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Texto digital de El primer conde de Flandes

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Antonio Mira de Amescua Probable
Género
Comedia
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El texto ha sido preparado por Iván Rodríguez Caballero.

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Gómez Caballero, Iván. Texto digital de El primer conde de Flandes. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/primer-conde-de-flandes-el.

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EL PRIMER CONDE DE FLANDES

JORNADA PRIMERA

¡Muerto está el Emperador! ¡Caso extraño! ¡Hazaña loca! !Muera el cobarde traidor que tal hizo! ¡Al arma toca! Rompe el parche al atambor el enemigo rëal. ¿ Toca al arma? Grande mal. Con treguas arma, ¿ a qué fin? Acaso será motín de la gente imperïal. Los reyes salen. ¿ Qué es esto? ¿ Cómo el enemigo campo toca al arma, habiendo treguas? Abrid las puertas: salgamos; resplandezca el sol hermoso en los aceros grabados y con los vivos reflejos quite la vida al contrario. Fórmense los escuadrones, vayan delante caballos: los franceses, peleadores, los españoles, gallardos, los turcos, fuertes, sufridos, los ligeros africanos, pues que de estas cuatro castas veinte mil sustenta Carlos. Sal, famoso Ludovico, con tus alemanes blancos, teñidos de fresca sangre de los feroces normandos. Los dos ejércitos juntos, pues que el distrito es tan llano, pueden salir en dos alas, que al fin con ellas volamos: el derecho cuerno toma, yo el siniestro, que con ambos de los ejércitos nuestros formamos un toro bravo. El reino de Lotaringia nos conviene como a hermanos de Lotario, el no vencido, que habita el cielo sagrado. No respetemos la sangre de un sobrino temerario que en la guerra que él nos hace treguas rompe y quiere asalto. Carlos famoso, yo dudo que el rumor que se ha escuchado de batalla y armas sea, porque fuera intento vano. Si al Emperador da vida la sangre que alimentamos en nuestras venas, no puede usar término villano. Y aunque quiera, ¿ de qué sirve tocar aprisa a rebato sabiendo que no podemos estar los dos descuidados? Investiguemos el fin. Con color de algún recado vaya un trompeta que pueda conocerlo y penetrarlo o, gozando de las paces que hasta mañana otorgamos, con una embajada vaya el capitán Belisario. Otra vez oigo el tambor y parece destemplado. Ya la caja suena ronca. ¡Oye atento! Nuevo caso. Famoso Rey de Alemania, Rey de Francia celebrado, temidos en todo el orbe desde este polo hasta el Austro, tú, Ludovico felice, tú, poderoso , hijos del gran Ludovico y nietos de Carlomagno, segundo hermano y tercero del Emperador Lotario y dichosísimos tíos de este cuerpo malogrado, escuchadme si el dolor no puede en vosotros tanto que suspenda los oídos al corazón lastimado. Si por ser común la muerte de todo el género humano en la del mismo enemigo la nuestra propia lloramos; si en la muerte no hay venganza porque el corazon hidalgo se lastima y se apïada viendo muerto a su contrario, humedeced vuestros ojos con un lastimoso llanto que en el alba de esas canas parezca aljófar sagrado. Ya sabéis que en Lombardía sucedió un portento extraño que no supieron la causa los astrólogos más sabios. Viose un cometa encendido en medio del aire vario y llovió sangre tres días, que a todo el mundo dio espanto. Siempre de tales prodigios se temen sucesos malos, que los bienes de este mundo nunca son pronosticados. Hoy se cumple en el Imperio este prodigioso caso, que pronósticos de males pocas veces salen falsos. Ludovico, Emperador que confirmó Nicolao, piadoso como su abuelo, (que el serlo le cuesta caro), [recibió en su amor y gracia un traidor, un rebelado, cuyo nombre es Adarfiso: ¡denle los cielos mal pago!] Perdonar al enemigo es hecho de buen cristiano, pero fiar dél la vida es de loco temerario. Confióse Ludovico de este su enemigo tanto que en una tienda dormían. ¡Necio rey! ¡Amigo ingrato! Que recatado viviese sus nobles le aconsejamos, que quien no toma consejo tarde llega al desengaño. Esta desdichada noche, él y algunos conjurados, brutos del cristiano César, en su cama lo mataron. Sin dificultad huyeron, porque eran con sus engaños el gobierno de su gente y el orden de su palacio. Del doméstico ladrón no hay tesoro bien guardado, ni vida de rey segura entre traidores vasallos. Huyeron, mas ya los sigue aquel flamenco soldado que en los ejércitos nuestros llaman Trueno y Fuerte Rayo: el temido Baldüino. siguió sus ligeros pasos, el que en la batalla vuestra ganó el estandarte blanco. Reyes de Alemania y Francia, este cadáver helado es el noble Emperador: recebille con aplauso. Dadle sepulcro decente, y entre plumas de alabastro, sobre dos ricas columnas, fabricad túmulos altos. La máquina de Artemisa, que el mundo llama milagro, calle ya con el sepulcro digno de este cuerpo santo. Y pues sucesión le falta y el Imperio queda vaco, por que elijáis quién suceda las seis insignias os traigo. ¡Ay, pérdida desdichada! ¡Ay, sobrino! ¡Ay, falsa mano, que del árbol de la vida su tierna flor has cortado! ¡Ay, fortaleza perdida, tierna edad, floridos años, muerte injusta, parca fiera, sombra triste, sueño largo! ¡No se detengan! ¿ Qué aguardan? Vaya un escuadrón marchando contra el infame plebeyo. César soy que estoy llorando un católico Pompeyo que guerra me estaba dando. Sangre de este propio pecho, rayo en el aire deshecho, fruto cortado en agraz que das con tu muerte paz – lo que en la vida no has hecho–, luz de los antiguos godos: victoria de tu real deseé por muchos modos, no tu muerte, porque es mal que Dios hizo para todos. Por dar guerra a tu mayor el Supremo Emperador te dio muerte. Y asi siento, si fue castigo, escarmiento, y si desgracia, dolor. No con tu muerte me gozo, que son pensiones humanas para el viejo y para el mozo: unos las pagan en canas y otros en el tierno bozo. La muerte pálida tema el que está en la edad extrema y el que vive en la edad fuerte, porque el fuego de la muerte lo seco y lo verde quema. Ríos se pueden llamar los hombres mozos y viejos, unos llegan presto al mar y otros, que nacen más lejos, se tardan más en llegar. Corre el agua, y de esa suerte pasa el hombre, flaco y fuerte; entra el agua en el mar frío, y así el hombre, como es río, entra en el mar de la muerte. ¡Ah, sobrino malogrado, árbol que en la primavera la injusta muerte ha cortado, quién de estos copos te diera que la vejez ha nevado! ¡Ah, Emperador singular, mira si puedes tomar la edad que sobra a tus tíos, pues que somos mansos ríos que a espacio vamos al mar. Mas no estemos lastimados, pues Tú, Supremo Dios, tienes llenos tus cielos sagrados de viejos matusalenes y de abeles malogrados. Pues no deja sucesor, antes que le despojemos de las insignias, señor, ¿ por qué todos no sabemos quién es el emperador? ¿ Quién lo duda? Yo lo soy. Yo lo soy. ¿ Quién duda tal? En igual grado le estoy. Yo le estoy en grado igual. Yo lo he de ser. Yo lo soy. Rey de Alemania, bravo Ludovico, Francia el derecho de este imperio tiene, no por codicia para mí lo aplico, que a un viejo como yo no le conviene. El peso de este Imperio, santo y rico, usurpado quedó en hombros de Irene; la Iglesia universal, por despojarlos, la máquina cargó en hombros de Carlos. Viendo el Papa León la fe perdida en los griegos monarcas del Oriente, cual cabeza de Dios sustituida a este cuerpo, fiel místicamente, pasar quiso la silla pretendida a los reyes cristianos de Occidente. Pasóla a Francia, y Carlomagno ha sido el católico dueño que ha tenido. Hecho, pues, Carlos un cristiano Atlante del cielo del imperio, escudo fuerte que ampara nuestra Iglesia militante, quince años imperó, llegó su muerte; el imperio francés pasó adelante: nuestro padre le tuvo, y de esta suerte Lotario le heredó. Luego ignorancia es decir que el imperio no es de Francia. Ludovico, mi padre, a quien el Pío llamaron con razón, pues serlo supo, los reinos repartió, y ha sido el mío este reino francés que ahora ocupo. Murió el Emperador, yo soy su tío, y si en la división Francia me cupo, siendo anejo el Imperio a aquesta tierra, yo soy Emperador con paz o guerra. Si por ser Carlomagno, nuestro abuelo, el primero señor que tuvo Roma en la transmigración, hecha con celo, del Papa, que la voz del Cielo toma, tú, derecho pretendes, teme al Cielo que el corazón soberbio inclina y doma. Tu hermano soy mayor. La mayoría desde Adán tiene fuerza, y esta es mía. ¿ Qué abárimo, cálibe o masageta, qué tártaro cruel, qué troglodita, a su hermano mayor no se sujeta y los paternos títulos le quita? Mi nombre, poderoso cual cometa, espanto fue del bárbaro Afredita. Rey de Alemania soy, tiemble la tierra, que soy Emperador con paz o guerra. Ludovico, la cólera reporta. ¿ Guerra pretendes, y entre hermanos? ¿ Cómo? Deja el imperio en paz. Cuando me importa, contra mi propia sangre espada tomo. También la que yo ciño rompe y corta.] Desde la punta hasta el dorado pomo suelo teñirla yo. ¡Arrogancia altiva! « ¡Viva Francia!» diré. ¡Alemania viva! Sepultemos al Príncipe difunto y haya guerra después. Mejor es luego, que el ejército nuestro está ya junto. Espanto soy del moro. Yo, del griego. Retrato soy de Carlos. Yo, trasunto. Daré a Alemania fin. Yo a Francia, fuego. ¡Bárbaro dicho! ¡Presunción altiva! ¡Viva, pues, Francia ya! ¡Alemania viva! ¡Viva Francia! [¡Viva Francia!] Alemania, ¡viva! [¡viva!] ¡Qué barbaridad altiva, qué frenesí, qué arrogancia y qué contraria opinión! ¿ Qué estrella adversa os inclina a enemistad, a rüina, a muerte y a perdición? ¿ No os dicta la ley de Dios que imperar es vituperio si ha de costar el imperio una vida de las dos? El reino y la monarquía se han de dar sin resistencia, porque es cualquiera violencia principio de tiranía. Los límites de la tierra del príncipe más audaz han de adquirirse con paz y dilatarse con guerra; más valiente es quien no mata, y más su fama reserva quien su reino en paz conserva que el que en guerra le dilata. Templad, pues, el corazón, que es locura demasiada el remitir a la espada la causa de la razón, y ha de ser hazaña impropia, si las canas que peináis en grana fina trocáis, mojada de sangre propia. ¡Carlos! ¡Padre! ¡Señor! ¡Rey! Si obliga a tener amor, padre y querido señor, la santa y paterna ley, porque el rigor se corrija vengo a tus pies, y es en vano acometer a tu hermano sin dar la muerte a tu hija. ¿ Tú, que sujetas la Albania, no te puedes sujetar? ¿ De un golpe quieres cortar toda la flor de Alemania? Tu honra, vida y poder junto a un mudable imperio fías, que adquirido en muchos días puede perderse en un punto. Si como noble y fiel con Carlos hiciste liga, templa tu sangre, no diga que te vuelves contra él Si es el rey un breve mapa de Dios, déjalo en su mano, porque dudas de cristiano las ha de absolver el Papa. A la Iglesia pertenece la elección. Advierte que se empieza a perder la fe si al Papa no se obedece. ¡Padre! ¡Señor! ¡Rey! ¡Señor! ¡No haya más! ¡Más no consientas! ¡Carlos! ¿ Qué pides? ¿ Qué intentas? Ser yo sólo emperador. Yo también. Pues arma. Están, en medio de estos extremos, dos espejos que tenemos y acaso se quebrarán; espejos del alma son, que el alma que está con ira, si en un espejo se mira, sosiega su alteración. lo es de mi reino: en paz la quiero abrazar para poderla engastar en esta plata que peino. (¿ Qué etíope o blanco escita no morirá en fuego y hielos teniendo por paralelos los ojos de ? Francesa y rara hermosura, el corazón que te ama es mariposa a tu llama en que muere con dulzura). ¡Padre! ¡Rey! ¡Señor! ¿ qué fin te indigna con el francés, que a Dios imita, pues ves a sus pies un serafín? (¡Ay, filomena! ¡Ay, sirena! Cisne soy cuando te veo, que a manos de mi deseo muero cantando mi pena. ¡Ay, , que veniste con tu padre y con mi tío para dar favor al mío, y sólo a mí me venciste!) ¡Padre! ¡Rey! ¡Señor! Consiente que el Papa dé esta corona: no aventures tu persona, tu nobleza, reino y gente. A la Iglesia, Papa y Roma pertenece la elección; La cristiana aprobación de sus santas manos toma si te la diere, y si no, Dios lo dará a cuyo es. Dice el Príncipe francés bien. Por ello paso yo. ¡Ay, Ludovico! Que de nuestros hijos son impedidos nuestros pensamientos. A Roma y al Pontífice escribamos: confirme la elección que pretendemos. Y en juramento unidas nuestras manos, al Cielo se prometa guardar siempre la elección del Pontífice Romano, sin pretender con guerra o paz hacerse emperador el otro no elegido. Sobre el pecho real de Ludovico nuestras manos pongamos, y juremos de nunca pretender la investidura de las insignias de que está adornado, si no fuere con orden del Pontífice, imitándole siempre, aunque era mozo, en la cristiana religión que tuvo, en el celo, en la fe y en las costumbres. Juremos. A ti, príncipe difunto, vivo en la fama y en el Cielo eterno, hago testigo y en tu pecho juro por la cruz, que es la insignia del imperio que primero se da y está en tu mano, de guardar amistá con el , con amor y con paz eternamente, remitiendo al Pontífice el derecho que pretendo tener a aqueste imperio, y no contravenir el nombramiento y aprobación de Roma y del Pontífice. Juro lo mismo por la cruz divina que tienes en tu mano. ¡Gran portento! La diestra levantó y nos tiene asidas las nuestras. Es señal que él mismo hace la paz y la amistad, y que recibe el juramento que le habemos hecho. ¡Oh, santo Emperador! ¡Oh, santo pecho! Rayo de soberbios muros que registe con tus leyes del orbe los dos coluros, ejemplo de que los reyes durmiendo no están seguros, aunque ha volado tu fama hasta el trópico que ve la negra Caricardama, tu fin de Holofernes fue, bañando en sangre la cama. Bien, señor, nos has mostrado que el príncipe más guardado muere con más brevedad, porque es cierta enfermedad vivir siempre con cuidado. De la vida estás ajeno cuando en tierna edad estás, que hay en el rey malo o bueno dos enfermedades más, que son traición y veneno. Pero a ser fénix, señor, hoy tu vida renaciera en el fuego de mi amor o, a poderlo hacer, te diera la que he quitado al traidor. Dios, por don particular, la vida al hombre le ha dado; puédela el hombre quitar, pero Dios ha reservado para sí el tornarla a dar. Aunque mal servicio fuera darte, si darla pudiera, la vida de este traidor, que a ser posible, señor, mi propia vida te diera. Mas ya que el parto fecundo de tus gallardas proezas te dejó sin ver segundo, recibe estas tres cabezas que quitaron la del mundo: ¡bien conocidas serán! Triunfa ya de estos despojos que a tus muertos pies están, y triunfarás de mis ojos que sus lágrimas te dan. Ya que mi brazo y mi lanza a darte vida no alcanza como mi pecho codicia, vida doy a tu justicia y a tu honor, que es la venganza. ¡Gran valor! ¡Es peregrino! Este corazón de Flandes a buen tiempo a Francia vino, que entre mis pares y grandes me faltaba un Baldüino. Mis brazos y mi amistad te doy. De tu Majestad, esos pies. De aquí adelante me servirás de Almirante, con esa fidelidad. Tus pies beso. Sepultemos a Ludovico; no aguarde su cuerpo más. Y podremos ir a París esta tarde. En los hombros le llevemos. ¿ Quién vio de repente el mar manso con olas gallardas y el sol entre nubes pardas que en él se quiere bañar? ¿ Quién vio la risa del alba y un prado lleno de flores, donde dulces ruiseñores hacen al águila salva ¿ Quién vio un fénix matizado? ¿ Quién vio murmurar las fuentes entre diáfanos dientes de vidrio y cristal helado? Pues mar, sol, nubes y flores, olas, alba, risa, prado, águila, fénix rosado, fuentes, cristal, ruiseñores, no tienen beldad tan grata ni su perfección tan bella como estas damas, y aquélla el corazón me arrebata. Talle, rostro y discreción tiene el flamenco, a fe mía. ¡Qué flamenca gallardía y animoso corazón! No he visto soldado igual: ¡mil bendiciones le den! ¿ Ya le alabáis vos también? No os ha parecido mal. Ya en el cielo no hay estrella y teñido de arrebol muestra el rostro el alba bella y así, Duque, como el sol tienes de salir tras ella. Esta noche, muda y fría, envidió la gloria mía; y así, con ligero paso, se ha escondido en el ocaso porque nazca presto el día. Su negra capa nos niega y holgara que hubiera sido de Suecia u de Noruega, donde el sol, que ya ha salido, con su luz apenas llega. ¡Ay sol, que a venir porfías! ¡Qué mal estoy con los días! ¡Oh, quién fuera enamorado debajo del norte helado o entre las dos zonas frías! O ya que imposibles son, fuera aquesta noche grata cuando el sol hace estación entre los peces de plata y no en el fuerte león. Duque, si el alma es eterna, el amor que la gobierna también eterno ha de ser, y así otra noche ha de haber. ¿ Pues, lloras..? Quedo muy tierna; temo apartarme de ti. El amor y voluntad, ¿ uno nos hizo? Es así. Pues, si tú eres mi mitad, ¿ cómo te apartas de mí? ¿ Desciendes ya? El pensamiento que tu sol merece ver, si quiere hacer movimiento, por fuerza ha de descender, que no tiene más aumento. Duque, di. Pregunta, ¿ qué? ¿ Te acordarás de la fe que me debes para amarme? No. ¿ Por qué? Porque acordarme presupone que olvidé. Eso bien, que ya el temor, Duque, de ese disfavor me vio a punto de morir. ¡Qué mal se saben decir requiebros, si no hay amor! Señor, mira. ¡Cómo enfada la mujer que se aborrece! Mientras que está deseada, ángel hermoso parece y demonio si es gozada. Con grande extremo, deseo irme ya. Triste te veo, ¿ qué llevas? Una esperanza de que podré sin mudanza gozar el bien que poseo. Luego, ¿ eso te da tormento? (No es bien que desautoricen sospechas mi pensamiento). Alegre voy. [] (Mal se dicen lisonjas de cumplimiento). ¡Adiós, señora, que es tarde! Espera. El sol ha salido. No es bien, Infanta, que aguarde. (Soy, si aborrezco, atrevido, pero si quiero, cobarde). Yo me voy. ¡Ay, Duque, inquieto tu corazón siempre viene! Oye. Que es muerte prometo aborrecer, si se tiene obligación y respeto. , gobernador de mi alma y de París ausente el Rey, mi señor, por quien las flores de lis respiran alegre olor, ¿ cuándo he de volver a verte? Hoy. ¿ Y a solas? (¿ Quién desea amor que parece muerte? ) Como París no me vea hablarte así de esta suerte, cuando tú fueres servida. Adiós. Esposo, señor, no me olvides. ¿ Quién te olvida? [] (¡Qué enfadoso es el amor para un alma arrepentida!) Si, como se dice, es cierto que el Emperador es muerto, de Francafort se vendrán los Reyes y me hallarán descuidado y encubierto. ¡Ay, Duque! ¡Cómo los celos han hecho mi sangre hielos, que es muy de estima! ¿ Celos tienes de tu prima? A nadie exceptuan los celos. Tiene amor por calidades en sujetos diferentes confirmar las voluntades, allanar inconvenientes y vencer dificultades. Quisístela bien, y así con su venida me ha dado un celoso frenesí. (Con razón tienes cuidado, que el mismo extremo hay en mí). ¿ He de enamorarme yo de tu prima? ... ¡Estas terrible! Si Jerjes se enamoró de un plátano, ¿ es imposible amar tu cuñada? No, pero ten satisfación. La fuerza de una afición no guarda fidelidad al deudo ni a la amistad. ¡Hombres vienen! Y no son mis criados. Vete, Infanta. Tu extraña priesa me espanta. Y a mí me admira tu espacio. Considera que en palacio ya la gente se levanta. Quédate con Dios, señora. Ve, , en hora buena. Por fuerza será buen hora si te vas, que me da pena una mujer que me adora. ¡Ay, apetito avariento, que eres rico y pobre estás como hidrópico sediento, que, mientras que bebe más, tiene su sed crecimiento! Es alquitrán que no apaga el agua, es un mal profundo. Y no es mucho que esto haga, si no hay cosa en este mundo que contente y satisfaga. Quedé por gobernador de París cuando a la guerra se fue su rey y señor. He gobernado su tierra, no mi vida ni su honor. Deseaba, pretendí, porfié, perseveré, obligué, agradé, vencí, pedí, oyéronme, alcancé y, alcanzando, aborrecí. Mucho, señor, te confías y en cuidado nos tenías viendo salir sol y gente de palacio y del oriente... y que tú no descendías. ¿Y la Infanta? Ya se fue. Vete luego, que el Rey viene. ¿ Viene ? No sé. Ya la adoro. No conviene. Bien la quise y tengo fe. Por su ausencia ha estado fría la ceniza de este amor, pero ya, mía, hoy cobra nuevo calor y encendidas brasas cría. ¡Ay, mi Enrico! ¡ay, mi Ricardo! en amor me hielo y ardo. Un convaleciente he sido que en el mal he recaído y en vano salud aguardo: mi gloria ha de ser ajena. ¿ Qué tienes, señor? ¿ Qué viste? Tu mal me di. ¡Enhorabuena, que no hay gusto para un triste como escucharle su pena! Ya sabes que de Borgoña, herencia y estado mío, vine a la corte de Francia, tan gallardo como rico. En ella estaba , hija del , holgándose con su prima, hija de Carlos, su tío. Recibióme el Rey afable, como deudo y como amigo, que es de noble condición quien es de noble principio. Causó mi venida a Francia universal regocijo, que esto tienen los señores que en la corte son bienquistos. Y como la juventud causa en los ánimos brío y agilidad en los miembros, con pensamientos altivos viome la corte francesa en fiestas entretenido, porque el ocio blando es siempre padre del sueño y del vicio. Ya en la cerviz erizada del toro dejé, teñidos con su sangre, venenosa asta y acero bruñido; ya en los alegres torneos precios gané prometidos a invención, golpes y gala, folla, letra y artificio; ya en las justas de a caballo rompí la lanza de pino en la contraria visera, como si fuera de vidrio. Estimábanme con esto las damas –que siempre han sido amigas de novedades– por Adonis o Narciso. Y como siempre el amor no puede estar escondido, porque no cabe en el alma aunque nos le pintan niño, por los ojos sale a veces, y[a] con un mirar continuo, blando, atento, regalado, tierno, amoroso y pasivo, ya con mostrar alegría viendo los casos propicios del amante y, en los tristes, vertiendo aljófar divino; otras veces por la boca con la razón o el suspiro, y, al fin, nos lo comunica el alma por los sentidos. Entre muchas que mostraron este amor o este apetito –que en mujer jamás se supo cuál de estos dos ha tenido–, , la Infanta, es una que sus negros ojos hizo vidrieras de su alma por donde el amor se ha visto. Miróme con atención, razones tiernas me dijo, hasta que su amor dudoso fue de mi reconocido. Pero , al contrario, descubrió que mal me quiso, porque el odio y el amor en esto son parecidos. Al fin entre las dos primas, amado y aborrecido, con amorosos discursos vacilaba mi albedrío Resistí que me inclinase a la alemana, y resisto en balde, pues desde entonces a su hermosura me inclino. Es el amor como rayo que con más fuerza ha herido donde halló resistencia, ya en el soberbio edificio, ya en el ciprés que parece pirámide y obelisco, no en la caña tierna y débil ni en cárdeno y blanco lirio. Amé, en efecto, a : esta privación maldigo, que el apetito despierta y hace dormir al juicio. ¿ Quién adora a la mujer sabiendo que es un hechizo que la razón quita al hombre y aun a la fiera el distinto? Si nos canta, es la sirena; si nos mira, es basilisco; si nos halaga, escorpión; si nos llora, es cocodrilo; si se queja, es la hiena; si llama, es lobo marino; si nos habla y nos pregunta, [es el esfinge de Edipo:] todo en orden a engañarnos. Digo estas cosas, Enrico, porque al paso de mi amor iba creciendo su olvido. En medio de este rigor fuese a Alemania el sol mío, dejándome en noche triste dos años, que son dos siglos. Hizo en esta ausencia con su amor y desvarío que, sin yo querer, me hallase prendado y agradecido; que como la voluntad es de cera y no de riscos, troquéme, que soy un hombre y no soy el monte Olimpo. Sucediendo, pues, la guerra que tuvo con su sobrino, nuestro Rey a Francafort, llevarse sus hijas quiso. Fingió no estar buena para ponerse en camino, y acompañó al Rey que tengo ofendido. Estando, pues, una noche los brazos entretejidos con los suyos, como hiedra que trepa en el muro antiguo, salió de mi corazón, con la ocasión encendido, el gran amor de : sólo estaba harto, os he dicho. Muchas noches desde entonces a su cámara he subido y bajé templado el fuego de este amor, que ya está frío. Palabra le di de esposo, mas va corriendo peligro, que resucita el amor como ha venido. Este es, Enrico, el suceso de que Ricardo es testigo. Pues has venido a este tiempo, dulces consejos te pido. No te puedo aconsejar porque en tales desatinos soy médico riguroso del enfermo aborrecido. Los consejos contra el gusto son jarabes desabridos, aunque tan dulces al fin muy amargos al principio. Si es hermosa Infanta y me confiesas tú mismo que eres su esposo, ¿ qué quieres, viviendo en la ley de Cristo? ¿ Dudas en lo que has de hacer en tan loco barbarismo? Detén la rienda a tus gustos, vuelve atrás que no eres río: si te dio el amor, , sigue, Duque, ese camino, y mira si eso es mal hecho pues que parece mal dicho. Hasme dado tu consejo como cuerdo y como amigo, mas no como enamorado que en mi propio mal se ha visto. Bien sé que en dificultades me despeño y precipito y que voy contra mi honor si me arrojo y determino, bien sé que es intento loco; mas ¿ qué razón ha valido contra amor que desconcierta este reloj del jüicio? La alemana ha de ser mía. Desde luego, solicito que el mismo Rey me la dé. Y si ambos me hacéis servicio, un engaño habéis de hacer. Seguidme. Siempre te sigo sin temor y agora temo. ¡Loco amor! ¡Loco apetito! Todas las veces que a París allego, divisando las torres suntüosas de estos palacios en que habitas, lloro con lágrimas piadosas de contento y el corazón alegre, enternecido, las alas bate en el paterno nido. Es tu patria en efecto, Ludovico. Aquí tus ilustrísimos mayores dieron con majestad espanto al mundo –Dagoberto, Pipino y Carlomagno pisaron estas salas– y, aunque triste, te ha de alegrar la tierra en que naciste. Demos noticia del imperio vaco al sagrado Pastor de nuestra Iglesia. Escribamos, y pártanse los príncipes, pues conformes los dos lo pretendemos. Ludovico. Señor. Entra y daréte unos despachos. Correrás la posta y harás la diligencia con el Papa y con los electores del imperio. ¡Ay, hermosa ! ¿ Cómo temo el ordinario efecto de l[a] ausencia? Pero venza al amor esta obediencia. Tú, Rodulfo, también irás a Roma, que el Príncipe Lotario, en quien sucede la sucesión del reino de Alemania, podrá tarde llegar. Tú estás en Francia y a Roma tienes cerca: parte luego. Cuando pensaba contemplar despacio cual águila el sol de , a Roma he de partir, que el santo Cielo permitió que naciese yo bastardo, y Lotario, a quien tengo aborrecido, legítimo y mayor, y en su cabeza el imperio ha de estar. ¿ Que he de ausentarme por su bien y por mal de Alemania? ¡Vive el Cielo, que dél he de vengarme! Sí, a Roma voy no haciendo diligencia en esta pretensión. ¡Oh, cruel ausencia! Vuestras Majestades den las manos a . El alma ha de llevar esa palma; el pecho y brazos, también. Ya estará esta barba cana más guardada, prenda mía, que sin ti un ojo tenía: ya dos. ¿ Son? Tú y tu hermana. Puesto que sin avisarme vuestra Majestad se vino, de no salirle al camino fácil podré disculparme. Déme los pies. Levantad. Dadme los vuestros, señor. ¡Oh, Duque, gobernador y amparo de esta ciudad! Título justo le has dado, porque yo del Duque fío la vida y el reino mío, y aun el honor le he fiado. Segura estará con él mi tierra, mi gente y casa. A saber Rey lo que pasa no me llamaras fiel. Sus Altezas, en buen hora, a París hayan llegado. Seas, Duque, bien estado. Dadme vuestros pies, señora. Sol de alemanes y godos que tras la noche salís por los montes de París, salid, salid para todos. Dadme luz, bella , pues que el sol la tiene igual para el águila real y el pájaro más humilde. Ya basta, si es cumplimiento; si es amor, mire qué hace. De tantas lisonjas nace mucha vergüenza que siento. A quien ha estado tan corto, lisonjero no llaméis. Basta, Duque. ¿ No sabéis que tarde y mal me reporto? ¡Señor! Despacio quiero verte. Ven. ¡Ay, Dios! ¿ Si se han de quedar los dos en la sala de palacio? No te vayas, Baldüino, nuevo Almirante de Francia. ¿ En qué cosas de importancia quien sólo a servirte vino? ¿ Qué mandas? Saber deseo si París te ha parecido bien. (¡Cielo, favor te pido, que extremada ocasión veo!) A no ser esta ciudad de este mundo la mejor, tomara de tu valor esa misma calidad; que si el fénix engrandece de Arabia montes y faldas; Scitia por sus esmeraldas famoso nombre merece; por sus brocados, Epiro; por sus majestades, Roma; Etiopía, por su aroma, y, por su púrpura, Tiro, por tu singular belleza Francia es famosa en el suelo, porque es milagro del Cielo y no de naturaleza. ¡Basta, que sabes decir tan bien como pelear! Sé, a lo menos, desear, perseverar y sufrir; sé poner el pensamiento en el extremo mayor; sé manifestar mi amor; sé tener mi atrevimiento, y supiera hacer despojos de bárbaros y tiranos, si tuviera en estas manos el efecto de esos ojos. (Amor tiene el Almirante. Cuando se cría el amor a pechos del disfavor de niño lo hace gigante. No quiero darle a entender que le tengo voluntad, que importa a mi autoridad y su amor vendrá a crecer). Menos ternezas conmigo. ¡Que le muestre yo desdén pareciéndome tan bien! Con celo humilde lo digo. El que en la prisión vivía saliendo a la libertad, y el que está en la oscuridad viendo ya la luz del día, y viendo salud cumplida el que esperaba la muerte, no se alegra de la suerte que yo viendo tu venida, porque tu olvido y ausencia -¡tanta es mi desdicha!- son tinieblas, muerte y pasión del alma y de la paciencia. ¡Ay, flamenco! ¿ Y cómo estás hablando con ? (De allá los ojos no quita: priva a lo menos lo más. Ésta a Baldüino adora). Señora, ¿ estás divertida? ¿ Qué dices, Duque? La vida me estás quitando, señora. ¡Ah, falso! ¡Qué mal se olvida el primer amor! ¡Ay, cielos! ¿ A tanta fe, tantos celos? ¿ A tanto mal, tanta vida? Desentendido se hace. Ya me ha visto. ¡Ce, ce, ce! En rabia, en amor y fe mi corazón se deshace. Quisiera que no me viesen las Infantas todavía. ¡Ah, traidor! [] Dulce sería si tus manos me la diesen. Ya torna a disimular, que me ha visto y no aprovecha. El alma tengo deshecha. No me puedo refrenar: Yo le llamo. ¡Duque! ¡Ya he entendido. ¡Para esta! ¿ Aún una alegre respuesta tu pecho ingrato no da? Que apenas le tengo amor, cuando con celos me mata. Divertida estás, ingrata. Amas, sin duda. ¡Ah, traidor, y qué despacio te vas! Mírame, pues, a la cara. ¡Oh, nunca yo te quisiera , que tal tormento me das! Esa fue temeridad. Perdón pido. Aunque le adoro, quiero guardar el decoro a mi amor y autoridad. A quererle me he dispuesto y a encubrirle mi pasión. Extraña reportación será si salgo con esto. ¡Nunca yo a Francia viniera! ¡Vete, pues mi mal procuro, nieve helada, mármol duro, áspid sordo, tigre fiera! ¡Nunca yo te amara tanto! ¡Vete, pues a ti me inclino, gloria inmensa, ángel divino, claro sol, milagro santo! ¡Nunca yo pudiera verte! ¡Vete, pues mi mal es claro, pena eterna, monstruo raro, sombra fatal, cruda muerte! (Él no está favorecido, pues que le siento quejar. Vislumbres le quiero dar del amor que le he tenido). Muy melancólico estás. Perdí una piedra preciosa y es la esperanza dudosa de poderla hallar jamás. Otra del mesmo valor hallarás, y tanto monta. Si una águila se remonta, otra vuela el cazador, que si la levanta igual y la coge, no le pesa. Sacre es amor: haga presa en otra águila real. Intenta con otro medio dar salud a tu dolor, porque en ese mesmo amor podrás hallar tu remedio, que un caos dio la noche y día, de una víbora se saca el veneno y la trïaca, el sol nos mata y nos cría. ¿ Por qué estilo me ha mandado que la quiera? Y , como ya el alma me quita, voluntad no me ha dejado. ¡Ay, hermosa, nombre, valor y dureza te dio la naturaleza, piedra al fin, aunque preciosa! Caso será peregrino el que ahora he imaginado Un papel han arrojado a mis pies. « A » . ¡Válgame Dios! ¿ A qué fin? « Una dama de palacio hablarte quiere despacio esta noche en el jardín» . No sé quién pueda querer hablarme esta noche así: se va de aquí, no ha de ser. ¿ Quién a escribirme se puso? ¿ Quién, ¡ay!, que hablarme pretenda? Ven ya, noche, porque entienda este suceso confuso.

JORNADA SEGUNDA

Vence la dulce pasión del sueño común agora a la grulla veladora y al vigilante león, aunque ella con atención tenga una piedra en su nido y él, de bravo y presumido en los ásperos desiertos, duerma los ojos abiertos por no parecer dormido. Sólo no vence al amante el retrato de la muerte, que el amor, como es más fuerte, no le descuida un instante, y a mí más, que es importante, por conservar la honra mía, vencer mi pasión de día, y al fin, como soy mujer, me quiero dejar vencer en la noche muda y fría. ¡Noche ciega, engendradora del sueño y sus ilusiones de amantes –pobres ladrones–, madre, capa encubridora, pues nos descubres ahora cuarenta imágenes bellas, mil y veinte y dos estrellas de que el cielo es adornado, sácame de este cuidado antes que se ascondan ellas! ¿ Es Baldüino? [] (Aquí está la dama que me ha llamado. ¡Válgame, Dios! ¿ Quién será? El corazón alterado turbados golpes me da). Yo soy, y saber deseo en cúyo servicio empleo mis fuerzas. Basta saber que en servicio de mujer. Que sois mujer, ya lo creo, y aun mi alma decir osa que sois bella. ¡Extraña cosa, pues sois lince! Antes soy ciego, que por la voz saco luego si la mujer es hermosa. [] (¡Cielos, la Infanta parece! Pero, ¿ cómo puede ser, si en extremo me aborrece?) Decidme quién sois. Mujer, que os adora y os merece. ¿ Luego de haber adorado, decís que habéis merecido? Sí, porque os tengo obligado. ¿ Si no soy agradecido? Dejaréis de ser honrado. Puedo con agradecer... no pagar. No puede ser, que mi amor y mi fatiga, si a agradecer [no] os obliga, os obligará a querer. Agradecer es posible; más, no pagar el favor, que amo un monte inacesible y ya sabéis que el amor es un acto indivisible. ¿ Al fin amáis? Y de suerte que me ha de costar la vida. Luego, ¿ no os pagan? La muerte no fue tan aborrecida. Perseverad. Es muy fuerte. Aborrecedla. Es hermosa. Olvidad. No lo merece. Ofrecedla. Es poderosa. Dadle celos. Me aborrece. Engañadla. Es cautelosa. Mas, ¿ cómo si me queréis, tales consejos me dais? Porque gusto que la améis, aunque a mí me aborrezcáis. Luego, ¿ vos la conocéis? Antes, deseosa estoy de saber sus partes. Soy rayo de amor engendrado, que de su esfera arrojado en altas fábricas doy. El alto Cielo permita que sepa si es mi cuidado quien la libertad le quita. A no ser tan desdichado jurara que es . El ser vos rayo confiesa que pretendéis alta dama: ¿ es alemana o francesa? (¡Si es a a quien ama...!) Es francesa. (No me pesa). Amad, aunque es piedra helada, que a cualquier mujer agrada saber cierto que es querida, aunque de ser pretendida la que es principal se enfada. Vencen la mujer más fuerte hombres que son de esta suerte: solos, solícitos, sabios y secretos, que en los labios están la vida y la muerte. Si es principal la mujer, y honrado intento es el vuestro: porfiad hasta vencer. ¿ Qué sois, divino maestro, que me enseñáis a querer? Discípula apenas soy, y a mí me estoy enseñando con las lecciones que doy. ¿ En efecto estáis amando? Sí, porque amándoos estoy. Nadie ha dado contra sí tales lecciones. Amor me transforma en vos, y así lo que está en vuestro favor no puede ser contra mí. Amad, pues, adonde amáis; firme estoy si vos lo estáis; viva una fe entre los dos, que yo os dejo a vos por vos si a mí por mí me dejáis. (¿ Qué es esto, cielos? ¿ Es sueño? ¿ Las palabras son quimeras o la voz es de mi dueño?) Decidme quién sois de veras. Todo un mundo, aunque pequeño. Decid un cielo. Eso no, porque tendré celos yo de mí misma si de cielos me dais nombre. ¡Extraños celos! De ella misma los pidió. Lo que os quiero suplicar es... Eso espero, señora. .que si tenéis de olvidar la dama que amáis ahora, me queráis después amar. Olvidarla no podré, que iguala al amor la fe. Siempre he de amarla, y así será deciros que sí decir que no os amaré. (La voz he disimulado; sin duda no ha conocido). ¿ No puede ser que, cansado de veros aborrecido, dejéis lo que habéis amado? Si eso sucediera así, palabra os doy de querer ese rostro que no vi. Pero bien será saber dónde he de veros. Aquí. ¿ Cuándo? De noche. ¿ Y de día? No podéis. ¿ Por qué ocasión? Por gravedad. ¿ Cúya? Mía. ¿ Sois noble? Sí, en opinión. ¿ Perderéis honra? Podría. ¿ De sólo hablar? El hablar da a la lengua maldiciente ocasión de murmurar. ¿ Y eso teméis solamente? No sois buena para amar, que se pierden por temer las ocasiones. Mejor para quererla y querer es la que tiene temor, pues tiene más que perder. Nunca queráis a la dama que favor público da, pues vende su propia fama y mal amaros podrá quien a sí misma no se ama. Y si alguna os ha rogado, si la amáis, estaréis loco aunque os halléis obligado, que os tendrá después en poco la que a sí no se ha estimado. Si conmigo tenéis fe, aquí otra noche os veré, y en cualquier dificultad de amor y de voluntad vuestro oráculo seré. Y adiós. (Hoy así podré conocerla) ¿ Y me haréis una merced? Sí haré, como no me preguntéis quién soy. No preguntaré... Que os colguéis del tocado este listón encarnado mañana. (Si ella lo hace, veré quién es). Que me place. Tomá, pues. ¿ Lo habéis tomado? Sí, adiós, porque amanece. Él mismo os guarde, señora, que Apolo, cual yo, merece tener Clicie que le adora y Dafne que le aborrece. Fantasma, duende, figura, ilusión y sombra oscura, que en la negra noche nacen, miran tus lejos que hacen oscurecer la pintura. Sepa yo si sois mujer o espíritu a quien la cruz de noche se haya de hacer, mas no siendo ángel de luz, fea sois: sois Lucifer. ¿ Su Majestad se levanta cuando apenas sale el día? Con esta melancolía que tiene , la Infanta, esta noche con cuidado estuve; así me levanto, que con suspiros y llanto reposar no me ha dejado. (Al Rey decirle desea lo que a estar triste la obliga; mas yo haré que, aunque lo diga, ni él lo entienda ni lo crea). ¿ Qué piensas hacer? Las damas bajan con ella a la fuente de esa huerta, por si siente gusto en su ameno. Amas a con mil razones, porque, de verte cercado en Francafort, ha engendrado melancólicas pasiones. Siempre la tuvo tu ausencia melancólica, encerrada, devota y muy recatada; martirizó la paciencia y de eso habrá procedido su tristeza. Mas, al fin, en la huerta y el jardín será su humor divertido, porque tristezas y enojos a sentirse menos vienen todas las veces que tienen varios objetos los ojos. Ya bajan las damas. ¡Vamos! Y plegue a Dios que suceda que deje su mal en fuentes, flores y ramos. ¿ El viene? También. Por aquesta puerta salen, sin duda a la huerta, todas las damas. Conviene ponerme al paso, y notar si alguna lleva el listón que en aquesta confusión luz de quien es me ha de dar. La primera es y trae listón. ¡Pensamiento inmenso fue! ¡No hay tormento! ¡Ya mi gloria es infinita! Mas también sale con otro de su color... ¿ Qué es esto, rapaz amor, ningún remedio me vale? La melancólica saca otro listón también... ¡Los cielos favor me den por que conocerla pueda! Y la que las damas toca, que es la vieja Verecinta, saca también otra cinta... ¿ Qué persona no está loca con aquesto? ¿ No es extraña esta gala de la oreja? Mas, ¿ si fuese aquesta vieja la que de noche me engaña? Ella es sin duda, pues quiso que mis ojos la mirasen. Mas, ¿ que todas la sacasen? Esto me tiene indeciso. Mas tocándolas, diría a las Infantas « Saquemos listones, porque alegremos a » . Aquesto sería. La palabra me ha guardado y me deja más confuso. Mas la Infanta se lo puso: ¡quiero vivir engañado! Quédate, hermosa, a la margen de esta fuente, que del cristal de tu frente mormura como envidiosa. Darás olor a las flores que entre sus aguas conserva, con tu esperanza a la hierba y al lirio con tus amores. Aquí dirán, si te agrada, mis pasiones verdaderas las avecillas parleras con voz mal articulada. Deja la melancolía, pues que sabes que te adoro. Con las lágrimas que lloro aumentaré el agua fría, las florecillas süaves marchitaré con mi fuego y harán mis suspiros luego región y esfera a las aves, porque fuentes, aves, flores, se han admirado de ver tanta firmeza en mujer, tanta desdicha en amores. ¿ En qué tus desdichas hallas? En mi celosa pasión. Desdichas fáciles son. Son fáciles en el dallas. Después que vino la sirves públicamente. ¿ Qué ley, qué razón consiente tan bárbaro desatino? Tu esposa soy. Pero advierte que, amando en público así sin recatarte de mí, tú me enseñas a ofenderte. Y advierte que de ese amor la ofensa en el gusto tengo y si yo de ti me vengo, te ofenderé en el honor. Procura, pues, encubrirlos si amores tuvieres ya, que quien tantos celos da podrá una vez recibirlos. Tu fe quise examinar. Dicho cierto suele ser que la espada y la mujer no se tienen de probar, que podrán quedar sentidas y en la primera ocasión faltarán. Tienes razón. Serena esos homicidas ojos. Y no llores más, que te adoro. Que me engañas. ¡Desconfianzas extrañas! Recelo. Segura estás. Si al triste más desconsuelos no han de dar los hombres sabios, carga en mí un monte de agravios y no un átomo de celos. ¡Cubre el rostro! ¡El Duque muera! ¡Muere, traidor! ¡Ay de mí! Crüel, ¿ en qué te ofendí? En amar a... ¡Aguarda! ¡Espera! Mas tengo el alma en la boca... y herísteme... el corazón. ¡Ay, cielos, qué confusión! ¿ Cómo no me torno loca? ¡Rey! ¡Señor! ¡Gente! ¡Crïados! ¿ Todos respuesta me niegan? Tarde los favores llegan a los que son desdichados. ¡Esposo! ¡Duque! ¡! ¿ Cómo estás? ¡Jesús! ¡Ay, cielos, los labios parecen hielos! Ya está sin pulsos, ya es muerto. ¡Ay, mi Duque! ¿ Quién creyera que en tres años malogrados estos brazos desdichados fueran tu cama postrera? ¡Triste caso, infeliz suerte, pues que, tras tanto querer, yo misma he venido a ser el túmulo de tu muerte! De tumba sirven mis faldas, y tú, con sangre tiñiendo la hierba, estás convirtiendo en coral las esmeraldas. ¡El Duque muerto en mis palmas! ¡Ah, bárbaros homicidas, de un golpe cortáis dos vidas, de un cuerpo sacáis dos almas! Mas, ¿ cómo dar no pretendo vida y forma a tu persona, bramando como leona y como la osa lamiendo? Mas si no se puede dar esta vida que mereces pues a Píramo pareces, a Tisbe quiero imitar. Con tu espada quitaré esta vida que has deshecho: pierde el miedo, flaco pecho, pero no, que tienes fe. Sépalo el Rey, y el traidor pague el mal. No aguarde al Cielo, que es principio de consuelo la pena del ofensor. Levanta, Duque. Ya es ida, confusa, turbada y muda. Milagros haces sin duda, pues a los muertos das vida. Con dulce engaño procura el amor que mi fe viva sin , y ansí estriba mi sosiego en su locura. Para vencer a una ingrata hoy resucito o despierto: con una me finjo muerto y otra de veras me mata. Trasordinario y extraño es tu amor. Loco me tiene. Que nos tiene, di. El Rey viene. Proseguid en vuestro engaño. ¡Oh, Duque! ¿ Por qué solo? En esta fuente, que es el sitio mejor de aquesta huerta, estaba meditando unas razones que hasta ahora han estado dentro del alma y ya por salir mueren. Si te importa, y a mí se han de decir, salgan del pecho. Pues con esa licencia y confiado en las grandes mercedes que recibo de tus manos después que a Francia vine, si la satisfación da atrevimiento, digo que ha días que Borgoña quiere que elija esposa, porque está esperando sucesor en aquel estado mío. Y yo, como es razón el complacerle, puse los ojos para aquesta empresa temerarïa en los de . Mi Dédalo has de ser para que vuele: dame las alas del favor inmenso. Yo te suplico que me seas tercero con el Rey de Alemania y señor mío, para que premie mis intentos nobles y a me dé, si es que merezco, siendo su sangre, su divina mano. Es, , muy justo lo que pides, y aun el está inclinado a lo mismo, y así muy fácilmente se puede efectuar. Beso tus manos. El Rey viene hacia acá con las Infantas por esta calle de álamos que mira al estanque. Me voy, porque lo trates con su Alteza sin mí. Ve norabuena. Remedia, amor, aquí mi grave pena. ¿ Hay en Flandes, famoso Baldüino, huertas, jardines, valles como aquestos que tiene en París Carlos? Señor, Flandes, aunque a doce provincias les da nombre el Ducado de Güeldres y Brabante, hasta ahora [no] ha poblado su distrito de ciudades ni villas opulentas. Y así, como la tierra es fertilísima, todo es selvas y bosques habitables, con cielo tan benévolo que nunca se hallaron venenosos animales, y aun los toros selváticos y grandes son mansos como bueyes; los caballos son hermosos, de fiereza y de grandeza; el ganado es fecundo, que tres veces da fruto al año. Así que es tierra fértil, amena y rica, y no tiene la Europa otra mejor. No habla apasionado, Baldüino, que el sol no ha dado lumbre en provincia mejor que nuestra patria original. El Cielo favorable verla me deje con el dueño mío, a quien adoro y finjo que aborrezco. , ¿ dónde está? Que me lastima verla tan triste. Lástima la tengo. ¿ De qué procederá melancolía tan profunda? De [la] desgracia mía. ¿ Por qué, grande señor, dejas que sola, entre los cuadros de esta hermosa huerta, ande la Infanta , melancólica? Que ahora, si mi Dios no la tuviera, entre las murtas que de margen sirven al estanque mayor, como un Narciso, se arrojara, que está loca o enamorada ya de su belleza. En locura ha parado su tristeza. Huyendo escaparé. ¡Lástima grande! ¡Cielo piadoso, la inocencia mira de una santa! ¡Socorre su jüicio! ¿ Qué dices? ¡Ay, señor! La hermosa ahora dio tras mí con una espada diciéndome: « Traidor, que has muerto al Duque. ¿ Cómo no mueres? ¡Ah, cobarde, espera!» Colérica, los árboles desgaja, desenlaza las hiedras y las parras de los olmos, diciendo mil locuras. Moverá a piedad a las piedras duras. Vengo admirado, poderoso Carlos. La Infanta, mi señora, sin jüicio me llama esposo, y dice algunas cosas no tan honestas como fue su vida, y con extraña cólera se vino, furiosa, para mí con una espada que a un paje quitó mal recatado. ¡Ay, hija! ¡Ay, corazón! ¡Ay, alma! ¡Ay, vida de este cuerpo infeliz! ¡Báculo verde de este árbol seco, ya con la edad larga! Si puede una pasión tanto en el alma, el mismo fin espero de la mía, que amor me aflige, no melancolía. Fiestas ordena, que tristeza ha sido, y podrá divertirle su cuidado. A un casamiento [puedo] hacerlas. ¿ Cuyo? De y el Duque, que Borgoña torne su sangre a Francia y Alemania. ¿ Gusta el Duque? Señor, sí, y lo deseo... Dígalo Carlos. Tenga luego efecto. Vivas mil años. Prevendré al momento lo que importa a tan alto casamiento. Poderoso Rey de Francia, llamado en el mundo siempre Atlante de la justicia, porque en los hombros la tienes, si justiciero te llaman, ¿ cómo este atributo pierdes? Pues, por guardar la justicia, se llaman dioses los reyes, defiéndela, porque en esto al eterno Dios pareces; haz que el vicio se castigue y que la virtud se premie. Oye el caso lastimoso que entre esos plátanos verdes vieron ahora mis ojos, hechos de lágrimas fuentes, porque es bárbaro aquel, y a Dios no teme, que del ajeno mal pena no siente. En esta espaciosa huerta quisiste, Rey, que se huelguen el de Alemania y Borgoña, infelice y tristemente. Trágica ha sido la fiesta, porque en este mundo débil son prolijos los trabajos y los descansos son breves. El gran Duque de Borgoña pagó tributo a la muerte, que no hay majestad humana que de este fin se reserve. Casi en mis brazos ha muerto y el corazón se enternece, porque es bárbaro aquel, y a Dios no teme, que del ajeno mal pena no siente. Estábades divididos: unos cogiendo claveles, otros con redes y cañas pescando los mudos peces; cual andaba el laberinto y la traza que hacer suelen de cenizosos ajenjos y de tomillos silvestres; cual las fuentes apremiaba para que el agua saliese, haciendo ramos de vidrio y de cristal martinetes; cual entre mirtos y flores escuchaba atentamente de los pardos ruiseñores los mal formados motetes. Entre estas deleitaciones, el cielo, airado, os divierte, porque os quiere dar pesares a peso de otros placeres. El Duque estaba durmiendo a sombra de unos laureles, ingratos al fin, pues callan para que nunca recuerde. Dicen que duerme seguro el que buena fama tiene; yo digo que no, pues vela quien lo envidia y aborrece Valiente era el Duque, y mucho; mas, ¿ qué importa ser valiente, si el traidor, como es cobarde, bueno a bueno no acomete? Uno salió, enmascarado, y entre tiernos mirabeles otro quedaba espïando, temeroso de tu gente. La espada le entró en el cuerpo y en el corazón le hiere, diciéndole: « Muera el Duque» , y el Duque: « ¿ Por qué me ofendes? » . Voces di, nadie me oía, porque los hados, la suerte, la estrella y signo del hombre son irreparables siempre. El Duque, bañado en sangre, dijo: « ¡Jesús, socorredme!» Y las palabras y el alma salieron dél juntamente. Lastimada estoy. ¡Cruel caso! Amor ni pasión me mueven, mas es caridad cristiana sentir su mal de esta suerte, porque es bárbaro aquel, y a Dios no teme, que del ajeno mal pena no siente. Muerto es , señor: búsquense los dilincuentes, y aquel cadáver helado con funeral pompa entierren. Haz un notable castigo para que el mundo escarmiente, que al rey benigno y piadoso cualquier vasallo se atreve. Sepa Borgoña que lloras el dueño noble que pierde. Llorad todos, que en tal caso no es el llanto de mujeres, porque es bárbaro aquel, y a Dios no teme, que del ajeno mal pena no siente. ¡Cielos, qué locura es esta! ¿ No te lastimas de verme en mi vieja edad confuso? ¿ Por qué no me favoreces? ¡Oh, extraña melancolía, que así el jüicio diviertes! Sentid mi tristeza todos, llorad el caso presente, porque es bárbaro aquel, y a Dios no teme, que del ajeno mal pena no siente. ¡Melancólica pasión! Triste efecto ha sido aqueste del calor con que deseca lo que la sangre humedece. Tan fiera melancolía imaginación tan fuerte, Dios querrá que haya remedio que a todos nos enloquece, porque es bárbaro aquel, y a Dios no teme, que del ajeno mal pena no siente. Eso sí, reyes famosos, llorad ambos, que Dios quiere que el mal ajeno se vea para que el propio se acuerde. Yo he visto, Rey poderoso, que la música suspende imaginaciones tristes: manda cantarle y tañerle. ¿ Qué es esto, Rey poderoso? El traidor infame es este que la muerte ha dado al Duque. ¿ Qué hacéis? Matadle, prendedle. ¿ Cómo estáis suspensos todos, que no matáis a un aleve, que así a los ojos del Rey tales delitos comete? ¡Caso acerbo y lastimoso! ¡Viejo triste! ¡Infeliz suerte! Pues, ¿ cómo si os lastimáis al que es traidor no se prende? Ved que es bárbaro aquel, y a Dios no teme, que del ajeno mal pena no siente. Si ambos sentís la del Duque, ¿ cómo el matador no muere, o habéis sido los Herodes de aquella sangre inocente? ¿ Hay tal desdicha en el mundo? ¿ Hay tan extraño accidente? Prima hermana, cuyos ojos de este mal se compadecen, decidle al Rey que le prenda, porque yo estaba presente cuando este y otro le dieron las dos heridas crüeles. [Todos lloran], todos callan, todos juntos se entristecen por la muerte de y nadie vengarle quiere. Cuando al agresor dan vida los que han de ser sus jueces, el Cielo busca ministros que su justicia no tuercen. Yo he de serlo en este caso, porque a mí también me ofende el que mata en mi presencia un Duque alevosamente. ¡Muere, infame, vil, ingrato! La traidora sangre vierte a manos de una mujer, que el cobarde le parece. ¡Oh, Rey invicto, reprime tanta furia, porque puede sacarme el alma! ¡Hija! ¡Infanta! Razón es que te sosiegues. Dale rienda a su pasión, en sus locuras concede, porque siguiendo su humor curarse los locos suelen. Bien has dicho. [] ¡Date preso! Y pues la muerte mereces, ten paciencia. Eso me agrada. Eso sí es guardar las leyes. Dale al Duque sepultura; sus obsequias se celebren con aplauso. El cuerpo frío, en bálsamo se conserve y deposítese luego. Y porque se alegre canta un rato, hija amada. El amargo llanto cese, aunque es bárbaro aquel, y en Dios no teme, que del ajeno mal pena no siente. Si eso le dijo Isabela, señal es que bien le quiso. Cuerda estaba, estando loca, pues como cuerda ha sentido. Mas si el caso es semejante, ¿ por qué lo mismo no digo, pues vengo a sentir lo mismo? ¡Oh, dulce esposo mío! ¿ cómo en tanto dolor tengo jüicio? Más deshace su cordura la música. ¡Gran dolor! ¡Qué extraña desventura! Ella amó, porque el amor suele parar en locura. (¿ No es este el bien que deseo? Ninguno se altera; creo que nadie lo puede ver: su espíritu debe ser. Yo solamente le veo). ¡Jesús, Jesús! ¿ Es ? ¿ Del otro siglo has venido o desmayado y no muerto quedaste cuando herido? (Lástima la tengo). Cierto. Duque, dime cómo vienes, cómo estás ya, cómo tienes las heridas que te han dado. Por muerto, y no desmayado, te dejé. Algunos desdenes, como son los de mi dueño, loca la tienen así. ¿ Quién es? Tú. No te desdeño. Bien dicen que el frenesí es una imagen de sueño; que las especies confusas están, con memoria poca, en el celebro difusas. ¿ Qué es aquesto? ¿ Yo estoy loca? ¿ De frenética me acusa? Duque, Duque, ya te entiendo. Mira que me vas oliendo a embustero y a traidor. Repara este mal olor antes que vaya creciendo. Volverme ya la opinión que me has quitado conviene, y advierte que la traición dos partes iguales tiene, que hacerla y pensarla son. Y siendo aquesto verdad, en esta grave maldad ya estás, Duque, muy culpado, porque, habiéndolo intentado, tienes hecha la mitad. Tema soy de su locura. Como tú se la mostraste se enojó. Duque, procura no acabar la que empezaste: Vuélveme ya mi cordura. Reloj es muy concertado el seso que has infamado; pero tú, traidor, ahora, porque no llegue tu hora, cuentas mal las que yo he dado. Si te atreves a poner la ropa que suele ser del Rey, y acaso se mancha, ¿ por qué, por cubrir la mancha, la ropa quieres romper? Éstas sí son necedades. ¡Vuélveme ya mi jüicio! ¡Qué locura! No la enfades. Si soy loca, haré mi oficio, que será decir verdades. Alégrate, mía, porque el Duque se desposa. Y ha de haber mucha alegría. , tú eres su esposa. ¿ Habrá otra melancolía? Dale la mano. No es poca mi gloria. Señor, no quieras, sin pensar... Cierra la boca. Ahora sí que es de veras el decirme que estoy loca. ¡Cielo que este agravio ves, favoréceme, no muera! Dame la mano. Después. ¿ No lo manda el Rey? Espera. , no se la des, ni el Duque mano te dé, que, aunque el lugar no es muy bueno, tiene dueño. Advierte que quien toma lugar ajeno se suele quedar en pie. Dueño tiene y desdichado: penétrale la intención, que es ladrón disimulado, y quien compra de ladrón pierde el precio y lo comprado. Considera que este ingrato vendió su mano otra vez, y perderás tu buen trato cuando declare el jüez que vale el primer contrato. Porque no te deje y goce la mano que te ha mostrado, que es de reloj reconoce que hasta ahora dos ha dado, mira tú si dará doce. Loca te ha de hacer temprano, si ahora con él te casas: advierte que este villano con las dos juega a las bazas y roba dando la mano. Por sus locuras graciosas de este bien no me enajenes. Tú serás, si te desposas, loco furioso, pues tienes en las manos dos esposas. Si así tu gusto acomodas y das las manos a todas, teniendo tantas mujeres eres moro, perro eres, y perro de muchas bodas. De veras loca he de ser y la muerte te he de dar porque es cualquiera mujer terrible cuando el amar convierte en aborrecer. Castigo a tu desvergüenza daré... Su furia comienza. (Yo he de morir si se casa. Quiero decir lo que pasa, corro el velo a la vergüenza). Mi honra es luna que fue honrada con la luz que en ella puso tu sol, y ya está eclipsada, porque el Duque se interpuso como la tierra pesada. Si eres sol, haz que al instante cese aquella conjunción, porque pasando adelante en mí no harás reflexión y estaré siempre menguante. ¡Ya ha dado en astrología! ¡Qué lastimoso dolor! Declararme más querría, pero vergüenza y temor detienen la lengua mía. Tu casa jardín ha sido donde tus honras están: yo fui el árbol prohibido y el Duque ha sido otro Adán que ha pecado y ha comido. La cerradura deshace de mi honor. Mirad si os place que dé a su diestra, siendo la llave maestra que a todas las puertas hace. ¿ Cómo no te ha enojado, si me tienes entendida? Digo que el Duque ha gozado la pureza de mi vida. (¡Tampoco, Cielo sagrado! Si el mismo que me engendró y mi agravio ha de vengar, no lo siente como yo, la mancha quiero sacar con sangre de quien la echó). ¡Muere, infame, vil, traidor! Ya le ha tornado el furor. Si procede su tormento de ver este casamiento, suspéndase ya, señor. Suspéndase, pues. , sosiega: ya no se casa. ¡Dios, su seso le conceda! Ya he dicho lo que pasa, suceda lo que suceda. Duque, no te mire. Vete a casa. Deme el copete ocasión, tiempo y ventura. El tema desta locura algún misterio promete. Aquí quedó el Almirante. Mostrarle más disfavor conviene de aquí adelante, para encubrirle el amor que no tiene semejante. Sabré si tiene firmeza, y así mi honor y nobleza guardaré, que no es razón, sin tener satisfación, manifieste mi flaqueza. (Si fue la Infanta, imagino que ha de colegir señales). ¡Oh, mi oráculo divino! ¿ podré consultar mis males? No te entiendo, Baldüino. De esa suerte, Infanta mía, tu entendimiento sería vista de nocturnas aves, que de noche entender sabes y no me entiendes de día. Anoche no estabas tú tan ingrata y tan feroz. ¡Loco estás! ¡Jesú, Jesú! De Jacob es esta voz, aunque el tacto es de Esaú. Pues que mi maestra fuiste, oye que quiero pasar las lecciones que me diste. ¿ Qué lecciones son? De amar. De mí no las aprendiste. Si fuera de no querer, aún esas pudieran ser de mi doctrina, porque hoy aborreciéndote estoy y te enseño a aborrecer. Tu aborrecimiento viva, que el amor que yo profeso será como palma altiva que no dobla con el peso, antes se levanta arriba. Quítame el ver, el hablar, [el pretender, el servir,] el pedir, el confiar, que no me has de prohibir la libertad de amar. Servir, hablar, pretender, ver y confiar, advierte que tengo sola poder de quitarlo, y con tu muerte podré quitarte el querer. Atrevido y confiado vence tu loco cuidado, no ofendas más mi decoro. (Tratar mal a quien adoro, ¿ no es un rigor demasiado? ) Huye, crüel Anajarte, de mi amor o mi locura. Quiera el Cielo castigarte; mas, si eres ya piedra dura, ¿ en qué podrás transformarte? ¿ Qué confusión es la mía? ¿ Qué sombra mortal me espanta? ¿ Qué voz de sirena impía de noche me alegra y canta para matarme de día? ¿ No bastaba no quererme, sino que has de aborrecerme? Tu vista y voz me dan pena: calla, pues, dulce sirena; si eres basilisco, duerme. Mas tu desdén y rigor no me han de vencer, ingrata, que es como nardo mi amor que, mientras más se maltrata, da más fragancia y olor. Dafne no fue tan crüel, que eres piedra, ella laurel. Para quitarle el enojo esta esperanza le arrojo. Ya han echado otro papel. « Al flamenco sin segundo por quien mi fe se gobierna, dueño que es de un alma tierna, ya que no de un frágil mundo» . Sobrescrito: « Regalado» . « Después que anoche me hablaste, con tu ausencia me dejaste con más amor y cuidado. Tanto el día me es molesto que a ser yo Josué hiciera, no que el sol se detuviera, sino que corriera presto. Al fin deseo, señor, que anochezca porque tornes y el verde jardín adornes de esperanzas y de amor. Si tu dama es tu contrario, no tengas firmeza poca, que el agua ablanda la roca con sólo el curso ordinario. Adiós, mi bien y señor» . A escribirlo tú, crüel, me dejara este papel en un éxtasis de amor; fuera noble ejecutoria de mi honrado pensamiento, perdón de mi atrevimiento, libranza para mi gloria; pero, sin saber de quién, con tus regalos me ofendes, porque es de casta de duendes ésta que me quiere bien.

JORNADA TERCERA

¿ Mi voluntad contradices? Señor, no es contradecirte el suplicar y pedirte que suspendas lo que dices. Con Ludovico he tratado que con Carlo has de casarte. Señor, sin citar la parte no se puede dar estado. Y aunque es verdad que tu gusto es mi voluntad y ley por ser mi padre y mi rey, que consideres es justo que se ha de hacer bien pensado hecho que dura una vida. Ya serás desconocida si porfías. Padre airado, ¿ por qué en mis hombros se carga tanto peso sin mi gusto? Que un casamiento a disgusto es una muerte muy larga; es guerra y perpetua queja que satisfación no tiene hasta que la muerte viene del uno, y en paz los deja. (¡Ay, flamenco! ¿ Quién pudiera confesar que te he adorado? Pero mi amor recatado ha de salir de su esfera. Cásame el Rey, y es mejor, en esta aflicción que siento, trocar en atrevimiento mi recatado temor). Prevénte para mañana, porque el poder ha venido y has de casarte. Esto ha sido mi muerte, de buena gana. ¡Industria, en esta ocasión al mayor poder igualas: [si a Dédalo das las alas] y las naves a Jasón, alas tienen de valor fama y amor; mas quien ama no mira las de la fama, sólo quiere las de amor! Déme tu real Majestad esas manos poderosas, temidas desde el ocaso hasta la abrasada zona; déme los brazos dichosos que se han de extender ahora tanto que abracen y ciñan toda la Africa y Europa; déme los pies, cuyas plantas, como a otro Alejandro, solas, han de oprimir las cervices desta máquina redonda. Y en besando pies y manos, alegres discursos oiga de los sucesos felices de la jornada de Roma. Obedecí tu mandado: partí corriendo la posta, llegué a los soberbios muros que a las estrellas asombran. Visité con devoción la Basílica dichosa de los Apóstoles Santos, cuyas reliquias nos honran, de aquel divino portero de las puertas de la Gloria, que en la cámara de Dios la llave dorada goza, y el que a los pies del caballo oyó la voz más sonora que Miguel, como sochantre, en el coro impíreo entona. Hice primero oración, aunque pecador, devota, porque es la oración la basa de nuestras cristianas obras. Visité después al Papa y humilde puse la boca en su pie. Luego tu carta dísela en su mano propia. No la entregó al secretario; leyóla él mismo, y en toda mostraba con el semblante afición maravillosa. Mandó que me aposentaran con regalo, amor y pompa, dentro del Sacro Palacio, como a su propia persona. Divulgóse en Roma luego la crüel y lastimosa muerte del gran Ludovico, por quien toda Italia llora. Y así, dividida en corros, cual emperador te nombra, cual elige al de Alemania, cual da su voto al de Escocia. En muros, templos y torres mostraba el alba hermosa, rotulados varios nombres entre palmas y coronas. Verdad es que se inclinaba siempre la gente famosa a Francia, que Carlomagno está vivo en sus memorias. Juntóse, pues, el Senado y allí el imperio se vota, tomando del Santo Padre la bendición y la forma. Abrióse el cónclave excelso en que la Santa Paloma del Espíritu Divino suele inspirar lo que importa. Y al son de música alegre de cajas, pífanos, trompas campanas y chirimías, todos tu nombre pregonan: « ¡Viva Carlos!» , dicen unos, porque los otros respondan: « ¡Viva Carlos, Rey de Francia, la temida y la famosa, Emperador de Occidente, de nuestra Iglesia custodia, Rey de romanos, columna de la gente religiosa!» . La aprobación hizo el Papa y con santa ceremonia ha confirmado el imperio en tu sangre generosa. Un legado ha de enviar a darte las tres coronas de hierro, de plata y de oro, de Aquisgrán, Roma y Polonia. Toma, pues, las seis insignias, viste de púrpura ropa, empuña la fuerte lanza, la divina cruz adora, el mundo pon a tus pies, saca de la vaina roja aquel estoque sangriento que con celo de Dios corta, cubra la santa diadema tu cabeza poderosa, la segunda de la Iglesia y la primera de Europa. Publíquese ya en París este aplauso y esta honra, y arcos levanten al cielo con majestad grandïosa. Entapícense las calles, ya de hiedra, ya de rosas, ya de tártaros damascos, o ya de turcas alfombras, y tú, señor, las pasea debajo de verde sombra del palio de oro que llevan los de tu mesa redonda. Vuelve otra vez a mi pecho, viva hechura, imagen propia del alma que vive en él, de quien depende mi honra. Sirvan de hiedra tus brazos: ciñe con ellos agora este muro a quien el tiempo desmantela, humilla y postra. Rasga el pecho, entra en el alma, que un pelícano me torna el amor, y darte quiero, sustento, ser, vida y forma. Todo otra vez lo recibo de tus entrañas piadosas. Y en tan común alegría sólo llora. El francés Príncipe vino y con acción amorosa le está recibiendo Carlos. ¡Ay, rabia, envidia y ponzoña! Alegres van. ¿ Qué es aquesto? Pues que yo siento congoja, buen suceso ha sido el suyo: mi ventura ha sido corta. ¡Qué bien pintaron la envidia con una hambre rabiosa, comiéndose el corazón, mordiendo sus manos propias! Si cuando los mensajeros no traen nuevas de placer besan los pies de su Rey, déjame besar tus pies. Y si acaso los negares, no me niegues esta vez atención, para que veas que te quise obedecer. Llegué a la famosa Roma –que no ha consentido rey desde el tiempo de Lucrecia , tan casta como crüel–, y como en aquesta causa es el Senado jüez y el Papa quien lo sentencia, tus pliegos les entregué. También, como el oro es siempre imán que suele atraer las voluntades de acero, oro y plata di también; entre el pueblo y el Senado pródigo anduve, porque es uso común en las cortes el dar para pretender. No basta tener justicia, no basta pedir el bien de la patria, de la Iglesia, del imperio, de la fe, porque del mundo inconstante dicen que al Cielo se fue la perseguida justicia huyendo del interés. Propuse a los electores tu justicia, tu poder, tu valor, tu fortaleza, tu venerable vejez, y el temor universal que de ti suelen tener desde el cristiano alemán hasta el tártaro infiel. Propuse que rey ninguno mejor que tú puede ser la columna de la Iglesia y el escudo de la fe. Dije que el Imperio es tuyo por derecho y no merced, porque en edad y en potencia eres mayor que el francés. Bien mi razón conocieron, mas no la guardaron bien, que los romanos amigos prevaricaron después. Entre el vulgo novelero , como suele suceder, hubo diferentes votos y motines, dos o tres. Cual rotulaba tu nombre, cual el nombre del inglés, cual « ¡Viva Francia,» –decía– « casa de Carlos Martel!» . Como trajo Carlomagno de la gran Jerusalén tantas reliquias a Roma, quiérenlo así agradecer. Y aunque eres también su nieto, como reinar no te ven en Francia, no consideran que le debes suceder. Salió decretado, en fin, que den a Carlos las seis insignias del Santo Imperio y que el mundo se le dé. Carlos, tu hermano, en efecto, cristiano Atlante ha de ser del Cielo de nuestra Iglesia que en hombros ha de tener. Él, como Augusto felice, ceñirá el verde laurel de los césares romanos, y tú el funesto ciprés. Mas, si valen mis consejos, no has de pasar esta vez por esta elección del Papa y el imperio has de obtener: hoy tus ejércitos junta, entra marchando por él, rindiéndolo por las armas pues tanta injusticia ves. Sal de París al momento y saca tu gente de él; los ejércitos reforma, tu potencia junta esté. No consientas que el imperio los papas por gracia den: César lo ganó por armas, conquístalo tú también. Juan, que en la Iglesia preside, no me hizo la merced que hizo al Príncipe de Francia: más le honró; no sé por qué. Si fue porque yo no soy legítimo como él, por mí mismo valgo yo, y ahora lo mostraré. ¡Viva Carlos, Carlos viva, Emperador de Occidente! Ya París su gozo siente y a mí del alma me priva; ya publica su alegría Francia y a Carlos implora; y Alemania, triste, llora con justa melancolía. ¡Ay, envidia, que envidiando cualquier bien, aunque pequeño, haces que su propio dueño muera contigo rabiando! Pero el dolor que he sentido no es envidioso veneno, estando en poder ajeno lo que solo he merecido. Mas ¿ qué digo?, ¿ cómo aguardo que el imperio se me dé, si a pretenderlo envié a un mal nacido bastardo? Sin duda, la causa fuiste, infame, de esta injusticia: con tu envidia o tu malicia las diligencias no hiciste. No quieres bien a Lotario, el que en mis reinos sucede, y así el imperio no puede venirme por su contrario. En pretender monarquía por tus medios hice mal, que no puede ser leal quien no tiene sangre mía. (¡Tal escucho y no me vengo de unas palabras tan feas! Seas mi padre o no lo seas, valor por mí mismo tengo. De los buenos pensamientos las honras del mundo vienen, porque los hombres no tienen culpa de sus nacimientos. Todos tenemos dos madres, la propia y Naturaleza, y no es igual la nobleza porque no escogemos padres; mas igual la sangre fuera si el padre no diera el ser, que a poderse el hombre hacer perfectamente se hiciera. Y, pues infelice fui que tal mi padre me dijo, digo que no soy su hijo, que de mí mismo nací. Rabio de haberle escuchado y, si el tiempo da lugar, del Papa me he de vengar y dél, porque me ha negado. Bien sé que en hacerlo dejo de dar obediencia a Dios; la perdición de los dos consiste en este consejo). Esta tu humilde hechura a quien colérico infamas, niegas y bastardo llamas, darte un consejo procura: Carlos no está coronado; las armas apriesa toma contra ese Papa de Roma que el imperio te ha quitado. Viéndose oprimido y preso, revocará la elección y de nuestra religión pondrá en tus hombros el peso. Si primero te coronas, solo emperador serás. Con un consejo que das hoy me has dado tres coronas. Bien dices: salgamos luego de París, que de esta forma, si mi gente se reforma, Roma arderá en vivo fuego. Los regocijos que París ordena, las voces que están dando los franceses, el alboroto que el palacio tiene y el semblante de Carlos y sus hijos, publican que el imperio se le ha dado. ¿ Es verdad, mi señor? Si no lo fuera, no se abrasara el alma de este pecho. ¡A Roma, que injusticia nos ha hecho! Sin dar a Carlos cuenta nos partamos de París esta noche, mientras ellos en disfraces y máscaras se ocupan. Y por el Cielo santo que gobierna el mundo inferior, que han de abrasarse en guerras Francia y Roma, o el imperio ha de ser de los reyes de Alemania. Al mismo juro de incitar la guerra, hasta que el padre que me niega acabe o el Papa que en tan poco me ha estimado. ¡Ay, ausencia! ¡Ay, París! En balde lloro, si dejo en ti al ingrato a quien adoro. Noche ciega que conoces esta sirena y la ves cuando me traes a sus voces, descúbreme ya quién es, así tus tinieblas goces; Luna, así tu reflexión no padezca alteración, que en mi duda resplandezcas y así eclipse no padezcas de celos de Endimïón, aquí vengo a entretener un dulce engaño que tengo. Una señal quiero hacer para que sepa que vengo, si está aquí. No es menester, porque soy piedra en el viento y como puro elemento cuando está sin centro , fuera de la región de su esfera, naturalmente violento; soy pece fuera del mar cuando estoy sin vos, y así, por fuerza tengo de estar en mi centro, que es aquí, pues aquí os tengo de hablar. Mucho me obligo y empeño. No hay cabritillo pequeño que bale más por su madre, perro que más triste ladre cuando ha perdido a su dueño, como yo cuando no os veo. Favor es que honrarme puede. ¿ Sois mi oráculo? Yo creo que soy un ídolo mudo o, al menos, serlo deseo por no daros un pesar hablando. Si con hablar lo habéis de dar, no permita callarlo amor. mañana se ha de casar. ¡Válgame Dios! ¿ Quién ha sido el que tal ha merecido? El Príncipe Carlos es. ¡Cielo que mi pena ves, sólo paciencia te pido! Forzada se ha de casar, y por eso me parece que te la puedes llevar de palacio. Me aborrece. Procúrala, pues, robar. No es posible. Y si lo fuera, tanto estimo mi lealtad que al Rey enojo no diera. Pues sabe que no es verdad. (No va bien de esta manera. Si me descubro, podrá no querer. Mejor será que me lleve sin saber quién soy). Ángel o mujer, si es burla, dímelo ya. Burla fue antes. Agora te traigo de ella un recado. ¿ Búrlaste también, señora? Es muy cierto. ¿ Qué ha mandado? Que saques dentro de un hora de París a un pajecillo que a otro ha muerto, y tendrá enojos si llegas a descubrillo, si él no gusta. Por sus ojos, de no ofendello y servillo. De parte de ella te aviso, por señas, de que un papel la dabas, y no lo quiso. Son ciertas señas. Pues él baja al momento. Indeciso me tiene aquesta mujer, pero quiero obedecer que, pues tales señas dio, lo mandó y agradarla es menester. Con disfraces y músicas celebran tus vasallos, señor, la alegre nueva del nuevo imperio. ¡Vivas largos años para amparo del mundo y de la Iglesia! ¿ Quién es? Yo soy, señor. ¡Oh, Baldüino! Goce tu Majestad el Santo Imperio tan larga edad que exceda la del Oro. Almirante de Francia, mucho importa que partás al momento a los estados de Flandes, patria tuya, a darles cuenta de la nueva elección que Roma hizo. Y siendo con razón temido en ellos, todas las tierras que el imperio tiene reducirlas podrás a mi obediencia. Sin ver contradicción, parte a la posta, y advierte que yo estimo tu nobleza y así podrás fiar del premio digno. El verdadero premio es de servirte. Haré lo que me mandas, confiado que estarás satisfecho del deseo que tengo de servirte. Baldüino, sal de palacio y llévame contigo, que la Infanta lo manda. ¿ Quién es éste? Una máscara. Pase, pues celebra mi gusto, que me causa regocijo. ¿ Salgo cubierto? Sí En esa palabra fundaré mi disculpa. Escucha, paje. A Flandes manda el Rey que parta luego. ¿ Quieres quedarte? Solamente quiero que me lleves contigo a cualquier parte. Confuso estoy, y a fe quiero llevarte. , pues que ya solos quedamos, retírate allá fuera, escucha aparte: , melancólica y furiosa, permanece en el tema del principio y dice lo que tú ya has entendido. Y ahora, como sabe que mañana con Carlos y contigo se desposan y , ha dado voces diciendo que yo soy el que consiento su deshonra y su mal. Si esta locura procede de verdad, Duque, repara el daño y, aunque loca, has de casarte con ella, y sanará de su locura. En paz y en amistad te lo aconsejo y a mi jüicio lo contrario dejo. Imaginas, señor. Que siendo hija tuya, aunque yo como atrevido tal intentara, nunca lugar diera a que yo consiguiera mis intentos. Ya que los hubïera conseguido, mejor me estaba que mi esposa fuera, siendo más bella que mucho. Locura es que causó melancolía. (Déme remedio amor, porque peligra el gozar a , a quien adoro). Señor, haz una cosa: pues la Infanta sola está, retirada en su aposento, manda que salga y dile que conmigo está casada y que mañana a Alemania me parto, o a Borgoña, con mi esposa, y, al fin, que el alegría que esta noche ha sentido es por aquesto. Y si, irritada con aqueste caso, persevera en decir esa locura, yo mismo, aunque esté loca, si tú gustas, por el decir del vulgo, me dispongo a casarme con ella; mas si acaso el tema deja ya con mejoría, casaré con . En eso muestras que eres mi sangre; la inocencia veo de tu pecho leal. Yo llamo a . Déme ingenio el amor para que salga con empresa tan ardua. ¡Gran ventura! viene sin que el Rey la viese. Con lo que al Rey le he dicho me remedio. A las señales triste[s] de alegría –¡qué tristes para mí son las alegres!– salgo, inorante de la causa de ellas. Pues, traidor, ¿ cómo te atreves a llegar donde estoy? Perdona, Infanta. El amor me cegó: yo lo confieso. Y con me casó esta noche el Arzobispo de París; mañana a Alemania nos vamos, y la fiesta que ves hacer con máscaras y disfraces, con farsas y con música, es por esto. Sin duda quiere Dios que religiosa pases la vida. ¿ Vocación es tuya? Pues tu mismo padre no ha creído el caso y la verdad: ¡Dios lo permite! Toma de tu enemigo este consejo, y pues ya el matrimonio tan solemne deshacerse no puede ni hay remedio, si mañana me voy en viendo el día, calla y escoge religión sagrada; si no gustas, porfía y persevera, que juntos de Borgoña y Alemania el poder general, no basta Francia a poder castigar mi atrevimiento, y en ella vendrá a ser lo que en España hizo la Cava contra el Rey Rodrigo. Como quien bien te quiso, te lo digo. ¡Ah, falso! Plegue a Dios que no te logres y las heridas que fingiste un día verdaderas las tenga el traidor pecho; quede viuda antes de una hora; no tengas fruto deste matrimonio; las penas del infierno como eternas eternamente aflijan el alma tuya. ¡Ay celos, ay amor, ay muerte, ay rabia, que en tan grande dolor se anega el alma! Si no me engañas, tu consejo sigo, que es el primero y eres mi enemigo. ¿ Aquí estás, mía? [Ahora de buscarte] vengo, que nuevo cuidado tengo de tu gran melancolía. Antes, muy alegre estás, pues tales fiestas ordenas. Cuando las causas son buenas, el efecto abonarás: casóse el Duque con . A esta ocasión estos regocijos son... Sin duda mi mal es cierto; callarlo quiero. .y mañana a Alemania se van. ¡Cielos, ya son deshonra mis celos! Por ver que de mala gana recibes esto, no quise avisarte. Ya, señor, estoy de mi mal mejor: de todo es bien se me avise. Mucho gustara de estar en el casamiento. Pena no ha sentido: ya está buena. Más la quiero examinar. Solos estamos aquí; dime, pues, mía, ¿ tienes ya melancolía? , ¿ te aflige aquel frenesí? ¡Jesús, señor! ¿ Yo he tenido frenesí? ¿ De qué manera? (Su salud es verdadera: el bien junto me ha venido). Decías que te gozó el Duque, y cosas no honestas. ¿ Que pasiones como aquestas, señor, he sentido yo? De vasallo tan leal y de honra tan guardada, locura demasïada fue, señor, el decir tal. ¡Gracias a Dios, que ya he abierto los ojos de la razón y de esa imaginación como de sueño despierto! ¡Gracias doy a Dios Supremo por la salud que le ha dado, que con ella y con mi estado ninguna desgracia temo! Oye, señor, el caso más infame que sucedió jamás en real palacio; oye el suceso de una hipocresía, que tal fue la virtud de Martarita; oye la deslealtad de un vil flamenco, aunque de sangre tuya, advenedizo en París. Oye. Príncipe, ¿ qué dices? Que falta de palacio, y en traje de hombre va con Baldüino, el rostro disfrazado, en un caballo a las ancas, y va sin duda a Flandes. El disfrazado que salió esta noche era la Infanta, siempre recatada por no manifestar su mal propósito. Por eso no quería desposarse con Carlos. ¡Ah, traidora! Parte luego en seguimiento suyo con mil hombres, que en las selvas de Flandes escondidos los hallaréis. Si acaso en el camino no podéis alcanzarlos, yo en persona iré luego al estado de este infame. Vo que su sangre sin piedad derrame.] ¿ Qué tienes, gran señor? ¡Ay, Duque amigo! Cuando la Infanta con salud estaba, cuando la hallé sin melancolía, cuando vi la lealtad del pecho tuyo, cuando cuerda y alegre ha declarado que ha sido frenesí culpar su honra, me afrenta y se ha ausentado con ese Baldüino que Almirante hice de Francia para daño mío. ¡Grande maldad y grande desvarío! Ponte en armas, señor. Reforma luego tus ejércitos fuertes, que Alemania, sin duda, contra ti se ha conmovido, porque el Rey con , con Rodulfo y con toda la gente que tenía se salió de París sin darte cuenta, y a Francafort se va, donde el ejército se podrá reformar contra tus reinos, que invidiando el imperio que te han dado la envidia de su pecho ha levantado. Otra desgracia, hermano! El juramento que hicimos en la cruz, manos y pecho del muerto Emperador, ¿ tan mal se guarda? Duque, prevénte pues aún no has casado con y podrás, si quiere guerra, defender de sus manos esta tierra. ¡Ay, desdichado amor, triste huida, si me lleva el alma y vida! Luego no estaba casado, como me dijiste a mí, el Duque. Sólo tratado. Pues yo tengo frenesí, nueva locura me ha dado. Duque, tu mala intención revuelto tiene a palacio, y quieres con tu invención, para casarte despacio, meterme a mí en religión. Tu justicia, Rey, invoco: mate al Duque tu rigor, que no ha de hacer daño poco, que es la vida del traidor espada en manos del loco. No está tu vida segura: dale muerte, Rey francés, porque dártela procura, y dirá el traidor después que no es muerte, mas locura. Tus hijas tus ojos son: ya los hirió la traición con mi deshonra y enojos, y quien te tiró a los ojos te tirará al corazón. Ya le ha vuelto el frenesí. Dos retratos, dos espejos, dos corazones perdí. No bastaron tus consejos. Engañóte como a mí. Si el flamenco Baldüino castigar mi agravio viera o mi hermana, yo imagino que ninguno se atreviera a su infame desatino; mas vieron de tu presencia al que la honra me quita gozar con tanta paciencia, que así pensó que consentiriás su ausencia. Dos retratos te han hurtado: uno el flamenco, ha llevado, y éste otro te llevó; el flamenco le estimó, pero aqueste le ha borrado. ¿ Qué tristemente celebro el imperio que me han dado? Los ojos de verla quiebro. Falta de sueño ha causado sequedad en su celebro. Falta de sueño, es verdad, ha causado mi locura, que con necia voluntad no dormí la noche oscura que te di mi libertad. Perdí el sueño y voy perdiendo la vida, la honra y el ser. Yo duermo, pues tú mintiendo loca me quieres hacer, porque siempre esté durmiendo. No soy loca, pues lo fui una noche que te abrí esa puerta y este pecho. Repara el daño que has hecho y mira, Duque, por ti. ¡Qué locura lastimosa! ¿ Tal oigo? Espera villano que una tigre soy celosa. Refrénela, Rey, tu mano, que otra vez está furiosa. Que yo me vengue deseas. Huye, Duque, no la veas, porque este mal se le quite. ¡Ay, Rey! ¿ Cómo Dios permite que ni me entiendas ni creas? Desciende, que este rumor de guerra me da cuidado. ¿ Es cuidado o es temor? Querer vivir recatado no es miedo, sino valor. En efecto, te he traído sin haberte conocido. ¿ No lo juraste? Jurélo por aquel divino cielo que ingrato y hermoso ha sido. ¿ Dónde estamos? Imagino que con la noche tenemos perdido nuestro camino. Voces suenan. Escuchemos. ¡Muera el traidor Baldüino! Siguiéndonos viene gente y ya, sin duda, nos siente. No sé quién. Algún contrario de los tuyos. Temerario he de ser y no valiente. Escóndete entre esos ramos que yo acometo. Cordura será, señor, el que huyamos. De esa aldea baja el cura. Él nos dirá dónde estamos. ¡Ah, padre, bajad, venid y en caridad nos decid qué lugar es este! Vos, si tentar no habéis a Dios y sois Baldüino, huid porque os vienen a matar desde París más de ciento. Vos, ¿ dónde vais? A llevar el Divino Sacramento a un enfermo a otro lugar. No quiera Dios ni mi fe, [aunque más peligros haya,] que yo en el caballo esté y que su ministro vaya con el mismo Cristo a pie. Tú, padre, de quien Dios fía que en misa los cielos abras y a Dios bajes cada día con solas cinco palabras como con ocho María, pues que sepulcro te ha hecho de Dios vivo, y en derecho la palabra de su Padre traes más veces que su Madre, desde los cielos al pecho, sube aquí, que es mi consuelo llevallo, acompañallo al lugar, que, si en el suelo le doy silla de caballo, otra me dará en el Cielo. Si eres Baldüino, advierte que por fuerza has de pasar por tus contrarios. Más fuerte es el que pudo criar la vida y vencer la muerte. Suba Cristo y subid vos. Será mi caballo Atlante pues que cielo sois los dos, y yo, pasando adelante, seré lacayo de Dios, seré un Cristóbal conquisto, aunque él, pasándose, ha visto un Cristo, autor de su bien; mas yo dos, porque también es el sacerdote Cristo. Temor ni peligro siento de quien matarme procura que el Arca del Testamento libre pasó y fue figura de este Santo Sacramento. Llevaré la rienda asida y esta hacha llevaré, que es símbolo de la vida, y cuerda virgen seré con la lámpara encendida. Quiso Martín [a un vasallo,] yendo a caballo, ofrecer la capa, y por imitallo, pues capa no ha menester, le doy a Cristo el caballo. Así, señor, iréis bien, y en este verde distrito fruto las palmas os den, aunque ya no vais a Egipto ni entráis en Jerusalén. ¡El Príncipe! ¡Triste día! Aquí a caballo venía. No parece. No te han visto. Serán mercedes del Cristo. Imaginación sería. Desde la cumbre de este monte vimos a caballo venir a Baldüino ¿ Tragóselo la tierra o qué es aquesto? Mirad entre esos árboles sombríos, que quizás se escondieron. ¡Duro caso! Mejor me hubiera estado descubrirme: Supiera Baldüino quién traía y así no me dejara triste y sola. ¡Aquí la Infanta está! ¿ Qué es lo que dices? Lo que pasa. ¡Traidora, vil, ingrata! Bien como fiera estás en este monte, pues te falta razón como a los brutos. ¡Oh, tigre de mi honor, fiera lasciva, vaca celosa y cierva fugitiva! ¿ Tienes acaso en tus infames venas sangre de reyes? Tú, di, griega Elena, Cava española, egipcia Cleopatra, que a Dios deja y sus vicios idolatra, ¿ dónde está aquel traidor que fue por honra a Francia y mi deshonra ha procurado?; ¿ dónde, aquel ladrón, Paris troyano, el Rodrigo español, Marco romano? ¡Oh, falsa! ¿ cómo callas?, ¿ cómo anudas la lengua desatada en nuestra ofensa? ¡Pluguiera al Cielo te faltara siempre el uso exterior de tus sentidos, inclinados al mal y al bien perdidos! Villana, ten paciencia, que en el cuello puesto este lazo quedarás pendiente de los árboles mudos que, testigos de la deshonra que tu fama tiene, el mundo les dará lenguas fingidas: serán como las canas del rey Midas. Ponedle el lazo y cerrad los poros y el órgano vital por do respira la vida más infame que ha tenido un tártaro gentil, bárbaro escita, fiero bracamano, extraño troglódita. ¿ Aún no pides perdón? ¿ Misericordia te niegas a ti misma? Quien ha sido con su honra tan crüel, ¿ lo será ahora? Viva te he de llevar: el Rey disponga del castigo o piedad. Monstruo, levanta, que si ojos te faltaran como lengua, no vieras por tu mal y por el mío. Mal hice. ¡Cielo Santo, en ti confío! Buscad por todo el monte aquel Teseo que se dejó dormida esta Arïadna. Vuelvo confuso a ver quién me seguía con tan grande escuadrón de gente armada. Sin duda que vinieron por el paje homicida en palacio, pues no tengo enemigos ahora que me sigan, ni envidiosos del bien que me persigan. Seguramente puedo, pues se fueron, descender y saber quién habrá sido el que saqué esta noche de palacio, que confuso me trae y deseoso de saber esta historia. Entre estos ramos escondido quedó el mancebo paje. ¡Amigo! ¡compañero! Baldüino. Aquí mi nombre escucho y nadie veo. ¿ Dónde estás? ¿ Dónde me llamas? Aquí estoy. ¡Gran Señor!, pues yo merezco ver en un árbol lo que vio, en un ciervo, un Estacio –otro Job–, soy vuestro siervo. Por el servicio que me hiciste ahora, reverenciando así mi sacerdote, a Flandes te he de dar, y de tu casa veinte santos habrá canonizados hasta que el Rey de España lo posea, sin otros que después habrá infinitos de la Casa Real de Austria y de Borgoña, con quien será la tuya unida presto. Eterno Autor del mundo, ¿ qué es aquesto? ¿ Estoy ciego? ¿ Acaso sueño? ¿ Soy Pablo que al Cielo fui? Si Vos sois de todo dueño, ¿ cómo agradecéis así un servicio tan pequeño? Mi caballo es estimado, pues que Vos por él me dais tan rico y fértil estado. Mas ¿ cómo, Señor, compráis lo que Vos habéis criado? Agradeciéndome así el pequeño don que os di, que sois Dios estáis mostrando. Ejércitos van marchando. Retirarme quiero aquí. Ya que te quitan la inmortal diadema, poderoso señor, las armas toma. Marche la gente, pues. Tus canas tema un Carlos en París, un Juan en Roma. Cual segundo Nerón, otra vez quema esa patria común que el orbe doma, que, mereciendo tú su monarquía, justicia vendrá a ser, no tiranía. Advierte, gran señor, el juramento que en la cruz, en el pecho y en las manos de Ludovico hiciste, y el portento que entonces sucedió. Consejos vanos no acobarden, señor, tu pensamiento. Advierte que sois príncipes cristianos. ¿ A un muerto guardas fe? De él no te acuerdes, que un imperio, una pompa y un mundo pierdes. Tiemble Roma de mí. La gente marche, que ese mundo, ese imperio y esa pompa conquisto desde hoy. Rómpase el parche, suene el pífano ya, suene la trompa. Aunque los campos el enero escarche y el julio los abrase, el nuestro rompa, que es dulce el pelear como se aguarde un bien que con la paz se alcanza tarde. Yo me vuelvo a París, y a Carlos digo la liga contra Italia y contra Francia. () PRÍNCIPE Al ejército voy, luego te sigo: poner quiero en los pechos arrogancia. () Yo, en tanto que mi hermano o mi enemigo derribo, he de tener firme constancia desde que el sol [esté] en cuernos del Toro hasta que argente el Pez con rayos de oro. Detente, alemán. ¿ Quién eres? Soy el muerto Emperador. ¿ Tornas al mundo? ¿ Qué quieres? Castigarte con rigor si el juramento rompieres. Si mal fuere contra él, déme la muerte crüel el Cielo santo. Hazlo así. David soy, Jonás fui, que a Dios he sido infiel. Si conmigo se enojó, en este mundo tendré ballena y lágrimas yo, pues como Jonás diré que juré y no me pesó. Con razón tu bien procuro; cada soldado es un muro: marcha, cerca y acomete, que la fortuna promete un vencimiento seguro. Rodulfo, pasar no puedo de aquí, que temo la muerte. Mucho en ánimo te excedo. ¿ Mucho, señor, de esa suerte cabe en los reyes el miedo? En el pecho y voluntad de una insigne majestad resuelta en lo que ha de hacer, los hombres nunca han de ver temor ni facilidad. Es el temor sobrehumano, que he visto al Emperador con una espada en la mano amenazar con rigor si le doy guerra a mi hermano. ¿ Por fantasmas te acobardas? ¿ Visiones te han divertido? ¿ Tanta fe a una sombra guardas, si ejércitos no has temido de picas y de alabardas? Rodulfo, yo temo al Papa, que de sus sacros despojos ninguno con bien escapa. Anímate, y pon los ojos en el sucinto mapa. El pergamino descoge; mira si es bien que te enoje ver en el mundo Alemania, a quien llamamos Germania, el poco lugar que coge. Mira Europa lo que encierra; mira tu pequeña tierra entre provincias grandes: Francia, Italia, España, Flandes, Lusitania y Inglaterra, Austria, Frigia, Dacia, Hungría, Norbegia, Suecia, Polonia, Misia, Tracia, Normandía, [Miravia, Trucia, Sajonia,] Tiburnia y Esclavonía. Mira el Africa, entre copias de trigo, en largo distrito, de quien son regiones propias Mauritania, Libia, Egipto, Numidia y dos Etïopias Mira en Asia la Idumea, Arabia, Armenia, Judea, Bitinia, Caria, Galacia, Lidia, Finicia, Sarmacia, Siria, Albania y Galilea. Varias tierras y personas están en estas dos zonas. Ensancha tu corta tierra, alemán famoso. ¡Guerra! ¡Conquista las tres coronas! Ancha es la tierra que ves, la tuya estrecha, Rey fuerte. Conquístala, que después, cuando se llegue la muerte, te bastarán siete pies. El ejército disuelve, toda la gente despide; a Amiens el viaje vuelve, que Dios los pasos me impide. (La sangre se me revuelve. Inconstante es la vejez: quiero animarle otra vez). Por darte el imperio muero. Ir contra el Papa no quiero que es mi cabeza y juez. En lugar quedó de Cristo: de su Iglesia y gremio soy; que, si le ofendo y conquisto, contra el mismo Cristo voy y así seré... el Antecristo. Restaura a Roma, señor, que es justo. Las armas toma, porque el muerto Emperador hizo donación de Roma a los papas, y en rigor no pudo. Fue santo celo. Roma es cabeza del suelo, y así el papa, sin segundo, tendrá las llaves del mundo, pues que tiene las del Cielo. Acaba, Rey, esta guerra y de Roma le destierra, que tu tierra ensancharás. Con hambre de tierra estás: hártete el Señor de tierra. Ya juré de no hacer guerra en la Santa Cruz jamás. ¿ Qué fe en juramento encierra? Con hambre de tierra estás: hártete el Señor de tierra. Por no respetar a Arón, tragó la tierra Abirón, y si tú le has de imitar, quiérate Dios castigar con su propia maldición. ¡Oh, reniego de mí mismo, que ya me traga el abismo sin vengarme! ¡Jesús santo! Tal castigo dará espanto a todo tu cristianismo. Crüel fue mi maldición. Ya es bien, Rey, que te conviertas, porque estos castigos son aldabadas en las puertas de tu duro corazón. Si la tierra se ha tragado a quien de Cristo se aparta, vivir quiero con cuidado, que no está la tierra harta con sólo aqueste bocado. Cese, pues, mi pretensión: buenos mis estados son; no me trague otro volcán, y venga a ser yo Datán, si fue Rodulfo Abirón. ¡Madre tierra, grave y dura, que en tus entrañas esperas mi vejez y edad madura, ten piedad y ser no quieras de alma y cuerpo sepultura! Del sobresalto y temor, mi voz se heló en la garganta. Carlos será Emperador, que lo quiere Dios, y espanta con tan extraño rigor. Deja que mate a un traidor, pues tú, señor, no le has muerto. ¡Tanta tema con ! Prueba a mostrarle rigor. , callar procura. cese tu llanto importuno que, si disfamas, alguno pensará que no es locura. [] Entradla en ese aposento y sin ver al Duque esté, porque la vez que le ve tiene su mal crecimiento. Encerradla. Ese rigor de salud le ha de servir. Nunca la dejéis salir ni ver al Duque. Señor, pues, ¿ conmigo eres crüel? Mientras tu honra se amansa, que aun el buen Duque se cansa de ver que sólo es con él. Aquí está la fugitiva. Ya su delito es mayor, pues la vergüenza y dolor la han dejado venir viva. A delito tan villano, lleno de afrenta y malicia, haya rigor y justicia, que soy segundo Trajano. Dadle un garrote furioso, córtela el cuello un cordel, que soy Fálaris crüel y no su padre piadoso. Para morir se prevenga y luego aquí la matad. Espere tu Majestad, que menos enojos tenga. Siempre con ella tendré aqueste mismo rigor. ¿ Vino sola? Huyó el traidor. Sabe Dios que no lo fue. De aquí la podéis llevar que nada la he de decir, que en tal caso es el reñir principio de perdonar. Quitádmela de los ojos que hará dos efectos ella: o enternecerme de vella o doblarme los enojos. Desdichado en hijas fui: locas las dos han salido, los temas de ambas han sido contra Dios y contra mí. (Si a su misma hija ha muerto y en él tanto enojo cabe, ¿ qué será –¡ay de mí!–, si sabe el embuste de ? No hay cosa que el tiempo encubra, cuanto y más tal invención. Yo aseguraré el perdón como el secreto descubra). Señor, no es loca, engaño del Duque ha sido: hazlo luego su marido. (Mas ya viene; punto en boca). Bien me dice el corazón que con aquesta locura el Duque cubrir procura alguna disolución. Duque, traidor y enemigo, en un delito tan feo has de ser, aunque eres reo, actor, jüez y testigo. ¿ Por encubrir tu maldad haces que esté loca ? No hay mal que encubrirse pueda. ¿ Qué dice tu Majestad? Por hablar al Duque muero para rogarle por bien que muestre menos desdén, pues sabe lo que le quiero. Temiendo estoy no se vaya de París tras de . Quiero hablarle más humilde. Con el rey está. ¡Malhaya mi estrella y mi desventura, que conmigo está terrible! Quiero ser loca apacible, ya que creyó mi locura, que si no quedo casada y al Duque otro amor provoca, fingirme conviene loca por no quedar disfamada. ¡Qué mal, traidor, me has pagado el amor que te he tenido! ¡Con qué infamia has procedido en mi casa y en mi estado! Yo voy, que acuerdo es del Cielo. Viejo honrado, Rey de agraz, déjame aquí hablar en paz con este medio mochuelo. Ya furiosa no estaré, no me tengas encerrada, porque soy mujer honrada y he aprendido el A.B.C. ¿ No oyes esto? No levanto, que es loca. ¡Deidad suprema, loca está y con otra tema! ¡Vete de aquí, viejo santo! ¿ Cómo mientes, desleal? La Infanta nos la decía. Calla, necio, que sería intercadencia del mal. Duque, perdona, que estoy loco de ver tanto mal en mis hijas. Un leal vasallo de Francia soy. Poderoso Rey de Francia, Carlos, nïeto del Magno, que fue Emperador del mundo, apercibe tus vasallos: el Rey de Alemania viene con un ejército bravo contra Francia. Calla, infame, que mi casa has deshonrado. Prendedle, muera, matadle. Señor, lo que estoy contando es muy cierto. ¡Ah, vil traidor! Hoy pagarás tu pecado. ¿ Yo traidor? ¿ Qué dices? Digo que [te] pongan en un palo y [te] den garrote luego. En volverse, loco ha estado. ¿ Qué dices, Duque? Gozaste la Infanta y vuelves de espacio a la corte, ¿ y no estás loco? Si en esa locura ha dado y dice que yo la gocé, soy leal vasallo: tal de mí no se presuma. Loca estará. Calla, falso. Si ella primero decía que la ha gozado y ahora dice que yo, ¿ por qué me ofendes, ? Loco se finge el flamenco, que mi casa ha deshonrado! , ¿ yo te gocé? Ya estamos locos entrambos. Si este es embuste del Duque para encubrir sus agravios: noble soy y leal, y miente quien dijere lo contrario. Muera luego. Rey de Francia, deudos somos muy cercanos, y ambos tenemos origen de Príamo, el rey troyano. Si aquesta sangre conoces, ¿ cómo traidor me has llamado por la locura de o de algún amigo falso? No te puede aprovechar fingirte loco. ¡Sagrado Cielo! ¿ Qué es esto? A la Infanta a punto de muerte traigo. Torceré el cordel. Ya es hora. Mueran los dos, que han manchado la pureza de mi honra. ¡Confuso estoy, Cielo santo! Pues que das muerte a los dos, también estamos culpados yo y el Duque: danos muerte, porque así mi honor restauro. Si dan muerte a , mi muerte estoy deseando. Casa de locos es esta, y yo lo estoy de turbado. El Rey de Alemania viene y entra solo por palacio. Suspéndanse aquestas muertes porque a recibirlo salgo. Emperador de Occidente, escudo fuerte y amparo de la Iglesia militante, danos a besar tus manos. Perdona el atrevimiento que yo, desconsiderado, intenté contra tus reinos, que guarda Dios con milagros. Humilde vuelvo a París y, aunque soy mayor hermano, te obedezco y rindo parias como a Emperador sagrado. Roma te elige y el Papa te confirma y los cristianos te obedecen, y yo quiero, humildemente, imitarlos. Ya sé el enojo que tienes con la Infanta. Yo he llegado a buen tiempo, y te suplico quieras, señor, perdonallos. Sangre generosa y noble de Ludovico y de Carlos, no puede hacer otra cosa este corazón hidalgo. El gusto de esta venida me ha de hacer piadoso y franco. Yo perdono a Baldüino: con le caso; de los estados de Flandes dueño universal le hago, y con título de conde los goce infinitos años. En Ludovico renuncio mi imperio, que estoy cansado de reinar, y con puedes, señor, desposarlo. Mercedes son poderosas. Bien es que te obedezcamos. Danos los pies, Rey invicto. Y tú, señora, la mano. Al fin, , merezco lo que tanto he deseado. Llegué a ganancias tan grandes que el bien me dan de barato. Yo, Rey, te suplico agora que me des a . ¿ Estando loca la quieres? Más cuerda la verás, señor, despacio. Al fin, Duque, eres mi sangre, de quien no has degenerado. En tiempo de tantos gusto[s] perdonarás mis agravios. , ¿ qué es aquesto? ¿ Por qué nos pusieron lazos [a los cuellos?] Porque yo el paje fui que has llevado, y yo el oráculo he sido que en tus amorosos casos consejos te di, queriendo que me amases. ¡Caso extraño! Y aquí tiene fin, senado, de quien Filipo Tercero tiene su origen preclaro.