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Texto digital de Progne y Filomena

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Guillén de Castro y Bellvís
Atribución estilometría
Guillén de Castro y Bellvís Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido modernizado por Héctor Erazo Bernal y Lydia Fernández Martín.

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Cita sugerida

Erazo Bernal, Héctor y Lydia Fernández Martín. Texto digital de Progne y Filomena. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/progne-y-filomena.

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PROGNE Y FILOMENA

JORNADA PRIMERA

¿Son lagrimas? Son enojos que a un alma tuya se atreven. ¿Y con que nublados llueven mis cielos, que son tus ojos? Señora otra vez me abrasa y tu mal me comunica. Muchos males pronostica una ausencia que amenaza. ¿Quieres matar y morir, como en mi daño has pagado, con pesar adelantado la desdicha por venir? Que no es razón, considera, llorarla, mientras no viene. ¿Y cuántas desdichas tiene el que una desdicha espera? ¿No viste cubierto el mar de más naves que hay estrellas? ¿No viene tu hermano en ellas? ¿Y en ellas no ha de llevar a mi hermana, que es su esposa? Pues tú le diste la mano con poderes de tu hermano. ¿Y también no es cierta cosa haber tú de acompañarlos cuando me dejen a mí? ¿Pues son éstos males di para dejar de llorarlos? ¿Y es mi hermano tan cruel y tu padre tan extraño que antes que llegue éste daño no pongan remedio en él? Con hacerme a mi dichoso, si es que tu esposo he de ser. ¿Mas cierto mal puede haber que esperar el bien dudoso? ¿Puede haber mayores penas, mayor mal, mayor disgusto, que pender el propio gusto de voluntades ajenas? no apures mi sentimiento; que yo sé bien lo que siento y sé mejor lo que lloro. Fío poco de mi suerte, no resisto a mis enojos; lágrimas ciegan mis ojos cada vez que vuelvo a verte. Siento en mi pecho apretar dos manos a un corazón, que las de la ausencia son, pues aprietan sin llegar. Deja, pues me hacen guerra las fuerzas de éste recelo, que dé suspiros al cielo y lágrimas a la tierra. Y que me ahogue en los lazos del más delgado cabello, que me cuelgue de tu cuello y que me muera en tus brazos. Cielo hermoso, que afligido me tienes. ¡Ay, ojos bellos! No traigáis por los cabellos los males que aún no han venido. Pero, pues los sientes tanto sin venir, mortales son; que el llorar sin ocasión más es aguero que llanto. Algunas desdichas graves contra mi esperanza aplicas, que pues tú las pronosticas o las causas o las sabes. Si es así, ¿por qué me ofreces dudas que me vuelvan loco? No me mates poco a poco, que es matarme muchas veces. Acaba, pierde el decoro al amor que me has tenido, di qué sabes, di qué ha sido. No sé más de que te adoro. Este encogido temor solo es causa de éste efecto y que nace, te prometo, de tenerte mucho amor. Mas pues te puedo causar disgusto y a mi consuelo. ¡Ay de mí! No quiera el cielo que me pueda consolar. Disparan dentro una pieza Mi hermano entrara en el puerto, y hace salva a la Ciudad. Y con qué riguridad de sobresalto me ha muerto. De hielo el alma me ha hecho la congoja y el temor. ¿Amiga? ¿Amigo? ¿Señor? Señora, sosiega el pecho, por el cielo soberano. No hay sosiego que me cuadre. Que yo habré de ir con tu Padre a recibir a mi hermano. ¿Que te vas? Tómale de la mano. Pues ésta palma tan grande gloria me ofrece. ¿Qué pena tienes? Parece que te me arrancan del alma. Vete en paz. Queda con ella. y sale Progne con sangre en la cara, y cae al salir turbada. ¿Hermana? ¡Infeliz suerte! Llega a ver para mi muerte, prevenciones de mi estrella. ¿Qué es esto? ¿En qué has tropezado? ¿Qué sangre es esta? ¿Qué ha sido? De turbada habré caído. Como muerta me has dejado. Apenas nos daba el día su primera claridad, cuando en toda la Ciudad se publica que venía Tereo, tan deseado para mi dichoso empleo, que, sin la vista, el deseo hizo de fuego el cuidado. Mis damas, que lo supieron, con ello me recordaron, las albricias alcanzaron, en el aire me vistieron. Y después de haberme dado para el vestido consejo, pidiéndosele al espejo mis ojos para el tocado. De estar tan poco enseñada a madrugar, me dio allí tal sueño que me dormí sobre el brazo recostada. Y soñé, ¡válgame el cielo! Sosiega. Muerta me hallo. Señora. De imaginarlo me cubre un sudor de hielo. Soñé que el pecho me abría y el corazón me sacaba y a mi esposo se le daba, que a pecados le comía. Y estando de verme ansi hecha un león en braveza, hizo salva aquella pieza. Y yo, turbada, caí sobre el espejo del brazo, dando en él con cara y pecho. Hallele pedazos hecho y herime con un pecado. Halleme, viéndome así, afligida de tal suerte que por huir de la muerte me vine a buscarte a ti. Porque siempre sido has mi consuelo. Tuya soy. Pero tan sin él estoy, que no sé si lo serás. Si seré, si da lugar. aparte Mi pena, hermana querida, es un rasguño la herida, la sangre quiero limpiar. Y no será desventura la que lloras. ¿Cómo no? Escucha y direte yo de tu sueño la soltura. El darle tú, como es justo, en tan dichosa ocasión a tu esposo el corazón es disponerle a tu gusto. El comérsele tu esposo es admitirle y mostrar que en el alma ha de gustar de manjar que es tan sabroso. Eso fuera hermana mía si contento de mi amor le comiera con sabor, mas con rabia le comía. Disimulare mis males aparte Pero ya veo, no llores en mis cobardes temores estos agueros mortales. Silencio a éstas quejas pon, dele olvido a éste disgusto y espera con gusto el gusto, que los sueños, sueños son. Ya músicas diferentes vuelven el alma a tu vida, ya escuchas la bienvenida en las voces de las gentes. Serena los bellos ojos, deshaga tu pensamiento con el sol de éste contento las nubes de éstos enojos. Vence con ésta ocasión lo que te está amenazando. Dale a tu esposo en llegando a comer el corazón. Porque en echando de ver que con sabor le ha comido, verás tu sueño cumplido y no tendrás que temer. ¡Ea! Vuelve a tu alegría, no seas, hermana amada, la primer recién casada que la pierde el primer día. En tus palabras el cielo puso virtud sobrehumana; bien digo yo, dulce hermana, que eres siempre mi consuelo. Ya no temo, ya no lloro, ya tus brazos espero, con que terneza te quiero, con cuánta razón te adoro. El mismo cielo concierta tu consuelo. Ya le siento. Ya hija de éste aposento puedes salir a ésta puerta a recibir a tu esposo con el contento que tienes. con acompañamiento. vienes, hágate el cielo dichoso. aparte Perdóname, esposa mía, el ver que llego a tu alteza deslumbrado en tu belleza, descompuesto en mi alegría. Esta es Progne, y es tu esposa, porque yo su hermana soy. Engañado y muerto estoy. aparte ¿Qué le ha dado, extraña cosa? ¿Qué he de hacer tras éste engaño? Habré de disimular, arder, morir y callar, aparte pues es sin remedio el daño. ¿Qué tienes, Señor? ¿Qué has hecho? ¿Qué ha tenido Vuestra Alteza? Por no cubrir la cabeza nos ha descubierto el pecho. ¿Cómo a mi pena resisto? Hermana, ten discreción. Entre las dos. Que mal come el corazón que le ofrezco. Aún no le ha visto. Celosa sospecha fue aparte la q en mi pecho se ha entrado. ¿Qué fue? Salir mareado del mar y como baje con los ojos la cabeza, me dio un vaguido mortal. Pues pásarase ese mal si los vuelve vuestra alteza a mi hermana. Y con besar su mano. De marcado parece que estáis turbado. ¿Por qué dejarlo de estar? Quien os viere no es posible y más yo que vuestro soy. ¿Qué sentís? Muy malo estoy, y el curarme es imposible. Razón será que os curéis y yo soy a quien le toca el saber de vuestra boca la enfermedad que tenéis. Decid vuestro sentimiento. Mejor le sabré callar. Sentaos y manden llamar mis médicos al momento. Y quedaos para ese efecto más solo que acompañado, porque el estar mareado suele ser mal sin respeto. Y prevendrá vuestra esposa alguna conserva buena, por si el médico la ordena. Buena sí, mas no dichosa. Si es que me parece a mí que pena llevo. Que calma, adivino mis enojos. de mis ojos! ¡Ay, cuñada de mi alma! Muriendo estoy, salíos fuera. Ya le temo. ¿Qué esperáis? ¿No os he dicho que os salgáis? Y tú y todo, vete, espera. Sé su naturaleza y me espanta su rigor. Déjame, aguarda. Señor, ¿qué me manda Vuestra Alteza? Que te vayas, porque es mucha mi rabia. Poca mi suerte. Estoy por darte la muerte, vuelve, vete, escucha, escucha. ¿No soy tu hermano? El mayor. ¿No soy tu Rey? Está llano. Como Rey y como hermano, ¿ Tratete bien? Sí, señor. ¿No te fie mis cuidados? ¿No te dije mis quimeras? ¿No arbolaste mis banderas? ¿No premiaste mis soldados? ¿Mis consejos no registe? ¿Mis reinos no gobernaste? ¿Mis tesoros no gastaste? ¿Mis poderes no tuviste? ¿Con ellos embajador no viniste a ésta Ciudad, qué respondes? Que es verdad, Pero, ¿en qué falté Señor? A tratar tu casamiento vine a ésta tierra, en la cual te serví como leal y logre tu pensamiento. ¿Hame descompuesto alguno? ¿Fueron traidores mis tratos? ¿No te envié dos retratos, para escoger en el uno a Progne o a Filomena? ¿No escogiste a la mayor, que es Progne? Y esa, traidor, es la causa de mi pena. Ese engaño, esa cautela que en los retratos me has hecho, a los dos traigo en el pecho. Saca dos retratos. Arde el uno, el otro hiela. ¿Qué cara es ésta o que pena para mí con ser hermosa? Es de Progne, que es tu esposa. ¿Qué dice aquí? Filomena. ¿Quién es ésta? ¡Ay, mi alegría! es Filomena. ¿Y el nombre? ¡Dice Progne, infeliz hombre! ¡Ay, muerta esperanza mía! ¿Pues quién la culpa ha tenido de éstos engaños? Señor, hierro ha sido del pintor o mi desdicha habrá sido. Tuya es la traición, villano, tuyo ha sido el trato injusto, homicida de mi gusto, falso amigo, aleve hermano. Tú has querido, ¡ay, cielo santo!, darme a mi disgusto esposa y que herrara en una cosa que acertarla importa tanto. Al verlos la vez primera, se aficiono el alma mía a éste que Progne decía y de Filomena era. Y con Progne te escribí que concluyeses el trato y herrando como el retrato el nombre engañome a mí. Para perder los enojos, mira que es Progne tu esposa más que Filomena hermosa, aunque no para mis ojos. aparte ¿Tú me consuelas traidor? Yo confieso que es más bella, mas donde hay fuerza de estrella siempre es más fuerte el amor. La hermosura da contento oída y vista después y ansi de las almas es siempre el primer movimiento. Mas, si el discurso lo apura y la inclinación alcanza simpatía y semejanza, atropella la hermosura. Y ansi aunque le den la palma a la más hermosa, es justo cortar medidos al gusto los hábitos para el alma. Yo entendiendo que escogía a mi Filomena bella, empape la vista en ella, entrose en el alma mía. Firmó la esperanza antojos para en su fuego encenderme, vine abrasado por verme en sus brazos y en sus ojos y hallome ahora casado con su hermana. ¡Ay, justos cielos! En sus penas, y en mis celos se despeña mi cuidado. Y éste mortal desconcierto de ti villano ha nacido. ¿Por qué cruel me has vendido? ¿Por qué, enemigo, me has muerto? ¿A tu ingrato corazón que ofensas le pude hacer? luche contigo al nacer? ¿Hurtete la bendición? ¿Por qué me has muerto cruel? ¿Por qué agrarios, a qué fin has querido ser Caín de quien siempre te fue Abel? ¿Yo, Señor? Deja que pene. Si me escuchas. ¿De qué tratas? No me hables, que me matas. Estoy por hacer, ¿quién viene? Los médicos fuera están. No acertarán a curarme Y, si vienen a matarme, ya yo muero. No entraran. Tu esposa viene y mi cielo. Mi muerte dirás mejor. No hay remedio en mi dolor. Ni quietud en mi recelo. ¿Rey mío? ¿Señora mía? Fingir es cosa mortal. Habéislo pasado mal sin comer en todo el día. ¿Enfermedad de la mar dura tanto? ¿Hay tal engaño? Ha sido notable el daño. ¿Si es que tiene algún pesar? No parte de ella los ojos. todo aparte ¿Cómo se miran? ¡Ay, cielos! Ya mis sospechas son celos. Ya son muerte mis enojos. Ya he conocido mi pena. De ésta conserva comed. Es del cielo ésta merced. Para el estómago es buena. Para el alma había de ser de un corazón ofendido; aparte tengo el gusto tan perdido que no la podre comer. Cualquier gusto se esfuerza cuando la ocasión es tal. Lleva mi estómago mal cosas comidas por fuerza. Comed voluntariamente de las que os sepan mejor. No da licencia el doctor, que es un grande inconveniente. Dejarte morir no es justo, come, Señor, un poquito. Préstame tú el apetito, pues me has engañado el gusto. Come, hermano. Arderme siento con mil causas, de mil modos. Por tu vida y la de todos. Es muy grande el juramento. Comérelo, aunque con ello hubiera de reventar. Toma con la cuchara de la conserva y detiénese al llevarla a la boca. Que morir y que mirar. Pendiente estoy de un cabello. Notable merced ha sido. Notables son mis enojos aparte ¿Ya te sale por los ojos antes de haberlo comido? Comolo con más amor que gusto. Que mala fuera, a ser cosa que tuviera necesidad de calor. Porque se te hubiera helado entre la mano y la boca. Como es la gana tan poca, lleva de espacio el bocado. Come ahora, Tereo. Como había sus recelos. todo aparte Como declara su amor. ¿Hay tal pena? ¿Hay tal rigor? Ardo en amor. Rabio en celos. ¿No coméis otro bocado? Solos dos pude comer. Ahora podréis beber de un licor tan extremado. Que no se sabe su igual; bueno en cualquiera ocasión para el mal de corazón. Yo padezco de ese mal. Y sin duda será bueno de tal mano. Tú le fía, Da el vaso a Progne. désele tú. ¿Y de la mía qué será? Será veneno. aparte Y de la vuestra, con mucha gloria le podre beber. Quien finge con su mujer, aparte con el mismo infierno lucha. El Rey viene. ¡Cosa rara! con ser padre, de ser suegro no parece que me alegro, y entendí que me alegrara. O yo me engaño o Tereo; Qué dolor el alma siente. Con el gusto diferente tiene encontrado el deseo. ¿Estáis mejor, hijo amado? Milagroso ha sido el medio que ha tenido mi remedio. Y el que alivia mi cuidado. Vamos, que mis gentes todas que con el alma os reciben, se alegran y se aperciben a celebrar vuestras bodas. Para después ya os espera el tálamo apercibido, donde mi hijo querido; Penado y rabiando muera. Me deis nietos regalados a quien tenga por luceros, y en quien tengan herederos mis reinos y mis estados. Fuera ansi, si ajeno amor no le quitara el sosiego. Vamos, hijo. Vamos luego pues tú lo mandas, Señor. ¿Cómo estás? Ya sano. ¿Cierto? dichosa soy si lo estás. Con la mano que me das me das salud y me has muerto. Señora, yo voy muriendo. Ésta noche te veré, no faltes. Sin alma iré. ¿Ya sabes dónde? Ya entiendo. Entranse todos. Enemiga mortal del claro día, noche cobarde y fría, no cubra el cielo tanto el triste velo de tu negro manto. Deja ver seis estrellas, aunque alguna infeliz, todas bellas. Mándame el Rey que con cuidado vea lo que saber desea de su Progne y Tereo y todo es infeliz cuanto veo, que su gran desventura se ve más clara en noche tan oscura. La blanca Luna de su lumbre avara cubre la hermosa cara, suenan a mis oídos no armonía de cantos no aprendidos, sino los más suaves graznidos tristes de nocturnas aves. Que horror siento en el alma y tengo el pecho como de hielo hecho, temeroso deshago las rayas de éstos círculos que hago; ninguna luz recibo, a tiento éstos caracteres escribo. Ministros viles del eterno fuego acudid a mi ruego, pero no tendréis modos, pues cuantos hay en el infierno, todos estaréis ocupados en solo dar tormento a dos casados. De vuestra propia mano habéis compuesto el tálamo funesto, con su campo y esquinas de pedernal y que produce espinas; que ya no es cama blanda, de fuego son las sábanas de Holanda. O en mal punto tratado casamiento, que es infernal tormento mesclar por accidentes dos sangres en calores diferentes, donde naturaleza repugna al gusto y vence a la belleza. ¡Oh, viejo Rey! ¡Oh, Padre desdichado! ¿Por qué el cielo ha criado tan poco venturosas a tus dos hijas? Pero son hermosas y es siempre la hermosura anuncio claro de desdicha pura. Que al revés se ha logrado tu deseo, ¡Oh, infeliz Tereo! Y tu Progne hermosa, bástate ser aborrecida esposa; quiero ver si imagino para vuestro remedio algún camino. con habito de noche Que propia noche del prolijo día que turbó mi alegría, ya tarda Filomena, mas basta ser la gloria de mi pena para que tarde tanto. Es influjo de estrella. ¡Cielo santo! ¿Qué voz entre éstos árboles he oído? Tengo loco el sentido, que es influjo de estrella dijo. ¡Ay, triste! Ce, ce, ce. Seña es aquella, ¿será que desvarío gloria del alma mía? ¿Señor mío? Yo vengo muerta con venir a verte. Agueros son de muerte. ¿Oíste quien lo dijo? Detúvome ésta voz. Y yo me aflijo. Que más presto saliera; escucha. Allá me llego. Espera, espera. Que muerta quedaré si sola quedo, de congoja y de miedo; ¿Qué hay entre éstos jardines que pronostica mis tempranos fines? Para ofrecerme dudas alma y lengua tendrán las cosas mudas. Sosiégate, Señora. ¿De qué suerte, si me espanta la muerte? No cielo soberano, que yo confío en mi piadoso hermano que lograra mi intento. Esto muerte ha de ser, no casamiento. Al Rey daré razón de lo que he visto. Ya el temor no resisto, muerta estoy de medrosa. ¿No oíste aquella voz? ¡Notable cosa! levantome el cabello, pasome el corazón, ¡Ay, ángel bello! ¿Si es que ha sido ilusión del pensamiento? ¿Si es fingido tormento que fragua la memoria para turbarme el gusto de ésta gloria? Verdadero es el daño, que en dos almas conformes no hay engaño. Assi lo entiendo yo y he procurado divertirla el cuidado. Señora ya parece que se aplaca el horror. Y el llanto crece. Cesen tus bellos ojos, que del miedo se forman los antojos. Es justo el miedo en tantas ocasiones y no son ilusiones ni son antojos todas. ¿Qué desdichas son éstas o que bodas? Donde ha sido forzoso ver tantos ofendidos de un quejoso. ¿Qué le ha dado a tu hermano? ¿Qué ha tenido? Que éste daño ha nacido de su cordura poca. Tiene por ti mi bien el alma loca, con nombre de tu hermana le abrasó tu belleza soberana. Vieron sus ojos vuestros dos traslados con los nombres trocados y ansi en tu imagen bella por escogerte a ti, nombróla a ella, permisión de los cielos, porque él muera de amor y yo de celos. ¿Pues como, en mi valor no estás seguro? Hiedra soy de tu muro, a tu firmeza asida estaré como el alma con la vida. Assi al cielo pluguiera, que como el alma es tuya, yo lo fuera. Assi pudiera yo aliviar mis penas sin consultas ajenas. Assi hubieran topado éstos temores sólo en mi cuidado y éstas altas montañas de inconvenientes sólo en mis entrañas. ¡Ah! Si yo sola la fortuna fuera, qué de dichas te diera y vieras, como es justo, el ser tu solo dueño de mi gusto. Éste bien cielo hermoso me basta solo para ser dichoso. Y fiar poco en tu valor no ha sido los celos que he tenido, ni temer tu mudanza, que en mí no arguyen poca confianza, sino un justo despecho que opuesto al corazón revienta el pecho. Mas pues me animan tanto tus favores, ya cesan mis temores, ya no será importuna de hoy más contra mis cosas la fortuna, a mi hermano Tereo hoy pienso declararle mi deseo. Eso ha de ser con tiento y con recato, Y a ves su injusto trato. Yo sabré de su boca si es que le tienes siempre el alma loca. De no tenerla cuerda, como hare yo para que no te pierda. Ya yo mi bien lo tengo imaginado, pero pido sobrado. Si con mi amor lo mides, aunque pidas sobrado, poco pides. Pues me sobra ventura entre tu discreción y tu hermosura. Haz que tu hermana a vuestro Padre pida con alma enternecida que de ti acompañada haga con menos pena ésta jornada. Podrá más bien hacerla y tu conmigo irás, si vas con ella. Mi remedio sería, cosa es llana, y el hacerlo mi hermana cosa fácil seria, porque es mi corazón la hermana mía. Y tan amigas fuimos, que siempre un alma entre las dos tuvimos. Pero quedar mi Padre sin consuelo, que no querrá recelo. Si hará, si tal belleza lo procura con llanto, y con terneza; que no podrá, Señora, la que con bellos ojos pide y llora. Llorare con mil almas, con mil vidas, lagrimas no fingidas, si el corazón advierte que va en ello el gozarte o el perderte. Por verse en mi alegría a competir contigo viene el día. Descuido ha sido estar en éste puesto ¿Qué amaneció tan presto? En tales ocasiones es propio dos amantes corazones a quien amor gobierna desear que la noche fuera eterna. Voyme. Señora, aguarda. Estoy cobarde, y no es razón que aguarde, ni puedo por tu vida. Tienen a éste jardín vista y salida por puerta y por ventana el cuarto de mi Padre y de mi hermana. Y podrían nos ver, ireme muerta, ¿no abren aquella puerta? Y es mi hermano Tereo. ¿Él es? pues yo le temo. Y yo le veo. ¿Qué tanto ha madrugado? En nada pareció recién casado. Harto ha dado que notar lo mucho que has madrugado. Que llorar hubiera dado si me dejara acabar, de afligido y de abrasado. Escondido es bien que aguarde. Deja pues que el alma mía cuando más se abrasa y arde salga a ver la luz del día, que nunca la vio más tarde. Deja que clara y serena dé algún vado a mis enojos. Arroja esa agua más buena que la que me dan mis ojos amarga como mi pena. O si tal virtud tuviera, que hasta el corazón llegara y de alguna fuente fuera que sus efectos trocara, aunque su fuego encendiera. Mudárame el pensamiento, y lograda mi esperanza viviera alegre y contento. Señor pues que mi privanza esfuerza mi atrevimiento; Di libremente. ¿Tu esposa no es muy bella? Puede ser envidiada y no envidiosa. Es en cara, en talle, en ser acertada y milagrosa. Es para todo extremada, es única y fuera justo el ser del mundo adorada. ¿Qué tiene para tu gusto que te ofende? No me agrada. ¿Por qué razón? No hay razón donde éste extremo se ve. Es quimera, es ilusión y es en fin un no sé qué que nace del corazón. Y es tan fuerte y poderoso a los ojos y al dese, y en el alma tan forzoso, que hace agradable lo feo y aborrecible lo hermoso. Y en mí hay más, que éstos antojos son causas de aborrecerla; pues cuando entre mis enojos pongo los ojos en ella, tengo el alma en otros ojos. Por más que atento he escuchado, ninguna palabra he oído. Todo por ser desdichado, todo porque me ha perdido un traidor que me ha engañado. Estoy muerto. ¡Cosa rara! Quiero hablarle, el cielo quiera ayudarme, pues me ampara. Él es, más presto viniera si más presto le nombrara. Temblado llego. Éste ingrato por interés de su gusto trocó el nombre del retrato. Veré si perdió el disgusto en lo apacible del trato. ¿Hermano? ¿Señor? Sospecho que olvidó el pasado antojo. Si con malicia lo ha hecho veré encubriendo el enojo, para descubrirle el pecho. ¿Parece que estás contento? Tengo ya hermano querido muy diverso el pensamiento, porque al bien no conocido dio luz el conocimiento. Mil años puedas gozar tu esposa y señora mía. Ya no quiero dilatar lo que decirte quería, si a solas me das lugar. Que presto cayó el mancebo, salíos fuera. Es gran merced. @ todos dejando solos a los dos hermanos. Mas como es pájaro nuevo, para cogerle en la red fue menester poco cebo. Que ciega está la razón cuando el amor la entorpece, pues suele haber ocasión todo aparte que en los amantes parece simpleza lo que es pasión. ¿No dices? Por mí comience el amor que me lastima. ¿Qué tienes que te averguence? Una esperanza me anima cuando una duda me vence. Deja dudas, ¿no las ves vencidas de mi favor? Dame primero los pies. Los brazos toma, traidor que han de matarte después. A tratar tu casamiento vine a ésta tierra y en ella atreudo el pensamiento puso en Filomena bella en un año amor de ciento. Con apacibles rigores me dieron sus luces bellas esperanzas y temores, pero, después, como estrellas me influyeron sus favores. A su voluntad honesta dispuesta a mi amor deje. Pero ahora solo resta que por ti, Señor, esté la de su Padre dispuesta. Para verme levantado al cielo desde tus pies y dejarasme obligado a que yo bese después la tierra que hayan pisado. Tu sangre soy, haz Señor que en mis desdichas helada no quede. Y a ser traidor porque siendo colorada tú la mudaste el color. Levanta, ya sé tu trato porque ha sido desleal. Quiero fingir con recato, no vea en su original los engaños del retrato. El alma tengo encogida, aparte mucho duda. Estoy pensando que es muy breve mi partida. Y yo estoy muerto, esperando en la respuesta la vida. No dudes que será buena, pues cuando salte lugar a tu gloria, de tu pena será remedio el tratar que acompañe Filomena a su hermana y después sea lo que el tiempo te prohíbe y tu corazón desea. Dichosos premios recibe el que en servirte se emplea. Y Filomena ha de ser la que esfuerce tu quererla. Por eso no ha de perder, pues está en mí el disponer de cuanto estuviere en ella. ¿Que lo has visto? En los cielos de sus ojos. Bellos son. A traidor con que recelos aparte me averigua su traición para abrasarme en mis celos. ¿Qué otros favores te ha hecho? Infinitos. ¡Ay de mí! Y para estar satisfecho tengo. Acaba, que esa y me atraviesa todo el pecho. Di, di. Palabra me dio de ser mi esposa. Estoy loco, ¿y has la gozado? Eso no. Ni has de gozarla tampoco. Sólo flores por tributo me ofrecieron sus favores. Sólo en esto seré astuto. Pues yo secaré éstas flores antes que te rindan fruto. Vamos, pues me has enterado de tu suerte venturosa y el remedio que te he dado trataremos con mi esposa y déjame a mí el cuidado. Darasle a mi corazón sumo bien, con la esperanza de tan dichosa ocasión. La traición, cuando es venganza de traiciones, no es traición. Ya son pesares presentes desdichas pronosticadas. Son un caos de inconvenientes condiciones encontradas por estrellas diferentes. Y es el quererlas juntar mezclar con la paz la guerra, con el contento el pesar, a los cielos con la tierra y con el infierno el mar. Pues, ¿qué remedio ha de haber? Ninguno. Si es verdad, mira, que puede tanto el saber, que suele a veces vencer las estrellas. Es mentira. ¿Pues de qué sirve mirar por el daño venidero, si no se puede excusar? Y quien le sabe primero dos veces siente el pesar. Vete. Perdona, Señor. No me veas, ni me nombres una ciencia que en rigor sirve de dar a los hombres adelantado el dolor. ¿Mi hija? ¿Señor? Mi bien, de los brazos de tu esposo a los de tu Padre ven, que estoy para estar celoso enamorado también. Pues éste abrazo no es menos tierno, aunque te toca con tan diverso interés. Déjame poner la boca adonde pones tus pies. ¿A quién pudiera? ¿Qué es esto? ¿Lloras? Lloro de alegría de verme en tus brazos puesto. Oh, maldita Astrología aparte en que confusión me has puesto. ¿Cómo te va con tu esposo? Yo imagino que lo fuera de tiempo una eternidad, si en el alma no sintiera el ver con la brevedad que he de partirme y quisiera suplicarte. ¿Dudas? Di. Recelo que he de enojarte. ¿Pues ha de ser contra mí tu gusto? Como el dejarte, el apartarme de ti Me tiene tan afligida, para pasar con la pena de ésta ausencia, ésta partida, quisiera que Filomena fuera apoyo de ésta vida. No digas más. A ayudarme viene allí. Pues viene. ¡Ay, Dios! sin duda que por dejarme os concertasteis las dos para venir a matarme. No lo permitan los cielos, yo mi padre cosa es llana que vengo a pedirte celos, pues los tengo de mi hermana. Mis dos hijas, mis consuelos. Vos mi bien, mi gloria, ¿y vos dejarme queréis en calma? ¿Solo me dejas? ¡Ay, Dios! Dos mitades de mi alma no advertís que sois las dos. Siendo ansi, mirad que es cierto sin la una quedar mal y sin las dos quedar muerto. ¿Qué es esto? Yo estoy mortal, de todos será el concierto. ¡Ay, tal padre! ¡Ay, tal terneza! Ea, mis hijos decid, venced mi naturaleza; rogadme todos, batid esta flaca fortaleza. Dadle luego la batalla y pues a la edad se humilla considerad para darla, que, si es dudoso el rendirla, será cierto el derribarla. No venimos a afligirte, ni ha tenido el suplicarte que tu llamaste batirte, intentos de derribarte, si no es posible rendirte. Mi Padre advierte mejor, que si mi hermana querida quiere llevarme, es Señor por sentir en su partida con menos pena el dolor. Y entiéndese que ha de ser para un tiempo limitado, porque yo no he de querer que el mismo que el ser me ha dado pierda por mi causa el ser. ¿Y con qué seguridad esperará tu consuelo esta vida en ésta edad? Alargáratela el cielo un siglo, una eternidad. Y mi vuelta será breve, que pues halla mi salud cuando el tiempo se le atreve en ésta vejez virtud y calor en ésta nieve. Sin ti no podrá, Señor, tener vida. Yo me rindo a vuestro gusto. ¿Hay mayor discreción? Ay, mi Teosindo, a qué me obliga tu amor. Dame las manos. Y a mí los pies. A las dos esperan mis brazos. A estar assi los míos, dichosos fueran. Qué venturoso nací. También esperando estoy tus manos. Y con los brazos advertid hijo que os doy mi corazón a pedazos. Dichoso mil veces soy. En mis dos hijas llevad mi corazón verdadero y cual quedo imaginad, pues es vuestra la mitad, y me le lleváis entero. Por mi Filomena bella mirad Tereo, por Dios, y por mí, que voy con ella, pues por vuestra esposa en ella miras por ella y por vos. Es el mayor interés de mi vida. Gloria y palma de mí que la adoro es. Llevárela yo en el alma, para gozarla después. Palabra me habéis de dar de volverla a mi poder. Yo mismo la he de volver. Y yo la pienso gozar, pues que mi esposa ha de ser. Señor. ¿Qué tienes? Señor malas nuevas te han traído. Aquí las verás mejor. Dale una carta fingida. Notablemente ha fingido. Todo es gusto, todo amor cuanto arroja por los ojos. ¡Ay, mi Teosindo! ¡Ay, mi cielo! ¡Ay, soberanos despojos! ¿Mas, qué atrevido recelo en mis glorias mezcla enojos? ¿Qué tiene mi hermano? Hermano para tales novedades importa tu esfuerzo y mano, un rebelde y un tirano me tienen ya tres ciudades. Mi reino está en confusión y mi tierra alborotada, con la mitad de mi armada ve luego. Desdichas son de ésta mujer desdichada. ¡Ay, fortuna! ¡En qué me pones! Sucesos han sido extraños. ¿Cómo ya no te dispones? Quien engaña, sufra engaños y quien es traidor, traiciones. El tiempo es bueno, a embarcar ve luego, que ya te espera la gente, el tiempo y el mar. Que no la pudiera hablar. Que no le hablara si quiera. Tú y yo, Señor, trataremos de dar priesa a mi partida. De lo que importa tratemos. Es la fortuna atrevida aparte para mí llena de extremos. Vengareme de los dos. Ay, fortuna engañadora, quién se fiase de vos. A Dios ¿adiós? Teosindo. Señora. Muero. Muero. A Dios. A Dios. Entranse todos. Fin del Primero.

JORNADA SEGUNDA

Y éste papel le quite. Muéstrale acá, tenle atado. Peligro corre el pescuezo aparte de estar como están las manos. Toma el papel Tereo y lee la firma de él. ¿Qué miro? ¿Qué letra es esta? Tu Teosindo, ¡cielo santo! ¿Qué me promete ésta firma? ¿A quién escribe mi hermano? Lee el papel el Rey. Después que el Rey, mi Señor, está en su casa de campo, he perdido la ocasión de poder verte en palacio. Por esto y porque se acerca, como tú sabes, el placo, si te atreves, estoy yo resuelto y determinado. De que vamos a ponernos yo a los pies y tú en los brazos de tu Padre, que ha de ser menos cruel que mi hermano. Si se te ofrece ocasión, hoy o mañana cazando, acudirás donde vieres tremolar un lienzo blanco. Y hallarás entre unas peñas que te esperan dos caballos y el alma que más te adora, guardete el cielo mil años. Tu Teosido. ¡Gran traidor! ¿Que tienes? Muero, Ricardo. Lee éste papel y mira nuevos enredos y engaños. Que haré ahora, cielos justos, si lo sois haciendo agravios. ¿Cuantos Dioses me persiguen si es verdad que tenéis tantos? Enviadme algún remedio y despedid algún rayo que haga ceniza éste pecho que ha que se abrasa seis años. No muera yo poco a poco, mas un pensamiento extraño se me ofrece en éste punto. Suelta, suelta éste villano. Vuelve a pegar ésta nema. Dale Si de éste peligro escapo, del Dios de los alcahuetes Cupido será el milagro. ¿ Pegastela ? Medio bien. Eso basta, amigo, hermano sabes a quien has de dar este papel. Estudiado lo traigo de donde vengo. Pues ve a ponerle en sus manos y un tesoro te prometo si callas lo que ha pasado y sino la muerte espera. Yo lo haré, pierde el cuidado, pues cumplo con quien me envía y a ti servicio te hago. Yo apagare de ésta vez este fuego en que me abraso. ¿Cómo? Gozando la ingrata que me desdeña ha seis años. Lo que no pudo mi ruego, lo que no pudo mi llanto, ha de poder lo que puede un hombre desesperado. Considéralo mejor, y perdona si te canso, pues lo mucho que te debo pienso que en esto te pago. Cinco años ha que persigues a Teosindo y otros tantos a Filomena y en Progne tienes un hijo de cuatro. Y una hija que habrá un mes que tiene cumplido un año. Son dos estrellas los dos, dos ángeles soberanos. Y dos partes de un espejo donde tú te éstas mirando, pues al vivo en cada una se ve tú mismo retrato. Mira pues, Señor, si puedes ver con los ojos vendados, que ofendes en tu cuñada tu mujer, hijos y hermano. A ti mismo y a los cielos y de tu intento inhumano la humana naturaleza parece que forma agravios. Deja que goce Teosindo un bien que le cuesta tanto. Calla, no blasfemes, calla, ¿gozarla tienen sus brazos? Primero verán tus ojos lleno de estrellas el campo, lleno de plantas el cielo, y revuelto y trastornado el general firmamento, cielos, mares, montes, llanos, volviendo a ser caos confuso deshecho cuanto hay criado. ¿No miras que me consumo? ¿Y no adviertes que me abraso? ¿Que estoy loco y que no estoy para consejos, Ricardo? Escucha, sírveme en ésto. Hareme por ti pedazos, que, si el consejo es de amigo, la obediencia es de criado. Toma gente y donde vieres levantar un lienzo en alto, allí hallaras a Teosindo, tenle tomados los pasos. Y si viene Filomena, puedes prenderlos a entrambos. Y si no viene y el Sol diere la vuelta al ocaso, prende a Teosindo. ¿Y después? Lo demás quede a mi cargo; no te descuides. Descuida. Parte luego. Luego parto. Esta vez han de vencer aunque les pese a los hados, las fuerzas a la ventura, si pueden las fuerzas tanto. Aquí está el Rey. Y aquí viene la causa de éste desasosiego, de ésta pena. aparte Venturoso papel, dichosa suerte. aparte ¿Señor mío? Señora de mi alma, mi bien, hijo querido, ángel hermoso. Padre del corazón. ¡Ay, hijo mío! vuestra sangre es la ingrata a quien adoro, aparte perdonad si la ofendo, porque vence a éste amor tierno el suyo riguroso, pues, aunque a vos con toda el alma os quiero, ella me abrasa el alma con los ojos. Deme un abrazo que a mi madre lleve. Tomad mi bien, llevádsele. Mi madre tome éste abrazo. ¡Ay, hijo de mi vida! Dichoso lazo que ligáis dos almas de dos naturalezas diferentes. Notablemente quiere el Rey al Príncipe. Pierde el seso por él, es cosa extraña. Día de caza es hoy. Hermoso día. Bellos rayos da el Sol. Hoy ha salido más claro y más curioso que otros días. ¿Cómo curioso? Si nos muestra el campo con tanta variedad pintadas flores y vemos éstos montes coronados de su divina luz resplandeciente, ¿no es la curiosidad de quien la causa? Dices muy bien, por cierto, en el semblante señala que el papel ha recibido. aparte ¿Saldremos hoy al campo, Progne mía? Tú eres en todo dueño de mi gusto. ¿Qué dice nuestra hermana? Que salgamos, con propósito estoy de hacer un vuelo que será para mí de mucho gusto. Ella leyó el papel, su allegoria aparte me lo asegura más. Denme un caballo que corra como el viento. Amiga, hermana, alegre estas, ya no me afliges tanto con tu melancolía. Algunas veces los que la tienen más parecen locos cuando se alegran. Manda que aperciban, porque salgamos luego, no se pierda esta buena ocasión. Será tan buena, que me lleve a los brazos de Teosindo. Ella te ha de poner en éstos brazos, aunque se contraponga la fortuna. Al campo sale el Rey. Hola caballos. ¿Y vos saldréis a caza, mi lucero? Si madre y un león traerle quiero. Laberintos intricados valedme en ésta ocasión, pues siempre los montes son amparo a los desdichados. Clava la hasta en una peña. Tu señal, pues suele así dar seguro tu blancura, esta gloria me asegura, que estoy fiando de ti. Tu amor liberal y franco haz que acierten los despojos de éste blanco aquellos ojos, pues soy el fiel de éste blanco. Y pondrete para ejemplo pintando en él mis historias, por trofeo en tus vitorias o por tablilla en tu templo. Llegad quedo, la señal sobre aquel cerro ha clavado, pues le tenemos cercado alerta. éste puesto es tal, Que si no se va volando es imposible escapar. Paciencia, que hemos de estar escondidos y callando. Entranse El lienzo lejos de aquí levantó, levantaos vos y haré cuenta que los dos se levantaron por mí. Pues si va allá Filomena en manos ha de caer de Ricardo para ser después gloria de mi pena. Si aquí viene, gozaré más presto de sus abrazos, pues vendrá a dar en los brazos donde mil siglos esté. Señal blanca levantada que de paz lo sueles ser, hoy por ti la he de tener con mi enemiga adorada. Hoy si los hados no están más crueles que la muerte, he de tener buena suerte, aunque en blanco me la dan. Bolar ha sido el correr, ¿dónde me lleva el deseo? Dos lienzos en alto veo, ¿a cuál iré? ¿Qué he de hacer? A mi elección ha quedado el escoger, yo soy muerta, pues es cierto que no acierta en cosa el que es desdichado. Está muy lejos aquel y éste donde ahora voy está tan cerca, que estoy a bien pocos pasos de él. ¿Si estará mi bien allí? Si estara, yo advierto bien que está muy lejos y el bien siempre está lejos de mí. Pero advertir me conviene, que el que en desdicha es mortal, él mismo se acerca al mal cuando más lejos le tiene. ¿Dónde iré? ¿Si son consejos de mi muerte que se acerca? Huir el bien de tan cerca, y buscar el mal tan lejos. ¿Que donde está el alma mía no está el humo de su llama? ¿Ni con suspiros me llama ni con centellas me guía? ¡Ay, Teosindo! ¿Dónde están tus cuidados? ¿Qué se han hecho? ¿Cómo el amor de tu pecho no me atrae como imán? Cielo, resuélvome en esto, guiad mis intentos buenos, que aquí podre por lo menos desengañarme más presto. ¡Ay, desdichada! Quién fuera como el viento, más no puedo, que lazos me pone el miedo. Muerta soy. Espera, espera. No me niegues tanta gloria. A que desdicha he venido. El enemigo caído segura está la vitoria. Señora, levanta. Hermano, ¿qué diré? Si os conociera, ni huyera ni cayera. Mil veces dichosa mano. Esta sí es de veras palma para quien la adora y toca. Deja que llegue a la boca la que me ha robado el alma. Soltad hermano, yo a vos os debo tal cortesía. Si la dejas porque es mía, de una sangre son las dos a que te estoy ofreciendo y la que vienes buscando. ¿Qué le diré? Estoy temblando, aparte ¿Qué he de hacer? Estoy muriendo. ¿Qué dijiste que buscaba? De ti lo quiero saber. Vine perdida, y por ver si mi hermana, porque andaba cazando. Turbada estas, ¿tan lejos y entre éstas peñas a tu hermana? Por las señas, loca estoy. Perdida vas. ¿Qué me dices? Que no se lo que buscaba sin mí y que con hallarte a ti muchas desdichas hallé. Ahora te entiendo, ahora te puedo yo responder, que eso solo ha de nacer de un desdichado, Señora. Mas, de hoy más será ninguna mi desdicha y con razón, pues que tan buena ocasión vence a tan mala fortuna. Quiere tomarla de las manos y ella defiéndese. ¿Qué intentas? Sin alma estoy. Hacer mi suerte dichosa. Hermana soy de tu esposa, sangre de tus hijos soy. Rey, Señor, hermano. Cielo tan amable y tan esquivo, nieve pura, fuego vivo en que me abraso y me hielo. ¿No miras? ¿Qué he de mirar? ¿No escuchas? ¿Qué has de decir? ¿No adviertes? Qué he de advertir cuando me siento abrasar. Mis afrentas he advertido, tus agravios he mirado, con todos he peleado y ninguno me ha vencido. Que mi amor en tu desdén hace inmortal ésta pena, ángel, gloria, Filomena, pintada te quise bien. Considera, viendo el trato de un hermano desleal, que hará en tu original el que adoro en tu retrato. Por lo que sabes pase en discurso de seis años, que hizo mayores mis daños y nunca menor mi fe. Por ti, por mí, por mi esposa, por mis hijos, por los cielos, con sospechas, con recelos, el alma amante y celosa. Esperé, callé, sufrí, como entre brasas estuve; suspiré, lloré y anduve más en los aires que en mí. Cercado de inconvenientes y de impaciencias deshecho, con el infierno en el pecho tomé el cielo con los dientes. Pero ya enemiga mía mi ciego amor enojado ésta mina ha reventado que ha tantos años que hacía. Ya llega su furia brava haciendo el fuego su oficio, a bolar éste edificio que sobre su honor fundaba. Perdóname, calla, y ten de paciencia mil escudos, pues tantos testigos mudos te lo suplican también. ¿A tan gran traición, Señor, te determinas? ¡Ay, triste! ¿Estás loco? ¿Cuándo viste cuerdo amante y Rey traidor? No puedo más. ¿Qué pretendes? Cielos, aves, fieras, plantas, mira que a la tierra espantas y mira que al cielo ofendes. Que castigo no mereces por el mal que solicitas. Tanto mi amor acreditas cuanto tu agravio encareces. Advierte a que desconcierto me obligas, sabe que estoy, mira que dos veces soy tu hermana. Y dos mil me has muerto. Tu hermano. Amor le destruya. Es mi esposo y te prevengo de que en mis entrañas tengo sangre que también es tuya. Preñada estas, ¿cómo ha sido? Sí, Señor. ¿Cómo ha pasado? ¡Ah, traidor! ¿Qué te ha gozado? ¡Ah, infame! ¿Qué me has perdido? En tu Palacio; Di, di. Se dio ocasión a éste daño, porque no bastó tu engaño por quien se apartó de mí. Ni prisiones, ni destierros, ni otras mil dificultades que pueden dos voluntades. Añadir hierros a hierros. Calla, infame. Ten los brazos, deja que salga si quiera un Ángel al mundo, espera. Yo he de sacarle a pedazos, Si en mi gusto no consiente el tuyo, pues yo me rindo a mis celos. De Teosindo he de ser eternamente. Calla. Teosindo ha de ser para conmigo infinito. Ay, instrumento maldito, lengua y lengua de mujer. Falsa, liviana, indiscreta en lo proprio y en lo ajeno, con más corte y más veneno que lanza, espada y saeta. Ella me ha muerto, ¿no ves que rabio? De celos muero. Saca la daga de la cinta. La lengua cortarte quiero para gozarte después. No impida ahora mi gusto ni diga después tu agravio. ¡Ay, Teosindo! Cierra el labio, no des voces. ¡Cielo justo! ¡Cielo! Terrible es mi desventura, pues cuando mis manos y pies me sacan de un imposible, los ecos me están llamando con la mitad de mi nombre. ¡A qué parte, infeliz hombre! ¿Dónde voy? ¿Qué estoy pisando? Va topando y levantando todas las prendas que les cayeron. De mujer es éste velo, toca es esta, ¡ay, de mi vida! Y es de mi bien conocida, este es guante, éste es pañuelo. Quien ropa a la mar echaba grande borrasca corría, de fuego el agua sería, ¿no es sombrero? Cosa brava. Y es del Rey, extraño exceso, pero respetarle quiero, que es la corona el sombrero de los Reyes, ya le beso. Mas, hallarle aquí no abona de un tirano la malicia. Cual andara la justicia, pues anda ansi la corona. Mas, digalo éste cabello esparcido y arrancado, pues ya puede el más delgado seguir de lazo a mi cuello. ¡Ay, sospechas infelices! ¿Qué temo? ¿De qué me avisó? Derribar el árbol quiso quien le arrancó las raíces. Daga y en sangre teñida, ¿y es del Rey? ¡Tirano amante! ¿Qué veo? Y más adelante rastro de sangre esparcida. ¿Si es de mi esposa? ¿Si ha sido tan cruel quien la sacó? Que ha sido en ella otro yo antes muerto que nacido. ¡Ay, de mí! No debe haber en mis venas ni una gota, pues mi sangre se alborota sangre mía debe ser. Yo soy muerto, a sangre y fuego publica amor ésta guerra, pues que el acero y la tierra tiñen sangre, ¡Ay, amor ciego! No hay recelo que me impida, su rastro sigo y mi suerte. Mas, ¿qué imagen de mi muerte veo en la que fue mi vida? Filomena, ¿quién te hirió? Ni me responde, ni toca; sangre arrojas por la boca, mi bien, y palabras no. ¿No hablas? ¡Injusta calma! ¿Qué tienes? ¡Infame mengua! ¿Quién te ha cortado la lengua y me desespera el alma? ¿Qué dices? ¿Que el Rey ha sido? Mayor daño he sospechado, Filomena, ¿hate gozado el traidor que te ha ofendido? @ con la mano en la cara. ¿ Cubreste el rostro y me dejas? Cierto es mi mal, ya traidor, no hay vida para mi honor, ni cielo para mis quejas. Hecho estoy un Mongibel, pues ardiendo quedo helado. ¿Seguirela? Soy honrado, ¿dejarela? Soy cruel. ¿Pero en qué culparla puedo, si ha sido fuerza de un Rey? Pero el rigor de la ley dice que afrentado quedo. ¿Dejarela? ¿No es posible que se mate he de querer? Donde no hay culpa, ¿ha de haber afrenta? ¡Rigor terrible! Mas, es mancha que ha caído por desdicha o por engaño, que no tiene culpa el paño, pero no sirve el vestido. ¿Pues qué hare? Matarme quiero, pero no es consejo sabio el morir sin que mi agravio quede vengado primero. Pero no sabré mejor si ha sido tan grande el daño. Quizá yo mismo me engaño de apasionado, ¡ay, amor! No te será cosa nueva el vencerme, muerto soy. ¡Perdona honor, yo no voy! Sino que el amor me lleva. Aquí, aquí, que a nuestras manos ha vuelto. ¡Infeliz suerte! No pudo venir la muerte a mejor tiempo, a villanos. Entranse acuchillando. Es el de Tebas bravo Caballero, gran Príncipe, gran Rey y en ésto haces como prudente y sabio. Poner quiero a tan prolijas guerras largas paces. Y el gusto de tu hija Filomena pienso que no aniquilas ni deshaces. Ella está de éstos tratos bien ajena. Más sabiendo mi gusto, ten por cierto que trueque en tanta gloria tanta pena cómo me da su ausencia, que estoy muerto de cuidado, que un punto no perdona mi edad dormida en mi dolor despierto. El de Tebas Señor irá en persona a Tracia por su esposa. Es el Tebano digno merecedor de mi corona. Ha tenido Tereo con su hermano guerras civiles, preso le ha tenido, y de esterrado ésta y así no en vano me tienen mil cuidados afligido, de que a mis hijas y mis ojos hayan parte de éstos pesares ofendido. Por más que vengan y por más que vayan cartas suyas y mías, mis temores y sobresaltos a matarme ensayan. De Tracia llegan dos Embajadores en un bajel que pienso que alas tiene por lienzos sobre el agua voladores. Fuera está el uno. ¿Cómo se detiene? Entre al momento, yo soy muerto, ea. No es buena nueva, pues volando viene. ¿Qué siento? Embajador no sé qué sea, pero mi corazón sobresaltado por el pecho a pedazos se pasea. Cuando el Embajador viene enlutado la embajada es mortal, di presto, amigo, ¿tu Rey es muerto? Vivo lo he dejado. Y a su esposa también. ¿Qué estrella sigo, es muerta Filomena? Aliento tomo para decir lo que muriendo digo. Dame la muerte y no con pies de plomo. Murió Señor. Si Filomena es muerta, morirme quiero sin saber el cómo. Muerto le habrá el pesar, esto concierta una tan gran desdicha en ésta silla. Llevémosle a la cama. Cosa es cierta que mata porque asombra y maravilla. Cuéntanos éste caso, ¿cómo ha sido? Aunque me acabe a mí, quiero decirla: un día cuando el sol recién nacido asomado a los montes mostró el prado de hierbas y de flores guarnecido, salió Tereo a caza acompañado de su esposa y cuñada, que salía suelto el cabello como el sol dorado. Parece que la veo cual venía en un caballo y tal que al mismo Apolo en uno de los suyos parecía. Tanto que desde el uno al otro polo los ojos no podrán ni los oídos gozar extremo igual porque era solo. Yendo pues en la caza entre nidos, salió un venado, vieronle los perros y ayudamos con voces sus ladridos. Y trepando por unos y otros cerros, parece que al caballo plumas puso en el lugar que le pusieron yerros, la infeliz Filomena, pues traspuso un monte y otro y luego no la vido sino el Rey, que a seguirla se dispuso. Que se halló entre unas peñas escondido y en un caballo que fue menos ligero porque debió de ser más bien regido. Refirió el Rey después, ¡oh, trance fiero! A su esposa con luto, llanto y pena de su hermana el suceso lastimero. Dijole que volando Filomena en su caballo por un monte arriba, cuya espalda da al mar no blanda arena. De allí se precipita y se derriba hasta hacerse pedazos encontrando agudas puntas y de peña viva. Y que como llego a la mar rodando, algún pez la comió, pues no parece, aunque la entraron a buscar nadando. Lo que hizo su hermana no parece cosa posible, porque fue una cosa que hasta los insensibles entristece. Con golpes afeó su cara hermosa y no admitiendo un punto de consuelo, lloró afligida y afligió llorosa. En todo puso luto y aun receló que, arrojando suspiros, quejas, llanto, con nubes intento ponerle al cielo. Su esposo ni sus hijos pueden tanto que alivien su pesar, que es poderoso a darle amargo fin, si el cielo santo Con el tiempo, que es médico famoso, no cura su dolor. Ha sido cierto un suceso espantable y lastimoso. El Rey ha vuelto en sí de casi muerto y a los Embajadores hablar quiere de Tracia y Tebas. ¡Cielo! ¿Cómo acierto aparte a encubrir tal traición? No es bien que espere. Vamos, ven. Vamos, si el dolor profundo no ciega al Rey y de pesar no muere, guerra ha de haber que atemorice el mundo. Suspende un poco el llanto. El ver su tibio efecto me enloquece, porque no lloro tanto como la causa del dolor merece y como yo querría. ¡Ay, eclipsado Sol! Hermana mía, en la mar te pusiste, adonde suele amanecer su lumbre. Más en mi daño, ¡ay, triste! Todas las cosas mudan de costumbre y así en el mar que paso el oriente de todos es mi ocaso. A divertirte aspira, el apacible sitio, ameno y fresco de éstos jardines mira. Lo que me aflige más eso apetezco. ¿No te alegran no llores árboles verdes y pintadas flores? En un canastillo trae muchas flores. Toma las que he buscado, diviértete en hacer un ramillete curiosamente atado. Quiero probarlo, aunque el dolor me apriete. Muestra a ver qué frescura, Toma las flores. qué regalo, qué olor y qué hermosura. Comienza a hacer un ramillete. Durarán de ésta suerte frescas hasta mañana. Aunque son bellas, para tan breve muerte parece disparate el componerlas; Así es la vida humana, que hoy está en flor y secase mañana. Rompe el ramillete y arroja las flores. Rompe luego esos lazos, siembra esas flores por el suelo frío, caigan hechas pedazos en el profundo mar del llanto mío, pues cuando así las trato, de mi querida hermana son retrato. Sino alivias un poco el pesar, matárate el sentimiento. Tengo el sentido loco. Pues truje prevenido el instrumento, ¿quieres que cante? Canta, da al de mi muerte pasos de garganta, dulcemente cantando moriré tiernamente, canta, ca, ya te escucho llorando, para que entre las dos de cisne sea mi amarga despedida. Da tú la voz, que yo daré la vida. Sobre una peña fría Canta la Criada. opuesta al mar y no mudable al viento. ¡Infeliz suerte mía! No cantes, calla, rompe el instrumento. No aumentes mis pesares, no me acuerdes de peñas y de mares. El teatro me enseñas donde fue mi tragedia, arroja fuego el volcán de esas peñas y en esos mares la paciencia anego. ¡Ay, hermana querida! Cómo es mi muerte la que fue mi vida. Aflige y maravilla tal extrañeza. Aquí quiero sentarme, dame esa almohadilla, Sientanse las dos. por divertirme quiero atormentarme, pues que tal llego a verme, Sacanle una almohadilla. que es en mí el afligirme entretenerme. Divierte a las mujeres su labor, si la tienen de costumbre. Yo la hablare si quieres. Antes pienso aumentar la pesadumbre, que divertirla. ¿Es ella? Ésta es la Reina. Y como el sol es bella. Yo llegare primero, que soy quien éste huerto le cultivo. Aquí dibujar quiero la infeliz causa de mi llanto esquivo, porque con más cuidado llore el original viendo el traslado. A buena ocasión vienes, pues trata de dibujos y labores, ¿son buenas las que tienes? En todo el mundo se hallarán mejores. Temblando estás. ¿Qué quieres? Siempre me pierdo por hacer placeres. Siempre desdichas hallo. Aquí pondré la peña y aquí en ella tropezando el caballo y aquí a mi hermana, aunque, sangrienta, bella, cayendo, y si hallo modo, a mi desdicha pintare entre todo. Pero que cifra aguardo en que puedan caber mis desventuras. ¿Señora? ¿Qué hay, Lisardo? Pues tratas de dibujos y pinturas, éste que es mi pariente trae un lienzo labrado extrañamente. Y si es que te contenta, para vender le trae y una historia trágica representa, que la que tienes siempre en la memoria ha de borrarte espero. ¿Eso cómo es posible? Bella quiero. Mudándole el sentido y dando una verdad a una mentira. Dale una toalla y labrado en ella la desgracia de Filomena. No es un hombre atrevido que a una mujer con una daga tira y en la boca la toca y arroja sangre al pecho por la boca. La lengua le ha cortado y el tocado y vestido descompuesta, como que la ha forzado. ¡Válgame el cielo! ¿Qué desdicha es ésta? ¿No dice aquí Terco? ¿Y Filomena aquí? ¿Qué es lo que veo? Hermano, ¿quién te ha dado ésta desdicha viva? Éste tormento en un lienzo pintado? Discurra en tu memoria el pensamiento, tú misma lo adivinó. Lee éstas letras que hay de esquina a esquina. Lee las letras. Esto hizo en mí el traidor y más lo que pudo hacer contra mi gusto en mi honor. Pues la pena al paladar te tiene la lengua asida, los ojos y los oídos con más atención me aplica. Un día al dejar el sol nuestro horizonte sin día y yo el arado volviendo a mi casa que es mis indias. A la que traspuse un valle por una peña partida, para dar paso a un arroyo entre pizarras y guijas. Como una voz que, gimiendo y no pronunciando, grita, alterándome el oído me hizo curiosa la vista. Vi por las faldas de un monte una mujer que venía, dejándose entre las matas a pedazos las basquiñas. Con una daga en la mano más sangrienta que lucida, amenazando con ella ya a los vientos, ya a sí misma. Tras cada suspiro, sangre a los cielos escupía, que dejó su hermosa cara de salpicada teñida. Llegué a ella y llegué a tiempo que desmayada caía sobre agudos pedernales y en los brazos recogila . Llévela a mi pobre casa de buenos intentos rica, adonde fue tiernamente adorada y acogida. Lastimándonos a todos ver que dos almas tenía la una ya entre los dientes y la otra en la barriga. Y al cabo de algunas horas volvió en sí y en pocos días pudo quedar de la lengua curada, mas no servida. Pues ninguna cosa hablaba, más pienso que no quería. Que, aunque es verdad que la tuvo de arriba abajo partida, le faltaba tan poquito, que era imposible impedirla, a no tenérsela atada el pesar o la desdicha. Permitió después el cielo que con menguada alegría saliese a su luz un ángel con más belleza que dicha. Porque apenas le vio envuelto en unas pobres mantillas, cuando de furiosa loca y de rogada ofendida, en el brazo y en la mano el niño y la daga misma que ella trujo, amenazando a quien la estorbe o la siga. Como víbora pisada, como leona parida entre unos montes metiose y por señas me decía que éste lienzo te trajese. Hicelo y es bien que admitas sí erré, mi buen celo solo y perdones mi osadía. Oh, traidor, oh, falso amigo, vil esposo, infame arpía que en mi mesa y en mi cama ensucias mi sangre limpia. Cielo justo, tierra injusta, pues no vengas, ni castigas, ni tu centro tiene entrañas, ni en tus Dioses hay justicia. Rasgase las tocas y arrancase los cabellos. Éste cabello arrancado, éstas tocas y éstas cintas fueran lazos a éste cuello, y yo verdugo a ésta vida más por vengarme primero es bien que rabiando viva. ¿Señora? Dejadme todos. ¿Qué tiene, madre? ¿Qué grita? Venid, hijo de un traidor, de casta infame y maldita, pagará tanta inocencia culpas de tanta malicia. Matareos aunque sois mío, pues me afrento de que digan que os he dado tan mal padre y que es suya cosa mía. No quiero yo que en el mundo crezca tan mala semilla y hereden otras mujeres en mi sangre mi desdicha. Por ser retrato de aquel que a ésta venganza me incita, para atormentarle el alma quiero quitarle la vida. Vos seréis el corazón que yo soñando afligida a pedazos me sacaba y que él rabiando comía. Comerá su misma carne, beberá su sangre misma, reventará de dolor, será su muerte inaudita. Y no habrá dado mujer tal veneno a tal herida, tal venganza a tal agravio, ni a tal valor tal envidia. En lo que hizo mi padre, ¿qué culpo yo madre mía? Cuando otras cosas no hubiera que me provocan y obligan, porque sois hombre no más os quitara muchas vidas. Que soy mujer y en mi pecho está en su punto la ira. Dame esa espada. Señora. Ha de morir quien me siga. Madre mía. Hay tal rigor, ya le ha dado dos heridas, ya le corta la cabeza. Lo mismo hará de ésta niña. Llévala tu entre esos montes. En Etiopia o en Citia donde me hiele o me abrase, pienso tenerla escondida. Cuando los montes de Tracia en sus grutas o en sus minas no me escondiesen, yo voy donde mi estrella me guía. ¿No es Teosindo? Todo va perdido. Yo estoy perdida. El verle a la Reina espada desnudó la espada mía. Ya pues la tengo en la mano no he de volverla a la cinta hasta envainarla en el pecho de éste tirano homicida de mi gusto, de mi gloria y de mi honor, muera y viva con la fuerza de mi agravio la venganza y la justicia. Hartareme de su sangre, aunque la mitad es mía. Señora, sangre en las manos y horror y espanto en la vista. ¿Qué puede ser? ¡Ay, Teosindo! Éste lienzo te lo diga. Si ésto hace en ti el retrato, ¿el original qué haría? ¡Ay de mí! Que vi, Señora, a tu hermana y a mi vida como aquí la ves pintada, medio muerta y medio viva. Quedé helado y quedé muerto, huyó de mí y al seguirla escape de mil espadas, y busquela muchos días. No dejé en los montes cueva, pero sus ecos lo digan, que están cansados de oír mis quejas, y mis desdichas. Pero al fin desesperado, muerto entre lágrimas vivas, busque amigos, junte gente, y la tengo apercebida para hacer una venganza que espante al mundo. La mía será ejemplo de los hombres y del mundo asombro y grima. Ven, favoréceme en ella donde primero te diga muchas cosas que te espanten. Verasme hacer maravillas, pues es de los dos la ofensa. Yo haré que los hombres digan, que hace cruel la venganza quien de una mujer la fía. ¿Qué no es posible prender a Teosindo? Señor, no, pues dos veces se escapó. La causa debe de ser el seguirle con respeto y darle todos lugar para poderse escapar. No lo será de ese efecto. Sino el ser no obedecido yo, porque soy desdichado. El corazón me ha quedado casi muerto de afligido. No reposo, no sosiego, combátenme mil enojos. Con el agua de mis ojos atizo en mi pecho el fuego. Yerro fue el haber dejado a Filomena con vida, que una mujer ofendida es un ejército armado. Y aunque entre montes quedó casi muerta Filomena, tanta razón como pena tengo de temerla yo. Entre aquellos arrayanes ponen la mesa. He de ser hoy huésped de mi mujer. No habrá música y trúhanes. Entre rosas y jazmines me ha convidado a llorar, porque le ayude a regar con mi llanto éstos jardines. Ya viene, si he de poder fingir con ella, el casado mal contento y bien criado más que discreto ha de ser. A cruel de tal mudanza no me revienta el pesar por ver que el disimular tiene parte en la venganza. Mi Reina, tanto llorar, ¿qué pechos no ha de mover? Rey mío, tanto perder, ¿qué piedras no ha de obligar? Consuélate. ¿Cómo? Ay, triste. Viendo que el cielo es autor de ésta desdicha. Ah, traidor, que tú el instrumento fuiste. aparte Por eso el mayor consuelo que admiten éstos enojos es remitir a los ojos injurias que son del cielo. Porque si yo averiguara del abajo que otro fuera en quién vengarme pudiera, en parte me consolara. Y esa regla tiene en mi excepción, ¿qué dices? No. Luego, ¿si lo hiciera yo? También te matara a ti. Cruel a mi amor estás siendo tuyo eternamente. El agravio más se siente de lo que se quiso más. ¿Al fin yo estuviera bueno a darte tal ocasión? De tu mismo corazón te compusiera el veneno. Y hoy lo pudieras hacer, pues que soy tu convidado. Ven donde está aparejado para dártele a comer. Y espero que será tal, aparte que castigue tus traiciones. De éstas preñadas razones temo algún parto mortal. Qué de veces el color ha cobrado y ha perdido. Aunque en ella he conocido notables muestras de amor, qué temer y qué dudar tengo yo, que en la mujer es el mucho aborrecer el envés del mucho amar. ¿Qué sangre pudo y llegó casi a mancharte la mano? Fue atrevimiento villano. Bien tal lugar mereció. Que es de Reyes y podría competir con la mejor. ¿De qué te alteras, Señor? No digo bien, pues es mía. Aquí me callo ésta poca por descuido. Hate salido por la nariz. Harto ha sido no salirme por la boca. Comienzan a comer. ¿Cómo así? Con el pesar de otra que viste verter, que quizá debió de ser por ese mismo lugar Ya pasa de sospechoso aparte este hablar. Este guisado de mi mano te he guisado. Y aún por eso es tan sabroso. Come y revienta cruel. aparte Gustare de que lo pruebe mi hijo, traedle. Bebe, Toma la copa y un jarro, pues yo, mientras van por él, te doy la copa. Podría desvanecerme el favor. Échale sangre en el vaso. ¿Qué sangre es esta? Traidor, esta sangre es tuya y mía. Estoy de sentido ajeno. ¿No bebes? De ella he de hartarme, pero no quiero matarme con tan infame veneno. ¿Qué furias te han incitado? Quiero volverla a tu pecho por tus ojos. ¿Qué me has hecho? Que como piedra he quedado. Demonio, mujer, abismo, ¿qué es de mi hijo? Cruel, ¿cómo preguntas por él sí le tienes en ti mismo? De la carne que has comido es ésta sangre y es tuya. Ésto, el cielo te destruya, es verdadero o fingido. Ésta cabeza, traidor, te lo dirá. ¿A quién mataste? Una lengua que cortaste te lo dijera mejor. Hijo, ¿sois vos? ¡Ay, de mí! Ayudado de éste acero a vueltas del alma quiero vomitar lo que comí. ¿Qué bruto o qué bestia fiera pudo sus hijos comer? ¿Ni pensar que una mujer en un ángel esto hiciera? Más merece la mudanza y el agravio de un traidor. Mas, ¿cómo pone el dolor dilación a la venganza? He de matarte. Tirano, ya no te sufre la tierra. Tan grande traición encierra una mujer y un hermano. Vasallos, deudos, amigos. Nadie te podrá ayudar. Eso sirve de llamar en tu muerte más testigos. Entrase todos acuchillando y dicen dentro los versos siguientes. Den. : Viva el Rey. Por su injusticia morirá. Den. : No es buena ley. Vasallos tiene éste rey. Pero no tiene justicia. Fin del segundo. Ella le quiere detener y él se le escapa como que sigue alguna fiera.

JORNADA TERCERA

En pasando alguna fiera hace volar del correr: ni le puedo detener ni puedo decirle espera. Cuando sin lengua me vi hice voto de no hablar con ninguno hasta vengar tal agravio y como a mí, con quien solo se ha criado, no me oyó, hablar no ha sabido. Que lo no visto ni oído no puede ser imitado. Y así solo imitar sabe cuando los vientos altera bramidos de alguna fiera o graznidos de algún ave. Imita en la condición de éstos montes la aspereza, al gamo en la ligereza y en la braveza al león. La daga que casi muerta me dejó de afrenta o ira con tanta destreza tira que a veinte pasos acierta. No hay fiera de cuantas son a quien no mate o no venza. Pues con la daga comienza y acaba con el bastón. Por éstos montes cazando cuanto mata va trayendo y al verme vivir muriendo me da consuelos matando. Y no es mucho, pues es mío, que tan desdichada fui, que con ira le parí y con rancores le crio. Ni es discurso poco sabio el tener yo confianza, que dará sangre en venganza quien mamó leche de agravio. Deja, suelta. Hija, Señora, no la sigas, que es ligera la corcilla. Escucha, espera. Yo lo fui más. Oye ahora. Éstos montes levantados para fieras solamente apenas son de la gente vistos, cuanto y más pisados. Peligro corres en ellos. ¿Yo peligro? ¿Dónde vas? Por lo que dices no más quiero pisarlos y verlos. ¿No soy yo la que matando leones me estoy riendo? Y alcanzo un gamo corriendo y mato un ave volando. ¿No soy yo la que provocó a envidia y temor el suelo? No arrojé rayos el cielo, que lo demás todo es poco. Hija, ¿qué rigor te lleva? Más tal madre te le ha dado. Ya la cabeza ha clavado a la puerta de la cueva Del muerto león de modo que a mí medrosa me tiene. La daga en la mano viene teñido en sangre hasta el codo. ¿Qué es aquello? ¿A quién he visto? No quiero ser conocida. ¿Qué veo? Con poca vida a tan gran temor resisto. Que monstruo espantable y fiero Mas, antes que me acometa, le pasara ésta saeta. Pero detenerme quiero, Que, sin duda, es hombre humano, ya el tronco bello y fornido del hombro se le ha caído y la daga de la mano. Y poniéndosela al pecho el cuerpo todo estremece, elevado me parece. ¿Qué me mira? ¿Qué lo ha hecho? Del rostro aparta el cabello, que curtido y que tostado del aire y sol, no ha llegado a ser malo ni a ser bello. Así es bien que el hombre sea, pues tan tibio y enfadoso es un hombre muy hermoso como una mujer muy fea. Al cielo mira y después me mira con qué terneza señala que mi belleza como la del cielo es. Con qué humildad hasta el suelo se postra y señala así, que quiere adorarme a mi porque he bajado del cielo. Hablarme quiso y no pudo, a ratos ha despedido por hablarme algún gemido. ¿Si está encantado o es mudo? Hombre encantado, ¿hay tal cosa? Oyendo mi voz se espanta. ¿Quién te encanta? ¿Quién te encanta? Lengua tiene, aunque medrosa. ¿Hablar sabes? ¿Hablar sabes? Pues responde. Pues responde. Con cuántas llaves esconde el cielo cosas tan graves. Di por señas. Di por señas. ¿Dónde has nacido? Nacido. ¿Si es el eco? Que escondido nos responde entre éstas peñas. Y, como tan cerca está, el vocablo llega entero. Como eco hablarle quiero, si lo es, ¿quién va? ¿Quién va? Mucho miras. Mucho miras. ¿Y es para ver? Para ver. ¿Y eso es querer? Es querer. ¿A qué aspiras? A que aspiras. ¿ Parezcote hermosa? Hermosa. ¿Y quieresme mucho? Mucho. ¿Qué te escucho? Qué te escucho. Brava cosa. Brava cosa. ¿Y esa es tu palma? Es tu palma. Son antojos. Son antojos. ¿Qué hay en tus ojos? Tus ojos. ¿Qué hay en tu alma? Tu alma. ¿Quién pensará? Quién pensara. ¿Quién creyera? ¿Quién creyera? Que esto hubiera. Que esto hubiera. Cosa rara. Cosa rara. ¿Pides la mano? La mano. ¿Y los brazos? Y los brazos. Harete el pecho pedazos, sino es humano. Es humano. Va a abrazarla y retirase. Bueno es eso, espera. Espera. Oh, maldita inclinación. ¿Y eso es razón? Es razón. Tocan dentro una caja de guerra y ellos alteranse Qué son me incita y me altera. Gente viene y se desvía éste con medrosos pies. De ella se esconde si es rustiqueza o cobardía. Escondese Toca esa caja, quizá acudirá algún Soldado a guiarnos. Qué intricado es el monte. ¿Quién podrá tocar errado el camino y sin bota? Que éstos huecos de éstas peñas son muy secos para pasarles sin vino. Rodando es mejor que envíe la caja y a mí tras ella. Ten ánimo, que una estrella nos da el cielo que nos guíe. Vos, hermosa cazadora, nos guiad, pues he pensado que al mismo Sol ha guiado la que me parece Aurora. ¿Dónde vais? Somos soldados que nos envía el Tebano a Tereo, que a su hermano y mujer tiene cercados. Donde de propios y extraños tan grande poder encierra que dará fin a una guerra que ha que dura tantos años. Y perdidos rodeando venimos mil horizontes. ¿No veis aquellos dos montes qué casi se están besando? Allá caminad. Si en eso con vos Señora me hallara, a fe que yo procurara acabar de dar el beso. No seáis descomedido. Herido el alma me habéis, que en las flechas parecéis un retrato de Cupido. Sí, más éstas son de muerte si esotras esas otras fueron de amor, probaréis de su rigor. He ya probado el más fuerte. Reportaos, Señora mía. Idos en paz, dejadme ahora. Pues que más que a vos, Señora, besar la bota querría. ¿Tenéis vino de acarreo acaso en vuestra cabaña? Porque en toda ésta campaña ni una sola viña veo. Agua te dará una fuente que está allí. Quien la tragara, sino por tría, por clara. ¿Qué ésto mago la consiente? Pero beberela hoy, que es muy grande mi sequera y haré la ofensa primera a Baco, temblando voy. Ven tú al agua, que yo luego, por éste nuevo Cupido, fuego tengo y fuego pido. Mezclare con sangre el fuego si te llegas. ¡Ay, de mí! Qué bestia espantosa y fiera. Que salvaje muera, muera. Gran valor. Huid. Hui. Que bien esgrime el bastón, más diestro en golpes que en tretas. No ha menester mis saetas que menos ligeras son. Ya entre muertos y entre heridos merece eternos renombres. Más bien parecen los hombres vencedores que vencidos. Hija. ¿Es mi padre? Ya estoy casi muerta en mis cuidados. Otra tropa de soldados habrá encontrado, allá voy. Éste ruido, éste estruendo de los ecos repetido me aflige. ¡Ay, hijo querido! Donde estás, estoy muriendo. Pero ya viene. ¿Hay tal gloria? De pelear y vencer, ¿qué trae? Deben de ser despojos de la vitoria. La caja toca y denota que alborotado la siente. Que éste son naturalmente los ánimos alborota. Él señalale Ya lo que le ha sucedido quiere decirme por señas. Dice que, tras éstas peñas, con diferente vestido, vio otra cara cual la mía, él ha visto otra mujer, muy bella debe de ser, pues al cielo parecía. Y de ella se enamoró. ¡Ay, amor! Tu fuerza es tanta. Quien va, quien va, quien te encanta, quien te encanta. Ella le habló. Presto la supo imitar, ¡oh, misterio soberano! Y que le pidió la mano y que la quiso besar y no quiso. ¡Oh, natural inclinación! Y que presto hiciste efecto, ¿qué es esto? dice que quedo mortal de éste son y que espantado le obligó a estar escondido y que luego venir vido uno tras otro soldado. Y uno llegó a la mujer y que la quiso tocar y ella no dejó llegar. Esto no pude entender. Y él salió y metiendo mano le acometen y el bastón esgrimiendo. En conclusión, hirió, mató y por el llano el que fue ligero huyó y se fue la mujer bella por aquí y volver a verla quiere ahora, triste yo. No es posible, estoy perdida, detenerle, va a morir. Sus pasos he de seguir, aunque me cueste la vida. Hazi aquella parte mira entre ternezas y enojos, allá se lo van los ojos. ¿Qué lo provoca? ¿A qué aspira? Den. : Viva Tereo. No viva. Den. : Ea, soldados valientes, todo esto dentro defended vuestra Ciudad, vuestro honor, vuestras mujeres, vuestros padres, vuestros hijos. Ya todo el ánimo pierden los tuyos, aunque Teosindo hace más de lo que puede. No se cansa la fortuna de afligirme. De valerte parece que se ha cansado. Con sus mudanzas me ofende. Desde aquel infausto día llorado infinitas veces, entre tantas opiniones, tanta sangre, tantas muertes. Diviso el reino en dos partes, fue la tuya la más suerte, que de tupPadre valida no fue mucho que lo fuese. Echaste del a tu esposo sue ¿suerte? a valerse de otros reyes, volvió a probar su ventura, y perdiose otras dos veces. Pero ahora que el Tebano por agravios o intereses de gusto y de honor le ampara, le vale y le favorece, todo el reino te ha quitado y en ésta ciudad os tiene cercados a ti y Teosindo, que está a pique de perderse. Que pudo en menos de un año lo que en más de diez y siete le ha negado la ocasión y defendido la suerte. Den. : Viva Tereo, vitoria. Todo, Señora, se pierde. Salir quiero a las murallas y pelearan las mujeres, pues no pelean los hombres. detienela. Ya es tarde, Señora, tente. ¿Estás herido? No estoy. Sangre de enemiga gente me tiñe, polvo me ciega y plumas para que vuele. Me da el miedo en éstas flechas, por ti me espanta la muerte, no por mí, que el desdichado más la busca que la teme. En tu ciudad ya perdida tu Palacio es lo más fuerte y ha de resistirse poco. ¿Y no viene a socorrerme mi padre? ¿Qué es de mi padre? Tu padre tarda, aunque viene. Con menos de un cuarto de hora que pudieras defenderte llegará tu padre a tiempo, pero los cielos no quieren. Huyamos de éste cruel hambriento de nuestros bienes, sediento de nuestra sangre, que antes que tu padre llegue, sí nos halla, hartarse ha de ella. Huyamos, que si es que vence después tu padre, volver podremos bien fácilmente. Anímate, que es valor también en trances tan fuertes cuando es la muerte tan cierta saber huir de la muerte. ¿Cómo? ¡Ay, triste! Dos caballos haremos que el viento dejen atrás y si falta todo entrañas los montes tienen. Den. Vitoria, vitoria, viva Tereo. ¡Ay de mí! Pondrete en cobro, en mis brazos ponte aunque mil vidas me cueste. Ninguno quede con vida, ea, soldados, no quede ni aún memoria de éstas casas que traidores dueños tienen. Mira que son tus vasallos, Señor, el rigor suspende, pues ya tu nombre apellidan, pues ya todos te obedecen. ¿Dónde está mi aleve hermano? ¿Dónde está mi esposa aleve? ¿Qué tierra puede esconderlos? ¿Y qué cielo los defiende? Beberé la injusta sangre de quien quiso que comiese la carne de aquel cordero que cual león me embravece. Ahíto de tantos años se ha de curar de ésta suerte. ¿Dónde están soldados míos? Buscad, revolved, traedme a mi mano éstos traidores y, a quien lo haga, darele en honra las alabanzas y en oro los intereses. dicele ¿Qué buscas Señor? ¿Qué haces? ¿Quién te ciega y te entretiene cuando envuelta en tu vitoria te envía el cielo la muerte? Tu viejo suegro ha llegado con gran número de gente y por los mismos portillos que hizo la tuya, acomete a ésta mísera ciudad. Ya la ganan, ya te vencen. Que ocupados tus soldados en el saco, fácilmente pudieron vencerlos, oye, que, porque el cielo lo quiere, quien tu nombre apellidaba al de tu suegro engrandece. Den. : Vitoria, vitoria, viva, viva el gallardo ateniense, viva el de Atenas, vitoria. A inconstancias de mi suerte voy a morir peleando, detienele vasallos, amigos. Tente. ¿Dónde vas, Señor? Espera, considera que te pierdes. Ya tu contrario ha vencido, ya es imposible vencerle; ya te sigue, ya te busca, huye, Señor, de la muerte. Que, con la vida, Señor, los daños remedio tienen. Esto te importa. ¡A fortuna! Que perseguido me tienes. ¿Dónde está el traidor? Buscadle. ¿Por dónde escapo? Traedle. Él hace fuerza de querer levantarse y no puede y va diciendo al salir donde está el traidor. Yo he de seguirle, ayudadme, dadme una espada, tenedme. Por mis manos en su pecho haré de sangre una fuente, teñiré en ella mis canas y todo yo bañareme . Sera el Iordan de mis años, porque tanto, tanto puede el hacer una venganza un honrado en quien le ofende. Mas, ¡ay, caduca vejez! Que cuando anima, enflaquece y hace báculo a la espada de quien las venganzas penden. Y en vez de guiarla al pecho, que quiero que abierto quede, abro la tierra y la obligo a enterrarme y no a valerme. ¿Dónde está el traidor, soldados? ¿Por dónde fue? No parece. Yo le vi huir por allí. Aunque las alas le preste la fortuna, ¿qué esperáis? Seguidle, amigos, volvedme a mi silla. Ea vasallos, amigos, al que trajere su cabeza, de mis manos todos mis reinos espere. Y yo iré también tras él, pues cuando posible fuese el no alcanzarle, el seguirle me entretenga y me consuele. Tocad de nuevo esas cajas, brame el aire, el suelo tiemble. ¡Ay, hijas del alma mía! Quien os llora es bien que os vengue. Tu rostro de mi adorado al mismo Sol me parece cuando en el monte amanece cuando se alegra en el prado. Pues juntas arte y ventura, te dio la naturaleza del monte la fortaleza y del prado la hermosura. Y tanto al formarte pudo su ingenioso pensamiento, que te dio el entendimiento más que tus flechas agudo. Y luego te dio señora porque en el alma te goce quien como yo te conoce y quien como yo te adora. Yo solo a hablar te enseñe, pero no a lisonjear y apenas sabes hablar ¿Cuándo mientes? Bien a fe. Que te agravia considera lo que a mis prendas añades. Si como digo verdades hablara, milagro fuera. Y lo es, no son antojos haber tan presto aprendido. Bien dices, milagro ha sido de tu boca y de tus ojos. No ha un día Señora mía que te oí. Gracioso engaño y ha un año. Es verdad que un año contigo parece un día. Con todo es mucho saber hablar. Si tú me enseñabas y en cada lengua me dabas mil deseos de aprender. Y eran en tus ojos mil las lenguas, desgracia fuera si éste extremo no me hiciera del más rudo el más sutil. Dices que el aire en la boca forma la voz. Y es así. Yo quedando al verte a ti el alma abrasada y loca. Con aquel desasosiego que te oí, no la formé con aire solo, que fue aire convertido en fuego. Y como creció en mi amor y te hablaba siempre así. Tanto más presto aprendí cuanto es la causa mayor. Y así al decir lo que siento, pues el fuego que en mí labras, forma todas mis palabras, no dirás que son de viento. Baste ya, ¿a qué ha de llegar tu notable encarecer? Tanto supiste aprender que ya puedes enseñar. A querer bien si enseñara, si es que aprender se pudiera. Si se aprende, bueno fuera. ¿Y se enseña? Cosa es clara. Nace el querer de estar viendo y declarase mirando. ¿Cómo se enseña? Obligando. ¿Y se aprende? Agradeciendo. Pues yo que te quise al verte y lo declare al mirarte. ¿A qué te enseñe? A pagarte. ¿Y qué aprendiste? A quererte. Mujer, aunque fuerte, soy. Y yo tuyo eternamente. Den. Corre, dale, espera, tente. ¿Oíste? Escuchando estoy espadas, voces y extremos de alboroto éste horizonte atruenan. Subiendo al monte, si te parece, podremos dando la vista a éstos llanos saber la causa cuál es. Para seguirte los pies, para valerte las manos tengo, corre. Ni una jara como parto partiría, ya fueras del todo mía si por correr te alcanzara. Ya Señora, aunque procuro esforzarme, he de acabar. Corre, busca otro lugar más que mis brazos seguro. Mientras por dártele espero, donde moriré matando. Muera. ¿Dónde iré? Volando Baja, oh, pobre caballero. Tantos a uno, ¿así tratan los hombres? Animo, espera. A villanos. Muera, muera. Otro persiguen y matan. ¿Dónde iremos? ¿Quién tal vio? ¿A cuál de los dos valdremos? ¿Que en tal confusión estemos? Ve tú al uno, al otro yo. Entranse Muerto me habéis de llevar, mas no rendido prender. ¡Ay cielo! Llegó al caer quien te ayude a levantar. Perros. Extraña visión. Muerto soy. Ya huis villanos. Son tan pesadas las manos como ligero el bastón. Espera, tan fuerte has sido, que algún monte te ha engendrado donde el cielo te ha guardado de mis lastimas movido. Detienele Seguro estás, por ahí hallarás el monte espeso, vete en paz. Dame con eso los brazos. Perdona. Di, ¿Quién eres? Dejasme en calma. ¿Dónde vas? No te remontes. Tengo por entre éstos montes la que me gobierna el alma. ¿Qué haré a Progne perdida? Por ellos he de buscar. Por donde iré para hallar la que es de mis ojos vida. ¿Dónde voy? ¿Si han de seguirme? En vano escapar procuro. No hallo lugar seguro, no hay para mí tierra firme. Todo, todo se me antoja contrarios que me persiguen, que los árboles me siguen, que el monte peñas me arroja. Que el mar me quiere sorber, que el sol no quiere lucir, que la tierra se ha de abrir y el cielo se ha de caer. ¡Ay de mí! ¿No es ésta boca de cueva? Aquí me retiro. ¡Ay, desdichada! ¿A quién miro? ¿Quién me sigue? ¿Quién me toca? Ay, qué salvaje tan fiero. ¿No es mi hermana? ¡Ay, cielo santo! Que la veo y que la espanto, hablárela , mas no quiero. Rompo el voto, ¿qué hacer puedo? Seguirela, ¿a qué la obligo? Si no hablándola la sigo precipitárala el miedo. Pero, apartando el cabello del rostro, iré poco a poco tras ella. Que ciego y loco busco a Progne. ¿Qué es aquello? ¿No son aquellos los ojos de mi dulce bien perdido? ¿No es mi Teosindo querido? ¿Si sueño? ¿Si son antojos? Ellos son. Él es sin duda. ¡Ay, Filomena querida! ¡Ay, esposo de mi vida! No se mueve. No se muda. Cómo me mira admirado. Cómo me llora ofendido. ¡Ay, Dios! ¿Si me ha conocido? ¡Ay, cielo! ¿Si me ha olvidado? Como si pudiera hablarle, pudiera satisfacerle, pero, pues solo he de verle sin hablar, quiero dejarle. Voy a morir. Quierese ¿Cómo es tanta, señora, tu sin razón? Si no eres sombra o visión que me asombra y que me espanta. Escúchame Filomena, qué afligir y qué mirar. ¿Hablare? Mas no he de hablar aunque me acabe la pena. Vuelve a mí los ojos bellos sin verguenza, que en tu abono mis agravios te perdono, pues que no culpaste en ellos. Quédese el mundo en las leyes que atropello y que maldigo y esté yo, estando contigo, entre cabras y entre bueyes. Él sospecha que en lo más le han ofendido mis daños. Al cabo de tantos años que, sin mí, en mi pecho estás. Haces, viendo que se alienta ahora con ésta dicha, más sangrienta mi desdicha y más pesada mi afrenta. Si hablar no puedes, por señas me responde, no te aquejes o al menos no me dejes mover con llanto éstas peñas. Si yo por señas pudiera satisfacerte, ¡ay, de mí! Cuando sin lengua me vi aparte no me afrentara y te huyera. Señora, muevate el lloro con que éste monte enternezco. ¿De mi huyes? ¿Qué padezco? Pues rehúso lo que adoro. Gloria del alma querida, mía es tu mano. ¡Oh, traidor! ¿Para quitarme el honor te he defendido la vida? ¡Ay, triste! Mi obligación conozco. Yo estoy muriendo. ¿Pero en qué tu honor ofendo? En la injusta pretensión de cosas mías. Divino hacedor, ¿hay tal vileza? ¿Tuyas son? ¿Qué tal torpeza en tal valor imagino? ¿Qué he de hacer? ¿Quién al tirarle me detiene? ¿Si es el miedo? No me ofende, pues no puedo aborrecerle ni darle. Pero débelo de hacer la obligación de la vida. Soy cobarde. Estoy perdida, el voto habré de romper. ¿Qué ésta afrenta sufrir pueda? ¿Qué éste agravio he de creer? ¿Que hubo lengua de mujer que hizo daño estando queda? ¿Que quien me ofende me aplaca? Pero muera, matarete . ¡Ay de mí! Quien me acomete de la obligación me saca. Ay, hijo, tu padre es éste, Ay, esposo, éste es tu hijo, teneos. ¿Qué dijo? ¿Qué dijo? Sumo bien. Gloria celeste. ¿Dulce esposa? ¿Madre mía? ¿Qué hablaste? Qué gusto siento. Fue fortísimo el tormento y dije lo que sabía. Tu hijo abraza. Es gran suerte y no hubiera mayor gloria para mí si otra memoria no me causara la muerte. Será del daño pasado y esa, Teosindo querido, el alma te habrá ofendido, pero no el honor manchado. ¿Cómo? Tereo, en aquella tan infelice ocasión, probó su mala intención pero no salió con ella. Quiso esforzar el querer, pero se engaña el que esfuerza que pueda un hombre por fuerza alcanzar a una mujer. Mas, yo que me vi cortada la lengua y que no pudiera dar con la disculpa entera la satisfacción honrada. Como no hay a quien no venza en las dudas del honor por una parte el dolor y por otra la verguenza. Corrida a desesperarme corrí y te pude dejar y aunque entonces de no hablar hice voto hasta vengarme. Mas, viendo en tal alboroto vuestros pechos ofendidos, para no verlos rompidos rompí el silencio y el voto. Mi bien con lo que he sabido no hay desdicha poderosa a vencerme. Esposo. Esposa. Padre amado. Hijo querido. Con más gusto celebrara el que tengo, pero vi a mi hermana. ¿Dónde? Aquí. Sus desdichas te contará y las mías, pero vamos a buscarla, que después las sabrás. Vamos los tres. Esta vereda sigamos. Confianza y no recelo ten mi madre. ¡Dicha extraña! Ya yo he visto que se engaña quien desconfía. Ay, mi cielo. Mujer bella, mujer fuerte, cuanto más vuelvo a mirarte siento más el no pagarte lo que debo agradecerte. ¿A quién tu beldad no admira? ¿Quién a tu valor se atreve? ¿Qué cielo tus brazos mueve? ¿Y qué Dios tus flechas tira? De la muerte me has librado y sólo darte podrá la vida quien poco ha un reino te hubiera dado. Mas, la fortuna por dar mayor fuerza al ofender, da ocasiones al deber cuando las quita al pagar. El haber contigo sido Rigurosa es bien se sienta, que yo pagada y contenta estoy de haberte servido. Y pienso si algún valor y fuerza el cielo me ha dado es tuyo, ya hemos llegado a mi choza, aquí señor podrá descansar tu alteza en tan grande adversidad, recibe ésta voluntad, no te aflija ésta pobreza. No sé qué tienes, ¿quién eres? Que te miro de ordinario con tan grande amor, tan vario del que tuve a otras mujeres. Entra, señor. Oye, espera. Dicha fue hallarte. Sí ha sido Pero, ¿dónde me has traído? ¿Qué veo? Mi agravio muera. ¡Ay, triste! Pásame el pecho primero. Quita, villano. Detén la lengua y la mano, Señor, si fue de provecho lo que te serví ya puedes pagarme. ¿Tú has de querer que no muera una mujer tan vil? No niegues mercedes. Pues, de los dos, hija es la que las está pidiendo. ¿Qué te escucho? ¿Qué estoy viendo? Rendida estoy a tus pies. Huí a los montes con ella cuando temí que la mano que dio la muerte a su hermano hiciera lo mismo en ella. Que es tuya por cierto ten. Yo lo aseguro Señor. Bien lo ha dicho su valor y mi corazón también. Hija mía. Padre mío, no malogres mi esperanza. Que crueldad o que venganza no pierden con esto el brío. Si te ofendí fue por ver que una hermana me afrentaste y la lengua le cortaste. Fui loca. Fuiste mujer. A tu hermana no afrenté, aunque procure gozarla. Yo confieso que cortarla la lengua gran culpa fue. Mas no mereció tal culpa la pena a que me condena. Yo siento ahora tu pena, porque admito tu disculpa. Levanta. Padre querido. Por ti hay hija, ahí prenda cara, que agravios no perdonara. Mas, ¿quién causa éste ruido? Injusto hermano. Oh traidor. Padre. Padre. Tente. Espera. A mí toca ésta venganza. Y a mí toca ésta defensa. ¿Cómo? Es mi padre. ¿Tu padre? Ley me obliga. Honor me fuerza. Tente, Teosindo. ¿Tu hermana le defiendes? Filomena con la intención te ha ofendido, y un hijo a los dos nos cuesta. Tienes razón y a saberlo antes, ni muda estuviera tantos años, ni buscara mayor venganza a mi afrenta. Es mi Rey con ser mi hermano. Es mi hermano y su obediencia me obliga. Pues nuestros padres conformes la paz nos muestran y yo te adoro, no es bien que entre los dos haya guerra. Dices bien. ¿Qué es del traidor? Aquí está, llegad a fuera. Ayúdame hermana ahora, Ven, hija. Ven, hijo, llega. El traidor muera, matadle, que a mis ojos se presenta. Señor, si enojado vienes. Padre, si furioso llegas. Tus hijas te están delante. Tus nietos están con ellas, tus yernos perdón te piden de sus culpas, de sus penas. Pero pues sabrás después sucesos que te suspendan, danos ahora los brazos. ¡Ay hijas! ¿Quién tal creyera? ¡Ay, nietos! ¿Quién tal pensara? Mi Progne, mi Filomena. De Filomena a Teosindo la mano, que suya era. Y a mí los brazos, ¡ay, hija! Y ahora, con tu licencia, désela a Driante, Arminda, que yo aseguro que quieran, pues para saber secretos no importó el estar sin lengua. Suma dicha. Grande suerte. Mi dicha ahora se vea, pues que tales hijos cobro, pues tales nietos me heredan. Tuya soy, Driante amigo. Tuyo soy, Arminda bella. Y aquí se da fin senado a Progne y a Filomena.