Texto digital de La más verdadera copia del mejor original
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La más verdadera copia del mejor original. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mas-verdadera-copia-del-mejor-original-la.

LA MÁS VERDADERA COPIA DEL MEJOR ORIGINAL
JORNADA PRIMERA
Adustos habitadores del negro Palacio, en cuya estancia infeliz, la noche sus lobregueces estudia. Espíritus del Hverno, T que en su horrorosa clausura gemís, sin arrepentiros, los dolores de una culpa. Oíd, y llorad a un tiempo las afrentas, las injurias, RRM que nuevamente el valor de vuestro Príncipe asustan. No juzguéis, que es este enojo, este despecho, esta furia, por A por mirarme condenado, a que eternamente sufra, los siempre ardientes incendios, de tanta llama sulfurea. Nuevas ansias me provocan, nuevos dolores me turban, nuevos ultrajes me irritan, y nueva rabia me apura. Y para que de una vez, diga el pecho las angustias, que en vano el pesar encubre, y ocioso el dolor oculta: Sabed, que todo esto nace, de ver, que una vil criatura, una villana mujer, una infame beldad, una; pero, o mal hayan mis ansias! pues para que en sus injurias, no prosiga, a pesar mío; la lengua el Cielo me anuda Una, pues, humana flor, que con ser planta caduca, a aumentarle al Cielo luces, con visos de Astro madruga: Es quien de mis altiveces, tan gloriosamente triunfa; que aún no le deja a mi saña que lo niegue, o que lo encubra. Apenas en cuatro Abriles; rompió la edad su clausura, permitiendo a su belleza, que aún dentro del borón luzga, cuando Clicie tan amante al Sol de lusticia busca, que ya en su Ocaso le llora, ya en su Oriente le saluda. No hay perfección, que no asista; no hay virtud, que no concurra en esta temprana flor, a quien tan prodigo inunda el rocio de la Gracia, (que ella sin cuidado chupa) que puede apostar verdores, con la flor, que más presuma, en el Jardín de la Iglesia; pues entre cuantas dibujan su uniforme variedad, bien puede ser que haya alguna, que descuelle más crecida, pero no que arda más pura. Confúndeme de esta planta, la admirable compostura, que aunque ha mucho, que mi saña entre estas flores oculta su veneno, no he encontrado otra semejante nunca. Bien sé que se llama Antonia Jacinta; mas disiculta su nombre la admiración, notando, que con ser una esta flor, contiene en sí el primor de todas juntas. Si a su amor miro, el clavel menos ardiente se juzga: si a su penitencia, el Lirio, cobardemente la emula: si a su castidad, aún es, la azucena menos pura: si al rigor, con que reprime, los afectos de la guía, aún no ostenta el Alelí, sus pálideces tan mustias. Siala crueldad, con que hiriendo, con puntas de acero agudas, la candidez de su cuerpo, desata en sangrientas lluvias, inundación de corales; no se miró tan purpúrea la Rosa; entre cuantas Reina; verdes la coronan puntas. Y en fin, si al desvelo atiendo, con que al Sol, su Esposo, busca; y comogime llorosa, al ver, que su luz sepulta, sirviendo a tanto esplendor, un vil madero de tumba: Clicie amorosa la admiro, siendo; porque me confunda, un prodigio de las flores; que para más gloria suya, floreciendo como todas, descuella como ninguna. S Pero qué digo? Así el labio sus alabanzas pronuncia? Así la pago en aplausos, lo que la debo en injurias? Oh pese a mi saña! y pese al Cielo! pues porqué sufra más crecidos mis tormentos, me obliga, a que yo descubra, sus triunfos, y mis desaires, su dicha, y mi desventura. Pero que importa salir vencido en la primer lucha, si me espera más glorioso, el triunfo de la segunda? Hasta ahora sus victorias, ni la ensalzan, ni la illustran, que vencer sin resistencia, no es del valor gloria mucha. Donde a la razón se rinde el apetito, quien duda, que quien vence sus afectos, aún más ímpera, qué triunfa? Luego no puede llamarse victoria, la que resulta de un enemigo, que dócil, aún más que resiste, ayuda? Pero ya que en doce Abriles, cumplida la edad adulta, se revelan las potencias, y el apetito estímula. Ahora, que el amor propio, contra la razón conjura, de sentidos, y potencias, la desenfrenada turba: Veremos quien vence, y si es el trimifo, de que se adula, bizarría de su aliento, o acaso de la fortuna. La resistencia en la lid, es quien el valor gradua, que sin enemigos, no se ostenta el esfuerzo nunca. Aquí, pues, de mi rencor; aquí de mi saña astuta; que seguro está el trofeo, si se unen valor, y industria. Atice mi rabia el fuego, que ya de su llama oculta, va con la edad descubriendo, centellas, que a incendio suban. Y pues en su natural, advierto ya, que me ayuda el gusto, con que se deja lisonjear de su hermosura, aliente en su pensamiento, esta vanidad mi astucia, que mejor se deja el alma, persuadir de lo que gusta. Al arma, pues, que ahora tengo la ocasión más oportuna, para arruinar este Cedro, que aún no nace, y ya se encumbra, Esta noche disfrazada se halla, con pretexto de unas fiestas, con que la niñez, entretenerse procura. En los adornos, y galas, he de poner mi cicuta, que mejor obra el veneno, donde más se disimula. Adornada la belleza, con más cariño se escucha, A2 que que hermosura con aliño, es dos veces hermosura. Contemple, pues, su beldad, sus perfecciones discurra, que si este halago la rinde, si este hechizo la de lumbra, yo sabré, a pesar del Cielo, hacer, que de si sacuda, o no admita, de Bernardo la Religiosa coyunda. Ella viene, y la acompaña Doña Ana, una amiga suya, de quien mejor que yo, espero, que a no profesar la induzga; porque en la humana miseria, más bien persuade a una culpa el consejo de un amigo, que de un Demonio la astucia. eoino No te desnudes tan presto Doña Antonia. Pues qué quieres? La nata de las mujeres has salido, y no es bien puesto, señora, si bien se apura, volverte tan presto Monja, quitándole esa lisonja, que le haces a tu hermosura. Tan bien te parezco así? Tanto, que al verte la cara, no me falta un dedo, para enamorarme de ti. o Aquesa lisonja, Elvira, para Doña Ana era buena. Te engañas, porque enajena tu beldad a quien la mira. Eres un milagro, y no es mucho, siendo tan bella, que te llegue a alabar ella, pues también te admiro yo. En aquesto la verdad puedes conocer, si quieres, porque nunca las mujeres. hablan bien de otra beldad. Señora, me vuelves loca, mirando talle tan bello: lástima es, que a ese cabello, le des tormento de toca. De su madeja el tesoro; presta al Cielo luces bellas; suelto, es diluvio de estrellas, y preso, es otro tanto oro. A poder padecer quiebras de ese manto azul el polo, tengo para mí, que solo le cosieran con tus hebras. Y como a todos arrastre su soberano arrebol, había de andar el Sol, rabiando por ser el Sastre. No ha podido decir cosa más apropósito Elvira. Quién sufriera su mentira, si no fuera tan graciosa? No la tienes que culpar, porque tu belleza mida, pues de poco encarecida, solo se puede quejar. Llamar mentira, o locura a tu aplauso, es sinrazón; pues cualquier ponderación, es menor que tu hermosura. El oír esto, me obliga a descuidar, porque no puedo echarme menos yo, donde está tan buena amiga. Señora, esto no es lisonja, a fe mía, que quisiera mirarme en una galera, pri- primero, que verte Monja. El corazón se me raja; de pensar, que esa beldad, antes que en la enfermedad, ha de dar en la mortaja. Qué tibiamente resisto a estos aplausos! Pues di: Hay más dicha para mí, que ser Esposa de Cristo? (bre, Qué es chanza eso: No te ason- señora, que las hermosas, mejor que de Dios Esposas, saben ser grillos del hombre. Si tu padre determina, de este Convento sacarte, porque pretende llevarte, de la Reina por Menina: salir no será mejor, y los aplausos lograr de Madrid, donde casar puedes con un gran señor? Yo también espero en Dios, que muy presto he de salir; y si me quieres seguir, iremos juntas las dos. No me queda más que oír: Voyme, pues, que si voz tal no la persuade, muy mal, la podré yo persuadir. Cielos, yo no sé qué hacer, . que en tan terrible pesar, ni me atrevo a despeñar; ni me acierto a defender! Cuando de esta voz me pago, se opone el amor divino; y si a este hechizo me inclino, lo embaraza aquel halago. Yo no sé en duda tan fuerte, que medio pueda elegir, pues no quisiera morir, y estoy deseando la muerte. Parece, que te costó cuidado el determinarte? Esto, es solo aconsejarte; pero persuadirte no: Y así, sea justo; o injusto, no volveré a proponerlo; sino tienes gusto de ello. Qué llamas no tener gusto? La jornada se disponga, y verás como se inclina: irá ella por Menina, mejor que yo por Mondonga. No procede en mí el n dudar, Doña Ana, de no querer, que la duda en resolver, no es disgusto del obrar. Las dificultades miro, que traen consigo estas cosas. Mira en tus labios dos rosas, que te están haciendo. Tiro. Si tu padre no gustara, ya eso fuera acción injusta; mas si él de sacarte gusta, tu beldad en que repara? Ay que son vanos desvelos, . los que ese discurso encierra, que aunque gusta el de la tierra, no gusta el que está en lo Cielos. En fin; para eso, Doña Ana, tiempo hay bastante, a mi ver: vete ahora a recoger; que ya hablaremos mañana. Has dicho bien, que ya es tarde, n y aunque te siento dejar, no quiero darte pesar. Quédate a Dios. El te guarde. Adiós, que estarás cansada: Señora, acuéstate; pues, que estas cosas, mejor es, consultarlas con la almohada. . Qué es esto, locas pasiones? qué er esto, vanas locuras? en que méritos, decid, tanta presunción se funda? Soy yo más, que un vil gusano, cuya concepción, es culpa, pena el parto, afán la vida, y horrores la sepultura? Soy más, que un vanor grosero, que aunque soberbio se encumbra, tiempre su origan es barro, y cieno siempre su cuna? Si mi hermosura os alienta, no veréis, que es mi hermosura, flor, que con el Alba nace, y con la tarde caduca? Antorcha, que ardiendo espira, y muere al paso, que alumbra? Pavesa, que un soplo enciende, y un soplo también sepulta? Exhalación, cuya llama, de puro veloz se duda? Cristal, que un aliento empaña, y un leve vapor enturbia? Y, para mejor decirlo, Iris aparente, cuya belleza, solo es belleza, porque los ojos lo juzgan? Pues si es verdad esto, como puede ser; que yo presunía hacer gala de lo mismo, que mi vanidad acusa? Pero doy, que sobornada la razón, afecte injusta, olvidos de su bajeza, por seguir lo que le adula. Doy, que el mundo me de honores, gustos, aplausos, venturas, y cuanto la vanidad, de ambiciosa, o necia busca. Qué me servirá todo esto; cuando la muerte sacuda su rigor? son las riquezas privilegios en la tumba? Libráranme los aplausos de la pensión de caduca, l o eximira la lisonja, de mortal a la hermosura? A Haránlo; gustos pasados, que el Juez Divino descubra, su clemencia más piadosa, o su faz menos sañada? No por cierto, que no puede ser buen Abogado nunca, para estorbar la venganza, el que repite la injuria. Antes bien en aquel trance, son, para más pena suya, los gustos, que al alma engañan, Fiscales, que más la acusan. Pues si esto trae del mundo, la más gloriosa fortuna, a que alpira mi altivez? que pretende mi locura? Ea, mi Dios! ea, Esposo! No permitáis, que yo huya; del puerto de vuestros brazos, al mar de mis desventuras. Ya contra mí las potencias rebeladas se conjuran, y sin vuestro auxilio, el alma, la victoria dificulta. Libradme a mí de mí misma; pues de esta vida en la lucha, es mi propia condición, quien más al contrario ayuda. Qué triunfo espera sin vos mi aliento en guerra tan cruda, cuando al asalro primero, sino se rinde, se turba? Sed vos mi escudo: Mas ay! que temo os hieran mis culpas, que que están enseñadas ya, a maltrataros sus puntas. No será la vez primera, que vuestra Cabeza Augusta, brote, al golpe de mis hierros, fuentes de coral purpúreas. Que antes de ahora, bien mío, os vio, con paciencia suma, una Cruz, sufrir por mí escandalosas injurias. Mas ay Jesús! que el dolor, la respiración me usurpa, y ya el corazón, del pecho quiere romper la clausura. En llegando a esta memoria, no hay aliento en mí, que sufra, siendo las culpas del hombre, mirar en Dios las calumnias. Mi bien, mi Dueño, y mi Esposo, (que aunque mis bastardas dudas os lo desmerecen, este es nombre de más ternura) ya mi corazón del mundo, las vanas pompas renuncia. A vos solo el alma adora, solo a vos mis ansias buscan. No haya más, seamos amigos, que si vuestro amor me ayuda, yo hago promesa, Señor, (siendo el Norte de mi aguja, la Regla del gran Benito) de rendir mi cerviz dura, a la siempre Religiosa, fiel de Bernardo coyunda; (ra. y para que lo cumpla, sea mi amparo vuestra Madre pu Este juzgo que ha de ser, de las Huelgas el Convento, y en él, Cápitel, intento, entrar ahora, por ver de mi prima la hermosura. A ira, y furor me provoco: si tú, Señor, no estás loco, no hay en el mundo locura. Habrá Demonio, o persona, que venga (esto me lástima!) solo por ver una prima, a Burgos, desde Pamplona? Faltan Damas en Navarra, Señor? y si primas quieres, no hay, a falta de mujeres, hartas en una guitarra? Pues porqué (para que pierdas el juicio amor te provoca, a ver una prima loca, dejando allá tantas cuerdas? Y eso, aún ya fuera lisonja del amor, o el interés; mas lo peor del caso es, que la tal orima sea Monja. Esto sí, Señor, que altera mi quietud, pues mete grima, que busque un hombre una prima; y le den con la tercera. Esto ha sido orden, y gusto de Don Felipe mi tío; mas yo Cápitel, confío, que no ha de darme disgusto, pues aunque a verla, ni hablarla, no llegó mi fe amorosa, todos dicen, que es hermosa. Dios lo sabe eso, y lo calla. No sé qué oculto dolor ha dado hoy en afligirme, que solo por divertirme, me me vengo a este mirador. Pues ya, porque de ese afán. engañes el mal severo, te ofrece allí un forastero la vista Y es bien galán. Mas cielos, qué es lo que veo! Tu gloria, amor, apercibe, pues logro el bien, cuando vive, sin esperanza el deseo. Qué has visto, señora, di, que así el pecho te alboroza? n Juan de Aponte y Mendoza, es el que miras allí: Mira si tengo razón; en alborozarme, pues (como ya te he dicho) es, dueño de mi corazón. Que aunque no llegó a explicarse mi afecto creció su ardor, que no es el primer amor, que adora, sin declararse. Y él ha visto tu beldad, en tu rostro, o tu retrato? No, porque fue mi recato mayor que mi voluntad. Pues no ay, si no ahora pescarle. Calla, que desde esta reja, por ser baja, oír se deja, cuanto dicen en la calle, y ha de oírlos mi atención. Qué tierno tienes el pecho! Bendito Dios, que te ha hecho, tan blanda de corazón. Supuesto, señor, que a hablar vienes a esta prima, no tardes, di el nombre, que yo la entraré al torno a llamar. Qué oigo! ya se me despinta este amor; yo estoy difunta! Escucha; y calla. Pregunta, por Doña Antonia lacinta. Ay, Elvira, mal reprimo, n mis ansias, y mi dolor Ten ya por muerto a mi amor. porque sin duda aquel primo, que decían que la adora, es Don Juan; y vendrá a ser su esposo. Voy a saber, si está en casa esa Señora. Pues mira, si no te paga tu amor Don Juan, por querella; déjale casar con ella, y que buen provecho le haga. No, Elvira; conmigo ven. Dónde tan inquieta vas? No puedo decirte más, de que a buscar voy mi bien. Señora, lo que haces mira: Así tu honor se abandona? El amor nada perdona; no me aconsejes, Elvira. Rendirte así, es liviandad. Te engañas, porque este ardor, es violencia del amor, no error de mi honestidad. Yo el que quiera tu albedrío quien a otra busca, condeno. Mas me mueve el verle aje no, para pretenderle mío. ob Y en fin, qué intentas? Fingir, il l que yo Doña Antonia soy. Y sí? Eq Calla, que no estoy ahora para discurrir. Voyme, pues, que habrá el criado llamado al torno, y será frustrar mi engaño, si ya a Doña Antonia han llamado. . Señores, bien haya Elvira, que es dura, como una roca, y no mi ama, que loca, enamora a cuantos mira. Tengo para mí, que el rayo del amor también la hiriera, si como vio al amo, hubiera visto primero al Lacayo. Ya impaciente el corazón (sea amor; o sangre sea) ver a mi prima desea, que no sé qué inclinación engendró en mi voluntad, esta dicha presumida, que antes de ser conocida, es amada su beldad. Demonios las Monjas son: por Cristo, que no creyera; que tienen tanto discurso. Pues que hay ahora, que pueda causarte esa admiración? Es, que decirte me ordenan, que vayas a la red:mira, si son las muchachas necias, pues tan presto han conocido, que eres, Señor, buena pesca. De humor estás: entro, pues, a ver a mi prima bella. Buen viaje; pues yo voy a ver, si encuentro una Lega, que mi amor es más legal: y quiera Dios, que si encuentra a alguna mi buena dicha, sea esa la Cocinera, que yo soy hombre de humor, y dado caso, que tenga devota, quiero, que estemos, de buena guisa yo, y ella. A mucho riesgo se pone tu honor, pues saberse es fuerza, que tú no eres Doña Antonia. Pues di, que mérito fuera de mi amor, si la fortuna, ayudara mi fineza? En los peligros es, donde el amor se experimenta, que más es cuerda, que amante la que quiere, y no se arriesga Ya está en la reja. Turbada, de cortés, el alma llega. Quién es? Yo, Señora, soy un Caballero, y quisiera a una deuda hablar, de quien llamado vengo a esta reja. Di, que es tu prima, señor, que de esa suerte la hyerras; como te han de hablar, si dices, que vienes por una deuda? Es Doña Antonia Jacinta, a quién buscáis? Esa misma. Pues aquí, señor, tenéis a una servidora vuestra. Suplícoos, me hagáis favor de sentaros, no parezca, que solo me quiere honrar de paso vuestra nobleza. Me alegro, que el primer lance, el de obedeceros sea, que no empieza a servir mal, quien obedeciendo empieza. Ce, digo, señora mía, , si usted tiene prosa hecha, aquesta reja está aquí. Ya usté entiende. Vamos a ella. Miren que presto aceptó el el desafío; una perla es la moza, no hayan miedo; que la culpen de grosera. Y decidme, que ocasión ha habido, señor, que pueda traeros desde Tamplona, a hacer dichosa esta tierra? No necesitan, señora, de otra ocasión mis finezas, mas de la que a mi cariño, le da el estar vos en ella. Mal, por cierto, comenzáis, para que yo, primo, os crea. Decid la verdad, dejando lisonjas, que a mi modestia, mas le agravian, que le obligan; y tened por cosa cierta, que el engaño, siempre es culpa, aunque agasajo parezca. Lo cierto es, que me hatraído a Burgos vuestra belleza, y el culpar, señora, así mi verdad por lisonjera, o es, que nunca os habéis visto, o que al miraros tan bella, vuestra discreción olvida, cuanto el cristal os acuerda. Cómo es posible creeros, siendo ahora la vez primera, que me veis, y nadie ha habido, que lo que no vio apetezca? Eso niego, que también, lo no visto se desea. Será fingiendo el discurso, lo que la vista no encuentra, y eso más, que mi hermosura, es amar vos vuestra idea. Doy, que antes de haberos visto, señora, eso verdad sea; pero ya, que a mirar llego vuestra hermosura, el quererla como mía entonces, quita, que la ame ahora cómo vuestra? No; pero es mucho milagro, querer también, que no exceda una hermosura fingida, a una beldad verdadera. Mayor es el que hacéis vos, pues hallo en vuestra belleza, que no llegó el fingimiento, adonde la verdad llega. Niña, ya hemos hablado harto, que aunque por estar tan cerca nuestros amos, no nos oyen, sino solas estas rejas; yo tengo la lengua, ya de puro parlar tan seca; que te dirá cuatro seque- dades, si no la refrescas. Quieres agua? No lagasto. Aloja? Tiemblo de verla. Chocólate? Enciende mucho. Y garapiña? Me hiela. Pues traérete limonada. Nada de eso me contenta. Ni agua de guindas? Tampoco, ni aunque fuera de cerezas. Pues hombre de Dios, que quieres? No hay por allá agua de cepas? agua de sarmientos? agua de pampaños? o si quiera, agua de Esquivias, que es cosa, que se halla en una taberna? No por cierto, que aquí solo la hay de San Martín. Pues venga, que aunque el Santo, de Soldado, esté puesto a la Gineta, le sabré quitar las botas, sin llegarle a las espuelas. Según eso, quieres vino? quio Cómo hay vinas, que lo aciertas. Voy por él. Guiete Dios. Pues salte al torno de afuera, y espera en él: A fe mía, que se la he de pegar buena. Voy allá: Señores, no hay vida en el mundo como esta; en fin, es vida de vota, que es lo que a mí más me alegra. Asentando, pues, en que de Navarra me destierra, solo el deseo de veros, y que vuestro padre intenta, hacer dichoso mi amor, con vuestra mano: no resta, sino saber vuestro gusto; pero porque está en mis prendas, tan poco afianzado éel sí, no quiero, que se resuelva vuestra voluntad de prisa, y que la elección parezca, que la hace vuestra atención, sin que el cariño lo sepa. Y así, hasta otro día, os ruego; señora, que se suspenda vuestra determinación, para que así lograr pueda, o infeliz, un desengaño, o feliz una fineza. Aunque vuestras prendas son tantas, señor, y tan ciertas, que el querer examinarlas, es pretender ofenderlas. No obstante, admito el partido; porque no es bien, que se entienda, que le falta a mi elección, la circunstancia de cuerda. Y así, reservando ahora, mi resolución postrera, hasta el día, que gusteis de admitirla, o de saberla, os suplico, me deis, para no cansaros más, licencia, yendo cierto, de que nunca dejaré yo de ser vuestra. n Con tanto favor, señora; no será mucho, que pierda mi desconfianza, el temor, que en mí el desengaño engendra. No temáis, pues, que aunque en vos tantos méritos no hubiera, bastara mi voluntad, a aseguraros; pero esta, es claridad demasiada. Quedad, pues, con Dios, no sea, que llegue mi estimación, a malograr mi obediencia. Id con Dios: con razón tiene fama de hermosa, y discreta, pues es tan hermosa, como si discreción no tuviera, y tan entendida, como si le faltara lo bella. Adorado Esposo mío, hoy a vuestras plantas llega, p quien solo por ser esclava, se atreve a decir, que es vuestra. En la noche de esta vida, mi alma, Señor, os desea; borre vuestra luz el negro imperio de sus tinieblas. Guiad, o luz de las al más, B2 la la que huyendo de sí misma, solicita hallarse en vos, para que en si no se pierda. Ayudad, Esposo mío, al alma, para que pueda, romper de sus muchos hierros, las voluntarias cadenas. Humillad, señor, la vana presunción de mi soberbia, y sea escarmiento hoy, lo que ayer engaño era. Pésame, ay Dios de haber dado de mi voluntad la puerta, a los falsos lisonjeros halagos de mi belleza. Y con ser tan rigurosa, de este delito la pena. aún es el sentirla en mí, menos mal que el merecerla. De buena gana el castigo, repetido le sufriera, por no mirar acusada, de inconstante mi firmeza. Solo esta desdicha siento, que quien ama tan deberas, mas llora lo que le culpa, que no lo que le atormenta. Pero, mi Dios, ya llorosa el alma su error confiesa: mi llanto oíd, que también las lágrimas tienen lengua. Y pues al alma contrita, vuestra piedad no desprecia, la mía atended, Señor, que contrita se lamenta. Atendedla, y perdonadla, pues ceño, y no piedad fuera, fin el bien de perdonarla, el cuidado de atenderla. Yo no quiero ya más gustos, ni aspiro a más conveniencias, que a rendir mi voluntad, a que haga en todo la vuestra. Y prometo de mis culpas, hacer tanta penitencia, que jamás admita el alma, otro gusto, que las penas. Y dime, infeliz, de que servirán tus asperezas, si esas penas temporales, no redimen las eternas? A quien Dios ha reprobado, ningún medio le aprovecha: tú no estas predestinada; luego en vano te atormentas? Deja, pues, de malograr, con tal rigor tu belleza, que anticipar la desdicha, es, sobre infeliz, ser necia. Cuida de tu adorno, aliña esa dorada madeja, a quien envidia el Sol mismo, el resplandor de sus hebras. Logra de tu juventud, la florida edad, no pierdas un bien, que se te concede, cuando otro gusto no esperas. Válgame el Cielo: qué escucho: Quién eres voz, que amedrentas, con tan infeliz presagio, el vulgo de mis potencias? Nadie parece, ay de mí Si es sueño, o ilusión esta? pero no, que mis desdichas, me acreditan de despierta. Claramente oí la voz, y tanto, que aún no me deja el consuelo de dudar, si verdad, o engaño sea. Válgame Dios es posible, Señor, que así me condena vues- vuestro rigor? no lo creo, que es mucha la piedad vuestra. Bien veo, que mis delitos son tantos, que si se hubieran todos de satisfacer dignamente, os sería fuerza fabricar nuevos infiernos, pues con uno solo queda, desigualmente inferior, el castigo a las ofensas. Pero esto mismo, Dios mío, para perdonarme os mueva, pues hay culpas, que el perdón, mejor que el castigo enmienda Castigados mis delitos ninguna gloria os aumentan, y perdonados, ser pueden blasón de vuestra grandeza. Que aunque iguales resplandecen en vos justicia, y clemencia. pero la piedad, sin duda, es quien más divino os muestra Revóquese, pues, Señor, tan rigurosa sentencia, que el alma, de vuestras iras, co a vuestra piedad apela. po- Qué has de apelar? pues tan te debe la Fe, que creas, que siendo Dios inmutable, variar sus decreto; pueda? A quien Dios predestinó abaterno, no reprueba después, ni a quien una vez reprobó, salvar le deja. Tú abaeterno, condenada estás, luego en vano esperas remedio, si no es que digas, que la ciencia de Dios hyerra. Ay infelicí qué he de hacer? que sin duda alguna, es cierta mi desdicha, y mi Custodio, piadoso me avisa de ella? Pero servir a mi Esposo, es mi obligación primera: haga yo lo que me toca, y lo que viniere venga Servirle, esperando premio, no fuera mucha fineza: lo glorioso está en quererle, sin aguardar recompensa. Y así, o tu voz prodigiosa, que sin saber quien te alienta, te escucho, oye a tu pesar, mi resolución postrera. Yo debo tanto a mi Dios, que estoy obligada, mientras tuviere vida a servirle, aunque en muriendo le pierda. Y así, a amarle me resuelvo, ya me ame, o ya me aborrezca, que en él, el premiarme, es gracia, y en mí, es el servirle deuda. . Aguarda infame: o mal hayan mis iras! pues cuando piensan, que han de lograr un trofeo, consiguen solo un afrenta. Quién, villana, tan heroico modo de querer, te enseña, que no aspirando a otra paga, haces premio la fineza? Pero ya sé donde aprendes, no ignoro, infame, tu escuela, y, o podrá poco mi industria, o yo he de apartarte de ella. Y pues este primer medio, se ha frustrado, otra cautela dará fin a mi tormento, y principio a tus miserias. Don Juan llama ahora a su prima, y antes que saberlo pueda Doña Ana, he de hacer, que salga esta traidora a la reja. Allí Allí sabrá sus designios, y escuchando sus ternezas, será posible se rinda, que es mucha de amor la fuerza. Y cuando no, lograré, a lo menos, que se encienda, en Don Ana, y en Don Juan, de celos, y amor un etna. Al arma, pues, furia mía, que ha de ser mi prisionera esta alma, o han de pagarme muchas la perdida de esta.
JORNADA SEGUNDA
JORNADA segunda Entra conmigo. No quiero, y perdóname, señor, que mi rabia, y mi dolor, me han hecho ser tan grosero. Desde que una vez contigo, me metí en esa estacada, de toda gente encerrada, soy capital enemigo. Pues por qué? Es, señor, el cuento, que estando yo en esta red, me dio una terrible sed: y hallándome tan sediento, de tu prima a la criada, le pedí, me socorriera, y ella, para que bebiera, me envió al torno la taimada. Fui allá, y sin que la avise, etela a la tal señora, que con una cantimplora, me envidó, y al punto quise. Bebí, y supome el aloque, tan lindamente, pardiez, A fe, que fue sazonado A mí me lástima. Deo gracias. Esta es mi prima. Responde, Dios sea loado. Aguarda a fuera, ya que que por brindarle otra vez, le tire segundo choque. fiz Mas, o precisas pensiones del gusto, pues sin sentir, comenzaron a reñir, las tripas, y los calzones. No hay ruibarbo, ni pugino, que más revuelva, señor: el Diablo revolvedor, parece que iba en el vino. Pódiale a mi calzón; envidiar el más felice, pues de cámara le hice, a la menor provisión. Rabiaba yo, y la bellaca, por el torno se reía, sin que yo, por más que hacía, pudiese encubrir la caca. Fuime a casa, y mi ejercicio, dejara, a no ver señor, que nunca me hallé mejor, para estar en tu servicio. Culpé con rabia, y enojo, la torpe necedad mía, que ya el desengaño había hecho, que yo abriese el ojo. Y detestando el gentil amor de estas tigres fieras, prometí a Dios muy de veras, guardar castidad Mongil. Y así, pues has visto el perro, no tendrás que formar quejas, pues para mí, el ver las rejas, es ya sacrílego yerro. el chasco. con- conmigo entrar no has querido. Como no salgas marido, tres días te esperaré; pero si sales casado, a un Judio, que te espere, que Cápitel ser no quiere, de Mongíresposos criado. Voyme ahora entre los jaques, donde se vende buen vino, sin tu ibarbo, ni pugino, ni otros tales vadulaques: y dejo, ya que de chica se precia tanto, a esta sota, pues buscándola de vota, la he encontrado de botica. Ya, señora, mi deseo, a ver vuestra luz me trae segunda vez, más ansioso, como también más cobarde, que esperando la sentencia, donde, o esquiva, o amante, os he de ver, para hacerme feliz, o infeliz, no es fácil, que se quieten mis recelos, teniendo yo de mi parte, tan dudosa la fineza, como seguro el desaire. n Ni yo sé lo que decís, ni entiendo vuestro lenguaje, ni os he visto otra vez ved, si al llamar os engañasteis, porque yo no puedo ser, a quien buscáis. Ay tal lance! Yo, señora, a Doña Antonia lacinta, dije llamasen: si la Tornera lo erró, no será razón culparme. No lo erró, porque yo soy Doña Antonia. Hay más pesares! Pues que razón puede haber, señora, para negarme, que me habéis visto otra vez, sabiendo, que la otra tarde, proponiéndoos yo el designio, con que intenta vuestro padre, que vuestro dulce himeneo, nuestras familias en lace, se dilató el resolveros, hasta que mejor pensaséis vuestra conveniencia, y hoy, por un papel me llamasteis? Alerta, rencores míos, que es el descuido culpable, en lance, de quien depende que está se pierda, o se gane. Dadme licencia, señor, para que otra vez extrañe lo que decís, pues ni vos me vinisteis jamás a hablar, ni yo os he escrito papel, en que os despida, o os llame. No digáis eso, señora, que es, vive Dios, apurarme, y no sé por este medio, que intentan vuestras crueldades. Si es disgusto de casaros, y queréis así honestarle, mal rumbo habéis elegido; porque más siente un amante un engaño cauteloso, que un conocido desaire. Habladme claro, señora, y ya que el golpeme mate, se- S . sepa yo quien me da muerte, será el dolor menos grave. o Esto, sin duda, es enredo . del adversario: ayudadme, (bre Dios mío, y pues no hay a este hon- modo de desengañarle, y él porfía, que me ha visto, con ceguedad tan notable, quiero, siguiendo su engaño, mis intentos declararle, que aunque es falso cuanto dice: pero no lo es, que mi padre, quiere casarme con él; y así, pues es esta parte la principal, será bien, que en esto le desengañe. Todo yo me he menester. en ocasión semejante. Embarazado en mis dudas, . no encuentro con mis pesares. En fin, vos decís, Señor, que venís, a que os declare mi resolución: y así, no es razón, que os lo dilate. Sabed, pues, que yo he mirado; con madurez este lance; y aunque me inclina a serviros vuestro amor, y vuestra sangre, me impide otra obligación, a que es fuerza atender antes. Yo, señor, ha muchos días, que prometí desposarme con Dios, en la Religión: y si ser debe inviolable cualquier promesa en un noble, cuanto más, las que se hacen a un Rey, con quien a ser vienen villanas las Majestades? Según esto, claro está, que no querréis, que yo falte a mi palabra, pues fuera S . esta deslealtad, ultraje de mi nobleza; y estando mi honor manchado, es constante, que no le está bien al vuestro, el que yo con vos me case. Dejo ahora otras razones, porque aunque son eficaces en políticas del Cielo, en las del mundo no valen. Y concluyo con pediros, que vuestro amor no se canse en procurar persuadirme, a que mude de dictamen; porque tan resuelta estoy a no admitir otro amante, que el Divino Esposo mío, que creo, será más fácil, parar el curso a un Caballo; cuando va a precipitarse, y detener con la mano a un monte, que siendo atlante, desgajado de su cumbre, va a buscar tumba en el valle, que persuadirle a mi pecho, que a otro afecto se consagre. Y así, dejad el empeño, que a esta acción os persuade, pues ni vos podréis rendirme, ni yo he de querer mudarme. ̱. Esto escucho, y no reduzgo a cenizas a esta infame? Pero acudamos, enojos, a remediar este lance, que malogro mis intentos, si mi industria no me vale. Fuese, y dejome su voz, lengua, y acción tan cobardes, que parece, que soy mármol, o estudio para cadáver. Pero que ha de hacer un hombre, en ocasión semejante, don- donde el replicar es culpa, y necedad el quejarse? solo el sentir sus desdichas, le es lícito a un miserable, que a poder quejarse un triste, fueran menores los males. A sentir, pues, corazón, que ya que otro bien no alcance, con el morir padeciendo se acabarán mis pesares. Mucho importa, que Don Juan ahora no se desengañe, y así, hurtando de Doña Ana el rostro, la voz, y el traje, (que de mi ciencia al poder, todo, queriendo le es fácil) quiero enmendar lo que aquella enemiga hizo en mi ultraje, fingiendo, que fue Doña Ana, la misma, que lo habló antes. Llámole, pues. CeDon Juan. Mucho es, que haya quien hablarle quiera a un infeliz: quién llama? Quién viendo; cuan poco amante os mostráis en los desvíos, quiere hacer Don Juan examen, si puede en vos la fineza, lo que no pudo el desaire. Conoceisme? Juraria, que eráis mi prima, si el áspid de vuestra voz, le dejara crédito alguno al semblante. Luego os parezco otra yo, al verme, que al escucharme? Sí señora; porque mal pueden hacer maridaje, os horrores de una fiera, con el agrado de un Ángel; ni me puedo persuadir, a que son hijos de un padre, los halagos de los ojos, y del labio las crueldades. Tan cruelos parecí, cuando os hablé? Si explicarse pudiera mi dolor, vierais vuestra crueldad; mas no cabe en el labio un sentimiento, tan preciado de Gigante. Bien hacéis en ponderarlo, pues pudiera disculparse mal, de otra suerte, el hallaros mi desvío tan cobarde, que aún la porfía del ruego, no os debieron mis desaires. Tened, y de mi silencio, no os valgáis, para culparme, cuando esa suspensión es, quien más está de mi parte. De suerte, que puede ser, en quien se precia de amante, fineza oír mis desdenes, y no porfiar a obligarme? Sí señora, que las causas, con mucho extremo eficaces, producen efectos siempre, de contrarias calidades. El dolor hace gritar; mas si es en extremo grave, le niega al que le padece, la facultad de quejarse. La luz es causa de ver; pero cuando es muy brillante, deslumbran la vista, aquellas C exe excesivas claridades. La alegría al corazón, nobles alientos añade; pero si es gránde le usurpa el alma; en hurtos vitales. Luego el que mi amor, a vista de vuestros rigores calle, no arguye tibios ardores, sino encendidos volcanes. Tan bien lo sabéis decir, que estoy por hacer alarde, segunda vez, del desvío, porque logréis los quilates de un amor, que supo hacer mérito del no quejarse. Pero no, Don Juan, no quiero exponer mis vanidades, al riesgo, de que su herida, en vos sentimiento no halle, que desaira la crueldad, quien mostrar quejas no sabe; y solo adula el rigor, quien maldice los puñales Y así, sabed, que el deciros, que no pretendo casarme con vos, fue por hacer, solo, de vuestro cariño examen: y porque el favoreceros, siquiera un ruego os costase, que porfiados rendimientos, son lisonja a las deidades, y no merece piedad, quien en sus votos constante, no insiste en humedecer, con lágrimas los altares. Porfiad, pues, amad, servid, y no vuestro amor se canse, aunque veáis, que mi decoro, a ser desprecio se pase. Sufrid, Don Juan, que el trofeo, que le cuesta al valor sangre, es quien más se estima, y nunca fue muy precioso lo fácil. Quién al despego primero desconfía, es poco amante; que son niñeces de amor, querer, que siempre le halaguen. Confiad, pues, y proseguid, y aunque veáis en mi crueldades, olvidos, iras, enojos, amenazas, y desaires, presumid, que todo miente, y solo dice verdades, quien os suaviza el peligro, para que no os acobarde. Bien se ha dispuesto, rencores: vaya ahora mi coraje, a trazar nuevas venganzas, en que mi furor descanse. Esperad, volved, señora, y permitid, que yo os pague una vida, que me disteis, con otra que me quitasteis, que en quien tanto como yo. os ama, deudas iguales vienen a ser los efectos, de darme vida, y matarme. Oh, bien haya aquel rigor disimulado, con que antes me tratasteis, pues le debo veros ya tan favorable! Dichoso mi amor mil veces, pues consigue en un instante, a costa de un breve susto, siglos de felicidades. Adiós rejas, a Dios hierros, y cuando os viere aquel Ángel, decidle, que un corazón, que en dulces incendios arde, por su belleza, le pide, que muchas veces le mate: pues pues como le restituyen vida mejor sus piedades, ambicioso de la cura, se halla bien con el achaque Enviaste, Elvira, el papel obr a Don Juan? Envié, señora; y si no lo crees, ahora entró en el Convento aquel pícaro de su criado, (que es a quien la Mandadera le entregó) y saber pudiera tu amor, si a Don Juan le ha dado. Bien dices, llámale, pues, si le encuentras; pero no, de que le he llamado yo, por entendida te des. Harelo, como que acaso, con mi celda le convido. . Quién dirá, que yo he encendido el volcán en que me abraso? Pero cuando un infelice, su desdicha no ayudó? o quien deberás amó, que su propio ardor no atice? Tienen los males de amor, un no sé que de halagüeños, que se buscan los despeños, y se pretende el dolor. Y así, se halla introducida una pena de tal suerte, que parece, que la muerte, le robó el traje a la vida. Aquí no hay que porfiar, que no he de entrar, si me quemán. Pues que hay, que tus ansias teman? Temo salirme al entrar. Ea, no seas majadero; entra. Es inútil porfía. no Acaba. brnim Señora mía, las damas han de ir primero Qué es eso Elvira? Es, señora, un criado de tu primo, que yo, por lo que te estimo, quise agasajarle ahora, y él mis favores reusa. Hace mal. Linda porfía! su Reverencia a fe mía, no le ha entendido la Musa. Qué grosera inadvertencia: Reverencia le has llamado? Pues a una Monja, es pecado el hacerle Reverencia? Ea, entra, y no seas tontón. Tripas, mucho ay que temer; pero aquí no hay más, que hacer de las tripas corazón. Dadme, Señora, a besar, de vuestros zapatos dos, solo uno, porque de vos, logre yo un favor sin par. Jesús? que dicho tan chato tan frío, aún para la red. Por lo menos, los de usted, no llegan a su zapato. Levantad: cómo os llamáis? Don Cápitel es mi nombre. Don Capitel? So No os asombre, que yo haré, que lo creáis. Y por qué con evidencia, conste, que me llamo así, atended, señora, y os diré mi descendencia. Mi padre, que de ordinario, a par de dos mulas corre, se llama Pedro la Torre, hijo de Juan Campañario, Y mi madre, que es notorio, ser también una pobreta, se llama Doña Veleta, hija de Martín Cimborio. Por lo cual, el Cura fiel, yendo a bautizarme, dijos de Torre, y Veleta es hijo? pues llámese Capitel. Mal hizo a un hombre tan bajo, en llamarle el Cura así. Pues cómo era mejor, di? Mejor nombre era badajo. Y tú soga. He de quitar el mal nombre que te han puesto. Pues si das en eso, presto me harás tu desvautizar. En fin, dime Capitel, (que no le viesen quisiera) diote ayer la Mandadera, para Don Juan un papel? Sí señora, y de esta suerte ahorraré preguntas, pues se le di, le vio, y después vino hoy al Convento a verte. A verme a mí? Soy testigo, por más senas, que mi ira, le dejó, por huir de Elvira, en una reja contigo. Hombre, mira lo que dices; conmigo? Es verdad tan clara; como yo tengo la cara, en medio de las narices, Sería otra. Andarlo paba. usted no es su prima? . Sí. Pues su prima estuvo allí; ergo era usted la que hablaba? Mirad, que su prima no era. Y para eso me lástima? si no quiere, que sea prima, es más de que sea tercera? Cielos, mucho que dudar, . me ha dado este hombre; mejor será, que cuerdo mi amor, lo procuré averiguar En fin, Cápitel, aquesto ha sido chanza, que yo fui, la que a Don Juan habló. Vete a casa; y dile presto, que me venga a ver mañana, Así lo haré. A seo espantajo, ya que yo soy su badajo, quiere usted ser mi campaña? Si seré; pero con tal, que haya metal. Cosa atroz! Reina, si no es en la voz, yo no tengo buen metal. Amigo, con esa cena, Elvira no se regala. Pues quédese noramala, que yo me iré norabuena. Mucho cuidado me ha dado la que a Cápitel oí, Elvira. También a mí; pero yo no lo he tomado. Quién te parece sería, n lo que en mi nombre le habló? Si él a su prima llamó, Doña Antonia le hablaría. Que previne a la Tornera, que si Don Juan la llamase, a mí sola me avisase, y tan al revés lo hiciera! Nada acierta un infeliz. De eso hay ejemplos no pocos; por sonarle a uno los mocos, le arrancaron la nariz. Y si se habrá declarado mi engaño? . No, que es beata Doña Antonia, y como trata de virtud, pues ha llegado, en breve tiempo, la boba, a ser santa tan notable, que sin que oiga, sienta, ni hable, todos los Viernes se arroba, le habrá enviado a pasear: fuera de que tú, a mi ver, no la tienes, que temer, pues luego ha de profesar. Eso asegura del daño, de que con Don Juan se case; pero no, Elvira, que pase a conocerse mi engaño. Y sentiré, que tan presto llegue a conocer ese hombre, que yo por amarle, el nombre de Don Antonia he supuesto. Pero pues ya le he llamado, él me desengañará, y de mis ojos saldrá; o bien muerto, o bien casado: que no sufre el pundonor de mi sangre generoso; que viva, sin ser mi esposo, quien llegó a entender mi amor. Si tú te casas con él; yo marcho con su criado. No es bueno que me ha agradado el diablo del Capitel? Doña Gerónima, cierto, que me traen cuidadosa, los sucesos tan extraños, que vemos en Doña Antonia. Y aunque es mucha su virtud, no basta, a que yo deponga el recelo, de si Dios, o el adversario los obra. Y más, cuando se adelantan tanto algunas Religiosas, que hasta que tiene hecho pacto con el Demonio, pregonan. Sí V. Excelencia da oídos a lo que dicen, señora, será arriesgar su prudencia, a inevitables zozobras. Todas las Comunidades, aunque santas, son monstruosas, lo que a uno suele agradar, a otro le irrita, y le enoja: y así, por sus opiniones, no es fácil, que se conozca, ni lo bueno; ni lo malo, puesto que todas las obras, si el enojo las condena; la adulación las apoya Y así, el medio más seguro, es, que Va Excelencia sola, juzgue, según lo que vea, no conforme lo que oiga. Así lo hagor pero veo; hija, que en tan arduas cosas, aún no se debe creer, a lo que la vista informa. Los prodigios de esta niña, y más en edad tan poca, No es bueno que me ha agradado los duda el discurso; aunque los ojos no los ignoran. Dejo arrobos tan continuos, en que la vemos absorta, burlar del cuerpo la grave pesadumbre, donde goza de agilidad tan extraña, que hecha del viento pelota, el menor soplo la mueve, co- como si fuera una hoja. Y paso a lo prodigioso, a lo raro, a lo que asombra; y es, que esté todos los Viernes, hecha estatua de si propia, (tan sin sentidos, que menos parece mujer, que roca) padeciendo, todo el día, ansias penas, y congojas, nacidas, según refiere, de mirar la dolorosa Pasión de Cristo, que allí se le representa toda. Estos, Gerónima mía, son favores, hasta ahora nunca oídos, y que piden atención escrupulosa. Hemos visto, que el Demonio, engañó a muchas personas, ya en la vida relajadas, ya en las cestumbres devotas. Y cuando esto no suceda, por culpa de Doña Antonia, puede temerse ilusión del Demonio, pues es cosa, que se ve en Varones justos, y de santidad notoria. Tiene razón Vi Excelencia; y aunque su virtud la abona, para conmigo, ese riesgo, me tiene algo temerosa. Lo que siento mucho, es ver, cuanto escándalo ocasiona en el Convento tan rara novedad, pues se alborotan todas las Monjas; y así, he de remitir a doctas personas espirituales, su examen, porque se ponga en esto el mejor remedio. Tú entre tanto fervorosa, me ayudarás a pedir a nuestro Señor, disponga, lo que más fuere servido: y ahora, pues es Viernes, toma la llave del Oratorio, y ve a ver a Doña Antonia, y dirasme como está, que yo por asistir a otra ocupación, me es preciso, no ir contigo. Di Haré, señora; lo que Va Excelencia manda. De ti fío su persona. Demanera, Cápitel, que viste a mi prima hermosa? Si Señor. Y coma entraste en el Convento? No hay cosa difícil en este mundo, si el ser necio lo estorba. Yo llegué a tiempo, que estaban en la portería dos Monjas, cuidando de algunas rentas, que traían las labradoras. Y cogiendo un costalillo, que pesaria una arroba de trigo le metidentro, y después me fui por todas las celdas, pidiendo dulces, con tal espacio, y pachorra que juzgara, quien me viese, que era también Religiosa, sino me sobraran barbas, y no me faltaran tocas. En fin, dijo, me avisases viniese a verla? A estas horas, por más señas, que ya siento, que se abre la puerta propia. Pues aguárdame allá fuera. Oye una pregunta sola. Di. . Saldrás presto? Saldré, luego que mi Sol se ponga. Alegrome de saberlo, para prevenir antorchas, (y aún cándiles, si es, que el vino, en luz ojos transforma) porque en poniéndose el Sol, no puede un hombre ver gota. Apenas puedo mover las plantas: o como asombra una desdicha temida! Y hacia el mal, que perezosa, guía los pasos el alma pero alentemos, congojas, y muramos con valor, ya que es la muerte forzosa. Señor Don Juan? Aquí está, quien obediente, Señora, y agradecido, a esas plantas, una, y mil veces, se postra, deseando (pues mi vida de vuestras iras hermosas blanco es feliz) tener muchas, porque vos triunféis de todas. Estímoos, Señor Don Juan, tan cortesana lisonja, aunque a tener vos más vidas, que la que tenéis ahora, no dudo yo que también quisierais partir con otras. No quisiera, porque sois dueño de mi amor vos sola, y no puedo dar yo a nadie, lo que no es hacienda propia. Pues yo que dominio tengo en vuestra vida? No ignora vuestro amor, que lo tenéis, y más cuando lo pregona, gloriosamente rendida, la altivez de mi memoria. En fin, que en mi cautiverio presa vuestra vida llora? Ni llora, ni vive presa, pues más que prisión, es gloria, en quien los hierros, que atrastra, le adulan, y no le enojan. Mejor pudierais decir, que no está presa, por otra razón. . Cuál es? No tener en su mano las esposas. Presto habrá alguna hermosura, cuya piedad se les ponga. Tenéis esperanza de eso? Sí, si no miente su boca. (cho? Luego ella misma os lo ha di- Soy leal, y ella piadosa. Oh que presto un infeliz, . de su propio malse informa! Sin duda, Cielos, sin duda, fue quien le habló Doña Antonia, y debió de prometerle darle la mano: Ah traidora; quiera el Cielo, que primero, un puñal tu pecho rompa. Pero veamos, si Don Juan amante también la adora. para vengarme, o templar este dolor, que me ahoga. Y vos, Don Juan, admitís el lazo, con que aprisiona esa beldad vuestra mano? Pues no he de admitir, si logra n así mi dicha, de amor la más insigne victoria? Eso sufro? y no vomita, el corazón la ponzoña, que en la fragua de mi pecho, ardientes volcanes forjan? Ingrato, mal Caballero, que con traición alevosa, después que yo he declarado mi pasión, os rendís a otra hermosura, y, sobre ingrato, tan grosero, que blasona a mis ojos vuestro amor, de que la merece esposa. Sois vos Caballero? sois Don Juan de Aponte, y Mendoza? no es posible, que no cabe en nobleza tan heroica; una traición tan villana, y si yo. Tened, señora, y mirad, que vuestras iras, injustamente baldonan mi fineza, y no tenéis razón, para estar quejosa, sino es, prima, que queráis tener celos de vos propria. Cómo? si a mis ojos mismos, habéis confesado ahora, que una belleza os ha dado esperanzas venturosas, de ser vuestra? Cómo vos sois de quien hablé, y no importan los celon siendo vos misma, la ofendida, y la ofensora. Pues cuando os he hablado yo, que en mis palabras conozca vuestro amor, que yo me inclino a ser vuestra? No lo ignoran, señora, vuestras piedades, pues después que cautelosa, cubriendo el rostro, me hicisteis padecer ansias no pocas, después ya, templando aquella severidad rigurosa, de esperanza enriquecisteis mi pobre barquilla rota. (hombre, . Cielos, yo no entiendo a este ni sé que misterio esconda este enigma; mas supuesto, que mi cautela ocasiona, que él crea favores míos, los que quizás Doña Antonia le habrá hecho, prosigamos su engaño, pues de esta forma, se consiguen los intentos, de mi pasión amorosa. o Estáis ya desengañada, prima, de que sois vos sola, quién es dueño de mi amor? n No sé, Don Juan, que os responda; mas para que yo lo crea. proseguid vuestras heroicas finezas, que a un amor, solo a constancia es quien la apoya. Para que llegue la piedra del diamante a ser preciosa, examina el buril antes, los quilates, que atesora. Para renacer el Fénix, de su muerte, más hermosa, repiten golpes, y incendios, las plumas, y los aromas. Para que el metal más rico brille, a pesar de la escoria, primero, en ardiente examen, el incendio le acrisola. Para lograr el luciente sepulcro la Mariposa, primero en amantes giros, la luz, a que anhela, ronda. Proseguid, pues, que en amor, como en cualquiera victoria, quien quien no se acobarda, vence, quien porfía, se corona. Ya otra vez, la lición misma he escuchado de su boca; pues que tanto la repite, mucho, sin duda, me importa. Porfiemos, pues, amor, que si consigo esta gloria, a vista de tanto premio, cualquiera fatiga es corta. Mi señora la Abadesa, me mandó viniese a la hora, que sueles volver, a verte; y pues mi cariño goza el bien de hablarte, sin que haya; quien lo impida, o quien nos oiga, dime, Doña Antonia mía, que genero de congojas padeces todos los Viernes, que de mármol hecha toda, en lo innoble, y lo insensible, o le imitas, o le copias? No sé, como te obedezca, pues me mandas una cosa, que la sabe el sentimiento; y solo el labio la ignora. Baste decir, que quedando innoble, sin que conozca, quien me usurpa los sentidos, comienza el alma gozosa; a padecer dulcemente, un tormento, todo gloria, un dolor, todo consuelo, y una pena, placer toda. Proponéseme mi Esposo, en su Pasión dolorosa, reprendiéndome primero todas mis faltas, de forma; que el dolor, que en su presencia, mi ingratitud me ocasiona, suele ser a veces tanto, que lo trocara gustosa, por el más grave castigo, de las eternas mazmorras. Sigo después sus pisadas, desde que en el huerto brota, al sudor de una agonía, fuentes de púrpura roja, hasta que en la Cruz, pendiente de dos escarpias, soborna a la muerte, porque acabe la vida más generosa. Los afectos, las ternuras, los suspiros, y zozobras, que engendra en mi amante pecho, tragedia tan lastimosa, no puedo yo referirlos, porque fuera querer loca, reducir todo el abismo del mar a una breve concha. Mas bien podrá tu discurso conjeturarlo, si nota, que un Dios padece, y lo mira un cora con, que le adora. Cuanto envidio tus favores, tanto por raros me asombran; pero aguarda, que manchada de sangre, miro la toca, y aún en la frente se ven, pendientes algunas gotas. Quién, dime, te ha puesto así? No sé, como te responda; pero escúchame, que puesto, que en mis sucesos, tú sola estás de mi parte, no es razón, que ignores mi historia. Ya dije, como los Viernes, le sigo a mi Esposo, en toda su Pasión, donde recibo beneficios; que a ser otra q1 no menos agradecida, me me dejaran, que dichosa. Ayer, pues, estando en esta representación absorta, vi en éxtasis a mi Esposo (al llegar a la Corona de espinas) tan lastimado, que tiernamente amorosa, deseaba para aliviarle, partir con él las congojas. Obligole mi deseo, y de su cabeza hermosa, a mis sienes trasladó aquella Diadema bronca. Quitómela después, siendo tanto el dolor, que me postra, que a no ayudarme Dios, fuera aquella mi postrer hora. De esto ha nacido la sangre, que ves, como lo pregonan, las que antes fueron espinas, hechas ya en mi frente bocas. Y si acaso este favor (por ser extraño, te asombra; sabe, que a mi dicha, aún le esperan mayores honras; porque estando yo otro Viernes recogida en nuestra alcova, me habló el Señor, y me dijo, palabras tan misteriosas. A las mercedes, que te hago tan de ordinario, se apropian de justicia los trabajos, pues en dártelos, Antonia, no mostraré mi amor menos, que en darte cuanto atesoran mis dones, porque las penas, que te prevengo, son todas, parecidas a las mías, y a esas debes llamar glorias. Padecerás, pues, afrentas, si yo padecí deshonras; Si a mi engañador me hicieron, te harán embustera, y loca: Si Samaritano a mí me llamaron, a ti Esposa, te creerán endemoniada: y si contra mí se forman procesos, y me condenan, siendo la inociencia propia, por culpada a ti han de darte, en sentencia ignominiosa. En estas tres cosas, hija, has de padecer ahora; mas por mi amor te prometo, que has de salir victoriosa. Esto me dijo el Señor, en esta ocasión; y en otra prometió con sus insignias adornarme, en que denota, que de sus llagas; y heridas, me hará consorte dichosa, para que así como él fue de los pecadores sombra, aunque puro, y inocente: así yo aunque pecadora, sea de este original, bosquejo, retrato, o copia. No quise dar al principio, mucho crédito a estas cosas, por temer algún engaño: mas como ya las apoyan los sucesos, pues me tienen por una embustera todas, he depuesto los recelos, (nes, y más, cuando miro ahora, que ha impreso Cristo en mis sie- las llagas de su Corona. Muchos trabajos te esperan; pero aunque el mundo se oponga, quien te ha de vencer, si Dios te asegura la victoria? Cómo él no me desampare, ni ni el mismo infierno me asombra. Lo que mi amor te promete, es, entre tantas discordias, una fineza inviolable, que nunca el tiempo la rompa. Dios te pague la piedad, que hartó habrá en que me socorras. Parece, que las heridas, se desangran licenciosas, y puede ser, que a tu aliento, le causen nueva congoja; y así, ven la atajaremos, y mudaras otra toca, que temo, que al verte así, nuevas calumnias se opongan. Bien temes; pero será medio inútil el que tomas, que nunca humanos arbitrios; divinos juicios estorban. Oh, quiera Dios, que te llegue a ver mi amistad dichosa, del mejor Original, la más verdadera Copia.
JORNADA TERCERA
JORNADA tercera mi Ya, Elvira ha llegado el tiempo, en que mi cariño trata, de descubrir a Don Juan mi engaño, y pedirle que haga, con el deseado himeneo, dichosas mis esperanzas. La causa de haber tenido mi cautela recatada, hasta ahora, fue temer, si mi amor se declarara; que Don Juan, viendo el ardid, con que mi afecto le engaña, mudara objecto, y amante, con su prima se casara; porque aunque es verdad, Elvira, que él muestra, que me idolatra: pero quizás, si supiera quien soy, de amarme, dejara, pues hay hombres en el mundo, que solo de aprensión amán, y en no hallando lo que juzgan, olvidan lo que adoraban. Pero ya que Doña Antonia; ha profesado, y se halla mi amor sin este embarazo, quiero declarar mis ansias, pues no hay riesgo de casarse con Don Juan; y es cosa clara, que perdida Doña Antonia, no ha de buscar otra dama. Ya tengo con mis parientes, mi resolución tratada, y pedida la licencia, para salir de esta casa; con que para conseguir mis deseos, solo falta saber, si Don Juan ahora, mis nobles finezas paga. i Si hará, que es la beldad tuya grande, y para ser amada, no ha menester, que el disfraz de Doña Antonia, le valga. Pero quéntame, señora, como con Don Juan lo pasa tu amor que como ha algún tiempo, que el mío a tu lado falta, pues (solo por darte gusto, y servirte de atalaya, sabiendo, si con su prima. A Don Juan casarse trataba) a servir a Doña Antonia entré, ya ha muchas semanas, no sé en el estado, que tu amor con Don Juan se halla. D Bien me va, pues siempre fino, cuando le llamo, me habla, y yo astuta, por dejar su voluntad más picada, cuanto me pide en favores, voy dando en esperanzas. Haces bien, que un amor tierno, con facilidad se acaba, en dándole lo que pide; y para que no descaiga, treta de montante es ir, dándole el favor a pausas. Pero Doña Antonia sale. Pues voyme, porque me enfadan sus pláticas, y quisiera, que no me viera. . Ya es vana tu pretensión; y así, no hay, sino paciencia, y hablarla. Poco mi amistad te debe, pues cuando vengo, Doña Ana; en tu busca, huyes de mí. A saber, que me buscabas, no me retirara; pero, quien, Doña Antonia, juzgara, que tú en mi busca vinieses? Injusta desconfianza esa, cuando mi amor te ha dado muestras tan claras, de lo mucho, que te estima. No lo digo, porque me hagas poco favor, si no solo, porque a saber no llegaba, en que a tu servicio yo, pudiese ser de importancia. Al servicio de Dios solo, es al que atienden mis ansias, y por eso a hablarte vengo. Oí pues si empieza la Santa, me parece, que tendremos Sermón, desde aquí a mañana. Y que he de hacer yo, que a ti, o a Dios os importe nada? Solo, Doña Ana, no hacer ausencia de esta Real Casa. Eso, no es posible ya. Si es posible, que aún te hallas con Ábito, y libertad, y el querer todo lo allana. El caso es, que querer pueda la voluntad. . Cosa es clara, que puede nuestro albedrío, cualquier cosa, con la gracia. Y si esa falta? . . Pedirla, que el ruego todo lo alcanza. Y si a pedirla no acierto? Esas son disculpas vanas, que para pedir a Dios, a nadie elocuencia falta, y todos somos iguales, en él idioma del alma. Es verdad mas qué he de hacer, si mis pasiones me arrastran? (zas. Vencerlas. . . No tengo fuer Pronpto está Dios para darlas, Pues yo no, para pedirlas, y deja ya las instancias, que si he de decir verdad, mas que me obligas, me cansas. Esto propriísimamente, es echarse con la carga. Ella esta resuelta, y no es fácil, que yo la persuada. Pues, dulce Esposo, ahora es riepo, de que campee bizarra vuestra piedad: rendid vos esta dureza, deshaga vuestra luz estas tinieblas. Disparad de vuestra aljaba a este corazón mil flechas: no se malogre en una alma, tanto dolor padecido, tanta tanta sangre derramada. Esas puntas rigurosas, que a vuestras sienes sagradas, parece, que las coronan, y es, mi Dios, que las maltratan, hieran este pecho, y sean, llaves, que las puertas abran de este corazón: mas hay Cielos, que el valor desmaya, y al golpe de esta memoria, vuelven a abrirse las llagas de la cabeza: Valedme, Señor. Qué es esto? . . Ay Don Aña feliz yo, si comprar puedo tu libertad con mis ansias. Acabose: esto fue en suma, quedársenos desmayada; mas no importa, que el remedio, es tan claro, como el agua. Válgame el Cielo; que llegue a estar yo tan obstinada, que me ofenda esta mujer, aún cuando más me agasaja! Yo no sé, que error me ciega, o que furor me arrebata, pues me irritan sus acciones, aún con mirar, que son santas. Y teniendo las potencias, monstruosamente encontradas, la voluntad vitupera, cuanto la razón alaba. A ver vengo a Don Antonia: mas qué miro? pues Doña Ana, que ha sido esto? Gran señora, yo con Doña Antonia estaba hablando ahora, y le dio un parasismo, en que el habla perdió, con no poco susto mío, que ignoro la causa. No hay otra agua más amano, ni he hallado vaso en que echarla y así, agua bendita, y pila me traigo, por no hacer falta. No importa, échale en el rostro Si acaso está endemoniada, así huirá el Diablo, Jesús! Jesús! . S. Luis, Santa Clara! Qué os ha dado? qué tenéis? V. Excelencia no repara, que al echarle agua bendita, todo el cuerpo le temblaba? Y de ay, qué infieres? Que el Diablo, no debe de beber agua. Yo no dudo, gran Señora, que hay aquí alguna desgracia, pues ya otras veces he oído, que el Demonio la maltrata. Calla, qué es ese cuento. Elvira, llégame aquí esas almohadas, recostarémosla en ellas. Nunca tuvo mejor cama. Espera: no ves la toca, toda en púrpura bañada? Jesús! Señora, pasar pudiera por escarlata. Válgame Dios! todo el rostro, sangrientos hilos enlazan. Ve Va Excelencia, señora, que mi juicio no se engaña? No sé que diga, que estoy peleando en confusa calma. con n o con unos ojos Fiscales, y una razón Abogada. Pues qué hay que dudar aquí? el remedio es conjurarla. que a hisopazos, y exiforas, yo haré, que el Demonio salga. En fin, dejad, que descanse, que yo daré orden mañana. para que en esto se tome la senda más acertada. e Ven, enviarás un papel a Don Juan, que aunque acobarda esta mujer mi amor, todo lo atropella quien bien ama. Justamente hace tu amor, de mi lealtad confianza, que bien urdiré un enredo, pues sé hacer una endiablada. . Ya parece, que se han ido, todas, y pues solo se halla con vos mi amor, escuchad, divino Esposo, mis ansias. Tanto el alma, Señor llega a quereros. que no hay más gloria en mí; que la de amaros; tan fino es el motivo de adoraros; que aún siquiera no aspira a mereceros. Si supiera, que había de teneros menos amor llegando yo a gozaros, por no dar en el riesgo de olvidaros, abrazara la pena de no veros. Nadie hay, fuera de vos, a quien yo quiera; y si el amarme, amaros estorbara, por boderos amar, me aborreciera. Pero esto es poco: si a saber llegara, que el ámaros mi amor, amar no fuera. por estar siempre amándoos, no os amara. divino Esposo, mis ansias. Ven, enviarás un papel A ver si de su desmayo, . ha salido mi ama, vuelvo: ya volvió acercome, pues, y con semblante modesto, armándome de Beata, le encajo cuatro embelecos. Todo ha de ser padecer, señora? no será tiempo, de permitirle piadosa, un breve descanso al cuerpo? Mira, que ha sido el diluvio de sangre tanto, que temo, que le puede ocasionar mucho peligro a tu aliento. Ay, Elvira, que es delirio, o cobardía, ese miedo, por estar siempre amándoos, no os amara. que el no padecer, es solo de los mortales el riesgo. Nunca tengo más salud, que el día, que más padezco; y así, solo me da muerte, quien me estorba el sentimiento. No te quieres acostar? Deja, que lo pida el sueño. Y ahora, para entretenerme, tráeme, Elvira, te ruego, las zarzas, que te pedí me buscases; porque quiero componer una Corona, para aquel Cristo, que tengo a Doña Ana de Guzman, prestado. por estar siempre amándoos, no os amara. Ya te obedezco, De esta suerte, puede ser, se diviertan los tormentos, que me causan las heridas de la cebeza, pues viendo a mi Esposo, coronado de duros juncos, no puedo extrañar yo los dolores, siendo la que los merezco. Ya, señora, están aquí las espinas. Pues ve luego, a pedirle el Santo Cristo a Doña Ana, y tejeremos, entre las dos, la Corona. Ahora, señora, no es tiempo; porque son más de las once, y estarán todas durmiendo. Pues déjalo, que no es justo embarazarle el sosiego; y tú vete a descansar. Deja, señora primero. que te mude Abito; y toca; porque la sangre te ha hecho Monja Cardenal, sacando de tu púrpurá el Capelo. Yo me mudaré, y la sangre; fío en Dios, que cese presto; y así, puedes recogerte. Con harta pena te dejo. Ahora, que estamos solos, dulce Esposo, amado Dueño pediros quiero un favor: (perdonad mi atrevimiento. pues vuestras finezas hacen, atrevidos a mis ruegos) y sea, Señor, que nunca, las heridas, que padezco, rompan con lenguas de sangre, de mi dolor el silencio. Excusadles, si es posible, lo público a mis tormentos, pues para ser más crueles, no es circunstancia el estruendo. No reuso yo el dolor, antes bien así le aumento, pues ansias, que se reprimen, afligen con más esfuerzo. Lo que pido es, que no sean mis dolores tan parleros, que es malograr la fineza, pregonar el sentimiento. Padezca yo; mas de suerte, que solo lo sepa el pecho: sea pena el imitaros, y no desvanecimiento. Cerrad; pues, Señor, mis llagas, ya, que el saber, que las tengo, siendo en mi humildad peligro; no es gloria en mi sufrimiento. Cerradlas, mi Dios; mas ya basta la instancia; y yo espero, que no se niegue esta vez a la piedad vuestro afecto. Estas espinas, no sé donde las ponga, que temo, si las ven, han de nacer contra mi trabajos nuevos; pues como se hallan tan mal recibidos mis sucesos, a cada acción me buscan, para acusarla, pretextos. Pero donde más ocultas, podrán estar, es en medio del lecho, y por más seguro, allí encubrirlas pretendo. Jesús mío, en vuestras manos, mi honor, y vida encomiendo; de uno, y otro disponed, pues de uno, y otro sois dueño. . Ya, a petición de las más Re- Religiosas, he dispuesto, que a Doña Antonia conjuren: y ahora, por mí misma, quiero averiguar, si la sangre, que ayer derramó, era efecto superior, o invención suya, porque sienten lo postrero, casi todas, y solo una afirma con juramento, que vio en forma de corona, abierta, y herida a trechos la cabeza, y que al mirarla, notó, que cada agujero, era del mismo tamaño, que hoy en las espinas vemos de Ciriste, de donde infiere, que con su Corona, él mismo le señaló las heridas: favor, que aunque fuera cierto, bastaba para dudarle, lo débil del fundamento. No obstante, porque no digan, que a Dios su pocer abrevio, y que antes de examinarlos, tan raros prodigios niego, he de averiguar yo misma, la verdad de este supelo, debiendo solo a mis ojos, ldudarlo, o el creerlo. Parece que siento ruido en la celda: mas qué veo? gran señora así madruga V. Excelencia? Sí, que vengo a ver, que hace Doña Antonia. Ya juzgo, que dejó el lecho. Gusta V. Excelencia, que entre a llamarla? . Sí, que tengo mucho con ella que hablar; mas déjalo, que me acuerdo de haber oído al Confesor, que es tan extraño, y tan nuevo su modo de obedecer, que poniéndole precepto mentalmente, si la llaman, obedece, aunque esté lejos. Y así, hemos de ver ahora, puesto que llamarla intento) si viene, sin más aviso, obron que la intención, que yo tengo. Qué me manda V. Excelencia? Acabose: aquesto es hecho: . ella tiene familiar, que le sirve de correo. Raro caso! no me tiene admirada otro suceso, de cuantos me han referido, tanto, como el que ahora veo. Válgame el Cielo: enojada a su excelencia contemplo, y sin duda esta visita, causa ha de ser algún nuevo trabajo; ayudadme vos divino, y sagrado dueño, aunque si es vuestro el puñal, en vano la herida temo. Estoy con cuidado, Antonia, de este accidente, y deseo, que me digas la ocasión, que te puso en tanto riesgo. Yo, señora, no lo sé: callar será más acierto. En vano encubres, Antonia, la verdad, cuando tan presto, puede malograr mi industria, el engaño a tu silencio. Llega, Elvira, esas almohadas, y siéntate tú, que quiero (reclínate en mi regazo) cortarte todo el cabello, para para ver de donde nace sangre, que hace tanto estruendo. , -que tu locorerror soberbio, conimpa Haré, por obedecer, vuestro gusto. Oh cuanto siento, . blasonó a ver heredado, norbilo que se publiquen, Dios mío, favores, que no merezco; Pero acordaos, Señor, oustim de lo que pedido os tengo, ri R y fuera de los indicios, sol nanoda dejadme el dolor entero Cor Yo ayudaré haV. Excelencia, por este lado, y con eso le acabará más aprisa. Dices bien. . Siempre tenemos. gusto las criadas, de andar con nuestras amas a pelo. Válgame Dios, qué dolor? . Señor, dadme vos esfuerzo, y a obligaciones de penas, deudas crezca el sufrimiento. Bravas tijeras! mas para mortificar a su dueño, jamás en una criada, faltaron buenos aceros. Ya la cabeza se mira libre del dorado peso; más juntamente se ven burlados mis pensamientos, pues cuando hallar el origen de tanto diluvio espero; ni aún la cicatriz más leve, que informe a la vista, encuentro. Viose maldad más extraña! . Qué dices, traidora, de esto? ove el caso, y aún no lo creo: adonde están las heridas, sangre, que hace tanto estruendo. , -que tu locorerror soberbio, conimpa que tanto coral vertieron? Donde las nobles estampas, norbilo blasonó a ver heredado, de un Dios al Laurel sangriento? De qué principio nació la sangre, que ha poco tiempo, oustim vimos desatarse en hilos, desde la frente, hasta el cuello? ri R sol nanoda Si era alguna llaga, como Cor se desvaneció tan presto, que de la pasada herida aún no dispensa dos ecos? Y si solo fue apariencia, que trazó tu atrevimiento, como osas robar el traje, a tan Sagrados Misterios? Qué dices? No me respondes? pero calla, que es mal hecho, buscar disculpas, quien halla, tanta evidencia en los hierros. Ah infeliz! que torpemente manchaste el esplendor Regio de tu sangre, y el decoro de tan noble Monasterio qué escucho Cielos! sin duda . que a mis suplicas atento, borró mi Dios los indicios, de aquel Sagrado trofeo. Oh, Señor, cuantos favores a vuestra piedad le debo! que informe a la vista, encuentro. pues tantas triacas juntas, me ofrece en solo un veneno. Jesús! viendo estoy, señores, . el caso, y aún no lo creo: estos son los pleitos, que es peor dar un corte en ellos. cen i Qué aguarda ya el rencor? que espera el ceño, si a esta ocasión descuidos no limita, donde acecha el valor su desempeño? De De esta mujer, cuya virtud me irrita, el lance, que en mi suerte, apenas creo, la venganza a mis odios facilita. Logren mis ansias, pues, logre el deseo, el fin, a que sus máquinas destina, descausando mi brazo en su trofeo. Ley superior, disposición divina, colores a mi astucia le permite, con que oculta mi engaño, o le apadrina. Al arma, pues, y mi furor incite a estas mujeres dos, y en su error ciego, mi dicha, y su deshonra solicite. Ya infiel, de este suceso a inferir llego, que ardid es tuyo, y no favor divino, ese de sangre vil, mentido riego: y porque sus corrientes imagino, te las presta algún bárbaro instrumento, he de apurar noticias al destino. Ya. Señor, contra mí el furor violento del infierno sus máquinas desata: seame escudo fiel mi sufrimiento. Logre ahora yo tu deshonor, ingrata, que después rendiremos la paciencia, que; a pesar de mi eterno ser, me mata. Riyéndome estoy toda en mi conciencia, de ver, como la pobre, sufre, y calla, viendo tan irritada a su Excelencia. Ganas, cierto, me dan de disculparla. Ea, valor, acecha los despojos, que ya está en buen estado, la batalla. No sé, como suspenden mis enojos, el rigor, y el castigo, que se debe, a tantas evidencias de los ojos. Dime mujer traidora, dime aleve, como a fingir me cedes tan divinas, tu soberbia sacrílega se atreve? Brotas sangre al furor de estas espinas, y trasladándola a tu indigna frente, mentir glorias supremas imaginas? Quién engañó tu pecho irreverente, o mu- Ea, enojos míos, que esta o mujer infeliz, que así atrevida, afectaste el lugar más eminente, porque fuese más grave tu caída? Quién consiguió de ti tan cruel victoria, que desprecies peligros a tu vida, por lograr un aplauso a tu memoria? Mas ya tu error verás, si has advertido, que es deshonor, lo que buscabas gloria. D Con esta acción, infame, has ofendido, podos a Dios, al mundo, a ti, y a este Convento, virtud, y sangre, todo lo has perdido: an Irao y así, dejarte sin castigo intento, porque no bastas a pagar tú sola, con una vida tanto atrevimiento. . Confusa se halla entre una, y otra hola, pues antes que escuchar me haga sus quejas, el remedio será escurrir la bola, con que no tengo de luto las orejas. Ea, enojos míos, que esta es la mejor ocasión, que pudo desear mi envidia: Triunfemos, triunfemos hoy de esta mujer, y pues se halla tan ultrajado su honor, llevémosla a la venganza, o a la desesperación. Raro encuentro de sucesos quien pensara, que un favor que yo busqué, como alivio, le encuentre, como baldón? Es posible, Jesús mío, que haciéndose información por mi inociencia, queráis, que salga culpada yo? Poco os debe mi fineza; pero, o qué grosero error! no os debe, no, si no mucho: mintió la lengua, mintió mi necedad, mal guiada de esta porción inferior. Qué mayor deuda, que hacerme participante, mi Dios, de vuestras glorias? y cuando no fuera esto, que mayor deuda, que la de humillar, mi soberbia presunción? Vengan baldones, Dios mío; vengan afrentas, Señor, y enséñenme los oprobrios, lo que valgo, y lo que soy. O pese a mí, que la encuentre siempre humilde; pero no he de dejar ahora el campo; hasta salir vencedor. Como sufres, que te trate. con tal desprecio, y rigor, la Prelada, siendo tú, por tanto heroico blasón tan ilustre, que no puede decir ella, que es mejor? Si es Real su sangre, también lo es la tuya: y si nació nieta ella de Carlos Quinto, también con claro esplendor, Ez lo lo eres de Carlos Tercero tú, con que tenéis las dos, siendo ella Austria, y tu Nayarra, igual calificación, Oh que vigilante que anda contra mí el fiero dragón! y para mi mal, que presto se conspira su rigor: Válgame aquí vuestra gracia, dulce Esposo, que si vos me amparáis, ni del infierno, temeré yo la invasión. En qué piensas, di no miras ofendido el pundonor, despreciada la virtud, y ajada la estimación? d omnl Pues cómo? cómo suspeñ es las iras? y del rencor, olo aslhoy injustamente templada. sosiegas la indignación? b Ea habla a la Prelada, y volviendo por tu honor, acusale los enojos, dol irm probando, que injustas son gria V las asechanzas, que contra tu inocente pecho armó. Mas si acaso no creyere tus disculpas, y en su error persevera, vuelve entonces las quejas contra tu Dios, Dile, que es injusto, dile cuanto te dicte el dolor, que buena disculpa tienes, pues contra toda razón, sufre, que te ultragen, cuando padeces tú por su amor, Y si quieres acertarlo, l vente a mi bando, que yo te doy palabra, de darte mas cumplido galardón. Yo haré, que te restituyan, el ya perdido esplendor, y que a tu virtud tributen, debida veneración. Yo haré. Qué has de hacer tú? calla; infernal monstruo feroz, no inficione mis sentidos, el contagio de tu voz. Ya no tienes, que acordarme nobleza, sangre, y honor, pues son trabajos, y afrentas, solamente miblasón. Don Felipe de Navarra no es mi padre, si no Dios; y si por hija de aquel, quieres, que haga ostentación, de vanos timbres, que el mundo aplaude, ciego en su error, omnl yo por hija de Dios, quiero es hacer solo estimación, olo aslhoy de ignominias, y de ultrajes; porque no es hijo, en rigor, aquel, que heredó a su padre, sino aquel, que le imitó. La Prelada, es gran señora, y aunque me ofendiera, no debo yo quejarme de ella, cuando un vil gusano soy Fuera, de que es necedad, presumir, que me ofendió, que a un súbdito, nunca puede ofender el Superior. Pero doy, que ofensas sean no en mí sus enojos, doy, que se arme de injurias viles, contra mí la emulación, Por qué yo no he de sufrirlas, cuando a Jesus viendo estoy, que mansamente previene, a cada ofensa un favor? Omientes tú, o Cristo miente? Él no puede, porque es Dios; luego eres quien miente tú? Pues siendo así, no es error, que de quien sé, que me engaña, siga la doctrina yo? Claro está; y más, cuando veo, que la soberbia ambición, con que intentaste pisar los lados del Aquilón, te tiene, ya ha tantos siglos, (perdido aquel explendor, que te dio tu primer cuna) hecho atezado carbón, que inextinguible, le sirves de cebo, a inmortal ardor. Vete, pues, cruel Basilisco; vete, rugiente León, a aquel Alcázar de incendios, a aquel Palacio de horror, cuya oscuridad te sirve, de corona, y de prisión. Vete, y no espere de mí más triunfo tu indignación, que humildad en las afrentas, y gusto en el de honor. Vete, o sino. . Calla infame, que ya rabiando me voy, de ver, que ni en tu alma puede hacer tiro mi invasión, ni Dios deja, que en tu vida, se despique mi rencor. Venciste, Antonia, venciste, y ya que te coronó, el Divino Capitán, tu Esposo, quiere desde hoy, te séñale yo las armas, que has de tener por blasón. Estas serán cinco llagas en campo blanco, mas no, que al pincel deban colores, o al pórfido duración; sino que en tu propio cuerpo, esculpidas con primor, amantes incendios labren, tan soberana impresión Por cuya causa, yo, a quien mi naturaleza dio calidades de amor, pues Serafín ardiente soy, vengo a imprimirte las llagas, para que diga esta acción misteriosamente, que es, quien te las abre el amor. Qué dices, celeste Joven? cuando en mi humildad se vio mérito alguno, capaz de tan extraño favor? Dios, Antonia, quiere hacerte retrato de su Pasión, y más luce en lienzo tosco, la destreza del Pintor. Llégate, pues, que al contacto de manos, y pies, desde hoy te abre el amor las heridas; y al ímpetu de este ardor, rompera la del costado, el volcán del corazón. Detente, Espíritu hermoso: con que flecha, con que arpón, me has traspasado los pies, y las manos, que no doy paso alguno, (ay Jesús mío! que no sea hacia el dolor? Todo el cuerpo desfallece; porque las plantas, ay Dios? no pueden de su edificio, sus- sustentar la trabazón. El corazón se me abrasa, y nor deladogar su ardor, rompe impaciente del pecho la estrecha jurildicción. Válgame Dios, que violencia! Todo el Ábito rompió, como que para salir, busca puerta el corazón. Fortalecedme piadoso, en tantas penas, mi Dios, porque no usurpe el desmayo, al mérito la ocasió, A ver a Doña Antonia, ay Cielo Santo: vengo llena de espanto, porque me han referido, que por endemoniada la han tenido, y preguntar como le va deseo, en tan nuevo trabajo: mas qué veo? No es aquella, que yace en el estrado, todo el color mudado, rotas las manos, y los pies heridos, y en púrpura bañando los vestidos? El Ábito rasgado, mal sufrida cortina del costado, por cuya puerta de coral sangrienta, el corazón parece, que se ausenta? porque no usurpe el desmayo, Ella es: bien me lo dice del pecho la inquietud; ay infelice Llegarme cerca intento, para prestarle este pequeño aliento, con que respiro apenas, al calor desmayado de sus venas. Antonia? Quién me nombra? n . Válgame Dios! Solo mirarla asombra: . lamás diseño vi tan lastimoso retrato, en fin, de su doliente Esposo. Yo soy, Antonia mía, que avisada, del crédito, y rumor de endemoniada, con que infeliz saliste el otro día, para enjugar tus lágrimas venía, y te hallo tal entre corales rojos, que ya lo han menester solos mis ojos. Templa, Doña Gerónima, la pena, que a tan piadoso llanto te condena, pues pues los dolores, que en mi aliento crecen, más envidia, que lástima merecen, Un Serafín amante acaba de imprimirme en este instante, las cinco llagas de mi Esposo amado, que miras en pies, manos, y costado. Esta, Doña Jerónima, es ventura, que aún no puede medir la conjetura; y así, suspende el llanto cuidadosa, que no es bien llores, porque soy dichosa. Cómo es el amor ciego, nunca advierte, que se puede de un mal labrar la suerte. Mi señora la Abadesa, avisarte me ha mandado, que en la red alta te espera. Aquí, Cielos soberanos, es donde os he menester, porque sin duda han llegado los Jueces, que la sentencia me han de dar, y solo aguardo oír oprobrios, injurias, afrentas, y ultrajes varios. Las calumnias, Don Antonia, que contra ti han levantado, son tantas, que temo mucho, salga sentencia en contrario. Yo no lo temo, porque ya Dios me lo ha declarado, y no hay riesgo de temerlo, cuando no puedo dudarlo. No es poco alivio al dolor, venir prevenido el daño, que ahorra el susto a la herida, el ver levantar el brazo. Siempre Dios usa conmigo de esta piedad; pero vamos a cumplir con la obediencia: arrima un poco los brazos, Doña Jeronima. En ellos puedes descansar. Oh cuantos pesares me aguardan pero a gran premio, gran trabajo. Si habrán venido Don Juan. y Capitel? que obligado mi amor, de ciertos escudos, que el Don Juan me dio bizarro, di palabra de meterlos, de mi ama antigua en el cuarto, dándoles también la traza, de que entrasen disfrazados, con título de oficiales pues como está fabricando su Excelencia un Oratorio, nadie hará en ellos reparo. Pero parece, que allí dos hombres se han apartado de la obra, y hacia mí vienen; nadie se descuida amando. Ya me parecían siglos, los instantes, que aguardando estaba, Elvira; mi amor. Llévame luego al Palacio de aquel Sol, en donde pueda, Águila beber sus rayos. Llévame al Templo de aquella Dey do Deidad, donde coronando, con un corazón sus aras, sirva el alma de olocausto. Y llévame, finalmente, a ver a mi prima, dando de sus rayos a mis ojos, alguna luz de barato, Has hecho con propiedad tu petición, pues mirando cada día su belleza, mil resplandores le gano. Mira, Elvira, yo no quiero luces; porque hartas me traigo en mis ojos cada día; mas si te sobran acaso, de ganancia algunos dulces, como alcorzas, manjar blanco, mermelada, peladillas, alajú, jalca, tallos, y otras dos mil zarandajas, que por allá andan rodando llévalas a tu aposento; que mientras está mi amo, harrándose de esplendores, yo prometo estarme hartando de dulces, porque, a Diozgracias, soy tan cuerdo enamorado, que mientras hay que comer, no hago de la dama caso. En fin, Capitel, tú siempre, has de amar a lo Lacayo. Mas tened, que hacia aquí viene la Gongora: retiraos, hasta que se vaya, y luego os guiaré, No daré un paso, sin que me avises primero. Cómo estáis, Cielos Sagrados, a tanta injusticia mudos? como sufris, que un engaño, así la virtud deslustre, y vilmente abandonado, el honor de una inociencia, triunfe el antojo villano? Volved por la verdad, Cielos, no deis ocasión, que acaso reine la maldad, fiada, en que ha de callar lo Santo. Qué ha sucedido, señora Doña Jeronima? Pasmos, Elvira, injurias, afrentas, maldades, penas, trabajos. Y si de una vez saberlo quieres, haber condenado, (con la mayor ignominia, que cupo en discurso humano) a mi amiga, y tu señora o Don Antonia. Ah hombres errados! cómo así un engaño os ciega? pero a Dios, Elvira: vamos, on ojos míos, a pedir, en el idioma del llanto, justicia al Cielo, ya que así en la tierra ha faltado. Ven acá, Elvira, qué es esto, que mi atención ha escuchado? quien ha injuriado a mi prima? quien se ha atrevido villano a ofender su honor? qué afrenta son las que aquí ha ponderado Doña Gerónima, di? Nada es, señor, reportaos. Si se lo digo, ha de hacer un arrojo de los Diablos. Cómo nada? dime, Elvira, la verdad, o haré pedazos esas puertas, y al incendio de mis iras, abrasado el Convento, servirán sus cenizas de epitasio. Qué voces son estas? quién se atreve a inquietar osado, el sosiego del Convento? Vive Cristo, que he quedado, como un matachín de verla: ahora, digo, que no extraño, que esta fuera su mujer, si el Papa fuera casado. Dime, Elvira, que ha sido esto? quien era el que tuvo tanto atrevimiento? Qué cara tiene de mandar ahorcarnos. Gran señora, ese oficial, de algún enojo llevado, fue el que ocasionó aquel ruido Pues como vos, profanando el sagrado de esta casa, os atrevéis temerario a inquietar? Antes que pase n adelante vuestro labio, Viose tal maldad confieso, . sabed, que aunque en este traje, he venido disfrazado, Don Juan de Mendoza soy Y pues va de desengaño, yo Cápitel de la Torre, por negros de mis pecados. Eso aumenta vuestra culpa, y supiera castigaros, a no mirar, que delitos, que al honor ofenden tanto, mejor remediarlos sabe, quien sabe disimularlos, pues son desuerte, que deja siempre el candor más ajado, con el estruendo el castigo, que con el golpe el agravio. Confieso, que ha sido arrojo, más creed, que está disculpado. En qué? Escuche Va Excelencia: Yo, señora, habrá dos años, que desde Pamplona a Burgos, vine a pretender la mano, de Doña Antonia lacinta, mi prima; fue dilatando mi dicha, todo este tiempo, hasta que ya asegurado de mi constancia su amor, (después de exámenes varios, me dio estos días él sí; pero mi afecto, llevando mal distancia, y dilaciones, confieso, que anduve errado encubierto de este traje, quiso verla más despacio. Via este tiempo, que salía una Religiosa, dando quejas al Cielo, de haber algún traidor agraviado el honor de Doña Antonia; y apenas llegué a escucharlo, cuando en las voces, que oísteis, de ira; y enojo abrasado, prorrumpió mi amor: y este es, gran señora, todo el caso. Viose tal maldad confieso, . que nada de todo cuanto a esta mujer le acumulan, tan confusa me ha dejado. Que pueda haber corazón tan cauteloso, que estando rendido a este Caballero, finja arrobos, finja raptos, y quiera juntar a un tiempo, dos extremos tan contrarios, como es una alma abstraida, y un afecto enamorado! No sé, qué me diga, cielos! que parece, que error tanto, disí- dificulta la razón, que quepa en un pecho humano. Señora, si la clemencia deuda es de un Real corazón, bien llego en esta ocasión, a buscarla en Va Excelencia. Doña Antonia, solo por declararla delincuente, los Jueces injustamente, blanco está hecha del rigor. Todos se arman contra ella; no hay quien no la vitupere, pues hasta la niñez quiere, por diversión ofenderla. Y ahora, que de cinco heridas, en manos, pies, y costado, la sangre indicios ha dado; por saber, si son fingidas, la han atado a dos maderos, dejando el cuerpo inocente, de solo el aire pendiente. (que crueles desafueros Muevaos, señora, a clemencia, tan inhumano rigor, siquiera por vuestro honor, ya que no por su inociencia. Y para que os mueva, entrad a esa cuadra, y la veréis, que, o sois mármol, si la veis, o habéis de tener piedad. Válgame el Cielo! esto escucho, y no muero? perdonad, gran señora, que al oír lástima tan singular, no es fácil, que yo reprima, de mis ansias el volcán. Déjeme entrar V. Excelencia a ver mi prima; y ya, que vengar su honor no puedo, (pues es bajeza dejar, en femenil sangre tinto mi acero) iré a acompañas su muerte, para que acabe un mismo agudo puñal, dos vidas, a quien juntó una misma voluntad. Deteneos: pues por qué sentís tanto el escuchar, que en Doña Antonia castigue la justicia una maldad? Qué maldad? Yo os lo diré. No confesasteis, que amáis a vuestra prima, y que os ama ella con afecto igual? Sí señora. Y que con vos, se ha prometido casar? También. Luego es una ilusa, y una hipócrita, pues mal se unen los arrobos, que finge su sagacidad, y el amor, que os tiene a vos. Y para que lo creáis, sabed, que es profesa, ved, quien miente, ofreciéndoos dar la mano, siendo imposible, si mentirá en lo demás. Jesus! el Diablo se ha suelto! . quiero a Doña Ana avisar, para que su desengaño, ponga estás cosas en paz. Cayósele en este punto, como dice allá un refran, a mi amo la casa acuestas. Qué decís Don Juan? no habláis? No sé qué diga, señora; porque me ha dejado tal vuestra voz, que aún es merced de la pena el respirar. Muerta he quedado del susto, a Cie- Cielos mas quiero probar a deshacer este enigma. Ea, Jesús, ayudad No sé que diga hazla al punto mi intento, y haced a todos su inociencia confesar, siquiera, para que quede Harelo así. vuestro retrato cabal, que puesta en Cruz vuestra Esposa, no falta otra cosa ya. Señora, yo me persuado, a que algún engaño hay en esto, y con tu licencia, así lo he de examinar. En un mar de oscuridades, se quiere el alma anegar: volved mi luz como así, Señor, me desamparáis? Señor Don Juan, mirad bien, si es esta, la que casar quiere con vos? . No Señora, ni yo la he visto jamás. Jesúsi va de esta a la otra, lo que de mí al Preste Juan. Lástima me ha dado el verla. . Pues decid, Señor, Don Juan, no decís, que es Doña Antonia, la que os ha ha hablado? . . Es ver- Pues como no conocéis, (dad. qué es la que mirando estáis? Habrá en eso algún engaño: lo que yo puedo afirmar, es, que en mi vida he hablado, ni he visto aquella beldad. Ve V. Excelencia, Señora, como Doña Antonia está inocente? pues así será todo lo demás. No sé que diga hazla al punto de ese tormento quitar, Doña Gerónima, y di, que salga después acá. Harelo así. Raros lances son, los que pasando están Pero pues no es Doña Antonia, la que os habló, y afirmáis, que otra os ha hablado en su nombre, ahora falta averiguar, quien es la que lo ha fingido, Ya viene quien lo dirá. Yo, señora, lo fingí, pues sabiendo, que a casar vino Don Juan con su prima, y que ella llevaba mal, el salir de este Convento, valiéndome del disfraz, fingí, que era Doña Antonia, por poder así lograr un bien, que antes en Pamplona, deseó mi voluntad. Y si es menester testigos, Elvira lo jurará. Feliz engaño, pues logro un bien en vuestra beldad, que aunque no es el que busqué, es el que deseaba hallar. Es tal Doña Ana de Borja, en belleza, y calidad, que no os queda en la fortuna, otra dicha, que envidiar. Ya Doña Antonia, señora, a vuestras plantas está. Deme sus pies V. Excelencia Llega a mis brazos, que ya se se ha descubierto el engaño; porqué te culpaba más: Y así, en esotros sucesos, no me queda que dudar. cuando esta inociencia deja persundidas las demás. (debo; . Mucho e, mi Dios, lo que os mas si he de decir verdad, mejor que ahora en el puerto, me hallaba antes en el mar. Yo os doy, prima, el parabién, del honor, que restauráis: y aunque perdiéndoos, parece deuda en mi afecto el pesar, como este es mal, que os redime a vor, de otro mayor mal, no acierta el alma a sentirlo: y también; porque al lograr, con el amor de Doña Ana, tan nueva felicidad, quedó, a vista suya, el pecho, de toda pena incapaz. Luego (válganme lo Cielos!) vos con Doña Ana os casáis? Pues hecha esa mano acá Si Señora. . Mas que quiere el casamiento anular Y aquí (dejando el Poeta No le puede, Doña Antonia, de otra suerte restaurar su honor, pues Don Ana, hurtando tu nombre, le ha hablado, y no hay medio más honrado, como el casarse con Don Juan. Venturoso desengaño! Gracias a Dios, que mostrar quiso serenas las ondas, tras de tanta tempestad. Al fin, Don Ana, a tu pecho no le han podido obligar, ni inspiraciones de Dios, ni ruegos de mi amistad? Mal has hecho; pero en fin, casate, si es fuerza ya; que santo es también, y honesto, el tálamo conjugal. Que había de hacer la pobre, si no hubo auxilio eficaz? Que le usted por casta, que ella también para casta ira. Pues ahora, solo falta, que dé la mano Don Juan a Doña Ana. Yo la doy, con amante voluntad. Yo con el alma la acepto. Digo, Elvira, ya que va de boda, no será bueno, qué nos casemos en paz? Paréceme lindamente. Pues hecha esa mano acá que no puede un Capitel, sin algo de Cruz estar. Y aquí (dejando el Poeta lo restante, para más sutil pluma, que prosiga Historia tan singular) tendrá venturoso fin, si sus hierros perdonáis, la más verdadera Copia, del mejor Original.
