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Texto digital de No hay castigo contra amor

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan de Cabeza
Atribución estilometría
Juan de Cabeza Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de la edición de la Parte I de Comedias del maestro Juan Cabeza (1662).

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay castigo contra amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/no-hay-castigo-contra-amor.

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NO HAY CASTIGO CONTRA AMOR

JORNADA PRIMERA

Pues entramos sin recelo, cierra esa puerta, Barbado. Yo soy caricaponado, mi nombre no viene a pelo; mas mi nombre no discrepa del linaje donde voy, porque has de advertir, que soy Barbado, y de buena cepa. Pero sea lo que sea, infórmame con qué fin por esta puerta al jardín entramos de Timoclea. Y no de esto te alborotes, porque en cáminos tan malos, si nos cogen; no habrá palos, mas nos darán dos garrotes. Pues óyeme los despojos del dolor que he padecido. Di, si quieres ser oído, y todo yo seré ojos. Gazando mi padre Arturo la Corona de Bretaña, cuyo laurel, por su muerte, ciñe mi frente, y en! con Eusebio, que regía las dos Águilas doradas, que en el Reino de Borgoña su cetro, y corona esmaltan, tuvo una guerra reñida, aunque no diré las causas, que no importa para el caso saber esa circanstancia. Duró seis años la guerra, porque tuvieron cercada a Bretaña treinta meses; y era la cólera tanta de los valientes Britanos, que viendo que les faltaban para comer, el bizcocho; y para defensa balas, una tarde, que cansados de haber hecho gran matanza los valientes Borgoñones, no prosiguió la batalla; tomaron los cuerpos muertos, que dentro de la muralla les sirvieron falleciendo, de fuerte trinchera humana, y sajando sus heridas, por ellas todas las balas les sacaron, y comiendo de la carne que quedaba, les sirvieron a los vivos para dos cosas contrarias, pues valiéndose del plomo, es ya cosa declarada, que les sirvieron después en la sangrienta campaña, los cuerpos, para vivir, y para matar, las balas. Después que los de Borgoña con arrogancia bizarra gastaron la munición despojando vida tanta, conocieron los de adentro, que las balas les faltaban, con que cobraron valor, y tan apriesa arrojaban las balas, flechas de fuego; que cubrieron con sus ascuás todo ese vago elemento; tanto, que ya sospechaban los soldados de Borgoña, que de su centro bajaba aquesa región de fuego, porque eran las balas tantas, que a ser el Cielo capaz de quemarse, ya abrasadas estarían sus estrellas con la munición pesada. No viste en el Julio ardiente, desde alguna nube opaca enfurecidos los Cielos flechas arrojar nevadas? Viste en el Diciembre frío esa celeste compaña nevar con copos las flores; que son garzoras de plata? Pues así la munición, para matarlos, bajaba tan espesa, que si fueran las balas frías, y blancas, los soldados de Borgeña sospecharan que nevaba, Y si acaso no llegó alguna bala arrojada aquitar alguna vida, fue, porque sobió tan alta, que con el impulso fuerte se quedó al Cielo clavada. En aquesta ocasión, pues, desecha ya la batalla, prendieron al Rey Eusebio de Bargoña, que al ver tanta desdicha en toda su gente, y que solos le quedaban siete soldados con vida; sobre una yegua nevada intentó huyendo librarse de la gente de Bretañía. Mas era tanta la sangre, que la campasia regaba, que el correr era imposible; y así, la yegua de plata pareció espuma de aljófar sobre el arroyo de nácar, que dividiendo lo denso de la sangre encarrujada, vivo bajel fue de nieve, que en el roficler nadaba. No pudo escaparse el Rey, tuviéronlo en el Alcázar del Palacio de mi padre seis años preso en Bretaña. Y después, cruel mi padre, mandó a un verdugo en venganza que le sácara los ojos públicamente, desgracia que yo solo la padezco, pues después de tanta saña mandó llevarlo a Borgosía, cuya corona dorada tiene sobre su cabeza, y ciego la rige, y manda, Dejemos aquí mi pena, y vamos a lo que causa este dolor que padezco; esta desdicha, estas ansias. La Princesa Timoclea, que en hermosura, y en gala, único sol de Borgosía, al del Olimpo aventaja, ha de casarse, y por eso publicaron unas cañas en la Corte de Borgoña; a cuya ocasión, y fama vino el Daque de Florencia con el Príncipe de Francia, que hoy pretenden enlazar su corona de esmeralda con el cetro de Borgosía, teniendo la mano blanca de Timóclea: estos celos me oprimen, hielan, y matan. Supe yo en Bretaña el día, que las cañas se jugaban; y prevenido de plumas; Caballos, Pajes, y galas, vine a Bargoña encubierto, y cuando ya el circo estaba poblado de Caballeros, y coronado de Damas, provocado del clarín vine a la arenada plaza; pero luego que llegué, parece que los llamaba con el relincho el caballo, y con mi valor mi espada. Orgulloso el Francés, luego a mi lado se me planta, con que corrimos parejas; mas fue tanta la ventaja, que en seis pasos le llevé, que el caballo del de Francia pareció mosquete ardiente, y mi caballo la bala, que disparaba su fuego: mira ahora la distancia que hay del mosquete que arroja, hasta la bala arrojada. Esperelo que llegase, y embrazando las adargas, tiré la rienda al caballo, dejelo cobrar ventaja, y a diez pasos le arrojé con tal violencia una casia, que clavada le arrancó con tal fuerza la celada, y como llevaba plumas pareció ligera Garza, que remontando su vuelo a la región estrellada, en el Sol quemó sus plumas, y river quemadas sus alas, en medio el circo arenado vino a caer chamuscada. Quedó el Príncipe corrido, dejó al instante la plaza, y quiso entonces su agravio apelar a la venganza; pero no logró su intento, porque encubierta la cara llevaba con la armadura desde el copete a la planta. Aplaudiéronme la acción los Caballeros, las Damas, y la hermosa Timoclea, que atenta a mi acción estaba, la cual quiso allí probar, si en la reñida batalla era dicha en mí el valor, si en el Príncipe desgracia. Mando sacar un León, y un Tigre con piel mosqueada, coronáronlos de flechas, cuyas puntas aceradas los provocó a la pelea, pues luego el León con saña arrugó el cuello erizado, tendió la melena parda, centellas hizo los ojos, afiló sus diez nabajas, enárbolo sus guedejas, y altivo fijó la garra. El Tigre escuchó el rugido, torció su testa erizada, afiló el márfil broñido, enmarasó su piel blanca, partió su hócico de nieve, y al ver que lo provocaba la trompeta del rugido, y el clarín de la amenaza, al León acometió, el cual como lo esperaba, diole lugar a poner sobre sus cuerpos las garras, y a que cebase el márfil en su testa enmarañada, Asiole tan fuertemente la boca con sus nabajas, que al arrojarlo el León al aire con furia brava, con el Tigre subió unido; y tal cólera llevaban, que tuvieron por un rato en el aire la batalla. Cayeron después soberbios, y llegaron con tal rabia, que cayó el León asido con sus dientes a la espalda del Tigre, y este cosido con la melena rizada del León, y tan cebados, con sus dos presas estaban, que el aliento detenían para no ocupar el alma. Viendo aquesto la Princesa, mándome, que con mi espada hiciera dejar las presas a las dos fieras contrarias. Saqué el acero bruñido, y en la primer cuchillada cercene las dos cervices desde el cuello a la garganta; y fue con tanta presteza, que como unidos estaban el Tigre fiero al León, y aqueste a la piel mosqueada, desunidas las cabezas lamentaron sus desgracias, de tal suerte, que juzgaron los que estaban en la plaza, que el Tigre, León rugia, y el León, Tigre bramaba. Lléveme todo el aplauso, y la Princela esta banda me envió con un criado, diciéndome, la buscara en Palacio, que quería verme; por aquesta causa me valí del jardinero, que de aquesa puerta falsa me dio la llave, que como al Rey Eusebio en venganza sacó mi padre los ojos, el llegar aquí a las claras era notorio despeño, y soberbia temeraría. Esto me trajo al jardín, esta voluntad me arrastra, estos cuidados me llevan, esta Princesa me llama, estos infortunios temo, aqueste amor m esta desdicha me aflige, y aqueste dolor me mata. Según eso, la Princesa está ignorando la traza de haber entrado al jardín? Aqueso es cosa asentada. Pues qué consigues con eso? Solo consigo el hablarla, porque yo tengo noticia, que todas las tardes baja a los jardines gustosa, y en ese estanque de plata deja corrida a la nieve, cuando en su cristal se baña. Pues como podrá saber, que tu fuiste el que en la plaza diste la muerte a las fieras? Confesaralo esta banda, que me dio su Alteza. . Temo, que si en el jardín nos hallan nos han de empalar. No temas, que su Alteza es tan bizarra, que nos librará de todo. Viven los Cielos, que es trampa! no caíste ya en la liga? pues verás como nos cazan. He de quitarme la vida, no me detengas, Lisarda, que es violencia para el pecho parar solo en amenaza. Retírate acá, Barbado, que entre las rosas de nácar podremos bien encubrirnos, hasta descubrir la causa de estas voces, de estos llantos, de estas penas, de estas ansias. Aunque me retiro advierte, que cumpliré mi palabra. Intento pasarme el pecho, Deje su Alteza la daga, que es arrojo temerario, y violencia es excusada. Causas, Lifarda, me sobran; para que yo derramara el rosicler de mis venas, cuando mi Padre me casa con Ludóvico, heredero de la Corona de Francia, que aunque el Duque de Florencia pretende con mucha gala mi mano, quiere mi Padre, que la Corona dorada de Borgoña, el laurel junte con las tres Lises de nácar, que aunque yo no adoro al Duque, es violencia temeraría hacer que me case yo, con un hombre, a quien el alma me lo acuerda a la memoria solo para que las jaras padezca de mis desprecios; y primero en voraz llama la mano me abrasaré, que se la entregue turbada a ese Príncipe Francés, que después que vi en la plaza aquel hombre, que arrogante le hizo volar la celada hasta la hoguera del Sol con la flecha de una caña, estoy, Lisarda, sin mí, estoy, Lisarda, sin alma, los instantes se hacen horas, y tan a espacio se pasan, que parece, que el Sol vuelve atras su coche de plata. Ya sabe, que yo lo adoro; mas me parece, que tarda en verme, que el conocerlo es fácil, con una banda, que enlaza mi voluntad, y su voluntad enlaza. Y si acaso es hombre bajo? Darle yo lo que le falta de aquello que a mí me sobra; pero es cosa más que clara, que hombre de tanto valor, será de esfera más alta que el Sol, cuando en un flechazo turba su luz empinada. Sea tu gusto el primero. Déjame sola, Lisarda, que para quien tiene penas la compañía estimada es la soledad, y harás, que desde esa pieza baja canten las damas on tono, que yo en la florida amaca de flores, gozar intento de su frescura, y fragrancia. Ya gustosa te obedezco. Y yo me quedo turbada. . Sola quedó Timoclea, y el puñal con que intentaba pasarse el pecho clavado en la alfombra de esmeralda. Con las cabezas pagamos, si nos cogen en la trampa. Yo diré quien soy entonces, no te turbes, que esto basta. A ese susto, qué cabeza no se quedará cortada? Un instrumento se escucha, y sus cuerdas concertadas con su voz, piden silencio. Mudo sor. Barbado, calla. Vive el Cielo, que has de hacer que yo me pele las barbas. Los Príncipes con sus mañas jugaron cañas muy fuertes, y nos pareció en sus suertes, que no fueron malas cañas. A lo suave del eco se ha quedado la Princesa dormida, salir podemos. Eso es hacer que nos vean. Has visto acaso jamás, cuando el Sol, antorcha bella, está muerto, desde el Cielo tanto alumbrar las Estrellas, que con solos sus reflejos se conozcan en la tierra las personas? . No, señor. Pues sabe, que Timoclea es Sol en su Cielo hermoso, y que el celeste Planeta es en su comparación una antorcha muy pequeña. Padre, y señor, el casarme con el Príncipe que intentas, es dar un veneno al pecho, y a la garganta una cuerda. La Princesa llora en vano, que el Francés, como se ve, aunque llegó con mal pie, es quien llevará su mano. No llevara, que primero ha de ser mi mano aljaba, que me arroje aquesta flecha, para que me quite el alma. Pero quién está aquí dentro? quien con valentía osada pisa el clavel encendido, y la mosqueta de plata? Deme ese poñal su Alteza, no quiera con tal venganza, cuando estoy ya medio muerto, dar una herida en dos almas. Lisarda. Lesbia, criados, acá llegad con presteza, porque mi vida peligra sino llegáis. . Timoclea, señora del Orbe entero, y de mi vida Princesa, no me conocéis? mirad, que me hacéis mui grande ofensa, cuando puedo blasonar de que tengo prendas vuestras. No hay quién os quite la vida? Como el Cielo con centellas no os reduce el alma luego a una pequeña pavesa? Federico, Aurelio, Octavio, cómo tardáis? . Vuestra Alteza mire que soy: . Ya mi padre, con el Duque de Florencia, y el gran Príncipe de Francia, con plantas veloces llegan. Aquí he de perder la vida. Qué brava zurra nos pegan! Poder de Dios, y qué caras! digo que son tres muñecas, si la pegamos de puño, y no nos dieren dos vueltas. Una ficción he pensado. Qué es aquesto, Timoclea? Un hombre con un pañal. Toda turbada su Alteza. No sé lo que diga, hay, Cielos! No sé lo que diga, hay, penas! Hombre infeliz, el que fueres: Hombre sin alma, el que seas: Dime quien eres. . Pronuncia lo que a tal acción te alienta. Si lo miran a las uñas, que es sastre de la Princesa conocerán. . A qué viene al jardín? aquí qué espera? Solo debe de esperar, que le den alguna selpa para hacer alguna gala. El fingir así yo es fuerza . para encobrir la verdad, que con esto no se arriesga sino el matar a esos hombres, que me turban, y me alteran. A lo suave del eco, que las voces, y las cuerdas esparcian por los vientos con dulce unión, y suspensa, quedé dormida en la alfombra de tanta hermosa azucena, que con aljabas de plata arrojan al Sol sus flechas, cuando por esas paredes, que muralla al jardín cercan, entraron esos dos hombres, y según miré las señas, del Príncipe de Bretaña son vasallos, pues intentan con ese puñal agudo matarme, porque conserva en su pecho los rencores de aquellos antiguos temas, que hoy a mi padre infelice entrambos ojos le cuestan. Vuestra Alteza mire bien lo que dice, y noble advierta, que es mi señor, si se atiende a sus famosas empresas, Caballero de la banda, o. miradle el brazo, Qué ciega lo culpé, cuando mi vida está a su pecho sujeta! el Caballero que anduvo en la arenada palestra tan bizarro, es el que miro, bien su brazo lo confiesa. No soy vasallo, no sos, de la Bretaña diadema el Príncipe mismo soy, que amante de la Princesa; sigo girasol sus rayos, pasadme el pecho, a las flechas de vuestros aceros; pero si adoráis a Timoclea, no lleguéis al corazón, sino la queréis ver muerta: Muera el traidor atrevido. El traidor cobarde muera. Dejadlo, no lo matéis, que en tan conocida ofensa, será para castigarlo más fuerte espada mi lengua, Por no escucharlo me voy; pero yo haré con cautela, que el Príncipe de Bretaña corone mi frente excelsa. . Sois Príncipe, desatento, pues venís a mi presencia, bien el advertirlo siento, pero es grande mi paciencia, si es grande el atrevimiento. Los ojos, cobarde, y lego, quitome en fieros despojos vuestro padre (qué despego!) él obraba como ciego, yo quedaba sin los ojos. Fue diligencia malquista, como lo pronuncia el labio; pero no, que en tal conquista; para no mirar mi agravio, bien me dejó sin la vista. Túvome en prisión, y en penas del Sol con fieros destierros, y en desdichas tan ajenas, para cargarme cadenas cada instante hacia hierros. Mirad si tengo razón de quejarme aquí travieso, pues al ver su sinrazón; conozco, que mi prisión fue cosa de mucho peso. Y voz, rapaz atrevido, delante de mí os ponéis? sabéis que soy el que he sido, mas de atrevido tenéis lo que yo de muy sufrido. Safrido soy, bien repara de mi pesar el despojo, porque en desdicha tan clara, decidme vos quien callara mirando el agravio al ojo? Dejarme así, fue libraros de ser yo vuestro homicida, porque son discursos claros, que yo os quitara la vida, si yo llegara a miraros. En calos que son tan fieros, no hay cosa que a mí me cuadre, y si esto es aborreceros, sabed que por vuestro padre jamás he de poder veros. Apartaos de mi furor en tan sagrienta conquista, porque en tan fuerte dolor, sino os encuentra la vista os encontrará el valor. Atento llegué a escuchar todo lo que pronunciáis, y es lance muy singular, que haya podido llevar todo lo que me cargáis. Que los ojos os saco mi padre decís, bien siente mi pesar lo que os pasó, no anduvo como prudente, si en dos niñas se vengo. Porque mi pesar exceda, no es bien que su acción me cuadre, y aunque su maldad conceda, el hijo bueno no hereda las maldades de su padre. A vuestros pies, gran señor, postrado me contempláis, máteme vuestro valor, porque si no me matáis me matará mi dolor. Aunque parezcan sed aquí vos mi homicida, llevad mi vida en despojos, pagaré con una vida el quitaros los dos ojos. Levantad, si así os postráis de aquel yerro arrepentido. Cómo cuerdo perdonáis, que como me veis caído, por eso me levantáis. Aunque su Alteza así alterca, ya te perdono en revista, y al ser de condición terca, él piensa tenerte cerca, mas no te tiene a la vista. Los deseos bien mirados haced, porque yo respondo Casados por la Princesa. estarán, si tienen fondo, pues tendrán muchos estados. Yo, pues, con vuestra licencia, digo, que ciñe mi frente, por muy legítima herencia la Corona de Florencia con su laurel eminente. Conquiste las fortalezas de Holanda, que el valor manda, y saqueando sus grandezas, cogí sus tiros, que Holanda suele tener lindas piezas. Los Milaneses turbados, un millón, por conveniencia, me pagan, y otros Estados, que al Ducado de Florencia le pagan muchos ducados. Todo lo que digo es llano, mas mi amor más interesa; pero es mi propuesta en vano, que es tan alta la Princesa, que no alcanzaré su mano. Mi frente, que no blasona, aunque mira tal ganancia, desde la una a la otra zona, todo el Estado de Francia con sus Lises le corona. Con imperio soberano, cuando aqueste Cetro empuso, a todo Frances, es llano, que con su valor, mi mano lo tiene puesto en un puño. Para el Moro, soy desdoro, que mi fortaleza es diestra; y aunque así mi valor doro, solo en pensar en mi diestra, dicen, que tiembla el Rey Moro. Y así, no deis al olvido la propuesta que os he hecho. Este pisa muy torcido, y juzga tiene derecho; pero él se verá caído. A vuestro noble albedrío estoy, señor, tan sujeto, que lo que pareció mío, es vuestro, así lo prometo, y así en eso no me fío. Aunque en Bretaña mi espada sustenta el dorado Cetro, de propuesta es excusada, porque yo no hacia nada en proponer lo que es vuestro, Si algo llega a merecer a la hermosa Timoclea, es mi amor de tal poder; que pasa en lo que desea aún más al á dal querer. Aqueste es el bien prolijo, que propongo a tal beldad, y en aquesto no me aflijo, porque este, señor, es hijo solo de mi voluntad. El Bretaño está excluido por aquella antigua guerra. No cabe en nuestro partido. Si su Alteza me destierra, será el desdén admitido. Príncipes, claro se advierte vuestro mérito, y razón; la Princesa lo concierte, que ella puede dar la suerte a quien diere la elección. Luego electo ha de quedar su esposo, y aquesto es llano, no queráis desconfiar, que ella puede levantar al que le diere la mano. . Si hará la elección de mí? . Si seré yo desdichado? Mucho al verme merecí. Por Dios, que no viene aquí aquello de en ruin ganado. La Princesa con sus Damas, y la Música, a este puesto llega hermosa, que dureza no se ablanda a sus reflejos? Adviértase, que no en vano fue el descuido en este instante, que quien da fácil un guante, cerca está de dar la mano. Yo el guante he de levantar. Solo yo debo cogerlo. Ya lo tengo yo en mi mano para quitaros de pleito: el guante tome su Alteza, que aunque ha sido atrevimiento, cuando a material vapor no están los Cielos sujetos? Quedaos, Príncipe, con él, y el guante mirad atento, que si sois prudente, en él advertiréis a quien quiero. . El guante me habéis de dar. Que a mí me lo deis pretendo. Pedidlo, si lo queréis, a la punta de este acero. Todos tres están borrachos, pues se cascan por un cuero. Aunque fuerais muchos más, teniendo el favor que tengo, eráis pocos. . Solo basto con este acero sangriento para que sepáis quien soy. Ya llega el Rey acá dentro; habrá de irles a la mano, como tengo cinco dedos. Príncipes, que desacato, Príncipes, qué atrevimiento es el que miro en vosotros? Vive Dios, que miente el viejo, que él no mira lo que dice, que aunque lo claven a él mismo, no le harán abrir el ojo. Los aceros ya suspensos os obedecen. . Ya mudos se miran a vuestro imperio. Pues no lo hicieran así, que el buen viejo Nicodemus tiene muy famosa mano, y diera palo de ciego. Así disimulo el caso, porque si fueren atentos los Príncipes, pasarán este noble fingimiento. Decidme, por qué razón ha sido el sangriento empeño? Cómo los Príncipes son de los hermosos luceros de la Princesa, abrasadas mariposas, con sus celos quisieron saber de mí, como a los jardines bellos pude entrar de Timoclea; yo, que no sufro recelos, con mi espada respondí a su honrado atrevimiento, Con esto a saber no llega lo que Timoclea ha hecho dejando caer el guante. Bien la ficción ha dispuesto. Bien ha encubierto el engaño. Bien la verdad ha encubierto, Duque, venid vos conmigo: Ludóvico, haced lo mismo; con aquesto los divido, y consigo con aquesto, que no tengan otro enfado. Gustoso seguir pretendo. Y yo te sigo también. Pues los Príncipes se fueron, y los dos quedamos solos, ahora el guante miremos, porque la Princesa dijo: el guante mirad atento, que si sois prudente, en él advertiréis a quien quiero, Sin duda, en algún papel, con sus rasgados bosquejos, dirá a quien adora. . Mira, que como es guante, habrá dentro una mano de papel. Así, Barbado, lo advierto, un papel hay, así dice, con mudo, y rasgado acent Esperéis a las diez en ese jardín ameno, cuya puerta sale al Parque, porque yo tengo dispuesto arme con vos esta noche; y prevendréis, como el viento, dos caballos: no faltéis, y guardeos, Príncipe, el Cielo. La Princesa Timoclea. Su gusto seguir intento. Y si en Palacio te cogen con el hurto? Está muy lejos el hallarme en la ocasión; que si eso fuera, los riesgos no emprenderían los hombres; y cuando en aqueste puesto me hallaran, no confesarlo. Si nos hallarán, sospecho, que el confesar fuera fuerza. Barbados fuerte tormento es el amor, que me tiene a la Princesa sujeto. Mas qué quiera una Princesa salirse a la flor del berro! Ve, apareja dos caballos, y no te pongas en eso, que yo he de seguir mi gusto, y junto a los verdes fresnos, que están a los Capuchinos, los lleva, que yo aquí dentro esperaré a Timoclea, que ya va llegando el tiempo, que señala en el papel. Al instante te obedezco: voy como un gamo a servirte; y a buen librar en mi empeño, he de salir con dos potros: pasado el Parque os espero. No tardará Timoclea, porque el Reloj de San Diego; que está arrimado a Palacio, tocó las diez ya, sospecho, que seguirá la Princesa sus artificiales ecos. Mas ya parece que sale, pues en su pequeño Cielo van ahuyentando las sombras sus dos vivientes luceros, Príncipe, señor, bien mío. Señora, mi bien, mi dueño. Alfonso, luego partamos, que aunque todo está en silencio, al jardín sale mi padre a gozar del manso aliento, que respiran los claveles por esos aires de hielo todas las noches, no pierdas lo que estorbar puede un riesgo, pisemos las negras sombras. Tu buen dictamen apruebo, mas llevándote conmigo, no hay sombras que me den miedo, porque cuando al Sol turbaron umbrosos atrevimientos? Mueve la planta veloz por ese postigo abierto, que para hablar otras cosas la ocasión nos dará tiempo. Príncipes, cuidadoso os busqué aquesta neche sin reposo; porque aquí Timoclea su esposo ha de elegir; y aquel que sea ha de enlazar su frente con la Corona excelsa, y eminente de Borgoña, en su daño de la elección el Príncipe Bretaño se mira ya excluido, que de su Reino estoy tan ofendido, que con fieros arrojos, para llorar la pena estoy sin ojos, Ya Timoclea tarda, que le avisara dije ya a Lisarda, las plantas acá mueve, calle de los jazmines tanta nieve, Apenas me mandaste, y con nobles razones me obligaste para buscar ligera a Timoclea, que es de aquestos jardines Amaltea, busquela como viste, entro en su cuarto, no la encuentro, trist miro todo Palacio, desde el mayor al más pequeño espicio en todo él no parece, mas al buscarla la lospecha crece; advierte lo que pasa, porque se dice en casa, que el Príncipe Bretaño la ha llevado a su eftado con engaño; yo te doy este aviso diligente, atajales los pasos tu prudente. Estas canas de plata enmarañen las flores de escarlata: hay infelice suerte! o segara la muerte esta vida en despojos, porque veo el agravio, aunque sin ojos! Invicto Eusebio, que el laurel corana de la diadema ilustre Borgoñona, no te aflijas, señor, que ese atrevido a tus plantas verás, y tan rendido, viendo su infeliz suerte, que juzgo ha de morirse solo en verte. No te aflijas, señor, que aunque en su cumbre lo encubra astuta la Febea lumbre, subiré a sus reflejos, y rompiendo del Cielo los espejos, en el Sol fulminante lo abrasaré soberbio, y arrogante, y apagando del Sol la antorcha bella, no dejaré centella, de tal suerte, que el mundo al ver de sombras tanto caos profundo, sepa, conozca, admire, y note sabio, que se toma venganza de tu agravio. Príncipes nobles, en vosotros fío mi venganza, que soy cadaver frío, y si no aquestas canas, cautelas tan villanas, aunque son nieve al bellas, se arrancarán, vengándome, centellas. En mi palabra fía. En mi valor, que es grande, te confía. Con eso voy contento, porque vosotros me infundís aliento, En esta alfombra de flores, cuyo coral fino riega ese arroyo, que del mar huye con pasos de perlas, puedes descansar, bien mío; mientras la menuda hierba pacen mansos los caballos, que en ese prado; a quien cerea tasgo de plata, que el mar con sus cristales bosqueja, los tiene Barbado. . Estor de mirarte tan contenta, que no es pena ya el cansancio, que no es pena ya la pena. La música de las aves este tiempo te diviertan, que ya con picos de aljófar parece que se gorjean; y parece, que han sabido que eres la hermosa Princesa, pues cuando cantan suaves, dan muestra de que se huelgan de que los escuche, mira en aquesa mata crespa, que está preñada de rosas, como un gilguero se queja de que no lo entiendes, oye como a compás gargantea aquel Ruiseñor suave. A señora, a Timoclea; quedó dormida a los ecos de las avecillas tiernas, que en su capilla de pluma dejan las flores suspensas. Voy a buscar a Barbado, para que luego prevenga los caballos, que del mar pacen la orilla de arena. . Por entre estas celosías, por donde suele Amaltea del mar mirarse al espejo, escuché una voz tan cerca, que no puede estar muy lejos el sujeto que la alienta; más bien dije, pues aquí; sobre la menuda hierba dormida está una mujer, y tan hermosa, tan bella, que el Sol no luce en el Cielo, porque ella luce en la tierra; Despertarela, y pues tengo prevenidas las galeras, llevarela al gran señor: mujer dormida, despierta. Príncipe Alfonso, mi dueño, esos brazos lazos sean, que enlacen entrambas almas; pero qué miro? quién llega a tocarme? quién se atreve, siendo suprema Princesa de Borgoña, y de Bretasía a mirarme? . Ya os esperan dos galeras prevenidas, con cuyas plumas de tea por el agua volaréis desde el cristal a la selva. Pues qué intentáis con aqueso? Llévaros, para que os vea el Rey de Constantinopla. Y si lo contrario os ruega una mujer infelice? No habrá ruegos que me venzan. Y si los ojos lo piden con lágrimas de azucena? Doblarme será imposible; yo busco la dicha vuestra, porque luego que lleguéis, mirándoos el Rey tan bella, en vuestra frente de nieve pondrá dorada diadema; y así, venid ya. . Primero daré a una punta sangrienta el pecho. . Venid señora, porque no tenéis defensa, que lo que no puede el ruego, habrá de obrarlo la fuerza. Alfonso, dueño del alma, Príncipe mi bien; qué esperas? Montes, flores, valles, prados, riscos, montañas, y selvas, defended a una mujer, que mover puede a una peña. No te han de valer las voces. Mi bien, señora, Princesa: Mas qué veo? más qué miro? faltar de aquí Timoclea, estar las flores ajadas, y la alfombra descompuesta! Alfonso, ducño querido En el mar las voces suenan. Pero qué miran mis ojos! a Timoclea se llevan cuatro Galeras de Moros: o, caigan de esas esferas cuatro rayos, que me partan! por dejarla yo, va presa. Tú cometiste el delito, y ella es la que fue a galeras. Timoclea, dueño amado: Afonso, mi vida entera. Cómo te apartas de mí? Cómo me voy, y te quedas? Porque he sido desdichado. Porque infeliz me contemplan. Olvidararme? En mi vida. Pues firmeza. . Pues firmeza. Arrojarme intento al mar. Ese arrojo no aprovecha. Cómo te vas tan aprisa? Una violencia me lleva. Mas no es mucho que camine, pues van soplando las velas los suspiros que yo exalo, y buscan a Timoclea. Adiós, Alfonso. Qué es esto? ya por la menuda arena la va perdiendo la vista: denme los Cielos paciencia. Adiós, Príncipe querido. Adiós, querida Princesa: ya la perdieron los ojos, y ya no alcanzan a verla. Pues como ella no te alumbra; si dice, que anda con velas? Timóclea. Alfonso. . Aguarda que por la nieve deshecha quiero seguirte. . No es fácil, Si lo será, que a las breñas esta atada una faluca, que aunque se mira mal puesta; en ella intento arrojarme, y por esa senda incierta trepar a Constantinopla, que aunque los Moros me prendan, como estoy sujeto ya a la divina belleza de Timoclea; podrá tener justicia primera; a que yo sea su esclav conmigo, Barbado, entra en la faluca, y seguirme en esta derrota es fuerza. Tu juzgas que yo soirana? pero vamos, ropa a fuera. Y conocerá el mundo mi firmeza, que amor todos riesgos atropella. Y JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA

No llores, noble Cristiano. Cristiana hermosa, no llores: Porque si lloras me matas. Porque eclipsas tus dos soles. Témplate en el triste llanto: Témplate en tantos dolores: Porque el cristal que derramas: Porque el aljófar que corre.- Por esa tejida nieve: Por esas hiladas flores: A una peña ablandar puede. Puede quebrantar un bronce. Si es por mirarte cautivo: Si es por verte en las prisiones:- Te ofrezco por Alá Santo: Te aseguro, por mis Dioses: Que antes que la Aurora hermosa: Que antee que el Febeo coche: Borde seis veces la selva: El prado seis veces borde: He de poner en tu frente:- He de hacer que te coronen: De Constantínopla el lauro. Por Reina de todo el orbe. Si yo lloro, hermosa Mora. Si yo lloro, Moro noble. Qué miro, Cielos Divinos! Son verdades, o ilusiones? Timoclea es la que veo. Que es Alfonso no se ignore. Por qué te suspendes? . Cómo el hilo de tus razones. rompiste? . Porque turbada, después que no hay quien estorbe los ojos, miré confusa. a quien adoro conforme. Porque después que los ojos, sin las sutiles prisiones se miran, reconocí a quien me sujeta dócil. Que me quiere, es cosa cierta. No dudo yo que me adore. Porque su lengua lo dijo. Porque lo dijo su informe. Pues sus lágrimas cesando: Pues cesando sus dolores: Mostrolo bien la alegría: El gozo lo dijo a voces: Que tuvo al mirarme Venus. Que mostró al mirarme Adonis, Porque veas cuanto aprecio el verte dentro en mi Corte, hoy quiero, Cristiana bella, que en esa mesa de flores. comas conmigo: voy luego a prevenir lo que importe. Porque veas cuanto estimo mirarte en este Holizonte, hoy quiero, galán Cristiano, hoy quiero, alentado joven, que comos conmige: voy por los manjares más nobles. . Qué llego, mi bien, a verte! Qué llego mi bien, a hablarte, Dicha ha sido el encontrarte. El encontrarte fue suerte. Dame, bien mío, los brazos. Y también el corazón. De dos almas son unión. Sean de dos almas lazos. Qué bien mi señor se enlaza! y aunque ahora se defuñe, así con ella se une. que en todas cosas la abraza. Cómo a mirarte llegue? Porque yo dichoso fui. Yo la dicha tuve así. Pues de aqueste modo fue. Apenas sobre el cristal voló sin a las de pluma aquella. Garza de espuma, ave de pino neutral. Luego que en tiernos gemidos, llenando el aire de quejas, vino el llanto a mis orejas, y el lamento a mis oídos. Vicurioso entre unas breñas, cuyos erizados troncos, les eran puntales broncos a las casas de unas peñas; porque leve no se pierda, una faluca a una reca. atadas pareció loca, mas yo la tuve por cuerda. Cuando vi que sepultaba tu voz el mar, parecía, que al instante se sorvia recos que bostezaba. Y así yo, dejando galas, en la faluca, cual ves, empecé a correr sin pies, empecé a volar sin alas. Y tan arriba volaron las velas cuando subieron, que como velas ardieron, cuando al Sol mismo llegaron. Y yo llegué con desvelo al mismo Cielo en mi suerte, que si no fuera por verte, pude quedarme en el Cielo. Y para doblar mi pena, de aquesas esferas bellas arrancaba las estrellas, y las plantaba en la arena. A esta Ciudad aportaron mis deseos con aliento, y al soplar traidor el viento, los Moros me cautivaron. Sus intenciones no alabo, porque fue vana su acción, pues antes el corazón era, bien mío, tu esclavo. Y no son estas dobleces, porque al mirarme sin calma, estando sujeta el alma, estoy cautivo dos veces. Y te adoro de manera, que aunque con tanto desdoro no me prendiera aquel Moro, yo mismo acá me viniera. Pero me veo en gran mal, porque esa Mora me adora. Cuerpo de Dios! a la Mora, que se vaya a su zarzal. Y yo, que me adora el Rey, puedo, mi bien hacer algo Enviarlo a espulgar un galgo, que es Moro, y de mala ley. Fingiré, mi bien, con yerro, que lo adoro. Haré lo mismo. Quererlo era barbarismo, porque fuera darte perro. Tiemblo al mirarlo delante. Ya salen, pena pesada! Mirándolo estoy turbada. Qué mucho si trae turbante! Por vuestro Cielo divino hoy intento regalaros. Si os regala, ha de abrasaros que él juzga que sois tocino. En este convite franco es el manjar corazones. Si os convida a requesones, os convida a manjar blanco. En esta silla de rosa siéntate, joven, sin pena. Y en aquesta de azucena siéntate. Cristiana hermosa. La música con su acento pueble los aires sonora. Ya me da celos la Mora. . Ya del Moro celos siento. Un arroyo en el Agosto corre por guijas de plata, y las rosas que lo encuentran en sus cristales se bañan. Parece que estáis turbados. No son estas marabillas, que después que les dio sillas les procura los bocados. Los Moros son poco castos. Cuándo venisteis vos? . Herí. Decid quién sois? Patam perrí. Y seréis. . Él tres de bastos: y si acaso salgo a plaza, no hay hombre que me trabuque, porque en el qjuego del truque nunca suelo perder baza. Sois Bachiller? . Y con orla: y aunque mi lengua se mirla, con una valiente virla os daré yo a vos la borla. De dónde sois, sin desdoros? De Moros sol, caso es llano. Pues decid, no sois Cristiano! Sol Cristiano, y sol de Moros. Aqueso es contradicción. No lo llegáis a notar, que yo os nombre mi lugar, Moros está en Aragón. En vuestro oficio codicio, que os den ya que trabajar. Yo juzgo, que no he de hallar cosa que hacer en mi oficio. Por qués decid. Son muy tercos los Moros, bien lo veréis. Pues vos qué oficio tenéis? Yo sol: . Qué sois? Mata y es no comer desatino tocino disimulados, porque son bien regalados los bocados de tocino. Arpón de nieve a las flores, de cristal arroja lanzas, y luego vulven a él mismo verdes flechas de esmeralda. A vuestros pies, gran señor, pongo este Cristiano fiel. Esto es estar en Argel. Qué pesar, y qué rigor! Bela, Cristiano, la mano a la que asentada ves. Él es hombre muy cortés, bien le besara la mano. Por tierra corrí la posta, y dos en la costa hallé, solo aqueste cautive. Él se quedó por la costa. A vuestros pies, gran señora, el que serviros desea está puesto; Timoclea es aquesta, que no es Mora. Y no con semblante esquivo es justo que me miréis, que ya ha mucho, que sabéis, que vos me tenéis cautivo. Lo que os llegan a mandar, llegáis, cautivo, a exceder, callar es obedecer, aquí no os mandan hablar. Este Francés con desvelos . me mata cuando lo escucho; si aquí me refreno, has mucho, porque me mata con celos. A esa montaña de rosas: A ese prado de claveles: Que el pie besa a dos laureles: Que son del Sol mariposas: Iré luego sin reposo:- Pisando el bello copete: Por un rico ramillete. Por un ramillete hermoso. Ella marcha como un gamo, y según lo que yo toco, ella lo quiere ver loco, pues lo quiere ver con ramo. . Con esto su amor se allana. Con esto su amor es llano. Qué galán es al Cristiano! Qué bella que es la Cristiana! Pues solos hemos quedado, y los Cristianos se fueron, intento, bella Princesa, quiero, Amurates supremo, que conozcáis de mi voz, que hoy os descubran mis ecos, que aquesa bella Cristiana, que ese Cristiano mancebo, a quien la una adora fina, y a quien el otro ama tierno, es Princesa de Borgoña, y él es el Príncipe excelso, que ciñe el Bretaño lauro desde la frente al cabello, y se adoran tan conformes, que no consintiendo el Reino; que su Corona Borgoña uniera al Bretaño Cetro, la robó una oscura noche; y por huir de los riesgos, del mar hollaron la espuma; y sobre una ave de fresnos volaron hasta tu Corte por las esferas de hielo. Que se adoran es constante, que os aborrecen es cierto, y si queréis, esta nocha haré, gran señor: . Yo os creo, disimulad, que ya vuelven, muy de espacio intento veros, yo los haré retirar; para que los dos hablemos. Príncipe ilustre Amurates: Princesa del Orbe dueño: Este ramillete os doy. Un ramillete os ofrezco: Y si acaso un alma misma pudiera en un mismo tiempo asistir en dos lugares, y dar la vida a dos cuerpos, con vos el alma partiera, porque tan tierna os venero, que estimara, así lo juro, partir la vida que tengo, porque tuvierais más vos, y yo tuviera así menos. Y si acaso el corazón, que es, bella Princesa, un negre; que esclavo sirve rendido a esos dos que tenéis bellos, pudiera de mi arrancado dar la vida a ese sujeto, vive Dios, que luego al punto lo sacaría del pecho, en cuyo lustroso nácar con tanta vida os anbelo, que aún de mi pecho arrancado, pudiera en un mismo tiempo vivir allí enamorado, y morir aquí violento. Gran Princesa de Borgoña: Atlante del noble Imperio de Bretaña:- Yo lo estimo. El afecto os agradezco. Pero recelo. . Mas juzgo. Pero qué escucho? . . Qué es esto? Todo a la Mora lo ha dicho. Todo al Rey lo ha descubierto. Este Príncipe de Francia. Aqueste Príncipe necio. La suerte perdimos ya. Que nos perdimos es cierto. El Rey os perdió sin duda, este es el lance primero, que son los Reyes azares, ello ha sido mal encuentro. Por hablar a este Cristiano . que trajo Celín soberbio, quiero sacarlos de aquí, que prometió, con acierto, decirme cosas, que importan, cuando me miro tan ciego, a mi amor: seguidme todos; así consigo mi intento. Con qué ojos que los mira! . no puede por cierto un ciego mirarlos de más mal ojo. Con temor mis plantas muevo. . Con temor sigo sus pasos. Qué infeliz que me contemplo! Qué desdichada que he sido! Yo la vuelta daré luego. Vive Dios, qué han de morir! o ya que estoque sangriento no siegue sus dos gargantas, con sus pérfiles de acero, Alfonso no ha de gozar aquese hermoso sujeto de Timoclea, pues antes ese Amurates soberbio hará con violencia injusta lo que no pueda con ruegos! Cristiano noble, obligado de tu voz, vuelvo a este puesto para que ahora prosigas pezaron tus iencos. lo que en Prosigue ya. . Solo digo, y solo, señor, te advierto, que acudas aquesta noche a esta calle de los fresnos, que con verdes puntas rizan el copete a los luceros: Y aquí verás como empuña ese Cristiano soberbio del Imperio de Bretaña el majestuoso Cetro. También podrás conocer, que esa Cristiana, a quien ciego rondas mariposa astuta, y te abrasas en su incendio, en Borgoña se corona con el laurel de su Imperio. Y así, Amúrates invicto, a quien todo el orbe estrecho le viene, para reinar, y para mandar, pequeño, cruel le quita la vida; riegue con humor sangriento este Cristiano las flores, porque consigues con eso una venganza muy justa, y un cariño no violento. Un papel voy a escribir, de cuyos borrones negros me valdré, para que veas la verdad en su bosquejo: Ese que sale es criado de aquese Príncipe ciego, mientra le voy a escribir puedes, señor, detenerlo, que él ha de ser quien lo lleve. Vete, pues, que así lo ofrezco. Reniego ya sin sosiego de tanto Moro nefando! Renegad, que yo lo mando. Pues ya, señor, no reniego; y aunque me mandéis asar, soy en tan cruel acción de tan buena condición, que no me haréis renegar. Cada cual guarde sus leyes, que hará con aqueso harto; yo siempre así me descarto, conmigo no valen Reyes; más darete con codicia, en pena tan desigual. Pues das, eres liberal. Quiero darte una noticia, porque en tan poca ganancia, sepas, que aquese cautivo el laurel se ciñe altivo de la Corona de Francia. Esto advierte con cuidado, y aquesta noticia ten, que aunque no te sirva bien, puedes quedar de él pagado. Pero en tanto sacrificio, hazlo, señor, trabajar, En qué lo puedo emplear? Este, señor, es su oficio; las luces de la Mezquita le puedes hacer que encienda, y que en ese oficio entienda, que él aqueso solicita. Y aqueso por qué razones? En eso veo ganancia, porque es Príncipe de Francia, y entiende los lamparones. Todas esas son locuras. Con verdad os he informado, que no suele haber Prelado, que acostumbre hacer más Curas. Del Rey de Francia blasones son estos no os hagáis Cruces, y todos lo ven con luces. Cómo? . Van con lamparones. Y vos, que sois tan honrado, quien sois decidlo al instante. Yo, señor, soy un vergante, porque habláis con un Barbado. De saber eso de paso, tengo Cristiano, gran gusto. Barbado soy y en tal susto os pareceré muy raso. De la Mezquita he de hacer, que cuide aquese Cristiano. Tiene muy famosa mano. Así lo tengo de ver. Pero en casos tan traviesos, Mahoma es un Dios bellaco. Por qué? . Lo tenéis muy flaco, pues lo tenéis en los huesos, que es antiguo, con razón juzgo, para dar consejo. En qué conoces que es viejo? Veo, que es un zancarrón. De aquí me quiero salir por no iros lo que habláis. Os diré, si aquí os estáis, lo que no queráis oír. Entre aquesas colgaduras, que el Rey se fuese esperaba. ̱. Eso es decirme, que estaba entre muy lindas figuras. Luego aqueste papel fiel lleva con afecto sano a Timoclea. . No hay mano buena en mí para papel; y si en pena tan pesada lo sabe este Rey cruel, la mano en mi del papel hará que sea cortada. El Príncipe de Bretaña, como aquí no pudo entrar, por mí te lo quiso dar. Vive el Cielo, que me engaña; mas la letra en la revista, que es suya mi fe penetra, y así con aquesta letra llegar puedo a letra vista. De mí se valió es sabido, para dártelo sin ley. Cómo eres de Francia Rey, quiso ser de ti Válido. Llevaraslo sin sosiego, porque así me lo encargó. Hacerlo así quiero yo, digo, que lo daré luego. Flores, que en campos de nieva a la Primavera hermosa les sois penachos de nácar, y de rosicler garzotas, llorad conmigo mis penas, pues con lágrimas la Aurora baña vuestro coral tierno, cuando os corona del aljófar. Desdichada soy. Qué es esto? Tú aquí llorando, señora, cuando está a tus pies rendido el Rey de Constantinopla cuando Alfonso, de Bretaña Príncipe, ciego te adora? Cuando puedes coronarte de la Morilma Corona con solo echar un reniego, tú de aquese modo lloras? Sin Alfonso todo es pena, todo es dolor sin su sombra, todo sin mirarlo es llanto, todo sin verlo es zozobra; pero luego al punto deja aquesta estancia frondosa, porque si acaso te vieren, la pena de menos monta será desollarte vivo. Los Moros, qué lindas betas harían de mi pellejo! Con verdad mí ve lo que puede sucederte. Me holgaré por una cosa, que aquí me hallarán. Por qué Porque aquesta gente Mora haría con mi pellejo una cosa muy devota; pero dejemos aquesto, y de que sepas ya es hora, qué es este papel de Afonso, en él te avisa mil cosas, que podrás ver en sus líneas; y yo, porque no me cojan. me saldré con tu licencia, porque no diga la nota. que yo he sido un desollado por arcaduz de esta Noria. Así dice en el papel. Esta noche a las diez horas, a la margen de los fresnos, que sirven de ascala hermosa al Sol, para que descuelgue sus doradas mariposas, tengo que hablarte, no faltes, porque a los dos nos importa. Qué de pesares me ahogan! este es el puesto, en que dice, que lo espere, está la hora que me señala también; entre verdes amápolas esperarlo determino, sin moverme de esta alfombra. Al lado de aquestos fresnos, que con chapines de rosas pretenden llegar al Cielo para abrasarse en su antorcha, está la hermosa Cristiana; y pues veo que está sola, quiero fingirme el esclavo, que por criado se nombra. Alfonso, dueño del alma, de la Bretaña Corona, Atlante, con quien te ciñes esas sienes vencedoras: No soy Alfonso, no sol, gran Princesa de Borgona, su criado soy, ya viene Alfonso luego. . Las horas se me convierten en años, esto pesa quien adora. Sin duda es el Rey aquese, que es fingiré, mi persona el Príncipe de Bretaña. Aqueste que salió ahora debe ser su amante, el alma en celos se abrasa toda. Alfonso, mi bien, señor: Mi bien, Timoclea, esposa: Ya a vivir vuelvo con verte. Vida al verte el alma cobra. Que esto sufra, y los escuche! Quién es ese, que entre sombras te acompaña? . Es el criado, que como tanto te adora el alma, quiso ganar por una noticia sola las albricias, de que tú venías por entre rosas. Según eso, bien podré, sin que alguien mi bien, nos oiga, hablar contigo. . Es así. Puer esto mi voz proponga. Ya sabes, como oprimidos de aquesa soberbia loca estamos de ese Amurates. que hoy rige a Costan tinopla. Sacudamos este yugo, pagua su vida traidora los celos con que me mata, que son flechas venenosas. Una noche, cuando todos en silencio, y entre sombras estén sujetos al sueño, que los rinde, y aprisiona, podrás con dulces halagos a estas mosquetas de aljofar traerlo, y entre las flores adormirlo cariñosa. para quitarle la vida, pues con esta daga sorda el pecho podrás pasarle, siendo Dálida famosa, que la muerte con tu mano a otro Sanson ocasionas. Después que ya esté sin vida, una llave con que todas las puertas abre, podremos tomar, y ella cautelosa nos dará fácil salida, con que iremos a Borgoña. Y cuando esto no consiga, si lo matares heroica, tendré yo una vida cierta, pues la pierdo a todas horas, porque todas tengo celos; pero es mi dicha tan corta, que vuelve a vivir el alma, para que en tanta zozobra sufra el dolor tantas veces, quien tantas veces te adora. Obadecerte, bien mío, quiero, pues aquesa antorcha, que con pérfiles de luces esos obeliscos dora, no apagará cuatro veces los rayos que la coloran, antes que el fitro Amurates riegue con sangre traidora esos juzmines, que enlazan tanto tronco que los holla. No haréis, villanos, pues yo con mi espada vencedora antes os daré la muerte en la pena que me ahoga. Ah de mi guarda ha criados, sacad luces aquí prontas. Muerta soy, Cielo, hay de mí! El salid de aquí me importa, y dejar este retrato de flores sobre la alfombra, porque al ser de Timoclea, cuando el Rey lo reconozca, juzgará lo dejó Alfonso, con que viéndolo se apoya mi engaño, pues juzgará, que huyendo por la frondosa calle de flores, dejó su bien bosquejada copia. Hola, criados, Celín, Arminda, Rosaura, Porcia. De Amúrates son las voces, y según los ecos forma, está por aquesta parte; quién con arrogancia loca lo ofenda, verá el valor del corazón que me informa. Muere, traidor, a mi acero. Quién sois hablad, que os importa, porque sino, probaréis mi valor grande. . La boca de mi valor habla siempre con una lengua que corta. Amurates no es aqueste, pues entre las demás sombras se daría a conecer a mi valor, que lo apoya. Este es el que ofende al Rey, matarlo intento. Alevosa era tu traición, cobarde; pero con tu espada heroica sabes muy bien defenderte. Vive Dios, que ya me acosa, y si no doy grandes voces, estoy con grande zozobra. Acudid luego al jardín, porque en su floresta roja del Rey peligra la vida. Lucelinda está aquí pronta. Y Celín aquí te asiste. Y aquí Barbado te apoya. Válgame Dios (hay de mí) con el Rey (qué infeliz cosa!) medir yo el bruñido acero, la Princesa de Bergoña Timoclea estar con él en los jardines, y sola! las dos son penas tan grandes, tan fuertes, y tan dañosas, que si no me dan la muerte, será porque entrando pronta por el pecho al corazón en unas flechas tan sordas, lo hallaron ya tan sin alma, habiéndola dado toda, que ejecutar no pudieron tan venenosa ponzoña. Floro, contra mi fulminar aquesas puntas airosas? Sabes que soy Amurates, y Rey de Constantinopla? qué retrato es ese advierte, que entre aquesas amapolas, que son del jardín penachos, y del prado son garzotas, se cayó un retrato, y juzgo, que su bien formada copia tiene por original aquesa Cristiana hermosa, que me mató con sus ojos, y me sanó con su boca. Según eso, ya su lengua, que os adora os dijo. . Ahora respondedme a lo que os digo. No puedo en tanta zozobra negar, ilustre Amurates, que aquesa nariz de aljófar, que esos labios de clavel, y esas mejillas de rosa, son bosquejo primoroso de esa Cristiana que adoras; pero si yo lo tenía, y sobre la verde alfombra se cayó desde mi pecho: no por eso la memoria se acordó de esa Cristiana, porque bastaba ser cosa a quien amaba su Alteza, que no suele ser tan loca mi voluntad, que se atreva a un imposible: Hay, esposa! Hay, Timoclea del alma! como en dudas tan penosas pagaré yo con la vida Si aquí la vida me sobra, es por tener más que dar por Alfonso, toda es poca, si por él he de morir como fina mariposa. Que se cayó ese retrato de mi pecho, no hay persona que pueda dudarlo, pues quien acá tenga su copia no se hallara, que el de Francia nunca pudo allá en Borgeña alcanzar tanto favor, tener tanta vanagloria. Hoy quiero, Floro, que vengas muy cerca de mi persona al monte, que salgo a caza, y el oso, que fiero entosca con flechas todo el hocico, y con puñales su trompa, teñirá toda la selva a las saetas que arroja tu diestra, haciendo coral las flores, que la coronan. Ahora haré, que lo prendan, y esa torre que con sombras llegar al Cielo pretende a escalar sus luces tojas, lo tendrá mientras viviere, aquesto a mi amor le importa. Con gusto sigo a su Alteza, pues tanto su Alteza me honra. Qué es esto, Cielos? qué es esto? Hay fortuna, que eres loca, que ligero me levantas, y qué pesado me arrojas! . Huélgome, Cristiana hermosa, de haber contigo quedado. Pues a mí no me ha pesado Miento, el dolor no reposa. Preven la Música luego, y trae aquel azafate. Grave dolor! gran combate! qué pena y desasosiego! Pues voy luego a obedecer. Y yo me quedo a esperar. Vive Dios, que han de cantar, si yo tengo de comer. Aunque sé que no me adoras; esta tarde por mi vida, quiero darte una comida. Será comida de Moras. Hoy te quiero agasajar en el convite en que estamos. Aunque nunca lo creamos ha de hacernoslo tragar. Los Músicos con cuidado cantan ya. Grande regalo! El instrumento no es malo. Sí, mas anda destemplado. Si llora la Cristiana su cautiverio, para aliviar su pena tiene dos negros. En tan pesarosa llama, no sé qué remedio tome. Lo que aquesta mujer come! bien se conoce que es dama. Pues mi amor has conocido, el encogimiento deja. Bien Lucelinda se queja, esté encogido un tullido. Luego a beber llegara; pero a muerte lo condeno, porque baberá un veneno, y a su rigor morirá. Que no morirá, es sabido, porque yo el vaso he trocado, y agua líquida le ha dado mi pecho a piedad movido. Con temor tomo este vaso: qué fresco que está el cristal! Ella llorará su mal, él obrará paso a paso. Al ver tanta hermosura elose el agua, por ser sus manos nieve para enfriarla. Quedaos todos allá fuera: o, mal haya mi desgracia, que no es dicha mi fortuna, cuando un pesar la baraja. Cómo, Amurates tan presto vuelves tan triste de caza Cómo, señor, tan de prisa dejas la selva intrincada? Por aquesto, Lucelinda; por esto, hermosa Cristiana, con el Cristiano cautivo, a quien sospecho, que llaman Floro acá en Constantinopla; cuando Alfonso allá en su patria. A esos riscos, a quien ciñe tanto plumaje de plata del río, que es el espejó de tanta excelsa montaña, me salí; y a pocos pasos, después que en la selva opaca entramos, a lo ruidoso de los caballos, que tascan, salió un jabalí, que al vernos, con sus dos ojos por ascuás, con dos mil puntas por flechas, y sus dientes por nabajas, quiso esconderse en los espeso; más Floro arrojó una lanza, y llegó con tal violencia de aquella fiera a la espalda, que le salió por la boca; pero como ardiendo estaba en cólera el jabalí; la madera de la lanza encendio con su furor; y como era toda llamas; cuando corrió por el viento, todos al verla juzgaban, que era centella encendida aquello que paró en asta. Como vio que estaba herido, quiso seguir sus pisadas, diole la rienda al caballo, la aguda espuela le clava, el cual sintiendo su punta partió con tanta pujanza, que desbocado llegó a dar a unas peñas pardas, a quienes el cristal puro lame risueño la falda; mas como llegó tan fuerte, su fiereza desbocada, a las peñas subió, y como ya la tierra le faltaba, al aire veloz se arroja, y del viento llegó al agua, en que se conoce bien del bruto la buena casta, pues al faltarle la tierra en la carrera empezada, corre veloz por el viento, y después en agua para. Finalmente, Floro queda en la espuma encarrujada con sepulcro de cristales sin vida. . Y yo aquí sin alma: válgame Dios, muerta soy! ues se quedó desmayada al susto, bien se conoce que lo adora; ve por agua, Arminda, para que vuelva. Es diligencia excusada, porque ya obró mi veneno. Agua le echad en la cara, A que yo por no verla muerta de aquí moveré las plantas. En vano el terso cristal su rostro pálido baña, porque ya obró mi veneno, y quedó el dolor sin alma. Qué es esto? Cielo, valedme! de qué pena tan pesada. sale el corazón, hay Cielos! como en tan común desgracia vuelvo yo a cobrar la vida, si Alforso no la restaura? Qué no obrase mi veneno! pero si cesó la causa del miserable castigo, huélgome ya que no obrara, pues quedo Floro sin vida en sepulcro de esmetaldas. No puedo encubrir la pena, porque el dolor que me amaga hace salir por los ojos lo que el pecho llora en agua; mas, ojos míos, llorad, vuestro aljófar riegue el nácar, sepa el orbe cuanto estimo al Príncipe de Bretaña. Deja el dolor, deja el llanto, hermosa, y bella Cristiana, porque si lloras, me afliges; porque si gimes me matas. Si lloras por Floro acaso, con Amúrates casada podrás feliz coronarte por Reina de toda el Asia; limpia el aljófar que vierte, enjuga el cristal que exhalas. Generosa Lucelinda, de tu piedad obligada me templaré en el dolor, pero son mis penas tantas, que aunque los ojos no lloren, lágrimas ájhala el alma. Cielos Divinos, por qu de aquesa lucida aljaba flechas arrojáis, que hieren, cuando yo juzgo, que amargan? Qué voces tan horrorosas! Qué razones tan pesadas! Si no me engaña la idea: Si el discurso no me engaña: De aquesa horrorosa torre, que a la región empinada se remonta, salen tristes. Todas de esa torre parda, que sirven sus capiteles a los Cielos de pilastra se despeñan. . Y sin duda, . . según el eco señala, son de Floro, aquel Cristiano, que pudo el Rey con sus trazas fingir su muerte. . Y es cierto, que el atlante de Bretaña Alfonso las articula, que en aquesa torre opaca lo hizo poner por sus celos Amurates. . A las guardas haré me den una llave, y contra su repugnancia he de verlo aquesta noche. Arminda, que es la criada, haré me busque la llave de esta torre, y por su causa al Príncipe ver intento. Ireme, porque se vaya: Ireme, porque no quede: Porque ya desesperada: Porque ya desesperó: En tal dolor: . En tal ansia: Está del Cristiano joven: De Alfonso: . Y si en esta cuadra quedare: . Y si queda aquí: Tan cerca: Poco apartada: Puede escuchar sus lamentos: Puede oírle sus desgracia:: Porque el amor es loco, y en sus ansias en llaves, que son hierros no repara. Porque es la voluntad lucidas ascuás, y una voz triste con razón la llama. JORNADA TERCERAP Do ̱

JORNADA TERCERA

Mas vale morir, que estar penando, que con sufrir, se pena para morir, se vive para penar. Antorcha del Sol, que luces por los giros de topació, como hasta aquí no introduces tus rayos desde ese espacio? Cómo me miegas tus luces? por esas esferas tríos das tus luces a los días, pero a mí solo me asombras, y entre estas lúgubres sombras, aún tus luces no me fías. Suele la rosa en el prado acecharte sin congoja, y al mirarte descuidado, te bebe por cada hoja el oro que has arrojado. Este contra mi es rigor; este contra mi es dolor, pues cuando en pesares crezco, por mí mismo no merezco lo que merece una flor. Llega hasta tu esfera hermosa el ave ligera en suma, participa luz copiosa, pues ella navega airosa con sus dos remos de pluma de tus lucientes bosquejos participa, y tus reflejos, porque mi dolor me acabe, que te goce cerca el ave, y yo te mire tan lejos. Al pez que rompe la plata calientas dentro el cristal, y sin serle antorcha ingrata, le das rayos desigual por la esfera de escarlata. Es mi queja con razón, bien lo llora el corazón, pues en el dolor que fragua te goza el pez en el agua, yo no dentro en la prisión. Si todo lo he de notar, también a mí me hace falta, y lo puedo bien llorar. Pues para qué a ti te falta? Para qué? para espulgar. Aquestos Moros vergantes me han traído donde estoy, horas se hacen los instantes, y por ti pienso que soy preso de participantes. Piensan que he de renegar, según lo que ellos entienden, y al hacerme así enojar, solo juzgo, que pretenden hacerme desvautizar. Como ven que yo me aplico a la riqueza en mis penas, lo que yo no les suplico, para que me viera rico me han cargado de cadenas. Y cuando el Rey nos socorre solo con un duro pan, torre me da, y no se corre, juzga que sol Sacristan, pues me hace estar en la torre. Hay sabandijas prolijas, muy bien haces, si te espulgas, yo no quiero que te aflijas, mas todas las sabandijas sabe que son malas pulgas. Aquesta gente talmada con nadie deja tratar, y al ser Moros de mazada, no me permiten hablar con persona bautizada. Qué tengas tanto poder, y que tanto pesar cobres! No soy ya el que llegué a ser, ya estamos, Barbado, pobres. No tenemos que comer, por esta tronera a fuera quiero pedir, y gemir, porque al mirar mi quimera, yo tengo para pedir una muy linda tronera. Echen en aqueste guante para este pobre baldado, que tiene hambre de Estudiante, miren que desvergonzado, que no es pobre vergonzante. Señores, ya sin aliento les pido (la cuerda corro) notan lo que paso, y siento, por la Virgen del Socorro me den siquiera un sustento. Deme limosna, señora, que tengo pesares hartos, cuatro cuartos me de ahora, no ma niegue cuatro cuartos, que no los hallé en un hora. Este capón un doblón me ha de dar, el dolor callo, den socorro a esta prisión: mejor fuera a este capón haberle hablado con gallo. Ya no te puedo sufrir, deja de pedir, Barbado, que no te puedo ya oír. Ya conozco que he pecado; a quien no enfada el pedir? Acá llegan pasos graves, y esas puertas abren. . Sí, pero quién sea no sabes; Quién sea no conocí. Si aí nos quedasen las llaves. Apenas quedó mi hermano del sueño en lúgubre tumba, Apenas todo Palacio en el sueño se sepulta. Pisando funebres sombras. Tropezando en dudas muchas, Abrí la torre, que excelsa. Abrí la torre, que oscura. Éncubre aliga lan Cristiano. A mi noble aman te oculta. Qué es esto, Barbado? . Qué? deben ser algunas brujas. Me pellizcan, vive el Cielo: Santa Prisca, Santa justa, Jesús, que me echan ventosas? dame aquí, señor, ayuda, que será el mejor remedio; di el Credo, para que huyan: Príncipe ilustre, Cristiano. Noble Alfonso, si me escuchas. Quién eres, di, que me nombras? quién eres, di que me escuchas? Lucelinda soi, Princesa, que en esa campaña adusta, hasta el ave, que es pirata de aquesa región cerúlea, me obedece. . Timoclea, a quien las moriscas Lunas se rinden, soy, gran Alfonso; pero aquestas glorias juntas no pesan como el amor con que el corazón te ilustra. Pues como, si el Rey me tiene en estas prisiones duras, habéis podido hallar modo para abrir de aquesta gruta las puertas? . Habiendo amor, nada el amor dificulta. Al cariño todo es fácil; y así nada me perturba. También vino la Cristiana. La Mora me siguió astuta. Pues qué en mi prisión buscáis, cuando en alcobas oscuras no veo del Sol luciente la crespa madeja rubia? Verte solo, dueño mío, que pues padezco la inj de tu prisiión, quiero estar donde tanto dolor sufra. Pues yo, Cristia no valiente, aunque también tu fertuna me lástima el corazón con tantas agudas puntas, no vengo solo por verte, también vengo entre mil dudas a mostrar una fineza, que para ti mirimor busca. Aquesa puerta esta abierta, yo soy señora absoluta de Constantinopla: cuando a mi hermano el sueño ocupa, en el puente hay dos caballos, que siendo rayos de pluma, si el viento los sigue, vuelan, y con sus espejos luchan. Deja la torre al instante, y con velocidad suma puedes ponerte en el mar, y en una veloz faluca volverte luego a tu patria: que esperas luego ejecuta lo que mi piedad te ordena, no desprecies tal ventura, mira que puede Amurates despertar; mira, que es mucha tu tibieza; luego al punto pisa la campaña inculta. Señora, si no obedezco a mi piadosa fortuna, es por mirar . Sois cobarde. Que si la prisión injusta dejo, sabiéndolo el Rey, ha de ser con pena tuya; y así señora, mejor con estas cadenas duras, es que yo padezca penas, que tú, señora, una injuria. Poco estimáis lo que os quiero. Es, para contigo, mucha mi voluntad, pero veo: Eas venced esas dudas: dejad la prisión. Rl Intento dejad esta torre oscura, que aunque quede Timoclea entre aquella gente Turca, como yo vuelva a Borgoña, rescatarla con mi ayuda será fácil. . Acabad de dejar la horrenda gruta. Ya que tal favor me haces, pues con piedad me desnudas de las cadenas pesadas, para que ya encuil no crujan quiero obedecerte. . Sigue mis huellas: desquérte turbas? No ha de dejar la prisión. Pues cómo, señora, ocupas el paso cuando me dan la libertad que me buscas? Porque te adoro, bien mío. No es amor ese, si injuria. Y tú por qué lo rescatas? Porque lo ama mi fe pura. Este no es amor perfecto. Satisfago a esa calumnia: aliviar el padecer es efecto dellamar, luego quererlo aliviar, es señal de bien querer: Ver padecer. no es tener amor, pues falta piedad: querer así, crueldad; luego viendo tal desdoro, mas a este Cristiano adoro, pues le doy la libertad. Querer a su amante ausente, es del cariño tibieza, pues luego el olvido empieza, no mirándolo presente; esta razón es urgente, y bien llega a concluir, defendiendo mi sentir; luegusí quien más lo amó; luego más lo quiero yo, pues no lo dejo salir. Poco tu razón convence. Poco tu razón me fuerza. Sabes quién soy, vil Cristiana? Mora, sabes quien yo sea? Sé, que eres esclava mía. Y añade, que soy Princesa de Bergoña. Aqueso ilustra más Cristiana, mi grandeza; ea Cristiano, ven luego. No saldrá por estas puertas. Sabéis, que soy Lucelinda? Sabéis, que soy Timoclea? Qué me impidas tu bien mío! . . Que tu bien mío, te ausentas! Es para volver por ti. Lejos está esa fineza. He de salir, no me impidas, Daré voces si te arriesgas a esos peligros, Alfonso. Ea, guíe vuestra Alteza, que esta mujer esta loca, Qué así, Príncipe, te ausentas! Amurates, a la torre, porque de su fortaleza huye el Cristiano cautivo. Qué así, bien mío, me pierdas! Qué así bien mío te ausentes! Cómo, Cristiano, no llegas, y a esa Cristiana atrevida no le quitas, por soberbia, la vida? En aquesta torre, de la Cristiana Princesa se oyen lastimosas voces, cuando en su concabo sueñan; buscarela, aunque las sombras con horrorosas tinieblas no dan lugar a la vista para que atenta la vea. Esta que encontré es sin duda, de aquesta campaña negra he de sacarla; señora, dejad tan penosas quejas, que ya el Príncipe de Francia os asiste con su diestra. No entiendo lo que decís. Ya las llaves de las puertas, que salen al río, tengo, por cuya verde floresta iremos al mar, seguidme. No entiendo vuestra propuesta. Pues intento, pues sois tibia, obligaros con violencia. Ah de Palacio, ha criados, que matan a la Princesa, acudid luego a la torre. Vive Dios, que se la llevan, y la harán cosa traída con poner la como nueva. A las voces, que en la torre, todas en quejas envueltas, me despertaron, salí; pero las puertas abiertas miro: qué es esto? a estas horas, solamente la Princesa pudo con su Imperio hacer, que las abriesen violentas. Pues yo dije, que el Cristiano, desde las excellas peñas cayó al río, prevenirle quiero, que cuando lo vean se finja muerto, y diré, que en aquesa fortaleza guardo su difunto cuerpo. Alfonso, mi bien, no temas, porque aunque venga Amurates, yo haré, mi bien, que suspenda el castigo. . La Cristiana, que con tibiezas me hiela, es la que escucho: ah Cristiano. Qué es lo que manda su Alteza? Solo pido, que cesando el uso de la potencia, os finjáis muerto, que importa a mi suprema grandeza; y si no lo hacéis, haré, que una cuchilla sangrienta obedezca a mi mandato, y a mi precepto obedezca. Caballeros de Palacio; Celín, Amurates, Lesbia, socorred a Lucelinda, que en el peligro se queja. Qué es esto, Cielos piadosos? luego voy a socorrerla. En aquesta torre oscura se quejaba la Princesa Lucelinda, y a sus voces traigo esta encendida vela: pero qué es esto que veo? sola la Cristiana bella; con un cadáver dormido la miro turbada, y muerta. Gran Príncipe de Bretaña; Alfonso, querida prenda. No responderá a tus voces, porque sin vida sus venas están ya desde aquel día, que en una tumba de perlas le dio sepulcro el cristal, que a Constantinopla riega, y si acaso su cadáver miras en aquesta pieza, lo hizo traer Amurates, y embalsamado con serva aquí su difunto cuerpo. Todo aqueso es apariencia, porque yo escuché sus voces, y formadas de la lengua las creyó suyas el alma. Fantasías de la idea fueron, hermosa cautiva; y tanto siento tu pena; que soy contigo una misma en llegar a padecerla. Riega esas flores de nácar con la nieve que desculgan esas dos hermosas niñas porque para mí son flechas despedidas de dos arcos, que son de un Sol breve esfera. Adiós, Timoclea hermosa, pues juzgo, que Timoclea te llaman, según la fama lo dice con su trompeta. Alfonso, como el acento me niegas con tal desdoro? sino vives, como lloro y si vives, por qué siento! el mío es mayor tormento que el tuyo, en la pena esquiva, que aunque vean que yo viva en un dolor, que es tan cierto, tú no penas, que estás muerto, yo si peno, que estoy viva. Sin romper terso cristal entran las luces del Sol, y con su rubio farol dan resplandor desigual: el corazón sintió el mal, sin sentir en sus desmayos al pecho tantos ensayos; y aunque en lágrimas deshecho, no me rompieron el pecho, sino el corazón, tus rayos. La totrolilla en el prado, midiéndolo flor a flor, suele sentir el dolor si pierde el consorte amado: con arrallo fatigado lamenta, gime, y lástima; pues si así se desanima quien de amor tan poco sabe; pues si así lo siente un ave, qué hará quién tanto te estima? Muriendo tú, fui dichosa de haber quedado con alma, porque en tan penosa calma moriré de dolorosa: y aunque el alma no reposa, porque quisiera morir; no llegarlo a conseguir fue favor muy singular, porque pudiera llorar, porque pudiera sentir. Pero ya que no aprovechan de mi pecho los gemidos, salgan en llanto los ojos, y con lágrimas, no tibios, hagan camino al dolor desde el pecho a los sentidos. Alfonso, dueño del alma, como en ese laberito me dejas? como no llevas a quién te adora contigo? O, si pudiera en mi llanto, como leona a bramidos, darte la vida que tengo, porque en tan cruel martirio no muriera tantas veces, pues cada vez que te miro me pasa el alma una flecha, y el corazón un cuchillo! Sin duda se fue Amurates, porque a lo que he discurrido, a las voces de la Mora salió fiero, y vengativo: descubrir a Timoclea el engaño determino, porque creyendo mi muerte, está su vida en un hilo. Alfonso. Príncipe Alfonso. Timoclea, dueño mío. Es verdad que estás con vida? Con vida estoy, no es delirio. Es ilusión, o es verdad? más bien en eso me fío, pues era ser poco tierna, solo para consentirlo. Precepto fue de Amurates, del corazón bello hechizo, hacerte estar con tal pena, pues por su causa he fingido lo que sentiste, y no sientes, lo que ya has visto, y no has visto; pero vete, pero vete, porque te adora muy fino Amúrates, y si vuelve, con su acerado cuchillo me dará muerte celoso; mas no te vayas bien mío, pues cuando llegue Amurates con su acero cristalino a taladrarme este pecho, no hará impresión su castigo, porque ya me tienen muerto esos dos bellos zafiros. Pues voyme, pues con aqueso de entrambos riesgos te libro, porque si vuelve Amurates, no podrá hallarte conmigo; y así, no podrás morir en riesgos tan conocidos, ni a mis ojos, como dices, ni a su estoque, como has dicho. Pues a Dios, bella Princesa, que yo también me retiro a esas tenebrosas piezas, hasta que el Cielo Divino me saque de estas prisiones, horroroso laberito de que no saldré en mi vida. Pues aunque Amurates mismo lo estorbe, yo soy bastante, para que mi pecho altivo te saque, porque sin ti, para qué, Príncipe, vivo? Vendrasme a ver? . Cómo pueda valerme de algún arbitrio. Pues a diós, y firme siempre. Pues a Dios, y siempre fino. No te han de valer los ecos, que con quejas lastimosas, querido dueño, articulas, cuando llorosa los formas: la llave de ese postigo, que a la amenidad trondosa, que viste al Parque con flores bellas, del prado amapolas, corresponde, traigo, y luego salir de Constantinopla antes que el Sol nos aceche, que los obeliscos dora, podemos: de qué enmudeces? Ilusión, fantasma; o sombra, quién eres, que así me obligas? Quién eres, que así me adoras? Soy, bellísima Princesa, quién te dará la corona, que debajo su dominio tiene el Imperio de Europa. Pues decidme, quién sois? Quiero, pues por Alfonso está loca, para que fina me siga, fingir que soy su persona. Decid quien sois, acabad, pues esta noticia sola hubiera sido bastante, para que en esas alcobas excusara yo las voces, que articulaba la boca. Pues soy, bellísimo hechizo, el que en aquesa mazmorra, por precepto de Amurates, llena de cristal las sombras; este sol. . Para creerlo, mil dudas el alma forma. Pues de qué modo, bien mío! pues de qué modo, señora? Porque yo misma, yo misma con voces majestuosas os mandaba que dejaseis aquellas prisiones sordas, y vos tibio, y vos remiso, con resistencia medrosa despreciabáis los favores, que he de négaros ahora. Señora, si yo remiso, si remisa la memoria, no obedeció vuestro Imperio, con presunciones tan locas, fue juzgando, que queríáis en la torre tenebrosa quedaros y por aqueso hizo la violencia pronta, lo que le mandó el cariño, a quien tan fino os adora. Y así, señora, conmigo, pisando montes de rosa, habéis de salir al Parque, y por las sendas que borran unos rasgos de claveles, que son de coral garzotas, habéis de seguirme fina, pues la Bretaña Corona ha de ser laurel, que ciña aquesa frente de aljófar. Aunque dije, que os adoro; no ha de ser tan a mi costa, que el amor pueda sacarme dentro de Constantinopla; y así, mirad lo que hacéis, porque si violencias obran, hermana soy de Amurates, por Princesa me coronan, verdugos hayren la Corte, lágrimas los ojos lloran, el pecho tiene gemidos, las paredes no están sordas, el Cielo tiene venganzas, y voces tiene la boca. Qué es lo que escucho qué es esto? esta es la Princesa Mora Lucelinda; y pues ya sabe lo que dijo la memoria, procuraré con violencia, que con voces lastimosas haga salir a su hermano, el cual por sospechas solas de esta acción, dará la muerte al que está en la torre umbrosa. Ya estoy resuelta, y mujer, que son tan unidas cosas, que las dos pueden hacerse, por la firmeza, una roca. Pues la punta de esta daga, que hasta el aire sutil corta, hará vengáis con violencia, si no venís cariñosa: muere, villana. . Amurates, Leibia, Arminda, venid todas, que matan vuestra Princesa. Esas voces lastimosas te valen, Princesa ingrata, porque sino, en tus congojas vieras de tu coral rasgos en la nieve que te informa: por si viniere tu hermano, vuelvo a la prisión de sombras, dile aquesto que ha pasado, que si su cuchilla heroica me quitaré la cabeza, esa diligencia sobra para que yo no padezca los celos que me acongojan. . Estoy de cólera ciega. no es posible que no rompa el corazón en gemidos, y en tristes quejas la boca. Princesa hermana, qué es esto? tú en esta pieza tan sola, sin color el labio hermoso, las dos mejillas sin rosas, intercadente el aliento, mal hallada la memoria, ajado todo el vestido, la gala menos airosa, naufragando todo el pelo por la montaña de aljósar, toda en silencio la lengua, tú en silencio muda toda, los ojos llorando tiernos las perlas que tu aprisionas? habla, Princesa, habla luegó, habla, Lucelinda hermosa, dime luego quien te agravia, porque su soberbia loca castigaré con mi espada, aunque el infierno lo esconda. Pues si vengarme pretendes, pues si por tu cuenta tomas mi venganza, ese Cristiano, que en aquesa torre llora, des pués que yo procure sacarlo de la mazmorra, intentó su atrevimiento, para pagar mi memoria, pasarme el pecho a una daga; mira si es bastante cosa para que le des la muerte. Y así. . Las perlas, que lloras, enjuga bella Princesa, que su sangre cabisosa regará luego la torre, negra montaña de sombras. Pues tu brazó me defienda. Pues mi brazo te socorra. Y de un traidor: De un aleve:- A mis pies luego se ponga. La cabeza fementida. Una cabeza traidora. Muy melancólico estás. Temo, que se me ha enojado Lucelinda, porque tibio no obedecí sus mondaros; más vengan castigos, vengan, porque del cariño casto, con que adoro a Timoclea, del amor, bello milagro, no me apartará el temor; porque antes fiero cadahalso me quitará la cabeza, que yo le niegue la mano a la bella Timociea; pues no siendo el amor vano, contra el amor no hay castigo, no hay contra el amor engaños. Cásate con esa Mora, y de esta prisión salgamos, no quieras que yo dispare, porque echaré cuatro tacos. Yo soy muy Cristiano viejo; mas si me van enfadando, será fuerza echar reniego de carretero ordinario. Puedes decirme, que es Mora, para eso remedio hallo, apartarle las espinas, y comerla por un lado. Haste la barba con ella, ten un buen día en el año, que yo no puedo tenerlo, que siempre he de ser Barbado. Pero las puertas abrieron, y que vienen es más claro, que el caldo que nos sustenta, a darnos algún mal trago. Eres el Cristiano preso El preso sei, y el Cristiano. Pues, Cristiano, luego al punto, sin que intentes dilatarlo, deja la prisión oscura; y pues la noche su manto echó sobre las montañas de tanto obelisco pardo, pártete luego a tu patria, porque ha dispuesto mi hermano, que luego te den la muerte, que lo tienes irritado, porque violento intentaste con un puñal acerado pasarme el pecho atrevido, advierte como te pago con un beneficio honroso un tan afrentoso agravio. Ya supo Amúrates, ya, que tú la prisión dejando, por la puerta, que del parque pisa los fresnos copados, quisiste violento hacer, que hasta el centro de alabastro. te siguiese, y embarcada surcarse su cristal claro; supo, que yo resistiendo. intento tan arrojado, quisiste darme la muerte, pues al eco del recato salió a socorrer mi pena, cuando tu disimulado te volviste a la prisión para ocultar el agravio. Por esta causa pretende regar tu pecho bizarro con tu sangre, librate con la vida, pues te escapo; mira que se abrevia el tiempo, y no hay riesgo en intentarlo, que yo quedaré en la torre, que como paje he llegado. a traerte la comida, que de otro modo era en vano el pretender conseguirlo, y nadie podrá estorbarlo, si quieres salir, pues todos los que guardan por mandato de Amurates la prisión, creerán que eres el criado que te trajo la comida. Y así, luego: . En esos cargos con que me culpas, señora, de haberte de aquí sacado, de querer darte la muerte, y profanar tu recato, no sé lo que te responda, porque después que tu hermano me puso en aquesta torre, juro por el Cielo Santo, que no he salido Princesa; y si sospechas. . Cristiano, no es tiempo de dar disculpas, que si tardas breve espacio en salir de la prisión, serás cadáver helado con brevedad. . Pues adiós; y quieran los bellos astros, que te pague los favores, que haces? este humilde esclavo, Alá, Cristiano te guarde, y si eres de pecho hidalgo, acordaraste algún día del amor con que te pago. Vive Dios que estamos libres, y mis costillas temblando, porque olían la vaqueta, pero ya veo muy claro, que tú vas libre, y sin costas, mas yo con costillas salgo. Ya está libre del peligro este hombe, a quien idolatro, porque morir, era herir dos almas un solo rayo. Con vivir él vivo yo, que aunque se ausenta, he notado, que me tiene amor, y puede volver por mi amor ufano. Escápese del peligro, no padezca el sobresalto, que si vive, no es difícil pagar mi cariño casto. A obedecer a mi Rey con aqueste estoque vengo, que me mandó; que le pase a este vil Cristiano el pecho. Ya vienen a ejecutar de Amurates el precepto, sin vida sale el Cristiano, si no obedece mis imperio. Sin luz he de ejecutar la sentencia de mi dueño, que no quiero que conozca, quien con estoque sangriento valiente el pecho le pasa. Muere, atrevido sobribio. Hombre, detente, qué haces? elo Santo, qué es aquesto? vive el Cielo, que me mata! hombre, mira que estás ciego, que matas a la Princesa: Lucelinda sol. . No advierto, sino que estás en la torre, y según la luz que tengo por esas troneras, miro que no eres mujer, pues veo, que vistes como varón. Industria fue de mi pecho. Sol traidor si no te mato, pues a mi Rey no obedezco; ya el pecho te voy pasando, y no puedes de este riesgo escagar ya con la vida. Amurates, Floro, Aurelio, acudid luego a la torre, que me matan sin remedio, sin vida estoy a tu punta; ya cumpliste los preceptos del gran Príncipe Amarates. Pues yaces ya sin aliento, voime sin cerrar la torre, que un cadaver no está preso. Según las voces decían de aquellos tan tristes ecos, era la Princesa Mora; la que en funebre lamento daba la pena a la voz, daba a un estoque su pecho, con aqueste que yo empuño vengo a sacarla del risgo, que para mi libertad no será favor pequeño. Cuando juzgué que el Cristiano era sangriento escarmiento, veo que yace mi hermana, el rostro sin carmín bello, sin alumbrar sus dos soles, y su pecho sin aliento. Qué es esto Cristiano aleve? como le has pasado el pecho con él estoque que vibra aquese brazo violento? Pero ya vuelve mi hermana, y a sus dos ojos volvieron las luces, y a sus mejillas son dos claveles sangrientos. Hermano Rey Amurates, ese Cristiano soberbio, que con sus manos empuña aquese bruñido acero, quiiso quitarme la vida, que a no defenderme el pecho de una cota la ballena con que se viste mi cuerpo, ya fuera estrago a su punta, ya de su filo escarmiento. Pues yo, señora, si siempre. En la torre quede preso, y luego venga el verdugo, y cercene de su cuello la cabeza. . Yo libré, de piedad movida al ruego, al Cristiano que tenía en aquesta torre preso, porque de llorar sus ojos estaban ya como muertos. Pues si tú lo libertaste, yo lo tengo por bien puesto; ven, y cóbrate del susto. Cómo a hermano te obedezco. La Princesa era a quien yo quise, al Rey obedeciendo, dar la muerte, callaré, pues que no lo conocieron. Si vienes cansada, espera, y en este risco de flores, que baña en cristal su falda, y gigante al Sol se opone, puedes descansar, bien mío: porque ya tantos dolores, los afanes, y cuidados se acabaron; ya la Corte vemos de aquí de tu padre, ya en capiteles de bronce se miran los edificios de Borgoña; ya conocen, que ha llegado Timoclea, que aunque el Turco traje ignoren, el alma siempre es la misma, no hay mudanza en corazones. El mar esta sosegado después que tu planta corre la tierra, porque el cristal levantó de espuma torres soberbio, viendo que tú domabas su planta dócil. Ya no hay afanes Alfonso, ya no hay, mi bien, quien estorbe que unamos dos voluntades con un lazo tan conforme; pero por entra las ramas, que en vejetables uniones se dan abrazos de perlas, se llegan acá dos hombres. 1. Según el traje son Turcos; y pues no hay quien los apoye, presos irána Borgoña, que como sabe su Corto que está presa Timoclea en Constantinopia, corre del mar las verdes orillas, por si algún Moro da informe de la Princesa. 2. A Borgoña, sin haber quien nos lo estorbe, iréis presos. . Resistirlo eran arrojos atroces. 1. Según eso obedecéis? No serán duras prisiones para mí las de Borgoña, porque su Rey con los pobres tiene piedad. . Grande dicha! si luego no nos conocen, encubriremos quien somos. 2. A entrambos los corazones, Moros nobles, nos robáis, porque a una estatua de bronce movería vuestro trato; seguidnos, y sin temores, porque en Borgoña su Rey os amar a si os conoce. Diez años ha, si puede la memoria darme a entender mi lametable historia, que está vuestra Princesa ya cautiva, el dolor con las lágrimas se aviva; si estas canas que peino ya de plata, si este pelo, que en nieve se desata, blasonara de Etiope peinado, el mar surcara, vive Dios, salado, y abollando sus cándidas espumas, volando del sombrero con las plumas a Turquía llegara, y a la Princesa con valor sacara. 1. Estos tres Moros ha llamos en ese risco, que peina. al valle las bellas flores, y al mar las espumas crespas. Ya a vuestros pies, gran señor: Ya a vuestras plantas soberbias: Me tenéis. . Estoy postrada. Moro, levanta de tierra: de tierra, Mora, levanta, y estas lágrimas que riegan hilo a hilo el polvo seco no impidas; ay, Timoclea! vivo pedazo del alma. Calla, señor, no enternezcas el pecho con ese nombre, que hasta el corazón me llega. Timóclea no dijiste? Eso dice, Mora bella; pues por qué tú te enterneces, cuando eso dice la lengua? Tengo gran causa. . Por qué? Porque una hermosa Princesa, que no sé en qué Reino ciño la dilatada Diadema. vivía en Constantinopla conmigo, y viendo que era ese su nombre, al oírlo; el alma quedó suspensa. Pues esa es, Mora, mi hija. Cuántas lágrimas le cuestas! solo lloraba a su padre; y era de tanta belleza, que Amúrates Rey quería darle su corona excelsa. Cuanto ha que no la has visto: Cuatro días ha. . Pues llega, y abrázame, que en ti sola pudo aliviarse mi pena. Abrázame, noble Eusebio, y ten por cierto, y has cuenta, que a la Princesa en mi abrazas, porque sin ser dos, yo, y ella un espíritu nos rige, y un corazón nos alienta. 1. Viva la Princesa, viva, viva la gran Timoclea. Qué rumor es el que escucho; Vive el Cielo, que sospechan, qué es la Princesa! Qué es esto? por qué Borgoña se altera? si me conocieron, Cielos! 1. Deme albricias vuestra Alteza, que ya está dentro en Palacio de Borgoña la Princesa. Cómo el gozo no me mata? es verdad lo que me cuentas? Y tan verdad que sospecho, que esa hermana compañera le parece a la que dicen como una entera a dos medias. Ensebio noble, a tus plantas; pero qué mis ojos llegan a mirar: los dos Cristianos, que presos en la eminencia teníamos, son aquestos; y según son mis sospechas, en Borgoña se corona la Cristiana por Princesa: no hay lugar para fingirme la legítima heredera de la Corona dorada, que dos Águilas bosquejan, que era el principal intento, más baldrame la cautela. Hija, llega al corazón; hija, a mis brazos te llega, participe toda el alma lo que los ojos no puedan. Rey invicto de Borgoña, no soy yo a quien pertenezca el Cetro de aqueste Imperio, esa es la Princesa bella. Que ya a vuestros pies postrada, enmudecida la lengua, sin el uso los sentidos, las potencias casi muertas, el corazón ya sin alma, y solo hablando en mis penas, estas cristalinas niñas, que con voces de azucenas, siendo sus ecos de aljófar, piden humildes, y tiernas, a tu piedad el perdón, y lá grimas a mi ofensa. Pues quién sois vosotros? . Yo con la Morisca Diadama me ciño, cuando tremolo las cuatro Lunas soberbias. Yo soy Amurates, yo tengo el valor, por quien tiembla toda la Europa, si escucha las Africanas trompetas. Una tarde, cuando el Sol sepultaba en tumbas negras su resplandor, que renace de lo mismo que en sí quema, para gozar de lo frezco, que las espumas de perlas exhalan, mi hermana, y yo, que es de aquel Reino Princesa, en un vaso muy pequeño nos pusimos; pero apenas los cristales en sus hombros vieron alas de madera se alentaron, y en doce horas, nos hallamos a las puertas de esta Ciudad, que tu riges, y con tus hombros sustentas, Huélgome de haber venido, pues con Lucelinda bella el agua recibir quiero del Baptismo. . Y yo con él detesto mi ley perversa. Y yo postrada a tus plantas, piedad a quien siempre apela mi cuidado, te suplico, le perdones las ofensas al Príncipe de Bretaña, con que cesará la guerra de dos Reinos tan opuestos, que como mi esposa sea, no hay rencor que de aquí pase, aquí todo el dolor queda. Digo, pues, que lo perdono, si luego tu mano acepta, siendo tu esposo. Recibo de nieve bruñida, y tersa todo un prodigio de aljófar, todo un arpón de azucenas. Esta tarde, pues, haremos, que reciban sus Altezas del Baptismo el agua santa. Y pues el Cielo me premia con favor tan singular, aquel cautivo que queda en la torre, libertad alcanza ya de mí diestra. Gozosa estoy con tal dicha. Ya de Mahoma reniegan. Y yo pido al Auditorio el perdón por el Poeta, no castiguen su cariño, porque como aquí nos muestra, no ha icastigo contra Amor, ni contra cariño fuerza.