Texto digital de La mayor constancia de Muzio Scebola
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La mayor constancia de Muzio Scebola. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mayor-constancia-de-muzio-scebola-la.

LA MAYOR CONSTANCIA DE MUZIO SCEBOLA
JORNADA PRIMERA
Aced alto Soldados, pues a vista de Roma ya cam- (pados estáis, los escuadrones id doblando. . Pues veis sus Torreones contra el tiempo erigidos, en su propia soberbia defendidos, porque al veros se juzgan mal seguros, formad cerrados animados muros. Pues la Ciudad se mira, a cuyo ceño el arte da más ira, con tan igual, tan ardua diligencia, que al valor gasta, y cansa la experiencia, intimad en conforme muchedumbre, pavor a su reglada pesadumbre. Eolo alado pino, tosca organización del pergamino, cuya voz interpreta lo que a impulsos le manda la vaqueta, Siendo para el que atiende fragua boreal, donde el furor se enciende; no con blando gemido en la marcha se queje el aire herido, sino con duro estruendo toda la gente vaya recogiendo en mangas y en hileras, y puestas en batallas las banderas, haga lo regular con el terreno, gustoso lo feroz, lo horrible ameno; para que Roma, si ignoró su estrago, su destrucción ensaye en el amago. El sonoro instrumento. padre del brío, hijo del aliento, que la forma recibe, que engendra el aire, y el metal concibe, cuyo imperioso ruido gobierna al corazón por el oído; no en tranquilo rumor el aire rompa, inquieta sueñe la bastarda trompa, cuyo precepto astuto, al Soldado prevenga, altere al bruto; porque a la Infantería ciña en dos alas la Caballería, llevando resguardados con disciplina blancos y Soldados. Por si hay quien se lo oponga, en tres filas el campo se disponga, cubra la verde hierba en vanguardía, en batalla y en reserva, el vagaje atalado venga con todo el tren incorporado, y junto el campo marche al eco del clarín y al son del parche. Aquí estabas, bellísima Belona, que mejorando el nombre de Amazona, dan tus marciales galas. envidia a Venus, y temor a Palas? Aquí estabas sobrina Clodomira; a quien por nueva perfección la ira se añadió a tu belleza, para ser de mejor naturaleza, y en tu rostro lo dicen mal sufridos los jazmines en cólera encendidos? recóbrate no lleguen a deberte los contrarios el modo de excederte. No a su parcialidad dejes airosa, juzgando te merezca más hermosa. Tarquino, tío, perdonad, que el brío me tiene tan sujeto el albedrío, dejándose llevar de la violencia con que le tiraniza mi impaciencia, temiéndome educada del fresno al choque, al filo de la espada, del peto al ristre, de la silla al fuste, ya el Caballo se inquiete, ya se asuste, a espinillera, greba coselete, gola, morrión, manopla, brazalete; al arco y al aljaba, hacha, martillo, partesana y clava. Cómo queréis quitarme, que contemple del dardo el vuelo, y del escudo el temple, si me he criado a Porsena siguiendo desde mi infancia en el marcial estruen- (do, donde con él marchando el arte de vencer vengo estudiando? Si este Ejército fuerte, original imagen de la muerte, que tiene el vencimiento por vínculo heredado del intento, de Toscana sacaste, y contra Roma guerra publicaste en fovor de Tarquino, revocando tu amparo su destino, y para introducirle en su Corona empeñas a esta empresa tu persona; ya que a la vista estamos de esa Ciudad soberbia, qué esperamos? que en el pecho oprimido se quejará el valor de resistido, y el que en mis venas arde aún el ocio me acusa de cobarde. Sosiega el justo enojo, que de tus glorias no es capaz despejo, que haya en esa Ciudad tan soberano, que merezca ser triunfo de tu mano: para vengar la injuria hecha a Tarquino, bastales mi furia; pues verás brevemente vuelta en sangre del Tiber la corriente, siendo su cristal rizo firme paso seguro pasadizo de mis huestes, cuajando sus espumas bosques de picas ya, selvas de plumas parecerán unidos, y al cortar los corales divididos, un bajel animado en sus ondas será cada Soldado, haciendo, con extremos las plumas velas, y las picas remos, Siendo de su porfía, sino el suceso igual, la valentía en todos, pues apenas medirán mal enjustas las arenas, cuando alta la cuchilla, vencida ya desde la opuesta orilla la cristalina valla, aves parecerán en la muralla, que por ella volando, vidas venciendo, muertes despreciando, harán a fuer de escalas, garras las manos, y las plumas alas. Porsena generoso, pues mi desgracia me hizo tan dichoso, que conquistarme el Cetro soberano del Imperio Romano la ocasión la he debido de haberte menester; no enfurecido antepongas al seso de S la ciega confianza de esforzado; ni tú, deidad divina, en belleza y fineza peregrina, el valor apasiones, ya que en ti sola estas oposiciones . Qué hay de nuevo, Valerio? se ven con maña unidas por la gloria de verse competidas. Aqueste cristal puro es a un tiempo de Roma foso y muro por esta parte, y siendo la experiencia consejero dial de la prudencia, donde no se aventura el juicio, el tiempo ni la conjetura; yo que tengo cursado mas este sitio, tropas he enviado a cargo de Valerio mi sobrino, para que tome lengua en el camino de los aprestos con que Roma espera nuestras armas, y hasta que con entera noticia de ello estemos, no soy de parecer, que apresuremos su expugnación, pues tiempo no se pierde en enterarse más, para que acuerde con certeza más fija la razón en el medio que se elija; pues lo que ha de mirarse sobre todo mas que el vencer, es del vencer el modo: que es gloriosa codicia el emprender por la primer noticia, con que el juicio se deja llevar de lo que el brío le aconseja, hallándose en el daño, cuando no lo remedie el desengaño malogrando el intento, y es aviso costoso el escarmiento; y más . Dadme los pies. Alzad del suelo. Bienvenido seáis. Guardeos el Cielo. Para serviros desearé la vida: ay Clodomira hermosa! ay homicida! Mi amo os pidió los pies, yo los zapatos, que hago los cumplimientos más baratos, y si es mucho pedir para un pobrete, a ti te pido un callo, a ti un juanete; y a ti que he de pedirte? A fe de hidalgo, que no te pido un pie por pedir algo. ̱ ̱e No quisiera ser descortés, que tú eres la primera con quien se gana por un punto menos. Los amenos términos discurría de ese babel, que al Cielo desafía, con cuatro compañías de Caballos, que el mismo Sol podía codiciarlos: fui la estrada batiendo, tus órdenes, señor, obedeciendo, y echando corredores para informarme de los Labradores, que esos Pueblos habitan, que son quien las noticias facilitan, por ser los más cercanos; y de ellos supe, como los Romanos, de tu entrada advertidos, y de lo necesario prevenidos, nos aguardaban sin temor alguno, aunque no tan aprisa; pero uno de ellos, o interesado de lo que yo ofrecía, u ostigado de su temor y mengua, a media voz, hurtándose a la lengua el débil desaliento, me dijo, recelándose aún del viento, como tenía entendido que antes que el día hoy haya rompido, la Nobleza Romana dividida dejaba la Ciudad, y hacia la erguida cerviz de aquel collado, a la Deidad de Juno consagrado, por tenerle propicio, le iban a hacer solemne sacrificio de víctimas e incienso; Siendo el fervor en todos tan inmenso, que al don, siendo excesivo, le hacía al caso, moviendo iguales corazón y paso. Aquesto supe, y pues la noche fría aún no del todo se sujeta al día, ocasión oportuna es la que nos ofrece la fortuna; pues si de ella gozamos, y estas dos millas que hay de donde esta- hasta la altiva frente (mos, del collado, se marchan brevemente, quién duda su conquista, solo con que el Ejército dé vista a su altiva eminencia? Y qué os parece? Que en la diligencia consiste la ventura. Pues es la brevedad quien asegura los felices sucesos, alto a marchar, Soldados, los progresos a que está vuestro brío acostumbrado conozca el enemigo en el collado. Ea, Toscanos famosos, ya sabe Roma ya que sois briosos; y si acaso ha perdido la memoria, volvédselo a acordar con la victoria que han de ser los Tárquinos admitidos, o se han de ver de mi valor vencidos. Pues Porsena os alienta, qué hay que temer cuando el valor se aumenta con caudillo tan grande? Solo ha de ser Tarquino quien os mande, Soldados, que obedientes sabréis a sus preceptos ser valientes, Viva Tarquino, el gran Porsena vaya. Amigo, eso sí, que fugitiva mi altivez hancia el pecho, le huyó del corazón a mi despecho, para darle lugar a la obediencia, harto tuve que hacer en la experiencia; pues viene a ser valiente cobardía saber hacer paciencia la osadía; mas ya convalecido otra vez el furor, y arrepentido de haber estado ocioso, os vuelve a provocar. . Riesgo dichoso es el que le amenaza al enemigo, si merece el favor de tu castigo; no indignes el semblante para tan corta acción. Qué necio amante! Toca al arma. Esto es malo. . Al arma toca. . A embestir. A escapar. . Déjame, loca pasión mía, que en vano me aparto de tu cielo soberano. . Déjame miedo infame, estate quedo, aguarda que te llame; luego te has de acordar de la tetilla, de los lagartos, de la pajarilla, del corazón, gáznate, panza y sesos, arterías, venas, carne, nervios, huesos, juntándose a estos riesgos ordinarios Médicos, Cirujanos, Boticarios, (ra, Siendo lo más mortal que hay en la guer- pues siempre aciertan lo que el hierro yer- yo sé que se estuviera el valor quedo, (ra? si a discurrir llegara lo que el miedo, Ahora bien, a mi amo sigo, pues qué importa que intente el enemigo apartarme con tretas los puños, si yo aprieto las soletas? Venid, venid, Romanos, venid donde el incienso, autorizando el culto, os apadrine el riesgo. Venid donde los males Saben que está el remedio, que aunque falte el alivio, el buscarle es consuelo: que contra los acasos de los tiempos no tienen otra instancia los sucesos. Venid, y en demostraciones devotas, el rendimiento pase a fervor, no parezca diligencia del aprieto, que a los Dioses les medimos el poder con el obsequio, teniendo su providencia a arbitrio de nuestro celo. Qué contra los acasos, Venid, y en nobles perfumes se penetre el voto al Cielo, adulando su clemencia con la suavidad del viento, blanda exhalación de aroma desate su vapor denso, que haga en perezoso curso del aire fragrante imperio. Qué contra, Venid, y la nustre pira de uno y otro ofrecimiento, anegue con humo el aire, con púrpura munde el suelo; para que se participe a todos cuatro elementos, ya en raudales desatados, y ya en vapores resuelto. Qué contra, Melisena, y qué animal llevas a ofrecer al Templo? A ti, que lo eres bien grande. En quererte bien concedo: pero no es la mayor prueba esa. . Pues cuál, majadero? El quererte, siendo fiera; mira si es prueba de serlo. Mucio invicto, cuya sangre es tan hija de tu aliento, que haces de naturaleza y fortuna parentesco: Oracio famoso en quien sobre cual será primero, en ti se está lo heredado, y adquirido compitiendo: Y tú hija Teomiclea, cuya belleza es espejo a dondé encuentran mis años el alivio de tenerlos: vosotros, escuchad antes de entrar en el Templo, y vuestro Senador Bruto os merezca un rato atentos. Ya prevengo la atención. Ya te escucho. . Ya te atiendo. Ya os acordaréis, Romanos, de aquel infelice tiempo en que entró Tarquino Prisco a tiranizar el Reino de Roma y fue su principio trágico fin, previniendo a las futuras edades. pues con carácter funesto dejó el presente infortunio en la tradición impreso, causando en la fantasía tal horror que repitiendo sus especies la memoria, se acuerda con desconsuelo: pero como los delitos nunca tienen de si lejos el castigo antes parece que se le fábrica el reo en lo propio que delinque (porque hay insultos tan feos, que de cometerlos, es el castigo el cometerlos así fue su tiranía de su muerte el instrumento, que al tirano le castiga en posesión del deseo, labrándole la codicia del Trono su monumento. Ni aún se logró en su desdicha el bien, que en el escarmiento suele heredar como aviso el succesor, que fue Servio Julio, pues que continuando el tiránico gobierno con más infelicidad, que su antecesor muriendo a manos de su hija Julia, y de Tarquino Superbo: o ambición! qué habrá en el mundo seguro de tus deseos, sino le defiende al padre aquel silial afecto, que en el mismo relativo, por natural privilegio, fecunda la sangre, va como fruto produciendo; pues siendo al nacer cariño, al irse criando es miedo, al sazonarse obediencia, y al madurarse respeto! Muerto Servio entró Tarquino a regir el sacro Cetro, en compañía de Julia, de Julia, a cuyo consejo sedicioso, le debió ocupar el Solio Regio; pues quién sino una mujer fácil hiciera el intento de desprender de las sienes el sacro Laurel paterno, manchado en su propia sangre, cuyo natural viviento hace para conseguir de los imposibles medios? No hubo Ciudadano, que no sintiera el golpe fiero, ya con la piedad de humano, ya por el dolor de dueño: pero como los tiranos suelen apurar atentos por la lengua del semblante la voz que recata el pecho, a pesar del tierno llanto, hipócritas los aspectos, el camino de los ojos hacia el corazón torcieron: y el rumor mal entendido se recogió en el silencio, que la mano del poder a todos les fue poniendo en cada acción un candado, y en cada lágrima un sello. Desde entonces él, y todos los que su facción siguieron con iras, con sediciones, con fatigas, con desvelos, con injurias, con tributos, con muertes, con adulterios, fue su arrogancia gustando la tolerancia del Pueblo, y oprimidos::- Mas el llanto . me está embargando el aliento, y se anega la memoria en las borrascas del pecho, sin que pasar adelante me deje. . Suspende el tierno llanto y mientras te recobras yo iré por ti prosiguiendo, pues que también como tú sé por mi mal el suceso. Solicitaba ya en Roma el Noble, como el Plebeyo, sacudir el duro yugo, por los Tárquinos impuesto; ya se atrevía el ahogo a culpar el cautiverio; ya el que antes débil gemido se oía robusto acento, de populares concursos corros formaban diversos, en cuya conversación se hablaba de mal contentos: los Senadores andaban alterados, si no inquietos, y toda Roma empezaba casi a burlarse del freno. Tenia a la sazón Tarquino a la Ciudad de Ardéa puesto sitio con todo su campo y como los bastimentos les sobraba a los Romanos, en banquetes y recreos gastaban el rato que les dejaba ocioso el peto. Un hijo pues de Tarquino, llamado Tarquino Sexto, a comer a los más Nobles convidó en su alojamiento, cuyas opulentas mesas, llenas de platos compuestos, ministraban a la guía noticia en sainetes nuevos; y a muchos que registraban el aparato superfiuo, mas que la gana, les hizo la curiosidad hambrientos. Levantábanse las mesas, y quedaban discurriendo con sus mujeres que en Roma estaban ausentes de ellos; cual las alaba de castas, cual de hermosa, y cual teniendo por más discreta a su esposa, la alaba también: qué necios son los hombres que se arrojan a tan indecente riesgo, que quedan mucho mejor si no vienen a creerlos los propios que los escuchan, pues se exponen poco cuerdos a dispertar voluntades, pintando merecimientos! Mas (ay infeliz!) mejor que yo lo dirá el suceso; pues viéndose todos juntos tan cerca de Roma, prestos entregan a la experiencia la verdad de lo propuesto, y a averiguar en su casa sus seguridades fueron: registrada, a Tarquino le lleva el propio deseo de ver la casta Lucrecia, a Colatino siguiendo, que ocupada en aquel blando gustoso entretenimiento, que en la femenil tarea acredita lo casero, la hallaron con sus criadas, y no entre cenas y juegos, como estaban las demás; y así el renombre la dieron de Casta entre las Matronas; con que a sus Reales vueltos, se fueron a sus estancias, que cubre el portatil lienzo. Todos al común tributo, que paga el humano feudo, persuadidos del cansancio se dejan vencer del sueño, sino fue Sexto Tarquino, a quien el hermoso cielo de Lucrecia le dejó desatinado de afecto, a tanta beldad rendido, a tanta hermosura ciego. Como el albedrío estaba por instantes repitiendo, cedió, y de allí a pocos días el Campo deja y resuelto hacia Colacia se parte, sin más acompañamiento, que el de un esclavo, que lleva por cómplice en su despecho. Llega a casa de Lucrecia, que con cortés cumplimiento le agasajó por ser hijo de su Rey y ser su deudo. Mándole hospedar en casa, inocente de su riesgo, sin saber que al que festeja es otro Paladión ciego. Retirose ella, él quedó en su cuarto revolviendo varias imaginaciones, pues abrazado en el hielo de su desdén ya culpaba de siglos a los momentos, que dilataba entregarse a su lascivo deseo. Mal sufrido, viendo que el lugubre manto negro de la noche, a su delito podía servir de velo, una leve antorcha elige, que fiada a un candelero le sirve de norte para surcar aquel rumbo incierto, Lleva al esclavo consigo, informándose primero que mueva el pie, del oído si escucha a alguno dispierto. Deja el umbral de su cuarto, y porque rayo parlero antes de llegar no de aviso con el reflejo, a arbitrio de la otra mano se van las luces ciñendo, dispensando las que bastan a la noticia y al tiento. Al paso de los oídos lleva los pies discurriendo por diversas piezas hasta que paró en el aposento en que la infeliz Lucrecia tenía su casto lecho. Requiere la puerta, que al impulso más pequeño se le franqueó obediente, Sin el estorbo del hierro. Antes de entrar se detiene, su propio arrojo temiendo, que a la vista del delito aquel valor quedó muerto. Entra al fin, y ella que estaba a la prisión de Morfeo rendida con blando afán, cuyo eslabón halagüeño tenía en prisión sus solas, polo el orbe anochaciendo; el fácil ruido volvió, aquietada del recelo, abrió los ojos, al día sus luces restmenda. Quién es? pregunta turbada, Sin que el pasmado embeleso la dejara articusar otra voz substituyendo a las preguntas los ojos, que en el huésped infiel puestos la falsa intención del alma en el rostro le leyeron. Ella angustiada, él amante entre atrevido y suspenso el rigor de la violencia encubre con un requiebro: ella deja a las acciones lo que le falta al aliento; él se acerca con cariño, ella se aparta con ceño; y en fin, lo que es en el uno defensa, en el otro es cebo, que a la lascivia se prende con tanto rigor el fuego, que hace de la resistencia material para el incendio. Viendo pues que los halagos no vencian su despego, al medio de la amenaza quiso recurrir grosero. Díjola que al propio esclavo que traía, en aquel puesto, a no consentir con él, quedaría con ella muerto, publicando que a los dos habla en vil adulterro cogido; ella ya veréis aún sin valor para el miedo, destiñendo en los jazmines a trozos el carmín bello de sus mejillas robado el color el pulso inquieto, flojo el aliento apretado el corazón, los luceros sin luz el alma apagada, y la acción sin movimiento, dejaron con un desmayo al cristal viviente hyerto. Logró la ocasión Tarquino, y antes que rayara Febo su luz a los altos montes, se volvió a su tienda, huyendo su traición ella violada envió al punto un mensajero con quien llamó a Colatino, a ti, a su padre Lucrecio, diciendo, que acompañados fueséis de amigos y deudos. Llegastéis y ella angustiada contó el infeliz suceso; y después de haber tomado a todos fe y juramento de que sería vengada tan gran deshonra, esgrimiendo contra su inocente vida el rayo de un limpio acero, que entre las ropas había su prevención encubierto, prorrumpió Lucrecia muera, que aunque inocente me siento, no a la culpa del delito, a la pena me condeno, que el error que a la inocente cómplice le hace sin serlo, no queda bien castigado, si no le purga el sujeto. A su socorro acudisteis, cuando ya desfalleciendo, encomendó su venganza en el suspiro postrero. Yo entonces desesperado tomé el cuchillo sangriento, e irritando en su memoria, a todos mis compañeros les hice también jurar ante los Dioses supremos, de no dejar ni aún reliquias de Tarquinos en el Reino. No hubo quien no me siguiese, y lo logramos tan presto, que como estaba irritado según advertí) el Pueblo, se alteró, y en pocos días salieron de Roma huyendo. Fuéronse a Cere, Ciudad de la Toscana pidiendo a Porsena, que amparase sus gentes en su destierro. Recibioles con agrado, y ahora (según entiendo dicen, que amparado de él vuelve Tarquino Superbo, asistido de sus armas y su persona resuelto en recuperar a Roma, o no levantar el cerco. Contra estos habéis venido a pedir socorro al Templo; estos os tiranizaron la patria, el ser y el gobierno; por estos habéis perdido vidas, haciendas y premios; mirad si es bien que el dolor haga de todo un compuesto, y que os traiga a la memoria muertes, robos, sacrilegios, estragos iras insultos, fuerzas fraudes y adulterios, para mover a piedad, pues hasta los Dioses mismos, aún más que por redimirnos, por castigar sus excesos, puede ser que nuestro amparo dejen a cuenta del Cielo. Yo fío en nuestra razón, padre y señor que alcancemos del divino Simulacro la protección. . Y yo espero, invicto Bruto lo propio; pues cuando por tardo asedio vamos con porción tasada los viveres consumiendo, no ha de ceder mi valor por falta del alimento, que entonces se mantendrá del corazón el esfuerzo. Ni tienes que recelar, Bruto, a tu lado teniendo a Oracio, pues cuando el hambre, que es enemigo el más fiero del hombre porque nació a su miseria sujeto, me acabara, la tuviera por mejor muerte, eligiendo el morir de mi valor, que no de mi rendimiento. Ya sé, amigo ya sé Oracio, lo que a vuestros bríos debo. Mas me debe mi amo a mí. Qué te debe? Qué? año y medio; verdad es que he recibido. Qué? . Lo que me va sufriendo, a cuenta de lo corrido, y que ha de alcanzarme temo. Entrad pues, nobles Romanos, y al compás del instrumento de cláusulas imitadas, repita la voz, diciendo::- Venid, venid, Romanos, Deten el paso, detén, dulce idolatrado onjeto de mis ansias. . Qué me quieres? Solo que me escuches quiero. Que no es posible. Es verdad. Pues no reparas:- . Ya veo que soy infeliz y que es mi destino tan adverso, que hoy que pedirte a tu padre quería, adorado dueño, pues permitiéndome amante, me diste merecimiento para intentar ser tu esposo, cruel el hado severo, parece que codiciando mi infelicidad ha puesto montes de dificultades, pues como ves::- . El acento detén y no le dupliques en acordar lo que pierdo a la voluntad la pena, y a la memoria el tormento. Bástame saber Oracio, que solo contra mi pecho Tarquino mueve sus armas, y que estorba::- mas no puedo detenerme más. . Y así te vas? . Y si me echan menos en el sacrificio? a diós. Adiós. Arma, arma. . Qué estruendo tan no pensado se escucha? Arma. . El repetido acento vuelve a turbar el oído con la novedad? Qué es esto? Qué ruido::- . Qué confusión::- Se atiende? . Se escucha? Fuego. Romanos, tomad la fuga hacia la puente si veros no queréis de los Tarquinos y Turcos muertos o presos. Qué es esto, amigo Fabricio? Es señor que ahora hemos los de la guardia abanzada, que está de escolta cubriendo los pasos del enemigo, muchas Tropas descubierto, y hacia esta parte a gran marcha van abanzando sus gruesos; y así, yo vengo a avisaros antes que ese corto trecho, que hay desde aquí a la Ciudad nos cortén. . Creer no puedo, que tan cerca el enemigo llegue a estar. . Si queréis verlo, mira como su vanguardía va nuestra guardia embistiendo. Ve tú Mucio, y con las Tropas que de la Ciudad salieron a escoltarnos les ayuda: tú, Oracio ve de refresco con los que juntar pudieres; y tú, hija ve siguiendo mis pasos con los demás que aquí están y procuremos coger el Templo antes que nos corten, pues no está lejos. Ponte en salvo, Teomiciea, qué te detiene? . Es que temo, que vas a arriesgar tu vida. No repares en mi riesgo, que no puede ser costoso si es asegurarte el precio. Sígueme, Berruga. . Vamos, que yo basto para ellos. Al camino guerra, guerra, no quede Romano vivo. Cómo qué? ya yo no basto: voz que con fuerza de grillo, ajustando las orejas te encajas en los tobillos con que los pies me detienes: voz que con ese chillido para hacerme temblar puedes apostárselas a un silvo: voz que eres la voz del Pueblo, sin duda, pues te he temido, haz a tu aire que deje sordos pues deja tullidos. Guerra, guerra. otra vez vuelves, señora voz? garrotillo parece según aprieta: pero aquí del valor mío, a dónde está? bravo fuera, que se me hubiera perdido; ello era tan poco, que se me cayó sin sentirlo: que sea yo tan descuidado! bueno quedáis, honor mío: válgame Dios qué engañados viven algunos contigo! Helo aquí, hasta esta ocasión no me había yo conocido: esto tenía yo en mí? no es bueno, que por decirlo estuve más de mil veces, que siempre tuve en el pico de la lengua ser gallina; el diablo del miedecillo con qué falsedad se estaba callando como un Sántico? Por aquí, por aquí. . Malo, vive Dios, que un Soldadillo viene hacia aquí como un galgo: qué haré? , . El diablo me ha metido a mí en batallar; yo guerra, yo trompetas, yo alaridos? pero pues aquí no hay nadie, me ha de esconder mas qué miro? por Júpiter, que es Berruga. Perendengue es el que he visto. Pues ya sé como pelea::- Pues de su miedo infinito tuve noticia, antes que se fuera con los Tarquinos, le he de dar un trasquilón. Le pienso pegar un chirlo. Saque esa espada, qué aguarda? Qué usted lo mande, que he sido tan cortés toda mi vida, que nunca con mis amigos he reñido sino es cuando pienso que en ello les sirvo. Pues mete mano. . Ya meto. Qué fuera sí este ha tenido lo gallina al quitar, y hoy . me pescara en el garlito! temblando estoy. . Ya está fuera. Tenga usted, que no lo digo yo por tanto. . Pues yo sí, tirarnos, y jugar limpios. Limpio, eso no, mejor es matarnos como cochinos. . Pues tómate esa. . Tu esotra. Buen puiso. . Con eso evito, que tú ni el Doctor me maten. Muera, matadle. . Gran ruido se oye por aquesta parte, yo las zafo. . Yo las lío. . Prendedle, matadle, muera. Rindete. . Yo no me rindo mientras tengo vida para que os pueda mostrar mis bríos. Presto hallará tu arrogancia en mi valor su castigo. Suspende el brazo, recoge el ceño, corrige el brío, hermosísima deidad: contra quién irrita el filo tu espada? si es contra mí, ya es tarde, no des motivo con la ociosidad del golpe, que aún sobrado solicito, a que codicioso el pecho se queje del desperdicio. Ya no tienes que vencer, mira que es trofeo indigno apropiarte ajenas glorias, cuando me tienen rendido a menos costa tus ojos, cuyo sagaz artificio espaldas hace del riesgo, y fortuna del peligro. No me equivoque mi muerte tu mano, que aunque en su arbitrio con más feliz influencia tiene su fuerza el destino, y fuera suerte dichosa morir a su golpe activo; no te pido que me dejes la vida, solo te pido, que pues tu acero y tus ojos el cuerpo y alma han rendido, pues es tuyo el vencimiento, que el rendimiento sea mío, porque el trofeo más noble dé al instrumento más digno. Defiéndete, si es que puedes, de mi acero vengativo, y no para socorrerte hagas defensa el estilo; no, no le suplas mañoso por tan desigual camino, lo que a tu valor le falta para resistir el mío. Tirano dueño del alma, en cuyo desdén esquivo el despego más cruel está afectando cariños, cuya rara perfección tiene en sí un oculto hechizo tal, que aún es en tu hermosura lo menos bello lo lindo: idea de las potencias, objeto de los sentidos, en quien oídos y ojos mejoran el ejercicio; si es culpa en mí el adorarte, no la tiene el albedrío, escóndeme la razón, y excusarame el delito. No te defiendo la vida, sino que así facilito una muerte, que me deje aliento para el martirio, y no de volverte a ver me prive el haberte visto: apúrame el sufrimiento, pues me apuras el alivio. Hombre, qué quieres de mí? Vete pues que te permito la vida vete, qué aguardas? mas ay! que en vano me animo . contra mi pecho yo misma de mi rigor desconfío, que se rinde el corazón al trato del enemigo, y acá en el alma parece que se le olvidó el oficio, pues me persuade tierno quien me aconsejaba altivo. Guerra guerra. . Aqueste acento mi locura ha socorrido. Que nos cortan que nos cortan. Oh mal haya el eco impío, que en esta ocasión me pone la obligación al oído! Ya voy, Romano; y tú (ay de mí!) raro prodigio, no dirás quién eres, sí acaso te ha merecido mi atención ese favor? No puede ser: qué mal finjo! . con lo que lo disimulo, parece que lo confirmo; pero aquí de mi valor. Pero aquí del valor mío. Ea, Tóscanos, yo os socorro. Ea, Romanos yo os asisto: y tú Deidad::- . Y tú, Joven::- Advierte:: . Ten entendido::- Que en el más terrible trance::- Que en el más duro conflicto::- Del reencuentro he de buscarte. Del choque he de dar contigo. Para ofrecerte la vida, y postrarte mi albedrío.
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Que se viene el puente abajo. Que me anego. . Que me ahogo. Dioses, piedad. . Favor, Cielos. Qué confuso terremoto ha extremecido el oído? Mas extremece los ojos al ver (qué grande desdicha!) irse desprendiendo a trozos, irse desgajando en partes, irse desplomando todo ese arqueado volumen, ese taladrado escollo, aquese collar de mármol, que oprimió el bello espumoso de él Tiber, cuyo pesado yugo toleró en sus hombros esa visagra de piedra, que a su quicio artificioso unió los distantes lindes, que el agua puso remotos. No ves como los cristales forman círculos redondos, repitiéndose en las ondas, dilatándose en los tornos; hasta que abriendo los senos de la ruina codiciosos, por sepultar sus reliquias se estorban unos a otros, formándose entre las aguas segunda ruina del polvo? No ves:: ay de mí! . Ya veo, señora, un joven brioso, que a todos los enemigos detiene en el puente él solo; gusto es verle como tira mandobles a unos y a otros; más plaza hace que un Maestro de Esgrima en día de Toros: más viendo cortado el puente, que para este efecto solo a los nuestros hizo espaldas, y a los enemigos rostro, osado se arroja al Río, diciendo::- Dioses, socorro. Al agua se echó. . Amparadlo, Cielos: ya el escudo corbo de breve esquife le sirve, y el brazo de remo corto: hasta en el agua le tiran los enemigos furiosos dardos y flechas, ay triste! quién pudiera en su socorro salir! no sé qué me dice el alma hacia un lado y otro naufrago errante fluctua; ya todo el velamen roto del animado bajel da al traves; ya poco a poco se va sumergiendo nave; ya se recobra Piloto, la vida defiende en vano; allí zozobra animoso, desmiente allí con valor el peligro ya el estorbo de las ondas facilita; ya le lleva el proceloso curso del corriente; ya recupera con más logro lo perdido; ya hace pie, ya cobra el borde arenoso: mas qué es lo que miro? El Cielo. me valga. . Qué horror, qué asombro! Oracio, mi bien señor tú en sangre bañado el rostro? tú: ay infeliz! . Teomiclea, Teomiclea, dueño hermoso, a cuya dulce presencia mi infelicidad mejoro, agradecido a mi suerte debo estar y no quejoso, pues que postrado a tus pies puedo hacer culto del odio con que me maltrata el hado, si antes cruel ya piadoso, pues siendo mi fin preciso, parece que le revoco con la fortuna de hacer voluntario lo forzoso. Yo muero y a mi destino la ejecución le perdono, pues ha sabido conmigo ser suprigor tan mañoso, que me ha quitado la queja, viendo que muero a tus ojos. Qué lástima! . Qué desdicha! Oracio, mi dueño, esposo. No quiso el Cielo: mi bien, a Dios, que ya por los poros los espíritus éxhalo . en cada acento que formo. Si Oracio es muerto, a qué aguarda el dolor? Rómpase el coto, que le puso al sentimiento la esperanza; no en socorro de la vida intente el llanto salir como desahogo, sino llevando tras, sí estos vitales despojos, que a pesar del pesar quedan vivos de puro medrosos. Mi bien en vano te llamo, pues ya eres inmóvil tronco: mas como en inútil queja tengo el sentimiento ocioso, y pudiendo del despecho me valgo de los sollozos? Tú muerto y yo viva! Cielos, como (ay infelice!) cómo, siendo, la desdicha tanta, puede en la vida tan poco, que no es bastante a acabar un pesar y puede un soplo? Pero parece (si acaso el deseo no es antojo que respira intercadente, pues se percibe aunque flojo, el aliento. . Si señora, y aún parece que piadoso el Cielo si es que se puede poner a su vida cobro, trae a esta parte a tu padre y a Mucio, y con presurosos pasos llegan disimula no colijan nada. . Cómo podré si es la resistencia la voz con que lo pregono? A esta parte arribó. . Aquí vino. . Bas quémosle todos: más Teomiclea, tú aquí? Llamada del terremoto del puente salí a ver qué era, y apenas el umbral toco de ese postigo, que sale al Tiber pero ese monstruo de la desdicha os lo diga mejor y si a su socorro venís, sea presto, que aún creo, que si es el reparo protto, podrá ser que del desmayo, que por los abiertos poros la falta de sangre causa, vuelva que yo no tengo ojos para ver (ay de mí triste! un caso tan lastimoso. Qué desdicha! . Qué pesar! Llevadle, por ver si hay modo para socorrer su vida, donde en el aliento corto, que nos dejó la esperanza de su vida, cuidadosos recobremos con remedios; que si Varón tan heroico pierde Roma, habiendo sido el que detuvo brioso en el puente al enemigo, como él ha de haber muy pocos, pues solo tú, Mucio, puedes ser el émulo glorioso de tus acciones y en quien hoy estriba, como en polo único nuestra salud. Aunque en mí no reconozco méritos para deberte favores tan generosos, como acabo de escucharte, ellos me empeñan de modo, que espero he de merecer tu aprobación y el malogro de Oracio, aunque me enternece, casi me deja envidioso, pues defendiendo a su patria, con muerte digna de elogío, supo eternizar su vida. Con justa causa la lloro; pero en términos estamos, que hemos de perecer todos en defensa de la patria, antes que al supremo Solio vuelva el tirano Tarquino, y hago a los Cielos piodosos teseigos de que no es esta ambición, ira ni enojo, sino defender lo justo, que no es, no ser sediciosos oponerse a los tiranos, ni atreverse al Real decoro, quien al trano se atreve, que antes es un cierto modo de reverenciar lo justo, no permitir lo vicioso. Hay tantas cosas que puedan responder en nuestro abono, que la menor que tenemos fuera suficiente apoyo; y así el Cielo ha de asistirnos, para que a sus numerosos es cuadrones deshagamos, ya ciñendo los contornos de Roma en prolijo asedio, ya al asalto, donde en trozos midan la distancia que hay desde la muralla al foso. Eso ha de ser lo postrero, cuando no nos quede otro recurso a nuestra razón; y mientras llega, es forzoso que nos valgamos de medios, que no lo aventuren todo. El Senado ha decretado, que a Porsena hagas notorio nuestro decreto esforzando lo que te he dicho yo propio con tu elocuencia y valor, y que a un Rey tan poderoso no le será bien contado jamás, que vino en socorro de un tirano tan tirano, y no moviéndole otros pretextos, aún más que gloria, este le ocasiona odio. Esto representarás, mas tú sabrás cauteloso y valiente darle muestras de que los Romanos somos para amigos y enemigos: toma un barco, y el undoso tránsito del Tiber pasa, pues el puente quedó roto, y ve al enemigo campo. Obedeciendo respondo. Apenas como mandaste procuramos cuidadosos la salud de Oracio, cuando del dasmayo poco a poco volvió en su acuerdo, y lo que le tiene más peligroso es la falta de la sangre, Los Dioses quieran piadosos mirar por Roma en su vida; y tú, mientras yo recorro de la Ciudad las defensas, al campo te parte pronto de los contrarios. Si haré. Qué me inquietas, amor loco? . vana ilusión, qué me acuerdas? tan ocioso, tan ocioso está el discurso de penas, y la memoria de ahogos, que no tocándote parte, te quieres llevar el todo? Bella mujer, qué me quieres, que acá en la idea te copio tan viva, que aún de la imagen segunda vez me enamoro? Qué tendrá mi amo, que haciendo está entre si soliloquios? Señor, qué te ha sucedido? tú suspirar? a qué tono? Al de una pasión. . Pues canta el Miserere que es propio. Aparta, deja locuras. Yo lo hiciera, mas no oso a divorcio condenarte el estrecho matrimonio que han contraído en el mundo lo criado y lo curioso. Mas que por lo que importunas, por darle algún desahogo a esta pena, que padece el alma con alborozo, tan bien hallada en el pecho, que hace del dolor apoyo, de la memoria padrino, y del tormento soborno, te diré, que vi una hermosa mujer entre el pavoroso ruido de las armas, ser del mismo valor oprobio, que émulo de su hermosura el brazo a un tiempo, y el rostro compitiéndose excedidos duplicaban los despojos; y aún duplicarse las vidas quisieran los que al forzoso golpe el aliento rendían, por no cederle a uno solo, y de no acabar de entrambos, cada cual moria quejoso; pues solicitaba el filo quien moria de sus ojos, matando el yerro al que estaba de sus luces codicioso. Yo que con el ejemplar iba temiendo el malogro, indeterminable estaba vivo de puro ambicioso, con la vida embarazado, a su discreción la expongo, que el dudar más pareciera que era del vivir ahorro, y cuando para ser blanco de sus aciertos me postro, cruel me dejó la vida, como despreciando el corto triunfo, que sería matarme; y así lo bello y lo heroico hasta su poder conmigo limitaron rigurosos. Apartola de mi vista su gente sin saber como se llama ni quien es; mira como podré estar si solo me dejó aquella noticia en mi memoria que es potro donde atormentó el discurso; pero ven que pues piadoso el Cielo yendo a su campo con esta embajada, modo me da de saber quién es esta deidad este asombro, que con deseo venero, y con toda el alma adoro; viéndola, sobre si puedo ser desdichado o dichoso. Señores qué tenga yo amo del Martirologio Romano, y que a sus contrarios los quiera como a si propio? . No prosigáis los aplausos dejad las aclamaciones, Soldado: no os avergilenza veros vencidos de un hombre solo? qué hacéis? pues por triunfos me acreditáis los baldones? Parece que a los Romanos les favorecen los Dioses; pues si no como pudiera un Romano solo sobre el puente resistir fuerte la entrada a tus escuadrones y a los míos. . Tan mezclados los retiró su desorden con los nuestros que pudieran entrarse con sus legiones por la puente en la Ciudad, pues a no cortar veloces el puente ya tus banderas fueran blasón de sus torres. Tan irritado el valor me deja el pasado choque, que aún de mi ira incapaces son sus fortificaciones; pero porque la venganza pueda ser a menos coste, y no con la heroica sangre de mis Soldados se compre, conociendo cuan dudosa empresa es la que se expone a discreción de los hados, que suelen hacer que logre la victoria aquel que quieren, no el que la razón dispone: viendo cuan nexpugnable es psse regular monte, de cuyos robustos muros es jurisdicción el Orbe, y siendo casi imposible ganarla por fuerza, porque aún sin gente defendidos tiene el herror sus bastiones; no les demos ocasión a que sus defensas obren: ocioso el valor se esté, burlando sus prevenciones; hagamos que contra ellos sus aparatos se tornen, y que esta vez, no el rigor, la tolerancia los dome; la común herida sientan de hambre y de sed, cuyos golpes, ni el cobarde los excusa, ni el valiente los socorre; que el tardo afán del asedio, qué fuerza habrá que no postre, si hasta en la paciencia logra el tiempo el prolijo corte? Dices bien el sitio sea por hambre, los batallones puestos en cuarteles, la circumbalación coronen, ciñan dentro de su línea la Ciudad y haga lo lnmóvil inútil la ira con que amenazan sus torreones de las murallas adentro; Sientan nuestras invasiones, haciendo que aún a sí mismos sus defensas les estorben: contra Roma convertid sus mismas oposiciones, y sus mayores contrarios sean propios defensores. Parta el valor con la industría los juvéniles ardores, que como se logren nunca tardan las ejecuciones: ni bandera altere el viento, ni pica amenace el vote, ni flecha el arco despida, ni dardo el acierto logre, ni los arietes errados tanta máquina trastornen, que el metal de la porfía más brecha abrirá que el bronce. Corra la Caballería a embarazar los comboyes, y en las avenidas burle la esperanza de las noches, y mientras al postrer trance osados no nos provoquen, ni aún vivan con el alivio de morir a nuestro estoque. Ya, Tárquino, a tu precepto::- Y ya, señor a tu orden::- Esta inquieta muchedumbre se desune tan conforme, que si un compas la desprende, otro compas la recorre. Ya con orden se dilatan en puestos los batallones con la comunicación que los une y los recorre. Y ya de los Vibanderos en carros y carretones se mueve la artillería dulce del blanco y aloque: cada bagaje parece portátil archivo, donde del consejo de la gula se guardan las provisiones. Miren aquel como carga cascos y carro de un golpe; miren aquel cual empina, vean el otro y como sorbe; qué gran rebato a las ollas les tocan los cucharones! qué brava hambre que me causa! aquel vomita este come: qué gran higado que tienen los de aquel rancho! leones parecen, según embisten al castillo de almodrote: mirad que esa es liviandad, Soldados ninguno me oye: escáis sobre quien más masca comiéndoos a mordiscones, y sobre los bofes no hay ninguno que eche los bofes. . Póngase el sitio por hambre; ea pues, no se malogre el tiempo con la tardanza. Bien dices, las cajas toquen y las trompetas. Valerio, este cuartel de la Corte encargo de tu cuidado. La obligación que me corre, es solo de obedecerte. Ya, Roma tus Senadores verán sobre sus espaldas de mi castigo el azote. Presto Porsena, Romanos, vengará vuestros errores, si acaso para mi acero os deja vida mi nombre. . 1. Inobediente el bruto se desboca. 2. La arena apenas con las huellas toca. Válgame el Cielo! Aquella voz me llama, pues un Caballo allí con una Dama se precipita. . En que se mate ella, qué nos importa acá? Que? socorrella. Tente, advierte, señor, que es disparate matarte tú, porque ella no se mate. Ven, que ya han respondido a la llamada, qué se te da que dé una costalada? Mas vive Dios, que va que se las pela; el Caballo bien corre pero él vuela; al viento excede el bruto con fiereza, y mi amo a entrambos en la ligereza, pues la espada sacando por un lado, los brazos de un reves le ha cercenado. Cayó el bruto, y la Dama socorrida el despecho trocó a fácil caída; más otro, que al socorro ahora ha llegado, quizá por menos loco, más pesado, en los brazos procura recibilla, y ambos sobre sacarla de la silla, uno y otro luchando con ella hacía este sitio forcejeando, donde el Aura sutil las flores peina, la traen a la silla de la Reina. Suelta. . Suelta. Yo solo he merecido este favor, pues el primero he sido, que llegó a socorrerla. Eso es en vano, pues antes que a tus brazos, a mi mano debió no peligrar en la caída. A no tener pendiente de su vida el corazón, por verla desmayada, ya fuera Juez de mi razón mi espada. Y a no llamarme esa atención primero, lo hubiera litigado ya mi acero. Helo aquí, por estas disensiones siempre fue bueno huir las ocasiones. Pues ambos suspendamos por ahora nuestro duelo, y atendamos a su salud. Mi intento es eso mismo. (mo Deidad, que en la prisión de un parasis. suspendes el vivir: pero qué veo? no es esta la mujer (aún no lo creo qué robó mi atención? sin duda es ella, que a no ser ella, quién sería tan bella? Prodigio a quien adoro, perdona que me atreva a tu decoro, vuelve a cobrar el alma, no así pene en la duda de la calma. Qué es lo que escucho, Cielos! apenas es amor cuando son celos. Vuelve. . Ay de mí! Albricias, pensamiento. Si no vuelve tan presto, el sufrimiento estaba ya impaciente. A dónde estoy! Dónde del accidente podáis cobraros, y donde a ofreceros vuelve otra vez su vida, quien al veros peligrar puede ufano decir, que tuvo al Cielo de su mano. Donde quiso el acaso hacerme tan feliz, que del fracaso, que a vuestra vida amenazó grosero, llegar pude a libraros el primero. Qué miro, Cielos! este es el Romano, que rendido, valiente y cortesano . en la batalla pudo::- mas qué digo? ninguno más que yo puede conmigo. Para poder mostrarme agradecida, saber quisiera a quien debí la vida de los dos. . A mí. A entrambos: . No señora. Pues a quién? A mí. . Menos ahora os entiendo. A mí, porque yo he sido quien solo vuestra vida ha socorrido. A mí, porque mi aliento por socorreros dejó atras el viento. Antes que yo ninguno se atreviera, si antes que yo llegar posible fuera. Ni primero que yo si alguien llegara a poder ser primero, lo intentara. No es mala la volina, luego dirán que es malo ser gallina. Pues la tregua cesó, dirá el acero en la campaña quien llegó primero: los celos, vive Dios, ha de pagarme. . Pues guiad, que mejor podré vengarme así de vuestra loca competencia. A dónde vais? pues cómo en mi pre- el uno y el otro osado, (sencia, os atrevéis, violándole el sagrado decoro a mi grandeza? Perdone tu respeto. . Tu belleza perdone de mi error las groserías. Que una pasión no mira en cortesías. Volved pues, que yo basto a reportaros. Si señora, que temo el enojaros. Si señora, por no veros airada. Por que irritada vos::- Vos enojada::- No intento::- . No procuro::- Basta, y puesto que con la duda me sacáis tan presto de la duda de estar agradecida al que arrestado socorrió mi vida, pues siendo pretensión de cada uno, por ser de entrambos, ya no es de nin- saber solo deseo (guno; de ti, Romano, pues aquí te veo, qué ocasión te ha traído a nuestro campo: o si él hubiera sido . el que me socorrió! mas co no el labio acentos forma en que mi ser agravio? miente la voz: mas qué nuevo cariño me riñe a mí lo que a la voz la riño? Ya yo estaba por Dios ardiendo en ira. Llegad, que aquí la hermosa Clodomira está: gracias al Cielo, que ha querido premiar nuestro desvelo hallándote, pues viva te gozamos las que en tanto peligro te lloramos. No ha sido nada, que aunque el bruto osado, de fogoso u de mal disciplinado, inobediente al freno, desvocándose rayo como trueno, cuando la gente un orden disponia, y a un lado y otro el campo discurría, provido el Cielo el daño ha remediado. Pues ven donde te cobres del pasado susto. No es bien que yo haga caso de lo que amago fue sin ser fracaso; y volviendo al discurso comenzado, dime, Romano pues, qué te ha obligado a llegar hasta aquí de aquesa suerte? Porqueel modo de hablar mejor acierte, y no arriesgue otra vez mi inadvertencia el respeto que debe a tu presencia, sepa quién es deidad tan peregrina. Clodomira de Porsena sobrina es quien te escucha. Ya a tus pies rendido . tienes, señora, a Mucio, que ha venido a tu tío enviado hoy con una embajada del Senado. Levantad: qué me quieres, albedrío, que no está bien hallado con ser mío! Presto murió mi amor. Mucho le mira a Mució (ay de mí triste!) Clodomira. Quién fuera de esperanza . tan alta, que el deseo aún no la alcanza! Oigan cual se ha quedado, sin duda del Embajador turbado es este paso, o se parece mucho. En mil diversos pensamientos lucho. No le quita los ojos. Quién creyera, que deberle la vida agradeciera? Valerio. . Gran señora. Así de aquí le he de ausentar ahora, que recelo que al verme, por el semblante el pecho ha de leerme, y entre los dos (no sé cómo lo diga! con lo que uno me enfada, otro me obliga. Qué me mandas? Que vayas al instante donde mi tío está, pues tan distante de aquí le tiene su valor sentando los cuarteles que en puestos van formando. Dile, que Roma ha hecho una llamada, y que Mució le trae una embajada; que yo sin tener antes su licencia, no he querido que vaya a su presencia, ni que pase de aquí, que el enemigo no es bien de nuestras fuerzas sea testi- no vas? (go: Ya te obedezco: vive el Cielo, . que hasta acabar el comenzado duelo con Mucio, no tendré reposo alguno; pero yo buscaré tiempo oportuno. . Hasta que de Valerio satisfecho . quede, no ha de poder quierarse el pecho. Cielos, qué inquieta porfía . es esta que en mi entereza, ni acaba de ser tristeza, ni empieza a ser alegría? Amor bueno me has dejado al principio de un empleo, sin la gloria de un deseo, con la pena de un cuidado. Qué fuego es este, que esquivo con la llama lisonjea, y en el incendio se emplea cruel, y no compasivo? Amor, si eres esforzado, cómo así me haces temer? Quién vio a lo remiso ser diligencia de lo osado? Pero cono mi valor se deja así sujetar de una pasión que es amar? Yo había de tener amor? yo querer? mas ay, que fuerzo en vano a mi propio mal, que obra como natural, y me violenta el esfuerzo! Mas cómo si me ha encargado mi patria su libertad, me tiene mi voluntad pendiente de otro cuidado? Afuera, amor, mas así no he de conseguirlo, no, que a quien puede más que yo, cómo le he de echar de mí? Señor, qué te has embobado? no esperemos aquí más, vámonos con Barrabas; no basta que haya un menguado ganado gracias ufano de lo que tú has merecido? pues habiendo socorrido tú a esta Dama, él por la mano ganó lo que tú por pies, con grandísimo trabajo. Si lo que hiciste de tajo se te ha vuelto ya al revés, qué esperas? . Aguarda un poco, quién eres? . Hombre de humor: yo soy Sota Embajador. No le oigáis aparta, loco. Qué es apartarme? no quiero, que soy más en buena fe, que el Embajador. . Por qué? Porque soy su despensero. Cómo te llamas? . Me llamo . No os entiendo. Berruga, cuyo apellido desciende del salpullido, de quien es la sarna ramo: Y pues me mandas decillo, soy de varón en varón descendiente de chichón, y nieto de lobanillo. Soy::- . Calla. Dejadle hablar, que de él saber he gustado quien el socorro me ha dado, y así me quiero informar como fue. . Nadie mejor que yo os lo dijera aquí, si yo supiera de mí: dejadme un poco, temor. Pues sin nota del recato . se ha ofrecido esta ocasión, darle quiero a mi pasión este rato de barato. Vos de vos no sabéis? . No. Quién hay que no haya sabido de sí? . Quién tan bien perdido . Pues qué tengo yo que ver está, que no se buscó. Pues en perderos así, qué conseguis, qué también os halláis? . Un grande bien. Cuál? . Olvidarme de mí. Y ese es bien? . Es el mayor que pudo mi suerte hallar. Cómo? . Podreme explicar con un ejemplo mejor; El que un objeto miró tan bello, que en su conquista, por no caber en la vista mas la vista le llevó; codicioso de apurar el objeto que ha mirado, por verse en él transformado, de si se intenta olvidar; tanto que tiene en el ver quieta la imaginación, y por ser todo atención, procura dejar de ser. Luego solo bien hallado en tan dulce frenesí puede estar el que de sí se hallare más olvidado. Mucho ha sido. Yo entenderos, a qué efeto? Es que es mi mal muy discreto para no ser entendido. Qué mal es el vuestro? . Amor. Pues cómo había de saber yo mal que nunca a entender llegué? Mas bien su rigor mi altivez ha castigado; plujiera a Amor no supiera yo cuan terrible mal era. Y amor es mal de cuidado? Es el más grave tormento, que padece el corazón, tirano de la razón, verdugo del pensamiento: es ley de la voluntad, es prisión de los sentidos, ansia en que los entendidos ignoran la facultad; es de las penas exceso, y es todo cuanto hay que ser. en que sea todo eso? A la que el mal os causó lo podéis ir a contar, pues os podrá remediar. A ella se lo cuento yo. Qué decís? . Digo, señora, (matome mi atrevimiento que como en el pensamiento siempre tiene lo que adora presente la fantasía, que me escuchaba pensé, y por eso os dije, que a ella se le decía. Bien está. . Si imagináis que os ofendí (estoy sin seso!) Yo había de pensar eso? quien soy acaso ignoráis: no sabéis:: Mas qué sé yo, que de mí misma no sé! Señora, vos, yo pensé::- quién tan confuso se vio! . Habiendo, señora, dado aviso, como mandaste, a Porsena de que Mucio habia venido a hablarle de la Ciudad, y que tú sin haber tenido antes su permisión, no quisiste que de este coto pasase; por si me envía a decirte, que si a dar el vasallaje al Rey Tárquino te envía el Senado de su parte, que te oirá benignamente, y se interpondrá a que afable Tárquino segunda vez os reciba el homenaje, olvidando su clemencia todas vuestras deslealtades: Pero si con otro fin, que no sea el de entregarse a merced, acaso vienes, que te vuelvas al instante, que no ha de escuchar partidos donde partidos no caben. Esto dice y así mira la respuesta que he de darle. A qué buen tiempo llegó . Valerio! . Que aqueste ultraje escuche! Qué me respondes? Di, que yo sabré vengarme algún día de esta injuria, que al Senado y a mi sangre hace Porsena y que en cuanto a rendirnos, es más fácil que se desquicien los Cielos de sus ejes inmortales, y que en medio de su curso el Sol su carrera pare; que siendo tan imposible, es más posible que falte en los Cielos la firmeza, que en nosotros lo constante. Pues vete antes que mi ira se acuerde de que intentaste competirme una fortuna. Evitar quiero otro lance . como el pasado, aunque sienta su ausencia: idos al instante, qué aguardáis? . Ya os obedezco. No más que a que nos lo mandes: vamos, señor. . Ya me voy para volver a buscarte cuando el tiempo dé ocasión, Sin que las inmunidades me valgan de Embajador: y a ti para asegurarte . de que me debes la vida, y querré que me la pagues. Así el alma lo ha juzgado. . Cielos qué es fuerza ausentarme! Ya con vuestra competencia de la duda me sacasteis. Miento pues el acreedor me ejecuta por instantes, y dice el alma que es Mucio, aunque la lengua lo calle. Ven, Flora, y vosotros idos, tú a darle a mi tío parte, y tú al Senalo. . Obedezco tus preceptos inviolables. Yo tus órdenes: qué puedo . de Clodomira ausentarme! Que me agrade el ver a Mucio, y que se ausente le mande! Si no he de volver a verla::- Si volverle a ver no es fácil::- Ea, tormento, afligidme. Ea, memorias, matadme. eae tes cra ten tas tes ta ta ea tratas
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Que perecemos de hambre. A Tarquino nos entrega. Ya no podemos vivir. Piedad, socorro, clemencia. Ay de ti Roma infelice, qué de desdichas te esperan! Ya llego invictos Romanos, la infelicidad extrema; ya nos dejó la esperanza en manos de nuestra pena, dél engaño de otro día ni aún el alivio nos queda, pues nos está ejecutando nuestra vil naturaleza con la falta del sustento, que en las precisas expensas el continuado consumo apuró a la providencia; pues en virtud de la tasa, que en todos puso la regla, con el temor de que falte, ha días que se sustentan. Ya no le queda recurso al furor ni a la paciencia; ya le hemos averiguado al cuerpo humano las fuerzas; a tan dilatado examen ya lo robusto flaquea: tan presentes las desdichas tenemos, que en nuestra idea las llevamos padecidas, aún antes de padecerlas. Ya ha menester la desgracia el primor de la prudencia, para que hagamos rendidos albedrío de la fuerza. Ya es necesario que al yugo el cuello otra vez se ofrezca, y a registrar eslabones el pie fatigado vuelva. Ya es forzoso que Tarquino nos gobierne: aquí la lengua muda, balbuciente el labio, en torpes intercadencias, lo que es preciso que diga, a pronunciarlo no acierta; que como el aliento falta, su formación regatea, o es que del dolor mudada, por no explicar nuestra afrenta, fragmentos hace el acento, y la voz deshace en piezas. Hoy en el Senado, en fin, se resolvió nuestra entrega, pues no descubre el discurso camino a la subsistencia; y solo puede aliviarnos (si hay alivio en tales penas) que en tanto tiempo, como ha que sentimos la molestía del sitio, no perdonamos ni peligro ni inclemencia, desvelo, ansia ni fatiga, descomodidad, miseria, úcase su experiencia, hla vernos reducidos a no hallar en qué hacer prueba, lugando con nuestro aliento donde aún la vida no llega. Y así, hijos, pues yo fui quien de la cruel violencia os libró de los Tasquinos, y hoy por suerte tan siniestra consérvaros no he podido, justo es que morir merezca: material para mi muerte haré mis desdichas mismas: ya del dolor se me ahoga, . ya del llanto se me anega. Para esto, Cielos, me distéis la vida? para que viera en tal aprieto a mi patria, sin que el vivir yo la pueda librar, siendo antes mi vida su ruina, que su defensa! Como comamos, mas que un Turco, un Alarbe venga a gobernarnos, pues es mejor, en caso que sea un Tarquino que gobierne, que una hambre que desgobierna. Quedaos vosotros, que yo me voy a morir. . Espera, Junio Bruto. . Qué me quieres? Ea, valor, qué recelas? . si he de morir de rendido, no es mucho mejor que deba la muerte a más noble causa, y que de atrevido muera? Porsena no me ofendió? no es la principal cabeza del campo enemigo? sí: si esta falta no pudieran los demás miembros sentir la precisa dependencia, y viéndose divididos, entre si se confundieran, restaurándole a mi patria la libertad que desea? claro está: pues si lo está, qué es lo que el discurso piensa? A qué me detienes, Mució? hambre y sed, que nuestros bríos . Quiero pedirte: . Qué intentas? Que pues del Senado es ya resolución expresa entregar hoy la Ciudad a Tarquino pues gobierna tu autoridad al Senado, te ruego que lo detengas hasta mañana, y en tanto te pido, señor, licencia para ir al campo contrario, a ver si con la cautela puedo vencer la fortuna, y con el lenguaje y señas de Toscano, introducirme con sus mismas centinelas en su campo aquesta noche, y a merced de las tinieblas, que para insultos jamás dejaron de ser terceras) pues no queda otra esperanza, matar en su propia tienda a Porsena. Mas qué digo! ea amor nada me acuerda, que aunque el ser de Clodomira tío, guardarle pudiera; primero que no mi Dama es mi patria, si coteja la razón entre el honor, y el susto la diferencia. A aquesto en fin me resuelvo, qué me respondes? . Qué hicieras con libertar a tu patria, a tu fama, Mucio, eterna; pero que compra muy caro Roma, si acaso se arriesga tu persona, sin más útil que arriesgarla. . Si a mi cuenta pudiera estar del suceso vencida la contingencia, como el horror del intento, presto, Junio Bruto, vieras nuestra patria en libertad; pero como se reservan los fines de los sucesos a las Deidades supremas, no puede el hombre hacer más, que intentar y si se empeña todo lo que puede, ya hace del suceso deuda: y cuando a alcanzar no llegue esta gloria, otra me queda, que es darme ocasión mi patria en que la vida le ofrezca. No fuera malo, a tener otra ahí en la faldriquera, pues el que ofrece de falso, bueno queda si le acetan sola una vida que tiene, Sin que otra apelación tenga. Tan grande resolución Solo el arbitrio me deja de admirarla y no impedirla: el Cielo ayudarte quiera. Pues yo he de hacer más que Mucio. Qué? Dejar que él solo emprenda tan grande acción cuando el brío a competirle me empeña, por no hacer tan grande hazaña menor con la competencia; y pues ya de mis heridas cobré la salud entera, y el Cielo me dio la vida para volver a perderla en defensa de la patria, si lo que Apolo no quiera, muere Mucio en la demanda Sin conseguir lo que intenta, Oracio la ha de seguir, y los más de la nobleza de la juventud Romana, hasta que Porsena muera. Así todos lo juramos. Pues el tiempo no se pierda: a daros voy libertad, Rómanos y en la palestra, o yo he de quedar sin vida, o habéis de quedar con ella, para que el mundo conozca, y todos los siglos sepan, que por librar Mucio a Roma de una esclavitud pespetua, si es lo postrero morir, hizo la hazaña postrera. Benigno el Cielo te asista. Los Dioses te favorezcan. Ay Teomiciea, y que sustos de perderte el alma lleva! Ay Oracio de mi vida, que de pesares me esperan! Ay pobres tripas vacías, cuando os podré yo ver llenas! . A ofrecer a Marte venid llegad; y en muestras de esta grande victoria, oblaciones se ofrezcan, que aunque es la ofrenda muda, tiene para el que ruega, fuerza de voz y calidad de lengua. Hoy, señora, que al Dios Marte con reconocidas señas Porsena y Tárquino ofrecen en sacrificios y ofrendas tantas reses como el campo en nevado escuadrón puebla, siendo a emulación del Cielo, errante vulgo de estrellas, en hacimiento de gracias de la victoria que esperan ya conseguir por instantes, pues según el hambre apremia a los Romanos, no hay forma, que un día más se detengan, cuando todo es alegría tu campo, y cuando celebran con músicas la victoria, repitiendo sus cadencias::- A ofrecer a Marte, Cuando de fin tan dichoso tan feliz principio empieza, como efectuar los tratados, que ajustó la conveniencia de ambos Reinos y Valerio por su esposa te merezca; qué rara melancolía te suspende? qué tristeza tan vana de su poder lo bello no privilegia, y a fuer de ser poderosa, quiere parecer grosera? Mira que al verte llorar, es bien señora, que tema, que se viene el Cielo abajo; pues quién juzgará en su esfera al firmamento seguro, si ve despeñar estrellas? Ay Flora, que esas razones, esas circustancias mismas, que te parecen de gusto, son las que me dan más pena! No entiendo por qué razón. No es mucho que no lo entiendas, pues no me entiendo yo a mí. Cielos, bastante no era haber mi valor postrado, mirar mi altivez sujeta a una pasión, que me arrastra tras si con tanta violencia, que hace que de mí me olvide en todo lo que me acuerda; sino que a aquel que aborrezco le he de dar la mano! Aa pesía la política tirana razón de estado, tan necia, que le quita a la mujer la libertad de que pueda elegir dueño a su gusto! Mas cómo de esta manera discurro sin acordarme del fuero de mi grandeza, y que soy yo quien a tales discursos abre la puerta? Qué será lo que la obliga a quedarse tan suspensa? qué extraña melancolía! Flora, entremos en mi tienda, a ver si con el descanso puedo aliviar la tarea de estar siempre imaginando. Puede ser que allá diviertas con la música, señora, en parte tanta tristeza como la que tienes. . Cielos, dadme modo con que pueda, entre el que aborrezco y quiero, trocar la suerte siniestra. Fiado del cabo, a un tronco dejo la barca en la orilla, porque a cualquiera suceso la pueda hallar prevenida. Ya en los Reales enemigos estoy y hacia allí la línea que va tirando el cordón, parece que se divisa: la oscuridad de la noche mis intentos apadrina, y en fe de su lobreguez, Sin que ninguno me impida, juzgo he llegado a sus fosos, que vago el pie me lo avisa. Ea, corazón, ahora he menester que me asistas; si acometes grande acción mayor empeño te anima: hasta aquí tocó al valor saber arriesgar la vida; pero desde aquí adelante solo le toca a la dicha: fortuna, no siempre seas del animoso enemiga. Qué es lo que pasa por mí? Cielos, yo soy Clodomira? Yo soy aquella mujer a quién el Amor temía? pues si alguna vez su flecha se me atrevió presumida, desairando su poder, fue trofeo de mis iras. Y a la que siguió de Marte siempre la heroica milicia, yo sujeta a una pasión? yo a una voluntad rendida, labrando en mi libertad el yerro que me cautiva? Nada (ay de mí!) se defiende de la fuerza de los días, que a tu grave curso, qué seguridad no peligra? Señora no dará treguas tu extraña melancolía a que la razón reporte lo que la memoria irrita? si a tu pena no la enmienda tu llanto de divertirla trata quieres que cantemos, pues suele ser la armonía de las voces, dulce encanto en que los males se alivian? Cantad, por ver si el acento suspende la fantasía. Qué tono cantarán? . Triste, porque el oído le admita. O el mal ha de gastarse en sí, o en mi porfía, que en la naturaleza (ma: no hay cosa que no acabe de sí mis pero mi pena es tanta, que para más fatiga, aunque puede con todo, acaba todo lo que no es la vida. Parece que el dulce acento con su blanda melodía llama al sueño, y que en la idea perezos amente lidia con mi pena, y la memoria informa menos altiva: o si pudiera el descanso . suspenderme de mí misma! Hasta este sitio he llegado sin más rumbo ni más guía, que mi propio atrevimiento, porque mi huella y la vista todo es sombra cuanto toca, todo horrores cuanto pisa. Los enemigos cuarteles, oculto en la sombra fría, sin embarazo he pasado, que las centinelas mismas se descuidan como en Roma piensan entrar tan aprisa: y así el morir::- . No cantéis, que se ha quedado dormida, no la dispertemos. . Vamos. . Hacia esta parte se hoía la suavidad de una voz: con qué de dudas se mira mi valor, pues no conozco al Rey, ni la parte fija sé de la tienda en que asiste, y faltando esta noticia, es aventurar la acción! pues volverme es cobardía; proseguir es ceguedad; preguntar dar a malicia aquel de quien me informare: qué haré? pero la vecina voz que escuché en este sitio, es seña bien conocida de que debe aquí de estar la Corte. Allí se divisa en una tienda una luz, y a lo que la llama tibia descubre con el reflejo en lo grande y en lo rica, hospicio capaz parece, que persona Regia habita: de Porsena puede ser que sea; allá se encaminan mis pasos si es suya muera a mi mano vengativa, porque con su muerte a Roma de su esclavitud redima. Mucio, Mucio, qué me quieres, que así el sosiego me quitas? Cielos, mi nombre escuché! de oírlo el alma se admira: si acaso me han descubierto? si me siguió alguna espía, y ha dado aviso? qué haré? pero una mujer divina es solo lo que a ver llego, que haciendo catre una silla, blando descanso una mano, sobre cuyo mársil fía todo un cielo de alabastro, que en oposición unida parece que a rostro y mano un propio ser les ánima; y que para estar más bella los ha juntado la envidia, pues mezclándose emulados, con mejores luces brilla al viso de la azucena el clavel de las mejillas: y ya que de lo admirable se va cobrando la vista, que ciega de tanto objeto miraba, mas no advertía; parece si no me engaño, que la que el sueño rendida en esta tienda se ve es la hermosa Clodomira: ella es pues a no ser ella, quién podía, quien podía substituir con la muerte las ausencias de la vida? Alguna inquietud parece que siente, pues no respira con la igualdad natural, que en cláusulas succesivas el aliento distribuye. Ay de mí! . Triste suspiras: si ha sido efecto del sueño el nombrarme? mas cómo había de caber en su rigor lo que aún no cabe en mi dicha? Que esté hermosa quien los rayos de sus estrellas retira, y tanto, que hace otra nueva perfección del encubrirla? Que no eche menos sus luces el que las ve suspendidas, ni en los ojos ni en el pecho? Cómo, mujer peregrina, con la beldad de dispierta, te sabes quedar dormida? Mucio, Mucio, otra vez digo, qué me quieres? qué precisa fuerza me obliga a inclinarme, por más que yo la resista? Cielos, qué es lo que he escuchado? si acaso mi fantasía, formando voz del deseo, responde del eco herida? no estoy en mí de alborozo: quererme a mi Clodomira? Ay Mucio! si me escucharas:- Con el alma y con la vida te escucho: o si yo pudiera llegarla a hablar! . Y sabrías, que no es en mi ingratitud, sino cruel tiranía de mi tío, pues me casa::- Qué es lo que el alma adivina! Con Valerio. . Fuerte pena! Sin mi gusto. . Suerte impía! Y yo no podré::- . Ay de mí! Resistirme::- . Cruel fatiga! A sus órdenes, pues es en mi obligación precisa obedecerle, aunque hacerlo me venga a costar la vida. Primero moriré yo: válgame Dios! qué vecinas vivieron siempre en el mundo las dichas de las desdichas! Muera Valerio, pues es él contra quien se conspiran mis celos, y de una vez se satisfagan mis iras de aquel duelo y de este agravio, que con igualdad me obligan. Mas cómo queriendo a Mucio es posible que permita el pecho ser de otro dueño? Mas quién habrá que resista el dolor en el silencio? a hablarla se determina mi amor pero mi valor, como de mi honor se olvida, Sabiendo que de matar a Porsena se origina la libertad de mi Patria? Pero en matarle peligra mi cariño, pues ofendo con su muerte a Clodomira, y su atención me suspende al paro que esta me anima. Qué tímido el corazón se queja de mi osadía! o quién a un tiempo pudiera matarle y darle la vida! pero en vano me detengo; muera pues, muera. . Más fina no es mejor morir, que fácil olvidar a Mucio? . Viva. Mas cómo he de resistirme de la pretensión prolija de Valerio? . Muera el Rey y Valerio pues me quitan de lograr el bien que adoro. Ea, pasión, nada me digas; pero porque no se tuerzan mis designios a su vista, quiero apartarme del riesgo de mirarla; y pues la misma razón da a entender que está la tienda que el Rey habita a este paraje cercana, por ser la de su sobrina esta iré a reconocer cual es: hacia allí encendidas algunas teas parecen, y a sus luces se registra una tienda suntuosa, y el ruido y voces distintas que es de Porsena: apadrina, fortuna, mi atrevimiento, pues el traje y la divisa me encubrirá de Toscano, y en forma desconocida, me mezclaré con su guardía, para que con más noticia pueda lograr una acción, que a los siglos me eterniza. . Todos me han dejado sola; pero buena compañía . es la de las penas, que nunca del lado se quitan. Arminda, Flora. . Señora. Qué hacéis? Viendo que dormías nos fuimos por no estorbar ese alivio a tu fatiga. Mal descansa quien el sueño mas la ofende que la alivia, que aunque se ven las pasiones en el sueño suspendidas, porque no descanse el alma trabaja la fantasía. Matadle, muera el traidor que se atrevió a mi persona. Seguidle. . Qué ruido es ese? Todo el campo se alborota: la voz del Rey escuché. . Aunque le amparen las sombras, no ha de quedar sin castigo su falsa intención traidora; seguidle y a mi presencia le traed. . El cuartel corta. Por aquí. . Señor qué es esto? qué accidente os ocasiona tal sobresalto? . El mayor error, la más alevosa traición, que pudo caber en la presunción más loca; quiso matarme un traidor. A vos? . A mí y como toca a la inmunidad del Cielo el conservar las Coronas, a Valerio, con quien yo estaba tratando a solas políticas conveniencias, que afianzaban vuestras bodas, mató por matarme a mí, que como apagó la antorcha que ardía en mi tienda al entrar, porque nadie le conozca, y poder librarse con la oscuridad tenebrosa, perdió el tiento y fue Valerio reparo de mi persona, pues dijo al ejecutar tragedia tan lastimosa, muere, Porsena, porque tu muerte dé vida a Roma. El Cielo guardó tu vida, porque sabe lo que importa: buscadle, sin que la noche delito tan grave esconda; no quede de todo el campo albergue tienda ni choza, que no registre la saña, que el rigor no reconozca; y si acaso pareciere, le he de dar muerte yo propia, si su delito es capaz de muerte tan generosa. . Ya el Romano delincuente, que siguió tu gente toda, viene preso. . A mi presencia le traed. . No tenga un hora mas de vida, el que a la tuya se atrevió, que valerosa y :̱ . Aquí está. . Qué miro . no es Mucio (el dolor me ahoga!) el preso (qué triste pena! y ha de morir (qué congoja!) ay de mí, que con su muerte la mía ha de ser forzosa! Cómo atrevido Romano, que aunque las señas son otras, lo que el traje disimula, tu atrevimiento pregona? como tu error no previno, que era diligencia ociosa matar a un Rey que en su ayuda tiene a su Deidad de escolta? Quién eres que al Lrurel sacro quieres marchitar las hojas, sin saber que su verdor libres de accidentes goza? Quién eres, que siendo yo Porsena, asombro de Furopa, te me atreviste? . Qué escucho! luego mi mano alevosa erró el golpe: ha vil fortuna! tanto mi ultraje te importa! Quién eres? . Soy un Romano. Y no más? . Ser eso sobra, para que cualquiera hazaña por grande me venga corta. El corazón en latidos desiguales se alborota, y no cabiendo en su centro hace al pecho esfera angosta. Di tu nombre. . Ya le he dicho. Di la ocasión que te arroja a haber mi muerte intentado. Ser enemigo de Roma, y matarte como a tal. Presto tu arrogancia loca castigaré con tu muerte. La muerte a mí no me asombra por morir que si la temo es solo porque me estorba a que mi diestra mañana enmiende lo que hoy malogra Así de tu atrevimiento en mi presencia blasonas, sin querer decir quién eres? No sabrás de mi otra cosa. El fuego te hará decir lo que me calla tu boca; y pues duran todabía los fuegos que a la redonda el Altar de Marte cercan en escuadra luminosa; a ellos le traed, seguidme, que pues a su cargo toma el Cielo amparar mi vida, le quiero pagar con otra, siendo la suya en su incendio abrasada mariposa. Venid. Vamos que en mi muerte ma fortuna se mejora, que no habiendo conseguido darle libertad a Roma, y tener, según advierto, a Clodomira quejosa, qué muerte puede haber mala si me quita la memoria? Ay de mí! que va a morir, sin que pueda en tal zozobra ni hablarle ni remediarle: con qué ternura me roba el corazón! . Que te pierdo: a Diós, Clodomira heroica, que solo el perderte puede hacer mi muerte penosa. . Adiós, Mucio qué peñasco duro, qué robusta roca no formará sentimiento aún de tu insensible forma! Mucio, que es dueño del alma, Mucio, a quien mi pecho adora, Mucio, en manos de la muerte! Mas como el dolor me postra a sentir lo que debía apadrinar rigurosa, pues quiso verter mi sangre? Pero qué importa qué importa la razón, a donde es la pasión más poderosa? La ocasión me está riñendo lo mismo que el alma llora, y yo parece que estuve de su muerte deseosa, pues la apresuré: ay de mí! mucho el dolor se reporta, si hace que en mi sufrimiento quepa mi dolencia toda! No ves señora, los fuegos desde aquí? . Ay de mí, Flora! que ya por mi mal los veo, y según llamas abortan, parece que en sus entrañas todo un monte se débora, y el cebo que le alimenta centellas al Cielo arrojan, y con la cuarta región parece que se intérpolan. Cerca de una autorcha está Mucio y en confusa tropa mi tío con sus Soldados. Aquí tu intención traidora te hará publicar el fuego. Porque veas que no hay cosa, que pueda conmigo más, que mi valor y no asombra a los magnánimos pechos la muerte, que antes les sobra la vida, cuando empleada no está en empresas heroicas; esta inútil diestra que contra su dueño alevosa erró el golpe en cuyo acierto la vida estuvo de Roma, tenga su justo castigo en la llama abrasadora. Qué intentas? . Echar de mí una alhaja que me estorba. Qué asombro! Qué gran desdicha! no hay nadie que le socorra de tantos como le miran? Mirad si el fuego me asombra. Socorredle, socorredle, o iré a librarle yo propia, aúnque arriesgue mi decoro! Mas ay! que el susto me roba . las acciones, y el aliento en suspensión tan penosa, Siendo impulso que me lleva, es grillo que me aprisiona! Inmóvil Mucio se deja abrasar la mano toda, ni aún el menor sentimiento constante el semblante informa: de mármol parece todo lo que la llama no toca. Quitad del fuego ese monstruo de valor, que más piadosa para con él es la llama . misma, que su diestra propia. Así el yerro de una mano en el fuego se acrisosa, que no ha de quedar conmigo quien me ha estorbado una gloria, Quién eres Romano altivo, que con ambición heroica, codicioso de morir tu propia vina te enoja? Pero cualquiera que seas, vuélvete vuélvete a Roma, que aunque es grande tu delito, con tanta hazaña le borras. Vuélvete, que ya la vida mi grandeza te perdona, que el valor tiene la oculta simparia tan garbosa, que aún a los propios contrarios mas qué no irrita apasiona; y no quiero que a los siglos puedan contra las historias, que fue mayor tu constancia, que mi piedad generosa. La vida debo estimarte, y para que reconozcas, que logra en mí el beneficio lo que el castigo no logra, te diré lo que he callado, porque a tu vida le importa: y por ver si Clodomira con esto se desenoja. A mi vida importa? . Sí. Di cómo. . Sabraslo ahora. Yo soy Porsena famoso, Mucio, de la sangre Augusta de los Mucios, que de Roma son la más noble columna. Dejo el que en mis tiernos años gobernando una centuria seguí el Militar estruendo, en cuya escuela se estudia el arte de la experiencia, que tanto el valor ilustra. Dejo, que de dos legiones, que en su defensa recluta el Senado contra ti, a mí me encargó la una; y paso a que nos sitiaste, llegando a tal desventura, que no privilegió el hambre a la fiera más inmunda; que donde hay necesidad, solo el apetito busca el manjar que le sustenta, que es el manjar que le gusta. Con ser mucho el bastimento, como era la gente mucha, se fue apurando en extremo, y porque no se consuma en los demás, que al manejo de las armas no se ajustan, el alimento que queda solamente se regula para la gente de guerra, a cuya clemencia injusta clamaron todos los que sin culpa tenían la culpa. Hasta los tiernos infantes en los brazos y en las cunas, viendo llorar a sus madres, con su llanto las adulan. Los viejos, a quien la edad con la pesadez caduca les fue agravando los miembros, que difícilmente usan la formación del suspiro, la flaqueza les usurpa, y entre el pecho y entre el labio queda como voz confusa. En las calles y en las plazas tristes lamentos se escuchan; a unos se ve agonizando entre mortales angustias; a otros su debilidad sin resistir les apura, con un semblante la muerte a todos les desfigura, y el que a otro entierra, tan muerto está como el que sepulta El Soldado a quien le dio la escasez porción tan justa que más que engañar la gana pudiera aumentar la guía) la lleva a su viejo padre, el cual, aunque le ejecuta el hambre, por no quitarle al hijo lo que él procura, sustentándole el cariño, lo que apetece reusa. El otro que entre su esposa y sus hijos dificulta, no el partir el alimento, sino a cual primero acuda, lo deja y vuelve la espalda, cebándose en su ternura, haciendo que su valor por alimento les supla, y aún este corto sustento presto apuró la fortuna, y a ignorados alimentos el paladar se habitua. Viéndonos sin esperanza, y que era suerte más dura entregarnos a Tarquino, a quien tú, señor, ayudas, que padecer tantos males, y que eres en quien se funda la vanidad de Tarquino para su vida sañuda; la Romana juventud trecientos Nobles conjura, y a mí me tocó la suerte de ser el primero; en cuya facción, el impulso errado, su yerro en el fuego purga como viste; y los demás, que después de mí te buscan, no han de parar hasta darte la muerte y así procura levantar el sitio a Roma, que no siempre la fortuna te será amiga y enmienda el riesgo con la cordura, que yo con aqueste aviso te pago la acción augusta de haberme dado la vida, Solicitando la tuya. Mucio ilustre, que acreditas quien eres con lo que has hecho, pues quien es agradecido tiene nobleza y esfuerzo; detente y para que veas lo que tu aviso agradezco, pues de ver rendida a Roma ninguna utilidad tengo, y no hay que ganar con hombres que desconocen el miedo::- Qué quieres? . Esto ha de ser y pues cerca de este puesto las murallas han de estar::- Qué intentas? . Aquesto intento Ah de los muros de Roma, que el oscuro manto negro de la noche los oculta en su lobreguez envueltos: Ah Rumanos. Quién nos llama? Porsena os llama, que viendo el estado miserable a que estáis todos sujetos, os quiere dar libertad, sin que la liga que ha hecho con los Tárquinos le estorbe, que admirando vuestro aliento, mas quiere ser su enemigo, que ser enemigo vuestro, Siendo a Mucio a quien debéis la vida que daros quiero. Ya a postrarnos a tus pies, en señal de rendimiento, bajamos: decid que viva Porsena la edad del tiempo. Viva Porsena mil años. . Tu vida prospere el Cielo, que tal acción esculpida quedará en bronces eternos. Yo, señor, ya que del susto pasado cobrar me puedo, viendo tu resolución, y lo que en ella intereso, te doy gracias (y en que Mucio . libre del pasado riesgo si mi suerte lo dispone; pueda ser por este medio mi esposo) y así la mano por tan grande acción te beso. Siempre, Clodomira hermosa, acreditas mis trofeos, y he de pagar tu cariño con solicitarte dueño que de Valerio la falta supla. . Parece que el Cielo . le movió el impulso a Mució, pues acertó por un yerro. Todos la vida, señor, a vuestros pies ofrecemos, si para tan grande deuda la vida no es corto precio. A Mucio es a quien debéis, Romanos este suceso, que quiso matarme a mí, y dio la muerte a Valerio. No lo erré todo, pues que castigué su atrevimiento, que sin duda que mi mano se dejó guiar de mis celos. Y de su yerro sentido entregó la mano al fuego, y viendo yo que trataba al peligro con desprecio, no quise que malograra con su muerte tanto precio sino que a la libertad de Roma fuese instrumento; ya libres por él estáis. Mas no es vencer, no venciendo; y tú, Mucio valeroso, pues que por tu Patria Izquierdo has quedado, tu renombre has de fabricar de serlo; Iscébola has de llamarte, que viene a decir lo mismo, para que la libertad, que hoy a tu valor debemos, con este nombre no pueda borrar la injuria del tiempo. Yo sé que él mejor que el nombre tómara quedar derecho; que ser zurdo, es peor que ser calvo, corcobado y tuerto. Viendo Tarquino, señor, que sin su consentimiento conciertas con los Romanos, que has de levantar el cerco, por no verse en tal afrenta, en marcha su campo ha puesto, y ya los cuarteles deja. Dejadle, yo soy primero que Tarquino; y porque veáis, Romanos, lo que en mi pecho Mucio Scébola granjea todos los cuarteles llenos de mi abundante riqueza os presentaré y en ellos vendré a redimir en parte lo que os consumió el asedio: y tú, valeroso Mucio, pide más, que a tu denuedo he cobrado tal cariño, FI Con licencia: EN VALÉNCIA, en de Orga, en donde se hallará es que no podrá tu deseo pedir nada que te niegue. Ea Amor, qué me detengo? . aquesta es buena ocasión, y más sabiendo de cierto, que Clodomira me estima. Qué dudas? . Yo me resuelvo. Ya, señor, de mi nobleza tienes noticia. . Si tengo. Pues Clodomira, señor, tu sobrina::- . Ya te entiendo, si ella gusta, yo también gustaré del casamiento; qué respondes, Clodomira? Yo, señor, siempre obedezco tus preceptos: qué fortuna! Qué dicha! . Pues dale luego la mano, que si él te quita tu esposo, siéndolo él mismo, ya paga. . Mi mano es esta. Y está la mía, que atento me quise quemar la otra, previniendo este suceso por no dejar en mi señas que pudieran ofenderos. Amor, ya ha llegado el caso: con este ejemplar bien puedo pedirte, que a Teomiclea me des por esposa en premio de mis servicios. . Yo soy quien más en eso granjeo: Hija, da la mano a Oracio. Qué alegría! . Qué contento! Yo quiero ser dé ambas bodas padrino. . Blasón pequeño es el mundo a tu grandeza. Tú quieres casarte? . Quiero. Conmigo? . Oh conmigo. Tengan, que vive Dios, que estoy puesto en dos balanzas, mas yo a la Romana me atengo. Y aquí el Poeta da fin al suceso verdadero de Mucio Scebola, y pide, que le perdonen sus hierros. a Imprenta de la Viuda de Joseph
