Texto digital de El premiar al liberal por rescatar su fortuna
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- Atribución tradicional
- Gabriel de Roa
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- Gabriel de Roa Probable
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- Comedia
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- El texto procede de la transcripción automática de un impreso.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El premiar al liberal por rescatar su fortuna. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/premiar-al-liberal-por-rescatar-su-fortuna-el.

EL PREMIAR AL LIBERAL POR RESCATAR SU FORTUNA
JORNADA PRIMERA
Sáqueme Dios de esta sima. Líbreme Dios de este Argel. Miedo pone hablar en él. Pensar en él pone grima. Yo he de mudar de consejo. Yo no he de verle la cara. Servir a un mozo tomara. Tómara servir a un viejo. A Aunque fuera un pan perdido. Aunque un mi serable fuera. Lemosín? Julia? a qué espera, que no me da el bienvenido? Tú en Marsella? Y aguardando tus brazos; mas no los quiero, si no me dices, primero de quien sales murmurando. De la condición escasa del Amo que Dios me hadado, de ese Alberto, ese cuitado, nunca yo entrara en su casa: de esa miserable roca, de ese bolsillo de acero, mordaza de du dinero, de sus cofres tapa boca. Dichoso tú; que a un mancebo sirves, en mil ocasiones, que en el nombre, y las acciones es un Alejandro nuevo, hijo de un padre mezquino. Basta, no le alabes más, S que en su largueza hallarás cien A cien leguas de mal camino. Confieso, que es liberal. Y aún manirroto también. Lo que a todos está bien, a mí solo me esta mal. Envidia es lo que me ha dado, que en este siglo enemigo, si hay amigo para amigo, no hay amo para criado. Un Sargento le alabó un vestido que traía de buen gusto; y a otro día vestido, y cabos le dio. Y pidiéndome otro a mí, como si en casa le hubiera, toda una semana entera pasó en la cama, y yo fui a que otro el Saltre le hiciese, sin que en cólera montase, ni porque yo me tardarle, ni porque el Sastre mintiese. También te dará otras cosas a ti. No, porque le advierto, que no dé a su padre Alberto pesadumbres tan costosas. Y por qué das al olvido sus virtudes? Muchas son: Reza, y no de hipocritón de estos de cuello torcido, de opinión tan singular, que hacen mil autos de todo, y el mejor vive de modo, que en uno viene a parar. Da limosnas, y no jura, que es mucho en aquella edad; y al fin, es tal su piedad, su buen trato, y su cordura, aunque un perdido le llamo: pero quiérolo dejar, que no pretendo pecan en largo, como mi amo. Yo sé, que con oro atiza la lampara. Cuando viste mas que un dobloncillo triste, que hacia mí se le desliza. Y es mejor el cepos quedos del Viejo, de quien ignoro aún esas migajas de oto, que se caen de entre los dedos a Alejandro? Por la Cruz, que un dedo, sobre otro hago, que aún no le debo un amago, ni aún los saca a ver la laz: ni él la enciende, ni hace lumbre, tanto, que tiene frontero de su casa un Pastelero, para que a medias le alumbre; y otro a espaldas, que le aforra la pared, el yeso atienta, natiz, y manos calienta, y de braseros ahorra. Solo hay en casa un candil, y aún de él, me tiene avisada, que eche aceite en la ensalada; y en efecto, es tan civil, que la Cuárisma tres platos de un huevo duro prepara, la hiema a sí, a mí la clara, y la cáscara a los gatos. Mudemos ya de lenguaje: Está en casa el Viejo? No: porqué lo dices? Llegó mi Amo de su viaje. Y advierte, que es un misterio, que has de callar: sabe ahora, que nos trae una Señora, que sacó de cautiverio; y viendo, que es tan escaso el padre, quiere tenerla oculta: mas no es aquella? Después sabrás todo el caso. Aquí, señora, estaréis con Julia, en cuarto decente, mientras que de vuestra gente cartas, o aviso tenéis. Que aunque a Sicilia creimos llegar. Así os lo encargué. No fue posible, tal fue la tormenta que corrimos. Mucho a los dos importara tomar en Sicilia puerto. Que os obedeciera, es cierto, si el viento nos ayudara. Muy agradecida estoy, Alejandro, a la merced que he recibido, y creed, que el encubriros quien soy conviene, en tanto, que pueda págaros tan noble acción: basta que la obligación, os aseguro, que queda viva en mí: aquesto ha importado, que si quien soy le supiera, pequeño rescate fuera un Reino, que en tal estado me he visto, y en tanto aprieto, que dar parte aún no he podido a mis deudos, con que ha sido mi cautiverio secreto. Pero qué mucho, si apenas entré en él, cuando llegastes a Biserta, y me libraste de aquel abismo de penas? Mas causas pudiera dar a la razón que hoy me obliga, pero no es justo, que os diga lo que me importa callar. Quién tanto de mí ha fiado, un secreto no me fía? Antes que se pase el día saldréis de aquese cuidado. Que pues enterada estoy de tan noble proceder, no tengo ya que temer; y así, mi palabra os doy, que antes que salga la Aurora por celajes de oro; y grava. Si lo he de saber mañana. Ay quien nos escuche ahora. Que aún no os hayáis declarado hasta aquí! Yo os lo diré en Biserta, ya se ve, por la razón que os he dado. Y en la Nave? Fuera error, sin averiguar primero quien sois; pero ya lo infiero de vuestro mucho valor. Basta, señora, está bien: Ni aún a decir, que la adoro, me atrevo. Lo que es decoro, no lo juzguéis por desdén. Que os he debido, confieso, la libertad; mas no ha sido, aunque tanto os he debido, en vos el mayor exceso de valor, y urbanidad, sino haber de vos triunfado, con que al honor le habéis dado dos veces la libertad. Que aunque aquel valiente Moro, desde que me cautivó, tan bizarro se moltro, que aún no me perdió el decoro, Y bien lo podéis creer, que aún que bárbaros infieles, no han de ser todos crueles, que algún piadoso ha de haber.) Con todo, la compañía me quitó, y remitió a Argé! un criado, el más fiél, que en la prisión me asistía. Callarle aquí me conviene, que dos Damas cautivaron conmigo, y con él llevaron. Digo, que en vos a ser viene mucho más noble la acción; pues entre mudos enejos, aún no fíais de los ojos las penas del corazón. Y andáis muy cuerdo en venceros, que en las desdichas que lloro, ni le está bien al decoro, ni al honor corresponderos. Baste, Alejandro, deciros, que es grande vuestro valor, pues aún no hacéis del valor interpretes los suspiros. Señora, su padre viene, y si este amoroso empleo llega a entender. Ya lo veo: Esto, señora, conviene, mientras el suceso ignora al cuarto de Julia entrad. Vamos, pues. Qué gravedad! Válgate Dios por señora. . o Esto importa: lance fuerte! . qué calle yo mi cuidado! Qué a tan desigual estado . me haya traído mi suerte! En tan penoso tormento fuerza es callar, y sufrir, pues no me atrevo a decir, que la adora el pensamiento. Qué la adora el pensamiento? ELPREMIA Por cierto, muy bien se enmienda: Qué sus pensamientos vanos no haya templado esta ausencia! Si me ha escuchado mi padre? . Mas disimular es fuerza. Dadme, señor, vuestra mano. Los brazos también os diera, si trataséis de obligarme, y dejar vanas quimeras. Igual fuera, que miraseis, Alejandro, por la hacienda, que tanto he yo acrecentado, que no hay en toda Marsella mayor caudal; pero vos la gastáis, y tan apriesa, con tan largos desperdicios, que si Dios no lo remedia, a mí una Cárcel, y a vos un Hospiral os espera. Dos años ha que un Navió os armé, para que hicierais un rico empleo, y volvisteis, Alejandro, a mi presencia contento con haber dado en aquella ocasión muestras de liberal, y piadoso, dando a un Convento riqueza, y concurso; a costa mía. Confieso, que fue obra buena, hijo, el haber rescatado de entre Bárbaros aquellas Reliquias, que hoy veneramos. con tanto afecto en Marsella. Por tres Mártires lo hicisteis, vos tendréis la recompensa del Cielo, y vuestro cauda! por donde menos se piensa; pero ya le habréis doblado: Y ahora esta Primavera segunda Nave os fleré de granas, paños, y telas, para que a la Costa fueseis de Berbería, y en ella (pues con el Turco ha firmado paces la Nación Francesa) cambiásedes la ropa por algún Bágel de presa, de tantos como cautivan. cosarias estratagemas. Ya me habréis obedecido, claro está, y será la enmienda tal, que os hayáis recobrado LIBERAL de la perdida primera. Con la hacienda que me distes: llegué, señor, a Biserta felizmente, y del poder de un Moro la mejor presa rescaté, que ha visto el Sol en dos Mundos, que rodea; en cuyo lucido espejo todos sus rayos abrevia. Ahora sí, que los brazos te daré, Alejandro, llega, que no menores aciertos fie de tu diligencia. Con temor llego, que el gusto . ha de convertir en pena cuando sepa todo el caso. Gran virtud es la obediencia. Será alguna extraña joya de diamantes, que le cuenta los rayos al Sol. Ya he dicho, que el Sol se retrata en ella. Mas que le traéis con vos en el pecho? En él viniera; pero no es tan limitada, que en tan corto espacio quepa. Lemosín. Qué es lo que mandas? Dile a esa Dama, que tenga por bien. A llamarla voy. Yo he de perder la paciencia: Qué Dama es esa, que dices? Esta es la joya, y la presa que rescaté. Gentil joya traéis. Hémos la hecho buena? Vive Dios, que por los ojos la está flechando culebras. Mirad, señor, que merece por su virtud, y nobleza (que aunque no dice quien es, en sus acciones lo muestra) que piadoso en vuestra casa la admitáis, mientras da cuenta a sus deudos, pues no es justo cuando a tal extremo llega, que a la fortuna se exponga una Señora de prendas. Señora? Y tan gran Señora puedo ser, aunque os parezca lo contrario, que algún día cobréis, de quien menos piensa vuestro discurso, tan grande premio. Sí, será una Reina, claro está, y Reina perdida de las que hay en las Comedias. Burlaos bien, que yo os prometo, si mi calidad supierais, que, por empresa imposible, cesara en vos la sospecha de que Alejandro, aunque noble, conmigo igualarse pueda. Oí aparte: Advertid, . . que aún es más de lo que piensa Alejandro; y yo, aunque padre, de los blasones que hereda no le advierto, ni lo haré, porque no se desvanezca mas de lo que está: esto baste, que no son tales materias para tratadas con vos: Id, señora, en hora buena. Ya en sus acciones ha dado de quien es bastantes muestras, y no sin causa me ha dicho. que aún es más de lo que él piensa. otra vez vuelvo a deciros, que el premio a mi cargo queda de lo que hiciereis por mí. Con tan grande imperio ruega, . que me ha dado que pensar: Cuando la fortuna se entra por mi casa, no es cordura, que yo le cierre las puertas. Qué sé yo, si en este empleo, que hizo Alejandro en Biserta, su fortuna está; o la mía? Demás, que poco se arriesga en hacer lo que me piden. Aunque es tanta su miseria, . si en la codicia le tocan, ellos saldrán con la empresa. Qué te parece la Dama? Qué Dama, o qué alforjas? Tenga, que están hoy en grande altura No hablo de esas, que ya sé, que hoy la más grave las trae sobre su cabeza; y aún las verás en la mía. Eso tendrá más de hueca. Sola esta merced os pido, que no es justo, que se vuelva sin amparo. Bien está: con una condición sea, que no me atraveséis vos estos umbrales. Paciencia; pues no es posible, que entremos en Religión más estrecha. No quiero, que con el trato . su afición, y el daño crezcan. Vos, señora, entrad con Julia, cuidaréis de las haciendas de casa, y vuestra lavor; y advertid, que esta licencia de estar en mi casa, solo ha de ser, mientras deis cuenta a vuestros deudos del caso, para que al punto que vengan os partáis. Qué contra mí la fortuna siempre adversa se conjure, cuando soy; mas disimular es fuerza. Esperad: cómo os llamáis? Aquí es forzoso: Isabela. Isabela? basta: Qué propio es de hermosuras plebeyas, por ganar estimaciones, soñarse luego Princesas. Isabela? Bien, por Dios: Qué deja para una Reina de Nápoles, o Sicilia, de Escocia, o de Ingalaterra? Vamos, Julia. Ya te sigo, que despedirme quisiera de Lemo sín. Qué esto sufra! Denme los Cielos paciencia. Recogérase mi padre, . y a la noche vendré a verla por la puerta del jardín, pues tengo llave maestra. Mas, Alejandro, os advierto, que no me estéis en Marsello El. PREMIA un punto: en vuestro Navió, del caudal, si alguno os queda, podréis valeros: tú, Julia, cuida de la forastera, que es hermosa; y vos partios. . Ello, haremos de manera, que por partir con la moza, cuando llegue la Cuarisma, de los tres platos del huevo no coma entera la hiema. . Buenos habemos quedado, sin la Dama, y sin la hacienda que diste por su rescate. Y no añades, sin paciencia, de ver, que un padre me niegue su casa, y las luces bellas de un Sol, en cuyos reflejos cifra Amor todas sus flechas. ̱. Qué obedezcas a un tirano. Por ley de naturaleza debo obediencia a mi padre. Alguna contraria estrella vuestras opuestas acciones hace, que sean más opuestas. Tú liberal, y él avaro; tú los aplausos te llevas del pueblo, y él maldiciones, Calla, que es mi padre. Y piensas, que no puede ser. Qué dices? Que yo conocí en mi Aldea un Morisco, y se llamaba Juan, con fondos en Zulema. Solia decir el Galgo así: El hejo de me heja, me nieto estar; pero el hejo de me hejo, he de me nuera, A lá saber. Qué malicia! Conociste tú a Clavela? Muy bien conocí a tu madre, desde que volvió a Marsella, de Bearne, y yo entré en casa; pero aunque no tengo letras, sé, que hay hijos adoptivos, sé, que tiene grande hacienda tu padre, y sé: no sé nada, saca tú la consecuencia. Viven los Cielos, villano, si ya no te conociera, que eres un loco, esta daga. Dáguita? Cuando de bieras la sentencia agradecerme. Bien puede ser, que Juan mienta, que ni es el Evanjelista, ni del Sabio sus sentencias: su cuento podrá mentir, mas no ha de mentir mi cuenta. Cuando naciste en Bearne, tu madre, que en gloria sea. Vamos de aquí, no prosigas, deja esas impertinencias. Aguarda, que a despedirse, pienso, que vuelve Isabela. A tu padre recogido dejé, Alejandro, y quisiera, que hoy en mi agradecimiento, ya que pagarte no pueda con amor el beneficio, conocieses, que esta deuda queda en mi pecho esculpida, y en mi corazón impresa. Cómo, si a los beneficios agradecida te muestras? Vuelvo a decirte, que sí. Engaño es. De qué manera? Dar confianza al deseo, muy preciada de cortés, no favor, engaño es; perdona, que así lo creo: Pues cuando distintas veo las glorias, que hoy me previenes, a desvanecerlas vienes entre afectos desiguales, como si no fuesen males desminuidos los bienes. Si te viera desdeñosa, menor juzgara mi pena, que no espantan a la abeja las espinas de la rosa: Mas que alientes engañosa mi esperanza, no sé quien pueda tenerlo por bien, viendo, que si amor porfía, mas, que un si de cortesía, concede el no de un desdén. Qué importa, que al Sol aspiren los Abriles, y los Mayos, si aún no permiten sus rayos, que humanos ojos le miren? Qué importará, que respiren las flores suave olor, siendo el roció el humor, que lloran por líneas de oro, si en él viene a ser decoro, lo que en las flores amor? Alejandro, al Sol luciente la rosa sus hojas niega; pero apenas las despliega para decir lo que siente, cuando a su esplendor ardiente, entre amorosos ensayos, siente mortales desmayos, pues solo vive, en efecto, mientras la dura el respecto de no averiguar sus rayos. Sola una Águila caudal sus ojos al Sol atreve, previlegio, que se debe a su Corona Real. que es, en efecto, su igual; pues si ponderarlo sabes, verás en penas tan graves, si de aquí la causa induces, que si él es Rey de las luces, ella es Reina de las aves. A pesar del desengaño, que en ese ejemplo me enseñas, sola una merced te pido, de mi amor en recompensa. Y es, Alejandro? responde. Aunque no hay quien la merezca, que una prenda de tu mano te debiesen mis finezas. Mucho pides. Por memoria, cuando por favor no sea. Ya es tiempo, que le descubra . quien soy; pero no quisiera harme de un Extranjero, y más Francés, tan opuesta Nación a la Patria mía; pero asegurarle es fuerza. Tan grande imposible pido, que aún no merezco respuesta? Por memoria, como dices, lleva aquesta banda, prenda del justo agradecimiento, que queda en mí; y aún las señas, que tiene, darte podrían el premio, llegando a verla en tu poder, si aportases a Sicilia, donde hoy reina, Basta, Isabel, no prosigas, que el Viejo pienso que acecha desde el cancel de su cuarto. Qué informarle aquí no pueda . de quien soy, ni de Matilde, mi hermana, de quien tuviera tales albricias; mas ya es imposible, aunque quiera, que para dichas con susto no son tan graves materias. Que viene el Viejo, Isabela. Qué enigmas, Cielos, son estas? No hasta dejarme triste, si no confuso. Oye, espera: No me cumples la palabra? Quién más que yo lo desea? Pero, Alezandro, no puedo detenerme: adiós te queda. Paciencia, y servir, supuesto . que así los Cielos lo ordenan. . Si no metiera el montante, hasta el Alba se estuvieran. Vamos de aquí, Lemosín, demos al viento las velas, que en Mallorca, como sabes, dejé parté de mi hacienda empleada, y si la cobro, volveremos a Marsella, o probaré mi fortuna: quizá mi dicha se encierra en aquesta vanda. ̱. A espacio, no vayas con tanta priesa: mira, que está el mar furioso desde ayer, de sombras negras se cubre el Cielo, y las nubes con las espumas se mezclan. No es tramontana? a Mallorca en popa el viento nos lleva; y aún esta noche, es posible, si el Bagel se desenfrena, que atravesemos el golfo. La tormenta es traga leguas, si no es que barra el Bagel con la gabia las arcuas. ̱ Mal dudará en los peligros, mal temerá las tormentas, quien en golfos de imposibles corre fortuna deshecha. . Llote Sicilia el caso lastimoso de Isabela. Y yo más, que a ser su esposo vine desde mi Estado; mas ya el Cielo me hadado en tantos males un consuelo; y es, que a su hermana, que este Reino hereda, tantas partes la ilustran, con que pueda suplir su falta, y yo quedar felice, que ya es menor el mal. Qué es lo que dice vuestra Alteza? Que vine a desposarme con la Reina, y su hermana habéis de darme, o romperé las paces, que he firmado, y a datos guerra volveré a mi Estado. Aguarde vuestra Alteza, y considere, que está en Palacio, y si por armas quiere ganar hoy la hermosura peregrina de la Infanta Matilde, mi sobrina, ni es valor conquistarla, ni es cordura, que a finezas se riude una hermosura, y el ruego admite con semblante afable: demás, que por su tío, y Condestable de este Reino, y por muerte de mi hermano, Gobernador del Pueblo Siciliano, lo sabré defender, pues no me falta razón, y es fuerzo, que mi sangre esmalta. Si con razón pretende Vuestra Alteza, que conquiste mi amor tanta belleza, claro está, que razón habré tenido, pues de su misma boca he merecido él sí, que injustamente me ha negado (direlo? sí) vuestra razón de estado, que hoy levanta en el vulgo tantas olas, por gobernar aqueste Reino a solas; y si no es ambición, será cautela. Hasta saber, si vive, o no Isabela, no es bien, que ciña su menor hermana la Corona que hereda soberana. Por la playa del mar, a divertirse salió, y aún no ha podido descubrirse un breve indicio de su vida incierta. Cosarios ay de Argel, y de Biserta, que corren nuestro mar, y si encontraron con la Reina, y cautiva la llevaron. Esperad, que no sé como podían a una Reina. Yo sí: Moros serían esclavos de Galera, los traidores, que se hicieron señores de la estrecha Faluca, en que venía con un Viejo, y dos Damas, que traía, sin haber menester más que los remos para lograr el robo que hoy ememos. Traición es, que otras veces han logrado, y aún no habéis en Sicilia escarmentado. Por gozar la marea de la noche, dejan las más, por la Faluca, el Coche, con mascarillas, que aún las Reinas usan aquí, y en Francia, con que el Fausto escasan; y al Cosario quizá se la entregaron, sin saber el tesoro que robaron. Y así, por su interés llegará presto el aviso a Sicilia. Bueno es esto: de seis Bágeles, que hemos despachado, a saber por los puertos, si ha llegado, noticia alguna, de que esté cautiva, ninguno ha vuelto, y si estuviera viva, ella, o el Moro la noticia diera. No la ha tenido amor quien no la espera, y no ha tanto que falta, que hoy la demos por muerta, y a su hermana coronemos. Esto ha de ser. Sabré yo defenderlo. Qué importa, si la Infanta viene en ello? Es mi sobrina, y guardará mis leyes. Absolutas Deidades son los Reyes; y Amor lo es; pues reina en albedríos, yo le tengo tan grande, y tantos bríos. A pesar de ese amor, la razón mía reina en más dilatada Monarquía, y espada ciño, que envainada tiene de Palacio el decoro. Ya os previene mi valor, si nos vemos en campaña. Vencer callando, es la mayor hazaña, como los peces, que con mudo labio fieros se matan, sin formar agravio: por esa parte vos, y yo por esta. La ejecución os sirva de respuesta. Qué es aquesto? En mi Palacio, Príncipe, os descomponéis? Y vos, señor, empuñáis la espada, que a la vejez, mas qué defensa es adorno? pero ya el intento sé. Mi tío tiene razón, y vos la tenéis también; él en dilatar mis bodas, hasta llegar a tener nuevas de mi hermana; y vos en mostraros tan fiel Amante, que solo un día, que se os dilata el ser Rey, con tenerlo tan seguro, por un siglo le juzguéis. Mas que al Cetro, a la Deidad que adoro, aspira mi fe. Yo la quietud de este Reino v ELIREMIAR precuro. . Yo el pretender esta dicha. Será en vano; demás, que aviso tenéis, de lo mal que llevan todos en Bearne el pretender coronaros en Sicilia, pues no les puede estar bien tener su Príncipe ausente. Yo, Condestable, sabré lo que he de hacer en mi Estado. Yo a los dos conformaré, si hasta un término preciso la ejecución suspendéis de estas bodas. Según fuere. Que ha de ser breve, entended, que una gloria dilatada pena de amor viene a ser. Cuando vuelvan las seis Naves. Yo por serviros lo haré. Y mi tío, porque yo se lo suplico, también. Con que cesando la causa, cellara el disgusto, pues entre personas tan grandes agravio no puede haber. Un Navio, derrotado con el temporal cruel de aquesta noche, a Palermo llegó, y por si acaso es uno de los seis Bageles, que partieron a saber nuevas de la Reina, os traigo al Capitán. Bien hacéis, Roberto. En la diligencia muy bien se echa de ver el deseo de que llegue mi hermana. Mi amparo fue desde mi primera edad, que entré en Palacio, por ser huérfano, y haber mi padre muerto en la guerra; y después, con Maestro, en mis Estudios tan adelante pasé, que en Grammática, y las Artes, Basta, Roberto: y sabéis el nombre del Capitán, que ha venido en el Bágel? Ya llega a vuestra presencia, de él informaros podéis. Sin ver a Marsella, dimos en Sicilia: qué has de hacer sin hacienda? Confiar en los Cielos. Está bien. Llegue el Capitán. Llegad. Dadme a besar vuestros pies. Alzad del suelo: Qué banda . es la que mis ojos ven? En el color, y en las cifras, aunque mal se dejan ver, si no me engaño, es la propria, que yo a mi hermana envié para el disfraz de la noche, que se quiso entretener por la marina. Y quién sois? Antes que diga quién es quiero salir de una duda. Esa banda, que traéis, de quién la hubisteis? Memoria, y no favor, la juzguéis, del más hermoso imposible; y perdonadme, que dé alabanzas a otra Dama, y más cuando llego a ver tanta Deidad; pero amor es ciego, y el mío fue, celebrando otra hermosura, más ciego, que descortés. Bien esta: de dónde sois? En Marlella me crié de Francia, y soy un Soldado. Mucho más me parecéis Pirata, en vuestras acciones, y en señas que traéis con vos. No lo dije yo? Qué señas traigo? Si es la banda? Calla, ignorante. Qué es la banda apostaré un vigote. ̱. Qué recelas? Que dos mil palos nos den: mi parte tomo, y no miro. Con una industria sabré su Nación, y su ejercicio. A los demás del Bágel me llamad. Voy a servirte. Aquí a los dos dejaré . cerrados, por si averiguo. Qué es lo que intentas? . . Después, si es verdad lo que presumo, de todo os informaré: que por sola una sospecha infamar aquí no es bien a un Soldado, que presume de bizarro, y de cortés. Señora. Aquí os esperad. Los dos amparar debéis por Soldado, y Extranjero. Lo que os ha mandado haced. . Servirla, es lo que me toca; y a vos, solo obedecer. Buenos quedamos: la banda se nos ha vuelto cordel: de que el cáñamo la casque no está muy lejos la nuez. Oye, Lemosín, escucha: nos cerraron? Una vez: a calzones de Verdugo me empieza el gáznate a oler. No temas, que la innocencia, aunque en tal peligro esté, no se rinde a la fortuna. Tú, que no sabes temer, por ese cuarto pasea la vista mientras se ve nuestro pleito. La pintura, si es buena, un encanto es agradable. Para ti, que has sabido conocer la perspectiva; y los lejos, milagros que hace el pincel, será lisonja discreta, y agradable encanto fue; pero a mí, que en esta cuadra solo he sabido temer la muerte, los lejos solo de aquí me parecen bien! Entre todas las pinturas, que adornan esta pared, la que cubre esa cortina. No es difícil de correr. Válgame el Cielo! Qué miro? Un retrato: no lo ves? de tu Dama: Qué te admira? Qué es esto, Cielos, que miras mis ojos? Perdí a Isabela. No te acabo de entender. Qué amante, di, no desea, sino es yo, que adoro en vano, que llegue a ser soberano el sujeto en quién se emplea? Grande la juzgué en mi idea al tiempo de rescatarla; mas hoy al considerarla, en su retrato ha crecido, y tanto, que de corrido, aún no me atrevo a mirarla. Qué más hiciera un Pastor, que perdido en la maleza habló a su Rey con llaneza, y ve luego al Cazador, que le llama gran Señor? Dices bien: yo me acobardo? Yo, a quéimposibles me guardo! Pero en qué mérito estriba, esta condición altiva, y este espíritu gallardo? Quien duda, que venga a ser gran Señora, aunque lo ignoro, pues aquí con tal decoro su retrato llego a ver. Aunque no ha de responder, dile ahora tu cuidado a ese prodigio pintado, goza sus soles serenos, pues libre está, por lo menos, de ponerse colorado. Trasunto hermoso, copia soberana, fatiga nobre de pincel valiente; luego que vi dos soles en tu oriente, Aurora te juzgué de nieve, y grana. Con razón vive tu hermosura ufana, sin temor del más trágico accidente, pues miro en lo sereno de tu frente constante luz, aún siendo sombra vana. Si como yo, tu original te viera, desde el humilde estado en que hoy se mira, tu fortuna envidiara; mas no hiciera, Que a mayor pompa su grandeza aspira; y no es aquesta, no, la vez primera, que a la verdad se opone la mentira. Correr el velo es preciso, que han vuelto a abrit: trance fiero! Ves, como llegó primero el rayo, que no el aviso. Los indicios son bastantes para ponerle en prisión, pues basta una presunción en delitos semejantes. Qué aquí viniese a aportar. con la banda, habiendo sido el Pirata, que atrevido robó a mi hermana en la mar. Buenas albricias le dan: Este ha sido el galardón, qué aguardaba? En la prisión la verdad confesarán. No es maravilla el fingir engaños un del incuente, que claro está, que esa gente su delito ha de encubrir, aunque haya dicho quien es. j. Antes, señor, de empeñaros en mi ofensa, he de informaros de mi estado. Decid, pues. Vuelvo a decir, que en Marsella, Ciudad que yace en la Costa de Francia, aunque noble, y rico, me crié sin fausto, y pompa; porque me dio el Cielo un padre tan corto: pero qué importa honestar yo su miseria, cuando lo dicen sus obras? Luego que mis pensamientos, que de bizarros blasonan, tan distantes de los suyos descubrí en la edad briosa, con una pica en la guerra. pretendí honor; mas fue ociosa mi pretensión, porque apenas lo supo, cuando lo estorba, aprestando de los suyos un Navió, en que me oponga al mar, dándome bastante caudal en dinero, y joyas, para que hiciese un empleo: acción a mi aliento impropia; mas a preceptos de un padre es la obediencia forzosa. Embarqueme, y velozmente el pino alado se engolfa, hasta que surgió en la playa. de Argel, playa borrascosa. Donde, aunque de paz llegamos. (previlegio de que hoy goza nuestra Nación) llegó un Turco, a registrarnos la ropa, de condición apacible, y de gallarda persona, si bien luego a pocos lances de su codicia me informa. Y hospedándome en su casa, me refirió por lisonja, entre otros varios sucesos, una tragedia dichosa de unos Mártires, que fueron sus cautivos, y en la corta distancia de un Jardín suyo sus Reliquias atesora con veneración fingida, por si algún fiel se aficiona, venderle allí por piedad la que es conveniencia propia. Llegó la noche, y entrando al jardín, vi tres antorchas en el aire, que de luces el breve sitio coronan. Y al ver tan gran maravilla, dije entre mí: Pues su gloria, me fía el Cielo, qué dudo en proseguir esta obra? Rompí la tierra, y hallé tres urnas, y en piedra tosca esta inscrición, que por breve la encomendé a la memoria; Florencio, y sus Compañeros. Mártires, en paz reposan; pero no sus cuerpos, hasta que los rescate una heroica piedad. Oh quién empleara (dije) caudal, y persona en tan soberanas prendas! Y ofreciéndole tres joyas al Turco, por las tres urnas, tan libre, y tan codiciosa fue su respuesta, que en precio me pidió la hacienda toda. Yo que una vez empeñado me vi en acción tan piadoso, todo el caudal le entregué, que truje en dinero, y ropa. Volví a Mursella, y devoto en un Convento coloca mi afecto de aquellos santos las Reliquias milagrosas. Cuya capilla hoy frecuenta igual concurso al que invoca en la urna, donde yace la más feliz pecadora. Supolo mi padre apenas, cuando conmigo se enojo, y tanto, que me negó su casa, aunque le reporta el ver, que segunda vez a otro empleo me disponga. Y en fin, esta Primavera, a las Africanas Costas me despachó en otra Nave, en que llegué viento en popa. Y en poder de un noble Moro hallé en Biserta una hermosa. Deidad, un bello prodigio, una celestial Aurora, que al verla de dos luceros derramar líquido aljófar, me resolví a rescararla; mas viendo, que aún era corta mi hacienda para rescate de una prenda tan hermosa, mudé de intento; y apenas me excusé a esta acción heroica, cuando, con muestras de Ángel, un bello Joven me exhorta, diciendo: En aqueste empleo tu buena fortuna compras. Y al quererle replicar, quedo mi atención absorta, viéndole subir volando a su esfera luminosa. Hablé al Moro, y liberal le ofrecí por esta joya tal precio, que el mismo día mi resolución se logra. Volví a embarcarme, llevando, por altiva, y por hermosa, un mongíbelo en mi pecho, y un Serafín en la popa. Solo allí no la respeta el mar, quizá por lisonja, que hizo el nieto de la espuma, porque su imperio le estorban. Furiosas se escárapelan las aguas, los vientos soplan, truena el Austro, cruje el Euro, brama el Noto, y gime el Boreas, A cuyo impulso el Bagel tan alto sube, que topa con las nubes, y el velamen, sino se rompe, se roza. Vencí mi afecto, y apenas un suspiro di a las ondas, y otro al viento, cuando calma su furia tempestuosa. Salió el Iris, y entre nubes tendió colores vistosas, bandera de paz, que el Cielo en su defensa enárbola. Volví a Marsella, y diciendo a mi padre, que una joya trala de grande estima, me abraza, y se desenoja. Dile, al fin, cuenta del caso, y al ver joya tan costosa, volcanes fueron sus ojos; aplaquele, y admitiola en su casa por criada, donde la contemplo ahora entre ejercicios humildes, y entre domésticas obras. Despedime, y de su mano, por favor no, por memoria merecí esta rica banda entre promesas dudosas, de que por ella tendría premio de la acción piadosa, que logré: pero hallo, en vez del premio, indicios, que pongan mi vida en tanto peligro, y mi honor en tal deshonra. Si la piedad es ofensa, si culpa el valor se nombra, si es mengua el ser liberal, si el mérito vanagloria, y exceso una acción heroica, segunda vez mi innocencia a vuestras plantas se postra, o para aguardar el premio, o el fin de tantas congojas. Sube del suelo a mis brazos, y en ellos el premio cobra, pues yo salí con mi intento, y tú con la acción piadosa, que lograste. Feliz nueva, aunque pierda la Corona de Sicilia, y por esposo al Príncipe; pues sus bodas capítuló con mi hermana, y estando hoy libre, mejora de fortuna. Oh quién pudiera darle gracias, de que hoy goza libertad quien me ha criado, y a quien debo tantas honras. Gran suerte! Mas no podría ser su relación dudosa, por librarle de la muerte? Las circunstancias lo abonan; demás, que yo me resuelvo a ir con él, hasta la Costa de Francia, por mi sobrina, llevando gente de escolta embarcada en otra Nave, que asegure mi persona; con que el caso se afianza, y mis intentos se logran. Yo a acompañaros me ofrezco. Príncipe, excusad la nota, y este disgusto a los vuestros, que ya os aguardan por horas. Igual fuera, que tratara de rescatar la persona del Conde Arnesto, y las Damas de Isabela, pues le toca estando ausente mi tío. Y es obligación forzosa. Capitán, hoy ha de ser, nuestra partida. Disponga Vuestra Alteza la otra Nave, que la mía ya está pronta. A este Reino de Sicilia áspiro: Infanta, perdona, que estando libre Isabela, no he de olvidar sus memorias, y a pesar de mis vasallos he de efectuar mis bodas. El Cielo os dé buen viaje. s. Vamos, señor, que ya el Boreas se acostó preto en la cárcel de una gruta cabernosa, y manso el Céfiro mulle. los colchones de las ondas. Perdí a Isabela, en efecto, pero mi aliento es de forma, que aunque no salga mi amor con la empresa en que me engolfa, con intentarlo, a lo menos, me haré lugar en la historia.
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Este rato, que al ocio me permito, como si fuera el descansar delito, por este Jardín breve, que a competir, y aún a vencer, se atrevo al octavo Zafiro, en flores bellas, tanto, que, de corridas, las Estrellas lloran líquido aljófar, que en su falda la Aurora ensarta en hilos de esmeralda, divertirme quisiera: aunque es en vano, que una vez triste el pecho más lozano, más pesares contiene, y más congojas, que el jardín plantas, y las plantas hojas, Huélgome de haberte hallado en este hermoso Vergel, para decirte, Isabel, que ya el Viejo ha preguntado por ti, que hablarte desea, y aún reñirte (qué rigor!) porque alzaste de labor sin acabar la tarea: donde efectos soberanos lograste, pues ya se atreve la olanda a parecer nieve, porque allí no están tus manos. lnjurias son sus palabras, sin advertir sus enojos, que con perlas de tus ojos bordas la olanda que labras; pero en él se desperdicia el tesoro, pues al verlas no hace caso de las perlas, con ser tanta su codicia. En Alejandro se vean logradas cuando volviere, pues el Viejo no las quiere, y en tu lavor no campean: que en dos blancuras es vana, Isabel, la oposición, caigan en su corazón, serán perlas sobre grana. Agradecida me siento, Julia, a su mucho valor. Cerca está de ser amor un justo agradecimiento. Qué mi estado le encubriera, por decirme, que venía su padre, cuando partía! No vino, pero pudiera. Quizás hubiera excusado el dejarme aquí sirviendo; pero la causa en velviendo le diré de mi cuidado. Ay, Julia, si me igualara en sangre, de otra manera a su amor correspondiera! Mas fue la fortuna abara con él. En la opinión mía, ser un Príncipe merece, y si no lo es, lo parece. Notable es la fantasía de esta Dama: si ha soñado, qué es Reina? Qué es lo que has dicho? Que tienes bravo capricho. Soy más de lo que has pensado. Siempre que esa puerta miro, por donde Alejando entraba de noche, y yo le aguardaba, me cuesta (ay de mí!) un suspiro, considerando la escasa condición de este cruel, viendo que entraba con él la alegría en esta casa. Excusémosle el recelo, pues a buscarme has venido, supuesto que ya ha tejido la noche su oscuro velo. Vamos, Julia. Isabel, vamos: pero una llave. Escuchemos: quién será, Julia? Esperemos entre aquellos verdes ramos. . Esta fue la mejor traza. Vos tomasteis buen acuerdo, Alejandro, en que mi Nave quedase a vista del Puerto, que trae gente armada, y somos Extranjeros, en efecto. Vuestra Alteza, si es servido, me aguarde, mientras yo entro, sin que me sienta mi padre, a ver si a Isabela puedo hablar a solas. Entrad, que aquí, Alejandro, os espero, En la cocina, con Julia, puede ser, que la encontremos. Qué dices? Lo que es posble. Qué discurso tan grosero! . Mas aunque la haya traído su fortuna a tal extremo, será como el Sol, que escombra la oficina de un Herrero, y ni sus rayos se ahuman, ni se tizuan sus reflejos. Qué una Reina de Sicilia llegue hoy a tal extremo, que en tan humilde ejercicio y la piense hallar este necio! Tres bultos fueron, y solo ha quedado el uno de ellos en el jardín, y a no haber ido Alejandro a su empleo, creyera, que con la llave, que le hurtó a su padre Alberto, con que a deshoras entraba en casa: mas qué perdemos en acercarnos, y ver, si es él? Amiga, yo llego como que le he conocido, demás que su voz, entiendo, que oí al entrar. Llega, pues. Rumor parece que siento entre las ramas, y aquí me importa estar encubierto. El retirarme es forzoso. Si eres Alejandro, dueño de esta casa, qué te excusas? Qué más hicieras, si el Viejo estuviera en el jardín? Pierde, señor, el recelo. Julia soy, que acompañada de Isabel. Válgame el Cielo! En tu ausencia, y su fortuna estábamos discurriendo. En su ausencia? Esto me importa . saber; y pues me tuvieron por Alejandro, con voz fingida seguir pretendo su engaño, y averiguar, si lo que presumo es cierto. Llega, Isabel, que según de mí se recata, pienso, o que ya no es Alejandro, o se olvida de sí mismo. a Sabiendo, que estoy aquí, cauteloso, y encubierto llegáis a hablarme, Alejandro? No es muy seguro el intento. No quisiera, que hoy llegasen vuestros amantes excesos a deslucir con ofensas, beneficios, que agradezco. Quién del poder me libró de un infiel, quien fue tan cuerdo, que en una embarcación misma supo vencer sus deseos, y tanto, que ni un suspiro de la prisión de su pecho permitió, que embarazase la vaga región del viento, habla en aquesta ocasión con mudos atrevimientos? Aunque pudiera atajarla, . callar me importa: escuchemos. Mas de qué me maravillo ahora, si al mismo tiempo de ausentaros, y dejarme en segundo cautiverio, a romper os atrevisteis las prisiones del silencio? Si aquella prenda, Alejandro, que os entregué con pretexto de que aportando en Sicilia, cobraseis por ella el premio de mi hermana, y de mi tío el Condestable, que aún de esto no pude informaros: tanto temí a vuestro padre Alberto. Sí, en efecto, aquella banda la tuvisteis por trofeo, atribuyendo a favor lo que fue agradecimiento, vive Dios, que os engañasteis, que el decoro, que profeso, en la más baja fortuna sabe enfrenar pensamientos, atajar libres antojos, excusar vanos empeños, desbaratar confianzas, y desvanecer empleos. Qué dudo? Ya en su valor . tomó el desengaño puerto; mas por no ser conocido, a no hablarla me resuelvo. Muy bien hacéis, Alejandto, en no responder, supuesto que a vos mismo os infamáis, si es verdad lo que sospecho. Que entrar de noche al jardín, con otros dos, que se fueron, quizá para asegurar la acción injusta que temo. Basta, sobrina. Sobrina? Sobrina digo, y lo vuelvo a decir: basta, no culpes a Alejandro, que yo vengo desde Sicilia con él, y es tan bizarro, y tan cuerdo. En Marsella el Condestable . mi tío? Notable empeño! Qué es esto, que hablan tan bajo, . que no es posible entenderlos? Tío, señor, vos aquí? Vos llegáis con nombre ajeno a examinar mi valor? Alejandro entró allá dentro a buscarte, y yo esperando, que volviese, llego en esto esa criada. Ya el caso, y el viaje comprendo. Sin duda, que derrotado en Sicilia tomó puerto Alejandro, y en la banda, cuando no en mudos afectos del alma, que en tales casos es retórico el silencio. Bien está: advierte, Isabel, que nos importa el secreto: escusemos, si es posible, sobrina, tan grande riesgo, pues tu persona aventuro, si un punto nos detenemos; En lo que hay de aquí a la playa te diré todo el suceso. Ven conmigo, que Alejandro no tardará, y en sabiendo de esa criada, que faltas de aquí, en nuestro seguimiento irá, supuesto que sabe, que está a la vista del puerto mi Bágel. No es bien, señor, que se queje, y más pudiendo aguardarle. En la marina, sin riesgo le aguardaremos: que Sicilianos, y en tierra de Franceses, no es pequeño inconveniente, pues sabes, que siempre hemos sido opuestos. No se admire Vuestra Alteza, que es tanto lo que le debo a este Soldado, que fuera ingratitud, y aún desprecio, dejarle aquí, sin que cobre de tan noble acción el premio. Demás, que si aquí su padre me encuentra, será el empeño mayor, o al menos conmigo en ociosos cumplimientos el tiempo gastará, cuando tanto es menester el tiempo. Esto ha de ser, no perdamos la ocasión. Ya te obedezco; pero forzada: Alejandro, perdona, que no soy dueño de mis acciones. Sobrina, tomar debes mi consejo, ven conmigo, que las dudas, y los discursos sin tiempo, las ocasiones malogran, y embarazan los sucesos. Y se irá sin despedirse Isabel, poco la debo; pero más se debe a sí, que no quiere perder tiempo. Ya escapó con su Alejandra la Santa: muy bueno es esto para el honor, y decoro, que le estaba encareciendo denantes: mujeres soníos, y no hay que hacer aspavientos, que ama, en fin, su semejante. y aunque procede de vi hueso nuestro ser, no nos criamos para echadas a los petros. No hemos dejado en la casa, ni cocina, ni aposento, fuera del cuarto en que asiste aquel volsillo de acero, que no registre el cuidado, que no escudriñe el deseo. Y al rededor del Jardín mi Amo, y yo por en medio, rama a rama, y flor a flor, buscamos ahora a tiento la casa: válganme aquí las narices de un podenco, Quién va? m. No va. Pues quién llega? Qué es algún Gigante, infiero de su voz, según retumba en la bóveda del pecho. Mas cuando he yo conocido al temor? Dos veces ciego llegas, Lemosín. Es Julia? pero ya te has vuelto Hebrero. No soy tan loca. Ni yo tan ciego como parezco, que ni tengo amor, ni trato de que los dos nos casemos. De un mismo color estamos: qué rumor es el que siento? Será mi Amo, que viene buscando aquel Ángel bello. Y no hallo al Ángel? Bien dices? el disímulo está bueno. Hacia aquí he sentido hablar: Sin duda el Jardín se ha vuelto Laberinto, pues no hallo con el hile del deseo; y la luz de amor, la causa por quien vivo, y por quien muero. Llega, señor, y sabrás de Julia, hermoso embeleco. Eso dices, sin pedirme albricias? Aquí a pie quedo aguardo, por si hacia mí se desliza el dobloncejo. y No está mala la deshecha: ay, hombres como os entiendo, Dónde está Isabel? Acaba. No me espanto: ahora creo, que en un misme cuarto pasan dichas, y arrepentimientos. Cuando de aquí la llevaste con industria, y con secreto, sin deberla yo a Isabel un abrazo, ni un recuerdo de que en una casa juntas servimos a un mismo dueño, muy cuerdo ahora, y muy falso. Basta, Julia, ya penetro la ocasión de tus malicias. Esto es, sin duda, temiendo el Condestable su tío. Qué es esto que escucho, Cielos, . su tío, y más Condestable? Que, en efecto, es extranjero, como dijo, cuando entramos, no ser aquí descubierto, llevó a Isabela consigo: Que no aguardara un momento a que yo: qué ingratitud! Esta es la paga, este el premio debido a tan noble acción? Y este el agradecimiento, Isábela, que al partirme, contra el olvido, y el tiempo, quedó en mi pecho esculpido, y en tu corazón impreso? Que una Reina de Sicilia tenga mi amor por objeto, y que aún no me desengañe lo imposible del empleo! O estoy loco, o de mí mismo me olvido, o estos alientos, que hay en mí, de mayor causa proceden: sacadme, Cielos, de estas dudas, y respondan a la causa los efectos. No des, señor, tantas voces, L LIBERAD mira no te elcorne el Viejo desde su cuarto. No importa; mas para qué me detengo? Vamos de aquí, Lemosín, que aún no habrán llegado al puerto; y si se hubieren partido, en mi Bagel seguiremos el alcance, y engolfado daré las velas al viento. Que no se rinde a imposibles un firme amor, ha despecho de la fortuna, aunque sean los peligros, y los riesgos mas que tiene el jardín flores, que el Sol átomos pequeños, conchas, y arenas el mar, y más que Estrellas el Cielo. . Adiós, Julia, que ya estamos consultados en correos de Neptuno. Buen viaje. Tarde, o nunca nos veremos. . Eso no, que ya te sigo; porque si supiese el Viejo, que Isabel falta de casa, y que soy cómplice en ello, caerá el rayo sobre mí: mas no es aquel que allí veo con una luz? Quién pudiera escaparse. Qué es aquesto? Quién da voces en mi casa, que hasta mi cuarto los ecos llegaron? Aún no me ha visto. No es Julia? Esperad. Ya espero. Qué hacéis aquí? Yo aquí, cuando con una llave (no acierto con la disculpa) Isabel estaba. Perded el miedo: tomá esa luz, no temáis, V acabad. Temblando llego. Y decidme, sin turbaros, la verdad. Qué culpa tengo yo de lo que hace Isabel? Yo cumplí con tu precepto, llamándola de tu parte, cuando tres hombres abrieron esa puerta del jardín, que sale al campo, y entre ellos Alejandro. Basta, Julia, que de lo que has dicho infiero lo demás: bien me obedece. Por Dios, que hizo buen empleo Alejandro: claro está, que hablarían en secreto de su amor. No más? Y es poco hablar de amor? Dilo presto, por si puedo remediarlo. Ya llega tarde el remedio. Digo, pues, que la llevó un Condestable extranjero engañada, según dijo, que era Alejandro fingiendo; y él, llamándolos ingratos, dio voces con tanto exceso, que desde aquí penetraron la pared de tu aposento. Yo, porque no me culpases, iba ya, señor, corriendo a darte cuenta de todo, que no soy de las que luego, por quítame allá esas casas, buscan otra, y amo nuevo. Y adónde se fue Alejandro? Ya partió en su seguimiento. Bien gasta el tiempo mi hijo, y la hacienda: en dos empleos la mitad de mi caudal ha consumido; el primero vaya, que en efecto fue piedad, y Cristiano celo; pero qué premios espera de amor, quien él suyo ha puesto en una mujer humilde? No señor, no vengo en eso, que entre sus quejas le oí, que era Reina, cuando menos, de Sicilia. Isabel Reina? Reina, pues; y el extranjero Condestable, como he dicho, y aún su tío. En mi aposento me acabaras de informar de todo el caso: ahora creo, viendo, que son sus acciones dignas de un heroico pecho, lo que me dijo Clavela, cuando murió; mas no puedo, habiendo sido ella sola quien me sio este secreto, descubrirle yo a ninguno, que me tendrán, no lo siendo, por cómplice en su delito; y es tan extraño el suceso, que aún es culpa el referille: Partir a Sicilia quiero, y ayudarle en cuanto pueda, que hacienda me ha dado el Cielo, y para ocasiones tales la guardo. En amaneciendo, en uno de mis Navios me he de embarcar. Yo primero. Tu cuidarás de esta casa. Luego yo en casa me quedo? Sí, Julia. A morir de hambre? Eso no: a Ilábela pienso seguir si no se ha embarcado. De un Maestre. Sala tan diestro me libre Dios, yo me escapo antes que triparta el huevo. A qué aguardas? Ve delante. Siga Alejandro su intento, que su condición altiva, y sus bizarros alientos, a pesar de la fortuna, toda mudanzas, y extremos, darán muestras algún día de su heroico nacimiento. En fin, me dices, Roberto, que no hay nuevas de mi hermana? Un Bágel esta mañana, dicen, que ha llegado al puerto, con parte de la Nobleza de Bearne, y no han traído, con haber el mar corrido, nueva alguna de su Altez. Y el sentimiento es en mí tan justo, como se ve, ELPREMI que en Palacio me crié, y su gracia merecí, Yo por hermana lo siento, y por mi Reina también. Aquí está Matilde, a quien hoy desengañar intento. Pienso, que nos ha escuchado. el Príncipe, utan señora. Esto me faltaba ahora; y vendrá muy confiado: bien excosarlo pudiera. Señora, no os extrañéis, que antes que de aquí paséis desengañaros quisiera. Vuestra mudanza no extraño, Príncipe; mas no querría, que lo que fue tiranía; lo llamaseis desengaño. Cualquier amante se muda, pero vuestro engaño advierta, que vale una dicha cierta mas, que una Corona en duda. Quien os llegara a creer, cuando os escuché engañada, que una gloria dilatada pena de amor viene a ser. Esta fue la competencia, qué tuvistes con mi tío? Mas forzar un albedrío, es la mayor indecencia; en sujetos como yo; pues no son acuerdos sabios, que aguarde a escuchar agravios: quien desengaños oyó. Que ha de ser breve, entended, aquel término preciso, dijiste: qué ocioso aviso! Quedaos, Príncipe, y creed, que si yo puedo estorbar (que si haré) vuestra cautela; pues no queréis a Isabela, si no solo por reinar. Vuestra pretensión tirana no ha de lograr este empleo, que sois mudable, y deseo los aciertos de mi hermana. Lo que me importa, es tratar de recibir a Isabela primero que con cautela llegue Matilde a estorbar mi suerte, y pues por el Parque salir puedo a la Marina, verla mi amor determina al punto que desembarque. Nuestro Príncipe es aqueste; Danos a besar los pies, gran señor. Octavio no es; el que miro? A que se apreste vuestra Alteza, y se disponga a volver hoy a su Estado, venimos, que ya alterado. Antes que el caso proponga vuestra obediencia fiel, decid, si habéis descubierto antes de llegar al puerto en la mar algún Bagel. En nuestro alcance han venido dos Naves; pero está el mar tan furioso; que abordar con la nuestra no han podido. Las que aguardo son sin duda, lo demás sabréis después, venid conmigo los tres. Mira, señor, que se muda. la fortuna, y que empeñado un Pueblo, que se revela. Consiga yo el de Isabela, y más que pierda mi Estado. Reinando aquí Vuestra Alteza, sin Príncipe se han de ver: Y esto ha llegado a entender gran parte de la Nobleza, que de Bearne ha venido, y aguarda en esa Marina, a ver lo que determina tu Alteza. Ignorancia ha sido, que un Príncipe no hace ausencia, que es como el Sol: confiad vosotros, que en su lealtad segura está la obediencia. Príncipe, qué hacéis aquí? Cuando el Pueblo alborozado de que su Reina ha llegado sale a recibirla, En mí es la obligación primera. No hay perder tiempo, señor. No me dilates, Amor, las glorias que el alma espera. Cuando tu poder admiro, logre yo en tan alto empleo la hermosura que deseo, y la Corona que aspiro. Quién le pudiera seguir; mas la Infanta me ordenó (que a la marina salió) que quedase a prevenir la música, y ya lo está: Paréceme lo que tarda un siglo; pero su guarda va entrando, y ya llegará. En la estancia más florida, la Infanta, en voces suaves, quiere, al compás de las aves; que la den la bien venida. Corran, pues, las fuentes bellas del Jardín, con fuerza tal, que de lanzas de cristal bajen líquidas centellas: Aquí ha de ser, llegad pues: yo, entanto, de las mejores voy a coger unas flores, que harán su lavor después. Quién dio flores a los campos, quién, si no el Sol de Isabela? Puede ser menos que suya tan alegre Primavera? Sea bien llegada, bien venida sea, para bien de Sicilia su hermosa Reina. La lisonja te agradezco, y la Música. Cesad: Cumpliendo con mi lealtad, nada, Isabela, te ofrezco, pues volverte lo que es tuyo, ni es mérito, ni es fineza, que el trono en mí, y la grandeza fue un sueño, de donde arguyo, que ahora empiezo a Reinar, pues libre te llego a ver. Reine, Matilde, el placer donde ha reinado el pesar. Si tal dueño mereciesen, qué dirían mis vasallos? No debes, señor, culparlos. Que a Bearne se volviesen quisiera. Yo te confieso, que no por estar ausente de tu Corte, y de tu gente. Baste ya, dejemos eso. Al entrar por el jardín, fuentes, y flores noté, y un Paraiso le hallé. Fisole Isabela, en fin: un Cielo es ya, Lemosín, pero sujeto a accidentes. Sí, que no estando presentes Deidades tan superiores, ni habrá ambición en las flores, ni vanidad en las fuentes. Un ramo allí, de coral, tan galán se desvanece, que en seis caños de agua ofrece seis garzotas de cristal: cuyo impulso artificial, que hasta los Cielos volaba, ya humilde las guijas lava, y en desengaños tropieza, pues si en garzotas le empieza, en perlas su vuelo acaba. Yo así, en mediana fortuna me pudiera contentar con mi suerte, y no volar hasta el Cielo de la Luna: pero con ansia importuna sigo el desvanecimiento de aquese cristal violento, donde ha de hallar mi porfía, si en garzotas la osadía, en perlas el escarmiento. Qué así la fuente pintase! Miren si puede ser más, que me hice un paso atrás, porque no me salpicase. Dame los pies, gran señora. Mucho has tardado, Roberto, que creí hallarte en el puerto. EL PREMIA No te sirviera yo ahora con la Música, ni aquí a tu hermana obedeciera, si a recibirte saliera. Ramillete? Y para ti, donde ofrece el amor mío un misterio en cada flor. De tu ingenio, y del amor con que me sirves lo fío. Pues yo a prevenirte voy con mis damas otra fiesa, si no te agradare aquesta. Dios te guarde. Pues yo doy principio a un capricho nuevo: en las flores reparad. Cuando no por novedad, por tuyo estimarle debo. En ciuco letras está de Reina el nombre. Así es. Y en esas mismas, después tus virtudes nos dirá. Por la erre, lo primero la Rosa le aplicaré a la Reina; y por la E, la Espuela de Caballero. al Príncipe. Y no se queje: color morado le dio. La espuela le diera yo, para que pique, y nos deje. Doy al Jacinto laJ. Retratar los celos quiso en lo azul. La ent, al Narciso; y la d, al blanco Alelí. Alhelí? qué civil flor! No merece, que lo sea. Por qué? Si se manosea, huele a berza, y aún peor. Cinco flores al nombre de Reina (co Alhelí. por letras le di, Rosa, Espuela, Jacinto, Narciso, y el blan- Cinco flores al nombre de Reina (co Alelí. por letras le di, Rosa, Espuela, Jacinto, Narciso, y el blan- Buen nombre: Hay más sutileza, que esas flores, que previene? Sí, las virtudes contiene de que se adorna su Alteza: Rectitud en el premiar, Entereza en el valor, justicia en el castigar, Noticia para acertar, y para el Vasallo Amor. Cinco flores, en cinco virtudes la Reina logró, Rectitud, Entereza, justicia, Noticia, y Amor. De gusto, y de ejemplo ha sido el ramillete, que has hecho. Ya me dejan satisfecho las honras que he merecido. Entre nosotros también algo del nombre saquemos de Rey. Aún no le tenemos. Cuál debe ser. Está bien. Rico para mí le quiro. Yo estáanjero, y que no fuese el de Bearne. Aunque os pese lo será, y Rey justiciero. justiciero? Lejos dio de lo que el Pueblo desea. Justo el Rey es bien que sea, que muy justiciero no. Quién os mete a vos en eso? Yo, que a la Reina he debido tanto honor, y de este Reino tantos favores recibo, no vengo en que vos queráis darle, por vuestro capricho, Rey justiciero: pensáis, qué es Bearne? Ludovico, nuestro Príncipe, merece reinar, y de un atrevido, que se opone a su grandeza, y a los tres que le asistimos, tomaré justa venganza. Hablad paso, que el postigo que veis, sale a la marina. Seguidme. Ya te seguimos. . Qué es eso? A reñir con tres va mi amo, y yo es preciso, que le ayude. Sin espada podrás ir. . Qué has hecho, niño? Defender quiero a quien dio libertad al dueño mío. Yo he de ver en lo que para desde el umbral del postigo. Al Soldado, y los demás considero en gran peligro. Soldados, guardas, seguid a Alejandro. Y yo le sigo, por su aliento, por quien soy, y porque en ello te sirvo. Yo también voy a librarle, si es posible del peligro. Qué en esta ocasión me halle sin espada; mas qué miro? Vive Dios, que se han juntado tres mozos con Robertillo, y ahora dan en los Vasallos del Príncipe Ludovico, como unos Cides, ya van huyendo sus enemigos, menos los que en la marina quedan muertos: yo me animo, y al primero, como esté muerto, la espada le quito para ayudar a mi amo. Ya la pesqué, y ya la esgrimo. A tu lado está Roberto. Y Lemo sin, que ha sabido quitar a un muerto la espada. Reportaos Octavio; amigos, no le ofendáis. A mi amo con eso, que juro a Cristo, sino le van a la mano, no ha de quedar hombre vivo. Ya por el puente se escapan. Valedme, Cielos Divinos, que me ahogo, que me ahogo. Uno de los mancébitos cayó del puente a la mar; mas si fuese nuestro amigo S Roberto: pero ya sale a nado, y solo ha perdido mi espada. Lemosín, vamos, pues los Cielos han querido librarme de mis contrarios. Tú tienes gentil capricho: volvámonos a Marsella, que ya toca en desvarío tan costoso amor. Qué importa? Que no ha de darse ha partido mi ardimiento, aunque yo propio me disponga el precipio. Cuerpo de Dios con la colla: de a donde nos han venido tan grandes humos? Las siete chimeneas sean contigo.
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Oíd, mancebo: ah mancebo? Tener a un hombre, que parte de carrera, y tantas veces, sin su gusto amancebarle, ni está en uso, ni es bien hecho, ni: vive Dios, que es el padre de mi amo. En esta tierra? Deja, señor, que se calcen mis labios del cordoban que te sobra: esos pies dame, porque besándolos sean hoy tus zapatos papales. Levanta del suelo, y dime (pues ya he venido a encontrarte) qué hace Alejandro en Sicilia tanto tiempo. Se deshace. En qué entiende? En no entenderse. En qué lo pasa? En pasarse como Doncerla. Su vida pregunto? En morir de hambre. En qué paró? Aún no ha parado. Su afición? En disparates. Ya he sabido, que la joya EL PREMIA por quien dio tan gran rescate, fue la Reina de Sicilia. Qué preguntas, si lo sabes? En qué estado está con ella? El más bajo, y mi serable, que puede ser. Pues por Dios, que es de tan ilustre sangre como la suya: dejeme llevar del amor de padre. Cómo mío: sangre ilustre . un hijo de un mi serable? Qué murmuras? No soy Dueña. Ni presumes? No es muy fácil. Mañana dirá, que viene . de uno de los doce pares; aunque siempre dice nones, no es posible, que se engañe el Morisco, ni aún mi cuenta. Deja discursos, y dame nuevas de su amor, que pienso, en cuanto pueda, ayudarle. No me conformo, que aquí . no ha venido el Viejo en balde. Qué dices? Digo, señor, que da suspiros al aire, ya confuso, y ya celoso, y tanto, que aquesta tarde quiere volverse a Marsella, y aquí me mandó aguardarle, que ha de pedir a la Reina licencia para embarcarse, que es fuerte competidor un Príncipe de Bearne. Aquí está el Príncipe? Y tiene pretensión de coronarse en Sicilia. No quisiera, que mi intento malograse, que estuve en su Corte, y tengo con él empeños notables; mas yo excusaré, si puedo, que me encuentre. Ve adelante, y dame aquí larga cuenta de todo. Antes que me alargue larga tu algunos doblones, para que con ellos pase L LIBERAL esta mi serable vida mi Amo, y para que pague también lo que le ha prestado en tantas adversidades a Roberto, un mancébito, que ha sido su fiel Acates, desde el punto en que se vieron: que vestido de Estudiante sirve a la Reina en Palacio, a quien mil favores hace. Es cosa del otro mundo, tiene mil habilidades, quita espadas, y del mar sale enjuto sin mojarse un pelo: Qué? No me crees? Tendraslo, por disparate; pues yo lo sé, como hay viñas, y no lo digo por Flandes. Mas no son los que allí vienen? Al cuarto del Condestable deben de ir, que está indispuesto del cansancio del viaje. Adiós, Lemo sin, que aquí no es bien que hablando nos hallén, Dime, señor, tu posada, para que vaya a buscarte mi Amo. junto a la puerta de la Mar. El Cielo guarde mi vida, como tu guardas los doblones, que achocaste. Aunque dicen, que no es nada el mal, vengo a visitarle. Yo creo, que es la ocasión de que le dure el achaque, dar lugar a que gobiernes tu Reino, como lo haces. Y bien, que a niños, y a locos nos toca el decir verdades. Lemosín, tú aquí? Señora, huélgome, que te acompañe Roberto, sin más testigos, si bien materias tan graves como aquestas. Tú, Roberto, puedes a fuera aguardarme, que luego veré a mi tío. Y hace bien, que en lances tales . no es menester mi asistencia, que no soy el que fui antes, pues la forma de Roberto, por decretos Celestiales, tomé, después que del puente cayó, y en el centro yace del mar, por juicios del Cielo, que dirá el tiempo adelante. . Qué me dices, Lemosín? Señora, que no es muy fácil de entablar este discurso. Porque tengo cosas grandes, que te contar. De Alejaudro? De Alejandro, y de la sangre Real, que le ha dado el Cielo. No miente quien algo añade a la verdad. Estás loco? Aunque más me la baraje, vaya el resto, digo, pues, que aquí me ha dicho su padre Alberto, nomine tenus, palabras, al pronunciarse con la barriga a la boca, de preñadas. No me engañes. que te costará la vida. Si tan caro ha de costarme, aquí dio fin esta historia, no hayas miedo, que me saquen con tenazas una sola palabra: el Cielo te guarde Oye, Lemosín, espera. No es justo, aunque me lo mandes, que yo diga, que mi Amo es de tan ilustre sangre como la tuya. Qué dices? Que un Viejo no ha de alargarse tan corto, ni él lo acostumbra, pues palabras aún de balde no sabe dar: si yo fuera tan loco, que te afirmase, que es Príncipe soberano (esto a la verdad se añade) . que no solo hereda un Reino, más merece por sus partes un Imperio, y que a Biserta fue encubierto a rescatarte, de un Retrato aficionado, que le dio un Pintor de Flandes; claro está, que me tuvieras por necio, y por un Orate, y Fratres también: si quieres, que por mí en su ausencia hablen sus altivos pensamientos, que esta verdad persuaden, preguntatelo a ti misma, pues le has visto en tantos lance; pero él viene, hable por sí. Ay suceso más notable! Qué un Reino Alejandro hereda! Si estas razones juntase con las que me dijo Alberto, cuando a parte llego a hablarme el día, que entró en su casa, aunque posible juzgase cuanto Lemo sin me ha dicho, tendré disculpa bastante: bien, que pudiera dudar, si es cautela, o son verdados; mas quien tanto lo desea, presto al bien se persuade. A que me dé Vuestra Alteza licencia para embarcarme, a sus pies llego, pues ya no es mi asistencia importante en Sicilia, y no presuma, que voy quejoso, pues valen las honras, y estimaciones (disimulemos pesares) que a vista de sus vasallos merecí, por mil Ciudades, que me hubiera dado en premio de emplear en su rescate mi hacienda: aún bien, que no puede, con ser cantidad tan grande, hacer falta a quien espera heredar. . Ya, ya se sabe, Alejandro, que heredáis un Reino, y que muchas Naves como aquella no harán falta, por más oro que encerrase, a un Príncipe Soberano. Señora, si eso es burlarse de mi estado, aunque es humilde, en mis altiveces caben tan bizarros pensamientos, que son Águilas caudales, que al Sol los rayos le apuran, no solo cuando es cadáver EL PREMI de luz, y urna le apercibe el Tajo en líquidos jaspes, si no cuando entre arreboles es recienenacido infante, y en cuna undosa de plata le mece oriental el Ganjes. Basta, Alejandro, por Dios, que acabes de declararte, pues aquí no hay más testigos, que Lemo sín, que es la llave de tu pecho. . Qué me miras? No es de criados leales el hablar bien de sus Amos? Y cuando algo me adelante, no es tan gran delito, y más, que tu nunca me fiaste el secreto: yo he sacado tu nobleza por mi lance. No deis crédito a este loco. Aquí el Viejo miserable. Mi padre aquí? . Sí señor; pero el putativo añade de hoy más: digo, que me ha dicho, y no es posible engañarse contra sí, que tu persona goza tan ilustre sangre. No porsigas, Lemosín. Y aún querrá disimularse. Son vejeces, y quizá quiso con eso obligarme, a que me vuelva con él a Marsella, y como padre, tenerme siempre sujeto, sin que aspire a empresas grandes. Baste, Alejandro, el desprecio de ti mismo, que es ultraje de tu nacimiento ilustre: cautelas, y engaños basten. Igual fuera, que a tu aliento dieras hoy nuevos realces, añadiendo con proezas crédito a tu noble sangre. Triunfa de tus enemigos, que no es posible, que falten en la mayor Monarquía, de ti los tuyos se amparen. Pues más, que con rendimientos, pudieras hoy obligarme, con saber, que al aire tiendes victoriosos Estandartes. Igual fuera, que en campaña, nuevo Católico Marte, el fresno istriado empuñes, y el arnés gravado trances. Y en un Césiro del Betís, que espuma, y cóleras tasque, no a festivos escarceos, a escaramuzas Marciales, tan cometa le dispongas, que al batirles dos hijares, veloz sus cuatro herraduras en el viento las estampe. Y en fin, desnudo el estoque, ya enemigos, ya neutrales, a sus filos se estremezcan, y a sus golpes se quebranten. Que aunque sentiré tu ausencia, gusto, Alejandro, que pases a los riesgos de Soldado, de las caricias de amante. Y si fue desconfianza; mas dejemos esto a parte: Alejandro, y pues ya sé, que es tu nobleza tan grande, íguale amor dos fortunas, pues nos hizo el Cielo iguales en calidad, y en estado, dime aquí el tuyo, y descansen mis dudas, sepa yo el Reino que heredas, que si esto haces, saldré yo de confusiones, tú de penas, yo de afanes; tu excularás esta ausencia, yo el temor de que me faltes; porque tu augmentes blasones, porque yo feliz me llame, porque venzas tu fortuna, porque yo mi suerte ensalce, porque la envidia nos tema, amor dos almas enlace, y al rumor de tus aplausos ensordezcan mis pesares. Válgame el Cielo! Qué escucho? . Qué confusión tan notable! Conceder con lo que ha dicho, es traición: desobligarme al favor que me asegura, cortedad: Oh empeño grave de amor! Que aqueste traidor. No miraras a otra parte. Acaba de responder a su Alteza, y no me tases las facciones, que en la plana leerás de mi semblante, sin máscara los secretos, y las verdades en carnes. Yo confieso, gran señora, que en mi aliento. Confesarse es lo que importa, y decirnos desnuditas las verdades. Digo, pues, que en mis acciones, y en mi aliento, confiarme pudiera, y atribuirme tan esclarecida sangre, como dices, que me ha dado el Cielo, que asuntos grandes de empresas lucidas son de la nobleza el examen. Mas no es justo, en tal empeño, que yo a mí mismo me engañe, no a ti, que un Reino posees, bástenle a mi aliento, basten, si no las de merecerte, las glorias de desearte. Ni aún el ave coronada, Reina de las otras aves, aunque pudiera, es tan loca, que apueste al Sol calidades: ni aunque su luz galantea tan vana la flor gigante, que con ser Astro del Mayo, con un planeta se iguale; cuanto más yo, que no tengo, para seguirte, y mirarte; ni de la flor lo atrevido, ni lo perspicaz del ave. Dame, pues, aquel retrato, que te obligó a rescatarme, que no quiero, que en mi ausencia en mi memoria idolatre quien niega al original lo que concede a la imagen. Yo me obligué de retrato? Pero querrás malograrme, y deslucirme la acción, quizá por desobligarte. Vuelvo a decir, que no aguardo más premio, ni amor le guarde, que las honras que me has hecho: pero como puedo darte yo el retrato, si en Palacio le tienes, y cada instante, en corriendo una portina, puedes verle, y yo admirarle. Disimulas? Aquel pido, que te dio el Pintor de Flandes. Qué Pintor? . Aquí entro yo, . esto pensé, que olvidase: casi estoy por escurrirme, y aún por avisarla casi de los celos mal fundados, mas yo saldré con mis casis. Celos son los que le obligan del Príncipe de Bearne, para qué son circunloquios? Celos a tener llegaste de Ludovico? . Aún no puedo (tanta es mi desdicha) darles ese nombre, envidia tuve, que en sujetos desiguales, si cupiera esa pasión, menos fueran mis pesares. Al fin, callas tu nobleza? En un firme amor no caben cautelas. . Ni en pechos nobles las experiencias que haces de mi valor: vete, pues, vete, Alejandro, y no extrañes, cuando oyeres, que Isabela con su igual quiere casarse: que pues no te has descubierto en tan apretado lance, o de mi amor desconfías, o eres de humilde linaje, que amor, aunque es poderoso, no admate desigualdades; y en efecto, es gran señor el Príncipe de Bearne. A qué aguardas? Ya te dejo: aunque imposible es dejarte, . sin que me cueste la vida. Qué aún dándole celos calle! . Quién se vio en tales ahogos? . Quién se vio en empeños tales? . En fin, me has dado licencia, señora, para embarcarme? Sin embarcarte, hallarás en mis dos ojos dos mares. Mañana estarán serenos, que no hay mar que sea constante. Qué extrañeza! . Qué desdicha! . Qué, en fin, no puedo obligarte? El Príncipe es gran señor, y yo de humilde linaje. Aguarda tú, Lemo sín, que has de volver a informarme. Oye, Alejandro, espera, mi amor, y su grandeza considera. P El Príncipe me oyó, y mi hermana viene a tiempo que: disimular conviene? dt Alejadro, y Amor? grande un Soldado? Si es grandeza el haberte rescatado, y Amor la obligación? Cuando bastaba. Esto solo a mis penas les faltaba. . Premiarle con las honras que le has hecho, bien será, que hoy le dejes satisfecho, dándole en premio su caudal doblado. Mucho más debe, Príncipe, al Soldado, no ha de ser como vos, que con mudanza los empeños pagáis de una esperanza. Y tú, hermana, es muy justo, que le ampares. Esto más les faltaba a mis pesares. . Que es grande su valor, y le has debido la libertad, en fin: solo te pido, Isabela, que hoy muestres alegría de verre libre en tanta Monarquía. V Paces hay en tu Reino, y tus Soldados, mas de obediencia, que de acero armados, ofrecerte quisieran un Imperio: ya el Príncipe sacó de cautiverio al Conde Arnesto, y ya tus Damas tienes libres, de que te doy mil parabienes. Déjate ya obligar de tu familia, y a los nobles permite de Sicilia, que a tu feliz llegada prosigan hoy la fiesta comenzada, y entre justas, torneos, y sortija, la más alegre Ludóvico elija, pues trata de servirte, y agradarte, aunque mis penas entren a la parte. Lo mismo a Vuestra Alteza la suplico. No es justo, que yo impida, Ludovico, al pueblo lo que tanto ha deseado, que un Rey a veces, por razón de estado, es bien, que ostente en fiestas de alegría el valor de los suyos, y este día, que no faltarán Príncipes, es cierto, pues alguno en Sicilia está encubierto; mas no es bien, que descubra su persona . mientras niega entre sombras la Corona. Ya te llamara, si algo te quisiera. Adiós, mi Julia. A dónde vas? espera: así sabré, si lo que ha dicho es cierto. . No dices, que en Sicilia está ese Alberto? En nuestro alcanse vivo en una Nave LLIBERAD de las suyas, y aún más de lo que saber dirá, si llega a verse en tu presencia. Vele a llamar. Yo haré la diligencia tan veloz al buscarle, y tan violento, que en mi alcance coje reel pensamiento. .̱ Alberto dices? yo conozco a ese hombre, por las señas, la Patria, y por el nombre. No quiero saber más: ve Ludovico, y las fiestas privén, que me ofreciste: porque me deje, aunque confusa, y triste, fiestas pido, a pesar de mis enojos, . antes que el alma éxale por los ojos. Ya las ballas en frente de Palacio prevenidas están, y en breve espacio juntaré la nobleza Siciliana. Ve, pues, que de mi cuarto a una ventana con mis Damas saldré. Voy a servirte. Y tú, hermana, si quisieres divertirte, a mi lado verás aquesta fiesta. Ya mis penas te han dado la respuesta: mejor será, que al lado de mi tío, su mal divierta, y temple el dolor mío. Quédate a Dios, hermana, y no me espe- res. Déjame a solas, y haz lo que quisieres. Yo a un hombre humilde? qué error? Yo mi pecho franqueé a un Soldado? Aunque amor fue, mas fue locura, que amor. El tendrá allá sus razones, o quizá su estado ignora; Trata de vivir, señora, y ones a ver te dispones esta fiesta, vamos, pues. Si Alejandro entrara en ella, la curiosidad a bella me llevara, mas después que su estado considero, ya, Julia, ya no hay que hacer experiencias, ni entender, que en actos de Caballero luzga un humilde Soldado. Si hacer quieres la experiencia, dame, señora, licencia, que yo haré, que disfrazado salga a la fiesta. . Si hicieses, Roberto, aquesto por mí: mas no es el que viene allí? Si en ello me permitieses hablarle. . No he de estorbar tus designios. . Gran señora, retírate, que si ahora tu Alteza nos da lugar, y a solas con él me veo, quizá saldré con la empresa. Pues su crédito interesa, logre el amor mi deseo. Yo de sangre ilustre? Sí digo, que no eres su hijo: estas palabras me dijo, y lo demás añadí. Mas la Reina me mandó, que le llamase. Es muy justo, que antes cumplas con su gusto, que con lo que mando yo. A la Puerta de la Mar dijo, que era su posada, habla con tu Camarada, mientras le voy a llamar. Alexandro, en ocasión que hace fiestas a su Alteza de Palermo la nobleza, siendo tú, con más razón, quien debiera festejarla, tan triste? Aunque no me espanto. . Como ha de atreverse a tanto quién sin méritos se halla? Yo sé bien lo que merece tu valor, y tu nobleza: hazla este gusto a su Alteza, y a mi amistad, que hoy te ofrece cuanto hubieres menester; joyas te daré, y Caballos, que pueda el Sol envidiarlos. Ya sé, que tienes poder en Palacio para todo. Pues qué dudas? Ven conmigo. Eres mi amparo, y mi amigo; pero no sé de qué modo. Yo sí; y pues nadie interesa mas en ello, yo saldré por tu Padrino, y daré el color, mote, y empresa. Solo a ti se deberán los aciertos que procuro. Ven, que el premio te aseguro del más diestro, y más galán, . Si es verdad lo que sospecho, qué me detengo, a qué aguardo? Dé un espíritu gallardo muestras de un heroico pecho, donde se encierra el valor de que hoy mi amor hace alarde, pues olvida nunca, o tarde quien es noble, y tiene amor. . Qué es lo que has dicho de mí a la Reina; que a llamar me envía? Dame lugar, antes que pases de aquí, y licencia, para ver la fiesta, que empiezan ya, que retozándome está el corazón de placer, como Caballo Español en escuchando un Clarín. Aquí has de estar, Lemosín, mientras que se pone el Sol, que habrán la fiesta acabado. Desde uno de esos balcones la entrada, y las invenciones veremos. Ya estás cansado. Sepa yo, que es lo que has dicho de mí. Notable apretar! Que eres hombre singular, de tan extraño capricho, que has venido de Marsella solo a gastar tú divero con Alejandro, y yo espero, que no has de volver a ella, sin lograr tu pretensión con tan liberal intento. Ya mudé de pensamiento. Pero no de condición. Quien sacate de su mano . un doblón, afirmar puedo, que sacará con el dedo un colmillo a un Tigre Hircano. Que el Príncipe no me vea, es lo que más me conviene. No es Matilde la que viene con su tío? En él campea el valor, pues malo estaba, y ya le miro alentado. Retirémonos a un lado mientras la fiesta se acaba. Que ha sido extrañeza, digo, no asistir a vuestra hermana: yo os llevaré a la ventana, venid, Infanta, conmigo, pues ya me siento aliviado: Pero qué rumor es este? La vida el premio le cueste. Muera, muera el embozado. La voz del Príncipe oí, que apadrina al Duque Artemio. Denle al encubierto el premio. Yo soy quien le merecí. Salgamos de este cuidado. Ya mi hermana del balcón se quitó, y la confusión crece en el pueblo alterado. . Premio, y aplausos reciba quien a todos ha excedido. El pueblo le ha defendido. Viva el encubierto. Viva. De premios tan competidos se ocasionan las desgracias. Sosiéguese vuestra Alteza, y refieranos la causa de este rumor. Ludóvico, que dio la ocasión, contarla podrá mejor, pues ya viene. El Príncipe está en campaña. Retirados le escuchemos, hasta ver en lo que para. Al punto que a Vuestra Alteza vi quitar de la ventana, me apeé, y vengo a pedirla perdón, con desconfianza, del grave empeño, en que hoy puse la nobleza Siciliana. Pues no hemos visto las fiestas, podrá el Príncipe contarlas, y referirnos de paso de este alboroto la causa. No bien la señal primera les dio una trompa bastarda, cuando a su voz respondieron los clarines, y las cajas. A cuyo estruendo festivo entró el primero en la Plaza el Duque Artemio, a quien yo por mi deudo apadrinaba; en un Alazan tostado, que humo anhela, fuego exhala, acreditando en corbetas cóleras Napolitanas. Templole el Duque, y después de requirir las tres ballas, la empresa, y el mote dieron admiración a las Damas. Sacó en mi nombre, en señal, que aún vivo con esperanzas, entre abismos de pesares, verde el penacho, y las armas; y por mote aquesta letra, que mis intentos declara: Traigo esperanza, porque imposible es mal tan grave, que no me acabe, o se acabe. Este aventurero, y otros llegaron, cuando la entrada de un Caballero encubierto causó admiraciones tantas en el vulgo, que los ojos se llevó. Príncipe, aguarda, que yo contaré el suceso, pues no estoy apasionada, como tú, que le impediste los aplausos de su fama. Ni el rayo he de pintaros, que sujeta, ni una selva de pluma, que traía, con ser ella un Abril, él un cometa: el ardimiento sí, la bizarría con que fue entre el clarín, y la vaqueta suya la aclamación, y suyo el día, y aún los ojos de alguna ilustre Dama, a ser su calidad como es su fama. Lució entre todos con notable exceso, mas la suya, entre tantas invenciones, ninguno la entendió, yo os lo confieso: Fue la empresa, en que funda sus blasones, un Ruisenor en una jaula preso, que con su pico lima las prisiones, y por letra: En prisión tan oportuna él mismo se rescata su fortuna. Partió, y sacando de la cuja el pino, le aplicó al ristre, y la pendiente es será llevó tres veces, con que a su Padrino dieron el premio, aún sin saber quien era: al faquín luego airoso se previno, y otras tantas le rompe en la visera el asta, y tan veloz un trozo sube, que le clavó en lo denso de una nube. Levántanse en el pueblo aclamaciones, admiran su valor los extranjeros, causa en las Damas nuevas atenciones, y envidia en los demás aventureros: ármanse de furor sus corazones, y aunque en vano, desnudan los aceros: pero Alejandro: descubrí quien era: mas quien si no Alejandro ser pudiera. Vive Dios, que estoy corrido de competencia tan baja, y que a ser mi igual, le diera a entender, y no en la Plaza, sino en campaña, quien soy. Pero Alejandro no alcanza méritos. A tiempo llego, Príncipe, si es que reparas en los méritos, de darte la respuesta en la campaña, que en presencia de los Reyes no cortan nobles espadas. Tú eres noble? La nobleza no se funda en arrogancias. Ni en desprecios, cuando en mí. Quién eres tú, que te igualas conmigo? Siendo un Soldado, sin más prendas, ni esperanzas, que el favor que has merecido de la Reina que te ampara. Esperad, ya llegó el tiempo de premiar piedades tantas. Yo, que su Padrino he sido, aunque encubierto, en la Plaza, lo seré aquí descubriendo que en sangre, y valor te iguala: Mas qué mucho, si de un tronco sois los dos ilustre rama. Tu hermano, Príncipe, es este, que en el umbral de su infancia muerto le lloró Bearne, secreto, que el Cielo manda, que en esta ocasión descubra. Con tan grande confianza habla Roberto, que creo, que le dicta estas palabras algún Ángel. Esto es cierto, y aquí presente se halla Alberto, que esta verdad confestara: Alberto habla, y di, como tu mujer Clavela, cuando fue Ama del Príncipe Segismundo (que así Alejandro se llama) en lugar de su hijo, a quien daba el pecho una Villana, viéndole muerto en sus brazos, le trocó, y puso en su cama; diciéndole a la Princesa, que la pobre por desgracia le ahogó estando dormida. Basta lo que has dicho, basta, divino Joven, que tú lo afirmes, pues tanto alcanzas del Cielo. La muerte aguardo, o el perdón a vuestras plantas, pues no lo supe hasta el día, que entre las mortales ansias me contó el caso Clavela; y porque no me culparan con ella, guardé el secreto, que hoy este Joven declara. Alza, que yo te perdono, por lo que interesa el alma, en saber, que soy igual a Isabela. Dicha extraña! Y aún me excedes, pues el Cielo en tu favor se declara. Con los brazos, Segismundo, te espero, que no sin causa sentía el verte en peligro. . Nunca el corazón engaña. De quién Roberto ha sabido? Mas del suelo se levanta, y en portentos acredita lo que afirman sus palabras: Florencio soy, no Roberto, cuya forma en mí se halla, que en un Innocente un Mártir, no es maravilla tan rara. Florencio soy, que entre infieles la Laúrcola sagrada del martirio merecí con los dos que me acompañan a esta empresa. Segismundo, aquesta ha sido la paga de rescatar nuestros cuerpos. Lograste, en fin, la esperanza de un casto amor. Dos empleos hiciste, y tales ganancias te da el Cielo en recompensa, digno premio a piedad tanta. Y para ejemplo del Mundo, será el timbre de tus Armas: Rescatose su Fortuna; y ahora los ojos alza, y verás entre los dos la Corona que me aguarda. Viva, Segismundo, la piedad tuya, y el Rescate se logre de tu Fortuna. Tan extrañas maravillas con suspensiones se pagan, Ya sabrán vuesas mercedee, que con la Reina se casa Segismundo; y Ludóvico con Matilde, con que acaba la Comedia, perdonad a su Autor, y nuestras faltas.
