Texto digital

Texto digital de El obispo de Crobia, san Estanislao

Metadatos de la obra

Atribución estilometría
Antonio Enríquez Gómez (Fernando de Zárate) Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El obispo de Crobia, san Estanislao. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/obispo-de-crobia-san-estanislao-el.

Logo BICUVE

EL OBISPO DE CROBIA, SAN ESTANISLAO

JORNADA PRIMERA

¿No divierten los pensiles de esta fresca amenidad, señor, a tu majestad? Los más floridos abriles no han sido, reina y señora, bastantes para alegrar mi tristeza y mi pesar. La música y el aurora en concertadas cadencias con sonorosa armonía son espíritus del día. ¿Quieres que canten ausencias del sol que amanecerá brevemente en el oriente de tu amor? Cristina ausente y yo vivo, ¿quién podrá, Terencio, alegrarse cuando sin ella la majestad vivir no puede? Cantad, por que yo viva llorando. Celoso y desesperado cantáis, jilguero, al albor. No cantéis, que es escusado que quien canta enamorado o vive de su cuidado, o no sabe qué es amor. No cantéis, que no recibe alivio en el corazón quien muere de su pasión y llora de lo que vive. No me diréis, gran señor, de tan penoso accidente la causa, si lo consiente o lo permite el amor. Cuando Polonia os aclama por justa y divina ley su restaurador y rey y en las alas de la fama vuestro valor sin segundo sujetó a Rusia y espera su católica bandera tremolar por todo el mundo, ¿os rendís a una pasión tan oculta, fuerte y grave que ni el desvelo la sabe ni penetra la razón? Muy bien podéis consultar vuestro penoso cuidado con el más docto perlado y el varón más singular que tuvo la iglesia santa. El obispo superior de Crobia puede, en rigor, aliviar de pena tanta vuestro afligido desvelo, vuestro consejero ha sido y siempre que os ha asistido os dio su favor el cielo. ¿Qué decís? Que no podrá Estanislao, varón justo, dar alivio a mi disgusto. ¿Su consejo no sabrá redimir ese accidente si acaso toca al estado? A tal estremo ha llegado que ningún remedio siente. ¿Se reveló Filiberto? Segura está su lealtad. ¿Se opuso a tu majestad el gran príncipe Roberto? Mayor mal. ¿Mayor? Mayor. ¿Perdió, señor, la batalla Otavio? Siempre se halla el enimigo inferior. ¿Los enemigos de oriente rompieron las treguas? No. Según eso, juzgo yo que ese penoso accidente pasión de espíritu es o grave melancolía. Es una pasión que guía mi espíritu, pues después que con imperio ha tomado en el alma posesión no se sujeta a razón. Estanislao ha llegado y, pues yo no he merecido que vuestro mal me digáis señal que no me estimáis, que me deis licencia os pido. Estanislao. Gran señor. Despejad todos la cuadra. Torrezno, sálgase fuera. Torrezno en cualquiera sala puede estar. Sálgase luego. Pues mi perlado lo manda, el es irme de mala gana. Dijéronme, gran señor, que el accidente pasaba adelante y vine a veros por saber cómo se hallaba vuestra majestad. Obispo de Crobia, coluna santa de la militante iglesia apostólica romana, de esta pena que me aflige, de este dolor que me acaba y de este grave delirio de quien es archivo el alma os daré cuenta, advirtiendo que esta consulta se guarda para vos, pues sois en ella inteligencia sagrada, que mueve de mi albedrío la majestad soberana. Vuestro consejo ha de ser el iris de esta borrasca, de estas tinieblas la luz y de aquesta noche el alba. Si como pedís consejo le admitís, no será mala la consulta, que pedirlo en negocios de importancia y despreciarlo no es consejo, sino desgracia. Decís bien. Yo me sujeto a vuestra prudencia rara. En mí no hay sino deseo de acertar. Oíd la causa. Por conveniencia de estado, por aumentos de la patria, por gloria de aqueste imperio y mandamiento del papa Gregorio séptimo, di la mano de esposa a Flamia, de la sangre esclarecida de Otón, línea soberana de los cesáreos laureles y de la estirpe romana. La sucesión del imperio, que siempre está vinculada en los hijos, ya sabéis que en años quince me falta de casado y que sin duda al reino propio amenazan las rüinas que tuvieron según historias pasadas nos cuentan las monarquías que vieron por su desgracia sin herederos sus fuerzas y sin defensa sus casas. Yo deseo, pues que tengo tan legítima la causa del repudio, anteponer al amor las leyes altas del estado y conseguir poder repudiar a Flamia y casarme con sobrina de Ludovico de Francia o con alguna princesa donde logre su esperanza Polonia, que tan perdida hoy en la reina se halla. ¿Qué decís? Yo, gran señor, tengo muy pocas palabras para abonar los pretextos o las leyes mal fundadas del estado que decís. Esta dignidad sagrada no lisonjea laureles, que a las frentes coronadas decillas verdades claras, pues con decillas cumplieron con aquello que Dios manda. Solos estamos los dos, los defectos que se hallan en los superiores siempre los perlados de importancia en secreto reprehenden, porque, dichos cara a cara con el decoro que pide la majestad soberana, se quedan entre los dos y, si se enmiendan, se callan y, si no se enmiendan, viven sin la pública ignorancia. Señor, yo os he de decir a solas en esta cuadra lo que Dios manda que os diga por su divina palabra. No culpéis mi arrojamiento, yo no os hablo, Dios os habla tomando por instrumento mi humildad y mi constancia. Sentís el no tener hijos en la virtüosa Flamia, pues ¿cómo habéis de tenellos si a las matronas honradas, si a las doncellas más nobles de Polonia y Cronabia forzáis de noche, robando a las mujeres casadas, como lo dicen, señor, estas lastimosas cartas, libelos que contra vos pone la justicia santa? Leeldos, señor, leeldos, que efectos son de esta causa, rayos son de aquesa nube y Troyas son de esa llama. Dueño y señor, rey invicto y poderoso monarca, anteponer la delicia a la virtud justa y santa no es de príncipes cristianos; reprimir con tolerancia a la libre juventud es acción prudente y sabia; repudiar la reina, siendo virtüosa, justa y casta, es ir contra lo que ordena la santa iglesia romana. Dios os dará sucesión y, cuando no, vuestra casa tiene infantes: Eduardo y Liberto están de guarda a la herencia del laurel. Aun viven dos luminarias que a falta de vuestro sol que dure edades muy largas podrán lucir en la esfera de vuestra casa cesárea. Lo que conviene, señor, es enmendar la constancia de vuestra vida, que corre por esa campaña vaga como exhalación que vuela o relámpago que pasa. Si os fïáis en el poder de la fortuna, os agravia ella misma; no hay fortuna que el tiempo no la deshaga. Ella subió a Julio César al trono de las batallas y, como bruta, con Bruto su augusta sangre derrama. Hizo un presente a Alejandro de mundos y de monarcas y con otro brindis solo le bebió sedienta el alma. Sin ser señora, parece que todo lo rige y manda, fábula de los nacidos, símbolo de las desgracias. Es vanidad de los reyes, pues con imperios halaga, con monarquías convida y con tragedias acaba. A quien le adora condena, a quien le venera engaña, a quien halaga desprecia y da muerte a quien la trata. Parece que hace milagro sin tener nada de santa y de todas sus maravillas en maravillas acaban. Si se le antoja, en la guerra hace invencibles las armas y a veces da la vitoria antes de dar la batalla. En efeto, es una sombra que, si no la siguen, anda y, cuando quieren asilla, al mesmo paso no para. No os fíes, señor, en ella, que no hay mayor ignorancia que confesar que hay fortuna no siendo nunca crïada. La verdadera fortuna es la providencia santa, que con espíritu mueve esas jerarquías sacras. ¿Qué dirá el mundo, señor, si en vos se miran violadas las leyes de la modestia y con desigual balanza contrapesar la justicia con vanidad temeraria? Vos sois afable, entendido, valeroso entre las armas, científico entre las letras, invencible en las batallas, justiciero en los delitos, piadoso con el que os llama, liberal con el que os pide y solo un vicio os estraga estas augustas acciones y estas virtudes cesáreas. Pues venzamos, rey invicto, este incendio que os abrasa, esta Troya que os enciende y este enemigo que os mata. Cristiano sois y prudente, la reina, señor, os ama, repudialla no conviene, sino querella y amalla. ¿Quién os ciega? ¿Una pasión? Valor hay para postrarla. ¿Qué pretendéis? ¿La delicia? Esa es veneno del alma. ¿Quién os alienta? ¿El poder? Dios los humildes ensalza. ¿A qué aspiráis? ¿Al amor? Ese arruinó los monarcas. ¿Quién os lleva? ¿La hermosura? Esa, vanidad soñada. Pues, si honor, vida, poder, honra, lustre, aliento, fama, gloria, majestad, imperio se pierden por Flora y Flamia, se eclipsan por Jezabel y por Elena se abrasan, poned rienda a los deseos, cesen acciones livianas, mueran lascivos placeres, vivan virtudes sagradas y, si este arrojo divino por piadoso no os agrada y por decir la verdad hoy perdiere vuestra gracia, como yo cumpla, señor, con aquello que Dios manda, dispuesto estoy a morir por sustentar su palabra, que los sagrados ministros, cuando con los reyes hablan, en ellos ponen la vida, pero en Dios la confïanza. (¿Qué yo puedo responder a este varón singular? Disimule mi pesar la grandeza del poder. De su justo arrojamiento se ofende la majestad, se agravia la voluntad y siente el entendimiento, y, supuesto que el valor vengar no puede su agravio aunque de un hombre tan sabio nunca se ofende el honor, alentemos su dotrina, que la majestad del rey no se sujeta a la ley donde el vasallo se inclina.) Digo, Estanislao, que dejo el intento que elegí desde el punto que os oí, que admito vuestro consejo con calidad que templéis el celo con que me habláis, que, aunque docto aconsejáis, a mi grandeza debéis la dignidad soberana que gozáis. Después de Dios confieso que os debo a vos este favor. Pues es llana consecuencia que el oficio superior no ha de querer que valga más el saber que la ley del beneficio. En eso estáis engañado porque yo por un favor no he de dejar, gran señor, de perdonar un pecado. El condenarle concedo, pero con moderación. Es esta mi condición y moderarme no puedo. ¿Cómo no si habláis conmigo? Mi conocida lealtad no ofende la majestad y, no ofendiéndola, digo que os he de decir a vos que os apartéis de pecar. ¿Quién os lo pudo mandar? ¿Quién, dices? El mismo Dios. Está bien, haced alarde de ese precepto. Sí haré, y con él me ampararé. Id con Dios. El cielo os guarde. ¿Oíste el atrevimiento de Estanislao? Ya le oí. Tu prudencia conocí y su ciego arrojamiento, y no debes, gran señor, en fin, esta libertad... Es grande su santidad y así reprimo el dolor, pero tratemos, Terencio, de conquistar a Cristina. Su castidad peregrina porque no la diferencia de la que tuvo Dïana hácela empresa dudosa. No será dificultosa, que el poder todo lo allana. En su quinta estará agora y esta noche la he de hablar. Dudo que puedas entrar, pero, llegando a deshora y llevándole, señor, del obispo este crïado de su parte algún recado, se podrá allanar mejor. Torrezno bien se encamina. Señor, Terencio. Llegad. ¿Qué manda tu majestad? ¿De dónde sois? De Tocina. ¿De qué al obispo servís? Señor, a los pobres llamo cuando reparte mi amo limosna. ¿De eso vivís? De esto vivo, y con primor les doy tal vez la comida. ¿Y queda bien repartida? Y me la como mejor. ¿Tiene el obispo en su casa muchos deudos cortesanos? Tiene cuatro mil hermanos. ¿Cuatro mil? Esta es la tasa de los pobres que sustenta. ¿Esos los hermanos son? Sí, señor, son de oración y ellos ajustan la cuenta. ¿Crïados? Pocos estamos. ¿Coméis bien? Esto jamás, los pobres comen no más que nosotros ayunamos, y lo que me desatina es verle lavar los pies a los pobres, lavapiés puede ser de la picina. El agua huele a jazmines y después de haber lavado tanto pie de apostolado traciende a los escarpines. ¿No da oficios peregrinos a sus crïados? Sí dan, siempre ocupados están en los oficios divinos. ¿No tiene alguna estación, huerto o jardín? Sí , por cierto, él nunca sale del huerto, que siempre está en oración. ¿Os trata bien? Lindamente, con pláticas y sermones, ayunos y bendiciones lo pasamos santamente. ¿Estudiastes? Por mi mal, me azotó la teología atado a un moral un día y me he quedado moral. Seguidme, que he menester que me acompañéis. Señor, ¿a un Torrezno tanto honor? Del oro os podéis valer que en este bolsillo va y, si me sirves, creed que presto os haré merced. Y, señoría, si está de mi parte la fortuna..., pero, si yo llevo aquí los escudos para mí, dé vueltas como la luna. Masilio, señor, ¿qué dices? Oye, escucha. .................... Déjame morir de celos y que me mate también. Tirso, ¿qué es esto? Señora, (¿hay tal locura crüel?) no sé la causa. Tirana, escucha, y te la diré. Dos años ha que te adoro constante... Esos ha que te quiero, ve adelante. Mi fe no tuvo igual en la firmeza... Ni la mía, señor, en la fineza. Mi amor solo pendió de tu albedrío... De tu propio valor se alentó el mío. El alma te adoraba como amante... La mía te excedía en lo constante. Con tu desdén el corazón moría... Con tu favor el que te di vivía. Sacrifiquete el alma por despojos... Víctima fue la mía por los ojos. Pretendí por esposa tu hermosura... Siguió mi voluntad esa ventura. Nunca de tu lealtad tuve recelos... Ni yo gusté el veneno de los celos. Hablé a tu padre y concedió gozoso... Que tú serías mi adorado esposo. Fuiste a palacio un desgraciado día... Gustó mi padre, fue desdicha mía. El rey te vio... Detente. ¿Es ese el accidente? Hasta aquí sé mis penas, que son graves. Pues escucha, mi bien, lo que no sabes. Llevome a hablar a la reina, porque así lo mandó el rey, mi padre y la majestad de Flamia, con el cortés agasajo y el cariño que suele siempre tener con las damas de Cronobia, debajo de su dosel me recibió y a su mano como vasalla apliqué los labios para que honrase la castidad de mi fe. Llevome a un jardín la reina en cuyo hermoso vergel se coronaba el imperio del uno y del otro mes; alabome lo prendido, la honestidad, lo fïel de los ojos, el aseo del tocado en que se ve que al espejo de la honra se ha tocado una mujer; preguntome si quería tomar estado aquí fue donde el velo del honor, con uno y otro clavel, de las luces de los ojos fue divino sumiller; respondile que mi padre quería pedirle al rey licencia para casarme con Masilio, coronel de Siradense y de Otobia, justo y prudente marqués; alabome la elección; confirmela yo también; y para el festivo día prometió hacerme merced. En esto estábamos cuando la princesa de Crobel vino a palacio y dejome porque así forzoso fue con otras damas que hacían, coronadas de laurel, emulación al Planeta que Dafne burló infïel. Por el verde laberinto curiosamente me entré a ver despeñar de un monte o a ver bajar de tropel un cristalino Faetonte, un notario de un ciprés, pues le ajaba lo funesto con lo nevado del pie. Sobre un tapete de flores descuidada me senté de que el áspid se ocultase en tan florido vergel. Sentí ruido entre las ramas y a lo largo pude ver un hombre que se acercaba donde yo estaba. ¿Fue el rey? El rey fue, no te alborotes, que la ley del honor es reina de la voluntad y sin ella no hay poder que conquiste con la fuerza, que venza con interés, que postre con señorío el honor de una mujer. Díjome: «hermosa Cristina, sosegaos, no os alteréis, el rey soy y mi disculpa de esta acción es querer bien». La disonancia que hizo en mi corazón fïel esta voz lo diga el tuyo, pues el mío vive en él. «Vuestra majestad», le dije, «no debe de conocer a Cristina, hija de Claudio, vizconde de Castibel. ¿Querer bien a quién?», le dije. «A vos», respondió, «mi bien, y sabré por adoraros honor y vida perder». «¿A mí», repliqué indignada, «para dama me queréis cuando le viniera estrecho a mi cabeza el laurel? ¿Qué decís, rey y señor? ¿Así mi vida ofendéis?». «Quien adora como yo», dijo, «no puede ofender. Duquesa seréis de Rusia y la corona os pondré del mundo, a pesar de cuantos se quisieren oponer al amor que os tengo yo». Con severidad, cortés, con respeto, riguroso, vivo en el alma el desdén y muerto el color del rostro, señales de mi altivez, dije: «vuestra majestad, aunque es de Polonia rey, no tiene imperio en las almas y la mía dediqué a la sangre que profeso y a quien de mí esposo ha de ser, y, porque viene la reina mi señora, sol en quien se colocan las virtudes y las grandezas se ven, no le explico mi dolor, mi sentimiento crüel y mi agravio, si hay agravio que a mí me pueda ofender». Fuese retirando entonces y yo, señor, me quedé con la reina. Esto ha pasado. Vamos agora, mi bien, a tus celos, si los puede un hombre tener. Es tan constante mi amor que no le puede vencer ni la fuerza del poder ni lo horrible del temor; es tan fuerte mi valor, tan firme mi voluntad, tan noble mi castidad virtudes con que nací que despreciara por ti del mundo la majestad. Es tan cuerda mi fineza en quererte transformada que no la dejó eclipsada la misma naturaleza; en virtud de esta firmeza, vida de tu ser recibo, porque es tan intelectivo el amor que vive en ti que no vive el bien en mí si yo en tu gracia no vivo. El reino más superior sin tu vista es cautiverio y el más dilatado imperio es venerarte mi amor; y afirmo, dueño y señor, pues como a norte te sigo, que fuera amor es testigo reina del mundo admirable si en un campo inhabitable me viera a solas contigo. ¿Qué puedo yo responder a tan firme voluntad, sino amar una verdad que por fe se ha de creer? Loco me tiene el placer y, pues cesó mi desvío, diga a voces mi albedrío, viendo que en tu gracia estoy, hagamos las paces hoy, adorado dueño mío. Confieso, esposa querida, tu amor y mi necedad, mi locura y tu lealtad, a quien dedico la vida; y, pues está conocida y yo a tu deidad rendido, con llanto, mi bien, te pido el perdón de mis recelos, pues sé que en pedirte celos a tu lealtad he ofendido. Si el rey viniere ¡es locura!, ya sabes ¡ciega pasión! que un tirano ¡qué ambición! solo su gusto procura; si te hablare, ¿qué cordura bastará? Si los sentidos pretenden desvanecidos..., pero de hablalle no trates, perdona mis disparates, que son de celos nacidos. Pedir celos el que ama prueba fue de su pasión, pedirlos sin ocasión delirio de amor se llama, y, pues el amor se infama, viva mi fe sin pedirlos, pero difícil será, porque ¿qué piedra podrá tenerlos y no pedirlos? Pues, mi bien, mi padre ha ido y vendrá esta noche a Croya y, supuesto que la reina me prometió generosa su favor y que mi padre promete, quiere y otorga el sí de que eres mi dueño, al rey le pude dar parte de mi intención amorosa para que con ella muera aquella esperanza loca que formó su pensamiento con ideas afrentosas. Pues, dueño mío, está bien. Con el alma te responda a esa fineza mi amor que serás mi amada esposa. Que serás mi amado dueño. Siempre mi alma te adora,... Siempre el corazón te estima,... .pues que mi afecto logra,... .pues mi esperanza se anima,... .pues mi fe se galardona... .sabrá Cronobia mi bien... .sabrá Sirensa y Polonia... Señora, del noble obispo Estanislao llegó agora un crïado. ¿Quién? Torrezno, pero viene por la posta. Señora, el rey viene aquí, que con engaño y trampa a tu quinta me ha traído para entrar sin ceremonia en tu casa, pero yo, cuando supe cierta historia que la callo por indigna y la oculto por viciosa, cierto recado envié no menos que a dos personas al palacio por que sepan que a un hidalgo de mi prosa en todo caso no es el Sinón de aquestas Troyas. Ojo alerta, porque viene con Terencio Babilonia, zurcidor de estos embustes y sastre de estas tramoyas. ¡Válgame el cielo! Mi bien, aquí lo que más importa es retirarte a esta cuadra por que el rey no te conozca y de ella podrás oír. Advierte, Cristina hermosa... No hay qué advertirme. ¡Que viene! ¡Cuerpo de Cristo, señora! Del obispo, mi señor, trae un recado don Gomia. Este caballero... ¿Quién? Don Gomia de Calidonia, tan hidalgo como el rey, hombre de mucha memoria, pues sabe el robo de Elena y el de Júpiter y Europa y otras historias profanas. El rey soy, Cristina hermosa. Señor, ¿vuestra majestad honrando esta triste esfera de Cronobia? No pudiera mi amorosa voluntad cumplir con la obligación de amante si no llegara a veros y no gozara de tan dichosa ocasión. Sentaos, que tengo que hablaros muy despacio. Ese lugar solo lo puede ocupar, señor, quien pueda igualaros. Pues por haceros mi igual, y porque le merecéis, os mando yo os asentéis. Es favor muy desigual. Esto ha de ser, por mi vida. Ella me obliga, señor, a recibir tanto honor. (Qué humilde está el homicida.) (Mi muerte el alma adivina, mas, si el honor es primero, morir como noble espero.) Oídme, hermosa Cristina. Retiraos. Malo, malino, remalo, si este se precia de Tarquino, esta es Lucrecia y Masilio, Colateno. Cristina, quien tiene amor siempre espera venerar lo que estima, que lo hermoso tiene amagos de deidad. Yo os adoro y en el alma os jura la voluntad por diosa del albedrío, y tan colocada estáis por Venus de las potencias en el superior altar de mi noble entendimiento que no ha de salir jamás la adoración de este culto siendo el corazón imán. Yo, en efeto, procurando vuestra beldad coronar con el laurel soberano de la mayor majestad, quiero, porque así conviene, a la reina repudiar y que ocupes su grandeza, su mando y su autoridad; y, consultado mi intento con teólogos que dan libre asilio a tan justa potestad, vos habéis de ser mi esposa y os habéis de laurear con el laurel de Polonia, pues ya dedicado está por conveniencia de estado y por mi amor, que es lo más a vuestras sienes divinas. Pareciome, claro está, daros parte de mi intento, pues solo tira a lograr deseo tan bien fundado, porque pareciera mal quereros y no premiaros con favor tan singular. Esto no tiene respuesta por ser decreto imperial, empeño de mi grandeza, acción de mi libertad, fineza de mi albedrío y mandamiento real consultado con el alma, solio donde siempre estáis. ¿Qué decís? (Murió mi amor. ¿Qué tengo ya que esperar?) Con mucha atención oí, señor, a tu majestad y responderé con ella porque se debe guardar a los reyes el decoro que pide su autoridad. En lo que toca, señor, a que queréis repudiar a la reina, como son materias que tiran más al estado que al consejo, no me toca responder porque será necedad hablar en cosas tan graves una dama principal que no sabe ni ha estudiado tan superior facultad. A sublimado favor, porque no puede ser más de quererme por esposa, respondo en primer lugar que no merezco, señor, tan suprema dignidad y, cuando la mereciera, no me casara jamás con quien repudia una esposa que tiene para deidad los votos de las virtudes que el cielo le pudo dar, porque ¿quien desprecia un ángel a quién no despreciará? En razón de los afectos y fineza singular del amor que me tenéis no podré negar jamás que os debo lo que no puedo ni nunca podré pagar, que es quererme sin que yo haya podido obligar con esperanza o favor los muchos que vos me dais. Diréis que os diga la causa de esta ingratitud, si hay ingratitud en quererse una dama disculpar. Habéis de saber, señor, que yo quiero esto es verdad, que yo estimo perdonadme que para desengañar con amor tan soberano tiene gran dificultad el igualar lo amoroso con lo serio disculpar. Este ciego arrojamiento, que como amor es rapaz, sin palabras amorosas no se sabe declarar. Digo, señor, que al marqués de Cronobia, con igual correspondencia de estrellas, quise bien. (¡Pena mortal!) Dos años ha, gran señor, que empezó a galantear mi nobleza y, como amor en sola una voluntad unidos dos corazones, no tiene el vuestro lugar. Él me pidió por esposa, mi padre os pretende hablar para que le deis licencia como su rey natural de efetüar el contrato que capitulado está. No permitáis, gran señor, que un amor tan singular, un lazo tan verdadero y una sangre tan igual se malogre por un tema fundado en querer forzar a todo un libre albedrío, alma de la libertad. Querer por fuerza, señor, mi voluntad conquistar no es posible; el corazón tan bien ocupado está que cuando el vuestro pretenda tener dividuo lugar le ha de responder el alma que como rey le tendrá, pero como esposo no, porque en este tribunal donde se asienta el amor no ha presidido jamás para juzgar las ocasiones que dentro del alma están sino el marido a quien sirve el pundonor de fiscal. Y, en efeto, por destino de mi estrella o por llegar la armonía de la sangre a ser música cabal, quiero al marqués con tan firme y tan segura verdad que los laureles del mundo los llegara a despreciar solo por lograr con él tan decorosa lealtad. Él es mi esposo y, supuesto que con él me he de casar aunque supiera perder la vida que en él está, a su majestad suplico, pues dice que quiere honrar mi nobleza, no permita que se diga en la ciudad, que se publique en la corte y se llegue a mormurar que gusto de estas visitas, porque son de calidad que al paso que dan honor le suelen tal vez quitar. Y, con esto, dé licencia que me pueda retirar a mi cuarto, que mi padre a esta quinta llegará esta noche y no pretendo que se llegue a disgustar de verle conmigo a solas, porque parecerá mal, que yo quedaré rogando al cielo le dé la paz que su reino ha menester para que pueda triunfar de todos sus enemigos y vea por larga edad la sucesión que desea, laurel de la majestad. Condesa Cristina, oídme. (Loco me tiene el pesar. ¿Este agravio a mi grandeza?) ¿Qué es, señor, lo que mandáis? ¿Con el marqués de Cronobia decís que os habéis de casar? Ya os dije mi sentimiento. ¿Mi grandeza despreciáis? ¿Desprecio llamáis, señor, no admitiros por galán? ¿No os ofrezco mi corona? Con el laurel me agraviáis, pues se lo quitáis, señor, a su dueño natural. ¿Sabe el marqués mi pasión? No lo debe de ignorar. ¿Y os pretende por esposa? Y por ello morirá y yo moriré también. Al marqués sabré matar. (¡Ah, lealtad, a lo que obligas!) Con la pasión os quejáis. En vuestra misma presencia ese traidor morirá. Y yo moriré con él para que podáis triunfar de dos inocentes vidas. (¡Que esto escuche! ¡Estoy mortal!, pero que sea la prudencia rémora de mi pesar.) Condesa, yo estoy perdido de amor y celos, no hay con el amor competencias ni con los celos piedad. Yo podré perder la vida, el reino y la majestad, pero vos con el marqués no habéis de casar jamás. Lo que no pudo el amor, el cariño, la piedad, mi fineza, la corona y mi grandeza que es más, la fuerza, el poder, la ira y la venganza lo hará. Yo he de repudiar la reina y con vos me he de casar o se ha de perder Polonia. Mi decreto consultad con vos misma antes que llegue mi poder a ejecutar de un agravio dos venganzas, dos oprobios de un pesar, dos muertes de un menosprecio y mil Troyas de un volcán. ¿Qué dices de este suceso? Que quien sabe la osadía de este tirano podía no admirarse del exceso, pero, mi bien, quien ha oído tu relación valïente peligro ninguno siente. En riesgo tan conocido, ¿qué medio tomar podemos? Porque, si tú con heroico valor le pides licencia para ser mi amado esposo, corre peligro tu vida y en ella consiste todo el aliento de la mía, pues con el alma la adoro; si yo me quejo a la reina de este agravio riguroso, contándole el menosprecio que hace el rey de su decoro, es alborotar su reino con bandos escandalosos; si le doy parte a mi padre del intento del rey, pongo también a riesgo su vida, porque querrá valeroso oponerse a los designios del tirano y no le abono cuando le gano un aliento la quietud que no le cobro; si en secreto nos casamos, el asistir me es forzoso y nuestro mismo cariño ha de despertar su enojo; si te ausentas de mi vista por desmentir generoso nuestro amor, es ausentalle, es atrevimiento propio y es dejarme a mí sin verte quitalle la luz a Apolo; si los dos nos ausentamos a otro reino, quedan todos nuestros estados sujetos a la sentencia de un voto. De modo que, en este abismo de confusión y de asombro, a cada discurso encuentro un diluvio poderoso, a cada remedio un daño, a cada senda un escollo, a cada paso un peligro y un abismo a cada golfo, pues consentir una afrenta y un escándalo notorio ni lo permite el honor ni lo consiente el enojo y, así, pues somos, mi bien, en dos sujetos arroyos dos vidas en un asiento, dos cómputos en un todo y en sola una voluntad dos corazones brïosos, opongámonos valientes a ruïnas, a destrozos, a muertes, a tiranías y a conocidos oprobios de un tirano que procura ofender nuestro decoro. Lluevan diluvios las nubes de rayos caliginosos, bajen males a porfía de los elementos propios, pesares despidan cuantos tiranos rigen los polos, furias sentencias pronuncien cuantos tiranizan solios, que yo en guerra, en paz, en vida, en muerte, en ira, en enojo, en buena o mala fortuna, te he de seguir de tal modo que diga, que sienta el mundo por su círculo redondo que fue Cristina, a pesar de traidores alevosos, la más constante mujer que alumbró el planeta rojo desde el dosel de Dïana al último Capitolio. Pues, mi bien, a la defensa de nuestro honroso decoro. Ese consagro al valor. Yo a mi corazón brïoso. Sepa Polonia y el mundo... .desde el uno al otro polo... .que fue mi amor tan constante... .que fue mi amor tan heroico... .que se opuso a la inclemencia... .que se opuso a los oprobios... .de un poderoso atrevido... .de un tirano riguroso... .y que a pesar de sus iras será Masilio mi esposo.

JORNADA SEGUNDA

Por la puerta del jardín Licia nos abrió llevada del interés de crïada. Hoy daré a mis penas fin. El conde en Polonia está y en su quinta peregrina ha de estar sola Cristina. La noche ha venido ya. Haga la fuerza, Terencio, lo que no pudo el amor. Toda la casa, señor, está, cual ves, en silencio. A Torrezno truje yo porque tu secreto sabe y por que lance tan grave no descubra. (Me ordenó la reina porque se fía de mi segura lealtad que de que su majestad fuese vigilante espía. Ya la di aviso que aquí venía el rey. No quisiese que este demonio supiera que soy como Malgesí, porque temo de este exceso que salga con esta traza caballero hasta la plaza estirado de pescuezo.) Esto se ha de hacer. Señor, muy bien acordado [esto es]. Si encontrares al marqués, muera. (Qué lindo traidor es el Terencio.) También Torrezno habrá de morir porque puede descubrir el secreto. Dices bien. (A Torrezno oí nombrar y yo sé que, de morir, o me deben de freír, o es que me deben de asar. No fío de aquestos dos, medio saco de alacranes, quiero encomendarme a Dios.) Torrezno. Señor. Aquí como valiente has de estar, esta puerta has de guardar. (Mejor será guardarme a mí.) Dale la muerte a cualquiera que llegare. Entiendes, [¿no?] Pues ¿acaso traigo yo la muerte en la faltriquera? Pistolas traigo, mi espada te puede servir a ti. ¿Y si me pasan a mí a la primera estocada? Ruido siento, la condesa es esta. (Ciega pasión, gocemos de la ocasión.) De haber venido me pesa. Lesbia, da luz a esta cuadra, que aquí he sentido rumor. (Sin duda es él.) ¿Gente aquí? Digan quién son. ¿Quién es? El marqués será. ¿Eres tú, mi bien? Yo soy. (Válgame el cielo.) (Acabose, en el aire la pescó.) Yo soy, condesa, que vengo donde tengo el corazón, celoso y desesperado, loco y perdido de amor. Presumir que una entereza de vuestra imaginación, celo de una fantasía que solo tira al honor, a templar de mi füego la altiva llama feroz es engaño. No se empeña un rey de tanto valor para no cumplir el deseo de su celosa pasión y no pretendo, condesa, ofender el pundonor de vuestra casa ni llevo aquella ciega razón de gozar lo que adoro, aquel engaño común por deseo poderoso, que mi segura intención solo mira a coronaros por reina de cuanto el sol desde esa luciente esfera, alma del mundo, alumbró. Vuestro honor es lo primero, la mano de esposo os doy, la corona ha de ser vuestra, rey, amante, esposo y dueño tienes en mí. ¿Quién dejó un reino por un condado, un laurel por un blasón, por un vasallo un monarca que os adora como yo?, pero, si ruegos, finezas, ansias, coronas, honor, majestad y señorío no bastaren ¡ciego estoy! a reduciros, yo vengo resuelto ¡loca pasión! a llevaros esta noche a Sitonia ¡esto es amor! para que en ella seáis, o por fuerza o por rigor, mi esposa o mi dama, pues quien altiva despreció el poder y la grandeza se sujeta al deshonor o al desaire que le hiciere el galán que la sirvió. (¡Fuerte lance!) ¿Qué decís? (Para agora es el valor.) (El rey está aquí, resuelto a morir estoy en defensa de Cristina, de mi fama y de su honor.) Vuestra majestad pudiera conocer que su pasión tiene por norte el agravio, por rumbo la confusión, por bonanza la tormenta y por acierto el error. Si por venir a estas horas con engaño, con traición indigno de la grandeza que su laurel ostentó presume que ha de rendir mi celoso pundonor, se engaña, que, aunque mi padre está en Polonia, yo estoy guardada de mi nobleza y asistida de mi honor. Ni por esposo le admito ni por amante, que yo a solo el marqués adoro y no me falta valor para ostentar de su sangre el lustre con que nació. Suplícole que, primero que se empeñe si es blasón empeñarse en violentar de una dama el pundonor, considere que nací hija de Claudio y que no le estará bien alterar con un hecho tan atroz la nobleza de Polonia, de quien soy lucero yo, porque primero perdóneme la real veneración que a mí me lleve a Sitonia, apresurando el dolor, las penas al sentimiento y el discurso a la razón, armándome de la honra, que es la defensa mayor, antes que quiera eclipsar los rayos de tanto sol, cuando me faltara acero, con las manos ¡vive Dios! yo misma de mí homicida me sacara el corazón. Ese adoro como amante, aunque despreciado soy. Solo el marqués es mi esposo. No será viviendo yo. La voluntad no os admite. Admitirame el rigor. Primero me daré muerte. Estorbaralo mi amor. Yo seré escollo a sus iras. Rayos mis enojos son. Contra el honor no hay poder. Ni fuerza contra el amor. Pediré al cielo venganza. Yo incendios a mi pasión. (Esto va malo.) La luz con el aire se apagó. (Vínose a pedir de boca por que la encienda Nerón.) Pues tus rigores, ingrata... Mi bien, a tu lado estoy. Esposo, señor... ¿Quién es? ¿Es Torrezno? El marqués soy. ¡Matalde! No muere un noble cuando defiende su honor y cuando su rey venera como a su dueño y señor. Pero ¿qué ruido es aqueste? La reina, señor, llegó con el obispo de Crobia. Viene a linda ocasión. Señor, vuestra majestad a Castibel ha venido, pero ya tengo entendido su amor y su voluntad y, por escusar, señor, mayor daño y porque sé la poca lealtad y fe que le ha debido mi amor, del obispo acompañada he venido a remediar este arrojo singular. La condesa acreditada tiene su noble opinión, pues sol de Polonia ha sido, a quien nunca se ha atrevido a exalzar la exhalación que imperiosamente sube por esta campaña a ser arrojo de su poder o pricipitada nube. Y, pues su padre ha tratado casarla con el marqués y tan justo lazo es de Polonia venerado, dad licencia, gran señor, que se logre su deseo; tan noble, tan justo empleo es debido a su valor. Claudio, vasallo leal de esta corona, merece este favor. Si os parece que a su nobleza es igual esta merced, yo he venido a solo justificar si en este oculto lugar estaba Otavio escondido, aquel traidor que alteró en la guerra de Sitonia la corona de Polonia. Supuesto que no le halló, señor, vuestra majestad dé licencia que el marqués le dé la mano, pues es lazo de la voluntad, a la condesa. Casada tengo a la condesa yo con el conde Otavio y no debe mi palabra dada faltar a su real empeño. Oíd aparte, señor. (Ya sé todo vuestro amor, el marqués ha de ser dueño de la condesa, no deis lugar a que mis recelos sean declarados celos, a los nobles no alteréis siendo de vos homicida, porque Cristina ha de ser hoy de Masilio mujer o yo he de perder la vida.) (Pues tanto volvéis por él, aunque es pretor de Colonia, o se ha de perder Polonia, o no ha de casar con él.) (Mi bien, si el rey intentare nuestras almas dividir, vencer o saber morir.) (Dueño mío, si llegare este crüel homicida a valerse del poder, saber la vida perder es el triunfo de la vida.) Señor, los cristianos reyes guardaron preceptos dos: uno fue el temor de Dios y otro, venerar sus leyes. Dos órdenes sin discordia tiene el rey sin avaricia: uno, la recta justicia, otro, la misericordia. Los reyes que con rigor en el siglo he conocido por crüeles se han perdido, ninguno por dar honor, porque es de tal calidad la ambiciosa tiranía que en el ámbito de un día perdió honor y majestad. Tarquino quiso perder por atrevido y vicioso el reino más poderoso que tuvo humano poder. Y no he callar pecado pudiéndole remediar, vos le pretendes quitar de la condesa prendado al marqués esta hermosura, ciego por una pasión que a la ley de la razón es conocida locura. ¿Qué dirá el mundo de vos si esto queréis pretender? ¿Queréis, señor, ofender con poco temor de Dios? ¿Qué he decir, cuando están los libros de ejemplos llenos? Aplicaos vos a los buenos, pues ellos la luz os dan, que, pues me habéis confesado llanamente vuestro error, yo sé que saldréis, señor, muy presto de ese pecado. No es posible que mi vida importe más que la fama de una mujer. Esa llama, aunque está tan encendida, en llegando a contemplar que es contra honor de mujer, lo que la pudo encender por fuerza la ha de apagar. Es terrible la pasión, no admite remedio humano. ¿No sois príncipe cristiano? Ese es mi mayor blasón. Pues ¿cómo quieres perder el blasón intensivo por un vicio tan nocivo? Sí, ella ha de ser mi mujer. Deteneos, ¿adónde vais? Ya es más crüel el pecado, ¿queréis perder el estado? En vano me aconsejáis porque no puedo vencer mi pasión horrible y fuerte. ¿No podéis? No. De esta suerte tendrás sobre ella poder. Poneos en lugar de Claudio y considerad, señor, si otro os quitara el honor, ¿qué hicierais con este agravio? Mirad, siendo noble vos, si con violencia os quitaran vuestra hija, si clamaran los agravios ante Dios. Notad, cuerdo y discursivo, ¿qué venganza no formara la idea? ¿qué no trajera el duelo de honor altivo? Pues, si no hubiera crueldad, ruina ni satisfación ¿qué no hiciera el corazón? ¿por qué vuestra majestad, lo que para sí no quiere que ejecute la dolencia, pretende contra justicia como de su amor se infiere ejecutar atrevido con tan conocido agravio en el conde, siendo Fabio tan noblemente nacido? Si vos, señor, no queréis este agravio que formáis, ¿por qué al prójimo le dais lo que vos aborrecéis? Observad, sí, en este abismo el mandamiento de Dios, que honrando al prójimo vos os venceréis a vos mismo. En fin, pretendéis que muera a manos de mi pasión. Amor es exhalación tan breve como ligera; ella, señor, pasará. ¡Oh, pesia mí! No os canséis, al marqués no le quitéis la mujer que Dios le da. ¿Vais contra mi gusto? Sí, contra vuestro gusto voy, que en lugar de Dios estoy y siempre me toca a mí reprehenderos a vos, porque, si yo no os hablara de esta suerte, no guardara el mandamiento de Dios. Yo he de proseguir mi intento. Si le habéis de proseguir, yo, señor, no he de asistir a tan ciego arrojamiento, porque un ministro sagrado que en lugar de Dios está en la iglesia se hallará, no en el templo del pecado. Deteneos, esperad. (Nadie me causó temor, sino este hombre.) Gran señor, ¿qué manda tu majestad? Marqués. Señor. Dad la mano a la condesa. (¡Qué horror!) De tan conocido honor... De favor tan soberano... .los dos a tu majestad... .rendimos de corazón... .las voluntades, que son afectos del alma. Alzad. Y vos, señora, tenéis a vuestros pies quien adora las luces de tanta aurora. Muchos años os gocéis. (Bien has hecho, gran señor, en casar esta mujer, que casada puede ser que la conquistes mejor.) (¿Quién, Terencio, le diría a la reina este secreto?) (Yo tengo muy mal concepto de Torrezno.) (Eso sería.) (El rey me ha mirado de mala guisa esta vez, me condena aqueste juez a dos veces ahorcado.) (¡Que Masilio ha de gozar la deidad que veneré!) (¡Que se ha logrado mi fe!) (¡Que mi amor se ha de lograr!) (Todo lo vence el consejo.) (Obra del señor ha sido el haberse reducido.) Casada, Cristina, os dejo. El cielo, señor, os guarde. Vamos, [señor]. A penar, a sufrir y padecer. Loco me deja el placer. Loco me lleva el pesar. ¡Que habiendo sido tan rico, Pedro Colona, lleguéis a tal estado! Ya veis mi fortuna, Ludovico. Mi cultivada heredad al obispo vender quiero porque he menester dinero. Si vuestra necesidad redimís, por acertado tengo que se la vendáis, pues con ella remediáis vuestro honor y vuestro estado. El noble obispo pretende ventilar esta heredad ya sabéis su caridad para los pobres, que entiende y es su juicio peregrino sacar de ella mucho fruto y que sirva de tributo o para el culto divino, u otras obras meritorias en que tan santo ha empleado las rentas de su obispado. Todas han sido notorias al mundo. Su santidad, su celo, su religión, su piedad, su devoción y su mucha caridad luminarias son de bienes que están delante de Dios. ¿Habéis tratado los dos de precio? Son peregrinas sus ideas, yo le hablé y le dije con verdad mi grande necesidad; pedile, como se ve, por que la heredad comprase, seis mil ducados no más valiendo diez yo; jamás me respondió sin que hablase en el precio que daría: «más vale vuestra heredad, volvedme a ver otro día, que todo cuanto valiere daré por ella en rigor». ¡Qué santidad! ¡Qué valor! Aquí es justo que se espere porque pretendo salir de este cuidado y tener con qué poderme valer. Quien tiene no ha de pedir. Él sale aquí con Terencio. Señor Terencio, yo digo lo que sé: si vos andáis con el rey y de vos mismo fía todos sus secretos, ¿sus errores conocidos no los habéis de saber? Que me escuchéis os suplico. Ya sabéis que el rey... Ya sé que [es] temerario y altivo, pero, si vos como cuerdo no aprobárades sus vicios, el rey fuera más piadoso, más afable y más benigno. (¡Que esto sufra mi valor!, mas vengarme determino.) Yo os quiero bien y me pesa que un hombre tan entendido le dé al rey malos consejos. Siempre fueron mis avisos tan prudentes como nobles. Lisonjas no las admito ni las profeso, enmendad vuestro político adbitrio porque, si hay un rey que premia liviandades y delitos, hay un Dios que los castiga. Esto basta, harto os he dicho. (Yo vengaré mis agravios.) Señor Colona. He venido a ver si gustáis, señor, de que quede concluïdo de la heredad el contrato. Su estimación he sabido, vos pedís seis mil ducados y claramente me han dicho que su valor es diez mil, con Terencio y Ludovico venid conmigo a contallos por que sirvan de testigos, que vuestra necesidad mi codicia no ha vencido, seis pedís y diez lleváis. Con ellos quedan mis hijos con remedio y yo, señor, fuera de logros precisos que mis deüdas han sido Vuestras virtudes estimo. La escritura de la venta de esta heredad, al archivo acudiréis; el dinero os llevaréis, como digo, que la escritura no importa que se haga luego. Remito a vuestro gusto, señor, la voluntad con que siempre ha procurado serviros. Torrezno. Señor. Al punto a la quinta de Masilio el marqués se parta luego y dele este papel mío con cuidado y con secreto. Iré como un torbellino. Pues de la mayor beldad logró mi fe su valor, eterno viva su amor. Con música celebrad deseos tan bien pagados. ¿Hay lauros tan merecidos..., .cariños tan bien nacidos... .y efectos tan bien logrados? Compitiendo con las selvas donde las flores madrugan, los pájaros en el viento forman abriles de plumas. Con justa causa hacen salva a tu belleza esta turba, hermosa pompa del viento y facistoles de pluma, pues de luz le va sirviendo el alba de tu hermosura y, por que escuchéis, mi bien, de aquel ruiseñor que cruza por esos frescos pensiles esta verdad que articula en la armonía del alma la voluntad más segura, dime, dulce filomena, que al alba la luz anuncias, ¿a quién siguen estos coros por esa esfera dïurna? ¿Es Cristina soberana a quien esas luces buscan? De su deidad engañados por aurora la saludan y, en viendo sus bellos ojos, quedan vanos de su culpa. Dichosos pueden llamarse, pues con dulce engaño surcan en los páramos del viento los imperios de la luna, pero, aunque de trino miren aquella madeja rubia, espíritu de los orbes con que los cielos se ilustran, dirán los planetas todos y las deidades más puras de la tercer estrella hasta la beldad más pura: Que Cristina es más hermosa aun los cielos no lo dudan, que para deidad tan grande solo vitoria no es mucha. También dirán, dulce esposo, viendo que mi fe es segura, tuve por esposo Adonis, luz que mi sentido alumbra, que despreciando laureles... No prosiga tu cordura porque te dirán las voces de esta cadencia confusa, notando que mis finezas igualaron a las tuyas: No pagar obligaciones delito en amor se juzga, que lo ingrato a la belleza aun no merece disculpa. Es verdad, pero dirán, si con alma los escuchas, que desprecias como novio la fineza más augusta, que la cordura mayor es, despreciando la injuria, no dar oídos, mi bien, a celosas conjeturas y, así, no dice el concepto que aquella voz articula: En orejas que en lo hermoso hacen perfección segunda, no es sorda la que no oye, sino aquella que no escucha. Después de dar parabienes a los nuevos desposados si para bienes casados no fueron perdidos bienes le vengo a dar a vuesiá de mi amo este papel. Veré lo que dice en él. Algún parabién será de casado o velado, pues por fuerza han de velar al que se llega a casar para que quede enterrado. Señor marqués, pues el cielo os concedió por esposa a la marquesa, el retiraros a vuestro estado me parece buen consejo, y lo más breve será lo mejor. Yo os veré antes de vuestra partida. Dios os guarde. El obispo de Crobia. Este aviso, dueño mío, es consejo soberano. Contra el impulso tirano en él mi esperanza fío, porque sé que sus preceptos son sentencias peregrinas Digo, seor licenciado, ¿usté es Torrezno o Jamón? Señora, hasta el corazón soy Torrezno lampreado. En verdad que, si dejara pues es sumamente ligero las espaldas, que luego al momento me casara. ¿Conmigo? La vez primera que le vi me enamoró. La segunda que vi yo a usté es la tercera. Si el hábito le condena, siempre me ha venido estrecho. Tiene usté el hábito hecho a nunca hacer cosa buena. ¿Conoce mis lindos modos? Sí la conozco, en mi vida vi mujer más desconocida, porque la conocen todos. ¿No es público en la ciudad mi castidad y virtud? (Tal le dé Dios la salud.) ¿Qué dice? Que habla verdad. ¿No me vio haciendo labor cuando era muchacha? A ella no la conocí doncella, sino ya mujer mayor, y usté es muy flaca y yo quiero, si me hubiere de casar, no mujer para engordar, sino que engorde primero. Torrezno, en fin. No le truecas. Conmigo te has de casar. Digo que no hay qué hablar. Yo no puedo amar a secas. Mi cara, cuando amanece en el cielo de su aurora, ¿no es de rosa blanca? Agora rosa seca me parece. ¿No alabas mi entendimiento? Es sutil. Habla y verás. Bien sé yo que probarás cualquier delgado argumento. ¡Ay, señor! ¿Qué ruido es este? Terencio y el rey llegaron a la quinta y me parece que con algunos soldados tiene tomadas las puertas. ¡El rey! Doyme por ganado. ¡Válgame el cielo! Mi bien, alguna desdicha aguardo, pero quien noble ha nacido tiene el valor por amparo, por gloria tiene la muerte para triunfar de los hados. Señor, ¿vuestra majestad honrando esta casa? ¡Cielos! Hoy han de morir mis celos, al marqués preso llevad al castillo de Tirento y al palacio de Bertana a la condesa. Cuartana le ha dado a este casamiento. ¿Preso a mi esposo? ¿A mi esposa al palacio? Sí, marqués. De Bricana, si queréis, con la mano poderosa... Muerta he quedado ¡qué horror! de mi señor y mi rey. Basta, pues mi gusto es ley. ¿Por qué causa, gran señor, presa el alma, me lleváis a mi esposo? Ya no lo es porque no pudo el marqués aunque constante le amáis, cuando yo os tengo casada con Otón, casar con vos. Pediré justicia a Dios. Tiranía es declarada llevar por fuerza a mi esposa contra el precepto divino, contra el humano decreto, contra el honor, que ha sido espíritu noble que los hombres han tenido. Bien penetro, bien conozco el cauteloso designio que vuestro poder obstante, ciego de su engaño mismo..., pero, señor, ¿vos queréis, violentando un albedrío, arrancar del corazón el ídolo por quien vivo? ¿Vos queréis, príncipe excelso, llevado de vuestro altivo y soberbio corazón, eclipsar la luz que miro? ¿Vos a mi esposo queréis llevar preso? ¿Qué delito cometió en quererme bien sabiendo que le he querido? ¿No sabéis vos, gran señor, que los tormentos de Tirio, los cautiverios de Persia, las prisiones del egipcio no podrán sacar del alma este adorado cariño? ¿No os consta, señor, no os consta que, si los que son y han sido y serán sacros laureles en estos y aquellos siglos me dieran por que olvidara un instante mucho digo al marqués, a quien adoro, perdiera sus señoríos? Mejor es darme la muerte que quitarme, rey invicto, a mi esposa, mejor es que, soberbio y vengativo, vuestra cólera venguéis en mi corazón altivo. Abridme el pecho y veréis el retrato más divino que copió amor en el lienzo de potencias y sentidos. Mejor es, rey soberano, que muera yo, pues he sido causa de tanta desdicha, que quede libre os suplico mi esposo, pague mi vida con la muerte este delito si puede serlo, señor, adorar a mi marido. Muévaos, señor, a piedad, si sois príncipe benigno, estas lágrimas que llora el corazón hilo a hilo. Mirad que quiero a mi esposo, que lo idolatro y que vivo en fe de su voluntad y en virtud de sus cariños. No es posible. Ejecutad, Terencio, lo que os he dicho. Primero habéis de matarme, por mano de estos ministros, que me llevéis a mi esposa. Bárbaro, loco, atrevido, matalde si se defiende. No, señor; no, rey invicto; no, poderoso monarca. Viva mi esposo Masilio, muera Cristina, pues es causa de tantos peligros. Si me concedéis la muerte, por mi esposo la recibo; si la vida me quitaren, a su amor la sacrifico; morir yo por el marqués es morir por lo que vivo. Piedad, señor. No os canséis. Ninguna piedad admito. Llevalde preso. (Ya escampa, y eran ruedas de molino.) (Mi bien, mi señor, mi dueño, haga la sangre su oficio, para agora es el valor.) (Lo que siento, dueño mío, es ver que un tirano...) (Basta. El cielo abrirá camino para nuestra libertad.) (¡Qué desdicha!) (¡Qué martirio!) (¡Qué fortuna!) (¡Qué pesar!) (Los brazos, mi bien, te pido, pues han de ser los postreros.) (¡Oh, quién no hubiera nacido!) (Adiós, mi bien.) (Él te guarde.) (Romperé el aire a suspiros.) (Pediré justicia al cielo.) (¿Para cuándo, astros divinos,... (¿Para cuándo, orbes lucientes,... .dilatáis vuestro castigo,... .suspendéis vuestros rigores?) .ocultáis vuestro juïcio?) (¡Venganza, cielos!) (¡Venganza contra un tirano enemigo!) Detened ese hombre. ¿A mí? A vos. (Prendiome. Es desaire que él me soltará en el aire.) ¿A qué venistes aquí? Vine a ver los convidados. Pues ¿os convidaron? No, es que soy Torrezno yo y sazono los guisados. Cuando yo os traje a la quinta, ¿no fuisteis vos quien dijisteis a la reina que venisteis conmigo? (Este naipe pinta que yo fui con certidumbre a ser soplón.) Guarda fuera. Vive Cristo que no fuera al infierno ni por lumbre. Denle dos tratos de cuerda. Que ni caros ni baratos no soy hombre de esos tratos, pero sí bien se me acuerda: Lisbia con la reina habló y la descubrió el secreto. ¿Le descubrió ella en efeto? Digo que le descubrió, que es una grande embustera, hechicera en sumo grado, y ella fue del desposado que vos pretendisteis tercera. Ella enredó a la Cristina con el marqués, y enredara al Gran Turco y se casara con la madre Celestina. Ella dijo a la condesa y esto para entre los dos que os aborreciera a vos porque tiene en la dehesa de Calidonia una tía, zurcidora de las almas, que trae al demonio en palmas y en las uñas cada día, y, si no fuera esto es llano por ella, Cristina, sí, os amara como a mí, porque eso estaba en la mano. ¿Qué decís? Lo que escucháis. Mirad, señor, lo que hacéis. Pues ¿a mí me detenéis? Está el rey. No me digáis lo que yo he de hacer, que vos tenéis la culpa. Mirad. Lo que os digo es la verdad, pero justicia hay en Dios. ¿Quién es? Yo soy un ungido de Cristo que os viene a buscar y a solas os quiere hablar. ¿Qué queréis? (¡Pierdo el sentido!) Cumplir lo que Dios me ordena. (Que toda mi majestad tiemble de aqueste hombre...) Hablad con brevedad, que mi pena no permite dilación. Dijéronme yo lo creo que habéis mandado prender al marqués Masilio. Es cierto. Y que a su esposa Cristina con el antiguo [precepto] del amor se la quitáis, alterando el sacramento del matrimonio. Es verdad, y causa bastante tengo para que se dé por nulo de Cristina el casamiento. La causa yo la sé y los efectos condeno. No os toca a vos condenar lo que yo tengo dispuesto o por ley o por mi gusto. El oficio que yo tengo es condenar lo que es malo y defender lo que es bueno. A David reprehendió Nathan; a Josafat, Eliseo; Elías, al rey Acab; a Sedequías soberbio, Jeremías; el Bautista que clamaba en el desierto, a Herodes; al rey Asá, Ananías; y con celo de Dios contra Simón Mago al fiero Nerón, san Pedro. Y, pues ellos me enseñaron como fieles mensajeros de Dios a reprehender a los reyes de su tiempo, yo os he de decir a vos lo mismo que ellos dijeron, que el espíritu que andaba moviendo su entendimiento, ese mismo mueve el mío y anduviera yo muy necio si, por temeros a vos, no temiera a Dios del cielo. Si lo que me queréis decir son todos [esos] ejemplos y yo no quiero admitillos, ¿qué negociaréis con ellos? Como yo, señor, los diga y con católico celo os aconsejare pío y os amonestare cuerdo, cumpliré como quien soy con el oficio que tengo y, si acaso mis avisos no ablandaren vuestro pecho, despreciando la trïaca por no sanar del veneno, porfiar[é] hasta morir, porque eso tiene el precepto o la palabra de Dios, que, cuando es mayor el rigor, entonces publica a voces los pecados de los reos, porque, si Jonás profeta no claramente en los pueblos de Nínive, se asolaran hasta los mismos desiertos. Pues ¿qué me queréis decir? Con mil lágrimas os ruego, con mil ansias os suplico y os pido con mil afectos y en nombre de Dios os mando que le volváis al momento su esposa al marqués. No es fácil. Yo responderé a su tiempo. Pues ¿por qué causa, señor? Eso verá mi consejo. En el tribunal de amor hay muy malos consejeros y algunos que estoy mirando dirán su voto más cuerdo si tuvieran la cabeza a los pies. ¡Qué escucho! ¡Cielos! Obispo de Crobia, basta, vuestra dignidad respeto y en no volver a Cristina a su esposo me resuelvo. Nathan le dijo a David, siendo tan justo y tan bueno, por aquel pecado horrible del cometido adulterio, que jamás se apartaría de su casa por ejemplo de las demás sangre y muerte. Y vos, ¿qué decís? Lo mesmo. No se apartará de vos castigo, afrenta y destierro en cuanto no le volváis la corderilla a su dueño como lo dijo el profeta, no gozaréis el imperio y se apartarán de vos las ciudades y los pueblos, como vos sabéis, señor, apartado del precepto de Dios. Al marqués Masilio dé su esposa. Esto os protesto de parte de la verdad, cuya grandeza defiendo con la palabra divina. No entres más en mi consejo. El mío quiero yo que admitáis, no el vuestro. No me habléis más, que no gusto de consejos tan resueltos. Si Dios no me lo mandara, obedeciera prometo, pero así lo ordena Dios. Su mandamiento es primero. El mío es no veros más. Siempre soy vasallo vuestro, que os amo como a mi rey. Yo no, porque os aborrezco fuera de la sacra orden. ¿Qué tenéis? Con ella puedo condenar este delito. Otros mayores se han hecho. Pues para que no se hagan se han de dar estos consejos. El que me dais no le admito. Libre sois, podéis hacello. El tiempo os dirá quién soy. Vuestra persona venero, pero solo temo a Dios. Pues no hablemos más en ello. No hablemos si vos gustáis. Id con Dios. Guárdeos el cielo.

JORNADA TERCERA

Condesa, por vuestro honor pondré a riesgo mi grandeza, que vuestra mucha nobleza, castidad, honra y valor obligan por justa ley con efectos superiores oponerse a los rigores de la violencia del rey. A los jardines de Hircania le dije al rey que venía y con secreto este día al palacio de Bracana adonde estáis he venido. Conviene, si el rey viniere y del poder se valiere, pues aun no se ha reducido a la quietud de su estado, que confïados favores a sus bárbaros rigores dé quien está tan prendado de esperanza, que yo en vuestro cuarto estaré y mi grandeza daré, pues valor no le faltó. Para amparar la virtud el estado que se debe y por que el designio apruebe en toda vuestra quietud, orden he dado que os vea vuestro esposo, porque quiero que tenga, según espero, la libertad que desea. Y, de no quererse el rey reducir a lo que es justo, haciendo ley de su gusto si la tiranía es ley, el marqués y vos saldréis con escrito de Polonia al estado de Crononia, que el duque mi hermano [habréis] como señor soberano, amparo de la nobleza y, escribiéndole a su alteza, tomará en todo la mano y sabrá mirar, Cristina, por el honor del marqués. A vuestros reales pies, inteligencia divina de Polonia, con afectos del alma y del corazón pongo mi vida, pues son sacrificios más perfectos los que hace la voluntad en el ara del amor, alentados del favor que me hacéis. Cristina, alzad. De su locura pretendo seguir el orden que he dado. Vuestro mandamiento es ley. Nadie sabe este secreto sino las dos; observad su precepto y calidad. Seguirle en todo os prometo. Pues murió Pedro Colona y el obispo le compró la heredad y la pagó y la escritura que abona la fe de venta ha quedado sin otorgarse, y yo quiero que el obispo por entero pierda el dinero que ha dado, quiero hacelle este disgusto. Hablad a los herederos. Ludovico y yo terceros fuimos del contrato justo. El dinero se contó, señor, en nuestra presencia, mas no le valdrá la ciencia, pues el dueño no otorgó con la pública escritura la fe de su voluntad. Ocultaré la verdad, pues el obispo procura mi disgusto. El pleito está por los herederos puesto, sirva el favor de pretexto, que la sentencia será supuesto que los testigos no dirán lo que pasó en favor del que heredó. Todos somos sus amigos y, pues vuestra majestad quiere dar este disgusto a Estanislao, será justo que no goce la heredad. Ya, Terencio, hemos llegado adonde vive la llama que mi corazón enciende, pues por Cristina se abrasa. Esta noche he de rendir esta fortaleza casta, este imposible que sigo y este pundonor que mata. Cesen ya tantos rigores y no blasone una dama que pudo triunfar de un rey. El poder todo lo allana. ¿Qué puede decir Polonia ni el mundo? ¿Que un rey agravia en el honor a un vasallo? ¿Que la reina repudiada queda por mi gusto? Pues, si lo mormura Italia, lea en sus mismas historias de mil Troyas abrasadas las rüinas y hallará Aquí los músicos vienen y la condesa a esta sala sale a dar luz a la noche. Cantad, pues asoma el alba. De los ojos de Cristina nuevas flechas hace amor, que las otras de su aljaba días ha que las perdió. Condesa. Señor. Los versos de aquesta dulce canción con justa causa veneran los rayos de tanto sol. De vuestros divinos ojos flechas el amor formó, con ellos matáis mirando porque con las suyas no y, supuesto que sus luces son arpones de mi honor, diga la Venus del mar con una y con otra voz, viendo que vuestros luceros saetas del alma son: ¡Oh, qué bien que pareciera más enamorado amor, pues hay en sus ojos flechas que le pasa el corazón! (¿Para esto quiso la reina que viniese? ¡Loco estoy!) Son tantas vuestras finezas (¡ay de mí!, duro rigor es fingir aborreciendo; perdona, esposo y señor, estas voces que articula la boca, no el corazón), digo, señor (¡qué tormento!, no acierto [a] hablar, ¡qué rigor!, qué mal se dicen favores a lo que nunca se amó), digo, que a vuestras finezas tan reconocida estoy,... (¡Cielos! ¡Qué escucho!) .que puede de cualquier flecha veloz quitar amor no burlarse la dama de más primor y por aquesta mudanza, si puedo mudarme yo, podrá decir la cadencia, viendo que sabe el amor facilitar imposibles con la fuerza de su ardor: Guárdense de alguna punta, no se descuiden, que es dios, que al veneno que esta lleva no hay libertad superior. (Matadme, cielos, matadme. ¿Esto escucho? ¡Muerto soy!) ¿Qué decís, Cristina hermosa? ¿Es posible que ablandó o mi dicha o mi fortuna aquel hermoso blasón de los cielos? ¿Es posible ¡loco de contento estoy! que halló gracia en vuestros ojos mi rendido corazón, que favorecéis un alma que de vuestra luz vivió? Celebren mi dicha cuantos amantes tuvo el amor y diga Apolo en su lira y en la suya Endimión pues a Cristina consagro en el altar de mi honor alma, vida, estado, imperio, pues todo se le rindió: Sus hermosos ojos bellos son deidad tan superior que a no conocer la causa los adorara por dios. (Ya se declaró mi agravio.) Dad licencia, gran señor, que a mi cuarto me retire. Nunca se retira el sol, pues le comunica al cielo su divino resplandor. Para que dueño seáis de Polonia, sabré yo disponerlo de manera que seáis su reina vos. Está bien. El cielo os guarde. (Ya la corona otorgó. ¿No hay un rayo que me mate? Resuelto a morir estoy.) Venció mi estrella, [Terencio]. ¿No te dije yo, señor, que después de estar casada llegaría tu pasión a lograr tantas finezas? Retírate, que mi amor pretende gozar las luces de este planeta mayor. A celos tan declarados, a tan conocido error, a deshonra tan urgente y a tan perdido blasón, ¿qué discurso puede haber? Ya está perdido mi honor, ya me agravió la condesa, no lo pronuncie la voz, el acero lo articule y ejecútelo el valor. ¿Qué aguardo? Cristina muera, pues ya su fama eclipsó, su castidad ha manchado, si muerto su pundonor. ¿Morirá el rey? Mi lealtad a voces dice que no. ¿Cómo no, si me ha agraviado? ¿Qué ley puede haber mayor que la honra escrita a rayos sobre el mismo corazón, en la lámina del alma con el buril del honor?, pero sea mi lealtad, a pesar de mi pasión, de más valor que mi agravio. Reservemos ¡qué dolor!, no toquemos ¡qué tormento! en el ungido de Dios, quede a su cuenta el castigo, pues a la mía quedó en la sangre, que, herida, no serle nunca traidor, vea delante de sí el ídolo que adoró bañado en su propia sangre, vean sus ojos el sol que idolatró eclipses que nunca vio sepultado entre las sombras de mi celoso furor. Y, después de haber cogido la rosa que el alba dio, difunto el mayor lucero que esa campaña alumbró, mande a sus fieros ministros que me maten, pero no permite el honor discursos, sea este acero feroz quien escriba el desagravio en el último renglón de su vida. ¡Muera, muera Cristina! ¿Quién es? Yo soy. (Pero ¿qué miro? ¿La reina y, así, Cristina, señor, yo, la condesa?) (¿Qué veo? ¿Es esta transformación sueño de la fantasía? ¿La reina ¡fiero rigor! conmigo, Cristina allí y aquí el marqués? ¡Loco estoy!) Marqués,... Señora. .condesa, dejadnos solos los dos. (Esposo.) (Mi bien, ¿qué es esto?) (Un engaño, una ilusión, traza de la reina ha sido. Sígueme y sabrás, señor, lo que mi alma te adora.) (Pues está libre mi honor, respirad, corazón mío, que no se ha eclipsado el sol.) (¿Este ciego arrojamiento en agravio de mi amor?) (Haga alarde del valor mi honor y mi sentimiento.) (Disimule mi pesar el fuego de esa pasión.) (Acabe mi corazón de sentir y de penar.) Son tantas, señor, son tantas las quejas que de vos tengo que le falta a la memoria lugar para el sentimiento. Las ofensas que se hacen al corazón más severo, si tal vez las disimula por cuerdo, el entendimiento tal vez las dice mirando que le tuvieron por necio si pasara por decoro los umbrales del desprecio, porque nunca calló el alma las ofensas del respeto. Dejo aparte, gran señor, los vulgares menosprecios que os hacéis a vos, llevado de indecentes galanteos, porque mi grandeza real no hace caso de los celos, que por bajos y por viles se condenan ellos mesmos, porque el águila imperial no abate, señor, el vuelo al desaire de lo humilde, pues con el vuelo soberbio o le bebe al sol los rayos o a la luna los reflejos, y lo que espera a ser más olvida siempre lo menos. De la violencia costosa y del mal fundado imperio de haberle, señor, quitado su esposa al marqués no debo sino condenar la acción, que en el agravio, supuesto que conquista un imposible, no debo yo tener celos. Verdad es que, como son los ojos siempre compuestos de dos niñas y las niñas se ofenden con el objeto, sienten, como sienten todos, el adorar a otro dueño, porque pareciera mal en tan conocido duelo que no vengaran llorando a dos luces su desprecio, porque faltando el cariño les falta el entendimiento. Hasta aquí, si he dicho mucho, no he tocado en el precepto del decoro que se debe a la real sangre que heredo, a la majestad que gozo y al imperio que poseo. Yo he sabido, gran señor, que habéis intentado es cierto, por casaros con Cristina, disolver el casamiento. ¿Repudiarme a mí? Perdone la majestad que venero, perdone el sacro decoro, que sin ajar su respeto he de arrojarme a deciros mi celoso sentimiento. Pregunto, rey y señor, ¿ese atrevido pretexto, antes de ver la condesa, le tuvistes? ¿Pudo el cielo de su hermosura eclipsar la luz de mi nacimiento? Repudiarme a mí, llevado de un desordenado afecto, ¿no es dar ocasión a Rusia, a Polonia y a Manfredo, mi padre, al duque, mi hermano, a los nobles de este imperio y al mundo que se levante contra vos? ¿Este desprecio a mi augusta sangre y este conocido vituperio a la grandeza de Otón el emperador, mi abuelo? Y, finalmente, ¿este agravio a mi persona, a mi celo, a mi amor, a mi virtud? Juro por los altos cielos y juro por vuestra vida que, aunque ingrata, la venero que, si a ejecución llegara tan desatinado intento, que yo, celosa, atrevida, mi padre, el duque, mis celos, mis ansias, furias, enojos, pesares, angustias, tormentos, convocara, dividiera..., pero ¿qué digo? El afecto, o llevado del dolor o de sus locuras ciego, descompuso mi grandeza. Seguid, señor, el consejo que habéis contra mí eligido, valga un lacivo deseo más que una virtud heroica, vivid vos, pues que yo muero, repudiad la que eligisteis por esposa, lleve el viento las palabras amorosas con que blasonó mi pecho, ajeno afecto las ama, gózalas otro sujeto, otra voluntad las ciña y arrúllelas otro dueño, que yo, sola y sin amparo, triste, afligida, sin dueño y sin vida que sin vos ni la admito ni la quiero, rogaré, pero ya el llanto de las corrientes del pecho a los ojos perdonadme se asoman en líquido fuego y, pues me ahoga el dolor y son las palabras yelo que en el corazón quedaron para embargarme el aliento, vivid vos, querido esposo, porque yo diga muriendo: «¡cielos, matadme, muera mi desprecio!», mas «¿qué muerte mayor», me dirán ellos, «que vivir con desdén, tormenta y celos?». Aunque a lástima me mueven sus lágrimas y sus ruegos, mi pasión no da lugar a sentimiento. Terencio. Señor. ¿Quién le dio a Masilio libertad? Señor, Alberto, por mandado de la reina, le dio libertad, y el riesgo mayor es que la condesa y el marqués agora huyeron al estado de Cronobia. Vayan en seguimiento los soldados de la guardia. ¿Este agravio, este desprecio a mi corona? ¿La reina y los nobles de mi reino se atreven a mi grandeza? Todos aquestos consejos son de Estanislao. Al punto le quiten los herederos, pierda la heredad y pierda, a pesar suyo, el derecho que tenía y no entre más en palacio. Ve, Terencio, con la gente necesaria, id, prended a Filiberto y a Otón, deudos del marqués, y confísquesele luego los estados a Masilio y, en virtud de mi decreto, no salga de este palacio la reina, que amor y celos, si fueron horror a Grecia, serán de Polonia fuego, Troya de Cronobia y ruina de polacos y süecios. Cada día obra peor. Traigo muy poca salud. Esta es la causa, señor. ¿Qué mal tiene? Hipocondría. Las colores de su cara no lo dicen. Es muy clara mi roja melancolía. Dícenme que estudia poco. Tengo bastante ocasión. ¿No estudia por qué razón? Temo de volverme loco. (Son sus trazas importunas.) ¿No ayuna? ¿No he de ayunar?, de cuanto voy a estudiar siempre me salgo en ayunas. La limosna y la ración dicen que al pobre le quita. Como es limosna bendita, me alcanza la bendición. ¿Al enfermo de demencia llevó de comer? Es llano, díjome que era su hermano y partimos la herencia. ¿Y al vergonzante? Ese estaba jabonando con gran prisa la pobre de la camisa en tanto que yo colaba. ¿Y al manco no llevó cada día de comer? Sí, señor, y desde ayer solo el vino lo mancó. ¿Y al cuartanario? Segura fue mi piedad, yo la fío; él se quedó con el frío y diome la calentura. ¿Vistió al tullido? En verdad que el vestido no le alcanza. ¿Y al ciego? Ese, a mi ver, porque vino no le di está tan ciego por mí que ya no le puede ver. ¿Por comer esto es verdad falta a tan santo ejercicio? Yo nunca comí de vicio, sino de necesidad. Seis horas en oración esté con fervor orando. Duérmome luego en rezando. Llame a Dios de corazón, que es muy terrible el pecado de la gula. Sí será. Rezando la vencerá. Yo quedo bien despachado, seis horas, y de rodillas, sin almorzar, sin comer, sin un trago que beber, hinchadas las pantorrillas... ¡Buenos Torreznos tenemos!, mas Terencio viene aquí. ¿Si el rey envía por mí para ahorcarme? Recemos. De camino mandó el rey, después que al marqués prendiese y a Cristina, que viniese su gusto sirva de ley a que el obispo citase para su pleito. El crïado presumo que está arrobado, quisiera que recordase... Oye, Torrezno. Señor. (Mi buen Jesús, amparadme y de las manos libradme de este verdugo traidor.) También el rey considera que a este hipócrita embustero es bien porque fue tercero echallo en una galera. ¡Oh, infame! ¡Galera yo! Recuerde... .que ángel de guarda en malos infiernos arda, la madre que te parió. Con la reina hablasteis vos, un remo tendréis por palma. Los diablos lleven tu alma, yo estoy hablando con Dios. Con el sueño tiene ideas y empieza a desvarïar, pues yo te he de rematar. Antes ciegues que tal veas. Soñáis, amigo, hacéis bien, que puede ser en rigor que os den garrote. Mejor mala lanzada te den. Mire que ha de ir ¿con quién hablo? preso conmigo. Andas listo, no iré, ¡vive Jesucristo!, aunque a ti te lleve el diablo. Presto dará testimonio de quién es y de quién soy. Mira que rezando estoy, no me persigas, demonio. ¿Qué es esto? Rezando estaba y el demonio me tentó, que en aquesta sala entró. Yo soy el que le llamaba, que hablar a su señoría pretendo. Los herederos de Pedro Colona piden que se sentencie su pleito. Su majestad, que desea justificar el proceso que, como sabéis, señor, ha que dura mucho tiempo, y así manda que os halléis donde forma su consejo, que es frontero de la iglesia de san Juan, para que luego se lean ambas probanzas y se adjudique el derecho al que tuviere justicia. La probanza que yo tengo, supuesto que antes de hacer la escritura murió Pedro Colona, son dos testigos: el uno sois vos, Terencio, y el otro fue Ludovico. Los diez mil ducados fueron delante de vos contados. Eso se verá en el pleito, que yo diré la verdad, como acostumbro, a su tiempo. Pues no la dirá jamás. Lindo testigo, por cierto; en su conciencia lo dejan, pues la heredad volaberun. Válgate el diablo por hombre. Mal hacen los herederos en seguir contra los pobres tan mal fundado derecho. Dios volverá por su causa y yo por ella protesto justificar la verdad de haber pagado el dinero al difunto, aunque se oponga la envidia, el favor y el riesgo contra mí, demás que estando vos, Terencio, de por medio y Ludovico, que son dos testigos verdaderos, la iglesia no ha de perder ni los pobres su derecho. Terencio, señor, es bizco y el buen Ludovico es tuerto y, así, el derecho estará entre si veo o no veo. Decida su majestad, que yo iré luego al consejo como me ordena, que juzgue como príncipe tan cuerdo esta causa, pues que ves sois el norte de este pleito. El bajel de la justicia tendrá su seguro puerto y, cuando no, mi verdad, como bajada del cielo, sabrá salvar los bajíos de aquestos mares soberbios aunque levanten las olas los desenfrenados vientos de la envidia, porque Dios, como autor del universo, si a un tiempo tormentas forma, bonanzas permite a un tiempo. Solo por vos he venido al tribunal de justicia, que ya sé que la avaricia o la ambición que ha tenido siempre el obispo a Colona, vuestro padre, le quitó lo que la heredad valió. Si vuestro poder abona mi justicia, ella saldrá, señor, con feliz vitoria. Hoy ha de quedar memoria de este pleito y se verá la justicia de los dos, a quien desde luego aplico la verdad de Ludovico. Lo que me ordenasteis vos será ley en mí. Yo espero al obispo y sabré dar a mi disgusto y pesar en el tribunal severo la venganza y el rigor que pide su atrevimiento. Hoy se verá su argumento, aunque es de poco valor en mi empeño. Desvalido, dé parte de la verdad y pierda su autoridad el crédito conocido que adquirió con rectitud entre la gente vulgar, que tal vez ha de pagar a costa de la virtud el que se atreve a los reyes. Halle su verdad aquí desvanecida por mí y no le valgan las leyes de perlado, pues ha sido contra mi gusto y decoro mi enemigo, que no ignoro el odio que me ha tenido. El obispo viene aquí con Terencio. (Mi grandeza en el tribunal le diga su atrevimiento y mi ofensa.) Terencio, señor, me dijo que para oír la sentencia del pleito de la heredad me llamáis y mi obediencia... No os canséis, dijo verdad. Terencio, este pleito venga y haced relación. (Será la resolución verdadera.) Señor, a Pedro Colona compró el obispo una hacienda de campo, a quien llaman todos la heredad de Mirabela. Comprola en diez mil ducados, no hay escritura de venta. Alega el obispo y dice, si bien no hay bastante prueba, que pagó esa cantidad a Pedro Colona. Niegan los herederos la paga, diciendo por ley expresa del derecho que ha habido escritura de la venta que la heredad... Deteneos, que es muy fácil la respuesta. El día que concerté la heredad, en esa mesma suma de diez mil ducados pagué en polacas monedas la cantidad a Colona, dije que al archivo fuera para otorgar la escritura, murió aquella noche mesma. La heredad es de los pobres, patrimonio de la iglesia, y semejante demanda no la pone quien desea observar la ley de Dios, sino quien va contra ella. Pues ¿qué testigos tenéis en el pleito que defienda[n] esa verdad? ¿Quién? Terencio y Ludovico. En presencia de los dos contó Colona los diez mil ducados. Sean examinados aquí. ¿Qué decís los dos? (Que niegan.) Yo, señor, no vi contar, cuando se hizo la venta, la cantidad que el obispo dice, por el pleito alega. ¿Y vos, Ludovico? Yo... (Él dirá que no se acuerda.) .no vi contar el dinero. Que no confeséis los dos la verdad no me ha admirado porque no la ha confesado el que no ha temido a Dios. La verdad nos dice Amós que de Dios es claridad, el que niega su verdad y de su luz se retira será mártir de mentira, no confesor de verdad. El tribunal donde estáis templo de Dios se ha llamado, pero no habéis profesado la verdad, pues la negáis, a ella misma le tiráis. El golpe aleve y profano luego se tiene por llano, viendo que amáis la mentira, que uno la piedra le tira y el otro esconde la mano. La verdad es casta y bella, vive con el virtüoso, que con un hombre vicioso no está bien una doncella. Vuestro delirio se sella con las armas de su ira, que cuando el hombre delira de su vana enfermedad la salud de la verdad es muerte de su mentira. Vuestra majestad, señor, repare que a estos testigos yo los doy por enemigos en el pleito de mi honor y no me admiro en rigor ni se me hace novedad su declarada maldad, que el que de Dios se retira, si confiesa la mentira, no comulga la verdad. Pues ¿cómo queréis que yo os dé en favor la sentencia si no probáis con testigos que aquesta heredad es vuestra? Quiere el obispo, señor, que su verdad se le crea y no la nuestra. Es verdad, que la mía es verdadera y la vuestra no lo es. ¡Qué condición tan resuelta! Basta, Estanislao. Señor, cuando la verdad me niegan, ¿queréis que yo los abone? Yo les perdono la ofensa que han hecho a mi dignidad, pero, con vuestra licencia, he de sustentar que di sin escritura de venta al mismo Pedro Colona los diez mil ducados. ¿Fuera sustentar lo que en el pleito vuestra justicia no prueba como está? Gran señor, a la cara de vergüenza se salen dos mil colores. Hay muchos hombres que sueñan que pagan lo que han comprado, pero al punto que recuerdan hallan la deuda en casa. Quien tiene larga conciencia sueña lo que se le antoja. Siempre la mía fue buena. Sí será, mas la heredad no puede gozar la iglesia en perjuicio de tercero. Sí gozará, que es la renta de los pobres y pagaron el valor de toda ella de contado. ¡Voto a Dios que vi contar la moneda y que son testigos falsos los infames que lo niegan! ¡Calle! ¿Está loco? Señor, pronunciad vuestra sentencia, que, pues no prueba el obispo la verdad de que se precia, no se debe de acordar. ¡Por la santa Madalena! ¡Testigos falsos, infames! Echad ese loco fuera. Dadme el pleito. La sentencia no habéis de dar sin oírme. Señor, esta causa es vuestra, volved por vos y por mí. Cristo vive, Cristo reina, él volverá por su causa, nuevos testigos presenta, que dios de verdad es Dios y es justo que la defienda. Parece que está elevado. Quedose estatua de piedra. De vergüenza no me habla. ¡Oh, gran Dios, tu omnipotencia los serafines alaben! Esta causa se suspenda. ¿Por qué razón? Porque tengo la probanza verdadera, que me la ha dado el señor. Venid conmigo a la iglesia. Sin duda se ha vuelto loco. ¿Hay más grave quimera? A la iglesia por testigos, pues estáis frontero de ella, veni[d] conmigo, señor. La vergüenza no le deja hablar en juicio. Por ver en lo que para esta tema he de ir con él. Vamos, pues. ¿Hay locura como esta? ¿Quieres sobre la heredad pues hay bastante materia hacer un sermón al rey? De Zabel bien pudiera cuando le quitó la viña a Nabot. Vamos apresa y sabrá el mundo que Dios en el cielo vive y reina. Ha vuelto por la verdad, siendo su verdad eterna la luz del cielo y el sol con que se alumbra la tierra. Yo he de coger una tranca de las que cierran la iglesia y a los dos testigos falsos he de romper las cabezas. Obispo de Crobia, ¿adónde por estas losas, que encierran en sus lóbregos abismos fúnebres cuerpos de tierra, me lleváis? No [os] admiréis, que en una losa de aquestas ha de estar Pedro Colona. Pues ¿qué pretendes en ella? Presentalle por testigo antes que des la sentencia. ¿A Pedro Colona? Sí. La losa, señor, es esta. Pues ¿cómo se ha de mover la losa? De esta manera: tocándola con mi mano se levantará ella mesma. ¡Válgame el cielo! ¡Qué horror! Ya la losa se menea. Ya que está abierta la urna, oíd lo que Dios me ordena. ¿Pedro Colona? ¿Qué mandas, obispo de Crobia? (¿Tiemblas, Torrezno?) Escucha mi voz en nombre del que gobierna, padre, hijo y espíritu santo, tres personas y una esencia, te mando que en cuerpo y alma de esa sepoltura horrenda salgas a verte conmigo. Ya te obedezco. (No tiemblas, Torrezno. ¡Jesús, qué espanto!) Ya estoy en tu presencia. Dame la mano. Esta es. (A desposarle le lleva sin duda con la difunta que está en la losa tercera.) Rey Bolosio de Polonia, que esta provincia gobierna, aquí te traigo un testigo de verdad y de conciencia para que jure en mi abono. Con este se hizo la venta de la heredad, este es Pedro Colona, que de la tierra de la verdad ha salido en defensa de la iglesia. Di, Pedro, si recibiste en las polacas monedas los diez mil ducados. Yo diré lo que Dios me ordena. Rey de Polonia, yo he sido, por la divina potencia y oraciones del obispo, perlado en la tierra, resucitado, y así, pues estoy en tu presencia, publico, afirmo, confieso y ratifico la venta de la heredad que vendí a Estanislao y en su mesma casa contó el dinero, testigos fueron en ella, sí, no hay duda, Ludovico y Terencio. (¿No os queman?) Yo, en fin, recibí el valor de la heredad, de la hacienda, del pago de Petravino, que confina en Mirabela, y es hoy, por justo derecho, patrimonio de la iglesia. Tú, heredero de mi casa, contra la justicia recta fuiste en el pleito y vosotros merecéis las graves penas que se dan a los testigos que juran falso, a la emienda, porque hay un Dios que castiga tan sacrílegas ofensas. Y, si tú, rey, no alentaras este delito, no fuera encubierta la verdad; teme a Dios, que el que gobierna, si no administra justicia y con majestad severa no da castigo a los falsos testigos, no será buena ni su fama ni su vida. ¡Cristo vive, Cristo reina! ¡Válgame Dios, qué horror! El difunto da la vuelta. ¿Quieres, Pedro, que suplique al señor que te conceda vida por algunos años? No, varón santo, la eterna gloria del señor conquisto y ya yo estoy en carrera de salvación, pues pasé por las rigurosas penas del purgatorio en que estoy. A la virgen pide y ruega interceda con su hijo, pues es abogada nuestra, que se abrevie mi partida. Yo lo haré así. En paz te queda, que yo me vuelvo a la casa que tuve segura y cierta desde que nací por mía hasta que volví a la tierra. Él se entra por el sepulcro como por su casa mesma y la losa poco a poco con la sepultura cierra. ¡Oh, milagro soberano! Varón santo, a tus pies llega un pecador que ha vivido como pudiera una fiera. Perdón de mis culpas pido, Cristina y el marqués vuelvan, la reina mi esposa tenga el lugar que se le debe a su virtud y grandeza. Dios del pecador no quiere sino que con penitencia se arrepienta de sus culpas. Pues, confesadas las nuestras, imploramos el perdón. Mejor fuera en la cabeza con la losa del difunto, dando fin a la comedia del santo obispo de Crobia; esta es la parte primera, apelando a la segunda a que os convida el poeta.