Texto digital de Numancia destruida
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- Atribución tradicional
- Francisco de Rojas Zorrilla
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- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Iván Rodríguez Caballero.
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Gómez Caballero, Iván. Texto digital de Numancia destruida. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/numancia-destruida.

NUMANCIA DESTRUIDA
De esta suerte disfrazado, a la española vestido para no ser conocido, todo el muro he rodeado. ¡Ah, vigilante cuidado, que a honor y gloria nos llamas, cuando de inmortales famas te compones y enriqueces, cómo el trabajo apeteces, cómo el deleite difamas! Fabrique de oro de Ofír habitación rica y grave el que otra ciencia no sabe más que nacer y morir; gaste en comer y reír de la vida el corto giro; que yo a ser eterno aspiro, y huyendo del pasatiempo, por un minuto de tiempo gastado en vano, suspiro. Quiero ver si soy bastante a rendir y sujetar con el valor militar esta ciudad arrogante. Por la parte de levante, que es inexpugnable, fío, la muralla; y aquí el río sirve de invencible muro. Ni valiente me aseguro, ni cobarde desconfío; porque ya es forzoso dar el asalto prometido, pues tanto tiempo he querido su ejecución dilatar. Harto me¡or fuera que con nosottos viniera la gente atrás detenida. ¿Queréis que os quite la vida, viles cobardes? Villanos, para qué queréis las manos si sois de infamia crisoles? ¿No ves que estos españoles son crüeles y inhumanos? Apartaos; dejadme hablar. ¡Ah, famoso numantino! ¿Qué es esto? ( ¡Rostro divino, hermosura singular! ) Si te dejas obligar Pienso que has venido a dar en el enemigo. Di, ¿no es un hombre sólo? de los ruegos, te pedimos -los que aquí en tus manos dimos y hablar a Cipión queremos- ' que libres al real pasemos, pues todos de paz venimos. Sí. Pasad, señora, segura; que cuando yo bárbaro fuera, Pues ¿de qué tenéis temor? ¿Los dos no tendréis valor para darle muerte aquí? Cuando el camino os impida, matadle. es cierto que me rindiera esta divina hermosura. ( ¿Véislo? ) ¿Qué es lo que procura en campo del romano vuestro valor soberano? Porque aseguraros puedo que no lo mira sin miedo rostro blanco o blanca mano. ¿Cómo así? Porque Cipión tan extraño quiere ser que no consiente mujer en el romano escuadrón. Pues ¿por qué? La perdición de la juventud destierra. ¿Y si es muy principal? Cierra para todas el oído. (A muy buen tiempo has venido.) No hay deleites en la guerra. Si fuese del rey Jugurta mujer, no la consintíera; que está el veneno en cualquiera, como el áspid en la murta. Ya al cuarto elemento hurta suspiros que el alma envía para qué a Cipión buscáis. ¡Qué término cortesano! Adver tid que soy romano, aunque español me juzgáis. ¿Qué decís? Aunque os asombre. todo es ardides la guerra para ver de aquesta tierra el muro, desmiento el nombre y el traje. Y decid, ¿sois hombre noble? Y mi palabra os doy que una misma cosa soy con Cipión, y juntamente en op1111on de valiente soldado en el campo estoy. Pues, si estas partes tenéis, mi historia os quiero contar; porque en lo que he de intentar, podrá ser que me ayudéis, o desengañar podréis, pues del cónsul los intentos mi pasión. Por vida mía, que me digáis, si gustáis, conocéis, mis pensamientos; que no quiero disgustarle, aunque atrás por no enojarle vuelva, imitando a los vientos. La desdichada Artemisa soy, en amor prodigiosa, aunque a la reina de Caria eternicen las historias; y soy prima de Jugurta, rey de Numidia, que ahora sigue en el campo romano las águilas vencedoras. Criéme desde pequeña con él, ocasión forzosa para que las voluntades a querer bien se dispongan. Y como suele la parra, que en el olmo tierno se apoya, multiplicar los abrazos, ufana, alegre y viciosa, y creciendo, unirse tanto con las ramas y las hojas que dos árboles parece, que son una misma cosa, así nuestro amor, creciendo desde la infancia amorosa, vino a tener perfección en las juveniles horas. De esta suerte mis deseos no igualaban a mis glorias, porque más que deseaba, gozaba alegre y dichosa. Mas, queriendo el rey -¡ay, triste! recibirme por esposa, se puso en medio una ausencia, triste agüero de mis bodas. Supo que Cipión venía con gran poder desde Roma a sujetar la arrogancia de esta ciudad belicosa; y comenzando a incitarle el deseo de la honra, quiso hallarse en esta empresa, tan notable como heroica. Yo, afligida, procuré con razones amorosas, ya con llanto, ya con ruegos y ya con tiernas lisonjas, persuadirle a dejase una intención tan dañosa para mí; mas fue a mi llanto áspid sordo y dura roca. De diamantina materia, aunque con hermosa forma, hizo a los hombres el cielo tan distintos de nosotras; pues al mismo paso olvidan que los corazones roban, y nos dan palabras vanas por nuestras almas piadosas. Endurecido a mi llanto y rebelde a mis congojas, me dijo, ya convencido de mis lágrimas: «Señora, ¿cómo, sabiendo que tengo obligación tan forzosa de imitar a mis mayores, inconsiderada estorbas que comiencen mis hazañas y se canten mis victorias? ¿ Qué me impor tará que herede el reino, el oro y las joyas del valiente Masinisa, si no le imito en las obras? Deja que a España me parta, donde en la escuela famosa ele Cipión, estudiar pueda lo que a mi valor importa; que presto volveré a verte, y en esta ausencia forzosa, confía que han de vivir en el alma tus memorias.» Si alguna vez, oh romano, de pasiones amorosas te prendaste, fácilmente creerás mis desdichas todas. Tantas razones y quejas le quise decir que en tropa la débil voz me quitaron, unas impedidas de otras. Y de las lágrimas mías fue tan inmensa la copia que de una cuadra ablandé los mármoles y las losas. Fingió acompañar mi llanto, fingió sentir mis congojas; pero no fingió dejarme, pues me dejó en negras sombras envuelta el alma. Y si entiendo su desprecio y mi deshonra, y viendo que no me ha escrito y que hay Circes españolas, que si con el trato obligan, con la hermosura aficionan, y que tanto por mi mal duraba esta guerra loca, di las velas a los vientos y mis esperanzas a las ondas; y vengo a ver si Jugurta conserva la afición propia que me tenía, y si vivo permanente en su memoria, o, aunque en su presencia misma salga el alma por mil bocas, si he sido tan desdichada que me ha dejado por otra. No me quiero admirar, bella Artemisa, que en camino tan largo te hayas puesto, siendo quien eres, pues está tan claro que a heridas amorosas no hay reparo. Mas temo que te hará daño notable el rigor de Cipión, que es tan severo que si él mismo las órdenes p[er ]vierte, pienso que a él mismo se dará la muerte. Y pues de mí has fiado tu secreto, yo te <laré un remedio con que pue<las hablar al rey. Serás, fuer te romano, alivio de los males que padezco, si por tu causa tanto bien merezco. Encubre el ser mujer con traje de hombre; vístete de romano, dando envidia al hermoso Narciso, pero advierte que con el mismo rostro amor engaña. Huye el espejo o cristalina fuente, que aun en hielo tan grande amor se sienta, y podrás de esta suerte disfrazada gozar del rey favores regalados sin dar nota al ejército; y el cónsul, pensando que eres hombre, está muy claro que no os ha de impedir. Ingenio raro. Pero advierte que sea de tal modo que tú y el rey y el cielo solamente sepan este secreto, potque al punto que por el campo llegue a murmu rarse, es fuerza que Cipión lo sepa, y luego veréis montes <le nieve en vuestro fuego. Alegre vienes. Venid, que ya los cielos cristalinos para cobrar mi bien abren caminos. ¿A quién no obliga una hermosura rara? ¿Qué bárbaro feroz no se lastima de ver un rostro celestial herido de las agudas puntas de Cupido? Aunque en el real sus armas no consiento, bien sé que es su rigor fiero y violento. Pero ¿qué ruido y alboroto es éste? Las puertas de Numancia están abiertas, Y a entrar por ellas un tropel confuso de gente viene. Desde aquí procuro verla, pues con el traje me aseguro. Por los romanos vencidos de la invencible N umancia Estimo tu consejo, y parto al punto a desmentir el traje. ¡Quiera el cielo, soldado valeroso, que tu nombre al numantino pertinaz asombre! a su general famoso el triunfo y las alabanzas; la frente altiva corona con el árbol cuyas ramas El cielo te dé vida. sord as oyeron de Apolo ternezas enamorad as; y las ninfas del Duero así le c «¡Viva Retógenes, viva N uman y muera Roma; que si la fuerza falta, el valor Celebrad con fiestas tales las hazañas y proezas, a las de Alejandro iguales; cantad postradas grandezas, pobres bienes, ricos males. Pero admito la arrogancia con moderada jactancia; que las honras que me hacéis son de Numancia, pues veis que represento a Numancia, para cuyo triunfo empieza la fortuna comedida a prosperar su grandeza, y quita [a] Roma vencida el lauro de su cabeza. La indomable Mauritania teme su rigor bizarro, envidia tiene Alemania, y para tirar el carro le da leones Albania. Arrastrad águilas pardas, honra del nombre español, pues pretendieron bastardas mirar de Numancia el sol en sus almenas gallardas. La naturaleza rica ¡Quién, invencible español, para coronar tu frente pudiera pedir al sol, cuando sale del oriente, los rayos de su arrebol, o hacer que el carro te diera, para que alegre triunfaras en su tachonada esfera, sin que a Etiopía abrasaras, sin que el Olimpo se ardiera! Mas ya que no puede ser y que a tu merecimiento no iguala humano poder, sólo a servirla se aplica, sirva el Duero de instrumento entre el matar y el vencer; y cante la fama al son de su apacible corriente Los míos, bella deidad, sólo a vos están rendidos. Yo toco. Olalla, cantad. que eres invicto varón, segundo Alcides valiente de la española nación. No soy sino humilde esclavo de este rostro peregrino en quien mi ventura alabo, porque ni el valor divino con que de vencer acabo los romanos escuadrones, ni el victorioso laurel, vanidad de sus blasones, ni entrar en Roma [in]fiel sobre indomables leones, estimo en tanto, bien mío, como ver estos luceros a cuyos rayos envío el alma. Pues que ya veros señor de Italia confío, entrad, numantino fuerte. No temo a la misma muerte. Proseguid el triunfo; entrad, capitán de mis sentidos. ¿No escuchas, fuerte español, que llevan el contrapunto las trompetas del romano a las voces de tu triunfo? Deja vanaglorias viles y saca el acero agudo, antes que veas volverse nuestras hazañas en humo. Cipión a Numancia marcha y quiere asaltar sus muros a fuego y sangre. ¿Qué esperas? Deja el ocioso descuido; de Roma el poder se apresta para nuestro daño y tuyo. Pues eres Mar te de España y de las armas Licurgo, no apetezcas gustos vanos, sino ilustres atributos; que ni las humanas glorias ni amor lascivo y desnudo hacen que tu nombre eterno se inmortalice en el mundo. Sólo el valor que te anima será sujeto oportuno de quien escriba la fama largos y heroicos discursos. Los brazos te doy alegres pot las nuevas que te escucho, pero ¿qué nublado al sol de tu valor se antepuso? Si deseo de[s]hacer de mi enemigo el orgullo, ¿qué gusto como estas nuevas? ¿Qué gloria como este anuncio? Por la deidad de Florinda, en cuya imagen incluyo la adoración de los dioses y de sus templos el culto, que no se mostró tan fiero Júpiter cuando condujo rayos contra la soberbia, que montes en montes puso, como mi fiereza altiva contra el romano perjuro; que soy Júpiter de España, rayo el acero que empuño. Derriben nuestras murallas arrogantes y iracundos si quieren hallar en ellas piedras para sus sepulcros. Vence Alcides monstruos tantos sin que se le escape alguno, ni la tierra libra a Anteo, ni Vulcano a Caco inmundo; mata al infame Busiris, sangre injusta de Neptuno, y saca al trifauce perro de las cuevas del profundo, y yo, emulando sus glorias, ¿me he de sujetar al yugo de los romanos que aspiran infieles, torpes y injustos a conquistar todo el orbe? ¡Primero en el reino oscuro me den eternos tormentos los ínf ernales verdugos! Oh tú, santísima Astrea, que huyendo de los insultos de los hombres, en el cielo hallaste firme refugio, testifica en la presencia del gran Tonante que busco la libertad de mi patria; dame favor, pues es justo. Si es cierto que nos cri:ó libres el cielo, y seguros, ¿quién de la vil tiranía leyes falsas introdujo? Mas sólo el cielo pudiera oponerse al orden suyo; que sólo él resiste al cielo cuando obedecen los brutos. Y entre todos la arrogante Roma, con medios astutos, de la circular esfera quiere sujetar los puntos. Como el león de las fieras, se llama reina del mundo; mas es Numancia valiente la cuartana en sus impulsos, el freno de su arrogancia, el estorbo de su curso, límite de sus victorias y azar de todos sus gustos. Pero ¿por qué me detengo? ¡Alto! Proseguid el triunfo; que no han de ser indecisas Tocad, y subid al muro a quien nuestros pechos sirvan de diamantinos escudos. Déjame. Escucha. No quiero. Detente, mi bien; espera, mita. Quien soy considera, pues quien eres considero. Yo soy quien vino a buscar las glorias que me atribuyo. ¡Ea, cantad mis hazañas! Advierte mejor. No excluyo la defensa de Numancia por las honras que procuro. Sí, mas ya los romanos marchan. Pues yo no me turbo, fama que a gloria me llama; tú, para perder tu fama, pasaste de España el mar. Yo, en ser quien soy confiado, me he preciado de muy hombre; y tú desmientes el nombre y ser que el cielo te ha dado. Y la mujer que la gala varonil viste, Artemisa, es ponerse una divisa con que la tengan por mala. Necio quise coronarte de la corona africana; no es justo que tú te alteres. no pensé que eras liviana cuando comencé a adorar te; pero aunque eres sangre mía, estoy, villana, corrido de sólo haber pretendido darte de mi monarquía tanta parte como a mí. Vuelve a alzar velas y remos; que ya los dos no cabemos en el pecho que te di. Rey, no porque hayas tenido de olvidarme atrevimiento consiente mi sufrimiento que me infames atrevido; y si son nuevos cuidados los que causan mis recelos, no han de consentir los cielos, de mi inocencia obligados, que de esta suerte me afrentes. No te enojes, sino piensa, Artemisa, en esta ofensa de tu honor, si es que honor sientes. Una mujer principal, para semejante acción, que venga es justa razón con pompa a su estado igual; y pues que tú no has guardado esta regla, no es razón que yo abone la invención con que tu honor has culpado. Luego ¿puédese pensar que yo la que soy no sea? Por recibimiento hallo desdén y tormento, y agravios por afición. Haz tocar a rebato, pon escalas, y verás al valor vestido de alas. Las máquinas cargad en elefantes, soldados, aunque brutos de importancia. Si en alguna ocasión, fuertes romanos, ha sido menester vuestra osadía, ahora es más razón que salgan vanos Numancia se previene. No te espantes, la arrogancia y valor que España cría. Ejercitad las valerosas manos en que Roma triunfante su honor fía, hasta que estas murallas den en tierra, poniendo fin a tan prolija guerra. Ea, Sertorio y los demás que siguen que hoy por el suelo se verá Numancia. Señor, espera. En casos semejantes, no se mezcla el amor con la arrogancia. de Roma los invictos tafetanes, hazed que los altivos que nos persiguen imiten en la muerte a los Titanes; Mnnda tocar al arma. ¡Toca y cierra! ni el llanto ni las voces os obliguen. ¡Muera Numancia, heroicos capitanes! ¡Válgame Dios! ¿No es éste aquel romano que el consejo me dio? Que es él es llano. ¡Arma, romanos, arma! ¡Guerra, guerra! ( ¿Qué he de hacer triste de mí, de este traidor despreciada, Cipión mismo me ha dicho que desmienta el traje de varón, compadecido de mi mal. ¿Y un tirano así me afrenta? Justicia al cielo y a los hombres pido. pensando yo, desdichada, cobrar el bien que perdí? Oh mar, cuando estuve en ti, ¿por qué, encrespando tus olas, flámulas y banderolas ( Mi serafín en confusión sangrienta dará sus glorias al eterno olvido.) de mi nave no sorbiste antes que pisase -¡ay, triste! las riberas españolas? Menos mal fuera morir a manos de tu rigor que no en un mar de furor entre desprecios vivir. Triste, ¿dónde tengo de ir? ¿En quién hallaré venganza cuando furiosos desdenes han dado fin a mis bienes y muerte a mi conf ianza? Ya Cipión vencer pretende como Júpiter fulmina rayos que en polvos os vuelva. estas insignes murallas; ya comienzan a asaltallas, No peleo con mujeres. ya Numancia se defiende. Pero ¿si el bárbaro ofende a mi bien? Pierdo el sentido. ¡Animo, pecho atrevido, si el morir es necesario; muera a manos del contra rio, y no me mate su olvido! Mario, ¿qué tardanza es ésta? ¿Cómo rendir estos muros tu raro esfuerzo no muestras? Ay, rey de Numídia, ¿cómo te espantas de mi flaqueza si sabes que hay en Numancia Por esta parte, soldados, tiene el muro más defensa, y ha de ser menos guardada la ciudad altiva y fiera. Arrimad fuertes escalas; una Circe, una Medea, que de sus ojos divinos mata con agudas flechas? ¿Ahora invocas a amor, injusto, puesto que sepas la condición de Cipión, dulces memorias cubiertas que yo pondré en sus almenas este estandarte romano. con las ardientes cenizas? Apá r tate, que es vergüenza q ue se aviven los deseos y se aniquilen las fuerzas. Aquí le abrasan; ¿qué mucho si con desdenes me hiela? De mi natural desdicha vengo siguiendo la estrella, adversa para mis glorias, propicia para mis penas. La escala arrima a los muros el rey. ¿Dónde habrá paciencia para ver en tal peligro su vida? Como un alma sólo anima un cuerpo, no se aposenta más que en un sujeto amable, no obstante que necios crean que pueda amor dividirse. ¿Adónde hallaré paciencia pata callar mis agravios, para sufrir mis afrentas? Justo es que vengan tus ojos a mi fortuna, y a mi furor tu belleza. Oh encanto de mis sentidos, Tan valientes capitanes ya las soberbias almenas ¿qué virtud tienes secreta que mi valor afemina? Pero ¿dónde hay mayor fuerza que en un rostro en quien el cielo quiso mostrar su potencia? ¿Cómo te vuelves? Ay, Mario, ya disculpo tu flaqueza; de Numancia habrán rendido. Rey, ¿qué suspensión es ésta? Mario, cuando el campo todo con tanto valor pelea, ¿los aceros en las manos y embarazadas las rodelas os estáis tan diver tidos? No puedo hablar de vergüenza. esta española me abrasa. ¿Hay infamia como aquésta? ¿Que teman a una mujer los que siguen las bandetas romanas? Corrido estoy y turbado. ¿Es posible que las fuerzas de Roma estén tan postradas que tin brazo mujeril teman? ¿Cómo no subís, romanos? ¡Qué bien logradas han salido mis sospechas, qué inciertas mis espetanzas, y mis desdichas qué ciertas! Una mujer soy, dispuesta a morir por mi ciudad. Subid si queréis en ella poner las águilas pardas, blasón de vuestra soberbia. Si yo no fuera testigo de vuestra infame bajeza, no creyera lo que veo. ¿Una mujer os afrenta? ¿Una española os infama? ¡Ah, romana gloria, puesta a los pies de la fortuna! Si os enciende esta belleza, ¿por qué no entráis a gozarla, dando con el muro en tierra? Pero yo entraré en Numancia primero, para que sepa el mundo que a mi valor le tocan tales empresas. Deja, cónsul invencible, que suba yo sola; deja que al fuego que los consume mate el fuego que los quema. Huye, famoso Cipión, la muerte, si no deseas que tus ilustres hazañas desdichadas fines tengan. Cercada estaba Numancia de las romanas hileras; ya derriban sus muros con instrumentos de guerra, y en espaldas de elefantes, torres invencibles hechas que en la ciudad afligida tiran nubes de saetas, cuando un español del muro, con la mitad de una almena, de un elefante bizarro hirió la altiva cabeza. Con el golpe horrible y fiero brama la espantosa bestia, y de la espalda arrogante da con el castillo en tierra. Enfurécense los otros con su ejemplo, de manera que dando ayuda a Numancia, hacen a Roma la guerra. No eclipses, rapaz, la gloria que se debe a mi grandeza. (Artemisa es, ¡por los dioses!) Viva mi renombre y muera mi afición desatinada. Invencible cónsul, piensa que no el temor me acobarda, Juegan las furiosas trompas contra los soldados; huellan los que con ellas maltratan. Las escuadras desconciertan; los caballos y peones confusamente se mezclan; si la hermosura me ciega. no hay bando que se ejecute, no hay orden que se obedezca. De esta ocasión animados, abren las herradas puertas los numantinos, y asaltan tu gente con tal fiereza que en la confusión y el miedo todos huyen, nadie espera. Ponte en cobro, que imagino ¡Seguidme! ¡Ah, fottuna adversa, sólo en Numancia te he visto enojada y descontenta! Oyeme, ingra to. Prncura libtarte. que el enemigo se acerca; y ya que se pierde todo, no es razón que tú te pierdas. ¡Ah, España, mal conocida de los que rendirte intentan, nunca Roma procurara tus engañosas riquezas! ¿Son gigantes, por ventura, los que te habitan, pequeña ciudad? Y si lo son, ¿cómo no hay fuego que abrase a Flegra ? ¡Loco estoy, viven los dioses! Huye, señor, que es incier ta la rueda de la fortuna; y si hoy has perdido, espera; que podrás ganar mañana. Porque el campo no se pierda, setá fuetza tetitarle. I Bien mi firmeza me pagas cuando te abrasas pot la numantina bella. ¿Ahota me pides celos, cuando ves que las ttompetas a recoger tocan? Parte, vil Jasón, ingta to Eneas, y ruego al cielo que a manos de tu ingratitud perezcas. Nunca la fama tus hechos cante en alta voz; no seas de los que en verso o en prosa alcanzan memoria eterna; nunca a las vetdes orillas <le Africa triunfando vuelvas; mal escollo abra tu nave desde la quilla a la entena. Y pues no me dejas hijos en quien con rabia y fiereza pueda imitar las crueldades de la ofendida Medea, en mí tomaré venganza como la tomó en tu tierra Dido, del injusto agravio, causa justa de sus quejas. Pero primero, villano, he de dar muerte a la fiera española que te encanta, en la ba talla sangrienta. La he de buscar, y si acaso m1 ventura me la enseña, de su sangre haré grana tes para matizar las hierbas. Un monstruo de los infiernos hoy, españoles, se suelta contra vosotros, pues van los celos que me atormentan a vengar en vuestras vidas un agravio y una ofensa. Y tú, española, huye mi fiereza; No ha visto el pueblo romano tan espantoso escarmiento, tal prodigio, tal portento, desde su principio albano. Aunque tan grandes victorias la fortuna les ha dado, no conservan un estado igual las humanas glorias. Grandes suertes han tenido; que ha de abrasarte el fuego que me quema. mucho se ha mostrado Marte favorable de su parte, pero al honor adquirido de Roma, importa, señor, no dejarlos descansar. Sus muros vuelve a asaltar, que no hay industria mayor que negar al afligido el descanso y el sosiego. Gane el acero y el fuego la opinión que hemos perdido; que yo te prometo, pues conociste mi ignorancia, que he de humillar su arrogancia hasta que bese tus pies. Justo es que las dos espadas que en tu presencia se vieron tan suspensas que estuvieron rendidas y acobardadas, procuren, oh cónsul sabio, porque Roma no se ofenda, de aquel delito la enmienda, venganza de aquel agravio. Asalta otra vez el muro que se libró de tu furia, y verásle con la injuria recibida, mal seguro; que aunque hemos llegado a ver el campo desbaratar, del continuo porfiar suele salir el vencer. Ya estaba Numancia fiera casi del todo rendida, si una bestia embravecida la victoria no impidiera; y así no es bien que te espantes, que la gloria que alcanzó sólo el valor se la dio de los fuertes elefantes. Y no conviene, señor, que se deje la batalla; haz que vuelva a comenzarla tu gente, en cuyo valor puedes fiar, pues que ven ya tu real mal seguro; que no han de dejar el muro sin que la ciudad te den, porque están avergonzados, y es cierto que han de elegir pelear hasta morir por no vivir deshonrados. Diferente pensamiento tengo yo; no he de volver a pelear hasta ver logrado mi nuevo intento. Cuando Roma me entregó este ejército, está claro que su protección y amparo como a padre me encargó, no para que neciamente le ponga en tal ocasión que peligre mi opinión y se pierda tanta gente. Y pues he experimentado de esta ciudad el valor, será inexcusable error, y digno de ser culpado, querer volver a poner a riesgo mi autoridad por ganar una ciudad de tan pequeño poder. Desesperados pelean, y es justo que los temamos; nosotros gloria buscamos, ellos libertad desean. Y no es razón que yo pierda la reputación ganada tan sin seso; que la espada no es valiente si no es cuerda. A Numancia he de cercar con foso y muro, de suerte que la he de causar la muer te sólo con no pelear. ¿Qué trompetas son éstas? Consúmanse ellos mismos; que yo espero que ha de hacer más la hambre que el acero. Señor, de detenemos en campaña seguirse pueden mil inconvenientes. El invierno se acerca; en esta tierra destruye más el frío que la guerra; y si quieres quitarles el sustento también nos falta acá manteniminto. Numancia, aunque valiente y victoriosa, está de tantas guerras quebrantada, y es imposible cosa que resista, sin rendirse, otro asalto. Ahora llegan al campo tres legiones de españoles que las ciudades del Senado amigas me parece lo mismo. A mí, gran cónsul, Claramente te envían, gran señor, para esta empresa. A muy buen tiempo viene tal socorro; que con gente tan buena será fácil se ve, señor, que ésta es razón urgente. Yo confieso que son los numantinos la gente más feroz y más belígera tener mi intento próspero suceso. Ea, romanos, al trabajo todos; repártase por todos el trabajo. A ciento y veinte pasos de Numancia hemos de abrir un foso que circunde que en epílogos dignos de memorias inmortalicen célebres historias· mas son pocos, en fin, y no es' posible que puedan resistir a furia tanta, cuando tu nombre solo el mundo espanta. por todas partes la ciudad altiva, y luego un muro cuya fortaleza limite del contrario la fiereza. No ha de salir un hombre de Numancia, ni aun aves han de entrar que darles puedan consuelo en aflicción tan peligrosa; que faltando el sustento, está muy claro que a su desdicha no ha de haber reparo. ¿No era Cartago fuerte y opulenta, llena de capitanes valerosos, donde, faltando cuerdas a las naves' hicieron animosas las mujeres gúmenas de madejas de cabellos, que el rojo Apolo se miraba en ellos? Pues ¿cómo puso la cerviz altiva a tus invictas plantas? ¿Cómo diste a su arrogancia fin mísero y triste? ¿Asolaste a Cartago, y pones duda en asaltar esta ciudad humilde? Volvamos al asalto, que yo espero... Esta vez engañarme por mí quiero. Vengan azadas, ábranse los fosos; yo ayudaré el primero a los soldados. Advierte. Mira bien. Ya estáis cansados; vuestro consejo estimo, mas ahora el mío es el que importa solamente. Tu ciencia militar admira el mundo. Tu gusto es ley. Obedecer te es justo. Yo os prometo que sé por experiencia, pues todos me alabáis en esta ciencia, que Roma no ha de ver lo que desea si la hambre en Numancia no pelea; que no son hombres estos españoles sino de esfuerzo y de valor crisoles. Venid conmigo, nadie contradiga; porque dan la victoria solamente capitán sabio, ejército obediente. ¡Oh cuántas veces de un error se siguen ottos que hacen un daño irremediable! Desdeñé de Artemisa la fineza, y ahora, ausente, adoro su belleza. Puse los ojos en Florinda, dando principio a una afición tan imposible que no lo es más quitarle al gran Tebano la formidable clava de la mano. Artemisa se fue desesperada, metiéndose en las armas animosa, y es forzosa ocasión estar cautiva, si acaso por gran dicha quedó viva. Lloro su ausencia ahora que ha avivado el fuego amor, que estaba casi muerto; y no puedo pagar obligaciones a una mujer ilustre tan debidas, si la vida por ella no aventuro. Haré buscar su cuerpo en la campaña, y si no le hallaren, a Maguncia me partiré; y aunque la vida pierda, la libraré si acaso está cautiva. Amor, si haces conmigo este milagro, el ser que tengo a tu poder consagro. No te contristezcas, romano; que no será tu prisión rigurosa. No es razón cuando tanta gloria gano. (De tu traición, pues mis desdichas pretendes, rey, el furor se mitigue; y una mujer te castigue, pues a una mujer ofendes.) Bienes son aquestos males. ¿Gloria es ser cautivo? Sí, (Alaben la soberbia arquitectura, a quien el Nilo sirve de lavacro, el coloso inmortal de Apolo sacro, que no hay gusto para mí como desventuras tales. el muro babilón de inmensa altura, del templo de Diana la hermosura, De tu lenguaje me espanto, que nunca naturaleza apetece la tristeza, ni ama la desdicha y llanto. Y es cierto que el animal más bruto naturalmente perder la libertad siente; busca el bien y huye el mal. Contaréte mi pasión si me prometes, señora, secreto y hacer por mí lo que te pidiere. Di; que por Marte, a quien adora Numancia con religión particular, de guardarte el faro ejemplar digno del sinacro, de Júpiter el simulacro, de Artemisa la excelsa sepultura; que, en fin, en todo ha habido repugnancia, y lo hubiera en un día destruido el romano poder que el mundo doma. Sólo vive la gloria de Numancia, pues con valor y esfuerzo esclarecido resiste a Roma y aun sujeta a Roma.) Más a servirte me animo. Con desdenes me maltrata. Es villano quien te trata tan mal. el secreto y de ayudarte en todo. Tu favor estimo. ¡Por los dioses inmortales que estoy, Artemisa bella, por matarle! (Aquí mi estrella muestra rayos celestiales. ¿Florinda -no, que es locura requebrándola no está? Mas ¿a quién no obligará su soberana hermosura? Pero ¿cómo le oye atenta y no le ha hecho pedazos? ¿Qué es esto? Dióle los brazos. Mas ¿quién es? ¿Quién la acompaña? Algún esclavo será romano; llorando está. ) ¡De amor maravilla extraña! ¿Que haya pecho tan crüel que desdeñe esta hermosura? Cuando vi mi desventura en la escala, y que el infiel, mirando tus bellos ojos, se elevó con tu belleza, acrecentó mi fiereza fuego de iras y de enojos. Y crecieron de tal suerte, señora, las ansias mías, que aunque no la me.tedas, deseé tu injusta muerte. ¡Ah, celos, rabia sedienta! ¿Cómo, si así me matáis con dolores inhumanos, me atáis los pies y las manos, y en tanta ofensa calláis? ) La fe y la mano te doy de ayudarte hasta perder la vida. ( ¡Ah, infame mujer!) Señora, tu hechura soy. Yo te daré libertad cuando quisieres. Primero, Mas ya que en ti hallo amparo de mi esclavitud, señora, humilde el alma te adora. ( Que la adora, dijo claro. ¡Júpiter! ¿Qué es lo que escucho? que hables al tirano quiero, vil ejemplo de crueldad. A fe haré su desconcierto; y si con desdén esquivo no fuere tu esposo vivo, ¡Apolo! ¿Qué es lo que veo? Ya embisten a mi deseo monstruos fieros con quien lucho. será tu venganza, muerto. Aquí pienso detenerme, pues tanto quieres honrarme. (¡Que yo no sepa vengarme cuando ella sabe ofenderme! No sé qué deidad oculta hay en sus hermosos ojos; que el alma llena de enojos la venganza dificulta. ¡Fiero animal, detestable, nunca el padre omnipotente tomara el pincel valiente para tu ser variable! Hiciérale al hombre solo señor, sin más compañía los ojos que contradicen a lo que duda el deseo. Vengaré tan grande agravio si el cielo me da lugar, mas quiero disimular, que en fin es acción de sabio. Bien sé que a Numancia quito en Florinda la mayor defensa, pero mi honor da voces contra el delito.) A mi esposo quiero dar noticia. Yo, obedecer. de lo que la tierra cría, cubre el cielo y mira Apolo; y para conservación del linaje humano fuera mejor que a las piedras diera, pues lo hizo Deucalión, virtud, o a las mismas plantas, de quien el hombre naciese, ( Aquí me quiero esconder.) Aquí puedes aguardar. Ahora que quedo sola, aguas del Duero, contadme, aunque suspendáis el curso, ¿cómo dejáis a mi amante? porque la mujer no fuese causa de desdichas tantas. Apenas a lo que veo doy crédito, pero dicen Si con ctistalinos labios su tienda real besastes, decid sí por dicha oístes que de Artemisa tra tase. Pluguiera al cielo, aguas puras, pues a vuestro ser es fácil ablandar las duras piedras, que hiciérais su pecho amable. ¿Sabe quién es su marido? Mas ¡ay de mí! ... Tente, tente loco rapaz, no te espantes; que nunca el león de Albania Que es de Numancia el más grave y valiente sé, y que rige las escuadras militares. ¿ Conócesle? presa en los corderos hace, . ni el rayo jamás se emplea donde resistencia falte. ¿De dónde eres? No, señor. En fin, dime lo que hablaste con ella. Soy romano, (Aquí está mi esposo.) y cautivóme esta tarde Florinda, cuyas hazañas son admiración de Marte; Florinda, cuya hermosura ... (Si éste que soy mujer sabe, corre peligro mi honor. ¿Hay desdicha más notable? ) No te pido que la alabes, sino sólo que respondas a lo que te preguntare. (Con Ar temisa está hablando. ¿Si ha querido cuenta darle de su historia lastimosa? ) Perdona si te ofendí. ¿Tú me has de ofender, cobarde? ¡Por Júpiter, que en un punto fueras átomos del aire! ( ¿Qué hombre es esto, cielo santo? ) No te excuses, que no sabes el fuego que hay en mi pecho. ( ¡Por los dioses celestiales!, que la dice que se abrasa por ella.) ¿Qué era aquello que trataste con Florinda en este puesto? Señor. (Dejadme ( ¿Que en la ciudad no le halle? ) en paz, aleves sospechas.) (No sé qué respuesta darle.) La verdad es... Tente, escucha, apártate entre estos sauces; El saber que es Retógenes que afrentas mías es justo tan cortés y tan afable, que aun no las oigan los aires. para venir a Numancia ha podido asegurarme. ( Entre las ramas la esconde). Dime lo que es; no repares Perdí ayer en la refriega un paje, y puesto que es paje, nada. ( Con más que a mi vida le estimo que es bien nacido y amable; (Asióle las manos.) y vengo a saber si vive cautivo, y a rescatarle, ¡Por los cielos, que te ma to si me encubres la verdad! ( Ya la amenaza arrogante porque a sus ruegos resiste.) No es justo que así me trates tan sin causa. Mi desdicha quiso que me cautivase Florinda, a quien le pedía, si no es que mi desventura quiso que muerto quedase. Bien podéis estar seguro que se precia mucho Marte de cortesano en Numancia. Ahora iremos a hablarle, y yo tengo confianza, si el paje vive, que pague prometiéndola el rescate obligaciones que debe. suficiente a mi persona, que libertad me otorgalle. ( ¡Ah, cielos! Este es mi padre.) ( Ya no lo puedo sufrir. Llegad, que aquí está mi hija. ¡Ah, celos, ansias mortales, nunca hubiérades nacido de la envidia, aleve madre, para vivir entre gustos como entre flores el áspid! ¡Oh, nunca el cielo criara al hombre, si había de darle Los dioses, señora, guarden aquesta rara hermosura por infinitas edades, porque Venus y Belona no hay donde juntas se hallen · tan bien como en vos. tan tiránico el imperio y la libertad tan grande!) Yo estimo, señor, favores tan grandes, puesto que lisonjas sean. Perdí ayer un paje. Basta; ya sé que es esposa vuestra. (¡Ah, coyuntura notable! Viene este hombre para ser alivio de mis pesares.) Ella me contó su historia. ( ¡Por los dioses inmortales!, que está hablando con Florinda ¿cómo has querido afear tus proezas memorables, violentando una mujer que de mí quiso fiarse? No hay que encubrir, enemigo. Sepa el mundo que quebraste la fe que me prometiste <le esposo, y diste a tus naves, de viento y mentiras llenas, las velas para dejarme. el rey. ¡Oh, celos, matadme y no traigáis a mis ojos atrevimientos iguales!) ( ¿Que no me escucha y se eleva sin temer que le amenace, después que ha visto a Florinda? ¿Hay locura semejante? ) ( ¡Vive el cielo que es mujer!) Ya te escucho más afable, que por nublados de celos amor m¡ÍS hermoso sale. ¡Ah, traidor! Vuelve los ojos. Suéltame, que estoy furioso y no puedo reportarme. Oye, mi bien. Villano, indigno del nombre con que en Numidia te honraste, ¿tanto puede tu locura que hasta Numancia te atrae a pretender imposibles, despreciando mis verdades? Y tú, capitán injusto, que en venideras edades diste materia a la fama para que tus hechos cante, No me llames tu bien, pues <le tantos bienes has sacado tantos males. Entre tantas confusiones no sé qué disculpa darte. Celos tuve de que a solas con ella, mi bien, hablases, pensando ser hombre; y quise de la verdad informarme. Si, como ves, me aventuro, Artemisa, por buscarte a entrar entre mis contrarios, ¿no son bien claras señales de que tus ojos adoro? Baste ya el enojo. Basten, mi Florinda, los desdenes; dame de tu gloria parte, que si me faltan tus ojos, no hay dicha que no me falte. ¡Qué presto se desengaña el amor cuando es constante! Que estáis engañados siento por las razones que he oído; el rey Jugurta ha venido, Retógenes, con intento de rescatar a Artemisa, con nombre de paje suyo, y a su voluntad concluyo que es obligación precisa la honrada correspondencia, pues a ti te sucedió a suplicarte he venido me <les mi esposa, que, ausente por un liviano accidente de mí, tu cautiva ha sido. Y pídeme, si quieres, por rescate la luz pura del sol; que por su hermosura te daré cuánto pidieres. En más estimo, señor, que de mí os hayáis fiado que del campo destrozado ver el sangriento humor; pero con razón me aflijo de que precio me ofrezcáis, que parece que dudáis del valor con que me rijo. Llevad vuestra amada esposa, y ved si soy de importancia para otra cosa en Numancia. Con acción tan generosa me obligas que, a no perder la reputación que gano, dejara el campo romano; que no puedo agradecer lo mismo. Hoy mi vida halló tal favor de otra manera. a sus males resistencia. En quedarte me honras más, que mayor gloria darás Confiado, general ilustre, en tu nombre solo, con que ya de polo a polo haces tu nombre inmortal, a la victoria que espera alcanzar mi brazo altivo. Los hados te den favor. Parte y di al cónsul, señor, que ya la gente apercibo para darle la batalla en campo abierto; que quiero ver si a mi valiente acero puede resistir su malla; y di que conozca en mí un amigo muy leal, y que le aconsejan mal los que le tienen aquí. Confieso, sin duda alguna, el valor de esta ciudad, pero el bien o adversidad consisten en la fortuna. Vamos; que quiero, Artemisa , presentarte dos caballos que el sol pudiera ligallos al carro que estrellas pisa. Tu esclava soy, y desde hoy me he de preciar de este nombre, para que el mundo se asombre. ¿No eres mía? Tuya soy; pues ya renacer he visto tu amor, el mucho placer me lleva loca. ¡Oh, si a ver de la pena que resisto el fin, llegaran mis años, y viera a mi patria amada en paz quieta y sosegada después de tan largos daños! ¿De qué ciudad se cuenta, amada patria mía, tan grande valentía desde que la violenta ambición de los hijos de la tiena al padre de los dioses hizo guerra? ¡Que un rey venga a rogatme! ¡Que me tema el Senado! ¡Que un cónsul tan soldado se esmere en agradarme! ¿De qué provincia o teino de importancia se dice, sino sólo de Numancia ? Cante alegre la fama tu nombre único y solo desde el balcón de Apolo hasta la blanda cama donde en brazos de Tetís enlazado el viaje le cuenta que ha pasado. Tú, maestra famosa del valor y osadía, vuelve en noche el día de Roma belicosa, y sólo engendra bélicos deseos para que a ti te sirvan de trofeos. Bien pueden los anales del griego, el medo y tracio contar en largo espacio hazañas inmortales, pero son, si a las tuyas las reduces, átomos breves <le tus santas luces. ¡Válgame Dios! ¿Qué es esto? La urel, que de mis sienes eres corona altiva, águila fugitiva, que a prometerme vienes tal favor, publicad que yo restauro De la parte de oriente el sol resplandeciente u n escuadrón funesto de aves eclipsa, y es su retaguardia una águila real, ligera y parda. ¡Quién de Tiresias sabio tuviera ciencia infusa, y de aquesta confusa a España. Mas ¿qué es esto? ¡Deja el lauro, ave veloz, espera! Y si real te nombras, ¿cómo, huyendo, asombras el visión con docto labio aclarara el oculto entendimiento! En torres de Numancia ha hecho asiento el águila orgullosa; se ha quedado ostentando su ligereza, y dando la luz del sol hermosa en su vista, arrogante la resiste, firme le mira, intrépida le embiste. Pero rompiendo el viento baja ya, ¡cielo santo! ¿Hay tan notable espanto en tan feliz portento? viento? ¡Ah, quién tuviera para alcanzarte tus ligeras alas, velas del aire, si del cielo escalas! ¿Dónde huyes y vuelas cuando el laurel me quitas? Ya sé que a Roma imitas en cobardes cautelas; que tanto en su codicia se despeña que aun a las aves a hurtar enseña. Mas ¿qué enojo recibo de vanas ilusiones, si vi ven mis pendones y yo en Numancia vivo? En diferente ocupación me empeño, pues que se va la ira y viene el sueño. De Marte los enojos el descanso me impiden; Hoy postro a Roma; hoy venzo su arrogancia, pues huyen sus blasones a Numancia. j démosles lo que piden a los cansados ojos, pues se escuchan aquí acentos suaves del viento, de las aguas y las aves. Y aunque estés en la cumbre entronizada ¡Muere, villana! de las humanas glorias, y las sienes ciñas del árbol que te da arrogancia, no triunfarás, cobarde, de Numancia. Moriré contenta cuando del mundo tu memoria borre. A más ha de llegar lo que procuro: tu nombre he de entregar al viejo Olvido. ¿Qué Alcides, oh Numancia, te sustenta? ¿Qué escuadrón invencible te socorre? El agua has de beber del Lete oscuro castigo a tu locura merecido. ' El valor de mis hijos me alimenta, cuya fama de polo a polo corre, dando en oprobio vil de tus victorias materia altiva a célebres historias. ¿Qué hado avaro, qué decreto duro, Numancia, a tal extremo te ha traído? ¡Ay, madre amada! ¡Tente, Roma; advierte! Viva mi patria, y dame a mí la muerte. Si ves que desde el Ródano al [Orantes] y del sagrado Hidaspes al Erídano no mira el sol dorados horizontes que no teman mi nombre soberano; sí coronada de los siete montes, r:ina me llama el persa y africano; si me sirven los príncipes y reyes; si se gobierna el mundo con mis leyes; si ya de mi Cipión pruebas la espada, ¿en qué favores esperanza tienes? Roma, ya yo la he visto, acobardada, Si no quieres llorar daños fatales, sujeta el cuello a mi valor divino. No ha de ver mi deshonra en los triunfales carros el Quirinal ni el Aventino; y pues remedio a tan prolijos males no espero, abra mi pecho diamantino este puñal, y con eterna gloria cante yo de mí misma la victoria. ¡Triste de mí!, ¿qué es esto? ¡Cielo santo!, huir de mi valiente Retógenes; ¿cómo puedo vivir con lo que veo? Corrida estoy de que pudieses tanto; mal he logrado mi cruel deseo. Olvido, cuando muero dando espanto al mundo, he de vencerte. Del Leteo parte a habitar las lóbregas cavernas; que mi memoria y fama son eternas. un ardid infame piensa para su intento, el más útil que se ha visto; porque manda que la ciudad se circunde con una fuerte muralla y un foso, donde reduce del padre de Icaro el arte y de Sinon la costumbre. ' ¡Espera, aguarda, villana! ¿Cómo reciben las nubes Los obreros y soldados hacen que la fuerza industrie más que el natural ingenio, y en breve tiempo conducen a tal término la obra la homicida más cobarde de la ciudad más ilustre? ¡Ay de mí! ¡Qué sueños vanos mis esperanzas confunden, cuando de insignes victorias ciertas esperanzas tuve! Pero ¿qué digo? ¿Yo siento vanos temores que infunden c1ue cuando el sol, dando lustre a las flores, matizaba las más sublimadas cumbres vimos cómo la muralla ' desde sus cimientos sube por el aire, fabricada de infinita muchedumbre. Salí al punto de Numancia las ilusiones y sueños a las personas comunes? Invencible Retógenes, a librar tu patria acude antes que nuestras hazañas en olvido se sepulten. y a defender me dispuse ' que la obra se prosiga, porque nuestro mal no anuncie; pero embistiendo enojado por el foso me detuve, que no consiente que pasen los caballos andaluces. Y aunque di vuelta mil veces, porque mi furia ejecute Cansado el cónsul romano de que en su daño redu nde la guerra, cuyo rigor toda su gente destruye, pasando al campo contrario, por ninguna par te pude; y dije a voces: «Romanos, ¿por qué el mundo os atribuye fuerza y valor, si es más justo que el engaño os acumulen? ¿Es bien que para seis hombres tantos millares se junten, y que sin poder vencerlos, Suspenso, admirado y loco, tus nuevas me hacen que busque remedio a tan grave daño, que es inmenso por las luces divinas; porque te advierto llue no habiendo cómo abunde de sustento la ciudad' nuestras glorias se destruyen. Pero a pesar de la diosa f· cautelas y ardides busquen? Salid al campo, villanos, donde solamente luce la espada, en cuyos aceros el honor se espeja y pule.» Dije; y respondió a mis ecos una espesa y negra nube de flechas, conque murieron de la gente que conduje algunos que se llegaron, para que más se aseguren de la fábrica; y cansado a la ciudad me retruje. Cercados en fin estamos; mira, general ilustre, lo que hemos de hacer, que ya no hay cosa que dificulte. (Sueños, no os cumpláis tan presto, o haréisme que tema y dude si hay deidades en vosotros que a la verdad nos inducen.) biforme, deidad voluble que da con el pie a la rueda porque a su imperio me opuse, es menester que impidamos que este muro no se encumbre. Rompámosle con los pechos hasta que al suelo se junte. Toca al arma y embistamos; que ese foso, o cava inútil, yo lo llenaré de cuerpos muertos porque más se ofusquen. Y entretanto haré prestar barcas que del Duero surquen los cristales, y a Numancia con mantenimiento ayuden. Tu consejo es acertado. La madera que conducen para el muro ha de servirles de fabricar ataúdes. Ahora echaréis de ver que los triunfos y los lauros los alcanza con prudencia el capitán cuerdo y sabio. Nunca vanas arrogancias, nunca hechos temerarios dieron a nuestros mayores las victorias que alcanzaron, sino un discurso prudente con propio valor mezclado; por esto cantó de Ulises el divino Homero tanto. Si de la sagaz industria no nos valiera el cuidado, ¿cuándo contra esta ciudad dieran sentencia los hados? Ya agoniza con la muerte, ya los últimos desmayos prueba, sólo perseguida de domésticos contrarios. La hambre la ha destruido; mirad si importa, romanos, más la industria y la prudencia que los valerosos brazos. Cierto es, cónsul invencible, que, como el sol con sus rayos da luz transparente y pura a los inferiores astros, así todos los que siguen la [astucia] de Marte airado, valor militar mendigan ¿Qué importa si temerarios en la quietud de la noche cortan su cristal nadando Y traen sobre las espalda el sustento necesario? Y dicen que muchas veces los nuestros les han tirado desde las torres, y huyendo de las flechas, por debajo del agua pasan ligeros; Y después vuelven cargados, haciendo, señor, lo mismo. de tu esfuerzo soberano. El traer desde Numancia el águila el verde lauro a nuestro campo es anuncio de sus úl timos trabajos. No sé de qué se sustentan. De los pueblos comarcanos han metido por el Duero sustento en pequeños barcos, pero después que mandaste En los mayores trabajos la necesidad maestra suele ser para evitarlo; pero yo les quitaré ese refugio, ese amparo, con la esperanza, si pueden tener esperanza en algo. Manda, Sertorio, juntar fuertes vigas, fabricando un instrumento que mida la anchura del Duero claro Y en la superficie toda ' deja a trechos señalados fabricar para estorbarlo dos torres en las riberas del río, flechas y dardos su navegación impiden. de espadas filos agudos, de suerte que volteando con la corriente del río no sólo impida los bar'cos sino que a los nadadores haga menudos pedazos. ¡Brava industria! Voy al punto a ejecutarla. No hallo, triste ciudad, cómo puedas librarte de los romanos. Con esta industria sospecho tan amiga que no quiso darles favor ni escuchatlos. Luda quiso socorrerlos" pero ya me lo pagaron los culpados de tal suerte que a todos las diestras manos les hice cortat, castigo, aunque crüel, necesario. que ya de cerrar acabo las puertas a su remedio. Sólo me aflige un cuidado: que no tengo de poder cautivar vivo este espanto de Roma, este Retógenes, que en mi triunfo fuera el lauro mayor de mis vencimientos. Dicen que ha salido al campo. Con otros nueve salió, ¡cosa increíble!, escalando en la quietud de la noche nuestra muralla; Y fue tanto su valor que por su altura descolgaron los caballos. Tocaron arma los nuestros, pero con esfuerzo extraño de todos se defendieron, rompiendo, hiriendo y matando; y llegaron a Segeda, ciudad de nuestro senado ¿Qué cajas son éstas? Pienso que el campo toca a rebato. Vamos a ver lo que ha sido. Cosa es de importancia; vamos. ¡Que se os escapa; seguidle 1 ¡Tiradle; muera el villano! Ya sobre el muro ha subido. ¡Gran valor, esfuerzo raro! ¡Ah, inconstante y vil fortuna!, ¿qué te he hecho? ¿Qué me quieres, deidad mudable, importuna? Mas ¿qué te pregunto, si eres Dure Numancia inmortal· juntarás el bien y el ma'l, el vivo con el difunto. emulación de la luna? Tú eres diosa, eres crüel, sangrienta y funesta parca, administradora infiel de lo que la luna abarca con su vistoso dosel. Aunque humillas y levantas, das riqueza, estados quitas, ¿cómo, infame, no te espantas que, sacrílega, limitas el curso a victorias tantas? Y ya que de tu inconstancia quieres mostrar el poder, no te atrevas a Numancia; que yo basto para ser trofeo de tu arrogancia. Vuelve sobre mí la rueda en que me vi levantado, porque mi gloria no exceda la tuya; y haz que su estado conservar Numancia pueda. Y pues son mudanzas varias condiciones ordinarias con que tu deidad apoyas, vivan Romas, mueran Troyas, que son acciones contrarias. ¿No destruiste en un punto a Cartago y a Sagunto? Alarma han tocado. ¿Qué será ? La causa sepamos. Grande alboroto se ve. Pues si no los provocamos, ¿cómo se arman? No lo sé. ¡Esposa del alma mía! ¡Ay de mí, esposo querido! ¿Qué sangre es ésta? No es mía, mi bien; que vengo teñido de la que el romano cría. ¿Qué es aquesto, Retógenes valiente? ¿Cómo, hijo amado, fuisteis diez, y solo vienes? Como fortuna ha trocado en males ya nuestros bienes. Salimos de la ciudad en el nocturno silencio a pedir justo socorro a los convecinos pueblos, y llegando a los reparos del enemigo, pudieron fo industria y fuerza emprender el mayor atrevimiento. Con un notable artificio de cuerdas y de maderos, descolgamos los caballos del muro altivo y soberbio. El descuido que tenían de este impensado suceso los romanos, dio lugar a efectuar nuestro intento; pero con el alboroto despertando, se pusieron en arma, y muchos pasaron a la muerte desde el sueño. Abrimos, en fin, camino; y los caballos ligeros nos libraron de sus manos, a su costa, en breve tiempo. A las puertas de Segeda llegamos cuando el lucero, nuncio del alba, salía por el rosado hemisferio. Abriéronme como amigos, que aunque os espante, cubría mis mejillas llanto tierno. Díjeles las desventuras y males que padecemos; que su favor nos prestasen para levantar el cerco, y que después todos juntos libraríamos los cuellos del yugo injusto que Roma codiciosa nos ha puesto. Pero Leucón, que es ahora de la ciudad el gobierno, respondió de esta manera: «Fuerte general, no tengo por discreto parecer ni por prudente consejo que a uno que se va ahogando, por ayudarle, le demos la mano; porque está dato que ha de llevarnos al centro con las ansias de la muerte, sin darle ningún remedio. El poder de Roma es grande, el de Numancia es pequeño; ya parece que los hados disponen su fin sangriento. y juntóse el regimiento para oírme, a quien propuse mi embajada y el aprieto en que Numancia se hallaba, con tanto fervor y efecto, ¿De qué servirá ayudarla, sino de que todos demos en la postrera desdicha? Ya hemos probado al acero del romano, y la guerra nos tiene casi deshechos. Contentémonos ahora con la quietud que tenemos; que ayudar a los amigos no ha de ser con daño nuestro.» Dijo; y el senado todo aprobó por sabio y cuerdo su parecer; y dejé la ciudad, dando a los cielos justas quejas, pero al fin llevó mis quejas el viento. Anduve otras seis ciudades, y en ninguna hallé consuelo; que no hay nadie que se mueva a sentir daños ajenos. últimamente llegué a Lucía, ciudad que el Duero con sus aguas fertiliza, donde hallé más blandos pechos; porque de la juventud vi los ánimos dispuestos a socorrer nuestros males, pero pudieron los viejos, temiendo futuros daños, desbaratar sus intentos. Dieron a Cipión del caso noticia, diciendo que ellos contra el senado romano no aprobaban tal acuerdo. El cónsul, nuestro enemigo, echando llamas de fuego por los ojos y la boca, pattió de campo tan presto que antes que en Lucía supiese su venida, estaba dentro· y informándose del caso ' a cuatrocientos mancebos' culpados cortó las manos derechas. Mitad qué exceso. Yo vi, aunque escondido estaba correr el humor sangriento ' de los invencibles brazos que ayudaros pretendieron; y el cielo sabe que quise salir con mis compañeros, y en los romanos crüeles vengar tan injusto hecho. Pero por vender mejor la vida en mi patria, dejo de ejecutar mi fieteza, y triste a Numancia vuelvo. Dijéronme que aguardase de la noche el manto negro, mas respondí a mis soldados: «¿Para qué queréis que demos demostración de cobardes si en la garganta tememos' ele la muerte el filo agudo?» Y así, apretando soberbios las piernas a los caballos por donde parecen meno's los enemigos embisto. No os quiero cansar diciendo ¡r:.:, las hazañas que hicimos por dejar el paso abierto. En fin, y llegando al foso, a millares acudieron los romanos; y de diez a la que siempre fue sola en el mundo como el sol! ¿Qué nos queda que esperar en daños tan conocidos? que éramos, yo solo quedo para sufrir más desdichas y padecer más tormentos. Como suele león albano, Y en fin estamos vencidos· ya no hay valor militar ' que nos pueda defender, supuesto que no podemos rodeado de sabuesos, mostrar las grandes ventajas pelear ni ya tenemos en la ciudad qué comer. con que le honraron los cielos, Si al enemigo embestimos, así yo pude romper de muro y foso cercado por todos, y al muro llego le hallamos; porque ha mandado a pie, ya muerto el caballo; Cípión que cuando salimos, y afirmando con el cuento nadie a pelear se atreva. de una pica, sobre él subo, y de allí salto en el suelo, Pues, padre, ¿qué te parece sin que sus armas me ofendan, y a vuestra presencia vuelvo que se ha de hacer? No se ofrece para sentir nuevos daños que serán los postreros. en desventura tan nueva cosa que nos dé remedio. ¿Hay desdicha más terrible? ¡Que no haya pueblo en España que en aflicción tan extraña a la ciudad invencible dé favor; a la que fue el aumento de sus glorias; a la que con sus victorias, con su confianza y su fe conservó el nombre español Pues, sólo al valor se acuda que él nos ha de dar ayuda' de tantos males en medio. Mátense los animales, perros, caballos, jumentos, porque sirvan de sustentos para desventuras tales; pero ni mozo ni anciano a comer de ello se atreva, que su nobleza acrisola; si no es que primero beba la sangre de algún romano. Reventad luego. ¿Qué se me da a mí? ¡Dura ley! Es conveniente ¿Hay semejante maldad? en tanta necesidad. ¿Quién son los que están allí? Podrá ser que la piedad del cielo en mal tan urgen te nos enseña algún camino con que metamos, contentos, sabrosos mantenimientos por el Duero cristalino. Bárbaro, ¿no los conoces? Callad, que me quitarán el pan. Diréselo a voces. ¡Chito! Tronco, dame pan. Si es que me tienes amor, dame, Tronco, de este pan. ¿Hay disparate mayor? En yéndose, te daré la metad. De hablar acorta. Hambre y amor mal cabrán en el pecho de un pastor. Un mes ha que por destierros, buscando hierbas perdido, esas fuentes y estos cerros he espulgado, y yo he comido, si son setas y barros. Y ora que le he quitado a un soldado desmandado este pan, aquí de Dios, ¿queréis que parta con vos? Dame siquiera un bocado; que estoy preñada y aquí malpariré. Pues, con esto callaré. Señor, nuestra dicha es corta. Yo y otros dos procuramos salir por el claro Duero nadando, pero topamos en las aguas un madero de que espantados quedamos. Está lleno de navajas, unas altas y otras bajas, Y es imposible pasar el hombre que en el nadar tenga mayores ventajas. ¡Hasta en esto, dioses santos, contra Numancia os mostráis terribles! En males tan tos, Yo voy a subir al muro· Olalla, aguárdame aquí. ' ¿qué consuelos aguardáis? Dame pan. Miedos, honores y espantos. De darlo juro. Si no quiere pelear el romano encastillado, bien es le vaya a buscar en sus muros retirado nuestro valor singular. Sus reparos embistamos, quememos su empalizada; que aunque tan pocos seamos, podrá librarnos la espada de la muerte que esperamos. ¡Oh, valerosa mujer! Envidie el cielo tus bríos. ¿A quien la vida te dio bárbaro, tratas ansí ? ' ¿ Vuestra vida tengo yo? Mi vida, ingrato te di. que quien firmemente ;mó mas vive en la cosa amada que en sí mismo. Bien, por Dios el trueco, Olalla, me agrada· ' en fin, que yo vivo en vos ' Y vos en mí aposentada. ' Apruebo tu parecer. ¡Animo, soldados míos! Mostrad hoy vuestro poder. ¡Alarma, embiste y quebranta, rompe, mata, quema y hiende, que ya el romano se espanta! Furor de Marte me enciende, ligereza de Atalanta. ;Alto, pues! Si me da ser vuestra vida agradecida, no tengo que responder; ?0rque a quien me dio la vida Justo es darle de comer. Este pan me dio algún dios Y según la hambre es fiera ' no hay en él para los dos. mas justo es que yo me rr:uera a trueco que viváis vos. Pues tenéis mi vida allá no os dé pena, muérase;' que mientras hambrienta está, comiéndome el pan podré sustentar la vuessa acá. Razón como tuya es ésa, bárbaro, ingrato, homicida. La desesperación los tiene ciegos. Ya la hambre crüel los ha vencido, con guien no valen lágrimas ni ruegos. Por eso solo, que salgáis impido. ¿De verme comer os pesa? ¿No se lo quito a mí vida para dárselo a la vuessa? ¿No ves, señor, las muertes y los fuegos? ¡Por el sagrado Júpiter te pido gue para pelear me des licencia! ¿Sufrirá mí valor tal desatino? ¿Cómo puedo sufrir tal disparate? Teneos. Ya provocáis a ira mi paciencia. Cuando un toro feroz está acosado de perros y de aceros perseguido, gue, sin poder huir, ensangrentado, brama crüel y pisa endurecido, ;'- Quieres, señor, que el numantino ¿no fuera necio y con razón culpado el hombre temerario y atrevido gue loco entre sus cuernos se pusiese, puesto que su valor mostrar quisiese? El numantino fiero es arrogante toro español, y ahora en la carrera, oprimido del filo penetrante de la hambre feroz, pálida y fiera, ya no hay consuelo a su dolor bastante. ¿Qué buen suceso vuestra fueria espera de pelear con él si de esta suerte le embravecen las ansias de la muerte? ¿No vale más que aquella valentía le deshaga, le acabe y le consuma, Resista, gran Cipión, sus golpes duros en campo abierto nuestra gente armada; y no permitas que sin resistencia se rinda tu valor a su violencia. que no gue nuestra gente en su osadía vea una triste y miserable suma de desventuras? Vuestra cobardía, romanos, da ocasión a que presuma que no sois descendientes del troyano, origen claro del renombre albano. Defendamos el muro. El se resiste· Salid a pelear, cobardes viles; no os encerréis en fuertes talanqueras si os igualáis con Héctores y Aquiles. Sacad al campo abierto las banderas, torpes en fuerza, en máquina sutiles. ¿Cómo de cuatro míseras espadas, del trabajo y la hambre fatigadas, os encerráis en fuertes estacadas? Valientes numantinos, ya ha llegado el fin de vuestras célebres hazañas; bien habéis la braveza conservado y el nombre altivo de las dos Españas. segura está su fuerza de sus mans. La desesperación es ya locura ¿Cómo huís, infames? ¡Ah, villanos! ¿Aún no juzgáis la vida por segura con tal reparo? ¡Cielos soberanos ya que es tan cierta nuestra desvntura por los romanos, de cautelas llenos muramos peleando como buenos! ' No queráis ser con ánimo obstinado proverbio de miserias en extrañas naciones. Escuchadme lo que digo, que os soy aficionado, aunque enemigo; si os rendís con las armas, obedientes, os daré las haciendas y las vidas. Jamás, Cipión, aunque mi bien intentes, a tu obediencia las verás rendidas. Bien le ha salido al cónsul el intento pues con sólo tenernos encerrados ' nos ha visto rendidos y acabados. Esposo atiiigo, caro Retógenes ¿qué hemos de hacer en desventras tantas? ¿Qué aunque el cuchillo de la parca sientes, de tu vana arrogancia no te olvidas? Ahora lo verás. Megara, embiste. El alma, amada esposa, me quebrantas que más siento el perderte tan temprao que dar el cuello al filo del romano· pero es fuerza morir porque n .' Me1or es acabar dando a la fam h a materia eroica' para que en 1os s1.g1os El general ha dicho bien. de su enlutado coche y ya los animales en 'ptofundo silencio le están dando tribu to al sueño regalado y blando, quieto, sagrado Duero, aumentat con mi llan to tus cristales. A solas llorar quiero de mi pa tria feliz trágicos males entre álamos y hiedras; que soy hombre y no son los hombres Acompañen mi llanto [ dras. las deidades sagradas que te habitan, Duero sagrado, en tanto que las últimas iras que me incitan, para acabar mis daños, rompen el curso a mis floridos afios. ¡Dichosos ciudadanos que las vidas rendisteis comba tiendo a las leves manos del romano, su sangre vil vertiendo, pues al fin merecistes no ver de vuestra pa tria fines tristes! Dame, río sagrado, para templar mi fuego, claras linfas, y en tu coro argentado pie- Partamos. Hoy, Roma, afrenta a tus blasones damos. es tas desdichas cantarán tus ninfas con su divino acento, si desdichas cantadas dan con ten to. invencible Retógenes, al sacerdote de Apolo que <le consultarle viene: el gran padre de los tiempos me manda que te consuele, y entre los presentes. males te anuncie futuros bienes. Todas las cosas criadas un cierto límite tienen, del cual es cosa imposible que pasen aunque se .esfuercen. En aquesta humana vida hay un punto solamente, y de él un vínculo sale que a su nacimiento vuelve, una [ley? ] de admiración . después que a la altiva Roma privó de tantos lauteles; y la que a sus capitanes y cónsules tantas veces hizo volvet las espaldas, en llamas ha de volvetse. Pero vivitá su fama en btonces, como en papeles, mientras el autot del día dotate signos celestes, y de sus mismas cenizas tcnacerá como Fénix; que en mejor ser, quiere el cielo que sus desventutas trueque. que dI.ce.. 1·Oh' qué presto tienen Los tirios, que desde Gtecia fin las grandezas humanas ! ¡Qué cortos son sus deleites! Vióse el medo levantado, el persa, e1 gn·ego,. y. en. .breve volvió el fin a su prmc1p10, y en él sus glorias resuelve. Aquesta ley inviolable pasarán a España, tienen de poblar sus nuevos muros de noble y tobusta gente. Y trocándose los montes, Sotia a Numancia sucede, que quiete decir altura, en fuerza y sitio eminente. Después el tiempo veloz a Numancia comptehende, con varias y extrañas suertes pues ya sus pasadas onas derribará monarquías, en desdichas se convierten. Pero ha de ser ella misma quien se venza y se sujete, que para tanto valot . tan grandes fuetzas convienen. Vencida quedará en fin, pero victoriosa siempte, hasta que el dichoso llegue en que España, respirando de trabajos tan crüeles, dará a sus leones brío con que sus injurias venguen. Y entonces un rey invicto, por nombre Alfonso, previene el Cielo, para que a Soria Sirvan nuevas tan felices aunque son remedios leve's, de templar vuestras desdichas ya que los hados lo quieren. ' Y morid todos contentos para que el cielo os apre'ste inmortalidad divina honre con largas mercedes. Será invencible en la guerra, noble y leal a sus reyes; dará a España doce casas, de quien la fama celebre la nobleza y el valor, como sucesores fieles de la temida Numancia, gloria del siglo presente. Y España, que ahora miras sujeta al dominio aleve de Roma, sufriendo humilde con que vuestros hechos premie. Que yo me parto a Numancia para dar al fuego ardiente los años tan bien gastados en estas sacras paredes; que si la muerte da vida, Y el fin principios alegres, ¿qué más dicha que acabar? ¿qué mayor bien que la muerte? Sacerdote religioso, espera, aguarda, detente; imperio tan insolente, habiendo ganado el orbe, vendrá a ser tal que sujete con su valor otro mundo, a quien dé piadosas leyes. A su espada vencedora no habrá tirano o rebelde que no se humille rendido, que no se postre obediente. al viento en el curso imitas. ¡Hay prodigio como aquéste! El contento y el disgusto quitarme la vida quieren, extremos que cada cual mata, si impensado viene. Numancia se acaba en fin y los hados me prometen ' que de sus cenizas frías saldrá Soria, cuya frente tocará el cielo; y que tiempo vendrá en que España gobierne el mundo. ¡Dichosos siglos, pasad ligeros y llegue la edad en que España ciña Las tres furias infernales esta noche, desiguales, de oro y de laurel sus sienes! daban aullidos horribles, A morir parto contento. y celebraban, terribles, Ea, Numancia valiente, nuestras obsequias fatales. no hay quien te venza en el mundo, Cien hombres apenas quedan si tú misma no te vences. Alza al cielo la cabeza para que ayudarte puedan en lo que intentar quisieres. coronada de cipreses funestos, y pide a Jove Aquestos fines se heredan valor para tantas muertes. de los humanos placeres. ¡Oh, gloria de esta ciudad cuando quisieron los hados damos más prosperidad, entra a ver de los cercados la infinita mortandad! Echamos en las hogueras Déjame, muerte, llegar a ver mi esposo y señor. Aquí tengo de acabar, que es el tormento mayor que el cielo me puede dar. ¡Ay, Florinda de mis ojos, mujeres, niños y viejos; y en tanta lástima vieras sabios, faltos de consejos, hechos indomables fieras. El que a su mujer miraba que entre las llamas ardía, en medio de ellas se echaba; el hijo al padre seguía y, asido de él, se abrasaba. Otros con una bebida ponzoñosa daban fin a su miserable vida. Todo ha sido horror; en fin, de España Belona fuerte, más me matan tus enojos que el ver que goza la muerte los numantinos despojos! El veneno recibí viendo morir a mi padre, y ya su rigor sentí. ¡Ah, Numancia, heroica madre, advierte este ejemplo aquí! Numancia está destruida. Embistamos al romano; que este veneno no ma ta tan presto. Ya todo es vano, que él de ofendernos no trata, sino el cielo soberano. Mas ya tu color me dice que te partes al Leteo, y en suerte tan infeli [ce] quisiera imitar a Orfeo, pues tú imitas a Euridice. Vuelve a la ciudad y acaba, pues todo el mundo te alaba de la suerte que has vivido, porque el romano atrevido de la gloria que gozaba yo, no goce los despojos. ¿Que ya no te he de ver más? El humor sale a los ojos; volved, lágrimas, atrás, y no aumentéis mis enojos. Mas ¿cómo podré sufrir ¿Que he de dejar tu presencia ? ¡Animo, amiga! apartarme, sin morir, de mi adorada belleza? Sefior, ¿en vos hay flaqueza? La fama a morir me obliga, y el amor me hace dudar. Deidades siempre inmortales, poned en vuestros asientos esta divina hermosura, si ya estáis, no tan violentos, de esta infausta desventura satisfechos y contentos. Megara, yo quedo loco; la más insufrible es ésta de las desdichas que toco. Espadas blancas me apresta; que pues no espero tampoco a embestir esta mañana nuestro muro. Como saben ya que sin fruto trabajan, no quieren cansarse en vano. en el romano vengarme, que tanto su vida estima, antes que pueda acabarme, con una escuela de esgrima en mi sangre he de bañarme. ¡Cosa es admirable y rara la porfía de esta gente! Un cautivo me contaba que después de haber comido A los que han quedado, di que a esgrimir vengan conmigo. Harélo al momento así. No los mate el enemigo, pues que no me ha muerto a mí. ¡Oh, varón invicto y fuerte! Vamos a esgrimir, y advierte que nos hemos de tirar, Megara, a herir y matar, que es la escuela de la muerte. en grandísima abundancia los nimales inmundos y domésticos, a tanta desdicha llega su suerte que comen la carne humana. ( ¡Quién pudiera remediar su desventura! En el alma el mal de Florinda siento.) Lo que los rinde y acaba es el ver que no salimos a medir nuestras espadas con las suyas. Yo os prometo que no venciera a Numancia Grande admiración recibo que de la fuerte Numancia, tan fuera de su costumbre, estén las puertas cerradas. [Mucho] es que no hayan salido el mismo Marte enojado si así quisiera ganarla. En esta postrera acción I • se conoce tu ventaja; que si al romano vencías, también al español ma tas. Manda que toquen alarma. Solos habemos quedado, y hemos de jurar, Megara, que el que al otro diere muer te se ha de arrojar en su espada por no servir al romano. Solo yo he quedado vivo, y un hermano me acompaña de mi Florinda, en quien temo escurecer mis hazañas. Por la deidad sacrosanta de Júpiter, de cumplillo, si es que mi diestra avasalla tu valor. Lo mismo juro. Florinda querida, aguarda el alma que ya te sigue. Aquesta quietud me espanta, y con vuestro parecer Mi padre quiso esconderme, señor, pero si él me mata por el amor que me tiene, que me entierre con mi hermana Florinda. ¡Ay, beIIo traslado de aquella hermosura rara, vos habéis venido a ser el rema te de mis ansias! Ojos, ya no hay sufrimiento; salid, lágrimas honradas, quiero salir a campaña y ver de una novedad tan grande la oculta causa. Es gran razón que se sepa. Yo saldré, señor, si mandas, con mi gente. Todo el campo me siga, y lleven escalas para entrar en la ciudad. y ablandad aqueste pecho, pues no puede sangre tanta. ¿Un hombre tan valeroso ha de llorar? Ya no basta el valor, amada prenda, para tan grandes desgracias. No quiera el piadoso cielo que los filos de mi espada se infamen en el cristal de esta inocente garganta. Vivid a pesar del tiempo; de la victoria alabanzas. Trabajas en vano, que no he de dar pago tan vil a mi patria. Poned escalas, soldados, y subid esa muralla. ¿Dónde vais, romanos viles? Ya se ha vencido Numancia ella misma. ¿Qué buscáis? El fuego voraz abrasa nuestros bienes y riquezas, cuyas arrogantes llamas también los cuerpos consumen, porgue este fin les agrada más que obedecer a Roma. ¡Hay acción tan temeraria! Esperadme, que ya bajo, porque la postrer batalla os la quiero dar yo solo. ¡Ah, fortuna adversa y varia, hoy me has quitado la gloria mayor que alcanzar pensaba! Por el muro se descuelga. No le ma téis; deteneos. ¿Qué león engendra Albania de fuerzas tan invencibles? Muerte, ¿por qué me amenazas ? Ven, que contento te espero. Numantino, escucha, aguarda. Cayó muerto en fin. ¡Oh, ejemplo de valentía, la fama te inmortalice! ¡Romanos! ¿Quién en esos muros habla ? Un niño es. ¡Raro prodigio! Yo soy el alcaide y guarda de esta ciudad; veis aquí las llaves. Poned escalas; tomarélas de su mano para decir que Numancia se me rindió. Pues si qu ieres alabarte de esa hazaña, al Duero voy con las llaves; Subido han por las escalas soldados, pensando hallar algún saco de importancia, y sólo han visto las calles yermas, y solas las plazas. ven a sacarlas del agua. Echóse en el río. ¡Cielos! ¿De qué Libia, <le qué Hircania ha nacido aquesta gente? Aguéste es el fin que tuvo 1a invictísima Numancia; celebrad su valentía y perdonad nuestras faltas. ¡Por las luces soberanas, que han limitado las glorias de mis ilustres hazañas! ¡Ah, Numancia valerosa!, aquí de mostrar acabas el gran valor de tus hijos; vencístete con tus armas. Pero pues no llevo a Roma esclavos, oro ni plata, echad en tierra esos muros, volved ceniza esas casas, porque no quede memoria de una ciudad, que, cercada de mi gente, me ha vencido. Pues Africano te llamas, desde hoy serás Numantino.
