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Texto digital de Mujer de Peribañez

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El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Mujer de Peribañez. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mujer-de-peribanez.

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MUJER DE PERIBAÑEZ

JORNADA PRIMERA

Seas, Hernando, bienvenido. Señor, quien está en tu casa estar como un bienvenido es forzoso cuando tantas... No digo más porque sé que adulaciones te cansan. Bien haya aquel gran señor, y tú mil veces bien hayas, que las lisonjas le ofenden y las mentiras le enfadan. ¿Cómo en Toledo te fue? Bien, Hernando, las jornadas con tanto gusto de malo tienen solo el que se acaban. Si quisieras divertirte y el decirlo no te causa, qué bien te escuchara yo y qué bien luego en la plaza me escucharan a mí todos. Por dar alivio a mis ansias quiero hacer lo que me pides. Escucha. De buena gana. Vencido de mis afectos, arrastrado de mis ansias, rendido de mis pasiones que rinden, vencen y arrastran, sabiendo que va Casilda a la corte a sacar galas porque sus deudos y hermanos con Peribáñez la casan, ese rico labrador tan bien querido en Ocaña que es más dueño de la villa que yo, pues con muestras raras de voluntad todo el pueblo el padre común le llama, y con mejor vasallaje y más seguro la manda, que, si yo impero en los cuerpos, él tiene imperio en las almas. Disfrazado, como sabes, sigo y adoro la causa de mi adorada fatiga, de mi perdida esperanza. Llegué a la imperial Toledo, tantas veces coronada de riscos y de laureles, de peñascos y de palmas, hijas unas del ingenio, hijos otros de las armas. Admiré sus edificios y sus calles, tan estrañas que, a ningunas parecidas, es menester mucha maña para poderlas andar, pues con diferencia rara unas trepando se suben y otras rodando se bajan; su santa iglesia mayor, que de la iglesia romana, si no es exceso atrevido, es grandeza que la iguala. El gran don Enrique Cuarto, de este nombre en nuestra España, a quien con razón adora la nobleza castellana. Vile y vile agradecido ir de la casa a la casa de aquel que es rey de los reyes, monarca de los monarcas. Devoto y agradecido iba a rendirle las gracias por una grande vitoria que las banderas bizarras de Castilla han alcanzado de la agarena canalla, que al pagano más se vence con la fe que con la espada. Acompañábanle cuantos en Castilla el nombre alcanzan de grandes, de estado y sangre, cuyas adargas y lanzas de sangre morisca rojas son adorno de sus armas, tanta de la cruz bermeja de Santiago y Calatrava y la de Alcántara verde roja también con las manchas de la sangre que valientes por la fe de Dios derraman sus tres ilustres maestres; de la iglesia toledana santísimo el arzobispo a su rey acompañaba con lealtad y con amor, sus dos amarillas guardas que su persona rodean, ociosas sus alabardas, que a los reyes en Castilla, sin que parezca arrogancia ni afecto a propia nación, la obediencia es quien los salva, el amor, quien los defiende y la lealtad, quien los guarda en los tropeles confusos. Tal vez ocasiones hallan de declararle mis miedos, diciendo en pocas palabras grande número de penas, que es del amor elegancia la cortedad y el temor; más dice quien menos habla, bien siente quien mal pronuncia, las razones concertadas se hicieron para el que miente, que con elocuencia labra persuasión a lo que dice la lengua, pero no el alma. Yo, que de verdad me muero, en los ojos, que ventanas son de las propias pasiones, libro el crédito a mis ansias, bien que tal vez recatado la digo «Casilda amada, piedad, que me estoy muriendo; menos rigor, que me matas, sin dejar de ser divina, puedes estar más humana». Ella, que escucha y no atiende, sin volver nunca la cara, vergonzosa me responde con la turbación del nácar, incendio fueron purpúreo en su rostro hermoso cuantas cuajó perlas el aurora, nevó azucenas el alba. Nadie como yo padece con tan regalada llama, pues son rosas las pavesas y son claveles las ascuas. Pues aun en ese retrato, que de su hermosura hurtada truje agora de Toledo, son, cuando llego a miralla, incendio todas las luces, toda la púrpura brasas, ardores todas las líneas y fuego toda la grana. En fin, siempre rigurosa, siempre esquiva, siempre estraña, siempre sin piedad y siempre a mis finezas ingrata, vuelvo a servirla contento y con alguna esperanza de que a mis ruegos rendida esté a mis caricias blanda. Casilda, al fin, es mujer, Casilda agora se casa, Casilda es el centro mío, Casilda, el amor me valga. Con su nombre solamente parece que se regala la memoria, el alma toda resucita con nombrarla, mas, si agrados no la obligan, si lágrimas no la ablandan, violencias será el agrado, las finezas serán rabias, los rendimientos, injurias, las lágrimas, amenazas, para que de veras digan los que de mis cosas hablan: «desdichado del que enoja al comendador de Ocaña». Cuando a Toledo te fuiste, o me engaño, o ni palabra de doña Beatriz me hablaste. Calla, pícaro, ¿te faltan otras cosas de que hablarme? En tu vida de la dama que me quiere me has de hablar, y la rendida es alhaja que sirve porque sirvió y, porque puede hacer falta alguna vez, no se vende. Es doctrina acomodada. Si eso supiera Casilda, paréceme que mañana, sin más tardar, se rindiera. Calla, bergante. Ya escampa. Pues hablemos de Casilda. Eso de muy buena gana. ¿Qué será ver a Casilda, la más hermosa aldeana que tiene toda esta tierra, con su sayuelo de grana, con su sarta de corales y su patena de plata, más hermosa que el buen pan y blanca como unas natas, un poco menos esquiva, un «sí es, no es» menos brava, sin los rústicos aseos que, si aliñan, embarazan, casi, casi cariñosa y sin «casi, casi» blanda? ¿Con quién, Hernando? ¿Con quién? Con su marido en la cama. Si no mirara, villano... Deja lo «si no mirara» y hablemos de su marido, pero paso, que en la sala estará muy presto ya, porque ese corredor pasa él, y Isidrillo Tejero, su amigo y su camarada, gran cuajador de pendencias, pero ya a la puerta llama. Ve y mira quién llama ahí. No entiendo la repugnancia que tengo a este Peribáñez, todas sus cosas me cansan, que esté bienquisto me ofende, que le quieran bien me enfada, pero, si dueño ha de ser de una deidad soberana, si a Casilda ha de gozar, ¿qué me admira o qué me espanta? ¡Vive Dios que pierdo el seso! Peribáñez es quien llama. Dile que entre. Ya, señor, Peribáñez está aquí. Y a vuestros pies, porque así logre la dicha mayor, que nunca dichoso he sido, pues que de mí decir puedo que lo fui con tanto miedo que nunca lo he parecido y nunca mi dicha estaba quieta en algún interés, que era estar a vuestros pies la dicha que me faltaba. Decidme, ¿qué novedad tanto con vos ha podido que a mi casa habéis venido? Señor, con la voluntad siempre estoy, porque no veros, serviros y acompañaros es temor de no cansaros, mas no gana de ofenderos; vasallo que corresponde a la obligación que tiene, si le llama el señor, viene, si le pregunta, responde. Esto siempre ha parecido, el camino de agradar, que lo demás es pecar de hablador entremetido y, así, siempre ha de venir, advirtiendo vuestro ser, quien esto no quiere hacer a obedecer o a pedir. Yo, que siempre aquesta ley miro tan precisa en vos —que tiene cosas de Dios quien tiene imperio de rey—, vengo a pediros, pues sé cuánto generoso dais. Mirad que pedir sepáis... Mucho os pido, por mi fe; cásome y vuestra licencia quisiera para casarme. (Yo pienso que ha de matarme esta boda.) Ten paciencia: Casaréis bien. ¿Y con quién el casamiento se trata? (¡Ah, fiera Casilda ingrata!) ¡Y cómo que caso bien! Cásome con una bella aldeana, tan hermosa que del prado es una rosa y del cielo es una estrella; Rosa y estrella divina, sus propiedades iguala, que como rosa regala cuando como estrella inclina; virtudes que concurrir solo en ella han de poder, como rosa sabe arder, y como estrella lucir; vence luceros y mayos, sin ser de mi amor finezas, tantas flores a bellezas y tantas luces a rayos, porque se compiten bellas, sin distinción los colores, en sus mejillas las flores y en sus ojos las estrellas. Perdonad lo encarecido, señor, y lo dilatado, que me dejé enamorado llevar de lo divertido. Toda mi dicha divina, señor, ha de parecer, todo cumplido ha de ser, porque hay famosa madrina. ¿Y quién es? Es mi señora la que en mi dicha pretendo. (Más de este nombre me ofendo que puede ofenderme ahora la dicha de este villano a quien envidiando estoy.) En todo, gran señor, hoy verá el mundo lo que gano, por que a mi fortuna cuadre, la dicha en que me prefiero; al señor don Sancho quiero, mi señor y vuestro padre, convidar, pues se acomoda a hacer honrados de honrado. (Con el diablo ha consultado el villano aquesta boda.) Con Casilda he de casarme, señor, en gracia de Dios. Ello es gusto de los dos, vos, señor, habéis de honrarme. ¿Cuándo dispuesta tenéis la boda? Luego, señor. Yo lo haré. ¡Grande favor! Vos, Pedro, lo merecéis, idos con Dios y avisad en siendo tiempo. Sí haré, luego a avisaros vendré. (¡Notable severidad!) Volved acá. ¿Quién venía con vos por el corredor? Es un amigo, señor, que truje en mi compañía. Decidme el nombre, que quiero ver si me engañé. No es nada, Llámase mi camarada, señor, Isidro Tejero. Pues ¿por qué a verme no entró? ¿Hay algún delito nuevo? Es cortísimo el mancebo Decid que le llamo yo. Señor, si no se acomoda a disimular tu amor, ¿hablar claro no es mejor, y embarazar esta boda? Por nada impaciente pasas, terrible y desesperado, y estás tan enamorado que parece que te casas cuando todo tu sosiego en que se casen está. ¿Por qué? Porque así tendrá algún alivio ese fuego. Pues ¿es alivio el perdella? No, mas casarla es gozarla. ¿Qué consigo con casarla? Que deje de ser doncella; perdida la cortedad y el doncel encogimiento, la embestirá un pensamiento en traje de vanidad y, agradecida a tu amor, no morirá en su deshonra, será su gusto su honra y tú, su gusto, señor. Ya, señor, Isidro ha entrado. A ver lo que me mandáis. Decidme, ¿en qué lo fundáis?, que de verme habéis dejado. ¿Por qué es tanta vanidad? ¿Vos siempre conmigo estraño? Padecéis en esto engaño, que en mí todo es humildad. ¿En qué fundáis la quimera para que cuerdo os la calle? Si me encontráis en la calle, vos os vais por otra acera. Si ir a la iglesia concierta mi persona en fiesta alguna, en entrando yo por una, os salís por otra puerta. ¿Por qué irritáis mi poder? Vano, ¿de qué presumís? ¿Tan ajustado vivís que no me habéis menester? Mis acciones, bien miradas, ponderadas mis locuras, paran en dos travesuras, ¿no hay travesuras honradas? Y no solo a vos, al rey jamás temió mi cuidado, que solo para el culpado se hizo el rigor de la ley. Cuando por gusto o destino haga tan gran disparate que yo de casa me trate, vendré a haceros mi padrino, mas quien a empeños felices no aspira ni a más consejos que a matar cuatro conejos, y volar cuatro perdices no ha menester sin más fin al que ha de servir cansar, harto tiene que mirar su escopeta y su rocín. Vos, Pedro, pues sois su amigo, le advertid. Así lo haré. Que otra vez le reñiré con la lengua del castigo. Sufrid —temerario estáis, Isidro— al comendador, que, al fin, es nuestro señor. Sufridle vos, que os casáis. Obedeced, pues es ley a los vasallos mandallos. Hombres como yo, vasallos nacen solo de su rey. Cuando yo no os puedo ver, cansada, no es de quererme eso, Benita, es molerme. Pues siempre te he de querer, ¿por qué te cansas de mí? Cuando «mi dueño» te llamo, tú me olvidas, yo te amo. ¿Qué es tu pensamiento? Aquí atenta te he menester, de ti no me enfada nada y solamente me enfada que eres mi propia mujer. Siempre contigo he de estar y contigo he de vivir, por fuerza me [he] de morir si de ti me he de librar. Con razón o sin razón, juntos hemos de acostarnos y solo puede apartarnos la pala y el azadón. Mi paciencia mal sufrida se congoja en tanto daño que me dure el sayo un año y la mujer, una vida. Maldecirte es engordarte, darte salud es pudrirte. Benita, trata de irte o yo trataré de enviarte. Cesen ya vuestros desvelos, el juicio tenéis en calma. Los diablos lleven mi alma si no me muero de celos. Vos, Gilote, en conclusión —aquesto el juicio me quita—, para matar a Benita echad acá una razón. Aunque os pese he de decirlo —aqueste es lance de aprieto—, vos sin Dios ni sin respeto sos respeto de Hernandillo. ¿No veis que la casa toda está de fiesta? Benita, pocos pesares me quita a mí la fiesta y la boda. De la iglesia hoy vienen todos, ya de los coches se apean. Pardiez, que el comendador trae a su mano derecha el novio, mas los honrados de hacer honrados se precian. ¡Qué linda viene la novia y la madrina qué buena! Y el pícaro de Hernandillo, ¡qué entremetido en la fiesta! ¿Ahí os duele? ¿A vos ahí? Si dais, forzoso es que duela. ¿Estáis en la danza bien? Bien la danza se me acuerda. Hoy tengo de hacerme astillas. Tonos, mudanzas y letras son de Lisardo. Eso basta. Tanto ojo y estar alerta, no hagamos falta. No haréis, que vos sobráis dondequiera. Peribáñez con Casilda, muchos años vivan Casilda y Peribáñez vivan mil edades. Hoy, Casilda, dueño hermoso, que somos en dulce empeño, —cielos, ¿es verdad o es sueño?— tú mi bien y yo tu esposo; hoy que con lazo forzoso el uno al otro se pasa imperio grande sin tasa, cuanto aquí miras te ofrece, pues tu dueño te merece; esta, Casilda, es tu casa. Estoy tan fuera de mí,, mi mucho amor es testigo que, si quiero estar conmigo, me vengo a buscar en ti. Sin dificultad a mí, ya entendido, ya ignorado, se confunde mi cuidado, tú me dirás cómo ha sido, que esté sin ti tan perdido y contigo tan hallado. Fuego es mi amor y tu mano, blanca injuria de la nieve, a dejarla no se atreve mi boca —temor villano— y, aunque tanto en ello gano, no quisiera desigual introducir inmortal terrible un desasosiego, que el cristal helase el fuego o el fuego ardiese el cristal. Con generosa porfía, llena de triunfos y palmas, dos vidas tengo y dos almas en la tuya y en la mía. De mi amor es cortesía y de mi fineza es arte que, cuando llego a mirarte, tenga al verte y al oírte dos vidas para servirte, dos almas para adorarte. Peribáñez con Casilda muchos años vivan, Casilda y Peribáñez vivan mil edades. Mil años tengan los novios una muy dichosa vida, sin chismes con los criados, sin cuentos con las vecinas. Muchos años vivan. Tantos hijos tengan que de lo que Casilda hilare, por muchas telas que echen, no tengan para pañales y de estas dichas y prosperidades... .gocen mil edades. (Y yo mil siglos de penas que estoy callando y sufriendo. ¿De cuándo acá mi paciencia?) ¡Qué ciego el comendador no repara en que le vean o piensa que no le entienden, cuando no hay quien lo entienda! Para mi humor —¡voto a Cristo!— venía el caso de perlas, que pegara fuego a cuantos viven en aquesta acera. (¡Oh, qué terrible y qué necio a cualquiera cosa se arriesga!) Ea, vamos, que es tarde, (ansí el daño se remedia.) Embarazar no es lisonja a los novios y la fiesta mayor se les hace cuando solos a los dos los dejan. Pudiera vueseñoría... (¡Oh, qué cansada y qué necia!) .tener, si no amor, respeto. (Dios ampare mi inocencia.) Vamos, mi Pedro querido. Vamos, mi Casilda bella. No entréis, que tengo que hablaros. (Será alguna impertinencia.) Los hombres de vuestro puesto, de vuestra sangre y nobleza... ¿Qué han de hacer? Yo os lo diré. Saber que de una manera os obliga la razón y que solo os diferencia el cielo en la calidad y no en la naturaleza. No ha de servir el poder para que tengáis licencia de atropellar ciegamente la casada y la doncella. Sabed que hay rey en Castilla que sabe amansar soberbias, que castigar sabe injurias, que sabe cortar cabezas; esto es, si diere lugar de algún honrado la queja, que confíe de su acero aun más que de su querella. No prosigáis, ya os entiendo, y cuando un villano sepa... Callad, y no lo pronuncie mal advertida la lengua. ¡Qué melindre tan atento! En las cosas como estas, si es mal hecho ejecutarlas, es el decirlas bajeza. En fin, primero es mi gusto. La razón es la primera, yo con advertiros cumplo. Es ociosa diligencia. Pues, señor comendador, cuidado con la cabeza. Casilda, esposa mía, dulce afrenta del día. Amado Pedro mío, dueño del alma, ley del albedrío, de mí en tan dulce empeño mundo abreviado eres, dichoso dueño, pues posees, mi bien, si no competencias, mi sentido, mi alma y mis potencias. Más que de un mundo, dueño soy de un cielo que gozo sin envidias ni recelo. En dulces competencias carmesíes, son tus labios claveles y rubíes. Noble ambición del viento, ámbar respira tu divino aliento. Tus dientes y tus manos siempre iguales exceden los jazmines, y cristales. Tan dichoso a ser vengo que, teniéndote a ti, todo lo tengo, querida esposa mía. No te canse, mi Pedro, la porfía si a tu gusto no me mido en mi empeño soberano. Como amante y cortesano, haz, Pedro, lo que te pido. No me tienes que advertir, que, cumpliendo con tu amor, luego iré al comendador, a quien le pienso pedir de sus ricos reposteros los que bastan adornar nuestro carro, que llegar queremos de los primeros en devota romería a ver aquel santuario de la Virgen del Sagrario, que es norte, lucero y guía que guarda, ayuda y defiende toda devota criatura que con fe sencilla y pura su amparo y favor pretende. Al carro aquellos pensiles que fingió la antigüedad parecerán con verdad en el aire los abriles y, huyendo de su arrebol, lóbrega siempre la noche será el carro del sol coche y yo el cochero del sol, que, en tu virtud confiado y en tu belleza seguro, la luz de ese sol procuro sin miedos de despeñado. Cuando tan rendida estoy, verás que te lo agradezco en darte lo que parezco, pues te he dado lo que soy. Adiós y un lazo a los dos nos guarde este amor divino. Adiós, mi dueño querido. Mi Pedro querido, adiós. Con qué gusto a obedecer a mi mujer —dulce nombre—, que en todo lo justo un hombre le ha de dar a su mujer. Voy a recebir favor seguro, a lo que imagino, de mi compadre y padrino el señor comendador. Esta la hora ha de ser mejor de poderle hablar, que agora solo ha de estar porque es después de comer. Ya en su casa estoy, ninguno parece que entre a avisalle y no quisiera cansalle; puede ser que venga alguno; a nadie miro en las salas —¡qué bien colgadas están!, aun a las paredes dan diferente ser las galas—. De aquesto, pues, he inferido queda con prueba bastante que el pobre es siempre ignorante, siempre el rico es entendido. Desengaño en esto ved, que el poder, del mundo dueño, sabe hacer galán a un leño, ¡cuánto y más a una pared! De pinceles nunca ingratos a muchos, felices glorias, aquí se miran historias y allí se encubren retratos. Pues a nadie veo venir que pueda entrar a avisar, con verlos del esperar la pena he de divertir. Pincel, bien es que publiques que tantas glorias te dan las grandezas de un don Juan y el valor de don Enríquez; reyes de las dos Castillas, inmortal fama alcanzaron, vencieron y gobernaron sus leyes y sus cuchillas, con que se deja alcanzar, por más que ayude el poder, que el principio del vencer es el saber gobernar. Este a alguno será igual, pero ¿de qué me he admirado si mucho más que el traslado vive aquí el original? Nada mi malicia valga sin juicio y sin experiencia, que para todo licencia tiene una señora hidalga. Bien haya la grosería de una villana, que lejos vive de aquestos despejos que permite la hidalguía. Esotros serán también de algunas señoras damas cuyas honras, cuyas famas... ¿Qué es lo que mis ojos ven? ¡Mal haya infame pincel que con atrevida mano mi deshonor inhumano supo trasladar tan fiel! Si puede ser que sin culpa aquí pudieses estar, pues te faltó solo hablar, habla y dime la disculpa. Aquesta es pensión forzosa para gozar de este bien. ¡Mal haya el humilde, amén, que busca mujer hermosa! Llevareme este retrato y será aviso, que pudo quien venga un agravio mudo matar un poder ingrato, mas no quiero avisar yo, que, si Casilda me ofende,... ¿Tal mi juicio infame entiendes? ¿Tal mi lengua pronunció? Tal pudiera yo entender si su virtud me asegura. ¡Ah, fiera y necia locura de un atrevido poder que temerario se osa a perturbar tanto bien! ¡Mal haya el humilde, amén, que busca mujer hermosa! Hola, ¿quién anda allá fuera? ¿No responde algún criado? El comendador ha hablado, que me viese no quisiera cuando así me precipito. La cortina —¡dolor fiero!— correré porque no quiero ser cómplice en su delito. No es de mano generosa quitarle a nadie su bien. ¡Mal haya el humilde, amén, que busca mujer hermosa! ¿Quién aquí? ¿No respondéis? Yo, señor, como no he hallado quién a avisar haya entrado... Seguro sois, no os turbéis. No, señor, no muy seguro, que en estas salas, señor, hay cosas de gran valor. (Mal disimular procuro.) Pues tomad de ellas con brío lo que os parezca más bueno. Nunca cudicio lo ajeno, pero guardo lo que es mío. ¿Qué queréis? Solo besar la mano al que he de servir. (Nada le pienso pedir al que me piensa agraviar.) Esto es lo que más aprecio y que me honréis generoso. (Mirad bien que es poderoso, pesar, no os quejéis tan recio.) Andad con Dios y él os guarde, que me tardo, a lo que infiero, que una garza volar quiero con mi padre aquesta tarde. Ea, señor, no persigas inocente una avecilla cuando con vuestra cuchilla miedo al sarraceno dais. ¿En qué irritar ha podido la que ofender no procura? Dejadla al aire segura y viva libre en su nido. (¡Qué misterioso el villano con equívocos me advierte!) Dé solamente la muerte al delito vuestra mano. Idos. (Sin que me lo impida su rigor y desdén fiero, gozar a Casilda espero; aunque me cueste la vida, primero ha de ser mi amor.) (Mi honor primero ha de ser.) (Hoy a Casilda he de ver.) (Mataré al comendador si con mano poderosa me quiere quitar el bien. ¡Mal haya el humilde, amén, que busca mujer hermosa!)

JORNADA SEGUNDA

Halcón sangriento, espera, porque, primero que tu garra fiera profane la hermosura de esa garza que vuela mal segura, serás despojo de este plomo ardiente. ¡Oh, cómo nunca mi cuidado miente!, pues, ya en desconcertados movimientos el plumado pirata de los vientos espirando en el último graznido, la garza vivirá quieta en su nido. ¿Quién fue el cobarde villano que hizo tal atrevimiento? Castíguese el loco intento de tan atrevida mano. Este es el comendador y don Sancho, que hoy a caza salieron. Ya se embaraza mi pecho con el temor, que sin duda era el halcón de este soberbio. ¿Qué haré? Aqueste grosero fue quien ejecutó una acción tan bárbara. ¿Fuiste, di, Peribáñez, quien le diste muerte al pájaro? Si fuiste, dilo luego.+ Señor, sí, yo vi una garza seguida de ese escarmiento de pluma, cándida volante espuma que en el mar del aire anida; al pájaro que, atrevida la garra, en vuelo veloz ya la alcanzaba feroz disparé, su causa tomo y dije «fulmine el plomo a quien no mueve la voz, quizá la aguarda su esposo en el tálamo aliñado de ariestas que ha trabajado con el pico afectuoso, no pierda el dulce reposo, muera quien su paz dichosa estorba con rigurosa porfía, ella ha de vivir, que solo para morir tiene la culpa de hermosa». Notad, señor, si brioso, de ajena causa movido, esto hago condolido, lo que podré hacer celoso, que, como sois poderoso, van torcidas las razones de mis ardientes pasiones al oído del poder. ¡Ay de aquel que ha menester quejarse por alusiones! Si la muerte de un halcón os causa pena tan fuerte, que era en vuestra heroica suerte alhaja de estimación, también la reputación es prenda viva del ser y del gusto y a entender llegue quien más considera lo que haré por que no muera y muerta lo que he de hacer. ¡Viven los cielos, villano! Suplico a vueseñoría me trate mejor, que el día que Dios con secreta mano infunde el alma al humano la infunde con eminencia a otra con igual esencia y con igual modo aquí, si me maltratáis a mí, maltratáis su providencia. Nacemos y con profundo ser, como vamos creciendo, vamos también conociendo estotro fuera del mundo; con movimiento segundo lo conserva aquella mano y en lo político humano que fue necesario infiero, para ser vos caballero, el que yo fuese villano. Más crece agora mi enojo. Deteneos. Aunque lo impida vuestro respeto, su vida será sangriento despojo de mi brazo y cuando arrojo llamas de furias no es por el gusto o interés que en el pájaro perdí, sino porque en él así me avisa para después. Si no os puedo ver templado, señor, en tanto pesar, creed que no he de quedar con el huir desairado. ¿Esto a sufrir he llegado? Deteneos. Satisfecho del enojo que me has hecho me ha de dejar esta espada en tu rojo humor bañada. Pues pasad antes mi pecho. Desde esa verde enramada. vuestro pesar escuché. ¿Qué debiera yo a mi fe si no saliera arrojada a anteponer con osada bizarría el pecho mío? (¡Ah, tirano señor mío, de una querida mujer con qué violento poder revocas el albedrío!) Recelos, el nombre os cuadre mejor, pues que llego a ver que ha podido mi mujer lo que no pudo su padre. Señor, pues hoy del poder injustamente valido despreciáis inadvertido a quien honrasteis ayer, ese purpúreo esplendor que os dio vuestro brazo diestro no consta solo del vuestro, sino del ajeno honor; ese lagarto que pierde en el noble pecho el ceño con la malicia del dueño nos parecerá que muerde; esa roja espada bella que en el cuello suspendéis para adorno la traéis, mas no para hacer con ella. También el luciente acero, hecho a mayores hazañas en las moriscas campañas, que deslucís considero cuando empuñado le vi contra mi esposo, señor, «no [es] este el comendador», dije, «de quien tanto oí». Templad, señor, los enojos, por valiente, por galán, por noble. ¿Qué no podrán, Casilda, tus bellos ojos? ¡Ah, pese a la vil paciencia! ¡Ah, pese a la sujeción! ¡Mal haya la intercesión, pues me cuesta otra evidencia! Adiós, Casilda, adiós, Pedro. Tengo en el pecho un volcán. Etnas en mi pecho van, solo en desventuras medro. Fiero legislador, ya que pusiste la ley que al mundo diste de que en ajeno agravio comprendido quien se infame primero sea el marido, impusieras también naturaleza segunda a la mujer, que la belleza temporal, tiranía que maltrata, tal vez suele dolerle lo que mata y se pasa también con vil resabio, desde la compasión hasta el agravio. ¡Ah, mal haya mil veces la hermosura de Casilda! Mi bien... Mas ¡que procura maldecirte mi labio! ¡Ay, dulce esposa!, ¿qué culpa tienes tú de ser hermosa? ¿De cuándo acá, dueño mío, te olvidas tanto de mí? Usa el blando señorío, que está sin tu imperio aquí mal hallado mi albedrío. ¡Ay, mi Pedro, que cizaña te causa tales enojos cuando en mi obediencia estraña lo que me manden tus ojos lo entiendo de tu pestaña! Ayer de nuestros abrazos verde dicípula fue aquella vid y a los lazos que hicimos, como se ve, apretó al olmo los brazos. Ella injuria nos ofrece, pues nosotros, mientras más el olmo nos favorece, se queda el halago atrás y ella halaga cuando crece. Vamos donde los favores, de mí tan encarecidos como saben mis amores, por lisonjear mis oídos celebran tus segadores. A aquella parva crecida llegué y al tiempo rogué que contase sin medida por su limpieza mi fe y por sus granos tu vida. Ve y anima aquel sencillo escuadrón que te señala por su rústico caudillo en el afán de la pala y en el descanso del trillo y, si a animarlos y a vellos el sudor te hiciere agravios, para más gozarte en ellos te lo beberán mis labios o enjugarán mis cabellos. En casa luego aliñada te espera la cama abierta, de rica ropa alhajada, de varias flores cubierta y de blanca red colgada. Blanca camisa, labrado de mi mano el cabezón, te servirá mi cuidado, oliendo a aquella sazón que se le pegó del prado. Manteles que el otro día lavé mi amor te reserva, que al tenderlos parecía que sobre la verde hierba nevaba lo que tendía. Luego la cena, aunque llana, abundante y de sabor traerá tu familia ufana, que solamente el olor te reconvenga la gana y luego sin embarazo yo a tu lado, dulce dueño, después de uno y otro abrazo, por no embarazarte el sueño, aun no moveré el regazo. Casilda, pero ¿qué intento? Disimular es mejor, que al más casto pensamiento que se le olvida un error se le acuerda un pensamiento. Mi bien, juro a tus estrellas, que influyen en mi albedrío, que soy de sus luces bellas tan suyo que no soy mío después que me rigen ellas. Dámoste obedencias mil el prado y yo sin engaños, que es tu hermosura gentil en flores y en verdes años mayorazga del abril. La nieve, cuando se atreve a tus manos de azucenas, blancas competencias mueve, pues solamente las venas las distinguen de la nieve, mas ¿qué alabo si me ofrece en ti amor la más gloriosa beldad que me favorece, que al gusto la más hermosa es quien mejor le parece? Envidien, pues, nuestros lazos las yedras enamoradas. En mis constantes abrazos queden tus penas burladas. ¿Quién lo confirma? Estos brazos. Paz dichosa alienta el fuego. Cielos, mirad por mi honor... .por que al punto... .por que luego... .te deba todo el amor. .te deba todo el sosiego. Oye y verás, dueño mío, cómo en rústicos primores celebran tus segadores la dicha de mi albedrío. Así la pena que siento, por que nadie lo supiera, en la cárcel estuviera sola de mi pensamiento. Canta Silvio, una coplilla, pues sabemos que has estado en sacristán consultado. Oigamos aquesta letrilla. La mujer de Peribáñez hermosa es a maravilla y el comendador de Ocaña. de amores le requería. ¡Cierto que canta que rabia! ¿Qué he escuchado, santo cielo? ¡Qué poco dura el consuelo en quien la fortuna agravia! Secreto en tan importuna desdicha mi mal pidió y el cielo me le negó por ser parte de fortuna. Pedro, ¿qué voz atrevida es aquella... (¡Qué rigor!) .que a ti te muda el color y a mí me turba la vida, que yo nunca... (¡Ah, cruel batalla de mi pecho!) .di ocasión... (¡Qué pesar!) .a tal acción ni a tus celos? Calla, calla, revoca al pecho la voz tan ponzoñosa en mi mal, porque es víbora bocal que me está mordiendo atroz. ¿Qué es ocasión? ¿Qué son celos? ¿La mujer propria... Señor... .habla en celos? Fue un error. ¡Viven los sagrados cielos que a pensar que haber podría...! ¿Qué es pensamiento? Ocasión, una sombra, una ilusión, un sueño, una fantasía, sin aguardar a experiencia segunda ni información con cruel resolución y con resuelta violencia. A centellas con los ojos. a rigores con los brazos, a furias con los abrazos, con las palabras enojos, ¡fiera pasión rigurosa! Esposo, ya te he creído. ¡Oh afecto mal repremido, Casilda, mi bien, esposa! Justamente satisfago con el miedo tu rigor, pues equívoco mi amor duda llegarse a tu halago. Aun solo con el amago, mi corazón ha temido, porque la voz de un marido con severa indignación resulta en el corazón aunque hiera en el oído. Ya vi en tu ceño arrogante que una mujer recatada tanto como de la espada lo debe estar del semblante. Cielos, si tan semejante es la vista y el acero de un marido, a entrambos quiero igualmente respetar, porque me puede matar con lo que esgrima primero. Voz del labio malicioso, pues lo pudiste estorbar, en tu vida he de vengar el susto de mi reposo. ¿Dónde caminas, esposo? A darle la muerte a quien me agravia. Lleva, mi bien, el fuego que me causó. Harto fuego llevo yo para abrasarle también. A habrar a muesa ama voy. Pues yo he de llegar primero. Yo soy el hombre, y no quiero. Mas que os pego. Mas que os doy. ¿Darme a mí? Dará el dimuño. Benita, no recenguéis, que voto al sol que llevéis un mojicón como un puño. ¿Qué es esto? Yo lo diré. No sino yo. Arre allá. ¿Soy yo borrico? Apartá. Yo he de decillo. Pues, eh, decidlo en hora menguada. Ya no quiero. ¿Por qué no? Porque no quiero. Pues yo se lo diré. Mas no... nada. ¿Hay más ignorante lucha? Dilo tú, Gilote Digo y vayan todos conmigo. Gran tonto. Comienza. Escucha. Doña Beatriz, esa dama con quien dice todo el puebro que mueso comendador ha de casarse, yo niego, porque, si ella echó con él —como dicen todo el resto— y él jugaba sobre tantos de una palabra, que es precio que no cuesta más que hablarla, a que perderá me atengo. En busca tuya ha venido a la labranza sabiendo cómo tú estabas en ella, y, pescudando al momento por ti, partimos los dos a darte noticia de ello. Ella viene a nueso campo con tan cortesano aseo que todos los segadores, y yo —¡pardiez!— el primero, la dijimos mil amores, mas fueron amores secos que solo se le pegaron y luego se le cayeron. Trae un sombrero, que llaman de castrón. De castor, necio. Calla, Benita, y en él trae un plumaje tan bello que temí —¡voto a mi sayo!—, viéndole halagar del viento, que cobrase algunas alas y de altivo y de soberbio, y a asirle con ambas manos, con mis once de grosero, fui al momento, por que no se le revolase el viento. Trae en la mano, señora, como si fuera de diestro, una muletilla blanca, que dizque allá en los paseos de la corte se usa mucho, que se doblará por momentos. Derreniego del arrimo, pues, al fiársele el peso, si no se quiebra, se dobra. Bien haya un bordón que tengo que es dos veces mi descanso: una, cuando a él me allego, y otra, cuando do a Benita, que de sus puertas adentro con quien quiere bien descansa un hombre el alma y el cuerpo. Hernandillo la acompaña, por señas que, en solo verlo, me embravecí como toro, por vos, Benita, y si empiezo... ¿Por qué gruñís? Porque vos tenes la culpa de aquesto, pero ya doña Beatriz viene a yerte. En ese puesto puedes esperarme, Hernando. Aquí, señora, te espero, (y desde aquí miraré si hablar a Benita puedo.) Señora, ¿de cuándo acá tanto favor os merezco? Casilda. ¿Qué me mandáis? Haced que se vayan luego esos criados porque hablaros a solas quiero. Idos, Gilote y Benita. ¿Qué la querrá? Ahí con saberlo —pues con hacer que nos vamos y acechar desde aquel fresno— comprimos con ser criados. Pues vámonos y escuchemos. Ya, señora, estamos solas. Pagome el atrevimiento el villano segador, pero ¿qué es esto que veo? ¿Doña Beatriz con Casilda? Sin que me vean pretendo saber lo que están hablando. (¿Qué será su pensamiento?) Abre el oído, Gilote. Abre tú el tuyo. ¿Qué es esto? ¿Sabéis quién soy? Solamente sé de vos que nuestro dueño os estima por persona que ha de ser, a lo que entiendo, su esposa, con que acredito lo ilustre de vuestro pecho. ¿No tengo más partes? Tantas os ha repartido el cielo que, dudosa mi elección, no sé qué alabe primero en lo entendido, en lo airoso, en lo afable y en lo bello. ¿De vos a mí qué distancia halláis? La que de un lucero al sol, porque vos, señora, con los rayos y reflejos de esa nobleza alumbráis y yo a vuestra vista pierdo el resplandor, solamente en la noche del grosero villanaje luzgo vo y con lucir me contento. ¿Qué prevenciones son estas? No resuelles, majadero, bestia. Mas ¿qué si habrá más, que huele mal el resuello? Pues ¿cómo, cuando sabéis la estimación que merezco, cuando por esposa no, por prenda de vuestro dueño, cómo, cuando me decís —sea verdad o respeto— que debo a naturaleza este vanísimo acierzo, tenido por accidente y perdido por lo mismo, cómo, cuando conocéis los distantes paralelos que hay de vuestro pecho al mío, que hay desde mi ser al vuestro, con iguales osadías os atrevéis? No os entiendo. Dos veces he menester valerme del sufrimiento: una para lo que miro y otra para lo que temo. Ya yo, como ando en la danza, sé en qué caen estos cuentos. Mal año, como se ve en su brío y su despejo, que es mujer rompida. ¿Cómo no me entendéis, si el exceso contra mi decoro y contra el de vuestro esposo mesmo no se pudo hacer sin vos? ¿Hay más penas? Malo es esto. Hablad más claro. Sí haré. ¡Ah, qué de razones veo por que no case el humilde con mujer hermosa! Cielos, ¿qué escucho? Vuestro retrato tiene guardado mi dueño. Mirad si pudo sin vos hacerse este atrevimiento. Bien pudo hacerse sin mí, que un poderoso infiel y un malicioso pincel obraron, señora, allí. Villana soy, es ansí, mas tenemos —¡vive Dios!— tal diferencia las dos que sin mí con él me visteis y lo que con él hicisteis no pudo hacerse sin vos. ¡Villana, atrevida, necia! No me hallaréis, a lo menos facilidad que reñirme. A tan grande atrevimiento de esta manera respondo. Tened. ¡Válganme los cielos! ¿Qué haré en empeño tan grande? ¿Quién vio tan raro suceso? ¡Ay, que ha salido nuesamo! Yo no saliera, a lo menos, hasta que te hubieran dado una docena de muertos. (¿Si oyó Pedro mis palabras?) (¿Si escuchó mis sentimientos?) Toda vuestra queja he oído y esta es la primera vez que, en lugar de ser juez, es defensor el marido. Suspended, señora, os pido esa pasión arrojada, que, pues yo con ira honrada o con cólera celosa no doy la muerte a mi esposa, no debe de estar culpada. Yo de disculparla trato, que no importa en lance igual, si es fiel el original, que sea aleve el retrato. Volved con semblante grato a halagalla con caricia, que no es razón ni justicia irritar con la violencia ni que pague la inocencia delitos de la malicia. Decís bien. Casilda hermosa, corrida estoy, ¡vive el cielo!, llegad, llegad a mis brazos. A vuestros pies de mi yerro pido el perdón. Levantad, que a estos desaires sujeto está el infame albedrío, que sin prevención del riesgo se fía de una palabra que la pronuncia el deseo. Dadme la mano. Señora. Esto ha de ser. Ya obedezco. Venid conmigo. Es honrarme mucho más que yo merezco. Oprimido corazón,... Combatido pensamiento,... Ingrato comendador,... .en tan confusos desvelos... .en tan tiranos agravios... .en tan infames desprecios... .deme el tiempo o la fortuna, o la muerte, o el sosiego. .deme el valor resistencia. .denme venganza los cielos. Venid conmigo, Benita. ¿Dónde me lleváis? Aprendo a ser honrado. Ya es tarde, marido, para aprenderlo. Más vale tarde que nunca. Pues ¿qué queréis? Que, supuesto que con Hernandillo vos sos mala de vueso cuerpo y anda a mía sobre tuya con vos y con mi celebro y supuesto que tal vez al marido de más sueño le despierta lo que dicen de lo mismo que está viendo, mientras habemos estado escondidos he dispuesto... ¿Qué, Gilote? Casi nada, cerrad esas puertas luego. ¿Qué puertas? No me acordaba, que dice un refrán muy viejo que nadie puede poner puertas al campo. Doleos de haber ofendido a Dios. Gilote. No repriquemos. ¿Cuánto habrá que os confesastis? Habrá dos años y medio. ¡Oh, pues, si no ha más, iréis, si Dios es servido, al cielo! Marido. — Honor, ¿qué decís? — Que muera amor. —¿Qué tenemos? ¿Que llora Benita? Pues mátela Dios, pero quedo, reputación es canilla y se me va por momentos, mas esto ha de ser. Detente. Benita, no puedo menos. Deja y besaré el cuchillo, pues que tocas a degüello. Toma y mira no te cortes. Adiós, mujer. Sabe el cielo que me pesa de mataros, mas no es mucho en tanto tiempo que ha que os echáis con la carga que me eche yo con el peso. Mirad si queréis que os haga algunos mandados luego que muráis, pues ya sabéis cómo estó enseñado a hacellos. ¡Ah, qué mujer pierdo en vos! ¿Qué necesitado lego os llegó a pedir limosna que volviese descontento? Pues que no podéis testar sin mi licencia, yo quiero en vueso nombre, Benita, hacer vueso testamento, La primer manda forzosa es la del alma y del cuerpo; iten, me mandáis a mí el descanso de perderos; iten, a Pascuala Gil la mandáis aquel secreto de hacer hilos pelirrubios siendo el padre pelinegro; iten, a Hernando... Hacia allí vi a Benita, mas ¿qué es esto? .le mandáis mala ventura en faltando vos del puebro. Y agora dadme un abrazo, amada Benita Puerros, y adiós. Esperad, marido, ¿no os acordáis cuando, haciendo un menudo, me dijisteis, no sé si duro o si tierno, «en mi vida vi mujer que envase con tanto aseo»? Eso de envasar, Benita, siempre lo hicisteis del cielo. ¿No os acordáis cuando os hice unos balones abiertos para bailar los domingos? Pues ¡y cómo que me acuerdo!, mas, Benita, esto ha de ser. ¿Que no hay en este desierto quién me libre de la muerte? No deis voces. Quedo, quedo, déjela ahora el menguado, el ignorante, el bestión, el pazguato, el villanchón, el tonto. Ya está dejado. ¿Qué es esto? Querer matar a mi mujer. Pues ¿por qué? ¿A quién como a su mercé se lo puedo preguntar? Si más con ella se irrita, a mi castigo se ofrece. Según lo dice, parece que no es mi mujer Benita. Oye, si con ella hiciere de hoy más alguna bajeza, le lloverá en la cabeza. ¿Que más llovido lo quiere? Morirá sin confesión si llega más a su esposa. En mi vida he visto cosa más llegada a la razón. Trátela con mil cariños. Ella será bien tratada y en silla de oro sentada; parece juego de niños. Si te volviere a pegar, avísame desde allí. Y, si ella me pega a mí, ¿a quién tengo de avisar? ¿Yo, marido, cómo o cuándo tal desacato he de hacer? Pues ¿es novedad, mujer, el andármela pegando? Llévesela. Agradecello es cortesía forzosa, mas a intentar otra cosa. ¿Qué? Que os salierais con ello. ¿Adónde, señor, me lleva Vueseñoría? Tejero, hablaros a solas quiero en esta calle. (Bien prueba mi sospecha a su rigor, que a esta calle corresponde aquella puerta por donde entran los carros mejor en la casa de mi amigo.) (Este pecho he de ganar para poder alcanzar mejor la empresa que sigo.) No es convenencia y valor, Isidro, el tener brioso enojado al poderoso ni disgustado al señor. Si alguna vez os he hablado con alguna sequedad, es porque en vos mi piedad el mismo despego ha hallado. Frisar en la condición con el dueño es bizarría muy empeñada y porfía peligrosa y sin razón. El servir y el agradar es atributo ajustado del humilde y del criado y del señor el honrar. Mirad si es esto verdad, pues hoy que al rey mi señor un rebelde y un traidor perturban la majestad, hoy a castigar acude la castellana milicia un cuello cuya malicia en vano el yugo sacude y una obstinación que, en suma, villana corneja ha sido que ajena pluma ha vestido y ya le pesa la pluma. A Peribáñez he honrado, ya es capitán. Ese honor cayera mucho mejor en quien no fuera casado. También a vos, si fiel me agradáis, honraré así. No me honréis, señor, a mí con ese intento, que a él... De Ocaña con la milicia marchará presto a campaña. ¿Y le destierra de Ocaña el honor o la malicia? (Pero abrir aquella puerta siento, sin duda es Benita, que mi intento solicita.) Allí veo abierta la puerta. (Ya no sé qué puedo hacer, que este villano lo ha visto.) (Mal mi cólera resisto.) (Mas por él no he de perder esta ocasión.) (¡Vive el cielo que es ella!) Yo soy. Pues ya es hora de entrar acá y dar treguas al desvelo. ¿Hay tal infamia? Han venido entre tantos disfrazado y de segador, pues he hallado un sayo de mi marido con que vestiros podéis. Cuando Casilda a llamar madruga para segar, esta ocasión lograréis. Pues deja que me despida de Hernando. ¿Hernando es? (Estoy por dalle.) Isidro, yo soy vuestro dueño y vuestra vida se asegura en el respeto que debéis a mi albedrío, mirad que de vos confío mi persona y el secreto. Señor, oíd... No hay oír. Abre, Benita. ¿Hay tan fiera confusión? Hernando, espera, que luego te vuelvo a abrir. ¿Qué haré en semejante empeño, cuando batallan conmigo la estrecha ley de un amigo y la obligación de un dueño? Si consiento en tal acción, la ley ofender intento y, si aquí no la consiento, ofendo a la obligación. Amor, de las almas rey, dadme algún medio ajustado en que no me hallen culpado la obligación ni la ley. Hernando. (Benita es esta.) Entra, porque ya Gilote ha juzgado su capote por cama menos molesta que la mía y me ha dejado, con que podremos hablar. Ya entro. (Así he de buscar mi remedio a mi cuidado.) Andujare la casadilla, andujare con la casada. Andujare la casadilla, andujare con la casada. Llevábase el caballero la casadilla a las ancas y dejábase el marido bramando de la desgracia. Andujare la casadilla, andujare con la casada. Suspended todos los voces y un rato nuestras fatigas aseguren las espigas de los dientes de las hoces. Durmamos mientras nosama nos llama tan prevenida. Amor, acaba mi vida o duélete de mi llama. Yo metiendo a aqueste lado, yo escojo aqueste lugar y aquí me quiero acostar. Yo no, que ya estó acostado. Yo busco el remedio aquí, quiera el amor que le halle. Compañero, duerma o calle, o llevará... Harelo así. Dormid, simples segadores, pues, olvidando cuidados, no morís de desdeñados cuando adolecéis de amores; dormid mientras ese ingrato mi dulce amado enemigo os despierta. Duerma, digo, o me descalzo un zapato. Hola, Benita, Gilote, zagales. Esta es Casilda. ¡Alto a trabajar, amigos! ¿Han visto qué presto grita? Agora de estotro lado me vuelvo, como sardina. Ea, despertad, que el alba, a lo que el lucero avisa, no está lejos, pues que ya con escasas luces brilla. Ha ya rato que canta el gallo y que en voces desabridas corresponden los vecinos, despertando sus familias. Saliendo muesa ama, vos decid que ha salido el día. Vuestros ojos amanecen, luceros son vuestras niñas. El alba está en vuestro rostro. Ea, a trabajar aprisa. Pardiez, muesa ama, que a todos mos alienta vuesa vista. ¡No vi sueño tan pesado! ¡Oh, tú, segador, que libras en la imagen de la muerte el descanso de la vida, despierta! A poner la boca en esa mano divina, en cuyo helado imposible todos los Alpes se cifran. Suelta. Por asegurarla, quiero perder esta dicha. De cuidadoso y de amante sigo a mi esposa querida. Gran ventura fue poder escaparme de Benita. Estranjero segador,... Pero aquí escucho a Casilda. La voz de Casilda es esta. .que con bárbara osadía a mayor afán te entregas, olvidando las espigas, ¿quién eres? Un infeliz que con pasión repetida adolece de tus ojos y de tu desdén peligra, un nuevo atrevido joven que en alas de cera gira y en las ondas de su llanto teme segunda caída, un moderno Apolo a cuya carrera más bella ninfa por más ingrato laurel te reservas en ti misma y, últimamente, yo soy, sí, bellísima Casilda, el comendador tu amante, para que todo lo diga. ¿Hay más rigores, fortuna? ¿Hay más penas y desdichas? ¿Hay más aprietos? ¿Qué haré? No enmudezcas, enemiga. Si ya no te desmerezco aun las palabras esquivas, oblígate del poder, ya que el amor no te obliga. No habrá perla a quien el alba en la ruda concha cría que a tus plantas no se humille y a tu rodete no sirva. El oro que el sol acendra en los montes de la India tachonará tu chinela, vano, de que tú le pisas, mi bien, mi aurora, mi dueño. Desiguales penas mías, esperad, que en su respuesta está mi muerte o mi vida. Cumpliré con mi amistad si su ofensa solicita ¿Qué respondéis? Que primero el firmamento, que brilla menos luces que mi honor, de sus ejes desasida verá la máquina grave en que eternamente brilla, mas ¿qué me canso, si soy villana cuya porfía es más tenaz que ninguna, si soy con mi esposo fina tanto por lo que le quiero cuanto por lo que él me estima? ¿Veis, señor comendador, esas perlas peregrinas, esos diamantes vistosos, esa grana hermosa y fina, ese oro solicitado y esa plata apetecida? ¿Y veisos a vos, que sois dueño de alhajas tan ricas? Pues cuando os veo y le veo a él, cuando sale a misa, su pardilla capa al hombro, y a vos, cuando desafía vuestra gala al mismo sol y que él se encoge a su vista, más quiero yo a Peribáñez con su capa a la pardilla. Cuando veo a mi marido subir el ejido arriba, sin más criados que el perro y el arcabuz que le guía y os miro a vos por la calle guarnecido de familia, más estimo su persona, como su vestido, lisa, que no a vos, comendador, con la vuestra guarnecida más precio. Detente, ingrata. ¿Qué intenta Vueseñoría? Agradarte. Es imposible Violentarte. Es tiranía. El poder todo lo vence. Mi resistencia es invicta. ¡Ah, valerosa mujer! ¡Ah, bellísima Casilda! ¿Quién te librara de mí? Estas plantas fugitivas. Alcanzarante mis brazos. Contra un poderoso sirva la industria en vez del valor. ¡Acudid todos aprisa, que andan ladrones en casa! ¡Ah, pese a mi suerte esquiva, que desarmado me hallo! (El comendador peligra.) Escapad vuestra persona, señor, que aquí está la mía. ¡Qué poco ayuda la suerte a quien le falta la dicha! ¡Muera quien mi casa ofende... .y mi honor desacredita! ¿Qué es lo que veo? ¿Qué miro? Isidro,... Pedro, Casilda, ¿qué suceso... .qué accidente... .a tal pasión os obliga? .os ha traído a mi casa? ¿Calláis? Es causa precisa. ¿No lo decís? Es forzoso. ¿Sois mi amigo? Aunque lo impidan la fortuna y el poder. Pues solo con esa firma os obligo a mis sucesos. Vos lo veréis algún día. Pues, Tejero, de los dos es la fortuna una misma. Pues, Peribáñez, obrad, que aquí tenéis esta vida. A la resistencia, honor,... A la defensa, desdichas,... A la amistad, pensamiento,... .por que alaben... .por que digan... .por que celebren... .mi honor, que siglo a siglo repitan. .mi amistad, que edad a edad se encomiende o se permita. .el valor que siempre tuvo contra una fuerza atrevida La mujer de Peribáñez, honrada, constante, y fina.

JORNADA TERCERA

En fin, ¿os vais? Lo que os cuento. ¿Y no lloráis de perder la que os adora? Mujer, ¿queréis que llore un sargento? Vuestro corazón injusto al de las peñas excede. ¿Pensáis que un sargento pudo llorar cuando tiene gusto? Pues estáis muy engañada, porque un sargento, a mi ver, harto tiene que entender con la alabarda y la espada. Mándale el comendador a Peribáñez sacar gente de nuestro lugar y esto con tanto rigor que, so pena de la vida, manda que salga esta tarde y así, Dios, Benita os guarde, que tiene gente lucida mi amo para esta ocasión. Aunque yo no lo he sabido, dicen que siempre he tenido a la guerra inclinación y que es verdad he pensado, que, aunque yo no puedo ver la guerra, bien puedo ser contra mi gusto inclinado. ¿Qué pensáis? La mocedad en la guerra pasaréis y sin premio os quedaréis. Eso también es verdad, yo ha un día que só sargento y se ve cómo he medrado, pues el rey no me ha enviado un solo agradecimiento ni le he debido unos guantes, siquiera para cumplir. Déjame, esposo, sentir que esto no haya sido antes, (que me cansa este patán después que a Hernandillo quiero. ¡Jesús, qué tosco y qué fiero!) ¿Qué decís? ¿Que só galán? Sí, esposo. Habreme pasado de lo que yo he menester, porque no es muy bueno ser tan bellísimo un soldado. En fin, ¿te vas sin llorar? Llora por que más te adore. Benita, ¿queréis que llore?, pues traedme un ejemplar. ¡Qué boquita de piñón! Yo me la quiero comer. Mas ¡que me hace esta mujer perder mi reputación! ¿Que a llanto no te provoco? ¿A qué tu crueldad aguarda? Tened aquesta alabarda, que quiero llorar un poco. Pues ¿qué os estorban sus puntas? ¿Para que hacéis ese enredo? ¿Soy yo demonio que puedo hacer tantas cosas juntas? Ahora de sentir no trato no poderos convencer, mas siento que heis de caer, porque sois un mentecato, en mil faltas. Vos pensáis que en nuestra aldea, criado, es muy fácil ser soldado. Veamos cómo sacáis la espada. ¡Qué maravillas! Con grande facilidad la saco. ¿Cómo? Mirad, la guerra toda es ardillas. Lo primero, en conclusión, echo el albarda si riño; lo segundo, me desciño la espada y la guarnición pongo en el suelo y, tirando de la vaina con gran tiento, tirando a espacio y a tiento, sale luego. ¿Y esperando esa flema el enemigo ha de estar sin embestir? Un hombre no ha de reñir con quien no sea muy su amigo. ¿Y al meterle? Estando quieta la riña que yo tuviere, no teniendo quién me espere, buscaré quién me la meta un día o otro. A vos toca envainarla liberal. Veis aquí un buen natural, tomo lo vaina en la boca y, albarda y espada asiendo,... Que todo se os cae mirad. Si va a decir la verdad, yo, Benita, no lo entiendo. ¡Que aun no tengas suficiencia para esto! Quizá seré yo tan venturoso que me maten en la pendencia. ¿Qué, envainar no se os aliña? ¿Qué me perseguís, mujer? ¿Tengo yo más que perder la vaina siempre que riña? Acabad, que a Hernando veo. Parece que os ha inquietado. Sí hará, que estoy en pecado con él. Casi que lo creo. ¿Qué esto? Soy infeliz, ya acierto a envainar mi mal. ¡Jesús!, pues un oficial del rey... Yo soy aprendiz. ¡Buen sargento por mi vida! Sin saber sacar la espada ni envainarla, que es la cosa más fácil que hay en las armas. Mirad qué cosa tan fácil, haced cuenta que es la vaina esta mano de Benita y, teniéndola apretada, ir entrando poco a poco la espada... ¿Entendeisme? Hasta que pote la guarnición. Ya sé que de ahí no pasa. Y así queda lindamente. Pues ya envainastis, soltalda. Dejaos enseñar, tontón. Y, en estando ya envainada, os pondréis el tahalí por aquí, como el que abraza a otro. Mujer, mujer, valgan los diablos vuestra alma, no hagáis otro tahalí, que con esotro me basta y esos que hacéis son tiros más que otra cosa. Bestiaza, plega a Dios que lo entendáis. Gilote. Mira que llama tu señora. Acaba presto. ¿No ves que llama nuesa ama? Ve volando. Ve volando. Acaba, Gilote. Acaba. Oya, ¿qué prisa que tiene? Pues no ha de haber otra vaina, entrad delante, Benita. ¡Jesús! Caíste. ¡Mal haya la chinela! ¿Qué es aqueso? Caí; así como se vaya Peribáñez, tú y tu amo... ¿Secreticos? Son dos santas palabras contra caídas, con que luego al punto sanan. No es buen remedio, porque antes ella cae en dos palabras. Ten abierto. Sí tendré. Entrad, que oléis la cebada. ¡Ah, quién supiera pagaros con alguna de estas armas! Hoy verá el comendador el logro de su esperanza. No doy por dos mil escudos las albricias que me aguardan, porque le abrirá la puerta Benita. Trae esa banda, mientras yo llevo el sombrero y el aderezo de espada. Esta es Casilda. ¡Casilda! ¿Quién está aquí? Quien os habla de parte del que os adora. Buscaréis —es cosa clara— a Peribáñez. A vos mi señor decir me manda que esa beldad... Peribáñez,... Yo no busco... .aquí te llama del señor comendador un criado. ¿Hay más extraña condición? ¿Yo a él? Ven presto. Siempre está honrando esta casa el señor comendador. ¿Qué es lo que de nuevo manda su señoría? Saber si ya tenéis aprestada la gente que ha de salir aquesta tarde sin falta. Decidle a su señoría que en los negocios de tanta reputación como este no me descuido, que en casa, en aquellas corralizas, tengo la gente aprestada para cuando me disponga su señoría que salga, que, aunque rústico villano, hago lo que se me encarga con honra si vive Dios. Dicídselo así y se engaña si acaso piensa que yo en materias de importancia, donde el honor se atraviesa, puedo descuidarme en nada. Así mi señor lo piensa. (Este pícaro me enfada.) Dios os guarde. Guárdeos Dios. Oye usted, antes que vaya tengo un poco que decirle. Haré yo de buena gana cuando Isidro me dijere. Muchos honrados me llaman el señor Isidro a mí y el hombre que no me guarda mucha cortesía, yo se la enseño a cuchilladas. Haré cuanto me dijere Isidro. Si no mirara, ¡voto a Cristo!..., pero voy a lo de más importancia. Oye, porque en ningún tiempo pueda alegar ignorancia, esto le quiero advertir, hoy se va mi camarada Peribáñez y, aunque usted nos hace demasiada honra en venirnos a ver, ya tanta merced nos cansa, que, como somos villanos, las honras nos embarazan. Así vaya usted conmigo si de estos umbrales pasa en yéndose Peribáñez, ya que no hay una ventana alta por donde caer, le he de hacer... Pues ¿cómo con ese estilo un criado? Que no hay criado que valga y lo he de echar en el poco de cabeza. Isidro, basta, Y me lo ha de agradecer, que, aunque irá de mala gana, no ha de haber visto en su vida pozo de más linda agua. De este agravio mi señor ha de tomar la venganza. Vaya el pícaro alcagüete, que voto a Dios si me enfadara él y su... Isidro, ¿qué es esto? Ya sabéis cuánto es estraña la condición de Tejero, siempre tendréis esta casa vos y todos los criados de vuestro dueño muy franca para entrar. Adiós. Adiós. Cierto, Tejero, que estaba deseando que se fuese, por deciros que se pasa vuestra amistad a osadía. ¿No advertís vos que mañana se dirá que yo no acierto a ser dueño de mi casa, pues que vos me gobernáis? Pedro, escusemos palabras. Volveos, abotonaré. Yo no sé más circunstancias que ser muy amigo vuestro y perderé vida y alma por vos en cualquiera lance. Y digo que es muy honrada Casilda —¿quién duda de eso?— porque no es la luz tan clara como su honor, mas no solo no ha de entrar en esta casa ese pícaro alcagüete, pero ella ni aun las Pascuas ha de salir —¡voto a Dios!— mientras yo fuere su guarda. ¿Qué decís? Dice muy bien. ¿Para qué es bueno que salga de casa yo en vuestra ausencia? Antes en vos estrañaba el que no me lo mandéis. ¡Qué necia desconfianza, qué pensamiento tan vil, qué discurso tan estraño! ¡Muy bueno quedara el año si se encerrara el abril! ¿Casilda no salir fuera? Moderno y florido mes de la selva, ¿sin sus pies, qué vale la primavera? ¿Su sol que los campos dora así queréis ocultar? ¿Quién había de enjugar las lágrimas de la aurora? ¿Sus labios siempre fieles era bien hecho esconder? ¿Dónde habían de aprender a teñirse los claveles? A seña que su arrebol justamente obedecía, ¿ha de amanecer el día, teniendo de suyo el sol? Salga Casilda, no esté por un riesgo sospechado quejoso el año y el prado de que los deja su pie; no haya fiesta en toda aquesta comarca en que no se halle, que sin su brío y su talle nada ha de llamarse fiesta; vaya a la iglesia aliñada; salga al prado y a la fuente, que bien caben en lo ausente las señas de bien casada; cubra el pecho de patenas; vaya, aunque lo contradigas, a visitar sus amigas, que siendo suyas son buenas; salga con trenzas y rizos a los bailes como todas; hállese siempre en las bodas; nunca falte en los bautizos. Licencia he de concederla de salir donde quisiere y, si en casa se estuviere, tendré más que agradecerla. ¿Cuándo os habéis de partir, Peribáñez, que se pasa la tarde? (Y estoy rabiando por que el villano se vaya.) Ya está todo prevenido. Yo y mi hijo en vuestra casa os quisimos ver partir. Señor, a mercedes tantas solo mi humildad responde. Muy bien le asientan las galas de soldado a vuestro esposo. Casilda, de mala gana consentiréis que se ausente. Si me lleva toda el alma, ¿cómo quedaré en su ausencia?, pero, así, señora, os haga dichosa el cielo. ¿No está galán? Tiene muy gallarda persona. Señor don Sancho, perdónenme vuestras canas porque estoy loca de amor, ¿no es galán Pedro? Es bizarra su persona. (Mas ¿qué fuera que a mí me lo preguntara?) Muy galán es. Si no hubiera leyes que el honor encargan, si no hubiera el merecido fiero rigor que amenaza, a la que infame y aleve a su esposo fe no guarda, si no hubiera Dios, que enfrena la presunción más humana, no le ofendiera en mi vida, porque, cuando lo intentara, faltándome el gusto, fuera segura de enamorada. ¡Oh corona de mujeres, una y mil veces me abraza! ¿Ahora os estáis en eso? (De celos se abrasa el alma.) Id a disponer la gente. (¡Qué mal un villano guarda las leyes del pundonor!) (Mal disimula sus ansias.) Ya, señor, a obedeceros va mi obediencia postrada, (pues yo volveré esta noche a ser Argos de mi casa, que está resuelto el contrario y, para asaltar la plaza, cautelosamente espera a que el alcaide se vaya.) Vente, Casilda. Mi amor jamás de Pedro se aparta. ¿Adónde vais vos, Casilda, a estorbarle que no salga con vuestras necias caricias? Quédate, pues te lo manda el señor comendador. (Suframos, honra; ¡mal haya esta injusta sujeción que hasta el honor avasalla!) Pues yo me quedo también. Vos, Isidro, no hacéis falta aquí, bien os podéis ir. Yo soy de poca importancia allá, pues no soy soldado. Pues ¿todas estas bravatas, vuestros ceños y asperezas, no era bien que se emplearan en la guerra? Vueseoría dice bien, pero en Ocaña bastante guerra me queda sin que me cueste buscarla, y aun con más fuerte enemigo. (Conmigo el villano habla como si él ni todo el mundo a resistirme bastara.) Vaya Pedro a la de afuera, que yo quedo a la de casa. No sino que los villanos... ¿Hay más necia destemplanza que la vuestra? ¿Qué queréis de esta pobre desdichada gente que así la apuráis? ¿Un noble tiene palabras para ofender a un humilde? ¡Vive Dios que ya me cansan tanto vuestras demasías que, si alguna vez llegaran —que es muy posible— a perderos el respeto que hoy os guardan, que no sé si contra vos el acero desnudara, que no puede ser mi hijo quien a los, pobres agravia! (¡Vive Dios que, si no fuera por su padre, que acabara de concluir este pleito!) La color tiene mudada. Si el comendador, señor, a los villanos maltrata, también ama tiernamente a las pobres aldeanas; váyase uno por lo otro. Esto solo me faltaba sobre todas mis mohínas. Ya, señor, dicen las cajas que llega la compañía y por esta parte pasan. Ya Gilote de sargento nadie delante le para. Desde aquí podremos verla. Deténganse, camaradas, porque quiero despiojar la calle. Arrímense, damas, no me hagan ser descortés, que en soldados es gran falta. Soplico a sus señorías que hacia la pared se agan un tantico, pues lo pido con toda aquesta crianza. Arrímense, damas, digo, porque no reparo en galas. Ea, marchen poco a poco, pues ya tengo despiojada la calle en orden. Señores, ¿no echa de ver que se parta del compañero? ¿Es posible que tenga tan mala gracia en echar aquesos pies que derrengando se vaya? Miren cómo yo los echo y deprenda noramala. ¡Oh qué mal al villanchón le están, Hernando, las galas! ¡Qué mal puestas trae las ligas! ¡Qué mal terciada la banda! Pues Casilda se la puso. Pues digo que está estremada. Anden y ténganse, digo. A Casilda haced la salva. Confisión en cortesía: muerto soy. Cobarde, calla. Confisión a un oficial de su majestad. Acaba. Y hará un gran servicio al rey cualquiera que me la traiga: muerto soy, digo otra vez. Necio, que no tenéis nada. Yo lo sé de buena mano. ¿Qué tenéis? De banda a banda me han pasado tan cerquita que no le falta una vara para darme. Di, ¿no ves que con balas no disparan? Denle a otro los roídos, que yo tomaré las balas. Átenme luego un pañuelo, que la herida se desangra. ¿Adónde te le han de atar? Ahí dondequiera basta, que después sabré de cierto dónde está la herida. Mandria, vergüenza es ver lo que haces. Ve y diles que alto hagan mientras que yo me despido. No fuera muy mala traza que nos dieses un refresco, porque ha más de un hora larga que no comemos bocado. Pues aun estamos en casa, ¿y ya refresco me pides? Un soldado tiene gana de comer a todas horas y, si un poquito te tardas, pienso que hemos de comer yeguas, caballos y ratas. Señor don Sancho, este esclavo solo vuestra mano aguarda para partir alentado a esta dudosa jornada. Mis brazos, Pedro, os reciban como es justo. Vuestras plantas bastan a honrarme. Los cielos con felicidad os traigan a vuestra casa. Señor, una merced solo en paga de que os voy a obedecer os pido. Yo os doy palabra de hacer cuanto me pidiereis. Por hombre que siempre ampara los humildes, por soldado, por noble, por tantas causas como os obligan a ser defensor de quien os llama, os suplico que en mi ausencia miréis, señor, por mi casa, que Casilda es moza y sola y no basta ser honrada si algún poderoso intenta hacer violencia tirana a su honor. No prosigáis, que yo os doy, Pedro, palabra de ser guarda vigilante, de ser segura atalaya de vuestra casa; si alguno intentare profanarla, ¡vive Dios que ha de probar los enojos de mi espada! Id, Pedro, muy consolado. Segunda vez vuestras plantas me dad por tantos favores. Haced de mí confianza. Señora doña Beatriz, aquí os encargo una esclava. Yo os prometo, Peribáñez, cuanto pueda regalarla y me la pienso llevar, en yéndoos vos, a mi casa, que poco embarazo hará entre otras muchas criadas, Casa le queda a Casilda y qué comer, a Dios gracias. Vos, señor comendador, me dad la mano. Dios vaya con vos, y prisa, que es tarde. (¡Oh qué linda flema gasta el villano cuando el pecho en fuego de amor se abrasa!) (No he de abrazar a Casilda por no ocasionar la saña celosa de este tirano que tan ciego se declara, y he de perder este gusto por escusarle esta infamia.) (No pienso darle los brazos a Pedro porque se enfada este injusto y se lo dice a mi esposo cara a cara, y este gusto he de perder por escusarle esta rabia.) Casilda, adiós. Pedro, adiós. (Muerto voy.) (Quedo sin alma.) Isidro, adiós. Pedro amigo, no hay que daros pena nada, que aquí quedo yo. Tejero, portaos con mucha templanza, que medicinas sin tiempo suelen empeorar las llagas y en mi casa no hay achaques y, así, podréis escusarlas. (Gracias a Dios que se fue.) Hijo, vamos. (Ea, acaba, noche, de esparcir al mundo tus confusas sombras pardas, que bien puede escurecerte la ceguedad de mis ansias.) Benita, no te descuides. A la hora señalada estará abierta la puerta. Haz que tu amor me traiga las albricias, que después ninguno, Hernando, las paga. Yo me voy por el broquel, que, aunque él fue de una tinaja tapador, en este brazo monta más que una muralla. Vamos a sentir pesares con vuestra licencia. Aguarda, Casilda, que quiero hablarte. En mí tenéis una esclava. Esto, Casilda, te quiero; dicho en muy pocas palabras, el comendador te adora, que ha dado en esta locura, mejor tu honor se asegura en casa de una señora. Tú estás sola y, si cruel esta llama crece más, yo he de pensar que tú estás a todas horas con él. A mi casa he de llevarte, no tienes que resistirte, te obligo con pedirte, pues, cuando pudiera mandarte, tú estás pobre y la jornada de Pedro larga ha de ser y sola, ausente y mujer, quedando tan alcanzada, ha de vencer tu crueldad gallardo el comendador, porque no hay seguro honor a donde hay necesidad, que con ella los más buenos intentos mudar verás y en mi casa pelearás con este enemigo menos. Conmigo te he de tener en lugar de una criada, mi casa está muy colmada, tú no tienes qué comer, todo cuanto te dejó Pedro es un pobre cotijo. No prosigáis. ¿Quién os dijo que sois más rica que yo? ¿Para qué son bizarrías con las pobres labradoras?, que yo sé que las señoras os pasáis con hidalguías. Venid a mi casa vos, ya que vuestra voluntad da en aquesta necedad, adonde, gracias a Dios, tengo con estilo llano todo cuanto el gusto traza, que lo que el noble en la plaza tiene en su casa el villano. Palomas de veinte en veinte veréis volar y volver que me enseñan a querer a Peribáñez ausente. Sin salir a las vecinas a darles enfados nuevos, las gallinas me dan güevos, los güevos me dan gallinas. La uva que en varios modos servir al gusto la vi o se cuelga para mí, o se esprime para todos. La fruta el árbol desgaja en esas huertas que ves por el otoño y después hago otras huertas de paja en casa por engordallos, crío con regalo aquellos que es vergüenza el no comellos y desvergüenza el nombrallos. La leña que ya se arruga se echa al fuego sin cuenta, que de muy lejos calienta, que de algo menos enjuga. Tengo de cosecha mía, sin que lo salga a pedir, aceite para lucir, aunque fuera noche y día. La harina, cuya blancura exceder la nieve vi, algo más que para mí para los otros se apura. Que, aunque este pobre ajuar tan pequeño llega a ser que no me da qué vender, no me deja qué comprar y, así, a vos no os sobresalte que, porque sin Pedro estoy, me olvide de lo que soy, porque el regalo me falte y, porque anochece, adiós, y quedad asegurada que yo para ser honrada no os he menester a vos y allá en vuestra duda incierta esto podéis advertir, que no tengo que salir en cerrando aquesta puerta. Espera. Si algo que hablar os queda en vuestros estremos, en la glesia nos veremos, pero habéis de madrugar. ¡Oh, villana prodigiosa, dente los cielos valor! En que tu tengas honor consiste el ser yo dichosa. Sale del horno, que ya van las sombras del ciego abismo saliendo. En el horno mismo no se te ha cocido el pan, que apenas el día pasa cuando entras desdeñado. ¡Que sea tan desdichado que entre con miedo en mi casa! ¡Ay, los huesos tengo muertos. no me puedo enderezar! ¿Qué tienes? Al enhornar se hacen los panes tuertos. Hoy verá el traidor violento que tiene honor el sayal. ¿Hay tal horno? Mal por mal, mejor era ser sargento. ¡Qué obscura noche! Los ojos del cielo no pestañean y el sol sin duda al morir desheredó las estrellas. Todo está en silencio mudo, solo allí el mastín resuella, nunca ladres si no guardas y solamente despiertas. Hacia allí con blando arrullo las palomas se requiebran, ¡oh qué de envidia me dan los casados que no acechan! ¡Que puedan tanto en el mundo el poder y la violencia que con pasos de ladrón ande yo en mi casa mesma! Gilote, aguárdame aquí mientras yo miro la puerta. Señor... Al instante vuelvo. Señor, pues ¿así me dejas? ¿No echas de ver que los perros, como ha tanto que estoy fuera, ya no me conocerán y puede ser que me muerdan? Sal aquí, sal aquí, digo. ¿Ya no me conoces, perra? Yo soy quien te tuvo cuando pariste la vez primera, al cachorrillo mayor yo te le llevé a la escuela. ¡Cito, cito! Toma pan. Parece que se está queda. ¡Por Dios, que son los arados, mas no hay mucha diferencia, porque tienen dientes y también morderme pudieran! ¡Válganme todos los santos! Hallé cerrada la puerta y he saltado por las tapias. Esta fineza me deba Peribáñez, que he de ser de su casa centinela. Hacia allí cayó una cosa que es muy grande para teja. A aquella parte está un hombre. Desde aquí la obra empieza. Hacia mí se viene un bulto, mas ¡que el bulto me menea! ¿Quién va? Yo no vó ni vengo. ¿Quién es? Yo por línea recta só pariente de mi padre, aunque me toca por hembra. No es tiempo de gracias, diga, ¿quién es? Só la borra prieta que aquí me suele quedar, porque no tiene paciencia de andar haciendo la cama. ¿Cómo se llama? En conciencia, que al presente no lo sé, mañana a estas horas mesmas, si no dudo, os traeré sabido casa, calle, nombre y señas. ¿No quiere?, pues de este modo sabré yo lo que me niega. Hombre, ¿estás endemoniado? ¿No ves que a un sargento pegas y que estás descomulgado por el Consejo de Guerra? ¡Aquí de Dios, que me matan! Hacia aquí el ruido sueña, el golpe de aquesta espada aumenta más mis sospechas. Esto anda malo y he hallado el olor de la bodega. ¡Oh qué olor tan celestial a las narices me llega! ¡Voto a Cristo que es valiente este gallina y me pesa!, mas ¿con Isidro Tejero? La voz de Tejero es esta. ¡Voto al demonio que estaba por reñir con el de veras!, porque él, de puro mi amigo, me destruye con finezas. ¿Es Tejero? ¿Es Peribáñez? (¿Qué he de hacer para que entienda este mozo que recato de él mis honradas sospechas?) ¿Qué os parece cómo tengo con vuestra familia cuenta? (Esto no tiene remedio.) Vení acá, por vida vuestra. ¿No os parece, pues ahora lo visteis con la experiencia, que sabré guardar mi casa siempre, Isidro, que se ofrezca? (Yo ya entiendo su intención.) Antes que os dé la respuesta, os haré yo otra pregunta. ¿Un amigo que pelea como yo podrá dañaros en todo lo que se ofrezca? No, Isidro. Pues, Peribáñez, sacaos vos la consecuencia y no os receléis de mí, que en cualquiera contingencia monta más un buen amigo, que todas esas quimeras. Pues ayudadme, Tejero, sin hablar en la materia. Detrás de aquellas tinajas os poned mientras se quieta la casa. Señor, entrad. Yo voy siguiendo mi estrella. Pisad quedo, que aun presumo que los mozos de la siega a esta hora están dormidos. Duerman los villanos, duerman, que desvelarse de noche para los nobles se queda. Esta es la puerta. Yo la abro. ¡Oigan, que no da la vuelta, y esto es que no la han untado! Pues haz que vuelva con esta bolsa. ¡Y como que volvió, que ella y yo andamos de vuelta! ¡Qué lindos cordones tiene! Menester son si le cuelgan, porque pesa lindamente. Entrad, que ya abre la puerta. Volveré por Hernandillo, que a la de la calle queda guardándole las espaldas a su señor. Ruido sueña en la puerta de Casilda. Quiero llegarme más cerca, Noche, ayuda mi intención y te ofrecerá mi pena todo el fuego de mi amor, que luce con llamas negras. Entrad y haced vuestro gusto sin mirar en gentilezas, que las villanas, señor, más que maná, quieren fuerza, que yo, por si diere voces, cerraré muy bien la puerta. Gente ha entrado en su aposento, sabré..., mas la puerta cierra. Romperela, pero es muy difícil el romperla. Hacía aquí hay una ventana. Pedro,... De aquesta manera averiguaré mi agravio. .¿dónde vas? Salíos afuera, que aquí no sois menester, que yo vengaré mi ofensa. Ea, Pedro, a la venganza, que yo os guardaré la puerta aunque Dios comendadores como granizo lloviera. Señor, pues ¿cómo intentáis una traición como esta? Tú has hecho mi voluntad con tus desdenes grosera, lo que no pudo el halago ha de lograr la violencia. Primero me harán pedazos. Inútil es tu defensa. Cielos, valedme. Traidora, tú me has vendido. Paciencia, que esta bolsa me disculpa. ¡Ah, quién te ahogara con ella! Ya te resistes en vano. ¿No hay quién me socorra? Es necia tu esperanza. ¡Peribáñez! No puede escuchar tus quejas. Sí puedo, que me han traído los cielos. Villano, espera y te haré dos mil pedazos. Así un honrado se venga. ¡Muere! ¡Ya muero rabiando! En gran peligro estoy puesta. Pedro, mata a ese tirano, que yo a esta infame tercera la he de matar por mis manos. Ya murió. Abridme la puerta, Pedro. Tejero es aqueste. Amigo, ya está mi afrenta vengada, pues al traidor le he dado muerte sangrienta y mi honor he restaurado de tanta amenaza fiera. Pues yo a Hernandillo, que estaba guardando, Pedro, la puerta, le he dado muerte. También era cómplice en mi afrenta. Bien hecho está porque yo a Benita vil, tercera de mi agravio, la he de hacer mil pedazos. Ya la deja mi limpio honor castigada Todo el mundo se detenga o aquesta santa medida se la pondré en la cabeza. Muerta yace al mismo lazo que le armó su infamia mesma. ¿Es aquesta mi mujer? Jamás la he visto tan buena. Ya está mi ofensa vengada, ahora escapar nos resta. Rey rusto tiene Castilla. A su católica reina vamos a pedir perdón. No hay duda que le concedan de la verdad informados. Que con mi Casilda bella gustosa es cualquier fortuna. Que con mi esposo es ligera la desdicha más cruel. Pues con nosotros se venga Gilote. De buena gana y antes de partirnos tenga dichoso fin La mujer de Peribáñez y, puesta a vuestros pies, el perdón, si no el aplauso, merezca, y hasta la segunda parte no hay sino tener paciencia.