alma hasta la muerte tengo guardado lugar para el contento de verte. Señor, un hombre mendigo está llamando a la puerta. ¿Qué pretende? Hablar contigo Tráele ahora me divierta, que pienso en mi buen amigo, porque el alma se reporta con el contento que aumenta y con el pesar que acorta. Señor, otra vez lo intenta y despedirle no importa. Ocaso terrible y fuerte, dime ¿qué quiere ese hombre? Señor, quiere entrar a verte y pídelo por el nombre de Alejandre. Escucha, advierte. Ese hombre por vida mía que me ha querido dejar el reino de cortesía, que por tal nombre alcanzar eso y lo demás podría. Dejadle entrar toda amistad con justa razón te tengo cifrada en mi voluntad. Con mucha vergüenza vengo ante vuestra majestad, por venir tan pobre y feo. ¿Has visto a Alejandre ? Di. Harto poco a aquel ví de la suerte que me veo, señor, delante de ti. Sabrás que queda tullido de su mujer desechado, del reino desposeído y de cualquiera cuidado rodeado y circuido XXXX. Padeciendo al fin quedo, sin faltar cosa ninguna de las que padezco yo, que, al vivo, en mí le pintó la madre de la fortuna. ¡Oh pena, dolor profundo! Porque en cuerpo, en vida, en muerte. Alejandre, sin segundo alguno ha de parecerte sino Luis en el mundo. Tu hombre que mereciste parecerle en los enojos. Dame de tu pena triste y mírame con los ojos que sus desventuras viste. Llega que quiero abrazarte porque en mí quede estampado el mal que quiero quitarte, y estando el papel bañado pasará de la otra parte y hasta el alma llegará que es de mi dolor testigo. Baste, amigo, baste ya. Has de saber que es tu amigo el que en tu presencia está. ¿Cómo es posible? ¡Ay de mí! Yo soy aquel desdichado que rey por mi daño fui y luego perdí mi estado después que el verte perdí. ¡Oh mi amigo! ¡ Oh mi señor! Sin falta dices verdad que ese sol de la amistad por las nubes del dolor traspasa su claridad. Posible es que de esta suerte te pudieron ver mis ojos. Pues he merecido verte triunfar la enemiga muerte bien puede de mis despojos. Pues, aunque el cielo lo impida, yo tengo de procurar darte la salud cumplida, la cual tengo de alcanzar o me ha de costar la vida. Hola. Señor. Luego al punto traedle con que se vista. De placer estoy difunto que no hay pecho que resista al placer que viene junto. Llegad, ponedle esa ropa y porque de aquí adelante tenga la fortuna en popa, juntadme luego al instante los médicos de la Europa que, pues los tengo en mi corte, yo haré que en darle vida den alguna traza y corte que no hay muerte tan temida ni vida que tanto importe. Cuéntame tu pena triste. Has de saber que, la espada que tú en la cama pusiste la noche desventurada que con mi esposa dormiste, fue la ocasión que viniese mi esposa a quererme mal y que, tan mal me quisiese, que una bebida mortal con cierto engaño me diese. Mil siglos tu nombre viva, vosotros, venid conmigo y una cuadra se aperciba donde Alejandre, mi amigo, regalo y salud reciba. Para que nadie murmure, ser médico no conviene porque cada enfermo tiene un médico que le cure. Y aunque en su modo es virtud por lo que es habilidad, reniego de facultad que aborrece la salud. Y en lo que toca al pagar, va la gente tan discreta que pagan como la dieta que solemos ordenar. Aquí visitó una dama, plegué a Dios que pagué bien. Señor, a palacio ven que su majestad le llama. ¿Qué se ofrece? Una junta. ¿Has sabido para qué? Bueno es eso en buena fe hacerme a mí esa pregunta. Sé que un enfermo ha venido y quiere su majestad curarle con brevedad. ¿Qué mal tiene? Está tullido. Para eso es menester ninguno donde yo estoy. Di al rey que luego voy en curando esta mujer. En su boca el desatino siempre crece y multiplica. Pásate por la botica y llevarás de camino una onza de iacaXXXX, dos de jarabe violado, tres de ungüento sandalado XXXX y cuatro de taca maca XXXX; que con esto y mi presencia volverá en su perfección. ¡Qué fuertes contrarios son la ventura y la prudencia! Miren quién tiene ventura de mandar a boca llena y en poder de que Avicena el mismo rey se asegura. Basta que la medicina, que tantos bienes ha hecho, ninguna cosa en provecho de Alejandre determina. Médicos mandé juntar para ver lo que conviene y dicen que el mal que tiene es difícil de curar. Un moro entre tanto espero que los demonios conjura para ver si por ventura sabrá lo que saber quiero. Aunque por ello me pida todo mi reino y mi gente, se le daré solamente que Alejandre tenga vida. Ya he sabido, señor, lo que deseas. No pides albricias. Oye, advierte, has de saber que para ciertas cosas tengo cuatro demonios regalados con fuerzas de palabras y conjuros en diferentes partes de un anillo. Y queriendo saber ahora de ellos de qué manera se ha de curar tu amigo, les conjuré guardando la costumbre, ya con tiernos halagos y caricias, ya con palabras de inmortal injuria, los cuales, compelidos del apremio, respondieron, señor, todos conformes. Si puede haber conformidad entre ellos, que no hay para Alejandre medicina que le pueda curar del mal que tiene si no es la sangre hidalga de tu hijo vertida por las manos paternales. Mucho me ha de costar ese remedio, pero, por la razón que cuesta mucho, será de más valor y más estima, quiero luego emprender este negocio y dar la muerte a mi querido hijo, que es la cosa más ardua y más terrible que ver pudieron los humanos ojos y lavar con su sangre el cuerpo triste, el que, por mi ocasión, está tullido. Tú le podrás bañar. Sí, señor. XXXXXXXXX Ejemplo de hidalguía y de nobleza. Huélgome de ver cual viene. A mí piedad y no por el mal que tiene, sino porque pueda ver la fe que mi amor mantiene. Que hay una deuda importante mal pagada y bien debida, pues le quitó al almirante honra y vida en un instante por darme a mi honra y vida, la cual le ha de ser buscada o el reino me ha de costar porque a la persona honrada le está mejor obligar que no quedar obligada. Mártir te hice y me has hecho, hijo del perfecto amor, y puesto en tan grande estrecho que no sé dónde mejor sepultarte que en mi pecho. La reina viene. ¡Ay de mí! Que verá por fuerza el bulto. Señor, ¿qué llevas ahí? Señora, un tesoro oculto que hasta ahora tuve aquí. ¿Tu majestad de qué llora? Pues le tiene. ¡Oh pena brava! Que el que veis aquí ahora no es el tesoro, señora, sino el arca donde estaba. De aquí con grande crueldad robaron del corazón juntamente la mitad. ¿Quién te le robó? Un ladrón que llaman buena amistad. Por cierto, él tiene buen nombre. Pues, amigo, ¿qué se ofrece? Señor, ya curé aquel hombre. Esta hazaña bien merece que por el mundo se nombre. Él viene a decirlo ahora, que será el mejor testigo. Alejandre. ¡Oh mi señora! Mas, ¿de qué llora mi amigo? Quizá de contento llora por ver del modo que vienes. Deja el pesar, huélgate. Huélgome amigo, ¿qué tienes? La salud que yo compré con el mayor de mis bienes. Muy bueno ha sido obligarle. Señora, si tú pudieras la salud que tiene darle, dime ahora lo que dieras por solamente curarle. Diera un tesoro subido, diera mi reino y poder por solamente curarle y, si fuera menester, diera el hijo que he parido. Tu misma te has condenado porque has de saber, señora, que tu hijo le ha curado con la sangre que yo ahora de su cuerpo he derramado, por ser el mejor remedio que hubo para darle vida. Ya estoy de ello arrepentida. Posible es que, por tal medio, cobre la salud cumplida. Ya que tal hijo perdí, yo quiero verle aunque muera. Déjame llegar a mí. ¡Milagro, milagro! Espera, que está vivo el niño. Sí. Grande bien. Grande alegría. Esto es alguna visión. ¿Qué hacías hijo? Dormía. Estos, caro amigo, son efectos de tu hidalguía que, el que las gracias reparte, cuando repartió el valor, te dio a ti la mayor parte, por merecerla. Señor, un príncipe quiere hablarte y en la antecámara espera. ¿Quién es? El duque Lisardo que hablarte solo quisiera. Pues entre, que aquí le aguardo. Señores, sálganse afuera y déjenme solo a mí. Allá te llevo conmigo. También te quedas aquí. Ahora viene otro amigo, para servirles nací. Deme vuestra majestad los pies. No por vida mía que la mucha cortesía, Lisardo, no es amistad. Pues, yo fundo mi esperanza en servir siempre a los buenos. No promete, señor, menos tu buen término y crianza. ¿Ofrecese algo de nuevo? Voy, señor, a cierta parte y he venido a visitarte por cumplir con lo que debo. Y si pides de mi estado, tengo mucho que decir y aun podría recibir el parabién de casado. Pues yo me huelgo infinito y desde ahora os le doy. Sabrás que casado estoy con la princesa de Egipto, de quien Alejandre ha sido poco tiempo ha desechado. XXXX Decidme quién lo ha tratado. Sus vasallos lo han querido y me han escrito una carta, donde el secreto se encierra diciendo que de mi tierra, sin ser conocido, parta. Que unos la quieren casar con el duque, su vasallo y otros quieren estorbarlo poniéndome en su lugar. puede a mí serme notorio el modo con que ha de ser. Sí, señor, y has de saber que, el día del desposorio, al duque le han ofrecido que por rey le han de jurar. Y entonces he de llegar como máscara vestido. Y antes que lo concertado se venga a cumplir en nada, meteré mano a la espada que es la seña que me han dado y acudirá en mi favor los que hicieron el concierto. Y esa gente, sabes cierto, que es la más y la mejor. Yo que de ellos me confío, seguro tengo el suceso. Pues en aguinaldo de eso habéis de ser huésped mío. Voy por la posta en verdad. ¡ Hola escuchad! Al momento adereza un aposento. Perdone tu majestad. Señor, yo mando en mi casa. Lo haré aunque me detengo. Del gran contento que tengo, el corazón se me abrasa y os ha reposar un poco. Voyme a recibir mercedes. Si tanto bien me concedes, fortuna volverme he loco porque Alejandre, mi amigo, vuelva a su primer estado. Quiero por fuerza o de grado que este hombre quede conmigo, que ya ha dicho de qué suerte la podrá cobrar mejor. ¿Qué haces amigo? ¡Oh señor! Quiero a tu tierra volverle. ¿A mi tierra cómo? ¡Baste! Que en cierto engaño consiste el cobrar lo que perdiste sin estorbo ni contraste. Luis, por merced te pido, que alivies mi corazón. Ha de ser con condición que, en cobrando el bien perdido, a verme hayas de venir y, en pago de esta amistad, del camino a la mitad te saldré yo a recibir. ¿Yo lo haré? Pues ven conmigo. Si por ti esta gloria gano, te tendré en cuenta de hermano. Mas quiero en cuenta de amigo. En extremo me acobardo con la sospecha que tengo de ver que tarda Lisardo. Y al duque, de quien me guardo, con palabras me entretengo. Señora, no hay que temer que por ventura es venido y no parece hasta ver del desposorio fingido el regocijo y placer. Habéis pues de procurar que esto se pase adelante porque yo no os quiero dar, rey soberbio, ni tomar marido tan arrogante. De lo que está concertado, tu alteza esté confiada. Y, ¿qué señal habéis dado? Que meta mano a la espada y arremeta al desposado. Digo al que se lo pretende y, acudiendo todos luego, haremos, si se defiende, que se consuma en el fuego que con su soberbia enciende. Y aun conforme airado estoy, pequeña venganza es esta. Con eso, alegre me voy. ¿Qué día ha de ser la fiesta de los desposorios? Hoy. Con mucha facilidad ha de perder el traidor el reino y la gravedad. Tiberio, Julio. Señor, ¿qué manda tu majestad? Alteza sola bastaba. Aun esto es poco. Ya sé que os burláis de mí a la clara y, si me enojáis, haré que la burla os cueste cara. Temple el enojo tu alteza. Desde ahora yo le templo y, para dar de ello ejemplo, idme a llamar con presteza al sacerdote del templo. Que me venga a desposar con la infanta, mi señora, y también podéis llamar a todo el pueblo que, ahora por rey me quiere jurar. Y que, en honra de Himeneo, hagan máscaras y danzas y alguna justa y torneo. Cúmplanse tus esperanzas como yo, señor, deseo. Este es el dichoso día y la hora deseada en que, la ventura mía de la tristeza sembrada, cogerá eterna alegría. Y pues de hombre forajido me vendré a ver de vasallos igualmente obedecido para poder castigarlos de la suerte que lo he sido. Y la gente he de vencer que a mandar el reino empieza, que en mi tierra no ha de haber más de sola una cabeza y esta la mía ha de ser. La reina viene al estrado, quiero irla a recibir. Vengo, señor, a cumplir la palabra que te he dado. Quisiera saber decir, señora, tus perfecciones por satisfacer en algo a tantas obligaciones, pero apenas de una salgo cuando entre ciento me pones. Eso no, señor, perdona que, por ser yo la obligada, quise elegir tu persona para darte la corona de todo el mundo envidiada. Y a las alas están puestas y lo demás que conviene que más caras son aquestas. Alguna danza que viene a regocijar las fiestas. Si a dicha fuese Lisardo. Holgaríame en verdad por cumplir mi voluntad. De punto en punto le aguardo que eche mano. ¡Libertad! ¡Traidores tengo en mi tierra! ¡Muera! ¡Muera este tirano! Ea, hermanos, armas y guerra. De esa poderosa mano, ¿qué podía suceder? Sino aquesta suma gloria. Por eso, déjate ver que no es pequeña victoria si vences a una mujer. Nadie le puede alcanzar que, huyendo el traidor, se salva. Bien te puedes ya mostrar y, con ese soldar, las nubes que te hacen salva. ¡Oh pueblo loco, atrevido! Ya Alejandre resucita del sepulcro del olvido, donde sepultado ha sido por vuestra crueldad maldita. Ahora he venido aquí con esta astucia de guerra, no por revolver la tierra, sino por volver por mí, que es donde el valor se encierra. Si os parece atrevimiento venir a vencer tiranos, llegad todos al momento y hacedme con vuestras manos mártir de mi pensamiento. Que yo lo tendré por bien, por vencer inconvenientes. Tú hablas, señor, tan bien que obligas a los presentes y a los ausentes también. Esto es milagro del cielo. Dadnos ya, señor, las manos. ¡Hermanos! Alzaos del suelo. Un rey que nos llama hermanos, que mayor gloria y consuelo. Tú, señora estas corrida de verme en esta ocasión. Quisiera perder la vida primero. Tienes razón, pero fuera mal perdida. Que la espada en tal lugar la puso un amigo mío a quien te quise encargar, mientras yo en un desafío, por él salí a pelear. Tú me quisiste ofender a mí que sin culpa estaba siendo mi amada mujer. Yo no mujer sino esclava de esa bondad he de ser. Yo, Alejandre, me arrepiento de haberte hecho tanta ofensa y, si el arrepentimiento no puede ser recompensa, lo será el dolor que siento. Es tan noble el corazón que tengo dentro en mi pecho y tal la satisfacción, que yo te pido perdón del agravio que me has hecho. ¿Qué pretendes, mi señora? Esos pies para besarlos y que permitas ahora que te adoren tus vasallos ya que tu mujer te adora. Eso no he de consentir, mas vamos con brevedad, que al momento he de partir a ver mi amigo y cumplir con la ley de la amistad. Señor mío, no te asombre si ha nacido tu tormento de aquel primer movimiento que no está en mano del hombre. Porque Alejandre tenía respetos de hombre de bien. No hallo en el mundo quien aplaque la pena mía, tanto tiempo le he buscado peregrino en tierra ajenada y no hallé sino la pena de jamás haberle hallado. El pensar que será muerto, la vida triste me quita y luego me resucita el no saberlo de cierto. Mándame albricias, señor, que el rey viene a tu cortijo. Si dijeras que mi hijo te las mandara mejor. ¿A qué vendrá a mi posada el rey? A darte riqueza. Quitáseme la tristeza y nunca me diese nada. Estéis en hora buena, hermano. Deme vuestra majestad la mano. A tan noble edad no suelo yo dar la mano, mas, porque entendáis que os muestro menos amor del que os tengo, habéis de saber que vengo a ser convidado vuestro. De ese pecho donde el bien vive, ese bien tan grande nace. No es grande por quien le hace, sino por quien le recibe. Hola, muchacho. ¡Señor! Mata cien gallinas, luego corta leña, enciende fuego y apareja el asador. El rey de Egipto ha de ser también vuestro convidado porque aquí está concertado que me ha de venir a ver. Tantos reyes en mi casa. Ya me parece que viene. Del placer que el alma tiene, el corazón se me abrasa. ¡Oh amigo! ¡Oh, mi señor! Bien tu palabra cumpliste. En la casa que escogiste he conocido tu amor. Tus manos quiero besar. Huésped, no estéis de rodillas. Traednos un par de sillas que nos queremos sentar. ¿No dices cómo te fue con aquel tu buen amigo? Algo enojado conmigo a su tierra le envié porque se queja de mí y en parte tiene razón. Cantad en esta ocasión aquel romance que os di. ¿Está hecha la comida? De su tardanza me pesa. Pues entre tanto la mesa puede estar apercibida. La que revuelve la tierra y el tranquilo mar levanta. La que sube a los caídos y a los levantados baja. La que, por ser de las cosas tan enemiga y contraria, de mudanza hace firmeza y de firmeza mudanza. La que nunca ha sido reina y a todos los reyes manda finalmente la fortuna, por acortar de palabras del padre más piadoso, endureció las entrañas de tal modo que le hizo echar al hijo de casa. Sin que hubiese para ello alguna bastante causa, mas de haber dicho el mancebo solamente una palabra. ¿De qué hacéis tantos estamos? XXXX Estas voces nos encantan porque son buenas y cantan una historia que sabemos. Historia es tan semejante. Tanto a la nuestra parece que el alma nos entristece. Músicos, pasa adelante. Y fue que le dijo un día una cosa harto liviana, diciendo que había de ser hombre de mucha importancia y, que sirviéndole todos, el padre le daría el agua para lavarse las manos y la madre la toalla. Por esta causa, este padre echó a su hijo de casa imitando a la avestruz que a sus hijos desampara. Grande castigo merece padre que fue tan cruel. Ten, señor, lástima de él, que harto castigo padece. Según eso eres el padre que esta letra ahora dice. Yo soy el padre infelice y esta la infelice madre que, en tantos males y tantas penas, por su ausencia estoy. Pues has de saber que soy Alejandre. ¿Qué te espantas? Yo soy el hijo que echaste de casa por su destino y el que por este camino hasta el cielo levantaste. Y, pues que rey me habéis hecho, llegad padres a abrazarme que bien pudisteis echarme de casa, mas no del pecho. Ya vistes la profecía cumplida al pie de la letra. Tanto el alma me penetra, hijo, la mucha alegría que no acierto a responderte de la suerte que lo siento. Temo que el mucho contento me ha de apresurar la muerte. Huélgome de conocer tus padres por regalarlos. Que, si han sido mis vasallos, mis reyes vendrán a ser y serán padres también, pues los dos somos hermanos. Quiérote besar las manos por esta tan gran merced. Muy bien se pueden sentar que ya tengo apercibida una espléndida comida que hora y media ha de durar. Si tan espléndida es, que ha de durar hora y media, acabemos la comedia y comeremos después.
