Texto digital de El nuevo espejo en la corte
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El nuevo espejo en la corte. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/nuevo-espejo-en-la-corte-el.

EL NUEVO ESPEJO EN LA CORTE
Siempre, señor, soberano, mi alabanza es repetida, pues ponéis la eterna vida para todos en la mano. Bendita vuestra grandeza de todos sea llamada, conocida y ensalzada de las infieles naciones que obstinadas a porfía siguen con su idolatría, mil falsas adoraciones, que gracias os debe dar, poderosísimo rey, el que en vuestra santa ley habéis querido criar, pues en el mundo conociera la suma de vuestro bien; con verdad no hubiera quién, atrevido, os ofendiera. Perdonad, Dios, las maldades de tantos como os ofenden y que vuestra sangre venden al precio de vanidades y a mí, que en la religión con piadosa voluntad me apresto tu majestad, librando mi corazón de ser hechura profana del mundo y de sus engaños, con él doy infinitos daños Permite, señor, que lo sea de esta humilde vocación, causa de mi salvación por que glorioso te vea. Y vos, cándida azucena por quien vive mi cuidado todo de amor abrasado, pues que sois de gracia llena y habéis mi bien siempre sido, merezca mediando vos que alcance yo de mi Dios los favores que le pido. Seas por siempre alabado, ¡oh, gran Dios omnipotente! Salga aquí el perro menguado si es hombre y es tan valiente, salga el pícaro insolente, villano desvergonzado. ¿Qué hace, hermano? Nunca vi otra acción tan semejante. Ya he dicho que es un bergante y, si no la vio, yo sí. ¿Qué tiene? ¿Qué? El cocinero, osado y inadvertido, sabiendo que no he comido nada en todo el día entero de las que a mi cargo deja y muy con razón la siento desde el punto que amanece hasta el mismo que anochece nuestro sagrado convento. Pidiéndole mi ración ⸺aquí mi cólera arde⸺ a las cuatro de la tarde, que ya más o menos son, me responde desabrido que no me la quiere dar y yo, que llego a escuchar intento tan atrevido, resuelto doy un avance a este asador que armado estuvo y bien pertrechado con que logre el alcance. A valientes dentelladas, sin darme yo a mí lugar para poder resollar, me emboqué ciertas tajadas. Él, mirando mi osadía, sin poderse detener, echó un fiero Lucifer, quiere matarme a porfía, y por vida de... ¡Ah, hermano! ¿Es posible que sea tal que con ese natural parezca tan inhumano? Mortifique esas pasiones, que le pueden condenar. Padre, no puedo callar porque tengo mil razones. El que quiere merecer se ha de vestir de paciencia. Padre, en mí no hay resistencia para poderla tener. Si tuviera algo de santo, como tú, padre, lo eres, siguiera tus pareceres y me diera con un canto, que, aunque es para muchos bienes, mi voluntad no se inclina a una vida capuchina como tú, padre, la tienes, que, aunque al mundo no le cuadre y estorbes toda mi vida, que, en llegando la comida, no me tenga con mi padre. Y, pues, según ya lo veo, tanto de oírme se harta, tome primero esta carta que le traigo del correo. No sé de quién pueda ser. Deme acá. Dios le haga un santo. Bien puede, pero entretanto yo he de comer y beber y en esta proposición respóndame todo el pueblo si hay alguno que trabaje sin dar de comer al cuerpo. ¡Oh, gran Dios omnipotente, qué notables devaneos! ¡Qué disparate y locura! ¿A mí tales rendimientos? Aquí un príncipe me escribe, de Dios alcance, que acierte con mis pobres oraciones una pretensión que tiene ¿Veneraciones a mí? ¿Besamanos y cortejos a mí, que soy el más vil, el más torpe y el más ciego en el camino dichoso de la virtud? ¿Yo, que tengo los más inmundos pecados que los hombre cometieron? ¿Por siervo de Dios me tienen? ¡Oh, qué conocido hierro de nuestra fragilidad! Ya mi padre compañero, como acontecerle suele, empieza a hacer dos mil gestos. ¿Qué será esto de ahora? En fin, lo que aquí hacer puedo, obedecer y pedir, rogándole al padre eterno por esta necesidad. (Este padre, a lo que entiendo, es el varón religioso que tiene fama en el pueblo de grande siervo de Dios y comunicarle intento mi cuidado.) A vuestros pies,... Otro chiquillo tenemos. .reverendísimo padre. (¡Oh, señor, otro tormento, otra pena, otro dolor!) Alzad, señora, del suelo y decid lo que mandáis. (Deme tolerancia el cielo. ¿Reverendísimo a mí, cuando el estado profeso del más infame y soez que hay en todo el universo?) Hablad, señora, decid si algo por vos hacer puedo, que ya deseo serviros. Así lo haré, mas primero os suplico, padre mío, para que pueda mi pecho con más valor declararse, aunque sea atrevimiento, que a esto el ser mujer me obliga, de recatado y ligero corazón apasionado, que los dos solos quedemos. Sí haré de muy buena gana. Váyase, hermano, allá dentro. Y perdón por linda cosa conversación en secreto los dos pretenden tener, ¿Qué es ⸻¡vive Dios!⸻ lo que veo? ¡Oh, desvergüenza civil! Así lo haré, mas primero he de saber. ¡Vive Dios! ¡Oh, noble atrevimiento! ¡Oh, fraile enjerto en mundaria! ¡Oh, mujer, oh, amor, oh, fuego, que así enciendes a los hombres! ¡Oh, vil sesto mandamiento! Pero, diciendo verdad, de envidia me estoy mordiendo si esta amiga de frailes... Mujer, mira que te ofrezco todo cuanto me pidieres si quieres templar mi incendio Hablad, pues. Obedeceros es fuerza. Escuchadme, padre, atento. Doña Polonia Jiménez, hija de Vicente Pedro Jiménez, labrador honrado en el antiguo y excelso lugar cercano a esta corte lugar cercano a esta corte que llaman de Cimpozuelos, nací; por nuestra fortuna, con título de pechero, no por menos noble que otro ⸻sí, padre, según lo entiendo⸻ por menores conveniencias, que es antiguo rito y cierto que el tener o no tener son dos linajes opuestos en nuestra naturaleza que siempre están compitiendo; según muchas experiencias, el rico siempre venciendo con su poder porque siempre es calidad el dinero. Yo, pues, huérfana de padres, honradamente atendiendo a que ninguno en el mundo nació padres escogiendo y dando por asentado que a mí me escogiese el cielo a ser de padres humildes y, asímismo, conociendo que por sus hechos cualquiera ⸻ya sean malos o buenos⸻ a buena luz conocido sólo es hijo de sí mesmo, más que de sus padres propios y, que ya los míos muertos no me han de dar la nobleza si yo por mí no la adquiero viviendo con el decoro que corresponde a mi pecho, pues viviendo honradamente por muy ilustre me tengo, que estas circunstancias todas pueden servir de istrumento para que más fácilmente me podáis dar un consejo, que es el que vengo a pediros, pues, aun con ellos viviendo, en la voz del lugar todo, con el obstáculo o sello de no haber sido mis padres acompañados de aquellos que llaman en el lugar hidalgos o caballeros, nadie hace caso de mí, y yo, con todos haciendo lo que hacen todos conmigo, solo a mi recogimiento tengo por padre y por madre, por amigo y compañero. Os hago saber ahora que un indiano caballero muy noble y acomodado, natural de Cimpozuelos, que había veintiséis años que faltaba de estos reinos, ha venido por su gusto a ver su patria y sus deudos y, habiéndome visto a mí, sin conocer a qué efecto, no sabiendo quién soy yo, con señas, con rendimientos, con papeles, con recados, con músicas, con paseos, a deshora de la noche, con regalos, con dinero, como si hubiera admitido que eso no cabe en mi pecho, ha dado en solicitarme con tanta instancia y aprieto que ni en la iglesia ⸻que es donde se debe el sumo respecto a Dios más que en otra parte⸻ verme libre de él no puedo. Yo, pues, para embarazar, siendo estorbo para que otro hidalgo que propuesto tenía para casarme, bien conocido en el pueblo, a quien llaman don Manuel de Ayala, viendo el empeño que hace don Pablo Carrillo, con noble, prudente acuerdo se ha retirado, dejando de intentar mi casamiento. ¿Este desigual tormento, este cuidado, esta pena y el notable detrimento en que se mira mi honor con tan sospechoso riesgo cómo conocer se deja? De vos noticia tiniendo y de vuestra gran virtud y, asímismo, conociendo que el que a Dios sirve de veras tiene todo el cumplimiento de ciencia y sabiduría, hoy acelerada vengo como afligida mujer a hallar en vos el remedio y, si por mi gran desdicha en vos hallarle no puedo, desesperada... Tened, que ese arrojo, ese despecho más es ya ofensa de Dios que pundonor y, supuesto que ese hombre que decís o ese hidalgo caballero con tanta instancia os pretende, bien pueden ser sus intentos, aunque malos os parezcan, muy decentes y muy buenos. ¿Y eso, padre, pues, decidme, cómo yo podré creerlo? Haciendo el juicio de que bien pueden ser con pretesto de que seáis su mujer. Eso, padre, no lo apruebo ni a ello me he de persuadir porque, si para ese efecto fueran sus solicitudes, hay muchos decentes medios por donde alcanzar se puede, sin escándalo del pueblo, ni me puedo persuadir ⸻otra vez a decir vuelvo⸻ a que un hombre noble y rico y que habrá, según entiendo, dado vuelta a todo el mundo venga a mí con ese intento, pues, aunque yo, padre mío, fuera hermosa por estremo, tampoco me persuadiera a que un hombre que, corriendo grande parte de su vida muchas provincias y reinos adonde precisamente habrá de hermosura estremos, haya yo venido a ser la de su mayor aprecio; con mi hacienda no se puede decir que a inclinarle muevo a que por mujer me quiera, pues toda la que yo tengo en cuatro granos se encierra mal vendidos, cuyo precio apenas me puede dar para un preciso alimento y, así,... Más no me digáis, porque quiero responderos a vuestras proposiciones primeramente advirtiendo de que no a todos los hombres lleva Dios por un intento, que a unos por inclinación, a otros por voto que han hecho, cumpliendo a Dios la palabra, teniendo por devaneo la vanidad y otros, por que quiere el cielo que así a ejecutarse llegue, y puede ser lo más cierto que a ese hombre que decís le asista alguno de aquestos motivos para casarse. ¡Ay, padre, que no lo creo, que son deseos lascivos! También hay hombres honestos que, movidos de sí mismos, se inclinan a lo modesto. ¡Ay, padre, que son traidores! También hay leales pechos que, amando en Dios la verdad buscan un fin verdadero. ¡Ay, padre!, que, aunque es verdad que esas razones concedo, son muchos más los que hay mentirosos lisonjeros que con lo público halagan y muerden con lo secreto. Pues, hija, a seguir a Dios, que a tan sabios argumentos no hallo consejo que daros. Solo, sí, pues conociendo por providencia divina estáis constante en lo bueno, que viváis como hasta aquí, guardando el tesoro regio de la castidad, que así en todo feliz suceso tendréis, y yo de su parte os le aseguro y prometo. Pues, en fe de esa palabra y de tan santo consuelo, acordándome de vos, iré gustosa creyendo todo lo que me decís. Guárdeos el cielo, que yo voy a proseguir en el agradable rezo de aquel sagrado volumen a quien por amante tengo Ven a mí fuente de gracia, ven, paraíso terreno, ven, descanso de la vida, dulce jardín, prado ameno de celestiales fragrancias..., pero ¿rendido del sueño débil, flaco y rendido? ¡Qué divina gallardía! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! ¡Qué maravilla! ¡Qué asombro! ¡Oh, qué hermosura! ¡Oh, qué cielo! ¡Qué perfección! ¡Qué milagro! ¡Qué fuego de Dios! ¿Qué incendio me arrebata el alma? ¡Hermano, hola, hermano, compañero! ¿Dónde está? No me responde. Padre, padre, ya prevengo lo que puede suceder y voy al punto corriendo a castigar un malvado padre de los embusteros, verdugo de almas cristianas y alguacil de los infiernos, que vive Dios de esta vez que le he de poner el cuerpo más maduro que un tomate. ¡Que haya de ser tan tremendo! Hermano, no sea loco, tenga modestia, sea cuerdo, no falte a la obligación de acudir a los enfermos. No tiene escusa este cano, voy al istante al remedio. No hay quién pueda sostenerle, pero su inocencia apruebo y es fuerza sobrellevable. Denle su auxilio los cielos y muévanle el natural dándole el conocimiento, que espero de su bondad el infinito remedio, pues su misericordia es tanta y es diamante de tal precio que no se le halla fondo por reservado en sí mesmo. ¡Ayúdeme aquí san Telmo! ¡Jesús, Jesús! Verbum caro factum est, sanct Nicodemus. ¡San Hilarión, san Anselmo! ¡Abernuncio, Satanás! Hola, Deo gracias. ¿Qué es esto? ¡Kirieleisón, kirieleisón! Cristeleysón, padre nuestro. ¿Hay semejante locura y más raro desacierto? ¿Cómo viene de ese modo? Como vengo presumiendo que ya con su reverencia el traidor al redopelo entraba como otras veces, pues bien sabe que no es nuevo tenerle medio y darle tantas puñadas que le deja sin que se pueda y es de verdad muy buen el hacerme esa pregunta Calle, hermano, que no eso, que aun es caso más notable y de mayor sentimiento para quien ama de veras. Pues, supuesto que no es eso lo que nos ha sucedido, quítome los instrumentos del santo conjuro. Aguarde, que luego al istante vuelvo. Cierto de loco le pruebo remedio ¿Qué es, pues, lo que ha sucedido? Que ahora, vencido del sueño, soñando estaba ⸻no halla razones mi triste aliento para poderlo decir⸻ que todo el poder del cielo que es Jesucristo y su madre mirando estaba suspenso no cabe el poder decirlos y es tan grande el sentimiento, que desperté acelerado haciendo tantos estremos y con el favor de Dios y con su poder inmenso. Aunque pobre religioso, he de buscar algún medio para tener un retrato de tan soberanos dueños que llevar por los caminos, y tanto como por esto como por Que esta imagen soberana ha de servir a remedio en muchas necesidades, trabajos y desconsuelos que se verán en el mundo en los tiempos venideros y, así, sin más detenerme, hermano, aguarte aquí dentro, que voy a esta diligencia y luego al istante vuelvo. Vaya muy en hora buena y, pues que solo me quedo, será para hacer en tanto aquí un soliloquio nuevo. Hermano Talego. ¿Quién me llama?, pero ¿qué veo? Señor don Manuel de Ayala, por acá, pues ¿qué hay de nuevo? A fray Francisco buscando vengo. En este instante mesmo de aquí se acaba de ir, pero, si algo quiere, tengo ausencias y enfermedades para obrar por él portentos. Vea, si quiere que haga algún milagro casero, le haré al punto. A fray Francisco busco para hablarle. Luego vendrá, que es hora de dar de comer a los enfermos y a eso nunca falta. Espere aquí, que en tanto hablaremos de novedades. Ninguna sé que haiga ¡Bueno es eso cuando notando se están cada día en Ciempozuelos! Yo las ignoro. Pues diga, ¿no es novedad de estos tiempos que los hombres se transformen en mujeres? ¿Cómo es eso? ¿Cómo? Quitándose toda la barba a navaja, luego se ponen una peluca blonda, logrando con ello convertirse en puras viejas por desmentirse de viejos. ¡Qué locura! Laura, el manto échate bien, que no quiero que don Pablo me conozca. ¡Como es fácil si siguiendo con pasos de convidado viene tras las dos! Su intento no ha de conseguir, que he dado la palabra de huir del riesgo que me causa a fray Francisco. Pues ya por ahora creo no es fácil. Sí lo será. ¿De qué suerte? ¡Ah, caballero! (Mas ¿qué veo? Don Manuel de Ayala es, mas, pues no hay riesgo que tapada me conozca, de él me valdré.) ¿En qué puedo serviros? Honor y vida me importa que un caballero que en mi alcance viene no me siga y, pues que sé cierto también lo sois, cumplid con lo que os debéis a vos mesmo. Aguardad. ¿Qué es aguardar? Atrás se dejan el viento y los vientos de atrás siempre güelen mal y suenan recio. Ya ampararla se hizo en mí obligación. Ese empeño a los de mi religión toca. ¿Por qué? Porque duelos de tales mujeres tienen en el hobspital remedio. Ella es y la he de seguir, que es desaire manifiesto que mis rendimientos pague con desvíos y desprecios. Señor don Pablo Carrillo. ¿Qué mandáis? Que hablaros tengo en un lance. (Detenerle de esta suerte aguardo.) Luego os buscaré, que otro a mí me llama ahora, a que no puedo faltar. El mío no admite dilación. Ni el mío tiempo puede perder. Escuchad. Baste decir que siguiendo voy una dama. Tened. ¿Sabe usted (ahora yo entro) si han venido golondrinas? Aparte, hermano. No quiero ¿Vos decís el que os importa seguir a una dama? Es cierto. Pues yo que no la sigáis también me importa. (¿Qué oyendo estoy?) ¿Conoceisla vos? No la conozco. Pues, siendo así, ¿qué os va en ello? Haber dado mi palabra. Creo que mal la cumpliréis, sí, pues con la punca de mi acero me haré paso. Con la mía lo estorbaré en otro puesto porque no es bien profanar el claustro de este convento. Pues seguidme. Ya yo os sigo. Tantum ergo sacramentun vineremur cernui et antiquum documentum. ¿Qué es esto? No lo viendo, pasar de la iglesia a dar el beatico a un enfermo. Raro acaso. Estraño aviso. Adorar antes debemos. Decís bien. ¿Pendiente un duelo? Esto es ser malos cristianos, pero católicos buenos Vamos ahora. Tened, pues, habiéndose interpuesto el que es rey del cielo al ir a concluir nuestro empeño, católica acción no fuera que con tan gran medianero nuestro duelo no cesara. ¿Vos ⸻según habéis propuesto⸻ decís que no conocéis la dama? Y jurarlo puedo a la cruz de aquesta espada. Pues satisfacerme debo, que no está la culpa en vos, que solo en ella está el hierro Esto acabó. Yo no doy satisfación. Ni pretendo yo que la deis, mas me basta para quedar satisfecho y no hay razón para que los dos nos perdamos, siendo causa una dama, por solo emplear en mí sus desprecios y, así, vuestro amigo soy. Yo, don Pablo, lo soy vuestro y, a no haberos motivado a este disgusto, lo mesmo obrara, pues se interpuso. Dios sacramentado a nuestro impensado duelo. A no haber dejado el empeño, con este jifero yo... ¿Qué hace, hermano? Obrar lo mesmo que vieran hacer los Malcos por lo que tengo de Pedro, que, aunque Talego me llaman, solamente es por proverbio, porque me ven con talega pedir para los enfermos. Quedad con Dios. Él os guarde. Ir a la casa revuelvo de aquesta ingrata a que sepa cuán justo es mi sentimiento. Después volveré a buscar a fray Francisco. En aquesto paran las pendencias. Yo a ayudar voy como suelo, los biscochos a mascar a desganados enfermos. De este, pues, amante sueño y este celoso cuidado, como de él enamorado, me ha resultado el empeño, ansioso y acelerado, con admirable hermosura que me hagáis una pintura al modo que la he soñado. No encuentro dificultad, pero he menester saber, para podérosla hacer, por menor, su propiedad: ¿es soledad, concepción, medio cuerpo o cuerpo entero?, porque luego al punto quiero ponerla en ejecución. Pues la pintura ha de ser ⸻¡oh madre de almas y vidas!⸻ de dos tercias bien medidas de largo y ha de tener ⸻¡Virgen, mi discurso ampara!⸻ solo de ancho media vara de peregrina hermosura, pues os es justo el sabello, y un cuerpo agradable y bello no más de hasta la cintura, y que como en dulces lazos tenga con amor prolijo a su santísimo hijo manteniéndole con sus brazos y, para que ejecutar podáis lo que habéis de hacer, ahora pretendo saber lo que me habéis de llevar, caritativo primero, mirando, como es forzoso, que soy pobre religioso y mendigo limosnero. Lo que le puede costar es a vuestra reverencia aquel precio que en conciencia puedo pedir y llevar: si ha de ir como ha de ir. Ese es muy alto pedir. No digáis tales razones. que hablando con igualdad y bondad en cosas tales os daré sesenta reales, que hoy es todo mi caudal, si en esta hacerlo podéis y, si no, no hay replicar porque Más merece, pero, en fin, el corto precio os concedo, que por vos hacerlo puedo. (¡Oh, alma de serafín!) Pues, supuesto que ya está nuestro concierto ajustado, de nuevo os pido el cuidado, que en aqueste punto os da vuestra propia obligación en que salga la pintura con tal primor y hermosura que mueva a gran devoción. Eso, padre, es muy forzoso y estar podéis satisfecho, que mi católico pecho será en todo cuidadoso, que para poder copiar con perfeción y hermosura tan peregrina pintura mucho pueden desear. Los rasgos de mis pinceles lleguen a ser en mi mano los de un famoso Tiziano y un acreditado Apeles y, por que veáis cumplir la palabra que os he dado y que con todo cuidado solo os deseo servir con lo que mi fe os promete, sin más dilación comienzo a dibujar este lienzo que tengo en el caballete, que sin que nadie lo impida mediante lo que decís en el lienzo que pedís está con propia medida. Así, en su ser lo colijo, bien la podéis dibujar, que no quiero replicar por no parecer prolijo y que os dé, como es razón, pediré a su majestad luz, acierto y brevedad en tan santa ejecución y así... ¡San Lesmes! ¡San Pantaleón y el glorioso san Silvestre en tal conflito me valga! ¡Válgame Dios dos mil veces! ¿Qué tiene? ¿Qué ha sido eso? ¿Tal rumor de qué procede? ¿Qué ha de ser? Que, estando ahora como lo acostumbro siempre, para moler las colores de un repentino acidente sin haber persona alguna ni criatura viviente quedar pudiese ocasión encima de mí se vienen, lloviendo como granizo, tablas, redomas, aceites, aguas, polvos, escudillas, brochas, compases, pinceles, cazuelas, moldes, dibujos, con los demás ingredientes de nuestro noble ejercicio, de modo que todo este matalotaje ha dejado hecha la casa un ingüente de más de doce mil diablos, según se mira y se güele. Esto es lo que ha sucedido y el demonio, que no duerme, es quien lo puede haber hecho para tentar a la gente. No dices mal y, pues siendo yo quien a su cargo tiene el estorbar las virtudes que arruinan, rompen y vencen mis furias, mi tratos y mis soberbias altiveces, yo he sido ⸻¡ay!⸻ que, envidioso de este fraile penitente que con todas sus virtudes tan abatido me tiene, y al ver que se ha de aumentar con la imagen que pretende para tener sus coloquios en solitarios albergues, con ella por los caminos, pues solo su intento es este, con este estorbo he querido que la devoción le cueste zozobras y sobresaltos, pues de otro modo no pueden mis infernales ahogos su intensión desvanecerle y he de estorbar con mis iras que ninguna igualdad lleven en la ejecución del arte los rasgos de sus pinceles porque en lo imperfecto y tosco ninguno la reverencie. Lo que yo he dicho es lo cierto. ¿De qué, padre, se suspende? Digo que el demonio ha sido, que otra cosa ser no puede. Que no dice mal presumo, que aquí mi discurso infiere. Bien puede ser que el demonio su infernal semilla siembre de envidia en esta ocasión y, por si acaso tú eres, ¡oh, bestia de los abismos! que te hablo invisiblemente como en otros hacer sueles en los nombres soberanos, divinos y reverentes de Dios y su santa madre y los santos caracteres del rosario y de esta cruz, sacra imagen eminente de aquel árbol misterioso adonde el omnipotente, por la redención del mundo, padecer quiso inocente sagrada muerte y pasión, os mando que todos queden, a ti primero y a todos, cuantos el infierno tiene atados de pies y manos por que ninguno atreverse pueda, en tanto que se acaba contra el pecador que tiene esta pintura a su cargo. Calla ya, basta, detente, con tanta amonestación cesen ya tus voces, cesen los inviolables conjuros que tanto conmigo pueden, que, aunque pudiera decir que no tienes, pues no tienes el orden sacerdotal, fuerza ni gracia para este precepto que aquí me pones, es fuerza el obedecerte por tu singular pureza y por tu constancia fuerte y por todas tus virtudes, pues el cielo tantas veces Y por que más te atormente tu infamia y tu atrevimiento, si hasta aquí dañosamente quisiste a la ejecución voluntario estar presente, ahora lo has de estar por fuerza, por que más penas te cueste ver copiar las perfeciones de su hermosura celeste. Bien haya quien tal pronuncia, que estos infames lebreles, falsos contra Dios y el hombre, mayor castigo merecen. padre, porque se detienen se despedaza y se muerde Vos, maestro, proseguid la obra seguramente de que os pueda suceder contratiempo ni acidente, que yo voy con él seguro de que la infernal serpiente obedeciéndome queda contra su intención aleve, infernal, desesperada, que al capitán excelente de todas las jerarquías, ángel custodio valiente, vuestra resistencia le encargo. Id con Dios seguramente, que haré por vos todo aquello que de mi parte estuviere por serviros y agradaros. Yo al ejercicio moliente de mis colores me voy enojado y impaciente con el infernal patillas de que no puedo cogerle, pero él lo pagará cuando a san Lesmes me encomiende. Y vos, sagrada María, pues no tengo a quién apele mi insuficiencia y discurso, dad gracia para que acierten en vuestra divina imagen esta vez a mis pinceles Jerarquías celestes, venid, venid y volad, venid a la empresa que el cielo promete comunicar a la tierra para sus mayores bienes; venid, venid y vuestras virtudes aladas se apresten; venid a mis voces, que ya se previenen divinos matices de humanos pinceles. ¡Esto ahora me faltaba! ¡Oh, dolor impertinente, que así el cielo me castigue! ¿Qué es lo que Dios de mí quiere? ¿No basta que cuando estaba en el trono más luciente de sus divinos palacios, glorioso y resplandeciente, por mi soberbia infeliz me mandó que descendiese desde el impirio al abismo, corriendo en istante breve cincuenta y cuatro millones de leguas, pues ¿qué me quiere? ¿No basta que siendo luz, la más noble y excelente de todas las jerarquías, que de estremo a estremo fuere mi --- y mi desdicha y después que así me tiene, con muchos tormentos quiera condenarme a mayor muerte? ¿No basta..?, mas ¿para qué pretendo desvanecerme con estos ni otros lamentos si capitán de las huestes infernales vivo yo para que al mundo presente batallas a sangre y fuego hasta llegar a ponerle debajo de mi dominio. Virgen sagrada, valedme en obra tan superior porque, según va, parece que para la ejecución divino impulso me mueve. Los cortesanos del cielo se regocijen y alegren y, para honor de sus dichas, esta ventura celebren, los humanos corazones corónense de laureles, pues tan soberana imagen hoy a la tierra se ofrece. ¿Qué importa que se coronen ni que con himnos celebren esta novedad los hombres si yo puedo hacer se truequen esos júbilos en penas donde eternos se lamenten? No conoces que es espejo de luna tan trasparente que a su vista los mortales lavar sus defectos pueden. ¿Qué importa que sea espejo donde el alma se recree si puede mi infernal furia con engaños aparentes de falsas adoraciones que a su hermosura se nieguen? Inorante, es nuevo sol y sus rayos, tan ardientes que las conciencias se alumbren y los pecados se quemen. ¿Qué importa que sea sol donde se alumbren y templen las conciencias si yo haré que puedan obscurecerse con temporales delicias adonde todas perecen? Es escudo y mar de gracia de virtudes y de bienes, de los que en ella esperaren nobles católicos fieles. ¿Qué importa que sea mar donde gracias se aneguen --- si prevenido, en tendiendo yo mis redes de agudos anzuelos puestas, a su impulso se detienen y a red barredera todas a mi dominio se vienen? Es muy fuerte y firme nave donde seguro navegue el católico que a ella como madre se encomiende. ¿Qué importa que sea nave si con huracanes fuertes de mil vientos compelidos haré primero que lleguen al puerto de su esperanza y que luego desesperen? Porque con mi valentía, aunque prósperos naveguen al principio, son cobardes y presto hacia atrás se vuelven. La que será en las borrascas iris de paz que serene ansias y tribulaciones de los que a su amparo atienden. ¿Qué importa que sea iris que serenidad promete al mundo en sus tempestades si mis astucias le ofrecen, con un granizo de culpas que se introduzga y se mezcle entre sus tranquilidades, obscuridad, ruina y muerte? ¿Qué es lo que dices, traidor? Villano, ¿cómo te atreves a pronunciar, atrevido con tus razones aleves, lo que acabas de decir? Sabes que poder no tienes contra el hombre en sus vitorias, sabes que el cielo te tiene en mortalidad perpetua por tus intentos soeces, sabes que en tus devaneos siempre son y han sido siempre, a pesar de tus infamias, burlados tus pareceres, sabes qué es esta señora la que te pisó la frente por atrevido y soberbio, pues ¿cómo, di,... Tente, tente, ama la laa no me atormentes, Miguel, déjame, custodio, vete. ¡Ay de mí! Pena, traidor. Penas son hoy tan crueles las que en mí hay y padezco que con gran rigor exceden a las que en sus calabozos en tristes lamentos tienen las almas desventuradas, miserables y impacientes de demonios bautizados, que son las que más padecen. Pues con esas mismas penas luego al istante deciende a los profundos abismos. Ya mis iras te obedecen, recíbanme en sus entrañas y en sus sepulcros me entierren. Pecadores, ojo alerta, dos sendas el mundo tiene: este es el de las vitorias y aquel, desdichado albergue del que vive descuidado olvidándose de aqueste, que es el seguro y suave. No por desdicha se trueque. Ya salí de aquesta obra y ya qué temer no tiene mi cuidado. Aquesta vez mil gracias el alma dele al cielo por esta dicha, que, aunque el precio no conviene al primor de su hermosura, es justo que yo celebre esta dicha y así iré con el regocijo siempre de que el mundo me ha de dar infinitos parabienes. [fin primera jornada, p. 27, segunda hoja] Gracias a ti, señora, que he logrado un recreo y un bien tan deseado como hasta aquí he tenido sin poder hasta hoy verle cumplido. Gracias a ti, repito, que el alma gozará del apetito divino y soberano que espera recibir de vuestra mano, que en esta soledad donde busca mi afecto la piedad conmigo os traigo, virgen, porque a vos como --- real que sois del cielo os busco cuidadoso, olvidando de mí lo agrio y penoso de esta mísera vida que a fatal perdición llama y convida, siempre buscan lugares despoblados, adonde con dulzura los años y los días sus amantes caricias y razones, abrasados de amor sus corazones y el mío desvelado, donde muestras de fino enamorado de vuestra gran belleza aquí pretende deciros mi rudeza. Ansias, deseos, afanes y cuidados que asisten en el alma apareados, que, aunque en el alma vuestra grandeza mora, hay grande distinción, divina aurora, cuando un vasallo con su rey pretende echarle memoriales, con que entiende salirse bien despachado o tenerle a su lado para poderle hablar por si no se ha sabido declarar en decir su sentir y así más fácil su intento conseguir Yo soy vasallo; aquí la reina, vos; memoriales le he dado al rey mi Dios en mis pobres y humildes oraciones pidiéndole las gracias y los dones que ha concedido al número de tantos ángeles patriarcas y otros santos como venera la Iglesia militante y gozan ya de Dios en la triunfante. Hállome, Virgen, con tantas inquietudes, tan desnudo y tan pobre de virtudes que bien he menester vuestros favores para que me conceda estos honores su infinita piedad, conociendo mi gran necesidad. Hacedlo vos, señora, pues sois de todos divina intercesora, que estoy muy satisfecho que lo que hiciereis vos dará por hecho, pues la fe nos abona que haréis en los decretos su persona, que de un hijo a una madre no habrá sentir que a entrambos no les cuadre y, para esos recreos donde el alma os presenta sus deseos, la soledad hoy me convida de aquestos campos, ¡oh reina esclarecida!, y estas ramas y troncos, aunque indignos por rústicos y broncos, de altares servirán, que yo quisiera que cada hoja un diamante fuera para de mi fineza más abono y haceros un sitial o regio trono de tan ilustre y noble pedrería, aunque, para quien sois, nada sería. ¡Oh, gran Dios soberano, maestro y padre del hombre, seáis, pues, siempre alabado! ¡Oh, gran reina del cielo, por cuyo amor en único desvelo mi corazón ajeno vive y muere, de mil fragancias lleno! templo del verdadero --- y espero de paciencia donde Luzbel no admita resistencia, consuelo de afligidos, por cuyo nombre con lóbregos bramidos se espanta y estremece el vil infierno en su fatal y riguroso ivierno de penas y lamentos con exceso, sin esperanza ya de buen suceso. Pues sois, señor, maestra de paciencia, dádmela a mí en la dura penitencia, que en fiel satisfación padecer debe mi duro corazón tan obstinado en culpas y maldades por que siga el camino de verdades, dejando lo caduco y engañoso de este destierro breve y peligroso. Oye, Virgen, mis voces y gemidos y llegue mi el amor a tus oídos..., pero ¿qué dulce armonía puebla del viento el espacio?, y de luces celestiales se está esta estancia alumbrando..., mas o los ojos se engañan, o el cielo se viene abajo. Francisco. Madre de gracia. Tus razones escuchando, movida de tu oración y mi amor acompañado de tus ardientes amores de los celestes palacios, vengo a recrear mis luces y, tu espíritu amparando con esta conversación, poniéndome yo a tu lado como madre agradecida, por que vivas consolado en todas tus afliciones, y a decir que perdonado vives ya de las ofensas que contra Dios has usado, y que este trono de flores tu vida me ha fabricado con tus heroicas virtudes, claramente denotando las rosas la caridad que advertidamente usando estás siempre con los pobres, los jazmines lo ensalzado de tu oración fervorosa, las violetas el agrado que con los pobres enfermos has tenido en sus cansancios, el cárdeno lirio dice lo duro y atormentado de tu áspera penitencia, las azucenas, lo casto de tu puro corazón y el clavel que derramando está su sangre a raudales, la sangre que has derramado con ásperas diciplinas. Ahora llega a mis brazos, que yo, como agradecida por lo que me has regalado, hoy vengo a partir contigo. Tu misericordia alabo, que decís, reina y señora, a mí, que soy el más bajo, más inmundo, más soez, el más vil y el más ingrato, a vuestras inspiraciones favores tan soberanos. Sí, Francisco, que así yo siempre favorezco y pago a vos, que son mis devotos fervorosos --- aplaudo con más expecialidad los misterios del rosario, y esta corona de rosas que te han tejido mis manos publique mi estimación. ¿A tanto favor y a tanto numero de beneficios ⸺no sé cómo declararlo⸺ quién, Virgen esclarecida, será bastante a pagarlo, viendo mi fragilidad? Toma la pintura y vamos, que yo te quiero llevar aquesta vez a mi lado. Ya te aguardaba ha buen rato, Zapato, que hablarte tengo. Cree, Laura mía, que vengo como tres con un zapato, pues todo el día en rigor moliendo he estado colores, que somos muy moledores oficiales de pintor. Camilo, mi maestro, ha dado en que ha de pintar más bien otra imagen de Belén de la que tanto ha admirado. Otra no es fácil que trace, pues no tendrá la hermosura que la hecha. Su luz pura dicen que milagros ya hace. Yo la vine a hacer, mujer. ¿Cómo? A no dar yo colores perfectos, mal sus primores tuvieran tal rosicler. ¿Qué hablarme quieres? Estraña mi duda. Mi ama se venció. Amiga, también cayó la princesa de Bictaña. Con palabra y mano ayer de esposo rendir logró don Pablo lo que deseó. Ello es fácil de ofrecer ¿Si lo hicieras tú? Eso niego, mas mano y palabra diera yo, Laura, si no supiera... ¿Qué? Que tienes tu Talego. ¿Qué Talego? El motilón hermano de Antón Martín. ¿Hay pensamiento más ruin? Yo le tengo por bufón. Den Limosna con fe fiel para los que por su mal están en el hobspital. Así se vean en él. Este es Talego y se entra acá. Zapato, por Dios te escondas, que, si a los dos juntos aquí nos encuentra, lo ha de decir a don Pablo mi amor y, a más de perder crédito y casa, ha de haber por tu causa una del diablo. ¿Yo esconderme? Este favor me has de hacer. ¡Ah, ingrata fiera! ¿Esto el no quererle era? Entra en este tocador, por ser reservada pieza, adonde no entra mi ama si no es de día. Mi fama te obligue a aquesta fineza. Ya me escondo. (Desde aquí lo que la dice él oiré y mi ofensa vengaré si pasa.) Que ya entra aquí. De esconderte al punto acaba. Den limosna. ¿No había puesta donde llamar? Cosa es cierta, mas no encontré con la aldaba y, para llamar mejor, Laura mía, en tu cariño aquesta mano de armiño hace aldaba ahora mi amor. ¡Quite! Buen desembarazo. Déjate abrazar, mujer. ¡Aparte! Déjala correr, que esto es apretar el lazo. Téngase el frailón juglar. Esto aquí tenía la niña... Repare que aquí esta viña aun está por vendimiar. Aqueso nada me ofusca, miren por Dios, ¡y qué tacha! ¿Los frailes de la capacha no vienen a la rebusca? Bigardo, con un pintor compites. ¿De qué blasonas? ¿Eres más que pintamonas que lo es cualquier bebedor? Si me enfada, le he de dar. ¿Con qué? Con este jifero. Sabía mi valor primero quitártele. ¿Qué es quitar? Ya lo he logrado. ¿Qué ruido, Laura, es ese? ¡Qué desastre! Mi ama viene. Pues ¿qué haremos? Escóndete tú en la parte en que estabas, que el hermano puede muy bien disculparse diciendo que entró a pedir limosna. Aqueso no es fácil. ¡Ay! ¿Y mi honra? ¿Y mi agravio? ¿Y mi jifero? En la calle nos veremos. Allá aguardo. A esconderte, que ya sale. Yo me escondo. ¿No respondes? ¿Qué ruido fue aquél? El padre venía a pedir limosna y le culpé que se entrase sin llamar. Pues ¿a estas horas, hermano, pide? Soy ave noturna y pido de noche, hecho pobre vergonzante. Dale limosna al hermano y váyase. Ya aguardo, ángel. Tome. (¡Ah, aleve, tirana, por un mal zapato infame dejas un Talego! A tu ama he de contárselo.) (Calle, que yo ofresco sus finezas premiártelas.) ¿No se va? ¿Qué hace? Ver si son estos dos cuartos, de los que llaman del fraile, que son ochavos sellados. Hermano, váyase. Iranse. Diga qué aguardo. ¿Qué aguarda? Ya quien me entiende. Muy tarde es y don Pablo no viene. El reloj de los amantes siempre se atrasa al que espera. Las siete serán cabales de la noche, mas ya suena su broquel, que el que le trae siempre hace ruido con él. Por que de mi afecto amante no desconfíe Polonia, he venido a verla antes que salir a la aplazada hora, en que envía a llamarme don Manuel de Ayaca al campo, sin que a discurrir alcance el motivo, pero, sea el que fuere, ya escusarme no puedo a salir. Señor y dueño, pues sin hablarme tenéis la voz tan suspensa, tan retórico el semblante que explicándome está vuestro disgusto con mudas frases. Si es tibieza la que fue fineza amorosa antes, no me espanto, que es pensión en cualquier mujer que hace dichoso a un amante siempre el hacerle ingrato amante. Es muy cierto. (¡Ah, hombres, y cuánto hay desde el después al antes!) Cual Zapato estará, apuesto le están temblando las carnes. En vano, Polonia mía, desconfías cuando sabes que idolatro tu hermosura por tus prendas celestiales, por tu recato y virtud, dotes sobrenaturales que da el cielo para que aprecie el mundo por tales. Esta estrañeza que notas en mi firme afecto nace de estar indispuesto, (mas procede de que me llame don Manuel de Ayala al campo, que, aunque en mi valor no cabe ningún temor de cualquiera duelo, debe recelarse el escudo, pues quedar bien o mal más está de parte de la fortuna que no del valor.) Con esto tarde no se irá, como otras noches, pues es cuando el alba sale. Que estéis indispuesto siento, como no sea el achaque de tibieza, pues querrá el cielo que vuestros males los mejore a mis rendidas ansias y ruegos constantes. Tu esposo soy y otra vez te digo que de mi amante fe no desconfíes, pues, si niño fue, ya es gigante mi amor después que logré tu favor y, cuando a hallarme tan gustoso no estuviera, no dejara de casarme contigo, pues lo juré a la celestial imagen de Belén, de quien devoto me constituyo. No es fácil que la palabra la cumplas solo porque lo juraste a esa imagen de María, pues, si son mis infernales iras a su original opuestas con tal coraje, también lo son a sus copias, y más a esta, de quien sabe por conjecturas mi enojo que ha de obrar milagros tales que ha de usurparle a mi imperio infinitas almas. Tarde es y irme a recoger a mi casa quiero. Antes en tu pecho abrigaré el venenoso cruel áspid de los celos, pues, tomando uno de mis infernales ministros, conseguiré..., mas en vano es que adelante mi furor lo que tan presto se ha de ver. ¡Con qué pesares vuestro accidente me deja! No los tenga --- esa fineza. Mañana vendré, mas ¿qué veo? ¡Ah, frágil mujer!, ¿qué hombre es aqueste que, estando yo aquí delante, se entra en tu casa? ¿Qué dices, don Pablo? ¿Puedes negarme que por detrás de los dos entró un hombre en forma y talle parecido a don Manuel de Ayala, con quien casarte quisiste, que no lo ignoro? (Traición suya ha sido infame el llamarme al campo para poder de mí asegurarse.) ¿Qué hombre o qué sombra dices? Que entrar yo no he visto a nadie. Ni yo tampoco. ¡Ah, tirana!, ¿lo niegas? Presto tu infame traición verás... ¿Dónde vas? A que mi ofensa se aclare dando muerte a quien me ofende. Advierte... Pues ¿estorbarme que entre intentas? Ya tu culpa confiesas. Tente No es fácil que me detengas. ¿Qué es esto, Laura mía? ¿Quién lo sabe? (Si a Zapato encuentra, toda mi pobre honra ha dado al traste.) Ya entre evidencia y recelos he conseguido dejarle y, pues que con celos queda siendo noble hasta que aclare si es su ofensa cierta o no, le embarazo que se case y que cumpla el juramento que hizo a esa divina imagen, y donde hay celos y agravios falta ya mi abstucia no hace. Soberana virgen pura de Belén, puesto que sabes que en mí no hay delito alguno, mi honor tu clemencia ampare. Ya la virgen te lo otorga. ¿Qué voy es la que en el aire escuché? ¿Si fue ilusión?, mas no lo fue, que engañarse no pudo mi fantasía, pues la voz dijo al formarse «ya la Virgen te lo otorga» y de sus sacras piedades, aunque tan indigna soy, esperarlo puedo. A nadie he hallado; solo esta pieza falta a mí último examen. Cayose la casa a cuestas, al tocador va; que escape de aquí es bien, que desde lejos podré ver lo que tronare. Mas cerrada por adentro está, pero, aunque de jaspes o bronces fuera la puerta, cairá a mi impulso..., mas fácil el pestillo saltó. ¡Muera quien me ofende! No me mates, por la Virgen. Mas ¿qué veo? ¿Qué miro? (Este hombre agraviarme no puede y al que dio bulto mi aprensión en forma y talle parecía a don Manuel de Ayala —como ya antes dije—, mas mi celos fueron quien, sabiendo que casarse él con Polonia intentó, los que pudieron formarme allá en mi idea visible en sombras su propia imagen. Hombre, ¿quién te ha entrado aquí? Di la verdad. A mí nadie, (porque, si digo que Laura, con ella han de hacer casarme.) Pues ¿qué hacías aquí escondido? (No hallo con qué disculparme, mas del lance con Talego mi propio engaño se vale, que también un pintor puede mentir como cualquier sastre.) Habla. Habiéndome mandado Camilo, que es quien la imagen pintó de nuestra señora de Belén, fuese a comprarle algunos colores para pintar otra semejante a la primera, encontré un vil hombre en esta calle inmediata a aquesta casa, el cual, por mofa u donaire, «pintamonas» me llamó y, por vengar el ultraje —aunque sin armas—, a él acometí, mas, cobarde, sacando aqueste cuchillo, con él intentó matarme, logré quitársele y, ciego, dos heridas pude darle y, como nunca alguaciles faltaron en casos tales, prenderme intentaron, pero, para que no lo lograsen, por sagrado aquesta casa tomé y, no encontrando a nadie, ciego me entré en esta cuadra y, para que asegurarte pueda, señor, mi verdad, sin vaina el cuchillo trae mi persona. A buen Zapato pude merecer, pues los trae serlo del Cristo de Luca. (Bien debo aquí perdonarle por el pesar que me quita.) Di, ¿fuiste tú el que pasaste por dejante de nosotros? Que pasé es cosa constante por aquí, mas mi temor me hizo que no viese a nadie. (¡Lo que pudo mi aprensión fingirme en la idea frágil!) Mira, Polonia, si un hombre fue el que vi. Mas no con tales señas con que le pintabas. Tengo celos, no te espantes. Marido, olvidarlos debe quien los tuvo como amante. Laura. ¿Qué es lo que me mandas? Por la traspuerta que cae a otra calle guía a este hombre por que pueda refugiarse en mejor sagrado. El cielo tan noble favor os pague. Vamos. (Irme ya es forzoso por que don Manuel no aguarde.) Polonia, adiós, que mañana te vendré a ver. No dilate tu amor darme ese consuelo. Así lo haré. Dios te guarde. A dar gracias a la Virgen voy, pues salí de tal lance. Don Pablo tarda y la hora ya ha de ser en que retado le tengo, mas creo han dado en punto las diez ahora y en un desafío igual, aunque en ambos se ha de ver, el que reta debe ser quien sea el más puntual, mas en un duelo de honor debe confesar cualquiera que aquel que al contrario espera más acredita el valor, pues que previniendo está el peligro contingente y es ser dos veces valiente no temerle, pero ya a los claros resplandores que enseñando está Diana un hombre con veloz paso se va acercando a esta estancia. Don Pablo es. Si acaso os he hecho esperar, las diez acaban de dar. Al reloj culpad, no a mi atención, la tardanza. No viene tarde quien viene a la hora que le llaman y la razón de traeros, señor don Pablo, a campaña, retado por un papel discurro que es bien sobrada y que vos no la estrañáis. Yo, don Manuel, no sé nada si vos no me la decís. Por cierto estrañeza rara, poca memoria tenéis... ¿No la tengo que os espanta? ¿Queréis que os la diga? o sablo elana Sí, decidla, pues. Escuchadla. Ya sabéis que en Cimpozuelos, con otros de la comarca lugares circunvecinos, pidiendo limosna andaba un venerable varón de la religión sagrada del real, noble Antón Martín y glorioso patriarca bendito, san Juan de Dios, dejando crédito y fama de su mucha santidad en los pueblos que habitaba. Con admiración de todos, esta vitoriosa alma por sus heroicas virtudes se discurre que descansa pisando globos de estrellas entre angélicas escuadras y cuyo bendito cuerpo hoy se venera y descansa en Madrid, en su hospital, a quien por nombre le daban fray Francisco San Mateo, quien siempre se acompañaba como gran devoto suyo de una imagen soberana de Jesús y de María, de hechura tan estremada en lo hermoso y lo perfecto que admiraciones causaba a cuantos con atención sus majestades miraban y —como también sabéis que es cierto— a porfía andaban siempre todos los vecinos sobre tenerle en su casa por güésped para gozar de su política y santa conversación y dotrina, y que le tuve en mi casa cuando Dios se le llevó, dejándome a mí mandada la imagen por gusto suyo a que en ocasiones varias habéis dicho contra mí —que es proposición muy falsa— que la imagen sea mía, porque, cuando en vuestra casa le tuvisteis hospedado, os la tuve a vos mandada en distintas ocasiones, y que, si no os la alargaba yo, solo por vuestro gusto que sabríais vos a estocadas cobrarla a pesar de mí y, cuando vos en voz alta dijisteis tales razones, no dejarlas castigadas yo no fue cobardía, aunque tan mal pronunciadas, prudencia sí, porque en hombres de obligaciones tan altas —como sabéis que yo tengo— fuera locura muy vana darme allí por entendido sacando con vos la espada, porque ejecutarlo así fuera solamente causa de dejar el duelo en pies y la plebe alborotada. Los caballeros honrados que mantienen sangre hidalga como vos la mantenéis no han de salir a la plaza entre los demás hidalgos a ostentar con arrogancia lo que no saben cumplir. ¿Cómo que no? Basta, basta, no paséis más adelante, ¿Por qué desenvolturas tantas como me habéis dicho aquí? Y a esa y cualesquier palabras, que no niego haberlas dicho, sabré con vos sustentarlos aquí y en cualquiera parte, pues, por verla ejecutada, esa arrogante repuesta mucho estimo el escucharla y por que sepáis que yo más aprecio que la alhaja por lo que puede valer el punto que me acompaña de hombre de bien y de hidalgo... Esta es la imagen sagrada, riñendo se ha de ganar, aquí está depositada para quien Dios se la diere, que, en esta cuestión honrada, quien con la vida quedare solamente ha de llevarla. Solos en el campo estamos, nadie aquí nos embaraza, nadie nos ve ni nos oye, hablen solo las espadas. Hablen muy en hora buena. ¡Por Dios que riñe con gala!, mas que fuera por mi suerte que una punta le alcanzara y, quitándole la vida, yo la vitoria llevara. ¡Vive Dios que riñe bien!, mas, si una punta le alcanza, con que la vida le quite yo le empeño mi palabra, que, aunque es valiente y bizarro, no lo ha de contar por gracia. ¡Muere villano! ¿Qué es aquesto, caballeros? Aquesto, padre, no es nada ¿Cómo nada, cuando veo en la mano las espadas, turbado todo el color y con furor y con saña despedir de ajero rayos? Pues de esto ha sido la causa, mas, como vuesa reverencia en este puesto se halla... Sepa yo vuestra ocasión, que yo ofrezco mi palabra de decir después la mía. Pues sabed que originada ha sido aquesta pendencia de una intención muy cristiana, muy leal, muy bien nacida, muy noble y muy bien pensada, del venerable varón religioso en vuestra casa, Fray Francisco San Mateo, que ya en el cielo descansa, por sus heroicas virtudes, cuya persona hospedada en mi casa muchas veces solamente por honrarla tuve por su gran virtud al tiempo de su jornada de aquesta vida a la otra. Esa imagen que colgada está de esas verdes hojas, quien siempre le acompañaba en soledad y en poblado me la dejó a mí mandada. El señor don Manuel dice estas mismas circunstancias del religioso y la imagen y, al ver que en esta demanda no hay nada escrito sobre ella, por salir de dudas tantas y saber quién gozará la inmunidad de llevarla, determinamos poner por jueces las espadas. Esta es la ocasión. ¿Y vos, señor don Manuel de Ayala, qué decís a lo propuesto? Yo, padre, no digo nada, puesto que el señor don Pablo ya por los dos se declara, Pues, supuesto, caballeros, que vuestra respuesta dada ya tenéis a mi pregunta, justo es que yo satisfaga ahora también con la mía, pero ha de ser con palabra de los dos de no enojarse, que será tan asustada que creo no habrá de qué, porque esa imagen sagrada no puede ser de ninguno y de ello daré la causa. Por mi parte yo os la doy. Por la mía ya está dada. Pues advertid, caballeros, que, cuando cualquiera trata de estado de religión, es razón muy aprobada en los libros de la iglesia y desde la ley de gracia que, entre otras muchas que ofrece, razones capituladas hace voto de pobreza y esta razón asentada queda a entender a cualquiera de que no es dueño de nada aquel que, olvidando el siglo, a Dios le da esta palabra y el ser yo primer ministro, como prior de mi casa, ¿a quién toca y pertenece cualquiera interés? Alhaja de religioso difunto a mi cuidado guardarla. ¿Cómo puede ser, decidme, que hombre de vida tan santa pudiese hacer donación de cosa alguna?, que es clara consecuencia que, en hacerlo, los preceptos quebrantara y leyes de religioso, y en sus virtudes tan altas es cierto no se debe creer, porque es proposición falsa por todas estas razones y por ser tan estremadas las divinas perfecciones de esta imagen soberana. Ya la puedo llamar mía para poder colocarla en parte donde concurran los fieles a alabarla en mi sacro santo templo con veneraciones altas. Como debo ejecutarlo, esto de Madrid me arrastra al lugar de Cimpozuelos y el saber también que andaban vuestras personas con esto en estremo disgustadas sobre adquirir la pintura. ¿Qué me respondéis? Yo nada, aunque en el alma lo siento. Aunque lo siento en el alma, nada puedo replicar. Pues la cuestión acabada por bizarros caballeros y por esta madre amada, que es iris de paz, volviendo los aceros a la vaina, ha de quedar desde aquí vuestra amistad confirmada dándose al punto las manos. Yo así lo haré, pues lo manda vuesa reverencia. Y yo, siguiendo el rumbo de ambos vuestras finas voluntades, vuelva el acero a la vaina, y esta es mi mano. Y la mía es esta. Y dando las gracias a aquesta madre de Dios por merced tan señalada os suplico que nos vamos cada uno a nuestra casa. Así es preciso que cada uno lo haga. Vamos muy en hora buena. Adiós, pues hasta mañana. Espíritus del abismo que en las mazmorras atroces del infierno temerosos con agonías disformes en mortalidad eterna vivís en vuestros rigores en pago de vuestras culpas, oíd, escuchad mis voces. ¡Asmodeo! ¿Quién me llama? ¿Quién con tantas confusiones, con tanto ahogo, con tantos y tan crueles errores en ellos que no hay discurso que los diga ni los note? Lucifer soy, por que lo sepas —sin que el verme aquí te asombre—, el capitán general de las obscuras regiones por mi notable y eterna desdicha y, por que no ignores la causa por que te llamo, todas mis desdichas oye: la sagrada religión de ese padre de los pobres, Juan de Dios —solo en decirlo en tanto terror me pone que es bastante ocasión para que a mis muchas afliciones se aumenten penas a penas y dolores a dolores—, digo que tiene en su casa con tan heroicos primores una imagen de María que, con santas intenciones, mediante su perfección, los humanos corazones solamente con mirarla todos son admiraciones; esta, pues, que nuevamente en su religión compone nuevo altar, nuevo auditorio con nuevas adoraciones me tiene tan oprimido con la abundancia de dones, gracias y prerrogativas, con todos los pecadores que está usando, que en estremo no te admire me acongoje y que, con estas señales y estas consideraciones, mayores penas reciba y nuevos cuidados cobre en mis tormentos eternos, pues divinas tradiciones anuncian que ha de ser luz para que en muchos se borre el camino de las culpas y, aumentando mis rencores y conociendo que tú en nuestras ocupaciones por tu valor siempre has sigo el segundo de mi nombre, hoy te llamo para que, con arrogancia más noble, con denuedo más altivo y con cuidado más doble, satisfaciendo mi saña, se ejecuten mis ficciones, mis engaños, mis cautelas, mi falsedad y traiciones por toda la cristiandad, especialmente en la corte del gran monarca español, donde es fácil que zozobre con más fuerza mi poder por ser ella en quien se ponen de su original las fuerzas y en cualquiera parte donde la copia de aquesta imagen se pusiere será fuerza que la adoren. Valeroso capitán, cuyas imaginaciones ignorando estás, ¿es posible que no discurras y ignores? ¿Cómo temes de ese modo? ¿Cómo esos reparos pones a tu invencible valor? ¿No sabes, di, que en las cortes de los monarcas del mundo son donde las más inormes ofensas a Dios se hacen, los más feos y más torpes delitos que se imaginen A eso mi temor responde, que, aunque todo es la verdad, también es bien que me abones que hay para ese desempeño número de religiones que con humildad imploran a Dios de día y de noche su justicia se derogue misericordia usando con que antes hay que le enoje y, además de esto, hay también con excesivos rigores quién su cuerpo hace pedazos entre los agrios terrones de desiertos despoblados, pidiendo por todo el orbe, siendo la causa de todo esa Virgen que se interpone de autoridad con su hijo para que los fieles logren por su intercesión sagrada las finezas y favores con que, a pesar del infierno, su grandeza les socorre no mereciéndolo ellos y, por que mejor lo notes, vuelve la cara y verás cómo, dando nueva orden, el prior de su familia, que en un tiempo la coloque en parte donde reciba más altas admiraciones, allí está capitulando costosas disposiciones y así... Calla, no prosigas, no desluzcas ni desdores nuestro valor y arrogancia con esos falsos temores, que me corro por quién soy de escuchar tales razones, que es mengua de nuestro brío pues haciendo se convoque esta vez todo el infierno, ¿cómo es posible que engrosen sus fuerzas a nuestro aliento, siendo, sí, bien se conoce, ellos, barro quebradizo y el infierno, duro bronce? Pues, valeroso Asmodeo,... Capitán a cuya orden debo estar obedeciendo, di qué me mandan tus voces. Que, pues debe ser preciso que igualmente se conforme tu voluntad con la mía y que tus consejos tome, a la lid. A la batalla. Aquí siempre se enarbole nuestro lucido estandarte. A que en el aire tremolen nuestras heroicas banderas. A que la fama pregone vitoria por el infierno. Contra las aclamaciones de los fieles. Y a que nuestros diabólicos escuadrones, procurando la vitoria, siempre salgan vencedores dando guerra a sangre y fuego contra Dios y contra el hombre por que todas sus virtudes a nuestro imperio se postren. Candidísima María, madre de Dios soberana, lucero de la mañana, clarísimo sol del día, pues sois reina poderosa, aceptad esta elección, poniendo en ejecución fábrica tan suntuosa como mi gran devoción, ofrezco en estos renglones, siguiendo opiniones de toda mi religión, permita tu gran piedad que consiga, vea y logre aquesta religión pobre, esta grande novedad; haced esta maravilla a cuenta de las demás, siguiendo vos el compás de haceros una capilla adonde con más anchura, más decoro y más deciencia, con más culto y reverencia se adore vuestra hermosura en nuestra naturaleza, en vuestra mucha grandeza suplico a vuestra piedad nos lo quieras conceder, puesto que un solo querer le cuesta a tu majestad que en nuestro fino cuidado y limitado talento discurro, conozco y siento que esto es lo más acertado. Por eternos siglos viva nuestro gran Carlos segundo para ser dueño del mundo; ¡viva eternamente, viva! Esto es hecho. Llegó el día. Bizarro tiempo y famoso, nunca me vi más dichoso. Deo gracias. Santa María. Recia y loca fortuna, esto es lo que pido, andallo. Hoy echa mi bien el fallo, gran planeta trae la luna. ¿Cómo así tan descompuesto? ¡Ah, hermano! Mi dicha es cierta. Deo gracias A esotra puerta. Salto y brinco de contento. ¿Hay más declarado exceso? Cualquier pregunta es en vano. ¡Hola! Sosiéguese, hermano, ¿qué trae, qué tiene, qué es esto? ¿Hay tal gana de saber y tal tropel de preguntas sin descantar todas juntas? ¿Qué es? Padre, lo que ha de ser no escucha de los muchachos y a uno y otro ganapán que con amoroso afán, casi de gozo borrachos, con aclamación festiva, dicen, con ansia prolijos, dando a España muchos hijos, «viva el rey, la reina viva». Y es muy justo que le cuadre, pues no ayuda. En fin, replico con mi locura y contento que de esta vez el convento queda para siempre rico, que los ilustres blasones puede dejar nuestras arcas atestadas de doblones, que de esta vez, a mi ver, en nuestra santa cocina habrá por barba gallina y mucho más que comer; habrá pavos y perdices, capones habrá y conejo con valiente salmorejo y bizarras codornices como quien no dije nada; habrá buen carnero asado, habrá también estofado, habrá arroz, sopa, dorada y habrá, al fin, olla podrida. Miren lo que el cielo fragua, la boca se me hace agua con tan gloriosa comida, que, en tan claro desengaño, bien puesto a considerar, este día sin dudar saco el vientre de mal año y a soles de luz tan clara porque ya empiezan a entrar y del regocijo aprisa, dando muestras de contentos, de todos esos conventos se repecan las campanas y es aquesta novedad, concluyendo mi razón, que la grande devoción de la insigne majestad que es y ha sido nuestro bien como madre y como aurora, piadosísima señora, madre de Dios de Belén con aplausos desiguales y con afecto y fineza, con su hermosura y grandeza honrando plazas y calles. este es el motivo, padre, y no me parece poco de que así me vuelva loco Y esto lo digo de veras porque ¿hay cosa como verse un hombre entre mil bellezas armado de caballero, arrastrando ricas telas, brillando joyas preciosas, broches, anillos, cadenas? Porque, al fin, no hay en el mundo cosa como la riqueza, ¡y que yo tan mentecato para seguir la carrera de mi desgraciada vida con este saco de jerga solo me haya cautivado! ¡Vive Dios que la paciencia pierdo de solo pensarlo, pero, pues no se remedia esto ya con discurrirlo, habré de tener paciencia y, así, madre de piedad, hoy entre tantos honores dar quiero a tu majestad gracias por tantos favores. que tenga de penitencia media hora de penitencia. Dulce Jesús, hijo amado en quien vive y en quien reina la paz, el amor, la gracia, el poder y la grandeza, ya habéis oído, señor, las lástimas y miserias con que recurren a mí buscando vuestra clemencia los humildes pecadores por que la justicia recta de vuestro divino brazo hoy contra ellos se suspenda. Madre y señora, a quien quiero como madre y como reina, María, madre de gracia, en quien por naturaleza tomó el ser mi humanidad, aunque son grandes ofensas las que los hombres me hacen, siempre es mayor mi clemencia. Pedidme, madre, pedidme, que, siendo vuestra grandeza después de la de mi padre en el cielo la primera, ¿qué me podéis vos pedir que yo, madre, no os conceda? Que uséis de vuestras piedades y, por el divino néctar que de mis pechos mamasteis, por la virtud y pureza, sacramentos, oraciones, silicios y penitencias que os han ofrecido todos los santos de vuestra iglesia, y por la preciosa sangre que de vuestras sagradas venas por ellos derramasteis, se revoque la sentencia que contra ellos tenéis dada y uséis de manificiencia Adorada madre mía, pura y cándida azucena, estrella de la mañana, espejo en quien se recrea toda mi divinidad, vuestra petición acetan con gratitud mis oídos, pues basta que vuestra sea la intercesión para que perdón los pecados tengan de todos los que me ofenden y mayormente de aquellas almas de todos los fieles que vuestros devotos sean, pues por lo que merecéis es cosa asentada y cierta que el que de su parte os tiene no es posible que se pierda. También os digo, señora, como razón verdadera que tiene ya concedida mi divina providencia porque católica fe los mortales no la ignoren, pues solo dicen y muestran de san Vicente Ferrer en las profanas letras el tiempo cuando ha de ser vuestra majestad, señora, cumplida al pie de la letra vuestra intercesión sagrada. Ya concedido les queda a España la sucesión y a todos la vida eterna. Hacéis como poderoso, tu nombre alabado sea, señor. De todos los fieles como en el cielo en la tierra. Todo es asombros el día. Bendita sea tu pureza. Consuelo de pecadores. Torre de David excelsa. Cumplí con mi obligación, ahora vamos a la mesa, que ya es hora de cenar. Que cierto me da vergüenza de referir que me dan una ración tan pequeña ¡Que me haya Dios hecho pobre! Que, si yo príncipe fuera o rey, que fuera mejor cada día me comiera seis carneros, doce pollas, tres vacas, cuatro terneros, diez cabritos, seis gazapos y por principio tuviera un menudillo de vaca y, después de esto, bebiera sin reparar un pellejo de lo rico de Lucena, que para un pobre hombre solo no era muy larga esta cena, que la que en casa me dan si he de decir la verdad, todo a un hombre se le queda metido entre las junturas de los dientes y las muelas, pero vamos a cenar y lo que me dieren sea. Adiós, adiós, caballero, hasta vernos a la vuelta. [p. 55, fin segunda jornada] La famosa devoción de esta rosa soberana hoy me ha traído a su iglesia, que son tan grandes y santas sus insignes maravillas, que desde hoy he de rezarla sin que falte día alguno por que sea mi abogada, que divinas perfecciones, aunque el tiempo me haga falta, de esta imagen soberana me arrastra su devoción y el afecto hoy me llama Después de Dios a esta aurora vengo a emparentar mi alma, que venerable grandeza en su ostentación señala las ilustres maravillas de esta azucena sagrada tienen absorta a esta corte y hoy mi fe viene a buscarla. Hoy por los muchos milagros que hace esta perla en su causa mi corazón viene pronto a rendirla muchas gracias. Mucha gente hay en la iglesia y esto es lo que hace la fama de la Virgen de Belén y hoy mi fe viene a adorarla por sus muchas maravillas. ¡Qué noble hermosa y bizarra! Salve regina celorum, salve mater dei intacta, salve estela matutina, salve virgo veneranda. ¡Qué grandeza! ¡Qué primor! ¡Qué divinidad tan alta! ¡Qué luz tan sagrada y pura! ¡Qué dulcísimas palabras! Todos, virgen, te pedimos del corazón con mil ansias. Buena vida y buena muerte, señora, a todas las almas de todos los pecadores Por todos los que se hallan hoy en pecado mortal. Por los que están en batalla en la hora de la muerte. Por los que viven en gracia que se mantengan en ella. Ad te rogamus o clemens o die vita dulcedo misericordie ad te clamamus in temeritate ora pronovis virgo sacrata. Ahora, ahora, furores, ahora que el infierno brama, se acongoja y estremece en oír las alabanzas de esta imagen peregrina, preséntese la batalla; ahora todo el infierno me ayude, tocando al arma contra esta heroica mujer que me ha quitado más almas que átamos el aire tiene, que flores la tierra guarda, que arenas el mar ostenta y tiene gotas el agua; y ahora para estorbar yo haré forma por lograrla. Zapato, aquesta es la estancia donde han de ocurrir, aquí hermosa ninfa bizarra que anoche en la calle hablamos. Mas ¡que nunca acá llegaron! Pluviera a Dios y a su madre... ¿Qué es, Zapato, lo que hablas? ¿Qué dices? Lo que te digo es aquesta circunstancia. Yo estuve con un pintor que su arte me enseñaba porque en todo le servía; su mujer, que era taimada, muy amiga de servir y de estar siempre sentada el ivierno en el brasero y el verano a la ventana porque yo, al fin, como pobre la barría y la fregaba, la guisaba la comida, le hacía siempre la cama, con todo lo de demás que ha menester una casa para estar bien asistida, mirando mi vigilancia me decía muchas veces con zalamerías falsas por su propia conveniencia «Zapato es mi camarada, yo quiero mucho a Zapato y ha de estar Zapato en casa hasta que él se muera o yo y le he de hacer una gala de paño de la parrilla para el día de mi santa». Esto dijo en mi salud y por mi grande desgracia. Diéronme unas calenturas que tanto me maltrataban con su mucha impertinencia que servir no me dejaban y ella, mirándome enfermo, poniéndome mala cara, dispuso con brevedad enviarme noramala sin acordarse que antes el pobre Zapato andaba muy válido a todas horas, que esto de ordinario pasa. Y en esto, pues ¿qué me dices? ¿Qué te digo? Cosa es clara que, si yo fuera que tú, digo que no me acordara de todas esas mujeres por quien perdido te hallas, porque, aunque a ti te parece que todas muy finas andan, contigo a todos istantes dándote el lauro y la fama de que eres noble, discreto, galán, valiente y de tanta galantería y grandeza, es por la concomitanza que tienen con tus doblones, que, si tu bolsa enfermara por cuatro días siguiera, fueran en su boca tantas las maldades que dijeran de ti que nunca acabaran de decir que el más infame y el más vil eras de cuantas naciones tenía el mundo porque ellas siempre así pagan Zapato, no me prediques. ¿Que no te predique mandas? Así lo ejecutaré. Los diablos lleven tu alma, que, aunque te vea ahorcar, yo no te he de hablar palabra. Yo voy a buscarla presto. Necio, no prosigas, cata que he de lograr hoy mi gusto, lo demás es cosa vana. ¡Buen caldo es lo que intentas! Vamos con esta ensalada. Esto es lo que luego pretendo, que deshechas y burladas se vean las intenciones de los que de Dios se amparan. Gracias a mí muchas veces que veré esta vez logradas mis astucias y rencores, mi ardid, mi furia y mi saña; y ahora yo lograré. De aquesta batalla voy al punto. ¿Dónde vas? A arojar con gran costancia el veneno de mis iras en la virtud de las almas. Infeliz sierpe maldita, ¿cómo así atrevido hablas? ¿No sabes que, aunque atrevido solicites con tus trazas deshacer las buenas obras en que los fieles se hallan y ellos por fragilidad de aquí se ausentan y apartan, en virtud de sus potencias y del poder de la gracia son capaces con dolor de poder volver mañana a pedir misericordia? ¿No sabes? Di. Calla, calla, Miguel, que todo lo sé por mi notable desgracia. Pues, si lo sabes, villano, al rigor de aquesta espada por soberano decreto luego a los abismos baja, adonde eterno padezcas. ¡Ay, infeliz! ¡Basta, basta! ¡Que ya voy corrido en ver que el cielo así me maltrata con su tremenda justicia! Pues ya le he dado el jifero, hermano, ¿de mí qué espera? Lo que espero es que no quiera a Laura, porque la quiero. Esa precisión es cruel y ya en mi mano no está. Dela del pie y verá cómo Laura es mi laurel. Con dádivas a proveche lo que en su afecto restaura; si no, del laurel de Laura nunca hará buen escabeche. Yo espero que satisfaga una deuda que sé yo. Ejecútela; si no, al plazo que dio no paga. Fueran malos procederes porque, en fin, Laura es mujer. ¿Qué importa? ¿Quién vio prender por deudas a las mujeres? El que con ellas contiendas tiene en pretensión de amor de su hermosura en rigor se le pueden sacar prendas, mas por el claustro prevengo que Laura viene. Que el sol viene diga en su arrebol. Atiendan cuál te los tengo. Cara a cara, hablar osado, en mi afecto amante llego. Deténgase el buen Talego, que él solo entra por un lado. Mis ansias, enamorada, escucha. Atiende a mis quejas. (Cogiéronme las orejas, mis dos bellas arracadas.) Y, en fin, ¿qué es su pretensión? Que te amo yo. Yo te quiero. Un Talego sin dinero y un Zapato muy ramplón, ¡buenas maulas! Afectuosa, di, ¿a quién quieres de los dos? Dilo por un solo Dios. Esa es una quisicosa muy mala de decifrarse, pues tener una mujer solo a uno es no tener otra gala que mudarse. ¡Ah, ingrata! ¡Ah, cruel! Ofenderme no debo, pues más hermosa siempre hizo lo desdeñosa, mas no puedo detenerme. Pues ¿por qué? Porque mi ama la he dejado en la capilla de la Virgen de Belén y es necesario irme aprisa. (Mas es porque a don Manuel de Ayala —que allí se mira— un papel tengo que darle, mas el aquí se encamina paseándose por el claustro.) Adiós, mis dos sabandijas, escuderos de mi casa. Adiós, fregata. Adiós, ninfa del estropajo. Muy buenos quedamos. Peor va la chispa humana. Mas digo, hermano, ¿hay chocolate de Esquivias? Ayer labré una molienda. Venga a mi celda. Reviva nuestra amistad, que, aunque celos son fuego, al vino se entibia. Esperando a que se fuesen los dos, he estado escondida. No sé si mi ama acierta en llamar inadvertida a don Manuel a su casa, que, aunque de su virtud misma defendida está, si acaso don Pablo tiene noticias de que le llamo. Si ahora celoso de que la siga don Manuel está, es preciso haya evidencias, las mismas sombras que fueron recelos y, ofendido a la debida obligación que la tiene, se escuse, mas persuadirla no he podid a que lo intente, pero ya es fuerza que siga su dictamen, y más viendo que don Manuel se encamina hacia a mí. Harele una seña. ¿Es a mí? Sí. Si la vista no me engaña, la criada es de mi hermosa enemiga y a don Manuel llega a hablar y un papel le ha dado. Albricias, amor. Aun no creo, Laura, que tu señora me escriba. Encubierto de este poste que acaso encontró mi dicha, oiré lo que hablan. Leer el papel es dar malicia a los que nos están viendo. ¿Sabes tú, di, Laura mía, lo que en él me manda? Solo sé que a llamaros envía aquesta noche a su casa después del avemaría. ¿Qué es lo que oigo? ¡Ah, infiel mudable mujer! Aquesta sortija corta recompensa sea al anuncio de tal dicha. Yo nunca he tirado haces de oficio que no le sirva y en este en nada he pecado. Tómala. Por prenda vuestra la recibo. (Bobería fuera, porque él cree otra cosa no llevarme la sortija.) Y adiós, que mi ama esperando me está. ¿Dónde? En la capilla de nuestra señora. A leer voy el papel, Laura mía. Adiós. Él os guarde. Ciertas fueron las sospechas, mas a evidencias pasaron que mi deshonra acreditan. Palabra y mano de esposo di a aquesta aleve enemiga mujer y ella en confianza de ser mi esposa vivía, pues ya ofensa no es del gusto esta infame alevosía que ejecutando están ambos contra mi honra y fama misma, agravio del honor es y, como tal, necesita que mi ira le satisfaga sin apelar la osadía a desafiarle al campo a quien el honor me quita, pues dudar no puede que es mi esposa a quien solicita, pues, para vivir de mí más seguros, ella misma le había dicho que es mi esposa con que mi deshonra es fija y vengarla de cualquier modo debo sin que diga nadie que anduve mal, puesto que un deshonor no precisa a vengarle cuerpo a cuerpo, pues fuera ignorancia indigna se exponga a la contingencia quedar sin fama y sin vida, y, puesto que llave tengo que me dio esta aleve impía que hace a la puerta traviesa que tiene su casa misma. A otra calle entrar por ella a la hora que le avisa intento y darlos a entrambos la muerte. Ella sale sin duda de la capilla de la Virgen. Disimulen mis ojos que no la miran. Anda, Laura, mas veo... Don Pablo, aquí ni aun la vista ha vuelto. Irme determino a que prevenga mi ira instrumento que me vengue con el fuego más aprisa. ¿Que pasando por delante de mí ni aun la cortesía que se debe a las mujeres no le meresca yo? Iría ciego, pues cualquier celoso siempre fue falto de vista, pues las sombras de los celos son nubes que se la quitan, pero a casa hemos llegado sin sentirlo, que camina siempre a las veinte quien va con disgusto o con moína. Entra, pues. Ya en casa estamos. Aqueste manto me quita, pues sabes que a don Manuel aguardo. Aunque sea prolija advertencia que otra vez ya te he hecho, aquesta visita de don Manuel temo mucho, aunque sé que se destina a prevenirle. No pase adelante, pues, rendidas a la imagen soberana de Belén, las ansias mías le pidieron que me diese luces de cómo podía evitar que don Manuel ni me ronde ni me siga y el primer discurso que hice después de la rogativa fue de llamarle. A la puerta la diligencia hacen misma. Ve a ver quién es. ¿Quién creerá que, siendo yo quien le avisa venga a verme, esté temiendo tan peligrosa visita? ¿Quién era, Laura? Quien llega a sacrificar rendida por víctima noble un alma que os consagré ha muchos días, y a saber qué me mandáis vengo. Las frases prolijas con que la lisonja halaga escusad, que os necesita más caballero que amante quien a llamaros envía. Logré entrar sin que de nadie visto haya sido, que es dicha de un infeliz no encontrar quién sus pesares no impida, mas qué presto hallé con ellos, pues a mi enemigo mira mi furor con esa aleve. Esta víbora que abriga el veneno de dos balas sea estrago de sus vidas. Sentaos, que de cumplimiento ha de ser vuestra visita. Preceptos vuestros se hacen en mí obediencias precisas. ¿Qué escucho? Aquesto parece de otra manera remisa. Mira este hasta apurar si es o no ofensa la mía. Escuchadme ahora. Pendiente toda mi atención se mira. Negar, señor don Manuel, que con atenta hidalguía solicitaisteis mi mano, con aquellas ya sabidas diligencias que un amante pone de granjear amigas que discretas persuadan de encontraros siempre en misa, siendo le humano girasol de mis luces si salía a cualquier parte; negarlo negar fuera inadvertida lo que a vuestra urbanidad debí, que tan presumida no soy que no os agredesca tan nobles cortesanías y no habéroslas premiado fue porque me persuadía que, siendo vos un hidalgo de estirpe tan conocida y mi calidad de solo cristiana sangre —aunque limpia—, rico vos, yo pobre, era en distancia tan prevista con el renombre de esposa lograr el de Esclava misma. A este tiempo a Ciempozuelo logró llegar de las Indias don Pablo Carrillo y fuese o influencia benigna de astros, o que ya el cielo dispuesto así lo tenía, a amarme se inclinó y yo, aunque al principio advertida del mismo temor que estorbo fue de no admitir la dicha de ser vuestra, me reusé a las finezas rendidas de don Pablo, aunque inclinada a sus méritos me veía, mas fueron sus persuasiones, ruegos, ansiar y porfías tantas que la fortaleza de aquel desdén que fingía llegó a rendir a la fuerza de sus nobles baterías, dándole entrada en mi casa en la fe de que sería mi esposo, cuya palabra aun más que a mí a la divina imagen dio de Belén de qué fiel lo cumpliría, con que escusado es deciros lo demás. Basta que os diga el que hubo mano, palabra, ocasión, amor y dicha. Don Pablo, en fin, es mi esposo, a quien ama, adora, estima mi afecto con rendimientos, con halagos y caricias. No haberse ya declarado ocasiona mi desdicha, pues, a saberlo vos, creo, según es vuestra hidalguía, no me hicierais mal casada rondándome las esquinas, siéndome hasta la iglesia, dando causa de quien lo ve y a mi esposo desconfianzas precisas de mi recato. Tened, vuestra razón no prosiga en culparme, que, a tener aun las más leves noticias que es don Pablo vuestro esposo, nunca en mi amante porfía prosiguirá ni a don Pablo —a quien mi amistad estima— motivo le hubiera dado a estas celosas fatigas y, para que conoscáis que emmienda mi bizarría hierros que una pasión causa, palabra os doy que ni un día más en Madrid me detenga, porque ni aun la sombra mía dé a vuestro esposo disgusto ni a vos de pesar os sirva. A tan noble urbanidad fuerza es que dé agradecida... Pues satisfecho estoy, vuelva este instrumento a la cinta, mas ¿qué he hecho? ¡Virgen de Belén, amparadme! ¡Qué desdicha! ¿Quién fue el vil agresor que obró tal alevosía? Yo he sido y a vuestros pies es bien que perdón os pida de lo que ha obrado un acaso, no el impulso de mi ira, puesto que, habiendo escuchado oculto de esa cortina la satisfación tan vuestra y de mi esposa tan digna la disculpa. Satisfecho —razón es que lo repita—, a la cinta volver quise aquesta infiel carabina, que para vengar mi agravio desmartillada traía, la cual pudo dispararse moviendo el can por desdicha y, pues no lo obró mi saña, que perdonéis os suplica mi desacierto. Un acaso saces desgraciar motiva. ¿Dónde es la herida? En el pecho, pues la munición sentirla pude en él, pero ¿qué veo? Las balas a mis pies mira aplastadas mi atención, milagro es de la divina imagen de Belén, puesto que mi pecho indigno abriga esta copia suya y ella fue quien del riesgo me libra. ¡Qué portento! ¡Qué milagro! ¡Qué notable maravilla! Vamos a darla las gracias, pues abierta aun su capilla estará, por que el milagro se publique. La fe mía por voto a ofrecerla irá el ser, el alma y la vida. Polonia, a verte después volveré, ya que rendida mi fe satisfecha ya perdón de mi error te pida. Vamos, Laura, que a dar gracias también yo voy a María de Belén, pues que la debo tantas clemencias benignas. Y yo, pues me sacó bien del lance de la sortija. La virgen sea alabada, que, por estar ocupado, hoy el sacristán me manda que cuide de la capilla y ha de quedar adornada con mi cuidado esta vez para toda una semana. ¡Qué rica está la corona. madre de Dios soberana, de esmeraldas luminosas! y, aunque son de corazón estas fuertes fantasías de este fraile motilón, perdonad las groserías, que es tan notable el placer que me da en ver bizarrías que el alma hoy de contento hace correrías a la virgen muy graciosas Deo gracias. ¿Qué es esto, hermano? Deseando al fin ser madre benedícite; mi padre a la obediencia me llamó. ¿Qué es lo que diciendo estaba? No hallo, padre, explicación, que con mi mucha razón tan divertido me hallaba hablando en la peregrina madre de Dios de Belén, joya de tal precio y bien al ver que a su amor se inclina todo corazón humano. ¡Discreto está, fray Talego! Yo soy un poco de ciencia y, si oye su reverencia, verá que absorto le dejo con cuatro mil descreciones Yo las doy por recibidas. Déjese de esas razones y si el altar limpio tiene, vaya a otras obligaciones. Es muy sabia mi mollera, su caridad no lo entiende. Obedezco ese convenio porque hemos de estorbar Gracias a Dios que ha llegado nuestro cuidado a lograr tiempo en que poder gozar un tiempo tan deseado, mas, supuesto que ya el día con su luciente arrebol se recoge con el sol, Pues yo digo, aunque jumento entre toda aquesta enjambre, que vamos a merendar que hoy estoy rabiando de hambre Esto no más ha de ser En el nombre de la virgen aquí un baile se ha de hacer y hasta que el alba y su risa con gran devoción y ejemplo fervorosos a su templo vengamos todos a misa. Pues sin querernos cansar vaya una y otra mudanza. Pues, señores, ¿y la panza cuándo se ha de acomodar? ¡Que siempre en estas fortunas me traiga mi infame suerte dándome una y otra muerte con andar siempre en ayunas! En mi vida llegué a ver tal gente y tan embustera Tóquese, pues, el pandero y con diferentes lazos hagámonos mil pedazos y tú, simple majadero, haz lo mismo. Por mil modos lo haré, por Dios y su madre, porque es justo que me cuadre lo que bien parece a todos Pues oigan esta canción que a mi singular grandeza luego de contado empieza a decir mi devoción. De Belén virgen pura las forasteras hoy a ver han venido vuestra belleza. De fiesta vaya y de Dios y su madre viva la gala. Vengan a verla, que san Juan de Dios tiene la mejor perla. Quien quisiere riqueza de cuerpo y alma por servir a la virgen deje su casa, que es bizarría a la virgen llamarla patrona mía. Mi casa dejo por gozar en la corte del nuevo espejo. ¡Vítor, vítor, los zagales! Pues cese ya la chacota y bríndese con la bota. ¡Oh, consuelo de mis males, cómo me alegra tu peso! Salga, pues, pan y tocino y para este ardiente vino acompañará este queso. Tiéndanse, pues, los manteles y, mientras se va comiendo aquesto que va saliendo, no se enfríen los pasteles. Uno y otro ya está frío y, pues no viene a importar, bueno será que embocar pueda de contado el mío. ¿Hay más poca cortesía? Bruto, ¿no tendrás paciencia y comerás con licencia? No puedo, por vida mía, aunque lo quiera sufrir. Pues llevarás con un palo. Cierto que está de regalo. Aquesto es saber vivir. Eres un gran mentecato, descortés y inadvertido. Cierto que nunca he tenido más gustosísimo rato. No riña y coma este lomo. Es un grosero glotón. Tiene usted mucha razón. Riña usté mientras yo como. ¡Vaya un trago! ¿Hay tal papel? Demos a la bota un beso y venga un poco de queso o, si no, aqueste pastel. Juana no tiene razón en no querer merendar y, si es que la han de rogar, vaya aqueste salchichón, vaya un buen trago de vino y vaya este blanco pan, que es como de Zaratán, con este rico de tocino. ¡Notable melancolía en un día de placer! Pues ¿tú no quieres comer, hermosísima María? Yo no quiero más por hoy, sino escaparme volando a ver lo que deseando tan por istantes estoy; a la virgen voy a ver. Y yo también al istante porque un bien tan importante no me deja de tener. ¿Y tú, bestia, no te vas? Pierda usté tanto cuidado, que aun no me he desayunado. Adiós, Antonio. Adiós, Blas. No te vayas tan de priesa, que ya nosotros nos vamos cuanto el camino tomamos. Allá os aguardo en la iglesia. Y los dos vamos contigo sin podernos detener. Y yo voy a recoger para ir también. Ven, amigo. Virgen, mil gracias te damos por mirar hoy tu hermosura. ¡Qué bellísima pintura! De corazón te adoramos. No me dejan resollar. ¿Hay más delicados puntos? Ya nos vamos todos juntos, que aquí llevo qué cenar. ¡Jesús, qué santos que están de rodillas y rezando! A todos ejemplo dando con tan venturoso afán envidia da con cerveza su buen fin, si es verdadero y a mí me la da el dinero que valdrá aquesta riqueza, mas ¿por qué tengo bautismo? Por no dar que mormurar. Aunque sea a mi pesar, he de hacer también lo mismo. ¡Ay, qué divina beldad, hermosísima patrona! ¡Y, ay, quién a vuestra corona la cogiera en soledad! Que contrito corazón, hijo, es de buenos cristianos. Por Dios, que callen, hermanos, y no estorben la oración. Dios nos traiga muchas suertes. Pues lo que en todo le advierto es que haya mucho cuidado porque, ya que quiere el cielo por su alta disposición y lo atrasado del tiempo, estén tan mal las cobranzas de las rentas del convento, en manera de instituto nuestro prelado ha dispuesto para que se ande el caudal para decencia del templo y culto de nuestra virgen este reverente y nuevo modo de pedir limosna. Mire, padre, yo concedo todo lo que me propone, pero hay tan malos intentos entre los que a mirar llegan que suelen estar diciendo que esto es más modo de estafa que no de cristiano celo. Quien tales razones diga hablará, al fin, como necio porque, si esto es voluntad del que ha de dar su dinero, todo lo que es voluntario libre está de cualquier riesgo, demás de que, si una alhaja es su legítimo precio o su valor veinte reales y la lleva en dos y medio, el que le acierta la suerte, este ya no va perdiendo y, si porque Dios lo quiere los otros quedan perdiendo de la limosna entregada el depósito que hicieron, tampoco lo perderán, que es Dios tan cabal y entero en todas las ocasiones que paga por uno ciento, si no en la vida, en la muerte y por aquí, hermano, vemos que el que consigue la alhaja acrecienta su dinero y el que no lo da a la virgen para recibir el premio. Digo que todo es así. Pues, hermano, despachemos, que hay mucha gente en la Iglesia, no se nos malogre el tiempo. ¡Alhajas hay de importancia! ¡A la rifa, caballeros! La cruz se rifa en un real de cristal de roca terso con cantoneras de oro; el rosario de lo mesmo, en seis cuartos. No hay quien llegue esta lámina en acero, en cuatro cuartos se rifa. ¡Por Dios que hay mucho silencio! La sortija de diamantes con una esmeralda en medio, en cuatro reales. La casa, brillante como un espejo, en un real de plata solo. ¡Ay, amiga!, ¿qué es aquello? Aquello es el echar suerte el que quiere dar dinero por joyas y otras alhajas a doblarlo o a perderlo. ¡Ay, pues yo lo quiero ver! Pues vamos todos a verlo. El cabestrillo de oro que tiene solo de peso dos onzas y madia y más, en siete reales y medio. Las arracadas de perlas de oro fino y seis asientos, en cuatro reales de plata. Pues yo, padre, en ellas entro. Para mi mujer serán si por suerte no las pierdo. Ahí están, cuatro de plata. ¿El nombre? Manuel Montero. ¡Los brazaletes de aljófar! ¡Qué ricos son y qué buenos! ¿En cuánto? En cinco de plata. Tómelos, que aquí los tengo. ¿El nombre? Diego Fernández. Pues yo también entrar quiero. Las arracadas de piedras, seis cuartos. En ellas entro. Tómelos en hora buena. ¿Y el nombre cómo diremos? Juana de Montemayor. Ya, señora, está puesto. ¿Hay más que entren en la rifa? ¿Y tú no entras, majadero? Yo no, amiga, que conozco que, si el dinero aquí dejo, antes que vaya a costarme le hará falta al tabernero. ¿En cuánto va aquesta joya? En un real de plata. Cierto que le doy de buena gana. Tómele. ¿Y cómo pondremos «por mi María Rodríguez de Salazar y Acevedo»? Pues vámonos ya de aquí. Adiós padres, advirtiendo que tenemos la posada en el mesón de los Güevos. Vayan ustedes con Dios, que también queda aquí puesto hasta el domingo que viene, que se ha de hacer el sorteo. Mejor fuera de sus soles, pues los lleva en sus ojuelos tan vivos y tan ardientes que me ha abrasado con ellos, pues muerto de amor me deja. ¿Qué tiene, hermano, qué es eso? Acá es un cuento de nueces, no es casi nada, reniego del alma que me hizo fraile, que no me hizo bandolero del género femenino, (pero, amor, disimulemos pues por ahora es preciso.) Una pregunta le quiero hacer, padre, por su vida. ¿Y cuál es? Dígala luego. ¿El dinero que recoge está seguro aquí dentro? Dígame, ¿por qué lo dice?, que el preguntarlo es misterio. Porque, como tiene liga, se pega mucho el dinero y a veces de muy guardado lo suele perder el dueño. Pues la manga no está rota. No es lo que pregunto eso. Pues no sé lo que pregunta ni alcanzo esos argumentos porque no son circunstancias esas aquí de provecho de cualquier modo que sean. Sí son, padre compañero. No son por más que lo diga. Sí son, padre compañero. Que no son vuelvo a decir. Que es sisón a decir vuelvo y no lo quiere entender. No sea, hermano, majadero, que le digo que no son. Sí son, padre compañero. Callemos, que viene gente. Si viene gente, callemos, que yo pienso que es el padre lo mismo que en él contemplo. El reloj va en cuatro cuartos. Pues yo a él cuatro suertes echo, ahí están diez y seis cuartos. ¿Y el nombre cómo pondremos? Doña Isabel del Castillo. ¿Y esa imagen de la virgen? Esta imagen, caballeros, no se rifa, que se vende, porque el artífice diestro que la supo dar el ser por el soberano ingenio que puso Dios en su mano, pues entre muchos discretos de su facultad ninguno ha obrado con el acierto que él solo ha sabido obrar, dio de limosna este lienzo en hacimiento de gracias de modo que compitiendo este y el original no hay ni un átomo pequeño de diferencia en los dos y tiene por justo precio diez doblones, que así todos los vende cuantos va haciendo. (Diez doblones mucho es.) Pues al punto los ofrezco. Yo también. Esta ya es mía, que los ofrecí primero. ¿Cómo vuestra? De este modo: tome, padre, su dinero. La imagen ha de ser mía o, si no, ¡viven los cielos que a estocadas sabré yo castigar atrevimientos! Pues vos podéis dispensar sobre lo que es mío. Intento ejecutar lo que he dicho y, si es que sois caballero, veníos conmigo al campo, que por ser sacro este puesto no he hecho ya lo que me toca. ¡No vi arrojo más tremendo! ¡Vive Dios que, a no tener las leyes de caballero, no sé aquí lo que me hiciera! El diablo anda aquí ligero. Yo apostaré como un rayo para hacer algún enredo de los que ejecutar suele. Ponga aquí, padre, el remedio, por su vida, si se puede. No dice mal. Caballeros, mirad que en vuestra amistad, vuestro primor y cortejo, vuestro garbo y bizarría y que en vuestro entendimiento no caben estos disgustos y porque, al fin, considero que el demonio fácilmente, tomando por istrumento para vuestras inquietudes vuestro católico celo, estas trazas ejecuta y, así, discurro que un medio poner será bueno aquí en que amigos y contentos quedéis los dos. Padre mío, no puede aquí haber más medio que ejecutar lo que he dicho. Deteneos, deteneos. Señor don Pablo Carrillo, que los que son caballeros no pueden así arrojarse a perderse pocos cuerdos y advertidos. Pues yo digo, si es que con mi razón puedo sosegar vuestras pasiones, que será acertado y bueno que este caballero vuelva a percibir su dinero y en depósito la imagen se ponga y, para el acierto de a quien le perteneciere, sin pesadumbre ni duelo a diez carnes a la taba se arme de contado un juego. ¿Qué dice, hermano? ¿A la taba? ¿Hay más raro desacierto? Pues, si no, sea a los dados. Calle ya, no sea necio, que para ser religioso no he visto hombre más grosero. Aunque lo que el padre ha dicho no viene, al fin, a ser bueno por la indecencia del dicho, no está malo lo propuesto, pues, ya que no pueda ser a tan indecentes juegos, con las naipes bien se puede a las pintas o a los cientos o en una mesa de trucos, que es, al fin, de caballeros y de cualquier gente ilustre nobles entretenimientos declarar esta fortuna. Aunque por quién sois apruebo lo decente en vuestro gusto, no por muy decente tengo que a esta imagen soberana —a quien se deben obsequios, veneraciones, aplausos y cristianos rendimientos— en tales juegos se ponga y, si vos como discretos, ilustres, nobles, bizarros para salir de este empeño tomarais mi parecer, yo os diera un bizarro acuerdo con que quedaréis muy bien. Ya le aguardo. Ya le espero. Para ejecutarle al punto. Pues yo digo que, poniendo en una sala espaciosa un altar con el aseo que debemos a la virgen donde algunos caballeros concurran y algunas damas, convidados por cortejo para mayor bizarría vuestra y mayor lucimiento. En la ejecución que digo, en un reñido torneo como ejecutar sabréis los dos, siendo a un tiempo mesmo competidores y amigos de aqueste cuidado nuevo, salir podréis fácilmente, pues bien conocido veo que en estas cosas haréis tres cosas a un mismo tiempo: salir de aqueste cuidado, rendir a Dios este obsequio y a su santísima madre, y gozar de este festejo quedando amigos los dos. Vengo en ello En ello vengo. Y por tan noble elección mil años os guarde el cielo. Y antes que llegue la noche a disponer al momento. Vuestra cortesía estimo y la atención agradezco. Vamos adonde ha de ser y después galas, sombreros, penachos, cajas, clarines y padrinos, lo primero con lo demás necesario. Vamos, que, si me la llevo, después de quedar lucido, bien podré decir que tengo en mi poder una alhaja de sumo valor y precio. Pues yo, si a lograrla llego, en el reino del Perú, que es donde una mina tengo en fábrica por mi cuenta, con lo que sea descubierto y adelante descubriere, virgen sagrada, os ofrezco, por que vuele vuestra fama por los más remetes reinos de toda la cristiandad, fabricaros un gran templo. Virgen, para esta vitoria a vuestra piedad apelo. Y digo, señor indiano y a vos también caballero que tan de prisa marcháis, para mí que di el remedio, ¿no ha de haber algo siquiera?, más ¡ay de mí! Ya se fueron. ¿Y ahora qué haremos, padre? Ir apriesa recogiendo las alhajas porque es tarde y después irnos tras ellos a la parte donde fueren porque ellos van con intento de ejecutar de contado lo que aquí queda dispuesto. Ya, padre, está recogido, vamos al punto corriendo, no se nos pierdan de vista. Vamos, pues, vámonos presto. Buena tarde nos espera. Don Pablo es gran caballero y a su mucha bizarría esta fiesta le debemos. Esta tarde tan festiva a la fineza debemos, amigas, de don Manuel. Y también a lo discreto, a lo noble y lo bizarro de su amigo y compañero don Pablo Carrillo, y ya parece que van viniendo. Vítor, don Manuel de Ayala, que se llevó el lucimiento. Vencisteis por más dichoso. Ya vuestra fortuna apruebo, vuestra ha sido la vitoria y, pues os la ha dado el cielo, señal que la merecéis, y ahora lo que decir puedo es que la gocéis mil años con logro en vuestros aumentos. Y a vos, mi amigo don Pablo, os conceda Dios eternos siglos de vida por tantos favores que no merezco, que vos habláis como noble. Y aquí, senado discreto,... .El nuevo espejo en la corte... .el más noble, el más excelso,... .el más puro y cristalino... .que hay en todo el universo... .tiene venturoso fin. Perdonad sus muchos yerros.
