Texto digital de No hay fiera más irritada que una mujer indignada
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- José de Cañizares
- Atribución estilometría
- José de Cañizares Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de un impreso.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay fiera más irritada que una mujer indignada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/no-hay-fiera-mas-irritada-que-una-mujer-indignada.

NO HAY FIERA MÁS IRRITADA QUE UNA MUJER INDIGNADA
JORNADA PRIMERA
Viva el grande Énrico Octavo. Viva nuestro Rey. Qué salva es, Duque, la que se escucha? El Conde de Soré acaba de llegar, y con el Duque su Padre, que le acompaña, espera vuestra licencia e. Breve ha si do su llegada; decid, que la tienen. Mucho en su agrado se adelanta: no sé qué recele. Cielos, el Rey, ni me mira, ni me habla, alguna novedad temo. Ya discurrida la traza tengo de como salir pueda de la involuntaria sujeción en que me puso con la Reina mi desgracia, sin desairar mi persona. Dadnos vuestras Reales plantas. Llegad a mis brazos, Conde, que esto adquiere, quien con tanta fide idad me ha servido. Quién tales honras alcanza, no podrá de la fortuna temer jamás la inconstancia. Que mucho, Señor, que os sirva, quien con tanto afecto os ama. Tiene vuestra sangre, Doque. Vos solo en una palabra lo habéis dicho, gran Señor: es mi hijo, y esto basta. Qué satisfacción tan necia tiene el Doque. Qué arrogancia! Así le voy empeñando hacia mi intento; pues nada le ha de obligar más, que verse restituido a mi gracia con el aparente honor, que ambiciosamente abraza: en fin, a Ibernia dejasteis pacifea? Y en sus Plazas una gruesa guarnición, por si vuelven a alterarla los Católicos, que impugnan la Religión reformada; bien, que medrosos del fuerte número de nuestras armas, confusos, y divididos, atemorizados vagan: con que en esta parte, quedan aniquiladas las bastas ideas, con que intentaron prevaleciese su causa, y vos absoluto Dueño de la Isla, sin qué haya quien se oponga a la gloriosa dominación, que os negaban. Yo espero que ese ejemplar ha de reportar la audacía de muchos, que de mi Ley los nuevos Ritos no abrazan. Gran Señor, no haya piedad, padezcan vuestra venganza. No veis, que el atrevimiento nace de la tolerancia? Y luego dirán que no hay uno, que aconseje al alma, cuando el menor de estos puede dar con cualquiera en volandas mas allá de los Infiernos. Yo sol de opinión contraria, que hacer el rigor costumbre, irtira; pero no aplaca. No en este caso, en que todos de su tezón hacen gala. Muchas veces a la fuerza ha superado la maña, y alguna ha sido cordura no vivir sin ignorancia, que la suma rectirud; mas exáspera, que ataja. Ese es mi sentir; y a no conocer la apadrinaba suprema razón, que priva otra cualquier repugnancia, no sé si a entender le diera al que esfuerza la contraria, que no es la que la pasión dicta, la más acertada, Si discurrís: Bien está: despejad todos. Zarazas. Lisonjearé su dictamen hasta que mi gusto haga: menos vos, Duque Norfort; y vos, Conde, hasta que salga, esperadme. Vuestro soy, gran Señor, Muestras bien claras va dando el Rey, de lo que el Duque en su afecto gana. No sé en qué vendrá a parar del Duque tanta privanza; esto encierra gran misterio, Viste a mi Prima? Y te aguarda muy de matona, con dos estoques de a siete cuartas. Estás loco? Que más tienen hojas, que ojos, si ambos matan. Mal haba la detención, que de mirarlos me aparta. Pues tienes aí su retrato diviértete hasta que vayas, aunque haya la diferencia de la viva a la pintada. En qué os sirvo, gran Señor? Ya sabes, Duque, con cuanta satisfacción me he fiado siempre de vos, en las arduas materias, que han ocurrido en mi Reino, ocasionadas del divorcio de la Reina Catalina, y de la falsa indigna correspondencia, que conmigo tuvo Ana Volena, a quien ciegamente le dio mi cariño entrada, acándola en el Sollo, asumpro de su desgracia, pues deshice con su muerte, lo que fabricó su infamia; y que como poderoso, atropellando montañas de dificultades, hice, que en mi Reino me aclamiran supurma Cabeza de toda la Iglesia Anglicana, extinguiendo mi rigor a cuantos no confesaban de mi authoridad el justo título que me tocaba; y que de vos, por leal, y a quien el vínculo enlaza de la sangre, por lo antigua adherencia de mi Casa. siempre me valí, y hallé en vuestras prudentes canas igual consejo, y valor, en la Corte, y la Campaña; por lo que quise (olvidando aquellas antiguas causas, que obligaron a mi Padre a apártaros de su gracia) franquearos las mismas honras, que vuestro mérito aclaman, y en esta facción el Conde deja tan desempeñadas. Esto, Duque amigo, tanto mi agradecimiento gana, que del más oculto arcano de los que mi pecho guarda, os he de hacer noticioso; advertid cuanto un Monarca, que esto os expresa, os estima: cuerdo sois, aquesto basta. Adónde irá a parar, Cielos? Yo, Cremuelo, por las instancias de Ergmuelo mi privado, casé cuarta vez con Ana de Cleves, mi actual esposa, del Duque Guillermo hermana; y como los matrimonios, que solamente los trata la ambición, es en lo más en lo que menos reparan; y en este ocuerió la misma indiscreta circunstancia, me llegó a molestar tanto, que aborreciéndola el alma, por concederme a mi gusto me negué a su trato: o, cuantas veces maldije el respeto, que liga la soberana acción de un Rey, pues le priva de lo que cualquiera alcanza, y nadie es más absoluro, que el que en su albedrío manda! Dígalo yo, cuando al mío tan cruelmente avasalla de Caralina, la hermosa perfección con que le arrastra. En fin, porque de una vez de tanto tormento salga, y elija lo que me gusta, lejos de lo que me cansa, he discurrido, que nadie como vos, podrá con maña, obligarla, a que este lazo, que me molesta, deshaga. Vos, Duque habéis de toma a vuestro cargo tan ardua difícil materia, siendo quien secretamente haga con la Reina, que declare haber sido violentada en aqueste matrimonio, dando suficiente causa; con que quedando yo bien, pueda volverse a Alemania libremente, sin el riesgo que de lo contrario aguarda, dándole en esta ocasión a entender con amenaza (en caso que la blandura viereis, no sirve de nada) que pues ha de ser precisa no parezca involuntaria. Esto habéis de hacer por mí, a vuestra prudencia encarga mi cuidado, el favorable exiro, que me esperanza, ser yo quien media, y vos, Duque quien más en su logro gaza: mirad por los dos, pues somos partes tan interesadas. Sin mí estoy de lo que he oído, de mármol soy viva estatua. Ahora enmudecéis? No os cause, Señor, admiración tanta, que no es mucho que el asombro me embarace las palabras. Vos me mandáis una cosa difícil de ejecutarla (perdonadme que así os hable) porque a más de ser las altas prendas de su Majestad tan dignas de ser amadas, no me parece ajustado, gran Señor, que tan extraña nunca vista acción intente, quien nació tan gran Monarca. Qué dirá de vos el Mundo? Se ha de ver vuestra constancia sujeta al débil impulso de una aprensión, cuyas tramas contra vos le suministra vuestra misma tolerancia: Vos, Señor: Basta va, Duque: no os pido consejo. Nada, que os desazone, pretendo; pero, señor: Excusadas son, Duque, vuestras disculpas, mi gusto es preciso se haga: Y advertid, pues lo ignoráis, que quien aspira a la gracia de los Reyes, no repugua, si no es obedece, y calla. . Cielos Santos, quien se ha visto en tan nunca oída, tan rara confusión como la mía? Yo en desdoro de mi fama he de obedecer por fuerza la más indigna, tirana, bárbara acción, que inventar cupo el despecho, o la zaña, olvidando aquella injuria, que su Padre hizo a mi Casa, pues con pena de la vida nos privó, que a nuestras Armas no añadiesemos las regias, que hasta allí nos ilustraban? No procura mi ruina quién su ejecución me encarga? Pues como yo: pero, Cielos, no es mi Rey quién me lo manda? Acaso porque me excuse, dejará de ver lograda su intención, cuando le sobran medios para ejecutarla? Podré con mi oposición disvadirla, o atajarla? No, porque antes más la irrito, y las iras de un Monarca son las del rayo que arruina donde la oposición halla. Pues si esto es así, qué dudo? En qué indecisa repara mi obligación? Él lo quiere, yo soy parte apasionada; él su logro me asegura: y aunque más no me declara, quien duda, que está mi vida pendiente de su amenaza? Mi consejo no le aprecia, cualquier réplica le agravia, yo cumplí con lo que debo, él verá como lo traza. Contenta estarás, señora, De qué, Enriqueta? No sé; tú me preguntas de qué? Haces de la que lo ignora? Ya sé adónde a parar va la gran malicia que llevas. Así no te harás de nuevas, puesto que lo sabes ya: bueno es con marrajería querer disimular, cuando veo, que te está rebozando por los ojos la alegría; aunque me dirás, infiero, que del Conde no te inquieta la venida. tovizo No; Enriqueta, ib no diré tal, que le quiero; porque no fuera razón, que despreciase su afán, a quien por primo, y galín tenga tanta obligación. Pero en fin, ya has confesado, que le tratas sin desdén. Yo te confieso también, que su arribo he deseado; más discurro, que esto en mí por pasatiempo lo arguyo, que no dar lo que es tan suyo a la edad, es frenesí. Cuidado con unos celos, que entonces me lo dirás. Qué necia, Enriqueta, estás. Es, que son unos desvelos de tan tara condición, que el amor más recatado le hacen saltar un estado a fuera del corazón; pero dejando porfías, hasta que con la experiencia se acredite mi evidencia: no sabes, que ha muchos días, que con especial cuidado tengo hecha una observación? Y qué es? Dila en conclusión. Que con especial cuidado te mira el Rey. Eso tú lo somentas, maliciosa. Si yo fomento tal cosa, que me lleve Bercebú. Pues calla, y no des al labio tan perjudicial intento, porque ni aún de pensamiento cabe en el Rey tal agravio. Ojalá que fuera así, que yo tampoco lo ignoro? pero para mi decoro conviene negarlo aquí, por si de esta forma cesa el grave mal, que me indica, que la que un amor pública, da a entender que no la pesa, Digo, que pues te disgusta, callar es mi obligación, Deja esa conversación, y habla de lo que me gusta. Yo lo hiciera; pero ya no es del caso, ni conviene, porque a tu presencia viene quien mejor te servirá, Pues quién es? Tu amante. El Conde? Feliz mil veces quien llega a tiempo, que con su nombre hacéis dichosa su ausencia. Conde, seáis bienvenido. Fuerza es, Señora, lo sea, quien vuelve de vuestro cielo a lograr las influencias. Hiperbólico venís? Nunca una fe verdadera necesitó de adornarse de fingidas apariencias; y así, de vuestros afectos acreditarme pudiera con la certidumbre misma. Entonces no agradecieras tanto lo que ahora estimas. Cómo, si eso lo desea mi corazón? Por lo mismo; pues lo que abulta la idea allá en su aprensión, en cuanto no lo examina, lo eleva; y visto una vez aunque a lo que imagino, exceda, lo que se adquiere ignorado, pierde, si se manifiesta. A quien la desconfianza, Señora, le desalienta, como su dicho podrá abultar sin las experiencia, si cuanto más desconfía, tanto menos interesa? Me olvidé de que seguíais tan cuerdamente la senda de los discreros. No todo lo que se sigue contenta; pero porque más crecido el sentimiento no sea, con la perdida del logro, que fingirá lisonjera una esperanza mentida, es cordura no tenerla, que quien un mal no previene, dos sentimientos espera. Anticiparse el pesar es una cordura necia, siempre sitve la esperanza porque aunque lo que se anhela no se consiga, a lo menos, no se siente hasta que llega, y todo el tiempo que tarda vive sin aquella pena. Pues yo os prometo seguir desde ahora la opinión vuestra. A vos os estará bien, que a mí, que sigáis cualquiera, poco, o nada se me da. Vos sois quien me lo aconseja. No es lo mismo aconsejar, que argüir. Esa es mi tema; pero el hombre siempre toma las cosas por donde queman, Clavicordio? Soy fatal. Por qué? Porque no te acuerdas jamás de este Clavicordio, sino cuando estás de tecía. No reparé en ti. Que mucho, si otra entonación te lleva, y no alcanzan a tus altos los tiples de mi espineta! Qué escuchéis aqueste loco? Qué importa que loco sea, si me divierten sus gracias? Forzoso es que divierta quien habla a tontas, y a locas, Bien te has vengado, Agradezca, a que por vos no le doy a entender su desvergüenza, Señora, la Reina uiene Con que mi duda se queda permanente? En eso haréis lo que mejor os parezca. Hasta que vos: Necio estáis, y advertir, Conde, pudieras, que quien la elección no os priva; bastante callando os muestra. Sin mí estoy de lo que el Duque me ha propuesto, Sin respuesta me dejó la Reina: Cielos, mil sobresaltos me cercan. Disimularé hasta tanto, que ejecute una experiencia: Conde? Gran Señora? Nunca juzgué de vuestra fineza no me hubieseis visto, estando en Londres. Jamás pudiera, Señora, mi obligación olvidar aquesa deuda, si la de pasar a darle al Rey de mi cargo cuenta, no la hubiese embarazado fortuna que tanto aprecia. Así lo conozco, Conde; pero esto solo son quejas de quien como yo os estima. Beso vuestras plantas Regias, Y vos, Duque el parabién recibid (en vano alienta mi pesar.) Tanto favor, preciso es nos desvanezca: Mal haya, amén, el precepto, que a tante rigor me fuerza. Duque, volvedme a ver luego Beso vuestros pies: qué idéa en no haberme respondido llevará, Cielos, la Reina? Esto ha de ser, idos todos; y ves quedaos, porque en cierta novedad tengo que hablaros. Prompta tenéis mi obediencia. Mucho la Reina honra al Conde; vamos a espacio, sospechas: qué fuera, que me pesara! . Ni una palabra siquiera me has hablado. No se hicieron para trastos. A estas puercas se les avinagra el ceño en dejando la aceitera. Ya, Señora, estamos solos. Antes, Conde, que os dé cuenta del motivo, que me obliga a empeñar vuestra asistencia, me habéis de dar la palabra, sin que en vos haya reserva de que no me negaréis lo que supiereis, acerca de lo que os he de decir. Poco, Señora, me empeña quien mi obligación me avisa en lo mismo que me ordena. Puesto que no ignoraréis la escandalosa propuesta, que vuestro Padre me ha hecho (pues porque más no me ofenda, no quiero con repetirla padecer segunda afrenta) me habéis de decir, si acaso nace de su propia idea (como me ha dado a entender) a de la del Rey. Tan nueva, Señora, es en mi noticia la que me dais, que no encuentra mi memoria, ni el más leve antecedente, que pueda dar la luz de lo que ignora, Miradlo bien. Si la prueba no os basta de que lo juro por la fo de mi nobleza, no sé como lo acredite. Basta, Conde, y pues resulta ya una vez a declaratos mi intención, no es bien que os tenga mas tiempo confuso; oíd. Decid, Señora, que apenas el cuidado me permite quietud para que es atienda. Pue sabed que vuestro Padre pretextando que le lleva el sosiego de estos Reinos, y mi mayor conveniencia, me ha propuesto, que por cuanto repuguan, que esposa sea del Rey, quien en religión con la suya no convenga, y que siendo la que sigo de Lutero, tan opuesta a la que todos con nombre de reformada veneran, era preciso a otras nupcias le hiciesen pasar por fuerza; me aconsejaba evitase mi persona, está tan cierta, e irremediable ocasión, dando alguna excusa honesta, que del desaire me aparte, y el matrimonio disuelva. Esta proposición, Conde, tan atrevida, y tan necia, no me puedo persuadir a que del Duque provenga; causa superior le mueve: y pues las antecedencias, que tengo en el desagrado, que acerrimo el Rey me muestra, me obligan tan justamente a recelar, que de él pueda dimanar esta intención, porque ninguno tuviera (claro está) fin su noticia, osadía de emprenderla; he discurrido, temiendo de su venganza la fiera crueldad, que Catalina, sobriva del Quinto César Carlos, padeció por el torpe amor de Ana Bulena, no contradecirla, siendo quien la apoye, y la defienda. Para esto os he menester, discurrid cuanto interesa mi seguridad, a vista del peligro que la cerca: que si vos, en quien se enlaza, por Caballero, la deuda de amparar a una mujer (no ya, Conde, Reina vuestra, pues infeliz la despoja de este título su estrella) os excusáis a mi ruego, a quien irá ya mi pena? Aunque por mi obligación precisado no estúviera a obedeceros, ni vos la que sois, Señora, fuerais (pues siéndolo, hacéis igual el empeño a vuestra queja) no solo aventuraría una vida que sujeta se os ofrece a vuestros pies, sino es muchas que tuviera: y pues (como vos decís) es imposible que quepa en las hidalgas acciones de mi Padre tan perversa solicitación, a no haber quien le obligue a ella, y más que por conseguirla, por evitarla obedezca: maudad, disponed, que en mí no hay más acción que la vuestra. No a tanta costa pretendo, Conde, que el renedio sea; menos perigroso lo hay. Nada, Señora, os detenga. Este es: que yo he de decir, que primero que se hiciera con el Rey mi matrimonio, le efectue:- Qué os amedrenta? Ciandestinamente (como lo explicaré que lo entienda?) . con uno de sus parientes más cercanos, en la misma Corte de mi hermano el Duque; que aunque este medio debiera condenarle mi decoro, él es quien me le aconseja, por evitar el desaire, Conde, a que me miro expuesta, que entre dos males precisos, quien el que es menor no aprecia? De esa forma (caso extraño!) por mi es forzoso que sea, pues siendo yo el más cercano pariente del Rey (que en ella por Embajador estuve, cómo sabéis) no me queda en que poder dudar. Conde, discurrid lo que es parezca, ya que habiéndolo vos dicho lo excusáis a mi vergüenza. Mirad, Señora:- No creo (si atiendo a vuestras ofertas) que os excuséis. Quién se ha visto, Cielos, como yo, en tan nueva confusión? Ahora os turbáis? No, gran Señora, os parezca, que es para menos. Si acaso en vos el reparo media, de que os obligáis a ser mi esposo, eso no os detenga, pues una vez que de apoyo me sirváis para que pueda salir airosa de aquí, yo seré quien os absuelva después de esta obligación; sino es ya que acaso os lleva mas el cariño del Rey, que mi propia conveniencia. Quín creyera de mí, Cielos, que me obligue una sospecha al cuidado de lo que nunca juzgué me le diera? Porque discurráis cuan poco ese cariño me empeña, y que aunque mudo, me está representando mi ofensa; ved, Señora, este retrato. . Quién duda que el mío sea; y que por satisfacción a la Reina se le entrega? Ah falso! Pues por lo mismo, que la fealdal os acuerda, no ignoré yo, hallaría siempre más pronta vuestra fineza. Habemos quedado bien, vanidad mía? Oh, cuán necia es la mujer, que con tantos ejemplares no escarmienta! Tomad, Conde, que yo espero, que como en vos se mantenga la memoria, que tan viva el pincel os representa, no queráis anteponer reparos a vuestra queja: y así, miradlo despacio, que no quiero se resuelva vuestra confusión tan presto; mas sea con la advertencia, que aqueste secreto, Conde, entre vos, y yo se queda. Cielos, qué pasa por mí! es verdad, o es aparencia? Mas cuando en un infeliz no fue la desgracia cierta? Dígalo yo tan a costa de mi sufrimiento. Suelta. No quiero, traidor. Mirad, que en esto: Tened la lengua, que ya de vuestros engaños he dado con la evidencia. Soltad, Señora, qué hacéis? Restituidme a mí la prenda, que vos despreciáis. Qué es esto? Perdiome esta contingencia. Quédose con el retrato; mas yo vengaré mi ofensa. No me respondéis? Señor, yo os lo diré, qué os altera? Si lo que ha pasado oyó, y acaso al Rey se lo cuenta? Estando, Señor, al Conde dándole la enhorabuena de su arribo, le alabé esta sortija, con ella me porfíó; repugnele, y tomarla ha sido fuerza? por mi es preciso fingir. Ya es menos, Cielos, mi pena, . No ser cierto; los semblantes de los dos lo manifiestan; pero disimularé tan evidentes sospechas hasta lograr mi intención. Es una acción tan bien hecha, que no la puedo culpar: idos, Conde. Oh, quién pudiera no ausentarse ahora de aquí! pero oculto de esta puerta he de escuchar cuanto hablaren. . No sé, Caralina bella, cuando ha de ser el felice dichoso día; en que os vea menos ingrata; la firme voluntad, que manifiesta un corazón; que al arbitrio tenéis de vuestra clemencia. Qué buena ocasión tenía, si acaso el Conde lo oyera, para vengarme! Ni aún solo os merezco una respuesta? Cómo me habláis, gran Señor, en tan extraña materia? No sé la que os pueda dar. Cuando no causa extrañeza de un infeliz el deseo? Muchas veces; pero en esta, siempre, gran Señor: No alcanzo la razón. Muy bien pudierais no olvidar a quien os ama. Qué escucho, Cielos! Alienta, corazón: hablad más claro. Si vos, Señor, me quisierais entender, bastantemente me he explicado. Qué más cierta puedo imaginar mi muerte? Como un anhelo interpreta siempre a su favor (costumbre usada del que desea) no os maraville, que el mío receloso no os entienda, que aún mirándole, se duda, alivio, que no se espera. Y a esto, Cielos, me he quedado? No discurráis: Ahora llega un Correo de Alemania con estos piegos del César. Mostrad, pues, y retiraos. Los dos Parsamentos quedan, como ordenáis, aguardando. Por cuanto, Cielos, no hubiera un estorbo hacia mi gusto; pero a que aruda me furiza la declaración, que espero hacer, tocante a la Regia suecesión de mis dominios. Vamos, Di que (que la Reina no acabe de reolvere? mucho temo a mi paciencia) Hay, Caralina adorada:! Ya ingrata, alevosa, y fiera, he viste; más perdonad, que me llevé de una ciega aprensión gozad mil años vuestra elección; pero sea a menos costa de quien burláis falsa, y isenjera. Sin duda intentáis hace: de mi tolerancia ptuchas. No señora, esto es cumplir cortelano con la deuda a que mi atención me obliga. Si acaso queréis con esa mal entendida razón e dejarme a mi satisfecha, borrando con la aparente, la que contra vos es cierta; no, Conde, lo presumáis. Pluguiese al Cielo estuviera tan de vuestra parte, como de la mía la evidencia. Queréis, que vista, y oído a un tiempo se confundieran? Por qué no? Si os engañasteis, Con que solo vuestra queja es la que no le padece? Cómo, si os ci a vos misma decir al Rey, no olvidase F a quién le amaba? Pudierais, a no ser necio, entender, que lo dije por la Reina, pues olvidando su amor, inútilmente se empeña. Yo sí, que un retrato mío os vi darla. Porque veas cuanto mucho más se engaña, quien juzga que menos hierra, este retrato la di; advertid pues, cuan diversa fue mi intención, de lo que vos tenéis por verdadera. Qué me dais? Mirad que este es un retrato de vuestras Armas, y de las del Rey unidas, con unas fetras, que refieren, hasta enionces: es así. Notable idé! Qué tiene que ver, que vos conservar querías eterna la memoria de tener con el Rey esta adherencia, para que con la expresión, que yo escuché tan grosera, a la Reina se la dieseis; siendo tan contra vos esta acción, como aventurar, Conde, vuestra vida en ella, pues esta pena tendríáis en caso que se supiera, Eso no os puedo decir. Qué bien licen, que la ofensa, aunque el agresor la oculte, la descubre su conciencia! Vos la disteis el retrato, y pretendéis, que yo crea (trocándole ahora) una acción a la que vi tan opuesta? No Conde, toma lle pues; . y para siempre haced cuenta, de que acabé para vos. Decid, que eso es lo que os lleva, y no fomentéis pretextos, que vuestra intención condenan. Yo vi vuestra falsedad. Ya sí, que escuché la vuestra, Ya os satisfice. Y yo a vos. Fue satisfacción muy necia. No puedo deciros más, Señoras Quién os lo veda? Un precepto. Qué precepto? El que a callarlo me fuerza, Quién os le puso? Mi suerte. No os entiendo. Esa es mi pena. No hay otra disculpa? No. Antes, ingrato: La Reina me ha mandado que te llame, Qué decíáis? Nada; Conde; rabiando voy. Que esto vea, y no me quite la vida el pesar que me atormenta! caiga sobre mí los Cielos. . No me dirás, Enriqueta, qué es esto? Ya no lo sé. Es mucho, que una alcahueta tan conocida. lo ignore, Haí que gracia, Hay que lucrecía. Qué trasto. Que gran borracha. Qué valadí. Que embustera.
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Con que indecisa la Reina se mantiene? Muy bastante me parece, que se ha hecho hasta ahora, en que se halle prevenida, gran Señor; porque en materia tan grande, cómo es esta, no discurro aún el intento por fácil, Ya la propuse aquel medio, que pude más razonable discurrir, como os he dicho. Cuanto ha estado de mi parte lo he ejecutado; ahora vos disponed lo que gustaréis. Con lo que el Conde me ha dicho, . no sé como gobernarme: quién se vio en tal confusión! No tan solo, Duque, obrasteis en esta acción (que al arbitrio puse dé vuestro dictamen) tan conforme a lo que yo solícito, si no que antes me habéis descubierto senda, por donde si repugnase la ejecución (que lo dudo, porque habrá de ser en balde) podré con violencia hacer, que de su intención se aparte, sin que la que mi reparo tuvo hasta aquí, me embarace, pues él de ser Luterana, es un pretexto, que nadie se podrá oponer, por más que su malicia le arrastre: y así, a vuestro cargo os dejo, Duque amigo, lo restante de esta acción, con la esperanza, de que ha de finalizarse muy a mi satisfacción. Beso vuestras plantas Reales por tal honra; mas, Señor, si por la de libertarme de este encargo, os mereciera, que me la recompensaráis, fuera en mí:- Levantad, Duque. No señor, no he de apartarme Gran Mariscal de mi Reino, qué decís? Con honras tales, qué he de decir, gran Señor, si vos mis labios fellasteis? Le he menester, y es preciso, por tenerle, contentarle. Nuevamente el Rey me empeña, ya es difícil libertarme. Duque, a repetiros vuelvo, dispongáis, no se dilate tanto mi gusto, que en nada, por conseguirle, repare; vos haréis, como lo espero, que no llegue a ese paraje. Hal, Catalina, tus ojos motivan mis crueldades! Es cierto, fortuna mía, que al cabo; que me entregastes la gracia del Rey, que anhelan tantos, y tan pocos saben conservar, porque es escollo, en que el más diestro da al traste, lo has hecho muy bien: Mas cuando no son tus triunfos fatales? Qué hago yo con que me aprecie, singularice, y exalte, si entre estas flores se esconde para darme muerte el áspid? Pues estando el Conde mi hijo (según me ha dicho) constante en la determinación de asentir en cualquier lance al dictamen de la Reina, de que me informó, se hace sospechosa con el Rey mi ejecución, de que nace, vuelva a fubsistir la antigua p ocasión, con que su Padre te celoso pretendió de nuestra Casa vengarse; y para mayor ruina servirán las Dignidades, en que ahora para perderme ha querido colocarme. Quien como yo hasta ahora, Cielo se vio en confusión tan grode? Con qué hay celos en Campaña Cuando para atormentarme ha faltado entre mi gusto algún pesar? No tomarle, que disgustos de mujeres son veletas, que en el aire, tan presto están a Poniente como vuelven a Levante; an pero tu Padre está aquí. Así sabré si excusarse ha podido con el Rey: procura afuera esperarme, que te he menester. En tanto, que entras, señor, o que sales, voy a ver a mi Enriqueta. . Señor? Hijo? (qué no acabe mi pensamiento conmigo!) Solo el cuidado me trae de si el Rey os ha admitido la excusa. No ha sido dable, pues por atajar mi intento, primero que la escuchase, de Gran Mariscal me dio el cargo; mira si es fácil, a quien oídena con premios, no obedecer con lealtades? Y ha de poder más con vos una apariencia inconstante, en que a sí se beneficia, con lo mismo, que os complace; que una acción injusta, a que debierais por vuestra sangre oponeros, sin que con vuestro medio la esforzaseis, pues más que quien la somenta, se desluce quién la aplaude? Sí, Conde, pues todo cuante discurras aconsejarme, acerca de que desista de ejecutarlo, es cansarte, y los preceptos del Rey deben siempre venerarle, porque a nosotros nos toca la ejecución, no el examen. Ni el ver, señor, que la Reina, como vos sabéis, se vale de mi medio, con el fin de que defienda, y ampare su decoro, ha de obligaros a desistir? Nada me hace fuerza, mayormente cuando está en tu mano excusarte. Ni lo que aqueste retrato, memoria de nuestro ultraje, pública, por más que el tiempo entre su olvido lo guarde? Qué es esto? Tu inadvertido, contigo estas Armas traes? No es timbre nuestro? Es verdad. Puede usurpárnos le nadie? El Rey, que es quien nos le evita. Y olvidáis ese desaire? No le olvido; pero quien pretendes que le contraste? La razón, y el tiempo. Calla, y no al labio con tal fácil escandalosa intención atrevidamente infames: el Rey lo quiere, él es dueño, nadie debe repugnarle. No ignoras la grave pena, que tienes, si te le hallasen: guárdale; y esta advertencia en tu memoria se estampe, de que es la fidelidad, que precisa ha de guardarse al Rey, una salvación temporal, que en mi dictamen, no la emienda arrepentido el que la yerra ignorante. Eso fura hacer injusto lo que se solicitase. Qué importa, si el procurarlo contra su gusto, deshace aquel mérito, que tiene la razón tan de su parte? En fin, Conde, no harás más de lo que yo te mandare; ven conmigo, y trataremos materia tan importante con reflexión, no se yerre lo que no puede emendarse. Así le estorbo, que vaya . a ver a la Reina, antes C que yo, por si acaso puedo de su intención separarle. A no tener que asistir en Palacio: Será en balde cualquier disculpa que des, porque yo no he de dejarte, Señor, mirad: Tiempo tienes para acudir muy bastante; sígueme ya. Qué me obligue a que en duda mis pesares se queden, no habiendo visto el bien que idólatro amante! Hasta cuando han de durar de mi fortuna los males? Con que ya hay nuevo cuidado? Cierto que admirada estoy; lo que va de ayer a hoy te viene como pintado. Páguelo yo, pues yo fui motivo de mis porfías. Te acuerdas cuando decías, esto es pasatiempo en mí? mira lo que en ti ha causado. Luego tan sin fundamento discurres, que yo lo fiento, porqué ingrato me ha dejado? Yo así lo entiendo. Pues no creas eso solo ha sido, que lo que más he sentido es ver que me desprecio; pues para darle a entender, que en mi belleza no había motivo, que le podía su desvelo merecer, dio a la Reina mi retrato; advierte si con razón sentiré desatención, en que no solo lo ingrato mostró su infame delvío, sino que por convencerla, quiso villano con ella usar del desprecio mío. No fuera mucho, que estando con la pasión te engañases, y así, Señora, no pases a creerlo tan presto, Cuando no fue cierto lo peor; y sino, mira el descuido, que hasta en verme hoy ha tenido, Que sabes si acaso por considerarte enojada, no se atreverá a venir. Tú eres en el discurrir toda extremos. Si entregada tanto te miro al pesar, que el sentimiento te ahoga; quieres, que te dé una soga para acabarte de ahorcar? Ea, Señora, que todo se ha de componer. No infiero, a vista de su grosero vil procider; de qué modo, sino qué composición (dime) se podrá encontrar en una acción, que aún dudar no permite a la razón? Nunca entre amantes hay duelo, que no se imagine así; pero aguarda, que hacia aquí viene Clavicordio. Solo le faltaba a mi despecho, que ahora viniese a aumentarle con su humor. Pues despacharle. Entro con el pie derecho, Demasiado me sufocan estos busones: quién va? Un Clavicordio, a quien ya, ni le tañen, ni le tocan. Hoy por alto su trabajo se irá, sin que le contemplen. Hja, yo haré que me templen dos, o tres puntos más bajo. Mas qué salto? Ten la boca, no de esta forma te pierdas, porque adonde están mis cuerdas, no ha de saltar una loca. Quién es ese hombre? Un menguado, picaronazo, atrevido. Y hasta aquí se ha introducido No señora, que me he entrado Qué os obligó? Una piedad: De quién? De quién con rigor está pasando de amor extrema necesidad. Disimular me conviene: Y es el Conde quién la tiene? No señora, que es tu primo, Pues no es todo uno? En esta ocasión niego, pues Con le es solamente el que es esconde, y tu primo manisi esta. Y qué pretendéis? . Sabe si quieren tus ojos bellos darle algún favor de aquellos, que no te puedas poner. Pues qué tan gran le es la falta? Con la pregunta me cortes: desde que no le socorres, anda el pobre a la que salta. No sé como me reprimo. De qué sirve el embustear, sino lo acierta a dejar en hablándola del primo; Con más gusto otro favor su estimación atesora. Hhí, que es pícaro, señora, de los de marca mayor, pues como mira tu recia condición, que le amohína, afecta que otra le inclina, y que la tuya desprecia! Pero como son pasadas, que hace por vencer tu trato, tiene la vista en el plato, y el deseo en las tajadas: veamos si de esta manera su enojo puedo templar; Muy buen modo de obligar Eso en él es ya quimeras por no mirarla inhumana en su amor, ni una vez sola dará celos a una bola de la Puente Segoviana. Rara idea! Mas tan cierta, que una vez, porque te aturda, con galantear una zurda, vino a obligar a una tuerta. Sus gustos son más que buenos, En teniendo buena cara, jamás el otro repara en un ojo más, o menos. Qué mal sosiega un cuidado, Dígalo el mío, pues tereo en su pasión apetece, como alivio, el que es tormento. Mas Cielos, no es la Condesa Catalina, la que veo hablar con aquel criado? En fin, señora, está hecho un Basilisco, de que no le haya dejado el viejo venirte a ver en todo hoy. Qué lástima! Yo lo creo. Quiero escuchar lo que tratan, Ea, señora, acabemos: si estás rabiando por él, de qué sirven recobecos? Esta noche ha de veniz a desenojarte. Cielos, de quién hablará? No dudo, que vendrá; pero a otro efecto, que no falta quien del Conde eche la presencia menos. Celoza del Conde está, por él sin duda padezco de esta fiera los rigores, yo vengaré mis desprecios. Vamos dejando el enojo. Ya te pasas a molesto. Pues de haber faltado el Conde a venirme a ver, recelo, no sin causa, alguna infausta novedad hacia mi intento: quiero hablar a la Condesa, Con que en fin:- Quítate, necio. obr No ha de haber: Qué aquesto sufra! Ya, ingrata: Condesa. Cielos, aquí la Reina! Pesares, aquí el Rey, y descompuesto Si lo que pasó han oído? Rey, y Reina? Volaberum. Todos se han quedado helados, Me arrebataron mis celos. No sé de esto que sospeche; mas, penas, disimulemos. Gran Señor? El Cielo os guarde: yo quitaré estorbos presto. s Enojado va No he visto a más propia cara de suegro. Por la Condesa, sin duda, hace el Rey estos extremos. Pero pues de quien valerme en esta ocasión no tengo mas que de ella, callaré, porque ayude a mis intentos. Vos, Señora, en mi posada? La desazón del Rey temo. Qué os admira, cuando sois, Condesa, lo que más quiero? Por tantas honras, Señora, mil veces los pies os belo: qué tan fina se me muestre, quién falsa me está ofendiendo? Haced, que nos dejen solas, Idos. No ha de llegar tiempo en que los dos nos digamos de mancomún dos tequiebros? Es uce poca manteca. Y tu muchísimo ceyo. . Ya estamos solas, Señora: qué será aqueste misterio? . No ignoráis, Condesa amiga, cuanto lugar en mi afecto habéis merecido, pues vuestras prendas, y talento os hacen digna de todo mi faver; esto supuesto, y que en ambas he de hallar siempre inmutable aquel mismo correspondiente cariño con que granjeáis mi genio, he de poner un encargó, Condesa, al cuidado vuestro: mirad, que le habéis de hacer. Adónde irá a parar esto? . En qué os detenéis, Señora? Pues, Condesa, lo que os ruego es, que al Conde vuestro primo llaméis con todo secreto de vuestra parte, y le hagáis, que me aguarde aquí encubierto, sin que lo advierta ninguno. Aquesto más? sentimientos, . bueno es hacerme tercera para el mismo que yo quiero, esto solo me faltaba. Y no sabré yo a qué efecto le llamáis? Tengo que hablarle. Si acaso yo con saberlo pudiese también serviros, decidmelo. Ahora no puedo, ni es del caso detenerme en lo que entenderéis luego; basta sepáis, que del Conde pende todo mi sosiego, mi esperanza, y aún mi vida, ved cuanto es lo que intereso. Quédamos bien, vanidad? Si acaso podrá ser cierto lo que me pasa? No es fácil. Pues cómo es dable, que habiendo sabido mi amor la Reina, desde que por mi desprecio, vi, que el Conde mi retrato la dio, quiera con tan necio imprudente estilo, hacer tercera de su secreto a la que agravia? Esto es fijo? quién lo duda? Pero, Cielos, no vi esta traición? No acabo de oír para mi tormento, un precepto, que tirano la confirma? Pues qué es esto? Vista, y oído han de poder engañarme a un mismo tiempo? Claro está que no: y que a fin de mi mayor vituperio lo ha dispuesto así? Ea, males, ya llegó mi sufrimiento, con tanto extremo de penas, a los últimos extremos; y a cualquier pundonoroso reparo, que el parentezco, y amor a el Conde, hasta aquí pudo estorbar el despecho de mi venganza, le borran unidamente dispuestos, el oído, el rencor, la ira; y pues en él concurriendo las mismas obligaciones, que yo he mirado, no fueron bastantes a disuadirle de su traidor falso intento, no he de procurar piadosa lo que él desprecia grosero. Y pues para mi venganza me ofrece la industria un medio, con que dejar a mi agravio fácilmente satisfecho, muera este aleve, este ingrato, infame, mal Caballero; que auque las historias cuentan por caso raro, y tremendo, que hubo mujer, que olvidando vínculos de amor, y deudo, fue más que irracionel fiera; quien sepa los que son celos abrobará mi venganza, sin culpar mi desacierto. Qué es esto, señora? Esto es un frenesí, un mal violento, una cólera, una rabia. Qué? Te ha mordido algún perro? ̱. Un áspid, un basilisco soy. Pues voime de ti huyendo, porque no quiero morir del mal de ojo, ni por pienso. Anda, vete, déjame. Sin duda ha perdido el seso: témplate, y dime qué tienes, que de verte así me muero. Mientras de ver a la Reina sale mi padre, pretendo hablar al dueño que adoro. Bien puedes entrar sin miedo, porque la dejé más blanda, que un guante. Avísame luego ofo que salga mi padre. Voy a observar sus movimientos. Con que no lo he de saber? No apures mi sufrimiento, déjame; pero mejor será, que me vaya buyendo de tu impertinencia. Dónde, hermoso adorado dueño, podré encontrar mi descanso, si me ausentáis vuestro Cielo? Esto más? Que en quién es noble quepa tanto sufrimiento! No sé como me reprimo; pero disimular quiero No os merezco una respuesta? Sí, señor Conde, y aún ciento: pues por qué no? Discurtí, que aún os duraba el incierto temor de aquella reprensión, que tanto os irritó, En eso no tenéis que hablarme más, pues sé lo mucho que os debo. Cómo os burláis del que amante está por vos padeciendo, propia acción de quien se mira tan fuera de aqueste riesgo? Mui poca merced me hacéis; y porque advirtáis cuan lejos de burlarme estoy, y lo desengañada que quedo; esperadme un breve rato, veréis con el rendimiento ternura, y fineza, que corresponde a vuestro afecto, una voluntad, que vive solamente de quereros. Fortuna, de cuando acá tan de mi parte te veo! Y tú, Enriquera, trae luces a esta sala, mientras vuelvo. Iré a servirte al instante; ya, en fin, las paces se hicieron. . Hasta lograr mi venganza, no vivo. Absorto, y suspenso en mi repentina dicha; no sé lo que sucediendo me está: yo favorecido de quien (apenas lo creo) siempre a mis adoraciones correspondió con desprecios? Y cuando más irritado discurrí encontrar su ceño, hallo, que aún a mis desgracias sus favores excedieron, que no lo pondero más por no exagerar lo menos. Qué es esto? Pudo mudarse mi fatal influjo adverso, o son vanas ilusiones, que quiere fingir el sueño, por duplicarme la pena del bien que acaba despierto? Pero, o ya sea mentido, o ya sea verdadero, voy a celebrar favor, que nunca esperé, pues debo alguna vez a mi estrella (mis males compadeciendo) un milagro, que aún soñado dificulté en mi tormento. Ya están las luces aquí, y aunque de paso (pues tengó orden de déjaros solo) daros el para bien quiero de que ablandasteis la dura incimación de mi dueño. En albricias de mi dicha toma este diamante. Un dedo estoy de daros las gracias; pero estar con vos no puedo, pues me estáis apedreando. Oye: Adiós, que me detengo aún más de lo que me mandan. . Loco me tiene el contento. Ya, gran señora, tenéis cumplido vuestro deseo. Y vos lo que os piometí, y aguardabáis; ved si cierto es mi desengaño, pues con la experiencia lo muestro. Ya llegó, cólera mía, de mis venganzas el tiempo. Cielos, sin vida he quedado de lo que miro! Qué es esto? Vos tan triste? Tan confuso, cuando creí que placentero, tomo lo esperé, vinieseis sin repugnancia a ofreceros? Qué tenéis? En qué os paráis? Proturad sacarme luego del grande cuidado, en que vuestra confusión me ha puesto, Son tan extrañas, tan raras, señora, las que en mi advierto, que en opusto laberinto forman en el pensamiento un vabel, tan imposible de comprender, que no puedo; padeciendo, lo que os digo, deciros lo que padezco. Conde, si de vuestra duda procede, ya no hay remedio; ya a vuestro padre le he dado la noticia del pretexto, que os dije tomaba, a fin de mi seguridad; creo le aprobéis, todas las veces, que miréis lo que intereso: que con vos me desposé le he asegurado, primero que con el Rey, ya veis cuanto, sino lo confirmáis, pierdo; veros quise, no fue dable, hiceos llamar a este efecto por medio de la Condesa; pero venís tan sin tiempo, que lo que comunicaros pretendí, ya lo he resuelto: mirad ahora si podéis faltar a lo Caballero. Llego vos, que me llamase, la ordenasteis? Es muy cierto. De esto ha nacido su enojo; ya mi confusión es menos. Supuesto que vos, señora, por vos misma lo habéis hecho, no dándole a mi albedrío de lo voluntario el premio, disponed en lo demás como gusteis, que soy vuestro. Hasta ver lo que resulta, conviene que lo dejemos así; y ahora:- Señor; mas la Reina. Qué traes, necio? Tu padre te anda buscando, el Rey viene muy severo hacia acá. Qué es esto, Conde? Alguna desgracia temo, que el Rey viene aquí, señora. Si conmigo os ve, recelo algún mal fin: viene cerca? Tanto, que casi le veo. Si me ve salir, estando aquí vos, será lo mismo. Apagad aquesas luces, pues no hay más prompro remedio; y haced, que aquese Criado no haga ruido. Estate quieto. Qué importará que lo vea? Hola, hola, aquí hay misterio. Llamado de la Condesa Catalina, hasta aquí vengo. O, quiera amor, que en mi suerte halle alguna vez consuelo! Cuénto con el Rey? Malorum. Vive Cristo, que aquí hay cuento! Pero qué es esto? Sin luz está su cuadra? O el miedo me zumba por los oídos, o pasos hacia aquí siento. Entrar quiero. Si me encuentra, dimos con todo en el suelo. Llamarme, no estando aquí, qué podrá ser? Dicho, y hecho, Quién va? Con él encontró. Hay más extraño suceso! No respondes? Veamos, si hablando gordo, me puedo escurrir: quién lo pregunta! Hay tal locura? Cielos, muerta estoy, Qué es lo que escucho? a esto me llama, teniendo un hombre aquí? Matarele. Pues calla hablémosle recio, que él sin duda me ha temido; yo soy guapo por el eco. Ya le he dicho que quien es quién lo pregunta? Quién fiero sabrá vengar sus ofensas, castigando atrevimientos. Malo, ya me conoció. Cónde, en qué nos detenemos? Seguidme. Pero veamos como salir de este aprieto; a estar en otro paraje vieramos ese denuedo: adiós, Clavicordio, de esta te acaban con un Guineo. Por conocerle y saber esta novedad, le dejo; guiad a donde quisiereis. Turbada estoy, y no encuentro la puerta; pero aquí está; Conde? Señora? Qué hacemos? la puerta hallé, venid pues. Muchos sobresaltos llevo. . Como yo llegue a jugarla de talón, vengan trecientos. En qué os paráis? Le parece, que es fácil andar a tiento? Sígame; si la memoria no me la ha quitado el miedo, hacia allí ha de estar la puerta. Dónde vais? Todo derecho: si él no tuerce, bien estoy, pues le enboco más adentro, si contra algún esquinazo se le rompiesen los sesos. No andéis tanto, id poco a poco. Poco a poco? para el perro; mientras yo por esta senda, echa tú por esos cerros, De pesar no estoy en mí: qué así burlase mi intento! Pero pues en la posada de su prima hallar espero al Conde, yo haré: mas quien va? Otro niño tenemos? el vejete es, vive Cristo, volvamos a entonar grueso, Entrad, verés de la forma, que vuestros agravios vengo. Qué es lo que oigo? Ya escapé; ea, pies, para qué os quiero. A dónde estáis? Aquí estoy, para castigar intentos villanos. La voz del Duque no es esta? Llega a mi acero, si acaso tu cobardía no te lo embaraza. Cielos, qué confusiones son estas? pero una llave torcieron. Ya que sus agravios ciertos habrá visto el Rey, a cuyo sin llamarle hice a este puesto, quiero lisonjear mi pena, en la venganza que ciego ha de tomar con el Conde, pero todo está en silencio, y sin luz, veré lo que es. Qué no le encuentre mi esfuerzo! Dónde estás, aleve? Aquí, Duque, pues al mismo efecto, que vos, he venido. Qué oigo? el Rey es. Traidor, tu empeño no has de lograr; ola, luces. Acudid todos, que dentro se hoy en las voces del Rey. Señor, mirad (hay suceso semejante? que soy yo. Condesa? Yo soi: qué es esto? Sin mí estoy! A esto tu engaño me llamó? dónde está el fiero traidor, que me agravia? Aquí le dejé. Inmóbil no acierto a peneirar este encanto. Qué decís? que no os entiendo, Quién, gran señor: mas qué miro Quién pudo: pero qué veo! El Duque, y de aquesta forma El Rey, y tan descompuesto; El Duque a su vista? Toda a mi confusión me entrego, 2. Qué es esto, señor? No sé, mucho mi cólera temo: idos todos. Grave mal de este acidente recelo. Qué podrá ser lo que miro! No viviré hasta saberlo. Y vos no os vais? Sí señor; pero preveniros quiero, que nadie mejor que vos puede en el Conocimiento estar, de lo que mi agravio necesita (aquí os encuentro; gran señor) sin duda a guna a remediarle; no puedo donde vos estáis tener más acción, que la de haceros presente, que es mi sobrina la que veis: interés vuestro será mirar por su honor, y el mío, ya que tenemos los tres una misma sangre; y pues os toca el remedio besandos los pies mil veces, vuestro mandato ebedezco. . Por más que lo solicito, tanto enigma no penetro; muerta estoy, En fin, Condesa, a esto me llamasteis? Siento, señor, que vos me hagáis cargo, de lo que pi sé, ni entiendo; yo os llamé, para que vieseis vuestros agravios. Los vuestros queréis decir. Es verdad, gran señor, ha sido yerro, porque a nadie, como a mí, tocan, los que a vos han hecho, A vos? por qué? Por leal. Dejad ya tanto misterio. No lo habéis visto vos? No. Pues no venisteis a tiempo, qué os llamé a esta sala? Sí. Y qué advertisteis? Mis celos. Si eso visteis, de qué nacen las dudas, en que os advierto? De que vos me lo digáis. No os lo he de avisar, sabiendo, que el Cónde es traidor? Qué escucho? Lo que habéis visto vos mismo. Con que el Cónde es quién me ofende? Porque veáis, señor, cuán cierto es lo que os digo, un retrato trae contra vuestro precepto, de sus Armas, y las vuestras, unidas, con un letrero, que dice: Hasta entonces, es así. Mirad, si resuelto, quien se opone a vuestro gusto, sabrá quitaros el Cetro. Cielos, no en balde vivía siempre receloso de ellos; mas yo haré con su castigo fivalicen mis recelos, pero qué tiene que ver vuestros engaños con eso? Qué decís? No os encontré a vos, cuando entré aquí dentro, con uno, a quien conocer no pude? Yo no os comprendo, pues cuando fui a que os llamasen, quedaban con gran secreto, la Reina, y el Conde aquí. Con ella el Conde? A qué efecto? Porque es también sabedora de su traición; a este intento os hice llamar, porque la advirtieseis, y creyendo, que aquí estabáis, por aquesta puerta quise con silencio entrar, a tiempo que vos me encontrasteis sola, aquesto es lo que sé. Cielos Santos, aquí hay más de lo que pienso? En fin, Condesa, a mi cargo queda todo; y os prometo, que una vez averiguado, ooo haré que en el Solio Regio, la que hasta aquí como igual, la veneren como a dueño. . Ea, rencor, ya has logrado ver cumplido tu deseo, y que vengaste el agravio, que infamemente te hicieron; porque el Mundo sepa, y cuantes ofendieren nuestro sejo, que una mujer agraviada es fiera, es monstruo sangriento. JORNADA
JORNADA TERCERA
Con que queda preso el Conde? Sí, gran Señor, y por esto retrato, que le aprenda, veréis confirmado el fuerte verdadero indicio, que de culpado le convence. Y por mi parte, señor, he dado la conveniente providencia, a fin de que a nadie ver se le deje sin especial orden vuestro. Yo haré, que el Mundo escarmiente en el ejemplar castigo, que su delito merece; pero quiero, que esta causa se siga singularmente; pues aunque sin mayor prueba, que la que el retrato ofrece, pudiera ofendido, hacer que se le diese la muerte, no pretendo, que ninguno de la pasión me moteje. Vuestra Majestad, señor, lo mira mui cuerdamente. En todo, señor, obráis como quien sois. Ya mi suerte logró ver de su enemigo la ruina. La altivez del Duque, fenecerá de una vez a este accidente. El Duque Norfor aguarda tu licencia. Ya la tiene. No hacer novedad con él pretendo por ahora. Deme vuestra Majestad sus pies: ha, fortuna, esto consientes! Llegad a mis brazos, Cómo le recibe tan alegre! Placentero está con él. Haced, que solos nos dejen, Despejad. Quién será, Cielos, quién esta novedad mueve? Aún me recelo, que el Daque a la gracia del Rey vuelve. En fin, señor, este premio quién os ha servido os debe? Qué decís, Duqu No sé; perdonad, si os ofendiese con mis quejas, que son proprias señor, de quien tanto es quiere. No os entiendo. No me admiro, porque un desgraciado siempre, por más que lo solicite, nunca, gran Señor, le entiende; más procuraré explicarme en sa forma que pudiese. No quiero de mis ser vicios haceros, señor, presente, el mérito (porque aquel, que le ponderá le ofende) ni tampoco el que adquirir ha, procurado obediente mi hijo el Conde, pues diréis, que poco, o nada merece quien tiene la sangre nuestra, en cumplir con lo que tiene; pero sin la singular estimación, que se adquieren hombres como yo en la justa dominación de los Reves, será bueno, que un vasallo (no dije bien) un pariente tan cercano vuestro (que a faltar quien os herede, debería de justicia. la Corona orlar sus sienes) se halle de vos despreciado, y tan mal visto, que teme, llegue el día, en que la invidia de vuestros ojos se aleje? Un Monarca como vos (que harto, señor, lo encarece, quien como vos dice, pues solo vos a vos se excede) se ha de exponer a la nota, de que pudieron vencerle lisonjeros mentirosos, que cuanto contemplan venden? Ea, señor, vamos claros, mirad, que a quien preso tienen es a mi hijo; y que en cuanto cuestro dominio comprende, no tenéis, no, vive Dios, Vasallos, señor, tan fieles, como él, y yo; ved si habrá razón, para que innocentes padezcamos un delito, que el ser quién somos le absuelve? Es culpa (decid, señor) que pues fiel os obedece, haya la Reina intentado del Conde mi hijo valerse, con el fin de que el pretexto, que os referí, la liberte del desaire, que es preciso por vuestro gusto tolere, para que como traición pague la que solamente es lealtad, que vos (en caso, que se trocasen las suertes) hicieráis en su paraje lo que en el vuestro os ofende? Miradlo bien, gran Señor, y no la pasión os ciegue, de quien quizá por no ver, que sus infamias refrenen, de vuestra sombra quitarnos por este medio pretende. Y si en vos (que no lo espero, siendo quien sois) no halla albergue mi razón, aún todabía en este montón de nieve duran aquellas cenizas, que a poco fuego se encienden, para que de vos abajo, cualquiera que se atreviere: qué es atreverse? Pensare, que en él cupo la más leve imaginación:- Templaos, Duque. Como que me temple, gran Señor? Viven los Cielos, que todos, todos os mienten, menos yo:- Porque veáis, Duque, cuan distintamente discurrís de aquel motivo, que haberme obligado puede a mandar se prenda el Conde, y que no es el que os parece; pues el de haber convenido en que la Reina pretexte estar casada con él, antes debo agradecerle (mejor diré castigarle, por que el de las Armas, y este me ocasionan con razón a que de los tres recelo) ved este retrato, y ved, si hay motivo suficiente, que de su prisión apoye lo ejecutado. Valedme, Cielos! No es este el retrato, que le advertí no trajese jamás consigo? Ya es mi mal de distinta especie. Decidme, Duque, podré librarle todas las veces, que público es su delito de la pena qué merece? Inmóbil la novedad me ha dejado. Qué os suspende? Ya sé, Duque, que no cabe, que aquesto el Conde lo hiciese con vuestra noticia, quiero sosegarle de esta suerte. Señor, el Cielo me falte, si en mí, nunca: No os altere este caso, que ya sé cuanto mi lealtad os debe: Y porque veáis ser así. y que quiero se remedie vuestra opinión, vos habéis (aunque la Ley no lo apruebe) de tomar la confesión al Conde. . Dejad que sellen vuestros Reales pies mis labios, por tan extrañas mercedes. Alzad, y no discurráis, que aquel pasado accidente, en que receloso fuisteis, a de vuestra sobrina, deje de tomarle yo también a mi cargo, como aqueste. Hoy haré, que esta arrogancia del Daque desecha quede. Válgate Dios por muchacho, yen qué confusión me mete! Fero pues el Rey le ha puesto en mis manos, no se queje, que yo le haré al muy rapaz, que de su padre se acuerde. Cierto, señora, que estoy admirada de que en ti quepa tan gran frenes? Enriqueta, soy quien soy, vi patentes mis recelos; soy mujer, ninguna aguanta, vi mis celos; qué te espanta, si dije que vi mis celos? Jamás; señora, escucho tan cruel venganza. No? y el motivo, que me dio es menos cruel? No sé: Yo solo sé, que aunque a mí mayor motivo me diera, mal tabardilio me hundiera, cuando me vengara así. Cómo lo que es un desprecio hasta ahora has ignorado, hablas con tal desenfado. Digo, señora, que es necio mi discurso; pero tal acción en mi vida hiciera. Cierto, que estás bachillera. A todas nos saben mal las verdades. Déjalo, que a cuenta mía va todo. Señora, no me acomodo a tu parecer. Pues yo si; y porque veas cuanto horror me cuesta este hombre, en tu vida, ni aún su nombre me repitas. Tanto, tanto le has aborrecido ya? Es con extremo; y aún esto que de él trato, me es molesto: Pues ya viene quién pondrá fin, señora, a la cuestión. Quién es? Di. Quién ha de ser? El Rey, que te vendrá a ver. Qué mal puede una pasión desechar su fantasía! Condesa? Gran señor? Solo a vuestros ojos se alivian los pesares, que en ausencia de su luz me martirizan. Por no escuchar sin razones me iré huyendo de su vista. Cómo podré agradeceros tantas honras? Conque esquiva no os ecuentre la constante amorosa pasión mía? Inútilmente se empeña quien a un imposible aspira: soy quien sol, gran Señor, siempre me encontraréis una misma. Puede ser que no, Condesa, pues sabiendo cuan distinta es ya mi resolución, serán menos vuestras iras, Cómo, señor? Cómo ya desde hoy habéis de ser mía, mirad si os excusaréis a mi gusto. . Aunque podía gran Señor, no dar oídos a plática tan indigna (pues lo mismo que aceptarla parece que es consentirla) quisiera, que me dijeseis, si olvidáis la esclarecida sangre vuestra, que en mis venas tan gloriosamente anima? No, Condesa, que a olvidarla, lo que habéis oído, no haría, Qué decís? Lo que escucháis. Mirad, señor: Mucho mira quien de aquesta forma os habla. Cómo entenderé ese enigma? Fácilmente. . No lo alcanzo. Con que estés hoy prevenida, de que habéis de ser mi esposa. Sin duda, que el Rey delira, . o con ficciones pretende mirarme desvanecida; mas por lo que fuere, quiero responderle. Aunque en la fija aprensión estoy de ser incierta aquesa noticia, os aseguro, que a no serlo, no la extrañaría; que quien me dio vuestra sangre, me hizo al mismo tiempo digna de la Corona, que pierdo, por ser de segunda línea. Yo os empeño mi palabra, de que hoy vuestras sienes cista en lugar de la que ya no es, Condesa, esposa mía. Es cierto eso? . Y tan cierto, que antes que fallezca el día dispondré a pesar de muchos, que reconozcan, y sirvan en lugar de Ana de Cleves, a la Reina Catalina. Cielos, qué pasa por mí! Si será alguna mentida falsa ilusión de la idea? Pero qué es lo que me admira? no es fuerza la destituya (cuando su agravio confirma) no solo de la Corona; sino de su compañía? Claro está: pues en qué dudo, siendo infalible mi dicha? Ea, traidor, falso Conde, a esto tu trato me obliga; todo reparo atropello, en mí tu amor es la ira: y pues te miras mudable, no me culpes vengativa. Condesa? Qué aunque lo excuse, siempre dé con mi enemiga! Qué dices de la prisión del Conde? . Qué merecida la tendrá, cuando el Rey manda, que se ejecute. . Su prima no sois vos? Y qué me dais a entender en eso? Os iba a decir, que era imposible, advirtiéndoos tan impía. Jamás el conocimiento quita la pasión. . Si quita, aunque en vos vuestra opinión solamente se confirma. Y en otras muchas, Señora. No basta que yo lo diga? Y aún sobra, porque no estoy para cuestiones prolijas, y así os dejaré, por no dar lugar a otras distintas. Colérica me ha dejado: qué esto quiera mi desdicha! Hola, Flora, Irene, Nise, acudid todas aprisa. Qué mandas, señora? Nada; lleveme de una aprensiva ilusión: Cielos, valedme! Ya sé quien mi mal motiva. Quién duda, que esta traidora ha ocasionado mi ruina? Dígalo ver, que la noche en que supo, que tenía, que hablar al Conde, lo que nunca ejecutado había; vino el Rey a quellas horas, sin duda de esta enemiga llamado, pues de otra forma no me persuado sería, cuando todos lo ignoraban: y pues sin duda mi dicha dispuso, que en su semblante advirtiese su malicia para callarla, el secreto, que a comunicarla iba de librar al Conde; quiero hacerle yo por mí misma, sin dar lugar a que nadie malicioso me lo impida. Fortuna, haz que alguna vez me olvide tu tiranía. 1. Si acaso se ha vuelto loca? 2. Al menos tiene manías. 3. Mucho tiempo ha que reparo, que anda un poco discursiva. Ya, titana infeliz fortuna mía, llegó el último plazo, llego el día, en que de tu venganza lograse ver cumplida la esperanza; pues despreciado, presa, y abatido tienes al que tenaz has perseguido. Ea, musa enemiga, pues has puesto en paraje de haber de echar el resto, mira bien como soplas, porque yo he de acabar aquestas coplas. No era mucho mejor, que con la vida, que tengo en mi desgracia aborrecida, de una vez acabases, porque de tantos no me atormentases? No era mucho mejor, dime, chiquilla, tomases una vez la tatabilla, porque me falta poco para volverme enteramente loco? Mas ya sé, que en mi suerte, porque me ha de aliviar me huyes la muerte. Mas ya sé, que con todo mi bochorno han de apestar mis versos el contorno. Quién, Cielos, habrá sido la causa de mi mal? Quién ha podido, sin licencia del Cielo, hacer coplas jamás? No lo recelo, por más que mi discurso lo ha intentado, El Temonio jamás tal ha pensado. Clavicordio? . Archilaud? Qué papel traes en la mano? No me estorbes, déjame, porquie al vuelo estoy pillando un concepto, que me falta. Estás loco? . No le alcanzo. Qué no alcanzas? es Lo que muchos, aunque se empinen diez palmos. Qué es? No lo ves? es No lo veo. A mí me pasa otro tanto, y por más que lo procuro, todos se me van por alto, Qué tema es ese? Hago versos. Tu versos? Hhy tal espanto! yo sé alguno que los hace, y no llega a mi zapato. Sin duda has perdido el juicio, Toma, y verás, que mezclados van con su poquillo de arte. Con arte? Hay tal mentecato! Si señor, pues todos llevan su nominativo al cabo. Quita, necio, y no pretendas con tus discursos pesados aumentar mis sentimientos. Pues si estamos encerrados desde aquella infeliz noche, en que a los dos nos pillaron de repente, y nos trajeron a esta Corre de Palacio, hablando continuamente tú, y yo de nuestros trabajos, no quieres que me entretenga? Dichoso tú, que lograrlo puedes. Valga el Diablo el alma de tu maldito retrato: tengo yo acaso la culpa? Quéjate al perro, que ha dado el soplo. No sé quién pueda haber sido tan villano. Dime, no le vio tu prima? Y qué infieres de eso? Malo. Mujer, y secreto? Nolo: le echó con treinta mil Diablos, Calla, que parece que abren la puerta. Llegó ya el caso, de que a ti, y a mí nos saquen a pasear por lo empedrado. A fe, que pues ha caído el señor Conde en mis manos, le he de mortificar. . Cielos, mi Padre! . También el puto vendrá a pagar. Señor Conde de Soré, ved que a tomaros de orden de su Majestad la confesión vengo; y traigo al Duque de Sumerer, y al Secretario de Estado. Esta novedad admiro. El Padre Alcalde? Bien vamos. Tomad asientos. Logré mi venganza. . Lo que tanto he deseado llegó. Decidme, aqueste retrato, que en la noche, que os prendieron, en vuestro poder hallaron, con qué intención le traías? Mucho, señores, me espanto, que de hombres como yo, el Rey viva tan desconfiado. No es eso lo que os preguntan, señor Conde, hablad al caso. Entre un Anas, y Caisas está metido Pilatos. Nunca en mi hubo otra intención, que la de haber procurado conservar aquel antiguo blasón, con que nos honraron los Reyes de Inglaterra, como parientes cercanos de mi Casa. Vos iréis la confesión apuntando; Ignorabáis, señor Conde, la pena con que os privaron; O No pusieseis las del Rey de vuestrar Armas al lado? No señor; pero juzgué no quebrartar su mandato, siempre, que ocultas conmigo tenerlis procuré. n. Y dado, que eso sea (que no os salva de delincuente ignorarlo) a qué fin este letrero en su cerco tiene, cuando parece, que en su contexto dais a entender vuestro agravio? Hasta entonces es así, dicen estas etras. Earpe Claro está. Pues también está el concepto. Declaradlo. Esto es decir, que ese timbre le tuvimos, hasta tanto que el Rey nos le privó; con que en lo que vuestro reparo y se detiene, no hallaréis acción contra el Soberano. Bien está, ya ha respondido Bamo el señor Conde a los cargos, que se le han hecho; esto solo a es lo que el Rey ha mandado: y así, Vuexcelencia puede, Señor Duque; y vos, Eduardo, llevar a su Majestad la declaración, en tanto, que para otra diligencia, el Conde, y yo nos quedamos aquí solos. o cionrl 2. Guardeos Dios. Habéis ya la orden dado, que nos previno el Rey? Sí, todo está becho. . Pues vamos, Eduardo, a darle cuenta. Ya acabó nuestro contrario. . Salte allá fuera. Qué buen Sermón le espera a mi amo! Hemos quedado lucidos, señor Cónde? Usted muy vano traía el retrato consigo, que nos dará, que hacer harto, y muy argumentador, mis consejos despreciando; a todo el Mundo ha ido usted diciéndole aquí le traigo: y de qué ha servido esto? de haber al Rey irritado, de haber puesto la opinión en contingencia, y parado; donde si el Rey no me hubiese dado piadoso el encargo a mí, diera todo al traste, y usted, quizá, en un Cadhalso. No es verdad esto? Hay señor, y como temo, que a entrambos nos ha de dar la fortuna por extraña senda el pago? Muchos hay que nos invidian, Por eso tu temerario, conociéndolo, les das armas a nuestros contrarios: Ah, Conde, y cuan cierto es, que el que desprecia los sanes consejos de un Padre, suele tener un fin desastrado! No me parece, señor, que con razón ese cargo me podéis hacer, pues solo de un accidente obligado mostre el retrato a la Reina, y a mi Primas ved si acaso, en ninguna de las dos, cabe haberlo revelado. No hay secreto, como aquel; que nunca sale del labio; pero a qué fin, di, rapaz: Viva el grande Enrico Octavo, y la Reina Catalina. Qué es, Cielos, lo que he escuchado! Sin vida estoy. . No has oído esta aclamación? . Ah falso destino mío, ya sé quien mi mal ha motivado. Viva Catalina. . Viva la Reina nuestra, Qué aguardo, que no voy a ver al Rey? Advierte, Conde, cuanto le debemos. Ah, señor, y como ignoráis el daño, que de aquesta aciamación nos viene, a resultar a ambos, No me quiero detener en tus prolijos reparos; voy a ver al Rey. No puede Vuexcelencia de este cuarto salir, sin que te acompañen los que en él de guardía estamos, Pues por qué? Por que estáis preso. Os habéis equivocado, mirad, que al Conde diréis. Y a vos, señor. Cielos Santos, qué es lo que pasa por mí? Y porque verificado lo veáis, el Rey ordena que a los dos os conduzcamos con la Guardía, que en aquesta prisión está, al besamanos de la Reina. Esto más, Cielos! Todo me ha cubierto un pasmo, Venid pues. En fin, señor, se ha deshecho aquel encanto: la Condesa nos persigue. Paciencia, y obedezcamos. Hasta cuando, impía estrella, me has de seguir? hasta cuándo? Ya di la orden, que mandasteis, Y yo he visto los descargos insustanciables del Conde, de que ya noticia he dado al Parlamento . Llegó la venganza de mi agravio, Sentaos. Mas si lo que veo estaré acaso soñando? Pues no ignoráis los motivos, que el Parlamento ha aprobado, anulando el matrimonio, que Ana de Cleves contrajo violentamente conmigo, por haberle ejecutado antes clandestino, con el Conde Sorré; la mano besad a mi nueva esposa Caralina, que a mi lado, por Reina de Inglaterra reconozco, elijo, y amo. Viva nuestra Reina, viva. Viva el Rey Énrico Octavo. Mil siglos, Señora, gocen vuestros leales Vasallos, en dichosa unión, la siempre feliz dominación de ambos, Guardeos Dios, Duque, No ven, qué esperada se ha quedado? La enorabuena debemos darnos todos, pues logramos en la acertada elección de su Majestad, el alto dichoso olasón, de que tan gran Reina venga a honrarnos. Está bien (la adulación de todos me causa enfado.) Estirose de cogote; la podrá aguantar el Diablo. Qué a esto me traiga mi suerte! Ah Conde. Señor. Cuidado con no echarlo a perder todo. Por Dios, que nos dan buen chasco! A vuestros pies, gran Señor, tenéis ya los desgraciados Duque, y Conde. . Bien está; llegad a besar la mano a la Reina; y advertid (si es, que no se os ha olvidado; como cumplo lo que ofrezco; vuestro honor tomé a mi cago, mejor lo miro yo, Duque, que no vos le habéis mirado. No os entiendo. Yo me entiendo, haced lo que os he mandado; postrese pues su arrogancia. Una estatua soy de mármol. Qué a esto me traiga mi estrella! Cielos, no sé qué contrario impulso, todas mis iras ha deshecho, y ha acabado! No llegáis vos, Conde? Temo con mi desgracia agraviaros. No he tenido mejor día, que el de hoy, pues he logrado postrar estas altiveces. A vos solo, Conde (en vano aliento) vuestra desgracia os comprenderá. Mal año, para el alma, que te hizo. Es posible, que este pago, quién os adoró merece? Perdida estoy: levantaos. Volvedlos a la prisión, Duque; y vos, Eduardo, haced con todo secreto prevenir lo inecesario, para que Ana salga luego de Londres: Señora, vamos. Lo hice llamar por vengarme, y a su vista se acabaron mis rencores. Así os vais, gran Señor, sin hacer caso, de qué prenderme habéis hecho? Duque, lo que es justo mando, pues quien me quiere piadoso. no me busca temerario. Sin mí voy. Miren que cara de haber comido gazpacho! Castigo el Rey su soberbia, . Cie os llegué al desengaño. Mucho siento lo que pasa; mas no puedo remediarlo: el Rey manda, que conmigo os vengáis. Lindo lagarto! Yo lo creo: Señor Duque, ea, guiad. . Que de un rayó no me acabe la violencia! No doy por mi vida un cuarto. Pues por esta puerta puedo tener comunicación de mi cuarto a la prisión del Conde, sin ningún miedo, con esta llave, que hacer secretamente he mandado, quiero sacar del estado fatal en que llego a ver su persona, y aún la mía. Ya que mi fortuna varia me declaró en mi contraria, lo mismo que yo temía, pues una vez, que logró coronarse en mi lugar, la muerte ha de procurar de quien tanto aborreció; y así, pues la ocasión tengo de mostrarme agradecida, dándole al Conde la vida, a cumblir conmigo vengo, sin que me pueda el mayor inconveniente atajar, y aún de esta forma pagar será imposible el favor, que galante le debí; mas, Cielos, qué es lo que veo? Malo me salió el empleo, porque el Cónde no está aquí. Qué podrá ser? (grave espanto!) Si algo le habrá tucedido? Pero hacia aquí siento ruido; ocultareme entretanto, que lo examine. 1. Preciso es, señor Conde, ejecute lo que veis; el Rey me dijo separase a vuestro Padre en un encierro distinto, y pues quedáis en el vuestro, ya yo, señor, he cumplido: quedad con Dios. Déjame deshacerle los carrillos a este Camueso. . Podrá, entre cuantos han nacido, hallarle, como yo, un hombre tan infeliz! . Baja el grito, que, o me engaña la aprensión, o aquella puerta han movido, Solo parece que está, quiero salir. Jesucristo! Aquí la Reina, qué fue? Cielos, qué es esto que miro! Vos aquí, señora? Sí, y porque es tiempo perdido deciros como, pues basta sepáis, que podemás irnos libres de la tirana con que nos sigue el destino, no os detengáis en pregutas: estad, Conde, prevenido para esta noche, en que tengo pronto a la vela un Navio, que nos salve a vos, y a mí. Y yo sol algún borrico? Imposible es el sosiego en quien su error ha advertido; y pues con maña hasta aquí introducirme he podido, quisiera satisfacer al Conde; pero qué he visto! No está hablando con él Ana? Esta novedad admiro: cómo habrá entrado hasta aquí? Confuso en el laberinto de mis penas, aún no sé cuál es, señora, mi alivio. Dejad las admiraciones, y pues veis vuestro peligro, en qué, Conde, os detenéis? Habéis ya dado al olvido el odio de esa enemiga? Ese es mi mayor martirio, pues al paso, que me ofende, a ese, Señora, la estimo. No os agravia? Sabe amor, cuan sin causa, porque fino siempre la idolatré amante, Mal hayan los celos míos. Ver, que de vos me val, por el pretexto fingido, que el Rey ordenó tomase para la traición, que has visto, la hubo de irritar sin duda. Nunca un desengaño vino a mejor tiempo, y pues ya no hay otro medio, este elijo. De ella dimanó la ruina. Yo, Conde, yo sola he sido la ingrata, falsa, alevosa, que llevada de un delirio te puse en este paraje. Aquí estás? Mal garrotillo. Sin mí he quedado: qué es esto? Toda soy un mármol frío. En qué os suspendéis? En esta cuadra aparte puse a su hijo; y pues la seguridad habéis ya reconocido de ambos, qué aguardáis, señor? Ver, Duque, mi agravio fijo: No advertís a Ana, y la Reina con ese traidor? . Qué miro! Un etna éxalo; escuchad, por si lo que es averiguo. Mirad lo que disponéis; y pues según lo que he oído, de vuestra fuga tratáis, por vengaros de ese impío Rey alevoso, y cruel, yo por mi parte os afirmo ayudaros, ya que en otra forma no puedo el delito; que he motivado, emer dar. Qué escucho, Cielos! . Preciso es fiarme de quien ya N ha entendido mi designio. Disponed lo que gustaréis, pues pronto me sacrifico a vuestro gusto. . . Mal haya la ceguedad, que he tenido. Y a qué aguardamos? Venid, tia y en mi sala os daré aviso M. de como entre aquí, y la forma, que he dispuesto para huiros: vos, Conde, para la noche, sin falta, estad prevenido, que hemos de salir; adiós. . De este mal soy el motivo . Quién creyera tal acaso! Me pagarán su atrevido intento. . Qué te parece esta mudanza? Hhí, bien mío! Si te perdí, para qué quiero yo ningún alivio; No hay mayor bien, que librar el gáznate de conflictos. t Esto, Duque, habéis de hacer. Mirad, señor: Nada miro, haced lo que os he mandado. En todo, señor, os sirvo. . Cielos, que esta ingratitud encuentren mis beneficios! La que yo al Solio exalté, es la que mi precipicio me procura! Oh, condición oy propensa de nuestro indigno natural! Mas qué me espanto, si este es el común estilo? Acábense de una vez los recelos con que vivo; muera, pues, quien me ofendiere, admíreme el Muudo impío, que quien a Dios, y a su Iglesia la reverencia ha perdido. como yo, por un tezón, que tan locamente sigo, que mucho, que no repare en más ley, que mi albedrío! Ya, Señor, como ordenasteis; queda todo prevenido, para el viaje, que ha de hacer Ana de Cieves. . Conmigo venid, que pues ya las sombras nos dan de la noche aviso, espero, que en ella todo ha de quedar fenecido. Cielos, en el Rey algún nuevo accidente adivino. Pues ya he sabido la forma, por lo que vos me habéis dicho, de vuestra segaridad, mejor es no diferirlo, puesto que sin ser notado, por este paraje mismo podremos sacar al Conde. Hasta lograrlo no vivo; mas no sé qué me acobarda, Desmayáis? No es nacido del recelo, que hay en mí. Todo en silencio lo admiro; mucho me espanto, que el Conde no esté prompto a nuestro aviso. Han infelice de mí! Qué es lo que escucho? . Mi brío a esta voz se quedó inmóbil. En vano la planta animo. Muerta estoy. . Yo sin aliento, Qué podrá ser? No remiso esté nuestro arrojo ahora. Qué intentáis? Ver lo que ha sido: entremos dentro. Turbada voy. Cuanto veo, y admiro es horror, valed me, Cielos! Con licencia: En Se Sin alma; y vida respiro, Qué susto! Qué ansia! Qué pena! El corazón: El sentido: Yace difunto en el pecho. Muerto yace a lo que he visto, Con una venganza sola he logrado tres castigos. Qué horror! Aquí el Duque está como mandáis, Rey impío, cruel, tirano, inclemente, a ver este sacrificio ma has hecho venir por fuerza? Sí, Duque, para advertiros, como sus agravios saba castigar el Rey Enrico; y vos en una prisión V pagaréis vuestro delito, Qué lástima! Acción horrible! Qué es lo que veo, amo mío! Miren lo que una mujer ha motivado. Preciso es, que me acabe la vida la desgracia de mi hijo. Llotaré siempre mi error. Me iré huyendo de este abismo de confusiones. No juzguen, que fue menos el castigo, que los culpados tuvieron, pues el Duque en la prisión falleció, según advierco; Ana de Cleves también murió: con que aquí el ingenio de esta historia verdadera da fin, humilde pidiendo, le concedáis, sino aplausos, el perdón de sus dofectos,
