Texto digital de El marido asegurado
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Carlos Boyl
- Atribución estilometría
- No es posible No concluyente
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega I (1857).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El marido asegurado. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/marido-asegurado-el.

EL MARIDO ASEGURADO
JORNADA PRIMERA
Apenas, famosísimo Senado, Llegué de Barcelona aquí a Valencia, Cuando salí con una amiga al lado. Por ver de Turia el prado y la excelencia; Mas, viéndole de coches ocupado. Gusté de no me dar mayor licencia De aquella que traía; pues a solas Del agua me iba a ver el curso y olas. Llegueme hacia un remanso que cubría De un álamo la sombra regalada, Cuyo tronco en el agua se reía. Estando el agua de él enamorada; Allí (por descansar mi fantasía) Me puse a repasar una jornada De una comedia que por mí compuso un amante novel, galán al uso. El regalado puesto, deleitoso, Infundió en mi cansado pensamiento El sueño, que entra blando y amoroso, Por puertas de marfil, a su aposento; Soñaba que en el templo milagroso De la Hermosura entraba alegre, atento, Donde las damas de Valencia bellas Vi ser del mundo sol, del sol estrellas. La primera entre todas vi a doña Ana De Casalduc y Asion, preciosa joya. También de Villanova a doña Juana, En quien la basis de beldad se apoya; Teodora Guardiola, soberana Mas que la griega que lamenta Troya, Con la divina Borja doña Eugenia, En beldad y en valor otra Ifigenia. En la bella Chometa vi cabellos, Que porque fueran mi prisión muriera, Si ver los mereciera, y si con ellos Ver enlazado alguno mereciera; Y por llegar a ver sus ojos bellos, Ser eterno quisiera, y bien lo fuera Si viviera hasta ver su hermosa cara, Que su vista después me eternizara. También vi a doña Antonia, y su apellido, Que era Calatayud, cuyos despojos Pondrán a las de todos en olvido, Causando invidias y creciendo enojos; Han de tener el mundo, de rendido, Sujeto a sus privados bellos ojos, Y si no les sujeta con mirarles, Bien podrá con sus brazos sujetarles. Bien pudo ser castísima Diana, Artemisa, Lucrecia y Sofronisa, Elena por sus gracias soberana. Porcia por brasas, por su espada Elisa; Mas la virtud y honestidad que ufana A Lucrecia a Diana y Artemisa, Por sus costumbres, que la fama hereda. Tan solo en Choma (como en fénix) queda. Doña Isabel Boil haciendo guerra. Veo que ha de ilustrar a los Boíles, Pues su hermosura y talle en esta tierra, Mayor efeto hará que mil abriles; A doña Paula miro de Valterra, Que si llegara en tiempo de gentiles, Los que mirar su rostro merecieran, Por Diana o por Venus la tuvieran. La deidad de la Artés, doña María, Amor al vivo por la suya saca, Francisca de Angresola la luz cría, Que fue contra su vista la triaca; Doña Vicenta Dijar dar podría Antídoto al dolor que no me aplaca, Doña Ana de Boil también señala Lo que a todas en todo las iguala. Doña Angela Escriba y su bella hermana, Y la de Castelví, su hermosa prima, Como cosa divina más que humana, El cielo las pondrá en celeste estima; Tanto podrá su vista soberana, Que el morirme sin verla me lastima, Pues antes de morirme tengo aviso De que harán una casa paraíso. En este alegre tiempo que contemplo, Miré a Francisca Ros, que es peregrina, Y siendo de las otras luz y ejemplo, A doña Eugenia Montoliu, divina; Una merece por hermosa templo, Esotra, como estrella, predomina En los pechos más libres, pues por bellas, Los entristece y los alegra el verlas. Doña Vitoria Mercader, no dudo Que se la dé con ojos y cabellos A ese niño gigante y dios desnudo, Las veces que querrá valerse de ellos; Ha de poder lo que ninguna pudo Doña Gracia de Rojas con sus bellos Ojos, y este milagro no te asombre, Porque en todo tendrá lo que en el nombre. Doña Angela Beltrán, por ser hermosa, Hará dichosa la enemiga suerte, Y dará con su vista milagrosa Vida a los muertos, y a los vivos muerte; Podrá con discreción maravillosa Rendir al sabio y sujetar al fuerte, Y aunque promete paz, causará guerra, Otra bella doña Angela Valterra. De la Muñoz, doña María, invidio El coral y las perlas de su boca, Con las flechas de amor contrasto y lidio, Si doña Sebastiana Espuig las toca; Doña Ana de Duarl quita el fastidio A que el amor con ansias me provoca, Y la Saint, doña María, alegra El claro día y la noche negra. Doña Ana de Belvis al mundo espanta Por linda, por hermosa y por discreta, También doña Jerónima le encanta, Dando a los Castelvis honra perfeta; En dos hermanas Sans beldad vi tanta. Que adorada el deseo me sujeta. La una doña Jerónima se nombra, Doña Francisca la otra, que me asombra. Doña María Vique, al sol divino Vi que daba la luz que yo deseo; Doña Francisca Sanchiz, imagino, Que en parangón alcanza este trofeo; Doña Isabel Muñoz, a quien me inclino, Es de toda la gala el sabio arreo, Y es doña Madalena hermosa tanto, Que a los Rastros da honor, al mundo espanto. Doña Isabel de Dijar, clara estrella. Rayo de sol, que al sol ha escurecido; Doña Rafaela Rocafull, más bella Que aquella por quien tuvo fama Abido; La gracia más que humana, que amor cela, La deidad y el valor esclarecido, En la Boil, doña Vicenta, miro. De el de Manises lux, del sol zafiro. Contemplo en la Pallas, doña Mariana. De Pallas el valor y la hermosura, Doña Teodora Arles es más que humana. Pues de ella el sol recibe su luz pura;. Doña Isabel Soler vi que a Diana Excede en la beldad y en la cordura, Y puede la Boíl, doña Lucrecia, Dar gloria al que de ser suyo se precia. De doña Ana Ferrer las alabanzas Con hebras de oro grabaré en diamantes; Doña Francisca Llóris esperanzas Me ha dado de lo mismo muy bastantes; Maria de Pertusa estas balanzas Iguala, siendo el fiel de sus semblantes; Doña Ralaela Duart ha de ser dina Del arte de la loa más divina. Doña Clara Colon. por más que alterque, Del mismo paraíso es un traslado, A cuya gran deidad es bien que acerque Doña Laura Vidal su sol dorado; Margarita Valero es bien que merque La libre sujeción dé un pecho honrado, Pues puede con la plata y con el oro Que en su cabello y frente siempre adoro. Otra dama que miro milagrosa De Valeriola ha sido doña Paula, Por quien (si no me mira rigurosa) Otro amante he de ser como el de Gaula; Doña Luisa de Tolsan, dichosa, En la red de su amor tan bien me enjaula. Que puede de sus ojos con la liga Hacer que tierno sus rigores siga. Del sol divino miro la luz bella En los hermosos ojos celestiales De Menandra, que ha sido aquella estrella Que tanto bien me ha dado en tantos males; Doña María de Boil con ella Contemplo, que de diosa da señales. Porque en donaire, brío, talle y gala, La que más se lo cuida no la iguala. Doña Luisa miro Casanova, De bello aspecto y de gallarda hechura. Doña Mencía Castelví, que roba Cuantas almas adoran su hermosura: Doña Ana Roca, que a mi amor innova Los ritos que estimar tuvo a ventura, Con la Belvís, doña Maria, ingrata, En quien el cielo su beldad retrata. La Crespin y Cruillas soberana (Doña Esperanza digo) miro agora, A cuyo lado está doña Luciana, Que a Figuerola el nombre y ser mejora; Doña Francisca entre otras vi, que ufana. De las Borjas. sus deudas, era aurora, Y a doña Dorotea, a quien fortuna De Díjares hacia sol y luna. Júpiter y Mercurio eternamente Influyen discreción, grandeza y gusto, Piscis hermoso corazón ardiente, Y el sol riqueza sin peligro o susto; Mas lo que influyen a la humana gente Estos y otros planetas, todo al justo Lo influye Margarita, que ha tenido De la casa de Ayerbe el apellido. Entre la gloria que de amor se cría Miro tres damas, que merecen solas. Por su talle, donaire y gallardía, Lo que juntas las damas españolas; Mayores alabanzas dar querría A las divinas bellas Figuerolas, Pues son las tres que exceden a Diana, Hipólita, Rafaela y Mariana. Dos Margaritas, como el cielo hermosas. Darán (si crecen) a Valencia fama. La Boil, escogida entre las diosas, Y la Belvis, de amor ardiente llama; Dos Luisas también vi milagrosas, La Pons y la Jofré (divina trama), Porque de dos en dos corren al templo De la inmortal belleza que contemplo. Doña María Fenollet, compuesta Del resplandor del sol y de la luna; La gran Eugenia Adell, que ha sido de esta Un ser, un movimiento, una fortuna; Doña Isabel Muñoz, ligera y presta. Promete no igualársele ninguna, Aunque doña Jerónima promete Lo mismo, como altiva Fenollele. Vi en medio de estas damas una diosa. Mas linda que del sol los rubios rayos; Coronaban su frente milagrosa Mas llores quedara un millón de mayos; A la una y otra mano, bella, hermosa, La vi dos viejos, prodigiosos ayos. El uno con mil lenguas en la boca, El otro sin ninguna o casi poca. Al que estaba sin lenguas regalaba Esta dama divina con ternuras. De aquel que las tenia se apartaba, Cansada de escucharle sus locuras; Las otras damas, viéndola une estaba Suspensa en descartar estas figuras, Como malillas del amor dichosas Llegaron a Valeria rigurosas. Cual con palabras buenas, cual con malas. Del viejo de las lenguas la libraron; Dejáronla contenta con las alas Del ejemplo que entonces la dejaron; El viejo parlador huyó a otras salas. Donde con más blandura le trataron. Y al otro que sin lengua a ellas se vino Le hicieron de su lado y templo diño. Una de aquellas damas que en entrando Con más cuidado en mí puso los ojos. Me dijo: «Amiga, valga aquí a su bando. No imagine que aquesto ha sido antojos, Que la dama divina a quien gritando El viejo parlador causaba enojos, Ks su amiga querida la Comedia, La que al vulgo entretiene y le remedia. ' Kl viejo parlador sin duda alguna Es la Murmuración, cuyo sonido A(bueno y al honrado le importuna, Y alegra y entretiene al mal nacido; Aquel que se quedó, y desde la cuna Un candado a sus labios lleva asido, Es de las llamas ayo es el silencio. A quien cual dios adoro y reverencio. Dijo; y al punto despené admirada. Haciendo de mi sueño una quimera; Gran Senado, por vos soy respetada. La enigma es, más qué escura, verdadera; Con gente tan discreta y tan limada, Silencio pido yo de esta manera. Pena de que en desgracia habréis caído De las damas que amáis y habéis oído. Esto, Manfredo, has de hacer. Aunque es, Rey, tu voluntad, En cosas que no han de ser Dicen que es más humildad. Y más ley no obedecer; Considéralo mejor. Ya lo he visto. Pues yo callo. Conde, en materias de honor Ha de sor el buen vasallo Del buen rey ejecutor; A Norandino ha tenido Por galán Menandra bella, Y quiero, desconocido. Probar lo que tengo en ella, Pues he de ser su marido; Venir en su compañía Él a la infanta no abona; Y así, quiere mi porfía Servirla con tu persona, Y casarla con la mía; Por este miedo, que fundo En un nuevo y justo enredo, Quiero que nos llame el mundo A Sigismundo, Manfredo, Y a Manfredo, Sigismundo; Del galán sabré el secreto, Y veré con mis poderes Del honor de ella el efeto. No sé si el probar mujeres Es de varón muy discreto. Siempre guardan las honradas Su pundonor y decoro. Como están sobredoradas, Pierden la capa del oro, Con los tientos estregadas; Cuéntase que es apariencia Su honor y su autoridad, Y puestas en contingencia, Dejan toda su bondad Apegada en la experiencia. Eso quiero ver. Loable Parecer, donosa treta; Si en el mundo miserable Es buscar mujer perfeta Hacerse un hombre incasable; Cuanto más que el falso trato No ha de valernos. Aquí La verdad será el recato. ¿Cómo me tendrá por ti. Si ha visto ya tu retrato? Y si de él nace el querer Que la arroja por acá, Bien se deja conocer Que ni por rey me tendrá, Ni querrá ser mi mujer. Calla, que Honorio, obligado. Soldará ese inconviniente Con lo que habemos tratado. ¿Quién hará para tu gente A cada boca un candado? ¿Quién? El temor de morir. Que es llave para cerrar, No menos que para abrir. ¿Y todos sabrán callar? Todos, si quieren vivir; ¿No sabes el bando? Sí. Pues en Nápoles no entramos, Mayor silencio habrá aquí; Vamos al efeto. Vamos. Tiéndanse por las riberas Esas gentes: que ya asoman Por el muelle las galeras. Las espumas del mar doman, Por fuertes y por ligeras. ¡Qué flámulas, qué tendales. Qué chusma, qué guarnición! ¿Qué señor las tiene tales? Comq de mi reina son, Las tres parecen reales. ¡Brava salva! ¿qué más quieres? Pues Menandra desembarca, Que finjas cuanto supieres. ¡Qué bien guarnecida barca de brocados y espalderes! Gracias a los cielos doy, Pues me han sacado del mar, Aunque tan medrosa voy, Que en su boca pienso estar Mientras en su lengua estoy; Adiós, mudanza y braveza. En vez de esas, os aguardan Acá constancia y firmeza, Aunque entrambas se acobardan, Mirando vuestra belleza; Deles vuestro cielo abrigo. Pues salís, rola la guerra Del mar y el viento enemigo, A ser Santelmo en la tierra, Que a su rey os da conmigo. ¿Todos sois tan bien hablados Los de Nápoles? Sucesos Nos hacen algo limados. Bien mostráis tener los huesos De Virgilio acá enterrados. ¿Qué es del Rey? Con vos está. ¿Dónde? En mí. Salga de vos, Y verele. No saldrá; Que él y yo no somos dos. En gentil locura da. Vo soy rey, Menandra bella. Seréis dos con el que vi, Que es causa de mi querella. Tres reyes haré de mí, Por seguiros como estrella. Dejemos astrologías; Del rey de Nápoles pido. Yo soy ese; que estos días Es mío este mar crecido, Y estas murallas son mías; Si mi talle no os agrada, Iré por talle de rey (Si le tengo) a mi posada; Mía sois por justa ley, Conmigo venís casada; Soy Sigismundo. ¿Es verdad? Sí, pues no me contradice, Como veis, una ciudad. Este retrato desdice De eso y de vuestra bondad: Con este me han desposado. No con vos; gracias al cielo, Que está aquí quien me la ha dado. ¿Hay tal maldad en el suelo? — Honorio, ¿quién me ha engañado? No te turbes. Mí lealtad (Aunque sea contra mí) Ha de decir la verdad: Ese retrato la di En Palermo, su ciudad. ¿No es de Manfredo? Señor, Por el tuyo le troqué Cuando fui tu embajador. ¿Qué dices? Que me turbé, Que soy mal razonador; Y como acaso traía Tu retrato y el del Conde, Con la priesa que tenia (Que a mi empacho corresponde), La entregué el que no debía; Salime de la ciudad, Y después en las galeras Conocí mi liviandad. Necio, ¿no la corrigieras? Eso fue otra necedad. ¿No sabes tú que el mudarla Es hacerla más sencilla? Primero quise esforzarla, Porque tiene el corregirla, Mucho del canonizarla; Pues ya casado te veo, Perdona, Rey, por pasado, Mi pasado devaneo. Bien está. Pero has tocado Arma falsa en mi deseo. Si en eso tu amor repara, Libre estás. Rey, tu valor (Aunque es mi prenda más cara Me extraña, porque tu amor Nació en mí con otra cara; en lo no andado tropieza Mi voluntad. Pues, amiga. Múdale al gusto una pieza. Sí, pero dame fatiga; Que es mudarle la cabeza. Todo va bien para mí. Extremada coyuntura De cobrar lo que perdí. ¿Dijiste sí a la figura O al Rey? Al Rey dije sí. Pues, señora, eso es lo justo; No te cases con antojos. Que son arras del disgusto. También se casan los ojos, Que son las puertas del gusto; Infanta, pocos maridos Para entrar bien al contento Entraron por los oídos; No ha de estar el casamiento Reñido con los sentidos; Todos cinco por amigo Han de tener al casado. Cada cual guarda un postigo, Y el que se hallare enojado Dará paso al enemigo. En sentidos no reparo Tu ser, pues tienes honor, Y cuando alguno faltare, Pasa el que tenga valor Al otro que blandeare. No tuerzas ningún camino; Que lo andado has de perder. No te case un desatino. Este galán, sin más ver, Es el duque Norandino; Bien me da que sospechar. No yerran mis opiniones. ¿Habeisos de concertar, O son estas conclusiones, O es conclusión de casar? Nunca fuerza quien advierte. Nadie sin orden me ayude. Rey, tu favor es mi suerte; No importa que el Duque dude, Pues yo no dudo en quererte; Desde aquí soy tu mujer. Pues me da tu calidad Ocasión de más querer. Hola, la vuelta tomad A mi casa de placer. ¿No entras en Nápoles? De su vega estoy pagado., Parece que se enfadó, Fiel Conrado. Un sí dudado Tiene mil cosas de un no. Bien dices, por vida mía. No hagan salva en la ciudad, Que estoy con melancolía. Bien comienza tu amistad. Y es la ocasión tu porfía. ¿Qué me dices de esta prueba? Que estoy por hacerme al mar, Y mandar tocar a leva. Norandino, el no acertar En hembras no es cosa nueva; Esta, Duque, es la ocasión Que ha de mejorar tu estado. Yo sé tu mal galardón; Que con su boda han llegado Las nuevas de tu afición. No eres tú Manfredo? Sí. Qué de favor por tu cara Allá en Sicilia perdí! Este necio se declara, y me ha de costar a mí. Qué dices?, Que estoy corrido De que sin mi voluntad a Menandra hayas perdido; y ¿era mucha su amistad? Mucha, pues lloro su olvido. ¿Llegó a manos? No llegó. ¿Y a papeles? Bien leía, pero jamás escribió. Muy principiante sería El amor que le mostró. Bien dices que fue reciente, Porque entraba en admitir, Y en su escuela diligente. El leer y el escribir No se aprenden juntamente. Sí, pero bien te siguiera. Si sus liciones contigo Mas veces amor la diera. Leía tan bien, amigo, Que a muy poquito escribiera. ¡Que debiste de gozar De esto que llaman tener Conciertos para parlar! Qué pocas saben leer, Que no sepan pronunciar. De noche vi sus balcones. Ocasión bien regalada. ¿Qué aprovechan ocasiones. Si me daba la taimada De muy lejos las liciones? Mujer que paga en oír, Tenía, Conde, por ingrata; Que el hacer no está en decir, Y el amor de lejos mata, Mas de cerca ha de morir. ¿Quién duda que algún contento En las razones no habría? Todas fueron cumplimiento; Las palabras me medía, Que aún es avara en dar viento; Solo perdí el escuchar Mis penas y mis placeres. Mucho tienes que llorar; Que el no quitar en mujeres Es la víspera del dar. Eso lloro; que es verdad Que todos los galardones Entran por la voluntad. Si a quererla te dispones, Yo te haré buena amistad; Sigismundo no la agrada, Y el pasado amor sustenta: No te espante la jornada. Que la esposa descontenta, Ya está medio conquistada. Yo te valdré como honrado; Que en palacio estoy valido, Y el Rey me tiene enojado. Y ¿he yo de borrar su olvido Con mano que me ha borrado? Por ti me olvidé, Manfredo; Mira si es bueno el valerse De terceros que hacen miedo. Ni mi rostro ha de temerse, Ni esa razón te concedo; Viome rey, y es cosa clara Que me tuvo por hermoso, Y conde no me mirara: ¿Qué rico has visto enojoso? Ni ¿qué rey con mala cara? Esforcemos tu ventura, Que en tu nombre se ha criado, Y un tu amigo la procura; Que el tercero asegurado Hará la dama segura; Vamos, y déjame hacer, Que de fuerza has de ganar Donde no puedes perder. De ti me quiero fiar. Pues yo te quiero valer. ¿Como amigo? Como amigo. Pues no estoy desconfiado, Si tú me vales. Contigo Sobrada tierra he ganado, Sino la pierdo conmigo. ¿Que me adora? Fácilmente Quiere la mujer honrada, Y en la voluntad pasada Pudo apoyar la presente. Con presteza se ha mudado; No está muy firme. Señor, ¿No sabes tú que el amor Nace en las almas criado? La Reina es ya tu mujer, Y quiere y tiene recelos; Que siempre nacen los celos Del parto del bien querer; Y tiene mucha razón, Porque a vista de tus bienes Comienza en probar desdenes, Sin saber qué es afición. ¿Desdenes? No puede ser. Dígalo su suspirar. ¿Cómo puede desdeñar Quien no comenzó a querer? Conrado, bien excusara Que ella no viviera triste; Mas fui a quererla, cual viste, Y hálleme con mala cara; Dejé de hacerlo, con miedo De asombrarla, que es mujer, No la quiero hasta tener El rostro como Manfredo; Ponte, amigo, en oración Porque la pueda alcanzar; Que es muy mala de borrar Belleza del corazón; Y entre tanto no me pidas Para la Reina dulzuras. Si no perdonas solturas, Si mocedades no olvidas, Mira, Señor, a quien eres, Y harás puente a sinrazones; Que no es de cuerdos varones Castigar locas mujeres. Quiso tu rostro fingido, Y el querer en ti le muda; En ti comenzó la duda, Y en ti mismo ha fenecido; Yo, Rey, cuanto en ella vi Fue de afición un abismo: Por ti se estaba en ti mismo, Y por ti te dejó a ti; ¿Quéjaste de que te deja, O sientes verte escogido? Pues de olvidado y querido Puedes formar de ella queja. Como quiera que ello sea, Muda, rey, de condición, Que es hermosa a mi opinión, Y la tratas como a fea; La mano jamás le has dado. Dala, y mira, por tu vida, Que parece mal partida Cama que no se ha juntado. Toda Nápoles la espera, Y tú, por darla pesar, Sordo y bravo como el mar, La tienes en su ribera; Las esperanzas le pierdes, Los contentos le derramas, Y en vez de enseñarle damas, Le enseñas árboles verdes; Entre engañosos reclamos Quieres que el Psalterio olvide; Sombras de donceles pide, No pide sombras de ramos. Haz que a Fulgencia, tu hermana Pueda ver, que la desea, Y haz que marido te vea, Pues todo en todo lo gana; Y mis vejeces perdona, Cansadas y desabridas; Que mis canas admitidas Se atreven a tu corona; La Reina viene, repara En todas sus pretensiones, Y responde a mis razones Con hacerle buena cara. Esposo, ¿cómo has dormido Esta noche? Descansado. Y ¿cómo estás? Con enfado. ¿Quién te le da? Tu partido. Y ¿quién lo esfuerza? Tu gente. ¿Quéjanse? De mil maneras. ¿De quién, Señor? De mis veras. Sí, que mi ayo está presente. ¡Ay vejez! ¡Ay mocedad! ¿Por quién se quejan, Señor? Por ti, de mi desamor. ¿Desamor es tu amistad? No la mira con mis ojos Quien la trata de esa suerte; Yo nací para quererte, Y he de querer tus antojos; Si me sobra el mucho bien, Quita de él la mayor parte. Porque haré para adorarte Ídolo de tu desdén. Si el verme esposa te altera, Deja la carga penosa. Péname de ser tu esposa. Porque esclava te sirviera; Con tus desvíos me ciegas, No te puedo querer más. No pagues con lo que das, Pues pagas con lo que niegas; Si las obras me has negado, No esté mi gente quejosa, Pues con el nombre de esposa, Que me das, Rey, me he casado; Que me nombres es mi intento, Aunque dejes de tratarme. Porque pagas, con nombrarme, La deuda del casamiento; Toda soy obligación, Todo tu gusto es mi ley. Camino lleva mi rey De salir con su opinión. No harán en mí diferencia Tus ratos buenos y malos. De esta mujer los regalos Harán celosa a Fulgencia; Pero sabrá la verdad. Mas ¿quién con celos la admite? Lo presente no me quite, Sigismundo, tu amistad; Que yo viviré pagada. Basta, no me digas más. ¿Aún respondido no has? Callo, si mi hablar te enfada. Calla o haz lo que quisieres. Mira si tengo razón. Sigamos su condición. Maldiga Dios Ias mujeres. Nunca enojo a lo que amo. Todas os rendís por hierro. Porque a palos, como el perro. Venís a querer al amo. Tu ayo soy. A placer, Conrado, porque he de sufrir El ayo para el vivir, Pero no para el querer. Mira, Reina, a tu valor. Mira también a mis daños. ¿No te riges por mis años? Mas años tiene el amor. Niño está. Y en eso fundo Su poder y su durar; Que niño agora ha de estar Si ha de vivir más que el mundo. Huyendo de tus respuestas. Me voy. Mi bien facilitas; Que en los años que me quitas, Me quitas tierra de acuestas. Tú veras cuán mal te allanas. Vete, y no me des consejo Que es apartarse de un viejo, Quitarse otras tantas canas. Afuera está la ciudad. Conde, ¿qué puede querer? Negocios de calidad. Entretén a mi mujer. Pues le tiene voluntad. Yo iré contigo. Jornada es esta que es solo mía; Bien te dejo acomodada, Pues quedas en compañía De la cara que te agrada, Y tienes mucha razón. Yo sigo mejor querella; Cesen motes. No lo son, Casada vienes con ella. Mas no con esa opinión; Y así, mudé parecer. Pocas aguas, Reina amiga, Quitan manchas del querer. Quien tal siente, que tal diga; Aquí hay mucho que temer. Enojado el Rey está. Juégase con mis recelos. No son juegos. Calla ya. Es donaire pedir celos Delante de quien los da. A que le ofendas te ayuda. Antes con mi honor se mide. Con otras honras le acuda, Quien no los venga y los pide Dispensa en ellos sin duda. Descompuesto, osado, loco; Mucho hago, pues te escucho. ¿Es porque la verdad toco? Conde, por tenerte en mucho, No tengas al Rey en poco; Que te costará la vida. Temple mi fe vuestra llama; Que el Rey me obliga a que os pida, Y-acá en Nápoles do hay dama Que mate por ser querida. Yo mato. ¿Con qué poder?' Con el del Rey. Con razón, Porque es grande su querer; Pues no sabéis si es varón. No os tengáis por su mujer. ¿Quién en mi estancia vedada Mis sucesos considera? Luce la primer jornada, Porque la plana primera Va de letra colorada. Los maridos que regalan, Lo cuentan en las mujeres; Siempre gustos se señalan, Porque el humo y los placeres Por los resquicios se exhalan. Es reloj el casamiento (Aunque nunca da con sobra); Anda el vivo en su aposento, Y el rostro en hacer la obra Da las horas del contento. Reina, no quieras fingir Favores por guardar ley. Porque es sin nacer, morir; Mas no culpemos al Rey, Que tiene adonde acudir. ¡Ay de mí! ¿No has conocido Que está el Rey algo prendado? Tu caudal, río querido. Llega a tu mar muy sangrado; No tienes muy buen partido. ¿Qué dices? La verdad digo. El Rey ¿hinche otro lugar? Sí, Señora. ¿Y dónde, amigo? En tener qué te contar Estaré mejor contigo. Bien estás. ¡Ay cielo! ¡Ay tierra! Poco así me satisfaces. Esas memorias destierra. Yo reniego de las paces Que se conceden por guerra, Que son treguas, Tu bondad Me diga quién es la dama. ¿Es bella? Es de calidad? En rompiendo yo su fama, Me romperás la amistad. Yo te asiguro de ser tu amiga, y de perdonarte Tu adoración y querer. ¿Quiere el Rey en buena parte? ¿Quién es ella?. Una mujer. Dime su nombre al momento. Eso es mucho preguntar. No aflijas mi sufrimiento, dilo a fe. Por bautizar La tengo en el pensamiento. ¿Qué dices? Que en grande aprieto Me pones. ¿No consideras De mis celos el efeto? Reina, de una vez no quieras Sacar de cuajo un secreto. (Pensando estoy a qué nombre Me arrime.) La color muda. Ya nadie mi duda asombre; Que poner una honra en duda No es de honrado. ¡Ah rey! Ah hombre! ¿Quién es? Acaba. Es honrada, Y no la puedo nombrar. ¿Honrada y enamorada? Calla, pues me quieres dar La purga en taza penada. Señora, en otra ocasión Te diré su nombre; agora, Pues sabes cuán sin razón El Rey tus prendas desdora, Dignas de más galardón; Pues sabes que yo te quiero. Pues sabes que me enternece Tu duro pecho de acero, Pues sabes lo que merece Un amador verdadero, Pues sabes que le rendí Alma y vida estando ausente, Pues sabes que adoro en ti,, Y pues sabes, finalmente, Que sé tan poco de mí, Mejora, Reina, mi estado; Pues por hacerme placer, De tu ausencia enamorado, Para enamorar tu ver, Te dio Honorio mi traslado. No fue engaño, que yo soy Causa de pruebas tan graves, Que en la tabla adonde estoy Te quise dar los jarabes De esta purga que te doy. Estos ojos, tus espejos Fueron, Señora, un gran rato; Sigue los mismos consejos, Y no agrade mi retrato Solamente por sus lejos. Mira el Rey cuán mal se emplea. Que sin duda apostaría (Viendo lo que te desea) Que primero serás mía Que el tu marido se vea. Ya te he dicho mi dolor, Ya sabes que el Rey te paga Tu querer en desamor, Líbranos en una paga Su venganza y mi favor. Riquezas, gustos, estado Te ofrezco. (Ya se enternece, Mas tal combate la he dado.) Esta respuesta merece Un hombre que es tan osado. ¿Dónde vas? Calla, traidor. ¿No me quieres escuchar? Así te pago mejor; Que el pararse a desdeñar, A veces huele a favor. Por vida de mi marido, Que le contaré lo que eres, Si das en serme atrevido. No escucha el Rey a mujeres; Yo, Reina, seré creído. Dices bien; que esta maldad Nadie la podrá creer, Pero valdrá mi verdad. ¿No ves que esotra mujer Le tiene la voluntad, Y que rogará por mí En su acuerdo? Y ese mal ¿He de creerlo de ti? ¿Por qué? Porque de fiscal Te has hecho testigo aquí. No es lo que digo fingido; Presto lo verás probado. No hay en procesos de olvido Pretendiente desamado Que abone favorecido. (Mas; ay de mí! que el veneno Va labrando, sin suspiros, Secretamente en mi seno; Porque son los celos tiros Que matan con solo el trueno.) Muerta soy. Dame una mano; Será achaque do el desdén Se detenga. Vil, villano Con el Rey, con mí también, Y con mi honra inhumano, Yo te mandaré matar. ¿Conde? ¿Señora? ¿Qué es esto? Ella lo puede contar. Pues el Rey se va tan presto, Él me deja que enmendar. Quiero saber lo que ha sido. Reina, ¿a quién matáis? Señor, Era un enojo fingido. Ese se llama favor, No va muy bien mi partido. O decidme la verdad, O fundaré en la mentira Faltas de vuestra beldad. Con el Conde estoy con ira, Y cargaré su maldad. Pasará, Rey, el antojo, Y hablaremos. ¡Qué decís? Declaraos, que ya me enojo. ¿Vos, que sois justo, admitís Acusador con enojo? Suelen crecer el pecado Los agravios fácilmente. No os ha Manfredo enojado, Pues lo excusáis. Solamente Os diré que fue sobrado. ¿Con quién? Con una mujer ¿Sobra y con mujer, Señora? Falta será. Puede ser; Pero dejémoslo agora, Que no hay falta do hay querer. Luego ¿por querer erró? Sí, Señor. Y a quien quería ¿Era a vos? Esposo, no; A una dama que venía En las galeras que yo. Y ¿está en palacio? Y conmigo, Que es mi criada. (Así creo Disculpar a mi enemigo.) Ella pide, a lo que veo, En nombre ajeno el castigo. Mandadle, Rey, desterrar; Que no es su fe muy segura, Y se debe castigar. Calla, Reina, que es locura. ¿Quién desterró por amar? Creí que el Conde trataba De quitarme los estados, Pues Menandra lo mataba. Mas ¿es esto para honrados? ¡Brava estáis! No estoy muy brava. Castigando el requebrar, Hacéis delito el amor. Pues ¿quién suele más errar? ¿Criadas celáis? Señor, Criadas y por criar. ¿Ella anduvo acaso loca? Antes hizo mil querellas. Si es ansí, Reina, ¿qué os toca? Cierren los oídos ellas, Que el hombre ha de abrir la boca. Quieran, dejadlas vivir; Porque apretar la bondad Es reventar el sufrir; Que son mozas por la edad, Y también por el servir. Dos maneras de locuras Tienen, si en una la son; Sufridlas sus desventuras. Honrada es esa opinión. No queráis hembras figuras, Ni pidáis condes medidos Con damas de punto menos. Recoged vuestros oídos; Que en palacio los más buenos Son los menos comedidos. A Manfredo perdonad; Que yo un tiempo le sufrí Cosas de más calidad. Y si digo que fue a mí, ¿Qué diréis de su bondad'? ¿A vos? A mí me ha rogado Que le entregase la mano, Donde vos no habéis llegado. Será por ser hombre llano; No le tengáis por osado. ¿Eso decís? Por mi vida, Que aun de burlas me enojáis. Callad, no estéis desabrida; Que si vos no se la dais, No importa que él os la pida. El tirar no es acertar. ¿No sobra el acometer? Acometer no es matar. ¿No está el daño en pretender? Pretender no es alcanzar. Hace el hombre lo que suele; Ande la mujer medida, y no habrá quien la recele; Porque, amiga, la comida No la come el que la huele. ¿Habláis de veras, Señor? De veras, y muy de veras. ¿Eso es ley? Eso es amor? Para las burlas primeras, Harto pruebo su valor. Voyme; que no me queréis, Pues tal parecer me dais. Reina, mirad lo que hacéis; Que en la puerta que guardáis Está el daño que teméis. El consejo es muy honroso. A lo menos, bien pensado. Voyme; que decir no oso Que está sin duda ocupado Marido que no es celoso. ¿Conde? Rey, ¿no corresponde Mi grandeza con mi trato? Háblame de conde un rato. Que rabio por verme conde. ¿Por qué? Porque tu experiencia Mi real trato no abona; Tú me has dado una corona Empedrada de paciencia. ¿Cómo? Por guardarte ley a más peligros me allano Que aquel truhan del tirano. Que de burlas se vio rey. No te rías. Conde, al fin Todo ha de quedar soldado. No puede un varón honrado Aun de burlas ser ruin. Déjame estar. ¿Tú lo has sido? Sí, Señor. ¿Por quién? Por ti. ¿Ruin puedes ser por mí? Sí lo soy, pues lo he fingido. Acábate de reír, Y acabarás de saber Los cuentos de esta mujer, Y mi bondad en sufrir. Ya yo sé que se ha quejado de mi pensamiento loco. Eso, Señor, es muy poco; Que a más la burla ha llegado. ¿A qué? A tener yo paciencia. ¿Habíasme de matar? No, Rey, mas quise abonar, Como honrado, tu experiencia; Jurela que no importaba Que la pidieses favores; Que son obras los amores. Y ¿qué respondió? Rabiaba. Y rabiando se ha salido? Bien la puedes conquistar, Que ya tiene para errar Licencia de su marido. Esto es darla fácilmente Espuelas para ser loca; Que el galán ancho de boca También es ancho de frente. No dirás que no le he dado Ocasión para tu intento. Otro más hondo cimiento Dejo en sus celos labrado. ¿Y es, Señor? Que la juré Que vives sin libertad. (Quizá que dices verdad.) Y ¿a quién culpaste? No sé. ¿No le nombraste mi dama? No, Conde; que con mujer Aun de burlas ha de haber Respeto en tratar su fama; Tú te estás desesperando Por ser de burlas sufrido, Y a mujer que no lo ha sido ¿La haremos mala burlando? Bien dices. Con todo, quiero Que me ayudes a pensar a cuál podemos cargar de casa, que es lo primero. ¿Qué mujer de calidad Será buena para hacer Mas temor a esta mujer, En prueba de su bondad? Aquí he de ver sus quilates Y asigurar mis recelos; Que la que tiene con celos No aflojará por combates. Piénsalo, y después hablemos. Yo lo pensaré, Señor; Pero mire tu valor Que son recios tus extremos; Porque al más fuerte lugar (Sin culpa del resistir), Tanto lo pueden batir. Que se venga a derribar. Afloja un poco la guerra Que con tiempo le apercibo. Manfredo, si la derribo, No caerá sobre mi tierra. Amigo, déjame hacer; Que a costa de sobresaltos, Le aprieto ya los asaltos Con fuerzas de mi querer. Soy padre, cuya porfía, De noche y arrebozado, Saca sangre al hijo amado. Cebado en su valentía. Qué sabes de Norandino? Ya le voy perdiendo el miedo. Él viene. Vete, Manfredo; Que he de abrir otro camino. Voyme; que tanta experiencia No está sigura de enojos. ¡Ay Menandra de mis ojos! ¡Ay mi querida Fulgencia! Parece que va enojado El rey. Vive sin contento, Porque el nuevo casamiento Lo tiene desesperado. ¿En qué fundan sus enojos, Si ha probado solo el ver? Es comida la mujer Que empalaga por los ojos: ¿Será largo su enfadarse, Conde amigo? ¿Qué se yo? Parece que se casó Para solo descasarse. Ni quiere entrar en ciudad, Ni acá deja venir gente. Todo el cuerpo está doliente, Si lo está la voluntad: ¿Cómo lleva las afrentas La reina de su galán? Las contentas no lo están, Ved qué harán las no contentas. Llora por muchas razones. ¡Brava ocasión para hacer Alarde de mi querer! Nunca pierdo yo ocasiones, Ni las pierden los muy cuerdos; Que son pasos muy sabidos, Sobre presentes olvidos Fundar pasados acuerdos. De vos habemos tratado. Y ¿os ha querido escuchar? Lloraba, y vuestro llorar Le vino sobre mojado. Por manos del Rey sacáis Fruto de vuestra querella; Que el Rey por los ojos de ella Riega lo que vos sembráis. - Luego ¿crece mi favor? A brotar comienza agora, Y a escuchar vuestra señora, Puerta tenéis a su amor. ¿Estáis alegre? Y es justo Que lo esté, pues mi bandera Miro en la plaza primera Del homenaje del gusto. Duque, los oídos son, Para las almas que penan, Bóvedas donde resuenan Los ecos de la afición; Donde hay ecos hay respuestas, Y do hay respuestas hay obra. Manfredo, el favor me sobra, Mis esperanzas son estas; Proseguid en esforzar La fe que en mi pecho reina. Duque, yo sé que la Reina Os piensa galardonar, Y que os mandará muy presto Cosas de voluntad. Agradezco la amistad, Y a servirla estoy dispuesto; Por vos comienzo a vivir. Bien os podéis alegrar, Que comienza por mandar La mujer para servir; Y en el hombre es al revés, Que por mejor se mejora. Mándeme la Reina agora; Que ese será mi interés. Mayores prendas espero. Para que vuele mi fama, Tengo una Reina por dama, Y un conde por mi tercero. Viene justo mi ejercicio, Por hacer a toda ley De un ganapán hasta un rey; Que tiene alforja este oficio. En todos hace sus piezas, Para todos tiene grados, entra en todos los estados, Como el pan en todas mesas. Dejadme agora, y veréis Lo que os valgo. Conde, adiós. Yo soy vuestro. Yo por vos Vivo agora. Bien hacéis. No me faltará invención, Sin que mucho la rodee, Para hacer que ella lo emplee, Y él piense que es galardón; Y, entre tanto habrá camino (Cuando mi amor no lo tuerza) Para batir esta fuerza Con nombre de Norandino; Que la voluntad pasada, Con el enojo presente, Harán obra fácilmente. Si no revienta de honrada; Mucho pruebo, y no se aplaca El rigor de mi temer; Que en la esposa se han de hacer Mas pruebas que en la triaca. Con el deseo de verte. Tu venida he procurado. Para hablarte y conocerte; Pues ha de ser con tu lado Mi soledad menos fuerte. Correspondí a tu deseo Y a tu voluntad (nacida Del Rey, a quien sigo y creo) Con otra afición crecida, de que ajena no te veo; Y así, me holgué de saber Que mi hermano me traía a esta casa de placer A servirte, do podría Cosas de tu gusto ver. Aqueso he yo procurado, Y con gran dificultad De tu hermano he recabado; Que, según su cortedad, No poca tierra he ganado; Puedo con tu hermano poco, Muy poco con él merezco, Pues a desdén le provoco Cuando a servirte me ofrezco. No dio mi hermano de loco Tantas maestras hasta agora, ¡Que tu valor conociendo, No te estima y no te adora! O ¿estás el modo fungiendo Con que un galán se enamora? Porque es cierto que las cosas Que de lejos aficionan, de cerca, por milagrosas, Encantan, porque apasionan, Y matan por ser hermosas. Dígote que no me quiere. ¿Que con obras de marido No muestra que por ti muere? Menos que eso, amiga, pido. ¿Cómo menos? ¿Qué se infiere De esto? Qué menos pretendes? Buenas palabras querría; Que aun esas (si no te ofendes) No me da. ¿Y con osadía En pedírselas no entiendes? Creer, Menandra, no puedo Tanto rigor de un marido. (Bien procede mi Manfredo, Si esta mujer no ha mentido, Pero temo algún enredo; Y ansí, pienso que me engaña.) Ya te he dicho que conmigo Usa del rigor y saña Que pudiera un enemigo Lleno de esquivez extraña; Ni me escucha, ni me mira, Ni cabe en mi la esperanza De que ha de hacer en su ira El tiempo alguna mudanza. Y ¿le amas?, ¿Eso te admira? Le quiero, le adoro y le amo, Porque es tan bello a mis ojos, Que en verle toda me inflamo, Y a sus celosos antojos, Favores y glorias llamo. ¡Ay triste, que no me agrada Que a ti te parezca bien! ¿Qué dices? Que está cifrada En tu amor y su desdén Una fe que es mal pagada. Mas dime, ¿tú no venias De un retrato enamorada? Si venía, y sus porfías Dieron al rey libre entrada En estas entrañas mías. ¿No es Manfredo más hermoso, De mucho, que el rey, mi hermano? Ni su retrato engañoso, Ni su original liviano, Se han de igualar con mi esposo. Calla agora, que me engañas, Si ya el ser rey no te ha hecho Abrir puerta a tus entrañas; Que esto sin duda en tu pecho Mostró sus fuerzas extrañas; Porque riquezas y estados Suelen en hombres hacer Lo que aceites y brocados En mujeres. A tu ver, Son esos pasos contados. No imagines que es ansí; Que a tu hermano le quisiera Por su persona y por mí, Cuando la beldad no viera Tener él cifrada en sí. (¡Ay de mí! que en el enredo De que siempre me temí, Ha puesto a entrambos Manfredo.) Menandra, el rey viene aquí, Vete; que si con él quedo, Yo haré que te adore y quiera. ¿Eso me ofreces? Sin duda Te lo ofrezco. ¿De manera Que tú has de ser en mi ayuda? Voyme. Vete. Si no espera Tu dicha mayor regalo Del que yo he de procurarte, No será mi intento malo Para poder desviarte Del bien que al mayor igualo. ¡Oh Fulgencia, mi alegría! ¿Mi deuda no he de llamarte esta vez, aunque eres mía? ¿Ya comienzas a enojarte? Ya te doy melancolía? ¿Qué tienes? Dime tu enojo. En llamarme deuda has hecho Deuda mayor a tu antojo, Pues no ha de pagar tu pecho La deuda de su despojo. Y pues no me has de pagar, Y siempre me has de deber, Ese nombre me has de dar; Que deuda tuya he de ser, Sin poderla rematar. En fin, ¿qué tú me has metido En esta gran confusión? ¿Así paga el que es querido, ¿Débese esto a mi afición? ¿Ansí esfuerzas mi partido? Después de haber por ti hecho (Sin respetar a mi hermano, Ni al honor que hay en mi pecho) Lo que tú tienes por llano, Por ser tan de tu provecho? Si yo casado me hubiera No harías más sentimiento; Mi Fulgencia, considera Que de tu hermano el intento Sigo con esta quimera. De burlas le enojarás, Pues de burlas me he casado. Para mí casado estás Con ella o con su cuidado, Que es lo que me ofende más. Tú la tratas como esposa, Tú la debes regalar. ¿Yo regalar? ¡Qué quejosa Sin causa estás, por me dar Aquesa pena amorosa! Ella lo diga o tu hermano, Si la hago los favores; ¿De qué te quejas en vano? Si los celos son temores, ¿Qué temor hallas liviano? Tú, Manfredo, aunque fingido, Eres de Menandra bella, De nombre al menos, marido; Con el nombre estás con ella, Celos del nombre te pido; Que aún no es bien que la regales Con solo el nombre. Tus duelos No son, amiga, mortales. ¿No sabes que son los celos Quinta esencia de los males? Sí. Pues siendo tan mortal La pena de padecerlos, En un alma harán señal Mas dos gotas solas de ellas Que mil libras de otro mal. No pudiera sin sospecha No obedecer al mandado De tu hermano. ¿Qué aprovecha Si me ofendes? Yo he pensado Dejarte muy satisfecha Con traerte aquí al momento, Donde viviendo conmigo, De mi proprio pensamiento Ansí fueses el testigo Como eres el movimiento; Que si yo traidor te fuera, Ni tú vinieras aquí, Ni esos desdenes te oyera; Vuelve, mi Fulgencia, en ti, Mira mi fe verdadera. Y mira que no he de hablarla A Menandra, que no sea En tu presencia, ni darla Ocasión para que crea Que puedo sin ti escucharla. Esa palabra le pido. Yo te doy esa palabra; Que mi pecho enternecido No es diamante que le labra Buril de otro amor fingido. ¿Pierdes el susto cruel, Celo y enojo mortal? No pierdo lo que hay en él, Porque mientras dura el mal Siempre dura el miedo de él. Vamos, que a mi voluntad Ofendes con gran rigor. Vamos pues con gravedad; Rey de Nápoles, señor, Venga vuestra majestad. No me digas tal locura. ¿No eres rey? Soy rey fingido; Alteza por gran ventura Soy, por haber merecido La alteza de tu hermosura.
JORNADA SEGUNDA
Acaba, y quita al enredo Las nieblas de los temores, Y dime, amigo Manfredo, Las nuevas de mis amores, Si míos llamarlos puedo. Sácame ya de cuidado; Que el bien dudoso es peor Que el mal cierto y declarado. Las nuevas saben mejor Cuando se han más deseado. Y pues no se han de pagar Con otro mayor empleo, Páguelas el desear; Que es justa paga el deseo En quien pretende alcanzar. Si a ti te parece bien Que desee, desde aquí Solo el deseo es mi bien, Y aun de mi estado y de mí Haré deseo también. Que ya, Manfredo, me veo A tu ser tan obligado, Que por darte el que poseo, Te querría dar mi estado Disfrazado en mi deseo. Que al rico se ha de pagar Como paga el hombre pobre, Que es solo con desear, Pues no hay quien en darte sobre Al que tiene más que dar. Pero dime, caro amigo, ¿Habrase acaso enojado La Reina porque la sigo? ¿Hate por dicha escuchado? ¿Tiene disgusto conmigo? Y ¿cómo si me ha escuchado? Luego ¿soy tan mal tercero. Que más no habré recabado? ¡Ay amigo verdadero! ¿Cómo más? ¿Qué has negociado? Pues si más no recabara, Conocieras mi agonía En mi lengua y en mi cara. ¡Oh amigo del alma mía, Y de ella prenda muy cara! ¿Cómo la nueva que espero Podré pagarte? Si agora No te pago (aunque lo quiero) La esperanza que en mi mora Del recebirla primero, Con la vida he de servirte Estas nuevas que me das. Luego ¿ya quieres morirte? Después me la prestarás, Conde amigo, para oírte. Tómala, Manfredo hermano, Y después al lugar suyo La vuelve, porque es más sano Recebir un favor tuyo Con vida que es de tu mano. Cesen esos cumplimientos De quien me das tanta parte; Cesen encarecimientos, Y sabrás que en agradarte Pongo todos mis intentos. Yo hablé a la reina, y tu pena La renové en su memoria; Oyola, y diola por buena, Sacando de ella la gloria Que ya en cual suyo te ordena. Hallela tierna en efeto. ¿Cómo tierna'? ¿Qué has podido Con milagro tan perfeto, Abrir puertas a un oído Cerrado, sordo y secreto? Mira, amigo Norandino, Como te vio en su presencia Llorar tu mal de contino, Tu lloro en su resistencia Halló (aunque fuerte) camino; Y como el llanto pasado Se juntó con el presente, Fue llover sobre mojado; Ablandela fácilmente, Y sembrela otro cuidado; Que el amor, como es astuto, Saca de pasadas glorias Presente y nuevo tributo, Y de marchitas memorias Memorias que rinden fruto. En fin que te quiso bien En Sicilia me ha contado; Así que, por cierto ten Que por callar por su estado Calló su pena también. Ella admitió el casamiento De este rey napolitano. Por cumplir el mandamiento De aquel su padre inhumano, Que la casó sin contento. Y de esto está tan cansada, Que sin haberse casado (Como el cuyo no le agrada), Le parece haber estado Con él un siglo casada. Y como el salir consiste De aquesta vida enojosa En ti, que su amante fuiste, Te pide blanda, amorosa, Corrida, llorosa y triste, Que seas su valedor, Su escudo, amparo y defensa, Mostrando en esto el valor Que tienes para la ofensa Del Rey tu competidor. Que entretengas las galeras Te manda, en que habéis venido Porque piensa muy de veras Dejar al Rey, su marido, Y partir donde tú quieras. Tierra alegre, adonde mora Un favor tan impensado, Jardín do nace el aurora, Cielo que no te has mostrado Ser tan cielo como agora; Plantas que reverdecéis Con las nuevas que escucháis, Fuentes que a oírlas corréis, Pájaros que las cantáis, Flores que las componéis, Sol bello, que te has parado Para mí, nuevo Josué, Que sigo el alcance honrado De mi mal que un tiempo fue Con el bien que hoy me ha llegado; Pues todos con verme ledo Os holgáis por varios modos, Pues veis que pagar no os puedo, Ayudadme a pagar todos Lo que le debo a Manfredo. Caro amigo, es por demás Pretender remunerarte Sin dejar el cielo atrás, Pues para poder pagarte Te he de dar lo que me das. Con todo, te levantara Un templo con mil despojos, Como a Dios que me repara, Donde te honraran mis ojos, Do mi boca te adorara, Donde incienso te ofrecieran Las manos que has redimido, do mis gustos te sirvieran, Y de tu voz el sonido Mis orejas solo oyeran. Pero en aqueste momento Ojos, boca, gusto, oír, Memoria y entendimiento Me valen, por impedir Que no me mate el contento. Perdona, amigo querido, Si ando corto en este punto; Que vida, gusto y sentido, Todo le lo daré junto En haberme socorrido; Y deja que mi memoria Razone a solas un rato Con el huésped de mi gloria, Que no quiero serte ingrato A él como a tu Vitoria. Suspenderme quiero un poco. ¡Oh mi gloria! ¡Que te veo! Que te espero! Que te loco! Este necio, a lo que creo, Ha dado de hereje en loco. Con estas falsas quimeras Voy engañando su fe; Que para entablar mis veras, Me conviene que se esté De asiento con sus galeras. Y lo bueno es que he de hacer Que la Reina, sin saberlo (Porque no le puede ver), se lo mande, que el hacerlo Está solo en mi querer. Ella viene. Buen Manfredo, En tu busca me venía, Llena de un celoso miedo; Mas di, ¿qué melancolía Trae a este loco tan ledo? ¿Con todos eres esquiva? Calla, y dime qué le ha dado. Porque un nuevo ser le aviva, La vida activa ha trocado En vida contemplativa. Eso, Conde, le conviene. Mientras está suspendido, Sabrás, Reina, lo que tiene: Ya sabes cuán afligido Por tu causa pena. Pene. Ya sabes que en buen romance Me escogió por su tercero. Él echaba un rico lance. Yo, que soy quien menos quiero Darte en sus gustos alcance, De tu parte le he mandado Que te deje de querer. ¿De eso está regocijado? Es gloria el obedecer Al que es fino enamorado. Dice que darle contento Es todo su galardón, Y que ya con nuevo intento ha de hacer nueva afición De este nuevo mandamiento; Que no teniendo otro cuyo Más que el ser que tú le das, todo ajeno y todo suyo, Tendrá por dama de hoy mas Este no quererte tuyo. Opinión tan sabia y loca Nunca ingenio la ha trazado. A tu reposo le toca, Que lo que yo le he mandado Le mandes tú de tu boca; Será dar autoridad A tu nuevo embajador. Acabe su necedad, Y harelo. ¡Ah duque! Ah señor! Aquí está su majestad; Y alegre de ver que quieras Hacer lo que te he mandado, Digo lo de las galeras. Duque, gran gusto me has dado; Ansí es razón que me quieras. Ya de Manfredo has sabido Mi gusto, seguirle has; Y pues él me ha referido Que tú aparejado estás Para esforzar mi partido, Hazlo en fe de que te estoy Por aquesto agradecida. Digo. Señora, que soy, Y seré toda mi vida El mismo que he sido hasta hoy. Porque en todo he de servirte, Sin pasar de tu mandado. Mucho me huelgo de oírte Y de que alegre has quedado Sin muestras de arrepentirte. Pues ¿alegre en tu servicio No he de estar? y más sabiendo Que en aquesto hago mi oficio, Y tan bien me está, que entiendo Perder, de gozo, el juicio. ¿Qué me digas con verdad Que te está bien? Que es posible? ¡Oh Manfredo, la mitad De mi alma indivisible, Ejemplo de la amistad! Tú eres sin duda hechicero. Mira la Reina, que aún duda De este mi amor verdadero, Dudando de si en su ayuda Pondré la vida al tablero. Quien desea, teme, amigo. Venturosas dudas mías. El necio duda consigo. Si le mando lo que ha días Que con desdenes le digo. Tan bien a mi ser le está, Señora, lo que has mandado, Que ningún tiempo podrá Ver sin obras acabado Lo que en palabras te da. Eso te pido, y espero Que será como confío De tan noble caballero. ¡Oh Conde! ¡Oh Manfredo mío! ¡Oh dichoso lisonjero! Lo que mandas te aseguro. Sin temer oíros enojos, Pues en mi gusto procuro El seguro de tus ojos. Que es de mi vida el seguro. Con eso en esa ocasión Asegura la balanza Del fiel de mi corazón, La hiedra de tu esperanza En el muro de afición. Vete pues, y con Manfredo Me deja a solas un ralo. Voyme, Señora, y me quedo Ya con el nuevo retrato De mi gloria y de tu miedo. Manfredo del alma mía, Mucho te debo sin duda. Conde, pagarte querría El haberme dado ayuda Contra un necio y su porfía: Que se debe la amistad Al que libraros procura De un necio con libertad, Que es gran médico que os cura De una grande enfermedad. ¿Con qué pagarte podré Tanto bien como me das? De mi desventura sé Que pagar no me querrás, De mucho tener con qué; Que las ricas de hermosura Sois avaras de favor. ¿Ya vuelves a tu locura? ¿Ya vuelves a tu rigor? Mi fe dura. Y mi mal dura. Siempre, Reina, estoy mortal. No des, Conde, en enojarme. ¿Hay desdén al tuyo igual? No me quites el quejarme, Pues no me quitas el mal. Déjate de esas razones, No des en vanos antojos; Cierra el paso a tus pasiones, O le cerraré a mis ojos Por no ver tus intenciones; Que si das en ofender Al honor del Rey, que es mío, Con tu ingrato proceder, Habré de buscar desvío Para no te hablar ni ver. Yo callaré. (Gran bondad En aquesta mujer reina.) Dime, en fe de mi amistad, Todo cuanto mandes. Reina, Pues sabes mi voluntad. Sabrás que como el tormento De los celos (¡Pena esquiva!) Despierta el entendimiento, El entendimiento aviva El cuidado y pensamiento; Y ansí, con ellos he hallado una verdad confirmada Del afición y cuidado. Que el Rey tiene en su posada A la dama que has callado. No miento yo. ¿Qué aprovecha? Que como no sé quién es, De todas tengo sospecha. Su nombre sabrás después, Y quedarás satisfecha. ¿Y cuándo? En otra ocasión. Todas las de casa pones Mal con eso en mi opinión; Que todas son mis ladrones Hasta saber mi ladrón. Acábala de nombrar. Aun no sé quién ha de ser. ¿Siempre das en murmurar? Como tú en aborrecer. Ya tornas a porfiar. Voyme.. Espera. ¿Has de callar? Como piedra callaré Con quien es piedra en amar. Pues en fe de aquesa fe, Te quiero yo preguntar Si conoces, Conde amigo, De las damas de palacio Las letras. Como le sigo Desde niño, y tan despacio Estoy con él, y él conmigo, No se me puede encubrir Cosa en el particular. Y a las damas sé decir Que enseñándome a contar, Las he enseñado a escribir. Cuanto y más que profesamos En Nápoles gallardía, Y las letras nos mostramos En motes. que cada día Escritos nos enviamos. Manos, cabezas y pies De estas forzadas doncellas Conozco. Rico interés. Muéstrame un suspiro de ellas, Y te diré cúyo es. Pues si te enseño un papel De la que en celos me abrasa, ¿Dirasme, Conde, por él Quién es ella? Si es de casa, Yo lo diré, como fiel. De casa debe de ser. El pecho me has alterado. ¿Qué dices? Que he de tener Al Rey por muy descuidado, Si eso has llegado tú a ver. Sabrás pues, Manfredo amigo, Que, como el que Fuerzas flacas Contra un enemigo tiene, A quien en poder no iguala, Todo su modo de guerra Ha de consistir en trazas, En espías y en cautelas, En ardides y emboscadas; Ansí yo, que mal partido Con el Rey tengo sin causa, He de valerme de astucias, De quimeras y asechanzas. Con las cuales (cuando el Rey Se puso anoche en la cama) Engañé difícilmente A un criado que le guarda Los secretos y vestidos Que son de más importancia; de su cámara un ayuda Me dio muy libre la entrada. Y ansí, escritorios y mesas Busqué con priesa y con ansia; Hallé en una faltriquera De aquellas calzas, de nácar, Bordadas, que ayer sacó, Con telas de azul y plata; Digo que hallé este papel. ¡Ay de mí! ¡Quién me acobarda? Mira qué enveses que tienen Sus ropas y sus entrañas. Tomelo, pero al tomarlo, Hicieron sangre en mi alma Sus heridas, conociendo Ser él quien mi muerte traza. Abrí, y leílo con miedo; Que de sus dulces palabras Algún hechizo temí, A vueltas de otras mudanzas. De su dulzura y terneza Conocí bien que la dama - Le adora y quiere en extremo, Según tierna le regala Y ansí, alegre por hallar Rastro de mi muerte airada, Y triste por el suceso De mi pena y mi desgracia, He venido a ti, Manfredo, Para que. sin más tardanza. Con fidelidad me digas Quién es esta que me mata; Cuya, amigo, es esta letra, Y esta mano alegre y falsa. Que me da entre sus dulzuras Esta purga de retama. Esto a mi cuenta has de hacer, Para que quede a tu causa Mostrándome quién me hiere) Mi herida medio curada. ¡Ay papel! Ay galardones Indignos de este pesar! ¿Dante pena mis pasiones. 0 te ofende el rejalgar De la tinta y las razones? ¡Oh traidor! Dios te destruya; ¡Oh enemiga de mi fama! tuya es esta letra, tuya. ¿Mas que fuera de su dama Y de alguna deuda suya? ¡Ah Conde amigo! ¡Ah liviana! ¡Ah Manfredo! ¡Ah vil villano! Este negocio se allana. Por el cielo soberano. Que esta letra es de mi hermana. ¡Ah Manfredo mal nacido. Sinón en formar traiciones, Ya la letra he conocido, Y por ella los borrones De mi Fulgencia he leído! ¿Que el amigo más privado, Y el de mayor confianza, Ese mi honor me ha quitado, Y en lo que puesto en balanza Vence al valor de mi estado? ¡Ay estado peligroso, Y qué de espinas que siembras En un pecho generoso! Ay honra en poder de hembras, Vidrio en manos de un furioso! No hay sangre, imperio, ni ser Que en bondad os aventaje, Mas la sangre, ¿qué ha de hacer, Si sois las de más linaje, De linaje de mujer? Yo castigaré, traidor Manfredo. ansí tus engaños, Que se aplaque mi furor; Que el castigar tales daños es muy proprio del señor. ¿Qué es esto, Manfredo fiel? Paréceme que te han dado Veneno en este papel. El Rey viene, ¡ay desdichado! Y verá lo que hay en él. Cuán seguro es mi perder El papel quiero guardar. Ansí, Conde, habrá de ser, Pues no le puedo cobrar, Sin que el Rey lo eche de ver. Oh Manfredo, caro amigo, Con priesa a buscarte vengo, Porque a solas, sin testigo, Por cosas graves que tengo. He de hablar solo contigo; Y ansí, la Reina allá fuera. Se entretenga con mi hermana. Que ha gran rato que la espera. No es novedad. cosa es llana, Echarme de esta manera. Ni es novedad el quejarte. Vete, acaba, que me mueles. Ya me voy por no cansarte. — Manfredo, que el papel celes Solo quiero encomendarte. Lástima me hace. Señor, aquesta pobre señora; Templa, por Dios, tu rigor. Que pasa de raya agora, Y en duda pones tu honor. Bien has probado el efeto De su honrado proceder; ¿Tantos tiros, tanto aprieto? Mira, Rey, que no ha de ser Más bien templada que un peto. ¿Tantas experiencias malas? Tantos siniestros reveses? Tanto quitarte las alas? No se venden los arneses A prueba de tantas balas. Saquémosla, por tu vida, De la pena que padece; Que si esta gloria crecida Por justa no la merece, La merece por sufrida. ¿No me respondes, Señor? El color tienes mudado; Sin duda que es el rigor Del enojo muy sobrado, Que quita a un rey el color. ¿Hate ofendido tu esposa, A fuerza de ser rogada? No es mi lengua mentirosa: Que el probar mujer y espada Es prueba bien peligrosa; Porque sigue un presupuesto De las dos la condición, Y al peligro manifiesto, Como entrambas hojas son, Vuelven la hoja muy presto. ¡Ah, Señor! no seas cruel, Cuéntame quién te enojó. Traidor, alevoso, infiel, Una hoja me ofendió, Pero es hoja de papel; Hoja que me da tal guerra, Que, enojando mi valor, De la vida me destierra, Y es del ramo más traidor Y más noble de esta tierra. Pero yo le cortaré Con mi espada y con mi mano, Vil Manfredo, pues ya sé Que hace sombra al más villano Que ha conocido la fe. Saltos me da e! corazón. ¿Qué murmuras, enemigo? ¿Es confesar tu traición? ¿Traidor, y a tan grande amigo? No es sin muy grande ocasión. Quiero, hasta ver la verdad, Cubrir mi dudoso yerro; Que, en efeto, la maldad, Que tiene cara de hierro, Tiene cara de bondad. ¿Qué dices, falso y doblado? Que de oírte no me aflijo, Porque estoy asigurado Que de alguna envidia es hijo Ese tu enojo sobrado; Y en tu noble proceder, Porque al ser natural cuadre, Agraviando mi querer. Como es víbora la madre, Ha reventado al nacer. Pero si mi confianza Vence a mis competidores, Verás sin mucha tardanza Que son tus mismos rigores Hechuras de tu privanza. Mueve el favor la codicia, La codicia a la esperanza, La esperanza a la justicia, La justicia a la privanza, La privanza a la malicia. Tiene el que tiene el mandar, De envidias una gran cerca, Por esto lo han de llamar Privado, porque está cerca Del privarte del privar. Desfoga ¡oh Rey! tu pasión; Que yo estoy asegurado Que tienes poca razón, Y que envidias de mi estado Turban mi buena opinión. No son envidias, ingrato, Ni son falsas relaciones Las que publican tu trato; Testigo de tus traiciones Te he de dar en breve rato. Mira bien este papel; ¿Conoces aquesta letra? ¿Sabes de su mano infiel el secreto que penetra Quien leyó lo que hay en él? Sabes a quién se escribieron Esas razones? Y ¿sabes Que a ti por mi hermana fueron Dirigidas? Porque acabes De entender que te entendieron; ¿Desde la letra primera No viene a ti encaminado Del pecho de aquella fiera? ¿No eres tú su regalado? No dice de esta manera? «La que no teme mudanzas, uno sabe lo que son firmezas; y ansí, todo cuanto haces me hace miedo; quisiera tener más que darlo, para que con esperanza de ello asigurara mis dudas; pero, pues no me deje otra cosa en mí más que el poder rogarte como a dueño absoluto de cuantas yo he tenido, te ruego que mires siempre por mis obligaciones y lágrimas, pues las primeras son de honor, y las segundas de celos.» Conoce, ingrato y traidor, El fino término honrado, Que con capa del favor, En mi palacio has tratado, En ofensa de mi honor; Donde, a vista del regalo, Que engañado te ofrecía, Cuando a mí mismo te igualo, En la mejor prenda mía Te enseñaste a ser tan malo. ¡Ay de mí! cuán descuidado En no romper el papel Anduve, mas ya he pensado Otro enredo, que con él He de salir de cuidado. ¿Qué estás trazando, tirano? Si piensas darme a entender Que aqueste papel liviano Puede ser de otra mujer, Será pensamiento vano; Porque la Reina, furiosa Con estos celos fingidos, Hubo de hallar, muy curiosa, Buscando entre tus vestidos, Aquesta carta amorosa; Donde, no solo has mostrado Que eres traidor, mas también Que de serlo te has preciado, Pues llegó a manos de quien Me le dio con más cuidado. Esa loca se rindió a un varón secreto y fiel, Tu cuidado la pagó; Que quien no guarda un papel No estima a quien lo escribió. Los amantes regalados. De infantas favorecidos, Hacen, estando obligados, Escritorios de vestidos Que andan entre sus criados. Ingrato has sido y traidor (Con tu poca y mala cuenta) Al amor de ella y mi honor; Que el menospreciar la afrenta Hace la afrenta mayor. ¿De qué, con risa fingida, Te muestras alborozado? Yo te quitaré la vida, Porque acabe mi cuidado En ser ella fenecida. Lave tu sangre villana Estas manchas por mi daga, Porque la boca inhumana De tu pecho y de tu llaga Cierre a la del vulgo vana. Detén la mano, y advierte Que no es bien, sin escucharme, Tratarme de aquesta suerte. ¿Qué disculpa puedes darme, Que te libre de la muerte? Cuando yo no te la dé Tal que satisfecho quedes, Bien podrás culpar mi fe; Y entonces, si tú no puedes, Yo mismo me mataré. Imagino que has pensado Cómo engañarme; mas di; Que yo estoy tan lastimado, Que por ver disculpa en ti Diera parte de mi estado. Tan desdichado he nacido, Que te he ofendido sin duda Con lo que más te he servido; Oye, y verás que en tu ayuda Esa misma carta ha sido. Y ¿esto dirás, en efeto, Que ha sido servirme, ingrato? Que lo ha sido te prometo. ¿Cómo? Escucha un breve rato. A escucharte me sujeto. ¿Bien te acuerdas que fingías A la Reina, mi señora, Que una dama conocías En palacio, a quien yo agora Amaba con mil porfías? Sí me acuerdo. Y ¿que rogado Por ella (afligida y triste Con su celoso cuidado), Su nombre no le dijiste Por no tenerle pensado? Verdad es. Y ¿me mandaste Que te ayudase a pensar A quién con menos contraste Pudiésemos levantar El testimonio que hallaste? Todo es ansí: yo confieso Que en todo dices verdad; Mas no que para el proceso De mi afrenta y tu maldad De descargo sirva aquesto. Que sirve es cosa muy llana; Porque yo, por tu ocasión, Con buen lado y con fe sana, Quise seguir tu invención Con ayuda de tu hermana, A quien hice que escribiese Este papel amoroso. Donde amores me dijese; Y ansí, lo dejé, gozoso, Donde la Reina lo viese; La cual, viendo los matices De la mano amada y fiel, Echando en su amor raíces, Ha de creer que es papel De la dama que tú dices. Mira con esto, Señor, Si te he servido, y con gana. ¿Fulgencia, Conde traidor (A quien llamamos tu hermana), Ha de causarla temor? Si causará. ¿Tú no ves Que el papel de su enemiga Ha de enseñar, y después, Que el que menos de él le diga, Le ha de decir cuyo es? De Fulgencia, cosa es llana Que es la letra han de decir, Pues ¿ha de creer, liviana, Que a tu hermana has de servir, Si la tiene por tu hermana? Pensando huir tus castigos, Te paras dobles traspiés; Falsos te son tus amigos. ¡Ah Manfredo, y cómo es La conciencia mil testigos! Cómo te alcanza el pecado De cuenta en esta ocasión! Calla, que no has penetrado. Como piensas, mi intención, Y por eso me has culpado; Mi intento fue que ella viese La letra, y que de Fulgencia Dos mil celos concibiese, Cuando, por su diligencia, Ser tuyo el papel supiese. ¿Cómo ansí? ¿No es cosa llana Que en verlo se ha de poner Mas celosa y menos sana, Si la haces tú creer Que no es Fulgencia mi hermana, Sino que en nombre fingido De hermana, es mi dulce amiga, Y que has también entendido Que, aunque el reino la persiga, He de ser yo su marido? Pues si le dices aquesto, Sobre haber visto el papel, Diga la experiencia el resto; Y di tú por mí y por él En la deuda que te he puesto. Esto venía, señor, Solo agora a descubrirte; Mas, ya por muy gran favor, Quiero, Rey, solo pedirte (Si es que puede algo mi amor) Que con tu Menandra amada (Que es tan buena como ves) Hagas vida asegurada, Y que licencia me des Para irme a mi morada, Donde triste y sin favor, Con la soledad amiga, Viviré de hoy más, Señor, Seguro de que me diga El dueño de ella traidor. Hereden, Rey, mi contento Los que pueden más en ti. Yoyme, al fin; dales mi asiento, Porque por lo menos fui Traidor en tu pensamiento. ¡Oh mi amigo verdadero, De mi vida la mitad, De mis gustos fiel tercero, Ejemplo de la amistad, De mi honor escudo entero! Perdóname el discurrir Fácil, terrero y liviano, Las sospechas y el reñir; Que no solo como hermano En mi casa has de asistir, Pero mis veces te doy. Mis privados atropella; Dispón, Manfredo, desde hoy De los cargos que hay en ella, Por el cargo en que te soy. Pues tanto te debo, amigo, Como lo muestran tus obras, De hoy más ese acuerdo sigo; Nueva opinión en mí cobras, Y ansí, a seguirte me obligo; Y perdona mi dudar. Mi miedo y mi sobresalto; Que te quiero confesar Que, como volabas alto, No te he podido alcanzar. No me niegues el perdón. Yo le doy, y te suplico Me tengas en la opinión Que este servicio, aunque chico, Merece por galardón. Téngote por mi gobierno, Por mi honor y por mi amparo. Más necio queda y más tierno; Mi engaño fue mi reparo.. Vivas, Conde, un siglo eterno, Alegre y favorecido De mi mano y de mi estado. No me nieguen que no ha sido Al esfuerzo aventajado El ingenio preferido. Oye: la Reina y Fulgencia Vienen a buena sazón, Pues agora en su presencia Puedes cobrar la opinión Que habrás perdido en mi ausencia. Yo con la Reina a una parte Me pondré, tú con mi hermana, Donde tierno has de mostrarte, Con muestra alegre y ufana De quererla y de adorarte, Porque mil celosas llamas La den tus demonstraciones. ¿Qué demonstraciones llamas? Decirse tiernas razones, Como es costumbre entre damas; Tal vez llegar y abrazarla, Y tal, tomando su mano, Enternecido adorarla, Pues de ti, como de hermano, Puedo sin duda fiarla; Que, en fe de tu gran bondad, Para todo doy licencia. Señor, mi gran lealtad. Ni aun burlando, con Fulgencia Permite tal liviandad; Ni es bien, porque tú creerás Que sirvo y quiero a tu hermana, Y por galán me tendrás De su beldad soberana, Si esa licencia me das. No me motejes, amigo; Que tengo más sano el pecho. Haz lo que agora te digo, De la bondad satisfecho Que siempre usaste conmigo. ¿Que esta licencia, en efeto, Que me das he de tomar? Sí, Conde: que te prometo Que gusto de hacer penar A la Reina. Y yo, sujeto A tu gusto y condición, Pienso, tomándola agora, Gozar de aquesta ocasión; Pues con esto se mejora Tu contento y tu opinión. Fíngete muy regalado De Fulgencia. Hacerlo pienso Si dispensas en el grado De tu temor. Yo dispenso. Yo quedo bien dispensado. Siempre tu hermano conmigo Lleva al rigor por trofeo. No porque yo no le digo Los agravios que usar veo En su deshonra contigo. Allí con Manfredo está; ¿No le ves? Pues bien verás Lo bien que me tratará. ¡Oh mi hermana! ¿dónde vas? ¿Qué te trae por acá? Acaso, hermano, he venido Con la Reina, a quien es justo Que hables. Has acudido A su desdén y a mi gusto, Porque está tan divertido, Que aun visto no me ha sin duda. Siempre estás en tus querellas De razones, Reina, muda; Porque cansa el entenderlas Al que no les dará ayuda. Y dame lugar, que quiero Hablar con mi hermana un rato; Que ha mil siglos que la espero. ¿Ya me despides, ingrato, Sin acogerme primero? Ni te despido, ni digo Que te vayas. Pues ¿qué haré, Mientras tratas, enemigo, Con Fulgencia? Que se esté el Conde un ralo contigo; él te puede entretener, ¿Eso mandas? Eso pido. Y ¿es de. honrado proceder, Sabiendo lo que ha emprendido? ¿Qué importa, si es mi querer? Conde, a la Reina entretén Mientras hablo con mi hermana. Yo lo haré. Por cierto bien; ¿Hay condición tan villana? Hay tan esquivo desdén? Señora, hablar nos conviene; Que hay mucho que descubrirte. Como mi alma en ti tiene Su verdad, ha de decirte Las verdades que mantiene: Con el Rey en grande aprieto Me vi agora. ¿De qué suerte? El papel que tú en secreto Me escribiste (caso fuerte) Halló la reina en efeto; Mostrolo al Rey, y matarme Ha querido, y me matara A no saber disculparme; Fingí con serena cara Lo que sabrás, por librarme. El acuerdo que has tomado Tengo en mucho, buen Manfredo. Tomele como obligado A no encubrirte, si puedo, verdad, enredo o cuidado. Eso es lo que pido yo;. ¿Cúyo es el papel me di, Que tu industria me tornó? No está muy lejos de aquí La mano que lo escribió. ¿Cómo puede aqueso ser? Si Fulgencia lo escribió, Muy bien se puede creer. Conde, ¿el papel te enseñó A embelecar y a vender? Verdad digo. Cosa es nueva Tal manera de afición Entre hermanos y tal prueba; Si ya no es que hermanos son Por parte de Adán y Eva. Reina, todo puede ser. ¿Qué dices? La verdad digo, Porque muy presto has de ver Que no es del Rey, tu enemigo, Hermana aquesta mujer; No es sangre, sino amistad Lasciva la de los dos, fingida es esta hermandad: Toda Nápoles y Dios Saben aquesta verdad. Su pecado, no sencillo, A tu celoso interés Quieren, Reina, desmentirlo; Que, como de carne es, Con sangre piensan cubrirlo. ¿Eso me asiguras? Sí, Porque la verdad te digo. ¿Que eso es posible? ¡ay de mí! Ay Sigismundo enemigo! ¿Tienes por mi hermana, di, A Fulgencia? No, por cierto. Pues mas cierto es ser mi hermana Que del Rey; mira el concierto, Mira su astucia inhumana, Mira su engaño encubierto; Ser esto verdad te juro Sobre la cruz de esta espada. ¡Ay alevoso, ay perjuro, Ay lasciva, ay solapada, Traidora sobre siguro! Ansí, Reina, sus amores Piensan tratar con secreto, Sin perder sus pundonores, Y lo saben, te prometo. De palacio los señores. Mas nadie te lo dirá. Por la pena de la vida Que su rey puesto les ha. ¿Hay tal traición? Si es fingida esta verdad, se verá, Mira qué tales están Los dos, tan ciegos y locos; luzga agora si es galán, Mas de estos hermanos, pocos Tan unidos se verán. Pues ¿cómo que así guardaste, Descuidado, mis papeles, Que tan poco los celaste, Que entre las manos crueles De la Reina los hallaste? ¿Esto es decir que me quieres? ¿Ansí mis cosas estimas? Oye, Reina, por quien eres. Porque en tu memoria imprimas La maldad de estas mujeres; Ya sabes que tú has leído El papel: celos le pide. Tus cosas siempre he medido Con el rigor que las mide La razón de ser querido; Mas, Señora, ¿qué aprovecha, Si me engaña cada hora. Toda en sus celos deshecha? Que son de lince, Señora, Los ojos de la sospecha; Que por más que los enredes y quieras entretenerlos, Despintando cuanto puedes. Pasa la agudeza de ellos Diligencias y paredes. Oye lo que están hablando, Que piensan no ser oídos; La dama le está culpando, Y él, con descargos fingidos, Mil disculpas le está dando. ¿Hay tal maldad en la tierra? Perdona, Fulgencia mía; Del alma el rigor destierra; Que el ver tu melancolía. es pena del que te yerra. Dejemos riñas aparte, Y pues tan discreta eres, Gusta de desenojarte, Y empleemos, si me quieres, La licencia de abrazarte; y agradezcámosle al mal El bien que de él nos resulta. ¿Que mi hermano ha dicho tal? Pasado está por consulta Con privilegio real. ¿Qué es lo que dicen agora? No lo entiendo, mas parece Que ella se aplaca, Señora; ¿No ves cómo se enternece, Cómo le mira y le adora? ¿Quieres agora apostar Que quedan apaciguados y que los ves abrazar? Que enojos de enamorados En glorias se han de tornar. Por el cielo soberano,; Si tal hacen que los mate Con tu espada y con mi mano. Bien merece ese remate Un hombre loco y liviano, Que te quiso publicar De su rey el pensamiento; Hasme ofrecido callar, ¿Y publicas ese intento? La palabra has de guardar Que me has dado pues no puedo (Si lo sabe el Rey) vivir. Yo la guardaré, Manfredo, Que por mi sabré sufrir; Que es más mi honor que tu miedo. Yo te lo suplico ansí. Pues mi secreto atropello. Asegúrate de mí. Señora, a mí me va en ello No menos que te va a ti. Ya le he dicho, en conclusión, Que el Rey de verte abrazar Gustara en esta sazón. Pues si el Rey ha de gustar, gocemos de la ocasión. ¡Oh querida hermana mía! Toma agora de mi mano Este abrazo de alegría, Que con gusto de tu hermano Te doy. ¿Hay tal tiranía? ¡Vive el cielo, que la abraza! ¿No te lo dije, Señora? (Oh qué bien sigue mi traza Manfredo!) ¡Oh falsa! Oh traidora! Ya el Rey no nos embaraza; Tórname, hermana, a abrazar. Otra vez se han abrazado. — Conde, Conde, has de llegar; Desbarata apresurado Paz que guerra me ha de dar. ¿Qué es esto, Rey, mi señor? ¿Con tu hermana y mi señora Tanta paz y tanto amor? Hame dado, Conde, agora Un contento a mi sabor; Un yerro me ha perdonado Que la hice sin querello. Señora, ¿no has escuchado? Lo del papel es aquello. Y ansí, con gozo extremado No puedo no la abrazar Ante ti infinitas veces. Ni yo lo puedo estorbar. Tú y la Reina sed jueces. Ved si la sé regalar; ¿No hago bien? Cosa es muy llana. ¿Ansí me ayudas? ¡Ay ley De falsos, falsa y tirana! Reina, ¿quién dirá a su rey Que no regale a su hermana? Luego, Conde, ¿bien te agrada Que me abrace el rey, mi hermano? ¿Quién de paz tan regalada No ha de quedar muy ufano? Esa respuesta es honrada. Tanto me agrada, Señora, Que le ruego que a mi cuenta Te abrace otra vez agora. ¿Quién tal mira y no revienta? ¡Oh conde honrado! ¡Oh traidora! A cuenta del buen Manfredo Me abraza, querida hermana. Pues con esto me haces ledo. Eso haré de buena gana. Que es cuanto hacer por él puedo. Mira si te abrazo, amiga, Mandándomelo tu hermano. Dios tus descuidos bendiga. ¿Qué es esto. Conde inhumano? ¿Quiéresme por enemiga? ¿Así se estorba mi muerte, Dándome en esta bebida Otro rejalgar más fuerte? Pues si me cuesta la vida. La palabra he de romperte. Desbarata aquesta unión, O los mataré a bocados, Publicando tu traición; Que los dientes son sobrados Cuando sobra el corazón. Tu majestad soberana A la Reina mi señora, Que no está de buena gana, dé licencia por agora Para irse con tu hermana. Hágase, pues es tu gusto, Y mire lo que me debe La Reina con su disgusto. Pues ella a dejar me mueve brazos de quien tanto gusto. Ya yo lo veo. Señor. (¡Ay de mí! que el corazón Me revienta de dolor.) Ven, Fulgencia; que es razón No apretar tanto mi honor. Adiós, mi querido hermano. Adiós, mi hermana querida. Vamos, que un dolor tirano Ha de acabarme la vida, Si no la acaba mi mano. ¿Qué me dices del enredo? Digo que es tan a mi gusto, Querido amigo Manfredo, Que del placer de este susto Darte las gracias no puedo. Eres, al fin, tan honrado Cuanto digno de mi honor. Déjasme muy obligado. Yo quedo de esto, Señor, Más contento y más pagado. Conde, ¿no te has de cansar De este engaño? Mis placeres Son servirte. Honrado hablar. Cuantas veces tú quisieres La pienso, Rey, abrazar. Ansí pienso ver si es buena Mi Menandra. Es sin igual. Otra prueba se le ordena, Y si no me sale mal Pienso sacarla de pena. En fin, me descubriré. Déjala, Señor, penar, Porque es apurar su fe Con velo de desdeñar. Como en ti claro se ve. ¿Ya te parece que pene? ¿Ya mudas de parecer? Tan agradado me tiene Ese cuerdo proceder. Que he de ser quien la condene. De tu experiencia agradado, Esto te aconsejo y digo. Como eres vasallo honrado, Sigues la opinión que sigo. Ya en mi querer trasformado. Mucho te debo en efeto. Tu valor es sin segundo; Conde tan bueno y discreto No le tiene rey del mundo A su voluntad sujeto. Con más razón diré yo, Por la merced que me has hecho, (como agora aquí se vio. Que rey de tan noble pecho Ningún conde le alcanzó. Pues me da con tanta gana Su estado, su hacienda y ser, Y por una prueba vana, Por mujer a su mujer, Y por amiga a su hermana.
JORNADA TERCERA
Suéltame el brazo, Manfredo, Deja que con esta daga Me mate. Sufrir no puedo Tal rigor. Con una llaga Mil llagas curo a mi miedo. Imite a Dido en la muerte Quien en la dicha la imita, Corra mi vida su suerte; Que si daga me la quita, No fue su espada más fuerte. Deja que acabe mi mal Con mi fin acelerado; Que es dar, en un trance tal, Cuerda al hombre desdichado Darle el mejor cordial. Mira, pues, que usas conmigo Una clemencia cruel; Suéltame ya, Conde amigo. Hermoso y divino fiel Del peso del bien que sigo, ¿Que a tanto llega el poder y el rigor de tus recelos? Si no me hiciesen perder, Ni serían ellos celos, Ni yo sería mujer. Acábense mis enojos. Espera. No he de esperar. Mira con mejores ojos; Que el alma no ha de pagar De tu cuerpo los antojos. ¡Ay amigo! que este mal Que me aflige y me atormenta Es de efeto tan mortal, Que es su antídoto, a mi cuenta, Mi muerte. No digas tal; Que desdice tu crueldad De la ley cristiana. Advierte Que castigo mi maldad, Y has de dejar darme muerte Siquiera por cristiandad. Hereje estás con tus duelos. Antes soy cristiana fiel, Pues dando muerte a mis celos, Destierro y mato al Luzbel Que ha conquistado mis cielos. Mira, reina, que has de dar A otros cielos cuenta estrecha. Déjame, Conde, matar. ¿Por una falsa sospecha? Saber cierto ¿es sospechar? Pues ¿no es mejor deshacer Aquesa secreta liga Del Rey, que da en te ofender Con esa su falsa amiga? Eso ¿cómo podrá ser? Matando agora al que de ellos Mas te conviene matar. Pues ¿cómo podré ofenderlos? Si te alegras, te he de dar Traza y modo de vencerlos. ¡Ay amigo verdadero! ¿Qué enfermo, si está mortal, No ablanda su dolor fiero Con ver remedio a su mal? Pues que le has de ver espero. Dime ¿tendrás corazón Para matar a Fulgencia? A mi celosa pasión ¿Se puede hallar resistencia Que impida hacer su intención? ¿No sabes que amor ha hecho Este corazón de celos? Pues los celos ¿qué despecho, Aunque se ofendan los cielos, No emprenderán en un pecho? Dame lugar y con qué, Y verás cuán presto mato A esa Fulgencia sin fe, Aunque mi vida en el trato Por su amada muerte dé. Pues no ha de ser de esa suerte; Que matar para morir No es venganza entera. Advierte Que si ella acaba el vivir No es posible darme muerte; Pues la que me podrán dar, Justicia o rigor severo, Llegando a considerar Que es porque maté primero, Me ha de hacer resucitar. Reina, que la mates quiero Con seguridad. Di el modo, Y por ello aquí primero La vida me pide, y todo Cuanto bien del reino espero. Voluntad sola te pido. Esa ya yo te la tengo. Si no soy favorecido, Aunque a ser querido vengo, ¿Qué me importa ser querido? A dar favores me obligo Con amistad sin deshonra. Esa amistad no la sigo. Quien quiere amigo sin honra, Manfredo, no es buen amigo. Ora bien; cállese aquesto Que en mi favor atribuyo; Que pues ser tuyo he propuesto, Solo del negocio tuyo Trataré con fin honesto. Confiado en que algún día, Siendo mujer, mudarás Tu rigor y tiranía. No esperes eso jamás. Darte mil reinos querría. Señora, tú has de matar A Fulgencia con veneno. ¿Con veneno? No hay dudar; Que yo le tengo tan bueno, Que tu mal sabrá curar. Dentro de un hora, si bebe, Morirá. Divino engaño, Que adorar Menandra debe. Pues mal tan largo y extraño Repara en tiempo tan breve. ¿Sabrás hallar ocasión Para darla de beber? Siempre las mujeres son Inclinadas al placer. No hay regla sin excepción; Que alguna sabe guardarse de ocasiones. Yo te digo Que si pueden alegrarse, Pocas dejan, Conde amigo, El comer y el afeitarse. Quede a mi cargo esa prueba. Pues yo el veneno aprestado Te daré. Yo haré que beba Manfredo sobre un bocado Que hará tenerme por Eva. Pues yo, que de tu accidente Tan poco me satisfago, Aunque no soy tan prudente, En este engaño que hago, Gusto de ser la serpiente. ¡Ay Manfredo, amigo honrado, Sabio, apacible y discreto! Tu proceder me ha obligado; Yo te pagara en efeto, Si pudieras ser pagado. Mas pagar ni agradecer, Ni sé cómo, ni lo ofrezco; Y ansí, por no lo saber. Ni te pago ni agradezco Más de con solo querer. El servirte me es a mí Paga y agradecimiento; Mas Fulgencia viene allí, Ten agora sufrimiento, Pues te importa hacerlo ansí, En tanto, Reina, que voy A traer de mi aposento El veneno que te doy. Por quien de tu sentimiento Te has de ver vengada hoy. Pues ve, y a mi camarera Se le da. En una bujeta Se le daré, y tú acá fuera Traza, pues eres discreta, Esta bebida postrera. Procura que beba luego. Ansí, Manfredo, lo haré. ¿Con qué esta paz y sosiego Al cielo pagar podré? Con ser piadosa a mi ruego; Con perder (pues soy honrado, Fulgencia, por tu ocasión, Y adoro siendo adorado) Los celos que sin razón De esta Menandra has formado. Celos injustos formaste Sin tener de qué haber celos; Hasta los cielos culpaste, Sin miedo de que a los cielos Con tus quejas enojaste. Y ansí, temo su castigo, Y perder la gloria temo; Que por ti mi gloria sigo. Esa locura es extremo De engañoso y falso amigo. De los cielos estrellados Te vales para tus flores; No es mucho, pues agraviados Son capa de pecadores, Que lo sean de pecados. Nadie con el cielo iguale Su firmeza. Mi interese Es que mi fe no resbale,, Aunque Menandra valiese Lo que el mismo cielo vale. Porque su luna argentada, Su sol rubio, sus estrellas. Su luz más pura y guardada, Delante tus luces bellas Son sombras, si no son nada. ¡Qué hereje encarecimiento! Mas ¡qué desdén tan terrible! Humana tu entendimiento. Mi Fulgencia, no es posible Alabarte y tener tiento. En su locura y sin si Vienen tan puestos agora. Que aún no me han visto, ¡Ay de mí! Que esta Circe encantadora Goza del bien que perdí. Celos de mí le ha pedido; ¿Qué muerte, qué desengaño El cielo aquí me ha ofrecido? Mil gracias doy a tu engaño. Yo también, si engaño ha sido. Ora bien, esto ha de ser: O a la muerte me condeno, O a matar esta mujer; Que ya Manfredo el veneno Habrá traído. A mi ver. Ya, mi gloria, se destierra Tu disgusto. Es pertinaz Quien porfía cuando yerra. Quiero turbar esta paz, Que a mí me da mortal guerra. ¡Oh hermana! tanta hermandad Con el Rey, sospechas da. ¿Aquí está tu majestad? ¿No lo ves? (Mas, ciega está Con su engaño y su maldad.) Aquí estoy. ¡Pobre de ti! Tan ajena de mi estoy. Hermana, que no le vi. Reina, ¿aquí estás? Aquí estoy. Mas no sé si estoy aquí. En gentil locura das. A muchas cosas obliga Un perder. ¿Perdido has? Y mucho. ¿Qué ha sido, amiga? El lugar donde tú estás. ¿A Nápoles has perdido? Cobrémosle si conviene. No puede ser socorrido. Y ¿por qué? Porque le tiene Un tirano muy valido, Que está muy apoderado De sus fuerzas. No te entiendo. Bien me entiende mi cuidado. Con tu licencia suspendo La guerra que has comenzado. No lo harás tú, de cobarde. Déjate de eso, Señora, Y ansí el cielo te nos guarde, Que nos confieses agora En qué has pasado la tarde. Seis alcorzas para ti Hice, y no son de provecho. ¿Con ámbar? Hermana, sí. ¿Tan dulces como tu pecho? Como el tuyo para mí. Muy bien hace en regalarte La Reina, y tiene razón. ¿Son doradas? Mucha parte. (Que como píldoras son De la muerte que he de darte.) ¿Qué dices? Que estoy corrida De haber tan mal acertado. El regalo es bien que pida, Pues dulce que tú has formado Será el néctar de la vida. Probarlas luego querría; Que el calor de este aposento Me da sed. Hermana mía, Yo te las traeré al momento Con un vaso de agua fría. ¿Dónde vas? Aguarda, espera. A traerte de beber. Si reina del mundo fuera, Aun no pudiera tener Tan gran reina por copera. Excusen esas criadas Este triunfo. ¿En eso topas? Sabe que en estas jornadas Algunos triunfos de copas Suelen trocarse de espadas. ¿Por qué lo puedes decir? Porque reñiré contigo Si no me dejas servir. (Dios sabe por qué lo digo.) No te lo quiero impedir. Gozar quiero esta ocasión, Que al cielo subirme pudo; Beberé, y con gran razón Pondré después en mi escudo Una alcorza por blasón. Déjala, hermana, por Dios; Váyase, porque este rato Quedemos solos les dos. Bien dices, no lo dilato. Señora, si el Rey y vos Gustáis tant- de encumbrarme Con el favor que me hacéis, Dichosa puedo llamarme. Pues de reina, aquí os volvéis Camarera por honrarme. Tú lo mereces, y advierte Que la Reina me granjea Por este camino. ¡Ah suerte! Presto veréis si se emplea, Traidores, en daros muerte. Ya está a punto a aquel recado. Y la cama a punto está Para su fin desdichado. Por la bebida voy ya. ¡Oh, qué bien has negociado! Mueran falsos y traidores. No hay cuidado al tuyo igual. ¿Quién reposa con dolores, Conde amigo? Para el mal Nunca faltan valedores. ¿Esto es mal? Esto es pecado? No atajes. Conde, mis pies, Pues mi lengua has alentado. Vete; que muy al revés Te saldrá lo que has trazado. Ya del daño la aspereza En la Reina, mi señora, ha hecho naturaleza, Ya las lágrimas que llora Son manjar de su flaqueza, Ya la mantiene el pesar, Ya el martirio que le aprieta Gloria la viene a causar. Cual niño que de la tela Lo crían con rejalgar. Mucho, Manfredo, me agrada El honor que en ella ven, Ya digo que es muy honrada; Pero cumple a mi deseo No dejar por probar nada. Aunque más de una señal Me ha dado de mi Vitoria, Alegre de verla tal, Hoy quiero, por mayor gloria, Dar la batalla campal. Basta, Señor, lo probado. Y sobra; pero con todo, Por acabar mi cuidado, Quiero probar de otro modo Otro punto más delgado;, Que si dejo de emprender Algo de lo que imagino, Contento no he de tener. Creyendo que está lo fino en lo que está por hacer. Y ansí, no me alegraría Con esas pruebas pasadas. Pensando que esta podría Tener las fuerzas dobladas Contra su firme porfía. Seguro puedes estar. Eso con esto procuro Solo, amigo, por quedar El marido más seguro Que se pueda imaginar. Hermano, aqueso procura; Casa con seguridad, No te arrojes con locura: Que la hacienda y la beldad No dan la mujer segura. Haz cuantas pruebas supieres, Porque yo, siendo mujer, Sin prueba de mil quereres Es imposible querer Al marido que me dieres. Ese miedo que tenéis Las damas que sois celosas, Igualar no le podéis Con las penas afrentosas Que padecer nos hacéis; Porque si el hombre recibe Mayor daño por la injuria, Más miedo y pena concibe; Que celos de honor son furia Que en hombres honrados vive. A la voluntad, Señor, Se suele ese agravio hacer, Y es en la mujer mayor Cuando el hombre y la mujer Tienen recíproco amor. Digo que tienes razón; Yo lo quiero conceder, Porque es más, en conclusión. Derribar a una mujer Que a un necio de su opinión. Lo que agora me conviene Es, mi Manfredo, que hagas... ¿Qué, Señor? La Reina viene; Oye aparte. Bien la pagas. ¡Ah hombres! Ella le tiene. Aunque aventuro la vida. Vengo alegre a mi venganza; Que el ser por ella perdida. Mas nombre de vida alcanza En alma tan afligida. ¡Oh Reina y hermana mía! No solo por bueno en esto Da tu regalo alegría, Pero también por ser presto, Nuevo gusto al gusto envía; Porque el placer deseado Pierde mucho del contento, Puesto en duda o alargado: Que esperar con sufrimiento Es vivir desesperado. Y ansí, aquí tu majestad Con presteza desusada Quiere, en fe de esta verdad. Quedar con el dar pagada de dar con más voluntad. ¿Quién tal criada de Copa Mereció jamás? Quién es, Por venirte todo en popa, Hermana amada, cual ves. De un rey que es luz de la Europa. Estas alcorzas, Señora, Toma, que aunque dulces son, Como el serlo estimo agora, Temo, a fuerza de afición. Que algún rejalgar las dora. Todo aqueso, amiga, creo; Tu rejalgar hace raya Al que en este azúcar veo. Plega a Dios, Fulgencia, que haya todo aquel que yo deseo. iQué dulce tan soberano! ¿Has sido monja, Señora? Porque esto sabe a la mano De monjas. Hermana, agora Me hace monja tu hermano. Repara el golpe, Manfredo. Déjate de motejar, Y un momento que estoy ledo Enterremos el pesar. (Yo lo enterraré, si puedo.) Prueba agora este licor, Que sobre lo que has comido Te sabrá mucho mejor. ¡Qué vaso tan escogido, Qué claridad y qué olor! Agua es esta de los cielos. Mejor lo dirás al fin; Que esta agua sana mil duelos. ¿De la fuente de Merlín Será? Sí, que cura celos. ¡Qué donoso desvarío! Verdad dijeras mejor, Que hay en este licor mío Ámbar, y el ámbar, Señor, Cura celos, que es mal frío. Todo aquello es su verdad, que le dice por rodeos Con máscara de amistad. Bien entiendo sus deseos. Y yo también su bondad. Reír me has hecho. Pues bebe; Que el agua te hará llorar. ¿Por qué? Porque el agua mueve, Al que la bebe, a sudar, Y el que suda, o llora o llueve. Bien dices; quiero beber. Espera, hermana, no bebas. ¿Por qué? Porque es menester Que examinemos las pruebas de esta celosa mujer. La Reina beba primero; Que mi espíritu leal Me anuncia un siniestro agüero. Hágate salva real, Pues quiere ser tu copero, Que, de su antojo forzada, Temo que te da veneno. ¿Qué dices? ¡Ay desdichada! A probarle te condeno. Parece que estás turbada; Reina, el color has mudado. ¿Yo, Rey? Cuando aqueso fuera, Ocasión, Señor, has dado Para mudarte a quien quiera Con lo que has imaginado. ¡Ay de mí! que el mucho amor Le hace dudar y temer, Porque es sin duda el temor El envés del bien querer. ¿Qué tal pensabas, Señor? ¿Tal maldad de mi creías? Si tan libre de ella estás, Y son locas fantasías, Prueba la mitad no mas Del agua que la ofrecías. Si piensas tener bondad, No le corras. ¿Qué aprovecha, Si me agravia tu crueldad? Pues viviendo la sospecha, Siempre vívela maldad. Si de ella estás inocente. bebe y saldré de cuidado. ¡Ay trance amargo! Esta fuente, Reina, sin duda ha manado Del veneno de tu gente. Tuyo es este desvarío. En la prueba lo veras. Bebe pues, si tienes brío; Que en solo un trago podrás Quitarme este trago mío; Y si no, tu gran traición Queda clara. Ansí lo creo. ¡Qué terrible confusión! Y más, que sus miedos veo Que nacen de su afición. Esto es muerte para mí, Que el veneno no lo fuera, Pierda el vivir, pues perdí La ocasión. Acaba. Espera. Falsos, el Rey está aquí. ¿En la cámara real Usáis tal atrevimiento? Ven, Señor; que aquí hay gran mal. Dame ese vaso al momento, Mujer, viva aunque mortal. Hermana, vente conmigo. ¡Ah de la guarda! Ah traidores! Sígueme, Rey. Ya te sigo. Menandra, de estos rigores Verás muy presto el castigo. ¿Qué delincuente a muerte condenado Se ha visto al cuello el lazo riguroso, Con la fiereza que mi dulce esposo Agora me lo echaba acelerado? Como Perilo el cielo había ordenado Que en el toro del agua cauteloso. Por mi invención, hallase aquel reposo, De que siempre carece mi cuidado; Confieso que me he visto entre los dientes La muerte, y con sustos desiguales Entre estas fieras enemigas gentes; Y aunque a la muerte temen los mortales, No la temí entre aquestos accidentes, Que no es morir morir por matar males. Señora, de aqueste enredo Que he fingido por salvarte, ¿Qué te parece? Manfredo, Tengo en el mal tanta parte, Que el bien conocer no puedo. ¿No te he librado de muerte Con extraña sutileza? No viste que por valerte Metí mano con braveza, temeroso de perderte? No viste, en fin, que he fingido en la antecámara tuya este impensado ruido? Solo para que concluya He visto el mal que he tenido. Lo que el Rey quiere a su amiga He visto solo; y ansí. El mal a quejar me obliga solo Manfredo, de ti. ¿Quién puede haber que eso diga? Yo, cruel, pues me has librado De la muerte que me da Mas muerte por lo callado; Que muerta yo, fuera ya Todo mi mal acabado. Señora. que te retires Manda el Rey a tu aposento, donde a nadie hables ni mires. Cielos, ¿qué escucho? Su intento; No hay para qué más te admires. Las puertas se han de guardar, Porque de ello el Rey se agrada, Donde solo te han de hablar Manfredo y una criada, La que tú querrás llevar. Capitán, ¿no me dirás Por qué va la Reina presa? ¿Quién eso sabrá jamás? Nadie, amigo, te confiesa. Lo que en eso sé, no es más De que en saliendo de aquí El Rey con un vaso de agua, Una prueba hacer le vi. Era el licor de la fragua De la rabia que hay en mí. Del agua llegó a beber La perrilla de Fulgencia Y murió; y así, hasta ver De aquesta agua la experiencia El Rey te manda prender. Haz pues, amigo, tu oficio; Que el servir en eso al Rey Es hacerme a mí servicio. (Ella me guarda gran ley, Que alegre va al sacrificio.) Señora; tu desventura Siento cuanto más la toco, Porque estás muy mal segura En manos de un rey tan loco, Que darte muerte procura. Y ansí, si quieres librarte A la sazón que la noche Su alfombra negra reparte, Puedo sacarte en un coche. Do puedas luego embarcarte. No, Conde, que esta prisión Yo la tengo merecida; Del Rey sigo la opinión: Que me mate o me dé vida He de seguir su intención. De que haya muerto la perra Tengo gran pena. ¿Por qué? Por la lealtad que ella encierra; Que es dechado de la fe Este animal en la tierra; Y habiéndose preparado El veneno por matar Un pecho falso y doblado, Para doblar mi pesar El más Bel he atosigado. Mirad, por Dios, si es razón Tener miedo a las mujeres. Si ellas nos dicen quién son. Capitán, si honrado eres, Cumple del Rey la intención. Reina, el rigor no se atreva A tanto. Ha de ser ansí. ¿Por qué? Porque es mejor prueba No querer deberte a ti, Y querer que el Rey me deba. Prudente resolución. Capitán, bien puedes ir. Yo soy dichoso varón; Hasta el miedo del morir Atropella su afición. Conde Manfredo, ¿qué ha sido La causa de la prisión De mi Menandra? He sabido Que le prueba con traición Aquese rey, su marido, Que a Fulgencia quiso dar Con un veneno la muerte. ¡Mal caso! No hay que dudar, Y mas pera un rey, que en suerte Tiene siempre el condenar. Mas que le ha de suceder Alguna desgracia temo. Aqueso vengo a temer; Que el Rey con poder supremo Pone en ello su poder. Desde aquí sin duda alguna Está a muerte condenada. En tan esquiva fortuna ¿Cómo será remediada? Con una traza. ¿Con una? Sí; que como Norandino Esta noche las galeras Apreste para el camino, Y espalmadas y ligeras Hagan lo que yo imagino, Y como tú, buen Conrado, Vayas a la Reina y digas Que a muerte la han condenado, A huir luego la obligas De este lugar desastrado; Y así se podrá casar Con el duque Norandino, Que es tan firme en la adorar, Que de su pecho imagino Que es noble y sabrá pagar. Bien dices; mas de ella sé Que habiéndose declarado Por mujer de quien se ve De Norandino el estado No podrá romper su fe. Yo sé que ella me querrá. Eso dudo, porque yo La conozco. Deja ya Eso que allá se enseñó. Pues ¿ya se ha trocado acá? Bien ha el Conde conocido, Por mil maneras extrañas, Si con ella ando valido. Conozco que tú te engañas. Todo lo tengo entendido; Pero aquesto agora hagamos, Que de daros traza y modo Con que libre la veamos, Quédese a mí el cargo todo. Eso solo deseamos. Aunque es muy dificultoso. ¿Qué dificultad halláis? Ser su pecho valeroso. Aquese agora allanáis Con darle vida y reposo. Y ¿querrá con Norandino Seguir la Reina, Señor, Este forzoso camino? Manfredo sabe el amor Que me tiene. Es desatino. (Bien dice aqueste ignorante, Sin saber que dice bien.) Yo voy, como fiel amante, A mandar que a punto estén Las galeras. Ve al instante. A la Reina vaya a hablar Conrado, y tú, buen Manfredo, Vete luego a aparejar El modo con que sin miedo Puedas la Reina sacar. Ansí lo haré. Pues yo soy En extremo venturoso. De tu confianza voy, Norandino, temeroso. Pues yo de mí no lo estoy. Destierra el pesar, Señora, Que te aflige sin pesar. Pesar que en el alma mora, ¿Quién le podrá desterrar? La razón. No reina agora. Pues ¿quién reina? Mi tristeza. Pues haz de ella resistencia Contra su misma braveza. ¿De qué suerte? La experiencia Nos enseña esta fineza.. Del escorpión el veneno El mismo animal le cura, Y el que está de fuego lleno Su sentimiento asegura Con quemarte. Todo es bueno, Pero mi dolor sobrado Del perro que me ha mordido, Aun un pelo no ha alcanzado; Y ansí, rabia enfurecido Mi corazón lastimado. Cántame, Nise, el romance Mas triste que has aprendido. Oye pues. En este trance El tono ha de ser corrido, Porque a mi quimera alcance. Reina del mundo y del cielo, No olvidéis, Señora, vos En estos últimos trances A la reina de Aragón. Mi marido me condena, Mi hijo es mi acusador; Traidora soy con mi esposo, No soy traidora con Dios. Mas ¡ay de mí! que mi fama Se escurece con mi sol, Que al hombre le hacen sus manos, Y a la mujer su opinión. Blanca me llaman las gentes, Y sin duda blanco soy, Porque mi suerte lo sea Del engaño y la traición. Rey don Sancho, esposo mío, Honrado y justo Señor, Aunque sin justicia muero, Vos me matáis con razón. Hijo nuestro es el testigo; No es mucho, pues juez sois, Cabiendo en él tal malicia, Que quepa en vos tal rigor. Esto dijo doña Blanca Cuando el lastimoso son, A la guerra de la muerte, De una trompa la llamó. Reina, tu entretenimiento Y tu mal van al revés. Muy al contrario lo siento; Qué esto despedida es De la vida y del contento. No desdicen de mi suerte, Conrado amigo, estos sones; Mañana muero, y advierte Que son estas las liciones Del nocturno de mi muerte. ¿Ya sabes que has de morir? Selo, mas no lo sé cierto. Yo te lo vengo a decir, Que el secreto he descubierto; Que soy viejo en descubrir. A muerte te han condenado, Y mañana, si hoy esperas, Morirás sobre un tablado; Mas, hija, como tú quieras, Queda tu mal reparado. Dios te asiguró el camino, Yo te lo vengo a rogar, Es tu abono tu destino; Manfredo te da lugar, Y galeras Norandino. Sal, hija, de la prisión, Y a Sicilia nos partamos, Donde con fuerza y razón Verás cómo castigamos De este traidor la traición. Hoy, Reina, al anochecer Podrás salir. Fiel Conrado (Pues conmigo lo has de ser), No quieras, como arrojado, Echar mi honor a perder. Llamar mi esposo traidor Es notable desvarío; También es falta de honor Halagar el honor mío Con muestras de nuevo amor. Ese Manfredo atrevido, Y el Duque, loco a remate, Vuestro seso han pervertido, Viendo que el uno combate Y que el otro ha combatido. Pues cuando quisiese Dios Que atrabancase el ser firme, Siendo tan honrado vos, ¿Queréis, ayo, persuadirme Que con honra pague a dos? Haga el Rey, su acuerdo siga; Muera, y muera de su mano. ¿Que a tanta firmeza obliga Un tirano? No es tirano Quien con justicia castiga. Quise a Fulgencia matar. No anda injusto en darme muerte. Y ¿eso es cierto? No hay dudar; Y pues las culpas, advierte Que le sé yo disculpar. Dime, ¿con qué fundamento La matabas? Porque sé Que impide mi casamiento; Que el Rey la tiene gran fe. ¡Extraño acontecimiento! Y ¿sabe el Rey la ocasión? Sí la sabe. Y ¿te da muerte? ¿No ves que tiene razón? Reina, que te mata advierte Por pecados de afición; Y ansí, es el Rey más injusto. Esa es injusta malicia; Yo moriré sin disgusto, Si es justo, por su justicia, Y si no, porque es su gusto. Deja miedos a una parte. ¿Qué dices? Lo que he de hacer, Que si el vicio se reparte, Ya he sido mala mujer, Conrado, en solo escucharte. A ser reina aquí me invía Mi padre amado. Y lo yerra. Y más quiere mi porfía Acá siete pies de tierra Que allá leguas en la mía. A Sigismundo me humillo; Él es mi esposo. Y liviano. Y he de gozar con sufrirlo, O el regalo de su mano, O el rigor de su cuchillo. Esta es mi resolución, Y esos locos apartar Se pueden de su intención; Que yo no pienso tomar Sin pensar dar galardón. No llores, que no provocan Tus ternuras mi reparo, Antes tu intención apocan, Que son aguas del Silaro Que hacen piedra lo que tocan. Padre amigo, fiel Conrado, No estés tan enternecido, Que este ser es ser honrado. ¡Qué mujer para un marido Que no viviera prendado! Mi señora, aunque quisiera Morir primero que ser Quien estas nuevas te diera, Por nuestro rey he de hacer Lo que por vivir no hiciera. Hoy, Reina, te ha condenado, Con todos sus consejeros, A muerte; y ansí, el tablado, El verdugo y los aceros En la plaza han aprestado; Porque dicen que en derecho Del daño, la voluntad Es estimada por hecho. Doctos dicen que es verdad; No estoy, Señora, en su pecho. Perdona, Reina, y advierte Que mañana el Rey ordena La ejecución de tu muerte. Toma, amigo, esta cadena Por nuevas de tanta suerte; Y dile al Rey, mi señor, Que procede como justo, Y que tengo por favor Hacer en esto su gusto En prueba de su valor; Y que otro dolor no siento De mi muerte, que entender Que en mi ofensa a su contento Ha de gozar su querer La que causó mi tormento. Mas estos vanos recelos, Por ser celos, callarás; Que en las puertas de los cielos Los celos no entran jamás, Si no son cristianos celos; Y soy cristiana y estoy Con la muerte a la garganta. Llorando, Reina, me voy; Que en mujer firmeza tanta Obliga a mil cosas hoy. Yo haré lo que me has mandado, Y en fe de que otra cadena Por tal nueva no se ha dado, Al Rey contaré tu pena, Y lo que en ella he ganado. Agora, amiga, verás Si verdades te decía, Agora me escucharás. Ya primero te creía, Y agora te creo más. Luego mudarás de acuerdo, Y querrás en tal prisión Tomar mi consejo cuerdo. Sin mudar el corazón, Mudar el cuerpo no acuerdo. Mira, hija, a tu hermosura, A tus padres y a tu edad; Válete de tu cordura. Mira, amigo, a mi bondad, Y no dirás tal locura. Ten compasión de este viejo, Que, de rodillas, agora Te da este cuerdo consejo; Piénsalo bien, mi señora. (Por caduco en fin te dejo.) Por demás es tu porfía; No seas, ayo, importuno, Vete ya, que no querría Que te hubiese visto alguno, Y pagases tu osadía. Ya me voy, hija querida, Y tornaré; tú entretanto Míralo bien por tu vida. De haberlo mirado tanto, A ti te miro corrida. Para hablarte a solas pide, Licencia aquesta embozada. Salte afuera. Pues no impide Ya ninguno mi jornada, Y el tiempo al tiempo nos mide, Quiero darme a conocer. — ¿Conócesme por ventura? Si conozco, y sé entender Que no estoy yo muy segura, Pues tú me vienes a ver. Pues alégrate; que ahora Mi venida es por tu bien. No será poco. Señora, Por infalible lo ten, Ya tu suerte se mejora. Ya sé tu duda en qué va, Tu desdicha es fenecida; Y ansí, el declararte ya El enredo de tu vida Me ha traído por acá. La verdad de aqueste enredo Te he de contar, hasta el modo Con que de él librarte puedo. Si no me engañas, que en todo Me das vida te concedo. Pues, amiga, has de saber Que el Rey sin duda te engaña. Eso es fácil de creer. Oye, y olvida la saña. Mucho haré, siendo mujer. Ese Manfredo fingido Es Sigismundo, mi hermano, El que ha de ser tu marido; que no fue el retrato vano. Que en Sicilia has conocido. Y el rey fingido es Manfredo, Ese que de tu afición Burla sin tiento y sin miedo; Mas esta no es ocasión Para contarte este enredo. Bien dices que este lugar Para hablar de esto no es bueno; Dentro podemos entrar. Sí, que traigo el pecho lleno De cosas que te contar. Mi hermano, el rey Sigismundo, Te idolatra, Reina hermosa, Yo en él y en ti mi bien fundo; Que me habéis de dar la cosa Que quiero más en el mundo. Llena de duda y temor Te escucho, no me suspendas; Entremos al corredor. Vamos, que cuando lo entiendas Te sabrá el placer mejor. Dar bebida regalada Es dar poco a poco un gusto. Dame apriesa tu embajada; Que tengo sed, y no es justo Beber con taza penada. Digo que pasa en efeto. ¿Que el Rey con Fulgencia casa? Que se casa te prometo. ¿Que es posible que eso pasa? Que así le tiene sujeto? ¿Sábeslo cierto? Lo sé; Que a no saberlo tan cierto, No lo hablara. Pues ¿no ve Que el Rey, su suegro, no es muerto? Guarda a suegros poca fe. No puedo hallar la ocasión En que se funda el tirano. En sus locuras, que son Alas de un poder liviano, Que han de abatir su blasón. Pero fía, buen Conrado, Que sabrá el rey de Sicilia Destruir todo su estado. Sin dejar de su familia Memoria alguna o traslado. Y fía de mí también. Ya conozco tu valor. ¿No has visto con el desdén Que nos trata? Sí, Señor, Todo lo he visto muy bien. He visto que no consiente Que de esta casa salgamos, Ni de Nápoles la gente (Ya que no la visitamos) Nos visite solamente. Recibionos con enfado, Y a su desdichada esposa Mil tormentos la ha causado, Y con mano rigurosa A muerte la ha condenado, Que es el mayor sentimiento Que de estos males redunda. Pues ¿cómo su pensamiento En su libertad no funda? No viene con nuestro intento. Antes temeraria y loca Dice que quiere morir A manos de quien la apoca, Mas que en las tuyas vivir. ¿Que eso ha dicho? Y por su boca. De eso estoy maravillado; Porque sobre eso Manfredo Mil esperanzas me ha dado; Pero si yo hablarla puedo, Yo allanaré mi cuidado. En eso hay dificultad; Que es riguroso el portero. En cosas de calidad Suelo allanar con dinero Las guardas de más bondad.. Mas ¿quién es esta embozada, Que de su cuarto ha salido? ¿Si es ella? No dices nada; Es un rostro defendido De un manto; grande emboscada. Vive el cielo, que ha de abrirse Esta nube a mi temor. ¡Oh qué enfadoso encubrirse! Aunque sea con rigor, Ha de hablar o descubrirse. Porque no aborte un deseo De una duda muy honrada, Que es verdad, a lo que creo, ¿Podré, señora embozada, Oíros, ya que no os veo? Y pues vive en vuestro fuego Hecho un otra salamandra, Sola una palabra os ruego Me digáis. No soy Menandra. Bien por Dios, visto me ha el juego. Basta; que, como discreta, Mi sospecha conoció. Ella te usó linda treta. Y con ella me obligó A dejarla. Otro me aprieta, Y es que el Rey apresurado Viene acá con su Manfredo. Con esto acabo. Acabado Fuera mejor ese miedo Que te trae atormentado; Porque sobran ya, Señor, Tantas pruebas y experiencias. Calla, Conde, por mi amor; Que no sanan las conciencias Si no sana su temor. Muda de plática, y mira Que están allí Norandino Y el ayo, que mi sol mira. Ya los he visto. Imagino Que por Menandra suspira. Haz, Conde, que vengan luego Menandra y Fulgencia acá. Yo lo haré, porque del fuego Que mi sospecha me da Será Menandra el sosiego. Gran cosa es esta que emprendo; Si esta vez esta mujer No cae como pretendo, Es cifra del bien querer; Dudando parto y creyendo. Por camino desusado Ha traído a buen camino Fulgencia lo que ha trazado; Mucho a su ingenio divino La estoy con esto obligado. ¡Señor! ¡Norandino amado! ¿Soy en algo menester Para aliviar tu cuidado? Que, según se echa de ver, Estás muy embelesado, Y no me has visto. Es verdad; Aunque agora quise yo Llamaros con brevedad. Mira si lo adivinó, Señor, nuestra voluntad. Pues aquí los dos nos vemos. Aunque corridos de ver Lo poco que merecemos. Aquellos que a tu mujer Desde Sicilia traemos. Eso por Menandra ha sido. Es desdichada, Señor, Más que cuantas han nacido. No tratar de ello es mejor. En todo has de ser servido. Luego vendrá. Condenarla Quiere el traidor. Y veréis De qué suerte he de tratarla; Callad, y no me enojéis. Calla y mira. Mira y calla. Aquí Menandra y Fulgencia, como mandaste, Señor, Han venido a tu presencia. Dios sabe si con dolor Pronunciaré la sentencia. Menandra amiga, yo he sido El que te hizo traer, Con título de marido, De Sicilia, por tener La libertad que he tenido. Pero tú llegaste aquí A tiempo que no tenía Libertad, porque la di Junto con la mano mía A Fulgencia, que está en mí; La cual, como tuya, es Mi hermana, y esto ha causado Que tú atormentada estés Con los desdenes que han dado Con tu paciencia al través; Y ha sucedido también El quererla tú matar. Viendo que si con desdén Te quería maltratar, Era por quererla bien. Fulgencia dejar no puede De ser mi esposa querida, Pues el cielo lo concede, Ni tú de perder la vida Porque satisfecho quede. ¡Brava cosa! Pero advierte Que si hacer quieres dos cosas, Te librarás de la muerte. Si no son dificultosas, Templa el rigor de tu suerte. La primera, que a Manfredo Le des la mano de esposa; La segunda, pues no puedo Darla yo a Fulgencia hermosa, Sin librarme de tu enredo. Me des libertad a mí Para casarme con ella; Mira si quieres aquí Cobrar por Fulgencia bella La vida que te ofrecí. Escoge, Menandra, luego la muerte o la vida. Rey, Aunque el hombre que está ciego Pocas veces guarda ley, Que me la guardes te ruego. Y aunque larga en padecer Mis pasiones amorosas, Seré breve en responder; Pues una de esas dos cosas Quiero, Señor, escoger. Tú que escoja me has mandado La muerte, que mil remedios Causa al corazón cuitado, O que consienta en los medios Que agora me has señalado. Mas porque tengo temor Que te has de volver atrás Cuando yo escoja, es mejor Que jures que pasarás Por ello con gran rigor, Sin mudar de parecer Después que yo haya escogido; También lo ha de prometer Manfredo, que ha merecido Gran parte de tu poder. Yo lo juro, como sea Lo que he dicho. Yo también. (Sin duda morir desea, Y si es esto grande bien, Ese acuerdo me granjea.) Digo, Menandra, que juro Que, como escojas un medio De los que darte procuro, Tendrá tu pena remedio. De lo mismo te aseguro. Pues ya estoy asegurada De que por ti mi sentencia No podrá ser revocada, Y que la bella Fulgencia Con tanto extremo te agrada, Digo, Señor, que consiento En que la mano le des; Y porque mi pensamiento Del conde Manfredo es, Le recibo en casamiento;. Que como su soberano Retrato en Sicilia vi, Nuevo bien con esto gano. Este es mi gusto; y ansí, Quiero que le des la mano; Que la mía yo la doy Al conde Manfredo agora, Con quien ya casada estoy. ¿Qué es lo que dices, Señora? ¿Sabes por dicha quién soy? Tú, que venías a ser Reina de Nápoles, ¿quieres Entregarte por mujer A un conde, a quien te prefieres En grandeza y en poder? ¿A un Conde menospreciado, Y aunque tan injustamente, Tantas veces desdeñado? Aquí está quien no consiente Tampoco en lo concertado; Porque si Menandra hermosa No se casa con el Rey, De Norandino es esposa, Pues se lo ofreció. Esa ley Es injusta y rigurosa. Tampoco en ello consiento. Porque mi Rey me envió A entregarla en casamiento Al rey Sigismundo, y no A Manfredo. Estame atento; Que yo no estoy engañada En lo que hacer imagino. Es quimera imaginada Lo que dices. Norandino, Con el Rey estoy casada. ¿Con el Rey? Sí. ¿De qué suerte? Este Manfredo fingido Sabrá mejor responderte. ¿Fingido? Sí, que ha querido Probar mi firmeza fuerte; Que su hermana la verdad No ha mucho que me ha contado; Y pues mi fidelidad Con tanto extremo ha probado, reciba mi voluntad, Juntamente con la mano, Que ofrecerle determino. Estoy, mi bien, tan ufano Con el favor que me vino De ese cielo soberano, Que no sé de qué manera Reciba este bien de amor, Sin que de contento muera; Pues, bien mirado, el mayor Es aquel que no se espera. Porque tu mano me guarde, Muy bien la puedes dejar En esta palma cobarde, Que palma se ha de llamar En dar el fruto tan tarde. Vos, Manfredo verdadero, Dejando el ser Sigismundo, Besad las manos primero A vuestra reina. En el mundo Mayor bien ni gloria espero. Y tú, Fulgencia, mi hermana, Haz lo proprio por mi amor. Harélo con mucha gana, Pues levanta mi valor Su grandeza soberana; Y ansí, la pido perdón De los sustos que la he dado. Yo quiero en esta ocasión Serviros, aunque he quedado Huérfano de posesión; Posesión de una esperanza, Que, aunque fingida, lo fue. Yo también sin más tardanza A mi hija abrazaré. Y es digno de esta privanza. El mundo para mostrar Que es de mudanzas ejemplo, Que es reina me hace dudar, Pues reina aquí la contemplo Donde la vi sentenciar. Dese aviso a la ciudad, Salgan al recibimiento Con la pompa y majestad Que tan real casamiento Pide por su calidad. Otras bodas será bien Hacer aquí. ¿Cuáles son? Las de Fulgencia. ¿Con quién? Con Manfredo. ¿Eso es ficción? Haz que las manos se den. Luego ¿de veras están Casados? Y tan de veras, Que ellos, Señor, lo dirán. Como perdonarlos quieras. Sin duda se burlarán. Este, Señor, es el día De perdonar la locura Que nació de mi osadía; Ya sabes que soy tu hechura, De ti el enojo desvía. Agora he considerado Que con el billete he sido. Con gusto mío, engañado; Pero, aunque fuiste atrevido, Yo estoy de ti tan pagado, Y a mi juramento estoy Tan atado y tan sujeto, Que desde aquí te la doy. Ser tuya, Conde, prometo. Tu esclavo, Señora, soy. Vámonos a la ciudad, Que este desengaño aguarda Con gran pompa y majestad. Sí, Señor, porque ya tarda Menandra. Dices verdad; Pero en esto que ha tardado Mitigó la furia brava De mi corazón cuitado. Justo ha sido. Aquí se acaba El Marido asegurado.
