Texto digital

Texto digital de La montañesa de Burgos

Metadatos de la obra

Atribución estilometría
Antonio Enríquez Gómez (Fernando de Zárate) Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Sergio Rodríguez Nicolás.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de La montañesa de Burgos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/montanesa-de-burgos-la.

Logo BICUVE

LA MONTAÑESA DE BURGOS

JORNADA PRIMERA

Suplícole a nuestra alteza lo considere mejor. Don Tello, no tiene honor el que falta a su grandeza. ¿Doña Costanza se llama esa nueva hermana mía? Esto la fama decía. Pues hoy cesará su fama. Hija natural, señor, fue de tu padre y no es justo que ella te cause disgusto. Todo mi imperio es horror. Mi padre, como has sabido, contra las leyes marciales entre partes desiguales dejó el reino repartido. A García sin razón dio a Galicia a quien humilla, a mí el reino de Castilla, y a don Alfonso a León, a Urraca la dio a Zamora y Elvira contra el decoro del estado le dio a Toro. Ninguno, señor, ingnora que la materia de estado ordena por justa ley que solo gobierna un rey lo que el rey ha conquistado. Tello, a Costanza no vi ni supe que era mi hermana y es cosa segura y llana que ha de estarme mal a mí que se case en Aragón y me haga guerra después. Tus hermanos, como ves, te estiman, como es razón. Solo a Burgos he venido a lograr esta esperanza y he ordenado que a Costanza prenda don Nuño, y es ido a cumplir mi mandamiento. Tu gusto, señor, es ley. No es justo que tenga un rey tanto opositor violento. Nuño viene aquí. Sin duda que queda presa Costanza. ¿Ejecutose, don Nuño, mi decreto? Nunca falta, señor, en palacio quien dé aviso de lo que tratan los superiores. ¿Qué dices? Que se ha ausentado tu hermana. Sin duda se fue [a] Aragón. Aseguran que a Viscaya se fue ayer con don Alfonso de la Cueva y de allí, a Francia. Tello, despáchense luego correos hasta la raya, que así importa a mi corona, que al que prendiere a la infanta le premiaré como debo. Cuando es injusta la causa que siguen los superiores Dios al inocente ampara. Esta, señora, es la aldea donde vive Pedro Hurtado, cuyo divino sagrado hoy quiere el cielo que sea contra el rigor de tu hermano, si rústica fortaleza, albergue de tu grandeza. Si el cielo me ampara, en vano son, Fabela, los rigores de don Sancho. Es cosa llana que en el traje de villana entre aquestos labradores vivirás segura en tanto que tu bien el cielo ordena. Hase aliviado mi pena y aun ha cesado mi llanto con ver que llevo un papel del conde de Villorado para aqueste Pedro Hurtado, y lo que contiene en él es pedirle sin decir quién soy que en su misma casa me reciba en cuanto pasa a Viscaya a prevenir lo que a su estado conviene. ¿Si te parece, señora, que vaya a la quinta agora adonde su casa tiene? Será bien que prevenido esté su pecho fïel presentándole el papel. Está muy bien advertido. Con mi lealtad no acobardo las dudas de tu temor. Ten buen ánimo y valor. Toma el papel, que aquí aguardo. Perseguir la inocencia por estado del tirano poder disculpa ha sido, que el achaque político atrevido fue siempre enfermedad de un desdichado; cuando se vio el imperio reservado de este rayo crüel, si concebido en la nube soberbia del sentido, el golpe original ha ejecutado. Nacer para morir, vida se llama, pero morir por solo el nacimiento incendio viene a ser de ajena llama; pero cese el dolor en el tormento, que quien de voluntad amó su fama nunca pudo morir de entendimiento. Otra vez no he de llevarte, bruto, a la corte. ¿Qué hice? ¿En qué no te satisfice? Tú me sirves de tal arte que me señalan por ti cuando por la calle vas. Si yo no puedo ser más, ¿por qué te sirves de mí? Dime, ¿por qué has de comer por la calle a cada paso? Porque yo como de paso sin poderme detener. A una mondonguera fuiste y le comiste un menudo. Eso lo hago yo a menudo. Ayer conmigo saliste y en la mitad del camino sin más ni más me dejaste y en una taberna entraste. Eso solo me convino, pero mira que llegamos cerca, señor, de la aldea y que tu padre desea... Detente, que entre esos vamos. He visto una labradora. ¿Si es Gila? Gila no es. Pues no me dirás... ¿Quién es? Será sin duda el aurora. Perote, ¿quién puede ser? Mírala bien. Qué belleza de los pies a la cabeza. Me parece que es mujer. Sus ojos dan por despojos la luz que el alma conquista. Por Dios, que tiene una vista que se le viene a los ojos. Mira qué manos, es llano que están de jasmines llenas. Para plantar azucenas tiene, señor, buena mano. ¡Qué blancas! Campos nevados son en su divina esfera. Si ellas fueran de ternera, me las comiera a bocados. En su boca está a nivel el clavel sin competencia. Pues, señor, con tu licencia quiero oler este clavel. En mí repara esta gente. Voto al sol que el sol se va. Zagala hermosa. Hame allá. Conocionos lindamente. Deteneos. Por mejor tuviera yo que cayera. Si se va el sol a su esfera, sin vista quedará Amor. Qué Amor ni qué desatino... ¿Dónde camináis, señora? No soy sino labradora. Id, señor, vueso camino. Labradora soberana, Venus de esta selva umbrosa, del imperio de Amor diosa y de estos montes Dïana, sepa yo quién sois. Mirad que desde el punto que os vi toda el alma os ofrecí. ¿Toda? Basta la mitad. Señor, dame esta doncella. Ofréscote a Bercebú. En enfadándote tú, yo me casaré con ella. ¿Quién sois? Hijo soy, señora, de Pedro Hurtado de Herrera, un hidalgo a quien venera cuanto en estos montes dora el sol, de cuya nobleza penden las casas mayores de este reino y los señores de más lucida grandeza. Aquí vive retirado, labrador y ganadero. Él gana mucho dinero, mas este lo ha desganado. Señora, yo só Perote. Quizá, necio, sepa yo dónde esta deidad vivió. Fue mi padre Pericote. Laura es mi nombre, Briviesca es mi patria. No pretendo deciros más, porque aguardo de aqueste vecino pueblo un deudo mío, y no es justo que os halle aquí. Pues el cielo con el imán de esos ojos ha detenido mis yerros, si lo son quereros bien. Escuchadme, deteneos. ¿Quererme bien? Yo os estimo ese amor, pero no quiero perdonad este lenguaje― que hagáis duelo del empeño porque, si mi corazón fue cortesano algún tiempo, ya nadie pudo querer por altivo o por soberbio. ¿Qué importa que le queráis si él nunca puede quereros? ¿Habéis estado en la corte? Estuve con este deudo algún tiempo y, como quien tocó al ámbar por acierto y se le pega el olor hasta que vuelve a perderlo, así el olor de la corte se pegó al entendimiento, pero ya le va gastando aqueste traje grosero, que, en saliendo de la corte el aldeano más cuerdo, todo el olor del lenguaje se pierde por estos cerros. (Perote, llevome el alma esta mujer.) (Yo estó muerto.) (¿No oíste aquello del ámbar?) (Ya la olí, pero no lo entiendo.) Servíos, pues el aldea tan a la vista tenemos, de honrar mi casa. (¿Estás loco? Juro a Dios que, si ve el viejo que llevas esta mujer, que te dé al diablo por tercios y a mí por cuartos a partes.) Ya os he dicho que no puedo el pasar de aquí. ¿Es acaso tan del alma vuestro deudo que se me puede oponer? Parece que tenéis celos. Si se me opusiera el sol... ¡Oh, qué gracioso desvelo! ¿Queréis que os diga, señor, sin lisonja lo que siento? Vos traéis desconsertado todo el reloj del celebro. Sí, señora, y aun rompido, y no [ha] habido relojero que le pueda concertar. (¿Qué mujer es esta, cielos, que así me ha robado el alma? ¡Ay, Perote, yo estoy muerto!) (Si te mueres, Laura es mía, porque me caso al momento, pero aquí viene tu padre y tu hermana Feliciana.) ¿A qué vendrán? No lo entiendo. Aquí, señor, la dejé. Con Perote, a lo que entiendo, está hablando. No me vea en aqueste traje nuevo mi padre, que su disgusto temo, Perote. Lo creo. Él quiere ser labrador, tú quieres ser caballero y andan los diablos en casa. Perote. Luego hablaremos. Laura, al señor Pedro Hurtado di la carta... (Este es el deudo de Laura.) .y la voluntad responde con los efetos: en su casa te recibe. (¿Qué es esto que escucho, cielos? ¿En mi casa queda Laura?) (Salto y bailo de contento.) Laura, lo que manda el conde con mucho gusto obedesco por lo que debo a la sangre que heredé de sus agüelos. Dadme los brazos. Señor, en mí tendréis, esto es cierto, una criada que os sirva. Hija, a Laura te encomiendo. En mí una amiga tendrá, pues de verla me prometo felicidades y gustos. Solo serviros deseo. (¿Hay hombre más venturoso? Perote, de gusto pierdo el juicio. ¡Laura en mi casa!) (Esto del conde no entiendo.) (Se la encomienda a mi padre.) (Esa encomienda sospecho que la tray en la barriga.) (¿Qué dices, bárbaro necio? ¿No ves que es muy viejo el conde?) (¿Pues no son hombres los viejos?) (Villano al fin.) (Dígolo porque, si hay algún enredo, yo, que soy algo sofrido, podré pasar por lo hecho, aunque me pongan a cuartos la media luna del cielo.) Perote, ¿vino Fernando de la corte? Señor,... (Necio, no digas que estoy aquí.) (Eso no puede ser menos.) .hizo un vestido en la corte, y de vergüenza. ¿Qué es esto? ¿Este es Fernando, mi hijo? No puede ser. Sí, fue yerro de la mocedad. Con tantos plumajes en el sombrero sin duda ha volado el juicio, Fernando, por esos cerros. ¡A fe de hidalgo que estás cortesano caballero! ¿Cuánto ha costado el vestido? La verdad. Nunca yo miento. Cuatro mil maravedís. ¿Cuántos? Cuatro mil. ¿Qué es esto? Fuera de la crisma, vos no valéis la mitad de ellos. De aquesta suerte las casas se perdieron sin remedio. Fernando. Señor. ¿Y cuántas fanegas del trigo nuevo me habéis hurtado? Señor, siempre la verdad profeso. (No lo digas.) Cien hanegas vendidas a real y medio hicieron este vestido. ¿Cien hanegas? Solo siento que las dieses tan baratas. ¿Hay tan grande atrevimiento? ¡Quitaos luego ese vestido! Rapaz ver a caballero... ¿Os metéis sin haber ido a servir al rey primero? ¿Vos, pasear en la corte entre tantos homes buenos, de vicios vestida el alma, de seda y locura el cuerpo, sin haber primero visto la cara al moro soberbio, armado de punta en blanco entre la escarcha y el hielo? ¿Vos, sin haber conquistado, como yo en mis años tiernos, al rey ciudad o castillo, os vais a palacio, haciendo gala del talle y el brío, afeminando con esto vuestra noble sangre, dando qué decir a los ingenios, qué sentir a los valientes y qué mormurar al pueblo? ¡Así se pierden las casas de los mejores imperios! ¿Qué importa que decendáis de los nobles de este reino si lo que ellos conquistaron con la sangre y el acero vos lo amancilláis, cobarde, con traer a todo tiempo el ámbar, la seda y el oro viles, de la corte anzuelos, donde la honra se enlaza y el sacro honor queda preso? ¿Así me gastáis la hacienda? Tú tienes la culpa de esto, Feliciana, que no guardas el trigo de los graneros. En la parva lo ha cogido, porque yo las llaves tengo de los graneros, señor. ¿En la parva? (Malo es esto.) Luego cómplice es Perote. (¿Estás agora contento?) Perote. Señor... ¿Qué trigo es este? Trigo del cielo, que lo da Dios a montones y a Fernando, como es bueno, sin sembrallo se lo da. Tú eres un ladrón y pienso castigar tu alevosía. Yo, señor, ¿qué culpa tengo de lo que roba tu hijo? ¿De qué montón lo cogieron? (Del sétimo lo hurtaras.) ¿Cuántos caminos has hecho? No se sabe cosa cierta. Lo que sé: que en este juego, a cada ida y venida, jugábamos a los cientos. (Perote, ¡que me destruyes!) (¿Y tú qué hiciste primero?) (Lo del granero no digas.) (Esto no tiene remedio.) Muy perdido andáis, Fernando, mas ¿que no tenéis dinero del trigo que me vendistes? No tengo un real. Yo lo creo. Ayer compraba un caballo de regalo. ¡Bueno es eso «de regalo» que decís! ¿De guerra? ¡Pesia a mi agüelo! Vos, caballo de regalo. Dice bien, basta un jumento. Señor, cuando el rey don Sancho, mi señor que guarde el cielo, salga a campaña... Adelante. .su persona iré siguiendo, y por la cruz de esta espada que no he de volver a veros sin conquistar como noble o morir todo Toledo. ¡Eso sí, cuerpo de Dios! Por esos buenos deseos os contaré cien escudos para que compréis con ellos seis caballos africanos. Padre y señor, tus pies beso por tan singular merced. ¡Para, para! ¿Qué es aquesto? Señor. ¿Qué hay, Gila? Ha llegado, por el siglo de mi agüelo, a tu casa el señor rey con algunos caballeros en cuatro carros, vestidos de damas y terciopelo. (Señora, tu hermano es este.) (Alguna desdicha temo si sabe que estoy aquí. Retírate.) (Dé este el cielo remedio a tantos pesares.) (Valor para todo tengo.) ¿Vuestra alteza, gran señor, en aquesta humilde aldea? Pedro Hurtado, quien desea haceros todo favor, tan debido a vuestra lealtad, debe anteponer prudente al olvido un acidente, afecto de mi amistad; de Burgos paso a Zamora y tengo que hablar con vos. Quedemos solos los dos. Señor, el alma os adora. Salíos todos afuera. Todos de juicios salimos. (¿Qué querrá el rey a mi padre?) (Aquí hay secreto escondido.) (¿Qué llevo de pensamientos?) Ya, señor, todos se han ido. Mirad lo que me ordenáis. Estadme atento. Remito a vuestro decreto sabio las leyes de mi albedrío. Pedro Hurtado, el rey, mi padre, de quien soldado y ministro fuistes un tiempo, igualando lo militar con el juicio, un mes antes que muriera, como tan cuerdo, me dijo que, si algún negocio grave se me ofreciese preciso al estado, que tomase el consejo peregrino de vuestra mucha espiriencia. Norte de aciertos divinos, llamaros quise a la corte, mas, viendo que solicito secreto a mi confïanza, quise hablaros de camino sin dar parte en el consejo a mis mayores ministros. Ya sabéis cómo mi padre dejó el reino repartido en García y en Alfonso y que, sin prudente aviso, a Urraca y Elvira dio, dentro de mi reino mismo, a Toro y Zamora. Sé, gran señor, que dividido dejó cuanto había ganado, heredado y adquerido. Supuesto, pues, que mi padre, sin atender al preciso punto de estado que ordena y manda que solo un hijo suceda en todo el imperio, yo pretendo a un tiempo mismo desposeer mis hermanos de aquello que no han podido heredar, pues el derecho conocidamente es mío. Antes que mueve la guerra, alteralla no he querido sin tomar vuestro consejo. ¿Qué decís? Que mis avisos son breves porque no gasto, con retórico artificio, palabras de cortesanos y así, gran señor, os digo que el yerro que vuestro padre conocidamente hizo no lo podéis enmendar. Si el derecho es conocido, ¿por qué no podrá la espada dar al rebelde castigo? Porque están en posesión vuestros hermanos ―y he dicho mucho en aquesta palabra― y, aunque vuestro señorío dome el menor, siempre os quedan los corazones vencidos neutrales, desposeyendo el que por dueño han tenido. ¿No soy su rey natural? La hora que dio a sus hijos vuestro padre este derecho, ellos primero lo han sido. No pudo mi padre dar lo que justamente es mío. El daño que vuestro padre, por amor o por capricho, hizo al reino ya está hecho. ¿No puede ser redimido con las armas? No, señor, que me escuchéis os suplico. Al padre toca mandar y al buen hijo obedecer porque usa mal del poder quien no sabe gobernar. Manda de padre, señor, siempre vive eternamente porque es una luz viviente en tribunal superior. Quien la rompe nunca vive porque en este mundo junto el que vive es el difunto y el difunto es el que vive. Es testamento veloz, es cuando se deja en calma una obligación con alma y una escritura con voz. Si es polvo un difunto, amar debemos estos despojos, que, si el polvo da en los ojos, pueden los ojos cegar. El vivo fue entre los dos el que lo llora después, que el difunto no lo es, pues está a cuenta de Dios. No es el político intento el estado superior, que no hay estado mejor que cumplir un testamento. No os fïéis en los amigos que aprueban consejos vanos, que hasta los mismos gusanos serán vuestros enemigos. No culpéis la división del testamento fïel porque, si vais contra él, os echa su maldición. No agraviéis a los ajenos reinos por ser superior, ¿qué, en vuestro imperio, señor, es un reino más o menos? De los príncipes cristianos es guardar este decoro, quitemos el reino al moro, pero no a vuestros hermanos; porque hablando entre los dos católicamente digo que será vuestro enemigo, sí, la justicia de Dios. Yo no os tengo de engañar, cuadre mi dicho o no cuadre: el que no obedece al padre nunca se puede lograr. El estado es un espejo donde el valor se ha de ver. Vos bien lo podéis hacer, pero no es por mi consejo. Si salgo a campaña armado, ¿no me habéis de ayudar vos? El primero, ¡voto a Dios!, aunque yo pierda mi estado. Una cosa es el consejo y otra, señor, la lealtad, porque una y otra verdad se miran en un espejo. Hijos, vida, hacienda, honor están a vuestro servicio porque el mejor sacrificio es serviros con valor. En mí un vasallo tenéis, mirad bien lo que ordenáis porque de lo que mandáis a Dios la cuenta daréis. Esa perfeta lealtad será con eternos lazos a mi voluntad unida. Sois príncipe soberano y en vos no es nuevo, señor, honrar el blasón de tantos antecesores que dieron gloria a la casa de Hurtado. Vea yo vuestra familia por lo que deseo honraros. ¿Tanto honor? Hijo. Señor... Llegad, besaréis la mano a su alteza. ¿Es vuestro hijo? Sí, señor, es mi Fernando, que solo aguarda serviros en la campaña. Reparo, señor, en que no meresco besar los pies que humillaron los africanos imperios. Alzad, don Fernando Hurtado, que en la primera campaña con el bravo castellano don Rodrigo de Vivar, de toda el África espanto, con un tercio de los leoneses seréis maese de campo. ¡Tanto favor, gran señor! ¿Quién sois? Perote me llamo. (Quita, necio.) Yo, Perote. (Desvíate, mentecato.) ¿Qué oficio tenéis? Perote. (¡Vive el cielo de un villano!) ¿Sois crïado? Só perote. Hija, besalde la mano a su alteza. Mi humildad, poderoso rey don Sancho. Es Feliciana, mi hija. (Y del mismo sol traslado.) Alabo tanta hermosura. (Desde que entré he reparado en aquella labradora, no vi más bello milagro de perfección y belleza.) (A Laura el rey ha mirado.) Fernando... Señor... Oídme. (¡Qué desdicha! ¡Yo me abraso!) ¿Quién es esta labradora? Hija, señor, de un hidalgo de Briviesca, en casa sirve a mi hermana. Es un traslado del Amor, es un prodigio. (¡Cielos! Vámonos despacio.) ¿Y qué nombre tiene? Laura. Laura, y el laurel sagrado merece con el imperio del mundo. (¡Cielos! ¿Qué aguardo?) Laura, llegad. Yo, Perote. No os digo a vos. Soy un asno. ¿Qué es, señor, lo que mandáis? ¿Ha mucho que a Pedro Hurtado servís? Con la voluntad le he servido muchos años porque por padre le tengo. ¿Murió el vuestro? Este verano. ¿Tenéis hermanos? Señor, uno que se llama Sancho. ¿Adónde asiste? En la corte. ¿Qué ejercicio? Es gran soldado. ¿Soldado? Premiarle espero. Decid que acuda a palacio. Yo, Perote. (Basta, Laura.) No merece es caso llano vuestra hermosura divina ese traje. (Amor es rayo de celos.) (¿Oyes, señor? Lindo lance hemos echado.) (¿Qué dices?) (Que el señor rey a Laura...) (Calla, villano. ¿Oístes lo que le dijo?) (Sí lo oí... Me lleve el diablo si tiene buen pensamiento.) (¿Quiérala el rey? Habla bajo.) (Así me quisiera a mí.) (Llegar, Perote, a estorbarlo.) (¿Y si me manda ahorcar?) Señor,... (Cansado villano.) .aquí está Gila. Llegad. Si vos sois rey soberano y yo pobre montañesa. Luego hablaremos despacio. Aquí está Gila, señor. Sí, señor, Gila me llamo. Cierne en casa, amaza en casa, cuese en casa y no me caso con ella porque sospecho... ¿Qué heis de sospechar, villano? Que estáis como vuestra madre. Señor, palabra me ha dado. De daros, con un garrote. Ya sé que estáis... Hablad paso. .enquillotrado con Laura. Calla, mujer del dïablo. No quiero, que estoy celosa. Son celos porque yo callo. ¿Qué tengo yo que callar? Más tenéis de treinta callos. ¿Yo, callos? Todos callemos. Que nadie vive callando, uncíos al matrimonio. Ya yo estoy en el arado. Veinte y tres carneros tengo. Conmigo hacéis veinte y cuatro. (Tello, divina mujer.) (Es de Amor milagro raro, y Filiciana, a mis ojos, del cielo vivo retrato.) (Laura, ¿qué te dijo el rey?) (Palabras de cortesanos.) (¿Qué te ha parecido?) (Siempre los reyes a los vasallos parecieron como reyes y señores soberanos. Parece que la color, Fernando, se te ha mudado.) (¡Ay, Laura, no estoy en mí!) (¿Son celos?) (Muerto he quedado.) (¿De qué?) (De que el rey te viese.) (Luego me quieres...) (Te amo con tanto estremo que al sol celaré, Laura, los rayos.) (Vive, Fernando, seguro, que en este traje villano vive un corazón muy noble.) (Con eso me has alentado.) (No imagines que lo digo porque yo te quiero.) (Vamos con que yo no lo meresco; el favor que de ti aguardo es que no quieras a otro.) (Vive, señor, confïado porque no quiero a ninguno.) (Vivid, corazón humano. Buenas nuevas te dé Dios, pero dime, ¿con el trato, la fineza y el cariño no podrá tener Fernando esperanza de un favor?) (Mira la flor en el campo, para que la vea el sol la enamora todo el año.) (¡Yo enamoraré mil siglos!) (Hablemos con más recato, que tú no ves lo que veo, como estás enamorado.) La noche, señor, se viene, feliz para mí. El palacio de la voluntad es bueno, suplid, como soberano, de este albergue los defetos. Noble Hurtado, amigo, vamos. (El rey no aparta los ojos de Laura.) (Tello ha mirado con cuidado mi hermosura, pero venza mi recato esta firme inclinación.) (Que una villana ha llegado a sujetar mi albedrío...) (Amor, el norte sigamos de la voluntad, venciendo la incostancia de los astros, que, aunque es humilde el sujeto esteriormente mirado, el alma con mudas voces me dice que este milagro la dicha de merecerlo es la gloria de alcanzarlo.)

JORNADA SEGUNDA

¿Deseas gozar, señor, esta montañesa hermosa? La majestad poderosa también la sujeta Amor. ¿Qué te ha causado desvelo? No ha hecho naturaleza, Tello, tan suma belleza. Que aquí ha de volver recelo a aderezar con el arte este cuarto donde estás. Si entrare Laura, podrás, Tello amigo, retirarte. Ella viene. ¿Una villana puede causarme temor? Es muy poderoso Amor. (Voy a ver a Feliciana.) Entra, Gila, la cortina y en la alcoba la pondrás. Laura, tú la colgarás. (Su hermosura es peregrina.) ¡Ay, con el rey hemos dado! ¡Por la honra de mi madre y el buen hombre de mi padre! Pues ¿eso te da cuidado? Vamos por esta escalera al otro cuarto. Es verdad. Hermosa Laura, esperad. (Cogionos en ratonera.) ¿Qué es lo que mandáis, señor? A solas os quiero hablar. Retiraos a descansar, que es tarde. No puede Amor. Vuélvete, Gila, que quiero hablar con Laura. Haré allá que Laura se queda acá, con ella volverme espero. ¿Qué dices, Laura? ¿Mi estado de hablar con el rey qué pierde? Si entras con vestido verde, le has de sacar encarnado. Mi honor de cualquiera modo ha de ajustarse a la ley. ¿No sabes, Laura, que el rey es, amiga, sobre todo? Retírate. ¿Qué queréis? ¿Usar de alguna cautela? Por el alma de mi agüela que he de ver lo que le hacéis. Bien te puedes retirar, que yo quedo muy segura. Esta fruta es madura y no se puede guardar. Gila, luego al punto iré. ¿Lloras? Sí. Yo iré volando. Las carnes me están tembrando, Laura, de lo que yo sé. ¡Oh, qué villana tan necia! Alguna fuerza imagino. Oyes, si fuere Tarquino el rey, ya entiendes, Lucrecia. Diga vuestra alteza agora lo que manda. Laura mía, deidad con luce, el día desde que te vi te adora el alma con tal afecto que inmortalizó constante entre las leyes de amante su bien fundado concepto. Dichosa, Laura, serás si correspondes gozosa a mi fineza amorosa y, pues en el alma estás, justo será que un favor dediques a mi grandeza, pues la ofresco a tu belleza en el altar del amor. Dame la mano, mi bien, norte feliz que me guía. (Válgame sancta María por siempre jamás, amén.) Pienso que os cansáis en vano en pretender mi favor porque en el juego de amor os perderéis por la mano. Joya que por justa ley puede mi amor conquistar muy bien la puedo ganar. Que no soy pieza de rey. ¿Cómo no? Porque los dos tuvimos al nacimiento un crüel impedimento, sí, por esta cruz de Dios. ¿Impedimento? ¿No veis que yo soy una villana y vos deidad soberana? ¿Qué mayor daño queréis? Pues, si aquesta desigual unión el amor juntara, decid, ¿qué tela sacara del brocado y del sayal? ¿Esa tela peregrina? Laura, ¿concluïste ya? ¿Has corrido la cortina? No, Gila. (Aquesta villana ha de irritar mi paciencia.) ¿No se acostó su esquilencia? ¿Lo guarda para mañana? ¿Hate hecho mal? Qué importuna. Yo soy de mi honor crisol. Laura, si perdiste el sol, no te quedes a la luna. Vuélvete, Gila, al momento. Laura, mira que Fernando te está allá fuera aguardando. Adiós, señor. No consiento que os vais sin haberme oído. Dile que el rey me llamó. (Acabose, ella gustó de hablar con este entendido.) Estos no son testimonios. No tienes que recelar. (Otra vez quieren hablar. Hártense con los demonios.) Mirad, señor, que me llama Pedro Hurtado mi señor. Si te detiene el amor, culpa su amorosa llama. (Celos, ¿adónde lleváis mi irritado corazón?) Duélete de mi pasión. Un imposible intentáis. ¿Me desprecias? ¿Cómo puedo despreciaros siendo el rey, a quien por tan justa ley debo amar? (Sin alma quedo.) ¡Ay, Laura, no reina en ti ese amor! Pluviera a Dios que, como os quiero yo a vos, me quisiérades a mí... Pues, si es así, determino luego a la corte llevarte. Que no va por esa parte el agua para el molino. («Si como yo os quiero a vos me quisiérades a mí»... Cielos, ¿qué es esto que oí?) Repara, mi bien... Adiós. Escucha... ¿Qué he de escuchar? Oye... ¿Qué tengo de oír?Si tú pudieras venir... Idos, señor, a costar. ¿Me aborreces? No es posible. ¿Quiéresme bien? Claro está. ¿Tu mano? Quítese allá. ¿Serás mía? Es imposible. ¿Y mi amor? ¿Y mi decoro? Yo le estimo. Yo también. Repara... No me está bien. Mira, mi bien, que te adoro Suelte, digo. Tu belleza... No se canse. Una pasión... Suelte, digo. La ocasión... ¿Qué me manda vuestra alteza? ¿Quién os dijo que os llamaba? Gila, gran señor, me dijo que me llamabais agora. (Disimular es preciso esta pasión.) Don Fernando, esté todo prevenido para partirme mañana a Zamora. (¡Qué delirio!) (De qué tray mosca mi amo los tábanos me lo han dicho.) Laura, ¿te vas a Zamora con el rey? Aun no ha partido hasta agora. ¿Por qué causa? Aunque pudiera decirlo, la fortuna no me deja. ¿Quién te lo impide? Un peligro. ¿Qué peligro? El que yo sé. Con un rey nadie ha temido. No le soy muy desigual. ¿Qué dices? Lo que te digo. Sin duda el favor del rey, Laura, te ha desvanecido. Ha mucho que yo lo estoy. (Ella ha perdido el joïcio o tiene el rey en el cuerpo.) (Los celos hacen su oficio. ¡Oh, pesia mi amor!) ¿Qué tienes? ¿Qué ha de tener? ¡Lindo dicho! Tiene un poquito de azogue en el corazón metido que hace rabiar a los hombres. Laura, yo pierdo el sentido, Laura, cuando yo te vi, Laura, cuando el cielo quiso que a la margen de una fuente cuyo laúd cristalino te bailó el agua delante entre mudanzas de vidro, no imaginé que tus ojos... No pintes con artificio esa celosa pasión, sino dime con retiro, algo alterado el semblante, disgustado el albedrío, con mucha noche los ojos, con poco día el cariño, entre dos luces los celos ―porque nunca la han tenido―: «Laura, yo oí, yo noté que el rey don Sancho te dijo ―o te contó, que es más propio―, en aqueste cuarto mismo, a reales los requiebros, a ducados los suspiros, a títulos las palabras y el amor a señoríos; y que tú le respondiste, si no mienten los oídos, que así te quisiera él, como tú le habías querido». ¿No es esto así, don Fernando? ¿No pasó cuanto te digo? Sí, Laura. Mira si yo, sin fuente, prado ni río, mudanzas, vidros ni penas, tu vana pasión he dicho. ¿Vana es mi pasión? Muy vana. ¿Qué dices? La verdad digo. Mira, Fernando, a don Sancho adoro, quiero y estimo por mi señor y mi rey; y, si como le he querido y quiero me amara él, ni yo te hubiera servido ni él me hallara en este traje. Mi honor es tan claro y limpio que al sol puede compararse la honestidad con que vivo. Vamos agora a tu amor. Tú me quieres, ya lo he visto; yo te estimo, ya lo sabes; yo soy pobre, tú eres rico; yo, crïada, tú, señor; yo, humilde, tú, bien nacido; burlarte de mí es locura; engañarme es desatino; ser yo agradecida, sí, no serlo tú, desvarío; luego, si no has de poder lograr en mí tu digsinio, deja los celos aparte, que ni dallos ni pedillos nos está bien a los dos porque al cabo, señor mío, como suele suceder, te casarás sin peligro con otra mujer y yo con quien Dios fuere servido. Bien haya quien te parió y aun el padre que te hizo. Laura dice la verdad, ella casará conmigo. ¿De modo, adorado dueño, que al rey don Sancho has querido como a rey, no como amante? Sí, señor, lo mismo digo. Vete, Perote, allá dentro. Has cuenta que ya me [he] ido. Pues, Laura, los casamientos que por impulso divino están decretados nunca dejaron de ser cumplidos. Si me quieres por tu esposo, desde luego dejo escrito con sangre del corazón este pacto peregrino. La virtud y la hermosura son las joyas que yo estimo; seas de humilde linaje, yo por reina te recibo en mi alma, desde luego. ¿Qué respondes? Que confirmo tu palabra sin que llegue tu honor a violar el mío, (que, si tú sin conocerme quieres honrarme, es preciso que, si supieras quién era, me estimaras infinito.) Pues, Laura, con el decoro que debo a tu honor divino hasta que ligue la iglesia dos corazones unidos, desde hoy tu esposo me nombro. Y yo por tu esposa vivo. Tú verás que con el tiempo... Tú sabrás del tiempo mismo... .lo que mi alma te adora,... .lo que tu persona estimo;... .pues ha de querer el cielo... .en él, Fernando, confío... .que sepas mis pensamientos... .que te declare los míos... .para que diga la Fama... .para que sepan los siglos... .que fue mi amor inmortal. .que fue mi amor infinito. ¿Vos, queréis a Laura vos? Sí, yo quiero a Laura, sí. ¿Y mi honra? No la vi. ¿No la vistes? No, por Dios. Pues Laura os ha de querer si es servida de los godos. Non porta. Quiéranla todos, después será mi mujer. Animal, ¿qué tengo yo? Sos tan flaca que no sé, Gila, cómo estáis en pie. ¿Yo, fraca? No, sino no. Mirad aquesta belleza, que es cuanto se puede ver. Gila, yo no he de caer en semejante fraqueza. No andemos de seca en meca, que una rosa blanca soy. ¿Rosa blanca? Loco estoy, no sois sino rosa seca. Yo nací con el abril, pruebo que soy azucena Para argomento sois buena por lo delgado y sotil. Perote mío, si truecas mi amor por otra mujer... Yo me caso por comer, no quiero mujer a secas. ¿Esta cara no te agrada? ¿Qué cara? Que no la veo. ¿No la ves? Sin duda creo que naciste descarada. En fin, queréis ofenderme. Gila, no os canséis, por Dios. Casaos con Laura, que a vos os pondrá... ¿Qué ha de ponerme? Que Laura es mujer de ley y para que engorde, hermana, me dará cada mañana agua de lengua de buey. Si quieres, Gila, saber si me quiere, ayer la vi y en su cara eché de ver que está tan ciega por mí que ya no me puede ver. Todo el mayo y el abril a la ermita se llevó, fuila siguiendo sotil y, aunque tan cristiana entró, por Dios que salió gentil. Saqué mi rosario luego, aunque no sé para qué, siendo yo amante tan lego, mas por Dios que le recé dos oraciones de ciego. El rosario con pasión en la mano le traía y, al rezar, mi devosión; cuando la cuenta caía, caía la tentación. Aunque rústico villano, vine a caer en la cuenta, notando como cristiano que ella mataba sin cuenta, teniéndolas en la mano. Como a Dios con alma oraba, mormuraron los presentes si entre dientes le alababa, mas no rezaba entre dientes, entre aljófares rezaba. La esperanza con verdad a la fe le pidió un sí y logró su voluntad, solamente para mí le faltó la caridad. Besó con gran reverencia la cruz, pero yo, avestruz, podré decir en conciencia que, si ella llevó la cruz, llevé yo la penitencia. La mía ha de ser peor, que no me duermo en las parvas y os he de sacar las barbas. ¡Mujer del diablo! ¡Traidor! Pascual Llorente, señora... Vos de Laura enamorado... Ya las barbas me has quitado. Los cabellos van agora. Morirás, viven los cielos. ¿Quién causaba aqueste rumor? Perote ¿qué es esto? Amor. Gila, ¿qué es aquesto? Celos. Bruto inorante, ¿por qué a la labor no acudís? Y, vos, ¿por qué no servís la casa? ¿Qué causa fue la que con tantos desvelos ocasionó vuestro error? ¿Qué es esto, Perote? Amor. Gila, ¿qué es aquesto? Celos. Celos y Amor, entrad luego a esotro cuarto los dos. (Mala landre te dé Dios.) (Y a ti te abrase mal fuego.) ¿Qué dices, Nuño? Señor, esto que te digo pasa: a la raya de Aragón, de Galicia y de Viscaya, Navarra y Andalucía se dio aviso, mas Costanza, tu hermana, no ha parecido. Dicen, gran señor, que Urraca, Elvira, Alfonso y García sienten que la has muerto y tanta es la común opinión que viene, señor, de Francia Hen[r]ico que por la parte de su madre es de Costanza primo hermano a hacerte guerra y para que esto cesara fuera importante al estado que pareciera tu hermana para sosegar, señor, hasta prevenir las armas los ánimos de esta gente. Si no parece Costanza, es inútil el consejo. Nuño, cuando fue a buscalla, llevó su retrato. Oye un adbitro de importancia: Laura, aquesta montañesa, parece mucho a la infanta. Mira el retrato. Es verdad. Digo yo que con llevarla a la corte en traje noble, fingirse que es la infanta, que será muy conveniente, y, si parece Costanza, con decir que su retrato que muchas veces engaña y no haberla visto tú será muy bastante causa para que tú te prevengas de gente, dinero y armas. El francés quede seguro, sin recelo tus hermanas, tus vasallos satisfechos y sin alboroto España fuera de que, si pretendes gozar de aquesta serrana, la has de sacar de esta aldea. Tello, tu adbitro me agrada; irás conmigo dos leguas y volverás a llevarla a mi palacio de Burgos, mas no le digas a Laura hasta sacalla de aquí que ha de fingirse mi hermana, por lo que importa al secreto. Cumpliré lo que mandas. ¿Tan de mañana, señor, queréis partiros? Conviene quien tantos cuidados tiene, Pedro Hurtado, con valor ser un Argos vigilante, en la paz como en la guerra, para defender su tierra. En un rey es importante la vegilia y el desvelo para saber gobernar, pues tiene el mismo lugar que tiene el sol en el cielo, comunicando, señor, a su imperio sin segundo los rayos, como hace al mundo ese planeta mayor. (Tello, son vanos despojos los de un amor bandolero, que el que ha sido verdadero luego se viene a los ojos.) (Prendiome vuestra beldad y así me parto a morir.) (Lo que yo os puedo decir, que queda sin libertad.) (Presto ha de volver a veros.) (¿Cuándo?) (Esta noche.) (¿Os burláis?) (Cuando tan segura estáis que hallé la vida en quereros, ¿dudáis de que volveré?) Está todo prevenido. Fernando, ¿Fabio ha venido? En la quinta le esperé y dispuse el carruaje en buena forma. Qué error. Han de ir los asnos, señor. ¿Qué es lo que dices, salvaje? Laura... Gran señor... Llegad. ¿Cómo os va de pensamiento? Señor, el entendimiento me quitó la voluntad. ¿Podré tener confïanza de mi amor? Vuestra pasión nunca tendrá posesión aunque halague la esperanza. ¿No decís que me queréis? No dudo de esa verdad. Pues hablad con claridad. Es que vos no me entendéis. (El rey con Laura.) (Advertid...) (¿Quién no se precia de amante?) (Mirad, que será importante... ¿Qué tenéis?) (Nada. Decid.) Este diamante... (¿Qué veo?) .recebid de mí, que son sus luces del corazón. Señor, ¿tan grande trofeo... (Un anillo.) .en mí se halló?(Recibiolo de su mano.) (Oíd, Fernando.) (Es en vano.) Señor, ¿vase el rey o no? Es hora ya de partir. Sí, señor, y se hace tarde. La voluntad hace alarde de su amor para vivir. Perdonad el hospedaje, indigno, rey y señor, de tan supremo favor. No es nuevo en vuestro linaje, Pedro Hurtado, el hospedar reyes en el corazón. Ese es mi mayor blasón. La tardanza da lugar a decir que se hace tarde. (Adiós, Feliciana.) (Adiós.) (Tenemos que hablar los dos.) Pedro Hurtado, Dios os guarde. Laura... Fernando... ¿Has sentido la ausencia del rey? ¿Son celos? ¿Celos? ¿Qué decís? ¿De qué puedo yo, Laura, tenerlos? ¿Tú al rey no hablaste ¡ay de mí! al despedirte en secreto ni tus ojos claro está leyendo los pensamientos del alma no le halagaron las luces de sus deseos? ¿El qué miras? Un diamante tan hermoso, claro y bello, tan cuerdo, tan entendido si puede un diamante serlo que con su boca de luces se está, Fernando, riyendo de mí por ser tan discreta y de ti por ser tan necio. Míralo bien, por tu vida, ¿no es del mismo sol espejo? Sí, por cierto. ¿Te deslumbra? No, Laura, que ya estoy ciego. ¿De sus rayos? Sí, que son saetas que con desprecio me tiras al corazón. No digo yo que son celos... Son fondos como el diamante porque pudieras venderlos a quien te pagara mal la fineza de tu afecto. ¿Quieres comprarme esta luz? Ay, Laura, no tiene precio porque es diamante real. ¿Y, si yo te le presento por que te alegre la vista y porque yo no le quiero, le recibirás, Fernando? ¿Es fineza o cumplimiento? Es que tengo otro diamante que vale más que un imperio en el corazón y, como este diamante es veneno en mi mano y en la tuya será una antorcha del cielo, te le doy porque me basta el que yo tengo acá dentro. El rey te le dio. Es verdad y, si como tiene precio valiera un mundo, a tus pies pusiera este mundo entero. Déjame besar los tuyos. ¡Ay, Laura, cuánto te debo! Conoces lo que te estimo. ¿Estás agora tan ciego? El diamante me dio luz. Es diamante, yo lo creo. Entra y verás que, señor, la dice dos mil resquiebros. No dirá, porque me quiere Laura tanto como a un perro regalado, y yo só galgo que alcanzó sus pensamientos. Que me perdones te pido, que un celoso nunca es cuerdo y, por que celebre Amor la castidad de mi pecho, dame los brazos. ¡Qué gloria! ¿Estás agora contento? ¿Quiérete Laura, animal? Yo lo veo y no lo creo. ¿Hay tan gran bellaquería? Mas será de cumplimiento. Tu mano hermosa de nieve temple mi amoroso fuego. ¿Ves que le besa la mano? Poco a poco, a lo que entiendo, hará el diablo de las suyas. []Y bien, ¿estás satisfecho? Gila, que la bese o no, yo tengo el diablo en el cuerpo. Si te casares con Laura, ¿qué dirán de ti en el pueblo? ¿Qué han de decir? Que soy hombre de muy grande entendimiento, pues con un cornado solo triunfo como gasto y bebo. Mi padre, Laura querida, que va esta noche sospecho a dormir a esotra quinta, y voy a verle. Ya vengo. Gila, vete a la cocina, que estó colérico y pienso castigar a Laura. ¿Tú? Sí, que de celos reviento. Mira, no salga, señor. Como esto pasa, yo llego a dalle cuarenta coces, treinta y nueve más amenos. Suprícote, Laura, en medio de mi rabioso dolor, pues me caso sin remedio contigo, que mi señor no se meta de por medio. Es verdad que só zufrido y que no te ha de ofender, pero de él he presumido que me deje sin mujer a la luna de marido. Alabo a más no poder tu caridad, pues es llano según se deja entender que, si no le das la mano, se deja el pobre caer. Que te abraso, cosa es llana, pero es partido endiablado luchar con el hombre, hermana, que el varón es muy pesado y la mujer, muy liviana. Si mi amo sin aviso, sin más alma que Mahoma, comer de la fruta quiso, como norabuena coma, mas salga del paraíso. Si quieres saber mi fe, aquí está Gila y es llano que me quiere, yo lo sé, mas ella no da la mano porque a todos da de pie. Es mujer que hila en arcos cuando va con el ganado y con unos ojos zarcos a mí me tiene hilado a la rueca de san Marcos. Aunque de casa es crïada, la crïanza pone miedo cuando sale malcrïada, que, aunque crïada la quiero, no la quiera tan crïada. Últimamente, si vos me queréis como ello es, os pido, pues somos dos, que no lleguemos a tres, por la caridad de Dios. Perote, Gila es mi amiga y te has de casar con ella, que es muy honrada doncella. Eso sí, doite una higa. Laura páguete, señor, la buena obra. Perote, la virtud siempre fue el dote de más estima y valor. Luego ¿no me quieres? No. Salto y brinco de contento. ¿Quién deshizo el casamiento? La puta que te parió. Laura. Señora. Esta noche, según mi hermano me dijo, se fue mi padre a la quinta y es justo que prevenido esté, para cuando venga, ese cuarto que ha servido de sala real a don Sancho. Güélgome de haberle visto. ¿Qué te pareció? Señora, como un rey me ha parecido, que linda presencia tiene. Es agradable, begnino, severo, majestüoso, partes de un monarca invicto. ¿Viste a don Tello? También. ¿No es galán? Es un Narciso. (Si no me engaño, esto basta.) Laura, la verdad te digo porque sé que eres prudente, yo quedo sin albedrío, tan prendada de su talle que no sé si muero o vivo. Pues que le excedes en sangre, ¿será tu esposo? Preciso será dar cuenta a mi padre que, pues del rey es valido don Tello y de noble sangre, a nuestro blasón antiguo nunca le puede estar mal. Señora, Tello ha venido con otros seis caballeros. ¿A qué vienen? Él me dijo que volvería esta noche a verme. Es amante fino. Señor don Tello. Mi bien, que me escuchéis os suplico aquí aparte. (¿Oyes, Perote, muesa ama?) (Ya te he entendido. Todos andamos en casa dados al demonio mismo.) (Perote, ¿qué ruido es este?) (¿Oyes? Don Tello ha venido.) (¿Qué dices?) Señor don Tello, ¿otra ves habéis querido honrar esta casa? Yo de vuestra sangre recibo, señor don Fernando, honor. Vos seáis muy bienvenido, ¿no podré saber la causa? Que me escuchéis os suplico. El rey don Sancho me ordena el secreto no imagino ni le sé que lleve a Laura... (¿Qué escucho, cielos divinos?) .a Burgos y en su palacio, con el decoro debido, a su persona la deje. (Toda soy de mármol frío.) (Gila, don Sancho a esta polla se la llevó de codillo.) Ya las carrozas aguardan. (Pues ¿qué importa, señor mío, que aguarden?) (¿Qué dices, Laura?) (Que yo he de morir contigo.) (¿Eso dices? ¡Voto a Dios que, si los astros divinos llovieran Tellos, que todos se fueran por su camino!) Señor don Tello, mi padre no está en casa, yo os suplico que hasta que venga el decreto se suspenda. No he venido sino solo a ejecutar todo cuanto el rey me ha dicho. Vos sois mozo y el amor, la gala, el valor, el brío o el poder, que tiene siempre arrogamientos precisos, puede ser. Os engañáis. Orden del rey he traído. Pues, si es así, los vasallos, cuando son tan bien nacidos como yo, siempre obedecen los mandamientos divinos de su rey. Vida y honor, don Tello, le sacrifico; venga el decreto firmado de su mano, que yo digo lo mismo que vos decís. Yo, señor, no necesito de firma, que su palabra con mi verdad la confirmo. ¿Sois ministro? Claro está. Pues siempre traen los ministros decreto de los jüeces. Yo lo soy. No lo habéis sido ni yo os conosco por tal. Hermano, si el rey lo ha dicho, justo será obedecer. Feliciana, no te pido consejo. Vete allá dentro. De parte del rey os digo... No sé lo que me decís si no me habláis por escrito. Busco una tranca al momento. A mi honda me remito. Señor don Tello, Fernando... Otra vez os notifico que me he de llevar a Laura. No llevaréis, voto a Cristo, aunque yo pierda mil vidas. El valor haga su oficio. Hermano, Tello, señor... Déjenme, con este piño que los he de espachurrar y yo con este estallido... A esotra puerta, señor, que llueve el cielo granizo. A uno le [he] abierto los sesos. Aquí hay, señor, un postigo. Salid por él al momento. Laura ha encontrado conmigo; aquí está Laura, señor. Sacalda luego al camino. ¡Hombres del demonio! Calle. Perote, Lorenzo, Silvio, ¡que me roban, que me roban! Llevalda a Burgos, amigos.

JORNADA TERCERA

¿Viene cansado tu alteza? No, Tello, porque el cuidado cesó con haber llegado. En fin, la hermosa belleza de Laura en Burgos está. Ya, gran señor, te conté cómo a la quinta llegué, la resistencia que allá hizo don Fernando, pues solo pudo mi valor sacar a Laura, señor, de tan fiero y descortés villanaje que, irritado de su ciego atrevimiento, despreció tu mandamiento. Él quedará castigado. (Válgale a Fernando aquí ser de Feliciana hermano.) Fernando, señor, es llano que no se fïó de mí por no llevar de tu mano el decreto y su disculpa hace más leve la culpa, en fin, de tanto villano. Con la obscuridad, señor, de la noche me libré y a Laura luego entregué a doña Bela Villamor, que con seis de sus crïados que a Laura no conocían en dos carrozas corrían por los valles y los prados. Yo, sin hablalla, al momento a Zamora me partí, adonde cuenta te di de mi bien logrado intento. A doña Bela le ordené que en traje de cortesana pusiese a Laura. Se allana no haber sido lo que fue y, pues habemos llegado a Burgos, para decir a Laura que ha de fingir ser de la infanta traslado, di que luego a mi presencia la traigan, porque mi amor efetos de su rigor ha crecido con la ausencia. Ya vienen aquí con ella los que la han acompañado. Confieso que estoy prendado de esta montañesa bella. Su alteza os llama, señora. ¿Para qué me han puesto así? Laura mía. ¿El rey aquí? Tello, ¿aquesta labradora no es Gila? Pues ¿no me ve? Todos somos cortesanos si fuimos ayer villanos. ¿No estoy hermosa? ¡A la he! Tello, ¿qué es esto? Señor, como era la noche obscura, trocar por esta figura al sol, planeta mayor. ¿Sabe cómo me han traído? Señor, en una carreta cerrada, como maleta, el cuerpo traigo molido. Dieron en decir que yo era Laura, y no me pesa, que dicen que soy doquesa. Este ladrón me robó. Vive Dios que estoy corrido. Y yo estoy fuera de mí. Tello, ¿qué has traído aquí? A mí sola me han traído. Oye, la melancolía deje aparte su mercé, que yo só moza y sabré servirle, por vida mía. Dime, ¿a Laura quiere bien? ¿Quién? Fernando. Pues no, desde el punto que la vio. ¿Y ella le quiere? También. ¿Ve la noche que corrió la cortina a su merced Laura? Pues en buena fe que mi amo se enceló de suerte que hubo de haber y esto con malos vocablos una de todos los diablos. ¿La conoce por mujer? ¡Qué bobo! Pues ¿Laura acaso es hombre? Si la gozó te digo. Pienso que no y, si la gozó, de paso. Dígolo porque mi amo tiene pasado conmigo cosas que, si se lo digo, clamara como yo clamo. Pues ¿ve don Tello? Por esta cruz bendita que le vi con mi ama cuando fue a su aposento una siesta, que la estaba resquebrando, hi de puta el vellacón, cómo estaba su pasión ciego de amor relatando. ¿Ve el viejo? Tiene a Teresa, una moza de labor, que un pajar viejo, señor, arde siempre más apriesa. ¿Veme a mí? Con talle erguido, con Perote he de casar solo para sestear a la sombra de marido. No le cause admiración el primero ni el segundo porque, de esta suerte, el mundo aumenta que es bendición. Tello... Señor... Luego al punto vuelvan aquesta villana a la aldea, que los dos nos partiremos al alba a traer a Laura, pues ha de fingirse la infanta para salir de estas dudas y para que pueda el alma aliviar un pensamiento que por istantes le mata. Con disgusto parte el rey. Y sin hablarme palabra. Vuélvanme luego a la aldea, que no quiero ser más dama. Válgate el diablo, por robo no quiero ser cortesana. ¿No te hallas bien en la corte? Cortada tenga la cara quien me sacó de mi aldea. En ella estarás mañana. Oye, ¿sabe que paresco metida en esta campaña? Badajo de mi lugar. Despídete de las damas. ¿Sabe cómo habran? Escuche. «Hola, Órdenes, hola, Urraca. Llamadme a la dueña». Entre la mujer de tocas largas «Señora, aquí está la dueña». «¿Oís quién está en la sala?» «El conde». «¿El conde? ¡Jesús!, pues ¿cómo tan de mañana?» «La madre reina del rey, ¿sabéis si está levantada?» «No, señora». «Hola, Lucrecia». Entra Lucrecia forzada¬ «¿Qué pedís?» «La bacinica, que quiero tomar las aguas». Voto al sol que, si me dieran todo cuanto vale España, que no me quedara aquí, porque yo estoy enseñada a decir «Rita, Palomo, Mera, ¿dónde se encarama?», «voto al sol, que el bragadillo se va metiendo en las parvas». ¿«Urraca»? «buey», y no «hola, hola, holillas, holeadas». Nadie me tenga, señores, que me voy a mi cabaña; apártense, que va Gila saltando como una cabra. Laura, carece de ley, como sabes, el estado cuando no se ha ejecutado el mandamiento del rey. No solo queda mi hermano sujeto a una gran desdicha, pero yo perdí la dicha de mi estado soberano, pues que pudiera casar con don Tello, a quien perdí. La estrella con que nací no la puedo yo forzar, señora, a que retroceda la fuerza de su poder, que la desdicha al nacer es de la fortuna rueda. Tu casa quiero dejar, pues que nací sin ventura. No me parece cordura que te quieras ausentar. Perote, ¿vino mi padre? ¡Oh, pesia quien me engendró y aun la comadre que dio de mí nuevas a mi madre! Entró agora con rigor de jüez que se desboca, sentencias de aquella boca echó contra mi señor. A mi Gila me robaron; si vuelve como sospecho, ya no vendrá de provecho. Con linda joya cargaron... ¡Yo muy bien la defendí! No hay quién a la casa acuda, que ha de hacer falta no hay duda. Más falta me hace a mí, que en efeto me espulgaba, la cama tal vez me hacía y tal ves la deshacía si en el campo me quedaba. ¡Ay, mi Gila! ¿Lloras? Sí. Gran de mente me quería, cosa suya no tenía que no me la daba a mí. ¡Ay, mi Gila! No la ultrajes, que honrada y rica estará. Ya yo sé que ella será señora de muchos pajes. ¿Agoras la lloras tú? Agora la lloro yo, que, después que se ausentó, estó dado a Bercebú. No tengo con quién hablar, no tengo con quién reír, no tengo con quién reñir, no tengo con quién jugar. Junto a un alcornoque ayer, que es donde ella sesteaba, pues con él me laureaba, el juicio quise perder. ¡Ay, mi Gila!, que no sé dónde te tengo de hallar, pero andarete a buscar hasta que contigo dé. Señor, don Tello venía sin orden del rey, forzado de su pasión y llevado de amor que a Laura tenía. Si eso es así, bien hiciste, pero, si el rey lo mandó y no se le obedeció, gran delito cometiste. El gusto del rey, Fernando, es primero que la vida. Mi lealtad es conocida, yo le dije que esperando te estaba, que suspendiese la ejecución y no quiso. Tuve de su amor aviso y, por que no cometiese en tu casa este delito, ajustándome a la ley, le pedí el orden del rey como es justo por escrito y que, si el rey ordenase llevar a Laura, era justo que ejecutase su gusto; respondiome que mirase que la había de llevar sin decreto injusta ley, que así lo ordenaba el rey. Esto me pudo obligar a defender el honor de tu casa. ¿Qué es saber que el rey le daba poder como absoluto señor? La vida, el ser con que vivo, le sacrificara al punto. Todo el daño vino junto. Si yo estoy aquí, recibo a don Tello con prudencia y sé que me respetara y que a Laura no llevara sin orden del rey. Paciencia. También el rey te ha de oír. Ya está hecho. Obedecer a los reyes es tener licencia para vivir. Déjame entrar. Quita, Menga. ¡Mi Gila ha venido ya! ¿Está mi señor acá? ¡Gila! Ninguno me tenga. Denme por fe y testimonio que he venido. Y muy gentil. He estado dada a tres mil cortesanos del demonio. Sosiégate, ¿qué hay de nuevo? ¿Qué ha de haber? Que me robaron, que en un carro me metieron, que me entraron en palacio, que me vistieron de novia, que las damas me llamaron doña Gila de Porquera, que comí tantos y cuantos, que vino el rey y don Tello, que me dieron a mil diablos, que me truje los vestidos, que me truje los brocados, que vengo rica y contenta y que, si no quiere el diablo, que soy Gila, que al momento con un príncipe me caso. He aquí lo que ha socedido. ¿Está [el] rey muy disgustado de que no llevó don Tello a Laura? Está con Fernando hecho un león y presumo que ha de venir a horcarnos. ¿Cuándo de Burgos partiste? Que me han traído volando estas dos leguas y media que hay a la corte y reparo que el rey me viene siguiendo. (En grande peligro estamos.) (No temas, dueño querido.) (¡Ay, Fernando, que los astros se conjuraron contra mí!) Tello me menea el zarzo porque le tiré con honda una pïedra a los cascos. Hija, conviene que tú hables con el rey don Sancho primero que otro ninguno, que el disgusto soberano lo templa la honestidad y lo reprime el recato de una dama cuerda en quien los cielos depositaron hermosura y descrición. La espiriencia me hizo sabio. ¡Para la carroza! ¡Tente! El rey es este. Fernando, retírate, ven conmigo. Yo saldré a hablar a don Sancho cuando importe a mi lealtad. Aquí todos acabamos. Gila, ¿sabe el rey de mí? Sí sabe de ti, en un palo me dijo que ha de ponerte. ¿En un palo? Sí, guindado. Pues casémonos primero. Vengo rica, no me caso con un asno como tú, que ya es otro tiempo, hermano. Feliciana, gran señor, a recibirte ha salido con Laura. Ya he conocido su obidiencia y su temor. Suplícole a vuestra alteza me conceda, por quien es, que bese sus reales pies. Alzad, que vuestra nobleza, hermosura y descrición merecen por justa ley la gracia y favor de un rey por debida obligación. A favor tan soberano esfera el alma previene. Muy disgustado me tiene, Feliciana, vuestro hermano. Gran señor, la majestad, aunque es justicia divina, más a perdonar se inclina, luz de su divinidad. Nunca tiene la concordia, cuando jusga sin cudicia, tan a mano la justicia como la misericordia. Mi hermano no presumió que vuestro poder venía en el que Tello traía, su ignorancia le engañó. Pecado de inadvertencia no ha de culpar su lealtad, pues fue su temeridad efeto de su inociencia. Jusgar se debe al error cuando se pone por obra no lo esterior con que obra, sino la parte interior. Una culpa cometida en la mente con malicia pide, gran señor, justicia, pero culpa bien nacida que por defender su casa, inorando con valor el gusto del superior y que a inorancia se pasa bien se puede perdonar, pues lleva para disculpa el intento de la culpa que no le puede faltar. Lúsgase vuestro poder en perdonar a mi hermano, que amaga lo soberano el que no sabe ofender. El perdón no tiene igual, el castigo luego muere, el uno bajesa adquiere y el otro nombre inmortal. Y, pues cesó la pasión, del suelo, príncipe augusto, no he de alzarme, como es justo, sin alcanzar el perdón, que, si a otro rey singular la misericordia daña, yo hablo con un rey de España, que vive de perdonar. Y yo, gran señor, suplico a vuestra alteza... Don Tello, débase así. Feliciana, lo mismo que le concedo, que no ha menester padrino tan peregrino sujeto; vuestro hermano está en mi gracia. Guárdeos mil años el cielo. A vuestro padre llamad, y vos, Laura, dulce dueño de mi pasión, mal pagáis lo que debéis a mi afecto. Señor, la desigualdad siempre divide el empeño. Ya sé por quién me olvidáis. ¿Vuestra alteza tiene celos de una montañesa humilde? En palacio nos veremos, que tengo mucho que hablaros. (Cielos, ¿qué escucho? Yo muero.) A vuestros pies, gran señor, tenéis un esclavo vuestro. Pedro Hurtado, ya el disgusto no reina en el pensamiento. Laura y vos queden conmigo. (De esta consulta sospecho que sale que a mí me ahorquen.) ¿Qué mandáis? Estadme atentos, que brevemente os diré, Pedro Hurtado, a lo que vengo. Mi padre dejó una hija natural,... (¿Qué escucho, cielos?) .por nombre doña Costanza. (Él me conoce. Yo muero.) ¿Hermana, señor? Oídme. Por librarme de este riesgo y por que no se casase en Aragón, con acuerdo la mandé prender, huyose, no parece en todo el reino, mis hermanos sospecharon que yo la maté en secreto, su primo es el rey de Francia y está inclinado y resuelto si no parece Costanza [a] alborotar este imperio, y mis hermanos, lo mismo. Laura... (Toda soy de hielo.) .parece tanto a la infanta que tengo por buen consejo llevarla luego a la corte, que, pues es retrato mesmo de Costanza, en traje noble se podrá enmendar el yerro diciendo yo que es mi hermana. A esto solo vino Tello, Pedro Hurtado, a vuestra casa, no a romper los previlegios debidos a vuestra sangre. Gran señor, vuestro consejo es conviniente al estado. ¿Qué dices, Laura? ¿Qué puedo deciros con mi [i]norancia? ¿Que yo, gran señor, paresco a vuestra hermana Costanza? Yo no la vi, solo tengo el retrato, y le imitáis. Pues ¿puede mi rudo ingenio suplir sujeto tan alto? Si como tu entendimiento asegura mi temor, guardarás, Laura, el precepto de mi voluntad. (Amor logrará su pensamiento.) En fin, ¿he de ser la infanta? Esto conviene a mi reino. Pues, si he de ser vuestra hermana y eso no tiene remedio, ha de cesar vuestro amor, porque, si este parentesco se asienta en los corazones y en vos el amor es ciego, ¿qué dirán vuestros vasallos si en público y en secreto enamoráis vuestra hermana? Todo lo descubre el tiempo. Mirad, señor, lo que hacéis, porque, si a palacio llego con nombre de vuestra hermana, no me quitará de serlo la misma naturaleza que divide los sujetos y, si yo empuño en el alma la sangre real que no tengo, no habéis de tocar mi mano con lascivo pensamiento. ¡Jesús con mi hermano! ¿Yo, amores ni galanteos? No me faltaba a mí más, sino alentar un incesto. Gracia, por Dios, has tenido. Allá veréis si la tengo. ¡Si sois mi hermana fingida! No andemos en fingimientos, que son burlas muy pesadas. En todo tiene imperio... ¿Cómo se llama, señor, la infanta? Costanza. Bueno, muy costante debo ser al amor que ya le tengo. Pedro Hurtado... Gran señor... Ver a Fernando deseo. Aquí, señor, le tenéis. Y rendido me confieso por esclavo a vuestros pies. Como a vuestra sangre debo otros mayores favores, el que uso con vos no quiero que deroguen los demás. Siempre serviros deseo. Don Tello, cierta ha salido la información que nos dieron. Laura es aquella persona ilustre de nacimiento que vos sabéis. Esta noche descansar aquí podemos y mañana, cuando el alba abra la pestaña al cielo, llevaremos a palacio a la duquesa. (Yo muero.) Vueselencia, gran señora, le dé su mano a don Tello. Don Tello, alzad, que, si el rey primer ministro os ha hecho de estado de su elección, el parabién me prometo. (Cielos, ¿qué es esto que escucho? ¿Laura tan alto sujeto?) (¡Ay, Gila, Laura es doquesa!) (Mira qué grave se ha puesto.) (Tello, ¿qué es esto?) (Mi bien, son las mudanzas del tiempo.) (¿Laura va a la corte?) (Sí, y tú con ella a ser dueño de mis pensamientos nobles.) (¿Sabe el rey tu pensamiento?) (Él ha de hablar a tu padre, pero despacio hablaremos.) Señora, importa que vais para lo que está dispuesto en ese rústico traje a palacio. Mi deseo, por imán de vuestro gusto, estará siempre sujeto a vuestro decreto sabio. (Admirado estoy, don Tello, de ver esta montañesa.) (Alabo su entendimiento.) (Ni mi hermana no pudiera hablarme con más acuerdo.) (Señor, la naturaleza hace milagros a un tiempo.) (¡Oh, señor!) (¿Quién es?) (Perote.) (Ya no sé si vivo o muero.) (¿Qué te parece de Laura lo que tenía encubierto? Es doquesa y se nos va sin decir malo ni bueno.) (Ni me mira ni me habla.) (Que es hablarte lindo cuento, no hace más caso de ti que si fueras un jumento.) (¿Para cuándo son los rayos?) Laura... Ese nombre no entiendo. Costanza... Señor... Mi amor logrará su pensamiento. Señor, mirad lo que habláis, porque, si os conocen tierno estos villanos, sin duda daréis con todo en el suelo. Dices bien, pero Fernando... ¿Agora me pedís celos? Vamos con la gravedad, no se descubra el enredo. Está bien. Tello, venid. Gracias a Dios que se fueron y que os han dejado solo. (Los dos callan, malo es esto.) ¿Podré hablaros como a Laura o como a duquesa? El tiempo, don Fernando, es un teatro de prodigiosos sucesos. ¿Duquesa sois? ¿No lo oístes? ¿De qué? De mis pensamientos. ¿Cuándo parte vueselencia, si es que puedo yo saberlo, a la corte? Don Fernando, mañana, si quiere el cielo. ¿Podré acompañaros? No. De esa suerte, aquel espejo, aquel amor, que a las luces de vuestro divino fuego fue goloseando rayos, mariposa de su incendio, murió de achaque de noble. No murió, pero está ciego. ¿Cuándo no lo fue el amor? No lo ha sido el que es discreto. ¿Os hizo duquesa el rey por lograr su pensamiento? Como son altos los míos, ninguno puede cogerlos. ¿La palabra que me distes, cuando vuestro nacimiento era sol de estas montañas, ha eclipsado sus trofeos? Fernando, una densa nube lunar de ese opaco velo no eclipse la majestad de ese príncipe supremo. Si no puedo acompañaros, si os ausentáis, dulce dueño, si muero de lo que vivo, si vivo de lo que peno, ¿qué esperanza ha de animar mi afligido pensamiento? Aunque me ausente de vos, no temáis, con vos me quedo. Señora, la filomena, para crïar sus hijuelos, para querer a su amante, bate las alas al centro del nido y el ruiseñor, como amante verdadero, por que esté firme en amor lo que salió de su pecho, trinando un cerco de voces, no se aparta de sí mesmo y, si acaso por olvido se ausenta el amante tierno, ella no solo se olvida de los halagos de Venus, pero deja lo que ama a la inclemencia del tiempo. En cuanto vos, Laura mía, perdonad si me enternesco escuchabais mis suspiros, estimabais mis requiebros, alimentabais costante mis amorosos afectos, pero agora que voláis al palacio lisonjero a oír otros ruiseñores y yo sin alma me quedo, ¿quién duda que entre el halago de algún imperial Orfeo, no oyendo mi voz, seáis filomena que, batiendo las alas, hagáis el nido en los brazos de otro dueño? ¿Qué intentáis? ¿Seguirme? Sí. Eso es perderme y perderos. ¿De esa suerte amáis al rey? Como a mi rey, sí le quiero. ¿Os pretende? Como amante. ¿Correspondeisle? No puedo. ¿Por qué? Porque os quiero a vos. Si es así, seguiros quiero. No conviene, don Fernando. Luego ciertos son mis celos. No lo son ni lo han de ser. ¿Sois noble? Como el rey mesmo. ¿No sois Laura? No lo soy. Pues declaradme el secreto. No es posible. ¿Por qué causa? Porque, si la digo, muero. ¿Sábela el rey? No la sabe. Pues sepa yo. No puedo. (¡Qué desdicha!) (¡Qué pesar!)(¡Qué fortuna!) (¡Qué tormento!) ¿Sabéis por qué no la digo? No, señora. Estadme atento. Que soy noble os aseguro, que lo inora el rey es cierto, que me pretende es muy llano, que se cansa yo lo apruebo, que os quiero a vos es verdad. Vamos agora al secreto: si contradigo, señor, el ir con el rey, arriesgo la quietud de estos estados, mirad si es grande el empeño; si le declaro quién soy a don Sancho, al punto muero, porque, si busca costante lo mismo que represento y de sujeto fingido vengo a ser el verdadero, con el uno me aseguro si con el otro me pierdo; si a vos os declaro amante esta egnima en dos sujetos, os habéis de engañar más y alcanzar, Fernando, menos, que, como siempre el estado habla, señor, de misterio, en descubriéndole alguno, se pierden los más discretos; si a la corte vais conmigo, hago seguros los celos del rey y aventuro en vos la misma vida que tengo, y no me quiero tan mal que, estando yo en vuestro pecho, permita que muera amando lo mismo que estoy queriendo; si os quedáis en el aldea, hallo que el delito mesmo que fulmino en ausentarme es el castigo que llevo, porque quien pasa, señor, por la ausencia de su dueño o no sabe qué es amor o tiene el gusto muy necio, porque vivir de esperanza no es vivir a lo discreto; de suerte que entre un abismo de confusión y tormento soy bajel que entre las aguas me opongo a los elementos, pues zozobrando peligros allí huracanes encuentro, allí descubro el bajío, aquí con el mar peleo y, como aquel que camina en noche horrorosa, veo a cada sombra un peligro, a cada discurso un miedo, a cada rama un gigante y a cada paso un portento; hallo en vos mi confïanza, en el rey seguro el riesgo, en lo fingido un abono, en mi sangre un previlegio, en el estado un delirio, un consuelo en el secreto, una vida en lo callado y una muerte en el silencio; y, como estoy vacilando en discursos tan opuestos, como no me determino y no me abalanzo al riesgo, ni muero de los peligros ni vivo de los remedios, pero ¿por qué me acobardo cuando tan firme me veo? Si quiero bien, ¿por qué dudo? Si os estimo, ¿por qué temo? ¿Qué arguye desconfïanza entre dos que se quisieron, entre dos que son un alma hacer eterno un secreto? Sabed, señor, que yo soy... El rey se cuela acá dentro. ¡Qué desdicha! Adiós, Fernando. Más despacio nos veremos. ¿En fin habéis de ser mía? Solo vos seréis mi dueño. Pues no quiero saber más. Yo os descubriré un secreto. El que he sabido me basta. ¿Os receláis? Nada temo. Pues adiós. El cielo os guarde. Advertid... ¡Pesia mi agüelo, que viene con su corona el león! Guárdeos el cielo. Esta noche... Voto al sol que de cólera reviento; acabemos, con el diablo que me lleven, desde luego. Quédate tú con el rey. ¿Que me quede? Lindo cuento. Perote... (Pescome vivo, qué lindo anzuelo es el ceptro para pescar a los hombres.) ¿Sois vos quien tiró a don Tello con la honda? No, señor, yo só tirador al vuelo. Él dice que le tirastes. Dice lo que quiere en eso, porque yo no soy David. Si él quiere ser filisteo... ¿Cuántas piedras le tirastes? Un guijarrillo pequeño quise metelle en los cascos, pero dile en el sombrero. Él dice que en la cabeza. Que no le toqué en el pelo. Miraldo bien. Verdad digo, porque él es calvo profeso y fue tan lego el guijarro que no quiso tener ceso, pues que le dejó los suyos. Nuño, Tello, ¿qué hay de nuevo? Que el francés, alterando tus trofeos, ha pasado, señor, los Perineos. Como están tus hermanos avisados de que Costanza vive en tus estados y que la has de llevar a tu palacio, por poder más despacio arruinar sus intentos prevenidos, dicen que son avisos divertidos y que quieren ver carta de Costanza para saber si ven esta mudanza; será contra el digsinio que tenemos, porque, si a Laura vemos que es infanta fingida y tus hermanas tienen conocida la letra de Costanza y ella falla, ¿quién suplirá la letra de la carta? Pues, no viendo su letra, el francés luego entrará por Navarra a sangre y fuego. En peligro, don Tello, está el estado que tenemos trazado de dar sobre los reinos divididos que mis hermanos tienen poseídos, no dándonos lugar para la guerra. Peligro corre, gran señor, tu tierra si Costanza, tu hermana, no parece. El daño siempre crece. ¡Que a esta mujer el centro sepultase y memoria ninguna no quedase de su persona! Todo va perdido. ¿Tanto importa Costanza? He presumido que, si ella no parece, mis hermanos Hablarte a solas, gran señor, quisiera, que importa a tus estados. Salíos fuera. Señor, yo sé de tu hermana. ¿Qué dices, Laura? Reporta la admiración, que ella misma mi firme lealtad abona por parecerme, señor, tanto a tu hermana. En Zamora me recibió en su servicio, un año estuve en Astorga con ella, a Burgos venimos y con industria ingeniosa ella y yo nos ausentamos a estas montañas fragosas, huyendo de tu poder. ¿Luego en esta aldea logra su libertad? No, señor. Casada vive y señora es de una vecina aldea, que [en] esas montañas toscas se oculta. Si tu palabra su estado perfeto abona y me la das como es justo de no agraviar su persona, yo iré por ella, señor. Tú serás, Laura, dichosa. La paz de aquestos estados cuanto me dices otorga. El corazón mi palabra cumplirá porque me importa, Laura, quererla y servirla, que, en fin, es mi sangre propia. Pues tú la verás muy presto y no digas por agora a don Tello este secreto, que voy a poner por obra mi lealtad y tu deseo. De ti quedará memoria en los siglos venideros. ¿Es sueño, es verdad, es sombra de la misma fantesía la que he escuchado? Es historia. Ya no me quiero casar, Gila, con vos. Pues ¿por qué? El porqué yo me lo sé. El rey mos ha de juzgar. ¿Qué es eso, Gila? Señor, Perote negarme quiere que só mujer. Ella muere por serlo. Perro, ¿y mi honor? ¿Qué honor? El que es profanado. Amiga, quien lo comió pague la fruta, que yo llegué después del pecado. Yo os probaré la traición aunque más me la neguéis. Vos, Gila, siempre tenéis bien probada la intención. Doncella es cas de señor, ¿no me vistes linda y bella? Yo no os conocí doncella, sino ya mujer mayor. Señor rey, pido josticia contra Perote. Esperad, que él me dirá la verdad. Sí diré. Dudo. Es malicia. Señora Gila Vitoria, que así se llama esta pieza, vi un día junto a la noria y pensó con su entereza que yo era el bobo de Coria. Llegose a mí lastimada de algún dolor que traía y díjome algo alterada que la señora su tía la tenía preparada. «Alguien», dije, «la [ha] hecho mal a esta cara de Mahoma», y no discurrí muy mal, que, como Gila era roma, venía con cardenal. De allí a tres meses enconada en achaque de parir dijo que estaba opilada y antojósele decir que de mí estaba preñada. Como no he estudiado artes ni Dios tal arte me dio, entre un miércoles y un martes vi que Gila me parió un hijo de muchas partes. Mentís, que desde la cuna es vuestro, y lo digo yo. Mío en virtud de la luna. Pues ¿quién, decid, lo engendró? Qué se yo, Fuente Obejuna. Crïallo yo con regalo y ser el muchacho ajeno, dalle pan y él a mí palo. Ello no puede ser bueno, pero bien puede ser malo. ¿No se parece con vos? Sí, señor, muy parecido me es el mochacho, ¡por Dios! ¿En qué? En que habemos nacido varones, señor, los dos. Casaos con Gila, que es casta y virtüosa. Colijo que vos lo digáis me basta que ella es casta, pero el hijo sale de bellaca casta. Viene rica, que le han dado en la corte un gran tesoro. Cásate luego, menguado. De toda esa plata y oro he de tocar un cornado, pero, en fin, pues el rey dice que traes tantos y cuantos y los tales y los cuales siempre han sido tan honrados en habiendo qué comer, digo que es mío el mochacho. Trago más de mil docados en oro. Santa Locía, la vista voy aclarando. ¿Oís? El mochacho es mío. Trago tres platos dorados, cuatro zarcillos de perlas, dos vestidos de brocado. ¿Oís? El mochacho es mío. ¡Digo que es mío el mochacho! Trago tres sortijas de oro, trago un diamante preciado en diez mil maravedís, trago dos mulas y un carro. ¿Oís? El mochacho es mío. ¡Digo que es mío el mochacho! Gran señor. ¿Qué dices, Tello? Que de la nueva que traigo bien puedo pedir albricias. En este punto ha llegado a la quinta,... ¿Quién, don Tello? .parece sueño o encanto, una dama que de Laura es, señor, vivo traslado y dice... Basta, ¿es la infanta? Sí, señor, y es un milagro de hermosura y de belleza. ¿Qué escucho? Suceso estraño. Salgamos a recebirla. A recebirla salgamos. Hola, Gila, la infantica viene a verte muy despacio. Vuestra alteza, gran señor, para besarle la mano me dé licencia. Costanza, mejor estará en mis brazos una infanta de Castilla, pero ¿qué veo? ¿Es encanto? ¿Esta no es Laura, don Tello? ¿Dónde está Laura? Es en vano buscarla, que yo lo soy. ¿Qué decís? Que el cielo sancto, volviendo por mi inocencia, de la invidia me ha librado. Yo soy, señor, vuestra hermana, que en casa de Pedro Hurtado, con nombre de Laura, pude escapar de los tiranos consejos que pretendían deslucir mi origen claro. Fïada en vuestra palabra, poderoso rey don Sancho, pude declararme al sol de vuestros divinos rayos. Usad de vuestra clemencia, pues, fuera de ser mi hermano, debéis a mi voluntad afectos tan soberanos que engrandecen el deseo que tuve siempre en amaros. ¿No me dijistes, señora, que habíais tomado estado en esa vecina aldea? Sí, señor. Pues ver aguardo vuestro esposo. A vuestros pies le tenéis. Este es Fernando, mi hijo, ya vuestra alteza conoce el origen claro de mi casa. En este punto supe, señor soberano, este secreto. Mi hijo... Está muy bien empleado. Vos sois mi deudo y mi sangre debe con razón honraros. En dote doy a Costanza a Briviesca ..... de Jolón y su contorno. Guárdete el cielo mil años. A Feliciana con Tello doy el condado de Alfaro. Cumplió el cielo mi esperanza. Gila, yo también me caso. Dame la mano si quieres. Doyte, sí quiero, la mano. Y con esto dará fin, ilustre y noble senado, La montañesa de Burgos, hermana del rey don Sancho.