Texto digital de No hay contra el amor poder
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan Vélez de Guevara
- Atribución estilometría
- Juan Vélez de Guevara Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Míriam González Ríos, Susana Merillas Benito y Helena Santos Martín.
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González Ríos, Míriam, Susana Merillas Benito y Helena Santos Martín. Texto digital de No hay contra el amor poder. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/no-hay-contra-el-amor-poder.

NO HAY CONTRA EL AMOR PODER
JORNADA PRIMERA
Viva Ludovico, viva nuestro Augusto Emperador. Y vive Irene, del cielo soberana emulación. Viva su nombre. Viva su esplendor. La edad de los tiempos. Los siglos del Sol. Viva Ludvico, y viva Irene. Vivan los dos, para gloria de Alemania. Del mundo para blasón. Vivan hasta que se harten de hermosura, y de valor. Para que diga la fama. En una y en otra voz. Viva Ludovico, viva nuestro Augusto Emperador. Y viva Irene, del cielo soberana emulación. Viva su nombre. Viva su esplendor. La edad de los tiempos. Los siglos del Sol. Oh Conde Enrico, o Rodulfo generoso, o noble Otón, mucho me huelgo de veros juntos. Siempre estaré yo Conrado a vuestro servicio. Ya sabéis mi obligación. Y la mía. Ya conozco, que todos me hacéis favor. ¿Qué nos mandáis? Ya que de este alborotado rumor, cuyo popular aplauso es alegre confusión. Sabéis que es la causa Irene, hija del Emperador, por verla restituida a la salud del horror de una dolencia, que quiso ser sombra de su arrebol. Quiero que sepáis que el César, que guarde mil siglos Dios, del Imperio para amparo, del mundo para terror, celebrando la alegría con festina ostentación, quiere que unas Justas Reales se publiquen desde hoy, y desea que también sirvan de despertador para marciales empresas, acordando al corazón el ímpetu de las lides, desentumeciendo al son de las cajas, y trompetas el invencible valor, que la paz de tantos años blandamente entorpeció: y así los tres. No prosigas, yo seré el mantenedor. Eso solo ha de tocar a mi heredado blasón. Solo mi valor es dueño de tan noble ocupación. Quien tuviere más dinero sabrás mantener mejor. A la casa de Toringía ninguno aventaja. A Otón nadie ha de excederle. ¿Quién de Savonia al esplendor se ha de oponer? Deteneos. A esperar al campo voy. Si queréis probar mis fuerzas yo espero de Sol a Sol. También yo a los dos espero. Enrico, Rodulfo, Otón. Quien por mantener se quiere matar con tanto rigor no sabe qué es despertar, y no haber para carbón. La campaña será el Juez. Yo daré medio mejor. ¿Cuál ha de ser? Que la suerte sea árbrito de esta acción, pues es uso de Alemania en semejante ocasión remitir a la fortuna las discordias del valor, fuera de qué es disgustar al César, y no es razón, lo que en él es alegría, que sea en vosotros rencor, y así traeré prevenidos los nombres de todos yo mañana, para que elija la suerte el mantenedor, y no el enojo, quedando con aquesta prevención iguales en la porfía, aunque en la fortuna no. A tu respeto no puede resistirse mi atención. Solo tu prudencia fuera rémora de mi furor. El espejo de tus canas componen mi indignación. Eso me parece bien, porque así mostráis quién sois en la cordura, la suerte tendré prevenida. O, si el tocarme a mí de Blanca me alcanzase algún favor, después de tantos desdenes, aunque el Emperador para esto tengo senuro, si Irene con la afición que me tiene no lo estorba; mas no hará, porque su amor a otro dueño se destina. O si en aquesta ocasión de Blanca se declarara con mi fineza el amor, porque constante. ¿Dichoso? Sin recelo. Sin temor. De mudanza. De desdén. De enojo. De sin razón. Mirara de Blanca el cielo. Mirara de Blanca el Sol. Con qué pudiera decir. Alegre mi presunción. Viva Ludóvico, viva nuestro Augusto Emperador. Y viva Irene, del cielo soberana emulación. Viva su nombre. Viva su esplendor. La edad de los tiempos. Los siglos del Sol. Vivan más que los que enfadan pues los que más viven son, que los enfadados nunca se mueren, gracias a Dios. El César viene. ¿Conrado? Señor. Ya de mi alborozo, con la causa me remozo, que el gusto es más alentado, y tanto, que de mi amor, en las justas que prevengo alterado el pecho tengo, y ser su mantenedor quisiera, pues sobresalta mi regocijo mi aliento, que donde sobra el contento la mocedad no hace falta. Quiero mucho a Irene, y es el verla convalecida nuevo aliento de mi vida, del alma nuevo interés. Y así como reconoce, que a vivir más me persuade, con la vida que me añade no es mucho que me remoce. Concertada está a casar, porque es conveniencia mía, con Ladislao Rey de Ungría, por ver si puedo juntar al Imperio aquel Estado; que aunque el ser Emperador es elección, su valor lo tiene muy granjeado, y lograré lo propueso, cuando Ladislao triunfante de la guerra de Levante vuelva, y quiera Dios sea presto. En todos se ve señor este regocijo igual, aunque ahora sobre cual ha de ser mantenedor, he tenido bien que hacer con Enrico, y con Otón, y Rodulfo. Los tres son a quien no puede exceder nadie en tan noble porfía, que los tres iguales son en sangre y en opinión, aunque Otón es sangre mía, y tan cercana; ¿y qué modos hallasteis para estorbar su competencia? Dejar, haciendo iguales a todos, en las manos de la suerte el suceso. Bien hicisteis, y en el medio que elegisteis vuestra cordura se advierte. Traed mañana prevenidos sus nombres, porque otra vez no pretenda su altinez elegir nuevos partidos, que aventurar no es razón en competencia ninguna hombres a quien la fortuna dio tan grande estimación. Yo la suerte prevendré. Es lo que importa, llegad. Danos tus pies. Levantad, y los brazos os daré. Los brazos en quien se abona la razón de merecerlos, para que subáis por ellos, a sustentar mi Corona. No hay contra el amor poder, que vuestra lealtad fiel bien merece estos honores, pues sois las hojas mejores de mi Romano Laurel. En tu grandeza no es nuevo saber honrar Ludovico, siempre Augusto. Ya sé Enrico lo que a vos honraros debo. Inmortal tu vida sea, como tu nombre lo es, para que puesto a tus pies el mundo tu alfombra sea. Guardaos Dios Rodulfo. Y goces muchos siglos del divino cielo de Irene. Sobrino, bien mi cariño conoces. De años cumpláis mil docenas. Quién, ¿Sorbete? Dejadle. Sí, que hayan de entrar de balde todos en la enhorabuena, fuera de que me compete el hallarme en ella ya, porque ¿en qué fiesta no está introducido el Sorbete? Vamos, que ya del festín es hora. Ojalá lo fuera, cielos, en que Blanca diera a tanta esperanza fin Abrasado al pecho está Blanca en tu fuego divino. Vuestra pretensión sobrino corre por mi cuenta ya, y el bien cuando más se tarda no es cuando menos se estima. Esta esperanza me anima. Este favor me acobarda. Aunque temo los desvelos de Irene, porque tus ojos, si no callan sus antojos, menos callarán sus celos. Rodulfo, ¿habéis de danzar? Como yo no galanteo tengo neutral el deseo. No ha de poderse ejecutar. Danzaré sin intención con la primera que hallare. Dichoso el que danzare haciendo el descuido el son. Sorbete, mi confianza dio al traste con mi deseo. ¿Por qué? Porque mi empleo se marchitó la esperanza, pues del César el favor en mi daño a Otón prefiere. Si Blanca señor te quiere, ¿qué importa el Emperador? Eso no lo sé, ¡ay de mí! Escúcheme tu desvelo un cuento que viene a pelo. Por si me divierte di. Un hombre muy divertido, que todo lo trastocaba, lo que oía y lo que hablaba, así de bobo, así de divertido, iba por la calle un día, esta mano levantada, del cuerpo muy apartada, señas de que le dolía. Encontró a un amigo, el cual le preguntó: ¿qué tenéis, que tantos gentíos hacéis? Y él le respondió, gran mal, que darme muerte previene, pues algún diablo de espina, contra mi salud malina: sin saber cómo, me tiene esta mano envenenada, que dormir no me ha dejado. Tentósela lastimado; y después de muy tentada dijo, si es que aquesto hermano no os duele, el mal se quitó, sin duda, y él respondió, quizá es en esa otra mano. Y así cuendo te desvele tienta el mal, y aunque el dolor señales al Emperador, quizá es Blanca la que duele. Bien dices, pues en mi amor, aunque el César desigual solicite hacerme mal, solo Blanca es mi dolor. Blanca, que en el alma unida, haciendo infeliz mi fuerte, puede ocasionar mi muerte, sin mirar en que es mi vida. Sí, porque siempre verás, que el gusto es quien más engaña, porque a la salud le daña lo que se apetece más; pero dime Enrique, en cuanto su luz has seguido amante, no te ha dicho su semblante, que sabe mudo hablar tanto, en qué estado está tu amor, pues es por lo que le iguala reloj de Sol, que señala por instantes del favor. Si no mienten mis antojos, siempre debí a sus sentidos, grato aplauso en los oídos, dulce agasajo en los ojos, prefiriendo a otros desvelos sus atentos pundonores, aunque me causa temores, nunca me ha causado celos. Pero esto, aunque de lo ingrato distante me ha parecido, mi abducción de su recato. Que con agrado te mira. Esta dicha no te niego. Escúchate con sosiego. Nunca a mi voz se retira, pues cree, que si la enfadaras no te escuchara, ni viera, antes Enrico te diera causa con que la dejaras, luego ella te quiere bien. ¿De qué lo puedes sacar? De que no sabe callar sus enfados el desdén. Mira, tiene la hermosura una materia de Estado, que del séquito llevado el gusto aplausos procura, siendo los solo admitidos de su vanidad favor, pues tiene aplauso mayor la que tiene más rendidos: de estos mi amor puede ser. No sé ese disimular, solo sé que es no enfadar camino de merecer; mas ya que en tantos aprietos dejar quieres tu esperanza, porque la desconfianza suegra de los discretos; madre no, pues si lo fuera, con temerosas vislumbres, no matara a pesadumbres a quien por hijos tuviera. Di, ¿qué pretendes hacer? Amar, temer, y esperar, y por si puedo lograr mis dudas desvanecer. Busca a Julia, y de mi parte procura que a Blanca diga, si es que mi ruego la obliga. Que en el Sarao quiere darse lugar, a pesar de su esquivez. Eso pretendo. Y dirás que no te entiendo, así te entendieras tú. Y por si logro este empleo, aquella cadena di que traiga en mi nombre. Sí, que cumple años el deseo. Y no hay para Sorbetillo una alaja, para hacer lo que mandas, ¿he de ser alcahuete del campillo? Un vestido te he de dar si lo logras. Va perdido, que por trampearme el vestido, el Diablo lo ha de trampear. Mejor será luego darme lo que quieres ofrecerme, pues no querrá deshacere, lo que no podrá quitarme. Toma este bolsillo, y ve, en tanto que en el terrero busco a Blanca, por quien muero, para que vida me dé. El que pretende un lugar, dando cadena, y bolsillo, no habrá menester pedillo, pues que lo sabe comprar, mas Julia viene. ¿Sorbete? Julia, yo te iba a buscar. Pues no me podrás hallar, que estoy ocupada, vete. ¿Quieres que me vaya? Sí. Pues a quien tu gusto ordena, que le lleve una cadena, ¿qué traía para ti? Cadena, dámela, a ver, que yo me dejaré hallar. No te puedo ahora buscar, que tengo mucho que hacer. ¡Qué frialdad! Eso me aliña, que el ser frío me compete. Pues, ¿por qué? Pues porque el sorbete ha de ser de garapiña. Vuelve. No quiero. ¡Qué pena! ¿No te irás? No me iré. Al fin te tengo como a un mastín, Julia, con esta cadena. Es muy fuerte el oro, y di ¿es cierto? Allá lo verás. Déjamela ver no más. No quieres más, vesla aquí. ¿Es buena Julia? Gallarda, mucho pesará, que es gruesa. Y el no dártela yo pesa también. Pues dámela. Aguarda, que mi amo te la envía, por si puedes alcanzar, que Blanca le dé lugar en el Sarao de este día. Yo lo haré de mil amores. Con un amor que lo hiciera tu ama, mas cierto fuera. Yo no entiendo sus rigores solo sé que a Enrico mira con más gusto que a ninguno, y que a solas su importuno recato llora, y suspira, sin dejar salir del centro del alma lo que desea. Pues si Blanca no lo crea se le pudrirá allá dentro. Dame la cadena, que quiero ir a hacer lo que ordena Enrico. ¿Y por la cadena qué me has de dar? Te daré una rosa que quería ponerme esta tarde. Así la codicia purgaré, si es Rosa de Alejandría. Es de dos colores buenos. ¿Y sin estrenar vendrá? Sí. Me huelgo, que estará. ¿Qué? Más limpia por lo menos. Pícaro, ¿de mi favor te burlas? No me dará pena, que se irá con la cadena el pícaro. No señor. Toma, que luego los dos nos entenderemos. Daca, otra la pesqué. Ha bellaca. Irene. Para ella. A Dios. Qué hermosa estás, Dios te guarde, no fue el achaque grosero, pues pasando a lo penoso, llegar no quiso a lo bello: Que bien con lo soberano unes la hermosura, puesto Irene que se conoce, que el mal te tuvo respeto: nunca has estado más linda. La lisonja te agradezco Blanca, porque la lisonja, si no es verdad, es consuelo, aunque yo tengo tan pocos, que no sé cómo lo creo, porque mi pena, déjeme llevar de mi sentimiento ¿Tu pena? Detende Julia. Señora. Vete allá dentro y avisa cuando mi padre venga a este cuarto. Ya entiendo, voy a esperar a mi ama, por si en Enrico hablar puedo. Tu pena , vuelvo a decir. Si dije pena, enmendémonos el descuido, pues es antes mi atención, que mi deseo, me equivocó la costumbre de aquel achaque molesto, que padecido sin duda, que es muy proprio en un enfermo el continuar el quejarse, cuando ha poco que está bueno. Huélgome fuese acaso la equivocación, que quiero verte yo con muchos gustos; eso tiene más misterio, pero hasta que lo averigue cuidado, disimulemos. Muy bien te mereces Blanca esas finezas mi afecto. Siempre debo yo ser tuya, más que mía. Yo lo creo. Pero ya que de esta duda me saca el conocimiento, y la razón de que en ti no caben estos extremos, porque le mandaste a Julia que se fuese procuremos aclarar tan misteriosa demonstración. Porque tengo que comunicar contigo. ¿Conmigo? ¿Qué? Tu amor mismo, y no es bien que haya testigos de amorosos pensamientos, que sepan que tú los tienes, y sepan que yo hablo en ellos. De mi nadie saber puede lo que yo no sé. Eso es bueno, ¿falsedad conmigo Blanca? Antes de fina me precio, bien lo sabe amor, contigo. ¿Contigo no más? No entiendo tus preguntas, que preguntas por tan extraños rodeos, desmintiendo la verdad, hacen sospecho al dueño, tú lo eres mío, y bien saben esos cristalinos cielos, que te sirvo con la fe, que a ti, y a mi sangre debo; habla más claro, no quieras con tan rebozados medios, que peigren en la duda las verdades del deseo. Bien dices, mañosamente declarándome pretendo disimular mi cuidado, y examinar sus intentos, y porque no desconfiéis de lo mucho que te quiero, escúchame atenta más, y sobresaltada menos: yo sé que Enrico, y Otón: ha ingratos, finos, y atentos te sirven, siendo tus ojos de sus esperanzas centro, de sus atenciones gloria, y pena de sus desvelos: yo he de ser para contigo valedora de uno de ellos, pretexto en el que me he empeñado la piedad, o el parentesco: y así quisiera saber cuál es el que halló en tu pecho mas sagrado, o por decirlo mejor, halló menos ceño, porque no será la razón por lo que te favorezco, y por mi contra a tu gusto, si no tienes al que tengo de apadrinar, que contigo quiera malquitar mi ruego: y así dime al que te inclinas, quizá será el que yo prefiero, y cuando no, de tu parte, estaré en cualquier suceso, qué mejor haré por ti lo que quiero hacer por ellos. Cielos, ¡que enigmas son estas tan confusas! Bien lo empeño en que declare su amor. Sin duda que tiene riesgo el declararme. ¿Qué dices? Señora yo te confieso, que Enrique y Otón procuran con amantes rendimientos solicitar mis favores: pero hasta hasta ahora. Qué necio recato, yo sé que al uno de los dos; ¡de didas muero! favoreces, ¡sin mí estoy! y el mal que callar pretendo, porque esta atención me obliga mi tratado casamiento, temo en las demostraciones, que explique su sentimiento; pero mal podré estorbarlo, sin amorosos afectos, quien del silencio se fía, habla más con el silencio. Esta suspención de Irene da más materia a mis miedos, si acaso de Enrico, tente siempre atrevido recelo; no profanes tu deidad, ni hagas mayor mi tormento, que basta para un cuidad un amor sin unos celos. Que al fin no quieres decirme ¿cuál es de tu atención dueño de los dos, puesto que el uno sé que es el dichoso, y puesto que es mi gusto? Pues por vida de Irene, que he de saberlo, y que me lo has de decir. Tan sobreano precepto hará señora al recato, que lo calle de modesto, que incurra en lo licencioso, antes que en lo desatento, mas con una condición. ¿Cuál es? Que como has propuesto ampararás mi designio, sin culpar mi atrevimiento, pues dices que es gusto tuyo. Yo mi palabra te empeño de favorecer tu amor; ¡con qué temores lo ofrezco! Pues a pesar de mis dudas yo me declaro, pues puedo conocer en su semblante, si con su favor encuentro, y sino, con su palabra luchar a su entendimiento, pues sabe que quien merece. ¿Señora? ¡Válgame el cielo! ¿Qué quieres Julia? Tu padre con todos los Caballeros viene al Sarao, y las damas de tu cuarto van saliendo. ¡Que hasta este alivio me estorbe mi dicha! Luego hablaremos, dudas, y penas me faltan. Enrico, por ti me huelgo, que en ninguna parte está tu amor mejor que en mi pecho. ¿Irene? Señor. Ya es hora del lazo, con que pretendo empezar a festejar la salud que te dio el cielo; toma tu lugar. Ninguno lisonjea mis desvelos. Salir con Blanca imagino. Danzar con Blanca pretendo. Conrado, decid que empiecen. Prevenid los instrumentos. De Irene divina festejan el cielo de toda Alemania la flor del Imperio. ¿A dónde vas? ¿Para qué lo preguntas? Porque quiero saber qué dama pretendes sacar a danzar. Muy presto lo verás. A mí con Blanca me verás danzar primero. ¿Tú con Blanca? Cuando yo. ¿Pues tú conmigo? ¿Qué es esto? Señor. Señor. Bien está, que ninguno dance quiero con Blanca, si no es Rodulfo, por ser tan cercano deudo suyo. Perdí la ocasión a pesar de mi deseo. Nada logra un desdichado. El favor os agradezco, si es que vos Blanca queréis aceptarlo. ¿Cómo puedo, siendo Rodulfo quien sois, dejar de favoreceros? Suelta. Yo le he de llevar. No veis que yo le defiendo, y que es mi dama entre tanto que yo a mi lado tengo. Yo llegué primero a alzalle. Yo también llegué primero. Nueva ocasión. ¡Fuerte lance! Aqueste es mayor empeño. De esta suerte. De esta suerte. Será mío. Deteneos, como delante de mí os atrvéis desatentos a competir, sin temer, que os haga ceneiza el fuego de mi enojo, ya que locos, atrevidos, y resueltos ¿en estatuas no os convierte la nieve de mi respeto? Señor, vuestra Majestad perdone, porque los riesgos que la fortuna dispone del acaso en los sucesos, ni la razón los previene, ni los excusa el esfuerzo. Yo a mucho tiempo que a Blanca en público galanteor, para merecer su mano, y a la ley de quien soy no puedo ver en ajeno poder prenda suya, y así el lienzo, que dividió nuestro enojo, que ha de juntar nuestro duelo: para lo cual campo os pido, como es de Alemania fuero, con Otón, y con Rodulfo, adonde amante, y resuelto he de morir, o juntar las tres aprtes del pañuelo. Yo por las misma razones el campo señor acepto, pues también a Blanca sirvo, y con el mismo pretexto. Yo contra los dos le pido, y es más claro mi derechi, pues saqué a danzar a Blanca, y estando ya en aquel puesto, aunque no soy su galán, es forzoso parecerlo, no dejando que una prenda que se le cayó en el suelo, estando Blanca a mi lado sea de los dos trofeo, pues a mi valor le toca el volvérsela a su dueño: fuera de que por parientes tan cercano suyo debo no consentir que ninguno, dando a su esperanza aliento, tenga por favor alhaja que haya sido suya, menos que no sea su marido. Danos campo. Danos campo. Donde el valor. El esfuerzo. Y el crédito. Sosegaos, que no debo concederlo, no siendo igual el combate, demás de que he hallado medio de componer a los tres, y yo me encargo del duelo. De esa suerte no replico. De esa suerte yo obedezco. Mi honor ya saber que es tuyo. Todos quedaréis bien puestos. ¡Cielos, si saldré del susto! Que estorbe mi padre siento el desafío, que son mal inclinados los celos. Rodulfo, no pretendéis volver junto a Blanca el lienzo. Si señor, pues de esta suerte como debo quedar quedo. ¿Vos no deseáis Enrico con amorosos desvelos de Blanca la mano? Y es de toda mi dicha centro. Y también los de la mía; así lo quieran los cielos. Y vos con amor constante, ¿no solicitáis lo mismo? Y tanto, que es de mi vida solo esta esperanza aliento. Que me ofendió lo que escucho mucho más que lo que veo de este traidor, ¡quién pudiera a un ingrato enmudecerlo! Pues entregad a Rodulfo esos pedazos deshechos, para que lso vuelva a Blanca, y ella dé todo el pañuelo al que de los dos elija. con la mano, con que a un tiempo queda Rodulfo ajustado, y los dos también, supuesto que en el gusto de la dama no tiene lugar el duelo. Si ha de estar en su elección e estar temeroso vuelvo. Si no han mentido sus ojos victoria por mí deseo. ¿Qué aguardáis? Yo no replico. ¿Qué esperas? Yo os la que me tocó también. Ya he salido del empeño. Que no pudiese saber, para asegurar mis miedos, ¿a cuál favorece Blanca de los dos? Ya que tengo dicha en mi mano esta vez de ti quejame no puedo. Blanca, aunque partido está, a vuestras manos le vuelvo, cumpliendo mi obligación. Mucho primo os lo agradezco, pues en un lienzo partido me habéis dado un gusto entero. Conrado, decid a Blanca vuestra sobrina en secreto, que elija a Otón por esposo, y mire que gusto de ello. Sabed también, que es el mío señor el obedeceros. Yo confío en su favor. Temblando estoy su desprecio. Mucho sentiré que Blanca no elija a Otón, que podemos competir, y ser amigos, cuando es fuerza. Yo te ruego, por Ludovico, y por mí, que lo desea en extremo, que elijas a Otón, u mira, que no nos enojes. Cielos, ¡cuándo sin un embarazo venir supiera un contento! Pero qué importa, que el César no tiene el gusto IMperio; mas con todo importará por ahora suspenderlo, por si acaso con la mañana estos enbarazos venzo. Dé din con ello la fiesta, pues ya del Sarao no es tiempo, y Blanca de Otón, o Enrico elija el que ha de ser dueño de tu mano. Tan aprisa, es poner señor a riesgo de que lo que es obediencia, pueda parecer deseo: y así conceda algún plazo al recato tu preceto, para lograr lo obediente, sin deslucir lo modesto. Enhorabuena, mas de aquí a mañana te concedo de plazo no más, que es justo. Que excuse prudente, y recto ocasiones a mi enojo, y causas a sus despechos. Parece que con mis dudas coren parejas mis velos. Mucho tenemos que hablar Rodulfo. Ya yo os entiendo. Volvió a vivir mi esperanza. Volvió a desmayar mi aliento Enrico, yo he de ser tuya, pues está en mi mano el serlo,
JORNADA SEGUNDA
Así tus floridos años hermosa Irene florezcan, con dichosas esperanzas inmortales Primaveras. Así en repetidos gustos la edad, que corre ligera, para eternizar tu vida sólamente este queda. así de tu heróico padre igualmente permanezcan con la nieve de sus canas el fuego de tu belleza. Así tus deseos logres, así. Detente, ¿qué intentas con tan bien encarecidas ansias como lisonjeras? ¿No sabes lo que te estimo, que desconfías? No ofendas mi voluntad, pues la enojas con lo que la lisonjeas. Di lo que quieres con tantas demostraciones moestas, pues para hacerte yo gusto te sobran las diligencias. Que me digas entre Otón, y Enrico ¿por cuál te empeñas a ser valedora? Ayer quise yo que me dijeras a cuál de los dos querías, y cuando estabas resuelta a declararte, mi padre lo estorbó, y después la tema de su preceppto a las dos nos dividió de manera, que hasta hoy no ha sido posible verte, y admirarme es fuerza, que lo que ayer pretendía, ahora Blanca pretendas. En esto conocerás cuanto los sucesos truecan los designios. Pues di, ya no es ociosa diligencia, si está tu gusto en tu mano, que lo ignores, o lo sepas, si para que tú lo logres ¿tan presto el plazo se llega? No señora, que la dicha es de tan frágil la más segura libre de las contingencias; y así entre tantos peligros, como a mi cuidado cercan, quisiera saber si tengo de mi parte a vuestra Alteza, conformando mi elección con su gusto, porque pueda alentar mi confianza con tan heróica defensa. Ya yo te he dado palabra, aunque en mis celos se arriesga, de estar en cualquien suceso de parte de tu fineza. Así es verdad, pero dime, aunque yo te lo agradezca, la duda de no saber, si es el mismo que desear el que he de elegir, cobarde ¿no es forzoso que me tenga, por más que mi confianza se valga de tu prometida? Fuera de que contra el gusto obra con mucha tibieza cualquier favor, y con solo darlo a entender se contenta. Pues porque de mi no dudes, quiero Blanca que me debas el que me declare antes que tú. Pero es bien que entiendas, que los amantes deseos en mujeres de mis prendas, por haber de publicarlos con fuego, y nieve pelean, y no suelen vencer nunca que entre el semblante, y la lengua de vergonzosos se abrasan, o de cobardes se hielan. Digo que tienes razón, y porque mi gusto sepas te lo quiero declarar. ¡Ay si con mi amor concuerda! Yo he de advertur en su rostro si con esta estratagema puedo saber a quién ama. De su voz pendiente espera mi vida. Vaya el peligro, en que mi temor tropieza primero, para que salga de esta duda más apriesa, y a saber Blanca que Otón es mi primo. ¡Ah injusta estrella! Ya sé que soy desdichada. Si no me engaño, le pesa escuchar que por Otón mi proposición empieza. Echó la fortuna el resto. Quiero apretar más la cuerda. La obligación de la sangre es justo que le prefiera conmigo; y contigo tantas de su mérito experiencias, y así el ser su valedora. ¡Qué sin alma el pecho alienta! ¿Parece que te entristeces? ¿No quieres que me entristezca, Irene, si se conjura contra mi amor cielo y tierra? Luego, no quieres a Otón, ni es verdad, ¡albricias pena!, que, aunque no enmiendo el agravio, mucho el recelo se enmienda. ¿Qué no es Otón al que eliges? El recato que aprovecha si están diciendo los ojos lo que encubre mi modestia. A Enrico quiero, perdone tu respeto y mi obediencia: a Enrico quiero. ¿Qué dices? ¿Pues de qué, Irene, te alegras? De haber, Blanca, averiguado tu amor con esta cautela, y saber que se conforma con mi gusto tu fineza. Luego, ¿tú no favoreces a tu primo? Si te acuerdas, la piedad y el parentesco, por equivocar las señas, dije Blanca que empeñaban mi favor en esta empresa; pero venció la piedad, y, aunque entre ambos pudiera ejercitarse, de Enrico me obligó más la asistencia, el cuidado, la constancia y saber que ama de veras, porque es siempre en las mujeres lo que les hace más fuerza. De mi amor en los oídos, que bien estas voces suenan. Ya alienta mi confianza. Mas conociendo en tu pena que a uno de los dos querías, enamorada y resuelta, sin saber yo cuál sería, por lo que mi amor te precia, quise proponer a Otón primero, con advertencia de no embarazar tu gusto y disimular mi queja; pero ya que se han deshecho de esta confusión las nieblas, yo he de estar en cualquier lance, Blanca mía, en tu defensa. Dame los pies, pues mi vida hoy por ti a vivir empieza. Lo que yo te debo a ti no quiero que me agradezcas, y, es verdad, pues de esta suerte se asegura la sospecha de que Otón no ha de salir con su deseo en mi ofensa. Pues ya, señora, que tanto hoy de mi parte te empeñas, advierte que ha menester todo tu favor mi pena. ¡Oh robusto! Si son hidras mis ansias, puerdo que de ellas tantas contra mí resultan por una que venzo apenas. El ver tan apasionada a Irene en mi favor templa algo mi pesar. Si a Otón se inclina y su diligencia quiere excusarse sus celos con mi amor, pues tener muestra su suspensión más cuidado que ayudarme; mas no es esta ocasión de discurrir en las pasiones ajenas. Ayúdeme ella a las mías, y lo que quisiere sea. Que al fin Blanca. Por el cuarto. ¡Ay, cuidado! Entré del César. Tan necio. Buscando a Blanca. Que embarazar tu amor quiera. Por ver el cielo que adoro. Por mirar sus luces bellas. Siendo de tu voluntad hoy dos veces dueño de ella. ¡Sí señora, y en su amparo tiene! ¡Ay de mí! Aguarda, espera, que Otón ha entrado en la sala. ¿Y Enrico? Presto tropieza mi amor en mis celos. Sombra es de mi gusto mi pena. Mudemos platica Blanca, pues disimular es fuerza. ¿Qué no pudiera decirle que su padre es quien intenta embarazar mi deseo? ¡Que estar sin dudas no pueda! Porque su intento mudara. Porque a confusiones muera. ¡Oh, quién a solas la hablara! ¡Oh, quién a solas la viera! En tanto que saber puedo quién embarazarte intenta, porque aliente tu esperanza mi favor, quiero que veas si estoy de tu parte, haciendo que aquí con Enrico puedas a solas quedarte, Blanca. ¿Cómo? ¿De aquesta manera, Blanca? Señora. A mi cuarto ve a decir que me prenvengan las joyas, que hoy en tu boda ha de ostentar mi grandeza. Y mira bien la que quieres escocoger para que tengas esa alhaja de mi mano. Guarde Dios a vuestra Alteza. Que en viendo a mi padre luego a verte daré la vuelta. Sus equívocas razones algo contra mí conciertan. ¿Cómo logrará el dejarme sola con Enrico? ¡Ah, bella, ocasión de mis suspiros y los que al alma le cuestas! Venid primo a acompañarme. No se engañó mi sospecha. Así su traición castigo. ¿Yo, señora? Sí, que es fuerza comunicar con mi padre vos y yo cierta materia. Cumplir quiere su palabra. Si a solas quedo con ella, ¡albricias amor! Enrico acompañaros pudiera también, pues se halla aquí. Yo con vos uso esta llaneza por ser tan pariente mío, aunque no me lo merezca vuestra desatención. ¡Cielos! Bien mi olvido se venga. Venid. ¡Ay, Blanca! ¡Ay, Enrico! Con Enrique se queda. Pasa adelante. ¡Ah, tirana! ¡A celos matarme intentas! Pene como yo, y pues mata a celos, a celos muera. Blanca, si de tanto amor no se olvida tu desdén, como en mis finezas ven tu hermosura y mi temor; si tantos años de amante, tantos siglos de rendido, de mi desdicha vencido, borrar no quiere un instante, pues en tu mano consiste la gloria de mi desvelo, que está en tu cielo, y el cielo puede hacer dichoso a un triste. Fija mi ventura en él, si hacerla quieres dichosa porque te aclame piadosa el que te temió cruel. Dos con afecto importuno pretendemos tu elección; pero si eliges a Otón, no habrá Blanca más que uno, pues mi muerte sabrá hacer, que asegure su porfía, pues si tú no has de ser mía para qué quiero yo ser. Muera, muera a tu rigor quien no puede a tu piedad vivir, pues no es novedad que yo me muera de amor. ¡Muera! ¡No muera! ¡Ay de mí, qué aun de oírlo me asusté! ¡No muera Enrico! ¿Por qué? ¿Gustas tú que viva? ¡Sí! La vida me puedes dar, mas temo en mí amante extremo. ¿Qué temes? ¡Ay Blanca! Temo que me la puedes quitar. Enrico, ¿cuándo mis ojos, desde que los has mirado, ninguna causa te han dado de ocasionar tus enojos? ¿Cuándo, de tu vista ajenos, no los hallaste jamás, diciéndote mucho más, aun cuando te hablaba menos? Porque tu loca esperanza de mi favor desconfía, sino por tuya, por mía; porque la desconfianza, no siempre, Enrico, atropella la razón, que en la verdad presumilla es necedad y locura es no tenella. Si acaso, quiere culpar mi silencio a tu temor, porque no entiende tu amor las palabras del mirar. Qué necios son tus sentidos, pues acrecentando enojos no dan crédito a los ojos por dársele a los oídos. Mira si tienes razón, pues lo podrás advertir en no haber querido oír las voces de mi atención. ¿Qué dices Blanca? Qué loco de alborozado no creo lo que escucho y lo que veo, aunque el desengaño toco. Que yo atención te he debido, que yo te cuesto cuidado, si es así lo deseado, ¿para qué es lo poscido? Bien pudiera yo por ti negarlo, pues desconfias de las antenciones mías, mas no negarlo por mí que, aunque lo hayas desmentido, bástale a mi presunción haberte dado ocasión para que lo ovas creído. Blanca, la fe más ardiente hace del temor alarde, que se enseña en lo cobarde el amor a ser valiente, porque repartido en dos afectos, fuerza y cariño, teme siempre como niño lo que vence como Dios. Mas di con esas defensas si a ser mía te previene. Eso de ser tuya tiene más riesgos de los que piensas. Pues si tú, Blanca, has de ser la que esté bien, me has de dar, llegándote a declarar. ¿Qué duda puede tener? Tan dudosa es la ventura de cualquiera gusto humano que quien la tiene en la mano aún no la tiene segura. ¿Pues quién, siendo eso verdad, al gusto se ha de oponer? El poder. ¿Pues hay poder que mande en la voluntad? No, pero en ofensa mía derrogar esa esención pretende la sinrazón, madre de la tiranía. Si a darme favor acudes, no importa. El rigor es ciego. ¿Tienes amor? No lo niego. ¿Con él temes? No lo dudes. Luego, ¿en tu pena amorosa, mudanza puede caber? No, que una cosa es temer, y ser mudable otra cosa. Si es así, ¡viva mi fe! La mía asegurar puedo. ¿Serás de otro? No hayas miedo. ¿Y serás mía? No sé. Pues entre gusto y temor se ha partido en mis desvelos hacer treguas con los celos en la guerra de mi amor. Tema y cobre en mi cuidado más fuerzas contra el olvido, pues el menos presumido está más asegurado. ¿Qué al fin, dudando y creyendo, he de seguir tu favor? Duda el suceso; el amor no lo dudes. No te entiendo. Y vete, que no quisiera que hablar me vieran contigo, ni aún quisiera que testigo de mi agrado tu amor fuera. ¿Por qué Blanca? Porque lucho con lo cuerdo y con lo loco, y amor sabe callar poco, y me he declarado mucho. No es tanta la claridad que la explique mi razón, si mezcla tu confusión la duda con la verdad, sin que sepa lo que creo ni lo que dudo. Pues cree lo que a ti mejor te esté. Qué fácil lo hará el deseo. No hagas con la detención que la envidia se prevenga viéndote conmigo y tenga indicios de mi elección. Luego, según eso, a mí ya creeré que me prefieres. Vete y cree lo que quisieres. Pues creerte Blanca a ti. Ya se fue Enrico y, aunque yo le dije que se fuese, no excusa de que me pese el que yo se lo mande; pero, puesto que mi amor resolución fija tiene, yo voy a buscar a Irene para lograrla mejor con su amparo, si procura mis sustos desvanecer, por volverte Enrico a ver de mis temores segura. Aguarda hermosa enemiga. ¡Qué mal encuentro! : Pues ves lo que te adoro. Sombra es el que enfada del que obliga. Debate en mí lo rendido atención. ¡Qué desairado que se pone el despreciado! En el lugar del querido mi intento ha de embarazar. ¡Qué aún no me vuelva la cara! Por cuanto el que cansa errara la senda del estorbar. ¡Qué mi amor no te merece, por ser fino y ser constante, que eschuches su pena amante! Quien escucha, favorece. Solo el escuchar en ti, ingrata, ese rigor tiene. Blanca, ¿mas qué miro? Irene os responderá por mí. Si Irene ha de responder, ningún bien podré esperar. No siempre, Otón, porfiar es camino de vencer. Y más, quien apadrinado no está de vuestro favor. Disimulé mi rigor, bien sabe Blanca que ha hablado en vos, Otón. Y yo sé que en mi favor no sería. Lo que hacer con vos debía le he dicho ya. Y yo lo haré. ¡Por vos hago cuánto puedo! : ¡Oh, cómo de mí os burláis! Que presto desconfías; no le elijas. No hayas miedo. Hasta llegar la ocasión, siempre ha de estar el recato muy de parte de lo ingrato. ¡Qué falsedad! ¡Qué traición! Irene, si a enojar vengo con mi amor a tus desdenes, o dale a Blanca el que tienes, o quítame el que yo tengo. ¡Vamos!, ya el plazo se acorta o lo que su enojo estimo. Mira, Blanca, que es mi primo Otón Ya lo sé, y no importa. Riesgo mi ventura tiene. Ven, mi Blanca. ¡Gran favor! No temo al Emperador si está de mi parte Irene. Del César me he de valer para lograr mis desvelos. Presto vengaré mis celos. No hay contra el amor poder. Ven acá, Julia bellaca, Julia sin Dios y sin ley, que con toda una cadena te quedas, sin que me des apenas un eslabón para alcoolar el ver; con que conciencia taimada te alzas con ella si ves que nada de lo que el dueño te pidió has querido hacer, pagándote de vacío, ¿cómo mula de alquiler? Después, Sorbete, he logrado lo que entonces no logré por no tener ocasión; pero a mis solas, después, lindamente la fineza de tu amo la pinté, y no la escuchó muy mal, aunque no respondió. Y bien, con toda esa diligencia, ¿eligérale hoy? No sé. Tú tienes muy lindo modo de negociar. ¿Qué he de hacer? ¿Debo más que persuadir su amor contra su desdén con alabanzas de Enrico? Sí, mas debes hacer, que es, no tomar una cadena tan sin qué ni para qué. Así pudieran ser ciento. Conque le responderé a Enrico que de ti espera muy confiado saber el estado de su amor, que de él se puede caer, según la cuenta. Bien puedes decirle que apostaré que a él le elige Blanca un ojo. ¿No fuera bueno poner que volverás la cadena? Ya era quedarme sin ver. ¿Pues tú de qué lo has sabido? De que yo conoceré, entre quinientos desdenes, el amor de una mujer. ¿No vale esto una cadena? Y sí es verdad más de diez, pero eso es chanza. Rodulfo, mi sobrina no ha de ser a los preceptos del César, y de mi gusto a la ley desobediente, y más cuando neutral su afición se ve. ¡Ay, quién murmure que a Otón mira con más esquivez que a Enrico! De esos antojos la envidia suele traer. Aunque en Otón y en Enrico igual la razón esté, yo más quisiera que a Otón eligiese. Yo también, pues es del César sobrino, y mañana podrá ser, por su sagre y su valor, dueño del sacro Laurel. Julia, ¿escuchástelo? Sí. No en vano a más no poder, me enfada Rodulfo y este trasto de Matusalén. De Otón será Blanca. Mira que hay quien nos escuche. ¿Quién?, pues Julia, ¿qué haces aquí? ¡Ay de mí! ¿Qué le diré a este viejo impertinente? Esperaba un almofrej para llevar mis trastillos a casa señor del que, o por via de favor, o por via de merced, Blanca, mi señora, le haga su esposo por una vez. ¿Sabes tú el que has de elegir? De dos, la una a mi ver nadie lo hierra, mas yo de dos el uno sí haré, porque solo sé, harta aquí, que uno de dos ha de ser. Si no me engañó, Conrado, de Enrico es criado aquel. ¿Y vos qué esperáis? Ahora voy yo, que Julia me dé, que entiende mucho de hierbas porque se crió en Argel, adonde siendo muchacha renegó más de una vez, un remedio para el bazo, que vos me echáis a perder. Este es un loco. Sí soy, pero mi negocio sé. Sí, para eso juicio hay. El César viene. Y podéis preguntarle que a qué viene, si acaso os parece, pues está de Dios que esta tarde todo lo habéis de saber. Otón, hoy es el día en que se logre la esperanza mía, y la vuestra también; que no recelo que Blanca os dé la mano y pañuelo, cesando la discordia, pues es llano que a quien diere el pañuelo de la mano. Aunque de tu favor pende mi vida a esta esperanza asida, temo el rigor ingrato que muestra su desdén o su recato siempre a mi pecho amante. En mujer de su sangre no os espante, pues mientras no dé él, sí será forzoso que batalle lo atento con lo hermoso, y por durar la lucha, cobarde mira y vergonzosa escucha: que esté ajustado fío, sino con su belleza con su tío, y viendo que mi gusto hará lo justo, y esto es lo más justo. ¡Otón con Ludóvico a solas! ¡Cielos, gran poder juntan contra mí los celos! ¿Enrico? ¿Qué? Ha venido. Repara si trae cara de marido. Si en su favor te empeñas, pues todo lo conoces por las señas. Triste en la sala ha entrado. Esa es señal de haberse ya casado, no de casarse ahora, que antes se rie, mas después se llora. Embarazarlos quiero. Vivo de amor y de temores muero. Dichoso fin vuestra esperanza aguarda, que yo estoy de por medio. Dios te guarde. Yo me aparto señor, que Enrico viene. Dame tus pies. Alzad, Conrado, a Irene. Le diréis que con Blanca luego venga para que fin esta porfía tenga, pues Enrico y Otón ya deseando su elección, o temiendo o confiando, esperan ver el que ha de ser dichoso. Disimular en mí será forzoso. Ya se acerca su empleo. Y volved a intimarle mi deseo. Por más que me dé el César confianza, no me atrevo a fiar de mi esperanza. ¡Qué mal seguro estoy con mi recelo! ¿A quién, Julia, dará Blanca el pañuelo? No sé, pero bien sé que es nuevo el paso, pues no ha habido comedia, que en tal caso a ningún novio, aunque tan poco cuesta, ropa Blanca hayan dado sino en esta. Ya viene Blanca. El corazón parece que, pensando en la duda, se estremece. Ya el pecho titubea, que un desdén teme y un favor desea. Mira que el Emperador se podrá quejar de ti. Peor será que de mí se pueda quejar mi amor. ¿Qué respondes?, que el callar casi es resistencia. No, pero es de advertir que yo soy la que se ha de casar. No le enojes, desatenta. Esto asusta mi temor. Pues puedes. Logra tu amor. Esto mi esperanza alienta. Seas Irene bienvenida. El cielo, señor, te guarde. Y vos, Blanca. De cobarde no acierto a alentar la vida, pero gástese el temor por si acaso sin él quedo, con que en la ocasión mi miedo se convertirá en valor. Ya, Blanca, ha llegado el plazo de que entre Enrico y Otón pueda lograr tu elección la dicha sin embarazo. Y advertirte, determino igualando su valor, que Enrico es muy gran señor, y que Otón es mi sobrino. Temo que me he declarado, y enmendarlo es menester; en tu mano está escoger. Consulta con tu cuidado tu gusto, dando al desvelo fin con esto, y fin dichoso, puesto que ha de ser tu esposo a quién des Blanca el pañuelo. Ya dilatarlo es en vano. No aguardes a que el disgusto te embarace; logra el gusto, pues está Blanca en tu mano. Bien dices, que en la ventura no ha de perderse ocasión. Hasta que desprecie a Otón no está mi pena segura. De su voz pendiente estoy. Pendiente estoy de su aliento. ¿No están en bravo tormento aquestos amantes hoy? Sí, pues culquiera se halla temiendo el lienzo, a mi ver, sobre cuál ha de caer, como lienzo de muralla. ¡Qué notable confusión! Déclarate. Ya me explico. Si eres firme, elige a Enrico. Si eres cuerda, elige a Otón. Señor, ya que de lo ingrato se ha de vencer la crueldad y ha de hablar la claridad sin las voces del recato, pues es forzoso que abone con mi gusto mi elección. Perdonde la turbación, y tu Majestad perdonde, y perdone Enrico. ¡Cielo! : Sin duda soy el dichoso. Sí, para hacerle mi esposo le doy un roto pañuelo, pues él solo ha merecido de esta victoria la palma; y así, el pañuelo y el alma doy a Enrico. Estoy corrido y no he de darlo a entender, pues no lo puedo estorbar que tal vez debe ocultar sus enojos el poder. ¡Qué dichosos desengaños! ¡Mi ingrata suerte maldigo! Si ese es vuestro gusto, digo que le gocéis muchos años. ¡Qué así, estando de por medio el César, desprecie a Otón! ¡Qué abadonde mi atención!, mas ya no tiene remedio. Ya se mejoró mi daño; la elección es como tuya. Blanca de Enrico, ¡aleluya! No lo dije yo, picaño. Entremos a celebrar las bodas. Con mucho gusto las celebraré, que es justo a Blanca y a Enrico honrar. Solo la muerte confío que ha de vencer mi porfía. ¡Cielos, qué ya Blanca es mía! ¡Amor, qué ya Enrico es mío! No se arrepienta el favor. Vayan y cásenlos presto. Dejadme entrar. ¿Qué es aquesto Ricardo? Un Embajador de Moscovia que procura hablarte. Decidle que entre, que no es bien que estorbo encuentre, pues el serlo le asegura. Sacro Emperador de Roma, a cuyas Augustas Aves y Cesáreas viene estrecha toda la ambición del aire. Rosimundo de Moscovia, Príncipe heroíco, en quien arden renaciendo a nueva vida las cenizas de su padre, por mí te saluda, y quiere a un tiempo por mí intimarte lo mal que lleva su argullo que tus Armas Imperiales en su desprecio dominen de tus tierras tanta parte; y así, o se la restituyas a la libertad que antes gozaban, o a resistirle se opongan tus Alemanes, para lo cual, desde luego, publicando su coraje, al fuego dará su enojo y al viento sus Estandartes. Mira a lo que te resuelves, advirtiendo que avisarte, siendo en tu daño, experiencia será en su valor examen. Y el mío verán también tus valientes Capitanes ser un rayo de sus huestes en los sangrientos combates. Como atrevido del César, ¿no te acobarda el semblante? Como bárbaro, ¿no temes que nuestro enojo te abrase? Pero verás tu escarmiento en tu castigo. Dejadle, que la ley de Embajador no es justo que se profane. Vuelve y dile a Rosimundo que presto verá que hace mal en no poner después en las huellas de su padre; pero pues su mocedad del consejo no se vale, yo enviaré quién su arrogancia a su costa desengañe. Yo iré a vencer su soberbia. Yo castigaré arrogante su locura. Yo su tierra convertiré en mar de sangre. Allá os espero y de Adolfo veréis entonces que sabe hacer iguales las obras a las palabras. No gastes más ociosas presunciones y veto. ¡El cielo te guarde! Si acaso tu sangre estimas, en esta ocasión no faltes a honrarla. Dame el Bustón para que tu nombre aclame contra este rebelde, o impera donde a celos no me maten. Ve donde yo no te vea, pues solo es para agraviarme. La inclinación que a las xxxx tengo señor. Ya tú sabes que perderla no ha podido el descuido de las paces, pues logra mi inclinación en tu servicio y vérame ser Alemania en Moscovia rayo que fulmina Marte. Vileza es de mi valor la resistencia que hace mi amor a esta empresa, pero venza lo noble a lo amante. Dame esta empresa señor, pues puedes con ella honrarme, atento a que de mi estado sacaré gente bastante, que pueda de Rosimundo hacer el orgullo ultraje. ¡Qué de cosas el honor contra el gusto persuade! ¡Qué se pusiese a mi amor tan grande estorbo delante! Julia, temo que la boda se va volviendo vinagre. Este Embajador pudiera haber venido más tarde. Nadie, sino yo. Ninguno, sino mi valor. Dudarse no puede que a mí me toca. Yo estimo vuestras lealtades y me holgara de poder elegir tres Generales, pero para aquesta empresa uno solo ha de nombrarse, y la elección se confunde en la igualdad de las partes, y no sé qué medio elija. Yo sí. ¿Cuál es? ¿No mandaste que trujese prevenidos, para que suertes echasen los nombres de los tres, cuando sobre el Turnen arrogantes como ahora compitieron? Sí. Pues aquí están. Lograrse puede mejor el arbitrio en esta ocasión. Y nadie, con esto de tu favor, podrá con razón quejarse. Pues, Conrado, echad las suertes. Irene, mi riesgo es grande. Por fuerza, Blanca, entre tantos solo a Enrico ha de tocarle. Tengo yo muy poca dicha. Honor y amor me combaten, pero perdone el amor que el honor ha de ser antes. Fortuna de mi ardimiento logra el vizarro dictamen. Si ha de ser suerte, la suerte nunca estará de mi parte. En este sombrero escritos están sus nombres. ¿Quién saque la suerte? Buscad. Tú, Julia, la sacarás. Que me place. Él buscó lindo Angelito. Mira Julia lo que haces. Ese recado a la suerte. En tu mano está el matarme. Llega y de esos papelillos saca el primero que hallares. Revuélvalos bien. ¡Qué amigo de revolver es el Ángel! Yo saco. Mi amor te guíe. Esto es hecho. El papel dadme. Veamos quién General contra Rosimundo sale. ¡Que una vida o una muerte en tan poco papel caben! El Bastón le tocó a Enrico. ¡Por cuánto quisiera errarle mi desdicha! Mi cariño poco esta ventura aplaude. Mal hayan amen tus manos. ¿Qué culpa tienen? Mal hayan. ¡Qué mis altivos alientos esta ocasión no lograsen! Hoy del cielo está que Enrico todas las suertes me gane. Ya, Enrico, sois de mis armas General, si es que no os hace embarazo vuestro amor. Así mi valor no ultrajes, advirtiendo que nací primero honrado que amante. Yo iré a servirte, aunque deje, ¡ay, dueño mío!, gran parte del alma en Blanca; mas siendo ya mía podrá ayudarme, por juntarla más aprisa en sus ojos celestiales, a conquistarte más mundos, que hay en Moscovia lugares. Pues siendo de esa manera, partíos Enrico al instante, que suelen las dilaciones armas al contrario darle, y antes que más se prevenga es bueno llegar. Tan grande es mi deseo que ya quisiera volver triunfante. Yo os lo creo. Esta ocasión de Blanca podrá vengarme en tanta desobediencia. Señor, si Enrico se parte a la guerra de Moscovia, y no es empresa tan fácil, que ha de conseguirse luego, por más que el valor trabaje. Suplicoos que mi sobrina, por ahora, no se case, aunque haya de ser de Enrico, sino que a Irene acompañe, como hasta aquí, pues no es bien que quede sola siendo antes viuda que casada. ¡Cielos, hay más penas! Sin buscarle a las manos se ha venido el castigo del desaire que Blanca le hizo a mi ruego. Muy justo es que se dilate y nos esté bien a todos, que así consigo que allane más presto al rebelde, pues venciendo dificultades podrá volver más apriesa el que enamorado parte. ¡Qué el gusto de verle mío quiera la dicha quitarme! No lo dije yo. ¡Qué el diablo no hay boda que no embarace! Ya se mejora mi suerte. Ya en mis otros recelos nacen con aquesta novedad. Ya no hay pesar que me espante, como mi valor anime lo que mi amor acobarde. Dadme los brazos y a Dios. El cielo tu Imperio ensalce muchos siglos. Vamos todos, como es justo, a acompañarle. Con esto, podrá de Otón quizá el deseo lograrse. Ya voy con nueva esperanza. Ya tengo nuevos pesares. Adiós Blanca. Adiós Enrico, ¡qué te vuelva! ¡Qué te halle! Con salud. Sin otro empleo. No lo temas. Es muy grande el peligro. Soy quien soy. ¿Y la ausencia? No es bastante a contrastar mi fineza. ¿Y si el poder persuade? No hay contra el amor poder. Pues Blanca, adiós. Él te guarde.
JORNADA TERCERA
Loco estáis. El amor, cuando no es locura, aunque mis ansias de los términos de amor y de locura se pasan. ¿Es posible que un desprecio sigáis con fineza tanta y que a costa del desaire alimentéis la esperanza? Ya es obstinación en mí porque el rigor de esta ingrata convirtió mi amor en tema, y lo que era gusto en rabia. Amor convertido en tema, ni tema ni amor se llama, que si es tema, cuesta mucho; si es amor, no vale nada; porque aquel que galantea contra el gusto de la dama más se enoja que merece, menos obliga que agravia. Mi daño no es de consejo capaz que, como enseñada, está a los males mi vida, cualquier remedio me mata. ¿Y qué intentáis? : Acabar con ella en la demanda de esta empresa, si la vida de un desdichado se acaba. Si veis de cuánto imposible está al parecer murada contra vuestras baterias su resistencia de Blanca. Si vuestra solicitud en una ausencia tan larga, puerta no ha abierto al deseo, ni brecha a la confianza. ¿Si la muerte de su esposo, que según dice la fama es tan cierta, la ha creído no más que para llorarla? Si el ruego de Ludovico su obstinación no avasalla, por más que en vuestro favor el porder saque la cara, ¿qué esperáis? Eso es, Rodulfo, lo que mi empeño dilata, viendo el del Emperador que a tema también se pasa, sintiendo que pueda más que su ruego su constancia. También quejoso Conrado de su resistencia se halla en vuestra ayuda, mas todo con quien no quiere, no basta. Yo he de apurar su firmeza, aunque a mi desconfianza tan grandes de su rigor experiencias desengañan. Yo siempre tengo de estar a vuestro lado, aunque vanas sean nuestra diligencias. Hoy puede ser que, apurada a los enojos del César, de Conrado a las instancias, a pesar de sus rigores, creyendo muerta la causa de su amor, que con el mío treguas sus desdenes hagan. Y ente tanto, por si puedo divertirla y obligarla a competencia de Irene, que de entretenerla trata con la música, he traído otra, que la persuada con su elocuente armonía a que no olvide su varia naturaleza, y lo firme deje para las montañas, que nacieron insensibles. ¿Quién podrá creer que haya menester una mujer que le acuerden la mudanza? Esto lograr solicito, y porque pienso que Blanca sale a este sitio, Rodulfo retiraos, porque en las tablas de este cancel escondido quede solo, a ver si alcanza de esperanza algún alivio mi pena desesperada. Pues adiós Otón. Después os buscaré. Al puerto salga vuestro deseo con bien, después de tanta borrasca. Milagro será, que surco mucho mar en poca barca. ¿Para cuándo de las penas el golpe fatal se guarda, pues no me mata ninguna, aunque me acometen tantas? ¿Qué quiere de mí el destino, que tantos males me causa? Ya que prevención le obra, ¿por qué ejecución le falta? Ha de poder más mi vida, de la muerte amenazada tantas veces, ¿pues en ella ociosa tiene la saña? Si murió Énrico, ¿por qué a mí el morir me dilata? Quiero que pasen mis penas más allá de la esperanza; pero bien hace, conserve mi fineza entre mis ansias, porque no es amor, amor que de la muerte no pasa. Ya es tiempo de divertirla que está a su pena entregada. ¿Parece que cantan? Sí, y pues todo es consonancia, llore yo, y siga mi llanto el compás de lo que cantan. Guarda corderos zagala, zagala no guardes fe, que quien te hizo pastora no se excusó de mujer. Acento traidor, que dar ejemplos para el olvido pretendes,¿por un sentido quieres a un alma engañar? Que aunque la muerte en tratable me procure prevertir, antes tengo que morir de firme, que de mudable. En la soledad de un monte ausente muere Amarilis, que quien vive ausente amando, no puede decir que vive. Este sí, pues en mi pena de mi afecto se revisten sus voces, y me parece que lo que yo siento dicen. Esta música es de Irene, pues mi intento contradice. Estas voces son de Otón, que a su falsedad se miden. Pero publique mudanzas. Pero firmezas publique. 1. El cristal de aquella fuente undosamente fiel niega al ausente su imagen hasta que le vuelve a ver. Si niega ingrata la fuente la imagen al que se vio en ella, porque pasó, yo no, pues está presente. 2. A amar, y a penar acierta solo entre sus ansias tristes, que ignora el vivir mudable, quien sabe morir de firme. Cielos, ¡si hablarla podré! ¡Qué pena, mi pena iguala! 1. Guarda corderos zagala, zagala no guardes fe. No acompañéis mi tristeza, pues veis que otra letra dice. En la soledad de un monte ausente muere Amarilis. Mudando de parecer tanto mal, Blanca mejora. Que quien te hizo pastora no te excusó de mujer. Mal responderos podrá cuando su dolor le aflige. Que quien vive ausente amando no puede decir que vive. Bien su ingratitud cruel acusa con su corriente. El cristal de aquella fuente undosamente fiel. No se concede a otro alivio la que por ser invencible. A amar, y a penar acierta solo entre sus ansias tristes. La fuente para correr, sin que memorias le atañen. Niega al ausente su imagen hasta que le vuelve a ver. No es fácil de las memorias que me matan, divertirme. Que ignora el vivir mudable; quien sabe morir de firme: y cese vuestra porfía pues en la constancia vive, que un bronce ablandar queréis en la resistencia mía. No es fineza de buen aire la que andar siempre la ven al desaire de un desdén; y de un desprecio al desaire. O que en vano Irene lucha con su disimulación. Como en mi ofensa de Otón la aleve traición es mucha; pero mi amor advertido en el pecho recatado, sufra por no declarado el enojo de ofendido. Amor que ciego previene una pasión, cuando cobra fuerza en el cuidado obra por sí, y no por quien le tiene. Yo no le puedo vencer porque es su fuerza mayor mas la música mejor podrá a las dos responder. Quiere curarme el tiempo mas no puede, puede curarme Blanca, mas no quiere. Cuando a llorar me condena mi fineza y mi desdicha, no puedo enmendar mi dicha, y podré enmendar la ajena. Por ella y por mí respondan aquestas voces también, y publiquen su desdén, porque mi pasión escondan. Que el olvido me acuerda el temor mío, y no pueda acordarme del olvido. Con desengaños que alumbran, con sinrazones que ofenden, con enojos que se mira, con desprecios que se sienten. Quiere curarme el tiempo, mas no puede. Con una muerta esperanza. Con unos recelos vivos. Con pesares. Con desvelos. Reconozco. Y averiguo. Que mi olvido me acuerda el amor mío. Pero trocando piadosa, pues mi fe se lo merece, en agrado la aspereza, en favores los desdenes. Puede curarme Blanca; mas no quiere. Que me acuerde de ms ansias. Que me acuerde del delito. Que me matan. Que me ofende. Sin consuelo. Sin alivio. Y no pueda acordarme del olvido. Al fin Irene en mi ofensa te declaras, pues ya miro en esta segunda letra explicado tu designio. O quien no escuchara más en mi enojo, y en mi alivio, no de Irene los consuelos, ni de Otón los desvaríos. Pues para que eches de ver, disimular es preciso, que se engaña tu recelo, pues solo mi intento ha sido divertir a Blanca, dando a sus desdenes motivo; pues el aplaudir su pena, suele ser de un triste alivio, y desengañar tu amor, pues por lo que yo te estimo, no quisiera verte amante, sin verte favorecido. Júntense todas las voces, y los conceptos distintos, a tu parecer verás que son un concepto mismo. ¿Cómo puede ser? Escucha. ¡Qué falsedad! ¡Qué martirio! Quiere curarme el tiempo, mas no puede, que el olvido me acuerda el amor mío; puede curarme Blanca, mas no quiere, y no puedo acordarme de mi olvido. Es verdad, pues en mi pena todo hace junto un sentido. Pero, ¡a pesar! No deis voces. De tu desdén. ¡Qué atrevido! Es locura. He de vencer. ¡Tanto rigor! Es delirio. ¿Irene? ¡Ay cielos! ¡Mi padre! ¿Blanca? ¡Ay pesares! ¡Mi tío! Otón, ¿qué voces son estas? Es que Irene y yo quisimos divertir a Blanca a un tiempo, aunque por varios caminos: con dos músicas, y sobre culpar el amante estilo de la mía, sus desdenes se irritaron vengativos, tanto que ni Irene, ni yo sosegarla no pudimos, hasta que llegaste tú, que en mí su desdén esquivo, aún lo que nace lisonja quiere que muera delito. Así pretendo enojarte, por ver si acaso consigo con su enojo mi deseo. De estos traidores designios, si con la verdad me ofenden en la mentira peligro. Blanca pudiera excusar, sabiendo que es gusto mío, el dar en las sinrazones de su ingratitud indicio y más cuando de su amor cesó la causa. De oírlo el corazón se estremece. Así Ricardo lo ha escrito. Pues miente Ricardo, y mienten cuantos, señor, os lo han dicho. Pues, ¿de qué sabes tú, Blanca que no es muerto? ¿De qué vivo?, porque estaba mi vivir a su vivir tan asido, que se hubiera muerto Blanca; si se hubiera muerto Enrico. Deja esas sofisterías y advierte cuanto es preciso el obedecer al César, y no olvidar el antiguo blasón de tu casa, puesto que se arriesga en tu delirio. Mucho temo de mi padre la severidad. Yo libro en sus enojos mi dicha. Que entre tantos enemigos, ¿no haya ninguno que esté de parte de mi cariño? Otón desea tu mano: yo, Blanca, lo solicito. no dejes presentes logros por ausentes desatinos, y más de ausente que está de la muerte en el distrito. ¿Ni Enrico es muerto ni ausente? Pues en el alma le miro, el ausente será Otón, bien lo dice mi desvío, pues está de mí más lejos, lo que va de amor a olvido. No más Blanca, no más Blanca, que a mi vista, que a mi oído, aún más que loco grosero es vuestro amante capricho. No basta que yo lo quiera para no contradecirlo, pues cuando ruega el poder, ¿hace mayor el dominio? Pero pues no basta el ruego, y así el rigor justifico, siendo muerto Enrico, yo lograré el intento mío, y ha de ser luego. Señor, repara, en vano resisto mi pena. De mi deseo voy mejorando el partido. Que quebrantar no es razón los fueros de un albedrío. Lo que importa es que se case, esto señor os suplico. No pasará de hoy. Primero daré la vida a un cuchillo. Advierte. No hay que advertir. Mira. Ya lo tengo visto. Que Blanca. No me repliques. Desde hoy muero. Desde hoy vivo. ¿Qué hay Rodulfo? De Moscovia el Embajador que vino a presentarte la guerra, vuelve con otro designio al parecer. Dile que entre. Si mi desdicha averiguo pues me ha de matar, ¿qué importa el rigor de Ludovico? Dame tus pies a besar, si de besarlos soy digno. ¿Cómo vienes tan humilde? Nada en la fortuna hay fijo, que inconstante su rueda. Levanta, y di a qué has venido. A que confirmes las paces que ajustó en Moscovia Enrico. ¿Murió? No, porque si hubiera muerto no hubieras vencido. No lo creyó el sentimiento aunque el corazón lo dijo. Mejoróse mi recelo. Mi mal volvió a su principio, pues la industria de fingir su muerte no me ha valido, sabiendo encubrir mañoso de sus cartas los testigos. A esto he venido señor, y a traeros de camino el feudo que Rosimundo al Imperio ha concedido por veinte años. Su escarmiento confirmó mi vaticinio. Todo señor se le debe al valor nunca vencido de Enrico, pues las dos Aves, timbre del Imperio antiguo, con su esfuerzo victoriosas volar al cielo las hizo al fijar en él su nombre. ¡Oh lo que esta gloria envidio! Aquestos son los contratos. Yo los veré. Largos siglos goces el Imperio. Luego despacharos determino. Ves como Enrico no es muerto. También mi enojo está vivo. Como él viste, de este riesgo me librará mi cariño. Vencer intento a mi padre, pues vencerme no consigo. No hay contra el amor poder, si este imposible no rindo. ¿Señora? ¿Qué me mandáis? Que perdonéis os suplico el detenerlos. Sí haré por saber del dueño mío. Y el haber de preguntaros también, porque aunque es preciso error en un forastero a soberanos oídos, yo ya sé que el preguntar tiene achaques de delito. Muy dorado queda el yerro con tan cortesano estilo. ¿Qué queréis saber? Si acaso sois Blanca, que o me han mentido las noticias, o vos sola podéis ser alma de Enrico. Blanca soy. A vuestras plantas la obligación sacrifico que le tengo, pues a un tiempo con la espada me ha vencido, y el trato, haciendo un esclavo muy leal de un enemigo. Tanto estimo esa fineza, como haber conocido. No os espantéis, que en su pecho, abierto para mí, ha visto señora vuestro retrato, y está en él muy parecido. ¿Acuérdase de mí? No, que acuerdo supone olvido, y no se puede acordar quien olvidar no ha sabido. Después de tan larga ausencia, ¿cómo está? Entre muerto y vivo porque vive de quereros y se muere de lo mismo: y esta carta entre otras cosas que os traigo, ¿podrá deciros su fineza? Sus renglones desde aquí en el alma imprimo. ¿No la leéis? No, que no quiero cumplir hoy con dos sentidos, y pues son vuestras noticias también da mi pena alivio, no será bien que embarace a lo que oigo lo que miro; porque se podrán quejar de los ojos los oídos. ¿Vendrá tan presto? Yo espero encontrarle en el camino. Pues decidle que apresure el viaje, que hay peligro en la tardanza, que tiene su amor muchos enemigos. Pues para estar a su lado volver con él determino. Y yo os tomo esa palabra. Por servirle, y por serviros yo os la doy de acompañarle. De vos mi esperanza fío. Bien (os) podéis fiar de mí. Ya Dios, que el irme es preciso, que me dan prisa mis ojos. ¿Por qué? Por lo que no han visto. ¡Qué fineza! ¡Qué valor! ¡Qué atención! ¡Qué fiel amigo! Deja la posta Sorbete, pues ya a la vista de Aquisgrán mis esperanzas están. Quédate a Dios, caballete con pies, arenque con silla, tasajo con movimiento esqueleto con aliento, y con gurupera astilla: quédate, porque no choque, ni con tus corbetas luche, a ser punzón de otro estuche, a ser de otra vaina estoque, sin maltratar mas violenta la parte que es por ser mansa, la postrera que se causa, la primera que se sienta, porque su trote infernal hasta el alma me provoca, encaramando a la boca el húmedo radical. Que haya quien en postas peque poniéndose sin temor, sentado en un asador a bailar un zarambeque. Deja locuras, y ya que a la vista de la Corte, de sus esperanzas norte, mi amante fineza está: a pie hablando en ella vamos, y en mi penoso destino apartados del camino por entre estos verdes ramos, hasta que el dorado coche deje a la sombra cobarde, que tropezando en la tarde vaya cayendo la noche. Pues, ¿de qué servicio es en tus designios amantes, al molerse a correr antes para pararse después? Es que entrar de noche quiero para no ser conocido, y averiguar advertido, si es que vivo, o si es que muero. Si Blanca ha de ser tu esposa, ¿qué temes? Que estoy ausente. Su firmeza es muy valiente. La ausencia es muy peligrosa y el peligro y la ocasión siempre las manos se dan, y cautos siguiendo van los pasos de la traición. Ludovico favorece a Otón, y el poder se irrita, resistido, él solicita, que amor obstinado crece: luego el peligro se entrega una fineza que anda entre un enojo que manda, y entre un halago que ruega. Aunque haya más zancadillas no ha de caer su atención, que es montaña con quien son las demás de mantequillas. Yo creo que Blanca ha sido en lo firme roca amante, pero no con lo constante se escucha lo combatido: y en las más rebeldes peñas que la firmeza obstinó si de la victoria no, se hallan el combate señas. ¿Qué señas quieres hallar en su firme proceder? Tú no sabes que es querer menos fácil que olvidar: con que el temor se reduce a que en amantes bosquejos siempre hay sombras en lo lejos, y el que está más cerca luce, pero,¿no es Adolfo aquel? Él es, ¿y lleva buen trote al parecer? Hazle señas, porque de Blanca me informe, y sepa lo que hay de nuevo antes de entrar en la Corte. Ya pienso que nos ha visto, y suspendiendo el galope sobre su palabra deja al veloz Velerofonte y hacia acá viene. Esta dicha bien puede ser que le importe a mi amor. ¿Enrico? Adolfo llega a mis brazos. Coronen los tuyos de mi amistad las eternas duraciones. ¿Qué hay de nuevo? Que ya el César con tu parecer conforme aprobo de tus contratos todas las resoluciones. ¿Y qué hay de Blanca? Ahí le duele. En esta carta responde a la tuya. ¿Que la viste? ¡Oh lo que te envidio! Ponte, si gustas, en el sombrero sus dos ojos por favores. Y la conocí con verla solo, como se conoce el Sol entre las Estrellas, y la rosa entre las flores. ¿Preguntote por mí? Dando en cada acento veloces suspiros, entre unas perlas, que eran lágrimas entoces. Y no como otras vinagres, que suelen llorar arrope. Su hermosura, y su fineza en ellas parejas corren, sin permitir lo que tiene ventajas a lo que escoge. Y, ¿viste acaso una Julia, por si mi amor corresponde, que del gusto en la Estafeta belleza de menos porte? Calla necio, con locuras mis tiernas ansias no estorbes. Aunque es mi amor más terrestre también pica, también come, también es amor; no intentes diferenciar sus rigores, porque a ti te tiró flechas, y a mí me tiró bodoques. ¿Que está con mi fe constante? Es bella injuria del bronce. ¿Qué siente mi ausencia? El llanto lo publica en mudas voces. Pues si la obliga mi amor a que espere, y a que llore, ahora su carta lean mis deseos sin temores, veamos si en ella firma lo que dices en su nombre. De su firmeza testigos pueden ser mis atenciones. Es un mármol con basquiña; es con guardainfante un roble, y al fin es un miserable, que no hay quien le desmorone. Enrico, mi amor te espera, no tardes, porque le logres, que hay peligro en la tardanza, y hay poder que le ocasione. Blanca, mi riesgo y su amor reduce a cuatro renglones. También a mí me lo dijo, por añadirte este informe, a un tiempo con las palabras. y con las demostraciones, y se la di de volver contigo, porque me toque también parte en tu peligro, si conmigo le mejores: y así mira lo que intentas, pues que mi amistad conoces, que solo son los amigos para aquestas ocasiones. Adolfo, con tu valor no hay riesgo que me alborote, y arme contra mí la envidia ejércitos de traiciones; pero para examinar los que en mi ofensa dispone, a Blanca he de ver primero, recatado en los horrores de las tinieblas vecinas, para disponer el orden de conseguir mis deseos, guiado de sus favores: para lo cual tú, Sorbete, ve a palacio y siendo doble espía de mis cuidados, dile a Blanca, que esta noche en los jardines la espero, por ser solo el sitio donde podré hablarla sin registro; y en tanto que el Sol se pone Adolfo y yo nos valdremos de lo espeso de este bosque. ¿Y si por ti me preguntan tantos como me conocen, qué he de decir? Que has venido a algún negocio a la Corte, el que tú fingir quisieres. No está en el mentir el toque, que eso es cosa que una dueña lo hará, cuanto más un hombre, sino en el saber mentir de manera que no tornen a preguntar, porque siempre las repreguntas me cogen, y más si importa el secreto. Pues mira que si le rompes que te costa a la vida. ¿No menos? No menos. XXXX. Ya el Sol al mar va cayendo. Pues penetramos el bosque, y tú ve aprisa, Sorbete, pues mi pena reconoce que hay peligro en la tardanza y hay poder que la ocasione. Señora, lengua chitón, y mire, no se desvoye, porque tendré yo mal pleito si usted me le mete a voces. Miéntame cuánto quisiere, como al secreto no toque. Parece que refunfuña, que gruñe y se reconocome; qué con mentir no se quieran contentar los habladores. Pues advierta, si no quiere estudiar estas liciones, que cuanto se holgare a chismes, tengo de pagar yo a golpes. Burla burlando parece que he llegado ya a la Corte, si no es que me miente el ruido de los caballos y coches. La bulla de este lugar, lo que muestra, lo que esconde, y de diversos designios lo que engulle, lo que sorbe. Ya todo estará mudado, solo estará como un roble un acreedor que tenía de unos préstamos de aloque. Ya hemos llegado a Palacio. ¿Qué presto se reconoce la flema del pretendiente la prisa de los señores? A gritos se abre una mano sobre aquellos corredores, con un galán boquiabierto que con mirarlos los oye. Debo de estar muy trocado, pues ninguno me conoce hoy, milagro del secreto el no haber quien me provoque. Este es el cuarto de Irene, y si no es que se me antoje. Julia es aquella, ¡ah, traidora!, con Otón viene, acabose. Ella nos la pega, ¡ah, fiera alcagüeta de dos cortes! Muy en puridad hablando vienen hasta aquí, este esconce me encubra, hasta ver si puedo examinar sus traiciones. Julia, esto has de hacer por mí. Siempre, Otón, he deseado servirte. Si mi cuidado logra esta dicha por ti, la vida te deberé. Desde que Julia y Otón están en conversación, sus pasos sigo. No fue mal arbitrio el esconderme para averiguar lo ruín de Julia. Si en el jardín esta noche llego a verme con Blanca, de su rigor he de vencer la porfía con tu industria y con la mía. No lo lograrás, traidor. Sus esquivos intervalos, porque mi fineza notes, hoy he de vencer. Qué azotes. Y allá lo verás. Qué palos. Tan divertidos están que no ven que hay enemigos que los escuche. Testigos estos diamantes serán, Julia, de mi gratitud. ¡Qué se usen estos engaños! Dios te guarde muchos años. Y a ti no te dé salud. Ya que todo lo he escuchado, yo voy a Blanca a buscar. Julia, adiós, que por no dar con mi asistencia cuidado, y porque ya en el postrero término se mira el día, me voy. De mi maña fía. Pues en el jardín te espero, donde estarán prevenidos mis deseos. ¡Ah, alevosa! Diamantes, que linda cosa. Si los comieras molidos. Con ama que cause amor, a medrar muy poco viene la criada que no tiene achaques de embarrador. Yo salgo y porque advertida de mi venida no esté, de esta maula me valdré, que traía prevenida. ¿Quién está aquí? Un servidor de usted. ¿Quién es? Un soldado. Bien se ve en lo destrozado. Es el traje del valor. ¿Dónde habéis servido? En Moscovia. Vendréis ahora muy moscatel. No, señora, que antes soy uva jaén. ¿Fue la guerra muy porfiada? Sí, pero hubo gran despojo. ¿Y fue algo lo del ojo? Ahí ha sido una pedrada. Bellaco me ha parecido según las señas que da. Ella me lo pagará, pues que no me ha conocido. ¿Qué buscáis? Busco a una dama. ¿Dama? Y muy buena señora. ¿Y cómo se llama? Flora, mas no así, Julia se llama. ¿Qué la queréis dar? De amor un recado de un pobrete. ¿Quién? ¿Sois vos? Sí. De Sorbete. Sorbete, y aún sorbedor. Si oyera él palabra tal, mas ya no oye el pobrecito. ¿Murió? Como un pajarito. Él siempre fue un animal. De lo que juntaba a sisas de tu amor con la refleja, quinientas doblas te deja, con carga de cien mil Misas. Yo cien mil Misas reniego de su manda. Me he burlado. Sin carga ha sido el legado, y manda que se den luego. Quinientas doblas. Yo lloro por él. ¿Y dónde están sabes? En el arca de tres llaves de la casa del tesoro. Que burlarse de mí intenta él. Perdona este desmán, que en aquella bolsa están y se te han de dar por cuenta. Vengan. Apara en la mano. Ve echando. Así que no puedo sin recibo. A darle quedo. Ha de ser ante escribano, que dé de la entrega fe. Mientras le voy a buscar bien me le puedes fiar. Con una prenda sí haré, por testigo y por consuelo. ¿Esta joya bastará? Si es de diamantes, sí hará. Cayó el pez en el anzuelo. Con quinientas doblas rica soy, y casarme podré con quien lo inventó. Y a fe que eres aún más que bonica. Por el escribano al punto voy. Espera hasta volver. Perdona, que esto es hacer la voluntad del difunto. Digo que es muy justo. ¿Y cómo? No estoy en mí de alegría, ay bolsa del alma mía, ¡qué bien pesas! Todo es plomo. Yo le castigo el delito. Con mi mañosa advertencia le estorbo la diligencia y la propina le quito. Si está Julia por aquí, pero no hallarla no es nuevo, pues no me hallo a mí, que debo estar más cerca de mí. Esta es Blanca. El parche quito porque pueda conocerme, no le dé pesar el verme tuerto, pues no necesito de fingir con ella aquí. ¿Quién es? Señora, a un criado vuestro ya muy olvidado. ¿No eres tú Sorbete? Sí, que a servirte me dispongo. ¿Pues a qué has venido? Sabe. Blanca, mi pena es muy grave. Irene. El parche me pongo. Señora, a mal tiempo vino. ¿Qué me mandas? Vengo a buscarte, que tengo mucho que hablarte. Todo es dudas mi destino. ¿Ese hombre quién es? Sí es. Este es un pobre soldado. Puesto que se ha disfrazado, no he de decirla quién es, que limosna me ha pedido, y yo se la pienso hacer, porque me ha dado a entender que con Enrico ha servido. Por señas que el mejor ojo perdí, de dos que tenía, peleando, y desde aquel día estoy de la vista cojo. Despáchale, que tenemos mucho que hablar. También yo. ¿Qué haré? ¿Has visto a Julia? No. De mis celosos extremos el peligro satisgafo, con hacer que esta criada no la vea. Anda ocupada en una carta de pago. Vamos pues. ¡Qué hablar no pueda a Sorbete! Mira bien, que importa que te hable. Ven. ¡Qué esto a mi amor le suceda! Pero sepa lo que ignora, advierte, aunque lo he callado, que este es de Enrico criado. Con eso sales ahora. Fue de mi recato antojo encubrirlo. Y de mi amor ofensa. Tanto favor. Con eso sané del ojo. Ven, Blanca, donde informada quedes de aqueste criado de tu esposo. Ya el cuidado tiene el alma alborotada. Y bien nos podrá importar su venida. ¿Para qué? Después, Blanca, lo diré. Julia, no la has de lograr. Casi estoy por resolverme a vivir con declararme, y quizá podré ganarme, por la senda de perderme. Ya estamos en el jardín. Si en él está tu esperanza logras, dicha será. Si esta noche, Rodulfo, no se me logra, ya no tengo que esperar. Tal vez amor se conforma con el engaño, que es niño, por más que de Dios blasona. Julia tarda. La ventura nunca ha sido presurosa. A ella se la deberé, si mi fortuna no estorba este bien a mi deseo, que tanto el alma alborota. A la puerta del jardín queda Adolfo por si importa guardarme allí las espaldas, mientras vienen mis congojas a ver de Blanca las luces entre tantas negras sombras. Pero allí dos vultos miro. Escóndome entre las hojas de estas yedras, hasta ver, si es que a mi designio estorban. Después de haber dicho a Blanca que Enrico la espera ahora para hablarla en el jardín, con Irene estuvo a solas, y me han mandado las dos que busque a Otón, jerigonza que yo no entiendo, y le lleve a la fuente de la Diosa, que por nacer de la espuma fue más tierna que las otras. Que es esta que está primera, donde Blanca espera sola, y si hay traición estrorbarla, a mis lealtades le toca, y así a Enrico buscar quiero. Un hoombre este sitio ronda. ¿Quién será? Para estorbarme se ha añadido otra persona. Sin duda, aquellos dos vultos, según el número informa, serán Adolfo y Enrico. No puede ser otra cosa. Llevarle quiero a la fuente, y porque no le conozcan no he de nombrarle señor. Que lo oscuro de la noche muchos males ocasiona. Aunque ignore la persona, por averiguar su intento es fuerza que le responda. ¿Qué quieres? Blanca te espera. Blanca te espera. Que estos oigan mis finezas, el jardín harán mis venganzas Troya. Toda esta dicha le debes a mi advertencia mañosa, o pregúntaselo a Julia, por señas de aquesta joya. A Sorbetillo en la voz parece. Pues que te abonan las señas. Vamos. Si piensa que habla conmigo. La gloria de mi esperanza he logrado. Vos. Ya sé lo que me toca. Sea traición de la mudanza o del engaño lisonja, al que a pesar de mis penas aquesta dicha me roba. He de seguir y en su muerte vengar mi pena celosa. Caballero, deteneos, porque es muy dificultosa empresa el pasar de aquí. Más me ayuda que me estorba esta resistencia, pues con la rabia que me enoja, ensayado en esta muerte, no se podrá errar esotra. De esta suerte mi valor las dificultades postra. Armas en el jardín. Presto sacad luces. Ya le importa mi ayuda a Enrico. Del César acuda la guarda toda. Ya no es posible que puedan mis celos vengarse ahora, y es fuerza ser conocido. ¿Quién mi Palacio alborota? Quién tus jardines profana, pregunta; y en ellos goza a pesar de mis finezas las dichas que a mí me tocan. Registrad todo el jardín, porque mi castigo ponga fin en aquesta ocasión a acciones tan licenciosas. Yo, señor. No os disculpéis. Yo. ¡Los pesares me ahogan! Venir tan disimulado, vos, Enrico, a aquestas horas y a este sitio, es pretender deslucir vuestras victorias. Si ha de matarme el veneno que mis ansias me ocasionan adonde están mis sospechas, sus severidades sobran. El haber venido Enrico nuestros deseos malogra. Como no se encoge el César, Conrado antes se mejoran. Apartad. ¿Quién es? Yo soy. Hoy tus confianzas locas, fiadas en mi cariño, no te han de valer. Perdona, porque están muy desmentidos hierros que el amor los dora. Blanca me llamó esta noche, y fuera acción muy impropia no venir a verla quien idolatra sus memorias. Háblela por esa reja, donde mis dichas pregonan sus finezas. ¡Qué esto escucho! Pesares ahora, ahora. Yo no la puedo estorbar, que quiera ser vuestra esposa, antes quiero que sea luego. Si esto mi muerte no logra, que infame tengo la vida. Pero castigar me toca después en vos el delito, que este escándalo ocasiona. Llamad a Blanca. Ya voy. ¡Posible es que en tan heroica mujer quepa tal mudanza! Con su favor no me asombra ningún peligro. Estas voces hacen que mis ansias rompan por los fueros del recato, por si hallar Enrico logra mi deseo. Aquí está Blanca. ¿Blanca? ¡Qué miro! ¡Ah, traidora! Ya es tiempo que vuestra mano fin a tantas pena ponga, y a tantas desatenciones. Ya que ha vuelto de Moscovia Enrico, si antes fui suya, no habrá duda en serlo ahora. ¡Duda, ay, y grande! ¿Qué escucho? Es que Otón dice otra cosa. ¿Qué puede decir Otón? Que vuestros favores logra. Por señas de esta sortija, que mis verdades apoya, que aquesta noche me diste. Pues miradlo bien, que es de otra. Veamos la sortija. A Irene le di yo aquestas memorias. Llamadla. Ya de su engaño temo la traición. Ya cobra nuevo aliento mi esperanza. Señor, yo. Basta. Perdona, que por la amistad de Blanca, viendo lo que a Enrico adora, que este engaño he dispuesto. Y porque. Bien lo pregona el suceso, no lo digas, el disimular importa. ¿Si habrá parecido Enrico? ¿Si estará aquí el de la joya? Blanca, da a Enrico la mano. Y tú, Otón, de Irene logra la dicha, pues reconozco que por más que se le oponga, no hay contra el amor poder. El alma a sus pues se postra. Victoria por mi fineza. Por mi esperanza victoria. Dejando a Enrico casado, gustoso vuelvo a Moscovia. Feliz el suceso ha sido. Otón de dicha mejora. Julia, solo es el casarnos camino de dar la joya. Aunque pierda la paciencia, por cobrarla seré novia. Y aquí Senado discreto da fin con estas tres bodas. No hay contra el amor poder. Perdonan las faltas todas.
