Texto digital de No hay bien sin ajeno daño
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Antonio Sigler de Huerta
- Atribución estilometría
- No es posible No concluyente
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de un impreso.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay bien sin ajeno daño. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/no-hay-bien-sin-ajeno-dano.

NO HAY BIEN SIN AJENO DAÑO
JORNADA PRIMERA
Ninguna, en esta ocasión, ser nueva, Juana, pudiera, que tanto gusto me diera: tengo mucha obligación a mi hermano, y es de modo lo que he sentido su ausencia, que hasta verle en mi presencia, pienso, que me falta todo. Mañana, bella Leonor (dijo el hombre) o esta noche, es fuerza, que llegue el coche de Don Diego mi señor. Fin a tu tristeza da, de ti tan mal resistida, alégrate, por tu vida, pues viene tu hermano ya. sin tomar estado al mujer, llegue a temer, lado honor le cuadre; Junda, una principar no es mucho lles que le falte de su quien tanto a su honor! pues mi padre ya perdido, conmigo Don Diego ha sido mas que mi hermano, mi padre. Siempre a pensar he llegado, que se advierte, aunque se ignora, que tu cuidado, señora, te nace de otro cuidado: Y es imagivar locura, que viva tan sin empeño, la que ser de tantos dueño puede con tanta hermosura, Y con toda la atención, que debo a tu nacimiento, posible es, que el casamiento no mueve a tu inelinación? Un marido, cual merece ser de tu hermosura empleo, que con esto mi deseo, lo que sobra le encarece; y como suelen mentir. hecho a las mil maravillas; no te está haciendo cosquillas? Pues yo de mí sé decir, que pienso en la más perfeta, y de ademán más prolijo, lo que con donaire dijo un Castellano Poeta: A cual de vosotras todas llegó este loco placer, que no diga sí, por ver qué es marido, y qué son bodas. A ninguna le pesó (y yo lo juzgo por mí) de verse al riesgo de él sí, aunque después diga no. Siempre ajena la experiencia, nunca propio el escarmiento, que jamás en propio intento mi honor se toma licencia. Tales cosas advertí, cuando en los hombres hablé, que en lo que en otras se ve, no quisiera verlo en mí. Y aunque a mí no más del curso de excusarlo me aconseja: quiero ver como te deja la razón de este discurso. O por hermosa, o por rica quiere casarse conmigo un hombre, y hace testigo a diós, que cuanto pública es amor, y voluntad, gusto, cariño, y fueza, siempre con esto se empieza, y para en comodidad; que es tan desinteresado, que en nada informarse quiere: mas por lo que sucediere, ya del dote está informado; y dándose mucha prisa, dice, pensando obligar, la civilidad vulgar, de que me quiere en camisa. Festeja, entarece, obliga; teme, duda, y obedece, en cuanto intenta merece, no cansa, no desobliga; todo humildad, y ternura, dice, que he de ser su dueño; todos acusan mi ceño, y encarecen mi ventura. Llegó el caso a efectuarse, y en el instante deél sí, en el novio, como en mí, todo se verá trocarse. Quien su dueño me llamó, ya de mi es tirano dueño, ya su agrado vuelve en ceño, y soy quien le tengo yo: Ya temo, ya desconfío, y el más ligero ademán es un riesgo, es un afán; yo soy suya, y él no es mío. Truécase todo el respeto, lo que se ignoró se advierte, nada es vida, todo es muerte; y hablar todos en secreto, nadie puede remediar: el que más pudiera hacer: Marido son, y mujer (dicen) no hay si no callar. Y con perpetuo tormento, la que pensó ser señora; pena triste, y tierna llora los truecos del casamiento. Mira si llego a alcanzar lo que tengo que temer, si es difícil de creer, que no me quiero casar. El rayo de tantos truenos no ha de avisarme jamás: desdichadas son las más, y venturosas las menos. Y mi cordura no osa, con razones mal fundadas, entre tantas desdichadas, juzgarme la venturosa. Esta es sola la razón, que me puede detener: en lo demás soy mujer, y tengo mi inclinación. Que en lo amable, lo perfecto, obliga sin diligencia; aunque no a corresporidencia lo apacible del objeto. Mas fuera loca arrogancia, y vanidad sin disculpa, el hacer ajena culpa, lo que era propia ignorancia. Yo quiero, aunque no me muero, me inclino, aunque no lo digo, solo el silencio es testigo, de si olvido, o de si quiero. Y en el recato que ves, solo temo en los amantes, el que como fueron antes, no los he de hallar después. Sígueme, Julio. El broque! se me cayo, ya te sigo. No te apartes de conmigo. Qué ruido, Juana, es aquel? Señora, a vuestro sagrado, huyendo su poca dicha, para enmendar su desdicha llega un hombre desdichado; y aunque es tan poca mi suerte, parece que se mejora, porque si en la calle ahora di a un atrevido la muerte, con razón tan provocada, y con tan poca ocasión, que pienso, que mi razón le mató, mas que mi espada. En mi desdicha inhumana, no hay que temamos los dos, favoreciéndonos vos. Esa llave tuerce, Juana. Vos sosegad, Caballero, cierto, que os acudirán a remediar vuestro afán, siendo cualquiera el primero, cuantos hubiere en mi casa: Ay, Juana! A nadie pudiera esto suceder, que fuera (el corazón me traspasa) de mí más bien admitido, porque en mi esquivo desdén es (no queriéndole bien) quién mejor me ha parecido? Y es dicha, que pueda así valerle en esta ocasión, pues queda en la obligación de que le favorecí, sin que pueda haber perdido, antes cumplo con quien soy, cuando socorro le doy: En la mano estáis herido: con ese lienzo excusáis, que vierta sangre la herida. No es piedad darme la vida, cuando la muerte me dais: Ya, Julio, no hay que temer: hay tal dicha? ay tal ventura? No es mejor: hay tal locura? Tierno se viene a poner: Yo, que solo busco, y siento, lo que a quien soy corresponda, solo con que usted me esconda, he de quedar muy contento. Pues sin estar en mi mano, en deuda, que no es civil, temo mucho al Alguácil, pero más al Escribano. Y ese miedo tan prolijo, que sufre con tal paciencia, dura desde la pendencia? Nunca de poco me aflijo; el que mira, y yo, reñimos mucho mejor que Roldán: el Cid, y el gran Capitán. envidiaran lo que hicimos. Y no se espante aquí alguno, que de esta manera alabe sus cosas, aquel que sabe, que en estos tiempos ninguno habla de otro bien, y así, yo mismo me he de alabar, y no me podrá faltar, que alguno me alabe a mí. n brazo te quier si la justicia no fuere. Pues venga lo que viniere: ya qué nos queda que hacer? Esa criada seguir podéis, que os ha de llevar a donde podéis estar, mientras yo a divertir a quien os buscare quedo. Sí señora, y es razón, que quien quita la ocasión se excusa de tener miedo. Señora. No os detengáis en cumplimientos aquí, que me aventuráis a mí, si vos os aventuráis: en el riesgo, como en vos, a mí me toca excusar, y ahora, sin replicar, seguid a Juana los dos. Cielos, mi hermano! Estoy muerta: Con cuanta facilidad (tan en duda una verdad) un enfado se concierta! Hermano, tan bien llegado, después de esta breve ausencia, te mire yo en mi presencia, como fuiste deseado. Mi amor, y mi obligación previno, que ya llegabas, y que eras tú el que llamabas, me dijo mi corazón. Que nunca posible fuera templar la tristeza mía, ni que con tanta alegría quien saliese a abrirte fuera: si de que eras tú el empleo de este mi gozo impensado, a mi advertido cuidado no le avisara el deseo. Con nuevos alegres lazos mi gusto has de festejar. Y yo, hermana, te he de dar el alma, como los brazos, tan bien advertido a mi amor este afecto bien pagado; que debes a mi cuidado muchos cuidados, Leonor. Cómo en Granada te fue? Bien, pues el pleito a que fuis tan brevemente vencí, que vencí cuando llegué, Forzosas obligaciones mi tardanza ocasionaron, que nunca en pleitos faltaron, hermana, las dilaciones. Mi tardanza dilaté, aunque negocié de modo; pero de espacio de todo cuenta, Leonor, te daré: que ya la ropa subido Fernando a mi cuarto habrá, y me importa hablarle allá, Ya está todo prevenido. Quédate, hermana, con Dios. Él te guarde. Y los dos, Juana? Del jardín por la ventana se han arrojado los dos, juzgándose mal seguros del delito en la malicia: por si fuese la justicia, de ese cuarto por los muros de esotra casa pasaron; y si va a decir verdad, tuve de ellos tal piedad, al ver como se arrojaron, que aún me dura ahora el susto, de su mal compadecida. Quién, a precio de su vida les excusara el disgusto; que mi hermano, inadvertido de cuanto pudo pasar, no había el cuarto de mirar; y en tu aposento escondido, es muy fácil que estuviera, donde a su herida le diese remedio, y donde pudiese regalarle, de manera, que de su mal mejorase, siendo mi cuidado tal; pero no, Juana, en mi mal, morir yo cuando él sanase, muy posible cosa fuera, y no quiero inadvertida, morir por darle la vida, matarme porque no muera. A mí me ha estado muy bien; que mi hermano haya venido, que ya el fuegó introducido, menos hurano el desdén; permitiendo sin enojos, a los ojos, y a los labios, en la lengua los agravios, y la licencia en los ojos; tan cerca de mí el ardor (que ya me ofende su llama) está, si amor no se llama, muy cerca de ser amor. Vaya con Dios, mi sosiego es antes que su quietud. Cómo dice tu inquietud la introdución de ese fuego! Pues sabe, que al irse a echar me dijo (ya en la ventana) dirá usted, señora Juana, a quien la mandó librar del peligro a un innocente, que en mayor peligro estoy, y que de sus ojos voy preso como delincuente; y que el darme libertad, cuando la pierdo en sus ojos, mas que vida, es darme enojos, y más rigor, que piedad. Que no agradezco el librarme, ni lo tengo por ventura; pues siendo juez tu hermosura, me condeno a desterrarme. Pero aunque juzgue por yerro cuanto llore, y cuanto pene, porque otra vez me condene yo quebrantaré el destierro. Qué agradecido, y rendido a su hermosura, y piedad, volveré sin libertad rendido, y agradecido: Y que si el Cielo. No más, bástame mi inclinación, sin que añada obligación recado que me das: Que es indicio el más fundado, de un hombre ser bien nacido, el hallarle agradecido: que el que agradece, es honrado. De ma hermano al cuarto ven, que ha rato que en él entró. Ya ustedos sabrán, que yo doy un recado muy bien. Válgame Dios Y me valga también, si a ti te pareces Qué castigo no merece (sin que del caso me salga) el que por su gusto toma oficio de volatín, poniendo todo su fin en andar por la maroma? Dime, borracho arlequín, cuando de un dedo se cuelga todo el cuerpo, si se huelga entonces el volatín? A ver al que de esto trata siempre con mala intención me llevó la devoción de hallarme allí si se mata. Díjose, señor, por esta, la de noche Toledana? Presto vendrá la mañana. Ves lo que el reñir te cuesta? Para los hombres se hicieron los trabajos. Es verdad; mas los de tal calidad, que de la mano vivieron de aquel, que porque consiga mayor gloria, a quien corrige le premia cuando le aflige, regala cuando castiga: pero los que un hombre toma por sus manos, no señor: pues esto es casi peor, que el andar por la maroma. Es trabajo que da Dios, ponerte en trance tan fuerte; que ya nos cueste una muerte, o nos las cueste a los dos? Lo que te puede costar tan fácilmente una vida: Es gusto ser homicida, y comodidad andar de un tejado a otro tejado, si de uno sales herido, y de esotro estás molido, como yo perniquebrado? Tú, todo lo que es valor, es aliento, y bizarría, lo llamaste. . Bobería; y digo muy bien; señor. Un hombre no ha de saber, con gentil resolución; si se empeña en la ecasión, perder la vida, o vencer? Tan abil de cualquier modo, que si el riesgo le embaraza, con el valor, y la traza se sepa librar de todo: Para cuando, Julio, son ánimo, y entendimiento? Qué gracioso fundamento! Luego quieres con razón de entendimiento dar nombre a tan bárbaras acciones, que son (aunque me perdones) mas de un bruto, que de un hombre? Yo le vi, en Madrid andaba uno (aunque gran Caballero) grandísimo majadero, que con otro porfiaba a más menguado sois vos, más necio, y más importuno, sin que venciese ninguno: que eran muy necio los dos; y como el primero halló sus tretas mal venturosas, a cuatro de ingenio cosas, diz, que le desafió. Qué son? Conviene a saber (si muy mal no se me acuerda) a subir por una cuerda, luchar, saltar; y correr: así tú con necio error llamas, contra la verdad, maña, lo que es necedad, lo que es locura, valor. Negarás, que es bizarría, no viendo la cara al miedo, reñir con gentil denuedo? Y que no es gallinería, como has de poder decir, que un hombre se ponga a hacer, lo que le viene a poner en obligación de huir! De gallina el Mundo trata al que alguna vez huyó, si ha de huir el que mató: luego es gallina el que mata. Qué necia sosisteria! Dime, salvaje, no ves, que huir de la justicia, es valor, y no cobardía? Quien no la teme, es cobarde; quien la teme, no es gallina, que la humana, o la Divina, llegan, aunque llegan tarde. Aquí lo del asno muerto venía como nacido: Y en qué has de estar divertido. en este jardín, o Huerto? Cuando tan dudoso está donde estás, y donde estoy, pues ya por nueva te doy, que la mañana vendrá muy presto: Lo que has de hacer preven, porque nos libremos. A que amanezca esperemos, que luego podremos ver, que modo de casa es este, que si tiene noble dueño, nos sacará de este empeño, por más que empeño le cueste: Demás de que aventurar poco, o nada, es cosa cierta; pues con abrirnos la puerta solo, nos puede librar. No es mi miedo muy de balde, ni muy los límites pasa: no puede ser, que esta casa fuese de un señor Alcalde? Y cuando excusar pensemos el riesgo, que ahora toco, a la cárcel poco a poco con estos cuerpazos demos: Donde, voto a Cristo eterno, un Carcelero malvado, pone a pique a un hombre honr de irse mejor al infierno. A la Cárcel, ni por lumbre. Ruido siento, habla paso. Nada nos sucede a caso, ya viene el mal por costumbre. Como habemos hecho ruido cuando la pared saltamos, como a hombres, que robamos, vendrá el barrio, prevenido, a matarnos, o a prendernos; y que lo piense, no es mucho: yo también el ruido escucho, y ha de ser forzoso vernos. Todo Provincia será esto que escuchas, señor, o qué rica, o qué lavor la vara, y la pluma hará! Adónde vas imprudente? No me mires tan medroso, que reñirlo aquí es forzoso, que eres solo aquí el valiente. Cielo justo, Cielo santo, amparad esta inocencia. Quién ha de tener paciencia, si es de mujer aquel llanto? Yo he de saber lo que pasa, si me costase la vida. ̱. Y será muy bien perdida: Señor, el necio, en su casa, mejor que el cuerdo en la ajena, sabe lo que se ha de hacer: Quien te mete a ti en saber de que procede la pena de aquella triste señora, sin porqué, ni para qué? Ella se sabrá el por qué, suyo será cuanto llora; yo la tengo por mujer tan llegada a la razón, que sin muy mucha ocasión. Ay de mí! Yo he de saber, Julio, quien se queja allí: tú, si quisieres, te queda. ̱. Vaya usted con Dios: Qué pueda sucederle sino a este enfado? Es imposible: Que en dos horas no cabales sucedan desdichas tales? Solo conmigo es posible. Quien sino un descomulgado, importándole tan poco, fuera tan necio, y tan loco, que habiendo la muerte dado a un hombre con tanta dicha, pues eran tres, cuando él uno (que yo valgo por ninguno) busque la ajena desdicha? Mas hay hombre que se muere por acechar, y saber: No puede aquesta mujer llorar por lo que quisiere? jamás a alguno advertí, y no por mala intención; y a ninguno en su opinión (aunque errase) corregí, ni (aunque pedido) di consejo, ni en el juego juzgué suerte: yerre mi hermano, o acierte, que acierte, o verre le dejo. A cualquiera en paz, y en haz. le dejé con su pecado; con nadie fui porfiado, ni aunque riñan metí paz, criminales, o civiles: sin que estás cosas me penen, les dejo, que se condenen a Escríbanos, y Alguaciles. No ha de llevarme al infierno dicho, que hubiese jurado, ni jamás he murmurado, si es malo, o bueno el gobierno; y no se ha de hallar, que sienta con afecto desigual, que suceda bien, o mal lo que no está por mi cuenta. jamás he domado potros, ni he sido casamentero, porque yo vivir no quiero de echar a perder a otros. Y en mi conveniencia fundo este consejo advertido, que está el Mundo muy perdido, y no he de enmendar el Mundo, Sepa Don Pedro, y porfíe, porque llora esta mujer, que yo no quiero saber, si se llora; o si se Julio. Señor, bienvenido: qué ha pasado por allá? Has examinado ya la causa de que ha nacido el llanto de esa mujer? De qué tan suspenso vienes? De qué estás confuso? Tienes aventura que vencer? Que yo, siguiéndote el trote, pienso, viendo tu mudanza, que me llamo Julio Panza, y tú Don Pedro Quíjote. Qué te suspende? Desbucha, si es cosa para contar eso que fuiste a acechar, La cosa más rara escucha, Julio, que en tu vida oíste: y puesto que advertido, tal vez diste, se parando las burlas de las verás, consejo a mis quimeras, y en él te escuché atento tus advertencias, como mi escarmiento; porque va con razón juzgues, si es mucha mi confusión, lo que he sabido escucha. Luego que presuroso, llevado de mi afecto lastimoso, el Cielo mudamente me aconseja. que el dueño averiguase de la queja: que como ya has oído, caminando al ruido del miserable acento, que muchas veces repetido siento, con voz tan alterada, y tan medrosa, que parece que ociosa, la parte que animaba, aún sin saberlo, los suspiros daba: que como en el suspiro, y el lamento, alivio cobra un afligido aliento, y tanta parte de sus males deja, el que oprimido sabe que se queja: Ay desdicha tan fuerte, que sin quitar la vida da la muerte; y muerto en el afán, y la quererla, de tal suerte a sí mismo se atropella, que en su desdicha, y su tormento grave, si se queja, se queja, y no lo sabe! Con la voz importuna, la claridad siguiendo de la Luna; si bien, que retirado, mi persona oculté hacia otro lado, que con las ramas la pared asombra? yo mismo de mí mismo me fui sombra? y amedrentado (bien que no cobarde) perdido alguna vez, me hallaba tarde; que el qu hace en! es cobarde, y es necio: No es despreciar los riesgos valentía, como temerlos mucha cobardía. Con miedo prevenido, con cuidado advertido, cuerdo al desasosiego, hielo unas veces, y otras veces fuego, me llego a una ventana, que el resplandor alumbra de Diana, aunque oculta gran parte de algunas ramas, que rigió sin arte la gran madre común de cuanto vive: aquí escucho los miedos que concibe una medrosa Dama, que en tiernas voces llama piadoso al Cielo, que en su voz la ayude, que cuando más se olvida, mas acude. De mi piedad llevado, se tomó más licencia mi cuidado, y a la parte, que hacía a una verde dorada celosía dosel frondoso, la maraña hermosa, a la Dama descubro, que quejosa, con su voz, y su afecto condolido, movió mi corazón, como mi oídos Y con la luz escasa (que por las ramas, y las flores pasa) sin aliño una pieza, toda de horror cubierta, y de tristeza; y en tanta desventura, confusa, y congojada una hermosura: Como la flor temprana, que en el confuso albor de la mañana, de la Campaña flor, honor de Flora, líquido llanto le bebió la Aurora. Ya la noche marchita, por más que duraciones solicita; mustios ya los verdores, al desatarse en sombras, y terrores, en el mal que padece, aunque le ignora cuanto al nacer bebió, muriendo llora. Cada cual divertido con su intento, algo me acerco más, y más atento, con hermosa impaciencia, mal segura disculpa su inocencia: a un hombre, que atrevido, y espantoso, un acero empuñaba riguroso, con ceño airado, y movimiento fuerte, la intentaba dar muerte; a quien ella dez Si no hay remedio en la desdicha mía, y ya quie del Cielo la piedad severa permite, que yo muera, y que muera inocente, o lo quiere irritado, o lo consiente. Primero que inhumano, de mi vida verdugo seas tirano, permíteme que acabe como Cristiana, en mi desdicha grave: No seas riguroso, lo que es más me concede, sé piadoso; con esto, ni irritada, ni ofendida, perdono agradecida, que dejado llevar de tus engeños, término pongas a mis breves años. Y anegada en su llanto, a voces pide el Sacramento Santo, que el hombre la concede enternecido: Yo de todo advertido, colérico, impaciente, a todo me resuelvo, aunque prudente; bien que entonces librarla determino, el como consultando, ya el camino: Resuélvome en llamarte, parto luego a buscarte: estame Julio, atento, escucha el como lograré mi intento. El parte presurose a llamar algún santo Religioso, que confiese esta dama, que en su silencio mi tardanza infama. Ríndase ahora en parte, a la maña el valor, la fuerza al arte; que el ánimo iudustrioso, a pesar de los hados es dichoso: y el que aquello no puede que quifiera, tan solamente lo que puede quiera. Quisiera yo, bizarro, y atrevido, que a mis manos se viera defendido de esta dama el agravio, y la hermosura: pero pues se aventura sin logro el riesgo, la intención sin dicha, con industria enmendemos la desdicha. El hombre se va ya: nosotros luego, siendo en presteza ráyos, siendo fuego, a coces, y a porrazos, las puertas, que cerrare, hechas pedazos, antes que en la tardanza peligremos, la dama libraremos. Y en lo que aquí te digo, aún más sin del que plensas me consigo; pues que la dama libro condolío tan sin riesgo del riesgo de la vi y librarnos nosotros es forzoso librándola del trance riguroso, y suspendiendo la desdicha aje remedio damos a la propia Este, Julio, es mi intento este mi pensamiento, o me repliques, pues que me conoces y aguárdame, que dentro escucho roces ̱. Válgame Dios! Qué una noche sea capaz, de que sucedan tantos prodigios a un hombre! Y qué en una noche misma esta libre, al otro mate, empeñado de manera, que cualquiera riesgo es suyo, es suya cualquiera pena! Válgate Dios, por Don Pedro, tan loco, y con tantas temas, que ajenos duelos te matan, cuando los propios pudieran avisarte en tu peligro, sin que ahora te metieras en otro riesgo mayor: Qué se te da a ti, que muera esa Dama, o ese asco? Han de correr por tu cuenta los duelos de todo un siglo? Mas que a los Cielos pluguiera, que la llevasen mil diablos: Gentil remedio concierta tu piedad contra el casero, que ha de ver pedazos hechas sus puertas, y sus tabiques: Qué es ahora lo que intentas? Piensas tú, que esa señora, ese Demonio, o quien sea, muere de balde, que así te dueles de su innocencia? Contra que me lleve el diablo, a que en el infierno sea, condenado de buen gusto, diablo de Carnestolendas, sino lo merece el Ángel, y cuando no lo merezca por más que por ser mujer, es la culpa tan pequeña, que no merece mil muertes? Pero de esta diligencia solo el librarme me ha plegue a los Cielos, que s mi miedo orega no todo, sin pieza de alcarabe Esa piedad te concedo, pues no me estorba, que pueda vengar de mi honor la infamia, como de tantos la ofensa. Ya, Julio, el hombre se fue: la primera diligencia, sin la segunda, me importa; la llave le echó a la puerta, para hallarla más segura, cuando colérico vuelva: Todo lo vence el valor, y si la vida me cuesta la he de librar: La ventana del aposento es aquella, arancándola podré sacarla, y después la puerta, o por la misma ventana la libraré. a fuerza! juro a Dios, que es un sotillo: Qué gracia tenía cucubierta! Ahora verán si escampa. Si a castigar mi inocencia vuelves airado otra vez, tan solo con que te deba el morir como Cristiana. En vano ahora recela vuestro alterado temor, porque no soy el que piensa, ni el que aguarda vuestro miedo, porque ya en vuestra defensa cualquiera peligro es poco: que divinas influencias a que os socorran me inclinan, y así, sin que yo merezca, me arrastra en vuestro socorro una apacible violencia. Pues aún no me habéis librado, ni es peligro el que remedia hasta aquí vuestro valor. Pues ya no tenéis que tema, cuando estoy resuelto yo de hacer en vuestra defensa, lo que debe un Gaballero, que honor, y fama profesa. De aquí me llevad. A dónde? A dónde quiera que sea vuestra casa: que en un hombre de tanto valor, y prendas segura va mi opinión, y yo sé, que se agradezca a sí mismo vuestro aliento, que ocasión tan grande tenga de un empeño tan bizarro; pues en defender se empeña una vida mal segura, una mujer sin defensa; perseguida una desdicha, y ofendida una inocencia. Pues con menos cumplimientos. partid hacia aquella puerta, que abierta se dejó el hombre. Dicha fue dejarla abiertas venid segura, que en mí tenéis, para cuanto os pueda importar, quien os ampare: templad las lágrimas tiernas. Y si alguna vez se dijo, también se diga por esta: No hay Bien sin ajeno Daño, no hay mal que por bien no venga
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA La ley de mi obigación, sin que otra razón hubiera, a mi valor persuadiera, señora, en vuestra razón: Excusad el cumplimiento, enjugad el tierno llanto, no estéis afligida tanto, que ni el agradecimiento, ni vuestra congoja honrada; que a tal dolor nos condena, son alivio a vuestra pena, ni os han de servir de nada, En la casa que miráis corta, no os embaracéis; mandar en ella podéis, señora, cuanto queráis: Y el no haberos visto luego, que afligida os traje aquí, no penséis, que ha sido en mí grosería, ni despego: si no haber querido dar (sin renovar el tormento) lugar para el sentimiento, y a la congoja lugar. Que en un grande desconsuelo, y en un afán bien sentido, nunca el consuelo ha servido de alivio, ni de consuelo. Demás de qué fatigado de esta (aunque pequeña) herida, con lo demás sucedida, por lo que os tengo contado, ha sido fuerza atender; con cuidado, a mi salud: ved, para vuestra quietud, lo que me mandáis hacer. Obligada, agradecida, a vuestro valor de nuevo, dos veces, señor, os debo el honor, como la vida. Y permitid; que admirada esta extrañeza repare; que de esta manera ampare una mujer desdichada, tan atento un Caballero a mirar su obligación, cuando en tantos, la razón de su gusto es lo primero. Y porque de este inhumano rigor, que me acaba ya, sin otro remedio, está el remedio en vuestra mano. Prevención es excusada; puesto que la prevención no me añade obligación: y parece cortedad esta que el ruego arguyó de mí, con tan poco indicio, satisfecho el beneficio; no se hizo, se vendió. Al que es honrado le sobra el mérito de obrar bien; y bien obra solo quien tan independente obra. De mi proceder villano mañana que se dijera, si porque afligida os viera, me pagara de mi maña. Soy muy vano, y no quisiera, con mi bizarra opinión, merecer por la ocasión, lo que yo no mereciera. Que nunca obligado quedo, ni mi estimación merece, si alguna me favorece de necesidad, o miedo. Ni agradezco, que el rigor halle entre agrado templanza, si merece mi esperanza de lástima, y no de amor. Y conoceréis así lo poco que me debéis, en que quiero (ya lo veis) debérmelo todo a mí. Si yo puedo remediar vuestra pena encarecida, como la hacienda, la vida por vos sabré aventurar; sin embarazo contad lo que os aflige. Si haré, de todo cuenta os daré. Pues decid. Pues escuchad. Noble nací, en la Ciudad, que vulgarmente apellidan (sin ser lisonja) la noble, sin adulación, la rica; cuyas Armas, cuyas Letras conformes, como distintas, si valerosa la aclaman, prudente la solemnizan. Perdone el sagrado Tajo, glorioso el Betis se rinda, luciente blasón entrambos de Toledo, y de Sevilla: cuando a su grande homenaje, muro de crustal le ciña, líquido en plata Pisuerga, cuyas aguas cristalinas, espejo serán, a donde, mirándose cada día aquel de edificio valle, o se remoza, o se aliña. En Valladolid, al fin, nací noble, y como es dicha, y no mérito el nacerlo, es vanidad permirida. Hija de Don Luis osorio, a cuya nobleza timbran los apellidos gloriosos de Toledos, y Castillas. Tres fuimos los Herederos, en quien la obligación misma se ve de tanto ascendiente continuada, o repartida. Don Luis Oflorio el mayor; y Don Pedro de Castilla, hermano segundo, y yo, que en todo, como en la dicha, soy de los tres la menor: Quiera el Cielo (que castiga las innocencias tal vez) que enmiende mi desdicha; los dos mejor informados, y mi fe correspondida, aún tan ásperos los medios fines dichosos consigan, Don Pedro, el menor; fue a Fla Don Luis, y yo, a quien obliga forzosas las pretensiones, honradas, como precisas, andes, an a Madrid venimos: Antes, plujiera a Dios, dividida esta máquina mortal, le diera fin a mis días. Vine yo a Madrid, Don Pedro, tan huraña, tan esquiva, tan necia, tan melindrosa, que igualmente competían con la hermosura el desprecio, con la belleza lo altiva, con lo airoso el desagrado, el enojo con la risa; efectos, que nacen siempre de una beldad presumida, de una hermosura soberbia, festejada, y pretendida: hermosa, al fin, de Ciudad, que grose ramente libra el aplauso en lo soberbio, y en lo grosero lo linda. Pero luego que en la Corte admiré la bizarría de tantas Damas, que salen hermosas, y bien prendidas, a ser estrago en las almas, a dar disculpa a la envidia; y se miró mi hermosura cobarde, y no competida, más cortes mi desagrado, la vanidad recogida; si no escucho al que me habla, se lo permito al que mira. Desembaréceme presto, que en mi casa las visitas, en el Prado el galanteo, y en el coche las amigas, son diligencias con que la que más atenta mira su opinión, en los achaques dispensa, si no peligra. Era mi amiga una deuda, tan deuda, y amiga mía, que ser una alma las dos, no es lisonja encarecida; amigo de mis hermanos su marido, permitían, que forastera me huelgue, y que parienta la sirva, en las noches del Invierno, para pasar la prolija estación que astige tanto, por larga, y no divertida, Lo mejor de los ingenio, a pasarla concurrían, de su marido llamados, en la casa de mi prima. Cualquiera su habilidad, sin ser rogado, exponia a la censura de todos, que las más veces benigna, con generales aplausos de admiración, o de risa, la urbanidad Cortesana, lo admiraba, o lo aplaudía. En todo, siempre a mis ojos Don Diego Manrique hacía (siendo cualquiera el mejor) las ventajas conocidas. La diversión en los juegos, en las voces la armonía, lo numeroso en los versos, de tal suerte divertían, que nadie de mi alabanza, o porque él lo merecía, le sospechó a mi cuidado la más ligera permisa. En fin, para no cansaros, aquí la primera vista fue de los dos, y aquí fue a donde correspondidas dos almas, dispuesto el trato, estrechas se comunican, sin estorbos se declaran, sin embarazos se animan, con tan lícito recato, ha casi un año; que unidas nuestras voluntades viven: hasta que, por mi desdicha, Don Luis Osorio mi hermano, que acaso se divertía, sin acostarse esta vez, en mi cuarto determina pasar algo de la noche, costumbre en él muy antigua, comunicándome siempre sus gustos, o sus mohínas. Yo que hablando con Don Diego aquesta noche le hoía de buen gusto la lisonja, de buen aire la caricia: entrar no sentí a Don Luis, que para desdicha mía, cuanto hablamos escuchó, sin que sepa, aunque examina, desnudo el bizarro acero, quien fuese aquel que le obliga a buscar como enemigo; porque apenas fue sentida su persona, cuando yo, mientras Don Diego se iba por un balcón, a mi hermano con voces le divertía, diciendo a voces: Ladrones; y a mi poca prevenida disculpa, con disimulo dio a entender, que la creía: Y examinando después una criada enemiga, de quien yo me había fiado, por confidente, y antigua; supo de ella, como un hombre a visitarme venía por aquel mismo balcón, sin conseguir que le diga el nombre: y fue, porque yo, con intención advertida, en lo forzoso no más. de su amparo me valía; causa infame de mis daños, y origen de mis desdichas. Yo que nunca asegurada, con cuidado le atendía, avisé a Don Diego, el cual, con mi gusto, determina ir a un negocio a Granada, ausencia de pecos días, con que de mi hermano quede satisfecha la malicia; a mi parecer lo estaba, cuando Don Luis determina pasarse a la casa, donde huyendo de la justicia venisteis a dar la noche, que quitarme a mí la vida resolvió, como ya visteis: y esta fue la noche misma que a la casa nos pasamos, que como más escondida del comercio, la escogió para ejecutar su ira: Ni lágrimas, ni disculpas de una mujer condolida, y de una hermana innocente, eden hacer, que reprima su sospecha bien fundada; pues sin que fuese admitida, ni aún la voz de la disculpa, sin remedio me castiga. Sin luz en un aposento, un Religioso que rija el breve término, que de vida me concedía, me permite: cuando yo, muerta en la congoja mía, ociosas dejaba casi su cólera, y su cuchilla; Algo reparada más, con ánimo disponia a mi conciencia el remedio, y el principio a mi desdicha: Cuando vos, noble Don Pedro, famosa rama divina de aquel tronco generoso de los Cerdas de Medina: por disposición piadosa de las estrellas benignas, que defender mi inocencia conciertan, y solicitan, me librasteis de dos riesgos, me excusasteis dos fatigas: el honor me dais dos veces, como dos veces la vida, Y ahora, señor Don Pedro, corre por la cuenta misma, que de Don Diego Mantique sepáis, pues que su venida, según lo que concertamos, ha de ser con tanta prisa, que es fácil haber venido, porque con esto consiga yo mi honor, viendo a Don Dieg que ofendido le pública mi hermano, con que su gracia no habrá porque y vos habréis IEI con sus hazana que a pesar del tiemo dejando en acción tang perfectamente cumplida tanta opinión reparada; tanta infamia redimida, tanto agravio satisfeci sin ofensa tantas vi go, que la resista: con seguido de aquellos que eternizan as su nombre, empo vivan, en grande lo, das; vencidos tantos peligros, malogradas tantas iras, tanto horror desvanecido, tanta impiedad corregida, tanto valor bien logrado, y tan lograda una dicha. Dad a vuestro afán sosiego, puesto que el riesgo cesó, y no os congojéis que yo conozco bien a Don Diego, y aunque familiaridad no rengo estrecha con él, para escribirle un papel tengo bastante amistad; y suplicarle, que aquí me venga a ver, pues disculpa de no excusarle la culpa el hallarme ahora así. Dejad vanos cumplimientos, que importan nada, señora; guardad para el que os adora tantos encarecimientos; y fiad de mi valor, que deba a mi diligencia amparo vuestra innocencia, y reparo vuestro honor. Voyme, pues queréis que os deba mudamente agradecida tantas veces esta vida con obligación tan nueva. Ay, Don Diego, ruego a Dios, que libres de tantos sustos tengan fin estos disgustos en dulce unión de los dos: siendo en tal conformidad, a pesar de la fortuna, la vida de entrambos, una, una en los dos la verdad. Y ruego al Cielo, que yo a ver vuelva el dueño mío, que tan libre mi albedrío piadosa me cautivó; dando a mi pequeña herida con bien nacido rigor en el alma otra mayor, cuando más compadecida, pues se dejó en tu piedad (junta la pena, y la gloria) el deseo, la memoria, el alma, y la voluntad. Esto ha sido por sacar a ustodes de confusión, que hay hombre de condición tan mala de contentar, que, sin poderse vencer, estará un año pensando en el como, o en el cuando, si pudo, o no pudo sor, y si así no se remedia su ignorancia desabrida, hará voto, que en su vida ha de ver otra Comedia. Hombre de quien Dios me guarde un consejo darte quiero: No te cuesta tu dinero? Entretente aquesta tarde. Y a los silvatos malditos no des lugar con rigores, porque los arrendadores son muchos, y chiquititos. No juzgues de mí, Leonor, que la tristeza que paso, sin gran causa la padezco, ni qué a mis ojos el llanto, en mi boca los suspiros, y las quejas en mis labios nacen de pequeño achaque, cuando tengo al cuello un lazo, en la garganta un cuchillo, y en el alma mil agravios, que me ahoguen, que me maten, tan fieros, tan inhumanos, que sin saberlos los creo, que sin buscarlos los hallo; de mi desdicha creídos aún antes que sospechados: Yo, Leonor, me fui a Gravada, dejando en Madrid, detando el alma, la libertad con dueño tan soberano, que es todo encarecimiente un breve pequeño rasgo; cada palabra una ofensa, y cada línea un agravio. Partime con gusto suyo, y por excusar el daño, que amenazaba su vida, en dos hermanos honrados. Y cuando vuelvo más fino, cuando más enamorado, cuando más correspondido, ni mi dueño hermoso hallo, ni quien donde vive sepa; tampoco quien a su hermano haya visto: solo sé, que a otra casa se mudaroir, de todos tan ignorada, que el más atento recato, vencido en mis diligencias, a no ser yo desdichado, pudiera quedar, hermana, perdona, si despegado, tan grosero, y desabrido, ni te escucho, ni te hablo; que en este mal, que padezco, no es tan ligero mi daño, si ignoro lo que padezco, cuando yo mismo me mato: Déjame morir conmigo, que en la desdicha que paso soy, si remediarme quiero, quien menos conmigo valgo. . Cómo, Don Diego, en tu culpa quejosa me he de mostrar, pues si me quieres culpar, me valgo de tu disculpa; sin diferencia nos culpa uno en los dos el delito; que si yo me precipito, es mi disculpa imitarte, y no hay razón de quejarte, cuando en la culpa te imito. Yo, que tan libre nací, tan vana, y tan presumida. que cuando más pretendida, aún no miré lo que vi: Tan necia, no sé de mí, con amor tan porfiado, que de mi amor ignorado el dueño, en tan grave empeño, cuando más ignoro el direño, me acierta más el cuydado. Necio introducido error, de todas tan admitido, el guardar para el rendido el desprecio, y el valor; Poco importa el ser mejor, nada el mérito consiga, que en el amor desobliga, quien rendido no padece; que no obliga el que merece, si el que merece no obliga. Mas sepa, a no me recer mi amor no correspondido; ya he dicho, que le he querido, y siempre le he de querer: Morir, amor, o vencer, mi desdicha me aconseja, que si lo sabe, y lo deja de este mi afecto obligar, no ha de poderme faltar el consuelo de la queja. A informarse partió Juana, y en su diligencia fío, que tenga el disgusto mío alivio aquesta mañana: A fuera pasión tirana, tan difícil de vencer, que aún no le llego a querer, ni él puede haberme agraviado, y solícito el cuidado le busca; mas soy mujer. Albricias, señora mía, que ya con la casa he dado de Don Pedro de la Cerda; pues luego no es el muchacho como un pino de oro, y rama de aquel tronco soberano de Médina. Coelí; a quien tantos Reyes Castellanos deben ilustre ascendencia; tan galán, tan cortesano, que te quitará mil canas. Qué disculpa, Juana, ha dado de no haberme vuelto a ver? Sangrado, señora, ha estado dos veces de aquella herada. Sangrado, Juana? Sangrado, no es mortal, de qué te admiras? Dime, Juana, viste cuando astentando primaveras hizo ostentación el Tajo de juventud transparente, y luego al Diciembre helado, torpe en grillos de cristal, a los enojos del Austro de tal manera obedece, que de sí mismo olvidado, de lo que fue no se acuerda, en cristalinos desmayos? Así yo, que te escuché, que con Don Pedro has hablado, con inquietud tan alegre, con temor tan sosegado, con ostentación gallarda, con espíritu bizarro, todo el gusto primaveras, todo Abriles, todo Mayos, tan de cristal mi pasión, que en ella has admirado mi alborozo, he inquietud, quedé con el sobresalto hielo torpe en mi corriente, mármol en mi afecto humano, bulto sin alma, y con vida; y está en razón bien fundado este famoso accidente, que si yo el alma le he dado, ya somos uno los dos, y a cuenta vive de entrambos. cualquiera de las dos vidas; la sangre que le sacaron, a mí me faltó también, y igual en los dos el daño, cristal se eló mi corriente, flor fenecí de un desmayo, mortal me quedé sin vida, con que habré, Juana, pagado en diferencia de afectos la desigualdad que paso, el gusto de que le hallases, y el pesar de que esté malo. Y si a tan grandes finezas fuese. . No digas ingrato, que me mataré mil veces, trocando en ira, trocando. No trueques nada, señora, que si esperaras un rato, me escucharas, que muy fino, solamente deseando tener salud para verte. Pues dime, en que le has echado de ver la fineza, Juana? En haberme preguntado mas de diez mil desatinos; tan contento, y tan hallado, como si en toda su vida nos hubieramos tratado. Y en otra cosa también. En qué? Dilo. En que me ha dado estos diamantes, que es el argumento más claro de que un hombre quiere bien. En qué piensa un mentecato, que dice, que quiere mucho; que sin que le tenga un cuarto de costa, pide favores? Dijiste. . No tan barato digo lo que sé, señora: solo ha sabido el cuidado de buscarle, sin que sepa quién eres. . Pues has me dado un gran gusto, porque quiero, puesto que queda ignorando quien soy, que vamos a verle, que puede hacerme embarazo, si quien soy sabe, y sabe que ya me cuesta cuidado. Ven, Juana: Quién le dijera a mi vanidad, que cuando el desprecio soy de todos, y el desengaño de tantos, cariñosa busco a un hombre, me pesa de que esté malo. Quién sepa, que los amantes son de la Cartuja gatos, que al zape vienen ligeros, y al miz huyen como rayos. No tenéis que prevenir, templad el desasosiego, ya yo le he escrito a Don Diego, como no puedo salir: Y aunque es verdad, que el achaque darme pudiera lugar, es forzoso el esperar, que la sospecha se aplaque, si hubo alguna, y la malicia desmentir de aquesta suerte; si bien que de aquella muerte no habrá tenido noticia la justicia, o la que importe no la ha podido alcanzar: de esto puede asegurar la confusión de esta Corte. Todo el fin ha de tener, que importe a vuestra quietud. A traerte la salud dos, que te vienen a ver, Damas de garbo bizarro, todo aliño, y todo olor, una rosa, y otra flor, con denuedo, y con desgarro me vienen siguiendo a mí. Pues por no os embarázar, y porque puede importar, que me conozcan, de aquí me voy: esperando en vos la enmienda de mi desdicha. El Cielo os dé mucha dicha. Quedad con Dios. Id con Dios. No os hará, señor Don Fedro; la novedad que debiera mi visita, porque pierde en la primera fineza la admiración la segunda. Es verdad, que la primera fue la admiración de suerte, Y quedé de tal manera, que lo que es miedo bizarro ha de parecer tibieza: Como el Águila valiente, que veloz el viento peina, igual se libra en las plumas, porque mudo la obedezca el aire, que rompe fácil, y mejorando de esfera, tan hijo del Sol parece, cuando a la del Sol se acerca, que el menor rayo le bebe, tan curiosa, y tan atenta, que en el examen valiente, las motas, que travesean, inquietamente en sus luces, Ble averigua, o le cuenta; y absorta en su mismo aliento, el ardor en que se quema, como cobarde no huye, como medrosa no espera; sin resistirle le aguarda, le examina sin defensa: así yo de vuestros ojos, abe, que mejor pudiera al Sol beberle las luces, pues averiguo las vuestras, tan impensada esta dicha, viéndome del Sol tan cerca; atrevido cortesmente haré, que miedo parezca la segunda admiración, y desatención grosera lo que está firme al peligro, con tan segura obediencia, bronce fuerte al sufrimiento, obediente fácil era, a las defensas cobarde, a los riesgos sin defensa: tan hijos de vuestras luces, que en ellas mi amor parezca una luz más de esos ojos, o que por rayos me alientan. Como estáis de vuestro achaque, que me ha tenido con pena vuestra falta de salud. Señora, de qué manera queréis que esté, quien dichoso de vos misma a saber llega, que os merece algún cuidado? Llegad la silla más cerca: mucho tengo que advertiros. Y yo mucho que le crea a mi amor vuestra hermosura, Diga sora Juana, y ella tuvo de mi algún cuidado? A qué finca de fineza tiene usted mi cariño? Es muy fácil, que no quepa, porque hay muchos acreedores, y pagar primero es fuerza a quien debiere primero, Y cuando la vez me venga, qué ha de hacer? . Quererte mucho. Y cuando mucho me quiera, qué demonstraciones gasta? Muy cariñosa, y muy tierna, seré un almibar con él, un persigo, una jalea, mas mole que un diacitrón, más blanda que una cirvela de Genova. . Basta el dulce. Demás de esto, tendré cuenta de su persona también, que entonces de su limpieza comisario riguroso me toca hacerle las pruebas; celarele cuidadosa, andaré tras él atenta, temeré en cuanto mujer; y si por otra me deja, lloraré lágrima viva. Pues quiero que usted sepa mi humor; pues me dijo el suyo: Hombre soy de tal manera, que si alguna enamorada de mí, en sus diligencias libra, que la quiera yo, es lo mismo, que si hiciera las de ser aborrecida: Qué razón ay, que agradezca lo que hiciere enamorada? La fineza verdadera es, no pudiéndome ver; y si no escuche la prueba: Ha visto, acabado el gusto, alguna, por más que tierna encareciese su amor, por sola correspondencia, celar, seguir, regalar? Pues quien quiere que agradezca lo que por mí no se hizo, sino por su conveniencia? Y por qué importa al embuste, aguarde, que voy a fuera? Qué importa saber quién sois? Hasta ver, que lo merezca vuestro amor, no me resuelvo: no he de ser en todo necia, sois dichoso muy aprisa, y ninguno me debiera la demonstración que vos, y bien que disculpa sea vuestra falta de salud: No será justo que sepa de mi misma boca alguno, a costa de mi vergüenza, quien soy, y que a veros vine; y es muy fácil que suceda el no merecerlo vos. Quién puede haber, que merezca de vos la menor memoria? Dándome ustedes licencia, por más que rompa grosero de la urbanidad las reglas, te he de decir al oído, que Don Diego, aquel de aquella galana, a quien tu escribiste, está en la sala de a fuera, con Pedro, el que fue a buscarle. Necio, advertir no pudieras ahora mi ocupación? Hay tan grande inadvertencia! Ve, y di. No vaya, ni diga: no ha de estórbaros las vuestras esta visita, Don Pedro: no será razón se vuelva sin hablaros esa Dama: no os turbéis: es cosa nueva? Pensáis, que me admiro yo, de que a visitaros venga, y más cuando no salís? Señora, la inadvertencia de este necio. Pues qué importa? Nada, que un amigo sea, a quien yo escribí un papel, para que a verme viniera: qué puede importar? Muy poco: cumplid la obligación vuestra, salid, y no os detengáis. Hareisme, que el juicio pierda: Dile a Don Diego Manrique, que a quitar una sospecha; le suplico, que entre luego. No ha de entrar nadie en la pieza donde estoy: Mi hermano, Juanas Yo estoy difunta. Yo muerta; Queréis vos ponerme a riesgo de qué conocerme puedan? Habladle allá fuera vos. Iré con vuestra licencia a pedirle, que se vaya, y que a la noche me vuelva a ver, que pide el negocio. a que viene menos prisa. Jesús! Aún no he vuelto en mí? Y para que yo volviera fueran menester garrotes. Pues aún seguro no queda mi remor. Tampoco el mío. Es muy fácil, no quisiera, que entrase mi hermano aquí: No ves cómo se pasean? J. Sí señora, y puede vernos, cuando dé ahora la vuelta. Pues en esta cuadra entremos. Dices bien, porque otra pieza mas adentro, es cosa mucha. Pues traete tras ti la puerta. Pesa mucho, y voy huyendo, y tengo muy poca fuerza. Válgame Dios, qué mujeres son las que tan libras entran a esta cuadra! Ya no puedo excusar el que me vean. No os asustéis, mi señora, mi dichoso encuentro sea con vos mi mejor padrino (el disimular es fuerza: de rabia muriendo estoy) pues serlo también pudiera, el gusto de conoceros, y el de que Don Pedro sepa cumplir también con quien es (Cielos, qué mujer es esta!) . que en vuestro dichoso empleo muy bien disculpada queda cualquiera demostración; y ninguna es gran fineza, cuando la asegura tanto la buena correspondencia. Y a buen seguro, que cuanto el señor Don Pedro pueda serviros, que lo ejecute. Sin duda le ha dado cuenta . Don Pedro de mi suceso, forzoso el satisfacerla. debió de ser, no pensase, viéndome en su casa misma, lo que yo también pensara. Oblígame de manera Don Pedro de cualquier modo, que cuando no le debiera los empeños de hasta aquí, empeño bastante fuera el haberos conocido: demás que a tan grandes deudas estoy tan reconocida, que es imposible, que pueda pagar si no es con el alma. Mucho de la dicha vuestra me huelgo, gozaos mil años: Hay tan grande desvergüenza! Viose insolencia mayor! Pues si aquesta mujer piensa, que soy de Don Pedro Dama, quedará muy satisfecha, y muy vana de mi enfado, y no tiene más enmienda, que darle los celos yo. Piadoso el Cielo os conceda, que logréis vuestros deseos, y que vuestras cosas tengan el fin que vos deseáis: Dios os guarde: El irme es fuerza, . que mi hermano se despide, y no quiero la vergüenza padecer de despreciada. No os vais, esperad que venga Don Pedro, que os acompañe. Venir yo, fue diligencia de una grande amiga mía, que mucha parte interesa en la salud de Don Pedro; y siendo imposible en ella buscarle, que yo lo hiciase, o me lo manda, o lo ruega (muera, pues que muero yo) y una persona me espera, a quien ha de dar disgusto el ver que yo me detenga: y aunque es Don Pedro galán, y que merecer pudiera otra mayor hermosura; pues merece que le quiera la amiga por quien le busco: me esta esperando a la puerta Don Diego Manrique, a quien, puesto que con su licencia a Don Diego subí a ver, dar la más leve sospecha no quisiera en mi venida (como no le halló tan cerca . mi miedo, nombró a mi hermano inadvertida mi lengua) Dios os haga muy dichosa. A fe, que la has hecho buena. Qué importa, si voy muriendo? Ay, hombres, y quien no os quema. No bastan, injustos Cielos, en mi desdichado amor, tantos peligros de honor, sin que peligrase en celos? Sin ser mal correspondida, no es enfermedad bastante saber morirme de amante, para quitarme una vida? Algo más debo de ser de lo que pensé hasta aquí; pues que buscáis contra mí tantos modos de vencer: No sobra, fortuna airada, si es tanto perder la vida, sin matarme de ofendida, morirme de desdichada? Casi vanidad me das con tan distintos venenos, pues pienso, que puedes menos, o que me resisto más. Es mucho que yo publique, cuando así mi honor se infama (no dijo? Si) que Dama es de Don Diego Manrique. La infamia, que sin disculpa intenta contra mi honor, cuando en mí el tenerle amor ha sido la mayor culpa. No morirme no es vileza, antes morir es valor; que motirse de un dolor no ha de llamarse fineza. Resista ahora el poder mi aliento en tanto pesar; pasemos del escuchar al último mal de ver. Pero en vano el mal dudó la que nació desgraciada, siempre, mal afortunada, mirará lo que escuchó. Contra mi dolor vivir sabré, y contra mi pesar, que si él me quiere matar, antes me sabré morir. Ya, señora, aquel amigo, que me vino a ver ahora: Mas quién está aquí? Señora, vos aquí? . Y a ser testigo de Don Diego en la traición: de mi ofensa, y mi pesar, no sé si pueda culpar Don Pedro vuestra intención. Pero no es pequeño indicio, y a mi desdicha le sobra, hallar una mala obra, cuando esperé un beneficio. No era mejor, si a Don Diego le sabéis otro cuidado el haber desengañado mi amor, tantas veces ciego? Si bien, sienpre le escuchara, avergonzada, y suspensa: sino querer que mi ofensa la viese yo cara a cara? Para darme a mí a entender mis penas, y mis agravios, no bastaban vuestros labios? Para qué fue menester, que aquesta dama viviera, a donde yo la escuchara, que la vergüenza en mi cara, y su desenfado viera? Y donde a voces publique, cuando mi cuidado infama, tan sin melindre, que Dama es de Don Diego Mantique? No fuera más fácil cosa decírmelo vos a mí, que ha sido escucharlo aquí advertencia muy costosa. Si os compadeció mi ruego, muy mal se ha echado de ver, con que ya os vengo a deber mucho menos que a Don Diego. Decidla, que salga vos, pues Don Diego se fue ya, con lo cual se acabará el engaño de los dos: qué bien en su alteración pude advertir su cuidado. No basta el primer enfado? No en balde su turbación fue cuando el nombre escuchó de Don Diego: Dónde está? Señora, salid acá. Ya, Don Pedro, se salió: Don Diego estaba con vos? Sí; pero dónde se ha entrado? Jesús! Ya se habrán juntado allá en la calle los dos. Sin razón, señora, infama mi modo vuestro pensar. No tenéis que os excusar, vos trajisteis esta dama. A qué, a darme a mí la muerte? Ya que me la diese a mí. Ay tan loco frenes?! Viose desdicha tan fuerte! No me basta mi pesar, sin el que darme queréis? Cuando me favorecéis, me queréis la muerte dar? Cuando yo celoso rabio, y cumplo mi obligación. Sobre la satisfacción, si es de los dos el gravio: Y es, Don Pedro, aquesto Dama la que vos me habéis contado? Y la que de mi cuidado es el hielo, y es la llama. Luego igualmente engañados con sus engaños nos vemos. Pues igualmente quedemos satisfechos, y agraviados. De rabia muriendo estoy, y pensad de mí, señora, que antes que venga el Aurora (aquesta palabra os doy) he de vengarme, y vengaros: no tenéis que agradecer, que más es querer volver por mí, que desenojaros. Ya todo será en mi engaño. Ya todo será en mi mal. A fuera pasión mortal. No hay bien sin ajeno daño.
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Quieres tú, que espere yo por su importancia a Don Diego, cuando en rabia, en ira, en fuego, me estoy abrasando? . No; pero quisiera que necio, colérico, y enojado, no hagas duelo de su enfado: No es mejor, que con desprecio piense de ti esta mujer, que eres hombre tan galante, que la olvidaste al instante que ella te supo ofender? Si darte quiso un pesar, el mejor medio no es, responderle muy cortés, que no le queréis tomar? Pues no le tómara yo, solo porque ella quisiera, vive Dios, si me le diera la madre que me parió. Qué desahogado, y qué necio discurre siempre tu humor: no siento su desamor, pero siento su desprecio. Pues yo siento, si por Dios, que no hay razón de enojarte; di, que quisiese avisarte, que sebe querer ha dos, En ley de argumentos buenos, a todos, señor, oíras, que quien puede lo que es más, puede también lo que es menos. No estés necio, he importuno, consuelo te venga a ser, que si ha dos fave querer, mejor sabrá querer uno. Dime ahora dónde vamos? No vayas tan divertido, y puesto que ha anochecido. Ya, Julio, en la calle estamos, esta la casa ha de ser; muy bien advertí las señas. Mira, que en mucho te empeñas. Vive Dios, que he de saber en que fundo el desacierto, y que estoy tan desabrido: Llave en la puerta he sentido. Sabes, pues, que la han abierto? Presto, Juana, volveré, cierra. Pues ves el cuidado, que estos días nos has dado, no tardes mucho. . No haré. PerJuádeme, Julio, luego, que no es verdad lo que digo: Eres de todo testigo? No conociste a Don Diego? Ves si es verdad el empeño, que allá le dijo a Doña Ana? Advertiste, como Juana le trató tan cómo dueño? Viste como le encargó, que no se tardase mucho? Qué esto miro! Qué esto escucho! Mejor pleito tengo yo, porque hasta ahora no he visto quien es de Juana galán. Estes pesares se dan! En vano el furor resisto: Pues yo no puedo formar queja, que no me he ofendido de Don Diego; aunque sentido me tenga a mí mi pesar: Ni que tenga, o no maltrato con Doña Ana, es importante; que no he de hacerle su amante, si el quisiere serla ingrato. Mas porque, tan sin razón, me fue esta mujer a dar a mí en mi casa un pesar, sin darla, Julio, ocasión? Pero en vano es discurrir: resuelto estoy, ha de ser, de ella misma he de saber, y de su boca he de oír este enfado misterioso; y es muy ajustada cosa: No fue a mi casa celosa? Pues yo a la suya celoso vengo también, y después, que averigue mi pesar, a Don Diego iré a buscar, puesto que ya es interés de Doña Ana, como mío, averiguar este enfado, que una vez averiguado, todo de mí lo confío. Y yo sabré disponer cuanto el suceso me advierta: Llama tú, Julio, a esa puerta. Llamo, porque a responder . saldrá la señora Juana, que ni aún celos no me ha dado, y así no estoy enojado: Ella está ya en la ventana. Quién llama? Has de responder, o he responderla? No. quírate, hablarela yo. No vedad os ha de hacer verme a esta puerta llegar: Conoceisme? Se os acuerda? Ya, Don Pedro de la Cerda, sé, que os habéis de llamar. No es poco me conozcáis, que altera muchó un enfado: gusto me haréis, si un recado a vuestro dueño le dais. Cuanto mandaréis haré. Pues decidla, que quisiera, como licencia me diera, besar sus manos. Yo iré, y lo diré a mi señora. Id con Dios, que aquí os espero? De cólera, Julio, muero, y he de averiguar ahora, con qué fin, o qué razón me quiso un disgusto hacer, con la de nacer mujer, es muy poquita ocasión. De los disgustos que hacen no hay porque ponerlas culpa, pues que tienen por disculpa, que para hacernos los nacen. No hay que tomar pesadumbre; vengarse con otro enfado: que en ellas este pecado, es pecado de costumbre. Qué material, qué grosero discurres, con qué vileza! Luces sacan a esta pieza: Ahora, señor, te espero. a qué juzgues, si es mejor mi amor desembarazado. Oh cómo de mi cuidado se ha de conocer mi amor! Al estrado poco a poco llegamos de puerta en puerta: no la dejara ella abierta, y no entraran. Estoy loco. Aunque con razón podía no daros este lugar, nunca he de poder faltar, Don Pedro, a mi cortesía. Yo me holgara de poder, señora, algo más conmigo, porque sé a lo que me obligo, mas no me puedo vencer: mal un dolor aconseja, y así en aqueste pesar, bien tendréis, que perdonar, sino al dolor, a la queja. Confieso, que en mis desvelos, cuanto siento, y cuanto lloro (sin perderos el decoro) mas son agravios que celos. Por agravio no tuviera, ni sentimiento formara, de que cuando os adorará, vuestro amor me aborreciera. Pues sin poderlo impedir, me pueden a mi faltar estrellas para inclinar, y a vos razón de eligir. Pero quisiera saber (cosa que de exceso pasa) pues que desde vuestra casa pudierais a otro querer: Qué misterio tuvo el ir a buscarme, y advertirme, de que le queréis tan firme? Yo no puedo resistir, ni he de poderlo evitar (puesto que hacerlo podéis) que queráis lo que queréis, pero podré embarazar. Esto si lo estorbaré, que la que a otro favorezca, por más que a mí me aborrezca, cuenta de su amor me dé. Yo no sé, que signisique, en cuanto sé discurrir, porque fue el irme a decir, que era Don Diego Manrique vuestro empeño, y vuestro amor, con tan costoso cuidado, si nunca he solicitado, señora, vuestro favor? No era en razón más fundado, no era mejor advertido, despreciarme agradecido, que ofenderme enamorado? Aquí fue el favor de más, habiendo de desdeñarme; más guardasteis el matarme para cuando fuese más. Y conoced los quilates de vuestro respeto en mí, en no haberos dicho aquí muchísimos disparates. Tenéis algo que decir, mas de lo que dicho habéis? Decid, no os acobardéis, porque a mí me habéis de oír, puesto que yo os escuché: No, claro está, pues calláis en la culpa que me dais: De cólera hablar no sé, Estate tú a la puerta, por si viviere Don Diego. Oh qué terrible es mi fuego! Escucha lo que concierta mi venganza, y advertida (que no re lo aviso en vano) de que es Don Diego mi hermano no te des por entendida. Poca culpa me darán, de confirmarle en su engaño, en qué puede hacerme daño; que piense, qué es mi galán? Pues cuando tome más mano en quererlo averiguar su cuidado, le ha de hallar, mas que mi galán, mi hermano. Descuida, que en todo estoy, señora, bien advertida. Ya sé, que eres entendida, Pues a la puerta me voy. Ni puedo ahora, ni quiero el déjaros de injuriar: Qué ocasión os puedo dar, mal mirado Caballero, mi modo, y mi proceder? No bastó mi desengaño, sin que con segundo engaño querráis volverme a ofender? Así su nobleza infama, rompiendo su obligación (cuando no por su opinión, por la opinión de su Dama) quien justamente empeñado con obligación mayor, en otra pone su amor, cómo en su casa el cuidado? Ni os pido satisfacción, ni aún lo quiero saber; lo que me ofende, es, el ver vuestra villana intención. Yo lo dije (y no lo niego, que en nada mi honor se infama) en vuestra casa a una Dama, que me esperaba Don Diego. Y también confieso aquí, que si Don Diego me viera, muy posible cola fuera una gran desgracia allí. Y fue sola la razón de no querer esperaros, y venirme sin hablaros, respeto a su obligación. Tenedlo, o no, por defecto, que sin color en la cara, en público confesara, lo, que os confieso en secreto. Peso es cosa de donabre, y risa, Don Pedro, hacéis, que quéjaros intentéis, y que tengáis por desaire juzgarme un empeño a mí; eso sinrazón se llama. No tenéis vos una Dama? Yo con mis ojos la vi. En nada me culparán esta igualdad en los dos; tenéis una Dama vos, y os enfada en mí un galán? No negaréis, según eso, que ahora de aquí salió. Cómo he de negarlo yo? Es verdad, yo lo confieso. Mirad (no habéis de pensar, que os quiero satisfacer) pudiera, Don Pedro, ser, que nada venga a importar. Ya os advierto, que no valga por disculpa: mas si fuese verdad cuanto allí dijese, como aquí, y que ahora salga de mi tasa; qué diréis, si en nada a quien soy ofenda? Pues (esto sin que se entienda, que disculpa me debéis) también no pudiera ser (no es aquesto disculparme) que nada pueda importarme cuanto vos pudisteis ver? Eso es imposible, no: cómo posible ha de ser? Este puédese valer de la disculpa, que yo? Cómo puede a mi faltarme cuanto escuché, y cuanto vi? Lo que me disculpa a mí, no es lo que pudiera darme por disculpa esta mujer? Yo no me puedo engañar. No le he de desengañar. No la he de satisfacer. No es justo, cuando ofendida; que nazca tan sinrazón de mí la satisfacción. Pues si perdiese la vida, desengañarla no quiero: puesto que ya mi intención logré, y que satisfacción, ni la pido, ni la espero. Una palabra escuchad. Si haré, como no medéis. satisfacción. No penséis, que infame así mi verdad. Tú dices, que no es culpada. tu señora; y que es error, digo yo, que a mi señor le juzgues culpado en nada. Este partido es igual, revélame a mí su culpa, y te diré su disculpa, y atajemos este mal. Dime tú, que pudo ser (presupuesto que a importar, Julio, no viene) el estar en casa aquella mujer. Y luego te diré yo (puesto que no te lo niego) lo que ignoras de Don Diego, que ha sido, y lo que importó. No la he podido engañar. Engañarle no he podido, p aunque callar no se ha oído a la obligación famular. Gracias a Dios, que remedia en los dos este defecto, y que guardan un secreto dos sirvientes de Comedia. J. La satisfacción del otro cada cual aguarda aquí; con que todos cuatro aquí la negamos en el potro. Casose, Juana, muy tierno, con Beatriz, o con Violante (que no es el nombre importante) una noche de un Invierno, Gil Beréngel, o Pascual; y cuando con bendición, llegar quiso a ejecución salicencia conjugal: Muy melindrosa la Dama, huyendo de su carillo, todo el cuerpo hecho un ovillo, diz, que se echó de la cama. En cuelillas un rincón diente con diente ocupaba, mientras que el novio se estaba abrigado el socarrón. Y viendo que se enfriaba, las rodillas junto al pecho, su melindre fin provecho, Y que Gil no la buscaba. entre si propuso un medio, y tiritando decía: Cuanto va, que no me halla? El novio, que con dejarla mejor su negocio hacía, dijo con torrente brusco, hasta los ojos la ropa, a su, más que no me topa, cuanto va, que no la busco? Que el uno tírite deja, y al otro juzgue dormido, tú verás como hacen ruido, porque acierten con su queja. La novia el uno ha de ser; témplese alguno en su llama, que tú verás, que a la cama sabia el otro por volver. Id con Dios, que decís bien; tumplid lo que un noble debe, que a mi gran causa me mueve a que lo calle también. No ha de vencer mi dolor, . yo a mí me sabré vencer, que no he de satisfacer a costa de ajeno honor. Yo, en fin, no le he de decir. Ni yo le quiero escuchar. No puede a nadie importar. No me puede convenir a mí también como a vos, con diferente respeto? Pues guardemos el secreto; mientras convenga a los dos. No es posible, que me tuerza, . que fuera acción muy villana el decir quien es Doña Ana, callar por ahora es fuerza. En qué estamos? En tabletas: tú de qué parte te pones? Yo, Juana, en decir de nones. . Pues yo en decir tijeretas. Grande ceguedad ha sido, y no sé, si has acertado, señora, en haber callado: Dime, qué causa has tenido viendo infamado tu honor? No pienses, que ha sido en vano no decirle, que es mi hermano, causa tengo superior. La misma facilidad que tengo en desengañarle, me obliga, Juana, a negarle a Don Pedro la verdad. Si él me da tantos venenos, solo en vengarme convenga, cuando a averiguarlo venga, sabrá, que me debe menos. Pene, y rabie, pues que muero, quien tanto supo ofenderme: No quiere satisfacerme? Satisfacerle no quiero. No será indecente cosa (ya yo estoy desesperada) pues le busqué enamorada, ir a buscarle celosa. Donde venga a averiguar (puede ser, que con mi llanto) esto que asegura tanto, que no le llegue a importar. Pues él disculparse, no, no puede, como yo puedo: luego sin venganza quedo? Sí, la verdad digo yo. Causa le mueve inhumana, a que lo calle cruel; que no lo callara él, a ser parienta, o hermana. También sin razón se infama mi respeto, que no fuera tan libre, que se atreviera a decirme, que es su Dama. Pero en vano es discurrir, sufrirlo no he de poder; yo lo he de llegar a ver, sino me quiero morir. Y en nada es aventurarme; el irme conviene, pues solo mi remedio es llegar a desengañarme, luego que mi hermano salga. Señora, mira. . Ah de ser: morir, amor, o vencer, un desengaño me valga. Válgame Dios! No es Don Pedro: que pensando, que lo fuese, yo misma a abrirle saliese: Don Diego, Cielos, es este. Qué mucho, si esta es Doña Ana, que mis desdichas sospechen, hallándola en esta casa, que me agravia infamemente? Don Pedro me embró a llamar, y no es mucho que recele lo que de sospecha pasa. Ah Cielos, que se consienten contra un hombre solo, tantos linajes, y tantas suertes de ofensas, y de pesares! Oh qué en vano se defiende alguno contra los hados! Y es mi desdichada suerte, que en este pesar, Don Pedro no me agravia, aunque me ofende, Doña Ana no más agravia: como posible ser puede el estar sin culpa aquí? Advertido cuerdamente; que viese yo su disculpa quiso, y quiso que yo viese, que Doña Ana en esta casa es solo culpada siempre. Consejo fue de los dos, que aquel papel me escribiese, donde tanto la importacía de qué le busque encarece. Si en su casa (claro esta) sin ser culpada no puede, que es esta acción imposible, de que alguno la violente. Qué te suspende, Don Diego? Por ventura te enmudece mi queja, cuando mi agravio pide, que rayos ardientes vibren airados mis ojos? Que mucho, si no los temes, pues mi llanto los apaga! Y si mi voz torpemente, aún para las mismas quejas, no puede alentar tan débil, que al ir a nacer razón, flaco suspiro fallece. No te bastó ser ingrato? No te bastó ser aleve, sino grosero también? Porque tan indignamente, mi ofensa, y mi desengaño, permitiste, que supiele de la misma boca, que. matarme, como ofenderme, en un mismo instante supo? La obligación que me tienes hoy, Don Diego, no es tan grande, que fácil no desempeñe mi crédito una clausura; de ofendido solo tiene lo que en su honrada sospecha mis hermanos encarecen. Si otro cuidado primero más atención te merece, con mayor obligación, que la que a mi honor le debes, cumplirla es justo, Don Diego, que para que me consuele, es bastante, que un ingrato se gane cuanto se ofende. Bien de la queja te vales: No ves, Doña Ana, que ofendes, con intentar la disculpa, a tu obligación dos veces, a ti, a Don Pedro, y a mí; cuando de que la confieses, con desprecio de mi queja, toda su dicha depende? Yo de que con nuevo agravio tu satisfacción intente disvadirme lo que mito, con disculpas apatentes: Tl de que infames tu honor, dado que imposible fuese, engañar los dos a un tiempo. Cesen ya, Don Diego, cesen contra mi honor las injurias; y aunque es el satisfacerte tan fácil, y tan forzoso, satisfacción no merece de mi boca, quien grosero, desatinado, y aleve, no solo me ofende ingrato, pero se vale vilmente deculpas que falso finge; tomo si disculpa fuese buscarle achaque a la ofensa: Dime, ingrato, te parece, que el venir aquella Dama a decirme, que te quiete; que si no la correspondes, que tú mismo la trajeses a que mi ofensa me diga, ya que muy vana me viese a mi perdida en mi agravio, no es causa solo que puede teber de costa mil vidas? Aún cuando fuera tan fuerte, o tan sin honra, es mejor, que todo posible fuese, cuando de mí tu traición lo sospecha, o lo pretende. Mujer te ha venido a vet? Y yo he sido en que viniese a perderte a ti el respeto? Cortespondencia me debe, y cuidado otro cuidado? Dices bien, satisfacerte (claro está) será imposible. Pero seralo, que niegues, que estuviste aquí esta tarde. Pues qué disculpa previenes con mi venida? Es verdad; Y para que yo veniese no fue un papel de Don Pedro la ocasión, en que me advierte. lo mismo que miro yo? Aquí Doña Ana se dejen, o tus quejas, o las mías, y puesto que un noble debe (cuando hay hombre que le enoje) no dar la queja a mujeres; que no estás culpada creo, y que nada importa verte fuera de tu casa; en casa de un hombre mozo, que tiene partes pata ser querido: Fácil hasta aquí se vence mi cólera en tu porfía, creyendo lo que quisieres; pero en eso es imposible: Yo he de saber, que me quiere Don Pedro, pues que me llama, sin que te escuche, ni intente satisfacerme, ni oírte. Puede alguna cosa serme de mayor consuelo a mí? Esperando a que vinieses estuvo, y salió a buscarte, o aquí le aguarda, o te vuelve a buscarle, que yo sé, que quedes bastanteniente. satisfecho. Muy bien cumples la obligación que le debes, la mía he de cumplir yo; que si tú tan fácilmente rompiste la que tenías, la de ser quien soy es siempre en mi obligación primera: Mal haya el necio que tiene alguna seguridad, pues que la mayor me tiente. Para cuando, Cielos son (puesto que tanto se precien de justos) vuestros rigores; si permitís, que se quede sin venganza aqueste agravio? No bastan los que padece mi honor, tan sía culpa mía? No le sobra a un inocente tener el riesgo en la vida? Al riesgo mayor se atreve de mi crédito una ofensa? Que es lo mismo que atreverse a la pureza del Sol: Yo a un hombre satisfacerle, cuando es a mi honor la injuria? Qué puede importar, que fuese cortés a ajeno cuidado? Qué importa, que me desprecie su voluntad como ingrato, ni que por otra me deje? Cibil modo de ofender: quien tan infame se atreve a agraviar lo que ha querido? Y quiere tan vil valerse de culpas que ingrato finge, de agravios, que infame miente, de celos, que vil sospecha; reputación que consiente sin satisfacción la injuria: Mal haya, Cielos, mil veces quien vanamente introdujo, que siendo justo que vengue este agravio con olvido, y esta infamia con su muerte; morir callando sea fuerza. Mal haya honor, que no puede buscar en una mudanza el vengarse, o el perderse. Él la quiere, ella lo dice; él me agravia, ella me ofende; yo ofendida, ella dichosa; él culpado, yo inocente; mi honor sin culpa infamado: y pluguiera a Dios, que fuese, pues que yo muero de celos, celos de lo que se muere. Ajeno amor le acaricia; cuidado nuevo le atiende, nuevo agrado le enamora, nueva beldad le merece; porque de intentarlo, viene a nacer daño mayor: pues de su enojo se infiere, que es achaque, y no cuidado, y imposible el convencerle, pues es mi queja no más de la que Don Diego quiere: A infame, y vil Caballero! no tienes que agradecerme el que mi amor no te olvide, a quien soy, mas le debes la firmeza de mi afecto, que ha de ser constante siempre, mas que el mármol a los tiempos, a tus agravios rebelde. A Don Diego a buscar fui, y aunque es verdad, que le halló mi cuidado, vuelvo yo, señora, a esperarle aquí. Le hablasteis vos? No le hablé. Pues por qué, Don Pedro, ha sido si es que hablarle habéis podido, no hacerlo? . Tuve por qué. En hn, perdonad, señora, puesto que es igual el daño, y lloro mi desengaño, si el vuestro lloráis ahora. Lo que busqué temeroso, lo que averigué agraviado, o de celoso, o de honrado, es el decirlo forzoso. Bien podéis, que no es tan fuera ahora cualquier pesar, que muerte me puede dar, cuando otro no medio muerte. Ahora a buscaros fue, de mi ahora se apartó; nada me diréis, que yo tanto de mi agravio sé, que cuanto podéis decir, ya en mí, de puro cobarde, llegará, Don Pedro, tarde, si viene a hacerme morir. Ingrato a lo que me pasa, infame mueve los labios contra mí, formando agravios de hallarme en aquesta casa. Ninguna satisfacción, dice, que de mi pretende, que cuando hay hombre que ofende, buscarle es obligación. Esto me dijo, y se fue luego, Don Pedro, a buscaros. Vuestros agravios más claros veréis en lo que yo sé. Yo de la casa salir le he visto de aquella Dama; ella es su fuego, y mi llama; la puerta le salió a abrir Juana, aquella que me dio de su parte aquel recado, y no con poco cuidado, que no tarde le encargó. Y esto pudiera engañar a Julio, y a mí, que entonces supe, sufrido, los bronces, antes vencer, que imitar. Mas yo mismo la hablé, yo, para apurar la verdad, y con gran facilidad ella me lo confesó. últimamente, he sabido tudo cuanto a los dos toca, porque de su misma boca Julio, y yo lo hemos oído. De ella celoso, o de vos, vendrá a buscarme Don Diego, y averiguaremos luego aquesta ofensa los dos. Y aquella satisfacción, que pude tomar allí, quiero yo, que la dé aquí, mirando su obligación. Ahora verás, si es cierta l mi sospecha, y mi cuidado, que ni aún la puerta han cerrado; porque cerrada la puerta, dicen, que el diablo se vuelve. Aquesto en que ha de parar, pues lo llegas a mirar? Tu cólera, qué resuelve? Juana, ahora lo verás: Don Pedro, el haber venido, a donde me veis, ha sido, para averiguar no más, que causa os mueve a callar lo que tanto encarecéis: y también a que quedéis sitisfecho en el pesar, que decís os vine a hacer: Cuanto dije no lo niego, que era mi galán Don Diego: si en vos el satisfacer es tan fácil como en mí; en la culpa que yo tengo. Como tan furioso vengo, sn llamar me entré hasta aquí. Es muy fácil la disculpa. Mi hermana es aquesta, Cielos. Si fueron justos mis celos, si fue cierta vuestra culpa ibien, que tampoco me importa) legadlo de lo que he visto. Pues cómo el furor resisto? Mi cólera se reporta, uando Doña Ana, y mi hermana me agravian? Cuando las dos, mi cólera, vive Dios, en Leonor, como en Doña Ana, ha de vengar mi rigor, Galán de las dos Don Diego, introduce aqueste fuego: mi honor ofende, y mi amor, Pues yo no quiero tomar, en casos tan inhumanos, más consejos, que estas manos, que ellas me sabrán vengar. Ya es ocioso averiguar lo que os obligó a llamarme: y ya, Don Pedro, a vengarme vengo, mas que a preguntar. Doña Leonor, y Doña Ana son de mi infamia ocasión, rompiendo su obligación, una amante, y otra hermana: Ya es mi ofensa averiguada, donde la supe la vengo, y de la razón que tengo sabrá vengarme esta espada. Vuestro enojo reportad, sosegaos, que podrá ser, que tengáis que agradecer, cuando sepáis la verdad, Y si cuando os desengaña mi verdad; no es de provecho, yo sabré, que satisfecho quedéis también en campaña. Poco os cuesta el escuchar: El estar Doña Ana aquí fue forzoso, porque así solo se pudo estorbar su infeliz, su triste suerte, cuando resuelto su hermano, por vuestra causa, inhumano la quería dar la muerte. El papel que os escrebí, que vuestro engaño fomenta, fue solo por daros cuenta de que os aguardaba aquí. La causa de conocer yo, Don Diego, vuestra hermana. (testigos son Julio, y Juana) fue quererme defender, de que tuviese noticia, que fácil todo lo advierte, de que di a un hombre muerte una noche, la justicia. En vuestra casa me entré donde hallé aquesta señora. Desde aquí me toca ahora a mi decir lo que sé. Estándole asegurando, que en casa sin riesgo estaba, cuando más le aseguraba veniste tú, y sospechando, que fuerr justicia Juana los llevaba a su aposento, Ellos mudando de intento, del jardín por la vantana a esotra casa pasaron; y desde allí mal seguros, las paredes, y los muros de esotra casa soltaron, y cayendo en un jardín. Sin mi gusto, yo os lo fío, comenzó el disgusto mío, cuando yo esperaba el fin. Allí pude averiguar, que con fiereza inhumana, un hombre quería a Doña Ana resueltamente matar. Y es mi hermano, que ha creído, por lo que Don Diego sabe, que es mi delito más grave, El modo que yo he tenido de librarla, vos después lo sabréis más largamente; el suceso, finalmente, aqueste, Don Diego, es. Ahora que es vuestra hermana, estotra señora sé; si la ha agraviado mi fe verá; puesto que es Doña Ana, con razón vuestro cuidado: Vos ya de todo advertido, ved, si quedáis ofendido de lo que habéis escuchado. Pues aún más mi obligación espera en mi desengaño, y es el remedio de un daño toda mi satisfacción; siempre mi hermana ha de ser, aunque me pese, mi hermana; pero puede bien Doña Ana dejar de ser mi mujer. Remedio este daño tenga, pues es mi primer cuidado; que este daño remediado, yo haré lo que me convenga. A Doña Leonor celosa he visto aquí de Doña Ana: ser vos galán de mi hermana, cosa parece forzosa. Nada quiero averiguar, porque no me toca a mí mas de reñir, si es que aquí no la quisieredéis dar luego la mano a mi hermana. Yo en eso el dichoso soy. Ya, Cielos, segura estoy. Ya, queda libre Doña Ana. Alerta, que van casando. Quedemos, Julio, de nones. Que cierran las velaciones. Ojo abizón, que van dando. Yo a Doña Ana pagaré, aunque mejor informado, lo mucho que la he costado; y también cuenta se dé, pues es el dar la razón, a sus hermanos de todo; que este ha de ser solo el modo de vencer su indignación. Y en suceso tan extraño, que tantos daños remedia, tenga su fin la Comedia: No hay Bien sin ajeno Daño. Que con rendida obediencia, que alcance vuestro favor, os la ofrece aquí el Autor, escrita sin competencia,
