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Texto digital de Más vale maña que fuerza

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Francisco de Rojas Zorrilla
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Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Más vale maña que fuerza. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mas-vale-mana-que-fuerza.

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MÁS VALE MAÑA QUE FUERZA

JORNADA PRIMERA

De este cancel nos valgamos. Turbada estás. Acobarda su misma sombra a quien teme. ¿Qué hay que temer? Mi desgracia. Mira que entran. Ya me escondo. Los dos están en la sala. Con esta han sido dos veces, las que en honor de mi casa me habláis en ser hijo mío, siendo marido de Blanca. Ay, temor mío. Y también dos deudas dejáis al alma, por la elección de mi hija, y por la perseverancia. Para temer esta injuria, ¿no bastaba, no sobraba ser yo el blanco donde acierta la menos derecha bala? Pero no debiendo aquí más, don Carlos, que estimarlas, con advertiros de todo quiero pagároslas ambas. Alentad, vida, alentad, mas solamente regalan supiros al corazón, que son lágrimas del alma. Vos sois. Ricardo, tened, pues prevengo en las palabras que de la injuria de pobre me advertis la amenaza, diréis que nací segundo, que el duque con mano escasa, me alimenta, ¿y qué? Tampoco prosigáis, porque me agravia pensar que podrá en mi pecho caber objeción tan baja. No quiero decir que sois pobre, porque en mí bastara para ser uno dichoso desmerecer la desgracia. Pobre, es rico, y yo le adoro, mas mi codicia se engaña, que para mí como el fénix es todo el oro de Arabia. Fuera de que no es mi hacienda, ni tan corta ni empeñada, que haya mucho que envidiar a algún título de Albania; y aunque puede mi nobleza, sin ser presunción bastarda, pensar que la engendró el sol del mejor seno del alba. Ser vos hermano del duque de Rusia me acobarda, viendo que a no tener hijos le heredáis, si bien se halla tan mozo que cada día renace en sus propias llamas, y que está capitulado con Rosaura, que es cuñada del rey albanés, y hoy ha de alojarse en mi casa, a cuya feliz progenie de ese globo, de ese alcázar, del sol sean los luceros, corta familia de nácar porque aquí solo es la sobra lo que en vos pudo ser falta. Ahora es ello. Oye. Dios ponga tiento en tus palabras No ha de valer la disculpa. Escucha, pues. Agraviada no ha de quedar la nobleza, que decís que me acompaña, cuando yo por su hermosura, y su sangre para Blanca hiciera de todo el orbe poco sitial de sus plantas; y aunque de heredar al duque viva cortés la esperanza, en fin poderlo heredar, oso ofrecerla por arras. Mucho aprieta, y mucha fe debe de tener. Villana tienes tú la obligación, pues tan presto te embarazas. Y hoy, que a aquesta ciudad llegó el rey para plaza de armas del sueco, y ha de ser palacio vuestra morada. A mi cuñada he hablado, y me ha ofrecido Rosaura pedir al rey la licencia, más mi hermana que cuñada. Como el rey dé la licencia, Carlos, mi hija, mi casa es vuestra, y aunque yo sea quien sabéis, como hay distancia de vuestra casa a la mía, es prudencia de mis canas prevenir esta licencia, que demás de que la dama ha de ser rogada siempre, cuando el que es más grande casa con el menor, la elección parezca que no es hurtada. ¿Qué importa que el rey lo mande? Pues ve aquí que el rey lo manda. Por eso tiene venenos contra la fuerza, la rabia Dadme la mano a besar. Para subiros al alma, como a mis brazos, que en Carlos nuevo hijo y honor ganan. Yo gano padre y honor. En el lugar os traslada mi amor del hijo que llora con su muerte mi desgracia. Mejor ciudadano vive del cielo. Villana parca pudo trasplantar mi flor de nieve en purpúrea grana; mas los reyes han llegado. Al estruendo de las cajas parece que todo el viento se quiebra para su salva. A recibirlos salgamos. Lugar aquí. Plaza, plaza. Guarde Dios a Astolfo. Guarde. Viva Astolfo y Celidaura. Muera la vida y no amor, pero de mi pecho salga, y a Enrico a estorbar mi muerte, pero pues dentro está; y calla, teniéndome amor y duda, o no es verdad lo que pasa o es sueño lo que estoy viendo, o son mayores mis ansias; pero, ¿no soy, dueño mío, en esta acción? ¿Unas brasas no redimieron a Porcia como a Lucrecia una daga? Pues, ¿cómo dudó cobarde? Faltar a la fe jurada de Enrique, si la fineza aún con la duda se infama; valor amor. Ahora sí que encaja, para cuando los rayos y arma, arma. Dé tu alteza la mano a un vasallo, que a rey tan soberano, que le es el firmamento de su fama pequeño alojamiento; hoy merece en su casa, si con tantas estrellas no se abrasa. Hoy, famoso Ricardo, buen hospedaje en vuestra casa aguardo. Yo de vuestros favores cada día, señor, honras mayores, y por vos, gran señora, envidiar con razón el cielo ahora esta casa pudiera, porque los tres la haréis mejor esfera, siendo de nuestro oriente el rey gallardo sol resplandeciente, a quien hace la salva Rosaura, siempre estrella, y siempre alba, hermana, y precursora de Celidaura nueva, hermosa aurora, con que la esfera su esplendor restada en el rey, en la reina y en Rosaura. La edad, Ricardo, en vano desmentiros podrá de cortesano. En fin, como el rey quiera la palabra me dio. Cuando no fuera tu gusto ya, me obliga el que no haya de ser siempre enemiga una cuñada, y quiero interceder hermana, pero infiero, que uno y otro habrá sido lo hermana en querer hoy lo que has querido, y con razón trocada en tratar casarte lo cuñada. ¿Cómo me dejáis, Carlos, esta tarde en el camino? Señor, el amor disculpa faltar a vuestro servicio. No entiendo más de que estáis enamorado y que ha sido la ocasión de adelantaros. Pues escuchadme os suplico, que los sucesos de amor, por ruegos o por delitos, no ofenden a un rey discreto la modestia del oído. Dos años ha que adoro a Blanca, gran señor, con tal decoro que nunca en mi cordura el silencio salió de su clausura; Blanca, suspensión mía, pompa del mayo y vanidad del día, en quien es rayo a rayo cada mejilla más fragante mayo, cuando en su boca adora el día los altares de la aurora; pues con rayos severos, hermosos como el sol los dos luceros o reyes más lucidos, horca y cuchillo ha puesto en los sentidos. A Blanca, pues, amando, con su padre el concierto intento, cuando cortés y agradecido si no concede lo que aquí le pido, me obliga con su modo, porque hay tal aire de negar en todo, que a veces el negarlo más merced habrá sido, que no el darlo. Dice que si yo fuera menos persona, por favor tuviera que le pidiese a Blanca y la ofreciera con fineza franca, pero que no es decente, siendo hermano del duque y tu pariente, porque, aunque esté mi hermano en juventud y brío tan lozano, que, unido a la belleza de Rosaura, será con gentileza, poco dosel la luna para el número hermoso de su cuna. Es posible (callarlo quisiera mi respeto) el heredarlo, pues soy (mas no lo espero, como hermano inmediato el heredero). Esto me ha respondido, y tu favor ahora prometido junto con la licencia, por Rosaura a quien hoy la diligencia encargo mi esperanza, será de tu grandeza, si lo alcanza, oh, gran rey soberano, ejecer a lo humano, pues son a Dios amagos, si se advierte dar vida al alma y al temor la muerte. Yo suplico a vuestra alteza que le valga el ruego mío, porque las partes de Blanca, y el amor que he conocido en Carlos solo merecen. Y yo, señor, de lo mismo vengo encargado, y lo ruego con voluntad, habrá siglo en que un amor verdadero una vez esté valido. Como sea gusto de Blanca, es tan decente y preciso que todo se lo debéis, Carlos, a vuestro destino, porque Ricardo es tan noble, de que es mi sangre testigo, que a casarse el sol, el sol fuera de Blanca marido. Rey que sabe honrar así, más que vasallos cautivos son sus vasallos, mas no, que en el amor son sus hijos. Besad la mano a la reina por la licencia. El oficio de mi dama doy a Blanca. Y yo, señora, lo estimo, como si lo diera yo porque no hay tan gran servicio para un rey como ocasiones en que hacer beneficios. Mil honras me hacéis, señor. Sed, Carlos, agradecido a vuestra hermana, que aquí solo apruebo lo que quiso. Todo es honrarme. Y a mí. Señor, Enrique ha venido de su jornada. Entre. Amor, si de postas me han servido tus alas, cisne de Blanca, prosigue en el beneficio, siendo pavón en las plumas, para prestarme propicio más ojos con que mirarla, pues amante le dedico más corazones que estrellas, le sirven al sol de anillos. De Enrique celos me enojan de nuevo, pero mal digo, recelos tengo tampoco, pues sospechas, mucho he dicho que en un rey aún las pasiones han de tener otro estilo merced la reina se hace pero es injuria, es delito, entre lo torpe y decente inclinarme al precipicio; mas no, ¿no soy humano? Sí, y aunque el rey es tan divino, con temor no hay que temer, con prevenir no hay peligro. A Enrique tengo en mi cuarto sin engaño ni artificio, como otras veces, amor, muéstrense ya tus prodigios, de esta manera podré mirarle ya, que el oído no alcanza de sus palabras las razones y el hechizo. Señor, para malas nuevas pésame de haber venido tan presto. Bien haya, amén, un recién llegado limpio, que no ha pedido los pies. ¿Perdiose el campó? Vencimos. Pues como honor no se pierda, podré escucharos, Enrico, sin sobresaltos decid. El escucharme ha querido ahorrarse el rey, que han dado en parecer los principios de romances locutorios de monjas, adonde ha habido para gastos de devotos tantos escuchas prolijos. De Suecia en llegando a los confines di al duque de Rusia tu embajada, y antes que el sol de nieve los jazmines deje en el mar que tuvo por posada, de tu campo sonaron los clarines, sobresalto del viento y alborada del enemigo, siendo en su desmayo cadáver o clarín metal de rayo. Al sueco apretaba en otra parte el español ejército del cuarto Filipo, primer rey, segundo Marte, pasmo del orbe y de los astros parto. En quien naturaleza el cielo, el arte juntaron tanto, que aunque más me aparto de la lisonja excede su grandeza al arte, al cielo y la naturaleza. Que en ingenio, y en gala y valentía, en andar a caballo a la jineta en las lanzas, bridón en la armonía de música, en las cañas y escopeta, en valiente pintura y poesía, en el manejo de armas tan perfecta, es la quinta del rey, que en sus aceros reyes pudieran ser diez caballeros. Dando pues la batalla al enemigo, el duque, como en fin, señor, ordenas, guarnecido se halla, aunque consigo solo de escuadras juzga el campo llenas, que de su espada y su valor testigo el Rin pudiera ser, cuyas arenas antes de verlo a él eran de plata, y después lo admiraron de escarlata. Salió a caballo el duque tan bizarro, que en las plumas y bandas parecía galeón de los astros y, al desgarro menor que el bruto con los pies hacía de la celeste zona el rubio carro, juzgaron que temores padecía, pues no estaban seguros de sus huellas ni rayos, ejes, pértigos, ni estrellas. A tu sombra en efecto se ha debido la victoria, que habemos alcanzado, el sueco feroz queda vencido, y su campo y bagaje saqueado Suecia por su yugo te ha temido, el mundo por su Alcides te ha aclamado, pero para templar esta alegría mató una bala al duque de Rusia. ¡Qué desgracia! ¡Qué valor! ¡Válgame Dios! Grande aprieto. Mi sentimiento al respeto le debo, que no al amor. Un grande amigo he perdido. Honras son que vuestra alteza hace al difunto.Tristeza en todos he conocido. Diligencia fuera humana decir, Rosaura, que soy más vuestro amigo desde hoy. Yo soy tu esclava. Mi hermana. Quién te viera Blanca mía. Ya olvidará sus extremos. La merced no dilatemos; cubríos Duque de Rusia. Beso los pies de tu alteza. Duque, y cubríos, gran favor, vive Dios, que de asador le ha dejado la grandeza, a mi tierra invención buena, de andar tieso llevo, y basta; que una excelencia es de casta de las barbas de ballena. Carlos divertido está, pues se ha cubierto. No miro mas que a Enrique. ¿Ni un suspiro costó a la novia? No ha llegado la obligación de su amor más que a un contrato, y el palacio y el recato no empeñan la inclinación. Aunque es ya viejo el decirse; que el casar es enterrarse, el muerto hizo con casarse la vigilia del morirse; y así tuvo prevenida la posesión de gusanos, que suegros, tías y hermanos son gusanos de esta vida. Id Ricardo al mayordomo mayor, y decildle ahora lo que le ordené, señora, ya que por mi cuenta tomo vuestro amparo. Despejemos que entra mi padre. Y juzgando que cuando al duque, que hoy goza en cortes de topacio la grandeza que veneran los querubines y los astros, el rey mi señor trató de casarle, fue mirando a la antigua pretensión de vuestro estado, y su estado, queriendo excusar prudente los empeños de este caso, pues el duque de Rusia, y marquesa de Belgrado, pleiteabáis cada uno ser heredero de entrambos. Mas hoy, que cualquiera de ellos si viene a tener vasallos tantos, que en un dueño juntos, sin exceder en juzgarlo, se hallarán alguna vez los discursos arrojados en llamaradas de rico, con humos de potentado, me ha parecido importante hablaros y concertaros, cómo a todos esté bien, que aunque en el rey sea bizarro lo liberal, nunca ha sido virtud lo desperdiciado. Vuestra alteza, gran señor. Vuestra alteza, rey cristiano. Me oiga. Me escucha. Se sirva. Sea servido. De escucharos lo seré si os concertáis. Pues la vida en vuestras manos, como el estado renuncio. Por la mano me ha ganado la marquesa, que yo pongo a vuestros pies soberanos el marquesado y la vida. Hermana, primo, a mis brazos alzad. Estas son las llaves de tu cámara. Y pagaros quiero en amor la fineza; llegad, que no hay mayor pago, que entregarse uno a sí propio; tomad esa llave, Carlos, vos tomad esta, marquesa, y dadlas a los hidalgos, de quienes seréis fiadores, que a los dos árbitros hago de la guarda de mí mismo, y seguro de mi cuarto. Pues he de elegir a uno, sin que me deba aún dudarlo, para tanta confianza, señor, elijo a Ricardo. La honra debo a vuestra alteza, y a vos haberme nombrado entre tantos caballeros. No sé de que sobresalto se viste, Galón, el alma, de ver, que el duque le ha honrado a Ricardo. A ser la llave capona, no fueran gallos tus celos, mas de ejercicio malo fue no decir Carlos, lo maestra por maestre, en la cámara me campo. Con esta llave no dudo, que el duque me haya cerrado la esperanza que tenía de ser su suegro. Gallardo el que ejerza la tercera, espero, Enrico. Que santo haya abogado de llaves, san Pedro no otro he hallado, san Dimas el buen ladrón que en compañía del malo eran con llave y ganzúa, de la cámara de Caco te hagan camarista eterno. Señor, al duque señalo para la llave, que a mí me debo no haber osado, ni aun atreverme a tener los pensamientos tan altos. Jesús, y qué necedad. Viniendo por vuestra mano nueva merced es la llave. Con esto Blanca ha quedado sin embarazo, su padre mi deudor, pues por el pago yo con derecho mejor y el duque menos bizarro ¿Y vos, marquesa? A Enrico le puedes dar. En el campo están ya mis pensamientos. Que yo por fiadora salgo de la fe que debe al rey, en la llave le habrás dado honor, hacienda y mujer; mujer, porque habrá en palacio dama que con él se case; hacienda, porque está claro, que no será desvalida quien casare con privado; y honor, pues es lo mejor que da el Rey. Determinaos. Generoso rey valiente, cuyo valor sin segundo, desde el ocaso del mundo pasa al con fin del oriente. Entre confusa y prudente, entre aviso y confusión, entre alivio y turbación, cuanto me admiro me advierto para elegir un acierto. y acertar una elección. Yo no hallo modo más fino de mostrar que acertar quiero, que eligiendo al caballero a quien por mujer me inclino, siendo mi esposo imagino, que acredito mi destino, pues presumo sin recelo, que como seguro ha sido el fiarlo en mi marido, en mi persona mi celo; pero es desautoridad, aun sospechar que es posible ser menos roca invencible, quien goza mi libertad; y no es mucha vanidad, que mi lealtad ha pensado, que puedo poner al hado firmeza en esta ocasión, y así hago la elección en el marqués de Belgrado. ¿Cómo has hecho tal locura? Del rey el servicio he hecho. Qué bien recelaba el pecho tan desdichada ventura. Bajeza, Rosaura, ha sido. Si no se engañan los ojos, la reina recibió enojos. O nunca hubiera venido. Es así, mas puede ser por su hermana. O mal prolijo. Bien colijo, no colijo, que no quede que temer al escrúpulo. La llave tomad. Reparad. Señor. Mirad. Qué notable error Tomadla, marqués. Suave nombre es marqués. Tu mandado he hecho, pues hice a Enrico con llave casado y rico. El rey lo ha marqueseado, no se puede despintar. En obligación le estoy a Enrique. Es mi hermana. Hoy, hoy se tiene de casar. ¿De que estás amodorrido? Ay, Blanca, amor me socorra. Tú comienzas por modorra, presagio es de buen marido, deja a Blanca, que es error. Infame vil, descortés. ¿Qué es eso? Aquí es el marqués que se ensaya de señor. La llave por vuestra mano, pero. Llegaos y decid. Señor. Enrique, advertid, que como el sueco domo, sabré domar vuestro intento; dad la mano luego. Advierte, que si es tu gusto, la muerte es lisonja, no tormento, y que soy esclavo tuyo, pero. ¿Qué? Si estoy casado. ¿Con quién? Con quien me ha mandado, que no diga que soy suyo. Ya llevo más que temer, oye, Enrico. ¿Hay tal maldad? Cuantas iras la crueldad ha inventado, se han de ver, si aquí no quedáis marido de Rosaura. ¡Hay pena igual! Declarando a un desleal por traidor y por bandido. Ay, Bianca, si doy el sí te aventuro (¡qué rigor!); si digo, que no es peor, que el rey te matará en mí. Loco estás, ¿qué es lo que intentas? Dime, y dirétes atija con el rey a la mortaja vas a las mil y quinientas, que es con el rey un desprecio, un pasmo, un aire, una cura, un médico, y es locura morirse un hombre de necio. Aunque a ausentarme porfío, me vuelve luego el deseo, muy galán a Enrique veo, no es posible que sea mío. ¿Qué resolvéis? Que me allano a servirte y que me pesa de vivir. A la marquesa pasad y dalde la mano. Lucrecilla es pasatiempo, ya me llamó guarda infante, yo firmeza, yo diamante, o qué cosa para el tiempo. Esta es mi mano, y que aleve teniendo a Blanca en el pecho. El desposado está hecho un terroncito de nieve. De envidia el alma se abrasa, ¿qué será? Pero habrá sido haber del duque traído poder, y por él se casa. Lo grande le ha embarazado, o está disgustado (¡ah, cielos!) sea embarazo, y no sean celos. Cubríos, marqués de Belgrado. Pero, ¿quién podrá sufrir en tan extraños enojos la paciencia de mis ojos? Mariposa, he de morir, no al calor, sino a la llama. Un menino me aviso, que me llamas. Tropezó, ¿hay quién levante una dama? Mal de este alfil me prometo. ¡Qué gallarda! ¡Ay, Blanca bella, cayó por tierra mi estrella. Grosería y no respeto fue levantarla, y despacio, ande más vueseñoría. Perdonad, que no sabía, que era dama de palacio. Es guardadamas, Rosaura, mas Enrique se turbó de verme, pues se cubrió. Mal mi quietud se restaura con esto. Muy cuerdo vi a Carlos, pues vio a su dama caer y pudo la llama sufrir estar tan en sí. Rara ceremonia es ver, que una dama dé de hocicos, y que no haya mil Enricos, que la lleguen a tener. Duque a solas o querido saber, que hay de pretensión de Blanca. Que con razón diréis, señor, la he servido, pues sol a sol en su hielo, y en su boca rayo a rayo, contemplaréis todo el mayo y admiraréis todo el cielo. Acompañad a su cuarto a la reina. Ay, Blanca mía, yo te pierdo. Ay, feliz día. Quedaos, Bianca. Que me aparto de sus ojos. rQué mirar tenéis, marqués. rCarlos quede conmigo, y Ernico puede la marquesa acompañar. Que la acompañe me pesa. El corazón se le arranca. Carlos se queda con Blanca. Enrico con la marquesa. Blanca, Carlos que ha heredado el ducado de Rusia, porque su hermano en el cielo, sitial de luceros pisa. ¿Os turbáis? Yo no, señor. ¿Qué es aquesto? Os pretendía cuando era un hijo segundo, y aunque tuviesteis noticia, la nueva de isamiento en la dama muyesquiva, si se le calla el recato, la que hoy duque rico y señor, y con grandeza no olvida lo que amante fue en el alma es carácter de la vida, fineza que le merece que un rey de Albania la sirva de tercero con vos, Blanca. Vuestra alteza no prosiga, señor, que ruegos tan grandes si acaso se desperdician, ¿en qué me pones fortuna, a qué me arrojas desdicha? Pero no eres la mayor que mi sospecha averigua, que otro aparato de males, que de rebozo se miran, hacen de este laberinto más estrecha la salida, cuando Carlos se cubrío, que era olvido presumía: hoy es duque, y no fue acaso; luego, pues ya se cubría Rosaura, estaba viuda, claro está, luego es precisa desventura que la mano le diese Enrico replican con mucha furia mis celos. Ay, penas, ay, fantasías, todas vais hacía evidencias, a espacio, a espacio, desdichas, pero no, apurad de presto, que aunque aquí la pena mía es tal que brotando dudas, es cada duda una hidra, podrá ser que la ponzoña que solicito ofendida, se acredite la piedad, ejecutando la prisa. Augusto rey albanés, cuya sangrienta cuchilla le sirvió de espejo a Marte, rayo a rayo, ira a ira. Ya sabes que fue mi hermano Segismundo, y que vivía amenazado del hado en horóscopos y climas, que no revocó el presagio, la prevención peregrina, y que muerto alevemente, fue cierta la profecia. Pues ahora has de saber, que del suceso advertida, amorosamente muerta y cobardemente viva, docta en la desgracia ajena, que al más ignorante anima, pues del segundo es recuerdo, del primero la caída. Vi la cara al desengaño, prudente me solicita, a una clausura me llama, a un monasterio me inclina. Quién vio tejerse las nubes de parda y negra ceniza, y en relámpagos ardientes, avisar a la campiña en un asombro de nieve, cuya munición graniza huracanes de azabache, y plomo de rayos vibra. Torpe anduvo en aguardar en despoblado la vista del mal, cuando los amagos eran de su parte misma. Mal hizo el que en la tormenta, viendo el bajel de la India tocar la arena y el cielo con la gavia y con la quilla quiso aguardar a que el golfo, sepulcro de lama riza, sepúltase en tumba inquieta, la triste nave latina, pudiendo antes en un leño solicitar de la orilla osadamente el sagrado, del breve asilo de encina; poco o nada al fin alcanza quien no previó de las chispas del menor fuego, pues siempre a su región se habilita que al artesón más dorado,

JORNADA SEGUNDA

jornada segunda y a la moldura más rica golfos de fuego amenazan del incendio de una arista y abrasándose el leñamen, le sentencia y pronostica a ser cadáver de plomo lo que era ayer galería; y así peligre en el campo en el mar de escollo sirva, en el fuego de pavesa y en el mundo de mentira que yo del riesgo del mundo, del suceso, de la dicha, de los fracasos del siglo, del peligro de la vida; escarmentada del mar, de la tormenta y ruina, y en las ajenas fortunas, examinando las mías, me dediqué, como digo, a un convento tan precisa que no hay fuerza que lo estorbe, ni poderes que lo impidan. A vos, gran rey, os adoro, esta real bizarría, como rey tenéis palabra. y como galán envidias; pues, ¿cómo he de darle celos a quien le debo la vida? Cielos, perdonad si a Enrique hablo en anfibología. Rosaura aún no fue del muerto esposa, es discreta y linda. Carlos la merece, y puede ella de Carlos es digna. Rosaura en lugar de Blanca goce de tan alta silla, vuestro estado en su grandeza será elección más lucida. Yo aborrezco el casamiento, ella a casada se aplica, yo soy necia, ella discreta, ella deuda, yo enemiga, yo soy fea, ella hermosa, yo soy pobre, y ella es rica. Mucho la marquesa os debe, y esta causa ya no es mía, duque amigo, y pues palacio permite que sean servidas las damas, y Blanca es dama, licencia os doy de servirla. Rosaura está ya casada. Casada ya, mas que anima mi pregunta. ¿Qué os turbáis? ¿Yo? Sí. Es accidente. Es ira. ¿Y casose con Enrico? Ya se declaró el enigma, tras desdén celos. Ay cielos; matadme. Matadme envidias. Que en desventura tal. Que en tal desdicha. El llegar a morir es mayor dicha; Cierra esa puerta, y sirva su clausura al mismo sol de guarda y sepultura, que para último ensayo, ya que a su esfera no le pida un rayo en mis cuerdos enojos y en mis locos sentidos; quiero deber más penas a mis ojos, y más celos también a mis oídos. ay infelice suerte, hay triste examen de mi vida o muerte. Con diferente gozo y alegría de este jardín este secreto abría, cuando Enrico, tu amante, que era roca del mar, del sol diamante, en dejando su coche el planeta del día, a adorarte venía cada noche, a gozar la invención también venía, que lo que mucho a uno le ha costado, si poco lo gozó no lo ha logrado, mas Enrico presumo que ha venido. Abre, Lucrecia, sin hacer ruido. Ya está abierta, señora. Atdite las puertas a la aurora, que ya mi amo llega por la calle mayor de la noruega, siendo en ella la luz tampoco flaca, que este el retrete fue de doña Blanca. Ay, Blanca, que turbado a esta vez a tus plantas he llegado, ójala de esos cielos, astros, esferas, zonas, paralelos, en cruel guerra unidos, sangrientos, enojados y encendidos, fueran contra mi suerte la menor desventura de mi muerte y no haberte perdido. Calle tu voz, o máteme el sentido. Oh, soberanos ojos, muera yo, pues merezco tus enojos Que esto mi mal ordena. Segunda vez me matará tu pena. ¿Y ella alguna no toma, Lucrecia, de la legua, y no de Roma? Que es esa está de vicio ella a mí el lacayo de ab inicio, y ante sécula payo, original lacayo de lacayo, él es él, él, él vos, él tú, tan recio, que no es el tú de amor, mas de desprecio, de los túes ruines, con más túes que tienen los latines el muy más tuteado, que suelo de un señor ser un privado. Detente, maravilla, Calepino trilingüe de la villa, y tenme por honrado, que aún soy lacayo en cierne por casado y pues aquí no ahorras de atanes, abirones y gomorras, antes tan de anatemas te desvelas, que eres matar candelas eres excomunión, una pro trina, y perdona el latín fregiz paulina. Aleve, caballero, cuando yo con amor más verdadero, soberbia y arrogante, monte he sido, y diamante, que despreciando estados y grandeza, coronarse debiera mi firmeza en nuevos horizontes por ultraje de rocas y montes, le das a otra la mano, tal pago a tal amor, eres villano. ¡Qué riguroso trance! Picarazo, al quitar bribón de lance, calvo te haré de barba y de bigotes. Antes cien mil azotes que calvicarme, (¡ay Dios!), pondreme en salvo marido cien mil veces, y no calvo. Ay, Lacaito, fresco. Ay, mal terrible. Mis reinas son las guardas de Matible y en otras peleones hanse visto amazonas, fueron tal vez leonas, son gallos, son aquello de nerones, dejen las palabradas, que están las dos, a fe, bercebuadas, y apéense al instante de los cabes, que pega el consonante, aunque más nos provoque, y vamos sin trabajos, en romancitos bajos, a que a todos exhorto, que es ponerse en romance, como en corto. Blanca, aurora de mi vida, y de mis años primeros prisión tierna, amado hechizo muerte alegre y dulce incendio; tres años ha que te adoro, y según lo que te quiero, en la cuenta de mis ansias, mil siglos ha que padezco, que en libranza de tus ojos vivían mis pensamientos, solo lo que a letra vista aceptaban tus luceros. Ay, Blanca, lo que me cuestas; ay, Blanca, lo que te debo, y no admires, Blanca mía, que me detenga en tus ecos, que el nombre de quien se ama, dicho sin más cumplimiento, adorno ni ceremonia fue el más sabroso requiebro. Tres años ha en fin, mi bien, que este jardín fue terrero de mi amor, y tu recato de mis suspiros y ruegos. Donde por ti, hermosa aurora, cada noche amaneciendo, le olvidaron los diciembres, le perdonaron los cierzos. Por este extraño cañón, que de los pasados tiempos, quedaron en las columnas de los romanos soberbios y que corre desde un sitio, en que el olvido le ha puesto, a tu palacio, que entonces era de sus dioses templo. Todas las noches te veía, y referírmelo quiero, a ver si a vista del cargo sabe matar el apremio. A esta bóveda he debido todo mi gusto, en efeto, que en este breve jardín el arte con el secreto, le ha guarnecido las bocas de escotillones pequeños y a tres fuentes naturales corresponde con ingenio. Secreto también guardado entre los cuatro, que ha hecho de la mayor lealtad toda la prueba el silencio. Mas, ¿de que sirve (ay de mí) referirte pasatiempos, trazas, peligros, favores, deudas, finezas, empeños? Sí, en efeto he de decir que he muerto, Blanca, que he muerto, que el Rey (ah, cielos) me casa, que me pierdo y que te pierdo. No es guardarme cobardía, mas como estás en mi pecho, temo que forzosamente, las espadas o venenos que a lo mejor de la vida saben caminos violentos, pues te aloja el corazón, te maltraten allá dentro. No es aventurar la vida con el rey lo más del riesgo, porque el honor las más veces ha declarado el despejo por bandido me declara, si me niego al casamiento y no es esto en mi desdicha lo más duro del progreso, que una pistola francesa, que un artificio flamenco, que un veneno italiano, que una punta de un tudesco, que una vara de un ministro, que una voz de un pregonero, y con achaque aparente, bien fulminado un proceso, no me debieran temores, ni sobresalto me han puesto, pues me vengara de todo, el morir sin merecerlo. Darme por traidor el rey (ay, Dios) si no le obedezco, es nuevo modo de fuerza, raro linaje de miedo. Ya sé, dueño de mi vida, que sobre lo que te cuesto has doblado mi delito con firmezas y denuedos, despreciando las grandezas, disculpándote a los riesgos, negándote a los halagos, forzándote a los requiebros. Y en fin al rey, a tu padre, a la vanidad, al pueblo; roca has sido que en las ondas, siendo del mar estafermo te juzgaron sus combates, por estatua de los vientos. Yo solo soy desgraciado, pues aunque en los hombres vemos ventajas a las mujeres, tienen tales privilegios que ni el poder las oprime ni la mueve el menosprecio, ni la fuerza la crueldad, ni las rinde el cautiverio. No vengo ya a disculparme que disculpa no prevengo, pues no satisfago aquí con la vida el sentimiento; a suplicarte una cosa muy dificultosa vengo; y claro está, que estoy loco pues que pido cuando ofendo, que no te cases, señora, es lo que pido, ya veo; mi locura ya publico la sinrazón de este ruego, que no porque yo me case sufriré tu casamiento, porque cuando dos amantes se van perdonando celos, o es interés del delito, o se valen del ejemplo. Yo confieso (ay, desventura) que habrán de matarme presto los ojos de la marquesa, que sabe amor que aborrezco. Fuera de que es diferente la obligación que tenemos los hombres con las mujeres en mostrar el galanteo los hombres deben hacer los halagos, los alientos, las finezas, los regalos, las caricias, los extremos. Y, pues esto he de hacer, yo sé Blanca que no puedo, yo sé, mi bien, que sin ti seguro estoy de mí mismo. Mas, ay Dios, en otros brazos, siendo aplauso del deseo, serás siempre en mi memoria con que acabe el sentimiento. Como quien no dice nada, le ha pedido por lo menos, que ella vista de novia, cuando él se estera de yerno, con aforros de marqués. Malos años, al momento, que ante el patriarca diga lo de si chero o no chero, las dos como dos prioras, nos calamos el capelo, que somos grandes también. Cubriéndote. Majadero, pullas en palacio. Erraste si me llamaras grosero, era la tal grosería cosa propia de terrero; pero, dígame, doncella, ¿no sabe de que me acuerdo, de que se casan despacio? Dígame, amigo, primero, ¿es cierta esta mala nueva? El rey dicen que lo ha hecho, y si no es cierta, la mala Lucrecia, mil veces sueño, que estoy con Juana o Lucía, de lo que llaman bureo, a la orilla de un pichel, y a la margen de un brasero, dándole a maricastaña, y a fulano de Alarjos su recado, o que en la tabla de un honrado pastelero (que hay pasteleros honrados) una jornada me almuerzo de pasteles, que es mejor que alguna de malos versos, pero esto quédese aquí. Y porque es bueno el suceso, amanezco menos harto, más engalgado y hambriento; que han pintado los lacayos de comedias a lo viejo, pues otra vez soñaré, que a cierto zaguán me llego a orinar porque mi amo me olió con tanto aprieto, que no me dejó hacer aguas por más olas que anduvieron, y porque es mala esta nueva salió el negocio tan cierto, y de pato de la cama hecho una sopa amanezco. Como tuyo ha sido el símil. En esto el rey se ha resuelto. ¿Que esto dices? Esto digo. ¿Sin remedio? Sin remedio. Pues cocodrilo, ¿qué lloras, si engañas? Hiena fingiendo, sirena que te regalas, si basilisco me has muerto, tú eres amante. Y te adoro. Eres. Soy tuyo. Un infierno, pues sin que el tormento alivie, es su alivio dar tormento, conocida es la intención, de tus engaños y enredos, tu vanidad, tu malicia, falso enemigo, soberbio, mándate cubrir el rey, que es gran cosa lo cubierto, que es uno más grande que otro, que le llevan sin sombrero, si fueras dama de corte tú, el aparato, el deseo de una excelencia asentada, de un entre privado y deudo, disculpárate el antojo, que mueren por el estruendo, y excelenciar al galán estas damas de cortejo. Pero un caballero ilustre, que así se debe primero lo grande que al rey, que el rey primero fue caballero; se ha vencido del aplauso, se ha sujetado soberbio a seguir a la fortuna y no los merecimientos. Por bien es mejor llevarle, Enrico, señor, mi dueño, ¿tú rendirte a la amenaza? ¿Tú a la inconstancia sujeto? ¿Sin brío tu voluntad? ¿Tu firmeza sin aliento? El amor sin gallardía, y el corazón sin denuedo siendo obligaciones tantas, con tan injusto recelo, atrevidamente ingrato y cobardemente cuerdo. Tú que juraste de roca tú que peñasco soberbio, prometiste ser padrón, en que examinar los tiempos, me dejas de miedo tú pues, ¿para cuándo se hicieron hidalgas resoluciones, hijas de amantes aprietos? La temeridad mil veces fue dichoso menosprecio; el más mirado es cobarde, más valiente el menos cuerdo. Penetren, pues, nuestras plantas los Alpes hasta el imperio, hollemos a Inglaterra, el país francos surquemos, si el rey te da por bandido guerra mantiene el sueco, el polaco está de paz, y el veneciano está nuestro. Busquemos amparo, Eurico, socorro, señor, busquemos en los príncipes cristianos, y en los reinos extranjeros. Quien se muere sin defensa, se ayuda a morir de necio, que una vida es dada al alma, y otra se debe al aliento. Bajeles hay en el mar, de esperanza coronemos las espumas y sus jarcias, de tafetanes y lienzos. El rey de España fue siempre rabia de los forasteros, da de presto el parecer, contigo morir espero. ¿Qué dices, señor? ¿Qué dices? ¿Qué piensas, señor? ¿Qué pienso? Que soy desdichado, y basta. ¿No eres mío? Soy ajeno. ¿Pues la libertad? El rey me la quita. Y los trofeos de una hidalga obligación. Atropellada el respeto. ¿Y me dejas? ¡Es forzoso! ¿Luego olvidasme? No puedo. Pues si no, podrás morir. Ni aun esa dicha merezco. Pues casareme. Es partido, quizá moriré más presto. Mortal es mi desventura, pues no aprovechan los celos; mas lo que ellos no han podido, en mis lágrimas y ruegos, ni obligación de tres años, de entrar en este aposento ni el ser yo a quien empeñaste con homenaje y pretexto de casamiento, dejando a un duque, a un señor excelso, por un hombre sin lealtad, por un traidor escudero ha de poderlo por Dios, esta vez el casamiento, y a las manos de un agravio morirás, siendo tu entierro el propio cañón que ha sido de estas injurias tercero. Deténgala, camarada, de verás. Ya la detengo. Matárete a ti también. Señora, que nos perdemos con este ruido. ¿Qué intentas? Matarte con este acero. Mira. ¿Qué hay ya que mirar, si dio con todo en el suelo? ¿Qué fue? Ay triste. Una pistola que has disparado. ¿Qué has hecho? Acabar ya de matarme. Al rey siento. Mi pescuezo se ha de estirar esta vez, sin ser alcoba de invierno. Ricardo, Carlos, Enrique. Dame esa pistola luego y vete. ¿La luz apagas? Las tinieblas son primero, y después la diciplina; ¿dónde está el mi agujero, que no te duele mi mal? El rey llama, y me prometo dando la vuelta a palacio, ser a Blanca de provechos. Sígueme, Galón. El rey sospecho que está ya dentro. ¿Por dónde te he de seguir, que los demonios han hecho esta noche de las suyas? Oh, mal haya el caballero, que cabalga con pistolas, y remal quien al requiebro trae relojes, que se suelten, que son perros con cencerros. Pues, ¿no cerraste la puertas? Sí, pero el rey es san Pedro en la llave universal, Galón. El diablo anda suelto. Traigan luz. Lo que es galeras las tomo de bueno a bueno. Aún no aciertas. Que un cristiano escoja el ser Galileo. Mira que abrieron la puerta. No fuera acertado medio, que el rey hallara aquí a Enrique, pues menos deudo le tengo a mi gusto que a mi honor. Sin luz está el aposento, quiero asegurar la puerta, que no hubiese un camarero. Que haya quien acierte a oscuras con cuanto quiere. Aquí siento pasos. Y que yo no dé con la tramoya, en el centro se ha hundido, oh, quién hubiera estudiado un año en ciego. Galón, no acierto a salir. Perdidos somos. El tiento tuve malo desde niño pues el broquel no hace peso; pero un remo hará más, mas lo menos es un temo, que de danzante en el aire, tengo consulta y agüeros. Ce, ce, ce. Allí hay ruido. O mi ce,ce, tan a tiempo páguetela Dios, Lucrecia, la seña de sombrereros. ¿Qué es esto? Mas ya llegó la hora de mi guargüero. ¿Quién es? Soy sordo. ¿Quién va? Un difunto a medio credo. ¿No responde? No respondo a quien pregunta muy necio. ¿Quién es? Diga. Juro a Cristo que eso es ya terrible aprieto. ¿Es Blanca? No. ¿Pues quién? Yo. ¿Quién es? La dueña Lucrecio. ¿Lucrecio dueña? Las dueñas tomamos de macho y hembro. Broquel es lo que he topado. Matarele, vive el cielo. Solo aquesto me faltaba, y aunque a Lázaro parezco, mucho en aquello de fetit tengo el sepulcro de menos. ¿Quién ha entrado aquí, Lucrecia? Oscurísimo Santelmo. El rey soy. ¡Jesús, qué susto! Oh, hechiceras, vos daréis cuenta de mis muelas presto, pero si no es en comedia al más valiente lo ofrezco de dos la una. ¿Señor, llama tu alteza? Esto es hecho. Trae una luz. ¿Es Galón? Y aún ser pasamano espero del bridón de las gargantas, jinete los pescuezos, pasamano de Calabria; ánimo, que el coladero puede desde san Martín ser pasadizo del Greco, que este es el escotillón, pues zampome de conejo. ¿Y el broquel? Allá se queda, más póntele entre el manteo, pasará plaza de enaguas, que yo al guarda infante apelo, que es arco de Noé en carnes, y guardarme de trabajos. ¿Quién está aquí, Blanca? Nadie, turbada estoy. Pues, ¿qué es esto de respuesta de pistola, y de azares con que encuentro? Pero yo tengo la puerta, y no quedará aposento de este cuarto sin registro, desde el cimiento hasta el techo, y habrá de salir quien fuere por la punta de este acero. Vuestra alteza ha de servirse de no entrar. Tal grosería. A entrar la reina porfía, y ya empeñada en no irse, ha de ser fuerza saber de Blanca la liviandad. Señora. Enrico, apartad porque he llegado a entender, viéndoos aquí tan entero, que el rey mismo en vos aparto, a él primero en este cuarto, y a vos, Enrique, el tercero. La reina está sospechosa, y en lance tan no pensado, me he hallado embarazado. En buena hora esté celosa, que yo le di la ocasión de que entrar quisiese aquí, pues cuanto lo defendí, le esforcé la privación. El rey con Blanca, mi pecho se quiete, pero he de hacer por quitar esta mujer de por medio, es muy mal hecho, que esté aquí el rey a tal hora. ¡Qué notable confusión! Que importa en resolución casarla luego, señora. Galán es tan poco humano vuestra alteza, y tan cruel, que a los pies tenga el broquel y con la espada en la mano. Mucho le debía su llama, señor, quien el primer día que vio a una dama, quería rendir con armas su fama; mas si a aquestas travesuras les doy sentido violento, mayor deslumbramiento fuera hallaros aquí a oscuras. De Blanca menos enojos tendré, que es cosa asentada que nunca gana la espada en el amor los despojos. Aunque habrá sido invención, si malicia no me engaña, que cualquiera acción extraña engendra una turbación. Y más que de lo que publico, pudiera temer aquí en veros, señor, así, y que me detiene Enrico. Haz que se case al momento Blanca, ¿o no es estar quejosa, esta es la monja? Qué cosa tan linda para un convento. No me acierto a resolver en este caso, por Dios, porque se me ofrecen dos, y ninguno he de perder. Si a la reina le hago franca la causa de esta ocasión, reventará la opinión públicamente de Blanca. Pues dejarla sin castigo, y a la reina sospechosa, en mí es más indigna cosa y he de cumplir yo conmigo. Pero si Blanca es infiel, aventúrese ella sola, pues escucho una pistola, y veo en su cuarto un broquel. Sin aliento tengo el pecho. Yo estoy sin alma, señora. Quiera la suerte que ahora, sea la reina de provecho. El delito en fin publico castigaré su malicia pues lo debo a mi justicia, a mí, a la reina y a Enrico. Señora hay gran diferencia en este modo de entrar, cóbrese y dará lugar vuestra alteza a su prudencia. Que aunque me admiréis así, tal es el caso, por Dios, que es menester toda vos ahora más para aquí. Entrando a mi alojamiento, escucho hacia aquí ruido y que del fuego impedido reventó furioso el viento. Que era pistola presumo de la guarda, y salgo aprisa, pero del sitio me avisa pólvora revuelta en humo. Llego el oído a la puerta con duda y solicitud, en casados la inquietud hace la sospecha cierta. Resuélvome a abrir y muestra el cuarto muerta la luz, siento olor del arcabuz, echo la llave maestra por de dentro, y al acero para las sombras aplico, pídole una luz a Enrico, o cualquiera camarero. Y por si encuentro algún hombre, haciendo lugar la espada, hallo a Lucrecia turbada, tropiezo en su mismo nombre. Y en fin tras tanto tropel de sospechas y desvelo, toco un broquel hacia el suelo, tiro y derribo el broquel. Trae luz Enrico, en efecto, llegáis en esta sazón, deteneos sin discreción, mas con lealtad y respeto hallaisme a oscuras la espada desnuda, un broquel caído, sospecháis, y habéis tenido razón, estando engañada. Señora, el rey cosa es llana, ¿qué no te ha entrado a ofender? ¿Que esto haga una mujer? Miren que mala cristiana. A esto al fin rompí el vedado linde de esta estancia pura, que al mismo sol es clausura, de palacio este sagrado. Pues menos le ha de ofender, y este exceso no os asombre, llegar un rey a ser hombre, que no una dama mujer. Dadme ahora esa bujía, que publicando el desvelo, tardar en probar el duelo es segunda alevosía. No me agravie vuestra alteza, señor, con la ejecución, pues le debe a su intención y a mi honor una bajeza. Culpa aquí vuestra agudeza a la reina y sus enojos cuando ve tantos enojos, de sospechas ha querido que tenga vista el oído. que esten ciegos los ojos. De manera, gran señor, ¿que pudo ser contingente, hallaros aquí decente, sin agraviar vuestro honor? Y no puede ser error creer que el mío es infiel, por un pequeño tropel de una pólvora abrasada, de una bujía apagada, y de un caído broquel. Pues, señor, menos violencia con mi honor, y más cortés, sabed, que de un guarda arnés, para hacer vuestro aposento, hoy se sacó este instrumento, prenda de un difunto hermano, y tomándole en la mano, que cuerdo en tal se desvela una chispa de la vela. Fue del silencio tirano, con esta violencia luego, y el golpe del arcabuz, yo más muerta que la luz quedé de nieve y de fuego. Pues, ¿el broquel que llegó y derribó la cuchilla de un golpe? No es maravilla. Dios te alumbre. ¿Cómo no? Porque hoy también se sacó, y estaba sobre una silla, que así le hallastes tan bajo, como decís, junto al suelo, y pudo vuestro desvelo sacarlo de allí de un tajo; mas perdonad si barajo la plática, que turbada estoy, señor, y afrentada, de que un suceso tan leve me necesite a que pruebe ser con dos reyes honrada. Jesús, y qué injustas leyes. ¿Quién del rey imaginara que tal cosa sospechara? No tienen alma los reyes. Carlos, sin duda, está dentro, señor, que nunca tu oído pudiera haberte mentido, mira su cuarto hasta el centro. Pero de Carlos no infiere, mi malicia, que esté aquí, y como haya un hombre aquí, mas que salga el que saliere. Perdonad, porque el honor de mejor examen fía. Cuanto más el rey porfía, prueba mis celos mejor. Galón se ha quedado en fin dentro, que el broquel lo advierte. ¿Qué apura el rey más? Mi muerte. Hay más que aqueste jardín. Solo en esa alcoba está la cama. Tiene alamares de Galón. No, no. Pesares te quite Dios. Limpia está. ¿Qué es esto? Nada. Sí es, que el rey ha visto aquí entrar un hombre. Disimular quiso mi propio interés, que a no haber hombre encerrado, quedara yo sin esposo, porque Carlos es forzoso que quede escarapelado. A Carlos lo hice saber, y he de contárselo todo, podrá ser que de este modo no la quiera por mujer. Flor no ha de haber de este mayo, que Adonis pueda ocultar, sin dejar de examinar; llamad, Enrico, un lacayo, que he de ver estas paredes. Déjelo ya vuestra alteza, que no pecó la belleza del jazmín en esas redes. Que no hay nadie, hay tales penas, todo mi mal es notorio que ya como el purgatorio vivo de culpas ajenas. El rey se empeñó a hallar forzosamente un culpado, por no volver desairado. Ya tengo que sospechar mucho de aquesta ocasión, que Enrico me lo ha contado, sin que el caso le haya dado, ni celos ni turbación. Yo me temo que ha de dar con la fuente. Es cosa cierta. Luego me cayera muerta, pero a mí me ha de faltar valor. Digo que temblando estoy. Pues no hay que temer que todo queda a placer, y como dicen, volando vengo, pues Dios lo remedia, a entrar sin venir violento hasta el último aposento, cual lacayo de comedia. Tomad aquel azadón que no ha de quedar en fin, flor sin ver de este jardín. De cobarde es un sayón, y del de Tarpeya un eco mas con diferente antojo, que este es Nerón de remojo, y el otro fue Nerón seco. Enrique está con reposo. Poco celoso le vi y me tiene el verle así celosa. Y a mí celoso. Con la furia que el soldado las rompe. Soy menos tierno con las flores que un invierno. Miren el cierzo barbado. Todo el jardín está visto. El suelo se ha de mirar. No tenéis más que apurar. De las flores anticristo, no hay de esta flor. Porque es hierro un examen tan tirano. Ya veo que de gusano juro, pues labro mi entierro. Perdonad, que han de mirar el centro. Infeliz nací. Pues el rey nada halló aquí, señora, hay más que negar. Muerta está Blanca, y sin vida estoy yo. Porque no es nueva en un jardín una cueva en que esconderse, y sabida es la historia de otro amante, que con traza peregrina le fue tercera una mina: romped aquí. Es de diamante el suelo. Mal lo acomodas, todo este cuadro desquicia. Que te quemas. ¡Qué injusticia! Pero aquí me las den todas. Hacia allí que aquella fuente me parece contrahecha. Una fuente, ¡hay tal sospecha! Cabad, pues. ¿Que es inocente aquella fuente no ves? Por Dios que se ha detenido el agua, el milagro ha sido de Moisés, vítor Moisés. Esta fuente es natural, como las otras. Señor, más claramente este error se ve en aqueste cristal, que de apurar tanto el daño, aunque a ejemplos no replico de vos, de Blanca y de Enrico vuelvo con más desengaño. Vuestra alteza habrá advertido, como no me he disculpado, mas porque quede probado, que nunca la he deservido, y que es el rey mi señor tan soberano lucero, Mas vale maña que fuerza. que no puede haber tercero en su honesto resplandor. Mi nobleza a Blanca nombra por esposa, y sin quererla quedaréis, pues una estrella no admitiera yo con sombra, Con que siendo el Rey servido, podrá quedar vuestra Alteza segura, pues con bajeza no puedo yo ser marido. Si el Rey se sirve, la mano le dad. . Con el corazón la ofrezco. . No es ocasión esta señora, que es llano, que Enrique ha estado conmigo fino, airoso, y avisado, y se empeño confiado, de que he de pagarle amigo. Que este agravio se registre en mi presencia? . Qué quieres? Pues que, tener dos mujeres es más ello que una ristre? A Blanca le daré esposo TERCERA Mas vale maña que fuerza. cuando quede sin sospecha, la Reina esté satisfecha, y yo no esté sospechoso. No hay traza contra el poder de la fuerza. . En mi pesar no tengo ya que dudar; y llevo más que temer y tu hermana no te asombres que voy perdida, y furiosa Yo voy más, que estoy celosa mal hayan todos los hombres, Con sayonesco ademan te miré al romper la fuente. Salió el Ángel de repente al ponerme de Abrahan esta es se, esta es voluntad, o mal haya el querer bien. amor, o mal haya amor quien lo inventó. . Tal crueldad, y tal susto guarda fuera, no más cocivar amores Jornada a la mar, señores, orate por la tercera,

JORNADA TERCERA

jornada tercera , s Muy bien se hizo el papel. Si me hubiese conocido el Duque? . Cómo es posible, si aquí embozada te ha visto, cuando te juzga en palacio? con licencia del aliño de prisa en la berdugada, de estancia en el abanía. La confusión de la Corte todo lo encubre, y pudimos salir por aquel cañón con recato, y sin peligro La fortuna es gran persona de servirse del buen brío, y quiere honrar a los locos con título de atrevidos dimos al Duque el papel al entrar en lan Franciseo, A Blanca le daré esposo y creyó ser tus criadas. En fin yo me determino a que el padre Confesor de la Reina haga el oficio para ganar a su Alteza. Presumo que es el camino más fácil, breve, y decente, porque en habiendo el sigilo, que llamamos de por medio, es decirlo sin decirlo. Pues lleguemos a llamarle. Al Sacristan daré aviso, que baje a un confisonario. Con esto a la Reina obligo al favor, porque en sus celos toda mi esperanza libro, y sabrá el Rey de este modo, templadamente el delito, porque para deshacer Don Francisco de Rojas. De el casamiento de Enrico con Rosaura es necesario empeñar tanto delitio. O me engañaron los ojos, o el corazón me ha mentido, o era Blanca, pero como pudo estar Blanca conmigo de rebozo? que mal hice en no haberla conocido: hacia los confesionarios llegaron, si Blanca ha sido, como escribe, si me escribe? como mata con desvíos? Mas lo que emprende un celoso, y a que de ello que me obligo en lo que intento, hoy veré la dicha de un atrevido. s, , Ya no está el Duque en la Iglesia. Tira del cordel. . Ya tiro recio. . Deo gracias. . por siempre A nuestro Padre Basilio quiere hablar una señora en un negocio preciso, y que su Reverendísime perdone. . Muy bien lo has dicho. Espera al confisionario de las Llagas. . El bendito adivinó, que llagada también la señora vino. Aguarda aquí. . Ya me arrimo, de gigantón, más cordura será sentarme, . Yo he oído Don Francisco de Rojas. la voz de quien dio el papel, y he de apurarlos, prodigios, hará un celoso, a un criado, dejo de todo advertido, pues cuando al confisionario quieran llegarse apercibo, diga que estoy dentro yo con mi hermana, pues sabido es, que estoy con mi cuñado bien enojado, y malquisto, y creerán que para hablarla O lo que se ha estado el Padre. Diga señora. . Por Cristo, que no tiene ité su Misa, Sacerdote eterno ha sido. No he venido a confesar, que solamente os suplico, Reverendísimo Padre, le queráis servir de asilo a una dama de Palacio. Jesús, Galón es judio que habla largo de las Misas. El hombre viene precito. Pero la dicha tapada trata de darse dos filos, o a las ancas de su dueño ya de Miércoles corvillo Hinque la rodilla, y hable entre rezado, y bajito, si no es que no está en ayunas. Sahumado estoy con tiuto, y es culpado General, o Provincial. . Es Concilion Más malicia. . Es maldiciente? luego hombre bajo, que chirlo se pierde en él la Cruzada. Esa Buía a tus carrillos. En esta ocasión la fuente corrió con un artificio, que al salir puso Calón, a v s y es un hierro levadizo, que se pone desde un arca del agua, y llega preciso a la boca de la fuente y arroja engaños de vidrio. Este secreto, señor, descubrió un hermano mío, que Dios tiene, el cual estando agraviado del destino, del hado, y pronosticado por horóscopos y signos, que ha de ser violentamente su último paroxismo, porque mi padre (ay desdicha) temeroso y prevenido, ve que suele andar de noche, el ingenioso y altivo de un escotillón le cubre, el cual en fuente fingido, es en un breve jardín correspondencia y alivio, por adonde Segismundo las más noches conducido vio a su dama, que no intenta un amante discursivo. Yo no sé qué galantea en palacio. ¿Quién tal dijo? Que no oiga yo en palacio: ¿palacio yo? Qué delirio. Este galanteo es de estanco para portugueses ricos, que han vinculado las damas. Pues no requiebra muy fino a una Lucrecia criada de Blanca. Qué barbarismo, mondonga, y Lucrecia, ¿yo a Lucrecilla? Qué lindo ajuar para mi punto, ya caigo en ella, es un Jimio tocarla, he visto mil veces; pues un moñito postizo que se pone. Ay tal. Que es calva de canal hasta el ombligo, vale un piro la mondonga para tarasca de niños. ¿Que es tan fea? Jesús, es el mismo superlativo, fea, más fea y feísima, pudiera servir de grifo, si le pusieran dos alas. Grifa, calva y jimio han dicho, que por verla su merced, no sé por qué pasadizo, sin ser bellón, diz que estuvo de hacerle cuartos tantito. No dijeras degollar, que es un acto positivo, y fue a costa del que pudre ejecutoria de un hijo. Pero así hablan de palacio los de abajo, los indignos de la escalera del crimen, me ensayono y me cruelijo, me empilato y me enerono; me enministro de poquito, porque un recién puesto en zancos, que le apunta lo ministro, es celador más cruel que todos los nenorismos. Tenía mi hermano una llave de este artificio que os digo, con que abrirlo, y en su muerte la conozco y la retiro, quizá porque en este tiempo agradecida me inclino a Enrico, y más de una vez la traza y secreto envidio. De esta llave pudo en fin sacar otra, y ha servido del modo, que os he contado; y cuando yo menos fino lo juzgaba, presumiendo que estaba desvanecido, con ser marqués y cubrirse, le han hallado mis suspiros con ojos para mi amor, y en mis celos conocidos, y se ofreció a ser mi esposo, cuando en su celoso abismo la reina estaba, y el rey, lo escuro por desatino, presumiendo que a la reina por tan grande empeño quiso asegurar de sus celos, siendo fiador el peligro. Si Enrico, señor, me quiere, ya le adoro, es mi enemigo Carlos, duque de Rusia, que aborrezco y desestimo. Si os enternecen mis ruegos, si os obligan mis suspiros débaos padre como a padre: honra, amparo, regocijo. No sé, por Dios, cómo puedo oír celos tan indignos, cuando muero en el agravio, y en la venganza vacilo. ¿No me respondéis? Señora, que es necesario colijo, llevar la llave a la reina, pues ha de ser el archivo del secreto y del remedio, que con la llave confío se ha de asegurar su alteza, y ha de dar favor a Enrico. Aquí está la llave, entradla por este espacio o resquicio del rallo: esta es. ¡Qué suerte! En todo me sacrifico a vuestra obediencia. Ah celos, los primeros sois que han sido dichosos, la llave tengo, ella será su castigo; y decidme, ¿débeos más Enrico? No es el armiño, ni más blanco que mi honor, ni que su intento más limpio. Respirad celos, señora, id en paz, que yo me obligo a que la reina os ampare, y el rey andará advertido, no os vea ese caballero, porque es también del servicio de Dios. Él os guarde. A Enrique hablaré. Yo os lo suplico, vamos aprisa. Vencí. Bien he negociado. Adiós, que se va mi ama. ¿Querrasme? Con las naguas que te pido. ¿Qué dice mi reina? Enaguas de lama. ¿Qué cría el Nilo? Con guarnición. ¿De soldados? De Galón. Ese soy mismo. Y en escudos. De paciencia. Habrá en doscientos. Tocinos. Para recados. De un paje. Pues sino. Nació en mal signo. Lo hecho, hecho, galán. Pues, dama, lo dicho, dicho. Yo os quedo muy obligado, y quisiera haber sabido, que habéis a Blanca querido, como me habéis declarado; pero como os vi arrojado en ocasión tan violenta, a razón me representa, Enrico, que un hombre sabio o ha de temer el agravio, o no ha de temer la afrenta. Tanto honor de vos creí, señor, para entre los dos, que el veros culpar a vos, fue disculpa para mí; y como de Blanca oí también fundada querella, no juzgué que en vos, ni en ella hallara más fiel crisol, menos que la tez el sol, ni menos luz que a la estrella. Esto me obliga a empeñar en aparentes recelos, y que su alteza sin celos segura debe quedar Id a hablarla y suplicar disponga este casamiento a su gusto. Iré en el viento. Por Dios, que es demasiado, en este lo confiado y en mí el agradecimiento, ofrecerse por marido, viendo el delito a los ojos, y que tan pocos enojos le haya la duda debido. ¿Qué será? Pero si ha sido Enrico el cómplice (cielos), oh, cómo faltan recelos a quien le sobran amores; cómo no temió a las flores, ya que yo no le di celos. Cómplice no pudo ser, que yo aseguré la puerta, mi confusión solo es cierta, y el temer siempre, el temer, recelos llegué a tener de Enrico, y así violento le obligaba al casamiento de Rosaura, pero ya, pues quiere a Blanca, él me da el más seguro escarmiento. A Enrique le escribiré lo que ha pasado. Es razón, y esta noche en el salón el papel darle podré, que hay comedia. Y será tal si hay verso de rosa y nieve, que aunque no entienda la plebe, retumba mucho el cristal, pues se usan unas labores. en el verso que hoy se fragua, que por ser flores y agua. Es camelote de flores. Entra luz, y trae recado de escribir. Escribe apriesa, porque la dicha marquesa trae el amor mareado, y te visita amenudo. Son muy cumplidos los celos, aunque ya en tantos desvelos, ni temo el mal, ni la dudo. A la puerta estoy, escribe, y venga lo que viniere. No muere el triste que muere, sino el que muriendo vive, que adore yo (ay desventura) y Enrico del mismo modo, que guste la reina, y todo lo embarace mi ventura, ¡fuerte caso! O no es amor lo que abrasa, o no son fuegos los celos, si helado llego, pero en mí falta valor; todo está surto, bien puedo entrar y probar ventura, que es dichosa una locura, y no hay dicha donde hay miedo. Después de aqueste jardín está una cuadra, y en ella veo luz, sirva de estrella ahora, que un Serafín miro (¡oh, belleza cruel!), ¿qué escribes? ¿Qué te desvelas? O son tus luces las velas, o tus manos el papel. Diré mil necedades, mas son amores todas y verdades. A Enrique escribe recelos, matad con menos enojos, mas no podéis, que a los ojos se hacen mayores los celos. Que siempre es peligroso ser verdad un amor para dichoso. Blanca desconfía, y pierdo de alcanzarla la esperanza, pero por loco se alcanza, tal vez lo que pierde un cuerdo. Y es desdicha asentada, que baste ser verdad para agraviada. Hasta tu eco responde a mi noble padecer, más áspid hoy he de ser, que entre las flores se esconde este rico pabellón, del mayo alegre dosel, me ha de servir de cancel, y he de gozar la ocasión. Con esto Enrico. Ah rabia. Mi desvelo. Fuego te abrase, amén. Guárdete el cielo, quiero cerrarlo que es tarde, porque Lucrecia a Galón pueda darlo en el salón. El pecho en celos se arde. Lucrecia olvidó la oblea, ¿oyes? No oye, primero la he de traer yo. Que espero lograr lo que amor desea; el papel que me escribió he de poner, y quitar este, y no lo ha de mirar, pues con prisa lo cerró. Y el que quitó enseñaré a Enrico, y leyendo el mío, que puedan sus celos fío o que no pudo mi fe. Acabará con Rosaura el casamiento tratado, y estando Enrico casado, mi esperanza se restaura. Y así de su intento tuerza, en forzarla mi locura, porque en amor la ventura mas quiere maña que fuerza. Creite dormida. Engaño para en comedia gracioso, que era el dormirse forzoso en los lacayos de antaño. Ya es hora de comenzar en palacio, y semanera hoy de la reina, y me espera, el papel procura dar a Galoncillo, y que a Enrico le ha de hablar cierta persona cuya relación le abona, que haga lo que le suplico. Con eso a su reverencia confesará de ramplón, y yo al bergante Galón le daré la penitencia. Adoro a Blanca de verás, y en su aposento me he visto, forzarla pensé, y resisto a esperanzas tan groseras. Válgome de otras quimeras para remediar mi daño, y así en lance tan extraño, hoy verá mi vida o muerte, o el engaño de mi suerte, o la suerte de mi engaño. Y aunque intento una traición, hija de amor, triste y sabio, solo pretendo su agravio para engañar su afición. Pero ya con este arpón viene Enrico, no se tuerza su punta, pues ella es fuerza mi desdicha o mi ventura, que en amor la coyuntura mas quiere maña que fuerza. ¿Quién te le dio? Lucrecilla, tan hosca y con tanto brío, que juzgue ser desafío, y anidió la picarilla. Diga a su amo el mancebo que ha de hablarle un personaje, y verá por su lenguaje lo que tenemos de nuevo. Y al bergante, que se precia de gracioso luterano, en la cara de su mano pondrá él me decir, Lucrecia. Yo estimo las finezas, que os de- bo, y que no es bien referir cuando habéis oído que estoy casada, y con tan- ta grandeza; servios de no descubrir la merced que me habéis hecho, prosi- guiendo las diligencias que hasta aquí, pues se conoce la soberanía de mí es- poso. Dios os guarde, y de lo que me- recéis. Es como. Ay, desdichado, Blanca se casa, y Blanca se ha vengado. Buen porte solicito quien me hizo a mi albricias de poquito perder por agradable. Yo te enseñe, señora, a ser mudable. Ser verdad un amor para dichoso. Morir y no ofenderte. Qué barata en los celos es la muerte. Y viniste mal pagada, Que basta ser verdad para agraviada. Y con tanta grandeza, poca es mi dicha, y grande tu belleza; pues con ella está llano, que habrá de ser tu esposo soberano, pero yo mi desvelo he de vengar por Dios. Guárdete el cielo Helo papel y punta de tablado, paso ha de haber, que llaman apretado. En que. Aquí encaja. Marqués. ¿Cómo vueselencia ha dejado la comedia? Hame sacado otro gusto más cortés. ¿Es papel de dama? Es de dama, y como profesa mi amor no encubriros nada, resueltamente enfadada me ha escrito cierta duquesa. Digo a cierto caballero, a quien escribe también, que si hasta aquí su desdén le trata tal su terrero, que ya el tiempo lisonjero lo mudó todo en un hora, y espera ser gran señora, porque de hoy a mañana hay día, noche y mañana, sol, crepúsculo y aurora. Así, a imaginar me inclino, que la esperanza le cierra, pues ya por cielo, ni tierra hallará el galán camino con que pagarle imagino en desengaño, y mejor el haberme hecho deudor de una llave que me ha dado dorada, pues es dorado también el hierro de amor. Siempre marqués en mi daño juzgará con fundamento que es el mal menos sangriento el advertir de un engaño. Yo pago, que desengaño, y vuelvo con proposición, lave por llave, pues son ambas llaves de una ley, cuando es del cuerpo amor rey, retrete un escotillón. Guarda Pablo. Claramente lo sabe, qué falsedad. Y creed, que es mi verdad, como el agua de la fuente. Pullas escupe el pariente, no ha sido nada enterradlo; pero gentil aguinaldo, del papelillo me aplico. Y con tanto a Dios Enrico, harto os he dicho. El miradlo era el tomarse el poeta, aquí si es cuerpo de Dios, una locura de perlas para el celoso agraviado de la luminosa esfera, sino dices bernardinas que has amado, ni que piensas, si para tus celos no hijo, ¿para quién la dejas? Aquí, aquí de los astros. ¿Para qué, Blanca, me esfuerzas al morir para matarme? Ya le bastará a mis penas. Aún por ahí llevarasnos. Pero, ¿qué tiene mi ofensa, si yo te perdí por mí. que ahora por ti me pierda? ¿No es el peligro mayor el morir? ¿No es la más fiera desventura el no ser mía? Pues me queda el verte ajena. Fue solemne picardía contarle toda la arenga de llave y escotillón, para darnos cantaleta en las barbas el Rusia, y pudiera su excelencia, la duquesa de futuro, ser mujer sin ser parlera. Cielos, no es piedad dar vida, que agraviáis la providencia, si a cuenta de beneficios queréis pasar las ofensas. Si el mal de lejos ofende, como lo he sentido cerca, mas no es mal el amagado, pues no mata antes que venga. Sufrir un grande dolor, es difamarse las fuerzas, que en no llevar la injusticia se acredita la paciencia. En toda tierra de amantes es locura, hecha y derecha, pero calla no des voces, que te escucha el rey. La reina toda está de vuestra parte, Enrico, y me ha dado cuenta de lo que le suplicastes y por mayor diligencia manda, que esta misma noche os caséis. ¿Con quién? ¡Qué flema! ¿Con Blanca no me pediste que el concierto deshiciera con Rosaura? Sí, señor. Pues, ¿cómo pregunta necia vuestra tibieza con quien cuando obligada debiera salir a rondar el alma los umbrales de la puerta, de esta merced que aguardabáis? ¿Qué es esto? Desdicha inmensa. Estáis loco, vive Dios, que dudo mucho, que pueda para no descomponerme valer todo mi prudencia. ¿Conoceisme? Sí, señor. ¿Sabéis que cuando no fuera rey soberano, soy hombre de condición tan resuelta, que yo de mi propia mano fabricara mi grandeza, aunque fuérades Acates os hiciera tantas piezas, que el viento hiciera en contarlas aún más que no en recogerlas? Bien sé que sois rey supremo, y que es mi humildad pequeña, caña contra el huracán que vibró el noto en la selva, y en despoblado de vidrio navichuelo a la inclemencia del mar, y al rayo del sol, flor, espuma, nieve y cera. Pues si conocéis quién soy, ¿cómo me andáis con cautelas tan locas, que a no ser mía, me turbaran la cabeza? Generoso rey de Albanía, a cuya fama es pequeña corona un orbe, dos polos, once cielos y una esfera. Basta, que os puede estar mal referirme mis grandezas, por espejo en que asignarlas, antes que descomponerlas, ¿en tal confusión se ha visto un monarca? ¿Tal sospecha se atreve al dosel Augusto que se compone de estrellas? Si la reina está culpada, y me engañan, ¿qué quimeras me aflijen? En fin, Enrico, esta noche esposa vuestra ha de ser Blanca. Señor, si el Ddque la galantea, y le escribe este papel, donde verá vuestra alteza que con él quiere casarse; ¿no fuera, señor, no fuera descontarlo del honor, por aceptar la belleza? Mas si Carlos con su llave hubiese abierto la puerta aquella noche, y dejado sin ruido y sin sospechas; pero de estas confusiones saldré presto. La marquesa me esquitará aquesta noche. Enrique, esta noche misma os habéis de efectuar con Rosaura. Tu obediencia es mi gusto (ay desdichado) antes que el rubio planeta venga desterrando sombras, para guarnecer libreas de crepúsculos al día, que son de rosa entre telas, he de morir a los ojos de Blanca, siendo en su ofensa Sansón, que muriendo mate, víbora que muere y reina. Bien de todo me ha advertido Carlos, que ya sus altezas han dispuéstolo. ¡Infelice, hay más desdichadas letras! En fin, Blanca, os he contado que, dejando su fe necia, Enrique por mí os desprecia, y ese papel me ha entregado por triunfo de su cuidado, juntamente con la llave del escotillón, que es grave con Blanca no ser marqués, y es contigo descortés, por ser conmigo suave. ¿Qué es esto, desdichas mías? ¿No me bastaba agraviada, sino verme despreciada? Tan torpes alevosías un caballero, y porfías amor, pero en este daño no pudo este desengaño saberlo del confesor de la reina; sí, es error cierto, pero, ¿no es engaño? Que es un testigo el papel mayor de toda excepción, y yo le vi en el salón dársele Galón, cruel enemigo amante infiel; mi honor triste, ¿qué te ha hecho para rigor tan deshecho? ¿No era bastante tormenta, sin naufragar en la afrenta, desvalijarme del pecho? De esta manera tu alteza se asegura. Dices bien. Sin sombras en los peligros he de quedar de una vez; vamos al cuarto de Blanca, que como mi huéspedes, y dama su casamiento, es razón honrarle el rey. A Enrique envié a buscar con Ricardo así podrá en una noche salir de dos engaños también. Ya estáis, señor, en mi cuarto, pero quisiera saber cómo y con quién me casáis. Con el duque. Ya otra vez os advertí, que a un convento constante me dediqué, nueva deuda has de deberme, ingrato amante infiel, pues hoy será por fineza lo que por respeto fue. ¿Que aún no salgo de quimeras? ¿Pues no es vuestro este papel en que le escribís a Enrico? Ya el engaño se ha de ver. ¿Cómo os casáis con el duque? ¿Yo le escrito tal desdén? Dadme el papel. Veisle aquí. No hay fuerza contra la fe. No hay con la verdad engaño. No hay con aquesta mujer seguridad, y por fuerza se ha de casar hoy. No sé dónde puede estar Enrico, ocho soldados o diez de la guarda le han buscado. Señor, el papel que veis, al duque se le escribí, porque me hiciese merced de hacerme menos favor, y podráse ver en él que la grandeza que digo, y lo soberano es en metafora de monja, y esposa del mejor ey, porque fuera en mí locura hacer cuenta de interés, para casar con alguno, que el descollado ciprés, que se corona de nubes, siendo del alba dosel, es menino de las plantas, respeto de mi altivez. Hoy, Blanca, habéis de casaros, o monja habéis hoy de ser, tan sin duda que mañana la cuento ya por ayer. No vendrá si quiera Enrico, por ver, señora, por ver cómo ha llegado a sus manos papel, que no es para él. Hay engaño aquí, señora, y no es violencia cortés, ay, desdichada, ¿qué digo? Digo, señor, que no es justicia. Blanca, casaos porque sin duda el marqués está casado conmigo. Rapaza, pues, ¿puede haber duda en admitir al duque? Dadle la mano. Ah de ser resolveros luego, luego. Ya esto es mucho desdén. Tente, Enrico. Ya, Lucrecia no me podrán detener ni a los ojos el cuchillo ni a la garganta el cordel. Gran rey Astolfo, aquí estoy a vuestros heroicos pies por sagrado de mi culpa y de mi riesgo sabed todo lo he estado escuchando, y antes morir intente que salir a vuestros ojos. pero gran señor, no hay ley con el amor, cuya fuerza es peligro más cruel. ¿Cómo habeis entrado aquí? Ya nada os encubriré, pues esta casa no ha sido palacio para ofender su decoro, aquesta fuente que visteis correr, tal vez nos sirvió de secretario más de dos años o tres. No hay en el amor violencia. Abridla. Ahora se ve, que el amor determinado, aunque lo fuese el poder, más quiere maña que fuerza. ¿Quién está aquí dentro? ¿Quién? La negra perla que ha andado por tanto tablado ayer que en la concha de estas tablas la engendró un alba de pez. Lacayo, exíforas. Salgo. ¿Quién sois? ¿Qué responderé? ¿Señor, el mal enterrado? Mira no te entierren bien. Y un criadillo de tierra. Y de mala mano es, Lázaro cuatridiano, pues ha llegado a seder. De Lucrecia he colegido todo el engaño, y sabréis, gran señor, que Carlos pudo, como celoso hacer delitos, que son dorados, y disculpables también. Ya que cortés la he querido, no he de mentir descortés, señor, yo lo fingí todo; y os informaré después del suceso, si mandáis, y aquí mi mano a los pies de Rosaura, si es servida, ofrezco. Pues no ha de ser remedio contra la maña, yo la admito. Interceder quiero ya por Blanca, y yo os suplico perdonéis a Enrico. Casaos al punto. Esta mi mano. Y mi fe. Esto importa, Celidaura. Basta que vos lo ordenéis. Y aquí expiró este difunto, rezarle un vítor podéis. Porque in pace del senado requiescat in pace. Amén.