Texto digital de El prodigio de los montes y mártir del cielo, Santa Bárbara
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Guillén de Castro y Bellvís
- Atribución estilometría
- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la colección Obras de Guillén de Castro. RAE.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El prodigio de los montes y mártir del cielo, Santa Bárbara. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/prodigio-de-los-montes-y-martir-del-cielo-santa-barbara-el.

EL PRODIGIO DE LOS MONTES Y MÁRTIR DEL CIELO, SANTA BÁRBARA
JORNADA PRIMERA
¿Qué abismo oculta esta fiera? ¡Ay de mí! si aquí me coge me ha de abrir; yo me deslizo. ¡Pena extraña! Tiburcio, ¿oyes? Si, señor; gracias a Apolo, que oigo a veces, masno voces. ¿Sabes cómo estoy? Ya sé que idolatrando dos soles; que adorando una hermosura y lisonjeando un bronce estás. ¿Sabes que no sé dónde se oculta o se esconde esta fiera que me mata, que no hay razón que reporte a mi amor, que desbocado tras de sus desprecios corre? ¿Sabes cómo no hago caso de secretos pundonores, exponiendo la opinión a públicas opiniones, pues contigo, pues contigo, que en efecto eres un hombre común, me reduzgo a hablar en tantos pesares dócil? ¿Sabes cómo estoy resuelto a solicitar un monte, a enternecer un escollo, a combatir una torre, sin que pueda conseguirlo, despechado en sus rigores, despreciado en sus agravios, malquisto en sus atenciones? Todo lo sé; pero el vulgo murmura cuanto propones con escándalo no poco. Paso, calla; no provoques mis iras, que el superior se examina si conoce que por defectos ocultos se condenan sus acciones; si sabe que se publican por yerros, sin que lo estorbe la modestia a la razón, freno que tal vez recoge la libertad más furiosa; masresuelto, ciego y torpe, a errores más temerarios es preciso que se arroje, No me digas que está va tan público mi desorden, que será precipitarme a más furias, más errores. Basta, doime por vencido; tienes más de mil razones; hablé por boca de ganso; soy una bestia en cuanto hombre. Llámame a julio. Yo llevo en los pies cuarenta azogues. No llames sino a Pompeyo. Ya, señor, voy en un trote. Déjalo, llama a Valerio. Conciértate con los nombres o echa suertes. A Valerio llama, necio. No te enojes que ya voy: masél parece que te oyó, pees que dispone sus pasos a tu obediencia. ¿Valerio? ¡Señor! Di, ¿dónde está aqueste basilisco que se oculta a mis pasiones? No es posible, gran señor. desde la infeliz noche que su padre la llevó... Déjalo, no me lo nombres. Deja que te pida albricias. Saliendo a caza a ese monte, que poco más de tres millas debe de estar de esa torre, en su dispuesta hermosura y en aparato conforme, entre espesuras de sauces y entre vecindad de robles, ya el iris de paz asoma, dorando valles v montes; ya puedes verla seguro y decirla tus pasiones. ¿Qué dices, Valerio amigo? Escucha y no te alborotes. O ya para divertirla de la tristeza que pone la soledad, o por ser justo visitar los dioses, porque la den un esposo a su nobleza conforme, Dioscoro, su padre, anciano, con cuatro criados nobles la trae al templo. ¿Qué dices? Que de la memoria borres la tristeza ¿Qué te afliges si esta dicha reconoces? Aquí a la puerta del templo será bien que puesto tomes para verla; cuando pase verás sus hermosos soles siempre fijos en el suelo, que por no matar los hombres, siendo hermosos basiliscos, da a: suelo sus resplandores. Ya no puedo decir más, porque ya llegan adonde podrás ver lo que te he dicho a mi relación conforme. Tome amor, supremo rey, mi dicha a su cargo, y logren los dioses mi justo amor pues saben de amor los dioses, y, si no, perderé el juicio con celos y disfavores. Poco tendrás que perder. Música en el templo se oye. Celestial impulso ha sido, para que a Bárbara honre. Esta es la puerta del templo de Júpiter soberano. Cuando tanta gloria gano y tanta dicha contemplo, mal hago en entrar a ver dioses falsos y fingidos. Deleitando los sentidos estoy viendo esta mujer. ¿Viste igual honestidad? ¿Viste menos niño amor? ¿Viste rostro más senior? ¿Viste más rara beldad? ¿Viste mayor monarquía de dos ojos, de dos labios, de los claveles agravios, de las rosas tiranía? Y, por decirlo mejor... Cáusate en encarecer o haz a aquesta mujer una botica de amor. Pues comienzas por las flores, busca las hierbas también, y al fuego de su desdén y alambicados amores, saca un jarabe con que ablandes su duro pecho. Tiburcio, nunca me has hecho ningún gusto. ¿Para qué? Laudabo.. No alabes más. Laudabo... No seas pesado. Laudabo... Basta lo alabado, que despeñándote vas. Alaba agora, que es justo, mi resolución, mi empleo, mi perdición, mi deseo, mi elección y mi buen gusto. N o determino, ¡ ay de mí! qué camino he de tomar para que la pueda hablar. Entra, Bárbara. si aquí fui atrevido... ¿Qué es aquesto? si el serlo os ha dado enojos, culpad vuestros bellos ojos que en este extremo me han puesto. Perdonad esta locura, aunque más loco estuviera el que el juicio no perdiera mirando vuestra hermosura. Oíd. Apartad. ¿Quién es? Caballero, ¿qué mandáis? Callaré si os enojáis, por disculparme después; pero, pues me habéis llamado caballero para honrarme, no tengo que disculparme pues vos me habéis disculpado. si vuestra culpa no sé, ¿cómo os pueda disculpar? La cortesía ha de estar en quien caballero fue. Esta dama tropezó al entrar, fue cortesía y acción propriamente mía el darla la mano yo. Llamásteisme caballero, quizá por verme lo que hice; mi honrado ser satisfice, otra disculpa no quiero. Es tan proprio el tropezar por ligera en la mujer, que aunque no lo llegué a ver os quiero crédito dar. No os echo la culpa yo, pues sé, para darme enojos, que tropezó con los ojos ya que con las plantas no; mas, pues os he conocido, señor Federico, aquí, que me hagáis merced a mí os ruego, si seis servido, de no intentar mi deshonra con tan públicas acciones ved que las murmuraciones son áspides de la honra. No os atreváis por fiaros que sois del Prefecto hermano; tengo espada y tengo mano; mirad que sabré mataros. Entra, Bárbara, Mal año. ¡ Y qué alentado es el viejo! si aquí de incitar me dejo con tan loco desengaño, es por no perder del todo la hermosura que deseo. Harto perdida la veo. Busca traza, busca modo para alcanzarla. Imposible pienso que ha de ser hallarle. Mas, ¿qué se pierde en buscarle? El modo más convenible a su honor y a mi opinión es pedirla por esposa a mi hermano. Es justa cosa. Y si premia mi afición y por esposo me admite, mi hacienda es tuya. ¿Y si no? Moriré rabiando yo. Vamos, porque solicite mi hermano el bien que procuro. ¿Tan presto? Luego ha de ser, para ver si esta mujer es al mar opuesto muro. ¡Qué caos! Qué desvaríos! Su juicio y la bolsa mía tienen grande simpatía. ¿Por qué? Porque están vacíos. Bárbara, no me detengas. Orígenes, gran maestro de la fe de Dios, escucha. Bárbara, escuchar no puedo, que temo ofender a Dios. ¿Ofender a Dios? ¿Qué es esto ¿Pues Dios porque hablas conmigo se ofende? Aquese precepto en cuanto me has enseñado no le he visto. ¿Al error fiero de los dioses falsos vuelves y dejas a Cristo eterno? ¿Tú en este templo profano estás oración haciendo a Júpiter? ¿Pues no miras que el camino verdadero dejas y el injusto sigues? Confieso que culpa tengo. ¿Estas fueron las promesas que a Cristo hiciste en el templo que te bauticé, lavando las manchas de horrores ciegos con el agua sacrosanta? A Cristo, el esposo eterno, de quien tanto bien recibes, ¿le tratas así Más siento esas razones de ti, que cuantos martirios fieros pueden darme los gentiles. Oye m¡ disculpa atento, mientras mi padre, tirano, está su oración haciendo, que por verle divertido salí a hablarte. Ya te creo. Escucha con atención. Federico, un caballero de Nicomedia, ciudad la más noble del Imperio, aficionado a mis ojos, dio en perseguirme en un tiempo; masreceloso mi padre de su honor, al margen fresco de ese río, que guarnecen robles, alisos y enebros, labró una torre, en la cual mandó al curioso arquitecto que labrase dos ventanas; masyo, que de Dios me acuerdo, le mandé que hiciese tres, porque en las tres reverencio las tres divinas personas, y una esencia por misterio no revelado a los hombres tan altos son sus preceptos. En aquesta torre, pues, me encerró, y en ella tengo angélica compañía, que yo indigna no merezco. Allí, en los libros devotos que me diste, a ratos leo las excelencias de Dios, las maravillas del Verbo encarnado en una Virgen que es de los cielos espejo, Hoy me trajo a la ciudad mi padre; en ella ha propuesto que viviremos de hoy más; sabe Dios si vi lo siento. Mándame adornar de galas hoy, para entrar en el templo, y, como tú me mandaste, guardé siempre este precepto de ser cristiana, a esta aldea que tú me avisaste, vengo con la obediencia de hija a ejecutar tu precepto. Esto pasa, y me ha pesado (i) que conociendo mi pecho, sabiendo que adoro a Cristo. Dios perfectamente bueno, hayas de mí sospechado tan injusto pensamiento. si quieres que diga a voces que la Ley de Dios confieso, que padezca mil martirios y no inventados tormentos, daré voces. No prosigas, mi Bárbara, yo te creo. perdona mi ciego error. Detenerme ya no puedo, que ya mi padre ha dejado la oración. Guárdete el cielo: mira que Cristo es tu esposo, ten valor y firme intento. Temores no te acobarden. Un peñasco al mar opuesto seré. El cielo te guarde. Bárbara! ¡Señor! ¿Tan presto has dejado la oración? Mas disimular pretendo. ¿Quién ahora estaba aquí hablando? Señor! Bárbara, yo tengo mucha edad y pocos bríos, y ser alcaide no puedo de una fácil hermosura. ¿Por qué ocasión dices eso? Federico te persigue con lascivos pensamientos; es poderoso su hermano, y, sobre todo, es Prefecto de la ciudad, que este cargo se da a nobles caballeros. ¿Pues qué me quieres decir? Mira, señor... Ya te entiendo. Yo te traje a la ciudad porque por tu gusto mesmo te engañases si elegías esposo; pero más quiero que haya engaños en tu gusto que no en mi opinión defectos. A la torre has de volver; si reclusa en ella el cielo te quisiere dar esposo, gracias le daré por eso; si no, más quiero que vivas en eterno encerramiento con seguridad de honor. Tales nuevas te agradezco. Aquesa obediencia alabo; ven a la torre, que pienso que has de hallar un rico esposo. Profetas son tus deseos. Y cómo que será rico, si es el Rey de todo el cielo. ¿Cómo, Júpiter tonante, aqueste agravio miráis y rayos no fulmináis desde la esfera radiante? Haced cuenta que gigante de Frigia mi hermano ha sido, pues soberbio v atrevido al sol se quiere oponer, pues quiere quitar el ser a quien el ser ha infundido. Repórtate. No podré viendo lo que pasa aquí; mi hermano me niega el sí cuando mis locuras ve. Dioscoro, decid, ¿no fue un ilustre senador? ¿Su sangre no es superior a la nuestra? Pues ¿quién causa aquesta infelice causa de que no logre mi amor? Matareme. Bien sé yo lo que tu hermano ha de hacer si muerto te llega a ver. Perderá el juicio Eso no. Pues, ¿qué hará si el ser me dio? Enterrarte. Deja ahora locuras. si el alma adora a Barbara, si ella ha sido quien mi amor ha merecido y quien mi alma atesora, ¿por qué, hermano riguroso, quieres este bien quitarme? si tú quieres escucharme daré un remedio famoso. Tu hermano ha de ser forzoso Que, viéndote loco, haga lo que más te satisfaga: fíngete loco. Es así, y el hacerlo luego aquí es del consejo la paga. Poco tendrás que fingir según las muestras que veo. si los dos a mi deseo ayudáis, he de salir con esta empresa. A decir comienza ya. Poco a poco. Guarda el loco; guarda, el loco! Villanos, ¿a qué aguardáis si a Bárbara no me dais? Dioses, vuestra industria invoco. ¡Guarda el loco! Este edificio, para daros más asombros, tengo de coger en hombros, y en el celeste artificio dar con él. Por un resquicio te está mirando Vulcano. ¿Matarele? Será llano el enojarse. ¿Y qué hará? La fragua la tirará. A ese tormento me allano, que para tan grande ardor bien he menester el agua. ¡Vulcano tira la fragua! Federico! Gran señor! ¡Gran mal, terrible cuidado! Federico loco está. ¿Y qué es la causa? Será por el sí que le has negado de Bárbara. ¡Hermano amado! ¡Bárbara! ¿Tú estás acá? Mi bien, ¿por dónde has venido? ¿No estabas en una torre? massi el cielo me socorre milagro del cielo ha sido. ¡Bárbara, dueño querido! Qué lástima! ¡Qué dolor Mira si dice, señor, Bárbara o barbada. Dame esos brazos y honrarame tan conocido favor. Mira que es tu hermano. ¡Ah, fiero! ¿Tú eres mi hermano y pretendes, cuando mi afición entiendes, negarme este bien que espero? Pues, ¿a qué aguarda mi acero? Nunca tú mi hermano fueras. Federico, ¿vas de veras? No, Tiburcio; finge y calla. ¡Ah, qué mal hice en negarla, conociendo sus quimeras! Vuelve los ojos a verme, mi bien, mi gloria. Detente; remedia aqueste accidente. Señora, ¿a favorecerme no llegáis? O tu amor duerme o yo desdichado soy. Di, Valerio, que le doy el sí; que yo mismo iré y su casamiento haré. Mi dicha escuchando estoy. Federico, ten sosiego; tuya es Bárbara. ¿Qué dices? Mis años serán felices si a gozar tal dicha llego; mas, Valerio, ha de ser luego. Reporta, hermano querido; yo a Bárbara te he ofrecido. ¿Y cuándo ha de ser mi esposa? Luego al punto. Mariposa entre sus llamas he sido. En no viéndola me muero y el accidente me vuelve. Pues ya mi amor se resuelve; darte aqueste gusto quiero ; ven conmigo. Paga espero del consejo que te he dado, aunque me has aporreado. Ven, que a su padre he de hablar. Hoy, por ti, vengo a alcanzar lo que tanto he deseado. Mi compañero divino tarda mucho y he pensado que ha de estar muy enojado por mi excusado camino. Mi padre tuvo la culpa de llevarme a la ciudad, que no fue mi voluntad; maspara vos no hay disculpa. Ángel mío, ves mandáis que no disculpe mi intento, y pues de mi pensamiento cierto y satisfecho estáis, dejad lisonjas, enojos, y venid, amante mío, que aquí formarán un río las lágrimas de mis ojos. A muy buena ocasión llego. ¡Ciclos, un hombre está aquí! ¿Por dónde has entrado así? Navego en montes de fuego. Una ventana hallé abierta, hice de una cuerda escala, por donde llegué a esta sala, donde hallé mi dicha cierta. Tórnate a salir v advierte que te han de matar. Recelo no cabe en mí, que ni el cielo a mí me puede dar muerte. ¡Ay, divino dueño mío! Exhalando tempestades añado dificultades. Toda me ha cubierto un frío. ¿Qué me ha hecho esta mujer, que con desvelo enemigo impaciente la persigo solo por verla caer? Aquí a ampararme de vos en aquesta ocasión vengo; muchos enemigos tengo; solos estamos los dos, y así que me oigáis os pido. Ya intento nuevos engaños. Son mis sucesos extraños. Decid qué os ha sucedido, y sea en breves razones por que os volváis a salir. Pues yo os las quiero decir. En gran confusión me pones. Sabed que lejos de aquí, muy distante de esta tierra, nací, digo, fui criado; en una patria, que en ella sus criaturas son tan puras, que el cielo en lugar de tierra pueden llamarle, y yo soy de los nobles que hubo en ella. Tuve cierta pretensión con hinchazón y soberbia, que siempre los bien nacidos hacen tan grandes empresas; tuve pensamientos altos, púselos, y no me besa, en lo mejor de la Corte, haciendo al Rey competencia. Los amores de una dama, que dice el Rey que es más bella, a sus ojos, que la luna y la luz de las estrellas, aunque le hice confesar un día que era morena en las márgenes de un río y entre sauces y azucenas, hicieron que determine soldar una infausta quiebra que su padre había hecho quebrantando en una selva un mandamiento del Rey, porque a muerte le condena. Una heredad le dejó y sus frutos le encomienda; pero él, ingrato a sus obras y negando la obediencia, en lamentaciones canta su perdición un profeta, avisándoles que paguen el capítulo cuarenta. No basta avisar sus daños, no basta llorar sus menguas, que rebeldes se le atreven, condenando a muerte fiera a todos los que enviaba para cobrar estas rentas. Viendo el Rey tanto rigor y tan grande desvergüenza, por mostrarles su poder quiso levantar su diestra el cuchillo de rigor; massaliendo la clemencia al paso de sus rigores, volvió en amor la fiereza: determinó de enviar su mayorazgo, y apenas le envía, cuando, gozosos, por su señor le confiesan. Telas y ramos le arrojan, motetes cantan, y suenan, bendiciones al que viene en nombre del Rey a ella; pero luego, al otro día que sus preceptos le muestra, como blasfemos le escupen, le prenden y le apedrean; a azotes crujen su carne, hasta las estrellas tiemblan del rigor con que le tratan, del tormento que le cercan; hasta que le dan la muerte no paran: ¡grande fiereza! que no les pude templar el retumbar de las piedras, que porque faltaba el sol, unas con otras se encuentran. ,Murió el sol, y faltó el día solo para que amanezca más claro, llave que abrió de las obscuras tinieblas los calabozos, con que libres a todos los deja. El Príncipe vencedor triunfante se vio, y apenas supe que había de entrar en la Corte que frecuenta la nueva en sus ciudadanos mucho antes que sucediera, viendo que yo era el menor y había de tener la diestra del Rey este, que de Adán vestido de oro se muestra, la carne que intacta y pura la produjo una doncella, fue tan grande mi pesar, como es grande la soberbia de los grandes, que un motín levanté y una tremenda voz que sonó, me arrojó con resolución resuelta, condenado por mi culpa a no limitadas penas. Salí, por no molestaros, y a la jornada primera con dañoso precipicio rodé difíciles cuestas, y en unas profundidades de obscurecidas tinieblas, donde deseé la muerte, mashuye a quien la desea, púsome allí la caída tan otro en mi gentileza, que quedé hecho demonio si bien como un ángel era. No se contentó con verme cercado de tantas penas, sino que en duras prisiones en la cárcel más estrecha me puso, y para alimentos, ved cómo cobraré fuerzas, me dio serpientes, dragones, esfinges, sapos, culebras, cama de llamas y hielos, y donde se escuchan penas, maldiciones y gemidos, ayes y voces tremendas; no se ve la cara al sol, todo es noche, horrores, selvas, donde apacientan en sangre a las dañosas ovejas. Allí estuve mucho tiempo y estoy en esta tremenda mansión, aunque algunas veces los porteros de las puertas, que son amigos, salir cual preso viejo me dejan, y hoy, antes de amanecer, que no quiero que amanezca el cielo para mí nunca, salí por aquestas quiebras con un encanto que hice, que en esta cárcel tremenda, para destruir el mundo solo se enseña esta ciencia. Hay aulas donde se lee y familiares enseñan, no se inclinan a placeres, todo es llanto, todo es quejas, y para mí todo es uno. Llegué a esta ciudad y apenas llegué, cuando me dijeron que en esta torre, que muestra la amenidad de este campo, estaba una dama bella que apenas el sol la vía; con aquesto di la vuelta, por estar aquí seguro de tantos como me cercan, que han de despachar por mí. Hallé aquí amparo y clemencia, así os gocéis largos años, que en pago pondré en la tierra que pisáis mi boca humilde, aunque, si humildad tuviera, no estuviera como estoy, y en pago de aquesta deuda, Sísifo atravesaré, la montaña más soberbia, y si me veo en mi Estado, arrancaré las estrellas, dejando hecho tabla el cielo, para tachonar las puertas de aquesta torre, que asiento es de aquesta hermosa vega; será del sol vuestra cama, pues con racimos de perlas haré mazorcas que en puntas rematen, para que sean pinchantes en las cortinas y planchas de oro en la tela. ¡Ay de mí! Ruido he sentido; mi padre sin duda entra. No tienes que temer nada, no hayas miedo que me vea que tengo la ciencia infusa. No sé qué el alma recela. Es tanto el amor que os tengo, que ya no puedo, señor, replicar a vuestro gusto. Mil veces dichoso soy. No me dará más cuidado mi fiero competidor, pues ahora Federico quiere asegurar mi honor; mucho más gano que pierdo con esta ventura hoy. Dioscoro, ¿no me dirás... ¿Qué me mandas, gran señor? .dónde está Bárbara? Allí. ¡Qué divino resplandor sale de su rostro hermoso! si te ven, perdida soy. Como me des la palabra de que te has de casar hoy y dejar la ley cristiana, no me verán. ¡Ah, traidor! Tú eres el Demonio mismo. ¡Válgame aquí solo Dios! ¿Qué dices? Que a Cristo adoro. Ya se ha logrado tu amor. Llega, hermano Federico; dale la mano. ¿Qué estoy mirando, dioses? :Qué veo? ¿De qué es tanta turbación? O se engañan mis sentidos, o aquesto es todo ilusión. ¡Con Bárbara un hombre! ¡Cielos, con Bárbara! ¿Qué rigor es este de mi fortuna? ¿No llegas? ¿Qué te turbó a gozar de tu ventura? Llega, Bárbara. ¡Señor! ¿Para qué quieres que llegue si está empleada mejor? ¡Villano, vil! ¿Tú te atreves, para infamia de mi honor, a darme a mí por esposa a quien su honor profanó, a un hermano de un Prefecto que en tiempos a Roma dio más laureles que hay estrellas en el azul pabellón? ¡Por Júpiter, que a no estar mi hermano aquí!... Esto es peor; mas¿si le ha dado de veras la locura ¿Qué sé yo? ¿si es aqueste frenesí?... Esta mañana le dio, y era el tema que le diese a Bárbara, y fue ocasión a que yo os lo suplicara. Repórtate. ¿Ciegos sois, o estáis locos? ¿No miráis junto a Bárbara un traidor tirano de mis deseos? ¡Qué lástima! ¡Qué dolor! El accidente le ha vuelto. si no viera que es error y locura de tu hermano, le pasara el corazón. ¿Aquí un hombre con mi hija? Llega y vele. ¡Loco estoy! ¿No le ves? Yo nada veo. ¿Y tú, Valerio? Ni yo. ¡Hay semejante maldad! ¡Villanos! ¿Contra mi sois todos? Llega tú, Tiburcio. Digo que tiene razón. ¡Oh, qué alto que es! ¿Vesle bien? Mírale. Sí, ya le estoy mirando. Me lleve el diablo si no está loco. El humor quiero seguirle. ¿Qué dices? Que tienes mucha razón; y, por más señas, es tuerto; tiene cara de capón. Tú le haces perder el juicio o tú estás mucho peor. Decid que me engaño ahora. ¿Ninguno le ha visto? No. Pues mi espada hará en su pecho mil bocas al corazón. Este lugar es sagrado y miro por el honor desta dama; masseguidme y os daré a entender que soy hombre para castigaros. Ya te sigo; muerto voy. Seguidle todos, seguidle. De enojo rabiando estoy Sabe el cielo si me pesa el no efectuarse hoy el casamiento tratado. Y a mí me pesa, señor, que esté loco Federico. Mas yo la palabra doy, si sana de este accidente, no falte a mi obligación. Otro amo nuevo me fecit porque aqueste se acabó; no quiero que se le antoje que su Bárbara soy yo. El demonio era sin duda, que estas trazas suyas son. ¡Valedme, Esposo Divino, para que conozcan hoy que el prodigio de los montes y mártir del cielo, no se ha de vencer con engaños, pues esclava vuestra soy.
JORNADA SEGUNDA
En esta vega apacible, llena de pardas alfombras, a quien hacen verdes sombras ese edificio invencible, con aquel debido honor a la deidad soberana, traen a Apolo y a Diana, Marte y Júpiter, señor supremo, a mi parecer, y a los demás que la esfera celestial ocupan. Quiera el cielo que a conocer lleguemos el superior Dios, para adorarle solo. Júpiter será. U Apolo. No es digno de tanto honor como Júpiter. Saturno, pues que ninguno le iguala, hoy ha de llevar la gala, calce el dorado coturno Apelo a Júpiter haga divinas transformaciones, y Venus con escuadrones de amante necio su paga, que Saturno ha de reinar en los estrados divinos, porque hay muchos Saturninos que le tienen de ayudar. El dios de amor ha de ser el supremo. Hoy se verá; Júpiter solo será. Apolo le ha de exceder. Ya traen los dioses divinos en procesión. A los vientos la música lisonjea. ¡Válgame Dios! ¿Qué es aquesto que miro? De la ciudad gran multitud va saliendo de gente, y en procesión, en doradas andas, veo unos bultos. ¿si serán los dioses que yo aborrezco? Gente hay al pie de la torre; del caso informarme quiero. ¡Ah de abajo; hermosa dama! ¿Qué mandáis?¡Bárbara es, cielos! Días ha que no se han visto esos balcones tan bellos. ¿Qué nos mandáis? ¿Qué pedís? Amigos, saber deseo, si es que vos, por cortesía, me queréis informar de ello, ¿qué gente es esta que viene y a qué? Serviros deseo, que sois mujer y encerrada y todo queréis saberlo. Lo noble de la ciudad, lo común y lo plebeyo tienen una competencia y un disgusto, de que puedo afirmaros que a no haber dado este discreto medio, hubiera civiles bandos como en los pasados tiempos. Juntáronse cierto día en una casa de juego unos mozos, murmurando de lo malo y de lo bueno, y vinieron a parar en los dioses: ¡ah blasfemo murmurar, que aun no reserva lo soberano del cielo! Uno dijo que era Apolo dios superior, otro el regio tonante Júpiter, otro el bélico Marte, y de esto vinieron a las espadas; corrió la voz, novelero el vulgo, alentó el disgusto, la parcialidad siguiendo, los unos de sus amigos y los otros de sus deudos; pero el prefecto Marciano dio un docto arbitrio sobre esto, y es que a esta vega apacible traigan los dioses, y que ellos, pues es su causa, difieran allá en sus solios eternos cuál es el dios superior, bajando a su imagen luego, para que todos lo crean, alguna señal de fuego. Esto piensan alcanzar de los dioses, y para esto manadas de blancos toros cubren la falda del cerro a hacer sacrificio humilde para enternecer sus pechos. Esos altares que adornan de costosos ornamentos su depósito ha de ser en este espacio pequeño. Esto es todo lo que pasa; los dioses santos y eternos los echen a aquellas partes que más convenga a su cielo. Mi Dios, ¿podéis consentir tal ofensa? ;Dios eterno! ¿Dios supremo buscan, cuando Vos solo sois Dios Supremo? ¿Señal vienen a esperar de fuego, cuando entre fuego y entre llamas infernales están sus almas ardiendo? ¡Divino Señor, hacedme una merced; caigan luego desde la angélica esfera, entre temerosos truenos fúlgidos rayos que abrasen las estatuas en que opresos están los fieros ministros que niegan su entendimiento! El cielo se viene abajo; rayos que bajan soberbios la luz del sol obscurecen. Los dioses andan a pleito sobre la elección. ¡Clemencia Los chincharrazos son estos que se dan unos a otros. Ruido. ¡Clemencia! ¿No hay un dios cuerdo que les meta en paz? ¡Clemencia! El ruido y el estruendo que se trama. ¡Ah, pobre Apolo! Las narices se ha deshecho de una piedra que cayó. Los de las andas huyeron. ¡Valientes los dioses son pues se han quedado en el puesto! Dioses, ¿cuál es el mayor? Cristo solo es Dios eterno. ¿Quién es Cristo? Esposo mío, decirles quién sois vos mesmo. Cristo es el Supremo Dios; los que adoráis son blasfemos inducidos del demonio. Mirad en ese madero, por esos clavos, la escala por donde se sube al cielo. Bárbara es de Cristo esposa. Aquí murió este Cordero que, quitando los pecados, señaló Juan con el dedo: aquesta es su cruz, seguidla. ¡Ay, divino mensajero! Queda en paz, de Cristo esposa. Gracias os doy, Dios eterno. Grandes prodigios miramos. Los rayos, piedras y truenos han cesado con su vista. Aqueste Dios adoremos; el de los cristianos es, no pongamos duda en ello, el verdadero Dios solo. Vamos a voces diciendo Cristo es el Dios superior. Cristo es el Dios verdadero; ¡mueran los fingidos dioses y viva Cristo! Yo creo que este solamente es Dios, masconfesarlo no puedo, que si el Prefecto lo sabe ha de haber cruel degüello. ¿massi fuera yo cristiano? Algunos impulsos tengo después que he visto a los dioses rodar por aquellos suelos. Para mi reino profundo infinitas almas pierdo si a esta Bárbara discreta de su intento no divierto. A Federico he dejado con más confusión, que huyendo me entré por aqueste monte. Este es su criado. Creo que este caballero es, si no me engaño, extranjero. A lindo tiempo he venido; entrar a servirle quiero, si me quiere recibir acaso por su escudero, que desde aquel mesmo día que Federico, mi dueño, perdió de veras el juicio, tengo hecho juramento de no entrar más en su casa. ¡Ah, señor! ¡Ah, caballero! ¿Qué queréis? Quiero pediros... ¿Limosna? No lo profeso, antes me inclino a servir. No digáis más, ya os entiendo. ¿Buscáis Sí, señor. Pues yo recibiros quiero. Pues seréis muy bien servido si a vos serviros merezco. ¿De qué me habéis de servir? Depósito del contento soy, porque nunca estoy triste. Yo sí, porque siempre peno, ¿No respondéis? ¿Por qué causa os despidió vuestro dueño? Porque vale caro el pan y hay poquísimos dineros. ¿Pues no era rico? Rico es, masenamorose luego y juega. Discreto sois. He servido mucho tiempo con hambre y necesidad. Yo os recibo. Esos pies beso. Alguna cosa has pisado y no es ámbar lo que huelo. ¿Cúya es esa torre altiva? De un ilustre caballero de esta ciudad, cuya hija es la que ahora se ha puesto encima de esas ventanas. Es extraño su suceso. Ya lo sé, ya me lo han dicho. De cólera rabio y peno; arrobada está, sin duda, con el favor que le ha hecho su Esposo. Mira; ¿qué rosa, el verde botón abriendo da más contento a la vista? Aparta, que hablarla quiero. Allí viene Federico; tormento añado a tormento. Como te dijo, se fue por esos montes espesos y no pude dar con él; sin duda fue encantamiento. Ella a la ventana está, y ella quiere hablar. Valerio, muriéndome estoy de amores, aunque vi tan claros celos. Pero ¿qué miran mis ojos? ¿No es aqueste el caballero que vi con Bárbara? Yo no te puedo dar fe de ello. Escuchemos lo que dice. Verte loco otra vez temo. Bárbara, cuya hermosura y soberano arrebol vence a los rayos del sol como a la helada blancura de la sierra más segura de complacencia, por ser tan hermosa, al parecer, de la nieve que se embebe, aunque nunca fue la nieve material para encender. Yo soy un Príncipe, a quien mi dueño, mal indignado, de su reino ha desterrado, si bien me estuvo a mi bien, porque aquí soy rey también y en su reino era vasallo; masno pretendo culparlo. Vuestra fama me ha obligado, si bien fue corta con vos, a que parta entre los dos mi reino, poder y estado; y si hasta aquí desdichado fui, seré yo venturoso si merezco ser esposo vuestro, que en vuestra hermosura, me llamará mi ventura el desdichado dichoso. Vuestra esclava humilde soy; no merezco tantos bienes. ¡Cielo! ¿Esto sufro? Qué tienes? Loco de veras estoy. Gracias inmensas os doy por tantos favores. Creo que se cumpla tu deseo. Valerio, no vi mujer de tan fácil proceder. Infelice fue tu empleo. Con su Dios hablando está y piensan que habla conmigo. Tú, Valerio, eres testigo de sus liviandades; ya de hoy más no me culpará mi hermano, ni mi cordura podrá atribuir a locura, pues de este Príncipe infiero, y encubierto caballero, que goza ya esta ventura. si merezco poseer la mano que adoro y sigo, el mundo será testigo de vuestro inmenso poder; la tierra ha de obedecer mi mandado, y de sus venas, de tantas riquezas llenas, sangraré la fértil copia, aunque será cosa impropia estando en manos ajenas. Telas labrará Milán de vuestras bellezas sombras, África ricas alfombras, que de estrado os servirán; diamantes dará Ceilán, y todos serán despojos de vuestros hermosos ojos, aunque extiende el vuestro opimos los diamantes a racimos , y las perlas a manojos. Ofir el rubio metal te presentará a esos pies; la torre humilde que ves la haré de fino cristal. Todo esto será señal de mi firmeza y amor: dame, señora, un favor del sí, que si tú eres mía, aumentarás mi alegría y yo aumentaré mi amor. El alma os doy, dueño mío, por semejantes favores. ¿A qué aguardan mis rigores si esto hace el cielo impío? Pruebe mi valor y brío quien tantos celos me da. ¡Ay de mí! En la calle está Federico. ¡Jesús mío, en vuestro favor confío! Ten cordura. ¿Quién podrá? ¡Caballero! Esta pendencia la tiene de haber conmigo vuesa merced, que testigo soy de su poca paciencia; masquiero darle licencia que se vaya, y de camino sepa que mi amo vino a ser de Bárbara esposo, y él es solo el venturoso, pues es de gozarla digno. Ya es vuestra esposa. ¿Qué mira? ¡Tú, villano! Caballero, yo desengañaros quiero! Templo a mi pesar la ira. No porque el valor me admira que mostráis, he de estorbar vuestra cólera y pesar. ¿Habéis a Bárbara oído Por eso mi enojo ha sido. ¿Pues qué podéis replicar? Que si sé perder la vida, no habéis de gozar su mano. Vuestro intento será vano. Yo seré vuestro homicida. Quiero, porque no me impida la ocasión de tanto bien, aunque él procura también, apartarle de aquí ahora. Ella es mi esposa y me adora, y a vos os muestra desdén. Pues no ha de ser vuestra, ¿No? Dejemos este lugar. ¿Quiéresme otra vez burlar? La puerta abierta dejó su padre cuando salió; que aguardarle voy diré y, sin irme, volveré. Ausentarme de aquí quiero, y luego ser yo el primero que dentro en la torre esté. Id delante, que ya os sigo. Mi industria se ha de lograr. Nadie me ha de acompañar, que llevo honrado enemigo. Procuraré, como amigo, evitar esta porfía. Yo en aquella peña fría subiré a ver la cuestión, y seré como Nerón, que de nada se dolía. Misterio soberano, milagro peregrino. ¡Cuánto, Señor divino, en conoceros gano, pues de grandezas vuestras al instante me dais divinas muestras! Llegué a la clara fuente de aquesa huerta amena, que bulliciosa arena celebra su corriente; haciendo en los cristales con los dedos no más cuatro señales en el agua quedaron dos cruces esculpidas, tan en el agua unidas que casi me admiraron. ¡Qué divino milagro! masfue de Dios, a quien mi fe consagro. El agua bulliciosa, que antes la había juzgado bello cristal cuajado, del suceso gloriosa parece que saltaba, y con sus perlas el favor pagaba. Los pajarillos mansos que a beber concurrían, como las cruces vían en los claros remansos, tan suspensos quedaron que volando y por verlas no volaron. ¿Con qué, Divino Dueño, pagaré estos favores? masdiciéndoos amores me sobreviene el sueño; las huertas sean mi alfombra, el jazmín el dosel, y este árbol sombra. Bien mi intento he logrado. Mientras mi intento y brío me espera en desafío, veré mi dueño amado; pero vencida al sueño esta mi ingrato y adorado dueño. Oh, qué ocasión felice me ofrece la fortuna! No hubo pendencia alguna que el vulgo solemnice sin duda ellos temieron y aquesta bella retirada hicieron, si no es que hayan venido viendo la puerta abierta; ¡oh, entraron por la puerta de este jardín florido! Bien dije: a Federico he visto allí. De glorias estoy rico. Cerrar la puerta quiero. ¡Bárbara! Dueño mío Cuando el contrario airado, con amor lisonjero turbar quiere tu vida, no es justo que le esperes tú dormida. ¡Ay de mí! Calla y mira. Aquí me da un mal rato. ¿Pues tú, criado ingrato... Temiendo estoy su ira. .osas ponerte en parte que mi rigor te alcance? Fue burlarte aquello que te dije. A servirte he venido. Pues que me guardes esta puerta pido,. si el temor no te impide. ¿No me dirás qué miras? ¿Dónde la he de guardar? ¿Pruebas mis iras? Avisa luego al punto si su padre viniere, que el piadoso amor quiere darme todo el bien junto. Forzaré su hermosura pues mi amor atribuyen a locura. ¡Aqueste es Federico! Ay de mí! Yo te guardo, ten ánimo gallardo. Mis contentos publico. No ha de verme ni verte, que quiero castigarle desta suerte. En esta murta quedó y de este jardín al pie, y el jazmín y murta están ajenos a tanto bien. ¡Bárbara, Bárbara mía! Por Júpiter, que no ve a Bárbara! ¿Hay tal locura? Loco se ha vuelto otra vez. ¿Qué pretendes, Federico Aquesta voz de hombre fue; pues ella ¿no estaba sola? Desdichas, ¿qué me queréis? ¡No pudo llegar a más! Villano cobarde, ven a matarte aquí conmigo, y estos celos no me des! Bárbara, que el nombre tuyo difinición clara es de tus grandes sinrazones, llega a mis brazos, joyel será tu pecho del mío, lleno de amorosa fe. Laurel, ¿si se ha convertido, como otra Dafne cruel en ti sólo, y es Apolo quien pudo mudar tu ser y quien me responde ahora? Ya sabré, verde laurel, adorarte como a Dios. ¿No respondes? ¿No sabré la verdad? ¿No? Pues ahora, por fuerza has de responder; dame a mi Bárbara presto o muere aquí. ¡Pobre de él! Señor, ¿qué haces? Tiburcio, cuantos me hacen perder el juicio. Ven acá, amigo; ¿ves tú a Bárbara? Muy bien. Dónde está? Junto a aquel árbol que es de estas flores dosel. ¿Qué dices? Llega conmigo. ¿Estás loco? Puede ser, Entremos dentro, que quiero darte las nuevas de un bien que esperas gozar muy presto. Quién tal llegó a merecer si yo también he cegado! Sin duda que esta mujer es hechicera famosa. Ve tentando. Tentaré, si está el jardín encantarlo, algún gigante cruel que me dé con una maza. Amplia ocasión le dejé, masno la pudo lograr, que del celeste cancel bajó el sacro paraninfo, mi competidor cruel, a estorbar industrias mías. Encanto sin duda es. No es encanto, pues aquí, de quien la voz escuché, está el encantado sueño. Detente. ¿Cómo podré? Detente, Federico, que no vengo a estorbar tus antiguas pretensiones, intento es diferente el que prevengo con apuestas quimeras y invenciones. ¿No me conoces bien? Yo soy quien tengo a mi poder sujetas mil regiones de varia gente en triste cautiverio, que tiene en libertad el sacro imperio. Sacros monarcas, soberanos reyes que el mundo con hazañas ilustraron, y dieron leyes y quitaron leyes, a mi poder invicto se humillaron, y aun los humildes, que con mansos bueyes fecunda tierra siempre cultivaron tengo en esclavitud ; masestos tales en llegando a mi reino son iguales. No la corona envidio que a su frente ya del rubio metal, ya de la oliva arrogante ciñó, que es más valiente mi efecto superior, mi fama altiva. Por un compás a todos igualmente los termina mi rabia vengativa, y con mayor rigor a los que fueron ricos, por la soberbia que tuvieron. Deshago un monte, reedifico un monte; pongo paz en el mar, ensoberbezco las aguas, sepultura de Faetonte; guerra al mundo le doy y paz le ofrezco; vapor caliginoso al horizonte hago que cubra; su señor parezco y no lo soy del todo, aunque hubo día que, si bien no lo fui, lo parecía. Este que digo soy, y aunque he tenido, como tú pensarás, aficionado riel suceso feliz que has pretendido, no es aquesa la causa que he pensado; en alcanzando el sí de su marido, ofrecértela a ti, porque casado no puedo ser, aunque el amor dé guerra al cine jamás paz tuvo con la tierra. No tengas pesadumbre, no te espante de verme pretender, que ya no puedo lo que perdí alcanzar, que este semblante que te parece afable, con él puedo estremecer al más feroz gigante, infundir en la tierra horror y miedo: tú pretende sin miedo; tuyo es todo, y. si la alcanzo yo, del mismo modo. Los pies te quiero besar por semejante favor. De aqueste tengo temor Aparte que la fe ha de profesar de Cristo, por la afición que tiene a Bárbara, y quiero alistarle yo primero en mi robusto escuadrón. ¿Qué me darás y yo haré que antes de mañana sea tuya Bárbara? Desea el alma saber con que esa merced pagará; mas, pues es lazo del alma yo te quiero dar el alma. Bastante paga será; eso tienes de firmar con tu sangre Sí haré; que tan grande bien no sé con alié le podré pagar. ¿Dónde nos esconderemos, que viene el viejo? ¡Ay de mí! Yo tengo remedio aquí, sosegad, no hagáis extremos. Con aqueste cabestrillo no podrá ver a ninguno. ¿Y para mí no hay alguno, señor.? ¡Ay, que el viejo viene! Señor, no te he de dejar hasta que me libres de él, que es por extremo cruel. Di que te venga a buscar. ¡Santo Apolo, que me llevan los diablos! Yo quiero ver si viendo aquesta mujer mis sospechas se renuevan. Desde que un sueño soñé una voz tremenda oí, nunca se aparta de mí, maspienso que incierto fue. Soñé que daba la muerte a Bárbara; ¡qué crueldad! Que su divina beldad la postraba, ¡oh trance fuerte! Qué tirano, aunque no fuera padre, viendo su hermosura, su honestidad y cordura, ofenderla se atreviera? ¡Válgame el cielo! ¿Qué he visto? sin sentido salgo aquí. ¿Cómo ha de estimarme a mí, Bárbara, si adora a Cristo? En su aposento encerrada, porque su oración no atajen, con una pequeña imagen suya, la he visto abrazada; pero su padre está aquí, quiero asegurar mis miedos, que, pues invisible estoy con el cabestrillo, puedo hablarle sin que me vea. Gente parece que siento. Dioscoro, que capitán fuiste de Roma en un tiempo, ¿cómo quieres que los dioses te den el debido premio a tu vejez... ¿Quién me habla? . si en tu casa así tú mesmo tienes una hija... Estoy sin sentido, el seso pierdo. .que engañada fácilmente de villanos consejeros, los sacros cultos profana y deroga sus preceptos siguiendo la Ley de Aquel que crucificado vieron los hebraicos jueces, por alborotarle sus pueblos? A Cristo adora tu hija, Cristo es su Dios. Mensajero de los dioses es sin duda este que habla y no le veo; pero ¿cómo puede ser que, quien depende del cielo, diga mentiras? ¿Mi hija adora a Cristo? Eso niego; de los dioses que yo adoro, que en el azul pavimento asisten, las leyes guarda solamente. Escucha atento lo que dice. Quitó el marco del aposento primero. Cristo, monarca supremo de la tierra, dos deudores tenéis en el suelo, amores, que obligan a tanto extremo; el uno, decirlo quiero, es el pecador, pues Vos, siendo su juez, por ser Dios, pudiendo admitir disculpa, quisisteis pagar la culpa sin ser cómplices los dos, y el otro es la cruz sagrada, digna de vuestra deidad, puesto que en la adversidad os dio bien cara posada; caminabais la jornada del morir, porque os abrasa amor, y el fuego os traspasa. Rey en todo parecéis, pues mercedes les hacéis por haber muerto en su casa. Ufana podéis estar, ¡oh, cruz santa!, v presumir con el cielo competir, disculpa podéis hallar; porque yo vengo a pensar que si el cielo Dios dejó por vos, y miento tomó en vos, diréis sin recelo que merecéis más que el cielo, pues Dios por vos le dejó. Ya no lo puedo sufrir. ¡Bárbara! Señor! ;Qué es esto? ¿A qué Dios rezas? A Dios. ¿Qué Dios? ¿Pues hay en el cielo más de un Dios? ¿Y quién es ese? Cristo. Su enojo sospecho. Quiero, pues que no me ve, ver el fin de este suceso. Los dioses que adoras tú son los demonios, que opresos en esos dorados bultos. equívocamente al pueblo responden mil disparates; y si no fúndate en eso; que el ser Dios es una cosa que no excede de sí mesmo su principio de su ser. Advertido, pues, aquesto, padre mío, escucha ahora sin enojo; pues sabemos que aquellos fingidos dioses fueron hombres, que tuvieron principios de otros, y el mundo, o porque inventaron ellos algunas curiosidades que al mundo son de provecho, les dieron este atributo de dioses. Los que entendemos la perfección de ser Dios, ¿por qué hemos de estar tan ciegos que califiquemos sabios lo que han aprobado necios? Fuera de eso, Dios en todo ha de ser siempre perfecto en sus obras, y esos hombres imperfecciones tuvieron infinitas, como son, el ser lascivos, soberbios, y otros vicios reprobados. ¿Qué me respondes a aquesto? ¿Qué contradicción le hallas? Retórica estás, y pienso que ha días que experimentas ese error, de engaños lleno. Desde el día que mandé al obediente maestro que dos ventanas hiciese al edificio soberbio y puso tres, sospeché lo que sin sospecha veo. Es verdad, porque en las tres justamente reverencio las tres divinas personas: Padre, Hijo y el Inmenso Espíritu. Y de qué modo, si te pongo el argumento de aquese ciego imposible lo disolverás? Con esto, ¿qué diferencia tendrán los nombres y Dios, si en ellos y en Dios, las misterios son no difíciles? Yo creo que ninguna, luego, ¿es bien que al más levantado intento humano ocultos estén los celestiales misterios? Una de esas tres personas ¿no murió? Yo lo confieso, pero fue solo en cuanto hombre, en que se cifró el remedio del linaje humano. Y Dios ¿no pudo, si es Dios perfecto, remediarlo sin morir? Fue acción de Dios siempre eterno. No hay cosa que sea imposible a su poder; yo confieso que lo pudo remediar de otro modo, aquesto es cierto. ¿Pues, cómo pudo morir, siendo Dios? No se valiendo de lo divino al morir, supuesto que en ningún tiempo divinidad le faltó. Tus argumentos son necios. A los dioses desenoja luego al momento, o, por ellos, que aquesta espada que ciño abra aquese infame pecho No quisiera, sueño vano, que salieses verdadero. Aunque me des más martirios que el mundo ha inventado, pienso seguir de Cristo la Ley. Pues esta espada prevengo para quitarte la vida. Detente. ¿Qué es esto, cielo? ¿Quién el brazo me detiene? Detén el golpe sangriento, que me matas, si la matas, pues vivo en sus ojos bellos. ¿Quién fue el Mágico sutil que ha detenido mi acero? Cristo sólo. ¡Que esto sufro! Detén el golpe sangriento, no acabes con él dos vidas que ha juntado el amor tierno. ¿Otra vez, cobarde brazo, os detienen? ¿Qué es aquesto? ¿Qué aguardas? Déjame y vete, pues que te defiende el cielo. Ya quedó libre, yo voy a contar este suceso a quien me la ha prometido y el alma le di por premio. Temiendo estoy que los dioses me den castigo sangriento; masllamarela, ¡ay de mí! ¡Bárbara! ¡Señor! Ya vuelvo a que me quites la vida. Pues muere. ¿No hay, santos cielos, quien me detenga ahora el brazo? ¿Qué aguardas: ¡Ay, ojos bellos! Vete, no quiero matarte; llueva Júpiter inmenso rayos sobre mí; desciendan globos ardientes de fuego que me convierta en ceniza, y no te mate yo, haciendo tan gran ofensa al amor paternal. ¡Oh, Cristo eterno!, dadme valor. Disculpadme, dioses santos, dioses bellos, que es hija, al fin, y los hijos son, aunque nunca sean buenos, pedazos del corazón y de los ojos espejos.
JORNADA TERCERA
Bárbara, aqueste lugar a tu delito es conforme; rodeada de esa cadena has de estar, sin que lo estorbe ese Dios de los cristianos que tú publicas a voces. Arrastradla, ¿qué aguardáis? ¿Que no teméis mis rigores? Sosiega, que humilde estoy y con su gusto conforme, aunque en mi muerte imagines los tormentos más atroces; pero si quieres saber quién son y han sido tus dioses, aunque me des mil martirios, tengo de decirlo a voces. Júpiter, mudando formas, que le atribuyen los hombres para encubrir su torpeza diversas transformaciones, vuelto en águila rodea la esfera que el cielo esconde, y castigando los vientos daba al sol plumas veloces; entre la saña y el pico llevaba el troyano joven porque la copa le sirva cuando las mesas le ponen. liarte, a quien fábulas pintan por dios de los escuadrones con túnica de diamante fuerte escudo y limpio estoque, despreciando el marcio estruendo con los pensamientos nobles, buscaba, adúltero, a Venus de Chipre en floridos bosques. Mercurio, diestro en engaños, para que la vaca roben duerme al pastor de quien toman de cien ojos los pavones. Diana, matando fieras en las selvas y en los montes, transforma en ciervo a Acteón donde sus perros le comen. Estos son tus dioses falsos, que yo en diferentes orbes los considero planetas; no remedio de los hombres. A estas bien distintas aras donde mandan que se postren tus idólatras vasallos para que humildes adoren; pero yo que soy cristiana y con pensamientos nobles voy penetrando deidades, entre vanas ilusiones, entre dudosas respuestas y entre falsos sacerdotes, habla el querube abrasado que de los altos Triones cayó, fulminando ciego donde eternamente llore, y que el Dios eterno y solo que padeció por los hombres es el que a todo preside, el que los cielos compone, el que pone curso al mar, el que sus ondas recoge con freno de blanda arena cuando los bajeles sorbe; el que la salud envía, el que los tiempos dispone porque al presente y futuro pone su palabra en orden; el que llaman siempre santo con alegres bendiciones los que el sur caliente viven y los que habitan el norte llena de cristiano enojo, de que haya bárbaros hombres que adoren unos metales y en holocaustos los honren, pidiendo fuerzas al cielo para que venganzas tome por mi voz en honra suya para que mi Esposo a voces que bajen ardientes rayos que desbaratando montes, que deshaciendo peñascos los destruyan, los arrojen, despertando simulacros de los altares enormes, a vista de tus vasallos cayeron todos tus dioses. Esto he hecho por cristiana, que no quiero que blasones que a Dios el honor le niegas cuando vive quien lo estorbe. Ahora inventa crueldades, anima el furor, disponte a ejecutar más tormentos que me escuchaste razones, que mientras sustente el alma entre mortales prisiones he de confesar a Cristo que es remedio de los hombres. Muera esta Bárbara luego para ver si la socorre el Dios a quien honra tanto. ¿Qué os paráis? Atenla a un poste y a vista de la ciudad, porque su venganza logren las deidades ofendidas, que es justicia que se enojen, la miren bañando en sangre con cruelísimos azotes; llevadla; ¿qué os detenéis Quien tan dulces nuevas oye forzoso será que culpe las más breves dilaciones. Desta vez me quita el miedo. ¿Habrá unos pocos de dioses para que yo me entretenga, que, quisiera por su orden, irlos haciendo pedazos? ¿Quieres que algún dios se enoje pensando que hablas de veras? Más quisiera dos melones que todas sus amenazas. Merece que la coronen. por mártir, los serafines y, por Dios, que si doy voces, que he de confesar que es Dios. Calla. No quiero; pregone la fama que soy cristiano y que digo que sus dioses son unos hijos de puta. Tiburcio, mira que te oyen. Están dados a adobar y van por esas regiones cargados de mucho vino, hechos unos borrachones. La cédula que te di, que con mi sangre firmé, me has de dar. Yo cumpliré todo lo que prometí. ¿Cómo lo puedes cumplir si ya está Bárbara presa por cristiana? No es empresa difícil de conseguir entrar donde presa está con la cadena invisible. ¿Qué importa si es imposible admitir sus ruegos ya mas¿cómo y de quién se supo que era cristiana? Que yo, aunque mi amor conoció la esquivez que en ella cupo, a nadie lo declaré sino a su padre. Tirano, dio cuenta al noble Marciano, hermano tuyo. Caso fue injusto. Temió el rigor de los dioses soberanos. Mis intentos salen vanos. ¿Que no le obligó el amor paternal? ¡Ah, cruel tirano! Yo he de morir si ella muere. si tu afición lograr quiere tu intento y quedar ufano de este ilustre vencimiento, en la cárcel presa está ; entra y fuérzala, que allá nadie estorbará tu intento. Aqueste consejo admito y ese parecer alabo. Tormento insufrible y bravo para tan corto delito. ¿Qué hay, Valerio? Ya acabó tu amor loco, libre y ciego; ya tu esperanza murió y ya tu amoroso fuego en ceniza se volvió. ¿Qué dices? Cuando un dolor causa efecto superior, si este todo el dolor causa, si le quitan esta causa, ¿no acabará su dolor? Claro está. Pues si nació tu amor de Bárbara, y ya Bárbara hermosa murió, también tu amor morirá, pues que la causa faltó. ¿Muerta Bárbara? Tirano su padre, porque al cristiano culto su vida ofrecía, y el de los dioses decía que era lascivo y profano, no atreviéndose a manchar, aunque lo quiso intentar, en su sangre el limpio acero, porque el amor verdadero le hizo en la ocasión dudar, dio cuenta a tu hermano, y él, no mostrándose cruel, la pretendió disuadir; masno pudo pervertir a su pensamiento fiel. Él, soberbio y indignado, mandó ponerla en prisión, donde, otra vez incitado, vencer con suma pasión su pecho ha determinado: massiendo imposible, intenta, para excusar más su afrenta, que la desnuden allí sosiega y escucha. Di, aunque el dolor me atormenta. A estas acciones crueles, como suelen los claveles entre las purpúreas rosas dar candidez a unas hojas sin necesitar pinceles, así en su rara blancura, afrentada la hermosura mayor, salieron turbadas unas manchas nacaradas donde su belleza apura. Desnudose al fin, y siento que ya no habrá humano intento con que ella pueda mudarse, que, pues llegó a desnudarse, sufrirá cualquier tormento. Quedó en un delgado velo, que fue discreto recelo el mirar con velo al sol, pues cegaba su arrebol por lo que tiene de cielo; y dos hombres, que no sé si hombres los puedo llamar, pues su atrevimiento fue celestial en injuriar lo que por deidad juzgué, con duras varas, en fin, en su cuerpo de jazmín hirieron, haciendo en él cada jazmín un clavel, cada azucena carmín. Piedra sois si no sentís esta lástima que oís, pues moviera a un pedernal ver un monte de cristal largueado de rubís. Como golpes tan airados la vara en su cuerpo hacía y quedaban señalados, viso blanco parecía con pasamanos leonados. Cansáronse, pues, de herir, de afrentar y de afligir su hermoso cuerpo; masella anima el rigor más bella y así les vuelve a decir: "Amigos, ¿por qué os cansáis? Que esos golpes que me dais con ese ímpetu animoso son las arras de mi esposo; dadme más, ¿a qué aguardáis? Volviéronla a la prisión viendo esta resolución, donde ya el alma habrá dado a su Dios. si te he enojado, perdona mi relación. Salga el alma por los ojos deshecha en llanto, despojos sea de mi triste muerte mi vida, pues de esa suerte su muerte me ha dado enojos. ¿Para qué quiero vivir si a Bárbara no he de ver? Mil veces quiero morir. Oye, que tengo de hacer que llegues a conseguir dulce efecto en tu afición. Ya tus engaños repruebo y sé que todo es ficción. Antes ahora, de nuevo, quiero darte el galardón que tu amor ha merecido, pues con el fiero gemido de la muerte que la espera, si hasta aquí fue esquiva y fiera, ya es fuerza se dé a partido. Yo sé que no morirá del tormento que la han dado. Vida esa razón me da. ¿Y el cabestrillo? Mi criado le tiene. Vamos allá, y si quisiere admitir tu gusto por bien, podrás con gusto y quietud vivir, y, si no, la forzarás. ¿Esto se ha de consentir? ¿Aquestas cosas encubre el mundo? Tiburcio viene. Loco vengo. ¿Qué hay, Tiburcio? No me hables. ¿Pues qué tienes? ¿Pues tú no sueles ser mudo? Vengo dado a los demonios. ¿La causa? La causa advierte: Bárbara queda acabando de los azotes crueles. Calla, que ya lo sé todo. Pues ¿cómo estás de esa suerte, sin hacer más sentimientos, si es la cosa que más quieres? ¿Dónde está aquel cabestrillo? En tu escritorio le tienes. Voy por él, vente conmigo. Ya te sigo. Que hoy pretende mi amor acabar con todo aunque la vida me cueste y el alma. Eso no, que es mía. ¿Qué dices? Que hoy sus desdenes has de vencer. si esto haces, el alma vuelvo a ofrecerte. Con tan buen cirujano, ¿qué importa altiva y rigurosa mano, ni las fieras heridas si las ha ele curar quien da las vidas? No por el dolor fuerte me huelgo yo de verme desta suerte, que el dolor no sentía pues por mi Esposo santo las tenía, sino porque de nuevo las vuelvo a recibir. Tu esfuerzo apruebo; todas esas heridas que te dieron las manos homicidas de fieros arrogantes, son esmeraldas, perlas y diamantes. Como cárdeno lirio quedaste en el rigor de tu martirio; masahora has quedado como jardín de rosas coronado. Todo aquese tormento fue gusto para el alma, fue contento que alivia mis pesares. Bárbara, en amenazas no repares, en tormentos, ni daños, pues conoces del mundo los engaños. Advierte que hoy te aguarda competencia cruel. No me acobarda como yo en ti confío. Con el contrario sal al desafío y si vencida vienes en tu Esposo hallarás muchos desdenes, y si alcanzas victoria gloria hallarás. ¿Quién mereció tal gloria? Aqueste es Federico; ya con él la batalla te publico; ciego de su deseo quiere alcanzar de su afición trofeo; pero aunque más resista, hoy con mi vista quedará sin vista. Toma tú aquesta ahora, pues que ya he visto lo que el alma adora. Así estaré seguro. Esta vez a forzarla me aventuro. Bárbara, no te espantes de locuras que intentan los amantes, porque, aunque sabios sean, otro poder mayor, sin que le vean, en ellos predomina. No fuera tu hermosura tan divina y no fuera tan loco este amor con que ciego me provoco, y, pues la culpa tienes, favores me prevén y no desdenes. Ya se ha llegado el día; que falta a mi valor la cortesía; o por grado, o por fuerza tengo de hacer que tu rigor se tuerza: llega a mis brazos, llega. Detente, loco. El resplandor me ciega.. Ciego, ¡ay de mí!, he quedado. Tiburcio, llega, llega, fiel criado. Señor, a buenas noches, malo estás para tierra donde hay coches. ¡Qué confusas quimeras! Así tienes de estar hasta que mueras, y en aquel mesmo instante que el ministro cruel feroz levante el cuchillo sangriento que la causa será de este contento, y te deje sin vida, la vista cobrará por ti perdida. Quédate en paz, esposa del Supremo Criador. ¡Suerte dichosa! ¡Bárbara, escucha, advierte!... El Dios que adoro trata desta suerte tu atrevimiento loco. Mi mal he visto, tus verdades toco; seguir tu Ley procuro y en servir a tu Dios, opuesto muro. Dame vista, señora. Adora al Dios que mi firmeza adora y tendrás vista luego. En tierno llanto y en dolor me anego. Y tú que libre piensas que estás, haciendo a Dios tantas ofensas, ¿cómo a Cristo no adoras cuando las dudas de su fe no ignoras? Cadenas del infierno no te podrán librar del fuego eterno. ¡Oste puto, mal año no vale para Bárbara el engaño. Infierno que mal suena, lleve el diablo quien trajo la cadena. Bárbara, a Cristo adoro, cuando las dudas de su fe no ignoro. Pues tengo el cabestrillo, también yo, Federico, he de decirlo y publicarlo a voces. Tenga tormentos ásperos y atroces, que Cristo solamente es Dios eterno. Con esta voz te temblará el Infierno. Ya la gente se acerca, Federico. Acérquense, y vean que publico Cristo es Dios solamente. Muestra valiente y generoso pecho, pues su Deidad esta mudanza ha hecho. Federico, ¿qué tienes? ¿Adónde estás, señor? ¿Tan ciego vienes? Vista exterior me falta, pero no la interior, joya tan alta; la Ley de Cristo adoro. Ya mis desdichas juntamente lloro. ¿Qué causa te ha movido? Haber hoy sus grandezas conocido, El antiguo accidente le ha vuelto a pervertir. ¿Esto consiente el soberano Apolo? ¿Qué poder tiene Apolo? Cristo solo factor de cielo y tierra, Él, conserva la paz, rige la guerra: a su palabra sola, rinde obediencia la terrestre bola. Aunque, hermano piadoso, te pienso dar castigo riguroso, si en ese error insistes y esas libres locuras no resistes; algún dios enojado ciego por esa causa te ha dejado. Es verdad, Dios lo ha hecho, y con aqueso más me ha satisfecho. La vista me ha quitado del cuerpo, masal alma se la ha dado, con que felice he visto que la Ley verdadera es la de Cristo. Aquesto diré a voces, engañada ciudad. ¿No me conoces? A Dios solo conozco. Tente y mira que vas ciego, señor. Eso me admira. Engañada ciudad, a Cristo adora; no estoy ciego, dejadme. El atesora los bienes del Imperio celestiales. Loco se ha vuelto. De ello da señales. Aunque más vuestras lenguas me disfamen, llámenme cuerdo, loco no me llamen. Seguidle. Deteneos. ¿Quién nos habla? El dios Eunuco. Mira al vestuario. Ese nombre reverencio de dios, pero nunca he oído ese nombre. Yo lo creo porque soy dios sin favor. ¿Sin favor? Aun en el cielo de favores necesito. ¿Qué inventasteis en el sueño Los capones inventé, y por eso dios me hicieron; pero nadie no me estima porque no son hombres ellos que me hagan estimar. ¿Hay muchos allá? Deseos no los dejan ir allá y los llevan al infierno. ¿Qué queréis? Vengo a deciros cuán engañados y ciegos adorando vais estatuas de fingidos dioses. Creo que estoy loco, ¿por qué causa? Porque solo hay en el cielo solo un Dios. ¿Y qué Dios es? Cristo. ¿Esto estoy sufriendo? Sacad todos las espadas y matadle. Cristo, perros, es el verdadero Dios. Cadena, doite mil besos. Tiradle. Aquí la voz suena. Cristo es Dios de tierra y cielo. Aquí está. Marciano ilustre, caballeros, ¿qué es aquesto? Están los dioses borrachos, señor, y imítanlos ellos. ¿Quién habla? El dios castrador. Vos tenéis la culpa de esto; vos, Dioscoro. ¿Yo, señor? ¿Qué decís si vuestro pecho no hubiera sido piadoso, y reprimido el intento de castigar vuestra hija, no se alborotara el pueblo de la manera que veis, ni cristianos hechiceros los dioses vituperaran, aun bien, que lo estáis oyendo. Torno otra vez a besarte, cadena, doite mil besos.. si aquese rigor mostráis con mi hija, ¡oh, gran Prefecto!, ¿por qué un castigo no haréis en vuestro hermano primero, que alborotando las calles va en voces altas diciendo Cristo es Dios? si amor de hermano os obliga a no ofenderlo, yo soy su padre y la amo, mírome en su rostro bello. No castigar a mi hermano fue pensar que no había vuelto del accidente pasado ; mas, por los cielos supremos, que hoy he de teñir en sangre de su garganta mi acero. Y yo animado también, Marciano, de aquese ejemplo, daré la muerte a mi hija aunque a mí me acabe luego el dolor. Vivan los dioses, decid todos. ¡Vivan! ¡Perros! No vivirá sino Cristo. Búsquese aquesa voz luego, y, si es cristiano, matadle. Darles pretendo, si llego, infinitas cuchilladas. Cadena, a vos me encomiendo. El despertar me pesa de sueño tan felice que le libraba al alma de pensamientos tristes. Soñando estaba, ¡ay, cielos!, que los celajes firmes del pavimento azul donde mi Esposo asiste, puerta dichosa hacían donde parece el iris, y, entre dos paraninfos, hermosos serafines bajaban un retrato del que gobierna y rige celestes monarquías, terrestres, superficies, y a mí me lo entregaban, y que con manos libres me recibía amoroso poniendo en los jazmines cíe sus divinos pies aquesta boca humilde. ¡Ay, qué contenta estaba y, ay, cómo quedé triste cuando vi que era sueño el gusto que previne! En mi aposento aguardo que mi esposo me envíe el martirio dichoso para mí tan felice. Turbados los pies y manos aún paso no acierto a dar; mas, no es mucho, soberanos dioses, si vengo a matar con pensamientos tiranos, no de padre, de enemigo, a una hija tan querida. El cielo santo es testigo que ha dado vida a mi vida aunque ya la contradigo. El marco de su aposento está quitado, y ya siento en verla mayor rigor basta, paternal amor, no me des ya más tormento. ¡Que hubiese sola de estar la cárcel sin prisioneros que pudieran estorbar que la matase! ¡Ay, fieros pensamientos! Quiero entrar, que el gran Júpiter mirando. el amor con que le ofendo, rayos está fulminando si perdonarla pretendo. ¡Ay de mí, que estoy temblando! Muera, ¡ay, ojos soberanos! Los pies se me van, las manos no aciertan a ejecutar el golpe; ¿yo he de matar mi hija? Dioses tiranos. Otro medio he de buscar, quiero a Apolo consultar. ¿Qué consultas? ¿A qué aguardas Que todo el tiempo que tardas das a los dioses pesar. Dioses santos, no pensé por lo mucho que dudé que os daba pesar. ¡Ay, triste voz! ¿De dónde respondiste Sin duda del cielo fue. Los dioses gustan que muera; pues los que habitan la esfera celestial tienen rigores, ¡qué poco saben de amores que juzgan de esa manera! Quiéreme determinar, y porque otra vez dudar no pueda y tomar enojos, en los ya llorosos ojos me quiero este lienzo atar. Pues ¿qué aguardo en trance igual? ¡Ea, valiente puñal, mostrad cuando estáis sangriento que habéis sido el instrumento de causa tan celestial! Dioses, mi mano guiad. Bárbara ¡Señor! Mis brazos te esperan, que esta piedad de echarte al cuello los brazos no ofenderán la deidad. Mi muerte cercana siento. Guíame hacia tu aposento. ¿Para qué ese lienzo llevas? Ya no quiero hacer más pruebas con mi afición, mi tormento. Ven de la mano, que yo te guiaré. No sabes, no, pues no llegas a temer que te va a quitar el ser el mismo que te le dio. Ya el puñal sangriento y fiero del limpio y húmedo acero levanta el padre cruel; ya cayó el golpe y con él la hermosa cabeza. Hoy quiero, pues que cobro en este instante la vista, a Bárbara ver. Pecho tengo de diamante pues tal he llegado a hacer. ¿Qué es esto? ¿Tú estás delante De mí? Detén el rigor que yo a mi pesar resisto, que aquesa sangre que he visto me ha doblado mi temor. Aquesa sangre, traidor, que sacó tu tiranía obscureció mi alegría. ¿Sabes cúya es? Ya lo siento porque ha hecho sentimiento dentro del pecho la mía. Sentirás el verme vivo, ya que está tu hija muerta, sin ver que en mí se concierta un dolor más excesivo, porque es tal el que recibo que con decirlo me ofendo, pues deseara muriendo, si en mí estuviera el poder, no estar vivo, por no ser o quedar ciego muriendo. De soberbio has blasonado en tu hazaña peregrina; solo a la deidad divina lo que tú has hecho le has dado. El cielo se habrá enojado; al castigo te prevén; mas no hará, si va también en tu hazaña desigual, que a la tierra hiciste mal para darle al cielo bien. justo es mi grave dolor pues tal mi dicha ha mirado; y pues que yo te he obligado en un tiempo, hazme favor con ese puñal, señor, de aquesta sangre vertida, me puedes quitar la vida porque tengan mis amores en la muerte los favores que no he merecido en vida. Tu hermano me ha prometido que la vida ha de quitarte, y así, no quiero matarte aunque has al cielo ofendido; a Apolo santo le pido, para que más no me aflija, que tu sinrazón colija, si no quiere en tal desvelo que me alce ya con su cielo pues él se alzó con mi hija. ¿Conócesme? Cielo justo, ¿qué miro? ¿Sabes acaso quién soy? Eres el Demonio. Sí, que ya llegó tu plazo. ¿Pues qué me quieres decir? ¡Santo Dios de los cristianos, valedme! ¿Conocerás esta cédula que traigo? Muestra a ver y no te acerques; aqueso pude firmarlo el tiempo que fui gentil, pero ya que soy cristiano, no me obliga aquesa firma a que la pague. Es engaño que cláusula en ella he visto que esto acete; el centro airado abra ya la infernal puerta, llamas negras vomitando para recibirte. ¡Cielos, amparadme! Aunque los astros celestiales se desquicien de su asiento soberano, aunque la esfera de fuego arroje tremendos rayos, aunque el sol pare su curso y se eclipse su dorado resplandor, es imposible que te libre de mis manos, y aunque Dios mismo... Detente, que yo solamente basto para librarle de ti. En todo fuiste contrario mío; en sus llamas me encienda el centro funesto y pardo. Tus pies quisiera besar, pero indigno me he juzgado. Di, ¿no te mató tu padre? Milagro fue soberano de los que ha hecho mi Esposo. La cabeza la he cortado, y en prueba desta verdad... ¿Ves cómo me has engañado, que tu hija viva está y con Federico hablando? Hechizos son, vive el cielo si otra vez... Detén el paso y mira de qué manera tu vida amenaza un rayo. ¡Apolo santo! ¿Qué es esto? Mientes, no es Apolo santo; gran milagro es el que vemos. juro por los dioses sacros que no han de valerte hechizos, que yo proprio... ¿Ves, tirano, como ahora tu mismo acero fue tu homicida? Cristiano quiero ser desde este día, y más siendo tú cristiano. Bárbara, pide a tu Dios, a quien reconozco y amo por solo Dios verdadero, que perdone mis pecados. ¡Señor, esta petición va a Vos, y es fuerza alcanzarlo porque no se pierda un alma! ¡Oh milagro soberano! Sed testigos de mis dichas, que ya por celajes claros, los paraninfos divinos dan el premio a mis trabajos. Tu soberano Esposo, para que no le olvides y le tengas presente eternidad felice, esta palma te envía, que quiere que la estimes. Recibe esta corona que en caridad sublime te corona por mártir y Esposa del que asiste en celestiales coros; y tú, Marciano, sigue lo que ahora has propuesto. Mis glorias son felices. Amada compañía, no os apartéis, que humilde mis pensamientos todos hoy sus potencias rigen. Ven, esposa de Cristo. Pues el cielo permite que esta dichosa historia tenga este fin felice... Perdonad nuestras faltas... Y con devotos fines... Celebrad de esta Santa martirio tan felice. Prodigio de los montes, que con amor compite a los cielos divinos; vamos donde se firmen martirios y grandezas, que Dios, que el cielo rige, es el Dios verdadero, piadoso y apacible.
