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Texto digital de El plato de Génova

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Valdivieso del Pozo y San Miguel Molinilla. Texto digital de El plato de Génova. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/plato-de-genova-el.

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EL PLATO DE GÉNOVA

JORNADA PRIMERA

Estimo vuestra venida en tanto como es razón. Prospere el cielo tu vida. Mas causa me confusión novedad tan conocida, ¿es muerta mi hija a caso a Don Alfonso, mi yerno que algún nuevo y grave caso os dio en medio del invierno a nuestro condado paso? ¿Señor de Vizcaya, vos venistes con la embajada? Señor conde, el Rey y Dios hacen que mi edad cansada venga a servir a los dos. No es mensaje para menos que han de bramar los leones de valor y de honra llenos y en las buenas ocasiones han de mostrarse los buenos. Sabrás, Conde don Ramón, de quien todo el hemisferio tembló con razón tan grande como tu fama y esfuerzo, que la Majestad Real de don Alfonso tu yerno, Rey de León y Castilla, estando flaco y enfermo de una grande enfermedad, falta de esperar remedio. Sintió que una mano anciana le despertaba de un sueño y sentándose en la cama, ya desvelado y despierto, entró un resplandor glorioso y con un olor inmenso dando gloria a los sentidos y dando salud al cuerpo. Vio a nuestro patrón Santiago dentro de su propio aposento, que con la espada sangrienta y el rostro grave y severo dijele “Levántate, Alfonso, deja el apacible sueño, junta gentes, toca el arma, trabaja hasta el sosiego en la ciudad de Almería. El Alarbe sarraceno tiene en su poder cautivas las reliquias de Indalecio, mi discípulo, mi amigo, mi obispo y mi compañero. Allí en lugar indecente tienen el sagrado cuerpo de aquel que con sangre suya trajo al bautismo a estos reinos”. Hallose el Rey de manera que después entrando el médico, acabado el accidente, le halló sano, salvo y bueno. Hizo voto a su patrón de que pasando el invierno irá a cercar a Almería y que no ha de alzar el cerco hasta morir o ganarla. Con solemne juramento queda el reino puesto en arma, y aunque habido impedimentos por estar el rey sin hijos y el reino sin herederos, él atropella por todo, y aunque es temerario el riesgo, viendo que es gusto del Rey, pasa su Reino por ello ayudante de sus vasallos con armas y con dineros sus grandes y sus perlados van en persona ellos mismos y yo con mis Vizcaínos a servirle también vengo, que es nación determinada, y aunque pocos serán buenos, solo tu socorro falta, que tus catalanes diestros serán asombro del moro y destrucción de su reino. El Rey de Mérida Zaro baja con famoso ejército y al de Granada se junta con un escuadrón soberbio. El de Osuna y Archidona bajan marchando tras estos, y el de Baeza y Jaén cubren de moros el suelo. El Rey de Murcia Abenhab no hay humano entendimiento que pueda significar el poder que en campo ha puesto. Tu yerno corre peligro, mal lo ha de pagar su Reino, que las guerras pasadas aún no han quitado los frenos. Da de mano los enojos, destiérralos de tu pecho, que al fin si Dios le da hijos les tienes de llamar nietos. No le pase mal tu hija si te ha enojado tu yerno, que del mal que le viniere le ha de alcanzar por lo menos. Al fin socorro te pide, y pues él rinde su pecho para pedirte socorro. Rinde el tuyo y ven en ello. Vean la cruz de San Jorge los que en ella no creyeron. Tus catalanes leones pongan a tus casas fuego. Mira que lo pide Alfonso y yo con mis canas vengo, y si ahora le socorres, hijo te será y no yerno. Volved, señor de Vizcaya, a don Alfonso, el Rey vuestro, y decid que yo quisiera ampararlo y socorrerlo, que aún tengo el arnés colgado con que causé en otro tiempo envidia a mis naturales y a mis enemigos miedo, que aún no he colgado la espada con que a los moros soberbios de Aragón y de Navarra quité parte de sus reinos, y que fuera fácil cosa con los vasallos que tengo no la toma de Almería, sino del Imperio Griego. Mas que un Rey tan poderoso, que ha ganado en nuestros tiempos lo más del Andalucía, será oscurecer sus hechos. Que un pobre Conde le ayude, pues no es bueno para el suegro ni que el catalán anime sus ya formados ejércitos. Con mi hija le casé, muy honrado soy por ello, que es columna de la iglesia y es católico y bueno, pero siento como padre el pesado tratamiento de aquel ángel que le di y en las entrañas le tengo. Y doy mi palabra a Dios, que jamás tratará de esto a no ofrecerse ocasión y ser vos tan noble y cuerdo. Descansad algunos días y ved si soy de provecho. que nuestra antigua amistad no se ha de perder por eso, y el Rey, mi yerno, no espere que con armas y dineros ni con gente le ayude esté de esto satisfecho. Nunca esperé de tu boca el mal despacho que llevo, porque en tus entrañas nobles pensé poder más que puedo. Juntos fuimos por el mundo en el Alemán Imperio, en los estados de Flandes y en el británico suelo. Juntos venimos por Francia, deshaciendo en aquel Reino de los poco poderosos los agravios y los tuertos. Confiado en esto vine, pero pues tampoco puedo; conoceré desde hoy la poca dicha que tengo. Pensé, Conde don Ramón, que tuvo en aquellos tiempos nuestra amistad y nobleza, vínculo de parentesco. Quédate, señor, a Dios, y de una cosa te advierto: que desamparas a tu hija en no ayudando a tu yerno. Don Íñigo el de Vizcaya, deteneos, no os vayáis tan presto, descansad en mi palacio. ¡Detenedle, caballeros! Dejadme, nadie me tenga, pues que la culpa tengo que enviase esta embajada Alfonso por mi consejo. Pero, en presencia de todos, hago al cielo juramento de no ver del Rey la cara si socorro no le llevo. Peregrinarán mis canas solo para ver si puedo hallar en Italia y Francia un amigo verdadero. Amigos tengo obligados, tú eres buen testigo de ello que dejaran sus estados por morir donde yo muero. ¿Fuese? Sí, Señor. Dejadle. Lástima es, Conde y Señor, que tan noble embajador haya venido de valde. Dejadle, que esa respuesta quiero que ahora le lleve para que mi rigor pruebe mientras mi gente se apresta. Y aunque de darle me corro aquesta respuesta airada, no llegará la embajada tan presto como el socorro. Vos, Garcerán de Pinos, con nombre de General, haréis en ocasión tal lo que convenga a los dos. El Conde de Ampurias lleva nuestra Real estandarte, suene el estruendo de Marte y el moro mi espada pruebe. Y yo, que por mi vejez dejé el arnés digno de honra, para excusar mi deshonra volveré al mundo otra vez. Tus pies generosos beso, Señor, por tan gran merced. Que se junte gente haced y sea con grande exceso. Sáquese de mi tesoro el dinero que convenga, y antes que la nueva tenga de nuestra venida el moro, lleguemos a dar con él y no sepa que partimos ni jornada prevenimos el Rey Alfonso por él. Verá hallándome a su lado el Rey desagradecido, que soy suegro, aunque ofendido y él mal aconsejado. Es hacer por él ahora, dar muestras de tu valor y, en efecto, dar favor a la infanta mi Señora. Póngase a punto al momento y en estando en orden marchemos. El cuidado igual haremos a tu propio pensamiento. Pare el campo en la falda de esta sierra, pues de aquí se divisa y se descubre todo el distrito que Almería encierra. Esta montaña la ciudad encubre, y así para los tiros y pertrechos nos asegura y nuestra gente cubre. Los moros estarán satisfechos con el socorro próspero que aguardan para asegurar los castellanos pechos. Si tres días los Reyes moros tardarían en venir al socorro de Almería, ya podrá ser que sus murallas ardan. Ganada la victoria de este día en que ganamos a Lubrín y Sorbas, donde dejas lúcida infantería si al ejército el paso no le estorbas. Hoy ganará el lagar, aunque lo impidan anchos alfanjes y bomias corvas. Yo digo que en dos partes se dividan para tener mejor alojamiento y porque la campaña atrechos midan, y así para lograr aqueste intento podrá partir la reina con el Conde para tomar junto a Lubrina asiento, que si fortuna próspera responde, la gente que me queda basta y sobra. Mi gusto con el tuyo corresponde, y aunque mi alma algún disgusto cobra en ver que en guerra estoy de ti ausente, en este punto lo pondré por obra. Vamos hoy a hacia Lubrín. ¡Marche la gente! ¡Divídase el ejército en dos partes! . ¿Qué algazara es aquella? Ha descubierto el moro tus banderas y estandartes. Presto verá su estrago y daño cierto. Adiós, Reina y señoras. Adiós, mi vida, que tuya soy, aunque amor descartes. En el alma te tengo siempre asida. ¿Serbio fuese? Señor, sí. ¿Y mi Claudia? Aquí la tengo. ¿No viene a verme? Ya vengo. Siempre, Claudia, estás en mí, mas por el temor que tienes a la Reina, mi mujer, así te mandé esconder y te pregunto si vienes. Siempre fue razón y ley que de mi señora huya, porque soy vasalla suya. Y por ser tu esposa, Rey, justo es guardarle la cara, pues por un liviano antojo la agravio y le causo enojo; y se me ve mi muerte clara, pues es cierto si me ve que será mi muerte cierta. No temas, que aunque lo advierta, ningún enojo te dé. Más bien es que estés así y de sus ojos ausente por el decir de la gente si saben que estás aquí. La Reina vuelve, Señor. Cielo! ¿Qué podrá querer? Ella debe de saber, Rey, nuestro ilícito amor. Señor, vuélvome a informar dónde mandais que se asiente mi campo y aquella gente el orden que ha de guardar. Decid quién es el soldado que de mí su rostro encubre y cómo grande se cubre cuando está de un Rey al lado. Es quien se puede cubrir ante su Rey y Señor, pues puede por su valor tan alto lugar pedir. Soy, Reina excelsa, aunque mozo, quien en su niñez hacía temblar el Andalucía sin señal de barba o bozo. Y tengo ya de su alteza para cubrirme licencia cuando estoy en su presencia, porque tengo en la cabeza una tan cruel herida que de milagro no he muerto y estar al sol descubierto me podría costar la vida. No me creáis, Conde, ahora, si el soldado no es mujer. Jesús! ¡Tal se ha de creer! Pues eso os vuelve, Señora, un soldado no bastara que por el orden viniera. Tan seguro no estuviera el orden que me llevara como llevándola yo, pues al fin me importa más guardar el orden que das. En triste punto volvió. No tengas, Claudia, temor. Y un hielo en mi alma reina. No temas, Claudia. Es mi Reina y he la ofendido, Señor. En Lubrín haced que asiente la gente que va con vos. ¿Y adónde os alojáis vos? Será puesto suficiente Sorbas para nuestro intento. Lugar es acomodado. Dadme, Rey, este soldado porque me ha dado contento ver tanto valor en él estando en tierna edad. Qué manda tu majestad? Necesidad tengo de él, que sabe toda la tierra y le he mandado venir porque nos puede advertir por adalid de esta guerra. Yo le he menester allá, porque si la salida hacemos, también menester le habemos. Soldados tenéis acá. No nos sirve nuestro engaño. ¡Ay de mí! Venga a la sierra, no descubra alguna tierra que con ella me haga daño. Ven conmigo. Ya yo voy. Quedad con Dios. Ve con él. ¿Qué es esto, suerte cruel? Yo daré remedio hoy. Adiós, Señor. Vamos, Conde. Yo quedo con buen recado, luego enviaré un soldado con cartas. Claudia, responde. ¡Oh, censo perpetuo y triste al que un rey está obligado! Siendo ya una vez casado, segunda vez Reina diste. No te quedaba un heredero, y aún dos tales que en nombramiento, a don Sancho y a don Fernando, tiembla todo un mundo entero. Casaste te, ya está hecho, sufre y calla que es mujer. Y di, Serbio, ¿he de tener de bronde o diamante el pecho? ¿No ves que a Claudia se lleva? Yo pienso que ha sospecho lo que es. Yo tengo pensado hacer una heroica prueba. ¿Y es? Yo quiero ir de tu parte y decir que allá me envías por cuatro o seis compañías que vengan a acompañarte, que el asalto quieres dar antes que amanezca el día y que me dé aquella espía que te pueda acompañar. Si nos la da, es caso llano que no ha sabido quién es, y si la niega, ya ves que el procurarla es en vano porque ha sabido la historia y no nos la ha de volver. ¿Que esta mujer venga a ser impedimento a mi gloria? ¡Dios vive! Que si no fuera por lo que dirán de mí... Señor, paso estas en ti. Mira que es todo quimera quien tan grandes uces da. ¡Tente, aguarda, Vizcaíno! Casto a sal camino. Ten. Menguitorrifauna. ¿Qué ha sido? Señor, escucha. ¿Qué fue? Yo lo contaré. Vio este Vizcaíno un moro, y sin guardar el decoro al orden que dado fue de que a ninguno se enoje sin orden del general, como bárbaro animal de derecho el camino escoge del cerro donde Levido dice que le ha de matar, y deben, Señor, estar donde está el moro escondido escondidos más de treinta, y es un peñasco fuerte. Teméis, su merced, mi muerte. Tened con vuestra vida cuesta, que los moros hombres son y al almas del Vizcaíno no hallas el miedo camino, que es de hierro el corazón. Juras a Dios que se toma cólera, Juancho de Orduña, que los matas con el uña y con los dientes le coma. ¿Qué es esto? Cuentos extraños. Arrodíllate, que es ley. ¿Es vuesa merced el Rey? ¡Guárdeme Dios muchos años! Graciosa lengua. Extremada. ¿No sabéis? No es mucha mengua, mas lo que mentís la lengua, decís verdad la espada. ¿Dónde estos moros están? De estos peñascos se encubren, y, al fin, de entre ellos descubren a cuantos vienen y van. Al que el peñasco ganare, le daré premio de honor. ¿Qué dices, Rey? Señor, tu majestad lo declare, porque el premio les anime a intentar impresa tal. El que un estandarte real sobre el peñasco sublime, le daré dos mil escudos. Juancho, ahora se ha de ver de un Vizcaíno el poder. Haráis hablar a los mudos. Juras a Dios que has de estar muerto antes que la noche vengas, y fin que el peñasco tengas, al campo no has de tomar. Santo Caterina, ahora venid en mi campaña; vos, andra doña María, venid en mi compañía, venid con Juancho, Señora. Si la socorro, promete Juan Guaycoa a la ocasión. Acá pocos moros son para Juancho y su machete. Aguarda, que he de ir contigo No quieres más gente ahora. La Virgen nuestra Señora de Begoña, vais conmigo. Juan Guaycoa y Caterina, que estáis siempre, mi abogada, Juancho y de Durango espada. Ella es peligrosa riña, mas a la mira me iré, que es el hombre temerario, y si fuere necesario a subir le ayudaré. El premio me anima a ello y el Vizcaíno me alienta, que ninguna cosa intenta que no se salga con ello. ¿Qué ruido es el que suena? Temerosa gente mía, que en la infeliz Almería tiembla la más fuerte almena. ¿Qué trompetas son aquestas? Decid, vulgo triste y vano, si es porque viene el Cristiano, mejor será hacerle fiestas, que si en mi tierra oprimida pretende sembrar sus leyes, sobre él vienen mil reyes que le quitarán la vida. No te espantes, Aliatar, de que su gente se asombre, que es bastante el Rey que viene a conquistar todo el orbe; este es aquel que Mahoma dio a España por nuevo azote, porque nuestras blancas lunas, a ser rojas cruces tornen. Ciento y veinte años cumplí, el albadan en la noche que el cristiano llama viernes, y por fiesta no conoce; y en estos ciento y veinte años, estos cristianos feroces han conquistado de España de trece partes, las doce. Yo prediqué el Alcorán, a donde el Cristiano pone su devoción, porque dice que allí descendió una noche su Reina Lela María, madre de judíos y hombre; en la ciudad de Toledo déjela y ella perdiose. A Coria me fui huyendo, gánola este Rey, y pone un gran Alfaquí u obispo, que a judíos alabe y honre. Ganó a Talavera luego y diola por renta y dote a la espada de este Rey que corta muros y torres. Ganó a Córdoba la llana y, por justas ocasiones, dejó en ella a su Rey moro, que con parias le socorre. Yo vine huyendo su furia y el pensamiento engañome, que pensé que de Almería el Rey no sabía el nombre. Díjome un moro agorero: Mal su ciencia y armas logre, sus agüeros y sus suertes en contra suya se tornen. Que había de ser cristiano, el mismo día o la noche que el cristiano me prendiese, mira el riesgo que corre. Defiende, Rey, la Ciudad. Suba tus gentes a las torres, tus almenas y tus muros de ballestas se coronen, sobre tu sacra mezquita un estandarte tremole, para que sepan los tuyos el nuevo premio que pone el gran Alfaquí de Meca a la mujer, niño u hombre que en esta guerra muriere, pues aquella misma noche gozaras en dichoso asiento de la leche y miel que corre por medio del paraíso y de otras glorias mayores. No te descuides, Señor, así tus años se logren y a la ciudad de León ganen tus moros leones. Anciano Cidiamete, medroso y confuso estás, y mientras le alabas más, más la victoria promete. Antes que el socorro venga le saldré a dar la batalla; yo saldré en persona a darla porque en lo que soy me tenga; y por el santo Mahoma, a quien adoro y venero, que oyera el cristiano fiero con quien la contienda toma. Apréstense mis vasallos y adonde asentarle vieren los que con Sorbas vinieren he de salir a encontrarlos. De la peña adonde estamos por tu orden yo y Alí, Rey Aliatar, porque allí llano y sierra descubrimos. Dos horas ha, he descubierto por la granadina parte mucho morisco estandarte; ya nuestro socorro es cierto y si no he mirado mal, he descubierto cuadrilla que viene de hacia Sevilla y atraviesa el arenal. Ella es de moros al fin y a lo que ellos entiendo ven, Señor, acometiendo, a la parte de Lubrino. Embistamos al cristiano! En sangre suya se anegue y cuando el socorro llegue, sepa a qué sabe mi mano. ¡A ellos acometamos! Toca alarma, cierra, cierra a ellos mis moros guerra, que hoy la patria restauramos. Pienso que aprovecha poco tu esfuerzo, pues entremos. Quien se vuelve contra Dios no le conoce y es loco. Cristo, yo no pienso huir. Perdonar puede Mahoma, que si Almería se toma, cristiano pienso morir. ¿Adónde vienes, Manzano? Juancho, vengo a acompañaros y si conviene, ayudaros. Bien meneais ya las manos. No temas, juras a Dios, al moro, que han de venir. Si das, tienes que huir y de en buena hora, vos, que bien sabré yo ganar y pondrás el real enseña en el punto de la peña. Juancho, yo os he de ayudar, al pie de la peña estamos. Dos son, el negocio es claro. Alerta, Morato y Caro, que llegan a donde estamos. Pues no siendo más de dos, a llegar aquí se atreven. Dejadlos lleguen y prueben. A pierros juras a Dios que tememos de acabar o habéis de poner la enseña de arrey encima de la peña. Ozmín, comienza a tirar. Comienza, Juancho, a subir. Sus ojos brotan poncoña. Andradona de Vegoña. Cristianos, venid a morir. Arriba, buen Juancho, arriba.! Dos cristianos? Solo dos. Viva el Rey Alfonso, viva! Rendido soy. No rendir. No quiero moros, par Dios. Ya diste muerte a los dos. También tú has de morir. No le matas? Ya murió. Un poco de trabajo, toma. Vaya y digáis a Mahoma que en peña quedáis por yo. ¡Viva nación vizcaína! Que la peña ya estás ganado. Eres un lindo soldado. Y vos un lindo galiña. Sí, subiste sin trabajo y en subir la gloria estriba. Mucho arriba, Juancho, arriba! Y tú estáis os allá abajo. Mientras la peña guardamos arrey, Manzano, dirais que suya la peña dejáis y que Juancho lo ganamos. Y adiós, que en la cueva me entro. Las nuevas voy a llevar. En tanto, ¿quereis mirar si está Mahoma aquí dentro? Qué eres, hombre? Sí, lo soy. Pluguiera Dios que lo fueras. Sí soy. Hablemos de veras. De veras hablando estoy. Y dime, Claudia, si eres hombre. Cuitada de mí! ¿De qué te admiras? Ay! Señora, mi propio nombre. Mujer desdichada soy. Ya, ya lo sé por mi mal. Eres mujer principal. No lo seré desde hoy. Quiérete el Rey muy de veras. Muéstrate por dicho amor. Careces de su favor o ruégate que te quieras, que hechizo tus ojos tienen, que así han cegado los suyos, que con la luz de los tuyos ciegos a mi vista vienen. ¿Qué es lo que te dice a ti cuando tu amor te entretiene? Que cuando a mi casa viene no trae qué decirme a mí. ¿Es por ventura amoroso o muéstrasete cruel? Que nunca amor hallé en él y ha seis años que es mi esposo. ¿Llegasle a besar la mano o él llega a besar la tuya? Que yo aún no llego a la suya cuando me ha dado de mano. Bien me pareces, mujer, y así amiga no me espanto de que el Rey te quiere tanto, que eres muy para querer mas, amiga Claudia, advierte que en esta guerra reñida no te puedo dar a ti la vida si a mí no me da la muerte. Como amiga te suplico que no le tengas amor, que es mi esposo, es mi Señor y pues mi mal te publico; cree que me aprieta el pecho porque si menos me fuera que la vida, no hubiera esto que contigo he hecho. Parece que me respondes, Claudia, amiga, en tu concepto, y de vergüenza y respeto la voz detienes y así ondes. Yo responderé por ti, Señora, en razón y ley que resistencia hay en mí. Agradele y él me adoró y yo no le quiero mal. Yo soy mujer principal y con humos desertora. Ya saben que el Rey me quiere y que mi alma le di, y que ha llevado de mí lo que honor guarda y adquiere. No he de tener casamiento conforme a mi calidad y así tener su amistad. Es mi gusto y mi contento. Soy en efecto mujer. El Rey y de amor vencido. Nuestra alteza ha respondido lo que yo he de responder. Aguárdate, ¿a dónde vas? Pues, Señora, ¿qué he de hacer? ¿qué puedo ya responder? Sí, amiga, aún falta más. ¿Qué le puedo yo decir? Que hay Dios, que hay muerte e infierno, que hay fuego y tormenta eterno y podrasle resistir. Bien dices, pero ¿qué haré? Que aunque obedecerte es ley, en el punto que vi al Rey, vida y alma le entregué. Con todo me iré a la mano si lo alcanza mi poder, que ofender a tal mujer será despecho villano. Ruido suena de gente, grito suena y confusión y un feminil corazón tiembla cuando más valiente con miedo y recelo estoy. Del algazara y ruido algún dueño ha sucedido, a ver lo que pasa voy. Ya por hoy no moriréis, señor Juancho, que este día del moro has hallado, o guía, y fruta que comeréis, solo faltastes el vino, que el moro no le comemos, por eso no lo tenemos ni bebemos tocino. Ganimay de purgatorio, me valga que estás oyendo, con armas haces estruendo. Juan Guaycoa hace notorio a Juancho, ¿qué puede ser? Tres moros para un cristiano. ¡Por San Juanjo, primo hermano, de Dios que le has de valer! Juras a Dios que es el rey. Date a nuestras armas luego, cristiano, si no estás ciego. Morir tengo por mi ley, pero no me he de rendir. Rey, no tengas al temor, mata los moros, Señor. Santo Alá! Perros, morid! Huye, Alí! ¿Qué furia es esta que así nos mata y derriba? Viva el rey Alfonso, viva! ¿Qué espada de ángel es esta que así vino a socorrerme al tiempo que ya me hallaba tan solo que no escusaba de muerto o cautivo verme? Vuelve, amigo. ¿Dónde vas? No sigas más el alcance. Vive a Dios que echáis buen lance. Sabe bien. Ven por más, que juras a Dios y a cruces que como partir tocino parte Juancho Vizcaíno a los moros andaluces. Va y en ti fe de ha. Amigo, ¿dónde nos retiraremos? Porque es forzoso quedemos en manos del enemigo. Subamos en la peña que habemos ganado ya. Que por mí la peña está? ¿No veis en él nuestra enseña? Juráis a Dios que de un vuelo como en la peña está ya; si hubiera moros allá, los pusieras en el cielo. Oh, pecho de premio digno, vasallo por quien hoy valgo! Vive Dios! No es más hidalgo un ángel que un vizcaíno. Sube a la peña porque hay gente. Amigo, arriba subamos. Por Dios, si en la peña estamos, ¿no tienes, mundo, harta gente? Pero de cristianos es la gente que viene aquí. Señor, la peña está allí. Corazón, ¿qué es lo que ves? Ella acudió a mi socorro. Diles, Juancho, que es muy cierto, que fue por el moro muerto. Tarde llego aunque más corro, que esta canalla cruel, por la desventura mía, se ha encerrado en Almeria o vivo o muerto con él. En este peñasco está el Vizcaíno valiente, gloria y honor de tu gente, y si le ha visto, dirá a de la peña. Nor da. A Juancho. ¿Quién llama ahora? Es la reina, mi Señora. La Reina, venís acá. No escarmienta en el marido. Pues, ¿qué has visto? Has visto al rey, que aquellos moros sin ley le llevan mal herido y por Dios allá metieron en Almería? ¡Ay de mí! Juras a Dios, ves le aquí, que para burlarte fueron las palabras que te dije. ¡Por Dios, no sabes fingir! No me habías de descubrir. Sol que mis entrañas rige, buen rato nos habéis dado, y ahora mi sol querido, ya que no muerto ni ido queréis estar eclipsado, ¿cómo os perdistes, Señor? Con los moros embestí de fuerte que me perdí, llevado de mi furor salí por este camino de cinco muros cercado, y habiendo a dos derribado, me socorrió el Vizcaíno y fue él socorrerme a tiempo, que si un poco se tardara, pudiera ser que llegara cuando ya no fuera tiempo. Bendita tu espada sea! No en vano el mundo te loa. Da gracias a Juan Guaycoa y a su santa madre Andrea, que ellos por Dios han vencido. Y es justo por tal suceso, y a ti premiarte por eso, que tú el instrumento has sido. Gran gente han muerto, Señor, y a Lubrín hemos partido. ¿Y el campo? Ha se recogido a Sorbas. ¿Y está mejor? ¡Ay Dios, y cómo me pesa que me hallasen descuidado! Que los moros que han llegado cara compraran la pareja, pero si tu no lo estorbaste, yo daré a la guerra fin. Si perdiste a Lubrín, mucha mierda para Sorbas. Famoso sétimo Alfonso, Rey de Castilla y León, aquí en la España perdida le llaman restaurador. Vuelve los ojos a ver tanto morisco pendón, que ni el sol mira la tierra ni la tierra mira al sol; ni hay camino que no abrirán banderas de dos en dos; ni hay llano donde no tengan ya formado su escuadrón los jinetes andaluces, tendidos alrededor. A los moriscos infantes le sirven de guarnición tanta marlota de grana tanto alma y Zal de color, que las ovejas los siguen pensando que flores son. Ha fijado treinta tiendas y de ellas en la mayor se han juntado nueve reyes que tus enemigos son. Los gritos llegan al cielo; la dulzaina, el tambor el añafil y trompetas hacen apacible son. Siguen el campo morisco con estruendo y confusión de camellos y caballos. Otro ejército mayor, cargados de bastimentos, cebada, trigo y arroz, garbanzo y las demás cosas, que aquí necesarias son; carros cargados de lanzas, de flecha y de pasador, arcos, dardos y ballestas con gran orden y primor; y con ingenio de madera, que no se ha visto hasta hoy, que tirado de una cuerda hace cimbrar un bastón y cuatro cargas de piedras tira de una vez, Señor; y puesto contra los tuyos con insufrible rigor, un escuadrón desbarata en tirando un tiro o dos. Acude, Rey, al Remedio. Rey, perdona que me voy y el artificio de las piedras si yo no quemare hoy. No estoy Juancho Vizcaíno, ni naciste en Mondragón, ni merezco el pan que comes, ni la soldada que te doy, ni hidalguía de Vizcaya, ni es hombre honrado, juras a Dios. Sacad de Sorbas el campo y queden de guarnición para guarda de la villa una compañía o dos, y ya que Dios fue servido de darnos este peñón de tierra, piedras y fajina se guarnezca alrededor, y allí nos hagamos fuertes mientras nos socorre Dios con la gente de Castilla. Pues vamos presto, Señor, que en las cosas de la guerra nunca ha de haber dilación. ¿No escuchas el algazara? ¡Vamos! Y la munición en la cueva y en la peña podrá guardarse mejor. Caminen de mano en mano. ¿Claudia, no me habláis? Señor, mirad que va aquí la Reina y ya eso tiempo pasó. Oye, escucha. No soy Claudia. Pues, ¿quién eres? Claudio soy. Mira, que estás en la guerra y que te castiga Dios.

JORNADA SEGUNDA

Cristianos los que vivís amparados de la peña, que como monteses que a veces habéis trepado por allí, dejad la peña y salid, a ver si en la llana tierra mostráis el valor que siempre, si los cobardes lo muestran. ¿A qué venistes, gallinas? Que dejando vuestras tierras con promesas arrogantes, venís a inquietar las nuestras; ya dejastes vuestras casas y tened por cosa cierta que es querer tocar al cielo el pensar volver a ellas. ¡Salid, salid, arrogantes! Que hoy queremos hacer prueba cuerpo a cuerpo en la campaña de vuestro valor y fuerza. Salid, que os llaman dos reyes, ved si es honrada la impresa; salga Alfonso, vuestro Rey, y si no, salga la Reina, que el ánimo que te falta debe de sobrar en ella; sal, Rey loco, el que trujiste a tu mujer a la guerra, y ya de Lela Jarifa esclava ha de ser por fuerza. Dejad, cobardes cristianos, los peñascos y las cuevas adonde estáis amparados como las cautas culebras, que porque estáis sin cabellos, allí dejamos las yeguas y a pie haremos la batalla, ya con la lanza o ya sin ella. Moros bravos y soberbios, que con astucia y cautela para sacarnos del fuerte venís con gallardas muestras, yo supe vuestra venida antes que hoy amaneciera y que en la boca del río más de dos mil moros quedan. Hoy me llegará la gente que de Castilla se espera y entonces los desafíos será bien que efecto tengan, pero de cuatro mil hombres, que aún no pienso que me quedan, no es bien que los aventure a morir de esa manera. Enviad luego el aviso a la celada secreta porque a la ciudad se vuelvan; no lo hagáis esperar, que ya de vuestras cautelas aviso habemos tenido y esta vez no os aprovechan. Aliatar, perdidos somos. Por el gran templo de Meca que pienso que nuestras trazas Mahoma se las revela. ¿Licencia me dais, Rey, a Juancho para que pueda aquellas reyes de naipes ir a cortarle la cabeza? Estate, Juancho, seguro que su traición descubierta nos quita la obligación de castigar su soberbia. Venid, Morato y Hamete, y Lela Jarifa venga, y a estas monjas encerradas les haced zambras y fiestas. Tiende, Rey Caro, la adarga, siéntese su Majestad en ella, pues que el Cristiano no sale a probar su lanza en ellas. Basta, Señora, que el moro a nuestros ojos se apresta para baile, zambra y fiesta. Amigo, esa fiesta lloro, mucho nuestra gente tarda y con tanto mal me aflijo, y el príncipe, vuestro hijo don Sancho, no se aguarda. Que no duerme os aseguro, él hará de quien es prueba. Toca, Hamete, esa alhabeva. Salid, Cristianos, al muro. Cayda tu donaire prueba. Ven, que yo te ayudaré. Juras a Dios, no sufriré si ene diabrua me lleva. No tiréis flechas. No haremos. Con eso a danzar me animo. En mucho la fiesta estimo. Va de fiesta. Comencemos Guala guala, gualante marea, Ya que el soberbio cristiano, guala, no toma espada en la mano, guala, y dejando el campo llano entre las peñas está. Guala guala, gualante marea. Y aquel profeta Mahoma, guala, la furia al Cristiano dome, guala, desde Almería hasta Roma nuestro Rey ganar podrá. Guala guala, gualante marea. Pues ya por otro camino de vuestras fiestas mohino viene Juancho Vizcaíno y la fiesta alborotará, guala. Al que nos mata muera. Callad, moros, que no es nada. Manda al infierno esa espada. Esperad, moros, esperad. Muertas somos. Espera, mora, no quiero a vosotras. Dejadme andar tras los otros, que al momento volverá. ¿Por dónde salió? Señor, descendió por las higueras colgado, que si le vieras, bastara darte temor. Las moras quedan salgamos y procuradlas prender, y si fuere menester, a Juancho favorezcamos. Vámonos, Cayda, de aquí. No sé si tendré poder, que no me acierto a mover y un hielo ha corrido en mí. Ya tu pequeño escuadrón subió con leña a la enseña por la espalda de la peña. Gocemos de la ocasión, Santiago, a ellos mueran. Vete con tiento, Señor, que el número es superior de los moros que se alteran, y a las moras presas van en poder de los Cristianos por las valerosas manos de Serbio su capitán. Rey Alfonso, a mirar ponte donde blanquea el camino, mira a Juancho el Vizcaíno, hecho un nuevo Rodamonte, que los moros atropella; mírale con qué fiereza corta a un moro la cabeza y hacia acá viene con ella, ¡oh soberano valor! ¡Sangre de Vizcaya, al fin! Aguardáis, gente ruin, tendréis al posada amor. Venid, danzad un poquillo mientras el enojo se aplaca. Volved, canalla bellaca, que ya murió el reicillo, ya de Juancho, el buen persona, a rodar reyes se aveza, y si no tiene la cabeza, ¿a dónde estará la corona? ¿Qué hay, Juancho? Señor, Rey, par Dios, no pude sufrir y hubímonos de salir contra aquella gente sin ley, trabajamos un poquillo porque moros acudimos, y a buena fe que perdimos su cabeza el reicillo. Las moras cautivas lleva capitán Serbio, Señor. Bien merece tu favor quien te trae tan buena nueva. Apenas acometimos para socorrer a Juancho, y al llano, arenoso y ancho tus castellanos salimos cuando a la derecha parte en concertadas hileras vimos cruzadas banderas siguiendo un rico estandarte. A San Jorge traen en él, que mata un fiero dragón, y un poderoso escuadrón de a caballo va tras él. Las banderas son setenta y puestas en varias partes de ordinarios estandartes; de caballos hay cuarenta. A San Jorge apellidaron, y como leones fieros, los estandartes primeros con los del moro cerraron. De suerte que le retiran con nunca visto valor. Estrago han hecho, Señor, aunque los moros les tiran con el ingenio de piedras; y así el escuadrón Cristiano se ha retirado a ese llano de antiguos muros y hiedras, a donde asientan, Señor, su real que es parte guardada. Conde, no me creáis nada si no es mi suegro. El valor del conde de Barcelona mal puede estar encubierto; y así, Rey, tengo por cierto que ha venido en persona, que aunque dio mala respuesta, según Iñigo escribió, el ser quien es le obligó, y a socorrernos se apresta. Vos, Conde, podéis partir a informaros por extenso de todo. Servirte pienso, gran Señor, hasta morir; mas la Reina, mi Señora, parece, Señor, que viene. Con esta nueva que tiene estará sin juicio ahora. Ya, mi Rey, no culparéis a mi padre y su rigor, pues de su gente, Señor, cerca el socorro tenéis. Llegó a coyuntura tal que vuestro ejército vino a valer al Vizcaíno, y sucediérale mal según de moros cargaron a no llegar los aceros de los castellanos fieros, que a los moros retiraron. Ya tu gente está en la peña y en el fuerte retirada, la de mi padre alojada en la orilla de esta breña, adonde el tiempo atestigua; según las ruinas vemos cuando allí llegado habemos que fue la Almería antigua. Su obligación satisface al Conde por justa ley, que es un yerno y es un Rey a quien el socorro hace. Yo le quedo agradecido, tanto que desde allí elijo ser desde hoy más su humilde hijo si hasta aquí su yerno he sido. Rey, otorgadme licencia como vuestro gasto sea, Señor, para que me vea de mi padre en la presencia. Cesen los vanos enojos que los dos habéis tenido, pues él os ha socorrido. Ponga yo en sus pies los ojos, dejad que le vaya a ver. Yo, Reina, muy en buen hora, que el moro cansado ahora, no me volverá a cometer. El conde de Castro vaya y venga, Reina, con vos. Y yo he de ir, juras a Dios, mostrarás quién es Vizcaya. A mi Reina honrar queremos. Partid, mi Reina, en buena hora, y darán orden ahora que los heridos curemos. Adiós, mi Rey. Adiós, vida. Al fin, Juancho, vais allá. Bien segura la Reina va de esta gente descreída. Fuéronse. Ya se partieron. En punto feliz y alto el moro nos dió el asalto, en punto alegre vinieron los catalanes leones al lugar donde estoy yo, y en buen punto salió el sol de entre sus balcones. Este es el feliz día que he deseado alcanzar, pues hoy me quedo a gozar de mi Claudia y mi alegría. ¿Qué gente es esta? Señor, es Serbio, que viene a verte. Con él viene, ¡ay!, dulce suerte. Llegan todas sin temor. La gente se ha recogido, ya en tu fuerte se metieron, y estas moras que aprendieron ante ti las he traído. Quieren verse en tu presencia. ¡Que felices años vivas! Pues bien, ¿qué queréis, cautivas? Venirte a pedir clemencia. Danos a besar tus pies, pues lo quitó la fortuna que el pie que pisó la luna digno de adoración es. Dos reinas tienes postradas de la fortuna abatidas, por curiosidad perdidas, por soberbia humilladas; a verte ultrajar venimos en una peña cercado y en punto desdichado presas y ultrajadas fuimos. Clemencia, piadoso Rey. Si clemencia usar quisieres, vuélvete a mirar quién eres. Aunque de contraria ley reinas éramos ayer, y por un liviano antojo, está en manos de tu enojo el quitarnos vida y ser. Alzad, amigas, del suelo. Llevadlas vos a mi tienda y allí nadie las ofenda. Yo presto, Manzano. Harelo. Mi Claudia. Rey y Señor. Como con la Reina estás, temo de hablarte. Ay, verás cómo es injusto tu amor, pues por mucho que te extremes en quererme y adorarme, para llegar a hablarme, a tu propia mujer temes. Y ella me trata de suerte, que excusándote querella, por no llegar a ofenderla quisiera, Rey, ofenderte: da de mano a tus antojos, pues su virtud nos advierte. Mal dejaré de quererte mientras te vieren mis ojos. Yo confieso que a la Reina le debes esa amistad, mas ¿qué hará su voluntad siendo la mía quien reina? Da de mano a ese respeto, no atropelles mi amor. Eres mi Rey y mi Señor y yo te adoro, en efecto. Vamos, Señor, a la tienda, que no estamos bien aquí. Oh mujeres, ved allí! Que bien aquesta se mienda da la Reina en regalarla y en mostrarle mucho amor por si del Rey, mi Señor, pudiese al fin desviarla. Y mirad lo que aprovecha. Vamos, mi bien. Señor, vamos. Mientras en la tienda estamos, Serbio, pon cuidado, acecha. y si la Reina viniere, con tiempo me avisaras. Basta, no digas más, que lo que tu gusto fuere obedeceré por ley, pues es ley solo tu gusto, o sea justo o injusto, yo he de servir a mi Rey. Quiero subir a la peña para ver lo que el Rey quiere, y si la Reina viniere, haré pasa avisar seña. Este mi oficio promete buen cuidado y buen fin, pues viene a tener en fin un no sé qué de alcahuete. Duélete, Señor, de mí. Yo no me he de ver con él. Cuando no lo hagas por él, yo no soy tu hija. Sí, mas no le tengo deber, sino ayudarle en su guerra, y en acabando a mi tierra sin verle me he de volver. ¿Y el renombre que te dan de piadoso y guerrero? Tienes el pecho de acero. Téngole de catalán, ¡y no me aprietes! Señor, justo lo que pido es, postrada estoy a tus pies implorando tu favor; deja el enojo pasado si tu hija y sangre soy; humilde a tus pies estoy y el Rey ante ti humillado. Si son dos una persona marido y mujer, Señor, ante ti se humilla mi amor, de mi esposo, la corona. A mi esposo has socorrido y a toda la cristiandad, movido de tu bondad y de quien eres movido, pues si a todos socorriste como tan claro se ve, ¿por qué me dejas? ¿Por qué, sin socorro, sola y triste? Da de mano a los enojos de tu corazón cruel, que en no querer verle a él, a mí me sacas los ojos si traidores te han contado alguna injusta mentira. No me han engañado, mira, que estoy muy bien informado. No haya miedo que le hable ni reconcilie en mi amor. Eres mi padre, Señor, o algún monte mejorable? Levántate de la tierra, que eres Reina de Castilla. El ser tu hija me humilla, y en serlo mi bien se encierra. Así tus años renueva el tiempo con gusto y gozo, sin que envidien al más mozo tus canas de blanca nieve; así tu vida acreciente el cielo sin peña y daños, y lo que ha contado de años, de lustros y siglos cuente. Así de tu Cataluña tendido el límite veas, y de la Francia poseas desde Borgoña a Gascuña. Así con dulces efectos vivas, Señor, y al morir vayas de nuevo a vivir de Dios entre los electos; que has de hablar al Rey y así, porque más pueda alegrarte, así el cielo quiera darte heroicos nietos de mí. No te aflijas ni te ofendas. De esa manera, álzate, que yo a tu esposo veré cuando menos lo pretendas. Déjame besar tus pies. Reina, que es mucha humildad, levanta. No hay majestad, Señor, adonde tú estés. Dete el cielo larga vida. Reina, escucha, llega acá. ¿Cómo con el Rey te va? Nunca fui de él más querida. Yo he sabido lo contrario. ¿Qué puedes haber sabido? En lo contrario ha mentido algún injusto falsario. No quiere el agua la tierra ni el alma al cielo, Señor, con tan verdadero amor como en mi esposo se encierra. Dicen que tiene una amiga a quien tiene mucho amor. ¿El Rey? ¿Mi esposo? Señor, ¿y que hay hombre que tal diga? Maldita su lengua sea, que así a mentiras se aplica, y de tan grande Rey publica lo que no es bien que se crea. ¡Maldito del cielo, amén, el infame corazón que ha dicho de él tal traición! Así discúlpale bien, que se lo debes por Dios. Un alma a los dos anima, yo le adoro y él me estima. Si un querer hay en los dos, yo quiero creerlo así. Esta es la verdad, Señor, sin duda. De tu valor siempre esta bondad creí, bien es que sus cosas lleves, hija, con tanta cordura. Pues, ¿hay alguien por ventura con quien lo contrario pruebes? No sé qué me había oído decir de Su Majestad, pero no será verdad. Es mi Rey y mi marido, no he sabido contra él cosa más de lo que digo. Pues si es así yo me obligo a hablarle y verme con él. Descansa en mi tienda ahora y habla al almirante. Y es muy justo. Dadme esos pies a besar, Reina y Señora. Estéis muy en hora buena. Dete el cielo larga vida, Yo agradezco la venida a socorrernos. Ordena con tu padre que hoy se embista, verás que en pocas razones tus catalanes leones acaban esta conquista. Por corte tendrán el suelo viéndose presente a ti, y si lo quieres así, querrán conquistar el cielo. Tu padre con el enojo que con el Rey ha tenido hasta ahora no ha teñido este verde campo rojo, mas ya que San Jorge ha visto las murallas de Almería, pondrá dentro al tercer día sobre ellas la cruz de Cristo. Señor, yo voy con las nuevas de tu voluntad al Rey, amparo de nuestra ley. Bien con él tu amor apruebas. Camina, que ya voy guardándote las espaldas. Hagan la hierba esmeralda estos verdes prados hoy, que pues tal favor les haces, padre, aquestos horizontes de hoy, mas llamen estos montes las montañas de las paces. Y adiós, que tardaré un año en ver a mi esposa fiel. Presto seré yo con el raro amor. Por cierto extraño. ¿Con cuánto valor negó el loco e injusto amor de su esposo? Hizo, Señor, como quien es. Y sé yo que el Rey quiere a otra mujer, tan cierto como que soy el Conde don Ramón. Hoy con el Rey me quiero ver. Esté siempre el campo en vela para lo que sucediere, y si el moro previniere algún engaño y cautela, echad perdidas espías porque el campo reconozcan y los designios conozcan, y abajaran el furor luego al morisco rigor porque su arrogancia amansen. Yo voy quien contigo ha de ir. Pues está mi yerno al pie de esta peña que se ve; al punto podréis venir. Dad orden a don Gastón para poner diligencia mientras vos hacéis ausencia. Pondralo todo en razón y acabarán de asentar el campo, que esta montaña, por ser su aspereza extraña, puede la espalda guardar. Cúmplase tu gusto. Vamos, quede el campo en tal orden que no suceda desorden entre tanto que tornamos. Claudia, sosiégate más, que tengo puestas espías a la Reina. ¿Que aún porfías en quererme? En eso das. No vea la luz del cielo, sino con mi pesadumbre y humillándose a la cumbre, vivo me sepulte el suelo. No vea esta tierra mía qué es lo que el alma procura, y sean mi sepultura estos campos de Almería, si no te quiero y te adoro con más profundo querer que si fueras mi mujer. Eso, Rey, es lo que lloro. Tu amor la Reina ha sabido. ¿De quién? Eso no sé yo, mas luego me conoció en traje desconocido. Luego, me dijo mi nombre, señal que algún enemigo, que se te da por amigo, se lo ha dicho, y no te asombre que si me quieres, te adoro, y si de mi voluntad es la tuya la mitad, hoy pase mi pecho el moro, pero mira la nobleza con que la Reina me trata. Y no miras que me mata, Claudia mía, tu belleza? Muestras alma agradecida a la Reina que te dio su favor, mi Claudia, y no que te he dado yo mi vida. Da de mano a ese respeto. Mira, mi Claudia, este amor. Yo soy tu esclava, Señor, mas que siento, te prometo, hacer agravio a la Reina que tanto amor me ha tenido. Yo mi alma te he ofrecido, sol que en mis sentidos reina. Todo el campo está alterado, del moro hoy es el ruido, y en medio un fuego encendido en el aire levantado. No sé lo que ha sido, Rey. Despachar con brevedad un adalid y mirad lo que ha sido. Excelso Rey, temo que les han llegado socorros de partes varias, y por fiesta y luminarias aquel fuego han levantado. Id presto y mirad lo que es, y dadme amigo al momento, pagarás mi pensamiento. Y es el mayor interés. Tuya soy aunque con miedo de la Reina, mi Señora. Volveos, amigos, que ahora en parte segura quedo. Pero, ¿qué he visto? ¡Ay de mí! Reina, seáis bienvenida a dar sosiego a mi vida. Por dios que lo creo así. ¿Ha venido ese soldado de largo tiempo de fuera o trae alguna bandera del enemigo cercado? ¿Ha traído alguna ayuda del navarro y del francés? Baja el Rey aragonés, que es algo de esto no hay duda, hizo del moro pedazos algún caudillo atrevido que grande su hazaña ha sido, pues un Rey le da los brazos, ya es esa mucha llaneza de un Rey de España, Señor. Reina. Callar es mejor, que es abatir mi grandeza. Idos, soldado, que quiero hablar al Rey. Yo me voy, inmortal sin duda soy si de vergüenza no muero. Reina, escucha una palabra. Rey y Señor, no es razón que a darme satisfacción vuestra real boca se abra. Vivir con mi engaño quiero en tanto que vos gustáis, que si me desengañáis en el mismo punto muero. Yo sé qué queréis decir, que es hombre y que Claudio se llama. No sé si es Claudia mi dama, ni de vos lo quiero oír, y no permiten los cielos que yo me tenga, Señor, por de tan poco valor que de nadie tenga celos; no celos, mas celo de ver que tan sin razón vos perdáis vuestra opinión y vuestra alma pierda el cielo. Con vuestro querer me asusto sin que pueda ir contra él. Oye, esposa amada y fiel, escucha un poco. No es justo. Tratemos de lo que importa. Ayer a mi padre fui y hoy ha de venir aquí. Tu injusto enojo reporta. trátale como quien es. Y eso otro puedes dejar, que no te quiero escuchar, y peor tratarlo es. ¿Que tu padre viene ya? ¿Que cesó su enojo ya? Señor, sí y presto vendrá. Pues no es justo estar así. A recibirle salgamos, mi Reina y mi Señora. Iré, mi Rey y Señor. Dime a fe. ¿Vas enojada? Vamos. Al fin dice nuestra espía que un vizcaíno llegó y el ingenio les quemó, que ayer tanto daño hacía, y habiendo pegado fuego, sobre él cargó tanta gente que al vizcaíno valiente tuvieron rendido luego, y según es furor que ha dado, dice la espía, que al momento moriría. Morirá ganando honor. Vizcaíno había de ser quien se atrevió a tal hazaña. No tiene tal gente España, que no he podido saber de Iñigo Esquerra, Señor, de Vizcaya a donde está. Si él es vivo, el mostrará dónde está con su valor. No tiene tal hombre el suelo. Veinte años mi camarada fue, y muestra hacienda la espada y la influencia del cielo. Partió tan desconsolado viendo tu mala respuesta... Hartos pesares me cuesta, y he tenido harto cuidado, mas no puedo imaginar dónde haya podido ir. Ya te salen a recibir gente. Quiéreme agradar mi yerno, el Rey. Y es sin duda que viene con su mujer. En pensar que le he de ver, sangre y color se muda. Vuestra majestad me dé las manos. Padre y Señor, que me las deis es mejor. Dadme esos brazos. Sí haré. Si malas informaciones revueltos nos han traído, causa de donde han nacido todas estas disensiones. Ya, Señor, vendré a quedar muy desengañado ahora, que pues mi hija te adora, bien la debes de tratar. No he de dar satisfacción en el cargo que me hacen, pues veis que no satisfacen a quien soy ni a la razón. Es mi Reina, es mi Señora, y a quien tengo de servir. ¿Quién eso te fue a decir? Bien mi voluntad ignora. Déjense enojos aparte, tratad de otra cosa ahora. No digo verdad, Señora. Rey, vienes a confesarte. Mil años ha que quedó mi corazón satisfecho de que no vine en su pecho otra dama sino yo, mas no le quisiera ver con los soldados tan llano. Ese es valor soberano y lo que un Rey ha de hacer. Si el Rey no premia a un soldado, ¿quién los tiene de valer? Señor, sí, mas suele ser en premiarles demasiado. Si vives hechos pedazos, por mí no debo valerles. Mercedes puedes hacerles sin darles luegos los brazos. Esa es llaneza, imagino, y en un Rey, don soberano. Es mi esposo muy humano, quisiérale yo divino. Camina, Aliatar, que aquí está mi Rey, está en persona, y el conde de Barcelona. ¿Son por dicha estos dos? Sí. Sálveos, señores, Alá. Bien seas venido, ¿quién eres? El rey de Almería. ¿Qué quieres? Mi alma, que vive acá, la vida con que he vivido después que le dé mi fe, el alma a quien entregué, el uno y otro sentido, el corazón que me dió aliento, vida y calor, el archivo que mi amor con llave de oro cerro, el nunca visto tesoro entre moros y cristianos, las esposas de mis manos, y el Alá de este Rey moro, el principio de mi ser que tenéis aquí cautivo, por quien muero y por quien vivo, y, en efecto, mi mujer. Qué tierno moro! Es muy tierno? Tú, Rey, no hablaras así cuando trataras de mí, que debo de ser tu infierno. Merece el moro favores según de amor es amigo. Mas siento de lo que oigo a fe de moro, Señores. Pues, ¿cómo a tus enemigos pides, Rey moro, amistad? Nunca os hice enemistad, los cielos me son testigos; nunca tomé espada en mano contra la cristiana grey. Moro nací y nací Rey sin hacer guerra al cristiano. Mis padres ni mis abuelos no han tenido con vosotros reencuentro como los otros, como lo saben los cielos. Como de contraria ley veniste a reinar aquí, si no fue por guerradí? Escuchadme, Conde y Rey, rey de Castilla y León, que has de ser Señor del mundo, si el valor de tu persona no ataja el tiempo caduco. Gran conde de Barcelona, valeroso suegro tuyo, de quien tiemblan muchos reinos y han temido reyes muchos, tú, más que todos famoso sin tener igual alguno, y padre aquesta Reina que por deidad nueva juzgo. Cristianos los que me oís, ya que vuestra suerte os trajo a servir a tan gran Rey, escuchadme todos juntos: yo soy Jacobo Aliatar, y si a Gibraltar ocupo, no la quité a los cristianos ni he tenido nada suyo. Yo la heredé de mi padre y mi padre de los suyos, a quien la dio Abilgualit, aquel monarca del mundo, aquel pariente de Alá que desde el francés al turco, desde el inglés al polaco, y desde el tártaro al huno, Señores, en catorce años, y le pagaron tributo. Mi abuelo, pues, fue su alcaide, y en la contienda que tuvo contra su hermano Abraham, que con él se descompuso, fue mi abuelo general y al fin en Marcial discurso venció al infante, matole a él, le quisieron prender, vino, pero al fin no pudo, que el muchacho pertinaz al mayor riesgo se opuso, hizo embalsamar su cuerpo y en una caja le puso de la madera preciosa que llaman “safas” los turcos; así le llevó a la corte. Cuando Abilgualit lo supo, salió con llano y bozu, que vosotros llamáis luto, no quiso ver a mi abuelo, que aunque ser vencedor supo, fue sangrienta la victoria, pues costó un hermano suyo. Diole a mi abuelo esta tierra donde gobierno y rijo, que fue Abilgualit magnánimo más que ningún Rey del mundo. Díjole que se partiese, mi abuelo en orden se puso para venir a este reino con algunos de los suyos. Era de Granada Rey porque Abilgualit le plugó aquel brahen Alpujarras, tomado del nombre suyo. Aliámonos con él, quebró la tregua el perjuro, mató a traición a mi abuelo cazando en un bosque suyo. Ocupó parte del reino, mi padre, cuando lo supo, salió a vengar a mi abuelo y ejército en campo puso. En la primera batalla a nuestro profeta plugó que cobró el reino perdido y ocupó parte del suyo. Con él sí tuvimos guerra, mas mirad si en tiempo alguno contra la gente cristiana mi gente se descompuso. A buscarme habéis venido, y yo, viéndome desnudo contra tan grande poder, a los de mi ley acudo que me amparen y defiendan. Mirad, Señores, si es justo: nueve reyes han venido y ayer me mataste uno que de Loja y Archidona la corona y cetro tuvo; a su esposa y a la mía tenéis sujetas al yugo de triste cautividad, trances del tiempo importuno. Si queréis oro por ella, aunque no poseo mucho, daré un honrado rescate, y no penséis que me burlo, que aunque me renta tan poco el reino que ahora ocupo, de nuestra feliz Arabia mi abuelo de tesoros trujo, y están hoy en mi poder para comprar medio mundo. Dadme la prenda del alma, por vuestro dios os conjuro, que si no en vencer el cuerpo no pienso que venzáis mucho. Con justa razón te quejas. A compasión me ha movido. A mí me han enternecido tus tristes y justas quejas. ¿Por tu mujer lloras, moro, si tu ley licencia da de tener otras? Alá lo permite en quien adoro, mas no permite mi amor querer, la Jarifa tengo tener otras. Ya prevengo el remedio a tu dolor. Moro, el rescate no es mío, de esas moras que las di a la Reina. Por ahí negociador mejor confío. Vengan ante mí las moras, pues que son mías, Señor. Reina, si has tenido amor, si a tu Rey Alfonso adoras, duélete de mi desdicha. Aguarda, repórtale, que yo te despacharé mejor que piensas por dicha. Aquí las moras están. ¿Esta es tu esposa, moro? Es Jarifa, a quien adoro más que al sagrado Alcorán. Dame, Señora, licencia por el valor que hay en ti, ya que al Rey, mi esposo, vi, que le abrace en tu presencia. Abrazadle, ¿por qué no? Si son conyugales lazos. Como para esos abrazos he dado licencia yo. Aliatar. Bella Jarifa. ¿Qué es esto? Trances de guerra ya en el cielo, ya en la tierra efectos de Marcial rifa. Tratemos, Reina y Señora, del rescate de las dos. Ya murió mi Caro, ¡ay Dios! Tomad consuelo, Señora, vuestro hijo Hamete reina, sus vasallos le han alzado por su Rey y coronado. Mal sin gusto un alma reina. Al fin, Señora, ha de ser con quien me he de concertar. Fácil está de tratar, que soy muy buen mercader. ¿Al fin a tu mujer quieres con tanto extremo? Y yo ignoro si a Alá más que a ella adoro. Pésame que mora eres, mas aunque de extraña ley, seré liberal contigo como si fueras mi amigo. Oye lo que digo, Rey, a trueco de que poseas a tu mujer y la adores; ya que en quererla te empleas te doy a tu mujer libre y esa otra mora también. Hija, míralo más bien. Muy bien es que vaya libre, con ellas he sido humana por ver su amor verdadero porque al Rey como ella quiero. Señora. Soy catalana, no he de volver paso atrás. No hay que replicar, Señor. En paz os podréis volver, pues lo quiere mi mujer. Por honra de nuestro amor, si así los dos nos queremos como lo ha ordenado Dios, es justa Rey que a los dos franca libertad les demos. ¡Vivas, Reina, tantos años con tu Rey como deseas y humildes a tus pies veas todos los reinos extraños! ¡Vea tu padre de ti nietos de tanto valor que basten a darle honor! Harto tengo para mí. Reina, esta joya te doy, no por paga, que no es tal, si solo por señal de que esclavo tuyo soy. Una cinta es, que un rubí le sirve de pasador, y aunque de mucho valor, es humilde para ti. Queda con Alá mil veces. Adiós, Reina castellana. Adiós, noble catalana. Más con eso me engrandeces. Yo con Dios, o la Manzano, aquesta cinta llevad y hacia mi tienda mirad un soldado castellano que Claudio Peláez se llama, y decid de parte mía que la Reina se la envía para que la dé a su dama; que no me alegue pobreza después, pues que sin perjuicio veremos que ha sido vicio si hiciere alguna vileza. Y con esto, vámonos. Hija, ¿qué haces? Señor, el Rey me entiende mejor. Entendémonos los dos, en el fuerte nos entremos dónde, Señor, descanséis. Cúmplase lo que queréis. Camina, Rey. Caminemos.

JORNADA TERCERA

Sal aquí, perro. Mentís, Juancho no perro si vos sois perro, juras a Dios. Perro, ¿qué es lo que decís? Desnudaos. ¡Por Dios! No quiero. Desnuda, perro atrevido. ¿Por qué? Mía es la vestido, que me costáis mi dinero. No eres mi cautivo. No, que yo estar moro cebil, cautivo de más de mil. Sí, mas no te compré yo. ¿Para qué dais el dinero? Dime, morilla mezquino por esclavo Vizcaíno, que es hidalgo y caballero, juras a Dios no trabajas. Más que os tengo de moler. Más que yo os tiene de hacer toda la cabeza rajas. Llega moros un poquillo. Viose cristiano más malo, mas que he de bajar el palo. Más que has de alzar ladrillo, juras a Dios que si toca. ¿Qué es esto? ¿Quién te ha enojado, Hamete? Por el sagrado Alcorán que me provoca, aquí le quite la vida este cristiano sin ley. Buen ley tenemos y al Rey. Dios, le demos mucha vida. No le trates mal, por Dios. Pues ¿cómo le he de tratar si no quiere trabajar? ¿Para qué comprastes vos? Guadarles tu dinero, lastoa si necio estáis, a Juancho no le riñáis. Ven a trabajar. No quiero trabajar, que es el domingo y hoy es fiesta de cristianos. Yo te cogeré a las manos y verás cómo te pringo. Malos años para vos y a quien le vaya a servir. Perro, ¿no queréis venir? No, perro, juras a Dios. Ahora bien, Hamete, amigo, véndemele. Sí haré, y aún de balde le daré; ofrézcole al enemigo, tiémblale toda mi casa y aún yo tengo miedo de él. ¿Cuánto te he de dar por él? Aún no sabéis lo que pasa. Dame cien doblas que di. No te he de dar más de ochenta. Pues alto, hecha es la venta. ¿Quieres ser mi esclavo? Sí, mejor me serviráis a vos que aquel moro ha renegado, yo serás vuestro criado muy bueno, juras a Dios. Pues irás por el dinero, Hamete, al anochecer. ¡Gloria Alá que me he de ver sin este cristiano fiero, por media dobla le diera según estaba con él! ¿Queréis que va con él? A moro galdua espera. Mira que tu amo ha sido cristiano, trátale bien. Que el comprado a ti esté bien, pero nunca me ha servido. ¿Sabes para qué te quiero? Para darte libertad. ¡Por Dios! Si diceis verdad, que sois moro, caballero. Y el moro no ha de querer dejarte en tu libertad por ver la temeridad con que te arrojaste ayer a quemar el artificio con que al cristiano ofendía. ¡Por Andradona María! Que al Rey hicimos servicio y este de hidalguía es ley. Si no habéis sabido vos por patria, tú y tu Dios, morir tu honra y tu Rey. Escucha, que hablo de veras.. A mí me conviene hablar a tu Rey y no hay lugar, que están puestos por hileras cristianos sobre la entrada de este barranco de cocos, adonde seis reyes locos tienen su hueste asentada. Tú te has de venir conmigo y hablando a tu bando amigo, te guardarán el decoro y no nos tirará flechas desde el barranco el cristiano. ¿Y los moros? Está llano el quitarles sus sospechas si con vestido de moro sales en mi compañía. ¿Y si habláis algarabía? Y yo no algarabía y, moro, ¿qué remedio la tendrás? Tan poco el remedio dudo, fingiremos que eres mudo. Bien dices, juras a aguas. Vamos, Jauna. Ven conmigo, que hoy te daré libertad. Pues de mí Su Majestad le somos muy grande amigo. ¡Gracias al cielo que piso de España la amada tierra! Que aunque con prolija guerra, me parece paraíso. ¿Ves a Almería, Señor? Y es gusto verla, de veras, coronada de banderas. Brotando Marcial rigor, déseles luego el asalto. Tú te has de regir por mí, pues no se ve por aquí que es el muro fuerte y alto. Veamos al Rey de España y hablemos con él primero. Lo mismo que queréis quiero. Pues detrás de esta montaña dicen que su campo está. ¡Ea, Jacome valiente! Con buena escolta de gente yo caminaré hacia allá en tanto que vos hacéis que desembarque la gente, y en un puerto suficiente plantar vuestro campo haréis, y pues las naves están cerca y en parte segura sin vernos en aventura y sin muy crecido afán. Embistiendo el Rey de España por la parte de la tierra y vos por esta la guerra, promete una heroica hazaña. ¿Y no será bien primero que yo con mi gente embista? Podrá ser que no resista el asalto el moro fiero, y que seguros entremos ganando solos la gloria de una singular victoria. ¿Jacome, y si nos perdemos? ¿Tan poca pujanza tienes? La fuerte ciudad que ves tan poca la fuerza es que cada día le viene porque pienso que han venido con sus armas y tesoros ocho o nueve reyes moros que al socorro han acudido. Tu padre teme encargo, Jacome, y no has de salir de mi orden, que morir tengo si murieres. Yo mira, amigo, que soy viejo y sé lo que más importa. Por donde gustares corta, que eres mi padre y mi esposo. Nuestras naves han cogido dos patajes que venían, que harina y pasa traigan y algún bizcocho cocido. Resistencia hicieron harta, pero luego los rendimos y entre los moros cogimos este que trae esta carta. ¿De dónde eres? De Almería Pues dime adónde salías. y de qué tierra venías. He pasado a Berbería para comprar bastimentos y a pedir socorro al Rey de Orán que es nuestra ley. Pues mal prueban tus intentos. Lee la carta, Señor, pues sabes algarabía. Tan bien como el Aljemia. Mahoma tanto rigor. ¡El soberano Alá sea engrandecido! Recibí tu letra, Rey Aliatar de Almería, y partiera en tu socorro al punto si no viera pasar una flota de corsarios genovesa en que van cuarenta bajeles gruesos y trece pequeños, donde van a dar Alá lo sabe, y no me será razón que por ayudar a tu reino yo pierda el mío. Gente tiene, harta según tus vasallos me han dicho. Darete habiendo bajeles todos los bastimentos necesarios con mucha comodidad de precios: ahí se llevan trescientos quintales de bizcocho, dos mil anegas de trigo y de dátil y pasa. Lo que has podido juntar, Alá te ayude y a mí no olvide de mi ciudad de Orán, nueve de la luna de Rance de Tiz. Muley Brahimo. No es mal socorro, Señor Como malo es excelente. Desembárquese la gente porque descanse mejor, que yo voy a dar la orden al Rey que se ha de tener para luego acometer sin que suceda desorden. Pues vamos, Iñigo, amigo, porque el asalto se intente. Vamos, y darme has la gente que habré de llevar conmigo. Cristianas son las banderas que en la gran flota llegaron. ¿A dónde desembarcaron? En esas calas fronteras de la ciudad de Almería. Grande es la flora, Señor, y el Rey está con temor de que ha de ser este día en que se le ha de cumplir lo que está pronosticado, porque en su suerte han hallado que cristiano ha de morir. Yo ya no sé y seguro estoy, alto y poderoso Rey, que he de ser de vuestra ley, y quiero serlo desde hoy. Ciento y veinte años cumplidos tengo y siento ahora aquí que todos los que viví en mi ley fueron perdidos. Alfaquí he sido ochenta años y entré mi engañada vida a esta gente descreída, les predique mil engaños,, seguimos la falsa feta que a los hombres enseñó cuando el mundo alborotó Mahoma el falso profeta. ¿Y este quién es? Es un moro mudo. Mudo? Pobre de él, ¿Quiere ser cristiano él? Sí, Reina, y es como un moro valiente por todo extremo y a la guerra conveniente. Detente, diabrua, tente, que he de conocerlos temo. Parad vosotros hoy y callen los atambores, y veré aquestos Señores si me conocen a mí. Iñigo Esquerra. Señor. Señor de Vizcaya. Rey. Amparo de nuestra ley. Reina, muro del valor. ¿De dónde venís? Vagué el mundo desesperando de favor desconfiado, pero ya, Señor, le hallé. No quise acudir a Francia por las guerras que tenía, mas ya Genova te envía un socorro de importancia. En cincuenta y tres baceles doce mil hombres te envía de lucida de infantería, bravos soldados y fieles. Envían dos mil caballos armados a maravilla que no sé yo si en Castilla tales pudiera juntarlos. El que rige aquella tierra te envía, Señor, pagados los caballos y soldados por ocho meses de guerra, y si la guerra durare más, a todos les advierte que nadie pena de muerte tu ejército desampare pagando su sueldo justo con que sustentarse puedan. Ya, Señor, en tierra quedan, adviértelos de tu gusto. Viene, pues, por general de la gente que te digo un hijo del dux, mi amigo, a un ángel del cielo igual. Es niño de hasta doce años y en aquesta edad, Señor, de su bondad y valor da evidentes desengaños llámase Jacome Adorno. Pues, Juancho, que estás mirando a tu Señor y callando como una mula de retorno, gran paciencia vive Dios. Adiós, mil gracias se den y a vos, Iñigo, también, pues nos socorre por vos. Señor Juancho, un vizcaíno que dejé cuando me fui está por ventura aquí. Aquí estáis mudo el mezquino. Sospecho que ayer murió porque en el mundo no hubiera hombre loco que emprendiera la diablura que emprendió. Un diabólico artificio con que los moros tiraban piedras, con que a donde daban el daño quitaba el juicio, quemole al fin y cargaron moros al punto sobre él, y en el conflicto cruel sospecho que le mataron. Que le vio morir muy bien un espía nos contó. Pues vuestro espía mintió como a vos y al Rey también. Vivo estás, juras a Dios, Juancho, a pesar de judíos. Ay, tan grandes desvaríos! Abrazámonos los dos. Abrázame en hora buena, Juancho valeroso y fuerte, que sabe Dios si tu muerte me había dado mucha pena en medio del excesivo y nunca visto placer con que al Rey llegaba a ver. Juras a Dios que estoy vivo. De ese asalto esta tarde Iñigo podrá asaltar por la parte de la mar, y no está bien que más se aguarde y vuestra excelencia embista con sus catalanes bravos por donde está. Hoy son esclavos los moros. Ya es cosa vista que he de embestir por aquí cuando allá se dé el asalto, que en el muro fuerte y alto se confían. Y es así, mas hay tanta gente dentro que hay para todos, Señor. No importa, que es sin valor. Juras a Dios de un encuentro echáis yo moros en tierra tantos como vuestra licencia, que has de ser hoy pestilencia. Hoy se da fin a la guerra. Vamos, Señor, daré orden de que se prevenga al punto lo que convenga. ¿Venís, Reina? Luego iré, Manzano. Señora mía. ¿Dónde está Claudia? No sé. Di la verdad No diré, Señora, mas no querría causarte a ti pesadumbre y enojo al Rey, mi Señor. Dilo, no tengas temor. Señora, tras de esta cumbre el Rey, mi Señor, la tiene en una tienda encerrada de cien soldados guardada. Escucha y calla conviene, traidores esta, Manzano, por Evangelios de Dios. Y allí se hablan los dos. Este es hijo de villanos o de alguna casta judía, como estáis hidalgo mi. Manzano, tráemela aquí. Sí traeré, mas no querría. No temas, tráela al momento. Oh, bellaco arrenegado, el ruido que ha buscado. Volveré aquí como el viento. Reino, mando, poder, cetro y corona que sirve a quien sin gusto lo posee, que sirve a un alma que en amor se emplee a quien con tal rigor la galardona, que sirve que el vestido y la persona de perlas, de diamantes y oro arree si el tiempo ingrato la sentencia lee y el mal un gusto inficionado abona. El Rey me ofende, esta mujer lo causa, obligada la tengo y no aprovecha porque mi suerte y su maldad lo quiere, pues ella muera y quitaré la causa. Mueran mis celos, muera mi sospecha, que todo morirá si ella muriere. Camina, no tengas miedo. Ha me faltado el valor, que cortada del temor aún mover los pies no puedo. Aquí está Claudia. En un vuelo haz un esclavo venir, que al momento ha de morir. Para tu clemencia apelo: no con mi muerte remedia tu gusto, su injusta calma antes del cuerpo y el alma haces infausta comedia, y aunque, Reina poderosa, mi vida te desagrada, apelo de ti enojada a ti misericordiosa. Si el ser mujeres las dos, no enfrena el injusto rigor, dame, Reina, un confesor. Confiésate, Claudia, a Dios. Manzano, llama un esclavo. Reina, repórtate un poco. Llama un esclavo, ¡estás loco! Digo que tu intento alabo y yo le traeré, Señora, mas mira. No hay que mirar. ¿Venís la vos acusar y ruegas por ella ahora? ¿Quién hay aquí? Yo, Señora. Ah, Juancho, no te había visto. Por amor de a Jesucristo que amansáis su enojo ahora. Mira que es mujer en fin y que tienes vos su ser. No importa que seas mujer si has sido mujer ruin. Morir tiene. ¿No ha remedio? No, Juancho, clemente he sido y tras serlo me ha ofendido. Entre tu piedad en medio de mi culpa y de tu ofensa, y podrás te resistir. No pienses, Claudia, en vivir, sino tus pecados piensa. Juancho, ruégame por ella, que ya no puedo llevar en paciencia en ver llorar mujer tan hermosa y bella. Señora, por Juan Guaycoa. ¿Quién es Juan Guaycoa? ¡Dios! ¿Quién mete Manzano a vos? Aquí Galdua Lastoa levantáis vos testimonio, a esta que es mujer honrada y esta del Rey apartada. Hurtáis oficio a demonio y ahora venís aquí a preguntar quién es Dios, pues él te pagará a vos tu culpa, fiáos de mí. Señora, si te ha servido este pobre Vizcaíno y la vida de contiño a tu servicio ha ofrecido, por amor de a Dios te ruega no matéis ahora aquí esta dama, y si por mí esta merced se me añega por vida de tu marido y así Dios le dáis salud, que amor traéis tu virtud Es gastar tiempo perdido. Morir tiene. Pues ahora, así con el regocijo de Juancho, os da Dios un hijo, que mundo mandas, Señora. Y si todo aquel no basta por la vida porque cuadre de Cataluña tu padre, de vos por toda tu casta, te pido que perdonéis a esta dama. Es imposible. Que moverte no es posible. Cuerpo de Dios, ¿qué aguardáis? Que estáis Vizcaíno yo y no sabéis más rogar si tenéis de perdonar. Y ofenderme has. Di que no. Que sea demonio te vence y te veis en este trance. Yo ahora ruega en romance y entonces habláis vascuence. Pues mira, yo te perdono mas guárdate de mi furia si otra vez me haces injuria. Tu santa clemencia abono. Yo te prometo, Señora, que de mí serás servida lo que durare mi vida. Eso quiero por ahora, que luego daré el remedio que me parezca mejor a tu vida y a tu honor. Si yo no metéis en medio, ahora, Claudia, acabamos, juras a Dios. Yo agradezco, Juancho, el bien que no merezco. A la Reina agradezcamos, que a mi lástima movió, aquí rogase por ti. De mi Señora y de ti la vida recibo yo. Juancho, yo lo pagaré y a ti, Reina piadosa, la paga justa dichosa el cielo Santo te dé. Dispón de mí a tu contento, ya me pongas si te agrada en lejas tierras casada ya en un sagrado convento. Ya, Claudia, corre por mí como de mí le confíes de tus cosas el cuidado, y pues aquí te resuelves a mi ofensa y tu pecado por vida del mismo Rey a quien con el alma quiero. Por mi firme amor sincero, por mi padre y por mi Ley, si vuelves a reincidir más en tu lascivo amor, que has de probar mi rigor y que tienes de morir. No intentes, Claudia, tal cosa, que has de hallarme así viva. Catalana venga hija si ahora Reina piadosa, y vente conmigo ahora, que quiero que desde aquí nunca te apartes de mí. Mil bienes me haces, Señora. Manzano y Juancho, callad. Callaremos, mora buena. Pues Majestad lo ordena, yo con Dios, tu Majestad. Parete bien, Manzano, el que habéis hecho decís, si yo no me halláis allí, y en Claudia ponéis las manos. ¿La Reina qué te parece? Yo no lo pude excusar. Tu mucha gana de hablar, juro a Dios, muerta merece. Quedaos, que es un gana pan, mala diabra y mal cristiano. Juras a Dios, vos, Manzano, sois en quien pecaste Adán. El Vizcaíno se ha ido y al Rey se lo va a encontrar; procurarlo he remediar, que si no, yo soy perdido, que por procurar valer hace el hombre un desatino. Ahora yo me determino, no hay más aquesto ha de ser, esta furia del demonio tengo de descomponer. Hoy me tiene de valer; levantarle es un testimonio. El Rey viene de donde estaba; doy principio a mi mentira. ¡Oh, cómo el alma me tira donde el corazón está, Manzano, a Claudia, mi gloria, me trae al momento aquí! ¿Cómo te diré, ay de mí, su triste y amarga historia? ¿Cómo te diré, ay mezquino, en el trance que se vio por el daño que causó la lengua del Vizcaíno? Aquí la Reina la tuvo a punto de degollar, en esto podrás notar en cuanto su vida estuvo. ¿Qué dices? ¿Estás en ti? Más que nunca lo estuviera, ni aquesta la verdad fuera, digo que la tuvo aquí y envió por un esclavo, aunque yo no quise ir. ¿Y quién le pudo decir de ella? De decirte acabo que Juancho le ha dicho todo cuanto pasa entre los dos. Matarete, vive Dios. No ha de ser, Rey, de ese modo. Échale, Rey, de contigo y quedarás castigado. Que el Vizcaíno haya usado tan grande traición conmigo, vive Dios, que le he de dar en acabando la guerra tal pago que entre la tierra no le tiene de olvidar. Vete, Manzano, con Dios. ¿Y Claudia dónde ha quedado? La Reina se la ha llevado. ¿Que juntas están las dos? Vete, Manzano, en buenora, que remedio ha de tener. Yo le voy a revolver con la Reina, mi Señora. Que un hombre que apenas sabe hablar, hable en daño mío, y contar gran desvarío, paciencia y vida me acabe. Dios vive que si no mato a este vil hombre será por verlo mal que le está a un Rey perder el recato. Él viene, podré sufrir sin descubrir mi rigor. A saber vienes, Señor, cuando habemos de embestir, que el contrario estáis tocando muchas trompetas y cajas y yo estame haciendo rajas por verse moros matando. Vamos, Señor, si queréis. Muy bien lo disimuláis, Juancho, que el honor compráis cuando mi gusto vendéis, que tanta malicia reina, Juancho, en tu lengua cerrada. No aciertas ya a decir nada en romance. Y a la Reina, ¿cómo acertaste a decir dónde estaba Claudia, infiel? ¿Yo a la Reina? Dícelo él. Sí. También sabe mentir. Juro a Dios que yo no he dicho cosa ninguna. Que este tenga tal fortuna que no le haya muerto yo... A la Reina le decías de Claudia lo que pasaba; el dueño de las penas mías, pues que por tu causa pierdo mi gusto y mi pasatiempo, tuvieras andando el tiempo si de pagarte me acuerdo. Tú verás, fiero homicida, de mi alma y de mi bien sin quien premiar sabe el bien de pagar el mal se olvida. Estáis en vuestra Merced. Mira que no he dicho yo nada de esas cosas. No. Anda, infame, quédate. No inflame, juras a Dios, que tienes por justa ley. Respeto a vos, que es mi Rey, no miedo a tú y otras dos quien al Rey puedes decir una tan redonda mentira; algún ladrón que tira a que Juancho hagáis morir y revolvéis a los dos con este embuste villano. ¿Qué piensas, Juancho? Manzano, lo dices, juras a Dios. Espera un poquillo pues y verás cómo lo pagas porque otra embuste no hagas. ¿Qué es esto? ¿La Reina es? Así, Juancho, esta es la ley y lo que yo tengo en ti, todo cuanto pasó aquí, lo fuiste a decir al Rey. Este es el amor leal que a tu Reina se le debe; un hidalgo ha sido aleve, un Vizcaíno hizo tal, esto, Juancho, hicistes vos, que aún de pensarlo me aflijo Reina, mentís quién lo dijo, por Evangelios de Dios. No, mas yo conoceré de quién fío y con quién hablo. Esta manzana del diablo la que me ha revuelto fue. El Rey viene, deja estar, que los dos nos hablaremos. Hoy en las manos tenemos la ocasión de pelear. Hoy, amigos, es el día en que es bien que se os acuerde que nuestra opinión se pierde o ha de ganarse Almería. Poned escalas al muro, que habéis de dar el asalto por este muro más alto que el moro tiene seguro, y al que subiere primero le ofrezco por buena cuenta dos mil ducados de renta y le armaré caballeros, será de los de la banda, y siempre le estimaré. Hoy he de morir o ser el primero en el subir. Pues hoy tengo de morir o alto premio obtener. Ya embisten los catalanes y ya el Genovés embiste. Caiga el muro que registe. Valerosos capitanes, ya el Genovés también toca por esta parte a embestir; embistan, que ha de morir aquesta canalla loca. Hoy mi brazo se encamina a servir al Rey y a Dios. Detente, ¿dónde vais vos, diabrua, puto gallina? Santiago, hijos a embestir, mostrad los pechos de acero. Par Dios que has de ser primero, Juancho, o tienes de morir. Migajas pidió a Dios la cananea para curar su hija endemoniada y paga Dios su fe en darla curada, y con el ser y vida que desea paso le pide la nación hebrea a Dios por medio la región salada. Dásele, Dios, y con desnuda espada anega al que en su ofensa el bravo emplea, pues yo le pido paso para el cielo entre esta gente de su fe enemiga, y que lance el demonio de esta tierra, y él mostrará en nuestro favor su celo dando a la hija España ser y vida y al católico paso en esta guerra. Dónde me retira huido la muerte? ¿A dónde pueda ir que mejor pueda morir que el pueblo donde fui herido? Quiero volver y no puedo al lugar donde me han tirado, que la sangre me ha cegado ya que no ha podido el miedo. ¡Ay, Génova! ¡Cuánto me cuestas! Que en medio de mi congoja para morir tu cruz roja en los hombros saco a cuestas. ¿Quién está aquí? Caballero, seguro podéis llegar, que yo os probaré a curar. ¿Para qué, si ya me muero? ¿Sois cristiano? Mujer soy. A suerte amiga tan gran piedad se bendiga, gran Dios, a quien gracias doy, hermana, quien quiera que seas. No empleas tu favor mal, que en el mismo general de Génova esto empleas. Toma esta bandera, amiga, y retírate con ella a donde no pueda verla esa canalta enemiga, y llévate esta cadena, amiga, por el cuidado. Está amigo sosegado, vengas muy en ora buena. La Reina soy de Castilla. Sosiégate no haya más que en parte segura estás. A ti la razón me humilla, mas ¡ay, que mi muerte es cierta! Gran dolor, amigo, ay Dios, Señor, amparadnos vos, del lugar abren la puerta y ya el católico sale con la presa y los despojos. Abre, Jacome, los ojos. Poco el animarle vale, que se avecina a la muerte. Para el brazo de Dios fuerte, mi muro, mi fuerza vale. Ya Aliatar verás cumplido lo pronosticado en ti. Ya he creído y veo en mí lo que nunca había creído. Es la Reina. Sí, Señor. Qué es esto, Señora mía? Mirando nuestra alegría de en medio de mi dolor, el general Genovés tengo entre mis brazos muerto. Hija, ¿qué decís? ¿Es cierto? Cierta por mi daño es. Gastaba venir conmigo para tanto mal, ¿qué haré, cielo? ¿Qué cuenta daré de él a su padre y amigo? Jacome, Señor ¿Quién es? Iñigo Esquerra, Señor. Iñigo, mostrad valor. Por demás el valor es. Flor de la nación cristiana, dad al dolor algún medio, porque yo diré el remedio que estas desdichas allana. El Rey Aliatar el Bueno es el que tenéis presente, llamado el Bueno porque fue al bien inclinado siempre. Ganado habéis su ciudad, sus aldeas y sus fuertes, sus villas y sus lugares, sus puertos y sus bajeles. Saqueastes sus tesoros y cautivastes sus gentes sin reservar viejo, ni canas, hombres, niños y mujeres. Entre todo su tesoro este Rey Aliatar tiene una joya inestimable, milagrosa y excelente; es el plato en que ceno en el convite solemne, el cordero, vuestro Cristo, que ya es nuestro si él lo quiere. Jamás ha tocado herido, ni un enfermo con él bebe que aquel no esté sano al punto y esté libre de muerte. Decid que entregue esta joya antes que Jacome llegue a dar el alma a su dueño. Ataje este mal, pues puede. No pensé en toda mi vida que pudieran cien mil muertes moverte de nuestra secta anciana, Cidiamete. Mis joyas ya están cautivas. ¿Del plato quién le tuviere? ¿Qué fuera de mi alcanzaba? ¿Cómo sabré quién la tiene? Búsquese en todo ejército. Soseagos, condes y reyes. Aliatar, di dónde está, que tú guardado le tienes. Nobles y fuertes cristianos, ya que mi desdicha quiere que lo que nunca pensé a vuestras manos confiese, en esta funda le traigo, aquí a mis espaldas viene porque en todas las batallas me las ha guardado siempre, jamás con él salí herido. Y aunque un año estuviese con él, nunca tuve hambre ni calor aunque la hiciese, no sentí sed ni cansancio con esta joya. ¿Qué quieres, Aliatar? ¿Más experiencia de la Santidad que tiene? Vuelve, Aliatar, a Dios. Ya será cuando él quisiere. Tomad, tocad al herido para que sano recuerde. Jacome, amigo, levanta. ¿Quién es, Señor, quien me vuelve casi desde la otra vida a quietud santa y alegre? Dios, que ha traído este plato para que sano navegues a los ojos de tu padre. Ya sano el cuerpo se siente, ya conozco que este plato es el que en aquel banquete dio el discípulo Lucas para que partido fuese aquel cordero Pascual que se repartió en los trece, figura del Verdadero a quien San Juan dijo Ecce. Caído se le ha la flecha. Y ya a nueva salud vuelve mi vida al cielo obligada y a vos honor de mujeres. Bésale con fe, Aliatar. Conmigo lo truje siempre, pero aquestas maravillas son virtud propia que tiene esta esmeralda preciosa. Echa en el agua. Bebe, Aliatar, si no perden que te ahogue si no bebes. Pasa, que yo beberé. Bebiste, ¿qué dices? Siente el alma dentro de ti un fuego suave y leve que en medio del gusto me abraza, señal que más agua quiere. Gente sale de Almería. Valete diabrua por gente. ¿Qué ha, Juancho? Los catalanes arrancan de las paredes las rejas y las ventanas. Bien hacen, pues ¿qué os parece? Y las puertas del ciudad quitan, ¿para qué las quieren? Yo se las mandé quitar para el que no creyere su valor, eche de ver el que Gotalania tiene; y para que diga el mundo que no halla castillo fuerte como Sansón de Gaza. De aquí las puertas se lleven y más en nuestra ciudad cuando con bien allá lleguen, quiero que en la vaquería estén puestas para ti siempre. Juancho, yo os quiero casar. Señora, burláiste siempre, como no sea con Manzanos, ¿casaisme con quien quisieres? Con Claudia os quiero casar. ¿Qué dice el Rey? Él lo quiere. Por cierto yo lo deseo. Pues hagáis el que quisieres, que juras a Jesucristo que si buena mujer no fueres, aunque seas medio Reina que has de probar el machete. Por él me diste la vida y es bien que le adores siempre. Yo estoy de vos. ¿Qué matrimonio es aqueste? Calláis, que los vizcaínos quiero que mi fiesta alegren. Gran conde de Barcelona, que con la victoria tienes más alegre el corazón de lo que es bien es se alegre. El Almirante Pinos el bravo, el fuerte, el valiente, que entró primero Almería abriendo el paso a tus gentes y Sancerni tu vasallo vivos ni muertos parecen. ¡Santo Dios, qué tristes nuevas! Tu pecho no se inquiere. Si es muerto, honrado murió y si cautivo estuviere, trátese de su rescaste donde quiera que le vieren. Repártase lo ganado. ¿Quién lo partirá? No puede nadie saber lo que vale, Señor, conocidamente. Gustáis de ello, patria amada. Repartalo quien quisiere, que Cataluña no gana nada si hoy a Pinos pierde. Pues en nombre de la Virgen, a quien pienso servir siempre, y en memoria de su esposo, me llamo desde hoy Josepe. Una parte vendrá a ser el plato santo. Detente! Y con la licencia vuestra, conde y generosos reyes, no permitáis que este plato fuera de mi poder quede. Ya como sabéis, señores, Génova riquezas tiene para abundar sus tierras y prestar a muchos reyes, a mí me ha dado la vida. Dádmele para que lleve a mi patria este tesoro con que alegre y rica quede. Mi república le alcance para que de mí se acuerde dando fama a mis hazañas en los siglos que vinieren. Que le lleve en hora buena. Que en buena hora le lleve y si más quisieres, más. No triunfe de ti la muerte, Conde, de mayor valor que los césares y Reyes. Ya esa parte tiene dueño. Los vizcaínos se lleven las reliquias de Indalecio con las riquezas que tienen la caja en que están metidas. No quiero que más me premien. Los leones catalanes con su conde ilustre se lleven el saco de la ciudad, y de razón se les debe porque fueron los primeros que dieron asalto al fuerte. Asaltaron, si hay dineros, a la espada de la muerte. ¿Qué dejas al de Castilla? Gasta que el reino posee. ¿Y yo qué tengo de hacer? Como bautizado quedes, el gobierno de Almería te doy. El cielo te premie. No puedo tener contento. Vamos a donde orden demos, que el Almirante busquemos. Sépase de él al momento. Si el cielo no lo remedia, yo he de morir de dolor. Lo demás dirá el autor en la segunda comedia.