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Texto digital de Más vale el hombre que el nombre

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Atribución tradicional
Francisco Antonio de Bances Candamo
Atribución estilometría
Francisco Antonio de Bances Candamo Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de la edición en Obras cómicas, obras póstumas de D. Francisco Bances Candamo II (1722).

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Más vale el hombre que el nombre. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/mas-vale-el-hombre-que-el-nombre.

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MÁS VALE EL HOMBRE QUE EL NOMBRE

JORNADA PRIMERA

Viva la gala del Sol, que amanece, con rayos de nieve, con luces de grana. Viva la gala. 1. De un bello Sol de nieve, que en púrpura, y en nácar, al silencio del hielo, los bullicios desata. Viva la gala. 2. De un Sol, en cuyos rizos está copiando el Alba, en perlas, que le bebe, las risas, que le cuaja. Viva la gala, viva la gala del Sol, Puesto que nos asegura . la hostilidad de las armas, el día que a su Castillo se viene a vivir Muesama, dándole coces al viento, hagámonos todos rajas. Amigos, yo os agradezco la expresión alborazada, con que vuestra fe sencilla festeja en rústicas danzas mi venida a este Castillo, adonde la siempre clara memoria de mi ascendencia se ciñó de esas Murallas contra el tiempo, que veloz, hasta en las rocas estampa sus huellas, cuando insensible muros mella, y bronces gasta, pues va limando con días las duraciones humanas; habiendo quedado sola tan Señora de mi Casa, que apenas Pariente anciano tengo, a quien volver la cara, y en jóvenes dendos es la atención interesada, sino sospechosa, es fuerza yo por mi misma cuidarla. Y siendo costumbre antigua, en las guerras observada, de Flandes, respetar siempre la Nación propia, y extraña, las Quintas, y Caserias, en donde habitan las Damas, hoy, que por este Páis, o campean, o se acampan ya las Católicas Tropas, ya las Vanderas de Holanda, buscando ocasión, y tiempo al trance de una Batalla, que en sangre riegue estas flores de fecundidad infausta; pues vidas, que en humor beben, en vapor fragrante exhalan. Hoy, que por estos contornos, confundido en la distancia, como un lento interior ruido, que la aprensión embaraza, se oye aquel rumor lejanó de Timbales, y de Cajas, que acá los Monres le vuelven, o el eco allá le dilata: vengo, a que en la Militas urbanidad cortesana, en las guerras del Páis, jamás hasta aquí violada mi respeto, y mi presencia, le sirvan de salvaguardía, a esta Heredad, y a este Bosque; que a mi dominio avasalla ese Palacio, y Castillo, que de Pitilet se llama, herencia de mis Mayores; cuyas Almenas muradas, si no se temen por fuertes, se respetan por ancianas. Ya a la voz de tu venida, de tu Castillo se amparan los Villanos del contorno, que huyendo violencias tantas de incendios, robos, y muertes, escándalos, y desgracias, como tólera el Páis, donde campea una Armada, dejando sus heredades yermas, y desamparadas, se vienen a Pitilet. Ay de quien sufre estas cargas, cuarenta años, que ha que duran estas Guerras continuadas! Y ay de quien a nuestros Reyes, con tan injusta demanda las mueve, pues cuanto el pobre ha empleado en su labranza, ya Amigos, y ya Enemigos, unos comen, y otros talan! Dios os dé paciencia, amigos, y supuesto, que ya, Laura, dejé la Carroza, di que siga, por si se cansa mi aliento, que el poco trecho, que de aquí al Castillo falta, quiero ir haciendo ejercicio, pues convida la mañana, cuando el Cefiro a sus soplos enciende en las Rosas ascuas de púrpura; cuyo incendio la noche en sombras apaga. Pues si hemos de irla sirviendo, de gira, y de fiesta vaya. 1. Del Sol, que hoy a estos Montes, ancianos de la escarcha, la edad les desvanece, les derrite las canas. , . Viva la gala, viva la gala, Para, Cochero. Ay de mí! Pues no se rinden, dispara. . Muerto soy. Jesús mil veces! Huyamos todos. Ataja. Qué es esto? Que allí a un tropel de Pasajeros asalta, Tom al parecer, de Soldados una Tropa desmandada. Amigos, id al socorro, que dos Mujeres bizarras, muerto el Cochero, de un Coche se apean, y aún se embarazan a la fuga. Una Partida gruesa es la que los ataca, y no es posible, Señora, que sea de Gente mandada, si no de hombres, que a robar salen, y tanto maltratan a amigos, como a enemigos, que acá Partiblu se llama; y aunque el resistir nosotros acción será temeraría, los Paisanos, que el Castillo eligieron por su estancia iré a juntar luego. Cielos, donde podré de la saña del hado guardarme? Cielos, que nos roban, que nos matan, no hay quien de fienda a una triste? Señoras, quién os agravia? Quién no solo con la hacienda, y la vida contentaba su hidrópico ardor, sino, que con ambición tirana, quiso que su sed de vicios bebiese el honor del Alma; en cuyo trance (ay de mí!) que en la fuga, y las palabras, gastado todo el aliento, aún a los suspiros falta; en cuyo trance: Allí están. Unos con la presa vayan, y otros el alcance sigan. Al Castillo. Al Bosque. Ataja. Ya hasta aquí llegan. En vano de nuestro furor os guardan, ni por fragosos los troncos, ni por veloces las plantas. Soldados, qué es lo que hacéis? advertid, que soy Madama de Cruesvech, y este Castillo, jurisdicción tiene franca, esenta a contribuciones; demás de eso, no bastaba estar yo en él? Cómo así el decoro mío hajan Soldados nuestros, según lo dicen las rojas Vandas, cuando aún los Enemigos mis Términos respetaran? no servís a España? A eso, es justo, que os satisfaga, porque como yo me lleve; después de arengas tan largas, primero vuestras personas, luego sus joyas, y galas, el déjaros mis razones, me costará poco, o nada; ni a España, ni a Holanda sirve el furor, que nos inflama, solo a la hambre obedecemos, que ni Religión, ni Patria tiene, su Dios es su vientre, a quien sirve con más ansia; y este es un Dios sin oídos, a quien razones no ablandan, y solo en sus sacrificios se sirve de lo que traga. Con el Coronel Verdugo, hizo en Frisia tres Campañas nuestro Tercio, donde dimos tantas Victorias a España, que de soplarlas en bronces, se revienta ya la Fama. No vimos en este tiempo socorro que satisfaga la hambre, siquiera por premio; y cuando en fin se esperaba, que habiendo vuelto a Bruselas, se nos librasen diez pagas, el Pagador nos dio una, y el General muchas gracias, que dejan a una persona, de puro vacía, vana. Viendo, que tan descontentos a esta Campaña nos sacan, dejando cada pobrete en su Guarnición mil trampas, esta noche todo el Tercio hizo Motín, y las Armas contra sus Cabos esgrime; porque cuando el poder pasa a oprimir con tiranía, hace, que los ojos abran los Súbditos; y hay de quien con rigores avasalla, si a conocer llega el Vulgo, la vez, que junto se halla, que en fin son los que obedecen muchos más, que los que mandan. Viendo, pues, que perecemos, nos dividimos, en bandas a corter todo el Páis, después de ocupar la Plaza de Sichem, porque desde ella intenta nuestra arrogancia poner en contribución, no tan solo la Comarca del Valón Bravante; pero la Campiña dilatada, que de Namur a Valdieque, fecundándola sus aguas, el Mosa, en forma de arco, tal vez ciñe, y tal engasta; paguen, pues no paga el Rey, cuerpo de Dios en sus Almas, los que ya sus Alquerías, y los que ya sus Labranzas defienden con nuestras vidas, si en la quietud de sus casas descansan ellos, en fe de que el Soldado trabaja; y así Madamas, supuesto, que no os hará mucha falta, esa explendida soberbia, que a tantas joyas engasta, diáfanas hierbas de piedra en preciosas esmeraldas, vengan a nuestro poder; porque la tristeza es tanta de la hambre, que bien habremos menester hoy a librarla, con comer piedras preciosas, que son píctimas extrañas, si a alimento reducidas, se convierten en piñata. Mirad, que a una seña mía, del Castillo haré, que salga quien os castigue. Ved vos, que si andáis en pataratas, de vuestras últimas voces, el eco será una bala, que os lleve al aire las vidas pendiente de las palabras. Ay infelice de mí! de qué sirve huir a extrañas Provincias, si mi destino en todas partes me alcanza; y no me huyo a mí, que soy influjo de mis desgracias. Amigos, si eso es forzoso, cuanto oro, joyas, y galas hay en nosotras, es vuestro, queden solas reservadas las personas. Las Personas, que es lo de más importancia, habíamos de perder? De esos talles, y esas caras, es en la avaricia nuestra la codicia más honrada. No andemos en más razones, presas con nosotros vayan. Cielos, no hay quién nos socorra! Guía al Cuartel: Para, para, Postillón veamos qué es esto, que cuando al socorro llaman voces de mujeres tristes, con todos los Nobles hablan. Caballeros, qué es aquesto? Roque, qué miro! no es ella? O el Diablo, que la retrata. Inés? Si Señora, él es. Graciosa ha sido la entrada. Es posible, que de Damas, con Soldados tan valientes, el indulto no las valga? Mejor que en su vanidad, estarán quizá empleadas sus joyas en nuestras vidas; pues no es acción acertada, estar hambrientos nosotros, porque ellas estén bizarras. Es verdad; pero advertid, que no hay género de infamia, como el tomar de mujeres; y más en la siempre hidalga bizarría del Soldado, la riqueza conjelada, que a las venas de la tierra, la ambición del yerro sangra, las telas, que más vistosas hurdió ingeniosa la trama, dando a Jardines tejidos, el oro, flor sin fragrancia, las gomas, que el Sol líquida en los Desiertos de Arabia, que por poros de corteza, sudan el color en ambar: Todo a la mujer se rinde, para que ahume las aras de este simulacro hermoso de la vanidad humana; pues si no hay hombre de bien, que no aspire a consagrarlas, cuanto el Alba en perlas suda, cuanto el Sol en piedras cuaja: Cómo, en fin, vosotros, siendo Soldados, en quien se halla la Nobleza, no tan solo nacida, si no estudiada, queréis despojar mujeres? Habla, Señor, con templanza, que hay muchos, y a tantas hocas, no cabemos a tajada. Vuesa merced, Señor mío, pues tanto sollaje gasta, sin duda ya habrá comido, yo no; y así me tragara toda su plática, aunque ella fuese menos sazonada: por Dios, que la arenga es buena. Vive Cristo, que me cansan. A mí también, pero veo, que no se usan ya las farsas, donde solamente un hombre, todo un trozo desvarata. Ahora bien cerca de aquí viene alguna ropa, y plata, y otras alajillas mías, que suplirán esa falsa, con esta cadena, y este reloj, que no me acompaña mas, a fe de Caballero; si no es aquesta esmeralda, que no daré sin la vida, por alhaja de una Dama, que dio, a deseos de cera, en piedra las esperanzas. Esto en fin, no por tributo, por violencia, o por estafa os doy que no lo acostumbro, sino por deuda; pues llana cosa es, que al hombre de bien, a quien otro le declara su necesidad, le pone con infeliz confianza, la vergüenza de decirla en deuda de remediarla. Socorridos, pues con esto, ya en la necesidad falta, para una acción tan indigna, disculpa tan desdichada, como verdadera; y puesto; que obligado a embarazarla me miráis, aunque perdiera mil vidas en la demanda, y siendo dos contra veinte, parece, que está jugada, no es justo, que hombres honrados, tengan por decente hazaña, perder a un Noble, que fino, de socorrerlos acaba. Lo uno, y lo otro es bueno, tomemos estas alhajas, que los que vienen, sin duda darán en esotras Guardías nuestras, que corren el Campo, y en ofrecerlas con franca liberalidad, da solo la noticia, que adelanta; pues como vengan, por fuerza sabremos acá tomarlas. Madamas, alón de aquí; ea, qué aguardáis, llevadlas. Señores Soldados, quedo, que eso, a desvergüenza pasa, y vive Dios, que me apuro. Oh, qué graciosas brabatas! Señoras, id poco a poco, en tanto, que yo hago cara, retirándoos. Muerta voy. El denso Bosque nos valga. La casa se cayó a cuestas; démosle un tiento a la ancha, y a las carabinas, puesto, que al desmontarnos, colgadas vinieron de las Vándolas. No al disimulo las hagas retirar, hombre, o quien eres, pues expones nuestra saña a ultrajar más su decoro. Desobediente canalla, primero por este pecho, habéis de pasar a ajarlas, y a quien diere un paso más, le recibirá una vala. No si no dos. Apartaos, Señora, pues será infamia ofenderos, por tirarle. Allí están. Armadados bajan ya los Villanos, huyamos. Aún los pasos se me cuajan. Por suelas tengo dos Montes. Y yo dos hielos por plantas. . Roque, ahora desde estos Sotos, pues nos encubren sus ramas, dales fuego. Muerto soy. Bien haya quien te despacha; allá va esa peladilla. . Carguémosles, Camaradas, por más Villanos, que acudan, y aunque el Soto les ampara. . Aquí, que anda vivo el fuego, Guerra, guerra. Arma, arma. Aguardad, que si no mienten los ecos, Dragona a marcha tocan, sin duda del Campo son las Tropas abanzadas, que la marcha aquí cubriendo, batiendo vienen la Estrada, y están ya sobre nosotros. A ellos, que ya desmayan, Amigos, a retirar, y válganos la maraña del Bosque, que yo cubriendo iré vuestra Retaguardía. Seguidlos, Mira, Señor, no sea la retirada mala, si al adagio antiguo rompes la Puente de plata. A ellos. Sosegaos, que ya cobardes vuelven la espalda. Oh, cuanto hierra en seguirlos el Joven, cuya gallarda osadía, no tan solo sacó de este riesgo a entrambas, sino a mí de otro mayor, donde perdió mi desgracia, un hermano, que a casarme a Bruselas me llevaba! O, antes áspid el aliento se me anude a la garganta, que de quebrados suspiros forme enteras las palabras! Jesús, lo que yo he corrido! una, y mil veces mal haya quien inventó los tacones, los moños, tocas, y faldas, y entre dos palos tan fuertes, un peto, y espaldar de almas. Ya escapamos de sus uñas, que desuellan cuanto agarran. En mi vida más gallardo brío vi, ni más osada resolución de Español; mas ya, que huyendo se calan, al Bosque, y ya que allí asoman de los Dragones de España Tropas, que ese llano corren, y allí se ven coronadas de frentes de Batallones, las cumbres de las Montañas, que de la Armada Española debe de ser la Vanguardía: suplicoos, que me digáis, en tanto, que ellas se abanzan, quien sois, y a donde marcháis, no yerre mi cortesana atención el tratamiento, que os debe; pues cosa es clara, que en puntos de cortesía es grosera la ignorancia, Margárita de Bosei es mi nombre, y fue mi Patria Cambray, y a juzgo que os dije, que mi hermano me llevaba a darme estado a Bruselas: hay Don Lope, quien pensara, que yo a otro dueño rindiese mi voluntad tan postrada, que pasó a ser mi firmeza obstinación de mis ansias! A nuestra Dama de Tongre, Santuario de tal fama, que sus Altares esconden los votos, que le consagran, los humos, que le líquidan, dando a sus paredes Sacras sus eslabones el Reo, como el Naufrago sus tablas. A nuestra Dama de Tongre quiso la piedad Cristiana de mi hermano visitar, pues está a breve distancia de Mons, por donde a Bruselas seguimos nuestra jornada, fue fuerza (ha destino, y como para tragedias infaustas, nuestro absoluto albedrío, primero induces, que arrastras, teniendo, aún más que tu influjo, tu persuasión la eficacia!) fue fuerza hacer noche allí; y bien noche, si reparas, que nunca más en mi suerte, le amaneció a mi esperanza. Una Partida Holandesa, a causa de que negaba Tongre sus contribuciones; por estar tan retirada, de la noche en el silencio, no solo el Villaje asaltan; pero metiéndole fuego, con tanto rigor le abrasa, que aún al ambiente redujo a ceniza de sus llamas. Primero que la Hosteria, que nos sirvió de Posada ardiese, quiso mi hermano con juvenil arrogancia embarazarlo, tomando con los Burgüeses las Armas, donde quedo herido, y preso; y ardiendo después la Casa, hiciera presa en mi vida la voracidad abara del fuego, cuyos ardores, a quien los mantiene, acaban. A no llegar este mismo Español, que me traslada a sus brazos, y desde ellos no sé adónde, pues postrada a un desmayo, que el sentido con el sentimiento embarga, no sé más de que me hallé, volviendo en mí, a la mañana en otra Hosteria, donde me notició esa Criada, que viniendo al arma alguna Gente, quizá de las Plazas fuertes de aquellos contornos, que están a Tongre cercanas, se desapareció con ella el Español; cuya hidalga piedad, dándome la vida, se va huyendo de la paga, a que solo se llevó por despojo de su hazaña, la sortija, que mi Esposo me había remitido en Arras, dejándome otra más rica en canje de su esmeraida de diamantes, como quien me da a entender, que dejaba en mí toda su firmeza, llevándose mi esperanza. Tomé a la mañana el coche, por llegar apresurada a Bruselas, desde donde inquirir mi afecto haga, si muere mi hermano, o vive? Y aunque yo traje de Holanda Pasaporte, por no dar con seguridad incauta, en un Portiblú como este, de Tropas amorinadas, me iba arrimando hacia donde nuestro Ejército se acampa; pero quien del hado puede saber la senda más agría, si de peligros ocultos no hay en la prudencia Mapas. Bien extraño es el suceso, y debo fortunas tantas agradecer al destino, pues os trae, donde me añada la fortuna de hospedaros, que ya por vos esta Casa desmiente en humos de Esfera, las vanidades de Alcázar, desde aquí saber podemos de vuestro Hermano. Obligada estoy a admitir, Señora, una atención tan urbana, porque me halle el nuevo Dueño (que tal pronuncien mis ansias!) ya que sin mi Hermano, sea decentemente amparada en vuestro decoro. Ya como el refrán, dice, escampa, la Casa, otra vez nos cercan. Ay Dios, otro susto! Calla, que estos son Dragones nuestros, Ay, Señora, y si nos tragan? Dragones, Jesús mil veces! Unos adelante pasan, y otros metiendo pie a tierra, vienen a nosotros. Guarda. ego Dadnos las plantas. Dad, Mádamas bellas, la impresión a los labios de las huellas; pero Cielos, qué miro? Hados, qué veo? Al tacto de los ojos aún no creo, No es Don Lope? No es esta Margarita? O el deseo engañarme solicita, o el Retrato ha mentido, o rostro no miré tan parecido, al de aquel aire, aquel esquivo ceño de Margárita, que ha de ser mi Dueño. Entrambos se han helado. Qué suspenso el Don Lope se ha quedado! pero escarmiento en este lance tome, que le soplan la Dama a quien no come, Proseguid, qué os suspende? De mi imaginación mi vida pende, y al verla aquí, con alborozo, y miedo, lo que discurro ya sufrir no puedo. Qué había de hacer aquí, pues caso es llano, que si hubiera venido ya su Hermano, me hubiera visto, sin tan dobles tratos? demás, de que no informan los Retratos a la vista tan fieles, que no den señas de otro los Pinceles. El Conde, General, Madama hermosa, en la amena Campaña deliciosa, que entre Seblá, y Pérbez, poco distante, la Campaña se llama del Bravante, ha de acampar su Armada; y siendo vuestra Casa acomodada para su Corte, determina en ella (dando licencia, vos Madama bella) hacer su Alojamiento, y por mí os hace todo el cumplimiento, que debe su Excelencia, en visitaros de su parte, y también en avisaros su venida tan presto, que estos huecos a su marcha bebiendo están los ecos, del viento repetidos, y en organos de escollos concibidos. No más de un Cuarto, pide su Excelencia, que del Castillo en la circunferencia, se alojarán en Tiendas los Criados, por no dar su hospedaje más cuidados; porque atento blasona, vuestra Casa guardar, con su persona; y en respondiendo vos a este mensaje, hará Cuartel, Maestre, el hospedaje, pues queda ya con sus diseños fieles, repartiendo en el campo los Cuarteles. No respondo, Señor, a su Excelencia, porque supone arbitrio en la obediencia, quien algo ofrece, siendo todo suyo; y así solo concluyo con decir cuanto siento, que sea el hacer aquí su alojamiento, deuda a su superior Soberanía, para que ser pudiese oferta mía: Mi Maestre de Campo ha referido su mensaje; y aunque yo haya venido sirviéndole, Señora, solamente, no habéis de permitirme, que me ausente; dudando lo que veo, sepa, si disteis bulto a mi deseo, o si en la pena mía vestis de esa ilusión mi fantasía; qué fortuna ha podido, desde Cambray, haberos conducido a este Castillo? Cielos, desde Cambray ha dicho, qué recelos al Alma han ocurrido, que asustan sin haberlos entendido. Tantas, Don Lope, mis tragedias fueron, que antes que se pensaron sucedieron; y sucedieron tan apresuradas, que no fueron más presto imaginadas, y en vano, en fin, intentaréis oírlas, porque a un tiempo no habré de referirlas. Conocéis esta Dama? Adiós pluguiera, que antes cegara, que la conociera: mas no, que cuantas penas hoy resisto, por la gloria daré de haberla visto. Penas, cesad, porque me dicen mucho estos enigmas, con quien ciego lucho; y en fin, hasta informarme mejor, ya no es posible declararme. Qué hubiesen de encontrar estos enojos mis oídos, al tiempo que mis ojos diciendo están al Alma ya rendida, cuan bella (ay Cielos! ) es para perdida? no preguntemos más, pues ya rendidos, tienen mis ojos miedo a mis oídos. . Ya el Campo va llegando. Ya parece también, que adelantando su marcha el Conde en la Vanguardia viene, Tan postrado le tiene de su molesta hora la dolencia, que habrá quizá querido su Excelencia, con ansia de aliviarse, para hacerle remedio adelantarse, que es lo que le ha movido, a que vuestro Castillo haya elegido. Ya ha dejado la Silla. Qué alentado! Presencia de Señor, y de Soldado, tiene. Bien se conoce, que le llama su Décimo la fama; su admiración el Mundo; la Esfera, primer Marte, sin segundo, a quien hacen sus bronces tanta salva, y que es Enríquez de la Casa de Alba. No más el Campo marche, las balbucientes cláusulas del parche, que en estos Horizontes, ensordecen los ecos de los Montes cesen un rato aquí, cese el aliento, que hizo bramar en la Trompeta el viento, cuando en acentos tales, vistió todo el ambiente de metales. Sea, Señor, Vuecelencia bien venido, donde será, a lo menos, recibido bien, si alojado mal. Bien perdonarme podéis, que a vuestra casa entre a alojarme, que ser, Madama, en fin, tan atrevido, solo a un viejo, y enfermo es permitido. Dueño de todo sois. Esta Señora, quién es? Una rendida servidora vuestra. De Cambray es esta Dama, y Margárita de Bosey se llama. Ya ni el remedio tengo de la duda. Cielos, con vista soy estatua muda. Ay en Cambray de mi alguna memoria? Pues qué tiempo os podrá borrar la gloria, (oh gran Cónde de Fuentes!) de haber sido su gran Conquistador? Como el olvido queréis, que se introduzca a hazañas tales, que siempre harán rumor en los Annales? Mucho el Español tarda, y lo sintiera, que peligrar pudiese de manera, que según el cuidado a instantes crece, algo más que cuidado me parece. Yo tengo un ejercicio peligroso; porque por más que esté vanaglorioso de hazañas tantas, por quien hoy la fama me llama el Bravo, en ecos, que derrama; no hay en la Guerra, no, firmeza alguna, y en el buen fin consiste la fortuna. Cuando al Conde Mauricio boy buscando, solamente anhelando, a que un trance fatal decidir pueda, si la rebelde Holanda libre queda, por falta de las pagas (dolor fiero!) se amorinó, no solo un Tercio entero; pero contra mi Bando, al Motín tantas Tropas van pasando, que solo con los Cabos quedar temo, sin que lo impida mi poder supremo. A esta causa el Ejército he acampado entre Seblú, y Perbez, donde guardado, por la frente del Ornu presuroso, por la espalda del Sambra caudaloso, esté a cualquiera trance defendido: Solo saber deseo, donde han ido estos amotinados. Ya yo fuera débil despojo de su saña fiera, Si un Joven Español no me librara, con la resolución, Señor más rara, que se ha visto, pues solos dos hicieron cara a veinte, hasta tanto, que acudieron Paisanos, y asomaron de Dragones vuestros muchos valientes Batallones. Si yo supiera, Madama, lograr los elogios vuestros a tan poca costa, hubiera hecho mayor el empeño; pues me minoráis la hazaña, cuanto excedéis en el premio. Qué es lo que miro? Ah, Señor, allí está Don Lope, y temo, que nos ha de descubrir. Señas de que calle ha hecho, no penetro su designio. Vuecelencia, o siempre Excelso Conde de Fuentes heroico; cuyos gloriosos sucesos, desempeñar han podido la deuda en que le pusieron (con ser tanta) los dos timbres de Enríquez, y de Toledo, le dé las plantas a un noble Español, aventurero, que hoy ha llegado a servirle, y cuando iba con deseo de encontrar la Armada, donde se apregase en algún Tercio, halló esta ocasión acaso; y a los traidores siguendo (porque al ver los Batidores, desvandadamente huyeron) dejando muertos a cuatro, dos trajo a la Guarda presos, para que de sus designios puedan informaros ellos. Y a mí, que fui su Ayudante, siquiera porque algún tiempo, con Vuecelencia en Italia serví, y porque allí me dieron este chirlo de la cara, que me coje el entrecejo, Tom. Il. en el encuentro de el Adda, mande Vuecelencia luego, que me premien de contado; porque si hay prometimientos, en todo cuanto consigo, no desquito lo que espero, Quita, necio. Airoso brío de Joven, galán despejo, decidme: Quién sois? Mi Nombre. Qué le encajará? Es Don Pedro Tellez, soy de Andalucia, y Caballero, no miento, que el Nombre, y el Apellido los disfrazo, y no los niego. Y yo de Italia, y de Flandes, En lo derrotado os veo lo viejo, disimuláis, o teñís quizá el cabello. Cuanto en años disimulo, en papeles encanezco; y Vuecelencia, en su humor, siempre se ha estado mancebo. Traigo en la cara esta herida, que es el mayor argumento de la que mostré al Contrario; y es tan notorio mi esfuerzo, que en Flandes, algún Bretón, tiene en un carrillo impresos, y le vinieron de molde estos cinco mandamientos. El Bretón era algún Santo, pues todos los dejo enteros, sin quebrantaros, ni el Quinto. Por Dios, que da cordelejo. Don Pedro, bien empezáis, yo fío de vuestro aliento, que me obliguéis por justicia a premiaros, porque es cierto, que premios del Rey, a nadie los doy, hasta que los debo; venid, Señora. Y a mí, Señor, pues os represento tan cara a cara esta herida, qué me daréis? Un consejo: mucho blasona esa herida; y es, que cuando vais huyendo, no volváis atrás la cara, pues veis, que tiene ese riesgo. Vive Dios, que me la pega. Mi casa, Señor Don Pedro, ha de ser vuestro hospedaje, vida, y honor agradezco: a vuestro valor de todo, en mi gratitud sois dueño: Madama, vamos. Fortuna, por qué a Don Lope me has puesto a los ojos, si otra vez para perderle le encuentro? Neutral entre amor, y honor, no sé a lo que me resuelvo; sino a averiguar a que vino aquí, y como viniendo su hermano, no me ha buscado: a espacio, a espacio recelos, que no puedo ya en mis dudas sufrir a mis pensamientos. Ay Roque, que esta hermosura parece, que anda siguiendo, mis pasos con sus fortunas, y no sé qué oculto afecto mueve, lo que me ha costado. Pues estoy yo para eso, con lo que el Conde me ha dicho, por Dios, Señor, que reviento, hasta que halle quien me crea mi herida; y así, te ruego me dejes buscar un bobo, a quien encajarle el cuento, pues no tienen las heridas en el Mundo otro consuelo. . Dadme, Señor vuestras plantas, que aunque me tuvo suspenso, ver, que me mandáis callar, sin penetrar vuestro intento, y que disfrazáis el nombre; viéndonos solos, no puedo dejar de mostrar con cuanta estimación hoy conservo la buena ley de haber sido un tiempo Criado vuestro. Don Lope, como os va; que aunque en España me dijeron, que estabáis en Flandes, no supe, si temáis empleo? Capitán soy de Dragones en el Tercio de Don Diego de Figueroa, que es, porque podáis conocerlo, el que aquí estaba conmigo, que ahora le dieron el Tercio, siendo Capitán de Guardías, y habréis oído, por diestro, celebrarle en todas Armas. De vuestra dicha me alegro; pero mirad, que os encargo, que no rompáis el secreto de ser yo el Duque de Osuna. Como no, pues encubierto en Flandes habéis de estar? Si Don Lope, que pretendo merecer lo que nací, si nací lo que merezco; que me debo yo a mí mismo, de que fuesen mis Abuelos grandes Señores, si yo me estoy en el ocio haciendo muy vano con sus memorias, gloria de triunfos ajenos, y con honores pintados en mi escudo me contento? Los que a heredar solo nacen, y no a vivir, como aquellos de quien nacieron, debían morirse niños, supuesto, que no tienen en el Mundo cosa que hacer en naciendo, o al menos, en heredando, les es el vivir superfino. Aquel que nace de un Grande, pudo nacer de un Plebeyo: luego si aquella fue dicha, sin haber mérito nuestro, qué cosa es para estar vano, con solo nacer? Yo creo, que es justo, que de alegría, mas no de su nacimiento; pues no es triunfo el nacer Grande, sino solo el saber serlo, si fueron buenos mis Padres, téngalos Dios en el Cielo, que eso no me sirve a mí mas, que de carga, si advierto, que me dejan obligados, a ser tan bueno como ellos. Y si acaso no lo soy, con lo que me desvanezco, me acuso a vista del Mundo, si en vida, y presunción muestro la obligación, que no cumplo, al obstentar la que tengo. El que desluce más triunfos, es más vil en mi concepto; que el humilde, que obra mal, ya tiene que perder meños; Luego el que en su obrar desluce las glorias, que le adquirieron sus mayores, de ellas es enemigo, no heredero; y de ellas es (pues le acusan no poseedor, si no reo. Yo, Don Lope, heredo niño, y el poder, mal consejero, que no solo induce al daño; pero alienta con los medios, me hizo hacer mil travesuras, que a los Siglos venideros, por festivas, o ingeniosas, trasladará quizá el Pueblo, según me las celebraron, ya en aplausos, y ya en versos. Viendo que se malograba mi generoso ardimiento en tan indignas hazañas, incliné, en fin, el deseo a la Militares glorias; y con heroico denuedo de noble ambición de fama, se inflamó mi pensamiento, que estar ajando en las Cortes hombres de mi nacimento, a Vasallos de su Rey, es tan indigno trofeo; que se haja lo soberano, al obstentar lo resuelto. Solo con los Enemigos han de sacar el acero hombres como yo, en la Patria solo un desagrado, un ceño ha de bastar por castigo, que si a lidiar me resuelvo, cuanto del valor me añado, me lo usurpo del respeto. Todo hombre se vence, mas del interés, que del miedo: Dios, por lo que puede dar, tiene al hombre más sujeto, que por cuanto castigarle puede su poder inmenso, y a hombres de mi magnitud, si a todos favorecemos, ninguno querrá enojarnos; pues se resuelve más presto cualquiera a esperar el daño, que no a perder el provecho. Desde que dieron, Don Lope, en llenarse los Colegios de la Grandeza, las Armas tienen todos en desprecio; y es menester, porque en todo ande acertado el Gobierno, que estén en un equilibrio estos dos Polos del Reino, sobre quien se mueve todo el Globo del Universo; pues para mandar nacimos; razón será, que estudiemos el mandar: y el mandar Armas, es tan difícil empleo, que se estudia en los peligros, y hay en errar tanto riesgo, que un leve error puede acaso, importar todo un Imperio. De un bastón pende el honor, la hacienda, vida, y sosiego del Rey, y de los Vasallos: Todo se fía al excelso dominio de un General; pues por qué en el ocio hacemos, que de hombres Particulares se eche mano? cuando es cierto, que ellos, así en lo que viven, nos hajan lo que nacemos? Y que sin nosotros, falta la autoridad a los puestos, que un Don Fulano les sueña muy poco a los Extranjeros. Con este designio en fin, sin dar noticia a mis Deudos, sin pedir al Rey licencia; (porque si servirle debo, para hacer lo que me toca, me parece, que la tengo) Hice ausencia desde Osuna; donde recogí primero, empeñando mis Estados, con color de otros intentos, cuantas letras he podido, plata, joyas, y dinero. Oculto pasé la Francia; y acaso en Paris, queriendo ver una vulgar Comedia, que representaba el Cerco de San Quintín, pero en ella observó poco el Ingenio, aquel natural decoro, aquel iunato respeto, que de cualquiera Corona, se debe al Poder Supremó, sea el Rey que fuere; pues introduciendo los Cetros, el derecho de las Gentes, es común a todos ellos el caracter soberano, con que los distingue el Cielo, Del Gran Pelipe. Segundo, se hablaba con poco aprecio, delante de un Rey de Francia; que por más, que sean opuestos, quien desdora a su Contrario, se minora el vencimiento. Yo, que ya no pude más, arrebatado del celo de mi lealtad, que ha latidos, pulsando estaba en mi pecho, dije mientes, y cayó el Representante muerto de una estocada, al rumor del no pensado suceso, se conmobió el Pueblo todo; y la justicia queriendo castigar como es razón, (que aunque parte la confieso) el delito de turbar sus regocijos al Pueblo, cuando en la pública fe, va desarmado un festejo; en gran peleligro me vi, y a no dar voces el mismo Rey, desde el balcón, que tiene su Palacio, al Coliseo, no hubiera quedado vivo, aún con el rigor de preso, que aquel Excelso Monarca, a pesar del sentimiento del lance, aún del enemigo pareció bien, lo bien hecho. Por el capital delito de homicidio, y sitio, luego a muerte me condenaron, y el Rey suspendió el Decreto; averiguó, en fin, quien era, y a la prisión acudiendo, de ella me saco en su Coche. Querer contar el correjo, que me hizo, no es posible; pero todo lo encarezco en nombrando a Enrique, Cuarto Monarca, en quien concurrieron, sobre excelencias de Rey, las prendas de Caballeró. Tomé la marcha acía Flandes, y llevado del afecto, que a María Soberana Tom. Il. mis ascendientes tuvieron; cuya devoción ha sido en toda mi Casa feudo. El Santuario de Tongre visité, donde os prevengo al más impensado lance, que en artificioso enredo, con las tragedias de Marte, los triunfos de Amor tejieron. En la Hosteria del Cisne. hice noche, donde al tiempo, que en los ojos me apagaba todas las penas el sueño, escuche un Arma, tan viva; que su disonante estruendo, aún de la muerte en la imagen, supo introducir sus ecos, que primero oí dormido, y soñé después despierto. Quién creera, que veinte y cinco hombres, no más, se atrevieron a penetrar, desde Holanda, nuestro Páis, con pretexto de contribución, y osados pusieron de noche a fuego, y a saco el Casal? Mas quién lo podrá dudar, sabiendo, que la guerra cada día nos repite estos sucesos? al rumor de las Campañas, al golpe de los Flamencos, al arma de la Partida; y en fin, del Plomo a los truenos, desperte más que confuso, y a veloces esperezos, mucho más la confusión, que no el horror, sacudiendo de algunas casas, en donde se había cerrado el incendio, distinguí todo el Casal en un globo de humo envuelto, tan denso, que aún a las llamas atezaba los reflejos, entre gritos la Patrona, me dijo el caso en bosquejo, que a pedazos los suspiros, las razones le partieron, y de lo que ellos no dicen, aún más, que sucede entiendo. Acudo luego a las armas, ánimo a otros Pasajeros, que allí se hospedan, y en tanto que los Paisanos hicieron la resistencia, que es dada a un pobre Villaje abierto, para defender la casa, como Cabo los prevengo: quieren llegar a quemarla, recházalos nuestro aliento, lloviendo en fuego continuo granizo de plomo el peso; por no perder tiempo, dejan mi hostelaje, y van soberbios poniendo fuego a los otros; todo es horror, y lamentos, entre los cuales parece, que mayor lugar se hicieron unos, en cuyos suspiros era simpático el viento: oigo voces de mujer en una casa, que ardiendo estaba enfrente, y piadoso entro en ella, donde veo una hermosura tan grande, que aún entre el poco sosiego se comprendió, sin ser vista; porque un prodigio tan bello, para encontrar lo admirado, no hubo menester lo atento, aunque la llama no había prendido, si no en el techo. Todo lo cegaba el humo, y el temor, de que cayendo el artesón, su hospedaje convirtiese en monumento; A la Dama dejó inmóvil, tan viva estatua de hielo, que el calor la iba a pedazos en lágrimas derritiendo, si no conjelara el susto, cuanto líquidaba el fuego. En una ropa de Chambre, que acaso encontró más presto, estaba mal rebujada, por quien la nieve del cuello, acechada en sus dos copos, como cuajados, pendiendo de su hermosura, se hallaba el ánimo más sediento. Riza tempestad de ofir, donde naufragó el deseo sobre el pecho, en hondas de oro, se le derramó el cabello; de cuyas ebras volantes, se iba el aire entiqueciendo. Favor me pidió afligida, no tanto con los acentos, cuanto con los ojos, pues a espectáculo tan tierno, lágrimas, que está gritando, son voces, que va vertiendo. Cogila en brazos, y apenas la saqué del Aposento, cuando el techo desplomado se arruinó; con cuyo estruendo la llevo el susto el sentido, por quitarla el sentimiento. Entré en mi Posada, donde hallé, que se recogieron otros de la misma casa. A unas mujeres la dejo, trocando, no sé que alhaja, que más a mano me dieron, lástima, y priesa, y entonces, (según lo mostró el efecto de la Guarnición de Mons, una Escolta, que viniendo de dejar un Comboy, iba de vuelta a su Alojamiento) acudió al ruido, cobardes se retiraron con esto los Contrarios; y yo al ver, que van en su seguimiento, tomo el caballo en su alcance, con nuestra Gente me mezclo; y después de derrotados, cuando a la mañana vuelvo, supe, que marchó esta Dama a Bruselas: ved, os ruego, sin ella, y conmigo, como quedaron mis devaneos, teniendo de sus memorias vestidos mis pensamientos: Por otro acaso bien raro, Don Lope, Amigo, la encuentro en este Castillo, donde: pero proseguir no puedo, porque en su jardín la he visto, esperad aquí, que quiero, con mayor hidropesía, beber la sed del incendio, trasladando por los ojos volcanes de nieve al pecho. Qué fuera (oh fatal estrella, que mi dolor has causado!) que la que el Duque ha contado, fuese Margarita bella; pues no ha sido sola ella la que al jardín ha venido? para que me has persuadido mas celos, discurso extraño! mas ay, que para mi daño, pocas veces me has mentido! otra en el Castillo está, y otra con ella bajó al jardín; pues por qué no la otra hermosura será? Pensamiento, que te va en decirme, que convienen? pues mis desdichas me tienen lleno de tantos rigores, no busques tu más dolores, que hartos son los que se vienen; pero entraré en el jardín. Ya que me han dejado sola, pues con Don Pedro, Madama ocupando queda ahora un Cenador, que a esa Fuente bóvedas tejió frondosas, procuremos saber (penas!) quien puede ser la persona, a quien destinada vengo; puesto, que es acción forzosa, que en el Ejército esté, según mi hermano me informa? Capitán es de las Guardías, Don Diego de Figueroa es su nombre, ansias veamos lo que el semblante denora, a mi voluntad forzada, bien que en mi Amante zozobra, no habiendo de ser Don Lope, todos serán de una forma; después que le he visto a quí, el corazón se me asoma a los ojos, y a pedazos quiere salir por la boca; y como está quebrantado, no solo de mis congojas, mas de dos tan grandes sustos, como pasó, se alborota tanto en el pecho, que temo, que ha latidos se me rompa. Veis, Celos, como mentís; pues el Duque está con otra, y aquí Margarita? Dame, adorada prenda hermosa, de las breves huellas tuyas las estampas, donde ponga mis labios; pues las arenas de tu contacto las copian. Señor Don Lope, tenos, y excusad esas lisonjas, o verdades, pues ya a mí, que lo sean, o no, no importa; porque es ya tan otro tiempo, (ay Cielos, que aquí me ahogan mis lágrimas, zozobrando las razones en sus hondas!) es tan otro tiempo ya, (no me atormentes memoria!) que vengo casada. Cesa, aleve, infausta traidora, que un áspid por el oído, al corazón se me enrosca, y me va dentro del Alma vertiendo su azul ponzoña. Casada, mientras yo vivo? sangrienta venganza toma tu hermano de aquella herida, que le di tan a mi costa. Nunca de Cambray saliera mi Tercio, ni generosa me trocara la fortuna, a Caballeria Dragona, la Compañía, que tuve de Infanteria Española; que pues te perdí en mi ausencia, para qué quiero las honras, si en un desdichado, mas, que se emplean, se malogran? Señor, no me aflijáis más, que el corazón no reposa; y aunque a partidos suspiros las palabras me destronca, deja entero el sentimiento, por más, que la queja corta: Ya esto no tiene remedio. Fiera, Sirena engañosa, las traiciones, que previenes, endulzas en lo que lloras: No tiene remedio, dices? Pues si le tiene, alevosa, que yo he de morir primero, o el dichoso, que ya goza de tan florida esperanza, la verde caduca pompa. Si yo: Ingrata, sella el labio. Hubiera: Mal me reportas. Tenido: En vano te escucho. Culpa: Tu culpa es notoria. Qué intentas? Morir matando. Antes el Cielo disponga mi muerte, que ver la tuya; templa tus ansias furiosas. La sintieras? di? No sé, ay de mí! que yo estoy loca; que no veo, que aún es ya delito en mí el ser piadosa. Señor Don Lope (qué ansia!) si yo entonces (qué congoja pude ofreceros (qué angustia Cielos, las penas me ahogan; pues no cabiendo en el pecho, por los ojos me rebosan! Este parece accidente grave, mi amor la socorta. Oprimido el corazón; va a suspirar, y solloza; quiere esforzarse, y se apaga, va a latir, y le aprisionan los vuelos, ya desplumadas las dos alas vagarosas; ay de mí En el suelo hubiera caído, a no estar tan pronta muatención; ay dueño mío! que apagados en tus rosas los colores, que encendieron la nieve en púrpura roja, con la candidez marchita, supiste quedar hermosa, mostrando, que para serlo, esta perfección te sobra. A ver si puedo informarme, a esta estancia deliciosa vengo; porque aquí: Señor, llegad, ay de mí! qué importa no dar con este accidente ruido a alguna maliciosa sospecha; tened, os ruego, a esta hermosura, que ahora cadáver de flores yace, a quien los colores roban, en cuanto de aquella Fuente agua traigo sin dar nota. Habrá suceso más raro! a la que ha de ser mi Esposa, otro me deja en los brazos desmayada ansias celosas, ya fuera el disimularos cordura muy afrentosa; pues ha de saberse luego mi tratado; y es impropia cosa, que Don Lope piense, que le sufrí mi deshonra. (venga, Aunque entre las manos por no haber allí otra cosa, bastante agua llevo, echadle en el rostro, que si mojan sus flores, parecerá, que cuajadas atesoran, o transformadas en mármol las lágrimas del Aurora. Muerto estoy. No mueve? No. Dejad, que mi fe amorosa la tenga en brazos, en tanto, que el volver en sí no logra; pues solo no estando en sí, cupiera en mí tanta gloria. Cualquiera Dama, Don Lopen, que una vez mis brazos toca, no vuelve a otros, pues primero cortarlos sabrá esta hoja: Cómo es eso, que no entiendo? Yo os lo explicaré de forma, que os pese haberlo entendido. Acción es dificultosa: Yo os he entregado esta Dama, y habéis de ver, que la cobra mi valor, como la entrega. Que se ha dado a mi Señora, que desde un balcón la he visto? Llevadla a qué la recojan, que la ha dado un accidente. Pensión de Damas forzosa. Llevémosla; aquí anda el Diablo y el Castillo ha de ser Troya. Cómo es eso de cobrar? vive Dios, si licenciosa vuestra lengua se atreviere a acentos, que me provocan, que os la sabre yo arrancar. Yo no sé lo que os enoja, sois mi Maestre de Campo, con quien mi acero no corta, y en la misma Corte estamos, y no es justo, que os responda, hasta su tiempo. En cualquiera sabré yo, a quien se me oponga, castigar la desvergüenza. La vuestra, vive Dios, obra de modo, que aunque me pierda, todo el valor lo abandona. La vida entrambos perdemos, si nos ven, la provechosa doctrina de mi destreza me ha de valer de esta forma. Qué me hubiese concluido! No hago con vos otra cosa, por el sitio. Yo no os pido la vida. Allí el Conde asoma, ya el lance es muy otro, ved como es la porfía ociosa, pues son entrambas iguales, disimulad, que os importa. Qué es eso? Don Lope allí, desnudo acero trémola. Sobre espadas de acaballo estabamos en discordia, porque es de opinión Don Lope, que es mejor, cuanto es más corta; yo porfié, que él la traía del tamaño de las otras, y medila con la mía, que sin duda iguala a todas. Disimulitos conmigo, cuando el color me denota, de Don Lope más misterio; y si a mí no se me antoja, escuché ruido de espadas. Estatua he quedado absorta. Id con Dios, y no volváis a porfiar esas cosas, que sobre espadas, cualquiera contienda fue peligrosa. No queda bien satisfecho, mas yo hice lo que me toca. . Muy en si estuvo Don Diego, y fue acción muy generosa, librarme la vida, pero primero es en mí la honra. . Don Pedro. Qué me mandáis? No fue mi astucia tan tonta, que no hubiese conocido, como acá dicen, la trova, Don Lope es muy buen Soldado, y siendo acción tan forzosa a darme por entendido, de que aquí en mi Corte propia, con su Maestre de Campo, a esgrimir armas se ponga, derribarle la cabeza, que en quien de recto blasona, a permitir ejemplares no cabe misericordia. Quise dejarme engañar, que mejor es, que conozcan, que ignoro, que no que sufro; pues aquí os halláis ahora, y bien de vos fiar puedo empresas dificultosas, no me los perdáis de vista, y ajustadlos, sin que os oigan decir, que yo lo he sabido, pues mí siempre rigurosa rectitud Militar, solo no castiga lo que ignora. . Yo entré a buscar esta Dama, donde por fuerza hallé otra, que hasta ahora me detuvo: vuelve otra vez mi fe ansiosa a buscarla, y me da el Conde ocupación tan remota de mi genio; ha amor tirano, ya que el incendio me soplas, déjame ser de sus luces encendida Mariposa? JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA

En fin, Señor, has querido estar aquí disfrazado por tu capricho? Sí, Roque, que lo que por mí no alcanzo, no lo quiero por ser Duque; y han de conocer, que valgo por mí, mas que por mi nombre. Necedad de buen tamaño es esa; pues, di, Señor, aunque solos tres Criados trajiste, y aunque a mi entre ellos, por haber sido Soldado, por mi humor, y porque en fin no muevo muy mal las manos, escogiste para guía, habiéndote yo enseñado en Osuna a hablar Frances, tal cual como yo le hablo; pues no puede un Mosquetero garlar, como un Cortesano; y usan los Cuerpos de Guardía gerigonzas de otro barrio. Si los otros dos ayer al Ejército llegaron con tu Recamara; y es su grandeza, y aparato mas que la del General; no ves, que intentas en vano ocultarte, cuando tiene la curiosidad olfato, que saca entre mil doblones un secreto por el rastro? Este Ejército, Señor, si es que otra objeción miramos, es una Patria común, que se puebla de tan varios Personajes, y Naciones, que de lo más apartado de Europa hay hombres en él; ha de faltar entre tantos alguno, que te conozca, cuando quizá este reparo, a los discursos traviesos, anda bullendo en el casco? Yo no he asistido en la Corte, y Gente de mis Estados no ha de haber aquí por fuerza; y si la hubiere, no es claro, que no hay riesgo en que se sepa quien soy, y que me disfrazo; pues por lo menos sabrán, cuando lleguen a apurarlo, que quise valer por mí, lo que por mí sin mí valgo? Yo llegué aquí antes de ayer, habiendo, Roque, logrado dos honradas ocasiones, de mucho crédito, y garbo; en Tongre con Hlandeses, y aquí con Amotinados. Salió Carlos de Horronjieres, aquel Holandes gallardo. Gobernador hoy de Breda, por Brigadier, que es el Cabo, o el Comandante de un Trozo de Ejército separado; salió con un grueso cuerpo a romper sin embarazo, como, en fin, lo consiguió, la Gran Guardía de acaballo nuestra, que abanzada cubre la Frente de nuestro Campo, levantola de allí al fiero choque, y la vino cargando hasta nuestra Infanteria, que en los puestos abanzados guardaba el desfiladero de algunos estrechos pasos. Al abrigo del Mosquete, segunda vez se formaron los Batallones, más poco resistieran al Contrario, si al arma de los Cuarteles, no hubiera el Conde enviado Socorro; tocó a Don Lope (su alternación observando) el Bobresaliente entonces, y yo, como Voluntario. le seguí en primera fila, donde tan recio chocamos, que a sus Batallones, rotas las Frentes espada en mano, y la Gran Guardia; otra vez cerrando por un Costado, nos mezclamos unos, y otros donde mi aliento bizarro, abanzando, ya al galope, ya al torno, escaramuceando, en los primeros abordos dejo herido, y preso a Carlos; apenas, porque al Cuartel le vivieses escoltando, te le entregué prisionero, cuando entré más alentado a lo más vivo del fuego, que vimos, a poco rato lento ya, pues prisionero el Cabo, y desvaratados los Cuerpos de la Vanguardía, tan ciegamente tomaron la carga de nuestro choque, seguidos, y atropellados, que con la segunda Línea, violentamente encontrando, arrojándose sobre ella, también la desordenaron. En este tropel confuso llegamos todos mezclados, hasta la reserva, donde nos fue forzoso hacer alto, por alguna resistencia, que hicieron; y a breve espacio, del desorden confundidos, volvieron grupas cargados, En este segundo abordo el Caballo me mataron; y viniendo sobre mí un Holandes temerario, con cólera, y vino ciego. De furioso, y de borracho me tiró una cuchilada, que habiéndola reparado en la espada, me dejó casi entorpecido el brazo. Yo asiéndole de la brida, de una estocada, le paso debajo de la Coraza el cuerpo, tan a mi salvo, que la naranjada Randa de Granates salpicando, cayó de aquel peso, aún antes, que muerto, precipitado. Y yo, que ya de su brida me hallaba dueño, montando en el Caballo, seguí el alcance, hasta encontrarnos con otra gruesa reserva, que temiendo este fracaso, a dar calor a los suyos se venía apresurando: diestros ya, con el primero peligro, fueron más cautos los del Cuerpo último, puesto, que en dos Alas se doblaron; dejando pasar por medio todo el furor desbocado, de los que a brida batida iban huyendo el estrago; y luego con nuestras Tropas ciertan por los dos Costados, hallando quien los reciba. Defendidos de este amparo, se forman tercera vez los fugitivos, que osados atacaron por la frente, donde no solo el rechazo lograron; pero su furia hubiera quiza logrado rompernos, a no venir tan prontamente a abrigarnos toda la Caballeria nuestra; y el Conde avisado de que el Holandes le iba a la Batalla empeñando, poco, a poco, y de la línea había movido su Campo, levantó también el suyo; y como Capitán sabio, viendo que estaba ya al fuego de Rebeldes, y Aliados, toda la Caballeria; y era su número tanto superior al de la nuestra, previniendo bien el caso, hizo en grupa un Mosquetero traer a cada Soldado de acaballo, estos ligeros, al arribar, desmontando por un Costado, y por otro, ocuparon dos ribazos: con que a la Caballeria el ímpetu refrenaron, a tempestades de fuego, lloviendo en ella balazos. Seguímosla, y dionos vista con Mauricio de Nasau, el Ejercio Enemigo; al mismo tiempo, asomando con el suyo al Conde, a quien la fama apellida el Bravo, jamás tan hermoso objeto se propuso a los humanos ojos, al verse los dos Ejércitos afrontados, coronando las Cervices de dos opuestos padrastros, a tiempo, que en humo, y polvo (el día al aire borrando) toda la Caballeria revuelta estaba en lo llano? resonando con estruendo los Horizontes lejanos; tan a un compás, tan a un pusto, de los dos opuestos Bandos, se emulaban los Trompetas, que partiendo el aire vago, bebieron unos Clarines, lo que otros articularon. las Bandas de las Naciones, los celajes imitaron del día, que atezó el polvo, y los dos colores varios de Borgoña, y Holandesa, los visos tornasolados, al Sol estaban bebiendo en lo rojo, y lo dorado. Mauticio, en fin, viendo al Conde al trance tan arrestado, tocó a retirar prudente, y a su grueso incorporando la rota Caballeria, lo ejecutó apresurado, tanto, que se le vio el miedo en el semblante del paso, y a los pies se le enredaba el aliento en el cansancio. Por no tentar la fortuna, el Conde también, temblando, se retiró a sus Cuarteles, contento del descalabro, que a dos mil caballos llega; adonde en fin, informado de mi valor, y de que el día quiza ganamos, por prender yo al Brigadier, habiendo muerto a mis manos muchos de ellos en el choque; a que se llegó el reparo de la Nobleza, que arguye mi obstentación, y mi fausto, me dio por mi solamente. Compañía de Caballos, aún no sabiendo quien era. En tres días he llegado a este puesto, por mí mismo, casi sin mí; mira cuanto vale el hombre más que el hombre, si atentos consideramos, que es realidad la persona, y el nombre sonido vano. Tú dices, Señor, muy bien, nadie contento en su estado está, tú andas, por ser menos, cansado ya de ser tanto, y otros, para ser mayores, siempre se están estirando. Ninguna cosa a los hombres hace crecer el tamaño, (go. tanto, como el dar de sí, que siempre es grande el que es lar- Un Hijodalgo soy solo. Esa Nobleza no alabo, que las mentiras son viles, y todas son hijas de algo. Ya el Conde come: a esta hora a un sitio tengo aplazados a Don Diego, y a Don Lope; que aunque procuro ajustarlos, y aunque sobre conclusión, en Don Lope no era garbo reñir con Don Diego, anduvo tan ciego, y tan destemplado, después en palabras, que fue fuerza desafiarlo; pues ya el lance mudó especie, ya me estarán esperando: y supuesto, que es preciso, que seamos menos notados, cuando todos a comer se han de recoger, qué aguardo? Roque, espérame en la Tienda, que ya voy. Pues en tardando, iré a visitar, Señor, la fogata de mi Raucho. Que canciones de Clarines, . al viento le están soplando, en tanto, que come? y qué sonoramente alternados, respondiendo unos a otros a repetidos espacios, le están, aún por el oído la comida sazonando? . Esto es disparar a un brindís, apriétense bien los cascos, que un doblón le cuesta al Rey cada tiro, para un trago: Bien ayamos los pobretes, que bebemos más barato, y apenas nos hace un brindís, toda la costa de un vaso. Yo me atengo a mi cerbeza, que a un tiempo es bebida, y pasto, que el vino del Rin, es hombre flojo; simple, dulce, y claro, y no puede saber mucho. 3. . otros brindís? valga el Diablo el uso, que por los tiros, el Mosquetero contando está al General los brindís, pues no puede los bocados; y en el vino, que otros beben, él está su sed bañando, y emborrachando el deseo en licor imaginario. Vamos de aquí a la Barraca, a ver si nos desquitamos, bebiendo con menos ruido. Rato ha, que a Don Lope aguardo; pues para reñir con él, de Don Pedro fui llamado: quizá mi cólera finge su tardanza: ansias, veamos si (ya que no disuadidos) mis celos dejo vengados. Informándome estos días, supe, que preso su hermano de una partida quedó, y que ella vino buscando el abrigo de Madama; que Don Lope haya mostrado ser su amante, no es lo que me causa más sobresalto, que es estilo del Páis, en Festines, en Saraos, y Asambleas, festejar atentos, y cortesanos a las Damas; que dijese, que quisiera haber cegado, primero, que haberla visto, no es bastante desengaño; pues cuando tuviese intento, (si a otra malicia pasamos) de ser su Esposo Don Lope, quien dudará, que observando fuese, cuanto a su decoro debe un Noble en tales casos? Ni quien dudara, que si una vez nos une amante lazo, ni ella falte a ser quién es, ni él se atreva: iras a espacio, que yo parece que empiezo a ofenderme, aún con pensarlo, y mal en mí, vengar puedo ofensa, que yo me hago. Solo lo que (ay infelice!) es más digno de reparo, y a lo que no hallo salida, es al lance del desmayo, cuando sin alma, y sin vida aquel bulto de Alabastro, del semblante los matices, cardenamente violados, iba de afectos tiñendo, y de colores robando: Yo mismo no vi pasar de los suyos a mis brazos todo un Ídolo de nieve, de flores un Simulacro? La causa del accidente no la estaban denotando dos lágrimas, que pendientes al hielo se congelaron; cuyos transparentes globos en el rostro equivocados, si al brotar fueron de fuego, eran al correr de mármol? Si no puedo negar esto, de qué me sirve, cuidados, que ande yo con mis discursos mis pundonores cegando; si la mujer, no tan solo la ha de buscar el honrado. hermosa para los ojos, que es el más suave encanto, sino para los oídos, ya que tienen los humanos todos los propios honores pendientes de ajenos labios. Por esto, en fin, me he resuelto a tener disimulado mi tratado, y a no verla, que empresas de amor tan alto, aunque se consigan, nunca se consiguen bien, lidiando. Yo reñiré con Don Lope, porque él me ha desafiado, sin darme por entendido de otra causa: no en mi daño, si acaso es él más dichoso, y yo no puedo estorbarlo, quiera hacer mi entendimiento cómplice en mí mismo agravio. Perdonadme, si tardés De que me hayáis esperado me pesa. No habéis tardado vos, que yo me apresuré, o mi deseo quizá. De habérosle suspendido estoy, Don Diego, sentido? cumplido estuviera ya, si antes la prudencia mía no previniera otra acción; pues para esto, dejación hice hoy de mi Compañía: de ella estoy exhonerado, puesto que iguales los dos, puedo ya reñir con vos, no siendo vuestro Soldado; y si ayer no lo hice así (como en fin lo debí hacer) fue por tocarme de ayer el Sobresaliente a mí; y si entonces, por mi honor, dejase la Compañía, pareciera cobardía el extremo del valor; pues aunque el puesto dejar, que no me libra, no ignoro, estorbo al fin el desdoro, con que me le han de quitar. A Don Pedro he suplicado, que os llamase, porque él fue quien quiso ajustarnos. Sé, que Don Pedro me ha aplazado; y aunque me mandó trae otro, que con él riñese, yo no quise, que viniese otro, y él solo ha de ser Juez de ambos, que no me ajusto a que ande un hombre de bien buscando a un amigo, a quien convidar para un disgusto; porque si evitar consigo, toda industria, o trato doble, siendo el testigo tan noble, para dos basta un testigo. Aunque en Flandes considero, que para el esfuerzo mío, en línea de desafío, es este el lance primero; y se debe discurrir lo que podrá parecer, el venirse un hombre a ver, adonde se usa el renir; yo vengo bien confiado en la muestra, que ya os di con Enemigos, que aquí es valor mal empleado, cuando esta inútil hazaña en nosotros se ejercita; y hay de España, si no quita esta costumbre de España! Que esto, en fin, deciros debo contra este duelo, que sigo; porque el que oye, que lo digo, no imagine; que lo apruebo. Este arbitraje admití, porque en él vengo a templar, que no se ha de ensangrentar el lance, estando yo aquí, mas de aquello, que es razón; viendo, que a lo sucedido, unas palabras han sido solamente la ocasión; sacad los dos las espadas: T Puesto, que de esta manera hemos salido ya fuera de las Guardias abanzadas, partamos el Sol así, y las Armas mediré; dadme la vuestra. Que ve, Cielos, mi honor! veisla ahí, La mía es esta. Que aún fue mi pena, amor, más prolija! Don Pedro trae la sortija, que yo a Margatita embie, en cifra, y piedra conviene: Mis Enemigos son dos, Cielos Santos, mas por Dios, que quien esta prenda tiene, es más Enemigo mío. Tomad la espada. Ella es. Esta es vuestra, partid pues. Aguardad, porque mi brío (que estoy perdido confieso.) no se irá, hasta que me deis ese Anillo, que traéis. Ahora salimos con eso? Don Pedro, esa prenda mía he de cobrar, vive Dios. Mirad, que yo os llame a vos, y injusta cosa sería, dejar de cumplir primero esto a que estáis obligado. Bien decís, pero yo he hallado (solo de pensarlo muero) mayor causa a que acudir, que la que con vos traía; porque aquella prenda es mía, y nunca se ha de decir, que prenda, que a Dama di, en otro vi, y no cobre. Yo vuestra razón no sé, pues solo me toca a mí, que me deis satisfacción, ya que a eso en el Campo os veo, y faltarme a mí, no creo, que sea la mejor acción, pues nadie tanto ha ofendido, (do como el que ha desafiado. Bien decís, mas yo he encontra- cosa, que más me ha dolido, Importa el reñir los dos, quedar yo bien puesto aquí. Bien, y no es primero en mí, ponerme a mi bien, que a vos? A esto debéis acudir primero. Hablen los aceros. Caballeros, Caballeros, bueno está, ya de argüir, excusemos las cuestiones; porque es cosa muy cansada, que antes de medir la espada, tenga el lance conclusiones; y bien, que suspenso he estado, dudoso a elegir partido, lo que de todo he inferido, es solo, que me ha retado Don Diego, y acudir debo a cumplir mi obligación. No apruebo yo esa razón. No basta, que yo la apruebo? No basta, que vos debéis (sin pasar a otra cuestión) cumplir con la obligación, que ya con los dos tenéis, y os toca; si a eso venís, hacerme a mí el Campo bueno. Ni yo apruebo, ni condeno; Don Lope, lo que decís. Fuerza me hace esa razón, mas me hace fuerza también ser desafiado; y quien ignora la solución, el lidiar ha de elegir, pues es lo más peligroso, y en cualquier caso dudoso, menos se yerra en reñir. No haréis tal, que me ofendéis, pues que me faltáis a mí, y yo no respeto aquí a nadie; ya me entendéis, y tengo de dar la muerte, a quien me estorbe el lidiar. A quién piense embarazar, que yo vuelva de esta suerte por mi opinión, le dará mil muertes mi acero airado. Pues de ese modo, empeñado los dos nos habemos ya en lidiar, por decidir esta cuestión. Eso no, que he de embarazarlo yo. Eso es querer confundir el lance de todos modos; y ya es estilo importuno, que no ha de renir ninguno, cuando quieren reñir todos. Para que esa presunción (si lo es) quede disvadida, mejor sera, que yo impida (pues la moví) la cuestión. yo la originé, llevado de un repentino furor; y habiendo después mejor entre mi considerado, que quien un lance aceptó, otro no puede admitir, con Don Lope he de reñir, pues primero me llamó, que con Don Pedro, después seguiré el segundo empeño. Según eso, yo soy dueño de la acción. Nadie lo es, sino yo; disimulara Don Diego su pena fiera, pues ninguno la supiera, si prudente él la callara: mas ya, que una vez ha dicho, que conmigo ha de pelear, yo a ninguno he de esperar, vive Dios, que este es capricho, y me he de salir con él. De vos nos hemos valido uno, y otro, y no habrá sido proceder medido, y fiel, dejar a uno desairado, cuando a cuenta vuestra está de ambos la opinión; y ya que me habéis asegurado el Campo contra Don Diego, cómo no me le guardáis? En fe de que vos seáis (mal el enojo sosiego!) Juez del lance, le admití, sin segundo, ahora ved como ha de ser. Atended, Señor, a que estáis aquí por los dos, que han de decir, que lo venisteis a errar. Cómo yo acierte en lidiar, mas que yerre en discurrir; fuera muy bueno, por Dios, que se dijese, que a mí me han retado, y que escogí el ver reñir a los dos. Pues allí está mi Enemigo, yo con él he de chocar, y con quien embarazar quiera a mi enojo el castigo. Yo con el que me retó, y con vos, si me estorbais. Y yo con los dos, pues dais causa ambos, para que yo no pueda exceptuar a alguno, Tened, que si acaso es este lance entre los tres, reñir dos con cada uno, está visto, y no es del caso. Ello es forzoso reñir. Yo no he de ir, sin decidir el duelo. Si dais un paso, ninguno ha de quedar vivo. Mataré a quien me lo impida. Ansioso estoy de su vida. Roberto, ten ese estribo. Un hombre viene, bien haya quien te trae, pues entraremos iguales. Parad, veremos quién es. Que mi suerte vaya a más mal! ya solicita: otra pena el hado, pues el que llega Carlos es, hermano de Margarita. Carlos es este (ay de mí!) Si acaso vuestros azaros, generosos Caballeros: más traidor, tú estás aquí? muere a mis manos, aleve. Tened, Carlos, que conmigo riñe. Pues Don Diego, amigo, con vos Don Lope, qué os mueve? o no sea lo que imagino! Deteneos, porque empeñado me hallaréis siempre a su lado. Si quiso vuestro destino, Carlos, que os hiriese fiero, no fue aquel golpe inhumano por ventaja de la mano, si por dicha del Acero, mas pues reñir deseáis, los dos estamos parados. Mucho me alegro, que vos ese partido elijáis; porque sirva desde luego, a mi Cuñado a su lado. Don Diego es vuestro Cuñado? pues yo riño con Don Diego. No ha de ser, si no conmigo. Declaró su compentencia. Pendiente aquella pendencia nuestra, quedó; y así digo, que reñir debo con vos, en cualquier parte, que os vea. Yo con Diego. Pues sea así, riñamos los dos. Don Diego, yo estoy aquí, a quien habéis preferido. Tened, que ese estorbo infiero, que hemos de atajar, lidiando dos contra dos, y ayudando cada uno a su compañero. Bien decís. Yo soy contento. Falta, que ahora dejéis ese Anillo, que tenéis, en parte donde esté exento de vos, y a los dos igual, por premio de él que venciere, llevándole el que pudiere adquirirle. No haré tal. Cómo podéis vos faltar a esto, que siempre se uso? Pues por eso riño yo; porque no os le quiero dar. Vos le debéis exponer, donde os le pueda cobrar. Quién me mete a mí en ganar lo que está ya en mi poder? a ese estilo no me allano, si vos le habéis de cobrar, no tengo yo de empezar a perderle por mi mano; vengo por él a lidiar, y que le pierda queréis? cobradle vos, si podéis, que yo no le he de dejar. Tened, que habiéndole visto, cobrarle es más interés mío, el de mi hermanas es; sospechas, mal os resisto, y estoy también empeñado en cobrarle: hado cruel! Cielos, qué Anillo es aquel, que a los dos da tal cuidado! El tiempo más, no perdamos, que yo le vengo a guardar, y así no os le he de entregar. Pues riñamos. Pues riñamos. Llegad hacia allí. Ya, mal se han de emplear los aceros. Daos a prisión, Caballeros, al Preboste General: con toda mi Compañía, patrullaba diligente nuestra Vanguardía, y la Frente de nuestro Campo corría, castigando mis rigores los delincuentes Soldados, que dan en los desmandados, indicios de Desertores; cuando vimos a lo lejos, si bien, indistintamente, en rayos de luz ardiente, bebiendo al Sol los reflejos, centellear vuestras espadas; y pues sabéis cuan severa mi jurisdicción es, fuera de las Guardias abanzadas, conmigo habéis de venir; porque a la Guardía os entregue. Que a esto mi desdicha llegue. Qué haremos? El resistir no es fácil, ni fuera bien, que él cumple su obligación. Pues con una condición vuestros aceros se den, que aunque en vano a temer llego, que pena de muerte alcance, si Padrinos de este lance nos fingimos yo, y Don Diego; y que yo lo había ignorado, pues aunque mi Cabo fuera, Tom. Il. debí reñir con cualquiera, que el otro traiga a su lado. Presos es fuerza que estemos, pues nadie se ha de ajustar, no es mejor disimular, y fingir, que fenecemos aquí el lance, pues así no harán otra diligencia, y podrá esta dependencia después proseguirse? Sí. Bien decís. Los dos hagamos, que segundos hemos sido, que esto queda concluido, y que a los dos ajustamos, Bien está. Qué consultáis? Sola una pregunta hacía, que a nuestra paz convenía; porque ya que vos llegáis, y este es un lance ligero, de que yo segundo he sido, que aquí quede concluido todo nuestro duelo quiero, dando la mano de amigo, en nombre de mi ahijado. En extremo os he estimado, que ya que yo soy testigo entre Caballeros tales, no pase a más el rigor. Pues sabéis cuanto el honor a los hombres principales obliga, y que ya no intenta ser el lance más molesto, yo os he de deber, que de esto no deis en la Corte cuenta. Lo que me toca, es llevaros. al Campo, después allí si me pareciere a mí, que es preciso aseguraros mas en la Guardía os pondré: y si llego a asegurar, que nada ha de resultar, quizá disimularé: venid. Pues no hay resistencia, trayendo una Compañía; vamos. Celosa ansia mía, no cabes ya en la paciencia, que harás en el corazón! Beldad, mucho me has costado, y va haciendo mi cuidado tema, lo que fue pasión! Aún no acabo de llegar, cuando hallo cuestión tan fiera, y por mi hermana siquiera no he podido preguntar! Silencio, quedito, y en calmas amantes, ni rían las fuentes, ni arrul en los sauces. Porque no suspendan mis dulces compases, murmúreos de Fuentes, nicláusulas de Aves. La sonora melodía dulzura vertida al aire, en ese acento, que el eco suavísimamente atrae, bañado en vapor sin humo, de tanto aroma fragrante, suspende por el oído en la memoria los males: Y así, entre tanto que el Conde, a su amenidad no sale, pasaremos, Margatita, lo que resta de la tarde, en las Florestas de aquel Cenador; que a los raudales de aquella elevada Fuente, donde un Cupido de jaspe; armado esta vez de nieve, está flechando cristales, bóvedas tejió frondosas, de pabellones volantes. Yo iré luego; porque quiero ir gozando en estas calles, donde el ambiente de rosas, viste las olas, que bate esta variedad confusa; porque a los ojos traslade los verdores del jardín; en los bellos maridajes de jazmines Españoles, y Flamenzos tulipanes. Allí le duele. No quiero este gusto embarazarte: ay, Español, tus memorias me siguen en todas partes! hasta la Música es la que más pena me añade, cuando divertirme intenta; que en fin sus ecos suaves, cuanto el dolor suavizan; parece, que le persuaden. , . . Porque no suspendan mis dulces compases, murmúreos de fuentes, ni cláusulas suaves. Sola me han dejado; ahora que pueden solo escucharme aquellos silencios mudos, que gritan las soledades. Salga mi pea a los ojos, no solo vestida en mares; pero exhalada en suspiros, donde los vientos abrase. Ah, si conseguir pudiese, que ya que en llantos fatales el dolor no se me vierta, la vida se me derrame; porque en agua se resuelvan incendios de amor tan grandes. Ya supe, que era Don Diego el Dueño (penas, dejadme, que cada acento, la costa de muchos suspiros hace; y en solo respiraciones, todas las quejas se parten.) El Dueño de mi albedrío iba a decir; pero en balde quiero llamar albedrío a una obediencia cobarde, sin influjo, que la incline, con precepto, que la arrastre. Si él (según me dijo Inés) algo de Don Lope sabe, pues a un desmayo rendida, pudo en sus brazos hallarme, como puedo resolverme, a que un nudo nos enlace, y a vivir entre recelos, pendiente de su semblante, donde en colores le lea, cuanto en razones me calle. Amor: mas el Conde viene, a otra calle he de pasarme, dando la vuelta, porque a mis ansias no embarace; y pues sobra al sentimiento tiempo, a la queja no falte siquiera lugar. Señor, tanto de aquestos parajes creció el Motín, que ya llegan a contar los desleales, sobre ochocientos caballos, mas de cuatro mil Infantes en su Escuadrón, y ya han hecho un Electo, que los mande, que es el Capitán Papao, un Italiano arrogante, que tiene de las Naciones gran número de Oficiales. El Bando de Vuecelencia, tanto ha llegado a irritarles, viendo, que solemnemente, por Rebeldes los declare, en voz de público Edicto, y al son de bastardo parche, que intentan, después de aber quemado cuantos Villajes dieron a sus insolencias contribución, y hospedaje, tomar con algún ardid, cualquiera Plaza importante, y pasarse al Enemigo. Vuecelencia es bien que ataje con tiempo este inconveniente, a mi parecer tan grave: no leo más. Ay insolencia, que a tanto despecho pase! El Gobernador me dice de Levaina, las maldades, que en el Pais ejecutan: Vive Dios, que si me hallase con más poder, aunque fuesen mas los que se amorinasen, había de ser el acero, quien separase este cancer, haber si cortarse puede, ya que no puede curarse. Ah tumulto a lo qué obligas! ha necesidad infame, y más infame en la Guerra, donde el dinero es la sangre, que todo con ella vive, y todo sin ella yace, y a dondo en fuego, y en humo todo caudal se deshace, y en Pólvora los Tesoros se desconocen al aire! Qué bien dicen, qué bien dicen las májimas Militares, que es el Ejército un cuerpo, cuya siempre formidable contextura, por el vientre ha de empezar a formarse! Ya que el amor de Madama, por el Refrán de los Canes, y los Beltranes, a quien trae juntos el consonante, la entrada aquí me permite, este papel he de darle al Conde: veamos si el ser entremetido me vale, como vale a todo el Mundo, que más se logra en andarse, que cerca del Eenemigo, cerca de los Generales. Qué queréis aquí? Señor, entre tantos Memoriales, como os dan, vaya este, que es de mi caletre, un Romance, sobre el suceso de ayer, y contiene alguna parte de vuestros altos elogíos; y así es bien que le consangre a vuestros pies. Sois Poeta? Ay, Señor, no queráis darme tal título, aunque soy pobre. Pues quién, sin serlo, hay que trate de hacer Versos? Todo el Mundo: ahora Vuexcelencia sabe, que es esta la habilidad más odiosa, y más amable, y en quien la humana flaqueza del amor propio, a mostrarse llega con más eminencia? Cómo? Ay, Señor, como nadie ay, que en otro no los culpe, y no piense que él los hace: y para su gasto, al menos, sabe escribir lo bastante. No es bueno, que sin leerlos conocí, Roque, al instante, que cuando Versos hicieses, habían de ser mordaces? Pues en qué? En un rasgo de ellos, que sobre la frente traes; porque es lo mordaz un genio, que siempre a la cara sale. Dejemos, Señor, mi herida, que no me la premiéis baste, sin que la satiricéis; pues gracias a Dios se sabe mi punto. Y aún vuestros puntos no pueden, Roque, dudarse. otra pedradita deje Vuecelencia el motejarme, que yo a Enemigos ofendo no más, y nadie quejarse puede en palabras, ni en obras de mí; y dicen mis Parciales, (des, que soy una Dama. Pues si hemos de hablar ver muy fácil Dama seréis. En qué se me ve lo fácil? En que vos, según parece, no guardáis la cara a nadie. Ya que no premiáis la herida del Romance, es bien que aguarde el premio. Yo mandaré, que te den luego al instante: Qué, Señor? otro Soneto. en que tus prendas alaben, aún más que tú aquí las mías: Versos con Versos se paguen. Los Príncipes, con Cadenas, con Sortijas, con Diamantes, con Doblones, pagan Versos. Quita, loco, y no me hables mas en esto: los que son Príncipes Particulares, con cualquier sujeto tienen siempre airoso lo galante; pero los que ejercen puestos, donde manejan Reales intereses, han de ver más bien a quien los reparten, aunque sea caudal suyo; pues cuanto dan tiene parte de premio, y este ha de ser del mérito inseparable. Como de Higueras silvestres, que sobre las rocas nacen, solamente el fruto gozan los Cuerbos, y Gavilanes: Así de los más copiosos. Tesoros de los Magnates, gozan solamente el fruto Lisonjeros, y Truhanes: Yo no premio las lisonjas, ni conmigo, Roque, valen los que más me hablan, sino los que más ejecutaren. Sí, más sepa Vuecelencia de camino, que los Grandes, cuando no son de provecho, a todos hacen iguales: bravas maulas tiene el Viejo. Ite Pues pude, Roque, encontrara aquí, y ya la negra noche, las funestas alas bate, cuando apagando las luces, va encendiendo oscuridades; dime, has visto a Margarita pisar el florido margen de estos cuadros, que a jazurlines sus breves huellas trasladen? que me importa mucho hablarla, Aquí la he visto pasearse; mas siento, señor Don Lope, que a mí me quitáis mis gajes. Qué gajes? Los de ser yo el único Sobrestante de los cuidados del Duque. Deja ahora las necedades, que me importa honor, y vida hablarla; y que tu repares, si viene quien nos estorbe. Bueno es querer encajarme, (no conociéndola vos) que venís de vuestra parte, y no de mi Amo, que es quien en sus incendios arde, desde el suceso de Tongre. No merecen mis lealtades, que a un hombre como yo, el Duque, sin haber causa bastante, quite el honor de Alcahuete, con que hasta aquí supo honrarme, y he de ponerlo en justicia. A espacio, a espacio, pesares; que en las voces de este loco me han atosigado el aire, y he de beber en alientos mi muerte, si respirare: hombre, qué dices? Qué digo? la verdad. Penas, matadme, que la paciencia en los celos es un valor muy infame: ahora entiendo aquel empeño del anillo, cuando enlace este caso, y el que el Duque me contó de Tongre: males donde vais; si ya mis penas, aún en mi dolor no caben: mas no perdamos por esto tiempo en lo más importante. Roque, pues lo sabes todo (su confianza le engañe) en cuanto la hablare, mira que del jardín no te apartes, que he de llevarla conmigo; y a una puerta de este Parque está un Soldado con dos Caballos, para escaparme, en quien las tostadas pieles disfrazan dos bracanes. Aunque quejoso, yo haré como quien soy: bravo lance logra el Duque, si Don Lope a Margarita le trae; mas yo voy hecho un veneno: ha fortunilla inconstante, así en hombres como yo juegas con las diguidades? Ya que el Prevoste, creyendo por verdaderas las Paces, no quiso dar cuenta al Conde, en fe de ser el debate por causa ligera; y ya que es forzoso sustentarles otra vez el mismo duelo, donde de nuevo aplazaren: veamos, si hay en Margarita de aquel incendio señales; y lo primero salvemos su vida; pues es constante, que siendo Don Diego el Nobio, fuera tibieza cobarde, que a peligro de su vida en su poder la dejase, habiéndola él en mis brazos visto viviente cadáver, por hallarme entonces yo, no solamente ignorante de con quien casase; pero también de que él se casase: Oh cuantos errores, Cielos, de leve ignorancia nacen! a esto se añade el estar su hermano aquí, que es más grave peligro; porque él no ignora, que soy de su hermana Amante: habiendo sido sobre eso (por no sé qué necedades. que habló) la pasada herida, y la prisa de ajustarse con Don Diego, siendo el medio lo grueso de sus caudales; quizá fue también, que quiso, esa esperanza quitarme. Mis acentos dulces, en quejas suaves, el dolor esfuercen, mas que le acompañen. otra vez, Madama (ay triste!) hizo, que la letra canten, y otra vez a buscar vuelvo mi soledad a esta parte, si aquí. Margárita es esta, según deja divisarse a la aún mal cerrada noche; a cuyos densos Celajes. saben duplicar las sombras estas Murtas, y Arrayanes: es Margarita? Don Lope, que haces aquí? No me gastes el tiempo, desentendida, preguntando ociosidades, que donde estuvieres tú, no haré, si no es adorarte; ay Dios! que lo que del Duque, Roque acabó de informarme, aún no me deja sosiego para decirla mis males: más pedir celos de dos a mujer noble, no es dable, que de dos es vil concepto, si de uno es temor amante. Silencio, pásito, y en calmas, Tu hermano, tirana hermosa, ha llegado aquí esta tarde, bien sabes, que con Don Diego tiene intención de casarte; antes de saber, que él era Dueño de esperanzas tales, como amigo, en tus amores llegue con él a expliearme; después con un accidente pudo en mis brazos hallarte, no creo, que él se resuelva con evidencias tan grandes a ser tu Esposo: con que quedas expuesta al coraje de tu hermano; y si Don Diego vence estas dificultades (que no cabe en su honor) quedas expuesta a mayores trances; y puesto, que en dos peligros no puede mi amor dejarte, ni tú, mi bien, faltar debes a la fe, que me juraste, cuando era yo más dichoso, y eras tu menos mudable; a ponerte en salvo vengo, si de Madama te vales, por esta puerta que oculta, del Castillo a espaldas cae, saldremos, donde segura estarás allí. No pases de aí, que entre dos peligros, que me amenazan fatales, resoluciones como estas, aún tienen riesgo en pensarse. Solamelite una vez aman las Mujerés principales; y una vez hecho el empeño, se ha de llevar adelante; que menos inconveniente tiene al honor el errarse la elección con uno solo, que no que con dos se ensaye; y haya quien de mis favores, cuando en otro poder me halle, desvanecido se acuerde, aunque noble no se alabe. Yo me hallo en esos dos riesgos, y hallo también, que agradable admirí tu fe rendida; pues no será error; que aguarde, si no puedo amar a otro, a que con otro me casen? De esa oculta antigua puerta, sé yo donde está la llave; y así, de Madama ahora no detérmino fiarme para el caso; aquí una Gruta ay, cuyo esconce se abre solo a burlas de agua, en ella podrás mejor ocultarte, pues casi cerrada está su boca, con el boscaje de las parras, que la enredan; dentro puedes esperarme, para que yo no ande luego en el jardín a buscarte, pues nadie por aquí viene. Si eso hubieras hecho antes, más dichoso fuera yo; mas ay de mí! que inconstante de aquel Ídolo, a quien ciega, le diste en el Alma Altares, sin que el Templo se desplome, supiste arruinar la Imagen. Porque aún no suspendan mis dulces compases, Hasta que en el sitio os deje, por Dios, que piseis quedito, No temas. No he de temer, si mi Ama es un Basilisco? Amor, y dineros juntos, qué cosas no habréis podido con Criadas? quién con vos viene? Es un Amigo mío, No os declaréis. Ya os entiendo. Si yo he tomado un bolsillo, si he agradado al Amo nuevo, que en fin ha de ser marido; y el mandón de casa; y sí su Criado me ha pedido que abriese, y es ya también el cuyo de mi albedrío, por tener dentro de casa mas a mano los cariños, en abrirles esta puerta, que se puede haber perdido? Yo voy a poner la llave donde estaba; pues ya han visto, que dejo en falso la puerta. Señor, no digáis, por Cristo, que yo os abrí en ningún tiempo, Mi Ama ha bajado a este sirio, todas estas noches sola; porque Madama ha tenido ocupaciones, y es ella muy amante del retiro, lo mismo será esta noche; y así, si estáis advertido, no hay con quien equivocarla. . Id con Dios, que yo os lo estimo. Como os iba, en fin, diciendo, al Arma a este tiempo vino, habiendo visto de lejos todo el Casal encendido, una Escolta, que de Mons pasaba por el Camino; con que la Partida entonces, (por más, que preso, y herido me llevaban) aguardando algún rescate excesivo por mi parte, puesta en fuga, me dejo a breve distrito de Mons, donde entré a curarme; y aunque en el instante mismo, que llegué, despache a Tongre a Margarita el aviso, solo la noticia hallaron, de que de allí había partido. Mal convalecido en fin, y aún enfermo, determino buscaros; creyendo, que vuestro amparo haya elegido, y llegue al tiempo, que visteis; y supuesto, que es preciso, que otra vez, cuando amanezca, volvamos al desafío, bueno es, por lo que suceda, (pues quedamos indecisos, en lance, en que es menester pasarse a extraños Dominios) asegurar a mi hermana; pues una vez sucedido, no podrá, ni en mí, ni en vos hallar su fortuna abrigo. Y aunque no la haya avisado mi venida, habiendo dicho vos, que aquel Criado vuestro, con Inés introducido, supo todos los sucesos de mi prisión, y tu arribo, y que ella nos abriria por este oculto postigo; quise yo venir (oh aleve!) pues de su obediencia fío, que a replicar no se atreva, al verme a mi enfurecido, y resuelto, a que callando, se salga de aquí conmigo. A Nivela de las Damas, remitirla solicito, con una Prima, que tiene Canonesa; en cuyo asilo esté, a lo que sucediere, su decoro defendido. Ved si puede ser, Don Diego, más tirano mi destino, supuesto, que a ajena casa vengo a hurtar yo lo que es mío. En cuanto a salvarla, vengo; porque ella es Dama, y Amigo él; y porque si se sabe algún tiempo, que reñimos por ella, no con la prenda se queden los Enemigos: En cuanto a casarme, no; y pues para este designio, no tengo yo de dar causa, que en su decoro haya sido, que deslucir a una Dama, es de un Caballero, indigno. En la dilación harán, fortuna, y tiempo su oficio, que es ir sacando a la Plaza los secretos escondidos, que vamos sabiendo, a costa de lo mismo, que vivimos, Qué decís? Que pues no hay otra, como a Inés habéis oído, con quien errarlo podamos, será mejor dividirnos; y el que primero la hallase, avise. Mil desvaríos te estoy oyendo. Señor, digo, que lo dicho dicho; Don Lope quiere robarla, solo por haber sabido tu gusto; y para ello tiene dos caballos prevenidos; y a eso está aquí. Bien dices, Pues por aquí me desvío Yo por aquí. Aunque a Don Lope el suceso peregrino de Tongre conte, y aunque dije, que en este Castillo la Dama estaba, y no habiendo forastera en su recinto, sino es Margárita, es fuerza, que quien es haya entendido, no hemos hablado después en ello, ni yo adivino, como no habiendo explicado a esta Dama mi martirio, mi ansia, y mi pena, si no con un mirar expresivo; y gritos de ojos no hablan, sino con quien quiere oírlos, ella por mí se resuelva a este escándalo, ni fino él por mí tampoco haya esta facción emprendido, sin avisarme; y demás de eso, como se ha valido ella de él para este efecto? Yo tan delgado no hilo, ni por hebras de discursos me ando a debanar ovillos; lo que sé es, que él está dentro, que llevarla es su capricho, que sabe tu amor, y que a esto de tu parte vino, y que tu conmigo andas haciendo disimulitos, porque no me queje. Loco, intentas quitarme el juicio? Aguarda, que allí una Dama viene, y salir solicito de dudas. Don Lope es, pues junto a la Gruta le miro, que aún no se ha escondido en ella: de paso vengo a deciros, que para la fuga nuestra estéis, Señor, prevenido; pero no puedo tan presto bajar, porque hoy al florido sitio ha de venir Madama; mas cuando estén recogidos vendré a que me llevéis, donde no tenga más albedrío, que vuestro precepto. . Aguarda, Quién es? Ella era, y me dijo a mí, que para llevarla estuviese prevenido. Tú eres dichoso en mujeres; solo con haberla visto la rendiste? Imaginas, que yo a eso me he persuadido? mas puesto que de Madama aquí llamado he venido, y aquí he de esperarla, yo saldré de este laberinto. Pues esperando Don Pedro en este espacio florido ha de estar, en tanto que le hablo en los intentos míos, mandé, que cantasen lejos, por disnadir lor indicios, de que estoy aquí a otro intento, que a gozar de su retiro: este es sin duda. Ella es, vente tirana, conmigo, que solo a llevarte vengo, donde queden disuadidos mis temores. Hombre, quien eres, y como atrevido estás aquí? Vive Dios, que habemos errado el tiro, que no es ella, yo me oculto. En qué confusión me miro? si aquí doy voces, la Guardía toda ha de acudir al ruido, y ha de dar arma en la Corte, si escuchan el menor grito: si encuentran aquí a Don Pedro en mi jardín escondido, corre riesgo mi decoro; y si callo, no averiguo quién es este hombre, y a quien busca tan enfurecido: qué haré? Ella es venid, Señora. donde podamos serviros, que a llevaros vengo, donde: otro susto, hados impíos! quién sois? Cielos, esta es Madama, yo soy perdido: huyendo iré de ella. Cielos, yo doy de uno en otro abismo, sin saber qué hacer. Señor, hacia aquí un bulto distingo de Dama. Sal al encuentro, y reconoce advertido quién es, que si no es alguna de las dos, mejor arbitrio es, que aquí no me conozcan. Pues no puede el Duque oirlo, por Dios, que me he de hacer gente; era hora, dueño esquivo: Cielos, otro? qué es aquesto? De venir, donde rendido no más de para robaros, aunque me den un codillo, he entrado, por hacerme hombre. Cuantos son los que han venido, sin saberlo yo, a robarme? quien, Cielos, dará motivo al error de estos? mejor es, hasta que se hayan ido, sean quien fueren, retirarme en aquel oculto asilo de la Gruta. Quién es? Una mujer, que habiéndome oído, de mí se fue huyendo: el Diablo, que le dijera el estilo con que yo la hablé. Aquí oculta esperaré; qué indeciso está el valor, sin saber, si vengarlo, o si sufrirlo! por no alborotar. Hermoso. influjo de mi albedrío. otro? En el tiempo que espero, estoy mal con el que vivo; y así, ven conmigo, donde huyamos de este conflicto. Quién, Cielos, se ha visto en tanta confusión: hombre atrevido, que profanas a este centro el verde frondoso archivo de las sombras, di quien eres, que ya de tantos me irrito, cómo apuráis mi paciencia? Cielos, o estoy sordo, o miro en las voces a Madama al semblante del sonido. sin duda supo, que aquí estaba oculto, pues vino a sitio tan retirado. No respondes? Allí hay ruido, lleguemos. Absorto estoy. Diga quién es? Ya alza el grito. Madama es, Señora, pues qué tenéis? Nada; ya ha sido otro el lance, que a Don Pedro, con disimular evito un empeño, iba a buscaros, y la sombra me ha fingido bultos los troncos: aquí esperad, cuanto registro si está seguro el jardín: yo intento enviarle el aviso, de que entre a ese cuarto bajo, por quitarle del peligro de estos hombres, sean quien fueren, que menos habrá perdido en no averiguarlo, que exponerle a un precipicio. Ella con alguno hablaba. Señor? Quién? Don Lope, Amigo, qué hacéis aquí? Ya, de Roque, habréis, sin duda, sabido mi intento. Mira si yo te lo dije harto de vino. Ya lo he sabido, y dudado. Habiéndome sucedido a mí, lo dudo también, que ese es efecto preciso de las dichas. Cómo a mí de esto no me había dicho nada Margarita? Celos, ya vais descubriendo indicios; pues cuando con vos ha hablado? Nunca, pues por eso mismo lo extraño. Yo no os entiendo. Tampoco yo lo he entendido? pero oíd, qué es esto? Quién eres hombre? Quién, consigo, viene, tirana, a llevarte. Carlos? Sí. Yelos respiro. Ven conmigo, y no repliques, Cómo no? de este distrito no he de salir, si no muerta: socorro, Cielos Divinos. Vive Dios, que es ella. Ved, que es aquello, Dueño mío, en tu amparo estoy: Señor, ved, que de vos me he valido, no me sigan. Quién va? Lope, hluyendo el cruel castigo de mi hermano, hace mi suerte de tu voluntad destino: deteneos. Perdonad, que no me quedo a asistiros, pues primero es esta Dama. Oye usted, trueco partido, yo escaparé con la Dama, y quede usted a resistirlo. A mi hermana lleva un hombre, a qué aguarda este bruñido acero? No le saquéis, porque siendo este Castillo la Tienda del General, será capital delito. Aunque muera he de estorbarlo. Pues yo sabré así impedirlo. Traidor, los brazos me agarras? Don Diego, Don Diego Amigo. 1. Hacia allí suenan. Qué es esto? Teneos a la Guardía, digo, qué ruido es este? Un aleve, por esta puerta ha salido, con una Dama robada, y la vida en impedirlo me va. Por aquí, no hay paso. Cerrado está este postigo. Tom. 1l. Yo le a yo Y Teneos. Así sabré yo impedirlo ed, Armas en la Guardía? prendedle. Solo a vos rindo mi Espada. De Mármol soy! No pierda tiempo en seguirlo. . Sabre volar en su alcance. . Vayan tras los fugitivos, y prended también a esotro. Bueno es: qué yo no haya sido el que quita las Esposas, y me echéis a mí los grillos? Señor, yo estaba borracho, fuera de seso, y de tino, y hecho una uba. Mañana, estaréis hecho un racimo, por vida del Rey. Ya es esto inflamación del gallillo. Hacedles, que se confiesen al punto. Señor, por Cristo, mirad, que he servido. Ya sé de lo que habéis servido. Señor: Nada me digáis; pues aunque fuera mi hijo, le quitara la cabeza, que son, Señora, infinitos los delitos que ocasiono en perdonar un delito. Falte vida para verlo, a quien no puede impedirlo. . Bien ahorcado estaré, porque yo me haya metido, porque otro se huelgue, en esto. Ah necedad de este siglo. Venid, donde el Conde manda. Ea pensamien to mío, sepúltese en el silencio, pues no puede en el olvido este ardor este volcán, este incendio, este delirio, de quien fue el primero aliento el último parasismo. JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA

1. Prisionero vive Guido, Duque de Borgoña heroico, al ambiente que respira el horror de un calabozo. 4. Y en blandas cadencias de dulces ahogos, todas las cláusulas rompe en sollozos. Señor, qué es esto, que escucho? vaya el Credo con nosotros, que es rempujón de ahorcados; y yo estoy ya, por ser bobo, en infusión de racimo, donde no habrá poco mosto. Dos encontrados acentos, en distantes ecos oigo, en entrambas partes dulces, y en cualquiera pavorosos: allí, lejana armonía se escucha, de cuyo tono, cláusulas son los suspiros funestamente sonoros, y a quí en funebre aparato casi del viento medroso, el eco en tantas Sordinas sueña bajo, y gime ronco. Ay, Señor, que a la otra vida me va a mi sonando todo, y en sus voces mis oídos están soñando responsos. La bellísima Floripes, milagro de amor hermoso, con dulce naufragio auega su corazón en sus ojos. 4. Y en blandas cadencias, De Madama es la armonía, y a su acento reconozco, que unas rejas, cuyos hierros son a nuestra fuga estorbo, caen al jardín, desde donde viene el eco presuroso en las olorosas alas, que bate manso el Fabonio. Valga el Diablo la borracha: mucho te quiero, y adoro, y cuando para la muerte vamos los dos de retorno, ella se pone a cantar gorjeos, y requilorios: lleve el Diablo quien las cree, que en sin la de mejor modo al enamorarse de uno, empieza a pensar en otro. Dispuesta a librar su Amante en el silencio horroroso, a la Torre se avecina, pisando sombras, y abrojos; 4. Y en blandas cadencias, Lo que más estoy sintiendo, es no volar presuroso en las alas del deseo, surcando el diáfano golfo, a buscar a Margarita: hay adorado, hay hermoso tirano imposible mío, quien dijera, que piadosos me mirasen tus dos soles, de cuyos ardores copio mis llamas, y en cuanto fino a tus plantas no me postro! mal hallado en mí, yo mismo en estas ansias reboso, por salir de mí a buscarte, pues solo sin mí te logro. Cuerpo de Cristo, conmigo, ahora estás en soliloquios de amor, cuando a morir vamos? Mira, Señor, lo que somos, que eres Cristiano, aunque Duque, el amor tiene su coto, y no hay burlas con la muerte, cuyo semblante furioso (dándole a la sombra bulto) dentro de mi miedo, forbo, y en tufos de Niries huelo a Ánima del Purgarcrio. Di quien eres, no muramos así, por capricho loco, que hace cuerdos, aunque tarde, a muchos la muerte al ojo. Duélete, Señor, de mí, que sin ser niño, ni solo, nunca en tal me vi, y no tengo otro pescuezo en mis hombros, y le quiero como ajeno, gozándole, como propio. Mira estas lágrimas tiernas, que a cántaros te las lloro, y aunque estoy mal con el agua me estoy bebiendo sus chorros; y en las barbas hilo a hilo voy ensartando abalorios, que dejaron de ser perlas, por llorarlas yo sin moños. Loco, aparta, mi valor no ha de darse (hecho el arrojo) y a partido aún a la muerte; y dime, aunque haga notorio quien soy, si siendo Soldado el delito no minoro, por ser Duque, de qué sirve publicarlo. Eso no apoyo, que delitos de lo grande con la justicia van horros; pues la altura a nuestra vista nos lo disminuye todo, y aún ellos se desvanecen colocados en el Solio. Prevente para morir, porque yo callar propongo quien soy. Yo lo diré. Y yo, si eso hicieras, en mi oprobio, te sabré sacar la lengua. El Verdugo hará lo propio, si aunque el piélago es estrecho en sus calzones me ahogo: un Acto de Contrición quiero hacer, si eso es forzoso; Señor mío (Voto a Cristo, que me muera yo de tonto) salvadme a mí, y a mi Amo mas que le lleve el Demonio, pues él lo quiere. otra vez sueña el acento ruidoso. De su blanca mano al tacto, u del pecho al fuego ansioso se rompen, o se enternecen los candados y cerrojos. 4. Y en blandas candencias, Señor Don Pedro? Quién llama? Cielos, la pared se ha roto, sin ruina, y nos ha escupido una Madama en aborto; ya es ver cosas de otro siglo esto, o yo he bebido un poco, o me he muerto ya del susto. Ese Aposento remoto a este Cubo del Castillo, donde del Conde el enojo os prendió, tiene una puerta, que el recato artificioso de sobrepuesta muralla cubrió con engaño docto, por si a invasiones de Guerra, acaso fuese forzoso encubrir en este centro del menaje, y el adorno del Castillo, y del Palacio, lo más manual, y precioso: por ella he venido a veros. A veros ha dicho solo, a mi Contrición me vuelvo, pues no nos entró socorro. Señora; pero esta puerta, al son de este acento bronco, han abierto, retiraos. Hasta ver quién es, me escondo en el esconce otra vez. Ay Bendito San Antonio, a quien de casas perdidas ofrecen todos los Votos: yo lo estoy, que entra el Preboste, cuyo edicto riguroso gradua de Calaveras, y arracimando los troncos de hombres, hace él solo hacer más gestos, que pintó el bosco. Señor Capitán Don Pedro Tellez, el hado horroroso de la muerte, anda buscando siempre a los pechos heroicos: para tan larga jornada el plazo tenéis tan corto, como una hora escasa; pues ya el Alba en celajes rojos, tiñendo va las tinieblas, y apagándole los ojos a la noche, cuya rueda de cárbunclos luminosos vistió la pompa Celeste. de ese transparente Globo. Al rayar el Sol, la Armada. (porque el Conde valeroso hoy intenta acuartelarse de Godoña en los contornos) ha de decampar de aquí, dejando en fatal destrozo, a vista de todos, hecha la justicia de vosotros. En la Plaza del Castillo, ya en Batallones copiosos formado está vuestro Tercio a los tristes ecos sordos de destemplados Timbales, y de los Clarines roncos, para asistir a este acto: sabe Dios cuan doloroso para mí; pero que mucho si también lo es para todos, aún a pesar de la envidia, ardiente escamado Monstruo, que solo en los cuerpos vivos sabe cebar lo rabioso; sin que de la muerte pase el veneno de su enojo. Dígalo el ver, que con vos el justo duelo depongo, de haberme engañado siendo el ajuste cauteloso de aquel lance, por volver a noche a aquel alboroto; ya veis, que el Conde inflejible es, y así el acero corbo en vuestra sangre teñido, y en vuestra garganta boto quedará: yos Roque haced elección a vuestro antojo de los que queréis que os tiren, pues estáis del mismo modo sentenciado a arcabucear, que al funeral ostentoso, que os está va prevenido, también asistir propongó, sin que hasta el sepulcro os dejé, sirviendo el marcial adorno, sino de triunfo a la vida, a la muerte de decoro. . Por cierto, que el agasajo es tal, que me es más gustoso hacerle, que recibirle: mire usted, que alivio topo después de dos mosquetazos, en que él vaya al mortuorio? yo elegir a quien me mate, con ninguno me acomodo a morir, denme de tiempo para escogerlo entre todos, siquiera trecientos años. Tom. I. Viendo yo, Español brioso, vuestra vida amenazada, hoy vengo a ponerla en cobro, como esa letra os avisa, hablando con vos, en otro. Esta ignorada rotura cae a este jardín vistoso, y no hay Centinela en ella; porque yo sola conozco el secreto, de que el Muro sobrepuestamente roto, respira aquí de este Cubo el profundo calabozo. Los que a esta otra puerta están de Guardía, ya en el soborno, para no entrar casualmente, dormirán al son del oro. Con una Guía, en la oculta puerta del jardín, dispongo, que os esperen dos Caballos, soberbios hijos del Noto, En Lieja podéis poneros, acordándoos, que piadoso mi afecto os paga una vida, que debe a vuestro socorro. No solamente nos sacas del Cubo, sino del Pozo, Madama, cuya blancura, nevando la vista a copos, oscuros deja tus rizos encanecidos de polvos. Plegué a Dios, que te dé un Ang las llaves del Purgatorio; y plegue a Dios, que tan presto, te saque a ti un Matrimonio del mal estado en que estás, en cuanto esperas Esposo. Señora, tan obligado dejáis mi afecto amoroso, que parece, que en rendirme, háis poco a vuestros ojos, pues queréis, que haga la deuda, lo que el influjo imperioso: a tanta fineza, Cielos, qué ribiamente respondo! que mucho, si en Margarita, de mí mismo estoy remoto, y se halla el Alma extranjera, sin ella, y conmigo propio! Vámonos, Señor, por Cristo, que vendrán a hacernos trozos. Qué haré, Señora, en que os pague tantor Callad, que me corro, de que eso digáis, el Cielo os haga allá tan dichoso, como a mi infeliz sin vos; id con Dios, que ya en asomos de púrpura mi recato, empieza a bañar el rostro, por no poder celar estas centellas de agua, que broto. Solo, Señor, os suplico, que de mis ansias, y ahogos, cuando no de enamorado, tengáis memoria de ocioso, que para hacer la deshecha, de que a divertirme corro al Alba, el jardín, al aire dirá el eco armonioso: Y en blandas cadencias, &. . Vamos de aquí, que me llama, Roque, el imán poderoso del alma, en quien lo atractivo, aún no es lo más de lo hermoso. A mí me llama mi miedo, pues el Alba de medio ojo, asomada en el Oriente, nos está ya haciendo cocos; y no quiero, si nos pescan, que por Criado, y por Tonto me entren en los dos oídos dos gusanillos de plomo, pues ya el rumor de sus truenos dentro de mi aprensión oigo. Hasta saber donde para, distinguir no puedo el gozo de mi libertad, supuesto, que en tantas ansias zozobro, sin hallar de mi deseo en el siempre inquieto golfo, más abrigo, que las sirtes, más puerto, que los escollos. Notable desdicha ha sido, reventar de fatigados esos dos brutos alados, que dos Notos han vestido de erradas pieles. Perdido aliento traigo, y color, que de mi hermano el rigor, recelando desde aquí, por más que el peligro huí, no me alejé del temor: mas qué mucho, si atrevidos, huyendo vamos restados, de sus voces alcanzados, de sus Caballos seguidos, cuando los nuestros heridos de nuestro batir violento, en el verde monumento de este denso Bosque están, donde viento a viento dan el alma, que les dio el viento? El yerro estuvo en pararnos a mudar este vestido, que trajiste prevenido; porque pudiendo alejarnos, mas a pique de alcanzarnos nos siguieron sus artojos, y el temor de sus enojos tanto a sentir me convida ser de sus balas seguida, que alcanzada de sus ojos. Cómo era posible, di, que estando aquí acuarteladas, por medio de dos Armadas, pasasemos si no así? Ese traje te vestí, por ser más acomodado a la fuga, que he pensado; y quien previviera, en fin, de que tu hermano al jardín hubiese entonces entrado: lo que me da algún consuelo es, que aunque nos han seguido, de mi vista se han perdido, aunque no de mi recelo; pero ay, a qué alivio apelo, viéndote, mi bien, rendida, a pie, y por mi perseguida, para ver esto mi amor, o al mal le falta el dolor, o a mí me sobra la vida! Llévame, ya que te sigo, a la mansión más sombría, porque qué más compañía, que vivir siempre contigo? si a sentimiento te obligo, por faltarnos lo que fuere preciso, mi bien infiere, que nada habré menester; pues nadie llega a tener (sino yo en ti) cuanto quiere. Como yo contigo viva, no hay desdicha, que me espante; pues mirada en tu semblante, se templa mi suerte esquiva. Si a dueño tirano iba, y ya me logra tu amor, que infortunio, qué rigor puede darme el hado fiero? Él de morir a mi acero. Y a mis manos un traidor. Ay infelice de mí! El resto ha echado la suerte. Tirana, a darte la muerte, desde a noche te seguí; y habiéndote visto aquí, de los brutos desmontados, hemos venido emboscados a mataros. Falso Amigo, en ti dejará un castigo los dos delitos vengados. Arrogancia presumida es intentarla ofender, que pienso que os ha de hacer no poco estorbo mi vida, a su amparo prevenida. Y yo una vez declarada, emplear sabré esta espada a su lado osada, y fiel, porque ya, si no es a él, no tengo que perder nada. Traidora, vil, a mi mano moriras. Hay más que hacer en eso. Qué puede haber, sino darte a ti, tiranó, la muerte? Teneos; En vano templar me queréis así, puesto, que yo la seguí; y en esta campal contienda, mataré a quien la defienda. Pues Carlos matadme a mí. Cómo contra mí pasáis? Como no andáis Caballero, puesto, que el bruñido acero en una Dama empleáis; y aunque mi Amigo seáis, confentirlo yo, no apruebo; y así a impedirlo me atrevo, que a mi sangre satisfago, y solo con esto pago los desdenes, que la debo. Cómo puedo yo cumplir, sin matarla, pues la veo? Y como un caso tan feo, tengo yo de consentir? No me venís a asistir? Contra Don Lope venía. Esta ofensa, esta osadía, que es vuestra también arguyo. No, Carlos, el gusto suyo, no le hagáis ofensa mía; de Don Lope la traición, si me toca castigar, a ella no debo culpar su destino, o su elección, antes tengo obligación de defenderla advertido, obligado, y no ofendido, que el delito equivocado, si ella me ha desengañado, Don Lope se me ha atrevido. En vos, buena compañía traje, para mi venganza, pues me la estorbáis. No alcanza a una Dama la ira mía. Pues dejad, que mi osadía a un Traidor mate, que así la trae, pues venís aquí a castigarle cruel. No, porque el matarle a él, me toca, Carlos, a mí. Yo, con ventaja, o sin ella, injuriese, o no, el valor, le he de matar, pues mi honor bárbaramente atropella. Hado injusto! Dura Estrella! Tampoco eso mi furor confieme, ni mi valor a esas ventajas ajusto, que a mí me ofendió en el gusto, no, Carlos, en el honor. No os pido, que me ayudéis, mas dejádmele matar. Qué quede yo sin vengar, si vos le matáis queréis? ya de aquel Duelo sabéis, en que él me ha desafiado, y veis, que no está acabado; pues como he de consentir, ver yo con otro reñir a aquel, que a mí me ha aplazado? hasta que riña conmigo, de otro le he de defender. Eso, Don Diego, ya es ser conmigo traidor Amigo, pues me estorbáis su castigo; y así me toca por Dios, ya que aquí me faltáis vos, y aún me intentáis resistir, matar a tres, o morir a las manos de los dos: con todos he de reñir, Don Diego tened, que yo, al lado de Carlos, no me atrevo por Dios a ir, más tengo de resistir, que vos le ofendáis airado. En vano lo habéis pensado, que antes impedir por Dios, quiero el lance de los dos; teneos, Carlos, porque aquí me toca el matarle a mí. A mí, a ella, a él, y a vos, Teneos. En cuanto ajustáis, cual me ha de matar primero, en salvo esta Dama quiero poner. Eso no, no os vais, que mi valor injuriáis, si sin vengarme, ir os dejo, pues si os ausentáis, me alejo de donde mi duelo está. Mirad, Don Diego, que ya vais contra el primer consejo; pues como a esta Dama bella hemos de guardar así? Traidor, matándote a ti, y amparando luego a ella. Todo el valor lo atropella. Muera. Dejadme, por Dios, Carlos. Don Diego ved vos, que así se puede escapar, y bien pueden dos matar a uno, que se atreve ha dos. Uno por otro queréis, que volvamos desairados en duelos embarazados: que vive, a entrambos no veis? Bien decís, muera. No deis paso en su ofensa, pues hoy de su pecho escudo soy. Pues ya no os puedo asistir, que de mí no han de decir, que contra una Dama voy. Vos venís a desairar mi valor en sus traiciones. En tantas contradicciones, no puedo, si no mediar. O morir tengo o matar. Razón es, que yo os lo impida, De todos seré homicida, o moriré con razón, pues de perdida opinión, es mal testigo la vida. Tente, Carlos, Lope, tente, Teneos todos. Pues os veo, y os trajo quizá el deseo, donde aquel lance pendiente prosigamos, hoy intente cobrar la cólera mía aquella prenda. Osadía es proponerlo. Señor, al oído el Confesor me susurra todabía, mira, que hoy nos sentenciaron. La defensa de esta Dama me importa honor, vida, y fama. En este Bosque se entraron, seguidlos. Allí asomaron, Caballos, mirad quien son. A volverme a la prisión, el Prevoste me ha seguido. Y del Bosque le han salido Tropas a la oposición, qué será? Mucho me pesa, que tanto aquí os detuvieseis, Don Pedro, ya que tuvisteis en escaparos tal suerte; porque habiendo conocido vuestra fuga, me previene el Conde, que dividiendo por cuatro partes mi Gente, os siga, en tanto que él marcha, y preso otra vez os lleve: mas pues a los cuatro he visto en la misma acción, que ofende mi punto, que es engañarme, bien es, que en los cuatro vengue el uno; y pues no más de uno soy, no siendo bien, que emplee mi Gente en particular duelo, que a mí me compete; con el que rompió las paces, mi cólera es bien, que estrene: quién faltó al ajuste? 4. Yo. Pues con los cuatro no puede mi duelo particular desquitarse, es bien, que apele del duelo a mi Puesto: daos a prisión. Hados crueles, con la luz del nuevo día, más desdichas me amanecen! Allí están, matad, Soldados, a los que no se rindieren. Los Amotinados son, que sobre nosotros vienen. Lo primero es, esta Dama escapar entre la verde maraña, póngase en salvo. y venga lo que viniere. . Cielos, para una venganza hay tantos inconvenientes! Pues a mi Puesto hago falta, cuando ya el Campo se mueve, y me importa el honor, yo he de procurar ponerme en salvo, si hallo el Caballo. . Aunque desairado vuelve mi brío en que se dilate, la venganza no se pierde. . Primero es esto, Soldados, escápese el que pudiere, tomad la carga hacia el campo. . Mueran los que se defienden; pues no se dan ha partido. Vive Dios, que anda caliente la escaramuza, que hacemos aquí? Ya el Prevoste vuelve a brida barida, y ya siguiéndolos velozmente, se alejan todos de aquí; y cuando yo no viviese buscando a los del Motín, era mi empeño más fuerte, el de acudir a esta Dama. Dame, Don Lope, mil veces los brazos, que en mi cariño no hay demostración, que exprese, cuan obligado me deja la fineza de traerme a Margarita. Qué escucho? Vos, Señora, a cuya nieve robó el susto los purpúreos crepúsculos de claveles, que encendidamente tiñen, y tibiamente amanecen. dadme los brazos, porque en sus nudos solo tiene su centro el Alma, después, que los Luceros celestes de vuestros ojos, en mí, aún más influyen, que encienden: que si mi amor. Apartaos: Cómo, Don Lope, consientes esto? Un hielo me ha vestido de Mármol, y me enmudece, cuanto no son los suspiros. Pues por que extrañáis el verme, Señora, rendido en tales demostraciones corteses? si aún mis ansiosas locuras la fineza no encarecen, de huir hermano, y esposo por mí? Si por dicha al verme, va el recato vuestro rostro tiñendo de rosicleres, porque ha sido poco el trato, ya que las finezas suelen acreditar los amores; permitid, que las obstente. La vida os he dado en Tongre, asaltada de Hlandeses, y en Pitiler de Ladrones; por vos el Conde de Fuentes, a muerte me condenó; de cuyas iras crueles me libró una piedad noble: mirad, si en días tan breves, tantos servicios arguyen, incendio, que los somente, por quien favores tan dulces logran, ya que no merecen. De un mismo extraño motivo, que vuestro arrojo, me ofrece dos admiraciones, dos novedades me suspenden: Una, es de vuestra osadía, que más mi cólera mueve: y otra, de ver, que Don Lope os la sufra, y la tolere, haciendo, que de uno, y otro mi decoro se avergüence, en este, porque le elige, y en vos, porque se le atreve. Cielos, qué es esto? Don Lope, responde tú a las ardientes ansias de Don Pedro; pues: Tente, Margarita, tente, y no de Don Pedro digas, porque en el honor me ofende; del Duque de Osuna, di: perdonadme, que revele quien sois, en está ocasión; porque no hallo más decente estilo de disculpar, no responder de otra suerte, que yo os respeto por Duque, y no por Don Pedro Tellez, aunque traigáis lo dichoso precisado a lo valiente. Muerta soy. Absorto quedo. Si esta Dama se nos tuerce, el amor se ha avinagrado. Luego vos, según se infiere, sois de Margárita amante? No amante tan solamente, sino Esposo ya. Corrido estoy, a quien le acontece, Cielos, confusión tan grande! pues como Don Lope, aleve me engañáis? Yo, Señor, cuándo? Pues para que usted se huelgue, quedamos atravesados en las sauces de la muerte? Calla, Villano, que tú la culpa de todo tienes. Ay desdichado de mí, que me has sembrado los dientes. plegue a Dios, que de ellos nazcan denteras, con que te quedes. Vive Dios, traidor Amigo, Señor, deteneos, valedme Cielos, que en mí los peligros, sin acabarse, suceden unos a otros. Apartad, Mirad. No ay, que considere. Advertid. No ay, qué advertir. Haz, Señor, lo que quisieres de mi vida, que por ella no procuro defenderme; porque es de esta Dama, si, y a su vida le conviene, la mía en tantos peligros, Vive Dios. Señor. Qué Gente? Disimulemos, pasiones. Desdichas, otro accidente! Fortuna, otro nuevo susto! Gáznate mío, otro Requién! Sois vos, Señor Capitán, el electo? Así se suele llamar, a aquel que se nombra para que un Morín gobierne; finalmente, ese soy yo, qué me mandáis? Conoceisme? Me acuerdo de haberos visto reñir bien, que se os ofrece? Dónde marcha el Escuadrón? En Real marcha al aire tiende de Vanderas, y Estandartes los matizados Paveses, diciendo en ellos un More, para que el Orbe les tiemble; Sin Cuartel, y sin piedad. Él Conde Mauricio quiere, viendo, que el de Fuentes deja de Pitiler los Cuarteles, darle una Campal Batalla; y mi Escuadrón se resuelve a socorrer a Mauricio, pasando a los Hlandeses, contra el Fuentes, en venganza de aquel Edicto solemne, con que mandó al son de Cajas declararnos por Rebeldes, colérico es su Excelencia; pero yo le haré, que templé su ardor, que apagar debiera, siquiera la riza nieve, que en tantos peinados copos, experiencias enzanece. Yo soy, Señores Soldados, un Noble Español, que viene a hacer al Rey un servicio, en ocasión tan urgente, y a quitaros a vosotros un tan gran lunar, que afe, la tez de vuestras hazañas, a la fama eternamente. De cincuenta mil ducados, os traigo en estos papeles. Letras, que aceptadas dejan poderosos Mercaderes de Amberes; y aunque excesivo es el precio, que se os debe a todos, pues en Motines los remates se fenecen; esto sirva de socorro, en cuanto las pagas lleguen; con tal, que esta cantidad, el Rey entonces descuente. Por aqueste caso, os pido solamente, que modere vuestro furor el despecho, que ya en traición se convierte. Cerca de cinco mil hombres son los que aquí se guarecen del Tumulto, donde quiera, que este golpe se acreciente, ha de cargar la Victoria. Pues no es mejor, si se advierte, dar al Rey una Victoria, que una venganza a la Plebe? En fin, Amigos, llegó mi afecto a compadecerse de las miserias, y afanes, que os obligaron a este despecho, y juzgo, que todos fueran, como yo, clementes con los míseros Soldados, si todos, como yo, viesen, (padeciendo sus trabajos) lo que un Soldado padece: cuando las pagas os faltan, fuerza es, que se considere, que faltan medios al Rey, y el Vasallo acudir debe con vida, y alma a la justa necesidad de los Reyes. Demás, de que eso es mostrar, que el valor, que os engrandece, se alquila solo al infame precio de los intereses: es el afán tan glorioso, de un Soldado, que no tiene precio el Rey, con que le pague, honras sí, con que le premie. En fin, Soldados, Amigos, la necesidad es fuerte, yo os disculpo, y me lastimo; y puesto, que inútilmente se compadece, quien no socorre, y se compadece. Ya estáis socorridos todos: sepa hoy el Conde de Fuentes, que sois leales, aunque las míserias os despechen. Id conmigo a su socorro, que ofrezco, no solo hacerle pagar todos los remates, más conceder igualmente Perdón General a todos; porque la fama celebre vuestro valor, coronando de verdes Orbes las sienes. Viva el Español bizarro. Aunque no hay que responderte, oyendo esta aclamación: bien será con todo, que entren en Consejo, pues no puedo por mí, sin sus pareceres, en cuanto a tomar partido, en su nombre, resolverme: presto volveré, esperad. El duelo otra vez pendiente vuelve: amor en cuatro días, que memoria habrá, que cuente lo que ha pasado por mí? Si a su grandeza se acrece esta Gente, y estoy ya en su poder, como puede resistirle ya mi brío? Veneno en la vista vierte, no quiero hablar, pues me cuesta cada razón un cachete. Qué hermosa está! Corazón, qué me pulsas? qué te mueves? si en las alas, que ventilas, un tibio volcán enciendes? Todos callan. Duque excelso, si pueden, Señor, moverte de estas lágrimas vertidas, las dos undosas corrientes, mi honor. No lloréis, Señora, que en extremos diferentes, la causa del llanto irrita, por más, que el llanto enternece, Bien debéis creer de mí, que a presumir yo, que fuese objeto vuestro esta Dama, ni el pensamiento más leve me debiera; y cuanto a mí amor, desde luego cede, mas cuanto a ella, Gran Señor, porque su honor no se arriesgue, no es competiros. Callad, que estáis, Don Lope, imprudente, vos competirme? Pues quien a competirme se atreve, que a mi furor, a mi rabia, a mi enojo, y altiveces, aún mismo tiempo el aviso, y ruina no experimente? Vos; Señor. Señor, ay triste! Como el Alacran se muerde. Oh, qué mal, Cielos, el pecho, y el semblante se desmienten, por más, que a venterme aspiro! Mal competiros pretende, quien quiere dejar la vida, en obsequio reverente. Ya en eso me competís, que en fin, esto de vencerse, es raro quien lo consigue, entre muchos, que lo emprenden; y no habéis de querer vos, en lo más noble excederme: la más generosa acción ha de ser la mía siempre, que a los pechos más heroicos, lo más heroico compete. Ya, Don Lope, estoy vencido de mí, aunque entre mi pelee; pues quien se opusiera a mí, si yo a mí no me opusiese? y advertid, que venzo más, que en vos, en mí, si se advierte, que acá dentro de mí mismo, para que en nada os moleste, a un Duque de Osuna rindo, que puede mucho, si quiere. Vuestras invencibles plantas, permitid, Señor, que selle, por acción tan generosa. Vuestra fama, Señor, vuele desde el Túmulo del Sol, hasta la Cuna del Pénix; para vos era esta hazaña, que con tal distancia excede a la de Alcides (que tierno destruye, a quien le acomete en la Cuna) todo cuanto va desde celos, a sierpes. Bueno está, Señora, basta, encarecimientos cesen; Amor, qué rabia me ha dado lo mucho, que lo agradece: ha desdichada fineza, que se hace para perderse! En secretro natural, digan, Señores, ustedes; hay mayor mal en el Mundo, hay más desdichada especie de vileza, que el ser noble? Por qué? Porque cuantos quieren, valiéndose de lo noble, se salen con ofenderles; y aún a veces, confiados en la nobleza, se atreven a un Príncipe muchos, que no pueden con un Corchete, y luego entre sí se ríen, de quien perdona, y le duele. Vive Dios, pícaro. Viven mis iras. Señor, detente, porque en fin, por un buen dicho, quien un mal Amo no pierde? Al mando del Español, el Escuadrón se sujete. Este bastón, por quien todos unánimes te obedecen, es la respuesta, que traigo, ya nuestro Caudillo eres. Gustoso, amigos, le admito; y tanto me desvanece el mandar Soldados tales, que a las vuestras, y a mi frente, el verde desdén de Dafne, aún no fecunda Laureles. Marchad a Geblú, Soldados, tomad, Margarita, ese Anillo, que os restituyo, vos Don Lope (ansias crueles, dejadme, qué os va en que yo a mí mismo me atormente?) con Margárita podéis quedaros. Mucho me ofende Vuecelencia en presumir, que aunque a Lope de tal suerte adoro. Y yo os lo pregunto? Váyale echando ese pebre. No estimo su punto más, aunque es mi amor tan ardiente, que: Bien está, yo os lo creo. El Vinagrillo le escuece. De esto de obrar contra el alma, aún lo glorioso se siente; porque hasta en el mismo aplauso (chas la imaginación se hiere. Ya que siempre en nuestras mar- van, Señor, tantas mujeres, entre ellas iré con Roque por lo que me sucediere, a la sombra de los dos. Qué, a Guarda Damas me meten Yo he de ir siempre a vuestro lado. Haced lo que vos quisiereis: Oh cuanto esta empresa, Cielos, me alegrara, si estuviese capaz ya de gusto alguno, o estar me dejara alegre, un Áspid, que desde el pecho la imaginación me muerde! Marchad, os digo otra vez, del Duque de Osuna tiemblen, que he de coronar altivo de rayos del Sol mis sienes. Que en fin, los amotinados, pasarse a Mauricio intentan? Hasta encontrar con tus Tropas, me siguieron de manera, que fue milagro escaparme. No hay honor, ni fama cierta, en la Guerra: este es el día en que sepultada queda en las ruinas de este Campo, la fama de mis proezas; más poderoso de gente, que yo, Mauricio se acerca a darme batalla. Y ya ha esguazado la ribera a nuestra vista, a pesar de la Artilleria nuestra, dicha fue escapar, a tiempo, que en esta ocasión pudiera cumplir con la obligación de mi puesto, pues ya intenta mi amor hallar en Madama despique a la pasión ciega de Margárita, perdida; la venganza solo resta de Don Lope. Por gabar el Bosque, es hoy la defensa nuestra, al costado derecho: . parece, que allí pelean, Don Diego, vuestros Dragones; pues ya la batalla empieza. Aguardad, Señor, que allí parece, que al fuego entra un grueso cuerpo, que coge, sino es que la vista mienta, las espaldas al Contrario; en cuyo centro, de densas Picas, parece, que el aire ya azotan, y ya empavesan de las Cruces de Borgoña las Católicas Banderas. No perdamos la ocasión, pues aunque ignoro quien sean, basta el ver, que son amigos; y así unidas nuestras fuerzas, embistamos por la frente. Arma, arma, guerra, guerra. . Amigos, A ellos. Brava refriega es la que anda, Margarita del Bagaje se acuártela con las demás; y supuesto, que anda viva la pelea, a ver si pillamos algo, vámonos llegando cerca. como por frente, y espaldas con el enemigo cierran, y por donde él no esperaba puso poca resistencia, Ya por esta parte roto, confusos se desordenan los Caballos, y las Picas parece que palotean. Victoria, España, Victoria. Ya en fuga se miran puestas las Tropas de Holanda, vayan a vender allá manteca: vive Dios, que por la frente tanto el Conde en ellos entra, y el Duque por las espaldas tanto se abanza hacia ella, que con ruina del contrario unos con otros se mezclan ya. Victoria. Ya el pillaje convida. Ya que en la espesa maraña del Bosque, algunos Tercios resistir intentan toda la Caballaria nuestra, desmonte, y pie a tierra embistamos. En el Bosqué se mantiene alguna fuerza. Mis desmontados Dragones han roto ya la postrera defensa del Bosque; mas supuesto que aquí te encuentra, traidor Amigo, mi saña, muere. No tanto os parezca fácil La Espada lo diga. . No, Don Diego, se me pierda de vista, ya que a su lado me ha empeñado mi Nobleza: mas qué es esto? con Don Lope está allí riñendo, muera. Carlos, dejadme matarle. A entrambos toca su ofensa. Yo, Carlos no os he ofendido; que si Margarira era mi Esposa, en llevar mi Esposa, qué duelo conmigo os queda? Ninguno, oyendo esa voz, que no tan solo me templa; pero en la defensa tuya contra Don Diego me empeña. En él el atrevimiento castigará mi fiereza, y en vos el empeño, pues me capituláis con ella, sabiendo este amor. Si alguno de mí lo dice, o lo piensa: Acuda la Espada antes al desliz de vuestra lengua. Qué es esto, Don Diego, solo estáis en esta contienda? yo he de estar a vuestro lado, Adonde quiera, que os vea, o perder debo la vida, o cobrar aquella prenda; y así contra vos me irrito, , . Teneos. Difícil empresa es la vuestra. Quién aquí la unión de todos altera, cuando en seguir él alcance, mejor las Armas se emplean? Como os atrevéis, Don Lope, a venir a mi presencia? ni vos Don Pedro? Viniendo a que la suerte os ofrezca, por mi mano, esta Victoria, que yo os di. De qué manera la disteis vos? Allí está. Denos, Señor, Vuecelencia las plantas. A quién, decid, saludáis con tal grandeza? Al Capitán General de nuestro Escuadrón, que de esta Victoria ha sido la causa, socorriéndonos con Letras de cincuenta mil ducados, y hasta que las pagas vengan, si servimos, serviremos debajo de su Bandera. Pues quién: Cuando del contorno los Lugares se despueblan, a gozar de la Victoria, no os puede hacer extrañeza, que desde tan cerca yo a daros la enhorabuena venga. Dónde están? Aquí. Pues quien hay aquí, que pueda vuelvo a decir en tan grande cuantidad, hacer franquezas? Don Pedro Tellez Girón, Duque de Osuna, y de Ureña Conde. Sobrino, y Señor, los brazos os den respuesta, y gracias de la Victoria. Bien empleadas finezas las imás en él han sido; mas ya es forzoso, que sean desdichadas. Si mis ansias vuestra mano merecieran, tuvieran dichoso fin. Válgame aquí la prudencia, que lo imposible es locura: ya soy yo Don Diego vuestra. Y en pago del hospedaje vuestro, Madama, os presenta esta Sortija mi afecto: estimadla. Ya no queda a mi valor duelo alguno. Que Perdón general tengan los Amotinados, es de esta hazaña consecuencia. Yo ofrezco Perdón, y paga; pues Victoria tan sangrienta, a vos se debe, y a ellos. otras Heroicas empresas, que el Duque de Osuna en Flandes obró, durante esta Guerra, dirá la Segunda Parte, si os agrada la Primera.