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Texto digital de El nieto de su padre

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Atribución tradicional
Guillén de Castro y Bellvís
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la colección Obras de Guillén de Castro. RAE.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El nieto de su padre. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/nieto-de-su-padre-el.

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EL NIETO DE SU PADRE

JORNADA PRIMERA

Porque eres sangre tan mía te escucho y porque también fuera arrogancia el desdén, si el favor es cortesía. ¿A qué aspiras? ¿A qué vienes A vencer, si no me matas, la aspereza con que tratas y la obstinación que tienes, la solitaria espesura de estas selvas habitando, entre estos montes mezclando rustiqueza y hermosura. Deja esta Corte que ha sido nube a este reino español, y ve a su Corte, que el sol no ha de estar siempre escondido. Ataulfo, agradecida de tus advertencias quedo; pero yo mudar no puedo este traje ni esta vida. Fue mi padre, como sabes, a España, y su gran corona del Rey, segunda persona en lo rico y en lo grave. Casó con mi madre, hermana del Rey, engendrome en ella a mí, cuya mala estrella causó su muerte temprana. Mi madre se vio de suerte conmigo, y sin él perdida, que previniendo mi vida y adivinando su muerte, edificó en estos montes, que la soledad previenen, tanto, que aunque altivos tienen solitarios horizontes, esta casa, con grandeza tal, que entre tierras y prados miran los ojos mezclados deleites y fortaleza. Y cuando casi rendida al sentimiento en que estaba, le pareció que acababa el edificio y la vida, en presencia de su gente, para prevenir mis daños, a mí entonces, de diez años, me ordenó piadosamente que este palacio y campaña habitase y no saliese de aquí jamás, que no fuese para ser Reina de España. Y así yo, después de verla tras el postrero suspiro, donde opuesto al sol la miro, que me influye como a estrella, mis sacrificios la ofrezco, apeteciendo su gloria, y adorando su memoria, su voluntad obedezco; tanto, que de esta campaña, de este monte y de este ser, no he de salir para ser menos que Reina de España. Armesinda, no ignorante vengo yo poniendo en duda lo que tu esperanza altiva tiene tu belleza oculta. mas tú, pues la causa ignoras que me obliga y te asegura a mis ojos y a mi lengua, tierna mira, atenta escucha. Boemundo, ahora rey en España, a quien resultan de sus caduqueces torpes resoluciones confusas, es mi tío, por hermano de mi madre, y por la tuya de los dos común hermano, hizo nuestra sangre una. Este, pues, desde la edad floreciente a la caduca, sin que experiencias lo enseñen ni escarmientos lo reduzcan, tan deslumbrado procede, tan tiranamente ocupa para en cuidados lascivos descompuestas travesuras, que en los primitivos años de su juventud confusa, forzando con amenazas o venciendo con ternuras, de una principal señora gozó con fe tan perjura, con publicidad tan grande y con tan tirana injuria, que sus padres, bien nacidos, viendo que cumple el que apurar imposibles las venganzas, con que las ofensas huya, se ausentaron de su corte, llevando una prenda suya, de su hijo en las entrañas, y compasando la furia de sus agravios en ella, porque con tierna cordura, empleando la piedad o admitiendo la disculpa, para castigo piadoso le aplicaron la clausura de una cueva, entre unos montes cuerdo estilo y pena justa, porque el padre o el hermano, no tan regidas las furias, deben dar a estas afrentas, como el esposo en quien durara lo que en el bronce las letras, y solo con sangre pura desconocidas le borran, si enmendadas no se mudare_ En fin, Florinda, que así más fértil que su ventura tuvo el nombre esta señora, con mayor pena que culpa, parió en el monte una hija del Rey, que fue la criatura más bella que prestó al sol, para rayos, hebras rubias. Criola diez y seis años, y al cabo de ellos procura, para prevenir su dicha, encaminar su fortuna. Enviola el Rey, su padre, y esperando más segura ocasión, su nombre entonces y su nacimiento oculta. El Rey, viendo su belleza, y siendo en él siempre unas sus pasiones amorosas y sus tiranas injurias, abrasándose en sus ojos, como si pusiera plumas del corazón en las alas para gozar su hermosura, limitó plazos al tiempo, y con ligereza injusta al viento dio la esperanza y la insolencia a la furia, y engendró en su hija un hijo. ¿Qué sentidos no se turban ahora con esto? Y cuando salió a luz la más oscura noche .fue vio el cielo, al Rey de una carta le resulta el saber una desdicha tan horrible que le turba, 1e aflige y le desespera tan del todo, que confusas la razón y la piedad, una sentencia pronuncia contra su hija y su hijo, también su nieto, que apura los ánimos con terneza, y con espanto atribula los pechos, pues fue, señora, mandarles dar tan oculta muerte de la tierra al mar, que les dieron sepulturas, supuesto que entre los hombres parece que los mormuran, la voz que daba los cielos, ellos polvo y él espuma. En más de veinte y tres años que lo inquieren y preguntan para saber cuyas son, aún no saben que son suyas. Desde entonces quedó el Rey con la razón tan oscura, con la ceguedad tan clara, con la idea tan confusa, con la opinión tan perdida, con la vida tan inmunda, con el a.ma tan ajena y con la pasión tan suya, que de uno en otro abismo, de un daño en otro, y de una culpa en otra se despeña, y parece que apresura con los vivos a la edad, tanto, que ya de caduca, decrepitudes enseña y perdiciones anuncia. Por lo cual de sus vasallos aborrecidos procuran, si no su imposible enmienda, la de su reino, tan justa como importante, y así entre remedios que alumbran, con los despechos alteran, diversos concilios juntan, y por darme su corona con mi voluntad consultan: pero entreténgolos yo hasta merecer la tuya, pues demás de aquesta causa, justifica y asegura el ver tu mano y la mía amorosamente juntas. Traslados de tu belleza, desde que las vi deslumbran mi sentido, y mis entrañas alborozan y atribulan tanto, que siempre a los ojo: sangre viva y agua pura, siendo aldabas de mi pecho, me envían memorias tuyas. Y así, sabiendo que tú con respetos aseguras este horizonte que miras y este sagrado que ocupas; ya midiendo con los cielos tu belleza; ya tu furia con las furias empleando; ya viendo que te saludan humillando las cabezas los árboles, y en las grutas, que de las peñas son bocas, oyendo alabanzas tuyas; ya viendo en los montes altos derretir la nieve pura, que hecha arroyos se despeña, como que tus plantas busca Ya mirando en los estanques hacer dar a su agua turbia por incitar de tus ojos la piedad y la hermosura, me aventuré solo yo, a que la mayor ventura, solicitada a tus pies, me alcance; pues si me ayudas con tu mano a que de España los regios laureles cubran mi cabeza, y yo, señora, después los ponga en la tuya, será felice mi estrella, generosa tu fortuna, y, como pocas, tus penas glorias mías serán muchas; y si no, el atrevimiento de verme en tus luces puras pagaré dichosamente, si es que en tus ojos se juntan rayos de sol y de fuego, para que, añadiendo furias al rigor, si no al castigo, abrasado me consuma, en el aire me levanten o en la tierra me confundan. Ataulfo, come en mí hierve la sangre no excusa en mi pocho agradecido, aunque el modo dificulta. volar con alas sin plumas no clan más lugar ahora, sigue mis pasos. Injurias serán del viento y del sol mi esperanza y tu hermosura. Turbo, mira que se van las ovejas por un lado de la tierra. O tú has soñado o yo duermo; ¿dónde están? Tírale piedras, desvía aquel manso. Soy un leño. Oh, qué sabroso es el sueño cuando le acompaña el día! ¡Ah, borracho! ¿Yo he de hacer el oficio de los dos? Borracho pluguiera a Dios, pero ¿cómo sin beber? Con la honda o con el palo estoy por darte. En buen hora sea después, porque ahora yo te perdono el regalo. Insensato, tonto, burdo, perezoso, pando, cojo. ¡Hola, hola!; ya me enojo; tú eres pando, tú eres zurdo, tú insensato. Desatinan tus cosas, bestia. Bestión. Estos animales son como yo; en dos pies caminan. Jumento, vamos. Corito, no vamos. A esto me toca no responder con la boca, y a las manos lo remito. Démonos cuatro puñadas ea, hazgámonos. Do; hazgámonos. Pues que no nos concertamos, detente. Ya están dejadas. Lo que hay del desafiar al reñir. Habrá, sospecho, más diferencia, más trecho que hay del decir al obrar. Ve por el almuerzo, y vete con él. Voy, y aunque sin olla casaranse la cebolla y el ajo sabrosamente. Y serán padrinos, ¿quién? ¿Quién? El queso y la cecina serán padrino y madrina. Y aun novios serán también. ¿Qué te dice el cuerezuelo consolador? Que le toca echar perlas por la boca. Serán licores del cielo. Yo siempre suelo beber al principio, y aun más presto. Bebe. ¿Estos son hombres, y a esto que hacen llaman comer? ¿No meto yo de estas cosas por la boca? Bravo empino de botilla. Hermoso vino. Quiero ver si son sabrosas. Llégase a ellos. Turbo, ¿qué miro? ¿Qué espero Huyamos. Atravesado en la garganta el bocado; me ahogo. Temblando muero. ¿No huyes? No, porque estoy sin aliento y sin palabra. Esperad. Hola! Pues habra, será hombre. Sí, hombre soy; hombre soy y tú eres burdo, tú eres tonto, tú insensato, tú corrido, tú borracho. Ansí es. Y tú eres zurdo, tú eres jumento. Es ansí. Tú eres bestia. ¡Qué temor! Tú eres bestión. Sí, señor. Tú eres cojo. Señor, sí. Con c1 palo y con la honda estoy por daros. ¿Qué hacéis? ¿Tembláis y no respondéis? Algún puto le responda. Démonos cuatro puñadas. A gentil cosa convidas. Yo las doy por recibidas. Y yo las tengo por dadas. o os haré mal. Pues ¿por qué nos dice sin ocasión malas palabras? ¿No son las mesmas que os escuché? Como vi llegando a ver los dos en este lugar que a este modo de tratar se le seguía el comer, y quiero comer, ansí vuestras palabras decía pensando que así os pedía la comida. ¡Pesia a mí ¡Quién tal pensara! Vuestro amigo soy. Ea, pues; hombre es, Pindo, ¿no lo ves? Y no tiene mala cara. Y el ver que habla, animal, ¿no ha sido la mejor seña? Un hombre solo me enseña, y así, hablo poco y mal. Bien me sabe. Pues embuta; coma, y con menos trabajo eche la garganta abajo este licor, ¡oh hi de nata! Buena cosa. Es todo el ser del hombre y vino es su nombre. Bello animal es el hombre. Y más bello es la mujer. ¿Qué es mujer? No oí nombrar, de mi maestro enseñado, tal cosa. Pues le, ha dejado lo mejor por enseñar. Es la mujer al compás del hombre formada en sueños diferentes; tiene menos unas cosas y otras más. ¿No es de carne? 1_ la tenemos por gloria, si buena es. ¿Tiene brazos, manos, pies? Y piernas que son extremos. Pues qué, ¿qué menos que el hombre tiene la mujer? Baldías barbas, y otras niñerías de buen gusto y de mal nombre. Y ¿qué tiene más? Cabellos que tal vez a la cintura llegan, y tiene hermosura, que suele crecer con ellos. Y dos cosas más sospecho que tiene, aunque en propia mengua ¿Qué son? Flujos en la lenguay malicias en el pecho. ¿Y la mujer es amiga del hombre? Y su compañera es. ¿Cómo? De esta manera: este corchete lo diga. Digamos que viene a ser este sayo; bien me fundo; el mundo, y con el mundo este, hombre; esta, mujer. Ásense, mire el ensayo. Ella es hembra, y él varón, y en no estando así, no son de provecho para el sayo. Y ¿de qué al hombre obligada suele la mujer servir? De herse preñada y parir. Y ¿cómo se hace preñada? Eso es ya ciencia muy grave, y yo, a decir la verdad, sólo sé hasta la mitad; la otra mitad Dios lo sabe. Y ¿cómo pare? Empujando en yuso; ¡hay tal preguntar! Este nos ha de matar si no hiriendo, preguntando. Es salvaje: ya su traje ¿no te lo dice? Y mejor en lo que es preguntador se conoce que es salvaje. Así viendo un hombre yo sin barbas, ¿tratarle puedo como mujer? Quedo, quedo; pesia mi vida, eso no, que es engaño; o ¡pesia mí tray peligros declarados, porque hay mozos desbarbados, y son hombres. Y ¿cómo así? No lo sé; pesado estás; hombre es por Dios me socorra máteme con esa porra y no me pregunte más. Ver deseo una mujer. Turbo, paciencia y callar. Y tras todo el preguntar nunca ha dejado el comer. Ahora está divertido; huyamos. Hanme dejado de sus modos espantado. Y entre mis dudas perdido. Corre, vuela. El prado hermoso tiñe en sangre. Cruel estás. Cuanto más herido, más corre el jabalí cerdoso. ¿Qué es esto Ya estoy cansada. A esta parte me retiro... De mi flaqueza me admiro, más rendida que obligada. .mientras que le voy siguiendo, para descansar, detente en la margen de esta fuente. Ansí lo haré. ¡Qué estoy viendo! ¡Qué miro! De que es mujer bastantes señas me da; pero divina será, que humana no puede ser. Un retrato del vivir es, pues obliga el cazar, unas veces a esperar y otras veces a seguir. En quien veo que destruye más por el peso que tiene el esperar lo que viene que no el seguir lo que huye. Hasta el cabello me enoja, en lo cual puedo advertir, que si me cansa el seguir, el esperar me congoja, Llegará; pero ¿qué tiene que así me hiela y me inflama? Con apetitos me llama, con respetos me detiene, ¡Qué temores y qué antojos me da entre agrado y despecho. Parece que todo el pecho quiere subirse a los ojos. Válgame el cielo! ¡Qué bella cosa! ¡Qué agradable ser! si este animal es mujer, por mi Dios quiero tenerla. Y al que mi maestro advierte tendré por cosa inferior; mi deseo y mi temor conformaré de esta suerte ansí a sus pies... Pasos siento. .pondré con respeto igual mi bastón. Fiero animal! Pagará su atrevimiento. ¡Mujer! Su extrañeza espanta: si te doy pequeño nombre, perdona, tente. si es hombre! Escucha. En pie se levanta. ¿Quién eres? Un hombre, tente, si este nombre ha merecido quien entre montes nacido, con género diferente, tiene por madre o por ama un animal, que al revés del hombre, con cuatro pies camina; cierva se llama. A esta sola entre las puntas de estas peñas conocí por madre. Pues ¿cómo, di, hablas claro? Bien preguntas. A la boca de una peña hallé un hombre, hablar le oí, y yo a él, como él a mí, Melinándonos me enseña desde entonces a que hable; de su porfía obligado, no sé si bien; con cuidado, si lo sé, porque es notable. Y lo que aprendo ejercito tal vez entre los pastores, en quien rústicos temores con voz afable limito. ¡Válgame el cielo! Espantosa es tu verdad con ser clara, quita el cabello a la cara, quita, ni es fea, ni hermosa, Í ansí en el hombre ha de ser. ¿Tú eres mujer? Tente, espera mujer soy. Y la primera que yo he visto; y la mujer ¿no es compañera piadosa del hombre? Tanto que el Dios que adoran hace a los dos tal vez una misma cosa. Pues mujer... Advierte, espera. Respetando tu deidad, si yo fuera tu mitad, mujer, ¡qué dichoso fuera! ¡Brava inclinación! Ya temo del suceso algún pesar. ¿Qué te obliga a desear esto con tan grande extremo? Oye: al primer movimiento, después que a verte llegué, la novedad admiré y desanimé el aliento. Luego hice atrevimiento de mi propia cobardía, porque viendo que me ardía en la nieve que me helaba, conocí que me arrojaba, lo mismo que me encogía, y, atrevido, llegué a ver, si eras, siendo peregrina, intratable por divina. Pero apenas el saber de tu boca que mujer eras, llegó a mis oídos, cuando entre mudos gemidos, alentándose en su calina, dar tiernas voces el alma pudo a los demás sentidos, dando causa a sus despojos de rendirse a tu hermosura, cuya luz ardiente y pura llegó a mis turbados ojos, y entre regalos y antojos, dando regalo al despecho, tanto ha entrado, tanto ha hecho, que en mí, por tu causa, son los golpes del corazón alteraciones del pecho. De estas causas obligado vengo a estar con vario efeto a mi gusto y tu respeto atrevido y reportado. No sé qué es esto. Turbado estoy, si es mal, con feo oculta, gloriosa pena consulta, y entretiene en la memoria; y si es bien, penosa gloria facilita y dificulta. ¿Qué es esto, que fuerza tal! tiene en el pecho del hombre? ¿Sabrasme decir el nombre de este bien o de este mal? ¡Notable cosa! Inmortal pienso que alienta el valor, y llámale el mundo amor, tiene por padre al deseo, aunque algunas veces creo que tiene origen mejor, porque es la correspondencia su madre. En ella engendrador del deseo. O del agrado inclinación, complacencia, que le causa diferencia. En fin, esto que hay en mí, ¿es amor? Pienso que sí. Tú, pues, porque entero viva, dale madre, que reciba al padre que yo le di, para el ver que tuyo soy. Con criarle y estimarle si el agradecerlo es darle yo madre, ya se la doy, porque satisfecha estoy de tu extrañeza valiente; pero porque viene gente te dejaré Bueno fuera; deja que vaya, o espera; deja que te siga, o tente, pues parece, oye; verdades son estas. Quiérote oír. Parece al verte partir que me haces dos mitades. Obligaciones me añades, pero forzoso ha de ser el irme para volver. ¿Cómo? Aquí me has de esperar, pues lo más del obligar consiste en obedecer. , Válgame el cielo! ¿Qué han hecho tus ojos, que en mis oídos tus palabras son latidos que me revientan el pecho? Conque a todos satisfecho tu obediencia me dejó pero escucha. ¿Quién tal vio? ¿Cumplieron, pues tú lo eres, sus palabras las mujeres? Algunas sí, y otras no. ¿Cómo?, ¿cómo? Y tú ¿de cuáles eres? Soy de las que tienen en el valor que previenen las palabras inmortales. Luego tus obras iguales serán. ¿Vendrás Aquí espera. ¡Qué voluntad tan entera! ¡Qué belleza tan extraña! si este fuera Rey de España, mi querido esposo fuera. Dudo:;) estoy y rendido; pero ¿qué miro y qué siento? Mil veces dichoso el viento que le levanta el vestido. Aquello estaba escondido a mis ojos; descompuesto me ha el alma y los pies dispuesto a seguirme o a perderme; mas pienso que a detenerme vienen estos dos. ¿Qué es esto? Salen ALARICO y TEOSINDA. Señora! De esta aspereza me quiero ahora valer. Vuelve en ti, que no ha de ser eternidad la tristeza. Cuando es la causa tan fuerte y de tan vario compás, no ha de rendirse jamás a los años ni a la muerte. Advierte que aunque escondida te tiene un monte, señora, sólo el Rey tu padre ignora tu habitación y tu vida, y está tan aborrecido, que el merecer su lugar consiste en el publicar, con lo que eres, lo que has sido. Deja, pues, de ser cruel, dame de esposa la mano, que yo haré que el reino hispano te dé su heroico laurel. Y podrás, señora, así, si en fe de quien soy, te atreves, con la vida que le debes a mi padre, honrarme a mí. y hacerme rey, a pesar del injusto desatino de Ataúlfo, que es sobrino del Rey, y quiere reinar. Alarico, en tus porfías, aunque ser justas pretendas, perderé, si no te enmiendas, las obligaciones mías; vete. Oye. ¿Es la que veo mujer? También sus despojos me llevan tras si los ojos, mas no me abrasa el deseo. Con todo, notablemente me inclina; no sé qué diga de esto. si es amor, me obliga con impulso diferente, pues no abrasado me arroja, y halagüeño me convida. Vuelve a vengarte en mi vida si mi pretensión te enoja. Bástete ahora en castigo el irte de mi presencia. ¿Qué más muerte que tu ausencia? Vete en paz. Tu gusto sigo. Mientras yo al silencio mudo doy el alma. Pues me esfuerza la ocasión, podrá la fuerza lo que la razón no pudo. Valdreme de mis soldados, cerca de aquí prevenidos. Iré donde los sentidos diviertan a los cuidados. Desde aquí procuro ver por donde va. Ver espero si es, como el traje, grosero el trato de esta mujer. ¡Ay de mí; yo soy perdida! No temas, espera. Ingrata, aunque tu desdén me mata, quiero volver por tu vida. Tente; que, pues habla, humano debe de ser. Hombre soy; paz pido. Admirado estoy de ver luciente tu mano. Ese cristal, ese hielo, que, cuando a la luz se aplica, sus reflejos comunica con el agua y con el cielo, al sol vuelve atrás, quisiera saber lo que es, que parece que en la mano resplandece y en el corazón altera. Agrado y ferocidad junta; los ojos me lleva. Querría cosa tan nueva ver lo que es. Hazle amistad. ¿si es rayo de sol? A vello Llega... Liego. .y lo que es nota en lo que suena. Alborota desde la planta al cabello su resplandor y sonido; y ánima... A tiento le toca, que es intratable. Sin boca muerde. ¡Ay triste! ¿Hate mordido? ¿Es sangre Con el bastón le haré pedazos los dientes. Bárbaro. Espera. Valientes en mí tus respetos son. Ver mi sangre al resplandor de ese metal la hizo hervir; mas, si fue culpa el sentir, el perdonar es valor. Perdonad. Son sus rigores agrados. ¿Es algo? No; con tierra me curo yo otras heridas mayores. Dejad esta, pues no es nada, y decidme. ¿Hay cosa igual? El nombre de ese metal descortés y hermoso. Espada la llaman, y tal braveza tiene en valerosa mano, que piel dura en pecho humano ni en árbol tosca corteza la vencen, y en ocasión, que ofensa o peligro oprime, sirve al hombre que la esgrime de lo que a ti tu bastón. Al metal que la ha formado llaman acero bruñido, vaina a su frágil vestido y llévase siempre al lado. Hermosa invención, sujeta a los hombres, es la espada. ¡Vive el cielo, que me agrada, al paso que me inquieta, y a quitársela me obligo al primero en quien la vea! Entiéndese que no sea como tú, que eres mi amigo, si no es tal su valentía que pueda, siendo extremada, más en su mano la espada que no el bastón en la mía. Qué extrañeza! Milagrosa. Mas, decidme, hombre y mujer, vos y él, ¿venís a ser, tal vez, una misma cosa? ¡Ojalá! No, porque yo de otros pensamientos trato. ¿Y es buen modo y es buen trato estar juntos? Creo que no, no habiendo sido los dos. ¿Una cosa es desearte yo?... ¿Hay tal cosa? .Tanta parte tengo en ella como vos. Y aun menos debe de ser, pues la ofendo. Claro está. Estoy por quitaros ya, juntas, espada y mujer. Eso ya, aunque risa, injuria es. Indiscretos enojos. ¿Señora? rencos. Tus ojos son cordeles de mi furia. Alarico, vete, pues un salvaje me asegura más que tú. Mi desventura quiero poner en mis pies, por dar alas a mi gente para lograr el intento que sigo. Imitando al viento, ¿quieres que le siga. Tente, tente, escucha, pues más quiero tenerte que aventurarte. No sé para mí qué tiene tu rustiqueza agradable que tiernamente me obliga. Y a mí aún más que tu semblante, con ser tan bello, me mueven unas ocultas piedades que en mis entrañas palpitan y luego a mis ojos salen. ¿Quieres venirte conmigo? Tras ti pudiera llevarme el más delgado cabello de los tuyos; pero sabe que vi otra mujer tan bella como tú, y efetos tales hizo en mí con diferencias, entre espantosas y amables, que me abrasó dulcemente, Yo entonces, como ignorante, le pregunté cómo aquello se llamaba; y ella, afable, me respondió que era amor, y es lo mismo que me hace por ti en el pecho cosquillas, a las tuyas semejantes. Sólo, solo tiene menos un arrojamiento fácil que tuve, pues aunque en ti es la terneza más grande, es el impulso más cuerdo, por ser menos palpitante. Esta mujer que te digo me mandó que la esperase aquí, y aunque sienta yo, si es que te vas, el dejarte, de suerte memorias suyas me llaman, que si dejase de esperarla, moriría; pero ¿puedes esperarte tú conmigo hasta que venga? ¡Notable cosa! Agradarte deseo; pero ¿no adviertes que si conmigo te hallase se enojaría? ¿Por qué? ¡Ay, qué gracia! Poco sabes las condiciones de amor. No dudes que se enojase si te viese estar conmigo. Y ese enojo ¿es penetrante? Y ¿cómo ¿Y se llama...? Celos, que son las finas señales cíe que hay amor en las almas. ¿Viose cosa semejante? Luego ¿celos tuve yo cuando vi las soledades que ocupabas con aquél, a quien yo quisiera dalle con el bastón, si no fuera por tu respeto? Admirable cosa es ver sin la experiencia qué poco los hombres saben. Ya viene y quiero con ella dejarte. No has de dejarme, porque lo siento y también porque quiero asegurarme, con el ver si celos tiene, de que tiene amor. N o sabe mal la lección que le di. Un sol muere y otro nace; no te vayas. Sale ARMESINDA. ¿No es mujer? ¡Que hasta en un monte un salvaje pueda dar causa de celos! ¡Vil pensión de los amantes ¿Por qué no llegas, señora? No quiero, por no estorbarte lo que con esa mujer tratas; bella es. ¿Qué haces? Lo que debo a lo que hiciste. ¿Qué es esto? ¿Son celos? Baste. Celos son. ¿Luego amor tiene quien está tan agradable? Espera. Dejarte quiero pues te obligo con dejarte. Esperad, ¿no puede un hombre en ocasión semejante, si le obligan dos mujeres, poner su amor en dos partes? ¿No tiene un hombre dos ojos, dos brazos, y no reparte en dos manos y en dos pies del cuerpo cuatro mitades? Tiene solo un corazón el que es verdadero amante, y a una mujer, si le obliga, solamente debe dalle. Dices bien; pero yo vengo en que solo pueda darte a ti el corazón, señora, porque quiero contentarme con que dé tal vez sus ojos a los míos, en quien hacen, sin amorosas pasiones, inclinaciones amables. 131 haber visto en las dos tau extrañas novedades me quieta y me encamina a conveniencias iguales. ¿Según eso, podré yo, sin partirme ni mudarme, correspondiendo a las dos, verte a ti y a ti adorarte? Díjonos que a una mujer, que hablaba con tul salvaje, le trajésemos cautiva. ¿Qué haremos para obligarle, pues habla con dos mujeres? Esto oíd: pues se reparte nuestra gente en dos cuadrillas, las dos podremos llevarle. Notable sed tengo. Espera, y trairete los cristales de esa fuente en esas palmas porque en ella te retrates. Yo esta llevo. Aquesta yo. si las defiende, matadle. Ah, traidores! ¿Qué hacéis? Aquí tu favor. Dejadme. villanos. De ti confío. ¡Válgame el cielo! ¡Qué iguales son mis dos obligaciones! ¡Amigo ¡Amigo! ¿A qué parte acudiré? Aquella voz me lastima, y me deshace aquélla; perdido soy. ¿Dónde iré. Pero arrojarme quiero donde amor me lleva... ; Cajas tocan. mas ¿qué son tan espantable me levanta los cabellos? Llegad, cobremos en sangre el almuerzo que perdimos. ¡Ah, ladrón! Viles, infames, probad mi bastón ñudoso. luyen todos, y coge a TURBO. Dale el gasto. Turbo, dale. El da por todos, Toribio. No pretendas escaparte. Yo. mas, sin correr le cojo; que tal hizo, que tal pague Señor salvaje, señor, misericordia! ¿Qué haces? ¿Qué temblor es ése? Es miedo. ¿Qué agua es ésa que te sale por los ojos? ¿Aún ahora me pregunta? ¿Quién tan grande preguntador vio jamás? Degüélleme si le place, y no me pregunte. Acaba, dilo. Preguntar y dalle. ¿Qué agua es esa? Esto es llorar. Y ¿de qué ocasiones nace una cosa que es tan fea? Cualquiera mujer lo sabe mejor que yo, porque son inventoras de estas artes; que en ellas son hermosuras, coma en los hombres fealdades. ¿Mal hueles? Lágrimas son que por otros ojos salen menos limpios. Prueba ahora de mi bastón. No me mates. ¿Qué es matar? Eso no sabes. Oye; si con el bastón me dieses..., ten, no le bajes, matar sería. ¿Y morir? Esto..., el demonio arrebate hombre tan preguntador; . es, cayendo, hacer visajes, rebullir, Patalear, torcer la vista, y quedarse de esta suerte. Tiéndese en el suelo. Qué fealdad! Quiero dejar de matarte por no verte así otra vez. Es honrado. ¡Oh, que bien hace! Perdón le pido y me voy. Y yo pediré arrogante a los aires que me lleven, o a los cielos que me acaben.

JORNADA SEGUNDA

A mi felice fortuna próspero anuncio tenéis, pues dos mujeres traéis, cuando os espero con una; aunque pudiera temer si de dos me he de encargar, que es difícil de guardar la más prudente mujer. si la más cuerda y honrada notorios peligros tiene, ¿qué tal será la que viene con la voluntad forzada? Yo aseguro de la mía el enojo y el rigor, que no se compra el amor con engañosa porfía, a. Nada te han de aprovechar tus injustos pareceres. ° En efeto, son mujeres; rabiando están por hablar. Una mujer os pedía; ¿qué es esto? Al puesto llegamos donde la fuente y los ramos forman acorde armonía. Estas dos mujeres vimos, y con dudosas porfías, no sabiendo a cuál querías. a las dos presas trujimos. Ya que están en tu poder, mira cuál es, porque dejes libre esotra, y no te quejes pues te damos a escoger. Los dos estáis disculpados: proseguir quiero mi intento, aunque lucha el pensamiento ya con diversos cuidados. En las dos es la hermosura notable, pues puede dar, la codicia de reinar, por mí respuesta segura. En aquestos ojos veo un sol, cielo el rostro es, allí manda el interés y aquí se alienta el deseo. Armesinda es milagrosa, cristal brilla y oro peina; mas, como contemplo reina a Teosinda, es más hermosa. A su belleza me aplico, y en aqueste extremo veo que ha de ser del todo feo para parecerlo un rico. Entre esos robles se apea tul hombre. Ataulfo es. Pide Talanta los pies, que sigue lo que desea. Guárdete el cielo, Marico, si es bien que guarde a quien tiene acciones que a su nobleza desdoran, manchan y ofenden. Vengas con bien, Ataulfo, que no sé por qué previenes quejas contra mi valor, que, como el sol, resplandece. ¿Eso ignoras, cuando robas mi Europa, porque impaciente montes suba, valles baje, vegas corra, bosque huelle? ¿No ves anhelar espumas a ese Pegaso de Betis que de sediento y cansado su mismo aliento se bebe? Y en mí ¿no ves que es amor el que me trae de esta suerte tras los ojos de Armesinda? ¿No ves que mi nave mueven? Ya lo veo y lo conozco pero sin razón te ofendes, pues por robar a Teosinda fue fuerza que la trujese. si es tuya yo te la doy. No la das. sino me vuelves lo que es mío, y de este modo , no tendré que agradecerte. Yo hasta ahora mis soy; no es bien que, poco corteses, la que es libre hagáis cautiva. Bien has dicho, razón tienes, pues yo pretendo, señora, , a tu regalo volverte, que recelo que los campos si no los miras se sequen. Más los aumenta tus ojos que el común padre en su oriente, pues remedan a tus labios los vergonzosos claveles. Ataulfo, bien pudieras más afable agradecerme entregarte lo que adoras ; no es noble quien no agradece. , Menos lo será quien roba lo que no es suyo. ¿No adviertes que todo es mío? si aguardo ver coronada mi frente, toda España ha de ser mía, desde la Tarraconense a la Bética. ¿Qué dices? Temeridades emprendes. De Boemundo soy sobrino, con su sangre me ennoblece. Forzoso heredero soy, pues ves que sin hijos muere. Esta es su hija Teosinda; ya ves que le pertenece el reino, y, siendo mi esposa, con ella es justo que reine. Puesto que sea su hija, ¿no ves que España la tiene por su dama? ¿No has sabido lo que es tan claro y patente Ataulfo, a mí me toca agraviada responderte, pues me das injusto nombre. Yo no respondo a mujeres, y así te ruego que calles. Mi padre, sin conocerme por hija, favores míos gozó temerariamente; no dejó de ser mi padre. Y ansí, pues que no parece mi hijo, a quien mandó dar, avergonzado, la muerte, ya que le previno el mar su monumento celeste entre conchas y corales que de musgo le guarnecen, yo sola soy heredera por derecho de las gentes. ¡Qué bien gobernara a España la que fue tan imprudente! Ser amados y queridos hace ilustres a los Reyes; si se acuerdan de tu error, ¿cómo pueden bien quererte? Yo seré Rey. „ Para ser mi esposo, eso te conviene. Tú me verás coronado aunque la vida me cueste: ¿Pues a mi valor te opones? Sabré quién soy y quién eres. Tente, Alarico. Ataulfo, solo estás, y has de perderte. Gente llega ¿Quién será El rey Boemundo viene. Ver el rostro de mi padre es fuerza que me avergüence. ¿Qué es esto? Señor, impide la competencia que tienen. ¿Sobre qué? Sobre heredarte. ¿Tanto codician mi muerte? Teneos. Tus plantas pido. No será bien que las bese quien ambicioso procura ser a mi gusto rebelde. Dame tus manos, señor. Sí diera, como tuviesen el cuchillo, para darte el castigo que mereces. Injustamente me culpas. Mal informado me ofendes. Al fin ¿queréis heredarme? Eso no es bien que te niegue. Pues ¡qué acción tenéis al reino? El ver que hijos no tienes, y que soy sobrino tuyo, me anima, me incita y mueve. ¿Cuál otro hay en toda España, que tan cercano pariente sea tuyo? Y tú, Alarico, di, ¿por qué reinar pretendes? Por esposo de tu hija; mira si es razón más fuerte la mía. Pues ¿dónde está? Llega a sus pies. No se atreven los míos a dar un paso. De plomo, hielo parecen. si es bien que padre te nombre, sin que en el pecho se queden al pronunciar las palabras y que en suspiros se truequen, yo soy tu hija. Levanta el rostro, que quiero verte, y contemplar en tus ojos cuánto la hermosura puede. Ella causó tu desdicha, aras ya se sabe que siempre lo ha sido la que es hermosa por pensión de tantos bienes. En ti como en un espejo claro, limpio y trasparente miro mi culpa, y ansí menos bella me pareces. Los afectos paternales asombrados se suspenden; que me enfurece el delito si la sangre me enternece. Mas, pues los cielos piadosos te libraron de la muerte, vive, y recibe en mis brazos el reino que te prometen. Ahora a los dos respondo; tú, Ataulfo, ya no puedes pretender, por mi sobrino, tan atrevido y valiente, de España la Monarquía Hija tengo que me herede, su marido será Rey. Eso, señor, te conviene ; deja que a tus pies me postre. No te humilles tan alegre. Teosinda, ¿estás ya casada con Alarico? Pretende que sea su esposa, y yo, como tu hija obediente, haré lo que me mandares. Eso Teosinda, conviene; Alarico, dices bien. justo es que en España reine el esposo de mi hija;, mas tú ahora no lo eres. Yo la casaré a mi gusto y haré que la mano beses, como tú mismo lo dices, al que su marido fuere. Y tú, Ataulfo, no es justo que cuidadoso te muestres; descansa, que ya yo tengo un sucesor que gobierne. Y si perturbáis la .paz, corona os daré de suerte, que se os baje al cuello al punto y las gargantas os siegue. Yo soy Rey, España es mía; vuestras pretensiones cesen, y solo he de ser, que el sol solo alumbra y resplandece. Corrido y turbado quedo Tanto me anima tu amor, que olvidado del temor veré si vencer lo puedo; ven, Armesinda, a tu casa. Reino o dama solicita. Loco quedo. Amor me incita cuando la ambición me abrasa. Ya no con justo color el reino he de pretender; si no heredo por mujer herede por mi valor. Hoy mis parientes y amigos junto, y empiezo la guerra, y a los robles de esta tierra pongo por mudos testigos de que he de ser Rey de España o me ha de costar la vida. Salga mi gente atrevida, moleste aquesta montaña; robad mieses y ganados desde esas alegres faldas, matizadas de esmeraldas, a sus riscos encumbrados; a fuego y sangre publico la guerra; en ella me fundo: ¡Ataulfo y Soemundo mueran y viva Alarico! Enseñome entre robles y jarales un hombre solo a hablar confusamente; y la experiencia, el conocer prudente el orden de las cosas naturales. La astucia de los brutos animales tal vez sirvió de aviso suficiente; el ver siempre la noche y día ardiente me avisó de los cursos celestiales. Enseñome el invierno, y que erizado viste de nieve la robusta peña y que buscase abrigo con cuidado. Diome avisos el ave más pequeña;. mas lo que sé mejor y más fundado es querer bien y nadie me lo enseña. El salvaje viene aquí; mas que llega a pescudar. Este es el propio lugar donde aquella mujer vi. Ya le miro sin temor ; que tiene el alma barrunta, por lo mucho que pregunta, humor de grande señor. De él me tengo que vengar... Aquel villano está aquí. .pues yo también, juro a mí, le tengo de preguntar. De aqueste saber querría nuevas para mi quietud. ¿Cómo se halla de salud su noble salvajería? ¿Está bueno? En duda estoy. esa pregunta condeno no preguntéis si estoy bueno pues sabéis que bueno estoy. ¿Cómo le va aquestos días Muy tristes los he pasado. ¿Por qué? Estoy enamorado; sentí en las entrañas frías un calor y un frenesí que me abrasa. Arre allá; no ha visto mujer; ¿si está enficionado de mí si hay necesidad bastante todo se suele emprender ¿si quiere el salvaje ver algún pecado elefante? ¿De quién está enamorado De una mujer. ¿Ya la vio? Y, tan bien, que me dejó en el alma su traslado. Mirose en mí como en fuente; y el agua diferencié en que después que se fue quedó en el cristal presente. ¿Que ya de amor ha sabido ¿Eso te causa desvelos si en la tierra, y en los cielos milagros he conocido de las aves y animales; me ha mostrado la experiencia natural y cierta ciencia, de ella quiero ver señales. ¿Qué ha conocido del cielo y la tierra, de las aves y animales? ¿No lo sabes Con enseñar me consuelo esta capa. que cubre toda la tierra; sobre dos estrellas sustenta su máquina, conforme dos polos, o dos ejes, dos puntos, o dos nortes eternamente fijos en el supremo móvil; otras estrellas hacen varias demonstraciones unas forman un carro, que a trechos se compone; otras una bocina, otras un oso, v corren el cielo variamente las horas de la noche. Resplandece un lucero, cuando Apolo se esconde, y otro anuncia su vuelta lleno de resplandores. Son el sol v la luna dos antorchas, que pone para la noche y día el padre de los dioses; mas la lima no tiene propia luz que la adorne rayos del sol perdidos le prestan esplendores. Por esto mengua y crece según el sol la coge, ilumina su cuerpo, que es liberal y noble. Que el sol esté más alto, es fuerza, porque coge la luna de las luces que desperdicia entonces. Da la vuelta en un año, moviendo los dos orbes el sol; la da la luna con vuelos más veloces. Es quien cría y fomenta los frutos y las flores, padre común de todo cuanto mira y conoce. Va de preguntas: ¿cómo el verano hay calores y fríos el invierno? A esto pelo responde. Está el sol en verano sobre nuestras regiones de medio a medio, y muestran más fuerzas sus candores. Está al lado el invierno, y aunque es la luz conforme no nos calienta tanto; por figuras se note. Cuando estás a la lumbre tú y esotros pastores, ¿osas poner la mano, por altura que tomes, encima de la llama? No, que me quemo_ Oye; pues si de lado llegas, podrás, sin que te enoje, llegar cerca de ella. Ansí, si el sol se pone sobre nosotros, quema, y de lado se encoge. ¿De qué son estas nubes? De terrestres vapores. Las lluvias humedecen los valles y los montes; el sol que los deseca es activo, y recoge aquel humor y cuaja nubes que luego rompe. Noto al sol que es divino; y él, cómo viste, y come, y sabe tanto, y vive desde niño entre montes? Es de los animales señor y rey el hombre y aun ellos con ser brutos tienen sabias acciones. Sabe el discreto erizo, proveído a los rigores de su hambre, al madroño sacudir y dar golpes; su vergonzosa fruta luego junta y recoge revuélcase sobre ella, y llévase a vellones la púrpura del fruto ,en las puntas y corre, vestido de claveles, hasta que cueva pobre. Todos los animales la hierba reconocen que les ha de hacer daño para que no la toquen. Son, aunque tan pequeños, valientes los hurones, que no hay cueva en la tierra adonde no se arrojen. Uno de estos. un día, entre unos alcornoques a una víbora Pera <embistió sin temores. Ella se defendía y en efeto picole, y el animal, sintiendo el venenoso golpe, buscó de presto un cardo de aquestos corredores y mordió las raíces, quedando sano entonces. Luego, animosamente, a pelear volviose. Yo, porque la experiencia me evite confusiones, llego quedo y arranco el cardillo; tocole otra vez el veneno, fue al remedio, y hallose sin cardo, y quedó muerto. Pues ¿qué pruebas mayores hay de que las virtudes que las hierbas esconden saben los animales y lo ignoran los hombres? Huélgome de ser asno si las hierbas conocen. Pues ¿por qué yo, que tengo ser más divino y noble, no he de aprender discreto lo que bruto te asombre? Hasta aquestas hormigas, que son putrefacciones de la tierra... ¿Qué es esto? Los diablos lleve el nombre. .la tierra con las lluvias se pudre y se corrompe, y el sol en. ella cría animales disformes. Estas, pues, tienen hecha lóbrega casa, donde encierran granos rubios, que en el verano cogen; yo vi que cuatro juntas entre los picos torpes llevaban una muerta, piadosamente nobles. Llegaron a la casa, y salieron en orden muchas a recebirlas, y a su piedad conforme, lleváronse la muerta, y, en pago de ella, diose un grano a aquellas cuatro, porque alegres tornen. Mil cosas te dijera del oso, que se come el humor de sus manos; y del lobo, que corre mirando a quien le sigue; de la zorra... Agraviome; ya no sé lo que hace, más sé cómo se coge. Quien todo aquesto sabe, ¿no es bien que se enamore de la mujer más bella de aquestos horizontes? Que sus ojos parecen dos luminosos soles, que abrasan si no alumbran, porque las almas roben. La granada que muestra los granates en orden, cuando el curso del tiempo las cáscaras le rompe; la rosa, que entre espinas sus púrpuras descoge, porque el verde capullo se divida y destronque; el jazmín, que en sus ramas, porque ricas se borden es estrella de nieve como esotra de bronce, y el alba que bosteza en nubes de colores, amortiguadas luces, aunque sus perlas llore. Estas sierpes de vidrio que volando veloces, ya se quiebran en riscos, ya se duermen en flores, no igualan a sus labios a los dientes que esconden, a las hermosas manos con tantas perfecciones, que tiene, ¡vive el cielo!, con el humano nombre, amagos de divina y sombra de los dioses. Señor salvaje. de bien, digo que estoy abobado; mucho sabe; es hombre honrado tras ser valiente también. Enficionado le estoy; diga: ¿qué nombre ha tenido? No sé de quién soy habido. Pues ese nombre le doy; señor Avido, yo quiero convidarle hoy a comer, y porque halle más placer voy a matar un cordero. Deme de amigo la mano. ¿El dar la mano es señal de amistad? ¿Hay caso igual? ¿Pues no lo ve? Caso es llano; v mientras más apretada. más amistad. Pues yo aprieto. No tanto. Aquesto no es nada. Oh pesar de mi amistad! Yo voy a hacer la comida. Más al deseo convida esta muda soledad. ¡Ay, mujer, de aquesta suerte, qué bien o qué gusto espero! Por haberte visto muero y ahora muero por verte. Y en deseo tan extraño llego a conocer también que siempre el que quiere bien se alimenta de su daño. Gente viene, aquestos ramos me encubrirán. Ya, señora, del corazón que te adora... Cerca de tu casa estamos, tus altas torres se ven cuando yo en mis ansias veo que se aumenta mi deseo y se desminuye el bien. Esta es la diosa que adoro; todo el corazón se altera ; quiero escuchar. Bien quisiera ¡ sin ofender mi decoro poderte favores dar; mas cobarde me retiro, Ataulfo, que te miro excluido de reinar. Ya sabes lo que pretendo. Y yo estoy solicitando, señora, mayor reinado para no vivir muriendo. Ya tengo celos de ver que tanto hablan los dos; este amor sin duda es dios; absoluto es su poder, pues me tiene tan rendido. Sola tu mano por ley pido, de que si soy Rey tengo de ser tu marido. Sean los robles testigos. El pastor dijo verdad: dar la mano es amistad; estos dos son muy amigos. Ya siente el alma inquietud; ¡bien inmenso y soberano! Hielo y fuego hay en tu mano. ¡Vive el cielo, que la aprieta! Tuya soy, como rey seas. Luego la guerra publico. Ni tu tío, ni Alarico te impidan lo que deseas. A prevenir mis soldados voy; no tengo que aguardar, sino empezar a abrasar esos montes y estos prados. Yo quiero quedarme aquí. Adiós, mi dueño adorado. Vase. Ya de celos ha pagado aquesto que siento en mí. si no hay duda en lo que vi con toda el alma en los labios, ¿dónde habrá sentidos sabios? Denme su favor los cielos, que si son dudas los celos, los que se ven, son agravios. Salir furioso quisiera; mas entre tan locura me reporta su hermosura, cuando la ofensa me altera. ¿Quién pensara, quién creyera, viendo el traje y el bastón, que ciertas señales son de bruto y salvaje osado, que lugar diera, enojado, a la consideración? Pienso que ha de ser en vano, de Ataulfo la porfía. mas i qué apretada tenía el hombre su hermosa mano! Es su amigo; caso es llano: ya reportarme no puedo. ¿Qué es esto? Turbada quedo. Yo soy; oye, ¿qué te alteras, que aunque el corazón me vieras, no tuvieras mayor miedo? Pero sin duda sospecho, como tu miedo declara, que has conocido en mi cara los ardores de mi pecho. Pues ¿qué tienes? ¿Qué te he hecho? Repórtate. Bien merezco premio, pues cuando padezco, de mis furias incitado, no puedo mirarte airado y rendido te obedezco. ¡Ah, poderosa mujer! Sin duda quieres matarme, pues si procuro quejarme no mirándote ha de ser; la experiencia quiero hacer, las espaldas he de darte para reñirte y culparte; mas... ;tan sin alma me dejas, que estoy por dejar las quejas por no dejar de mirarte! ¡Raros extremos de amor! Esta vez mandaré en mí; escuchad fuentes, yo vi, aunque ciego de furor, que a un hombre... Extraño temor! .este bulto soberano dio libremente la mano contra mi amor y lealtad; dar la mano es amistad, que ansí me dijo el villano. Fuera de que la apretó, siendo vosotros testigos; luego de que son amigos bastantes señales dio ¡esto mi muerte causó! por esto triste suspiro y juntamente me admiro. Vuelvo a mirarme en tu espejo; que ha cien años que me quejo y ha un siglo que no te miro. Hombre, que no sé quién eres, cuando con celos me ofendes, ¿qué es lo que de mí pretendes? Di, ¿qué aguardas o qué quieres? Aunque enamorado mueres entre esas sierras, Avido, ¿no miras, no has sentido, viendo en el traje que estoy, que persona ilustre soy, y no has de ser mi marido? En lo que puedo agradarte, y lo más que puedo hacer, es el dejarme querer; y, si enojo es escucharte, más llegado a declararte. Esa duda se concluya, tu esperanza se destruya, que es bárbaro desvarío pensar que, porque eres mío, algún tiempo he de ser tuya. Mi valor te desengaña, sin que te deje perder; sólo mi esposo ha de ser el que fuere rey de España. Pues tú, que en esta montaña una cierva te ha criado, ¿tendrás tan altivo estado, mandarás tan rica tierra, si te ha parido la fiera, y algún roble te ha engendrado? Cuando no viera tu traje, que señales ciertas son, por sola esa pretensión supiera que eres salvaje. ~. De tu resuelto lenguaje y de tus ojos serenos, que de rayos están llenos. tengo vergüenza y espanto: porque a no quererte tanto, sintiera tu agravio menos; que es soberbia la hermosura en sujeto de mujer. Tu arrogante proceder me declara y asegura. En fin, juzgas a locura en mí, criado entre fieras, estas amorosas veras; y así, en ocasiones tales, no supieras lo que vales, y lo que valgo supieras. El valor que en mí se encierra verás en él algún día; que a veces un laurel cría el cuchillo de una fiera. Yo sabré cómo es la guerra y cómo podré llegar por mi valor a reinar, que tan grande en mí se esconde. que, como sepa por dónde, subiré a cualquier lugar. De tus ojos me despido; no he de verte, ni has de verme, y pues para ennoblecerme hasta el haberte querido, yo haré que al rústico Avido en lugar tan alto veas, que conozcas que no empleas bien tus desdenes aquí, más que por honrarme a mí, por cumplir lo que deseas. Oye. Vil fortuna avara de tus ,ajos me desvía, que mi corazón envía toda la sangre a la cara. Y desde hoy no te mirara hasta ser rey, si me diera las estrellas de su esfera el cielo para mis ojos, que el discreto sufre enojos, pero el desprecio le altera. Oyérate atormentado; de celosas ilusiones sufriera sus sinrazones; disimulara agraviado; mas no puedo despreciado, en que muestro el noble ser. Y mira, ingrata mujer, cuánto en mi puede el honor, pues que me ha dado valor para dejarte de ver. Detente. Su ligereza me admira; y es tan honrado, que no vuelve, enamorado, a mirarme, la cabeza. Tiene natural nobleza, no aprendida discreción, valerosa inclinación. Ya se entró en el bosque espeso; tratele mal, y confieso que le he cobrado afición. ¿Eso consienten los dioses? ¿Así roban el cabrío? Ladrones sois, no soldados. Pues si la honda desciño, yo haré que dejéis las vacas. ¿Pensáis, acaso, que crío para vosotros mis potros, que al Betis beben el vidrio? Favor, que han pegado fuego a mi cabaña. Oh! Maldigo tantos reyes, pues que todos aspiran a destruirnos. Hi de puta, los tacaños. Turbo, ¿qué es aquesto? Pindo, estos soldados ladrones me han hurtado diez cabritos; ven, ayúdame a cobrarlos. Ven tú primero conmigo, porque quitemos primero seis terneras y un novillo. Venid, maternos el fuego de mi cabaña. ¡Oh, qué lindo! venid a aquedar mis yeguas, que se despeñan al río. Veinte quesos robado me han. Toda una pipa de vino atrevidas me bebieron los soldados de Alarico. Luego ¿todos nos quejamos? si el mal de muchos ha sido gozo. alegrémonos todos. ¡Hay semejantes delitos! Boemundo nos destruye si a Ataulfo nos rendimos ; si al tío damos favor, nos amenaza el sobrino; pues Alarico, arrogante perturbador, atrevido, abrasa nuestras cabañas y roba nuestros cortijos. ¿Cómo nos defenderemos, pues que de los enemigos de casa somos esclavos, maltratados y ofendidos? Voto al sol que somos mandrias; Estos montes y sombríos valles, no tienen más gente que hay arenas en sus ríos? Pues juntémonos, haciendo reyes también. Bien has dicho más somos que los contrarios, y de más robustos bríos; en escuadrón nos juntemos. ,Oíd, pastores a Alcino, que os arrojáis a la muerte sin prudencia y sin aviso. Supuesto que somos tantos, y es el número infinito ele la gente que esta tierra esconde en sus senos fríos; si no tenemos cabeza y capitán advertido, será forzoso el perdernos. ¿Cuándo ejército se ha visto que, si falta quien gobierne, no entregue el cuello al cuchillo? Que la desorden es madre de mal suceso. Eso digo; nombremos nosotros Rey, que si obedientes seguimos las órdenes que nos diere y sus prudentes arbitrios, los contrarios venceremos. Dadle la corona a Pindo, que por los dioses .prometo, que viven en el Olimpo, de libraros de estos Reyes. Yo el honroso cargo pido ya sabéis quién soy. Yo soy, con ser más fuerte, más rico. No, sino yo. Y yo ¿so barro? Todo este es cuerpo diviso. Pastores de las montañas, atención humilde os pido, porque deis fines dichosos a tan heroicos principios. si queréis hacer un rey valiente, gallardo, altivo, discreto, prudente, sabio y que empiece de sí mismo, elijamos al salvaje, que una. vez nos ha vencido, Pues es su fuerza v destreza. ele toda España prodigio el que vestido de pie.es, tiene el corazón vestido de valor. Un ignorante que apenas hombre se ha visto ¿quieres que nos mande? Calla; ¿los dos juntos no lo oímos con preguntas enfadosas darnos forzoso martirio? No dices bien. No quitando lo presente, sois pollinos vosotros, si os comparáis con sus prudentes avisos. Yo le he hablado muy despacio y conoce los instintos de todos los animales, los secretos escondidos. Las estrellas de los cielos conoce, que entre los riscos con natural experiencia vio su ordinario ejercicio. Sabe de qué son las nubes, y que el sol es padre rico ele las hierbas, a quien riega el alba con su rocío. Sabe cómo vive el osó, el lobo, el hurón erizo, y las hormigas que tienen con él un nombre exquisito. Y, al fin, sabe lo que hacen las zorras; y así os suplico que, pues sabe nuestras mañas. le obedezcamos rendidos. Eso es cierto. Verdad es. Pues si de los enemigos queremos tener vitoria, halamos Rey a este Avido. ¿Dónde podremos hallarle? Entre los fresnos y alisos que coronan esas sierras, naturales edificios, pienso que tiene su cueva entre arroyos cristalinos, que da a esta vega la sierra de sus copos derretidos. Vamos todos a buscarle, que pues a todos nos hizo huir, con un tronco solo de cualquier silvestre olivo, bien bastará a defendernos. Gracias a Dios que he salido con alguna cosa. Vamos. ¡Viva Avido ¡Viva Avido!

JORNADA TERCERA

¡Oh, pesia mi vida! Espanto es, que el ver con ansias tales tan pequeños animales defiendan sus casas tanto. ¿Viose tal? De ellos reniego, aunque su valor alabo; cada uno arroja un clavo, cada clavo deja un fuego. ¿Dónde ..está? ..Abrasado.. estoy; con todo, esta vez me voy con gran. parte de sus casas. Labrados con que compás, tan fácil y tan entero; cuanto más la considero, hallo que me admire más; pues más techos de accidentes tan chicos, da que notar ,el ver hacer y juntar materias tan diferentes, porque son, como a ver llego, en la ocasión que me toca, está el gusto de la boca y es otra el alma del fuego. ¡Oh, sol bello! Lo que cría con tu ayuda y destreza la humana naturaleza, hidalga maestra mía, pues la pagó el ser tan fiel a mi curioso albedrío, con solo trabajo mío lo que me enseña sin él. ¿Qué es esto? Ido son pequeñas mis dudas, porque he sentido estos días este ruido por las bocas de las penas. Bastón tengo. Señoría le diré: i ah, señor! Salvaje, escuche, solo en el traje, y rayo en la valentía. ¿Qué queréis? Tenga la mano; por huir de un rey tirano, hay dos que lo quieren ser. ¿sabe que es Rey? Sí, mejor que ellos. Y porque sustente el campo su armada gente con nuestro pobre sudor mientras por estas campañas unos corren y otros huyen, nuestras haciendas destruyen, y roban muestras cabañas. Y así para rehuir tan grande bellaquería, nuestro consejo querría pelear hasta morir. Y, para lo tal, queremos herle nuestro Rey, pues es tan valiente y tan cortés, como ya todos sabemos. esta corona. Esperad. Gobiérnenos de su mano. En fin ¿era Rey tirano vuestro Rey? Así es verdad. ¿Y otros dos del mismo modo cada uno para sí quisieron serlo? Es ansí. Y es en nuestro daño todo. Oíd: luego de esos tres, ninguno, en empresa igual, ¿es vuestro Rey natural, ni legítimo? Así es. Pues yo lo seré; escuchad, para que sepáis primero si a vuestros gustos se aplican los modos con que he de serlo. Yo entre estos montes nacido, o si no criado en ellos, con extrañeza incapaz del humano entendimiento, desde el primer claro día que para ejercer se abrieron el uso de la razón mis ojos entonces ciegos; con la ignorancia luchando al principio, no sabiendo que hombres hubiese, y después que uno vi y los otros fueron tan intratables conmigo, en mirar los movimientos de este círculo, fundado en dos polos contrapuestos, ocupé mis soledades con tan extraño desvelo, que acechando noche y día las lumbreras de los cielos, sin el compás de los años podía medir los tiempos, ya inquiriendo de la tierra los rincones y los senos, que desde su faz hermosa hasta su profundo centro habitan los animales, I cuyos instintos pudieron tal vez admirarme más, con saber que valen menos; mas ningunos me apuraron el discurso y el ingenio como estos; aquí hay algunos que hallé un día entre los huecos de una peña, y más después que supe de aquel maestro, que a vivir y hablar me enseña, que hay repúblicas y reinos, a quiero estas avecillas pudieran servir de ejemplo. Estas tienen solo un rey a quien obedecen, siendo de los demás diferente en lo lucido y lo bello. Cada república suya, a quien llama mi maestro enjambre, tres o más reyes, porque no haya falta de ellos engendra; mas uno solo le dan el consentimiento de reinar, después de haber hecho su elección, y muerto los demás, significando cuerdamente y proponiendo que suelen ser dos cabezas la disformidad de un cuerpo. Luego edifican sus casas con el orden y concierto que aquí veis. Esta mayor, que en forma cíe valle un cerco la fortalece, es del rey, diferenciándola en esto de todas estas, que son de más angosto aposento, de sus criados, a quien llaman zánganos, y puesto que son mayores, les dan los lugares más pequeños. Hechas las casas que veis, hacen el repartimiento de oficios, haciendo ansí un milagro de un aseo. Las que ya para el trabajo, con tan notable contento, sirven siempre junto al Rey de honrar su acompañamiento, y parece que le dan con sus zumbidos consejos. Las que en edad se le siguen, dando artificio al aliento, hacen siempre este licor, cuya dulzura es extremo. Las otras, más atrevidas por más nuevas, van trayendo del campo flores, que son materiales para hacerlo. Los zánganos sus sirvientes, de traer mantenimiento sirven a los que trabajan, y va el rey reconociendo su descuido o su trabajo, a quien da castigo y premio, pues que de su providencia, si lo advertimos, diremos para tener defendido su tesoro descubierto, codiciada su dulzura de varios animalejos en la silvestre campaña robadores indiscretos, a las órdenes primeras de su albergue van poniendo defensivos tan amargos, que ejecutivos venenos son de sus contrarios viles: y no contentas con esto, vigilantes centinelas ponen a medidos trechos, que avisan con el cuidado lo que ven con el silencio. De los ladrones de casa, zánganos suyos, teniendo con más bastante ocasión mucha confianza, menos se rehúsan desconfiados y se previenen, temiendo que aquel licor, obra suya, llegue a sus bocas; mas ellos, que hacen valor de la gula v cautela del deseo, al dulce robo se atreven, donde, si los ven los dueños, su primer delito entonces les perdonan; pero en viendo al segundo, que no hacen de la amenaza escarmiento, con no menos que la muerte les castigan lo que hicieron. A la que anochece, algunas en forma de pregoneros dan zumbidos entre todas, como llamando a silencio ; con lo cual espanta el ver su lealtad; obedeciendo, por instantes se recogen a su casas o a sus puestos. A la que amanece el día, siguiendo el estilo mesuro, las despiertan al trabajo; y si alguna, atenta al sueño se descuida perezosa, a todo el rey presidiendo, manda ejecutar la muerte pero a él jamás le vieron que ayudase a ejecutarla; ¡cosa rara!; previniendo que en los reyes no parecen rigores los escarmientos, ni los castigos venganzas, ni malicia los ejemplos. Estas y otras cosas vi de estas avecillas. viendo une encaminan los cuidados y despiertan los ingenios. Esto de ellas aprendí; si os agrada su gobierno, vuestro Rey seré, seguro de que os mando y no os ofendo Y de no ser esto ansí, dejadme, y vosotros mesmos os gobernad o os perded, que esto será lo más cierto; Porque yo, poco ambicioso de ser vuestro Rey, más quiero, pues se hace de vasallos mal regidos un mal reino, y de un mal reino un mal Rey, y de todo un mal suceso, volviendo a mis soledades <,ti un espacia pequeño, ya que no opulenta mesa, ocupar seguro lecho, y por los campos después y los montes, ir sabiendo ele la gran naturaleza los más guardados secretos. Hurtando el vuelo a las aves, y dando a las fieras miedo paso la vida, esperando la resolución del tiempo, sin ser vasallo ni Rey, sin ser criado ni dueño; si no alegre, descuidado, y si no rico, contento. De la suerte que quisieres ha de ser. Pues decid luego: ¿quereisme por vuestro Rey? Sí queremos; sí queremos. Esta corona de un roble, robusto como tu cuerpo, pongo en tus cerdosas sienes. Ya soy Rey. Y ya podemos buscar nuestros enemigos. Vamos; mas veré primero da que me enternece el alma, sin acobardarme el pecho. ¡Válgame el cielo! Este alboroto nace del viento furibundo; pienso que se deshace esta confusa máquina del mundo. Los árboles temblando, sus ocultas raíces van sacando; los montes altos y las secas breñas encienden rayos y se tornan peñas; la fácil tierra al claro sol espanta, pues contra el cielo en polvo se levanta. Armesinda, a pesar de tu hermosura la guerra huyendo ahora el ser del arte, con ser hija de Marte, mas que al amor se rinde la ventura. Yo tuve al viejo Rey sujeto al fallo que pronunció su merecida muerte; Pero quiso la suerte que, dándole un caballo prestada ligereza, escapó de mi espada la cabeza. Pero apenas el vello trepar los montes y volar los llanos nos dio triunfante gloria, cuando Alarico, acelerado y fuerte, dándole la ocasión largo cabello, nos quitó la vitoria primero de la boca y de las manos después, ¡infeliz suerte!, pues en mi gente, entonces descuidada, juntándose al cansancio el desconcierto, temió su furia y se rindió a su espada; yo escapé, y atraque muerto de penas y de enojos Cajas. vengo a tus pies, y mírome en tus ojos más tierno que afligido y más enamorado que vencido. Ataulfo..., mas mira, oye el son belicoso. A tu sagrado querrá atreverse tu enemigo airado. Por la falda del monte te retira, mientras... Qué penas paso! . la acción le culpo y le detengo el paso. Y he de dejarte sola? ;Injusto efeto! Segura estoy con solo mi respeto. En eso confiado, sigo a tu gusto y muero en tu cuidado. Bien diversa es la causa, y bien extraña de lo que imaginé. ¡Notable cosa! Ya, Armesinda, soy Rey, y Rey de España; ya porque seas mi querida esposa, en quien mis glorias fundo, te doy a España y te prometo el mundo, porque todo lo alcanza quien mide su valor con su esperanza. Yo gobierno esta gente a imitación de ciertas avecillas, que haciendo maravillas con instinto valiente, de un animal, que apenas tiene nombre, hace tal vez irracional al hombre. Ya leyes les he dado, y ahora en tu presencia les quiero dar algunas que he dejado de darles, por la priesa de este cuidado de mi heroica empresa. Sobre lo dicho, compañeros míos, importa, así en la paz como en la guerra, compasar la prudencia con los bríos, y como hace el agua con la tierra, conservar siempre, aunque pasión la tuerza, la unión, porque es el alma de la fuerza: pues si yo tengo unida al corazón, que es padre de la vida, la fuerza que hay en todos, ¿qué querella de ser humano bastará a vencerla? Queréis saber conmigo; hágase lazos el que tuviere más valientes brazos. si mis piernas mirara, como miro mis brazos, yo luchara. No llega nadie. Yo, pues él lo manda. Haz fuerza. Tengo poca en tu comparación. A no ser blanda la tierra, lastimáraste la boca. Venga otro. A derribarte me apercibo. Por tu soberbia, presto te derribo. Otro venga. Yo iré, pues de esos modos, para caer, yo soy mejor que todos. Tú ya caído estás. De medio abajo, es verdad que lo estoy; ¡qué gran trabajo! pero, con todo, espero... Derribarte no quiero; quita, que no es de pechos bien nacidos derribar a los que están medio caídos; pero venid los tres, luchad conmigo. A ayudar con el peso yo me obligo. Lleguemos. Mucho pueden tres valores. No derribéis al Rey; ¿qué hacéis, traidores? dejadle. A no tener ese cuidado fuera cierto el haberme derribado; ¿veis cómo sirve al Rey la fuerza unida de vasallos leales? pues es, cuando son tales, a su valor asida, y atenta a su respeto, causa inmortal de tan valiente efeto, que podía, haciendo rayos y centellas, subir al cielo y derribar estrellas. Tus cosas son notables, admirable tu ingenio, y tus agrados también son admirables; de hoy más tus pensamientos levantados me dejan advertida que la virtud, asida a la naturaleza, no se debe juzgar por la corteza. Ve, joven valeroso, sigue tu buena estrella y fiel hazaña; de hacerte Rey de España lógrese tu intención, serás mi esposo. Ve, y podrás fácilmente, añadiendo a tu pecho y a tu gente el valor que le aplico, derribar la soberbia de Alarico. Quisiera responderte, y como al alma el sabio aplicar la grandeza de mi suerte; mas pienso que sería hacerme agravio no acortar el camino de ser tuyo yendo a vencer quien ya me está esperando, para verse a mis pies; y así, volando, las dilaciones huyo, por no llorar, señora, después, el tiempo que dilato ahora. Con todo, tu belleza adorara a tus plantas mi cabeza; pero cuando la abaja la persona del Rey, pone a peligro la corona. Ea, ea, tocad los instrumentos que los pechos alteran, y de los pensamientos son violencia veloz, como si fueran, despreciando el sosiego, rayos que por el aire esparcen fuego. Toca, toca. Armesinda, queda en paz. ¿Qué es aquello? Espera. Con tus ojos quiero vello. Un hombre. Vo ayudarlo. De puro haber corrido, entre las piernas reventó el caballo. Y entre el polvo caído apenas de la tierra se levanta, y tras de él prodigiosamente se levanta. Valeroso mancebo. Nuestro Rey enemigo es este. Ponle un lazo en la garganta. Primero lo que digo has de oírme en tus brazos, supuesto que mi edad ya es toda lazos. Dejadle : llega, llega, que a nadie niega su piadoso oído el Rey enternecido la inclinación me ciega. ¡Oh! Pues tanto me inclina a escucharte, o en mis entrañas tienes mucha parte, o esta común terneza se le debe al cristal que se esparce por la nieve. Yo soy, yo soy Rey de España; perdona, que esta terneza en los ya tan viejos, es volver a la edad primera. Mi desdichada persona sucesivamente hereda España a veinte y tres Reyes, cuya clara descendencia luce en mi sangre, mas no pone lástima en mi pena, pues que dos parientes míos me persiguen y me llevan, a esta edad, entre estos daños; ¡qué injusta naturaleza! El motivo que han tomado, aunque la causa más cierta fue la ambición de reinar, es querer que no se pierda por mis descuidos España, sin ver que le dan más priesa con esto a su perdición ; pero la pasión los ciega. Yo confieso que reiné, siguiendo la ligereza de las mocedades mías, con indómita soberbia, lascivamente inclinado a mujeriles ternezas, y a rigurosos castigos dando apasionadas fuerzas: y que el curso de los tiempos no ha sido parte a que tenga en los rigores piedad, ni en las costumbres enmienda. Fui mal Rey, ya lo conozco, yo lo pago. ¡Oh, si nacieran los hombres segunda vez, qué enmendadas diferencias en la vida eternizaran y en la eternidad pusieran! En fin, yo, viéndome ya al cabo de esta carrera, infelizmente pasada, injustamente sangrienta, de mis deudos perseguido, y sabiendo que entre peñas a los vientos levantabas humildades de la tierra, quise primero morir a tus manos que a la fuerza, con mi sangre fomentada y con mis privatizas hecha. si eres, como dicen, hijo de algún roble, en una peña habido, a tus pies estoy, manda cortar mi cabeza. Levanta; no sé qué tienes, que llamas con ansias nuevas al pecho los sobresaltos y a los ojos las ternezas. Oíd, villanos, oíd cuando quisisteis que fuera vuestro Rey, ¿no me dijisteis que España vivía opresa de tres tiranos? Pues, ¿cómo puede serlo quien lo hereda de veinte y tres reyes suyos? Esto, si no fue simpleza, cautela debió de ser. Estoy... ¡viven las estrellas!, por daros tan gran castigo, que se espanten ellas mesuras. A vuestro Rey natural llamáis tirano? Aunque fuera cruel, injusto, incapaz de razón y de clemencia. ¿Y le perseguís, villanos? De los reyes las enmiendas se han de pedir solo al cielo, que es solamente en la tierra su Juez; fuistes vasallos traidores; pero el que yerra engañado como yo, si, advertido, se sujeta a la razón, la disculpa tiene, sobre fácil, cierta. Esta corona, que es tuya, volver quiero a tu cabeza, y ponerme yo a tus pies. ¡Ah, señor salvaje!; advierta que en dejando de ser Rey, no habrá ninguno que quiera obedecer ni servir. Ni habrá concierto, ni guerra. Esparcirémonos todos. Que para habitar sus cuevas, hartos montes tiene España. ¿Y no adviertes que si dejas de ser Rey, no serás mío? Poco mi persona precias, pues de esto te olvidas. Hombres de baja naturaleza, vil canalla; ¡vive el cielo! Pero mi venganza es esta: tomad allá esa Corona, y con vosotros se avenga vuestra traición, porque yo no es justa cosa que sea Rey de traidores vasallos. Tú, Armesinda, en paz te queda, pues de poca estimación es mujer que, por ser Reina, quiere a quien debe querer; que amor que tiene la fuerza fundada en el interés, no le influye buena estrella. Ya te aborrezco, que yo quiero mujer que me quiera sin saber por qué me quiere, pues la inclinación perfeta nunca en voluntades finas comodidades concierta. Y tú, pues tu blanca nieve más me abrasa que me biela, ponte en mis robustos hombros. De ti me fío. No temas; un monte de viento soy, porque la vez que se mezclan el valor y la piedad, tienen invencibles fuerzas. Llévalo en brazos. Qué haremos ahora, pues Alarico llega, y llega arrogante y vitorioso? ¡Oh, qué cosa tan mal hecha fue el dejar nuestro salvaje! Yo confieso que me lleva el alma, porque el desdén en la mujer, si no hiela totalmente, abrasa más. Vamos, pues, y aunque no quiera hagámosle nuestro Rey, y será defensa nueva. Volemos. Y yo, aunque estoy en mis desengaños muerta, venceré con mis respetos de Alarico las soberbias. Mira que las desdichas pesan mucho. Lastimado te escucho qué riguroso exceso Fluye el peligro, pues dejaste el peso. ¿Qué dices? ¿Eso fuera amistad prometida y verdadera. Ay, qué pocos la miden de esa suerte! Muchas veces la muerte veré primero, que una deje de ser común nuestra fortuna. Considera este son por todas partes de enemigos tan míos, que me persiguen con traidores bríos; no paguen, no, los daños de mi marchita edad tus verdes años. Vete, vete. En tu nombre morir quiero, demás de que ya espero, pues en este horizonte bosteza con mil bocas cada monte, en la menos abierta ponerte, y defender su angosta puerta. ¿Qué hay, Turbo? Muchas cosas que le cuente: gran número de gente llegó, y a la señora que Reina quiere ser se llevó ahora. Yo lo vide escondido, donde ella entonces, que al pasar me vido, hecho un sol, tiernas lágrimas llorando, me dijo: "Ve volando, y di al fuerte mancebo que por sí vuelva, pues en mí le llevo, porque indicio famoso del ser uno valiente, es ser dichoso." Yo entonces, lastimado de su pena, vine a ver lo que ordena tu gusto, pues tu gente espera aún más armada y más valiente, y a tus pies no ha llegado hasta saber si estás desenojado. ¿Qué haré? ¿Qué esperas? . Dos obligaciones miro. Los escuadrones de Alarico la falda del monte ocupan. Y si ven su espalda, veré yo los despojos de aquel sol ya eclipsado en mis ojos. No dudes, hijo, ve. Qué amor me inflama!, y ¡qué piedad me llama! Ve donde amor te lleva Éntrate por la boca de esa cueva, y mientras yo procuro volver dichoso, esperarás seguro, que a no saberlo así no te dejara. Yo voy. Ve en paz, amigo. La mitad de mi alma va contigo, y con la otra mitad haré que pueda ver Armesinda si el valor hereda. ¡Válgame el cielo Espera, si eres hombre, que entre piadosos brazos has caído de quien lo es también. Soy desdichado, y solo tengo el nombre, y no los brazos de hombre. ¿Arquelao? ¡Señor! Aunque el sentido tiene penas, engaños no ha tenido. Ni a mí, como leal, no me ha engañado tu edad y la mudanza de tu estado. Yo, señor, cuando tú de enojos ciegos me entregaste a tu hija, y a tu hijo, nieto tuyo, también en ella mesma por ti engendrado, y con horror nacido perdona, que el hablar tan libremente tal vez por hablar claro se consiente, llegué con hijo y madre, prendas tuyas, ella joven, hermosa, él tierno infante, a quien dio, por su mal, naturaleza en diferente edad igual belleza, a una casa que tengo en estos montes, tan ceñida de prados y de fuentes, que le añade el ser fuerte, el ser hermosa: hice el secreto a mi querida esposa y dejele a Teosinda, infeliz madre del inocente niño, a quien conmigo llevé donde, a pesar de mi paciencia, tu rigor empleara en tu inocencia; pero al sacar entre unas espesuras el acero feroz, abrió los ojos, y dando fuerza a sus piadosos bríos, tocó a mi pecho y desmayó a los míos. Rendí la humanidad, compadecime, y, por no dalle muerte de mi mano ni dejar de lograr tu pensamiento, viendo llevados de su propio instinto ir a pacer gran tropa de animales, menos que yo crueles y bestiales, puse resuelto el tierno niño en partes donde ellos, al pasar, le hicieran piezas con sus hierros; mas vueltas las cabezas, como que mansamente le miraban, se dividían todos y pasaban. Levantele del suelo, lastimome; pero por no dejar de obedecerte, a unos alanos que guardando iban este inferior ganado de animales, que tienen mal político, y cerdoso el nombre sucio, y da el manjar sabroso,, lo entregué; pero ellos, más humanos que la misma piedad, no solamente no le hirieron con garras y colmillos, pero vi que en oprobio de mis menguas le iban lisonjeando con sus lenguas. Compadecido entonces, en mis brazos, para callarle, le arrimé a mi pecho; pero luego apretando la memoria da que faltar a tu obediencia era infamia en mi lealtad, determinéme, y subiendo a un peñasco, cuya punta desafiaba al mar, de su dureza tomando ejemplo, y dando a mi desmayo vergüenza injusta, a las marinas ondas le arrojo; pero ellas, hechas brazos, parece que con fácil blanca espuma dieron leche a su boca y le sacaran hasta la blanda arena como en palmas, dando al sol nubes, y a las peñas almas. Bajé por él, y ya resuelto entonces de, aunque a mi costa, conservar su vida, lo llevé por la falda de aquel monte, y escondido en el hueco de una peña, volví la espalda ya para dejarle; mas volviendo a clamar, dándome voces en el pecho la fe que a un Rey le debe un vasallo leal, ciego y perdido, desprecié la piedad, perdí el sentido, y volviendo el acero, ya desnudo, no sé si por la tierra o por el aire vi venir una cierva, ¡oh, cielo santo, que me amagó cual si leona fuera 3, volviéndose al niño, con la boca se le pudo llevar sin pesadumbre, de la falda del monte hasta la cumbre Yo con esto, señor, pude, admirado, viendo cosa tan nueva y peregrina, creer que fuese voluntad divina. Volví a mi casa, y ruegos de mi esposa y de Teosinda, infeliz hija tuya, pudieron obligarme a que tuviera oculta su persona, y de esta suerte ella también librose de la muerte; pero el tiempo, contrario del secreto, descubrió esta verdad hasta saberla. Tú, señor, que enojándote conmigo, roe obligaste a que huyera tu castigo, y con tu hija menos enojado, le diste aquella casa por sagrado. Víneme yo a esta cueva, donde el cielo, para mostrarme más sus maravillas, encaminó al dichoso bello infante, que guardar quiso prodigiosamente. Ya de doce año.:, cielo poderoso! Hecho salvaje, pero siempre hermoso, vio pude conocerle; mas por señas me llevó hasta la boca de una gruta, y a un rincón de ella viendo sus mantillas, conocí que era ¿l; alabé al cielo, enseñele a vivir, hablar, y sa1en de él entre rustiquezas los cuidados, vio menos que hasta el cielo levantados. Será, sin duda, aquel mancebo fuerte que me trajo en sus hombros; pero escucha aquellas cajas, que serán, sospecho, de tu hijo Alarico, pues pagando privanzas mías con traiciones suyas, ene lleva de esta suerte perseguido. ¡Oh hijo infame! Por mi mal nacido; pero aquel estallido de una honda seña de Avido es, sosiega el pecho. Moriré entre sus brazos satisfecho. De esta vitoria, que es mía, los despojos y alabanzas, que son tuyos, vengo a darte, puesta mi boca a tus plantas. Tuvo fuerza la razón; ya Alarico la arrogancia perdió, quedando vencido. Levanta, hijo, levanta a mis brazos y a mi pecho. ¡Con qué diferente fama miro yo un hijo traidor! Para mi castigo basta, ¡ay, padre!, que tú lo veas. Tu cabeza coronada de estas manos ha de ser. Porque otra vez no te vayas despreciado de Armesinda sin corona, traspasarla quiero a tus heroicas sienes, a quien di mi sangre hidalga. Señor, ¿qué dices? Avido, da mayores alabanzas al ciclo; el Rey es tu padre y tu abuelo, que se engañan los hombres, y te engendró por culpa de su ignorancia en Teosinda, que es su hija y tu madre. Mis palabras se encuentran con mi alegría, y no de balde las alas de mi corazón batiendo, a sus ojos me inclinaban. Dame los brazos, que yo también con la misma causa, cuando te miré, a los míos se iba asomando el alma. Pon en tu regia cabeza la gran corona de España, que yo la renuncio en ti. Como tuya he de llevarla. Y pues le sé el corazón, y tú, sobrina, esperabas para ser esposa suya ver sus sienes coronadas, dale la roano. Dichosa soy. A las esferas altas darán envidia mis glorias. Y para Turbo ¿no hay nada? habrá cuanto tú quisieres. Siempre cobro en esperanzas. A Alarico, porque es hijo de Arquelao, si es que le basta su vergüenza por castigo, tú le perdona. Es la causa muy bastante a mi sobrino; Pues ya he visto que le pagan con las pérdidas los bríos, quiero volverle a mi gracia. Beso tus pies; más quisiera que mi cabeza cortara que verme sin Armesinda, mas todo el tiempo lo acaba. Toca, y entremos triunfando en la ciudad que me aguarda, y del padre de su nieto . aquí la comedia acaba.