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Texto digital de El ollero de Ocaña

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Luis Vélez de Guevara
Atribución estilometría
Luis de Belmonte Bermúdez Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Erica García Sánchez, Anaïs Gómez García y Nadia Ziyí Gutiérrez Nuevo.

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García Sánchez, Erica, Anaïs Gómez García y Nadia Ziyí Gutiérrez Nuevo. Texto digital de El ollero de Ocaña. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ollero-de-ocana-el.

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EL OLLERO DE OCAÑA

JORNADA PRIMERA

Hoy has de perder el seso. Pues si me vengo a casar a mi gusto, no he de dar, Mendo, en tan feliz suceso, muestra de mayor exceso, que ha visto ingenio perdido; que sólo haber conocido, que mi venturosa suerte se ha de acabar con la muerte, ¿pudo cobrarme el sentido? Si Doña Blanca de Lara, es mujer tan principal que en sangre noble es igual, a la más ilustre y clara: si naturaleza avara, en viéndola enmudeció; ¿por qué no he de pensar yo que viva la he de aguardar, para volverme a quitar lo mismo que ella le dio? Ya sale, y Payo de Lara, tu suegro, con sus amigos y deudos. A ser testigos de un bien, que el sol envidiara; ¡ay Mendo! advierte y repara en su divino poder, pues yo he llegado a tener (por ser el más alto empleo, que alcanza humano deseo) dudas de qué pueda ser. Elvira, su hermana, viene, dama bizarra y hermosa. ¿Qué flor en viendo a la rosa, gala, ni hermosura tiene? Luz y resplandor contiene el sol, y con su favor luce la estrella menor, pero en distancia tan bella, una es sol y otra es estrella; y entre ambas dan resplandor. Muerta, Elvira, me has de ver en llegando a dar la mano. No te cases. Es en vano, porque debo obedecer a quien no puedo perder el respeto y la obediencia, ¡oh fiera y mortal sentencia! Sancho Ansúrez, este día libró el Cielo mi alegría dando mis años licencia, porque con disfraz hurtado de la alegre juventud, renace en mí la virtud del mozo más alentado; pero, si miro un traslado, en vos, del alma que os doy, y como en espejo estoy viendo en Blanca mi alegría, mis años son de este día, Sancho, pues comienzan hoy. A Señora, si el ofreceros el alma, darme pudiera más calidad, presumiera que llegaba a mereceros porque son tan verdaderos los afectos de mi amor, que a ser Gentil, sin temor, pensara, en fuego deshecho, que estaba infusa en mi pecho la inteligencia mayor. Con vuestro ingenio sutil me queréis mostrar, señor, que tenéis en vuestro amor, más de galán, que Gentil. No pinta el templado Abril más bien su hermoso dosel, que vos vuestro afecto fiel, y, con tal gusto, que siento, que os tomáis todo el contento para dejarme sin él. Qué bien que le da a entender su poco gusto mi hermana. Paró su esperanza vana, y mi desdicha ha de ser: en amar y aborrecer vive trocada la suerte, que, en mis ojos, Sancho advierte, una afición conocida, y viene a ofrecer la vida a quien le diera la muerte. Don Sancho, las condiciones de nuestro contrato son. Ya yo sé mi obligación, fundada en justas razones, aunque hay varias opiniones en Castilla; mas yo siento que me toque el juramento que hizo mi padre al Rey. Sí, que es derecho y es ley cumplirle su testamento. Ya sé que el difunto Sancho dejó al Príncipe heredero tan niño que fue forzoso darle tutor en el Reino. Dejo los pesados lances del Rey de León soberbio que pretendió la tutela por hermano del Rey muerto. En cuya bárbara guerra, los Castellanos hicieron que el fiero Leonés comprase con sangre sus escarmientos; pero, mientras se templaba su furor, aquel mancebo bizarro, aquel que a la fama da más blasón en sus templos. Aquel Don Nuño Almegir que, del ambicioso fuego Leonés, sacó al niño Alfonso y con su manto cubierto, en un español pegaso, lo llevó a su patrio suelo cobrando Ávila aquel día blasones que envidia el tiempo. Aunque ahora (falsas nuevas serán sin duda) entre hierros Moriscos rindió la vida, que esta fama hay en Toledo. Después que tuvo esperanzas de León y fue creciendo el niño rey, los oídos, que escuchaban lisonjeros, admitieron más licencia que en el paternal decreto. Concedió Sancho a sus años, pues en el último acuerdo mandó que, hasta que tuviese quince años, de su reino no tomase posesión; y que los alcaldes puestos por el difunto Don Sancho, no le entregasen los pueblos, haciendo a fuer de Castilla, pleitesía y juramento. A vos y a Don Pedro Ansúrez, mi padre, dejó a Toledo en tenencia, el Rey murió, mi padre y yo, que le heredo la futura sucesión, por la obligación que tengo, hago aquí el mismo homenaje, como Español Caballero. Que hasta que el rey Alfonso (pues es Castellano fuero) tenga quince años y un día, de no admitir en Toledo, ni su persona real, ni provisión, ni decreto suyo, respondiendo siempre con humilde acatamiento, y protesto mis agravios, y que de la fuerza apelo para él mismo, y de morir por cumplir el testamento de su padre; pero, en cuanto al vasallaje que debo, como a mi Rey natural, juro, también, y prometo de servirle en paz y en guerra con mis amigos y deudos, con armas y con caballos, con provisión y dineros, contra el Bárbaro Almanzor, Rey de Córdova, poniendo, sobre el coronado alcázar y en las torres de Toledo, los católicos pendones de Alfonso por que los tiempos digan que ofrezco la vida a quien las puertas le cierro. Dadme, Don Sancho, los brazos, que en vuestro favor sustento, para Alfonso, contra Alfonso, este pedazo de cielo. Esta ceremonia sola faltaba para ofreceros la dichosa posesión de Blanca; y quieran, los Cielos, que goce el gusto Castilla que yo a mis años les niego. Daos las manos, ¡Blanca y Don Nuño! cuando el mundo está diciendo a voces hazañas tuyas, ¡dejas el mejor empleo de tu alma en mano ajena! Si no es que las nuevas fueron ciertas de que en Calatrava rendiste el valiente pecho a los cordobeses moros. ¿Podrá la fortuna, el tiempo, ni la envidia, cuando sean contrarios de mis deseos, quitarme este bien? Señor, aún no es tuyo. Calla, Mendo, que en posesión tan vecina, dudo que se ponga en medio, ni aún la muerte. Yo he de entrar. Mirad quién es. Un correo. Pues no le neguéis la entrada. Mejórense de porteros, o vive Dios, que las cartas se las dé al primer flamenco que pasare por la calle. ¿No veis que es orden que tengo dada en casa? Pues, si es orden, guárdenla para un convento. En la puerta de visagra, más de treinta ballesteros me tentaron y, aún, querían espulgarme los gregüescos, ¿y aún aquí no estoy seguro? ¿Traigo algún moro encubierto para ganar la ciudad? ¿Pues qué me están deteniendo ballesteros, ni criados? Para otra vez os prometo, que no os tengan. A otra sabré lo que hay en Toledo y ataré siempre las cartas a la cola de un vencejo, y él vendrá a pedir el porte; mira a quién dice este pliego. A Don Sancho Ansúrez dice, tomad. Traigo comisión para dársela yo mismo, porque también los correos somos personas de orden. Mostrad, pues. Sosiegue el pecho, ¿Vuesarced es Sancho Ansúrez? Sí, yo soy. Mírese en ello. Siendo yo, ¿qué hay que mirar? Deme un fiador. Majadero, si la carta es para mí, ¿que me pedís? Yo me entiendo, el fiador de las albricias le pido. Yo las prometo, ¿de dónde viene esta carta? ¿También Vuesarced es de esos? Civilidad, pues la fecha no lo dirá. El majadero, que dando el reloj, pregunta las cuántas son, es lo mismo. En el día más dichoso, que vio en su discurso el tiempo, que alentó glorias humanas, que vio premiados deseos, ¿qué me puede suceder, qué no sean dichas? Correo que viene pidiendo albricias, claro está, que algún suceso dichoso me está aguardando; que, aunque, a las glorias que espero, en la posesión de Blanca, no puede llegar contento, que las iguale, serán adorno ilustre a lo menos. ¡Oh carta! Feliz presagio de mi bien, tus letras beso, embebido en mi alegría. No ofrece minuto, el tiempo, que no sea un parto engañoso de la esperanza que engendró, mas es aborto infeliz, pues ante mis ojos veo la tirana posesión del que me ofrecen por dueño. Tan ciegos están mis ojos, tan rudo mi entendimiento, que en estas letras que junto ¿no incurren algún veneno? Si no es que el mismo placer, con galán advertimiento, se me ha disfrazado ahora para que lo compre a precio de tan mortales avisos; otra vez las letras leo. Don Sancho, advertid, que la mujer que pretendéis para casar- ros se ha visto en otros brazos y debe la posesión que esperáis a otro dueño. Blanca, Don Sancho ha perdido el color haciendo extremos de turbación y de enojo. Serán tristes sentimientos de la muerte que me aguarda. ¡Qué cortesano y discreto es Don Sancho! Apostaré que me mira con intentos de ver si me viene bien, (que es el gusto gran ropero) alguno de sus vestidos. Mi muerte voy prosiguiendo. Y si estos avisos no sirven de des- engaño y ciego en vuestro amor, proseguís en vuestros deseos dan- do la mano a Doña Blanca, no fal- tará en Castilla quien manche su tálamo con sangre vuestra. Hombre, ¿quién te dio esta carta? Las albricias se me han vuelto patas arriba. Don Sancho, ¿qué tenéis? Siento en el pecho un monte vertiendo llamas, cierra esa puerta. Teneos obedientes cerradores. Por Dios, que estos instrumentos que no tocan a vestir, sino a desnudar. ¡Qué inquieto está tu esposo! ¿Qué tiene? Hijo, de tan nuevo exceso dadme cuenta, si es posible. Razón os dará más presto esta carta. Ya he cerrado las puertas. ¿A un correo que viene pidiendo albricias, cierran la puerta? Esto es hecho; yo apuesto, y pierdo doblado, que son albricias de perro. ¡Válgame Dios! En mi honor, que tan a costa sustento con mi sangre, ¿hay mancha, ahora, siendo de Castilla espejo? Poco durará mi vida. Hombre. Y muy hombre. Si luego no me decís la verdad, morirás en el tormento mayor que inventó la ira. Pues digo, juro y prometo, por el siglo de los siglos, de todos los que asistieron al diluvio, de decir la verdad como la siento yo en el corazón sencillo. Dímela, pues. Padre nuestro que estás en los Cielos; ésta, aunque esté de enojo ciego, no dirá que no es verdad; ésta sé y ésta confieso. Otra es la que te pregunto. Si es más de ésta, será el Credo. En malos infiernos arda el español, o tudesco, que inventó cartas misivas. Sancho, escuchadme primero, que se haga mejor examen. ¿Por una carta este aprieto? Que escriba mil pesadumbres un hombre desde Toledo al Cairo y el portador, hijo de puta, muy hueco, lleve cuatrocientos palos en seis renglones y medio. Mi discurso no está ahora para volar pensamientos sobre disculpas tan vanas; lo que toco y lo que advierto es lo que a voces me pide, por ser quien soy, el remedio. Sosiégate, no te turbes. Yo fuera dichoso. El yerro no le has cometido tú. Libertad tiene un correo de entrar a dar unas cartas en propio y ajeno Reino. ¿Quién te dio el pliego? Mi amo Diego Bellido, el Ollero de Toledo. ¿Qué me dices? Mayor daño es el que temo; no es aquel de quien España refiere bárbaros hechos con voz de atroces delitos. El mismo. ¿Y está ya quieto en Ocaña? Está ya un santo; el jueves le desmintieron y no respondió palabra, lo que más hizo, encogiendo solos los desmentidores, fue matar al uno de ellos y subirse al campanario. Y sabes quién es el muerto? Si señor; Martín Ansúrez. Mi primo es, viven los Cielos; señor, el entrar me importa hoy en Ocaña: deseos, no os malogre su tardanza. ¿Pues no teméis vuestro riesgo, cayendo en manos del rey? ¿Y no importa el honor vuestro más que mi vida, señor? Yo he de salir de Toledo a matar este villano, que desatando venenos de la lengua, y de la pluma, es un basilisco fiero contra las honras y vidas. No antepongáis a mi pecho templadas prudencias vuestras, porque he de salir, si encuentro en el campo, no soldados de Alfonso, sino soberbios Almanzores, y Tarifes, con más escuadras que dieron nombre a Jerjes. Pues estáis tan ciegamente resuelto al peligro que os aguarda, quiero prevenir primero que salgáis; sueltas espías, que os avisen, en volviendo, si está el camino seguro. En el valor de mi pecho llevo la seguridad. En buena opinión has puesto, Blanca, el honor de mi casa. ¿Qué decís, que no os entiendo, Señor? Que tu liviandad ha puesto en mi lengua freno, para sentirla callando, para callarla muriendo. Fortuna feliz, si vienes a estorbar mi casamiento, no sea con la presión de tan dañado secreto. Mendo, prevén dos caballos, que has de ir conmigo. Dos vientos, en sus imágenes brutas, verás con alas de fuego. Don Sancho. ¿Qué me mandáis? Pues yo también os merezco el disgusto que os han dado, que respondéis tan soberbio que casi vais animando descortesías. Respetos las llaman; cuando pudiera con tanta causa perderlos, que viera el sol mis enojos dirigidos a ofenderos. ¿Qué decís? Que vos. Decid. Sois vos. ¿Qué soy? El sujeto de mi dolor. ¿De qué suerte? Dejadme. Esperad. No puedo. ¿Por qué? Porque estoy corrido. ¿De qué? De mi loco empeño. ¿Y por qué ha sido? Por vos. ¿Qué arriesgastes? El empleo del alma. ¿Y no merecía ser su sagrado mi pecho? A ser ella la primera, bien decís. ¿Qué escucho? ¡Cielos! Vos presumís Y aún afirmo, que fue mal perdido el tiempo, que en vos la puse. ¿Por qué? Pero advertid el respeto con que en España me miran. Pues abran puerta al silencio, las quejas y los agravios. Mirad, que quiero saberlos. ¿Cómo podréis encubrirlos, siendo vos la causa de ellos? Es enigma entretenida, que en la carta os escribieron. A lo menos me avisaron que ciñeron vuestro cuello otros brazos. Cruel Don Nuño, tú revelaste el secreto de conquistar dos favores; siendo favores honestos. A ¿Y qué pretendéis ahora? Que vos me deis el consejo que he de tomar. Pues, Don Sancho, creed que solo un remedio podrá ser en tanto agravio que os libréis del mal concepto que contra mi honor tuvisteis, y es, teñir el blanco acero en la sangre del villano, que vos creéis, como necio; y si decís que es bajeza igualar su nacimiento villano, con vuestra sangre, matándole cuerpo a cuerpo, estáis, Don Sancho, engañado, que en lo que ahora habéis hecho parecéis imagen suya, y aún presumo que le ofendo. Y así podéis, sin excusa de ocasión, nobleza y tiempo, reñir con él, y mirad que no desprecies soberbio al contrario que buscáis, por villano, porque entiendo que sabrá también mataros, el que se puso a ofenderos. Advertido y obediente voy, señora; pero el premio de la venganza que busco, ¿cuál ha de ser? Pobre Ollero. Dilatad, Cielo, las horas, quizá me darán remedio. También os dará la mano la misma que os dio el consejo. Al mar, del Ábrego herido, puedo mi vida igualar, que es un proceloso mar de mis fortunas vencido, acosado y perseguido, hallo el descanso en morir. Llegan tan sin prevenir las ocasiones que he hallado que obligan a un desdichado a no poderlas sufrir. ¡Ah Blanca! Norte eclipsado de mi entendimiento ciego, cuando a tu vista me llego; huye tu luz mi cuidado, en un piélago abrasado siento ya, ingrata, anegarme, y porque puedo vengarme. Mientras puedo respirar, te has de dar prisa a casar para acabar de matarme. ¡Ay Dios! Que ya llega tarde la diligencia mayor, ríndase el alma al dolor, SIÉNTASE. pues vive en pecho cobarde. Sus luces recoja, y guarde el sol, que en púrpura enciende el hacha porque se ofende, que ya sus líneas señale, que aunque para todos sale, para dichosos se entiende. El Alba cariampollada salió, despeñando al miedo y despertando en Toledo platillos de naranjada. De mi noturna jornada cuenta estrecha pienso dar a quien me hizo caminar con miedo y priesa excesiva; mas como no haya misiva, todo se puede llevar. Esta cruz, que linda señal, me ha dicho en esta campaña que me falta para Ocaña una legua harto pequeña; pero el bosquecillo enseña, y sin miedo imaginado, que en él tiene sepultado Ermitaños cimarrones, y pienso que está de nones el hombrecillo sentado. Añagaza es, bien lo veo, cogido me han como lobo en la trampa; lindo robo harán a un pobre correo. Si no me engaña el deseo; este es Martín, que no impide sombra el sol, que el Cielo mide, Martín, mi voz no te asombre. Ladrón, que me sabe el nombre, hasta la camisa pide. Llega, no tengas temor, que yo soy. Este es mi amo, ladrón, si eres él, reclamo de este escuadrón salteador. Pide el oculto favor de quien te arroja al camino; que soy Hércules de vino si tú, ladrón, eres caco. Y aún para matarte, Baco, me dio un montante de vino. ¿Alegre vienes? Afuera, que soy hombre temerario, pero contra un incensario ¿quién dudara y quién temiera? ¡Oh señor!, saber quisiera quién te ha puesto en libertad. Deidad es la oscuridad de la noche, que ella pudo dar, en el silencio mudo, nombre a una temeridad. ¿Mas qué sentencia has traído? Mi diligencia sabrás si me tardo un año más. Hallo a Blanca con marido. Seas, pues, muy bienvenido, siéntate, Martín. ¡Ah Cielos! testigos de mis desvelos, tan justos, ¿al fin le diste la carta? Y muy cari triste armó borrasca de celos; hizo aprestar un caballo para venirte a buscar. Dichoso será el lugar en que yo pueda encontrarlo. No es menester desearlo, que sin que nadie lo impida. Aprestó ya su partida. ¿Qué tan venturoso fui? Como venga por aquí, te doy de albricias la vida. No te estuviera muy mal, que en esos verdes espacios, márgenes de aquestos bosques, en voladores caballos hoy los Monteros del rey, que le entretienen cazando, por divertir; el enojo que le ha causado Don Sancho y Payo Nuño de Lara, porque los dos le han cerrado, de la famosa Toledo, las puertas, y son agravios que los lleva mal el rey; y si viene tu contrario a verse contigo, es fácil mandar prenderlo o matarlo, el rey, pues Don Sancho viene, no más de con un criado, ciego de sus mismos celos, pues se arroja a averiguarlos contigo hasta que le digas a quién dio Blanca los brazos; y si le pescan el cuerpo, te excusarán el trabajo de reñir con él, que es noble. Al fin, tú, un pobre villano impertinente, pues quieres, sin señalarte, salario, remediar daños ajenos, a costa de tu descanso. También lo digo por mí, que la sotana ahorcando de gorrón de Salamanca, por no sé qué puñetazos que le di con una daga a un hombre, perdí el trabajo de mis honrosos estudios. Ha que te sirvo dos años y siempre andamos amonte con la manta y vidriado a cuestas. Calla, Martín, que el tiempo es el desengaño de la ignorancia en que vives. Mendo, ten ese caballo. Ya está en campaña oliveros. Vive Dios, ¡qué me han hurtado a sangre! Don Sancho es este, no se le niegue, bizarro viene y con valiente brío español. Que llegó el plazo, Cielos, del bien que deseo. Viniste tan mal premiado, que no vinieras conmigo; pero basta ser villano para que el temor te asuste. A las ancas del caballo te he de llevar hasta Ocaña, mas serán atadas las manos por pagar tu villanía. Haga cuenta que me araron y que hemos llegado ya, porque el que mira es mi amo. ¿Eres tú Diego Bellido el Ollero? Muy despacio os haré la información. Bien podréis ir preguntando lo demás, que yo respondo, que soy el Ollero. Bravo ¡Orgullo! A NUÑO. ¿Y a quién mataste en Ocaña? Es cuento largo. Vuestra Alteza se detenga, porque he visto dos milagros juntos, a Don Sancho Ansúrez y aquel famoso villano, Diego Bellido el Ollero. Y llego a ver en entrambos cumplido el mayor deseo. Vendrá sin duda Don Sancho a valerse del favor de un hombre tan celebrado por su valor en España. Quiero, Fortún, escucharlos mientras los Monteros llegan. Si no se escapa volando, quedará Don Sancho preso. Ya os digo, que desacatos contra mi Rey natural me muero por castigarlos. Escucha. Y vuestro primo, Martín Ansúrez, Hidalgo (como Castilla pregona) pudiera enfrenar los labios en cosas que al Rey le ofenden, que hay en España villano, que en rogándole a su Rey, subirá a hacer pedazos al mismo sol, voto a Dios. ¡Bizarro valor! Burlaos con el tal Ollero. Dijo, oyéndole hombres honrados (y bastaba estar yo entre ellos) que hasta no sé cuantos años era mal hecho entregarle a Toledo a un Rey muchacho. Yo le respondí que Alfonso, que viva por siglos largos, de catorce años tenía, para regir sus vasallos, ingenio y capacidad, mejor que vos y que Payo de Lara, porque los Reyes ganan el común aplauso, aunque niños, con los ojos; y que merece el agravio de no entregarle a Toledo castigo ejemplar. Notaron todos mi resolución y Ansúrez, soberbio y vano, a otras cosas que le dije, me desmintió, no a su salvo que antes que los escuchaban llegasen a remediarlo. Tenía dos estocadas por los pechos y, tomando Iglesia, me defendí desde la torre tirando las peñas que le servían de sustento al campanario. ¿Pues no le dije en Toledo que es mi amo un echacantos? La hambre al fin enemiga común, y los varios casos que destinan mi fortuna, de la torre me sacaron entre luces, y entre sombras, de los rayos malformados del Alba, alegre por Dios, de ir a Toledo a informaros más bien, que con cartas muertas, con voces vivas, cansancio y desesperada pena de las desdichas que traigo, tan sobre mis hombros siempre. A suspender me obligaron el camino y la intención. Ésta es la verdad, si acaso, fuera de vuestros designios que también podréis juntarlos a esta nueva relación. Queréis por deudo, Don Sancho, vengar al difunto Ansúrez, lagar os ofrece el campo para vuestras bizarrías, y no penséis que es agravio de vuestra nobleza ilustre ver vuestro acero manchado en sangre de quien os busca con opinión de villano. ¿Ha habido esfuerzo mayor? Si este no fuera villano, hiciera su nombre eterno. Pues las órdenes que traigo son de matarte, que en ti ha de morir el agravio de tu lengua, y de tu pluma, y para que veas que pago el valor de que te precias, he de hacer contigo campo igualando las personas, y las armas. Con los brazos os pagara ese favor, a estar conformes entre ambos. ¿Qué armas tienes? Esta espada, y broquel, y desarmado el pecho. Yo una rodela traigo al arzón del caballo, pero vestida una cota; y advierte que es, si la traigo, por el riesgo del camino, porque para ti, yo basto para quitarte mil vidas. Con una podré pagaros. De Medina viene el aire, en verdad. Pues desarmados hemos de reñir, la cota será menos embarazo. No, no os desabriguéis, que habéis venido sudando con la priesa del camino; demás, que, aunque, fuesen rayos los aceros de esa cota, tengo pujanza en el brazo para juntar los extremos, si alguna punta os alcanzo. ¡No he visto mayor valor en hombre! ¡Qué poco caso hace de verse conmigo! Mendo, quita del caballo la rodela. Aquí está el rey. Oh señor, dejad mis labios honrados en vuestras plantas. Por ser tu delito honrado, le perdono, pero ahora, pues te ha venido a las manos, ocasión, en que a tu rey puedas servir en el caso más importante; has de hacer con Don Sancho Ansúrez campo, entreteniéndote en él hasta llegar mis criados para que prenderle puedan. ¿Y si llegase a matarlo? Pan y mejoría. Estuviera seguro del embarazo que siente en él mi deseo. A Toledo me han cerrado, Payo y Sancho, tan soberbios, que no podré sujetaros, si no es con esta prisión. Demás, que yo no me llamo Rey, si me falta Toledo, porque en Toledo cifraron los Cielos grandezas mías. Si en eso hubiera librado, Vuestra Alteza la Corona del Asia, con el Romano Imperio. Don Sancho viene, encubríos en esos ramos, señor, veréis la batalla más bizarra que en teatros de Roma admiró el valor. Fortún, con prisa y cuidado ve a recoger los morteros, por que todos a caballo cerquen la salida al monte. Presa es segura. ¿Hasta cuándo, fortuna enemiga mía, irás con tan fuertes lazos eslabonando peligros? Esta es la ventaja. ¡Hidalgo valor! Ahora bien puedes librar tu vida en las manos, que he de llevarte a Toledo preso, o muerto. Corto plazo tomaste para una empresa, que un ejército africano dudara en él conseguirla. Pues hoy bastará un Don Sancho. ¡Bravo aliento! Es noble en fin, y riñe con celos. Tanto me dura un villano, ¡Cielos! No vi esfuerzo más bizarro en hombre, ya pongo duda en la promesa. Despacio, que bien tenemos que hacer. Vive Dios, ¡qué me ha admirado el sosiego con que riñe! No está más firme un peñasco; si fuera otra pretensión, pienso que dejara el campo con honradas condiciones. Buen caballero es Don Sancho, pero el villano me admira. Hacia el bosque los caballos, por acá no se nos vaya. ¿Qué es esto?¡Cielos airados! Vuestro peligro el mayor. Ya os han cercado los pasos, monteros del rey que manda, o prenderos o mataros. Mas no permitan los Cielos que cuando vos tan hidalgo, y cortés, dejáis la cota por ventaja, peleando con tanto valor, os mate con más ventaja un villano, de la que trajisteis vos subid en vuestro caballo con la prisa que el peligro os pide, que el tiempo es largo para volvernos a ver. corriendo voy, y obligado, a pagar esta amistad. Presto veréis al villano de Ocaña dentro en Toledo para acabar nuestro campo. hombre, ¿Qué has hecho? en mi vida; pude con injusto trato, acabar hazaña honrosa. pues no ves, que me has quitado en su prisión, o su muerte, ¿mi más seguro descanso? ¿Está en África, Toledo? ¿Son escitas, persas, partos, los que la guardan, señor? No son tus mismos vasallos, tan leales como el mundo conoce; ¿Pues qué cuidado te da el de Lara, y Ansúrez? Apenas verán los rastros de tus huellas en Toledo, cuando con dichoso aplauso te coronen, yo lo digo, Y sustentaré… En tus manos escriba el bien que perdí. pero ahora yo no alcanzo, como he de entrar en Toledo, porque prevenir soldados, y contra vasallos míos, ¿No es hecho de rey cristiano? Pues si tus ojos han sido jueces del valor bizarro, que dentro de mi pecho vive, fin de mi espada, y brazo, (cuando me falte la industria, claro Alfonso) tu descanso. Vamos, señor, a Toledo, que con el disfraz que trazo. encamisada tenemos en su alcázar coronado de almenas, has de comer, mañana. ¿El ollero es barro? en la fama de tus hechos va seguro y confiado Alfonso, de ti me fio, que, pues diste a tu contrario libertad, por no prenderle con ventaja, caso es la voz, que guardaras a tu rey: apercibidme un caballo. a Toledo, gran señor: Si en el Danubio un villano, dio paso a César, que mucho, que con aliento gallardo de paso a su rey gallardo ¿Otro villano en el Tajo?

JORNADA SEGUNDA

Blanca a que mate me envía al que su honor ofendió, y vuelvo vencido yo de su misma cortesía. Busquele arrogante, y fiero, y echando la suerte en vano, halle en el traje un villano, y en el trato un caballero. Y entre furiosos desvelos, descubren las ansias mías, villano con cortesías, y caballero con celos, Esta es Elvira, ¡oh tirana!, fuerza de mortal ensayo ya le temo como a rayo del bello sol de su hermana. Don Sancho, seáis bienvenido, muy bien habréis despachado, que haber sin riesgo llegado, clara información ha sido. Por Blanca se aventuró mi vida, aunque no era mía, yo hice lo que debía, mas no lo que me encargó. ¿Como llegaré a sus ojos, sin que enojados me vean, cuando en mi pecho pelean, las causas de sus enojos? Ay, Elvira, tú podrás solo templar los rigores de Blanca. En vuestros amores, Sancho, no tendré jamás tan buena dicha, que sea parte en el bien que esperáis. ¿Pues por qué? Porque no estáis donde vuestro amor desea. Ocupáis pocas memorias de mi hermana:!Airados cielos¡ porque con injustos celos hacéis mis penas notorias al alma, y a mi tercera, ¿Del mismo bien que pretendo? De lo que me dices me ofendo: sí Blanca me aborreciera, en la voz, y en el semblante lo hubiera dado a entender: no poderla obedecer, causo el suceso inconstante, mi fortuna fue cruel: ¿Sabe Blanca mi venida? Pues yo sé, que está ofendida y que su gusto forzó, aunque llegó, al parecer, contenta a daros la mano. ¿Qué decís? Que ha sido en vano porfiar, y pretender. ¿No me quiere Blanca? No. ¿Pues de quien lo sabes? De ella; será imposible vencerla, su pecho me declaró. Y dice, que antes el sol, hecho segundo Faetonte, servirá de base a un monte del Hemisferio Español. Y de la caliente Pira, de oloroso calambuco, adonde el Fénix caduco, para renacer espía. Que en vez de cenizas pardas engendra fenicios vuelos, dará ardientes mongibelos, y basiliscos por guardas. y de sus ardientes bocas, a quien la envidia se atreve, saldrán piélagos de nieve, que el fuego convierte en rocas y el mar, abollando espumas, sin hacer el viento de senas, hará parecer las peñas cisnes de erizadas plumas. Y primero en su rigor, hallara la muerte olvido, que llegue a ser su marido, hombre a quien no tiene amor. ¿Qué más bien puede pintar ella misma su desdén? Pues ella viene, de quien os podéis Sancho informar. Divertida en un retrato viene; !qué rigor tan nuevo! venenos ardientes pruebo, que por las venas dilato. ¿Blanca otro amor? ¿es posible? ¿y qué burla mi deseo? ya sus imposibles creo, viendo el mayor imposible. Ingrato dueño mío, con qué mortal licencia, ¿Estás bebiendo olvidos en mi ausencia? ¿Qué vives? cuando el alma que te envío le hace mayor fuerza a mi albedrío. Qué inmóvil roca hubiera, ¿A quién el Tajo a solas, besa con labios de risueñas olas, que mis quejas oyera, sin ablandarse, si diamante fuera? Los tiernos ruiseñores, a mis quejas atentos, enternecen con lástimas los vientos, y desprecian el bosque, selva, y flores, llorando ausencias, y cantando amores. Fuego y fluyen las estrellas, cobarde es la paciencia, deme el celoso ardor noble licencia, y quede entre justísimas quererlas, despojo fiero de sus manos bellas. Señora. Seáis bien llegado, señor Don Sancho, a Toledo. Ya templó mi furia el miedo, como el soberbio criado, que delante del señor el respeto le enmudece. Vuestra victoria me ofrece, vuestro natural valor: he acusado es preguntar, sí ¿A aquel villano mataste? decid, señor, si le aplastas que es lo que puede ayudar mi dicha que en la venganza de mi honor, es andar a cuenta vuestra, ¿El valor me presenta tan formada la esperanza? que yo en esta breve ausencia, por lo que me prometiste, solo en saber que saliste hice la duda evidencia, tanto, que podéis quitar, yendo a defenderme a mí, a César, lo del vencí, dejando el ver, y llegar. Pues el alma acreditando el bien que en vos comprendo, sé, que le vencisteis, viendo, y le mataste, llegando. Mas que César prometí, pero en el vencí falte, señora, porque llegué y vi, pero no vencí. Halle en el campo un villano, que su culpa confesó. ¿Matadle? Blanca, no. ¿Más que hay valor soberano, aplicado al enemigo? ¿Más que referís historias de las antiguas memorias, cuando se perdió Rodrigo? ¿Y que el Montañés Pelayo fuera con él un cordero? ¿Y que el Portugués Baquero, que fue para Roma un rayo, fuera cobarde con él? Si todo os lo decís vos. Y que así me haya de Dios, ¿Que estoy ya de parte de él? Porque un hombre que ha tenido tanto aliento, y bizarría, mejor que vos merecía el nombre de mi marido. Qué presto faltó la fe, en cuya virtud vivía mi amor, pues le respondía el vuestro, mas ya se ve la falta de vuestro amor en el desdén que mostráis: ¿Qué presto mudada estáis? ¿Quién os lo ha dicho, señor? Elvira pudo advertir, cuanto mi amor se engañó. ¿Pues qué culpa os tengo yo, si ella lo quiere decir? ¿Y ese retrato no aumenta mi sospecha acreditada? La curiosidad me agrada, huélgame, que tengáis cuenta con mis acciones, sin ser hasta ahora dueño mío. El retrato, es desvarío pensar que os ha de ofender, que entre unos sueltos papeles de mi padre, pude ahora verle, y lo que me enamora es la fuerza en los pinceles, con que la valiente mano de otro Lisipo español, da envidia a marte y al sol. Por valiente, y cortesano, armado en olanco se pinta, con tan alta admiración, que me roba la atención, teniendo el alma sucinta, y abreviada en el pequeño espacio de líneas breves, que descubren rayos leves, con tanta vida, que el sueño de este dormido pincel, exhala en rayos armados, espíritus abrasados, que me transforman en él. Mas para que echéis de ver, que no quiero disgustaros, quiero el retrato mostraros, para que podáis perder tan anticipados celos, como ahora me pedís; y si el veneno encubrís con disfrazados desvelos, y queréis borrar los sabios rayos de esta muerte vida, fácil remedio os convida, a templar vuestros agravios, presto los podréis borrar, pero bañando la mano en la sangre del villano, que dejasteis de matar. Oíd, señora, por Dios. ¿Pareceos dificultoso el remedio? No es piadoso. Yo no os quiero monje a vos. Mostradme el retrato, pues, sabré lo que he de borrar. Sabed primero matar, que el borrar será después. ¿Qué te importa, que le vea? Nada por cierto: advertid, que se parece al del Cid, cuando en la primer pelea, mozo, valiente, y gallardo, dio luces de mayor fama. ¿Y sabéis cómo se llama? en mayores fuegos ardo: ¡Cielos, que he visto mi muerte! Aquí no hay escrito nombre, ni la edad, parece un hombre, por lo que el pincel advierte, de valor tan soberano, que a darle vida los cielos, con él os matara a celos, sin que estuviera en mi mano. Y pues en la vuestra estriba, perderlos, si los tenéis, el remedio no olvidéis con venganza ejecutiva. Y advertid, que aunque os parece blanda materia, es tan fino diamante, que es el camino que de ablandarse se ofrece más fácil para borrar, lo que os da celos en vano, la sangre de aquel villano, que dejasteis de matar. cielos, qué ilusión me engaña, y qué letargo cruel, que el rostro de aquel pincel, ¿Es del villano de Ocaña? Blanca, en mis locos desvelos, a este, que es mi ofensor, le fui a matar por tu honor, más ahora por mis celos. ¿Hubiera loco en Toledo, ni en Murcia, que cometiera hazaña tan escabrosa? dime, señor, lo que ordenas? Solo que calles, Martíó, porque viene el Rey tan cerca, que escuchará tus locuras. Aquí tienes mi obediencia de generoso lebrel; aunque hay opinión que aprieta tanto la hambre, que obliga a lo que el hombre no piensa. Mas dime, así Dios te guarde, sí diligente navegas al golfo de tus desdichas, y es de quien más te recelas Toledo, como prometes a Alfonso (cuando le cercan torres, muros, armas, hombres) la entrada, si se la niegan a los átomos del sol, y les envían a las huertas a madurar los membrillos, que es una gentil conserva: al niño Rey le disfrazas, ¿Siendo una luz que penetra la oscuridad más oculta? solo quieres que se atreva a entrar, donde le resisten las Toledanas ballestas, que tirando al ojo, ¿Dicen que da la punta en la ceja? A Toledo hemos llegado, mira, que dicen las viejas: periculis en la mar, periculis en la tierra, señor, almenas, y encinas, yo estoy siempre mal con ellas; pero es entrada de Rey, qué milagro, ¿Si las cuelgan? Calla, Martín, que me matas. No me espanto, que ya llegas tan perdigado, que pienso, que te matará un trompeta, sí vive junto a tu casa: los jueces de tu sentencia, son las dos partes contrarias, sin remedio te condenan, que eres reo universal, y en cualquiera parte pecas. ¿No tomarás el consejo de un zapatero, que afrenta los Diógenes sesudos, que hablaron con su prudencia; su santa comodidad? Si en diciéndolo me dejas, callas, te escucharé. Oye, como te arrepientas, había en cierto Lugar, tan incierto, que aún apenas sus vecinos le sabían; su planta era en las riberas de un río, corto de talle, porque a su lugar parezca. Sus vecinos por ser trece, los contaban por docena, y una maestra de niñas, que eran trece, y la maestra. Dicen que fue antiguamente colonia romana, o griega, y ahora por sus pecados, es española agujeta. Pero con el buen olor, y aquella tancia nobleza, eligen sus magistrados, con poder sobre las peñas. Llegó de Año Nuevo el día, donde los cargos se truecan, porque todo era postizo. y el zapatero; ojo alerta, en sabiendo la elección, cogió las hormas con priesa notable, en una barquilla, que servía de muleta al pueblo, y se fue agua abajo, y a poco más de una legua dio fondo en otro Lugar casi de las propias señas, si bien no tan opulento, por ser población más nueva, y así tena en la torre por campañas dos cigüeñas. Admirándose la plebe, que era entonces día de feria, de ver al Campin sacar la pedestal herramienta, les preguntaron a coros, y no con poca sospecha, la causa de su mudanza; más él con la voz serena, les dijo: Señores míos, oigan, que la causa es esta. Ya sabrán vuesas mercedes de abinitio, y ante sácula, que en mi lugar, o mi haca, que no vengo para fiestas, que diré mal de mi padre, en desarmando la tienda. Ya saben, que sus vecinos, por enfermedad secreta, no llegan al catorceno: pues hoy por costumbre vieja, hubo elección de justicia, llega a Dios, que en él se ensuelva. Pues como se está el Lugar siempre en sus trece, y es mengua en república tan noble no hacer la elección entera, repartieron, como digo, los oficios por cabezas: dos alcaldes ordinarios, ya saben sus preeminencias; uno de los hijosdalgo, y otro de la villanesca, ¿Hacia dónde está la gente? pero yo pienso que cuentan por villanas a las cabras, hidalgas a las ovejas. Luego un alguacil mayor, con que tenemos tres piezas; juez de testamentos cuatro, luego un receptor de penas de cámara, que son cinco, aunque de pujo recientan. Cuatro regidores, nueve que rigen cuatro carretas: el escribano, y alcalde de la cárcel; que está en jerga, y su poco de Verdejo, cumplen doce, y ellos eran conmigo trece. Pues digo a los que saben de cuenta, si los doce son justicia, y yo me he quedado fuera, ¿En quién la han de ejecutar, sino es en mí? La madera de mis hormas me acompañe, y no he de vivir en tierra de tantos justos pastores, que ahorcaran una estrella, y es mejor ser con desdicha Jonás de aquella ballena, el arca de aquel diluvio, y flor de aquella humareda, dijo el zapatero, y yo digo, que toda esta tierra es justicia contra ti, serás cuerdo si la dejas: el otro lio las hormas, liemos las hoyas nuestras, y llevémoslas a Egipto, que allá no compran cazuelas. Discursivo estas, Martín, ingenio tienes. Espera, que estamos junto a los muros. ¿Y han salido por la puerta de bisagra algunas guardas? A mi zapatero apela, antes que lleguen. Oh, Alfonso, muera yo, como te vea en Toledo coronado: ¿Sabes ya? No me encarezcas, lo que he de hacer, prevenido vengo de razones hechas, para engañar diez gitanos. Señor, esperad, que llega nuestro intento para ejecutarse. La vigilancia despierta de los cien ojos que fingen del pastor fábulas Griegas, es menester que os presente, el peligro en la advertencia. Mal aconsejado el Rey, está de Toledo cerca, yo me escapé de sus manos, dicha ha sido de mi estrella. Por armas es imposible rendir las valientes fuerzas del muro, querrá valerse de ardides, y estratagemas, para ganarnos la entrada; advertid, que en su defensa está mi vida: y me importa, (para apurar las sospechas de un caso honroso) dejar mañana a Toledo, y fuera hoy mi partida, a no hacerse en San Román las exequias del difunto Rey Don Sancho, que Toledo las celebra con aparato piadoso, porque es legítima deuda. Cuidado, amigos, velad, no por vosotros se pierda mi acreditada opinión. 1. Si los que la entrada intentan, Don Sancho, no fueran hombres, átomos sutiles fueran del sol que miras, en vano con armas, o con cántela, de griegos podrán medir los umbrales de estas puertas. 2. No dará paso en la entrada, criatura, que alientos tenga, para formar voz humana, ni edad, ni dejo reserva nuestra vigilante guarda, nuestra cuerda diligencia. Seguro puedes hacer, del muerto Rey las exequias, dando a caducas cenizas, señor, memorias eternas, que a nuestro cuidado solo dejar la guarda pudieras. Esta que os toca, os encargo, que en las demás ya se ordena el mismo cuidado, y guarda: VALE: adiós, amigos, alerta. Miedos son de los alcaides, porque de Alfonso, es quimera presumir que se arrojase a tal peligro. . . ¿Tropiezas burro de cien mil demonios? ¿Piensas que es carga de leña, que no importa cuando caigas? Mira que son ollas nuevas, burro infame: ya cayó, la tierra volvió a su tierra, y el barro volvió a su barro. ¿Cayó el burro? Y la cosecha se perdió estando espigada, ya todas las ollas quedan mercaderas a quien salta toda su correspondencia. ¿Qué dices? Que ya se han quebrado todas. Malos años tengas, y mal San Juan, pues sobrino, ¿Sí viste que era tu hacienda, no le ayudaras al burro? Si yo estuviera más cerca, no cayera el asno, tío. 1¿Qué es esto? Mas me valiera, que en Ocaña te quedaras, y a Toledo no vinieras, para dejarme perdido. 2.Pobre ollero, bien emplea su caudal: decid buen hombre. Déjeme, señor, y tenga lástima de mi desdicha; muy bien volveré a mi tierra perdido el pobre caudal. Señor, dijo una hornera, que a la entrada se hacían los panes tuertos; no quieras que por lo menos volvamos bizcochos. 1.¿Cuantas ollas eran, buen hombre? ¿Queréis pagarlas? porque os haremos la cuenta, y os las daremos baratas, aunque perdamos en ellas. !Que esto me haya sucedido por este rapaz! la presa con que a noche me decía, que a Toledo le trajera: pues no la ha de ver par Dios, que no he de entrar, aunque quieran las guardas. a. ¿Pues no la ha visto? No, señor, que es la primera vez que le saco a volar. quiere ver la Santa Iglesia, porque yo la he encarecido, que es una valiente pieza, y pues me quebró las ollas, y ya no puedo hacer venta, le quiero dar por castigo, que sin ver la Iglesia vuelva. 2.No tenéis razón, hermano, que si tropezó la bestia, no tiene culpa el muchacho. Más sabe de lo que piensan, no ha de entrar. Pues si he de en- si estos señores me dejan. (trar), 1.Si dejamos. Plegue a Dios, que una desgracia suceda, sí le dejaréis entrar. No será de las pequeñas: Si para ver a Toledo le trajimos, no parezca que castigáis al muchacho por lo que el jumento peca. Y pues los honrados guardas, (y plegue a Dios que lo sean del Sepulcro el Jueves Santo) nos dan para entrar licencia, han de ver si se ha quebrado también la bota, que en ella traemos agua de Yepes. 2. Hermano, a todos nos pesa, del mal suceso: tened, pues es forzoso paciencia. Por la piedad que han tenido, quisiera. 1.¿Qué? Darles cuenta de lo que el Rey. 1. Di, prosigue. Esperen un poco, y beban. Por Dios, que viene bailando en la bota. 1 Cosa nueva, ¿el vino baila? Ahora saben que le prometió a la cepa de su madre no casarse, y que por la continencia, y la puridad que guarda, baila en la cuba, ¿y se alegra? Y si acaso el tabernero lo casa, se desmadeja, que no parece que es él: el que comenzare tenga. Échales vino. Echarán, y a fe, que si lo trajera de Madrid la dicha bota, amenazara esta tierra; con un gentil aguacero, porque allá cada taberna es un diluvio. 1.Buen vino. Es vino de dos orejas. 2.No tiene adobo ninguno. 1.No le echaron cal. Ni arena. Muy buen provecho les haga. 1. Por Dios que han de ir a la Iglesia a ver las honras del Rey. ¿Pues adónde las celebran? 2.En San Román. A sobrino, no te has de olvidar, ten cuenta, que dicen, que se han juntado, en San Román la nobleza de Toledo. Vamos, tío, antes que acaben la fiesta. Déjeme dar un aviso de mucha importancia; adviertan, y lo sé de buena parte, que tienen al Rey muy cerca, y dicen, que disfrazado ha de entrar, y que le esperan, en su alcázar a comer. 1.!Válgame el cielo! ¿Qué estrella para nosotros dichosa, te guio, ¿Porque nos dieras aviso tan importante? entra amigo, que quisiera ser tan poderoso ahora, que vieras la recompensa igual a tu beneficio; el rastrillo se prevenga, en entrando estos villanos. 2. No quiera el cielo que sea tan infeliz nuestra suerte, que por nuestra puerta venga. Cerradla bien por si acaso, que hay engaños, y hay cautelas: entra sobrino, que es tarde, y estarán en las exequias del Rey. ¡Dichosa venida tío! Queden nota buena honrados guardas. 1. El cielo con salud a Ocaña os vuelva. ¡Y qué hemos de hacer del asno? pero con él se entretengan, porque haya una guarda más, que poca es la diferencia. No os juzgaba yo en Toledo: sí pensáis tocar mi mano, sin que matéis al villano, daros desengaño puedo, de que imposible ha de ser. Por la ocupación del día, guarde la venganza mía, y la vuestra, por poder ejecutarla mejor mañana. Disculpa ha sido bastante, pero advertido quiero que os deje mi honor que no puedo blasonar de la sangre que me alienta, sí en el mundo hay quien me afrenta, cuando me llego a casar. La ofensa de lengua, o pluma siempre se advierte, y se admira, no importa que sea mentira, que basta que se presuma. Que los visones que son de más alta calidad, tanto como la verdad, los sustenta la opinión. Y así, vos podréis en vano presumir que os puedo honrar, sí llegando a casar, queda con lengua un villano. Blanca, aunque es un propio honor el que defiendes, quisiera que Don Sancho no pusiera tan a riesgo su valor, ya que la suerte dichosa le pudo otra vez librar. Ya es hora de comenzar los Oficios, con piadosa memoria del Rey, que tiene Dios en otra mejor vida. Entremos. San. Bien prevenida con la guarda que conviene, está la ciudad, las puertas vieron diligencias mías. El descuido en tales días, hace las desdichas ciertas; pero donde está el cuidado vuestro, no hará falta el mío. Que he de ver por vos confío, Sancho, mi honor restaurado. ¿Qué es esto? música alegre de trompetas en la torre, ¿Cuándo celebramos honras de rey muerto? ¿Qué desorden dio causa a esta novedad? De la torre nos dan voces. Oíd, oíd, ciudadanos de Toledo, cuyo nombre en sus Anales el tiempo, por leales antepone a los mejores vasallos, que vio el mundo, el sol conoce vuestro rey tenéis presente, para que aquí le corone la lealtad que le debéis, y él agradecido os honre. Viva Alfonso, Alfonso viva, sin que ambiciones lo estorben: viva Alfonso. Viva el Rey, pues de nuestros corazones es el dueño. 2.Alfonso viva, y mueran las opiniones, que la posesión le impiden. Perdido soy, los rigores del Rey teme ya mi vida. Siempre a los humildes oyen los Reyes: con la obediencia, y la lealtad nos socorre la necesidad presente. Alfonso viva, y corone Toledo su Augusta frente, con mil triunfantes blasones. A tu industria debo el día más dichoso que los hombres vieron en humanas glorias. Ves como todos conocen que eres su Rey, y te esperan tan leales; y conformes, ¿Qué es Toledo solo un cuerpo, y una voz? Será tu nombre famoso al mundo. Señor, sí he merecido favores vuestros, la merced mayor. Pide, que es justo que logres tan heroica hazaña. A Sancho Ansúrez, señor. No toques al perdón de quien merece mi castigo. Pues revoque la sentencia tu piedad, o perderé los favores, que de tu gracia recibo. Payo, y Sancho son los hombres, que en España te han servido más bien; que las intenciones suyas han sido leales, cumpliendo el legado, y orden que dejó tu padre. A ti deben el perdón. Temores de un rey enojado están amenazándome a voces. A mis señores Alcaides, ¿Cómo no olieron el poste? las guardas se les cayeron, malas cerraduras ponen; pero es la llave maestra el Rey, que las abre, y rompe: los culpados se confiesen, que hemos de ir dando garrote, hasta que toque a vísperas, y son ahora las once. Hijas, vosotras podéis, por mujeres, en quien pone siempre la piedad los ojos, aplacar al rey. No borres tu valor con tal flaqueza, que aunque a sus plantas te postres, como deuda natural has de mostrar los blasones de tu sangre en el valor, que tanto España conoce: lleguemos a recibir a Alfonso. Las turbaciones, señor, arguyen delitos, y no es bien que los apoyes con el miedo, en la presencia del Rey. Señor, no te asombres, aquel villano, el Ollero, que junto a Ocaña, en el bosque, riñó contigo. Prosigue. He visto aquí. El que en la torre tremolaba el Estandarte, aclamando el Rey a voces es sin duda, que el asombro trajo al alma turbaciones, para enajenar la vista. Pues si los cielos conocen mi ofensa, y porque la pague, le han traído, no perdones su infame vida Don Sancho. Si le vimos en la torre con Alfonso, claro está, que entre los demás Leones trajo al villano por guarda, no le ofendas, ni le toques Ansúrez. Caducos años ha de haber,¿ Para qué brote mi honor con villanas lenguas? Padre, ¿La vida antepones a mi honor? no eres mi padre, pues quieres con miedos torpes vivir afrentado. Espera. Mi resolución conoces: Sancho, si mi amor estimas, junta la guarda que importe, y por restaurar mi honor, prende a ese villano. En bronces viva tu heroico valor: Sancho, el temor me perdone del Rey, sin honra no debe guardar la vida, el que es noble, cóbrala, pues la perdiste. Señor, no faltarán hombres que le maten. Sancho Ansúrez, cumple tus obligaciones, sangre, y valor te acompaña, el lugar señala adonde podamos ir a matarnos, porque es mandato, y es orden del que con dichosos lazos, gozó de Blanca favores, y me manda expresamente, porque tus designios borre, que con mi riesgo te mate, que no con viles traiciones. ¡Hay más apretado lance! ¿Hubo imposibles mayores, entre dudas conocidas, y entre celosas pasiones? La amistad con que me obliga, los celos la descompone, y es el mismo que ofende villano, naciendo noble. ¿Porque el retrato pública, que a su imagen corresponde; qué he de hacer en tantas duda cielos? Cómo no responde Digo, ¿matarlo? no, que es infamia de mi nombre; pues la promesa de Blanca, y mi amor, ¿Que es cielo inmóvil adonde su imagen vive? Muera, pues, y no se asombre quien supiere, que a un villano le rompa las excepciones de la amistad que le debo: ¿Pero qué dirán los hombres de tan grande alevosía? he de dar informaciones al vulgo, de que mi amor, que imperio no reconoce, ¿Es quién le mató? Qué dices. Que hasta que pasen tres soles no puedo reñir contigo. ¿Por qué? No me apures, hombre. Pues dentro en Toledo temes, ¿dónde es fuerza que te sobre con el poder, el valor? Aun no sabes mis temores de que proceden : ¡ a celos ! ya me estáis diciendo a voces que mi venganza permita, para que mis dichas logre. ¡Oh villano disfrazado, nunca me diera en el bosque la vida tu hidalgo trato, que tantos lazos me pone, y con su ejemplo me enseña a cumplir obligaciones! Ea, perdonen mis celos, Blanca, y mi amor me perdone : pero si al rostro le miro, vuelve con nuevo desorden a abrasarme el mismo fuego, que cuando en vivos dolores, vi su retrato en las manos de Blanca, finezas nobles de una pagada amistad, hoy tomo vuestras liciones, para decir, que mi honor os sigue, porque os conoce. Pues ¿cómo el rostro me vuelves? Porque te importa. Nos formes tan cautelosas quimeras. Vete en paz. ¿Con qué temores me amenazas? Con la muerte ¿Qué me dices? Que te socorre una amistad ¿Hay traición? Si la hubiera, a no ser noble. ¿Quién la intenta? Mis criados. ¿Por qué? Porque tienen orden. ¿De quién? Del poder que temo. ¿Es mujer? Y con rigores de fiera. ¡Oh enemiga mía! ¿ Y como no te dispones a matarme? Soy quien soy. ¿Qué pretendes? Que no ignores, que te pago. que te pago. Yo confieso tan justas obligaciones, pero no sé a quién pagarlas. Pues ¿no me ves? Yo veo un hombre, que me vuelve la espalda, y el alma, aunque reconoce la deuda, no viendo el daño, puede negarla. Dispones mal tu causa. Vuelve el rostro, y veré a quien me socorre en el peligro. No puedo. ¿Por qué? Porque los que me oyen te han de matar si te miro, pues verán iras feroces en mis ojos, contra ti. Queda en paz. Queda en paz La vida logres hasta que vuelvas a verme. Si veré, como te importe, que van luchando conmigo extremos, y oposiciones. Por villano irás contento, y agradecido por noble.

JORNADA TERCERA

Deme el dolor de tan injusta muerte la voz que impide el pensamiento mío, que a la rudeza de mi corta suerte, puro lenguaje, y lágrimas le fin, la desdicha mayor, que el sol advierte, la historia más cruel, que escucha errío (el río ?), se ha de ver hoy, aunque en el mando solas, dando sombras al sol, llanto a las olas. Que en pecho de mujer caber pudiera, sin que la ablande la piedal (piedad), ni el ruego la bárbara crueldad, ¡que España espera, irá fatal del vengativo fuego! Brutos peñascos de esta gran ribera, no tan sin seso a vuestra margen llego a pediros piedad, que solo os pido la durable atención de vuestro oído. Después que Alfonso, con ardid extraño, vuestra ciudad pisó con reales plantas, y Toledo, en virtud del nuevo engaño, huyó la frente a pesadumbres tantas, humilde con alegre desengaño, de oliva, y de laurel (señales santas de victoria, y de paz) vistió sus muros, con la presencia de su Rey seguros. Mostróse grato el Rey, y por los ruegos de mi señor, perdona a Sancho, y Payo: ojalá fuera desatando fuegos tu piedad, español, vibrando un rayo, pues gobernados por motivos griegos de una mujer, permiten el ensayo de la muerte más fiera, y más tirana, que pudo ejecutar venganza humana. Fuese el Rey a Escalona, y en su ausencia dejó por jueces, y gobernadores a los dos que han firmado la sentencia, que ya el perdón se paga con rigores. Blanca manda prenderle, y la licencia el temor esforzó de ejecutores, que libre ya por Sancho le siguieron, y en numerosa escuadra acometieron. Rindióse en fin, porque lo hace el día, y cargaron sobre el de fuerza armado, después de haber dejado en la porfía, su claro esfuerzo, y su valor vengados. Blanca, que en fuego de vengarse ardía, porque se queja, que dejó infamados blasones de su honor, ¡oh trance fuerte! Escribió la sentencia de su muerte. Y llega su crueldad a tan forzoso extremo de inclemencia, que a la orilla sale del Tajo, a ver el lastimoso suceso que a los orbes maravilla: de vosotros, con golpe temeroso, (no limpio acero de feroz cuchilla) despeñado caerá al centro más bajo, porque le sirva de sepulcro el Tajo. SALE PAYO, DON SANCHO, BLANCA, ELVIRA Y UN CRIADO Padre, mi nuevo rigor, no engendra al feroz deseo, que si yo morir le veo, son impulsos de mi honor: el alma siente el dolor de ver a un hombre matar; bien lo quisiera excusar, mas llegarlo a permitir, es, porque en verle morir, remedio el verme infamar. Muchos, que culpados son, y merecen más crueldad, llegan a alcanzar piedad: en la misma ejecución suele tener compasión el que ejecuta, y lo escrito rompe, y de mortal conflito los libra, tan poco sabio, que deja lengua de agravio, y desvergüenza al delito. Y así, en los muertos despojos de mi villano ofensor, la parte ha sido el honor, y los testigos los ojos: deje estos peñascos rojos, quien bajamente me infama: quien tigre feroz me llama, advierta siendo homicida, que de su difunta vida, ha de renacer mi fama. Muera el bárbaro villano; hija, pues tu honor estriva en su muerte, mas no escriba el tiempo caduco, y vano, que hay en un hecho inhumano, asistencia de mujer. mata, pues tienes poder, pero no asistas, que excedes a Búsitis, y a Diomedes, que al fin mataron sin ver. El más tirano enemigo, sediento de sangre ajena, inventor fue de la pena, pero no asistió al castigo, basta para fiel testigo el pueblo, que a verle llega. Aún la misma muerte ruega, mostrando alguna piedad. No me tiene voluntad, quien este gusto me niega. Solo podía estrivar mi amor, que fin fruto espera, en que el villano no muera, que es el que puede estorbar el poder Sancho casar con mi hermana: mas mi suerte, que mis desdichas advierte, en mi amorosa pasión, hará del mismo perdón los verdugos de mi muerte: ¡Oh amor, qué piadoso estás! pero es mi interés tu empleo, pues la vida le deseo, a quien no he visto jamás. ¡Oh Blanca! Alegre estarás, que entre el plebeyo gentío viene ya perdiendo el brío, la vida que temen tanto, para eternizar con llanto los cristales de este río. Plegue a los sagrados cielos, o toledana sirena, que cantes en esta arena, siendo el instrumento celos: y que entre líquidos hielos de estas rompidas esferas, con plumas, y alas ligeras, tu forma en cisne mudando, mueras por vivir cantando, y que en cantando te mueras. Lo que enemigos soberbios, y feroces africanos, conjuraciones, y envidias, traiciones, y amigos falsos, celos, crueldades, injurias, no han podido en largos plazos puede una mujer: ¡ah cielos! ¿De qué invencibles peñascos formasteis el corazón de esta fiera, que animando la flaqueza femenil, viene con alegres pasos a verme morir: que pueda su aborrecimiento tanto, que aún casándose no quiere, que padeciendo, y penando viva, por no darme tiempo para llorar mis agravios? Vive, pues, roca invencible, puesta en el mar de mi llanto, blasón de estos pardos montes, que de tu furor armados, su misma hierba aborrecen, para preciarse de ingratos. Vive, pues, que yo en las atas de estos cristales turbados daré la sangre que espera, para que al mar Lusitano vaya publicando a voces, que en las riberas del Tajo hay llorando cocodrilos, y hay basiliscos mirando. ¡ Los cielos conmigo sean! ¿Qué ven mis ojos turbados? ¿Qué mágica me conduce sobre los montes tesalios? ¿Qué colcos me da sus hierbas? ¿Qué Calipso sus encantos? Este no es don Nuño, ¡Cielos! ¿Qué me detengo? ¿Qué aguardo, que no restauro su vida, aunque con nuevos agravios padezca mi honor, en lenguas de mi padre, y de don Sancho? ¿Qué aguardáis, ministros fieros de mi muerte? si el espacio más breve es eternidad: obedecerla. Esperaos, hombres, detened el curso de mi rigor. ¿Qué milagro es este? aquí hay manganilla: a señor, no hagamos caso de la suspensión, caer es lo importante, ya has dado lástima, no la resfríes: Dijo un discreto azotado, llevándole ya el perdón, teniendo la espalda en blanco, que todo el negocio estaba hasta subir en el asno. Ya estás a vista del pueblo, lágrimas, ni ruegos vanos no te detengan. Bajadle, que para cierto descargo, su declaración importe. Si importa subo, y desato. Ya la piedad de su muerte, forma mayores agravios, ya con duplicados celos, nuevas injurias aguardo: ¿si Banca le ha conocido? ¿Si es el mismo del retrato? Que si es él, yo soy el muerto. ¿A qué aguardáis? delatadlo. Martín, déjame morir. Pues ve a morir allá bajo en buena conversación. No es piedad la que ha mostrado el pecho de esta mujer. Señor, hágase el milagro, y más que lo haga mi abuela. Las rosas se le mudaron, y el rostro a Blanca, en los ojos le ofrece el alma al villano. Luces descubre mi amor del bien que espero. Apartaos, que me importa hablarle a solas. Admiro tan nuevos casos, como nos enseña el tiempo. ¿Por qué desatas los lazos de la muerte? ¿Es por ventura, porque en el pequeño espacio de esta cruel suspensión sienta la muerte que aguardo con más inmenso dolor? ¡Qué atento esta el Secretario! Don Nuño. Enemiga mía, ¿qué te han hecho los extraños sucesos de mis desdichas, en tu servicio empleados, que de fiscales te sirven? ¿Para qué rigores tantos, tus crucidades excusa? ¿Tan grandes son los agravios del amor con que te adoro, que merecen castigarlos? ¿Con casarte no bastará matarme? ¡Ay Nuño! ¿Este pago merece mi amor, ingrata? Advierte mi bien. Que en vano te disculpas, cuando muero, por no ver llegar tus brazos a otro cuello. Si me escuchas, verás de mis desengaños mi amor y verdad tan noble, que no has de poder borrarlos del corazón, donde viven. Si a mis oídos llegaron nuevas de tu muerte Nuño, y dijeron que un villano me infamaba, presumí que tú le habías revelado nuestros secretos amores, y porque mi honor manchado restaurase su opinión. ¡Ah falsa! Escucha. ¿Qué engaños trazas para más tormento? Bien dices que soy villano, pero no para creerte, mira que te está esperando tu esposo, y bien te merece, porque es muy galán don Sancho, agradecido y valiente; pero si en tu pecho ingrato pueden algo ruegos míos, te suplico, que la mano no le des, hasta que yo haga estás peñas del Tajo tojo monumento mío. ¡No hay alma que baste a tanto: mi bien, ¡que escucharte puedo! mira, que le das mal pago, a la fe más invencible, al respeto más hidalgo, que ven los ojos del cielo : advierte, que mi descanso está cifrado en tu vida. Pues poco podrá gozarlo, porque he de morir. ¡Oh celos! ¿Qué aguardáis? Comunicando se están las almas: señora, adonde hay testigos tantos, mucha liviandad parece que le pidas tan despacio, cuenta a un villano, que pudo manchar tu opinión. Dejadlo, que es cierta declaración hecha en el último paso, que importa a mi honor saberla. Es un dicho del diablo, no le acabará en seis horas. Dure mientras yo me abraso. ¿Qué determinas, señor? Morir. Y es lo más barato. Mira. Ya no hay que mirar, que está desesperado el sufrimiento. el sufrimiento ¿No disculpas? No, que llegaron tarde. Pues no te reduces, hemos de morir entrambos: la mano le quiero dar en tu presencia, a don Sancho. No mi bien, traza otra muerte. Por Dios que se fue al atajo, no es nada bobe el mancebe. ¿Qué intentas? Pedís mil años de vida al cielo, señora, para gastarla, adorando tus ojos. Tiernos se miran, ¡cielos! Ya va declarando. Trazaré tu libertad, que no faltarán engaños para desvelar sospechas. Nuño es ya tu humilde esclava. Y Blanca quien te conoce por señor. A este criado podrás descubrirte, Blanca. Será importante. llevadlo a la prisión, que el tormento le hará, aunque más obstinado, que confiese quien fue el dueño de la carta que un villano, que jamás supo mi nombre, no pudo con temerario atrevimiento escribir con testimonio tan falso manchas de mi limpio honor: y eres en su leal criado? Para lo que le cumpliere; aquí me rompen los cascos, y pago lo de las ollas. Dime. Si juro. En cerrando la noche. ¿Noche, y cerrada? Me has de ver con el recato, que pide el suceso mío, y llevarás a tu amo unas joyas, y orden mío, para que se libre. Andarlo pabitas, ¿mas que el Ollero, ha de amanecer jurado de Toledo? Voy contento, hija, de ver que templaron tus enojos su aspereza. Cuidado con el villano. ¿No basta que tu le tengas? ¿Qué dices? Que se aplacaron tus iras, y que le guardas la vida. Si ha declarado que no tiene culpa, ¿quieres que muera, Sancho? En el campo le verás muerto a tus ojos. Pues ¿fáltanle al otro manos? ¿Ya tú le defiendes? Veo que tiene razón, don Sancho. AL . Puedes creer que en mi vida, tuve contento mayor; aplacaráse el rigor de Blanca, con la venida del Rey que entrará mañana para honrar el casamiento de Sancho, y Blanca, y su intento mudará con más humana piedad. ¿Y se casarán mañana? Solo se espera a Alfonso, mucho quisiera; porque es Sancho el más galán caballero, que en España luce en la campaña armado, que en el término aplacado le vieras en la campaña, según castellano fiero, esperar, si hay quien impida su casamiento: convida la fama del caballero a ver su dichosa suerte. Pues ¿quién se la ha de estorbar? Nadie se ha de aventurar, teniendo cierta la muerte; pero Toledo murmura, que Blanca ofreció primero la mano a otro caballero, y que puede, por ventura, con poder y con amigos, estorbar el casamiento, y así con bizarro aliento, siendo jueces, y testigos Alfonso, y Toledo, quiere de sol a sol sustentar, Sancho, que puede casar con Blanca, y si acaso hubiere quien lo impida, peleando, morir o vencer. No habrá, cierta su victoria esta. Todos lo están deseando, pero también hay quien diga, que si don Nuño viviera, que el casamiento impidiera. Entré la hueste enemiga, asaltando a Calatrava, dicen que murió, no ha habido castellano tan temido. Todas las veces que entraba en la batalla, vencía: después del fuerte Bernardo no ha habido hombre más gallardo, ni valiente: bien podía don Sancho dejar la empresa, si con don Nuño lidiara. Y Don Sancho le matara: Castilla del Moro presa, a quien debe las memorias, y laureles vencedores: don Sancho es de los mejores caballeros que en historias nuestras conserva la fama en hojas del tiempo. De él dices bien, si con cruel sentencia tu vida infama, y condenándote a muerte, ¿es ejemplo de crueldad? Eso tiene la verdad, que el enemigo la advierte. Señor, no sé a lo que vengo, ni aún lo que traigo no sé, Sancho. Prosigue. Si haré, que ya la prosa prevengo. Al tiempo que me arrojaba en casa de Blanca. Di. Me dio un papel para ti, y que solo me encargaba la priesa, y este también para el alcaide, tomad. No será mi libertad. Junto os ha venido el bien, libre estáis, orden expreso es de don Sancho, estimad su generosa piedad. Huyo más feliz suceso. Mira, que a ti te escribe, que por Dios, que es buen amigo, ¡Qué en pecho de mi enemigo piedad, y clemencia vi! ORDEN ENVÍO AL ALCAIDE, DE DARTE LIBERTAD; CON ELLA , SI ERES CABALLERO, Y CON DISFRAZ DE VILLANO, PRETENDES A BLANCA, PUEDES SALIR MAÑANA AL CAMPO DE LA VEGA, A ESTORBAR CON LAS ARMAS MI CASAMIENTO, PORQUE TE CUESTE LA VIDA, O GANARME LA VICTORIA. EL REY QUE POR HORAS ESPERAMOS SERÁ JUEZ Y JURAMENTO EL PADRINO DE LAS BODAS, DEL QUE SALIERA VENCEDOR. Don Sancho. Amigo, páguete el cielo, la amistad que he hallado en ti, poco valgo, pero en mí, con cuidadoso desvelo, tendrás una voluntad, agradecida, de suerte, que ni el tiempo, ni la muerte, me olviden de tu amistad. De don Sancho la recibes, y de mí la ejecución; vete en paz. En tu prisión, Celio, otra vez me recibes; Martín, la mayor hazaña que escribe el tiempo, has de ver: ¿Cómo? Hoy has de conocer al que serviste en Ocaña. Ruego al Cielo que no sean desdichadas estas bodas. Segura tiene, don Sancho, por las armas la victoria; demás, que no hay en Castilla quien a su intento se oponga, gozará sin duda alguna de la posesión dichosa. En un mismo grado asisten la ventura, y la deshonra, en su valor se ha librado su buena suerte. Pregona el mundo victorias suyas, y pones dudas ahora, ¿de la que tienes tan cierta? Al son de marciales trompas viene ya Alfonso a ocupar el regio asiento. Las honras, dan con la vista los Reyes, Entre escuadras numerosas de las guardas de Castilla, que le cercan, y coronan, llega el generoso Alfonso. Plaza, plaza. Quedará Roma envidiosa si a esta palestra asistiera. ¿Qué debe Toledo a Roma; si es Corte (corte) de Alfonso? Él entra con Majestad suntuosa. Invicto Alfonso, pues eres sol de España, a quien coronan rayos del mayor planeta; hoy a la usanza española venga, no a pedir mercedes por las hazañas heroicas de mis pasados, que dieron a castellanas historias tanto lustre, ni las mías, por quien tiene tu corona, tanto aumento, solo pido tu justicia, en tan honorosa pretensión; Payo de Lara, a doña Blanca su hija me prometió por esposa. Ella le obedece en todo: pero vive temerosa de una carta que escribió un villano, y que pregona, que tiene otro dueño Blanca: de que ofendida, y quejosa está pidiendo venganza, y que sustente las horas que señala el castellano fuero, hasta que el sol se ponga, que no hay sujeto en Castilla, que pueda impedir mis bodas, y que en espirando el sol, como ninguno se oponga, seré su dichoso dueño. Lo que te suplico ahora, gran señor, es, que si hubiere quien ofrezca su persona a la batalla que olvides tu clemencia generosa, negando que en esta vega manche el uno en sangre toja la hierba que la guarnece, porque no ha de ser esposa Blanca de ningún hidalgo de Castilla, si blasona el competidor, que vive favores que la deshonran. Siento que os aventuréis, que estimo vuestra persona, don Sancho; pero fiad en vuestra suerte dichosa, que no ha de haber en Castilla, (quien vuestro valor conozca) que a disgustaros se atreva. Ya vuestro favor pregona mis dichas. Hijo, el valor ha de restaurar mi honra. Ya la trompeta señala, que viene a impedir las bodas el que dio aviso al villano. Marciales galas le adornan. Mujer parece en el traje. ¡Oh qué gallarda y airosa se muestra! Nueva Camila parece en la selva Ausonia armada contra el latino escuadrón. La misma Diosa de las batallas la envidia. Las plumas blancas, y rojas, en rayos de oro, es un monte, que su cabeza coronan: Persia, y Tiro le prestaron, para hacerla más hermosa, púrpura, y telas de oro, que sobre la hierba arroja. Alfonso, Rey de Castilla, cuyas armas vencedoras tiembla el bárbaro africano: yo soy Blanca, la que llora entre mal perdidos bienes, las ausencias lastimosas del que el alma reconoce por dueño, cuyas memorias mis pesares eternizan; y así en el plazo, y las heras que vuestra ley determina, aventurando mi propia vida, he venido a pedir, si la muerte no lo estorba, mi casamiento yo misma, porque sin vergüenza, y nota de infamia, no puede ser Sancho mi esposo, y pregona la fama, y mis propios ojos, que el que entre confusas sombras del temor de vuestro enojo, disfrazando su persona, encubrió Castilla, es vivo. don Nuño Almejir, que en hojas de eternidades escribe las hazañas más honrosas, los servicios más leales, que han dado regias coronas, y es mi esposo. ¿Dónde está don Nuño? A vuestras heroicas plantas, rinde humilde el cuello, quien de la furia ambiciosa del Rey leonés , vuestro tío, con hazaña tan honrosa, que la está aclamando el tiempo, para futuras memorias, os libró, y quien en las guerras os sirvió con las victorias, que reconoce Castilla, y que los Alarbes lloran. A cercar a Calatrava, que Almanzor por su persona defendió, con más escuadras, que vio en sus márgenes Troya. Enviasteis por caudillo de las castellanas tropas a Mendo de Benavides, gran soldado, y que se apoya su fama en sus propios hechos. Donde yo con generosa humildad (cuando pudiera más bien gobernar a Europa, que Augusto en su triunvirato) os serví con mi persona, como soldado sencillo. Los moros con las victorias tan recientes, ofendían con palabras afrentosas desde el muro a nuestro campo, y al son de bárbaras trompas, a escaramuzar salían, volviendo siempre con honra. Un día, al romper del alba, nuestras tiendas alborota Abenjusef un sobrino de Almanzor, con injuriosas palabras le pidió campo al general, donde todas las escuadras castellanas le oyeron, y por lisonja de los vientos, a las tiendas la lanza, y gineta arroja, saliendo a un bosque a esperarle. Yo entonces, con cautelosa bizarría, armado en blanco, sin dar de mi ausencia nota, salí al frondoso palenque, donde con soberbia pompa de su misma vanidad estaba el moro, y con pocas palabras le di a entender, que era el general : no asombra el recio viento las selvas, desnudándole las hojas con mayor furia, que el moro con la esperada victoria revolvió la yegua: y yo con presteza caudalosa, ajustándome al caballo le esperé fueron dos rocas las que el encuentro sintieron; pero el moro, entre congojas mortales, abierto el pecho, falseando el ante, y la cota, bañó con mil paramentos de oro las hierbas rojas donde el alma desatada voló a las oscuras sombras. Huyeron luego seis moros, que guardaban su persona, si bien pude aprisionar al uno, que de esta gloria dio la nueva a nuestro campo; Mendo, con alma envidiosa, supo que yo con su nombre fingido, acabé la heroica empresa, que me eterniza, y por ofender mis glorias, me dijo: mucho me ofendo, que la opinión tan notoria al mundo de hazañas mías, aventuréis vos ahora, valiéndoos del nombre mío, donde la suerte dichosa (que dicha fue, y no valor) pudo trocarse dudosa por lo menos, y dejarme con la infamia, y la deshonra de haberme vencido un moro. Mas yo, señor, con la poca prudencia, que da una afrenta, le dije: por ser notorias de aquel moro las hazañas, y ser tan pequeña cosa el mataros, y que al campo por ser general, le importa vuestra vida, quise daros sin peligro la victoria, que a salir vos, estuviera en mi opinión muy dudosa. Ciego de furioso enojo, Mendo, dejando las postas, y guardas, sacó la espada, y embrazando la lustrosa rodela, bizarro, y diestro me acometió: nueva historia pide esta batalla, Alfonso, mas ya sabéis, que las rojas trenzas del sol descubrieron en la campaña arenosa muerto al general; yo luego con vergüenza lastimosa, mirando la ofensa vuestra, y sin caudillo la heroica empresa de Calatrava, aborrecido de todas las castellanas banderas, y mi muerte tan forzosa, en desgracia de mi Rey, puse el pecho, antes que rompa luces del alba dormida coronada de oro, y rosas, al más bruto atrevimiento que honró con laureles Roma. Tomé una escala, y al muro, entre fugitivas sombras de la noche, la arrimé, y diciendo: no perdonan Reyes tan grandes delitos, muera quien quita la honrosa opinión del Rey que sirve, y llamando entre animosas voces al patrón de España? Trepé el muro, y a las sordas voces despertando el sol, me vio revuelto en las tropas de los turbados Alarbes, que al son de trompetas roncas avisaron nuestro campo, que con envidia gloriosa de verme lidiando solo, poniendo escalas se arrojan, animados con mi ejemplo, a proseguir la victoria. Ganóse al sin Calatrava, pero yo con vergonzosa pena del enojo vuestro, perdí con razón las glorias, por no padecer las penas, que en vuestro enojo se apoyan. Con es disfraz de villano, emprendí tan espantosas hazañas, que han merecido la gracia que os pido ahora. Retíreme al fin a Ocaña, porque con alma amorosa confieso a Blanca por dueño, si la muerte no lo estorba. Mis amorosos designios, en vuestra presencia heroica, será por armas, señor, Blanca mi adorada esposa. Con admiraciones pagan los sentidos tan dudosas noticias. Su vida temo. Ya no hay que temer. Memorias dejará tu nombre eternas: yo te perdono, aunque cobras con tu vida un enemigo, y en pretensión amorosa, en valor, y calidad te iguala. Fuera costosa la experiencia de su enojo, cuando a don Nuño le sobra tanto amor como justicia, y en su peregrina historia se confiesa por su dueño doña Blanca, no es tan corta mi capacidad, señor, cuando los celos lo estorban, que pretenda mano ajena: pero pues a todos honra vuestra presencia, querría, señor, que fuese mi esposa su hermana Elvira, que estimo por sus prendas generosas el amor que me ha mostrado. Y seré de entrambas bodas yo el padrino. Don Nuño, ya nuestra amistad pregonan mis brazos, y el parentesco, Blanca merecida esposa de Nuño, dadle la mano. Para que queden memorias de mis dichas, contra el tiempo en mármoles, que no borran: con inmortales requiebros mi mano tienes muy pronta, y el alma también con ella. Aquí está Elvira. Bien cobras tu amor, Elvira, a don Sancho. Claro está, cuando me abona vuestra mano podré dar la mía a Sancho, que ahora, en licenciosos arrullos, soy de su luz mariposa. Yo, Elvira, estoy tan contento, que la fama, con notoria solicitud, pregonará lo que mi pecho atesora, pero esta mano es testigo, con la cual verás gustosa, si pago cuidados tuyos, si te quito tus congojas. Y yo acaso soy fantasma, no hay alguna motilona, aunque haya estado en Galicia, ¿cómo no despunte en gorda? Premiado saldrás, Martín, dando a la famosa historia fin el Ollero de Ocaña, si nuestras faltas perdonan.