Texto digital de Numancia cercada
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- Francisco de Rojas Zorrilla
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- Género
- Comedia
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- El texto ha sido preparado por Iván Rodríguez Caballero.
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Gómez Caballero, Iván. Texto digital de Numancia cercada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/numancia-cercada.

NUMANCIA CERCADA
JORNADA PRIMERA
Senado ilustre, que de eternas glorias diste a la fama asunto generoso para inmortalizar las memorias de tu nombre arrogante y belicoso; romanos, cuyas célebres victorias, a pesar del olvido cauteloso, han de durar en bronces y alabastros lo que durare el curso de los astros; ¿de qué sirve que el nombre so6erano : de la imperial y vencedora Roma desde el principio se conserve albano, con propio esfuerzo y natural [i ]dioma? ¿De qué haber sujetado vuestra mano, que de ganar el mundo a cargo toma, desde los más remotos Nabateos hasta los encu [mb] rados Pirineos? ¿De qué sirve el valor y la osadía? ¿De qué la militar, noble arrogancia de quien· el parto y macedón temía, Germanía ya cobarde, humilde Francia, si de vuestra invencible monarquía hace burla la bárbara Numancia, ciudad pequeña a cuyo angosto sitio o Marte da favor, o Apolo Pitio? Rebelóse España, y de Cartago obedeció las leyes y el trasunto hasta que por su mal, mísero estrago sintió por Aníbal la gran Sagunto. Ya Viriato el merecido pago llevó a las manos de un crüel difunto después que sustentó, con vuestros daños, contra el Senado su opinión ocho años. Ya en fin, os reconoce toda Iberia, la Bética feliz y Carpetana; señores sois en la menor Hesperia, del Duero, el Tajo, el Miño y Guadiana; solamente en la tierra Celtiberia la vil Numancia vuestro honor profana, oponiéndose altiva y arrogante a la siempre feliz Roma triunfante. Doce años ha que con rigor extraño vuestras leyes dignísimas desprecia, haciendo en vuestra gente mayor daño que en su conquista la invencible Grecia. El valor de Pompeyo y el engaño de Emilio sujetó arrogante y necia, y con ánimo fiero y atrevido seis ejércitos vuestros ha vencido. Pues ¿hase de sufrir que tenga Roma una ciudad por émula enemiga, y que cuando soberbia el mundo toma, pueblo tan vil la venza y la persiga? Ya me parece que su gente asoma por Italia y, airada, nos obliga a dejar a su bárbara fiereza de nuestras posesiones la riqueza. Pero si sustentáis la antigua fama, a quien no resistió villana furia, hoy la ocasión a que elijáis os llama i un general que vengue tanta injuria. Salgan contra el rigor que nos infama nuestras naves de la áspera Liguria, y cortando las aguas cristalinas, abrasen las murallas numantinas. Bien propones, oh cónsul. Justo fuera vuestros soldados, y con manos fieras con la romana sangre que ha vertido, ha infamado del Duero las riberas, ¿por qué queréis con ánimo atrevido llevar al sacrificio las banderas que han sido en vuestras belicosas legiones asombro de mil bárbaras naciones? ¿No habéis sabido que la fiera gente, que por la amada libertad pelea, ni vida estima ni trabajos siente, y que en sólo verter sangre se emplea? Y cuando vuestro ejército valiente alcance la victoria que desea, ¿qué honor, qué gloria alcanzará el Senado venciendo un pueblo de flaqueza armado? Pues si la pérdida es tan conocida y puede ser tan poca la ganáncia, ¿qué furor, oh romanos, os convida [a] aventurar las vidas por Numancia? Dejad esa ciudad endurecida; que esa ciudad infame se abrasara, si la experiencia claro no dijera que superior deidad su vida ampara. ¿Quién hay tan ignorante que creyera que una hora solamente se librara del invicto poder de los romanos un humilde escuadrón de seis villanos? Pues si ya tanto tiempo ha resistido que el fundamento que hace en su arrogancia con más facilidad la pondrá en tierra que el bélico aparato de la guerra. No conviene al Senado tu consejo, cuando tantos soldados ha perdido. Ni es bien que en Roma, ya del mundo espejo, vean un acto tal, si habéis sabido su valor. No es consejo, aunque de viejo, a quien se debe dar atento oído. ¡Muera Numancia, y el valor romano viva a pesar de su rigor villano! No sin misterio ha faltado estos días quien se ponga en camino a tan áspera jornada. ¿Nadie se ofrece por la patria amada? Diga Fulvio Nobilio de la suerte que en Celtiberia militó tres años. Con justa razón me admiro Sujeté la nac1on bárbara y fuerte, puesto que recibí infinitos daños. ¿Y yo no fui de España rayo y muerte? Sólo a mí con cautelas, con engaños, me pudieron vencer. Todos volvistes con infamia de allá, y agüeros tristes. Numancia muera, en fin; que es vituperio del Senado romano que se oponga viendo, invictísima Roma, que a tu temida grandeza un pueblo humilde se oponga; pero más me maravilla que en ocasión tan forzosa falte quien las alabanzas pretenda de esta victoria. ¿Tiene Numancia los muros de la antigua Babilonia? ¿Es la Quimera de Licia, monstruo horrendo de tres formas? ¿Está en ella el vellocino, una humilde ciudad a tanto imperio. Lo necesario al punto se disponga. ¿Quién será general? a quien la bestia espantosa de Calcos guarda, vertiendo fuego ardiente por la boca; o las preciosas manzanas, fruto heroico del Etiopía, estimadas como ricas y guardadas como hermosas? ¿Es más de un pueblo cercado, con breve giro, en quien toman armas para defenderse siete u ocho mil personas? Pues ¿cómo a tan grande imperio pone miedo, y si se nombra Numancia, tiemblan los viejos, los niños temen y lloran? Y cuando tuviera dentro la Quimera monstruosa, de Africa la regalada fruta, o de Colcos la joya, ¿ Roma no sabe crfar Belerofontes que postran fieras, Perseos invencibles y Hércules que sierpes doman? ¿ Habéis ganado del mundo las provincias más remotas, y solo un pueblo, romanos, os hace temer agora? España, que ya imitaba la lernea venenosa, multiplicando cabezas siempre que alguna le cortan, ya está vencida, ya teme vuestro poder. Esta sola cabeza, Numancia fiera, y con ser ¡oh afrenta nuestra! casi la menor de todas. No hay capitán que se atreva a cortalla en toda Roma, pero los dioses, que guardan sólo para mí esta gloria, con el temor que os infunde, me animan y me provocan. Dadme, pues, padres conscritos, del bastón la insignia honrosa, tan temida hasta el ocaso desde el reino del aurora. Haced prevenir la gente, y en acuátiles carrozas, audaz invención de Tifis, surquemos del mar las olas; que yo, que a la gran Cartago hice que imitase a Troya, haré que a Cartago imite Nu mancia, aunque valerosa. Mi padre murió en España, cuya funeral memoria, para que vengue su muerte, mi esíuerzo y valor exhorta; y cuando yo le acompañe en las desdichas, la honra ha quedado en sus memorias, de que muero por mi patria Justo es que a Cipión las honras será eterna en las historias. de la pa tria se atribuyan. Una vida me dio el cielo; ésa os ofrezco. Disponga Merécelo. ¿Quién lo ignora? Roma del ser que me anima, pues el ser me ha dado Roma. Oh, valeroso mancebo, el primero en la memoria del tiempo que en tal edad alcanzó tantas victorias, horror de Africa te llaman, espanto de Asia; y agora yo, como cónsul, te llamo temor y miedo de Europa. Cuando pudiera tu espada descansando estar ociosa, y salir otras al campo que al ocio vil se aficionan, por el amor de la patria el favor de Marte invocas; que Roma me da, agradezco. y es gran razón que la patria alegre te corresponda. . Cayo Mario se disponga Y ansí, romanos, propongo a ser de España cuestor. a Cipión -que es justa cosa- para el consulado insigne; . (Mi suerte fue venturosa.) de más de que a Roma importa Yo prometo, real Senado, que en el cargo me suceda. de no volver a la boca del Tíber, sin que primero A tan heroica persona en las mu rallas heroicas conviene tan noble oficio. de Numancia ponga el ave que hur tó el paje de copa de Júpiter. Prevengamos la partida. De Belona y Marte alcances favor. Hoy mi suerte se mejora. ¡Romanos, muera Numancia! ¡Muera, muera! ¡Y viva Roma! ¿No se sabe que dejó de ofendernos porque vio en mi vencer su morir? Pues ¿quién ha de competir conmigo en Numancia? Yo. Yo, que he dado a los pendones romanos fieros asombros, y en diversas ocasiones tuve <le Atlante los hombros para vuestros escuadrones. Yo, que soy miedo y desmayo de tanto Tiberio y Cayo, Lucio, Sempronio y Marcelo; ¿Quién puede haber que pretenda oponerse a mi valor y que gobernar entienda la ciudad, sin que el rigor <le mi venganza le ofenda? ¿Quién será tan atrevido ,_, que a mi esfuerzo soberano quiera contrastar, si he sido el que al vencedor romano tantas veces ha vencido? yo, que soy horror del cielo, como de los cielos rayo. Si el romano me temió y toda su gente huyó de sola mi compañía, ¿quién tendrá necia osadía de altercar conmigo? Yo, que cuan<lo la pa tria amada en mayor peligro estuvo, sólo el filo de mi espada el fiero poder detuvo de Roma, en vano enojada. Dígalo por convencerte la fama de mí adquirida, porque de este brazo fuerte ca<la golpe es una herida y cada herida una muerte. Bárbaros, ¿por qué queréis oponeros? Siempre hablo con esta lengua que veis. Ansí mi justicia entablo. Pues, a las dos ... ¿Qué hacéis? Cuando el Duero caudaloso, gozando el dulce reposo que le da la paz amada con apacible jornada busca su centro dichoso; cuando os deja el enemigo, ¿con crueles disensiones vuest ra qu ietud alteráis? Ah, numan tinos varones, ruego al cielo no perdáis de vuestro honor los blasones, porque las cosas pequeñas se aumentan con la concordia, y de montes de altas peñas apenas con la discordia vienen a quedar las señas. Puesto, Aluro valeroso, q ue yo tus canas venero, el defender es forzoso que debo ser el primero en aqueste cargo honroso; y esto no es propia pasión; que toda España es testigo de mi ganada opinión. Ruégales tú como amigo que en mí hagan la elección; si no, por los dioses juro que nadie ha de estar seguro de mi espada; porque ¿quién ha <le gobernar más bien que yo? Valeroso Aluro, o consiente que la espada que su gente en Roma encierra, gozar el felice abrigo ·, <le la quietud, y en la tierra esconder el rubio trigo, de este pleito sea juez, o dame tu voto. Nada ha de poder esta vez vuestra soberbia arrojada contra mí justicia. Tente. Si en este fiero combate haces que tu muerte intente, ¡por el cielo omnipotente que con mi aliento te mate! Imagino que gustáis -¡por los dioses soberanos! que de la paz que gozáis os destierren los romanos, pues tan mal la conserváis. ¿Posible es que tres varones, donde estriba la importancia de Numancia y sus blasones, quieran volver de Numancia la gloria en negros carbones? ¿ Por qué pensáis que postró de Babilonia los muros Ciro? Porque se valió de los pechos mal seguros que en sus ciudadanos vio. ¿Y Semíramis valiente no sujetó cuanto riega del Indo la gran corriente, por la torpe, loca y ciega discordia de aquella gente? Pero ¿por qué deseamos ejemplos cuando tenemos en casa los que buscamos? Al romano obedecemos porque no nos conservamos; toda España está sujeta. Sólo esta noble ciudad vive constante y perfecta, si vuestra temeridad y ambición no la inquieta. De Cartago, que a la gloría romana fue fiero estrago, no queda más que la historia; que aun del lugar de Cartago no se acuerda la memoria; y no la venció el rigor de Cipión, sino el furor de sus mismos ciudadanos. Mas, pues tan libres y ufanos celebráis vuestro valor, aquí lo podemos ver. Olonio, rompe estas varas. ¿Cómo los he de romper? Los tres hacéis que me asombre de que la fama celebre, Si en su flaqueza reparas, f ácilmente podrá ser que las rompas. No me atrevo. Pruebe sus fuerzas Megara. numantinos, v uestro nombre, si para cosa tan poca os falta el valor y el brío. ¿Qué imprudente, necia y loca ambición, al señorío de vuestra pa tria os provoca? Son vuestras fuerzas livianas; y agora os quiero mostrar Si en esto mis fuerzas pruebo, bien mi valor se declara. No puedo. Ah, fuerte mancebo, ¿esta tan vil fortaleza no has podido sujetar? que la nieve de mis canas más bien la pueden guardar <le las legiones romanas. Mirad en mi vieja edad más propicia la fortuna que no en vuestra mocedad. Yo rendiré su flaqueza. Tú, sí; que sabrás mostrar de tu esfuerzo la braveza. No pienso que hay mortal hombre, noble Aluro, que las quiebre. El romperlas una a una es grande facilidad . Bien decís, y si queréis, en este ejemplo hallaréis vuestro desengaño. tu intento. Di juntos y unidos estéis, mientras al común provecho vuestra intención aspirare, y cada cual, satisfecho, por su pa tria procurare rendir al cuchillo el pecho, mientras en amor ligados, como en estas varas fundo, os vieren fuertes y osados, de todo el poder del mundo no podréis ser sujetados; porque Numancia, que entera de la romana codicia tantos años persevera, fundará en vuestra justicia su defensa verdadera. l\1as si por furores vanos y pretensiones malignas se divide en vuestras manos, las murallas numantinas verán pendones romanos; y el tiempo, de todos padre, tras disgustos tan prolijos, haré que el título os cuadre de infames y aleves hijos que dais muer te a vuestra madre. Procurad, pues, apacibles, proceder como discretos; a tu parecer me quiero ren<lir. Manda, ordena, guía, que en todo a ti te prefiero; y no es justo que pongamos en ocasión la ciudad de perderse. Obedezcamos, Aluro, tu voluntad, pues tanto en ello ganamos. que seréis, aunque temibles, si divididos, sujetos, si unánimes, invencibles. Yo digo que aunque el primero he sido en esta porfía, Vamos (pero allí de mi aurora soberana los claros reflejos vi.) Honor por vosotros gana. Todo te lo debe a ti. Florinda, que al campo flores das y a las fieras descanso, risa a aqueste arroyo manso, desdenes a mis amores, Florinda, flor de los cielos y de su deidad milagro, a quien el alma consagro entre amorosos desvelos, heroica, invencible Palas, cuyo rigor y belleza quita a Marte la fiereza y quema al amor las alas, ¿cuándo, mitigando el fuego que al alma dan mis enojos, tendrán descanso mis ojos, tendrá mi vida sosiego? Pasa un día y otro día, la semana, el mes y el año, y siempre para mi daño tu rigor y mi porfía, en un mismo grado iguales, contra mí se multiplican, señales que pronostican mis desventuras tales. Veré, ingrata, la fiereza de tan injusto rigor; que es más antiguo mi amor que tu hermosura y belleza. da lugar a que mi vida, de desdichas rodeada, con el aire de tu aliento respire y obre esperanza de que han de tener mudanza tu desdén y mi tormento. Retógenes valeroso, honor y glor[ia] de España, Alcides en la campaña, ya que Adonis amoroso, ya tú sabes que mi estrella, que es influencia divina, como a las armas me inclina, los deleites atropella. Apenas tuve vigor para el acero liviano cuando conoció el romano en su daño mi valor. Creció la guerra y creció de pelear el deseo en mí, varonil empleo que mi ascendente me dio; y así no tuve lugar en el marcial ejercicio para que el ocio y el vicio me diesen lección de amar. Bien es verdad que si hubiera tenido esa inclinación, a ti solo mi afición y voluntad se rindiera; que tal vez cuando vertías mucho mejor que los hombres la pasión disimulamos. Y así vive satisfecho <le que serás -por Apolo tú solo mi dueño, y solo el alma <le aqueste pecho. ¿ Posible es, cielos divinos, que tal oigo, que esto escucho? No <lebo de sentir mucho, pues a locos desatinos, Florinda, no me provoco; 4ue, pues ya mis males pierdo, si he sido en amarte cuerdo, sea en merecerte loco. Deja que la tietra, a quien en oro y plata perfecta mejor que el rojo planeta convierten tus pies, mi bien, toque humilde con mis labios. Deten te. Dame licencia que celebre en tu presencia ··i' las lágrimas que llorabas, amoroso me obligabas a que saliesen las mías; pero sufrí, que aunque damos materia a viles renombres, el fin de tantos agravios y el principio de mis bienes. Deja viciosos extremos, y par te a mi padre demos de este caso, Retógenes; que sé que se ha de alegrar Pare, fortuna, en esta ocasión tu rueda; tenla un momento para que con más victoria epa gustar esta gloria con los labios del contento. con nueva tan deseada. Ya no temo, esposa amada, en mis contentos azar. ¿No eres mía? Tuya soy. Pues ¡por los dioses! ... Espera, ¿ Es posible que queráis enseñar vuestra simpleza? ¿Mas que os rompo la cabeza, Olalla, si no calláis? Yo soy bestia o soy marido, y cuando nunca lo fuera, por ser hombre ¿no pudiera ser en todo preferido? que mi padre sale afuera. Pero soy quien soy en fin, que juro a mi sayo sólo que no ha producido Apolo jamás persona tan ruin. Loco de contento estoy. Que vuestro loco interés con esto queda acabado. Para amparar nuestra tierra, manda el consejo sagaz que gobierne yo en la paz Mirad, Tronco; no queráis que suelte aquí la maldita. Olalla, dejad la grita. Notad que si me enojáis, me obligaréis a que aquí y tú mandes en la guerra. Olonio y Megara son en todo lo que importare compañeros nuestros, os ponga en somo las manos. Los maridos cortesanos y discretos, eso sí; que han de ser obedecidos y dar en toda ocasión de sus negocios razón; Olalla. Callad, Muy justo es. mas los hombres ingeridos en asnos como sois vos, es bien que tengan paciencia. Ya vos veis la diferencia, Tronco, que hay entre los <los: si soy aguda y vos bronco, si soy sabia y vos menguado, ¿por qué de hablar al Senado no me deis licencia, Tronco? Ya de vuestros pareceres sé que hay maridos tan malos que se dejan dar de palos, Olalla, de sus mujeres; pero ¡juro a non de Dios, si no me dejáis hablar, que os le tengo de quebrar en las costillas! ¿Quién, vos? ¡Malos años y mal mes! ¿No hay justicia en la ciudad que os ahorcara? (Cayó la máquina altiva de mi enamorado intento; llevó mi esperanza el viento cuando más cierta y más viva. ¡Viven los cielos que rabio! ¡Mal haya el tiempo perdido en que muriendo he vivido muy amante y poco sabio! Florinda se casa -¿es sueño?- y su padre ha dado el sí, y que he de ver, ¡ay de mí!, en los brazos de otro dueño su rostro hermoso y gallardo. Impediré su solaz. ¿Cómo en Numancia habrá paz, si en guerra de celos ardo? No ha de haber medios humanos que no intente mi fortuna.) Yo vengo; escuche, señor. Señor... ¿Qué buscáis, villanos? Oiga . .. Advierta lo que digo. Yo he de hablar. No, sino yo. Algún diablo me engano cuando me junté contigo. Este, señor, es un necio y mi marido. No se halla sin replicar. Callad, vos. Señor, por amor de Dios, que hable yo. Si es vuestro marido, hable pues. Es muy grande menosprecio de tan insignes varones que hable un asno; yo hablaré. ¿Queréis, Olalla, que os dé, bien dados, dos mojicones? Yo los doy por recibidos. Pues, callad. Decid, buen hombre. Yo soy, señor... Callad, Olalla. Como ya en efecto aquí había cesado la guerra, y mandastes que la tierra la abrasemos, yo salí con mi arado y mi mujer, que son de unas mismas mañas; que ella rompe mis entrañas, si el otro sabe romper la tierra; y en fin, llegando a barbechar un collado nunca hasta estonces pisado de otra persona ... ¿Hasta cuándo pensáis estar en mostralla? ¡Qué hablador os habéis hecho! No se asombre de vernos siempre reñidos, porque no tiene vergüenza. Soy un pobre labrador que vivo de mi sudor. Nunca saldréis del barbecho. Dejalde. Callad, Olalla. Descubrí con el arado Mirad por donde comienza. Id al caso. de dura piedra tajada un arca, tan bien labrada que yo me quedé espantado. Saquéla en fin, y creyendo que algún tesoro sería, con el hierro todo el día su fuerza estuve rompiendo. Si no os ayudara yo, que trabajé como un perro ... Dentro hallé de promo o hierro esta tabla, y como vio mi mujer este letrero y no sabemos leer, dijo que debía de ser cuerpo de algún caballero Y aunque le digo que cómo será cuerpo si es de promo, dice que estará encantado; y por tanto, le suplico, pues que gobierna en la ciudad, que aclare esta verdad. ¡Qué bien lo ha dicho el borrico! Letras romanas son. Mostrad. Megara, que es diestro en esta lengua, puede leerlas. Aquí dice, «Sibile vaticinun». ¿Y qué quiere decir? Que es profecía de la sibila. Leed esotra parte. «Florinda, culpa Hispania, subertetur .» ¡Brava desdicha! Pues, ¿de qué te alteras? Con gran razón, si bien lo consideras. No quiero ser intérp[r ]ete funesto del oculto sentido de las letras, mas lo que dicen es que por la culpa <le Florinda será perdida España. ¡Válgame el Dios que las esferas rige! Mostrad a ver. Bien claro está el sentido. «Florinda, culpa Hispania, subertetur.» En el templo de Apolo vive agora un sacerdote, que del mismo aliento del rojo dios de Delo[s] participa. Este, encendido de furor profético, los sueños interpreta, y de las cosas que a los ojos parecen más difíciles, siempre suele sacar verdades fáciles. Llevémosle esta lámina, y declare lo que quiere decir. ¡Ay, hija mía, Al adivino oigamos lo que dice. Villanos torpes, vil casta de Licia, que del humano ser tanto desdice, ¿qué desdichada y mísera codicia os enseñó la lámina infelice? Responde, Tronco, tú. con cuánta pena gozo el alegría! ¿Por Florinda será perdida España? Primero pierda yo la amada vida, en tan grandes tormentos afligida. La lámina me llevo, y en la gruta, , · que, debajo del templo suntuoso, coronada de adelfa y de cicuta, la entrada impide al animal medroso, os espero; y allí la ciencia astuta Tengo tericia. Discúlpate, pues tú la culpa tienes. Confuso y triste voy . Ven, Retógenes. Pues, por el dios cuya deidad me infunde del sacerdote santo y religioso consultaremos. ( Perderé el juicio si no eres funesto sacrificio.) valor cuando desnudo el blanco acero, que si hace el sacerdote que redunde contra Florinda este infelice agüero, Padre y señor, mitiga el tierno llanto; que si es verdad que yo he de ser la culpa de que a España suceda tal quebranto, mi valor invencible me disculpa. Daré la vida amada al fuego santo, pues la sibila me condena y culpa, como Ifigenia, que a la griega armada próspero viento dio, sacrificada. que he de hacer que a Numancia altiva inunde con sangre humana, no con agua, el Duero; y aun los dioses de mí no están seguros en cristalinos y estrellados muros. ¡Buena hacienda hemos hecho! Muerto soy. ¡Yo estoy muerto! Hijo, detente. Ah, mal hombre, ¿no os dije que a Nu mancia con aquel embarazo no viniésemos? ¡Válate el diablo por mujer de un puto! Déjame, señor; no impidas que vierta de estos villanos la sangre infame que crían. Con Megara se conjuran Estábasme matando noche y día diciéndome, «Marido, aquesta tabla nos sacará, sin duda, de lacería, si a los señores de Numancia vamos.» ¿Y agora dices eso? La cuitada en ofensa de tu hija y mi esposa. ¿Qué es aquesto? ¿Qué rigor te precipita, Retógenes, que furioso vendrá por vos a ser sacrificada. ¿No puede ser que diga otra Florinda el letrero? No puede, mentecato; que sola esta Florinda hay en el mundo. ¿Quién os lo ha dicho? Yo lo sé. Sois hembra, que habláis con el infierno. No me espanto que siendo medio bruja sepáis tanto. contra tal patria conspiras? El más sabio sacerdote que templo de dioses pisa, para que viva la patria dice que muera Florinda. Si así los hados ordenan, si lo dice la sibila, los adivinos lo anuncian, los cielos lo pronostican, ¿es bien que con tu furor el sacrificio se impida y que Numancia se pierda por conservar una vida? Si en tan vanos argumentos la injusta sentencia estriba, no es razón que se ejecute. Ese letrero no avisa que se perderá Numancia, sino toda España. Mira cómo ha de poder perderse, si ya toda está perdida. Desde el gran Tajo hasta el Ebro, y desde el Ebro a la cima de los altos Pirineos, que, más que amor de la patria, alguna pasión te irrita; pero sea lo que fuere, pues el Senado este día me ha hecho gobernador, la romana monarquía la tiene al yugo sujeta. Sola esta ciudad se libra; pues ¿cómo dice que España se ha de perder? Y aunque diga esto, ¿de qué suerte consta que lo dijo la sibila? Y cuando ella lo haya dicho, cuando los hados lo digan, cuando los cielos lo ordenan y los dioses lo permitan, no quiero yo; que es injusto, y no debe la injusticia ser valida de los nobles. Si tan soberbio porfías, te mando que no prosigas en alterar la quietud que el cielo nos pronostica. Deja que los sacerdotes y los adivinos digan lo que se ha de hacer; que yo, si importa que de Florinda la vida se sacrifique, seré el primero que pida su mqerte; pero no es justo que con alboroto y grita alteres el pueblo, siendo deudo mío y sangre mía. diré que el gusto y deleite, más que el bien público, estimas. ¿El fatal orden perviertes? ¿Contra la patria te incitas? Numantinos, ¿cómo es esto? ¿Qué locura, oh ciudadanos, os mueve que a las desdichas de la patria conspiráis con vana arrogancia altiva? Si no os toca declarar Venga el sacerdote; rinda el cuello aquesta mujer a su sangrienta [c]uchilla. Ya me parece, Megara, según tu opinión animas, la inteligencia escondida de estos renglones, ¿qué furia vuestros ánimos incita? Florinda, que ha sido siempre en España otra Camila, defendiendo nuestra tierra y amparando nuestras vidas, de la pa tria. No replicas porque su vida dilatas, vino al templo donde dijo dando al [c]uchillo mi vida, que humilde se ofrecería, sino porque locamente por la salud de la patria, a la muerte; y yo, aunque había ser mi esposo pretendías; y como ves que mi gusto respondido que estas letras a Retógenes se aplica, su mísero fin pedían, quise con prudente acuerdo la verdad de tal enigma saber; y ansí, consultando del sabio hermano de Cintia el oráculo, responde quieres esforzar que muera, porque tu venganza viva.) ( ¿ Qué mucho, si por ti pierdo el seso? ) que tendrá esta profecía en los siglos venideros su cumplimiento, y que aspira a la destru[c]ción de España ( Pues desconfía Je alcanzar de mí el menor favor; que ya no soy mía. ) porque será una Florinda violada de cierto rey, la causa de su ruina; de suerte que ya sabemos que no es de Aluro la hija, En vano el tiempo gastamos declarando oscuras cifras y con civiles pasiones como Megara juzgaba, la culpa de estas desdichas. dando lugar a las iras, cuando importa prevenir Míralo bien, sacerdote. nuestras fuerzas, ya rendidas al ocio, contra el rigor de las armas enemigas. (Ya yo entiendo tu malicia; no te mueve el bien común De nuevo viene a inquietarnos Roma, que ya parecía descuidada en ofendernos. Ya viene marchando aprisa Jel romano que insolente el gran Cipión, que a Cartago su libertad tiraniza. resorbió en pardas cenizas. El ejército de España No me espanta a mí el romano; con gran fiesta y alegría que ya sus altas insignias le espera ya: esto han contado me han servido de trofeo en Numancía las espías. en las amenas orillas ¡Por los dioses inmortales! , que en parte se regocija del Duero. Gran Retógenes, la gente de guerra alista, pues eres general nuestro; mi espíritu de estas nuevas, y agora mi cuello liga porque ya la paz volvía contra nosotros las armas que en la guerra se ejercitan. Ea, fuertes españoles, agora sí que os convida la ocasión a eternizar con tus brazos, porque tenga nuestro eno¡o fin. Estima tanto tu amistad el alma que alegre su gusto explica. vuestras hazañas antiguas. . ¿Qué importa que Cípión venga mientras este brazo viva? Si estáis conformes, ¿quién puede resistir vuestra osadía? ¿Piensa que los españoles son africanas cuadrillas? ¡Por Júpiter!, que sí, altivo, ( Hoy, o he de perder el seso, o has de perder a Florinda.) de Numancia el campo pisa, Españoles, ¡muera Roma aunque traiga más soldados y viva Numancia! que hay arenas en la Libia, ¡Viva que ha de volver afrentado a quien a España le envía. Ea, valiente Megara, ésta es la ocasión precisa en que ha menester tu ayuda la triste patria, oprimida viva, viva, viva, viva!
JORNADA SEGUNDA
¡Que junto a las murallas de Numancia tan sin miedo se lleguen los romanos! ¿Qué dirán ellos mismos si paciencia tengo para sufrir tanta insolencia? Veamos desde aquí el lucido alarde que Cipión quiere hacer de sus soldados, y este romano que prendió Megara nos dará de quien son noticia clara. Haré tu gusto. Tu obediencia alabo. Aunque romano y noble, soy esclavo. Esa gente que ves cubrir el campo desde los bajos valles a los montes son sesenta mil hombres, y hay en ellos de soldados romanos dos legiones, que casi son catorce mil varones. Los demás son de España, Italia y Francia, provincias del Senado tan amigas que le ayudan con gente y con dinero cuando son requeridas y llamadas. Aquellas tropas que marchando vienen de la parte de oriente por los llanos son de fuertes y bravos africanos, porque, rey de Numidia, el gran Jugurta quiere ver vuestro esfuerzo y valentía, ayudando a Cipión en esta empresa Cayo Lucio Pisón, Tiberio Graco, cuyo valor invicto y soberano... Cierra la boca, relator villano, que ¡por Apolo!, que si al campo salgo, yo solo más que todos puedo y valgo. Si te [he] <lado disgusto, perdón pido. Vete presto <le aquí. ( Yo estoy corrido con catorce invencibles elefantes, montes de carne y de marfil gigantes. El rey se apea ya de su caballo, y el general a recibirle sale. que junto a nuestros invencibles muros los romanos se alojen tan seguros.) Prevn la gente. Voy, que prevenida, yo les daré, señor, la bienvenida. El mancebo que agora al rey se llega, color tostado y ojos encendidos, es Cayo Mario, de quien Roma espera invencibles blasones y hazañas, dignísimo cuestor de las Españas. Sin él se vienen Máximo, prefecto de todo el campo, el gran Cornelio Agripa, Quedará siempre el Senado, como es justo, agradecido, y al favor que ha recibido de vuestra alteza, obligado; y el soberbio numantino, que con rebelde desprecio t ' se promete loco y necio postrar el valor divino de Roma, porque se asombre, verá en tan loca porfía que contra su valentía basta sólo vuestro nombre. Con tan notables mercedes, con tan extraños favores, no temeré los rigores de Marte. Mandarme puedes, en tan venturosa suerte, como al más pobre soldado; que eti todo estoy obligado, gran Cipión, a obedecerte. Acompáñanme, señor, seis mil soldados, y tales que han de hacer los funerales al numantino valor. Traigo catorce elefantes, asombro de la campaña, que en otras guerras de España han sido muy importantes; traigo diez talentos de oro, que es quien mueve a los soldados; y porque no sé decirte mayor prueba de amistad, traigo una gran voluntad, general, para servirte. Esa precio más, señor, que al mundo admirable y vario. Estimad de Cayo Mario el invencible valor, de quien Roma espera ya servicios tan bien logrados cuantos son bien empleados los oficios que le da; y que es espanto, creed, del mundo, aunque en poca edad. Los brazos, señor, me dad. Por esclavo me tened. A Máximo, gran prefecto ejército, sobre ellos, castillos fuertes que dan, por mayores glorias, que habléis. es razón a los amigos, victorias, l y a los enemigos, muertes. Para que los malpagados no te pierdan el decoro, Esa obligación es mía. Siempre prometo serviros. Déme tu alteza los pies. Será injusta ley; que aunque en Africa soy rey, Roma es del mundo cabeza. Antes que el campo se aloje con fuertes y hondas trincheras, se desplieguen las banderas, Todo es gustos y placeres, fiestas y entretenimientos, llenos de alojamientos de mil perdidas mujeres; y así el cielo con razón, que tanto estas cosas siente, de aquesta ciudad valiente l las quebrantare, la muerte será pena del delito. Todo, señor, está escrito. A justo llanto moverte pudiera el ver las legiones, de todo el mundo temidas, con el ocio vil perdidas. En admiración me pones. El descuido, que han tenido mis antecesores todos, la causa, por varios modos, y seis ejércitos romanos con tal valor ha postrado que las espaldas le han dado, temerosos de sus manos. Pero yo pienso vencer aqueste asombro de España, más bien con industria y maña que con esfuerzo y poder. Leed, que quiero que vea el rey si es justo mandar este edicto ejecutar. ¿Quién habrá que no lo crea? de su perdición ha sido. No hay militar ejercicio, y con lasciva inquietud desterrando la virtud, han dado posada al vicio. tiles, año de seis cientos y veinte de la fundación de Roma, y en la ccn tésima cuadragésima segunda Olimpía[ da ]». «Publio Cornelio Cipión Africano, cónsul de Roma en Africa y capitán general del ejército de España contra Nu mancia, a los prefectos, tribunos, centuriones, signíferos, ma nipularios y todos los demás oficiales de nuestro campo: Indigna cosa es del nombre romano que los soldados, que con el trabajo, cuidado y vigilia han de alcanzar las victorias, sólo se ocupan en actos afeminados, deslustrando en par te el valor que con tanto trabajo nuestros mayores adquirieron; y así, porque sabemos por experiencia que el ejército de Es paña, ocupado sólo en vicios y deleites, está totalmente ajeno de la disciplina militar, y el intento que el Senado desea no se puede conseguir con tan afeminados impedimentos, os man damos que ejecutéis y hagáis ejecutar las órdenes siguientes: Primeramente mandamos que se echen del ejército todas las mujeres, porque mal se compadece el deleite con el tra bajo y Venus lasciva con Marte airado. Item, toda la gente inútil, como son v1e1os incapaces de las armas, mercaderes, bufones, charlatanes y adivinos; y que los criados sean con tanta moderación que no los pueda tener sino sólo los oficiales, porque toda esta gente no sirve sino de consumir el sustento necesario para la gente ele guerra. Item, que se destierren del ejército todos cocineros, y que ningún soldado pueda comer manjares regalados, sino sola mente la carne cocida o asada. Item, que ningún soldado de a pie pueda tener cabalga dura, sino llevar a cuestas su mochila; que quien no ha de huir el rostro a la muerte, no es justo que rehuse el trabajo. Y finalmente que ningún soldado de cualquier estado o condición que sea, pueda dormir en cama, sino en la paja sola ¿De qué costumbres loables de Solón, Licurgo o Numa, saliera una breve suma de leyes tan memorables? No importa que la virtud viva en el campo ofuscada, señor, ni que esté acabada la militar inquietud; que tú, como el sol enseña, que, con su activo calor, saca infinito valor de una concha y de una peña, y tierras tan diferentes vuelve en metales preciosos, harás castos los viciosos, y los cobardes, valientes. Yo el primero he de huir lo que en los otros condeno. cama de tablas y heno me haced luego prevenir; que aunque esa ciudad parece pequeña por el distrito, de su valor infinito grande ejemplo nos ofrece; o el heno. Todo lo cual haréis cumplir rigurosamente, y el soldado que cualquiera cosa de éstas quebrantare muera por ello. Dada en el ejército de España, en las calendas de quin- y victorias estimadas nunca fueron adquiridas con delicadas comidas y con camas regaladas. Pero ¿qué alboroto es éste? Sin duda, que de Numancia los soberbios escuadrones han salido a la campaña, porque como el campo todo desordenado se halla, han logrado la ocasión. Nuestro descuido lo causa. Resistamos su fiereza. ¡Toca alarma! Tronco, si vos me fal táis, ningún bellaco en España. Sois una buena mujer; haceos luego de la escuadra de Diana, que diz que es madre de todas las castas. Pero no de las castizas. Pues yo os juro que no os haga parir a vos el caballo de Troya. Soy desdichada. La carrasca, Olalla amiga, Tonos. ¡Toca alarma! a porrazos y a varadas da algún fruto, pero vos no daréis fruto si os matan. Dejad esos disfavores Tronco, ¿dónde vas así? A matar hombres, Olalla, de estos romanillos viles. ¿Y si ellos a vos os matan? Acabaré de vivir, y vos, si os viniera gana, y quitaos aquesas armas. No puede ser. Perdonadme, que me dan voces las cajas. Pues, marido, si a la guerra vais para ganar más fama, os habéis de meter. podréis casaros con otro; que yo os suelto la palabra. ¡Malos años para vos! No verá alegre mi cara, Basta; el consejo os agradezco. Si no me traéis colgadas Je la cinta sus cabezas, no os he Je hablar más palabra en mi vida. Yo os prometo hacer notables hazafias. Pero, Olalla, cuando vuelva, ya ensefiado a las batallas, golpes, heridas y muertes, no me habléis con furia tanta, que podrá ser... Sólo a Cayo Mario toca esta empresa. ¿No reparas en que yo la sigo? Rey, por el dios que en Mauritania más con altos sacrificios se adora en divinas aras, q ue me consientas que sea émulo de las hazafias de este arrogante Tomiris. La misma ocasión me llama, ¿Qué ha de ser? Que os meta un palmo de espada. y así, ilustre Cayo Mario, te suplico a que te vayas y el pelear me concedas. ¿ Por qué con razones vanas y inú tiles cortesías Mucho me empefié rompiendo las enemigas escuadras, y todo el mundo me sigue; mas primero que la planta mueva del lugar que piso, daré la vida. ¿No basta? ¡Teneos, soldados, teneos! gastáis el tiempo que os falta? Probad juntos mis aceros; que aunque para entrambos basta el más flaco numantino, yo os quiero dar honra tanta que me sirvan de trofeo vuestras vidas desdichadas. Refrenad vuestra arrogancia, o ¡por los dioses divinos! que os saque a todos las almas. ¿De qué manera podré probar, divina Diana, tu rigor y tu fiereza, si ya tu vista me mata? ¿Cómo podré resistirme, hermosísima Atalanta, si libran tus ojos flechas Repara, bella imagen de los cielos, en que te ruega quien manda de Numidia el ancho reino; rey soy, y pondré a tus plantas el coral que el mar produce y el oro que engendra Arabia. Si, cuando Marte más fiero iras vier te y siembra rabia, pudiera tener lugar la risa, agora trocara en pasatiempo el enojo, viendo aquí vuestra ignorancia. Bárbaros, ¿es éste tiempo Vete, Cayo Mario; acaba, y concédeme esta gloria. Bien las banderas romanas def iendes cuando los ojos de esta española te abrasan. Tú sí, que por su afición eres traidor a tu patria, pues no me dejas vencerla, ni tú quieres sujetarla. En lo que dices y piensas contra mi honra te engañas, que soy romano. Y yo soy quien a tu necia arrogancia, villano, daré el castigo. ( Hermosa española, aguarda; darás vida a un cuerpo muerto.) Haré que toquen las cajas Ya tu necedad me cansa; mira si dármele puedes, antes que los pies te valgan. Eso sí, verted vosotros a recoger. ( Mujer bella, si no <liosa soberana, detén el curso veloz y da descanso a mis ansias.) vuestra sangre, porque vaya yo a tomar en los que quedan la merecida venganza. Cobardes, ¿dónde huís? ¿Cómo volvéis las espaldas a cuatro bárbaros viles? La voz de Cipión me espanta. Su respeto me detiene. ¡Mal haya el bastón, mal haya el laurel que de mis sienes fue merecida guirnalda! ¿Cómo, Mario, cómo, rey, no detenéis las escuadras que por ese monte huyen, medrosas de cuatro lanzas? ¡Buen princ1p10 me da el cielo, si en la primera jornada he perdido tanta gente! ¿Cómo os retiráis, canalla, haciendo plumas los pies con que escribís vuestra infamia? Cansado estoy de vencer, que también el vencer cansa, y más cuando el enemigo va volviendo las espaldas. Quiero recoger la gente, que, esparcida y desmandada por el real del romano, se envicia en el oro y plata. ¡Bravo español, por los cielos! Bien su talle me declara que es fuerte cuanto robusto. Yo seré causa que venza el romano, si fui causa que tal ocasión perdiese. Si la vista no me engaña, éste es del campo enemigo. ¡Numantino! ¿Quién me llama? ¿Cómo tan libre y seguro te ofreces en la campaña, estando toda cubierta de las legiones romanas? ¿Qué importa la much[e]dumbre cuando todos tienen alas para volar y a los vientos en ligereza aventajan? Si vosotros embestís cuando la gente trabaja en abrir hondas trincheras, no es milagro si se espantan; que la confusión los vence mucho más que vuestras armas. Pues cuando no la tuvieran y en escuadrones se hallaran ordenados y dispuestos, ¿aqueste acel'O no basta compasión el ver que quieran con tan loca pertinacia los de tu ciudad sacar contra Roma las espadas, Roma, cabeza del mundo, que ya triunfante avasalla desde la cuna de Apolo hasta el mar en quien descansa, dando el regazo de Tetis caricias enamoradas. Si los rubios moradores <le la más alta Alemania, los partos de duras flechas, los egipcios que levantan pirámides a los cielos cuyos fundamentos lava el Nilo, dando a su mármor tiernas lisonjas de nácar, no han podido resistirse; si la belígera España rindió la cerviz ya libre <le la fiereza africana, ¿cómo vosotros, que apenas cuatro mnl fundadas casas os clnn albergue, queréis con imprudente arrogancia para toda Roma junta? Aunque es soberbia, es honrada la que en España tenéis, pero cierto que me causa eximiros del dominio que todo el mundo avasalla? ¿Por qué preguntas el cómo, si Je las guerras pasadas puedes sacar la respuesta? ¿Cuándo ha llegado a Numancia ejército de esa Roma, que tan imprudente alabas, que no haya sido trofeo de sus heroicas hazañas? Pues si os dice la experiencia que es toda vuestra jactancia con nosotros nieve al sol, leña al fuego, o sal al agua, mayor locura es la vuestra; que con furia temeraria emp[ r ]endéis un imposible, aumentando vuestra fama. Ha sido por el descuido de los cónsules; que causa pereza en el que obedece la flojedad del que manda. Pero agora que Cipión, y más que cada romano es un monstruo en la campaña que con diez manos pelea y con diez aceros mata? Pues no encietran esos muros, causa <le vuestras desgracias, más que seis mil españoles diestros en jugar las armas. Pero hay grande diferencia, porque cada cual se halla con mil manos, cada mano puede regir mil espadas, y cada espada feroz quitar mil vidas romanas. Haz esta cuenta y verás si para nosotros basta el mundo todo. Soberbia tan grande cuan mal fundada. Pues porque mejor lo digas, aguarda, villano, aguarda. lleno de victorias tantas, ha venido a sujetaros, y que tiene en la campaña sesenta mil hombres, ¿cómo se evitará vuestra infamia, Agora, bárbaro, quiero que conozcas quien te habla. ¿Qué hay mortal hombre que pueda verse en singular batalla conmigo? ¿Que a Retógenes le resiste fuerza humana? Detente. ¿Eres tú por <licha el general <le Numancia? Yo soy. Tu valor me admira. Y a mí tu valor me espanta. Alábate, que has reñido cuerpo a cuerpo con quien . manda el mundo. ¿fües tú Cipión? Cipión soy. pues siendo Roma cabeza <lel mundo, yo la garganta del que es cabeza de Roma cortaré. Vete, y repara en que morirás sin duda, si más en el campo aguardas. Del enemigo se dice que es cosa prudente y sabia tomar el primer consejo. Quédate a Dios, y mañana ... Conocerás quién es Roma. Y verás quién es España. Pues rme y calla, que sólo esta ilustre gloria Mas ¿qué es esto entre mis pies? El bastón y lauro. ¡Rara cosa, admirable prodigio! Llevarlos quiero a Numancia; que quizá con esto el cielo el fin de Roma amenaza. Los contrarios se encerraron; los nuestros se recogieron, aunque a los bárbaros dieron mil otras vida que quitaron, sin que de toda su gente faltase un hombre siquiera, si no es éste cuya fiera diestra y acero valiente tan altas hazañas hizo, temerario, altivo y bravo, que por singular le alabo, por único le eternizo. Pero tanto se metió en el ejército, osado, que de un escuadrón, cercado, preso y cautivo quedó. ¿Quién eres? Un hombre soy que a los romanos admiro, nube que rayos les tiro, fuego que muerte les doy. Soy el que solo ha vencido vuestros fuertes escuadrones, y a mis armas sus pendones de timbre y orla han servido. Soy el que volver atrás no sabe porque te asombre, y soy en efecto un hombre; que no sé decirte más. El despejo y valentía de aquesta nación me espanta. ¿Que aun cautivo tengas tanta fiereza, brava osadía? l ¡Por el [es]trellado manto del Olimpo pavimento, que estoy porque sea sangriento holocausto a Marte santo! Los españoles, romano, nunca la muerte tememos, porque como apetecemos por el valor soberano Je nuestra invencible suerte forna que a gloria nos llama, la memoria de la fama es olvido de la muerte; y así a tu gusto acomodo la ejecución del castigo. También soy de gloria amigo por más excelentes modos, y ansí en los siglos futuros las reliquias y antiguallas de esas insignes murallas dirán en mármoles duros: «Aquí verás, caminante, en gloria postrada y viva, que murió Numancia altiva y venció Cipión constante.» Y será mi honra mayor, porque estará dividida en ella como vencida y en mí como vencedor; y porque veas que excedo vuestros esfuerzos villanos, dejadle libres las manos. La libertad te concedo; Mario; que la tierra fría más ramas de laurel cría que valientes generales, vuelve a Numancia y da par te de la gran clemencia mía. Ya sé que es tu valentía y la guirnalda no puede valor y foimo infundi r. Otra me podrá servir. asombro del mismo Marte, y hoy muestra el ánimo fiel de tu pecho generoso; que es el valiente piadoso como el cobarde crüel. ¿Cómo, señor, <le tu frente falta el lauro? Cayo Mario, cuando vi que del contrario iba venciendo la gente, le arrojé de mi cabeza Hoy el cielo te concede, invencible Cayo Mario, ocasión para alcanzar palma y gloria singular, a pesar del tiempo vario. Por tu valor conocido fiarme quiero de ti, si me prometes aquí en todo favor cumplido. y de mi mano el bastón. Busquémosle. No es razón; que será infame vileza Si ves que la fama mía con mis a[c]ciones se mide, habla, noble español; pide lo que quisieres y fía que en todo sabré valerte. sí habiendo tocado el suelo mis sienes vuelve a ceñir. Pues como sin lauro has de ir, tristes agüeros recelo. Ya sabes, por no cansarte, que tal vez sujeta a Marte del amor el arco fuerte; yo, que desde que nací de Marte el renombre sigo, Desecha abusiones tales, <leste rapaz enemigo también el poder sentí. Sujetáronme unos ojos que al sol ecli[p]san sus rayos, y entre mortales desmayos probé suaves enojos; mas de su parte faltando la correspondencia, fue vana mi afición y fe, y yo he vivido penando. Y es más mi dolor agora; que a otro la mano previene, o porque su padre tiene gusto o porque ella le adora. Es quien se casa con ella de Numancia general en esta guerra, el cual, que imposibles atropella, hoy a la margen del Duero en vuestro oprobio y afrenta celebrar su boda intenta; yo de Florin<la la gloria, tú del f uerte general la prisión; y juntamente la ciudad verás rendida, que si ve a riesgo su vida, se ha de rendir obediente. Aunque estiman los romanos las victorias alcanzadas, más con valientes espadas que con ardides villanos, en esta ocasión pretendo darte mi ayuda, español, porque goces de ese sol que te hace vivir muriendo. Dispón el orden. Advierte que a Florinda me has de <lar. Tuya ha <le ser, a pesar y yo, que mi muerte espero si llega esta ejecución, aunque mi nombre desdoro, quiero por el sol que adoro intentar una traición. de todo el mundo. (Gran suerte será si es la que yo adoro, y dichosa mi ganancia.) Llore lágrimas Numancia Prevén quinientos soldados, y avisándote vendréis al puesto donde hallaréis a los nuestros descuidados; y los dos en dicha igual gozaremos la victoria, cuando fuego infernal lloro. Gracias a Dios que he llegado al muro de la ciudad, aunque de la mortandad que he hecho, vengo cansado. Disfrazarme procuré, curioso, al llegar aquí por probar mejor así de Olalla el amor y fe. Ella viene, por mi ausencia, triste, afligida y llorosa; hoy si es leal o engañosa tengo de hacer experiencia. aunque mil veces -¡ay triste! me ha hecho llorar a mí. Tronco se llama mi esposo, y ¡qué tronco! Nunca fui rama de tronco tan bueno; que era tronco de un abril. Muy bien sé yo que habrá andado valientemente en la lid, pero no sé si le han muerto porque ya tarda en venir. Digádesme el caballero, que de la guerra venís, si habéis visto por allá a mi marido gentil. Las señas que tiene, yo bien os las sabré decir: es derecho como un oso, blanco como un escarpín, rubio como unas candelas, sabroso como el anís, y fuera -mi fe os empeño más ligero que un neblí, a no tener una pierna mayor que la otra un tris. El mirar tiene süave, como amoroso el reír, Todos han vuelto a Numancia, y él solo falta, ¡ay de mí! ; mas si acaso le mató algún romano rüín, venga la muerte, venga sólo a mí, que no es para desdichadas el vivir. Ese soldado, señora, por las señas que decís, que bien conozco, por cierto que es ya llegado su fin. Yo le encontré peleando y vi que mató a seis mil romanos, mas fueron tantos los que se hallaron allí que cayó de una estocada que le pasó la cerviz. Yo dixe, «Apolo te ayude»; y él, volviéndose hacia mí, por los ojos ya cerrados, así comenzó a decir: «Si acaso vais a Numancia, por Olalla la gentil preguntad, amigo mío, y decilda que ya di Con gran gusto dieta el sí, pero de Tronco el amor os hará olvidar de mí. Por Juno, diosa sagrada, la verdad os digo aquí, que eta ese Tronco a mis ojos el alma a los dioses santos.» feo, tonto, torpe y vil. ¿Y murió? Señora, sí. ( ¡Oxte, puto! ¡Confiad en mujer! ) Un rocín Pienso que os burláis, señor; que debe de vivir. ( Poco disgusto ha mostrado.) Si ya que es muerto ¿os servís de que los dos nos casemos? Brevemente lo decid. En verdad que me agradáis, y que para divertit tenía mejor talento. ( ¡Ya escampa! ) Si hay hombres mil que pueden muy bien comerse sin mostaza o perejil, ¿cómo había yo de querer a un badulaque, a un mastín? las penas que he recibido haré lo que me decís. ( ¡Y aún no me ha visto la cara! ¿No hay alguno por ahí que la muela a palos? Falsa, ¿así mi muerte sentís? Yo os conoceré, taimada.) «Badulaque», yo no entiendo lo que se quiere decir; mas, pues mastín me llamáis, yo os sacaré la nariz de un bocado. ¡Ay, desdichada! ¿Así me tratáis? ¿Así mi muerte lloráis, Olalla? Gana me da de reír. Luego ¿pensáis, animal, que al punto no os conocí? Por picaros he querido lo que he dicho fingir. (¡Mejor te tuesten, oh ingrata!) Mi Tronco, ¿convenís? que en la ribera del Duero forman un bello jardín, hoy se celebran las bodas de Florinda. ¿Qué decís? Ya el desposado y Megara, Aluro, Olonio y en fin ... (¡Oh mal tronco te descoma, de encina o de tamariz! ) Muy bien os conozco, Olalla. ¿Grande fiesta habrá? Advertid Si no me burlaba, aquí caya un rayo y os consuma, sin hacerme daño a mí. Si no os rompiere los cascos, Olalla, con un astil, esa maldición me alcance. de Plorinda la belleza. Por las nuevas que oí, os perdono aquesta vez; porque después que vencí a los romanos, deseo brincar, saltar y reír. Marido, si me herís, mirad que me moriré. ¿Y qué importa si os morís? Entre esas verdes flores que al campo dan suavísimos olores Dejad agora disgustos; que es éste día feliz, de contento y regocijo, porque entre los alhelíes en la ribera verde donde el Duero veloz cristales pierde, dando con cuerdo aviso humor al sauce, al álamo y aliso, al divino Himeneo obligaremos con olor sabeo, y en sus aras sagradas con sangre de terneras no domadas, a que, propicio, asista a vuestros casamientos y resista los infaustos agüeros que pudieran dañarnos y ofenderos. Aunque pese al romano, mi bien, he de gozar tu hermosa mano; y cuando él más se aira, le he de dar a entender cómo es mentira su valentía necia, pues Numancia con fiestas le desprecia. ¿Qué loa negar puede que tu valor al de Cipión e[x ]cede, pues le aniquilas tanto que con fiesta y placer le das espanto? Mientras yo sacrifico al gran hijo de Baco y le suplico que fecunde, piadoso, a Florinda por honra de su esposo, con músicas y fiestas suspended estos campos y florestas; aunque con miedos vanos se escuche en el real de los romanos. El prado nos convida con alfombra de flores guarnecida. Sentaos en esa hierba, que mi esperanza en su color conserva. Si no les doy molestia, yo bailaré, señores. ¡Oh, qué bestia! ¿Qué ha de bailar un cojo? Olalla, pues, ¡a fe si un palo cojo...! Si gozo tu hermosura, ¿quién podrá contrastar a mi ventura? Regocíja te, infame, y yo fuego por lágrimas derrame; que, pues ya la esperanza perdí, sabré tomar justa venganza. Morirás, ¡por los cielos!, Cantad, que oíros quiero. Suspenderéis el curso al claro Duero. «Escóndete, Duero alegre, en alcobas de cristales, y pon, a muros de hielo, parapetos de diamantes; a manos de tus hados y mis celos. porque la hermosa Florinda a ver tus corrientes sale, fulminando tus riberas, sembrando fuego en tu margen, por dar fin a sus deseos. Hoy la desposa su padre con el que muriendo vive por sus ojos celestiales, y responden alegres parleras aves: El corazón faltaba a las entrañas; y sus partes mirando, inf elices agüeros fui notando. A la ciudad tornemos, donde al délf ico Apolo consultemos. Calla. Temores vanos. ¡muchos años vivan los dos amantes! » Siempre, gran Retógenes, son los males tiranos de los bienes; atrevidos los huellan y prósperos sucesos atropellan. Junto al ara sagrada estaba ya la víctima aprestada, cuando de tosca encina importuna corneja me adivina infaustos accidentes con ronco canto; y porque los presentes espanto no tomasen, el cuchillo mandé que me apretasen. Las entrañas descubro del animal, y de temor me cubro, viendo cosas extrañas. Una tropa desciende de romanos por esa cuesta. Olalla, nuestra muerte llega. Sígueme y calla, que a Numancia me acojo. ¿Cómo puedo seguirte si soy cojo? Espada no he traído. Por el amor con que te adoro, pido, señora, a tu belleza que pisando veloz esa maleza en Numancia te metas, si tu hermosura y libertad respetas. Obedecerte quiero, pues me falta, señor, el blanco acero. Pero ya los romanos se acercan. Pues remítase a las manos lo que ordena la suerte. No huyáis, que yo os reservo de la muerte si os rendís obedientes. No me dejéis penando; matadme, porque vivo estoy rabiando Je penas y desvelos, si antes de pescar padezco celos. Mas, si perdí en una hora el bien que el alma miserable llora, baje al Tártaro hambriento a dar las nuevas del dolor que siento. ¿Cómo rendir? ¡Seguidme! ¿Qué locura te incita Con los dientes, i pues me falta la espada, seré leona de rigor armada. ¡Dejad mi bien, infames! a tan gran desatino? Aparta. Quita ¡Hijo, hijo! la punta aguda y fiera. ¿Qué importa que me llames cuando pierdo mi esposa? Si no puedo vivir, deja que muera. (Ya la llevan, ¡industria milagrosa! ) Luego que cautivaron a tu Florinda, libres nos dejaron. Pienso que algún romano lascivo intentó hecho tan villano; Llevad esa hermosura y no sigáis la gente. (Gran ventura, pues tanto amor merezco; pero parte y procura hablar al cónsul. hoy el alma por víctima te ofrezco.) ¿Adónde vais, cobardes, haciendo de mí mal torpes alardes ? Toda la ventu ra en sus manos consiste. Es gran razón. Si no rescato, ¡ay, triste!, mi querida Florinda, también Numancia a su poder se rinda.
JORNADA TERCERA
¿Que ya estás determinado? Ya determinado estoy. De suerte me has injuriado que no sé cómo no doy fuego en mis celos mezclado. No sé cómo no destruyo el ejército que miro, viendo el mal término tuyo; rabia y veneno suspiro, u n Etna en el alma incluyo. Ingrato y torpe romano, sólo en tu apetito cuerdo, porque con pecho villano buscas la gloria que pierdo con la desdicha que gano. Porque de ti me f'ié me quieres tratar ansí. ¡Calla! A los cielos diré vil, que no hay lealtad en ti; en Roma, lealtad ni f e. ¿ Así a Florinda me quitas? ¿Esto es valor y nobleza? Mi enojo y cólera irritas. ¿No ves que con tu vileza hasta las piedras incitas? La palabra que te di no debo cumplir, ni es justo; que un traidor se trata ansí. Sólo atendiendo a mi gusto, ayudarte pretendí; y quien contra su nación y su patria se conjura por una leve pasión, que sufra esta desventura es justísima razón. Por infamar a tu amigo, tan gran traición intentaste; y quiere el cielo, enemigo, que lo que con él usaste, Cayo Mario use contigo. Conténtate solamente con que Retógenes siente tu mal en desdicha igual; que cuando es común el mal se sufre más f ácilmente. Pues ya que está mi deseo entre imposibles metido, baje al reino oscuro y feo; sufra triste y afligido las penas e.le Prometeo, y no al Cáucaso amarrado sino su gran pesadumbre sustente en mi pecho airado. No me dé el cielo su lumbre, la tierra su centro amado; el aire con que respiro me niegue el vital aliento; y en las desdichas que miro, llore el húmedo elemento con el fuego que suspiro, si antes que el rojo arrebol dore otra vez monte y llano, saliendo de oriente el sol, no diere espanto al romano la furia del español. ¿No has visto en los arenales de Libia león hambriento, que con heridas mortales forma u n estanque sangriento de diversos animales? Y vuélvete a tu ciudad, si vida, español, deseas ... ¿Hay semejante maldad? antes que el castigo veas de tu bárbara impiedad. ¿No has visto una tigre hircana romper armas y paveses; y con fiereza inhumana, entre perros irlandeses y entre juventud lozana, un jabalí, cuyo diente, si no navaja ligera, agudos filos desmiente? Pues así me considera entre la romana gente. Allí tus palabras vanas, pues así la fe profanas, tendrán el castigo igual, y allí verás que Aníbal no os hizo más daño en Canas; y quédate, que un retrato de la mentira me ofreces, y si agora no te mato, porque mueras muchas veces tu infelice fin dilato. Vete; que de tus afrentas el alma enojo no siente, En un apacible prado descuidados los cogimos, donde a Cayo Mario vimos más amante que soldado; porque apenas de Florinda los bellos despojos vio, cuando a los demás dejó, sin que los venza o los rinda, pudiendo muy fácilmente darles muerte rigorosa; y Florinda, más hermosa que Venus resplandeciente, como espada no tenía, entre las quejas que daba, más con los ojos mataba que con las manos hería. Retirámonos, en fin, y Mario viene tan loco que pienso que tiene en poco ver de aquesta guerra el fin. y en las locuras que intentas la vida me das ausente, y presente, me atormentas. Llora el perdido tesoro de aquellas madejas de oro tú que te estás abrasando, y yo viva contemplando A heroicos hechos aspira. Aquí está. ¡Bravo soldado! Honrarle puede el Senado. los bellos ojos que adoro. ( El rey airado me mira.) ¡Por los dioses soberanos! ... ( Envidia es, sin <luda alguna.) que sus términos villanos he de castigar, haciendo que Cipión goce amoroso de Florinda el rostro hermoso por quien yo vivo muriendo. ¡Ah cielos!, quede vengada mi injuria, mueran mis celos; mas no me venguen los cielos cuando tengo honor y espada. gran peligro fácilmente mi vida hubiera corrido. Con todo, la muerte dieron a más de dos mil romanos, con cuya victoria, ufanos y libres, se regocijaron. ¡Gran valor! (Este es Megara, que de sus celos movido. la venganza ha pretendido.) ¡Bravo esfuerzo! O alguna deidad tus glorias anima o es tu valor. ¡Fuerte cuidado, el mayor que han visto humanas memorias! Oh, señor. Rey invencible, Cayo Mario. ¿Qué te espanta? Ver que con fiereza tanta aquesta gente terrible de mis armas se defienda. Mil españoles gallardos, como tigres, como pardos, llegaron hasta mi tienda; y a no estar tan prevenido de guarda ilustre y valiente, ¡Virtud rara! Para que olvides, señor, ese disgusto presente, a un gusto y gloria excelente hoy te convida el amor. ¿Viste a la orilla del Tibre, cogiendo en manos bellas rosas en lugar de estrellas, ninfa hermosa o diosa libre? Pues tal es una divina doncella a quien Mario sola cautivó, ninfa española si no Venus numantina. Haz que la traiga y verás, si es que el sol se deja ver, la más hermosa mujer que ha visto el mundo jamás; y goza sus bellos ojos sin que temas infamar te; que en su templo aun del dios Mar te cuelga el amor los despojos. (No sé, ¡por las soberanas luces!, si estoy en mi acuerdo.) ( Pues tú ganas lo que pierdo, has de perder lo que ganas. ) ( ¿Hay tal envidia? ¿Hay tal suerte de venganza? ¿Hay tal error? Yo la tomaré mayor, vil africano, en tu muerte. ) ¿Tan bella es? Es milagrosa. Quiero verla. No, señor, porque pretendo -¡ay, amor! recibirla por mi esposa; que es muy noble y principal, demás de su perfección. Esa determinación no es a quien eres igual. ¿Sabes que dos mil mujeres del real he desterrado, y tan inconsiderado por un amor loco, quieres que me matará su vista si de su fama me admiro. Mas, ¡por el cielo sagrado!, que si gozas su belleza, que has de perder la cabeza como el más triste soldado. después de tantos trofeos, humilló sus muros altos, si acaso de amor probaste tal vez penetrantes rayos, escucha atento las penas de un corazón lastimado. Yo amé, señor, tiernamente desde mis primeros años Licencia de hablar te pide de paz el gran general de los españoles. ¿Cuál fuerza a la suya se mide? Entre, y asientos llegad. dos resplandecientes soles en un cielo de alabastro, una hermosa numantina, cuyo noble padre anciano, si agora Numa Pompilio, fue de Alcides un retrato. En fin, para no cansarte, después de sucesos varios, ( Fuego mis entrañas sienten.) de prolijas pretensiones y de amorosos cuidados, me la prometió su padre, a pesar de émulos vanos Los cielos tu vida aumentan. ( ¡Qué valor! ) ( ¡Qué majestad! ) Seas, español, bienvenido que con verte me das contento. Oye mi desdicha atento ... que, envidiosos de mi suerte, mis desdichas intentaron. Y yo -la verdad te digo que nunca he tenido espanto de vuestras armas ni miedo de innumerables soldados, que si aunque me daba voces el son de Marte enojado, daba amor sus intereses, que es invencible tirano, ( Paciencia a los cielos pido.) y orillas del sacro Duero en un apacible prado Ilustre cónsul de Roma, a quien la antigua Cartago, man<lé celebrar mis bo<las con regocijo y aplauso. de la muerte; que ya hubiera visto el tenebroso caos. Pero apenas de Florínda Y así vengo a suplicarte -que así en Numancia llamaron permitas que redimamos a mi esposa- alegre y tierno a Florinda; así, de Néstor tocaba la blanca mano, cuente los felices años. cuando turba mi contento Un talento de oro fino, un escuadrón de romanos, gran Cípión, conmigo traigo; en pelear, valerosos, que ni ella merece menos, y en acometer, gallardos. ni yo puedo ser más largo. Faltó a mi esposa el acero; No te ciegue su hermosura; que a tenerle, de los campos que más gloria, mayor lauro fueran granates las flores será el vencerte a ti mesmo y corales los peñascos. que el ganar reinos extraños. Vime entre armas enemigas Dame, señor, a mi esposa; como el toro, que, acosado y si no merezco tanto, de mucha gente, está fiero, manda que a mí me cautiven. el primer golpe dudando; Seamos los <los esclavos; y así pudieron los tuyos, que como sin ella tengo aunque dejando en el campo la vida por muerte, alabo algunas vidas, llevarme con ella las desventuras el premio de mis trabajos, la dulce prenda que adoro, que me diere el cielo santo. la causa de mi descanso, Mucho me pesa, español como al polluelo inocente. famoso, que te haya dado ¡Vil escuadrón de milanos! mi gente tanto disgusto; Si lo sentí, tú lo juzgas, que yo no vine a empeñarlos pues eres discreto y sabio; a robar flacas mujeres, aunque es poco el sentimiento sino a ejercitar las manos cuando pierdo un bien tan alto. en destruir a Numancia, Solamente la esperanza del mundo temor y espanto. de tu piedad me ha librado Y los que tan vil hazaña emprendieron, más mostraron ser incastos y lascivos que valerosos soldados. Manda que traigan al punto esta <lama, Cayo Mario. Pues, señor . .. Florinda está aquí. (Bien la alabaron, [ ¡por los cielos!, que es divina. Es su rostro soberano ..., No me repliquéis, que ¡por los dioses sagrados! que vuelva tu nombre a Roma solamente. mas ¿qué es esto, pensamiento? ¡Oh enemigo, oh vil, oh ingrato! ¿De la luz de mis hazañas queréis eclipsar los rayos? Pero ¿no soy hombre? No, (Si no acabo con la vida es porque pienso vengarme de estos agravios.) ni es razón imaginarlo; que tengo el alma divina, aunque vive en cuerpo humano. ¡Afuera vanos deseos! ; que Cipión el Africano sólo imita en las acciones a los dioses soberanos.) Aquí está, bella Florinda, tu esposo. Vida me has dado, señor, con nueva tan buena. ¡Esposo mío! ¡Regalo y gloria de mis sentidos! Antes hallo gusto en ella; que yo sé que los que murieron, caro se venderían. ¿Cómo está Numancia? Dando a los cielos por tu ausencia quejas envueltas en llan to. Recibe, español, tu esposa, y ve a dar a los cercados con tu presencia consuelo, alivio con tu cuidado; y del oro que me dabas por su rescate, te hago donación. Sirva a Florin<la de dote. ¡Oh nuevo Alejandro, cante hazaña tan heroica la fama de Tile a Batro! ¡Vivas al pesar del tiempo, y Roma tus simulacros, como los de Apolo, adore en bronce y en blanco mármol! Con razón te reverencian desde los Alpes helados hasta donde el cielo toca l a cumbre del monte Tau ro. Mira, cónsul invencible, si para servirte valgo, que yo me vuelvo a los muros de Numancia publicando a voces que vales más tú que todos los romanos. ¿Quieres saber quién es Roma ? ¡Por Júpiter sacrosanto!, que hay infinitos en ella a quien en vir tud no igualo; y no digo bien: yo soy -sin tratarte con engaño el menor, español fuerte, de todos los ciudadanos; mira qué tales serán los otros, y si el Senado merece que le obedezcan los numantinos gallardos. Haz que deje tu ciudad las armas; que en tales casos soy muy bueno para amigo, para enemigo muy malo. Cipión, en tratando de eso, manda que los dos volvamos a la prisión y los cuellos nos siegue acero villano. ¡Gente extraña, por los dioses! Las escuadras prevengamos, Yo sé que necesitados que ma ñana cuando el sol saque del oriente el carro, estáis de sustento. he de probar la fortuna, dando a Numancia un asalto. Así es verdad. Para saber si los reyes Y que han faltado en treinta días que dura el cerco muchos soldados. Verdad es también, mas piensa que los pocos que quedamos por mil legiones valemos. Dame licencia; que parto a ver a mi patria y ser cómplice de sus trabajos. Yo pagaré, general, con mi espada y con mi brazo esta merced que me has hecho. ¿Cuándo? Nunca quise con términos bajos tomar venganza de quien me ha ofendido y me ha agraviado, pero si tú por un gusto lascivo fuiste tirano de todo mi bien, ¿qué mucho que vengase mis agravios, impidiendo tu contento, ya que no pude gozarlo? De todo me darás cuenta Cuando te venzamos. Terrible resolución. Si no intentas asaltarlos con el acero en la mano, en el puesto que te he dicho. Allí te estaré aguardando. en Numancia con la fuerza, cónsul, de todo tu campo, no pienses que has de vencerlos. Por la maza con que muerte a la sierpe Alcides dio, que he de ver si puedo yo tener venturosa suerte en dar la muer te a Cipión y librar a mi ciudad; que aunque es gran temeridad, mayores mis bríos son. Mi mujer, que está cansada de mi buena compañía, a que lo intente me envía. Es mala hembra, es taimada; mas yo voy porque se <liga que en España aun los villanos tienen valor, tienen manos, y que el honor les obliga. Traje romano me he puesto para no ser conocido; la noche obscura ha tendido al mundo el manto funesto. Una tienda he visto allí pagando el atrevimiento <le venir contra Numancia. Bien sé que me han de matar, pero más quiero morir con fama que no vivir con tal disgusto y pesar. Olalla tendrá contento, que al cielo ruega, ¡oh soez!, que yo no enviude una vez y que ella enviude ciento; y llegando a preguntar la causa, da en responder que no he de encontrar mujer que me sepa remendar, y que a compasión moviera verme andar roto y sin tino, mas que ella, si yo me fino, se pasará como quiera. de labor y hechura real; pienso que es del general según compuesta la vi. En su cama su arrogancia ¡Ah, soldado! ¿Qu ién es? (Ya me han visto.) morirá con fin sangriento, Tome esta alabarda y haga en el cuerpo de guarda la posta. ( Agora conquisto gran fama.) Venga y sabrá el orden que ha de tener. ¿Orden? Que no es menester. Pues ¿por qué? Allá lo verá. Los soldados que embosqué aguardan ya la señal para dar en el real. Concédeme, ¡oh cielo sabio!, venganza de tanto agravio, remedio de tanto mal. Deseo de mi venganza, creced, pues que crece en mí el dolor después que vi tan perdida mi esperanza. Tened cierta confianza de que será mi rigor honrado, si fui traidor; porque en la empresa que sigo, la traición contra un amigo me dará aumentos de honor; porque para remediar una hazaña tan infame haré que el mundo me llame rayo en vencer y en matar. Mi mancha se ha de lavar (Siguiendo voy mi fortuna y tan tarde llego al puesto.) Dirás que he tardado. ¿Quién viene? Cayo Mario soy. con la sangre del romano. Nu mancia, si fui tirano por un loco desatino, esta noche tu divino nombre hará eterno mi mano. ¡Muera esta gente sin fe! ¡Muera Mario!, a quien creí cuando tan fuera de mí de su palabra fié. ( ¡Cielos, sin juicio estoy! ¿Hay tal dicha? ¿Hay tan gran bien? ) No te espantes si he tardado, que el oficio me ha impedido; porque el cónsul me ha tenido con negocios ocupado. Y porque satisfacciones de noche y en tal lugar no se han de pedir ni dar, excusemos las razones, y saca la espada. ( Entiendo que viene desafiado y por otro me ha juzgado.) que ha habido hombre en todo el mundo que venciese a Cayo Matio? ¿ Posible es que a mi enemigo, suerte esquiva, le has honrado tanto? Infame, tu fin pretendo. Agora, tirano . . . Agora de tus términos villanos . .. verás quién son los romanos. ya que el alma gime y llora, vengaré el atrevimiento. ¡Triste de mí, muerto soy! Sin duda he tardado, aunque al mismo viento sigo. Inaccesibles montañas, excusad mi desconcierto. Vuelve, rey, que no estoy muerto. Saca envuelto en mis entrañas el corazón que le di a la ingrata por quien muero. Otra vez con el acero pasa el pecho que rendí a su divina hermosura. ¿Qué encanto es éste que toco? Con eso a tu gente doy el merecido escarmiento; mas ¿qué es esto? Ya, sin duda, de la emboscada ha salido mi gente y los han sentido. Razón será que yo acuda en esta facción violenta a esforzar su intento honroso, Ya las fuerzas . .. Estás loco. van faltando. Noche obscura, da lugar a que Diana pues he sido tan dichoso que ya he vengado mi afrenta. ¿Es posible, tiempo vario, hado vil, cielo iracundo, muestre su resplandeciente antorcha, o salgan de oriente las luces de la mañana para que pueda saber la verdad por quien me aflijo. «Vuelve, rey», una voz dijo; y pienso, a mi parecer, que es Cayo Mario. Llegarme quiero, mas ¿quién va? Yo soy, que el alma a los dioses doy, rey, si no quieres ma tarme. Bien puedes, pero si dura tu piedad y ánimo altivo, y ya no tan vengativo te duele mi desventura, llévame a mi tienda y da remedio a mi cuerpo triste. Yo confieso que venciste; tuya es la victoria ya. Da medicina y consuelo -así prosperen tu vida los cielos- a mi herida. Muestra tu piadoso celo en esto. ( ¡Confuso estoy, por Júpiter sacrosanto!, y entre admiración y espanto en mil dudas vengo y voy. ¿Quién puede haberle herido por mí, si no es que, enojado, el cielo le ha castigado por la culpa que ha tenido? Pero [le] quiero llevar a su tienda; que he de ser difícil en resolver, cuanto f ácil en dudar.) Poseas, gran nieto de Masinisa, todo lo que el sol divisa, y de las aguas leteas no gustes eternamente. ¿Quién entenderlo podrá? Muerto Cayo Mario va, y el son de Marte se siente. Poned pies en polvorosa, Tronco; que ya queda muerto el cónsul de los romanos, y es menester que ligero os acojáis a Numancia antes que déis el pellejo. Pero la gente se acerca, y amanece; ya no es bueno hüir, que si me conocen, habré de pagar lo hecho. Ya llegan; para librarme me he de valer de un enredo. ¿Hay tan grande desventura? ¡Qué notable atrevimiento! En su cama misma han dado muerte al romano prefecto. Ponte en mis hombros. ¡Prendeldo! ¿Cómo está solo y sin armas fuera del alojamiento a estas horas? pez con pez. ¡Qué lindo cuento! Si de ese pie cojeáis, hermano, ayúdeos el cielo. No es muy linda la pregunta de los necios. ¿No puedo yo estar adonde me diere gusto? Tenéos, hermano. ¿Estáis sin sentido? El dios Baco ... y me pano en un desier to una moza de Alemania hija de la diosa Venus. ¿De qué legión sois, soldado? De una legión del infierno. El está borracho o loco. Mienten los que lo dijeron. ¿Yo borracho? ¿Loco? O me ayude o no me ayude, ¿qué se os da a vosotros de eso? ¿Habéis visto del real salir algún hombre? Cierto que no ha nada que pasó en un caballo ligero un hombre con una lanza, carirrubio y barbinegro. Este le ha muerto, sin duda. Algún numantino fiero será; que con imposibles viven siempre. ¿A quién han muerto? A Quinto Máximo Albino, de nuestro campo, prefecto. ( ¿Hay tal desgracia? Erré el golpe.) ¿No es muy grande desconcierto No saben lo que se dicen. que vengamos desde Roma a tener guerra con estos bárbaros? Cuanto mejor fuera -y se gastara menos conquistar por toda España todos los vinos añejos. ¡Qué gracioso disparate! ¿No son vinos de los cielos estos vinillos de España? Pues ¿quién será? El vino. Bueno. Si bebe el cónsul de Roma mucho, ¿no queda sujeto al vino? Sí. Vinazos diréis, si han puesto, hermano, vuestra cabeza como reloj de consejo. Dejalde y vámonos. Oigan una palabra primero. ¿Mas que no saben quién es, Luego, claro está que el vino es su dueño. ¡Linda necedad! Escucha. ¿Qué queréis? aunque sean muy discretos, el mayor señor del mundo? Los senadores supremos de Roma, que son señores Oigan un cuento. Escúchesele el minotauro de [Creta]. del extendido universo. Tomad el viento, de líneas, probablemente porque ese calor mitigue. ¡Qué bueno queda el mancebo! Fuéronse; ya estoy seguro, aunque tan sin gusto quedo que estoy por volver al campo a que estiren mi pescuezo. Pensé que era de Cipión aquella tienda. ¿Hay tal yerro? ¿Qué dirá Olalla si sabe que este disparate he hecho? con que encienden nuestro campo, o de qué caballo griego se valen 'para vencer nuestro generoso esfuerzo? La herida de Cayo Mario dicen, gran cónsul, los médicos que aunque es peligrosa esperan, señor, que tendrá remedio. A mí me han contado, rey, que sobre los hombros vuestros A todos los centinelas, violento, enojado y fiero, tengo de quitar las vidas. ¡Qué confusiones, qué sueños ha tenido aquesta noche, madre del engaño y miedo! Los numantinos asaltan el campo y, dejando muertos dos mil hombres, se retiran. Al invencible prefecto de los romanos han dado la muerte en su mismo lecho. Cayo Mario, sin saber la causa, herido le vemos y a pique de dar el alma. ¡Estoy loco; pierdo el seso! le trujisteis a su tienda; y no me engaño si pienso que por livianas pasiones tan gran locura habéis hecho. Que el valiente Cayo Mario me desafió es muy cierto, pero por los dioses todos que en el Olimpo supremo se asientan en sillas de oro, tachonadas de luceros, que cuando al puesto llegué le vi en el suelo sangriento, y que le llevé a la tienda persuadido de sus ruegos. Pues ¿cómo es esto, romanos? ¿Tan poco valor tenemos? ¿Son estos bárbaros dioses Basta. Si él no os disculpara, que me enojárades, creo. que pelean desde el cielo? ¿Qué espíritu les anima? ¿Quién les administra el fuego Todo es confusión y espanto. Esta vez acabaremos de morir o de vencer. Todo el campo está revuelto. Caro les costó la noche. ¡Ah <lel real! ¿Qué es aquello? Otra vez los numantinos que, como es mudable, gusta siempre de varios sucesos. Advertid que peleamos por los amigos y deudos, por los hijos y mujeres, por la patria y, demás de esto, por la amada libertad, joya que no tiene precio; y así, como es tal la causa, hace tan extraño efecto. Si queréis saber quién somos, salen al campo, violentos. ¿Qué es lo que queréis? Romanos arrogantes y soberbios, ¿dónde está vuestro valor con que el mundo tenéis lleno, este villano grosero de dar la muerte a Cipión ha tenido atrevimiento. En vuestro campo entró anoche disfrazado y encubierto, y viendo la rica tienda del prefecto y entendiendo desde la aurora al ocaso, de espanto, temor y miedo? En un mes que ha que cercada tenéis a Numancia, creo que faltan de vuestro campo diez mil hombres por lo menos. Decilde al cónsul que yo soy su amigo que le ruego, por lo que estimo su vida, por el amor que le tengo, que se vuelva por agora a Roma; dé tiempo al tiempo, que era la tienda del cónsul, en el profundo silencio de la noche le dio muerte; y fue el error su remedio, porque si al cónsul matara, le hiciera segar el cuello; que soy su amigo, romanos, puesto que contra él peleo. Y yo al bravo Cayo Mario dejé en vuestro campo muerto, aunque me tuvo por otro... ( Ya quedarás satisfecho.) y después con mis soldados en vuestros alojamientos mismos maté tanta gente que aumenté el curso del Duero. Pues ¿para qué porfiáis? Volveos, romanos, volveos; porque veréis vuestro fin si no levantáis el cerco. Yo y vuestro cónsul valiente peleamos cuerpo a cuerpo, mas por su gran cortesía dejé el combate, y queriendo No pienses que un paso atrás he de volver de este puesto, aunque de toda Numancia me cargue el poder soberbio. Toda tu gente ha huido, y agora mostrarte quiero, si tienes sangre romana, que sangre española tengo. retirarme, las insi [g]nías de su oficio y de su imperio hallé entre mis pies; y agora que tantas veces os hemos vencido, quiero traerlas Vete seguro a tu campo. No ha n de permitir los cielos que diga el mundo que el cónsul romano temió tu esfuerzo. ¡Numancia, victoria! Escucha a pesar del mundo entero. Yo con más razón soy cónsul de todo nuestro hemisferio, y poniendo a mis soldados en Italia, a sangre y fuego haré que Roma fenezca. ¿Hay tan grande desconcierto? ¡Muera Roma! ¡Roma muera! ¡Ea, roma nos, a ellos! las voces con que los nuestros la alegre victoria cantan. Pelea; que nada temo. Mira que viene mi gente, y es fuerza, si los espero, por el honor de mi patria que quedes cautivo o muerto. Aquesta deuda te pago, cónsul, de dos que te debo; la vida me diste un día, aquí la vida te vuelvo; y en otra ocasión podrá ser que te pague el extremo de haberme dado a mi esposa. ¡Ah, vario y mudable tiempo! Tu cortesía, español, como es razón, agradezco; y vuelvo al campo romano Je tus hazañas suspenso. Y si, salvando mi honra, levantar pudiera el cerco, puedes creer que lo hiciera. Queda a Dios. Guárdete el cielo. An tes, Je esos dos luceros y ele ese esfuerzo divino; que tus ojos y tu acero dan al romano atrevido, él, muerte, y ellos, incendio. Y aquí mi autor perdón pide, gran senado, Je los yenos; y os suplica que mafüma vengáis a ver el suceso de la invencible Numancia, terror del romano imperio. ¡Victoria! Si el rey Jugurta no mostrara tanto esfuerzo, de esta batalla naciera de nuestra pa tria el remedio, pero los roq:ianos quedan de tal suerte que yo pienso que levan tarán el campo, quebrantados y deshechos. Gracias a los dioses santos, patria amada, que te vemos libre de tantos trabajos. A dar las nuevas, entremos, a los míseros cercados. De tu espacia y tu consejo nacen todas estas dichas.
