Texto digital de La poncella de Orleans
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- Atribución tradicional
- Antonio de Zamora
- Atribución estilometría
- Antonio de Zamora Segura
- Género
- Comedia
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- El texto procede de la transcripción automática de un impreso.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La poncella de Orleans. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/poncella-de-orleans-la.

LA PONCELLA DE ORLEANS
JORNADA PRIMERA
N fin primo, Vueselen. Ca parte a Orleans? (cia Tanto ha querido honrarme su Majestad, que habiendo tenido aviso de que sitiarla ha resuelto el Inglés, desvanecido con tan continuas victorias, fiar a mi brazo quiso su defensa; con que habiendo, por favor tan excesivo, besadole ya la mano; a despedirme he venido de Vueselencia, cumpliendo con lo pariente, y amigo. Solo un Duque de Alenquer es competente Caudillo a tan difícil empresa; y pues habéis de partiros, dadme un abrazo, y adiós. Antes, pues aún no han venido las postas, satisfacer en vos solo determino a la malicia de todos. Contra vos malicia, primo? Sí señor; pues continuando el amoroso capricho del Rey con Madama, y siendo yo con quien a Francia vino, por si acaso no sabéis cuanto el haberla traído fue obligación de mi garbo, y no elección de mi arbitrio, ligeramente será importante el referirlo. No puedo negaros, Duque cuanto todos han sentido, y yo más que todos, ese embelesado delirio de Carlos; pues siendo Inglesa Inés, parece preciso, mandando en su volunta que adelante los Partidos de Inelaterfa; pero en qué pudisteis vos ser anotivo de su yerro? Ya sabéis, que del undoso camino del Canal, cortando al Norte una vereda de vidrio, pasé a Dobré, Plaza de Armas del Ejército de Enrico. Se, que en ella despreciado el Proyecto a que habíais ido, concluyó en última Dieta la alianza con Pilipo, Duque de Borgona; y vos, o quejoso; u despedido, volvisteis a Francia, quien desde aquel día no ha visto, ni a su Corona sin susto, (ma ni a su suerte sin desvío. Pues oíd desde aquí. La mis- noche, en que ya prevenido un Vergantín me esperaba, pájaro de Abeto, y Lino, en su mayor Asambléa concurrí por desmentirlos el sentimiento, o la queja; y habiéndome persuadido sus Monsiures, a que yo fuese el que diese principio al Minve, saqué a danzar (con que pesar lo repito) a Madama Inés, sin más malicia, intento, u designio, que ser la que halle más cerca, porque en efecto el destino de un infeliz, nunca puso mas lejos su precipicio. Olvídeme de quitar el guante, como es estilo, al dar la mano a la Dama, y sin haber fenecido la primer vuelta, un Talbor, que muchas veces altivo, es Coronel de las Guardías, desviándola a ella, me dijo no sé qué; solo sé, que dando la respuesta el filo de mi espadín, a la calle mezclados todos salimos, adonde de una estocada di con él en tierra; al ruido que ocasionó la pendencia, entre varia gente vino Guillermo de Manchester, padre de Inés, cuyo brío, de puro honrados imprudente, sabiendo que ella había sido la causa de la tragedia, se aba lanzó a su castigo. Embarazado de algunos su furor, y yo seguido de Madama, que en mi brazó solicitaba su auxilio, me fue fuerza, aprovechando del transporte prevenido, la Salvaguardía, traerla para librarla conmigo al abrigo de la Patria, y a más padrastro, que abrigo; pues vista en Ablés del Rey, el día que en ella hicimos General Reseña, fue tan violento su atractivo, tan poderoso su agrado, y tan suyo su dominio, que a esclavo, desde Monarca, le tradujo, pues rendido es a su amor para perderle, solo ha tenido albedrío; y así, señor, por si acaso me hacen parte en su delito, parte os hago yo también de mi disculpa, advertido de que como Caballero faltar no pude al alivio de una mujer afligida, y de que aunque el hado hizo fatal la hermosura suya, no es culpable el garbo mío; y con esto, a dios quedad, en tanto que me despido del Delfín. El Cielo os guarde, y perdonad el no iros, sirviendo. En Orleans espero veros, después de vencido el orgullo del contrario. De vuestro valor lo fío; y pues tan cerca la Tienda del Rey está, darle aviso es justo de lo que en este, Pliego al de Bufortescribo: Señor? Vueselencia advierta, que postrado del continuo belico afán, se ha quedado el Rey mi Señor dormido, y yo en suguarda, a fin solo de que el Militar bullicio a su Majestad no estorbe el corto plazo de alivio, que el sueño le ofrece. Cuando i vos, Madama, no habéis sido, quien cuida de que el letargo dure a instancias del hechizo? Mas pues al ver que descansa la causa que me ha traído, no es tan urgente, que impida su sosiego, me retiro, advirtiéndeos, que no siempre ha veis de tener su oído tan cerrado al desengaño, como fácil al cariño. . Por más que del Condestable se me declare enemigo el ceño, en vano le temo; pues si amada del Rey vivo tanto, que solo mi gusto es móvil de su albedrío, contra su amenaza tengo el escudo del dominio; mas pues ya se fue, y el Rey yace en éxtasis tranquilo, vele mi amor, porque no otro acaso logre impedirnos a él la quietud, y a mí el gusto, con que en una acción unimos el ansia con que me adora; y el celo con que le sirvo. Ah infeliz Rey! pero cómo, si te hizo la estrella mío, pudieras ser más dichoso, ni como:: pero qué ligo! Silencio, penas, que aún pueden despertarle mis suspiros. Carlos, Carlos? Qué me quieres, luciente sombra, en quien miro confusamente mezclado mi asombro con tu prodigio? Quién eres, di? Quién enviado del Sacro poder Divino, a darte consuelo viene en tan último conflicto como padece la Francia; pues dominada de Enrico, Monarca Inglés, solo el nombre te deja de lo que has sido. Solo el Brazo Omnipotente de Dios es quien en mi auxilio bastará a tanto. Pues oye, que su piedad ha querido, que mi voz a un tiempo sea allí precepto, aquí aviso. Ah del inculto desierto, en cuyo verde retiro es frondoso lunar, ese ameno Bosque florido. Ah, en fin, de las toscas ruinas de ese olvidado edificio, que ya Templo, y ya Cabaña une en colores distintos; al roto dintel jaspeado, el frágil dental pajizo. Juana de Aro? Quién me llama? y quien (ay de mí!) a los visos de su explendor me deslumbra, tanto, que ardiendo ensí mismos los ojos, ven que han cegado al volcán de lo que han visto? No temas, vuelve a mirarme, pues incorpóreo Ministro del Altísimo, en su nombre, que dejes, Juana, te intimo, por la Tienda, la Cabaña, por la Campaña, el Egido, por el Bastón, el Cayado, por el Arnés, el Pellico: y en fin, de Clarín, y Caja, por el belicoso ruido, los Pastoriles estruendos de las hondas, y los silvos. Parte a Orleans, y embarazando los progresos succesivos del Campo Ingles, a tu cuenta del Frances, Monarca Invicto, toma el amparo, volviendo por ti a florecer sus lirios; pues Carlos, a quien revela Dios, por mí también, sus juicios, el Bastón de General te entregará, persuadido a que es seguro el trofeo, si es milagroso el Caudillo. Y pues esa sorda marcha, feliz Pastora, es indicio ( . de que el Británico enojo a Orleans quiere poner sitio. A Orleans, porque venzas, sabiendo en su alivio, pues Dios te lo manda, que Dios va contigo. Si en vano a tanto precepto se puede excusar remiso; o mi ruego por humilde, o mi valor por indigno, responda, luciente asombro, hable, iluminado auxilio, la obediencia, antes que el labio, el día que me despido de la amada compañía y de Riscos; y pues ya late en mi pecho el generoso incentivo de restaurar de la Francia el antiguo honor perdido. A Hrleans, porque venzas, sabiendo en su alivio, pues Dios me lo manda, que Dios va conmigo. Oye, Divino portento, aguarda, hermoso prodigio, que si habla conmigo el bien, es mucho para creído: Juana, espera, pues. Qué espanto? Qué ilusión? Qué desvarío? Tanto, señor, os olvida de vuestro valor, que a gritos hacéis público el asombro? y pues no habiendo testigos, hablar puedo de otra suerte: Carlos, mi bien, dueño mío, qué sientes? mira que el alma, (disimule lo que he oído) participe de tu susto, (ra fallece de tu delirio. Ay, Madama, que aunque quie contarlo, el aliento mismo, que se va a gastar en voces, se desperdicia en gemidos: Yo soñé: aliento. Esfuerza el Yo vi:: Descansa conmigo. Que una beldad:: pero nada he soñado, nada he visto. éxame, asombro aparente, no huyas, halago mentido, que entre mirarte, y no verte no sé cuál es más martirio, pues igualmente me afliges abultado, y fugitivo. Sustos, aspacio, El Rey llama. La voz de mi padre ha Señ Señor? Condestable, qué es esto? qué es esto, hi que inquietamente asustado entráis a verme? qué ha habido? Nada ay, señor, que nos nuevo dolor; pues supimos de dos, o tres Centinelas, a quien prisioneros hizo (chia nuestra gran Guardia, que mar- el Ejército enemigo a sitiar a Orleans, en cuya Plaza perder es preciso la última prenda; pues aunque esté dentro de ella el brío del Duque de Alenquer, falta para poder resistirlos, viveres, socorro, y gente. Con que es fuerza, que perdid en tan importante Plaza el asegurado abrigo de nuestras Tropas, muramos, sino al embotado filo del hambre, al pesar de ver, que de tan bastos Dominios, solo Burgües te ha quedado. Cuando entraba yo, no dijo, p Juana, espera? Sí, o me engañar los recelos del oído; pues qué puede ser, fortuna, este acaso? Aunque ofendido de mí el Duque de Borgoña, por los ligeros motivos, que no pudiendo dudarlos, me excusan de repetirlos, amparado de las Armas Inglesas, haya querido invadir la Francia; y aunque la fausta estrella de Enrico haya igualado en mi daño los triunfos a los designios; aunque finalmente, se haya mirado tan abatido mi orgullo, que de mi Reino solo queden por testigos las ya caducas fragrancias de mis marchitados lirios, aún queda a mi enojo, aún queda a mi poder, a mi brío, esperanza de volver a restaurar lo perdido. Cómo, señor, es posible lograrlo, cuando advertimos tan desiguales las fuerzas? Y cuando ni aún un Castilló, para retirarte queda, siendo entre ti, y tu enemigo, tan flaca la resistencia, y tan gigante el peligro? Si supierais con cuan nuevo seguro aliento me animo, no lo dudaráis; pues cuando al blando sueño me fío, con un consuelo despierto, si con un pesar me rindo: Yo soñé:: Alerta, sospechas. . Mas para qué solicito, si no es posible el ere erlo, el desaire del decirlo? Basta saber que desde hoy, si en los soñados delirios, tomando la aprensión bulto, corresponde al sueño el juicio, ha de mudar de semblante, tanto el hado, que vencido, si desplegó el ceño airado, le vuelva a encoger benigno; y así, Condestable, al punto, pues solo de vos confío el logro con ciencaballos ligeros, bien prevenidos, asorda marcha, la vuelta tomad de Orleans; y en el sitio, que os señalare el caduco desmoronado edificio de una Hermita, a quien rodean, ya en árboles, y ya en riscos, poco Piríneo, un Monte; muchos Tempes, un Eliseo; hallaréis una Pastora, cuyo rústico vestido, cuajan a copos algunos mal colocados armiños: Juana es su hombre, su rostro, en dos extremos distintos, es grave, pero halagüeño; es severo, pero lindo; y en tan nuevo maridaje os dará a entender su estilo, que bruto diamante, aún es precioso sin arrificio. Así que la halléis, fiando del mejor caballo mío su comvoy, volveréis bridas para mudar de camino, contramandando la marcha por las márgenes del Río, a cuya orilla abanzado, con las Escuadras, que alistó, estaré yo, no tan solo por poder daros auxilio, si os cortan la retirada, cuanto porque si consigo ver en mi Real esta nueva admiración de los siglos, he de socorrer a Orleans, asegurando en su brío la restauración de Francia; y así, pues de mi designio no os he de dar más noticia, que esta, Condestable, idos, para lograrme el deseo, de que en tan confuso abismo, el pasmo que vi ideado, mele representéis vivo. Aunque era de mi lealtad, de mis canas, y mi oficio, obligación, ya que no convenceros, persuadiros a que creer ligeramente un soñado desvarío, o es desaire, del esfuerzo, o es debilidad del juicio, el día que a mi cuidado ponéis la facción, no aspiro a argüir vuestra ligereza, por no evitar mi peligro. Y así veréis, Gran Señor, en la priesa con que os sirvo, que acierte, o yerre, no hay más argumento que serviros. Qué Pastora será esta, que a confundir ha venido a Carlos? pero hasta verla dejemos pendiente el juicio. Luis, pues al punto que parta el Condestable, es preciso, que el Ejército se mueva, para que todos unidos, a Orleans avistemos, antes que la sitie el Enemigo: Id a prevenir la marcha. Si haré, aunque vaya sentido, cuando fíáis tanto empeño a otro brazo, de haber visto, que a vuestros favores debe mas un vasallo, que un hijo. Confuso voy hasta ver . en qué para el nunca oído suceso de hoy. Cómo viendo, mi bien, que todos se han ido, tan tímidamente uraño, tan tibiamente remiso, o me mata tu despego, o me castiga tu olvido? El espejo, Gran Señor, mientras entero ha vivido, solo el rostro, que delante tiene, retrata; y si el mismo cristal quieren que duplique el semblante, que ha fingido, no puede ser sin romperle; porque en dos trozos distintos, para doblar el retrato se ha de maltratar el vidro: Vuestro espejo era mi amor, yo sola hasta ahora me he visto en él, y al mirar, que hay otro rostro como el mío, es fuerza creer, que habéis roto el cristal, que habéis querido; porque solo en dos pedazos se retratan dos cariños. Si eso lo dices por ver, que otro objeto me ha debido este rato de atención, considera cuan indigno sujeto es una Pastora. Pues si tan indigno ha sido, ha celos! con quien hablabáis, cuando dijisteis a gritos: Oye, divino portento, aguarda, hermoso prodigio? y:: Mas para qué me agravio . cada vez que lo repito! Si sabes, que desde que te vi te adoré, rendido a los rayos de tus ojos, a las fuerzas de tu hechizo: cómo desconfías? Cómo otro dueño advenedizo, otro afecto forastero, sin duda se ha introducido en tu pecho: o nunca hubiera, . generosamente altivo, sido el Duque de Alenquer, n quien para cumplir consigo, me sacó de Dobré! Oh nunca se hubiera mi fe rendido a quien, aunque Rey, es hombre, y siendo hombre, es fementido, falso, aleve, y:: Considera, que el rato que estoy contigo, hago falta a otros cuidados; y pues solo al tiempo fío tu satisfacción, espera, que haya el tiempo de decirlo. Si haré, aunque sé, que ya él, mas de lo que quiero, me ha dicho Adiós: prisión adorada, yo te limaré los grillos. Él te guarde: Qué te falta, lisonja, para martirio! Aquella, Gran Señor, que veis enfrente, mal divisada dórica Montaña:: Aquel babel de Torres eminente, pirámide immortal de la Campaña:: Aquella, a quien del Río transparente camina a guarnecer la undosa saña, y en cada valvarte, en cada piedra se enreda a trozos el laurel por iedra: Aquella, en fin, Ciudad, que populosa se ciñe de Pensiles, y de Almenas: Aquella, en fin, que Bárbara, y hermosa; con serlo floreció tres Azucenas:: Maravilla a los siglos portentosa:: Murada guarnición de sus arenas:: Orleans es, Plaza fuerte, y de importancia. Es Orleans, el Narciso de la Francia. Presto, Pilipo, Duque de Borgoña, cuyo nombre immortal el mundo aclama, por más que de la envidia la ponzoña quiera infestar la flor de vuestra fama: Presto, Talbor, por cuyo ardor retoña fértil laurel la más caduca rama, dará de Orleans la venerada gloria, lástima al tiempo, ruinas a la Historia. Carlos, a quien la Francia reconoce, de aqueste nombre Séptimo Monarca, Rey solo es de Burgés, porque en él goce el corto Imperio, que su Cetro abarca. Ya la memorias de sus Pares Doce, que leyes impusieron a la Parca, cubrió de olvido el tiempo, cuyo amago la cegó con el polvo de su estrago. Y pues injustamente os hizo guerra en los helados Bélgicos Paises, hoy no le he de dejar palmo de tierra donde transplante sus ajadas Lises; pues de su Patria Marte le destierra los triunfos que ganaron tantos Luises; a un Carlos perdera, pues al postrarlos, pasta un Énrico para muchos Carlos. Quién creyera, que en uno, y otro empeño, árbitro siendo de Dominios grandes, echara menos el llamarse dueño de aquel corto pedazo de la Flandes? Mas ya del hado ha conocido el ceño, solo en fe de que tú mis Tropas mandes. Para que su desprecio al mundo asombre, después del Reino, he de borrarle el nombre. Que mucho harás, si en cada Inglés valiente un nuevo Marte sigue tu Estandarte, quedándole al Francés, entre su gente, pocos Adonis para cada Marte. Yo, el menor de ellos, le hollaré la frente, por servirte, Señor, por lisonjearte; pues rayo soy, que para cuando importe se encendió en los Carámbanos del Norte. En Paris ha de verse mi sobrino, ungido Rey de su perdido Imperio. Eso es hacer dichoso su destino, mas qué infelice fue su vituperio: y pues ya de la suerte le previno la rueda infiel, el duro cautiverio, deja que viva en brazos de la pena de ver:: Mas qué clarín es el que suena? El Duque de Beufore será sin duda, que de Orleans viene de tratar su entrega; y ave esa trompa de metal saluda tu Tienda Real, cuando a tu Campo llega. Ya de la alfombra de la selva ruda la grama pisa, y al borren se niega, por más presto lograr venturas tantas. por más presto lograr ven Dame, Énrico Invictísimo, las plantas. Mas seguro abrigo son mis brazos: llegad, y en ellos, a la sombra del descanso, hallaréis parte del premio. La dicha de tal contacto me dará segundo aliento. Qué traes de nuevo de Orleans? Porfía Alenquer soberbio en no rendir a partidos la Plaza? Aunque siempre ha hecho repugnancia a los Tratados, queriendo morir primero, que entregarla: hoy, Gran Señor, si no me engaña el deseo, la habrá de rendir por fuerza, Cómo, Duqué? Cómo habiendo negadose a los decentes partidos, que le he propuesto de parte tuya, evitando el entrarla a sangre, y fuego, sin ver cuan desesperado está de socorro, puesto que retirado en Burgés el Rey, con el corto grueso de su gente, hacer no puede el menor de estacamento: Alterados los Paisanos, en voz de motín dijeron, que aceptaban los partidos; y aunque el Duque a todos ellos se quiso oponer, en vano quiso, pues como es un Pueblo hidra de muchas cabezas, poco importa que el esfuerzo un cuello corte, si quedan animados muchos cuellos. En fin, Señor, la Ciudad, envuelta en el vago inquieto tumulto de tantos juicios, divisos, y comuneros, queda esperando a que tú, si confirmas el propuesto pacto, se lo avises, dando la blanca Vandera al viento; con cuya noticia:: Basta; porque si endo mi deseo:: Monta, monta, abanza, abanza. Duque, mirad qué es aquello. Que habiendo desde la nuestra gente descubierto una Francesa partida, cuyos Caballos ligeros, a toda brida, tomando la vuelta de Hrleans, han hecho alto a la vista de un Bosque, no permite el ardimiento de tu gente, que se escapen de muertos, o prisioneros, queriendo, Señor, cada uno ser el que vaya a romperlos. Coronel, concién Dragones salid en su seguimiento, llevando, por si en el Bosque tienen abrigo, otros ciento Infantes a la gurupa. Aunque de su verde centro se vuelvan hojas, y ramas, Corazas, y Fusileros, no me ha de quedar ninguno: De vuestro valor lo creo. Quizá Alenquer, procurando hacer el último arresto, habrá hecho salida. Oh cuanto desearé, que cuerpo a cuerpo nos viesemos en Campaña! pero para qué me acuerdo, ay Madama! de su dicha, si esfuerza dar con mis celos! Por sí, como ha dicho el Duque, esta salida ha dispuesto Alenquer, para obligarnos. a ir enviando los restos, démosle ese gusto, vayan marchando los Regimientos. de Escocia, cubriendo siempre la marcha a los cuatro Tercios de Losón, Rinsal, Neucastre, y Pobesantl: todo el Cuerpo del Ejército, en buen orden, los siga a tomar el puesto superior, que los domina; que cuando nos salga incierto el ardid, que discurrimos, estaremos a lo menos más cerca, para mudar en el asalto el reencuentro. A dar las órdenes voy, porque no se pierda tiempo; Ea, Duque, hoy es el día de acabar con todos ellos. Fuerza es ser vanidad mía cuanto fuere triunfo vuestro. Venid conmigo. . Hola, aú. Quién llama? Soltad los perros, pues traidor lobo amenaza la quietud de los corderos. Atajadle antes que llegue? porque le abienten más presto las hondas, y los cayados, Al lobo, al lobo. Jumentos, aspacio, que eso es decir a Patín, a Patín, puesto que entre uno, y otro, no hay más diferencia que el pellejo. Seguidle, pues con la presa huyendo va. Dale recio. Más feroz se viene al tiro. Ea, hijos, al Cochero, que eso es lo mismo que al lobo; Patín, ayudanos. Eso no les toca a los Patines. Pues para evitar el riesgo, huyamos, Eso si toca. Dónde vas, cobarde? Bueno! a que no me coja a mí, de cuantas veces yo suelo cogerle a él. Pues porque veas, que en nombre de Dios le venzo, no huyas, y quede fiada de este risco corpulento la guarda de mi Cayado. Ira de Dios, qué despecho! pero qué puede admirarme, si para Juana es lo mismo echarla Tigres, que Gozques, y Leones, qué Falderos? Con él ha embestido: ah guapa! Vándido bruto, que hambrien- (to de la sangre de mis crías, siempre a hurto de mis alientos, traidor las asaltas, hoy de tu robo sin provecho, en el último malogro daré el primer escarmiento. Ay mísero corderillo, que con torreznos de hueso, en la cocina del hambre te han mechado antes de tiempo; pero en qué pienso, Pastores? acudid, acudid presto, que peligra Juana de Are. Pues todas las señas veo, a emboscarse en la espesura. Esto es peor. Ya en sangrientos raudales vertió la vida, por donde bebió el deseo. Ay, señora, que hay más mal, Yo solo llegar intento, y pie a tierra, y mano en brida queden los demás. Me huelgo. Qué será esto? Estores, hermoso prodigio nuevo de este desierto, venir a buscarte a este desierto; y pues en ser Juana de Aro no me queda duda, puesto que tu valor en la lucha, que vi desde aquel repecho, me lo dio a entender, conmigo ven Anciano Caballero, pues dónde? No el tiempo pierdas, que vale mucho un momento, Carlos Séptimo de Francia, Rey infeliz, pero bueno, por ti me envía: esa Escolta, volando, antes que corriendo, te pondrá en su Campo. Basta; pues aunque no sé el intento, sobra el orden: Cuando no . cumple su palabra el Cielo! Ven, y sobre aquel caballo, cuyos Reales paramentos tu aprecio aseguran, sube. No he menester más aprecio, cuando del Ingles orgullo voy a postrar el denuedo, que saber que he de ser yo David de este Philisteo. Y yo no voy? . Pues del Bosque se guarecen, pegad fuego a su maleza. Qué aguardas, Señor, cuando ves, que dentro del Bosque estamos cortados del Enemigo? Qué haremos? Mas qué pregunto! pistola en mano, y romper por medio, Dadme una espada, veréis como de su propio incendio relámpago vivo, logro volver contra ellos el fuego. No es tiempo aún de que te arriesgues, porque solo es el precepto llevarte. Montad, y vamos. Señores, y yo me quedo? Sígueme, Patin. Al arma. Pues hoy a lidiar empiezo por orden del Cielo, el rriunfo correrá a cuenta del Cielo. Destino, no me embaraces hacer al Rey este obsequio. . Ah Poncerla, ha Juana, digo, no hay más hablar? volaverunt: Bueno es decirme, que siga; y dejarme a pie? esto es hecho, que los Patines no corren, sino es éncima del hielo. Ya del Bosque con los suyos sale; ya los otros, viendo que se escapan como gatos, los envisten como perros; u díganlo los tronidos . de los buscapies de hierro, que disparan. Pues la empresa esta vez se logra, huyendo No presumas, airado bruto soberbio, por más que herido del plomo, no te sujetes al freno, vengarte en mi precipicio. Allá vas por esos cerros, acá, caballo, u dimonio. Seguidlos hasta vencerlos. Ay, que es mi ama la que va despeñada cuando menos: Ea, valor, a librarla, que el socorrer el despeño de una Dama, no siempre es de los galanes primeros. . Arma, arma. Pues desde aquí la escaramuza se ve, en fe de que adelanté la marcha con que salí, otras Tropas empeñemos en su ayuda. Qué Soldado será aquel que desmandado llega? Presto lo veremos, pues furioso su caballo, ya le ha despedido al suelo del Borrén. Válgame el Cielo! Traedle para averiguarlo a mi vista, si con vida el desmayo le dejo. Apenas se recobró del asombro, y la caída, cuando a nuestra vista llega. Adónde, infeliz acaso, me arrojas? Detén el paso, pues precipitada, y ciega con la extrañeza a que obligas, mujer, has venido a ser más enigma, que mujer. De las Tropas Enemigas del Inglés, que hoy de la Francia triunfa con loca osadía, soy quien aspira este día a deshacer la arrogancia; y si como en el semblante me avisa la Majestad, sois vos su Rey Carlos, da a besar, Francés Atlante los pies, a la que Pasto humilde, con su valor cobrar espera, Señor, cuantas hoy perdidas llora su abatido Reino, pues si el favor del Cielo explico, yo haré que el dosel de Enrico sirva de alfombra a tus pies. Rústica mujer, advierte cuan deslumbrada caminas, pues cuando anuncias mis ruinas está en mi mano tu muerte, Énrico soy de Inglaterra, mi Ejército ese que ves, y tú la que hoy a más pies me informas segunda guerre mas pues tu locura toco darte la vida procuro; porque nada hay más seguro que no hacer caso de un lodo. Bien de tu jactancia creo, que eres Enrico; y bien sé, que de mi locura haré juicio para mi trofeo. Aunque es desaire del brío el dar plática a mujeres, dime, villana, quién eres? El rústico Oriente mío fue Dompré, Villa dichosa de la Lorena, a quien hoy lustre con mi nombre doy, y desde donde a la hermosa fértil amena Región de Orliens, vine a apacentar mis ganados, para dar victorias a mi Nación; pues desde hoy no habrá batalla en que no quedes vencido de mi valor. Yo rendido de una mujer? Calla, calla, que vivo yo: Mas qué digo! Duque, haced que se le dé tro caballo, porque cuando fíe mi enemigo toda su esperanza en ella, el bien no se le dilate eque su Reino rescate. No siempre airada su estrell tu favor ha de estar, es hoy para su consuelo da de semblante el Cielo. Pues en irle tú a ayudar iste su desempeño, a Carlos de mi parte, de yo he querido enviarte, porque conozca cuan dueño hoy de su fortuna fui, teniéndote en mi poder, pues si la llega a tener, la ha de recibir de mí. Risa causa la rapaza! Graciosa está! Vete, y di a tu Rey, que desde aquí marchare a tomar la Plaza de Orleans. La defiendo yo. Buen Caudillo! Dios me ayuda. g. Con que has de No hay duda. Para mí no hay triunfos? No. A asaltarla. A defenderla. Que allá el suceso dirá, quien es Enrico. Y allá sabréis quien es la Poncerla. . Pues tan a la vista estamos, marchemos a la Ciudad, que este acaso me ha picado. Lo primero es ocupar su Puente, porque no pueda entrar socorro en Hrleans la gente, con que a su vista, de campo volante está el enemigo. Con eso de una vez acabarán todas sus fuerzas. Bien dices: Toca, Tambor, a marchar. A Orleans, pase la palabra. Nada, nada me digáis, Condestable. Gran Señor, quien de una casualidad no pende? si su caballo, fogosamente tenaz, torció la senda? Ay de mí! que siempre en mi daño están los acasos; y sin Juana en vano espero lograr triunfo alguno. Aquí estoy yo, que enmendare los demás. A Orleans, pase la palabra. Qué es esto? Que en marcha va acercándose a la Plaza el contrario. Pues podrá, saliendo de ella, abrigarnos, Alenquer, a embarazar el paso del Puente. Al Puente. Nada, Franceses, temáis, que ya Juana la Poncerla os favorece. Escuchad, que desde un caballo haciendo señas un lienzo de paz, nos habla una mujer. Y es la que mandasteis buscar. Juana es? pues ya desde ahora es todo felicidad. Ya desmontada a nosotros se encamina. Dónde está, valerosos Capitanes, el luvicto, Augusto, Real, glorioso Monarca nuestro? Dónde para celebrar tu venida, con los brazos la enorabuena te da. Pues no nos permite el tiempo mas diversión, que lidiar, y con mirarme vencer, más presto quien soy sabrán; al opósito, Señor; pues si Vuestra Majestad sabe, que el Cielo le ayuda, qué pretende saber más? Dices bien: toma el Bastón, porque con tal General se asegura el triunfo. A ellos. Soldados, repetid ya, viva Juana. Juana viva. Este aplauso Militar prueba, que superior causa para nuestro bien la trae. Pues ya he cumplido, Señor, el precepto que me dais, a mi cargo esta emprender, y a vuestra cuenta el triunfar. No fue mi dicha aprensión? pues ya es mi bien realidad. Viva Francia: San Dionis! Abramos de la Ciudad las puertas, saliendo todos hoy a morir, o a matar. Viva Enrico. Carlos viva. h. Arma, guerra, guerra. Andar, a buen tiempo vine yo; pues cuando menos se van unos, y otros a embestir, cual si fuese a merendar. Si esta mujer, si esta Juana, o Poncerla, o Barrabás, aunque se fue por allí, estará ya por acá? Malo va esto, que hacia aquí va viniendo pían pían la chamusquina. Rendios. Cuán en vano lo intentáis, en fe de mi desaliento, pues nunca sabe entregar su espada un Delfín de Francia. Muriendo la entregarás. Eso no, que le defiende el valor de Juana de Are. Rayos despide su acero. Pues tú la vida me das, immortal será mi aliento. Soldados, a retirar. Victoria, Francia. Señor, mirad, si no os retiráis, que peligra vuestra vida. Ay de mí! fuerza será, por no oír, que aquellas voces digan para mi pesar: Juana la Poncerla viva. Aí ya eso. No los sigáis, Señor, pues huyen. Ilustre honor de Francia, pues ya me empiezas a hacer dichoso, yo te he de hacer immortal. La vida debo a su aliento. Duque de Alenquer, llegad, que el haber vos de la Plaza salido, fue el principal motivo de la victoria. (ráis Vos, como quien sois, me hon- Acá estamos todos, ama. Quién esta mujer será, . en quien igualmente admiran el valor, y la beldad? (ella A Orleans, Monsintes, que en quiero a los siglos dejar en una estatua memoria de la Poncerla de Hrleans. Juana viva. Siolo adiós aquesos aplausos das, Esta mujer se parece a la Dama Capitán,
JORNADA SEGUNDA
SEGUNDA JORNADA En tanto, Gran Señor, que fatigada de la prolija marcha acelerada, descansa vuestra gente en esta Quinta, a quien el transparente raudal ciñe del Case cristalino, podréis a las fatigas del camino dar treguas, pues su fértil sitio umbroso convida a la quietud, llama al reposo. Invictísimo Carlos, y a la fama, que en trompas vuela, en plumas se derrama, Conquistador dichoso te apellida de aquella antigua Majestad perdida, que te usurpaba con injusta guerra la liga de Borgoña, y de Inglaterra ya coronado en Rems, de donde ahora pasa a Paris tu diestra vencedora. Recuperadas quedan, y triunfantes las Plazas de Granoble, Potiers, Nante Ablés, Renes, Sant, Ponj, Daj, y Purdeos, con las demás, que en bélicos trofeos reconocen, que el Cielo Soberano a tu socorro dirigió mi mano; y pues a esta Corona mi ardor la guarda, su lealtad la abona, vive sin susto; triunfa sin recelo, que toda es ojos la piedad del Cielo. A tu esfuerzo, bellísima Pastora, deber confieso el explendor, que dora la esfera de mis sienes; y en recuerdo de que conquistas tú lo que yo pierdo, en la boca del Puente, que de el Alber la rápida corriente, en Orleans, u domina, o señorés, haré, Juana, que sea testigo el bulto de una estatua tuya, para que el tiempo arguya, cuan immortal ha de vivir en ella el Lorenés, Blasón de la Poncerla. Yo, que soy en la farsa de su fama Guardáropa de triunfos de mi ama; otra no he de tener, que adorne eterna la Puerta Bacanal de mi Taberna? Mas es tu buen humor, que tu denu Veisme tan sin valor? pues tengo mies Diuqué? Señor. Cómo no ha llegado a la Quinta, Madama? El intrincado pantanoso rodeo del camino, no tan fáciles sendas le previno al Calés en que viene. Oh cuanto siento haber de hacer ejecución mi intento? Decidla así que venga, cuanto me alegraré de que prevenga en este nuevo Abril de ojas, y ramas la música dulzura de sus Damas. A obedeceros voy, por si ha venido: Oh cuanto, Cielos, siento el haber sido tan sin culpa culpado; pues yo truje el hechizo echizo ! Luis, Juana, de mi hospedaje a la estancia prevenida os retirad. Aunque agravie con la ausencia la caricia, obedeceré. En la amena fértil estancia florida del jardín esperaré, más gustosa que en la Quinta. Pues tu espada, Juana, ha sido vasa de mi Monarquía, y el cuidado! . yo pagaré tanta deuda, aunque le pese a la envidia, Tu esclava soy. Idos pues. 2. El Cielo guarde tu vida Pues se queda solo el Rey, y estar no puede a la vista Madama, hoy haré que Juana tan buena ocasión consiga. Vos no os vais? Creí que no hablaba, Señor, con las sabandijas lo del idos de los Reyes. Quién sois? Un criado en cifra de Juana. En cifra? Es que a mí se reduce su familia. Basta el serlo para que yo os estime. Es por mi vida una Santa. Su virtud sus portentos certifican. Sois Soldado? No señor. Mucho de tu valor fía; Juana, mi lealtad. Esta es la más difícil conquista; mas por cuenta de Dios corre. Por que en una Compañía no sentáis plaza? Porque soy inclinado a la briva; además, que el ser Soldado no es ningún Gobierno en In- días; porque qué es servir? es más, si al pobre infante se mira, que no saber lo que es holla, traer rota la ongarina, verse sin caza en la mesa, y con caza en la camisa; dormir en el suelo, andar a pata, comer de prisa, no dormirse cuando es posta, ahorcarle cuando es espía; y después de traer al hombro un mosquete de cien libras, morirse sin testamento, y enterrarse con Vigilia? No vuestro rústico genio con facilidad se aplica al honor de la Campaña. Aténgome a la cocina. Despejad. Llega, pues ya tu criado se retira. Soldado! antes me casara. Señor? Juana, pues no habías retirádote al descanso? La fragrancia, la armonía del jardín, me suspendió, tanto, que en él divertida, cogiendo he estado estas flores. Voyme, porque no colija, que es mía esta acción. No he dicho qué despejéis? Ya me iba. Yo ser Soldado! primero comprata la señoría. Muchos días ha, Señor, que cobarde, que remisa, por no exponeros a un ceño, os récate una noticia; pero hoy, que a solas os logro, Vuestra Majestad permita, que doren mis lealtades hierros de mis osadías. Tú temes, Juana? no sabes, que nada que tú me digas puede enojarme? El recelo es, Señor, de que la misma razón, que obra como amante, no os ofenda como indigna. Al generoso valor de un Monarca, nada priva, Juana, de serlo; y así, prosigue en tu intento, y mira, que si me adulas el genio, me hajas la soberama: Pues en esa confianza proseguiré. O mi malicia me mintió, o ya sé a qué centro van a parar estas líneas. Sire, la más alta prueba de las piedades Divinas, es despertar al que duerme al golpe de las desdichas; porque al fin, la pena, el susto, el trabajo, la fatiga, son aldabadas del Cielo en el sueño de la vida; pues si aún a este riguroso ensayo de su justicia, debe en el hombre la enmienda responder agradecida; con cuanta mayor razón deberá serlo aquel día, que el azote del aviso tan ola idamente castiga, que suspensó en lo que amaga, se detiene en lo que alivia! Dios, en los primeros pasos de está guerra, de sus iras muestra os dio, pues no hubo en Francia tierra, que en sangre teñida no acordase nuestro estrago, ya purpúrea, o ya marchita, y viendo con cuán rebelde pecho el amor os obstina, mudó el rigor en clemencia, trocó el enojo en caricia, por ver si a vista de entrambos a un desengaño os movía una piedad rigurosa, o una venganza propicia: vuestro Reino (aunque leal os adore, os quiera, os sirva) siente, que de injusto Imperio este en la prisión impía vuestra altivez ultrajada, vuestra libertad cautiva: Madama Inés. No adelante pases, pues inadvertida, si todo el esfuerzo pones, todo el mérito me quitas; y porque veas:: El Rey con Juanal aspacio, malicia. Que así que tú:: Oír conviene. Fuiste el norte de mi dicha, resolví arrojar del pecho esa aleve fementida imagen: Oh cuanto cuestan las voces, que lo publican! Qué oigo, celos! Esta copia, que en vítela colorida bosquejó el pincel a luces, para borrarla a cenizas, hecha pedazos acuerde mi desengaño, y su ruina. Esto miro, y no revienta de mis enojos la mina! Y no solo:: Infeliz hado! Has de ver:: Estrella esquiva Que de mi memoria sale, Inés, si no que al huirla, aún de mi Reino la arrojo, porque mi desdén la diga, que como Inglesa, y hermosa, es dos veces mi enemiga: Ay, amor, que es esta empresa difícil, pero precisa! Qué bien a mi oído suenan esas voces, pues las dicta una fe, que se acrisola en un favor, que se olvida. Ah traidora! El mismo Duque de Alenquer, ya que a mi vista trujo el riesgo, ha de ser quien despeligro me redima; luego el orden le daré de que a la Ciudad que elija Madama, la lleve, donde (ay de mi infeliz!) la asista liberal, ya que no fino. Primero que lo consigas, me vengaré de esa ingrata; y porque vea que escondida le escuche, salir resuelvo. Qué sentimiento! Qué dicha! Y así:: Ya, Señor, está la música prevenida. Yo os lo estimo: Juana, a Dios. otra ofensa! Ay, Inés mía, qué harás con los agasajos, si aún con los ceños hechizas! Esperad, que no es razón, que la púrpura encendida de esta rosa, que a los vientos es ascuá vejetativa, tenga otro dueño, que vos; (así veré si es mentira su resolución) tomadla, que aunque cercada de espinas, persuade como infelice, cuanto ofende como linda. Si tomaré: Mas de qué la ha de servir admitirla, si ha de perder la fragrancia así que se ausente el día? Menos frágil que la rosa de sus fragrancias nativas guarda el lirio sus aromas, pues su azul color explica, que es celoso, y tarde una celosa pasión se olvida. Tomadle también, señor, pues es justo que a la vista de una rosa, que enamore, este un tormento, que adija. Cual dadiva tuya, Juana, le aprecio. Suerte enemiga! . Mas cual de las dos, señor, es para vos más bien vista? Yo: Mas qué clarines ese? Un Embajador, que envía el contrario, llega ahora a las puertas de la Quinta. Oirle importa. Decidle que entre, y a la Galería, que distante de ese cuarto, la amenidad participa del Vergel, podéis llevarle. Pues Juana no se retira con el Rey, ya le habrá habla- do. Dolor, mucho martirizas, pero es fuerza que te sufra si he desanar de la herida. . Por no hablarla volveré, fingiéndome divertida, a coger flores. Por no declararme tan aprisa, acabaré el ramillete. Que a solas podrá decirla después mi enojo. Que luego podrá decirla mi envidia. Celosa imaginación; no acuerdes mi precipicio, que no es justo, que ande el juicio al uso del corazón. Dónde está el Rey? En aquella Galería, que distante de aquí se ve. La fragrante apacible mansión bella del jardín, hace agradable tránsito tan dilatado. Venid, pues. Rencor:: Cuidado:: 2. Quién duda que la voz hable conmigo, pues es indicio oír que dice la canción: , . Celosa imaginación no acuerdes mi precipicio. Qué os suspende? El ver me admira la mudanza de tu suerte. Mas la suspensión advierte, que aún aquí temes mi ira; mas pues no estando en Campaña mal darte ese espanto puedo, pasa, y cóbrate del miedo. Mas tu beldad, que tu saña, temer debiera, que estoy muy hecho yo a ser vencido de las armas de Cupido; u dígalo él tener hoy tan viva en mi devaneo la hermosura que perdí, que me parece (ay de mí!) que a cadapaso la veo. Fuy a decir, y la aprensión, vencida de la verdad, se ha pasado a realidad. Qué me quieres, ilusión! Ella es, no hay que dudar. Él es, no hay que discurrir. A buscar al Rey he de ir, por si alivio su pesar. Mas no me engañes, pasión. Mas no me mientas, indicio. 2. . Que no es justo que ande el juicio aluso de la razón. oí El Rey, Monsiur, aguarda. Solo es mío el interés de llegar presto a sus pies, Pues venid. Que me acobarda ya, si en esta contingencia a encontrar alivio vengo! Señor Duque, a solas tenjo que decir a Vueselencia. En acabando el mensaje, esperaré a la salida. Ved que me importa la vida que volváis a este paraje. Mal, Madama, discurrís, sipensáis, que faltar puedo a mi obligación de miedo, por más que infiel:: No venís? Logrando voy el honor de acompañaros. Sé alguna vez favorable, fortuna: Llegó ya el Embajador? Cerca de la Galería estará ya. Pues conmigo, porque vea mi enemigo cuanto la honra tuya es mía, sentada, Juana, has de estar. Señor, honra tan inmensa, en vano lograrla piensa mi humildad. Te has de sentar, por vida de Luis. Ya aquí culpa será mi reparo: No habrá, por sojeto raro, otra silla para mí? 1. Calle él, y hacia allá se haga. Oiga el diablo del Soldado, que ancho está, como le han dado seis maravedís de paga. Permitid, Marte Francés, (cuanto a respeto provoca, . turbado estoy) que mi boca se envanezca a vuestros pies. Alzad, y sepa el intento, que os trae aquí. Qué entereza! Fiera cuba de cerveza! Yo la diré: oídme atento. El Quinto Énrico, Monarca de Escocia, y de Inglaterra, de Irlanda, y de cuanta Tierro ciñe en las Islas, que abarca con cadenas de cristal, gozosas de que él las mande, en el Mar del Norte, el Grande Occeano Occidental: A vos, el Glorioso Augusto Séptimo Carlos de Francia, saber hace su arrogancia, cuanto con él es injusto, o ya el trato, o ya el poder, pues en lid tan sin igual, el Bastón de General entregáis a una mujer, que en los Montes Ciudadana, adonde vivió hasta ahora, aprendió, siendo Pastora, los resabios de villana. Con que sentado en rigor, que siempre en el Mundo ha sido el desaire del vencido desdoro del vencedor; presente os hace por mí la nota, que al Orbe dais él, y vos; vos, pues estáis dándole a entender así, que más que aplauso, baldón, tal General os hadado, pues el tronco de un Cayado buscasteis para Bastón: Y él, al mirar que ninguna gloria en esta empresa gana, pues como a mujer, a Juana (to favorece la fortuna. Con que aunque en empeño tan- vanidad suya ha de ser ver, que se acoja el poder a la sombra del encanto; pues de las magias valida, de los conjuros fiada, hay quien dice, que su espada lidia a no quedar vencida. Con tanto os ruega, que a uno, de tantos, tan singulares Caballeros, Duques, Pares, paséis el Bastón, si alguno puede haber tan poco vano, que aunque vencedor se arguya, para pasarle a la suya, le reciba de su mano: Venza el valor, no el ardid, lidie el brazo, no el conjuro, porque el que lidia seguro, qué va a ganar en la lid? nada; pues aunque contrasta la enemiga oposición, cuanto quita a su opinión miente a su esfuerzo, y:: (migo, Ya basta; y advertid, que habláis con- pues ciego no habéis mirado, que yo jamás he tomado consejos de mi enemigo. Y porque a vuestra Embajada satisfago de este modo, quiero responder a todo, con no responder a nada. A Juana, y Inés, con esta acción advertir arguyo, pues en un acaso incluyo favor, desaire, y respuesta. Y así solo le diréis, que en este Vergel florido me encontrasteis divertido con estas flores que veis; las Armas de entrambos son, pues una es Lirio, otra es Rosa, cuya cifra misteriosa explica en esta ocasión entrambos conceptos, pues que sea la una quiero penacho de mi sombrero, otra, alfombra de mis pies, mostrando, que en esta guerra han de perder la fragrancia, junto a los Lirios de Francia, las Rosas de Inglaterra. . A mí este desaire! Ingles, decid a Enrico, que en vano piensa el Alción Britano postrar al Delfín Francés. . La flor que el Rey desairo, fue la Rosa que le di. La flor que premiada vi, fue el Lirio que le di yo. Qué yo este agravio consienta Ireme sin hacer caso. Fuerza es esperarle al paso para saber lo que intenta. . Embajador, despejad. Si haré, por venir más presto quizá a verme mejor puesto, Oh con cuanta vanidad quedaréis de haber hablado tantos ultrajes de mí! y aunque yo los merecí, lo que os debe dar cuidado es volver por la Nación, pues, no saldrá vencedora mientras esta Encantadora tenga en su mano el Bastón. . Solo todos me han dejado. No tanto, Monsiur, que no haya alguien, que guiándoos vaya. Mucho, Madama, he estimado la merced. Venid conmigo, y ved, que a vuestro valor fío alma, vida, y honor. Pues cómo, ingrato enemigo, dueño injusto:: No es para ahora vuestra queja: venid, pues. Siguiéndoos voy. El hombre es de aquellos a quien su hora les llegó, pues mudo, y sordo no supó qué responder, y es, porque a mi parecer se helo como caldo gordo: Mas qué aguardo, si de aquí Juana se fue, y es mi plaza el ser su perpetua maza. Qué, a eso estás resuelta? Sí. Pues:: Esperándoos he estado, por ver en este lugar, qué me tenéis que mandar. Mucho os estimo el cuidado. El Duque es, ya no hay que aguarde, pues sabido lle va ya día, y sitio. Qué querrá? Quedad con Dios. . Él os guarde: Señor Duque, a solas tengo, que hablar despacio con vos; y pues a Suesóns con dos motivos buscándoos vengo, ved donde, y cuando en campaña os dejaréis ver. Jamás estilo dilatar más el responder a la saña de quien buscándome va; y así, Coronel, espero mañana al albor primero en ese Bosque, que está entre ambos Campos, adonde será nuestra seña sola disparar una pistola; y pues que ya el Sol se esconde, idos seguro, de que estaré en el puesto fijo. . Oíd. El sitio que me dijo . Madama, Cielos, no fue el mismo, que él me previene? si, si yo no escuché mal. Qué dudáis en caso igual? Nada, porque nada tiene que dudar, quien de los dos va fiado en los aceros. (ros Qué despejéis, Caballe. Quedad con Dios. Id con Dios. Ya que de la oscura sombra de la noche se guarece nuestra cautela, para ir marchando secretamente hacia la Quinta, en que Carlos el belico afán divierte; y ya que el albor del día desenmarañando viene las rubias trenzas del Alba por los hombros del Oriente; hagamos alto a la vista de ese Bosque, en cuya agreste maleza es de temer, que haya emboscada alguna gente, pues de la espía supimos, que hacia nosotros se mueve su Ejército. Hoy más que nunca deseo, Señor, vencerle, pues la arrogancia con que Carlos respondió, merece darle a entender, cuan trocados sentido, y cifra a ser vienen, el Lirio, el que se marchita, la Rosa, la que florece. Lo que yo quisiera, Duque, es, que Juana no tuviese la suerte tan de su parte. La que es mágica, no es suerte: ni como pudiera haber recuperado en tan breve tiempo tantas conquistadas Plazas, sin que la valiese el negro pacto, en que impuro espíritu la favorece. Aunque hasta ahora puse duda en que ser verdad pudiese lo que decís, pues la envidia siempre es sombra del que vence; en tan continuas victorias, bien a mi costa parece, que el tiempo me desengaña. Hoy, aunque al hado le pese, se ha de vencer el hechizo; pues si como creo puede tomar nuestra gente el Bosque; podremos, caso que llegue a presentar en el llano la batalla frente a frente, cortarle la retirada. Talbor, que a reconocerle fue sin duda, nos dirá si su maleza consiente Tropas armadas. En tanto, que a dar ese aviso vuelve, vamos recorriendo el Campo; y ya, que la suerte quiere, que una humilde mujer tanto generoso ardor domene, cumplamos de nuestra parte con morir, y de esta suerte el Mundo sabrá, que Enrico de Inglaterra, o triunfa, o muere. Si a Paris sitiar intenta, y mi brazo la defiende, solo ha de ir a hacer sus fosos sepulturas de Franceses. Oh con qué pereza, Cielos, el día de hoy amanece! Será dichoso, pues tarda, Venid. Ya os sigo. Suspende, bruto indomito, la faña; pues por más que te despenes con migo, quien como yo es infelice, no muere. Bien el suceso lo dice; pues impedido en las redes, que, o bien las ramas anudan, o bien las raices tejen, segura, pero asustada, tus enojos burló; si a este Bosque, donde a Talbor dije, que aún antes, que amaneciese le aguardaba, habrá llegado, pues un siglo me parece cada minuto que tardan los medios en disponerse para vengarme de Juana, cuya envidia:: pero tente, discurso, que allí montadas Tropas hacia el Bosque vienen encaminando la marcha; Francesas son, sí, pues verse deja en las blancas divisas hecha plumas mucha nieve: qué haré, fortuna, pues sola, y en este traje, si emprenden ocuparle, preciso es, que en su maleza me encuentren a tiempo que (aún porque no pueda de ellos defenderme) perdí en su maraña inculta el espadín; pero apele al grito de esta pistola mi confusión, pues si hubiere abanzadas Centinelas, fuerza es que al tiro se acerquen, y dándome a conocer, puedo lograr que se enmiende tanto acaso: Para esto de un Soldado confidente me granjearon ruego, y oro, vestido, y caballo. Ah pese al hado, que lo dispone, y al valor, que lo consiente! Pero esto ha de ser, ya el Monte, para que en ecos resuene, el ruido que llevo entero, hecho pedazos le vuelve: O si fuera tan dichosa, que el viento me respondiese favorable! Mas qué dudo, si en estruen dos diferentes, con tres true nos gimió un rayo; con tres silvos una sierpe, a tiempo que de las ramas, mas que al céfiro, se mueve la verde quietud. Apenas la fogosa seña ardiente del tiro; pero qué veo, Cielos! Yo soy, qué os suspende? La ad miración de que cuando (disimular me conviene que la esperaba) en el Duque venía a satisfacerme de vuestros desaires, hallé al paso vuestros desdenes. La extrañeza de que hagáis, doblando el duelo pendiente, si reñía porque os truje, que riña porque os encuentre. Pues ni uno, ni otro os espante; y para que no se empeñe ninguno en averiguar el impensado accidente, que aquí me trae, sepa yo, confundiendo las especies, qué intentáis. Eso diré yo, pues a mí me compete, ya que la seña del tiro, hablando equivocamente, nos juntó. Esto solo tengo al hado, que agradecerle. Madama aquí? Raro caso! Aquí el Duque? Trance fuerte! Señor Duque de Alenquer:: Pie a tierra, venid, Franceses, conmigo a tomar del Bosque la surtida. Esta es mi gente; mas no importa, proseguid, que a mi cuenta, cuando llegue, vuestra seguridad corre. Si haré. Decid. Atendedme. Señor Duque de Alenquer, aunque tendréis bien presente el suceso de Dobré, permitidme que le acuerde: Vos danzando con Madama, a cuyo ceño no debe mi rendimiento más que iras, mi pasión más que esquiveces. La di la mano sin guante, es verdad; vos impaciente, malicia haciendo el descuido, me obligasteis a que os diese a entender con el acero, que si teníáis tan leve acaso a desaire, en mí era repetirle el mantenerle. En tierra de una estocada caí, que en lances de suerte, no es ser uno más dichoso ser otro menos valiente; mas como estas contingencias del valor, aunque no ofenden lastiman, y más habiendo sabido después, que a trueque de mi tragedia comprasteis una fortuna, que:: Cese la voz; y antes que a mi agravio vuestro arrojo se despeñe, sabed, que si yo del Duque me valí para ponerme en salvo en ajena Patria del rencor de mis parientes, ha sido tan sin perjuicio de mi honor, que en él:: Hacedme gusto, Madama, de no proseguir tan indecente plática. Por qué? Porque me importa, si a reñir vine, según lo que cree, dejarle creer todo lo que quisiere. Lo que sospecho me basta. Pues a qué aguardáis? No os ciegue tanto la ira, que olvidéis que estoy de por medio. Ese reparo toca salvarle al que os trujo aquí. Quién piense, que pude yo:: Pues mi arrojo escrúpulo es de ambos, queden saneadas ambas malicias. Cómo ha de ser? De esta suerte. Reñid, pues; pero advertid, que para que el duelo cese, soy yo padrino de entrambos, no tanto porque se estrene la novedad de que una mujer en el Campo me die, cuanto porque de vosotros ninguno de mi sospeche, que quien a uno de dos busca, a uno de dos favorece. Mirad:: Advertid:: Si una osada mujer se atreve a regir Tropas, en otra no es extraño que se cuente, que apadrinó un desafío; sin que entre las dos disuene ser entrambas valerosas, pues todas somos mujeres; y así, ya que el espadín se quedo perdido entre la broza del Bosque, supla su falta este áspid ardiente, para partiros el Sol. Cuando tanto empeño pende de vos, el estar delante ser embarazo no puede para reñir. A mí más me anima, que me detiene, tener delante la causa. Pues para que a un tiempo muestre cuan agradecida a entrambos mi obligación se confiese, dispararé la pistola, porque no sé si este fuerte heroico espíritu mío, cuando a uno de los dos viere herido, podrá sufrir, que del otro no le vengue; y pues con armas iguales os miro, lidiad. Valiente pulso! Destreza notable! Muerto soy. Esto consiente mi ardor, sin que con su acero le castigue! Quién creyere:: Mas qué hago! Por que, si ya contra mí la espada tiende vuestro brazo, no prosigue? Enmendaré el accidente; . porque para que veáis, que siempre que a herirme viene la espada de mi enemigo, la recibo de esta suerte. Basta la acción que habéis visto; y para que yo os respete, solo basta, que después de que a vuestros pies la eche la vuelva a la vaina, porque hombres como yo, ser deben con los hombres, atrevidos, y con las damas, corteses. Reñid, pues. Aquí se oyó el ruido, llegad conmigo; pero qué es esto? Un castigo. Quién le ha ocasionado? Y Vos en este traje? Sí; y pues aquí os llegué a ver, Duque, no os neguéis a hacer una fineza por mí. Qué fineza? Juana ha sido, quien me ha puesto en este esta do, pues mi pundonor ajado, del Rey está aborrecido; no ha mucho que una mujer, digna de eternos renombres, padrino fue de dos hombres; y ahora vos habéis de ser, para que yo dé castigo a traidores procederes, padrino de dos mujeres: Lidia, villana, conmigo, pues con la espada en la mano me hallas. Arrogante, loca, poco tu ira me provoca, pues árbitro soberano de la guerra desairada, quedará en el vencimiento, porque para tu escarmiento no necesito de espada: Y pues a reconocer entré el Bosque, en cuya umbrosa maleza os hallo, vosotros, por si el aliento recobra, retirad ese infeliz. 1. Si haremos. 2. Bien que con poca vida, aún respira. Por cierto que es linda ayuda de oosta la que les dan. Tú, atrevida mujer, para que conozcas que no te temo, pues tienes tan a tu vista las Tropas de Enrico, de ellas te ampara. Si haré, pues con ellas solas vengarme espero. Repara, que la orden que tengo a boca del Rey, se opone a tu intento. Cómo es fácil que se oponga si irse ella; o llevarla tú, todo es una misma cosa? A mí me toca el reparo. Y a mi embarazar me toca, que a vista de Carlos vuelva, para que a mi cuenta corra disculparte con el Rey. Y a mí, que ni una, ni otra razón la vanidad tenga, de ser ella quien me arroja, pues yéndome yo, tu ruina logro. Cómo? De esta forma. Ingleses, a la espesura, pues en sus troncos se embosca la Poncerla. A la espesura. Ya la oyeron: Monta, monta, Duque, antes que llegue el Rey a nuestra vista, con toda la demás gente, tengamos de repuesto esta victoria. El que tú la emprendas basta! Ya, como al pastel las moscas, vienen Ingleses al Bosque: Toca al arma. Al arma toca. Señores, que esta mujer, Mari. Macha, u Amazona, a todas horas riñendo, correr me haga a todas horas, ya que en fe de nopelear, yo haya de quedar de escolta a contarlo que sucede depaños adentro: toma, la zurribanda se acerca, y para que no me coja válgame la escapadiza. O el polvo, que el aire entolda, o el humo, que el viento empa- ña, o en fin, la distante ronca confusión, que en eco envían, ya los tiros, ya las trompas nos engañan, o en trabada escaramuza, la poca gente que Juana condujo, con los enemigos choca. De su valor bien se puede creer, Señor, tan animosa acción. ̱. El darlos calor con alguna gente, importa. Estando Juana arriesgada, yo tengo de ir en persona a embarazar su peligro. Victoria Francia, victoria. C. Esperad, que ya deshecho de la nube vagarosa de humo, y polvo, el embarazo, ver se dejan victoriosas nuestras Vanderas. Que mucho, si Juana las hace sombra! Gracias a Dios, que vencimos. Vos vencisteis? De una sola cuchillada hice tajadas cuatro libras de acenorias: Que no habíáis sentado plaza no me dijisteis en otra ocasión? No me acordaba, que soy flaco de memoria; pero etela allí, que viene mi ama; etela, que desmonta, y etela también, que llega. A vuestras plantas heroicas tenéis, Frances Alejandro, en las Aspas, y en las Rosas los Timbres de la Bretaña, los Blasones de Borgona: Antes que llegaseis quise vencer, y tan a su costa cumplí mi palabra, que desbaratadas, y rotas las huestes contrarias, huyen del rayo, que las destroza. Una vez, y muchas veces, a mis brazos llega, gloria de Lotoringía, y afrenta de los Césares de Roma. Al valor del de Alenquer lo debéis. El Duque es honra de la Nación; y porque quiero que todos conozcan, Juana, cuan bien mi amor paga una fineza con otra, decid vos si ejecutasteis mi orden, como lo denota no haber hoy vos, ni Madama, dejádoos ver. Oh cuán poca es mi suerte! Qué decís? No sé lo que le responda. . Dónde está Inés? Aunque quise:: Proseguid. Poner por obra:: Qué os embaraza? El precepto:: Habladme claro. Me asombra vuestro ceño, y es más fácil a mi brío, aunque se opongan montes de dificultades, si su falta os desazona, traerla del Campo contrario. Oíd, aguardad. Dale vola. Luego está en poder ajeno Madama? En la estancia umbrosa de este Bosque en otro traje la hallé; y cuando su persona detener quise, en él hubo otro impulso, que lo estorba. otro impulso? Quién su vida quiere tan mal, que me enoja? qué atrevida fe perjura; qué infame aprensión trai- dora se opone a lo que por la vida de mi esposa, que haga: mas deoíd, quién fue No a ese desaire me exponga vuestra cólera. Queréis qué os alcance mi ponzoña? Ved, Señor: Quién fue? Yo, Sire; porque no la vanagloria le quedase, de que cuando para la lid me provoca, no la diese libertad. Bien hiciste, pues qué impora ta? tu gusto es el mío: ah Cielos! que en el corazón se enrosca un áspid, cuyo veneno se estiende hasta la memoria! Raro imperio! Gran mudanza! Y para mostrar cuan pronta hoy mi estimación, con una bizarría os desenoja, a Paris. Vamos andando. De conquista tan gloriosa será el logro quien acabe de perfeccionar mis glorias. Marche el Campo. Marche el Campo. Amor, para qué equivocas las glorias con los pesares? De no menos peligrosa tiranía he rescatado a Carlos, que a su Corona?
JORNADA TERCERA
Tercera jornada Ah de la antigua fan Metrópolí de la Francia, bello Vergel de las Lises, fuerte Blasón de las Galias. Ah de la altiva Cabeza de aquel Cuerpo, en cuya vasta robusta forma, costados son Normandia, y Campañía:: Ah del Emperio, a quien tantos Cristianísimos Monarcas, con glorias de Borbón ciñen de laureles sus Murallas:: Ah del Trono de las Ciencias. Ah del Taller de las Armas. 2. Si hoy tiranizado al Cetro, siempre plausible a la Patria. 3. Ah, en fin, del siempre temido Muro de Paris. Quién llama? Ya que a vista de las Tropas es preciso que yo salga, como al fin Gobernador suyo; y por si la distancia mis señas borra, Monsiures, ved, que es el Duque quien habla, de Celebería. A nosotros nunca el susto nos embarga, tanto, que desconozcamos los Heroes de la Campaña; a vos sí, Duque, parece, que el ver tanta gente armada, os estorbó el conocer, que ha sido el que hablaros trata Carlos, Monarca Francés. Huélgome de que melo haya avisado tan a un tiempo la voz, como la arrogancia; y pues Vuestra Majestad llego, en fe de la llamada, al Foso, qué es lo que intenta? Nada, y mucho. Mucho, y nada? Sí; pues si miro al trofeo de que evitando a mi saña el trabajo de arrimar a sus Muros las escalas, me entreguéis a Paris, viene a ser mucha la ganancia de recuperar la joya, sin maltratarla la caja; y si atiendo a cuan preciso es que lo hagáis, por dos causas tan fuertes, como ser mía, y el día que está sitiada no poder vos defenderla; viene a ser nada en substancia lo que pido, pues entre ambos igual conveniencia se halla, para vos tanto en rendirla, cuanto para mí en cobrarla. Si porque desde que rige vuestros Ejércitos Juana la Poncerla, esa que obra tan en virtud de la Magia, ve es lo mismo en sus conquis- tas emprenderlas, que lograrlas. Si porque en tantos encuentros, sitios, choques, y batallas, hemos perdido, no solo la gente, si no la fama: Y en fin, si porque en Clermont, donde sus Tropas se acampan, indispuesto quedó Enrico, Marte de la Gran Bretaña, pensáis, que destituido de socorro estoy, se engaña vuestro deseo, pues presto, fiando al viento en el nácar, de sus cruzadas Vanderas la divisa de sus Aspas, en Philipo de Borgosía espero, que me le traigan con los Flamencos Mosquetes las Escocesas Corazas; y así, ahorrando de razones, yo solo se, que a esta Plaza mi brazo es quien la defiende, mi conducta es quien la manda, y solo deshecha en polvo la ganaréis, si se gana. No dudo, que el Borgoñón para socorreros marcha, tan veloz, que casi escucho el estruendo de sus Cajas, pero si solo se acerca a duplicarme la hazaña de otro triunfo, no os aliente, Duque, tan necia esperanza, de mi piedad abusando; pues antes que sus Escuadras lleguen, si no me entregáis a Paris, por la Sagrada Insignia, cándido honor de aquesta celeste Vanda, que a escala vista he de entrar en ella, sin que de cuantas enemigas vidas cela, contrarios alientos guarda, uno reserve el fogoso ardimiento de mi espada. Poco esa amenaza temo. Pues a que, arrogante, aguardas, que no coronas los Muros de aquella Inglesa jactancia, cuyos humos os quedaron de las cenizas pasadas? Mucho extraño, que delante del Rey haya quien con tanta osadía hable. Que mucho; Inglés, si yo soy la Magia, que hechicera encantadora vuestras altiveces haja; y pues decís, que en mi ciencia se fía nuestra arrogancia, escúsame, que del negro pacto el conjuro me valga para tomar la Ciudad, pues dudar es ignorancia, que a sobrenatural fuerza no hay resistencias humanas. Si cuando te vio a sus pies Énrico, hubiera su rabia dadote la muerte, ahora de la fortuna en la tabla mudado estuviera el juego. Pues echar otra baraja. Yo, Ingles, si no te resuelves a hacer lo que se te manda, la primera he de ser, que sobre las Almenas altas de ese Revellín trémole mis Vanderas, sin que a tanta volante lluvia de dardos, ardiente nube de balas, me defienda la rodela, ni me redima la malla. Si te endurece el conjuro, qué mucho. Por qué te cansas; Juana, en andar dilatando las obras con las palabras? Señor, advierte, que pierdes todo el tiempo, que dilatas la gloria del vencimiento. Nuestro es el día, qué aguardas? Dices bien: a Paris hijos. Ingleses, a la Muralla. A escala vista se dé el asalto. Toca al arma. Al Muro. Suban ustedes, que yo guardaré las capas. Dónde vas, hijo? A ser yo quien este laurel te añada. Bien de tu aliento lo creo; mas no alriesgues en tu infancia tu vida, y la mía. A ellos. En el ardor, que me inflama, reventando está el incendio por ir vertiéndose en ascuás. Ira de Dios como trepa la señora Marí Macha. Viva Enrico. Carlos viva. De la Poncerla la espada nos ciega. Cómo, cobardes, el Muro se desampara? Arriba, arriba, Monsiuros. Abajo, abajo, Madamas. Aunque tu poder me rinda, no has de lograr temeraría, ni mi prisión, ni mi entrega. Ya cual vívora entoscada a sus piedras, la Poncerla, cuantos avenena mata. Alenquer, y el Condestable la siguen. Victoria mi ama. Ya aquel Rebellín domina. Paris por el Rey de Francia. Ningún Paisano, Soldados, se maltrate. A la Estacada. Al Rastrillo. Y tú no subes? Tengo aquesta pierna mala: Cobarde eres. Ese vicio me quedó de unas tercianas. Mas que marcha es la que en ecos, tan a media voz se alcanza a escuchar, que el mismo viento, que la conduce la gasta? El socorro es. A este tiempo los suele enviar España. Tarde viene ya, si piensa desvanecerme la hazaña. Abrid las puertas. Cuál sueñan los panderos de Vizcaya. Ya, Invicto Señor, Paris vuelve a doblar la garganta al yugo de vuestro Imperio, al poder de vuestras Armas, tan como siempre triunfante, que de las Tropas, que estaban ya en fuga, el Gobernador no parece, pues fiada su vida a su precipicio, hay quien dice, que de la alta boca de aquella surtida, se despeñó a la Campaña, pensando, que huye su muerte quien va a parar en su infamia. Solo tú, heroico Blasón de Lotoringía, lograras restituirme la Augusta Diadema tiranizada; mas sabe, que aún no has vencido Si lo decís porque bajan costeando el margen del Sena las Enemigas Escuadras de Philipo, presto haré, que vea, que en la demanda, las Vanderas, que él trémola, la Poncerla las arrastra. Condestable, con la gente de Anjón, Provenza, y Navarra guarneced la Fortaleza; pues porque el amor atraiga la lealtad de los Paisanos a vista de su Monarca, quedará el Delfín con vos. Vos, Duque, haced que en dos alas la demás gente se forme, para embestir cara a cara al Borgoñón, no presuma, que los Franceses se cansan tan presto, que de un asalto no pasan a una batalla. La ejecución te responda: y, o quiera la suerte, en tanta . confusión, que yo averigue, que ha hecho el hado de Ma- dama! Ay Inés! que entre el confuso estruendo de la Campaña, . aún conservo tus memorias. Toca a marcha. Toca a marcha. A la Ciudad. A la lid. El Cielo, Señor, os traiga victorioso. Corazón, en vano, que crea tratas en los presagios, que anuncias los temores, que disfrazas. Ve aquí ustedes, si ahora fuera yo Soldado, y no arrimara, o la cuerda a mi mosquete, o la mano a mi tarama, viniera un Sargento, y con el palo de la alabarda otro par de pantorrillas me pusiera en las espaldas. Ay es decir, que si hiciese algún tornillo sin fragua, no hubiera el arcabuceadle, que le acompañe una manga, que se ponga bien con Dios, que le tire un camarada, atar mano, hincar rodilla, vendar ojos, pedir agua, a la sien, que es buena muerte, al pecho, que es linda gracia; y después de estos martirios, no hicieran una fritada con mis sesos, para que almorzasen las urracas? No, señores, no hay más vida, que libertad brivanada, y ande el dengue: Ira de Dios! como en el Campo se cascan las liendres; pero afufemos, miedo. Los Cielos me valgan. Hombre, cuyo arrojo pudo atreverse a tan extraña acción: Mas qué es lo que miro! Yo soy, no te admire nada, pues ofendida, y celosa, soy dos veces temeraría; y pues muerto tu caballo, al arrojarte se abraza contigo el desesperado despecho mío, villana, ahora veremos, lidiando cuerpo a cuerpo, quien más ardua empresa logra; tú, que tan a tu salvo me agravias; o yo, que tan a mi riesgo de ti me vengo. Repara, que si porque me has seguido Berida, ciega, y cansada, piensas rendirme, has de ves cuan presto te desengaña mi valor. Lidia, y no alejes con tu omisión mi venganza. Cercadlos, pues las divisas de las Plumas, y la Vanda, que es la Poncerla aseguran. Ya aquellas voces declaran tu traición. Date a prisión; pues aunque desbaratadas mis Tropas huyen, con solo este trofeo se salva la perdida de hoy. Mi acero se empeñó en aprisionarla, y él ha de lograrlo. Quita. Competencia es excusada, porque a nadie he de rendirme. Si se resiste, matadla: Cuando la suerte se muda, aún hasta la tierra falta. La Poncerla no parece. (tara, Aunque el centro la ocul- la buscará mi denuedo. Quitadla el acero, y vaya en alas de mi deseo, donde consiga llevarla a Enrique, ya que el paraje permite en buena ordenanza irnos retirando. Solo siento mirar, que en mi falta, con el consuelo del Rey, la defensa de la Patria. A qué aguardáis? Monta, monta. Soldado, pues fuiste causa de esta gloria, ven conmigo, para que empiece a pagarla, enviándote con la nueva a Clermont. Aunque mi rabia solicitaba su muerte, he sentido su desgracia. Si esto es voluntad del Cielo, valor, paciencia, y constancia. Ya a costa de aquella vida lograsteis, celosas ansias, que Carlos en la Poncerla pierda el objeto, que amaba, sienta el riesgo, que padece, y en efecto:: Rama a rama registraré la espesura. No haréis, que hay quien lo embaraza. otro pesar! pues tú cómo? El Rey es. Dónde está Juana? ya que no es esta ocasión de averiguar tu mudanza? Dónde, para persuadirla; no volveréis a mirarla. Luego (ay de mí!) la Poncerla ya prisionera. En su guarda a toda brida camina aquella volante Escuadra. (to. Calla, que esa voz me ha muer- Y porque veáis, que paga mi amor con un beneficio una ofensa, no en cobrarla Vuestra Majestad se empeñe, pues podrá ser, que trocada la suerte, en vos sea golpe, lo que es en ella amenaza. . Cómo es posible, (ah fortuna!) aunque arriesgue vida, y fama, Reino, y honor, que no intente a despechos de humo, y balas, dar la libertad? Adónde, Señor, vais? Dónde me lla má obligación, y cariño: Juana (ay infelice!) que falta voz al labio! Juana, Daque, va prisionera. Aunque tanta perdida es fuerza sentir, mirad, pues nos lo embarazan las quiebras de las surtidas, los despeños de las zanjas, que hay riesgo evidente en ir picando la retaguardía. Pues qué he de hacer? No fiar a una suerte la ganancia, si en pactos de buena guerra os la volverán mañana, a cange, o rescate. Solo me detiene esa esperanza; y mientras llega, Tambor, toca a recoger. Oh cuántas sospechas guardas, recelo! No me mientas, confianza. ; , y Si ya Paris se perdió, cualquier consuelo es en vano. A denuedo más, que humano mal pude resistir yo; demás, de que en los Burgüeses el noble afecto leal a su Señor natural, si no por sus intereses, de parte de su poder, se puso de calidad, que dentro de la Ciudad tuvimos más que vencer. Una abatida Pastora, una mísera villana, con las victorias, que gana mis altiveces desdora? Vivo yo:: Mirad, señor:: Nada, Tálbor, me digáis, pues tan claro averiguáis su triunfo, y mi deshonor: O, pese a la adusta fiebre, que cuando la Ciudad hubo de asaltarse, me detuvo en Clermont, porque celebre Francia cuanto yo lamento! A fuerzas de la fortuna no hay resistencia ninguna; y bien lo dice mi aliento, al mirar, que mi osadía del Muro a arrojarse llegue, por no ser yo quien la entregue, aunque era quien la perdía. Toda la dichosa estrella con que a Francia lidiar viste, procede de que la asiste la Magia de la Poncerla. Quién lo duda: mas no puedo dejar de decir, señor, que su admirable valor poner puede al mundo miedo; después que en el Bosque herido debí solo a su cuidado, habiendo recuperado todo el aliento perdido, volver a tus pies, noté, que es Juana mujer prudente, atenta, sabia, y valiente; y que lo es todo, se ve solo en la galantería con que de su urbanidad. recibí la libertad. Pues como en presencia mía alabáis, a quien de suerte culpo, aborrezco, y baldono, que no he de acabar mi encono hasta saciarle en su muerte? Yo, señor:: No os disculpéis. Si puede un nuevo Soldado lograr la dicha de que borre vuestra huella el labio, no la neguéis, Gran Señor, en albricias de que os traigo buenas nuevas. Recobró Philipo a Paris? Mas alto triunfo es el que ha conseguido pues hizo su ardor bizarro prisionera a la Poncerla. Qué dices? llega a mis brazos, que ni contodo mi Imperio esa noticia te pago. Cielos! Madama no es esta? Cómo fue? Por no causaros, más presto lo sabréis de este Pliego, con que me adelanto; de orden del Duque. Mostrad. Esta vez faltó el encanto. Mucho, Coronel, me alegre de veros tan alentado. Tarde un infelice muere. No pienso que lo sois tant como imagináis. Ah falsa! Volved a darme los brazos, pues me avisa el Duque, que con la Poncellalidiando nos halló; y que a vos se debe el haberla aprisionado. Que no emprenderán los celos! Ya, Señor, está pagado con la honra de haber venido corriendo la posta, a daros esta nueva, a cuyó fin me adelanté el corto espacio de dos millas. Bien lo muestra el ronco acento vastardo de Cajas, y de Clarines, que pública que ha llegado Do Philipo a Clermont. Qué mal la vista de Inés aparto! Victorioso, aunque vencido; aunque pesaroso, ufano, Marte Inglés, a nuestra vista hoy me restituye el hado, midiendo los dos extremos del infortunio, y el lauro: Tarde a socorrer la Plaza, de la invasión, del asalto, llegué, pero no tan tarde, que no consiga el aplauso de traer en un prisionero a todo el Campo contrario. Sea, señor, Vuestra Alteza bien venido, donde en lazos de amistad, en parabienes se vierta el afecto al labio. Oye usted, a mí también me traen preso. Pues no es llano, si es espía? Miente el mundo; que no soy si no caballo. Dónde la Ponderla está? A vuestros pies, confesando cuan instable la fortuna trueca los bienes en daños, muda en pesares las dichas; pues la que ayer en el Campo os daba susto venciendo, os da hoy lástima llorando. Ves como no eres, villana, de corazón tan gallardo, como dio a entender tu astucia pues en extremos contrarios, cuanto persuadía el arte, está desmintiendo el llanto? Aí veréis cuan prodigiosa soy en todo, pues entre ambos afectos, como hombre lidio, y como mujer persuado. En fin, te trujo la suerte a mis pies. Cuando han hallado otro centro, que el desprecio, los que son bienes humanos. Al ver que tu Magia ha sido quien solo en tan breve plazo mis triunfos ha oscurecido, mi laurel ha deshojado, no sé como sufre mi ira verte, y no hacerte pedazos, porque en ti acaben. Señor:: Esto tenemos? mal año! Aquesto vendrá a parar en ahorcar al criado. Esto ha de ser: Talbor, Duque, mirad, que a vuestro cuidado pongo la averiguación de tan nunca visto acaso; examinad, inquerid, si es verdadero, o si es falso el crédito de que obra Juana en la virtud del pacto; pues con vuestros pareceres, remitiéndolos firmados al General Auditor de mi Ejército, dar trato, no venganza a mi rencor, sino castigo a su engaño. Abreviar, señor, importa los términos, porque Carlos no vuelva a cobrar su prenda. En habiendo averiguado la verdad, en el Castillo la pondréis presa. Este cargo perdonara yo. Esto ya va de Herodes a Pilatos. Ánimo, corazón mío, y pues sentimos, suframos, no me haga falta el valor donde le he menester tanto. Juana, por más que me irrite el ceño con que os amago, soy Rey, y he de preferir lo justiciero a lo airado; no os quejéis de mí, pues dejo vuestra vida en vuestro labio. . Qué he de decir, si solo es mi inocencia mi descargo. Tras el Rey voy: Cuando, Cielos, cesarán mis sobresaltos! Qué orden nos da Vueselencia? Ahí esperad retirados a que os llamemos. 2. Y qué haremos de este villano, que siguiendo a la Poncerla hasta aquí ha venido? Es falso, porque yo, ni voy, ni vengo. Quién sois? Un pobre Pazguato, que ando a la briva; si digo . que es mi ama, me han de hacer cuartos. Callare, que me ha seguido. . No me parece en su trato hombre de importancia. Usted viva muchísimos años por tanta merced. Dejadle. Y usted por el agasajo viva muchísimos más: La turca haré, por si acaso . algo hay que avisar al Rey, mientras no me den con algo. Con qué intento, o qué malicia Enrique me habrá dejado . con los dos a solas! Juana, porque de una vez sepamos los prodigios de tu vida, hoy, que a solo averiguarlos nos deja aquí el Rey, responde a lo que habemos entrambos de preguntarte. Decid, veréis como os satisfago. Quién, di, para que trocases en el Bastón el Cayado, a tanto empeñao te indujo? Un precepto soberano. Luego hacernos creer pretendes, que conocido milagro fue del Cielo. Nunca yo fui digna de favor tanto. Pues soberano precepto, sin ser del Cielo, no es claro, que se implica. Jamás yo discurro en lo que no alcanzo. Qué Ley profesas? La que han profesado, los Francos, desde Clodóveo, pues os pasos seg siempre han eyes, de Cristianis Cristianisim allos. Cristiana, Pues comó te has al estudió ado de la Magia? No sé que hay? apacentando ga memoria, mas libros, mas ciencias, que el desengaño. Dónde naciste? En Dompré, Ilustre Villa del ancho dístrito de la Lorena. Pues con qué motivo cuando veniste a Orleans? Por la amena fertilidad de sus pastos, traducir quise a su debiesa el vulgo de mis ganados. Viote alguna vez el Rey, antes de entregarte el mando de sus Tropas? No. Pues cómo supo, que para su amparo tan cerca estabas? No sé. Pues qué sabes? Lo que callo. Eso queremos saber nosotros. Pues no ha bastado mi modestia a disvadir vuestra porfía, escuchadlo 1que el deseng En la feliz quietud de mi Cabaña, al despuntar el Sol, estaba un día, cuando cándida luz, que el Cielo envía, mis ojos ciega, y sus carrizos baña: Sal, Juana (dijo) a ser en la Campaña vida de la Francesa Monarquía, pues su Rey sabe, que a tu brazo fía tan sagrado poder, tan nueva hazaña. Pronta al precepto, cuyo auxilio espero, el Monte dejo, y para vuestro estrago, rijo el Bastón, que os oprimió guerrero: Con que si un Cetro elevo, otro deshago, y aunque yo puse el filo del acero, el Cielo dio el impulso del amago. Ves como todo ha venido aparar en un ideado santástico desvarío, cuyo juicio temerario quiere acogerse al portento, por disuadir el encanto? Para que tú del Francés desvanecieses los daños, de gastar el Cielo había luces, avisos, ni raptos? y cuando así (suponiendo el mérito, que no hallo) te revelase el secreto, como a Carlos, anegado en las ilicitas ondas de lascivo amor profano, pudo dar en el aviso certidumbres del reparo? Cuando no ha sido del Cielo incomprensible lo arcano. Basta, que ya de escuchar hipocresías me canso; y pues cuanto dices te hace tan sospechosa en el trato diabólico de conjuros, supersticiones, y ensalmos, presto darás con tu muerte la satisfacción: Soldados. Qué nos mandas? Qué llevéis a el más retirado espacio del Castillo, esa mujer; Lástima da el verla. Vamos. Gustosa voy al castigo, Avisar es necesario al Rey. Fortunas del mundo, cuando no dais este pago! Ya que obstinado Énrico persevera, por vengarse mejor de esta manera, en no entregar a canje, o a rescate la persona de Juana, no dilate mi esfuerzo vengativo cobrarla a fuerza de armas, pues no vivo hasta mirarla libre de su acero; y bien confirma, que sin ella muero el negro traje, que mi pena viste, si bien es (aunque triste a su tragedia mi dolor tributo) para perdida tanta poco luto. No, Señor, desconfíe vuestro aliento de volverla a cobrar, pues más atento verá el Rey, que se opone tanta saña al cortesano amor de la Campaña. Si hasta ahora no ha querido dar su enojo a partido será por discurrir; que su venganza aumenta el interés con la tardanza. Nada habrá que me pida, que yo no dé por Juana, y si mi vida, mas que de mis Vasallos, mía fuera, también mi vida en precio suyo diera. Toda esa estimación, Señor, merece brazo por quien tu acero se establece. Esa es razón para que mi enemigo le quiera deshacer. Dios sea conmigo. Dónde, Soldado, vais? Sea bien hablado, que aunque roto me veis, no soy Soldado. El criado es de Juana. Hablar no puedo De quién venís huyendo? De mi miedo. Si le traéis vos, no es excusado. Es que nunca se aparta de mi lado. De dónde vienes? De una romería. Dónde fuiste? A Cleermont: hay ama mía! Suspende el llanto. Templa los enojos. Soy yo muy tierno: hay hija de mis ojos Con lágrimas nos respondes, cuando de tu ama te acuerdas? habla, di, qué traes, villano? Qué he de traer, malas nuevas. Así que el señor Bretón pilló, como en ratonera, a Juana, y en Cleermont dio a toda brida con ella; y así que yo pían pían tras ella me fui allá, en fuerza de que con su pan comí su cochífrito de oveja, al verla a sus pies Enrico, tratándola de hechicera, sin reparar, que lo bruja no puede andar sin lo vieja, quiso matarla, y la pobre:: Maldita sea la guerra, Amén Jesús. Ve adelante. Cómo iba diciendo: Apenas pasando dos, o tres días en hacer las diligencias de no sé qué cartapació, que se hace de malas lenguas, llegó en sumaria, o en suma el día de la sentencia, cuando la (ay pobre de mí!) que me quedo en tierra ajena, pobre, y sin casar! Prosigue. Qué he de proseguir, si queda sentenciada a chicharron de la sarten de una hoguera. Qué dices, hombre? Que al ver, que mañana a Juana queman, por si podéis remediarlo, me volví al pie de la letra, donde:: No prosigas. Calla. Que al discurrir su tragedia:: Que al acordar su peligro:: Yerto el labio:: La voz muerta:: Casi sin ruido pronuncia. Casi sin alma se queja. Infausta noticia! Ah Enrico, . qué infamemente te vengas? Ay triste Patin! En fin, está su ruina tan cerca cómo dices? Ya quedaban amontonando la leña para el brasero. Franceses, hoy es el día en que vuestra osadía ha de añadirme la más gloriosa Diadema; la vuelta de Cleermont marche mi Ejército, por si llega a tiempo de embarazar la muerte de la Poncerla, que por San Dionis os juro, mi Patrón, que en su defensa he de arriesgar mi Corona; pues si su valiente diestra la recobró para mí, qué hago yo en darla por ella? Ni yo en arriesgar mi vida, para pagarla la deuda de habérmela dado a mí. Ninguno habrá, que no emprenda la más difícil hazaña por llegar a socorrerla. Sin Juana, nada es ventura. A Cleermont. Toca, Trompeta. Toca, mas sea trocando la armoniosa cadencia del bronce a la destemplada melancolía funesta de la sordina, pues quiero, que en mi sentimiento vean, por si la encuentro difunta, que adelanto las exequias. Ah traidora Inés, qué caro . tu desengaño me cuesta! Si no la libramos, Francia se anegará en sangre Inglesa. Nadie de cuartel, y paguen muriendo, el que Juana muera. Ve aquí usted de lo que sirve ser Soldado! Si no hubiera mi ama metídose en montas, tararas, ni votaselas, se ahorrara sin estudiar de quemarse ahora las cejas; pero voyme tras el Campo, pues, o bien, o mal suceda, buenores verlo. Dónde, ingrata, caminas? Dónde me lleva el desprecio de mis hados. Mal haces, si huir intentas de mí, porque no te diga tus traiciones, tus cautelas, tus engaños, porque al fin, qué logras cuando te ausentas del desdoro de escucharlas, si hiciste el de cometerlas? Ya sé que el Rey:: Quién os dio tan atrevida licencia, que en mi agravio:: Si tus celos, en odio de la Poncerla, te indujeron a adular tu enojo con tu tragedia, no estés tan vana de haberlo logrado, que en tal empresa quedará tu agravio vivo, después de estar ella muerta. Agradeced al acaso, el que en la verde eminencia de aquel Monte, el prevenido rústico cadahalso sea, y que el Rey de su castigo viene a ser testigo en esta poco distante Alquería; pues si este estorbo no hubiera, yo te sacara, villano, por las espaldas la lengua. Poco temo tus amagos. Presto haré yo que los temas Esta todo prevenido? Sí señor. Antes que venga Juana a morir, mirad, Duque) si algún escrúpalo queda en ser injusta su muerte: disfrace con apariencia de Religión mi venganza. El que ha dado la sentencía es el Obispo de Bobes, cuyo parecer aprueban Nícolas Midi, y Guillermo Spinet, hombres de letras. Yo les remití la causa. No sé si Énrico lo acierta! . Pues para que mi justicia de a entender de esta manera, que el Rey no es Juez, si no Parte, en causa que se atraviesa la Religión, no se haga en todo mi Campo seña de sentimiento; antes bien desplegadas las Banderas, desnudas las Armas, dulces las Cajas, y las Trompetas, mas sean salva del triunfo, que clamor de la tragedia. Antes que muera ha pedido, que el hablar se le conceda a Vuestra Real Majestad: En vano piensa, si piensa moverme: Mas para darla ese consuelo, traedla. Perdonad que me retire, Gran Señor, antes que venga: sois. Es mujer. Guarde el Cielo a Triste día! Ya la Guardía a trae a vuestra presencia. A vuestros pies, Generoso Énrico, Juana de Are llega, mas que a pretender su indulto, a confirmar su inocencia. (do, Bien sé, y después sabrá el mun- cuan libre estoy de la impuesta acusación, de que en fe de diabólica asistencia triunfe de vuestras Escuadras; porque como ser pudiera, que a otros valiese, y no a mí, sin que al romper la cadena me eximiese del castigo, el día, que a esos pies puesta, quien allá triunfo orgullosa, aquí se postra sujeta. Mirad, Señor, que la envidia, vapor infiel, nube densa, para cegar vuestros ojos, ha ido cuajando mis nieblas. Toda es sombras, toda es iras, si bien entre todas ellas la antorcha de mi verdad brilla firme, y arde eterna. Mas por qué me admira el ver, que engañadamente ciega Inglaterra, me baldone para vengarse, si esta no es la primer tiranía, que ha cometido Inglaterra? Desventurada Pastora, todos los hombres de ciencia de mi Reino, han declarado cuán imposible es, que hubiera? podido conseguir tantas hazañas, y tan diversas, sin que incursa en sortilegio, pena capital merezcas; y pues a tales delitos la cara del Rey no es venía, llevadla. Apartad, y no temáis, que me desparezca: En fin, para una inocente no hay clemencia? Esta es clemencia. Pues vamos a morir: Francia, tu amparo la vida cuesta a la Poncerla de Orleans: Hombres, peces, plantas, fieras, aquí acaba mi fortuna; pero miento, que aquí empieza; pues Dios, que me dio el precep me premiará la obediencia. ( Mas qué nueva marcha eso A la espalda sueña de esa (o pequeña Colina. Ya la voracidad sedienta del fuego, en humos la oculta, y a mongibelos la cerca. Armada gente parece, que domina la eminencia. Franceses Ah del Campo. Quién a él llama? Quién intenta decir a Enrico, que Carlos de Francia en librar se empeña de la Poncerla la vida, a cuyo efecto desea, que cara a cara en el llano se deje ver, ya que niega su persona al excesivo precio, que ofrece por ella. Sin duda en aquella cumbre no habéis visto de la hoguera el artificial vesubio? Si hemos visto, mas no deja el humo ver más que el humo. Pues porque sin ver, lo veas, Juana en su fuego la vida va sepultando en pavesas. Juana muere! pues qué aguar- (do? Arma, arma. Guerra, guerra. Todos sois pocos: A ellos. A vuestro lado estoy. Ea, hijos, que ya que su muerte no se embaraza, se venga. Ahora sí que me ensoldado yo para hacer una buena: mas no es bobería, estando tan al cabo la Comedia? Soldados, a retirar. En tanto que Alenquer puebla de cadaveres el Campo, yo mismo a la cumbre ascienda a ver si aún vive. Tras ti va mi valor: Buena es esa, y estará ya hecha mi ama ceniza en su chimenea. Juana? Juana? El corto aliento, que mi agonía reserva, a mi Rey sesacrifica, cuando a mi Dios se encomie En tus brazos ha espirado. No me dupliquéis con v tanto dolor. Como ahora, Señor, os paráis? Qué intenta Vuestra Majestad, que no, ya su vanguardia deshecha, perfecciona la victoria? No me han de quedar ni aún señas de su estrago. Francia viva. Ea, perros, a la oreja. Vamos siguiendo el alcance. Arma, arma, guerra, guerra, Y aquí, Senado, la pluma, dando fin a la Comedia, pide perdón, si os agrada la Historia de la Poncerla.
