Texto digital de Por su rey y por su dama
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- Atribución tradicional
- Francisco Antonio de Bances Candamo
- Atribución estilometría
- Francisco Antonio de Bances Candamo Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de la edición en la Parte XLVIII de Nuevas escogidas (1704).
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Por su rey y por su dama. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/por-su-rey-y-por-su-dama.

POR SU REY Y POR SU DAMA
JORNADA PRIMERA
JORNADA PRIMERA , y me cansa tu porfía. Necia es tu curiosidad, Es a la fineza mía, a mi fe, y a mi lealtad, traición, que no he de sufrir. Pues no sufras, qué has de hacer? Oh he de empezar a saber, o he de acabar de servir. Hágame Vueseñoria, Juez Árbitro, entre los dos, que es novedad, vive Dios, despedirse con porfía, Carrasco, habiendo servido tantos años en su casa. Su locura a tanto pasa, que se ha dado por sentido de advertir, que de él, recato, con algún recelo justo, una alhaja de mi gusto. Diga usted, que es un retrato. Pues eso os causa disgustos? Y que he de ahorcarme creo, diez años ha, que poseo, la intervención de los gustos. De Hernan Tello, mi señor, Gobernador de Dorlan, a quien en Flandes le dan, tanta fama de valor, como de Amante rendido; pues entre una, y otra Dama, viene al mismo paso, fama de el hombre más derretido, y más ciego de pasión, que hay en todo el Mundo entero, que tiene el buen Caballero, de azucar el corazón; porque, entre otros Caballeros, una Dama, en un festín, le dijo, con retintín: Cierto, que me cansa el veros; de Brúselas se ausentó, y no ha vuelto más allá, diciendo: qué se dirá, de que un hombre, como yo, la vez, que a servir me ajusto, a alguna Dama galante, no le quite de delante, cosa, que le dé disgusto? Un día, con harto frío, en Amberes, abordó a un Coche, que pasar vio, por la margen de aquel Río; pintose tan abrasado, de sus rayos, y sus llamas, que dijo, una de las Damas: Si estáis tan avochornado, templad con ese agua, el fuego; y es su locura, tan fiera, que sin decir ropa fuera, se zampó en la Squelda, luego: Y mojándese bien, hasta que se iba ya sumergiendo, salió muy fresco, diciendo, hice el remedio, y no basta: Y supuesto, que el ardor, empezasteis a curar obligada estáis a dar otro remedio mejor. Siendo estos sus desvaríos, que a pagar de mi dinero, puede ser el Caballero, de los tristes Amorios. Sin mí no supo tenerlos, sufriendo yo al indizgarlos, la fatiga de pasearlos, por el gusto de saberlos. Hasta que ha dado unos días, con terneza, y con recato, en mirar cierto, retrato, con graves melancolías, sin permitirmele ver; y esto no he de consentir; pues de qué sirve el servir, si no sirve de saber? Ven acá, no es sinrazón, que un tan valiente Soldado, y en el Ejército honrado, haya dado en ser busón? Con lástima considero, de tu genio lo estragado, cuando a Flandes no ha pasado, mejor Caballo ligero. No puedes asegurar que soy, aunque sea así, busón; pues fuera de ti, nadie me lo ha de llamar. Busón es, aquel a quien, otros busón le llamaron, si a espaldas lo mormuraron, yo les mormuro también. Digo a todos, cuanto siento, de el General, al Soldado, si por esto no he medrado, por esto vivo contento. Y la hacienda más crecida, solo, porque más te asombre, le puede servir a un hombre, de pasar alegre vida: Yo la paso, con decir cuanto siento, y sin hablar, mas de lo que he de medrar, es lo que me he de podrir. Que aquel, que afestado ves, es, haciéndose a si mal, verdugo del natural, y martir de el interés. De lo que digo, tal cual, todos de risa, se quiebran, y yo, de ver, que celebran, el que de ellos digo mal, Carrasco se queja bien, y a mí también perdonad, vuestro amor, y mi lealtad; la confianza me den, de que sepa mi atención, quién es la beldad, que pura calificar su hermosura, gudo con vuestra elección y de camino sepamos, puesto que a saber venimos, en la Quinta que asistimos, qué huéspedes esperamos? El Príncipe de Condé, que de valiente, y honrado, está en Flandes, retirado de su Rey Enrique, que arde en loco frenesí, que con su belleza incita, la Princesa Margarita, de Condé, y Montmoransí. Como tan mi afecto es, hoy me ha escrito, que aquí hospede, cuanto la tregua concede, a un Caballero Francés, que con su familia, y Casa, habiendo el puesto acabado, en los Cantones de Enviado, a ser Gran Potestad, pasa de Amiens; y aunque es condición, que ninguno ha de intentar, en Pais de el otro entrar, durante esta suspensión de Armas, y de hostilidad, que hay por dos meses, a fin, de conferir en Berlín, ciertos acuerdos de paz, por no romper el concierto de el Príncipe, se valió, que pasaporte sacó, de el Gran Archiduque Alberto, para entrar en sus Paises, en transitos, y en mansiones, hasta donde los Leones, trémolan sobre las Lises. Y siendo Amiens, en la fría margen, de el Soma, elevada, Cabeza a la dilatada, Provincia de Picardia, y en fin de Dorlan Frontera; cuando él pasa destinado; a mandar su Magistrado, quizá dañarnos pudiera, que con cautelas, o con traza, si es que dentro le hospedase, por menor examinase, las defensas de la Plaza: Y así su estancia ha de ser; porque el cansancio repare, lo que el tránsito durare esta Casa de placer. Y pues tu curiosidad saber quiere mis extremos, oye, que así engañaré nos de el tiempo la ociosidad. Estos afectos rendidos, que el retrato te debió, cuenta al Capitán, que yo meteré gorra de oídos. Cuando España conoció en sus fuerzas (no te espante, que desde aquí el curso empiece; porque divierta, y enlace, el suceso; pues queriendo divertir ociosidades, no es superflvo lo superflvo; que explica más, lo importante, y no embaraza a otra cosa; y si a saberlo aspirares, para saber lo que ignoras, ha de sufrir lo que sabes?) Cuando España conoció, en sus fuerzas desiguales, la lajitud con que mueven sus miembros, los cuerpos Grandes? Y cuando advirtió, que el suyo, por monstruoso, y formidable, nundaba en sus confines, de el Orbe, las cuatro partes, tan dilatados, sus nervios, sus extremos, tan distantes, que estoy precisada a hacer, pasadizos los dos Mares? De Naciones tan diversas, de fueros tan disonantes, que en la variedad de humores, tiene escondidos mil males, y dando a esta Monarquía, la providencia inefable, no Provincias, que se aunen, sí, Imperios, que se derramen, cayó, en cuan tarde; y qué mal espíritus se reparten, desde un corazón pequeño, a immensas extremidades! Y viendo también, que fueron, en tantas guerras fatales, monumento de Españoles, estos Paises de Flandes, se ordenó, que el Archiduque Alberto de Austria, casase con Isabel Clara Eugenia, de España glorio a Infante, y Hermana del Gran Philipo Tercero (que el Cielo guarde) llevándose estos Estados en dote, con que formase, de Casa de Austria, tercera otra línea memorable, esperando, que con esto, al Dominio incorporase. otra vez, los Holandeses, cuyo pretejto más grave, para querer eximirse, del antiguo Vasallaje, fue, que Príncipe de Real Familia, les gobernase, y formar, otra Potencia, que antemuro inexpugnable, entre Francia, y el Imperio, sus ímpetus rechazase; quedándole unos Paises, tan fértiles, y tan grandes, que por si resistir pueden, de todos sus Confinantes, las más Armadas Potencias, o Terrestres, o Navales: Y en fin, que España, eximida, del consumo intolerable, de gentes, y de Jesoros, sería posible, enmendase su despoblación, de quien sus mayores ruinas, nacen: Siendo en el Reino, la gente, lo que en el cuerpo, la saugre, que con ella, todo vive, y todo sin ella yace. Esta, de España fue entonces la májima, bien que tarde, quizí, por quitar, que algunos neciamente mormurasen, que en Saboya, y en Lorena, pudo casar sus Infantes, con herederas, de aquellos Estados, donde lograsen las Austriacas Familias, tan gloriosos Apanajes. No esta digresión te admire, que quizás será importante, no oscureciéndole al Mundo, la luz de los ejemplares, que es la Política una Astrologia, tan fácil, que por lo que fue Adivina, lo que será; y las edades futuras, en las pasadas, ciertas reflejiones hacen, con que dejan traslucirse, ya que no sea penetrarse; y si judiciaria docta, los sucesos más notables, si como después los mira, los previene, como antes. No hay prespectiva en el Mundo, que en sus lejos, más se engañe, que la propria conveniencia, cuyos ideados Realces, la imaginación los finge; pero el tacto, los deshace. Como el Sol, que en la Pintura promete a fuerza del Arte, en la plana superficie, lejanas profundidades; por cuya distancia, todas las especies visuales, dilatadas se introducen, y dentro espaciosas caben, y al alma a creer su engaño los ojos, la persuaden: Si la mano le consulta, conoce, que al lino frágil, distancias le dio, una sombra, y un borrón concabidades: Y así el deseo del hombre, le pintan felicidades, llenándole de grandezas, los Horizontes del Aire; y en los lejos de las dichas, esconde mentiras tales, que imaginadas, son vultos, y halladas, oscuridades. Dígolo, porque el suceso, no correspondió, el dictamen: Y Enrique Cuarto, que a Francia de Príncipe de Bearne, heredó (y a quien la Liga, de activas Parcialidades, obligó, a que el Reino proprio; como ajeno, conquistase) conoció de sus Franceses, en la bulliciosa sangre, los espíritus violentos, de aquel humor dominante, con que la inquietud pretende acreditar de corajes y quiso, echando a la Guerra fuera del Reino, quitarles la ocasión, de que en el ocio internamente minasen, su pólvora reboltosa, que a leves centellas arde, y que empleándose el fuego, en Paises Confinantes; sobre Extranjeras Regiones, el aborto reventase; porque un Monarcha Francés toda la viveza instable de los suyos, necesita divertir, con novedades, y su abundancia de gente, as tal, que en algunos lances, como plenitud, nociva, solo busca, que le maten algún numero, en que pueda, de humores desahogarse. Para lograr esta idea, Tropas concedió Auxiliares a Holandeses, que resistan a sus propios Naturales, Señores (o en algún tiempo no llegue a experimentarse, que la libertad, que ahora defiende, quiera quitarles! Rompió con España, en fin, y fue fuerza, que pasasen, las Catbólicas Banderas, desde Lombardia, a Flandes, con el gran Conde de Fuentes, a quien tanto el bronce aplaude, de la fama, que a sus voces ecos serán los Anales; y queriendo, por sus filos herirles, con arrojarles a sus Paises la Guerra, así, porque retirasen su Ejército de los nuestros, como, porque el suyo, pase a ser de Marcial Scena, el teatro lamentable, manteniendo de sus frutos, al vencido, y al triunfante. Púsimos sitio a Dorlan Plaza, casi inexpugnable, por sus muros, que de nubes, pudieran bien coronarse, cuando de rocas unidas, son portentosos Gigantes, uniendo nervios de plomo; miembros de piedra tenaces. Apenas tiró la cuerda, las líneas de los ataques, cuando el Duque de Bullón, con muchos Duques, y Pares, llegó al socorro, mandando su Caballeria arrogante, el Conde de San Pol, Joven de prendas, tan relevantes, que honra con ser Enemigo; pues comunmente se sabe, que el grande Enemigo siempre hizo la victoria grande. Todas las cosas del Mundo, es menester que se guarden, para tenerlas, y solo esta prevención, no vale, en el honor; porque siendo la prenda más estimable, el que quisiere tenerle, es fuerza, que haya de darle. Yo, que Maestre de Campo; pude con mi Tercio hallarme, en el sitio, en tanto, que salieron los Generales, a estorbarlos el socorro, logré la acción, de quedarme en Guarda de los Cuarteles; porque durante el cómbate, mi gente las avenidas, de la Plaza refrenase. Apenas, pues, esta marcha, comenzaba a ejecutarse, cuando el paboroso estruendo, llegué a percibir, que hace en los bridones Franceses, aquel rumor disonante, de los Corazas que crugen, y de las bridas, que tasquen; y vi la Caballeria, de el Enemigo abinzarse. Desmentida esta sospecha, de una contramarcha, antes? a la Plaza, a toda brida, creyendo, que por la parte, que yo guardaba, su choque nuestra línea penetrase, de nuestros retenes, luego empiezan a destacarse, Tropas de Caballeria, a embarazar su pasaje: En cuanto allá se entretienen; los dos gruesos principales, entre su frente, y mi línea, se interponen; pero en balde, porque el Conde de San Pol, que coronaba constante la frente a sus Batallones, con tan bizarro coraje, la rompió, en el primer choque, que en retirada cobarde, cargadas, apenas pueden de nosotros abrigarse. Espada en mano venía, siguiendo el Conde, el alcance, para romper con furor, nuestros Cuarteles, y entrarse en Dorlan, cuando saliendo yo a su opósito, con tales Mangas de Mosqueteria, rocié, que fueron bastantes, granizando en plomo, lluvias, y en humos, densos volcanes, a que sus cóleras quieten, y sus ímpetus rechacen, y a este abrigo, pues, pudieran promras volver a formarse, nuestras Tropas, que feroces renovaron el cómvate. Dejo aparte, que fue nuestra la victoria; dejo aparte, que se tomó por asalto la Plaza, que incontrastable pareció, y callo, que fui, pues todo el Orbe lo sabe, el primer Español, que hizo ver sobre sus homenajes, con las Alpas de Borgoña, cruzados los tafetanes: Que por premio de esta acción, el Conde quisiese honrarme, con el Gobierno; pues esto de vuestras curiosidades, no hace al caso, solo al caso de nuestros discursos, hace saber, que preso, y herido, en aquel pasado lance, quedó un bizarro Francés, cuyo denuedo galante, le obligaba, a que en las Filas primeras, se adelantase, cuando hizo que a sus bridones rebatiesen mis Infantes. Entre otras alhajas, señas de no vulgar personaje, que de un Soldado a su pecho, quitó la codicia infamo, de una Madama Francesa, fue un Retrato, que elegante el pincel en lo insensible, lo esquivo, pudo copiarle, fuese en fin, por la preciosa Guarnición, que de diamante la cercaba, dando al Sol Luceros de piedra, engaste; o porque el Soldado, quiso con su beldad lisonjearme, llevó el Retrato a mis manos, donde paso, de admirarme a divertirme, y de allí a suspenderme: qué fácil es de los ojos, al pecho tanto un afecto trocarse, que lo que allí fue descuido, aquí a ser cuidado pase, y lo que empezó en un ocio en una fatiga acabe! No lo digo, porque pude de el Retrato enamorarme, que eso aún en las farsas tiene, una dureza intratable, que me arrebató, os diré, con verdad, por una parte, lo valiente de el pincel; pues dijera yo si hallase el original hermoso, que hacer otra semejante, no pudo naturaleza; y vi, que ha sabido el arte, por otra, lo peregrino de el rostro, con tal donaire, tal travesura en la vista, y tal alhago en lo grave, que en la risa, que rebosa está vertiendo lo afable, tan transparente la tez, que en el cándido semblante, está el tacto de los ojos, distinguiendo lo suave. Y en fin, amigos, si miro, que es viva; pues lo persuade, lo moderno de el suceso, oculto impulso me late, de buscarla, por la Francia; porque es tan extravagante mi humor, y tan inclinado a emprender cosas notables, que solo juzga por dignos asunros, temeridades, que ilustren el escarmiento, si el valor no coronasen. Tuvo, en fin, a breves días el prisionero, rescate, sin que de esto, cosa alguna, me atreviese a preguntarle, por no obligarme a volverle, de Cortesano, o galante, su Retrato, aunque le di por muestra de el hospedaje, con color de despedida, una joya, que fue el cange de los diamantes, con que en dos extremos iguales, pagándole lo precioso le usurpé lo inapreciable. Mirar, de admirado suelo, el Retrato, no de amante; bien, que considero en él, que si el portento encontrase de el original, serían influjos tan eficaces, los de sus ojos, que no solamente me inclinasen, sino arrastrasen, quitando con imperiosas crueldades, sin dejar en lo preciso, acción que deliberasen, la gloria de la elección al mérito, y al dictamen. Extraña la historia ha sido, y solo debe admirarme, Para, para. Ya han llegado los huéspedes, y aquí traen el pasaporte, que entregan a la Guarda. Que llegasen siento, cuando iba a decirte mi humor, algunas verdades, que por verdades, y mías, pudiera ser, que amargasen. Seáis bien venido, señor, hoy a esta Plaza (qué veo?) donde quede a mi deseo, vuestro afecto tan deudor, como a lo poco acreedor, que os podrá servir mi fe: Ella es, Cielos! . Que me dé la mano Vueseñoria, es la mayor dicha mía; para decir, que logré conetacto de tal Soldado, en Francia, tan aplaudido, de enemigos, tan temido, de amigos, tan envidiado. Mi mayor dicha he logrado, de vos, y de esta Madama, siendo esclavo; activa llama lo que ilumina, perdona. Nise en nada su persona; ha desmentido a su fama. Es Seraphina, mi hija; porque como ella, a ser viene, él solo alivio, que tiene mi larga vejez prolija, aunque de verla me aflija, en caminos fatigada, llevarla siempre me agrada, que al extremo de quererla, en fin, es alivio el verla, aún viéndola inconmodada. Guardeos Dios, que mi atención estima vuestra fineza. Ay soberana belleza, cuanto ilustras, mi elección! Veréis la satisfacción, con que a vuestra Plaza llego, en entrar; pidiéndoos luego; licencia me habéis de dar, de escribir, por despachar, a Amiens está tarde, un pliego; avisando mi llegada. A esa pieza os retirad, donde escribáis, y mandad, señor, en esta Posada, aunque Esfera limitada, es a vuestra bizarría; porque pierda esta Alquería; de mis afectos, en muestra mandándola como vuestra, la indignidad de ser mía: Id vosotros, y asistid, al señor Gran Porestad. , s Mamósela: perdonad, y una pregunta admitid, por curiosidad. . Decid. Usase en Francia el dejar, a las Madamas lugar de que osados, y rendidos, podamos en sus oídos, nuestra fineza engastar? No es esta la aosteridad, de la Española Nación, que todo es recolección, allá, y todo libertad aquí. . Me alegro en verdad de que advirtáis, que eso pasa, en todo el Norte sin tasa; porque si nunca faltó, quien muerda, mas valgo yo, que en efecto, soy de casa. Si yo, Madama, pudiera suplicar, que descansaráis de algo, en el humilde albergue, que de Esfera soberana, presume, desde que pudo coronarle vuestra planta, no fuera de las fatigas, de los tránsitos, y marchas, Pues de qué? De quitar vidas, sin resistirlo las almas. Como no me canso de eso, no me hace el descanso, falta. Tan poco cuidado, os cuesta? No veis, que el descuido; basta? Si veo, si en mí lo advierto, No me tengáis por tan varias que crea encarecimientos, que mi perfección enfalzan; y mucho menos con vos. con quien mi cuidado trata, el no cometer la hermosa necedad, de confiada. Por qués Señor Hernan Tello Porrocarrero, a quien llama Flandes, el Galán, por ser gran cortejador de Damas; El ingenio; y el capricho, de no vulgar os alaban todas, y de ánimo altivo capaz de emprender, tan arduas cosas, que a acabar heroicas, empiezan en temerarias. No os admire, no, que venga tan por menor informada de vos, sabiendo, que en Flandes, son arbitros las Madamas, de el honor de los Soldados; siendo en iguales balanzas, bien visto en las Asambleas, el que lo fue en las Campañas. Que si en todas las Naciones, las mujeres estimaran, como aquí, solo al Soldado, solamente profesara la Nobleza, la Milicia, por la ambición de agradarlas, siendo un premio, que no cuesta a la República nada; mas valientes aquí han hecho las licencias Cortesanas, de el público galanteo, paseos, Bailetes, danzas, y Asambleas, que las muchas verdes circulares Ramas, que Cívicas, y Murales, ciñeron frentes Romanas. No digo esto, por mostrarme bachilleramente sabia, si por mostrar, que os conozco, viendo que en Paris se habla, de quien en Brúselas sirve, con más aire; y a contraria razón, también a Bruselas, llegan las noticias vagas, de el que en nuestras Asambleas, el mayor aplauso alcanza, sin ser lisonjero, viendo el vuestro, ya viene errada, la dirección, hacia mí: porque yo me ausento a Francia y tengo tanta conciencia, que cuando os pinta la fama rendido de todas, yo cierto, que escrupulizara, el poder de solo un tiro, hurtarles un triumpho, a tantas, Vos habéis discretamente, motejado de voltaría mi inclinación; y no sé si os diga, cuanta ventaja, en eso nos lleva aquella, ligereza celebrada, de vuestra Nación, pues yo. No digáis más; por la Francia; a Flandes, en ocasión, pasó el señor n Juan de Austria, que una noche, en un Sarao, danzando con él, bizarra la Duquesa de Estampés, entre las dos manos blancas, dos eslabones de nieve un nudo de fuego enlazan: Viendo la hermosa Fraucesa, la gentileza gallarda de el Real Joven Español, de mil triumphos coronada Marciales, de el gran eclipse de las Lunas Otomanas, quedó con tanto decoro, de su garbo aficionada, que aunque en su vida le vio, ni fio a noticia humana su afecto, en cuantos vestidos, trajes, disfraces, o galas, sacó, el resto de su vida, no dejó la roja Vanda de Borgoña, que a su Alteza por timbre Español cruzaba, dadme un afecto tan noble, una pasión tan hidalga, y un silencio tan heroico, en las memorias de España. Aunque muchas os pudiera decir, con la mía basta, que siendo por vos, excede con mayor ventaja, a cuantas pudiereis decirme, todo cuanto va de causa, o causa. Yo he vuelto por mi Nación, y no por mí; pues es clara cosa, que con vos no quiero perder el blasón de ingrata; pero tampoco creeros; porque si nunca la cara me habéis visto, y si conozco, que caminando a mi Patria, a nunca más ver, habemos de dividirnos mañana; porque no he de conocer, que el fingir vos esas ansias, mas es costumbre, que os mueve, que inclinación, que os arrastra. Cuanto a no volver a vernos, estad bien asegurada, que no es estorbo a mi brío, la guerra, ni la distancia, cuanto a ser costumbre, y no inclinación, mi expresada ansia; bien presto pudiera, hacer que lo aseguraráis, vos, contra vos. Cómo? . Cómo el pecho, un testigo guarda de mi verdad, que atrevido os desmiente, y no os agravia. Y cuál es? . Este. Qué veo? La de la historia pasada, es esta sin duda. . Como mi Retrato? . Qué os espanta? Ved cual tiene más noticia de el otro. . En tanto, que acaban su plática los dos, qué diremos nosotros? . Nada, que a quien oye lo que importa, todo lo superfivo cansa. Soltad, pues. . Qué hacéis? Cobrarme . a mí? . Conmigo no estabáis perdida, Contra mi gusto, ningunó tiene esta alhaja. Ved, que el alma me lleváis en él. . Por la misma causa le quito yo; bueno fuera, que un Español se alabara, de que mi retrato pudo ver, y quedarse con alma. Pues confiesas, que la llevas, hermosísima tirana, yo en demanda suya, iré siguiéndote hasta cobrarla, aunque sea en Francia. Veremos, si cumplis esa arrogancia de Español. Qué has hecho? Ay, Nise! nunca en este hombre intentara, de verdades, o mentiras, averiguarle la fama. . 2. Bueno quedas. Nada digas, que vive Dios, si me cansas, te de muerte. Eso conmigo, fuera dadiva excusada. Señor. Francisco de el Arco, a un Comisario me llama, para darle orden, de que haga, que al romper de el Alba, las mejores Tropas monten, con que yo en persona vaya, comboyando a estos señores. Una de las circunstancias, con que por esos dos meses está la tregua otorgada, es, que ninguna persona, o con Armas, o sin Armas, en los Paises de el otro, sin pasaporte, entre, o salga: y así reparo, en que lleves Tropas, señor. Qué reparas? en mis límites no puedo con ellas ir, a la raya? Y si he de salir con ellas, conmigo no han de ir Armadas, así por decoro, como por casos, que la Campaña puede ofrecer? ay Amor, la causa hallé de mis ansias! o no permitas, que sea para perderla, el hallarla! Generoso, Ilustre, Conde de San Pol, Rama, que excelsa, de la Real Casa de Francia, los explendores conserva, hoy la línea de Bandoma: Y vos, flustre Condesa, Real generosa Reliquia, de Francisco de Ángulema; dad a Carlos. Dumelino vuestras plantas, donde llega, de parte de el Magistrado de Amiens a dar la obediencia, (como a quien Governador viene a ser) a vuestra Alteza, a quien suplica; por mí, que en esa Quinta detenga por hoy su jornada, en tanto, que perficionadas quedan, de vuestro triunfo, el adorno, de vuestra entrada, las fiestas; puesto, que a Ernesto Pleisí, hoy también, Amiens, espera, al ejercer la diguidad, de gran potestad, en ella. Llegad, Carlos, a mis brazos, y decidme, quien creyera, cuando os dejé prisionero, en la pasada refriega, de el socorro de Dorlan, que aquí otra vez nos volviera a juntar, nuestra fortuna? Quien conoce, que ella sea, gran Artifice de extrañas, enlazadas, contingencias. Decidme, Eruesto Pleisí llega también hoy? Hoy llega. que ayer tuvimos aviso. Su Amigo fui, cuando él era pretendiente Cortesano. Siendo Amiens su Patria misma, dicha es, volver a mandarla. Extremo de la belleza, me aseguran, que es su hija. Díganlo mudas mis penas. Ay de quién perdió en su copia, el alivio de su ausencia! Carlos, aunque yo en Perona, como Governador de esta Provincia de Picardia, tengo mi actual residencia; siendo ella, la Plaza de Armas Capital, de esta Frontera, con ordenes de el Rey, vengo a Amiens, donde se prevengan, para esta primer Campaña, que entrar en Flandes intenta su Majestad en persona, las provisiones de Guerra; y boca, y todas las Armas; pues goza la conveniencia, de el Soma, que da motivo, a que aquí mejor parezca, hacer nuestra Plaza de Armas; y siendo Carnestolendas, que aquí se celebran tanto, quise, que ha verlas viniera, conmigo, Madama; pero hablando aquí sin reserva, no vengo gustoso. Cómo? Cómo siempre Amiéns, ostenta ciertos Privilegios, que los Ciudadanos conservan, y el Capitán General, no es tan absoluto en ella, como en la Provincia. Eso, señor, es conforme sea el Gobernador. Mas qué Clarín es este, qué suena? Tropas Catbólicas son, según en visos campean las lrojas Vandas. Y haciendo. alto en la breve eminencia, que los términos divide, se doblan, que se prevenga el Batallón de mis Guardas, es bien. . Desde aquí se deja ver, que de su raya solo a nuestro Pais penetran Coches, y acémilas, con que escolta sin duda es esta, que Ernesto trae. Bien decís. Ay infeliz! Tente, espera, Cochero. lo que abo Acudid, que el Coche de el Porestad, se despeña. Damas hay en él; qué aguardo, que no voy a socorrerlas? . Y yo, que llevo la vida, pendiente de aquella queja. . Qué lastima! Qué desdicha! Con una. Dama, aquí llegan el Conde, y Carlos. Aunque el coto de la raya exceda, me arriesgaré en su socorro. Hermoso prodigio, alienta. Deidad hermosa, respira. oruo Ay de mí! Cielos, no es ella? Tarde he llegado; apartad, Franceses. 2. Quien con groseras voces. . Qué miro? Qué veo Hernan Tello es; quien pudiera pagar; lo que en mi prisión débi! Seraphina bella, cómo te hallas? qué mi edad no dio lugar, a que fuera, yo el primero en tu socorro. No fue mada, la violencia de el vuelco, quedó en la altura de aquel ribazo suspensa. El amor me arrebató de la obligación primera, de ponerme a vuestras plantas. Viven los Cielos, que entra en su término, mis Tropas, llevadas de la apariencia, de haber visto empuñar Armas: Soldados, volved las riendas, sin que paséis de la raya, vuestro furor se detenga, y todos alzad las Armas; pues estáis en la presencia, de un Príncipe de la sangre, General de esta Frontera; y es esa la ceremonía, con que al General respeta la Milicia. Mal conviene, ahora la atención vuestra, con aquel poco reparo. De ese delito me absuelva, que a Enemigos como vos, que nunca la espalda dejan ver, al contrario, mal puede, conocérseles por ellas. Airosa fue la disculpa. Cortesana es la respuesta; pero pesame, señor, que así hayáis roto la tregua, entrándoos en mi Páis Armudo, No fue romperla, entrar solo un hombre, a dar la vida, a quien también era de vuestra Nación Si fue: Empiece aquí la cautela, pues para romperia traigo de el Rey instrucción secreta: Si fue; pues fue entrar Armado, no solo vos, sin licencia, pero también vuestras Tropas. Lo que toca a mi Nobleza, es asegurar, que no; porque mi Nación no sea, quien rompa la suspensión, mas si lo juzga la vuestra, soy escrupuloso; y porque satisfacción no parezca, en mi vida desmentí; a quien pensó, que le ofenda. Pues si prenda como vos, no fuera justo perderla; vos os quedaréis. a. No haré: Y para esta acción me pesa, que hayáis venido con Damas; pues bizarría grosera fuera, a desmanes de el plomo, exponer tanta belleza. No han de desparar los míos; y no temor os parezca, la pistola; y pues la espada tiene menos contingencias. débanme estás hermosuras, lo que por Francia no hiciera toda, que es el retirarme, haciendo esta reverencia a las Madamas, y ha vos, a fuer de General esta; pues con las Armas se hace a Generales la venía, que sin la espada en la mano retirarse, no supiera Hernan Tello; y yo no rompo paz, que mi Nación observa; pero el que a mí se acercare, solo a su muerte se acerca. Frente os haré con mis Tropas, si algo tiene vuestra Alteza, que ordenarme en las suyas, allí sabrá mi obediencia. Mas envidia, vive el Cielo, su retirada me deja, que sus triumphos. Cortés brío. Generosa gentileza. Bien se ha dispuesto, señor, que injustamente rompiera, la tregua vuestro ardimiento. Por esto mi valor cesa, en cargarle ahora, vamos, donde Seraphina tenga reparó. Eso es lo mejor. Honra es, de vuestra grandeza. Amor en el Conde, y Carlos, si de sus ansias se acuerda mi olvido, lo que me ofende me has dejado; cosa es cierta, que aquello que cansa sobra; y huye, lo que se desea. Ven, Carlos, que mi amistad después toda el alma intenta, en Seraphina fiarte. Esto faltaba a mis penas; qué te debo, amor tirano, si tu variedad adversa, hace, que empiecen los celos, adónde acabó la ausencia? JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA
Si habemos de hablar verdades, a toda mi valentía, asusta el riesgo en que estamos. No es posible, que eso digas de verás, cuando tus prendas a fiar de ti me obligan, el secreto. No es merced esa, para agradecida, que hoy solo son los secretos, los que sin prendas se fían: Ni yo lo digo, porque a nuestro valor admira, el entrar dentro de Amiens, teniendo, tan a la vista de tres Nobles Españoles, el caso; pues con activa fiereza, entrando en París, dieron enmedio de el día, de palos a un gran Soldado; que de esta Nación las iras, aún pueden mezclar, en todas, la admiración, con la envidia, Serían de los Romanos mejores los Coronistas, pero los Soldados no; pues hubo en tu Compañía, Mosquetero, que a una vomba, llegó a encender una pipa. Y no es el peligro tanto, cuando en pública alegría, de Mascaras, y disfraces, se pueblan estás orillas del Soma; porque no solo, su Carnabal solemnizan, si no la entrada del Conde; y en Góndolas, y Barquillas, salen las Damas, poblando con músicas tan festivas las aguas, de perfecciones, y los vientos, de armonías; temo, que si nos conocen, muramos a sangre fría; que a matar muriendo, fuera mucho menos, mi mohina; pues recibe un hombre, y da, y queda entre las cenizas, su fama humeando, si acaso a un pobre le despabilan. Carrasco; yo estoy perdido, que esta Francesa Divina imaginada, aún no fue tan hermosa, como vista: Yo la vi a la Copia impresa en el alma parecida, tanto, que imaginé al verla copiada aquí, y allí viva, que hermoso vulto de nieve, se vistió mi fantasía: Ella, me dejo picado con aquella falsa risa, con que me dijo al decirle, que por el Retrato iría, veamos como lo cumplís; y así es obligación mía el venir por él, aunque toda Francia, me lo impida, Reirse, y dudar, que yo, por el Retrato vendría, fue ponerme en el empeño; pues no haya de mí, quien diga, que en este antojo del gusto, dejó el valor de servirla. Con los caballos espera mi gente, en esta vecina espesura; pues les dije, que a reconocer venía, a la Plaza, en cierta interpresa: Si es temeraria conquista, qué extrañeza es, que come ta un hombre, a quien amor priva de la razón, un arrojo. Esa disculpa, fue linda, tu echaste por el atajo, dí, que te tiré una china, quien enamorado, no haya hecho otra boberia: Dicese, que Enrique Cuarto prohibe con pena excesiva disfraces, y Carnabales, dejando las mascarillas, para los Bailetes, solo: Si después hay quien escriba, que en Amiens, los dos, entramos cubierto el rostro; quien quita, que alguno diga, que en Francia por las calles no se estilan disfraces? . Eso, que importa, si será cosa sabida, que se usaron. . Bueno es prevenir esa noticia, que hay necios, que para oír traen los oídos, con pinzas, y ahorcados de las orejas, tienen el cuerpo en puntillas: A quí una cuadrillan viene de mascaras. . Infinitas. ay, vamos reconociendo, en cual mejor nos reciban. Hoy adornan de el Soma, las ondas cristalinas, en Góndolas doradas, padantes Galerias, No vengo bien disfrazada? V. A me permita, que diga, que no. . Por qué? Porque si su gallardía, no puede ser más, ni menos, en ningún traje, que vista, ni hay con quien equivocarle, por más que a venir áspira, su belleza disfrazada, no vendrá desconocida, Es la de lo verde? . Sí, que yo la vi a la salida. Con quién viene? . No sé, Amor, da a mi atrevimiento, dicha. La de lo verde me dices qué es? . Sí. Amor, mis pasos guía. Mascara, queréis danzar? Con cuál? No hay quien me compita a mí, conmigo, señora, danzad. Muy bueno sería, que habiendo llegado yo, dejándome a mí, os ellia? Aquella voz, es de el Condes Oh como el alma imagina, lo que no desea! Conmsigo no suponéis. . Quien lo diga. Tened. Qué es esto? pues como profana vuestra osadía, de Mascaras, el seguro? Ahora mi industria finja, un acaso, por si es él, Teneos, pues, a la justicia. Ay! . Qué es eso? Que del rostro se cayó la mascarilla. Madama está descubierta; y así nadie esté a su vista oculto el rostro, pues es grosería. Ya es precisa mi retirada, si es Carlos, escarmentará a mis iras. Máscaras fuera. Ya todas, en fe de esa cortesía, las quitamos, Yo también, porque al ver su luz divina, sin ser advertencia vuestra, también fuera atención mía. Sospechas, sin duda el Conde, es aquel que se retira. O qué cansados extremos, son los de estas dos porfías, cuando está de el Español, la memoria en mí tan vival Sin duda fue aquel, el Conde; y pues se ausentó, no insista yo, en que quede por mí el puesto; pues es atención debida, que aunque compita su amor, su grandeza no compita. Por aquí; pero qué veo? Carrasco, no es Seraphina, la que estoy viendo? La propria. Y no es Madama? La misma. Qué será estar destapadas? Mirad, si queréis, que os sirva, señora, que dando vuelta voy, a toda la Marina, para estorbar inquietudes. Guardeos Dios, que antes quería, que os retiraseis, porque podemos ser conocidas por vos; volved a taparos. s. Amor; mi esperanza anima; Mascara queréis danzar? Danza con él, no resistas, que este nos vio destapadas. Si haré; la letra prosiga? Hoy adornan de el Soma, No me conocéis? Yo no. Qué tan presto se os olvida; el hurto, que me habéis hecho? Española bizarría. De Esquifes, y Javeques, los remos, y las Quillas, el Céfiro las borda, de espumas, que las riza. Mi prenda habéis de volverme, pues dudasteis, que vendría por ella. A mis dudas deben hoy vuestras galanterias eso, pues que fue el olvidarlas, mas ocasión de lucirlas. A tanto rumbo incierto, que las espumas gira, escollos son de nieve, beldades de la orilla. En mi casa hay esta noche Bailete, en él determina mi afecto, hablar más despacio. Yo obedecer, más aprisa. Confunden agua, y aire, en dulce melodía, clarines, que gorjean, en los remos, que giman: Para obedeceros, basta. Qué breves, que son las dichas? Te hablaba el Mascara? Sí, lisonjas, que acaso dicta; la ociosidad. . Le conoces? No señora. Qué fatiga de una sospecha! yo quiero; pues de tantos fuimos vistas, aquí, que cuando al Bailete, vamos, a que me convidas, las dos troquemos disfraces, para burlar la malicia de los que nos vieron; veamos si de esta suerte averigua mi amor, sus recelos. Cielos, si esta novedad, no avisa mi cuidado, al Español, y él se engaña, soy perdida! Señor, sin saber la casa, qué habemos de hacer? Seguirlas hasta ella. El mismo demonio, nos metió en Caballerias. Hoy adornan de el Soma, Perdido vengo. . Señor, qué tienes? . Qué he de tener, si de un Príncipe el poder, se muestra competidor mío, y de Príncipe tal por quien perdiera mil vidas? Si no tiene prevenidas, las mil, señor, harás mal, en empezar por la una. Ay Ricarte! que yo vi conjurados contra mí, amor, poder, y fortuna. De mi el Conde se fio, yo mi pasión le expresé, servirle en esto pensé, y de esto se disgustó. La alta poderosa mano, que esta máquina dispuso, en los Príncipes, nos puso un caracter Soberano, con rasgos de su Deidad, que quiere, que respetemos, y en ellos con sideremos, su más alta Majestad, al Conde, que tan ufano, ostenta sangre Real, cierto expiendor Celestia, le brilla en lo Soberano. El alma también lo es, de cualquier mortal; y así aunque le ceda por mí, en tocando al interés de el alma, que es el honor, no hay respeto, que mirar, que yo le debo guardar, contra el poder, y el rigor, por más difíciles modos, porque de el honor por ley, solamente es dueño el Rey, por quien la tuvimos todos. Cuatro años ha, que pedí a Eruesto la mano bella de Seraphina; y aunque a ella, rigores solo debí: dí, a qué amante coracón, no supo más atraer, desdén de propria mujer, que nos sueña a perfección? Ernesto me la ofreció, cuando de el cargo volviese, a que entonces iba, o fuese, porque tan niña la vio, que de elección incapaz estaba, o por presumir, en el caudal añadir, quilates a su beldad, a esperarme resolví, y su ausencia consolé, con aquel Retrato, que en la Batalla perdí, viene ahora; y cuando creo, que en el plazo concedido, el tiempo voló vestido; de plumas de mi deseo, el Conde, que en Paris pudo, verla, se empeña en amarla, y a mí me manda explicarla, su tierno afecto; no dudo, que ociosa galantería es, por ser toda belleza, ambición de la grandeza; injusta cosa serta, que por su gusto, que ayer empezó, y acabará mañana, yo ceda, ya la que eligi, por mujer: Esto inquieta mi valor, pues tenemos, según siento, el Conde mucho ardimiento, y yo también mucho honor. Y en fin, qué quieres hacer? Hoy el Conde fue ofendido, y para que en el vestido, no me llegue a conocer, que fui quien le disgustó, si al Bailete he de asistir, otro me has de prevenir. Mudaraste en casa? No, que sigo el confuso estruendo En el Pórtico, que pasa a otra Calle de su casa, enfrente, en anocheciendo, podrás con él esperar. Hora fiera es, para mí, que tengo un convite: aquí me importa disimular; pues cuando llegue a deshora, y alce su cólera el bramo, qué criado no hace a un amo una falta en cada hora? Qué cobarde está conmío el despecho de el honor! porque temo a mi valor, aún más que el de mi Enemigo. Sabes tú, señor, de cierto, que él sea Carlos? Si lo sé; porque quien tan atrevido, se me arroja a responder, que la adora, cuando yo, toda el alma le fie, qué no hará? a Cielos! qué mal hice entoncés de no hacer demonstración de mis iras! si en su atrevimiento, fue consecuencia para este, la tolerancia de aquel. Los Príncipes, tan excelsos como V. Aces, mas nacieron para honrar, señor, que para ofender: A esto los Grandes señores nacen; pues por qué queréis contradecir al vivir, la obligación del nacer? Competir, con el menor, es igualársele; pues preciso es, en vos bajar, o hacer al otro crecer. Carlos, solo es Caballero, y vos Príncipe; pues quien se persuadirá, que vos, (aún siendo por justa ley, su Capitán General, con quien no puede tener, duelo, ni acción, su valor! os dejáis, señor, vencer, de él, sino de surazón, cuando en los Príncipes sé, que en competencia inferior, el Mundo pasa cortés, por aire de el perdonar, la precisión de ceder? Él la quiere honrar, y vos queréis injuriarle; ved, cual de aquestas dos empresas, digna de un Príncipe es, que el que la hiciere será el Príncipe, al parecer, y no vos; si ejecutando acciones, que no debéis, no nos mostráis lo que sois, si lo que dejáis de ser. Mi celo doy por disculpa, el recuerdo, que esto fue, no advertir, lo que ignoráis, si acordar, lo que sabéis. De tus lealtades, Renolt, advertencias escuché, de quien solo el celo pudo, disuadir la pesadez. Delitos, contra lo Grande, no los perdona el poder; porque la Soberanía, con ambiciosa altivez, donde llega su pasión, su Imperio sabe extender. Sabemos acá nosotros, ci ertas circunstancias, que los hombres particulares, no llegan a comprender, ni pueden aconsejar, por más que algunas les den, políticas, el aplauso, facultades el Laurel. Ciertas materias de Estado, que nacen con el Dosel, no las conoce el estudio, que en distribución más fiel, naturaleza las puso, donde las ha menester. La casa de Ernesto, es esta, y bien, que hoy me disfraza, ahora en público vengo, al Festín, por suspender las sospechas de Madama, ya que hoy tan ciego ignoré, que iba ella, con Seraphina. Pues desde aquí, señor, veis la Asámblea de Galanes, y Damas, . Entremos, pues, en cuanto el Festín se empieza, a conversación también. Ya está aquí el Conde, qué má hice en venirme a poner delante con el disfraal mas qué he de hacer, si no hallé a Ricarte, con el otro? Señores, no os inquietéis, proseguid. El Español se ha engañado, con aquel disfraz mío; Cielos, como avisárselo podré? que por más que he hablado de esto, no ha sabido conocer, la voz él, y Carlos sí. A Seraphina escuché, y fue dicha no engañarme, el disfraz. . Qué no queréis pagar, ni restituir? Si ignoro lo que os robé, quien el hurto no conoce, cómo le podrá volver? Ni el Conde es este, ni Carlos; pero aquí forzoso es hablar con alguno, porque reparo pueden hacer, en verme sola. Qué un alma que robáis, no conocéis? Sin saber lo que me hice, si eso es cierto, os la quité, y aún no me debió el estrago; el que reparase en él. Carlos está allí, según en el disfraz observé; y pues ha de estar Madama disfrazada aquí, no es bien hacer hacia Seraphina demonstración; mas pondré a Carlos en un desaire, si hay motivo para él. Dudaréis de la osadía, de un Español, otra vez? Españo! dijo, a esto más me conviene ya atender; qué es lo que no he de dudar? Que a Hernan Tello, nada el ser le estorba Español, su brío, y vuestro garbo Francés. Hernan Tello, qué es lo que oigo bien le supo agradecer, Seraphina el hospedaje. Qué aún no respondes, cruel? De susto, no estoy en mí! Cómo ahora enmudecéis? Fácil fuera hacer en vos el mismo efecto. Con qué? Con esto solo. Qué veo? Estatua muda quedé. Enmudecisteis ya? Sí. que la dicha, que en mi veis, por ser en vuestra grandeza, incapaz de suceder, no os la acerté a desear; y error de la suerte fue, darme la dicha, de hallar sin culpa de pretender; pero una vez sucedida, tarde me arrepentiré, pues no me atreví a esperar; pero me atrevo a tener, y no me he de desdecir, por mucho, que os enojéis. Galante sois, Español, y exponer no merecéis, vuestra persona, a estos casos, Decid, pues, quién sois? No haré, que no habéis de tener vos, mas garbo, que mi altivez: Esta fue una travesura de airoso chiste, por ver turbado de vuestro brío, el desenfado cortés, enfrente de mí, mirad, esta la que pretendéis; id con Dios, porque a las Damas, siempre nos parece bien que en sus arrojos los hombres, ensalcen nuestro poder; y no quiero, que por mí, de ser fino escarmentéis. Gallarda acción, vive Dios! Queréis, Madama, creer, que me ha parecido en vos, pegadiza la esquivez? Y queréis creer, Monfieur, que a hombre ordinario me oléis, y están en vos tan mal puestas, galas, y voces, que traéis, la discreción de al quitar, y la gala de alquiser? Pues no es porque estoy delante; pero soy buen mozo, afe. Hora me parece ya, de que empiecen. Tomen, pues, ev . sus puestos, y de instrumentos, empiece el dulce tropel. Salid del festin, Monfieur, y a una reja esperaréis, donde ha daros un aviso, que importa mucho, saldré, Desde ahora a obedeceros me ausento, Carrasco, ven. Dónde? . A dejar el lucir, por acercarme, a el arder. Amor lisonjero, veneno inmmortal, tu rigor severo, que ya es dulce, y ya fiero, siempre fatal, solo contra mí, hace el penar, dulce morir, déjame quejar de tu infeliz rigor, pues haces durar, de todo mi dolor, el fiero ardor, y a un infeliz, solo a penar, dejas vivir; tu piedad cruel, disfraza el matar, con dulzura infiel, porque sabe juntar, en su pesar, blando, y sutil, un alagar, que solo es herir. Ay de mi! . Tened. Qué hacéis? No os vi, señor, perdonad, que me cegó la piedad. Mi cólera no irritéis: Villano. . Bien temí yo. Atrevido. Qué con él no pueda reñir! Infiel. Señor, en qué os ofendió? Mas, pues, allí está un criado suyo, si llega a apretar, en él le pie so dejar advertido, y castigado. Os dais por desentendido? vive Dios, que mi pasión, castigue aqueste bastón, en un villano, atrevido. Renolt, qué es lo que decís? vuestra razón no responde, a esto, que os ha dicho el Conde? A vos dice. Vos mentís, y así deja castigados, vuestros errores mi silo, que el Conde solo ese estilo, tuviera con sus criados. Ay infeliz! . Ah traidor! Deteneos, que mi fe castigo a un criado, que puso mal a su señor; y pues con vos, por ser fiel, no riño, hice lo que visteis, no porque vos lo dijisteis, sino por decirlo él con vos, no se me permite. De él mi honor se satisface; porque la injuria me hace, aquel que me la repite; y porque yo soy testigo, que a honrarme, mi fe os obliga, miente cualquiera, que diga, que en esto hablasteis conmigo, de vos abajó, que estáis en lugar de el Rey; y así me retiraré de aquí, para que no lo digáis. Prendedle, matadle, muera. Este atrevimiento, es ya contra todos. l tendrá . escarmiento. Suerte fieral Dentro, señora, os entrad, no ese cadáver asombre. Absorta he quedado! a este hond si vive, a curar llevad, (bre, que del Conde la arrogancia con cualquiera Militar, recelo, que ha de costar, algún mal suceso a Francia. Nadie a la reja salió. Dentro suena brabo estruendo, y un hombre sale corriendo. La fortuna el resto echó: Caballero, vuestra espada, a quien me siguiere impida, que me importa honor, y vida. Eso es para una tapada. Este es, prendedle. Yo estoy a la defensa obligado. Y yo, señor, a tu lado. . como Dogo. Muerto soy. Sin luz, Ernesto salió, sigamosle. Pues luz vi, Carrasco, ven por aquí. El que se retira, hirió a Ernesto. . Qué es lo que he oído? mas también le seguiré, pues a la luz observé, las señales del vestido. Dejadme a el traidor seguir, que esto no es nada. A curaros venid, que no he de dejaros, de ese modo proseguir, nosotros le seguiremos. Ha, señor! este portal oscuro está, mal, por mal, (pues las calles no sabemos) ocultémonos en él, que por otra parte ya el ruido dice, que va siguiéndonos, el tropel. Enfrente está de la casa de Seraphina; y así bien podemos desde aquí, no solo oír, lo que pasa, sino mirar, si a la reja salen, o ruido escuchamos; pues aunque el riesgo, en que estamos, este espacio no aconseja; adonde habemos de ir, si hasta que la noche fría, rompa el nombre, con el día, no hemos de poder salir, de la Plaza? qué furor les moveria contra mí, que me obligaron allí a usar de todo el valor? No lo sé, ni qué accidente, la fiesta turbado habrá. No te muevas, que hacia acá, parece que llega gente. Mas vale nunca, que tarde, aquel rofían nos responde, este es el portal, adonde mi amo me mandó, que aguarde. Larga ha sido la función, culpa los brindis tuvieron, donde me desvanecieron, a razones la razón: qué oscuro está; aquí tropieza la planta, este un poyo es; y supuesto, que los pies, no pueden con la cabeza, sientome. . Qué mal andar tiene? . Calla, que otro allí viene. . Pues a todos vi la calle desamparar, buscándome, y nunca pueden en juicio probar, que yo fui, quien a Renolt mató, aunque sospechosos queden, este traje he de mudar; si Ricarte espera aquí con el que mande; y así entre ellos me he de mezclar, desvaneciendo atrevido, cualquiera indicio que he dado; porque en fin lo bien negado, no fue jamás bien creído. Ricarte. . Quién llama? Yo; dónde estás? . Aquí rabiando, como aquel que tiritando, toda la noche esperó. Toma presto este vestido, y toma el que te he mandado. Para volver disfrazado, buena ocasión se ha ofrecido; toma ese, y yo le daré el mío, Y el mío yo, que por malo, que sea, no pienso que empeoraré. Toma. Venga, que hay va el otro. . Vete a el momento, no te vean aquí. Eso intento. que me llama el sueño ya. . Muy buena maula se ha hallado, en mi vestido. . Fortuna, débate una vez, alguna piedad, quien vuelve fiado, en la exterior apariencia, de este traje, que previno; no hallando contra el destino, otra humana resistencia. . Raro caso! Y dicha raral Y aunque a mí me ha sucedido otro caso parecido, muchas veces, no faltara, si en Comedia se escribiese, alguno, que lo dudase, por natural, que se hallase, y fácil, que se supiese. En la casa, entrando gente va otra vez; y pues estoy ya en otro traje, yo voy a averiguar, qué accidente fue, el que pudo alborotar, la fiesta, y si ha de salir Seraphina. Y quieres ir, donde vuelvan a chocas contigo? Ven, que ya así va el temor desvanecido, pues solamente el vestido, resultaba contra mí. Qué no os queráis recoger? Esto habéis de hacer por mí. Señor, no salgas así. Yo me he empeñado en prender, a quien cometió el delito, en mi casa, de una muerte, que a su Alteza de esta suerte, empeño mayor evito; intercutanea es la herida, del piquete, la violencia del golpe, y mi resistencia, ocahonó la caída; y esto se ha de castigar, que si el primero permito, la cólera hace un delito, y muchos un ejemplar. Toda la plaza he rondado, sin hallar a el delincuente y el susto de el accidente vuestro, aquí me ha retirado, hasta poder con el día, hacer la averiguación, esto es quitar la ocasión, de que a la cólera mía, la justicia anticipada, llegue, y lleve, a Carlos preso, que en los filos de el proceso, se embotan los de la espada. s. Con mi industria disfrazado, a ver el tumulto vuelvo. A entrar aquí me resuelvo, del nuevo traje fiado. Allí diviso a el que hirió, a Eruesto: aquel el vestido es. . Vive Dios, que atrevido aquí el Mascara volvió, que hirió a Renolt; ya es exceso contra mí, y el General; y pues él buscó su mal, ha de in a el Castillo preso, Prendiéndole, de él sabré, si Carlos fue, el atrevido, A la luz miro el vestido, por Dios, que no me engañé, otra vez se vuelve aquí el Español. Ya ha venido Hernan Tello, por el ruido a la reja no salí Hola. . Hola. Señor. . Señor, Prendedme, aquese atrevido. Daos a prisión. Ah traidores! Cielos, qué es esto que miro? Llegó nuestro fin, ya tengo calentura, en el gallillo. Cómo podré yo estorbarlo? Cómo pudiera impedirlo? En qué; señor, te ha injuriado? En qué, esposo, te ha ofendido? En su traje se conoce, que es el que osado, y altivo, perdió el respeto a tu Alteza. En su traje he conocido, que este es el que a Ernesto hirió, Por cuanto, Cielos Divinos, donde juzgué hallar remedio, no hallara nuevo peligro! Por cuanto no hallara un riesgo, dónde buscaba un alivio! Y por cuanto, según anda o confuso este laberinto, quizá estará condenado, a ahorcar este vestido. Destapadle el rostro. Veamos . quién es. . Esto va perdido. Válgame el Cielo! qué, veo? Valedme, Cielos! qué miro? Hernan Tello, pudo ser, con quien un lance ha tenido tan pesado el Conde! . Quién me ofendió, no es Dumelino? Qué equivocación de trajes ha sido esta? Qué habrá sido esta mudanza; en los dos? Cuando acercarnos pudimos, yo escuché la voz de Carlos, En qué empeño estoy metido, cuando le debo agasajos! Ernesto; pero qué he visto? Señor; pero qué he mirado? Hernan Tello, aquí escondido, con el traje, que tenía, mi ofensor? El que me ha herido, fué Carlos? La admiración me vistió de mármol frío, En buen empeño se halla la autoridad, con el brío. En fuerte lance me veo, con mi yerno, y con mi amigo. Cielos, variando el caso; firme se quedó el peligro! Cielos, mi fortuna ha dado, de un abismo, en otro abismo! Para cuando son las ansias? Para cuando los gemidos? Para cuando, para cuando, aguardan falsos testigos? Villanos, soltad, qué hacéis, habiendo ya conocido, la persona del señor Hernan Tello? así atrevidos le oprimís, viniendo a honrar sus servidores antiguos? Luego dirá mi amo, que no somos bien recibidos. Habiéndoos visto, señor, aunque me pesa infinito, no hayáis de vuestra jornada, anticipado el aviso; y que para el hospedaje, no nos halléis prevenidos, bien veis, que excusar no puedo, que aquí os detengáis pediros, pues es fuerza, hasta dar cuenta a mi Rey, de vuestro arribo; y así a ser mi huésped solo, habéis de venir conmigo. A vuestra Alteza, señor, que considere suplico, que es eso desaforar, a el Páis, de sus prescriptos Privilegios. . Cómo? Como, aunque vuestra Alteza vino, a gobernar la Provincia, cuando Amiens mo ha recibido, por sus fueros, de Soldados, Guarniciones, ni Presidios, toda la jurisdicción le toca en ella; a mi oficio, y en el Ejército a vos; luegó si está en mi dominio, claro se ve, que a mí solo, toca hospedarlo, y servirlo, No digáis eso, que yo en dugar de el Rey asisto aquí. . Y yo, señor, con su jurisdicción; me autorizo. Lugar. Teniente de el Rey al Géneral, es estilo llamar. . No aquí, donde tienen privilegios, los vecinos, de no admitir Soldadesca; pues profesan ellos mismos, la Milicia; y ellos tienen sus Jeses. . No persuadirnos queráis eso, que vos solo Juez Ordinario, habéis sido, y este es fuero Militar, cuyo Imperio privativo reside en mí. También yo por las Milicias, que alisto, Capitán de Guerra soy. Pues a los ordenes míos, no estáis por esa razón? En caso de guerra, o sitio, sí, en lo que toca a el manejo de las Armas: mas no al juicio, en que aquí el Potestad tiene absoluto Señorio, y así debéis entregarle. Soldado soy, no Ministro; y a prisioneros de Guerra, a justicias no permito rendir; pues nunca ser puede delincuente el Enemigo; y no porfiéis más en esto, pues se ve que es desatino, que quien manda Armas de España, a menos se haya rendido, que a quien manda Armas de Francia, Segunda vez os repito, que yo mando estás Milicias también. No me hagáis deciros, que un Caudillo Militar, no ha de rendirse a un Caudillo de los mecáñicos Gremios, que es bajeza el discurrirlo, y aún el sufriroslo yo, sin dar a ese error castigo. Yo cederé protestando mas, no sé si consentirlo, querrán los Burgeses. . No, que nuestros fueros antiguos, defenderemos. . Nosotros sobramos a reducirlos, Bien vino la comperencia, para no darme ha partido. Válido de este alboroto, escaparme detérmino. En tumultos populares, a mi valor permitido, serí, sacando la espada; estorbar, que hagan conmigo, indecorosa violencia. Eso sí, cuerpo de Cristo, que ha rato, que está en el pecho, dando la sangre pellizcos. De el Conde es. De el Potestad es, . Yo aqueste medio elijo, para huir de sus rigores. A ellos. . A ellos, amigos. Ninguno aquí riña; pues que corran riesgo, es preciso las Damas. Nadie use Armas, hasta que aquí hayan traído luces: Hola, luces presto. Muerta estoy! Sin alma ánimo! Qué miedo! . Salgamos fuera. Carrasco. Qué hay, señor mío? Sígueme. . Ya voy, más voy tentando con los hocicos. Cielos, la puerta no encuentro. Español. . Quién es? Veníos conmigo. . Esa dulce voz, Imperio tiene atractivo. Ya están las luces aquí. Qué es esto? donde se ha ido, Hernan Tello? . Esa es mi duda. Pues buscarle detérmino por la casa. . Y yo también. Vaya Carlos al Castillo, . que ha de pagar su osadía, por vida del Rey Énrico. . Cielos, ved, que en tantas ansias, me da muerte, el ver que vivo. . Aunque puede ser, que le haya de todos desparecido Seraphina, he de callar; pues con ocultarle, evito al Conde, y al Magistrado, empeño, tan conocido. Toda la casa he mirado, y solo falta este sitio, del cuarto de Seraphina. Yo cerrado le he tenido con la llave. Viva el Conde, Viva el Magistrado. A gritos, se abanderiza la Pleve, entre ellos habrá salido a la calle, y lo primero es Ernesto, dividirlos, y dar orden en las puertas, que no abran, hasta otro aviso, yo le cercaré la casa, por si ocultarle ha querido, Estorbemos el tumulto, que él no saldrá del recinto de los muros, y podremos buscarle, mas advertidos. De tanto acaso asustada, . a Palacio me retiro, Señora. Quedad con Dios, que en efecto habéis cumplido, como quien sois. No os entiendo. Yo os diré, porque lo digo. . Este enigma me faltaba; pero entretanto, que el ruido se sosiega, esto es primero: salid . . A tus pies rendido, Madama. Excusad razones, porque no hay tiempo de oíros? Vos, hidalgo, en ese paso, a ese corredor vecino, mirad si vuelven. Si haré: y ninguno, si yo miro, irá tan descaminado, que se escape de registro. No más sustos, Español, que el pecho me habéis tenido, estremeciendo a presagios, y palpitando a latidos. Estos son vuestros arrojos, mal hubiese mi delitio en deciros, lo que nunca juzgué, que hubiese traído tal sequito, de accidentes, tal concurso, de peligros; lo que no es amor, no sea cuidado, que es desvarío, tener la pensión del riesgo, sin propensión del cariño. De la casande mi padre, caen los jardines floridos al muros, y en él, yo, y una criada, de quien me fío, una cuerda os ataremos, en estando, recogidos todos, bajaréis por ella, que yo a quitarla me obligó, por no dejar contra mí, cuando amanezca, ese indicios y pues la. Plaza, no pueden abrir, hasta que en los visos encienda el Alba los Montes, de aquel Albor Matutino; tiempo tenéis de escaparos, antes que puedan seguiros; tomad, tomad, el Retrato pues por él habéis venido; porque no volváis por él, que un miedo os he concibido, tal, que sin serlo yo, os tiemblo mas que vuestros Enemigos, y en lo que tuvo de vuestro, le desconozco, por mío. Id con Dios, que ya me cuestan, vuestros arrojos, martirios, y me anda acá lo piadoso, desmesurando lo esquivo. No volváis a verme más, ni quiero, que un desvarío, me asuste, sin ser amor, y hallando hecha el albedrío, la costa a lo cuidadoso, se domestique en lo fino. Yo tomo el Retrato; pero no viniendo en el partido aflar de no veros. Pues de mí, qué es lo que intentáis? Serviros tan a todo trance, que no solo aqueste conflicto, no me haga escarmentar; pero juro a los Cielos Divinos, que ningún Francés, consiga lograros, mientras yo vivo. Pues podéis vos aspirar, siendo de opuestos dominios, a ser mío? Por qué no? Si vuestro espíritu altivo, no encuentra dificultades, mal dejará persuadirnos, la razón a error tan grande, no que ráis hacer impío, que me halle bien con creerlo si el tiempo ha de disuadirlo. Pues qué dificultad tiene ser vasallos de un Rey mismo, los dos? Pues bien está, yo si eso salváis vos, me obligo a ser vuestra. Cuándo? . Cuando puesto, que los dos vivimos hoy a dos Reyes sujetos, hagáis vos en mi servicio, o que Amiens, sea del vuestro, o que Dorlan, sea del mío. En bodas como las nuestras, es más cortésano estilo, que no falga de su casa la Dama; y así yo elijo, que sea Amiens, del Rey de España; pues casi imposible miro, que sea Dorlan de Francia, en tanto que yo la rijo. Oh qué arrogancia Española, tan propria de aquel nativo soberbio espíritu, que os hace a todos malquistos! Bien juzgué, que mereciese mas, el darme yo ha partido, que un engaño; porque enga es, ofrecer presumido temeridades, adonde no puede llegar el brío, voy a allánaros el paso; porque luego podáis iros, donde aún de mis quejas, no percibáis un desperdicio, y un imposible tan grande: Id Español advertido, que fue bajeza ofrecerlo, no pudiendo vos cumplirlo. . Qué es lo que pasa por mí? Yo, Cielos, desvanecido, dije una proposición, a una Dama; cuyo juicio motejando de arrogancia, mi amoroso desvarío, aún le graduó, pon desprecio mas allá de desatino. No cumplirle la palabra, fuera en mi valor, indigno; cumplirla, entregando a Francia a Dorlan, fuera delito, contra mi Rey, y mi honor; y en los extremos distintos, de amor, y honor, Rey, y Dama, es, en leales Caudillos, antes el Rey, que el Amor, y el honor, que no el cariño, Ea discurso, al empeño, que si ahora de aquí salimos, Amiéns ha de ser de España; para cuyo gran motivo, valga la industria, por Armas, por Ejército, el capricho, la astucia, por bateria, y por poder, el arbitrio. Pues doy, a España, esta Plaza, venzo, aquel rigor esquivo, me corono de Laureles, hago alhagos, los desvíos: puesto que cumplo (excusando, en fin, discursos prolijos) a mi Dama una palabra, y hago a mi Rey un servicio, porque sepan las edades, venideras, lo que hizo por su Rey, y por su Dama, un Español de este siglo. JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA
Altos verdes, y antiguos Ciudadanos, de estas Riberas vividores olmos, que tejiendo cortinas enredadas, sois de este Valle, pabellón frondoso: O vosotros, que fuisteis a mis ansias florecientes testigos! oh vosotros cómplices de suspiros, tan callados, que aún yo mismo los siento, y no los oigo! troncos, en quien el Cephiro suave, pulsando vuestras hojas sonoroso, al ardiente compás de mis suspiros, de acompañar mis penas, sueña ronco; pues me dais el consuelo de atenderme, y el secreto ofrecéis a mis sollozos, siendo para escucharlos siempre atentos, estando para oírlos siempre sordos. Gravad el nombre, en vos, de Seraphina; y haced, que vuelvan a escuchar mis ojos, el dulcísimo nombre, de quien fueron, láminas vejetables, vuestros troncos. A Amiéns he de rendir, terrible empresa! pues me asusto en lo mismo, que dispongo, y de tener tan alto pensamiento, aún se halla el pensamiento temeroso: No lidio, no, con Bárbaros. Caribes de aquellos, que en el Clima más remoto habitan breve Mundo, en Isla breve, verde lunar de cristalino rostro, No con aquellos, que juzgaban, eran de condensada nube, ardiente aborto, esas bocas de bronce, que oprimidas bostezan humo, cuando escupen plomo. Con los Franceses lidio, o amor notable! quien habrá que se esmere en tus oprobios, cuando tú las acciones generosas, enseñas a los pechos generosos? Gracias a Dios, que el camino me has ahorrado, y qué de hallando a tu gente hacien forrajes en ese. Soto, llego a tus plantas. ortiz, bien venido, cuidadoso me has tenido. . Señor mío, yo estoy viejo, y aunque mozo fuera, aún no pudiera andar una Águila de retorno, al paso, que va el deseo, de cualquier Amante bobo. Yo entré en Amiens, disfrazado con todo este promontorio de el Mundí Noví, que trajo un Extranjero famoso, invención extraña, para sacar de la risa, el oro. Grité, por aquellas calles, soltando a mi voz el chorro: Quién chieri ver, cosi extrañí, cosi lindi, el Mundí Novo? li Sastri, li Zapaterí, Trompetieri; y sobre todo, li siñor Catalinique; y hice tan grande alboroto, que más de seis mil muchachos, me acompañaban el tono. Entré en muchísimas casas, donde llamaron gustosos a ver la novedad, cuyos embelecos, a mi bolso, iban atrayendo ochavos, tropezando unos, en otros. Una la de Seraphina fue, de que sé, que envidioso quedarias, y teniendo yo, una cara de demonio entonces, toda tu gala, trocaras tú, por mis ojos. Ella salió, o qué ocasión me ofrecia el episodio, de pintártela, si acaso permitiera el audictorio, a romances de vejetes, ambajes, y circunloquios! Saqué yo, mi Mundí Noví, sacudiendo de los hombros, tantas mentiras de bulto, que sobre un búsete pongo. Había en él una danza de Mascaras en el corro, y yo dije entonces: Estí es en Amiens, un vistoso festín, en donde Hernan Tello, entró también, de rebozo; ella se asustó: yo dije, que mil secretos curiosos llevaba, y que le feriaba en una caja, unos polvos, de grandísimas virtudes natural, es, para el rostro, que en un papel dentro (aquí di una guiñada) iba el modo de usarlos, y la receta para hacerlos, entendiolo, que es demonio la muchacha, y con un chiste gracioso, que descomponer pudiera, mi recato más deboto, cuando allá en mis mocedades, era yo más cosquilloso. Me dijo, yo lo veré, dándome un doblón de ha ocho, que no quiso el asonante, que fuese más el socorro Volví a pasar, por la calle, después, y de el mismo modo me llamaron, y me dijo, como fingiendo un enojo, de un almivarado ceño, cuyo dejo, es pegajoso: Tomad allá la receta, que grande escrúpulo formo; y no quiero yo, quedarme con cosa, que a mi decoro esté mal; pues es hechizo con pacto supersticioso entregome este papel, con esta industria, y yo tomo la caja, y piano, piano, con todo el Mundo me torno, a cuestas, y con dinero, que pesa más, por ser poco. Tú has hecho la diligencia, recatado, y cauteloso, como tan gran partidiario, muestra ese papel, que el gozo en el corazón no cabe, y va rebosando al rostro. Monfienr, vos habéis buscado a mi recato, un tan proprio modo de favoreceros, que en él también me conformo: que sea vuestra me volvéis a pedir, cuando brioso conquisteis a Amiens; yo digo, que al partido me acomodo, no pudiendo hallar mejor camino, ni más airoso, de despediros; supuesto, que otorgando a vuestro antojo, una esperanza, con un imposible, nada otorgo; que es, lo que yo deseava, no quedando vos quejoso, que esto de quedar con quejas, es exponerse al apodo de tirana, cruel; y fiera, que sabéis decir vosotros, pretendiendo, que admitamos, por finezas, los oprobios, Esto es, empeñar de nuevo mi valor, al más heroico asunro, que celebraron; los Anales prodigiosos: Ha si Francisco de el Arco, viniera, a quien presuroso; desde que de Amiens salí, despaché, a pedir socorro al Archiduque. Las plantas me da. . Aragonés famoso, llega a mis brazos, pues ellos te coronan, Y a mí; y todo, señor, que desde Brúselas; envuelto en sudor, y en polvo, me viene una Posta, dando puñaladas en los lomos, ensartado en su espinazo, como si fuera Avalorio. Cómo dejáis a su Alteza? Cuando llegué, en alborozos públicos, la Villa ardía, pabón de fuego vistoso, con pompa de luminarias, que coronándola en torno, parpados de luz palpitán, en tantos trémulos ojos. La causa de esa alegría era, volver victorioso, después, que de los dos meses, Franceses la tregua han roto, de Calés, el Aroviduque Alberto; cuyos gloriosos hechos, si en su pecho caben, no caben en sus elogios. Dile tu pliego, a su Alteza, que le recibió gustoso; preguntándome por ti, y examinando curioso, cómo estás? en qué discurres? y cómo te hallas? de modo, que al ver, que un Príncipe Grande, admite entre sus ahogos, tan por menor los cuidados de su gente; reconozco, que en su servicio, los riesgos se alivian; porque es notorio, que quien de ti no se olvida, no se olvidará tampoco de tus servicios; pudiendo con beneficio tan corto, al ser de lo agradecido, divertir lo deseoso. Díjome, que le pedias licencia, gente, y socorro, para una oculta interpresa: preguntó, si noticioso de ella yo me hallaba? dije, que tus disignios ignoro; porque el secreto tenías, y aún se aventuraba el logro, dando cuenta: a que me dijo, hecho será prodigioso, siendo suyo; y le diréis, que remitirle dispongo, la gente, que aquí me pide, por ser el número poco; que si antes puede dar cuenta, de el disignio cauteloso, se verá acá en el Consejo; pero si halla algún estorbo en la dilación de el tiempo, que él emprenda por sí solo, fiando de él el suceso; pues sus experiencias toco: Y este despacho te envía, con orden de que estén promtos, a remitirte esa gente, cuantos Cabos valerosos, las Guarniciones, y Plazas, habitan de este Contorno; y por si venir Maestros de Campo, fuere forzoso, para mandarles te envía también, grado decoroso, de General de Batalla, de que el parabién nosotros recibimos, y el viaje, dichosamente corono. Una, y mil veces, los brazos me da; porque sus prisiones, de dos almas eslabones, sean en eternos lazos. Su Alteza, me escribe aquí, que a todos orden envía, que me obedezcan; y fía tan grande empresa de mí; aunque cuenta no le he hado, de mi valor persuadido, a que ya está conseguido, con haberlo yo intentado. Y de eso tan triste estás? Entre temor, y esperanza, Carrasco, esta confianza, es la que me empeña más; siempre se experimentó, ser Enemigo violento la palabra, o pensamiento, que de el pecho libertó un hombre; que su impiedad el afecto más cruel, suele volver contra aquel, que le dio la libertad. Empresas, que a ser creídas, no nacieron destinadas, no deben ser reveladas, antes de estar conseguidas; que como difícil es el persuadirlas constantes, solo las desprecia antes, quien las admira, después, Y la censura importuna, opone dificultades; solo las temeridades, las sentencia la fortuna, pues con juicio desigual, hace que el nombre les den, de hazaña, si sale bien, y de locura, si mal. No en fantásticos baibén es, te quieras desvanecer; y lo que esperas tener, no juzgues, que ya lo tienes; porque al verlo disuadido, harás, según de esto arguyo, que lo que nunca fue tuyo, lo llores, como perdido. Ay de mí! . Matadle, muera. Desesperado sabré morir, o matar. . Mas qué confuso lamento, altera este Campo? Entre espesuras, que son fragosos cánceles, un torbellino de pieles, y un viento con herraduras, corre el monte desbocado; y según fogoso viene, de la polvora que tiene, pienso que se ha disparado. Y en un tronco choca allí, y el aire, y tierra, midiendo, despeña a un Joven, diciendo. Ay infelice de mí! Carrasco, acudele, y vos, que salga a la oposición de esa Tropa, un Batallón haced. Yo me voy, por Dios, a descansar, que no miras, que rendido estoy aquí, y ha rato, que sobre mí, tengo un Mundo de mentiras. . Ay triste! . Parece, qué cobrando el perdido aliento, vuelve ya en sí. Muy bien hace en volver en sí; supuesto, que hasta ahora ha estado en mí, que en mis costillas le tengo. Infeliz Joven, cobraos. Y yo si soy, quien le debo, te le daré adelantado, porque se cobre más presto. Ya que de aquel parasismo, que con mortal desaliento, entre mi muerte, y mi vida, fue parentesis sunesto; cobrado estoy; a tus plantas, Ilustre Portocarrero, cuyas gloriosas hazañas, padrones serán del tiempo, yace Carlos Domelino. Levantad, Carlos, del suelo, que ya me acuerdo, que fuisteis en Dorlan mi prisionero. Cielos, este es el Francés del Retrato, a quien prendieron no sé por qué, aquella noche, que me vi en peligro, dentro de Amiéns! ya podré saber el motivo de mis celos: Carlos, qué es esto? Un agravio tan riguroso, tan fiero, que su dolor; pero como su dolor explicar quiero, si su immensidad no cabe, aún en la del sentimiento? Ofendiome un Poderoso en el honor, ya con esto, de una vez lo dije todo, que hay linaje de tormentos, que aún no se atreve a explicarlos, quien ha menester saberlos. Y ya con esto, te he dicho mi intención; porque naciendo Noble, a nadie revelara, que el honor perdido tengo, a no ser para cobrarle; porque, aún de este modo, quiero, no fiándome de mí, ponerme a mí en el empeño. Lo que aquella noche viste ejecutar, no lo cuento; el motivo sí; pues fue querer el Conde severo, faltándose a sí, y a mí hacer con entrambos, ciego blasón de lo soberano, el furor de lo violento. Ernesto Pleisí, dejó tratado mi casamiento, cuando pasó a los Cantones, con una hija suya. . Cielos, muerto he quedado! Y aunque a ella rigores solo, y desprecios debo; pues los precio tanto, que imagino, que los debo. Alentemos, corazón. Hombre, detén el resuello, que le habías dado en la nuca. Con tan reverente afecto la idolatré, que a un Pintor llevando, porque cogiendo sus perfecciones a hurto, aquel simulacro bello, hiciese, que por los ojos bebiese mi entendimiento. Con solo un Retrato suyo me quedé, que supo diestro al ruido de la esperanza, embelesar mis deseos. Este es, aquel, que en Dorlan perdí, ya sabes, que fueron tales, entonces, mis ansias, y tan raros, mis extremos, que ofrecí por su rescate, no tan solo, cuantos medios tuviese, mas también cuantos esperase, reduciendo lo adquirido, lo esperado, y lo posible, a su precio; siendo tanto, lo que cabe del hombre en el pensamiento; que el poder de la fortuna, mas derramado en los premios, podía tal vez agotarlo, mas nunca satisfacerlo, Volvió Ernesto, y cuando yo esperaba de el concierto, la conclusión, quiso el Conde, por gala, o por debaneo, servirla, de mi fiando su cuidado; mas yo atento, le respondí, en el estado, que se hallaba de mi empleo la esperanza: desde entonces se opuso a mi vida fiero; qué empresa de gran señor, digna de un alto concepto, fue quitarme a mi el honor? ni qué vanidad; supuesto, que cuanto es más gran señor, se descubre más; pues vemos, que el que no hace, lo que debe, es acreedor de sí mismo, que jamás cobra de sí, lo que a sí se está debiendo? Por el suceso de aquella noche, me llevaron preso a una Torre, donde en fin, al rigor del hado adverso, me vi a muerte condenado, sobre un fingido pretejto, de Política; intentando apasionado Consejo, que el vengar mi ofensa, fuese perderle a el Rey el respeto. Mas se le pierde, el Ministro que ajando el poder supremo, la autoridad Real, humana a sus pasiones, sirviendo como él quiere; y quizá solo para los casos mal hechos, Mas yo limando con oro las Guardas, en un ligero bruto escapé, cuando de un riesgo salí, a mayor riesgo; pues Renolt, y sus parciales en venganza, me siguieron de su injuria, y a el Caballo alcanzando el uno de ellos, le dio un balazo, de suerte, que desbocado, corriendo chocó en un tronco, quedando del golpe, y la herida muerto, y yo a tus plantas rendido. Ea generoso Tello, mi cólera, y tu valor, a la facción aunemos, de vengarme; vive Dios, que ha de ver el Conde fiero, cuanto pierde de su fama, quien pierde un lombre de esfuerzo. En el honor me ha ofendido; y si en su honor no me vengo, no siendo igual el agravio, no es igual el desempeño. El crédito ha de perder el Conde en Francia, si puedo; pues yo, para Prancia ya eternamente le pierdo. No más Francia, Patria ingrata, tu conocerás el yerro, que cometes en dejar, que me pierda, no oponiendo contra las iras de el Conde, todo el poder de mis deudos, Aliéntense, pues, tus iras, consuma boraz el fuego a Amiens; y sea a su opulencia tumba la Región de el viento. Para esta Campaña, hay tantas municiones, dentro, que hoy es la Plaza un tesoro Militar, de todo el Reino. El Rey en persona, quiere con sus victorias soberbio entrar en Flandes; a cuyo motivo, va disponiendo, el Mariscal de Birón, dos Ejércitos, tan gruesos, que anegar puede el tumulto, antes, que mate el acero. España, no tiene fuerzas, para estorbar los progresos de esta Campaña, en que Francia de su poder echa el resto; pues tú solo has de librar a Flandes, que sorprendiendo a Amiens, con las municiones de Guerra, y boca, que han hecho allí almacenar, les quitas de la Campaña los medios, Por este camino solo, todo el poder destruyendo, de dos Ejércitos grandes, que si les falta el sustento, tantos son los Enemigos, cuantos Soldados en ellos hubiere; y más asentado, que para formarse el cuerpo de un Ejército, es el vientre, el que se forma primero. No hay Guarnición de Soldados, que nunca la consintieron los Burgeses, alegando heredados privilegios; y así, ellos mismos defienden esta Plaza; a cuyo efecto, se alistan veinte mil hombres, repartidos en sus Gremios, y toda gente adiestrada en el Militar manejo; pero en la Puerta, que llaman de Monte. Curue, hay un puesto, donde está el Cuerpo de Guardia, y estando ahora tan lejos, de sospechar Enemigos en la Campaña; no habiendo Ejército, los Soldados sa suelen entrar a el fuego de una casilla vezma, donde las iras de el Cierzo reparan, por ser aquí tan riguroso el Ivierno, que tiempre agua condensada en copos inunda el viento, por esta puedes entrar, que yo a llevarte me ofrezco seguro a el muro; y así conseguiremos a un tiempo, yo venganzas, tu blasones; porque si ofendido, veo perdido el honor, cuanto es mejor perderle el esfuerzo, que la paciencia, y más bien vengando, que no sufriendo. A descansar le llevad vosotros, ahora; que luego, que yo a Dorlan, con la gente vuelva, de espacio hablaremos, Hasta Amiens hemos se- esa Tropa; pero puestos (guido en fuga, ninguno pudo llegar ha reconocerlos. Bien está: Carlos, a Dios, El quiera, que este veneno del alma, infestando a Francia, deje sin ofensa el pecho. Por qué, señor, respondiste a el Francés con tal despego, sin darte por entendido en nada, de cuán a tiempo su auxilio viene? Estuviste oyéndole circunspecto, sin moverte a nada, no fías de él? Pluviese a el Cielo no nos creyesemos nunca, Carrasco, de mal contentos de Francia. . Por qué? . Porque se reconcilian tan presto, como se enojaron; pues siendo tan fácil su genío, en perdonar, y ofender, lo que conseguido habemos, es perder en sus socorros, tiempo, ocasión, y dinero y luego ellos ajustarse, dejándonos descubiertos, y van allá a revelar, todo lo que acá sapieron. Yo no he de fiarme de él, pues si él hace este despecho enojado, de que el Conde dirigiese sus obsequios a Seraphina; qué hará después conmigo? qué pienso quitársela a él, a el Conde, a Francia, y al Mundo entero. Eso me concluye. Una por una, lo cierto es cierto, pues desde la noche, que de Amiens volviste, primero que me enviastes a Brúselas me mandaste ir encubierto, a examinar de la Plaza, la situación, el terreno, fortificación, defensas, municiones, y pertrechos; y lo mismo, que él te ha dicho de la puerta, el indefenso cuerpo de Guardia, y las otras cosas, que ha contado, fueron las mismas, que conte yo, y Ortiz, las veces que ha vuelto, ha convenido en lo mismo. Francisco, en lances como estos, se ha de usar de el Enemigo, como los Médicos diestros, usan de el veneno, para que llever el medicamento al corazón, donde siempre se va el tosigo derecho, echando el veneno en poca cantidad; que a no saberlo usar con recato, fuera muyor peligro, el remedio, Del Enemigo se fíe; pero poco, y con recelo, porque no hay destreza, como alambicando a un sujeto, saber separar lo malo, y valerse de lo bueno. Hoy con la orden de su Alteza, despachar Propios pretendo a Condé, Calés, Bapama, y la Capela; y ordeno, que de aquellas Guarniciones, ramos, y destacamientos, hasta el numero, que pido, marchen aquí de secreto. Quien piensa temeridades, ha de perder todo el miedo, a la razón, y al discurso, huir de el entendimiento, si a Fernan Cortés, hubiera salido mal, el intento de prender a Motezuma, dijeramos, que era necio, loco, temerario, y hombre de toda razón ajeno; saliole bien, y la Fama le ha colocado en su Templo, que empresas grandes, no caben si no es en los Grandes pechos. Y son las temeridades, su más terrible argumento; porque no las califica la razón, sino el suceso. Atended, ahora la orden, que en mi empresa doy; pues creo, si el intento se consigue, dejar al Mundo un ejemplo, de hasta donde llega, el garbo de no estar en un empeño, a los ojos de su Dama, desairado un Caballero. Francisco de el Arco, tú, y otros doce Compañeros, los hombres de más valor, que se hallen entre los nuestros, en el traje de Paisanos, habéis de ir a Amiens, vendiendo frutas, para su consumo, como Villanos groferos, que andan en este Páis, con unos sacos de lienzo hasta los pres, con que pueden debajo de él, ir cubiertos los puñales, y pistolas, que den a la acción aliento, Fabricaremos un Carro, de los más robustos leños, donde a la madera fuerte, vistan cortezas de hierro, que, resistan el rastrillo. Tú, Carrasco, has de ir rigiendo sus Caballos. . Vive Dios. Cómo réplicas soberbio, así, a mis preceptos? . Autes desde ahora los obedezco, que en empezando a votar, empiezo a ser Carretero. Tú has de llevar este Carro, a entrar en la Plaza, lleno de paja, para su abasto; porque no solo con esto, las planchas de hierro encubra; pero pueda llevar dentro Mosquetés, y Partesanas, y espadas, que tomen presto Francisco, y los suyos, cuando lo pidiere el caso. . Y luego? Este es el orden, que os doy, que lo demás, no revelo hasta su ocasión. . Pues sea, señor, vengamos al cuento, que si en la ocasión me miro, y si de el Carro me apeo, han de saber, que nacidos me vinieron los reniegos; Si han de ser doce los míos, yo voy, señor, a escogerlos, en todos los reformados. Vive Dios, que hay Mosquetero, que sabrá. . No, no, Francisco, a reforma dos me atengo; que en estos casos la honra, es otra parte de esfuerzo. Pues marchemos, a Dorlan. Pues a la Plaza, marchemos. Pues a hacer el Carro vamos, donde verás, lo que ruedo, A disfrazarme. . A vencer. A dar triunfos. Y a echar ternos. Y yo a ofrecerla a las plantas, de mi Monarca supremo, para que la Fama diga, que consiguió, este trofeo, por su Rey, y por su Dama, Hernando Portocarrero. Yo quedo bien advertida, señora, o desengañada, de no dar jamás entrada, a las dichas de esta vida, donde tengan acogida tan dentro de el pensamiento, que con proceder violento, nos traigan en cambio injusto; si al adquirirlas, un gusto, al perderlas, un tormento. Ricas copas, que adquirió, Cotis, de cristal, con fiera saña, antes, que las rompiera otro, él mismo las rompió; porque tanto se agradó de ellas, que antes que el contento, hiciese en el alma asiento, pedazos las hizo injusto, para no poner su gusto, donde se le rompa el viento. Yo así, señora, debí hacerme, esta tirania, cuando para dicha mía; os trajo la suerte aquí. El alma toda os rendí, y mi fortuna severa, os ausenta, de manera, que en la pena, que resisto, diera por no haberos visto, cuanto antes por veros diera. Guárdete Dios Seraphina; que yo tan gustosa voy, de haber visto junta hoy con tu hermosura divina; tu discreción peregrina, que aunque el dolor no resisto, de ausentarme, pues conquisto esto, daré de esta suerte, todo el pesar de no verte, de albricias de haberte visto, El Conde se ha de volver a Perona, a gobernar la Provincia allí, y a estar mas quieto, a mi parecer, que su humor no puede ser, para estar, ni residir, donde intenten resistir; su Imperio, si llega a ver, que aún no saca en el vencer, la costa de competir. No te he dado el parabién, por las cosas, que pasaron de lo bien que se emplearon, descuidos de tu desdén. Pues en quién, señor? . En Si por el Cónde diría? (quién? En alguna bizarría, que a la gala, que llevaba, yo como tuya, buscaba, y la encontré como mía. Por quién lo decís, no sé. Tu secreto hacer codicia un agravio, a mi malicia; y si entonces lo callé, no fue porque lo ignoré, pues yo le hablé, y yo le vi, y solo, te pido aquí, por nuestra amistad estrecha, que no desmientas sospecha, que me está tan bien a mí. No alcanzo yo, en duda igual, si no es lo que presumí, que haya sospechas de mí, que a vos esté bien, ni mal; y si la sospecha es tal, como pensamos las dos, creed, señora, por Dios, de mi altivez, y desdén, que lo que a mí me esté bien, no os estará mal a vos. Su Alteza, y el Potestad, llegan. Si os he merecido, favor; a vuestro rendido, las plantas, señora, dad: bien, que de mi voluntad, estaréis reconocida, que siente, con alma, y vida, que sea mí veneración de este obsequio la ocasión, el de vuestra despedida. Yo, señor Ernesto, intento mañana volver mi casa a Perona, así, porque la prevención acabada tengo aquí, de cuantas cosas prevenir el Rey me manda, como porquel Amiens, muy presta en ejecución la marcha pondrá el Duque Mariscal de Virón; a cuya causa, estorbar la concurrencia intento, por circunstancias del mando, y las Pegalias, que entre nosotros se guardan. Muy agasajado voy, de vos; mas siento en el alma, que hubiese dado ocasión aquella tema pasada, para escaparse Hernan Tello, de enmedio de nuestras. Armasa acción, que será imposible sin nuestra ofensa acordarla; solo quiero preveniros, que pues dentro de esta Plaza presidio, no recibís, viva con más vigilancia vuestro recato; pues tengo alguna luz, de que traza Hernan Tello, convocando de todas estas Comarcas, las Guarciones, alguna correría; pues no halla mi conjetura, qué empresa pueda moverse a juntarlas, si no es esta; y advertid, que tenéis muy mal guardadas las espaldas, con traidores. Pues quién son? Si yo alcanzara a saber esto, antes fuera el furor, que la amenazas dígolo, porque imposible. es que Carlos se escapara de la prisión, sin que aquí le alentasen. Pon si habla con la sospecha, de que por estar capitulada con él mi hija, yo pude darle a su fuga, las alas, le responderé; creed, que el oro lima las Guardas, y a intereses de Soidados, persuade con eficacía; y que a no ser esto, en Carlo, un escarmiento quedara, aunque Renolr mejoró. Yo me he de partir mañana; mas permitid, que una cosa diga, que quizá por clara, no os gustará. Vuestra Alteza disgustar no puede en nada, a quien nunca de su gusto saldrá. Si fuera Monarza, vive Dios, que no tuviera de mi Imperio, en la distancia, Vasallos con privilegios, y que antes los conquistara. Ha, señor, y como creo; que la altivez os engaña. Yo había de tener Vasallos, que al poder Real embarazan, la Majestad absoluta? Los Vasadlos, no le atajan al Rey el poder, si no la razón que tienen, para que el poder se ajuste a ella; y así advertid, que se llama imperfección de el poder, poder hacer cosas malas; y ha de obedecerse a sí primero aquel, que a otros manda, para que así con su ejemplo, consecuencia a todos haga. Del político problema dejemos aquí doblada la hoja, que yo espero en Dios en la Corona de Francia, ver Amiens sin privilegios. De lo futuro, no alcanza la Astrologia, si no unas vislumbres lejanas; y así la questión dejemos, que pues ya la noche baja, seña, contraseña, y nombre, repartiréis en las Guardas; pues aún estáis esta noche dentro de Amiens; hija, a casa vamos. Serabhina, a Dios. Hay hermosura tirana! . solo siento, que en la ausencia, que mi amor emprender trata, yo mismo de mis ofensas, doy a tu rigor venganza. . Ay Español! qué me tiene tan neutral esta esperanza, que sin pensar en creerla, me consuelo con dudarla. . , , s, , s Habéis ya entendido el orden? Sin discreparle palabra. Fía de nuestro denuedo, que yo, y estos camaradas, con la industria prevenida, apenas la puerta abran, cuando se la ganaremos. Si a nuestro esfuerzo se encarga, verá el Sol, antes que dore, las cumbres de las Montañas, o nuestras vidas perdidas, o sus defensas ganadas. Pues ya estamos, a la mira, cese el rumor de las cajas, y el ruido de los ciarines, que con dulces consonancias, son pájaros de metal, que hacen a la Aurora salvas y puesto que nos hallamos, a vista de las Murallas, que de la Caballeria oculta, en la enmarañada espesura, que a la vista es padrastro de esmeralda, que yo con docientos hombres, (que Españoles estos bastan) me emboscaré en esa ermita, que está a la puerta cercana; porque poniendo de frente los hombres, que solo alcanzan a cubrir su vuelo, unas filas, a otras filas, tapan, y en línea recta bien puede, aún después, que Apolo salga, la ermita ocultar a todos; porque en estando ganada la puerta, acuda con ellos, a mantenerla; y guardarla. Yo vengo tan disfrazado, que a el verme con esta traza, no dirán, sino que soy Carretero de la Mancha; ya en esa enboscada tengo, el carro lleno de paja, qué habemos de hacer con él? Tú a tiempo, que rompa el Alba, tantas azules cortinas, a traportines de nácar, al ir ha entrar por la puerta los Caballos, desenlaza del tiro, con aquel muelle, que artificioso los ata; y fingiendo entonces, que ellos desbocados se disparan, has de procurar, que quede parado el Carro en la entrada de la puerta; de tal modo, que cuando el rasirislo caiga, quedo suspenso en lo fuerte de las ruedas, y las tablas; que no habiendo allí Caballos, que tiren de él, cosa es clara, que no es fácil apartarle; y más si entonces las. Armas, juegan Franciico, y los suyos; pues acudiendo mi saña, con la poca Infantería, que aquí se queda avocada, en la Hermita, entrar podemos, sin que inconveniente haya, por debajo de las ruedas; y si la puerta se gana, en cuanto yo la defiendo, tú, Francisco, con tu escuadra has de subir al Torreón, que corona la muralla, y levantar el rastrillo; porque entrar pueda formada la Caballeria, que detrás de ese Bosque aguarda, y de allí la Artilleria volveréis contra la Plaza; porque si esta no se toma segura la retirada, tengamos allí, a el abrigo, de sus vombas, y sus balas, estos seiscientos Caballos, desde el Bosque en grupa traigan, otros seiscientos Infantes, que en dos cuerpos se repartan, echando pie a tierra, en tanto, que estos, con esfuerzo, hagan tiempo, hasta que llegue el grueso; que tiene por retaguardía; pues cogiéndolos dormidos, y entrando, por calles varias, gruesos cuerpos de mi gente, aclamando, viva España, el susto, y la turbación, tengo por cosa asentada, que ni les dará lugar, a defensa, ni a ventaja, ni a ver los pocos, que somos, para una empresa tan alta; pero por vida de el Rey, que si alguno se desmanda, a pillaje, o sa, coen tanto, que no esté ya asegurada la Plaza, y cruzado el viento con las Católicas Alpas, le he de quitar yo, la vida; porque otro alivio no hallan empresas como estás, cuando por acaso, o por desgracia, no pueden ser conseguidas, que haber sido bien pensadas; y Dios nos dé esta victoria, que en empresas temerarias, el modo de conseguirlas, es el no considerarlas. Si hará, confianza en Dios; supuesto, que te acompañan, mas de seiscientos Caballos, entre Bridas, y Corazas, y dos mil Infantes. Y es, como quiera la distancia a veinte mil hombres, que dentro pueden tomar Armas? Qué importa, si son Burjeses? No andemos en pataratas, los muchos, siempre son muchos, aunque sean unos mandrías; pero usted qué lleva? Nueces, que les han de salir earas. El Capitán de las nueces me parece, que te llaman ya en Flandes, y que por eso dirá en Adagios la Fama, que el ruido es más, que las nueces. Amigos, ya el día raya; a su puesto cada uno; que de mirar tan cercana la dicha, o desdicha, todo el pecho se sobresalta. Con mi espada, y mi persona, te sirvo, contra mi patria; y si he callado, es porque en ocasión tan bizarra, donde están prompras las obras, ociosas son las palabras, Amigos, nuestro es el día, A ejecutar, lo que mandas, voy; ea, amigos, valor. Verás tu empresa lograda, o hemos de morir contigo. Hoy se logró mi venganza. Y hoy el Carro me ha cogido, si sale la industria mala. Y hoy es el día en que ciño, de Laurel, mis esperanzas. . Puesto, que a romper el nombre, hace señal la Alborada, venga, que a el abrir la puerta, he de entregarle la Guarda. Mala vida es ser Soldado, yo mejor tirviendo estaba a Carlos. Qué es lo que dice? Que no le replico nuda, seo Sargento; que a ser posta; vengo ya como una bala. En el cuerpo de Guardia, ahora vaya poniendo las Armas; ha Centineia de el muro? ha de el muro? 1. Quién me llama? Ved, si para abrir la puerta, segura está la Campaña. 1. Solo, en ella se divisa unos Villanos, que aguardan para entrar con bastimento. Yo cobraré mi pitanza. Pues yo voy a abrir las puertas. El señor Sargento vaya, que yo hago aquí centinela. Buenos días, gente honrada. Su merce los tenga buenos. Dios le dé muy buenas Pasquas. Loado sea Dios. Qué traen aquí? Nueces, y manzanas a vender. Serán muy buenas? Sí, como no salgan vanas. Tome su merced con tiento, que con su trabajo gana, de comer un hombre pobre; dando gritos por las Plazas. Podrida es esa. Carrasco, mucho con el Carro tarda. Buena fortuna han tenido, en entrar su hacienda salva hasta aquí, porque Españoles, dicen que en la tierra andan. Ay, señor, si nos cogieran? Qué gente tan defalmada? So, Caballos del demo- (nio? Qué es esto? Un Carro de paja, ques entra por la puerta. So todos los demonios os llevaran! So, Caballos de un ladrón. Si son vuestros, camarada. Bueno va, pues que debajo de el rastrillo, el Carro para. Hombre, anda con ese Carro, que la puerta embarazada. tienes. . Cómo quiere usted, que ande, si se me disparan, con más de seis mil demonios, los Caballos, o las hacas? Ande, y sea como fuere. Scor Sargento, brava, brava; sin Caballos ha de andar? Ande, o vive Dios, que haga con esta Alabarda puerta todo su pecho. Fanfarría. De dónde eres, o quién eres? Pues hombre, acaso te casas conmigo, que eso preguntas? Vive Dios, si no mirara. Ves aquí, que ya no miras. Muerto soy. Ea, camaradas, a ellos. . Traición, traición. Al rastrillo, a la muralla. Ya cayó el rastrillo; pero detenido con las tablas, de el Carro, los Españoles, entrada dejan. Arma, arma. Pues ya se empezó el ataque, y la puerta está ganada, a defenderla, Españoles; este rastrillo levanta, Fruncisco, entrarán por ella los Caballos, que se abanzan. 1. Ya se levantó el rastrillo. La acción más desesperada, es defender esta puerta. 1. Ya entran tudos. A má, arma. Qué es esto, Ernesto? Señor, que la Ciudad ocupad de Españoles, está. Cómo? yo sabré recuperarla; muriendo. Ya es imposible, pues de las calles, y plazas son dueños; mejor será, que vuestra Alteza se vaya. Cómo es posible, que yo dejando dentro a Madama, me ausente. Cómo es mejor salir, para rescatarla vos, que el quedar los dos presos Si eso aconsejan las canas, no el valor; y vive Dios, pues ya el caso os desengaña, de que vuestros fueros, son de vuestra perdida causa; pues si Soldados hubiera, nunca la empresa lograran; que yo me retiraré, mas será mi retirada, saliendo con los que pueda del Batallón de mis Guardas, espada en mano, de entre ellos, que en fin lidiando se salva, aunque sin provecho lidie, el desaire, y la desgracia; y si a Madama me dejo, es por volver a cobrarla, juntamente con Amiens, con todo el poder de Francia. Pidámosle buen cuartel. Vuestra clemencia nos valga. Nadie ofenderos procura, que nunca contra las Damas los Españoles aceros, cortan. Ya toda esta llana la Ciudad, a tu obediencia; pues que de ella el Conde falta, que espada en mano rompiendo, cuantos Batallones halla, salió de la Plaza. Donde se malogró, mi venganza, no pudiéndole alcanzar. Antes de pasar a nada, lo primero es, que una Escolta, sirviendo vaya a Madama, hasta dejarla en Perona, que no quiero disgustarla, en que esté del señor Conde, solo un instante apartada. Aunque estimo, como es justo, hidalguía tan bizarra, no me he de partir tan presto, que no deje ejecutadas vuestras bodas, siendo yo Madrina; y pues ignorancia fuera, viendo esta fineza, extrañar, por quien se haga, yo haré con Ernesto, que tenga por bien empleada, la mano de Seraphina, en vos. . Cielos, ya sin alma . vivo! . Yo solo procuro, pues que vos sabéis mis ansias; pues mi palabra he cumplido, que me cumpla su palabra. Si haré, si mi padre gusta. Y yo estoy a vuestras plantas, en albricias. Carlos vuelve a Dorlan, de aquí te aparta, que no quiero, que conmigo, lo que con el Conde hagas, ni que tu Retrato busques, pues en mi poder te halla. Armas di, contra mí mismo. Y aquí tiene fin la hazaña, que hizo el famoso Hernan Tello, por su Rey, y por su Dama.
