Texto digital

Texto digital de Ofender con las finezas

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Jerónimo de Villaizán
Atribución estilometría
Jerónimo de Villaizán Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto (preparado por Germán Vega) procede de Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Ofender con las finezas. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ofender-con-las-finezas.

Logo BICUVE

OFENDER CON LAS FINEZAS

JORNADA PRIMERA

No me aconsejes, Elvira. Pues, Blanca, si en tu congoja Mi modo de hablar te enoja, Tu modo de amar me admira. Amor que firme suspira, Que reconocido adora, Blando ruega y triste llora, ¿No es amor? No, Blanca. Pues, Si no es amor, dime, ¿qué es Esto que se ve y se ignora? Yo, que sé amar y vivir A la luz de un solo ardor, Sabré que eso no es amor, Lo que es no sabré decir; Porque amará uno y oír A otro, ni es amor ni olvido; Y así, un pecho divertido Entre ternuras y antojos Olvidará por los ojos Lo que amó por el oído. Yo adoro a Octavio, y constante, A solo adorarle atiendo, Y tú, cuando estás queriendo, Aunque tan firme y amante, Le haces también buen semblante Al Conde, y con mudas señas, Cuando le escuchas, le empeñas; Luego culpada te hallas En lo que a Enrique le callas Y en lo que al Conde le enseñas. En una fe prevenida Cualquier descuido es bajeza, Amar cobarde es flaqueza, Y culpa engañar, querida; Y así, un alma repartida Ni podrá amar ni temer, Porque, si se ha de querer Con decoro y con primor, La vida de un solo amor Toda un alma ha menester. Oye, Elvira, que primero Daré la vida contenta, Que permita, que consienta Culpa en mi amor verdadero. Solo a Enrique estimo y quiero; que , aunque al Conde le he sufrido escuchado, no he temido, No, que salga vencedor De un amor firme otro amor, Ni he estimado ni creído. No se ve el Etna eminente Ser, y mostrarse en un bulto, Vivo Mongibelo oculto Y helada sierra aparente? ¿Qué mucho, pues, que yo intente Ser Etna mejor adonde Con Enrique y con el Conde Soy una breve mentira, De nieve en lo que se mira, De ¿? en lo que se esconde? Y ¿qué importa que me explique Su fe el Conde, si en rigor Él me está hablando en su amor, Y yo pensando en Enrique? Y así, porque no me aplique Luz que después me acobarde, Hago del incendio alarde, Porque en un duelo reñido Aprende para vencido El que se teme cobarde. quien habla en si ha de olvidar o está muy firme en su amor, Ni está bien con su valor Quien no le sabe empeñar. ¿Qué hiciera yo en adorar A Enrique sin resistencia De otro amor, de otra violencia? Luego a más mérito nace, Porque hay glorias que las hace Mayores la competencia. Confieso que quiso mas La que más supo vencer; Pero ¿dejará de ser Mas firme la que jamás Dio ese agrado que tú das A otro amor? Nadie lo ignora; Luego tu fe se desdora, Pues esa atención fingida Que das a lo que se olvida, Quitas a lo que se adora. Y esto es solo discurrir En un buen duelo de amar, Donde no se han de buscar Conveniencias de vivir; Porque en llegando a advertir Que es absoluto señor El Conde, que tiene amor Que Enrique es noble, tú hermosa, La ocasión muy peligrosa, Muy delicado el honor, El vulgo muy atrevido, Tu padre muy alentado, El peligro muy hallado, El remedio mal sabido; Que no ha de ser tu marido El Conde, que lo ha de ser Enrique, y vais a perder, Él la vida y tú la fama; Que eres mucho para dama, Y poco para mujer; Que el Conde te quiere a ti, Y que a mí me quiere; Que Octavio, mi amante, muere De celos que no le di; Y que entrando el Conde aquí Con Enrique, puede ser Que cada uno llegue a ver Su agravio en particular; Que entrambos se han de enojar, Y que en fin se han de saber; Que el Conde no ha de sufrir Desaire en su autoridad; Que Enrique, aun siendo verdad, Disculpas no ha de admitir, Ni tú has de poder cumplir Con todo; peligros son, Prima, en cuya confusión, Contra tu estado y el mío, Crece el daño, falta el brío Y enmudece la razón. No es nuevo en mí discurrir ¡Ay Elvira! en mi pesar, Mas ni me atrevo a olvidar A Enrique mi a resistir Al Conde, y no puedo huir Un mal y otro repetido, Y de los dos, he tenido Por medio más acertado Tener al Conde engañado Que aventurarle ofendido. Doy que pueda ser cordura Esa atenta prevención. A la verdad, ¿no es traición O fineza mal segura, Cuando Enrique con fe pura Toda el alma te mostró, Encubrirle que te amó El Conde, y aventurar A que él se pueda enojar, Pues se lo callaste? No; Porque, estando en mí seguro El decoro de mi amante, Mientras yo con fe constante Dilatarle un mal procuro; Aunque hoy su enojo aventuro Si sus celos no le digo, Pues con callarlos le obligo, Como mi intención sea buena, Y yo le excuse una pena, Mas que se enoje conmigo. Demás de que es conveniencia, Decente al suyo y mi honor, Callarle a Enrique otro amor, Porque, viendo otra asistencia, Temiera de su violencia Lo que tú temiendo estás, Y aunque él se esforzara más, En algún temor cayera Quizá, de que no pudiera Satisfacerse jamás. Y entre un cuidado celoso Y un descuido asegurado, Mas le quiero sin cuidado A Enrique que cuidadoso; Sin ser querido es dichoso, No turbe su dicha ahora Una sospecha traidora, Porque aun mentida la ofensa, Hace infame al que la piensa Y dichoso al que la ignora. Finalmente, si le diera Cuenta a Enrique de otro amor, Viendo empeñado su honor Con el Conde, ser pudiera No verme más, y esto fuera Para mí el mayor pesar. Luego es fineza el callar, Pues aunque los riesgos toco, No le quiero yo tan poco, Que le quiera aventurar. A todo me has satisfecho. Bien sabes lo que he vencido Con el Conde, y que he querido Sacarle el amor del pecho; Mas, no siendo de provecho Mostrarme con él severa, He dispuesto, la primera Noche que me venga a ver, Declararme, y ha de ser, Escucha, de esta manera. ¿Qué hace Blanca? Con su prima La dejé haciendo labor. ¿Podré hablarla? Si, Señor; Porque sé yo lo que estima Tu persona, y se holgará De saber que estás aquí; Mas las dos vienen allí. Enrique ha venido ya; Disimula, no le des, Elvira, qué sospechar. Mucho tenemos que hablar. Pues déjalo hasta después. ¿Blanca? ¿Enrique? (Amor, anima El fuego que en los dos arde.) Díjome el Conde esta tarde Que vendrá a ver a tu prima; Que, como sabes, la adora Cortés, galán y discreto, Confiando este secreto De mi lealtad; yo, Señora, Como tanto el verte estimo, Que vivo más, según creo, A cuenta de lo que veo Que a cuenta de lo que animo; Queriendo, con la ocasión De avisar a Elvira, hablarte Este rato, y acordarte Mi siempre firme afición, Me vine un poco delante; Si mucha licencia ha sido, No estima, no, ser querido Quien no es solicito amante. Está tan lejos en ti De ser culpa esa licencia, Que en tu amor fue diligencia, Y agradecimiento en mí. Juzga, pues, si enamorada, Cortés, atenta y gustosa, Podrá tenerme quejosa Lo que me tiene obligada. ¡Ay, Blanca, lo que te debo! ¡Ay, Enrique, esto es amar! Déjeme el cielo pagar Fe tan firme, amor tan nuevo. ¿Hablaste a mi padre? Sí, Blanca. ¿Y qué respondió? Como lo esperaba yo. Habló su piedad por mí; ¡Que estos ratos nos impida, Por querer a Elvira, el Conde! Mal a nuestro amor responde Su piedad encarecida. Esfuerza mi engaño, Elvira, Hablando a Enrique. Sí haré. (¡Que así se engañe una fe Que a ser inmortal aspira!) Que el Conde me esté estorbando Lo que amor me está ofreciendo! ¡Que cuando le estoy queriendo A Enrique, le esté engañando! Mas, si a buena luz se mira, Mayor la desdicha fuera Si el Conde a Blanca quisiera; Mas vale que quiera a Elvira. Mas, si por haberle amado, Pude llorarle perdido, Como en mí no esté ofendido, No importa que esté engañado. ¿Dorotea? ¿Qué hay, Desván? Mil requiebros atrasados, Que, de puro estar guardados, Sentidos pienso que están. ¿Con eso sales ahora? Pues ¿con qué quieres que salga, Que menos cueste y más valga? Está Enrique a tu señora Hablando en cosas de amor, Y desde que los oí, Me emportuguesé, y sentí Tiernísimo. ¿Eso es furor O arrendajo? Soy perdido Por hacer cuanto veo hacer; Y así, como vi querer, Quiero como un descosido. Finalmente, no hay acción, Buena o mala, que si veo Hacerla, no la deseo; Y puede aquesta pasión Tanto en mí, que como un día Que a un hombre iban azotando, Se le quedasen mirando Todos, fue la rabia mía Tal, que en el asno subí, Y pedí que me azotasen, Porque a él no le mirasen, Y me mirasen a mí. Desván, muy malo es sufrir, Y a mucha costa y trabajo. En esto del arrendajo No me puedo reprimir; Y si como estoy en pie Y tan mal acomodado, Estuviera bien sentado, Vieras milagros, sí a fe. Pues si por eso lo dejas, A esa cuadra nos saldremos Y habrá donde nos Sentemos. Lindamente me aconsejas. Confieso el riesgo en que estoy, Enrique, y aunque procuro, Por la opinión que aventuro Y los disgustos que os doy, Divertir el galanteo Del Conde, no me he atrevido A aventurarle ofendido, Cuando empeñado le veo. Prima, ese es lance forzoso, Y de mí digo que hiciera Yo lo mismo, si me viera Querida de un poderoso. Mal hicieras, Blanca, estando En el empeño en que estás, Pues siempre se obliga mas Despidiendo que engañando. ¿De qué sirve despedir A quien no se ha de apartar? De saber asegurar A quien lo puede sentir. Si mi amante no fiara De mí su honor, me ofendiera. Simi dama entretuviera A otro amante, la dejara. Siendo amante y poderoso, No es bueno para ofendido. Peor es para marido *, El que fue galán celoso. Eso es ya mucho apretar. Y eso es mucho permitir. Yo me dejara morir. Yo me supiera matar. Basta, Enrique; considera Que no es bien que me amenaces. Yo no digo lo que haces, Mas digo lo que yo hiciera. Elvira, ¿qué dices? Digo Que el mismo temor me dan El Conde para galán . Que Enrique para marido; Mas pienso que viene gente. ¿Si es el Conde? Puede Ser; Y pues le ha de entretener Elvira, cuando se siente El Conde, Blanca, procura Dejar la conversación Y salir, pues la ocasión De hablarnos es tan segura. ¿Qué dices? (Esto es peor.) Que me holgara de poderle Dejar al Conde, y hacerle Este gusto a nuestro amor; Pero dejar sola a Elvira Con el Conde, y dar lugar A que se canse en hablar, No es justo; tras esto, mira Lo que quieres, que eso haré. Tienes razón; yo pedí Como amante. Bien salí Del peligro en que me hallé. El Conde. Pues, Blanca, adiós. ¿Enrique? ¿Señor? ¿Qué hacías? Avisarlas que venias A Elvira y Blanca, y las dos Te esperan. Pues ten cuidado, Por si viene don García. En la diligencia mía Queda el riesgo asegurado. (Hay linaje de desdicha Como la que veo, cielos, Que, sin darme el Conde celos, Me estorbe el Conde la dicha ¿Se fue Enrique? Ya se fue, Y entró el Conde. Pues, Elvira, A esa cuadra te retira, Déjame con él. Sí haré, Blanca; mas saber deseo Qué intentas. Desengañar Al Conde, y asegurar El peligro en que me veo, Si se sabe su afición, Porque ha de ser mi marido Enrique, y porque he temido Su resuelta condición. Cuerdamente lo has pensado. Pues adiós, Elvira. Adiós. (En tanto que hablan los dos, Me ocupará mi cuidado; A escribirle un papel voy A Octavio, que, como es primo Del Conde, aunque yo lo estimo, Ha dado en pensar que soy La dama que el Conde ama; Y temiendo su disgusto, Por no faltará su gusto Quiere faltar a su dama. Y aunque Blanca me encargó Este secreto, perdone Blanca y su temor me abone, Porque soy primero yo.) Dudo qué misterios son Quedar Blanca y irse Elvira; No sin novedad me admira En Blanca esta permisión. Mucho mi opinión desdigo En quedar sola, pues voy Siempre a perder; mas no estoy Sola cuando estoy conmigo. Pero sin duda que trata De premiar mi amor quejoso. Cuando el remedio es dudoso, Le pierde el que le dilata. Pues ¿qué dudo, que no llego A lograr tanta ventura? Pues ¿qué aguarda mi cordura, Que no atiende a mi sosiego? Lógrese mi amor constante. Quede mi fe encarecida. Sin Blanca no quiero vida. Viva la fe de mi amante. ¿Blanca? ¿Señor? No creí Hallarte a solas un día. Diligencia ha sido mía. ¿Aun eso más? Señor, sí. La mano por la fineza. No porque os halléis conmigo A solas... ¿Qué decís? Digo Que me escuche vuestra alteza. dos años ha que me mira Vuestra alteza, Dios le guarde Para blasón generoso De sus nobles catalanes; Dos años ha que me mira Cortés, secreto y amante, Tan atento a mi decoro, Tan sufrido en sus pesares, Que, sin publicar el fuego Que en mudas cenizas arde, Guardó el calor en el pecho Sin dar la llama al semblante. Parécele a vuestra alteza que fue mucho el ocultarse, El vencerse, el resistirse? Mucho fue, pero repare En que yo, siendo mujer, En vez, si, de hacer alarde Del ser querida, pudiendo Desvanecerme sus partes Generosas, me negué A estos aplausos vulgares. En este tiempo, Señor, Vos asistente, yo afable; Vos puntual, yo cortés; Vos siempre fino en guardarme Del vulgo, yo siempre atenta A que al honor de mi sangre Ni con sospechas se injurie Ni con indicios se manche, Convinimos en que Elvira Diese a entender... Mas si sabe Vuestra alteza, claro está, Tan por menor estos lances, ¿De qué sirve referirlos Segunda vez, ni acordarse Que es príncipe, yo mujer, Vasallo leal mi padre, Mi estado el más peligroso Y el vulgo más vigilante? Pasemos a lo que importa; Escúcheme, y no se canse; Que le he menester ahora Mejor príncipe que amante. No es posible divertirme, Porque de tus ojos salen... A y Blanca! Pese a mis ojos! Cuando mi honor persuade Vivamente mi peligro, ¿Ellos con violencia fácil Le divierten, o le informan Menos seguras verdades? Vuestra alteza no lo crea, Gran Señor, mientras yo hable; Haga esto por mí, o si no, Vive Dios, que me los saque. Bueno está, Blanca. Señor, Ni os enoje ni os espante, Cuando mis ojos me ofenden, Que airada los amenace; Porque si la tiranía De unos ojos puede y hace, Ocasionando un deseo, Que se deshonre un linaje, Aunque ciegue mi hermosura, Mucho más vendrá a importarme Un rigor que me asegure Que unos ojos que me infamen. ¡Notable mujer! Enrique, Esto es quererte y honrarte; Mucho me debe tu amor, Plegue a Dios que me lo pagues. Prosigue, Blanca; que ya, Sin divertirme a mi arte. Te escucho atento; prosigue. Digo pues, Señor, que aparte Vuestra alteza su razón De su albedrío, y repare Qué fin pretende en su amor; Porque en las dificultades, Quien no previene los fines, Bien merece que le falten Los sucesos Vuestra alteza, Claro está , no ha de casarse Conmigo; pues, aunque es cierto Que apurando calidades, Doña Blanca de Cardona No cede a ninguno en sangre, Es conde de Barcelona Vuestra alteza, y es mi padre Vasallo suyo; y en fin, No es posible que me engañe Yo a mí misma de manera, Que, en fuerza de ser mi amante, Crea que su amor le obligue A que conmigo se case. Pues pensar que a las lisonjas, Que a los ruegos, que al examen De su amor, he de ser rosa Cuya púrpura fragante El que la buscó posible La solicitó cadáver, No, Señor, porque si tiene La rosa beldad que atrae, También para su defensa Tiene espinas que la guarden. ¿Para quién es el vencerse, Sino para un hombre grande, Que, dueño de su fortuna, Dentro de sí mismo cabe? Válgame con vuestra alteza Lo que me ha querido; alcance, Como adorada lisonjas, Como afligida piedades Y como mujer consuelos, Porque a los dos nos alaben De que ha sabido vencerse Y yo he sabido rogarle. (Mudo he quedado, y no tengo Ay de mí! qué replicarle.) Blanca, jamás de mi amor Esperé, el cielo lo sabe, Ni más premio que tenerle Ni más dicha que adorarle; Vivir y amar solo quiero, Déjame que viva y ame. ¿Y mi honor? ¿No se asegura En mi fe muda y constante , El secreto, pues ha estado Mi amor en la noble cárcel Del pecho, sin que a los ojos, Por indicios, por señales, Salga jamás? No hay secreto, No, que pueda asegurarse Del tiempo, de la fortuna, Del amor, de sus pesares, De las sospechas del vulgo, De los desvelos de un padre. Y aun se esfuerza este peligro, Después que Enrique, a quien trae Consigo, a mi padre habló Para que con él me case, Y los dos se han convenido, Y ya para efectuarse Esperan su gusto, y este No hay razón por qué les falte. Enrique esta disculpado, Porque piensa que es amante De Elvira; yo, no es posible Que la respuesta dilate Sin hacerme sospechosa. Vos no sufriréis desaires, Ni Enrique es hombre con quien Podré segura casarme, Oyendo otro amor. Juntad Aquestas dificultades, Y hallaréis que una fineza Sola, aunque muy importante, Os queda que hacer por mí, Que es venceros, y dejarme Libre, para que yo pueda... Oye, espera; ¿qué es dejarte? Qué es sufrir que otro te quiera, Y yo de celos me abrase? ¿Ves cuántos inconvenientes Me has propuesto? Pues más fácil Es atropellarlos todos Que vencerme ni olvidarte. Pues cuando todos se junten Contra mí, si no bastaren Las ternuras, las finezas, Con rigores, con crueldades... No prosiga vuestra alteza Con la razón, ni la acabe Tan en descrédito mío, Que después, cuando se halle Quieto el ánimo, le pese Que su voz la pronunciase: Yo le he propuesto mis dudas; Tome, pues tiempo bastante Para responderme a ellas, Porque es mi razón tan grande, Que la ha de reconocer Mayor cuanto más pensare En ella; y pues me encarece Tanto sus cuidados, pase La dilación por fineza; Que por lo menos es darle Ocasión para que vuelva Otra vez a visitarme. Admito, Blanca, el consejo, Pero me lo das en balde; Porque he de responder siempre Esto mismo. Por instantes Muda empeños el arbitrio En las personas reales. El que elige lo mejor Se obliga a no ser mudable. Lo mejor es lo más justo En un príncipe constante; Y ahora deme licencia Vuestra alteza, porque es tarde. Ay de mí! ¡Cuán imposible Está el remedio a mis males! Quiera Dios que mis desdichas O se enmienden o se acaben. Un volcán llevo en el pecho. (El cielo libre a mi amante.) ¿No os vais, Señor? Ya me voy. Vivid felices edades. Mas vale, si he de perderos... ¿Qué decís? Que el cielo os guarde. Siguiéndote he venido - Desde tu casa, pero no he podido Alcanzarte hasta ahora; este es de Elvira. ¿De Elvira? Sí, Señor. Mucho me admira. ¿Por qué? Porque juzgaba Yo que en mejor esfera se abrasaba El sol de su hermosura. No ofendas su lealtad y tu cordura; Porque Elvira, Señor, que amante espera,. Se abrasa en ti, que es su mejor esfera. Por más que disfrazárseme ha querido La criada de Blanca no ha podido; Y vive Dios, que el traje me señala Que ha salido de mala, O de buena ha salido, Porque pienso que a mala se ha metido. Mira que estás haciéndote este agravio. ¿La criada de Blanca con Octavio? Esto no es para ; lee y responde Al amor con que Elvira corresponde. Leo, aunque burle Elvira mis cuidados. ¿Papelito? ¿Esto más? ¿Celos firmados Cuando mi amor entrarse ha pretendido En la orden estrecha de marido? Pues no ha de profesar, por Dios eterno, Cruel esta festilla del infierno; Que si amante de Blanca y su hermosura, Pensó votar clausura, Sabiendo esta insolencia, No votará clausura ni paciencia. Yo he leído, y me manda tu señora Que la vea esta noche; vuelve ahora, Y di que haré su gusto. Eres cortés. Obedecerla es justo. ¿Qué me podrá querer ahora Elvira, cuando sé que la mira El Conde, aunque de mí se ha recatado, Y más de alguna noche le he encontrado Con Enrique a su puerta? cierta Mas ¿qué importa, qué importa que sea Mi duda, si es Elvira quien me llama, Su honor quien ruega, mi temor quien Y ciegos de llorar los ojos míos, ama, Aman su engaño y temen sus desvíos? ¿Blanca, Octavio, papel? Lindo reclamo; Ya rabio por decírselo a mi amo. Pero bien puede ser, verdades curso, Aunque a estas tablas se le altere el curso, Que a los lacayos quoque les es dado El soliloquio y el paloteado. Bien puede ser que sea Elvira a quien Octavio galantea, Y no Blanca, es verdad; pero si el Conde Ama a Elvira, que a Octavio corresponde. Direle al Conde que los dos le infaman. Aunque me meta en lo que no me llaman. Pero el Conde sale aquí, Y viene Enrique con él. El Conde sale; ¡ah cruel! Véngueme el amor de ti. Digo, Señor, que he casado A Blanca, y que solo espero Vuestra licencia. (Yo muero.) Bien está. Sé que la he dado Marido su igual; que Enrique Es tan bueno como yo, Y mi nobleza buscó - Quien su estimación publique. También fuera bien, García, Que vuestra elección supiera Yo primero, porque fuera Primera elección la mía; Pero vos lo habéis mirado Mejor. Vuestro gusto... Primo, ¿Qué hay de nuevo? (Mal reprimo Este ardor disimulado.) Parece que a don García Le habló con desabrimiento El Conde en mi casamiento, Y recelo... ¡Ay Blanca mía! Con mil pensamientos lucha Mi amor. Esto me conviene. Disgustado el Conde viene. ¿Enrique? ¿Señor? Escucha. Su desatención me admira, Y de ella me he de valer, Porque no me estorbe el ver Esta noche a doña Elvira. El Conde se la puesto a hablar Con don Enrique, y infiero Que hablan de su vida; quiero Darles a los dos lugar. Paréceme que me quedo Con mi mala nueva; pues Yo se la daré después A Enrique, si ahora no puedo. Dejémosle que sosiegue: Que una mala nueva, es llano Que llega siempre temprano, Por tardísimo que llegue. Digo pues que un caballero Rico y noble se ha amparado De mi favor y prendado, Para que yo sea tercero Con Blanca en su casamiento; Por eso, cuando lo oí A don García, respondí Con aquel desabrimiento, Pesándome de que hubiese Tratádolo antes contigo. A saber yo... No lo digo, Enrique, porque me pese De la fortuna en que estás, Sino por darte a entender La causa que tuve , y ver Quién tiene adquirido más; Y así, pues es tan discreta Blanca, y habrá declarado Ya a su prima su cuidado, Porque no hay cosa secreta Entre las dos, hoy veré, Enrique, a mi Elvira bella, Yendo tú conmigo, y de ella Sin embarazos Sabré De Blanca la inclinación, Porque, siendo preferido El que ella hubiere elegido, Mude el otro de afición. Yo no falte a lo que es justo, obre bien la intención mía, Quede honrado don García Y case Blanca a su gusto. Pues si espera vuestra alteza A que ella elija, yo sé Que en su estimación tendré... , (Pero en mí será bajeza La presunción.) ¿Qué decías? (Yo muero si él me responde.) Mucho me examina el Conde; Despacio, sospechas mías. (Pero aquí está Enrique, y tanto Me llevó fuera de mí Mi pena, que me rendí; De mi descuido me espanto.) Enrique, esto queda así; Esta noche irás conmigo. Tu esclavo soy. Yo tu amigo. ¿Irás esta noche? Sí. Pues yo te aguardo. Adiós. Cielos (¡Ah Blanca!), quiera el amor, Que se engañe mi temor En sus dudas y mis celos. Cuando más pienso mis males, Me parecen más, y menos Míos son, porque están llenos De peligros desiguales; Yo no he de poder conmigo No querer a Blanca; pues Ser con ella descortés Tampoco, porque desdigo Al decoro y la piedad De un príncipe generoso; Verle a mi costa dichoso A Enrique es mucha bondad; Echarle de Barcelona Es escándalo mayor, Manifestarle mi amor Es no estimar mi persona Y confesar que le temo; No temerle es imposible, Llevarle es pena terrible, No llevarle es loco extremo; Porque haberme acompañado Siempre, y excusarme ahora, Es decirle lo que ignora, Y hacerle andar con cuidado; Ver a Blanca es obligarme A responderla; excusar Este lance es intentar, Consumirme y acabarme; Pues ¿qué medio he de eligir, Con que a Enrique no le ofenda En el honor, Blanca entienda Mi fe, y yo pueda vivir? Sale Ya que mis mudos agravios Fueron de mi amor despojos, Mis enojos Salgan del pecho a los labios, Y del silencio a los ojos; Que no es mucho que oprimidas Mis penas calificadas, Por guardadas, Me consuelen referidas . Pues me afligieron calladas; Yo amo a Enrique y tengo honor, Y cuando su fe acredito, Otra permito Para que en mí sea favor Y en su sospecha delito; Si el Conde en su amor prosigue, Y Enrique le está asistiendo, Y yo sufriendo, ¿Qué importa que yo le obligue, Si él piensa que yo le ofendo? Buena me ha puesto el amor, Pues aunque lleve adelante El ser constante, A riesgo tengo mi honor En las dudas de mi amante; Y aventurada su vida En la indignada grandeza De su alteza, Mi fe no ha de ser creída, Y lo ha de ser mi flaqueza; ¿Quién le hará creer a Enrique Que el encubrirle otro amor Fue favor, Por más que lo califique Su peligro y mi temor? Teniendo a Enrique engañado, Ofendo su calidad, Es verdad; Pero haberle confesado Fuera costosa lealtad. Resistir el galanteo Del Conde fuera indignarle, Engañarle No fue reprimirle, y creo Que no ha de ser reportarle, Pues aunque intente mi amor Al Conde desengañar, Y asegurar Sus sospechas y mi honor, No nos da el Conde lugar; Con que no hay razón ni hay medio Para aclarar desengaños Tan extraños. ¡Oh lo que huye el remedio Oh lo que alcanzan los daños! En fin, no es posible huir La muerte, la infamia, el llanto. ¡Cielo santo, Si el padecer es morir, No dure mi vida tanto! En fin, ¿dijo que vendría Esta noche? Sí, Señora. ¡Ay dueño del alma mía! Hoy verás que quien te adora Engañarte no podía. Ten cuenta pues, Dorotea, Por si viene. Bien está. Por el patio me hallará, Y cuando alguno me vea, Por el jardín se saldrá. ¿Elvira? Blanca, ¿qué hacías? Conmigo a solas estaba, Pensando las penas mías. Todo con morir se acaba. Estas crecen con los días. ¿Hablastes al Conde? Sí. ¿Y te respondió? Que no. Pues ¿qué temes? ¡Ay de mí! Harto más padezco yo, Y sin causa. ¿Cómo así? Como tú a Enrique le callas Que el Conde te tiene amor, Y en ti el callar es mejor, Porque empeñada te hallas En sus deudas y en tu honor; Pero yo, que en el amor Del Conde no tengo parte, Y tengo, por obligarte, Aventurado mi honor, Mejor me podré quejar, Blanca, pues me llego a ver En un preciso pesar, Donde es forzoso perder, Y nunca puedo ganar. No pierdas el beneficio, Encareciéndolo, Elvira; Que el que es liberal de oficio, El don en sus manos mira, Mas no en su boca el indicio. Prima, no te has de enojar De que, viéndote afligir, Te quiera yo consolar Con traer y conferir Junto al tuyo mi pesar; Porque, a la verdad, nací Tan tu amiga, que haré mas Por tu gusto que por mí. Eres mi amiga, y jamás Esperé menos de ti. Nunca para vuestra alteza Hay puerta cerrada. ¿Enrique? ¿Gran señor? De mi fineza Puedes fiar que ella aplique El remedio a tu tristeza. El Conde. Sin duda viene A responderte. Señor, Quien en sus tristezas tiene Tan discreto valedor, Gran fortuna se previene. Blanca, adiós. ¡Ay prima! ya Saber el alma desea La respuesta que me da. ¿Señora? ¿Qué hay, Dorotea? Octavio en el patio está. Pues vamos; porque has de abrir Luego del jardín la puerta, Porque si acierta a venir Mi tío, hallándola abierta, Se pueda Octavio salir. Hasta que llegué a mirar A Blanca me parecía No me habían de faltar Razones, y que tenia Mil respuestas que la dar; Pero luego que la vi Me turbé y enmudecí; Ni sé hablar ni aun mirar sé, Porque en su vista olvidé Cuanto a solas discurrí. El Conde es tan gran señor," Que no ha de querer usar Violencias contra mi honor. (Ya no lo puedo excusar.) ¿Blanca? ¿Señor? Ya mi amor, Mi obediencia o mi locura, O todo, pues llegó a ser La fuerza de tu hermosura Tal, me trae a responder A tus cargos... Bien segura En vuestra gracia y valor Está mi vida, Señor. Digo pues... (Pierdo el sentido.) Digo, Blanca...(Estoy perdido.) ¿Qué decís? Que tengo amor. Ya lo sé; pero advertid... ¿Qué he de advertir, si conoces... Hidalgo, esperad, oíd. ¿Es tu padre el que da voces? No está en casa; proseguid. El Conde está con Elvira, Ya don García le he oído Dar voces; quiero avisarlos; Pero ay Dios! ¿qué es lo que miro? Blanca con el ¿de a solas, Conde tan divertido, Ella (ay de mí!) tan hallada, Elvira sin asistirlos, Don García alborotado, Mi amor ciego, y yo muy fino? ¡Válgame Dios, qué de cosas he pensado y he sentido! ¿Enrique? ¿Señor? ¿Qué es esto? Que a don García he sentido Dos veces, que entré a avisarte (¡Ah mudable!), y que imagino Que nos vio a los dos entrar. Fuerte lance! ¡Gran peligro! ¿Y para mí el más costoso, Pues averiguados miro En el semblante de Enrique Sus celos.) Mal ofendido Tengo a Enrique, y me ha pesado (Sale.) De que a solas me haya visto Con Blanca; ¿qué haré? ¿Eran estos Los embarazos precisos De hablarme? (Aquí de mi amor; Que para el riesgo se hizo El ingenio y la presteza, Pues con el estorbo mismo Con que él pudiera alargar Su casamiento conmigo, He de adelantarle yo.) Señor, mi padre ha sabido Que hay gente aquí dentro; es cierto Que no ha de dejar retiro Que no vea, pues no es justo Que os halle a solas conmigo En mi cuarto y a estas horas, En este aposento mío Os entrad, quedando Enrique Por dueño de sus indicios; Que, pues los dos han tratado Que sea Enrique mi marido, Es menor inconveniente Achacarle, en tal peligro, A su amor esta fineza Que a mi honor este delito. Vuestra alteza no se esconda, Gran señor; que yo no he dicho... Enrique, ahora no estamos Para andar en más arbitrios; El mejor es el más breve. Yo, Blanca, a nada replico, Por tu honor y por tu padre. Yo he de perder el juicio. Suelta, Elvira, o vive Dios, Que haga un extremo contigo; Saca una luz a este cuarto. Espera, Señor. Yo he visto Entrar un hombre aquí dentro, Y aunque viejo, tengo bríos Para...—Señor don Enrique, ¿En mi casa? (Mal resisto El enojo y la venganza.) ¿Cuando yo, reconocido a vuestra sangre, os ofrezco A mi hija y facilito La intercesión con el Conde, Vos con medios tan indignos Y escándalos tan costosos Al honor de Blanca, al mío Y al vuestro también, usáis Tan mal de todo? Corrido Está Enrique, y yo mortal. (Notable ventura ha sido Poderse escapar Octavio Sin que le viese mi tío.) Cierra el jardín, Dorotea. Mucho a Enrique le he reñido. (¿Qué he de hacer, pues si declaro, Para abonar mis designios, Que no soy yo el hombre a quien Entra buscando, le obligo A que mire el cuarto y halle Al Conde, que está escondido? Finalmente, vengo a ser Reo y actor de un delito, Que si le niego me agravio, Y me ofendo si le digo; Pues conceder la sospecha, Y obligarme a ser marido De Blanca, cuando en mis celos Tantos riesgos examino, Es resolución culpable; Pero entre tantos peligros, Sáquele yo libre al Conde De un desaire tan indigno; Que después nadie en mi afrenta Ha de forzar mi albedrío.) Señor don García, tanto Vuestro disgusto he sentido, Que quisiera sí por Dios) No haber entrado ni visto A Blanca, porque quien tanto Como yo desea serviros, Por no daros un pesar, No se buscara un alivio; Vine a veros para daros Cuenta de que ya, advertido El Conde en nuestro concierto, Obligado a los servicios De mi casa y de la vuestra (Que los príncipes invictos Nunca más lo son que cuando Honran a los suyos), vino En mi casamiento; estaba Sola Blanca, y yo muy fino, La ocasión muy a la mano, El riesgo no prevenido, Vos ausente, ciego amor; Juzgad si con lo que he dicho, Queriendo bien a una dama, Hiciérades vos lo mismo. Aunque debiera ofenderme, Enrique, de que atrevido Profanásedes en Blanca Lo sagrado de este sitio, Como a hijo os reprendo, Y os perdono como a hijo; Y si hasta aquí vos y yo, A fuer de nobles, quisimos, Con intervención del Conde, Y no por otro camino, Disponer nuestros conciertos, Ya es forzoso, ya es preciso... Pero esto no es para aquí; Enrique, veníos conmigo. Esto es peor, porque el Conde Queda acá dentro escondido, Y Blanca... Mienten mis celos, Y miento yo si imagino Que en su opinión... ¿No venís, Enrique? ¡Cielos divinos, Solo contra mí indignados, Nunca para mí propicios ¡Ay Blanca, ay Conde, ay amor, Ay celos, ay honor mío! A buen tiempo mi vida habéis traído, Pues hallo el daño huyendo del peligro. Llorando se entró, y me deja El corazón afligido. Ahora, que puede el alma De tus engaños fingidos Quejarse, culpando... Espere Vuestra alteza, y advertido De mi honor y de mi esposo, No ofenda al blasón antiguo De Cardonas y Moncadas; Ya es Enrique mi marido. Si hasta ahora, temerosa De su poder, he admitido Con lisonjas aparentes Galanteos permitidos, Ya son ajenos mis ojos, Ya tengo dueño, a quien rindo El alma, ya no he de dar A otra atención mis sentidos; Y así, no hay medio, Señor, Ni le siento ni le admito, Entre morir o casarme. Oye, mi bien, dueño mío. Perdóneme vuestra alteza Si grosera me desvío Sin responderle, aunque pienso Que con desaires le obligo; Porque celoso y amante, Poderoso y despedido, Es fuerza, viéndome ajena, Que entre quejas y suspiros Fuerza su decoro el llanto Y aje su semblante el brío O el despecho o el enojo; Y pues ya, con lo que ha visto, Fuera culpa el estimarlo, Será lisonja el no oírlo. Elvira, acompaña al Conde. Si va mi dolor conmigo, Yo basto para mis males. Gracias a Dios, que han salido Libres mi vida y honor De tan ciego laberinto.

JORNADA SEGUNDA

Dime otra vez, Dorotea, Y otras muchas, lo que pasa. Que busqué a Enrique en su casa Tercera vez. ¿Quién desea Volverá excusar su mal Sino yo? Y dime, ¿te habló Desván? Y me lo negó. ¿Que en fin viste a Enrique? ¡Hay tal Porfiar! Digo, Señora, Que antes de llamar le oí, Y que se escondió de mí. ¡Que así ofenda a quien le adora! Y agradéceme que callo Cosas, que si las supieras, U olvidaras o murieras. Pues dilas, porque me hallo A tempo que pasaré Los desaires que hace Enrique Conmigo, porque no aplique Mas diligencias mi fe; Y cuéntamelo de modo, Que me ofenda más y crezca El pesar, y lo padezca El alma, y me aflija todo. Digo que le oí, y después, Para llamar más segura, Le vi por la cerradura De la llave; llamé pues; Negáronme a Enrique, y vi Su espada, capa y sombrero Puesto en una silla; quiero Entrarle a buscar, y allí Fue el turbarse los criados Y el enfurecerme yo; Pero nada me valió; Y en fin, dejando apurados Todos los indicios, viendo Que en vano era mi porfía, Le dije que yo sabia Que Enrique me estaba oyendo; Y así, pensaba contarte Cuanto había visto, y Desván, Con un burlesco ademan, Dijo : « Deja de cansarte; Porque no te ha de servir Que te oiga, si es mi señor De los sordos el peor; Digo, el que no quiere oír.» Supe también que no ha vuelto Enrique a palacio más, Y que à no volver jamás A su alteza se ha resuelto; De donde puedo inferir Que es verdad cuanto has pensado, Y que el Conde le ha mandado Apartarse y desistir De su amor. Este es, Señora, El fin que tienen tus dichas. Ahora, ahora, desdichas! Pesares, ahora, ahora; Mas ay, que llego a advertir Que un pesar y otro pesar Ninguno basta a matar, Y todos saben herir! ¿Viose traición semejante En un hombre bien nacido? ¿Enrique ingrato y querido, Y yo ofendida y constante? ¿El a aborrecer y huir, Y yo a rogar y querer? ¡Oh mal haya la mujer Que su amor llegó a decir Jamás, porque el más rendido Amante, el más lisonjero, Tarda en ofender grosero Lo que en juzgarse querido! Pues no ha de alabarse el Conde, Ni Enrique, ni la fortuna, Ni el amor, que en su importuna Acción mi lealtad se esconde; Porque para las porfías Del Conde tengo mi honor, Para el grosero temor De Enrique, las ansias mías; Para la fortuna tengo El no tener que perder, Y para el amor, el ser Yo quien de mi amor me vengo; Llore pues, pero no tanto, Que elija el llorar remedio Para arder; dese al remedio - Lo que se ha de dar al llanto. Dorotea, yo he llegado Al estado que has sabido; Sin ser culpada he creído Que el Conde se ha declarado Con Enrique. Ser podía; Mas ¿qué intentas? Dorotea, Parezca delito, y sea Fineza la verdad mía; Ocasión he de buscar De ver al Conde, y si fue Muda hasta ahora mi fe, Pues sé morir, sabré hablar. La voz sola me quedó; Piérdase, pues me perdí, Porque no ha de haber en mí Nada que sea más que yo. Según esto, yo me holgara Que el Conde y Blanca se vieran, Porque los dos dispusieran Cómo Enrique se aquietara. Blanca está aquí. Pues, Señora, ¿Será bien hablar con ella Del Conde? Sí, y ofrecerla Tu favor puedes ahora. Disimula. Mal podré. Blanca ¿Elvira? Disgustada Parece que estás. No es nada. Si de mí os guardáis, me iré, Blanca; mas quiero advertiros Que sé vuestro mal; y espero Que yo he de ser el primero De quien habéis de serviros, Si le queréis remediar. Prima, en vano es recatarnos De Octavio, que ha de ayudarnos, Y es por quien ha de ¿ Cualquier medio que hoy se intente Para aquietar el cuidado De Enrique, pues le ha contado Su ausencia el Conde, y la siente Por el riesgo de tu honor, Tanto, que te ofrece aquí Su persona. ¿El Conde? Sí, Blanca. Luego ¿no es su amor, Su persona, su crueldad, Sus celos y su violencia Causa de la injusta ausencia De Enrique? Blanca, mirad Que no os merece esa ofensa La atención con que procura , El Conde dejar segura Vuestra opinión, cuando piensa Como príncipe vencer Su pasión, asegurar A Enrique, y aun procurar Que, siendo vos su mujer, Quedéis seguros los dos. Yo sé que se ha declarado Con Enrique, y él, de honrado, Se retira. No, por Dios; Antes, viéndoos lastimada, Y a Enrique mal ofendido, Desea, compadecido De vuestra fortuna airada, Poner él propio el remedio, Pues en él se ocasionó La sospecha, y juzgo yo - Que era el más seguro medio Veros con el Conde. ¿Quién, Cuándo, para qué o adónde Me he de ver yo con el Conde? Prima, repara... ¿Tan bien Con sus visitas me ha ido, Que le quiera ocasionar A mi opinión un pesar Cuando de otro aun no he salido? No, Elvira; ya, por mi mal, Que soy desdichada sé; Ya me perdí, ya enojé A Enrique, ya, desleal Al decoro de mi fama, Me aborrece; ya no espero Satisfacerle, ya muero De su hielo y de mi llama; Ya sé que el Conde es señor Y que me puede amparar; Pero si me ha de costar Este remedio el temor De verle al Conde en mi casa, Y que lo llegue a saber Enrique, más quiero arder En el fuego que me abrasa. Forzoso es que te replique Y advierta que no es buen medio No valerte de un remedio Que ha de hacer dichoso a Enrique; Tú no le has de aborrecer, Tu honor te ha de asegurar, Él, o no se ha de casar, O se ha de satisfacer; Tú le ruegas, él se esconde, Y el remedio de este error Es satisfacer su amor; Pues ¿quién podrá sino el Conde? Porque a ti no te ha de oír, A mí no me ha de creer, Octavio no ha de poder Su sospecha disuadir; El tiempo ha de hacer mayor Cada día este pesar, Y tú no has de declarar A tu padre tu temor; Y así, el más preciso modo De abonar tu honor es ver Luego al Conde, y disponer Medios que lo abracen todo. Paréceme que procura Vuestro honor Elvira. Ahora ¿En qué reparas, Señora, Y más cuando estás segura De que Enrique venga a verte, Cuando aun buscado se esconde? Octavio, bien sé que el Conde, Si atiende a quién es, y advierte Que por su ocasión estoy Lastimada y ofendida, Su honor, su estado y su vida Debe arriesgar; mas no soy Tan vana, que me lo crea, Tan fácil, que me asegure, Ni tan necia, que procure No pensar si lo desea; Y si ha llegado a creer, ¿Qué es creer? a sospechar, A fingir o a imaginar Que el verle yo pudo ser Sombra, indicio o presunción De algún agrado... Señora, Solo atiende el Conde ahora A abonar nuestra opinión; Que esto es lo que debe hacer El que se precia de honrado Cuando tiene aventurado El honor de una mujer. Pues, Octavio, ya que advierte El riesgo en que estoy el Conde, Ya que a quien es corresponde, En un peligro tan fuerte Me valdré de su valor - Contra mi desdicha; pues, Por amante, por cortés, Por galán y por señor, Debe ampararme, y de vos Lo fio. Creed también Que procuro vuestro bien Y el de Enrique. Octavio, adiós. Él os guarde. Dorotea, Ten cuenta, porque vendrá El Conde. Pues entrará Sin que ninguno lo vea. Digo mi mal, mi pena no se entiende; Vivo sin alma, adoro sin ventura; Celoso el Conde, mi quietud procura; Amado Enrique, mi lealtad ofende. Mi ardor me hiela, su temor me enciende, En mí es fineza lo que en él locura, Todo mi presunción me lo asegura, Y nada mí ventura comprehende. Amor, pues muerta con llorar te obligo. Cielos, pues fiel vuestra piedad imploro; Penas, pues vuestras iras no mitigo, Lograd las ansias con que a Enrique lloro, Persuadid la verdad con que le sigo O quitadme la fe con que le adoro. En fin, ¿te has determinado A verte con don García? Sí, porque era cobardía, Después de haberme negado, Enviándome hoy a pedir Don García, en un papel, Que venga a verme con él A su casa, no venir. Y ¿cómo piensas hablarle? ¿De yerno cabizcaído O de amante despedido? Pues, si llegas a quitarle El mi señor, me parece Que enfurecido te habla, Que se endemonia, se endiabla, Se ensayona o se ensuegrece. ¡Qué ignorancia! Entra a avisar Que estoy aquí a don García. Voy; pero saber quería En esto de ver y hablar A Blanca, si hay ocasión, Cómo te va. Bien, porque Ya en mi vida la veré. Notable resolución! Pero no se compadece Proponer no verla mas Con estar adonde estás Ahora; antes me parece Que hablaras recio al entrar, Y por si te llegó a oír, Saldrás de espacio al salir, Y entonces te ha de pesar - Cada pie un quintal. ¡Qué poco Sabes de honor! p Es verdad; Pero tú de voluntad Sabes menos. Cuanto toco Me afrenta en mis celos, cuando Tan a mi costa estoy viendo Que el Conde me está ofendiendo, Que Blanca me está engañando; Y fingiendo que ama a Elvira El Conde, la tiene amor A Blanca, y cuando mi honor Confiando se retira A sentir el no poder Estar con ella, creyendo Que lo mismo está sintiendo Blanca (¡ay de mí!), llegué a ver Su culpa tan evidente, Que con fácil persuasión Me niega a mí la ocasión, Y al Conde se la consiente. Para mí se hizo el temer, El huir, el recelar, Y para el Conde el hablar, El permitir, el querer. Tan desiguales extremos Caben en un alma y puede Amar, que Blanca se quede A solas; pero dejemos De darle a un pecho afligido Esto más que padecer, Pues cuando es culpa el querer, Es pena el haber querido; Y así, no me acuerdes mas La causa de mi mal; deja De renovarme una queja, De que no espero jamás Consuelo o satisfacción. Blanca es mujer y me olvida, Soy noble, y está ofendida, Y aumenta mi indignación Si me acuerdan su desdén; Esta es acción natural, Y no quiero pensar mal De lo que he querido bien. Vive Dios, que lo has tomado Muy de veras. Si está lleno El corazón del veneno Que el Conde y Blanca me han dado, ¿Es mucho que por los ojos Y por la boca se salga, Sin que la medida valga A reprimir los enojos? No, Desván. Tienes razón; Mas ¿cómo, estando compuesto De amor tu pecho, tan presto Se ha llenado el corazón De sospechas? ¿No podían Resistir, si lo intentaban, Las finezas que se estaban A los celos que venían? Y aun por ser mucho el amor Que tuve a Blanca, este olvido, Nuevamente introducido, Es tanto, porque al favor, A la fineza, al agrado Sucediendo la sospecha, Quedó aquella fe deshecha, Aquel sol tiranizado; Y como el que un vaso tiene Lleno de un licor sabroso, Si echan de otro venenoso Cantidad menor, se viene A apoderar el veneno , De todo el licor, de modo Que el vaso es veneno todo, Y está de ponzoña lleno; Así el pecho, aunque se vio Lleno de amor, alimento Dulce de mi pensamiento, Luego que en él se mezcló El veneno de los celos, Creciendo su tiranía, Cuanto fue dulce alegría Volvió en amargos desvelos. Al discurso me acomodo, Y aunque hasta aquí le dudé, Le admito, y le esforzaré Con un símil a mi modo. ¿Comiste acaso avellanas, al gustar de su comida, No has partido una podrida, Después de cuarenta sanas, Y aquel mal sabor es tal, Que te hace arrojar también Las que te supieron bien, Porque una te supo mal? Pues aplica a tus recelos, Si es que el efecto has sentido, Aunque yo nunca he creído Que sean verdad tus celos. Cuanto al Conde, antes me ajusto A que Blanca corresponde A Octavio, y que trata el Conde Su casamiento y su gusto; Porque darle la criada De Blanca un papel, y luego Por la noche, entrando ciego A dejar averiguada Su sospecha don García, Haberle visto primero En el patio hacer terrero A una reja, donde había Gente, y dando yo a la calle La vuelta, verle salir Por el jardín, y encubrir De mí su rostro y su talle, Bastantes indicios son Para pensar que es Octavio, Y no el Conde, el que a tu agravio O a tus celos da ocasión. Mas de una vez he dudado, Si, que pueda ser el Conde A quien Blanca corresponde; Porque desde que enojado De aquesta casa salí, Y al Conde con Blanca hallé, Como en palacio no entré Ni a verá Blanca volví, De esta calle no he faltado Noche ninguna, y no ha habido Sombra que pueda haber sido Ocasión de algún cuidado, En cuyos mudos desvelos Blanca empeñada se vea; Mas doy que el Conde no sea Dueño fatal de mis celos: Doy que sea Octavio el galán De Blanca; ¿será por eso Menos culpable suceso, Y en mi engaño? No, Desván. Ya quise a Blanca, y creí Que era firme su belleza; Ya medió celos su alteza, Ya en las dudas consentí. Negueme a Blanca, a su padre Y al Conde: a Blanca, por ver Que en mi honor no puede haber Satisfacción que me cuadre; A su padre, porque ya Celoso y honrado intento Estorbar yo el casamiento Que él facilitando está; Al Conde, porque es mi dueño, Y no le he de ocasionar A su amor otro pesar Y a mi lealtad otro empeño; Y pues se niega mi fama A una beldad que me ciega, A un amigo que me ruega, A un príncipe que me infama, Y finalmente, al poder De mi propia voluntad, Que no es la dificultad Donde hay menos que vencer, En el lance peligroso Donde empeñado me ves, Me disculparé cortés, No me casaré celoso. Entra pues, y a don García Di que aguardándole estoy. Voy. Espera. . ¿En qué? Ya no voy. Un hombre sale, desvía. Ya tarda Enrique, y creí Que anduviera más cortés. Llega, ¿qué dudas? Él es. Señor don García, aquí Me tenéis. Enrique, seáis Bien venido, y ya colijo Que es verdad que sois mi hijo. En lo que me costáis; Pues desde la noche cuando Con Blanca os hallé, jamás, Enrique, os he visto mas En mi casa; y preguntando Por vos en palacio, oí Decir que no habéis entrado A ver al Conde; he pensado Si hay algún pesar; y así, Cuatro veces os busqué Para ofreceros mi casa Y mi persona, y si pasa La pena adelante fue Corta mi dicha en no hallaros, Y por eso os escribí. Mas no estamos bien aquí; Entrad, que tengo que hablaros Muchas cosas. Esto ahora Faltaba (ah suerte enemiga); Con más finezas me obliga Don García cuando ignora Su desdicha y mi temor. ¿Qué decís? Que esa amistad Os sabré estimar. Entrad. ¡Ah cielos! Ah Blanca! Ah honor ¿Quién, quién me dijera a mi Que habían de sentir mis males El pisar estos umbrales, Que aun besar no merecí? Los dos se entraron; ¿qué haré, Sino dormir o cantar, O tener miedo o pensar Mis pecados? No lo sé. Con dos hombres más, por Dios, Viene sola una mujer; Muy firme debe de ser, Que no tiene más de dos. Y pues el rato me truecan, Y yo no me le he buscado, Ya yo sé lo que he pecado; Quiero ver lo que ellos pecan. Bien puede entrar vuestra alteza; Que Blanca le aguarda. - ¿Cómo? Octavio! ¡Gran señor! Tomo Que me rompan la cabeza De bien a bien; estos dos Me han visto. ¿Te he de aguardar? Sí. Pues yo bajo a esperar En el patio. Adiós. Adiós. ¡Oh, qué bueno! - Allí está un hombre Solo, que me da cuidado Conocerle. Y qué pagado Quiere Enrique que me asombre Que por la calle no pasa Una sombra ni un azar! Pues ¿qué sombras ha de hallar, Si entran los cuerpos en casa? ¿Quién está aquí? Aquesta es Dorotea, y es partido No darme por entendido De lo que he visto. Hable pues. De espacio; baste el rigor, Ronda fatal del fregado. ¿Qué es esto? Que se ha bajado El desván al corredor. Válgame Dios! ¿Si le ha visto Desván a su alteza? ¡Hoy muero! A Octavio y al Conde quiero Avisarles. Mal resisto Mi temor. ¿Qué hacías, Desván? Está Enrique, mi señor, Con tu amo... Esto es peor. Y cansado del zaguán, Al corredor me subí. Aunque quiera hablar, no puedo, Desván; porque tengo miedo De que nos hallen aquí. Adiós. Prevendrele a Octavio De que Desván le vio entrar, Por si puede deslumbrar Su sospecha, cuerdo y sabio; y direle lo que pasa, De camino, a mi señora, Que está con el Conde ahora, Y Enrique dentro de casa. Esto se va disponiendo Todo lo peor que puede. Plegue a Dios que yo no quede Por las costas; y así, entiendo Es cuerda resolución Coger la de Villadiego Antes que se encienda el fuego Y haya mayor confusión. Prosigue, Blanca, en tu intento. Vuestra alteza, gran señor, Me escuche. Siempre mi amor Vive a tu opinión atento. Acordarle, Señor, a vuestra alteza Lo que debe a su sangre, a su nobleza, A su amorosa llama, A mi padre, a mi esposo y a mi fama, Es pensar que ha podido Entregarlo al olvido; Y pues no es acertado (Suponiéndole príncipe olvidado) infamar su decoro Para abonar las penas que yo lloro; El tiempo es breve, el lance peligroso, El lugar sospechoso, Yo mujer, vos galán, mi padre honrado, Mal seguro mi estado, Común el daño, el riesgo conocido; Oiga pues, y sabrá a lo que ha venido. Enrique no me ha visto desde el día Que, airado, quiso la desdicha mía Que solos nos hallase; No es mucho que temiese y se ausentase; Porque encontrar quien ama A solas a su dama Hablando con un hombre De nobles partes y de ilustre nombre, Y no ver más sus ojos Por no templar en ellos sus enojos, No es desaire, es valor; no es grosería, Fineza es noble; porque no seria Sino infamia y bajeza Tener que ponderarle a la belleza. Vos sois la causa, vos el instrumento De las penas que siento, De los daños que lloro; De vos me valgo, vuestro es mi decoro, Y mi opinión es vuestra; Haced alarde, haced bizarra muestra, Príncipe esclarecido, Del valor adquirido, Del honor heredado, Por más que, lastimado En tanto empeño, vuestro mal replique. Satisfágase Enrique, Cáseme yo, remédiese mi fama; Una mujer compadecida os llama Para que la amparéis, y solamente te, Quiero que hagáis en la ocasión presen No lo que debe hacer un noble amante O un príncipe constante, Sino lo que un hidalgo caballero, Cualquier particular. Solo esto quiero; Pues, por mujer, de nadie me amparara, Que a su costa mi honor no procurara. Esta es, Señor, mi pena y mi fatiga; Si a piedad os obliga, Para que la sepáis os he llamado; Ved lo que os toca hacer a ley de honrado. Respondiendo a los cargos que me has hecho, Digo, Blanca (Un volcán tengo en el pecho; Porque la adora el alma y ser intenta Tercera de su amor y de mi afrenta); Digo pues que no he visto A Enrique. (Mal resisto Este ardor.) ¡Qué! ¿Os turbáis? A la memoria Blandas lisonjas de mi antigua gloria (¡Ay Blanca) me acordaron. Mirad... No os enojéis, ya se pasaron; Y pues me habéis llamado para hacerme Dueño de vuestra pena, he de vencerme, Procurando de Enrique el casamiento; Y advertid que no es poco lo que intento, Porque os amo de suerte, Que lo que no pudiera, no, la muerte, Que era encubrir mi amor, vuestro decoro Lo ha podido (ay de mí!); porque os adoro Tan firme, tan constante, Que, a ser posible... No pase adelante Vuestra alteza; repare que no es medio Ese de procurarme a mí el remedio, Y la opinión a Enrique. Razón tienes, Blanca, en las culpas que a mi amor previenes; Pero estando contigo, Aunque a callar me obligo, Publican mis enojos Las lenguas de los ojos; Si no puedes contigo no enojarte, Yo no puedo conmigo no mirarte. Pues por quitar la causa, me iré. Espera, Blanca; no hagas mi culpa más grosera; Ya me voy. Dios os guarde. De mí fía Que asegure tu honor la atención mía. ¿Quién habrá (ay cielos! ay amor!) que crea Que pueda tanto contra mí, que sea En mi opinión forzoso Rogar amante y padecer celoso? Pero tanto podrá quien tanto adora. Por no dar qué decir, no salgo ahora, Enrique, a acompañaros. Aquí habéis de quedaros. Adiós, hasta mañana; y estad cierto Que no baste a estorbar nuestro concierto El Conde. Un hombre sale; ¿si es su padre De Blanca? No hay consuelo que me cuadre, Cuando adoro... Mas ay de mí! ¿Qué veo? O lo finge el deseo, O del cuarto de Blanca...(Qué recelos!) Vamos de espacio, celos. ¿Enrique con mi padre? Sí, Señora; Desván lo dijo ahora. No es posible que el Conde haya salido; Quiero avisarle, para que, advertido, Se recate de Enrique. Haslo pensado Muy bien. Algún criado Debe de ser; y cuando no, no quiero Que llegue a conocerme. Rabio, muero De celos; ¿a estas horas (Ah sospechas traidoras) En el cuarto de Bianca un hombre Rabio. Pero en su sangre vengaré mi agravio; Mas no, porque está en casa don García, Y es publicar su infamia con la mía. Seguirle quiero hasta la calle, adonde, Si me niega quién es... (Este es el Conde.) Vuestra alteza, Señor... ¿Qué es lo que escucho? Con nuevos daños lucho. ¡Ah proceder ingrato! Procure con recato Salir, y no publique Mi error, porque está Enrique Con mi padre, y no es justo que lo vea. Dime después que tus mentiras crea, Fácil, ingrata, aleve... ¡Ay Dios! ¿Qué es esto? ¿Es Enrique? No soy sino un compuesto De desdicha y de agravios. Saliérase mi vida por los labios Antes que en tu creído desengaño Oyeras a tu costa y en mi daño, Con señales tan ciertas, Deshonras vivas y verdades muertas. Dime ahora, injusto dueño de mi infamia; dime ahora, Después de agravios creídos, Mal estudiadas lisonjas. ¿Era el Conde (¡oh rabia oh celos!), Muerte del honor, ponzoña Del alma, desasosiego Buscado de la memoria? ¿A estas horas de tu cuarto Sale el Conde? Y ¿a estas horas Yo sintiendo mi desdicha, Tú buscando mi deshonra? Que no perdone mi vida Quien a su honor no perdona; Si me olvidas, ¿para qué Me buscas? Y si le adoras, ¿Para qué le engañas? ¿Tanto Tu facilidad te informa, o te divierte, o te inclina, O te persuade, o te postra, Que aun no obras con disculpa La elección? Siendo una sola, Fueras ingrata a mis penas Y agradecida a las otras. A mí en mi casa me ruegas, Y en la tuya me deshonras; Tú a entrambos nos ofendes, Y con ninguno te abonas. Mátame pues, vence, triunfa De los dos; y pues no importan Prevenidas advertencias Contra vanidades locas, Añade culpas a culpas Y celos a celos; goza Del Conde... Bueno está, Enrique; Bastan los cargos, reporta El alivio que en tus quejas Buscan tus ansias celosas Tan a mi costa, y repara En que, si sufrí hasta ahora Desesperaciones tuyas, Fue porque atendió tu boca A tu queja, y no a mi agravio, Que es muy diferente cosa. Dices bien, tienes razón: Yo te ofendo, tú me adoras; Yo me engaño, tú me obligas; El Conde no viene a cosa De mi agravio, ni él ha estado Aquí, ni salías ahora A que de mí se guardase. Sueño fue, mentira y sombra Mi temor; cuando le hallé Hablando contigo a solas, Trataba mi casamiento, Y él quiere a Elvira, y no es otra La ocasión de su cuidado. ¿Hay más que decir? Reporta, Enrique, el pesar ardiente De las penas que te ahogan, Y repara... Vive Dios, Blanca, si el salir me estorbas, que por este corredor me arroje, porque conozcas De mi amor desesperado La barbaridad más loca. Déjame, y no des lugar A que tu padre nos oiga; Quede entre los dos secreta Tu culpa, y fía, Señora, . Que te la sabré callar, Pues soy a quien más le importa Tu honor, tu persona y vida; Y ya tan sola una cosa Te pido, y es, que me dejes Morir de mi pena propia; Que adores al Conde es justo En apacible concordia; Blandas lisonjas le animen, Pues tiernos lazos le adornan; Que padezca yo vencido, Que vivas tú vencedora, Pero sin verme jamás; Porque, siendo ya forzosa En mi muerte mi desdicha, O mi infamia en tus lisonjas, Curando penas con penas, Hoy me conviene, hoy me importa, Pues no he de excusar mi muerte, Elegir la más dichosa, Muriendo de mi desdicha Antes que de tu deshonra. Enrique, Señor, mi bien (Oh desdicha rigurosa!), ¿Así te vas? ()ye, escucha: Si mi vida. sin mis obras Han pensado contra ti Leve culpa, fácil sombra... Ay de mí, cuán en mi daño! Ay de mí, cuán a tu costa Te han salido mis finezas, Pues crece tu agravio en todas! Si encubro el amor del Conde Con prevención amorosa, Por no avivar tus sospechas, Resulta en culpa notoria De mi verdad el secreto; Si hablo con el Conde a solas Para estorbar su cuidado, Con resolución heroica Confirma Enrique sus celos; Y si salgo cuidadosa A prevenir su recato, El primero con quien topa Mi desdicha es con mi amante. ¿En qué, cielos, os enoja La verdad, que los luceros Contra quien la dice informan? Llore la mayor desdicha, Pues es la mayor de todas Ofender con las finezas Y agraviar con las lisonjas.

JORNADA TERCERA

Enrique ha venido ya. Déjame a solas con él. ¡Ay de mí! ¿Qué me querrá El Conde? Ah pena cruel! Conjurado el cielo está Contra mi amor, pues me obliga Blanca, por mí y por su honor, A que yo a Enrique le diga Mi muerte. Paciencia, amor; Que ya es fuerza que prosiga. El Conde anoche (ay de mí!) Con Blanca, y llamarme ahora; Ver y o lo que pasó allí, Saber que su amor la adora; Estar con Octavio a qui; Volverse Octavio, y quedar A solas con mis recelos; Amor, ¿en qué han de parar Unos celos y otros celos, Un pesar y otro pesar? Dos quejas tengo de vos, Enrique. Aunque yo no sé Que sean ciertas, no, por Dios, Decidlas; procuraré Satisfacer a las dos. Seis días ha que no me veis, Enrique, y no lo acertáis; Pues cuando en mi amor teméis Buen lugar, le aventuráis Con los retiros que hacéis. Quien os vio ayer a mi lado, Y hoy vuestra ausencia ha sabido, ¿No es cierto que habrá pensado que os he desfavorecido O que me habéis enojado? Luego es error, cuando aquí En la amistad de los dos Lugar en mí pecho os di, Haceros culpado a vos, O hacerme mudable a mí. Gran señor, si yo creyera... (Válgame Dios! ¿Quién pensara Que tales quejas me diera El Conde?) Si imaginara, Gran señor, que os ofendiera Con no veros... Esta queja, Enrique, toca a mi amor No más; él os aconseja, Que no os culpa. Mi valor Me admira; y así, la deja Sin oír satisfacción. (Amor, callad y sufrid.) Mayores los cargos son En la segunda. Decid. (¡Qué notable confusión!) ¿Por qué causa dilatáis Él cumplir con don García, Casándoos? No respondáis; Que en la dilación de un día Mil riesgos ocasionáis, En que peligra el honor De Blanca, la calidad De su padre, vuestro amor Y aun mi propia autoridad. ¿Qué es lo que escucho, Señor? Direisme que ha procedido Vuestra dilación de mí, Pues visteis cuán desabrido A su padre respondí De Blanca, y vos, advertido, Recatado, leal y atento, Creyendo que era mi intento Darle otro dueño, templasteis Vuestro amor, y dilatasteis Hasta ahora el casamiento. Pues no, Enrique; no ha de ser Causa de agravios mi gusto; Blanca es ya vuestra mujer, Lo contrario no era justo; Y así, no se debe hacer. Don García es la persona A cuya pluma y espada Le debe más Barcelona , Vos sois honor de Moncada, Blanca es honor de Cardona. Don García se querella De mí, y no hay medio que cuadre Sin casaros. Blanca es bella; Y así, cumplid con su padre, Con vos, conmigo y con ella; Y así, Enrique, efectuad Vuestra boda, y excusad La queja de don García, La de su hija y la mía, Pues todos dicen verdad. Quedará Blanca obligada, Su padre reconocido, Barcelona asegurada, Vos dichoso, yo servido, Y mi intención bien lograda. ¿Qué escucho? ¡Oh pena! Oh rigor Pero ¿qué duda el valor, Que al Conde... ¿No respondéis, Enrique? Pero queréis Lograr (claro está) el amor De Blanca, y sacarme a mi Del escrúpulo en que estoy. (Hace que se va.) Espera, Señor; si fui Ciego amante, noble soy, Vuelva mi opinión por mí. Cuando sabe vuestra alteza Mi calidad, mi nobleza, Mi valor y mi lealtad, No es menester... Esperad; ¿Hacia dónde se endereza Prevención tan excusada Como acordarme el valor De vuestra sangre heredada? Para advertiros, Señor, Que en vos... Pero aquí no es nada, Señor... (De espacio, recelos, No os asoméis a los labios, Pues si os pronuncian mis celos, Serán en mi rostro agravios . Los que en el alma desvelos. No os halle la voz jamás; Si el Conde me aprieta más, Temo...) (Él se ha declarado; Pero yo estoy ya empeñado, Y no he de volver atrás.) Si acaso son prevenciones Para no os casar, Enrique... No son sino presunciones De honor, para que no aplique Violentadas intenciones Vuestra alteza. Bueno está, Enrique. Si os ofendía Mi sangre, vertedla ya; Porque manchada no es mía, Y vertida lo será; Y pues nunca os ofendí, No será mucha fineza Verterla una vez por mí, De cuantas por vuestra alteza En el campo la vertí. ¿Qué decís? Que desde el día Que mi amor os declaré, Y os dio cuenta don García De mi boda, como hallé Que vuestra alteza tenia Otro intento, desistí el mío. (Excusarme quiero Sin riesgo de Blanca, si Falté a mi dolor, pues muero, Pero no me falte a mí.) Y así, Señor, vuestra alteza No se empeñe en procurar Esta boda por fineza De Blanca, o procure dar Otro dueño a su belleza. (Enrique está receloso De mí, yo estoy empeñado, Blanca tiene peligroso , Su honor, Enrique es honrado, Don García está quejoso; * Si aprieto a Enrique, le aumento Sus sospechas; si me voy, No logra Blanca su intento; Y si le logra, le doy A mi amor otro tormento. Pues ¿qué he de hacer? Qué? Morir Primero que consentir Que por mí llegue a perder Su honor Blanca; esto ha de ser, A todo le he de salir.) Enrique, Blanca ha llegado A quejarse de que he sido Yo quien su boda ha estorbado, Y piensa que yo os impido El que no estéis ya casado; Y pues yo no os lo impedí, Y ella cuerdamente aquí Mira el riesgo de los dos, Ni yo he de perder por vos, Ni ella ha de perder por mí; Y pues vos se la pedisteis A su padre, y admitió Vuestra persona, y me disteis Parte a mí, y él publicó La elección que vos hicisteis, Y es tan bueno don García Como vos, y es sangre mía Blanca, y ya se ha publicado Que en su casa habéis entrado Como galán, y seria - Culpa grave en su opinión Dejar sin satisfacción Este escándalo, que está Hoy pendiente, y lo será, Si ven cuán sin ocasión No os casáis, y han de creer Los que han llegado a pensar Que es Blanca vuestra mujer, Que en mí hallasteis qué temer, O en ella qué remediar. Blanca se vale de mí, - - Su padre es noble; y así, Pues somos uno los dos, No os hagáis ingrato a vos Ni me hagáis tirano a mí. Yo debo hacerle favores A don García, y si vos Heredáis, serán mayores, Claro está, pues sois los dos Mis dos vasallos mejores. Casaos, pues; pero si ciego Dejáis de cumplir conmigo, Obrará mi enojo luego, Siendo mayor el castigo En los desaires del fuego; Y justamente indignado De veros escrupuloso, Cuando os dejo asegurado, Quien no me atendió piadoso, Me habrá merecido airado. ¿Qué es esto, honor? ¡Ay de mí! Sentidos... Mas yo me engaño, Porque despreciarme así El Conde, es yerro, es engaño, Es ilusión; yo mentí. No puede ser, mis oídos Me engañan, y cuando no, Mi honor viva, pues le echó Esta culpa a mis sentidos, Pero a mi príncipe no. Salir el Conde a deshora fe cuarto de Blanca, y cuando Sé que la sirve y la adora, Y de mí se están guardando, Casarme con ella ahora? Oh violencia! Oh tiranía Del poder! no te empeñaras A menos costa, y sería Piedad tu airada porfía, Si la vida me quitaras Solamente, y no el honor; Pero ¿qué importa el rigor, El ruego y la tiranía, La violencia o la porfía Del Conde? Muestre el valor Rostro esquivo a los rigores, Pecho firme a las violencias, Y entre agravios y favores, Prefiera mis conveniencias El duelo de mis amores. ¡Señor, ah, Señor! ¿estás Solo? Desván, ¿qué me quieres? No puedo decirte más, Mientras no me respondieres Si estás solo; ¿así te vas? Suelta. Señor, como hacías Visajes y tropelías, Y vi que a solas hablabas, Que allá te lo preguntabas Y allá te lo respondías, Que hablabas a alguien creí. Aparta, necio; ay de mí! Oye, escucha: la criada De Blanca... ¿Qué dices? Nada. Pero si ya la perdí, ¿Qué pregunto? Con Octavio La vi ahora. Cierra el labio, Infame; pero, Desván, ¿De veras? ¿Adónde están? ¡Oh lo que sufre un agravio! Junto a palacio les vi. ¿Qué dices? Verdad, por Dios. Pues sígueme. Voy tras ti. ¡Ay ingrata! Plegue a Dios, Señor, que me saque a mí De loco, y a ti de amante; Porque estoy, según infiero De nuestra vida inconstante, Trocado ya en escudero De algún caballero andante. Lo que te he dicho pasó Anoche. ¡Notable azar! Por excusarle un pesar A Enrique, se le aumentó. ¿Y Blanca? Pierde el sentido, Padece, suspira y llora, Porque tiene honor, adora A Enrique y le ve ofendido; En fin... y Aquí están los dos. Me encargó que este papel Le diese al Conde. ¡Ah cruel! (Saca Dorotea un papel de la manga.) Ya escampa. - Pues, vive Dios, Que he de averiguar por mi Quién es dueño de este agravio; Aqueste papel, Octavio, No es para vos. ¿Cómo? Aquí De los truenos y los rayos, Ello bien me pueden dar; Mas, por Dios, que he de sacar De vergüenza a los lacayos. Para el Conde era el papel, Y ha de confirmar su agravio Enrique, si le ve. Octavio, Escuchad. ¡Lance cruel! Sin el papel, nada puedo Escuchar. - - Desván, ¿qué esperas? Vive Dios, que va de veras; Casi casi tengo miedo. Nada a Blanca le aprovecha. Mas ¿qué miedo hay que me asombre? Luego le han de dará un hombre por la tetilla derecha? Octavio, o este papel Es de Blanca o es de Elvira. Si es de Blanca, ¿qué os admira El verme empeñar por él, Sabiendo que es dueño mío, Y que en recíproco empleo Vive feliz mi deseo A cuenta de su albedrío? Si es de Elvira, es para el Conde El papel, no para vos; Pues si es de una de las dos, Y ninguna os corresponde, Fidelidad es, no error, Aquesta temeridad, Pues si es de Elvira, es lealtad, Y si es de Blanca, es amor. Enrique, sea el papel De cualquiera de las dos, Viene para mí, y ni vos Ni el Conde sois dueño de él. Pues, Octavio, yo lo tengo Ya en mi poder, y sabré Defenderle, y le tomé A todo riesgo, pues vengo Con esta resolución; De ella no, no he de apartarme, Basten o no a disculparme Mi lealtad o mi afición. Ya me llegué a resolver; Soy noble, estoy empeñado, Y no os le hubiera tomado, Si os le hubiera de volver, Pues, Enrique, aunque el lugar Me obligue a veneración, Tomaré satisfacción Donde se me hace el pesar; Y pues me le hacéis aquí, Aquí he de vengar mi agravio. Cierra España. ¿Octavio, ¿Qué es esto? (Mas ay de mí! ¿Si es Dorotea ay honor! Aquella mujer) Corrido Estoy. Si me ha conocido, Soy perdida. Esto es peor; Pues si entiende don García La ocasión de este pesar, La culpa ha de resultar En su afrenta y en la mía. El diablo sin duda fue Quien a don García ha enviado, Porque me ha desbaratado La mejor cólera que Había tenido jamás. Turbados están los dos. Ello, en no estando de Dios, Ser valiente es por demás. Caballeros, ¿no sabré Yo la ocasión del disgusto, Si no hay enojo tan justo Que mayor cuidado os dé, Ni hay agravio que por sí Pida más satisfacción? Declaradme la ocasión, Para que se acabe aquí. No es más de lo que habéis visto. Para mejor ocasión Dejo mi satisfacción. Mal mis sospechas resisto. Mayor la desdicha fuera A saberlo don García. (A su honor ofendería De Blanca si lo dijera.) Si estáis de por medio vos, Claro está, no será nada. Vuestro es mi honor y mi espada. Dios os guarde. Adiós. Adiós. Cierta mi sospecha es; Pero cumplirá mi honor Ahora con el valor, Y con las dudas después. Desván, ¿qué ha habido? Que allí De mi amo me he encubierto. Si nos hubiéramos muerto Cuatro hombres de bien aquí Como unos cochinos... Voy A contarle a mi señora Lo que pasa. Escucha. ¿Ahora Estás colérico? Soy Sanguino en dos grados. Pues Sángrate, y por si te ves, Desván, en otro trabajo, Y la cólera después La sangre enciende a destajo, Con dos azumbres o tres Echa la cólera abajo, Y verete de revés Lo que has reñir de tajo. Templa esa pena importuna, Dales vado a tus enojos, Blanca, y no paguen tus ojos Los yerros de tu fortuna. Llora, mas sea con alguna Templanza; porque, rendida A esa pena repetida, Que el corazón te enajena, Primero que con tu pena Has de acabar con tu vida. Desdichas, cuyo ser nace De alguna causa secreta, Quien las huye las respeta, Y quien las llora las hace. ¿Qué importa que te amenace Amor con introducir Sombras, que se han de fingir, Si es tan fácil su poder, Que el comenzará nacer Es acabar de morir? Cumple tú con adorar A Enrique, cumpla tu amor Con tu lealtad y tu honor, Y déjale al cielo obrar. El sol se deja ignorar De una nube, y no se deja Vencer; pues si él te aconseja Su riesgo y tu confianza, ¿Qué más tiene esta esperanza En su duda que en tu queja? ¡Ay Elvira cuando es ya M pena infelice, pues Sabiendo que el daño lo es, No sé si el bien lo será, Confíe el sol, porque está Enseñado a amanecer; Mas, si es que teme el perder Sus rayos para vivir, Siempre que se ve morir, No sabe si ha de nacer. No siento el verle ofendido A Enrique, al Conde empeñado, Mentida mi fe, burlado Mi amor, y mi honor perdido; Solo (ay Elvira!) he sentido Ver en mi contraria suerte Que para que yo no acierte Al remedio ni a la herida, Ni sé buscarme la vida, Ni sabe hallarme la muerte. Fineza fue el no querer Al Conde, y el tolerar Su amor, y el desengañar Su asistencia, y el temer Su indignación, y encender Sus ansias con mis tibiezas; Mas, pues tras tantas firmezas Le tengo más indignado Muera yo, pues he llegado A ofender con las finezas. Pues ¿qué has de hacer? ¿Qué sé yo, Si todo se yerra en mí? Con Dorotea le escribí Al Conde lo que pasó Después que anoche salió, Porque no le niegue nada A Enrique, y porque, avisada Su cordura, obre mejor, Y quede, si no el amor, La opinión asegurada. ¿Señora? ¿Qué hay, Dorotea? Enrique, Octavio... ¿Qué ha sido? Mi señor... ¿Qué? Me ha seguido. Él viene. Pues no me vea. ¿Quién a Dorotea ha enviado Fuera de casa? Señor... (Aun será el daño mayor Si mi padre la ha encontrado; Eso sí, yérrenlo todo Mis amantes prevenciones.) Salgamos de confusiones, Blanca, y si puede haber modo Para prevenir los daños De que me informe el temor, Que amenazan a tu honor, A mi vida y a mis años, Dímelo antes que vea Preciso mi agravio, pues Ahora es tiempo, y después Ninguno habrá que lo sea. Hoy, queriendo averiguar Tantos riesgos en mi honor, Yendo a palacio a buscar A Enrique para ajustar Con él el medio mejor De abreviar su casamiento, Tan empeñado le vi Con Octavio, que temí El fin del suceso. (Intento Saber de los dos cuál sea La causa.) Viles llegar, Y diome más que pensar Si era acaso Dorotea Una mujer que de mí Se escondió; volví a buscarla, Pero no pude alcanzarla Después, aunque la seguí. Señor, cuanto has presumido Por indicios y apariencias Son verdades y evidencias; El responder desabrido El Conde, y el no casarse Enrique, el reñir Octavio, Y el encubrirte su agravio, Y lo demás que pensarse Puede en tu daño y el mío, Todo tiene fundamento; Mas no es culpado el intento De su alteza, ni el desvío De Enrique, ni el galanteo De Octavio, ni la opinión De Elvira, ni tu atención, Ni mi amor, ni mi deseo. Luego ¿soy yo el ofendido, No siendo nadie el culpado? Si, porque al que es desdichado Le sobra lo perseguido; Mas si a mi Enrique me oyera, Y el Conde se declarara, Yo sé que yo me abonara, Y que Enrique me creyera. Luego ¿puede hacer el Conde Algo que importe al sosiego De mi honor? Sí, Señor. Luego Os venid conmigo adonde Esto tiene de acabarse; Que no quiero (¡qué dolor!) Que se halle expuesto mi honor. No han podido remediarse Mejor tus cosas, Ven, prima; Que hoy ha de ver Barcelona Que Enrique, que su persona,. Que su honor, que quien le estima..., Pero si allá lo has de oír, Te lo quiero aquí callar. Si después lo has de contar, No lo tienes que decir. Ahora sí que a mi suerte Le está el alma agradecida. ¿Qué tienes? Hallé la vida Cuando buscaba la muerte. «Señor, habiendo yo entendido que en los retiros de Enrique tenía parte vuestra alteza, le advertí dos veces que ninguna humana diligencia bastaría a que no fuese yo de Enrique.» ¿Eso dice? Sí. Desván; Cuando la estaba ofendiendo Mi desconfianza, creyendo ¿era el Conde su galán, Era Blanca más constante. «Anoche, habiéndome ofrecido vuestra alteza efectuar mi casamiento, supe estaba Enrique con mi padre, y saliendo a advertirlo a vuestra alteza, hablé por yerro con él.» Luego ¿de eso procedió El hablar el Conde? Sí, Desván, y yo presumí Desprecios, que él no pensó. «Y así, suplico a vuestra alteza temple a mi padre, y no hable a Enrique, por no aventurar su verdad, que por lo que a mí toca, ya que he errado, los sucesos podrán haberme hecho desdichada con él, pero no mudable.— Guarde Dios a vuestra alteza. »—Doña Blanca de Cardona. » ¿Y firma? Confirmó Su amor, su fe y su porfía, Porque no hay bellaquería En papel que se firmó; Y no solo se ve ya Que el Conde no te hace agravio, Mas se echa de ver que Octavio No ama a Blanca. Claro está; Porque si Octavio la amara, Y Blanca le despidiera, ¿No es cierto que Octavio fuera De quien más se recatara? Octavio es amigo mío, Y no tengo ¿Creer Que en los dos pudo caber Tan tirano desvarío; Fuera de que no pudieron Asentar ni prevenir Que yo había de salir A aquel tiempo, ni creyeron Que yo me había de arrojar Tan ciego sobre el papel, Sufriendo el quedar sin él Octavio, ni que a excusar El fin de empeño tan grave Se ofreciese don García; Y porque la opinión mía De satisfacer se acabe, Pues la sospecha nació De que iba a Octavio el papel, Para que al dársele a él Llegase a tomarle yo. - Seguro estoy de este agravio, Pues no es posible que un hombre De tal sangre y de tal nombre Y tal valor como Octavio, Se estime tan poco a sí, Que dejase concertado El quedar él desairado Por asegurarme a mí. ¿Quién, sino tú, discurriera Tan noble y tan alentado? Nunca piensa el que es honrado Que otro hará lo que él no hiciera; Y aunque tengo disgustada A Blanca, a Octavio ofendido Y al Conde tan desabrido, Como yo deje apurada La verdad de este papel, Repita Blanca rigores, Use el Conde disfavores E intente Octavio cruel Cualquiera demostración; Que, como esté defendida Mi fe, no vale mi vida Mas que mi satisfacción. Lindamente ha sucedido! Porque cuando mucho, Octavio Vengará en los dos su agravio; Blanca, por no haber creído Sus finezas, te enviará Noramala; el Conde airado, Sabiendo que le has tomado Ese papel, mandará Que sin pompa ni aderezo (Conveniente a tu persona) Te saquen de Barcelona Con un papel al pescuezo. Pero el Conde sale aquí. ¿Enrique? ¿Señor? ¿Vendréis A responderme, y habéis Meditado bien que fui Yo quien la propuesta os hice, Blanca a quien se hace el pesar, Y vos quien le ha de excusar? Pues yo por mi satisfice En la forma que debí Al empeño de los dos, Vuelvo a que os paguéis a vos Lo que me debéis a mí. ¿Qué respondéis? Gran señor, Aunque os debí responder Antes, me importa saber Ahora... Mas ¿qué rumor Es ese? Fabio, ¿qué es eso? Es don García, que espera En esa cuadra de afuera Con Blanca y Elvira. (Exceso Notable!) Enrique, mirad Lo que habéis de responder, Porque no os ha de valer Para injurias mi amistad. Si culpare vuestra alteza Tan nueva demostración, A tanto obliga el blasón De mi sangre y mi nobleza; Y aunque valerse debieran De vos, o para vengar Su agravio, o para enmendar Cuantas desdichas me alteran, Solo vengo a que seáis Testigo de que en mi honor Y el de Blanca no hay error; Y así, os pido la asistáis Ahora, porque, apurada De indicios, en que la hacia Cómplice la atención mía, Dice que no está infamada En ella mi calidad, El decoro de los dos Ni el de Enrique, y que sois vos Testigo de esta verdad. Cuando mi sangre no fuera La misma en vos, cosa es clara Que por mujer la amparara...— Salíos todos allá fuera. No os vais, Enrique.—Señor, La causa de entrar yo aquí Es don Enrique; y así, Que me oiga importa a mi honor, Porque, o yo me he de volver, O no os habéis de quedar, O Enrique me ha de escuchar. ¿Qué dices? Lo que ha de hacer. ¿Qué dices de esto? Desván, Que vuelve Blanca por mí, Y los celos que temí Desvaneciéndose van. Ahora os suplico yo (Que importa a la opinión mía) Digáis lo que contenía Un papel que Octavio os dio. ¿Cuándo? Hoy. Escucha. Y en él Os doy cuenta del estado De estas cosas. No ha llegado A mis manos tal papel. Aun esto no hubo de ser Como lo esperaba yo! Sola esta vez se acertó Mi amor a satisfacer. Bien me holgara que el papel Hablara ahora por mí; Pero, pues ya le escribí, Y es verdad cuanto hay en él, Yos le ha de mostrar Octavio, Y me oye Enrique, y pretendo Su honor, y me estáis oyendo Vos, y yo lloro mi agravio, Mi padre mi casamiento, Y de uno y otro pesar Os vengo ahora a informar En público, estadme atento. Ya sabéis que era Enrique mi marido, Que os dio cuenta mi padre de intento, Y vos le respondisteis desabrido; Que Enrique dilató mi casamiento; Que me valí de vos; que mi fe ha sido Roca firme en el mar, torre en el viento; Que, a pesar de peligros y enterezas, Aposté a mis desdichas mis finezas. Viome Enrique en fin, ardió en mi fuego, Tuvo celos, es noble, temió el daño; Desistiose, es amante, estuvo ciego; Busquele, soy mujer, creció su engaño; Lloré, soy firme, embarazome el ruego; Volví a vos, perdí el bien, vio el desengaño, Quedando a tanta pena repetida, Vos culpado, él celoso, yo ofendida. Salió, pues, de mi cuarto vuestra alteza Y viendo el riesgo en que mi honor quedaba, Empeñó en mi decoro su nobleza; Supe que Enrique con mi padre estaba, Y por no ocasionarme una bajeza, Si viera Enrique que en mi casa estaba, Os salí a prevenir, y ciego el labio, La que nació fineza murió agravio. Blanca es de Enrique; mas sino lo fuere, Cisne seré que a llanto se apercibe, O para festejarse lo que muere, O para aborrecerse lo que vive; Sabrá así Barcelona, cuando viere Que no hay temor que de adorar me prive, Que quien fiel ruega y ofendida adora Mantendrá siempre lo que dice ahora. Si vuestro honor con ruegos me obligara, Si Enrique con desprecios me ofendiera, Si mi amor con recelos me estorbara, Si mi padre con miedos me afligiera, Si el cielo con rigores me forzara, Si el infierno con sombras me oprimiera, Llegando a declararme de este modo, Mi honor es antes, y después es todo. Mas si viere (¡ay de mí!) que en sus tibiezas Llega con novedad la pesadumbre, Deberanle a sus dudas mis firmezas Lo que debe el dolor a la costumbre; Sabré que le ofendí con las finezas, Que no hay abono que un error deslumbre, Que cumplí con mi honor, y que hemos sido Yo infeliz, él ingrato y vos sufrido. ¿Qué respondéis, gran señor? Lo primero, Blanca bella, Es, que Octavio no me ha dado Vuestro papel. Si os le diera, No estuviera mi esperanza Con la alegría que muestra. Después de buscar a Enrique, Para dejar satisfecha A aquella ingrata, y a Blanca , Luego, para darla cuenta Del suceso del papel, Como encontrarlos no pueda, Le vengo a avisar al Conde Del caso, aunque con vergüenza De que a lograr bizarrías Conmigo Enrique se atreva. Pero aquí están Blanca, Elvira Y Enrique; pienso que llega Sin tiempo mi prevención. Octavio, ¿qué aguardas? Muestra El papel que escribió Blanca; Habla. Ahora nos destierran. Señor, antes que llegase A mis manos, loca y ciega La temeridad de Enrique Se le quitó a Dorotea. Llegó entonces don García, Y yo, porque no entendiera Culpas contra Blanca, entonces Disimulé; mas no quedan En los hombres como yo... Basta, Octavio; que esa queja Ya no es tuya, sino mía. Ahora nos zamarrean. Enrique, ¿vos tenéis bríos... Escúcheme vuestra alteza: Cuando os di cuenta, Señor, De este amor, vuestra respuesta Avivó recelos míos; Negueme a cuantas finezas Manifestó Blanca; ahora Resultaban mis sospechas Contra vos y contra Octavio, Y al tiempo que Dorotea Le estaba dando un papel, Previno mi amor la empresa; Llegó primero a mis manos, No presumí entonces que era Vuestro, leíle, y hallé En él vivas experiencias De la inocencia de Blanca. Si vuestros cuidados eran Satisfacerme, este ha sido Mejor medio, y no lo fuera Otro ninguno; el papel (Sácale.) Es este, y porque se vea Que es más mi honor que mi vida, Logrando dichas y penas, Ofrezco a Blanca mi mano, Ya vuestros pies mi cabeza; Quedará Octavio vengado, Prevenida vuestra ofensa, Satisfecho don García, Feliz yo, y Blanca contenta. Blanca, por lo que a mí toca, Como estéis vos satisfecha Y esté Enrique asegurado, No hay temor que serlo pueda. Yo tomo por cuenta mía La queja de Octavio, y de ella La satisfacción remito A Octavio; y porque se vuelvan En ventura los agravios, Dad la mano a Elvira bella. Vuestro soy. Esta es mi mano. Y aquí acaba la comedia, A quien su autor intitula: Ofender con las finezas.