Texto digital

Texto digital de No aspirar a merecer

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan Bautista Diamante
Atribución estilometría
Juan Bautista Diamante Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto, modernizado con posterioridad mediante procesos automáticos, procede de TESO.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

De la Rosa, Javier, Álvaro Cuéllar y Jörg Lehmann. Texto digital de No aspirar a merecer. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/no-aspirar-a-merecer.

Logo BICUVE

NO ASPIRAR A MERECER

No volverme loco es de mi mal juicio muestra. Pues Tarantela, ¿qué tienes? ¿Qué quieres, señor, que tenga? dime, tus transformaciones no bastan para que pierda el juicio quien juicio para perderle tuviera? Pues, ¿qué te admira? Me admira pues lo preguntas, que puedan en tan breve tiempo hacerse tan extrañas diferencias como en ti miro, pues hoy olvidando la grandeza. de quien eres en Milán, de príncipe de Florencia, un oficio de secretario pasaste, pero no es esta mi mayor dificultad, si reparo en qué granjeas sin saber cómo o por dónde la gracia de la duquesa, sin que de tu introdución me dé el acuerdo más señas, que una carta con que Octavio, sin que yo cúya fue sepa, te introdujo en los negocios, donde has dado tales muestras, que aquí secretario vales, más que príncipe valieras. Sepa yo, por Dios, qué es esto, pues hay ocasión en esta quinta, sin que te disculpes ahora de no tenerla, Ya conoces mi lealtad. Razón tienes, Tarantela. Pues válgame, señor mío. Escucha, porque tu queja quede de mi estimación advertida o satisfecha. Di, señor, que importa mucho, que a lo que vienes se sepa, ya que quién eres se sabe. Oye. Así todos lo hicieran. Príncipe nací. Ya sé, que es la Toscana tu herencia. Feliz y único en mi estado. Y de tan amables prendas, que aunque merecías ser por tu condición modesta, quién eres en tu fortuna, es lástima que no seas, más por ti que por tu estado, porque tu naturaleza tiene mérito en ti propio, mucho mayor que no en ella. ¿Pues me adulas? No, señor. Escucha, pues. La oreja. de atención en gusanillo tendré a tus labios abierta. En Florencia, como sabes, y heredero de Florencia, viví bienquisto de todos, que es parte que se granjea por hija de la razón, que la razón no es herencia. El principio de mis años partí en acciones diversas, entre el ocio y la fatiga, con las armas y las letras. Mas porque no es de importancia para el caso esta advertencia, gastó este tiempo el descuido, y en edad ya más discreta, llegue, que esto es lo que importa, a dispertar de una ciega ignorancia en que vivía. Vivía, dije, muy necia era sin duda mi vida, ya que ser vida merezca. Más bien dije, desperté; porque el que no se desvela en los cuidados de amor, aunque vive como niega, el mejor uso a la vida en una calma suspensa, duerme todo lo que vive, hasta que a vivir despierta. Disperté, en fin, pero aquí para que a la inteligencia sea fácil la noticia, pendiente el discurso queda. Las dependencias antiguas de Milán y de Florencia, aunque el silencio las calle, la ruina las acuerda. Pues el Po, campo de plata, en una y otra sangrienta batalla, uno y otro asalto, el fértil caudal perdiera de su abundante corriente, a tanta sed lisonjera, si el estrago a sus raudales con vehemente fiereza, lo que en agua le bebía de sangre no le volviera. Testigos de esta memoria los antiguos odios sean, que aun hoy en lentas cenizas, aunque tviíos se consernan. Quedó en el último trance de tanta marcial contienda, vencedor mi padre, y sola Margarita, aunque heredera del estado del Milán, porque su padre en la guerra de la pensión de mortal pagó la forzosa deuda. Aquí al discurso pasado vuelvo, porque se entretejan las ya amagadas noticias con las noticias que quedan. Entre algunos prisioneros, que reservó la tragedia, Riselo, un aciano noble, llegó rendido a Florencia, obligome su fortuna a que reparase en ella. Las sinrazones del hado, si ya no fue, que mi estrella a este acaso prevenidas tuviese sus influencias. Pues entre algunos avisos, que curioso de su lengua, logro mi oído apacible al mal que me lisonjea. Uno se entregó de el alma, con blanda afable violencia, como rasgo, como indicio, como amago, como seña de la hermosa Margarita, pero con tanta belleza dibujada en la noticia, que si otra cosa más bella, que su copia el sol miraba era a Margarita mesma. ¿Quién de tan dulce peligro se librara, sin que fuera grosería la ignorancia, o culpa la resistencia? Yo amante en sin, yo rendido con disculpa tan discreta, como adorarla, logrando los indultos de la ausencia, me atreví allá en mi silencio, aunque pidiendo licencia a su decoro a mirar aquella imperiosa idea que en la memoria era envidia de las otras dos potencias, hice alimento del alma, su perfección y discreta el alma, con tanto aliño en su perfección se ceba, que si el incendio la apura, el incendio le alimenta. Pasé adorando y sufriendo, hasta que ya menos cierta, la esperanza de la vida pidió al remedio licencia. Y no, no para sabar de aquella afable dolencia, sino para disculparse de la razón de tenerla, pues los ojos ofendidos de padecer sin materia, o por mejor decir tristes del alivio que les niega mi omisión, de los sentidos, tomando la voz intentan. ver la ocasión de su llanto, ofendidos de que pueda ser causa de su pesar el placer de una potencia. Vencieron, en fin, los ojos, que yo, para que vencieran, pedí licencia a mi padre, tomando para modesta disculpa de no asistirle, la de ver a la ligera, de Italia algunas provincias, vuelvo a avisar tu advertencia. Conseguí licencia, en fin, ya Riselo con cautela, carta pedí para Octavio de favor, fingiendo que era, para un caballero, a quien una fortuna severa de Florencia desterraba. Y él en esta diligencia, o por hacerme este gusto, o por pagarme la deuda, que en su prisión me debió, la escribió con tales muestras de autoridad y cariño, que llegué a gozar por ella en esfera de criado, la atención de la Duquesa. Esto advertido, volvamos a eslabonar la cadena de mi amor, pues venturoso llegué a Milán con tal priesa, que si puede ser, contento quedé de mi diligencia. Llegué y disfrazado vi a Margarita, aquí entra forzosa una grosería, pues si digo que más bella me pareció que su fama culpo a mi amor, pues es fuerza haber crecido en su vista. Si digo que mayor era su fama que su hermosura también, porque es ligereza, no siendo menos mi amor, que su hermosura lo sea. De suerte que para obrar a mi sentir, con decencia, solo diré que la vi, Mas, ¿qué la vi de manera que su hermosura y su fama, vivían sin copetencia. Mírela y volví a mirarla otra vez, ¡oh cuánto verra en el pasado discurso, contra mi opinión mi lengua, si dice que amor no crece! Porque si es común sentencia, que todo tiene un estado fijo, donde luego cesa, fuerza es que luego cesara el amor que no creciera, no cesa, luego amor crece. Y cuando común no fuera esta opinión, mi cuidado por asentada la diera, porque deste silogismo mi amor es la consecuencia. Creció mi amor con la vista al paso, que la impaciencia de no vivir en mi amor, distante de su belleza. Si fue grosero o no fue el intento, allá se queda a la opinión del discreto, la opinión; pero mi pena para conmigo bien lave, que mi opinión no es grosera. Porque acercarse a la llama, sin nunca esperar que de ella resulte alivio al incendio, si es grosería, es atenta, pues cuanto es mayor el riesgo, tanto es mayor la fineza. Y en fin, la fortuna mía ha dispuesto de manera los lances, que mi ventura ya con declaradas señas introduciéndome en este ejercicio, da licencia a mi amor, que por los ojos temple al alma la dolencia. Pero esto debe entenderse, que es con tan suma decencia, que aun al semblante le niego los avisos de mi pena. Porque tan sin esperanza es mi amor, que si me fuera un imposible, propongo posible que agradeciera Margarita, mi cuidado, de adorarla disistiera, aun no siendo la acción mía. Pues solo lo que desea mi noble amor es servirla, sin anhelar a otra esfera, más que merecer servirla; no aspirando a merecerla. Y porque de la objeción el escrúpulo que queda, es penetrar el intento de mi amor la objeción sepa, que amante, firme y rendido, olvidando la bajeza del premio, paga común que el común amor espera, la he de servir siempre fino, porque se nore que es esta de mi amor la pretensión, la intención de mis finezas, de mi cariño el deseo, de mi obligación la deuda. Y en fin, la ocasión precisa que de mi patria me fuerza, a intentar estos disfraces, desmintiendo la sospecha de quién soy, con la esperanza, que en esta inferior esfera se hace el mérito bienquisto; pues de tan divina empresa, quien así el premio rehúsa, es quien al premio se acerca. ¿Haslo dicho todo? ¿Sí? Queda, ¿qué decir? No queda. Pues escúchame a mí ahora. Prosigue. Si se supiera quién eres, que es contingente, no quiera Dios que tal sea, ya ti y a mí y a tu amor en aceite nos friyeran. A ti, porque te veniste, enemigo de esta tierra, a enamorar a su dueño con tan grande desvergüenza. Y a mí, porque te acompaño, y a tu amor, porque se meta en inventar usos nuevos de enamorar, que dijeran tus esperanzas cartujas, tus pasiones recoletas? Que era el premio de mi amor. Pues, Carlos, si va de veras. ¿Cómo me llamas así? Resbalóseme la lengua, digo, Laurencio? ¿Qué quieres? ¿Qué? Que tu cuidado sepa, que conseguirás tu intento, aunque pese a la duquesa. ¿Por qué necio? Porque nada lo conseguirá cualquiera, y en parte discreto andas en no aspirar de esta empresa al premio, según publicas, porque es menester que sepas, que aunque es bella Margarita, en su condición severa de suegra tiene unos visos. que al yerno le dio su hacienda en dote con una hija, que con sus faltas enteras le parió un niño de tiempo, muriendo del parto ella, para que el yerno heredara lo que trabajó la suegra. Y si no parma y ferrara lo digan, duques de piedra, en querer a Margarita, tan sin fruto en su asistencia, que parece que por su devoción la galantean. Lindo modo de obligarla tienen los dos cuando esperan, el de Ferrara muy vano con su poder merecerla, y el de parma, muy rendido a obligarla a su amor, mientras con la entretenida a entrambos les está pegando ella, ¡Vive Dios, que es una! Calla, ¡Necio bárbaro! Pues estas invenciones que ha forjado de músicas y academias, en esta quinta, estos días, piensas que no se sospecha, que es por dilatar el tiempo al desposorio, que espera todo el estado, con uno destos dos duques. Pues esas noticias de que las tienes? ¿Qué? ¿De qué es mi casa esta, y sé yo más en la mía, que sabe el cuerdo en la ajena. Bien haces en conocerte ¡Loco! Que con nada pueda quitarte el mal pensamiento? que haya en el mundo quien venga a servir desde servido? ¡Vive Cristo, que es más pena que ser pobre, y digo bien, que ya los pobres no ruegan, si no dan dos puñaladas, que siempre consigo llevan, una para la demanda, y otra para la respuesta, Volvamos nos, señor mío. Ya están tus burlas muy necias, No te hablaré otra palabra, mas ya la hora se acerca, en que el aliento a estas flores viene, señor, en la bella Margarita, alma del día, del sol bellísima afrenta. Prosigue, prosigue, amigo, que bien su alabanza suena. A una trompeta me atengo. ¡Villano! Soy una bestia. Muy pesado estás. Tu mano debe de estar muy ligera, ¿A cuántos somos de mes? ¿Por qué lo dices? Quisiera saber a cuántos caía tu mano con tanta fuerza. Deja disparates y oye. Ya está dejado. ¿Qué cerca se ha escuchado la armonía de instrumentos lisonjera, Es que Margarita ya, atravesando esa selva, que al artificio le debe, más que a la naturaleza, va llegando a estos jardines a dar principio a la fiesta, que hoy los duques le previenen, En tanto que en la maleza prevenidos los monteros. ya con la caza le esperan a que ella es tan inclinada. Bien se conoce en la nueva fragrancia, con que las flores respiran que viene en ella la armonía que le deben, como mejor primavera. Pues mira que llegan ya. Retirémonos. ¿Qué intentas? Ver desde aquí su hermosura para disculpa modesta deno cegar en sus soles, y oír también el problema, que ha de lidiar el amor del ingenio en la palestra. ¿Y de esto, señor, qué sacas? Lo que procuro. ¿Qué es? Verla. Fácil es que tienes ojos, pero de encogido pecas. ¿Adónde mandas que cante? Desde esa verde arboleda, para que más apacible distante el acento sea. Todos, señora, mormuran, que dilate Vuestra Alteza lo que el Duque, vuestro padre, en su testamento ordena, y es de importancia al Estado. Pues ¿qué os parece? Que tenga resolución este caso. Y quien procuran que sea de los dos el preferido? El de Ferrara granjea el común, pero el de parma, gran parte de la nobleza, y una propia acción los llama. Octavio, las conveniencias de mis vasallos procuro; pero ha de ser de manera que quedando ellos gustosos, no quede yo descontenta, para ver quién es más digno ingeniosas experiencias hago de los dos Octavio, que ya que preciso sea, que uno haya de merecerme, el más digno me merezca, dejad que obre mi albedrío, que no por nacer duquesa de Milán, nací sin él, y fuera acción poco cuerda, lo que yo tengo por mí, perderlo por mi grandeza. Vuestro gusto solicito. Discreto sois. Si ser bella ap... no ostentara en la crueldad, dichosa mi suerte fuera. Si mi amor no la merece mi industria no desespera. de mejorar mi esperanza. Ya aguardando tu licencia está la música. Y ya señora, quien más granjea en parecer vuestro esclavo, aunque a tanto culto sea víctima humilde la vida, consagra a las plantas vuestras. Bien está, duque de parma. ¡Qué hermosura! ¡Qué entereza! ¡Ay, Laura, que mi afición con más y con menos fuerza, para el tormento me arrastra, para el alivio me deja. No desesperar importa. Pues ya qué razón me queda. El desprecio de tu prima. ¿No ves que ella escucha? ¿Él ruega? Yo, señora, a merecer con mil rendidas finezas, vuestro favor de Ferrara a Milán. ¡Presunción necia! Vine. Y a yo lo sé, Duque, ¡Qué cansada competencia! mas es forzoso sufrirla por no ofendermi obediencia. Vuestras Altezas lugares tomen, como lo dispensa de la Academia el estilo. Sacrificio es la obediencia Así librarme procuro, ¡Porcia! Señora, ¿qué ordenas? Que la música prosiga. ¡Cantad! Y sea aquella letra. ¿Qué hermosa está Margarita? Merece, señor, ser por la de la celebrada concha de aquel español poeta. Quien más merece de amor en el feliz padecer, quien sirve por merecer, ¡Oh, quién no aspira al favor! Desta manera procuro, acreditar mi pasión. Probaré aquí mi intención. En este concepto oscuro, declarar mi amor intento. Del enfado de escuchar aquí me libro, explicar puede cada uno su intento, mientras que a la provenida montería llega el tiempo. Llega a explicarte, señor, ¿No escuchas que lo ha mandado? Quien explica su cuidado mucho aventura su amor. Haciendo cortesía. El que merecer intenta, siento que merece, pues más digno del premio es el que al premio más se alienta. Diferente es la opinión que mi sentimiento aclama, pues aunque el que espera ama, ama con tibia pasión. Que más merece sustento el que merecer procura, pues deste modo asegura, que es amor su sentimiento; y el que ama, no siendo así, no da razón de que ama; porque está demás la dama en quien es fino por sí. Supuesta ya la centella en quien no aspira, imagino, que la obligación de fino no es por él, sino por ella. luego si el ser fino nace de serlo en el que no obliga, mejor es que no se diga la fineza que se hace. Bien clara mi opinión vi. En la mía se mejora la razón. ¡Porcia! ¡Señora! ¿Qué te ha parecido a ti? que en los afectos de amor más merece el que le explica, pues incapaz se publica desufrir tanto rigor, porque en el que conocido está de amor el intento, cabe de merecimiento lo que cabe de rendido; ¡Oh, si el Duque me entendiera! ¿Y ésa es Porcia tu opinión? Sí, señora, y mi razón. Pues cierto que es bachillera, porque se debe entender. que aquel que llegare a amar sirviendo sin desear más digno se viene a hacer, de ser querido, en razón de mérito, porque es la que huye del interés, la más hidalga pasión; pero ¿para qué el efecto sea a la causa oportuno, la intención de cada uno salga del mismo concepto. Y el ingenio en él compita de la música al compás, haciendo tratable más la competencia. Repita la música el argumento, y continuada prosiga, porque temple la fatiga la harmonía del acento. Continuando la música. Quien más merece de amor en el feliz parecer? quien sirve por merecer, ¡Oh, quién no aspira al favor! El que intenta merecer, ya asentada a mi sentir Ileva la acción de sufrir, ¿qué digno le debe hacer, pues si acusó, sino a ser llega objeto del rigor, hace el mérito mayor cuanto en tu fineza ofrece, que es quien sirve y no merece. Quien más merece de amor. Quien sirve sin esperanza, fuera de la estimación que da a la dama, en su acción dice su descunfïanza, cite aun consigo no alcanza, porque recela ofender, padece amando, y a hacer llega nuestro tormento, que es su noble sentimiento. En el feliz padecer. De más fino se acredita quien busca más ocasión de serlo, y esta razón solo es del que solicita, a todo se precipita el que digno quiere ser, luego es preciso entender que a este se debe estimar, pues no deja que intentar. ¿Quién sirve por merecer? Quien ama por solo amar, es quien al favor no aspira, pues ni aun en lo que suspita, su pena intenta aliviar deste, a un continuo pesar vive sujeto el amor, luego mérito mayor hay en este porque es quien, o no se niega al desdén. ¡Oh, quién no aspira al favor! En el estado primero vuelve la cuestión a estar. Eso es, prima, porfiar. No, señora, pero quiero no padecer el agravio si gustas del perjuicio, remitiendo este juicio a otro juez. Sea lo Octavio. Pues no ve vuestra atención, que dado a mayor cuidado, estoy, señora, olvidado ya de aquesa profesión? mas por mí para el efecto, que advertida pretendéis, allí a Laurencio tenéis, que ya sabéis que es discreto, y cuando le habéis honrado, digno es de esta autoridad, Llegad, Laurencio. Llegad, que no habrá reparado. y gusto mucho de oíros. ¿De qué tan turbado estás? Nunca yo procuro más, gran señora, que serviros. Pues ¿cómo voto no dais en la cuestión? Aire ahora. Porque hasta ahora, señora, no sabía que gustáis, más permitid que ofendido el favor me haya derado, que aun en el ser decriado padece lo deslucido. Pues, ¿cómo? ¿Cómo mandáis que en materia tan cortés hable. Gusto mío es. Con eso me disculpáis, pues si no acertere a hacer lo que aquí me habéis mandado, por lo menos no aire errado, señora, en obedecer, quien más merece de amor, pregunta el mote discreto, en el feliz padecer de un amoroso tormento, quien sirve por merecer el agrado del objecto, ¡Oh, quién no aspira al favor teniendo el servir por premio. Embocóse. Esa es la duda, pero ahora saber quiero ¿qué parecer defendéis? Por dos razones el vuestro, por ser vuestro la primera, la segunda por ser cierto. Difícil la empresa es. Cuando me obliga un precepto tan divino disculpable es cualquiera atreviento. Hablad muy en corabuena, que es muy digno vuestro ingenio de ser oído, además de la estimación. Laurencio, que en nosotros os granjea la atención de vuestro dueño. ¿No empezáis a defenderme? Vuestro claro entendimiento no ha menester defensores; pero porque siempre vemos, que se hace más recibida la opinión común, pretendo añadir mi parecer a la vuestra, que con eso sobre hacerla más tratable, será el parecer discreto. Proseguid, pues. Estas flores, libro, en cuyas hojas leo mil razones naturales, darán aquí al argumento de mi verdad infalible, sus naturales conceptos. La clicie del sol amante, al paso de los despegos con que le vuelve la espalda, le sigue, sin que el ejemplo de tanto desprecio antiguo, mude su amoroso intento. Siendo su fineza tal, que cuando él declina vemos, que marchita su hermosura; pero con tanto silencio, que nunca desta atención hace alarde, porque luego que sale el sol resucita a aquellos verdores mesmos, que su ausencia le quitaron; como quien dice, no quiero más premio de mi fineza, que mi fineza por premio. La rosa dama del mayo, para adquirir el empleo de su duración amante, entre espinos el aliento conserva de su fragrancia. Y haciendo defensa de ellos, se rehúsa a más primores, con su hermosura, viviendo en la silvestre morada de un tosco albergue grosero, donde el aplauso se quita, que en el búcaro compuesto le tenía la lisonja. Y acabado el breve imperio de su edad, a un viento leve, que es segur de sus deseos, porque es del mayo ministro se entrega gustosa luego, y hoja a hoja va expirando lo que vivió aliento a aliento, porque el viento la divida, encargándole con esto, que de su ruina al mayo borre la memoria el viento, porque acaso no se obligue la ruina a sentimiento. Galán de la primavera al campo sale el almendro, sin que el repetido estrago haga en su fineza efecto. Pues a la rizada escarcha fino siempre, al austro fiero, siempre amante, va entregando las galas que le dio el tiempo, quedando pobre y desnudo, casi treneo, casi yerto, y aun en esta esfera humilde, prosigue amando y sufriendo sin esperar, bien lo dice su estado in feliz, que es cierto que fuera necio, esperando por pobre merecimiento. Otras flores y otras plantas iguales conocimientos nos dan, de que es más hidalgo amor, que no aspira al premio, y cuando todos faltaran, solo el ser parecer vuestro basta para que se observe, como inviolable precepto. ¿Qué os ha parecido, duques Tar? Divina mente lo has hecho. Que mi opinión está cierta. Y yo digo que a Laurencio agradecido en la mía, si vos gustáis. Deteneos, que siendo yo la obligada, yo soy la que hacerle debo favor. Pues antes, señora, que prosigáis el intento, solo un favor os suplico. Decid, pues... El que dese es que no me hagáis ninguno, porque yo ne le merezco. Pues sea el favor aquí no hacérosle, con que a un tienpo Quedamos bien vos y yo, vos favorecido, pero yo gustosa de saber que os hago favor en eso. Ya la montería aguarda a Vuestra Alteza, vinquieto el can, muerde la trahilla ocasionado del viento. Vamos, Porcia, y por hoy quedo suspensa de mis intentos la atención, que aunque procuro hacer examenes cuercos, del que ha de legrar mi mano tanto el esta o aborrezco de la sujeción tirana, que dilaciones aumento, aunque tibias, por librarme de un injusto cautiverio. Con vuestra licencia yo, ¡Señora! Negar no puedo lo que es atención, Astolfo. Yo, señora, siempre atento. a vuestro sol. ¡Federico permisión os da el cortejo. Guarde el cielo a Vuestra Alteza. ¡Ay amor! Guárdeos el ciclo. ¡Ay divina Margarita! Y ahora, señor, ¿qué haremos? que solos hemos quedado? Ahora seguir intento a Margarita, adorando siempre sus fijos luceros. Alto, y vamos a cazar, que el sitio no está muy lejos, según dicen, y ya allí, en un caballo soberbio la duquesa da a entender que en las dos sillas su bello donaire, es el non plus ultra de las almas y los cuerpos, pero aunque en esta anda bien a la de manos me atengo. ¿Quién dejara de seguir tan apetecible riesgo? Vamos, Tarantela. Vamos. Pero anda tú, que yo vuelvo por mi alforja, y allá aguardo en el sotillo del pueblo. Hacia el arroyo, el corzo veloz baja. Toma aquesa ladera. ¡Ataja, ataja! Alas lleva en los pies. En lo violento, viento parece, o transformado en viento, Seguidle todos, no se deje a vida rosa en el campo, que el Otoño olvida, ni tronco menos que el agosto escama, que no descabellemos rama a rama. Cortad la senda, que seguir procura Ataja por el valle, a la espesura. Linda cosa es caminar con la calabaza llena, en esta frescura amena. Siéntase quiero empezra a ojear, mientras allá con desvelo se andan los otros cazando, y Carlos enamorando, como cazador de vuelo. Brindis, él o lor consuela, ¡Qué licor tan regalado! parece que le han rociado con azúcar y canela. Come Ya pregunta mi mohína sobre que es tanto beber, que le podré responder, la verdad, sobre cecina va este bocado. Soberbia del caballo la arrogancia se precipita, seguidle Monteros. Otro. ¡Ataja, ataja! Mas ¿qué atajen norabuena que no mesón de importancia sus atajos como diestro, esta zambullida haga. ¡Socorro! Pero ¿qué miro? Levántase. en un caballo una dama, por lo intrincado del monte, mide veloz la distancia. Perdida la tienda lleva, y entre las frondosas ramas es fuerza hacerle pedazos, nadie a socorrerla alcanza de cuantos la siguen, que en la ligereza iguala el bruto al ave más libre. pero ya Carlos le ataja por esta parte animoso, y previniendo la espada, al brazo llega atrevido, a esperarle cara a cara; ¡Vive Dios! que le atropella en vano con amenazas, reprimirle intenta, y más enfurecido se espanta, ¡Válgate Dios! Mas ¿qué veo? cortó de un revés dos alas a su aliento en las dos manos, y ya postrado a las plantas de quien obedece humilde, paró el curso a su arrogancia. En la hierba yace el bruto, y mi amo con la dama en los brazos a este sitio llega, si será pesada? Cobran el divino aliento, pues del riesgo asegurada estáis, señora, y volved a las mejillas el nácar. ¡Señor! Pero de un desmayo el alma hermosa embargada, solo en perezoso aliento da de su vida esperanza. No pierdas esta ocasión, señora, da voces. Calla. Porque sepa que tú fuiste quien la vida le rescata, que llegan, toma, señor, Dale desta calabaza un trago, y verás que al punto al cuerpo le vuelve el alma, ¡Señora! ¡Ay de mil! Ya vuelve era esto para mañana? pero un hombre viene allí corriendo más que diez galgas, y del caballo se arroja porque le estorban las ramas, ya esta parte se encamina, y si la vista no engaña es el de parma. ¿Qué dices? No más de que es el de parma. Tarántela, pues ya llegan, y pues que ya asegurada esta Margarita intento, que las experiencias hagan ciertas mis proposiciones, y verdades mis palabras; y ahora porque se entienda, que mi amor sirve sin paga, que el mérito le oscurezca. Mira que llega ya, acaba. Desta suerte me retiro del premio que me esperaba. ¿Hombre has perdido el juicio? Mudos troncos, verdes plantas Retírate. ¡Mas qué miro! señora? El cielo me valga, ¿Dónde estoy? Hacia esta parte seguidme todos. Hallada en una dicha, señora, cuando os buscó una desgracia. Por aquí. ¿Señora? ¿Prima? Nada el temor le quitará tan preciso a mi cuidado sin veros libre, que el alma con tal sobresalto apenas dio lugar a la esperanza. ¿Cómo te sientes? Mejor, aunque ignorando la causa del sobresalto que aún tengo, pues la confusión pasada, solo me acuerda que el bruto, de susoberbia arrogancia. guiado, al monte media a su advitrio las distancias, cuando de la novedad me pareció que entregada me vi al desmayo del susto, y luego que mesacaban de entre los arzones. Eso es sin duda lo que pasa. y quien libró a Vuestra Alteza, según el lance declara, y el castigo del caballo, sería el duque de Parma, en cuya presencia os mira quien en temió vuestra desgracia. ¿No oyes aquello, señor, corriéronte el lance. Calla. Casi siento que haya sido el Duque a quien obligada me he de ver precisamente. Ya no me queda esperanza. que a este mérito le oponga. Con tal deuda muy ingrata será si no le agradece la vida que le restaura. Nada me quita el juicio. sino lo que el Duque calla. Yo os estimo, Federico, sobre la deuda, la hidalga atención de no pedirla. Solo sé que deseada fue de mi cuidado tanto, que a todo el precio del alma la comprara, pero yo no hice más que desearla. ¡Vive Dios, que es hombre honrado! Bien el suceso declara, que la pasada cuestión no defendéis con palabras, sino con obras. ¡Señora! Yo, duque, quedo obligada. Mira allí lo que te pierdes. Ya aquí no hay que el amor haga ap. Ya no hay que el amor espere. Ya las carrozas aguardan. Vamos. ¿Quién será quien hizo esta acción para callarla? De celos revienta el pecho. De envidia el alma se abrasa. De dudas no voy en mí. Ofendida de obligada voy, porque ofende la vida. si da la vida el que cansa. Dime ahora que te entiendes, pudiendo adquirir la gracia de Margarita, sin ella ¿A qué hemos venido? Calla, que el tiempo lo dirá. El tiempo no dice, señor, palabra, hacia Milán van los coches. Sigámoslos. ¿A qué causa? A no perder yo de vista el daño a quien dedicadas el alma y la vida tengo. Ya que otro cosecha haga de lo que trabajas tú, refrán antiguo de España. ¿Por qué me llamas así? Porque en este lance se halla, que uno carda la lana, y otro tiene la fama. No aspiro a la fama, no quiero premio, no intento que valgan mis finezas, cuando noto que en Margarita empleadas, con la ventura de hacerlas viene el logro de premiarlas. Hoy se ausentan. Sí, señora, y el de parma me admiró. En que la ausencia fundo. En ser fino, ¿quién lo ignora? ¿Y ésa es fineza? Quererte viene a ser para obligarte, por no ofenderte dejarte, y por amarte perderte, si no es que a probarse atreva tu descuido o tu cuidado, fingiendo lo que ha intentado. Mal le ha de salir la prueba. resistencia porfiada, Porcia, mas no conseguida. Tú te ofendes de querida, y yo lloro de olvidada. El vulgo es quien más procura la ejecución de tu empleo, quien ofende mi deseo culpe solo su locura. De consolar mi pasión busque mi amor nuevos modos, del de parma dicen todos que es digna tu estimación. ¿Todos lo dicen? Sí, prima. y a mi parecer, aquí ap. muero o vivo, presumí. ¿Qué? Que la pasión me anima, es digno, según se vio, de minorar tu desdén. ¿Parécete, prima, bien? A mí sí. Pues a mí no. Ese es efecto cruel. Yo no me intento obligar. Digno es su amor de estimar. Pues cásate tú con él. Yo, señora, albricias pena, tu gusto procuro. Es justo que en las acciones del gusto no cabe elección, ajena. Así pretendo obligarla. Así su intento sabré, ap. y si desaira mi amor. Y si irrito su desdén me quezaré de mi suerte. Mi intención conseguiré. Lo que tanto he recelado cumplido se llega a ver, si licencia les permite, temiendo estoy su altivez. Los duques, señora. ¡Duque, par! Solo, señora, esta vez con vanidad de serviros, me traila esperanza, pues es la acción de tanto gusto para vos, que della sé que no hay riesgo en conseguilla. Muy seguro estáis, que es... Licencia para volverme ¡Ah, parma! ¡Mar! Y vos pretendéis lo mismo? Sí, gran señora. Pues dijisteis, Duque, bien, ¿qué falta para partiros? Licencia. Ya la tenéis. ¡Ay de mí, Laura! Yo muero si el Duque se ausenta. ¿Qué no es justo que impida yo lo que es gusto vuestro, pues ¿Cuándo partís, duques? Luego mar... El cielo os lleve con bien. Yo en mendaré mi fortuna. Yo en mi pena moriré. Si la suerte o si el acaso la ponen en mi poder, pues que no hay otro camino de minorar su desdén. Si de este modo la sirvo contento mi amor esté, que quien intenta obligar en nada debe ofender. ¡Extraña mujer, señora, Mirad, por Dios, lo que hacéis. Dejadlos solos. Serviros es mi mayor interés. ¿Cómo vas? Sin vida, Laura, Pero vamos, que un papel ha de remediarlo. Vamós, que yo le encaminaré. Con un engaño procuro, que Octavio llegue a entender. que no fue crueldad en mí la que vio, con vos quedé porque he menester hablaros. Pues ya atento me tenéis. Tomad asiento. ¡Señora! Sentaos. Mirad... No hay que. Quererme hablar, Margarita, a solas, ¿qué podrá ser? sin duda que arrepentida muda de intento, y si es para enmendar el peligro, que tanto amenaza fiel mi atención, le ha de excusar el embarazo deser su voz contra su recato, de su modestia juez, aunque después de decirme señora, que hablar queréis, solo me toca escuchar. no obstante es bien que me deis licencia para acordaros, por si importare esta vez, que a vuestre padre, señora, solamente le debéis un ser, hijo de un acaso; pero aquese noble ser de estimación y respeto, después del cielo, que es quien con providencia reparte las virtudes que hay en él a mi cuidado ambicioso, ya mí a morse le debéis. En vuestra primera infancia, con lealtad siempre y con fe, vuestro estado defendí, hasta que ya en mi vejez, muriendo el gran Ferdinando vuestro padre, en gloria esté, sino a llenar su lugar, a sostituirle entré; y aunque por mi patria pudo este trabajo emprender, mi ya casi edad inútil, cuidadoso le acete de descansaros a vos, acuerdo conque excusé disensiones en Milán, pues el vulgo, viendo que la herencia a vos os tocaba, se empezó a descomponer por veros mujer, no es mucho, que el vulgo es bárbaro y es ignorante, claro está pues no repara, no ve la distinción del discurso en la promptitud, la fe en la constancia, el valor en la adversidad, la ley en la voluntad, la industria en el riesgo, con que hacer ventajas muy conocidas suele al hombre la mujer. ejemplos observa el mundo de esta verdad, pues aunque alguna contradición cabe en esta regla, es bien que se admita en su descargo con atento parecer, desde la mujer al hombre, la desigualdad con que él siempre ejercita el dominio, y en ella el rendido ser con que al dominio se ofrece, pues en la verdad no es, porque la mujer no es digna, sino porque no se ve; con que él uso en vegecido del mundo admitida ley, hace en la mujer sin culpa desagradable el laviel. Murió vuestro padre, en fin, y yo a gobernar entre vuestro estado, la lealtad de mi amor, ya la sabéis, pues desivelado en serviros, argos, siempre a vuestros pies, voy registrando las huellas, Perdonad esta vejez señora, a mi grosería, por la intención con que hablé, y no juzguéis que los años me han dejado descortés, pues atento a la decencia, ya que vuestros pies nombré, bien sé que decir debía, que guella de ellos no hallé para asistiros por ella, pues a lo que debe ser, mil linces no examinaran la guella de vuestro pie. goberné por vos, mas siempre con atento parecer, tomé el vuestro en los negocios que tan adecuado fue. A la ocasión de pedirle, tal discreción cupo en él, que parecer de prudente por el vuestro granjee. Perdonad, si aquí me admiro, cuando confieso de ver dotrina a vuestra enseñanza, y válgame aquí también, si pareciere prolijo el amor con que os crié. Prudente sois, más extraño mucho, cuando conocéis que vuestro estado está expuesto el peligro de un bribón, por vuestra omisión, que atenta el daño no remediéis. El de parma, así la animo, y el de Ferrara, son quien anuncian el mal futuro, pues viendo el Estado que la intención de vuestro padre, eligiéndo al uno fue, por estorbar la amenaza desde Florencia cruel, asegurándoos, señora, con el vecino poder, como ve que dilatáis tanto la elección infiel, de parte de la malicia, mormura, que no queréis casaros, por no elegir quien le sepa defender. Quejoso está el de Ferrara, y aunque el de parma cortés padece en vuestros desaires, acreditando su fe, Éste es quien más os arriesga, porque su modestia es acreedora en las finezas de vuestro injusto desdén. Por serviros el de parma se quiere ausentar, nosé si el de Ferrara se ausenta con el mismo parecer. Hoy se parten, y yo aguardo la inquietud que ha de traer a Milán este suceso, cuando creyó que el laurel, para uno de los dos fuese, cómo se debió creer. Y no, no, señora mía, no de mi afecto juzguéis, ¿Qué es esto desanimaros? sino advertiros; que aunque es verdad que convenía hacer esta elección es vuestra voluntad primero, porque se debe entender, que nada pueder ser justo, si es contra el gusto del rey. Fuera de que en mí, si acaso la tiranía crüel, se os opusiere, hallará quien os sepa defender, escollo al viento diamante al porfiado cincel, torre al mar, laurel al rayo, risco al errante bajel. Y en fin, señora, un vasallo, que son una igualdad, un ser, para volveros, aguardad la vida que en ella tenéis. Bien entenderéis, Octavio, desta manera ha de ser, ap. que aunque es verdad que podía mi bien fundada altivez, no tener este reparo, justo es tenerle, que es bien, ejercitar el dominio de la razón en la ley. Pues aunque pudiera yo atenta al regio poder obrar al dictamen mío, si lo que obrara por él fuera injusto, mi grandeza, lo más que pudiera hacer, fuera dispensarme en algo para con migo y mal, que lo injusto, ni aun al injusto le puede parecer bien. Y pues en esta ocasión hallo la que desee, librándome en esta mente de esta tiranía a quien la obediencia de mi padre me sacrificó cruel, esta cautela me valga, que en las apariencias que la acreditan de verdad, lleva mucho parecer. Bien entenderéis, Octavio, pero no entenderéis bien, que he atendido con desdén a vuestro discurso sabio, pues no, que antes obligada a lo que creo deberos, la parte de agradeceros, quiero que veáis lograda en mi estimación, que os leve todas estas atenciones. Y porque a estas dilaciones la acción sepáis que me mueve, oídme, que solicito pues ya llegó la ocasión, que no sufra mi razón la calumnia de delito. Duquesa en Milán nací, mas con suerte tan severa, que lo que a otra dicha fuera, fue desdicha para mí. Libertad tengo, es verdad, mas tenerla, que ha importado, si me obligan, por mi Estado, a que obre sin libertad? Porque en la mía no cabe la suerte de un inferior, es el alma del señor de materia menos grave. Quien reina aquí, si prefiere su intento el vulgo severo, yo que hago lo que no quiero, ¿O él qué logra lo que quiere? ¿No digo yo que lo justo no deba el señor hacer; pero se debe entender, que esto ha de ser con su gusto. Yo quiero tomar estado conveniente a mi persona, que ya sé que una corona tiene asiento tan pesado, que el alivio ha menester, expuesta a males y a bienes, porque no ofenda las sienes, de quien le ayude a tener. Mi padre, por aliviarme, que tome estado intentó, Octavio, cierto es que no fue su intento atormentarme. Propuso si se repara, por juzgar lo conveniente en puesto más preeminente al de Parnía y de Ferrara. Y yo, o por hallar razón de este empleo me retiro, o porque a los dos los miro con natural adversión. Medio hay, si con asistencia le buscáis a mí entender que nos puede defender de la invasión de Florencia, apariencia mi intención hallo que me ha de librar deste enfado, y disculpar mi severa inclinación, Príncipe, con este engaño las dilaciones aumento, hay en Florencia, que atento vive ocioso en nuestro daño. Y en fin, para conseguilla la caurela, hallo fin sabio, Príncipe hay, mas por el labio empieza a hablar la mejilla. Prudente sois, y advertido no juzgué saber fingir, y así no osquiero decir lo que ya habréis entendido. A vuestras plantas, señora, paga alegre mi deseo en albricias de escucharos, la alegría de entenderos, no prosigáis, no se ofenda el sacro decoro vuestro, perdonando a mi ignorancia, si arriesgo vuestro respeto, todo cuanto os he servido quisiera servir de nuevo, en paga desta advertencia, porque ha llegado a tal tiempo, que felizmente lograda, la han de ver mis ojos presto. ¿Oíd, lograda? Sin duda. ¿Qué decís? Peor es esto, ¿Cómo? Pues de mi lealtad se fía vuestro deseo, Ya os acordaréis, señora, que es de Florencia Laurencio, y que encomendada vino su autoridad de Riselo en una carta, por quien vos le honrasteis. Sí, mas él ¿qué importa a lo que pregunta? Es que a su juicio atento, que le tiene singular, tanto, que a mí ver el cielo si hizo estudio para alguno, estudió en su entendimiento. Acostumbro, gran señora, comunicar los sucesos, que me cuestan más cuidado, y no sin muy buen efecto, pues como un día ambicioso del estado que os deseo, comunicase con él, este punto, discurriendo del príncipe de Florencia, hablamos con tanto extremo de Laurencio, encarecido su amor hacia el noble empleo de vuestra mano, que entonces solo para el cumpliento, me pareció que faltaba vuestro gusto; mas supuesto según lo que habéismostrado, que no os enoja su afecto, y que Laurencio de Carlos, vasallo y valido un tiempo lo afirma y quela fortuna, con semblante menos fiero, para bien de aqueste estado en Florencia prisionero tiene a Riselo, no falta. tiene a Riselo, no falta más de que por este medio, no como de vuestra parte se trate, que yo prometo a Vuestra Alteza, según lo que me afirma Laurencio lograda nuestra intención, pues ya con el fundamento de vuestro gusto, no impide nada el dichoso suceso. Mas ¿qué fuera? ¿Es fantasía? que yo fuese el instrumento de mi pesar? Pues ahora os suspendéis. Yo resuelvo decir que fue engaño mío, por librarme. Ya os entiendo, pues para que nada dude de la respuesta que espero, me advertís con el recato y me habláis con el silencio. Mas ¿qué dirá de mi Octavio? ¿Hay tal abismo? Yo intento no desesperarle, pues algún modo previniendo razonable, no es difícil, libre de aquellos dos riesgos, una vez hallar camino para huir del que recelo, así ha deser. Pues, señora, tampoco favoros debo, que tanto os dura el estorbo conmigo? Otavio no es eso. Pues decidme qué... Advertiros, que para que tenga efecto lo que vos facilitáis tan brevemente, pretendo hacer ciertas advertencia. muy necesarias primero. ¿Con eso queréis decir de vuestra atención lo creo, que se busque alguna forma para excluir deste empeño a los duques. Sí, señora, es reparo muy discreto; pero ellos, de no admitidos, aunque queden descontentos no se pueden ofender, porque bien saben que el cielo os dio albedrío que esté solo a vos propia sujeto, fuera de que si hoy resuelven ausentase, muy honesto es el medio, pues la suerte le ofrece de parte dellos. Bien decís, Octavio, salga yo deste preciso aprieto, ap. que para esotro, después ocasiones dará el tiempo, ¿Qué quieres, Celia? Señora, Adviértote que Riselo, que ahora llegó de Florencia, licencia de darte un pliego del gran duque, aguarda. ¿Quién Riselo? Haced que entre luego... Pues ¿cómo el Duque le libra? Ahora tengo por cierto lo que Laurencio afirmó del amor de Carlos, puesto que libre Riselo llega, haced que entre... ¿Qué es aquesto? fortuna? Di que entre pues. ¿Dónde vas? Pues el pretexto de mi ejercicio disculpa este que de atrevimiento, solo le libra el disfraz a arder en mi Troya vuelvo ciego. Mas no sin antojos. ¡Señora! Turbole, bueno. ¿Qué queréis? Señora yo, cobarde anima el aliento; pero es propio en el amor. este natural afecto. El Estado una consulta os hace, en que pide atento a los logros que se siguen gran señora, el buen efecto de vuestras bodas felices. ¿Pide el Estado más que eso? No, señora. Decretad que responderé a su tiempo. Ya Riselo está aquí. ¡Ay, señor, que se cay el cielo. A vuestras plantas, ¿qué miro? Así remediarlo intento. El príncipe de Florencia aquí? Pero pues me ha hecho seña de que calle; así lo haré por lo que le debo, mas después cuerdo y leal apuraré sus intentos, solo con llegar aquí os digo que libre vengo gran señora, aunque según los honores que granjeo del gran duque, nunca fui en Florencia prisionero. Seáis, Riselo, bien llegado. Señor, escapa. Este pliego. es Octavio para vos. Decidme cuál fue el pretexto de que el Duque os libertase? Con vuestra licencia leo. El de asegurar, señora, que cesó en su ilustre pecho el rencor. Aquesta carta dice a vos... Dádmela. Y luego la causa que a Octavio escribe. Ya yo me espantaba, viendo que a tan grandes diligencias no estábamos descubiertos, como tu padre ha intentado Leed, Octavio, que yo quiero ver lo que me escribe el Duque, más que miro o están ciegos mis ojos, o este retrato ¡Leyendo, Octavio! Gran señora, ¿qué es esto? Pero leer determino, Leyendo. ¡Otavio! Raro suceso, los nombres, señora mía, al sobre escribir los pliegos. trocó el descuido sin duda, pues en esta vuestra leo el mío, y en esa mía pusieron el nombre vuestro, Tomad. Darele la carta, mas no el retrato, que intento salir con él más despacio de una duda que padezco Tomad. Riselo, mi suerte, Riselo, pende de vuestro silencio. Hombre, por amor de Dios, que calles, tomo ducientos. Gran señora en vuestra corte juzgo que está de secreto Carlos, mi hijo, disculpa merece su atrevimiento, si es el que dice la fama, haced que le busquen luego, tratándole, como a quien fue a ser vuestro prisionero, y el cielo os guarde el gran duque Tar. Dimos, señor, con los huevos en la ceniza. Ya es más la confusión. Malo es esto. que te mira, ¡vive Cristo!, Lo mismo en mi carta leo, pues dice... Injusta la suerte embaraza mis intentos. Otavio, yo he sabido de Riselo que Carlos, mi hijo, obligado la rara perfección de la duquesa Margarita, si no es presunción suyaya, fingiendo para conmigo otrajornada, se partió disfrazado a Milán, y aunque procuré otros mediosdios de buscarle, no han surtido efecto por lo cual, recelo lo de mayor cuidado, os envió con Riselo, que conoce esa seña, a quien no podrá desmentir ningún recato suyo. El equívoco sentido de la carta hace a mi intento, mas otro riesgo me avisa, pues desde que entró Riselo, siempre a Laurencio ha mirado, y el semblante de Laurencio, después de lo parecido del retrato, mas no es cierto. ¡Jesús, qué ojos! Esta vez negociamos mar. Porque luego, que le vio, si fuera él le declarara, y en esto no cabe álgima cautela, sí, pues cuidado al remedio. y pues del retrato en mí están seguros los riesgos, el que queda desta suerte, se ha de asegurar, Riselo, escuchad. ¡Señora! Oíd, que conoceréis intiero a Carlos. Sí, gran señora, mar. Pues lo que mandaros quiero es que no le conozcáis, aunque veáis regreso. Mi lealtad sabéis. Señora, pues ha permitido el cielo, que tanto se facilite, este buen logro, pretendo que se haga la diligencia de buscar a Carlos luego, que si es verdad que está aquí, por facilísimo tengo, que le halle, Riselo, vaya, si vos mandáis, porque tiempo no se pierda en lo que importa. Sí, Octavio, vaya por cierto. Mil años viváis. ¿Oís, Ya veis en lo que os empeño. Obedeceros procuro, Carlos, quedad sin recelo. Ya sé quién sois. Pues no a mí lo agradezcáis. No os entiendo Pues ¿a quién? No puedo ahora hablar, después nos veremos. Luego os buscaré. En un potro estuviera más contento. Los dos mandan una cosa, fácil es obedecerlos. Así, Laurencio, también ap. conoce al Príncipe. Quiero acabar de asegurarme, ¿Vos le conocéis, Laurencio? Sí, señora, como a mí. Y yo también. Quita, necio. Porque ha comido mi pan. ¿Cómo? Fui su panadero. Por si intenta Margarita hablar de Carlos pretendo, que en mi presencia no halle estorbo, yo también quiero si me dais licencia hacer, por lo que al gran Duque debo, diligencia en este caso. Id con Dios. Guárdeos el cielo. Todos te van a buscar. y te dejan acá dentro. Calla. Y a estás frente a frente, no hay sino a la oreja perro. Para ver si de mis ojos fue el engaño hacer pretendo examen, pues la ocasión desta suerte se ha dispuesto, que en fin conocéis a Carlos? rara semejanza cierto. es, ¿él es? Sí, señora. ¿Qué decís? Parece juego. A propósito, el acaso habló. ¿Si le conocemos? por señas, que tiene el mismo cuerpo, el arte y el ingenio, la cara misma, la voz, la barba, el propio cabello, que Laurencio, aunque a mí ver, no es en la estatura él mesmo, porque es, si los crece estotro, mayor estos cuatro dedos. Mucho esta duda se aclara, no sé qué en el almasiento de agradecida a este examen, pues con un cuidado nuevo me inclina a que le averigue, más pese al vano desvelo! Yo en esto me ocupo, cuando indigno, aun de mi desprecio es, siendo o no siendo Carlos, pues vea siendo o no siendo de mí mi labio u de mi aviso, cuán en vano es el intento de su disfraz, si procura con humildes rendimientos obligarme. Mas ¿qué digo? ¿Yo obligarme? Calle el necio discurso que tal pronuncia. Y porque su atrevimiento quede castigado, y yo satisfecha de haber hecho sacrificio de la copia, y el original, a un tiempo al fuego daré el retrato, y la presunción al viento de su dueño; pues decís que le conocéis. San Telmo, ¡Qué borrasca! Le diréis al Príncipe, que me ofendo de su intento cauteloso, tanto que perdiera el cetro, si pendiera de su advitrio. Y pues presume de atento decidle que no prosiga en aspirar a este empleo, si ofendida no me busca. Y esto ha de ser advirtiendo, que a él solo se lo digáis, de modo que tenga efecto, y atendiendo a quela la vida os importará el secreto, así el decoro castiga las locuras del afecto. Lindamente hemos quedado, ninguno por aquí veo. Pues ¿qué buscas? Un cordel bien retorcido. ¿A qué intento? Pues ¿no quieres ahorcarte? Ignorante estos desprecios busca mi amor, porque goce del sufrimiento por ellos, el laurel a que aspiraron mis finos nobles intentos. Pues ¿qué intentas? ¿Qué? Morir, sombra de sus soles bellos, mientras ignorado vivo, a su hermosura asistiendo con la vida y con el alma. Pero, señor, por San Diego, que mudes en las finezas. de intención porque sospecho que te han de culpar después, no el hacellas, sino el riesgo de que a otro se las achaquen, pues muy bien puede tu intento, o tu locura, señor, hacerlas y huir del premio, mas de modo que se sepa, que eres tú quien las ha hecho. No por eso en lo que obraré en su servicio, pretendo hacer alarde, si no para que, viendo el afecto de mi corazón estime la acción, y para que luego tenga más que despreciar lo que viere que merezco, vamos. ¿Dónde? Tarántela Voy a buscar a Riselo, para asegurarme más. No es menester, que yo, atento a ese cuidado, señor, que presumí en vuestro pecho vuelvo a deciros que aquí cesaron todos los riesgos de conoceros. Pues ¿cómo? No lo intentéis, que no puedo decirlo, pero sabed que estáis seguro, silencio. Oíd. ¿No queráis saber más de lo que decir puedo. ¿Entiendes esto? Yo no. Pues mejor es no entenderlo, Mas ¿qué hemos de hacer ahora? Ir a la quinta, supuesto que esta tarde Margarita a ella ha de ir porque quiero. no arriesgar en la defensa el blasón del sufrimiento. Andar de aquí para allí me trae molidos los huesos, quien de mi amo no hace burla, está en el estado mesmo. ¿Este desprecio a mí? Nunca es desprecio Astolfo, lo que es gusto dela dama. Después de tantos días este precio vale la fe de mi amorosa llama. Desmérito fue nuestro. ¡Y tiranía! Eso no, que la hidalga, pena mía, quejoso os sufrirá, mas no injuriando la dama, Duque, a quien estoy amando. En fin, de Margarita despreciado ¿Contento estáis? Y tanto, que he llegado, viéndome de su gracia desvalido a estar a su desdén agradecido, y no sin fundamento, pues con que ella lo esté, vivo contento. ¿Y ése es amor? Sin riesgo de mudanza. ¿Por qué? Porque es amor sin esperanza. Para el fuego enemigo que me enciende todo el alivio de mi industria pende, hoy a Ferrara parto. A parma llevo. ¡Viva la llama de mi amante fuego! De este modo ha de ser. Escucha, Fabio. Mi queja se deshaga entre mi labio, porque mis sentimientos mal sufridos, no ofendan la atención de sus oídos. Enojo es el que obliga a tanto arrojo. Nunca contra las damas hay enojo, industria es que fabrica mi deseo, pues si lograda de mi amor la veo al paso que me lloro hoy desvalido la ocasión me verá favorecido. Buen logro, pues, la suerte aquite ofrece. porque hoy la duquesa me parece, que a esa quinta, que está del Po vecina a recrearse sale. Ya encamina mi astucia, mi esperanza. Ten de lo que has mandado confianza, que a prevenirlo voy. Ya yo te sigo de mi dicha a mi engaño haré testigo, Adiós, Duque. Él os guarde, cuando juzgáis partiros? Esta tarde, ¿Y vos? Solo de Octavio aguardo a despedirme. Si es agravio, ap. este que intenta la congoja mía, discúlpele de amor la tiranía, Perdone, Margarita, la decencia de tu deidad, que amor todo es violencia. Fuese y diome lugar de des pedirme, de la que busco sorda para oírme. Adiós, bello imposible idolatrado, no rigurosa digna de admirada, con razón en la idea venerada de las ponderaciones del cuidado. Adiós, que no a morir de desdichado me lleva mi porfía enamorada, a morir sí, mas hay pena adorada. a morir con indicios de premiado. Lo que te ofrezco es no defenderme, ni aun con la queja en la fatal partida, porque el labio no pueda socorrerme, Mas por si alguna vez no prevenida templares la pasión de aborrecerme. de esotra parte aguardo de la vida, ¡Floro! Rato ha que te busca, gran señor, mi diligencia. ¿Qué quieres? Este papel lo dirá, que de una reja de palacio me arrojaron, diciendo al llegara ella, dad ese papel al Duque, sin que posible me fuera conocer quién me le daba, aunque en la voz mujer era. ¿Qué será? Pero así dice: La priesa de vuestra jornada se funda en menosde la que juzgáis, pues desacreditando lo que ha merecido vuestro sufrimiento, da a entender que el estilo de vuestro amor mudó de naturaleza, así lo juzga quien os avisa, que importa mucho desmentir esta opinión. ¿Qué es esto? ¿Dudas? Señor, aquí no hay duda, evidencia es que la Duquesa ya obligada. Cierra, cierra el labio, que aun en sujeto de tan poca consecuencia como el tuyo, no permito osadas inadvertencias. Pues ¿tuyo el papel será? Floro, de quien fuere sea, si ha llegado a sospechar, que cupo en mi ligereza satisfacer a su dueño procuran mis experiencias; porque menos es que yo a desaires y a tibiezas pierda la vida, que dar a la sospecha materia, de que cupiese al menor escrúpulo en mi fineza; y así suspende el viaje, que mi amor resuelto intenta con la asistencia borrar lo que motivó la ausencia; Mas ¿qué ruido es aquel? Llega esa carroza, llega, ¡Aparta, aparta! Es, señor, que ya la hermosa duquesa sale de palacio. ¿Adónde ¿Si sabes? Dicen que a esa quinta que llaman del Po va esta noche. Aquí comienza mi amor de nuevo a ganar lo que por mi inadvertencia aventuro, parte Floro, y como he mandado ordena, que el viaje se despida mientras yo mi amante estrella sigo. Señor, a servirte parte ya mi diligencia. Lindamente hemos trotado car. Los deseos, Tarantela, de amor corren muy aprisa. A fe que los tuyos vuelan, Ya hemos llegado a la quinta, que aquella es, señor, la puerta, Mas ahora, ¿qué has de hacer? Pues antes que la duquesa hemos llegado, aguardar en esta frescura amena para verla al apearse. No será muy fácil verla, porque la noche cerrada, vestida ha salido cuerda al uso, en el adorno de la guarnición de estrellas, más gente he sentido. Aquí te retira. De Su Alteza es la orden como he dicho. Chocando el barco la arena. tu aviso aguarda, y nosotros pendientes de tu advertencia estamos, que al de Ferrara se sirve desta manera. No puede tardar, mas ya de un caballo allí se apea un hombre, y es él sin duda Pues, ¿qué hemos de hacer? La seña que traigo, habiéndole visto, es llegarnos a la puerta de la quinta, y esperar la ocasión. Vamos, ¿qué esperas? ¿Has escuchado, señor? Sí, y el coarzón por señas, sobresaltado me avisa, algún daño que recela. Pero pues desde aquí a todo estoy dispuesto. ¿Qué intentas? Aguardar aquí el suceso, hasta el fin. ¿Pues va de veras? ¡Vive Dios!, que de tu lado no me ha de apartar la fuerza, porque vean que hay valor en graciosos de comedia, pero un hombre viene allí. atiende sale el de Ferrán. De esta violencia sea disculpa mi amor, y tú, Margarita bella, perdona la grosería, por el fin que la dispensa, pues aunque tan imposible la acción que intento parezca, quiere el amor que la rige, que la logre o que la emprenda. Este es el sitio en que Fabio me ha de esperar, mas la negra noche cerrada me impide, Que le encuentre. Que se acerca ¡Señor! Más gente hay aquí, ¿Es Fabio? Pues lo dispensa. la obscuridad, fingiré Sí, señor. cuando ya llega Margarita, di qué aguardas. Tu orden. La orden sea, seguirme. Ya yo te sigo para castigar la fiera traición, que procuras va Vamos que ya me tiemblan las piernas, a fe, señor galalón, que muy buen despacho lleva, mas empezó la obra. ¡Otavio! ¡Traicio, traición! No se pierden amigos, esta ocasión. Amigos, que la Duquesa peligra. Hoy en mi valor, pone el cielo su defensa. ¡Huye, Fineo! ¡Huye, Fabio! Dejad cobardes la presa, ¡Oh, invítil polvo! ¿Seréis del fuego de mis centellas. ¿Qué aguardas, señor? Pues ya es imposible la empresa, guardemos las vidas. Rayo son los que esgrime su diestra. Que yo volveré a enmendar los desaires de mi estrella. Del ruido ocasionado mi valor altivo llega aquí, que es donde le oyó. Llegad todos, mal cumpliera con mi amor, si de alegría este llanto no vertiera. Prima Celia y Laur. ¡Señora! ¿Qué miro? A solo un valor la deuda de mi libertad se debe. ¿Quién intento vuestra ofensa? Sin ti o efecto el papel Bien lo dice la experiencia. Otavio la alevosía desde Ferrara la intenta, Mas aquí el de parma, cielo, cuando presumí su ausencia? ¿Quién duda que Federico os libró, que quien pudiera... Escurrieron. Mas, ¿qué es esto? Ser iris de esta tormenta. Adiós, y van dos. Señora, mi afecto. El alma suspensa, sufre lo que ordena el hado. Os sirve. ¿Que esto consientas? Mas yo... Pues, ¿qué puedo hacer? Darlos gritos, que los metas en el cielo... Mar... Ya es mayor ap. la confusión que me queda, que a Laurencio conocí arriesgado en mi defensa, y retirado no aspira al premio de tanta deuda, no ofende quien sirve así. ¡Vive Dios, que no hay paciencia! Ya es fuerza callar, porque ap... aunque yo agora dijera que fui el dueño de esta acción, nadie de mí lo creyera, si han presumido que el Duque la hizo? Con cartas hechas se va llevando el tal duque la polla par. Si Vuestra Alteza por juzgarme poco atento, me culpa, fue de mi estrella desgracia no llegar antes. No se canse, que por fuerza se han de hacer si se descuida al seor duque que lo crea. mucho esta atención descubre. deseos, tirad la rienda. Vamos, señora, que el susto os habrá dejado inquieta. Mas ¿que el susto me apasiona la osadía, la cautela del de Ferrara y al cielo juro que hasta que me vea vengada de su traición, le he de perseguir sus tierras, abrasando con el fuego de mis iras. Esa empresa, por favor, señora, os pido, pues en serviros me empeña, no ausentándome este acaso, que faltaros ahora fuera dejaros en un peligro. Aunque recibo la oferta Duque, a tan justa venganza ha de ir mi persona mesma. Yo seré vuestro soldado, y entre ahora Vuestra Alteza en la quinta, gran señora, que seguro el campo queda. No lo dudo de vos, Duque. Desvelada centinela. sus peligros han de hallarme. Ya con que más claras muestras le puede favorecer? ¡A Laura! Señora mía paciencia. ¡Gran traición! En su castigo hallaréis presto la enmienda. Así de la novedad la hallara yo, que me inquieta. Sin ser yo por Margarita, hay quien carle las finezas, atención, aqueste aviso, mucho cuidado despierta. ¿Qué hermosura? ¿Qué atención? El alma sigue sus huellas. Cobarde muevo los pasos. Mucho pensamiento vuelas. Mucho te atreves discurso. ¡Qué lindo par de badeas! Mucho, señora, ha importado. juntar en Milán la gente, por el grande inconveniente que se seguía al Estado en los riesgos prometidos, que amenaza el de Ferrara, pues sus disignios lograra no hallándonos prevenidos. En efecto, que a esperalle estáis resuelto? Ese siento que es el acertado intento. ¿No fuera mejor buscalle? No, señora, que se halla poderoso, y no es razón aventurar la opinión al trance de una batalla. Gaste el arciente desvelo de que prevenido está, que en el interín vendrá con el socorro Riselo, que el de parma os ha ofrecido, a que le habéis enviado, advertida del cuidado con que siempre os ha servido, y entonces podréis salir a castigar la intención de su altiva presumpción. ¿Y cuándo podrá venir, ¡Riselo! Dice que tarda ya el Duque, que con constantes deseos, en los instantes culpa la fe con que aguarda. Que se ausentase Riselo. siento ya, porque procuro salir de este enigma obscuro, que ocasiona mi desvelo. ¡Que a Carlos no conociera le mandó mi luerte avara, Mas ¿quién entonces juzgara que este cuidado me diera? Templad en esta ocasión de estas flores divertida, por vuestra estimada vida, gran señora, la pasión de vuestro enojo tan justo, fiada en que habéis de ver a vuestros pies su poder, que yo, para que este gusto se os logre con advertencia, voy atento a procurar, que nada pueda faltar. ¡Vanse! Voy con vuestra licencia. Otra guerra, otro cuidado padece aquí mi sentido, del accidente entendido, de la razón ignorado. Cuidado dije, mas no, si es tal, la acción lo declara, que cualquiera reparara en lo que reparo yo. Mas tal pronuncio en mí agravió yo cuidado? Mas sospecho que por echarle del pecho le dejó llegar al labio. Mas, Porcia, llega; yo intento disimular, que es error, a quien no alivia el dolor darle parte del tormento. Las músicas, gran señora, del de parma y tuya, están prevenidas, ¿cantarán? Sí. Celebrad nuestra aurora. Quiero y no saben que quiero yo solo sé que me muero. Por mí esta letra se dijo: «A Laura...» Tira la rienda al dolor. ¡Ay, Laura!, que no hay valor para dolor tan prolijo. Quiero &c. Di, Celia, que no prosiga ese músico lamento, que no me alivia el acento, y el concepto me fatiga. sagaz, examinaré este accidente, que extraño... De mi imaginado engaño el afecto callaré. Es pasión de un corazón que no puede socorrerte. Por eso que ha de vencerse del discurso la pasión. No halla el que se queja medio a la pasión con que lucha. Entristecer al que escucha nunca puede ser remedio. No, mas suele suceder con la queja descansar. La música ha de alegrar, pero no ha de entristecer. De la música se cuenta, que al que escucha su harmonía, alegre, añade, alegría, y triste, tristeza aumenta. Luego bien hago en mandar advertida suspender, lo que puede en tristecer hasta que pueda alegrar. Luego ¿estás triste? No y sí. ¿No y sí? No lo entiendo. Yo tampoco. ¿Tú cómo no? Como no me entiendo a mi ap. Pues ¿qué tienes? No lo sé. ¿Qué sientes? Solo que siento. Explica tu pensamiento. Eso no, Porcia. ¿Por qué? Porque aunque es naturaleza sentir cualquiera accidente, cuando hay grave inconveniente el pronunciarle es flaqueza. Y así yo a callarme agusto este mal, porque en efeto gusto que arriesga el respeto, no debe llamarle gusto. Pues conmigo ese cuidado, cuando tan amigas fuimos? Sí, que aunque primas nacinos nos diferencia el estado, y el superior enseñar débea todos, Porcia mía, a tenerse cortesía para hacerse respetar. Y así, déjame sufrir lo que me ve padecer, que ni lo puedes saber, ni yo lo sabré decir. No porfío a tu entereza. No es entereza. ¿Pues qué? Es doctrina de la fe, que se debe a la grandeza. Como vi la suspensión de la música, intente saber la razón. Pues fue de la letra la razón. Si la letra no os agrada, susto es, señora, que cese. Y a vos que se os sigue de ese cuidado? Señora, nada, aunque como me tocó por serviros eligir, la letra llego a sentir el poco gusto que os dio. Verdad es que desconsuela él son. Mandareles, pues, que el mío toquen. ¿Cuál es el vuestro? La Tarantela, que además de alegre es llano, que os agrade y yo lo espero. ¿Por qué? Porque es extranjero, que es baile napolitano. Cabrá engaño donde esta ap. la semejanza tan propia, que sin voz dice la copia, quién es el original. mas no crean los sentidos del retrato el parecer. que bien cabe poder ser dos hombres muy parecidos, cesa, pensamiento, cesa. Señor mío, hablemos claro, ¡Que, por Dios, que aquel reparo no va siendo de duquesa. ¡Ay bello adorado encanto! Mucho mira. Calla, loco. Si quieres que yo hable poco dila que no mire tanto. ¿Cúya esta música es? Del de parma. ¡Qué porfía! Que al paso, señora mía, amante, espera cortés. Solo no puede ofender la mayor estimación, quien ama sin presunción de llegar a merecer. Sí puede, y más pretende conseguir con vanidad la negra seguridad de presumir que no ofende; no cantéis. No prosigáis, se lie el labio mi tormento, que yo moriré contento de saber que vos gustáis. Volvees todos, y el dolor sufra en mí su resistencia, que es en amor la obediencia el sacrificio mejor. ¿Por qué os vais? Por no ofenderos. Disimulemos pasión. ¡Ay ciega imaginación! yo no me ofendo de veros. ¿Luego os obligáis? Tampoco. Pues decid que no lo entiendo, como ni obligo ni ofendo, que lo dudo, aunque lo toco, Direlo, pues que gustáis para que no lo ignoréis, Callando no me ofendéis, y hablando no me obligáis. De veros sin obligaros contento estará mi amor, pues le basta por favor la gloria de no enojaros; aunque si, como escuché, pierdo aquel mérito hablando, que me esperaba callando, yo, señora, callaré. Y así, para obedeceros vivirá mi amor dichoso, de no obligaros gustoso a la luz de no ofenderos. ¿Y eso es no hablar? ¿Quién lo ignora? Pues decid, ¿qué puede ser? Es, señora, responder. Como arguye la señora. Pues, Duque, en resolución responder sea o hablar, en lo que habéis de callar es solo en vuestra pasión; que se ofende mi paciencia de que lleguéis a entender que os tengo de agradecer lo que es vuestra conveniencia. Sin más premio que adorar, amante os sirve mi fe. ¿Y por qué adoráis? Porque es corto el culto de amar. ¿Y a quién toca esa acción loca? Al mérito que en vos veo. ¿Y a qué os obliga? Al deseo de un bien que en divino toca. Luego ya es más que adorar lo que queréis? No, señora. Pues ¿no dijisteis ahora que pasáis a desear? Mal debisteis de advertir porque se debe entender, que deseo merecer, solo que os dejéis servir. Eso no os puedo quitar. Diole con la conclusión. Mas ¿qué será la ocasión de este estruendo militar? Es que el de Ferrara osado con numeroso escuadrón, se acerca a su destruición con curso precipitado. Aviso he tenido cierto de su intención, y esa fue la causa porque ordené de los tuyos el concierto. Que quepa en su pensamiento tan injusta presunción, sobre una aleve traición ¡Un osado atrevimiento! ¿A qué omisos aguardamos, ¡Oh, cobardes, mal seguros! dentro de cerrados muros a recibirle salgamos, pruebe ofendida mi saña su vanidad indecente, que hoy mi espíritu valiente me ha de ver en la campaña, Sígame quien mi furor reconociere por justo. Nunca puede a vuestro gusto hacer falta mi valor. Yo siempre tuve ofrecida la vida a vuestra grandeza. Porque es suya, a Vuestra Alteza no le ofrezco yo mi vida. Brava zurra se prepara. El riesgo del Duque siento. Sea su estrago escarmiento. Pobre duque de Ferrara. Haced alto en la falda de esa sierra, natural ata laya de la tierra, descanse aquí del parche el ronco acento, deje el clarín de fatigar el viento. Y esa hermosa campaña... que de puros cristales el pobana, sujeta ya a mis ínclitos pendones cubrid de dilatados pabellones; aquí esperad; que aquí el desaire mío ha de enmendar mi despreciado brío; Admireme, triunfame, la que se desdeñó de verme amante, que aunque ofenderla nunca fue mi intento, obligarla procura mi ardimiento, haciendo que le acuerde lo que ganaba en mí, lo que en mí pierde; culpe, pues me obligo la tiranía, que ardiente mueve la esperanza mía; defiéndala el desdén de mis enojos, si no la libran sus divinos ojos, cuyo amoroso fuego, aun irritado reverencio ciego. o el de parma la libre prevení lo segunda vez del riesgo prometido, que de mi incendio anuncia una centella, que ése el medio será para vencella, aunque después trocando el uso fiero me haga la adoración su prisionero. Mas ¿qué ruido inquieta Cajas al golpe gemidor de la baqueta, con roncos resonidos la marcial atención de mis oídos? Astolfo valeroso, corriendo esa campaña cuidadoso, como mandaste, al penetrar un valle de verdes olmos, deliciosa calle, el paso me estorbó, las prevenciones de armados numerosos escuadrones, que desde lejos vi, cuya advertencia me redujo advertido a tu presencia. ¿Quién será quien procura mi vitoria? ¿Margarita será? Cierta es su gloria, si ella es general de sus soldados, que la hidalga atención de mis cuidados, no ofender solicita batallones que rige Margarita, mas será Federico, aquí el volcán explico de mis fieros enojos, aún más que por los labios, por los ojos, a descubrir el campo parta osado, quien más busque el renombre de soldado, y informado de todo, vuelva a avisarme, porque deste modo si es el de parma busque yo su ofensa; pero si es Margarita mi defensa, que aunque vencerla intento, me ha de deber aqueste rendimiento porque quiere mi estrella ver si vencella puede sin vencella. Linda cosa es ser soldado. El ejercicio mejor, es que ha inventado el valor para el que nace hombre honrado. Aquí se obliga a la dama, que más al honor conviene, porque el soldado no tiene más cariño que su fama. Aquí es donde la razón es la que el mérito crece, porque aquí el que la merece es quien tiene estimación. Tan vivo aquí el honor arde, que mil fealdades desmiente, que aquí el valiente es valiente, y el cobarde no es cobarde. El duelo aquí considero que no tiene más razón que querer en la ocasión ser cada uno el primero. Aquí el pobre no previene, sino de honra su caudal, que aquí el rico es liberal, y al pobre consigo tiene. Con tanta ambición se inclina cualquiera a quí a la ventaja, que el primero que trabaja es el cabo en la fagina. No hay aquí fortuna mala si el riesgo la ha de alterar, que aquí, para pelear se visten todos de gala. Aquí está la cortesía, aquí vive la decencia, de aquí nace la obediencia, y procede la hidalguía. Y aquí, en fin, labra oportuna su suerte el que altivo nace, que aquí cada uno hace de su valor su fortuna. Que seas tú gran soldado, es según eso forzoso. No, que ese ren ombre honroso muy pocos le han alcanzado. ¿Pues por qué? Porque en rigor yo con mi amorosa llama, no sirvo aquí por mi fama, sirviendo estoy por mi amor. Y no puede otro cuidado el que es soldado tener, que tiene mucho que hacer el oficio de soldado. Mucho temo esta ocasión, pues Margarita fiada, más de valor que de armada con inferior escuadrón al de Ferrara se atreve sin prevención. Será en vano el poder contra una mano, que tanto albedrío mueve, hoy el de parma presumo que llegará. Es evidente. Fue a conducir a su gente. ¿Fue? Pues la ida del humo mucho importó de Riselo la ausencia a tus intenciones. Quitó muchas ocasiones de temor a mi recelo; ¿Oye qué estruendo es aquel? Es que al salir la duquesa de su tienda de campaña, estandartes y banderas le hacen la salva, al son de cajas y de trompetas. Bien dices que afable incendio, con qué donaire a la arena da la dicha de pisarla en dos invisibles señas. ¡Qué buen gusto a puel arroyo tiene, pues solo por verla, con curso precipitado de aquel risco se despeña. Quedo, quedo pinturica, eso es picarme la vena, y la sangre de la copla, está, señor, que revienta. Calla, necio. ¡Vive Dios! que has de escuchar mientras llega, como la viesta mañana. ¿La viste? desta manera, caj. pero ella a decirlo viene, en esta ocasión es fuerza, pues encaja, aprovecharme de lo de dígalo ella. A esta parte te retira, desde adonde su belleza admiraré, sin el riesgo, de que el decoro se ofenda. Mucho para el buen suceso importará que se sepa del enemigo, señora, la fortificación. Sea como decís... Pero ¿quién ha de ira esta diligencia? Ya me llama la fortuna. ¿Cómo? Atiende. En la nobleza de Milán hay caballeros, que a tan arriesgada empresa irán gustosos. Octavio, mucho calla la nobleza. Yo, gran señora, al peligro he con vuestra licencia, que esta ceniza, aun declara el fuego que el pecho encierra, No, Octavio, que será injusto cuando tanto se interesa en vos, que vuestro valor malogre vuestra experiencia, échese un bando. ¿Qué espero? ¿Qué haces? Dar del valor muestra antes que culpe el oído del corazón la pereza. Pues di, ¿tu intento hasta aquí no fue ocultar las finezas? Sí; pero nunca el amor quiere que el honor padezca, fuera de que aquí no cabe la duda, que es ligereza dar título de atención, a la que es precisa deuda. Bien, señora, prevenís. Premio equivalente sea el que el peligro disfrace. Ningún premio habrá que igualarse al deserviros. Pues ¿qué decís? Que sí empresa fiáis de mí, yo, señora, saldré della, o en ella daré la vida. Nunca mienten tantas señas Pero ¿qué me importa a mí, si a olvidar estoy resuelta, la confusión con que lidio, que mientan o que no mientan. Mas con una condición y perdonad, que me atreva a pactar con vos. ¿Y qué? Si os sirvo, que cuando busco solo la acción de serviros me aguarde por recompensa. Porque me favorecercís gran señora, de manera que deslucís con la paga la hidalguía de la deuda. ¡Miren qué dificultad! Mucho esta atención despierto de conocerme servida, será la primera muestra lograros esa intención. Pues voy con esa advertencia a serviros. Aguardad, señora, ved que te arriesgas, a mar. no solo él, sino la acción, qué facciones como esta, si las intenta el valor, las consigue la prudencia, mejor denocía será? Bien decís que le agradezo yo a Octavio esta dilación, mas ¿qué me admira, sin ella no hay más del reparo justo. de que un hombre no se pierda, en quien vive la mayor vanidad de mi soberbia. Ya yo estaba tamañito. La orden de Octavio sea a Carlos cajas. la que hayáis de ejecutar, más que instrumentos de guerra, intempestivos del campo la ociosa quietud alteran? Esta marcha, gran señora, es aviso de que llega el de parma, las insignias lo dicen de sus banderas, y la noticia que en mí viene. Vengáis norabuena, A buen tiempo llega el Duque. Nadie con tanta fineza os sirve, señora, y pues del príncipe de Florencia no se ha podido saber, en esta ocasión es fuerza, digo, si no os disgustáis, que Federico merezca vuestra atención, por el riesgo que en lo contrario cupiera, Y así... Bien, bien está, Octavio, yo haré lo que más convenga. La nueva de que ha llegado el de parma, a tu presencia me ha traído. Ya yo sé que es para ti buena nueva. Mira que yo... Bien está. Ya el Duque, señora, llega. A ofrecerá vuestras plantas esta insignia, porque en ellas esté más digna, hasta aquí fui general, y ya es fuerza ser soldado, granjería hallo en esta diferencia, pues si hasta aquí conducidas esas tropas de mí llegan, y de mí al dominio vuestro pasan, mejoradas quedan lo que es mayor la ventaja, cuanto es mayor la defensa. Porque veáis, Federico, la estimación que granjea en mí esa acción, esta insignia aceto, con advertencia, que consentir que sea mía, es porque vuelva a ser vuestra; tomadla ahora, que aunque nada duque os doy en ella, doy a entender por lo menos lo que siendo mía hiciera. Tan soberano favor mucha vanidad despierta. Mirad que trocáis los nombres, que esta duque es conveniencia. Ya yo me espantaba. Y ya a de convidado que espera con hambre, señor, estabas, y hallo cerrada la puerta. Ya el corazón vuelve en sí. Ya hacia el desdén dio la vuelta. Si así os sirvo, ¿qué más dicha? De las cosas de la guerra Tratemos, Duque, que ya de enojo el alma revienta, culpando en las dilaciones la venganza de mi ofensa. Vea indigno Astolfo, indigno bien dije que su fiereza le hace indigno de ser nombre, vea bruto, monstruo, vea, de su alevosa intención en el castigo la enmienda. Yo propia, mi propia mano de la manopla cubierta, mi hermosura disfrazada. de la bruñida visera, desmentida la blandura del acero en la dureza, trenzado el arnés lustroso del fuerte escudo cubierta, blandiendo el errado fresno, y con militar cautela, dando permisión al bruto a que huya de las espuelas, le he de buscar ofendida, le he de castigar severa; y de esta suerte ha de ser, no porque precisa sea toda aquesta prevención, para tan rendida empresa, sino porque allá en el trance de la batalla no vea, quien le venció y se disculpe con la atención de la fuerza, pues que vea solicito a mis plantas su soberbia, que adonde está mi valor no hace falta mi belleza. Pues junto está mi poder, que aguarda que no me venga del desaire mal nacido de una engañosa cautela? toca al arma, a fuego y sangre romped, asolad trincheras, soldados que a Margarita lleváis en vuestra defensa. Mirad que así aventuráis la vitoria. Vuestra Alteza pues general me ha nombrado en este ejército, sepa que no le quedó dominio hasta que yo se le vuelva. Pues ¿qué en eso me decís? Que aqueste puesto defienda con la gente que le asiste, y sea con advertencia, que esto a la vitoria importa. que en estos lances granjea, más que el filo de la espada la atención de la obediencia; Toca al arma. Vos, Riselo, asistid a la Duquesa. Muro seré de su vida. Ea, Astolfo, ya en mi diestra va de tu vida el estrago; ¡Arma, amigos! ¡Guerra, guerra! Por Dios que no han hecho casa de ti. Una duda me inquieta, Mas ¿qué dudo? Que aunque es cierto que aquí me llama la deuda de estará vista del riesgo de la dama, allí me enseña el camino de excusarle el peligro, pues que espera mi valor? Señor, ¿qué haces? Si no es la fortuna adversa, declarar con lo que intento, que quien hace las finezas, a que Margarita casi agradecida se muestra, no es el de parma. ¡Qué lindo! Mas ¿cómo? Desta manera. Pues yo te sigo. ¡Qué bien en la batalla se empeña el Duque por esta parte, dando de su brazo señas. Vuelve, señora, y allí mira cómo a toda rienda, en un tizón, cuyo humo dice el fuego que le quema, un soldado al enemigo ejército osado llega. Bien dices, ya le recibe cajas. del contrario la fiereza, ya del polvo que levantan cajas las balas, nubes le cercan. ya penetra el escuadrón, cajas. y ya a otro soldado llega, que valiente le recibe, ya entrambos furiosos cierran, ya de las sillas se arrancan, ya un tiempo miden la tierra; ya de los estrechos lazos se dividen, y ya llegan de las lucientes espadas a batalla más sangrienta; pero que miro, len socorro, del enemigo le cerca una tropa, y se resiste. Señora, si a Vuestra Alteza obliga sin conocerle, quien por servirla se empeña en tanto peligro, y quien extra ordinarias finezas ha logrado sin decirlas porque más la obligue sepa, que es el que en el riesgo mira el príncipe de Florencia. Riselo, ¿qué decís? ¿Yo? que me mandó vuestra alteza callar, y que hasta otro aviso es forzoso obedecerla. Harto en eso medecís. Mas digo en que no consienta su ruin a mi valor sin aventurarme en ella. Yo a su lado he de morir. soldados en su defensa id todos; mas yo, ¿qué aguardo cuando la pasión me fuerza? seguidme, que es sin razón que aquel soldado se pierda. Bien merece su valor que le honres de esa manera. Vamos, Laura. Celia, vamos. Vamos, amiga, que es fuerza que haya criadas danzantas, si hay amas tamborileras. ¡Vitoria por Margarita! Soldados, seguid la empresa. No huyáis, cobardes, que así me trate mi suerte adversa! ¿Qué aguardas que no te rindes? Mi muerte verás más cierta; pero ya de la fatiga mevan faltando las fuerzas, Mas, ¡ha, cielos!, cáésele la espada. Ya el valor ha cumplido con la deuda del escrúpulo, no busques tu muerte en tu resistencia. Pues sin armas. No prosigas que bien sabes que si fuera mi intención matarte, Astolfo, ya conseguida estuviera. Prenderte mi intento fue, con que respondido queda, que no volverte la espada es porque preso parezcas. Fuera de que si una dama en este duelo me empeña, de nada de lo que has visto acción ninguna me deja. Pues ya desde tu prisión corre el lance por su cuenta, y así no culpes en mí, que la espada no te vuelva, que yo no puedo adbitrar en lo que ella no dispensa. Pues, ¿qué razón te recata? No importa que no la sepas. Pues ¿no sabré quién me rinde? Sí, porque bastantes muestras de su sangre da un valor, que ha obrido desta manera. pero una escuadra a este sitio Llega. ¡Ah, cielos! La duquesa viene a ser justo testigo de la injuria de mi afrenta. Aquí está. Pero ¿qué miro? De la duda que os inquieta en esta espada del Duque os aguarda la advertencia; y pues con esta cumplí la obligación, que me espera en el fin de la batalla me llama, dadme licencia. Pues, ¿quién sois? Solo un soldado. ¡Aguardad! Desa manera pagarme intentáis, señora? Pues por pagaros intenta mi cuidado conoceros. ¡Señor! Calla, Tarantela. ¡Vitoria por el de parma! Ya en fuga el campo confiesa del de Ferrara el estrago. Al de parma Vuestra Alteza debe el logro deste día, pero el de Ferrara... Esta vitoria se debe Octavio a este soldado, que della es el Duque prisionero, la seguridad más cierta. Pues ¿quién es este soldado? Para que a un tiempo se sepa quién es, y para que a un tiempo de sus extrañas finezas cobre el premio merecido, Riselo, yo os doy licencia de que ahora conozcáis al príncipe de Florencia, Descubrid, Carlos, la cara. Culpable es la resistencia. Pues ¿no sois, Laurencio, vos? No, que si a ser gusto llega de Margarita, ocultarme grosero delito fuera. De esa verdad, gran señor, esta demonstración sea pública voz, vuestras plantas me dé a besar Vuestra Alteza. ¡Ay esperanza perdida! Y ahora, porque no quepa en malicioso discurso de Carlos el disfraz, tenga el premio que espera Carlos, y yo satisfaga atenta al mundo, que deste modo cualquiera malicia cesa. En mi casa habéis estado, y aunque otro afecto pudiera obligarme, basta solo para publicarme vuestra, dar esta satisfación a quien os ha visto en ella; Vos, Duque, a Porcia pagad de una inclinación la deuda, que yo os lo ruego. Señora, solo este desquite fuera de tanta perdida alivio. Cesó el rigor de mi estrella. Y vos, Astolfo, volved a Ferrara, que no intenta triunfar de vos, ¿quién aquí triunfó de vuestra soberbia. A vuestras plantas. Alza dé el campo a Milán la vuelta, y vos, Carlos, de mi mano recibid la recompensa. Para abrasarse en su nieve, señora, mis labios llegan. ¡Extraño y feliz suceso! Y aquí acaba la comedia, de cómo sirve a la dama quien no aspira a merecerla.